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Juana María Gil Ruiz
Madrid, 2007
ISBN: 978-84-9849-062-6
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Preimpresión por:
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Teléfono (91) 855 14 64
Porque a veces un alma
se desliza en varias vidas (...)
A SARA
maba que “En las luchas por la emancipación política todos saben con cuánta
frecuencia se compra a sus adalides mediante sobornos o se los intimida con
terrores. En el caso de las mujeres, cada individuo de la clase sometida se en-
cuentra en un estado crónico de soborno e intimidación combinados. Al levan-
tar la bandera de la resistencia, un gran número de las dirigentes y aún más de
las seguidoras deben hacer un sacrificio casi completo de los placeres o con-
suelos de su suerte individual”1.
La violencia doméstica es el extremo más dramático de la violencia estruc-
tural que padecen las mujeres, pero para erradicar dicha agresión hay que ex-
plicitar y exterminar antes otras formas de violencias provenientes de la única,
o mejor, la principal: la estructural.
Esta idea reatraviesa el espíritu y la letra de la nueva apuesta legislativa del
Legislador español hacia la igualdad de su ciudadanía: la Ley Orgánica 3/2007,
de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres2, cuyo borra-
dor, presentado a Sindicatos y Patronal el 6 de febrero de 2006, fue aprobado
el 3 de marzo de 2006 en Consejo de Ministros, salió adelante en el Pleno
del Congreso de los Diputados el pasado 21 de diciembre de 2006, superó el
último trámite parlamentario en el Senado el 7 de marzo de 2007, y ha sido
definitivamente aprobado por las Cortes el 15 de marzo del mismo año. Su
publicación en el BOE –esperada y con cierta demora– apareció el 23 de
marzo de 2007.
En un momento como el actual, en el que el debate se encuentra en plena
ebullición política y social y donde se exige –jurídicamente hablando– forma-
ción en género, tanto para el profesorado, profesionales de la salud, operado-
1
MILL, J. S., The Subjection of Women (1869), Frederick A. Stokes, Nueva York, 1911, con
prefacio a la nueva edición de Carrie Chapman Catt. Las traducciones españolas más destacadas de
este ensayo La Sujeción de la Mujer, junto a otros ensayos sobre el mismo tema que aparecen com-
pilados bajo el título de Ensayos sobre la igualdad sexual, las encontramos en: ediciones de bolsillo
Península, Barcelona, 1973 y una versión reciente publicada por Editorial Cátedra, Colección Femi-
nismos, Madrid, 2001. En esta última versión, ver p. 160.
2
Tal y como vaticinaban algunas voces, la Ley Orgánica para la igualdad efectiva de mujeres
y hombres ha sido definitivamente aprobada en marzo de 2007, y eso implica que las próximas elec-
ciones autonómicas y municipales de mayo se convertirán en los primeros comicios paritarios de
nuestra historia, ya que la ley obligará a los partidos políticos a presentar listas electorales equilibra-
das entre hombres y mujeres en municipios con un número de residentes igual o superior a 3.000 ha-
bitantes, de modo que ningún sexo tenga menos del 40% de puestos con posibilidad de obtener repre-
sentación. Aun cuando, en principio, y según el Proyecto de Ley Orgánica iban a quedar exentos de
esta exigencia las localidades de menos de 5.000 habitantes hasta las elecciones municipales de 2011
en que la obligación afectaría a los municipios de hasta 3.000, lo cierto es que dicha excepción fue
revisada en el último trámite parlamentario.
LOS DIFERENTES ROSTROS DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO 15
res jurídicos e incluso para los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado, esta
reflexión se presenta, entiendo, como referente obligado.
Por esta razón, hemos dividido nuestra obra en cinco capítulos. El primero de
ellos titulado La naturaleza integral de la Violencia de Género parte de la nece-
sidad de reconocer las distintas violencias que padecen las mujeres como diag-
nóstico previo al tratamiento jurídico-político. Activar exclusivamente medidas
jurídico-punitivas para erradicar los episodios de “violencia doméstica”, impli-
cará seguir colocando en el sillón de víctimas –menores de edad– a las mujeres,
y desde luego no servirá –como de hecho no ha servido– para eliminar, ni tan si-
quiera reducir el porcentaje de agresiones violentas hacia las mujeres. En este
sentido, elevar a categoría de Ley Orgánica el esfuerzo legislativo por eliminar
dicha lacra social, significa reconocer el derecho fundamental de las mujeres
como ciudadanas a poder vivir en paz; así como abordar dicha problemática de
manera integral, implica reconocer que la Violencia de género es algo más que
la estricta “violencia doméstica”. Como anunciábamos más arriba, ésta última
es el extremo más dramático de una violencia estructural que reatraviesa a las
mujeres en todas las facetas de la vida pública y privada y que hay que, en pri-
mer lugar, visibilizar, y en segundo lugar, eliminar.
En este sentido, algunos ámbitos –que no los únicos– destacan por abrazar
numerosas violencias contra las mujeres, y a ellos hemos dedicado los capítulos
restantes. El segundo capítulo titulado Mujeres y Educación subraya la ne-
cesidad de atacar los procesos de socialización diferencial que preparan a hom-
bres y a mujeres desde la cuna, potenciando valores y aptitudes de primer y se-
gundo nivel. Nos referimos tanto a la vertiente cognitiva (educación, lenguaje,
profesorado, libros de texto, cuentos...), como a la social (medios de co-
municación), la espiritual (religión), sin olvidarnos de la afectiva (familia). Si al
hombre se le prepara para el mundo público, tomando como punto de mira el fu-
turo y fomentando la intrepidez y la innovación; a la mujer se la destina al mun-
do privado, educándola para que desee permanecer allí, tomando como punto de
mira el pasado-presente y activando la rutina, la conservación y la repetición.
Pese a todo, lo auténticamente deplorable de esta socialización diferencial recae
en dos aspectos preocupantes: que socialmente se infravalore a uno de estos ám-
bitos, el privado; y que se eduque a cada sexo para que exclusivamente se desa-
rrolle en uno sólo de ellos, incapacitándolo para saltar al otro.
Si invertimos en una “subjetividad-bonsái” no podemos pretender ni si-
quiera soñar con alcanzar una ciudadanía completa, rica y frondosa.
16 JUANA MARÍA GIL RUIZ
CAPÍTULO I.
LA NATURALEZA INTEGRAL
DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
“Una cosa está bien clara, que todos los individuos cuyos intereses están
indiscutiblemente incluidos en los de otros individuos pueden ser excluidos de los
derechos políticos sin inconveniente alguno. Desde esta perspectiva puede
considerarse a todos los niños, hasta una cierta edad, cuyos intereses están incluidos
en los de sus padres. Y también respecto a las mujeres puede considerarse que los
intereses de casi todas ellas están incluidos o bien en los de sus padres o bien en los
de sus esposos”,
MILL, James (1819-1823), Sobre el Gobierno,
ed. Comares, Granada, 1999. 1
1Escasos años más tarde y como crítica mordaz a la grave incoherencia en que incurre James Mill en su obra Sobre el gobierno,
se publica en 1825 la obra de THOMPSON, W., WHEELER, A. (1825), La demanda de la mitad de la raza humana, las
mujeres contra la pretensión de la otra mitad, los hombres, de mantenerlas en la esclavitud política y, en consecuencia, civil
y doméstica, Editorial Comares, Colección Los Argonautas nº 6, Granada, 2000. El texto emprende una sistemática desle-
gitimación de la concepción tradicional de la identidad femenina, cuestionando no sólo la existencia de una naturaleza
femenina, sino proponiendo una explicación de carácter sociológico a la situación de servidumbre de las mujeres. Asimismo
La demanda constituye una dura crítica a las incoherencias de la Ilustración y de sus postulados y una importante defensa de
las virtudes de la participación política, y del cooperativismo, para la mejora y felicidad de ambos sexos.
2La última encuesta del CSIC presentada públicamente en enero de 2005 recoge como máxima preocupación de la ciudadanía
española (7 de cada 10 españoles), la necesidad de combatir el terrorismo político. Sin embargo, según los barómetros del
CIS, la media de personas que consideraba la violencia de género un problema grave era del 2,4% hasta 2004. Ese año subió
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hasta el 6,4% por el gran debate social que hubo, y en 2005 bajó la cifra de homicidios. En 2006, lamentablemente, sólo un
2,9% consideraba los malos tratos un problema grave, y las asesinadas aumentaron.
3
Pese a la aprobación de la Ley Integral, la escasez de denuncias en casos que acaban en muerte, sigue
siendo un problema de primer orden. El porcentaje de fallecidas en 2006 que habían denunciado fue tan
sólo del 30% y en lo que va de año, la cifra es aún menor. Pese a todo, el número de fallecidas no
disminuye (60 en 2005, 68 en 2006 y 13 hasta marzo de 2007, más que en 2006 en esta misma fecha).
Sólo tres de las trece víctimas de este año tenían medidas de protección cuando fueron asesinadas. Otras
dos se arrepintieron de haber puesto una denuncia y renunciaron a las ayuda, El resto, ni tan siquiera
recurrieron a la protección estatal.
4
BELAZA, M.C., “Los hombres las siguen matando”, El País, 25 de marzo de 2007.
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violencia? ¿qué tipo de violencias padecen las mujeres? ¿cuáles son las causas de las mismas?
¿cómo erradicarlas? ¿cuál ha sido y debe ser la respuesta jurídica, desde un Estado
Constitucional, a esta lacra social?
Somos conscientes que abordar dicha problemática de manera comprometida es cuanto
menos arriesgado, pero también entendemos que sólo a la Filosofía Jurídica le corresponde la
tarea de reflexionar en torno al deber ser del fenómeno jurídico, conectando en todo momento la
validez formal con la validez sociológica y axiológica del Derecho. No acercarse
epistemológicamente al fenómeno de la violencia de género, o acercarse de manera “aséptica” –
si es que ello fuera posible– y descriptiva, ocasionaría otra forma de agresión. Ya no sólo
hablaríamos de la violencia proferida por el agresor a sus víctimas (mujer y personas
vulnerables que con él convivan, especialmente menores), sino la violencia recibida de manos
de la Ciencia jurídica, y también de la Filosofía del Derecho.
5GAMBAROTTA, L'adulterio e la teorica dei diritti necessari, Turín, Bocca, 1898, pp. 74 y ss.
6Al respecto, véase RUBIO, A., “Inaplicabilidad e ineficacia del Derecho en la violencia contra las mujeres”, en Análisis
jurídico de la violencia contra las mujeres. Guía de argumentación para Operadores Jurídicos, Instituto Andaluz de la
Mujer, Sevilla, 1ª edición, 2003 y 2ª edición (actualizada), 2004, pp. 11-62; y en esta misma obra, véase mi trabajo
“Análisis teórico y jurisprudencial de la violencia doméstica en el nuevo marco penal”, pp. 121-166. Asimismo, véase GIL
RUIZ, J.M, “La violencia jurídica en lo privado. Un análisis desde la Teoría Crítica”, Direito&Deveres, nº2, Centro de
Ciencias Jurídicas (CJUR), EDUFAL, Universidad de Maceio-Alagoas, Brasil, 1998, pp. 29-65.
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vencer por quienes proceden fríamente; pero, como mujer que es, gusta de los jóvenes, que
tienen menos miramientos, son más brutales y la someten con más audacia"7.
Podríamos pensar que esta cita refleja tan solo una realidad pasada, sin embargo, los datos
nos confirman su viva presencia en la mentalidad actual europea. El 46% de la ciudadanía
europea entiende que en episodios de violencia doméstica, la mujer ha debido provocar al
agresor de algún modo. El 64% de los jóvenes y el 34% de las jóvenes piensa que la violencia
es inevitable; y el dato más dramático, el 14% de las mujeres adolescentes cree que la mujer,
víctima de la agresión, es culpable de la misma8.
No nos engañemos, no es sólo en este contexto donde se produce y genera violencia contra
las mujeres, aun cuando entendamos que representa el extremo más dramático de la
subordinación estructural. La violencia de género se manifiesta y desarrolla tanto en la esfera
privada como en la pública. La “rompedora” Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral
contra la Violencia de Género aprobada recientemente lo explicita y lo asimila a una forma de
discriminación, que ya incluso la Propuesta originaria de Ley Orgánica Integral presentada por
el PSOE el 10 de diciembre de 2001 –propuesta que en su momento, no prosperó– anunciaba:
“Constituye violencia de género todo acto de violencia, basado en la pertenencia de la persona
agredida al sexo femenino, que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento
físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la
privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la privada.
Este tipo de violencia se extiende también a los hijos e hijas menores de edad. Su objetivo
último es el sometimiento de la mujer.”9. La Violencia de Género incluye, pues, todas aquellas
agresiones sufridas por las mujeres como consecuencia de los condicionamientos
socioculturales que actúan sobre los géneros masculino y femenino, y que se manifiestan –y se
han manifestado históricamente– en cada uno de los ámbitos de relación de la persona,
situándola en una posición de subordinación al hombre.
Este reconocimiento y asimilación de la violencia de género como forma de discriminación
es algo más que una cuestión circunstancial. Se trata de un primer paso en la lucha por
erradicarla gracias en buena medida al esfuerzo realizado en este sentido por las organizaciones
de mujeres. Ni tan siquiera la Convención sobre la eliminación de todas las formas de
discriminación contra la mujer de 1979 hacía alusión a ella, y habrá que esperar hasta 1992 para
que la Recomendación General nº 19 del Comité para la Eliminación de la Discriminación
contra la mujer constate que “La violencia contra la mujer es una forma de discriminación que
impide gravemente que goce de derechos y libertades en pie de igualdad con el hombre”.
Seguidamente, la Organización de Naciones Unidas en la IV Conferencia Mundial sobre la
condición jurídica y social de la mujer de Beijing de 1995 reconoció que la violencia contra las
mujeres es un obstáculo para lograr los objetivos de igualdad, desarrollo y paz y viola y
menoscaba el disfrute de los derechos humanos y las libertades fundamentales. De este modo, la
reciente respuesta legislativa –Ley Orgánica de Medidas de protección integral contra la
violencia de género de 28 de diciembre de 2004– resulta rompedora con respecto a la anterior
reforma de 2003, al asimilar la violencia de género a una forma de discriminación, resaltando su
carácter intergrupal basado en una relación de dominio y subordinación de un género (el
masculino) sobre el otro (el femenino). La reacción legislativa sólo puede ir, pues, en la línea de
una acción positiva capaz de volatilizar la subordinación estructural, y de conseguir la
eliminación de cualquier manifestación de la discriminación en sentido amplio.
El paso de la “simple protección jurídica de las víctimas de la violencia doméstica” a la
necesidad de combatir y erradicar la violencia de género –aun centrada en un contexto de
relaciones de pareja– implica romper con la idea de seres vulnerables10, débiles, necesitados de
protección, con el consiguiente tratamiento paternalista de amparo, y remplazarla por el
reconocimiento de la ciudadanía de las mujeres, visibilizando –en caso de desprotección– la
7MAQUIAVELO, N., El Príncipe, editorial Planeta, Barcelona, 1983, Capítulo XXV "Influencia de la fortuna y modo de
contrarrestarla", p. 118.
8Datos del estudio de la profesora Mª José Díaz Aguayo, recogidos por LORENTE ACOSTA, M., Mi marido me pega lo normal.
Agresión a la mujer: realidades y mitos, Ares y Mares, Editorial Crítica, Madrid, 2001, p. 67.
9Así define la violencia de género la Propuesta de Ley Orgánica Integral contra la Violencia de Género presentada por el PSOE,
de 10 de noviembre de 2001.
10Al respecto, véase PITCH, T., Un Derecho para dos. La construcción jurídica de género, sexo y sexualidad, Trotta, Madrid,
2003, especialmente el último capítulo.
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incapacidad del Estado de garantizar a éstas el pleno ejercicio de los derechos fundamentales a
la vida, integridad, igualdad, libertad y seguridad.
Del concepto de violencia de género se infiere de manera automática el deber de diligencia
del Estado, en tanto que garante del orden y de la paz social, y ello implicaría, como bien reza el
artículo 1 de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género,
establecer “medidas de protección integral cuya finalidad (sea) prevenir, sancionar y erradicar
esta violencia y prestar asistencia a sus víctimas”.
Si junto a esta acepción de violencia de género en sentido estricto, aportamos un concepto en
sentido amplio, entendiendo por violencia la fuerza que limita o anula el libre ejercicio de la
voluntad, limitando la capacidad de realización del ser humano, habrá que plantearse de manera
crítica y reflexiva, enfocando al colectivo de las mujeres, si se ejerce violencia de género en
nuestros días o si por el contrario, desde lo público se establecen las condiciones necesarias para
que la autonomía individual pueda ser ejercida por todas las personas y no sólo por unas pocas.
Si detectamos y aceptamos que hay violencia y, en consecuencia, desprotección de los derechos
de más de la mitad de la ciudadanía tendremos que retrotraernos a nuestro pasado ilustrado,
recordar la máxima recogida en el artículo 16 de la Declaración de los derechos del hombre y
del ciudadano de 1789 y admitir que: “Toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no
esté asegurada ni la separación de poderes establecida no tiene Constitución”.
Y es que en un contexto democrático, la llamada “seguridad pública” consiste en la situación
política y social en la que las personas tienen legal y efectivamente garantizado el goce pleno de
sus derechos a defender y a ser protegidos en su vida, su libertad, su integridad y bienestar
personal, su honor, su propiedad, su igualdad de oportunidades y su efectiva participación en la
organización política, económica y social, así como en su igualdad ante la ley y su
independencia ante los poderes del Estado, y a obtener el pleno resguardo de la totalidad de los
derechos y garantías emanadas del Estado de Derecho11. En este contexto, los conceptos
Derecho y ciudadanía adquieren un significado sociológico, real y no meramente formal; y
recupera a los tres Poderes del Estado como garantes de los derechos constitucionales tal y
como reza el artículo 9.212, en comunión con el artículo 1.213 de la Constitución española.
En este sentido, y en un primer momento, la triple pregunta referida a la realidad socio-
jurídica y política de las mujeres –en tanto que “el significado pleno de un principio no puede
especificarse independientemente de las condiciones de su aplicación”14– sería: ¿conectando
teoría y práctica, en nuestro Estado Social y Democrático de Derecho, tal y como propugna el
artículo 1.1 de la Constitución española –norma fundamental del Estado, esencia de la propia
Constitución– las mujeres –como ciudadanas– son libres, son tratadas como iguales, y sus
derechos subjetivos están asegurados? Y en segundo término, ¿cuál ha sido la respuesta ofrecida
por el Legislativo, las medidas arbitradas por el Ejecutivo y la garantía procedimental y
axiológica de los derechos humanos –de las mujeres– por el Poder Judicial?
11 SAIN, M., “Seguridad pública y derechos humanos”, en SORIANO, R.; ALARCÓN, C.; MORA, J. (ed. y coord..),
Diccionario crítico de los derechos humanos I, Universidad Internacional de Andalucía, Sede Iberoamericana de la Rábida,
2000, p. 233.
12Recordemos el contenido del artículo 9.2 de la Constitución española: “Corresponde a los poderes públicos promover las
condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas;
remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida
política, económica, cultural y social”.
13Artículo 1.2 de la Constitución española: “La soberanía nacional reside en el pueblo del que emanan los poderes del Estado”.
14HELD, D., Modelos de democracia, Alianza Universidad, Madrid, 1987, p. 138.
15La polémica Ley –en su trámite parlamentario tanto como Anteproyecto de Ley Orgánica Integral contra la Violencia ejercida
sobre la Mujer de 4 de junio de 2004, como Proyecto de Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la
Violencia de Género, de 7 de octubre de 2004– ha sufrido polémicos debates entre los distintos organismos encargados de
emitir Informes preceptivos –aunque no vinculantes– tales como el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo de
Estado, y en menor medida, el Consejo Económico y Social y el Consejo Escolar del Estado.
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violencia de género en las relaciones de pareja. Regular las medidas mediante Ley Orgánica
significa que se convierte el vivir sin violencia en un derecho de las mujeres que el Estado tiene
la obligación de cumplir. El texto, asentado en los pilares de la prevención, protección, apoyo y
recuperación integral de las víctimas, así como la sanción del agresor, aborda, de manera
integral, un grave problema que afecta a la sociedad española. Sin embargo, la polémica sobre el
tratamiento integral de la violencia de género que afecta a educación, publicidad, trabajo,
reformas penales..., las medidas de discriminación positiva a favor de las mujeres, las dudas
sobre la proporcionalidad de las penas para cuando determinadas acciones de violencia sean
cometidas por hombres hacia las mujeres, entre un largo etcétera, obliga a reflexionar sobre tres
ámbitos de vital importancia donde las mujeres padecen y sufren violencia. Nos referimos al
ámbito de la educación, el mundo laboral y político y por supuesto, la esfera doméstica y su
tratamiento jurídico. Y es que, la violencia de género en el contexto familiar es el extremo más
dramático de la violencia estructural que padecen las mujeres, pero para erradicar dicha agresión
–no nos olvidemos– hay que explicitar y exterminar además otras formas de violencias
provenientes de la única, o mejor, la principal: la estructural.
Esta idea reatraviesa el espíritu y la letra de la nueva apuesta legislativa del Legislador
español hacia la igualdad de su ciudadanía: la recién aprobada Ley Orgánica 3/2007, de 22 de
marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres16. Afirma en su Exposición de Motivos
que, “La violencia de género, la discriminación salarial, la discriminación en las pensiones de
viudedad, el mayor desempleo femenino, la todavía escasa presencia de las mujeres en puestos
de responsabilidad política, social, cultural y económica, o los problemas de conciliación entre
la vida personal, laboral y familiar muestran cómo la igualdad plena, efectiva, entre mujeres y
hombres, aquella “perfecta igualdad que no admitiera poder ni privilegio para unos ni
incapacidad para otros”, en palabras por John Stuart Mill hace casi 140 años, es todavía hoy una
tarea pendiente que precisa de nuevos instrumentos jurídicos”.
En palabras del Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, Jesús Caldera, la desigualdad entre
hombres y mujeres resulta ser un tumor social que además de injusto, lastra el vuelo de
cualquier sociedad democrática. La ley “pretende extirpar toda forma de discriminación, directa
e indirecta, hacia las mujeres” y “generar los anticuerpos” necesarios en los ámbitos político,
económico, laboral, civil, cultural y también familiar.
Que la violencia de género exigía y exige ser abordada desde este punto de vista global, si es
que quiere ser erradicada de nuestra sociedad, se intuía, ya durante el Gobierno pasado, como
paso obligado, pese a la oposición en el debate de la Proposición de Ley Orgánica Integral el 10
de septiembre de 2002, de 165 diputados frente a 151 que votaron a favor. El Consejo de
Ministros del ex presidente Aznar en su última legislatura llegó a aprobar el II Plan Integral
contra la Violencia Doméstica (2001-2004) propuesto por los Ministerios de Trabajo y Asuntos
Sociales, Interior, Justicia, Educación, Cultura y Deportes y Sanidad y Consumo, consciente
probablemente de la necesidad de trabajar desde el origen, sabedor de que una Sociedad que
continúe alzándose sobre la adjudicación preasignada y jerarquizada de papeles sociales a
hombres y mujeres, esto es, sobre la subordinación estructural de un género, no podrá liberarse
realmente, sino todo lo contrario, de las distintas formas de violencia contra las mujeres.
Y esto es así, porque ella misma se erige sobre la propia violencia ejercida a la mitad de la
ciudadanía, retroalimentándola. No nos olvidemos, retomando las palabras de [Link], que
“el sistema de género que impone el predominio de los hombres sobre las mujeres y les otorga
más privilegios, es una organización social estructurada sobre el poder sexual17. Se convierte,
así, en una forma de expresión política, si ésta se entiende no sólo como una actividad, sino
16
El borrador del Anteproyecto de Ley, presentado a Sindicatos y Patronal el 6 de febrero de
2006, fue aprobado el 3 de marzo de 2006 en Consejo de Ministros. Posteriormente, el 21 de
diciembre de 2006, el texto del Proyecto de Ley ganó su primer asalto parlamentario,
obteniendo un apoyo en el Pleno del Congreso de los Diputados de 187 votos a favor, frente a
127 abstenciones y ningún voto en contra. Recientemente, el 7 de marzo de 2007, ha superado
el último trámite parlamentario en el Senado, y ha sido aprobado por las Cortes el 15 de marzo
del año en cuestión. El texto, publicado en el B.O.E. el 23 de marzo de 2007, consagra la
paridad electoral y el permiso de paternidad de quince días, entre sus medidas más novedosas.
17Al respecto, véase OSBORNE, R., La construcción sexual de la realidad, Cátedra, Madrid, 1993.
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18Vid. ASTELARRA, J., “Las mujeres y la política”, en ASTELLARRA, J. (comp.), Participación política de las mujeres,
Colección “Monografías”, nº 109, Centro de Investigaciones Sociológicas (CSIC) y Siglo XXI de España Editores, Madrid,
1990, p. 12. Asimismo, véase su trabajo “Igualdad de oportunidades y cambios en las relaciones de género”, en Políticas de
Igualdad de Oportunidades entre hombres y mujeres en la Junta de Andalucía, Instituto Andaluz de Administraciones
Públicas y Consejería de Justicia, 2003, pp. 37-53.
19Vid. RAWLS, J., Teoría de la justicia, Madrid, FCE, 1993, p. 76.
20Vid. DURÁN, M., “Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Una ley para todas las
mujeres”, Meridiam, nº35, 2005, p. 14.
21Vid. VALCÁRCEL, A., Del miedo a la igualdad, Crítica, Barcelona, 1993, p. 7.
22No en vano, la relevancia que el juego y los juguetes en general, tienen en la construcción de la personalidad de los niños y las
niñas y en el mantenimiento del simbólico “masculino” y “femenino” ha sido una de las batallas del Movimiento feminista
durante estos últimos veinte años. La publicidad tiene un enorme poder de influencia en los menores y no está colaborando a
superar la tradicional orientación sexista de éstos. Los juguetes de niñas siguen dirigidos al pasado-presente, y tienen que ver
con la vida privada, frente a los de los niños, focalizados hacia el futuro y el mundo de lo público. Las campañas del juguete
vienen denunciando que los juegos y los juguetes están marcando y dejando una huella indeleble en la vida futura de las
personas y ponen las bases para que asuman desde la infancia las tareas que socialmente se les atribuirá y que le pertenecen
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por sexo. La profesora de Ética, Mª José URRUZOLA ZABALZA en su artículo titulado “Recuperar valores positivos a tra-
vés del juego y los juguetes” –Meridiam, nº 35, p. 44–, nos señala que los niños “alentados” a jugar con los juguetes “de
niñas” viven la experiencia “como bajar de categoría, como si se viesen obligados a entrar en relación con un mundo que
presuponen que no les corresponde. Lo viven como una pérdida de estatus. Con esta actitud, los niños no hacen sino
reproducir la jerarquización de valores que les transmite su entorno: lo masculino es lo importante, lo valorado, es la
cultura... y lo femenino es secundario, está devaluado, es la subcultura”.
23POAL MARCET, G., Entrar, quedarse, avanzar. Aspectos psicosociales de la relación mujer-mundo laboral, Siglo XXI de
España editores, Madrid, 1993, p. 150.
24EINSENSTEIN, Z.,“El Estado, la familia patriarcal y las madres que trabajan”, Teoría, 1, 1979.
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y las razones por las que se diferencian los hombres y las mujeres, y adjudican posiciones y
valores subordinadores y subordinados. De este modo, ora alegando razones biológicas, ora
blandiendo el argumento de las “características naturales” propias de su sexo adscritas al
cuidado de la especie, jamás se considerará injusto el que la mujer abandone el mercado laboral
o que tenga que renunciar a la promoción por carencia de “tiempo”. Todo lo contrario, dicha
realidad se valorará como “natural” y se culpabilizará incluso a la mujer de “abandono de
hogar” por ocuparse demasiado de la esfera pública. El problema se agrava cuando es la propia
mujer quien –ante alguna desgracia familiar– se inmolará y castigará –degradándose en el
ranking femenino– por entender que “esto no hubiera pasado de haber estado en su lugar”.
La segunda estructura –las normas sexuales– marcará, al unísono con la ideología sexual, la
conducta que se espera de las personas de acuerdo a su especificidad sexual. De este modo, se
regularán desde el tipo de trabajo, hasta la posición en el matrimonio, la responsabilidad en el
hogar, las formas correctas del vestir o el papel en la sexualidad... La educación será el gran
instrumento y conformará un ser humano –la mujer– que depende de la dependencia de los
demás, y otro –el hombre– que se le presupone que es y se le educará en el tener- hacer,
completando un modelo político competente. La mujer nunca será, o nunca será lo suficiente, y
al no estar instruida para el tener-hacer, nunca estará preparada para actuar activamente en el
mundo público. Todo ello impulsa a la mujer a caer en un círculo vicioso que la obliga a
funcionar conforme a los cánones establecidos: hacer lo que la sociedad, lo que los demás
quieren que haga. Y aquí radica el peligro. Pero a su vez, hoy tanto como ayer, la mujer educada
básicamente en el ser –característica de lo privado– se enfrenta a un mundo que –pa-
radójicamente– requiere y valora el hacer y el tener –características de lo público– y propia de la
educación del hombre25. De hecho, para las mujeres, (re)incorporarse al mundo laboral no
supone sólo buscar un empleo, –ídem para el ámbito de la política– sino que supone un doble
reto, es decir, hacer dos cosas para las que no ha sido preparada: realizar una transición, e
incorporarse en un mundo para el que no siempre se halla bien posicionada26.
Todo este contexto viene a dibujar la tercera de las estructuras que se deben neutralizar para
la detección de las violencias contra las mujeres y la consecución de una ciudadanía plena para
éstas. Nos referimos a los estereotipos sexuales, esto es, las percepciones y creencias de que los
sexos son fundamentalmente diferentes y la adjudicación de características asignadas a su sexo.
El trato –o el maltrato– de las mujeres –o de “la mujer”– en publicidad, medios de
comunicación, anuncios..., como mostraremos en el próximo capítulo, pone de manifiesto la
falta de reconocimiento de la mitad de la ciudadanía y la transmisión “sin control estatal” de
valores subordinadores y jerarquizantes.
Pero ello significa admitir que las mujeres, no sólo padecen violencia dentro del hogar, sino
también fuera de él. El mensaje que la sociedad transmite hacia las mujeres es diáfano.
Recomendaciones o advertencias sobre el peligro de la calle: no salir sola, no visitar lugares
solitarios, no abrir a desconocidos, no acudir sola a bares, no escribir el nombre en el buzón...,
porque afrontar una mujer sola el ámbito público es, cuanto menos, peligroso. La conclusión a
tantas pistas parece apuntar la solución del jeroglífico. Ser mujer implica la potenciación del
tener miedo a ir sola por el espacio público y la consecuente necesidad del sexo fuerte que
proteja y acompañe. Si a ello le sumamos los datos sociológicos que arrojan cifras escalofriantes
de muertes en las relaciones entre hombres y mujeres, en lo que se viene calificando como
terrorismo doméstico, la conclusión es que la mujer no tiene garantizada su seguridad.
2. La libertad individual en la ciudadanía
Asimismo, presupuestos “formalmente igualitarios” como la actual erradicación de toda
discriminación jurídica en el ámbito laboral, la posibilidad de poder acceder y promocionarse en
este ámbito sin necesidad de “ayuda” política-jurídica de acción positiva, la apertura total de las
organizaciones políticas y de las instituciones del Estado a la intervención y participación de las
mujeres... motiva, en mi opinión, una segunda violencia. Se trata de una violencia especialmente
destructiva que camuflada tras un disfraz igualitario, generador de ilusiones ópticas
25GIL RUIZ, J.M., Las políticas de igualdad en España: avances y retrocesos, Servicio de Publicaciones de la Universidad de
Granada, 1996, p. 256.
26POAL MARCET, G., Entrar, quedarse, avanzar. Aspectos psicosociales de la relación mujer-mundo laboral, opus cit., p.
216.
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27Con anterioridad a la aprobación de la Ley de Igualdad, el 18 de junio de 2002, se ha aprobó –no sin polémica- en el
Parlamento Balear la medida de representación paritaria de hombres y mujeres en las elecciones autonómicas. El no más de
60% ni menos del 40% fue –y sigue siendo- criticado por algunas fuerzas políticas conservadoras por entenderlo
discriminatorio hacia los hombres y especialmente hacia las mujeres. Idéntica propuesta se ha debatido en el Parlamento de
Castilla la Mancha y en el Parlamento Andaluz. De este modo, Castilla La Mancha otorgó rango legal a la Democracia
Paritaria por medio de la Ley 11/2002, de 27 de junio, modificando la Ley 5/1986, de 23 de diciembre, Ley Electoral de esta
comunidad, y añadió a su artículo 23 un nuevo párrafo a fin de que en las candidaturas que se presentaran para concurrir a
los procesos electorales autonómicos las mujeres y los hombres se alternasen ocupando los de un sexo los puestos pares y
los del otro los impares, no pudiendo ser aceptadas por la Junta Electoral las candidaturas que no cumpliesen los requisitos
en el tramo de las personas titulares como en el de las suplentes. En diciembre de 2003, y a lo que Andalucía se refiere, se
aprobó como Capítulo VIII de la Ley de Medidas Fiscales y Administrativas, una serie de medidas de género. Este capítulo
tiene dos artículos, el segundo de los cuales dispone que deberá ser paritaria, respetando la proporción ni más del 60% de un
sexo ni menos del 40% del otro, la composición en los órganos consultivos y de asesoramiento de la Administración de la
Junta de Andalucía. Esta ley ha sido desarrollada por el Decreto 93/2004, de 9 de marzo.
28 Mª Ángeles Barrère Unzueta, en un reciente e interesante trabajo vuelve a recordarnos el origen del Derecho
antidiscriminatorio y sugiere –en consonancia con ello– la conveniencia de descartar la expresión “discriminación (inversa o
positiva)” para designar a la acción positiva diferenciadora, pues limita la virtualidad (la idea de igualdad y de justicia
subyacentes) del propio Derecho antidiscriminatorio. Vid. BARRÈRE, M.A., “De la acción positiva a la “discriminación
positiva” en el proceso legislativo español”, Jueces para la Democracia, nº 51, 2004, pp. 26-33. En este mismo sentido y en
un artículo publicado por el diario El País el 23 de junio de 2004, el Prof. Gregorio Peces-Barba entiende más recomendable
“hablar de igualdad como diferenciación”, pese a reconocer la tendencia casi incontrolable de la expresión “discriminación
positiva”.
29 Vid. MIYARES, A., Democracia feminista, Cátedra, Madrid, 2003, p. 187. En este sentido, véase también DIO
BLEICHMAR, E., La depresión en la mujer, Temas de Hoy, Colección Vivir Mejor, Madrid, 1999, pp. 86-87.
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que sigue sin intervenir en los procesos de socialización diferencial; que quiere cubrir objetivos
sociales reduciendo como sea y a costa de quien sea el gasto público; que se legitima con una
legislación aparentemente tuitiva e igualitaria; que potencia el abandono del desarrollo
profesional de más de la mitad de la ciudadanía... no puede tacharse, en ningún caso, de Social y
Democrático de Derecho, tal y como reza el artículo 1.1 de nuestra Constitución española.
Quizás por esta razón, el legislador español reconoce en la Exposición de Motivos de la Ley
de Igualdad que “resulta necesaria, en efecto, una acción normativa dirigida a combatir todas las
manifestaciones aún subsistentes de discriminación, directa o indirecta, por razón de sexo y a
promover la igualdad real entre mujeres y hombres, con remoción de los obstáculos y
estereotipos sociales que impiden alcanzarla. Esta exigencia se deriva de nuestro ordenamiento
constitucional e integra un genuino derecho de las mujeres, pero es a la vez un elemento de
enriquecimiento de la propia sociedad española, que contribuirá al desarrollo económico y al
aumento del empleo”.
Y es que, como diría Berit Äss, –incluso dentro de un contexto “privilegiado” como Suecia–
“retener información es algo muy grave. En Suecia se han calculado que en nuestros días, las
mujeres realizan nueve mil millones de horas de trabajo al año, y los hombres seis mil
trescientos millones de horas. Cuando la sociedad masculina nos pregunta: ¿por qué no
competís con nosotros en los sindicatos, en los lugares de trabajo, en los partidos?, deberíamos
contestar: Hay una cierta cantidad de trabajo extra que nosotras no hemos pedido. Siempre nos
ofrecéis que compitamos basándonos en vuestras premisas y estáis reteniendo información”30.
Los indicadores de igualdad evidencian, con carácter general, que la posición social de los
hombres es casi cuatro veces mejor que la de la mujer, en atención al uso que hacen de su
tiempo. No en vano el porcentaje de horas semanales dedicadas al trabajo doméstico según sexo
y rol familiar31, en el estrato de más de 50 horas, se eleva a 19,5 en la variable madre, frente al
tímido 1,3 en la variable padre, 2,2 en la de hija y un exiguo 0,6 en la de hijo. La calidad de
vida, índice medido a través del uso del tiempo, indica un nivel, en las mujeres (28,35), tres
veces inferior al de los hombres. Con respecto al grado de autonomía, esto es, a la capacidad de
decisión en la distribución de su tiempo, su valor es de 32,20 en las mujeres. El grado de
autonomía de las mujeres es tres veces menor que el de los hombres.
Hablar, pues, de voluntas, cuando el tiempo de vida se tiene –desde la cuna– hipotecado y
cuando las posibilidades de promoción resultan casi anecdóticas, –no sólo por carencia de
tiempo sino por encontrarse excluidas de las redes de influencia– es cuanto menos una nueva
agresión hacia las mujeres.
Centrado en un contexto de malos tratos dentro del hogar, la idea de la voluntad se reafirma.
Si la mujer ya no está sometida bajo el yugo del Derecho, si la mujer ya no está discriminada, ni
sometida ni controlada, es ella la que libremente debe decidir romper con los episodios
individualizados de violencia. Esto es, la violencia de género se interpretará como un problema
privado entre dos personas adultas quienes deben optar por poner fin a la convivencia con-
flictiva, sin que los resortes sociales e institucionales establecidos traspasen la barrera entre lo
público y lo privado32.
Es así como las mujeres no sólo soportan la violencia propinada por “el agresor” en sentido
amplio, sino la también violencia del Estado, del Derecho y de la Ciencia Jurídica. De este
modo “el igualitarismo formalista” también viene a contagiar al procedimiento generando
desprotección legal y real en los colectivos desaventajados a los que hacemos referencia: las
mujeres y los menores. La aplicación dogmática de la ley y el cumplimiento estricto de todos
los requisitos admitidos por la Doctrina desconoce, en muchos momentos, las características
particulares de los episodios de violencia proferidos dentro del hogar. Que se cuestione la
30BERIT Äs, “El papel político de la mujer”, en ASTELARRA, J. (comp.), Participación política de las mujeres, Colección
“Monografías”, nº 109, CSIC y Siglo XXI, Madrid, 1990, p. 206.
31Estos datos se incluyen en [Link]., La medida del mundo. Género y usos del tiempo en Andalucía, Instituto Andaluz de la
Mujer, Sevilla, 1998. Vid. Documento para el debate. Foro Andaluz para un reparto igualitario del tiempo, Instituto
Andaluz de la Mujer, Madrid, 2002.
32En este sentido, véase LORENTE ACOSTA, M., Mi marido me pega lo normal. Agresión a la mujer: realidades y mitos, Ares
y Mares, editorial Crítica, 2001, p. 48.
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habitualidad33, cuando según datos criminalísticos34, las mujeres que se deciden a denunciar,
llevan soportando una media de entre 10 y 20 años de violencia, significa condenarlas a una
muerte a plazos. Solicitar conocimientos “especializados” a las víctimas de violencia –que
incluye abusos sexuales y agresiones habituales dentro del hogar a personas especialmente
vulnerables, tales como los menores– en pos del principio progresista de ayuda al reo y de no
violación del principio de presunción de inocencia, significa perpetrarles una doble violencia.
La reticencia a observar la agravante de alevosía en los casos de muerte de la víctima por
considerarla “indefensa” pero no desprevenida, o la inaplicación de la prohibición de
acercamiento a la víctima en condena o falta de injurias por entender que no se ha lesionado la
integridad y la seguridad de la víctima manifiesta la indiferencia de la Ciencia del Derecho
hacia el universo simbólico femenino y la omnipresencia del simbólico masculino. La
preocupante inclinación a aplicar circunstancias atenuantes y eximentes de la responsabilidad
criminal como el consumo de alcohol, la celotipia, el desamor e incluso la confesión a las
autoridades se alzan como justificaciones sociales que persiguen el control de la mujer en
atención a la fragilitas sexus, pero que también ponen de manifiesto la verdadera debilidad y
dependencia de quien ejerce ese control. “Es por eso que son una buena excusa para el hombre,
una explicación suficiente para la mujer, una adecuada justificación para la sociedad y una
atenuante o eximente lícita para la Justicia”35. El legalismo liberal es por tanto –como señaló C.
MacKinnon– “un medio para hacer que el dominio masculino sea invisible y legítimo
adoptando el punto de vista masculino en la ley e imponiendo al mismo tiempo esa visión en la
sociedad”36. Sin duda, el Derecho y la Ciencia jurídica son masculinas y adjudican género.
Todo este contexto de violencias contra las mujeres exige respuestas inmediatas de nuestro
Estado Constitucional, siendo las prioridades y necesidades de las mujeres37 las que marquen el
referente desde el que articular las medidas concretas de erradicación de las mismas. Para ello se
requiere –como viene defendiendo el paradigma feminista– el reconocimiento explícito de la ex-
clusión del colectivo mujeres del modelo de ciudadanía construido por y para el hombre en la
Modernidad38, y la recuperación de ciertos aspectos emancipadores que podrían resignificar el
concepto, dotándolo de cierta legitimidad. "Los conceptos de dominación y opresión, antes que
el concepto de distribución –como apunta Iris Marion Young–, deberían ser el punto de partida
para una concepción de la justicia social"39. Y esto es así porque el no hacer mención expresa
de la situación de subordinación estructural que arrastran desde siempre las mujeres impulsa un
modelo de ciudadanía excluyente y exclusivo de los varones. Preguntar a las mujeres, tras
reconocer su exclusión del actual estatus de ciudadanía, significaría apostar y tomarse los
derechos de las mujeres en serio. Hablar de libertad, de igualdad, y de seguridad requiere,
negociar un nuevo Pacto Social40 que incluya –esta vez– a todas y a todos, ofreciendo una
protección estatal y global de la ciudadanía. Reconocer la discriminación estructural y superar el
tradicional, aristotélico y académico enfoque de la "igualdad de trato" podría ser un gran paso,
pero no avancemos el discurso y reflexionemos sobre otra forma más de violencia.
33 De cualquier modo, justo es destacar la contribución de dos recientes sentencias del TS, relevantes en lo que a la
determinación de la habitualidad se refiere, colmando además algunas de las lagunas e imprecisiones de la norma penal. Nos
referimos a las Sentencias del TS de 24 de junio de 2000 y a la de 7 de julio de 2000, en donde el Alto Tribunal pone el
acento no tanto en el número de actos concretos de agresión como en la actitud del agresor y en el ambiente de violencia en
que viven los miembros de la familia, de tal modo que los actos de agresión no hacen sino exteriorizar dicha violencia.
34COBO PLANA, J.A., Estudio médico forense de la violencia contra la mujer. Tesis doctoral. Facultad de Medicina de la
Universidad de Zaragoza, 1990. Asimismo, véase CASTELLANO ARROYO, M., COBO PLANA, J.A., SÁNCHEZ
BLANQUE, A., “Le profil des traits de personnalité des femmes victimes de violences”, en Livre de Actes Xª Journées
Méditerranéennes de Médecine Légale, 1992, Montpellier, 1992, pp. 331-335.
35LORENTE ACOSTA, M., Mi marido me pega lo normal. Agresión a la mujer: realidades y mitos, opus cit., p. 73.
36Vid. MACKINNON, C., Hacia una Teoría feminista del Estado, Cátedra. Madrid, 1995, p. 428.
37Tamar Pitch se refiere a la necesidad de “tomar en serio las experiencias de las “mujeres” y partir de las mismas bien para
hacerlas visibles al Derecho, bien para crear derechos a su medida”, en PITCH, T., Un Derecho para dos. La construcción
jurídica de género, sexo y sexualidad, Trotta, Madrid, 2003, p. 259.
38El modelo de ciudadanía proveniente del proyecto ilustrado tiene su texto fundacional en la Declaración francesa de los
derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Posteriormente, en 1791, Olimpia de Gouges, ilustrada francesa, publicó en
respuesta a dicha declaración sesgada la Declaración de los derechos de la Mujer donde reivindicaba la equiparación de
derechos de mujeres y hombres. No tardó mucho en ser acusada de intrigas sediciosas y guillotinada.
39YOUNG, I. M., La justicia y la política de la diferencia, Cátedra, Madrid, 2000, p. 33.
40Al respecto, véase RUBIO, A., “De la Igualdad formal al Mainstreaming”, en Políticas de Igualdad de Oportunidades entre
hombres y mujeres en la Junta de Andalucía, Instituto Andaluz de Administraciones Públicas y Consejería de Justicia, 2003,
pp. 9-36.
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Las asociaciones de mujeres han sido determinantes en la visibilización de la violencia de género, en la
atención a las víctimas y en reclamar al Estado una Ley Orgánica que de manera integral, erradicara esta
lacra social. La propia Exposición de Motivos lo recoge en su texto: “En la realidad española, las
agresiones sobre las mujeres tienen una especial incidencia, existiendo hoy una mayor conciencia que en
épocas anteriores sobre ésta, gracias en buena medida, al esfuerzo realizado por las organizaciones de
mujeres en su lucha contra todas las formas de violencia de género. Ya no es un delito invisible, sino que
produce un rechazo colectivo y una evidente alarma social”.
42GONZÁLEZ POSADA, A., Feminismo, Librería de Fernando Fe, Madrid, 1889, 1ª parte, cap. VI, pp. 76-77.
43Alicia Miyares ha analizado con especial rigor y brillantez las aportaciones de la Teoría política feminista frente a las
propuestas liberales y socialdemócratas. Vid. MIYARES, A., Democracia feminista, Cátedra, Madrid, 2003.
44MARTÍNEZ SIERRA, G., Feminismo, Feminidad y Españolismo, ed. Saturnino Calleja, Madrid, 1920, pp. 17-18. Se trata de
una Conferencia leída el día 2 de febrero de 1917 en el primero de los Festivales Artísticos celebrados en el Teatro Eslava a
beneficio de la “Protección del trabajo de la mujer”.
45Dentro de este título genérico hemos de hacer referencia a las distintas teorías “feministas” que intentan responder al objetivo
de conseguir una verdadera ciudadanía para mujeres y hombres. Mackinnon, Olsen, Smart, Pitch, Stang Dahl... no son más
que algunos de los nombres del panorama internacional que enarbolan algunos de estos esfuerzos emancipatorios.
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configurar una propuesta que no trate de modo excluyente a la libertad, la igualdad y la justicia.
En este sentido es capaz de alimentarse de las virtudes y aportaciones de dichos discursos, –los
derechos individuales y los derechos sociales– pero sin abandonar ni la transformación social, ni
el desarrollo libre de los individuos –respectivamente– que conforman la ciudadanía. Pero esto
último ha de hacerse aportando una consigna más en el conocimiento y en la lucha socio-
política. Nos referimos a la igualdad de reconocimiento, aspecto que garantizaría códigos de
igualdad entre los individuos, el arbitrio de medidas para la consecución de igual desarrollo y
participación de éstos en la vida individual y social, y en consecuencia, las condiciones para la
garantía de la libertad.
Enfocar la Democracia, como hace el discurso liberal, hacia el objetivo de la libertad
individual ignorando los obstáculos reales para su efectivo desarrollo por parte de todos los
individuos y abandonando la cohesión social, significa el suicidio de la propia Teoría en su meta
por construir –entendemos para toda la ciudadanía– la sociedad democrática. Del mismo modo,
focalizar los esfuerzos epistemológicos y políticos hacia la consecución de la “igualdad social”
sólo en la esfera de la distribución de bienes, postergando al individuo e ignorando otros
intereses distintos a los propiamente “económicos”, significa mutilar la respuesta demandada
por el conjunto de la ciudadanía. Lograr el desarrollo libre de la individualidad, se consigue –
paradójicamente– activando cambios institucionales que posibiliten una correcta socialización
de los individuos en igualdad de reconocimiento y respeto y en consecuencia faciliten la
cohesión social. La igualdad nos garantiza la libertad, ya que sin ella, la libertad será de unos
pocos y no conseguiremos cohesión social.
“Si lo público y lo privado aparecen difuminados, no (será) posible garantizar que la
elección de las mujeres proceda absolutamente del principio de autonomía”46.
Según lo dicho, –y reconduciendo la reflexión hacia el tema que nos ocupa– se pretende
arribar a la igualdad real entre hombres y mujeres, denunciando toda discriminación y
rompiendo toda subordinación del estatus o poder social de un grupo frente a otro. El objetivo
es conseguir que hombres y mujeres sean tratados con idéntica consideración, reconocimiento y
respeto, y sus fórmulas para conseguirlo no pueden perder el colectivo de referencia –
discriminación grupal–. Así pues, “para la democracia feminista la adecuada regulación
democrática pasa por un consenso ético-político en torno a la relación entre los sexos y en las
instituciones en que se inscriben –representativas, formales y socializadoras–, sin que se vean
alteradas por los cambios de gobierno”47 de la misma manera que en tiempos no muy lejanos –
después de la Segunda Guerra Mundial– se arbitraron fórmulas consensuadas –aunque apenas
rozaban tangencialmente a las mujeres– entre el modelo originario propuesto por el Liberalismo
y el defendido por las Teorías marxistas como parámetros de justicia. Sin embargo, "la realidad
fue y es todavía que los mínimos valores ético-políticos compartidos y las instituciones en los
que se inscriben se vieron (y se ven) en muy poco alterados. (...) Hay muchos derechos de las
mujeres que siguen sin ser especificados, como por ejemplo, el derecho a la paridad" 48.
Y esto es así porque el principio del reconocimiento brilla por su ausencia, y las medidas –
incluso las más progresistas– sociales arbitradas en torno a las distribución de la riqueza no han
conseguido ningún cambio de comportamiento ni de actitud en los ciudadanos más favorecidos.
Si los hombres no están dispuestos a aceptar el cambio y a reconocer a las mujeres como iguales
y el Estado no es capaz de imponer el reconocimiento como medida para erradicar la subordi-
nación estructural, ambos seguirán coadyuvando a la violencia de género y a pisotear los
derechos de la humanidad. Ya no valen las omisiones, ni la ignorancia estatal ante la situación
de desprotección de los derechos humanos. Se entenderán "las dobles jornadas" y los síndromes
que aquejan a las mujeres, y que forman parte de los anales de la psiquiatría: "la superwoman" y
"la abuela esclava". Igualmente se comprenderán los conceptos "mujer-cuota", "mujer-florero",
al interpretar –sin reconocimiento– que los derechos civiles y políticos de las mujeres forman
parte del conjunto de "concesiones" hechas por un esfuerzo de generosidad social. Sin
olvidarnos, entre otros aspectos, de que el destino de las ayudas sociales –según el principio de
distribución de bienes– dejaría fuera a las mujeres consideradas laboralmente "inactivas" por
49Un ejemplo de ello lo observamos en la irrisorias pensiones de viudedad, donde la mujer que nunca cotizó, aunque dedicó toda
su vida “a trabajar por los demás”, apenas si recibe una parte ridícula (52%) de “la paga de su marido”.
50Asimismo valoraba el Anteproyecto de Ley Orgánica Integral contra la Violencia ejercida sobre la Mujer como “bueno por
todo lo que incluye, pero malo por lo que excluye”; así como que los mecanismos jurídicos que se contemplan “aun siendo
bienintencionados, derivados de una causa realmente defendible, están jurídicamente mal construidos, hasta el punto que ni
siquiera van a ser eficaces para defender a las mujeres contra las agresiones”. Declaraciones publicadas por el diario El País
de 17 de junio de 2004.
51Ibidem. En este mismo sentido se refería Soledad Murillo, Secretaria General para las Políticas de Igualdad cuando en
Declaraciones publicadas el 15 de junio de 2004, y en clara alusión al recelo expresado por el CGPJ, aseveraba que “El
Poder Judicial tiene que entender que la Ley integral recoge una discriminación positiva para cumplir el principio de
igualdad que consagra la Constitución”.
52Vid. MACKINNON, C., Hacia una Teoría feminista del Estado, opus cit., p. 435.
53Cfr. PECES BARBA, G., “La Constitución y la Seguridad jurídica”, Claves de razón práctica, nº 38, diciembre 2003, p. 6.
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garantizado mínimamente entre los géneros. Haciendo mías las palabras de Marcelo Sain, “(s)i
en un contexto democrático, el principio de autonomía, tal como fue definido, configura el eje
estructurante de la seguridad pública, la “inseguridad” debe ser entendida como aquellas
situaciones en la que ciertos factores políticos y sociales vulneran o cercenan, de alguna manera,
aquel principio, esto es, impiden que las personas puedan determinar sus condiciones de
vida”54. Si es cierto –como hemos mencionado más arriba– que el valor “libertad” es el mínimo
de ética pública exigido, el Estado Social y Democrático de Derecho deberá centrar todos sus
esfuerzos en asegurar que ésta exista para toda la ciudadanía, sin distinciones ni niveles, y ello
pulsará la exigencia previa de igualdad 55 de autonomía, eliminando todo tipo de
discriminación.
Combatir la violencia estructural sobre las mujeres se alza, pues, como primera tarea estatal
y social para conseguir niveles mínimos de libertad, seguridad, y en consecuencia, de igualdad.
Y para afrontar dicha tarea, la acción positiva que engloba medidas diferenciadoras e
indiferenciadoras 56 se nos muestra como un instrumento eficaz, aunque polémico –
especialmente por las segundas– al chocar con el planteamiento clásico-aristotélico 57 que
alimenta las estructuras jurídicas tradicionales58. El ejemplo más inmediato lo hemos vivido
con el debate parlamentario en torno a la recién aprobada Ley Orgánica de Medidas de
Protección Integral contra la Violencia de Género, y a las posiciones enconadas y encontradas
del CGPJ y el Gobierno de la nación.
La Ley Integral aplica la centralidad de la mujer en el ámbito penal estableciendo delitos
específicos de amenazas (nuevos apartados 4 y 5 del artículo 171 CP), coacciones (nuevo
apartado 2 del artículo 172 CP), lesiones (artículo 148 CP), incrementando la sanción penal
cuando ella se produzca contra quien sea o haya sido la esposa del autor, o mujer que esté o
haya estado ligada a él por una análoga relación de afectividad, aun sin convivencia, o persona
especialmente vulnerable que conviva con el autor. Esta tipificación tiene su justificación en el
cambio que ha supuesto pasar de estar regulado el derecho del marido de “corregir a la mujer” y
la penalización de “la desobediencia de la mujer al marido” por la prohibición absoluta de
ejercer fuerza contra la mujer 59 en un contexto de violencia ambiental social que,
paradójicamente, minimiza cualquier acto de violencia de género en su condición de
antijurídica. Según reza la Exposición de Motivos de la Ley “para la ciudadanía, para los
colectivos de mujeres y específicamente para aquellas que sufren este tipo de agresiones, la Ley
quiere dar una respuesta firme y contundente y mostrar firmeza plasmándolas en tipos penales
específicos”.
Hasta qué punto dicha medida se considera legítima o no, en tanto que proporcionada60 o
no, dependerá –como sugeríamos en el epígrafe anterior– de la consideración de “grave” de los
comportamientos que se pretenden perseguir y de la ponderación del objetivo final. No en vano,
y como apuntaba Miguel Lorente en su informe sobre el Anteproyecto de Ley, las amenazas o
54Vid. SAIN, M., “Seguridad pública y derechos humanos”, opus cit., p. 235.
55En palabras de Amelia Valcárcel, “Y justamente por eso, porque es muy difícil no completar con el concepto de libertad el
concepto de igualdad. Tienen entre ellos una profunda soldadura. Obviamente nosotros sabemos de lo defectivo de la
libertad cuando la igualdad, una cierta igualdad, no está asegurada. Pero de la misma manera si subrayáramos
exclusivamente el concepto de igualdad y al de libertad no le diéramos cabida, o no le diéramos la cabida suficiente,
correríamos graves riesgos defectivos”, vid. VALCÁRCEL, A., “El sentido de la libertad”, en Anales de la Cátedra
Francisco Suárez, nº 34, 2000, p. 378. Del mismo modo, si la palabra libertad es un concepto fundamental para todos los
juristas, asegura Stang Dahl, que “tiene un sentido y un significado particular para las mujeres, para quienes ésta se
configura como libertad de autodeterminación y autorrealización”, vid, STANG DAHL, T., “Building Women’s Law”,
International Journal of the Sociology of Law, 1986, p. 244.
56Al respecto, véase el análisis y reflexión de BARRÈRE, M.A., “De la acción positiva a la “discriminación positiva” en el
proceso legislativo español”, Jueces para la Democracia, nº 51, 2004, pp. 26-33, en su trabajo más reciente.
57En este sentido, asimilando Justicia e Igualdad, llamamos justo a un acto o incluso a la ley misma, en cuanto respeta un criterio
básico de igualdad. Este significado –tradicional en el pensamiento occidental desde Aristóteles– se expresa de la siguiente
manera: “los iguales deben ser tratados como iguales y los desiguales deben ser tratados como desiguales”. No debe
aplicarse trato discriminatorio en dos casos análogos.
58Esta polémica se acrecienta en el contexto penal por encontrarnos ante un ámbito esencialmente represivo y punitivo, y no
propiamente en un ámbito de garantía de protección de los derechos.
59Cfr. DURÁN, M., “Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Una Ley para todas las
mujeres”, opus cit., p. 14.
60A veces se aplica la calificación de justo o injusto –legítima o ilegítima– al hacer referencia a las leyes o a las situaciones de
ellas derivadas, en la medida en que se conforman o no a una cierta idea de proporción entre la consecuencia jurídica y el
hecho que la motiva.
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coacciones no se convierten en graves porque la víctima sea mujer, sino que la amenaza o coac-
ción a una mujer son graves porque son la expresión de una relación violenta basada en el
dominio y la superioridad del hombre, porque la coacción o la amenaza es el instrumento del
que se vale el hombre violento para seguir sometiendo a la mujer. En nuestra opinión, –
inclinándonos por una justicia correctiva 61 – si se toleran las violaciones de los derechos
fundamentales a la libertad y a la seguridad, puede que no haya vuelta atrás en la escalada de
violencia, y si la utilización del papel simbólico del Derecho Penal como asignador de
negatividad social sirve para eliminar la subordinación estructural intergéneros, estaremos
hablando de una medida de acción positiva perfectamente legítima y constitucional. Sin
embargo, estos nuevos tipos penales de violencia intimidatoria contra la mujer, justificados por
el criterio del daño social objetivo62, no parecen ser compartidos por una parte de la Judicatura
que ha presentado diferentes cuestiones de inconstitucionalidad, siendo alguna de éstas,
admitidas a trámite por el Tribunal Constitucional.
Pero la Ley Integral resulta de especial interés además por dos aspectos fundamentales. En
primer lugar, porque regular las medidas mediante Ley Orgánica significa que el Estado
reconoce como derecho de las mujeres el vivir sin violencia y se compromete a garantizarlo. El
artículo 2 de la ley establece entre sus principios rectores: “Consagrar derechos de las víctimas
de violencia sobre la mujer, exigibles ante las administraciones públicas, y así asegurar un
acceso rápido, transparente y eficaz a los servicios establecidos al efecto”. Según ello, las
personas –las mujeres– tienen derecho a: ser educadas en igualdad; el castigo de quien atente
contra su integridad física y/o psíquica; el derecho de recuperación y a ser acogidas
adecuadamente; el derecho a ayudas económicas para evitar mayor daño; y la atención
adecuada, especializada y coordinada por parte de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del
Estado, los Operadores jurídicos, el personal sanitario, sin olvidarnos de los equipos psico-
sociales. Y en segundo lugar, la propuesta integral es importante porque afecta a ámbitos que
tienen que ver con la violencia de género tal y como hemos ido señalando a lo largo de la
exposición, a saber: prevención, protección, atención sanitaria, social y laboral, y por supuesto,
la coordinación judicial. En la elaboración, y en el posterior seguimiento están implicados y
comprometidos los Ministerios de Educación, Justicia, Interior, Trabajo y Asuntos Sociales,
Presidencia, Sanidad, Administraciones Públicas y Economía.
Sin embargo, probablemente la urgencia y la presión social de búsqueda inmediata de
“solución” a los dramáticos episodios de violencia proferidos dentro del hogar, ha motivado que
la Ley Orgánica Integral descuide otras formas y otros contextos donde las mujeres padecen
violencia. Y no nos referimos sólo a la prostitución o al tráfico sexual, que también, sino a otras
formas de violencia de género que desde el feminismo siempre se ha querido que fueran tratadas
homogéneamente: el papel subordinado y excluyente de las mujeres en la educación, en el
mundo laboral, y por supuesto, su “invisibilidad” y “desprecio” en la política, agresiones
recibidas en contextos no propiamente familiares.
De cualquier modo, pronosticar si este reciente esfuerzo legislativo va a conseguir los
objetivos de “seguridad” buscados aun en torno a las relaciones de pareja, es todavía demasiado
aventurado63. No obstante, –y pese a las salvedades antes referidas– entiendo que, apuntar para
erradicar la subordinación estructural, a las áreas educativas, laborales, judiciales,
institucionales... –áreas donde existen importantes niveles de violencia contra todas las
mujeres– aunque, centradas, lamentablemente, en el contexto familiar, significa admitir –aun
tímidamente– la exclusión y violencia que padecen éstas en el estatuto de ciudadanía, y el
agravamiento para aquéllas que además sufren agresiones en la intimidad del hogar 64 .
61Si se violan los intereses existentes y justificados debe haber una compensación adecuada a la violación cometida.
62
En este sentido, la Magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, Inmaculada Montalbán
Huertas afirma en un artículo titulado “Violencia de Género y Constitución”, publicado en EL PAÍS, que:
“La llamada dañosidad objetiva de la conducta es uno de los presupuestos que se ha venido exigiendo
para estimar justificada la agravación de las penas”.
63
De cualquier modo, alguna valoración ya se ha hecho de la Ley Integral. Al respecto, véase DURÁN,
M., “Dos años de Ley Integral contra la Violencia de Género: logros y desafíos”, AEQUALITAS, nº19,
julio-diciembre 2006, p. 42-49.
64Un ejemplo de ello podemos constatarlo en las especiales dificultades que viven las mujeres en el acceso, selección y
promoción en el mercado laboral. Si a ello le añadimos, el contexto dramático de padecimiento de malos tratos en el hogar,
entenderemos que haya sido necesario reformar el Estatuto de los Trabajadores “para justificar las ausencias del puesto de
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trabajo de las víctimas de la violencia de género, posibilitar su movilidad geográfica, la suspensión con reserva del puesto de
trabajo y la extinción del contrato”. Exposición de Motivos de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la
Violencia de Género.
65En el año 2005, el Estado distribuyó 10 millones de euros a las Comunidades Autónomas, para que pudieran adecuar sus
recursos sociales al contenido del artículo 19. Véase la Disposición Adicional Decimotercera de la Ley Integral que prevé la
creación de un Fondo a cargo del Estado, al que pueden acceder las Comunidades Autónomas.
66En este sentido, se prevé la valoración de los Servicios de Inspección Educativa (capítulo I del Título I), la remisión de un
informe anual por parte de la Comisión de planificación de medidas sanitarias al Observatorio Nacional de la Violencia
sobre la Mujer y al Pleno del Consejo Interterritorial (capítulo III, del Título I); la valoración anual del Observatorio
Nacional de Violencia sobre la Mujer sobre el modo el que se está aplicando la ley por parte de los operadores jurídicos
(Título III); la valoración de los permisos carcelarios a agresores por la Administración Penitenciaria, y la evaluación final
de la aplicación de la ley, pasados tres años de su entrada en vigor, por parte del Gobierno en colaboración con las
Comunidades Autónomas, informe que enviará al Congreso de los Diputados para su análisis (Disposición adicional undé-
cima de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género).
67Vid. DURÁN, M., “Análisis jurídico-feminista de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de
Género”, Artículo 14. Una perspectiva de género. Boletín de Información y Análisis Jurídico, Instituto Andaluz de la Mujer,
diciembre de 2004, p. 13.
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estructuras”68.
“El instrumental jurídico de hoy, neutro respecto al género, se encuentra con una
realidad sexuada –o viceversa, la realidad sexuada se encuentra con el Derecho moderno
monosexuado–. Es el complicado intercambio entre vida y Derecho que se obtiene como
resultado lo que las estudiosas del Derecho de las mujeres pretenden determinar y
comprender, con el objetivo específico de contribuir a una igualdad verdadera, al
reconocimiento del igual valor, y la mayor libertad de las mujeres”69.
Pero erradicar la violencia de género exige algo más que trabajar desde la educación, o que
atajar los episodios puntuales de violencia desde las instancias sanitarias, psicosociales,
económicas, laborales y jurídico-penales. Se demanda restituir a las mujeres el estatus de
ciudadana y el reconocimiento de su voz propia70. Convenimos con Francesca Puigpelat en que
“si aceptamos que todas las personas tienen igual valor moral, –partiendo del principio del
reconocimiento– las decisiones sobre los objetivos y reglas que conforman el marco político, en
cuyo seno se realizan las elecciones personales y las políticas públicas, deben tomarse de forma
colectiva”71, y no habrá sentimiento de “concesión” de derechos a las mujeres. En este sentido,
el paradigma feminista entiende que el Estado debe intervenir para romper todo atisbo de
desigualdad estructural, potenciando no sólo políticas de distribución de riqueza –apuesta del
modelo social–, sino de reconocimiento, y evitar, de este modo, la inmutabilidad de los patrones
comportamentales de hombres y mujeres. De no hacerlo así, y optar por no intervenir –consigna
de la Teoría política liberal– el Estado sólo protegerá la libertad de unos pocos, y desde luego no
la de las mujeres. Optar por intervenir activando únicamente políticas distributivas económicas
–propio de Teorías socialdemócratas–, volverá a abandonar al colectivo de las mujeres a una
suerte de “formalismo jurídico” y “progresismo social excluyente”, perpetrándoles una
violencia ya referida, a saber: “las mujeres pueden pero no quieren”.
Las mujeres deben ocupar el puesto que les pertenece en la cultura, en la historia, en la
humanidad, y su experticia y presencia debe ser reconocida y legítima sin “débitos prestados”,
ni “concesiones patriarcales”. Mantener a las mujeres ocultas, invisibles en la sociedad del
conocimiento, de la tecnología y de la informática vuelve a “recolocarlas” –y sin su
consentimiento– en su posición de súbditas del orden patriarcal, obligadas a aceptar su
exclusión del Pacto Social.
En un momento como el actual, donde se exige –jurídicamente hablando– formación en
género, tanto para el profesorado, profesionales de la salud, operadores jurídicos e incluso para
los cuerpos y fuerzas de Seguridad del Estado, esta advertencia y reflexión se presenta,
entiendo, como referente obligado, si no queremos condenar de antemano a las mujeres a una
nueva forma de violencia patriarcal.
68Vid. PITCH, T., Un Derecho para dos. La construcción jurídica de género, sexo y sexualidad, opus cit., p. 263.
69Vid. STANG DAHL, T., “Building Women’s Law”, International Journal of the Sociology of Law, 1986, 14/3-4, p. 239.
70“La dificultad de las mujeres en el discurso público, su inseguridad y vacilación, puede interpretarse entonces como el esfuerzo
que realizan para traducir su mensaje a un código y a unas normas que rigen en el discurso masculino. Este bilingüismo –
lenguaje femenino y lenguaje masculino– obliga a la mujer, cuando habla en público, a ser consciente del código que utiliza,
a querer estar a la altura del nivel social de comunicación, es decir, a traducir su comunicación a un código y a unas normas
que son las que rigen en el discurso público y esta energía que consume en la traducción le dificulta para expresarse
libremente y le provoca inseguridad”, vid. BERNABÉ, I., “Miedo a la palabra. Las mujeres y el discurso público”, en
Jornadas Feministas Estatales, “Juntas y a por todas”, Madrid, diciembre 1993.
71Vid. PUIGPELAT MARTÍ, F., "Libertad y seguridad en el nuevo contrato social" en Anuario de Filosofía del Derecho,
Ministerio de Justicia, Tomo XXII, 2005, p. 105.
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