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La posición jurídica del defensor penal".20-2-2018
La posición jurídica del defensor en el proceso
penal es un tema que está estrechamente conectado con
el la necesidad del mismo en el proceso penal. El
defensor no solo es necesario formal y sustancialmente,
la cuestión es ahora establecer qué rol ha de
desempeñar en la administración de justicia. En otras
palabras, determinaremos aquí qué puede esperarse del
defensor en el proceso penal.
En doctrina y jurisprudencia alemana se ha
sostenido la denominada "teoría del órgano". Desde
este punto de vista, el defensor vendría a ser una
especie de órgano independiente de la administración
de justicia, no un representante de los intereses del procesado. El defensor lo que haría
simplemente es brindarle asistencia, pero su deber más importante es colaborar con la
administración de justicia. En otras palabras, de acuerdo con esta tesis, la posición jurídica
del defensor vendría a ser similar a la del juez y la del Ministerio Publico, ya que tendría
como deber colaborar con el logro de la finalidad del proceso penal, es decir, la búsqueda
de la verdad por las vías legales y la justicia en la aplicación del Derecho.
A esta tesis se le ha opuesto la llamada "teoría de los intereses", de acuerdo con la cual
la función del defensor es la de brindar ayuda al imputado en la defensa de sus intereses
individuales, de manera que el defensor no tendría ningún deber para con la administración
de justicia. La defensa vendría a ser como una especie de cuestión privada del imputado, la
cual se regiria exclusivamente en virtud de sus intereses particulares.
A la "teoría del órgano" podría criticársele que la defensa en realidad no constituye
propiamente una institución u órgano oficial del Estado que colabore con la administración
de justicia, sino que trata de un instituto establecido fundamentalmente en protección del
ciudadano, el cual puede ser ejercido libremente por cualquier ciudadano. Si se considerara
un órgano del Estado tendría que ser en un órgano sui generis, no como el Ministerio
Público y los tribunales que son órganos oficiales. Es cierto que en nuestro ordenamiento
está contemplada la institución de la defensa pública, pero ella actuará solo de manera
excepcional, cuando el imputado no hubiere designado un defensor privado, ello para darle
cumplimiento a la exigencia constitucional de inviolabilidad de la defensa (numeral 1º
artículo 49 CR).
Del mismo modo, no puede aceptarse que el defensor deba tener la misma condición
de imparcialidad que ha de exigirse para el Ministerio Público y el Tribunal. El defensor no
está de tal modo obligado a la investigación de la verdad. No se trata de un órgano que esté
vinculado a las objetivos y directrices del poder punitivo estatal. El defensor ha de tener
una posición a favor exclusivamente del imputado. Sus actos y argumentaciones ha de
hacerlos en procura de su absolución, no del logro de la verdad. Como bien ha señalado
Gössel, "solo se puede adjudicar la obligación a la averiguación de la verdad relativo-
objetiva al poder estatal, y, en consecuencia, únicamente al ministerio fiscal y al tribunal;
esta obligación que compromete al poder público no afecta en modo alguno al defensor; y
ya por esto queda excluido en el proceso dialéctico de la averiguación de la verdad". La
labor del defensor se limitará a controlar que la averiguación de la verdad sea hecha con
respeto de las formalidades legales, y de que ella pueda desvirtuar la presunción de
inocencia, todo de manera de favorecer la situación del imputado.
Sin embargo, esto tampoco significa que el defensor no tenga deber alguno en relación
a la administración de justicia, es decir, que el defensor deba inclinarse a favor de los
intereses del imputado, no puede entenderse en el sentido de considerar legítimo que pueda
hacer cualquier cosa a su favor, al punto de sacrificar o enturbiar la justicia, como por
ejemplo, ocultando pruebas o preparando pruebas falsas. La defensa es una institución que
trasciende a la tutela de intereses meramente privados, solo que el defensor no tendrá que
asumir por ella una condición imparcial, sino que más bien estará obligado a ser parcial del
imputado, pero siempre de los límites impuestos por el Derecho.
Será de la conjunción entre defensa y acusación que el proceso penal podrá llegar a
cumplir su finalidad. Mientras por un lado estará la imparcialidad del Ministerio Público y
del Tribunal, por el otro estará el defensor razonando de manera exclusiva para el
imputado, pudiendo de esta manera llegarse a la solución justa, luego de la confrontación
de las diferentes tesis. La función del defensor no podrá ser ejercida por el Ministerio
Público ni por el Tribunal, ya que encontrándose obligado a tutelar los intereses de defensa
del imputado, tendrá un deber de parcialidad a su favor, la cual no podrán tener aquellos
órganos, sin por ello afectarse sensiblemente la labor que desempeñan. Si el defensor
tuviera que ser también imparcial se produciría de modo evidente un claro desbalance en
contra del imputado, además de que para cualquier despertaría sospechas de parcialidad, en
virtud de la relación que ha de tener con aquél para defenderlo.
En cuanto a la posición jurídica del defensor puede decirse más bien que se trata de
una función pública, pero no en el sentido de que le corresponda ser imparcial y administrar
justicia como el juez o la Fiscalía. El defensor ejerce una función pública porque es garante
de la presunción de inocencia al igual que de la legalidad del proceso. Dicho de otra
manera, el defensor velará porque para dictar una sentencia condenatoria, tenga primero
que haberse legítimamente desvirtuado la presunción de inocencia, es decir, que esté
comprobada por medio legales la culpabilidad del acusado más allá de cualquier duda
razonable. A esto deberá añadirse la tutela que debe ejercer para que durante la tramitación
de procedimiento se cumpla con todas y cada una de las formalidades procesales, sobre
todo las que están vinculadas a los derechos y garantías del imputado.
Debo recordar que la justicia no puede obtenerse en el proceso penal a cualquier
precio, sino que debe conseguirse con respeto de la legalidad, pues el defensor será garante
de que ello sea realmente así, de que no se trastoquen los límites que a favor del individuo
la Constitución y las leyes le establecen al poder punitivo del Estado. En suma, el defensor
es garante del respeto de la dignidad humana del ciudadano sometido a proceso penal.
Puede de este modo decirse con Roxin que el defensor es "un órgano de la administración
de justicia, al exclusivo servicio de los intereses del imputado admitidos legalmente".
Constituye un órgano de la administración de justicia en virtud de que no dependerá
enteramente de la voluntad del imputado. Independientemente de que este quiera o no que
le designen un defensor, el tribunal estará siempre obligado a dotarlo de uno, el cual estará
presente desde la primera de las actuaciones ejerciendo la defensa técnica. Incluso, durante
la investigación podrá solicitarle al Ministerio Público la práctica de diligencias para el
esclarecimiento de los hechos, incluso aunque el imputado estuviere en contra que se
practicaren las mismas (artículo 287 COPP). No obstante, el defensor no podrá realizar
determinados actos de defensa contra la voluntad del imputado, como por ejemplo la
interposición de recursos procesales (artículo 424 COPP).
En opinión de Roxin, entendiendo que el defensor constituye un órgano de la
administración de justicia cuya actuación estará dirigida exclusivamente a favor de los
intereses del imputado, podrá llegarse a las siguientes conclusiones:
1.- Aunque el defensor tenga una obligación de parcialidad a favor de los intereses del
imputado, ello no significa que pueda violar las normas del ordenamiento en procura de la
defensa de los mismos. Por tanto la función de defensor no eximirá de responsabilidad por
delitos que cometiere contra la administración de justicia, tales como encubrimiento,
soborno de testigos, fuga de detenidos, obstaculización a la justicia, etc. En tales hipótesis
por tanto no podrá aceptarse como eximente el ejercicio legítimo de una profesión (numeral
1º artículo 65 CP).
2.- El defensor no tiene derecho de mentir como tampoco lo tendrá el imputado. Para
Roxin "el imputado no tiene derecho a semejante privilegio; el privilegio de favorecimiento
personal (encubrimiento de sí mismo), concebido solo para su persona, que lo ayuda a que
no se le aplique una pena, reside en el plano de una exculpación excluyente de la
punibilidad (que en este caso conduce a la atipicidad), no en el plano de la justificación".
De lo contrario, explica este autor, al momento de tomarle declaración debería señalársele
sobre la posibilidad de mentir, lo cual hasta el momento nadie habría dicho. Por otra parte,
advierte también Roxin, que tampoco ninguna ha inferido "de la circunstancia de que el
imputado puede huir exento de castigo, la admisibilidad de la ayuda a la fuga por parte del
defensor". Por último, respecto al supuesto derecho de mentir del imputado y
consiguientemente de su defensor, señala Roxin "que el defensor pueda informar de forma
neutral al imputado sobre la no punibilidad de las negaciones contrarias a la verdad y que
no pueda revelar las eventuales mentiras de aquél. Pero esto resulta de sus deberes de
asesorar jurídicamente y de discreción, por tanto, de su relación con su mandante, y solo
indica las limitantes del deber de decir la verdad, no la inexistencia de tal deber".
3.- Como órgano de la administración de justicia a favor exclusivamente de los
intereses del imputado, el defensor solo estará obligado a realizar actos a favor de tales
intereses, por lo cual no tendrá deberes de imparcialidad u objetividad como el Ministerio
Público o el Tribunal. Pero como dije esto no significa que pueda por ello realizar atentados
contra la administración de justicia en cumplimiento de la función de defensor, de manera
que no podrá mentir libremente ni obstaculizar o entorpecer el procedimiento. Como
contrapartida a estos deberes no tendrá la obligación de declarar sobre las instrucciones o
explicaciones que recibiese del imputado (numeral 3º artículo 210 COPP). Dicho de otro
modo, el defensor no tiene derecho alguno a mentir, pero tampoco estará obligado a
declarar en virtud del secreto profesional.
4.- Para Roxin "el arte de la defensa consiste en armonizar; en el caso concreto, las
exigencias, a veces opuestas: el defensor debe abogar con los mejores medios a su alcance,
sin faltar nunca a la verdad o entorpecer pero, además, sin infringir su obligación de
guardar silencio". Por consiguiente, desde el punto de vista de Roxin, a pesar de que el
imputado le hubiere confesado al defensor su autoría respecto del delito imputado, este
podrá de todas maneras solicitar ligítimamente la absolución cuando las pruebas evacuadas
en juicio no fueren suficientes para condenar. Este incluso (considera Roxin) sería la
obligación del abogado defensor, el cual no podría informar de la confesión al Tribunal, al
menos sin el consentimiento del imputado, ya que de hacerlo cometería el delito de
revelación de secreto profesional (artículo 139 CP).
En virtud de todo lo anteriormente expuesto, cabe destacar la importancia que tiene el
defensor en el proceso penal, como órgano que controlará los actos del poder punitivo,
únicamente a favor del imputado, con el objeto de garantizar el respeto de las formalidades
propias del Estado de Derecho, además de la protección de la presunción de inocencia. En
virtud de esto se trata de un órgano independiente del poder estatal. No obstante, el
defensor tiene el deber de decir la verdad y no entorpecer el desenvolvimiento del proceso
en la búsqueda de la misma, pudiendo por ello cometer delitos contra la administración de
justicia, como encubrimiento, obstaculización a la justicia, etc. No obstante, esto tampoco
podrá entenderse como una obligación a tener que aportar mediante su declaracion pruebas
en contra del imputado o que tuviera en su poder.
Yván Figueroa Ortega
Bibliografía
Göessel, Karl Heinz. "La posición del defensor en el proceso penal de un Estado de
Derecho". En: Göessel, Karl Heins. El defensor en el proceso penal. Bogotá. Editorial
Temis. 1989. Traducido por R. Domínguez.
Roxin, Claus. Derecho procesal penal. Buenos Aires. Ediciones del Puerto. 2000.
Traducción de Gabriela E. Cördoba y Daniel R. Pastor.
"La necesidad del defensor en el proceso penal". 19-
2-2018
0.- Introducción.
Pareciera no poder ponerse en duda si es necesario o no un defensor en el proceso
penal. Todo pareciera indicar que si lo es desde el punto de vista formal, dado que se trata
de una garantía constitucional. Estas reflexiones tienen como objeto plantear la pregunta no
desde la perspectiva formal, sino desde el punto de vista sustancial o material. La cuestión
que podría debatirse, es la de si realmente se requiere un defensor en el proceso penal,
siendo que este se lleva a cabo con la intervención del Ministerio Público y del Juez,
órganos del Estado que tienen una posición jurídica de imparcialidad y de garantía de
protección de los derechos del imputado.
Esto cabe investigarlo, ya que cualquier podría afirmar que el defensor no es necesario,
existiendo aquellos órganos estatales que tienen como deber el velar por la correcta
administración de justicia.
1.- Concepto y función del defensor.
"Defensor" es el abogado que ejerce la defensa técnica del imputado en el proceso
penal. La defensa es la contrapartida de la potestad punitiva del Estado ejercida por el
Ministerio Público.
El defensor cumple una muy importante función en virtud de que garantiza el respeto
de la ley durante la tramitación del procedimiento, al igual que el acatamiento de la
presunción de inocencia. Por esto formalmente el defensor es necesario para darle
legitimación al proceso penal. Este no será el sentido en que trataré el tema aquí.
2.- La necesidad "formal" del defensor.
Aunque este no sea el tema principal, para despejar cualquier duda, a continuación haré
referencia la necesidad en sentido formal del defensor.
Empezaré por decir que el derecho a la defensa es un derecho fundamental inherente a
la condición de ser humano, el cual, al igual que la presunción de inocencia, el derecho al
juez natural, el ne bis in idem, etc., se encuentra establecido en diversos tratados y
convenios internacionales sobre derechos humanos suscritos por nuestro país. El derecho a
la defensa es por tanto un derivado del derecho a la dignidad de la persona humana. No
permitir a una persona que se defienda en el proceso es lo mismo que desconocerle su
condición de persona.
La figura del defensor es de este modo irrenunciable en un Estado de Derecho. No
podrá llevarse a cabo un proceso penal sin que el imputado esté dotado de un defensor.
Además, se trata de una exigencia de rango constitucional. En efecto, de acuerdo con el
numeral 1° del artículo 49 de la Constitución, dentro de las garantías del debido proceso se
señala que:
“La defensa y la asistencia jurídica son derechos
inviolables en todo estado y grado de la investigación y del
proceso”.
No existirá por tanto "debido proceso" sin que el imputado tenga un defensor que lo
asista desde el inicio del procedimiento. Este es precisamente el sentido del artículo 1º del
COPP, el cual dispone:
""Nadie podrá ser condenado sin un juicio previo, oral y
público, realizado sin dilaciones indebidas, sin formalismos
ni reposiciones inútiles, ante un juez o jueza, o tribunal
imparcial, conforme a las disposiciones de este Código y con
salvaguardia de todos los derechos y garantías del debido
proceso, consagrados en la Constitución de la República
Bolivariana de Venezuela, las leyes, los tratados, convenios y
acuerdos internacionales suscritos y ratificados por la
República".
De la lectura de este dispositivo puede deducirse perfectamente que a nadie podrá
imponérsele legítimamente una pena o una medida de seguridad de no haber estado dotada
de un defensor desde el principio del procedimiento, esto es, desde la fase de investigación.
No puede dársele importancia a la afirmación del legislador de acuerdo con la cual la
investigación no constituye proceso, ya que técnicamente si es así, y en todo caso, respecto
de la misma se establece igualmente en el citado numeral 1º del artículo 49 constitucional
que el derecho a la defensa es inviolable, de manera que el imputado deberá tener siempre
su defensor.
Este es también es justamente el sentido del numeral 3º del artículo 137 del COPP, en
el cual se incluye dentro de los derechos del imputado:
"Ser asistido o asistida, desde los actos iniciales de la
investigación, por un defensor o defensora que designe él o
ella, o sus parientes y, en su defecto, por un defensor o
defensora pública".
Asimismo, de acuerdo con el artículo 139 ejusdem:
"El imputado o imputada tiene derecho a nombrar un
abogado o abogada de su confianza como defensor o
defensora. Si no lo hace, el juez o jueza le designará un
defensor público o defensora pública desde el primer acto de
procedimiento o, perentoriamente, antes de prestar
declaración".
De esta manera el nombramiento de un defensor no es solamente un derecho del
imputado, sino una exigencia de legitimidad del proceso, por lo cual aunque este no quiera
tener un defensor, el Estado en cabeza del juez está jurídicamente a dotarlo de uno.
Pudiera ocurrir también que el imputado solicite defenderse por sí mismo. Sin
embargo, esto solo se permitirá de modo excepcional, cuando a juicio del tribunal, ello no
afecte el ejercicio de la defensa técnica. En tal sentido dice el mismo
Solo excepcionalmente podrá permitirse que el imputado se defienda por sí mismo. Sin
embargo, señala el mismo artículo 139:
"Si (el imputado) prefiere defenderse personalmente, el
juez o jueza lo permitirá solo cuando no perjudique la
eficacia de la defensa técnica".
Esto significa que no bastará con que el imputado quiera o pueda defenderse a sí
mismo, sino que ha de poder hacerlo en las mismas condiciones que desempeñarán sus
actuaciones el Ministerio Público o el querellante o acusador privado si los hubiere. No es
lo mismo que una persona que desconoce el Derecho se trate de defender durante el
procedimiento, que lo haga un abogado que conozca o deba conocer las instituciones y
categorías jurídicas del derecho penal y del derecho procesal penal. De no ser así, no estaría
en iguales condiciones de las otras partes, ya que estas estarían ejercidas o representadas
por abogados.
Incluso, si fuere el caso que el imputado tuviere la condición de abogado, de manera
que pudiera defenderse técnicamente de la misma forma que el Ministerio Público y la
acusación privada, a los fines de admitir que se defienda por su cuenta, deberá tomarse
también en consideración otras circunstancias que pudieran perjudicar la efectividad de la
defensa, como por ejemplo, si se encuentra sometido a una medida privativa de libertad o a
una medida sustitutiva que le impida realizar determinados actos, como examinar las
actuaciones, introducir solicitudes ante el Tribunal o el Ministerio Público, recurrir de las
decisiones que le desfavorezcan, etc.
3.- La necesidad "material" del defensor.
Una primera conclusión a la que podemos llegar aquí, es que formalmente en un Estado
de derecho es necesario que el imputado tenga un defensor. Será nulo de nulidad absoluta
un procedimiento penal llevado cabo sin el debido respeto del derecho a la defensa, el cual
desde el punto de vista técnico será ejercido por el abogado defensor.
No obstante, cuando he dicho anteriormente, al hablar aquí de la "necesidad" del
defensor, no me estoy refiriendo a su necesidad en sentido formal, ya que la misma es más
que evidente en nuestro ordenamiento, en el cual, tanto la Constitución como el COPP
establecen como requisito indispensable del debido proceso, la inviolabilidad del derecho a
la defensa durante la totalidad del procedimiento, lo que comporta inevitablemente la
exigencia de un defensor. Esto puede leerse claramente en el numeral 3º del artículo 126
del COPP, relativo a los derechos del imputado, en el que se señala que este tiene derecho
a:
"Ser asistido o asistida, desde los actos iniciales de la
investigación, por un defensor o defensora que designe él o ella,
o sus parientes y, en su defecto, por un defensor público o
defensora pública".
Este derecho del imputado es solo una derivación de las garantías inherentes al debido
proceso señaladas en el artículo 49 de la Constitución, en el cual se señala en su numeral 1º,
que en virtud del deber de respetarse el debido proceso:
"La defensa y la asistencia jurídica son derechos inviolables en
todo estado y grado de la investigación y del proceso. Toda
persona tiene derecho a ser notificada de los cargos por los
cuales se le investiga, de acceder a las pruebas y de disponer del
tiempo y de los medios adecuados para ejercer su defensa".
En fin, desde el punto de vista formal, la necesidad del defensor ha de verse como una
exigencia del Estado de Derecho, por lo cual es inconcebible que el proceso pueda llevarse
a cabo sin un defensor, so pena en caso contrario de la nulidad de las actuaciones (artículo
175 COPP).
La cuestión de la necesidad del defensor será planteada entonces en otro sentido, como
igualmente señalé, no desde el punto de vista meramente formal, sino desde una
perspectiva sustancial o material. De esta manera, la cuestión será si en realidad se requiere
un defensor en el proceso penal, esto es, si más allá de las exigencias constitucionales y
legales se necesita de verdad que un abogado ejerza la defensa del imputado durante el
procedimiento, o si más bien bastaría con la intervención del Ministerio Público y del juez,
como órganos imparciales y garantes de la Constitución y las leyes. Por tanto, como
advertí, no se trata de una cuestión formal, ya que se sabe que es una exigencia de rango
constitucional, sino de si en realidad la ley debería contemplar la exigencia de un
defensor para legitimar el procedimiento penal.
La interrogante será entonces si debe requerirse en los textos legales un defensor que
asista al imputado, siendo que están previstos otros sujetos procesales (el Ministerio
Público y el juez) que tienen entre sus funciones básicas la protección y defensa de la
Constitución y de las leyes, y, por tanto, de los derechos fundamentales del imputado. Por
esta vía podría entonces considerarse necesaria la existencia de un defensor, ya que la
defensa la ejercerían también aquellos órganos al llevar a cabo sus funciones en el
procedimiento penal.
Dicho con otras palabras, cabría preguntarse para qué se necesita un defensor, si en el
proceso penal el Tribunal y la Fiscalía estarán obligados a encontrar la verdad material, es
decir, la verdad real de lo sucedido, de manera que indagarán no de oficio no solo lo que
podría desfavorecer al imputado sino también lo que podría servir para su descargo. Siendo
de esta manera, efectivamente alguno podrá pensar que la defensa no resultará necesaria
para la consecución de la finalidad del proceso, pudiendo ser más bien como una especie de
obstáculo o impedimento en la búsqueda de la verdad.
La respuesta que ha de dársele obligatoriamente a la pregunta sobre la necesidad del
defensor, es que a pesar de la imparcialidad del juez y del Ministerio Público, de que estos
órganos estuvieren obligados a garantizar los derechos del imputado, recabando no solo
pruebas o elementos que lo inculpen, sino también que puedan favorecerlo, la existencia de
un defensor es absolutamente necesaria, no por motivos meramente formales, sino por
razones materiales de justicia. Por más molesto o fastidioso que pudiera serles a aquellos
sujetos procesales durante el procedimiento, será indispensable un defensor para que diga
lo que no pudieren o no quisieren darse cuenta los jueces o fiscales, para que critíque la
forma en que han llevado a cabo el procedimiento, y sobre todo para que pidan a favor
del imputado durante el proceso.
Es por esto que, como bien dice Roxin, la necesidad del defensor ha de siempre
proclamarse. Es muy factible -dice Roxin- que el Ministerio Público o el Tribunal por
descuido, falta de diligencia o por error, no se dieran cuenta de todas las circunstancias que
favorecen al reo, es decir, podrían no darse cuenta de todos aquellos elementos que
conducirían a una sentencia absolutoria o a una atenuación de la responsabilidad. Podría
incluso ser que dieren por probadas tales circunstancias o elementos favorables para el
imputado, pero terminaren no dándoles el significado jurídico o probatorio que les
corresponde. A esto puede añadirse que hicieren caso omiso a la violación de formalidades
procesales establecidas a favor del imputado, en desmedro de sus derechos y garantías
individuales. El hecho es que debe haber alquien que se ocupe de esto, realizando las
denuncias o ejerciendo los recursos judiciales correspondientes para revertir las decisiones
o actos procesales que perjudiquen la condición del imputado, mucho más cuando se trata
de sus derechos fundamentales.
Para lograr el equilibrio se requiere la figura del defensor. Ni el juez ni el fiscal pueden
cumplir su función. No puede esperarse de ellos un razonamiento exclusivamente
parcializado a favor del imputado, de manera que pueda confrontarse con el propio
razonamiento de la Fiscalía o del juez, Nadie puede examinar de manera amplia un asunto
cuando le corresponde hacer todos los razonamientos posibles, pudiendo sobre todo dejarse
cabos sueltos, que pudieran perjudicar la situación del imputado.
Ha destacado en este sentido Roxin que "el defensor debe controlar la justicia orientada
hacia una realización rápida del procedimiento y al descubrimiento de la verdad material y
provocar que los resultados hallados sean puestos en duda una y otra vez hasta la inclusión
de todos los puntos de vista". La defensa garantiza entonces el derecho fundamental a la
presunción de inocencia. La culpabilidad del imputado tiene que construirse a través del
proceso, desvirtuándose la presunción de inocencia, pero para que ello pueda ocurrir, no
bastará con el criterio de la Fiscalía y del Tribunal, por más buena voluntad que pudieran
tener, sino que tendrán que también examinarse los puntos de vista de la defensa, es decir,
un órgano exclusivamente volcado a favor del imputado. Solo de esta forma es que podría
tenerse una visión lo suficientemente amplia del asunto planteado, teniendo en cuenta no
solo lo que desfavorece, sino también lo que favorece al imputado.
Debemos tener en cuenta que los fiscales y jueces son personas, son seres humanos que
como cualquiera pueden equivocarse o hasta prejuiciarse en contra del imputado, mucho
más cuando el Ministerio Público y el Tribunal examinarán respectivamente los elementos
de convicción y las pruebas durante el juicio. Por ello la necesidad de un defensor para
advertirles sus posibles errores o descuidos, para hacerles tener en cuenta las dudas que
podrían existir en relación a la culpabilidad del imputado, limitando de esta forma las
posibilidades de un error judicial. En otras palabras, una legítima administración de justicia
requerirá necesariamente la intervención de un defensor como medio para evita o reducir
las posibilidades de que el juez condene a un inocente.
Además, como también lo advierte Roxin, en la mayoría de los casos el imputado no
está en condiciones de defenderse en plenitud de condiciones en el proceso, en virtud de
carecer de las condiciones intelectuales y profesionales para satisfacer las exigencias de la
defensa. Siendo de este modo, se requerirá más imperiosamente que exista alguien que
ejerza su defensa. Además, aunque el imputado fuera el mejor de los abogados, ello no
garantizaría que pueda ejercer en forma adecuada su defensa, lo cual dependerá de diversos
factores, como la situación personal en que se encuentre durante el procedimiento, ya que
en caso de que estuviere detenido o sometido a medidas sustitutivas a la privación de la
libertad, ello probablemente le imposibilitará o al menos tendrá grandes obstáculos
para ejercitar con plenitud su defensa.
En conclusión, está plenamente justificada la necesidad de defensa técnica tanto
constitucionalmente, como garantía del Estado de Derecho derivada del derecho a la
dignidad de las personas, al igual que lógicamente, como requerimiento indispensable para
una correcta administración de justicia. La institución de la defensa es de este modo un
importante medio para evitar errores judiciales. Así, si el fiscal o el juez están equivocados,
el imputado podrá aún confiar en su defensor, para que haga valer sus derechos,
garantizando no solo el respeto de la legalidad formal del procedimiento, sino
fundamentalmente su derecho básico a la presunción de inocencia.
Yván Figueroa Ortega.
Bibliografía
Göessel, Karl Heinz. "La posición del defensor en el proceso penal de un Estado de
Derecho". En: Göessel, Karl Heins. El defensor en el proceso penal. Bogotá. Editorial
Temis. 1989. Traducido por R. Domínguez.
Roxin, Claus. Derecho procesal penal. Buenos Aires. Ediciones del Puerto. 2000.
Traducción de Gabriela E. Cördoba y Daniel R. Pastor.