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Huida hacia la oscuridad en la tormenta

En medio de una tormenta, una figura huye desesperadamente a través de un bosque, sintiendo el miedo a sus espaldas. Al llegar a una cabaña y tocar la puerta, se encuentra con un hombre de rostro amenazante que revela que su llegada marca el inicio de un oscuro destino. El objeto que trae consigo, un cuchillo oxidado, simboliza la irrevocabilidad de su elección y la entrada a una nueva realidad aterradora.

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Huida hacia la oscuridad en la tormenta

En medio de una tormenta, una figura huye desesperadamente a través de un bosque, sintiendo el miedo a sus espaldas. Al llegar a una cabaña y tocar la puerta, se encuentra con un hombre de rostro amenazante que revela que su llegada marca el inicio de un oscuro destino. El objeto que trae consigo, un cuchillo oxidado, simboliza la irrevocabilidad de su elección y la entrada a una nueva realidad aterradora.

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Prólogo

La tormenta era implacable.

Los relámpagos iluminaban la vasta extensión del bosque, y cada trueno parecía retumbar
desde las profundidades de la tierra. Allí, bajo la lluvia que caía como una cortina
interminable, alguien corría. No era un paseo apresurado ni un intento por escapar de la
tormenta. Era una huida.

El aire estaba cargado de miedo, un sentimiento tan palpable que casi podía respirarse. Los
pasos se mezclaban con el barro, las ramas arañaban los brazos, pero la figura no se
detenía. Sabía lo que venía detrás. Sabía que si se permitía un segundo para respirar, todo
acabaría.

Más adelante, una luz apareció entre los árboles, débil y titilante, como una promesa rota.
Con las fuerzas que quedaban, la figura se aferró a esa última esperanza. No importaba
cuántas veces el barro la hiciera caer, cuántas piedras cortaran la planta de sus pies. Nada
importaba salvo llegar allí.

Cuando por fin cruzó el límite del bosque y cayó frente a la puerta de una cabaña, jadeando,
algo cambió. El aire, pesado y opresivo en el bosque, ahora parecía más frío, más hostil.

Tocó la puerta con la poca fuerza que le quedaba. Una vez. Dos veces. La tercera fue
interrumpida por un sonido que hizo que su corazón se detuviera: el crujido de una rama
rota a unos metros detrás.

Giró la cabeza con cautela, el cuerpo paralizado. Nada. Solo la oscuridad absoluta del
bosque. Pero entonces, algo se movió. Una sombra, o quizás una figura demasiado alta,
demasiado delgada para ser humana.

La puerta se abrió con un chirrido seco, y un rostro apareció en la penumbra. No era un


rostro amable.

—Así que… has venido —dijo una voz ronca y baja.

La figura alzó la mano, extendiendo un objeto envuelto en un paño empapado.


—No… no sabía a quién más recurrir.

El hombre en la puerta sonrió, aunque no fue un gesto reconfortante. Fue una sonrisa
calculadora, como la de un lobo que acecha.
—Sabes lo que esto significa, ¿verdad? No hay vuelta atrás.

Un relámpago iluminó el cielo, y por un instante se pudo ver el contenido del paño: un
cuchillo, oxidado y cubierto de inscripciones que parecían quemar con solo mirarlas.
Y en ese momento, la figura entendió que la puerta que acababa de cruzar no era un
refugio. Era el comienzo de algo mucho más oscuro.

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