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"Wolfsong: La conexión de Ox y Joe"

La novela 'Wolfsong' de T. J. Klune narra la historia de Ox, un niño que lucha con la percepción de sí mismo tras la partida de su padre y su encuentro con Joe, un chico que le ofrece amistad y una nueva familia. A medida que la vida de Ox se entrelaza con la de los Alfas, Betas y Omegas, se enfrenta a la pérdida y la necesidad de demostrar su valentía. La historia explora temas de amor, identidad y la lucha por encontrar un lugar en un mundo que a menudo parece hostil.

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"Wolfsong: La conexión de Ox y Joe"

La novela 'Wolfsong' de T. J. Klune narra la historia de Ox, un niño que lucha con la percepción de sí mismo tras la partida de su padre y su encuentro con Joe, un chico que le ofrece amistad y una nueva familia. A medida que la vida de Ox se entrelaza con la de los Alfas, Betas y Omegas, se enfrenta a la pérdida y la necesidad de demostrar su valentía. La historia explora temas de amor, identidad y la lucha por encontrar un lugar en un mundo que a menudo parece hostil.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J.

Klune

Ox era un niño cuando su padre le enseñó que nunca sería

nadie. Y lo creyó por mucho tiempo.

Hasta que se encontró a Joe al final de un camino. Un chico

extraño y explosivo, dispuesto a brindarle todo: desde su

amistad y su familia, hasta su mayor secreto: uno que teñirá

la vida de Ox de Alfas, Betas y Omegas.

Sin embargo, cuando la muerte golpea a las puertas de

Green Creek, Joe parte detrás de un monstruo, cegado por

la furia y la venganza. Y Ox deberá demostrar su verdadero

valor para proteger a quienes ama.

Cuando vuelvan a encontrarse, ¿serán capaces de resistir a

la canción que aúlla con fuerza entre los dos?

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

CONTENIDOS

LA CANCIÓN DEL LOBO

Motas de polvo / Frío y metal

Convertor catalítico / Soñando despierto

Tor nado / Burbujas de jabón

Lobo de piedra / Dinah Shore

Chico lindo / A la mierda

O nunca / Ocho semanas

Garras y dientes / Reír a carcajadas

Luna

Kilómetros y kilómetros / El Sol entre nosotros

Una cosa de lobos / Estamos solos

Pelea por mí / La familia lo es todo

El suelo en el que pisas / El rey caído

Pantalones cortos de tiro bajo / Joe y tú

Y una corbata de lazo / Lo que sea por ti

Qué es la vida / Te necesito

Te traeré un oso / Lastimarte

Palabra de alerta / Derecho de nacimiento

La bestia / Fuego y acero

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

Alfa

Heridas abiertas / Camino a casa

En los huesos / Perdiéndote

Antes de que te vayas / Agridulce

El primer año / Puntos de luz

El segundo año / Canción de guerra

El tercer año / Conexión mística de la Luna

Hogar

Como un lobo / Aquí sangraron

Canté para ti / Siempre fuiste mío

Amar

Daño / Nuestra maldita manada

Este cascarón vacío / Latidos

Bestia

La canción del lobo

Epílogo

Sobre el autor

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

Para Ely, por todos esos links de Tumblr.

Tú sabes cuáles.

La sed es real.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

«¡Por favor no te vayas!

¡Te comeremos, en verdad te queremos!»

—Maurice Sendak,

Donde viven los monstruos

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

MOTAS DE POLVO / FRÍO Y

METAL

enía doce años cuando papi puso una maleta al lado

T
de la puerta.

—¿Para qué es eso? —le pregunté desde la coci-

na.

Suspiró por lo bajo de for ma brusca y le tomó un mo-

mento voltearse en mi dirección.

—¿Cuándo llegaste a casa?

—Hace un rato —me dio una comezón que no se sintió

nada bien.

Papi echó un vistazo al reloj viejo sobre la pared. La co-

bertura plástica del frente estaba agrietada.

—Es más tarde de lo que pensaba —sacudió la cabe-

za—. Mira, Ox…

Parecía nervioso. Confundido. Mi padre era muchas co-

sas: un alcohólico, rápido para enfadarse y atacar con pala-

bras o puños, un dulce demonio con una risa que retumba-

ba como esa vieja Harley Davison que habíamos reparado

el verano anterior. Pero jamás se lo veía nervioso, jamás pa-

recía confundido. No como lo estaba ahora mismo.

Presentí algo terrible.

—Sé que no eres el muchacho más listo del mundo

—me dijo mientras ojeaba su maleta.

Era cierto, no había sido provisto de una gran inteligen-

cia. Mi mamá una vez dijo que yo estaba bien. Mi papá

pensaba que era lento. Mamá le respondió que no se trata-

ba de una carrera. Papá ya había bebido demasiado whisky

y comenzó a gritar y romper cosas. No la golpeó. No aque-

lla noche, de hecho. Mamá lloró mucho, pero él no la gol-

peó, yo mismo lo verifiqué. Cuando comenzó a roncar en

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

su vieja silla, me escurrí a mi habitación y me oculté bajo

mis mantas.

—Lo sé, señor —repliqué.

Me miró de nuevo y juraré hasta el día en que me mue-

ra que vi amor en sus ojos.

—Más tonto que un buey —dijo. No se oía malicioso vi-

niendo de él. Tan solo lo era.

Me encogí de hombros. Esa no era la primera vez que

me lo decía, incluso cuando mamá le había pedido que de-

jara de hacerlo. Estaba bien, era mi papá, sabía más que

cualquier otra persona.

—La gente hará que tu vida sea una mierda.

—Soy más grande que la mayoría —afir mé, como si eso

significara algo. Y lo era, las personas me temían, aunque

no quería que así fuera. Era grande, como mi papá. Él era

un hombre de gran tamaño con un temperamento inesta-

ble gracias a la bebida.

—La gente no te comprenderá.

—¿Eh?

—No te entenderán.

—No necesito que lo hagan —en verdad quería que lo

hicieran, pero podía comprender por qué no lo harían.

—Debo ir me.

—¿A dónde?

—Lejos. Mira…

—¿Lo sabe mamá?

—Claro… Tal vez. Sabía qué sucedería, probablemente

lo sabe desde hace tiempo —rio, pero no se oyó como si

encontrara gracioso lo que acababa de decir.

—¿Cuándo regresarás? —di un paso hacia él.

—Ox, la gente será mala. Solo ignóralos y mantén tu ca-

beza baja.

—La gente no es mala, no siempre —no conocía a de-

masiadas personas. De hecho, no tenía amigos. Pero la

gente que sí conocía no siempre era mala. Simplemente la

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

mayoría no sabía qué hacer conmigo. Eso no estaba mal,

yo tampoco sabía qué hacer conmigo.

—No me verás por un tiempo —agregó—. Tal vez por

mucho…

—¿Qué hay del taller? —le pregunté.

Papi trabajaba en lo de Gordo. Siempre olía a metal y

grasa cuando regresaba a casa, y sus dedos estaban enne-

grecidos. Tenía camisas con su nombre bordado con punta-

das de rojo, azul y blanco: Curtis. Siempre pensé que esa

era una de las cosas más maravillosas. La marca de un gran

hombre, tener tu nombre grabado en una camisa.

En ocasiones me per mitía acompañarlo. Me enseñó a

cómo cambiar el aceite cuando tenía tres, cómo cambiar un

neumático a la edad de cuatro y cómo reconstruir el motor

de una Chevy Bel Air Coupe de 1957 cuando tenía nueve

años. Esos días llegaba a casa oliendo a grasa, aceite y me-

tal, y soñaba que tenía una camisa con mi nombre borda-

do. Diría Oxnard o tal vez solamente Ox.

—A Gordo no le importará —dijo mi padre.

Se sentía como una mentira. A Gordo le importaba to-

do. Era algo malhumorado, pero una vez me dijo que cuan-

do fuera lo suficientemente mayor, podría pedirle empleo.

«Los tipos como nosotros deben mantenerse juntos», me

dijo. No supe qué quiso decir, pero me bastó el hecho de

que pensara en mí.

—Oh —fue todo lo que pude decirle a mi padre.

—No me arrepiento de haberte tenido —dijo—. Pero

me arrepiento de todo lo demás.

—¿Esto se trata de…?

No sabía de qué se trataba.

—Me arrepiento de estar aquí —continuó—. No puedo

tolerarlo.

—Bueno, eso está bien —respondí—. Podemos solucio-

narlo.

Quizás podríamos ir nos a algún otro lugar.

—No hay solución, Ox.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

—¿Cargaste tu teléfono? —le pregunté porque jamás

recordaba hacerlo—. No olvides cargarlo para que pueda

llamarte. Hay cosas de Algebra que aún no entiendo. La se-

ñora Howse me dijo que podía pedirte ayuda.

Aunque sabía que mi padre no entendería los proble-

mas numéricos más que yo. La llamaban Preálgebra. Eso

me asustaba porque si ya era difícil siendo pre, ¿qué pasa-

ría una vez que solo fuera Algebra, sin el pre incluido?

—Maldita sea, ¿acaso no lo entiendes? —gritó. Conocía

ese gesto, era su expresión de enfado. Estaba colérico.

—No —le respondí, porque no lo entendía. Intenté no

encoger me por el miedo.

—Ox, no habrá ayuda para Algebra, ni llamadas por te-

léfono. No hagas que me arrepienta de ti también.

—Oh…

—Ahora tienes que ser un hombre, por eso intento ex-

plicarte todo esto. La mierda te va a llegar, solo deberás sa-

cudírtela y seguir adelante —tenía los puños apretados a

los costados. No sabía por qué.

—Puedo ser un hombre —le aseguré porque tal vez eso

lo haría sentir mejor.

—Lo sé —respondió.

Sonreí, pero apartó la mirada.

—Debo ir me —concluyó al fin.

—¿Cuándo vas a regresar? —pregunté.

Dio un paso vacilante en dirección a la puerta, con la

respiración repiqueteando en su pecho. Tomó su maleta y

se marchó. Pude oírlo arrancar su vieja camioneta afuera, el

motor tardó en encenderse. Se oía como si necesitara una

nueva correa de distribución. Tendría que recordárselo más

tarde.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

Mamá llegó tarde a casa esa noche, luego de trabajar do-

ble turno en el restaurante. Me encontró en la cocina, de

pie en el mismo lugar en donde estaba cuando mi papá

atravesó la puerta. Las cosas eran diferentes ahora.

—¿Ox? —preguntó. Se veía muy cansada—. ¿Qué suce-

de?

—Hola, mamá.

—¿Por qué estás llorando?

—No estoy llorando —y no lo hacía porque ahora era

un hombre.

—¿Qué sucedió? —acarició mi rostro. Sus manos olían a

sal, patatas fritas y café mientras frotaba sus pulgares sobre

mis mejillas mojadas.

Bajé la cabeza para mirarla. Siempre había sido peque-

ña y yo, en algún momento del año pasado, había crecido

mucho. Ojalá recordara ese día, debió haber sido monu-

mental.

—Cuidaré de ti —le prometí—. Ni siquiera debes preo-

cuparte.

—Siempre lo haces —su mirada se suavizó. Pude ver las

líneas alrededor de sus ojos, el cansado conjunto de su

mandíbula—. Pero… —se detuvo. Tomó aire—. ¿Él se mar-

chó? —preguntó y su voz se oyó tan pequeña.

—Eso creo —enrosqué su cabello con mi dedo. Oscuro,

como el mío, como el de papá. Éramos todos oscuros.

—¿Qué te dijo? —me preguntó.

—Ahora soy un hombre —repetí. Eso era todo lo que

necesitaba oír.

Mamá se partió de la risa.

Papá no se llevó el dinero cuando nos dejó. Al menos no

todo. Aunque tampoco había demasiado, a decir verdad.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

Tampoco se llevó fotografías. Solo un poco de ropa, su

afeitadora, su camioneta y algunas de sus herramientas.

Si no lo hubiera conocido mejor, hubiera pensado que

jamás estuvo aquí.

Lo llamé en el medio de la noche, cuatro días después.

Sonó un par de veces hasta que un mensaje dijo que el

teléfono ya no estaba en servicio.

La mañana siguiente tuve que disculpar me con mamá,

había colgado con tanta fuerza que quebré la base del telé-

fono. Ella dijo que estaba bien, y no volvimos a mencionar-

lo nunca más.

Tenía seis cuando mi papi me compró mi propio set de he-

rramientas. No de las que eran para niños. Nada de colores

brillantes ni plástico, eran de metal frío y reales.

—Mantenlas limpias y Dios te libre si las encuentro tira-

das afuera. Se oxidarán y te daré una paliza. Esta mierda no

es para jugar, ¿entiendes? —me dijo.

—Sí —respondí y las toqué con reverencia porque eran

un regalo. No podía encontrar las palabras para decir lo

completo que se sentía mi corazón.

Un par de semanas tras su partida, me hallaba de pie en la

habitación de ellos (de ella). Mamá estaba en el restaurante

otra vez, en un nuevo turno. Sus tobillos estarían adoloridos

cuando llegara a casa.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

La luz del sol se vertía a través de una de las ventanas

sobre la pared del fondo y atrapaba las pequeñas partículas

de polvo.

Olía a él dentro de la habitación. A ella. A ambos, a una

mezcla de los dos. Pasaría mucho tiempo hasta que él se

desvaneciera. Pero al final lo haría. Abrí la puerta del ar ma-

rio y uno de los lados estaba casi vacío, aunque quedaban

algunas cosas. Las pequeñas partes de una vida que ya no

era vivida.

Como su ropa de trabajo, cuatro camisas que colgaban

al final del ar mario. Lo de Gordo, en cursiva.

Todas decían Curtis. Curtis, Curtis, Curtis.

Toqué cada una de ellas con la punta de mis dedos.

Quité la última de su gancho, la deslicé por mis hom-

bros. Era pesada y olía a hombre, sudor y trabajo.

—Okey, Ox —me dije—. Tú puedes hacerlo.

Entonces comencé a abotonarla. Mis dedos se trababan

sobre sus botones, muy grandes y redondos. Era torpe e in-

genuo, solo manos y pier nas, sin encanto y soso. Era dema-

siado grande.

Acabé con el último botón y cerré mis ojos, respiré pro-

fundo. Recordé cómo lucía mamá esa mañana: las líneas

moradas debajo de sus ojos, sus hombros caídos.

—Sé bueno, Ox, mantente lejos de los problemas —me

había dicho, como si los problemas fueran la única cosa

que yo conociera. Como si me metiera en problemas a me-

nudo.

Abrí los ojos y me enfrenté al espejo que colgaba en la

puerta del ar mario.

La camisa era demasiado grande o yo era demasiado

pequeño. No estaba seguro de ninguna de las dos cosas.

Me veía como un niño disfrazado, como si fingiera ser al-

guien más.

—Soy un hombre —dije con voz baja luego de fruncir el

ceño al ver mi reflejo.

»Soy un hombre —no creía en mis palabras.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

»Soy un hombre —repetí con una mueca de dolor.

Al final me quité la camisa de mi padre, la devolví al ar-

mario y cerré las puertas. A mis espaldas, las motas de pol-

vo siguieron flotando en la luz solar que desaparecía.

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Wolfsong. La canción del lobo T. J. Klune

Lobo

CONVERTOR CATALÍTICO /

SOÑANDO DESPIERTO

o de Gordo.

–L
—Ey, Gordo.

—¿Sí? —un gruñido—. ¿Quién es? —como si

no lo supiera.

—Ox.

—¡Oxnard Matheson! Justo estaba pensando en ti.

—¿En verdad?

—No. ¿Qué demonios quieres?

Sonreí porque sabía que diría eso. La sonrisa se sentía

extraña en mi rostro.

—También me alegro de oírte.

—Sí, sí. Hace rato que no te veo, muchacho —estaba

molesto por mi ausencia.

—Lo sé, tenía que… —no sabía qué tenía que hacer.

—¿Hace cuánto que el donante de esper ma se fue a la

mierda?

—Hace un par de meses, creo.

Cincuenta y siete días, diez horas y cuarenta y dos minu-

tos.

—Que se vaya al diablo. Ya lo sabes, ¿no?

Lo sabía, pero él aún era mi papi, así que tal vez no.

—Claro —repliqué.

—¿Tu ma está bien?

—Sí.

No, no lo creo.

—Ox.

—No, no lo sé.

Suspiró profundo.

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