LICENCIATURA EN EDUCACIÓN PRIMARIA
ESCUELA NORMAL PARTICULAR
“GUILLERMO MALGAREJO PALAFOX”
TRABAJO:
Narrativa “Aprendizaje Servicio”
ALUMNO:
Saúl Enrique Bonilla Patricio.
MAESTRO:
Abraham Báez Ramírez
MI NARRATIVA
Durante mi séptimo semestre, tuve la oportunidad de aplicar los conocimientos adquiridos en la
materia de Aprendizaje Servicio en un contexto real de práctica pedagógica. En este semestre,
el grupo que me tocó asesorar y trabajar mi práctica pedagógica fue el salón de 6° “A”, un grupo
lleno de energía, curiosidad y, como todo grupo, con desafíos propios. Esta experiencia, como
señala Dewey (1938), puede entenderse como un "aprendizaje experiencial", ya que el
aprendizaje no solo se adquiere a través de la teoría, sino a partir de la vivencia directa en el
entorno educativo. Dewey subraya que la educación es un proceso que debe estar
profundamente vinculado con la experiencia cotidiana de los estudiantes, y que es en este
espacio donde los futuros docentes tienen la oportunidad de conectar sus conocimientos con las
realidades del aula, ajustando sus enfoques pedagógicos según las necesidades del grupo. A lo
largo de este proceso, descubrí la relevancia de los conceptos de observación, diagnóstico,
planeación, diario de campo, instrumentos de evaluación y materiales de apoyo. Estos conceptos
no solo se aprendieron en el aula, sino que se vivieron de manera práctica y continua, formando
un ciclo que se retroalimentaba para asegurar que el proceso de enseñanza-aprendizaje fuera lo
más efectivo posible y se convirtiera en un aprendizaje significativo. A continuación, haré una
narración reflexiva profunda sobre cómo estos elementos se interrelacionan y cómo me
permitieron desempeñar mi labor pedagógica con más conciencia y eficacia.
1. Observación
Al comenzar mi intervención con el grupo de 6to A, lo primero que hice fue dedicarme a
observar. La observación no solo implicaba mirar lo que sucedía en el aula, sino también
entender las dinámicas entre los estudiantes, su comportamiento y, sobre todo, las estrategias
que ellos utilizaban para aprender. En los primeros días, me enfoqué en captar la esencia del
grupo, cómo interactuaban con sus compañeros y qué tan comprometidos estaban con las
actividades propuestas.
Al observar, me percaté de ciertos patrones. Por ejemplo, algunos estudiantes mostraban mayor
interés en las actividades prácticas, mientras que otros se sentían más cómodos con actividades
de lectura y escritura. Esta diversidad me permitió darme cuenta de que cada estudiante tiene
diferentes formas de aprender, lo cual se convirtió en un punto crucial para las siguientes fases
del proceso.
Además de la interacción entre los estudiantes, también observé el comportamiento dentro del
aula. Identifiqué que en ciertos momentos, la falta de motivación o de comprensión generaba
distracción, mientras que en otros, una clase dinámica lograba captar su atención. Estas
observaciones fueron fundamentales para las siguientes decisiones pedagógicas.
2. Diagnóstico
La observación inicial me permitió identificar varios aspectos que requerían atención. Sin
embargo, fue el proceso de diagnóstico lo que me ayudó a entender más profundamente las
necesidades académicas del grupo. El diagnóstico no fue simplemente una evaluación
superficial, sino que requería herramientas más detalladas para obtener información relevante
sobre las dificultades y fortalezas de los estudiantes.
Para llevar a cabo este diagnóstico, utilicé varias estrategias: revisé los trabajos previos de los
estudiantes, realicé entrevistas informales con algunos de ellos y, además, organicé una pequeña
prueba diagnóstica en áreas clave como matemáticas y lengua. A través de estas actividades,
pude identificar que muchos de los estudiantes tenían dificultades en la comprensión lectora y
en la resolución de problemas matemáticos. Sin embargo, también observé que varios de ellos
mostraban un notable interés por las ciencias, lo que me permitió pensar en estrategias para
conectar sus intereses con los contenidos a enseñar.
El diagnóstico fue más allá de los aspectos académicos: también me ayudó a conocer mejor las
dinámicas sociales del grupo, sus actitudes hacia el aprendizaje y cómo se influían mutuamente.
Este diagnóstico fue un punto de partida clave para la siguiente fase: la planeación.
3. Planeación
Con los datos del diagnóstico en mano, comencé a planificar las actividades que llevaría a cabo.
La planeación fue uno de los momentos más importantes de mi práctica pedagógica, ya que no
solo se trataba de estructurar actividades, sino de asegurarme de que estas respondieran a las
necesidades identificadas.
En base a las dificultades en comprensión lectora y matemáticas, decidí incluir actividades que
combinaban ejercicios prácticos y lúdicos. Por ejemplo, en matemáticas, diseñé juegos de roles
en los que los estudiantes debían resolver problemas matemáticos para avanzar en el “juego de
la vida”, algo que les ayudó a visualizar los problemas en un contexto cotidiano. En lengua,
planeé sesiones de lectura en voz alta, seguidas de discusiones grupales sobre los textos, lo que
promovió tanto la comprensión lectora como el desarrollo del pensamiento crítico.
También me aseguré de incluir actividades que promovieran el trabajo colaborativo, ya que
observé que algunos estudiantes, aunque no eran los más destacados académicamente, se
beneficiaban mucho de trabajar en equipo. La planeación fue, entonces, una respuesta directa al
diagnóstico y una forma de adaptar las actividades a las características del grupo.
4. Diario de Campo
El diario de campo fue un recurso invaluable durante todo este proceso. A medida que iba
implementando las actividades, tomaba notas sobre cómo los estudiantes reaccionaban ante
ellas, qué funcionaba y qué no. Este registro diario me permitió reflexionar sobre mi práctica de
manera constante. Por ejemplo, después de una actividad en la que los estudiantes debían
realizar un proyecto en grupo, observé que algunos se mostraban muy entusiastas, mientras que
otros se sentían inseguros. Esto me llevó a modificar la estructura de la actividad en sesiones
posteriores, haciendo que los estudiantes tuvieran más apoyo individualizado.
El diario de campo también me ayudó a identificar patrones de aprendizaje y a reflexionar sobre
mi propio desarrollo como futura docente. A medida que avanzaba, pude notar cómo algunas
de mis estrategias no eran tan efectivas como pensaba, y otras, que no había planeado con tanto
detalle, resultaron ser más exitosas de lo esperado. El diario fue mi espacio para hacer ajustes
continuos y mejorar mi intervención pedagógica.
5. Instrumentos de Evaluación
La evaluación fue una parte fundamental en todo este proceso. No solo se trataba de medir el
conocimiento adquirido, sino también de valorar el progreso individual y grupal. Utilicé
instrumentos de evaluación tanto formativos como sumativos. Las evaluaciones formativas
fueron continuas: cuestionarios rápidos, evaluaciones orales y revisiones de los trabajos
realizados durante las clases. Estos instrumentos me permitieron conocer de manera constante
el avance de los estudiantes y ajustar las actividades de acuerdo a sus necesidades.
Además de las evaluaciones formativas, utilicé una evaluación sumativa al final del semestre,
que incluyó una prueba escrita y una presentación de un proyecto grupal. Esta evaluación final
no solo sirvió para medir los conocimientos adquiridos, sino también para observar cómo los
estudiantes habían trabajado en equipo y cómo aplicaban lo aprendido en situaciones nuevas.
6. Materiales de Apoyo
Los materiales de apoyo fueron esenciales para complementar las actividades que diseñé. Utilicé
una combinación de recursos visuales, como carteles con reglas gramaticales y fórmulas
matemáticas, y materiales manipulativos, como bloques de construcción para resolver
problemas matemáticos. También empleé plataformas digitales como WordWall Para hacer las
clases más interactivas y para evaluar el conocimiento de los estudiantes de una forma divertida.
A través de estos materiales, los estudiantes pudieron visualizar conceptos abstractos de una
manera más concreta. Los materiales de apoyo no solo facilitaron el aprendizaje, sino que
también mantuvieron a los estudiantes más comprometidos e interesados durante las clases.
Interrelación de los Conceptos
A medida que avanzaba en mi práctica pedagógica, me di cuenta de cómo estos conceptos se
interrelacionaban entre sí. La observación inicial me permitió hacer un diagnóstico preciso que
a su vez me ayudó a realizar una planeación más adecuada. El uso constante del diario de campo
me permitió ajustar mis estrategias, mientras que los instrumentos de evaluación me dieron la
retroalimentación necesaria para medir el impacto de las actividades. Finalmente, los materiales
de apoyo fueron los medios a través de los cuales los estudiantes se conectaron con los
contenidos de una manera más activa.
Este ciclo constante de observación, diagnóstico, planeación, evaluación y reflexión me
permitió evolucionar en mi rol como docente, entendiendo mejor las necesidades de los
estudiantes y ajustando mi práctica en consecuencia.
Conclusión
Reflexionando sobre todo el proceso, puedo afirmar que este semestre ha sido una experiencia
formativa invaluable. Los conceptos aprendidos en clase no solo quedaron como teoría, sino
que se aplicaron de manera tangible en situaciones reales dentro del aula. La observación me
permitió entender a los estudiantes como individuos únicos, el diagnóstico me ayudó a
identificar sus necesidades específicas, y la planeación se convirtió en una herramienta esencial
para responder a esas necesidades de manera adecuada. El diario de campo me ofreció un
espacio constante para reflexionar y mejorar mi práctica docente, mientras que los instrumentos
de evaluación y los materiales de apoyo fueron fundamentales para medir el aprendizaje y
facilitar la enseñanza de forma más efectiva. Esta experiencia me ha mostrado que la docencia
es un proceso dinámico y en constante adaptación, un ciclo continuo de reflexión, acción y
ajuste, tal como lo afirma Paulo Freire (1997) en su enfoque pedagógico crítico. Según Freire,
el maestro debe estar en constante reflexión sobre su práctica y en permanente adaptación a las
realidades y necesidades de sus estudiantes, lo que permite una educación más inclusiva y
significativa. Esta perspectiva también se ve respaldada por Donald Schön (1983), quien en su
teoría de la reflexión en la acción destaca que la práctica docente no es estática, sino que requiere
de una constante observación, reflexión y adaptación a las circunstancias del aula.
Además, los instrumentos de evaluación y los materiales de apoyo, más allá de ser herramientas
para medir el conocimiento, son fundamentales para promover un aprendizaje activo y continuo,
como sostiene Stiggins (2002). La evaluación formativa debe utilizarse no solo para medir el
progreso, sino también para ajustar y mejorar la enseñanza de manera constante, respondiendo
de forma dinámica a las necesidades del grupo.
Puedo aterrizar de manera concreta esta conclusión, esta experiencia me ha permitido
comprender que ser docente implica un compromiso continuo con el aprendizaje y el desarrollo
tanto de los estudiantes como del propio maestro. La capacidad de reflexionar y adaptar las
estrategias pedagógicas, junto con el uso de herramientas adecuadas, me ha preparado para ser
una maestra más reflexiva, adaptable y profundamente comprometida con el aprendizaje de mis
futuros estudiantes.