Vestido de novia Pierre Lemaitre
Sophie Duguet no entiende qué le sucede: pierde objetos,
olvida situaciones, es detenida en un super mercado por
pequeños robos que no recuerda haber cometido. Y los ca-
dáveres comienzan a acumularse a su alrededor.
No podemos desvelar nada más de este thriller para así
mantener intacto el escalofriante placer de la lectura y la
adictiva búsqueda de la verdad por parte del lector.
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Para Pascaline, obviamente, sin quien nada de esto…
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Sophie
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Está sentada en el suelo, con la espalda contra la pared
y las pier nas estiradas, jadeante.
Léo está pegado a ella, inmóvil, y tiene su cabeza en el
regazo. Con una mano ella le acaricia el pelo y con la otra
intenta secarse los ojos, pero con movimientos desordena-
dos. Llora. Algunos sollozos se convierten en gritos, chilla,
le sale de las entrañas. Cabecea. A veces, la pena es tan in-
tensa que se golpea la parte de atrás de la cabeza contra el
tabique. El dolor la reconforta un poco pero no tarda en
notar que todo se le vuelve a derrumbar por dentro. Léo se
porta muy bien, no se mueve. Baja los ojos hacia él, lo mira,
le estrecha la cabeza contra el vientre y llora. Nadie puede
imaginarse lo desgraciada que es.
Aquella mañana, como tantas otras, se despertó lloran-
do y con un nudo en la garganta, aunque no tenía ninguna
preocupación concreta. En su vida, el llanto no es nada ex-
cepcional: las lágrimas la acompañan todas las noches des-
de que está loca. Si por las mañanas no se notara las meji-
llas empapadas, podría llegar a creer que pasa noches tran-
quilas de sueño profundo. Por las mañanas, la cara llena de
lágrimas y la garganta atenazada son mera infor mación.
¿Desde cuándo? ¿Desde que Vincent sufrió el accidente?
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¿Desde su muerte? ¿Desde la primera muerte, muy ante-
rior?
Se ha enderezado apoyándose en un codo. Se seca los
ojos con la sábana mientras busca los cigarrillos a tientas y,
al no encontrarlos, se acuerda de pronto de dónde está. Lo
recuerda todo, lo que sucedió el día anterior, la velada…
Recuerda inmediatamente que tiene que irse, salir de esa
casa. Levantarse e irse, pero se queda ahí, clavada en la ca-
ma, incapaz de un gesto mínimo. Agotada.
Cuando por fin consigue arrancarse de la cama y llegar
al salón, la señora Gervais está sentada en el sofá, inclinada
sobre el teclado.
—¿Qué tal? ¿Más descansada?
—Bien. Más descansada.
—Tiene mala cara.
—Por las mañanas siempre la tengo.
La señora Gervais guarda el archivo y cierra ruidosamen-
te la tapa del portátil.
—Léo sigue dur miendo —le dice yendo hacia el perche-
ro con paso resuelto—. No me he atrevido a entrar a verlo
por miedo a que se despertara. Como hoy no hay clase, es
mejor que duer ma y así no le da guerra…
Hoy no hay clase. Sophie se acuerda vagamente. Algo
sobre una reunión pedagógica. La señora Gervais está de
pie junto a la puerta, con el abrigo ya puesto.
—Tengo que ir me…
Sophie se da cuenta de que no tendrá valor suficiente
para comunicarle lo que ha decidido. De todas for mas,
aunque lo tuviera, no le daría tiempo. La señora Gervais ya
ha cerrado la puerta al salir.
Esta tarde…
Sophie oye sus pasos por la escalera. Christine Gervais
nunca coge el ascensor.
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Reina el silencio. Por primera vez desde que trabaja
aquí, enciende un cigarrillo en pleno salón. Pasea arriba y
abajo. Parece la superviviente de una catástrofe, todo lo
que ve le resulta intrascendente. Tiene que irse. No le urge
tanto, ahora que está sola, de pie, cigarrillo en mano. Pero
sabe que por culpa de Léo se tiene que preparar para irse.
Para ganar tiempo mientras consigue centrarse, va a la co-
cina y enciende el hervidor.
Léo. Seis años.
Desde que lo vio por primera vez, le pareció guapo. Eso
fue unos tres meses antes, en ese mismo salón de la calle
de Molière. Entró corriendo, se paró en seco frente a ella y
la miró fijamente ladeando un poco la cabeza, lo que en él
indica profunda reflexión. Su madre se limitó a decir:
—Léo, ésta es Sophie, te he hablado de ella.
Él se la quedó mirando un buen rato. Y luego se limitó a
decir: «Vale» y se acercó para darle un beso.
Léo es un niño dulce, un poco caprichoso, inteligente y
rebosante de vida. El trabajo de Sophie consiste en llevarlo
al colegio por la mañana, recogerlo a mediodía y por la tar-
de, y cuidar de él hasta la hora imprevisible a la que la se-
ñora Gervais o su marido consiguen llegar a casa. Así pues,
la hora a la que sale de trabajar oscila entre las cinco de la
tarde y las dos de la madrugada. La disponibilidad fue la
baza decisiva para conseguir el puesto: no tiene vida priva-
da, quedó claro desde la primera entrevista. Aunque la se-
ñora Gervais se esforzó por no abusar de esta disponibili-
dad, la rutina siempre prima sobre los principios y en tan
sólo dos meses se convirtió en un engranaje imprescindible
en la vida de la familia. Porque siempre está ahí, siempre
está lista, siempre está disponible.
El padre de Léo, un cuarentón largo, seco y antipático,
es jefe de servicio en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Por su parte, su mujer, alta, elegante y con una sonrisa in-
creíblemente seductora, intenta conciliar la responsabilidad
de ejercer de estadística en una auditoría con la de ser la
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madre de Léo y la mujer de un futuro secretario de Estado.
Ambos se ganan muy bien la vida y Sophie tuvo el buen
tino de no aprovecharse de ello al fijar el sueldo. De hecho,
ni siquiera se le pasó por la cabeza, porque lo que le ofre-
cían cubría sus necesidades. La señora Gervais aumentó la
cantidad acordada al ter minar el segundo mes.
En cuanto a Léo, Sophie se ha convertido en su ídolo.
Parece ser la única capaz de conseguir sin el mínimo esfuer-
zo lo que a su madre le costaría varias horas. En contra de
sus temores, no es un niño mimado con exigencias tiráni-
cas, sino un crío tranquilo que sabe escuchar. Claro está
que a veces se enrabieta, pero Sophie está muy bien situa-
da en su jerarquía. En lo más alto.
Cada tarde, a eso de las seis, Christine Gervais llama
por teléfono para pedir el parte y decir a qué hora llegará,
con tono compungido. Siempre habla unos minutos con su
hijo y luego con Sophie, con la que procura adoptar un
tono un poco personal.
Estos intentos no tienen mucho éxito: sin proponérselo,
Sophie reduce la conversación a los temas generales de ri-
gor, entre los que ocupa el lugar esencial el resumen del
día.
Léo se acuesta todas las noches a las ocho en punto. Es
importante. Sophie no tiene hijos, pero tiene principios.
Después de leerle un cuento, se acomoda durante el resto
de la velada frente a la inmensa pantalla de televisión extra-
plana que sintoniza prácticamente todo lo que se emite en
los canales por satélite; un regalo encubierto que la señora
Gervais le hizo en su segundo mes de trabajo, tras fijarse
en que siempre se la encontraba viendo la televisión, llega-
se a la hora que llegase. Más de una vez, a la señora Ger-
vais le había llamado la atención que una mujer de treinta
años, visiblemente culta, se confor mara con un empleo tan
modesto y se pasara todas las noches delante de la peque-
ña pantalla, aunque ahora fuera tan grande. En la primera
entrevista, Sophie le dijo que había estudiado Comunica-
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ción. Como la señora Gervais quería saber algo más, men-
cionó que tenía un diploma técnico universitario y explicó
que había trabajado para una empresa de origen inglés,
aunque sin decir en qué puesto, y que había estado casada
pero que ya no lo estaba. Christine Gervais se confor mó
con esos datos. A Sophie se la había recomendado una
amiga de la infancia que dirigía una ETT y a quien, por al-
gún motivo misterioso, Sophie le había caído bien en la
única entrevista que tuvo con ella. Y además se trataba de
una emergencia: la anterior cuidadora de Léo acababa de
despedirse inesperadamente y sin preaviso. El rostro se-
reno y serio de Sophie le había inspirado confianza.
A lo largo de las primeras semanas, la señora Gervais
anduvo tanteando para saber algo más sobre su vida, pero
renunció a ello con delicadeza, al intuir en las respuestas
que alguna «tragedia horrible y secreta» debía de haberle
destrozado la existencia; una pizca de ese romanticismo
que puede darse en cualquier parte, incluso entre la bur-
guesía más encopetada.
Como ocurre tan a menudo, cuando el hervidor se apa-
ga Sophie está sumida en sus pensamientos. En ella, este
estado puede durar mucho tiempo. Son como ausencias.
Como si su cerebro se obsesionara con una idea, con una
imagen, en la que el pensamiento se va enroscando, muy
despacio, como un insecto, haciéndole perder la noción del
tiempo. A continuación, por un efecto semejante al de la
gravedad, vuelve a caer en el momento presente. Reanuda
la vida nor mal donde la había dejado. Siempre le pasa lo
mismo.
Esta vez, curiosamente, lo que aflora es el rostro del
doctor Brevet. Hacía mucho tiempo que no había vuelto a
acordarse de él. Tenía un aspecto que no correspondía con
lo que se había imaginado. Por teléfono lo suponía un
hombre alto, autoritario, y era muy poquita cosa, parecía el
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escribiente de un notario, emocionado de que lo autoriza-
ran a recibir a los clientes de segunda. A un lado, una es-
tantería con libros y ador nos. Sophie quería quedarse sen-
tada. Lo había dicho al entrar, no quiero tumbar me. El doc-
tor Brevet dio a entender con un gesto de las manos que
no había inconveniente. «Aquí no hay que tumbarse», aña-
dió. Sophie contó como pudo qué le pasaba. «Una libreta»,
dictaminó al cabo el doctor. Sophie tenía que apuntar todo
lo que hacía. Cabía la posibilidad de que, en eso de los ol-
vidos, «estuviera haciendo una montaña de un grano de
arena». Había que intentar ver las cosas con objetividad, di-
jo el doctor Brevet. Así, «podrá usted evaluar exactamente
qué se le olvida, lo que pierde». De modo que Sophie em-
pezó a apuntarlo todo. Lo hizo durante, ¿cuánto?, unas tres
semanas… Hasta la siguiente sesión. Y durante aquel perío-
do ¡la de cosas que perdió!, ¡la de citas que olvidó!, y dos
horas antes de ir a ver al doctor Brevet se había dado cuen-
ta de que incluso había perdido la libreta. Imposible dar
con ella. Lo puso todo patas arriba. ¿No fue aquel día cuan-
do se topó con el regalo de cumpleaños de Vincent? Aquel
que no consiguió encontrar cuando quiso darle una sorpre-
sa.
Todo está revuelto, su vida es un revoltijo…
Echa el agua en el tazón y se ter mina el cigarrillo. Vier-
nes. No hay clase. Nor malmente sólo cuida a Léo todo el
día los miércoles y algunos fines de semana. Lo lleva aquí y
allá, según lo que les apetezca o lo que surja. Hasta ahora,
se lo han pasado bastante bien juntos, y se han peleado a
menudo. O sea, que todo va bien.
Al menos, hasta que empieza a notar algo, borroso pri-
mero, desagradable después. No quiso darle importancia,
intentó apartarlo como si fuera una mosca molesta, pero
volvía con insistencia. Acabó afectando a su relación con el
niño. Al principio, nada alar mante. Solamente algo soterra-
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do, silencioso. Algo secreto que tenía que ver con ellos
dos.
Hasta que la verdad se le reveló de pronto, el día antes,
en la plaza de Dantremont.
Aquel mes de mayo se despedía de París con muy buen
tiempo. Léo quiso tomar un helado. Sophie se sentó en un
banco, no se sentía muy bien. Primero atribuyó aquel ma-
lestar al hecho de estar en la plaza ajardinada, el lugar que
más odia porque se pasa todo el rato intentando no tener
que hablar con las madres. Las asiduas, acostumbradas a
que rechace cualquier intento, han dejado de dirigirle la
palabra, pero le sigue quedando mucho que hacer con las
recién llegadas, las ocasionales…, por no hablar de los jubi-
lados. No le gustan los jardines de la plaza.
Hojea distraídamente una revista cuando Léo se le plan-
ta delante. La mira sin ninguna intención concreta, mientras
se come el helado. Sophie le devuelve la mirada. Y en ese
preciso instante comprende que no puede seguir ocultan-
do lo que ya es obvio: inexplicablemente, ha empezado a
aborrecerlo. Él la sigue mirando fijamente y a ella la desqui-
cia ver lo insoportable que le resulta ahora todo cuanto
tenga que ver con el niño: la cara de querubín, los labios
voraces, la sonrisa estúpida y la ropa ridícula.
«Nos vamos», dijo, igual que podría haber dicho «Me
voy». Los engranajes de la cabeza se le han vuelto a poner
en marcha. Con sus huecos, sus carencias, sus vacíos, sus
ineptitudes… Mientras aprieta el paso camino de casa (Léo
se queja de que anda demasiado deprisa), la asaltan imá-
genes desordenadas: el coche de Vincent estampado
contra un árbol y luces giratorias parpadeando en la noche,
su reloj en el fondo de un joyero, el cuerpo de la señora
Duguet rodando por la escalera, los alaridos de la alar ma
de la casa en plena noche… Las imágenes se van sucedien-
do en una dirección y luego en la contraria, imágenes nue-
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vas y antiguas. La maquinaria del vértigo reanuda su movi-
miento perpetuo.
Sophie pierde la cuenta de sus años de locura. Hace
tanto tiempo… Sin duda porque sufre, tiene la sensación
de que el tiempo cuenta doble. Una pendiente suave al
principio y según van pasando los meses, la sensación de
estar en un tobogán, de bajar a toda velocidad. En aquella
época, Sophie estaba casada. Todo aquello… fue antes.
Vincent era un hombre muy paciente. Siempre que Sophie
se acuerda de Vincent, se le aparece como en un fundido
encadenado: el Vincent joven, sonriente y eter namente
tranquilo, se confunde con el de los últimos meses, de ros-
tro extenuado, tez amarillenta y ojos vidriosos. Al principio
de su matrimonio (Sophie vuelve a ver con precisión su pi-
so, parece mentira que en una misma cabeza puedan con-
vivir tantos recursos y tantas carencias) sólo eran despistes.
Ésa era la palabra: «Sophie es despistada», pero se conso-
laba porque siempre lo había sido. Luego, los despistes se
convirtieron en rarezas. Y, al cabo de unos meses, todo era
un desbarajuste repentino. Se le olvidaban citas, detalles,
personas, empezó a perder cosas, las llaves, la documenta-
ción, a encontrarlas al cabo de varias semanas en los sitios
más peregrinos. Por muy tranquilo que fuera, Vincent se ha-
bía ido irritando paulatinamente. Era de lo más comprensi-
ble. Tanto olvidarse de la píldora, tanto perder los regalos
de cumpleaños, los ador nos de Navidad… Hasta el carác-
ter mejor templado acaba de los nervios. Fue entonces
cuando Sophie se puso a apuntarlo todo, con el esmero es-
crupuloso de una drogadicta en proceso de desintoxica-
ción. Perdió las libretas. Perdió el coche, se quedó sin va-
rios amigos, la detuvieron por robar, aquellas alteraciones
le fueron contaminando poco a poco todos los apartados
de la vida y comenzó, como una alcohólica, a tapar las ca-
rencias, a hacer trampas, a disimular para que ni Vincent ni
nadie se dieran cuenta de nada. Un terapeuta le sugirió
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que ingresara en el hospital. Se negó, hasta que la muerte
decidió invitarse a su locura.
Mientras anda, Sophie abre el bolso, hunde la mano en
él, enciende un cigarrillo, temblorosa, y aspira profunda-
mente. Cierra los ojos. Aunque le zumba la cabeza y em-
pieza a sentirse mareadísima, se da cuenta de que Léo ya
no va a su lado. Se da la vuelta y ve que se ha quedado
atrás, bastante lejos, de pie en plena acera con los brazos
cruzados, el rostro hostil y la fir me decisión de no moverse.
Al ver a ese niño enfurruñado, plantado en medio de la
acera, la invade de pronto una rabia terrible. Desanda lo
andado, se le pone delante y le da una sonora bofetada.
Se espabila al oír la bofetada. Avergonzada, se da la
vuelta para ver si alguien la ha visto. No hay nadie, la calle
está tranquila, tan sólo una moto pasa despacio junto a
ellos. Mira al niño, que se frota la mejilla y le devuelve la
mirada sin llorar, como si notase más o menos que en reali-
dad todo aquello no va con él.
—A casa —dice Sophie tajantemente.
Y ya está.
No se volvieron a hablar en todo lo que quedaba de tar-
de. Los dos tenían sus propios motivos. Sophie se preguntó
de for ma inconcreta si aquella bofetada le traería algún
problema con la señora Gervais, aunque sabía que le daba
igual. Ahora tenía que irse, todo sucedía como si se hubie-
se marchado ya.
Como si lo hubiese hecho aposta, aquella noche Christi-
ne Gervais volvió tarde. Sophie estaba dor mida en el sofá
mientras en la pantalla jugaban un partido de baloncesto
en medio de un chaparrón de gritos y aplausos. La desper-
tó el silencio cuando la señora Gervais apagó la televisión.
—Es tarde… —se disculpó.
Sophie miró la silueta con abrigo plantada delante de
ella. Farfulló un «no» apagado.
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—¿Quiere quedarse a dor mir?
Cuando regresa tarde, la señora Gervais siempre le ofre-
ce que se quede; ella dice que no y la señora Gervais le pa-
ga un taxi.
A toda velocidad Sophie vuelve a ver la película del final
de ese día, la velada silenciosa, las miradas esquivas, Léo,
muy serio, escuchando pacientemente el cuento mientras
pensaba a todas luces en otra cosa. Y tolerando de for ma
tan evidente el último beso, que a Sophie se le escapó sin
querer:
—Ya pasó, peque, ya pasó. Lo siento…
Léo asintió con la cabeza. Fue como si en ese instante la
vida adulta hubiese irrumpido bruscamente en su universo
y él también estuviera agotado. Se dur mió enseguida.
Sophie se sentía tan abatida que aquella vez sí que
aceptó quedarse a dor mir.
Aprieta entre las manos el tazón de té, que ya se ha en-
friado, sin inmutarse por las lágrimas que caen pesadamen-
te en el parqué. Durante un breve instante aparece una
imagen, el cuerpo de un gato clavado en una puerta de
madera. Un gato blanco y negro. Además de otras imáge-
nes. Sólo muertos. Hay muchos muertos en esta historia su-
ya.
Ya es la hora. Un vistazo al reloj de pared de la cocina:
las nueve y veinte. Sin darse cuenta, ha encendido otro ci-
garrillo. Lo apaga nerviosamente.
—¡Léo!
Su propia voz la sobresalta. Percibe en ella angustia, sin
saber de dónde viene.
—¿Léo?
Entra corriendo en el cuarto del niño. En la cama, bajo
las mantas hay un bulto que dibuja la for ma de una monta-
ña rusa. Sophie respira aliviada e incluso esboza una sonri-
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sa. El miedo, al disiparse, la arrastra a su pesar hacia una
especie de ter nura agradecida.
Se acerca a la cama diciendo:
—Pero, bueno, ¿dónde se ha metido este niño?
Se da la vuelta.
—¿Estará aquí?
Da un ligero portazo en el ar mario de pino sin dejar de
vigilar la cama de reojo.
—En el ar mario no está. ¿Y en los cajones?
Abre y cierra un cajón una vez, dos veces, tres veces,
mientras dice:
—En éste no… En éste tampoco… Pues no… Pero
¿dónde se habrá metido?
Se acerca a la puerta y alza la voz:
—Bueno, pues como no está aquí, me voy…
Cierra la puerta ruidosamente pero se queda en el cuar-
to, clavando la vista en la cama y en la for ma de las sába-
nas. Acecha algún movimiento. Y se adueña de ella un ma-
lestar, un vacío en el estómago. Esa for ma es imposible. Se
queda quieta, de nuevo afluyen las lágrimas pero ya no son
las mismas, son las de antaño, las que irisan el cuerpo en-
sangrentado de un hombre caído sobre el volante, las que
acompañan a las palmas de sus manos en la espalda de la
anciana en el momento en que sale disparada escaleras
abajo.
Se acerca a la cama con paso de autómata y arranca las
sábanas de un tirón.
Ahí está Léo, pero no duer me. Está desnudo, encogido,
con las muñecas atadas a los tobillos y la cabeza doblada
entre las rodillas. De perfil, la cara tiene un color espantoso.
El pijama ha servido para atarlo fir memente. En el cuello,
un cordón de zapato tan apretado que ha dibujado un sur-
co profundo en la car ne.
Sophie se muerde el puño pero no consigue contener el
vómito. Se inclina hacia delante, consigue in extremis no
agarrarse al cuerpo del niño pero no le queda más remedio
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FIN DEL FRAGMENTO
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