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Psicosilicolonialidad en el Siglo XXI

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La psicosilicolonialidad del siglo XXI

Aldo César Guzmán

El hombre ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis:


bastante magnífico cuando se coloca sus artefactos, pero
éstos no crecen de su cuerpo y a veces aun le
procuran muchos sinsabores.

Sigmund Freud. El malestar en la cultura

El mundo occidental1 del siglo XXI se ha caracterizado, en el campo social y político,


por movimientos de derecha, conservadores o autoritarios en ascenso. Incluso los mismos
movimientos de izquierda se han doblegado ante el discurso conservador. El individualismo,
la distancia y negación del otro, se ha constituido como un valor al cual aspirar; pero también
lo ha hecho la cada vez mayor diferenciación del otro: se levantan fronteras físicas y
subjetivas, de concreto y discursivas. El otro es siempre visto como un peligro, por lo que
resulta necesario alejarlo, silenciarlo, marginalizarlo, encerarlo, matarlo; mientras que al que
resulta semejante se le incluye en comunidades endogámicas cada vez más encerradas en sí
mismas. Esta violencia, como nos lo hace ver Roudinesco en El yo soberano, no es exclusiva
de los movimientos conservadores, sino cada vez más es apropiada también por los
movimientos que se asumen como liberales: LGBTI+, feministas, decoloniales, etc.

En este mismo siglo, la digitalización de la vida se ha convertido en una normativa de


vigilancia, autoservidumbre, culpa, deseo y control. La cuestión no se limita a las pantallas
de los celulares, sino que va más allá, pues la vida entera se encuentra digitalizada. Aunque
como sostiene Mau (2023), “ciertamente, todavía quedan oportunidades para permanecer
fuera o, al menos, en los márgenes del mundo digital y evitar dejar rastros de datos, pero al

1
No puedo hablar de que en oriente se den movimientos de derecha, conservadores o autoritarios
cuando dicha concepción es completamente occidental. Occidentalizar oriente implica una
homogenización y una borradura de las cosmovisiones, las concepciones y las particularidades de
oriente.

[1]
precio de la autoexclusión de los contextos relevantes de comunicación y creación de redes.”
Hoy no podemos pensar el mundo sin lo digital, aunque ello nos lleve a regalar información
personal, el nuevo oro del siglo XXI: preferimos pagar con tarjeta incluso en el
establecimiento más pequeño, nos (des)informamos a través de las redes de fama (Tiktok,
Instagram, X, Facebook), subimos fotografías, creamos “comunidad” en grupos digitales,
etc., aunque ello conlleve ofrecer en bandeja de plata todo el tiempo nuestra privacidad. Así,
las ideas, la información, viajan en cuestión de segundos de un lado del mundo al otro:
gestamos mundo a partir del otro, otro desconocido, fetichizado en su perfil.

Hasta ahora he contextualizado sin entrar aún en lo que me compete: la problemática a


abordar y su relación con el psicoanálisis. Así que, en particular me gustaría enfocarme en
un acontecimiento que ha crecido en la última década y, sobre todo, se ha acelerado a partir
del confinamiento por COVID-19: los diagnósticos psiquiátricos. Ya Freud sostenía en
Análisis profano, que no era deseable para el psicoanálisis que éste se viera incluido en los
manuales psiquiátricos, en su lugar, el objetivo de los analistas es “llevar a cabo el análisis
más completo y profundo que sea posible en nuestros pacientes; no queremos aliviarlos
incorporándolos a las comunidades católica, protestante o social, sino que procuramos más
bien enriquecerlos a partir de sus propias fuentes íntimas, poniendo a disposición de su yo
aquellas energías que debido a la represión se hallan inaccesiblemente fijadas en su
inconsciente, así como aquellas que el yo se ve obligado a derrochar en la estéril tarea de
mantener dichas represiones” (Freud, 2017 [1926]). Es decir, contrario a la psiquiatría actual
que busca “curar” a través de medicamentos, diagnósticos e internamientos, lo mismo que ha
patologizado, el psicoanálisis apuesta por ofrecer una alternativa donde el yo se haga
responsable con sus propias energías.

La situación actual se encuentra atravesada por un contexto donde el discurso psiquiátrico


impera de tal manera que los mismos sujetos acuden al psiquiatra y psicólogo, de manera
voluntaria, en la búsqueda de un diagnóstico, una sumisión voluntaria y deseada; pero a su
vez, se encuentra la influencia de las redes sociales que han sido utilizadas para distribuir el
discurso psiquiátrico en diversas formas y por diversas autoridades (gobiernos, empresas,
psicólogos y psiquiatras, escuelas, centros de investigación, etc.). Así, resulta cada vez más
común escuchar, sobre todo en zonas urbanizadas, frases como “cuida tu salud mental”,

[2]
“tristeza, problemas para poder dormir… ¡llámanos, cuida tu salud mental!”, “sonríe, respeta
a los demás, busca una sana convivencia… cuida tu salud mental”, “convive, sonríe,
comunícate libremente y haz crecer tu mente”2. Aplicando un análisis de discurso crítico,
como propondría van Dijk, y contrario a lo que suele decirse de una supuesta toma de
“conciencia” sobre el “cuidado a la salud mental”, lo que se entrevé es una violencia
constituida como una especie de colonialidad de la subjetividad.

¿Tiene algo por decir el psicoanálisis ante esta violencia? Seguramente tiene algo, bastante
por decir. En el año 2000 en París, Roudinesco y René Major organizaron un encuentro
abierto de psicoanálisis donde participó Derrida, quien intervino con “un reclamo y una
solicitud a toda la comunidad psicoanalítica acerca del problema de la violencia. La
reprimenda giró en torno a la poca o nula participación de los psicoanalistas en el ámbito
político” (Martínez, 2018). En el año 2019, también en París, el filósofo Paul B. Preciado se
presentó en la Jornada 49 de la Escuela de Causa Freudiana que tenía por tema “Las mujeres
en el psicoanálisis”. Preciado realizó una crítica solicitando al psicoanálisis lacaniano que
“no reduzcan los cuerpos a la fuerza reproductiva heterosexual, y que no legitime la violencia
heteropatriarcal y colonial” (2022). Por su parte, Tamy Ayouch, David Pavón Cuéllar, Suely
Rolnik, Jorge Reitter, entre muchos más, han realizado importantes esfuerzos por construir
un psicoanálisis con una postura política decolonial y despatriarcalizada.

La colonialidad de la que se habla, y que creo tiene mucho por decir el psicoanálisis, es la
psicosilicolonialidad. Es decir, una colonialidad pensada en términos de Aníbal Quijano
donde se trata de un proceso de imposición de una estructura de poder jerárquica, pero
aceptada y reproducida voluntariamente como sostiene Franz Fanon. El término “silico” hace
referencia a lo que Éric Sadin define como un fenómeno donde las grandes corporaciones
tecnológicas de Sillicon Valley han dominado aspectos de la vida diaria con grandes
implicaciones sociales, personales, económicas y culturales. Finalmente, con “psico” hago
referencia a la industria psiquiátrica y su discurso dominante en la actualidad. En conclusión,
la psicosilicolonialidad consiste en un proceso de dominio y sumisión voluntario donde el

2
Todos estos son slogans utilizados por el gobierno de México y la Secretaría de Salud obtenidos de sus
propios portales.

[3]
sujeto cede dócilmente ante la clasificación psiquiátrica bajo el discurso de valores como la
seguridad, la libertad y el bienestar, atravesado por una lógica neoliberal y consumista.

¿Por qué las personas buscan, en la actualidad, un diagnóstico psiquiátrico aunque ello
contribuya a su deterioro? Desde la mirada social-económica: porque el diagnóstico
psiquiátrico se ha constituido como un producto símbolo de estatus. Para las personas de
clase media no resulta un tabú decir que asisten al psiquiatra, que consumen tales
medicamentos y que tienen tal diagnóstico, pues son productos y servicios que pueden
costear. Aspecto que no resulta igual en grupos de clase baja donde no pueden costearlos y
el prejuicio es alto. El discurso psi está dirigido, potencialmente, a las familias de clase media
(personas con acceso a educación, que pueden ser críticas del sistema y que es mejor
mantenerlas sedadas).

Pero desde el psicoanálisis es posible sostener que la patología surge en la instancia del yo
cuando “presenta gran número de estados en los que se torna incierta la demarcación del yo
frente al mundo exterior” (Freud, 2017 [1930]). Un sentido yoico que cambia desde el
nacimiento hasta la adultez. Así, el lactante comienza a distinguir el mundo de su yo a través
de las sensaciones de dolor y displacer ante las que se ve enfrentado, un proceso que durará
toda la vida. Así, el síntoma “proviene de lo reprimido y es como un representante de lo
reprimido cerca del yo; pero lo reprimido es para el yo dominio extranjero; un dominio
extranjero interior, así como la realidad —si se me permite una expresión nada habitual— es
un dominio extranjero exterior” (Freud, 2017 [1933]), es decir, el deseo reprimido surge
como síntoma entre las exigencias pulsionales del ello y la represión impuesta del superyó.

El narcisismo, como un proceso donde el sujeto posiciona su libido en sí mismo, se relaciona


con el síntoma y la angustia una vez que la energía se establece como una protección del yo
ante las amenazas internas o externas3 (Freud, 2017 [1914]). Sin embargo, en el aspecto
social, el narcisismo de las pequeñas diferencias es un medio que permite satisfacer la
agresividad entre grupos facilitando la cohesión de los miembros de una misma comunidad.
Así, Freud (2017 [1930]) comenta que “siempre se podrá vincular amorosamente entre sí a

3
Es importante señalar la aclaración que sostiene Freud para evitar confusiones: “La angustia no nace
nunca de la libido reprimida.” (2017 [1926])

[4]
mayor número de hombres, con la condición de que sobren otros a quienes descargar los
golpes”.

Y, aunque en nuestras sociedades se ha generado un cierto rechazo histórico por los enfermos
mentales a la vez que es la misma sociedad la que produce dichos malestares, en la actualidad
surge un malestar particular: la de inventar nuevas patologías (clasificaciones) que ofrezcan
al yo una cierta seguridad sobre lo que supuestamente es. Es decir, en la clasificación se juega
la ambivalencia de, como dice Lacan, una referencia al otro a través de orden y amor: un
ideal del yo imposible de alcanzar. Parafraseando a Lacan: el sujeto que se califica de enfermo
mental no es el sujeto implicado en su demanda, sino un producto que desearía ser
determinado por ella. La autoclasificación como enfermo mental no está hablando de lo que
el sujeto es, sino que es producto del lenguaje y el discurso, es decir, del deseo y la falta (¿qué
le falta al sujeto que lo desea?): “el significante no tiene sentido sino en su relación con otro
significante. Es en esta articulación donde reside la verdad del síntoma” (Lacan, 2009).

Estar mal en la cultura, otra forma de leer Malestar en la cultura. La cultura genera malestar,
pero es necesario. De la misma manera que el sujeto se aliena mientras más se diferencia en
tanto que yo. Ser esto no es más que la introyección de la palabra del otro, de ahí el mayor
malestar en la vida del ser humano según Freud: la relación con el otro. Someterse al discurso
del amo implica dos movimientos de la libido: el primero como identificación y sublimación
(pulsión de vida) y el segundo como masoquismo y sadismo (pulsión de muerte). Por lo tanto,
en la actualidad no es necesariamente cierto que la cultura enferme más a los sujetos que en
otro momento y, por lo tanto, haya mayores personas diagnosticadas psiquiátricamente; sino
que hay cada vez más personas diagnosticadas psiquiátricamente porque la cultura genera
nuevos discursos de clasificación y patologización de la vida cotidiana, inventa enfermedades
donde no las hay, se generan nuevas identidades con supuestas respuestas ante la
incertidumbre y la angustia que genera la vida: el psicofármaco y el diagnóstico que dice “tú
eres esto”, los sujetos dócilmente aceptan la diferenciación en un movimiento narcisista de
excepción que conlleva a la degeneración y la muerte: “todos creemos tener motivo para estar
descontentos de la Naturaleza por desventajas infantiles o congénitas; y todos exigimos
compensación de tempranas ofensas inferidas a nuestro narcisismo, a nuestro amor propio”
(Freud, 2017 [1916]).

[5]
Referencias

Freud, S. (2017 [1914]). Introducción al narcisismo. (L. López Ballesteros, trad.) Biblioteca
Nueva

Freud, S. (2017 [1916]). Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica. (L.
López Ballesteros, trad.) Biblioteca Nueva

Freud, S. (2017 [1926]). Análisis profano. (L. López Ballesteros, trad.) Biblioteca Nueva

Freud, S. (2017 [1926]). Inhibición, síntoma y angustia. (L. López Ballesteros, trad.)
Biblioteca Nueva

Freud, S. (2017 [1930]). El malestar en la cultura. (L. López Ballesteros, trad.) Biblioteca
Nueva

Freud, S. (2017 [1933]). Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. (L. López


Ballesteros, trad.) Biblioteca Nueva

Lacan, J. (2009). Del sujeto por fin cuestionado. En Escritos 1. (T. Segovia, trad.) Siglo XXI

Martínez, R. (2018). Eros. Más allá de la pulsión de muerte. Siglo XXI

Mau, S. (2023). Sociedad del ranking. Sobre la cuantificación de lo social. (C. Cabrera, trad.)
UNAM

Preciado, P. (2022). Yo soy el monstruo que os habla. Informe para una academia de
psicoanalistas. (P. Preciado, trad.) Anagrama

[6]

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