República Bolivariana de Venezuela.
Ministerio del Poder Popular para la Defensa.
Universidad Experimental Politécnica
De la Fuerza Armada Nacional Bolivariana UNEFA
Núcleo Bolívar, Ampliación Santa Elena de Uairén.
Carrera: T.S.U. En Enfermería – IV Semestre
Materia: Catedra Bolivariana II
CATEDRA II
Profesora: Alumnas
Lcda. Miriam Soto Br María Barreto
Br Jalhymar Salcedo
Br Liliana López
Br Ariadne Ayuso
ENERO 2025
EL MANIFIESTO DE CARTAGENA
Bolívar, ante los hechos devastadores de la caída de la Primera República, se retira a
Cartagena y redacta un documento que recibió el nombre de: Manifiesto de Cartagena.
Un manifiesto es un escrito donde se expone o se manifiesta algo de interés general al
público. Bolívar para elaborar el manifiesto, hizo un análisis de las causas de la pérdida de
la Primera República. A raíz de esto, invitó a que se unieran los venezolanos y los
neogranadinos ( Nueva Granada ) para poder liberar al país de la amenaza de los españoles.
Declaró que mientras Venezuela estuviese en manos de los realistas, la libertad de Nueva
Granada estaría en peligro.
Este llamado de unión entre los países para derrotar un enemigo común, era encontrar una
mayor fuerza y poder en la unificación del esfuerzo. Así, Bolívar emprende la Campaña
Admirable para liberar a Venezuela. Su campaña se inició en el occidente del país, en San
Antonio del Táchira, pasando por San Cristóbal, luego Mérida y Trujillo.
Después se trasladó a Cartagena de Indias, en Nueva Granada, donde el proceso
independentista se había iniciado el 20 de julio de 1810 y había desembocado en la
formación de varías Juntas supremas que rivalizaban entre sí. En este panorama compuso
un manuscrito conocido como el Manifiesto de Cartagena, en el cual hizo un análisis
político y militar de las causas que provocaron la caída de la Primera República de
Venezuela y exhortaba a la Nueva Granada a no cometer los mismos errores que Venezuela
para no correr la misma suerte.
También en este manifiesto proponía fórmulas que ayudaran a remediar las divisiones y a
promover la unión de los distintos pueblos de América para lograr el objetivo común, la
Independencia.
Entre las causas políticas, económicas, sociales y naturales mencionadas por Bolívar
destacan:
•La adopción del sistema tolerante.
•La impunidad de los delitos.
•La falta de un ejército organizado.
•La desmoralización de las tropas americanas.
•La adopción del sistema tolerante.
•La situación económica crítica del país.
•La debilidad del gobierno ante el enemigo.
•La oposición a levantar tropas veteranas y disciplinadas.
•El terremoto del 26 de marzo de 1812.
•La influencia del clero.
•La naturaleza de la Constitución venezolana.
Situación de Bolívar en el momento de escribir el documento
Bolívar fue autorizado por Monteverde a trasladarse el 27 de agosto de 1812 a la isla de
Curazao, ocupada por los ingleses, en la goleta española Jesús, María y José junto con José
Félix Ribas, Vicente Tejera y Manuel Díaz Casado, donde permaneció un corto período.
Después se trasladó a Cartagena de Indias, en Nueva Granada, donde el proceso
independentista se había iniciado el 20 de julio de 1810 y había desembocado en la
formación de varías Juntas supremas que rivalizaban entre sí. En este panorama compuso
un manuscrito conocido como el Manifiesto de Cartagena, en el cual hizo un análisis
político y militar de las causas que provocaron la caída de la Primera República de
Venezuela y exhortaba a la Nueva Granada a no cometer los mismos errores que Venezuela
para no correr la misma suerte.
También en este manifiesto proponía fórmulas que ayudaran a remediar las divisiones y a
promover la unión de los distintos pueblos de América para lograr el objetivo común, la
Independencia.
Así al poco de llegar, Bolívar solicitó al gobierno de Cartagena prestar servicio en sus
tropas y le fue concedido el mando de una guarnición de 70 hombres en la pequeña
localidad de Barrancas con la que empezaría a forjarse su futuro prestigio militar.
Al principio, Bolívar estaba subordinado a un aventurero francés llamado Pierre Labatut
pero, en contra de las órdenes de este, decidió tomar la iniciativa realizando una campaña
para derrotar a las partidas realistas que se encontraban en las orillas del río Magdalena a la
vez que aumentaba el adiestramiento y el contingente de sus tropas.
Como resultado de esta campaña, logró liberar varias poblaciones como Tenerife, El
Guamal, El Banco, Tamalameque y Puerto Real de Ocaña; logró derrotar a diversas
guerrillas realistas que operaban en la zona y finalmente ocupó Ocaña.
Ante estos logros, el coronel Manuel del Castillo, Comandante General de Pamplona,
solicitó su ayuda para detener a los realistas que amenazaban con entrar desde Venezuela.
Para ello, el coronel Bolívar tuvo que pedir autorización al Gobierno de Cartagena para
intervenir en territorio del Gobierno de las Provincias Unidas.
Cuando se la dieron, llegó hasta la frontera con Venezuela mediante la Batalla de Cúcuta,
acción en la que atacó el 28 de febrero de 1813 a las fuerzas españolas y le dio méritos
suficientes para que el Congreso y el Gobierno le nombraran ciudadano de la Unión y le
concedieran el rango de Brigadier a cargo de la División de Cúcuta.
Desde febrero hasta abril de 1813 tuvo que permanecer en Cúcuta detenido por trabas
legales y por diferencias con Castillo que empezaba a verle con suspicacia ante sus deseos
de avanzar sobre Venezuela. Para entonces, Bolívar disponía de una fuerza eficaz y
rodeado de una brillante oficialidad neogranadina que estaba dispuesta a seguirlo en una
eventual reconquista de Venezuela.
Libertar a la Nueva Granada de la suerte de Venezuela, y redimir a ésta de la que padece,
son los objetos que me he propuesto en esta Memoria. Dignaos, oh mis conciudadanos, de
aceptarla con indulgencia en obsequio de miras tan laudables. Yo soy, granadinos, un hijo
de la infeliz Caracas, escapado prodigiosamente de en medio de sus ruinas físicas, y
políticas, que siempre fiel al sistema liberal, y justo que proclamó mi patria, he venido a
seguir aquí los estandartes de la independencia, que tan gloriosamente tremolan en estos
estados. Permitidme que animado de un celo patriótico me atreva a dirigirme a vosotros,
para indicaros ligeramente las causas que condujeron a Venezuela a su destrucción;
lisonjeándome que las terribles, y ejemplares lecciones que ha dado aquella extinguida
República, persuadan a la América, a mejorar de conducta, corrigiendo los vicios de
unidad, solidez y energía que se notan en sus gobiernos.
El más consecuente error que cometió Venezuela, al presentarse en el teatro político fue,
sin contradicción. la fatal adopción que hizo del sistema tolerante; sistema improbado como
débil e ineficaz, desde entonces, por todo el mundo sensato, y tenazmente sostenido hasta
los últimos periodos, con una ceguedad sin ejemplo.
Las primeras pruebas que dio nuestro Gobierno de su insensata debilidad, las manifestó con
la ciudad subalterna de Coro, que denegándose a reconocer su legitimidad, lo declaró
insurgente y lo hostilizó como enemigo.
La Junta Suprema, en lugar de subyugar aquella indefensa ciudad, que estaba rendida con
presentar nuestras fuerzas marítimas delante de su puerto, la dejó fortificar y tomar una
actitud tan respetable, que logró subyugar después la Confederación entera, con casi igual
facilidad que la que teníamos nosotros anteriormente para vencerla. Fundando la Junta su
política en los principios de humanidad mal entendida que no autorizan a ningún gobierno,
para hacer por la fuerza libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus
derechos. Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían
enseñarles la ciencia práctica del gobierno, sino los que han formado ciertos buenos
visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección
política, presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos
filósofos por jefes; filantropía por legislación, dialéctica por táctica, y sofistas por soldados.
Con semejante subversión de principios y de cosas, el orden social se resintió
extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una
disolución universal, que bien pronto se vio realizada.
De aquí nació la impunidad de los delitos de Estado cometidos descaradamente por los
descontentos, y particularmente por nuestros natos e implacables enemigos, los españoles
europeos, que maliciosamente se habían quedado en nuestro país para tenerlo
incesantemente inquieto y promover cuantas conjuraciones les permitían formar nuestros
jueces perdonándolos siempre, aun cuando sus atentados eran tan enormes que se dirigían
contra la salud pública. La doctrina que apoyaba esta conducta tenía su origen en las
máximas filantrópicas de algunos escritores que defienden la no residencia de facultad en
nadie, para privar de la vida a un hombre, aun en el caso de haber delinquido éste en el
delito de lesa patria. Al abrigo de esta piadosa doctrina, a cada conspiración sucedía un
perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar, porque los
gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal que
contribuyó más que nada a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente
concluido!
De aquí vino la oposición decidida a levantar tropas veteranas, disciplinadas y capaces de
presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender la libertad con suceso y gloria.
Por el contrario, se establecieron innumerables cuerpos de milicias indisciplinadas, que
además de agotar las cajas del erario nacional con los sueldos de la plana mayor,
destruyeron la agricultura, alejando a los paisanos de sus hogares, e hicieron odioso el
gobierno que obligaba a éstos a tomar las armas y a abandonar sus familias.
"Las repúblicas -decían nuestros estadistas- no han menester de hombres pagados para
mantener su libertad. Todos los ciudadanos serán soldados cuando nos ataque el enemigo.
Grecia, Roma, Venecia, Génova, Suiza, Holanda, y recientemente el Norte de América
vencieron a su contrarios sin auxilio de tropas mercenarias, siempre prontas a sostener al
despotismo y a subyugar a sus conciudadanos".
Con estos anti políticos e inexactos raciocinios, fascinaban a los simples, pero no
convencían a los prudentes, que conocían bien la inmensa diferencia que hay entre los
pueblos, los tiempos, y las costumbres de aquellas repúblicas y las nuestras. Ellas, es
verdad que no pagaban ejércitos permanentes; mas era porque en la antigüedad no los había
y sólo confiaban la salvación y la gloria de los Estados en sus virtudes políticas, costumbres
severas y carácter militar, cualidades que nosotros estamos muy distantes de poseer. Y en
cuanto a las modernas que han sacudido el yugo de sus tiranos es notorio que han
mantenido el competente número de veteranos que exige su seguridad; exceptuando el
Norte de América, que estando en paz con todo el mundo y guarnecido por el mar, no ha
tenido por conveniente sostener en estos últimos años el completo de tropas veteranas que
necesita para la defensa de sus fronteras y plazas. El resultado probó severamente a
Venezuela el error de su cálculo, pues los milicianos que salieron al encuentro del enemigo,
ignorando hasta el manejo del arma, y no estando habituados a la disciplina y obediencia,
fueron arrollados al comenzar la última campaña, a pesar de los heroicos y extraordinarios
esfuerzos que hicieron sus jefes, por llevarlos a la victoria. Lo que causó un desaliento
general en soldados y oficiales; porque es una verdad militar que sólo ejércitos aguerridos
son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos sucesos de una campaña. EL soldado
bisoño lo cree todo perdido, desde que es derrotado una vez; porque la experiencia no le ha
probado que el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna.
La subdivisión de la provincia de Caracas, proyectada discutida y sancionada por el
Congreso federal, despertó y fomentó una enconada rivalidad en las ciudades y lugares
subalternos, contra la capital: "La cual -decían los congresantes ambiciosos de dominar en
sus distritos- era la tiranía de las ciudades y la sanguijuela del Estado". De este modo se
encendió el fuego de la guerra civil en Valencia, que nunca se logró apagar con la
reducción de aquella ciudad; pues conservándolo encubierto, lo comunicó a las otras
limítrofes a Coro y Maracaibo; y éstas entablando comunicaciones con aquéllas, facilitaron,
por este medio, la entrada de los españoles que trajo la caída de Venezuela.
La disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales, y particularmente en
sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios, jueces, magistrados, legisladores
provinciales y federales, dio un golpe mortal a la República, porque la obligó a recurrir al
peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otra garantía que la fuerza y las
rentas imaginarias de la Confederación. Esta nueva moneda pareció a los ojos de los más,
una violación manifiesta del derecho de propiedad, porque se conceptuaban despojados de
objetos de intrínseco valor, en cambio de otros cuyo precio era incierto y aun ideal. El papel
moneda remató el descontento de los estólidos pueblos internos, que llamaron al
comandante de las tropas españolas, para que viniese a librarlos de una moneda que veían
con más horror que la servidumbre.
Pero lo que debilitó más el Gobierno de Venezuela, fue la forma federal que adoptó,
siguiendo las máximas exageradas de los derechos del hombre, que autorizándolo para que
se rija por sí mismo rompe los pactos sociales, y constituye a las naciones en anarquía. Tal
era el verdadero estado de la Confederación. Cada provincia se gobernaba
independientemente; y, a ejemplo de éstas, cada ciudad pretendía iguales facultades
alegando la práctica de aquéllas y la teoría de que todos los hombres, y todos los pueblos,
gozan de la prerrogativa de instituir a su antojo, el gobierno que les acomode.
El sistema federal bien que sea el más perfecto y más capaz de proporcionar la felicidad
humana en sociedad es, no obstante, el más opuesto a los intereses de nuestros nacientes
Estados. Generalmente hablando, todavía nuestros conciudadanos no se hallan en aptitud de
ejercer por sí mismos y ampliamente sus derechos; porque carecen de las virtudes políticas
que caracterizan al verdadero republicano: virtudes que no se adquieren en los gobiernos
absolutos, en donde se desconocen los derechos y los deberes del ciudadano.
Por otra parte ¿qué país del mundo por morigerado y republicano que sea, podrá, en medio
de las facciones intestinas y de una guerra exterior, regirse por un gobierno tan complicado
y débil como el federal? No, no es posible conservarlo en el tumulto de los combates y de
los partidos. Es preciso que el gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las
circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si éstos son prósperos y
serenos, él debe ser dulce y protector; pero si son calamitosos y turbulentos, él debe
mostrarse terrible, y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin atender a leyes ni
constituciones, ínterin no se restablecen la felicidad y la paz.
Caracas tuvo mucho que padecer por defecto de la Confederación que lejos de socorrerla le
agotó sus caudales y pertrechos; y cuando vino el peligro la abandonó a su suerte, sin
auxiliarla con el menor contingente. Además le aumentó sus embarazos habiéndose
empeñado una competencia entre el poder federal y el provincial, que dio lugar a que los
enemigos llegasen al corazón del Estado, antes que se resolviese la cuestión de si deberían
salir las tropas federales o provinciales a rechazarlos, cuando ya tenían ocupada una gran
porción de la provincia. Esta fatal contestación produjo una demora que fue terrible para
nuestras armas. Pues las derrotaron en San Carlos sin que les llegasen los refuerzos que
esperaban para vencer.
Yo soy de sentir que mientras no centralicemos nuestros gobiernos americanos, los
enemigos obtendrán las más completas ventajas; seremos indefectiblemente envueltos en
los horrores de las disensiones civiles, y conquistados vilipendiosamente por ese puñado de
bandidos que infestan nuestras comarcas.
Las elecciones populares hechas por los rústicos del campo, y por los intrigantes moradores
de las ciudades, añaden un obstáculo más a la práctica de la Federación entre nosotros;
porque los unos son tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente, y los otros tan
ambiciosos que todo lo convierten en facción; por lo que jamás se vio en Venezuela una
votación libre y acertada; lo que ponía el gobierno en manos de hombres ya desafectos a la
causa, ya ineptos, ya inmorales. El espíritu de partido decidía en todo y, por consiguiente,
nos desorganizó más de lo que las circunstancias hicieron. Nuestra división y no las armas
españolas, nos tornó a la esclavitud.
El terremoto de 26 de marzo trastornó ciertamente, tanto lo físico como lo normal; y puede
llamarse propiamente la causa inmediata de la ruina de Venezuela; mas este mismo suceso
habría tenido lugar, sin producir tan mortales efectos, si Caracas se hubiera gobernado
entonces por una sola autoridad, que obrando con rapidez y vigor hubiese puesto remedio a
los daños sin trabas, ni competencias que retardando el efecto de las providencias, dejaban
tomar al mal un incremento tan grande que lo hizo incurable.
Si Caracas, en lugar de una Confederación lánguida e insubsistente, hubiese establecido un
gobierno sencillo, cual lo requería su situación política y militar, tú existieras ¡oh
Venezuela! y gozaras hoy de tu libertad.
La influencia eclesiástica tuvo después del terremoto, una parte muy considerable en la
sublevación de los lugares y ciudades subalternas: y en la introducción de los enemigos en
el país; abusando sacrílegamente de la santidad de su ministerio en favor de los promotores
de la guerra civil. Sin embargo, debemos confesar ingenuamente, que estos traidores
sacerdotes, se animaban a cometer los execrables crímenes de que justamente se les acusa
porque la impunidad de los delitos era absoluta; la cual hallaba en el Congreso un
escandaloso abrigo; llegando a tal punto esta injusticia que de la insurrección de la ciudad
de Valencia, que costó su pacificación cerca de mil hombres, no se dio a la vindicta de las
leyes un solo rebelde; quedando todos con vida y, los más, con sus bienes.
De lo referido se deduce, que entre las causas que han producido la caída de Venezuela,
debe colocarse en primer lugar la naturaleza de su Constitución; que repito, era tan
contraria a sus intereses, como favorable a los de sus contrarios. En segundo, el espíritu de
misantropía que se apoderó de nuestros gobernantes. Tercero, la oposición al
establecimiento de un cuerpo militar que salvase la República y repeliese los choques que
le daban los españoles. Cuarto, el terremoto acompañado del fanatismo que logró sacar de
este fenómeno los más importantes resultados; y últimamente, las facciones internas que en
realidad fueron el mortal veneno que hicieron descender la patria al sepulcro.
Estos ejemplos de errores e infortunios, no serán enteramente inútiles para los pueblos de la
América meridional, que aspiran a la libertad e independencia.
La Nueva Granada ha visto sucumbir a Venezuela, por consiguiente debe evitar los escollos
que han destrozado a aquélla. A este efecto presento como una medida indispensable para
la seguridad de la Nueva Granada, la reconquista de Caracas. A primera vista parecerá este
proyecto inconducente, costoso y quizás impracticable; pero examinando atentamente con
ojos previsivos, y una meditación profunda, es imposible desconocer su necesidad, como
dejar de ponerlo en ejecución probada la utilidad.
Lo primero que se presenta en apoyo de esta operación, es el origen de la destrucción de
Caracas, que no fue otro que el desprecio con que miró aquella ciudad la existencia de un
enemigo que parecía pequeño, y no lo era considerándolo en su verdadera luz.
Coro, ciertamente, no habría podido nunca entrar en competencias con Caracas, si la
comparamos, en sus fuerzas intrínsecas, con ésta; mas como en el orden de las vicisitudes
humanas no es siempre la mayoría física la que decide, sino que es la superioridad de la
fuerza moral la que inclina hacia sí la balanza política, no debió el Gobierno de Venezuela,
por esta razón, haber descuidado la extirpación de un enemigo que, aunque aparentemente
débil, tenía por auxiliares a la provincia de Maracaibo; a todas las que obedecen a la
Regencia; el oro, y la cooperación de nuestros eternos contrarios los europeos que viven
con nosotros; el partido clerical, siempre adicto a su apoyo y compañero, el despotismo, y,
sobre todo, la opinión inveterada de cuantos ignorantes y supersticiosos contienen los
límites de nuestros estados. Así fue que apenas hubo un oficial traidor que llamase al
enemigo, cuando se desconcertó la máquina política, sin que los inauditos y patrióticos
esfuerzos que hicieron los defensores de Caracas, lograsen impedir la caída de un edificio
ya desplomado, por el golpe que recibió de un solo hombre.
Aplicando el ejemplo de Venezuela a la Nueva Granada; y formando una proporción
hallaremos que Coro es a Caracas, como Caracas es a la América entera;
consiguientemente, el peligro que amenaza este país está en razón de la anterior progresión;
porque poseyendo España el territorio de Venezuela, podrá con facilidad sacarle hombres y
municiones de boca y guerra, para que bajo la dirección de jefes experimentados contra los
grandes maestros de la guerra, los franceses, penetren desde las provincias de Barinas y
Maracaibo hasta los últimos confines de la América meridional.
España tiene en el día gran número de oficiales generales ambiciosos y audaces;
acostumbrados a los peligros y a las privaciones que anhelan por venir aquí a buscar un
imperio que reemplace el que acaban de perder.
Es muy probable, que al expirar la Península, haya una prodigiosa emigración de hombres
de todas clases; y particularmente de cardenales arzobispos, obispos, canónigos y clérigos
revolucionarios capaces de subvertir, no sólo nuestros tiernos y lánguidos estados, sino de
envolver el Nuevo Mundo entero en una espantosa anarquía. La influencia religiosa, el
imperio de la dominación civil y militar, y cuantos prestigios pueden obrar sobre el espíritu
humano, serán otros tantos instrumentos de que se valdrán para someter estas regiones.
Nada se opondrá a la emigración de España. Es verosímil que Inglaterra proteja la evasión
de un partido que disminuye en parte las fuerzas de Bonaparte en España; y trae consigo el
aumento y permanencia del suyo en América. La Francia no podrá impedirlo tampoco
Norte América; y nosotros menos aún, pues careciendo todos de una marina respetable,
nuestras tentativas serán vanas.
Estos tránsfugas hallarán, ciertamente, una favorable acogida en los puertos de Venezuela,
como que vienen a reforzar a los opresores de aquel país; y los habilitan de medios para
emprender la conquista de los Estados independientes.
Levantarán quince o veinte mil hombres que disciplinarán prontamente con sus jefes,
oficiales, sargentos, cabos y soldados veteranos. A este ejército seguirá otro todavía más
temible, de ministros, embajadores, consejeros, magistrados, toda la jerarquía eclesiástica y
los grandes de España, cuya profesión es el dolo y la intriga, condecorados con ostentosos
títulos, muy adecuados para deslumbrar a la multitud, que derramándose como un torrente,
lo inundarán todo arrancando la semillas, y hasta las raíces del árbol de la libertad de
Colombia. Las tropas combatirán en el campo; y éstos, desde sus gabinetes, nos harán la
guerra por los resortes de la seducción y del fanatismo.
Así pues, no nos queda otro recurso para precavernos de estas calamidades, que el de
pacificar rápidamente nuestras provincias sublevadas, para llevar después nuestras armas
contra las enemigas; y formar, de este modo, soldados y oficiales dignos de llamarse las
columnas de la patria.
Todo conspira a hacernos adoptar esta medida; sin hacer mención de la necesidad urgente
que tenemos de cerrarle las puertas al enemigo, hay otras razones tan poderosas para
determinarnos a la ofensiva, que sería una falta militar y política inexcusable dejar de
hacerla. Nosotros nos hallamos invadidos y, por consiguiente, forzados a rechazar al
enemigo más allá de la frontera. Además, es un principio del arte que toda guerra defensiva
es perjudicial y ruinosa para el que la sostiene; pues lo debilita sin esperanza de
indemnizarlo; y que las hostilidades en el territorio enemigo, siempre son provechosas, por
el bien que resulta del mal del contrario; así, no debemos, por ningún motivo, emplear la
defensiva.
Debemos considerar también el estado actual del enemigo, que se halla en una posición
muy crítica, habiéndoseles desertado la mayor parte de sus soldados criollos; y teniendo al
mismo tiempo que guarnecer las patrióticas ciudades de Caracas, Puerto Cabello, La
Guaira, Barcelona, Cumaná y Margarita, en donde existen sus depósitos; sin que se atrevan
a desamparar estas plazas por temor de una insurrección general en el acto de separarse de
ellas. De modo que no sería imposible que llegasen nuestras tropas hasta las puertas de
Caracas, sin haber dado una batalla campal.
Es una cosa positiva, que en cuanto nos presentemos en Venezuela, se nos agregan millares
de valerosos patriotas, que suspiran por vernos aparecer, para sacudir el yugo de sus
tiranos, y unir sus esfuerzos a los nuestros en defensa de la libertad.
La naturaleza de la presente campaña nos proporciona la ventaja de aproximarnos a
Maracaibo, por Santa Marta, y a Barinas por Cúcuta.
Aprovechemos, pues, instantes tan propicios; no sea que los refuerzos que incesantemente
deben llegar de España, cambien absolutamente el aspecto de los negocios, y perdamos,
quizás para siempre, la dichosa oportunidad de asegurar la suerte de estos estados.
El honor de la Nueva Granada exige imperiosamente escarmentar a esos osados invasores,
persiguiéndolos hasta los últimos atrincheramientos, como su gloria depende de tomar a su
cargo la empresa de marchar a Venezuela, a libertar la cuna de la independencia
colombiana, sus mártires, y aquel benemérito pueblo caraqueño, cuyos clamores sólo se
dirigen a sus amados compatriotas los granadinos, que ellos aguardan con una mortal
impaciencia, como a sus redentores. Corramos a romper las cadenas de aquellas víctimas
que gimen en las mazmorras, siempre esperando su salvación de vosotros; no burléis su
confianza; no seáis insensibles a los lamentos de vuestros hermanos. Id veloces a vengar al
muerto, a dar vida al moribundo, soltura al oprimido y libertad a todos.
Simón Bolívar. Cartagena de Indias, diciembre 15 de 1812.
CONGRESO DE ANGOSTURA
Discurso pronunciado por Simón Bolívar el 15 de febrero de 1819, en la provincia de
Guayana, con motivo de la instalación del segundo Congreso Constituyente de la República
de Venezuela en San Tomé de Angostura (hoy Ciudad Bolívar). En este documento Bolívar
como jefe del Estado se dirige a los congresistas del país no sólo para expresar su opinión
sobre lo que debía ser el proyecto constitucional a sancionarse, sino también una profunda
reflexión sobre la situación que vivía Venezuela a fines de 1818. En relación al proceso de
elaboración de dicho texto, el mismo se llevó a cabo fundamentalmente en su residencia de
Angostura durante los últimos meses de 1818. Asimismo, no vaciló Bolívar en confiar los
originales de este importante documento a Manuel Palacio Fajardo, estadista dotado de
talento y erudición, para que le diera su opinión. En este sentido, Palacio Fajardo formuló
algunas observaciones, que Bolívar acepto con humildad. El 15 de febrero de 1819, día
fijado para la instalación del Congreso que el propio Bolívar había convocado, una salva de
cañonazos, unidas a las aclamaciones del pueblo, señaló a las 11 a.m., la llegada del
Libertador, jefe supremo de la República y de la comitiva que lo acompañaría a la sede del
Congreso.
En el discurso pronunciado durante casi una hora ante El Congreso de Angostura, el
Libertador analizó de manera profunda la realidad de su tiempo, señalando la conveniencia
de que las instituciones que surgieran en América a raíz de la Independencia, debían
responder a las necesidades y posibilidades de estas sociedades, sin copiar modelos de
tierras extrañas. Aunque se reconoce en este documento lo favorable del régimen federal
para otras naciones; se sostiene que en el caso de Venezuela es preferible un Centralismo,
basado en un Poder Público distribuido en las clásicas ramas: Ejecutivo, Legislativo y
Judicial; resaltando la fortaleza del Ejecutivo. Sugiere también Bolívar que a estos tres
poderes se agregue una cuarta instancia denominada Poder Moral, destinado a exaltar el
imperio de la virtud y enseñar a los políticos a ser probos e ilustrados. Asimismo, concebía
la idea de una Cámara Alta hereditaria, para mantener en ella la tradición edificante de los
padres de la patria; lo cual no encajó muy bien con la letra del Poder Moral. En una
demostración de gran ilustración el Libertador hace reminiscencias de Grecia y Roma y
examina las instituciones políticas de Gran Bretaña y Estados Unidos, citando para esto a
filósofos y políticos de la Enciclopedia y de la Revolución Francesa, para desembocar en la
necesidad de instaurar un sistema republicano-democrático, con proscripción de la nobleza,
los fueros y privilegios, así como de la abolición de la esclavitud. Otro aspecto al que
dedicó una importancia fundamental en el proceso de consolidación de las repúblicas
latinoamericanas, fue a la educación. En este sentido, para él educar era tan importante
como libertar. De lo que se desprende su memorable sentencia: "Moral y luces son los
polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades". Después de
desarrollar otros tópicos relacionados con una visión sobre la grandeza y el poderío de la
América libra y unida, cierra Bolívar su discurso con la siguiente exhortación al Congreso:
" Señor, empezad vuestras funciones: yo he terminado las mías". Tras esto hizo entrega de
un proyecto de Constitución así como del Poder Moral, a fin de que fueran estudiados por
los diputados, añadiendo: "El Congreso de Venezuela está instalado; en él reside, desde este
momento, la Soberanía Nacional. Mi espada y las de mis ínclitos compañeros de armas
están siempre prontas a sostener su augusta autoridad. ¡Viva el Congreso de Venezuela!".
Luego de pronunciar su discurso, Bolívar tomó juramento a los diputados y luego puso en
manos del presidente del Congreso, Francisco Antonio Zea, su bastón de mando,
renunciando con esto a su cargo de jefe supremo; lo que no fue aceptado por el poder
legislativo, que por unanimidad se lo devolvió. El discurso efectuado por Bolívar ante el
Congreso de Angostura, fue publicado (aunque incompleto) los días 20 y 27 de febrero y 6
y 13 de marzo en las columnas del Correo de Orinoco. También fue traducido al inglés por
James Hamilton e impreso en los talleres de Andrés Roderick, en Angostura. En abril de
1820, circuló en Bogotá un folleto con el texto en español revisado por el propio Bolívar.
Por mucho tiempo estuvo extraviado el manuscrito original que leyó el Libertador ante el
Congreso de Angostura, hasta que en 1975 los miembros de la familia británica Hamilton-
Grierson, descendientes de James Hamilton (quien lo había conservado en su poder) lo
devolvieron a la nación venezolana.