No hay palabras para expresar la felicidad de un matrimonio que la Iglesia une, la
oblación divina confirma, la bendición consagra, los ángeles lo registran y el
Padre lo ratifica. En la tierra no deben los hijos casarse sin el consentimiento de
sus padres. ¡Qué dulce es el yugo que une a dos fieles en una misma esperanza, en
una misma ley, en un mismo servicio! Los dos son hermanos, los dos sirven al mismo
Señor, no hay entre ellos desavenencia alguna, ni de carne ni de espíritu. Son
verdaderamente dos en una misma carne; y donde la carne es una, el espíritu es uno.
Rezan juntos, adoran juntos, ayunan juntos, se enseñan el uno al otro, se animan el
uno al otro, se soportan mutuamente. Son iguales en la iglesia, iguales en el
banquete de Dios. Comparten por igual las penas, las persecuciones, las
consolaciones. No tienen secretos el uno para el otro; nunca rehuyen la compañía
mutua; jamás son causa de tristeza el uno para el otro... Cantan juntos los salmos
e himnos. En lo único que rivalizan entre sí es en ver quién de los dos cantará
mejor. Cristo se regocija viendo a una familia así, y les envía su paz. Donde están
ellos, allí está también Èl presente, y donde está Èl, el maligno no puede entrar.”