Problemas Fundamentales de la Ciencia
Problemas Fundamentales de la Ciencia
1. El problema de la inducción
2. Eliminación del psicologismo
3. Contrastación deductiva de teorías
4. El problema de la demarcación
5. La experiencia como método
6. La falsabilidad como criterio de demarcación
7. El problema de la «base empírica»
8. Objetividad científica y convicción subjetiva
CAPITULO PRIMERO
1
Panorama de algunos problemas fundamentales
1. EL PROBLEMA DE LA INDUCCIÓN
De acuerdo con una tesis que tiene gran aceptación —y a la que nos opondremos en este libro—,
las ciencias empíricas pueden caracterizarse por el hecho de que emplean los llamados métodos
inductivos: según esta tesis, la lógica de la investigación científica sería idéntica a la lógica
inductiva, es decir, al análisis lógico de tales métodos inductivos.
Es corriente llamar «inductiva» a una inferencia cuando pasa de enunciados singulares (llamados,
a veces, enunciados «particulares»), tales como descripciones de los resultados de
observaciones o experimentos, a enunciados universales, tales como hipótesis o teorías.
Ahora bien, desde un punto de vista lógico dista mucho de ser obvio que estemos justificados al
inferir enunciados universales partiendo de enunciados singulares, por elevado que sea su
número; pues cualquier conclusión que saquemos de este modo corre siempre el riesgo de
resultar un día falsa: así, cualquiera que sea el número de ejemplares de cisnes blancos que
hayamos observado, no está justificada la conclusión de que todos los cisnes sean blancos.
Se conoce con el nombre del problema de la inducción la cuestión acerca de si están justificadas
las inferencias inductivas, o de bajo qué condiciones lo están.
El problema de la inducción puede formularse, asimismo, como la cuestión sobre cómo establecer
la verdad de los enunciados universales basados en la experiencia —como son las hipótesis y los
sistemas teóricos de las ciencias empíricas—. Pues muchos creen que la verdad de estos
enunciados se “sabe por experiencia”; sin embargo, es claro que todo informe en que se da
cuenta de una experiencia—o de una observación, o del resultado de un experimento— no puede
2
ser originariamente un enunciado universal, sino sólo un enunciado singular. Por lo tanto, quien
dice que sabemos por experiencia la verdad de un enunciado universal suele querer decir que la
verdad de dicho enunciado puede reducirse, de cierta forma, a la verdad de otros enunciados —
éstos singlares— que son verdaderos según sabemos por experiencia; lo cual equivale a decir
que los enunciados universales están basados en inferencias inductivas. Así pues, la pregunta
acerca de si hay leyes naturales cuya verdad nos conste viene a ser otro modo de preguntar si las
inferencias inductivas están justificadas lógicamente.
Mas si queremos encontrar un modo de justificar las inferencias inductivas, hemos de intentar, en
primer término, establecer un principio de inducción. Semejante principio sería un enunciado con
cuya ayuda pudiéramos presentar dichas inferencias de una forma lógicamente aceptable. A los
ojos de los mantenedores de la lógica inductiva, la importancia de un principio de inducción para
el método científico es máxima: «...este principio —dice Reichenbach— determina la verdad de
las teorías científicas; eliminarlo de la ciencia la significaría nada menos que privar a ésta de la
posibilidad de decidir sobre la verdad o falsedad de sus teorías; es evidente que sin él la ciencia
perdería el derecho de distinguir sus teorías de las creaciones fantásticas y arbitrarias de la
imaginación del poeta»1
Pero tal principio de inducción no puede ser una verdad puramente lógica, como una tautología o
un enunciado analítico. En realidad, si existiera un principio de inducción puramente lógico no
habría problema de la inducción; pues, en tal caso, sería menester considerar todas las
inferencias inductivas como transformaciones puramente lógicas, o tautológicas, exactamente lo
mismo que ocurre con las inferencias de la lógica deductiva. Por tanto, el principio de inducción
tiene que ser un enunciado sintético: esto es, uno cuya negación no sea contradictoria, sino
lógicamente posible. Surge, pues, la cuestión acerca de por qué habría que aceptar semejante
principio, y de cómo podemos justificar racionalmente su aceptación.
Algunas personas que creen en la lógica inductiva se precipitan a señalar, con Reichenbach, que
«la totalidad de la ciencia acepta sin reservas el principio de inducción, y que nadie puede
tampoco dudar de este principio en la vida corriente»2. No obstante, aun suponiendo que fuese
así —después de todo, «la totalidad de la ciencia» podría estar en un error— yo seguiría
1
REICHENBACH, Erhenntnis 1, 1980, pág. 186. (Cf. también las págs. 64 y sig.) • Cf. los comentarios de Russell acerca de Hume, que he citado en el
apartado*2 de mi Postscript.
2
REICHENBACH, ibid., pág. 67.
*1 Los pasajes decisivos de Hume se citan en el apédice *VII (texto correspondiente
a las notas 4, 5 y 6); véase también, más adelante, la nota 2 del apartado 81.
3
afirmando que es superfluo todo principio de inducción, y que lleva forzosamente a incoherencias
(incompatibilidades) lógicas.
A partir de la obra de Hume *1 debería haberse visto claramente que aparecen con facilidad
incoherencias cuando se admite el principio de inducción; y también que difícilmente pueden
evitarse (si es que es posible tal cosa): ya que, a su vez, el principio de inducción tiene que ser un
enunciado universal. Así pues, si intentamos afirmar que sabemos por experiencia que es
verdadero, reaparecen de nuevo justamente los mismos problemas que motivaron su
introducción: para justificarlo tenemos que utilizar inferencias inductivas; para justificar éstas
hemos de suponer un principio de inducción de orden superior, y así sucesivamente. Por tanto,
cae por su base el intento de fundamentar el principio de inducción en la experiencia, ya que
lleva, inevitablemente, a una regresión infinita.
Kant trató de escapar a esta dificultad admitiendo que el principio de inducción (que él llamaba
«principio de causación universal») era «válido a priori». Pero, a mi entender, no tuvo éxito en su
ingeniosa tentativa de dar una justificación a priori de los enunciados sintéticos.
Por mi parte, considero que las diversas dificultades que acabo de esbozar de la lógica inductiva
son insuperables. Y me temo que lo mismo ocurre con la doctrina, tan corriente hoy, de que las
inferencias inductivas, aun no siendo «estrictamente válidas», pueden alcanzar cierto grado de
«seguridad» o de «probabilidad». Esta doctrina sostiene que las inferencias inductivas son
«inferencias probables »3. «Hemos descrito —dice Reichenbach— el principio de inducción como
el medio por el que la ciencia decide sobre la verdad. Para ser más exactos, deberíamos decir
que sirve para decidir sobre la probabilidad: pues no le es dado a la ciencia llegar a la verdad ni a
la falsedad..., más los enunciados científicos pueden alcanzar únicamente grados continuos de
probabilidad, cuyos límites superior e inferior, inalcanzables, son la verdad y la falsedad»4
Por el momento, puedo hacer caso omiso del hecho de que los creyentes en la lógica inductiva
alimentan una idea de la probabilidad que rechazaré luego por sumamente inoportuna para sus
propios fines (véase, más adelante, el apartado 80). Puedo hacer tal cosa, porque con recurrir a
3
Cf. J. M. KEYNES, A Treatise on Probability (1921); O. KÜLPE, Vorlesungen Uber Logik (ed. por Selz, 1923); REICHENBACH (que emplea el término
«implicaciones probabilísticas»), Axiomatik der Ifahrscheinlichkeitsrechnung, Mathem. • Zeitschr, 34 (1932), y otros lugares.
4
REICHENBACH, Erhenntnis 1, 1930, pág. 186.
*2 Véanse también el capítulo X —especialmente, la nota 2 del apartado 81— y el capítulo *II del Postscript, en los que se hallará una exposición más completa de esta
crítica.
** Se habrá observado ya que empleamos las expresiones contraste, contrastación, contrastar, someter a contraste, etc., para traducir los términos ingleses test, testing, to
test, etc. Los autores de habla inglesa —incluyendo al de esta obra— utilizan también to contrast, pero puede verterse sin dificultad —e incluso más conforme a su sentido—
por contraponer o contraponerse. (N. del T.)
4
la probabilidad ni siquiera se rozan las dificultades mencionadas: pues si ha de asignarse cierto
grado de probabilidad a los enunciados que se basan en inferencias inductivas, tal proceder
tendrá que justificarse invocando un nuevo principio de inducción, modificado convenientemente;
el cual habrá de justificarse a su vez, etc. Aún más: no se gana nada si el mismo principio de
inducción no se toma como «verdadero», sino como meramente «probable». En resumen: la
lógica de la inferencia probable o «lógica de la probabilidad», como todas las demás formas de la
lógica inductiva, conduce, bien a una regresión infinita, bien a la doctrina del apriorismo *2.
La teoría que desarrollaremos en las páginas que siguen se opone directamente a todos los
intentos de apoyarse en las ideas de una lógica inductiva. Podría describírsela como la teoría del
método deductivo de contrastar**, o como la opinión de que una hipótesis sólo puede
contrastarse empíricamente —y únicamente después de que ha sido formulada.
Para poder desarrollar esta tesis (que podría llamarse «deductivismo», por contraposición al
«inductivismo»'5) es necesario que ponga en claro primero la distinción entre la psicología del
conocimiento, que trata de hechos empíricos, y la lógica del conocimiento, que se ocupa
exclusivamente de relaciones lógicas. Pues la creencia en una lógica inductiva se debe, en gran
parte, a una confusión de los problemas psicológicos con los epistemológicos; y quizá sea
conveniente advertir, de paso, que esta confusión origina dificultades no sólo en la lógica del
conocimiento, sino en su psicología también.
He dicho más arriba que el trabajo del científico consiste en proponer teorías y en contrastarlas.
La etapa inicial, el acto de concebir o inventar una teoría, no me parece que exija un análisis
lógico ni sea susceptible de él. La cuestión acerca de cómo se le ocurre una idea nueva a una
persona —ya sea un tema musical, un conflicto dramático o una teoría científica— puede ser de
gran interés para la psicología empírica, pero carece de importancia para el análisis lógico del
conocimiento científico.
Este no se interesa por cuestiones de hecho (el quid facti de Kant), sino únicamente por
cuestiones de justificación o validez (el quid juris kantiano); sus preguntas son del tipo siguiente:
5
Liebig (en Indukíion und Deduktion, 1865) fue probablemente el primero que rechazó el método inductivo desde el punto de vista de la ciencia natural: su ataque se dirigía
contra Bacon. Dim EM (en La Théorie physique, son objet et sa structure, 1906; vers. ingl. por P. P. WIENEK, The Aim and Structure of Physical Theory, 1954) ha
mantenido tesis marcadamente deductivistas (* Pero en el libro de Diihem se encuentran también tesis inductivistas, por ejemplo, en el cap. III de la primera parte, en el que
se nos dice que con sólo experimentación, inducción y generalización se ha llegado a la ley de la refracción de Desearles; cf. la trad, ingl., pág. 155.) Véanse, asimismo, V.
KBAFT, Die (Wundjormen der wissenschajllichcn Methoden, 1925, y CAUNAP, Erkennínis 2, 1932, pág. 440.
5
¿puede justificarse un enunciado?; en caso afirmativo, ¿de qué modo?; ¿es contrastable?;
¿depende lógicamente de los enunciados? ¿O los contradice quizá? Para que un enunciado
pueda ser examinado lógicamente de esta forma tiene que habérsenos propuesto antes: alguien
debe haberlo formulado y habérnoslo entregado para su examen lógico.
En consecuencia, distinguiré netamente entre el proceso de concebir una idea nueva y los
métodos y resultados de su examen lógico. En cuanto a la tarea de la lógica del conocimiento —
que he contrapuesto a la psicología del mismo, me basaré en el supuesto de que consiste pura y
exclusivamente en la investigación de los métodos empleados en las contrastaciones
sistemáticas a que debe someterse toda idea nueva antes de que se la pueda sostener
seriamente.
Algunos objetarán, tal vez, que sería más pertinente considerar como ocupación propia de la
epistemología la fabricación de lo que se ha llamado una “reconstrucción racional” de los pasos
que han llevado al científico al descubrimiento, a encontrar una nueva verdad. Pero la cuestión se
convierte entonces en: ¿qué es, exactamente, lo que queremos reconstruir? Si lo que se trata de
reconstruir son los procesos que tienen lugar durante el estímulo y formación de inspiraciones,
me niego a aceptar semejante cosa como tarea de la lógica del conocimiento: tales procesos son
asunto de la psicología empírica, pero difícilmente de la lógica. Otra cosa es que queramos
reconstruir racionalmente las contrastaciones subsiguientes, mediante las que se puede
descubrir que cierta inspiración fue un descubrimiento, o se puede reconocer como un
conocimiento. En la medida en que el científico juzga críticamente, modifica o desecha su propia
inspiración, podemos considerar —si así nos place— que el análisis metodológico emprendido en
esta obra es una especie de «reconstrucción racional» de los procesos intelectuales
correspondientes. Pero esta reconstrucción no habrá de describir tales procesos según acontecen
realmente: solo puede dar un esqueleto lógico del procedimiento de contrastar. Y tal vez esto es
todo lo que quieren decir los que hablan de una «reconstrucción racional» de los medios por los
que adquirimos conocimientos.
Ocurre que los razonamientos expuestos en este libro son enteramente independientes de este
problema. Sin embargo, mi opinión del asunto —valga lo que valiere— es que no existe, en
absoluto, un método lógico de tener nuevas ideas, ni una reconstrucción lógica de este proceso.
Puede expresarse mi parecer diciendo que todo descubrimiento contiene «un elemento
irracional» o «una intuición creadora» en el sentido de Bergson. Einstein habla de un modo
parecido de la «búsqueda de aquellas leyes sumamente universales... a partir de las cuales
6
puede obtenerse una imagen del mundo por pura deducción. No existe una senda lógica —dice—
que encamine a estas leyes. Sólo pueden alcanzarse por la intuición, apoyada en algo así como
una introyección ('Einfühlung') de los objetos de la experiencia»6.
De acuerdo con la tesis que hemos de proponer aquí, el método de contrastar críticamente las
teorías y de escogerlas, teniendo en cuenta los resultados obtenidos en su contraste, procede
siempre del modo que indicamos a continuación. Una vez presentada a título provisional una
nueva idea, aún no justificada en absoluto —sea una anticipación, una hipótesis, un sistema
teórico o lo que se quiera—, se extraen conclusiones de ella por medio de una deducción lógica;
estas conclusiones se comparan entre sí y con otros enunciados pertinentes, con objeto de hallar
las relaciones lógicas (tales como equivalencia, deductibilidad, compatibilidad o incompatibilidad,
etc.) que existan entre ellas.
Lo que se pretende con el último tipo de contraste mencionado es descubrir hasta qué punto
satisfarán las nuevas consecuencias de la teoría —sea cual fuere la novedad de sus asertos— a
los requerimientos de la práctica, ya provengan éstos de experimentos puramente científicos o de
aplicaciones tecnológicas prácticas. También en este caso el procedimiento de contrastar resulta
ser deductivo; veámoslo. Con ayuda de otros enunciados anteriormente aceptados se deducen
6
Comunicación en el sesenta cumpleaños de Max Planck. El pasaje citado comienza con las palabras: «La tarea suprema del físico es la
búsqueda de aquellas leyes sumamente universales», etc. (citado según A. EINSTEIN, Mein Weltbüd, 1934, pág. 168; traducción ingl. por A.
HARRIS, The World as I see It, 1935, pág. 125). En LlEBIG, op. cit., se liailan con anterioridad ideas parecidas; cf. también MACH, Principien
der Wármelehre (1896), págs. 443 y sigs. * La palabra alemana mEinfiíhlungí) es difícil de traducir; Harris vierte: «sympathetic understanding
of experience» (compreiisión sim-pática de la experiencia).
**Empleamos cl verlio falsar y sus derivados (falsable, falsación, falsador, etc.) como versión de to falsify y los suyos (falsifiable, falsification, falsifier, etc.): pues tanto falsificar como
falsear tienen en castellano un sentido perfectamente vivo, que provocaría incesantes malentendidos si se empleasen aquí para traducir to falsify (que el autor emplea exclusivamente en el
sentido de «poner de manifiesto que algo es o era falso»). Falsar es un término técnico del juego del tresillo, al cual podemos dotar de este otro contenido semántico sin grave riesgo, al
parecer; por otra parte, no es inexistente en la historia del idioma con significado próximo al que aquí le damos: cf. BERCEO, Vida de Santo Domingo de Silos, 114 c, Milagros de
Nuestra Señora, 91 c; Historia troyana polimétrica, poema X, 151 {N. del T.).
7
de la teoría a contrastar ciertos enunciados singulares —-que podremos denominar
«predicciones»—; en especial, predicciones que sean fácilmente contrastables o aplicables. Se
eligen entre estos enunciados los que no sean deductibles de la teoría vigente, y, más en
particular, los que se encuentren en contradicción con ella. A continuación tratamos de decidir en
lo que se refiere a estos enunciados deducidos (y a otros), comparándolos con los resultados de
las aplicaciones prácticas y de experimentos. Si la decisión es positiva, esto es, si las
conclusiones singulares resultan ser aceptables, o verificadas, la teoría a que nos referimos ha
pasado con éxito las contrastaciones (por esta vez): no hemos encontrado razones para
desecharla. Pero si la decisión es negativa, o sea, si las conclusiones han sido falsadas**, esta
falsación revela que la teoría de la que se han deducido lógicamente es también falsa.
Conviene observar que una decisión positiva puede apoyar a la teoría examinada sólo
temporalmente, pues otras decisiones negativas subsiguientes pueden siempre derrocarla.
Durante el tiempo en que una teoría resiste contrastaciones exigentes y minuciosas, y en que no
la deja anticuada otra teoría en la evolución del progreso científico, podemos decir que ha
«demostrado su temple» o que está “corroborada”*7 por la experiencia.
En este libro pretendo dar un análisis más detallado de los métodos de contrastación deductiva; e
intentaré mostrar que todos los problemas que se suelen llamar “epistemológicos” pueden
tratarse dentro del marco de dicho análisis. En particular, los problemas a que da lugar la lógica
inductiva pueden eliminarse sin dar origen a otros nuevos en su lugar.
4. EL PROBLEMA DE LA DEMARCACIÓN
Entre las muchas objeciones que pueden hacerse contra las tesis que he propuesto ahora mismo,
la más importante es, quizá, la siguiente: al rechazar el método de la inducción —podría decirse—
privo a la ciencia empírica de lo que parece ser su característica más importante; esto quiere
decir que hago desaparecer las barreras que separan la ciencia de la especulación metafísica. Mi
7
Acerca de este término, véanse la nota *1 antes del apartado 79 y el apartado *29 de mi Postscript.
8
respuesta a esta objeción es que mi principal razón para rechazar la lógica inductiva es
precisamente que no proporciona un rasgo discriminador apropiado del carácter empírico, no
metafísico, de un sistema teórico; o, en otras palabras, que no proporciona un “criterio de
demarcación” apropiado.
Llamo problema de la demarcación8 al de encontrar un criterio que nos permita distinguir entre
las ciencias empíricas, por un lado, y los sistemas «metafísicos», por otro.
Hume conoció este problema e intentó resolverlo9; con Kant se convirtió en el problema central de
la teoría del conocimiento. Si, siguiendo a Kant, llamamos «problema de Hume» al de la
inducción, deberíamos designar al problema de la demarcación como «problema de Kant».
De estos dos problemas —que son fuente de casi todos los demás de la teoría del
conocimiento— el de la demarcación es, según entiendo, el más fundamental. En realidad, la
razón principal por la que los epistemólogos con inclinaciones empiristas tienden a prender su fe
en el «método de la inducción», parece ser que la constituye su creencia de que éste es el único
método que puede proporcionar un criterio de demarcación apropiado: esto se aplica,
especialmente, a los empiristas que siguen las banderas del «positivismo».
Los antiguos positivistas estaban dispuestos a admitir únicamente como científicos o legítimos
aquellos conceptos (o bien nociones, o ideas) que, como ellos decían, derivaban de la
experiencia; o sea, aquellos conceptos que ellos creían lógicamente reducibles a elementos de la
experiencia sensorial, tales como sensaciones (o datos sensibles), impresiones, percepciones,
recuerdos visuales o auditivos, etc. Los positivistas modernos son capaces de ver con mayor
claridad que la ciencia no es un sistema de conceptos, sino más bien un sistema de enunciados10
En consecuencia, están dispuestos a admitir únicamente como científicos o legítimos los
enunciados que son reducibles a enunciados elementales (o «atómicos») de experiencia —a
«juicios de percepción», «proposiciones atómicas», «cláusulas protocolarias» o como los quieran
8
Acerca de esto (y, asimismo, de lo tratado en los apartados 1 a 6 y 13 a 24), compárese mi nota; Erkenntnis 3, 1933, pág. 426; *la incluyo aquí,
traducida, formando el apéndice *I.
9
Cf. la última frase de su Enquiry Concerning Human Understanding. * Compárese con el próximo párrafo y la alusión a los epistemólogos, por
ejemplo, la cita de Reichenbach del texto correspondiente a la nota 1 del apartado 1.
10
Veo ahora que cuando escribí este texto sobreestimé a los «positivistas mo» dernos». Debería haber recordado que, a este respecto, el
prometedor comienzo del Tractatus de Wittgenstein —«El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas »— queda anulado por su final,
en el que ataca a la persona que «no había dado significado a ciertos signos de sus proposiciones». Véase también mi Open Society and its
Enemies, cap. 11, apartado II [vers. cast, de E. LODEL, La sociedad abierta y SU.1 enemigos, Paidós, Buenos Aires. 1957, págs. 230 y sig.
(T.)], asi como el capítulo •1 de mi Postscript, especialmente loa apartados • l l (nota 5), *24 (los cinco última párrafo») y *25.
9
llamar11'—. No cabe duda de que el criterio de demarcación implicado de este modo se identifica
con la lógica inductiva que piden.
Desde el momento en que rechazo la lógica inductiva he de rechazar también todos estos
intentos de resolver el problema de la demarcación: con lo cual este problema aumenta de
importancia en el presente estudio. El hallazgo de un criterio de demarcación aceptable tiene que
ser una tarea crucial de cualquier epistemología que no acepte la lógica inductiva.
Pero si con las expresiones «absurdo» o «carente de sentido» no queremos expresar otra cosa,
por definición, que «no perteneciente a la ciencia empírica», en tal caso la caracterización de la
metafísica como un absurdo carente de sentido será trivial: pues a la metafísica se la define
normalmente como no empírica. Pero —naturalmente— los positivistas creen que pueden decir
de la metafísica muchas otras cosas, además de que sus enunciados son no empíricos. Las
expresiones «absurdo» y «carente de sentido» comportan una evaluación peyorativa (y se
pretende que la comporten); y, sin duda alguna, lo que los positivistas tratan realmente de
conseguir no es tanto una demarcación acertada como derribar definitivamente 13 y aniquilar la
metafísica. Como quiera que sea, nos encontramos con que cada vez que los positivistas han
intentado decir con mayor claridad lo que significaba «con sentido» la tentativa conducía al mismo
resultado: a una definición de «cláusula con sentido» (en contraposición a «pseudocláusula sin
sentido») que simplemente reitera el criterio de demarcación de su lógica inductiva.
11
Desde luego, nada depende de los nomhres. Cuando inventé el nuevo nombre «enunciado básico» (o «proposición básica»: véanse, más abajo,
los apartados 7 y 28), lo hice sólo porque necesitaba un término no cargado con la connotación de enunciado perceptivo; pero,
desgraciadamente, lo adoptaron pronto otras personas, y lo utilizaron para transmitir justamente la clase de significado que yo había querido
evitar. Cf. también mi Postscript, apartado *29.
12
Hume, por tanto, condenó su propia Enquiry en la última página, de igual modo que Wittgenstein, más tarde, ha condenado su propio
Tractatus en la última página. (Véase la nota 2 al apartado 10.)
13
CARNAP, Erkenntnis 2, 1932, págs. 219 y sigs. Anteriormente, Mili había usado la expresión «carente de sentido» de forma análoga, *sin
duda alguna bajo la influencia de Comte; cf. también los Early Essays on Social Philosophy de COMTE, ed. po» H. D. Hutton, 1911, citados en
mi Open Society, nota 51 del capítulo II.
10
Esto «se hace patente» con gran claridad en el caso de Wittgenstein, según el cual toda
proposición con sentido tiene que ser lógicamente reducible14 a proposiciones elementales (o
«atómicas»), que caracteriza como descripciones o «imágenes de la realidad»15 (caracterización,
por cierto, que ha de cubrir todas las proposiciones con sentido). Podemos darnos cuenta de que
el criterio de sentido de Wittgenstein coincide con el criterio de demarcación de los inductivistas,
sin más que remplazar las palabras «científica» o «legítima» por «con sentido». Y es
precisamente al llegar al problema de la inducción donde se derrumba este intento de resolver el
problema de la demarcación: los positivistas, en sus ansias de aniquilar la metafísica, aniquilan
juntamente con ella la ciencia natural. Pues tampoco las leyes científicas pueden reducirse
lógicamente a enunciados elementales de experiencia. Si se aplicase con absoluta coherencia, el
criterio de sentido de Wittgenstein rechazaría por carentes de sentido aquellas leyes naturales
cuya búsqueda, como dice Einstein16, es «la tarea suprema del físico»: nunca podrían aceptarse
como enunciados auténticos o legítimos. La tentativa wittgensteiniana de desenmascarar el
problema de la inducción como un pseudoproblema vacío, ha sido expresada por Schlick17' con
las siguientes palabras: «El problema de la inducción consiste en preguntar por la justificación
lógica de los enunciados universales acerca de la realidad... Reconocemos, con Hume, que no
existe semejante justificación lógica: no puede haber ninguna, por el simple hecho de que no son
auténticos enunciados»18.
Esto hace ver que el criterio inductivista de demarcación no consigue trazar una línea divisoria
entre los sistemas científicos y los metafísicos, y por qué ha de asignar a unos y otros el mismo
estatuto: pues el veredicto del dogma positivista del sentido es que ambos son sistemas de
pseudoaserciones sin sentido. Así pues, en lugar de descastar radicalmente la metafísica de las
ciencias empíricas, el positivismo lleva a una invasión del campo científico por aquélla19.
14
WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus (1918 y 1922), Proposición 5. [vers. cast, de E. TIERNO GALVÁN, Revista de Occidente, Madrid, 1957
(T.)]. *Esto se escribió en 1934, y, por tanto, me refiero exclusivamente, como es natural, al Tractatus («se hace patente» es una de sus expresiones favoritas).
15
WITTGENSTEIN, op. cit., Proposiciones 4.01, 4.03 y 2.221.
16
Cf. la nota 1 del apartado 2.
17
Schlick atribuyó a Wittgenstein la idea de tratar las leyes científicas como pseudoproposiciones, con lo cual se resolvía el problema de la inducción. (Cf. mi
Open Society, notas 46 y 51 y sig. del capítulo 11.) Pero, en realidad, es mucho más antigua : forma parte de la tradición instrumentalista que puede hacerse
remontar a Berkeley e incluso más atrás. [Véanse, por ejemplo, mi trabajo «Three Views Concerning Human Knowledge», en Contemporary British Philosophy,
1956, y «A Note on Berkeley as a Precursor of Mach», en The British Journal for the Philosophy of Science, IV, 4, 1953, págs. 26 y sigs., reimpreso en mi
Conjectures and Refutations, 1959; se encontrarán otras referencias en la nota *1 que precede al apartado 12 (pág. 57). En mi Postscript trato asimismo este
problema: apartados *11 a *14 y *19 a *26.]
18
SCHLICK, Naturwissenschaften 19, 1931, pág. 156 (la cursiva es mía). En lo que se refiere a las leyes naturales, Schlick escribe (pág. 151): «Se ha hecho notar
a menudo que, estrictamente, no podemos hablar nunca de una verificación absoluta de una ley, pues hacemos siempre —por decirlo así— la salvedad de que
puede ser modificada a la vista de nuevas experiencias. Si puedo añadir, entre paréntesis —continúa Schlick—, algunas palabras acerca de esta situación lógica, el
hecho mencionado arriba significa que una ley natural no tiene, en principio, el carácter de un enunciado, sino que es Inás bien una prescripción para la formación
de enunciados ». * (No cabe duda de que se pretendía incluir en «formación» la transformación y la deducción.) Schlick atribuía esta teoría a una comunicación
personal de Wittgenstein. Véase también el apartado *12 de mi Postcript.
19
Cf. el apartado 78 (por ejemplo, la nota 1). * Véanse también mi Open Society, notas 46, 51 y 52 del capítulo 11, y mi trabajo «The Demarcation between
Science and Metaphysics», entregado en enero de 1955 para el lomo dedicado a Cfernap (aún no publicado) de la Library of Living Philosophers, ed. por P. A.
SciiiLPP.
11
Frente a estas estratagemas antimetafísicas —antimetafísicas en la intención, claro está— no
considero que haya de ocuparme en derribar la metafísica, sino, en vez de semejante cosa, en
formular una caracterización apropiada de la ciencia empírica, o en definir los conceptos de
«ciencia empírica» y de «metafísica» de tal manera que, ante un sistema dado de enunciados,
seamos capaces de decir si es asunto o no de la ciencia empírica el estudiarlo más de cerca.
Mi criterio de demarcación, por tanto, ha de considerarse como una propuesta para un acuerdo o
convención. En cuanto a si tal convención es apropiada o no lo es, las opiniones pueden diferir;
mas sólo es posible una discusión razonable de estas cuestiones entre partes que tienen cierta
finalidad común a la vista. Por supuesto que la elección de tal finalidad tiene que ser, en última
instancia, objeto de una decisión que vaya más allá de toda argumentación racional20.
Las metas de la ciencia a las que me refiero son otras. No trato de justificarlas, sin embargo,
presentándolas como el blanco verdadero o esencial de la ciencia, lo cual serviría únicamente
para perturbar la cuestión y significaría una recaída en el dogmatismo positivista. No alcanzo a
ver más que una sola vía para argumentar racionalmente en apoyo de mis propuestas: la de
analizar sus consecuencias lógicas —señalar su fertilidad, o sea, su poder de elucidar los
problemas de la teoría del conocimiento.
Así pues, admito abiertamente que para llegar a mis propuestas me he guiado, en última
instancia, por juicios de valor y por predilecciones. Mas espero que sean aceptables para todos
los que no solo aprecian el rigor lógico, sino la libertad de dogmatismos; para quienes buscan la
aplicabilidad práctica, pero se sienten atraídos aún en mayor medida por la aventura de la ciencia
20
Creo que siempre es posible una discusión razonable entre partes interesadas por la verdad y dispuestas a prestarse atención mutuamente (cf. mi Open Society,
capítulo 24).
21
Esta es la tesis de Dingier; cf. nota 1 del apartado 19.
22
Tesis de O. SpANiv (Kate^orienlehre, 1924).
12
y por los descubrimientos que una y otra vez nos enfrentan con cuestiones nuevas e inesperadas,
que nos desafían a ensayar respuestas nuevas e insospechadas.
El hecho de que ciertos juicios de valor hayan influido en mis propuestas no quiere decir que esté
cometiendo el error de que he acusado a los positivistas —el de intentar el asesinato de la
metafísica por medio de nombres infamantes—. Ni siquiera llego a afirmar que la metafísica
carezca de valor para la ciencia empírica. Pues no puede negarse que, así como ha habido ideas
metafísicas que han puesto una barrera al avance de la ciencia, han existido otras —tal el
atomismo especulativo— que la han ayudado. Si miramos el asunto desde un ángulo psicológico,
me siento inclinado a pensar que la investigación científica es imposible sin fe en algunas ideas
de una índole puramente especulativa (y, a veces, sumamente brumosas): fe desprovista
enteramente de garantías desde el punto de vista de la ciencia, y que —en esta misma medida—
es «metafísica»23.
Una vez que he hecho estas advertencias, sigo considerando que la primera tarea de la lógica del
conocimiento es proponer un concepto de ciencia empírica con objeto de llegar a un uso
lingüístico —actualmente algo incierto— lo más definido posible, y a fin de trazar una línea de
demarcación clara entre la ciencia y las ideas metafísicas —aun cuando dichas ideas puedan
haber favorecido el avance de la ciencia a lo largo de toda su historia.
La tarea de formular una definición aceptable de la idea de ciencia empírica no está exenta de
dificultades. Algunas de ellas surgen del hecho de que tienen que existir muchos sistemas
teóricos cuya estructura lógica sea muy parecida a la del sistema aceptado en un momento
determinado como sistema de la ciencia empírica. En ocasiones se describe esta situación
diciendo que existen muchísimos «mundos lógicamente posibles» —posiblemente un número
infinito de ellos—. Y, con todo, se pretende que el sistema llamado «ciencia empírica» represente
únicamente un mundo: el «mundo real» o «mundo de nuestra experiencia»24.
Con objeto de precisar un poco más esta afirmación, podemos distinguir tres requisitos que
nuestro sistema teórico empírico tendrá que satisfacer. Primero, ha de ser sintético, de suerte que
23
Cf. también: PLANK. Positivismus und r/Bale Aussenwelt (1931), y EINSTEIN, «Die Religiositat der Forschung», en Mein Weltbild (1934),
pág. 43; trad. ingl. Por A. HARRIS, Tlie fVorld as I see It (1935), págs. 23 y sigs. * Véanse, asimismo, el apartado 85 y mí Postscript.
24
Cf. el apéndice *X.
13
pueda representar un mundo no contradictorio, posible; en segundo lugar, debe satisfacer el
criterio de demarcación (cf. los apartados 6 y 21), es decir, no será metafísico, sino representará
un mundo de experiencia posible; en tercer término, es menester que sea un sistema que se
distinga —de alguna manera— de otros sistemas semejantes por ser el que represente nuestro
mundo de experiencia.
Mas, ¿cómo ha de distinguirse el sistema que represente nuestro mundo de experiencia? He aquí
la respuesta: por el hecho de que se le ha sometido a contraste y ha resistido las contrastaciones.
Esto quiere decir que se le ha de distinguir aplicándole el método deductivo que pretendo analizar
y describir.
Según esta opinión, la «experiencia» resulta ser un método distintivo mediante el cual un sistema
teórico puede distinguirse de otros; con lo cual la ciencia empírica se caracteriza —al parecer—
no sólo por su forma lógica, sino por su método de distinción. (Desde luego, ésta es también la
opinión de los inductivistas, que intentan caracterizar la ciencia empírica por su empleo del
método inductivo.)
Por tanto, puede describirse la teoría del conocimiento, cuya tarea es el análisis del método o del
proceder peculiar de la ciencia empírica, como una teoría del método empírico —una teoría de lo
que normalmente se llama experiencia.
El criterio de demarcación inherente a la lógica inductiva —esto es, el dogma positivista del
significado o sentido (en ingl., meaning) equivale a exigir que todos los enunciados de la ciencia
empírica (o, todos los enunciados «con sentido») sean susceptibles de una decisión definitiva con
respecto a su verdad y a su falsedad; podemos decir que tienen que ser (decidibles de modo
concluyente). Esto quiere decir que han de tener una forma tal que sea lógicamente posible tanto
verificarlos como falsarlos. Así, dice Schlick: “... un auténtico enunciado tiene (que ser susceptible
de verificación concluyente25”; y Waismann escribe, aún con mayor claridad: «Si no es posible
determinar si un enunciado es verdadero, entonces carece enteramente de sentido: pues el
sentido de un enunciado es el método de su verificación»26.
25
SCHLICK, Naturwissenschajten 19. 1931, pág. 150.
26
WAISMANN. Erkenntnis 1. 19.30. pág. 229.
14
Ahora bien; en mi opinión, no existe nada que pueda llamarse inducción 27. Por tanto, será
lógicamente inadmisible la inferencia de teorías a partir de enunciados singulares que estén
«verificados por la experiencia» (cualquiera que sea lo que esto quiera decir). Así pues, las
teorías no son nunca verificables empíricamente. Si queremos evitar el error positivista de que
nuestro criterio de demarcación elimine los sistemas teóricos de la ciencia natural28, debemos
elegir un criterio que nos permita admitir en el dominio de la ciencia empírica incluso enunciados
que no puedan verificarse.
Pero, ciertamente, sólo admitiré un sistema entre los científicos o empíricos si es susceptible de
ser contrastado por la experiencia. Estas consideraciones nos sugieren que el criterio de
demarcación que hemos de adoptar no es el de la verificabilidad sino el de la falsabilidad de los
sistemas29. Dicho de otro modo: no exigiré que un sistema científico pueda ser seleccionado, de
una vez para siempre, en un sentido positivo ; pero sí que sea susceptible de selección en un
sentido negativo por medio de contrastes o pruebas científicas: ha de ser posible refutar por la
experiencia un sistema científico empírico30.
(Así, el enunciado «lloverá o no lloverá aquí mañana» no se considerará empírico, por el simple
hecho de que no puede ser refutado; mientras que a este otro, “lloverá aquí mañana”, debe
considerársele empírico.)
27
No me refiero aquí, desde luego, a la llamada «inducción matemática»; lo que niego es que exista nada que pueda llamarse inducción en lo que se denominan «ciencias
inductivas»: que existan «procedimientos inductivos» o «inferencias inductivas».
28
En su Logical Syntax (1937, págs. 321 y sig.), Carnap admitía que se trataba de un error (y mencionaba mis críticas); y todavía avanzó más en este sentido en TestabíUty
and Meaning. donde reconoció el hecho de que las leyes universales no son solamente convenientes para la ciencia, sino incluso esenciales (Philosophy of Science 4. 1937. Pág. 27).
Pero en su obra inductivista Logical Foundations of Probability (1950) vuelve a una posición muy semejante a la que aquí criticamos: al encontrar que las leyes universales tiene
probabilidad cero (pág. 571) se ve obligado a decir que, aunque no es necesario expulsarlas de la ciencia, ésta puede manejarse perfectamente sin ellas.
29
Observese que propongo la falsabilidad como criterio de demarcación, pero no de sentido. Advie'rtase, además, que anteriormente (en el apartado 4) he criticado enérgicamente el
empleo de la idea de sentido como criterio de demarcación, y que ataco el dogrna del sentido, aún más enerí^icíhuente. en el at>artado 9. Por tanto, es un puro mito (aunque gran número
de refutaciones de mi teoría están [Link] en él) decir que haya propuesto jamás la falsaljilidad como criterio ile sentido. I.a falsahilidad separa dos tipos de enunciados perfectamente
dolados de sentido, los falsahles y los no falsables : traza una línea dentro del leníruaje eon sentidí). no alrededor de él. Véanse también el apéndice *I y el capítulo *1 de mi Postscript,
especialmente los apartados *17 y *19.
30
En otros autores se encuentran ideas análogas: por ejemplo, en FRANK, Die Katisaliliil and ilirp Cri'nzfn (I9,'il). capítulo I, § 10 {paps. 13 y sig.), y en DlBlsi. AV, Die Definition
{.'5." ed., í'Jül ), paps, 100 y sip, ((•{. [Link], más arrilia, la nota 1 Jel apartado 4.)
15
Puede también hacerse de nuevo un intento de volver contra mí mi propia crítica del criterio
inductivista de demarcación: pues podría parecer que cabe suscitar objeciones contra la
falsabilidad como criterio de demarcación análoga a las que yo he suscitado contra la
verificabilidad.
Este ataque no me alteraría. Mi propuesta está basada en una asimetría entre la -verificabilidad y
la falsabilidad: asimetría que se deriva de la forma lógica de los enunciados universales31. Pues
éstos no son jamás deductibles de enunciados singulares, pero sí pueden estar en contradicción
con estos últimos. En consecuencia, por medio de inferencias puramente deductivas (valiéndose
del modus tollens de la lógica clásica) es posible argüir de la verdad de enunciados singulares la
falsedad de enunciados universales. Una argumentación de esta índole, que lleva a la falsedad
de enunciados universales, es el único tipo de inferencia estrictamente deductiva que se mueve,
como si dijéramos, en «dirección inductiva»: esto es, de enunciados singulares a universales.
Más grave puede parecer una tercera objeción. Podría decirse que, incluso admitiendo la
asimetría, sigue siendo imposible —por varias razones— falsar de un modo concluyente un
sistema teórico: pues siempre es posible encontrar una vía de escape de la falsación, por
ejemplo, mediante la introducción ad hoc de una hipótesis auxiliar o por cambio ad hoc de una
definición; se puede, incluso, sin caer en incoherencia lógica, adoptar la posición de negarse a
admitir cualquier experiencia falsadora. Se reconoce que los científicos no suelen proceder de
este modo, pero el procedimiento aludido siempre es lógicamente posible ; y puede pretenderse
que este hecho convierte en dudoso —por lo menos— el valor lógico del criterio de demarcación
que he propuesto.
Me veo obligado a admitir que esta crítica es justa; pero no necesito, por ello, retirar mi propuesta
de adoptar la falsabilidad como criterio de demarcación. Pues voy a proponer (en los apartados
20 y siguientes) que se caracterice el método empírico de tal forma que excluya precisamente
aquellas vías de eludir la falsación que mi imaginario crítico señala insistentemente, con toda
razón, como lógicamente posibles. De acuerdo con mi propuesta, lo que caracteriza al método
empírico es su manera de exponer a falsación el sistema que ha de contrastarse: justamente de
todos los modos imaginables. Su meta no es salvarles la vida a los sistemas insostenibles, sino,
por el contrario, elegir el que comparativamente sea más apto, sometiendo a todos a la más
áspera lucha por la supervivencia.
31
Me ocupo ahora más a fondo de esta asimetría en el apartado *22 de mi Postscript.
16
El criterio de demarcación propuesto nos conduce a una solución del problema de Hume de la
inducción, o sea, el problema de la validez de las leyes naturales. Su raíz se encuentra en la
aparente contradicción existente entre lo que podría llamarse «la tesis fundamental del
empirismo» —la de que sólo la experiencia puede decidir acerca de la verdad o la falsedad de los
enunciados científicos— y la inadmisibilidad de los razonamientos inductivos, de la que se dio
cuenta Hume. Esta contradicción surge únicamente si se supone que todos los enunciados
científicos empíricos han de ser «decidibles de modo concluyente», esto es, que, en principio,
tanto su verificación como su falsación han de ser posibles. Si renunciamos a esta exigencia y
admitimos como enunciados empíricos también los que sean decidibles en un solo sentido —
decidibles unilateralmente, o, más en particular, falsables— y puedan ser contrastados mediante
ensayos sistemáticos de falsación, desaparece la contradicción: el método de falsación no
presupone la inferencia inductiva, sino únicamente las transformaciones tautológicas de la lógica
deductiva, cuya validez no se pone en tela de juicio32.
Para que la falsabilidad pueda aplicarse de algún modo como criterio de demarcación deben
tenerse a mano enunciados singulares que puedan servir como premisas en las inferencias
falsadoras. Por tanto, nuestro criterio aparece como algo que solamente desplaza el problema —
que nos retrotrae de la cuestión del carácter empírico de las teorías a la del carácter empírico de
los enunciados singulares.
Pero incluso en este caso se ha conseguido algo. Pues en la práctica de la investigación científica
la demarcación presenta, a veces, una urgencia inmediata en lo que se refiere a los sistemas
teóricos, mientras que rara vez se suscitan dudas acerca de la condición empírica de los
enunciados singulares. Es cierto que se tienen errores de observación, y que dan origen a
enunciados singulares falsos, pero un científico casi nunca se encuentra en el trance de describir
un enunciado singular como no empírico o metafísico.
Por tanto, los problemas de la base empírica —esto es, los concernientes al carácter empírico de
enunciados singulares y a su contrastación— desempeñan un papel en la lógica de la ciencia
algo diferente del representado por la mayoría de los demás problemas de que habremos de
32
Acerca de esta cuestión, véase también mi trabajo mencionado en la nota 1 del apartado 4, * que ahora está incluido aquí en el apéndice *I, y, asimismo, mi Postscript,
especialmente el apartado "'2,
17
ocuparnos. Pues gran parte de éstos se encuentran en relación estrecha con la práctica de la
investigación, mientras que el problema de la base empírica pertenece casi exclusivamente a la
teoría del conocimiento. Me ocuparé de ellos, sin embargo, ya que dan lugar a muchos puntos
obscuros: lo cual ocurre, especialmente, con las relaciones entre experiencias perceptivas y
enunciados básicos. (Llamo «enunciado básico» o «proposición básica» a un enunciado que
puede servir de premisa en una falsación empírica: brevemente dicho, a la enunciación de un
hecho singular.)
Se ha considerado con frecuencia que las experiencias perceptivas proporcionan algo así como
una justificación de los enunciados básicos: se ha mantenido que estos enunciados están
«basados sobre» tales experiencias, que mediante éstas se «manifiesta por inspección» la
verdad de aquéllos, o que dicha verdad se hace «patente» en las experiencias mencionadas, etc.
Todas estas expresiones muestran una tendencia perfectamente razonable a subrayar la
estrecha conexión existente entre los enunciados básicos y nuestras experiencias perceptivas.
Con todo, se tenía la impresión (exacta) de que los enunciados sólo pueden justificarse
lógicamente mediante otros enunciados: por ello, la conexión entre las percepciones y los
enunciados permanecía obscura, y era descrita por expresiones de análoga obscuridad que no
aclaraban nada, sino que resbalaban sobre las dificultades o, en el mejor de los casos, las
señalaban fantasmalmente con metáforas.
También en este caso puede encontrarse una solución, según creo, si separamos claramente los
aspectos psicológicos del problema de los lógicos y metodológicos. Hemos de distinguir, por una
parte, nuestras experiencias subjetivas o nuestros sentimientos de convicción, que no pueden
jamás justificar enunciado alguno (aun cuando pueden ser objeto de investigación psicológica), y,
por otra, las relaciones lógicas objetivas existentes entre los diversos sistemas de enunciados
científicos y en el interior de cada uno de ellos.
En los apartados 25 a 30 trataremos con algún detalle los problemas referentes a la base
empírica. Por el momento, he de volverme hacia el problema de la objetividad científica, pues los
términos «objetivo » y «subjetivo» que acabo de utilizar necesitan aclaración.
Las palabras «objetivo» y «subjetivo» son términos filosóficos cargados de una pesada herencia
de usos contradictorios y de discusiones interminables y nunca concluyentes.
18
El empleo que hago de los términos «objetivo» y «subjetivo» no es muy distinto del kantiano. Kant
utiliza la palabra «objetivo» para indicar que el conocimiento científico ha de ser justificable,
independientemente de los caprichos de nadie: una justificación es «objetiva» si en principio
puede ser contrastada y comprendida por cualquier persona. «Si algo es válido —escribe— para
quienquiera que esté en uso de razón, entonces su fundamento es objetivo y suficiente»33.
Ahora bien; yo mantengo que las teorías científicas no son nunca enteramente justificables o
verificables, pero que son, no obstante, contrastables. Diré, por tanto, que la objetividad de los
enunciados científicos descansa en el hecho de que pueden contrastarse intersubjetivamente34.
Kant aplica la palabra «subjetivo» a nuestros sentimientos de convicción (de mayor o menor
grado)35. El examen de cómo aparecen estos es asunto de la psicología: pueden surgir, por
ejemplo, «según leyes de la asociación»36; también pueden servir razones objetivas como
“causas subjetivas del juzgar”37, desde el momento en que reflexionamos sobre ellas y nos
convencemos de su congruencia.
Quizá fue Kant el primero en darse cuenta de que la objetividad de los enunciados se encuentra
en estrecha conexión con la construcción de teorías —es decir, con el empleo de hipótesis y de
enunciados universales—. Sólo cuando se da la recurrencia de ciertos acontecimientos de
acuerdo con reglas o regularidades —y así sucede con los experimentos repetibles— pueden ser
contrastadas nuestras observaciones por cualquiera (en principio). Ni siquiera tomamos muy en
serio nuestras observaciones, ni las aceptamos como científicas, hasta que las hemos repetido y
contrastado. Sólo merced a tales repeticiones podemos convencernos de que no nos
encontramos con una mera «coincidencia» aislada, sino con acontecimientos que, debido a su
regularidad y reproductibilidad, son, en principio, contrastables intersubjetivamente 38.
33
Kritik der reinen Vernunft, Methodenlehre, 2. Haupslück, 3. Abschnitt (2." ed., página 848; trad. ingl. por N. KEMP SMITH, 1933: Critique of Pare Reason, The
Trascendental Doctrine of Method, capítulo II, sección 3.", pág. 645) [vers. cast, de J. DEL PEROJO y F. L. ALVAREZ, 1952 (4." ed.): Critica de la razón pura (Sopeña
Argentina, Buenos Aires), Teoría trascendental del método, capítulo II, sección 3.", página 192 del t. II (T.)}.
34
Desde que escribí estas palabras he generalizado esta formulación: pues la contrastación intersubjetiva es meramente un aspecto muy importante de la idea más general de
la crítica intersubjetiva, o, dicho de otro modo, de la idea de la regulación racional mutua por medio del debate crítico. Esta idea más general, que he tratada con cierta
extensión en mi Open Sociaty and its Enemies, capítulos 23 y 24, y en mi Poverty of Historicism [traducción castellana por P. SCHWAKTZ, JAI miseria del
historicismo, Taurus, Madrid. 196t (T.)], apartado 32, se somete a estudio también en mi Postscript, en particular, en los capítulos *I, *II, y *V[.
35
Ibíd.
36
Cf. Kritik der reinen Vernunft, Trascendentale Elementarlehre, § 19 (2.* ed., página 142; trad. ingl. por N. KEMP SMITH, 1933, Critique of Pure Reason,
Trascendental Doctrine of Elements, § 19, pág. 159). [vers. esp. cit., pág. 136 del t. I (T.)l
37
Cf. Kritik der reinen Vernunft, Methodcnlchre, 2, Haupstiick, 3. Abschnitt (2." ed., pág. 849; vers, ingl., capítulo II, sección 3.", pág. 646 [trad. cast, cit., página
193 del t. II (T.)}.
38
Kant se dio cuenta de que de la objetividad que se ha requerido para los enunciados científicos se sigue que deben. ser contrastables intersubjetivamente en
cualquier momento, y que han de tener, por tanto, la forma de leyes universales o teorías. expresó tal descubrimiento, de modo poco claro, por medio de su
«principio de sucesión temporal de acuerdo con la ley de causalidad» (principio que creyó podía demostrar a priori por medio del razonamiento que hemos
indicado). Yo no postulo semejante principio (cf. el apartado 12); pero estoy de acuerdo en que los enunciados científicos, puesto que deben ser contrastables
intersubjetivamente han de tener siempre el carácter de hipótesis universales.
19
Todo físico experimental conoce esos sorprendentes e inexplicables «efectos» aparentes, que tal
vez pueden, incluso, ser reproducidos en su laboratorio durante cierto tiempo, pero que
finalmente desaparecen sin dejar rastro. Por supuesto, ningún físico diría en tales casos que
había hecho un descubrimiento científico (aun cuando puede intentar una nueva puesta a punto
de sus experimentos con objeto de hacer reproducible el efecto). En realidad, puede definirse el
efecto físico científicamente significativo como aquél que cualquiera puede reproducir con
regularidad sin más que llevar a cabo el experimento apropiado del modo prescrito. Ningún físico
serio osaría publicar, en concepto de descubrimiento científico, ningún «efecto oculto» (como
propongo llamarlo) de esta índole, es decir, para cuya reproducción no pudiese dar instrucciones.
Semejante «descubrimiento» se rechazaría más que de prisa por quimérico, simplemente porque
las tentativas de contrastarlo llevarían a resultados negativos39. (De ello se sigue que cualquier
controversia sobre la cuestión de si ocurren en absoluto acontecimientos que en principio sean
irrepetibles y únicos no puede decidirse por la ciencia: se trataría de una controversia metafísica.)
Podemos volver ahora a un aserto planteado en el apartado anterior: a mi tesis de que una
experiencia subjetiva, o un sentimiento de convicción, nunca pueden justificar un enunciado
científico; y de que semejantes experiencias y convicciones no pueden desempeñar en la ciencia
otro papel que el de objeto de una indagación empírica (psicológica). Por intenso que sea un
sentimiento de convicción nunca podrá justificar un enunciado. Por tanto, puedo estar
absolutamente convencido de la verdad de un enunciado, seguro de la evidencia de mis
percepciones, abrumado por la intensidad de mi experiencia: puede parecerme absurda toda
duda. Pero, ¿aporta, acaso, todo ello la más leve razón a la ciencia para aceptar mis enunciados?
¿Puede justificarse ningún enunciado por el hecho de que K. R. P. esté absolutamente
convencido de su verdad? La única respuesta posible es que no, y cualquiera otra sería
incompatible con la idea de la objetividad científica. Incluso el hecho —para mí tan firmemente
establecido—de que estoy experimentando un sentimiento de convicción, no puede aparecer en
el campo de la ciencia objetiva más que en forma de hipótesis psicológica; la cual, naturalmente,
pide un contraste o comprobación intersubjetivo : a partir de la conjetura de que yo tengo este
sentimiento de convicción, el psicólogo puede deducir, valiéndose de teorías psicológicas y de
otra índole, ciertas predicciones acerca de mi conducta —que pueden confirmarse o refutarse
mediante contrastaciones experimentales—. Pero, desde el punto de vista epistemológico, carece
39
En la bibliografía de la física se encuentran varios ejemplos de informes presentados por investigadores serios sobre la aparición de efectos que no podían ser reproducidos a voluntad,
ya que otras contrastaciones posteriores habían llevado a resultados negativos. Un ejemplo muy conocido, y reciente, es el resultado positivo •—que no ha recibido explicación— del
experimento de Michelson, resultado observado por Miller (1921-1926) en Mount Wilson, después de haber reproducido él mismo (así como Morley) el resultado negativo de Michelson.
Pero, puesto que otras contrastaciones posteriores volvieron a dar resultados negativos, es costumbre considerar que los decisivos son estos últimos, y explicar las observaciones
divergentes de Miller como «debidas a causas de error desconocidas». * Véase también el apartado 22, en especial la nota *1.
20
enteramente de importancia que mi sentimiento de convicción haya sido fuerte o débil, que haya
procedido de una impresión poderosa o incluso irresistible de certeza indudable (o «evidencia »),
o simplemente de una insegura sospecha: nada de todo esto desempeña el menor papel en la
cuestión de cómo pueden justificarse los enunciados científicos.
Las consideraciones del tipo que acabo de hacer no nos proporcionan, desde luego, una
respuesta para el problema de la base empírica; pero, al menos, nos ayudan a caer en la cuenta
de su dificultad principal. Al exigir que haya objetividad, tanto en los enunciados básicos como en
cualesquiera otros enunciados científicos, nos privamos de todos los medios lógicos por cuyo
medio pudiéramos haber esperado reducir la verdad de los enunciados científicos a nuestras
experiencias. Aún más: nos vedamos todo conceder un rango privilegiado a los enunciados que
formulan experiencias, como son los que describen nuestras percepciones (y a los que, a veces,
se llama «cláusulas protocolarias»): pueden aparecer en la ciencia únicamente como enunciados
psicológicos, lo cual quiere decir como hipótesis de un tipo cuyo nivel de contrastación
intersubjetiva no es, ciertamente, muy elevado (teniendo en cuenta el estado actual de la
psicología).
Cualquiera que sea la respuesta que demos finalmente a la cuestión de la base empírica, una
cosa tiene que quedar clara: si persistimos en pedir que los enunciados científicos sean objetivos,
entonces aquéllos que pertenecen a la base empírica de la ciencia tienen que ser también
objetivos, es decir, contrastables intersubjetivamente. Pero la contrastabilidad intersubjetiva
implica siempre que, a partir de los enunciados que se han de someter a contraste, puedan
deducirse otros también contrastables. Por tanto, si los enunciados básicos han de ser
contrastables intersubjetivamente a su vez, no puede haber enunciados últimos en la ciencia: no
pueden existir en la ciencia enunciados últimos que no puedan ser contrastados, y, en
consecuencia, ninguno que no pueda —en principio— ser refutado al falsar algunas de las
conclusiones que sea posible deducir de él.
De este modo llegamos a la siguiente tesis. Los sistemas teóricos se contrastan deduciendo de
ellos enunciados de un nivel de universalidad más bajo; éstos, puesto que han de ser
contrastables intersubjetivamente, tienen que poderse contrastar de manera análoga —y así ad
infinitum.
Podría pensarse que esta tesis lleva a una regresión infinita, y que, por tanto, es insostenible. En
el apartado 1, al criticar la inducción, opuse la objeción de que llevaría a un regreso infinito; y
21
puede muy bien parecerle ahora al lector que la misma objeción exactamente puede invocarse
contra el procedimiento de contrastación deductiva que defiendo a mi vez. Sin embargo, no
ocurre así. El método deductivo de contrastar no puede estatuir ni justificar los enunciados que se
contrastan, ni se pretende que lo haga; de modo que no hay peligro de una regresión infinita.
Pero ha de admitirse que la situación sobre la que acabo de llamar la atención —la
contrastabilidad ad infinitum, y la ausencia de enunciados últimos que no necesitasen ser
contrastados— crea, ciertamente, un problema. Pues es evidente que, de hecho, las
contrastaciones no pueden prolongarse ad infinitum: más tarde o más temprano hemos de
detenernos. Sin discutir ahora el problema en detalle, quiero únicamente señalar que la
circunstancia de que las contrastaciones no puedan continuar indefinidamente no choca con mi
petición de que todo enunciado científico sea contrastable. Pues no pido que sea preciso haber
contrastado realmente todo enunciado científico antes de aceptarlo: sólo requiero que cada uno
de estos enunciados sea susceptible de contrastación; dicho de otro modo: me niego a admitir la
tesis de que en la ciencia existan enunciados cuya verdad hayamos de aceptar resignadamente,
por la simple razón de no parecer posible —por razones lógicas— someterlos a contraste.
22