CASO PRÁCTICO
Docente: Luis Felipe Geldres Gallardo
Curso: Psicoterapia cognitiva de Beck Y Ellis
Programa: Segunda especialidad en Psicología Clínica
Universidad Continental.
Escuela de Post Grado
En relación el presente caso clínico, realizar las siguientes consideraciones:
1. Determinar un análisis evaluativo del caso y advertir las posibles
distorsiones cognitivas y/o creencias subyacentes.
2. Según las manifestaciones sintomáticas de la paciente-consultante
¿Cuál sería el posible diagnóstico clínico? Sustenta el diagnóstico.
3. Cuales podrían ser los posibles detonantes o disparadores del cuadro.
4. Mencione algunas estrategias propuestas, como posible
intervención psicoterapéutica.
María G. Es una joven de 29 años de clase socioeconómica media, trabaja de
administrativa en una multinacional, aunque actualmente, desde hace cuatro meses,
mantiene una interrupción laboral transitoria. Vive sola en un departamento de
alquiler desde que se separó de su pareja hace un año.
Orientada en el tiempo y en el espacio y con aspecto adecuado (aparente buen
cuidado de sí misma). Durante la entrevista, se sienta en una postura decaída,
distantes de la terapeuta, habla con voz apagada y muestra una fuerte labilidad
emocional, por la que constantemente pide disculpas (“lo siento mucho, no puedo
hablar de ello sin ponerme fatal, lo siento…” “Para que vengo si soy débil”). Cuando se
le pregunta por el motivo de su consulta, refiere “estoy en un pozo del que no sé cómo
salir, me siento muerta en vida”, así mismo refiere “Mi vida esta arruinada”. Este
sentimiento le acompaña desde hace aproximadamente un año y medio, en relación
con conflictos en su pareja, de la que finalmente acabó separándose por iniciativa de
él. “durante seis meses estuve intentándolo todo para que nuestra relación saliera
adelante”. A partir de la ruptura se sintió “hundida”, se encerró en su casa, no cogía el
teléfono porque no sabía cómo explicárselo a su familia y amigos, manteniendo, sin
embargo, su actividad laboral,
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aunque con dificultades, hasta hace aproximadamente cuatro meses, cuando, con
motivo de su aniversario, llamó a su expareja y percibió “nada más que frialdad por su
parte” “Soy una estúpida, no sé porque lo llame”. Desde entonces, prácticamente no
sale de casa, llora constantemente, no siente ganas de nada – “sólo de morirme”-, no
puede evitar darle vueltas a los errores que cometió en su relación, a qué hizo mal para
que su relación fracasara; “algunas veces no entiendo por qué ocurrió, otras veces
pienso que es normal: cómo me iba a querer” “Si no me acepto, es porque soy una
mujer poca cosa”.
Continuando con la exploración de síntomas, encontramos que el estado de ánimo
triste y la falta de motivación se acompañan de un estado de irritabilidad manifiesto en
sus relaciones interpersonales casi constantemente: se siente molesta por cualquier
comentario de los demás cuando intentan animarla, pero también cuando siente que
los otros “evitan el tema y no quieren hablar de ello”. Reacciona con rabia hacia sus
amigos, todos con pareja, y se siente incomprendida por ellos cuando la invitan a salir.
Aunque se siente apoyada por ellos, también percibe un mayor aislamiento progresivo.
Explorando el deseo de morir que manifiesta, refiere que a veces le encantaría
dormirse y no volver a despertar. En ocasiones incluso ha pensado en quitarse la vida,
“pero me da demasiado miedo el dolor y, además, creo que no está bien, no podría
hacerlo”. Las dificultades laborales se relacionaban con problemas de concentración,
que se mantienen, provocados, en parte, por pensamientos intrusivos sobre qué hará
él o dónde estará en ese momento. En cuanto a los síntomas fisiológicos, presentó
insomnio de iniciación (entre dos y tres horas) en el período de conflictos con su pareja
y en el mes posterior. Estos problemas para dormir han reaparecido en los últimos
meses. En este mismo período, ha notado que come más de lo habitual, lo que le ha
hecho ganar peso. Se siente peor con ese aumento de peso, si bien no presenta
distorsión alguna de la imagen corporal, ni ningún otro síntoma propio de los
trastornos alimentarios. Siente una casi permanente sensación de inquietud, que en
ocasiones ha venido acompañada de vómitos espontáneos después de las comidas. Su
autoestima se encuentra claramente deteriorada: refiere que con él se sentía segura y
su vida tenía un sentido. Ahora sin él siente que no es nadie. Siente que con esta
ruptura ha decepcionado a su familia, ha sido un golpe para todos, y piensa que,
aunque no se lo digan, la ven como la fracasada de la familia. En cuanto a la respuesta
emocional, verbaliza especialmente sentimientos de tristeza, fracaso, desesperanza,
vacío, culpa y un intenso autodesprecio. Con respecto a su expareja, encuentra
dificultades para describir lo que siente por él: “sólo ganas de llorar y que le quiero”.
En la tercera sesión, comienza a referir sentimientos de rabia por el daño que le ha
hecho, sintiéndose a la vez culpable por esa emoción. Analizando parámetros
asociados a la sintomatología, María describe cómo sus peores momentos coinciden
con las ocasiones en las que ha intentado comunicarse con él “sin ninguna respuesta
por su parte” y aquellas situaciones sociales en las que, forzándose a salir, se
encuentra sola sin él y no sabe cómo reaccionar “Me siento vacía, necesito de mi
pareja”, “No sé si vuelva a enamorarme, pues siempre voleará a pasarme esto”. Ha
comenzado a evitar estas situaciones especialmente durante los últimos cuatro meses.
María plantea como problema principal que no puede vivir sin él, añadiendo, en
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segundo lugar, la incapacidad para concentrarse y trabajar en este momento y,
relacionado con ello, los problemas económicos empeorados por la situación de
ruptura. El estilo de afrontamiento es pasivo, centrado en la emoción y rumiativo,
dando vueltas constantemente a las razones por las que su pareja no funcionó y fue un
“absoluto fracaso”. Su modo de relacionarse es sumiso, y manifiesta una excesiva
dependencia con respecto a sus más allegados. A este respecto, se puede inferir, a
partir del discurso de la paciente, la imposibilidad de sentirse valioso sin el apoyo de
personas importantes del entorno.
Sus problemas de concentración y la intensidad de su respuesta emocional le dificultan
enormemente resolver cualquier problema por pequeño que sea, lo cual no hace sino
favorecer su sensación de indefensión.
Revisando antecedentes personales y familiares de la paciente, no se encuentran
problemas psicológicos previos (“en mi casa todos somos muy felices, bueno, lo
éramos hasta esto”). María nunca se había sentido así, tampoco ha presentado épocas
de una especial activación o euforia que hagan pensar en un trastorno bipolar.
Consultó previamente con un terapeuta cuando comenzó a tener problemas en la
relación, “pero no me sirvió para arreglar mi relación, que era lo que yo quería”.
Durante el período de conflictos con su pareja estuvo tomando ansiolíticos pautados
por su médico de atención primaria, que introdujo un antidepresivo ante la ruptura.
Percibió una leve mejoría en su ánimo, sin cambios en la sintomatología a los seis
meses del inicio del tratamiento farmacológico, cuando le pidió a su médico que le
retirara la medicación, lo que se realizó de forma paulatina. No notó empeoramiento
posterior relacionado con el abandono de la medicación. Explorando la demanda, ante
la pregunta de por qué consulta en este momento, María describe cómo en los últimos
cuatro meses ha sentido que “se quedaba sin vida” y no quiere seguir así
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