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Al Borde Del Precipicio

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° AL BORDE DEL PRECIPICIO °

“En un mundo fragmentado por varios reinos, el príncipe heredero Nyugen Enma fue arrastrado a la
guerra contra Fyria desde que su cuna fue mecedora de espadas. Marcado por los dioses, su
destino era tan brillante como sangriento; se decía que Enma no solo era el brazo ejecutor de su
reino, sino también un maestro de las artes marciales cuya fama resonaba en cada rincón de Zarilia.
Su nombre inspiraba temor y su corazón, según susurraban las sombras, no conocía la piedad. Sin
embargo, un joven de cabello dorado desafía los murmullos y busca convertirse en el tercer discípulo
del príncipe. Juntos se adentrarían en un vórtice de intrigas y batallas que pondrían a prueba no solo
su destreza, sino los hilos mismos del destino.”

Capítulo 1
El jardín era un tesoro de verdor y frescura. El príncipe heredero lo había descubierto por casualidad
detrás de una pared de piedra que estaba cerca de la zona del palacio. Era un maravilloso lugar
lleno de belleza y armonía, las flores de todo tipo de colores se mezclaban con el verde de los
arboles frutales. Un arroyo cristalino cruzaba el jardín y desemboca con una hermosa cascada en un
lago rodeado de flores de loto. El príncipe visitaba a menudo aquel lugar, brindaba un poco de
tranquilidad y paz. Se escuchan los cantos de las aves, el golpe del agua cayendo por la cascada, el
crujir de los árboles y las hojas moviéndose levemente por culpa de la brisa.
Este lugar no muchos lo conocían, las pocas personas que lo conocían se pueden contar con los
dedos de una mano. Aún así, nadie de los que conocían este lugar se atrevían a pisarlo sin permiso,
ya que sabían que era muy importante para el príncipe heredero.
Sentado en una mesa de madera, empezó a tocar la cítara con maestría. Sus dedos acariciaban las
cuerdas y hacían resonar una melodía suave y envolvente. La música se expandía por el aire y
llegaba a los oídos de las almas de los muertos. Eran almas que caminaban perdidas o resentidas
por culpa de la guerra que les arrebató la vida cruelmente, buscando una luz que las guiara. Así
podrían encontrar su propio camino y no quedar atrapadas en este mundo terrenal. Todas tenían una
historia, un sueño, un dolor. Las almas agradecían la música y respondían con una suave brisa. El
viento movía levemente su cabello negro y sus ropas blanquecinas, dándole un aura llena de
tranquilidad.
En la mitad de su tranquilidad, un alboroto inesperado rompió la calma desde un lugar no muy
distante. Sus cejas, finas y perfectamente delineadas, se fruncieron en una mueca de desagrado.
Los dedos largos, que hasta ese momento danzaban sobre las cuerdas de la cítara, se detuvieron
abruptamente. Ahora, el ambiente se veía invadido por el sonido de disputas, risas despectivas e
insultos que se colaban en aquel espacio lleno de serenidad.
Un grupo de hombres del ejército acorralaba a un joven que estaba tirado en el suelo. Moretones
que le envolvían desde el ojo izquierdo hasta todo su cuello y brazos. Su cabellera dorada y
enmarañada, hacía parecer que una pequeña ave había hecho un nido ahí, estaba totalmente
despeinada. Traía puesta una ropa andrajosa y desgarrada que lograba mostrar sus atroces y
repulsivas cicatrices.
A pesar de las múltiples heridas que sangraban en su cuerpo, el joven no se rendía. Con una mirada
desafiante, se puso de pie y trató de abrirse paso entre los oficiales que lo acorralaban. Su grito de
rebeldía resonó en el aire:
—¡Déjenme pasar!, ¡Quiero ver al dios de la guerra!
Gritó el joven varias veces con la misma insistencia. Los soldados lo miraban con tono despectivo y
se burlaban de él. ¿Cómo se atrevía un lacayo como él a hacer tal exigencia? Lo empujaron, lo
patearon e incluso le escupieron sin piedad. El príncipe se había ganado a pulso el prestigioso título
de dios de la guerra. Muchos creían que un dios lo había bendecido. Nadie podía igualar sus artes
marciales. Era el más admirado y respetado por su poder. A pesar de ser admirado, todos huían de
él siempre que lo veían llegar, le tenían un pavor muy grande. Su personalidad era dura y fría, era
mejor no inmiscuirse en sus asuntos, mucho menos molestarlo o romper alguna de las reglas del
palacio imperial, algunas incluso escritas por él mismo. Era un hombre bastante conservador y
egocéntrico, te miraba como si estuvieras mucho más abajo que él, como si quisiera pisotearte y
arruinarte.
El príncipe se levantó lentamente desde donde yacía sentado, acomodó sus ropas blancas
inmaculadas con delicadeza y marchó hacia el pabellón de armas con un gesto impasible. No tardó
mucho ya que su escondite no estaba tan lejos. Al verlo llegar, los soldados se apartaron
rápidamente del lacayo que estaba otra vez tirado en el suelo, malherido sin volver a tener la
oportunidad de levantarse.
—¡Príncipe Nyugen Enma!, ¿dónde ha estado?
La voz angustiada de una mujer retumbó detrás del príncipe.
—Con mi hermano me he cansado de buscarlo…
El joven que la mujer llamó estaba a su lado, él se inclinó levemente para mostrarle su sincero
respeto al príncipe. Ambos hermanos eran los discípulos de aquel príncipe desde su infancia. Eran
totalmente idénticos, tanto su color de ojos y cabello eran de negro azabache. La única diferencia
visible que poseían era lo que mostraban entre las piernas, que escasamente se notaba ya que les
encantaba vestirse con ropa similar, aunque muchos reprobaban a aquella mujer por usar ropa de
hombre, nunca les hizo caso. Su hermano utilizaba un lazo violeta que ella le había regalado para
atar su cabello y así eludir el inconveniente de que los confundan.
Nyugen Enma los ignoró indiferentemente y frunció el ceño furiosamente mientras se erguía junto al
joven. No le gustaba que lo importunaran con súplicas y mucho menos ver a sus propios hombres
golpear a alguien más cuando las reglas prohíben cualquier tipo de alboroto y peleas dentro del
palacio imperial. Sus dedos se deslizaron hacia la barbilla del joven, estrangulando sus mejillas y
elevando bruscamente su rostro, exigiéndole que lo mirara.
—¿Qué quieres de mí?
Preguntó con voz gélida, provocando que los pelos de la nuca de cualquiera que estaba presente se
erizaran.
Los ojos del chico rubio se enfrentaron rápidamente con los de aquel príncipe, haciéndole temblar
sus pestañas levemente. Los ojos de Nyugen Enma se veían iguales a los de una serpiente al borde
de cazar a su presa, eran extremadamente oscuros y podías percibir que intentaba escrutar tu alma
y revelar todos tus pensamientos. El joven lo observaba con bastante temor, se veía como si fuera
un despreciable y tonto perro que había sido abandonado. Poseía unos ojos sumamente verdes que
incluso admirarías una aurora boreal en ellos.
—Quiero que me conviertas en tu discípulo, que me enseñes a ser un guerrero.
Cuando el príncipe escuchó esa insólita frase, estalló en una carcajada, mientras apretaba más sus
mejillas.
—¿Mi discípulo, Tú? Fíjate bien. Eres débil, inútil y no tienes la destreza para ser un guerrero. Para
lo único que podrías llegar a servir es para ocasionarme un increíble dolor de cabeza o lanzarte
como cebo.
A pesar de las crueles palabras del dios de la guerra, no se rindió y volvió a hablar.
—Te lo suplico, príncipe, estoy convencido de que puedo aprender. Estoy seguro de que puedo
mejorar… Tan solo exijo una alternativa, incluso si me dices que actúe de cebo puedo hacerlo.
Apenas se pudieron entender sus palabras por la fuerza que ejercía el príncipe en él, aún así,
Nyugen Enma le entendió fácilmente.
—No queda ni una sola posibilidad para ti y ese es mi veredicto final. Lárgate de aquí. No quiero
volver a cruzarme contigo.
Nyugen Enma soltó bruscamente el rostro del joven. Observó a los oficiales que estaban detrás de él
con una mirada implacable, que les hizo temblar de pies a cabeza.
—Ya que sus maestros no pudieron educarlos correctamente, Recibirán 36 azotes.
Dijo tajantemente. Sacudió su manga con fuerza, creando un estruendo y se marchó del pabellón
con altivez. Su rostro mostraba furia y desprecio. Los hermanos le acompañaron el paso.
El joven observó la espalda del príncipe marcharse, con su corazón partido. Intentó levantarse varias
veces pero no lo logró, impotente golpeó la tierra con sus pocas fuerzas y gritó con sus ojos
empañados.
—¡No me iré. Quiero aprender de usted, servirle y luchar por su causa, volveré y practicare todos los
días!
Luego de vociferar se desplomó desmayado en la tierra. Nyugen Enma lo había oído clamar y cesó
su andar para reanudarlo al segundo siguiente de que se desvaneciera. Rogó que realmente las
palabras que había exclamado fueran un engaño y que se rindiera fácilmente, no quería aguantar
otro contratiempo más.
Los hermanos le siguieron a una distancia prudente y cruzaron miradas difíciles de descifrar. Les
angustiaba el final que tendría ese joven. Indudablemente algún soldado recogería su cuerpo y lo
lanzaría lejos, se encargaría de deshacerse de su cuerpo, lanzándolo al olvido sin importar si
sobreviviría a sus heridas. Pero tampoco querían hablar, sabían perfectamente que Nyugen Enma
estaba demasiado enojado por la falta de disciplina de esos hombres y la deficiencia de sus
respectivos maestros. Peor que él también es una pequeña parte de sus enseñanzas y no podía
creer que había fallado. Molestarlo con habladurías lo molestaría aún más, si bien se conocen hace
mucho tiempo, el dios de la guerra era alguien con muy poca paciencia y sea quién sea sería su
desquite.
Mientras avanzaba por el sendero que conducía a la cámara imperial, Nyugen Enma se hallaba
sumido en una maraña de reflexiones. En un instante, su paso se detuvo abruptamente; estaba tan
cerca del palacio que podía distinguir los grabados en las puertas doradas. Un pensamiento fugaz,
un recuerdo olvidado, parecía haber brotado de las profundidades de su conciencia, interrumpiendo
su marcha. Los hermanos que seguían su estela casi chocan contra su espalda y los sacó de su
ensimismamiento.
—Li Suravi, Jooha.
Ordenó de repente el príncipe, requiriendo su atención.
—Vuelvan al salón de armas y lleven a ese hombre al…
La frase del príncipe quedó inconclusa, había sido frustrada por un estruendo que estremeció todo el
terreno. Los tres alzaron la mirada rápidamente y presenciaron cómo miles de proyectiles se
precipitaban encima del palacio, arrasando todo en tan solo segundos.
Capítulo 2
La devastación se cernía sobre el palacio, y los corazones de los habitantes se llenaron de
desesperación. Las flechas, las jabalinas y las hachas ardientes se estrellaban contra las defensas,
desgarrando la madera y la piedra. Caían como una lluvia mortal sobre los tejados y las murallas,
que se resquebrajaban bajo el impacto. Los tejados se incendiaban, y las llamas se extendían por las
ventanas y las puertas. Los gritos de los guardias y sirvientes se perdían en el estruendo infernal,
mientras corrían a refugiarse o a defender lo que quedaba de su hogar. El enemigo avanzaba
implacable, dispuesto a arrasar con todo lo que encontrara a su paso. El palacio, que una vez fue un
símbolo de esplendor y poder, se convertía en un infierno de humo y sangre.
En el mismo momento, una banda de atacantes fueron liberados. Eran movidos por el odio, la
codicia o el fervor. No les importaba la vida de los inocentes que habitaban los alrededores del
palacio. Empezaron a saquear y secuestrar a todo aquel que se cruzara en su camino y si no les
servían los asesinaban.
No tardó mucho tiempo para que el pánico se apoderase de las personas que vivían en el pueblo.
Algunos se aferraban a sus seres queridos, otros rezaban a sus dioses, y otros se rendían a la
desesperación. Nadie sabía qué hacer ni a dónde ir. Algunos se encontraban con las espadas y las
lanzas de los invasores. Otros se escondían, esperando el final o que no los encontraran. Los más
valientes se armaban con lo que podían para defenderse a si mismos o a alguien querido. El pánico
se convertía en terror, y el terror en agonía.
En las villas marginales, donde la pobreza era más cruda, algunas madres sucias y desgastadas
protegían a sus hijos con su poca carne. Eran demasiado flacas por no comer lo suficiente, pero su
amor y determinación eran inquebrantables. Otras por otro lado, eran capaces de sacrificar hasta a
su propio hijo por salvar su propio pellejo.
Provocaron el fuego, incendiando las casas de los civiles, disfrutando de su sufrimiento. Los que
lograban escapar de la masacre corrían hacia las colinas, buscando un refugio seguro. Pero muchos
no lo conseguían, y caían bajo las espadas o las flechas de los invasores.
Nyugen Enma sintió un escalofrío recorrer por toda su columna vertebral. Con un gesto rápido, sacó
de su funda una espada, su espada divina. Una espada digna de admiración, que tiene una hoja
blanca, que se veía como una escarcha reluciente tanto debajo la luz de la luna como debajo del sol.
La hoja posee unos grabados de color azul marino, que formaban unos patrones geométricos. Tres
flores rojas esculpidas cerca de la guarda, que resaltaban notoriamente con el blanco y el azul, ya
que el rojo parecía sangre recién derramada. El mango era de metal azul marino, y estaba adornado
con una serpiente de metal del mismo color, que se enroscaba alrededor del mango, como si fuera
parte de él. La serpiente tenía unos ojos rojos, que brillaban con una luz misteriosa. La espada tenía
grabado el nombre Nival. Era un arma única y poderosa, que reflejaba la personalidad y la habilidad
de su dueño, sugiere la pureza y la elegancia, así como su capacidad para congelar como la nieve.
Un grupo de invasores se aproximaba a la majestuosa puerta del palacio, montados en caballos de
guerra, con armaduras relucientes y espadas desenvainadas, listos para el asedio. Nyugen Enma
Con una respiración profunda, canalizó su energía interna, conectándose con el flujo cósmico que lo
rodeaba. El poder de Nival se intensificó, envolviéndolo en un aura azul. Con una naturalidad que
desafiaba la urgencia del combate, sus movimientos fluían con una elegancia sobrenatural, cada
gesto tan delicado y calculado, pero ejecutada con una precisión mortal que no dejaba lugar a dudas
de su letalidad. Sus pasos eran una danza de muerte, una coreografía que solo el dios de la guerra
podría ejecutar con tal destreza. Cada giro, cada estocada, era una poesía visual en movimiento,
una danza digna que solo el dios de la guerra podría lograr.
Los hermanos, siguiendo al príncipe, se unieron a la danza roja. Aunque no alcanzaban la maestría
de Nyugen Enma, era evidente que cada uno de sus movimientos había sido moldeado por las
enseñanzas del heredero al trono. Sus armas, cargadas con la energía dual que fluía a través de sus
venas, resplandecían con un fulgor que rivalizaba con el último destello del sol poniente.
Movimientos sincronizados, tan armoniosos que parecían un solo ser.
El dios de la guerra alzó su brazo con su espada en mano. La hoja emitió un brillo azulado. Cuando
la blandió, una ráfaga de viento hizo que las flechas se desviaran. Las hachas se partieron en dos.
Las piedras ardientes que buscaban la destrucción del palacio se extinguieron como estrellas
fugaces, dejando tras de sí solo el susurro de cenizas y el eco de un humo que se disipaba.
Avanzaron con paso firme, haciendo retroceder a sus enemigos con cada movimiento de su espada.
El General Ivanov, líder del ejército invasor, lo observó desde la distancia con una mirada fría y
despiadada. Él pertenecía a la nación vecina, Fyria, que había sufrido una terrible calamidad. Sus
ojos estaban inyectados de rojo, no solo por el cansancio de la batalla, sino también por el odio y
rencor inmenso que sentía por la nación de Zarilia y su príncipe. Hace décadas, Zarilia les había
prohibido la entrada a todos los habitantes de Fyria debido a una epidemia que asoló su país. Mucha
sangre de inocentes había sido derramada por la indiferencia y el desprecio de los zarilianos. Ahora
todos los habitantes de Fyria estaban determinados a vengar a todos los que sufrieron esa
enfermedad y aniquilar a todos los que se atrevieron a darles la espalda. El General Ivanov había
jurado que no descansaría hasta ver el palacio de Zarilia arder y tanto el príncipe como los reyes
suplicar por su vida.
El odio que sienten es un odio profundo y arraigado, que se ha ido alimentando por años de
sufrimiento y resentimiento. Los habitantes de Fyria se sienten traicionados y abandonados por los
zarilianos. Los zarilianos habían comerciado con Fyria durante mucho tiempo, pero cuando se
descubrió que algunos de sus productos estaban infectados con un virus mortal, se negaron a
asumir su responsabilidad y a ayudar a los fyrianos. En vez de eso, cerraron sus fronteras y los
aislaron del resto del mundo, sin importarles las consecuencias. Los fyrianos tuvieron que
enfrentarse solos a la epidemia, que se cobró la vida de miles de personas, entre ellas familiares,
amigos y seres queridos. Muchos de los que sobrevivieron quedaron con secuelas físicas y
psicológicas, y con un profundo rencor hacia los zarilianos.

Pero su odio no era solo por lo que habían hecho en el pasado, sino también por lo que seguían
haciendo en el presente. Los zarilianos no se conformaban con defenderse de los ataques de Fyria,
sino que también lanzaban incursiones a su territorio, matando gente sin razón solo para causarles
miedo y que dejaran la guerra. No les importaba si eran soldados o civiles, hombres o mujeres, niños
o ancianos. Los mataban con crueldad y sin piedad, y luego dejaban sus cuerpos mutilados y
quemados como advertencia. Los fyrianos vivían con el terror de que en cualquier momento podían
ser víctimas de esas atrocidades, y con el dolor de haber perdido a muchos de los suyos.
Su ejército, una mezcla de guerreros vikingos y hechiceros oscuros, rugía como una tormenta. La
enfermedad había dejado cicatrices profundas en sus almas, y también en sus cuerpos. El conflicto
entre estas dos naciones era más que una simple guerra territorial. Era una lucha por la
supervivencia y la redención, por el honor y la justicia. Los habitantes de Fyria culpaban a la nación
vecina por su sufrimiento, y ansiaban vengarse de los que les habían causado tanto dolor. Mientras
que los de Zarilia los veían como invasores crueles, que querían destruir su cultura y su forma de
vida. Ninguno de los dos bandos estaba dispuesto a ceder, y el odio se había enquistado en sus
corazones. La guerra era inevitable, y solo el destino decidiría quién saldría victorioso.
Este conflicto se había prolongado por más de 50 años, sin que ninguno de los dos países pudiera
imponerse al otro. Había sido una contienda de desgaste, de ataques y contraataques, de victorias y
derrotas. Una lucha que había consumido recursos, vidas y esperanzas. Una batalla que había
dejado heridas que no se cerraban, y que solo alimentaban el rencor y la sed de venganza. Una
confrontación que parecía no tener fin, y que amenazaba con arrastrar a otras naciones al conflicto.
Un enfrentamiento que solo podía terminar con la aniquilación de uno de los dos bandos, o con la
intervención de una fuerza superior. Una guerra que había marcado la historia de ambos países, y
que definiría su futuro.
El príncipe avanzó con paso firme, con sus dos discípulos siguiéndole el paso. La mirada de Enma
era totalmente escalofriante, tan tranquila que era alarmante. De repente empezó a ver como varios
hombres se acercaban a ellos armados con espadas y escudos. Se lanzaron hacia Nyugen Enma,
con la intención de acabar con él. Con una velocidad sobrehumana, giró su espada y las clavó en el
pecho. Luego, la sacaba y la clavaba por el cuello de otros enemigos con mucha precisión.
Intentaron varias veces sorprenderlo por la espalda, pero sus discípulos lo seguían de cerca,
cubriéndole de otros ataques. Lee Johan usaba dos dagas con veneno, que lanzaba con precisión a
los ojos o las gargantas de sus enemigos. Lee Suravi usaba una espada larga, que manejaba con
destreza y fuerza, cortando los brazos o las piernas de los que se interponían en su camino.
Al ver que los atacantes cayeron al suelo, sangrando profusamente, Nyugen Enma se giró hacia sus
dos discípulos y les ordenó en voz baja, para que nadie más los escuchara:
“Encuentren a los reyes y protéjanlos con su vida. Confío en que lograrán sacarlos de la nación sin
sufrir ninguna herida mortal.”
Los hermanos, alarmados por la seguridad de Nyugen Enma reprocharon sin pensar:

“¿¡Y usted!? No podemos irnos maestro, no podrá con tantos usted solo, al menos deja que me
quede para curar sus heridas.”
Habló rápidamente Lee Suravi, ella sabía que el príncipe siempre se hacía el fuerte pero no podría
con tanto el solo, al menos quería ser de ayuda para él ya que poseía una de las magias de curación
más fuerte en el palacio.
“No. Ve con tu hermano, él te necesitará más que yo. Volveré al salón de armas para dar las órdenes
y preparar la defensa.”
Habló con voz firme mientras su mano estaba delicadamente apoyada en el hombro de ambos
hermanos. Luego, los empujó con suavidad.
“Estaré bien, vayan. No pierdan tiempo, cada segundo cuenta.”
Los hermanos se miraron con angustia, pero obedecieron. Sabían que Nyugen Enma era un gran
guerrero y un líder nato, y que no podían contradecir su voluntad. Los tres desaparecieron en un
pestañeo, cada uno por su lado, usando su velocidad sobrehumana. Nyugen Enma confiaba en sus
discípulos, pero sabía que el enemigo no se rendiría tan fácilmente. Tenía que estar listo para lo que
fuera, sacrificando su propia vida si era necesario.
No mostraba sus emociones ni sus debilidades. Había sido entrenado desde niño para ser un
guerrero y un líder, y no tenía tiempo para distracciones ni sentimentalismos. Su lealtad al rey y a la
reina era absoluta, y su deber era protegerlos a toda costa. No le importaba lo que los demás
pensaran de él, ni lo que él mismo sintiera. Solo le importaba cumplir con su misión, y hacerlo con
eficacia y honor.
El príncipe llegó rápidamente al salón de armas, matando todo aquel que se cruce en su camino con
una precisión muy exacta y una mirada con total indiferencia. Observó como el fuego abrasador se
expandía rápidamente por el palacio, consumiendo todo lo que encontraba a su paso. Entonces gritó
en medio de todo el caos con una voz gélida, que resonó por todo el salón:
“¡El grupo 7, cuiden a todos los heridos del palacio y llévenlos a un lugar seguro. El grupo 4 bloqueen
cualquier entrada al palacio y manténgalo vigilado, no quiero más sorpresas desagradables y el resto
vayan a contraatacar los ataques del enemigo y busquen a los sabios y a los alquimistas.
Necesitamos acelerar la producción de la cura. Cada minuto cuenta!”
Sus palabras fueron recibidas con un grito de afirmación por parte de los guardias que aún quedaban
en pie. El príncipe sabía que la situación era crítica, y que debía actuar con rapidez y eficacia.
“¡Vayan!”
Los guerreros se dispersaron, cada uno cumpliendo su deber.
Los guerreros cargaron, sus cuerpos moviéndose en una danza mortal. Las espadas chocaron, los
hechizos se entrelazaron, y el campo de batalla se convirtió en un torbellino de violencia. El sonido
del metal, el fuego y los gritos llenaba el aire. Los fyrianos no se detenían, empujados por el odio y la
venganza. Los zarilianos no se rendían, impulsados por el honor y la lealtad. La sangre salpicaba el
suelo, y los cadáveres se amontonaban. Era una escena de horror y destrucción.

Nyugen Enma observó rápidamente todo el lugar con su mirada aguda, buscando algo o alguien
entre el caos y la destrucción. Pronto pudo divisar al joven rubio de hace un rato, que yacía
inconsciente en el suelo, rodeado de sus soldados. Estos le medían sus signos vitales y le aplicaban
vendas y ungüentos para curar sus heridas. Luego lo levantaron con cuidado y lo llevaron a un lugar
seguro, lejos del fuego y del enemigo.
Mientras tanto, los hermanos se abrían paso entre el caos, buscando a los reyes con la mirada, que
habían sido acorralados por el fuego y enemigos. Sin pensarlo dos veces Lee Johan, con sus dagas
cubiertas de veneno sacado de su propio maná, los atacó con una velocidad y ferocidad increíbles.
Se movía como una sombra, atacando con precisión mortal, y dejando tras de sí un rastro de
cadáveres.
Como siempre, fue Lee Suravi la que habló:
“¡Majestades, tenemos que salir de aquí, Rápido, vengan!”
Los cuatro se precipitaron por las escaleras del palacio hacia una habitación oculta. Por el camino,
se toparon con multitud de enemigos, que sucumbieron ante sus armas. Ignoraron los gritos de los
inocentes que les suplicaban ayuda, pero no podían detenerse. Su deber era proteger a los reyes,
aunque les desgarrara el corazón. Lee Suravi les seguía de cerca, parando los golpes con su katana.
Su arma era como un rayo, tan rápida que apenas se veía. También usaba su magia de curación
para seguir manteniéndose de pie.
Llegaron a la habitación sin llamar la atención y eliminaron a los que los habían visto. Rápidamente
observaron los millones de libros que había y agarraron uno en específico. Era la biblioteca del
palacio, donde solo el príncipe, los reyes y ellos tenían acceso. Al tomar el libro, se abrió una puerta
secreta que daba a un pasadizo oscuro.
“Rápido, entren.”
Esta vez fue Johan quién habló con voz firme y autoritaria. Él era de pocas palabras, pero cuando
hablaba, su voz resonaba como un trueno. Después de que entraron, Johan cerró la puerta y Suravi
sacó un talismán de su bolsillo. El talismán emitía una luz tenue, que iluminaba el pasadizo por unos
metros.
El silencio era tan opresivo que solo se oía la respiración agitada de los que estaban presentes y sus
pasos apresurados al andar.
Llegaron al final del túnel justo cuando una varita de incienso se consumía. Estaban cerca del puerto.
Allí les esperaba una lancha. Sin perder un segundo, ayudaron a los reyes a subir a la lancha, y
cogieron los remos con fuerza. Se alejaron del palacio, que ardía en llamas y se desmoronaba. Su
destino era la nación vecina, donde confiaban en hallar refugio. Sabían que debían ser rápidos, pues
el enemigo podía descubrirlos y seguirlos en cualquier instante.
“Pónganse estas ropas, por favor.”

Lee Suravi les habló con voz suave, mientras les entregaba ropa limpia y doblada a los reyes. No
podían permitirse revelar su identidad, pues eso podría provocar conflictos en una nación extranjera,
sobre todo sin haber avisado de su llegada, ni mucho menos explicar el motivo de su huida, lo que
sería una vergüenza. Los reyes se quitaron sus joyas y sus ropas elegantes, y se vistieron con unas
prendas simples y comunes. Los hermanos hicieron lo mismo, y guardaron sus armas y sus
emblemas. Debían actuar como si fueran unos viajeros cualquiera. Sabían que tenían que
mantenerse con vida, y esperar una ocasión para regresar a su reino. Los reyes confiaban en que
Enma, el dios de la guerra que habían criado con tanto cariño, pudiera solucionar la situación,
exterminando a los invasores y recuperando el palacio.
El príncipe avanzó por el camino, abriéndose paso entre los vikingos que intentaban detenerlo. Su
ropa, que antes era inmaculada y blanca, se tiñó de rojo por la sangre derramada, tanto la de sus
enemigos como la suya. Cortaba la carne de los asaltantes con su espada Nival, que desprendía un
frío glacial. Su mirada era gélida e impasible, solo mostraba su determinación.
No tardó mucho en hallar al que comandaba a todos esos vikingos, el General Ivanov, que lo
aguardaba con una sonrisa malévola. El príncipe no vaciló ni un instante, desoyendo el dolor de sus
heridas como si fueran meros raspones y lo atacó con un destello de su espada. Ivanov se protegió
con su hacha, y el choque de las armas generó una lluvia de chispas. Los dos se enfrentaron con la
mirada, y se enzarzaron en una batalla.

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