Wolfsong. La canción del lobo T. J.
Klune
Ox era un niño cuando su padre le enseñó que nunca sería
nadie. Y lo creyó por mucho tiempo.
Hasta que se encontró a Joe al final de un camino. Un chico
extraño y explosivo, dispuesto a brindarle todo: desde su
amistad y su familia, hasta su mayor secreto: uno que teñirá
la vida de Ox de Alfas, Betas y Omegas.
Sin embargo, cuando la muerte golpea a las puertas de
Green Creek, Joe parte detrás de un monstruo, cegado por
la furia y la venganza. Y Ox deberá demostrar su verdadero
valor para proteger a quienes ama.
Cuando vuelvan a encontrarse, ¿serán capaces de resistir a
la canción que aúlla con fuerza entre los dos?
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CONTENIDOS
LA CANCIÓN DEL LOBO
Motas de polvo / Frío y metal
Convertor catalítico / Soñando despierto
Tor nado / Burbujas de jabón
Lobo de piedra / Dinah Shore
Chico lindo / A la mierda
O nunca / Ocho semanas
Garras y dientes / Reír a carcajadas
Luna
Kilómetros y kilómetros / El Sol entre nosotros
Una cosa de lobos / Estamos solos
Pelea por mí / La familia lo es todo
El suelo en el que pisas / El rey caído
Pantalones cortos de tiro bajo / Joe y tú
Y una corbata de lazo / Lo que sea por ti
Qué es la vida / Te necesito
Te traeré un oso / Lastimarte
Palabra de alerta / Derecho de nacimiento
La bestia / Fuego y acero
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Alfa
Heridas abiertas / Camino a casa
En los huesos / Perdiéndote
Antes de que te vayas / Agridulce
El primer año / Puntos de luz
El segundo año / Canción de guerra
El tercer año / Conexión mística de la Luna
Hogar
Como un lobo / Aquí sangraron
Canté para ti / Siempre fuiste mío
Amar
Daño / Nuestra maldita manada
Este cascarón vacío / Latidos
Bestia
La canción del lobo
Epílogo
Sobre el autor
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Para Ely, por todos esos links de Tumblr.
Tú sabes cuáles.
La sed es real.
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«¡Por favor no te vayas!
¡Te comeremos, en verdad te queremos!»
—Maurice Sendak,
Donde viven los monstruos
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MOTAS DE POLVO / FRÍO Y
METAL
enía doce años cuando papi puso una maleta al lado
T
de la puerta.
—¿Para qué es eso? —le pregunté desde la coci-
na.
Suspiró por lo bajo de for ma brusca y le tomó un mo-
mento voltearse en mi dirección.
—¿Cuándo llegaste a casa?
—Hace un rato —me dio una comezón que no se sintió
nada bien.
Papi echó un vistazo al reloj viejo sobre la pared. La co-
bertura plástica del frente estaba agrietada.
—Es más tarde de lo que pensaba —sacudió la cabe-
za—. Mira, Ox…
Parecía nervioso. Confundido. Mi padre era muchas co-
sas: un alcohólico, rápido para enfadarse y atacar con pala-
bras o puños, un dulce demonio con una risa que retumba-
ba como esa vieja Harley Davison que habíamos reparado
el verano anterior. Pero jamás se lo veía nervioso, jamás pa-
recía confundido. No como lo estaba ahora mismo.
Presentí algo terrible.
—Sé que no eres el muchacho más listo del mundo
—me dijo mientras ojeaba su maleta.
Era cierto, no había sido provisto de una gran inteligen-
cia. Mi mamá una vez dijo que yo estaba bien. Mi papá
pensaba que era lento. Mamá le respondió que no se trata-
ba de una carrera. Papá ya había bebido demasiado whisky
y comenzó a gritar y romper cosas. No la golpeó. No aque-
lla noche, de hecho. Mamá lloró mucho, pero él no la gol-
peó, yo mismo lo verifiqué. Cuando comenzó a roncar en
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su vieja silla, me escurrí a mi habitación y me oculté bajo
mis mantas.
—Lo sé, señor —repliqué.
Me miró de nuevo y juraré hasta el día en que me mue-
ra que vi amor en sus ojos.
—Más tonto que un buey —dijo. No se oía malicioso vi-
niendo de él. Tan solo lo era.
Me encogí de hombros. Esa no era la primera vez que
me lo decía, incluso cuando mamá le había pedido que de-
jara de hacerlo. Estaba bien, era mi papá, sabía más que
cualquier otra persona.
—La gente hará que tu vida sea una mierda.
—Soy más grande que la mayoría —afir mé, como si eso
significara algo. Y lo era, las personas me temían, aunque
no quería que así fuera. Era grande, como mi papá. Él era
un hombre de gran tamaño con un temperamento inesta-
ble gracias a la bebida.
—La gente no te comprenderá.
—¿Eh?
—No te entenderán.
—No necesito que lo hagan —en verdad quería que lo
hicieran, pero podía comprender por qué no lo harían.
—Debo ir me.
—¿A dónde?
—Lejos. Mira…
—¿Lo sabe mamá?
—Claro… Tal vez. Sabía qué sucedería, probablemente
lo sabe desde hace tiempo —rio, pero no se oyó como si
encontrara gracioso lo que acababa de decir.
—¿Cuándo regresarás? —di un paso hacia él.
—Ox, la gente será mala. Solo ignóralos y mantén tu ca-
beza baja.
—La gente no es mala, no siempre —no conocía a de-
masiadas personas. De hecho, no tenía amigos. Pero la
gente que sí conocía no siempre era mala. Simplemente la
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mayoría no sabía qué hacer conmigo. Eso no estaba mal,
yo tampoco sabía qué hacer conmigo.
—No me verás por un tiempo —agregó—. Tal vez por
mucho…
—¿Qué hay del taller? —le pregunté.
Papi trabajaba en lo de Gordo. Siempre olía a metal y
grasa cuando regresaba a casa, y sus dedos estaban enne-
grecidos. Tenía camisas con su nombre bordado con punta-
das de rojo, azul y blanco: Curtis. Siempre pensé que esa
era una de las cosas más maravillosas. La marca de un gran
hombre, tener tu nombre grabado en una camisa.
En ocasiones me per mitía acompañarlo. Me enseñó a
cómo cambiar el aceite cuando tenía tres, cómo cambiar un
neumático a la edad de cuatro y cómo reconstruir el motor
de una Chevy Bel Air Coupe de 1957 cuando tenía nueve
años. Esos días llegaba a casa oliendo a grasa, aceite y me-
tal, y soñaba que tenía una camisa con mi nombre borda-
do. Diría Oxnard o tal vez solamente Ox.
—A Gordo no le importará —dijo mi padre.
Se sentía como una mentira. A Gordo le importaba to-
do. Era algo malhumorado, pero una vez me dijo que cuan-
do fuera lo suficientemente mayor, podría pedirle empleo.
«Los tipos como nosotros deben mantenerse juntos», me
dijo. No supe qué quiso decir, pero me bastó el hecho de
que pensara en mí.
—Oh —fue todo lo que pude decirle a mi padre.
—No me arrepiento de haberte tenido —dijo—. Pero
me arrepiento de todo lo demás.
—¿Esto se trata de…?
No sabía de qué se trataba.
—Me arrepiento de estar aquí —continuó—. No puedo
tolerarlo.
—Bueno, eso está bien —respondí—. Podemos solucio-
narlo.
Quizás podríamos ir nos a algún otro lugar.
—No hay solución, Ox.
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—¿Cargaste tu teléfono? —le pregunté porque jamás
recordaba hacerlo—. No olvides cargarlo para que pueda
llamarte. Hay cosas de Algebra que aún no entiendo. La se-
ñora Howse me dijo que podía pedirte ayuda.
Aunque sabía que mi padre no entendería los proble-
mas numéricos más que yo. La llamaban Preálgebra. Eso
me asustaba porque si ya era difícil siendo pre, ¿qué pasa-
ría una vez que solo fuera Algebra, sin el pre incluido?
—Maldita sea, ¿acaso no lo entiendes? —gritó. Conocía
ese gesto, era su expresión de enfado. Estaba colérico.
—No —le respondí, porque no lo entendía. Intenté no
encoger me por el miedo.
—Ox, no habrá ayuda para Algebra, ni llamadas por te-
léfono. No hagas que me arrepienta de ti también.
—Oh…
—Ahora tienes que ser un hombre, por eso intento ex-
plicarte todo esto. La mierda te va a llegar, solo deberás sa-
cudírtela y seguir adelante —tenía los puños apretados a
los costados. No sabía por qué.
—Puedo ser un hombre —le aseguré porque tal vez eso
lo haría sentir mejor.
—Lo sé —respondió.
Sonreí, pero apartó la mirada.
—Debo ir me —concluyó al fin.
—¿Cuándo vas a regresar? —pregunté.
Dio un paso vacilante en dirección a la puerta, con la
respiración repiqueteando en su pecho. Tomó su maleta y
se marchó. Pude oírlo arrancar su vieja camioneta afuera, el
motor tardó en encenderse. Se oía como si necesitara una
nueva correa de distribución. Tendría que recordárselo más
tarde.
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Mamá llegó tarde a casa esa noche, luego de trabajar do-
ble turno en el restaurante. Me encontró en la cocina, de
pie en el mismo lugar en donde estaba cuando mi papá
atravesó la puerta. Las cosas eran diferentes ahora.
—¿Ox? —preguntó. Se veía muy cansada—. ¿Qué suce-
de?
—Hola, mamá.
—¿Por qué estás llorando?
—No estoy llorando —y no lo hacía porque ahora era
un hombre.
—¿Qué sucedió? —acarició mi rostro. Sus manos olían a
sal, patatas fritas y café mientras frotaba sus pulgares sobre
mis mejillas mojadas.
Bajé la cabeza para mirarla. Siempre había sido peque-
ña y yo, en algún momento del año pasado, había crecido
mucho. Ojalá recordara ese día, debió haber sido monu-
mental.
—Cuidaré de ti —le prometí—. Ni siquiera debes preo-
cuparte.
—Siempre lo haces —su mirada se suavizó. Pude ver las
líneas alrededor de sus ojos, el cansado conjunto de su
mandíbula—. Pero… —se detuvo. Tomó aire—. ¿Él se mar-
chó? —preguntó y su voz se oyó tan pequeña.
—Eso creo —enrosqué su cabello con mi dedo. Oscuro,
como el mío, como el de papá. Éramos todos oscuros.
—¿Qué te dijo? —me preguntó.
—Ahora soy un hombre —repetí. Eso era todo lo que
necesitaba oír.
Mamá se partió de la risa.
Papá no se llevó el dinero cuando nos dejó. Al menos no
todo. Aunque tampoco había demasiado, a decir verdad.
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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune
Tampoco se llevó fotografías. Solo un poco de ropa, su
afeitadora, su camioneta y algunas de sus herramientas.
Si no lo hubiera conocido mejor, hubiera pensado que
jamás estuvo aquí.
Lo llamé en el medio de la noche, cuatro días después.
Sonó un par de veces hasta que un mensaje dijo que el
teléfono ya no estaba en servicio.
La mañana siguiente tuve que disculpar me con mamá,
había colgado con tanta fuerza que quebré la base del telé-
fono. Ella dijo que estaba bien, y no volvimos a mencionar-
lo nunca más.
Tenía seis cuando mi papi me compró mi propio set de he-
rramientas. No de las que eran para niños. Nada de colores
brillantes ni plástico, eran de metal frío y reales.
—Mantenlas limpias y Dios te libre si las encuentro tira-
das afuera. Se oxidarán y te daré una paliza. Esta mierda no
es para jugar, ¿entiendes? —me dijo.
—Sí —respondí y las toqué con reverencia porque eran
un regalo. No podía encontrar las palabras para decir lo
completo que se sentía mi corazón.
Un par de semanas tras su partida, me hallaba de pie en la
habitación de ellos (de ella). Mamá estaba en el restaurante
otra vez, en un nuevo turno. Sus tobillos estarían adoloridos
cuando llegara a casa.
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La luz del sol se vertía a través de una de las ventanas
sobre la pared del fondo y atrapaba las pequeñas partículas
de polvo.
Olía a él dentro de la habitación. A ella. A ambos, a una
mezcla de los dos. Pasaría mucho tiempo hasta que él se
desvaneciera. Pero al final lo haría. Abrí la puerta del ar ma-
rio y uno de los lados estaba casi vacío, aunque quedaban
algunas cosas. Las pequeñas partes de una vida que ya no
era vivida.
Como su ropa de trabajo, cuatro camisas que colgaban
al final del ar mario. Lo de Gordo, en cursiva.
Todas decían Curtis. Curtis, Curtis, Curtis.
Toqué cada una de ellas con la punta de mis dedos.
Quité la última de su gancho, la deslicé por mis hom-
bros. Era pesada y olía a hombre, sudor y trabajo.
—Okey, Ox —me dije—. Tú puedes hacerlo.
Entonces comencé a abotonarla. Mis dedos se trababan
sobre sus botones, muy grandes y redondos. Era torpe e in-
genuo, solo manos y pier nas, sin encanto y soso. Era dema-
siado grande.
Acabé con el último botón y cerré mis ojos, respiré pro-
fundo. Recordé cómo lucía mamá esa mañana: las líneas
moradas debajo de sus ojos, sus hombros caídos.
—Sé bueno, Ox, mantente lejos de los problemas —me
había dicho, como si los problemas fueran la única cosa
que yo conociera. Como si me metiera en problemas a me-
nudo.
Abrí los ojos y me enfrenté al espejo que colgaba en la
puerta del ar mario.
La camisa era demasiado grande o yo era demasiado
pequeño. No estaba seguro de ninguna de las dos cosas.
Me veía como un niño disfrazado, como si fingiera ser al-
guien más.
—Soy un hombre —dije con voz baja luego de fruncir el
ceño al ver mi reflejo.
»Soy un hombre —no creía en mis palabras.
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»Soy un hombre —repetí con una mueca de dolor.
Al final me quité la camisa de mi padre, la devolví al ar-
mario y cerré las puertas. A mis espaldas, las motas de pol-
vo siguieron flotando en la luz solar que desaparecía.
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Lobo
CONVERTOR CATALÍTICO /
SOÑANDO DESPIERTO
o de Gordo.
–L
—Ey, Gordo.
—¿Sí? —un gruñido—. ¿Quién es? —como si
no lo supiera.
—Ox.
—¡Oxnard Matheson! Justo estaba pensando en ti.
—¿En verdad?
—No. ¿Qué demonios quieres?
Sonreí porque sabía que diría eso. La sonrisa se sentía
extraña en mi rostro.
—También me alegro de oírte.
—Sí, sí. Hace rato que no te veo, muchacho —estaba
molesto por mi ausencia.
—Lo sé, tenía que… —no sabía qué tenía que hacer.
—¿Hace cuánto que el donante de esper ma se fue a la
mierda?
—Hace un par de meses, creo.
Cincuenta y siete días, diez horas y cuarenta y dos minu-
tos.
—Que se vaya al diablo. Ya lo sabes, ¿no?
Lo sabía, pero él aún era mi papi, así que tal vez no.
—Claro —repliqué.
—¿Tu ma está bien?
—Sí.
No, no lo creo.
—Ox.
—No, no lo sé.
Suspiró profundo.
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