Ataud
He sido invitada, muchas veces a bodas de mis ex, pero nunca había asistido a una. ¿Cómo
decirle a Félix que no? Es el día de su boda y no podría perdérmelo jamás. De hecho, él nunca
me lo perdonaría. Su vida siempre ha sido un acertijo y tengo curiosidad. Cuál será la sorpresa
de este.
Estoy espectacular! Creo que más bella que la novia. Con un vestido blanco hueso que Félix
pagó cuando nos íbamos a casar. Se nota que los encajes de mi vestido, son más elegantes y
costosos. Vine vestida así, porque no gastaría un centavo. Para nada quiero opacar a la novia,
jamás haría semejante cosa. Mi presupuesto es muy ajustado y con él aprendí a ser tacaña. Fui
meticulosa. No quiero que piensen que soy la novia. Mi traje lleva un listón naranja. Mi
maquillaje es tenue y fresco, tal vez cuando me case sea parecido.
Vine sola. Raúl no quiso acompañarme: Dice que, esto no es más que un circo y él no quería
ser el mono y le creo. Por momentos me pregunto qué hago aquí. Tal vez ver ver que tanto
Félix soportará verme vestida con este traje.
¡Vivan los novios!, gritó la señora a mi izquierda. Me imagino que la novia se encargó de darme
la peor mesa, sabe quien soy. La señora lleva un sombrero verde como una cotorra, su vestido
por debajo de las rodillas de un verde otoñal con tonalidades ocre. No para de hablar con el
que está a su lado. No se conocen, por unos instantes les preste atención, cuando el padre
pidió los anillos.
María comenzó a hablarme, se quiere marchar, al igual que yo vino sola. Es muy diferente a
mí. Está sin vida, sus ojos están llenos de lágrimas. Me enfoco en ella porque disfruto rescatar
almas perdidas. Lleva guante en pleno verano. De verla notas que es pura contradicción, posee
una cara angelical, sin embargo, parece que cortaron sus alas y está cayendo al vacío. Mira a la
señora a mi lado con dolor. Le pregunto: ¿La conoces? No, responde. El camarero se acerca.
Somos cuatro en la mesa, tres mujeres en décadas diferentes y José, como se llama el único
hombre en ella. Mientras sirven la cena, José nos hace notar que somos la única mesa de
cuatro personas, al lado de los novios y con un centro de mesa diferente y extravagante. Un
candelabro fucsia, incrustado de rosas doradas, con velas negras, el mantel azul celeste, como
todas las demás. Estábamos a punto de comer, sopa de maíz con pescado, una entrada que se
se veía cremosa.
- ¿Por qué nos sirven antes que los novios?, preguntó la del verde, cuando estaba
llevando la cuchara a mi boca. La solté. Jamás pasa eso en las bodas, aunque no he ido a
muchas, yo no celebré la mía. Levanté la mirada y todos en la mesa miramos alrededor. No se
había hecho ni siquiera el brindis. Parecía que éramos la atención de todos allí. María ya comía
porque fue la primera en ser servida.
María mientras quitaba sus guantes, notó que la música de fondo sonaba como un cortejo
fúnebre, y yo, que todos teníamos el mismo tatuaje. Me había pasado la noche observando,
pero hasta ahora no había encajado los detalles. José lo tenía en el cuello del tamaño de una
ciruela, la señora en el hombro, como una naranja. Tomé la mano derecha de María y era del
tamaño de una abeja y yo como un melón, en las nalgas. Mi corazón se aceleró, algo no
andaba bien, callé lo de los tatuajes. Félix me lo había pedido para que demostrase mi amor
por él, en el lugar que más le gustaba de mí. ¿Por qué el mío era tan grande? ¡No podía
creerlo! ¡Todos sin hablar entendimos! Yo me paré, quería gritar, pero la voz no me salía, las
lágrimas me comenzaron a brotar, caminé rápido, resbalé. Mantuve el equilibrio, arreglé mi
vestido y me dispuse a salir. José grito: ¡Te amo, Félix! Mientras cruzaba la puerta, vi a María
vomitar, como dragón echando fuegos.
No entendía. Mi mente fluctuaba tratando de entender a Félix. Siempre me decía cuando me
pedía el tatuaje: Te amo, mi muestra de amor, es grande y dependerá de la tuya, será la
muestra de que mi amor será eterno. El tatuaje era un ataúd con velos colgando, que no
entendí hasta hoy.