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Manifiesto del Partido Comunista: Clases Sociales

El 'Manifiesto del Partido Comunista' de Marx y Engels expone la lucha de clases como el motor de la historia, destacando la oposición entre burgueses y proletarios en la sociedad moderna. La burguesía, surgida de la descomposición del feudalismo, ha revolucionado los modos de producción y ha creado un mercado mundial, pero también ha generado condiciones que llevan a su propia crisis y al surgimiento del proletariado. El manifiesto llama a los comunistas a unirse y presentar sus objetivos ante el mundo, en un contexto de creciente antagonismo entre las clases sociales.

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Manifiesto del Partido Comunista: Clases Sociales

El 'Manifiesto del Partido Comunista' de Marx y Engels expone la lucha de clases como el motor de la historia, destacando la oposición entre burgueses y proletarios en la sociedad moderna. La burguesía, surgida de la descomposición del feudalismo, ha revolucionado los modos de producción y ha creado un mercado mundial, pero también ha generado condiciones que llevan a su propia crisis y al surgimiento del proletariado. El manifiesto llama a los comunistas a unirse y presentar sus objetivos ante el mundo, en un contexto de creciente antagonismo entre las clases sociales.

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Grandes Corrientes del Pensamiento Occidental


Facultad de Derecho-Pontificia Universidad Católica de Chile
Alejandro San Francisco
Documento 1
Lunes 8 de agosto de 2022

MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA

KARL MARX – F. ENGELS

Un fantasma recorre Europa: es el fantasma del comunismo. Todas las potencias de la vieja Europa
se han aliado es una sacrosanta cacería de este fantasma: el papa y el zar, Metternich y Guizot, los
radicales franceses y los policías alemanes.
¿Dónde está el partido opositor al cual sus adversarios en el gobierno no hayan tildado de
comunista? ¿Dónde está el partido opositor que no haya lanzado de retorno la estigmatizadora
acusación de comunismo tanto a los opositores más avanzados como a sus enemigos reaccionarios?
De este hecho surgen dos cosas.
Todas las potencias europeas reconocen ya al comunismo como una potencia.
Ya es tiempo de que los comunistas expongan abiertamente ante todo el mundo su enfoque, sus
objetivos, sus tendencias, oponiendo a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto de su
propio partido.
Con esa finalidad se han reunido en Londres los comunistas de las más diversas nacionalidades y
han esbozado el siguiente Manifiesto, que se publica en inglés, francés, alemán, italiano, flamenco y
danés.

BURGUESES Y PROLETARIOS

La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de luchas de clases.
Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en suma,
opresores y oprimidos siempre estuvieron opuestos entre sí, librando una lucha ininterrumpida, ora
oculta, ora desembozada, una lucha que en todos los casos concluyó con una transformación
revolucionaria de toda la sociedad o con la destrucción de las clases beligerantes.
En las épocas anteriores de la historia hallamos casi por doquier una total división de la sociedad
en diversas clases, un múltiple escalonamiento de las posiciones sociales. En la antigua Roma
tenemos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en el Medioevo tenemos señores feudales,
vasallos, maestros, oficiales, siervos y, por añadidura, en casi cada una de estas clases hay, a su vez,
gradaciones particulares.
La sociedad burguesa moderna surgida del ocaso de la sociedad feudal no ha abolido los
antagonismos de clase. Sólo ha sustituido las antiguas clases, condiciones de la opresión y formas de
la lucha por otras nuevas.
Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue empero, por el hecho de haber simplificado
los antagonismos de clase. Toda la sociedad se divide cada vez más en dos grandes bandos hostiles,
en dos grandes clases, que se enfrentan directamente entre sí: la burguesía y el proletariado.
De los siervos de la Edad Media surgieron los villanos de las primeras ciudades; a partir de esta
clase urbana se desarrollaron los primeros elementos de la burguesía.
El descubrimiento de América, la circunnavegación del África crearon nuevos terrenos para la
burguesía en ascenso. Los mercados de las Indias Orientales y de la China, la colonización de
América, el intercambio con las colonias, la incrementación de los medios de cambio y de las
mercancías en general proporcionaron al comercio, a la navegación y a la industria un auge jamás
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conocido, y con ello una rápida evolución al elemento revolucionario dentro de la sociedad feudal en
desintegración.
La explotación feudal o gremial de la industria, imperante hasta entonces, ya no bastaba para
satisfacer las necesidades crecientes con los nuevos mercados. Su lugar fue ocupado por la
manufactura. Los maestros de los gremios fueron desplazados por la clase media industrial; la
división del trabajo entre las diversas corporaciones desapareció ante la división del trabajo dentro
del propio taller individual.
Pero los mercados crecían constantemente, la demanda aumentaba de continuo. Tampoco la
manufactura resultaba ya suficiente. Entonces, el vapor y la maquinaria revolucionaron la producción
industrial. El lugar de la manufactura fue ocupado por la gran industria moderna y el de la clase
media industrial por los millonarios industriales, los jefes de ejércitos industriales enteros, los
burgueses modernos.
La gran industria ha instaurado el mercado mundial preparado por el descubrimiento de América.
El mercado mundial ha dado origen a un desarrollo inconmensurable del comercio, este desarrollo ha
repercutido sobre la expansión de la industria, y en la misma medida en que se expandían la
industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se desarrolló la burguesía, incrementó sus
capitales y relegó a un plano secundario a todas las clases heredadas de la Edad Media.
Vemos, pues, que la propia burguesía moderna es producto de un prolongado curso evolutivo, de
una serie de revoluciones en, los modos de producción y tráfico.
Cada una de estas etapas evolutivas de la burguesía estuvo acompañada por un correspondiente
progreso político. Clase oprimida bajo la dominación de los señores feudales; asociación armada y
autogobernada en la comuna; en algunas partes república urbana independiente, en otras tercer
estado tributario de la monarquía, luego, en tiempos de la manufactura, contrapeso de la nobleza en
la monarquía feudal o en al absoluta, base fundamental de las grandes monarquías en general, desde
la instauración de la gran industria y del mercado mundial conquistó finalmente la hegemonía
política exclusiva en el moderno estado representativo. El poder estatal moderno es solamente una
comisión administradora de los negocios comunes de toda la clase burguesa
La burguesía ha desempeñado un papel extremadamente revolucionario en la historia.
Dondequiera que llegó al poder, la burguesía destruyó todas las condiciones feudales, patriarcales,
idílicas. Ha desgarrado despiadadamente todos los abigarrados lazos feudales que ligaban a los
hombres a sus superiores naturales, no dejando en pie, entre hombre y hombre, ningún otro vínculo
que el interés desnudo, que el insensible “pago al contado”. Ahogó el sagrado paroxismo del
idealismo religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeñoburgués, en las gélidas
aguas del cálculo egoísta. Ha reducido la dignidad personal al valor de cambio, situando, en lugar de
las incontables libertades estatuidas y bien conquistadas, una única desalmada libertad de comercio.
En una palabra, ha sustituido la explotación disfrazada con ilusiones religiosas y políticas por la
explotación franca, descarada, directa y escueta.
La burguesía ha despojado de su aureola a todas las actividades que hasta el presente eran
venerables y se contemplaban con piadoso respeto. Ha convertido en sus obreros asalariados al
médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia.
La burguesía ha arrancado a las relaciones familiares su velo emotivamente sentimental,
reduciéndolas a meras relaciones dinerarias.
La burguesía ha desvelado que la brutal manifestación de fuerza que tanto admira la reacción en
el Medioevo tenía su complemento apropiado en la más indolente holgazanería. Sólo ella ha
demostrado qué puede producir la actividad de los hombres. Ha llevado a cabo obras maravillas
totalmente diferentes a las pirámides egipcias, los acueductos romanos y las catedrales góticas, ha
realizado campañas completamente distintas de las migraciones de pueblos y de las cruzadas.
La burguesía no puede existir sin revolucionar permanentemente los instrumentos de producción,
vale decir las relaciones de producción y, por ende, todas las relaciones sociales. En cambio, la
conservación inalterada del antiguo modo de producción era la condición primordial de la existencia
de todas las clases industriales anteriores. El continuo trastocamiento de la producción, la conmoción
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interrumpida de todas las situaciones sociales, la eterna inseguridad y movilidad distingue la época
burguesa de todas las demás. Todas las relaciones firmes y enmohecidas, con su secuela de ideas y
conceptos venerados desde antiguo, se disuelven, todos los de formación reciente envejecen antes de
poder osificarse. Todo lo estamental y estable se evapora, todo lo consagrado se desacraliza, y los
hombres se ven finalmente obligados a contemplar con ojos desapasionados su posición frente a la
vida, sus relaciones mutuas.
La necesidad de una venta cada vez más expandida de sus productos lanza a la burguesía a través
de todo el orbe. Ésta debe establecerse, instalarse y entablar vinculaciones por doquier.
En virtud de su explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado una conformación
cosmopolita a la producción y al consumo. Con gran pesar de los reaccionarios, ha sustraído el
terreno de sustentación nacional bajo los pies de la industria. Las antiquísimas industrias nacionales
han sido aniquiladas, y aún siguen siéndolo a diario. Son desplazadas por nuevas industrias, cuya
instauración se convierte en una cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que
no elaboran ya materias primas locales, sino otras provenientes de las zonas más distantes, y cuyos
productos no se consumen ya sólo en el propio país, sino, en forma simultánea, en todos los
continentes. El lugar de las antiguas necesidades, satisfechas por los productos regionales, se ve
ocupado por otras nuevas, que requieren los productos de los países y climas más remotos para su
satisfacción. El sitio de la antigua autosuficiencia y aislamiento locales y nacionales se ve ocupado
por un tráfico en todas direcciones, por una mutua dependencia general entre las naciones. Y lo
mismo que ocurre en la producción material ocurre asimismo en la producción intelectual. Los
productos intelectuales de las diversas naciones se convierten en patrimonio común. La parcialidad y
limitación nacionales se tornan cada vez más imposibles, y a partir de las numerosas literaturas
nacionales y locales se forma una literatura.
Mediante el rápido mejoramiento de todos los instrumentos de producción y la infinita facilitación
de las comunicaciones, la burguesía también arrastra hacia la civilización a las naciones más
bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada con la cual demuele
todas las murallas chinas, con la cual obliga a capitular a la más obcecada xenofobia de los bárbaros.
Obliga a todas las naciones a apropiarse del modo de producción de la burguesía, si es que no
quieren sucumbir; las obliga a instaurar en su propio seno lo que ha dado en llamarse la civilización,
es decir, a convertirse en burguesas. En una palabra, crea un mundo a su propia imagen y semejanza.
La burguesía ha sometido el campo a la dominación de la ciudad. Ha creado ciudades enormes, ha
incrementado en alto grado el número de la población urbana con relación a la natural, sustrayendo
así a una considerable parte de la población al idiotismo de la vida rural. Así como ha hecho
depender al campo de la ciudad, también ha hecho depender a los países bárbaros y semibárbaros de
los civilizados, a los pueblos campesinos de los pueblos burgueses, y al Oriente del Occidente.
La burguesía va superando cada vez más la fragmentación de los medios de producción, de la
producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado a la población, centralizado los
medios de producción y concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria de ello
ha sido centralización política. Provincias independientes, apenas aliadas y con intereses, leyes
gobiernos y aranceles diferentes, han sido comprimidas para formar una nación, un gobierno, una
ley, un interés nacional de clase y una línea aduanera.
En su dominación de clase apenas secular, la burguesía ha creado fuerzas productivas más
masivas y colosales que todas las generaciones pasadas juntas. El sojuzgamiento de las fuerzas de la
naturaleza, la maquinaria, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación
de vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la urbanización de continentes enteros, la
navegabilización de los ríos, poblaciones íntegras como surgidas de la tierra, ¿qué siglo anterior
sospechaba que dominasen semejantes fuerzas productivas en el seno del trabajo social?
Hemos visto, pues, que los medios de producción y comunicación en los que se basó la creación
de la burguesía se engendraron en la sociedad feudal. En determinada etapa de la evolución de estos
medios de producción y comunicación, las condiciones en las que la sociedad feudal y producía y
traficaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, las relaciones de
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propiedad feudales, ya no correspondían a las fuerzas productivas ya desarrolladas. Las mismas


inhibían la producción, en lugar de estimularla. Se convirtieron en o otras tantas ataduras. Había que
romperlas, y se las rompió.
Su lugar fue ocupado por la libre competencia, con la constitución social y política apropiada a
ella, con la hegemonía económica y política de la clase burguesa.
Bajo nuestra vista está transcurriendo un movimiento similar. Las relaciones burguesas de
producción y tráfico, las relaciones burguesas de propiedad, la sociedad burguesa moderna, que ha
producido, como por arte de magia, medios de producción y tráfico tan ingentes, se asemeja al
hechicero que ya no logra dominar las fuerzas subterráneas que ha conjurado. Desde hace décadas, la
historia de la industria y del comercio es sólo la historia de la rebelión de las fuerzas productivas
modernas contra las relaciones de producción modernas, contra las relaciones de propiedad que
constituyen las condiciones existenciales de la burguesía y de su dominación. Basta citar las crisis
comerciales que, con su recurrencia periódica, cuestionan en forma cada vez más amenazadora la
existencia de la sociedad burguesa toda. En las crisis comerciales se destruye regularmente gran
parte no sólo de los productos engendrados, sino de las fuerzas productivos ya creadas. En las crisis
estalla una epidemia social que en todas las épocas anteriores hubiese parecido un contrasentido la
epidemia de la superproducción. Súbitamente, la sociedad se halla retrotraída a una situación de
barbarie momentánea; una hambruna, una guerra de exterminio generalizada parecen haberle cortado
todos sus medios de subsistencia; la industria, el comercio, parecen aniquilados. ¿Y ello por qué?
Porque posee demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria,
demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone ya no sirven al fomento de las
relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, se han tornado demasiado poderosas para estas
relaciones, y éstas las inhiben; y en cuanto superan esta inhibición, ponen en desorden toda la
sociedad burguesa, ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas
se han tornado demasiado estrechas como para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿De qué
manera supera la burguesía la crisis? Por una parte, mediante la destrucción forzada de gran cantidad
de fuerzas productivas; por la otra, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más a
fondo de mercados viejos. ¿De qué manera, pues? Las supera preparando crisis más extensas y
violentas y reduciendo los medios para prevenir las crisis.
Las armas con las que la burguesía ha abatido al feudalismo se vuelven ahora contra la propia
burguesía.
Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas que le darán muerte; también ha engendrado a los
hombres que manejarán esas armas; los obreros modernos, los proletarios.
En la misma medida en que se desarrolla la burguesía, es decir el capital, se desarrolla el
proletariado, la clase de los obreros modernos, quienes sólo viven mientras hallan trabajo y que sólo
lo hallan mientras su trabajo incrementa el capital. Estos obreros, quienes deben venderse por pieza,
son una mercancía como cualquier otro artículo del comercio, y en consecuencia se hallan
igualmente expuestos a todos los avatares de la competencia, a todas las fluctuaciones del mercado.
En virtud de la expansión de la maquinaria y de la división del trabajo, el trabajo de los proletarios
ha perdido todo su carácter independiente y, con ello, todo atractivo para los trabajadores. El obrero
se convierte en un mero accesorio de la máquina, a quien sólo se le exigen las operaciones más
sencillas, monótonas y de más fácil aprendizaje. De ahí que los costos que acarrea el obrero se
limiten casi exclusivamente a los medios de subsistencia que requiere para su manutención y para la
propagación de su raza. Pero el precio de una mercancía, y en consecuencia también el trabajo, es
igual a sus costos de producción. Por ello, en la misma medida en que aumenta el lado desagradable
del trabajo, decrece el salario. Más aún, en la misma medida en que se incrementan la maquinaria y
la división del trabajo, se eleva asimismo la cantidad del trabajo, sea por aumento de las horas de
labor, sea por incremento del trabajo exigido en un lapso determinado, por aceleración del
movimiento de las máquinas, etc.
La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica
del capitalista industrial. Las masas obreras, apiñadas en la fábrica, se organizan militarmente. En su
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calidad de soldados industriales rasos son puestos bajo la supervisión de toda una jerarquía de
suboficiales y oficiales. No sólo son esclavos de la clase burguesa, del estado burgués, sino que son
esclavizados a diario y a toda hora por la máquina, por el capataz y sobre todo por los propios
fabricantes burgueses individuales. Este despotismo es tanto más mezquino, aborrecible y
exasperante cuanto más abiertamente proclame a la ganancia como a su fin.
Cuanto menos requiera el trabajo manual la habilidad y el empleo de la fuerza, esto es cuanto más
se desarrolla la industria moderna, tanto más resulta desplazado el de los hombres por el de las
mujeres. Las diferencias de sexo y edad ya no tienen vigencia social para la clase obrera. Sólo hay ya
instrumentos de trabajo, que acarrean diferentes costos según su sexo y edad.
Una vez que la explotación del obrero por el fabricante ha concluido y aquél recibe el pago de su
salario en efectivo, caen sobre él las partes restantes de la burguesía: el casero, el tendero, el
prestamista, etc.
Las pequeñas capas medias existencias hasta la fecha, los pequeños industriales, comerciantes y
rentistas, los artesanos y campesinos, todas estas clases se van sumiendo en el proletariado, en parte
porque su pequeño capital resulta insuficiente para la explotación de la gran industria y sucumbe a la
competencia con los capitalistas de mayor envergadura, en parte porque sus habilidades quedan
desvalorizadas en virtud de nuevos modos de producción. De este modo, el proletariado se recluta
entre todas las clases de la población.
El proletariado recorre diversas etapas evolutivas. Su lucha contra la burguesía comienza con su
propia existencia.
Al comienzo, luchan los obreros individuales, luego los obreros de una fábrica, después los
obreros de un ramo laboral en una localidad contra el burgués individual que los explota
directamente. Dirigen sus ataques no sólo contra las relaciones burguesas de producción, sino contra
los propios instrumentos de producción; destruyen las mercancías extranjeras que compiten con
ellos, destrozan las máquinas, incendian las fábricas, tratan de conquistar nuevamente la
desaparecida posición del trabajador medieval.
En esta etapa, los obreros constituyen una masa diseminada por todo el país y fragmentada por la
competencia. La cohesión masiva de los obreros no es aún la consecuencia de su propia unificación,
sino consecuencia de la unificación de la burguesía, la cual, a fin de lograr sus propios objetivos
políticos, debe poner en movimiento a todo proletariado, cosa que, por ahora, aún puede hacer. Por
consiguiente, en esta etapa los proletarios no combaten aún a sus enemigos, sino a los enemigos de
sus enemigos. Los resabios de la monarquía absoluta, los terratenientes, los burgueses no
industriales, los pequeños burgueses. De este, todo el movimiento histórico está concentrado en
manos de la burguesía; cualquier victoria que se logra de esta manera es una victoria de la burguesía.
Pero con el desarrollo de la industria no sólo se acrecienta el proletariado, sino que se va
concentrando en masas mayores, sus fuerzas aumentan y las siente en mayor medida. Los intereses y
las condiciones de vida dentro del proletariado se nivelan cada vez más, pues la maquinaria
desdibuja cada vez más las diferencias del trabajo y deprime casi por doquier el salario a un nivel
igualmente bajo. La creciente competencia de los burgueses entre sí y las crisis comerciales
resultantes de ello toman cada vez más fluctuante el salario de los obreros; el cada vez más acelerado
e incesante mejoramiento de la maquinaria hace cada vez más inciertas todas sus condiciones de
vida; las colisiones entre el obrero individual y el burgués individual adoptan cada vez más el
carácter de colisiones entre dos clases. Los obreros comienzan a formar colaciones contra los
burgueses; se unen para asegurar su salario. Hasta llegan a formar asociaciones permanentes, para
asegurarse los medios para estas ocasionales sublevaciones. En diversos puntos estalla la lucha
mediante insurrecciones.
De tanto en tanto triunfan los obreros, pero ello sólo de manera transitoria. El verdadero resultado
de sus luchas no es el éxito inmediato, sino la cada vez más amplia unificación de los obreros.
Favorecen a la misma los crecientes medios de comunicación, engendrados por la gran industria, que
comunican entre sí a los obreros de las diversas localidades. No se requiere más que esta
comunicación para centralizar las numerosas luchas locales, de igual carácter por doquier, y
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convertirlas en una lucha nacional, en su lucha de clases. Sin embargo, toda lucha de clases en su
lucha política. Y la unificación, para lo cual los habitantes de las ciudades de la Edad Media, con sus
caminos vecinales, necesitaron centurias, logran establecerla los proletarios modernos, con los
ferrocarriles, en pocos años.
Esta organización de los proletarios en una clase, y con ello en un partido político, vuelve a ser
destruida a cada instante mediante la competencia entre los propios obreros. Pero renace una y otra
vez, más fuerte, firme y poderosa. La misma obliga al reconocimiento en la forma de leyes de
diversos intereses de los obreros, al aprovechar éstos las escisiones internas de la burguesía. Tal el
caso de bill de las diez horas en Inglaterra.
En general, las colisiones de la vieja sociedad favorecen diversamente el proceso evolutivo del
proletariado. La burguesía se halla en permanente lucha: al comienzo, contra la aristocracia; luego,
contra aquellas partes de la propia burguesía cuyos intereses entran en contradicción con el progreso
de la industria; y siempre contra la burguesía de todos los países extranjeros. En todas esas luchas se
ve forzada a apelar al proletariado, a recurrir a su auxilio, arrastrándolo a sí hacia el movimiento
político. En consecuencia, ella misma proporciona al proletariado sus propios elementos de
formación, es decir, armas contra sí misma.
Además, como ya hemos visto, el progreso de la industria precipita hacia el proletariado a partes
componentes íntegras de la clase dominante, o cuando menos las amenazas en sus condiciones
existenciales. También éstas aportan al proletariado gran cantidad de elementos formativos.
Por último, en tiempos en los que la lucha de clases se acerca a su desenlace, el proceso de
disolución que tiene lugar dentro de la clase dominante, dentro de toda la antigua sociedad, asume un
carácter tan vivo y violento que una pequeña parte de clase dominante se separa de ella y se adhiere a
la clase revolucionaria, a la clase que tiene el futuro en sus manos. De ahí que, así como antes una
parte de ña nobleza se pasó a la burguesía, ahora una parte de ésta se pasa al proletariado, y en
especial una parte de los ideólogos de la burguesía, quienes han avanzado hacia la comprensión
teórica de todo el movimiento histórico.
De todas las clases que enfrentan hoy en día a la burguesía, sólo el proletariado es una clase
verdaderamente revolucionaria. Las clases restantes decaen y parecen con la gran industria; en
cambio, el proletariado es su producto más peculiar.
Los estratos intermedios – el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el
campesino – combaten todos ellos a la burguesía para asegurar su existencia en cuanto clases medias
ante su hundimiento. Por lo tanto, no son revolucionarios, sino conservadores. Más aún, son
reaccionarios, tratan de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Si son revolucionarios, lo son
teniendo en cuenta su inminente pasaje al proletariado, no defienden sus intereses presentes sino
futuros, abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los del proletariado.
El proletariado en harapos, ese producto pasivo de putrefacción de los estratos de la antigua
sociedad, resulta parcialmente arrastrado hacia el movimiento por una revolución proletaria, pero por
toda su situación existencial se hallará más dispuesto a dejarse sobornar para prestarse a maniobras
reaccionarias.
Las condiciones existenciales de la antigua sociedad ya se hallan aniquiladas en las condiciones
existenciales del proletariado. El proletario carece de propiedades; su relación para con su mujer y
sus hijos nada tiene ya en común con la relación familiar sojuzgamiento bajo el capital, que es el
mismo en Inglaterra y en Francia, en Norteamérica y en Alemania, lo ha despojado de todo carácter
nacional. Para él, las leyes, la moral y la religión son otros tantos prejuicios burgueses, detrás de los
cuales se ocultan otros tantos intereses de la burguesía.
Todas las clases anteriores que conquistaban la hegemonía trataban de asegurarse su posición
existencial ya conquistada sometiendo a toda la sociedad a las condiciones de su modo de
apropiación. Los proletarios sólo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales aboliendo su
propio modo de apropiación en vigencia hasta el presente, aboliendo con ello todo el modo de
apropiación vigente hasta la fecha. Los proletarios no tienen nada propio que consolidar; sólo tienen
que destruir todo cuanto, hasta el presente, ha asegurado y garantizado la propiedad privada.
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Todos los movimientos existentes hasta la actualidad han sido movimientos de minorías o en el
interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento independiente de una ingente
mayoría en interés de esa ingente mayoría. El proletario, estrato inferior de la sociedad actual, no
puede alzarse, no puede erguirse sin hacer saltar por los aires toda la superestructura de los estratos
que conforman la sociedad oficial.
Aunque no lo es por su contenido, en su forma la lucha del proletariado contra la burguesía es, por
ahora, una lucha nacional. Es natural que el proletariado de cada país debe acabar en primer término
con su propia burguesía.
Al esbozar las fases más generales de la evolución del proletariado, hemos seguido la guerra civil
más o menos encubierta dentro la sociedad imperante hasta el punto en que la misma estallada en
una revolución franca y en que el proletariado cimenta su hegemonía mediante el derrocamiento
violento de la burguesía.
Todas las sociedades existentes hasta el presente se han basado, como ya hemos visto, en la
contradicción entre clases opresoras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase, es menester
asegurarle condiciones dentro de las cuales pueda sobrellevar, cuando menos, su existencia
esclavizada. El siervo evolucionó a miembro de la comuna dentro de la servidumbre, así como el
pequeño se elevó a burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. En cambio, el obrero moderno, en
lugar de elevarse con el progreso de la industria, se hunde cada vez más por debajo de las
condiciones de su propia clase. El obrero se convierte en indigente y la indigencia se desarrolla aún
con mayor celeridad que la población y la riqueza. Con ello se manifiesta francamente que la
burguesía es incapaz de seguir siendo por más tiempo la clase dominante la sociedad y de imponer a
la sociedad, en cuanto ley reguladora, las condiciones existenciales de su clase. Es incapaz de
dominar porque es incapaz de asegurar a sus esclavos la existencia inclusive dentro de su esclavitud,
porque está obligada a dejarlos que se suman en una situación en la cual debe alimentarlos en lugar
de ser alimentada por ellos. La sociedad ya no puede vivir bajo su dominio, es decir, que su vida ya
no resulta compatible con la sociedad.
La condición esencial para la existencia y para la dominación de la clase burguesa es la
acumulación de la riqueza en manos de personas privadas, la formación y multiplicación del capital;
la condición del capital es el trabajo asalariado. Este se basa exclusivamente en la competencia de los
obreros entre sí. El progreso de la industria, cuyo agente involuntario e incapaz de oponérsela es la
burguesía, sustituye el aislamiento de los obreros mediante la competencia por su asociación
revolucionaria mediante las asociaciones. Con el desarrollo de la gran industria se sustrae, pues, bajo
los pies de la burguesía, el propio fundamento sobre el cual produce y se apropia de los productos.
Produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y el triunfo del proletariado son
igualmente inevitables.

II

PROLETARIOS Y COMUNISTAS

¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?


Los comunistas no son un partido aparte, frente a los demás partidos.
No tienen intereses separados de los intereses de todo el proletariado
No establecen principios especiales según los cuales pretendan moldear el movimiento proletario.
Los comunistas sólo se diferencian de los restantes partidos proletarios por la circunstancia de
que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios destacan y hacen valer los
intereses comunes de todo el proletariado, independientes de la nacionalidad; por la otra, por el
hecho de que, en las diversas fases de desarrollo que recorre la lucha entre el proletariado y la
burguesía, representan siempre el interés del movimiento general.
Por consiguiente, los comunistas son, prácticamente, la parte más decidida de los partidos obreros
de todos los países, la que siempre impulsa hacia delante, teóricamente llevan a la masa restante del
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proletariado la ventaja de su comprensión de las condiciones, de la marcha y de los resultados


generales del movimiento proletario.
El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos
proletarios: la formación del proletariado como clase, el derrocamiento de la dominación de la
burguesía, la conquista del poder político por parte del proletariado.
Los postulados teóricos del comunismo no se fundan en modo alguno en ideas o principios que
hayan sido inventados o descubiertos por tal o cual reformador del mundo.
Sólo son expresiones generales de los hechos reales de una lucha de clases existentes, de un
movimiento histórico que transcurre ante nuestra vista. La abolición de las relaciones de propiedad
existentes hasta la fecha no es algo que caracterice peculiarmente al comunismo.
Todas las relaciones de propiedad han estado sometidas a un cambio histórico constante, a una
modificación histórica permanente.
La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en beneficio de la propiedad
burguesa.
Lo que distingue al comunismo no es la supresión de la propiedad en general, sino la abolición de
la propiedad burguesa.
Pero la propiedad privada burguesa moderna es la expresión última y más perfeccionada de la
producción y apropiación de los productos, la cual se basa en los antagonismos de clase, en la
explotación de los unos por los otros.
En este sentido, los comunistas pueden resumir su teoría en la expresión “abolición de la
propiedad privada”.
Se nos ha reprochado a los comunistas que queremos abolir la propiedad personalmente adquirida
con el trabajo propio, esa propiedad que constituiría el fundamento de toda libertad, actividad e
independencia personales.
¡La propiedad adquirida con el propio trabajo, ganada por méritos propios! ¿Habláis de la
propiedad pequeñoburguesa, pequeñocampesina, que precedió a la propiedad burguesa? No
precisamos abolirla, pues el desarrollo de la industria la ha abolido y sigue haciéndolo a diario.
¿O acaso habláis de la propiedad privada burguesa moderna?
Pero ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, crea propiedad para éste? Crea el
capital, esto es la propiedad que explota al trabajo asalariado, que sólo puede multiplicarse con la
condición de engendrar nuevo trabajo asalariado, para a su vez explotado de nuevo. La propiedad, en
su forma actual, se mueve dentro de la contradicción de capital y trabajo asalariado. Consideremos
ambos términos de esta oposición.
Ser capital no significa ocupar una posición meramente personal, sino social, en la producción. El
capital es un producto comunitario y sólo puede ser puesto en movimiento mediante una actividad en
común de muchos miembros de la sociedad; más aún, en última instancia sólo puede serlo en virtud
de la actividad en común de todos los miembros de la sociedad.
En consecuencia, el capital no es una potencia personal, sino social.
Por consiguiente, cuando el capital se transforma en propiedad común, perteneciente a todos los
miembros de la sociedad, no está transformado propiedad personal en social. Sólo se transforma el
carácter social de la propiedad. Esta pierde su carácter de clase.
Consideremos el trabajo asalariado.
El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de
subsistencia necesarios para mantener con vida al obrero en cuanto tal. Por lo tanto, lo que se apropia
el trabajador asalariado en virtud de su actividad sólo basta para reproducir su mera vida. En modo
alguno queremos abolir esta apropiación personal de los productos del trabajo para la reproducción
de la vida directa, apropiación esta que no deja ningún producto neto que pueda otorgar un poder
sobre el trabajo ajeno. Sólo queremos abolir el carácter mísero de tal apropiación, en cuyo marco
vive el obrero únicamente para incrementar el capital, sin que su vida se desarrolle más allá de lo
requerido por los intereses de la clase dominante.
9

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo es sólo un medio para multiplicar el trabajo acumulado.
En la sociedad comunista, el trabajo acumulado es sólo un medio para ampliar el proceso vital de los
obreros, para enriquecerlo y mejorarlo.
En consecuencia, en la sociedad burguesa el pasado predomina sobre el presente, mientras que en
la comunista el presente predomina sobre el pasado. En la sociedad burguesa, el capital es
independiente y personal, mientras que el individuo activo es dependiente e impersonal.
¡Y la burguesía califica de abolición de la personalidad y de la libertad a la abolición de estas
condiciones! Y ello con razón. Pues se trata, desde luego, de la abolición de la personalidad, la
independencia y la libertad burguesas.
Dentro de las actuales condiciones burguesas de producción se entiende por libertad el libre
comercio, la libre compra y venta.
Pero una vez desaparecido el chalaneo, desaparece asimismo el libre chalaneo. Las expresiones
acerca del libre chalaneo – como todas las restantes bravantes liberales de nuestra burguesía – sólo
tienen sentido, en realidad con referencia al chalaneo encadenado, con respecto al burgués sojuzgado
de la Edad Media, pero no con referencia a la abolición comunista del chalaneo, a las relaciones
burguesas de producción, y a la propia burguesía.
Os horrorizáis de que queramos abolir la propiedad privada. Pero en vuestra sociedad establecida,
la propiedad privada está abolida para las nueve décimas partes de sus miembros; existe
precisamente por el hecho de que no existe para las nueve décimas partes. Nos reprocháis, pues, que
queramos abolir una propiedad que presupone la falta de propiedad de la inmensa mayoría de la
sociedad como condición necesaria.
En una palabra, nos reprocháis que queramos abolir vuestra propiedad. Ciertamente, eso es lo que
queremos.
A partir del momento en que el trabajo ya no puede convertirse en capital, en dinero, en renta del
suelo, en suma, en una potencia social monopolizable, es decir desde el instante en que la propiedad
personal ya no puede transformarse en burguesa, a partir de ese instante declaráis que la persona ha
sido abolida.
Confesáis, pues, que no entendéis por persona a ningún otro que al burgués. Y esa persona es la
que ciertamente ha de abolirse.
El comunismo no le quita a nadie el poder de apropiarse de productos sociales, sino que sólo quita
el poder de sojuzgar trabajo ajeno mediante esa apropiación.
Se ha objetado que con la abolición de la propiedad privada cesaría toda actividad y se iniciaría
una holgazanería general.
Según esto, la sociedad burguesa hubiese debido sucumbir a la inercia desde mucho tiempo atrás,
pues los que trabajan en ella no adquieren, y los que adquieren en ella, no trabajan. Toda esta
objeción se reduce a la tautología de que ya no existe trabajo asalariado en cuanto no hay ya capital.
Todos los reparos que se formulan contra el modo comunista de apropiación y producción de los
productos materiales se han extendido asimismo a la apropiación y producción de los productos del
espíritu. Así como para el burgués el cese de la propiedad de clase es el cese de la propia producción,
así para él el cese de la instrucción de clase es idéntico al cese de la instrucción en general.
La instrucción cuya pérdida deplora es, para la enorme mayoría, su instrucción para convertirse en
máquinas.
Pero no disputéis con nosotros midiendo la abolición de la propiedad burguesa con el patrón de
medida de vuestras ideas burguesas de libertad, instrucción, justicia, etcétera. Vuestras propias ideas
son productos de las relaciones burguesas de producción y propiedad, así como vuestra justicia es
sólo la voluntad de vuestra clase elevada a la categoría de ley, una voluntad cuyo contenido se halla
dado en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.
Compartís con todas las clases dominantes ya desaparecidas la interesada idea según la cual
transformáis vuestras relaciones de producción y propiedad de condiciones históricas, pasajeras con
el curso de la producción, en leyes naturales y racionales eternas. Ya no podéis concebir como
propiedad burguesa lo que concebís como la propiedad antigua o como la propiedad feudal.
10

¡La abolición de la familia! Hasta los más radicales se indignan ante este ignominioso designio de
los comunistas.
¿En qué se basa la familia actual, la familia burguesa? En el capital, en el lucro privado. En su
forma totalmente desarrollada sólo existe para la burguesía; pero halla su complemento en la forzada
carencia de familia de los proletarios y en la prostitución pública.
Como es natural, la familia de los burgueses desaparece con la desaparición de este su
complemento, y ambos desaparecen con la desaparición del capital.
¿Nos reprocháis que queramos abolir la explotación de los niños por sus padres? Confesamos ese
crimen.
Pero decís que abolimos los vínculos más íntimos al sustituir la educación doméstica por la
educación social.
¿Y acaso vuestra educación no está determinada asimismo por la sociedad? ¿No lo está por las
condiciones sociales dentro de las cuales educáis, por la intromisión más directa o indirecta de la
sociedad, mediante la escuela, etc.? Los comunistas no están inventando la influencia de la sociedad
sobre la educación; solamente modifican su carácter, sustrayendo la educación a la influencia de la
clase dominante.
Las proclamas burguesas acerca de la familia y la educación, sobre la íntima vinculación entre
padres e hijos, se tornan tanto más repugnantes cuanto más se desgarran, en virtud de la gran
industria, todos los vínculos familiares para los proletarios y los hijos se transforman en meros
artículos de comercio e instrumentos laborales.
¡Pero vosotros!, los comunistas, queréis instaurar la comunidad de las mujeres!, nos grita a coro
toda la burguesía.
El burgués sólo ve en su mujer un mero instrumento de producción. Oye decir que los
instrumentos de producción han de ser comunitariamente explotados, y es natural que no pueda
pensar otra cosa sino que el destino de la utilización común ha de afectar igualmente a las mujeres.
No sospecha que se trata precisamente de abolir la posición de las mujeres como meros
instrumentos de producción.
Por lo demás, nada es más ridículo que la moralísima indignación de nuestros burgueses acerca de
la presunta comunidad oficial de las mujeres propugnada por los comunistas. Los comunistas no
necesitan instaurar la comunidad de las mujeres, ya que la misma ha existido casi siempre.
Nuestros burgueses, no contentos con que las mujeres y las hijas de sus proletarios se hallen a su
disposición – para no hablar del todo de la prostitución oficial -, hallan su principal diversión en
seducir mutuamente a sus esposas.
El matrimonio burgués es, realidad, la comunidad de las esposas. A lo sumo podría reprocharse a
los comunistas el que quieran instaurar una comunidad de mujeres oficial y franca, en lugar de otra
hipócritamente embozada. Por lo demás, se sobreentiende que con la abolición de las actuales
relaciones de producción desaparecerá asimismo la comunidad de mujeres derivada de ellas, es decir
la prostitución oficial y la no oficial.
También se ha reprochado a los comunistas que querrían abolir la patria, la nacionalidad.
Los obreros no tienen patria. No es posible quitarles lo que no tienen. Puesto que el proletariado
aún debe conquistar, en primer término, la hegemonía política, elevarse a clase nacional, constituirse
a sí mismo en cuanto nación, aún es nacional, aunque en modo alguno en el sentido que le da la
burguesía.
Las segregaciones y contradicciones nacionales de los pueblos desaparecen cada vez más ya con
el propio desarrollo de la burguesía, la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de
vida correspondientes a ellos.
La hegemonía del proletariado las hará desaparecer aún más. La acción unificada, cuando menos
de los países civilizados, es una de las condiciones primordiales de su liberación.
En la misma medida en que se deroga la explotación de un individuo por otro, se deroga la
explotación de una nación por la otra.
11

Con la desaparición de las contradicciones de las clases en seno interno de la nación, desaparecerá
la posición hostil de las naciones entre sí.
Las acusaciones que se formulan contra el comunismo desde puntos de vista religiosos,
filosóficos e ideológicos en general no merecen una consideración detallada.
¿Se requiere una comprensión profunda para entender que, con las condiciones de vida de los
hombres, con sus relaciones sociales, con su existencia social, se modifican asimismo sus ideas,
puntos de vista y conceptos, en una palabra, su conciencia?
¿Qué otra cosa demuestra la historia de las ideas, sino que la producción espiritual se transforma
con la material? Las ideas dominantes de una época siempre fueron sólo las ideas de la clase
dominante.
Se habla de ideas que revolucionan toda una sociedad; con ello sólo se expresa el hecho de que
dentro de la antigua sociedad se han formado los elementos de una sociedad nueva, de que la
disolución de las antiguas condiciones de vida.
Cuando el mundo antiguo se hallaba en su ocaso, las antiguas religiones fueron vencidas por la
religión cristiana. Cuando las ideas cristianas sucumbieron, en el siglo XVIII, a las ideas de la
Ilustración, la sociedad feudal libró su lucha de vida o muerte con la entonces revolucionaria
burguesía. Las ideas de la libertad de conciencia y de religión sólo expresaban la hegemonía de la
libre competencia en el terreno del saber.
“Sin embargo”, se dirá, “las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., se
modifican por cierto en el curso de la evolución histórica. La religión, la moral, la filosofía, la
política, el derecho siempre se han conservado en esa modificación.
“Hay además verdades eternas, como libertad, justicia, etc., que son comunes a todas las
situaciones sociales. Pero el comunismo suprime las verdades eternas, deroga la religión, la moral, en
lugar de darles nueva forma, y en consecuencia contradice a todas las evoluciones históricas que han
tenido lugar hasta el presente”.
¿A qué se reduce esta acusación? La historia de toda la sociedad existente hasta la fecha se ha
movido dentro de contradicciones de clase, diferentemente conformadas en las distintas épocas.
Pero cualquiera que haya sido la forma que adoptaron, la explotación de una parte de la sociedad
por la otra es un hecho común a todos los siglos pasados. De ahí que no sorprenda que la conciencia
social de todos los siglos, a despecho de toda su variedad y diferencias, se mueva dentro de ciertas
formas comunes, en formas de conciencia que sólo se extinguen por completo con la desaparición
total del antagonismo de clases.
La revolución comunista es la ruptura más radical con las relaciones de propiedad tradicionales;
no puede sorprender entonces que en su curso evolutivo se rompa de la manera más radical con las
ideas tradicionales.
Pero dejemos las objeciones de la burguesía contra el comunismo.
Ya hemos visto anteriormente que el primer paso de la revolución obrera lo constituye la
elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia.
El proletariado utilizará su hegemonía política para despojar paulatinamente a la burguesía de
todo su capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del estado, es decir
del proletariado organizado como clase dominante, y para incrementar lo más rápidamente posible la
masa de las fuerzas productivas.
Como es natural, en primera instancia esto sólo puede ocurrir por medio de intervenciones
despóticas en el derecho de propiedad y en las relaciones burguesas de producción, vale decir, en
virtud de medidas que parecen económicamente insuficientes e insostenibles, pero que en el curso
del movimiento se sobrepasarán a sí mismas y que resultan totalmente inevitables como medios para
revolucionar todo el modo de producción.
Estas medidas serán, naturalmente, diferentes según los distintos países.
Sin embargo, en el caso de los países más avanzados se podrán emplear en forma casi
generalizada las siguientes medidas:
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1) Expropiación de la propiedad de la tierra y empleo de la renta de la misma para los gastos


estatales.
2) Fuertes impuestos progresivos.
3) Supresión del derecho de herencia.
4) Confiscación de la propiedad de todos los emigrantes y rebeldes.
5) Centralización del crédito en manos del estado por medio de un banco nacional con capital
estatal y monopolio exclusivo.
6) Centralización de los transportes en manos del estado.
7) Multiplicación de las fábricas nacionales, instrumentos de producción, roturación de los
terrenos incultos y mejoramiento de los campos según un plan general.
8) Trabajo obligatorio igual para todos, instauración de ejércitos industriales, en especial para la
agricultura.
9) Unificación de la explotación de la agricultura y la industria, acción en pro de la paulatina
eliminación de la diferencia entre la ciudad y el campo.
10) Educación pública y gratuita de todos los niños. Abolición del trabajo fabril de los niños en su
forma actual. Unificación de la educación con la producción material, etc.
Una vez que, en el curso de la evolución, las diferencias de clase hayan desaparecido y toda la
producción se halle concentrada en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su
carácter político. El poder político en su sentido estricto es el poder organizado de una clase para la
opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se unifica necesariamente para
convertirse en clase, si en virtud de una revolución se convierte en clase dominante y en cuanto clase
dominante deroga por la fuerza las antiguas relaciones de producción, abolirá, junto con estas
relaciones de producción, las condiciones de existencia del antagonismo de clases, las clases en
general y con ello su propia dominación en cuanto clase.
El lugar de la antigua sociedad burguesa, con sus clases y contradicciones de clases, será ocupado
por una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual será la condición para libre desarrollo de
todos.

III

LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA

1. EL SOCIALISMO REACCIONARIO

a) El socialismo feudal

Por su posición histórica, las aristocracias francesa e inglesa estaban llamadas a escribir panfletos
contra la sociedad burguesa moderna. En la revolución francesa de julio de 1830, en el movimiento
reformista inglés, sucumbieron una vez más al odiado advenedizo. Ya no cabía hablar de una lucha
política seria. Sólo les quedaba la lucha literaria. Pero también en el terreno de la literatura se había
tomado imposible el antiguo lenguaje de la época de la Restauración. A fin de despertar simpatías, la
aristocracia debía perder aparentemente de vista sus intereses, formulando solamente su acta de
acusación la burguesía en el interés de la clase obrera explotada. De este modo se dio el gusto de
entonar canciones difamatorias contra su nuevo amo y de poder susurrarle al oído profecías más o
menos agoreras.
De este modo se originó el socialismo feudal, a mitad de camino entre la jeremiada y el
libelo, a medias eco del pasado y a medias amenaza del futuro, a veces acertando a la burguesía en
pleno corazón mediante juicios amargos e ingeniosamente despedazantes y produciendo un efecto
permanente cómico en virtud de su total incapacidad de comprender la marcha de la historia
moderna.
13

Blandían en su mano, cual bandera, la alforja proletaria de mendigo para congregar al pueblo tras
de sí. Pero cada vez que éste los seguía, divisaba sus asentadas ornadas con los antiguos blasones
feudales y se dispersaba entonces entre risas estentóreas e irrespetuosas.
Parte de los legitimistas franceses y la Joven Inglaterra ofrecían este espectáculo.
Cuando los feudales demuestran que su modo de explotación era de naturaleza totalmente
diferente a la explotación burguesa, olvidan solamente que ellos explotaban en la actualidad. Cuando
demuestran que bajo su dominación no existía el proletariado moderno, olvidan solamente que la
burguesía moderna fue, precisamente, un retoño necesario de su orden social.
Por lo demás, ocultan tan poco el carácter reaccionario de su crítica, que la acusación principal
que formulan a la burguesía consiste precisamente en que bajo su régimen se desarrolla una clase que
hará volar por los aires todo el viejo orden social.
Reprochan a la burguesía más aún el hecho de engendrar un proletariado revolucionario, que el de
engendrar un proletariado en general.
De ahí que, en la práctica política, participen en todas las medidas represivas contra la clase
obrera, y en la vida cotidiana, a pesar de toda su fraseología ampulosa, se las componen para recoger
las doradas manzanas y trocar la fidelidad, el amor y el honor por el comercio en lanas ovinas,
remolachas y aguardiente.
Así como el sacerdote siempre iba de la mano de los feudales, así va el socialismo clerical de la
mano del socialismo feudal.
Nada es más fácil que dar al ascetismo cristiano un tinte socialista. ¿Acaso el cristianismo no
luchó asimismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio y contra el estado? ¿No predicó
acaso, en su lugar, la caridad y la mendicidad, el celibato y la mortificación de la carne, la reclusión
monástica y la iglesia? El socialismo cristiano es sólo el agua bendita con la que el sacerdote
consagra el enfado del aristócrata.

b) El socialismo pequeñoburgués.

La aristocracia feudal no es la clase que ha sido derrocada por la burguesía y cuyas condiciones de
vida se han atrofiado y perecido en la sociedad burguesa moderna. Los villanos y el pequeño
campesino de la Edad Media fueron los precursores de la burguesía moderna. En los países menos
desarrollados en el aspecto industrial y comercial aún sigue vegetando esta clase junto a la burguesía
en ascenso.
En los países en los cuales se ha desarrollado la civilización moderna, se ha formado una
pequeña burguesía que fluctúa entre el proletariado y la burguesía y que se renueva constantemente
como parte complementaria de la sociedad burguesa, pero cuyos miembros resultan de continuo
precipitados a la condición del proletariado en virtud de la competencia y que, con el desarrollo de la
gran industria, hasta ven aproximarse un momento en el cual desaparecerán por completo como parte
autónoma de la sociedad moderna y en que serán sustituidos por capataces y dependientes en el
comercio, la manufactura y la agricultura.
En países como Francia, en los cuales la clase campesina constituye mucho más de la mitad de la
población, era natural que los escritores que tomaban el partido del proletariado en contra de la
burguesía aplicasen a su crítica del régimen burgués el patrón de medida pequeñoburgués y
pequeñocampesino, tomando posición por los obreros desde el punto de vista de la pequeña
burguesía. Se formó así el socialismo pequeñoburgués. Sismondi es el principal exponente de esta
literatura, no sólo para Francia, sino también para Inglaterra.
Este socialismo analizó con suma lucidez las contradicciones ínsitas en las relaciones de
producción modernas. Puso al descubierto las hipócritas idealizaciones de los economistas.
Demostró irrefutablemente los efectos destructores de la maquinaria y de la división del trabajo, la
concentración de los capitales y de la propiedad de la tierra, la superproducción, las crisis, la
necesaria ruina de los pequeños burgueses y campesinos, la miseria del proletariado, la anarquía en
la producción, las clamorosas desproporciones en la distribución de la riqueza, la guerra de
14

exterminio industrial de la naciones entre sí, la disolución de las antiguas costumbres, de las antiguas
relaciones familiares y de las antiguas nacionalidades.
Sin embargo, en cuanto a su contenido positivo, este socialismo pretende restaurar los antiguos
medios de producción y de tráfico y, con ellos, las antiguas relaciones de propiedad y la antigua
sociedad, o bien pretende encerrar nuevamente los medios modernos de producción y de tráfico y,
con ellos, las antiguas relaciones de propiedad y la antigua sociedad, o bien pretende encerrar
nuevamente los medios modernos de producción y tráfico dentro del marco de las antiguas relaciones
de propiedad, que fueron destruidas – que debían serlo – por aquéllos. En ambos casos es
reaccionario y utópico a la vez.
El sistema gremial en la manufactura y la economía patriarcal en el campo: he aquí su última
palabra.
En su evolución ulterior, esta orientación se extravió en un cobarde gimoteo.

c) El socialismo alemán o “verdadero”

La literatura socialista y comunista francesa, nacida bajo la presión de una burguesía dominante y
que constituye la expresión literaria de la lucha contra esa dominación, fue introducida en Alemania
en una época en la cual la burguesía comenzaba apenas su lucha contra el absolutismo feudal.
Filósofo, semifilósofos e intelectuales alemanes se apoderaron ávidamente de esta literatura,
olvidando solamente que las condiciones francesas de vida no habían inmigrado a Alemania
simultáneamente con estos escritos. Frente a las condiciones alemanas, la literatura francesa perdió
toda significación directamente práctica, adoptando un aspecto puramente literario. Debía antojarse
una especulación ociosa acerca de la realización del ser humano. Así, para los filósofos alemanes del
siglo XVIII, las exigencias de la primera revolución francesa sólo tenían el sentido de ser exigencias
de la “razón práctica” en general, y las manifestaciones de la voluntad de la burguesía revolucionaria
francesa significaban, a sus ojos, las leyes de la voluntad pura, de la voluntad tal como ésta debe ser,
de la voluntad verdaderamente humana.
La labor exclusiva de los literatos alemanes consistió en hacer concordar las nuevas ideas
francesas con su antigua conciencia filosófica o, mejor dicho, en apropiarse las ideas francesas desde
su punto de vista filosófico.
Esta apropiación ocurrió de la misma manera en que ocurre, en general, la apropiación de una
lengua extranjera: por traducción.
Es sabido que los monjes copiaban, superponiendo sobre los manuscritos, en los cuales se
hallaban registradas las obras clásicas de la antigua época pagana, absurdas historias de los santos
católicos. Los literatos alemanes procedieron a la inversa con la literatura francesa profana. Escribían
sus disparates filosóficos a continuación del original francés. Por ejemplo, a continuación de la
crítica francesa de las relaciones dinerarias escribían “enajenación de la esencia humana”; a
continuación de la crítica francesa del estado burgués escribían “supresión del predominio de lo
general abstracto”, etc.
A la interpolación de estos giros filosóficos en los desarrollos franceses la bautizaron como
“filosofía de la acción”, “socialismo verdadero”, “ciencia alemana del socialismo”, “fundamentación
filosófica del socialismo”, etc.
De este modo se castró formalmente a la literatura socialista comunista francesa. Y puesto
que en manos de los alemanes cesaron de expresar la lucha de una clase contra otra, el alemán tenía
conciencia de haber superado la “unilateralidad francesa”, de haber abogado por la necesidad de la
verdad en lugar de haberlo hecho por necesidades reales, y por los intereses del ser humano en lugar
de haberlo hecho por los del proletario, por los de ese ser humano que no pertenece en absoluto a
clase alguna ni a la realidad, sino sólo al vaporoso firmamento de la fantasía filosófica.
Sin embargo, este socialismo alemán, que se tomaba tan en serio y con una solemnidad sus
torpes ejercicios escolásticos, y que tan charlatanescamente los proclamaba a los cuatro vientos, fue
perdiendo entretanto su pedante inocencia.
15

La lucha de la burguesía alemana, en especial de la prusiana, contra los feudales y la


monarquía absoluta, en una palabra el movimiento liberal, cobró mayor seriedad.
De este modo se le brindó al socialismo “verdadero” la anhelada oportunidad de oponer las
reivindicaciones socialistas al movimiento político, de lanzar los anatemas tradicionales contra el
liberalismo, contra el estado representativo, contra la competencia burguesa, la libertad de prensa, el
derecho, la igualdad burguesas, y de predicarle a la masa del pueblo que con ese movimiento burgués
no tenía nada que ganar, por el contrario, sí todo que perder. El socialismo alemán olvidaba
oportunamente que la crítica francesa – cuyo eco trivial constituía – había presupuesto la sociedad
burguesa moderna con sus correspondientes condiciones materiales de vida y su constitución política
apropiada, presupuestos todos ellos por los cuales aún cabía luchar en Alemania.
Para los gobiernos absolutos alemanes, con su séquito de sacerdotes, maestros de la escuela,
hidalgos de aldea y burócratas, desempeñó el papel de oportuno espantajo contra la amenaza de la
burguesía en ascenso.
Constituyó el dulzón de los amargos azotes y disparos con los que esos mismos gobiernos se
enfrentaron a los alzamientos obreros alemanes.
Si el socialismo “verdadero” fue, de esta suerte, un arma en manos de los gobiernos contra la
burguesía alemana, también abogaba directamente en pro de un interés reaccionario: el interés de la
pequeña burguesía, tradicional desde el siglo XVI y que desde esa época reaparece allí siempre
renovadamente en diversas formas, constituye el verdadero fundamento social de la situación
imperante.
Su conservación implica la conservación de las condiciones alemanas imperantes. La pequeña
burguesía alemana teme que la hegemonía industrial signifique su ruina segura, por una parte como
consecuencia de la concentración del capital y por la otra de resultas del surgimiento de un
proletariado revolucionario. Se le antojaba que el socialismo “verdadero” mataba para él dos pájaros
de un tiro. Y se propagó como una epidemia.
Este ropaje exagerado, tejido con telarañas especulativas, bordado de flores retóricas, embebido
en un rocío sentimental cálidamente amoroso, con el cual los socialistas alemanes envolvían sus
escasas y descarnadas “verdades eternas”, no hizo más que aumentar la venta de su mercancía entre
ese público.
Por su parte, el socialismo alemán reconoció cada vez más su vocación: la de ser el pomposo
representante de esta pequeña burguesía.
Proclamó a la nación alemana como la nación normal y al pequeño burgués alemán como el
hombre normal. Confirió a todas las ignominias del mismo un sentido oculto, superior, socialista,
dentro del cual significaban su contrario. Extrajo las últimas consecuencias al manifestarse
directamente contra la orientación “brutalmente destructiva” del comunismo, y proclamado su
superioridad imparcial por encima de todas las luchas de clases. Con muy pocas excepciones, todo
cuanto circula en Alemania en materia de escritos presuntamente socialistas y comunistas pertenece
al ámbito de esta literatura sucia y enervante.

2. El socialismo conservador o burgués.

Una parte de la burguesía desea aliviar los males sociales a fin de asegurar la subsistencia de la
sociedad burguesa.
Pertenecen a la misma economistas, filántropos, humanitarios, mejoradores de la situación de las
trabajadoras, organizadores de la beneficiencia, protectores de animales, fundadores de sociedades de
templanza, reformadores de tercera categoría de la índole más abigarrada. Y este socialismo burgués
ha sido elaborado para convertirlo en sistemas enteros.
Citaremos como ejemplo Philosophie de la misére, de Proudhon.
Los burgueses socialistas pretenden las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas
y peligros que surgen necesariamente de ellas. Pretenden la sociedad imperante prescindiendo de los
elementos que la revolucionan y disuelven. Pretenden la burguesía son el proletariado. Como es
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natural, la burguesía imagina que el mundo en el cual domina es el mejor de los mundos. El
socialismo burgués convierte esta consoladora idea en un sistema a medias o total. Cuando exhorta al
proletariado a hacer realidad sus sistemas y entrar en la nueva Jerusalén, toda cuanto reclama es, en
el fondo, que se detenga en la sociedad actual, pero despojándose de las ideas hostiles que abriga a su
respecto.
Una segunda forma, menos sistemática sólo que más práctica de este socialismo, trataba de
disuadir a la clase obrera de cualquier movimiento revolucionario, al señalarse que sólo una
modificación de las condiciones materiales de vida, de las condiciones económicas, podría serle de
utilidad, no así tal o cual transformación política. Pero por modificación de las condiciones
económicas este socialismo no entiende en modo alguno la abolición de las relaciones de producción
burguesa, la cual sólo es posible por la vía revolucionaria, sino las mejoras administrativas que
ocurren en el terreno de estas relaciones de producción, que por ende en nada modifican la relación
entre capital y trabajo asalariado, sino que, en el mejor de los casos, disminuyen los costos de la
dominación y simplifican la administración estatal de la burguesía.
El socialismo burgués sólo alcanza su expresión pertinente cuando se transforma en mera figura
retórica.
¡Libre comercio!... en interés de la clase trabajadora. ¡Aranceles protectores!... en interés de la
clase trabajadora. ¡Prisiones celulares!... en interés de la clase trabajadora: he aquí la formulación
última del socialismo burgués, la única que piensa seriamente.
Pues el socialismo de la burguesía consiste, precisamente, en afirmar que los burgueses son los
burgueses... en interés de la clase trabajadora.

3. El socialismo y el comunismo crítico - utópicos

No se trata aquí de la literatura que ha expresado las exigencias del proletariado en todas las grandes
revoluciones modernas. (Escritos de Babeuf, etc.)
Las primeras tentativas del proletariado por imponer directamente sus propios intereses de clase,
en una época de efervescencia general, durante el período del derrocamiento de la sociedad feudal,
fracasaron necesariamente ante la imagen sin desarrollar del propio proletariado, así como a causa de
la ausencia de condiciones materiales para su liberación, que sólo son, precisamente, el producto de
la época burguesa. La literatura revolucionaria que acompañó estos primeros movimientos es, por su
contenido, necesariamente reaccionaria. La misma predica un ascetismo general y un burdo
igualitarismo.
Los sistemas propiamente socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de
Owen, etc., surgen durante el primer período, no desarrollado aún, de la lucha entre el proletariado y
la burguesía, que hemos descrito anteriormente.
Los inventores de estos sistemas ven por cierto el antagonismo de las clases, así como la acción
de los elementos disolventes en la propia sociedad dominante. Pero no divisan, del lado del
proletariado, ninguna iniciativa histórica, ningún movimiento político que le sea peculiar.
Puesto que la evolución de la oposición de clases se mantiene al mismo ritmo que la evolución de
la industria, tampoco encuentran las condiciones materiales para la liberación del proletariado, y
buscan una ciencia social, leyes sociales a fin de crear dichas condiciones.
El lugar de la actividad social debe ocuparlo su actividad inventiva personal: el lugar de las
condiciones históricas de la liberación deben asumirlo condiciones fantásticas; el lugar de la
organización del proletariado como clase, que transcurre paulatinamente, debe tomarlo una
organización de la sociedad fraguada por ellos. La historia universal futura se reduce, para ellos, a la
propaganda y a la ejecución práctica de sus planes sociales.
Es verdad que son conscientes de defender principalmente en sus planes los intereses de la clase
trabajadora en cuanto la que más sufre. Pero el proletariado sólo existe para ellos desde este punto de
vista; el de la clase más sufriente.
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Sin embargo, la forma carente de desarrollo de la lucha de clases, así como su propia posición en
la vida, acarrean el hecho de que creen estar situados muy por encima de cualquier antagonismo de
clase. Pretenden mejorar la situación existencial de todos los miembros de la sociedad, incluso la de
los que se hallan en mejor posición. Por ello apelan de continuo a toda la sociedad sin distingos, y
hasta de preferencia a la clase dominante. No habría más que comprender su plan para reconocerlo
como el mejor plan posible de la mejor sociedad posible.
De ahí desechen cualquier acción política, en especial cualquier acción revolucionaria, pretenden
alcanzar su objetivo por la vía pacífica e intentar abrir camino a este nuevo evangelio social por
medio de pequeños experimentos – naturalmente fallidos -, mediante el poder del ejemplo.
La descripción fantástica de la sociedad futura surge en una época en la cual el proletariado está
aún escasísimamente desarrollado, es decir, en que él mismo aún concibe de manera fantástica su
propia posición, sus primeros impulsos, preñados de presentimientos, hacia una transformación
general de la sociedad.
Pero los escritos socialistas y comunistas constan asimismo de elementos críticos. Atacan todos
los fundamentos del orden establecido. Por ello han suministrado material valiosísimo para el
esclarecimiento de los obreros. Sus principios positivos acerca de la sociedad futura, como por
ejemplo la abolición de la oposición entre la ciudad y el campo, de la familia, de la ganancia privada,
del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social, la transformación del estado en una
mera administración de la producción, todas esas tesis suyas sólo expresan la desaparición de la
contradicción de clases, que apenas si está comenzando a desarrollarse, a la cual apenas si conocen
aún en su primera e informe indefinición. De ahí que esas propias tesis aún tengan un sentido
puramente utópico.
La importancia del socialismo y del comunismo crítico-utópicos es inversamente proporcional a
su desarrollo histórico. En la misma medida en que se desarrolla y se conforma la lucha de clases,
pierde todo valor práctico y toda justificación teórica esta fantástica elevación por encima de la
misma, este modo fantástico de combatirla. Por ello, aunque los autores de estos sistemas fueron
revolucionarios en muchos aspectos, sus discípulos constituyen sectas cada vez más reaccionarias. Se
aferran a los antiguos puntos de vista de sus maestros frente a la prosecución del desarrollo histórico
del proletariado. Por ello tratan consecuentemente de atenuar de nuevo la lucha de clases y de
intermediar entre los antagonismos. Aún siguen soñando con la realización experimental de sus
utopías sociales, con la fundación de falansterios aislados; la erección de colonias interiores, la
instauración de una pequeña Icaria – edición en dozavo de la nueva Jerusalén -, y para la
construcción de todos estos castillos en el aire debe apelar a la filantropía de los corazones y de los
bolsillos burgueses. Poco a poco van cayendo dentro de la categoría de los arriba descritos socialistas
reaccionarios o conservadores, y sólo se diferencian ya de ellos por una pedantería más sistemática,
por su fanática fe supersticiosa en los efectos milagrosos de su ciencia social.
Por ello se enfrentan encarnizadamente a todos los movimientos políticos de los obreros, los
cuales sólo podrían originarse en una ciega falta de fe en el nuevo evangelio.
Los owenistas reaccionan contra los cartistas en Inglaterra, y los fourieristas lo hacen contra los
reformistas en Francia.

IV
POSICION DE LOS COMUNISTAS FRENTE A LOS DIVERSOS PARTIDOS OPOSITORES

Según la sección II, la relación entre los comunistas y los partidos obreros ya constituidos se
entiende por sí sola, vale decir su relación con los cartistas en Inglaterra y los reformistas agrarios en
Norteamérica.
Luchan, pues, por alcanzar los fines e intereses inmediatos de la clase obrera, pero en el
movimiento actual representan al mismo tiempo el futuro del movimiento. En Francia, los
comunistas se adhieren al Partido Socialista Democrático, contra la burguesía conservadora y radical,
18

sin por ello abandonar el derecho de mantener una posición crítica frente a las frases y a las ilusiones
provenientes de la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer la circunstancia de que este partido consta de
elementos contradictorios, en parte socialistas democráticos en el sentido francés del término, en
parte burgueses radicales. Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que establece la
revolución agraria como condición de la liberación nacional, el mismo que suscitó la insurrección de
Cracovia de 1846.
En Alemania, en la medida en que la burguesía actúa revolucionariamente, el Partido Comunista
actúa conjuntamente con la burguesía contra la monarquía absoluta, la propiedad feudal de la tierra y
la pequeña burguesía.
Pero no ceja en ningún momento en su acción de elaborar, entre los obreros, la conciencia más
clara posible acerca de la oposición hostil entre la burguesía y el proletariado, para que los obreros
alemanes puedan volver de inmediato contra la burguesía las condiciones sociales y políticas que la
burguesía debe producir con su dominación, como si fuesen otras tantas armas, para que, después de
la caída de las clases reaccionarias en Alemania, comience de inmediato la lucha contra la propia
burguesía.
Los comunistas centran el foco principal de su atención sobre Alemania, puesto que ésta se halla
en vísperas de una revolución burguesa y porque lleva a cabo esta revolución en condiciones más
evolucionadas de la civilización europea en general y con un proletariado mucho más desarrollado
que Inglaterra en el siglo XVII y Francia en el siglo XVIII; por consiguiente, la revolución burguesa
alemana sólo puede ser el preludio inmediatamente anterior a una revolución proletaria.
En una palabra, los comunistas apoyan por doquier cualquier movimiento revolucionario contra
las condiciones sociales y políticas imperantes.
En todos estos movimientos destacan el problema de la propiedad, cualquiera que sea la forma
más o menos desarrollada que pueda haber adoptado, como el problema fundamental del
movimiento.
Por último, los comunistas trabajan en todas partes en pro de la vinculación y el entendimiento de
los partidos democráticos de todos los países.
Los comunistas repudian el ocultamiento de sus puntos de vista y de sus intenciones. Declaran
francamente que sus objetivos sólo podrán alcanzarse mediante la subversión violenta de cualquier
orden social preexistente. Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los
proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen un mundo que ganar.
¡Proletarios de todos los países, uníos!
1

Grandes Corrientes del Pensamiento Occidental


Facultad de Derecho-Pontificia Universidad Católica de Chile
Alejandro San Francisco
Documento 2
Lunes 8 de agosto de 2022

LENIN, El Estado y la Revolución


La sociedad sin clases y el Estado
EL ESTADO, PRODUCTO DEL CARACTER IRRECONCILIABLE DE LAS
CONTRADICCIONES DE CLASE

Ocurre hoy con la doctrina de Marx lo que ha solido ocurrir en la historia repetidas veces con las
doctrinas de los pensadores revolucionarios y de los jefes de las clases oprimidas en su lucha por la
liberación. En vida de los grandes revolucionarios, las clases opresoras les someten a constantes
persecuciones, acogen sus doctrinas con la rabia más salvaje, con el odio más furioso, con la
campaña más desenfrenada de mentiras y calumnias. Después de su muerte, se intenta convertirlos
en iconos inofensivos, canonizarlos, por decirlo así, rodear sus nombres de una cierta aureola de
gloria para "consolar" y engañar a las clases oprimidas, castrando el contenido de su doctrina
revolucionaria, mellando su filo revolucionario, envileciéndola. En semejante "arreglo" del
marxismo se dan la mano actualmente la burguesía y los oportunistas
dentro del movimiento obrero. Olvidan, relegan a un segundo plano, tergiversan el aspecto
revolucionario de esta doctrina, su espíritu revolucionario. Hacen pasar a primer plano, ensalzan lo
que es, o parece ser, aceptable para la burguesía. Todos los socialchovinistas son hoy -- ¡bromas
aparte! -- "marxistas". Y cada vez con mayor frecuencia los sabios burgueses alemanes, que ayer
todavía eran especialistas en pulverizar el marxismo, hablan hoy ¡de un Marx "nacional-alemán" que,
según ellos, educó estas asociaciones obreras tan magníficamente organizadas para llevar a cabo la
guerra de rapiñal!
Ante esta situación, ante la inaudita difusión de las tergiversaciones del marxismo, nuestra misión
consiste, ante todo, en restaurar la verdadera doctrina de Marx sobre el Estado. Para esto es necesario
citar toda una serie de pasajes largos de las obras mismas de Marx y Engels. Naturalmente, las citas
largas hacen la exposición pesada y en nada contribuyen a darle un carácter popular. Pero es de todo
punto imposible prescindir de ellas. No hay más remedio que citar del modo más completo posible
todos los pasajes, o, por lo menos, todos los pasajes decisivos, de las obras de Marx y Engels sobre la
cuestión del Estado, para que el lector pueda formarse por su cuenta una noción del conjunto de las
ideas de los fundadores del socialismo científico y del desarrollo de estas ideas, así como también
2

para probar documentalmente y patentizar con toda claridad la tergiversación de estas ideas por el
"kautskismo" hoy imperante.
Comencemos por la obra más conocida de F. Engels: "El origen de la familia, de la propiedad
privada y del Estado", de la que ya en 1894 se publicó en Stuttgart la sexta
edición. Conviene traducir las citas de los originales alemanes, pues las traducciones rusas, con ser
tan numerosas, son en gran parte incompletas o están hechas de un
modo muy defectuoso.

"El Estado -- dice Engels, resumiendo su análisis histórico -- no es, en modo alguno, un
Poder impuesto desde fuera a la sociedad; ni es tampoco 'la realidad de la idea moral', 'la
imagen y la realidad de la razón', como afirma Hegel. El Estado es, más bien, un
producto de la sociedad al llegar a una determinada fase de desarrollo; es la confesión de
que esta sociedad se ha enredado con sigo misma en una contradicción insoluble, se ha
dividido en antagonismos irreconciliables, que ella es impotente para conjurar. Y para
que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna, no se devoren a
sí mismas y no devoren a la sociedad en una lucha estéril, para eso hízose necesario un
Poder situado, aparentemente, por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el
conflicto, a mantenerlo dentro de los límites del 'orden'. Y este Poder, que brota de la
sociedad, pero que se coloca por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella, es
el Estado" (págs. 177 y 178 de la sexta edición alemana).

Aquí aparece expresada con toda claridad la idea fundamental del marxismo en punto a la
cuestión del papel histórico y de la significación del Estado. EI Estado es el producto y la
manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase.
El Estado surge en el sitio, en el momento y en el grado en que las contradicciones de clase no
pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las
contradicciones de clase son irreconciliables. En torno a este punto importantísimo y cardinal
comienza precisamente la tergiversación del marxismo, tergiversación que sigue dos direcciones
fundamentales. De una parte, los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses,
obligados por la presión de hechos históricos indiscutibles a reconocer que el Estado sólo existe allí
donde existen las contradicciones de clase y la lucha de clases, "corrigen" a Marx de manera que el
Estado resulta ser el órgano de la conciliación de clases. Según Marx, el Estado no podría ni surgir ni
mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases. Para los profesores y publicistas mezquinos
y filisteos -- ¡que invocan a cada paso en actitud benévola a Marx! -- resulta que el Estado es
3

precisamente el que concilia las clases. Según Marx, el Estado es un órgano de dominación de clase,
un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del "orden" que legaliza y afianza esta
opresión, amortiguando los choques entre las clases. En opinión de los políticos pequeñoburgueses,
el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra.
Amortiguar los choques significa para ellos conciliar y no privar a las clases oprimidas de ciertos
medios y procedimientos de lucha para el derrocamiento de los opresores.
Por ejemplo, en la revolución de 1917, cuando la cuestión de la significación y del papel del
Estado se planteó precisamente en toda su magnitud, en el terreno práctico,
como una cuestión de acción inmediata, y además de acción de masas, todos los
socialrevolucionarios y todos los mencheviques cayeron, de pronto y por entero, en la
teoría pequeñoburguesa de la "conciliación" de las clases "por el Estado". Hay innumerables
resoluciones y artículos de los políticos de estos dos partidos saturados de esta teoría mezquina y
filistea de la "conciliación". Que el Estado es el órgano de dominación de una determinada clase, la
cual no puede conciliarse con su antípoda (con la clase contrapuesta a ella), es algo que esta
democracia pequeñoburguesa no podrá jamás comprender, La actitud ante el Estado es uno de los
síntomas más patentes de que nuestros socialrevolucionarios y mencheviques no son en manera
alguna socialistas (lo que nosotros, los bolcheviques, siempre hemos demostrado), sino demócratas
pequeñoburgueses con una fraseología casi socialista.
De otra parte, la tergiversación "kautskiana" del marxismo es bastante más sutil.
"Teóricamente", no se niega ni que el Estado sea el órgano de dominación de clase, ni que las
contradicciones de clase sean irreconciliables. Pero se pasa por alto u oculta lo siguiente: si el Estado
es un producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase, si es una fuerza que está
por encima de la sociedad y que "se divorcia cada vez más de la sociedad", es evidente que la
liberación de la clase oprimida es imposible, no sólo sin una revolución violenta, sino también sin la
destrucción del aparato del Poder estatal que ha sido creado por la clase dominante y en el que toma
cuerpo aquel "divorcio". Como veremos más abajo, Marx llegó a esta conclusión, teóricamente clara
por sí misma, con la precisión más completa, a base del análisis histórico concreto de las tareas de la
revolución. Y esta conclusión es precisamente -- como expondremos con todo detalle en las páginas
siguientes -- la que Kautsky . . . ha "olvidado" y falseado.

2. LOS DESTACAMENTOS ESPECIALES DE FUERZAS ARMADAS, LAS CARCELES,


ETC.
4

"En comparación con las antiguas organizaciones gentilicias (de tribu o de clan) -- prosigue Engels --
, el Estado se caracteriza, en primer lugar, por la agrupación de sus
súbditos según las divisiones territoriales". . . A nosotros, esta agrupación nos parece 'natural', pero
ella exigió una larga lucha contra la antigua organización en 'gens' o en tribus.

"La segunda característica es la instauración de un Poder público, que ya no coincide


directamente con la población organizada espontáneamente como fuerza armada. Este
Poder público especial hácese necesario porque desde la división de la sociedad en clases
es ya imposible una organización armada espontánea de la población. . Este Poder
público existe en todo Estado; no está formado solamente por hombres armados, sino
también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo
género, que la sociedad gentilicia no conocía. . ."

Engels desarrolla la noción de esa "fuerza" a que se da el nombre de Estado, fuerza que brota de la
sociedad, pero que se sitúa por encima de ella y que se divorcia cada vez más de ella. ¿En qué
consiste, fundamentalmente, esta fuerza? En destacamentos especiales de hombres armados, que
tienen a su disposición cárceles y otros elementos.
Tenemos derecho a hablar de destacamentos especiales de hombres armados, pues el Poder
público propio de todo Estado "no coincide directamente" con la población
armada, con su "organización armada espontánea".
Como todos los grandes pensadores revolucionarios, Engels se esfuerza en dirigir la atención de
los obreros conscientes precisamente hacia aquello que el filisteísmo
dominante considera como lo menos digno de atención, como lo más habitual, santificado por
prejuicios no ya sólidos, sino podríamos decir que petrificados El ejército permanente y la policía
son los instrumentos fundamentales de la fuerza del Poder del Estado. Pero ¿puede acaso ser de otro
modo?
Desde el punto de vista de la inmensa mayoría de los europeos de fines del siglo XIX, a quienes
se dirigía Engels y que no habían vivido ni visto de cerca ninguna gran
revolución, esto no podía ser de otro modo. Para ellos, era completamente incomprensible esto de
una "organización armada espontánea de la población". A la pregunta de por qué ha surgido la
necesidad de destacamentos especiales de hombres armados (policía y ejército permanente) situados
por encima de la sociedad y divorciados de ella, el filisteo del Occidente de Europa y el filisteo ruso
se inclinaban a contestar con un par de frases tomadas de prestado de Spencer o de Mijailovski,
remitiéndose a la complejidad de la vida social, a la diferenciación de funciones, etc.
5

Estas referencias parecen "científicas" y adormecen magníficamente al filisteo, velando lo principal y


fundamental: la división de la sociedad en clases enemigas irreconciliables.

3. EL ESTADO, ARMA DE EXPLOTACION DE LA CLASE OPRIMlDA

Para mantener un Poder público aparte, situado por encima de la sociedad, son necesarios los
impuestos y las deudas del Estado.
"Los funcionarios, pertrechados con el Poder público y con el derecho a cobrar impuestos, están
situados -- dice Engels --, como órganos de la sociedad, por encima de la sociedad. A ellos ya no les
basta, aun suponiendo que pudieran tenerlo, con el respeto libre y voluntario que se les tributa a los
órganos del régimen gentilicio..."
Se dictan leyes de excepción sobre la santidad y la inviolabilidad de los funcionarios. "El más
despreciable polizonte" tiene más "autoridad" que los representantes del clan;
pero incluso el jefe del poder militar de un Estado civilizado podría envidiar a un jefe de clan por "el
respeto espontáneo" que le profesaba la sociedad.
Aquí se plantea la cuestión de la situación privilegiada de los funcionarios como órganos del
Poder del Estado. Lo fundamental es saber: ¿qué los coloca por encima de
la sociedad? Veamos cómo esta cuestión teórica fue resuelta prácticamente por la Comuna de París
en 1871 y cómo la esfumó reaccionariamente Kautsky en 1912: "Como el Estado nació de la
necesidad de tener a raya los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del
conflicto de estas clases, el Estado lo es, por regla general, de la clase más poderosa, de la clase
económicamente dominante, que con ayuda de él se convierte también en la clase políticamente
dominante, adquiriendo así nuevos medios para la represión y explotación de la clase oprimida. . ."
No fueron sólo el Estado antiguo y el Estado feudal órganos de explotación de los esclavos y de
los campesinos siervos y vasallos: también "el moderno Estado representativo es instrumento de
explotación del trabajo asalariado por el capital. Sin embargo, excepcionalmente, hay períodos en
que las clases en pugna se equilibran hasta tal punto, que el Poder del Estado adquiere
momentáneamente, como aparente mediador, una cierta independencia respecto a ambas". . .
Tal aconteció con la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII, con el bonapartismo del
primero y del segundo Imperio en Francia, y con Bismarck en Alemania.
Y tal ha acontecido también -- agregamos nosotros -- con el gobierno de Kerenski, en la Rusia
republicana, después del paso a las persecuciones del proletariado revolucionario, en un momento en
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que los Soviets, como consecuencia de hallar se dirigidos por demócratas pequeñoburgueses, son ya
impotentes, y la burguesía no es todavía lo bastante fuerte para disolverlos pura y simplemente.
En la república democrática -- prosigue Engels -- "la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero
de un modo tanto más seguro", y lo ejerce, en primer lugar, mediante la "corrupción directa de los
funcionarios" (Norteamérica), y, en segundo lugar, mediante la "alianza del gobierno con la Bolsa"
(Francia y Norteamérica).En la actualidad, el imperialismo y la dominación de los Bancos han
"desarrollado", hasta convertirlos en un arte extraordinario, estos dos métodos adecuados
paradefender y llevar a la práctica la omnipotencia de la riqueza en las repúblicas democráticas, sean
cuales fueren. Si, por ejemplo, en los primeros meses de la república democrática rusa, en los meses
que podemos llamar de la luna de miel de los "socialistas" -- socialrevolucionarios y mencheviques -
- con la burguesía, en el gobierno de coalición, el señor Palchinski saboteó todas las medidas de
restricción contra los capitalistas y sus latrocinios, contra sus actos de saqueo en detrimento del fisco
mediante los suministros de guerra, y si, al salir del ministerio, el señor Palchinski (sustituido,
naturalmente, por otro Palchinski exactamente igual) fue "recompensado" por los capitalistas con un
puestecito de 120.000 rublos de sueldo al año, ¿qué significa esto? ¿Es un soborno directo o
indirecto? ¿Es una alianza del gobierno con los consorcios o son "solamente" lazos de amistad? ¿Qué
papel desempeñan los Chernov y los Tsereteli, los Avkséntiev y los Skóbelev? ¿El de aliados
"directos" o solamente indirectos de los millonarios malversadores de los fondos públicos?
La omnipotencia de la "riqueza" es más segura en las repúblicas democráticas, porque no depende
de la mala envoltura política del capitalismo. La república democrática es la mejor envoltura política
de que puede revestirse el capitalismo, y por lo tanto el capital, al dominar (a través de los Pakhinski,
los Chernov, los Tsereteli y Cía.) esta envoltura, que es la mejor de todas, cimenta su Poder de un
modo tan seguro, tan firme, que ningún cambio de personas, ni de instituciones, ni de partidos,
dentro de la república democrática burguesa, hace vacilar este Poder. Hay que advertir, además, que
Engels, con la mayor precisión, llama al sufragio universal arma de dominación de la burguesía. El
sufragio universal, dice Engels, sacando evidentemente las enseñanzas de la larga experiencia de la
socialdemocracia alemana, es "el índice que sirve para medir la madurez de la clase obrera. No
puede ser más ni será nunca más, en el Estado actual".
Los demócratas pequeñoburgueses, por el estilo de nuestros socialrevolucionarios y
mencheviques, y sus hermanos carnales, todos los socialchovinistas y oportunistas de la Europa
occidental, esperan, en efecto, "más" del sufragio universal. Comparten ellos mismos e inculcan al
pueblo la falsa idea de que el sufragio universal es, "en el Estado actual ", un medio capaz de
expresar realmente la voluntad de la mayoría de los trabajadores y de garantizar su efectividad
práctica. Aquí no podemos hacer más que señalar esta idea mentirosa, poner de manifiesto que esta
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afirmación de Engels completamente clara, precisa y concreta, se falsea a cada paso en la


propaganda y en la agitación de los partidos socialistas "oficiales" (es decir, oportunistas). Una
explicación minuciosa de toda la falsedad de esta idea, rechazada aquí por Engels, la encontraremos
más adelante, en nuestra exposición de los puntos de vista de Marx y Engels sobre el Estado
"actual".
En la más popular de sus obras, Engels traza el resumen general de sus puntos de vista en los
siguientes términos:

"Por tanto, el Estado no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las


arreglaron sin él, que no tuvieron la menor noción del Estado ni del Poder estatal. Al
llegar a una determinada fase del desarrollo económico, que estaba ligada necesariamente
a la división de la sociedad en clases, esta división hizo que el Estado se convirtiese en
una necesidad. Ahora nos acercamos con paso veloz a una fase de desarrollo de la
producción en que la existencia de estas clases no sólo deja de ser una necesidad, sino
que se convierte en un obstáculo directo para la producción. Las clases desaparecerán de
un modo tan inevitable como surgieron en su día. Con la desaparición de las clases,
desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad, reorganizando de un modo nuevo
la producción sobre la base de una asociación libre e igual de productores, enviará toda la
máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder: al museo de
antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce".

No se encuentra con frecuencia esta cita en las obras de propaganda y agitación de la


socialdemocracia contemporánea. Pero incluso cuando nos encontramos con ella es, casi siempre,
como si se hiciesen reverencias ante un icono; es decir, para rendir un homenaje oficial a Engels, sin
el menor intento de analizar qué amplitud y profundidad revolucionarias supone esto de "enviar toda
la máquina del Estado al museo de antigüedades". No se ve, en la mayoría de los casos, ni siquiera la
comprensión de lo que Engels llama la máquina del Estado.

4. LA "EXTINCION" DEL ESTADO Y LA REVOLUCION VIOLENTA

Las palabras de Engels sobre la "extinción" del Estado gozan de tanta celebridad y se citan con tanta
frecuencia, muestran con tanto relieve dónde está el quid de la
adulteración corriente del marxismo por la cual éste es adaptado al oportunismo, que se hace
8

necesario detenerse a examinarlas detalladamente. Citaremos todo el pasaje donde figuran estas
palabras:

"El proletariado toma en sus manos el Poder del Estado y comienza por convertir los
medios de producción en propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí
mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases, y, con
ello mismo, el Estado como tal. La sociedad hasta el presente, movida entre los
antagonismos de clase, ha necesitado del Estado, o sea de una organización de la
correspondiente clase explotadora para mantener las condiciones exteriores de
producción, y por tanto, particularmente para mantener por la fuerza a la clase explotada
en las condiciones de opresión (la esclavitud, la servidumbre o el vasallaje y el trabajo
asalariado), determinadas por el modo de producción existente. El Estado era el
representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social visible; pero lo
era sólo como Estado de la clase que en su época representaba a toda la sociedad: en la
antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media el de la nobleza
feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía. Cuando el Estado se convierta
finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo.
Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener en la opresión;
cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha por la
existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la producción, los choques y
los excesos resultantes de esta lucha, no habrá ya nada que reprimir ni hará falta, por
tanto, esa fuerza especial de represión, el Estado. El primer acto en que el Estado se
manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad: la toma de posesión de
los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto
independiente como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones
sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí
misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y
por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será 'abolido'; se extingue.
Partiendo de esto es como hay que juzgar el valor de esa frase sobre el 'Estado popular
libre' en lo que toca a su justificación provisional como consigna de agitación y en lo que
se refiere a su falta absoluta de fundamento científico. Partiendo de esto es también como
debe ser considerada la exigencia de los llamados anarquistas de que el Estado sea
abolido de la noche a la mañana" ("Anti-Dühring " o "La subversión de la ciencia por el
señor Eugenio Dühring", págs. 301-303 de la tercera edición alemana).
9

Sin temor a equivocarnos, podemos decir que de estos pensamientos sobremanera ricos, expuestos
aquí por Engels, lo único que ha pasado a ser verdadero patrimonio del pensamiento socialista, en los
partidos socialistas actuales, es la tesis de que el Estado, según Marx, "se extingue", a diferencia de
la doctrina anarquista de la "abolición" del Estado. Truncar así el marxismo equivale a reducirlo al
oportunismo, pues con esta "interpretación" no queda en pie más que una noción confusa de un
cambio lento, paulatino, gradual, sin saltos ni tormentas, sin revoluciones. Hablar de "extinción" del
Estado, en un sentido corriente, generalizado, de masas, si cabe decirlo así, equivale indudablemente
a esfumar, si no a negar, la revolución.
Además, semejante "interpretación" es la más tosca tergiversación del marxismo, tergiversación
que sólo favorece a la burguesía y que descansa teóricamente en la omisión de circunstancias y
consideraciones importantísimas que se indican, por ejemplo, en el "resumen" contenido en el pasaje
de Engels, citado aquí por nosotros en su integridad.
En primer lugar, Engels dice en el comienzo mismo de este pasaje que, al tomar el Poder del
Estado, el proletaria do "destruye, con ello mismo, el Estado como tal". "No es uso" pararse a pensar
qué significa esto. Lo corriente es ignorarlo en absoluto o considerarlo algo así como una "debilidad
hegeliana" de Engels. En realidad, en estas palabras se expresa concisamente la experiencia de una
de las más grandes revoluciones proletarias, la experiencia de la Comuna de París de 1871, de la cual
hablaremos detalladamente en su lugar. En realidad, Engels habla aquí de la "destrucción" del Estado
de la burguesía por la revolución proletaria, mientras que las palabras relativas a la extinción del
Estado se refieren a los restos del Estado proletario después de la revolución socialista. El Estado
burgués no se "extingue", según Engels, sino que "e s d e s t r u i d o " por el proletariado en la
revolución. El que se extingue, después de esta revolución, es el Estado o semi-Estado proletario.
En segundo lugar, el Estado es una "fuerza especial de represión". Esta magnífica y profundísima
definición de Engels es dada aquí por éste con la más completa claridad. Y de ella se deduce que la
"fuerza especial de represión" del proletariado por la burguesía, de millones de trabajadores por un
puñado de ricachos, debe sustituirse por una "fuerza especial de represión" de la burguesía por el
proletariado (dictadura del proletariado). En esto consiste precisamente la "destrucción del Estado
como tal". En esto consiste precisamente el "acto" de la toma de posesión de los medios de
producción en nombre de la sociedad. Y es de suyo evidente que semejante sustitución de una
"fuerza especial" (la burguesa) por otra (la proletaria) ya no puede operarse, en modo alguno, bajo la
forma de "extinción".
En tercer lugar, Engels, al hablar de la "extinción" y -- con frase todavía más plástica y colorida --
del "adormecimiento" del Estado, se refiere con absoluta claridad y precisión a la época posterior a la
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"toma de posesión de los medios de producción por el Estado en nombre de toda la sociedad", es
decir, posterior a la revolución socialista.
Todos nosotros sabemos que la forma política del "Estado", en esta época, es la democracia más
completa. Pero a ninguno de los oportunistas que tergiversan desvergonzadamente el marxismo se le
viene a las mientes la idea de que, por consiguiente, Engels hable aquí del "adormecimiento" y de la
"extinción" de la democracia. Esto parece, a primera vista, muy extraño. Pero esto sólo es
"incomprensible" para quien no haya comprendido que la democracia también es un Estado y que,
consiguientemente, la democracia también desaparecerá cuando desaparezca el Estado. El Estado
burgués sólo puede ser "destruido" por la revolución. El Estado en general, es decir, la más completa
democracia, sólo puede "extinguirse".
En cuarto lugar, al establecer su notable tesis de la "extinción del Estado", Engels declara a
renglón seguido, de un modo concreto, que esta tesis se dirige tanto contra los oportunistas, como
contra los anarquistas. Además, Engels coloca en primer plano la conclusión que, derivada de su
tesis sobre la "extinción del Estado", se dirige contra los oportunistas.
Podría apostarse que de diez mil hombres que hayan leído u oído hablar acerca de la "extinción"
del Estado, nueve mil novecientos noventa no saben u olvidan en absoluto que Engels no dirigió
solamente contra los anarquistas sus conclusiones derivadas de esta tesis. Y de las diez personas
restantes, lo más probable es que nueve no sepan qué es el "Estado popular libre" y por qué el atacar
esta consigna significa atacar a los oportunistas. ¡Así se escribe la Historia! Así se adapta de un
modo imperceptible la gran doctrina revolucionaria al filisteísmo dominante. La conclusión contra
los anarquistas se ha repetido miles de veces, se ha vulgarizado, se ha inculcado en las cabezas del
modo más simplificado, ha adquirido la solidez de un prejuicio. ¡Pero la conclusión contra los
oportunistas la han esfumado y "olvidado"!
El "Estado popular libre" era una reivindicación programática y una consigna corriente de los
socialdemócratas alemanes en la década del 70. En esta consigna no hay el menor contenido político,
fuera de una filistea y enfática descripción de la noción de democracia. Engels estaba dispuesto a
"justificar", "por el momento", esta consigna desde el punto de vista de la agitación, por cuanto con
ella se insinuaba legalmente la república democrática. Pero esta consigna era oportunista, porque
expresaba no sólo el embellecimiento de la democracia burguesa, sino también la incomprensión de
la crítica socialista de todo Estado en general. Nosotros somos partidarios de la república
democrática, como la mejor forma de Estado para el proletariado bajo el capitalismo, pero no
tenemos ningún derecho a olvidar que la esclavitud asalariada es el destino reservado al pueblo,
incluso bajo la república burguesa más democrática. Más aún. Todo Estado es una "fuerza especial
para la represión" de la clase oprimida. Por eso, todo Estado ni es libre ni es popular. Marx y Engels
11

explicaron esto reiteradamente a sus camaradas de partido en la década del 70.


En quinto lugar, en esta misma obra de Engels, de la que todos citan el pasaje sobre la extinción del
Estado, se contiene un pasaje sobre la importancia de la revolución violenta. El análisis histórico de
su papel lo convierte Engels en un verdadero panegírico de la revolución violenta. Esto "nadie lo
recuerda". Sobre la importancia de este pensamiento, no es uso hablar ni siquiera pensar en los
partidos socialistas contemporáneos estos pensamientos no desempeñan ningún papel en la
propaganda ni en la agitación cotidianas entre las masas. Y, sin embargo, se hallan indisolublemente
unidos a la "extinción" del Estado y forman con ella un todo armónico.
He aquí el pasaje de Engels:

". . . De que la violencia desempeña en la historia otro papel [además del de agente del
mal], un papel revolucionario; de que, según la expresión de Marx, es la partera de toda
vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; de que la violencia es el instrumento
con la ayuda del cual el movimiento social se abre camino y rompe las formas políticas
muertas y fosilizadas, de todo eso no dice una palabra el señor Dühring. Sólo entre
suspiros y gemidos admite la posibilidad de que para derrumbar el sistema de
explotación sea necesaria acaso la violencia, desgraciadamente, afirma, pues el empleo
de la misma, según él, desmoraliza a quien hace uso de ella. ¡Y esto se dice, a pesar del
gran avance moral e intelectual, resultante de toda revolución victoriosa! Y esto se dice
en Alemania, donde la colisión violenta que puede ser impuesta al pueblo tendría, cuando
menos, la ventaja de destruir el espíritu de servilismo que ha penetrado en la conciencia
nacional como consecuencia de la humillación de la Guerra de los Treinta años. ¿Y estos
razonamientos turbios, anodinos, impotentes, propios de un párroco rural, se pretende
imponer al partido más revolucionario de la historia?" (Lugar citado, pág. 193, tercera
edición alemana, final del IV capítulo, II parte).

¿Cómo es posible conciliar en una sola doctrina este panegírico de la revolución violenta,
presentado con insistencia por Engels a los socialdemócratas alemanes desde
1878 hasta 1894, es decir, hasta los últimos días de su vida, con la teoría de la "extinción" del
Estado? Generalmente se concilian ambos pasajes con ayuda del eclecticismo, desgajando a capricho
(o para complacer a los detentadores del Poder), sin atenerse a los principios o de un modo sofístico,
ora uno ora otro argumento y haciendo pasar a primer plano, en el noventa y nueve por ciento de los
casos, si no en más, precisamente la tesis de la "extinción". Se suplanta la dialéctica por el
eclecticismo: es la actitud más usual y más generalizada ante el marxismo en la literatura
12

socialdemócrata oficial de nuestros días. Estas suplantaciones no tienen, ciertamente, nada de nuevo;
pueden observarse incluso en la historia de la filosofía clásica griega. Con la suplantación del
marxismo por el oportunismo, el eclecticismo presentado como dialéctica engaña más fácilmente a
las masas, les da una aparente satisfacción, parece tener en cuenta todos los aspectos del proceso,
todas las tendencias del desarrollo, todas las influencias contradictorias, etc., cuando en realidad no
da ninguna noción completa y revolucionaria del proceso del desarrollo social. Ya hemos dicho más
arriba, y demostraremos con mayor detalle en nuestra ulterior exposición, que la doctrina de Marx y
Engels sobre el carácter inevitable de la revolución violenta se refiere al Estado burgués. Este no
puede sustituirse por el Estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la "extinción",
sino sólo, por regla general, mediante la revolución violenta. El panegírico que dedica Engels a ésta,
y que coincide plenamente con reiteradas manifestaciones de Marx (recordaremos el final de
"Miseria de la Filosofía" y del "Manifiesto Comunista" con la declaración orgullosa y franca sobre el
carácter inevitable de la revolución violenta; recordaremos la crítica del Programa de Gotha, en
1875, cuando ya habían pasado casi treinta años, y en la que Marx fustiga implacablemente el
oportunismo de este programa), este panegírico no tiene nada de "apasionamiento", nada de
declamatorio, nada de arranque polémico. La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en
esta, precisamente en esta idea sobre la revolución violenta, es algo básico en toda la doctrina de
Marx y Engels. La traición cometida contra su doctrina por las corrientes socialchovinista y
kautskiana hoy imperantes se manifiesta con singular relieve en el olvido por unos y otros de esta
propaganda, de esta agitación.
La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución
violenta. La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo Estado, sólo es posible por
medio de un proceso de "extinción".
Marx y Engels desarrollaron estas ideas de un modo minucioso y concreto, estudiando cada
situación revolucionaria por separado, analizando las enseñanzas sacadas de la experiencia de cada
revolución. Y esta parte de su doctrina, que es, incuestionablemente, la más importante, es la que
pasamos a analizar.
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Grandes Corrientes del Pensamiento Occidental


Facultad de Derecho-Pontificia Universidad Católica de Chile
Alejandro San Francisco

DISCURSO pronunciado POR EL EXCMO. SR. D. Juan Donoso Cortés,


marqués de Valdegamas, en la sesión de 4 del corriente (4 de enero de 1849), en el Congreso
de Diputados

SEÑORES: el largo discurso que pronunció ayer el señor Cortina, y á que voy á contestar,
considerándole bajo un punto de vista restringido, á pesar de sus largas dimensiones, no fue
mas que un epílogo; el epilogo de los errores del partido progresista, los cuales á su vez no
son mas que otro epilogo; el epilogo de todos los errores que se han inventado de tres siglos á
esta parte, y que traen conturbadas mas ó menos hoy día todas las sociedades humanas.
El Sr. Cortina, al comenzar su discurso, manifestó con la buena fe que á S. S. distingue, y
que tanto realza su talento, que él mismo algunas veces había llegado á sospechar si sus
principios serian falsos, si sus ideas serían desastrosas al ver que nunca estaban en el poder, y
siempre en la oposición. Yo diré á S. S. que por poco que reflexione, su duda se cambiará en
certidumbre. Sus ideas no están en el poder, y están en la oposición cabalmente porque son
ideas de oposición; señores, son ideas infecundas, ideas estériles, ideas desastrosas, que es
necesario combatir hasta que mueran, que es necesario combatir hasta que queden enterradas
aquí, en su cementerio natural, bajo de estas bóvedas, al pié de esa tribuna.
El Sr. Cortina, siguiendo las tradiciones del partido á quien capitanea y representa;
siguiendo, digo, las tradiciones de este partido desde la revolución de febrero, ha pronunciado
un discurso dividido en tres partes, que yo llamaré inevitables. Primera, un elogio del partido,
fundado en una relación de sus méritos pasados. Segunda, el memorial de agravios presentes
del partido. Tercera, un programa ó sea una relación de méritos futuros. Señores de la
mayoría, yo vengo aquí á defender vuestros principios, pero no esperéis de mi ni un solo
elogio: sois los vencedores, y nada sienta en la frente del vencedor como una corona de
modestia.
No esperéis de mí, señores, que hable de vuestros agravios: no tenéis agravios personales
que vengar, sino los agravios hechos á la sociedad y al trono por los traidores á su Reina y á
su patria. No hablaré de vuestra relación de méritos ¿Para qué fin hablaría de ellos? ¿Para que
la nación los sepa? La nación se los sabe de memoria.
El Sr. Cortina, señores, dividió su discurso en dos cuestiones, que desde luego se
presentan al alcance de todos los señores diputados. S. S. trató de la política exterior, de la
política interior del Gobierno, y llamó política exterior importante para España la política ó
los acontecimientos ocurridos en París, en Londres y en Roma. Yo tocaré también esas
cuestiones.
Después descendió S. S. á la política interior, y la política interior, tal como la ha tratado
el Sr. Cortina, se divide en dos partes: una, cuestión de principios, y otra, cuestión de hechos:
una, cuestión de sistema, y otra, cuestión de conducta. A la cuestión de hechos, á la cuestión
de conducta, ya ha contestado el Ministerio, que esa quien correspondía contestar, que es
quien tiene los datos para ello, por el órgano de los señores ministros de Estado y
Gobernación, que han desempeñado este encargo con la elocuencia que acostumbran. Me
queda para mi casi intacta la cuestión de principios: esta cuestión solamente abordaré; pero la
abordaré, si el Congreso me lo permite, de lleno.
Señores: ¿cuál es el principio del Sr. Cortina? El principio de S. S., bien analizado su
discurso, es el siguiente en la política interior: la legalidad, todo por la legalidad, todo para la
legalidad, la legalidad siempre, la legalidad en todas circunstancias,' la legalidad en todas
ocasiones: y yo, señores, que creo que las leyes se han hecho para las sociedades, y no las
2

sociedades para las leyes, digo: la sociedad, todo para la sociedad, todo por la sociedad, la
sociedad siempre, la sociedad en todas circunstancias, la sociedad en todas ocasiones.
Cuando la legalidad basta para salvar á la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la
dictadura. Señores, esta palabra tremenda, que tremenda es, aunque no tanto como la palabra
revolución, que es la mas tremenda de todas; digo que esta palabra tremenda ha sido
pronunciada aquí por un hombre que todos conocen: no ha sido hecho por cierto de la madera
de los dictadores. Yo he nacido para comprenderlos, no he nacido para imitarlos. Dos cosas
me son imposibles: condenar la dictadura y ejercerla. Por eso lo declaro aquí alta, noble y
francamente. Estoy incapacitado de gobernar: no puedo aceptar el gobierno en conciencia: yo
no podría aceptarle sin poner la mitad de mí mismo en guerra con la otra mitad, sin poner en
guerra mi instinto contra mi razón, sin poner en guerra mi razón contra mi instinto.
Por esto, señores, y yo apelo al testimonio de todos los que me conocen, ninguno puede
levantarse ni aquí ni fuera de aquí, que haya tropezado conmigo en el camino de la ambición,
tan lleno de gentes; ninguno. Pero todos me encontrarán, todos me han encontrado en el
camino modesto de los buenos ciudadanos. Solo así, señores, cuando mis días estén contados,
cuando baje al sepulcro, bajaré sin el remordimiento de haber dejado sin defensa á la sociedad
bárbaramente atacada, y al mismo tiempo sin el amarguísimo, y para mí insoportable dolor, de
haber hecho mal á un hombre.
Digo, señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en
circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un
gobierno provechoso como cualquier otro gobierno, es un gobierno racional, que puede
defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es
la vida social. La vida social, señores, como la vida humana, se compone de la acción y de la
reacción, del flujo y reflujo de ciertas fuerzas invasoras y de ciertas fuerzas resistentes.
Esta es la vida social, así como esta es también la vida humana. Pues bien: las fuerzas
invasoras, llamadas enfermedades en el cuerpo humano, y de otra manera en el cuerpo social,
pero siendo esencialmente la misma cosa, tienen dos estados: hay uno en que están
derramadas por toda la sociedad, en el que estas fuerzas invasoras están reconcentradas solo
en individuos: hay otro estado agudísimo de enfermedad, en que se reconcentran mas, y están
representadas por asociaciones políticas. Pues bien: yo digo que no existiendo las fuerzas
resistentes, lo mismo en el cuerpo humano que en el cuerpo social, sino para rechazar las
fuerzas invasoras, tienen que proporcionarse necesariamente á su estado. Cuando las fuerzas
invasoras están derramadas, las resistentes lo están también; lo están por el Gobierno, por las
autoridades y por los tribunales, y en una palabra, por todo el cuerpo social; pero cuando las
fuerzas invasoras se reconcentran en asociaciones políticas, entonces necesariamente, sin que
nadie lo pueda impedir, sin que nadie tenga derecho á impedirlo, las fuerzas resistentes por sí
mismas se reconcentran en una mano. Esta es la teoría clara, luminosa, indestructible de la
dictadura.
Y esta teoría, señores, que es una verdad en el orden racional, es un hecho constante en el
orden histórico. Citadme una sociedad que no haya tenido la dictadura, citádmela. Ved, sino,
qué pasaba en la democrática Atenas, lo que pasaba en la aristocrática Roma, En Atenas, ese
poder omnipotente estaba en las manos del pueblo, y se llamaba ostracismo; en Roma, ese
poder omnipotente estaba en manos del Senado, que le delegaba en un barón consular, y se
llamaba como entre nosotros dictadura. Ved las sociedades modernas, señores; ved la Francia
en todas sus vicisitudes. No hablaré de la primera república, que fue una dictadura gigantesca
sin fin, llena de sangre y de horrores. Hablo de época posterior. En la Carta de la Restauración
la dictadura se había refugiado ó buscado un asilo en el artículo 14: en la Carta de i 830 se
encontró en el preámbulo; ¿ y en la república actual ? De esta no digamos nada. ¿Qué es sino
la dictadura con el mote de República?
Aquí se ha citado, y en mala hora, por el Sr. Gálvez Cañero la Constitución inglesa.
Señores, la Constitución inglesa cabalmente es la única en el mundo, tan sabios son los
3

ingleses, en que la dictadura no es de derecho excepcional sino de derecho común, y la cosa


es clara. El Parlamento tiene en todas ocasiones, en todas épocas, cuando quiere, pues no tiene
más límite que el de todos los poderes humanos, la prudencia, este poder.
Tiene todas las facultades, y estas constituyen el poder dictatorial, de hacer todo lo que no
sea hacer de una mujer un hombre, ó de un hombre una mujer, como dicen sus jurisconsultos.
Tiene facultades para suspender el habeas corpus, para proscribir por medio de un bill
d'attaner: puede cambiar de constitución, puede variar hasta de dinastía, y no solo de dinastía,
sino hasta de religión, y oprimir las conciencias; en una palabra, lo puede todo. ¿Quién ha
visto, señores, una dictadura mas monstruosa?
He probado que la dictadura es una verdad en el orden teórico, que es un hecho en el
orden histórico. Pues ahora voy á decir mas: la dictadura es otro hecho en el orden divino.
Señores, Dios ha dejado hasta cierto punto á los hombres el gobierno de las sociedades
humanas, y se ha reservado para sí exclusivamente el gobierno del universo. El universo está
gobernado por Dios, si pudiera decirse así; y si en cosas tan altas pudieran aplicarse las
expresiones del lenguaje parlamentario, diría que Dios gobierna el mundo
constitucionalmente. Y, señores, la cosa me parece de la mayor claridad, y sobre todo de la
mayor evidencia. Está gobernado por ciertas leyes precisas, indispensables, á que se llama
causas secundarias. ¿Qué son estas leyes sino leyes análogas á las que se llaman
fundamentales respecto de las sociedades humanas?
Pues bien, señores, si con respecto al mundo físico Dios es el legislador, como respecto á
las sociedades humanas lo son los legisladores, ¿gobierna Dios siempre con esas mismas
leyes que él á sí mismo se impuso en su eterna sabiduría, y á las que nos sujetó á todos? No,
señores, pues algunas veces, directa, clara y explícitamente manifiesta su voluntad soberana,
quebrantando esas mismas leyes que él mismo se impuso, y torciendo el curso natural de las
cosas. Y bien, señores, cuando obra así, ¿no podría decirse, si el lenguaje humano pudiera
aplicarse á las cosas divinas, que obra dictatorialmente?
Esto prueba, señores, cuan grande es el delirio de un partido que cree poder gobernar con
menos medios que Dios, quitándose á sí propio el medio, algunas veces necesario, de la
dictadura. Señores, siendo esto así, la cuestión, reducida á sus verdaderos términos, no
consiste ya en averiguar si la dictadura es sostenible, si en ciertas circunstancias es buena: la
cuestión consiste en averiguar si han llegado ó pasado por España estas circunstancias. Este es
el punto mas importante, y es al que voy á contraerme exclusivamente ahora. Para esto tendré
que echar una ojeada, y en esto no haré más que seguir las pisadas de todos los oradores que
me han precedido; una ojeada por Europa y otra ojeada por España.
Señores, la revolución de febrero vino como viene la muerte, de improviso. Dios, señores,
había condenado á la monarquía francesa. En vano esta institución se había trasformado
hondamente para acomodarse á las circunstancias y á los tiempos; ni aun esto la valió: su
condenación fue inapelable, y su pérdida infalible. La monarquía de derecho divino concluyó
con Luis XVI en un cadalso: la monarquía de la gloria concluyó con Napoleón en una isla: la
monarquía hereditaria concluyó con Carlos X en el destierro; y con Luis Felipe ha concluido
la última de todas las monarquías posibles, la monarquía de la prudencia. ¡Triste y lamentable
espectáculo, señores, el de una institución venerabilísima, antiquísima, gloriosísima, á quien
de nada vale, ni el derecho divino, ni la legitimidad, ni la prudencia ni la gloria!
Señores, cuando vino á España la grande nueva de esa grande revolución, todos nos
quedamos consternados y atónitos. Nada era comparable á nuestro asombro y á nuestra
consternación, sino la consternación y el asombro de la monarquía vencida. Digo mas: había
un asombro mayor, una consternación mas grande que la de la monarquía vencida,y era la de
la república vencedora. Aun ahora mismo: diez meses van pasados ya desde su triunfo;
preguntadla cómo venció; preguntadla por qué venció; preguntadla con qué fuerzas venció, y
no sabrá qué responderos. Esto consiste en que la república no venció, la república fue el
instrumento de victoria de un poder mas alto.
4

Ese poder, señores, cuando esté consumada su obra, así como fue fuerte para destruir la
monarquía con un escrúpulo de república, será fuerte también, si necesario fuera y
conveniente á sus fines, para derribar la república con un escrúpulo de imperio, ó con un
escrúpulo de monarquía. Esta revolución, señores, ha sido objeto de grandes comentarios en
sus causas y en sus efectos, en todas las tribunas de Europa, y entre otras en la tribuna
española. Yo he admirado aquí y allí la lamentable ligereza con que se trata de las causas
hondas de las revoluciones. Señores, aquí, como en otras partes, no se atribuyen las
revoluciones sino á los defectos de los gobiernos. Cuando las catástrofes son universales,
imprevistas, simultáneas, son siempre cosa providencial; porque, señores, estos y no otros son
los caracteres que distinguen las obras de Dios de las obras de los hombres.
Cuando las revoluciones presentan esos síntomas, estad seguros que vienen del cielo, y
que vienen por culpa y para castigo de todos.¿ Queréis, señores, saber la verdad, y toda la
verdad concerniente á las causas de la revolución última francesa? Pues la verdad llegó el día
de la gran liquidación de todas las clases de la sociedad con la Providencia, que en ese día
tremendo todas se han encontrado fallidas. En ese día han venido á liquidación con la
Providencia, y repito que todas en esa liquidación se han encontrado fallidas. Digo más,
señores: la república misma, el día mismo de su victoria se declaró también en quiebra. La
república había dicho de sí, que venia á sentar en el mundo la dominación de la libertad, de la
igualdad, de la fraternidad, esos tres dogmas que no vienen de la república, sino que vienen
del Calvario. Y bien, señores, ¿qué ha hecho después? En nombre de la libertad ha hecho
necesaria, ha proclamado, ha aceptado la dictadura; en nombre de la igualdad, con el título de
republicanos de la víspera, de republicanos del dia siguiente, de republicanos de nacimiento,
ha inventado no sé qué especie de democracia aristocrática, y no sé qué género de ridículos
blasones; en fin, señores, en nombre de la fraternidad ha restaurado la fraternidad pagana, la
fraternidad de Eteocles y Polinices; y los hermanos se han devorado unos á otros en las calles
de París, en la batalla mas gigantesca que dentro de los muros de una ciudad han presenciado
los siglos. A esa república que se llamó de las tres verdades, yo la desmiento; es la república
de las tres blasfemias, es la república de las tres mentiras.
Viniendo ahora á las causas de esta revolución, el partido progresista tiene unas mismas
causas para todo. El Sr. Cortina nos dijo ayer que hay revoluciones porque hay ilegalidades, y
porque el instinto de los pueblos los levanta uniforme y espontáneamente contra los tiranos.
Antes nos había dicho el Sr. Ordaz Avecilla: ¿Queréis evitar las revoluciones? dad de comer á
los hambrientos. Véase, pues, aquí la teoría del partido progresista en toda su extensión: las
causas de la revolución son por una parte la miseria, por otra la tiranía. Señores, esa teoría es
contraría, totalmente contraria á la historia. Yo pido que se rae cite un ejemplo de una
revolución hecha y llevada á cabo por pueblos esclavos ó por pueblos hambrientos. Las
revoluciones son enfermedades de los pueblos ricos; las revoluciones son enfermedades de los
pueblos libres. El mundo antiguo era un mando en que los esclavos componían la mayor parte
del género humano; citadme cuál revolución fue hecha por esos esclavos.
Lo más que pudieron conseguir fue fomentar algunas guerras civiles; pero, las
revoluciones profundas fueron hechas siempre por opulentísimos aristócratas. No, señores; no
está en la esclavitud, no está en la miseria el germen de las revoluciones: el germen de las
revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que las
explotan y benefician. Y seréis como los ricos: ved ahí la fórmula de las revoluciones
socialistas contra las clases medias; y seréis como los nobles: ved ahí la fórmula de las
revoluciones de las clases medias contra las clases nobiliarias: y seréis como los reyes; ved
ahí la fórmula de las revoluciones de las clases nobiliarias contra los reyes; por último,
señores; y seréis á manera de Dioses: ved ahí la fórmula de la primera rebelión del primer
hombre contra Dios. Desde Adán, el primer rebelde, hasta Prudhom, el último impío, esa es la
fórmula de todas las revoluciones.
5

El gobierno español, como era su deber, no quiso que esa fórmula tuviese su aplicación en
España; tanto menos lo quiso cuanto la situación interior no era la mas lisonjera; y era
menester prevenirse así contra las eventualidades del interior como contra las eventualidades
exteriores. Para no haberlo hecho así, era necesario haber desconocido de todo punto la
marcha de una corriente magnética que se desprende de los focos de acción revolucionaria, y
que va inficionándolo todo por el mundo.
La situación interior, en pocas palabras, era esta. La cuestión política no estaba, no ha
estado nunca, no está de todo punto resuelta: no se resuelven así tan fácilmente cuestiones
políticas en sociedades tan soliventadas por las pasiones. La cuestión dinástica no estaba
concluida, porque aunque es verdad que en ella somos nosotros los vencedores, no teníamos
la resignación del vencido, que es el complemento de la victoria. La cuestión religiosa estaba
en muy mal estado. La cuestión de las bodas, todos lo sabéis, estaba exacerbada. Yo pregunto,
señores, supuesto, como he probado ya, que la dictadura sea en circunstancias dadas legítima,
en circunstancias dadas provechosa, ¿estábamos ó no estábamos en esas circunstancias? Sino
habían llegado, decidme cuáles otras más graves han aparecido en el mundo. La experiencia
vino á demostrar que los cálculos del Gobierno y la previsión de esta Cámara no habían sido
infundados. Todos lo sabéis, señores: yo en esto hablaré muy de paso, porque todo lo que es
alimentar pasiones, lo detesto; no he nacido para eso; todos sabéis que se proclamó la
república á trabucazos por las calles de Madrid; todos sabéis que se ganó parte de la
guarnición de Madrid y de Sevilla; todos sabéis que sin la resistencia enérgica, activa del
Gobierno, toda España, desde las columnas de Hércules al Pirineo, de un mar á otro mar,
hubiera sido un lago de sangre. Y no solo España: ¿sabéis qué males, si hubiera triunfado la
revolución, se habrían propagado por el mundo? ¡Ah señores! Cuando se piensa en estas
cosas, fuerza es exclamar que el Ministerio que supo resistir y supo vencer, mereció bien de
su patria.
Esta cuestión vino á complicarse con la cuestión inglesa: voy á decir antes de entrar en
ella, y desde ahora anuncio que no entraré sino para salir de ella inmediatamente, porque así
lo conceptúo conveniente y oportuno; pero antes de entrar en ella me permitirá el Congreso
que exponga algunas ideas generales que me parecen convenientes.
Señores, yo he creído siempre que la ceguedad es una señal así en los hombres, como en
los gobiernos, como en las naciones, de perdición. Yo he creído que Dios comienza por cegar
siempre a los que quiere perder; yo he creído que para que no vean el abismo que pone á sus
pies, comienza por turbarles la cabeza. Aplicando estas ideas á la política general seguida de
algunos años á esta parte por la Inglaterra y por la Francia, señores, lo diré aquí, hace mucho
que yo he predicho grandes desventuras y catástrofes: un hecho histórico, un hecho
averiguado, un hecho incontrovertible es que el encargo providencial de la Francia es ser el
instrumento de la Providencia en la propagación de las ideas nuevas, así políticas como
religiosas y sociales. En los tiempos modernos tres grandes ideas han invadido la Europa: la
idea católica, la idea filosófica, la idea revolucionaria.
Pues bien, señores, en esos tres períodos la Francia se ha hecho siempre hombre para
propagar esas ideas. Carlo- Magno fue la Francia hecha hombre para propagar la idea
católica; Voltaire fue la Francia hecha hombre para propagar la idea filosófica; Napoleón ha
sido la Francia hecha hombre para propagar la idea revolucionaria. Del mismo modo creo que
el encargo providencial de la Inglaterra es mantener el justo equilibrio moral del mundo,
haciendo contraste perpetuo con la Francia. La Francia es lo que el flujo, la Inglaterra lo que
el reflujo del mar.
Suponed por un momento el flujo sin el reflujo; los mares se extenderían por todos los
continentes: suponed el reflujo sin el flujo, los mares desaparecerían de la tierra. Suponed la
Francia sin la Inglaterra; el mundo no se movería sino en medio de convulsiones, cada día
tendría una nueva constitución, cada hora una nueva forma de gobierno. Suponed la Inglaterra
sin la Francia: el mundo vegetaría siempre bajo la carta del venerable Juan sin Tierra, que es
6

el tipo permanente de todas las constituciones británicas. ¿Qué significa, pues, señores, la
coexistencia de estas dos naciones poderosas? Significa, señores, el progreso limitado por la
estabilidad, la estabilidad vivificada por el progreso.
Pues bien, señores; de algunos años á esta parte, y apelo á la historia contemporánea y á
vuestros recuerdos, esas dos grandes naciones han perdido la memoria de sus hechos, han
perdido la memoria de su encargo providencial en el mundo. La Francia, en vez de derramar
por la tierra ideas nuevas, predicó por todas partes el statu quo: el statu quo en Francia, el
statu quo en España, el statu quo en Italia, el statu quo en el Oriente. Y la Inglaterra en vez de
predicar la estabilidad, predicó en todas partes las revueltas: en España, en Portugal, en
Francia, en Italia y en la Grecia. ¿Y qué resultó de aquí? Lo que había de resultar
forzosamente; que las dos naciones, representando un papel que no había sido el suyo nunca,
le han representado pésimamente. La Francia quiso convertirse de diablo en predicador: la
Inglaterra de predicador en diablo.
Esta es, señores, la historia contemporánea; pero hablando solamente de la Inglaterra,
porque es de la que me propongo hablar muy brevemente, diré que yo pido al cielo, señores,
que no vengan sobre ella, como han venido sobre la Francia, las catástrofes que ha merecido
por sus errores; porque nada es comparable al error de la Inglaterra de apoyar en todas partes
los partidos revolucionarios. ¡Desgraciada! ¿No sabe que el día del peligro esos partidos con
más instinto que ella la habrán de volver las espaldas? ¿No ha sucedido esto ya? Y ha debido
suceder, señores, porque todos los revolucionarios del mundo saben que cuando las
revoluciones van de veras, que cuando las nubes se agrupan, que cuando los horizontes se
oscurecen, que cuando las olas suben á lo alto, el navío de la revolución no tiene más piloto
que la Francia.
Señores, esta fue la política seguida por la Inglaterra, o por mejor decir, por su gobierno y
sus agentes durante la última época. Yo he dicho, y repito, que no quiero tratar esta cuestión;
me mueven á ello grandes consideraciones. Primera: la consideración del bien público, porque
debo declarar aquí solemnemente que yo quiero la alianza más íntima, la unión más completa
entre la nación española y la nación inglesa, á quien admiro y respeto como la nación quizá
más libre, más fuerte y más digna de serlo en la tierra. No quisiera, pues, con mis palabras
exacerbar esta cuestión, y no quisiera tampoco perjudicar o embarazar ulteriores
declaraciones. Hay otra consideración que me mueve a no hablar más de este asunto. Para
hablar de él tendría que hacerlo de un hombre de quien fui amigo, mas amigo que el señor
Cortina; pero yo no puedo ayudarle hasta el punto que el Sr. Cortina le ayudaba; la honra no
me permite más ayuda que el silencio.
El Sr. Cortina al tratar esta cuestión, permítame que se lo diga con franqueza, tuvo una
especie de vahído, y se le olvidó quién era, dónde estaba y quiénes somos. S. S. creyó que era
un abogado, y no era un abogado, que era un orador del Parlamento. S. S. creyó que hablaba
ante jueces, y hablaba ante diputados. S. S. creyó que hablaba en un tribunal, y hablaba en una
asamblea deliberante; creyó que hablaba de un pleito, y hablaba de un asunto político, grande,
nacional, que si pleito era, era pleito entre dos naciones. Ahora bien, señores; ¿debe doler
profundamente al Sr. Cortina haber sido el abogado de la parte contraria á la nación española?
¡Y qué, señores! ¿es eso patriotismo por ventura?¿Es eso ser patriota? ¡Ah! no. ¿Sabéis lo que
es ser patriota? Ser patriota, señores, es amar, es aborrecer, es sentir como ama, como
aborrece nuestra patria.
Dije, señores, que pasaría muy de ligero por esta cuestión, y ya he pasado.
El Sr. SECRETARIO Lafuente Alcántara: Pasadas las horas de reglamento, se pregunta al
Congreso si se prorroga la sesión. (Muchas voces: Sí, sí.) Se acordó afirmativamente.
El Sr. marques de VALDEGAMAS: Pero, señores, ni las circunstancias interiores que
eran tan graves, ni las circunstancias exteriores que eran tan complicadas y peligrosas, son
bastantes para disminuir la oposición en los señores que se sientan en aquellos bancos. ¡Y la
libertad! nos dicen. ¡Pues qué! la libertad, ¿no es sobre todo? Y la libertad, á lo menos la
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individual, ¿no ha sido sacrificada? ¡La libertad, señores! ¿Saben el principio que proclaman y
el nombre que pronuncian los que pronuncian esa palabra sagrada? ¿Saben los tiempos en que
viven? ¿No ha llegado hasta nosotros, señores, el ruido de las últimas catástrofes? ¡Qué! ¿no
saben á esta hora que la libertad acabó? Pues qué, ¿no han asistido como he asistido yo con
los ojos de mi espíritu á su dolorosa pasión? Pues qué, señores, ¿no la habéis visto vejada,
escarnecida, herida alevemente por todos los demagogos del mundo? ¿ No la habéis visto
llevar su angustia por las montañas de la Suiza, por las orillas del Sena, por las riberas del
Rhin y del Danubio, por la» márgenes del Tíber? ¿No la habéis visto subir al Quirinal, que ha
sido su calvario?
Señores, tremenda es la palabra; pero no debemos retraernos de pronunciar palabras
tremendas si dicen la verdad, y yo estoy resuelto á decirla. ¡La libertad acabó! No rematará,
señores, ni al tercer día, ni al tercer año, ni al tercer siglo quizá. ¿Os gusta, señores, la tiranía
que sufrimos? De poco os asustáis; veréis cosas mayores. Y aquí os ruego, señores, que
guardéis en vuestra memoria mis palabras, porque lo que voy á decir, los sucesos que voy á
anunciar en un porvenir más próximo o más lejano, pero muy lejano nunca, se han de cumplir
á la letra.
El fundamento, señores, de todos vuestros errores (dirigiéndose á los bancos de la
izquierda) consiste en no saber cuál es la dirección de la civilización y del mundo. Vosotros
creéis que la civilización y el mundo van, cuando la civilización y el mundo vuelven. El
mundo, señores, camina con pasos rapidísimos a la constitución de un despotismo el más
gigantesco y asolador de que hay memoria en los hombres. A esto camina la civilización, y á
esto camina el mundo. Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta. Me basta considerar
la combinación pavorosa de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista
verdadero, desde las alturas católicas.
Señores, no hay más que dos represiones posibles, una interior y otra exterior; la religiosa
y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro religioso está subido, el
termómetro de la represión política está bajo; y cuando el termómetro religioso está bajo, el
termómetro político, la represión política, la tiranía está alta. Esta es una ley de la humanidad,
una ley de la historia. Y si no, señores, ved lo que era el mundo, ved lo que era la sociedad
que cae al otro lado de la Cruz, decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no
había represión religiosa. Entonces aquella era una sociedad de tiranías y de esclavos.
Citadme un solo pueblo donde no haya esclavos y donde no haya tiranía. Este es un hecho
incontrovertible, este es un hecho incontrovertido, este es un hecho evidente. La libertad, la
libertad verdadera, la libertad de todos y para todos no vino al mundo sino con el Salvador del
mundo. Este también es un hecho incontrovertido, es un hecho confesado hasta por los
mismos socialistas que lo confiesan. Los socialistas llaman á Jesús un hombre divino, y los
socialistas hacen más, se llaman sus continuadores. ¡Sus continuadores, Santo Dios! ¿Ellos,
los hombres de sangre y de venganzas, continuadores del que no vivió sino para hacer bien;
del que no abrió la boca sino para bendecir; del que no hizo prodigios sino para librar á los
pecadores del pecado, a los muertos de la muerte; el que en el espacio de tres años hizo la
revolución más grande que han presenciado los siglos, y la llevó á cabo sin haber derramado
más sangre que la suya?
Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más
maravilloso que ofrece la historia. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la
represión religiosa no podía bajar más porque no existía ninguna, la represión política subió
hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien, con Jesucristo, donde nace la
represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto, que
habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquella la única sociedad
que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor
del Maestro á los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la
represión era completa, la libertad era absoluta.
8

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los extenderé, porque así
conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos, hasta la
subida del cristianismo al Capitolio en tiempo de Constantino el Grande. En este tiempo,
señores, la religión cristiana, es decir la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo;
pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades
compuestas de hombres, que comenzó á desarrollarse un germen, nada más que un germen de
licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores, observad el paralelismo: a este principio de
descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro
político. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un
germen de gobierno. Así en la sociedad cristiana entonces no había de hecho verdaderos
magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del
gobierno. Realmente no había más que eso; los cristianos de los tiempos apostólicos no
tuvieron pleitos, no iban a los tribunales, decidían sus contiendas por medio de árbitros.
Obsérvese, señores, cómo con la corrupción va creciendo el gobierno.
Llegan los tiempos feudales, y en estos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero
hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este
tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta
el más débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la más débil de las monarquías.
Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran
reforma luterana, con ese grande escándalo político y social, tanto como religioso, con ese
acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes
instituciones. En primer lugar, en el instante, las monarquías, de feudales, se hacen absolutas.
Vosotros creeréis, señores, que mas que absoluta no puede ser una monarquía: un gobierno,
¿qué puede ser más que absoluto? Pero era necesario, señores, que el termómetro de la
represión política subiera mas, porque el termómetro religioso seguía bajando; y con efecto
subió mas. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis,
señores, lo que son ejércitos permanentes? Para saberlo, basta saber lo que es un soldado: un
soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que en el momento en que la represión
religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba á los
gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón
de brazos.
A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera mas, porque el
termómetro religioso seguía bajando; y subió mas. ¿Qué nueva institución, señores, se creó
entonces? Los gobiernos dijeron: tenemos un millón de brazos y no nos bastan; necesitamos
mas, necesitamos un millón de ojos; y tuvieron la policía, y con la policía un millón de ojos.
A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir,
porque á pesar de todo, el termómetro religioso seguia bajando; y subieron.
A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos; no les bastó tener un
millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización
administrativa, por la cual vienen á parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las
quejas.
Y bien, señores; no bastaba esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era
necesario que el termómetro político subiera mas. ¡Señores, hasta dónde! Pues subió más.
Los gobiernos dijeron: no me bastan para reprimir, un millón de brazos; no me bastan para
reprimir, un millón de ojos; no me bastan para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más:
necesitamos tener el privilegio de hallarnos á un mismo tiempo en todas partes. Y lo tuvieron;
y se inventó el telégrafo.
Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última
revolución vino á anunciarnos, á anunciarnos á todos, que no había bastante despotismo en el
mundo; porque el termómetro religioso estaba por bajo de cero. Ahora bien, señores, una de
dos...
9

Yo he prometido, y cumpliré mi palabra, hablar hoy con toda franqueza.


Pues bien, una de dos: ó la reacción religiosa viene ó no: si hay reacción religiosa, ya
veréis, señores, como subiendo el termómetro religioso comienza á bajar natural,
espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres,
el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos: pero si por
el contrario, señores, y esto es grave (no hay la costumbre de llamar la atención de las
asambleas deliberantes sobre las cuestiones hacia donde yo la he llamado hoy; pero la
gravedad de los acontecimientos del mundo me dispensa, y yo creo que vuestra benevolencia
sabrá también dispensarme); pues bien, señores, yo digo que si el termómetro religioso
continúa bajando, no sé adonde hemos de parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo
pienso. Contemplad las analogías que he puesto á vuestros ojos; y si cuando la represión
religiosa estaba en su apogeo no era necesario ni gobierno ninguno siquiera, cuando la
represión religiosa no exista, no habrá bastante con ningún género de gobierno, todos los
despotismos serán pocos.
Señores, esto es poner el dedo en la llaga, esta es la cuestión de España, la cuestión de
Europa, la cuestión de la humanidad, la cuestión del mundo.
Considerad una cosa, señores. En el mundo antiguo la tiranía fue feroz y asoladora, y sin
embargo esa tiranía estaba limitada físicamente, porque todos los Estados eran pequeños, y
porque las relaciones internacionales eran imposibles de todo punto; por consiguiente en la
antigüedad no pudo haber tiranías en grande escala, sino una sola, la de Roma. Pero ahora,
señores, ¡cuán mudadas están las cosas! Señores, las vías están preparadas para un tirano
gigantesco, colosal, universal, inmenso; todo está preparado para ello: señores, miradlo bien;
ya no hay resistencias ni físicas ni morales: no hay resistencias físicas, porque con los barcos
de vapor y los caminos de hierro no hay fronteras; no hay resistencias físicas, porque con el
telégrafo eléctrico no hay distancias; y no hay resistencias morales, porque todos los ánimos
están divididos y todos los patriotismos están muertos. Decidme, pues, si tengo ó no razón
cuando me preocupo por el porvenir próximo del mundo: decidme si al tratar de esta cuestión
no trato de la cuestión verdadera.
Una sola cosa puede evitar la catástrofe, una y nada más: eso no se evita con dar más
libertad, más garantías, nuevas constituciones; eso se evita procurando todos, hasta donde
nuestras fuerzas alcancen, provocar una reacción saludable, religiosa. Ahora bien, señores: ¿es
posible esta reacción? Posible lo es: pero ¿es probable? Señores, aquí hablo con la más
profunda tristeza: no la creo probable. Yo he visto, señores, y conocido a muchos individuos
que salieron de la fe y han vuelto a ella: por desgracia, señores, no he visto jamás a ningún
pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido.
Si aún me quedara alguna esperanza, la hubieran disipado, señores, los últimos sucesos de
Roma: y aquí voy á decir dos palabras sobre esta cuestión, tratada también por el Sr. Cortina.
Señores, los sucesos de Roma no tienen un nombre: ¿cómo los llamaríais, señores? ¿Los
llamaríais deplorables? Deplorables, todos los que he citado lo son; esos son mucho más.
¿Los llamaríais horribles? Señores, esos acontecimientos son sobre todo horror.
Había en Roma, ya no le ahí, sobre el trono más eminente el varón mas justo, el varón mas
evangélico de la tierra. ¿Qué ha hecho Roma de ese varón evangélico, de ese varón justo?
¿Qué ha hecho esa ciudad en donde han imperado los héroes, los Césares y los pontífices? Ha
trocado el trono de los pontífices por el trono de los demagogos. Rebelde á Dios, ha caído
bajo la idolatría del puñal. Eso ha hecho. El puñal, señores, el puñal demagógico, el puñal
sangriento, ese es el ídolo de Roma. Ese es el ídolo que ha derribado á Pió IX. Ese es el ídolo
que pasean por las calles tropas de caribes. ¿Dije caribes? dije mal, que los caribes son
feroces, pero los caribes no son ingratos.
Señores, me he propuesto hablar con toda franqueza, y hablaré. Digo que es necesario que
el rey de Roma vuelva á Roma, ó que no quede en Roma, aunque pese al Sr. Cortina, piedra
sobre piedra.
10

El mundo católico no puede consentir, y no consentirá en la destrucción virtual del


cristianismo por una ciudad sola entregada al frenesí de la locura. La Europa civilizada no
puede consentir, y no consentirá que se desplome, señores, la cúpula del edificio de la
civilización europea. El mundo, señores, no puede consentir, y no consentirá que en Roma,
esa ciudad insensata, se verifique el advenimiento al trono de una nueva y extraña dinastía, la
dinastía del crimen. Y no se diga, señores, como dice el Sr. Cortina, como dicen en periódicos
y discursos los señores que se sientan en aquellos bancos, que hay dos cuestiones allí, una
temporal y otra espiritual, y que la cuestión ha sido entre el rey temporal y su pueblo. Que el
pontífice ha sido respetado, que el pontífice existe todavía. Dos palabras sobre esta cuestión,
dos palabras, señores, lo explicarán todo.
Sin duda ninguna el poder espiritual es lo principal en el Papa, el temporal es accesorio;
pero ese accesorio es necesario: el mundo católico tiene el derecho de exigir que el oráculo
infalible de sus dogmas sea libre é independiente: el mundo católico no puede tener una
ciencia cierta, como se necesita, de que es independiente y libre, sino cuando es soberano,
porque solo el soberano no depende de nadie. Por consiguiente, señores, la cuestión de
soberanía, que es una cuestión política en todas partes, es en Roma además una cuestión
religiosa; el pueblo que puede ser soberano en todas partes, no puede serlo en Roma;
asambleas constituyentes que pueden existir en todas partes, no pueden existir en Roma; en
Roma no puede haber mas poder constituyente que el poder constituido. Roma, señores, los
Estados pontificios, no pertenecen al Estado de Roma, no pertenecen al papa; los Estados
pontificios pertenecen al mundo católico; el mundo católico se los ha reconocido al papa para
que fuera libre é independiente, y el papa mismo no puede despojarse de esa soberanía, de esa
independencia.
Señores, voy á concluir, porque el Congreso está muy cansado y yo lo estoy también.
(Varios señores: No, no.) Señores, francamente tengo que declarar aquí, que no puedo
extenderme mas porque tengo la boca mala, y ha sido un prodigio que yo pueda hablar, pero
lo principal que tenia que decir lo he dicho ya.
Después de haber tratado las tres cuestiones exteriores que trató el Sr. Cortina, vuelvo,
para concluir, á la interior. Señores, desde el principio del mundo hasta ahora ha sido una cosa
discutible si convenía mas el sistema de la resistencia ó el sistema de las concesiones, para
evitar las revoluciones y los trastornos; pero afortunadamente, señores, esa que ha sido una
cuestión desde el primer año de la creación hasta el año 48, en el año de gracia de 48 ya no es
cuestión de ninguna especie, porque es cosa resuelta: yo, señores, si me lo permitiera el mal
que padezco en la boca, haría aquí una reseña de todos los acontecimientos desde febrero
hasta ahora, que prueban estas aserciones; pero me contentaré con recordar dos: el de la
Francia, señores: allí la monarquía, que no cedió, fue vencida por la república que apenas
tenia fuerza para moverse; y la república que apenas tenia fuerza para moverse, porque
resistió, venció al socialismo.
En Roma, que es otro ejemplo que quiero citar, ¿qué ha sucedido? ¿No estaba allí vuestro
modelo? Decidme: si vosotros fuerais pintores y quisierais pintar el modelo de un rey,
¿encontraríais otro modelo que no fuera su original Pió IX? Señores, Pió IX quiso ser, como
su divino Maestro, magnífico y dadivoso: halló proscriptos en su país, y les tendió la mano y
los devolvió á su patria: había reformistas, señores, y les dio reformas: había liberales,
señores, y los hizo libres: cada palabra suya, señores, fue un beneficio: y ahora, señores,
decidme, ¿sus beneficios no igualan, si no exceden, á sus ignominias? Y en vista de esto,
señores, ¿el sistema de las concesiones no es una cosa resuelta?
Señores, si aquí se tratara de elegir, de escoger entre la libertad por un lado y la dictadura
por otro, aquí no habría disenso ninguno; porque ¿quién, pudiendo abrazarse con la libertad,
se hinca de rodillas ante la dictadura? Pero no es esta la cuestión. La libertad no existe de
hecho en Europa; los gobiernos constitucionales que la representaban años atrás, no son ya en
casi todas partes, señores, sino una armazón de un esqueleto sin vida. Recordad una cosa,
11

recordad á Roma imperial. En la Roma imperial existen todas las instituciones republicanas,
existen los omnipotentes dictadores, existen los inviolables tribunos, existen las familias
senatorias, existen los eminentes cónsules; todo esto, señores, existe; no falta más que una
cosa, y no sobra mas que otra cosa: sobra un hombre, y falta la república.
Pues esos son, señores, en casi toda Europa los gobiernos constitucionales; sin pensarlo,
sin saberlo el señor Cortina, nos lo demostró el otro día. ¿No nos decía V. S. que prefiere, y
con razón, lo que dice la historia á lo que dicen las teorías? A la historia apelo. ¿Qué son,
señor Cortina, esos gobiernos con sus mayorías legítimas, vencidas siempre por las minorías
turbulentas, con sus ministros responsables que de nada responden, con sus reyes inviolables
siempre violados? Así, señores, la cuestión, como he dicho antes, no está entre la libertad y la
dictadura; si estuviera entre la libertad y la dictadura, yo votaría por la libertad, como todos
los que nos sentamos aquí. Pero la cuestión es esta, y concluyo: se trata de escoger entre la
dictadura de la insurrección y la dictadura del Gobierno; puesto en este caso yo escojo la
dictadura del Gobierno, como menos pesada y menos afrentosa: se trata de escoger entre la
dictadura que viene de abajo y la dictadura que viene de arriba; yo escojo lo que viene de
arriba, porque viene de regiones mas limpias y serenas: se trata de escoger, por último, entre
la dictadura del puñal y la dictadura del sable; yo escojo la dictadura del sable, porque es mas
noble. Señores, al votar nos dividiremos en esta cuestión, y dividiéndonos seremos
consecuentes con nosotros mismos. Vosotros, señores, votaréis, como siempre, lo mas
popular; nosotros, señores, como siempre, votaremos lo mas saludable.
Ernest Renan

¿QUÉ ES UNA NACIÓN?


[Conferencia dictada en la Sorbona, París, el 11 de marzo de 1882]

M e propongo analizar con ustedes una idea, en apariencia clara, que, sin embargo,
se presta a los más peligrosos equívocos. Las formas de la sociedad humana son
muy variadas. Las grandes aglomeraciones de hombres, a la manera de la China,
de Egipto, de la más antigua Babilonia; la tribu a la manera de los hebreos, de los árabes; la
ciudad a la manera de Atenas y de Esparta; las reuniones de países diversos al modo del
imperio aqueménide, del imperio romano, del imperio carolingio; las comunidades sin
patria, mantenidas por el lazo religioso, como la de los israelitas, la de los parsis; las
naciones como Francia, Inglaterra y la mayor parte de las modernas autonomías europeas;
las confederaciones, a la manera de Suiza, de América; parentescos como los que la raza, o
más bien la lengua, establece entre las diferentes ramas de germanos y las diferentes ramas
de eslavos; he ahí modos de agrupación que existen, o han existido, y que no se podrían
confundir unos con otros sin los más serios inconvenientes. En la época de la Revolución
francesa se creía que las instituciones de pequeñas ciudades independientes, tales como
Esparta y Roma, podían aplicarse a nuestras grandes naciones de treinta a cuarenta millones
de almas. En nuestros días, se comete un error más grave: se confunde la raza con la
nación, y se atribuye a grupos etnográficos, o más bien lingüísticos, una soberanía análoga
a la de los pueblos realmente existentes. Tratemos de llegar a cierta precisión en estas
difíciles cuestiones, en las que la menor confusión sobre el sentido de las palabras en el
origen del razonamiento puede producir, finalmente, los más funestos errores. Lo que
vamos a hacer es delicado; es casi como la vivisección; vamos a tratar a los vivos como
ordinariamente se trata a los muertos. Pondremos en ello frialdad, la imparcialidad más
absoluta.

Desde el fin del imperio romano, o, mejor, desde la desmembración del imperio de
Carlomagno, Europa occidental nos aparece dividida en naciones, algunas de las cuales, en
ciertas épocas, han procurado ejercer una hegemonía sobre las otras, sin nunca lograrlo de
un modo duradero. Lo que no han podido Carlos Quinto, Luís XIV, Napoleón I,
probablemente nadie lo podrá en el porvenir. El establecimiento de un nuevo imperio
romano o de un nuevo imperio de Carlomagno ha llegado a ser una imposibilidad. La
división de Europa es demasiado grande para que una tentativa de dominación universal no
provoque muy rápidamente una coalición que haga volver a entrar a la nación ambiciosa en
Renan – ¿Qué es una nación? 2

sus confines naturales. Una especie de equilibrio es establecido por largo tiempo. Francia,
Inglaterra, Alemania, Rusia serán aún, durante cientos de años, y a pesar de las aventuras
que corran, individualidades históricas, piezas esenciales de un tablero, cuyos escaques
varían sin cesar de importancia y de tamaño, sin confundirse, empero, jamás del todo.
Las naciones, entendidas de este modo, son algo bastante nuevo en la historia. La
antigüedad no las conoció; Egipto, China, la antigua Caldea no fueron naciones en ningún
grado. Eran multitudes guiadas por un hijo del Sol o un hijo del Cielo. No hubo ciudadanos
egipcios así como no hay ciudadanos chinos. La antigüedad clásica tuvo repúblicas y
realezas municipales, confederaciones de repúblicas locales, imperios; apenas tuvo la
nación el sentido en que nosotros la comprendemos. Atenas, Esparta, Sidón, Tiro son
pequeños centros de admirable patriotismo; pero son ciudades con un territorio
relativamente estrecho. Galia, España, Italia —antes de su absorción en el imperio
romano— eran conjuros de pueblos, a menudo ligados entre sí, pero sin instituciones
centrales, sin dinastías. El imperio asirio, el imperio persa, el imperio de Alejandro no
fueron tampoco patrias. Jamás hubo patriotas asirios; el imperio persa fue un vasto
feudalismo. Ninguna nación vincula sus orígenes con la colosal aventura de Alejandro, que
fue, sin embargo, tan rica en consecuencias para la historia general de la civilización.
El imperio romano estuvo mucho más cerca de ser una patria. En recompensa por el
inmenso beneficio del cese de las guerras, la dominación romana —por lo pronto, tan
dura— fue muy rápidamente deseada. Fue una gran asociación, sinónimo de orden, paz y
civilización. En los últimos tiempos del imperio hubo en las almas elevadas, en los obispos
ilustrados, en los letrados, un verdadero sentimiento de “la paz romana”, opuesta al caos
amenazante de la barbarie. Pero un imperio, doce veces mayor que la actual Francia, no
podía formar un Estado en su acepción moderna. La escisión del Oriente y del Occidente
era inevitable. Los ensayos de un imperio galo, en el siglo III, no tuvieron buen éxito. La
invasión germánica es la que introdujo en el mundo el principio que, más tarde, ha servido
de base a la existencia de las nacionalidades.
¿Qué hicieron los pueblos germánicos, en efecto, desde sus grandes invasiones del
siglo V hasta las últimas conquistas normandas del X? Cambiaron poco el fondo de las
razas, pero impusieron dinastías y una aristocracia militar a partes más o menos
considerables del antiguo imperio de Occidente, las cuales tomaron el nombre de sus
invasores. De ahí una Francia, una Burgundia, una Lombardía; más tarde, una Normandía.
La rápida preponderancia que tomó el imperio franco rehace un momento la unidad del
Occidente; pero este imperio se quiebra irremediablemente hacia mediados del siglo IX; el
Tratado de Verdún traza divisiones en principio inmutables, y desde entonces Francia,
Alemania, Inglaterra, Italia, España se encaminan por vías a menudo sinuosas y a través de
mil aventuras, a su plena existencia nacional, tal como la vemos desplegarse hoy día.
¿Qué es lo que caracteriza, en efecto, estos diferentes Estados? Es la fusión de los
pueblos que los componen. En los que acabamos de enumerar no hay nada análogo a lo que
encontrarán ustedes en Turquía, donde el turco, el eslavo, el griego, el armenio, el árabe, el
sirio, el kurdo son tan distintos hoy día como en el de la conquista. Dos circunstancias
esenciales contribuyeron a este resultado. Ante todo, el hecho de que los pueblos
germánicos adoptaron el cristianismo desde que tuvieron contactos un poco seguidos con
los pueblos griegos y latinos. Cuando el vencedor y el vencido son de la misma religión o,
más bien, cuando el vencedor adopta la religión del vencido, el sistema turco, la distinción

2
Renan – ¿Qué es una nación? 3

absoluta entre los hombres a partir de la religión, no puede producirse más. La segunda
circunstancia fue, de parte de los conquistadores, el olvido de su propia lengua. Los nietos
de Clovis, de Alarico, de Gudebando, de Alboin, de Rollón hablaban ya romance. Este
mismo hecho era la consecuencia de otra particularidad importante: los francos, los
burgundios, los godos, los lombardos, los normandos tenían muy pocas mujeres de su raza
con ellos. Durante varias generaciones, los jefes no se casan sino con mujeres germanas;
pero sus concubinas son latinas, las nodrizas de los niños son latinas; toda la tribu se casa
con mujeres latinas; lo que hizo que la lingua francica, la lingua gothica no tuvieran desde
el establecimiento de los francos y de los godos en tierras romanas sino muy cortos
destinos. No fue así en Inglaterra porque la invasión anglosajona llevaba, sin duda, mujeres
con ella; la población bretona huyó y, por otra parte, el latín no era ya —incluso, no fue
nunca— dominante en Bretaña. Si se hubiera hablado generalmente galo en la Galia, en el
siglo V, Clovis y los suyos no hubiesen abandonado el germánico por el galo.
De ahí, este resultado capital: a pesar de la extrema violencia de las costumbres de
los invasores germanos, el molde que ellos impusieron llegó a ser, con los siglos, el molde
mismo de la nación. Francia llegó a ser muy legítimamente el nombre de un país donde no
había entrado sino una imperceptible minoría de francos. En el siglo X, en las primeras
canciones de gesta, que son un espejo tan perfecto del espíritu del tiempo, todos los
habitantes de Francia son franceses. La idea de una diferencia de razas en la población de
Francia, tan evidente en Gregorio de Tours, no se presenta en ningún grado en los escritores
y los poetas franceses posteriores a Hugo Capeto. La diferencia entre el noble y el villano
es acentuada tanto como es posible; pero la diferencia entre el uno y el otro no es en
absoluto una diferencia étnica; es una diferencia de coraje, de hábito y de educación
transmitida hereditariamente; la idea de que el origen de todo esto sea una conquista no se
le ocurre a nadie. El falso sistema según el cual la nobleza debe su origen a un privilegio
conferido por el rey por grandes servicios prestados a la nación —de manera que todo
noble es un ennoblecido— es establecido como un dogma a partir del siglo XIII. Lo mismo
pasó con la serie de casi todas las conquistas normandas. Al cabo de una o dos
generaciones, los invasores normandos ya no se distinguían del resto de la población; su
influencia no había sido menos profunda; habían dado al país conquistado una nobleza,
hábitos militares, un patriotismo que antes no tenía.
El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación
de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro
para la nacionalidad. La investigación histórica, en efecto, vuelve a poner bajo la luz los
hechos de violencia que han pasado en el origen de todas las formaciones políticas, hasta de
aquellas cuyas consecuencias han sido más benéficas. La unidad se hace siempre
brutalmente; la reunión de la Francia del Norte y la Francia del Mediodía ha sido el
resultado de una exterminación y de un terror continuado durante casi un siglo. El rey de
Francia, quien es, si me es permitido decirlo, el tipo ideal de un cristalizador secular; el rey
de Francia, quien ha hecho la más perfecta unidad nacional que ha habido; el rey de
Francia, visto desde demasiado cerca, ha perdido su prestigio; la nación que él había
formado lo ha maldecido y, hoy día, no son sino los espíritus cultivados quienes saben lo
que él valía y lo que ha hecho.
Esas grandes leyes de la historia de Europa occidental llegan a ser perceptibles por
contraste. Muchos países han fracasado en la empresa que el rey de Francia —en parte por

3
Renan – ¿Qué es una nación? 4

su tiranía, en parte por su justicia— ha llevado a cabo tan admirablemente. Bajo la corona
de San Esteban, los magiares y los eslavos han permanecido tan diferentes como lo eran
hace ochocientos años. Lejos de fundir los elementos diversos de sus dominios, la casa de
Habsburgo los ha mantenido diferentes y a menudo opuestos a los unos respecto de los
otros. En Bohemia, el elemento checo y el alemán están superpuestos como el aceite y el
agua en un vaso. La política turca de la separación de las nacionalidades a partir de la
religión ha tenido consecuencias mucho más graves: ha causado la ruina del Oriente.
Piensen ustedes en una ciudad como Salónica o Esmirna; encontrarán allí cinco o seis
comunidades, cada una de las cuales tiene sus recuerdos, no existiendo entre ellas casi nada
en común. Ahora bien, la esencia de una nación consiste en que todos los individuos tengan
muchas cosas en común, y también en que todos hayan olvidado muchas cosas. Ningún
ciudadano francés sabe si es burgundio, alano, taífalo, visigodo; todo ciudadano francés
debe haber olvidado la noche de San Bartolomé, las matanzas del Mediodía en el siglo
XIII. No hay en Francia diez familias que puedan suministrar la prueba de un origen franco,
e inclusive tal prueba esencialmente defectuosa, a consecuencia de mil cruzamientos
desconocidos que puedan descomponer todos los sistemas de los genealogistas.
La nación moderna, es, pues, un resultado histórico producido por una serie de
hechos que convergen en el mismo sentido. Unas veces la unidad ha sido realizada por una
dinastía, como es el caso de Francia; otras veces lo ha sido por la voluntad directa de las
provincias, como es el caso de Holanda, Suiza, Bélgica; otras, por un espíritu general
tardíamente vencedor de los caprichos del feudalismo, como es el caso de Italia y de
Alemania. Una profunda razón de ser ha presidido siempre esas formaciones. En casos
parecidos, los principios se abren paso a través de las sorpresas más inesperadas. En
nuestros días, hemos visto a Italia unificada por sus derrotas y a Turquía demolida por sus
victorias. Cada derrota contribuía al progreso de los asuntos de Italia; cada victoria perdía a
Turquía; porque Italia es una nación, y Turquía, fuera del Asia Menor, no lo es. Es de
Francia la gloria de haber proclamado, a través de su Revolución, que una nación existe por
sí misma. No debe parecernos mal que se nos imite. Nuestro es el principio de las naciones.
Pero ¿qué es, pues, una nación? ¿Por qué Holanda es una nación, mientras que Hannover o
el Gran Ducado de Parma no lo son? ¿Cómo Francia persiste en ser una nación cuando el
principio que la ha creado ha desaparecido? ¿Cómo Suiza, que tiene tres lenguas, dos
religiones, tres o cuatro razas, es una nación, mientras Toscana, por ejemplo, que es tan
homogénea, no lo es? ¿Por qué Austria es un Estado y no una nación? ¿En qué difiere el
principio de las nacionalidades del principio de las razas? He ahí algunos puntos sobre los
cuales un espíritu reflexivo tiene que fijarse para ponerse de acuerdo consigo mismo. Los
asuntos del mundo no se zanjan a través de esta especie de razonamientos; pero los
hombres cuidadosos quieren introducir en estas materias alguna racionalidad y desenredar
las confusiones en que se embrollan los espíritus superficiales.

II

Si se da crédito a ciertos teóricos políticos, una nación es ante todo una dinastía, que
representa una antigua conquista, aceptada primeramente y después olvidada por la masa
del pueblo. Según los políticos de que hablo, el agrupamiento de provincias efectuado por

4
Renan – ¿Qué es una nación? 5

una dinastía —por sus guerras, por sus matrimonios, por sus tratados— concluye con la
dinastía que la ha formado. Es muy verdadero que, en su mayor parte, las naciones
modernas han sido hechas por una familia de origen feudal que se ha desposado con el
suelo y que ha sido, de algún modo, un núcleo de centralización. Los límites de Francia en
1789 no tenían nada de natural ni de necesario. La extensa zona que la casa de los Capetos
había agregado a los estrechos lindes del Tratado de Verdún fue adquisición personal de
esta casa. En la época en que fueron hechas las anexiones no se tenían ni la idea de los
límites naturales, ni del derecho de las naciones, ni la de la voluntad de las provincias. La
reunión de Inglaterra, de Irlanda y de Escocia fue, del mismo modo, un hecho dinástico.
Italia ha tardado tan largo tiempo en ser una nación porque, de entre sus numerosas casas
reinantes, ninguna, antes de nuestro siglo, se hizo centro de la unidad. Es algo extraño que
haya tomado un título real en la obscura isla de Cerdeña, tierra apenas italiana. Holanda,
que se ha creado a sí misma, por acto de heroica resolución, ha contraído, sin embargo, un
maridaje íntimo con la casa de Orange, y correría verdaderos peligros el día en que esta
unión fuere comprometida.
¿Es, sin embargo, absoluta una ley tal? No, sin duda. Suiza y los Estados Unidos,
que se han formado como conglomerados de adiciones sucesivas, no tienen ninguna base
dinástica. Yo no discutiría la cuestión en lo que concierne a Francia. Sería preciso poseer el
secreto del porvenir. Digamos solamente que esta gran realeza francesa había sido tan
altamente nacional que, inmediatamente después de su caída, la nación ha podido
mantenerse sin ella. Por otra parte, el siglo XVIII había cambiado todo. El hombre había
vuelto, después de siglos de declinación, al espíritu antiguo, al respeto de sí mismo, a la
idea de sus derechos. Las palabras patria y ciudadano habían recobrado su sentido. Así ha
podido cumplirse la operación más difícil que haya sido practicada en la historia, operación
que se puede comparar a lo que sería, en fisiología, la tentativa de hacer vivir en su primera
identidad un cuerpo al que se le hubiera quitado el cerebro y el corazón. Es preciso, pues,
admitir que una nación puede existir sin principio dinástico, y, asimismo, que las naciones
que han sido formadas por dinastías pueden separarse de ellas sin, por esto, dejar de existir.
El viejo principio, que no toma en cuenta sino el derecho de los príncipes, no podría ya ser
sostenido; más allá del derecho dinástico, está el derecho nacional. ¿Sobre qué criterio
fundar este derecho nacional? ¿En qué signo reconocerlo? ¿De qué hecho tangible hacerlo
derivar?

I. De la raza, dicen muchos con seguridad.


Las divisiones artificiales que resultan del feudalismo, de matrimonios de príncipes o de
congresos de diplomáticos, son caducas. Lo que permanece firme y fijo es la raza de los
pueblos. He ahí lo que constituye un derecho, una legitimidad. La familia germánica, por
ejemplo, según la teoría que expongo, tiene el derecho de recuperar los miembros
esparcidos del germanismo, inclusive cuando esos miembros no pidan reagruparse. El
derecho del germanismo sobre tal provincia es más fuerte que el derecho de los habitantes
de esta provincia sobre sí mismos. Se crea así una especie de derecho primordial análogo al
de los reyes de derecho divino; el principio de las naciones es sustituido por el de la
etnografía. Hay ahí un error muy grande que, si llega a ser dominante, perdería a la
civilización europea. En la misma medida que el principio de las naciones es justo y

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Renan – ¿Qué es una nación? 6

legítimo, el derecho primordial de las razas es estrecho y lleno de peligros para el verdadero
progreso.
En la tribu y la ciudad antiguas, el hecho de la raza tenía, lo reconocemos, una
importancia de primer orden. La tribu y la ciudad antiguas no eran sino una extensión de la
familia. En Esparta, en Atenas, todos los ciudadanos eran parientes en grados más o menos
próximos. Sucedía lo mismo entre los Beni-Israel; es así aún en las tribus árabes. De
Atenas, de Esparta, de la tribu israelita, trasladémonos al imperio romano. La situación es
completamente distinta. Formada primeramente por la violencia, mantenida después por el
interés, esta gran aglomeración de ciudades, de provincias absolutamente diferentes, asesta
a la idea de raza el golpe más importante. El cristianismo, con su carácter universal y
absoluto, trabaja aún más eficazmente en el mismo sentido. Contrae con el imperio romano
una alianza íntima, y, por efecto de esos dos incomparables agentes de unificación, la raza
etnográfica es separada del gobierno y de las cosas humanas por siglos.
La invasión de los bárbaros fue, a pesar de las apariencias, un paso más en esta vía.
Los deslindes de los reinos bárbaros no tienen nada de etnográfico; son determinados por la
fuerza o el capricho de los invasores. La raza de los pueblos que subordinaban era para
ellos lo más indiferente. Carlomagno rehizo a su manera lo que Roma ya había hecho: un
imperio único compuesto de las más diversas razas; los autores del Tratado de Verdún,
trazando imperturbablemente sus dos grandes líneas de norte a sur, no tuvieron el menor
cuidado de la raza de las personas que se encontraban a la derecha o a la izquierda. Los
cambios de frontera que se operaron en la continuación de la Edad Media estuvieron,
también, al margen de toda tendencia etnográfica. Si la política seguida por la casa de los
Capetos ha llegado a agrupar, bajo el nombre de Francia, los territorios de la antigua Galia
—poco más o menos—, ello no es un efecto de la tendencia a reagruparse con sus
congéneres que habrían tenido esos países. El Delfinado, Bresa, Provenza, el Franco
Condado no se recordaban ya de un origen común. Toda conciencia gala había perecido a
partir del siglo II de nuestra era, y tan sólo por vía de erudición se ha reencontrado
retrospectivamente, en nuestros días, la individualidad del carácter galo.
La consideración etnográfica, pues, no ha estado presente para nada en la
constitución de las naciones modernas. Francia es céltica, ibérica, germánica. Alemania es
germánica, céltica y eslava. Italia es el país de más embrollada etnografía. Galos etruscos,
pelasgos, griegos, sin hablar de muchos otros elementos, se cruzan allí en una indescifrable
mezcla. Las islas británicas en conjunto ofrecen una mezcla de sangre céltica y germana
cuyas proporciones son singularmente difíciles de definir.
La verdad es que no hay raza pura, y que hacer reposar la política sobre el análisis
etnográfico es hacerla montar sobre una quimera. Los más nobles países —Inglaterra,
Francia, Italia— son aquellos donde la sangre está más mezclada. ¿Representa Alemania
respecto de esto una excepción? ¿Es un país germánico puro? ¡Qué ilusión! Todo el sur ha
sido galo. Todo el este, a partir del Elba, es eslavo. Y las partes que pretenden ser realmente
puras, ¿lo son en efecto? Tocamos aquí uno de los problemas sobre los cuales importa más
hacerse ideas claras y evitar equívocos.
Las discusiones sobre las razas son interminables porque la palabra raza es tomada
por los historiadores filólogos y por los antropólogos fisiólogos en dos sentidos
completamente diferentes. Para los antropólogos, la raza tiene el mismo sentido que en

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Renan – ¿Qué es una nación? 7

zoología; indica una descendencia real, un parentesco por la sangre. Ahora bien, el estudio
de las lenguas y de la historia no conduce a las mismas divisiones que la fisiología. Las
palabras braquicéfalo, dolicocéfalo no tienen cabida ni en historia ni en filología. En el
grupo humano que creó las lenguas y la disciplina arias, había ya braquicéfalos y
dolicocéfalos. Otro tanto hay que decir del grupo primitivo que creó las lenguas y las
instituciones llamadas semíticas. En otros términos, los orígenes zoológicos de la
humanidad son enormemente anteriores a los de la cultura, de la civilización, del lenguaje.
Ninguna unidad fisiológica tenían los grupos arios, semíticos, turanios primitivos. Estas
agrupaciones son hechos históricos que han tenido lugar en cierta época, supongamos hace
quince o veinte mil años, mientras que el origen zoológico de la humanidad se pierde en
tinieblas incalculables. Lo que se llama filológicamente e históricamente la raza germánica
es, seguramente, una familia bien diferenciada en la especie humana. Pero ¿es una familia
en sentido antropológico? No, con seguridad. La aparición de la individualidad germánica
en la historia no ocurre sino muy pocos siglos antes de Jesucristo. Evidentemente, los
germanos no han emergido de la tierra en esta época. Antes de ésta, fundidos con los
eslavos en la gran masa indistinta de los escitas, no tenían su individualidad aparte. Un
inglés es señaladamente un tipo en el conjunto de la humanidad. Ahora bien, el tipo de lo
que se llama muy impropiamente la raza anglosajona, no es ni el bretón del tiempo de
César, ni el anglosajón de Hengisto, ni el danés de Canuto, ni el normando de Guillermo el
Conquistador; es la resultante de todo eso. El francés no es ni galo ni franco ni burgundio.
Es lo que ha salido de la gran caldera donde, bajo la presidencia del rey de Francia, han
fermentado juntos los elementos más diversos. Un habitante de Jersey o de Guernesey no
difiere en nada, en lo que a los orígenes se refiere, de la población normanda de la costa
vecina. En el siglo XIX, el ojo más penetrante no habría captado la más ligera diferencia en
los dos lados del canal. Insignificantes circunstancias hacen que Felipe Augusto no
conquiste esas islas con el resto de Normandía. Separados los unos de los otros desde hace
casi setecientos años, los dos pueblos han llegado a ser no solamente extranjeros el uno
respecto del otro, sino completamente disímiles. La raza, como la entendemos nosotros los
historiadores, es, pues, algo que se hace y se deshace. El estudio de la raza es capital para el
docto que se ocupa de la historia de la humanidad. No tiene aplicación en política. La
conciencia instintiva que ha presidido la confección del mapa de Europa no ha tenido en
cuenta para nada la raza, y las primeras naciones de Europa son de sangre esencialmente
mezclada.
El hecho de la raza, capital en el origen, va, pues, progresivamente perdiendo su
importancia. La historia humana difiere esencialmente de la zoología. La raza no lo es todo,
como entre los roedores o los felinos, y no se tiene el derecho de ir por el mundo, tentar el
cráneo de las gentes y después tomarlas por el cuello diciéndoles: “¡Tú eres de nuestra
sangre; tú nos perteneces!” Fuera de los caracteres antropológicos, existen la razón, la
justicia, lo verdadero, lo bello, que son idénticos para todos. Mirad que esa política
etnográfica no es segura. Ustedes la explotan hoy día contra los otros; después la verán
volverse contra ustedes mismos. ¿No es cierto que los alemanes, que tan alto han levantado
la bandera de la etnografía, no querrían que los eslavos lleguen a analizar, a su vez, los
nombres de aldeas de Sajonia y de Lusacia, escudriñen las huellas de los witizos o de los
obodritas, y pidan cuenta de las masacres y de las ventas en masa de sus antepasados que
hicieron los Otones? Para el bien de todos es mejor olvidar.

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Renan – ¿Qué es una nación? 8

Me gusta mucho la etnografía; es una ciencia de un raro interés; pero como la deseo
libre, la deseo sin aplicación política. En etnografía, como en todos los estudios, los
sistemas cambian; es la condición del progreso. ¿Cambiarían, pues, también las naciones
con los sistemas? Los límites de los estados seguirían las fluctuaciones de la ciencia. El
patriotismo dependería de una disertación más o menos paradójica. Se vendría a decir al
patriota: “Usted se equivocó y derramó su sangre por tal o cual causa; creía ser celta. No,
usted es germano”. Después, diez años más tarde, se le diría que es eslavo.. Para no falsear
la ciencia, dispensémosla de dar un dictamen en estos problemas en los que están
comprometidos tantos intereses. Pueden ustedes tener la seguridad de que si se le encargara
proporcionar elementos a la diplomacia, se la sorprenderá muchas veces en flagrante delito
de condescendencia. La ciencia, en suma, tiene algo mejor que hacer: preguntémosle muy
simplemente la verdad.

II. Lo que acabo de manifestar respecto de la raza, es preciso decirlo también de la lengua.
La lengua invita a reunirse; no fuerza a ello. Los Estados Unidos e Inglaterra, América
española y España hablan la misma lengua y no forman una sola nación. Por el contrario,
Suiza, tan bien hecha —puesto que ha sido hecha a través del consentimiento de sus
diferentes partes—, cuenta con tres o cuatro lenguas. Hay en el hombre algo superior a la
lengua: es la voluntad. La voluntad de Suiza de estar unida, a pesar de la variedad de esos
idiomas, es un hecho mucho más importante que una semejanza de lenguaje obtenida a
menudo a través de vejaciones.
Un hecho honorable para Francia consiste en que no ha buscado jamás obtener la
unidad de la lengua a través de medidas de coerción. ¿No se puede tener los mismos
sentimientos y los mismos pensamientos, amar las mismas cosas en lenguajes diferentes?
Hablábamos hace un momento del inconveniente que habría en hacer depender la política
internacional de la etnografía. No lo habría menos al hacerla depender de la filología
comparada. Dejemos a estos interesantes estudios la entera libertad de sus discusiones; no
los mezclemos en eso que alteraría en ellos la serenidad. La importancia política que se
atribuye a las lenguas proviene de que se las mira como signos raciales. Nada más falso.
Prusia, donde no se habla más que alemán, lo hacía en eslavo hace algunos siglos; el País
de Gales habla inglés; Galia y España, el idioma primitivo de Alba Longa; Egipto habla
árabe; los ejemplos son innumerables. Así como en los orígenes, la similitud de lengua no
entraña la similitud de raza. Tomemos la tribu proto-aria o proto-semita; se encontraban allí
esclavos que hablaban la misma lengua que sus amos; ahora bien, el esclavo era entonces
muy a menudo de una raza diferente de la de su amo. Repitámoslo: esas divisiones de
lenguas indoeuropeas, semíticas y otras, creadas con una tan admirable sagacidad por la
filología comparada, no coinciden con las divisiones de la antropología. Las lenguas son
formaciones históricas que indican poco acerca de la sangre de aquellos que las hablan y
que, en todo caso, no podrían encadenar la libertad humana cuando se trata de determinar la
familia con la cual uno se une para la vida y para la muerte.
Esta consideración exclusiva de la lengua —como la atención excesiva concedida a
la raza— tiene sus peligros e inconvenientes. Cuando se cae en la exageración respecto de
ellas, uno se encierra en una cultura determinada, reputada por nacional; uno se limita, se
enclaustra. Se abandona el aire libre que se respira en el vasto campo de la humanidad para
encerrarse en los conventículos de los compatriotas. Nada peor para el espíritu; nada más

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Renan – ¿Qué es una nación? 9

perjudicial para la civilización. No abandonemos ese principio fundamental de que el


hombre es un ser racional y moral antes de ser encerrado en tal o cual lengua, antes de ser
un miembro de esta o aquella raza, un adherente de tal o cual cultura. Antes que la cultura
francesa, la cultura alemana, la cultura italiana, está la cultura humana. Ved a los grandes
hombres del Renacimiento; no eran ni franceses ni italianos ni alemanes. Habían
reencontrado, a través de su trato con la antigüedad, el secreto de la verdadera educación
del espíritu humano, y se consagraron a ella en cuerpo y alma. ¡Cuán bien hicieron!

III. La religión no podría tampoco ofrecer una base suficiente para el establecimiento de
una nacionalidad moderna. En el origen, la religión mantenía la existencia misma del grupo
social. El grupo social era una extensión de la familia. La religión, los ritos, eran los de la
familia. La religión de Atenas era el culto de Atenas misma, de sus fundadores míticos, de
sus leyes, de sus usos. No implicaba ninguna teología dogmática. Esta religión era, con toda
la fuerza del término, una religión de Estado. No se era ateniense si se rehusaba practicarla.
Era en el fondo el culto de la Acrópolis personificada. Jurar sobre el altar de Aglauro era
prestar el juramento de morir por la patria. Esta religión era el equivalente de lo que entre
nosotros es el jugar a la suerte, o el culto a la bandera. Negarse a participar en tal culto era,
como sería en nuestras sociedades modernas, rehusar el servicio militar. Era declarar que
no se era ateniense. Por otra parte, es claro que tal culto no tenía sentido para aquel que no
era de Atenas; tampoco se ejercía algún proselitismo para forzar a los extranjeros a
aceptarlo; los esclavos de Atenas no lo practicaban. Ocurrió lo mismo en algunas pequeñas
repúblicas de la Edad Media. No se era buen veneciano si no se juraba por San Marcos; no
se era buen amalfitano si no se ponía a San Andrés por sobre todos los otros santos del
paraíso. En esas pequeñas sociedades, lo que ha sido más tarde persecución, tiranía, era
legítimo y acarreaba tan pocas consecuencias como el hecho, entre nosotros, de felicitar al
padre de familia por su santo y el primer día del año.
Lo que era verdadero en Esparta, en Atenas, no lo era ya más en los reinos que
proceden de la conquista de Alejandro; sobre todo, no lo era más en el imperio romano. Las
persecuciones de Antíoco Epífanes para introducir en el Oriente el culto de Júpiter
Olímpico, las del imperio romano para mantener una pretendida religión de Estado, fueron
una falta, un crimen, una verdadera absurdidad. En nuestros días, la situación es
perfectamente clara. No hay más masas que crean de una manera uniforme. Cada cual cree
y practica a su antojo, lo que pueda, como quiere. No hay más religión de Estado; se puede
ser francés, inglés, alemán, siendo católico, protestante, israelita, no practicando ningún
culto. La religión ha llegado a ser algo individual; atañe solamente a la propia conciencia.
La división de las naciones en católicas y protestantes no existe más. La religión, que hace
cincuenta y dos años fue un elemento tan considerable en la formación de Bélgica, guarda
toda su importancia en el fuero interno de sus habitantes; pero ha salido casi enteramente de
las razones que trazan los límites de los pueblos.

IV. La comunidad de intereses es, con seguridad, un lazo poderoso entre los hombres.
¿Bastan ellos, sin embargo, para hacer una nación? No lo creo. La comunidad de intereses
produce los tratados de comercio. Hay en la nacionalidad un lado sentimental; ella es alma
y cuerpo a la vez; un Zollverein no es una patria.

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Renan – ¿Qué es una nación? 10

V. La geografía, lo que se llama las fronteras naturales, contribuye considerablemente por


cierto en la división de las naciones. La geografía es uno de los factores esenciales de la
historia. Los ríos han conducido a las razas; las montañas las han detenido. Los primeros
han favorecido los movimientos históricos; las segundas los han limitado. ¿Se puede decir,
sin embargo, como lo creen ciertos partidos, que los límites de una nación están escritos
sobre el mapa y que esta nación tiene el derecho de apropiarse lo que sea necesario para
redondear ciertos contornos, para alcanzar tal montaña, tal río, a los cuales se atribuye una
especie de facultad delimitadora a priori? No conozco doctrina más arbitraria ni más
funesta. Con ella se justifican todas las violencias. Y, desde luego, ¿son las montañas o bien
son los ríos los que forman esas pretendidas fronteras naturales? Es indisputable que las
montañas separan, pero los ríos, más bien, reúnen. Y además todas las montañas no podrían
dividir a los estados. ¿Cuáles son aquellas que separan y cuáles aquellas que no separan?
De Biarritz a Tornea no hay desembocaduras de ríos que tengan más que otras un carácter
limítrofe. Si la historia lo hubiera querido, el Loira, el Sena, el Mosa, el Elba, el Oder
tendrían, tanto como el Rhin, ese carácter de frontera natural que ha hecho cometer tantas
transgresiones al derecho fundamental que es la voluntad de los hombres. Se habla de
razones estratégicas. Nada es absoluto; es claro que muchas concesiones deben ser hechas
ante la necesidad. Pero no es preciso que esas concesiones vayan demasiado lejos. De otro
modo, todo el mundo apelará a sus conveniencias militares, y eso sería la guerra sin fin. No,
no es la tierra más que la raza lo que hace una nación. La tierra suministra el substrato, el
campo de la lucha y del trabajo; el hombre suministra el alma. El hombre es todo en la
formación de esta cosa sagrada que se llama un pueblo. Nada material basta para ello. Una
nación es un principio espiritual, resultante de las complicaciones profundas de la historia,
una familia espiritual, no un grupo determinado por la configuración del suelo.
Acabamos de ver lo que no basta para crear tal principio espiritual: la raza, la
lengua, los intereses, la afinidad religiosa, la geografía, las necesidades militares. ¿Qué
más, pues, hace falta? Por todo lo dicho anteriormente, sólo me resta pedirles su atención
por un momento más.
III

Una nación es un alma, un principio espiritual. Dos cosas que no forman sino una, a decir
verdad, constituyen esta alma, este principio espiritual. Una está en el pasado, la otra en el
presente. Una es la posesión en común de un rico legado de recuerdos; la otra es el
consentimiento actual, el deseo de vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la
herencia que se ha recibido indivisa. El hombre, señores, no se improvisa. La nación, como
el individuo, es el resultado de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y de desvelos.
El culto a los antepasados es, entre todos, el más legítimo; los antepasados nos han hecho lo
que somos. Un pasado heroico, grandes hombres, la gloria (se entiende, la verdadera), he
ahí el capital social sobre el cual se asienta una idea nacional. Tener glorias comunes en el
pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho grandes cosas juntos, querer seguir
haciéndolas aún, he ahí las condiciones esenciales para ser un pueblo. Se ama en
proporción a los sacrificios que se han consentido, a los males que se han sufrido. Se ama la

10
Renan – ¿Qué es una nación? 11

casa que se ha construido y que se transmite. El canto espartano: “Somos lo que ustedes
fueron, seremos lo que son”, es en su simplicidad el himno abreviado de toda patria.
En el pasado, una herencia de gloria y de pesares que compartir; en el porvenir, un
mismo programa que realizar; haber sufrido, gozado, esperado juntos, he ahí lo que vale
más que aduanas comunes y fronteras conformes a ideas estratégicas; he ahí lo que se
comprende a pesar de las diversidades de raza y de lengua. Yo decía anteriormente: “haber
sufrido juntos”; sí, el sufrimiento en común une más que el gozo. En lo tocante a los
recuerdos nacionales, los duelos valen más que los triunfos; porque imponen deberes; piden
el esfuerzo en común.
Una nación es, pues, una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios
que se ha hecho y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer. Supone un pasado; sin
embargo, se resume en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo
claramente expresado de continuar la vida común. La existencia de una nación es
(perdonadme esta metáfora) un plebiscito cotidiano, como la existencia del individuo es
una afirmación perpetua de vida. ¡Oh! lo sé, esto es menos metafísico que el derecho
divino, menos brutal que el pretendido derecho histórico. En el orden de ideas que os
expongo, una nación no tiene, como tampoco un rey, el derecho de decir a una provincia:
“Me perteneces, te tomo”. Para nosotros, una provincia es sus habitantes; si en este asunto
alguien tiene el derecho de ser consultado, este es el habitante. Una nación no tiene jamás
un verdadero interés en anexarse o en retener a un país contra su voluntad. El voto de las
naciones es, en definitiva, el único criterio legítimo, aquel al cual siempre es necesario
volver.
Hemos expulsado de la política las abstracciones metafísicas y teológicas. ¿Qué
queda después de esto? Quedan el hombre, sus deseos, sus necesidades. La secesión, me
diréis, y, a la larga, el desmembramiento de las naciones son la consecuencia de un sistema
que pone esos viejos organismos a merced de voluntades a menudo poco ilustradas. Es
claro que en parecida materia ningún principio debe ser extremado hasta el exceso. Las
verdades de este orden no son aplicables sino en su conjunto y de una manera muy general.
Las voluntades humanas cambian; pero ¿qué es lo que no cambia en este bajo mundo? Las
naciones no son algo eterno. Han comenzado, terminarán. La confederación europea,
probablemente, las reemplazará. Pero tal no es la ley del siglo en el que vivimos. En la hora
presente, la existencia de las naciones es buena, inclusive necesaria. Su existencia es la
garantía de la libertad, que se perdería si el mundo no tuviera sino una ley y un amo.
Por sus facultades diversas, a menudo opuestas, las naciones sirven a la obra común
de la civilización; todas aportan una nota a este gran concierto de la humanidad que, en
suma, es la más alta realidad ideal que alcanzamos. Aisladas, tienen sus partes débiles. Me
digo a menudo que un individuo que tuviera los defectos considerados como cualidades en
las naciones —que se alimentara de vanagloria, que fuera a propósito celoso, egoísta,
pendenciero, que no pudiera soportar nada sin desenvainar la espada— sería el más
insoportable de los hombres. Pero todas esas disonancias de detalle desaparecen en el
conjunto. ¡Pobre humanidad! ¡Cuánto has sufrido! ¡Cuántas pruebas te esperan todavía!
¡Pueda el espíritu de sabiduría guiarte para preservarte de los innumerables peligros de que
tu ruta está sembrada!

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Renan – ¿Qué es una nación? 12

Resumo, señores: el hombre no es esclavo ni de su raza, ni de su lengua, ni de su


religión, ni de los cursos de los ríos, ni de la dirección de las cadenas de montañas. Una
gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón, crea una conciencia
moral que se llama una nación. Mientras esta conciencia moral prueba su fuerza por los
sacrificios que exigen la abdicación del individuo en provecho de una comunidad, es
legítima, tiene el derecho a existir. Si se promuevan dudas sobre sus fronteras, consulten a
los pueblos disputados. Tienen completamente el derecho de tener una opinión en el asunto.
He ahí lo que hará sonreír a los eminentes de la política, esos infalibles que pasan su vida
engañándose y que, desde lo alto de sus principios superiores, se apiadan de nuestro
prosaísmo. “Consultar a los pueblos, ¡qué ingenuidad! Estas endebles ideas francesas
pretenden remplazar la diplomacia y la guerra con una simplicidad infantil”.
Esperemos, señores; dejemos pasar el reino de los eminentes; sepamos sufrir el
desdén de los fuertes. Tal vez, después de muchos tanteos infructuosos, se volverá a
nuestras modestas soluciones empíricas. El medio de tener razón en el porvenir es, en
ciertas horas, saber resignarse a estar pasado de moda.

ERNEST RENAN – 1882

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*ed. digital: Franco Savarino, 2004

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