«TESTAMENTO» POLÍTICO DE CARRERO BLANCO
19 de noviembre de 19731
MANUSCRITO TRANSCRITO POR LUIS SEGURA
El Régimen español, que es anticomunista y antiliberal, tiene, lógicamente, dos
enemigos acérrimos, que son, hay que reconocerlo, poderosos: el Comunismo y
la Masonería.
Ambos entes son, en realidad, totalitarismos extranacionales que buscan
dominar al mundo haciendo que las naciones queden de hecho en sus manos
cuando tengan gobiernos obedientes a los poderes, los que sean, que rigen
estas dos ideologías. Los países de la Europa oriental, son vasallos de la URSS
porque tienen gobiernos obedientes al Comunismo. Cuando en España hubo
gobiernos de masones que obedecían bajo pena de la vida al poder que rige la
secta, España era también un país vasallo.
Comunismo y Masonería tienen el mismo objetivo y, por consiguiente, al
trabajar con el mismo fin imperialista pueden aunar sus esfuerzos aunque lo
hagan de una manera egoísta, contra la nación que está firmemente dispuesta a
no caer bajo la influencia de ninguno de los dos.
Este es el caso de España.
La Masonería ataca al Régimen español porque quiere en España un sistema
demoliberal; y el Comunismo ve esto con muy buenos ojos porque sabe
perfectamente que una España demoliberal será una España débil, y una España
débil podría caer fácilmente bajo las garras del comunismo, como estuvo a
punto de suceder en 1936. Para el comunismo, una España demoliberal sería la
consecución de la primera fase de la conquista de nuestra Patria.
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El presente documento, tal y como declara el entonces ministro español de Asuntos Exteriores,
Laureano López Rodó, en el tercer volumen de sus Memorias (Plaza y Janés, Barcelona, 1992, p. 516),
iba a ser leído a los ministros en el llamado «consejillo» de los jueves, la reunión preparatoria del
Consejo de Ministros de cada viernes, la mañana del magnicidio, el 20 de diciembre de 1973.
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El Comunismo, pese a todas sus falsas manifestaciones en coexistencia, sigue
siendo el mismo Comunismo de hace más de 50 años. Su objetivo no ha
cambiado: su fin es convertir al mundo en un conjunto de Repúblicas Socialistas
Soviéticas regidas desde Moscú.
Para lograrlo tiene tres caminos:
—la guerra general a la que hubiera ido en 1945. Si no hubiera aparecido en
Hiroshima y Nagasaki la bomba atómica con la que entonces no contaba; ahora
no irá fácilmente a una guerra general porque arriesga demasiado ya que
arriesga su propia existencia.
—las guerras limitadas que las fomenta y sostiene donde puede (Corea,
Vietnam, Oriente Próximo, colonias portuguesas, etc.) porque las guerras
limitadas, difíciles de ganar por la imposibilidad de anular las fuentes de donde
el enemigo alimenta su capacidad de resistencia, produce en quien las padece
daños materiales, orgánicos y, sobre todo, morales que favorecen su debilidad, y
—la guerra subversiva que trata de debilitar a los países atacados aniquilando
moralmente al elemento hombre. Si explotando las congénitas debilidades
humanas, es decir, la parte de animal que todos tenemos, se destruye en el
hombre sus sentimientos religiosos, su patriotismo, su sentido del deber y del
honor; si se matan en él el respeto a las tradiciones y de ser un portador de
valores eternos se le convierte en una pequeña bestia anarquista que solo aspira
a satisfacer sus apetitos materiales, y si además se le arruina también
físicamente con vicios y drogas, será muy fácil que se convierta en un esclavo.
Un país por poderoso que sea económicamente y por elevada que sea su técnica
y la entidad de sus armamentos, si sus hombres han sido convertidos por la
subversión comunista en piltrafas humanas, será un país ya vencido; el
Comunismo se hará con él con un simple puntapié.
Para lograr estos fines, el Comunismo se ha infiltrado en la Iglesia, y en la
Universidad. Trata también de llevar su acción a las masas trabajadoras, a los
órganos de información y es evidente que hace sus intentos en los sectores
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intelectuales y, espero que todavía sin éxito, en la Policía y en las Fuerzas
Armadas.
Seríamos muy necios si no reconociéramos estos peligros y si no destacáramos
de ellos aun los más graves los que afectan a la Iglesia y a la Universidad.
Además estos dos principales objetivos al Comunismo lo son también de la
Masonería, que es fundamentalmente anticatólica, además de demoliberal.
La Masonería ha sido condenada por ocho Papas: Clemente XII y Benedicto XIV
en el siglo XVIII; Pío VIII, León XII, Gregorio XVI, tres veces por Pío IX, y León XIII
en el siglo XIX y Pío X en 1911. Deshacer a la Iglesia Católica —«La Infame»
como la llama la Masonería— es un objetivo de primer orden para ésta y lo es
también para el Comunismo que es fundamentalmente ateo, porque si al
hombre se le quitan sus sentimientos religiosos se le desarma de su mayor
fuerza espiritual y se le domina más fácilmente.
Todo lo que estamos viviendo, con asombro e indignación, en orden a lo que
sucede en la Iglesia no es otra cosa que los efectos de la acción conjunta del
Comunismo y la Masonería que obran, sin duda, sin haber tenido necesidad de
ponerse de acuerdo.
Si España se ha definido, como unidad política, «como un Estado católico, social
y representativo que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en
Reino» (art 1º de la L.S. y Principio VII del Movimiento Nacional) ¿cómo no
hemos de temer la enemiga de los que nos quieren ateos, o por lo menos
protestantes, y demoliberales o ateos y marxistas? Y si hemos declarado la
unidad entre los hombres y las tierras de España y que la integridad de la Patria y
su independencia son riquezas supremas de la Comunidad nacional (Punto IV
del Movimiento) ¿cómo nos puede chocar que nos ataquen los que quieren una
España liberal, gobernada por masones, súbditos obedientes de la misteriosa
entidad que rige la Masonería, o una España comunista gobernada por
comunistas que hayan de obedecer a, sin el menor titubeo, lo que les ordene la
alta dirección del Comunismo internacional?
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Esta, señores, es nuestra situación desde 1939 y… lo seguirá siendo solo Dios
sabe hasta cuando. Estamos, hay que reconocerlo, en una guerra ideológica. En
el mundo que nos rodea no hay más que capitalismo o socialismo liberales que
la Masonería sostiene o el marxismo que el comunismo trata de imponer y ¿cuál
es nuestro talante ante esta situación?
¿Hemos de ceder? Evidentemente, no. Si estamos convencidos de la verdad de
nuestra ideología definida con toda claridad en nuestro orden institucional,
(surgido a raíz)2 del duro trauma de nuestra Guerra de Liberación, y elaborada a
lo largo de 34 años de Gobierno del Caudillo, con el asentimiento del pueblo en
dos Referendums Nacionales en el plazo de 2 años, no podemos aceptar más
que esta verdad. Lo contrario sería tanto como confesar de hecho nuestra falta
de fe e incurrir en el suicidio.
Si aceptamos el resbalamiento hacia el liberalismo, con concesiones poco
meditadas, es evidente —para mí tan claro como la luz del sol— que de una
monarquía tradicional, católica, social y representativa, pasaríamos, en rápida
pendiente, a una monarquía liberal, a una una República socialista y de esta a
una República comunista; es decir, caeríamos, en breve plazo en lo que
estuvimos a punto de caer en 1936.
La opción de ceder hay que rechazarla por tanto de plano.
Segunda opción: ¿pretendemos engañar a nuestros enemigos haciéndoles creer
que evolucionamos hacia lo que ellos quieren pero manteniéndonos firmes en
nuestra ideología? Esto nos parece una solución tan ingenua como peligrosa.
Engañar no vamos a engañar a nadie y en cambio, al pretender cubrirnos con
una piel de cordero que, repito, no va a engañar a nadie, corremos el grave
riesgo de tener que hacer cosas —algunas hemos hecho ya— que contra nuestra
voluntad nos metan en el resbalamiento antes señalado. El riesgo —que en
cierto modo estamos ya corriendo— es demasiado grave; es más, es tan inútil
como grave.
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El texto está cortado y apenas se lee. Entre paréntesis se ofrece una posible respuesta.
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Rechazada esta segunda opción, no queda más que la tercera: Tener plena
conciencia de que estamos en una guerra ideológica y, con miras de victoria,
que es como únicamente se pueden afrontar las guerras, despreocuparnos de lo
que de nosotros digan fuera —que no van a decir más de lo que ya están
diciendo— y disponernos a defender nuestro Régimen con pasión y a toda
costa.
Para ello, del enemigo el consejo, hay una primera premisa perfectamente clara:
máxima propaganda de nuestra ideología y prohibición absoluta de toda
propaganda de ideologías contrarias.
¿Cuál es nuestra situación en estos momentos en este orden de ideas? Tenemos
ya sectores de nuestra sociedad envenenados de ideologías contrarias y
víctimas de la acción subversiva de nuestros enemigos: parte del clero, sectores
intelectuales, parte de la juventud y parte del mundo laboral. Estos sectores son
minoritarios: la gran masa del pueblo español es buena, está con el Régimen,
pero no la formamos como debiéramos.
Contra el sector que hoy pudiéramos considerar perdido hay que aplicar la
fórmula de represión y, en la medida que sea posible, recuperación. Con
respecto al resto de la población formación, educación y ejemplo.
Analicemos por separado estos aspectos del problema.
Represión: Esta tiene que ser dura. El hombre que ha perdido los frenos morales,
o que ideológicamente está envenenado, no se le frena más que con el miedo al
castigo y este miedo solo existe cuando el castigo es duro.
La represión requiere: Fuerzas de órden público, suficientes en cantidad, bien
dotadas y adiestradas; códigos penales duros; jueces enérgicos que sirvan
fielmente al Estado en los que no quepa infiltraciones de ideologías distintas y
regímenes penitenciarios también duros.
Los Ministros de la Gobernación y Justicia deben estudiar a fondo estos
problemas y ver en que medida hay que modificar la legislación vigente. Creo
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que los jueces deben tener una formación especial, en una escuela especial
donde se aprecie tanto o más que sus conocimientos profesionales, su espíritu y
su lealtad al Estado, al que sirven. Un juez que en el fondo de su conciencia se
sienta liberal o marxista siempre será un mal juez así sepa más leyes que
Papiniano.
En orden a la formación, lo primero es evitar la mala formación.
Hay que moralizar la calle, las salas de fiesta y los espectáculos y hay que
impedir el tráfico y el uso de drogas; y, con el mismo cuidado, la venta y
circulación de libros y revistas de ideologías contrarias o inmorales.
Gobernación e Información y Turismo deben estudiar los medios más eficaces
para lograr esto con el máximo rendimiento en el mínimo tiempo.
Hay que evitar también en la TV, que tiene millones de espectadores,
exhibiciones con tendencia a la inmoralidad, y bailes y músicas decadentes. Se
trata de formar hombres, no maricas y esos melenudos trepidantes que algunas
veces se ven, no cubren ni con mucho este fin.
Hay que exaltar en la TV, con imaginación, arte y habilidad, el espíritu de nuestro
Movimiento, la virilidad; el patriotismo, el honor, la decencia, el espíritu de
servicio, etc., etc. A la vez que se señalan, también con habilidad, los daños que
en otras partes producen ideologías contrarias a la nuestra.
Muchas veces se contratan películas como «Grandes batallas» que, porque
están hechas con habilidad, se exaltan estas ideologías. Esta cuestión de la TV
hay que cuidarla muchísimo.
Con respecto a la formación de la juventud, hay que sacar de los cuadros del
profesorado de la Enseñanza General Básica y de la Universidad todos los
enemigos del Régimen y hay que depurar de la Universidad a todos los alumnos
que son instrumentos de la subversión. El desorden en la Universidad, las
pintadas, las asambleas, etc. que deshonran a la Universidad, deben desaparecer
cuanto antes.
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Educación Nacional debe presentar medidas concretas y las propuestas de
legislación que considere necesarias para alcanzar este objetivo.
La organización del Movimiento debe preocuparse con especial cuidado de la
formación de la juventud. Posiblemente una juventud bien formada es la que
puede limpiar la Universidad de profesores y alumnos enemigos del Régimen.
Una formación premilitar en los muchachos sería seguramente una buena
solución para este importante problema.
Por último, en cuanto a las encuestas en la Iglesia es necesario no incurrir, por
una reacción lógica, en una situación anti-iglesia, que es precisamente lo que el
enemigo persigue. Una cosa son los enemigos infiltrados en la Iglesia y otra la
Iglesia por Nuestro Señor fundada, aunque haya enemigos en sus altas
jerarquías. En España hay malos curas, pero en un 10%; el 90% restante son
buenos. Para reaccionar contra los malos, la represión que nos consiente el
Concordato y si esto no se modifica en un plan prudente cabe, cuando estemos
cargados de razón, la promulgación de un Estatuto. Pero los curas buenos no
tienen que sentirse confundidos y mal vistos. Esto, además de una injusticia,
sería un error y una incongruencia en nuestra declaración del Principio II del
Movimiento. España tiene que defender a la Iglesia Católica incluso contra los
enemigos infiltrados en su seno.
Creo que, bastante deslavazadamente, he señalado los temas a tratar. Les ruego
que mediten sobre esto y estudien las medidas concretas necesarias.