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Amor y Matrimonio en Orgullo y Prejuicio

Jane y Elizabeth discuten sobre el amor de Bingley hacia Jane y las intenciones de su hermana Caroline, quien desea que Bingley se case con la señorita Darcy. A pesar de las dudas sobre el regreso de Bingley, Jane mantiene la esperanza, mientras que Elizabeth se preocupa por la influencia de las hermanas de Bingley en su relación. Por otro lado, Charlotte Lucas acepta la propuesta de matrimonio de Collins, lo que sorprende a Elizabeth y provoca reflexiones sobre el matrimonio y la felicidad.

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Amor y Matrimonio en Orgullo y Prejuicio

Jane y Elizabeth discuten sobre el amor de Bingley hacia Jane y las intenciones de su hermana Caroline, quien desea que Bingley se case con la señorita Darcy. A pesar de las dudas sobre el regreso de Bingley, Jane mantiene la esperanza, mientras que Elizabeth se preocupa por la influencia de las hermanas de Bingley en su relación. Por otro lado, Charlotte Lucas acepta la propuesta de matrimonio de Collins, lo que sorprende a Elizabeth y provoca reflexiones sobre el matrimonio y la felicidad.

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–Así es, Jane; debes creerme.

Nadie que os haya visto juntos puede dudar


del cariño de Bingley. Su hermana no lo duda tampoco, no es tan tonta. Si
hubiese visto en Darcy la mitad de ese afecto hacia ella, ya habría encargado el
traje de novia. Pero lo que pasa es lo siguiente: que no somos lo bastante ricas
ni lo bastante distinguidas para ellos. Si la señorita Bingley tiene tal afán en
casar a la señorita Darcy con su hermano, es porque de este modo le sería a
ella menos difícil casarse con el propio Darcy; lo que me parece un poco
ingenuo por su parte. Pero me atrevería a creer que lograría sus anhelos si no
estuviese de por medio la señorita de Bourgh. Sin embargo, tú no puedes
pensar en serio que por el hecho de que la señorita Bingley te diga que a su
hermano le gusta la señorita Darcy, él esté menos enamorado de ti de lo que
estaba el jueves al despedirse; ni que le sea posible a su hermana convencerle
de que en vez de quererte a ti quiera a la señorita Darcy.
––Si nuestra opinión sobre la señorita Bingley fuese la misma ––repuso
Jane––
, tu explicación me tranquilizaría. Pero me consta que eres injusta con
ella. Caroline es incapaz de engañar a nadie; lo único que puedo esperar en
este caso es que se esté engañando a sí misma.
––Eso es. No podía habérsete ocurrido una idea mejor, ya que la mía no te
consuela. Supón que se engaña. Así quedarás bien con ella y verás que no
tienes por qué preocuparte.
––Pero Lizzy, ¿puedo ser feliz, aun suponiendo lo mejor, al aceptar a un
hombre cuyas hermanas y amigos desean que se case con otra?
––Eso debes decidirlo tú misma ––dijo Elizabeth––
, si después de una
madura reflexión encuentras que la desgracia de disgustar a sus hermanas es
más que equivalente a la felicidad de ser su mujer, te aconsejo, desde luego,
que rechaces a Bingley.
––¡Qué cosas tienes! dijo Jane con una leve sonrisa––
. Debes saber que
aunque me apenaría mucho su desaprobación, no vacilaría.
––Y a me lo figuraba, y siendo así, no creo que pueda compadecerme de tu
situación.
––Pero si no vuelve en todo el invierno, mi elección no servirá de nada.
¡Pueden pasar tantas cosas en seis meses!
Elizabeth rechazaba la idea de que Bingley no volviese; le parecía
sencillamente una sugerencia de los interesados deseos de Caroline, y no podía
suponer ni por un momento que semejantes deseos, tanto si los manifestaba
clara o encubiertamente, influyesen en el ánimo de un hombre tan
independiente.
Expuso a su hermana lo más elocuentemente que pudo su modo de ver, y
no tardó en observar el buen efecto de sus palabras. Jane era por naturaleza
optimista, lo que la fue llevando gradualmente a la esperanza de que Bingley
volvería a Netherfield y llenaría todos los anhelos de su corazón, aunque la
duda la asaltase de vez en cuando.
Acordaron que no informarían a la señora Bennet más que de la partida de
la familia, para que no se alarmase demasiado; pero se alarmó de todos modos
bastante; y lamentó la tremenda desgracia de que las damas se hubiesen
marchado precisamente cuando habían intimado tanto. Se dolió mucho de ello,
pero se consoló pensando que Bingley no tardaría en volver para comer en
Longbourn, y acabó declarando que a pesar de que le habían invitado a comer
sólo en familia, tendría buen cuidado de preparar para aquel día dos platos de
primera.
CAPÍTULO XXII
Los Bennet fueron invitados a comer con los Lucas, y de nuevo la señorita
Lucas tuvo la amabilidad de escuchar a Collins durante la mayor parte del día.
Elizabeth aprovechó la primera oportunidad para darle las gracias.
––Esto le pone de buen humor. Te estoy más agradecida de lo que puedas
imaginar ––le dijo.
Charlotte le aseguró que se alegraba de poder hacer algo por ella, y que eso
le compensaba el pequeño sacrificio que le suponía dedicarle su tiempo. Era
muy amable de su parte, pero la amabilidad de Charlotte iba más lejos de lo
que Elizabeth podía sospechar: su objetivo no era otro que evitar que Collins
le volviese a dirigir sus cumplidos a su amiga, atrayéndolos para sí misma.
Éste era el plan de Charlotte, y las apariencias le fueron tan favorables que al
separarse por la noche casi habría podido dar por descontado el éxito, si
Collins no tuviese que irse tan pronto de Hertfordshire. Pero al concebir esta
duda, no hacía justicia al fogoso e independiente carácter de Collins; a la
mañana siguiente se escapó de Longbourn con admirable sigilo y corrió a casa
de los Lucas para rendirse a sus pies. Quiso ocultar su salida a sus primas
porque si le hubiesen visto habrían descubierto su intención, y no quería
publicarlo hasta estar seguro del éxito; aunque se sentía casi seguro del
mismo, pues Charlotte le había animado lo bastante, pero desde su aventura
del miércoles estaba un poco falto de confianza. No obstante, recibió una
acogida muy halagüeña. La señorita Lucas le vio llegar desde una ventana, y
al instante salió al camino para encontrarse con él como de casualidad. Pero
poco podía ella imaginarse cuánto amor y cuánta elocuencia le esperaban.
En el corto espacio de tiempo que dejaron los interminables discursos de
Collins, todo quedó arreglado entre ambos con mutua satisfacción. Al entrar
en la casa, Collins le suplicó con el corazón que señalase el día en que iba a
hacerle el más feliz de los hombres; y aunque semejante solicitud debía ser
aplazada de momento, la dama no deseaba jugar con su felicidad. La estupidez
con que la naturaleza la había dotado privaba a su cortejo de los encantos que
pueden inclinar a una mujer a prolongarlo; a la señorita Lucas, que lo había
aceptado solamente por el puro y desinteresado deseo de casarse, no le
importaba lo pronto que este acontecimiento habría de realizarse.
Se lo comunicaron rápidamente a sir William y a lady Lucas para que les
dieran su consentimiento, que fue otorgado con la mayor presteza y alegría. La
situación de Collins le convertía en un partido muy apetecible para su hija, a
quien no podían legar más que una escasa fortuna, y las perspectivas de un
futuro bienestar eran demasiado tentadoras. Lady Lucas se puso a calcular
seguidamente y con más interés que nunca cuántos años más podría vivir el
señor Bennet, y sir William expresó su opinión de que cuando Collins fuese
dueño de Longbourn sería muy conveniente que él y su mujer hiciesen su
aparición en St. James. Total que toda la familia se regocijó muchísimo por la
noticia. Las hijas menores tenían la esperanza de ser presentadas en sociedad
un año o dos antes de lo que lo habrían hecho de no ser por esta circunstancia.
Los hijos se vieron libres del temor de que Charlotte se quedase soltera.
Charlotte estaba tranquila. Había ganado la partida y tenía tiempo para
considerarlo. Sus reflexiones eran en general satisfactorias. A decir verdad,
Collins no era ni inteligente ni simpático, su compañía era pesada y su cariño
por ella debía de ser imaginario. Pero, al fin y al cabo, sería su marido. A pesar
de que Charlotte no tenía una gran opinión de los hombres ni del matrimonio,
siempre lo había ambicionado porque era la única colocación honrosa para una
joven bien educada y de fortuna escasa, y, aunque no se pudiese asegurar que
fuese una fuente de felicidad, siempre sería el más grato recurso contra la
necesidad. Este recurso era lo que acababa de conseguir, ya que a los
veintisiete años de edad, sin haber sido nunca bonita, era una verdadera suerte
para ella. Lo menos agradable de todo era la sorpresa que se llevaría Elizabeth
Bennet, cuya amistad valoraba más que la de cualquier otra persona. Elizabeth
se quedaría boquiabierta y probablemente no lo aprobaría; y, aunque la
decisión ya estaba tomada, la desaprobación de Elizabeth le iba a doler mucho.
Resolvió comunicárselo ella misma, por lo que recomendó a Collins, cuando
regresó a Longbourn a comer, que no dijese nada de lo sucedido.
Naturalmente, él le prometió como era debido que guardaría el secreto; pero
su trabajo le costó, porque la curiosidad que había despertado su larga
ausencia estalló a su regreso en preguntas tan directas que se necesitaba mucha
destreza para evadirlas; por otra parte, representaba para Collins una verdadera
abnegación, pues estaba impaciente por pregonar a los cuatro vientos su éxito
amoroso.
Al día siguiente tenía que marcharse, pero como había de ponerse de
camino demasiado temprano para poder ver a algún miembro de la familia, la
ceremonia de la despedida tuvo lugar en el momento en que las señoras fueron
a acostarse. La señora Bennet, con gran cortesía y cordialidad, le dijo que se
alegraría mucho de verle en Longbourn de nuevo cuando sus demás
compromisos le permitieran visitarles.
––Mi querida señora ––repuso Collins––
, agradezco particularmente esta
invitación porque deseaba mucho recibirla; tenga la seguridad de que la
aprovecharé lo antes posible.
Todos se quedaron asombrados, y el señor Bennet, que de ningún modo
deseaba tan rápido regreso, se apresuró a decir:
––Pero, ¿no hay peligro de que lady Catherine lo desapruebe esta vez?
V ale más que sea negligente con sus parientes que corra el riesgo de ofender a
su patrona.
––Querido señor ––respondió Collins––
, le quedo muy reconocido por esta
amistosa advertencia, y puede usted contar con que no daré un solo paso que
no esté autorizado por Su Señoría.
––Todas las precauciones son pocas. Arriésguese a cualquier cosa menos a
incomodarla, y si cree usted que pueden dar lugar a ello sus visitas a nuestra
casa, cosa que considero más que posible, quédese tranquilamente en la suya y
consuélese pensando que nosotros no nos ofenderemos.
––Créame, mi querido señor, mi gratitud aumenta con sus afectuosos
consejos, por lo que le prevengo que en breve recibirá una carta de
agradecimiento por lo mismo y por todas las otras pruebas de consideración
que usted me ha dado durante mi permanencia en Hertfordshire. En cuanto a
mis hermosas primas, aunque mi ausencia no ha de ser tan larga como para
que haya necesidad de hacerlo, me tomaré la libertad de desearles salud y
felicidad, sin exceptuar a mi prima Elizabeth.
Después de los cumplidos de rigor, las señoras se retiraron. Todas estaban
igualmente sorprendidas al ver que pensaba volver pronto. La señora Bennet
quería atribuirlo a que se proponía dirigirse a una de sus hijas menores, por lo
que determinó convencer a Mary para que lo aceptase. Esta, en efecto,
apreciaba a Collins más que las otras; encontraba en sus reflexiones una
solidez que a menudo la deslumbraba, y aunque de ningún modo le juzgaba
tan inteligente como ella, creía que si se le animaba a leer y a aprovechar un
ejemplo como el suyo, podría llegar a ser un compañero muy agradable. Pero
a la mañana siguiente todo el plan se quedó en agua de borrajas, pues la
señorita Lucas vino a visitarles justo después del almuerzo y en una
conversación privada con Elizabeth le relató el suceso del día anterior.
A Elizabeth ya se le había ocurrido uno o dos días antes la posibilidad de
que Collins se creyese enamorado de su amiga, pero que Charlotte le alentase
le parecía tan imposible como que ella misma lo hiciese. Su asombro, por
consiguiente, fue tan grande que sobrepasó todos los límites del decoro y no
pudo reprimir gritarle:
––¡Comprometida con el señor Collins! ¿Cómo es posible, Charlotte?
Charlotte había contado la historia con mucha serenidad, pero ahora se
sentía momentáneamente confusa por haber recibido un reproche tan directo;
aunque era lo que se había esperado. Pero se recuperó pronto y dijo con calma:
––¡De qué te sorprendes, Elizabeth? ¿Te parece increíble que el señor
Collins haya sido capaz de procurar la estimación de una mujer por el hecho
de no haber sido afortunado contigo?
Pero, entretanto, Elizabeth había recuperado la calma, y haciendo un
enorme esfuerzo fue capaz de asegurarle con suficiente firmeza que le
encantaba la idea de su parentesco y que le deseaba toda la felicidad del
mundo.
––Sé lo que sientes ––repuso Charlotte––
. Tienes que estar sorprendida,
sorprendidísima, haciendo tan poco que el señor Collins deseaba casarse
contigo. Pero cuando hayas tenido tiempo de pensarlo bien, espero que
comprenderás lo que he hecho. Sabes que no soy romántica. Nunca lo he sido.
No busco más que un hogar confortable, y teniendo en cuenta el carácter de
Collins, sus relaciones y su posición, estoy convencida de que tengo tantas
probabilidades de ser feliz con él, como las que puede tener la mayoría de la
gente que se casa.
Elizabeth le contestó dulcemente: ––Es indudable.
Y después de una pausa algo embarazosa, fueron a reunirse con el resto de
la familia. Charlotte se marchó en seguida y Elizabeth se quedó meditando lo
que acababa de escuchar. Tardó mucho en hacerse a la idea de un casamiento
tan disparatado. Lo raro que resultaba que Collins hubiese hecho dos
proposiciones de matrimonio en tres días, no era nada en comparación con el
hecho de que hubiese sido aceptado. Siempre creyó que las teorías de
Charlotte sobre el matrimonio no eran exactamente como las suyas, pero
nunca supuso que al ponerlas en práctica sacrificase sus mejores sentimientos
a cosas mundanas. Y al dolor que le causaba ver cómo su amiga se había
desacreditado y había perdido mucha de la estima que le tenía, se añadía el
penoso convencimiento de que le sería imposible ser feliz con la suerte que
había elegido.
CAPÍTULO XXIII
Elizabeth estaba sentada con su madre y sus hermanas meditando sobre lo
que había escuchado y sin saber si debía o no contarlo, cuando apareció el
propio Sir William Lucas, enviado por su hija, para anunciar el compromiso a
la familia. Entre muchos cumplidos y congratulándose de la unión de las dos
casas, reveló el asunto a una audiencia no sólo estupefacta, sino también
incrédula, pues la señora Bennet, con más obstinación que cortesía, afirmó que
debía de estar completamente equivocado, y Lydia, siempre indiscreta y a
menudo mal educada, exclamó alborotadamente:
––¡Santo Dios! ¿Qué está usted diciendo, sir William? ¿No sabe que el
señor Collins quiere casarse con Elizabeth?
Sólo la condescendencia de un cortesano podía haber soportado, sin
enfurecerse, aquel comportamiento; pero la buena educación de sir William
estaba por encima de todo. Rogó que le permitieran garantizar la verdad de lo
que decía, pero escuchó todas aquellas impertinencias con la más absoluta
corrección.
Elizabeth se sintió obligada a ayudarle a salir de tan enojosa situación, y
confirmó sus palabras, revelando lo que ella sabía por la propia Charlotte.
Trató de poner fin a las exclamaciones de su madre y de sus hermanas
felicitando calurosamente a sir William, en lo que pronto fue secundada por
Jane, y comentando la felicidad que se podía esperar del acontecimiento, dado
el excelente carácter del señor Collins y la conveniente distancia de Hunsford
a Londres.
La señora Bennet estaba ciertamente demasiado sobrecogida para hablar
mucho mientras sir William permaneció en la casa; pero, en cuanto se fue, se
desahogó rápidamente. Primero, insistía en no creer ni una palabra; segundo,
estaba segura de que a Collins lo habían engañado; tercero, confiaba en que
nunca serían felices juntos; y cuarto, la boda no se llevaría a cabo. Sin
embargo, de todo ello se desprendían claramente dos cosas: que Elizabeth era
la verdadera causa de toda la desgracia, y que ella, la señora Bennet, había
sido tratada de un modo bárbaro por todos. El resto del día lo pasó
despotricando, y no hubo nada que pudiese consolarla o calmarla. Tuvo que
pasar una semana antes de que pudiese ver a Elizabeth sin reprenderla; un
mes, antes de que dirigiera la palabra a sir William o a lady Lucas sin ser
grosera; y mucho, antes de que perdonara a Charlotte.
El estado de ánimo del señor Bennet ante la noticia era más tranquilo; es
más, hasta se alegró, porque de este modo podía comprobar, según dijo, que
Charlotte Lucas, a quien nunca tuvo por muy lista, era tan tonta como su
mujer, y mucho más que su hija.
Jane confesó que se había llevado una sorpresa; pero habló menos de su
asombro que de sus sinceros deseos de que ambos fuesen felices, ni siquiera
Elizabeth logró hacerle ver que semejante felicidad era improbable. Catherine
y Lydia estaban muy lejos de envidiar a la señorita Lucas, pues Collins no era
más que un clérigo y el suceso no tenía para ellas más interés que el de poder
difundirlo por Meryton.
Lady Lucas no podía resistir la dicha de poder desquitarse con la señora
Bennet manifestándole el consuelo que le suponía tener una hija casada; iba a
Longbourn con más frecuencia que de costumbre para contar lo feliz que era,
aunque las poco afables miradas y los comentarios mal intencionados de la
señora Bennet podrían haber acabado con toda aquella felicidad.
Entre Elizabeth y Charlotte había una barrera que les hacía guardar silencio
sobre el tema, y Elizabeth tenía la impresión de que ya no volvería a existir
verdadera confianza entre ellas. La decepción que se había llevado de
Charlotte le hizo volverse hacia su hermana con más cariño y admiración que
nunca, su rectitud y su delicadeza le garantizaban que su opinión sobre ella
nunca cambiaría, y cuya felicidad cada día la tenía más preocupada, pues hacía
ya una semana que Bingley se había marchado y nada se sabía de su regreso.
Jane contestó en seguida la carta de Caroline Bingley, y calculaba los días
que podía tardar en recibir la respuesta. La prometida carta de Collins llegó el
martes, dirigida al padre y escrita con toda la solemnidad de agradecimiento
que sólo un año de vivir con la familia podía haber justificado. Después de
disculparse al principio, procedía a informarle, con mucha grandilocuencia, de
su felicidad por haber obtenido el afecto de su encantadora vecina la señorita
Lucas, y expresaba luego que sólo con la intención de gozar de su compañía se
había sentido tan dispuesto a acceder a sus amables deseos de volverse a ver
en Longbourn, adonde esperaba regresar del lunes en quince días; pues lady
Catherine, agregaba, aprobaba tan cordialmente su boda, que deseaba se
celebrase cuanto antes, cosa que confiaba sería un argumento irrebatible para
que su querida Charlotte fijase el día en que habría de hacerle el más feliz de
los hombres.
La vuelta de Collins a Hertfordshire ya no era motivo de satisfacción para
la señora Bennet. Al contrario, lo deploraba más que su marido: «Era muy raro
que Collins viniese a Longbourn en vez de ir a casa de los Lucas; resultaba
muy inconveniente y extremadamente embarazoso. Odiaba tener visitas dado
su mal estado de salud, y los novios eran los seres más insoportables del
mundo.» Éstos eran los continuos murmullos de la señora Bennet, que sólo
cesaban ante una angustia aún mayor: la larga ausencia del señor Bingley.
Ni Jane ni Elizabeth estaban tranquilas con este tema. Los días pasaban sin
que tuviese más noticia que la que pronto se extendió por Meryton: que los
Bingley no volverían en todo el invierno. La señora Bennet estaba indignada y
no cesaba de desmentirlo, asegurando que era la falsedad más atroz que oír se
puede.
Incluso Elizabeth comenzó a temer, no que Bingley hubiese olvidado a
Jane, sino que sus hermanas pudiesen conseguir apartarlo de ella. A pesar de
no querer admitir una idea tan desastrosa para la felicidad de Jane y tan
indigna de la firmeza de su enamorado, Elizabeth no podía evitar que con
frecuencia se le pasase por la mente. Temía que el esfuerzo conjunto de sus
desalmadas hermanas y de su influyente amigo, unido a los atractivos de la
señorita Darcy y a los placeres de Londres, podían suponer demasiadas cosas a
la vez en contra del cariño de Bingley.
En cuanto a Jane, la ansiedad que esta duda le causaba era, como es
natural, más penosa que la de Elizabeth; pero sintiese lo que sintiese, quería
disimularlo, y por esto entre ella y su hermana nunca se aludía a aquel asunto.
A su madre, sin embargo, no la contenía igual delicadeza y no pasaba una hora
sin que hablase de Bingley, expresando su impaciencia por su llegada o
pretendiendo que Jane confesase que, si no volvía, la habrían tratado de la
manera más indecorosa. Se necesitaba toda la suavidad de Jane para aguantar
estos ataques con tolerable tranquilidad.
Collins volvió puntualmente del lunes en quince días; el recibimiento que
se le hizo en Longbourn no fue tan cordial como el de la primera vez. Pero el
hombre era demasiado feliz para que nada le hiciese mella, y por suerte para
todos, estaba tan ocupado en su cortejo que se veían libres de su compañía
mucho tiempo. La mayor parte del día se lo pasaba en casa de los Lucas, y a
veces volvía a Longbourn sólo con el tiempo justo de excusar su ausencia
antes de que la familia se acostase.
La señora Bennet se encontraba realmente en un estado lamentable. La
sola mención de algo concerniente a la boda le producía un ataque de mal
humor, y dondequiera que fuese podía tener por seguro que oiría hablar de
dicho acontecimiento. El ver a la señorita Lucas la descomponía. La miraba
con horror y celos al imaginarla su sucesora en aquella casa. Siempre que
Charlotte venía a verlos, la señora Bennet llegaba a la conclusión de que
estaba anticipando la hora de la toma de posesión, y todas las veces que le
comentaba algo en voz baja a Collins, estaba convencida de que hablaban de
la herencia de Longbourn y planeaban echarla a ella y a sus hijas en cuanto el
señor Bennet pasase a mejor vida. Se quejaba de ello amargamente a su
marido.
––La verdad, señor Bennet ––le decía––
, es muy duro pensar que Charlotte
Lucas será un día la dueña de esta casa, y que yo me veré obligada a cederle el
sitio y a vivir viéndola en mi lugar.
––Querida, no pienses en cosas tristes. Tengamos esperanzas en cosas
mejores. Animémonos con la idea de que puedo sobrevivirte.
No era muy consolador, que digamos, para la señora Bennet; sin embargó,
en vez de contestar, continuó:
––No puedo soportar el pensar que lleguen a ser dueños de toda esta
propiedad. Si no fuera por el legado, me traería sin cuidado.
––¿Qué es lo que te traería sin cuidado? ––Me traería sin cuidado
absolutamente todo.
––Demos gracias, entonces, de que te salven de semejante estado de
insensibilidad.
––Nunca podré dar gracias por nada que se refiera al legado. No entenderé
jamás que alguien pueda tener la conciencia tranquila desheredando a sus
propias hijas. Y para colmo, ¡que el heredero tenga que ser el señor Collins!
¿Por qué él, y no cualquier otro?
––Lo dejo a tu propia consideración.
CAPÍTULO XXIV
La carta de la señorita Bingley llegó, y puso fin a todas las dudas. La
primera frase ya comunicaba que todos se habían establecido en Londres para
pasar el invierno, y al final expresaba el pesar del hermano por no haber tenido
tiempo, antes de abandonar el campo, de pasar a presentar sus respetos a sus
amigos de Hertfordshire.
No había esperanza, se había desvanecido por completo. Jane siguió
leyendo, pero encontró pocas cosas, aparte de las expresiones de afecto de su
autora, que pudieran servirle de alivio. El resto de la carta estaba casi por
entero dedicado a elogiar a la señorita Darcy. Insistía de nuevo sobre sus
múltiples atractivos, y Caroline presumía muy contenta de su creciente
intimidad con ella, aventurándose a predecir el cumplimiento de los deseos
que ya manifestaba en la primera carta. También 1e contaba con regocijo que
su hermano era íntimo de la familia Darcy, y mencionaba con entusiasmo
ciertos planes de este último, relativos al nuevo mobiliario.
Elizabeth, a quien Jane comunicó en seguida lo más importante de aquellas
noticias, la escuchó en silencio y muy indignada. Su corazón fluctuaba entre la
preocupación por su hermana y el odio a todos los demás. No daba crédito a la
afirmación de Caroline de que su hermano estaba interesado por la señorita
Darcy. No dudaba, como no lo había dudado jamás, que Bingley estaba
enamorado de Jane; pero Elizabeth, que siempre le tuvo tanta simpatía, no
pudo pensar sin rabia, e incluso sin desprecio, en aquella debilidad de carácter
y en su falta de decisión, que le hacían esclavo de sus intrigantes amigos y le
arrastraban a sacrificar su propia felicidad al capricho de los deseos de
aquellos. Si no sacrificase más que su felicidad, podría jugar con ella como se
le antojase; pero se trataba también de la felicidad de Jane, y pensaba que él
debería tenerlo en cuenta. En fin, era una de esas cosas con las que es inútil
romperse la cabeza.
Elizabeth no podía pensar en otra cosa; y tanto si el interés de Bingley
había muerto realmente, como si había sido obstaculizado por la intromisión
de sus amigos; tanto si Bingley sabía del afecto de Jane, como si le había
pasado inadvertido; en cualquiera de los casos, y aunque la opinión de
Elizabeth sobre Bingley pudiese variar según las diferencias, la situación de
Jane seguía siendo la misma y su paz se había perturbado.
Un día o dos transcurrieron antes de que Jane tuviese el valor de confesar
sus sentimientos a su hermana; pero, al fin, en un momento en que la señora
Bennet las dejó solas después de haberse irritado más que de costumbre con el
tema de Netherfield y su dueño, la joven no lo pudo resistir y exclamó:
––¡Si mi querida madre tuviese más dominio de sí misma! No puede
hacerse idea de lo que me duelen sus continuos comentarios sobre el señor
Bingley. Pero no me pondré triste. No puede durar mucho. Lo olvidaré y todos
volveremos a ser como antes.
Elizabeth, solícita e incrédula, miró a su hermana, pero no dijo nada.
––¿Lo dudas? ––preguntó Jane ligeramente ruborizada––
. No tienes
motivos. Le recordaré siempre como el mejor hombre que he conocido, eso es
todo. Nada tengo que esperar ni que temer, y nada tengo que reprocharle.
Gracias a Dios, no me queda esa pena. Así es que dentro de poco tiempo,
estaré mucho mejor.
Con voz más fuerte añadió después:
––Tengo el consuelo de pensar que no ha sido más que un error de la
imaginación por mi parte y que no ha perjudicado a nadie más que a mí
misma.
––¡Querida Jane! ––exclamó Elizabeth––
. Eres demasiado buena. Tu
dulzura y tu desinterés son verdaderamente angelicales. No sé qué decirte. Me
siento como si nunca te hubiese hecho justicia, o como si no te hubiese
querido todo lo que mereces

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