que teníamos luz cléctrica.
Los invitados no tardarían en llegar, pero
faltaba aún algo muy importante: música. Para entrar en ambiente,
Eduardo hizo sonar un disco con los inolvidables tangos de Carlos
Gardel, el amor platónico de mi madre cuando él y ella aún estaban
vivos. Ni mi hermano ni yo nacimos en la época de Gardel. Pero de
cualquier manera, él era siempre un clásico. -Adivina a quién invité me
dijo Eduardo muy sonriente mientras con una mano tomaba la mía y
con la otra sujetaba mi cintura. Nos balanceábamos al son de aquella
música. En mi vida había visto a mi hermano tan contento, jamás
habiamos bailado, deseaba que ese momento no terminase jamás. -iA
quién?pregunté sin prestar importancia. -A Manuel dijo, de lo más
tranquilo. Hice un claro gesto de fastidio y él se mostró sorprendido.
Manuel era uno de mis pocos pretendientes, el único con el que aún no
me habia acostado. Él no tenía el valor suficiente para proponérmelo, y
yo no sentía interés por él, no el suficiente para insinuármele. -¿Te
molesta que lo haya invitado? me preguntó deteniéndose en seco. -Un
poco -dije, escondiendo el rostro. -Por qué? -Porque no me gusta.
Eduardo bajó la cabeza, suspiró, luego me miró con algo de lástima. Ya
va siendo hora de que te busqués un novio, ya estás en edad de
casarte, ¿no lo crees? No, no lo creo. Yo no quiro casarme -le respondi
molestay amenazante. No voy a estar con vos para siempre. 54