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Alien Romulus: Regreso al horror clásico

La película Alien Romulus intenta recuperar la esencia de la original de 1979, pero carece de nuevas ideas y sorpresas, presentando una trama sencilla donde un grupo de trabajadores enfrenta a xenomorfos en una estación espacial. Aunque mantiene el interés y respeta a los fans, su falta de originalidad y el uso de elementos eróticos explícitos la convierten en una obra más industrial que innovadora. En última instancia, Romulus se siente como una despedida discreta de la saga, sin la influencia creativa de sus predecesores.

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Alien Romulus: Regreso al horror clásico

La película Alien Romulus intenta recuperar la esencia de la original de 1979, pero carece de nuevas ideas y sorpresas, presentando una trama sencilla donde un grupo de trabajadores enfrenta a xenomorfos en una estación espacial. Aunque mantiene el interés y respeta a los fans, su falta de originalidad y el uso de elementos eróticos explícitos la convierten en una obra más industrial que innovadora. En última instancia, Romulus se siente como una despedida discreta de la saga, sin la influencia creativa de sus predecesores.

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Una especie de retorno

Carlos Rehermann

Cuando hace 45 años se estrenó Alien, sorprendió el realismo sucio de una tripulación
proletaria explotada por una trasnacional interplanetaria, la ausencia de pistolas de
rayos láser y, sobre todo, el extraño ciclo vital del monstruo, que se va desarrollando a
medida que los personajes y los espectadores aprendemos a golpes de susto cómo
nace y se desarrolla. Y sobre todo atrapó la precisión del mecanismo de suspenso, con
una escena cumbre en la que dos puntos verdes en una pantallita de cinco centímetros
por cinco crean una tensión insoportable.

La buena realización estaba al servicio de una idea clara: un parásito gigante, un


ambiente cerrado como el de los diez negritos de Agatha Christie. Hay tres clases
distintas de sorpresas, aunque igualmente intensas: el extraño proceso del nacimiento
y crecimiento del monstruo, los clásicos sustos del género de horror y la sorpresa de
que uno de los tripulantes resulta ser un androide. Todo esto está sostenido por un
fondo vasto y misterioso: una civilización de gigantes fosilizados en una nave enorme
abandonada en un planeta inhóspito. El peligro y el suspenso están construidos sobre
un gran misterio.

En la segunda película ya no hay ninguna incógnita: los que vieron la primera saben de
qué va el bicho; los que no la vieron sólo necesitan saber lo que en una línea explica
Ripley: bicho malo, muy malo; corran. Ergo, los productores contrataron a un experto
en aventuras: James Cameron, que hizo una película, Aliens, que, como es
característico del director, sostiene un ritmo creciente que jamás decae. La tercera y la
cuarta entregas (Alien 3 y Alien Resurrección) trataron de encontrar alguna idea que
hubiera quedado olvidada en las papeleras de la oficina de producción. No había. Las
dos películas de Ridley Scott posteriores a las cuatro de la serie original (Prometeo y
Alien Covenant) se alejan del género de horror e incurren en el misticismo en el que a
veces se refugian los directores fatigados.

No era esperable que una séptima película tuviera nuevas ideas. Afortunadamente no
se continuó con el achicamiento radical del universo que supuso explicar el origen de
la humanidad y el origen del xenomorfo (el monstruo, para los que éramos
adolescentes hace medio siglo).

Alien Romulus no introduce casi nada nuevo, sino que regresa a lo que hizo de Alien
una pieza de cine de calidad: una narración norteamericana con diseño europeo y una
pizca de gore. Así, los corredores de la estación espacial, las rejillas de los pisos, el
cableado, los paneles de control y las pantallas tienen un aspecto muy parecido a los
de la primera película. Hay varios bienvenidos intentos de recuperar elementos de las
dos primeras películas, pero se trata de una empresa destinada a la decepción: Alien es
una gran película porque tiene una idea clara y, hace medio siglo, nueva. Volver una y
otra vez sobre el asunto sólo enturbia una idea ya vieja.

La trama de Romulus es sencilla. Un grupo de trabajadores, atrapados por unos


contratos leoninos que les impiden abandonar el planeta insalubre en el que viven,
deciden ocupar una estación espacial que está a la deriva y abandonada, lo cual les
permitirá viajar a un lejano e idílico planeta. Claro, ahí adentro todo se complica
porque están los bichos y un androide de la espantosa compañía que sólo ansía
instalar un criadero de xenomorfos con fines netamente comerciales. La forma de la
trama es la del conocido viaje del héroe del monomito de Campbell.

Alien de 1979 fue una idea de Dan O´Bannon, guionista, actor y consultor de efectos
especiales. Antes de que le compraran el guion de Alien, O’Bannon había sido
convocado a Europa por Alejandro Jodorowski, que estaba en la etapa de pre-
producción de Dune. Jodorowski le presentó al dibujante Jean Giraud (Moebius), con
quien trabajaba produciendo historietas, y tomó contacto con el trabajo de Hans
Giger, un pintor y escultor suizo. Cuando O’Bannon fue contratado para Alien,
presentó a Moebius y a Giger a Ridley Scott. El vestuario, los trajes espaciales y los
interiores de la nave Nostromo derivan directamente de los diseños de Moebius; Giger
diseñó el monstruo y todos los elementos extraterrestres del planeta donde lo
encuentran. La influencia de estos europeos trasciende Alien: O’Bannon escribió el
guion de una notable historieta corta para Moebius (The Long Tomorrow), que fue la
base de toda la estética de la siguiente película de Ridley Scott, Blade Runner. Esa
extrañeza europea es lo que la serie intenta recuperar con la nueva película.
En Alien Romulus hay algunas caídas de ritmo, pero en general mantiene el interés, y
es respetuosa con el fan; paradójicamente, este aspecto es, quizá, su principal
debilidad: si Alien despegó de la masa industrial de su tiempo fue porque ofreció a los
adeptos a los géneros de horror y ciencia ficción una cantidad de elementos
inesperados. En Romulus no hay nada que vaya a sorprender a nadie, salvo un sesgo
en el erotismo xenofílico de la serie.

Según el ciclo imaginado por Giger, el proceso de vida del xenomorfo consiste en la
puesta de un huevo por parte de un xenomorfo cualquiera; del huevo salta un
“abrazacara” que, como si de una interpretación infantil del embarazo se tratara,
insemina el sistema digestivo del huésped, donde crece algo que termina aflorando a
través del costillar. Lo que sale de ahí es el xenomorfo, que crece a una velocidad de
vértigo.

En la tercera película se complejiza este ciclo, pero no viene al caso ahora. En Romulus
el erotismo (que en Alien se reducía a la semidesnudez de Ripley) retoma viejas ideas
de Giger y adquiere una extraña explicitud. En Alien no se mostraba el apéndice que el
abrazacaras inserta en la boca y el esófago de la víctima para introducirle el bicho; en
Romulus se muestra una cosa gorda y larga que apreciaría Linda Lovelace, la
protagonista de Garganta profunda. También aparece algo nuevo, una especie de exo-
útero colgado del techo de la estación espacial, con una gran vulva de la que chorrea
un ácido que todo lo disuelve. Un miembro de la tripulación sabe que ahí adentro se
esconde el xenomorfo recién nacido; mete una porra eléctrica por la supervulva y
genera unas descargas; la cosa destruye la porra, y segrega chorros de ácido que no
son muy saludables. Esto parece manifestar antiguos miedos masculinos a la mítica
vagina dentata, que devora el falo cuando es penetrada. La inseminación estomacal
(una fantasía infantil bastante común), es una idea de la primera película; en
consonancia con esta explicitación de una xenogenitalia peligrosa, en Romulus un bebé
mutante se convierte en algo con cara que evoca la de un exraterrestre de Prometheus
y una vulva triangular ubicada más o menos donde había lugar para que se viera en la
toma.

Si uno piensa que el principal mercado de la ciencia ficción de horror está en un


universo adolescente masculino, todos estos espantos asociados a la anatomía
femenina agregan una cuota de originalidad a los factores de miedo que pueden
encontrarse en la película. Y el faliforme apéndice del abrazacaras es también un
peligro: o te preña o te infecta (la preñez de xenoforme es una infección mortal). No
hay escapatoria, y por eso, quizá, la heroína de Romulus tiene como su principal afecto
a un androide con pocas luces que considera su hermano y, que al contrario que el
escort de Inteligencia Artificial interpretado por Jude Law, no está programado para el
sexo.

Alien Romulus es una película típicamente industrial en todos los sentidos: atenta a la
historia de producciones de la que es descendiente; respetuosa del público al que está
destinada; precavida en no alejarse de los manuales de guion; técnicamente muy
cuidada; narrativamente fluida. Pero bueno: no está O’Bannon, no está Moebius, no
está Giger. Es una recuperación, un pequeño impuso hacia arriba, que se haría bien en
considerar una discreta despedida de la saga.

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