Cronología de Jacques Lacan y su legado
Cronología de Jacques Lacan y su legado
CAPÍTULO 1: PRESENTACIÓN.
Estableceremos ahora una breve cronología, de ningún modo exhaustiva, de la historia de Lacan, que incluirá
referencias a las instituciones por las que transcurrió, a las publicaciones efectuadas por esas instituciones y
a ciertos personajes conocidos en nuestro medio de los que se sabe que tienen que ver con Lacan, pero
muchas veces se ignora de qué modo.
1901- Nace Lacan.
1926- Fundación de la Sociedad Psicoanalítica de París (S.P.P.).
1932- Lacan ya es psiquiatra, comienza su análisis con Loewenstein. Ha escrito trabajos que se publican en
revistas psiquiátricas y otros comienzan a publicarse en revistas surrealistas. También hizo su tesis de
doctorado: "De la psicosis paranoica y sus relaciones con la personalidad".
1934- Ingresa a la Sociedad Psicoanalítica de Paris., a la que pertenecen S. Nacht, M. Bonaparte, S.
Leibovici y D. Lagache. Asiste al curso de Kojeve a quien años después, junto con Clerembault, reconocerá
como maestro. Se publica la Revista Francesa de Psicoanálisis, órgano de S.P.P.
1936- Presenta en el Congreso de Marienbad su trabajo sobre el estadio del espejo.
1948- Forma parte de la comisión de enseñanza de la S.P.P.
1951- Comienzan los seminarios particulares ("Dora", 1951, "Hombre de los lobos", 1952).
1953- Primer seminario público, "Los escritos técnicos de Freud", dictado en el hospital Sainte Anne. Se
separa de la S.P.P. y funda la Sociedad Francesa de Psicoanálisis (S.F.P.) con F. Dolto, Laplanche y
Lagache. Pedido de reconocimiento a I.P.A. (Asociación Psicoanalítica Internacional). La ruptura con la S.P.P.
se produce entre otros motivos por los problemas que ha suscitado la propuesta de Nacht referente a la
creación de un instituto de psicoanálisis que otorgue el título de psicoanalista a médicos.
-Discurso de Roma (manifiesto del grupo disidente). Se incluye después en los Escritos con el título: "Función
y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis". Allí aparece por primera vez su fórmula "el
inconsciente está estructurado como un un lenguaje".
1954- Rechazo por parte de la I.P.A. del pedido de reconocimiento de la S.F.P. por "desviaciones técnicas de
los dimitentes, uno de ellos en particular". Durante el Congreso de la I.P.A que sanciona dicho rechazo, Anna
Freud acusa a los fundadores de la S.F.P. de "trasladar la querella al mundo exterior", y Hartmann sostiene
que "no garantizan la enseñanza".
1956- Aparece "La Psychanalyse", la publicación de la S.F.P. Se publica el Discurso de Roma que atrae a
lingüistas, antropólogos, filósofos y hombres de letras.
1960- Lacan es invitado por Henri Ey al coloquio de Bonneval. Entre los asistentes se encuentran, J.
Laplanche, S. Leclaire, F. Perrier y P. Ricoeur. Acerca d Lacan comenta H. Ey: "sus intervenciones
constituyeron por su importancia el eje mismo de todas las discusiones". El trabajo que Lacan presentó en el
coloquio aparece en los Escritos con el título: "Posición del inconsciente".
- Se producen diferencias teóricas en la cúpula de la S.F.P., en particular con Lagache.
1963- Comienza a dictar su seminario en la École Normale Supérieure. Veamos qué piensa la I.P.A. de la
enseñanza de Lacan: "En opinión del comité, lo dominante es el caso Lacan (..). Este problema concierne
también a sus alumnos, los tiene en gran número (...). Actitud del grupo con respecto a Freud: lo estudian
muy de cerca, especialmente sus primeros trabajos (...). Estudios obsesivos: trabajo de amanuense de la
Edad Media, sin duda para demostrarse freudianos: disputa de legitimidad". Citado por Hesnard en De Freud
a Lacan.
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1964- La excomunión. Laplanche, Pontalis y Lagache negocian con la I.P.A. el reconocimiento de la S.F.P. a
cambio de la exclusión de Lacan. La sociedad continúa con el nombre de Asociación Psicoanalítica de
Francia a la que más tarde adherirán André Green y Guy Rosolato.
_ Lacan funda la Escuela Freudiana de Paris (E.F.P.) junto con F. Dolto, S. Leclaire, O. y M. Manonni, J.
Clavreul y M. Safouan.
1966- Publicación de los Escritos (compilación de los escritos que Lacan considera psicoanalíticos).
1967- Propuesta de estatutos para la E.F.P. en la que formula el "pase", que es la manera de fundar una
Asociación psicoanalítica sobre la base de la teoría. Se trata de un intento de evitar que el didáctico sea un
rito de iniciación y que la jerarquía constituya el soporte de la institución, como ocurre en la LP.A.
1968 - Aparecen la Revista Scilicet y las Lettres (publicacion interna de la E.F.P)
1969 - Se aprueban los estatutos y "renuncian con tristeza" por diferencias sobre la cuestión del pase: F.
Perrier,P. Aulagnier, J. P. Valabrega, quienes constituyen el "Quatrieme Groupe", cuya publicación es
Topique.
1973 - Comienzan a editarse los seminarios empezando por el Seminario XI (dictado en 1964) "Los cuatro
conceptos fundamentales del psicoanálisis":
1975 - Aparece la revista Ornicar?, dirigida por A. Miller, y su suplemento, "Analítica", por L. Bataille.
1980- Lacan disuelve la E.F.P. y funda La Causa Freudiana y luego la Escuela de la Causa Freudiana, donde
reafirma la cuestión del pase. Aquí ya no lo seguirán S. Leclaire, O. M. Manonni y F. Dolto.
1981- En abril aparece la revista El ASNO dirigida por D. Kalfon. En setiembre muere Lacan.
Hablaremos ahora de los orígenes del lacanismo en la Argentina:
1958- Primera mención de Lacan hecha por O. Masotta en su texto "La fenomenología de Sartre y un trabajo
de Daniel Lagache". Compilado en Conciencia y estructura.
1965 - O. Masotta lee en el Instituto de Psiquiatria Social de Pichon-Riviere su trabajo: "Jacques Lacan y el
inconsciente en los fundamentos de la filosofía".
1966- Curso de O. Masotta en el Centro de Estudios Superiores de Arte, dependiente del rectorado de la
U.B.A. De aquí se desprende el primer grupo de estudio lacaniano.
- Se publica el libro La sexualidad femenina con artículos de E. Jones, H. Deutsch, Riviere y Lacan.
1968- Se edita El deseo y la pervension con artículos de G. Rosolato, P. Valabrega, P. Aulagnier, J. Clavreul.
- Lacan es citado por Liendo y W. Baranger. El primero lo cita en un enfoque comucacionalista, el segundo
para fundamentar la "mala fe del analizado" y la contra transferencia.
1969- Abril y octubre, primer y segundo congresos lacanianos convocados por Masotta. Agosto, clases de
Masotta en el Instituto Di Tella acerca del escrito de Lacan: "El Seminario sobre la carta robada”. Se publica el
inconsciente freudiano y el psicoanálisis frases contemporaneo de Leclaire y Laplanche.
1970- Publicación del libro de O. Masotta: Introducción a la lectura de J. Lacan. Publicación de Las
formaciones del inconsciente.
1971- Llegan a Bs. As. los siguientes libros traducidos al castellano: una parte de los Escritos bajo el título de
Lectura estructuralista de Freud; Lacan, de A. Rifflet-Lemaire; Diccionario de psicoanálisis, de Laplanche y
Pontalis. Se publica Jacques Lacan, lo simbolico y lo imagnario, de J. M. Palmier. Aparece Cuadernos
Sigmund Freud n1, dirigido por O. Masotta, J. Jinkis M. Levin.
1972- Maud y Octave Manonni son invitados a la Argentina por O. Masotta. Jornadas Sigmund Freud en la
Facultad de Medicina
1974- Fundación de la escuela freudiana de Buenos Aires (E.F.B.A). En esta época existían en Buenos Aires
otros ámbitos donde se enseñaba Lacan, lo que dio lugar años después a la creación de varias instituciones y
revistas.
1975- Massota presenta la E.F.B.A en la E.F.P. Aparece en traducción al castellano Escritos II.
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1977- Llega a Argentina el primer seminario de Lacan editado en castellano: Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis.
1979- Escisión de la E.F.B.A; a instancias de O. Masotta se renueva el pacto de su fundación con el nombre
de Escuela Freudiana de la Argentina.
CAPÍTULO 2: EL SUJETO.
Vamos a delimitar la concepción del sujeto que hay en Lacan, para lo cual sería pertinente considerar el título
de uno de sus escritos: "Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano". ¿Cuál es
el sujeto que subvierte el psicoanálisis en tanto funda el inconsciente, esto es, el inconsciente freudiano? El
sujeto subvertido es el sujeto de la concepción clásica, que fue ceñida por el campo de la filosofía.
Tomemos el sesgo que nos ofrece la teoría del conocimiento en el campo de la filosofía para mostrar cómo
aparece articulada la relación sujeto-objeto. La teoría del conocimiento parte de la presuposición del sujeto y
el objeto, en tanto no construidos, sino dados.
Supuesta la connaturalidad, el conocimiento aparece definido por una relación de hecho entre el objeto y el
sujeto. El sujeto quiere conocer, el objeto quiere ser conocido. El sujeto sólo es sujeto para el objeto y el
objeto sólo es objeto para el sujeto. Y esto es así porque la relación sujeto objeto preexiste; no aparece
construida sino descripta. El planteo desde el sujeto es salir de sí e ir en busca del objeto, el objeto es
arrastrado hacia el sujeto, pero esto no quiere decir que el objeto pasa en su totalidad al campo del sujeto,
sino que lo que queda en el sujeto es lo que se llama la representación. Así tenemos tres términos: sujeto,
representación y objeto que definen tres espacios teóricos: psicología - lógica - ontología.
Hemos descripto la relación de conocimiento desde el sujeto, considerada desde el objeto es el pasaje de las
propiedades al sujeto. Aquí aparece el problema fundamental de la teoría del conocimiento, que es la
cuestión de la verdad. Tenemos: sujeto, representación y objeto; sabemos que la representación es lo que
hay del objeto en el sujeto o, dicho de otra manera, es lo que el sujeto puede representarse del objeto. La
coincidencia entre la representación y el objeto es la verdad; luego la verdad aparece definida como
adecuación representación objeto, el objeto mismo no puede ser reputado como verdadero o falso.
La verdad es entonces un buen encuentro entre el sujeto y el objeto mediado por una representación
adecuada; no es una broma decir que teniendo representaciones adecuadas el sujeto puede copular
satisfactoriamente con el objeto. ¿Acaso no les evoca esto las concepciones instintivitas? Tal vez si
definiéramos el instinto podríamos ver mejor esta relación. Viaud dice: "Los instintos de los animales son
comportamientos que tienen caracteres específicos muy claros, es decir, que pertenecen a tal especie animal
y no a tal otra; que sólo presentan poca variabilidad de un individuo al otro en el seno de una misma especie;
que están formados por acciones más o menos complicadas que se presentan a menudo en una sucesión, si
no irreversible, al menos poco propicia a los desórdenes, y que tienden manifiestamente hacia fines cuya
importancia es capital para la vida de los organismos." De esta definición se desprende un objeto y un fin
invariables; agreguemos que una vez alcanzado el fin el objeto no se conserva hasta tanto no resurja la
necesidad. El instinto produce en el organismo una representación imaginaria, queremos decir una imagen,
del objeto. Lo que se advierte es que para el animal no se plantea la cuestión de la verdad.
Veamos qué pasa con la sexualidad humana. Es tan poco específica que en lo que atañe al objeto puede
simular ser de otra especie. En este sentido las perversiones enseñaron a Freud que sin escapar del campo
de la sexualidad se pueden plantear desviaciones respecto al objeto y al fin considerados normales.
Hasta tal punto se subvierte la postura clásica instintivista que Freud, guiado por su experiencia, se ve llevado
a preguntarse en "Psicología de las masas y análisis del yo" cómo es posible que el objeto se conserve. ¿Qué
es lo que viene a interferir en el encuentro con el objeto? Es lo mismo que preguntar ¿qué es lo que distingue
al hombre del animal? Seguramente la diferencia la encontraremos referida al campo de la representación.
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Hemos visto que el animal tiene una representación adecuada del objeto, a diferencia del hombre, a quien se
le plantea de continuo el problema de la verdad, precisamente porque puede engañarse.
Dijimos que al animal no se le plantea el problema de la verdad, lo que no implica que no pueda fingir. El
hombre puede hasta fingir que finge, puede decir la verdad fingiendo que miente. Observen ustedes que
hemos dicho "decir", lo que introduce la verdadera diferencia entre el sujeto humano y el animal: el lenguaje.
Comenzando por la concepción clásica del sujeto fuimos a dar en la cuestión del lenguaje. Tal vez sea
necesario revisar ahora someramente las teorías del lenguaje que acompañan a dicha concepción, puesto
que dogmáticamente podríamos establecer que la teoría que se tiene del sujeto depende de la teoría que se
tiene del lenguaje.
(Veamos algunas de estas posiciones. Habíamos establecido que la representación mediaba entre el sujeto y
el objeto;) si el acento cae sobre el objeto se despliega una teoría realista, si cae sobre el sujeto la teoría es
nominalista. La posición realista consiste entonces en la identificación de la representación con el referente,
de manera tal que el signo queda conceptualizado como el nombre de la cosa. Ustedes ven que de lo que se
trata es de la transparencia de la representación, donde se desprecia toda reflexión sobre la estructura de los
signos, privilegiándose lo que resulte de su relación con las cosas. La posición opuesta, dijimos el
nominalismo, acentúa la representación con relación al sujeto. El acto de representar significa constituir un
significado para el sujeto de manera tal que el signo se transforme en opaco respecto a la cosa. Ahora
aparece una reflexión sobre la estructura de los signos, cosa que en el realismo no existía. Se ve entonces
que el nominalismo considera a la representación como dependiente del sujeto e independiente de la cosa.
CAPÍTULO 3: EL SIGNO.
Es importante aclarar que las reflexiones sobre los hechos lingüísticos no empiezan con Saussure. Su
originalidad reside en el abordaje de esta cuestión que será la construcción de un objeto al que llamara
lengua.
Saussure define la lengua como una parte del lenguaje, como un producto social de la facultad del lenguaje y
un conjunto de convenciones adoptadas por el cuerpo social para permitir a los individuos el ejercicio de esa
facultad. La lengua no es entonces una función del sujeto hablante, sino la parte social del lenguaje exterior al
individuo que sólo existe gracias a una convención. Saussure llama habla al acto individuaI, a lo que la gente
dice, que de hecho precede a la lengua.
Una vez establecido el objeto de la lingüística, veamos ahora cuáles son los elementos que la componen:
esto es, los signos. En principio Saussure dice que son la combinación de un concepto y una imagen
acústica, no de una cosa y un nombre. Aclara inmediatamente que la imagen acústica no es el sonido
material, sino su huella psíquica. Luego el signo es una entidad psíquica de dos caras unidas.
Saussure llama al concepto y a la imagen acústica significado y significante respectivamente.
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La existencia de diversas lenguas prueba lo que Saussure denomina la arbitrariedad del signo. Esto quiere
decir que el significante es arbitrario con relación al concepto, pero el dominio cerrado del signo es impuesto a
la comunidad que lo emplea.
Saussure dice que la significación muchas veces se confunde con el valor. No basta decir que un signo tiene
tal o cual significación, es necesario además compararlo con los otros signos de la lengua. El signo en tanto
forma parte de un sistema, no sólo tiene una relación positiva entre el significante y el significado, sino
también, fundamentalmente, una relación negativa y diferencial con los otros signos. Saussure dice,
textualmente, que el contenido de una palabra no está verdaderamente determinado más que por el concurso
de lo que existe fuera de ella.
Esta idea del valor hace de soporte para que Saussure enuncie que en la lengua sólo hay diferencias. Se
entiende: diferencias que permiten establecer relaciones. El dirá que las relaciones se despliegan en dos
órdenes que corresponden a dos formas de la actividad mental. Veamos: por una parte los signos tienen
relaciones fundadas en el carácter lineal de la lengua que excluye la posibilidad de pronunciar dos palabras a
la vez. Por otro lado, las palabras se asocian en la memoria formando grupos diversos; así forman el tesoro
interior de la lengua.
El significante, en lo cotidiano de nuestra experiencia, se desliga de la operación de dominio que sobre él
ejerce la lingüística. Más precisamente, es indominable.
Siendo S significante y s significado. Lacan nombra a esta notación algoritmo, esto es, una notación que
determina una serie de operaciones ordenadas, un modo de cálculo.
Comparemos las dos formas de notación. En primer lugar, encontramos una inversión de los términos y la
desaparición del paralelismo: aparecen S y s, señalando una primacía del significante. También desaparece
la elipse, que garantizaba la unidad del signo y marcaba la relación positiva que Saussure llamaba
significación. Ya no se trata de las dos inseparables caras del signo sino de dos etapas del algoritmo. La
barra, entonces, lejos de indicar relación indica separación de dos órdenes diferentes. Debemos agregar, lo
que ya es redundar, que se pierde la biunivocidad designada por las flechas.
Acentuemos la importancia de la barra, puesto que ésta trastoca la idea saussureana de relación para
precipitar la idea de resistencia, que confirma la ruptura del signo y con ello la primacía de un orden: el
significante.
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Ahora la pregunta es cómo mantener los conceptos interiores al signo, a saber: significante, significado y
significación, si el signo ha sido destruido. En otros términos, ¿cómo es posible explicar esos conceptos
impidiéndoles funcionar como signo?
Si postulamos que la barra es relación, como dice Saussure, no salimos del problema de la representación; si
bien ya no se trata de la cosa y su nombre, sí se trata de 'un significante que representa a un significado. En
cuanto a la representación Lacan escribe: "Estas consideraciones, por muy existentes que sean para el
filósofo, nos desvían del lugar desde donde el lenguaje nos interroga sobre su naturaleza. Y nadie dejará de
fracasar si sostiene su cuestión, mientras no nos hayamos desprendido de la ilusión de que el significante
responde a la función de representar al significado, o digamos mejor: que el significante debe responder de su
existencia a título de una significación cualquiera."
Veremos ahora cuáles son los elementos que sobreviven a la destrucción del signo y qué función cumplen.
Lacan propone el siguiente esquema:
Este esquema propone por encima de la barra, en el lugar del significante, la inscripción de dos términos:
caballeros - damas. Por debajo, dos puertas absolutamente iguales. Observen arriba dos "palabras"
diferentes, abajo dos puertas iguales. Esto en Saussure se hubiese sostenido por la teoría del valor que
habría consolidado la relación positiva significado-significante, lo que daría por resultado la constitución de
dos signos. Pero las puertas deberían haber tenido algo que las diferenciara en cuanto al significado, por
ejemplo las siluetas de un hombre y una mujer.
Lacan plantea que en el piso de arriba hay una pura diferencia, que es la característica fundamental del
significante. Si tuviéramos que decir qué hay en el piso inferior, en tanto son dos puertas por ahora no
diferenciables, diríamos por el momento lo "significable". Que es aquello que por sufrir la impronta del
significante se elevará a la categoría del significado. En todo caso la diferencia en el piso inferior no es una
diferencia dada sino producida por la diferencia significante. Se habrán dado cuenta que se trata de baños y
tratándose de ellos se trata de prohibiciones, esto es, de una ley de segregación urinaria respecto de la
diferencia de sexos. Lo importante es que esta ley no podría hacer su entrada en lo indiferenciado si no
hubiese significantes que establecieran la diferencia.
Sintéticamente podemos establecer tres pasos lógicamente ordenados:
1. En el lugar del significante se establece una diferencia.
2. Esta diferencia produce un corte en lo real.
3. El significante hace entrada en el campo del significado (ahora efecto del significante).
Entonces, a partir de la diferencia que instituye el significante en lo indiferenciado, los sujetos hablantes
encontrarán su lugar.
Es evidente entonces que el significado no será más la otra cara del signo, sino una operación en la que se
articula una ley.
Saussure hablaba de significación en términos de relación positiva entre significado y significante y relación
negativa entre signos. Lacan hablará de significancia en términos de articulación entre significantes que
producirán efectos de significado. Lo importante es la acentuación de la barra que se dirige directamente a
privilegiar la función del significante, de manera tal que no se lo puede tomar como un elemento del signo. Por
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significante entenderemos un significante sin significación. No se trata de representación de un significado,
tendrá una función de representante para otro significante. De hecho, el significante se define por la relación y
la diferencia con otro significante.
El significante no es ni el fonema (rasgo diferencial del sonido), ni la palabra, ni la frase, aunque cualquiera de
éstos puede jugar como significante en tanto opuesto a otro. El significante no se encuentra aislado, sino que
hace cadenas con otros que se despliegan en dos órdenes: uno de la simultaneidad y otro de la contigüidad.
Para ir a la cuestión de la letra tomaremos como referencia los seminarios de Lacan: "Encore" y " ... ou pire".
El significante, aunque es· una dimensión introducida a partir de la lingüística no pertenece a su dominio.
En psicoanálisis, la letra es el efecto de trasposición de la barra en la producción de sentido. El significante se
escucha, el significado se lee. Dicho de otro modo: el significado es la lectura de lo que se escucha de
significante. Habitualmente se habla de puntuación; podemos agregar que puntuar es hacer letra del
significante. Lacan dice que el retorno de lo reprimido es letra cuando se lo interpreta.
Habíamos dicho que a la concepción saussureana de significación (planteada en términos de signos) Lacan
opone la de significancia (planteada en términos de articulación entre significantes que producen efectos de
significado); ahora podemos agregar: la significancia supone la letra que allí se escribe. Es imprescindible
aclarar que la letra en el análisis no supone la lectura de un sentido oculto, sino la producción de sentido a
partir de una cadena inaprensible como tal. Hacer letra es poner de manifiesto el malentendido y de ningún
modo domesticarlo.
De Saussure, F. (1961). Curso de lingüística general (pp. 141- 159). Buenos Aires: Losada.
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Estos dos elementos están íntimamente unidos y se reclaman recíprocamente. Es evidente que las
vinculaciones consagradas por la lengua son las únicas que nos aparecen conformes con la realidad, y
descartamos cualquier otra que se pudiera imaginar.
Llamamos signo a la combinación del concepto y de la imagen acústica: pero en el uso corriente este término
designa generalmente la imagen acústica sola, por ejemplo una palabra. Proponemos conservar la palabra
signo para designar el conjunto, y reemplazar concepto e imagen acústica respectivamente con significado y
significante; estos dos últimos términos tienen la ventaja de señalar la oposición que los separa, sea entre
ellos dos, sea del total de que forman parte. En cuanto al término signo, si nos contentamos con él es porque,
no sugiriéndonos la lengua usual cualquier otro, no sabemos con qué reemplazarlo.
El signo lingüístico así definido posee dos caracteres primordiales. Al enunciarlos vamos a proponer los
principios mismos de todo estudio de este orden.
Primer principio: lo arbitrario del signo.
El lazo que une el significante al significado es arbitrario; o bien, puesto que entendemos por signo el total
resultante de la asociación de un significante con un significado, podemos decir más simplemente: el signo
lingüístico es arbitrario.
Así, la idea de sur está ligada por relación alguna interior con la secuencia de sonidos s-u-r que le sirve de
significante; podría estar representada tan perfectamente por cualquier otra secuencia de sonidos. Sirvan de
prueba las diferencias entre las lenguas y la existencia misma de lenguas diferentes.
Los signos de cortesía están fijados por una regla que obliga a emplearlos, no su valor intrínseco. Se puede
decir que los signos enteramente arbitrarios son los que mejor realizan el ideal del procedimiento semiológico;
por eso la lengua, el más complejo y el más extendido de los sistemas de expresión, es también el más
característico de todos; en este sentido la lingüística puede erigirse en el modelo general de toda semiología,
aunque la lengua no sea más que un sistema particular.
Se ha utilizado la palabra símbolo para designar el signo lingüístico, o, más exactamente, lo que nosotros
llamamos el significante. El símbolo tiene por carácter no ser nunca completamente arbitrario; no está vacío:
hay un rudimento de vínculo natural entre el significante y el significado.
La palabra arbitrario necesita también una observación. No debe dar idea de que el significante depende de la
libre elección del hablante; queremos decir que es inmotivado, es decir, arbitrario con relación al significado,
con el cual no guarda en la realidad ningún lazo natural.
Señalemos, para terminar, dos objeciones que se podrían hacer a este primer principio:
1. Se podría uno apoyar en las onomatopeyas para decir que la elección del significante no siempre es
arbitraria. Pero las onomatopeyas nunca son elementos orgánicos de un sistema lingüístico.
2. Las exclamaciones Se tiene la tentación de ver en ellas expresiones espontáneas de la realidad,
dictadas como por la naturaleza. Pero para la mayor parte de ellas se puede negar que haya un
vínculo necesario entre el sinificado y el significante. Basta con comparar dos lenguas en este terreno
para ver cuánto varían estas expresiones de idioma a idioma.
En resumen, las onomatopeyas y las exclamaciones son de importancia secundaria, y su origen simbólico es
en parte dudoso.
Segundo principio: carácter lineal del significante
El significante, por ser de naturaleza auditiva, se desenvuelve en el tiempo únicamente y tiene los caracteres
que toma del tiempo: a) representa una extensión, y b) esa extensión es mensurable en una sola dimensión;
es una línea.
Por oposición a los significantes visuales que pueden ofrecer complicaciones simultáneas en varias
dimensiones, los significantes acústicos no disponen más que de la línea del tiempo; sus elementos se
presentan uno tras otro; forman una cadena. Este carácter se destaca inmediatamente cuando los
representamos por medio de la escritura, en donde la sucesión en el tiempo es sustituida por la línea espacial
de los signos gráficos.
Lacan, J. (2003). La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud. En: J. Lacan, Escritos I
(pp. 473-509). Buenos Aires: Siglo XXI. (Trabajo original publicado en 1957)
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Lacan, J. (2010). Clase 1: El famillonario. En: J. Lacan, El seminario 5: Las formaciones del inconsciente.
(pp.11-28). Buenos Aires: Paidós. (Trabajo original publicado en 1957-58)
Lacan, J. (2010). Clase 2: El fatuo-millonario. En: J. Lacan, El seminario 5: Las formaciones del inconsciente.
(pp. 29-48). Buenos Aires: Paidós. (Trabajo original publicado en 1957-58)
CAPÍTULO 6: EL OTRO.
En una de las cartas de Freud dirigidas a Fliess dice: "Los accesos de vertigo y de llanto están dirigidos a ese
otro, pero sobre todo a ese otro prehistórico e inolvidable que nunca pudo llegar a ser igualado".
Digamos primero que el Otro es alteridad radical. Ya habíamos dicho que el Otro (A) es quien sanciona el
mensaje: Ahora tenemos que precisar que no se trata de alguien es una alteridad no personal. Es el lugar
donde el decir es leído y sancionado como dicho. Lacan dirá que es un sitio para destacar que no es un lugar
espacial, de aqui se desprende que es el tesoro del significante y las reglas de su empleo.
Dijimos ni alteridad personal ni lugar espacial. Sin embargo, alguien puede encarnar al Otro, pero presten
atención que el interlocutor esté para el hablante en el lugar del Otro, no quiere decir que lo sea. Usamos
deliberadamente el verbo encarnar para dejar traslucir que se trata de una camada, que como en la pesca es
un engaño. Es que el Otro no es el interlocutor sino el lugar evocado en el recurso a la palabra: Aclaramos
que cuando decimos palabra aludimos al habla en el sentido saussureano
El Otro es el compañero del lenguaje, más precisamente el hecho de que haya lenguaje implica que el habla
esté dirigida a un otro. Para que este otro pueda sancionar una palabra como tal es necesaria la función del
Otro como tesoro del significante. Desde esta perspectiva ¿qué se dice cuando se habla de dependencia? Se
tiende a pensar que se trata de dependencia con respecto a alguien: la llamada dependencia afectiva En
verdad no hay dependencia que no sea dependencia del lenguaje. Vayamos a Freud y a su "Proyecto...". En
el punto titulado "La experiencia de satisfacción", se plantea que el organismo humano es incapaz al principio
de realizar por sí solo acciones específicas (tendientes a lograr el retorno al equilibrio de cantidad); ante las
cargas solamente puede recorrer la vía de la alteración interior (grito, expresión de las emociones, etc.), este
modo de descarga ineficaz es sancionado como mensaje por el asistente, quien con su ayuda permite realizar
la acción especifica. La vía de descarga adquiere la función secundaria del entendimiento, según Ballesteros,
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de la comunicación. Remarquemos que la función de la comunicación es un efecto del encuentro con el otro.
Es obvio que se depende de alguien, pero de alguien que diga que el sujeto dice: función que no podría
cumplir si no estuviera soportado por el lenguaje
Lo dicho hasta ahora nos lleva al Otro de la primera dependencia: la madre, que es quien primordialmente
encara al Otro, Es en la madre como función donde el sujeto se encuentra con el significante de ahí que se
hable de lengua materna, no con el código de la madre sino con el lugar del Otro que la madre encama. Esto
demuestra que el lenguaje siempre viene del Otro. El sujeto más que con la madre se encuentra con el
significante en la madre. En tanto ella encarna al Otro el sujeto puede tener la ilusión de una relación
intersubjetiva, cuando en verdad se encuentra con la radical alteridad del significante.
Reflexionemos sobre esta radical alteridad. Nada resulta tan extraño y ajeno como lo inconsciente.
Seguramente ustedes habrán escuchado la fórmula de Lacan, "El inconsciente es el discurso del Otro":
agreguemos que es ese discurso el que instaura en el sujeto ese lugar Otro que es el inconsciente. Tomemos
el ejemplo del lapsus y la pregunta que se impone: ¿quién habla en el lapsus? Conocemos por Freud la
respuesta, la que implica que el verdadero sujeto de la palabra es el inconsciente.
Seguramente encontrarán la mayor dificultad para entender esto en el hecho de que, como dice Lacan, quién
habla y a quién se habla suponen una misma pregunta y una misma respuesta: el Otro. Antes dijimos que el
Otro es el tesoro del significante, ahora decimos que es lo inconsciente, y agreguemos, las leyes del
inconsciente son las leyes del significante o sea su articulación. Insistamos: el significante es consustancial a
la articulación, no es otra cosa que la articulación. Cuando planteamos que el significante es diferencia, esta
diferencia aparece sostenida en la articulación. Afirmación tan fuerte en Lacan que llega a decir que no hay
nada que se nos presente como articulado que no sea significante, "... sólo se habla de articulación en el
mundo porque está el significante".
Hay también un sentido de apelación al Otro, de hecho, hablar es llamar al Otro porque el Otro es el lugar
donde el decir se plantea como verdadero. Señalemos de paso que el problema de la verdad sólo puede ser
planteado y sólo es atinente al significante y por lo tanto al Otro como lugar. Si hablar es llamar al Otro para
situar la verdad de lo que se dice, entonces hablar es hacer resurgir la verdad cada vez que se habla, La
verdad entonces no tiene características de permanencia, por así decirlo, sino que no es más que fugacidad.
La función del Otro determina la posición del sujeto; con esto queremos decir, por ejemplo, su posición dentro
de la cadena de las generaciones, lo que evoca la función paterna con todo lo de orden e interdicción que
supone Piensen que no habría posibilidad de ubicarse generacionalmente si no fuese en una articulación
significante; sería impensable ser hijo de un padre fuera del campo del lenguaje.
faltaría agregar que el Otro es también el otro sexo, más específicamente la mujer (en rigor deberíamos
tachar el la) es el otro sexo tanto para el hombre como para una mujer. Recuerden el enigma de la femineidad
del que hablaba Freud.
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Por la estofa misma del significante algo siempre escapa la significación; en este sentido puede decirse que
falta un significante. Falta que no se puede suturar ya que aun agregando un significante igual seguirá
faltando esto equivale a decir que el significante segrega un resto que es insignificabilizable. Eso que falta
hará decir a Lacan que es su único descubrimiento. El nombre de este descubrimiento es: objeto a. Una de
las formas bajo las cuales se presenta en la teoría freudiana el objeto a la encontramos en el "proyecto..." con
el nombre de das Ding.
La cuestión de la falta se puede ver en Freud; por un lado, encontramos una idea en la llamada "experiencia
de satisfacción" en la que se trata de reencontrar un objeto por definición inhallable. Por otro lado,
encontramos la cuestión de la falta en términos de castración de la madre, a partir de la cual lo que ya faltaba
puede pensarse como el falo faltante en la madre. El falo adquiere su verdadero estatuto cuando se articula
como lo que falta en la madre.
Volvamos a hablar de la falta con relación al significante. La barra del algoritmo es lo que rompe la unidad del
signo dando como resultado que un resto escape a la significación. También habíamos dicho que el Otro es el
lugar donde el mensaje es sancionado como tal; la barra hace que en el Otro jamás se encuentre una sanción
plena del mensaje. Por esta razón es que el Otro está barrado (A) que es lo mismo que decir que siempre
falta un significante. La ilusión del hablar cotidiano reside en suponer un Otro sin falta que garantice la
significación y evite el malentendido.
La barra del algoritmo resulta ser la misma que barra al Otro (A) y que divide al sujeto (S) planteándolo como
deseante. A partir del descubrimiento de la castración en la madre el falo se convierte en la barra misma del
algoritmo, o lo que es lo mismo, en la razón del deseo.
La necesidad animal implica un organismo en relación directa con su objeto. Para el hablante esta relación
aparece perturbada puesto que la necesidad debe pasar por el molino de las palabras. En rigor esto no
describe un momento evolutivo. A los fines de la explicación vamos a suponer un sujeto mítico signado por la
necesidad, que en su camino hacia el objeto se encontrará con el lenguaje. Estará obligado a pedir, a
demandar. Ahora bien lo primero que podríamos decir es que toda respuesta a una demanda implica lenguaje
en el sentido más banal, puesto que los objetos con que el Otro responde son objetos de la cultura.
Puesto que la demanda es una articulación significante, el sujeto queda a merced del poder de la lectura del
Otro: el objeto, como objeto de la necesidad, se enajena. Digamos que la demanda da siempre en el blanco
en el lugar de la falta en el Otro. No es que el Otro no da responder con un objeto, pero lo que se obtiene no
vale más que lo que no se obtiene. En toda articulación de una demanda cae un resto que es lo que
definimos como objeto a, lo que no se articula en toda articulación significante. Este objeto se produce cada
vez que se habla, es pura pérdida y no es la pérdida de un objeto que alguna vez estuvo
La diferencia entre la demanda (D) y la necesidad da por resultado el deseo (d), que tiene su causa en el
objeto a. Este objeto no está delante del deseo, por el contrario, es la causa del deseo.
Tanto el demandante como el demandado -el que encarna el lugar del Otro- por su sujeción a la demanda se
encuentran confrontados con la falta. El primero, por lo que pierde al tener que hacer pasar su necesidad por
el desfiladero del significante. El segundo, porque más allá de la demanda tendría que responder al deseo. El
que demanda apela a la incondicionalidad del Otro, esto es, a que no esté condicionado por ninguna ley. Lo
que encuentra es la condición absoluta que es la ley del deseo. Más allá de lo particular de cada demanda se
perfila ese pedido de incondicionalidad, que es pedido de amor. El amor aparece aquí ligado al narcisismo y
encubriendo la falta. Por el lado del Otro se trataría de dar justamente lo que no tiene.
La paradoja del sujeto en la demanda consiste en que por un lado trata al deseo como si fuera de otro (como
dice Freud), pero por otro lado no puede dejar de tenerlo en cuenta. Esto se advierte en la anorexia mental,
en la que porque hay una anticipación del Otro a la articulación de la demanda, el sujeto rechaza el don para
tener espacio de demanda y salvaguardar el deseo. Si la causa del deseo se produce por efecto del
significante, es en el Otro, en tanto tesoro del significante, donde estará planteada la cuestión de la causa;
este es el soporte teórico de la sentencia lacaniana: el deseo es el deseo del Otro.
Aun cuando el lugar del Otro esté encarnado por otro sujeto, nunca puede haber verdaderamente
intersubjetividad (relación entre sujetos) ya que ambos sujetos no pueden ser tales sin estar referidos al Otro.
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Recapitulemos: por lo dicho hasta aquí, el objeto en el campo humano aparece en pérdida respecto del
campo animal Esta pérdida la hemos ido definiendo con relación al pasaje de la necesidad a la demanda,
dicho de otra manera, por efecto del lenguaje. Al revés, si todo pudiera ser dicho, el objeto no estaría en
pérdida en cuanto a la significación y podría ser recuperable por el lenguaje.
Ahora bien, del lado del sujeto la pérdida del objeto es solidaria con su definición como sujeto deseante; esto
es así, en tanto si la pérdida es efecto del significante este efecto también produce al sujeto.
Cabe recordar aquí que hablamos de preexistencia lógica del lenguaje, preexistencia que hace referencia
obligada al lugar del Otro. El lenguaje no está hecho a la medida de las intenciones de sujeto alguno. Todo lo
contrario, el sujeto está sujetado al significante.
Hablamos de sujeción del sujeto al significante, esto es homologable a enunciar que sólo se puede plantear el
sujeto en el campo del deseo, campo de la falta, precipitada precisamente por el encuentro con el lenguaje
Carabajal, E., D’Angelo, R. y Marchilli, A. (1984). Capítulo 14: Estadio del espejo: el Yo. En
Una introducción a Lacan (pp. 89-96). Buenos Aires: Lugar Editorial.
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La imagen del hijo como falo es la pantalla en la que la madre engaña su deseo, y con el mismo gesto
engaña al hijo. Ser el falo es la consecuencia de tener una primera posición, un lugar en el lenguaje, aunque
todavía no se hable; lo imaginario siempre aparece localizado en algún lugar, el significante otorga lugares.
La imagen en la que el sujeto se reconoce en tanto se le presenta como un objeto otro.
La identificación formadora del yo se llamará identificación narcisista. Esta identificación supone negar a la
propia imagen como "otro" para pasar a ser uno esa imagen. Este semejante es ante todo la propia imagen,
ya que se presenta como otro. Y luego cualquier otro ocupará el lugar de esa imagen
El yo implica desconocimiento, es un lugar de desconocimiento en el que el sujeto se aliena, se enajena,
transformándose en ese otro que es su imagen. Cuando decimos "imaginario", decimos: el poder de
fascinación de la imagen, la transformación que produce en el sujeto alienándolo y el desconocimiento que
trae aparejado.
Freud afirmaba que el primer "objeto libidinal" es el yo: antes del yo el autoerotismo, y solo después de
formado el yo aparece el objeto O sea que es necesaria en primera instancia la formación del yo para que
haya un mundo de objetos. Dichos objetos son el producto de la pasión del yo por imponer al mundo su
imagen y a partir de que el yo se ofrece al Ello como un objeto, comienza un dinamismo libidinal que en
verdad no hace sino velar la verdadera naturaleza de la libido y del deseo.
Las características fundamentales del yo son la inercia, la permanencia o coagulación y la inversión. La
inercia implica que el yo tiende a ser siempre idéntico. La permanencia explica la inercia, ya que es por ser
una imagen alienante y en la que el sujeto se reconoce, que va a ser necesaria su permanencia; y esto tendrá
por consecuencia su resistencia a la modificación. En cuanto a la inversión, se trata de una característica de
la imagen del espejo: lo que aparece de un lado en el cuerpo aparece en el espejo del otro lado.
El yo no responde a lo real del cuerpo ni a la verdadera naturaleza del sujeto. Precisamente porque el sujeto
se pierde al hablar, necesita reconocerse en algún lado como permanente, al mismo tiempo que
desconociendo sus determinaciones. Esa es la función del yo. Lacan dice que el yo es siempre asintótico
respecto al devenir del sujeto.
En cuanto a la inversión especular, también se la advierte en el transitivismo infantil, en el que un niño puede
pegarle a otro de casi la misma edad en el lado izquierdo de la cara y tocarse la cara del lado derecho,
llorando él Esto es a la vez ilustrativo de la identificación Digamos que, si no fuéramos sujetos anudados en el
inconsciente a la castración y a un linaje, a todo lo que nos hace diferentes, no podríamos salir del
transitivismo y verdaderamente nunca podemos salir del todo.
Toda imagen de un semejante implica la tensión eroto-agresiva, la fascinación, la amenaza de fragmentación
de dislocación corporal. Y son precisamente las imágenes de fragmentación del yo las que guiarán la
respuesta agresiva. El narcisismo implica la existencia de un solo lugar, un lugar único, el lugar del falo
imaginario. Sin un semejante está enfrente de nosotros, lo que ocurre es que tiene todas las virtudes de la
imagen y no parece haber diferencia entre su imagen y su realidad. Mientras que nadie puede tener de si
mismo la certeza de coincidir totalmente con su propia imagen: es la razón por la que un yo siempre necesita
reconocimiento para que se le asegure la permanencia de su imagen. Como el semejante, parece coincidir
plenamente con su imagen, es él el que ocupa el lugar único, lo que comporta para el yo la pérdida del lugar y
del reconocimiento. Esto implica la amenaza de fragmentación y la respuesta agresiva, que no es sino la
necesidad de fragmentar al otro para ocupar el lugar.
Esta amenaza sobre el yo es persecutoria y es verdaderamente paranoica tanto como lo es la agresividad. Lo
que hace que un sujeto no sea paranoico no es el yo paranoico, sino una posición inconsciente que lo hace
diferente del semejante. Para el hombre hay una imagen propia que impone a partir de ella la imago de la
especie. Para el hombre, la imagen en que se aliena el deseo es la que ocupa el lugar de la propia. Y esta
tiene consecuencias: si un semejante con el que un sujeto se identifica se interesa en otro objeto, el sujeto
también lo hará. Esto impone la fórmula, el objeto del deseo es el objeto del deseo del otro. Lo que es válido
para el narcisismo, que enmascara que el deseo es el deseo del Otro: que hay deseo porque el otro está
castrado y es deseante.
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El yo siempre tiene objetos que son permanentes, y la buena forma del yo y de sus objetos aparece siempre
como una resistencia al análisis. El yo ideal es la primera forma en la que el yo se aliena, que es la unidad del
cuerpo en la imagen, todavía sin predicado alguno, solo la unidad. Es el punto de partida del y y permanecerá
como exigencia formal de perfección. Mientras que el ideal del yo es el lugar desde el cual el sujeto es mirado
el lugar donde se le dice qué y cómo debe ser para alcanzar esa perfección.
Lacan, J. (2003). El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se
nos revela en la experiencia psicoanalítica. En: Escritos I (pp. 86-93). Buenos Aires: Siglo
XXI. (Trabajo original publicado en 1949).
EL ESTADIO DEL ESPEJO COMO FORMADOR DE LA FUNCIÓN DEL YO [JE] TAL COMO SE NOS
REVELA EN LA EXPERIENCIA PSICOANALÍTICA
La cría de hombre, a una edad en que se encuentra por poco tiempo, pero todavía un tiempo, superado en
inteligencia instrumental por el chimpancé, reconoce ya sin embargo su imagen en el espejo como tal.
Este acto, en efecto, lejos de agotarse, como en el mono, en el control, una vez adquirido, de la inanidad de la
imagen, rebota en seguida en el niño en una serie de gestos en los que experimenta lúdicamente la relación
de los movimientos asumidos de la imagen con su medio ambiente reflejado, y de ese complejo virtual con la
realidad que reproduce, o sea con su propio cuerpo y con las personas, incluso con los objetos, que se
encuentran junto a él.
Este acontecimiento puede producirse, como es sabido desde la edad de seis meses, y su repetición ha
atraído con frecuencia nuestra meditación ante el espectáculo impresionante de un lactante ante el espejo,
que no tiene todavía dominio de la marcha, ni siquiera de la postura en pie, pero que, a pesar del estorbo de
algún sostén humano o artificial (lo que solemos llamar unas andaderas), supera en un jubiloso ajetreo las
trabas de ese apoyo para suspender su actitud en una postura más o menos inclinada, y conseguir, para
fijarlo, un aspecto instantáneo de la imagen.
Basta para ello comprender el estadio del espejo como una identificación en el sentido pleno que el análisis
da a este término. a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya
predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo
imago.
El hecho de que su imagen especular sea asumida jubilosamente por el ser sumido todavía en la impotencia
motriz y la dependencia de la lactancia nos parecerá por lo tanto que manifiesta, en una situación ejemplar, la
matriz simbólica en la que el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica
de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto.
Esta forma por lo demás debería más bien designarse como yo-ideal. El punto importante es que esta forma
sitúa la instancia del yo, aun desde antes de su determinación social, en una línea de ficción, irreductible para
siempre por el individuo solo; o más bien, que sólo asintóticamente tocará el devenir del sujeto, cualquiera
que sea el éxito de las síntesis dialécticas por medio de las cuales tiene que resolver en cuanto yo [je] su
discordancia con respecto a su propia realidad.
Es que la forma del cuerpo no le es dada sino como Gestalt, es decir, en una exterioridad donde sin duda esa
forma es más constituyente que constituida, pero donde sobre todo le aparece en un relieve de estatura que
la coagula y bajo una simetría que la invierte. Así esta Gestalt, cuya pregnancia debe considerarse como
ligada a la especie; está preñada todavía de las correspondencias que unen el yo [je] a la estatua en que el
hombre se proyecta como a los fantasmas que lo dominan, al autómata, en fin, en el cual, en una relación
ambigua, tiende a redondearse el mundo de su fabricación.
Que una Gestalt sea capaz de efectos formativos sobre el organismo es cosa que puede atestiguarse por una
experimentación biológica, a su vez tan ajena a la idea de causalidad psíquica que no puede resolverse a
formularla como tal.
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La función del estadio del espejo se nos revela entonces como un caso particular de la función de la imago
que es establecer una relación del organismo con su realidad; o, como se ha dicho, del Innenwelt con el
Umwelt Pero esta relación con la naturaleza está alterada en el hombre por cierta dehiscencia del organismo
en su seno, por una Discordia primordial que revelan los signos de malestar y la incoordinación motriz de los
meses neonatales.
El desarrollo es vivido como una dialéctica temporal que proyecta decisivamente en historia la formación del
individuo, el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la
anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que
se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su
totalidad -y hasta la armadura por fin asumida de una identidad alienante, que va a marcar con su estructura
rígida todo su desarrollo mental. Así la ruptura del círculo del Innenwelt al Umwelt engendra la cuadratura
inagotable de las reaseveraciones del yo.
Este cuerpo fragmentado se muestra regularmente en los sueños, cuando la moción del análisis toca cierto
nivel de desintegración agresiva del individuo.
Correlativamente, la formación del yo [je] se simboliza oníricamente por un campo fortificado, o hasta un
estadio, dos campos de lucha opuestos donde el sujeto se empecina en la búsqueda del altivo y lejano
castillo interior cuya forma (a veces yuxtapuesta en el mismo libreto) simboliza el ello de manera
sobrecogedora. Y parejamente, aquí en el plano mental, encontramos realizadas estas estructuras de obra
fortificada cuya metáfora surge espontáneamente, y como brotada de los síntomas mismos del sujeto, para
designar los mecanismos de inversión, de aislamiento, de reduplicación, de anulación, de desplazamiento, de
la neurosis obsesiva.
Hemos buscado en la hipótesis aquí fundada sobre una concurrencia de datos objetivos la rejilla directriz de
un método de reducción simbólica.
Este instaura en las defensas del yo un orden genético que responde a los votos formulados por la señorita
Anna Freud en la primera parte de su gran obra, y sitúa la represión histérica y sus retornos en un estadio
más arcaico que la inversión obsesiva y sus procesos aislantes, y éstos a su vez como previos a la alienación
paranoica que data del viraje del yo [je] especular al y [je] social.
Este momento en que termina el estadio del espejo inaugura, por la identificación con la imago del semejante
y el drama de los celos primordiales la dialéctica que desde entonces liga al yo [je] con situaciones
socialmente elaboradas.
Es este momento el que hace volcarse decisivamente todo el saber humano en la mediatización por el deseo
del otro, constituye sus objetos en una equivalencia abstracta por la rivalidad del prójimo, y hace del yo [je]
ese aparato para el cual todo impulso de los instintos será un peligro, aun cuando respondiese a una
maduración natural; pues la normalización misma de esa maduración depende desde ese momento en el
hombre de un expediente cultural: como se ve en lo que respecta al objeto sexual en el complejo de Edipo.
El término "narcisismo primario" con el que la doctrina designa la carga libidinal propia de ese momento revela
en sus inventores, a la luz de nuestra concepción, el más profundo sentimiento de las latencias de la
semántica. Pero ella ilumina también la oposición dinámica que trataron de definir de esa libido a la libido
sexual, cuando invocaron instintos de destrucción, y hasta de muerte, para explicar la relación evidente de la
libido narcisista con la función alienante del yo [je], con la agresividad que se desprende de ella en toda
relación con el otro, aunque fuese la de la ayuda más samaritana.
Se comprende esa inercia propia de las formaciones del yo [je] en las que puede verse la definición más
extensiva de la neurosis, del mismo modo que la captación del sujeto por la situación da la fórmula más
general de la locura, de la que yace entre los muros de los manicomios como de la que ensordece la tierra
con su sonido y su furia.
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