El Eco de la Lluvia
En un pueblo donde el tiempo parecía haberse detenido, las casas estaban cubiertas por una niebla
perpetua que nunca se disipaba, como si el sol hubiera olvidado su deber de brillar. La gente, casi tan gris
como el cielo, vivía una rutina tranquila, pero una peculiaridad envolvía sus días: la lluvia nunca dejaba
de caer. No llovía con la fuerza de una tormenta, sino con la suavidad de un susurro. Cada gota parecía
llevar consigo un secreto, un eco lejano de algo que no se podía recordar.
Sofía, la joven librera, era la única en el pueblo que parecía notar algo extraño. Cada vez que la lluvia
tocaba su rostro, sentía una leve presión, como si una memoria olvidada intentara hacerse presente,
pero sin lograrlo. Intrigada, un día decidió seguir el rastro de la lluvia, a la que había comenzado a llamar
"el susurro". Con cada paso, las gotas parecían acercarse a sus oídos, como si las palabras estuvieran a
punto de ser dichas.
Llegó al borde del pueblo, donde el sendero que llevaba al bosque se perdía entre árboles retorcidos y
sombras inquietas. Allí, en el rincón más oscuro, encontró una puerta oculta entre las raíces de un árbol.
La puerta era pequeña, de madera envejecida, y tenía un espejo en su centro. Sofía, sin pensarlo
demasiado, la abrió.
Dentro, el aire era diferente. Todo parecía estar suspendido en una calma absoluta. El espacio, aunque
pequeño, parecía extenderse infinitamente. A lo lejos, vio una figura que la observaba. Era una mujer, su
rostro cubierto por una capa de lluvia que caía sin cesar.
—¿Quién eres? —preguntó Sofía, temblando.
La figura no respondió, pero se adelantó lentamente, como si la lluvia misma fuera su lenguaje. Sofía, sin
poder evitarlo, dio un paso hacia ella.
Entonces, un eco, suave y distante, como una melodía rota, comenzó a llenar el aire. La mujer levantó
una mano, y en un instante, las gotas que caían sobre Sofía se disolvieron en el aire, dejando solo una
ligera brisa. En su rostro apareció una sonrisa triste.
—Este es el principio, no el final —susurró la mujer.
Antes de que Sofía pudiera preguntar más, la figura desapareció, y la puerta se cerró de golpe, dejándola
sola en la niebla. La lluvia había cesado, pero en el aire flotaba una nueva sensación, como si algo muy
profundo estuviera por revelarse.
Sofía regresó al pueblo, con la sensación de que ya nada volvería a ser igual. Las personas la miraron,
pero no reconocieron el cambio en su mirada. La lluvia había dejado de ser un eco distante; ahora era su
propio susurro, como un secreto compartido con el tiempo.