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Fantasmas en funerales: relatos aterradores

El documento explora la conexión entre funerales y experiencias sobrenaturales, relatando historias de personas que han presenciado fenómenos extraños durante estos eventos. A través de testimonios, se describe cómo los espíritus pueden manifestarse en momentos de duelo, generando miedo y fascinación. Las narraciones incluyen encuentros con llantos inexplicables y la sensación de que los difuntos aún están presentes, lo que invita a reflexionar sobre la vida después de la muerte.

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Fantasmas en funerales: relatos aterradores

El documento explora la conexión entre funerales y experiencias sobrenaturales, relatando historias de personas que han presenciado fenómenos extraños durante estos eventos. A través de testimonios, se describe cómo los espíritus pueden manifestarse en momentos de duelo, generando miedo y fascinación. Las narraciones incluyen encuentros con llantos inexplicables y la sensación de que los difuntos aún están presentes, lo que invita a reflexionar sobre la vida después de la muerte.

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Música de misterio

Locutor: Se dice que un funeral es el momento exacto en que los velos que separan nuestro
mundo del más allá se vuelven más delgados, permitiendo así que los espíritus atormentados se
manifiesten entre nosotros, se alarguen las sombras y los susurros se puedan confundir con el
viento helado que atraviesa nuestros huesos. Hay quienes cuentan haber visto fantasmas en estos
eventos fúnebres y lo trasmiten de generación en generación, alimentando el miedo y la
fascinación por lo desconocido. Los testimonios de aquellos que han presenciado apariciones de
fantasmas en los funerales nos obligan a recordar que la muerte no siempre es el final, y que los
espíritus pueden aferrarse a este mundo, buscando redención o venganza.

Prepárate para enfrentar un temor ancestral que se despierta en estas ceremonias fúnebres,
donde lo sobrenatural está más cerca de lo que crees. Las historias que hoy te cuento son
desgarradoras.

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Historia # 1

Las almas que se aferran a este mundo, son incapaces de dejar atrás el dolor y la tristeza que las
consume. La siguiente historia la vivió mi amiga Laura, durante el funeral de su tía, según me
comento, vivió una experiencia que la dejo marcada de por vida. Desde ese día el miedo se ha
apoderado de ella. El recuerdo de aquel llanto desgarrador y el misterio que rodeó la habitación
de su tía aun le persiguen. Su historia comienza así.

Hace años que dejé de asistir a los funerales, pues una experiencia aterradora en el último al que
fui me marcó profundamente. En aquella ocasión, estábamos despidiendo a mi tía Angélica, una
persona muy cercana a mí. Pasé gran parte de mi infancia a su lado, siendo su sobrina favorita.
Nuestra relación era estrecha y su partida me afectó mucho. El velorio se lo hicimos en su propia
casa, tal y como ella lo había pedido. La casa era grande, de dos pisos, con la sala y el comedor en
la planta baja, y arriba, las habitaciones de mi tía y de su hija, mi prima. A las 12 de la noche, en
medio del funeral, yo ya estaba agotada después de haber repartido comida a los asistentes. Le
pedí permiso a mi prima para poder descansar un rato en su habitación. Mientras me encontraba
en esa habitación oscura, a punto de quedarme dormida, fui despertada por el llanto de una
mujer. Ese llanto provenía de la habitación de mi tía, era fuerte y angustiante. Intenté reconocer la
voz, pero no lograba identificar a ninguna persona viva. Pensé que tal vez era mi prima quien
lloraba, así que fui a buscarla para consolarla.

Caminé hacia la habitación y traté de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llaves. A través de la
puerta le pregunté a mi prima si estaba bien y le pedí que me dejara pasar pues yo creía que ella
se encontraba allí. En ese momento, el llanto cesó y comenzaron a escucharse golpes fuertes,
como si alguien se estuviera golpeando la cabeza contra el suelo o la pared. Los gritos eran
aterradores, escuchaba los espejos romperse y los objetos se estremecían contra las paredes de la
habitación, yo en mi desesperación, empecé a llamar a mis familiares para que supieran que algo
estaba mal con mi prima.

Mientras esperaba por la ayuda, intenté con todas mis fuerzas abrir la puerta, pero fue en vano.
Mi tío, quien también escuchó los golpes y los gritos, intentó abrir la puerta, pero tampoco tuvo
éxito. Fue entonces cuando mi prima se acercó, quedé sorprendida al ver que no era ella quien
estaba dentro de esa habitación, giró la perilla y la puerta se abrió de repente. La habitación
estaba fría, esa temperatura estaba fuera de lo normal, pero para nuestra sorpresa, dentro de la
habitación no había nadie. A pesar de ser un cuarto pequeño, lo revisamos minuciosamente, pero
no encontramos a nadie, y no había rastros de un solo objeto roto, y todo estaba intacto. Aquello
nos pareció sumamente raro, y llegamos a la conclusión de que tal vez era mi tía intentando
despedirse desde el interior de su cuarto.

Bajamos nuevamente al velorio, pero yo ya no quería quedarme cerca de la habitación, ni tenía el


valor para hacerlo. Mientras rezábamos un rosario, todo parecía normal, pero se sentía una
presencia a nuestro alrededor. En un momento de silencio, cerramos los ojos y entonces
comenzamos a escuchar el llanto ahogado de una mujer. Todos abrimos los ojos, pensando que
alguien de la familia estaba llorando. Sin embargo, al mirarnos entre nosotros, nos dimos cuenta
de que ninguno era quien lloraba. No hablamos, no hicimos ningún gesto, pero aquel llanto no
cesaba. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que provenía del ataúd. Mi tía estaba llorando
desde su caja. Aquello nos asustó a todos y por un momento pensamos que aún estaba viva. Así
que uno de mis tíos valientemente destapó el ataúd y todos nos acercamos para ver a mi tía. Le
hablamos, le gritamos, pero ella permanecía con un semblante pálido y morado, la piel estaba fría
y se mantenía rígida. No había evidencias de haber mostrado alguna expresión en su rostro, pero
escuchamos claramente ese llanto ahogado en la caja, lo cual fue muy perturbador para mí.

¿Te pareció aterrador?, entonces espera a escuchar a Ricardo y su panorama escalofriante, donde
un fantasma se aferra a este mundo, negándose a abandonar la vida que dejó atrás.

Historia # 2

Cuando yo, era joven, solía trabajar ocasionalmente como empleado en una funeraria local. Una
noche, me asignaron la tarea de estar de guardia durante un velorio que se llevaría a cabo en la
madrugada. Aunque estaba un poco nervioso por estar ahí en medio de la noche en un lugar tan
inusual, decidí seguir adelante con la tarea. Fue entonces que conocí a Ricardo y me contó lo que
vivió en esa misma funeraria días antes de yo trabajar allí, en el velorio de la abuela de su amigo.
Era el velorio de un familiar de un amigo muy cercano, y al llegar a la funeraria, sentí cómo el
escalofrío recorría mi espina dorsal. Decidí mantenerme alejado del ataúd, no por miedo a parecer
un payaso, sino por el temor de que la imagen de la persona fallecida se grabara en mi mente de
manera perturbadora. Aunque sabía que se trataba de la abuelita de mi amigo, una mujer que
vivía en otra ciudad y a quien no conocía, preferí no tener un encuentro con ella en esas
circunstancias. Mi amigo me indicó que me sentara cerca del ataúd, un lugar que me asustaba.
Recuerdo que ese día la funeraria es estaba oscura, solo iluminada por las tenues luces de las
pocas velas que pudieron encontrar, el ataúd estaba adornado con flores en un macabro
contraste. Mientras me acomodaba, un familiar se me acercó y me ofreció café y un pan, pero mi
atención se vio interrumpida alrededor de las 2:40 de la madrugada, cuando mi amigo me pidió un
favor especial. Me solicitó que me colocara a los pies del ataúd y permaneciera en guardia. Sin ver
el rostro de la persona fallecida, le di la espalda y me mantuve en pie, cumpliendo con mi tarea.

Fue alrededor de las 3 de la madrugada cuando, a través de la puerta, vi entrar a una anciana
elegantemente vestida, pero sumida en un mar de lágrimas. Su aspecto era desolador, como si
hubiera sido destrozada por el dolor. Supuse que debía ser alguien muy cercano a la persona
fallecida, alguien cuya pérdida le había causado un profundo sufrimiento. Cuando finalmente pude
ver su rostro, quedé impactado por su apariencia desgarradora. Sus ojos, enrojecidos y hundidos
en la tristeza, reflejaban un dolor inmenso. A pesar de su sufrimiento, su elegancia no se
desvanecía. Su cabello estaba perfectamente peinado, y lucía un vestido negro de encaje, que
resaltaba su figura con un toque de misterio. Aquella señora se sentó al fondo de la sala, en
silencio, cubriendo sus ojos con los brazos mientras las lágrimas seguían fluyendo. La observé
durante largos 30 minutos, y ella ahí hundida en su dolor.

En ese momento, las personas que asistían al funeral comenzaron a retirarse, hasta que solo
quedamos unos pocos. Sin embargo, mi atención se centraba en la tristeza inquebrantable de
aquella mujer en el fondo. Parecía que su llanto no tenía fin, como si cada lágrima fuera un suspiro
de su alma. Cuando finalizó mi turno de guardia, mi amigo me relevó y mi preocupación por
aquella mujer creció aún más. Me acerqué a ella y le pregunté si necesitaba algo, pero no obtuve
respuesta alguna. Su llanto continuaba sin cesar. Me senté a su lado y le toqué el hombro,
tratando de darle mi apoyo y comprensión. Pude sentir su tristeza en lo más profundo de mí ser.
Con una voz quebrada, me confesó que aún no era su momento de partir, que aunque no era
joven, no le correspondía abandonarnos. Ella deseaba estar junto a nosotros.

Intenté consolarla, pero parecían desvanecerse en el aire. Su tristeza persistía. Decidí alejarme,
pensando que tal vez dejarla sola con su sufrimiento era lo mejor. Me dirigí a tomar un café y
comer un pan, lo cual me llevó entre 20 y 30 minutos. Al regresar, noté que aquella mujer ya no
estaba y su llanto había cesado. En ese momento, no le di mayor importancia, pensando que tal
vez se había retirado. Sin embargo, alrededor de las 6 de la mañana, los familiares trajeron una
fotografía en tamaño grande del familiar fallecido, la misma persona que reposaba en el ataúd y a
quien no había tenido el valor de mirar. Para mi asombro, la mujer en la fotografía se parecía de
manera sorprendente a la anciana que lloraba en el fondo de la funeraria. Pensé que podrían ser
gemelas, así que le pregunté a mi amigo al respecto. Sin embargo, él me aseguró que su abuelita
no tenía ninguna gemela. Me cuestionó sobre el motivo de mi pregunta, y con gran pesar, le
describí a la señora que había visto: una mujer de unos 60 años, con el cabello canoso, vestida
elegantemente de negro con encaje y un maquillaje discreto. La expresión en el rostro de mi
amigo cambió. Sin decir una palabra, me llevó hasta el ataúd y me mostró cómo estaba vestida su
abuelita, descansando en paz en su caja. En ese momento, confirmé con certeza que la persona
con la que había hablado era la misma que yacía en el ataúd, y cuando ella decía que no tenía que
irse, se refería a sí misma.

Después de escuchar eso, salí corriendo de la funeraria con el corazón latiendo a mil por hora y
nunca volví a trabajar en una funeraria. Desde entonces, siempre he creído en la existencia de
fantasmas y en su capacidad para manifestarse.
Llamado a la acción # 2 compartir

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Historia # 3

Una tarde mi compadre Roberto recibió una terrible noticia: su hijo, Lucas, había desaparecido. Lo
habían sacado a jugar al parque con unos amigos y no regresó a casa. Roberto buscó
desesperadamente a su hijo por todos lados, preguntando a vecinos, amigos y autoridades, pero
no había rastro de él. Finalmente, después de semanas de búsqueda, la policía le dio la peor
noticia que un padre puede recibir: el cuerpo de Lucas había sido encontrado en un río cercano.
Roberto sintió que su mundo se venía abajo. La tristeza era abrumadora, un dolor insoportable lo
consumía por dentro, pero lo que me contó sobre el día del entierro de Lucas aun no le encuentro
explicación.

Cuando perdí a mi hijo de tan solo 8 años, mi familia y yo vivimos una experiencia difícil de
describir con palabras. Después de la tristeza de su fallecimiento, me encargué de todos los
trámites y papeleo necesarios. Fue un día agitado, pero una vez que terminamos el funeral y los
días de velorio, llegó el momento de llevarlo al cementerio, que estaba cerca de nuestra casa. No
necesitábamos una carroza fúnebre ni alquilar una camioneta, mi hermano y yo íbamos a cargar el
ataúd nosotros mismos. Aunque el ataúd no era grande, apenas medía un poco más de un metro,
y mi hijo no pesaba mucho, al intentar cargarlo sentimos una fuerza extraña que parecía resistirse
a que nos lo lleváramos.

A pesar de nuestros esfuerzos, el ataúd se volvió increíblemente pesado, como si algo


sobrenatural no quisiera que lo moviéramos. Aunque no había nada que lo atascara, no pudimos
despegarlo de la base de metal. Incluso con toda nuestra fuerza, no logramos moverlo. Intentamos
una vez más, pero el peso seguía siendo abrumador. Las personas presentes comenzaron a
murmurar.

Un hombre canoso se acercó y nos dijo: Tu hijo no quiere irse, por eso les pesa el ataúd. Habla con
él.

Aunque yo no era muy crédulo, decidí seguir su consejo, me le acerque y le dije, hijo papa y mama
siempre te amaran, Dios te dio alas así que vuela alto, y descansa en paz. Le pedí que nos
permitiera llevarlo a su lugar de descanso. Le aseguré que su mamá, él y yo pronto estaríamos
juntos nuevamente, que no tuviera miedo. A pesar de mis palabras, el ataúd seguía siendo pesado,
incluso con la ayuda de seis hombres era muy difícil el poder trasladarlo.

Finalmente, logramos cargarlo en una camioneta, ya que no podríamos llevarlo hasta el


cementerio. Pero cuando intentamos encender la camioneta, no arrancó, a pesar de todos
nuestros intentos. Parecía como si estuviera muerta, a pesar de que momentos antes funcionaba
perfectamente. Además, notamos algo sorprendente: si sacábamos el cuerpo de mi hijo, la
camioneta encendía sin problemas. En ese momento sentí que mi hijo estaba presente
observando su propio funeral. Con gran esfuerzo y dolor, llevamos el ataúd hasta el cementerio
entre seis hombres. Una vez allí, los trabajadores del cementerio intentaron colocar la pequeña
caja en la tumba, pero no pudieron hacerlo. Nuevamente, nos tocó a nosotros cargarla, junto a
ellos. Y como si eso no fuera suficiente, el ataúd no encajaba en la tumba. Se inclinaba, se movía
de lado a lado, se volvía vertical. Nos llevó una hora acomodarlo correctamente. No fue un
problema de los trabajadores, ya que todos colaboramos en el proceso. Ellos incluso nos dijeron
que esto sucede cuando el difunto no quiere irse.

¿Has sido testigo o te han contado alguna historia similar a esta? , déjamelo saber en los
comentarios.

Historia # 4

Cuando falleció mi padre, no sentía ningún deseo de asistir a su funeral. Mi niñez estuvo marcada
por un trato horrible y luego desapareció de mi vida para formar una nueva familia. Yo, al menos,
no sentía ningún afecto hacia él, sino todo lo contrario. A pesar de eso, mi madre me instó a ir al
funeral. En ese momento, ya era adulto, tenía 30 años y dos hijos pequeños, uno de 12 y otro de 4
años. Mis hijos nunca conocieron a su abuelo, pero decidí llevarlos conmigo.

Llegando al funeral, una extraña sensación invadió a mi hijo menor. Miró a su alrededor y vio a lo
lejos una figura borrosa que parecía brillar con una luz intensa. Se acercó para ver mejor y se dio
cuenta de que era el espíritu de su abuelo, ardiendo en llamas. Miguelito se quedó paralizado, sin
poder moverse ni parpadear. El fantasma de su abuelo lo miraba fijamente mientras ardía en
llamas, como si quisiera comunicarse con él. Las llamas lo envolvían en una luz cegadora que
parecía consumirlo poco a poco. Miguelito sentía una mezcla de miedo y confusión, sin entender
qué significaba eso.

Fue entonces que comenzó a jalarme del pantalón y me decía que quería irse. Lo cargué en mis
brazos y le susurré en voz baja que nos iríamos muy pronto. Sin embargo, él me dijo que no era la
caja en sí lo que le daba miedo, sino lo que estaba sentado en el fondo de la funeraria. Señalando
con el dedo índice me describió a un hombre mayor, calvo, con un bigote blanco y un traje negro.
Pero lo más perturbador era que mi hijo me decía que el hombre le sonreía de una manera
inquietante, abriendo su boca de forma exagerada y mostrando unos dientes negros, varios que
estaban a mi alrededor escucharon lo que dijo mi hijo y mi mamá quien estaba al lado nos dijo que
nos saliéramos, sacamos a todos los niños que estaban en la sala y los encerramos en un cuarto
alejados de la sala no sé qué fue lo que sucedió con mi hijo pero escuchamos perfectamente que
describió a mi padre con la misma ropa de su velorio

Miguelito sabía que algo importante había sucedido. Se dio cuenta de que su abuelo había dejado
en él un mensaje, una señal de que siempre lo estaría vigilando desde el más allá.

Esto es todo por hoy, muchas gracias por llegar hasta aquí.

Ultimo llamado a la acción

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