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Las Soliña: Magia y locuras familiares

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Las Soliña: Brujas, sapos, ángeles y Nornas

Autor: © Gema Tacón, 2024


ISBN: 9798302649805
Diseño de cubierta y Maquetación: W.E. Franco.
Corrección: Bea Magaña
Ilustración de contraportada: Joseph Lind Solomon
Primera edición: 2024
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su
incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en
cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico,
mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el
permiso previo y por escrito del autor. La infracción de los derechos
mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad
intelectual. Todos los derechos reservados.
Sonríe, lucha, llora,
cae, levántate y vive,
¡carajo, vive!
Gema Tacón
Índice
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
Capítulo once
Capítulo doce
Capítulo trece
Capítulo catorce
Capítulo quince
Capítulo dieciséis
Capítulo diecisiete
Capítulo dieciocho
Capítulo diecinueve
Capítulo veinte
Capítulo veintiuno
Capítulo veintidós
Capítulo Veintitrés
Capítulo veinticuatro
Capítulo veinticinco
Capítulo veintiséis
Capítulo veintisiete
Capítulo veintiocho
Capítulo veintinueve
Capítulo treinta
Capítulo treinta y uno
Capítulo treinta y dos
Capítulo treinta y tres
Capítulo treinta y cuatro
Capítulo treinta y cinco
Capítulo treinta y seis
Capítulo treinta y siete
Capítulo treinta y ocho
Capítulo treinta y nueve
Capítulo cuarenta
Capítulo cuarenta y uno
Capítulo cuarenta y dos
Capítulo cuarenta y tres
Capítulo cuarenta y cuatro
Epílogo
Glosario de nombres
Glosario de lugares
Licencias literarias
Agradecimientos
Bibliografía
Otras obras de la autora
Nota de la autora
Los inicios de cada capítulo se los debo a los muchos sobres de
azúcar que gasté tomando café mientras escribía esta historia.
Tengo que dar las gracias al que se le ocurrió poner estupideces
en ellos.
También necesito explicar el motivo por el que Sarah, la
protagonista, es así. Las personas con Trastorno del Déficit de
Atención tienen un poder especial para pasar de ti olímpicamente
mientras les cuentas algo que no les interesa en absoluto, creedme,
tengo una hija que lleva diagnosticada y medicada de este trastorno
desde los cuatro años, y sé un poco de lo que hablo. Ella tiene una
mente maravillosa y privilegiada que desconecta sin que apenas te
des cuenta. De vez en cuando, salta por los cerros de Úbeda con
pensamientos trascendentales que no tienen nada que ver con lo
que le estás diciendo, como lo del pegamento, eso me dejó sin
palabras cuando me lo preguntó, entre otras cosas porque la idea
era leer un cuento y no buscar en San Google por qué narices no se
pega el puñetero líquido dentro del tarrito.
No obstante, las personas con TDA o TDAH, Trastorno del Déficit
de Atención e Hiperactividad, tienen una velocidad de aprendizaje
increíble para lo que en realidad les motiva, no durante demasiado
tiempo, eso también hay que decirlo. Son mentes inquietas que se
aburren con facilidad de hacer siempre lo mismo y se frustran por no
seguir algunas veces el ritmo de los demás. Estoy convencida de que
muchas otras madres y padres que tengan en casa niños o niñas con
este trastorno reconocerán a sus vástagos en algunas de las
situaciones que describo en Sarah. También debéis tener en cuenta
que está escrito en clave de humor y llevando al extremo algunos
escenarios.
Me gustaría decirles a los encargados de la educación de
personas con dicho trastorno que tengan infinita paciencia, que no
se tiren por la ventana; que, aunque algunos les digan que
antiguamente también hubo niños despistados y movidos, se lo
pasen por el forro de los cojones y hagan caso a los especialistas,
que para eso han estudiado tantos años, y no solo para llevar una
bata molona con eso que les cuelga que está frío cuando te lo ponen
en el pecho.
Tengo que confesar que seguramente yo también sea una
persona con TDA sin diagnosticar, pero ya lo mío no tiene remedio.
Tan solo con pedirles cosas concisas, a corto plazo y variadas
podemos lograr que los estudios sean mucho más sencillos y que
nuestros peques no terminen hasta el gorro del colegio y, por ende,
de nosotros. Además de que estos niños y niñas tienen unos
derechos en los centros escolares y los docentes, unas obligaciones
para con ellos. Es jodido que te hagan caso, pero el que la sigue la
consigue.
No cambiaría ni un solo instante de locura con mi pequeña
gremlin, esa que pertenece al escaso porcentaje de personas con
ojos azules en el mundo y que en el momento en el que la vi supe
que sería el gran amor de mi vida.
Seguiremos conociendo más historias sobre las Soliña, os
seguiréis riendo a carcajadas de su forma de pensar, de sus
desvaríos y de sus explicaciones, extrañas para vosotros pero
totalmente verosímiles para ella, ¿a ver si no cómo creíais que se
inventó la mantequilla o se extinguieron los dinosaurios?
Os recuerdo que una característica típica de mis escritos es que
no pongo un dicho bien, cambio la mayoría, lo hago en la vida real y
mi madre me los corrige, me hace gracia su cara de exasperación,
por lo que en las letras sigo escribiéndolos mal a ver si se digna a
leerme y lo continúa haciendo.
Mil gracias por darle una oportunidad a mis letras y a mis locuras.
Se os quiere.

Gema Tacón
Capítulo uno
La vida no se ha hecho para comprenderla, sino
para tirártela
Sarah
En cuanto Mammón y yo aparecimos por la casa de Cangas todo fue
demasiado extraño, incluso para las Soliña. De vez en cuando me
parecía escuchar la cancioncita de Love is in the air y yo ya tenía
ganas de vomitar. Gracias al averno que mi tía Tituba y Pepe
continuaban a la gresca, como siempre o incluso un poco más.
Ahora ya casi no se veían espíritus vagando de manera visible, sin
embargo, por alguna broma absurda del destino, mi familiar seguía
corpóreo para todos los que me rodeaban. Te cuento un poco mejor,
que me estoy adelantando.
Alcina estaba totalmente colgada de Dedi y era su monotema
preferido. Mi tía Alice se veía a escondidas con Tron por las noches,
y no te haces una idea de lo que agradecí que los dormitorios
estuviesen insonorizados.
La noche que llegamos del infierno con Church, Mammón y yo, mi
madre nos esperaba en el porche, tal y como anunció antes de irse
con Alice de la iglesia. Tenía un pañuelo arrugado entre las manos y
movía la pierna a modo de flamenca, repitiendo la tercera de la
Sevillana como si no hubiera un mañana. Por cierto, es el único paso
que me sé porque nací con dos pies izquierdos para casi todo, y
tengo que confesar que desde que vi la chirigota del Selu, Los
Lacios, que tenían un popurrí muy pegadizo en el que decían que
«matase gusanos y enroscase la bombilla con la otra mano», nunca
más se me olvidaron ni el paso ni la canción. Las personas con
trastorno del déficit de atención tenemos que usar técnicas de
nemotecnia para poder estudiar o recordar cosas cotidianas. Me
estoy desviando y bailando en medio del salón, en breve Tituba
viene y me pregunta por el camello.
Desde que se destapó todo, el demonio venía día sí y día
también, en un principio a ver cómo se portaba el gremlin, no
obstante, lo único que hacía era estar con mi madre hasta que la
abuela aparecía y amenazaba con castrarlo. Me alegraba por ellos,
de verdad, sin embargo, no sabía hasta qué punto esa relación
podría llegar a buen término.
Salí corriendo para poder hablar con Alcina. Desde que su madre
fue arrestada, estaban en el punto de mira del Consejo, tanto ella
como su abuela, por lo que decidieron quedarse en Cernégula un
tiempo para no perjudicarnos a las Soliña. Como si nosotras
tuviéramos la mejor reputación del mundo…, pero bueno, cuando a
Sibila se le metía algo en la cabeza no había nadie que la hiciese
cambiar de opinión; pese a eso, en unas horas la caravana de la
niña del exorcista cogería la carretera para que todas nos
encontrásemos de nuevo. Ambas tenían una relación de amor-odio
mutuo y no podían pasar demasiado tiempo separadas. Adoraba
verlas chincharse.
―¿Dónde vas? ―Mi madre tenía activado el modo alarma y no
había manera de darle esquinazo. Me iba a pasar un detector de
metales por si me habían implantado un GPS bajo la piel mientras
dormía, aquello daba muy mal rollo.
―A hablar con Alcina, no me moveré del patio. El perímetro de la
cárcel abierta está seguro, madre ―ironicé, y ella me gruñó como
respuesta. Eso se le había pegado de Mammón y no me gustaba
nada, me tenían los dos un poquito hasta el mismísimo moño.
―En unas horas nos vamos. ¿Lo tienes todo listo? ―insistió mi
madre.
―Margaret, déjala respirar. Me da que no va a hablar con la
psicópata, sino con el alitas. ¿Cómo tienen la polla los ángeles? ―Y
ahí estaba la más recatada de mis tías entrando en acción.
―En serio, Tituba, tienes que hacértelo mirar ―respondió Alice
por mí, que entraba en el salón cargando un montón de libros. La
montaña le llegaba hasta la nariz y la siguiente cara de maldad de
su hermana menor me indicó lo que planeaba hacer, no obstante,
me fue imposible avisarla a tiempo.
―Uy, perdón, que esta cree que los niños nacen porque la
cigüeña les pica a las madres en el ombligo… Mejor te pregunto a ti,
que el grandullón no deja de colarse por la ventana en tu dormitorio
por las noches, ¿no, hermanita? ―cambió el origen de su ataque y le
puso, de forma disimulada, una zancadilla a Alice, quien terminó
cayéndose de bruces encima del sofá con todos los libros esparcidos
por el suelo.
Era hora de salir corriendo, se avecinaba una bronca monumental
de las tres hermanas, porque mi madre iba a terminar entrando al
trapo, eso te lo aseguro, y al final mi abuela tendría que poner orden
y pegar dos berridos de los suyos. Como consecuencia de esta
futura pelea fraternal, nos tocaría cenar algo negro y con mala pinta.
A veces no sé para qué queríamos una Oráculo si éramos más
predecibles que las semillas.
―Sarah, estoy deseando verte ―se alegró mi amiga en cuanto
descolgó la llamada.
―Yo también a ti si estuviéramos en otras circunstancias, la
verdad. ¿No podríamos escaparnos, no sé, a Jamaica? Lo mismo allí
no nos encuentran y nos dejan vivir tranquilas de una fruta vez ―me
quejé. Lo de esa noche no me hacía ni pizca de gracia.
Se suponía que, como no nos dio tiempo a muchas de nosotras
de realizar la presentación en sociedad para descubrir qué tipo de
brujas éramos, los adultos que quedaban en el Consejo habían
tomado la brillante decisión de que necesitábamos volver a la
normalidad y hacerlo, aunque fuese en otra fecha. Estaba de nuevo
como al principio, ¿qué cajones presentaba yo delante de todos?
Bueno, había enseñado a Church a no prender las cortinas,
almohadas, cocina, sillas, mesas y todo lo que pudiese ser
inflamable de la casa. Digamos que tenía una digestión un tanto
acalorada y que sus eructos lanzaban una pequeña llamita que
comenzaba en un conato de incendio y terminaba en varios gritos
por parte del resto de los miembros de mi familia. El otro día le
quemó el albornoz a Tituba, tuve que gastar la mitad de mis ahorros
en uno nuevo. Ayer, el pelo de las cejas a Eli y, como represalia, lo
metió en uno de sus boquetes negros, me costó tres horas sacarlo
de ahí. Ya sabe que no se debe acercar a ella, le da miedo la
oscuridad. ¡Es tan cuqui! Lo amo, Pepe le está cogiendo un poco de
pelusilla, entre otras cosas, porque el peludito ya ha descubierto
que, si lo chupa, después lo flipa durante horas.
Es divertidísimo y tengo que reconocer que en algunas ocasiones
lo achucho para que lo haga y me harto de reír, sobre todo cuando
me acuerdo de James, intento que mis pensamientos estén lo más
alejados posible de él para que no tenga ninguna oportunidad de
decirme nada. Sé que me espía algunas veces y entonces me
concentro en cosas que no tienen sentido para que se emparanoie y
se marche. No está bien, deberíamos hablar y mantener una
conversación de adultos, pero resulta que no me daba la real gana.
Él continuaba en su vendetta personal de localizar a Diego, costase
lo que costase, y demostrar su inocencia. Cosa con la que yo no
comulgaba, lo siento mucho. Sé lo que vi, sé lo que oí y, aunque
también me doliese descubrir la verdad, no iba a ir con una venda
en los ojos más grande que las velas de Elcano[1], lo siento
muchísimo.
―Sara, ¿sigues ahí? ¿Has escuchado algo de todo lo que te he
contado? ¿Qué opinas al respecto? ―Sabes que no me he enterado
de un peo y que ahora saldrá el temita de las pastillas, ¿verdad?
―Sí, claro. Dónde iba a estar, te he llamado yo, no estoy tan loca
como para telefonearte y luego ponerme a pensar en las babas de
Pepe. Lo veo perfecto, te digo más, yo también hubiera hecho lo
mismo. ―Por favor, que tenga algo que ver con la conversación.
―¿En serio? Pues fíjate que en un principio pensé que te
molestaría, pero si tú dices que no, pues nada. Te veo a la noche,
amiga.
―Espera un momento…
Tarde, me acababa de colgar con la palabra en la boca. A ver con
qué narices estaba yo tan de acuerdo, si es que era medio crisálida
la mitad del tiempo, en serio.
―¡Sarah! Ayúdame a meter los tarros de la ceremonia en la
caravana ―me pidió Alice. La pelea había terminado antes de lo que
pensaba, pero ya oía los trastos de cocina golpeándose unos con
otros. Mi madre andaba enfadada…
Obedecí y fui cogiendo las cajas del porche para instalarlas en la
puerta del vehículo familiar, cuando noté que mi tía se había puesto
a mi lado y me miraba, nerviosa.
―¿Pasa algo?
―No estoy segura de lo de hoy. Se suponía que haríamos lo de
los chakras en la intimidad y que después sería cuando te dirían a
dónde perteneces.
―¿Y?
―¿No te lo han contado? Supuse que Alcina te habría puesto al
día de todo.
―Tía, ve al grano, por favor. ―La paciencia no era algo que me
caracterizase, para qué mentir.
―Estarán los miembros del Consejo delante.
―¿Cómo? ¿Y mi abuela ha permitido eso? ―Mi indignación crecía
en magnitudes inigualables en esos instantes.
―Por lo visto, tenemos que ser transparentes. Todos, los ángeles
estarán también, y tu padre.
―¿Mi padre? Pero ¡no pueden descubrir que soy medio demonio!
―Por eso irá Mammón, va a intentar hacer algo para que la mitad
esa no salga a la luz. Se ha ofrecido voluntario como representante
del inframundo. Si los de arriba vienen, es de lógica pensar que los
de abajo también quieran estar.
―¿Alguien más para verme hacer el ridículo?
―Madame Blavatsky.
―¿La cabra alcohólica pro-zoofilia?
―Exacto, ha ido a hablar con Kardec y le ha dicho que, muerta o
no, sigue siendo la Oráculo de todos, por lo que no se pueden
organizar las ceremonias sin que ella las presida. James también
estará, pero no como hechicero, como nefilim.
Me dejó sola con mis pensamientos y se marchó al interior a
seguir sacando tiestos que de seguro después no usaría. Si estaban
los ángeles, ¿también se presentaría la tetona, o la madre de
James?
«Church, ¿nerviosa?», hacía mucho que no me hablaba y sentí
una mezcla extraña en el pecho.
«¿Sabes que los teléfonos existen?».
«No sería igual de sorprendente. ¿Quieres que te recoja y vamos
volando a Cernégula? Te advierto que ver el amanecer desde las
nubes está a otro nivel».
«No, gracias, preferiría irme andando».
«Tú te lo pierdes. Sarah, las ninfas estarán esta noche
presentes».
«¿Por qué?».
«Siguen formando parte de las facciones de los sobrenaturales,
no podemos echarlas así como así. Lo siento, quería que lo supieras
por si las cosas se ponen feas. Ten cuidado, ¿vale?».
«Perfecto, gracias por terminar de arruinarme el día, paloma.
¿Alguna otra novedad que tenga que conocer?».
«Estarán los prisioneros para pasar por un consejo de guerra».
«¡Mierda! ¡Se va a liar la de Satán!».
«O la de Dios, no olvides que ahora soy medio celestial. Pinocho
te echa de menos».
«¿Puedes tomarte algo en serio por una vez, James?».
«Entonces la vida sería demasiado aburrida. Te veo en un rato,
demonio».
Concluyó y me dejó con una sonrisa estúpida en los labios, tenía
la capacidad de que mi cuerpo reaccionase por su cuenta sin contar
con mi cerebro. No quería pensar la que se avecinaba en Cernégula
ni tampoco lo que la Oráculo tenía planeado. Solo esperaba que no
escogiese ese momento para contarles a todos su gran idea.
―¡Ojalá Satán nos coja confesados…!
Capítulo dos
Me río por no apuñalarte
Sarah
El viaje fue movidito, como siempre que la abuela se montaba en la
caravana. Era como si la poseyese el espíritu del Motorista
Fantasma, a excepción de la calavera en llamas, aunque os prometo
que lo mismo esa hubiese dado menos cague que ella… Creo que
superó su marca personal de tiempo en llegar a Cernégula; mis
primas, mis tías y yo teníamos muy mala carita, y juro que si alguna
se ponía a vomitar iríamos todas una detrás de otra. Aquello sería
peor que la historia que contó Gordi[2] a los Fratelli cuando lo
pillaron.
Mi madre era la única que miraba por la ventana como si hubiese
algo muy interesante en el anochecer. Esa nueva faceta suya de
mujer feliz me daba un poco de miedo, no quería que sufriera.
Estaba convencida de que el demonio de mi padre era buena
persona, sí, queda un poco raro, pero es así; no obstante, tenía un
pálpito que me decía que lo peor no había llegado aún. Hablando de
llegar, lo acabábamos de hacer y ¿adivináis quién ha tocado la fruta
cancioncita de la niña del exorcista y ahora éramos el centro de
atención del resto de los aquelarres que estaba ya allí desde primera
hora de la mañana? Bingo, perrito piloto y muñeca chochona[3] para
vosotros. La Soliña mayor se había quedado con las ganas de
notoriedad de las dos, porque a mí me faltó tiempo para
escabullirme sin que nadie me viese y salir corriendo del tumulto.
Me senté al borde de la laguna y disfruté de los pocos momentos
de tranquilidad que todavía me quedaban. No pude evitar llevar la
mano al colgante, era lo único que me mantenía a salvo de ser una
paria en mi propia comunidad. Sin él todos podrían ver mi verdadera
naturaleza, que molaba tela, ojo. Sin embargo, después de saber los
planes de la cabra de las narices no creo que tener cuernos, rabo,
alas y unos chulísimos iris lilas le hiciese mucha gracia al resto. No
se me caía del pensamiento eso de ser la nueva jefa de las brujas.
Cada día tenía más claro que la del camello era la cuadrúpeda y no
yo. Madame Blavatsky se había fumado medio Amazonas para
pensar tan solo por un microsegundo que era una buena idea
ponerme a mí al frente. Venga, seamos sinceros, no era capaz de
encontrar los mismos calcetines la mitad de las veces, cómo diantres
iba a mandar a nadie. Ni Church me obedecía, por cierto, no sabía
dónde se había metido y eso no era nada tranquilizador. De vez en
cuando desaparecía a lo Pepe y volvía con olor a azufre, supongo
que se iba al inframundo con sus coleguis. ¿Existiría una guardería
de gremlins? Nota mental importantísima, preguntarle a Mammón.
—Es impresionante todo lo que se te puede llegar a pasar por la
cabeza en tan poco tiempo, Church.
El susto fue considerable y casi termino en la laguna cuando
escuché la voz de James justo al lado de mi oreja.
—¡Me tienes un poquito hasta los ovarios!
—Cuidado, Church, eso se está empezando a acercar
peligrosamente a una palabrota.
El hechicero barra ángel de cicatriz preciosa en la cara y mirada
juguetona se colocó a mi lado con las alas extendidas y los pies
descalzos. Los metió en el agua e hizo ondas en esta al moverlos.
¿Estaba más grande que la última vez que lo vi? ¿Hasta qué edad
crecían los nefilim? ¿Le crecerían todas las partes del cuerpo?
¡Satán, tenía que alejarme de Tituba a la de ya!
—Yo también te he echado de menos, personaje extraño —me
informó, y me dio un toquecito en la punta de la nariz con el dedo.
Seguí el movimiento con los ojos y terminé por ponerme bizca.
—¿Zabe que como paze una mozca ahora mizmo te quea azí pa
ziempre?
—Pepe, a ti precisamente no es que tuviese demasiadas ganas de
verte, fíjate tú…
—¡Qué ataque má gratuito, pisha! Pueh que zepa que he venío
porque Enri no deja de darme er coñazo pa que busque a Zarah, no
pa verte a ti, niñato.
—¿Qué quiere la majara de la cabra ahora? Es muy pronto para
empezar con sus locuras, acabo de llegar —protesté antes de que
esos dos se enzarzasen en otra de sus absurdas peleas dialécticas.
—Ni idea, dice que ez mejó hace ante no zé qué de loz chakra,
que ha vizto argo raro.
James y yo nos levantamos a la vez, él se giró antes y me dio un
señor alazo que me propulsó directa al centro de la laguna sin que
pudiese hacer nada para evitarlo.
—¡¿Crees que es buen momento para darte un baño, Church?! —
me gritó, atónito, el muy rastacueros[4].
—¡Sarah! —Alcina hizo acto de presencia justo cuando me
agarraba a la piedra del borde para subir y matar a James. Gracias al
infierno que mi temperatura corporal no cambiaba con el medallón y
una nube de vapor me rodeó y secó prácticamente por completo
mientras salía.
—Eres un calefactor con patas, Church. ¡Cómo mola!
—Y tú eres imbécil, James. ¡Tienes dos alas, dos enormes y
peligrosas alas de caca! ¡Asúmelo de una fruta vez antes de que
mates a alguien!
—Veo que todo sigue igual por aquí. Madame Blavatsky te está
buscando —me informó mi amiga, quien por ahora parecía ser ella
misma—. ¿Por qué nadabas sin mí y vestida?
—¿Dónde está la cabra? —me limité a responder.
—Hola, amiga. Me alegro de verte, te he echado mucho de
menos. Sí, Alcina, yo también a ti, verás qué bien lo vamos a pasar
estos días —ironizó la bipolar de las narices, teniendo una supuesta
conversación consigo misma, cambiando de lugar y de voces cada
vez que hacía un personaje distinto.
—¡Es el tolai este, que me trae por la calle de la amargura! —me
defendí, y me sacudí como si fuese un perro para secar los restos de
humedad que pudiesen quedar aún en mi ropa. Eso se lo había
copiado a Church. Cuando lo bañaba, se movía así y se convertía en
una pelotita mullida y esponjosa durante algunos minutos.
—Sé cuándo no me quieren en un sitio. Me voy, pero tenemos
una conversación pendiente, Church —se rindió James, abrió las
malditas o benditas alas y casi me saca un ojo con una de ellas.
Estoy convencida de que eso lo acababa de hacer a propósito, es
imposible ser tan poco consciente de tus extremidades, o apéndices,
o como quieras llamarle a eso. Pegué un salto y le arranqué una
pluma negra para, a continuación, sacarle la lengua y el dedo índice.
Sí, me estaba desatando un poco más de la cuenta, pero habéis
visto que no ha sido por mi culpa, que conste en acta.
—¿Mejor? —quiso saber Alcina mientras yo bailaba con la pluma
en la mano como si fuese un indio y le acabase de cortar la cabellera
a los malditos colonos que querían quitarme las tierras.
«¡Estás como una regadera!», se carcajeó en mi cabeza el cotilla
del ángel.
—¡¡Gilipuertas!! —chillé al cielo justo cuando un grupo de brujas
pasaba por nuestro lado y les di un susto de muerte a todas—. Es a
Dios, no lo o la soporto, quién se creerá que es. Bueno, yo me
puedo llegar a hacer una idea de quién y cómo, pero no sé si
debería contároslo, tampoco os perdéis mucho, creedme. Es así
como demasiado estirada y te mira con cara de estar oliendo a culo
de ñu todo el tiempo. Estoy casi convencida de que la nariz y las
tetas son operadas, no me creo que la gravedad no afecte en
absoluto ahí arriba.
La cara de las brujas no tenía precio, juraría que a una de ellas
estaba a punto de desencajársele la mandíbula como la abriese más.
De pronto, un rayo rompió la noche e iluminó el cielo.
—¡Señora, escuchar conversaciones ajenas es de mala educación!
¡Que lo sepa! —grité a la nada de nuevo y, antes de que terminase
de hablar, el trueno que seguía a la luz retumbó a nuestro alrededor.
Las brujas corrieron a ponerse a cubierto antes de que comenzase la
tormenta y yo me sentí más estúpida que jamás en mi vida, y eso ya
era decir…
—Sarah, vamos a casa y te doy una tisana de valeriana, melisa,
manzanilla y orujo.
—¿Orujo? —me extrañé.
—¡Contra el culo te la estrujo! —soltó de buenas a primeras, puso
la cara que solía poner Lisbeth cuando hacía de las suyas y salió
corriendo de allí, no sin antes darme un empujón de muy Satán mío
y tirarme a la laguna de nuevo.
Me hice la muerta y me quedé flotando, sintiendo la ingravidez en
el cuerpo.
—Zarah, te zaldría má rentable ir en bañador, toto.
—Pepe, tengo un muy mal presentimiento —me lamenté, y me
quedé allí hasta que las gotas comenzaron a nublarme la visión.

Esquivé a todo bicho viviente que pude y me escabullí hasta el


interior de la caravana, con la firme intención de mimetizarme con el
sofá, cuando apareció la cabra con Pepe en la cabeza y cara de
pocos amigos. Ya os he contado que solo tenía una hilera de
dientecillos en la encía de abajo, ¿verdad? Pues si pone el gesto de
mala leche da un cague impresionante, casi podría jurar que le salía
humillo. De todas las veces que la había visto desde que mi abuela y
Sibila le anularon la neurona de la cordura, era la vez que más se
me pareció a esa pequeña bruja de ojos níveos.
—¿Se puede saber por qué he tenido que venir yo a buscarte
después de mandar a Alcina y al inútil este? —inquirió, señalando
con la pezuña a Pepe, que se encontraba repantigado sobre su
cabeza.
—¡Zeñora, zin fartar! —La cabra hizo amago de darle un puñetazo
o pezuñazo, que no sé qué dolería más, y él se esfumó como solía
hacer cuando el culo le olía a pólvora.
Antes de que pudiese soltarle alguna gresca a la cabra, noté un
brillo proveniente de su cintura y reculé justo a tiempo para no liarla.
Alrededor del peludo cuerpo de Madame Blavatsky estaba la cuerda
que me dio en su momento Pan. Creo que es la cabeza cortada que
más me alegraré jamás de haber visto. Vale, es un poco gore, pero
él quería desangrarme para traer al demonio del espejo y terminar
con el mundo. Además, ¡mi padre es uno de los príncipes del
averno, no tengo por qué excusarme! Digo yo que algo de la chunga
quedará todavía latente en mí, aunque esta haga tiempo que no dé
señales de vida. Que, por otro lado, ya se podría quedar escondida,
porque me daba bastante miedo saber que no soy consciente de mis
actos, pese a que estos suelan traer unas consecuencias algo,
llamémosle, nefastas…
—¿Te ha quedado lo suficientemente claro?
¡Vamos, no me fastidies! Por favor, que alguien haya escuchado lo
que ha dicho, porque a ver quién es la guapa que le pide que lo
repita después del cabreo que tiene. ¿Cabreo vendrá de cabra? Pues
tenía todo el sentido del mundo, fíjate. No pude evitar soltar una
carcajada frente a esa deducción tan malditamente coherente
después de verla enfadada, y ahora la que se llevó el testarazo en la
mollera fui yo.
—¡Sarah, céntrate, cojones! ¡Que haces hablar mal a los muertos!
—¡Eso ha dolido! —protesté, rascándome la cabeza.
—Y más que te va a doler como no me hagas caso.
—Señora, me alegra que haya vuelto a sus cinco sentidos, de
verdad. Me da un poco de penita porque ya no podrá pintarse las
uñas, ni tomar daiquiris de esos por Satán sabrá dónde, ni hacer
cochinaditas con humanos, pero así podrá eliminar el trato que
hicimos y escoger a alguien válida para el puesto de jefa de las
brujas. Lo cierto es que es un gran alivio. ¿Cómo han conseguido las
abuelas ponerle la cuerda?
—No me puedo creer que no te hayas enterado de nada, Sarah.
—Si digo que no, ¿qué me hace? —me atreví a preguntar.
—Vamos a ver, mírame a los ojos con atención y escucha por una
maldita vez en tu vida —me amonestó, y me señaló con la pezuña—.
Primero, la cuerda me la he puesto yo, esas inútiles serían incapaces
de atraparse una oreja con la mano ni aunque sus vidas
dependiesen de ello. Segundo, tenemos que hacer el ritual de los
chakras antes de que le enseñes al mundo de lo que eres capaz y te
nombre como la siguiente al mando. Ven corriendo a mi dormitorio
antes de que sea demasiado tarde y, tercero, como tardes más de
cinco minutos en llegar te juro que la madre de James será el menor
de tus problemas. ¿Capisci? —concluyó, y se evaporó.
—¡Yo me cago en mi fruta vida, en la de la cabra, la del sapo y la
de toda mi generación!
Capítulo tres
Entre tú y yo hay un abismo tan grande que ni la
raja del culo de un albañil lo supera
James
Mi vida no había sido lo que se dice un camino de rosas desde que
mi condición de nefilim fue de conocimiento público. Bueno, si quitas
las flores y te quedas con las espinas, sí, entonces la definiría a la
perfección. Diego y el jefe de los lobos seguían desaparecidos, lo
que me contó Sarah hacía que tuviese sentimientos encontrados sin
que pudiese evitarlo. Por un lado, ella no tenía motivos para
mentirme, sin embargo, por otro, me veía incapaz de ver a Diego
metido en algo tan turbio solo por el hecho de cargarse a Mammón
por despecho. Era consciente del daño que le habría provocado
saber la verdadera naturaleza de la que creía su hija, y también
sabía que en un momento de enajenación tu mente puede llegar a
obnubilarse hasta límites insospechados, pero de ahí a aliarte con el
enemigo y pasar del equipo que quedó atrás en el infierno va un
mundo. ¡Qué cojones un mundo! Va toda la maldita historia,
prehistoria y, si me apuras, llega hasta cuando los extraterrestres
hicieron las pirámides.
Tenía que dejar de meterme en la cabeza de Sarah, se me estaba
pegando su locura. Bendita locura, por otra parte… Cuando peor me
sentía tan solo tenía que colarme en su mente y escucharla divagar
sobre cualquier tema que se le estuviese cruzando por los
pensamientos en esos momentos, y la sonrisa la tenía más que
asegurada. Más de una vez me había llevado alguna que otra colleja
por parte de mi amigo Dedi gracias a eso. Me quedaba tan
ensimismado en su lado de la vida que olvidaba que yo seguía
teniendo una propia y se me iba el santo al cielo, esa frase ya podía
decirla sin temor a pitorreos.
Kardec estaba haciendo las funciones de Diego, además de
continuar siendo el jefe de todos los hechiceros, tanto del norte
como del sur. Ahora que Max había salido de la ecuación, y con mi
nueva realidad, estábamos jodidos en lo que a mando concernía. No
os voy a negar que en otros tiempos jugueteé en mi cabeza con la
idea de ser el sucesor de Diego, aunque de eso parece que hayan
pasado lustros.
Cada vez que cogía el maldito ascensor para ver a mi madre y
prepararme con el resto de nefilim y ángeles en el cielo perdía la
comunicación con la bruja, y contaba los segundos para regresar y
que en la tierra no hubiese pasado nada demasiado grave. Si acepté
subir con ellos fue para sacar información y ver si era capaz de
enterarme del paradero de Diego. Nadie desaparece de la faz de la
tierra de buenas a primeras, vale, yo sí, pero no estamos hablando
de mí.
—James, ¿qué haces aquí?
Tron acababa de pillarme asomando la cabeza en todas las
puertas monocromáticas que encontraba. En algún sitio debían tener
la sala de máquinas. Sí, en mi cabeza se formó hacía tiempo la
imagen de mi madre al más puro estilo del malo del Inspector
Gadget, el doctor Gang, con Madgato en el brazo del sillón orejero
incluido. No me explicaba que ella estuviera al tanto de todo si no
nos tenía controlados de alguna forma, por lo que no vi otra mejor
que tener un cuarto lleno de pantallas que cambiaban de canales.
No es tan rebuscado, explícame tú entonces cómo lo hace, porque lo
de que es omnipresente no termino de creérmelo, o no quiero
hacerlo porque no me volveré a tirar un cuesco tranquilo jamás, por
no decir cosas un poco más subidas de tono...
—Buscaba a Neuma —mentí, procurando tener la mente lo
suficientemente bloqueada como para que no pudiese leerme.
—No está, ha tenido que ausentarse por motivos personales.
—¿Mi horno particular tiene de eso? —respondí, y esquivé por
pocos milímetros el puñetazo que iba dirigido a mi careto a toda
velocidad. Me seguía y me seguiré negando a llamarla madre.
—¡Un poco de respeto, James! —Sabía la fe ciega que tenía mi
amigo alado en ella, y chincharle era de las pocas cosas divertidas
que podía hacer allí arriba mientras me comía días de la tierra en
cuestión de minutos en el cielo.
—No te enfades. Solo quería decirle que me bajo.
—¿Has entrenado con todos los soldados que te dije? —preguntó
a la vez que fruncía el ceño, desconfiado.
—Si te refieres a ese montón de alas que he dejado tirado en
medio del campo de entrenamiento, sí. Me parece que van a
necesitar algunos días libres —me jacté y alegré a partes iguales al
contemplar su gesto de sorpresa—. He entrenado, en serio. Ya sé
volar sin partirme la crisma. Soy capaz de usar todas vuestras armas
de forma más eficaz que la mayoría de los nefilim que tenéis
esclavizados aquí. Tengo que volver, Tron. Se va a hacer en breve la
reunión de aquelarres y debo estar presente.
Percibí un leve movimiento a mi espalda y un airecillo que se
acercaba de forma peligrosa hasta mi mejilla. Mis sentidos se habían
agudizado desde que tenía las alas, aunque no voy a negar que los
tribales que me salían cuando estas se encontraban ocultas me
molaban bastante. La sonrisa en el gesto de Tron y que reculase
unos pasos no me vaticinó nada bueno, y os juro que de lo último
que tenía ganas era de lo que venía a continuación. Hay personas
pesadas y luego estaba ella, mi maldita peor pesadilla con alas y
tacones de aguja. ¿Allí no existiría un defensor del soldado o algo
para poder denunciarla por acoso?
Me agaché justo a tiempo de no recibir una patada en la cabeza,
me giré y la agarré por la pierna que le quedaba aún en contacto
con el suelo para hacer que se cayese de espaldas. El golpe hizo que
todo se quedase en silencio hasta que algunas risitas provenientes
de mis anteriores competidores en batalla hicieron a Malak explotar
como una olla exprés y ponerse del color del culo de un mandril.
—¡James! ¡Tú, grandísimo hijo del averno, tarado de mierda!
¡Cumple con tu parte del trato y regresa al infierno!
—Tron, vas a tener que lavarle la boca con jabón —le aconsejé al
gigante que aguantaba la risa a una distancia prudencial, el tío
cobarde.
—¡Voy a decírselo a Neuma y te vas a cagar! —me amenazó ella
mientras se levantaba e intentaba recuperar algo de dignidad,
alisándose la falda diminuta. Os juro que he visto envoltorios de
magdalenas que cubren más.
—Yo no soy responsable de que te quedases dormida. No hemos
consumado porque no has querido, ahora no me eches a mí la
culpa, mi Pinocho estaba preparado para el combate, pero se ve que
tú no andabas muy por la labor. Lo siento mucho, no estoy para
perder el tiempo, tengo que hacer cosas que sí me importan —
respondí, y me agaché de nuevo antes de recibir una patada directa
a mis cataplines.
—¡Me has drogado! ¡Entre nosotros no podemos hacernos daño!
—chilló, y el silencio volvió a rodearnos. Tron me contemplaba como
si en realidad le diese pena.
—No quería decírtelo, Malak, pero tenías cara de mapache harto
de tequila, eras una mezcla entre Rocket y Pedro[5]. Te di una
infusión para que se te quitasen los nervios de la primera vez. Como
te dormiste y te pusiste a roncar igual que un oso en plena
hibernación y las babas empezaban a amenazar con sumergir el
colchón, fui todo un caballero y te dejé descansar. Deberías estarme
agradecida.
—¡Yo te mato! —gritó de nuevo, y se abalanzó sobre mí. Gracias
al cielo, mi madre hizo acto de presencia en ese justo instante con
una de sus entradas triunfales y la sangre no llegó al río, al menos
no por esa vez…
—James, vas a ir a la tierra en representación de los nefilim. Tron
y Malak te acompañarán.
—Sí, señor —contesté al más puro estilo militar, con el firmes y
todo, pero un cosqui de Tron en la nuca me hizo rectificar—. ¡Sí,
señora! —me pitorreé, y salí corriendo al ascensor antes de cobrar
de nuevo.
—James —me llamó uno de los otros soldados de allí con los que
había entablado una curiosa amistad, Sariel.
Tenía un aspecto andrógino que no terminaba de cuadrar del todo
en aquel lugar. No lo había visto nunca coger un arma, no obstante,
siempre llevaba dos dagas enganchadas a su cinturón. Era más
delgado que los demás y unas oscuras ojeras le hacían parecer
enfermizo. Nunca le pregunté, no es como si al conocer a alguien
pudieras decirle: «Ey, tienes toda la cara de los pies de otro, tío». No
soporto a la gente que te da su opinión sin que se la pidas ni a los
que dicen eso de: «Yo no es por nada, pero…», absolutamente todo
lo que salga de tu boca después de ese jodido «pero» te aseguro
que te lo puedes meter por el orto. El chaval me caía bien, no tenía
claro cuál era su función, cuando estábamos juntos nos limitábamos
a hablar sobre la Tierra, bueno, lo hacía yo mientras él me cubría las
espaldas para que yo hiciese alguna de las mías. Lo veía un chaval
legal.
—Dime, Sari.
—¿Te vas otra vez? —La pena en su voz me hizo sentir bastante
culpable por dejarlo allí con todos aquellos mamarrachos
prepotentes.
—La jefa me manda abajo —me excusé, intentando que no se
vieran las ganas que tenía de obedecer esa orden.
—Bueno, hasta la próxima, entonces —se despidió, y se dio la
vuelta con los hombros caídos.
Malak se cruzó con él sin mirarlo y le asestó un señor empujón
que casi lo derriba. Odiaba a esa jodida rubia más que Sarah, os lo
prometo. Mi mente elucubró todo lo rápido que pude y tiré de
chantaje emocional en menos de lo que yo mismo hubiese
imaginado, estaba superándome.
—¡Madre! —llamé a Neuma y esta se volvió, sorprendida y con
una sonrisa en la comisura de la boca, gesto que me indicó que
podría pedirle el agua del mar, que me la daría.
Todos los que nos observaban permanecieron expectantes a
nuestra conversación. No los culpaba, estar en el cielo era de lo más
aburrido y monótono. No me cabía duda de que más de uno
necesitaba una rebelión, un apocalipsis o algo como agua de mayo.
—Dime, James. ¿Necesitas algo? —quiso saber, solícita.
—En representación de los nefilim vamos la rubia y yo, y en la de
los ángeles solo Tron. Sé de buena tinta que el infierno no mandará
solo a uno de sus representantes, eso quedaría bastante mal frente
al resto.
—Cierto, hijo. No se me había ocurrido.
En realidad, no nos hemos extinguido aún porque no nos hemos
metido en faena, porque si llega a ser por la que manda ya nos
habríamos ido a la mierda, os lo aseguro.
—¿Puede venir Sariel también con nosotros? —Noté que la
sugerencia la tomó por sorpresa, a ella y al resto, que se carcajeó en
la distancia. ¡Cómo detestaba que hasta en el cielo le hiciesen
bullying a la gente! Así que me adelanté a su respuesta—. Es el más
indicado, no llamará la atención como el resto de los musculitos
descerebrados y es de los más inteligentes. Es la mejor opción,
¿verdad? —concluí para que pensase que tenía algún tipo de
elección.
—De acuerdo. Sariel —lo llamó, y este se puso a temblar como un
flan recién hecho—, vas con James, no te separes de él en ningún
momento y no te metas en líos. Deja quietos a los espíritus que no
te corresponden —le ordenó, nos dijo adiós con la mano y pegó un
salto para desaparecer de nuevo en la cúpula de nubes que cubría
nuestras cabezas.
Cuando ya estuvimos los cuatro en el ascensor, Malak se limitó a
bufar y a mirarse las uñas, Tron meneó la cabeza en señal de
negación y Sariel se puso a dar saltitos de alegría mientras me cogía
el codo y me hacía también botar con él. Empezaba a dudar de que
aquello hubiese sido una buena idea, además de que la advertencia
que le había dado Neuma no terminaba tampoco de cuadrarme
demasiado. Tenía que preguntarle en cuanto nos quedásemos a
solas.
Capítulo cuatro
Nada está perdido hasta que tu madre no puede
encontrarlo
Sarah
Me tocaba otra vez ponerme en las manos de Madame Blavatsky, y
lo peor era que me gustaba más como la majara de la cabra que
como la Oráculo de las narices, no te voy a engañar. Esquivé de
nuevo a todas las que cotorreaban en corrillos por el patio de Sibila
y subí rápido las escaleras hasta el dormitorio de la, ahora, cuerda
cuadrúpeda. En cuanto entré y vi a Sibila con unos cuantos tarros
humeantes, a mi abuela con una caja de piedras de colores, a Tituba
con una botella carmesí que se parecía peligrosamente al vino sisado
de la iglesia, a mi madre con cara de preocupación y a Alice
poniendo un montón de velas alrededor de la cama, me eché las
manos a la cabeza. Aquello no podía funcionar, no con todas ellas
metidas en el ajo. Algo me empujó y casi me lanzó al centro de la
habitación, a continuación, se escuchó un portazo y una risita. Pues
mira, ya estábamos todas, Alcina y mis primas también habían
aparecido en el atestado lugar.
—¿Alguien más para hacer experimentos conmigo? —pregunté,
irónica y con más miedo que Terminator[6] rodeado de termómetros
de los antiguos…
La cabra apareció de pronto, sentada sobre la cómoda, y me
sonrió enseñando los frutos dientecillos de abajo. De esta no salía
viva, moriría virgen, medio demonio y descuartizada, ya veréis, ya…
Me senté a esperar a que me llegase la hora, no sin antes poner
un mohín de niña pequeña y echar de mi lado a Pepe, que también
pensó que sería entretenido estar presente para ver mi ejecución.
—Sarah, tú que no estás haciendo nada baja a por las velas con
olor a cedro, porque vamos a necesitar mucho ánimo y optimismo.
Además, son las mejores para realizar la conexión física y espiritual
—me ordenó la abuela, y entonces Alice se puso a mi lado y me
metió en la boca unas cuantas pastillas, me obligó a beber un vaso
de agua y luego me miró sonriente.
—No es que no nos fiemos de ti, cariño. Pero no podemos dejar
tus estornudos al azar, los antihistamínicos ayudarán con eso —fue
su única excusa por haberme atiborrado a pastillas para la alergia.
Creo seriamente que no tienen ni pajolera idea de cómo funciona
eso de teletransportarme, pero también que en un rato iba a tener
un sueño de cajones. Fui al baño antes para curarme en salud, me
eché bastante agua en la cara y al rato bajé a hacer lo que me
habían mandado. No entendía tanta prisa si aún no lo tenían listo, al
final nos cogía el toro…
Una vez que estuve en el sótano que la mismísima familia
Addams envidiaría, la cabeza comenzó a dolerme y entré en una
especie de extraño mundo onírico más vívido que nada que hubiese
visto en mi vida. James entró detrás de mí, pero ya había alguien
más allí abajo y nos pusimos a espiar.

Cerré los ojos con fuerza y al abrirlos la luz intermitente de una


bombilla en el techo me molestó al despegar los párpados, pero lo
que más me desagradó fue la voz que le siguió y comprobar que
aquello de pronto parecía el camarote de los hermanos Marx.
—James, Tron, ¿estáis ahí abajo? —Malak estaba de pie en las
escaleras del sótano de Sibila y nos miraba con una expresión entre
extrañada y enfadada.
—Sí, bajamos para… —titubeó el ángel, y meneó la cabeza de un
lado a otro con la visible intención de centrarse—. Ya voy. James,
vamos, tenemos que vigilar que no ocurra nada en la ceremonia —le
ordenó Tron, y desapareció más rápido que lo que tardas en escribir
Massachusetts sin mirar en San Google. La ángel permaneció sobre
las escaleras con los brazos cruzados y cada vez más cara de mala
leche.
Tituba pasó por mi lado como una exhalación, llevaba dos botellas
de vino contra el pecho y subió sin despedirse; tras ella, salió Alice
con algunas velas en las manos y la mirada abatida.
—Jefe, creo que deberías venir a ver esto. ¡Quita, bicho! —Una
chica demonio con unos cuernos muy parecidos a los míos, alas y
cola, pero de color rojo llamó a Mammón. ¿Quién era?
—Lo siento, tengo que irme —se despidió de mi madre de esa
forma tan seca y a mí me dio un apretón en el hombro. La joven
demonio nos contempló con curiosidad, sonrió y se marchó.
—No te demores —fue lo único que mi progenitora dijo.
—James, como tardes me encargaré de ponerle yo el nombre al
bebé, ¡estás advertido!
Esa frase me sentó peor que si me acabase de clavar una espada
celestial y me estuviera muriendo.
—¡¿Podrías darme un poquito de intimidad?! —chilló este. Yo
podía sentir que la respiración se me había cortado y que mis
párpados no querían hacer su trabajo para no ponerse a soltar
lágrimas—. Sarah, no es lo que estás pensando, te lo juro.
—No hay mucho que malentender en esa frase.
—Lo que te dije era verdad.
—¿Qué me dijiste, James? Lo último que recuerdo era caernos al
suelo después de bajar aquí y espiarlos a todos.
—Mmm, pero…
—Sarah, vámonos. Nuestras abuelas estarán como locas
buscándonos —me urgió Alcina—. Luego te veo, que aquí no es que
haya mucha privacidad y creo que Lisbet quería hacer cosas que
incluían desnudos integrales, yo no, te lo juro. Yo solo te daré un
casto beso en la mejilla —concluyó mi amiga, dejando a Dedi sin
palabras y haciendo exactamente lo que había dicho.
—Nada, tienes razón. Ya tendremos oportunidad de hablar. Ve a
por todas, Church. Demuéstrales quién eres a esas brujas. Yo estaré
esperándote para aplaudirte después de tu exhibición —me alentó
James.
—Gracias. Felicidades por tu paternidad, por cierto —concluí, y no
le di tiempo a decir nada más.
Corrí de la mano de Alcina escaleras arriba y no pude evitar
empujar a la ángel cuando pasé por su lado, esta trastabilló y en mi
mente se materializó la imagen de que rodase por todos los
escalones y terminase en el suelo con el cuello roto y los ojos
abiertos, pero, en lugar de eso, ella tan solo dio un grácil saltito y
me sonrió, irónica. ¡Odiaba a esa mala fruta!
Una vez arriba quise apartarme de todos para que me diese un
poco el aire y analizar lo sucedido. No iba a revelar que recordaba la
cúpula frente a James[7], él tendría un hijo con Malak y yo me
negaba a ser la amante de nadie. Me senté en mi tocón favorito,
alejada de miradas, y me prometí no llorar.
—Niña, ¿no estás contenta? —La cabra me observaba con una
copa en la mano y una túnica que le cubría hasta las pezuñas
traseras.
—¿En qué delirante mundo paralelo podría estar contenta
después de vivir lo que hemos vivido y regresar a esta mierda?
—En uno en el que puedes hacerlo realidad si sigues mis consejos
y haces exactamente lo que te diga.
—Eso es chantaje.
—Solo lo es si no quisieras vivir otra nueva Navidad igual. Vamos,
tienes que prepararte para lo que está por llegar.
Me puse en pie y la seguí. Satán sabía que sí que quería,
necesitaba que aquello hubiera sido verdad. Me enfrentaría a diez
mil pruebas si eso significaba poder volver a ducharme con James.
El calor de mi colgante en el pecho me dio la bienvenida, me pasé la
mano por la cabeza y no encontré los cuernos, me miré el trasero y
el rabo había desaparecido junto con las alas. Me empezaban a
gustar esas alas.
—Por cierto, Sarah —pronunció la cabra, y se detuvo en seco—.
Los demás no recuerdan nada de lo que pasó, sus instintos saben de
qué se deben cuidar y cómo actuar, pero nada más.
—Yo lo sé, y James también, estoy convencida.
—Puede que sí o puede que no. El hechicero va a ir olvidando, no
tiene tanto poder para retenerlo en su memoria. Las almas que
viajan al purgatorio no deben volver y, si lo hacen, el olvido es su
mayor protección.
—¿Y por qué yo no? Quiero olvidar —le rogué sin pensármelo
demasiado.
—Porque un trocito de tu alma se ha quedado en aquel lugar y
sigue abrazada al nefilim dentro de la cúpula.
—¿Cómo? ¿Me falta un trozo? ¡Madame Blavatsky, no me joda! —
Definitivamente estaba permitido decir palabrotas en ese momento.
—Volvamos a la habitación, casi no nos queda tiempo.
Capítulo cinco
Mearte es el mejor motivo para levantarte por
las mañanas
James
Vale, la nueva incorporación lo mismo es un tanto excéntrica y mira
todo como un cachorrito asustado y emocionado a la vez, pero sigo
opinando que todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo
contrario, además, lo mismo puede echarme un cable para encontrar
a Diego.
—Gracias, James. ¡Esto es alucinante! ¿Ves a toda esa gente?
—Sariel, como me des otra vez las gracias te prometo que te
meto en el ascensor, le doy al botón de subir y me cargo el
mecanismo para que no baje nadie más —lo amenacé a ver si me
dejaba tranquilo un ratito. Puso cara de perrito abandonado y me
sentí culpable por borde y por capullo—. ¿Qué gente? No hay nadie,
no te estará dando un golpe de calor o algo, ¿no? —suavicé el tono
para que la criatura no se echase a llorar.
—Esto es lo que pasa cuando traes a gente sin preparación —se
quejó Malak.
—Los espíritus, están por todos lados, nunca había visto a tantos
a la vez. ¡Es emocionante!
—Eso da muy mal rollito, tío —le advertí, y se me puso la carne
de gallina. Yo no era capaz de ver a nadie más que no fuese a
nosotros. Estábamos en el bosque de Cernégula, la ceremonia
empezaría en breve y, por ende, podría ver a Sarah de nuevo.
—James, Sariel es el encargado de las almas pecadoras en el cielo
—me explicó Tron un tanto hastiado. Como si yo tuviese que
saberme el currículo de todos ellos.
—¿Esas no van al infierno? —pregunté, intrigado. Lo último que
se me hubiera pasado por la cabeza era que mi amigo fuese el de la
guadaña.
—Algunas se cuelan arriba porque no está del todo claro dónde
deberían ir, yo soy el que les hace una primera criba antes de
llevarlos con tu madre —respondió, y se acercó a un árbol, se
agachó y se puso a charlar con la nada, animadísimo.
Nos encaminamos hasta la casa de Sibila e intenté no prestar
atención a las conversaciones y los saludos del ángel. Parecía que se
habían puesto de acuerdo todos los fantasmas para hacernos una
comitiva de bienvenida. El velo se hallaba más restablecido y los
muertos ya no campaban a sus anchas como antes, sin embargo,
todavía no se había terminado de solucionar y sabía que la bruja
continuaba siendo la diana de las culpas con respecto a eso. Estar
más presente en el Consejo y tener un puesto superior entre los
sobrenaturales me facilitaría ayudarla en ese sentido. En los demás
no me dejaba porque tenía la mollera más dura que una obsidiana.
—Sacad las alas —nos ordenó Tron antes de que entrásemos.
—No es cómodo y podemos lastimar a alguien, colega.
—James, el mejor golpe de efecto es una buena presentación.
Saca las alas y nadie se atreverá a soplarte —me explicó.
—No, tan solo avisaremos a los demonios de nuestra posición
exacta. —Malak estaba de peor humor del habitual.
Creo que el reloj biológico le andaba jugando malas pasadas…
Que digo yo que ya que tenía tantas ganas de ser madre podría usar
a otro para que la inseminase, ¿no?
Los tres obedecimos a Tron y abrimos nuestras alas, las de mis
compañeros eran totalmente blancas, mientras que las mías
alternaban esas con otras plumas negras y podían confundirse con
grises. Aún no había preguntado si Malak también era nefilim por
qué ella no las tenía como yo, pero molaba eso de ser diferente, no
te voy a mentir.
El inconfundible sonido de la caravana de las Soliña me indicó que
habíamos llegado en el momento exacto. La vi salir del cacharro con
ruedas y encaminarse a la laguna. Cuando me lancé a seguirla para
que pudiéramos hablar sentí que tenía algo demasiado pegado al
culo.
—¿Sí? —le pregunté a mi amigo lapa.
—Nada.
—¿Entonces?
—Entonces ¿qué?
—Cojones, que qué quieres.
—¿Por qué?
—Parecemos tontos, Sariel.
—¿Tú crees?
—Como me digas que tonto es el que hace tonterías la tenemos.
—En realidad es una muy buena definición —respondió,
pensativo.
—¡Yo me cago en mi puta madre! —exclamé, y me llevé un
tortazo en la cabeza por parte de Tron. Mierda, ya no podía ni
blasfemar tranquilo.
—A ver, Sariel, tengo que ir a hablar con alguien.
—Guay —me contestó, y dio un pasito más a mi lado.
—A solas.
—Ah, ¿y qué hago yo?
—¿Ves a esos que están vestidos de color caca de niño chico
recién echada? —le indiqué al grupo de hechiceros del sur reunidos
en una esquina, demasiado alejados de los demás y manteniendo
una conversación en un tono lo suficientemente bajo como para que
nadie los escuchase.
—Sí.
—Vale, no los pierdas de vista, pero que no se den cuenta de que
los estás espiando.
—¡¿Soy un espía?!
—Eres gilipollas —se me adelantó Malak, y estuve de acuerdo con
ella por primera vez desde que nos conocíamos.
—No tardes, yo lo vigilo —se ofreció Tron, y agarró al nuevo por
el hombro.

Sentía que el corazón me iba a mil, por su cercanía y porque


teníamos que arreglar las cosas de una maldita vez por todas. Vale,
la intentaba espiar cada vez que estaba en la tierra, pero mis idas al
cielo hacían que me perdiese demasiadas cosas aquí y cuando
regresaba era como si viese los capítulos salteados de una serie que
te apasiona.
—Es impresionante todo lo que se te puede llegar a pasar por la
cabeza en tan poco tiempo, Church —por mucho que me metiese en
su mente jamás podría llegar a entender su funcionamiento.
—¡Me tienes un poquito hasta los ovarios! —Esas respuestas
también las adoraba, no os voy a mentir, buscarle la lengua era mi
razón de existir.
—Cuidado, Church, eso se está empezando a acercar
peligrosamente a una palabrota.
Escuchar sus pensamientos sobre mi Pinocho casi hicieron que me
pusiera a señalarla con partes indebidas de mi anatomía, y opté por
continuar con la guasa para disimular.
—Yo también te he echado de menos, personaje extraño —
concluí, y le di un toquecito en la punta de la nariz con el dedo, a lo
que ella bizqueó, y quise guardar esa imagen en mi cabeza para el
resto de mis días.
La llegada de Pepe y de la psicópata poseída de Alcina me
cortaron el rollo, por lo que decidí marcharme, no sin antes
prometerme que conseguiría que me escuchase.

Estuve dando una vuelta de incógnito, si de incógnito era


pasándome la orden de Tron por los cataplines y escondiendo las
alas, aunque los tatuajes que me salían cuando no las tenía
expuestas no eran lo que se dice discretos, siempre llamaría un
poquito menos la atención que con ellas fuera. Intenté mezclarme
con mis antiguos compañeros, el problema era que cada vez que me
acercaba a ellos se hacía un incómodo silencio que me golpeaba en
el pecho al igual que un huracán, no puedes verlo, pero puede llegar
a ser demoledor. Finalmente, opté por desistir y regresar con
quienes, por lo visto, eran ahora los míos, por mucho que me
pesase.
Vi a Sarah salir de la cocina y entrar en unas escaleras laterales
de la casa, iba resoplando y hablando sola. Corrí para aprovechar el
momento de intimidad y no pude evitar ponerme a su espalda e
inhalar su aroma, ese que me traía por la calle de la amargura. No
me dio tiempo a mucho, el mundo estaba en mi contra, os lo
prometo. Empezó a entrar gente como si aquello fuese una fiesta
clandestina y, después de que la jodida cabra hablase en modo
Yoda, nos vimos metidos en una cúpula hermética llena de nieve en
la casa de San Cibrán.
No puedo decir demasiado de lo que sucedió allí, tan solo sé que
en el fondo de mi alma quería quedarme y no regresar a un mundo
en el que mi madre fuese la todopoderosa mandamás del cielo, Max
un traidor, estuviese prometido a una mujer que no me calentaba ni
los sobacos, y uno en el que Diego no se hubiera vuelto loco. Sí, no
pensaba decirlo en voz alta, pero mucho me temía que mi brujita no
mintió con respecto a él, y que el oro que relucía cada vez que lo
idolatraba se comenzaba a tornar en mercurio.
Aún tenía el sabor de su boca en mis labios cuando Malak
apareció sobre las escaleras y soltó una burrada de las suyas con
respecto al nombre del bebé que tan solo existía en su imaginación,
y la conexión que había conseguido con Sarah se había vuelto a ir a
la mierda por su culpa. Lo pude contemplar en el dolor reflejado en
sus ojos, me marché y me juré arreglar aquello en cuanto la
celebración terminase, mi madre tenía que acabar con esa unión o
me tendría pegado a su culo las veinticuatro horas del día y,
creedme, eso no se lo desearía ni a mi peor enemigo.
Una vez en el exterior y con mi mala leche en todo su auge, me
golpeé con alguien que olía tanto a azufre que no pude evitar
arrugar la nariz. Al observarla mejor me sobresalté, era la primera
vez que veía a alguien que tuviese el cuerpo rojo y lleno de
escamas. Mi expresión debió resultarle divertida, porque me sonrió y
asomó la cabeza por la puerta del sótano del que no dejaba de salir
gente apesadumbrada. La cabra la había liado otra vez a base de
bien, para variar…
—James, vamos —me apresuró Tron, visiblemente nervioso. Me
agarró del brazo y tiró de mí hasta que estuvimos los cuatro solos,
lejos de oídos indiscretos—. Escuchad bien los tres, no quiero que
ninguno se acerque a esa cosa. ¿Entendido?
—¿A quién? —preguntó Sariel, la criatura muy espabilada no es
que fuera.
—Al demonio con el que se acaba de cruzar James. Son
peligrosos, son los únicos de este lugar que tienen alguna
probabilidad de matarnos —nos explicó, y volví a recordar la sonrisa
de grandes colmillos de la chica rara.
—No le tengo miedo a ninguna demonia de tres al cuarto —alegó
Malak.
—Pues ve a buscarla y así lo comprobamos, yo apuesto cinco a
uno a que pierdes.
—Tú eres estúpido —se defendió, e intentó darme un puñetazo,
pero di un salto y en segundos estaba a unos metros sobre ellos.
El problema era que desde aquella altura pude ver a la perfección
un arcoíris saliendo de una de las ventanas superiores de la casa de
Sibila. ¡Sarah, por Dios, por Satán y por los pelos del culo de los
gremlins, que no la hayas liado otra vez, que no te ha dado tiempo!
Capítulo seis
En la vida, algunas veces se pierde y otras se
tiene una pistola, unas bolsas de basura, cal y
una pala
Sarah
Madame Blavatsky se marcó un señor Houdini y desapareció de
pronto, para variar. Suspiré, resignada, porque veía que se iba a liar
la de Satanás cuando la cabra revelase a todos los aquelarres su
estrambótica propuesta para el nuevo liderazgo. Desde ese
momento me aparecerían detractoras, envidiosas y amiguísimas, en
definitiva, gente de la que no me podría fiar. Vale que acepté, pero
tenía un athame pegado a mi cuello, tampoco es que me hubiesen
quedado demasiadas opciones…
—¿Dónde vas, brujita? —me preguntó alguien a mi lado que
pronunciaba demasiado las eses, y di un ridículo saltito.
—¡Ostia fruta!
—Para ser la hija de Mammón, no es que te parezcas mucho. Me
esperaba otra cosa, la verdad.
—¿Perdona?
—No tienes de qué disculparte, la genética va a su bola. Si no,
mírame a mí —continuó, y se señaló.
La chica que había asomado la cabeza por la puerta del sótano
estaba delante de mí, enseñándome los colmillos y con algo que
quise pensar que sería una especie de intento de sonrisa. Tenía el
cuerpo lleno de escamas escarlatas que brillaban bajo la luz de la
luna, los ojos de un carmesí más intenso con pupilas reptilianas,
similares a las de mi progenitor, unos aros le recorrían todas las
puntiagudas orejas e iba vestida de cuero negro. Ella sí llevaba sus
alas de murciélago extendidas y se veía muy cómoda con su rabo,
que meneaba de un lado a otro mientras hablaba como si se tratase
de un brazo más. Me acerqué, no mucho, me daba un poquillo de
miedo, y le chisté para que dejase de hablar tan alto. No sabía quién
era, pero se ve que la extraña me conocía a mí a la perfección.
—¿Quién eres?
—Soy tu prima —me informó, aumentando así mi ya variopinto
árbol genealógico.
—Por parte de madre no, ¿verdad? Aunque la abuela es bastante
discreta con lo que respecta a su familia, lo mismo alguna bruja tuvo
un lío con un… —me detuve un momento y la observé mejor— con
un ni pajolera idea, porque igual puedes venir de una mezcla entre
bruja y camaleón, bruja y serpiente, en plan Voldemort pero con
nariz, o una bruja con un…
—Dragón, pero no tengo nada de bruja, primita. Soy medio
demonia, medio dragona. Encantada de conocerte —me saludó, y
me dio una palmada en el hombro que casi me desmonta.
Justo entonces apareció Alcina y se colocó delante de mí con los
puños en alto para defenderme de la nueva.
—Sarah, escóndete detrás, yo me encargo del bicho —me indicó
la poseída de mi amiga.
—¿Le tienes cariño a esta o puedo comérmela?
—¡Menuda obsesión tenéis con comeros a mis amigos! Mira, te
voy a decir como le dije a Mammón una vez, y no pienso repetirlo —
le advertí, intentando ponerme de puntillas para parecer más alta,
porque con su envergadura más los cuernos me sacaba una cabeza
—. ¡No se come, caca! Ah, ni se chupa, que esa ya me la sé. Y no
sirve que me digas: Ay, Sarah, le estaba salvando la vida por el
ombligo como si fuese un caracol. No, no, eso no se hace. La gente
no puede ir por ahí mordiendo, chupando, besando y destrozando
corazones cuando le dé la real gana para luego marcharse a afilar el
Pinocho con la primera fruta gallina que vea, ¡porque eso no se
hace! ¿Lo entiendes? ¡No se hace! —fui elevando el tono de voz a
medida que las palabras iban saliendo de mi boca sin darme cuenta.
—¿Esto es normal? —le preguntó mi nueva prima a Alcina.
—¿Esto? No te haces una idea... Espera a verla en todo su
esplendor, no sabes si reírte o si llevarla al manicomio, se le va la
cabra de vez en cuando, pero es buena gente. ¡La cabra! Madame
Blavatsky está esperándonos. ¡Corre! —concluyó Alcina, que digo yo
que para tener amigas como ella no me hacían falta enemigos. Me
cogió del brazo y tiró de mí al interior de la mansión, con el corazón
todavía acelerado y hecho pedazos.
—Mammón me debe una de las grandes por esto —escuché decir
a la nada a la rara, y después la vi seguirnos.

En la habitación ahora tan solo se encontraban Sibila, mi abuela y mi


madre. En cuanto nos vieron entrar vi diferentes reacciones en sus
rostros. Mi madre parecía asustada, a Sibila le faltaba unir las manos
en modo psicópata a punto de liarla y mi abuela tenía esa calma
impuesta que solía preceder a la tempestad. Sin embargo, cuando
apareció mi nueva adquisición familiar las tres se pusieron en
posición de defensa. Margaret extendió las manos con dos bolas de
fuego en ellas, Sibila cogió el palo de una escoba que tenía cerca e
hizo un movimiento parecido al de los esgrimistas, bastante ridículo,
en mi opinión, y el viento de la Soliña mayor empezó a apagar todas
las velas que estaban dispuestas alrededor de una improvisada
camilla que supuse sería en realidad una mesa cubierta por una
sábana blanca. La respuesta de la rara no se hizo esperar y, en
menos de lo que canta un gallo, su tamaño aumentó hasta darse
con los cuernos en el techo, el cuerpo se le ensanchó y poco a poco
se fue formando la figura de un dragón impresionante y demasiado
grande para caber en aquella estancia sin derrumbar la mansión.
—¡Ey, ey, vamos a tranquilizarnos todas! —medié, y me coloqué
en medio de la inminente pelea—. Mamá, apaga eso. Abuela, te vas
a hartar de encender pabilos otra vez. Sibila, no sé qué estás
pensando hacer con la escoba, pero no lo hagas. Y tú…
—Lamia —gruñó la chica, echando humo por lo que ahora era un
hocico.
—Lamia, si no quieres que acabemos enterradas bajo escombros,
yo que tú volvía a tu tamaño —le ordené, y me miró como si quisiera
comerme—, por favor.
—Es un jodido dragón. ¡Cómo mola! —alucinó Alcina.
Sibila se había acercado a su nieta para quitarla del improvisado
campo de batalla y aprovechó esa proximidad para atizarle con la
escoba en la cabeza. Creo que la vieja le tenía pelusilla a su nieta
por llevar a su madre dentro. Sí, es un lío de narices, pero a estas
alturas ya deberías entenderlo.
Lamia, que quise pensar que se llamaba así y no me estaba
proponiendo nada obsceno, me obedeció justo cuando la puerta se
abrió y entró Tituba. Éramos pocos y parió la abuela, nunca mejor
dicho… Mi prima paterna se asustó y le lanzó una bocanada de
fuego que le quemó el flequillo y las pestañas, la menor de mis tías
reaccionó a tiempo para no quedarse calva y se echó un chorro de
agua, quedando ahora empapada. Me llevé las manos a la cabeza y
me temí lo que vendría a continuación, pero la sangre no llegó al río
por el momento; conocía a Tituba y sabía que la cosa no iba a
quedar así, os lo aseguro. Ahora me daba penita mi prima, que, por
otro lado, mi padre ya podría haberme dicho que la iba a mandar.
Vamos, digo yo, que como esto siguiera así íbamos a ser como la
familia de los Brady[8], pero más tirando al aspecto de la de los
Addams.
—¡Parece un lichi, toto! —exclamó Pepe, que acababa de
aparecer también en la habitación.
Eso me proporcionó el tiempo suficiente para ponerme delante de
la nueva, que no tenía claro a quién atacar y a quién no, y hacerle
de barricada frente a las represalias de mi tía.
—¡Todas quietas de una maldita vez, por Satán! —el grito de mi
abuela nos petrificó—. Sarah, ¡explícate antes de que se nos acabe
el tiempo y nos vayamos a la mierda frente al Consejo!
—Es mi prima, o eso dice.
—Estoy con Mammón, se ha tenido que ir por una urgencia en el
averno. Me dijo que me pegase al culo de su hija.
—¿Podrías dejar de contar a todo cristo que es mi padre? Esto no
es como en la Guerra de las Galaxias, o bueno, sí, porque cuando se
descubre esa parte todos se quedan con la boca abierta y tal, y
como el resto del mundo se entere creo que su expresión sería más
o menos la misma.
—Sarah —me avisó mi madre antes de que empezase a irme por
los cerros de Úbeda otra vez.
Una campanada estridente sonó y la algarabía y los gritos de
fuera por el comienzo de las pruebas de selección entraron por la
ventana.
—¡Mierda! —dijimos todas a la vez.
—¡No se os puede encargar nada! —La cabra también había
aparecido, menos mal que yo me había puesto delante de la
demonia, o la cena consistiría en asado con cuernos—. Soliña, id
abajo y entretened a la multitud mientras yo sigo con tu nieta —le
ordenó a mi abuela, y esta arrugó el bigote mientras murmuraba
cosas ininteligibles, aunque yo sabía que estaba poniendo vestida de
limpio a la Oráculo, no nos vamos a engañar—. El resto, id con ella.
¡Ya!
—Pero... —intentó persuadirla mi progenitora, pero Madame
Blavatsky le lanzó una mirada de cabra mosqueada nivel Satán y la
silenció.
—¿Esa cabra tiene algo que ver con Lucifer? —me preguntó mi
prima en el oído.
—Creo que no.
—Pues se dan un aire, en serio.
—¿Conoces a Lucifer? —se exaltó Alcina, que tenía todo su
dormitorio lleno de pósteres de Tom Ellis.
—Claro, ¿tú no? —respondió extrañada Lamia, y ahí empezó una
extraña amistad entre las dos personas más raras que había
conocido en mi vida.
Pasaron de mí como de la caca, Alcina agarró a mi prima del
brazo y se marcharon charlando como si se conociesen desde la
cuna, o desde el huevo, que no sabía yo cómo nacían los demonios
dragón. ¿Te imaginas el tamaño del huevo?
—¡Sarah! —me gritó la cabra. Esta hoy se quedaba ronca como
siguiese así, ya verás.
—Es la última vez que se lo pido, que se lo imploro, cambie de
opinión, por favor, por Satán y por todos los príncipes del averno.
—No puedo, eres la única que seguirá.
—Explícame eso de que seguirá, que no me ha gustado un pelo.
—Todo a su debido tiempo llegará.
—¡Escupa al Yoda de las narices y hable bien!
La cabra se acercó a mí con la cuerda brillando en su cintura, por
un instante estuve tentada de quitársela para que volviera a ser la
loca alcohólica ninfómana que me caía bien y no Sauron[9].
—¿Recuerdas lo que te dije antes de que todo esto comenzase?
—me preguntó, y permaneció a la espera de mi respuesta.
—Señora, no recuerdo lo que desayuné hoy, no me fastidie.
—No te asustes cuando huelan los muertos, ladren los perros y
los rayos te alcancen.
—¡¿Otra vez?! Esto ya lo hemos vivido y acabé en paños
menores, colgada de una cruz en medio del campo con vacas
asesinas rodeándome. Me niego, dele para adelante al capítulo o
algo, repetir cosas que ya han pasado aburre a todo el mundo. —Si
os pregunta a vosotros me dais la razón, por vuestra madre.
—Aquella visión no había terminado, tenía un bloqueo…
—Esto no es como cuando quieres leer algo y no te da la cabeza,
no puede bloquearse si estamos hablando de morir o vivir. No se
trata de una página en blanco a la hora de escribir.
—¿Te callas?
—Vale, pero no me hace ni pajolera gracia por dónde está yendo
el tema.
—Algo vuelve a nublarme la visión, no sé si es porque no estoy en
mi cuerpo o si es que alguien está intentando ocultar lo que
acontecerá. Solo sé que será malo, muy malo, Sarah.
—Pues llamemos a los Ghostbusters[10], pero a mí no.
—Si algo sucede, ve hasta donde convergen todos los mundos,
busca el árbol y el pozo lo arreglará. Mis tres hermanas te ayudarán.
No puedo hacer nada más ahora mismo.
—¿Adónde?
Fue lo último que me dio tiempo a preguntarle. La música y las
risas que se escuchaban hacía tan solo unos minutos cambiaron a
chillidos de auxilio, y la sangre se me heló.
—Yo me cago en mi fruta vida…
Capítulo siete
Pide perdón, no permiso, pero si te pillan échale
la culpa al de al lado
James
Escuché que Tron me llamó y que pegó otro salto para alcanzarme
en cuanto acertó mis intenciones. No obstante, me aburría mucho y
había estado practicando esto de volar, a ver si tenía huevos a
cogerme… Me lancé hasta el lugar del que salían las luces, lo que en
un principio se asemejaba en la distancia a un arcoíris fue perdiendo
la mayoría de los colores para terminar tan solo con una gama de
grises, lilas, rojos y azules. La luz se posaba sobre las cabezas que la
contemplaban atónitas e hipnotizadas por el espectáculo. Algo me
olía mal, dudaba bastante que Sibila estuviera haciendo un
espectáculo para entretener a los presentes, ella era más de que la
adorasen, de ser servida y no de servir.
—¡¿Dónde te crees que vas?! —Los segundos que me había
detenido para analizar la situación le habían concedido a Tron la
ventaja suficiente para ponerse a mi altura.
—¿Qué crees que es eso? —interrogué, rezando para que la
anomalía fuese suficiente para librarme de la bronca por ignorarlo.
—No tengo ni idea, las brujas hacen estas cosas. Son seres
extraños —contestó, y me miró mal—. Tu madre me ha dejado a
cargo de ti, que sea la última vez que no obedeces a una voz de
alto.
—No me jodas, que no estoy en el ejército.
—Exactamente es ahí donde estás, James. Métetelo en la cabeza
de una bendita vez y nos harás la vida más fácil a todos.
—Te noto un poco irritadillo desde que saliste del sótano, ¿no,
colega?
—Yo no he estado en ningún sótano.
—Mis cojones treinta y tres —empecé a rebatirle, pero cada vez
que intentaba recordarlo se volvía todo más borroso y me daban
punzadas las sienes.
—¿Qué te pasa? ¿No irás a vomitar?
—Eres igual de sutil y molesta que un grano en el culo, Malak.
—Chicos. —Creí que intentaba mediar el pobre de Sariel, la
criatura no sabía dónde se había metido, con lo contento que se
puso por bajar a la tierra.
—¡Tu novia sí que tiene cara de grano en el culo!
—¡Ya, dejadlo, no sé si estoy con personas adultas o con dos
querubines! —se quejó Tron.
—Chicos… —insistió Sariel.
—¡¿Qué?! —le respondimos los tres a voz en grito.
Levantó un dedo tembloroso hasta la zona del patio donde
estaban las luces y abrió mucho los ojos. Cuando nos giramos casi
pierdo el control de las alas.
—¿Qué cojones está pasando? —No daba crédito.
—Eso no es bueno. ¿No se suponía que la brecha ya se había casi
cerrado? —preguntó Sariel.
—Sí, la tenemos bajo inspección. Neuma nos aseguró que los
vigilantes tenían el control de los pocos huecos que quedaban —nos
informó Tron sin dejar de mirar el espectáculo.
—Pues me da que algo ha fallado. Vamos, rápido —los insté, pero
él se puso delante de mí.
—Tenemos que informar de esto, James. No podemos actuar sin
órdenes. Necesitamos un plan, además de más ángeles y nefilim.
Solo somos cuatro.
—Tres y medio —recontó Malak.
—No te metas con el chaval —la amonesté.
—No me refería a él, lerdo.
—Yo te mato, cualquier día te mato. Vigila tus plumas de cerca,
Malak —la amenacé—. ¡Mirad lo que hay allí!
Tal y como pensé, los tres se giraron rápido para enfrentarse a
algún peligro, y aproveché para zafarme y correr en busca de Sarah.
En el patio de Sibila había tanto bebés tirados por el suelo
gateando como criaturas demoníacas o espectros. Me fijé en que
cada vez que una luz atravesaba a alguien lo cambiaba en cuestión
de segundos. Tenía que evitar por todos los medios que esas cosas
me rozasen, por lo que continuar volando era mi mejor opción. De
pronto me detuve en seco al recordar algo importante que pasé por
alto, ¿dónde estaban los prisioneros? La idea de traerlos a la
ceremonia era para someterlos a un consejo de guerra delante de
todos y que así los que quedaban libres afines a su causa supieran
las consecuencias y desistieran de seguir con su apoyo.
—¡Mierda! ¡Es una trampa! —grité a los tres celestiales que me
seguían de cerca—. Tron, ve a por los refuerzos.
—¡No sin ti! —respondió el muy terco.
—Me niego a transformarme en una de esas cosas, yo me largo.
Antes de que a Malak le diese tiempo de huir, como la rata
egoísta que ya sabía que era, una luz roja la atravesó y cayó al suelo
envuelta en una bola que se tornó opaca, y dejamos de distinguir lo
que había en su interior. En cuanto la luminiscencia tomó una nueva
víctima y se apartó a otro lado, dejó en el lugar en el que debería de
estar la nefilim a una cerdita regordeta y sonrosada que gruñía y me
miraba mal. Si no hubiéramos estado en esa situación os juro que
habrían escuchado mi risa incluso en el mismísimo averno.
Tron voló en picado hasta ella y la cogió en brazos. Malak se
revolvió y le mordió, pero este aguantó, estoico, y la asió con más
fuerza mientras regresaba hasta donde estábamos nosotros. Me
daba que de animal era igual de chunga que de celestial, la verdad.
De pronto me empezaban a entrar un montón de ganas de comer
parrillada de carne…
—¡Vámonos! —me ordenó Tron otra vez.
—¿Quieres convertirte en cerdo? Pues llévate a Peggy y cuéntale
a mi madre lo que está pasando—. Malak me gruñó y nos enseñó
dos pequeños colmillos—. Sariel y yo nos quedamos como
avanzadilla. No podemos abandonar a toda esta gente sola, Tron.
Ten un poco de humanidad por una vez en tu vida, eres un ángel,
por el amor de Satán —se me escapó eso último, con lo bien que me
estaba quedando el discurso, y me puso cara de querer arrancarme
un ojo—, de Dios, por el amor de Dios.
—Yo creo que estos espíritus son algo raros —intervino Sariel con
una aplastante tranquilidad.
—¿A qué te refieres? —quise saber cuando otro rayo salió de la
ventana, demasiado cerca de nuestra posición, y pasó por el centro
del círculo que teníamos hecho los tres en el aire.
—Como te pase algo mientras no estoy, te juro por lo más
sagrado que te resucitaré para matarte con mis propias manos,
James. Sariel, cuida de él, y mucha suerte, muchacho, la vas a
necesitar —le advirtió a mi nuevo compañero, y salió volando sin
despedirse tras su amenaza de muerte. Los ángeles cada vez me
caían peor, os lo juro.
—Vamos a buscar a las Soliña, seguro que ellas sabrán qué está
pasando antes de que se líe todavía más.
—¡James, mira!
Lo cierto es que si me llega a decir que había un burro volando
me lo hubiera esperado más que lo que vi. Los bebés demoníacos
estaban corriendo de un lado a otro, a cuatro piernas o patas o
como quieras llamar a sus extremidades extrañas, persiguiendo a los
cerdos con la visible intención de comérselos. Los fantasmas volaban
demasiado cerca de nosotros y comenzaba a acojonarme un poco, la
verdad. Esquivé un rayo gris por pocos milímetros y este le dio a un
hechicero del sur en toda la cara, sucedió lo mismo que con Malak
minutos antes, solo que cuando la luz se evanesció en su lugar
apareció el mismo chaval con la cara demacrada y con pústulas
bastante asquerosas en la piel. Desde la distancia a la que
estábamos no vi nada más, y tampoco es que me fuese a acercar
para verle mejor. Lo que sí contemplamos con total nitidez y
perplejidad fue cuando se giró hacia una bruja que todavía no había
cambiado y la mordió en la yugular, arrancándole el trozo.
—¡¿Eso qué mierda es?!
—Un zombi —respondió Sariel como si fuese lo más normal del
mundo.
—¡¿No me jodas que existen los malditos zombis?!
—En realidad hace muchos siglos que no, conseguimos
erradicarlos de la Tierra, pero se ve que han vuelto.
—¿Me explicas por qué cojones estás tan tranquilo?
—Somos los buenos —contestó, y se quedó tan pancho.
—¿Y?
—Los buenos siempre ganan, James.
«Tenía que haber elegido precisamente hoy para que me
acompañase el Dalai Lama de los ángeles. Bien hecho, James, eres
la polla en almíbar…».
«¿A quién dices que has traído?».
«¡¿Sarah, eres tú? ¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¡Voy a buscarte,
no se te ocurra moverte!».
«La Oráculo se ha puesto en modo Yoda y se ha pirado. Estoy
escuchando gritos desde aquí, voy a bajar a ver qué pasa».
«No, no lo hagas. Escóndete hasta que llegue».
«No somos pareja, James. Asúmelo de una vez. Además, ¿cómo
que no me mueva? ¿Desde cuándo me das órdenes? Eres un tóxico,
que lo sepas. Faltaría más, y lo siguiente ¿qué será? No te pongas
esa falda, Sarah, sin maquillaje estás más guapa, mejor quédate en
casa limpiando mientras yo me voy con los colegas a buscar ninfas
del bosque. Ah, no, perdona, que ahora te van más las gallinas
cluecas».
«¿Qué?».
«¡Ni qué ni ca, que yo me pongo lo que me dé la gana!».
Antes de que pudiera seguir con esa absurda conversación, la vi
salir por la puerta de la cocina y quedarse helada frente al
espectáculo. El día que me hiciese caso el mar se secaba, en serio.
Se dio la vuelta para ver el resto del patio y una luz lila se dirigió a
su espalda, volé todo lo rápido que pude y me puse de diana para
salvarla, entonces todo mi mundo cambió y algo raro entró por mis
fosas nasales dejándome sin respiración.
Capítulo ocho
No tienes tanto tiempo como para perderlo, haz
lo que te salga del toto
Sarah
Salí corriendo hasta que los pensamientos de James invadieron mi
cabeza y me detuvieron. Al final terminé enfadada con él, para
variar. Teníamos una relación tóxica, ya queráis llamar de amistad o
de lo que os dé la gana, pero lo cierto es que siempre,
absolutamente siempre terminaba liándola, y eso no era sano para
ninguno de los dos. Salí de la cocina al patio, decidida a mandarlo a
pastar, cuando el dantesco panorama que se abría frente a mí me
dejó petrificada.
Una luz emergía de una de las ventanas superiores de la mansión
y a mi alrededor había un numeroso gentío histérico por todos lados.
Espera, ¿eso son cerdos? Oye, que lo mismo me habían sometido al
ritual ese raro de los chakras y la había palmado o estaba
alucinando, que cuando se juntaban mi abuela y Sibila no me fiaba
un peo de lo que pudiese suceder. Parpadeé unas cuantas veces y
me pellizqué en el brazo para ver si era real o fruto de alguna droga
que me hubiesen suministrado, aunque no, aquello dolía, tenía que
estar despierta, pero ¿dónde me encontraba esta vez?
Un segundo, que me estaba entrando un mareo considerable por
lo que veía. Un grupo de bebés diabólicos se comían un cerdo y
usaban sus tripas como improvisado látigo para aporrearse entre
ellos. ¡Ay, Satán de mis entretelas!, ¡vaya asco más grande! Me giré
para no seguir contemplando la dantesca imagen y algo me golpeó
en la espalda. Mira, os juro que como uno de esos enanos sádicos
me hubiera tirado un trozo de cerdo los ahogaba en el lago. Vale, yo
no, pero pensaba llamar a la chunga y ya verían, ya…
Me volví con miedo a lo que pudiese encontrar ahora y debajo de
mis pies, al más puro estilo de Moisés en el Nilo, había otro bebé. En
un principio reculé, espantada por lo que la criatura pudiese
hacerme; no obstante, este era bastante diferente a los demás. Era
sonrosadito, en lugar de rojo grano a punto de explotar y, además,
tenía dos graciosas alitas a la espalda. Me miró con unos enormes
ojos azules y me echó los brazos para que lo aupase. No lo pensé, lo
mismo opináis que estoy peor que la cabra, pero mi conciencia no
me habría permitido volver a dormir por las noches si lo hubiera
abandonado en medio de aquel caos. Lo abracé y lo estreché contra
mi pecho con la intención de proporcionarle algo de calor y
protegerlo con mi vida si fuese necesario.
—¿De dónde has salido tú, pequeñín? —le pregunté con la voz
que le ponemos a los cachorritos. Sí, vosotros también le habláis así
a los bebés, a los gatos, a los perros, a los conejos y a todo bicho
viviente que mida menos de medio metro, no lo neguéis.
—¿Estás bien?
La inesperada voz me sobresaltó y casi mando al neonato encima
del árbol. Recordatorio mental, entregárselo a alguien responsable
antes de que me lo cargue yo en vez de los bichos esos. Delante de
mí se encontraba el ángel más desgarbado que hubiera visto jamás.
Se le marcaban unas oscuras ojeras en la cara, era delgaducho y no
más alto que yo. Su apariencia me hizo desconfiar de él, lo
reconozco. No me juzguéis, no sabía bien dónde estaba, había cosas
raras y me hablaba una especie de ángel con pinta de estar famélico
y que no le hubiera dado el sol en su vida, eran datos para tener en
consideración.
—Sí, ¿quién eres?, ¿dónde estoy y qué cajones está sucediendo?
—lo interrogué, sin percatarme que estaba achuchando más de la
cuenta al bebé hasta que escuché unos ruiditos de algo que
intentaba respirar—. ¡No te mueras! Respira, enano, no es tan difícil
—regañé al pequeño, y este me puso mala cara, no, si encima iba a
ser exquisito…
—Soy Sariel, he venido con James, Tron y Malak a la ceremonia,
pero el primero se me ha perdido y los otros dos han ido a por
ayuda. Me temo que solo me tienes a mí como refuerzo —se
disculpó, y me inspiró ternurita.
—Pero ¿esto es real? No me fastidies que cada vez que la Oráculo
se pone en modo enigmático tengo que salir pitando porque quieren
matarme —protesté, y el ángel me empujó a un lado.
Una luz azul colisionó contra una bruja que se nos acercaba
corriendo con los brazos en alto, perseguida por unos bebés que
corrían como si fuesen conejos. Al instante siguiente, el resplandor
se tornó en una bola que la envolvió para después desaparecer y
dejar en su lugar a la misma bruja, solo que con la gran diferencia
de que podíamos ver a través de ella, su corporeidad se había ido a
por pan y ahora era un fantasma.
—Así que esa es la de los espectros. —Aquello pareció más bien
un pensamiento en voz alta que algo que estuviese dirigido a mí.
—Explícate y vamos a buscar a mi familia, ellas sabrán qué hacer
—le urgí antes de que nos diese alguna de las luces esas.
El mini alado había cogido una postura en mis brazos que parecía
comodísima y se chupaba el dedo mientras roncaba, totalmente
ajeno al pequeño detalle de que el mundo se estaba desmoronando
a nuestro alrededor. En esos instantes le tenía un poco de pelusilla,
no voy a mentir.
—He podido comprobar que la luz azul transforma a la gente en
espíritus, la morada en bebés demoníacos, la roja en cerditos y la
gris en zombis. Es curioso, nunca había visto nada parecido, tendré
que analizarlo —detalló con total parsimonia, pero ¡¿este de qué
tenía la sangre, de horchata?!
—¿Esos enanos del demonio se están comiendo a los frutos
cerdos que dices que son personas?
—Exacto.
—¿Qué zombis? ¿Dónde mierda hay zombis? No estamos en una
película de las malas de serie B, ¿entiendes? Esto no es una ida de
olla de Peter Jackson[11]. Si estuviera aquí Tituba te pediría el
nombre del camello o el vino escondido o algo. ¡Eso es imposible,
ángel de las narices!
No me dio tiempo a continuar hablando porque, al igual que si lo
hubiéramos llamado, del mismo sitio del que vino la fantasma bruja,
ahora andaba como borracho lo que supuse que alguna vez fue un
hechicero del sur. Tenía la boca ensangrentada y unas feas costras
en las partes de piel que quedaban al descubierto.
—Mira, ese es un zombi de los que te he dicho —sonrió,
satisfecho, el ángel sabelotodo que me estaba empezando a caer
bastante mal. Con mi tía Alice, si esta no pudiese ser su madre, se
llevaría a las mil maravillas—. Te recomiendo que nos vayamos
cuanto antes, no parece que vaya muy rápido, pero si nos quedamos
aquí lo mismo te arranca un trozo.
—¿A mí? ¿Y por qué a mí, listo?
—Porque yo vuelo y tú no —respondió, y se señaló con el pulgar
a la espalda como si le resultase incomprensible que se me hubiera
pasado por alto dicha obviedad en esos momentos. ¡Menuda hostia
le daba con la mano abierta!
«¡James, luego seguimos discutiendo, pero creo que necesito una
ayudita! Estoy con uno de tus nuevos colegas y creo que quiero
asesinarlo por engreído. ¿Dónde estás?».
—James está fuera de cobertura ahora mismo —contestó Sariel
en voz alta.
—Es de mala educación meterse en conversaciones ajenas, ¿eso
también lo sabías?
—En realidad estás hablando por un canal abierto, es como si
pillas una radio y lanzas un mensaje. Te puede contestar cualquier
ángel que esté en la tierra. ¿Cómo crees que reza la gente?
—De rodillas y seguramente que no pensando en ti.
—¿Eso ha sido un insulto? No ando muy familiarizado con tu
forma de hablar. Cuando los entes llegan a mí lo único que suelen
contarme son mentiras, la verdad.
—¡Yo me cago en mi fruta vida!
—Zarah, ze eztá liando parda. ¿Qué haz tocao? —Pepe se
acababa de materializar en mi hombro.
—¡Pepe, te quiero! ¡Jamás en mi vida me había alegrado tanto de
verte!
—A otro gallo con ezas plumaz. Ezo mizmo me dijizte en el averno
y luego me dejazte tirao por el jodido bicho pelúo…
—Vaya inquina le tienes al pobre Church, en serio. No tienes edad
para tantos celos.
—¿Nos vamos? —nos interrumpió Sariel.
—Me iré cuando me dé la real gana, estoy manteniendo una
conversación sin canales abiertos.
—Pues esos zombis que vienen detrás del de antes están a punto
de llegar. Me voy marchando yo y ya me cuentas cuando te vea al
otro lado —agregó, y se agachó un poco para marcarse un «madre
de James» y salir volando de un salto.
—Ah, no, de eso nada. —Corrí hasta él, intentando que no se me
cayese el bebé, y lo sostuve del brazo con fuerza para que no
pudiese escaquearse—. Aquí o todos o ninguno. ¿No os ponen
películas en el cielo? Ahora somos los tres mosqueteros, si uno cae,
caemos todos.
—Yo quiero zer D'Artagnan.
—Ese no era un mosquetero, era el de los dibujos de los
Mosqueperros.
—Puez me pido el Beagle.
—Ese es el mismo. ¿Cómo es que cuando hablas en otros idiomas
no tienes acento? —pregunté, extrañada.
—Porque zoy trilingüe, carajota.
Mientras tanto, los lentos habían ganado terreno, los fantasmas
parecía que se habían multiplicado y sobrevolaban el patio ululando
de un lado a otro, los cerdos cada vez eran más escasos y los bebés
estaban tumbados tirándose eructos.
—Pepe, ¿has visto a Alcina o a alguna Soliña? —lo interrogué
antes de que no nos quedase más tiempo para estupideces.
—Qué va, no eztán por ninguna parte, Zarah.
—¿Estas fiestas suelen ser siempre así, prima? —Lamia salió de la
cocina con los ojos como platos, mirando a todos lados—. ¿Me
puedo comer al angelito o también te vas a poner tiquismiquis con
él?
—¿Dónde está Alcina? —quise saber, esperando que al menos ella
tuviera noticias de mi amiga.
—Se fue con Sibila y la del bigote arrugado. Creo que no les caigo
bien —respondió, y se encogió de hombros.
—Esto tiene que ser una pesadilla, en serio. Despertadme, por
favor —rogué.
—Entonces, ¿me lo puedo comer? —insistió mi prima, y noté que
el ángel se escondía detrás de mí.
—¡No! —chillé, despertando al pequeño, que empezó a llorar y
llamó la atención de todavía más bichos hacia nosotros.
Lamia se giró, le dio una patada al zombi que estaba más cerca y
la cabeza de este salió volando por los aires, atinó justo en el centro
de los otros que lo seguían y los derribó igual que si estuviese
jugando a los bolos.
—A esos sí me los puedo cargar, ¿no?
—Ma enamorao —nos informó Pepe, y cambió de hombro para
ponerse ahora encima del de Lamia. Era el mayor chaquetero del
mundo, comprendía que Tituba no lo quisiese cerca.
—No, no puedes. Son personas, o lo eran, o lo son. Sariel, ¿qué
hacemos? —Coloqué la pelota sobre el tejado del ángel, que parecía
estar empezando a ponerse nervioso por primera vez.
—Yo me decantaría por regresar al cielo, la verdad. Esto no me
concierne.
—¿Y tú te haces llamar ángel? —lo amonesté empezando a
cabrearme muchísimo.
—No, me llamo Sariel.
—Te prometo que si me lo trago entero nadie nos pilla, prima —
propuso Lamia, y me pareció una oferta bastante tentadora.
—Noz eztán rodeando —avisó Pepe, quien con un ojo miraba
embelesado a mi prima y con el otro bicheaba para los lados.
—¿Qué dijo Madame Blavatsky antes de desaparecer? Piensa
Sarah, piensa —me dije en voz alta para centrarme, si me
preguntaba o estudiaba cosas de cabeza me resultaba mucho más
complicado que hacerlo diciéndolo.
—¿A quién le preguntas? —interrogó Sariel, ahora aún más pálido
que antes.
—Calla, que así no puedo —protesté, y seguí con mi monólogo
externo personal—. Si algo sucede, ve… ¿A dónde? ¿Dónde tenía
que ir?
—Sarah, de verdad que yo voy y vengo en un momentito y traigo
refuerzos —imploró el ángel.
—Prima —la llamé.
—¿Me lo como?
—No, pero agárralo, que no escape —le ordené, y ella corrió,
encantadísima, a obedecerme, ocupando mi lugar y sosteniendo al
chico del brazo por mí.
Mientras tanto el bebé no dejaba de llorar, las flatulencias de los
demonios enanos me levantaban el estómago y juraría que la cabeza
que Lamia había arrojado lejos ahora estaba más cerca y me
acababa de sacar la lengua.
—Mis tres hermanas te ayudarán —seguí intentando recordar.
—¿Tengo más primas?
—Satán, dame paciencia, por tu madre.
—Zarah, ze están reagrupando de forma rara. Mira. —Pepe señaló
con uno de los cuatro dedos que tenía en las patas anteriores.
En efecto, los trozos de los zombis intentaban formarse como si
de un Potato se tratasen, y no atinaban en absoluto. Sin embargo,
ver una cabeza en donde debería ir una pierna y un brazo saliendo
del cuello no logró tranquilizarme.
—¡Donde convergen todos los mundos! ¡Eso es! ¿Alguien sabe
qué significa? ¡Venga, cerebrito, piensa! —le grité al ángel antes de
que fuese demasiado tarde—. Piensa, Sariel, piensa. Un árbol, un
pozo, tres brujas. ¡¿Dónde es?!
Estaba a punto de entrar en pánico cuando el alado reaccionó.
—¡Lo sé! —anunció, victorioso.
—¿Y noz lo vaz a contar o cómo lo vez, machote?
En ese instante, Alcina, o algo que se parecía peligrosamente a
ella, salió de la cocina, detrás iba mi abuela, volando en forma de
espectro, y un cerdito con el flequillo azul en donde debería tener los
pies que supuse que era Sibila. Se me llenaron los ojos de lágrimas
cuando miré a la derecha para dejar de verlas y me topé con el
hasta entonces bello rostro de mi progenitora lleno de pústulas
supurantes. Todo había acabado, nuestro mundo se había
derrumbado sin siquiera comprender por qué. Estaba a punto de
caer de rodillas, derrotada y sin ánimo de seguir luchando, cuando
Lamia sostuvo por el cuello a Sariel y lo zarandeó con fuerza.
—El árbol Yggdrasil, se trata del árbol. Está conectado con los
cuatro mundos: el cielo, el infierno, el limbo y la tierra. ¡Es allí, lo
juro!
—Más te vale —lo amenazó mi prima, y todo se llenó de un humo
carmesí.
Capítulo nueve
Un amigo es ese que lo sabe todo de ti y te sigue
hablando porque teme por su vida
Sarah
Tragar el humo rojo que nos envolvía era como tomarte dos chupitos
de infierno mezclados con absenta y chorrito de Jägermeister.
Recordé a Tituba y lo mucho que le gustaría estar allí metida
inhalando aquello que, de seguro, me dejaría un dolor de cabeza
considerable. A mí no me haría demasiado daño, pero en lo que
respecta a los dos de plumas no lo tenía tan claro.
Tal y como imaginé, los efectos no estaban siendo los mismos
para todos. Mientras que yo cogía la cogorza de mi vida, oí, que no
vi porque el humo se podría cortar con un cuchillo, a Sariel toser
como si estuviese a punto de morirse y el bebé lloraba a pleno
pulmón, lo que hacía que todavía aspirase más de ese gas carmesí.
Lo apreté contra el pecho para tranquilizarlo y sentí que se
enganchaba con sus manitas a uno de mis senos. Aquello pareció
tranquilizarlo un poco y preferí dejarlo y rezar para que lo que nos
ocultaba se disipase rápido.
Por un momento dejé de sentir el suelo bajo mis pies y la
ingravidez, combinada con el azufre que percibía en la garganta,
mezclada con Satán sabrá qué, hizo que se me revolviese el
estómago. El ala de Sariel me golpeó en la espalda y me lanzó
contra la etérea pared que nos retenía.
—¡Lamia! —le chillé para que detuviera lo que quiera que
estuviese haciendo, porque eso solo lo podría estar provocando
alguien que perteneciese al mismísimo infierno y ella tenía todas las
papeletas de ser la culpable.
Notaba la cara aplastada cuando de pronto lo que me sujetaba
desapareció y caí de rodillas, intentando no lanzar al bebé. Me
lloraban los ojos y no era capaz de ver nada del entorno. Tan solo
esperé que estuviésemos lejos de Cernégula o que me despertase
en mi cama con mi madre y mis tías gritándose en la cocina.
—¡Querías matarme! —Esa era la voz del ángel, así que al menos
morirse no se había muerto, enfadado se le notaba, eso sí.
—Te he salvado ese escuchimizado trasero, ingrato del cielo —mi
prima también se encontraba bien.
—No veo ná, creo que me he quedao ciego. No volveré a ver un
buen par de tetaz. ¡Zocorro, Zarah! —Ese no se terminaba de
enterar de que ya estaba muerto…
Me froté los ojos e intenté respirar de nuevo aire que no estuviese
contaminado. No fue hasta algunos minutos después que comencé a
recuperar la visión y di gracias al averno por estar ya en el suelo o
me habría caído de culo.
—Los ángeles no servís ni para estar escondidos. Sois unos
endebles.
—Mira, la próxima vez lo haremos a mi manera, a ver cómo te
encuentras tú después. Nos montaremos en una nube y te llenaré la
boca con ella. ¿Te parece?
—Inténtalo y te arranco las alas.
Goku cuando se iba al cielo montaba en la nube Kinton, lo mismo
era un ángel desde el principio mezclado con mono y por eso nunca
se moría por mucho que lo matasen o se fuese al edén. No es tan
descabellado.
—¿Se ha quedado tonta? —preguntó el ángel.
—Creo que no, su amiga me dijo que le pasaba bastante eso de
quedarse en trance. A lo mejor es algo de brujas, no es que tengan
mucho cerebro.
—Estoy aquí, ¿sabéis? Podríais cortaros un poquito —protesté, y
el bebé lloró de nuevo como si le hubieran puesto el amplificador de
AC/DC en los pulmones.
—Creo que tiene hambre —conjeturó mi prima.
—O lo haz envenenao y eztá muriendo entre terrible zufrimientoz
—añadió Pepe justo cuando ya dejé de ver siluetas y mi retina
pareció estabilizarse.
Nos encontrábamos en una ladera que olía a aire fresco, a rocío y
a vida. Totalmente contrario a la putrefacción que nos había
transportado. El cielo era del mismo azul que el de los Simpson y me
juré que si pasaba un enano amarillo en patinete me tiraba por un
barranco. El sonido de agua corriendo no muy lejos de nosotros me
indicó mi siguiente movimiento. Agarré bien al pequeño llorón, me
puse en pie y seguí mi instinto.
—¿Dónde vas? —quiso saber Lamia.
—A limpiarme y a beber agua antes de que me entren cagaleras,
que cada vez que me mezclo con mejunjes extraños de los
paranormales termino con gastroenteritis. Además, creo que este se
ha cagado.
Me siguieron sin protestar y a los pocos minutos nos encontramos
frente a una cascada no demasiado alta que moría en un laguito.
Las vistas eran preciosas y la calma que rodeaba al lugar consiguió
mitigar un poco la pena que sentía en el corazón después de la
última imagen de mis seres queridos, que no se me borraría jamás
de la retina y sustituiría a otra de momentos felices. Sentí una
lágrima rodar por mi mejilla y la enjugué antes de que nadie pudiese
verla. No podía romperme, no ahora, no aún. Primero descubriría
qué había pasado, vengaría a todos los que habían muerto o sido
transformados y después ya vería cómo seguía respirando. Con esa
decisión grabada a fuego en el alma levanté la cabeza, respiré y me
centré como nunca lo había hecho.
—¿Por qué has supuesto que las indicaciones de Madame
Blavatsky nos debían conducir hasta aquí? —le pregunté a Sariel
mientras este se iba desnudando como si estuviéramos en los Caños
de Meca en Cádiz y mandó a tomar por saco toda mi determinación.
Miré de soslayo a Lamia y a Pepe, que se encogieron de hombros
a la vez, dándose un espeluznante parecido. Si ella era mi prima y él
mi tío, ¿entre ellos se tocaban algo? Bueno, el sapo seguro que
terminaría tocándole los ovarios, de eso no había duda.
—¡Eh, tú, enclenque! ¿Qué haces? —cuestionó mi prima cuando
Sariel ya se había deshecho de la camiseta y de los pantalones. Bajo
esa ropa holgada se descubrió un cuerpo marcado y fibroso sin un
ápice de grasa. Tan solo se dejó un cinturón con dos dagas negras
como el ónice, y podría jurar que estaban hechas precisamente de
ese material.
Tuvo la deferencia de girarse para que tan solo le viéramos las
nalgas y entrar al agua hasta que le cubrió la cintura. Pues no
estaba nada mal el blanquito, fíjate lo que te digo. Justo entonces, el
bebé me dio un tirón del pelo que casi me lo arranca y me entraron
ganas de jugar a tirar la piedra a ver cuánto bota sobre el lago con
él.
—¡Fruto querubín de las narices!
—¿Me lo como? —La ansiosa mirada de Lamia me dio un poco de
miedo, porque la pregunta no parecía ningún tipo de broma
macabra.
—No, no puedes. Eres como Tituba, pero sin camellos de por
medio —contesté, exasperada.
—¿Está buena?
—No, hazme cazo, ez una ruina de mujé —le respondió el sapo
por mí, y no pude más que poner los ojos en blanco frente a la
insólita situación.
El bebé seguía enfadado y quería cogerme el pelo de nuevo, Pepe
y la dragona demoníaca estaban opinando sobre si Tituba era una
buena opción para hacer guarrerías y, para terminar la escena, el
ángel pálido se aseaba con total parsimonia. Ah, perdona, que se me
olvidaba decir que no teníamos ni pajolera idea de dónde diantres
estábamos ni de qué hacer a continuación para salvar a los
aquelarres, a los seres sobrenaturales y, si me apuras, hasta a la
cabra…
—¡Satán, una ayudita, una señal, algo, por favor, por Lilith y por
todos los cuernos del averno! —empecé a rogar en voz alta, cuando
una piedra me atizó en la cabeza y al instante sentí el calor de la
sangre brotar del lugar golpeado.
Lancé un quejido y me agaché para no seguir siendo diana fácil
de quien nos estuviese agrediendo. Agarré al pequeño, que ahora
tenía cara de preocupación o de estar cagándose, por todos los
príncipes demoníacos, que fuese la primera, y me retiré justo a
tiempo de esquivar una segunda pedrada.
—¡Nos atacan! —chillé para que el resto de mi equipo dejase de
hacer el estúpido y se pusiera a cubierto, aunque no sé bien dónde,
porque los árboles nos pillaban bastante lejos.
Mi prima me prestó atención y vio la sangre caerme por la mejilla.
Olisqueó el aire, se transformó en dragón y se situó delante del mini
alado y de mí para cubrirnos. Esa era otra opción bastante viable
para que dejasen de apedrearme, la verdad. El ángel salió del agua,
agarró sus dos dagas y se puso al lado de ella. Exacto, no se había
vestido, para qué… Ahí iba él, con su colita al viento, cual crin de
caballo jerezano purasangre, con sus pelillos asomando por los bajos
y todo. Pepe desapareció de su ubicación y reapareció en mi
hombro.
—¿Qué paza?
—Nos atacan, pero no sé ni desde dónde ni quién. ¿Puedes ir a
mirar? —le pregunté, intentando controlar la hemorragia con una
mano, con la otra apretaba al enano contra mí.
—¿Por qué tengo que zer yo? No hemo zacado palitos ni nada,
me niego. Bueno, eze zí lo ha zacao, pero dudo mucho que zea el
má grande —se burló de Sariel y empezó a reírse como si no
hubiese un mañana.
—Huelo algo —nos interrumpió Lamia—. Es una mezcla entre
azufre, petricor y especias. ¿Conoces a alguien o algo que huela así?
—Soy más de identificar a la gente por sus nombres, llámame
rarita —ironicé, justo cuando una explosión lanzó proyectiles de
piedras, tierra y musgo del lago en nuestra dirección.
En la confusión sentí que algo me tocaba el hombro y al girarme
vi a una niña de no más de doce años con los ojos completamente
negros, y cuando digo completamente es completamente…, nada de
blanco, todo su maldito globo ocular era un pozo negro en el que
podías reflejarte si los mirabas al igual que si de dos espejos se
tratasen.
—¡Hola! —me saludó, y di unos pasos hasta quedar pegada a la
espalda del dragón, con las piernas temblando, el bebé apretado
más que un corsé y ganas de querer recuperar mis alas para poder
escapar volando de aquel insólito lugar.
—Sarah, ¿estáis bien? —se interesó Sariel, al que los improvisados
proyectiles le habían dejado algunas heridas tanto en el pecho como
en la cara y los antebrazos.
Cuando se percató de la presencia del extraño ser, el ángel tomó
una postura defensiva con las dos dagas en alto y, sí, con el péndulo
oscilando como si se tratase de un badajo[12] tronando a las doce en
la iglesia.
—¿Qué hacéis aquí? —siguió hablando la niña.
Por lo visto, estar delante de un dragón rojo de casi dos metros,
un sapo medio translúcido, una chica con un bebé con alas en
brazos y un ángel en pelotas le importó tres pepinos. Perdón por la
referencia, mi cabeza no hacía más que pensar en cosas alargadas.
De esta iba al infierno, menos mal que James estaba fuera de
cobertura, por cierto, esperaba con todo mi corazón que estuviese
bien. Su palito era más grande que el de Sariel, que todo había que
decirlo. El bebé soltó algo parecido a una risotada y me sacó de mis
sucios pensamientos.
«Sarah, por tu madre, que no es momento, céntrate», me regañé
mentalmente a mí misma.
Mi prima dio un paso al frente, ya que la niña nos había
emboscado y llegado por la retaguardia sin que nos diésemos
cuenta. No obstante, dudaba que hubiera sido ella la que acababa
de hacer explotar medio lago para conseguirlo. Si estaba en lo
correcto, no andaba sola y seguíamos siendo un blanco fácil.
—Lamia —le grité—, date la vuelta y vigila que nadie nos ataque
desde el frente. Sariel, por tu Dios, por los míos y por los del resto
de los planetas de la galaxia, ¡vístete! —Me sentía como un general
al mando de un ejército, reducido, vale, pero ejército al fin y al cabo.
Todos me obedecieron, el ángel cogió su ropa y se la puso con
una rapidez inhumana, la dragona se volvió con cara de pocos
amigos y humo saliéndole de la nariz y yo permanecí en el mismo
sitio, aguardando a que la cosa aquella con aspecto de niña se
explicase, nos matase o hiciese algo que mi cerebro pudiese analizar.
Capítulo diez
Se necesitan cuarenta y seis músculos para
ponerte mala cara y solo seis para darte un
guantazo, estoy mirando para minimizar futuras
arrugas
James
Después de que el humo se disipase me empecé a sentir extraño. El
mundo se agrandó frente a mis ojos en cuestión de segundos y
aprecié que mis extremidades se acortaban y que mi barriga se
redondeaba. Entré en pánico cuando me contemplé a Pinocho, fui a
tocarlo para ver si el pobre espabilaba o algo y me encontré con
unos regordetes dedos que no reconocí como míos. Desde el suelo
pude ver el culo de la pelirroja a la perfección, a continuación, se
giró, me miró y frunció el ceño. Intenté hablarle sin éxito, de mi
boca tan solo salían balbuceos sin sentido y más babas que cuando
Pepe se metía en el baño para espiar a Tituba. No me quedó más
remedio que extender los brazos y poner cara de bueno, a ver si así
la bruja se apiadaba de mí y me ayudaba a volver a mi tamaño
natural.
Gracias al cielo, o al infierno, que ya no sabía a quién agradecerle
mis desgracias a estas alturas…, Sarah me levantó y me estrechó
contra su pecho. Vale, no voy a negar que eso se sintió jodidamente
bien y que un ratito más de aquella manera tampoco me iba a
matar, o sí, porque el agarre comenzó a resultar asfixiante y dejé de
sentir el aire en los pulmones. Había tenido que hacer algo muy
chungo en otra vida para que me sucediesen todas esas mierdas, en
serio.
Al momento llegó Sariel y suspiré, aliviado. Él sabría qué hacer
para ayudarme, a mí y a Pinocho, porque mi apéndice daba bastante
pena en esos instantes, y como Sarah se diese cuenta el pitorreo me
duraría para el resto de mi vida. Intenté comunicarme con el ángel
de forma mental por el canal que teníamos para ello y no ocurrió
nada de nada. Me concentré con todas mis fuerzas, sin embargo,
por el gesto de terror que puso la bruja supuse que mi expresión era
más la de alguien que se estaba cagando que la de una persona
pensando. ¿Sería un cerdo como Malak? No, por favor, un cerdo no.
Eso me pasaba por reírme de la tetona desagradable.
Entró en escena la demonia roja con la que me crucé al subir del
sótano. ¿Qué estaba haciendo allí? La cabeza me iba a explotar en
breve. Un zombi de un guardián del sur se acercaba demasiado a
nosotros, no me dio tiempo de avisarlos cuando la nueva le propinó
una patada y le arrancó la cabeza. ¡Bien! Teníamos a alguien
psicópata en nuestro equipo, que en otras circunstancias lo mismo
no sería bueno, pero que en medio de esta locura nos vendría de
maravilla. El problema fue que pude sentir cómo se ralentizaron los
latidos del corazón de Sarah, e incluso juraría que llegó a
detenérsele algunos segundos, cuando de la cocina salieron Sibila,
Alcina, su abuela y, para terminar de rematarla del todo, por uno de
nuestros flancos apareció su madre convertida en muerto viviente.
Podría jurar que ese ataque provenía de los sucios traidores que
se nos habían escapado. Miré alrededor para buscar otra futura
amenaza, estaba convencido de que los prisioneros que iban a ser
juzgados por desertores tenían que andar por alguna parte y, lo que
era aún peor, sus cómplices también. Si habían logrado transformar
a todos los que acudieron al evento, estábamos jodidos de cojones,
no os voy a mentir. La cosa pintaba bastante mal.
La demonia cogió a mi amigo del cuello y lo zarandeó, aunque no
entendí demasiado bien el motivo de la agresión repentina. Sarah
había dicho algo después de salir del shock y lo contemplaban
expectantes. Dudaba mucho que el ángel tétrico pudiese hacer
demasiado para ayudar. No obstante, no sería yo el que lo
confesase, entre otras cosas, porque no podía comunicarme con
nadie de ninguna forma. Él dijo un lugar que desconocía y, al
momento, desaparecimos envueltos en una bola de humo de azufre
en la que me costaba respirar, el agarre de Sarah se intensificó hasta
el punto de que aprecié que me crujía una costilla, al final me
mataba ella, acuérdaos…
Durante el tiempo que duró la nube rodeándonos temí por mi vida
y me sentí más impotente que jamás en toda mi maldita existencia.
Al menos tenía las alas, lo sabía porque me picaba la espalda y las
plumas me hacían cosquillas. Cuando salimos de la extraña bruma
supuse que las criaturas de Cernégula estarían aguardándonos para
atacarnos, pero no, el paisaje había cambiado bastante y fue como
cuando Dorothy le dice a Toto eso de «Ya no estamos en Kansas»,
pero sin casas aplastando brujas, gracias al infierno, esta vez sí
estaba convencido de que ahí mi madre no había tenido nada que
ver…
Sariel se empezó a despelotar como si estuviera en su cuarto de
baño y me quedé a cuadros, os prometo que todo aquello estaba
siendo muy surrealista, pero ya eso se llevaba la palma. Sarah abrió
mucho la boca y pude distinguir, por la dirección en la que miraban
sus ojos, que se andaba deleitando con el culo del ángel. No hay
mayor defensa que un buen ataque, nunca lo olvidéis, por lo que mi
única solución fue ponerme a berrear como si me estuviese
muriendo para que volviese a prestarme atención a mí de nuevo. Sí,
era algo muy infantil, pero medía unos cincuenta centímetros y mi
sable de luz ahora era una almendrita chuchurría, no me pidas más.
Conseguí mi propósito hasta que algo o alguien empezó a tirarnos
piedras, una le atinó a Sarah en la cabeza y pude percibir su miedo y
su dolor cuando me volvió a estrujar contra ella. El olor tan
característico que desprendía la bruja tenía la habilidad de alterarme
y tranquilizarme a la vez. Aunque, vamos, que con mi chincheta de
poco iba a servir alterarme… Sí, estaba empezando a entrar en bucle
con el temita y el trauma era inminente. ¡Poneos en mi jodido lugar!
«¡Pinocho, vuelve!», intenté gritar, pero solo salió otro llanto
histriónico que hizo que me doliesen los oídos hasta a mí mismo.
Tenía la cabeza apoyada sobre el hombro de Sarah y podía ver a
una niña que daba muy mal rollo acercarse despacio hacia nosotros.
Lo peor era la enorme profundidad de sus ojos, se percibía igual que
cuando te asomas a un pozo en el que puedes caerte y nunca tocar
el final. Seguir llorando no me sirvió de nada porque ya lo estaba
haciendo antes y no había mucha diferencia para poder advertirla.
¡Esto era una gran mierda!, creedme.
Cuando la chica aproximó su mano a la desprotegida espalda de
Sarah, estiré el cuello todo lo que pude con la intención de
propinarle un señor mordisco y arrancarle el trozo. El problema fue
que al cerrar la boca en torno a su dedo, pude comprobar que mis
dientes no estaban en su lugar y que tan solo podía limitarme a
succionar una falange que sabía saladita y que me dio mucha
fatiguita cuando le miré la roña negra que tenía en el resto de las
uñas.
Pepe se me quedó observando por primera vez desde que me
transformé, podría jurar que incluso puso en su sitio el ojo que tenía
siempre mirando para Cuenca, como ese mierda supiera lo que me
pasaba y se estuviera callando igual que las putas en misa pensaba
desmembrarlo y hacer caldo con sus ancas, por mis alas que sí.
La niña le dio un susto de tres mil pares de cojones a la bruja,
mientras yo seguía con una mezcla de asquito e impotencia que no
me la quitaba nadie, cuando el resto del variopinto equipo se giró
ante los gritos de alerta de Sarah. Lo de que la demonia roja se
convirtiera en un dragón de casi dos metros molaba tela, no tanto
eso de ver a Sariel en bolas con solo su cinturón de dagas por
vestimenta, qué queréis que os diga. Tampoco es que el ángel
tuviese el miembro como para tirar cohetes e ir presumiendo, había
que reconocerle el mérito de no tener complejo alguno. Yo ahora
mismo quería que me envolviesen en una mata de pelo de ñu para
que nadie me viese.
«¡James, céntrate, por tu madre, que ni Sarah en sus mejores
días!», me obligué a volver a la realidad, por muy irreal que esta
resultase. No podía ayudar en nada, pero al menos les debía estar
atento y enterarme de qué mierda estaba pasando.
La siguiente explosión en la linde del lago hizo saltar cascotes de
tierra y piedra por todos sitios. Estaba empezando a pensar que lo
mismo con los zombis nos hubiera ido un poco mejor que aquí,
fijaos lo que os digo.
Cuando Sarah se puso en modo Astrid Hofferson con
Tormenta[13], el corazón se me apretó y noté que la sangre me
hervía por ser un completo inútil. Sentí algo en lo que jamás antes
había reparado, una sensación extraña que me calentaba el alma:
orgullo y admiración. Ya no era que la viese y me pusiese palote,
vale, ahora mismo palito, o que me resultase la mujer más atractiva,
inteligente y encantadoramente extraña del mundo, sino que a su
lado llegaba a sentirme inferior, incluso cuando no era un jodido
enano. Vista mi suerte, aquello solo podía terminar en un total y
absoluto fracaso. Por muy triste que me resultase, sabía que sería la
verdad y que nuestros destinos iban e irían siempre en paralelo,
pero sin llegar a tocarse.
Creo que la bruja sintió mi desazón y mi tristeza tras ese
pensamiento intrusivo y me miró a los ojos para abrazarme con más
fuerza. A lo mejor esto de ser un tapón de alberca tampoco era tan
malo, después de todo.
—¡Hola! —Una voz aguda salió de los labios de la cosa con pinta
de niña que teníamos delante—. ¿Qué hacéis aquí? —siguió
hablando—. Nadie puede venir, está prohibido, ¿sabes? Os voy a
tener que matar, aunque lo mismo me dejan quedarme a ese
pequeño y hacerle pruebas. ¡Oh, va a ser muy divertido!
«¡Y una mierda que te comas me vas a hacer nada, bicho!», me
defendí mentalmente.
—Uy, no se debe insultar, es de mala educación, eso dicen mis
hermanas. Te voy a tener que lavar la boca con jabón —añadió, y
abrí la mandíbula hasta casi desencajármela de su sitio.
No podía tener tan mala suerte, esto era una jodida broma del
destino, aunque que la única que me escuchase fuese la cosa esa
con pinta de psicópata de película de Hitchcock tenía muy poquita
gracia.
—No es nuestra intención molestar, ya nos vamos —se disculpó
Sarah con el pulso acelerado.
—Os dejo ir si me decís cómo habéis llegado —acordó Regan
MacNeil[14].
—La Oráculo nos dijo que si las cosas se ponían feas viniésemos
aquí, que sus hermanas me ayudarían —le explicó Sarah, pero
entonces la niña se enfadó y las piedras del lago empezaron a salir
disparadas por todas partes.
—¡Esa no es nuestra hermana! —chilló, y el negro de los ojos se
le iluminó mientras se elevaba unos centímetros del suelo. De allí no
salíamos vivos, pero, cuando me encontrase en el otro lado, a la
cabra de los huevos me la cargaba por meternos en aquel lío.
—A lo mejor lo dijo de forma figurativa porque os quiere mucho.
Es algo así como cuando yo le digo a la psicópata de mi amiga
Alcina que la quiero como a una hermana, que últimamente no es
que la tenga en demasiada alta estima porque Lisbeth me anda
haciendo la vida imposible. Sé de sobra que toda su ilusión es
congelarme, comerme o cortarme la cabeza. Y, por otro lado, tengo
que decirte una cosa, da un poquito de mal rollo que hables de ti en
plural. Solo eres una, ¿verdad? No me digas que puedes clonarte en
muchas al estilo Matrix porque entonces ya es cuando me tiro a lo
que has dejado de lago y me ahogo, que, total, lo mismo me duele
un poquito menos de lo que tú tengas en mente. El único
inconveniente que veo es que yo sola no puedo, si me ato piedras a
los pies sí. Creo que mi vida es una gran caca, pero nunca me ha
dado por querer quitármela. Bueno, si soy sincera, a lo mejor
cuando el soplagaitas de James se marchó al cielo con la rubia
egocentrista de las narices estuve más pegada de la cuenta al
pegamento, como dijo Tituba en su momento, aunque después de
eso viniese una charla escatológica sin sentido.
La forma en la que Sarah divagaba era para un estudio
psicológico, en serio. Cayó en la cuenta de lo que acababa de decir y
empezó a reírse como si no hubiera un mañana, que lo mismo no lo
había…
—¿Esto es normal entre los humanos? —escuché que le preguntó
Sariel a la dragona. Tampoco podía él ser muy exquisito en lo que a
conductas respecta, porque era el más excéntrico del cielo, no me
jodas.
—Tengo un poquito de déficit de atención y me distraigo,
rascamulas. —¿He comentado ya que me tengo que aprender el
librito de las narices de insultos del barroco?
—No soy ningún imbécil —se defendió Sariel, y nos dejó flipando
en colores.
—¿Sabes lo que significa? —lo interrogó la bruja, visiblemente
sorprendida.
Vamos a ver, que tampoco era para tanto. El chaval parecía
jovencito, pero que sus siglos ya los tenía, eso era hacer trampa
para encandilarla. Ahora le tenía un poco de pelusilla, pensé y
escuché al sapo reírse a mi lado.
«Pepe, como puedas oírme y estés pasando de mi culo pienso
matarte», lo amenacé.
Sin embargo, este se puso a mirar a la poseída y tuve que hacer
lo mismo. El paréntesis en medio de lo que vaticinaba ser una
batalla de las chungas nos había sacado del contexto a todos, ese
era un don que tan solo se le podía otorgar a la pequeña de las
Soliña. Las piedras volaban sobre nuestras cabezas y el agua rugía
cada vez que los cascotes de tierra se estrellaban sobre su plana
superficie. No obstante, daba completamente igual, allí estaban ellos
manteniendo la conversación más absurda que se pueda tener en
esos momentos. Era para mear y no echar gota, en serio.
—¡Ey, que os voy a matar! ¡Hacedme caso! —gritó la niña,
frustrada de cojones y cada vez más roja, de aquí a nada igualaba el
tono de las escamas de la dragona, que miraba de unos a otros
como si estuviese viendo un partido de tenis y no supiese bien a qué
jugador vitorear.
—¡¡Skuld!! —vociferó una voz femenina y, a continuación, la
figura de una mujer se empezó a hacer visible a unos pocos metros
de nosotros.
—James, creo que eztamoz jodidoz, tío —susurró Pepe en mi
oído, y quise tener los dedos más largos para poder estrangularlo.
Capítulo once
Tienes sartenes que se pegan más que el ala de
la compresa a las bragas y lo sabes...
Sarah
Éramos pocos y alguien parió; una silueta femenina venía a
contraluz, sin que pudiese verle las facciones de la cara, así que no
tenía ni idea de quién o qué era. Por el salto que dio la enana
psicópata cuando escuchó el grito, supuse que ese sería su nombre.
Podía entender la mala baba que se gastaba la criatura siendo tan
pequeña, vaya nombre feo le habían puesto. Es como llamarte hoy
en día Clotilde o Anacleta. Vamos a ver, si no quieres tener hijos no
los tengas, pero no los estigmatices para el resto de su existencia,
¿no? Lo mismo antiguamente llamarse así sonaba a alta cuna, pero
ahora mismo era una frutada de las gordas. ¿Cómo ha dicho que se
llamaba? ¿Calavera en inglés? Yo le diría más bien calaverita, la
verdad.
—Sarah, calavera en inglés es skull, no Skuld —me corrigió de
forma externa Sariel, siendo obvio que andaba metido en mi mente
al más puro estilo hechicero guapito al que detesto.
—Te estoy cogiendo un asco que no te puedes llegar ni a
imaginar… ¿En el cielo el único entortado es James? ¿El resto sois
igual de sabelotodo? —me burlé porque sí, sé que no está bien
meterse con la gente, pero es que me tenía un poquito hasta el toto.
El bebé me dio otro tirón de pelo así de pronto. Ni este iba a ser
normal, ya veréis. Lo aparté de mí todo lo que me daban los brazos
y lo dejé pataleando y manoseando al aire como si fuese una
cucarachilla. Me recordó un poco a Church, ¿dónde andaría?
«Church, ¿puedes venir a ayudarme? Creo que nos van a dar una
paliza, incluso teniendo a la dragona de nuestro lado», lo llamé sin
obtener respuesta.
Por un leve lapso pasó por mi cabeza intentar contactar también
con James. No obstante, la noticia de su paternidad escocía todavía
demasiado y no me apetecía verlo, ni aunque mi vida dependiese de
ello, tal y como era el caso.
La niña voladora con cara de mala leche, y quien para mí se
llamaría Calavera desde que el ángel tocaovarios me corrigió, mutó
el gesto a uno de no haber roto un plato que casi llegué a creerme.
Descendió hasta que sus descalzos pies tocaron el suelo, se aguantó
las manos detrás de la espalda de forma casual y se volvió a encarar
con esa nueva pose a la recién llegada.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó una mujer de no más de
treinta años, delgada, con una melena castaña de ondas y un bonito
traje de flores que le llegaba hasta las rodillas.
Todo era idílico en ella hasta que mi mirada se detuvo en su
rostro. Pese a que sonreía, los mismos ojos negros sin fondo de
Calaverita destacaban frente a su blanca sonrisa de dientes
perfectos.
—Señora, nos hemos perdido. No era nuestra intención molestar
—se apresuró a explicar Sariel en modo pelota activado.
Una de dos, o le gustaba la chica y se le acababa de obnubilar la
meganeurona o no se daba cuenta de que algo no cuadraba. Gracias
al averno, mi prima continuó con su forma de dragón y un
intimidante humo saliéndole de las narnias. Ahora no podía dejar de
preguntarme en qué pensaba exactamente Clive Staples Lewis
cuando le puso el título a su saga[15].
Noté que el bebé, al que algún nombre tendría que ponerle en
cuanto supiera si sobrevivíamos o no, dejó de moverse y de intentar
agredirme y bajó los brazos laxos a ambos lados del rechoncho
cuerpecito para después menear la cabeza en un gesto que le vino
demasiado grande para ser tan pequeño. Me apiadé de él y me lo
coloqué en la cintura, al más puro estilo canastera, para que me
dejase un poco tranquila y poder centrarme en las que, a todas
luces, querían matarnos o, como mínimo, echarnos de allí. Se ve que
el pequeño se resignó a su nueva postura y apoyó la cabeza en mi
teta, usándola de almohada. Si no estuviera ya cogido el nombre de
Church, se lo pondría también a él.
—Verdandi, estaban contaminando la laguna y pisando nuestro
suelo —nos acusó la mocosa. Otra con un nombre del que no me iba
a acordar, seguro…
—A ver, señora Bernarda. Nosotros estamos aquí porque nos ha
mandado Madame Blavatsky. Necesitamos la ayuda de sus
hermanas. No era nuestra intención manchar ni romper nada —nos
justifiqué, pero no le dije a Lamia que volviera a ser medio persona
porque esos ojos infundían de todo menos confianza.
—Curioso —fue lo único que dijo la señora en cuestión antes de
colocarse al lado de Calavera y ponerse a mirarnos inquisitivamente.
—Nos vamos. Lo mismo nos hemos equivocado, la cabra a veces
dice cosas extrañas y no hay quien la entienda —añadí, y por su
expresión parecía que le hubiera hablado en suajili.
—Perdona, ¿no os había mandado la Oráculo? —quiso saber,
confundida.
—Ah, sí, ¿la conoce? A ver, es una larga historia, o lo mismo no.
Según cómo se cuente. La versión rápida es que la intentaron matar
en un fuego celestial para echarle la culpa a mi madre y a Diego, él
es, o era, el jefe de los hechiceros del norte, aunque ahora no se
sabe ni dónde juega, por mucho que James esté emperrado en que
todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Porque yo sé lo que vi, ¿sabe? Pero como a Sarah se le va un poco a
por pan la neurona de vez en cuando pues para qué se le va a hacer
caso... Eso es muy frustrante, créame. Total, que la Oráculo salió
ardiendo, pero como algo veía la mujer venir, que es ciega pero bien
que ve cuando le da la gana... ¿Por dónde iba?
—Han quemado a Madame Blavatsky —me animó a seguir Sariel,
que estaba entretenidísimo con mi relato. Tanto que se acababa de
sentar en una piedra de las que nos había lanzado la Calavera
psicópata y estaba peligrosamente cerca. Le hice una infantil
morisqueta con la lengua y seguí.
—Después de eso, mis primas y yo fuimos al pasado a ver quién
fue el espermatozoide que las hizo y mi abuela nos descubrió, se
supone que no debería poder, pero es que Tituba, la que nos
mandó, es algo torpe y el vino consagrado no creo que ayude a que
sus conjuros salgan bien. Cuando regresamos las cosas habían
cambiado, mi abuela y Sibila, esta es la abuela de mi amiga, la que
está poseída por el espíritu maligno y salido de su bisabuela, que me
tiene una tirria enorme sin haberle hecho nada, estaban
condenadas, y mi madre y Diego no, un lío de narices, ¿a que sí?
Total, que las dos locas intentaron arreglar lo de la Oráculo y en vez
de ayudar le quitaron la neurona de la responsabilidad y se empezó
a comportar como una adolescente caprichosa. Que no le vaya a
decir que he dicho eso, que tiene muy mal genio.
—Pero ¿era una cabra antes? —ahora fue Lamia la que habló, mi
prima se había relajado tanto que estaba de vuelta en su forma
demoníaca. A tomar por saco mi plan de defensa.
—No, ella sola se metió en el espíritu de una cabra o en una viva,
eso no lo termino de tener claro. El caso es que a veces me da
pistas de lo que tenemos que hacer, pero como también va de
daiquiris hasta el culo no la acabo de entender. Se supone que
cuando nos cargamos al espíritu del espejo y al embustero de Pan,
que ese tampoco era su nombre, pero el otro es muy complicado y
no me acuerdo. ¿Se puede imaginar que intentó ligar conmigo para
después desangrarme y darme de beber al rarito que quería tema
con la cabeza del espejo de Maléfica? Me parece super ruin por su
parte. Aunque al final tuvo su merecido, porque mi padre le separó
la cabeza del cuerpo. No sé por qué estoy diciendo tantas veces la
palabra cabeza, pero es que ahora mismo no ando para pensar en
muchos sinónimos, la verdad.
—¿Y? —me instó el ángel.
—Voy, que la gente respira y eso, ¿sabes? —lo reprendí por la
urgencia y proseguí—. El caso es que esa noche la cabra me dijo
que yo sería la próxima jefa de las brujas porque a ella le salía de su
toto. Las otras opciones que me dio no eran viables, siempre juega
sucio, ahora que lo pienso. Hoy teníamos que encontrar nuestro
lugar en los aquelarres con otra presentación, porque en la primera
fue cuando quemaron a la Oráculo y se fue todo al peo. Sin
embargo, antes me tenían que hacer una cosita, que tampoco es
que le vaya yo a contar mi vida entera, que no nos conocemos
tanto… Y antes de que pasase eso que no voy a decir y que de
seguro terminaría en cagaleras, Madame Blavatsky se puso en modo
Yoda en La Guerra de las Galaxias y me dijo que si algo sucedía
fuese hasta donde convergían todos los mundos, que buscase el
árbol, el pozo y a sus hermanas, que me ayudarían a solucionar el
lío. Mi madre es una zombi y mi abuela un espectro, no quiero saber
lo que son las demás ni si aún siguen con vida, porque continuar con
esa incertidumbre es lo único que me da las fuerzas suficientes para
seguir respirando. No puedo vivir sin ellas, ¿entiende? Necesito que
estemos en el sitio correcto, necesito que nos ayude a salvarlos a
todos, yo no sabría ni por dónde empezar, y necesito que el dolor
que siento en el pecho aminore o en cualquier momento se me
parará el corazón —concluí, y no te puedo decir cuándo había
empezado a llorar, pero el líquido salado entrando en la comisura de
mis labios me indicó que lo estaba haciendo. Me enjugué las
lágrimas con la manga de la camiseta y esta quedó teñida de negro.
—¡Qué bonito, Zarah! Te quiero.
Pepe se acababa de abalanzar sobre mí y me intentaba dar un
abrazo, pero, antes de que llegase, el bebé fue de lo más oportuno y
le propinó un puñetazo que lo tiró al suelo. La mujer que me
escuchaba, no sé si parpadeando o no porque con tanto negro no es
que se diferenciase demasiado, cogió una aspiración fuerte y larga,
seguida de una espiración, acompañada de un leve siseo al soltar el
aire. No entendí si eso era algo bueno o malo, esperaba que lo
primero.
—Venid conmigo —se decantó al fin.
—Pero, Verdandi, no podemos llevarlos. Sabes lo peligroso que
sería, tienen que irse o morir —le rebatió la Calavera de las narices.
—Si Blavatsky los ha mandado es porque tiene que ser así y
debemos ayudarlos.
—Hay que votar, lo sabes —refunfuñó la enana.
—Pues votaremos, pero las tres. Seguidme —añadió, y se giró,
dando por hecho que obedeceríamos.
No estaba segura de fiarme de ellas o no, pero dudaba que la
cabra me hubiese dejado la responsabilidad de salvar a todo el
mundo solo a mí.
El bebé empezó a querer soltarse de mi agarre y lanzarse a Pepe.
¿Querría chuparlo como hacía Church? ¿Lo mismo tenía hambre?
Esto de ser madre no entraba en mis planes, al menos no a corto
plazo. Me veía igual de preparada para salvar el mundo que para
cuidar a un bebé, ya me costaba encargarme de Church y tenía más
vidas que un gato, literalmente hablando.
—¿Qué hacemos? —me preguntó Lamia, dejando en mí la
decisión.
—Lo que diga el ángel —respondí, y quité la pelota de mi tejado.
—¿Yo? —se asombró Sariel, y vi una sonrisa pretenciosa en su
mueca.
—Sí, prefiero que si alguien la caga sea de los celestiales, porque
a los de la tierra y del infierno siempre nos echan la culpa de todo.
Así que te toca —le expliqué, y ya cambió un poco la alegría de
prepotencia del chaval. Lamia se carcajeó y le dio una palmada en el
hombro que casi lo desmonta.
—Te toca, alitas. ¿Nos vamos o nos quedamos? —lo apremió mi
prima con cara de sinvergüenza. El problema es que el mote había
conseguido que volviese a pensar en mi hechicero problemático
particular y que temiese no volver a verlo más, aumentando así la
congoja que ya sentía por todos los que pendían de una cuerda
floja.
—Yo me iría a avisar a los míos y que Neuma decidiera —su
cobarde respuesta me enfadó un poco, la verdad es que no era eso
lo que esperaba que dijese.
Acto seguido, dio un salto, extendió las alas y voló, o lo intentó,
porque lo único que consiguió fue mover las plumas de forma
ridícula como si estuviese bailando el Cocoguagua[16] con Ana y
Enrique de coreógrafos. El bebé se puso a reír con una preciosa risa
que calentaba el alma de quien lo escuchase, pero lo más extraño
no fue ver a Sariel igual de rojo que Lamia, meneando las alas de un
lado a otro y sudando como si acabase de hacer una maratón, lo
raro de cajones fue que el sapo se acercó al querubín y le pasó el
brazo por el hombro para después descojonarse ambos vivos en el
suelo, al más puro estilo compadre. ¿Perdona? Me estaba perdiendo
algo, os lo aseguro.
Capítulo doce
Entre cansado y casado solo hay una depresión
de diferencia
Sarah
Sariel seguía intentando que sus alas sirviesen para algo más que
para abanicarnos y no desistía en su empeño, además de que me
estaba comenzando a preocupar seriamente por el bebé y por Pepe;
si seguían así les iba a dar un infarto o algo. Con cada nuevo fallido
intento del ángel, más se reían, eso no tenía que ser bueno para
algo tan pequeño. Lo levanté en brazos y le di un sonoro beso en el
cachete a ver si haciéndole arrumacos se relajaba y se olvidaba de la
mala influencia del sapo. Tal y como pensé, se detuvo en seco al
igual que si el tiempo se hubiese interrumpido para él y se me quedó
mirando con los ojos muy abiertos. Colocó sus regordetas manitas
alrededor de mis mejillas y, ni corto ni perezoso, me dio un beso en
todos los morros con intento de lengua incluido. Pero, esta cosa,
¿qué cajones era? Lo solté lo más rápido que mis reflejos pudieron
reaccionar, a lo mejor un poquito más alto de la cuenta, y terminó
en el suelo berreando como un cochino cuando va al matadero.
—¡¡Zara, que te lo carga!
—¡¿Yo?! ¡Lo habéis visto! ¡Es la reencarnación de Chicho
Terremoto[17] con alas!
—A mí no me mires, que yo me ofrecí antes a comérmelo —se
enfadó mi prima.
Sariel dejó de hacer el estólido y se fijó de verdad en el pequeño
por primera vez. Se agachó a su lado y este, en cuanto se percató
de la cercanía del ángel, se sentó y dejó de llorar. Se puso a mirarlo
fijamente a los ojos, el enano tenía cara de concentración, todos nos
quedamos en silencio, aguardando a ver qué pasaba, cuando de
pronto se escuchó un cuesco más grande que el culo del querubín,
seguido de una peste monumental que provocó que Lamia se
retirase mientras se tapaba la nariz.
—No le veo nada anormal. Además de no terminar de controlar
sus esfínteres, la verdad —nos informó Sariel, y se apartó de forma
disimulada de la bola con piernas pestilente.
El bebé se cruzó de brazos y empezó a berrear de nuevo.
—No pienso cambiarlo —les aseguré, contundente.
—Yo ahora mismo ya no quiero ni comérmelo, fíjate lo que te
digo. Una cosa es comer cabrales y otra esto… —añadió Lamia,
señalando al cada vez más rojo bebé.
—Creo que o laz zeguimo o ze noz pierden —informó Pepe,
bastante acertado, porque las dos figuras ya nos sacaban mucha
distancia.
Sariel aceleró el paso y en menos de lo que canta un gallo estaba
corriendo para alcanzar a las dos extrañas.
—No me fío de él, voy a vigilarlo de cerca —fue la explicación que
me dio mi prima para escapar y correr lejos de nuestro lado.
—A mí no me mirez. Ez que ni aunque me volvieze a convertí en
prínzipe toco yo ezo.
—¡Yo me cago en mi fruta vida!
Agarré al querubín por debajo de las axilas, estiré los brazos para
mantenerlo todo lo alejado de mí que pudiese y salí corriendo,
esperando no matarme al hacerlo. ¿Sabéis lo complicado que es
correr así? Pues intentadlo, veréis…

Después de más tiempo del que me hubiese gustado, y de una


fatiguita que ni cuando me tragué la poción dirigida a Alcina en el
sótano de San Cibrán, casi me estrello contra Lamia y Sariel, que
estaban parados frente a lo que parecía una casa-cueva. Una puerta
de madera y dos ventanitas eran lo único que indicaban que debajo
de aquella elevación del terreno con todo verde sobre ella había una
vivienda. Me recordó a los búnkeres antiaéreos que había en tantas
ciudades militares, pero más al estilo hobbit. Oía agua correr, pese a
que la ahora destrozada laguna quedaba ya demasiado lejos como
para que pudiese provenir de ella.
—Creo que hubiese sido mejor abandonarlo, eso tiene que estar
pudriéndose desde dentro.
—Lamia, es solo un bebé —protesté.
—En mi familia, cuando sales del huevo te dejan en medio del
valle de la desolación en el averno. Los que sobreviven a la primera
noche son recogidos para continuar con su entrenamiento —me
contó, y se encogió de hombros. Preferí no preguntar qué les
sucedía a los que no superaban la prueba.
—¿Dónde están? —quise saber para cambiar de tema, pero sin
dejar de menear al enano a ver si le entraba airecillo por sus partes
bajas, se secaba aquello y dejaba de apestar.
—Han entrado ahí y nos han dicho que aguardemos. —Sariel se
sentó en un tocón cercano y movió sus alas sin terminar de
comprender por qué no funcionaban del todo.
No esperamos demasiado, cuando Calaverita volvió, seguida de
Bernarda y, a los pocos segundos, salió una anciana que andaba con
la ayuda de un bastón fabricado de lo que parecía una rama
retorcida.
—¿¡Ves!? ¡Están contaminando el valle! —me señaló la niña con
ortodoncia de Buscando a Nemo, y me entraron ganas de arrojarle
el bebé a la cabeza.
Bernarda se acercó a mí y me pidió sin palabras cogerlo ella. No
os voy a mentir, me faltó llorar y darle dos besitos, un abrazo o
regalarle un apartamento en Torrevieja al más puro estilo Mayra
Gómez Kemp por quitármelo de encima un poquito. Entre la peste y
el beso me tenía desconcertadísima la alada criatura y no me hacía
demasiada gracia tenerlo tan cerca, la verdad. Él se revolvió y me
echó las manitas para que volviese a sostenerlo, me dio un poco de
pena, pero solo un poco, que ya ha quedado bastante patente que
mi instinto estaba más que atrofiado en lo que respecta a acertar
con la gente.
La mujer lo abrazó, en contra de la voluntad del bebé, que
pataleaba y se revolvía, hasta que puso un dedo sobre su frente y
este cerró los ojos de inmediato y dejó de moverse.
—¡No lo mates! —chillé.
—No está muerto, pero ahora mismo es mejor que se tranquilice
y deje de insultarme —contestó Bernarda.
—¿Habla? —quiso saber Lamia.
—No se calla, es una lata. Igual que todos vosotros. Urd,
¿podemos ahogarlos, por favor?
La fruta niña era la prima hermana de Chucky, os lo prometo. Por
cierto, al nombre de Urd no se me ocurría ningún cambio que
hacerle para recordarlo al estilo Soliña, por lo que seguramente
termine diciéndole «vieja que da un miedo que te cagas». Como si
los vacíos ojos negros de las otras dos no fuesen suficiente, ahora
esta llevaba uno a juego con sus hermanas, pero el otro era la cosa
más asquerosa que haya visto en mi maldita vida. Tenía un globo
ocular sobrepuesto. Ah, ¿que por qué lo sé? Fácil, llevaba en la
mejilla colgando un trocito de carne con algunos hilillos rojos, parte
de lo que supongo que era el nervio óptico de las narices.
—¡¿Sois las Nornas?! —exclamó mi prima de pronto, más
entusiasmada que si acabase de ver al mismísimo Satanás en
persona.
—Sí, hija mía. Somos nosotras —corroboró la anciana gore, y vi
que Sariel se incorporaba, envolvía el mango de sus dos
inseparables dagas en sendos puños y se acercaba hasta mí de
forma protectora. Se ve que él también las reconocía, pero yo no
tenía ni pajolera idea de quiénes eran las tres extrañas que no se
perdían detalle de ninguno de nuestros movimientos.
—Llevo escuchando hablar de vosotras toda la vida. Creía que
érais una leyenda, nadie os ha visto en ¿cuánto?, ¿lustros?, ¿siglos?,
¿milenios? Necesito un autógrafo o algo. Sarah, ¿tienes papel? Da
igual, un boli, un hierro incandescente. Sariel, dame una de esas
plumas y me tatúo las rúbricas. Soy fan incondicional vuestra.
El peloteo de Lamia hacia las raras acababa de superar a
cualquier acosador friki del mundo. Me coloqué cerca de ella y le
susurré al oído:
—¿Son cantantes?
—¿Tú eres tonta? —me respondió, molesta.
—Son las responsables del destino de todos, seres humanos y
sobrenaturales. Da igual quién seas, ni Satanás ni la Todopoderosa
pueden escapar de sus hilos. Hacen y deshacen a su antojo —
explicó Sariel sin dejar la postura defensiva y juraría que un poco
temerosa.
—Tampoco es algo que diste demasiado de tu labor, ángel. ¿O no?
—La ironía en la quebrada voz de la anciana, junto a ese globo
ocular elevándose al igual que si la gravedad no existiese, daba un
mal rollo que lo flipas…
—Yo solo mando a cada alma donde corresponde —se defendió
Sariel.
—¿A todas? Oh, no. Eres un chico malo y eso tu amada jefa no lo
sabe, ¿verdad? —le rebatió Calavera, y le puso algo que por las
arruguitas que le salieron en la cara supuse que era un intento de
ojitos con flirteo incluido por su parte y repelús por la mía.
—Anda, mira. El santurrón no lo es tanto. Cuenta, ¿a quién has
mandado al lado equivocado, ángel? —Lo rápido que mi prima se
había posicionado al lado de las Nornas en cuanto se percató de
quiénes eran no me gustó ni un pelo, aunque la cara de incredulidad
de Sariel al escucharla me descuadró bastante.
—¡A nadie! —chilló el ángel y sacó sus dagas para encarar a la
anciana con ellas. De esta no salíamos, acordaos…
—Todo lo vemos, todo lo sabemos, nada se nos escapa, lo que
fue, es y será. Un cúmulo de hilos se unirá y tu destino se tejerá —
cantaron las tres al unísono, y quise arrebatarle el cagado a
Bernarda, pero ella previó mis intenciones y lo sostuvo con más
fuerza.
¡Vamos, no me fastidies! Acababa de entregarle un querubín
indefenso a una psicópata al más puro estilo Hocus Pucus[18], de
esta me condenaban a la hoguera eterna, en serio. Vaya tino…
La anciana extendió uno de sus arrugados dedos y señaló a
Sariel, este abrió las manos y soltó las dagas. La cara de asombro
del muchacho dijo que no lo había hecho a propósito y que poco
podíamos hacer contra el trío de mujeres si con un solo movimiento
podían someter nuestra voluntad. La cabra de caca nos había metido
en un lío de los gordos, y esta vez no tenía a Mammón para
ayudarme.
Me estaba empezando a enfadar un poquito de más, no tenía
ganas de aguantar estupideces. Tomé una gran bocanada de aire,
sopesé mis probabilidades de salir victoriosa de lo que planeaba
hacer y no lo pensé. Di unos pasos rápidos hasta Bernarda, de un
tirón le arrebaté al enano cagón y las encaré, reuniendo todo el
valor que fui capaz de sacar.
—Señoras, si ustedes se aburren no es nuestro problema. El
mundo se va a tomar viento fresco y no vamos a perder el tiempo
que nos quede para solucionar algo. Aquí solo tenemos tres
opciones, o nos ayudan o nos matan o nos dejan ir y buscar a
alguien competente con poder suficiente para encarar este
problema. ¿Por cuál os decantáis?
Ea, ya no había marcha atrás, el farol, órdago, enroque, o como
te salga del mismísimo llamarlo porque lo de los juegos de mesa no
era lo mío y no tenía mucha idea, estaba lanzado junto con el resto
de la baraja y los dados. Me da que me acabo de inventar una nueva
modalidad, estoy nerviosa, no me juzguéis…
Lamia se quedó con la boca abierta, echando un poquillo de
humo entre sus afilados incisivos. Sariel se agachó, rápido, y recogió
las armas, el bebé se aferró a mi cuello y me dio mucha lástima, me
prometí otra vez que lo cuidaría con mi propia vida si hiciese falta.
Pepe apareció en mi hombro y me habló al oído.
—Eztáz medio majara, pero ¡ole tu toto moreno! —me aplaudió, y
no pude evitar sonreír. Creo sinceramente que en todos los grupos
hace falta un Pepe, no ayuda y casi siempre estorba, pero aporta el
punto de locura cuando lo que menos se necesita es cordura.
Se podía decir que las tres volvieron a hablar a la vez, solo que
cada una dijo una cosa diferente.
—¡Os matamos! —esta fue la Calavera de las narices.
—¡Os ayudamos! —la del voto de confianza se trató de Bernarda,
si es que yo sabía que me caía bien, lo que pasa es que el nombre
no le acompañaba mucho a la criatura.
—¡Os marcháis! —nos echó la anciana con ese ojo danzando
sobre su mejilla. ¡Qué mal rollo, cajones!
Capítulo trece
Siembra un árbol y harás feliz a un perro
James
He vivido muchas situaciones extrañas en mi vida, pero esta era sin
lugar a dudas la más bochornosa de todas. Estaba cagado hasta las
trancas, me apestaba yo mismo e incluso os podría asegurar que se
me estaba revolviendo el estómago del tufillo que salía de la tela
blanca que tapaba a la piltrafa que tenía por Pinocho. El problema
era que ninguno de esos mamones quería cambiarme, al final se me
irritaba el culo, ya veréis.
Las tres brujas, porque tenía claro que eran eso, más longevas
que las normales, sí, pero brujas al fin y al cabo, me inspiraban muy
poca confianza o ninguna. No terminaba de comprender qué se le
pasó a la Oráculo por la cabeza cuando mandó aquí a Sarah en
busca de ayuda. Aunque otra posibilidad era que Sariel se hubiese
confundido y no estuviéramos en el lugar correcto, que con la suerte
que teníamos tampoco me iba a extrañar demasiado.
No entendía cómo podía hablar con el sapo y escuchar los
pensamientos de Sarah, pero no era capaz de conversar con ella ni
comunicarme con Sariel. A lo mejor es que como, en teoría, no
podía hablar de manera externa, tampoco de forma interna. Vale, ¿y
Pepe? ¿Por qué con él sí?
«Porque zoy un medio fantazma, carajote…».
«¿El insulto gratuito era necesario?».
«Ez que tienez cozaz de bombero jubilao, pisha mía».
«Necesito que le digas a Sarah que soy yo» —le pedí, y Pepe me
lanzó una sonrisilla maliciosa, haciéndome caer en la cuenta de lo
que pasaría. Ya no querría cogerme así, ni abrazarme y mucho
menos limpiarme el culo. Me rindo, el sapo de los cojones tenía
razón. Sí, ya sé que no me había dicho nada, pero ese ojo a la virulé
había contado más que si hubiera hablado—. «¿Qué propones,
entonces? Porque las psicópatas estas sí que saben quién soy, y eso
no me deja en una buena posición».
No me dio tiempo a seguir pensando, cuando la de edad
intermedia me agarró con fuerza, quitándome de los brazos de mi
bruja, vale, estoy mintiendo, de las manos, porque me tenía alejado
todo lo que sus extremidades daban de sí para que no le diese
mucho el tufo a caca. No controlaba los esfínteres, no era culpa mía.
Quise escaparme de ella, olía a bolitas de alcanfor[19] y musgo o
hierbas en putrefacción mezclado con el ya característico toque
amargo del azufre.
Antes de que pudiese insultarla y cagarme en su generación, de
manera literal y figurada, me clavó una uña en la frente y me
paralizó.
«¡Eso no se le hace a un bebé! ¡Sádica del demonio!», le chillé en
mi mente.
A lo que ella respondió con una siniestra sonrisa de dientes
perlados, y os juro que vi algo con vida moverse en el interior de su
boca. Si al menos estuviera aquí Malak para intercambiarla por mí…,
un cerdito siempre era más apetecible de comer que un retoño, ¿no?
Lo último que esperaba era que Sarah les echase ovarios a las
tres y me recuperase. En cuanto dejé de estar en contacto con la
bruja chunga volví a recobrar la movilidad. No obstante, algo de lo
que habían dicho no me hizo ni pizca de gracia. Acusaron a Sariel de
hacer tongo con los espíritus que mandaba de un lado a otro. Como
comprenderéis, a estas alturas ya no me fiaba ni de mi padre, quien
seguía con identidad y paradero desconocidos, pero que tampoco es
que me fuese a quitar el sueño, la verdad. ¿Los ángeles podían
jugársela a Neuma y meter a quienes no les tocaba en el cielo o en
el infierno? Y, de ser así, ¿por qué y qué sacaba el ángel a cambio?
Si volvía a tener al enemigo en casa me iba a mosquear mucho,
porque daba la casualidad de que siempre era yo el tarado que les
abría las puertas y les ponía hasta la alfombra roja con pétalos de
rosa incluidos…
Después de que no se pusieran de acuerdo con respecto a la
petición de Sarah, las tres hicieron una especie de corrillo y juntaron
las cabezas igual que si fuesen un equipo a punto de salir a jugar al
campo y se estuvieran insuflando ánimos. Yo, por si acaso, me
agarré al cuello de mi brujita particular para que no volviesen a
raptarme. La verdad es que escuchar los cuchicheos y protestas del
trío era, cuando menos, extraño.
—¿Aprovechamos para salir corriendo de aquí? —sugirió Sarah.
—No puedo volar. Deben tener un hechizo en el perímetro para
que no se escapen sus presas. Son arañas y esto es la tela —
respondió, abatido, Sariel.
Sí, me daba un poco de lástima, pero cuando tuviese mi estado
normal iba a tener una charla muy seria con él. No me consideraba
ningún chivato, sin embargo, no pensaba dejar que me la jugasen
otra vez, ni él ni nadie.
—Puedo intentar sacarnos, pero no me han dado el autógrafo
todavía. ¿No podemos esperar un poco? —rogó la dragona, haciendo
un puchero adolescente como si estuviese frente a sus cantantes
favoritos del mundo mundial y no la dejásemos hacerse unas fotos.
—Lamia, por tu madre, no tenemos tiempo —le suplicó Sarah, y
la chica puso cara de enfado, aunque los agarró a todos y creó la
misma esfera de humo que la vez anterior.
¡Por fin! Íbamos a salir de esta, ya el siguiente paso veríamos
cómo lo dábamos, pero lejos de las locas.
En esta ocasión el asfixiante humo tardó menos que la vez anterior
en disiparse, los ojos me lloraban y podía escuchar a Sariel toser a
mi espalda. Pepe me tenía agarrada la manita, pero os aseguro que
no lo hacía mirando por mi integridad, más bien para no perderse él.
Al abrir los ojos vimos a las tres brujas sentadas frente a una mesa
que no me preguntes de dónde había salido, y estaban tomando
algo en unas tazas de porcelana con dibujitos azules y dorados.
—¿Habéis dejado de hacer el tonto? —nos preguntó la niña
psicópata.
Miré a un lado y vi a la dragona encogerse de hombros; por su
expresión, creo que ella pensaba que sí iba a funcionar y que tenía
más poder del que las brujas pensaban, pero no, allí seguíamos.
Estábamos a la merced de tres locas aburridas con un solo ojo que,
por lo visto, compartían. El globo ocular sangriento con vida propia
se había medio metido en la cuenca de la mujer de mediana edad a
la que Sarah decía Bernarda, pero de la que estoy seguro de que
ese no era su nombre.
—Hemos tomado una decisión —comenzó a decir la que ahora
estaba en poder del ojo—. Queréis hacer algo sin precedentes en la
historia. No se puede cambiar el destino. Todo lo vemos, todo lo
sabemos, nada se nos escapa, lo que fue, es y será. Un cúmulo de
hilos se unirá y tu destino se tejerá —recitaron de nuevo lo que
parecía su mantra, las tres a la vez.
—Yo no es por molestar, pero es que cuando os ponéis en modo
Blavatsky Yoda no me entero de un peo. ¿Nos ayudáis o no? —quiso
saber Sarah, y me hizo sacar una sonrisa, mierda seca en el culo y
todo, ella era así, alegraba mis peores momentos sin siquiera
pretenderlo.
—Sí.
—No.
—Puede ser.
O se ponían de acuerdo o nos volvían majaras, os lo juro. Cada
una dio una respuesta diferente y encima, al ver la cara de
perplejidad de todos nosotros, las muy cerdas se echaron a reír.
—Necesito más de estos momentos, hermanas. Todo no puede
ser trabajar —le dijo la mediana a la mayor.
—Urd, esto no va a salir bien. Hay consecuencias —alegó la
pequeña.
—Nosotras no vamos a hacer nada en realidad, serán ellos los
que las consecuencias sufrirán —informó la anciana, y me mosqueó
su respuesta.
—¿Pueden hacernos partícipes también de la conversación, por
favor? —pidió Sarah, a quien se la veía ya un poco cansada de
tantas tonterías. Ella era más del aquí te pillo aquí te suelto la
primera burrada que se me pase por la cabeza.
—El destino no se puede evitar, tal y como ha dicho mi hermana
Verdandi —empezó a explicar la vieja, que acababa de recuperar el
ojo volador y ahora nos observaba con él.
—¿Hay otra? Creía que eran tres. Usted, Calavera, Bernarda y…
¿cómo ha dicho que se llama la nueva? —interrogó la bruja, y vi que
Lamia se echaba una mano a la cabeza, Sariel se sentaba de nuevo
en el tocón, negando con incredulidad, y Pepe se reía en el hombro
de la brujita.
—Erez la leche, Zarah, nunca te entera de un carajo —le dijo, y
no llegué a tiempo para evitar que le diese un baboso lengüetazo en
la mejilla con su larguísima lengua. Una vez logrado su cometido y
que a Sarah se le pusiera la cara verde, saltó encima de la cabeza de
la dragona y le hizo ojitos.
—¿De verdad que se tiene que ir? —le preguntó la mediana a la
anciana. A ver si esta se había creído que éramos un cuarteto o
algo…
—Sarah, no hay mucho tiempo, céntrate —le dijo la niña del
exorcista, pareciéndose demasiado a la Oráculo—. Aquí tenemos una
democracia, somos tres y votamos todas las decisiones. Han ganado
ellas, os aseguro que yo os habría eliminado y me hubiese quedado
tan tranquila. Hay mucho que coser y no podemos perder el tiempo
con cosas que no nos conciernen.
—Sin embargo —la interrumpió la mediana. El ojo bailaba de una
a otra, dejando gotitas de sangre en su vuelo que daba un asco que
lo flipas—, debemos tener en cuenta que si esto sigue su curso
vamos a tener el triple de trabajo, y Urd ya no tiene edad para tanto
jaleo.
—¡Tenemos los mismos años las tres! —se quejó la interpelada.
—Eso explica la mala baba que tiene Calaverita —susurró Sarah a
Lamia, y de pronto una piedra apareció de la nada y estuvo a punto
de atizarle en la frente si no le hubiese tirado del pelo—. ¡Bebé
malo, eso no se hace! —me regañó, encima, sin enterarse de nada,
para variar…
—El destino se puede modificar. Solo hay unas pruebas que pasar
—siguió la anciana. Como el ojo continuase bailando de un lado a
otro al final se equivocaba y se nos ponía a alguno de nosotros.
—Bien, no soy mucho de pruebas, pero haré lo que haga falta
para recuperar a mi familia —se alegró Sarah, aunque no pude
compartir su entusiasmo, eso olía a trampa.
—De acuerdo, entonces, el único que tiene el poder de modificar
nuestros telares es el pozo, llegad hasta él, traed el agua y echadla
en los hilos que se han cambiado de color para que vuelvan a seguir
el curso que llevaban.
—Un pozo, agua, mojar y cambiar los colores. Eso está hecho.
¿Dónde está el pozo?
—Sarah, nadie sabe dónde se encuentra. Es lo más poderoso de
la historia. Solo ellas tienen acceso a él, se dice que bañan las raíces
del Yggdrasil con su agua para que este nunca fenezca y que el
mundo no se termine. Sin destino, ni futuro ni pasado, nada existiría
—le explicó la enciclopedia tramposa con piernas.
—Exacto, mira como algunas de las reglas sí que te las sabes,
pillín —le premió y se pitorreó Calavera. Me gustaba el mote, nadie
podía negar que los apodos de Sarah eran los mejores. Yo solo al
escucharla llamarme alitas me ponía tontorrón.
—Cinco pruebas tendrás que pasar —empezaron a recitar al
unísono—. La prueba del coraje, el enigma de las Nornas, el reto del
reflejo, el camino de la fe y la prueba del sacrificio. Una vez que
estés en al árbol llegarás, el pozo usarás y de su agua beberás.
—Me he perdido en la dos, ¿lo habéis apuntado?
—Sarah, soy una dragona, no olvido nada.
—¿Eso no son los elefantes?
—Yo tengo memoria fotográfica —se enorgulleció Sariel.
—Eso nos vendría de perlas si hubiese alguna foto. ¿Ves alguna
fruta fotografía? No, ¿verdad? Pues te callas. Lamia, apunta tú, que
de este no me fío. —Toma golpe al ego de mi, a lo mejor, amigo.
—Mucha suerte, la vais a necesitar —concluyeron de nuevo
mientras el ojo volaba al centro y empezaba a dar vueltas alrededor
de nosotros, creando un remolino y soltando gotas viscosas de
escarlata que daban mucha grima. Ya le podían poner un
preservativo o algo a la cosa esa para que dejase de contaminarnos
a todos. ¿No conocían la cantidad de enfermedades que podían
transmitirse así?
La mediana sonrió, se acercó a mí y me aferré con más fuerza al
cuello de Sarah.
—Me gustas. Si no lo conseguís, prometo quedarme contigo —
dijo en voz alta, y me sonó más a una amenaza que a una
alternativa.
Capítulo catorce
No estoy rellenita, tengo un montón de mierda
para cagarme en todo lo que se menea
Sarah
Esa cosa girando y manchándonos me dio mucho asco. Estábamos
en un huracán que nos levantó varios metros y, a continuación, nos
transportó a una velocidad tal que pude verle las muelas a Sariel a la
perfección. Las bocas y la piel de la cara de todos nosotros
ondeaban al viento cual bandera de La Perla Negra, ya me podía
encontrar yo a Sparrow en alguna de las pruebas. Parecíamos los
perritos cuando sacan la cabeza por la ventana y les cuelga la
lengua a un lado, pues nosotros con el órgano dentro y Pepe con el
suyo fuera y a lo loco. Creo que a esa celeridad ni él podía controlar
algo tan largo. El bebé, por su parte, estaba enganchado a mí como
si la vida le fuese en ello y casi no me dejaba respirar, si es que
estaba haciéndolo, que tampoco es que estuviese demasiado
segura.
Por fin, cuando ya creía que se me cambiarían de sitio todas las
partes internas del cuerpo, nos detuvimos en seco y nos golpeamos
unos contra otros. La cosa se paró y caímos al vacío sobre lo que
parecía un bosque. El cachiporrazo que nos dimos fue para habernos
matado, sin embargo, no llegó la sangre al río, la nuestra, porque la
del ojo estaba impregnada por todas partes igual que si fuésemos a
pedir caramelos en la noche de los muertos.
Me quedé atrapada dentro de unas zarzas con unas divertidas
espinas que se me clavaban cada vez que intentaba moverme. No
podía levantarme, por lo que la suerte del resto me era desconocida.
Algo me agarró de la espalda y jaló de mí sin miramientos, haciendo
que me llevase todas las defensas del arbusto adheridas a la piel.
Cuando me incorporé y fui a insultar a mi supuesto socorrista no
pude hacerlo, mis ojos se centraron en la visión que tenía enfrente.
Sariel colgaba de la rama de un árbol con medio cuerpo para cada
lado e intentaba quitarse una tela que en algún momento fue
blanca. A mi lado, el regordete culo del querubín me indicó a quién
pertenecía la prenda. Pepe y su amigo del alma con alitas estaban
llorando, creo que de risa, porque ninguno de los dos es que pusiera
gestos muy claros.
—Sarah, creo que quiero volver al infierno, esto es demasiado
hasta para mí. Estáis todos locos, no entiendo cómo has sobrevivido
estos años atrás. Cuando Mammón me pidió que te vigilase, lo
último que esperaba era esto. Tengo que confesarte algo —comenzó
a decir mi prima cuando las escandalosas carcajadas de Pepe
resonaron con más fuerza, seguidas del crujir de una madera y
después el sonido de un porrazo monumental y el primer improperio
que le había escuchado al ángel.
—¡Me voy! ¡No tengo por qué soportar esto! Soy un ángel,
¿sabéis? ¡Y no uno cualquiera, soy el bendito ángel que escogerá
dónde terminarán vuestros traseros de mierda después de que os
muráis! ¡Dejad de reíros, sabandijas del averno! —les chilló a Pepe y
al querubín, y se fue poniendo rojo a medida que hablaba. Su tez
pálida, más bien grisácea habitual, estaba tornando a carmesí de
forma peligrosa. Eso no tenía que ser ni bueno ni normal, en serio.
—¡Yo me quiero ir a mi cueva también! —gritó Lamia, y me
desconcertó que pareciese que estuviera a punto de echarse a llorar.
No le pegaba nada esa actitud derrotista, al igual que al ángel
tampoco le iba demasiado la agresiva que estaba demostrando.
El ojo nos miraba al igual que si se tratase de una cámara de
Gran Hermano. Nos seguía los movimientos y juraría que la pupila se
le agrandaba y cerraba para captar mejor los ángulos. ¡Frutas
brujas!
—¡Ojo! —bramé para captar su atención. Tal y como pensé, este
se giró y me enfocó—. ¿Dónde estamos y qué prueba es esta?
—Estáis en el bosque encantado. En el golpe puede ser que se te
haya caído algo que es imprescindible para poder continuar con tu
vida. Debes recuperarlo, pero esta es la prueba del coraje, es posible
que alguien haya jugado con los de tu equipo —nos informaron las
tres voces de las Nornas desde el interior del globo ocular. Aquella
cosa también tenía altavoces incorporados, era como una Alexa en
guarrindongo.
—Ojo, pon música —le pedí, y este se meneó de un lado a otro.
¿Os imagináis a eso con algo parecido a la cara de consternación?
Pues yo hasta este momento tampoco.
—¿En zerio? —me juzgó Pepe.
—¡¿Qué?! Eso amenizaría un poquito el viaje. Era una buena idea,
lo que te fastidia es que no se te haya ocurrido a ti antes. Gladiator
sin la música no sería lo mismo, aunque espero que no terminemos
igual, porque vaya caca entonces —me defendí, y empecé a pensar
en lo que habían dicho las arpías sobre la prueba, que me estaba
empezando a ir por los cerros de Úbeda. Ojalá James estuviese allí,
necesitaba alguna de sus locuras.
No pude evitar sonreír cuando vi al pequeño alado gateando
hasta mí con lo que supuse fue un intento de carrera. Me agaché
con la intención de recogerlo, pero al final me senté en el suelo y
esperé a que llegase él solito. Se colocó sobre mis piernas y se tapó
con sus manitas la entrepierna, ahora al descubierto.
—No voy a preguntar cómo ha llegado ese pañal cagado a la cara
de Sariel, pero me veo en la obligación de adulta responsable de
decirte que eso no se hace —lo amonesté, y ambos vimos a Sariel
correr de un lado para otro, buscando hojas grandes para limpiarse.
Fue entonces cuando el bebé se puso a juguetear con algo
alargado y con escamas que se movía a nuestro lado, y entré en
pánico. No me dio tiempo a retirarlo cuando ya lo tenía agarrado y
pensé que se lo iba a llevar a la boca. Ahora sí, lo cogí y lo zarandeé
en el aire para que soltase lo que, a todas luces, era una serpiente.
—Sarah, no estoy preparada para esto, de verdad. Me estás
asustando. Ya no quiero comérmelo, pero como sigas así lo vas a
convertir en licuado de angelito —apuntó mi prima con total
parsimonia, como si estuviera haciendo algo malo.
—¡Ayúdame, tiene una serpiente! —le chillé histérica.
—Satán de mis amores, creo que mi tío me odia y por eso me
mandó a esta misión. Sarah, toma.
La dragona, más hastiada de lo que la había visto antes, agarró lo
que el querubín tenía y me lo tendió igual que si me diese flores.
Entonces reparé en algo, mis dedos no eran míos, bueno, sí lo eran,
pero no los de siempre. Eran garras, y lo que me ofrecía Lamia tenía
pinta de ser mi cola. Solté al enano, que cayó de pie de forma ágil, y
me llevé las manos al lugar donde debería estar el colgante que me
dio la Oráculo. Un día de estos me iba a esconder yo a ver qué cara
ponía la fruta piedra de colores de las narices. Fue cuando todo
cobró sentido para mi dispersa mente.
—El colgante, el ojo ha dicho que estamos en el bosque
encantado y que he perdido algo imprescindible para continuar con
mi vida.
—Yo te veo bien, incluso atractiva. Podemos volver al inframundo,
te puedo presentar a un par de demonios que harían virguerías con
esa cola —me insinuó, coqueta.
—¡Voy a matar a esa cosa! —Sariel venía corriendo con la cara
colorada y llena de mierda y sarpullido.
—¿Qué has hecho? —le preguntó Lamia y se ocultó tras de mí,
eso me resultó más extraño que ver al ángel a punto de hervir.
—El cacho carajote ze ha reztregao una ortiga por la jeta pa
limpiarze… Zi ez que de donde no hay no ze puede zacar…
—Pepe, creo que no tiene el día para fiestas —le advertí justo
cuando el ángel llegó hasta él y le intentó propinar una patada igual
que si el sapo fuese un balón. El problema fue que mi familiar se
volvió incorpóreo y Sariel se pegó un testarazo para atrás que lo
dejó tumbado contemplando las copas de los árboles sin moverse.
—¡Ya te lo has cargado! Ahora caerá sobre nosotros todo el
ejército celestial y nos matarán o, peor aún, nos santificarán. ¡Sarah,
no quiero ser santa! Ellas no hacen cochinadas y es de conocimiento
popular que en el cielo hace frío, yo prefiero las brasas del averno y
el bar. ¡Echo de menos el bar! ¡Me quiero ir al bar! ¡Debí decir que
no!
Estaba un poco cansada de la nueva actitud derrotista de la
dragona. Ya tenía bastante con ser otra vez más demonio que
humana, cuidar de un bebé que a saber cuánto tiempo hacía que no
comía y vigilar que el ángel no nos matase, como para encima tener
que infundirle ánimos a la que se supone que es la criatura más
mortífera de la mitología. Después de analizarlo de esa forma se me
iluminó la bombilla.
—Un momento. ¿Qué te pasa?
—¡Que me quiero ir a mi casa!
—¿Por qué? —insistí, aun a riesgo de que me quemase el culo,
menos mal que con las escamas el calor casi no se percibía.
—Porque esto me da… —titubeó antes de hablar—, me da miedo,
miedo y pena. Y tengo una sensación rara en el pecho, me siento
culpable por muchas cosas —confesó y se fue sorprendiendo a
medida que las palabras salían de su boca.
—Sariel —lo llamé, y el ángel levantó el brazo y me hizo una
peineta sin moverse del suelo en el que continuaba tumbado.
—Pepe, ¿notas algo raro? —interrogué al sapo.
—¿Ademá de que ezte me ha querío azeziná?
—Eres un fantasma, no dramatices.
—Claro, como er Pepe ez medio fantazma no tiene zentimientoz,
muy mal, Zarah, muy mal. Ezto me lo ezperaría de la zorra de tu tía,
pero de ti no —se enfurruñó, y le di un cosqui en la nuca antes de
que pudiese volverse de nuevo en modo espectro.
—No te metas con Tituba, que ya bastante tiene con tener lazos
contigo, no me hagas hablar.
—Ni mi higuis hiblir. Mimimimimimimi… Qué peluzilla te estoy
cogiendo.
—Sariel está agresivo, Lamia se ha vuelto cobarde y tú andas
peor que yo cuando menstrúo —conjeturé en voz alta, y miré al
bebé de nuevo. Este estaba de pie todavía, intentando aguantar el
equilibrio con sus manitas tapándose la colita. ¿El bebé tenía
vergüenza?
—Sariel, ¿qué dijo exactamente el ojo? —apresuré al ángel.
—Estáis en el bosque encantado. En el golpe puede ser que se te
haya caído algo que es imprescindible para poder continuar con tu
vida. Debes recuperarlo, pero esta es la prueba del coraje, es posible
que alguien haya jugado con los de tu equipo. Bla, bla, bla…
—¡Eres la repollo! —exclamé, me agaché y le propiné un sonoro
beso en la frente. Cuando sus ojos y los míos se cruzaron, los de él
se abrieron de forma desmesurada. ¡Se me había olvidado que lo
mismo antes con la enajenación no se había fijado demasiado bien
en mí!
—¡No soy nada comestible! —me gritó y se puso en pie de un
salto. El rojo de su cara había bajado un poco, pero la seguía
teniendo hinchada y llena de cosas marrones verduzcas.
—Tenemos que recuperar la valentía y el coraje de encontrar de
nuevo mi amuleto para que yo vuelva a ser la que era y vosotros
también. No voy a comerme a nadie, esa es Lamia —me defendí,
pero cuando me crucé de brazos me brotó un vaho negruzco de los
labios con una nube en forma de calavera, y el ángel salió corriendo
en dirección contraria, moviendo las alas para intentar volar, cosa
que todavía no podía hacer, y gritando que nos asesinaría a todos.
—Satán de mis entretelas, ¿por qué?, dime, ¿qué te he hecho
para merecer esto?
Capítulo quince
La paz interior empieza con tres palabras:
Aguántame el cubata
James
Se ve que no te pueden echar dos maldiciones a la vez. Ser un
enano con el Pinocho del tamaño de un cacahuete y que te
trastoquen la personalidad es incompatible, que puestos a elegir no
tengo claro qué hubiera escogido, la verdad…
«Pepe, por tu madre, busca algo para taparme. No me jodas, que
la idea de lanzarle a Sariel el pañal cagado ha sido tuya».
«Zi nadie lo vio, no pazó».
«Pepe, cuando vuelva a la normalidad voy a hacer que tu
existencia sea la peor que te puedas imaginar», lo amenacé, y el
sapo resopló.
«Lo hago zolo porque te quiero, tío. No porque me eztéz
amenazando», añadió, y se hizo el indignado para luego susurrar a
continuación un «Tú no ha zío normal en tu vía» que pensó que no
había escuchado, pero que me guardé en la memoria para endiñarle
cuando estuviese desprevenido.
Ahora mismo necesitaba su ayuda y no sería muy inteligente si
me cargaba al único que podía escucharme, además de las brujas de
mierda psicópatas, pero esas mejor como si no existiesen.
No me esperaba que el ángel saliese corriendo con las dos dagas
en alto y amenazase con asesinarnos a todos, esto se nos estaba
yendo de las manos. Sarah volvía a tener esos ojos lilas que tanto
me gustaban, además de sus alas de murciélago, su cola y sus
escamas. Vamos, lo que viene siendo el pack demoníaco completo.
La dragona no estaba pasando por su mejor momento, miraba a
todos lados cada vez que escuchaba un ruido y lo acuoso de sus
ojos vaticinaba que estaba a punto de romper a llorar en cualquier
instante. Lo teníamos bastante jodido con un equipo de esas
características, no os voy a mentir.
Me senté a pensar, tapándome el cacharrito para que nadie lo
viese mientras que el sapo venía con algo para cubrirme, como me
diese las ortigas que había usado Sariel la íbamos a tener, que ya
nos conocíamos y sabía lo cabrón que podía llegar a ser. Entonces
miré a Sarah, quien se veía igual de perdida que el resto, sin
embargo, aguantaba la compostura andando de un lado a otro cual
pareja fuera del paritorio. Se llevaba la mano al pecho una y otra vez
para alcanzar el inexistente colgante y se tocaba el extremo de su
pelo haciéndolo bucles con los dedos sin siquiera darse cuenta. Tenía
que ayudarla de alguna forma, pero ¿cómo?
Pepe regresó con lo que parecía una camiseta vieja y sucia, algo
era algo, no me iba a poner tiquismiquis a esas alturas. Sarah se giró
y vio al sapo ponerme la prenda, cuando saqué la cabeza, la chica
se llevó las manos a la cara y vino corriendo para abrazarme con
fuerza. Tenía el culo escaldado, hambre y me estaba meando, pero
aquel gesto de cariño hizo que todo se me olvidase de pronto.
—Pepe, ¿de dónde has sacado esto? —lo interrogó Sarah,
apuntando a la enorme camiseta que me servía de camisón e incluso
así me seguía sobrando tela. La chica me puso en el suelo y me ató
un nudo a un lado para reducir el tamaño, luego la olió y arrugó la
nariz. Estaba preciosa con ese aspecto tan de malota del averno.
James, céntrate, por Dios…
—De un riachuelo de por allí —explicó el sapo, y Sarah se puso a
saltar y a hacer un ridículo baile que hacía que sus alas y su cola se
meneasen de forma graciosa—. ¿Ze te ha terminao de ir la pelota?
—¡No, mamerto!
—¡A mí me inzultaz en caztellano!
—El ojo ha dicho que estamos en el bosque encantado, pero
hemos estado más atentos a lo que nos pedía que hiciésemos que al
lugar y las posibilidades que este nos brindaba. ¿No lo ves? —
añadió, y cogió la tela para señalar el dibujo del centro.
—No entiendo eza obzeción de Tituba de comprá eztaz mierdaz,
la verdá —se quejó el sapo, y yo pude ver a la perfección lo que
había pasado por la mente de mi inteligentísima brujita.
Me lancé y le di un beso en el cachete para, a continuación,
levantarle los dos dedos pulgares a modo de aprobación y
admiración. Cuando se centraba era la persona más ágil que había
conocido jamás. Ella se quedó un poco desconcertada y me miró,
reticente, pero mi cara de adoración se debía de ver hasta en la
China y la pobre cedió al gesto cariñoso cogiéndome en brazos otra
vez.
—Sé dónde estamos. Vayamos a casa para reponer fuerzas y ver
si localizamos algo en la biblioteca sobre cómo encontrar objetos
perdidos —indicó Sarah.
—¿Y el ángel? Ha dicho que quiere matarnos —le recordó Lamia,
todavía visiblemente asustada.
—No nos hará nada, o, al menos, eso espero. Es un ángel, un
enviado de la Todopoderosa, que ya podía hacer algo, la buena
señora. O no, no, mejor que se esté quietecita, que me veo
construyendo un arca de pronto y no se me dan muy bien los
animales vivos. A ver con estas pintas cómo convenzo yo a dos de
cada para que se metan en ningún lado. ¿Te imaginas? Se me
olvidan la mitad, seguro. Paso de ser la responsable de que se vayan
al peo las tres cuartas partes de las especies del mundo. Además, lo
mío no es la madera y fijo que nos hundimos antes que el Titanic.
No, ¡señora, quédese quieta, que esto lo resolvemos en un
periquete! O en cinco frutas pruebas de las narices.
El sapo había cogido la camiseta que tiré en el río Orxas cuando
me enfadé con las brujas por cachondearse de mí de nuevo. Ahora
mismo me sucedían dos cosas: una, lo veía muy muy lejano, parecía
que habían pasado años desde que todo esto empezase; y dos, el
motivo del enfado de aquella vez ahora me resultaba una auténtica
estupidez. Qué verdad es que vamos madurando con el tiempo y
con las experiencias. Lo que un día te resulta un mundo
infranqueable, al siguiente se convierte en una nimiedad que
superas dando un pasito adelante.
—Lamia, ¿puedes transformarte en dragón?
La dragona se concentró, pero no pasó nada, tan solo consiguió
que de su boca saliese una bocanada de fuego que casi quema a
Pepe, que estaba desprevenido mirando a saber a dónde.
—Bueno, no pasa nada. Daremos un paseo y así hablamos un
poco, conozco bien el bosque Encantado de Aldán —se resignó
Sarah, y ambas se pusieron a caminar, con la brujita llevándome en
brazos y yo siendo relativamente feliz por ello.

En cuanto se vio la silueta de la casa de San Cibrán de las Soliña


miré al cielo de forma instintiva. De pronto no sé si esperé ver de
nuevo el barco fantasma al fondo con los piratas berberiscos
queriendo matarnos. Ese fue el día que Mammón nos salvó de ellos,
estoy convencido de que por mucho que hubiéramos hecho no
habríamos logrado más que retenerlos hasta que nos quedásemos
sin fuerzas.
Pensar en el padre de Sarah me hizo también recordar al que se
comportó como tal durante toda mi vida y preguntarme qué estaría
haciendo. ¿Sabría del nuevo ataque a la ceremonia de iniciación de
las brujas en casa de Sibila en Cernégula? La otra opción no
terminaba de entrarme en la cabeza, ¿habría tenido mi padrino algo
que ver con todo aquello? No lo veía capaz de convertir a gente
inocente en cerdos, zombis, fantasmas o bebés diabólicos. Bueno,
yo muy demoníaco no me veía, pero supongo que eso era por mi
lado angelical. Ser nefilim me había librado de correr esa suerte. Al
menos, Tron estaba con mi madre y nos ayudarían o nos destruirían,
que con ese dúo pensando cualquiera de las dos cosas podía
suceder. Uf, estábamos metidos en un marrón de narices. Las tres
Nornas de los huevos ya podrían haber hecho la vista gorda y
echarnos una manita. Total, tenían un ojo compartido solo, tampoco
es que les fuese a costar mucho trabajo lo de mirar para otro lado…
—Lamia, espera —la detuvo Sarah—. Algo no anda bien, no se
oye nada, este silencio no es normal en esta zona.
Las dos se pararon frente a la casa y antes de que les diese
tiempo a reaccionar empezaron a llovernos flechas de todas partes.
La dragona se agazapó en el suelo, cubriéndose la cabeza, yo estiré
mis manitas para resguardar a Sarah, y ella agarró a su prima por
uno de sus cuernos y la arrastró para meterla dentro de la casa. Tras
cerrar la puerta me dejó en el suelo y se dejó caer contra la madera
de esta, aguantándose la pierna. Una de las saetas había acertado
en su muslo y de este manaba demasiada sangre negra. Fui a
tocarlo, cuando ella me propinó una patada con la pierna buena y
me lanzó lejos.
—¡No! ¡Eres un ángel, enano! —me amonestó mientras me
recuperaba del golpe e intentaba ponerme de pie. En serio, tener las
extremidades y el tronco tan pequeños no ayudaba a que mi campo
de gravedad fuese ni medio útil. Era lo más parecido a un tentetieso
que te puedas imaginar poniéndose derecho—. ¡Lamia, cierra las
ventanas! ¡Pepe, ayúdala!
Fue dando órdenes y pareció que, gracias al averno, la dragona
reaccionó y obedeció, hasta el sapo se puso ancas a la obra y le
indicó dónde estaban las ventanas. Me quedé a una distancia
prudencial, Sarah estaba en lo cierto, la vez anterior que la sangre
de demonio se mezcló con la mía casi la palmo. Aún no tengo claro
lo que hizo Tron para salvarme, esperaba que Dedi me hubiese
tomado el pelo y la manera en la que me sanó no fuese comerme
los morros… Ahora, encima de inútil e impotente me sentía un
estorbo. Su cara reflejaba el dolor personificado y yo no dejaba de
bendecir a las Nornas y de acordarme de toda su estirpe por
meternos en este lío.
«James, no es momento de perder la cabeza. Actúa como el
hechicero que eres y analiza todo», me dije en voz alta, pero lo que
salió de mi boca fueron unos balbuceos acompañados de unos raros
movimientos de manos. Sarah se me quedó mirando y sonrió.
—Bebé, eres raro de cajones. ¿Te lo habían dicho antes?
Me encogí de hombros y gateé a su lado, si me descubría, que lo
hiciese, y si dejaba de verme como el buenorro potente y con el
Pinocho de sus humedades oníricas, pues también, pero tenía que
ayudarla de alguna forma. Miré con detenimiento lo que le sobresalía
del muslo. Reconocía aquella forma de trabajar el cuerpo, la pluma y
el culatín, no obstante, lejos de alegrarme, me eché las manos a la
cabeza.
—¿Qué pasa, bebé? ¿Te da miedo la sangre? A mí también, pero
solo la mía, no se lo cuentes a nadie, mucho menos a James, seguro
que se mete conmigo hasta el resto de mis días —susurró, y se
agarró la pierna con fuerza, poniendo una nueva mueca de dolor.
«¡¡Pepe!! ¡Ven, corre!», llamé al sapo antes de que fuese
demasiado tarde.
«No le eztaba mirando el culo a nadie, palabra de demonio
reformado».
«Déjate de tonterías, necesito que le digas a Sarah que han sido
las ninfas. Esa flecha tiene veneno dentro y no durará consciente
demasiado tiempo».
«¿Y ezo yo lo tengo que zabé por…?».
«¡Yo qué sé! Invéntate algo, cojones. Eres el rey de las excusas y
las mentiras, podrás con esto», no me podía creer que se pusiera a
estas alturas delicado con lo de no decir toda la verdad.
—Zarah, eza flecha tiene veneno de ninfa.
—¿Otra vez las frutas ninfas? De verdad, se lo tienen que hacer
mirar, menuda obsesión con eso de matarme, en serio. ¿Cómo sabes
que son ninfas? Lo mismo son los niños perdidos de Peter Pan que
quieren jugar con nosotros. Ay, yo quiero ver a Wendy para decirle
algunas cositas. ¿Qué es eso de mamá Wendy para que ella les haga
de sirvienta? Esa chica se tendría que respetar y valorar un poco
más, es como Blancanieves, toda la vida luchando para terminar
lavando tantísimos calzoncillos. ¿Te imaginas? Que alguno de los
enanos tenía pinta de puerquete, fíjate lo que te digo. Ahí, todo el
día en la mina, sudando con esa rajilla del culo al descubierto y
entrándole la tierra. ¡¿Y los calcetines?! ¡Ay, Satán mío!, ¿tú te
imaginas la roña que debían tener? Esa chica estaría mejor con la
reina, que haga un pacto con el espejo, yo soy coleguita de su
primo, puedo ayudarla. Después, que se ligue al leñador, estaba
muchísimo más potente que el príncipe. Esas manos enormes llenas
de callos, esos músculos, y las piernas, ¿dónde me las dejas? Para
agarrarlas y no soltarlas en la vida. Te tiene que empotrar como
cajón que no cierra. Tenía poquillo pelo, eso sí, pero dicen que los
calvos hacen cosas ahí abajo que lo flipas en colores. Uy, creo que
me estoy mareando, ¿o es que tú no dejas de dar vueltas? ¡Pepe,
estate quieto, joder!
«Pepe, llama a Lamia, acaba de decir una palabrota y está
alucinando. ¡Corre!», le chillé al sapo, y este desapareció
refunfuñando.
—¡Todo yo, todo yo ziempre, pisha, Jame! ¡Como ze me caiga el
pelo verá la que oz voy a liá!
Preferí omitir recordarle que no tenía ninguno que poder perder,
pero no era plan de joder al único que podía medio ayudar, aunque
tampoco es que tuviese demasiadas esperanzas en él.
—¡Sarah! —exclamó la dragona cuando regresó y vio a su prima
con la cabeza laxa apoyada en el hombro y la mirada perdida—.
¿Qué hago? Yo no estoy preparada para esto. No debería haber
aceptado, era una locura, me parecía mal, pero quería encajar.
Nunca nadie me toma en serio —sollozó de rodillas frente a Sarah y
se cubrió la cara con las manos para esconder las lágrimas que le
corrían sin pausa por las mejillas.
Esto no podía estar pasando, tenía que coger las riendas de
alguna forma, el problema es que, ahora mismo, como no fuesen las
de un pony de un carrusel de la feria, y ni de esos…
Me acerqué a ella y le di unos toquecitos en el hombro. La
dragona me miró de reojo y me acarició la cabeza igual que harías
con un cachorro. Se la retiré de un manotazo y levanté el dedo
índice para reñirle. El problema fue que tampoco salió ninguna
palabra de mis labios. ¡Dios, esto era tan exasperante y frustrante!
—Sí, la vida puede ser una gran mierda, bebé —respondió en voz
alta, y siguió llorando. Vamos, no me fastidies que la rara me
escucha.
«¡Tú, espabila! Hay que bajar a Sarah al sótano y limpiarle bien la
herida, si no sacas el veneno de las ninfas morirá».
—Todos moriremos, bebé. Esto es una mierda.
«Me tienes hasta las pelotas. ¿Dónde está la dragona que vi en
Cernégula? Esa que le dio una patada a un zombi en la cabeza y se
la arrancó. ¡Querías comerte a todo el mundo! ¡Busca un resquicio
de ese coraje, levanta a Sarah, bájala y sácale el veneno! Mammón
lo hace chupando, ¿sabrás?».
—Claro que sé. ¿Por quién me tomas? No soy un pollito recién
salido del cascarón. Soy una dragona adolescente y casi adulta —se
ofendió.
Eso era lo mejor que nos podía pasar, que se enfadase, conmigo,
con el universo, con quien quisiera, pero que tuviese alguna otra
reacción además de llorar y temblar, lo podía contar como una
victoria. Ahora me sentía como el Bebé Jefazo, si no estuviera tan
agobiado me habría puesto a reír solo.
Capítulo dieciséis
El motivo por el que ponerte bragas limpias a
diario es por si se te rompe una pierna y vas al
hospital, todas las abuelas lo saben
Sarah
No sé de dónde saqué el coraje suficiente para coger a la medio
dragona medio demonia por el cuerno y tirar de ella para sacarnos
de allí. Éramos un blanco demasiado fácil, los árboles que rodeaban
la casa les servían a nuestros atacantes como escondite perfecto y
no me dio tiempo a ver de dónde procedían las flechas. En un
principio esperé ver a mi abuela o a mi madre salir al porche a
recibirnos, pero cuando la realidad regresó a mi mente, esta cayó en
mí como un jarro de agua fría, no supe si el dolor que sentí fue
debido al recuerdo de la pérdida o a que alguien acababa de
traspasarme el muslo de lado a lado. Intenté no pensar en los daños
y continué para salvar nuestras vidas. En cuanto cerré la puerta y el
olor conocido del hogar entró en mi nariz todo se ralentizó y mi
mente empezó a jugármela. Solo me dio tiempo de ordenarle a
Lamia que cerrase las ventanas. Ojalá estuviese allí Alice y
transformase aquello en un búnker como había hecho otras veces,
no obstante, el vidrio hechizado tendría que soportar hasta que me
recompusiera.
Me asombró un poco ver a Pepe tan colaborativo, hasta que lo
pillé mirándole el culo a mi prima, ya eso me resultó más normal.
Sentía mucho haberle dado una patada al bebé, se le iba a quedar
ese nombre, ya sé que no es muy original, pero nunca dije que lo
fuera. Él era celestial y yo demoníaca, no sé lo que mi sangre
provocaría en su tierna piel y no quería ser la responsable de
cargarme a nadie más, al menos de forma consciente. La chunga ya
podía hacer acto de presencia en algún momento.
Tener las escamas me había librado de que la herida fuese más
grande o de quedarme sin pierna, de eso estaba segura. Sin
embargo, algo seguía mal, o más bien todo lo estaba. Esta era la
prueba del coraje, pero no nos contaron en qué consistía con
exactitud. Teníamos que encontrar mi colgante, de acuerdo. Aunque
eso no tenía nada que ver con el coraje, a no ser que estuviese en la
boca de un cocodrilo y tuviese que meter la cabeza, que entonces lo
iba a recuperar la tetona harta de güisqui, porque yo no, os lo
aseguro.
El problema es que juro por lo que más quiero en el mundo que
estaba viendo a Bebé dándome una charla. Movía los brazos y la
boca igual que una persona adulta y su ceño fruncido de
preocupación me recordó a James. Cuando lo vi dirigirse al sapo y
que este se quejase en alto y nombrase al hechicero, pensé que
estaba alucinando en colores. Ya no te puedo contar mucho más
porque lo siguiente que ocupó mi mente fue una vendetta en contra
de Peter Pan y su cuadrilla de niños malcriados, para terminar
queriéndomelo montar con el leñador de Blancanieves e
imaginándome las cosquillas que me harían las barbas en el toto…
No, no me sentía culpable por fantasear con otros Pinochos, James
ya estaba cogidísimo. La que andaba liando con los cuentos no era
ni medio normal. Menos mal que a estas alturas ya tenéis que
entenderme, porque si no a ver para qué cajones te estoy contando
yo todo esto. ¿Por dónde iba? Ah, sí, ¡coño, qué dolor! Podía decir
palabrotas, estaba soñando.
Logré entreabrir un ojo y casi preferí no haberlo hecho. El techo
que veía no era el de la entrada de la casa, este se me asemejaba
más al del sótano, había estado en esa posición en ese mismo lugar
más veces de las que me gustaría recordar… A un lado de la mesa
en la que me habían colocado estaba Pepe, al otro, Bebé con la
mano apoyada en el cachete, mirándome fijamente, y un poco más
abajo, en donde hubiera preferido con creces al leñador calvo
barbudo imaginario, se encontraba Lamia. Esta aferraba con fuerza
un trozo de la flecha que me atravesaba la pierna y me iba a acordar
de toda su familia, o de la mía, o la de quien fuese como la moviese
otra vez.
—¡No se te ocurra tocar eso! —le chillé con la voz entrecortada.
—Me ha dicho el sapo que está envenenada y que o la saco o la
palmas, primita. Necesito que aguantes un poco.
—¡Y a mí me ha dicho un enano verde que te queme y no lo
hago! —protesté, y me di cuenta de una cosa—. Espera, ¿le estás
echando ovarios?
—No es momento de hablar sobre mi anatomía, ya te lo explico
cuando logre sacarte esta mierda.
—¡Lamia, eres chunga otra vez!
—¡Y tú continúas igual de tarada que siempre! ¿Me dejas seguir?
Dice el bizco que tengo que chuparte.
—No, no, por ahí sí que no paso. A ver, que lo mismo me gusta y
me cambio de bando, que tampoco es algo tan descabellado
después de ver lo bien que me va con los hombres, pero antes
invítame a un café o algo. Además, somos familia. Prefiero que no.
—¿Tú estás tonta?
—No vayas por ahí, que la tenemos.
—Zarah, no zeaz puerca. Te tiene que chupá el veneno…
—Uy, si es que le dais muchas vueltas a todo. Eso se lo hizo mi
padre a James. Oye, Bebé, ¿tú no serás el hijo de James? No sabía
cómo funcionaba eso del embarazo en los nefilim y lo mismo estoy
yo aquí cuidando al retoño de la tetona de las narices.
Ahora que lo miraba mejor se le daba un aire, en serio. No me dio
tiempo a pensar mucho más porque el crac que hizo el cuerpo de la
saeta al romperse y el movimiento que esta produjo dentro de mí
me hicieron ver las estrellas, el firmamento y hasta a E.T. en su nave
saludándome con la manita. Si salía viva de esta pensaba hablar con
Alcina para que congelase a Lamia, os lo juro por Satán.
—Si lo prefieres te saco por el otro lado las plumas… —me explicó
Lamia sin necesidad de que le preguntase, entre otras cosas porque
sería incapaz de articular palabra. Bebé me quitó un mechón de pelo
de la cara y me agarró la tetilla de la oreja. No era como si me
diesen la mano, pero algo sí que hacía, al menos no moriría sola.
—Adelante —logré decir al fin.
La dragona arrojó a un lado el trozo de flecha y frunció los labios.
Aquello no me iba a gustar.
—Hay que sacarla por el lado contrario para que los músculos no
sufran más daño —me informó. Aunque algunas cosas no es
necesario saberlas; cuando estás más gordo o delgado, ya lo sabes,
tienes espejo, no hace falta que venga nadie a decírtelo, tomad nota
—. Muerde esto.
Me acercó un trozo del cacharro que usaron mi abuela y Sibila
para salvar a Mammón, en concreto, la cánula que iba dentro de
alguno de los dos. No quise pensar en dónde estuvo antes eso y
obedecí a Lamia. ¿Sirvió de algo? No, en el instante en el que me
dobló la pierna para tener mejor acceso a la punta metálica empecé
a perder la visión para, a continuación, sentir el mayor dolor de toda
mi maldita existencia y luego algo caliente correrme por la pierna.
—¡Ya lo sé! ¡No me estás ayudando en nada, enano de mierda! —
escuché que gritó mi prima, no sabía si a Pepe o a Bebé, porque
ninguno de los dos dijo nada. Bueno, el segundo la miraba con cara
de querer asesinarla y resultaba bastante divertido, pese a las
circunstancias.
La dragona se agachó, colocó un trozo de tela en la parte
posterior de mi muslo y se puso a chupar por el orificio delantero
como si no hubiese un mañana. No te puedo contar demasiado más
porque perdí el conocimiento y soñé con cosas bastante extrañas
como para narrarlas…

Desperté en mi dormitorio y, por un lapso demasiado pequeño,


pensé que había tenido la pesadilla más rara de mi vida y que mi
madre vendría a decirme que me levantase de la cama de una vez
para hacer algo constructivo con mi vida. El dolor en la pierna me
devolvió a la realidad, eso y que casi me saco un ojo con las garras
cuando fui a quitarme los pelos de la cara y peinarme en modo
cochina con los dedos. Me senté para intentar centrarme y, a mi lado
en la butaca, estaba dormido hecho un ovillo Bebé, con esa
gigantesca camiseta de James. La idea de que fuese su hijo no
abandonaba mi pensamiento. A lo mejor crecían antes de mente que
de cuerpo y por eso se veía tan adulto en algunos momentos y tan
pequeño en otros. No tenía ni idea, pero de ser así, el destino era
bastante maquiavélico por dejármelo a mí para que lo cuidase…
—Sarah, ¿cómo sigues? —Lamia acababa de entrar en el cuarto
con Pepe en el hombro.
—Sobreviviré. ¿Ha habido más ataques de las ninfas?
—No, he abierto las ventanas y he salido a ver si podía cazarlas,
pero las muy cobardes se han escondido. Nos falta el estúpido del
ángel, aunque no sé si podemos dejarlo aquí y que se las apañe
como pueda.
—Lamia, tú no estabas mucho mejor que él hace unas horas —le
reproché.
—Las Nornas han tenido la culpa, ya no quiero su autógrafo.
—Tenemos que ir a buscarlo, a él y al colgante —le recordé, e
intenté ponerme en pie, pero la punzada de dolor me atravesó por
dentro y casi provocó que me desmayase de nuevo.
—Ahora mismo tu lado demoníaco gana al de bruja, curarás más
rápido de lo normal, pero necesitarás unas horas aún. Yo iré.
—Espero que no te moleste, pero no me fío de ti.
—¡Te acabo de salvar la vida!
—Y yo a ti al sacarte del camino cuando te entró el pánico y no
supiste reaccionar. Estamos en paz —continué—. Has aparecido de
la nada, solo te he visto llamar una vez a Mammón encima de las
escaleras del sótano de Sibila y justo después él desapareció y te
dejó a ti en su lugar. Perdona que te diga, pero me resulta todo
demasiado conveniente.
—A lo mejor no he sido del todo sincera —comenzó a decir. Ahí
estaba eso que me escamaba, me pareció que había intentado
contarme algo cuando era más cobarde que un ratón, pero siempre
nos habían interrumpido.
Oímos la puerta principal abrirse y dar un porrazo contra la pared.
El ruido despertó a Bebé y nos puso en guardia al resto.
—Voy, espera aquí —me ordenó Lamia.
Cogí al pequeño en brazos, saqué el arma que me dio James, que
aún tenía guardada en el armario, y la seguí lo más rápido que la
herida me dejó.
—Todo estará bien, Bebé. Pronto estarás otra vez con tus padres,
te lo prometo. Mira, esto me lo dio tu papá. Está como una
regadera, no piensa la mayoría de las veces, pero es valiente y estoy
convencida de que será el mejor padre del mundo —le dije para
intentar tranquilizarlo, a ambos, en realidad.
Me asomé por la balaustrada que daba a la parte inferior de la
casa y vi a Lamia agarrando por el cuello a Sariel. Bajé poco a poco,
no me iba a lastimar más para evitar que se matasen, no os voy a
mentir. Ya eran mayorcitos para lidiar con sus locuras. Una vez que
estuve en el salón, cerré la puerta para que no entrase ningún otro
intruso y me senté, sin hacer ruido, en la butaca de la abuela con el
pequeño en brazos.
—¡Tú no tenías que haber salido corriendo! —le recriminó en
susurros.
—¡Ni tú volverte estúpida!
—¿De qué te has disfrazado, tarado?
—Soy el Tarzán celestial.
—Eres gilipollas.
Carraspeé para que se percatasen de mi presencia y me
explicasen qué estaba sucediendo, cuando Lamia cogió por la cara a
Sariel y le dio un beso de tornillo de los de las películas para
mayores de treinta y seis que me descuadró por completo.
—Ea, otra vez que no mojo… —se lamentó Pepe.
Bebé abrió tanto como yo los ojos y me miró, me encogí de
hombros, cogí la vela falo fea que Tituba había rescatado del
escondite de la estantería y le atiné a Sariel en la cabeza.
Capítulo diecisiete
Un «te vas a la mierda» a tiempo despeja más
que el Vicks Vaporub
Sarah
Me pinchan y no sangro. ¿Vosotros lo veíais venir? Porque el resto
de los presentes nos hemos quedado lo que se dice un poquillo a
cuadros. Vale que es raro ver a un ángel con taparrabos de hojas y
con la cara manchada en modo Rambo, pero ya que se líe con una
demonia dragona, pues mira, ya eso sí que no me lo esperaba.
—No sé si quiero saberlo —reconocí en voz alta, y por fin la
parejita surrealista se percató de nuestra presencia. ¿Acababa de oír
el clic del microondas de la cocina?
—¡Imbécil! —lo insultó ella, y lo empujó contra el sofá que
quedaba debajo de la ventana.
—No cuela, Lamia. Os acabo de ver y de escuchar a la perfección.
Me explicáis qué está pasando o cuando encuentre a mi padre y a la
madre de James le pienso contar todo esto.
—A lo mejor Sariel y yo ya nos conocíamos de antes —confesó.
Entonces, Pepe apareció en la pierna que me quedaba libre con
un paquete de palomitas, y tanto él como Bebé se pusieron a
comérselas con total tranquilidad. ¿A qué edad podían consumir esas
cosas los niños?
—¿Por qué un ángel y un demonio se conocen tan a fondo?
—Tú eres la novia de James y nadie dice nada —me acusó Sariel,
que seguía sentado en el sofá. La verdad es que con esas pintas no
intimidaba un peo.
—Primero, no soy nada suyo —comencé a quejarme, pero Bebé
se atoró con una palomita, al final se me ahogaba y a ver cómo
explicaba que había sido un accidente. Le di unos toquecitos en
medio de las alas y les quité la comida a los dos, que se cruzaron de
brazos a la vez, enfurruñados. ¡Increíble!—; segundo, yo era bruja y
él hechicero, nuestros mundos se cruzan, los vuestros no.
—Soy el ángel que se encarga de llevar a los espíritus con dudas
a un lado o a otro, ¿recuerdas?
—¿Y tú estabas en la puerta del averno de forma casual cada vez
que este llevaba a alguien? —ironicé mirando a Lamia.
—Puede ser que escuchase a unos demonios decir lo que
sucedería esta noche y avisé a Sariel.
—¡¿Tú sabías todo esto y no se te ocurrió contárselo a mi padre?!
—No podía creérmelo, espera—. Mammón no tendrá nada que ver,
¿no?
—No, te lo prometo por el niño Satán. Él no lo sabía, se lo dije
cuando salió del sótano y me encargó que te vigilase mientras iba a
solucionarlo. El problema es que nunca volvió y todo se enredó
demasiado. Se suponía que Sariel y yo íbamos a pararlos antes de
que empezase y que así se nos reconocería de una vez.
—¿De cuántos demonios estamos hablando?
—De Shax —confesó, y se sentó al lado del ángel, este le dio la
mano y verlos así de acaramelados me hizo sentir bastante
incómoda—. Es un duque del averno y tiene bajo su mando a treinta
legiones de demonios menores. Él es el que descubre todas las
cosas ocultas del mundo terrenal. Se enfadó mucho cuando unos
hechiceros fueron a contarle que tú existías. Hicieron un trato, él los
ayudaba a liberar a los suyos y ellos le daban libre albedrío para
terminar de romper el velo que estabais arreglando. Es uno de los
demonios más caprichosos y poderosos del averno, Sarah. Tu padre
no quería que supiese de tu existencia bajo ningún concepto, todos
los que sabíamos que eras su hija estábamos amenazados de pena
de muerte si nos íbamos de la lengua. Por eso a Shax no le habían
llegado ni rumores de que Mammón tuviese una hija. Se lo ha
tomado como algo personal porque, pese a que tu padre se haya
ausentado tanto tiempo del infierno, la gente le sigue temiendo y, lo
que es peor, le son leales.
—Shax, ese nombre me suena de algo, pero no recuerdo de qué
—contesté, intentando poner mis ideas en orden. Ahora sabíamos
contra quién luchábamos, el problema era que no tenía ni idea de si
lo hacía sola o con ese dúo extraño. Ocultar verdades es una manera
cobarde de mentir.
—Sarah, te prometo que nuestra intención era buena —se excusó
el ángel—. Yo no esperaba que James me pidiese que lo
acompañase a la tierra, pero después de que lo hiciera y de saber
todo lo que podía pasar, no fui capaz de dejar a Lamia sola.
—Me parece super romántico e incluso cagaría arcoíris en
cualquier otro momento, pero en este instante tan solo puedo decir
que sois unos descerebrados los dos.
—Ya me encuentro mejor, he tenido el coraje de venir y contarte
la verdad. Creo que eso ha sido lo que ha roto el maleficio de las
Nornas.
—Yo también me siento bien, me comería cualquier cosa que
tuviese vida de nuevo.
—Pues nada, ya que todos estáis de maravilla podemos hacer una
fiesta y celebrarlo —ironicé.
—¿En serio? —se ilusionó el ángel, y a mí me entraron muchas
ganas de pegarle con lo que fuera que tuviese cerca otra vez, pero
el falo había pasado a mejor vida, ya veréis Tituba la que me lía
cuando lo vea...
—¡No, tarado! Vamos a superar estas pruebas y después veremos
cómo explicamos todo esto al resto —le contesté, exasperada—. Lo
que no tengo ni idea es de por dónde empezar a buscar esta vez el
medallón de la Oráculo.
—¿Lo has extraviado más veces? —quiso saber Lamia.
—Tiene vida propia, no es mi culpa, pero… —pensé en cuándo lo
había perdido de vista con anterioridad y dónde lo había encontrado
—. En el río, la vez anterior lo vomité en el río donde Pepe encontró
la camiseta.
—No pienzo ir zolo a ningún zitio con ezas bichaz por ahí. Lo
mizmo me quieren zecuestrar o algo.
—Pepe, ve a echar una ojeada y si lo encuentras nos avisas, porfa
—insistí, y le puse mirada de cachorrito perdido.
—Nop, no pienzo ir.
—Es un cobarde, mi padre dice que siempre lo ha sido y que
sigue vivo solo gracias a Mammón —informó Lamia, tocándole un
poquito de más la moral al pobre sapo.
—Tu padre ez gilipollaz, igual que tú, y que zepaz que me debe
pazta. En cuanto lo vea ze lo pienzo recordá. Voy a ir, no porque tú
me lo diga, zerpiente de pacotilla, zino porque azí mi Zarah oz pierde
de vizta antez, porque zoiz una mala influencia para ella.
Y dicho esto desapareció, y me sentí bastante mal por él. Satán
sabrá en cuántos líos se había metido antes de que mi abuela lo
transformase en mi familiar. Desde luego que mi padre tenía el
infierno ganado por soportarlo y salvarle el culo.
Los dos tortolitos raros se miraron, visiblemente incómodos con
nuestra presencia, pero no me pensaba mover de allí para que
conspirasen nada a mis espaldas. Si antes ya me resultaba todo
demasiado sospechoso, ahora todavía más. El que parecía que había
entrado en shock era Bebé. Desde que nos contaron la verdad,
juraría que el pequeño le lanzaba miradas asesinas al ángel, si
hubieran sido dagas ya lo habría cortado en trocitos.
A los pocos minutos, Pepe apareció en el brazo del sofá orejero
de la abuela y me tiró el collar con desgana.
—Toma, pero no eztaré ziempre para zalvarte el culo, que lo
zepas…
—No te lo pongas, Sarah —me aconsejó mi prima, y me sonó
extraña su petición—. Aún no te has curado del todo, lo harás más
rápido si sigues siendo un demonio.
Ahí tenía razón, la verdad. Me guardé el colgante en el bolsillo y,
justo entonces, apareció el ojo para recordarnos que aquello no
había acabado.
—El coraje habéis recobrado y el collar está bien guardado. Esta
prueba habéis superado —dijeron a la vez las tres voces de las
brujas—. No obstante, vuestro camino aún no ha terminado. Un
acertijo tenemos preparado. Cada uno debe responder su parte para
que al unirlos los cinco trozos sean revelados. Descansad y mañana
volveremos a contactaros.
—¡No me fastidies! ¿Qué cinco? ¡Somos tres, más un sapo y un
bebé que no habla! —le chillé al ojo, pero en lugar de responderme,
desapareció y manchó de sangre las cortinas de flores de Alice. Me
negaba a limpiarlas, que lo sepáis. Ya le echaré la culpa a Pepe.
—Voy a cazar —se ofreció Lamia levantándose del sofá.
—Te voy a contar un secreto que pocos en el mundo conocen,
pero que es de vital importancia —ironicé, y ella se acercó por si
tenía que susurrarle al oído—. En la cocina hay un frigorífico, ábrelo
y ya has cazado.
—¿Ahí hay comida? —preguntó con cara de no creerme
demasiado.
—Sí, es magia. Abres la puerta blanca que está en ese cuarto, se
enciende una luz en su interior y te da de comer.
—¿Lo que quiera?
—Lo que haya comprado Alice y mi madre haya carbonizado,
básicamente.
—La ayudo —se ofreció Sariel.
—No, señor alado, usted se ducha primero y se quita toda esa
porquería del cuerpo, que pareces un troglodita en vez de un ángel
—lo regañé, y me parecí demasiado a mi abuela.
—¡Yo puedo enfrentarme sola a un frigolífico! —se quejó Lamia al
ver que su lo que sea quería hacer de caballero andante con ella.
Por lo que tenía entendido, los dragones se comían a los de las
armaduras, aunque no era plan de contárselo a ninguno de los dos.
—Se dice frigorífico, y yo te ayudo.
Al ir a levantarme, noté que la manita de Bebé me intentaba
empujar para que volviese a sentarme. Gateó por mi pierna hasta el
suelo y fue hasta la cocina con Lamia. Era increíble lo listos que
nacían los frutos nefilim de las narices. Lo cierto es que no me
quejé, me dolía el muslo bastante y mi día ya había sido
suficientemente difícil para tan solo contar con veinticuatro horas.
Por lo que, por una vez, hice algo que casi nunca hacía, delegué en
los demás y me dejé cuidar, esperando que en poco tiempo la
realidad volviese y fuesen los gritos de las Soliña los que llenasen
esa casa de nuevo.

El reparto de habitaciones no fue sencillo. En primera instancia, me


negué a que los tortolitos durmiesen juntos porque ya estaba en
modo Mulder y Scully, buscando conspiraciones en cada rincón que
me rodeaba. No obstante, decidí que me terminaría durmiendo y
podrían hacerlo de todas formas. Debería hacer un acto de fe, y
pese a que no se lo merecieran no me quedaba más remedio. Los
dejé en el dormitorio de Tituba, total, tampoco es que se fuese a
asustar mucho porque su cama oliese a sexo. No estoy diciendo que
fuesen a hacer guarrerías, pero tampoco lo descartaba.
—Seguimos teniendo una larga conversación pendiente —les
aseguré, pero los muy descarados sonrieron y me cerraron la puerta
en las narices.
Me alegré sobremanera de que la casa tuviese las habitaciones
insonorizadas, o la noche sería bastante larga y bochornosa para
mí…
Subí a mi buhardilla con Bebé y Pepe. En el instante en que me
metí en la cama me dio un tufillo a humanidad que no era ni medio
normal.
—Enano, apestas tela —le indiqué, y, antes de que él pudiese
ponerme mala cara, su barriga rugió cual león de la Metro—. Y soy
la peor madre adoptiva del mundo, no te he dado de comer. Pepe,
¿hacemos un trato?
—No.
—Pepe, tú eres un tío, o lo eras. Sabes lavar colitas, yo no he
hecho eso en mi vida. Bueno, a Church, pero no sé dónde tiene esas
zonas, creo que son internas porque nunca se las he visto, que
tampoco es que se las haya buscado. ¡No pienses cerdadas!
—Zarah, me duele la cabeza ya. ¿Qué mierda quierez ahora?
—Yo os hago la cena, os preparo un baño calentito y tú te metes
en la bañera con él para ducharlo.
—Ezto no eztá pagao, en zerio —respondió, enfadado.
Aunque se quejase, yo ya sabía que lo haría. ¡Era más bueno mi
Pepe cuando le salía del orto…! Le di un beso, hice lo que prometí
en el aseo y los dejé a los dos allí, solo esperaba que no lo ahogase
o James me odiaría de por vida.
Capítulo dieciocho
Trabajar nunca mató a nadie, pero no voy a
tentar a la suerte
James
Lo que me faltaba era darme un baño de burbujas con el sapo
salido. En cuanto Sarah se fue del baño y nos dejó a solas me puse
manos a la obra. Ya fue bastante ridículo que me tuviese que meter
en el agua como para que también me enjabonase, no, gracias. Uno
tenía sus límites. Aunque no os voy a negar que nadar en modo
jacuzzi y tirarle espuma a los ojos a Pepe, que parecía una televisión
de las antiguas desintonizándose cada dos por tres, fue bastante
divertido. Seguía manteniendo mi puntería y le acerté más de una
vez con la esponja en la cabeza. Cuando echó una pompa rosita por
la boca, seguido de un insulto de los suyos, me tuve que reír a
carcajadas. Eso había sido lo mejor del día.
—Os lo estáis pasando bien, por lo que veo, aquí hay media
inundación. Si estuviéramos en un barco ya habrían llamado a los
marineros para achicar agua. ¿Cómo es posible que algo de tu
tamaño la líe tanto? —Sarah se veía entre divertida y asombrada tras
mi proeza.
«Eso es porque no estabas dentro conmigo, o no hubiese
quedado ni una gota en la bañera», respondí en idioma de bebé, a
lo que ella sonrió y meneó la cabeza. Vale, no me entendía, pero yo
sí y es lo que cuenta.
—Te vaz a comer un colín, chaval.
—¿Que qué hay de comer? Pues no hice mucho, unos sándwiches
para nosotros y un vaso de leche con galletas para Bebé, no tengo
biberones. ¿Crees que podrá bebérselo con la cuchara? Con las
palomitas no pareció tener muchos problemas —le respondió Sarah
a Pepe, y yo no pude más que suspirar, aliviado de que no se
hubiera enterado bien de la gracia del sapo de los cojones.
Cuando me secó con la toalla y me echó colonia me sentí en las
nubes, el problema fue que también puso voz de lerda y sacó una
cosita que llevaba escondida a la espalda.
—Mira, esto es de una de las muñecas que tenía Mary en su
dormitorio. Creo que te quedará bien, al menos es mejor que llevar
la camiseta sucia de James.
«Por favor, que no sea rosa, que no sea rosa», imploré a quien
quisiese escucharme, no me gustaba el rosa, fin, soy más de negro y
azul oscuro, tampoco me apasiona el amarillo, o el verde, pero el
rosa lo detesto, me recuerda a las cosas empalagosas.
Descubrió un pijama con un elefante cosido en la barriga, de esos
que tienen los pies incorporados y todo. ¿De qué color creéis que
era? Venga, decid uno al azar… Exacto, rosa, pero no rosa palo, o
chicle, o de todas esas tonalidades que en mi arcoíris no existían,
era fluorescente. Me imagino el anuncio de quienes lo idearon:
Señora, podrá dejar a su retoño en medio de la nada y lo
encontrará, aunque se le caiga por un pozo sin fondo. Si es que era
desgraciado, en serio.
Me lo puso intentando no mirarme el cacharrito y me colocó boca
abajo sobre sus piernas, con el tema de las alas tuvo un pequeño
conflicto, pero al final se solucionó con dos tijeretazos. Me cogió en
brazos y me hizo carantoñas en el cuello. Aquello estaba mal,
cuando se enterase de la verdad me iba a dejar de hablar para los
restos de la historia de la humanidad.
—¿Ves qué guapito estás? Es porque te pareces a tu padre, pero
no se lo digas, que se lo tiene ya bastante creído. Tu madre es fea,
vale, no es fea, eso no se dice. Aunque sí es una arpía roba novios
celestiales que se tiraría a todo lo que pese más que un pollo.
—Zarah, tengo hambre.
Bajamos a la cocina y Pepe engulló sin volver a mirarnos, o a lo
mejor sí, que con ese ojo a la virulé despistaba tela. Sarah se dedicó
a darme la improvisada papilla y, para cuando me quise dar cuenta,
estaba hecho unos zorros de nuevo. Ahora era rosita neón y olía a
galletitas, como me viese alguno de los hechiceros del norte o
incluso los cabrones de los ángeles me moriría de la vergüenza, os lo
juro.
Una campana sonó en el salón, aquello me resultó demasiado
familiar, pero no era capaz de recordar ni de qué ni de dónde. Por su
parte, Sarah se puso tensa, me agarró y corrió conmigo al salón.
—¡No, otra vez no! —le chilló a un reloj de arena que estaba en la
repisa que reposaba sobre la chimenea. Me había perdido más que
el barco del arroz.
El ojo se materializó en una esquina del salón y empezó a hablar.
A tomar por culo el sueño reparador. Vamos, que no me acostaba
con la bruja ni de esta guisa, si es que ya le valía al karma, al
universo, al cielo, al infierno o a Tutankamón, que eran todos igual
de cabrones…

Sarah se sentó conmigo en brazos, creo que jamás la había tocado


tantas veces ni tanto tiempo seguido, algo bueno debía tener
aquello.
—¿Por qué está ahí de nuevo el reloj y por qué ha sonado la
campana? —le preguntó la bruja al ojo.
—Todo a su tiempo, pequeña. Todo a su tiempo.
—Sois vosotras las que vais a seguir tocándola, ¿verdad? La
Oráculo lo sabía y por eso me dijo que cuando terminase algo
pasaría.
—Son doce campanadas las que deberéis escuchar, aunque no
todas ocurrirán en este lugar, cuando las doce campanas resuenen
todo llegará a su final y no habrá marcha atrás. El reloj de arena os
indicará el tiempo —recitaron, y una punzada de dolor atravesó mi
sien derecha.
—Me estoy cansando de que todas habléis en modo Yoda, de
verdad. ¿Os lo enseñan en la escuela de brujas más viejas que el
fango? —las insultó Sarah, y a mí casi me da un síncope—. No
pienso repetir lo de las campanas, la bolita, la nieve y los sueños
inventados por cuatro locas. Sí, cuatro, Madame Blavatsky es de las
vuestras y me apostaría el cuello a que todo esto lo teníais planeado
desde el principio.
—¿Podemos matarla ya? —se escuchó la joven voz de la Norna
chunga.
—Es normal que esté así, son demasiadas cosas que digerir —dijo
la que supuse que era la mediana.
—La pobre niña tiene un largo camino por recorrer. —La anciana
al menos estaba de nuestra parte, algo era algo…
—¡¿Qué ha pasado?! —Sariel, con solo unos calzoncillos y sus dos
dagas se presentó en el salón, dando un salto desde el último
escalón, y se quedó en lo que se suponía que era una posición de
defensa, mirando a todos lados.
—Menos mal que al menos eres guapito —añadió Lamia, que
descendía con total parsimonia hasta llegar al sofá, sobrepasarlo y
tumbarse en él.
—¡Ha sonado el aviso de batalla! —chilló el ángel, alterado frente
a la parsimonia del resto.
—Me falta toto para lo harta que me tenéis los dos, en serio.
¿Qué batalla ni qué batalla, Sariel? ¡Es un reloj de arena y una
campana de las malditas Nornas para amargarme aún más la
existencia! ¿Quieres vestirte? ¡Qué obsesión con el nudismo! ¿En el
cielo cómo vais? No, no me lo digas, no quiero saberlo. Así James se
ha colgado de la tetona, seguro que va por ahí con todo al aire de
nube en nube comiendo uvas. Si es que sois unos depravados, en
serio. Luego rajan del infierno, pero vosotros no os quedáis atrás,
que lo sepas.
Sariel abrió mucho los ojos y se marchó para ponerse algo de
ropa antes de que a Sarah le siguiese saliendo más humo de la
nariz, en breve el salón parecería Los Grandes Bancos de
Terranova[20].
Escuchamos un leve sonido de arena y al fijarnos en el reloj vimos
los granos empezar a caer. Aquello era trampa, porque la parte
superior ya tenía más de la mitad vacía. Nos habían hecho tongo con
el tiempo, las cabronas de las Nornas.
—Segunda prueba a superar. Un acertijo tenemos preparado.
Cada uno debe responder su parte para que al unir los cinco trozos
sean revelados —recitaron como hacía un rato.
—¡Dijisteis, literalmente porque estaba en hiperfoco en ese
momento y os lo puedo asegurar: «Descansad y mañana volveremos
a contactaros»! —se quejó a gritos Sarah, mirando al ojo como si
estuviese a punto de devorarlo.
—Nos aburrimos mucho —confesó la que Sarah llamaba
Bernarda.
—Mentira, es para que no tengáis posibilidades de superar
ninguna más y podamos mataros —la corrigió la enana.
—Estar siempre con el telar es fatal para mi ciática —añadió la
vieja, y no pude más que echarme las manos a la cabeza. ¡Dios mío,
estábamos en manos de tres psicópatas tripolares!
Sariel regresó, con ropa que se asemejaba mucho a la que me
daban cada vez que yo perdía, manchaba o destruía la mía, pero sin
logos bochornosos, claro. Como siguiéramos así, Alice se quedaba
sin nada en el armario.
—El primer acertijo es para el ángel tramposo —dijo Calavera, y
Sariel amenazó con la daga al globo ocular—. Si os quedáis sin
comunicación se va todo el mundo a la mierda, tú sabrás —lo
amenazó, y este se sentó, resignado, al lado de la dragona.
—¿Qué tenemos que hacer con los resultados? ¿Y cuándo sonará
la dichosa campana? —Era de las pocas veces que había visto a
Sarah tan angustiada por algo, y lo peor era que no terminaba de
comprenderlo bien.
—El resultado os llevará a la continuación o a la salvación —
contestaron, esta vez sí, a la vez—. Sariel, escucha con atención, el
resto podéis ayudarlo, pero no contarlo o tendréis una penalización.
Empecemos: El abuelo tiene una cosa que cuelga, sin pelo y que
sale por delante.
¿Alguien más está pensando en una cochinada? No creo que sea
eso, ¿no? Aunque con las locas estas a ver quién se arriesga. El ojo
desapareció y nos dejó allí con cara de estúpidos, mirando al ángel,
que sudaba como nunca bajo tanta presión. En realidad, si no fuera
porque había liado la de Dios por querer hacerse el héroe delante de
la dragona, me daría hasta un poquito de lástima.
—Repítelo en voz alta muchas veces, es la única forma de que no
se nos olvide y poder descifrarlo —lo instó Sarah.
Esta prueba no la pasábamos, seguro. Me bajé de las piernas de
Sarah, gateé un poco hasta la mesa del salón, tiré del mantel y
mandé a tomar por culo todo lo que había encima, jarrón incluido.
Creo que ya era el segundo que me cargaba allí, menos mal que
ahora mismo no era yo…
—Bebé, ¿qué haces? ¡No es momento de jugar! —me regañó, y
me miró con más detenimiento. En mi mano tenía un lápiz y a mi
lado había una libreta abierta.
«¡Tachán! ¡¿Y si lo apuntáis, panda de tarados?!», quise gritarles,
pero solo salieron unos estúpidos gorgojeos con pompitas de babas
que me dejaron bastante mal, así no se podía, en serio. Estaba
hasta las pelotas.
—Eres un genio, Bebé —me alabó Sarah igual que si fuese
Edison.
Me cogió a mí y al resto de las cosas y corrió hasta la butaca de la
abuela para apoyarse en la mesa de centro y ponerse a escribir
como una loca.
Las siguientes horas creo que fueron las más aburridas de mi
vida, y lo peor de todo es que la arenita del reloj seguía bajando, lo
que significaba que nos estábamos quedando sin tiempo.
Yo hubiera dicho ya que era el miembro viril del abuelo de las
narices, pero se ve que era el único guarro, porque ni Pepe lo había
insinuado.
—A ver, se supone que podemos ayudarte a resolverlo sin decirte
lo que es, ¿no? —quiso aclarar Sarah, y todos asentimos. Hasta yo,
que estaba ya metidísimo en el papel y me iba a poner a pintar
penes en la página garabateada en cuestión de segundos como a
nadie más se le ocurriese nada.
Capítulo diecinueve
El que busca, al rato se pregunta: ¿Yo para qué
cojones vine aquí?
Sarah
No tenía claro si le estaba cogiendo más pelusilla a la Oráculo o a las
Nornas, estaban ahí jugando a nivelarse en mi balanza mental
invisible y unas se daban cachiporrazos a las otras desde sus dos
bandejitas doradas, os juro que despertaban en mí mis instintos más
homicidas. A ver, piensa, Sarah, por tu madre, nunca mejor dicho…
El abuelo tiene una cosa que cuelga, sin pelo y que sale por delante.
Los hombres cuando llegan a una edad van perdiendo el pelo de
todas partes. Sí, no podía evitar pensar que estaban hablando del
rabito o de la pasa de algún octogenario. Aunque no creía que
fuesen tan cerditas, ¿no?
—Ez la pisha, dejad de penzar que ze oz da como el culo a los
trez —dijo el sapo, poniendo en palabras lo que todos teníamos en
mente.
—Si nos equivocamos, ¿qué pasa? —preguntó Lamia.
—Pues esa pregunta se te podía haber ocurrido antes de que el
ojo se fuese —la amonesté. Estaba de mala leche, me dolía la
cabeza y mis ojos no dejaban de mirar los granos de arena que iban
cayendo uno detrás de otro, formando una montañita en medio del
reloj de cristal.
—Necesitas echar un polvo —me aconsejó, empeorando mi
estado anímico en cuestión de micras de segundo.
—O buscarme otra familia que no sea tan mentirosa, que
tampoco me iría mal —respondí atacándola.
—No vamos a solucionar nada peleándonos entre nosotros —
medió Sariel. Lo de que llevase las dagas hasta para defecar no
terminaba de hacerme gracia.
—Poneos en situación y pensad en algún viejo que conozcáis,
¿qué tienen colgando? —pregunté, y omití decir que el ángel
sabelotodo tenía razón.
—Laz pelotaz —se jactó Pepe, e incluso Lamia esbozó una leve
sonrisa.
—Además de los testículos y el péndulo, estúpido. —Así no lo
conseguíamos, nos faltaban aún cuatro más, iba a ser misión
imposible.
—El péndulo —repitió Sariel, hastiándome.
—Me tenéis un poquito hasta el toto con las obscenidades —
protesté.
—No, en serio. Al cielo han ido muchos hombres de avanzada
edad que en su juventud fueron malas personas, pero que cuando
llegaban a los sesenta habían recapacitado y después eran modelos
a seguir por la sociedad. Los que tienen ese comportamiento suelen
ser personas de clase social alta y adinerada que de jóvenes creen
ser intocables, no obstante, cuando ven cerca el fin, o
medianamente próximo, comienzan a temer las represalias de sus
actos —empezó a explicar el ángel, pero os juro que no tenía ni idea
de a dónde quería llegar.
—¿Todos tenían un péndulo colgante sin pelo? Al final tiene razón
el sapo… —continuó Lamia, y Pepe levantó la parte de la cara en
donde deberían estar sus cejas, eso y la cabra sonriendo eran las
cosas más raras que había visto jamás. Ah, no, cuando se encoge de
hombros también da muy mal rollito, se me olvidaba. Bebé me
tironeó de la camiseta justo antes de que mi mente se pusiera a
divagar sobre cosas extrañas que había presenciado y me centré
otra vez en Sariel. Le guiñé el ojo y le acaricié la barriguita como si
fuese Church, echaba de menos a ese bicho peludo.
—No, Lamia, amor mío.
—¿Puedo vomitá ya?
Mi prima se quitó el zapato y se lo arrojó al sapo, dándole de
lleno en la cabeza y arrojándolo al otro lado del sofá.
—¿Seguimos? —supliqué más que pregunté.
—Lo que tenían en común era una cosa que les colgaba del
bolsillo con una cadenita. No tenía pelos y le decían reloj de bolsillo.
El ojo apareció de nuevo y sobre nuestras cabezas cayó confeti de
colores y sonó una musiquita igual que si nos hubiésemos pasado
una fase de algún videojuego.
Cogí el papel y apunté: «Reloj de bolsillo», se supone que cuando
acabásemos teníamos que juntarlo todo para llegar al final y no
quería olvidarlo. El mayor inconveniente que veía era que no
sabíamos el tiempo del que disponíamos ni cuándo sonaría la
siguiente campanada.
—Lo habéis hecho bien, jugadores —nos felicitaron las tres voces
a la vez, aunque la de Calavera era prácticamente imperceptible—.
Continuamos con el gran enigma de las extraordinarias Nornas.
—¿No os estáis viniendo un poquito arriba con la presentación? —
les indicó Lamia, quien al parecer ya no era tan fan de las brujas
como al principio.
—Precisamente te toca a ti. Tú, que buscas la aprobación de
todos los que te rodean y que te sientes insignificante al lado de tus
hermanos, serás la siguiente en tenerla que superar.
—¡Yo no me creo menos que nadie! —les gritó, y pude ver en sus
reptilianos ojos una humedad que hasta entonces no estaba, y me
dio lástima por un momento. La verdad es que criarte en el averno
no tiene que ser sencillo. Después de enterarme de en lo que
consistía la prueba de iniciación no quería conocer las demás.
—Lamia, escucha con atención, podéis ayudarla pero no contarlo
o tendréis una penalización. Empecemos: Es duro, redondo y se
mete hasta el fondo.
¿¡De dónde cajones se habían sacado esos acertijos!? Por el amor
de Satán, o yo tenía la mente muy sucia o eran ellas las que estaban
jugando así… El ojo hizo amago de marcharse, aunque me dio
tiempo a detenerlo antes.
—¿Qué sucede si nos equivocamos?
—El tiempo perderéis y otra campana escucharéis, a la cuarta no
habrá salvación para los muertos —contestaron.
—Ezo no pega —puntualizó Pepe.
—Os dije que teníamos que preparar rimas para todas las posibles
preguntas —oímos que protestó la anciana.
—Eran muchas y no teníamos tiempo para tanto inventar —
respondió Bernarda.
—Apaga eso, tarada, nos están escuchando —protestó Calavera, y
la comunicación se cortó cuando el ojo se evaporó. Pues tampoco
era tan complicado hacer que rimase. Como fuesen igual de
espabiladas para todo estábamos todavía en más problemas de los
que pensé en un principio…
—Pues vaya mierda de acertijo, ya se lo podían haber currado un
poco más —se quejó mi prima, y la vi muy decidida para dar la
respuesta sin haberlo hablado ni puesto en común. Me lancé sobre
ella todo lo rápido que pude y le tapé la boca, alucinando aún con el
tamaño de mis garras. Gracias a Satán, no me devolvió el golpe, o
hubiese hecho la demonia voladora. Se limitó a mirarme con los ojos
muy abiertos y a fruncir el ceño, incluso podría asegurar que vi cómo
se le movían los cuernos. ¿Yo podría hacer lo mismo?
—Sarah, no te recomiendo que hagas eso, no le gusta que le
tapen según qué boquetes —me aconsejó Sariel, y preferí no
preguntar. Cuando empecé a sentir los afilados colmillos de la
dragona asomarse entre mis dedos, quité rápido las manos para no
quedarme sin ellas.
—¿Estás loca? ¡Podría haber reaccionado mal y comerte!
—Ibas a equivocarte y todos sufriríamos las consecuencias. Esto
no trata solo de ti, de que quieras que te tengan en cuenta ni de
ninguna otra estupidez que se te haya pasado por esa cabeza de
dragona demonio adolescente egoísta.
—¡No sabes una mierda sobre mí!
—Sé lo suficiente como para no entender cómo a nadie en sus
cabales se le puede llegar a ocurrir ocultar lo que iba a suceder y
poner la vida de toda esa gente en peligro. ¡Mi familia podría estar
muerta por vuestra culpa! —les chillé, y salí al porche dando un
portazo. Justo entonces una campanada sonó y yo me cagué en
toda su generación. Nos quedaban tres.

Me senté en mi hamaca favorita y al moverme golpeé algo de cristal


con el pie. Una botella de las de Tituba rodó hasta el borde y se
quedó pillada allí con la madera de la parte baja de la balaustrada.
La recogí, la abrí y le di un buche que logró calentarme la garganta,
cosa que teniendo en cuenta que era ignífuga era mucho decir. ¿Qué
le echaba el cura al vino, matarratas?
—Gracias, Tituba, pero esta te la requiso por todas las mierdas
que me has hecho durante toda mi vida. Me la debes.
Me acordé de la escena de Los Goonies[21] en la que Bocazas
entra en el pozo de los deseos y pilla las monedas que la gente tira:
Esta de aquí es mi moneda, este fue mi sueño, mi deseo, y no se
hizo realidad. Por eso me la llevo, me las llevo todas. Pues yo igual,
pero en plan alcohólica. En mi caso sería: Querida tita, te robo el
vino porque estoy hasta el higo de que nunca me salga nada a
derechas.
La puerta de la entrada se abrió y me preparé mentalmente para
una disculpa o para una bronca monumental, pero no estaba lista
para lo que iba a ver. Pepe estaba en su forma más física y llevaba a
caballito a Bebé, que mantenía el equilibrio de una manera bastante
lamentable. Sonreí y me bebí otros dos tragos más, a cuál más
horrible. ¿Cómo podía esa mujer tomar cantidades industriales de
eso sin morir en el intento?
—Zarah, coge a ezte, por Zatán, que peza un quintal —me pidió
el sapo cuando ya estuvieron debajo de la hamaca. Resoplé y
obedecí sin muchas ganas. Estaba cansada de que todo el mundo
me dijese lo que tenía que hacer.
Coloqué al enano a mi lado, subí una de las piernas y seguí con
mi tortura digestiva personal. Tan solo esperaba que en esta forma
mi estómago fuese un poco más fuerte que de la otra, o me iba a
pasar lo que quedaba de noche en el baño recordando viejos
tiempos…
—Zarah. Ezto, yo… —titubeó Pepe, dándome muy mala espina.
¿Por qué se diría esa expresión? Tenía que buscarlo en algún sitio,
ahora no podría dormirme sin saberlo, vaya frutada.
—Suéltalo, si a peor la cosa no puede ir. Tenemos un montón de
pruebas que superar, los acertijos los han sacado de la revista
Playboy, como poco, y nos quedan tres campanadas solo para que
se vaya el mundo a la mierda. Lo que tengas que decirme no será
tan malo. Escúpelo, pequeño baboso salido transparente y bizco.
—Te lo voy a perdoná porque zé que andaz jodida, pero córtate
un poquillo, ¿no?
—Paso —concluí y bebí más, total, de perdidos al río. Esa
tampoco me la sabía, ¿el que se perdía se tiraba al río? Pues de
lógica había que ir al lado contrario, ¿o era seguir el caudal? Me
cago en mi fruta vida, al final no dormía mirando estupideces, ya
veréis.
—Tengo que contarte una cozita que lo mizmo te alegra o no. Yo
zolo zoy un zimple menzajero, no ze te olvide. Zi tienez que cargarte
a alguien que zea a Jamez.
—No hables mal de él. ¡Ni se te ocurra! —le berreé—. James lo
único que ha hecho desde que nos conocemos es estar a mi lado y
cuidarme. Sí, con la madre de este metió la pata, pero tampoco es
que yo le haya dejado explicarse nunca. ¿Y si lo hizo para salvarnos
a todos de un destino fatal? A lo mejor lo obligaron a acostarse con
ella y tener a este enano. Lo siento, no tienes la culpa, pero es que
te pareces tanto a él que a veces siento que está aquí conmigo. Lo
necesito, no me veo capaz de lidiar con esos dos sola, Pepe. No voy
a poder superar todo esto sin él.
—Zobre ezo mizmo quería hablarte.
Capítulo veinte
La mejor forma de desinfectar el alma es
bebiéndote todo el alcohol que encuentres en
casa, porque matar sigue siendo ilegal…
James
Después de escuchar que Lamia dijese que la respuesta al acertijo
de las Nornas era el dedo gordo del pie tuve una mezcla entre
fatiguita, asombro y pocas ganas de imaginármelos a solas… La
dichosa campanada sonó, la cabeza estuvo a punto de explotarme y
teníamos el tiempo en el culo. Fue entonces cuando decidí que debía
decirle la verdad. Sarah ya tenía bastante y no quería seguir
ocultándole que estaba con ella, aunque fuese en miniatura y con
menos habilidades que un cactus en medio de una laguna.
Convencí a Pepe, bajo previa coacción y chantaje, para que me
llevase hasta ella como hacía él con la cabra al desplazarse de un
lado a otro, pero verla hincando el codo al más puro estilo Tituba me
dejó claro que estaba más hecha polvo de lo que imaginé. Ella era
fuerte, siempre lo había sido, no obstante, llevar de nuevo la carga
del mundo sobre sus hombros acababa con cualquiera, por muy de
hierro que fuese.
—Sarah —la llamó Lamia, que acababa de salir de la casa justo
cuando ya había conseguido llegar hasta la bruja y que me pusiera a
su lado.
Os juro que tenía preparado un discurso de disculpa que ni el rey
en Navidades. La dragona que me estaba empezando a caer como
tres patadas en el estómago me cogió en su regazo, quitándome el
sitio, el momento y la oportunidad, con toda su perra cara…
—No quiero hablar. ¿Ya estáis contentos? Dime la verdad, ¿lo
hacéis a propósito? ¿Vais con el bando contrario y por eso boicoteáis
la única oportunidad que nos queda para arreglar la que habéis
liado? No sé, es que lo mismo estoy más tonta de lo que pensaba en
un principio y me voy a tener que plantear seriamente lo de la
medicación.
—Tenías razón —comenzó a decir la dragona a la vez que jugaba
con mis dedos de las manos y me movía como Gepetto a Pinocho, al
de verdad, no seáis guarros—. Soy una egoísta y solo he mirado por
mí. Cuando conocí a Sariel creí que podría usarlo para… —se detuvo
unos segundos y suspiró—, en realidad, no sé ni para qué. Me he
equivocado de nuevo, no sé para qué me sirve ser lo que soy si no
me vale de nada. He contestado que la respuesta era el dedo gordo
del pie —se disculpó, y no entendí la referencia, vete tú a saber…
Sarah en ese momento estaba dando otra vez buena cuenta del
vino y escupió en la cara de Pepe todo lo que se había echado al
gaznate para, a continuación, darle un ataque medio de tos, medio
de risa, medio de llanto. Las mujeres tenían superpoderes, podían
hacer un montón de cosas a la vez. Además, debía ser contagioso,
porque Lamia empezó a hacer lo mismo y al final Sariel asomó la
cabeza por la puerta de entrada para ver si se estaba muriendo o
algo.
—Sí, todo bien. Vamos a cargarnos a esas frutas brujas de una
vez y a solucionarlo todo. No más mentiras y no más ir por libre, ¿de
acuerdo? —les concedió Sarah; amaba a esa bruja y el corazón tan
enorme que tenía.
—De acuerdo —respondió Lamia, le dio la mano y se levantó de
un brinco sin darse cuenta de que el menda lerenda, es decir, yo, la
seguía usando de asiento. ¿Dónde fui a parar? Al seto de enfrente,
perdiendo la poca dignidad que me quedaba. Lo peor de todo es que
había vuelto a desaprovechar la oportunidad de contarle la verdad. A
medida que las mentiras avanzan se convierten en un ovillo de lana,
la bola se hace más y más grande, y después es imposible
desenredarla. Me temía que al final me iba a salir caro no decir
quién era desde el principio, creo que en este caso la intención no es
lo que cuenta...
En cuanto Sarah comprobó horrorizada que no tenía nada roto y me
quitó algunas hojas del ridículo pijama, volvimos dentro y Sariel, que
no sabía que lo estaban utilizando a modo de chupachups
desechable, cogió el papel y se puso a anotar lo que se le ocurría
que podía significar el acertijo. Después lo hizo Sarah y luego Pepe,
sí, pasaron de mi culo porque se suponía que yo era imbécil. Lamia
no podía ver sus respuestas, pero sí cuadrar conjeturas con ellos.
Tras la cagada del dedo gordo solo nos quedaban tres oportunidades
para cinco pruebas más, si suponemos que esta la íbamos a superar
sin más incidentes…
—¿Cómo ze llama ezo que uzaba tu tía para ponérmelo en la
pisha? —preguntó Pepe de forma casual igual que el que está
queriendo conocer la meteorología del día, y todos nos quedamos
mirándolo con cara de asquito.
—Pepe, precisamente si hubiese usado eso que dices no estarían
mis primas en este mundo. No vayas por ahí, que voy a vomitar el
trozo de sándwich que me has dejado cenar.
—No, carajota. La coza que vibra y da gustirrinín —insistió, y
pude ver que la boca de la dragona se abría cada vez más hasta el
punto de enseñar sus afilados colmillos.
—Creo que voy a tener que familiarizarme más con las artes
amatorias de esta época —sacó en conclusión el ángel, que cada vez
me daba más pena la criatura y, por consiguiente, mi mosqueo con
él iba aminorando también, en el fondo podía llegar hasta a
entender que hubiese perdido el norte por Lamia. No obstante,
seguíamos teniendo una conversación pendiente.
—Pepe, eres un fruto cerdo, aunque también el sapo más
inteligente que conozco.
—Zarah, no conocez a máz zapoz que hablen…
—Bueno, es un cumplido, quédate con eso. Lamia, mira, vamos a
jugar a la mímica. Yo te hago gestos y tú tienes que adivinar lo que
significa, pero lo escribes antes, por tu madre —indicó Sarah, y me
dejó totalmente intrigado. No podía creer que el sapo hubiese dado
con la respuesta antes que nadie.
—No sé si sabré jugar a eso.
—Es fácil, presta atención —la animó.
Sarah sacó el dedo anular como el que está haciendo una peineta
y el ceño fruncido del resto no se hizo esperar, después hizo un
círculo con el pulgar y el índice de la otra mano y se lo introdujo al
anterior.
—¿Lo ves? —añadió sonriente, y no pude evitar reírme a
carcajadas por la cara de idiota ilusionada que se le había quedado
mientras seguía haciendo el mismo movimiento una y otra vez.
—No lo pillo, o creo que no es lo que estoy pensando —reconoció
la dragona, y Sarah me encaró como si yo tuviese la culpa de que
ella estuviese haciendo el capullo.
—¡Bebé, no ayudas! Tienes la mente igual de pervertida que tu
padre con lo pequeño que eres, te voy a lavar la cabeza con lejía, en
serio —me amenazó, y dejé de reír porque la veía muy capaz de
cumplir su amenaza—. Se usa cuando las personas se prometen y se
van a casar —siguió intentando explicarlo.
—¿Una cabeza de trol?
—¡Sí! No, ¿qué? Espera, ¿cómo son los matrimonios en el averno?
—preguntó, confundida.
—Pues como en todos lados. El que quiera pasar media eternidad
con otra persona, que ya hay que ser masoquista para eso, la
verdad, mata a un trol y le da la cabeza al otro en señal de respeto.
—¡Yo me cago en mi fruta vida!
Sarah salió corriendo escaleras arriba, se oyó el ruido de cosas
caer al suelo y después apareció con un joyerito de madera con
runas grabadas en él. Sacó un anillo y se lo acercó a Lamia a los
ojos.
—¿Un anillo? —preguntó, y la brujita asintió y suspiró a la vez—.
¡Un anillo! ¡Nornas de mierda, es un anillo! —le bramó a la nada, así
no nos lo iban a poner más fácil, pero la dragona se acababa de
quedar más a gusto que un arbusto, oye.
Una ridícula musiquita sonó y el ojo apareció, pero esta vez no
hubo confeti, se oyó un ruido y la mesa de al lado se llenó de
comida de pronto. Platos de carne cruda, dulces y todo tipo de
alimentos para los gustos de los presentes. A mí, como pitorreo
personal, me pusieron un biberón y me acordé de la familia de las
Nornas de los cojones.
—Lo habéis hecho de nuevo, felicidades. Es el turno de Perico
Peralda, escucha con atención: Entra duro y seco y sale blando y
mojado. ¿Qué es? —Definitivamente, si me preguntáis a mí, estas
necesitaban un polvo o unos cuantos, porque no se podía ser tan
retorcida y puerca. ¿A quién se le ocurre decirle eso a Pepe?—.
Comed, porque no sabéis si será la última vez.
Desapareció el ojo y Lamia corrió hasta la mesa a devorar la pata
de algo que no quería saber a qué o a quién perteneció. Sariel la
acompañó y lo seguimos el resto. Me tocó tomarme la leche
mientras los demás se atiborraban, esto no estaba pagado, en serio.
—Sarah, eres la que está más familiarizada con los humanos.
¿Alguna idea? —le preguntó Sariel con la boca llena de nata. Qué
pelusilla le tenía en estos momentos.
—Este es fácil, mi tía Alice jugaba a las adivinanzas con nosotras
cuando éramos pequeñas y esta, en particular, se la decía siempre a
Tituba cuando quería enfadarla. Pepe también la sabe. Cenamos y lo
resolvemos, las Nornas tienen razón, no sabemos si será la última
vez que podamos hacerlo —explicó, y el gesto feliz de hacía unos
momentos de su cara fue sustituido por otro bastante más triste.
»Pepe, dame pistas sobre lo que vas a decir, no vayamos a liarla
—le pidió Sarah, y el sapo hizo como el que masticaba e hizo una
pompa con algo verdoso, era lo más asqueroso que había visto en
mi vida—. No era necesario ser tan explícito, pero sí. Puedes
contestar.
—Nornaz, un chicle, ez un jodido chicle. Chupaoz eza. ¡No podéiz
contra mi monumental intelezto, chavalaz!
—No te lo creas tanto… lo sabes solo porque Alice lleva años
picando a Tituba con eso y tú te enteraste para poder chantajearla
—le recordó Sarah, y el sapo sonrió de forma sinvergüenza, sí, él
podía hacer gestos que el resto de los anfibios no eran capaces.
El ojo apareció, seguido de un chirrido como cuando pones los
altavoces demasiado cerca y hacen interferencia y, a continuación,
las tres Nornas peleándose.
—¡Te dije que ese era una mierda! —protestaba Calavera.
—Era el que nos sabíamos para el chicle —se defendió Bernarda.
—La idea es que los acierten, ¿no? ¿O queréis estar cosiendo
telares triples hasta el día del juicio final?
—Señoras Nornas, no es por interrumpirlas, pero estamos
escuchándolas —les advirtió Sarah, y después de otro pitido y de
que el ojo se menease de arriba abajo como si se estuvieran
peleando por el control remoto del bicho volvieron a hablar a la vez.
—A ver, vais muy lentos, así no acabáis en la vida. Yo que
vosotros me daba vidilla —nos aconsejaron las muy desgraciadas,
era imposible hacerlo en menos tiempo con las burradas que
estaban metiendo en los acertijos—. La próxima es la bruja
demoníaca, Sarah, escucha con atención: Se apunta con la punta, se
aprieta con el culo y tapa la grieta con lo que cuelga. Tenéis media
hora, porque como sigamos así nos dan las uvas, y debemos ir a
regar el árbol —concluyeron de esa manera tan abrupta, los restos
de comida desaparecieron y nos dejaron allí con tres palmos de
narices, mirándonos los unos a los otros sin saber si reírnos, llorar o
si ir a tirarnos por el primer barranco que encontrásemos.
—Puéh ze ha quedao una noche bonita.
—Esas mujeres tienen que ir a un especialista a que les eche un
vistazo o abrirse un perfil en una página de contactos —indicó
Sarah, ignorando al pobre Pepe.
—Venga, nosotros podemos, media hora. ¿Los granos van cada
vez más rápido o son cosas mías? —preguntó Sariel señalando el
reloj de arena que, en efecto, había cogido velocidad de pronto.
—¡Eso es trampa! —las amonestó Sarah.
—Y tanto que lo es, ¡me faltaban algunos dedos que comerme y
se lo han llevado todo, mancha de arpías de Belcebú!
—Lamia, ¿por qué parte de la rama paterna somos familia,
bonita?
—No lo tengo muy claro, son cosas de nuestros padres, es que
somos un montón, creo que por la de los demonios rojos, pero no
me hagas mucho caso. Si quieres, cuando regresemos al infierno te
paso el libro de familia, que allí salimos todos, bueno, menos tú, que
todavía no estás censada en el averno.
—¿Me tengo que censar?
—Claro, a ver cómo crees que votamos. No somos unos
trogloditas, ¿sabes?
—No, nada más lejos de mi imaginación, dónde va a parar. ¿Te
has comido también las uñas de esa cosa?
—Claro, tienen calcio. Son buenas para los huesos. —Creo que
nos sobrevino la misma arcada a todos los presentes menos a ella.
—Al lío, ¿qué ez ezo que ze apunta con la punta, ze aprieta con el
culo y tapa la grieta con lo que cuelga? Porque no me vayái a decí
que no eztai penzando una guarrería…
—Quiero el comodín de la llamada o el del público —protestó
Sarah, y se sentó en la butaca de la abuela, abatida y con unas feas
ojeras.
—¿Alguien me ha llamado?
La voz inesperada de la cabra nos hizo dar un respingo a todos.
La Oráculo estaba sentada encima de la mesa con una copa de vino
en la mano y las uñas pintadas de rosa. Madre, esto no puede ser
verdad, como esta fuese la ayuda que estábamos esperando íbamos
apañados…
Capítulo veintiuno
Dos no discuten si uno respira helio
Sarah
La alegría que me dio ver a la Oráculo vivita y coleando no se puede
describir con palabras. Bueno, más coleando que vivita, pero ya me
entendéis. El gran y único problema que le veía a su aparición, al
más puro estilo Houdini, era que no llevaba la soga en la cintura, y
eso podía complicarme la vida un poco más de lo que ya la tenía.
—¡Madame Blavatsky, gracias al averno que está bien! —Vale, a lo
mejor había sonado un poquito sobreactuado, pero es que esta con
la cuerda suelta era imprevisible y lo mismo nos ayudaba que nos
echaba a los leones, creedme.
—Esos inútiles no iban a poder conmigo, parece mentira que no lo
supieses —respondió, y al final de la frase se le escapó un hipido
nada prometedor.
—¿Y mi familia? ¡Dígame que están bien!
—¿Las Soliña?
—Sí, ¿están a salvo? ¿Ha podido ayudarlas? —Por favor, que diga
que sí, que diga que sí…
—No, lo último que sé es que tu madre se estaba comiendo un
cerdo con flequillo azul.
—¡¿Cómo?! —El corazón dejó de latirme de pronto.
—Pues a mordiscos, niña. A ver cómo lo va a hacer, los zombis no
usan cubiertos.
Me eché las manos a la cabeza, horrorizada, y las lágrimas negras
empezaron a correr por mis mejillas. Se sentían igual que si fuese la
lava cayendo por la falda de una montaña para terminar muriendo
en su pie. Aquello no podía ser verdad, Margaret jamás haría algo
así.
—Tienez la zenzibilidad de un pomelo, toto —la regañó Pepe, y la
cabra se encogió de hombros.
—Es la verdad, y por eso estáis aquí, ¿no? Para cambiar las cosas,
ya le dije que era la única que quedaría, no sé qué parte de esa
frase no terminó de pillar… Además, sé que me estaba escuchando,
ahora que no se haga la tonta —se defendió.
—¿Has podido descubrir quiénes estaban involucrados? —la
interrogó Sariel. Aquella era una buenísima pregunta que yo hubiera
hecho de no haber estado en shock.
—Sí, Shax y algunos sobrenaturales desertores. Los prisioneros
escaparon, ha sido un golpe desde dentro, no tuvimos ninguna
oportunidad.
—¡¿Y para qué mierda queremos tener a una Oráculo?! Se supone
que es tu misión encargarte de que estemos a salvo y prevenirnos
de estas cosas. ¡Joder, coño, cojones, yo me cago en mi puta vida,
Oráculo de mierda! —le chillé, soltando todas las palabrotas que se
me fueron ocurriendo sobre la marcha.
La verdad es que me quedé un poco más tranquila de lo que
estaba. El resto de los presentes en la habitación se giraron a
mirarme, bastante sorprendidos. Aunque la expresión de terror de
Bebé fue lo único que logró que me centrase y no matase a la cabra
alcohólica de las narices. Sí, podía haber dicho «cojones», pero
tampoco es cuestión de abusar. Cogí al pequeño en brazos e intenté
tranquilizarme, sentía que la sangre estaba a punto de hervirme,
tenía la visión un poco nublada y podía percibir que algo se quería
despertar en mi interior. Había logrado mantener aletargada a la
chunga todo este tiempo y así seguiría mientras pudiese evitarlo, la
inútil de la cabra no conseguiría que dejase de ser yo por mucho que
se lo estuviese trabajando…
—Aún están intentando coser el velo que te has cargado ya dos
veces, bonita, hasta con el hilo rojo —añadió, e hizo algo parecido a
las comillas con las dos pezuñas delanteras—. No una vez sino dos,
que la primera ni siquiera te lo dijeron para que tu endeble estado
emocional no se quebrase. Además, si no te hubiera dicho dónde ir
ahora estarías muerta o transformada. Niña del demonio, eres más
difícil de encontrar que una aguja en un pajar —me reprochó
haciendo la peor comparación de la historia.
—Y a mucha honra, señora buena para nada. Bisqui i mis hirminis
y illis ti iyidirín. Mimimimimimi. ¡Y una caca que te comas! ¿Sabes
que las tres psicópatas lo que están haciendo es ponernos a prueba
y soltarnos un montón de acertijos pornográficos? —La cabra no se
vio venir eso y soltó el agarre de su copa, que terminó cayendo al
suelo, haciéndose añicos.
»¡La aguja y el hilo! —grité, cayendo en la cuenta de la solución y
pasándome mi propia norma de ponerlo todo en común con los
demás por el forro del potorro.
La Oráculo sonrió y se esfumó tal y como llegó. Justo a tiempo de
que el ojo no la pillase infraganti. Sin la extraña pista, dudo bastante
que hubiese sido capaz de descifrar mi acertijo, no os voy a mentir.
Aunque pensaba que podía haber sido un poquito menos cruel, le
tenía que agradecer haberme insuflado el enfado que me faltaba
para seguir luchando por todos los que amaba y estaban sufriendo
las consecuencias de una panda de tarados ególatras con aires de
grandeza. Ahora era consciente de que la chunga continuaba ahí, a
la espera de ser llamada, y no dudaría en recurrir a ella cuando
fuese necesario.
—¡¿Dónde está?! —la voz chillona de Calavera sonó en toda la
estancia.
—Relájate, no tienes la tensión para estos sobresaltos —le
advirtió Bernarda.
—Se ha ido, ¿o no lo ves? —medió la anciana de nombre
irrecordable.
—¡Es trampa, es una tramposa celestial!
—Skul, ya. No ha roto ninguna de las reglas del juego. Hay que
seguir, el tiempo se acaba. Bien hecho, Sarah, solo os queda un
acertijo y pasaremos a la siguiente prueba —nos informó Bernarda,
siendo esta la primera vez que aquello no nos lo comunicaban al
unísono. Me tenía que enterar del cotilleo. A saber qué les había
hecho Blavatsky para que la enana estuviese tan enfadada con ella.
—No puede haber más, os habéis equivocado. El que queda es
Bebé y él no sabe hablar —les recordé, deseando que esta locura
terminase y pasásemos a la siguiente.
—Nefilim, escucha con atención —comenzaron a decir las tres,
haciendo caso omiso de mi protesta—, podéis ayudarlo, pero no
contarlo o tendréis una penalización. Empecemos.
—¡Que no habla! —insistí, y Pepe colocó sus dos iris apuntando al
mismo punto en el techo de forma sospechosa. ¡Vamos, no me jodas
que sí que hablaba!
—Entra parado y sale mojado, oliendo a pescado. Mucha suerte
en resolverlo, el tiempo se agota.
Y fin, esta vez ni comida, ni confeti, ni nada de nada. Soltaron el
acertijo y el ojo desapareció en un abrir y cerrar de párpados.
Estamos mal no, lo siguiente.
Por mucho que intenté llamar a la Oráculo esta no regresó, creo
que la primera vez sabía que no lo conseguiríamos y que, en esta,
por alguna extraña razón pensaba que sí. ¡Por Satán, que me iba a
explotar la neurona de un momento a otro como siguiese pensando!
Cogí a Bebé y me tumbé de lado en la butaca, con las piernas
colgando por un lado y la cabeza por el otro. La abuela me reñía
cada vez que lo hacía porque decía que se la iba a descuajaringar, yo
solo me ponía en esa postura cuando tenía ganas de escucharla un
rato. No obstante, necesitaba sentir que algo era normal y no se me
ocurría ninguna otra cosa.
—Vamos a ver, señorito alado, ¿se puede saber por qué la cabra y
las tres locas están tan convencidas de que alguien sin dientes podrá
decir la respuesta a la caca esa de adivinanza? —le pregunté, y él se
puso a contemplar el mismo punto del techo que tan interesantísimo
le resultaba a Pepe—. Sariel, empieza a soltar datos por esa boca.
—Tengo muchos, pero necesito que resumas un poco. ¿Datos de
qué?
—Sobre este. ¿De dónde ha salido? Es el hijo de James y la
tetona, ¿verdad?
—No tengo constancia de que eso haya sucedido aún —
respondió, y ese adverbio me rompió un poquito más el corazón—.
Lo encontré justo cuando James desapareció, estaba en el suelo
contigo. ¿No lo recuerdas?
—Sí, tolai. Hasta ahí llega mi neurona. ¿No sabes nada más de él?
—El ángel hizo un movimiento de negación con la cabeza—. Lamia,
¿y tú?
—Yo me lo habría comido si lo llego a ver antes, la verdad.
El pequeño se agarró más a mis manos y se pegó todo lo que
pudo al respaldo de la butaca.
—¿Sabes la respuesta? —le pregunté, sintiéndome una completa
estúpida por estar manteniendo esa conversación.
El problema es que él asintió y frunció los labios hasta dejarlos en
una delgada línea casi invisible, al igual que hacía a veces el
hechicero metomentodo que me traía por la calle de la amargura.
Señaló la mesa en donde estaba el papel y el boli e intentó bajarse
solito. Lo agarré y lo coloqué encima del tablero de madera a la
espera de ver qué nueva proeza llevaba a cabo ahora el mini alado.
Cogió el lápiz y apoyó la cabeza en su manita para tapar lo que
estaba dibujando, como si estuviésemos en un examen y no quisiera
que le copiasen las respuestas. Al cabo de un rato, le dio la vuelta al
folio, se bajó de un salto y gateó al lado contrario de la sala,
dejándonos a todos a cuadros.
Levanté el papel y leí en voz alta lo que había escrito con una
letra temblorosa y de distinto tamaño las unas de las otras.
—Un buzo. Soy James. Pepe lo sabía, no me mates, soy pequeño
y te quiero.
A medida que iba leyendo, mi boca se abría más, se había
permitido el lujo de hacer un intento de dibujo de un corazón roto
para darme más coba aún. No sabía si matarlo, alegrarme, matarlos
a los dos, enfadarme, reírme o si cagarme en todo lo cagable o
volver a matarlos. ¿He dicho matarlos? Aunque tampoco es que me
diese tiempo de hacer nada, porque, en el instante en el que
terminé de pronunciar la última sílaba, el ojo apareció y la habitación
comenzó a dar vueltas como si estuviésemos en el epicentro de un
tornado.

Grité hasta que me dolió la garganta, chillé hasta el punto de


molestarme a mí misma. No veía a los otros por ningún lado. Solo
vislumbraba mi pelo dando vueltas de un lado a otro frente a mis
ojos. Tampoco puedo concretar el tiempo que estuve girando, pero
sería algo entre un minuto y un año. Cuando por fin volví a sentir
algo duro y estable debajo del trasero, aún tuve que permanecer un
rato con los ojos cerrados, esperando que mi cabeza también se
detuviese.
Estaba oscuro cuando logré despegar los párpados y respirar con
más calma. Hiperventilaba y el pulso me iba demasiado acelerado.
Pese a todo, el primer pensamiento que tuvo mi cerebro fue para
James, ese sinvergüenza pervertido que había dejado que lo
desnudase y lo tuviese todo el día en brazos como si fuese un mono.
¿Cuántas veces se había agarrado a mi teta? ¡Oh, iba a matarlo! Ya
podía correr, gatear, dar saltitos o volar, pero como lo encontrase le
iban a faltar nubes para esconderse.
En cuanto mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, me encontré
con una persona frente a mí y casi me dio un soponcio del susto. Por
suerte, aún estaba sentada, o me habría vuelto a caer.
—¿Hay alguien ahí? —Bien, Sarah, eso era de primero de manual
en estas situaciones.
Tú hablas en voz alta y así le dices al asesino dónde te
encuentras exactamente para que lo tenga más fácil a la hora de
asesinarte. Puedes decirle también: «Señor desconocido, tengo el
cuello aquí y el corazón un poquito más abajo. ¿Le sostengo el
cuchillo o me lo clavo yo misma?», si es que más torpe y no naces.
Pero es que no sabéis lo peor, llevaba toda la vida sintiéndome
orgullosa conmigo misma porque al menos fui el espermatozoide
más rápido, y ahora resultaba que no. Vi en un documental, de los
de mis noches insomnes pensando en el enano con alas al que iba a
descuartizar, que era de los más lentos y flojos. ¡Flipa! O sea, que
los más rápidos se daban cabezazos contra el óvulo hasta que
morían en combate, ahí, luchando por la supervivencia del más
fuerte. Total, que me despisto y acabo de imaginarme a las naves
blancas disparando contra la Estrella de la Muerte y Darth Vader
dentro cagándose en su hermana.
—¿Hola, sigue ahí, persona desconocida que no quiere hacerme
daño?
Nada, o era mudo o estaba alucinando por mi torpeza. Bueno, me
da tiempo a seguir antes de que me mate. Pues resulta que después
de que esos soldados de primera hayan roto la barrera y muerto en
el proceso, llega el lento y se cuela por una rendija sin haber hecho
el mínimo esfuerzo. Aunque, por otro lado, es el más listo, no me
fastidies. Yo voy con mi colita meneándola de forma disimulada, así
como el que no quiere la cosa, hasta que los veo a todos heridos,
tirados por el conducto ese, les hago una peineta, me cuelo y gano.
Pues soy la más inteligente, la más vaga también, aunque seguro
que estaba en modo ahorro de batería.
Oye, ese seguía allí a lo lejos, de pie, mirándome, que no lo veía
bien, pero a ver qué otra cosa iba a estar haciendo. ¿Me acerco o
corro para el lado contrario? Venga, voy, soy el espermatozoide
Einstein chungo, puedo con lo que sea que me esté esperando.
«¡Sarah, tú puedes!».
Anduve con paso decidido hasta donde se encontraba la silueta y
de pronto las paredes se movieron para dejarme encerrada entre
cuatro muros reflectantes. En cada una de ellas había una figura que
me resultaba muy familiar.
Capítulo veintidós
Todas las cosas pasan por algo, por imbécil es la
principal
Sarah
El tema de estar encerrada y que las paredes pareciesen ser infinitas
hacia arriba me estaba empezando a dar un poco de claustrofobia,
pero eso no era lo peor de todo. Cuando posé mis ojos en la
persona que tenía delante vi a una doble de mí, o de cómo debería
ser yo en ese momento, no es que hubiese tenido mucho tiempo
para mirarme en el espejo después de mi transformación. Ojos
morados relucientes, cuernos, alas el doble de tamaño de las que
había visto con anterioridad, terminadas en dos picos puntiagudos
que juraría que eran huesos. Además, me veía más alta, y el rabo
terminado en flecha como las cabezas de las serpientes venenosas
ondeaba a su espalda, o a la mía. Me estaba volviendo loca, os lo
juro.
Reculé unos cuantos pasos hasta que me quedé pegada al lado
contrario y una voz un poco chillona me sobresaltó, haciendo que
también me retirase de ahí y terminase en el centro de nuevo. Al
girar me encontré a dos niñas pequeñas, sentadas en el suelo, a una
la reconocía a la perfección y la otra me sonaba de algo. Se estaban
peleando por un conejo muerto, como siguiesen tirando cada una de
un lado lo decapitaban en breve y yo vomitaría, seguro…
Al lado de estas, una anciana con el pelo rojo y un bastón
retorcido como el que usaba la Norna que aparentaba más edad me
contemplaba, llevaba el medallón colgado del cuello y sonreía, al
menos esa no parecía querer comerme como la de los cuernos. Me
volví rápido a ver el lado que me faltaba y me encontré a mí misma,
no a la yo habitual, sino a una joven pelirroja de ojos tristes, piel
pálida y hombros caídos. Esa que era antes del primer intento de
evaluación de aquelarres de Cernégula. No entendía nada, ni sabía
qué tenía que hacer, me llevé la mano al bolsillo para sacar mi
propio colgante y que este me infundiera un poco del valor que me
estaba faltando en esos momentos. Cuando, en lugar de tocar la
familiar piedra, me pinché en el dedo con algo. Al sacar el objeto vi
que era una canilla de hilo rojo con una aguja negra clavada en él.
¿De dónde diantres había salido eso y dónde estaba la piedra? Que,
dicho sea de paso, se movía más que el ojo de las Nornas…
—Tienes que decidir —me dijo la voz quebrada de la anciana,
pillándome por sorpresa.
—¿Qué tengo que decidir? Mira que yo me pongo los calcetines
deshermanados porque nunca me decanto por qué muñequito me
pega más.
—Si fueras yo no tendrías ese problema —añadió la demoníaca.
Debía reconocer que su voz sonaba parecida a la mía, pero
diferente. Era como si me hubiera hartado de puros toda la noche y
ahora estuviese poseída por el espíritu de Xena[22].
—Es mejor seguir con nuestra vida. Márchate con Margaret a esa
casita que te prometió. Sé que la tiene oculta de los aquelarres por
si alguna vez tenéis que escapar de esta locura. Sálvala, Sarah —me
aconsejó la chica con pinta de querer tirarse por una ventana en
cuanto encontrase una.
Me di la vuelta y me agaché al lado de las dos renacuajas que
querían ser carniceras de adultas, porque no os imagináis la masacre
que estaban haciendo con el cadáver del conejo. Al estar más cerca
me di cuenta de una manchita que tenía el animal en la oreja y lo
reconocí. Era el que voló por la ventana gracias a Tituba. Una de las
pequeñas era igual que yo cuando tenía su edad, y la otra era la
versión miniatura de la demonia que tenía ahora mismo a mi
espalda, la que me daba bastante mala espina no tener controlada a
cada momento.
—¿Qué os pasa? —les pregunté para ver si no le sacaban los ojos
y podía centrarme.
—No me lo quiere dar —lloriqueó la lila. Vamos a llamarlas
Blanquita y Lila, porque si no me voy a terminar haciendo el toto un
lío de los gordos.
—¡Está muerto, hay que enterrarlo! —protestó Blanquita.
—¡Tengo que llevárselo a mi papá, él lo meterá en el fuego! —
Como diga ahora que se lo quiere comer, dimito como futura madre
antes de empezar, ya con lo del bebé falso había tenido más que
suficiente—. Él lo revivirá allí, es lo que hace con los gremlins, pero
no me cree y no me lo quiere dar.
—A ver, Blanquita. Si pudieras hacer que el conejo no hubiese
saltado por la ventana y que en su lugar se hubiera caído tu tía,
¿qué harías? —le solté de pronto, el subconsciente me acababa de
traicionar y las dos niñas me miraron con los ojos muy abiertos—.
No, espera, que repito la pregunta, perdón. ¿Quieres que esté
muerto o que viva?
—Mamá dice que tenemos que ser responsables de nuestros
propios actos, yo dejé la puerta abierta de la jaula y ha fallecido por
mi culpa. Tengo que enterrarlo y no volver a intentar cuidar de nadie
más, todo el que se me acerca termina sufriendo las consecuencias.
—¡Pero yo sí puedo ayudarlo! Eres una egoísta —concluyó Lila, y
las dos siguieron tirando de cada lado del bicho. El problema era que
lo único que se me ocurría era marcarme un Salomón, aunque eso lo
mismo no le hacía mucha gracia a ninguna.
—¡Decide! —me instigó la demonia. Ahora llevaba una lanza en la
mano y tenía unas marcas negras pintadas en la cara. Pues como
quisiera pelearse conmigo le iba a durar menos que un caramelo en
la puerta de un colegio.
—Sarah, es una prueba, te quedan tres campanadas, pero aquí
no hay una solución buena o mala. Tan solo hay la tuya, la que
decidas. No puedes equivocarte o elegir bien, solo tienes que elegir
—añadió la anciana, parecía que de todas era la más normal.
—Veo perfecto lo que me está diciendo, señora. Además, necesito
ir al baño con urgencia y quiero salir de aquí lo antes posible,
créame. El problema es que el ojo se habrá tomado la prueba libre y
no me ha explicado qué tengo que hacer o decidir. Una ayudita me
vendría de perlas, la verdad.
—No vayas, Sarah. Imagina la playa, la hamaca que siempre has
deseado, un terreno lleno de vacas que no sean psicópatas.
Tranquilidad para hacer lo que te venga en gana sin tener que seguir
luchando contra el mundo. Te lo mereces, y ella también. Margaret
ya ha pasado por suficiente —la triste me estaba dando coba hasta
que llegó al temita de las vacas y eso ya me echó un poquillo para
atrás. ¿No podían ser gatos? Preferiría gatos, o gallinas. Bueno, no,
gallinas no, que apestan a perros muertos.
—Lo que les debes es tener los ovarios de luchar. Todo el mundo
te ha protegido, tu padre ha perdido veintiún años de su vida y
malgastado su poder y su eternidad por mantenerte a salvo. Tu
madre ha sido una desgraciada desde que naciste, temía en lo que
te fueras a convertir. Tu abuela se ha sentido defraudada por su hija
favorita desde que supo que venías al mundo, y el resto de tu familia
y amigos sufren las consecuencias de tus actos sin que a ti te
importe una mierda. Por primera vez en tu vida, deja de mirarte el
culo y haz algo por los demás —me chilló casi sin respirar la
demonia.
Le acababa de coger una pelusilla que lo flipas a la cornuda de
caca. No podía creer todo lo que había soltado por la boca y mi
mente casi no pudo analizarlo, cuando escuché unos gritos a mi
espalda. Las dos niñas estaban cubiertas de sangre negra y, como
era de esperar, la cabeza del conejo se hallaba en las manos de una
y el resto del cuerpo en los de la otra. ¡Qué fatiga, por Satán!
Suspiré para tragarme la arcada que me estaba comenzando a subir
por la garganta y encaré a la del bastón antes de que las demás me
volviesen más loca de lo que ya estaba.
—Señora, ¿me podría decir con exactitud y de forma concisa qué
tengo que elegir, por favor? —le rogué, y me senté en el suelo.
Primero, me estaba meando y segundo, no podía más con mi vida.
Quería bajarme del tren y subirme en uno donde tuviese las
respuestas escritas en el asiento delantero para copiarlas. Sí, era el
camino fácil, pero es que ya no podía más, en serio.
—Recuerda, niña, la tercera prueba es el reto del reflejo. Te lo
dijeron las Nornas antes de empezar —me explicó, y noté un cierto
reproche en su tono. Después de todo lo que ya había pasado
parecía que ese momento del que hablaba quedaba muy lejos, y
tampoco es que hubiese prestado demasiada atención a todo, no os
voy a mentir. Estaba más pendiente del ojo moviéndose de un lado a
otro. Seguro que lo habían hecho para despistarme—. ¿Ves a esas
dos niñas? —Señaló a mi espalda, pero ya sabía lo que iba a ver y
preferí no moverme, solo asentí con la cabeza—. Son tus posibles
pasados: una eres tú tal y como fuiste, con tu vida de siempre, la
otra es lo que pudiste ser si tus padres hubieran seguido juntos
después de tu nacimiento. La influencia de Mammón te habría
convertido en la pequeña que quiere revivir a su conejo, y la otra es
la que se rindió y necesita enterrarlo para pasar página.
—No veo nada malo en querer sepultar al animal. Es lo normal en
esos casos —protesté.
—Como siempre, te rindes antes de pelear —se mofó la demonia
tocaovarios.
—Es lícito, no tiene por qué salvarlos a todos. Primero necesita
protegerse a ella misma —me apoyó la lacia, y estar de acuerdo con
ella no me gustó demasiado.
—La que te acaba de hablar eres tú sin magia.
—¿Nada de magia? —pregunté.
A ver, no quería tener estas pintas que llevaba ahora, pero
tampoco perder todos mis dones... Aunque estos se limitasen a
hablar con animales muertos y teletransportarme estornudando, no
los veía tan mal, después de todo.
—Sin nada de magia —me confirmó la anciana—. En esa realidad,
tu madre se escapa de su casa, reniega de su legado y vivís como
mortales una vida plena y tranquila.
—¿Sin mi abuela? —le pregunté, horrorizada ante la idea.
—Tendrás a Margaret para ti sola —respondió la triste por la
anciana y me sonrió, aunque la luz de esa alegría no llegó nunca a
sus ojos. Era como si estuviese incompleta, le faltaba la chispa que
yo veía cada vez que me miraba al espejo.
—La guerrera es tu realidad más cruda. Luchas del lado del
inframundo y eres la princesa del averno junto a tu padre. Decidiste
abandonar el aquelarre que no te aceptó para ser quien de verdad
querías —indicó la anciana, y movió el bastón en dirección a la
demonia, quien se irguió, orgullosa y con la frente alta con los
cuernos apuntando al cielo.
—¿Y usted? ¿Quién de todas mis yos es usted? —quise saber,
teniendo miedo de escuchar la respuesta.
—Soy la gran Soliña, jefa de todos los aquelarres de este país.
Tengo más siglos de los que te puedas imaginar y más batallas de
las que podrás contar.
—¿Y qué elegí para ser usted?
—Eso no te lo puedo contestar. Tan solo te diré que mi camino
está lleno de pérdidas y que lloro cada día por todas ellas. No
obstante, nunca cambiaría el bien común por el individual. Tienes
que decidir, Sarah, el tiempo se acaba.
—¡Joder, joder, joder! Que esto no es como si te preguntan si
quieres postre. Si escojo a la lerda, perdón, no es mi intención
ofenderte —me disculpé ante mi yo de pecas, y esta se encogió de
hombros—, mi vida sería normal, y necesito eso, normalidad, pero
dejaría al resto de mi familia a su suerte. Aunque de seguro les va
mejor sin mí.
—Piensa rápido, Sarah —me apresuró de nuevo la anciana, y
escuché los granos de arena del reloj cayendo desde algún sitio que
no podía ver. Me cago en todo lo que se menea, me estaba
poniendo nerviosa.
—Si escojo a la demonia también perderé a mi familia.
—Solo a unas cuantas personas, tienes más familiares. Están
Lamia, Church, Pepe y tu padre —me recordó la borde morada.
—¡No puedo, no puedo hacerlo! ¡Nornas, no voy a hacerlo! —
chillé y lloré con la cabeza escondida entre las rodillas. Ninguna de
las alternativas que me presentaban estaba exenta de daños
colaterales.
—¡Puedes, por el amor de Satán! ¡Eres la única bruja demoníaca
de la historia! ¡Lucha, niñata, lucha! —me gritó la demonia, y sentí
que la sangre me hervía.
Me levanté y la encaré de cerca, tanto que pude tragarme su
aliento y descubrir que el cristal que nos separaba ya no existía.
Estaba a merced de todas y cada una de ellas. Indefensa frente a
mí, frente a la decisión de parar o seguir.
—¿Sabes lo que vas a elegir? —Noté que las manitas de las
pequeñas se agarraban a las mías y las dos me miraban,
expectantes por mi respuesta.
Asentí y les di un beso en la cabeza a cada una.
—El conejo no está vivo y sí, puede ser por tu culpa, pero ¿sabes
un secreto? —le dije a Blanquita, a la vez que le levantaba el mentón
para que me mirase—. Eres especial, puedes seguir hablando con él,
no le rehúyas cuando te busque, solo quiere saber que no está solo
—. La niña sonrió y desapareció—. Y tú, ¿a cuántos gremlins has
resucitado con tu padre?
—A un montón, no dejan de meterse en líos.
—¿Y vuelven a ti?
—Claro, soy la que los cuida, el conejo a lo mejor podría revivir.
—El conejo estará vivo siempre aquí —le dije, y le puse un dedo
en el pecho—. Por y para siempre. No podrás salvarlos a todos, pero
intentarlo te hace ser la mejor persona del mundo.
—¿Aunque no lo consiga?
—Aunque no lo consigas —le confirmé, y se esfumó con una gran
sonrisa mientras abrazaba el cuerpo decapitado del conejo. Eso daba
un poco de mal rollo, la verdad.
—Tú —le dije a mi yo débil, y esta dio un paso atrás—, puedes
llamar a la abuela cuando tu intuición te lo diga. Ella os ama y
siempre os amará. Estoy convencida de que espera con ansia esa
llamada. ¿Lo harás?
—Lo prometo, pero mamá…
—Mamá será la mujer más feliz del mundo cuando vuelva a
pelearse con las locas de las Soliña —le aseguré. Justo antes de que
empezase a desvanecerse la atrapé de la mano y la detuve—. Otra
cosa: no te fíes de las rubias, son todas unas lagartas.
—Has hecho la mejor elección —me felicitó la demonia,
contemplándome con orgullo.
—Sé que eres más fuerte y valiente que yo.
—Por supuesto que lo soy.
—Pero también sé que yo soy la mejor versión de mí misma que
pudiera escoger. Sin tener miedo te expones a perder cosas que son
importantes. Es necesario estar asustado algunas veces, te hace
replanteártelo todo. Es posible que me equivoque, pero lo haré con
el corazón.
—¿No vas a ser yo? —quiso saber, con cara de no creer lo que
oía.
—No, voy a ser yo. La que estaba y estoy destinada a ser, la que
la Oráculo vaticinó, la que quedará.
—Estás loca… —empezó a decir, pero su silueta se fue
desdibujando a medida que hablaba.
—Gracias —agradecí a la anciana.
—Toma, creo que esto te pertenece, se quiso venir conmigo
cuando me vio. Hace un poco lo que quiere, ¿sabes? —Se quitó el
medallón y me lo puso en la palma de la mano, que le había
extendido para poder agarrarlo.
—De algo me he dado cuenta, sí —me reí, y me lo puse al cuello
de nuevo. En cuanto estuvo en su lugar, noté el cambio físico en mi
cuerpo y eché de menos las alas—. Será difícil, ¿verdad?
—Un poco, sí. Pero no estás sola ni eres la que queda. Recuerda
que la cabra no anda en sus cinco sentidos. Puede ser que se
equivoque —me advirtió, y se fue en una bruma de un denso humo
morado que olía a azufre y a tierra mojada.
Capítulo Veintitrés
No es más feliz el que menos necesita, sino al
que más se la pela el mundo
James
Fue de las pocas veces que creí capaz a Sarah de estrangularme, o
de castrarme, que no tengo claro qué será peor. Su cara de
alucinada a medida que leía la mierda que me había salido por tener
los dedos tan chicos fue cambiando de colores. No sé si me salvó el
cielo o el infierno, el caso es que cuando el humo empezó a salirle
por la nariz algo sucedió y apareció en el salón un tornado que nos
arrastró a todos con él. El techo de la casa se perdió entre las nubes
y después fuimos el resto. Intenté mover las alas sin éxito alguno, y
tras notar los músculos de la espalda agarrotados por el esfuerzo tan
solo cedí y me dejé llevar. No creía que las Nornas nos hubiesen
llevado tan lejos para ahora estrellarnos, así que no me quedó más
remedio que esperar a que pasase todo y rezar a ambos bandos
para que saliésemos de una pieza o, al menos, lo más ilesos posible.
Cuando sentí el frío del agua a mi alrededor y la necesidad de
oxígeno me di cuenta de que ya no estaba volando, sino bajo el
agua. Abrí los ojos y vi unas paredes de piedra con musgo verde
cubriendo cada hendidura que debería quedar entre ellas. El sabor
dulce del agua me confirmó que se trataba de una especie de pozo,
por lo que tan solo había un camino que seguir. Ahora tenía dos
grandes problemas, el primero era que tenía que escoger un camino
y no sabía para dónde estaba la salida, el segundo, que con el
tamaño de mis piernas aquello sería una misión titánica. Hasta
donde sabía, los nefilim no teníamos branquias, y lo de respirar
seguía siendo algo crucial para continuar con vida. Vamos, que
estaba jodido. Miré a ambos lados y en uno de ellos vislumbré algo
de luz. Crucé los dedos y escogí esa dirección.
Cuando pensé que las fuerzas no me acompañarían más, sentí un
dolor en todas mis extremidades y, al dar la siguiente brazada, vi mis
manos, las mías de verdad, las de mi yo adulto. No sé si me puse a
llorar de la emoción porque con tanta agua no lo noté, pero os
aseguro que ganas no me faltaron. Hice un último esfuerzo hasta
que saqué los dedos al exterior, me agarré a las piedras y, con los
brazos temblorosos, me impulsé todo lo que pude hasta acabar
tumbado sobre el borde de lo que, como ya había supuesto, era un
jodido pozo. ¿No me podían haber dejado en otro sitio un poquito
menos peligroso? ¡Putas Nornas de los cojones!
—Jamez, tío, haz tardao un montón en zalí, cazi muero de
aburrimiento. Perdona que te diga, pero erez un pelín egoízta. ¿No
podíaz haberte dao un baño en otro momento?
Pepe estaba tan tranquilo sentado en el tronco de un árbol caído,
mirándose las uñas como si yo no hubiese estado a punto de
ahogarme.
—Te juro que no te mato porque ya estás muerto —pude
responderle de forma entrecortada.
—¡Que ya vuelvaz a zer grande no significa que puedaz ir
echando cohonez por ahí a los máz chicoz, y no eztoy muerto, eztoy
cazi muerto!
Haberme recordado que tenía mi tamaño normal hizo que se me
pasase un poquito el mosqueo. Al fin y al cabo, seguía vivo y ahora
sí que podía servir para algo. Terminé de salir del pozo y me senté,
apoyando la espalda contra las piedras para tranquilizarme un poco
y respirar con normalidad de nuevo.
—¿Y Sarah?
—No zé. No he vizto a nadie má.
—¿Sabías que estaba ahí abajo?
—Puéh la verdá ez que no. Eztaba ezperando a que llegaze
alguien y haz zalido tú.
—¡¿No decías que he tardado mucho?!
—Nah, eztaba en modo dramático. De joven quería zer actor. Pero
ziempre me daban el papel del andalú, los muy cabronez. ¿A que
zoy bueno?
—Eres gilipollas, Pepe, eres gilipollas.
Cuando me quise poner de pie me acordé de todos los
antepasados de las tres Nornas y de cualquier descendencia que
pudiesen tener de aquí a dentro de unos tres mil años. No podía ser
verdad. ¿Qué había hecho yo en otra vida para merecer esto?
Corriendo, me llevé la mano a Pinocho para comprobar que
absolutamente todo había vuelto a su tamaño habitual y lancé el
suspiro más sentido y largo de toda mi maldita existencia.
—Yo no ez por ná, pero ¿pienzaz ir azí?
—Ni una palabra al respecto o te prometo que te amarro con tu
propia lengua, Pepe —lo amenacé, y este hizo como que se cerraba
la boca con una cremallera imaginaria. Sin embargo, el pitorreo no
se borró de la expresión de su cara.
Las tres grandísimas hijas de Lucifer habían decidido que sería
buena idea que, además de mí, también creciese el pijama rosa
fluorescente que me puso Sarah, y esa era la única prenda que
llevaba. O me iba en bolas o con aquello puesto, os juro que me lo
planteé por más de cinco minutos, pero al final la supervivencia
ganó a la vergüenza y me lo dejé puesto. No quería que se me
enganchasen las pelotas por ahí mientras estábamos en lo que
parecía un bosque lleno de arbustos y vete tú a saber qué bichos
con ganas de gusanos colgones… Si es que había que ser
desgraciado, en serio. Solo deseé poder encontrar algo de ropa
antes de toparme con el resto, o el cachondeo generalizado no iba a
tener precio.
—Vamos a buscarlos —le ordené al sapo, y este se me apareció
en el hombro—. Perfecto, ahora somos el Hada Rosa con su sapo de
la suerte. No te jode… ¿Por dónde tiramos?
—Me haz dicho que no diga ná.
—¡Señor, dame paciencia, porque como me des fuerza me lo
cargo! —imploré al cielo, y oímos el ruido de una rama romperse
demasiado cerca de donde nos encontrábamos—. Pss, silencio.
—¡Zi no he hablao, pisha! Me tienez hazta loz huevoz, nececitaz
un pinchito o unas pajillaz, tío, de verdá.
Preferí no responderle y me limité a taparle la boca con mi mano,
con un poco más de fuerza de la necesaria, sí, pero es que se lo
estaba ganando a pulso. Nos metí tras un arbusto e intenté
esconder toda la tela del pijama que pude. Estaba chorreando aún y,
como tenía los pies incluidos en el pack de tela, cada paso que daba
hacía un ruido de cojones.
A los pocos segundos aparecieron Lamia y Sariel y se colocaron al
lado del pozo. Cuando Pepe hizo amago de llamarlos le di un
puñetazo en la cabeza para evitarlo y me miró con ganas de querer
asesinarme.
—Te dije que no lo conseguiríamos. Ahora me juego mi puesto en
el cielo. Soy uno de los más importantes —le reprochó el ángel.
—Eres la misma mierda que yo. ¿A cuántas personas equivocadas
mandan al cielo, Sariel? —Hubo un silencio y ella continuó—. Exacto,
a casi ninguna. Además, recuérdame cuál es esa labor tan
importante. Ah, espera, ya la sé, acompañarlos desde la entrada
hasta el despacho de tu jefa y ella te indica dónde hay que llevarlos.
¡Eres una niñera de muertos!
—No lo soy. Yo también decido cuando ella está ocupada —se
defendió él, y me volvió a dar penita—. ¡Los últimos fallos los hemos
llevado al infierno por tu culpa!
—No, ahora no escurras el bulto. Tú también estuviste de acuerdo
en hacerlo. Así conseguimos más información y estamos donde
estamos.
—¿Y dónde estamos, Lamia? Esto es una catástrofe peor que las
siete plagas, ¡por el amor de Dios!
—¡A esa ni la nombres, no vaya a aparecer!
—Tenemos que contar la verdad, toda la verdad —le aconsejó el
ángel.
—No podemos, no volverán a confiar en nosotros, lo hicimos para
salvarlos.
—Lamia, se nos ha ido de las manos hace tiempo.
—No, yo puedo conseguirlo, Sarah nos ayudará. Solo tenemos
que encontrarla… ella está viva, lo sé —pronunció esto último
quebrándosele la voz y Sariel la abrazó. La chica, que era más alta
que él, apoyó la cabeza en su hombro y sollozó. Me sentí como un
mirón de pacotilla y decidí salir, ya había escuchado suficiente.
Ninguno de los dos esperaba verme allí de pronto y ambos se
pusieron en guardia en segundos. Sariel con sus dagas y ella con las
garras fuera a punto de transformarse en dragona. En cuanto se
percataron de quién era comenzaron a reírse a carcajadas.
—No tiene gracia —me quejé, y me volví a acordar de la familia
de las Nornas.
Ninguno me hizo caso, de hecho, aumentaron las risotadas hasta
que me tocaron demasiado las pelotas, me coloqué al lado del
ángel, que estaba apoyado en el borde del pozo, le levanté las
piernas flácidas por el ataque de risa y lo metí dentro para que fuese
aclarándose las ideas un poquito. El problema fue que a Lamia
aquello todavía le hizo más gracia, tomó la precaución de alejarse
del pozo y seguir con el pitorreo sobre el tronco.
—¡James, tío, eso no era necesario! —protestó el ángel, saliendo
empapado y sacudiéndose las alas, intentando mojarnos a los
demás. Total, yo ya estaba como él. Sin embargo, cada gota que iba
a caer sobre el cuerpo de la dragona se evaporaba antes de llegar a
rozarla. ¿Esa mujer cómo se bañaba? ¿Igual que los gatos? Miedo
me daba verle la lengua si se la tenía que pasar por las escamas,
vamos, que si se bajaba al pilón te afilaba a Pinocho. ¡Qué miedo!
—Erez un cerdo, vez como te hace falta lo que te hace falta… —
me fue a amonestar el más beato del grupo…
—¿Ya eres grande? —intentó cambiar de tema Sariel mientras
terminaba de exprimirse la camiseta.
—No, soy una alucinación. No me intentes dar coba, que os he
oído. En cuanto encontremos a Sarah nos vais a explicar
detenidamente qué es lo que habéis estado haciendo para liarla tan
gorda como la habéis liado.
Los dos agacharon la cabeza y se miraron de reojo. La verdad es
que eran como unos adolescentes despechados queriendo llamar la
atención, tan solo esperaba que su diablura no nos trajera
consecuencias que no pudiésemos solucionar. Ahora no podía
centrarme en ellos, tenía que encontrar a la bruja fuera como fuese
y no sabía cómo hacerlo.
—Jamez, yo zé que eztáz preocupado y que tienes mucha zangre
donde no te correzponde.
—Pepe, no es el momento, de verdad que no. ¡Estoy intentando
pensar cómo localizar a Sarah! —le chillé, un poco harto de sus
estupideces.
—¡Pueh entonce no te diré que tienez un jodido canal mental con
ella, imbécil!
—Mierda —fue lo único que atiné a decir, y me di un golpe en la
frente con la palma de la mano. Si es que cuando quería era
gilipollas, de verdad.
«Sarah, Sarah, ¿dónde estás? Contéstame, por favor. Te prometo
que dejo que me pegues cuando nos veamos, pero dime que estás
bien. Necesito oír tu voz», le rogué sin que nadie respondiese,
aquello no iba bien.
Me senté antes de ponerme a dar vueltas como un loco hacia
ningún sitio y metí la cabeza entre las piernas para no hiperventilar.
Si no se manifestaba frente a eso es que estaba muerta, y no podía
asumir esa verdad, me negaba a aceptarla e iría hasta las
mismísimas tripas del infierno para recuperarla. O no, me mataría y
bajaría a buscarla como hizo Hércules con su amada en la peli de
Disney.
«Eso me parece muy mono, pero un tanto exagerado hasta para
ti, alitas. ¿O debería decir mentiroso de caca? ¡Embaucador, falso,
cerdo!».
Jamás me había alegrado tanto de escuchar a alguien insultarme,
os lo juro. Me levanté y me puse a saltar como un loco, dando
brincos y haciendo el mismo estúpido baile que tantas veces la había
visto hacer a ella.
—Chicoz, lo hemoz perdío. Zarié, tú lo mataz y ella lo entierra,
zerá lo mejor. Ez una eutanazia por el bien común.
—¡Está viva! —chillé.
Lamia me abrazó tan fuerte cuando escuchó que su prima seguía
entre los vivos que pude sentir la espalda crujirme y, acto seguido,
oler a pelo quemado.
—¡El pijama! —gritó Sariel, apuntando a mi barriga.
En efecto, algo se estaba achicharrando, yo, más concretamente.
Nos separamos y me di golpecitos en la ropa de felpa que echaba
humo. Miré el pozo y me cagué en Satanás, en la Virgen de Lourdes
y en el Espíritu Santo para que estuviesen a la par y no se cogiesen
pelusilla. Me metí de nuevo en el agua para apagarme y salí con
cara de querer asesinarlos a todos. Ellos, por su parte, miraban a las
copas de los árboles como si estuviesen reproduciendo ahí la nueva
de Jurassic World[23].
«Sarah, ¿les tienes mucho apego a estos tres?», le pregunté por
el canal privado.
«Hombre, ahora mismo más que a ti, no te voy a engañar»,
ironizó, y no pude evitar sonreír.
—¿Vamoz por un babero, campeón?
—No tientes a tu suerte, Pepe —le aconsejó Sariel.
«Estate quieta y dime dónde estás, por favor, pero no como la
última vez, en esta ocasión me gustaría que me hicieras caso por
primera vez en tu vida», le supliqué, recordando el éxito que tuvo mi
petición en la mansión de Sibila y cómo terminó todo.
«Piri ni quimi li íltimi viz, mimimimimimi. ¡Para una vez que mato
un conejo no veas la que me liais! Además, yo no me acuerdo de
eso de que dejé la puerta abierta de la jaula, creo que Blanquita se
lo ha inventado para hacerme quedar mal, fíjate lo que te digo».
«¡Sarah, céntrate! ¿Sabes dónde estás?», ya empezábamos…
«¡Claro que lo sé, no soy idiota, por mucho que te cueste creerlo,
James!».
«¿Dónde, Church?», insistí, comenzando a desesperarme, quería
verla de una jodida vez, aunque me llevase algún cosqui de su
parte.
«Hay un árbol», contestó, y se quedó más a gusto que un
arbusto.
Yo la mato…
Capítulo veinticuatro
Soy multitarea: puedo reír, estornudar, toser,
ahogarme y mearme al mismo tiempo
Sarah
En cuanto todas desaparecieron, las paredes también lo hicieron con
ellas. No podía decir la mezcla de sentimientos que me embargaba.
Esperaba haber tomado la mejor decisión para todos. Aunque eso de
saber que iba a vivir cientos de años no sé si me acojonaba un poco.
Las palabras de mi yo anciana se me habían quedado grabadas a
fuego en la memoria, creo que fue de las pocas veces que he estado
atenta porque me lo pedían y no porque estuviese indagando sobre
algo que de pronto me hubiera llamado la atención: «Tan solo te
diré que mi camino está lleno de pérdidas y que lloro cada día por
todas ellas. No obstante, nunca cambiaría el bien común por el
individual». Me daba pánico descubrir esas pérdidas de las que
hablaba, pero tenían razón todas, no podía ser egoísta ni mirar por
mi culo, cada una de ellas me había enseñado algo y les estaría
profundamente agradecida.
El ojo apareció y de la pupila le salió un haz de luz que iluminó el
camino hasta la salida. Por lo visto me habían metido en una cueva
que se encontraba en el interior de una montaña.
—En esta ocasión solo sabrás si la prueba has superado cuando el
pasado hayas pisado, el presente abrazado y el futuro indagado —
soltaron las tres al unísono, como ya nos tenían acostumbrados. ¿Se
lo prepararían antes?
—¿Dónde están los demás? —las interrogué. No tenía el mejor
equipo del mundo, pero era el mío, con sus peculiaridades, eso sí.
—Están al otro lado de la siguiente prueba, entre todos tendréis
que pasarla.
—¿Cuál era? No es que no os escuchase la vez anterior, es que os
estoy examinando por si os las estáis sacando de la manga y nos
queráis dar coba… —mentí a ver si colaba.
—¡El camino de la fe, atontada! —me insultó Calavera.
—¡Ey, sin faltar, enana!
—¿Es necesario esperar? La va a palmar de todas formas —se
quejó, encima de que había empezado ella.
—Sarah, vas a poner a prueba tus miedos y tu lealtad. Estamos
convencidas de que lo lograrás —me animaron las dos restantes, y
Calavera bufó, acto seguido se oyó un guantazo, un quejido y fin de
la conexión. Esas tres iban a terminar mal.
—Miedos y lealtad, miedos y lealtad, miedos y lealtad —fui
recitando en voz alta mientras me alejaba de la cueva. No fuese a
ser que les diese por encerrarme de nuevo con todas mis yos y al
final montásemos una fiesta de pijamas.
«Sarah, Sarah, ¿dónde estás? Contéstame, por favor. Te prometo
que dejo que me pegues cuando nos veamos, pero dime que estás
bien. Necesito oír tu voz», me interrumpió James en mi cabeza y
pasé de él un poquito para hacerlo rabiar. Aquí donde las dan las
toman, lo siento en el alma. Vale, a lo mejor no lo sentía mucho,
pero quedaba mejor si decía eso…
Después de que le contestase que estaba al lado de un árbol la
comunicación se cortó un rato. A ver qué quería que le respondiese.
¡No tenía un GPS en el culo! Además, él, cada vez que quería, bien
que daba conmigo, pues que hiciese lo mismo, ¿no?
Escuché el agua correr y seguí el dicho, ese del río, todos los
caminos llevan agua, si el río suena, gente baja, los salmones se
zambullen en el agua, fun, fun, fun. Bueno, alguno habrá que diga
que tengo que ir al puñetero río de las narices, ¿verdad? No tengo la
cabeza para más acertijos, en serio.
¿Me había dicho que me quedase quieta o que lo buscase como la
última vez? En realidad, tampoco es que importara mucho, porque
iba a terminar haciendo lo que me diera un poquito la gana, para no
perder costumbre. Tenía que confesar que me moría por verlo,
también de cantarle las cuarenta, pero eso entraba dentro de
nuestra extraña y tóxica amistad.
El agua cada vez se oía más cerca y decidí poner posiciones en
común para no perderme mucho, por eso y porque estaba sola, me
aburría y me estaba empezando a dar miedo no escuchar nada más
que el agüita correr. Además de que aún necesitaba un váter con
urgencia, pero seguro que me metía detrás de un matorral y
aparecían, no, gracias. Me aguanto.
«James, creo que ya estoy cerca del río, corto».
«¿No te he dicho que te estés quieta? Y esto no es una radio».
Vale, era la otra opción, tenía un cincuenta por ciento de
posibilidades de equivocarme, no me juzguéis.
«Déjate de historias, te habrás liado pensando en la tetona.
¿Oyes el río?».
«Sí, Sarah, pero no tenemos ni idea de cuánto mide ni de si estás
en la punta contraria».
«¿Y no puedes encontrarme con el GPS que me tienes instalado
como otras veces? ¿O volar y buscarme desde arriba? Que digo yo
que serás muy nefilim y todo eso, pero últimamente luces tienes
pocas. Ah, no, perdona, lo mismo es que se te ha quedado la
neurona de un querubín», ironicé. Lo lamento, pero tenía que
soltársela, y no creáis que no le quedan unas mil pullas más como
esta.
«No podemos volar. ¡Se ve que las Nornas piensan que nos sobra
el tiempo y han decidido ponérnoslo fácil!», gritó, y me retumbó la
cabeza.
«¡Oye, conmigo no lo pagues!, corto y cierro. Ya os encuentro
yo», terminé, y cerré un rato la comunicación, poniendo una barrera
que decía en letras de neón: Infantes no, por favor.
Lo cierto es que el bosque era bonito, siempre que no
apareciesen unas cuantas ninfas queriendo cortarme la cabeza como
siempre que entraba en uno. Estaban un poquito enfadadas todavía
por lo que le pasó a su reina, lo de que fue en defensa propia no
terminaban de pillarlo. Recordando aquellos días vino a mi cabeza
Diego, incluso habiéndolo visto con mis propios ojos seguía sin
comprender qué lo llevó a traicionar a su gente. Aliarse con los
Vernon era lo último que habría esperado de él. No lo conocía
demasiado, pero en la otra realidad vi sus sentimientos hacia mi
madre y alguien que da tanto no puede volverse malo de la noche a
la mañana. A lo mejor James estaba en lo cierto y no todo era
blanco o negro, sin embargo, pensaba seguir en mis trece hasta que
me demostrase lo contrario. Sabía de sobra que por despecho se
pueden hacer muchas tonterías, como liarse con un monje de pelo
rapado que resulta ser un demonio psicópata, por ejemplo…
Estaba tan ensimismada en mis cavilaciones que no vi el barranco
que se extendía a pocos metros hasta que mi pie dejó de sentir el
suelo y casi me despeño. Si no hubiera sido por un grito lejano
habría acabado en el fondo de algo de lo que no podía ver el fin.
Esta había estado cerca. Me aguanté a un palo roto que había
clavado a mi lado y me quedé allí intentando que el corazón volviese
a su sitio antes de mirar nada más. Volví a oír que alguien me
llamaba y me decidí a mirar al frente, a lo lejos, tan lejos que
parecían del tamaño de los Pinypons había tres figuras moviendo las
manos de un lado a otro, creo que también había uno dando
saltitos. Me tenía que poner gafas porque cada vez veía menos, la
edad es esa jodida cosa que no deja de avanzar y de dejar sus
huellas en cada uno de nosotros, por mucho que algunos se
empeñen en seguir siendo Peter Pan. De pronto, vi que una de las
figuras duplicaba su tamaño y se transformaba en un dragón, creo
que rojo.
—¡Lamia! —la llamé, animada por no continuar sola en esa
locura. El problema era que, además de verla intentar levantar el
vuelo y volver a caer al suelo, no hubo mucho más movimiento.
«James, ¿sois vosotros?», le pregunté, abriendo el canal de
nuevo. Tenía que dejarme de tonterías.
«Sí, Sarah, no se puede bordear esto. Tendrás que cruzarlo».
«¿Y no podéis venir volando?».
«¿Qué parte de que no somos capaces de hacerlo no entendiste
antes?».
«Mira, a mí no te me pongas borde, que no estás en la mejor
posición ahora mismo».
«Escúchame, tienes que venir tú. Nos lo han dicho las Nornas».
«¿Y cómo pretenden que lo haga?».
«Han dicho que vas a poner a prueba tus miedos y tu lealtad, y
que el camino has de crear aunque no lo puedas ver», respondió
Sariel en mi cabeza.
«¿Sabes lo que es una conversación privada?», le recriminó
James, y los dos se pusieron a discutir un rato. Eso iba para largo y
os juro que me meaba.
Fui reculando, despacio, sin que se diesen mucha cuenta porque
seguían a lo suyo, y hubo insultos que me apunté para cuando
saliese la chunga en futuras ocasiones. Me escondí tras un matorral
e hice lo mío, el problema era que el agüita y los nervios no
ayudaban a que aquello se cortase. Sin que me lo esperase, una
bola de pelos se me arrojó a la cara y me tiró de culo casi haciendo
que me manchase, pero cuando me recuperé del miniinfarto y
olisqueé un poco a mi atacante el aroma a azufre y a caramelos me
hizo sonreír. Los lengüetazos iban y venían. Lo intenté calmar, me
levanté y me subí los pantalones. Aquella era la meada más rara de
mi vida.
—¡Church!, ¿dónde has estado? ¿Cómo me has encontrado? ¿Está
bien papá? ¿Sabes algo de los demás? —le fui preguntando en modo
ametralladora, sin embargo, él se limitó a quedarse sentado con la
lengua fuera y cara de bobo.
—Ziempre te he dicho que no vale pa ná.
—¡Pepe! ¿Cómo has conseguido cruzar?
—Hola, Pepe, te he echado mucho de menoz, máz que a la bola
de peloz… Oh, graciaz, Zarah, yo a ti también —se puso sarcástico, y
los abracé a los dos a la vez sin que el sapo se lo esperase.
—Volvamos al barranco a ver qué es lo que quieren que haga
ahora. Después de esto me voy a ir de vacaciones, te lo juro.
—Yo lo veo, a laz Maldivaz o las Zeichellez, que dicen que molan
tela y hay unaz tíaz que te cagaz, lo mizmo quieren un prínzipe.
—Sí, Pepe, pero antes me tienes que echar una manita y prometo
llevarte —lo chantajeé como si en realidad tuviese alguna opción de
no hacerlo.
—Trato, ¿qué necesitaz?
—¿Qué han dicho las Nornas exactamente?
«Ya te lo he contado yo, ¿confías más en ese majara que en mí?
Pues estamos apañados. Dicen que es la prueba del camino de la fe,
que pongas al límite tus miedos, tu lealtad y que el movimiento se
demuestra andando», me repitió James. Me daba a mí que el único
con pelusilla no era Pepe…
«No sé construir pasarelas, se me olvidó apuntarme a esa
asignatura: Cómo hacer un megapuente de la nada sin morir en el
intento».
«Acércate más al borde, a lo mejor han dejado algo por ahí», me
aconsejó Sariel, y James le gruñó.
Pasé de ellos de nuevo y cogí en brazos a Church, lo había
extrañado muchísimo. Incluso podría jurar que estaba más grande
que la última vez que lo vi. Al lado del palo en el que me aguanté
para no matarme antes había una cuerda que colgaba hacia abajo.
Tiré de ella y me traje un escalón de lo que parecía que antaño
había sido parte de la forma con la que cruzar.
—Church, ¿qué hago? —le pregunté a la desesperada, y este le
dio con el morro a la tabla y la arrojó de nuevo al fondo—. Pues sí
que me has servido de mucha ayuda.
No me dio tiempo a quejarme demasiado, porque la madera
irradió una luz y se colocó flotando de forma mágica sobre la nada,
del poste de mi lado se tensó la cuerda y de pronto aquello pareció
estable.
«¿Qué has hecho? Por aquí ha salido un peldaño», me informó
James.
«¿Dudabas que pudiera hacerlo? Vaya fe me tienes, así no vamos
a ninguna parte, alitas», me hice la indignada.
«No tienes ni idea, ¿no?».
«Ni pajolera».
«Vale, pues haz lo mismo, a ver».
«Haz lo mismo, como si eso fuese tan fácil, no te fastidia».
—Church, cariño, que dice el tarado de James que hagas lo
mismo —le pedí al gremlin, pero este pasó de mi culo y se puso a
jugar con una especie de mariposa.
«A ver, tengo que crear el camino, ¿no? Pues el camino se hace
andando», me dije a mí misma, y pegué un salto hasta ponerme
encima del trozo de madera volador, con los ojos medio cerrados por
si me iba a tomar por saco.
«¡Sarah!, ¿estás bien?», gritó James, y otro escalón más apareció.
«¡Uy, hay otro! ¿Qué has hecho?».
«Saltar yo también, ¡imbécil! ¡No vuelvas a hacerme eso nunca
más, creía que te perdía!».
«Pues pienso hacer lo mismo de nuevo. Dice que es el camino de
la fe, ¿no? Y yo confío en que entre todos podremos hacerlo.
Cuidado que voy», le advertí.
¿Estaba como una cabra? Pues casi seguro que sí, pero ya tenía
muy poquito que perder. Antes de dar otro paso más, me quité el
colgante y lo guardé en el bolsillo, junto al hilo y la aguja. Si podía
conseguirlo de algún modo era en mi forma demoníaca, al menos si
me caía tendría las alas para hacer como si fuesen un parapente, o
eso esperaba.
—Zarah, no termino de verlo, toto. Vamoz a coger por otro zitio.
—Pepe, ¿alguna vez has querido a tus hijas?
—¿A qué viene ezo ahora?
—Tengo curiosidad, si vamos a morir, quiero saberlo.
—Yo era un poco zinverguënza en mi juventud —reconoció, y me
mordí la lengua para no decirle que lo de en su juventud le quedaba
un poco corto—. Pero cuando me enteré de que Tituba iba a tener a
laz niñaz me moleztó menoz el caztigo de tu abuela. Ademáz, me
eztaban buzcando en el inframundo para matarme y despuéz
llegazte tú. Ze lo debía a Mammón, pero no ze lo digaz, que a ver
quién lo aguanta en modo moñaz.
—Te entiendo, ha debido ser duro estar con nosotras sin decir
nada.
—Bueno, me conformé con veroz crecer. ¿Zabez que Elizabeth
tiene el poder de mi madre? Zon igualitaz, y Mary ez como tu tía
cuando era joven, pero máz bonita.
Me emocionó oírlo hablar así de sus hijas y no pude evitar
abrazarlo, para cuando me quise dar cuenta, otro peldaño surgió de
la nada y los dos saltamos juntos hasta él.
—Lo vamos a conseguir y las salvaremos a todas. Te lo prometo
—le aseguré mientras James gritaba en mi cabeza para que me
estuviese quieta.
—Lo zé, Zarah, zé que lo haráz.
Vi al hechicero al otro lado del barranco en el nuevo soporte que
se había creado en su lado, movía las manos y me decía que me
detuviese, no podía, tenía que continuar.
«James, ¿me crees cuando te digo que Diego estuvo involucrado
con los sacerdotes?».
«¿Piensas que es el mejor momento para eso? Mira detrás de ti,
pero no te pongas nerviosa».
A mi espalda no había nada, el primer escalón no estaba y sentí la
bilis subirme por la garganta.
«Es una prueba de fe y lealtad, James. Contéstame».
«Sí, bruja del demonio, te creo, pero también pienso que algo
tuvo que pasar. No puede ser que toda mi vida fuese una mentira,
me niego a pensar que el hombre que tomé como referente, como
figura paterna, fuese una cortina de humo. Tengo que darle un
ínfimo voto de confianza, entiéndelo, por favor».
Otro peldaño surgió de la nada y suspiré antes de lanzarme hasta
él. Total, ya de perdidos al río. ¡Así era la puñetera frasecita! Ya
sabía yo que hasta que no lo recordase otra vez no iba a dejar de
pensarlo. Vale, ¿por dónde iba? Ah, sí, estaba a la mitad del puente
imaginario, sobre un barranco que me mataría si daba un paso en
falso, nunca mejor dicho…
«¿Quieres tener un hijo con la tetona?», continué mi
interrogatorio. En mí estaba creerle o no, pero cada vez que
confiaba podía seguir caminando.
«No, no quiero tener nada con la rubia. Me fui con ella porque no
me quedó más remedio. ¿Estamos en un programa de la tele y no
me he dado cuenta? ¡Sarah, nos vamos a matar!».
«Posiblemente, pero nos iremos con la verdad por delante.
¿Sabes qué? Confío en ti, James, sé que no has querido hacerme
daño, aunque me lo hayas hecho», le confesé, y di otro paso
adelante con los ojos cerrados, no volví a abrirlos mientras hablaba,
ahora en voz alta.
—Creo que todas las personas de mi vida han hecho lo posible
por protegerme, mi madre, mi abuela, mis tías, incluso mis primas
aparecían para molestarme cuando me sentía sola. Mi padre es un
maravilloso demonio al que quiero seguir conociendo. Alcina es
auténtica incluso con Lisbeth en su interior, Pepe es el mejor familiar
que pudiese desear. Dedi me parece un tío espectacular, pese a ser
un hechicero. Tron creo que tiene más miedo que esperanzas y eso
me da un poco de lástima. Lamia será una prima que pondrá mi vida
patas arriba, pero a la que también quiero a mi lado. El ángel raro
sabelotodo me inspira ternura, y tú…
Dejé de hablar y de caminar cuando unos brazos me rodearon y
olí su característico aroma a cielo. ¿A qué huelen las nubes? A él.
—¿Yo? —me preguntó susurrándome al oído.
—Tú tienes muchas cosas que solucionar antes de que podamos
tener esta conversación. —Sonreí y abrí los ojos para toparme con
los suyos observándome desde más arriba.
—Es usted una cortapuntos, señorita demonia. —Me agarró el
mentón y me lo levantó.
Podía beberme su aliento y él el mío, cuando un grito de júbilo
nos sobresaltó y casi hizo que nos cayéramos al abismo, ¿te
imaginas después de todo que ahora nos ahogásemos? Sería una
gracia…
Ojo estaba a nuestro lado con el confeti de la primera vez.
—¡Felicidades, habéis pasado la prueba del camino de la fe! —
vitoreó, dando saltitos. En cuanto terminó de decirlo, el suelo se hizo
visible y el barranco junto al río desapareció.
—¡No había peligro! —le chillé, y me separé del nefilim.
—Oh, claro que no, ¿por quién nos tomas? ¡No somos unas
salvajes! —protestó Bernarda.
—Yo voté por ponerlo —aseguró Calavera, y no tuve ninguna
duda acerca de su sinceridad.
—Os queda poco tiempo y solo una prueba por superar, antes
tenéis que ir al pozo y el agua recuperar —nos indicó la más
anciana, y casi me puse a llorar de la emoción.
Capítulo veinticinco
El sarcasmo es mi forma de demostrar amor
James
El miedo que pasé cuando la vi empezar a andar con los ojos
cerrados no puedo compararlo con nada que haya sentido hasta ese
momento. Al menos tomó la precaución de ser demonia, aunque
como no le funcionasen las alas de poco le iba a servir a la
criatura…, pero, al ser morada, si se hostiaba podría encontrarla
mejor al tirarme tras ella, porque si tenía algo claro en la vida era
que arrojarme al infierno, si hiciese falta, me arrojaba por esa loca
que me traía por la calle de la amargura. Volver a sentir el calor de
su cuerpo contra el mío, aunque solo fuese por un corto lapso, me
dio la vida que no me había dado cuenta de que me faltaba sin ella
cerca. Debía solucionar lo de Malak ya, no podían seguir jugando
con nosotros de esa manera, era totalmente injusto para todos, mi
madre lo entendería, tenía que comprenderlo. A lo mejor ella alguna
vez quiso a mi progenitor y todavía guardaba un nimio recuerdo de
lo que significaba estar enamorado. No me quedaba más remedio
que albergar esa ínfima esperanza para no volverme majara.
—¡Sarah! —Lamia saltó sobre su prima y la tiró al suelo, el
testarazo tuvo que doler, pero, antes de que me diese tiempo a
actuar, Church apareció y se puso en modo lavado de coches
industrial con las dos.
—¿Qué es eso? —preguntó Sariel.
—Para haberte estado escapando tantas veces al infierno no es
que hayas prestado demasiada atención al paisaje, ¿eh? —me burlé,
y miró para otro lado como si aquello no fuese con él.
—Todoz a bezar al zaco de pulgaz eze y a Pepe que le den. Puez
como me vaya oz va a llegá la mierda a las orejaz. ¡Fititú[24] lo que
oz digo!
—Pepe, él es encantador, siempre que no crezca y se coma a la
gente, y tú, un sapo baboso y coñazo que se lava las manos más
que Iscariote.
—¿Ese no fue Pilatos? —me preguntó extrañado Sariel.
—¿Y qué pasa, que el otro no se las lavaba o qué?
—No puedo contigo, James. Si tu madre se enterase de la poca
cultura que tienes te mataba —tuvo los santos cojones de decirme.
—Pues anda que como se entere de que has estado jugando al
parchís con los espíritus y que los has movido de sitio como si
fuesen fichas, no te quiero decir la que te caía a ti —me defendí, y
se puso más pálido de lo que ya era. Punto para James, cero para el
ángel tocapelotas.
—Ya, Church, ha quedado claro que me has echado de menos —
intentó tranquilizar Sarah al gremlin.
—¿Church? Su nombre es Chispa, no Church —la corrigió Lamia
—. Y es mío, tu padre me lo dio hace algún tiempo, lo que pasa es
que aparece y desaparece cuando le da la real gana.
—Es mío, Mammón me lo dio. Bueno, él se vino conmigo después
de comerse a unos cuantos hechiceros del sur y de encariñarse con
mi pierna —añadió la bruja, y las dos se miraron mal entre ellas y se
agacharon con el pobre bicho en medio.
Se pusieron a llamarlo para ver con cuál de las dos se iba el
peludo. En serio que no era el momento de esas estupideces.
Church, o Chispa, o como se llamase, se quedó sentado mirando de
una a otra sin saber qué hacer, me vio a un lado y el muy cobarde
corrió hasta mí y saltó a mis brazos para quedarse ahí, con cara de
no haber roto un plato en la vida, dejándome sin saber qué puñetas
decir o hacer ahora.
—¡Oh, me parece perfecto! ¿No me has quitado suficientes cosas
que encima ahora me quieres arrebatar el cariño de mi gremlin? Me
parece precioso, James —me estaba comiendo una bronca de gratis
sin haber hecho una mierda.
—¡Chispa, no me puedo creer que prefieras irte con eso antes que
conmigo! ¿Quién te incendia la cama por las noches para que estés
calentito? —empezó a recriminarle Lamia. Aunque yo, qué queréis
que os diga, después de ese alegato me iba hasta con Sariel antes
que con ella…
—¿Nos centramos? Las Nornas han dicho que tenemos que coger
agua del pozo. Me temo que es en el que me tiraste antes, James —
nos recordó Sariel.
—¡James! —me gritó Sarah, y me puse a la defensiva por si venía
alguien más a atacarnos, mandando a tomar por culo al gremlin,
que hizo el gato volador y se marchó gruñendo.
—¡¿Qué?! —contesté, y lo siguiente que hizo la bruja fue empezar
a reírse a carcajadas, aguantándose a su prima, que se había
contagiado y ya lloraba mientras Sarah me señalaba con la mano
libre—. No quiero escuchar ni una palabra al respecto.
—¿Qué llevas puesto? El elefante de la barriga parece que se ha
tostado —indicó, como si no supiese que había estado a punto de
arder por culpa de la dragona.
—Fue idea tuya ponerme la mierda esta, y la loca psicópata esa
que tienes al lado casi me echa a arder. No tengo el pito para
fiestas, Sarah —le advertí y me crucé de brazos, pero la colita que
salía del dibujo se quedó peligrosamente cerca de Pinocho,
dejándome en muy mal lugar.
—¿Seguro que todo ha vuelto a su tamaño natural? —Ahora la
simpática fue la dragona y el pitorreo ya se generalizó a todos los
miembros del equipo. ¡Respira, James, respira, no las quieres matar,
no las quieres matar!, me repetí en modo mantra tranquilizador para
no ponerme a soltar mamporros a diestro y siniestro.
—Según, si lo comparas con el de quién —ironicé y miré a Sariel.
Por fin nos encaminamos de nuevo al pozo que, según Sariel, se
trataba del mítico pozo de Urd, o Pozo del Destino, y este se
encontraba cerca del árbol de Yggdrasil que las Nornas se
encargaban de proteger. Por lo visto, además de putearnos y de
tejer el destino de todo bicho que respirase, las buenas señoras
también disfrutaban de un trabajo de jardineras a tiempo completo.
Vale, yo no tenía ni pajolera idea de nada de eso, mi enseñanza se
limitó a lo básico de la tierra y a la formación para el combate.
Digamos que, a lo mejor, solo a lo mejor, el ángel tenía un poquito
de razón y debía ponerme al día con la historia, mitología y todas
esas mierdas que me sonaban a chino.
—Se dice que el pozo en el que tienen su morada las Nornas es
una fuente de sabiduría y conocimientos infinita.
—¿No era un pozo? —preguntó Sarah que era la única de todos
que no lo había visto.
—Sí —respondió Sariel.
—Has dicho que es una fuente —insistió Sarah.
—¿Vas a prestar atención a esa estupidez y luego cuando te digo
algo importante, pasas de mi culo? —me enfadé.
—Es que él tiene una voz más melódica y bonita que la tuya, me
gusta escucharlo —tuvo los santos ovarios de decirme, y no supe si
estrangularla.
—El agua se usa para cuidar el árbol sagrado. Además, sirve para
deshacer cualquier hechizo. Seguramente por eso tú vuelves a ser tú
—apuntó el ángel, ignorando nuestras interrupciones. Horchata,
hacedme caso, este tenía horchata en vez de sangre.
—Pero ¿cómo nos vamos a llevar tanta como para romper todos
los maleficios? Además, ¿y los muertos? Dudo que queden con vida
muchos cerditos, incluida Sibila. La cabra dijo que mi madre se la
había… —empezó a decir Sarah, pero se tapó la boca de pronto y se
fue corriendo a un lado para vomitar. No podía culparla, Margaret se
había tragado a la abuela de su mejor amiga, la cosa era un poco
peliaguda, no nos vamos a engañar.
—Las Nornas han dicho que nos queda una prueba, pero que
antes tenemos que recoger el agua, a lo mejor con esa última
conseguimos algo que sirva. La verdad es que no lo sé. Por cierto,
James, necesito hablar contigo… a solas —titubeó Sariel, y se puso a
jugar con un pequeño reloj de bolsillo que no le había visto antes.
—¿De dónde has sacado eso? —quise saber.
—No lo tengo muy claro. Cuando salimos del tornado me lo
encontré en el bolsillo y no me había dado tiempo de investigarlo
demasiado, la verdad.
—Yo tengo esto. —Lamia nos enseñó el dedo anular, en él había
un anillo de un metal negro—. El problema es que no me lo puedo
sacar, creo que se me ha quedado clavado cuando cambié antes a
mi forma de dragona.
Me busqué en los bolsillos del ridículo buzo pijama, pero yo no
tenía nada.
Sarah vino con peor cara que los pollos del supermercado un
sábado por la tarde y se apresuró para unirse a la comitiva.
—¿De qué hablamos?
—¿Estás mejor? —me preocupé porque en realidad tenía un
aspecto deplorable. Era ella otra vez y las ojeras le cubrían casi
hasta las mejillas, los ojos los seguía teniendo morados, los labios
agrietados y el pelo naranja despeinado y sin vida.
—Lo estaré —respondió con una sonrisa que no le llegó a los
ojos.
—¿Tienes algo nuevo? —la interrogó Lamia.
—Me duele la cabeza y tengo hambre.
—No, algún objeto que no tuvieses antes —añadió Sariel por la
dragona, y esta lanzó humo a través de la nariz, no sería yo el que
se metería en la cama con ella para que le diese por hacer salchicha
a la barbacoa… Ahora que lo pensaba, mis amigos no le tenían
ningún tipo de aprecio a sus vidas. Dedi estaba colgado de la bipolar
de Alcina y Sariel se lo montaba con una lagarta escupefuego, eso
era tener valor y lo demás son tonterías. Vale, yo estaba enamorado
de la hija de un demonio y su sangre podría convertirme en un
colador. Conclusión, no estábamos bien de la chota ninguno de
nosotros. Dios los cría…, bueno, a mí en concreto se escaqueó de
criarme.
—James, ¿estás bien? —me preguntó Sarah, colocándose a mi
lado.
—Claro, ¿por?
—Porque acabo de decir que tengo una canilla de hilo rojo y una
aguja y te has quedado mirando a la nada al más puro estilo yo
misma —se burló y me dio un empujoncito con el hombro.
—¿Y qué quieren que hagáis con esas cosas? Espera, son las
respuestas a vuestros acertijos, ¿no? —Sariel levantó las cejas y
miró con más detenimiento su objeto.
—Cierto, es lo mismo que acertamos, pero falta el tuyo. ¿Cuál
era? Entre que lo leyó Sarah y que automáticamente después nos
sacaron volando de la casa no lo escuché bien —interrogó Lamia, y
Sarah empezó a reírse de nuevo.
—Sí lo tiene —confirmó ella, señalándome.
—Yo me cago en mi puta vida. ¡Vamos, no me jodas! —protesté,
y me puse a darle patadas a todas las piedras que vi a mi paso.
—El buzo, es el buzo rosa fucsia que lleva puesto. La respuesta a
su acertijo era un buzo —repitió la bruja, por si no nos había
quedado suficientemente claro ya que el objeto era la cosa ridícula
que llevaba puesta.
—No pienso tenerlo más tiempo del necesario. En cuanto
encuentre ropa me lo quito, lo quemo y lo entierro —les aseguré.
—¿Eso es el pozo? —señaló Sarah a la especie de aljibe que
sobresalía de la tierra y en el que casi me ahogo.
No me dio tiempo a contestar cuando ya había salido corriendo
hasta él y tenía media cabeza dentro para beber agua. En serio, no
tengo claro cómo había sobrevivido durante estos años atrás.
Capítulo veintiséis
Estoy en forma, no sé cuál, pero alguna debo
tener
Sarah
Después de beber toda el agua que pude, para quitarme el mal
sabor de boca por culpa de la fatiga al pensar en mi madre
tragándose a Sibila, me di la vuelta y los vi mirándome. El cobarde y
chaquetero de Church, alias Chispas, desapareció en cuanto nos
despistamos un momento. Si mi padre lo había dejado a cargo de las
dos, tened por seguro que era por una razón. Mammón nunca daba
puntada sin hilo. Por cierto, tenía muchísima curiosidad por saber
para qué servían los objetos que nos habían dejado las Nornas, esas
tampoco dejaban nada al azar, entre otras cosas porque eran las que
se encargaban de sellar el destino de cada uno de nosotros.
—¿Te sientes bien? —me preguntó Sariel a la vez que se acercó y
me abrió los ojos igual que si quisiese meterse dentro de ellos.
—Sí, ¿por qué no iba a estarlo? Es agua, ¿no? —contesté, y le
aparté la mano de mi cara.
—¿Qué parte de que es el pozo mágico del destino y de las
Nornas no has entendido? —ironizó James.
—Agua —añadí, y pasé de su culo, porque también me lavé la
cara.
La verdad es que estaba fresquita y sabía de maravilla. Sarah, el
agua es insípida e incolora… Mimimimimimi. No estaba de acuerdo
con esa afirmación, el que la dijo es que no sabía de aguas. Por
cierto, un cubo flotaba a mi lado y me miraba con la misma cara que
las galletas a Alicia. En su frontal leí con total nitidez la palabra
«Úsame», por lo que no pude decir que no, entendedme. Cogí la
cuerda intentando no hacer ruido y llené el recipiente de agua para,
a continuación, darme la vuelta con cara de sinvergüenza y tirárselo
encima a James, se la debía por lo de no contarme que era el bebé
de las narices.
En el momento en que el líquido mojó su llamativo atuendo, este
empezó a echar humo y temí haberla liado de nuevo.
—¡Sarah! —gritó, y empezó a temblar de arriba abajo como si le
estuviese dando un telele.
—¡Ay, Satán!, ¡que ahora sí que me lo he cargado por hacer el
imbécil! —me lamenté.
Corrí a socorrerlo sin saber muy bien qué hacer, pero, cuando
estuve lo suficientemente cerca de él, abrió los brazos y me atrapó
en un abrazo, poniéndome a mí también chorreando.
—No los termino de comprender —escuché que le decía Lamia a
Sariel.
—Yo tampoco, si te soy sincero. Creo que los humanos se
comportan así antes de aparearse.
—¡Nadie va a aparearse con nadie! —les chillé, y noté que mis
mejillas se calentaban todavía más de lo que habitualmente estaban.
—¡Ey, mira tu ropa! —nos avisó mi prima, señalándolo.
El pijama rosa quemado era ahora una especie de traje negro
muy parecido al que usaban los ninjas cuando estaban en misiones
de espionaje, y molaba tela. Las Nornas se acababan de cargar toda
la gracia del resto del viaje.
James, cómo no, se puso a dar vueltecitas y a mirarse el trasero
para ver si le quedaba bien, y yo me limité a echarme las manos a la
cabeza. No tenía remedio.
—¿Y ahora qué? ¿De quién es el objeto más chulo de todos? —se
jactó el alitas, sonriendo.
—Yo quiero que el mío también haga algo —se quejó Lamia, y
metió la mano en el agua para comprobar si el anillo cambiaba. El
problema fue que, en el instante en que lo hizo, desapareció.
—¡Lamia! —la llamé a gritos, y su voz sonó demasiado cerca de
mi oreja.
—¿Qué?
—¿Dónde estás? —le preguntó el ángel.
—Sariel, ¿estás tonto? Estoy aquí —se indignó sin que ninguno
pudiéramos verla.
—Lamia, eres invisible —la informó James—. Ahora yo solo tengo
un traje que me queda supersexi y tú un jodido anillo que hace
como la capa de Harry Potter, no me parece para nada justo, la
verdad.
—¿Te gustan los libros de J. K. Rowling? —le pregunté,
emocionada porque tuviésemos cosas en común.
—¿De quién? Yo hablo de las películas del mago —respondió, y
arrojó al garete el amago de felicidad que había intentado llenar mi
corazón.
—Vete al peo, James.
—¿Qué he hecho ahora?
—Me toca —dijo Sariel, y metió el reloj en el agua con la cara
ilusionada.
No ocurrió nada, ¿o sí? Ahora, no sé de dónde, James tenía un
ramo de ortigas en las manos y estaba de rodillas a mi lado.
—¡Mierda, mierda, mierda! —se puso a gritar el nefilim a la vez
que las soltaba y se enjuagaba en el pozo las extremidades rojas
cual culo de mandril.
—Eso no tenía que pasar así —se lamentó Sariel.
—¿Qué has hecho, animal? ¡Que son ortigas! —le chilló James
mientras se frotaba las manos en el interior del pozo. Desde luego,
la que estábamos liando en un lugar supuestamente mágico y
protegido de todo mal no era ni medio normal.
—Pues os habéis quedado todos muy quietos de pronto y se me
ocurrió darle un empujoncito a tu relación con Sarah, pensé que le
gustaría el detalle —se defendió el ángel.
—¿Qué detalle? ¡El de entregarle la piel de mis manos! —bramó el
herido.
—Pues bien, bonito gesto que era. Gracias, Sariel —lo defendí,
más que nada por fastidiar al otro. Metí la aguja y el hilo en el agua
y no hicieron absolutamente nada. Vaya, que me había tocado lo
único que servía para lo que se suponía, para cogerle los bajos a las
cortinas… En fin, tampoco sé de qué me extraño—. Lamia, ¿puedes
volverte visible para que te veamos?
—Ay, sí, perdón —se disculpó esta, que ya parecía hasta medio
sociable después de dos días a nuestro lado. De aquí a nada dejaba
de comer cosas crudas, ya veréis, ya…
James sacó sus alas por unas ranuras que llevaba incorporadas su
traje y las movió con fuerza hasta que al fin pudo levantar el vuelo.
Lanzó un grito de victoria y se puso a hacer acrobacias al más puro
estilo de… de James. Sariel lo imitó e hizo lo mismo hasta que
también lo logró. Lamia, por su parte, se transformó en dragona y
los acompañó a los pocos minutos, y Pepe y yo nos quedamos con
cara de lerdos mirando al cielo.
Cogí el único recipiente que llevaba en mi inseparable bolso, una
botellita de agua, la vacié junto al pozo y la llené con la de este. No
sería suficiente, pero para algo tendría que valernos.
—Po ze ha queao una buena tarde.
—Pepe, ¿tú tenías alas?
—Zí, doz preciozaz alaz naranjaz como el fuego —contestó con
una mezcla de orgullo y nostalgia en la voz.
—Lo siento mucho —le dije, y lo decía de corazón, no imaginaba
lo que sería que te transformasen en sapo por tanto tiempo y que
encima fueses un fantasma y familiar de tu sobrina política, además
de estar al lado de tus hijas y no poderle decir a nadie ni quién eres
ni dónde estás. La verdad es que creo que mi abuela se pasó tres
pueblos…
—No paza ná. Ahora no laz necezito. Zoy la polla, ¿recuerdaz? —
me dijo, e hizo un intento de sonrisa que no terminó de
convencernos a ninguno de los dos.
No olvidaré jamás cuando lo engañé para que entrase en la
guarida de los sacerdotes. Hoy por hoy me pregunto si de haberlo
hecho todo de otra forma estaríamos en esta situación ahora mismo.
—Tú también puedez, ¿zabez? Ez fácil, lo llevaz en la zangre. Zolo
tienez que quitarte el collar y confiar en ti mizma. Yo era muy bueno
volando, vale, ezcapando, pero en rezumen ez lo mizmo.
Por una vez no puse en duda su vanidad. Estaba convencida de
que si seguía vivo era, en parte, gracias a mi padre y, en parte, a
que tenía que ser rápido huyendo. Le hice caso, me guardé el
colgante y lo amenacé con triturarlo si volvía a desaparecer. Cuando
sentí las membranosas alas en la espalda las moví con fuerza, tal y
como les había visto hacer a los demás. Cerré los ojos y al rato dejé
de sentir el suelo bajo mis pies.
—¡Ole tu toto, Zarah! —me animó Pepe, y ese fue el empujoncito
que me faltaba para subir más alto y ponerme a la altura de los
demás.
—¿Dónde vamos? —les pregunté, y alcé una de las cejas en modo
chulesco.
—Contigo al fin del mundo, demonia mía —respondió James, y la
dragona se metió dos dedos en la boca como si fuese a vomitar.
Contemplar a algo tan grande y rojo hacer eso fue lo mejor que
había visto en mucho tiempo—. Vamos a Cernégula, es allí donde
todo esto empezó, deberíamos poder encontrar alguna pista que nos
conduzca o a la prueba final o a estar un paso más cerca de
arreglarlo todo.
—O de cagarla más —añadí al emotivo discurso de James.
—O de cagarla más —me dio la razón—. El último que llegue es
un sapo muerto bizco—gritó, y todos se lanzaron hacia delante lo
más rápido que pudieron.
—Pero ¿ahora qué le he hecho yo a eze tocapelotaz? —se quejó
Pepe desde mi hombro, y tuve que apiadarme de él por narices—. Te
dije que loz rubioz zon tontoz, Zarah.
Sonreí y los perseguí mientras intentaba no caerme y romperme
la crisma antes de llegar para que otro me la pudiese destrozar.

El panorama que nos encontramos al llegar fue bastante


desalentador. Las imágenes de los lugares tras una guerra que salían
en los informativos tenían mejor aspecto que aquello. De la mansión
no quedaba prácticamente nada en pie. Tan solo escombros y parte
de la zona baja. El jardín, la piscina, todo estaba destrozado. Si
Sibila viese aquello se moría, si es que no lo estaba ya… Nos
mantuvimos en silencio, en parte porque creo que ninguno podía
articular palabra y en parte porque esperábamos oír algo, a alguien,
fuese del bando que fuese. Incluso Lamia miró con pena aquella
devastación, supongo que ella tendría que estar acostumbrada a
todo esto, viviendo en el infierno. Aunque tampoco es que me
hubiese dado mucho tiempo para saber más sobre mi prima o del
resto de mi familia paterna. Ya sabía que eran pelín sádicos y que no
usaban frigorífico. Lo mismo era por el tema de no tener electricidad
y todo eso.
«Un año de mi vida por tus pensamientos», me dijo James por
nuestro canal interno, colocándose a mi lado.
—Primero, vives más que el resto, por lo que a otro gallo con esa
serenata, y segundo, estás en mi cabeza —le respondí en voz alta.
Sabía que Sariel podía oírnos, pero me pareció una falta de respeto
hacia la dragona.
—Tú me entiendes, mocosa. Lo que no comprendo es cómo
puedes aprender de memoria un libro inútil de insultos del barroco y
eres incapaz de saberte ni un jodido dicho o refrán popular —se
burló, y se sentó en un trozo de escombro—. ¿Qué hacemos ahora?
La verdad es que no tengo claro por dónde empezar.
—Recuerda que la diferencia de tiempo entre el cielo y la tierra es
bastante grande, por lo que Tron no ha podido mandarnos a los
refuerzos aún —puntualizó Sariel.
El sonido ronco de la cancioncita de la niña del exorcista llegó a
mis oídos igual que si fuese música celestial. Jamás pensé que me
alegraría tanto de escucharlo de nuevo, y corrí sin dar explicaciones
hasta la laguna. Mi abuela siempre aparcaba alejada del mundo
porque decía que a nadie le importaba, y cito textualmente: de qué
color llevaba las bragas cuando dormía sin camisón. Sentí una
presión en el pecho al recordarla con su dedo doblado diciéndonos
eso cada vez que nos quejábamos por tener que andar tanto. En
esos instantes amé el pudor de la Soliña mayor. Allí, a lo lejos,
debajo de un árbol, permanecía intacto nuestro medio de trasporte
familiar y entré rápido para ver si quedaba alguien escondido dentro.
No fue fácil olerlas en el interior, me costó la vida no llorar cuando
vi las cosas de toda mi familia desperdigadas por el suelo. La
caravana no estaba destrozada por fuera, pero por dentro parecía
que había entrado un huracán y arrasado con todo. Sí, sabía que
solo se trataba de pérdidas materiales en este caso, pero no pude
evitar llevarme las manos a la boca al ver el grimorio de la abuela
roto con sus páginas tiradas por el suelo. Me agaché y las fui
recogiendo una a una, como si así pudiese poner un poco de orden
al caos en el que se había convertido mi vida.
—Sarah, ¿estás bien? —James se había agachado a mi lado y
también cogía con cuidado los papeles amarillentos llenos de dibujos
y de la letra garabateada de mi abuela.
—No, James, no lo estoy —me sinceré, y me levanté, a nuestra
espalda se encontraban de pie Sariel y Lamia—. Ahora mismo nos
vamos a sentar y nos vais a explicar exactamente qué fue lo que
hicisteis.
Ambos asintieron, quitamos los restos de tiestos de la mesa y las
sillas de la caravana, y comenzamos a trazar un plan. No era el
momento de lamernos las heridas, era el de pelear y continuar
luchando por y para los que no podían hacerlo. Costase lo que
costase. Esto era una guerra, y pensaba ganarla.
Capítulo veintisiete
Las mujeres quieren alguien que las proteja y
las haga reír, algo así como un payaso ninja
James
El plan tenía demasiadas lagunas y no me hacía ni puñetera gracia.
No quedaba demasiado para que Tron llegase con refuerzos, si
nosotros nos marchábamos al cielo a organizar una legión no
llegaríamos a tiempo y dejaría a Sarah incomunicada, por lo que esa
no era una opción viable. Esperarlos, vale, quitarme de en medio,
nunca. Cuando le quedó clara a la bruja mi postura, hizo un mohín
encantador y se cruzó de brazos, enfadada.
—No necesito que me protejas siempre, James. Soy una demonia
malota —se quejó—. Además, tengo a Lamia, ella da más miedo que
yo. Entre las dos hacemos el tándem perfecto.
—¿Podemos pensar en otra cosa que no sea dejarte a merced de
quienes han terminado con prácticamente todo el mundo
sobrenatural en unas horas?
—James, Sarah tiene razón, juntas somos imparables —la
secundó Lamia, y ambas chocaron las manos en el aire. Sí, eso era
totalmente terrorífico y muy de adultos…
—Acabas de dar en el clavo. ¿Ves como a veces piensas y todo?
—sonrió Sarah.
Vi venir de lejos, y con letras de neón dibujadas en su frente, la
consiguiente coba que pretendía darme con alguna loca idea suya
que haría pasar como mía. Si salía mal, pues la culpa para mí y si
salía bien, había sido cosa de ella. La conocía ya como si la hubiese
parido yo, os lo prometo.
—A ver, sorpréndeme.
—No seas tan escéptico, alitas, tu madre es Dios. Ya podrías tener
un poquito más de fe.
—Sarah, al grano —la insté. A todo esto, Sariel nos miraba
boquiabierto como si no se pudiese creer que ese tipo de
conversaciones se pudiesen tener en un momento de crisis como
aquel.
—Exactamente has dicho: Han terminado con prácticamente todo
el mundo sobrenatural.
—Ajam…
—Pues que vosotros vais a ir a las bases de los hechiceros a ver
quién puede echarnos una mano, y nosotras al infierno a enterarnos
de qué está sucediendo. Y también hay que encontrar a mi padre y
a la familia de Lamia.
—Espera, ¿cómo? —le preguntó la dragona, a la que esa última
parte ya no le hizo tanta gracia.
—Mammón no ha dado señales de vida, necesito saber que está
bien. No he recuperado a un padre después de veintiún años para
perderlo ahora. Y tú estarás pensando también en los tuyos, ¿no?
—Hombre, tanto como pensando, tampoco. Digamos que estaría
bien que no se los hayan comido, pero es algo que no me quitaría el
sueño.
—¡Lamia, por Satán! —la amonestó la bruja.
—Sarah, la definición de familia en el averno dista bastante de la
de los mortales. No quieres saberlo, créeme. Yo no te maté cuando
te vi porque Mammón me ordenó que te vigilase y que nadie te
tocase ni un pelo.
—No sé si darte las gracias por tu sinceridad o si propinarte dos
guantazos, la verdad.
—De nada —sonrió la dragona, que eso del doble sentido lo
llevaba igual de bien que Sariel, eran más cuadriculados que los
Simca 1000[25].
—¿Es posible que quede alguien con vida? —las interrumpió Sariel
justo a tiempo, porque a Sarah se le estaba empezando a poner
mala cara después de escuchar a su prima.
—No lo sé, espero que sí —respondí, y me sentí culpable por no
haber barajado la posibilidad de que los míos necesitasen ayuda.
—Pues si te soy sincero, no veo tan descabellada la idea de
Sarah, James. Tron vendrá con Neuma, estoy convencido. Ellas
pueden infiltrarse como demonios y enterarse de algo importante
que aún no sepamos, nosotros no podemos bajar al infierno.
Duraríamos media hora con vida, el aire es venenoso y somos faros
de luz para ellos. Cuando yo desciendo me quedo en las puertas.
—Lo sé. He estado alguna que otra vez.
—¿Has entrado en el averno y sigues con vida? —alucinó el ángel.
Creía que a estas alturas todos en el cielo estarían al corriente de mi
hazaña. De hecho, mi madre me localizó así.
—Sí, ya te lo contaré, no es momento de batallitas.
—Te salvé yo, no te pongas medallas —se quejó la bruja, y
mandó a la mierda el pedazo de historia que tenía pensado contarles
a los ángeles para vacilar—. Y si mi padre no te la hubiera chupado
estarías muerto. No lo olvides.
—No es lo que piensas. Estaba perdiendo luz celestial por culpa
de un veneno demoníaco —me apresuré a aclarar antes de que
Sariel sacase sus propias conclusiones. Este se encogió de hombros
y siguió exponiendo su opinión.
—Nosotros podemos buscar refuerzos en los hechiceros y en los
vigilantes.
—¿Qué vigilantes? —pregunté, sonándome de algo lo de los
vigilantes.
—Son los ángeles encargados de mezclarse con los humanos para
controlar que los demonios no la líen o que no haya más
invocaciones de la cuenta. A las personas de la tierra les gusta jugar
con la ouija y con cosas que no comprenden, y después pasa lo que
pasa, para eso es necesaria nuestra presencia. Bueno, la de la élite,
porque a mí no me han mandado nunca —se quejó, y pude ver el
dolor en sus ojos.
—Es lo mejor, James, tenemos que separarnos —insistió Sarah, y
no pude rebatirles.
En realidad, si no estuviésemos hablando de ella ni siquiera me lo
habría planteado, era la mejor opción. Divide y vencerás, aunque en
nuestro caso sería más correcto decir multiplica. Necesitábamos
ayuda.
—De acuerdo, pero ya te lo he dicho mil veces y te lo volveré a
repetir. Como te maten voy a buscarte y te jodes conmigo al lado
por el resto de la eternidad. No lo olvides, brujita —la amenacé.
—Es lo mejor, James, lo sabes —apuntó, y lo peor es que tenía
razón, aunque mi corazón no terminaba de aceptarlo por mucho que
mi cerebro dijese lo contrario.
Sin que sirviera de precedente, me hicieron caso y esperamos a la
mañana para marcharnos. Adecuamos un poco el interior de la
caravana y nos repartimos las dos camas. Juraría que aquello por
dentro era más grande que por fuera, sin embargo, tratándose de
las Soliña, no sería de extrañar que el vehículo familiar estuviese
hechizado.
Sarah estaba fuera mirando al cielo cuando fui a buscarla para
que nos acostásemos pronto y así descansar un poco.
—¿Cómo lo llevas?
—Pues no lo tengo claro, James. No sé cómo vamos a salvarlos a
todos. Solo tengo una botellita de agua pequeña del pozo, con eso
no tenemos ni para empezar.
—Saldremos de esta, siempre lo hacemos. Juntos nadie puede
con nosotros, Church —intenté alentarla, incluso sabiendo que tenía
más probabilidades de que nos tocase la lotería que de salir
victoriosos. Ella se limitó a sonreír y a seguir mirando las estrellas—.
Hablando de juntos… —titubeé porque se iba a cabrear de nuevo.
—Suéltalo, alitas.
—Me temo que esos dos han elegido la cama grande y que nos
toca dormir en la pequeña —me miró con los ojos muy abiertos—,
pero si quieres yo puedo hacerlo fuera. Estoy acostumbrado a pasar
las noches encima de un árbol, montando guardia.
—No es necesario si me prometes dejar a Pinocho en esa
indumentaria tan mona que te han regalado tus amigas las Nornas.
—¿A que estoy guapetón? —la vacilé, y me puse en pie,
moviendo el trasero.
La carcajada de Sarah me calentó el alma y fue entonces cuando
estuve cien por cien seguro de que quería pasar el resto de los días
que me quedasen escuchándola reír. Le tendí la mano y entramos en
la caravana. El colchón era de los pequeños, me tumbé de lado
pegado a la carrocería y ella hizo lo mismo con su cuerpo contra el
mío. Tuve la polémica interna de no saber dónde puñetas colocar el
brazo que me quedaba libre, el otro lo tenía por debajo de la
almohada. De pronto me había convertido en un adolescente en su
primera vez, nervioso y con temblores raros. Noté la espalda de la
bruja moverse y escuché su risita, pese a que intentó ocultarla.
Agarró mi mano entumecida por estarla aguantando casi en el aire y
la colocó alrededor de su cintura.
No recuerdo cuándo nos dormimos, ni si en realidad lo hicimos.
Escuchaba su respiración acompasada y sus latidos ir al mismo ritmo
de los míos. El olor de su pelo inundaba mis sentidos y aspiré con
fuerza para robarle el máximo posible y llevármelo conmigo hasta
que nos volviésemos a ver. Escondí la nariz en su cuello, consciente
de que su piel se erizaba con cada contacto que teníamos. Este era
el momento más feliz y tranquilo de mi vida, pese a que el mundo se
estuviese derrumbando yo la tenía a ella para mantenerme en pie y
seguir luchando por que más gente tuviese instantes como estos,
únicos e irrepetibles, sinceros, bonitos y reales.
—Te amo, brujita del demonio —le susurré al oído antes de
olvidarme del mundo y cerrar los ojos.
La mañana llegó demasiado pronto. Me habría quedado en esa
misma postura para siempre. Sarah se despertó mientras yo la
estaba mirando con cara de lerdo. Se cubrió la boca con la sábana
que habíamos usado para taparnos, no sé muy bien por qué, ella era
como una estufa y yo dudo mucho que alguna vez pasase frío a su
lado. Me miró con esos ojillos lilas que tanto adoraba y le di un beso
en la nariz que hizo que arrugase la frente de forma graciosa.
—Buenos días, princesa.
—¿Princesa? Te recuerdo que yo soy más la bruja del cuento.
—Eso es según a quién le preguntes, para Caperucita el lobo
siempre será el malo, pero nadie le preguntó a él.
—Se comió a su abuela, James.
—Yo querría comerte a ti y no por eso soy malo —respondí, y ella
dio un saltito inesperado con el que aterrizó en el suelo. Asomé la
cabeza y la vi tumbada en la misma posición que tenía sobre la
cama, sábana incluida.
—¡Eres terrible!
—No me he movido.
—No es necesario, sabes la forma de molestarme.
—¿Te molesto?
—No, sí, no sé, puede ser… a veces. ¿¡Me quieres dejar tranquila
que me lave los dientes, o te soplo!?
—¿Volvemos al lobo feroz?
—¿Qué haces? —le preguntó Lamia, que también se acababa de
despertar y no podía salir porque Sarah ocupaba todo el pasillo que
quedaba libre de la caravana.
—Ejercicios espirituales mañaneros. Son lo mejor para que no se
te cojan los tendones de las alas al volar.
—¿En serio?
—Y tan en serio. Ya te enseñaré —respondió mientras me reía. Se
levantó y salió corriendo del vehículo con la dragona pegada a su
culo imitando todos sus movimientos.
—James, sabes que esto no va a llegar a buen puerto, ¿verdad?
—me preguntó Sariel antes de pasar por mi lado.
—Sé lo que quiero y lo que siento, y con eso ya es más que
suficiente para mí, amigo.
Capítulo veintiocho
Si no puedes deslumbrarlos con tu sabiduría,
confúndelos con tus movimientos de baile
Sarah
La noche fue simplemente perfecta, la mañana también apuntaba a
ser de las mejores de mi vida hasta que me quedé con cara de
idiota, mirando el techo de la caravana, y luego me tuve que poner a
hacer ejercicio sin haber siquiera ido al servicio, o al matorral, con
tal de no explicar qué diantres hacía en el suelo.
La despedida de Sariel y Lamia fue algo así como de colegas que
se van a ver en un rato. Se dijeron un «Nos vemos», y fin. No
comprendía cómo podían habérsela jugado tanto los dos, acostarse
juntos y no tener el más mínimo sentimiento el uno por el otro.
—Prométeme que no te meterás en problemas y que si ves la
aguja mareada saldrás corriendo, estornudarás o volarás. ¿Has
metido el tarro de pimienta que hemos encontrado en el bolso?
—Sí, papá. Lo tengo todo.
—Pues sácalo de ahí y póntelo en el bolsillo. No, mejor vamos a
repartir bolsitas por zonas estratégicas de tu cuerpo por si te lo
quitan que puedas tener más por ahí.
—James, no soy un cochinillo, no me voy a embadurnar en
especias ni tampoco me vas a meter mano mientras buscas dónde
esconderlas.
—Le quitas toda la gracia a nuestra relación, Church —se hizo el
dolido y se llevó la mano a la frente cual señorita victoriana
despechada.
—Estás como una cabra.
—No nombres al diablo, que cada vez que aparece nos la lía —me
reprendió, refiriéndose de seguro a la Oráculo—. Ahora en serio, por
Satán, por mi madre y por todos tus antepasados, cuando creas que
tengas que hacer o decir algo, piénsalo de nuevo antes. ¿Lo
prometes?
—Lo prometo, de verdad. No es una despedida, James. Nos
vamos a ver en unos días.
—Me será imposible comunicarme contigo mientras estés en el
averno. Eso no me hace ninguna gracia, ¿cómo voy a saber si te
metes en problemas?
—Confiando en mí —concluí, y me puse de puntillas para darle un
beso en la mejilla. Sin embargo, él giró la cara justo a tiempo de que
nuestros labios se uniesen, y ninguno de los dos se separó hasta
que Sariel carraspeó a pocos centímetros.
—Recuérdame por qué no te he matado aún —le preguntó el
hechicero, y no pude evitar sonreír al ver la cara de pánico del alado.
—¿Porque me quieres y soy tu colega del cielo?
—No, porque me das pena y no tendría ningún mérito —le
respondió, y Lamia empezó a reírse como nunca la había escuchado.
Así quería exactamente que fuese nuestra separación, feliz y
haciendo el tonto.
—Tened cuidado —les dije, y levanté el vuelo al lado de la
dragona roja, quien ya me esperaba en el cielo. James y Sariel
hicieron lo mismo y escuché que gritó antes de alejarse:
—¡Cuidado con las multas, que no tienes carnet de piloto,
demonia!

Nos dirigimos a una de las tumbas que estaban esparcidas por la


zona. Sabía que esa era la forma más rápida de llegar al inframundo
para los demonios, y para los casi demonios como yo. Ya había
usado ese camino antes. Esta vez me alegré de no ir sola y de tener
alas para poder salir del agujero sin ayuda.
—¿Sabes dónde vamos?
—Pues me temo que tendremos que ir a mi casa. Si alguien te
pregunta, no eres tú.
—¿Y quién se supone que soy?
—Una amiga lejana que he traído para que se una a la causa.
—¿Se puede saber cómo me llamo?
—Sarah. ¿No te acuerdas? Pues empezamos bien.
—Sí, empezamos de maravilla… —ironicé—. Este plan hace aguas
por todas partes, Lamia. Me van a pillar en menos que canta un
camaleón.
—¿Los camaleones cantan?
—Déjalo. —Suspiré y me puse a rezar a todos los príncipes del
averno y hasta a la madre de James—. ¿Hay algo más que deba
saber?
—Pues, recapitulemos, no le puedes decir a nadie que eres la hija
de tu padre. Tienes que soltar palabrotas y escupir y, lo más
importante, no puedes ser agradable. Si sigues esas tres reglas todo
irá bien. Te moverás como kelpie[26] en el lago.
Preferí no seguir preguntando porque cada vez me estaba
poniendo más nerviosa. Al final confesaba hasta el primer moco que
pegué debajo de la mesa de la cocina cuando nadie miraba. Ya
veréis.
Después de salir de la tumba, volamos durante casi media hora
hasta que llegamos a lo que se asemejaba bastante a un pueblo.
Había puertas en distintos montículos de tierra arcillosa roja y podía
oír algo parecido a música salir de la más grande. Se me asemejaron
mucho a los montoncitos de arena que hay encima de los
hormigueros, solo que aquellos no eran insectos diminutos
precisamente. Lamia me hizo señas para indicarme que íbamos a
descender y la obedecí sin tener todavía muy controlado eso del
aterrizaje.
—Camina con normalidad —me aconsejó, volviendo a ser una
demonia roja. Si me preguntáis, hubiese preferido que siguiese en
modo dragona comepersonas, cosas y todo lo que se le pusiese por
delante.
La imité y me puse a su lado. En cuanto llegamos a donde se
encontraban ubicadas las construcciones nos empezamos a cruzar
con más demonios que no nos prestaban la más mínima atención, y
di gracias a Satanás por ello.
—Oye —le susurré—. ¿Satanás vive aquí también?
—¿Estás loca? Él tiene su propio castillo al otro lado del averno,
aquí solo estamos los demonios de primera clase y algunos menores
que trabajan para nosotros.
—Eso es muy clasista, ¿no?
—Son las normas. Según en la familia en la que hayas nacido así
serán las oportunidades que tendrás durante el resto de tu vida.
—Pues no me parece justo —confesé, un poquito indignada.
—No veo mucha diferencia a lo que hacen los humanos en la
tierra. Hay personas que pierden la vida en el mar porque han
nacido en un país donde las posibilidades que tienen son nulas y
ambicionan algo mejor para sus familias. Hay países en los que te
matan por tu condición sexual y otros en los que las mujeres valen
menos que nada. No comprendo dónde ves tanta diferencia entre
nosotros, la verdad.
Me acababa de dejar de piedra, sintiéndome como una estúpida
prepotente al cuadrado, y me obligué a dar las gracias al acabar de
darme cuenta, veintiún años tarde, de la suerte que había tenido en
mi vida.
Después de eso guardé silencio hasta que Lamia se detuvo frente
a una de las casas más grandes. Suspiró y abrió la puerta dando un
portazo, si yo hubiese hecho eso en la mía me habrían castigado un
mes en mi cuarto.
—Vamos —me indicó para que la siguiese al fondo, pero tuve que
detenerme a contemplarlo todo porque el interior me había dejado a
cuadros.
En mi cabeza me había imaginado algo parecido a los calabozos
donde James encontró a Alcina, pero no. Accedimos a una pequeña
habitación llena de armas que conectaba con el interior de la
vivienda. Las paredes estaban llenas de antorchas encendidas, ya
que las ventanas brillaban por su ausencia, pero por lo demás podía
pasar por una casa de las que usaban los vikingos. La diferencia era
que, en lugar de haber utilizado en su construcción madera de roble,
se habían limitado a la arcilla y la piedra. Descubrí que el orificio
puntiagudo que se veía desde fuera, y que pensé en un principio
que era para que las hormiguitas metiesen la comida, era una salida
de humos, estratégicamente colocada encima de una gran chimenea
circular. Olía a leña quemada y a carne asada, preferí no preguntar
ni qué ni quién estaba cocinando. Las paredes también tenían
tapices, escudos y más armas. Aquella era la base subterránea de
los Hombres de Negro al estilo averno. Los bancos estaban
colocados a lo largo de los muros. Lamia me aguardaba, impaciente,
en la parte oriental, aunque también vi una puerta en la occidental
de la que salían lo que quise pensar que eran mugidos de vacas…
Me apresuré a seguirla antes de que apareciese alguien más y
nos pillase. No me apetecía conocer a nadie más de mi familia
paterna después de lo que mi prima me había contado de ellos. En
cuanto traspasamos un estrecho pasillo entramos por una puerta
que también cerró como si quisiese sacarla por el otro lado.
—¿Esto de intentar arrancar la puerta cada vez que la cierras es
también un ritual demoníaco o qué?
—No, eso es para decirle al que esté aquí que he llegado y que no
me apetece que me hablen —respondió, y se tumbó en una especie
de camastro de paja que más bien parecía un nido de avestruz que
algo para que una persona descansase.
—Es bonito —mentí, girando sobre mí misma para ver que,
además de una tabla en la pared donde había puesta un montón de
ropa una encima de otra, no había nada más en ese dormitorio
digno de mención. No hasta que mis ojos se toparon con algunos
huesos en un rincón, colocados en forma de montañita.
—Gracias, supongo.
—¿A qué esperamos?
—A que mi madre aparezca, me grite que dónde he estado y me
mande con el resto. Ella nos dirá el lugar en el que están reunidos.
No le dio tiempo a decir nada más, cuando la puerta se abrió y si
no me llego a echar a un lado me deja pegada como una lagartija a
la pared.
—¡¿Se puede saber dónde has estado?! —una voz, creo que
femenina, inundó la habitación y a continuación de lo que, desde mi
perspectiva visual al lado de la puerta, pegada a la piedra, era un
hocico, empezó a echar llamaradas de fuego. Nos quemaba vivas
allí, ya tenían hasta los palitos para hacer la hoguera.
—Por ahí —le respondió Lamia desde la cama sin inmutarse ni
preocuparse por que las llamas estuviesen tan cerca de ella.
—Tus hermanos te están esperando desde ayer.
—Pues si siguen esperándome es que aún no se han muerto. Si lo
sé regreso más tarde —se lamentó, y percibí la sinceridad en sus
palabras.
—Si vas a seguir apareciendo y desapareciendo, a lo mejor va
siendo hora de que lo hagas para siempre y dejes de darnos
problemas. Te tenía que haber vendido al príncipe como mascota
cuando tuve la oportunidad —se lamentó la cosa aquella que se
hacía llamar madre, y se me encogió el corazón al ponerme en el
lugar de Lamia.
—Se comería mejor, eso seguro.
—¡Vuela a la de ya con tus hermanos!
—Sí, madre, pero primero tendría que saber dónde están y que
me importase una mierda qué están haciendo o para qué me
necesitan tanto si soy una completa inútil para esta familia.
—Están en las legiones de Shax, ¿no te has enterado? Claro, no
sé de qué me asombro. Ve a la cantina, allí te darán las indicaciones.
Cambian cada día de sitio —concluyó, y se dispuso a irse, el
problema es que de pronto se detuvo y el hocico que medio veía se
puso a olisquear el aire—. ¿Con quién has estado? Huele a escoria
celestial otra vez.
—Sarah y yo hemos matado a un ángel que quería espiar la
entrada del averno —respondió, y me señaló con el dedo, delatando
mi posición. Os juro que pensaba matarla si no me comía su señora
madre antes.
Asomé la cabeza para que no entrase más y me planté delante de
ella. Respirar tan cerca de aquel penetrante olor a azufre me costó
horrores, y aguantar el picor en los ojos ni os cuento. Intenté poner
pinta de malota y saludé a aquella cosa que era enorme. Tenía el
cuerpo lleno de escamas negras, los ojos azules igual que si fuesen
dos leds encendidos en medio de la noche, un hocico en lugar de
nariz, y de la parte baja de este le sobresalían unos enormes
colmillos amarillentos. Lo que peor me sentó fue que llevaba puesto
solo una especie de delantal rojo donde ponía: Yo soy la que mato la
comida en casa. Sí, eso triunfaría en las tiendas de la Tierra,
seguro…
—Hola, señora enorme madre de Lamia —le dije intentando poner
la voz ronca para dar más miedo, y por el rabillo del ojo vi que mi
prima se echaba las manos a la cabeza.
—¿Te has traído la comida a tu habitación? ¿Cuántas veces tengo
que decirte que después la sangre no sale de las paredes? ¡No
somos animales, Lamia! Saca a este bicho de aquí inmediatamente
—finalizó, y se marchó, no sin antes darme un señor rabazo, púas
incluidas, en las espinillas, sí, en las dos.
—¡Yo me cago en tu fruta madre! —susurré, sentándome en el
suelo y rascándome para aliviar un poco el latigazo que me había
llevado de gratis.
—Sí, esa misma era. La que escupe fuego y quiere comerte. Me
da que no te sale muy bien lo de hacer de demonio.
—¡Venga ya! Pues si no lo dices ni lo noto… —ironicé.
—Vamos a la cantina, pero ¡por Satán, no hables!
Capítulo veintinueve
No soy flojo, estoy en modo ahorro de batería
James
Tenía claro cuál iba a ser nuestra primera parada. Conduje a Sariel
hasta Butrón, y una vez que estuvimos sobrevolando el castillo me
entraron ganas de llorar. Me parecía increíble que se hubiera liado
tantísimo caos en tan poco tiempo. De los cuatro torreones que
tenía el castillo tan solo quedaba medio en pie la torre del
homenaje, que era la más alta de todas y donde estaban las
estancias de Diego y de Kardec. Las cinco plantas de las que
constaba las habían derruido, y en algunas se podían ver los restos
del interior a la perfección. Parecía que alguien había decidido
transformar mi hogar en una casita de muñecas en la que se abría el
frontal para poder jugar dentro. Me llevé un rato dando vueltas con
el ángel a mi lado en silencio. No tenía huevos de descender y
toparme de frente con la realidad de lo sucedido. De algunos puntos
seguía saliendo un humo negro, y lo primero que se me vino a la
cabeza fue la biblioteca y la cantidad de tomos originales que allí
guardábamos.
No podía retrasarlo más, por lo que hice de tripas corazón y
bajamos hasta el patio de armas. En el instante en que pusimos un
pie allí algo me rozó el brazo y sentí un dolor punzante en esa parte
de mi cuerpo que olvidaba que tenía, las alas. Miré sobre mi hombro
y vi la zona trasera de una saeta sobresaliendo entre las plumas
blancas y negras, tiñéndolas de rojo. Sariel me empujó a su espalda
y sacó las dagas para colocarse en posición de defensa.
—¡¿James?! —la familiar voz de Dedi me hizo apartar al ángel y
volver a ponerme en el lugar más vulnerable.
—Te prometo que no te he engañado con nadie, no te pongas en
modo novia celosa tóxica —respondí, y mi amigo salió corriendo de
su escondite tras unos cascotes enormes de lo que había sido parte
del muro del castillo.
—¡James, tío! ¿Dónde cojones te habías metido? ¡Creí que
estabas muerto! ¡No vuelvas a hacerme eso jamás! —me chilló, me
abrazó y me dio un puñetazo en el estómago, así, por ese orden.
Sariel no sabía cómo actuar, porque cuando logré ponerme derecho
después del golpe y lo miré su cara era digna de enmarcar.
—Yo también me alegro de verte, pero si sigues así ¡lo mismo me
matas tú, animal!
—Perdón, perdón. Estoy nervioso. ¡Tío, mierda, tienes una flecha
en un ala!
—No me jodas, pues si no lo comentas ni lo noto —ironicé, y me
acordé de parte de su familia.
—Vamos, aquí no estamos a salvo —añadió, y nos apresuró a salir
del patio—. Soy Dedi, por cierto —le dio la mano a Sariel y este
enfundó sus armas, todavía visiblemente confundido.
—Sariel —fue lo único que se atrevió a decir.
—Nos han masacrado, James. No tuvimos ninguna posibilidad. La
mayoría estaban en Cernégula, custodiando a los prisioneros. Los
representantes de las facciones que quedaban en pie y de nuestro
lado también han desaparecido —comenzó a explicarme rápido
mientras bajábamos las escaleras, cosa que me descuadró un poco,
esa dirección tan solo llevaba a un sitio.
—¿Kardec?
—No lo sé. Él también estaba en Cernégula, ¿no lo viste?
—No me dio tiempo a mucho, cuando llegué empezó todo —me
disculpé por no poder darle noticias del paradero de nuestro jefe—.
¿Dónde vamos?
—Al único sitio que podemos controlar. El resto de la guarida está
en ruinas o a punto de caerse, es peligroso. Tan solo disponemos de
los calabozos.
Me dolió en el alma que los hechiceros se tuviesen que
atrincherar como ratas en su propia casa y juré que conseguiría que
todo volviese a la normalidad.
—¿Sabemos algo de Diego? —pregunté, esperando que al menos
él hubiese regresado, pero Dedi negó con la cabeza y seguimos
andando hasta que llegamos a la zona baja del castillo.
Las voces se silenciaron en cuanto nos vieron entrar, con la flecha
clavada no podía esconder mis alas y Sariel no estaba acostumbrado
a hacerlo, de hecho, nunca lo había visto sin ellas, por lo que para él
era normal llevarlas a la vista. No tanto para los hechiceros, que
empezaron a murmurar al verlas.
—¡James ha vuelto con refuerzos y va a ayudarnos a luchar! —
gritó mi amigo, y vi al ángel encogerse tras escuchar eso de
refuerzos.
La algarabía y los vítores no se hicieron esperar. No habría más de
treinta hechiceros allí apretados, sobreviviendo en condiciones
inhumanas, pero al menos continuaban con vida, y eso era lo
importante. Me vine un poquito arriba por el júbilo de mis
compañeros y me puse en modo jefe coach y Che Guevara juntos
sin darme cuenta.
—¡Hermanos, no vamos a dejar sin castigo esta ofensa! —grité, y
la ovación resonó en las paredes—. Los traidores que se han aliado
con los demonios no van a salir impunes. ¡Os prometo que las
muertes de nuestros compañeros, de nuestra familia, serán pagadas
con sangre! ¡¿Estáis conmigo?! —chillé a pleno pulmón, y todos
levantaron sus armas y salieron corriendo escaleras arriba gritando y
jaleando: ¡Guerra, guerra!
—James, ¿sabes dónde están los traidores? —me preguntó bajito
Dedi cuando el resto había desaparecido, y de pronto el cubículo
donde se resguardaban pareció hasta grande.
—No.
—Pero tienes un plan, ¿verdad?
—Tampoco.
—¿Y refuerzos? Los refuerzos estarán al llegar. Así en modo
Supermán como hicieron la última vez, ¿verdad?
—Pues no tengo claro cuándo van a aparecer.
—¡Satán nos coja confesados! —exclamó—. Entonces, ¿para qué
carajo dices nada, desgraciado?
—Es que me he animado un poquillo de más —me disculpé, y
Sariel se dio un cabezazo contra la pared y se quedó allí, igual que si
lo hubieran castigado en el cole.
Si es que no se me podía dar vidilla, que la liaba, a ver a dónde
cojones los mandaba yo a todos esos majaras exaltados con sed de
venganza…
—La que haz liao, pollito…
—¡Pepe, te quiero! —le dije al sapo, que acababa de aparecerse
en mi hombro.
—Claro, claro. Ahora «Pepe, te quiero»…
—¿Sabes algo de Sarah?
—Eztá en el infierno en caza de Lamia, poco má.
—Hazme un favor y te lo deberé toda la vida, podrás pedirme lo
que quieras.
—Ten cuidado con los pactos que haces con los demonios, James
—me aconsejó Sariel.
—Ezta vez el canijo tiene razón, pero ezo zería zi el demonio ez
de loz chungoz, nozotroz zomoz colegaz. Dime y ya luego te pido yo
argo.
—Conviértete en la sombra de Sarah y, en el momento en el que
creas que corre el más mínimo peligro, ven a buscarme.
—Zolo ezo, pueh vaya. Yo creía que íbamoz a hacer un zacrificio.
Ezo ez una mierda de trato.
—Es importante, Pepe. ¿Lo harás?
—Pero zolo porque me caez bien. No porque ezté amenazado de
muerte por Mammón zi no lo hago. Ya ze me ocurrirá qué pedirte.
Noz vemoz. No te mueraz antez, ¿eh? —concluyó, y desapareció tal
y como llegó, pero ahora con una misión y yo con una deuda.
—¿No crees que deberías devolverme esa flecha? —me preguntó
Dedi, señalándome el ala.
—Tienes la misma mala puntería de siempre —le respondí. Hice
de tripas corazón y me pegué un tirón para arrancarla. Si la punta
hubiese estado envenenada como la anterior otro gallo cantaría,
pero ya sabía que esa herida tardaría poco en curarse.

Cuando subimos y vi a todos mis compañeros colocados en


formación, aguardando mis órdenes, sentí un pellizco en el corazón.
En las mazmorras no pude fijarme bien, pero la mayoría de ellos
estaban heridos. Llevaban la ropa desgarrada y el cuerpo sucio. No
éramos lo que se dice una avanzadilla intimidante, digo lo de
avanzadilla porque esperaba por Dios que después de nosotros
llegase alguien más o íbamos a estar jodidos de cojones. No sabía
dónde mandarlos ni cómo actuar, pero tenía que ser su luz en medio
de la oscuridad y eso pensaba hacer.
—Dedi, necesito que me des un informe detallado de las bajas y
de los daños al castillo. Tenemos que recuperar todas las armas que
podamos sin poner en riesgo la integridad de ninguno de los que
quedan en pie.
—De acuerdo —respondió, adoptando el papel de mi segundo al
mando.
—¿Qué habéis hecho con los cuerpos de los caídos? —Tenía que
preguntarlo, pese a que en el fondo no quisiera saberlo.
—No hemos podido más que improvisar en la parte trasera un
cementerio, pero nos ha sido imposible enterrarlos de forma
individual. Lo único que nos ha dado tiempo a hacer es una fosa
colectiva para todos —se lamentó, y volví a sentir que le había
fallado—. Hemos apuntado los nombres de cada uno de ellos y
tengo guardadas las mitades de sus colgantes[27] para notificárselo a
sus familias cuando podamos.
—Esa ha sido una idea increíble en un momento tan jodido.
Deberías estar tú liderándolos en vez de yo, Dedi.
—Toda cara bonita necesita una cabeza pensante detrás, amigo.
Tú eres el guapo y yo el listo —se burló, y agradecí en el alma ese
instante de distensión.
—Necesitamos otro sitio en el que estar, este ni es seguro ni
puede darnos una mínima habitabilidad mientras nos reorganizamos
—conjeturé, y me puse a pensar dónde podía meternos a todos sin
que resultase sospechoso.
—Pueden ir al Limbo —respondió Sariel, y Dedi y yo nos
quedamos mirándolo igual que si le acabasen de salir tres cabezas.
—Vivos, Sariel, se trata de llevarlos vivos, salvaje.
—James, soy el encargado de transportar a las almas de un lado a
otro. ¿De dónde crees que las recojo antes? Puedo deciros cómo
llegar hasta ahí. El único problema es que Neuma se va a enfadar
bastante como se entere de que hay humanos en el Limbo.
—Pues hagamos que no lo sepa.
—En la otra dimensión, este lugar nunca ha sido atacado y podéis
usarlo como base mientras encontramos a los vigilantes.
—¿En serio? O sea, estaríamos en casa sin estarlo —pensó Dedi.
—Exacto, además de que es el mejor escondite para que nadie os
encuentre —añadió Sariel.
—Amigo, eres la polla en almíbar. Te prometo que no le contaré lo
de tus escarceos demoníacos a la Todopoderosa.
—¿Te has tirado a un demonio? —alucinó Dedi.
—A una demonia dragona —puntualizó Sariel, y mi amigo se
quedó a cuadros. Lo mismo aquellos dos cotillas se llevaban bien.
—Sariel, aquí el que hace como que se sorprende está con la
amiga de Sarah, Alcina, que es una bruja poseída por el espíritu de
la psicópata ninfómana de su abuela —le expliqué para que no se
sintiese tan rarito—. Y yo estoy enamorado de una medio bruja
medio demonio. No te creas especial.
Le di una palmadita en la espalda, cogimos las armas, víveres y
demás cosas que nos pudiesen hacer falta y seguimos a Sariel por el
bosque de las ninfas para llegar a nuestro nuevo destino. Estábamos
un poco más cerca de conseguirlo, solo debíamos tener algo de fe, y
una suerte del carajo…
Capítulo treinta
La sonrisa cuesta menos que la electricidad y da
más luz
Sarah
Las calles, o lo que pretendían serlo, estaban llenas de piedras y de
barro con el que podías partirte la crisma a la perfección si no
mirabas por dónde andabas, como solía ser mi caso. En el trayecto
desde casa de Lamia hasta lo que llamaban la taberna me resbalé
tres veces, y ella tuvo que cogerme por el codo para que no hiciese
la demonia voladora.
—Tu madre da un poco de miedo —le confesé mientras no
retiraba la vista del suelo.
—Bueno, eso es porque no has visto a mis hermanos. Sus padres
no son lo que se diría en tu mundo buenas personas. De ahí que
sean tan cabrones.
—¿Sus padres? ¿Cuántos tienen? Si no te ofende la pregunta,
claro.
—Sarah, por cosas como esas puedes perder aquí la cabeza.
—¿Por meterme donde no me llaman?
—Por pedir disculpas. Mi madre es una dragona de sangre real,
puede estar con quien le dé la gana. Cada uno de nosotros tenemos
un padre diferente y, créeme, ella no sabe escoger bien a sus
parejas… El único que se salva es el mío, y lo echó en cuanto se
enteró de que iba a poner un huevo.
—¿Tu padre?
—Él es el hermano del tuyo. No literalmente, claro, pero es uno
de los siete príncipes del averno junto a Mammón. No es mal tío, si
es que te gustan los mujeriegos con demasiados hijos como para
recordar el nombre de todos, aunque tiene debilidad por mi madre,
por eso yo sí tengo contacto con él, el resto de mis, digamos,
hermanos paternos viven en Edom.
Al entrar en la taberna nos recibió una bofetada de olor ácido
mezclado con el azufre al que ya me estaba acostumbrando. El sitio
se encontraba atestado de criaturas de todas las especies, colores y
tamaños que os podáis imaginar. Las había con cuernos, con rabos,
con ambos, con dos cabezas y, lo peor, con tres. Un demonio
enorme con una cabeza central de demonio y formidables cuernos
negros retorcidos, otra a su izquierda de lobo y una más a su
derecha de toro daba grandes zancadas tirando al suelo a todo el
que se ponía en su camino. No pude evitar cerrar los ojos cuando
esa cosa gigante de casi dos metros de alto se plantó delante de
nosotras y se cruzó de brazos. Nos comía, este nos comía y le
sobraba sitio para el postre…
—¿Dónde has estado?
—Donde me mandaste —respondió Lamia sin amedrentarse, yo
me habría meado encima, eso seguro.
—Vamos fuera, hay problemas —dijo, y metió su enorme mano,
garras incluidas, en el interior de una de nuestras axilas y nos llevó
en volandas hasta el exterior de nuevo.
No os puedo decir el tramo que recorrimos así, porque ni mis pies
tocaron el suelo ni mis párpados quisieron abrirse, la verdad. Solo
pude volver a mirar cuando noté que soltaba el férreo agarre a esa
zona que esperaba que no me hubiese sudado demasiado, porque
vaya palo más grande.
—Hija, no es seguro. ¿Por qué la has traído? —Espera un
segundo, ¿hija? ¿Ese era el padre mujeriego de Lamia? A ver, tenía
tres cabezas y estaba convencida de que Tituba le sacaría bastante
partido a eso en ciertos momentos de intimidad, pero acojonaba
tela.
—Quiso venir, a mí no me digas nada —escurrió el bulto mi prima,
y me acordé de toda su generación.
—Niña, ¿estás mal de la cabeza? Como Shax te vea matará a tu
padre —me regañó al igual que si estuviera hablando con un bebé.
Vamos, que se agachó y todo para estar más a mi altura, le faltó
cogerme las manitas.
—Teníamos que venir a recopilar información sobre el ataque —
me defendí sin saber si podía confiarle toda la información—.
¿Dónde está Mammón?
—Lo han capturado. Shax no se toma bien que lo mantengan al
margen de lo que sucede, y le hemos estado ocultando tu existencia
durante demasiado tiempo.
—Pero Shax es un marqués del infierno y mi padre un príncipe,
¿no?
—Mammón ha estado desaparecido muchos años, ha perdido
parte de su apoyo aquí abajo. Ahora lo ven débil. Una de las formas
de destronarlo es quitándole algo que quiera, en este caso tú.
—¡Tenemos que rescatarlo! —le supliqué—. No puedo dejarlo a su
suerte.
—No lo haremos, pero ahora mismo ellos tienen ayuda del
exterior, más las influencias internas del marqués. Lo tenemos muy
complicado.
—¿Quiénes le están ayudando? Necesitamos saberlo —nos
interrumpió Lamia.
—Hija, no te vas a meter en esto.
—No lo dudes, ya me has metido tú.
—Como se entere tu madre, me castra.
—A mi madre le importa tres mil mierdas lo que me pase.
—No empecemos, y no hables así de ella. Ha tenido una vida
difícil —la defendió, y la escena filio parental me resultó tan
sumamente normal que parecía irreal estando en un sitio como
aquel y en una situación como aquella.
—¿Mis hermanos están del lado de Shax? —quiso saber Lamia, y
el demonio asintió—. Pues mira, más diversión. ¿Dónde están?
—Han usado como base los túneles de la cueva que conecta con
la tierra. Desde allí pueden controlar quién entra y sale que no sea
demonio.
Me quedé con cara de lerda.
—Recuerda que el resto de los seres sobrenaturales no pueden
usar las tumbas para venir. Ellos tienen que atravesar la cueva de la
locura y, si la pasan, llegan hasta las mazmorras infernales.
—Sí, de algo me suena. Créeme, no me hace especial ilusión
volver. ¿Es allí donde tienen a mi padre?
—Sí, y donde se reúnen con esos ridículos con los trajes
metálicos. Si fuese por mí ya les habría arrancado la cabeza.
—¿Cuántos son?
—Pues hay seis sobrenaturales, pero como llevan las escafandras
para no morirse al respirar nuestro aire no te puedo decir mucho
más. Lo que sí te puedo asegurar al cien por cien es que hay dos
mujeres entre ellos —se disculpó, y miré a Lamia de reojo.
—Él es un príncipe del averno, tiene modales diferentes a los
nuestros. Nadie le va a decir nada, a ti sí.
—¿Qué te ha dicho mi hija exactamente que hagas?
—Que diga palabrotas, escupa y sea malota —le confesé, y el
hombre se rio a carcajadas, pareciéndose demasiado a mi padre
como para que no me doliese.
—Los prisioneros escaparon la noche del ataque. Entre ellos
estaban la madre de Alcina, Alison, y la que fue la bruja mayor de
los aquelarres, Elly Kedward, es posible que sean ellas. No dudo que
el resto se trate de los tres Vernon y, por mucho que me pese, de
Diego —conjeturé en voz alta, evitando seguir hablando del ridículo
que haría si me ponía a intentar escupir, porque tan solo me saldría
un espumarajo más parecido a que me estuviese dando un ataque
epiléptico que a un escupitajo…
—Le debo la vida a mi hermano. Creo que ya está bien de
mantenerme neutral en esto. Iré con vosotras y no tendrás
necesidad de expectorar —nos aseguró, y me quedé bastante más
tranquila—. Solo tendrás que ser mi concubina —concluyó, y me
empezaron a temblar las piernas.
—Espera, ¿qué?
—No en la realidad, pero eso el resto no tiene por qué saberlo,
¿verdad? Aunque, si quieres, no tengo ningún inconveniente en
hacerte mía. Todo es pactarlo con tu padre —lo convencido que lo
dijo hizo que me pusiera a sudar en sitios donde no sabía que se
podía.
—Padre, déjala tranquila o se nos va a morir antes de que la
maten —me defendió Lamia, aunque su argumento no terminó de
relajarme del todo…

Llegar no fue complicado, las dos seguimos las enormes alas de


Asmodeo hasta un lugar que conocía demasiado bien, tanto por la
vez que escapé subida a caballito sobre Kardec como por la que vine
a rescatar a James. Nos ocultamos detrás de unos montículos de
tierra que casi nos tapaban por completo estando de pie mientras
analizábamos la entrada de la cueva. En el aire sobrevolaban cinco
dragones negros que se echaban fuego unos a otros, algunas veces
se esquivaban, pero otras se daban de lleno y caían al suelo
haciendo que cada vez que eso sucedía temblase la tierra. No sería
yo la que les llevase la contraria a ninguno. No obstante, cuando
miré a Lamia la vi con los labios igual de apretados que los puños y
me di cuenta de quiénes eran al instante.
—Lamia, tienes que ser más inteligente que ellos, cualquier cosa
que hagas debes hacerla con cabeza y no por arrojo —la advirtió su
padre.
—Tan solo me gustaría desangrarlos a todos. No veo qué hay de
malo en eso.
—Absolutamente nada, pero no es el momento. Ya lo harás
cuando estén solos.
Oye, que yo eso del acercamiento entre padres e hijas y lo de
compartir gustos y hobbies lo veía de maravilla, pero no sé hasta
qué punto podría ser constructiva esta conversación.
—Gracias, papá.
—De nada, llamita.
¿Os habéis sentido incómodos de verdad alguna vez en toda
vuestra vida? Pues así me sentía yo, como cuando abres el grifo en
el baño de casa de alguna amiga para que no te escuchen que te
estás cagando por si se te escapa algún pedo, y el problema luego
es que te sale un mojón flotador y no tienes narices a que se vaya
por el desagüe hasta que no lo trituras con la escobilla y, para
entonces, todo el mundo sabe lo que estabas haciendo. Me estoy
yendo un poco por las ramas, que no me ha pasado a mí, me lo han
contado, en serio.
—¿Estás bien? Podemos dejarlo y que escapes por alguna tumba
al mundo real —me dio a elegir Asmodeo al verme en la parra el
rato que mi escatológico cerebro se había puesto a pensar en cacas.
—A veces hace eso, el nefilim dice que es normal —continuó
Lamia.
—¿Conoces a uno? Dicen que tienen un sabor exquisito.
—Eso pregúntaselo a Sarah, que es la que lo cata —se burló mi
prima, y noté que el morado de mi piel se podía llegar a poner del
mismo tono carmesí de la dragona. Ambos se rieron y quise que me
tragase la tierra y me escupiera de verdad al lado de la cabra que a
saber por dónde andaba.
—¿Cómo vamoz?
Pepe apareció en mi hombro y el humor de Asmodeo se
desvaneció.
—Peralda, a ti quería yo verte, malnacido.
—¡Mierda! —exclamó Pepe, pero el demonio fue más rápido y lo
encerró en su puño. Me pareció que los ojos del sapo iban a explotar
de un momento a otro si no hacía nada.
—Tío, no le hagas daño, por favor. Es mi familiar y mi otro tío. Eso
os convierte en familia conmigo como puente, ¿no? No se lastima a
la familia —le intenté dar coba, pasando por alto que mi prima antes
quería desangrar a sus hermanos y que su padre estaba más que
dispuesto a ayudarla…
—Azmo, churra. La vida da muchaz vueltaz y ahora zoy un zapo
legal. Lo juro por tu madre.
—Y yo te juro que como nos traiciones, nos vendas o pase
cualquier cosa por tu culpa, te asaré y te comeré como entrante —lo
amenazó el demonio.
—Palabrita del niño Zatán que zoy un montón de bueno —le
prometió Pepe, y levantó una de sus patitas delanteras y la otra se la
llevó con sus anfibios dedos al corazón.
—Me voy a arrepentir de esto —se lamentó el demonio, y soltó al
sapo, que corrió a refugiarse en mis brazos—. Tenemos dos opciones
para entrar: la silenciosa o la ruidosa.
No le dio tiempo a decir nada más, Lamia ya se había
transformado en dragona y, por ende, descubierto dónde nos
escondíamos.
—La divertida, padre, siempre la divertida.
—Es digna hija de su madre… Sarah, te dejaremos la entrada
libre, pero una vez en la cueva estarás sola. Puedo decir que es otra
estúpida pelea entre hermanos para cubrirnos. ¡Corre! —me
apresuró, dio un salto y voló hacia el lado contrario, supongo que
para dividir a los dragones y poder darme vía libre a mí y algún tipo
de probabilidad de salir con vida a su hija.
—Pueh ze ha queao una tarde bonita.
Capítulo treinta y uno
La vida es corta. Sonríe mientras tienes dientes
James
Para mi sorpresa, Sariel nos condujo hasta lo que para todos los
mortales era un locutorio en el exterior hecho al lado de la
impresionante Cueva de Pozalagua. Había estado allí alguna que otra
vez para disfrutar de sus especiales estalactitas excéntricas con
ramificaciones en todas direcciones, las estalagmitas con forma de
órganos y de la magia de la naturaleza en sí. Más que nada acudía a
ese lugar cuando lo único que quería escuchar era el sonido de las
gotas de agua, cayendo de forma acompasada como si un diapasón
invisible las estuviese guiando. Llegamos hasta la pared opuesta y
nos detuvimos a mirar a Sariel porque tenía toda la pinta de que el
ángel se había equivocado de camino.
—¿Y bien? —le pregunté, impaciente por dejar a los hechiceros en
un lugar seguro y poder seguir con nuestra misión.
—Está ahí, dentro de ese muro —informó igual que si fuese de lo
más obvio.
—No somos lagartijas, lo de atravesar piedra caliza como que no
terminamos de dominarlo, Sariel —ironizó Dedi, que era lo que
siempre hacía cuando se ponía nervioso. Habíamos andado
bastante, estábamos cansados, hambrientos y, si es que eso podía
llegar a ser posible, con más mierda aún que cuando salimos del
castillo de Butrón.
—La cueva de Pozalagua se separa de la Torca Carlista por una
pared de tan solo veinte metros.
—Entonces, ¿excavamos o damos la vuelta? Mira que yo ya estoy
un poquito hasta los huevos de las vacas —protesté.
Por el camino habíamos tenido que correr entre pasto y pasto
para ir cerrando las puertas antes de que las rumiantes se mudasen
de sitio. Además, desde mi último encuentro con la prima de los
velociraptores en el averno les tenía un poquillo de pelusilla, para
qué os voy a mentir.
—No, James, a veces me pregunto si solo tienes genes de tu
padre —me intentó insultar a su forma el mamón de Sariel.
—Tiene toda la pinta, porque a tu jefa no es que me parezca
demasiado. Bueno, soy rubio y guapetón. ¿Te sirve?
—¿Jugamos a dejarnos de estupideces? Hay un montón de
compañeros con las mismas ganas de escucharos que de tirarse por
un puente, a lo mejor de lo segundo tienen incluso más —nos
amonestó Dedi.
Sariel pasó de mi culo y se adelantó para ponerse junto a la
maciza pared. Colocó cada una de sus dagas de ónice en dos grietas
que estaban a la distancia justa que abarcaban sus brazos abiertos y
las estalactitas del techo empezaron a moverse como si se nos
fuesen a caer en la cabeza trinchándonos igual que a pollos en el
asador, solo que en vez de por el culo, por la cabeza. Vaya mierda de
forma de morir. Los hechiceros intentaron salir corriendo para
ponerse a cubierto, no tengo claro dónde, porque allí éramos un
blanco fácil lo mirases por dónde lo mirases. El problema era que,
cuando intentaban alejarse del perímetro que consideraban más
peligroso, los detenía una pared invisible que se me asemejó
demasiado a la cúpula navideña en la que nos encerró la cabra.
Aquel recuerdo hizo que una punzada de dolor me atravesase la
cabeza y tuviese que ponerme de rodillas para sostenerme las sienes
con fuerza.
—¿Estás bien? —se preocupó Dedi, agachándose a mi lado—.
Oye, ¿te fías del raro?
Antes de que me diese tiempo a contestarle, otra pared se
comenzó a abrir y una luz nos cegó a todos.
—Aquí está la entrada, hombres de poca fe —nos regañó Sariel, y
se puso al mando, indicando a unos reticentes hechiceros que
entrasen por la oquedad. Eso sería algo temporal, que no se creyese
que lo iba a dejar mucho tiempo como jefe, porque era capaz de
tirarnos por un barranco, se lo permitiría solo hasta que mi visión
dejase de tener puntitos negros.
Me puse en pie y anduve con paso firme hasta donde estaba el
ángel, ya que ninguno le había hecho demasiado caso y les faltaba
silbar para disimular que no pensaban entrar ahí. Si quieres que el
resto obedezca, primero tienes que servir de ejemplo. Me adentré en
la luz sin saber qué encontraría al otro lado, confiando mi vida a
alguien que la había liado parda por culpa de unas faldas, o una
cola, eso había sonado como el culo, pero me habéis entendido, no
me jodáis.
Tal y como pensé, escuché los pasos de todos los demás a mi
espalda. Cuando mis pupilas se aclimataron al cambio de luz, me
quedé sin palabras. Estábamos en la entrada del castillo de Butrón,
con la gran diferencia de que este continuaba de una pieza y, para
más inri, olía a comida. La alegría de mis compañeros no se hizo
esperar y salieron corriendo hasta el interior sin mirar atrás. Se ve
que, entre el dolor y la comida, ganaba la comida.
—¿Esto es verdad? —le preguntó Dedi a Sariel. Los tres nos
habíamos quedado rezagados para que nadie se quedase atrás, tan
importante era la avanzadilla como una buena retaguardia.
—Sí y no. Ya os dije que es el Limbo. Los humanos tienen el
extraño pensamiento de que aquí vienen las personas no bautizadas
o que esperan ir al averno. Cosa que es totalmente infundada, este
es el lugar de tránsito. Por lo que hemos pasado sale en las
escrituras y se ha nombrado de varias formas. Me parece que la más
reconocida en vuestro tiempo es Aqueronte, el río que conecta el
mundo de los vivos con el inframundo. En muchos escritos dicen que
es Caronte el que lleva a las almas de los muertos en su barca y que
solo los que han recibido una sepultura digna tendrán la moneda
para pagar el viaje. Los que no, se quedarán para siempre en la
orilla sin poder cruzar.
—¡No me jodas que tú eres Caronte! —exclamé sin que me
quedase muy claro.
—¿Qué parte de «los humanos tienen un extraño pensamiento»
que he dicho al principio no te ha quedado claro, James?
—Paso demasiado tiempo con Sarah. ¿Cómo estarán? Espero que
Pepe cumpla su parte del trato o le voy a arrancar las ancas.
—¿Es seguro que estemos aquí? —quiso saber Dedi, más
interesado en lo importante que en las clases de mitología.
—Sí, nadie puede entrar, a no ser que sea Neuma o Satanás.
—¿¡Puede venir Satanás!? —dijimos mi amigo y yo a la vez con
medio infarto encima.
—Sí, pero no lo van a hacer, romperían el tratado, y yo no he
hecho nada para mosquearlos tanto. Bueno, sí lo he hecho, pero
ellos no se han enterado —se corrigió y puso cara de no haber roto
un plato—. El Limbo os proporcionará todo lo que necesitéis para
sobrevivir mientras estéis aquí. No recibe la visita de muchos vivos,
por lo que estará entretenidísimo con vuestra estancia.
—Te juro que como le pase algo a esta gente por confiar en ti te
arrancaré una a una las plumas —lo amenazó Dedi, y no pude estar
más de acuerdo con él.
—Te prometo por lo más sagrado que podéis estar tranquilos.
—Amigo, tengo que irme en busca de refuerzos. Intenta que
todos estén limpios, comidos, descansados y, lo más importante,
preparados para cuando os necesitemos. Esto no ha terminado —le
indiqué a Dedi—. Te quedas al mando y… —titubeé por una milésima
de segundo que él notó.
—No te pasará nada y volverás a por nosotros con el rarito. Lo sé,
James, creo en ti.
—Puedo abrir la salida a donde quiera del mundo mortal, por lo
que cuando el suelo se mueva y la piedra se abra será la señal para
que salgáis —le informó Sariel, y Dedi asintió.
—Tened cuidado. Sois nuestra última esperanza.
—Eso ni lo dudes. Tengo que ser el padrino de tu boda con la
psicópata, no me lo perdería por nada del mundo —concluí, y
escapé por los pelos del puñetazo que iba a darme por bocazas.
Detestaba terminar las conversaciones de manera tan formal y
prefería el recuerdo de una sonrisa a una cara de preocupación.
Antes de salir del Limbo le pregunté a Sariel dónde teníamos que
ir para encontrar a los vigilantes, pero no me dio tiempo. El ángel se
puso blanco en cuanto pusimos un pie fuera, más de lo que ya era, y
alguien me agarró con fuerza por los hombros, inmovilizándome. Me
taparon la cabeza con una bolsa negra y, por mucho que pataleé y
me revolví, no pude hacer nada para evitar que me llevasen en
volandas como si no pesase nada. Mierda, ahora sí que estábamos
jodidos. Lo siguiente que noté fue un fuerte golpe en la cabeza y la
nada.

—Yo creo que le has dado demasiado fuerte —escuché decir de


fondo, como si aún estuviéramos en la cueva y hubiera eco, una voz
femenina.
—La culpa la tiene Jeremiel por alarmista con sus visiones. Seguro
que no era para tanto, y mira la que hemos liado —ahora fue un
hombre el que habló.
—Sariel sabrá qué hacer. Aunque podemos darle unas tortitas en
la cara o algo para que se despierte antes o me va a dar un síncope
esperando —otra mujer, al menos conocían a Sariel, algo era algo.
—¡Uy, mira, parece que sigue vivo! Hola, James, soy Haniel y si tu
madre te pregunta yo estaba totalmente en contra. Son estos, que
ven demasiada televisión y les resultó brillante la idea del secuestro
con las bolsas en la cabeza —me explicó una señora de unos
sesenta años con la cara demasiado cerca de la mía como para ver
nada más de ella.
Abrí los ojos para intentar ubicarme y me desubiqué todavía más
de lo que ya estaba. Tres hombres y tres mujeres con tatuajes
dorados en los rostros y los brazos estaban delante de mí con
distintos gestos en sus caras. Meneé la cabeza de un lado a otro a
ver si es que me había resbalado en la cueva y tenía un traumatismo
cerebral o algo, pero no, seguían allí cuando volví a centrarme.
Vestían y se peinaban igual que si estuviéramos aún en los ochenta,
y la decoración del salón en el que me tenían retenido no mejoraba
mucho mi primera impresión sobre ellos. A mi lado, también atado a
una silla de madera, estaba todavía inconsciente Sariel.
—¿Podemos soltarlos ya, Jeremiel? ¿O sigues pensando que van a
terminar con el mundo? —preguntó una mujer rubia con un moño
recogido y apretado, tanto que estoy seguro de que no podría estar
triste ni aunque le matasen al perro en su puñetera cara.
—Haced lo que os dé la gana, como siempre, pero yo sé lo que
he visto y nunca me equivoco —protestó el que supuse que era
Jeremiel, más que nada por alusiones. Este llevaba el típico flequillo
de calvo que se peinaba hacia un lado para intentar que no se
notase lo evidente.
—Deben tener hambre, ¿tienes hambre, pequeño? Te puedo
hacer un caldito de pollo para el sofocón. Soy Zadkiel y estoy con
Haniel, lo más cortés hubiese sido preguntaros si pensabais aniquilar
el mundo y ya luego pegaros. —Sonrió y noté que las palabras
querían salir de mi boca, pero mis labios eran incapaces de cerrarse
para que eso sucediese. Este que me había sugerido de manera tan
amable si éramos el Armagedón tenía una barriga con la que dudo
mucho que se hubiera visto a Pinocho en años, era bajito y tenía el
típico bigote de guardia civil de cuando Franco fue corneta.
—Sariel, soy Jofiel. ¿Estás bien, compañero? —Una morena de
tetas en contra de la gravedad le daba suaves caricias al ángel, así
se iba a despertar por mis cojones y un palito…
—Haniel, desátalos inmediatamente antes de que nos metamos
en más problemas, haz el favor. —Eso le hubiera quedado de
maravilla al hombre alto y delgado si no hubiese añadido el final,
pero le obedeció la que me intentó chantajear primero con no
decírselo a mi madre. Casi me despollo al encontrarle un parecido
razonable con la abuela de Piolín. Tenía la misma cara, os lo juro.
—Por favor, parad un momento, porque me va a explotar el
cerebro —les pedí, y pusieron cara de horror—. No literalmente,
cojones. ¿Vosotros quién mierda sois?
—Los arcángeles —me contestaron todos en modo Nornas, a la
vez.
—¿Qué arcángeles?
—Los vigilantes. Nos toca este turno porque les hemos hecho el
relevo a Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel, ellos tienen que descansar.
Es importante dormir nueve horas y desayunar fuerte —me contestó
la que creo que era Zadkiel. ¿Quién les puso esos nombres a estos
desgraciados? ¡Qué obsesión con que terminasen en iel!
—Un momento, vigilantes, ¿qué vigilantes? No seréis a los que
estamos buscando para que sean nuestros refuerzos en la batalla,
¿verdad? Decidme que no, por Dios.
—James, te presento a los vigilantes —murmuró Sariel, que
acababa de despertarse, aunque yo si fuese él se moría solo antes
de que lo matase.
—¡Vamos, no me jodas! Teníamos a medio ejército de hechiceros
lisiados y ahora a los X-men jubilados… ¡Yo me cago en mi puta vida
mil millones de veces!
Capítulo treinta y dos
Nunca dejes para mañana lo que puedas comer
hoy
Sarah
Tenía a Pepe subido a mi cabeza, miré la batalla que se estaba
formando en dos puntos distintos del cielo entre Lamia y dos de sus
hermanos y Asmodeo con otros tres, y corrí todo lo que mis piernas
me lo permitieron. Recordatorio mental, apuntarme a clases de
defensa personal y, además, hacer algo más de ejercicio que el de
subir las escaleras y bajarlas para atracar el frigorífico.
En cuanto estuve a resguardo suspiré y creo que solté todo el aire
que mis pulmones podían contener, porque al darme la vuelta
empecé a marearme. A lo mejor fue por eso y porque detrás de mí
había cinco demonios que me miraban igual que si me hubiera
convertido en un pollo frito, patatas incluidas.
—¡Yo me cago en mi fruta vida! Hola, demonios bonitos. ¿Quiénes
son los demonios más monos de todo el averno? —empecé a decir
para ganar tiempo. Aunque la verdad es que venían andando hacia
mí con total parsimonia, como si estuviesen convencidos de que no
podría escapar de ellos.
—Zarah, creo que eztamoz jodidoz.
—No, ¿sí? Si no lo dices, ni lo noto —ironicé al más puro estilo
James, y deseé que estuviese conmigo en esos momentos.
A la espalda de estos pude distinguir a los seis astronautas de los
que habló antes el padre de Lamia. Tenían los cascos con el cristal
en negro, por lo que tan solo pude intuir más o menos de quiénes se
trataban por su altura y corpulencia. Al lado, en los calabozos, se
encontraban en efecto los prisioneros, al menos habían cometido el
error de prepotente ególatra de tenerlos a todos juntos. En una
celda estaban Kardec, Mercy, Berserker y su hijo. Los cuatro me
miraban con una mezcla de tristeza y lástima que no me gustó ni un
pelo. ¡Joroba, un poquito de fe no me vendría nada mal en esos
momentos! De pronto escuché el grito de mi padre, a él lo tenían
encerrado en la mazmorra contigua, supongo que para evitar que se
comiese a los otros cautivos… No obstante, mantenía la esperanza
de que desde que éramos más cercanos hubiese cambiado un
poquito su dieta y excluyera de esta las cosas que anden con dos
piernas.
—¡No, malnacidos! ¡Soltadme y atreveos a meteros conmigo!
¡Cobardes!
Para mi sorpresa, los hombres lobo le siguieron y también se
pusieron a mover los barrotes y a chillarles a las bestias. Mercy
enseñó unos protuberantes colmillos y apoyó al resto en lo que
parecía una consigna de insultos. Kardec, por el contrario, se apartó
y se sentó en el suelo con la cabeza entre las piernas, dándolo todo
por perdido, ya le valía a este… Pero bueno, al menos el resto se
había espabilado cuando escucharon a Mammón intentar
defenderme, supongo que más que nada por vergüenza.
¿Adivináis quiénes estaban a un tiro de piedra ya de mí por
haberme quedado con cara de lerda cotilleando lo que hacía el
resto? Exacto, sobran explicaciones… Mi padre logró arrancar la
puerta y la arrojó como si fuese una bolita de papel a la otra esquina
de la caverna para, acto seguido, hacer lo mismo con la del resto de
los prisioneros. Si Emilio Herrera[28] viese los nuevos trajes de su
prototipo usado por desertores, estoy convencida de que se moría
de nuevo. En el instante en el que vieron que la cosa se ponía
peligrosa salieron por patas por el túnel y desaparecieron en la
oscuridad. Bueno, ahora la cosa estaba un poquito más equiparada,
eran cinco contra cinco, porque como esperasen que yo ayudase
mucho estaban apañados…
Los demonios, al escuchar el estruendo de los hierros doblándose
como si fuesen de estaño en las manos de mi padre, se dieron la
vuelta para enfrentar el nuevo peligro. Os voy a intentar describir un
poco lo que estaba pasando, a mi manera, no esperéis mucho.
Una vez que todos estuvieron libres, chillaron y se lanzaron a la
carga. Los hombres lobo estaban a medio transformar y tenían los
ojos negros como el carbón, Mercy acojonaba más que si te
encuentras a la niña de la curva en medio de la nada a las tres de la
mañana en una noche de tormenta, mi padre era el horrible
demonio rojo enorme que acojonaba con solo mirarlo y Kardec,
¡ostia fruta, Allan seguía en la celda en el suelo sentado en la misma
posición que la última vez que lo vi! Un segundo, que cuento; había
un demonio amarillo con la cara cortada por la mitad y el doble de
cosas en cada lado, vale, resumamos, Caraculo se lanzó a Berserker.
El más enorme, negro con ocho patas largas parecidas a las de una
araña, se decidió por Mercy, este sería Viuda Negra y era un iluso o
ilusa, que no quería yo ofender, si pensaba que la mujer sería la más
débil… Otro verde con cuerpo de oso y un gigante, y único, ojo en
medio de la frente decidió atacar al hijo del lobo que era aún más
grande que su progenitor. No me juzguéis, estaba nerviosa y aquella
cosa de pronto se me asemejó a como si el padre de Wazowski y
Sulley hubiesen tenido descendencia, pero como lo que más se le
veía al bicho era el globo ocular salido le tocó llamarse Wazowski,
punto pelota. Cuatro, ¿no eran cinco?
—¡Sarah! —el grito de Mammón y la urgencia en su voz hicieron
que me girase para encontrarme con el que tenía un cuerno rizado
en la cabeza a punto de cornearme con él. El fruticornio de las
narices no me trinchó como a un pincho moruno por poco.
A mi padre no le daba tiempo a venir a ayudarme porque una
bola enorme de pelos que escupía ácido, ni idea de por dónde, lo
retenía contra la pared más lejana a la que yo me encontraba. Lo
siento en el alma por el símil, pero ese iba a ser Susuwatari, Susu
para los amigos. ¿Ya os habéis enterado? Pues yo más o menos,
tampoco me voy a tirar flores, que fijo que se me olvidaban los
nombres en un rato.
Visto que no me quedaba más remedio que pelear con el que se
me había asignado en contra de mi voluntad, me puse en posición
de ataque. Levanté los dos puños, abrí un poco las piernas y empecé
a dar saltitos. A Rambo le funcionaba a la perfección, a veces le
rompían cosas, pero luego ganó. ¡Toma destripe de la peli! Espera,
yo me refiero a Rocky, que Rambo la palma, no me fastidies, como
Rocky, quería ser como Rocky. Mi abuela dice que atraemos lo que
pensamos, aunque sea de forma interna.
—¡Quiero ser como Rocky! —repetí una tercera vez.
En esta ocasión lo grité muy alto para que surtiese más efecto, no
fuese a ser que el universo se quedase con la primera opción y
durase yo ahora medio telediario, ¡no me fastidies! Me estaba
poniendo nerviosa y el fruticornio volvía al ataque. ¡Satán de mis
entretelas, ya podías aparecer por aquí un ratito! En su lugar, el que
se materializó a mi lado fue Pepe.
—¡Zarah, ezpabila, coño!
—¡Zhiri, izpibili, quiñi! Mimimimimimi —lo imité, y me aparté
cuando vi que el choque era inminente, el problema fue que al
moverme me rozó con otro cuerno que tenía en el puño escondido y
el cual yo había pasado por alto—. ¡Eso es trampa! ¡Descalificado! —
le grité, pero se ve que se pasaba las normas por el forro de los
testículos y que ahora estaba más animado al oler mi sangre negra.
¡Qué bien…!
—¿Una ayudita? —le pedí al sapo.
—Zi la palmo te juro que te mato —me amenazó Pepe, y me
resultó extraño porque yo creía que ya estaba muerto, ¿no?
Me subí corriendo a un montículo de piedra para que el bicho me
cogiera un poquito más lejos, pero él se lo tomó a guasa y mientas
yo escalaba un palmo él lo hacía tres. Noté que algo tiraba de mi
pierna y, aunque me agarré con todas las fuerzas que pude a la roca
de la pared, con solo una mano no podía hacer demasiado y terminé
cayendo para quedar tumbada boca arriba frente al fruticornio.
Estábamos tan cerca que podía aspirar el azufre de su boca y
percibir el olorcillo de sus axilas. Vaya peste echaba el muchacho.
Allí no había visto todavía agua por ningún lado, ¿cómo se lavaban?
Me chupó la mejilla con una rasposa lengua, demasiado larga
para poder entrarle en la boca, y cerré los ojos, entre asqueada y
asustada. No podía morir así, aquello no tenía nada de honorable y
ya que la palmaba al menos que fuese memorable. Miré hacia abajo
y vi que de entre sus nudillos salía otro cuerno, al final iba a ser
primo de Lobezno, lo de que cogiese impulso para clavármelo en el
estómago ya no me hizo tanta gracia y apreté su pecho con fuerza
para poder desembarazarme de él. Creo que lo moví un milímetro y
medio, para ser exactos… Apreté los párpados y me intenté poner
en paz conmigo misma, sin conseguirlo, aún tenía mucho por hacer
y como siempre me quedaría a medias. Mi vida era una frustración
constante.
Lo escuché reírse y mover el brazo en mi dirección, cuando algo
viscoso me cayó en la cara. Al mirar de nuevo vi a Pepe haciéndole
una peineta, con un líquido verde saliéndole de la boca. El muy
tarado se había puesto entre nosotros dos y se había llevado la
puñalada por mí. Me quedé en shock cuando, con un simple gesto
de la mano, desechó el cuerpo de mi amigo y lo estrelló contra la
piedra para volver a recuperar su arma. Pepe me miraba con los ojos
muy abiertos desde el suelo con un boquete casi más grande que su
estómago. No podía ser, no podía morir, era Pepe. Él nunca moría ni
se lastimaba, ¿no? Espera, él no era un puto fantasma. Solo era un
estúpido hechizo, él era un demonio transformado en sapo, pero
seguía con vida. Cuando nadie lo veía era porque no le daba la gana
que lo viesen. ¿Cómo había sido tan estúpida de no darme cuenta
antes? Una segunda risotada al ver mis lágrimas y las posteriores
palabras del demonio fueron la gota que colmó el vaso, mi paciencia,
mi mundo y mi fruto autocontrol.
—¡Era mierda, por la mierda no se llora, niñata! Pronto lo
acompañarás.
Chunga activada en tres, dos, uno…
—Sayonara, baby.
Lo empujé sin que ahora me costase el más mínimo trabajo, mi
mundo se había limitado a unas ventanitas detrás de los párpados
desde donde contemplaba el espectáculo. La sorpresa por la fuerza
con la que cayó al suelo lo paralizó el tiempo suficiente para que me
diese la oportunidad de dar un salto desde donde estábamos hacía
unos momentos, agarrarlo por el cuello con una mano, levantarlo y
mirarlo a los ojos por última vez.
—Hola, me llamo Sarah Soliña. Tú mataste a mi amigo, se
llamaba Perico Peralda, prepárate para morir.
Mi puño se enterró en su pecho y le arranqué el corazón para, a
continuación, tirárselo a la cabeza al que estaba atacando a mi
padre con el ácido. Para cuando este otro se dio la vuelta, yo ya
estaba a su espalda agarrada como si fuese una garrapata y le tenía
enganchada la cabeza para que se girase igual que haría con un
tornillo oxidado. No tardó más de dos segundos en caer. No quise
mirar a la cara a Mammón, preferí evitar saber cómo me veía él en
esos instantes. Mercy casi tenía a la Viuda Negra ya sin patas, no
obstante, decidí que no había más tiempo que perder con aquellos
mindundis y que no iba a dejar que los responsables de todo
huyesen.
—¡Tú! —lo llamó desde un lado mi yo chunga, y el demonio se
giró.
Lo cogí por las dos patas que le quedaban y lo estampé contra la
pared no sé cuántas veces, porque tuve que cerrar los ojos cuando
trozos de carne y algo que creí que era el cerebro empezó a
salpicarme la cara.
Decidida a continuar con mi matanza me golpeé contra algo duro,
no obstante, antes de que me diese tiempo a arrancarle la cabeza
me llegó el familiar olor de mi padre. Sus brazos me envolvían con
fuerza, intenté zafarme de ellos y decirle que no era momento para
eso, pero él no me soltó. Tampoco escuché más ruido a nuestro
alrededor.
—Hija, ya. Ya pasó —me susurró al oído, y me retiró el pelo de la
cara.
Miré a un lado y vi de nuevo el cuerpo de Pepe. Tenía los ojos
abiertos y la boca doblada, el dedo anular que le había puesto al
demonio ya no sobresalía entre los demás. Caí de rodillas y empecé
a llorar sin poder dejar de mirarlo. Mammón se agachó a mi lado y
me agarró las manos, por lo visto me las había puesto en la cabeza
y me estaba tirando de los pelos sin darme cuenta.
—Se va a despertar, ¿verdad, papá? Es Pepe, él siempre sale de
todos los líos. Está bien, seguro que lo está. Es una broma, siempre
me la juega de alguna forma. Lo sé.
—Sarah…
—¡No, no me digas que no está! Podemos llevarlo a la fogata con
los gremlins, eso haremos. ¡Cógelo, Mammón, cógelo! Estamos a
tiempo.
—Sarah —volvió repetir, y de la nada sonó una campanada.
—Deja de decir mi nombre y haz algo, por el amor de Satán. ¡Haz
algo! Él me dijo que si lo mataban me mataría, y sigo viva. ¡Papá,
sigo viva y él no!
Capítulo treinta y tres
La perfección no existe, ¡pero los errores sí, y
esos son geniales!
James
En cuanto nos desataron me fui a la cocina a buscar algo de alcohol.
Para mi sorpresa, los arcángeles tenían cerveza y vino blanco en el
frigorífico. Cogí un botellín y me lo bebí de un trago. Los miré a
todos, expectantes por ver qué hacía, agarré otro e hice lo mismo.
Aquello no me podía estar pasando, en serio. Estábamos muertos y
la culpa sería mía por fiarme del inútil de Sariel.
—No deberías beber con el estómago vacío —me amonestó la
abuela de Piolín. A estas alturas de la película me podía marcar un
Sarah y cambiarles los nombres a todos por motes de posibles
parecidos.
—Señora, ¿vosotros exactamente a quiénes vigiláis en la tierra? —
pregunté, sin poder creérmelo todavía.
Me asomé a la ventana y vi un jardín con un césped perfecto,
flores y hasta un columpio de esos de los que le gustaban tanto a mi
brujita. Además, desde donde estábamos se podían escuchar las
olas del mar. Por un breve instante me permití fantasear con que
aquella casa era nuestra y teníamos una vida normal.
—Es que en estas fechas no suele haber mucho movimiento por
aquí, por eso somos el relevo —contestó algo avergonzado el
hombre alto que creo que se llamaba Chamuel.
—Por eso y porque me tenéis a mí para salvaros el culo —le
recriminó el que no quería ser calvo.
—Jeremiel es un activo muy útil —lo alabó la de sonrisa perpetua.
—Pues si te llegamos a hacer caso esta vez los habríamos matado
a los dos —lo acusó el hombre que no se veía a Pinocho.
—Y os vais a arrepentir de no haberlo hecho —protestó el otro.
—En serio, esto tiene que ser una broma o algo. No pueden
haberme tocado los siete jodidos enanitos de la residencia de
ancianos celestiales —me quejé.
—Son seis —me corrigió Sariel.
—A ti también te estaba contando… Neuma, por favor. Ya entendí
el chiste, no desobedecer las órdenes directas de Tron. Saca la
cámara y riámonos todos —supliqué sin que sucediese nada—.
¡Mierda!
—¡Esa boca, muchachito! —me riñó la abuela de Piolín, y casi
lloro.
—A ver, centrémonos. ¿En cuántas batallas habéis estado? —
quise saber para más o menos organizarme con lo que tenía
disponible. Lo que tardaron en contestar y que se mirasen los unos a
los otros a ver cuál era el que hablaba primero me respondió por
ellos—. Pero ¿qué mierda de arcángeles sois vosotros?
—Jofiel es la de la belleza y la sabiduría, Chamuel el del amor y la
paz, Zadkiel el de la misericordia y la compasión, Raguel la justicia y
la armonía, Jeremiel el de las visiones y sueños proféticos, y yo la de
la gracia y la alegría —contestó de carrerilla la abuela que parecía,
encima, llevar la voz cantante.
—Sariel, ¿podemos hablar un momentito fuera a solas, por favor?
—le pedí, apretando los dientes, y él me siguió con la cabeza gacha
hasta el porche de la casita.
—Te juro que no sabía que estarían ellos. No controlo los relevos
de los arcángeles, ya es mala suerte…
—Mala suerte es pisar una mierda, mala suerte es que se te
rompa el único preservativo que te queda al ponértelo, mala suerte
es tirarte un pedo y que te pesen los calzoncillos, mala suerte es
tener que saltar por la ventana porque ha aparecido el marido, mala
suerte es que se te cague una jodida paloma en la cabeza. Esto no
es mala suerte, Sariel… ¡Esto es un puto desastre de niveles
estratosféricos! —le chillé, y escuché un ruido a mi izquierda.
Cuando miré estaban las seis caritas pegadas al cristal de la ventana
espiándonos.
—¿Y qué propones que hagamos? Son lo que tenemos, a lo mejor
nos sirven de algo.
—¿Has escuchado sus dones? ¿Pretendes cargarte a los demonios
con abrazos y carantoñas? Ah, no, espera, ¡con caldo de pollo!
—Te va a subir la tensión —me advirtió.
—Me da que es lo único que me va a subir en mucho tiempo,
Sariel. Ahora vengo.
—¿Dónde vas? ¿Me dejarás solo con ellos?
—No, necesito pensar. El mar me ayuda a hacerlo. Ahora vuelvo,
intenta que no se muera ninguno de un infarto o algo antes de que
regrese.
Llegué hasta una preciosa calita de arena blanca y olas sin algas
en la que habría deseado estar acompañado. No obstante, el olor de
la sal del mar consiguió relajarme lo suficiente como para que mi
enfado amainase un poco. Cuando ya estaba a punto de volver y
decirles que no podían acompañarnos, se oyó con total nitidez el
resonar de una campana. Lo mismo había una iglesia cerca, no tenía
por qué ser nada malo. Pero que el ojo apareciese en el cielo sí que
me escamó.
—¡¿Ha pasado algo?! ¿Por qué ha sonado? —le interrogué, y las
tres Nornas no tardaron en contestar.
—Os estáis quedando sin miembros en el equipo. Tras una
muerte, una campanada resonará. Sarah en el averno está y allí
mucho tiempo no durará.
—¡¿Está bien?! —chillé—. Dejaos de mierdas y hablad con
claridad por una puta vez en vuestras vidas.
—La ropa que llevas puesta te protegerá. Buena suerte —fue lo
único que dijeron.
Cogí una piedra para lanzársela y cargarme al maldito ojo, pero
fue más rápido que yo y desapareció. No podía ser verdad, si la
perdía no tendría sentido salvar el mundo, no lo volvería a tener
nada. Corrí hasta la casa como alma que lleva el diablo y di un
portazo al entrar, asustando a las glorias añejas.
—¿Pasa algo, James?
—Sariel, tienes que mandarlos con los hechiceros —le ordené,
intentando recuperar el aliento.
—¿Cómo? ¿Estás loco? Eso no podremos ocultarlo y Neuma me
sustituirá del cargo, como poco.
—Me la trae muy floja que pierdas el trabajo. Hay cosas más
importantes en juego. Si te echa, te vienes conmigo y punto.
Llévalos con los demás y esperad allí a que os dé órdenes.
—¿Estás seguro? Yo quiero ir contigo. ¿Cómo sabré que tenemos
que volver?
—¿En el Limbo seguimos teniendo comunicación mental?
—Entre nosotros sí, solo ángeles, arcángeles y nefilim.
—De acuerdo, intenta mandar una señal a Neuma y dile que
bajen cagando hostias a ayudar.
—¿Y tú?
—Me largo al infierno —respondí, y vi que la boca de todos los
arcángeles se abría a la vez—. ¿Podrán llegar?
—Tenemos alas, muchachito. Y estamos listos para la batalla
tanto como el resto. Más sabe el arcángel por viejo que por
arcángel. No lo olvides —me reprochó la anciana, a la vez que me
daba tres toquecitos en el pecho con el bastón, creo que para
intimidarme.
—¿Estás seguro, James? —me volvió a preguntar Sariel.
—Nunca he estado más convencido de nada en mi vida. Si no doy
la señal, pídele perdón a Dedi por no cumplir mi promesa —concluí,
y le di un apretón de manos.
Abrí las alas y me lancé directo al camino que conducía a la cueva
que tantísimo miedo me daba atravesar, aunque lo haría a la pata
coja y con los ojos cerrados si eso me condujese hasta Sarah.

Aterricé en la entrada de la gruta a la que mandé a Diego y a los


demás la vez anterior. A veces pensaba que si no les hubiera dicho
cómo entrar al averno todo seguiría igual. Aunque ya sabía que las
Nornas tenían tejidos nuestros telares y que, por mucho que hiciese,
el destino pendía de uno de esos hilos. Pensar que esas tres locas
eran las encargadas de cada una de las cosas que nos sucedían me
ponía los pelos de punta. ¿A qué majara se le había ocurrido dejarlas
a cargo de eso? Un rayo cayó peligrosamente cerca de mí, y
teniendo en cuenta que el cielo estaba despejado, me podía hacer
una idea de quiénes andaban escuchando mis pensamientos.
«El siguiente va en el culo, niñato», me amenazó la chunga, y
sonreí por haberlas cabreado.
«¡Eso no se puede hacer, Skuld!».
«Ni tampoco avisarle, y bien que lo habéis hecho vosotras».
«Si le hubiéramos avisado le diríamos que se escondiese rápido
detrás de la piedra donde ha caído el rayo antes de que los traidores
salgan y lo vean», gritó la anciana, haciendo que casi me estallase la
cabeza.
Hice exactamente lo que me chivaron y no tardé en oír el sonido
de unos pasos apresurados acercándose. No me podía creer que en
realidad fuesen a aparecer. ¿Y si estaba Diego con ellos?
—Eres un inútil. Lo único que tenías que hacer era mantener a
esa niñata alejada de todo mientras nosotros acabábamos el pacto
con los demonios. —Escuchar la voz del mayor de los Vernon
consiguió que me hirviese la sangre, y supuse que el insulto iba
dirigido a Sarah.
—No creo que sea el mejor momento para esto, primero hay que
ponernos a salvo y ya después exigiremos responsabilidades. Esto
no es lo pactado —se quejó la voz de la que había sido la jefa de las
brujas.
—La culpa es de James. La tenía comiendo de mi mano hasta que
apareció él y la embaucó con tonterías. Teníais que haberme dejado
matarlo cuando tuve la oportunidad —se quejó Tobías, y me contuve
como nunca para no saltar y arrancarle la cabeza.
—He dicho que a James no se le toca ni un pelo, ¿entendido? —
escuchar a Diego hablar hizo que mi corazón se detuviese y luego se
acelerase hasta el borde del infarto.
—Tengo otros planes para él. Le dejé muy claro a su madre que
tarde o temprano pagaría habértelo entregado a ti en lugar de
dejarlo con su verdadera familia.
—El trato era que dejabais a James en paz y yo os ayudaba.
Procurad no romperlo, porque cuando esté libre del maleficio de Elly
pienso terminar con vosotros con mis propias manos —los amenazó
Diego, pero yo todavía estaba procesando la información anterior y
creo que había dejado de respirar.
Lo que más me sorprendió fue ver a Alison impasible frente a
todo lo que estaba pasando, era la madre de Alcina, supuse que al
menos habría tenido un poquito de piedad, pero se ve que salió más
parecida a Lisbeth de lo que Sibila habría creído jamás.
—No te preocupes tanto, mi hermanito estará sano y salvo, tal y
como acordamos —añadió, irónico, Dai Vernon, y tuve que sentarme
contra la roca en la que me escondía para no perder el equilibrio—.
Además, sé de buena tinta que no eres tan bueno como quieres
hacer creer a todo el mundo, esto no es solo por mantener a salvo a
ese bastardo. Quieres la cabeza del demonio que se folló a tu bruja
en una bandeja de plata, y eso no tiene nada de altruista, por
mucho que te empeñes en demostrar lo contrario.
Lo siguiente que se oyó fue un golpe seco y un quejido. No sabía
quién había golpeado a quién y tampoco me podía importar menos
en esos momentos. Diego había sabido que Blaise Vernon era mi
padre todo este tiempo, me ocultó que en realidad no era un
hechicero. Por muchas veces que le dije que no me sentía como los
demás siempre me respondió que cada persona es única y que tiene
un mundo en su interior. Me mintió y ahora me usaba de excusa
para terminar con el padre de Sarah, nos había dado como moneda
de cambio por una estúpida vendetta personal. No os puedo decir
cómo me sentía en esos momentos porque mi mundo entero se
acababa de volver del revés. Sarah tenía razón y yo no hice más que
justificarlo y poner en tela de juicio la cordura de la brujita.
«Piensa en frío, James. No actúes por impulso, es mejor una
venganza meditada que una derrota acalorada», me dije a mí
mismo, remedando las palabras que el propio jefe de los hechiceros
del norte me había repetido tantas veces. Claro que él había tenido
tiempo de planificarlo todo a la perfección.
No puedo concretar cuánto pasé con la cabeza enterrada en las
rodillas, necesitaba un momento, solo unos minutos para poder
reconstruirme de nuevo y hacerme otra capa de hierro más
alrededor del corazón. Tenía que guardar esa última información en
algún cajón apartado de mi mente para usarla más adelante, o
nunca. No iba a reconocer jamás ese parentesco. A Neuma ya le
valía… ¿No había nadie más chungo con el que acostarse? Si es que
tenía un ojo clínico que jode. ¡Yo me cago en mi puta vida!
Capítulo treinta y cuatro
Que tú seas gilipollas y que yo tenga una
motosierra no puede ser casualidad…
Sarah
Ni quería ni podía dejar allí a Pepe, pero cuando fui a acercarme
para cogerlo no pude. Me detuve cerca y me quedé paralizada.
Además de una inútil era una cobarde.
—Volveremos a por él —me aseguró mi padre.
¿Cómo les decía a mis primas que su padre había muerto por
salvarme? ¿Cómo le explicaba a Tituba que el amor de su vida ya no
volvería para hacerla rabiar? Porque sí, ellos dos juntos eran una
bomba de relojería y sentían tanto y tan fuerte el uno por el otro
que con solo mirarlos te dabas cuenta de que no podían ni querían
vivir separados. Desde que Pepe se hizo visible para el resto a ella se
le ocurrían perrerías mejores, y peores para los demás, sonreía de
esa forma que solo un corazón pleno y enamorado puede hacerlo.
Se completaban, no es que estuviesen a medias, es que entre ellos
formaban un todo, de fechorías y maldades, pero eran felices a su
manera. ¿Cómo le explicaba a mi tía que nunca más podría intentar
ahogar al sapo en el inodoro? ¿Cómo le explicaba que sus bolas
rosas jamás se convertirían en verdes y la dejarían apestando a
estiércol de vaca una semana? Os podrá parecer que eso no es
amor, pero yo tan solo espero poder tener lo mismo que ellos con
alguien alguna vez.
—Recomiendo que nos larguemos de aquí antes de que lleguen
más demonios —nos instó Berserker—. Fenrir, coge a Kardec en
brazos.
Fue entonces cuando reparé de nuevo en el hechicero. Ahora
estaba de lado y un hilillo de sangre le caía por la comisura de la
boca.
—Se han ensañado con él más que con el resto —me explicó
Mercy al ver mi cara de horror—. Esos malnacidos de los Vernon se
lo han llevado al terreno personal. No pudimos hacer nada para
ayudarlo, lo siento mucho —se disculpó la vampira, y me sentí
identificada con ella, pero también juré que nadie más sufriría por
culpa de esa familia. Los mataría a todos con mis propias manos si
fuese necesario.
El hijo del lobo obedeció a su padre y llevó a cuestas al hechicero
mientras Mammón y yo abríamos la comitiva y Berserker y Mercy la
cerraban. Corrimos lo rápido que los quejidos de Kardec nos iban
marcando por la gruta de los lamentos sin que nos afectase mucho a
ninguno. Estábamos curados en terrores, y estos que estábamos
viviendo eran difíciles de superar. Una vez que estuvimos fuera y
volví a ver las estrellas en el cielo me detuve un momento a
recuperar el aliento. Estaba llena de los restos de los demonios a los
que había prácticamente descuartizado y no quise pensarlo
demasiado para no ponerme a vomitar. Seguía en mi forma
demoníaca y así iba a continuar hasta que todo esto terminase. No
podía permitirme el lujo de ser una simple bruja, necesitaba poder
acceder a mi lado malo, tan solo esperaba que no tuviese que
perder a nadie más para que eso sucediera.
—¡Por aquí no entraréis, demonios del averno! —chilló alguien
que acababa de saltar en medio del camino cuando dimos un paso
fuera de la gruta.
—¿James? —pregunté, estaba oscuro, pero su olor me llegó antes
que su voz y corrí a lanzarme a sus brazos para llorar a moco
tendido igual que si se me hubiese muerto de nuevo el conejo, solo
que, en lugar de una mascota, en esta ocasión había perdido a mi
mejor amigo.
—Sarah, Sarah, tranquilízate. ¿Qué pasa? ¿Estás herida? ¿Qué ha
sucedido? ¿Quién ha caído? —me interrogó, nervioso, pude ver el
alivio en sus ojos cuando se dio cuenta de que me encontraba bien,
pero también la incertidumbre y el desasosiego por no tener más
datos.
—Niña, no podemos esperar mucho más o lo perderemos —indicó
Berserker, siendo amable por primera vez desde que lo conocía.
Antes me trataba con desprecio y era consciente de que no se fiaba
de mí. Supongo que salvarle el culo a alguien puede hacer que
cambie rápido de opinión.
James miró a Fenrir y fue cuando se dio cuenta del estado en el
que se encontraba Kardec. Lo solté para que se acercase y el lobo lo
colocó en el suelo con cuidado.
—¿Quién ha sido? —fue lo único que preguntó.
—Los Vernon, querían saber dónde estaban el resto de los
hechiceros escondidos, pero él no les dijo nada. Bueno, nada que
fuese de ayuda —le explicó Mercy. Mi padre se mantuvo un poco
alejado, creo que no consideraba que tuviese que estar viviendo ese
momento con el resto de sobrenaturales, y me acerqué a él para
darle la mano.
—¿Bien? —quiso saber.
—No, todo está mal, papá. Mamá, la abuela, las tías y las primas
han sido transformadas por un humo de colores extraño. No sé si
están presas o muertas. Ahora también hemos perdido a Pepe y no
sé cómo seguir con todo esto —me lamenté, y aguanté con toda la
fuerza de la que disponía las lágrimas que querían seguir
desbordándose de mis ojos.
—No tenemos dónde ir. Escuché que dijeron que habían destruido
los refugios —indicó Berserker, y vi que James se levantaba y
lanzaba un silbido al cielo.
Al momento, la roca que teníamos detrás de nosotros se abrió por
una nueva cavidad y una luz salió de ella, dejándonos a todos ciegos
momentáneamente.
—Id con Sariel, el resto está esperando órdenes —nos indicó
James, pero al referirse a los otros hizo un gesto extraño con la
cara, duró tan solo unas milésimas de segundo e intentó ocultarlo,
sin embargo, lo conocía a la perfección y sabía que algo pasaba.
—Tenemos que ir a por nuestra manada. Necesito saber cuántas
bajas hemos sufrido —explicó el lobo, y temí que nos fuesen a dejar
en la estacada—. Esto no quedará así, Sarah. Mi hijo será tu sombra
a partir de ahora. Te debemos la vida y siempre estaremos en deuda
contigo. En cuanto nos necesitéis, él me avisará con un aullido, no
tengo ni idea de los lobos que han sobrevivido, pero puedes contar
con la lealtad de todos y cada uno de ellos —me aseguró, y me puso
los pelos de punta escuchar ese juramento. Entre otras cosas porque
se había puesto de rodillas para decirlo, tanto él como su vástago.
Tenía a dos tíos como dos trinquetes a mis pies. ¡Qué vergüenza
más grande, Satán mío!
—Levantaos, por favor. Esto no es necesario, es lo que habría
hecho cualquiera en mi lugar.
—No cualquiera, y menos después de cómo te he tratado todo
este tiempo. Si alguien tiene que mandar a mi manada, quiero que
seas tú —continuó, y mis mejillas se calentaron, acercándose
peligrosamente al punto de ebullición.
—No es necesario que el lobito la acompañe, que para eso ya
estoy yo —protestó James. ¿Eso sonaba a pelusilla?
—Sí es necesario —me apresuré a decir, y él puso más mala cara
que las truchas de la plaza los lunes—. Necesitamos toda la ayuda
que podamos reunir, James.
—Mercy, ¿qué harás? —quiso saber Berserker, os prometo que me
había olvidado de la mujer por completo, eso de que no hiciese
ningún tipo de ruido no ayudaba a recordarla, la verdad.
—Exactamente lo mismo que tú, voy a mi nido a ver cuántos de
los míos siguen en pie y esperaré a que me llaméis. Todos mis
soldados están a tu disposición, Sarah Soliña.
—Entonces, ¿para qué mierda le he dicho yo a Sariel que abra la
puta puerta de los cojones? —protestó James.
—¿Para meter a ese hombre que tenéis ahí y que de seguro
necesita un caldo? —la voz de una anciana llegó hasta nosotros,
seguida de cinco más que ya no renovaban el carnet de identidad,
eso os lo juro. Cogieron al hechicero entre todos, con más trabajo
que otra cosa, y lo metieron en la luz—. ¡Y deja de decir palabrotas
o no te van a traer nada los Reyes Magos!
—¿Me explicas? —le pregunté a James mientras la entrada volvía
a desaparecer.
—Pues casi prefiero que no, fíjate. Vivirías mejor y más tranquila
sin saberlo, yo estoy por borrármelo de la mente —ironizó, y me
sentí mal por sonreír cuando Pepe ya no volvería a aparecer para
rebatirle con alguna estupidez.
—Papá, ¿qué hacemos?
—Yo tengo que regresar y reunir aliados. Además, están los
gremlins esperando órdenes.
—¿Tú mandaste a Church barra Chispas a vigilarnos a mi prima y
a mí?
—No se puede considerar vigilar, yo diría mejor que era para estar
atento por si necesitabais ayuda. Ella no lo ha estado pasando bien y
tú, bueno, tú eres tú, hija, siempre andas en problemas. Si no te
llega a decir Church cómo empezar el reto del puente estoy seguro
de que al final te habrías tirado a ver si volabas…
—Hombre, un poquito de fe en tu hija no me vendría ni medio
mal, ¿sabes? —me indigné.
—Te miro y veo a tu madre y a mí mezclados, y eso me da más
miedo que mil ángeles juntos —confesó, y James bufó, no sé si
dándole la razón o si dándose por aludido, el caso es que se llevó un
codazo en el estómago por mi parte que no vio venir.
—Vuelvo contigo —le dije a mi padre, y este iba a empezar a
rebatírmelo cuando algo grande salió por la puerta de la cueva y nos
tiró a todos al suelo sin que nos diese tiempo de reaccionar.
—Yo que vosotros corría —nos alertó Lamia en su forma de
dragón rojo enorme, intentando ponerse en pie. Su aterrizaje no
había sido mejor que los míos.
—¡Lamia! —grité de alegría, porque a ella era precisamente a la
que quería ir a buscar. El único inconveniente fue que, antes de que
me contestase, aparecieron dos dragones negros más y uno de ellos
me agarró por los hombros, clavándome sus garras hasta
prácticamente el hueso y levantándome varios metros sobre las
cabezas de los demás.
—¡No soy una fruta cometa! —chillé, pataleé e intenté sacar mi
lado malo, pero se ve que tenía que cargarse o algo y lo único que
conseguí al moverme tanto fue perder más sangre de la cuenta, al
igual que el conocimiento.

Despertarme con un jarro de agua fría por encima no es divertido,


creedme. Parecía que el dolor de los hombros había amainado un
poco, ser un demonio de curación rápida molaba bastante. De
pequeña le habría ahorrado muchos disgustos a mi madre con esa
habilidad porque estaba más tiempo en el suelo que de pie… Por
cierto, ¿quién y por qué me estaba bañando sentada? ¿Y dónde
estaba?
—¡Por fin despiertas! Ya iba siendo hora, me aburría sobremanera
verte roncar —protestó un tío corpulento vestido entero de negro.
—¡Yo no ronco! Respiro fuertecito, berzotas —lo insulté, y me
llevé otra remojada. Menos mal que me secaba antes que la ropa un
día de levante en Cádiz…
—¿Eso es un insulto? —se burló, y se pareció a James. Esperaba
que los demás estuviesen bien, tan solo recuerdo haber visto a dos
dragones, y ellos eran más.
—Déjala tranquila, madre está harta de decirte que con la comida
no se juega —lo amonestó otro al que no había visto y que estaba
tumbado en el suelo con los brazos cruzados detrás de la cabeza
como si aquello fuese lo más normal del mundo.
—¿Qué queréis?
—Nosotros, nada. Shax sí, y da gracias al averno por ello o ya
estarías muerta —me contestó el que tenía complejo de Don Limpio.
Sentí que algo goteaba por mi brazo e intenté ubicarme. Me
tenían atada a una silla de hierro, estábamos en medio de una
ciudad medieval. Miré a un lado y vi una escena que me resultó
familiar. Los fantasmas amantes se encontraban abrazados bajo la
luz de la luna y a sus pies estaba el padre de la chica con una daga
clavada en el pecho. Espera un momento, eso no fue lo que pasó en
realidad. Los espíritus en pena atrapados entre los dos mundos solo
podían recrear sus últimos momentos una y otra vez hasta el fin de
los días. Sí, es una frutada, pero yo no inventé las reglas.
—¿A que es bonito? Ya están juntos, tan solo necesitaban una
pequeña ayudita —repitió el del suelo, que lo que estaba haciendo
era cotillear a la pareja de enamorados.
—¡Búscate una vida propia o contrata un canal de streaming!
—¿Un qué? —Claro, no tenían frigorífico y quería yo que tuviesen
televisión…—. Este mundo va a ser muy divertido cuando nos
hagamos con él.
—Y un peo de pato que te comas. Eso no pasará jamás —lo
contradije, intentando mostrarme más valiente de lo que en realidad
me sentía.
—Por supuesto que sí, y todo va a ser gracias a ti. Tan solo
tenemos que seguir echando tu sangre por las grietas del velo —
concluyó el del cubo de agua.
—¡Menuda obsesión tenéis todos con drenarme! ¿Que soy cero
psicópata positivo o qué?
—Espero que no estéis molestando a nuestra invitada —les
advirtió una nueva voz—. Soy Shax, me alegro mucho de que por fin
podamos conocernos. En cuanto estés recuperada y todos los
mundos se hayan anexionado te prepararán para el enlace.
Al girar un poco la cabeza para verlo mejor me topé con algo que
no me esperaba. En mi mente, el temible demonio que había liado
todo esto era algo así como gigante, con más piernas y brazos de lo
normal, cuernos, rabo, alas enormes y dientes protuberantes que
imponen miedo en cuanto los ves. Pero no, vaya decepción, ya
podría haberme avisado alguien antes de esto… No pude evitar
ponerme a reír como una loca, era la respuesta a una mezcla entre
el miedo y la incredulidad que sentía en esos momentos, aunque se
ve que al enano no le hizo tanta gracia, porque se acercó a mí y me
dio una señora bofetada que hizo que se me movieran los dientes.
«Sarah, por tu madre, no la líes más…».
—¿Y con quién te casas? ¿Con la hija de David el Gnomo? Que
digo yo que usarás calzos, queda muy feo en las fotos que la novia
sea más alta. —Ahí, Sarah, tú no te hagas ni puñetero caso…
—Contigo, y no te preocupes por el tamaño, hay veces que eso
no es lo importante si se tienen las herramientas necesarias para
suplirlo —se jactó, y los tres se rieron.
—¡Yo me cago en mi fruta vida!
Capítulo treinta y cinco
Soy de simpatía selectiva, no borde
Sarah
El que tenía el cubo en la mano miró a su jefe, este movió la cabeza
en dirección al cielo y en cuestión de segundos se había
transformado en un imponente dragón negro y levantado el vuelo.
¡Esos eran dos de los hermanos de Lamia! No quería pensar lo que
habría tenido que ser para ella convivir con cinco… Ya me hacía una
idea de la vida que había llevado, pero que mi padre lo dijese y que
encima le mandase a Church para vigilar que estuviese a salvo
acrecentaba aún más la cosa.
—¿Dónde estabais? —oí que le chilló el enano cabezón a alguien
que acababa de hacer acto de presencia.
De verdad, qué poquito tenía ese demonio que agradecerle a
Satán… No medía más de metro treinta, tenía la cabeza
desproporcionadamente grande en comparación con el cuerpo. Sus
piernas se asemejaban a las de un trol con unos peludos y feos pies
enormes, de las uñas mejor no hablamos, que me levanto el
estómago sola. Tenía los brazos al estilo de los Tyrannosaurus rex.
¿Cómo hacía pipí? No, en serio, no quiero saberlo, ni pensarlo, ni
siquiera imaginarlo.
«Sarah, quítate esa imagen de la cabeza», me ordené, y escuché
que alguien se rio por ahí dentro.
«Church, estaba preocupado de cojones. Llevo horas intentando
ponerme en contacto contigo y ahora que lo consigo estás pensando
en el Pinocho de un dinosaurio muy raro meando. Yo te juro que o
necesitas un loquero de forma urgente o un polvo. Me pido la
segunda opción, que nos sale más barata y siempre será más
gratificante, la verdad».
«¡James! Te quiero, ¡no sabes la ilusión que me hace oírte!».
«¿Acabas de decir que me quieres? Te prometo que me busco un
disfraz de esos de los que se llenan de aire de lagartos gigantes
ahora mismo y voy a buscarte. Si tienes el fetiche zoofílico
prehistórico quién soy yo para negártelo».
«Tu madre tiene el cielo ganado».
«Y tanto…».
«¿Puedes dejar de soltar necedades y decirme si están todos
bien?».
«Eso, tú primero me dices que me quieres y luego me preguntas
por todos menos por mí. Yo también tengo mi corazoncito, Church».
«Voy a cortar la conversación en tres, dos, uno…», lo amenacé,
sin tener ninguna intención de hacerlo, porque a ver cómo me
escapaba yo de esta sin su ayuda.
«Vale, vale. Todos están bien, les han dado un curro que te cagas
a los tres dragones que llegaron después de los dos que viste. Tu
padre entró en modo destrucción masiva mamá gallina cuando te
llevaron. Lamia le ha arrancado la cabeza a uno de ellos, sola.
Recuérdame que no me vuelva a meter jamás con ella, por favor. Tu
nuevo club de fans lobuno se ocupó del que quedaba, y la vampira y
yo nos quedamos tocándonos los huevos porque no nos dejaron
hacer nada», se quejó, igual que si me estuviese contando que no lo
habían escogido para jugar en el patio al fútbol.
«Creo que estoy en Castellar, en la guarida de los hechiceros del
sur. Están pasando cosas raras, James. Los amantes son felices y se
han cargado al padre. Shax es un enano que se parece mucho al
malo de la película de Rompe Ralph y Vanellope[29], le falta la corona
y el cochecito, pero si le pones eso es clavado. Te lo juro. Quiere
casarse conmigo, así, sin preguntarme ni nada. Le tiene que oler la
cabeza a pies. A ver, que yo no tengo nada en contra de las
personas bajitas, pero es que no le has visto las uñas. ¡Qué fatiga
más grande! Es que no me acercaba a él ni con el toto de otra,
palabrita del niño Satán. Ya me podían haber prometido a alguien
guapo y fuerte, qué menos, pues no. ¿Sabes cómo se llamaba el
malo? No me acuerdo. ¡Ahora voy a estar dándole vueltas a la
cabeza hasta que me salga el dichoso nombrecito! Total, que había
dos dragones, supongo que más hermanos de Lamia, que, si eran
cinco y os habéis cargado a tres, pues quedan estos solo. Uno de
ellos me ha estado echando cubos de agua encima, pero no creas
que ha sido en plan estríper ni nada de eso, no. Aquí, vestida y
atada a una fruta silla en medio de la calle. Por cierto, no hay nadie
en ningún lado. Bueno, ha llegado alguien, pero te has puesto a
hablarme y ya me he despistado. ¡Si es que siempre me haces igual,
cajones! Eres de lo más inoportuno. Ah, cállate un momento, que se
me olvidan cosas; uno de los dos se ha ido cuando el garbanzo
diabólico le ha mandado volar, estoy casi segura de que está
vigilando el perímetro por si venís a rescatarme. Porque estaréis de
camino, ¿verdad? Me están licuando y usando mi sangre para
terminar de cargarse el velo. Tu madre me mata si no lo hacen ellos
antes, y me estoy mareando un poquillo mientras hablo contigo,
ahora que lo noto».
«¡Sarah, respira!», me gritó.
«Oye, no, a mí me hablas bien, que ya tengo bastante con todo
esto. Uy, estoy teniendo visiones, creo que Diego se acerca a mí y va
vestido de astronauta. Yo no sé por qué la gente bebe alcohol, con
lo fácil que es pillar un pedo si te desangras. Lo mismo es por el
tema de perder la vida y eso, ¿no? James, ¿me estás haciendo caso?
Nuestra relación no funciona, en serio. Me ignoras la mayor parte del
tiempo. ¡Qué pelusilla te estoy cogiendo!», finalicé, y empecé a verlo
todo nublado.

Creo que estaba volando porque mi cuerpo se movía, pero mis pies
no. ¿Cuántas campanadas nos quedaban? La verdad es que llevar la
cuenta era un poco complicado en estas circunstancias, sin
embargo, y pese a que siempre fui más de letras que de números,
me parecía que solo dos. La cosa se estaba poniendo complicada, lo
mismo nos dejaban el tiempo de los penaltis o algo, ¿no?
—¡¿Qué pretendes?! —Creo que ese era Diego.
—Traer mi reinado a la tierra. ¿No es obvio? No puedo destronar a
Satanás por un tema burocrático, pero no hay nada escrito acerca
de tener mi propio reino —este sí estaba segura de que era el
garbanzo cabezón psicópata.
—No comprendo qué sigue haciendo Diego vivo —la pregunta la
hizo Dai Vernon, qué asquito les tenía.
—Tenemos un trato, y yo nunca incumplo mis pactos. Tú
tampoco, ¿verdad, Diego? —¡Cabezón indeseable al habla!
—Entre otras cosas, porque no puedes —ironizó el antiguo jefe de
los hechiceros del norte.
—No me pongas a prueba, en ese acuerdo no dice nada de que
no pueda hacerte sangrar —lo amenazó el garbanzo. ¡Qué obsesión,
en otra vida tuvo que ser un mosquito!
Se empezó a oír el sonido de gruñidos, cadenas y otros más que
servirían para ponerle la pierna encima al disco del Tubular Bells III.
Quería abrir un poquito un ojo para ver qué estaba pasando, pero
entonces se darían cuenta de que ya no estaba inconsciente y lo
mismo se ensañaban conmigo.
—No vas a salirte con la tuya, mi gente lo impedirá.
—Oh, Diego, Diego, Diego… ¿No ves que ya lo he conseguido?
Mira al cielo.
Eso era demasiado, o miraba yo también o me iban a descubrir de
igual forma porque no podía estarme quieta. Entreabrí los párpados
para espiar un poco y me ubiqué en una terraza abierta en la parte
alta de algo. En efecto, tal y como había dicho Shax, el cielo no era
normal. Ahora las nubes eran completamente negras y todo a
nuestro alrededor estaba lleno de espíritus y de demonios voladores
que chillaban de un lado para otro.
—Ya no la necesitas. El velo está roto, deja que se vaya.
—¿Y con qué te amenazaría, entonces? Además, no hemos
terminado. Ancalagon, coge a la chica y tráela hasta aquí. Es de
mala educación no saludar cuando uno se despierta.
—Interrumpir también —respondí intentando ponerme digna, ya
que me había pillado el fruto enano. El hermano de Lamia me agarró
por la muñeca y tiró con fuerza de mí para que me incorporase—.
Cagalón, no te pases, que como me enfade sí que te vas a cagar.
—Es Ancalagon[30] —me corrigió, enfadado. ¡Uy, eso le fastidiaba!
Sarah, piensa, ¿qué haría James en esta situación para tocarle las
pelotas?
—Tu madre te quería poco si te puso ese nombre, o eso o eras de
culo flojo —pensé en voz alta, y noté el aire caliente que salía de su
nariz—. Aunque también pudo ser porque tienes un poquito de cara
de almorrana.
El golpe no se hizo esperar, me llevé un guantazo que os juro que
me movió los dientes de nuevo como si fueran dados en un cubilete
y tuve que escupir sangre. No, no me había dado por el
masoquismo, quería que la chunga les partiese la cabeza a todos y
estaba intentando sacarla, no se me ocurría otra forma de hacerlo.
Aunque se ve que no funcionaba, porque seguía siendo tan solo yo,
y encima en mi forma de yo misma. Hasta donde recordaba, llevaba
el colgante en el bolsillo, por lo que él solito había decidido que era
buena idea hacerme más débil. En cuanto esto terminase iba a tener
unas palabras con la piedrecita de las narices.
El cagón me colocó enfrente del garbanzo y me dio un empujón
para que me pusiera de rodillas. La verdad es que lo prefería,
porque si estaba de pie me llegaba a la altura de mis intimidades, y
no recordaba la última vez que me había duchado. Lo que me
faltaba era que le llegase el tufillo a almeja muerta y que le gustase
el tema de las comidas afrodisíacas… No, gracias, yo sigo de rodillas,
que así podíamos jugar a las palmitas.
—¿Nos marcamos un piedra, papel o tijeras y el que gane gana?
—le pregunté, y se quedó un tanto descuadrado—. Venga, al mejor
de tres, pero no cedo en ninguna partida más. Y no vale hacer
trampas.
—¿Le habéis dado algún golpe en la cabeza? —preguntó el enano
estúpido.
—No, creo que ya venía así de antes —conjeturó el cagón de las
narices.
Me volví y le saqué la lengua y una peineta a la vez. Si iba a morir
arrodillada, al menos que fuese dando por saco.
—Elly, haz lo tuyo —le ordenó a la bruja.
¡Ay, que este loco nos casaba! Entonces Alison se colocó al lado
de la bruja y le dio la mano, si ya la detestaba antes ahora mismo la
arrojaba a los hermanos de Lamia para que se la comiesen. Alcina lo
iba a pasar muy mal cuando descubriese que su madre estaba más
metida hasta el cuello en mierda de lo que se pensaba en un
principio.
—Me siento muy halagada, en serio. El problema es que no he
preparado mis votos matrimoniales y no le has preguntado a mi
padre. ¿Te acuerdas de él? Mammón, uno de los príncipes del
averno que te saca algo así como siete cabezas, seguro que sabes
quién es.
Pasaron de mi culo olímpicamente y la traidora de la bruja
apareció a mi lado con un athame y una cuerda. Esto no pintaba
bien, no os voy a mentir. Tenía hasta retortijones de barriga. Me
cogió la mano y se la quité de un tirón, al menos se lo pondría difícil.
¡Estornuda, Sarah!, me ordené sin que pasase nada. Al final iba a
tener razón el alitas y debía haberme convertido en una cajita de
pimienta andante, pero no, yo tenía que llevarle la contraria, para
variar.
El cagón me apretó la clavícula hincándome una garra y tuve que
devolverle la extremidad a la bruja. Entonces sostuvo mi mano y la
del garbanzo. Levantó el afilado cuchillo y nos cortó la palma a los
dos para, a continuación, recitar un conjuro:
—Por la sagrada sangre que corre por vuestras venas, la mezcla
entre los mundos se hará. Uno será el otro y hasta el fin así será.
Vuestros destinos quedan atados y lo digo con solemnidad —
concluyó.
—Pues vaya mierda de hechizo te has marcado, ya podrías
habértelo currado un poquito. Además, no he escuchado eso de que
si hay alguien que esté en contra que levante la mano… —empecé a
decir, pero el agarre del dragón aumentó y noté la sangre salir de la
reciente herida, como siguiera así no lo contaba.
La traidora unió nuestras manos y sentí que el contacto de su
sangre con mi piel quemaba. Aunque, viendo su cara de dolor, el
efecto era bidireccional y apreté con más fuerza. La bruja ató la
cuerda alrededor de nuestras muñecas y esta se fue enterrando en
la carne de ambos hasta desaparecer. Era incapaz de distinguirla,
pero la sentía ahí, no obstante, no me notaba diferente. Seguía
queriendo matarlos a todos y no veía nada que me lo impidiese en el
momento que tuviese oportunidad.
—¿Listo? —la apremió Shax.
—El ritual está hecho. Si tú mueres, ella también —respondió Elly,
y me quedé helada, Alison y ella habían jugado con hechizos
prohibidos para todas. Ahora sí que estaba jodida a niveles
estratosféricos.
Capítulo treinta y seis
Si la vida te da limones, haz limonada. Y luego
busca a quien le haya tocado el tequila
James
Haber perdido la comunicación con Sarah hizo que casi me diese un
infarto. Estaba intentando decir tonterías para que se le pasase el
miedo que sabía que tenía. No hay nada mejor que poner un capullo
en tu vida cuando piensas que no puedes volver a sonreír. Mammón
me había contado, después de despedazar a uno de los hermanos
de Lamia, que Pepe había muerto. El dolor que me embargó por ese
tocapelotas y la impotencia por no haber podido salvarlo me
quemaban por dentro. No quería ni imaginar cómo estaba la brujita,
estábamos teniendo demasiadas pérdidas con toda esta mierda, y lo
peor es que de seguro no sería la última. Si esto fuese una novela
iría a quemarle el ordenador al que la estuviera escribiendo, porque
vaya telita… Lo de fueron felices y comieron perdices podría
adelantarlo un poco.
—¿Cómo está? —preguntó el demonio, todavía manchado de
sangre.
—Como una regadera, igual que siempre —empecé a decir, pero
la mirada de asesinos que me lanzaron tanto los lobos como él y
Lamia revocaron mis ganas de quitarle hierro al asunto. Pues nada,
sin remilgos—. La están desangrando para romper del todo el velo
de los cojones. Están en Castellar, supuse que habrían puesto ahí su
base.
—Voy a matar con mis propias garras a ese intento de demonio —
amenazó Mammón, y no dudé ni por un instante que fuese a
hacerlo.
—Adelantamos el plan —comencé a decir.
—¿Quién te ha puesto al mando? —protestó el nuevo enamorado
de «mi» bruja.
—Mis pelotas, ¿te parece bien o te lo explico mejor? —me encaré
con él.
Tenía que pagar con alguien la punzada que sentía en el pecho
por culpa del estúpido del sapo. No podía creerme que no volvería a
querer estrangularlo más, ni que no nos reiríamos a carcajadas al
meternos con todo el mundo. En realidad, le había cogido más
cariño a ese capullo que a ninguna otra persona en mucho tiempo.
¡Mierda, Pepe! Intenté que no se me cayese una lágrima y tragué
con fuerza, lo mejor sería pegarle un puñetazo al lobo, si me lo
devolvía y sentía dolor físico a lo mejor se me pasaba un poco el
otro.
—James. —Mi nombre en ese tono de advertencia saliendo de la
boca de mi futuro suegro hizo que me detuviese—. Yo también lo
voy a echar de menos y estoy preocupado por Sarah como el que
más, pero no es el momento de abrir fisuras entre nosotros.
—Dijo el que acaba de mutilar a un dragón de dos metros…
—Verás la cara que se le queda a mi madre cuando se entere de
que ha perdido a tres de sus vástagos favoritos —se alegró Lamia.
Esa frase era de psicópata de manual y daba un poco de cague.
—Hijo, James conoce mejor que nadie el refugio de los hechiceros
del sur. Un buen líder tiene que saber delegar cuando es en pro de
la manada.
—Cierto, padre, perdone mi imprudencia —respondió el
lameculos. Ciirti pidri… Mimimimimimi. Me entraron ganas de gritarle
que era un pelota, pero una nueva mirada reprobatoria del demonio
me convenció para que me mordiese la lengua.
—Sigue, James —me pidió Berserker, conciliador.
—El plan era reunir a tantos como pudiéramos e ir a la batalla,
pero nos hemos quedado sin tiempo —comencé a explicarles,
cuando un trueno resonó en la noche y se escuchó algo similar a
cuando rasgas una tela.
Miramos todos al cielo para ver qué estaba pasando, las estrellas
desaparecieron y la luna se ocultó tras unas extrañas nubes negras.
Entonces, de la nada, comenzaron a aparecer espíritus a nuestro
alrededor y demonios voladores que se lanzaban mordiscos los unos
a los otros como si no les importase que fuesen del mismo bando.
—Esto no es bueno —apuntó la dragona, y vi que daba un paso
atrás para ponerse más cerca de Mammón.
—Como venga mi madre estamos jodidos. A esa le da por
ponerse a inundarlo todo y a ver qué hacemos —les informé.
—Reunificarnos y terminar con todos ellos antes de que eso
suceda —añadió la vampira. Os juro que a veces se me olvidaba que
estaba también con nosotros y me daba unos sustos del carajo.
Cuando menos se lo esperase le iba a meter un cascabel en el
bolsillo.
—¿Cuánto tardas en congregar a tu manada? —le preguntó
Mammón a Berserker.
—No tenemos que ir, tan solo aullar y ellos irán corriendo la voz
para que todos lleguen hasta donde estemos.
—¿Mercy?
—Mammón, nosotros estamos conectados, tenemos mente de
colmena. Lo que yo haga lo sabrán los demás y lo que les diga es su
ley —nos explicó, y me dio bastante grima. Recordadme que no me
convierta nunca en vampiro.
—¿Los tuyos? —tuvo los santos huevos de preguntarme, y quise
que el boquete que se había abierto en el cielo me tragase y me
cagase en Cancún.
—Pues, a ver… Si somos suficientes lo mismo no hacen mucha
falta.
—¿James? —La forma en la que entrecerró los ojos como si me
estuviera leyendo no molaba, se parecía demasiado a Sarah cuando
me pillaba haciendo algo malo, cosa que sucedía poquísimas veces...
Al pensar en ella se me ocurrió marcarme un monólogo al más puro
estilo de mi brujita loca.
—A ver, mi madre se supone que está de camino, pero las
conexiones del cielo a la tierra van más o menos igual que los trenes
de Extremadura y me da que va a tardar un poco, que lo mismo nos
viene bien, porque como aparezca ahora nos ahoga a todos, que es
más mala que Belcebú y la mitad de tus hermanos juntos —dije,
refiriéndome a los demás príncipes del averno—. Después están los
pocos hechiceros que quedaron vivos, no sé si estarán preparados
ya, porque quedaron un poquito tocados, y también tengo a los
arcángeles. Aunque no termino yo de ver a esos seis metidos en
demasiados fregados. La abuela de Piolín con el bastón puede
sacarle un ojo a alguien, eso sí. Sin embargo, tienen ya una edad en
la que están para sopita y un buen vino.
—¿Me estás diciendo que el gran equipo que has logrado reunir
ha sido un montón de lisiados y un grupo de ancianos? —se burló
Fenrir, y volvieron a mí las ganas de patearle el culo.
—Lamia —la llamó Mammón, ignorándonos al lobo y a mí—,
tienes que ir y decirle a tu padre que es el momento de
posicionarse. Pregúntale si está conmigo o contra mí. La vida de mi
hija está en juego.
—Además de la del resto de la humanidad y todo eso —puntualizó
la dragona.
—Sí, bueno. Soy un demonio, no le pidas peras al olmo —
respondió, poniendo los ojos en blanco, cosa que siendo dos rayas
reptilianas acojonaba bastante.
—¿Todos sabemos lo que tenemos que hacer? Nos vemos a las
afueras de la ciudad amurallada. Tened cuidado —concluyó
Berserker, quitándome la autoridad de un plumazo.
Asentimos y nos dispersamos. No tenía muy claro cómo
terminaría todo aquello, pero estaba seguro de que si no avisaba a
mis compañeros no me lo perdonarían en la vida, así que, nada, me
tocaba llevar el ejército más patético del mundo y que mi madre nos
coja confesados…
Llegar hasta Castellar no resultó sencillo. Los espíritus no me
molestaban demasiado, los iba atravesando y listo, tan solo sentía
algo de frío y desesperación cuando eso pasaba. Nada comparado
con lo que me atacó al salir de la cueva del averno. El problema eran
los jodidos demonios menores que estaban por todos lados. El
infierno debía estar vacío ahora mismo. Si tuviera más gente, iba y
los conquistaba yo, por capullos…
Lo que jamás pude esperar fue lo que nos aguardaba a las
afueras de la fortificación. ¿Recordáis a todos los zombis, espectros,
cerdos y bebés demoníacos de Cernégula? Pues ahora los zombis
estaban un poco más destrozados, a los cerdos les faltaban trozos,
pero seguían andando como si nada, los espectros parecían más
corpóreos que los que habían escapado del velo, y los bebés estaban
gordos como bolitas y rodaban en lugar de gatear. Supuse que los
habían puesto en primera línea de guerra porque eran prescindibles
para ellos. No obstante, seguían siendo brujas y hechiceros con
familia, amigos y una vida a punto de truncarse si no lo
solucionábamos. No quise pensar en las pérdidas ni en cómo
afrontaríamos esa batalla. Luchar contra demonios era una cosa,
pero hacerlo con quienes sabes que no tienen la culpa de ser así me
ponía en una de las tesituras más jodidas de toda mi vida.
Aterricé al lado del pantano, a una distancia prudencial para que
Sariel pudiese hacer entrar a los demás sin que se nos colase nadie
indeseado en el Limbo, porque entonces ya era cuando mi madre
pondría precio a mis pelotas. Silbé con todas mis fuerzas y sentí un
temblor bajo los pies. A unos metros de mí se abrió una grieta y
empezaron a salir hechiceros en formación. Estaban perfectamente
uniformados, limpios y… ¿llevaban la jodida raya del pelo al lado
hecha con gomina? No me jodas que olían a naftalina y flores.
Comandando el pelotón iba Dedi con Sariel a su lado, este vestía
nuestro uniforme, vale, yo seguía con la ropa de las Nornas, pero no
es que me hubiese dado mucho tiempo a escoger nada mejor. Sobre
los soldados, al igual que si fuesen los bisabuelos del hada de los
dientes, volaban los seis arcángeles y lanzaban unos polvos
brillantes que iluminaban el camino, cosa que para no hostiarte
venía de maravilla, pero para no ser vistos era una puta mierda de
idea.
—¡¿Quieres decirles a esos majaras que dejen de ponernos en el
punto de mira?! —Corrí hasta Dedi para que detuviese a la birria de
intentos de hadas.
—Hola, Dedi, yo también me alegro de verte. ¿Cómo estáis?
—Conmigo no uses mi propio sarcasmo, haz el favor, que he
tenido un día de mierda —le advertí—. ¿Qué hacen? ¿Y a qué
hueles?
—Pues son de lo mejorcito que he conocido —me informó mi
amigo, y no pude más que abrir mucho los párpados—. Los han
curado a todos y nos han limpiado y arreglado la ropa. Además, nos
hemos organizado para buscar a más hechiceros y somos el triple,
¡listo!
Miré por encima del hombro de Sariel y vi que, en efecto, el
número había crecido bastante desde que los vi la última vez.
—Y lo de usarnos como baliza para que nos coman, ¿también es
necesario?
—Pues no sé qué tienen esos polvos, pero están todos
animadísimos —añadió Sariel, y fue cuando me fijé más en los
hombres.
Todos sonreían y a veces abrían la boca y sacaban la lengua para
que las partículas de polvo brillantes se adhirieran a ella. Le hice
unas señas a los arcángeles para que bajasen con nosotros, y
cuando estuvieron a mi lado casi me caigo al suelo. Iban vestidos
con uniformes de combate y se habían pintado unas rayas negras
bajo los ojos, en plan jugadores de rugby, aunque mucho me temía
que su idea inicial al hacérselo no era esa precisamente. Cada uno
portaba un arma diferente. La abuela de Piolín llevaba en la mano
un bastón metálico que sustituía al suyo de madera, el calvo del
flequillo tenía una ballesta, la del moño apretado, un sable, el
barrigón bajito, dos especies de nunchakus de hierro, el pelirrojo, un
mangual del tamaño de mi cabeza y la tetona había escogido un
hacha. No os vengáis arriba, ni llevando todas las armas del mundo
intimidaban absolutamente nada, aunque no les iba a quitar el
mérito del esfuerzo. De pronto escuché a los soldados cantar la
canción de los enanos de Blancanieves cuando van a la mina y mi
cara no debió tener precio, porque la abuela de Piolín se apresuró a
explicarme.
—No te preocupes, están todos felices y contentos de entregar su
vida por la causa.
—Eso es siempre así, lo que me preocupa es que vayan cantando
el «Ay ho», señora —le recriminé sin poder dejar de verlos desfilar a
mi lado, ahora estaban silbándola en lugar de cantándola, creo que
en breve me tiraba al pantano.
—Te dije que no echases tanto a los polvos de luz —la amonestó
la del pelo apretado.
—Chivata —la insultó el barrigón.
A todo esto, Dedi y Sariel miraban a un dragón que volaba sobre
el poblado haciendo círculos, pero no creáis que me iban a dar coba
a estas alturas. Me apostaría el cuello a que estaban disimulando
para que no les cayese la bronca a ellos.
—Marihuana, han mezclado las luciérnagas trituradas con
marihuana —añadió el de las visiones que quiso matarnos en un
principio y que ahora mismo no sabía si hubiese sido lo mejor.
—¡Abuela, no me joda que ha drogado a mis hombres! —le chillé
sin poder contenerme más.
—Se les pasará el subidón sin resaca ni nada, es hierba de la
buena, ¿por quién me tomas, por una principiante? —se enfadó,
encima, la jodida vieja camella de los cojones.
—¡Ey, James! ¡Tus amigos son la polla! ¡Venga, una carrerita, el
primero que se cargue un demonio gana! —me gritó Kardec
mientras iba dando saltitos a mi lado, estático. Había venido
corriendo desde no sé dónde y tenía un vacilón de tres mil pares de
narices.
Antes de que me diese tiempo a decir nada más, la tribu yonqui
de jubilados se apresuró a alcanzarlo como los que están haciendo
footing en el jardín de la residencia.
Mammón me mataba, mi madre me mataba, Sarah me mataba, y
yo iba a tener que repartir papeletas para ver a cuál de todos le
tocaba primero. ¡Yo me cago en mi puta vida!
Capítulo treinta y siete
El llavero es ese gran invento que hace que
pierdas todas las llaves a la vez
Sarah
Si la endiablada bruja había hecho bien el conjuro, ahora estábamos
ligados con algo más fuerte que el vínculo del matrimonio. Éramos
uno, lo que le sucediese a él me pasaría a mí y viceversa. Si James,
mi padre o, me atrevería a poner la mano en el fuego a estas
alturas, incluso Diego tuvieran ese dato, esto jamás terminaría. No
me sacrificarían, estaba convencida de ello. Sentí que el colgante
empezaba a calentarse en mi bolsillo, era como un corazón que
emitía latidos. Por un instante, estuve tentada de agarrarlo, pero si
lo hacía lo perdería y no sabía por qué, pero lo necesitaba conmigo.
«Madame Blavatsky, una ayudita que no venga en morse, por tu
madre», rogué mentalmente sin que la fruta cabra diese señales de
vida.
—Ahora te encargarás de vigilarla si sabes lo que te conviene.
Apártala de mi vista y llévala a los calabozos. Tengo una tierra que
conquistar, pero no te apenes, celebraremos la noche de bodas
como es debido cuando termine, pequeña —concluyó, y el dragón
me puso en pie para sacarme de allí.
Intenté mirar abajo para ver qué estaba pasando con tanto jaleo
y lo que vi me hizo pararme en seco y detuvo las bonitas palabras
que tenía pensadas para dirigirle a mi nuevo esposo. Las murallas de
la ciudad estaban llenas de siluetas de todos los tamaños,
moviéndose de un lado a otro. El cielo, negro como el tizón, se había
atestado de fantasmas y demonios menores voladores. Por ahora no
había rastro de batalla alguna, pero me temí que se tratara de la
calma antes de la tormenta.
—Vamos, esclava, camina —me empujó el cagón, impidiéndome
ver nada más. Eché un último vistazo a Diego y este bajó la cabeza,
esquivando mi mirada de auxilio.
—¿Todos los dragones machos sois igual de desagradables, o es
algo que solo te afecta a ti porque te hicieron bullying en el colegio
de lagartijas por llamarte de forma escatológica? —le increpé a la
vez que bajaba las escaleras, procurando no partirme la crisma
mientras lo hacía—. Mira que he conocido a tu madre y muy buena
impresión no me ha dado, lo mismo son los genes.
—He dicho que camines —insistió, y me volvió a empujar.
—Sabes que como me pase algo tu jefe la palma, ¿verdad? —
seguí diciendo para sacarlo de sus casillas.
¿Para qué? Pues ni idea, pero es que no se me ocurría ninguna
otra cosa de utilidad que hacer y había tenido a los mejores
maestros dando por el orto al personal. Fui a llamar a Pepe, cuando
recordé que jamás sucedería de nuevo y volví a prometerme que
haría lo imposible por vengarlo.
El dragón me condujo hasta las mazmorras en las que encerraron
a mi abuela, Sibila y Alcina con Lisbeth en todo su apogeo en la
batalla anterior. Parecía que habían pasado siglos desde eso y me
sentí muy vieja y cansada. ¿Cuánto podía aguantar el corazón de
alguien sin que terminase rompiéndose de dolor? ¿Tendrían
sentimientos los dragones? Lamia los tenía, aunque no sabía qué
parte de Asmodeo llevaba en los genes y qué de dragona, estaba
convencida de que podría lastimarlo si le contaba lo que había
pasado con el resto de su familia.
—Por cierto, no te he dado el pésame. Siento mucho lo de tus
hermanos, sé lo que duele perder a alguien por la locura de otro —le
dije, y en el fondo fui sincera, nadie se merecía perecer en esta
guerra, fuese del bando que fuese. Levantó la cabeza y me miró de
verdad por primera vez desde que salimos de la terraza.
—¿Qué estás diciendo?
—¿No lo sabes? No me gusta ser portadora de malas noticias,
pero me temo que los tres dragones que llegaron después de
vosotros han caído.
Casi no me dio tiempo a terminar la frase cuando me llevé otro
guantazo, solo que en esta ocasión el golpe me tiró de espaldas
contra la fría piedra que, en comparación con mi temperatura, me
pareció hecha de hielo.
Vi la furia arder en sus pupilas y a continuación le siguieron unos
temblores que le movieron el cuerpo entero. Una de sus alas hizo
acto de presencia y después las garras de las manos y los pies. Si
seguía así iba a derrumbarlo todo, por un momento pensé que sería
lo mejor, si yo moría, el garbanzo también, pero justo cuando ya
había decidido seguir para obligarlo a terminar su transformación
algo me regó la cara y la punta de una pica salió por su pecho. El
dragón dejó de temblar para empezar a convulsionar y a escupir
sangre negra por la boca. No sabía si me estaba dando más asco o
alivio por saber que quedaba uno menos al que cargarnos. En el
instante en el que cayó de lado al suelo apareció la silueta de Diego.
—Vamos, no hay tiempo que perder. Ahora mismo están
entretenidos. Van a atacar a la resistencia en cuestión de minutos —
me apuró, y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.
—¿Qué haces, Diego?
—Ayudarte a escapar. Tienes que ir y avisar a James, deben estar
preparados.
—No me iré a ningún sitio contigo. Te vi, estabas con los
sacerdotes, eras uno de ellos.
—Fue lo único que pude hacer para salvar a James. Le habían
capturado y me dijeron que era él o yo. Les tenía que informar de
los pasos que ibais a dar a cambio de perdonarle la vida. Sarah, no
podía perderlo, es un hijo para mí, al igual que tú.
—Yo no soy tu hija, Diego. Soy la de Mammón, y tú querías
vengarte de él, es por eso por lo que te uniste a ellos.
—Entiendo que no me creas, no tienes que hacerlo, solo ponerte
a salvo. Te juro que he querido y quiero a tu madre más que a nada
en este mundo, pero ella escogió en su momento. Ella a Mammón y
yo a mis compañeros, a veces me pregunto qué hubiese pasado si
no me hubiera rendido, pero eso es algo que jamás sabremos —
comenzó a decir, y recordé la imagen de ellos dos agarrados frente a
la hoguera de Madame Blavatsky.
Yo mejor que nadie sabía qué habría pasado si Tituba se hubiese
estado quietecita, no digo que fuese mejor o peor, pero todo el
sufrimiento y las decisiones que el hechicero había tomado después
de eso eran, en gran parte, por culpa de las Soliña.
—¿Vendrás conmigo? Es una guerra, Diego, los demás tienen que
saber que estás de nuestro lado. Mi madre es una zombi y el resto
de mi familia también ha sido transformada. Estoy aquí para
arreglarlo y que todo vuelva a ser como antes. Tenemos una
oportunidad aún, lo sé —argumenté para convencerlo.
—Soy consciente de todo lo que Shax le ha hecho a nuestra gente
y te prometo que no saldrá impune, pero no puedo irme. La madre
de Alcina me hizo un regalito, mientras permanezca con ellos, James
estará bien, en el instante en el que los abandone él morirá.
—Pero te has arriesgado a que eso pasase al liberarme. ¡No sabes
cuál es la letra pequeña del conjuro! ¿Y si ya está muerto? —le grité,
no queriendo barajar esa posibilidad o me quedaría sin uno de mis
motivos principales para seguir luchando.
—Te debía el arriesgarme, a ti y a Margaret. Sarah, ven conmigo.
Hay unas puertas sin vigilancia en la parte de atrás, las que
conducen a la cocina. De ahí tan solo tienes que saltar la parte baja
del muro y estarás fuera —me insistió, y le obedecí porque
necesitaba volver a ver al nefilim con vida, no podía ser responsable
también de su muerte. Además, llevaba demasiado tiempo sin poder
comunicarme con él y eso no era buena señal.
Solo nos encontramos en nuestra huida con algunos hechiceros del
sur a los que Diego despachó de forma rápida y silenciosa. Si
conseguíamos llegar hasta el muro tendríamos algún tipo de
posibilidad. Al abrir la siguiente puerta entramos en las cocinas y me
permití el lujo de suspirar, en unos metros estaríamos al lado de los
amantes asesinos abrazados. Que digo yo que para todo lo que han
liado durante tantísimos años ya podrían haberse ido a otro sitio.
Consideraba de masoquistas quedarse en el mismo lugar donde te
han matado no sé cuántas puñeteras veces y has derramado
lágrimas como para llenar el mar Arábigo, ¿no?
«Sarah, ¿dónde estás? Sarah, por tu madre y la mía, contesta o
me va a dar un síncope de un momento a otro», escuchar la voz de
James en mi cabeza hizo que me detuviese y que casi me echase a
llorar.
—¡Diego, está vivo! ¡Es James, está bien! —le grité, y me solté de
su agarre para dar unos saltitos y ponerme a hacer el baile de la
victoria, el problema es que cuando vi la expresión de incredulidad
del hechicero me detuve y carraspeé para intentar disimular que, de
todas todas, era carajota—. Puedo hablar con él en mi cabeza, me
está buscando —le informé para no parecer tan desquiciada.
—¿Y dónde está?
—¡Uy, no le he contestado!
Diego se echó las manos a la cabeza y se apoyó contra los fuegos
con los brazos cruzados.
—Nada, tú a tu ritmo. Si tenemos tiempo… —Ahora sabía de
quién había sacado James su sentido del humor tan característico.
«Perdón, pero Diego me estaba tocando un poquito de más los
ovarios y no he podido contestarte antes», le dije, y le hice una
morisqueta al hechicero jefe cuando no miraba.
«Como te roce un pelo pienso arrancarle los ojos», me contestó,
malinterpretando mis palabras.
«No, no, James. Tenías razón, es bueno. A ver, bueno bueno no,
de seguro que algo malo habrá hecho, porque nadie es perfecto.
Tampoco es que nos vayamos a poner ahora a beatificar a la gente
nosotros».
«¡Sarah!».
«¡Joder, que fruto estrés! Ea, ya he dicho una palabrota, verás tu
madre como me escuche la gracia que le va a hacer. Estaba
infiltrado, es una larga historia y te juro que no tengo tiempo de
contártela, pero tenías razón. Siento mucho haberte metido tanta
presión con este tema», me disculpé, al César lo que es del César y
cuando metes la pata lo más noble es rectificar. Después de un
silencio que me pareció eterno, James volvió a hablar.
«¿Dónde estáis?».
«¿Recuerdas cuando me robaste un beso afuera de las cocinas de
Castellar?».
«Tengo grabados a fuego cada uno de ellos», respondió, y me
morí de vergüenza y de amor. ¿Cómo podía ser tan quedón y tan
cuqui a la vez? Una relación tóxica de manual, lo que yo os diga.
«Pues vamos a salir por ahí ahora mismo. Espéranos junto a la
parte más baja de la muralla».
«Sarah, tienen rodeada toda la fortificación con los zombis, los
cerdos, los demonios bebés y los espectros convertidos, no sé cómo
lo han hecho, pero dan unos golpes que ni siendo de carne y hueso.
Estaré ahí para ayudaros a salir. Tardo dos minutos, tened cuidado»,
me advirtió. Se lo estaba contando a Diego, cuando James volvió a
abrir la comunicación y me preocupó que no pudiese llegar a tiempo.
«Dime», me adelanté.
«No te pegues a las piedras, manteneos alejados unos metros y a
cubierto, y otra cosa más: te amo, Church», dijo, y me dejó con cara
de lerda.
Salimos de la cocina con cuidado de que no nos divisaran desde
la parte de la terraza en la que se encontraba Shax con el resto de
los traidores. Si hubiera tenido la más mínima habilidad para
destrozar ese lugar y enterrarlos vivos a todos lo habría hecho.
En cuanto llegamos a la parte del muro pactada, nos colocamos
detrás de unos barriles y nos agachamos. La señal de que el salvaje
del alitas había llegado no se hizo esperar. Casi no nos dio tiempo de
agacharnos más cuando se escuchó una detonación y volaron
cascotes de piedra por todos lados. A eso le llamaba yo hacer una
entrada triunfal y totalmente sigilosa… Desde luego que la discreción
nunca fue su fuerte.
—¿Siempre ha sido así de borriquito?
—Más, se ha ido calmando con los años. Me gustaría que lo
hubieses visto de pequeño…
Un zombi nos miró desde arriba y me dio el tiempo justo de
apartar la cabeza para no llevarme un mordisco. Diego me agarró y
me puso sobre sus hombros como si fuese un saco de patatas. ¿En
serio? Desde mi perspectiva veía el mundo al revés, pero casi
prefería no distinguir nada, porque la cosa pintaba mal otra vez.
James estaba al lado de dos abuelos con alas vestidos de Rambo.
¿Me había mordido y estaba delirando con la ponzoña, o el hechicero
acababa de robar ancianos angelicales para unirlos a la causa al más
puro estilo testigo de Jehová llama a tu puerta?
Vi el momento en el que los dos hechiceros se reencontraron y
comenzaron a luchar contra unos demonios menores del tamaño de
un humano altito, pero no para jugar en la NBA. Sus movimientos
eran rápidos, aunque estaba segura de que si me bajase lo mismo
yo servía para algo más que para estorbar y a él le sería más fácil
luchar.
—Diego, a lo mejor no es el momento de decírtelo, pero tengo
piernas. ¡Bájame! —le grité, y él se asustó como si no recordase que
yo también formaba parte de la ecuación.
Me obedeció y me puso en el medio de los dos. Veía bien lo del
caballero andante, pero, por el amor de Satán, era una demonia
bruja con una chunga dentro que daba mucho miedo, más floja que
el fango y que aparecía cuando a ella le salía del toto, sí, pero ahí
estaba.
—Niña, te noto estresada. ¿Quieres polvos? —me preguntó una
vieja con un garrote que había aparecido a mi lado y repartía
mamporros a todos los que se nos acercaban.
—¡Señora, deje de repartir droga a la gente, por el amor de Dios!
Me pienso chivar a mi madre cuando todo esto acabe, ¡que lo sepa!
—la regañó James, que se había enterado.
La anciana hizo un mohín y pagó su frustración saltándole encima
a un demonio y sacándole un ojo con la cosa esa que llevaba.
—No se lo tengas en cuenta, ella lo hace para que todo el mundo
sea feliz. Solo es marihuana con alguna que otra hierba terapéutica,
no es nada ilegal —la justificó el abuelo de Heidi en calvo con un
extraño flequillo a la vez que le disparaba una flecha con una
ballesta a otro que se nos acercaba desde el cielo.
—¿James? —Mi mirada se lo dijo todo.
—Si salimos de esta te lo cuento, lo prometo. Toma —me dio
largas con la respuesta y me lanzó una pistola—. No mates a
ninguno de los buenos, por favor.
Como si diferenciar quién era de un bando y quién de otro fuese
fácil en estos momentos… Cogí el arma y apunté a la cabeza de otro
demonio menor que se le acercaba a Diego por la espalda. Este se
giró y me vio cubriéndole la retaguardia.
—Gracias, eres digna hija de tu madre —me alabó, pero entonces
el dragón que faltaba apareció, aterrizó destrozando algunas casas
con la cola y fue a darle un zarpazo a James en el pecho. No me
daba tiempo de hacer nada, estaba demasiado lejos y las balas no
servirían contra él.
—¡James! —chillé a pleno pulmón, y él se giró. Estaba luchando
contra dos demonios a la vez y no se había percatado del peligro ni
de los destrozos, teníamos demasiado ruido a nuestro alrededor.
Cuando mi hechicero se volvió, tan solo le dio tiempo a ver el
cuerpo de Diego colocándose delante de él y recibiendo el bestial
impacto que le abrió el pecho en canal. Me llevé las manos a la boca
sin poder creer lo que estaba viendo. James se encontraba en el
suelo con el cuerpo del que fue su padre, destrozado, entre los
brazos. Yo había entrado en shock y todo a nuestro alrededor era un
caos. Era difícil que nada fuese a peor.
Capítulo treinta y ocho
Nadie es como tú, y ese es tu poder
Sarah
Una bola de fuego apareció desde mi espalda, golpeó al asesino con
escamas y lo hizo retroceder. Lamia pasó por mi lado como una
exhalación y empezó a luchar contra su hermano. De pronto, el
colgante volvió a latirme en el bolsillo y decidí que ya no perdía nada
por ponérmelo. Todos se iban a terminar enterando de lo que era,
eso si es que quedaba alguien con vida para recordarlo… El
problema es que al meter la mano me pinché con lo que había
olvidado que llevaba. El hilo rojo y la aguja de las narices de las
Nornas que habían servido para lo mismo que el traje de buzo de
James, para nada en absoluto.
El nefilim era un blanco fácil, desde donde estaba podía ver el
brillo de sus lágrimas cayéndole por las mejillas y la furia mezclada
con la angustia en los ojos. Saqué la mano del bolsillo y vi que el
hilo brillaba y palpitaba en mi palma, estaba equivocada, no se
trataba del colgante, era esto lo que quería decirme algo sin que lo
entendiese. Por si las moscas servía para poder ayudar un poco más
me puse el medallón pero, en esta ocasión, recé para volver a ser la
hija de mi padre, pedí a los cuatro vientos convertirme en la
demonia lila con más fuerza que la bruja, y este me escuchó. Por
primera vez me hizo caso y casi salté de alegría al notar mis alas,
mis cuernos y hasta el rabo moviéndose de un lado a otro igual que
si se alegrase de verme de nuevo. Volé y me coloqué junto a James,
seguía en el suelo con Diego en sus brazos y apretaba la herida,
intentando que la sangre dejase de salir. El daño era lo
suficientemente grande como para que dicha proeza fuese imposible
y sentí una pena enorme por ambos, por la vida que trunqué yendo
al pasado del que pudo ser mi padre y por la del hechicero que
lloraría su pérdida mientas viviese.
—James, tenemos que irnos. Aquí tardarán menos de cinco
minutos en acabar con nosotros —le advertí para que regresase a la
realidad—. James, por favor. Te juro que volveremos a buscarlo y le
daremos el entierro que se merece.
—Sarah, no puedo —confesó entre lágrimas. Verlo así me rompió
más el corazón de lo que ya lo tenía.
—No puedes solo, pero sí juntos —le indiqué, y le tendí la mano
para que nos levantásemos, de forma literal y metafórica.
Gracias al infierno, al cielo o a quienquiera que le hubiera
otorgado la fuerza que necesitaba, reaccionó y me siguió de forma
autómata, dejando atrás a la persona que de seguro más lo había
querido en la vida.
Sonó otra dichosa campana, descuadrándome más de lo que ya
estaba. No habíamos hecho nada para seguir perdiendo. Aquello era
un completo caos, a nuestro lado, cubriéndonos, estaban los dos
ancianos cargándose a todo el que osase acercarse. Os juro que
necesitaba lo que se habían tomado, porque iban hasta el culo de
algo que los tenía fuera de sí, o eso o eran los vejestorios alados con
más mala leche del cielo.
—¡Corred fuera de los muros! Os cubrimos —nos ordenó la abuela
de Rambo. Verla con sangre de demonio en la ropa, heridas por los
delgados y arrugados brazos, y cargándose bichos con el bastón y
cara de felicidad daba más miedo que cien dragones juntos.
—¡Vamos! —le pedí a James, sin soltarle la mano. Me guardé la
costura para cuando supiese qué hacer con ella y salimos por el
boquete que habían hecho en el muro todo lo rápido que pudimos
para quitarnos de en medio antes de que nos matasen a nosotros
también.
Volar en estos momentos no era una opción. Teníamos más frentes
abiertos por el aire que en el suelo, por lo que no nos quedó otra
que correr y esquivar a los zombis, a los cerdos a trozos a los que
preferí no mirar demasiado, a los bebés gordos diabólicos y a los
espectros que nos intentaban agarrar o poner la zancadilla para que
nos cayésemos. No sé en qué momento James tomó el mando y
comenzó él a tirar de mí. Cuando estábamos a punto de salir de la
locura en la que se habían convertido los muros de la fortificación,
se detuvo en seco y se colocó delante, impidiéndome ver nada más
allá de su espalda.
«Sarah, ¿confías en mí?», me preguntó por nuestro canal interno
de pronto.
«¿Qué pasa, James? ¿Qué hay ahí?».
«Quiero que te des la vuelta ahora mismo y corras en dirección
contraria hasta el embalse de Guadarranque. Allí he dejado un
equipo táctico que tendría que sacar a los heridos si fuese
necesario», me pidió, y al notar la urgencia en su voz me temí lo
peor.
«¡No pienso dejarte solo! O los dos o ninguno», le aseguré,
siendo de las pocas cosas que tenía claras en mi vida.
«Sarah, necesito que vivas. Yo te cubro, corre y llega hasta Sariel,
está allí encargándose de esa zona», repitió, pasándose mi
respuesta por el forro de los cataplines.
No iba a dejar que nadie más muriese por protegerme, me
negaba en rotundo. ¿Le hice caso? No. ¿Debería? Pues
seguramente, pero entonces no tendría la sangre Soliña por las
venas. Volé un poco sin que se diese cuenta para ver a qué nos
enfrentábamos y la respiración se me quedó parada, el corazón se
me detuvo, los ojos se me anegaron de lágrimas y mi mundo
comenzó a girar de forma brusca en cuestión de segundos.
—¡Mierda, Sarah! ¿Cuándo cojones me vas a hacer caso? Una
sola vez, solo te pedía una maldita cosa. ¡Corre!
Lo oía sin escucharlo. No tengo claro cuándo ni cómo descendí, el
caso es que lo aparté y me ubiqué a su lado con el pecho apretado,
sin saber qué hacer.
—La brujita tiene cuernos. Todos sabíamos que eras una
monstruosidad, pero nunca imaginé lo bien que nos ibas a venir,
¡engendro! —Dai Vernon escupió esta última palabra con asco.
No me molestaba en absoluto que me insultase, yo podría decirle
cosas bastante peores incluso sin tener que llegar a las palabrotas.
Lo que me dejó paralizada fue que tenía agarrada a lo que quedaba
de mi madre, medio inconsciente, y le había puesto un sable delante
del cuello. Al ver mi cara se lo apretó más y empezó a salirle una
línea de un líquido negro de la herida.
—¡No, por favor, no lo hagas! ¡Iré contigo, te juro que si la dejas
no volveré a escaparme y os daré toda la sangre que queráis, hasta
la de las compresas! —le imploré, y puso cara de asco.
Me adelanté un paso para ahora yo cubrir a James con mi cuerpo.
Extendí las alas y lo bloqueé, solo un poco, porque las mías eran
medio translúcidas y podía seguir viendo lo que sucedía, aunque sí
lo suficiente para que se quedase atrás.
—Buena chica. Dile a tu perro que se mantenga al margen o esto
acaba aquí —me amenazó, y miré a James a través los cartílagos
que formaban mis alas.
—James, por favor —le rogué, y este meneó la cabeza con la
espada en la mano.
—Hermanito, ya has escuchado a la aberración, obedece —me
insultó, y me temí que estaba perdiendo la audición, o eso o que los
ruidos de la batalla me estaban jugando malas pasadas.
—¡Los Vernon nunca serán nada mío! —le chilló, y eso sí que lo oí
a la perfección. Espera, ¿perdona? Me había perdido la mitad de los
capítulos de un culebrón impresionante.
—Sabía que te había visto fuera de la cueva, escondido como el
gusano que eres —continuó Dai, sin que yo terminase de enterarme
demasiado del cotilleo.
—James, es mi madre, por favor —le volví a pedir, e hice algo que
jamás me perdonaré, pero que era necesario para salvarlo tanto a él
como a ella, tiré de chantaje psicológico—. Si se tratase de Diego,
¿no intentarías salvarlo?
James parpadeó varias veces sin poder creer lo que acababa de
decirle. Acto seguido, envainó la espada y agachó la cabeza. Verlo
derrotado fue horrible.
—Te juro que como le toquéis un solo pelo a Sarah os buscaré, os
encontraré y me haré un collar con las tripas de todos los putos
Vernon de este planeta —lo amenazó, y se quedó en pie aguardando
a que nos fuésemos.
Dai no soltó a mi madre hasta que me puse a su lado y, lo
suficientemente rápido para que no nos diese tiempo a reaccionar, la
lanzó contra James y me colocó en su lugar. Por extraño que
parezca, sentir el filo de la hoja apretarme el cuello a mí en lugar de
a ella me alivió tanto que le lancé una sonrisa a mi hechicero y le
pedí un último favor, aunque no tuviese ningún derecho a hacerlo.
—Cuida de ella. Sabrás cómo solucionarlo y devolverla a su ser.
Confío en ti.
—Te encontraré de nuevo —me prometió, y agarró a Margaret,
manteniéndole un brazo a la espalda y la cabeza a una distancia
prudencial de él, supuse que para que si se espabilaba lo suficiente
no le arrancase un trozo, chico listo.
—Te amo —le indiqué moviendo los labios sin articular palabras.
Se dio la vuelta y se marchó, dejándome con el destino que había
escogido y sintiéndome bien conmigo misma por primera vez en
demasiado tiempo.
Todavía me resultaba increíble que el padre de James fuese Blaise,
no podían existir dos personas más diferentes. Dentro de la locura
que estaba viviendo, eso me animó un poco, si hasta Dios metía la
pata en amores, el resto de los simples mortales tenían abierto el
coto para equivocarse las veces que les diera la gana. No quería
saber lo que debió sentir el pobre alitas cuando se enteró de la
noticia. Me temía que, por lo que había dicho el indeseable que me
arrastraba entre los mutantes hasta la entrada del castillo de nuevo,
eso sucedió hacia relativamente poco tiempo y aún no lo tenía
procesado. Casi era mejor, prefería que mantuviera la cabeza fría y
no en telenovelas entre sobrenaturales, la verdad.
—¡Anda más deprisa, esto no es un paseo por el campo! —me
aligeró Dai.
Sí, había intentado ir despacio y tropezando a propósito con todo
lo que nos encontrábamos para ralentizarlo y pensar en alguna
forma de escapar. Cuando prometí portarme bien tenía los dedos
cruzados, y todo el mundo que mide más de cuarenta centímetros
sabe que eso anula el juramento.
—Estaba contemplando el paisaje. ¿Es así como quieres que
termine nuestro mundo? ¿Lleno de demonios que campen a sus
anchas y sin ningún hechicero en sus cabales?
—No sabes una mierda, niñata.
—Mira, me llamo Sarah. Vamos a llevarnos bien, porque no le
quiero decir a tu jefe que me has intentado degollar, con lo que eso
supondría para él…
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer contigo en cuanto los
tuyos hayan caído —se mofó, y me quedé un tanto desconcertada. A
ver, que yo muy espabilada no era, pero eso significaba que Shax
también la palmaría, ¿no? Entonces se me iluminó la bombilla y me
di cuenta de lo que tenían planeado.
—¿Vais a traicionar al demonio? ¿Después de todas estas pérdidas
sin sentido? —le pregunté, incrédula.
—Exacto, en cuanto la purga se haya completado, el demonio
morirá y sus esbirros desaparecerán —me explicó, orgulloso por su
caca de plan.
—Entonces, ¿para qué diantres tanto jaleo?
—Para aniquilar a todos los hechiceros del norte y a los lobos,
vampiros y brujas que no comulguen con la causa.
—¡¿Qué causa, tarado?!
—La de nuestro reinado, nosotros, los Vernon, gobernaremos el
mundo a nuestra imagen y semejanza.
—A ver, entiende una cosita, sois feos, los tres, tu padre, tu hijo y
tú. El único que se salva de la familia es James y porque tiene otra
sangre mezclada además de la vuestra. Y, lo más importante, ¡estáis
como una jodida regadera!
Se rio y pasó de mis intentos por sacarlo de sus casillas para que
bajase la guardia, como hice con el dragón. Esta vez no me
funcionó, pero no podía dejar de intentarlo.
Elly apareció en cuanto entramos en las murallas de la ciudad y
me contempló más tiempo del que me hubiese gustado.
—Ahora eres nuestra mejor arma —me dijo, y esperé que eso no
fuese ningún cumplido, porque le tenía un asco que lo flipas—.
Enciérrala en el torreón y manda a alguien de confianza para que
vigile la puerta. No podemos volver a perderla.
—Sé lo que tengo que hacer, tú haz tu parte.
Me condujo de nuevo por la cocina hasta que llegamos a la
bifurcación que llevaba o a los calabozos o hacia arriba. Casi
preferiría haber tirado hacia abajo, allí sabía lo que me encontraría,
en la otra parte no había estado nunca y me daba miedo descubrirlo.
Después de innumerables escaleras nos topamos con una única
puerta de la que salía una línea de luz por abajo. La abrió y me
empujó dentro para cerrarla deprisa en cuanto puse un pie en el
interior.
—¡Robaperas! —le chillé tras el portazo, y me di la vuelta para ver
si podía escapar de alguna forma.
—Creo que esto se está alargando más de la cuenta…
Madame Blavatsky estaba tumbada en la cama con las ubres
hacia arriba, y me niego a describir nada más de esa imagen, me lo
vais a agradecer, en serio.
—Si hubieras aparecido un poquito antes lo mismo no dura tanto
y muere menos gente. ¡Fruta cabra de las narices!
—¡Ey, te ayudé con la prueba de los acertijos!
—Oh, sí, perdona. Mil gracias por bajarme la moral a la altura del
subsuelo.
—¿Dónde tienes lo que te dieron mis hermanas? —me preguntó,
y gracias al averno que se sentó y se tapó un poquito sus
intimidades, porque no podía dejar de mirarle la protuberancia que
tenía por almeja.
Vale, más bien era un mejillón enorme y peludo, tirando a ostión
cruzado con erizo. Menos mal que dije que no lo iba a describir…,
pero si sufro yo sufrís todos, a tomar por saco. Esa imagen me
perseguiría en mis peores pesadillas el resto de mis días, si es que
volvía a dormir alguna vez de nuevo.
—¿Qué me has preguntado? —Se me había ido la cabra a por
pan, nunca mejor dicho.
—Lo que no termino de comprender es cómo sigues viva, de
verdad que no.
—Porque soy la fruta ama cuando entro en hiperfoco. ¿Me ayudas
o tomamos té?
—El hilo, Sarah, la aguja y el hilo que te dieron las Nornas, ¿lo
tienes? —insistió.
—Sí, lo tengo, pero ni uso nada de ese color ni sé coser. Así que
ya me dirás para qué me va a servir…
—El velo entre los mundos está roto —comenzó a decir otra vez.
—Estamos un pelín cansinas con el temita. Te juro que si llego a
saber que estornudando me lo cargo me hubiera taponado la nariz
de por vida, pero es que tenéis la mala costumbre de dar los dones
sin instrucciones de seguridad y luego pasa lo que pasa.
—¿Me escuchas?
—¿Mi isquichis…? Te escucho, pero solo mientras encuentro la
forma de salir de aquí, porque eres capaz de hacerme perder el poco
tiempo que me queda para ayudar a los míos y luego marcarte un
Houdini y desaparecer como siempre —la acusé, y me dirigí a la
ventana a ver si por ahí podía saltar, volar o lo que fuese.
Capítulo treinta y nueve
Hazlo bien o hazlo con humor. No hay otra
opción
James
No sabía cómo gestionar toda la mierda que teníamos encima. No
quería pensar en Diego, me juré llorarlo y vengarlo en cuanto
pudiese. Ahora mismo tenía que priorizar y mantener la mente de
soldado activa o sería incapaz de dar un jodido paso más. Sarah era
la persona más inteligente que conocía y, pese a que me estaba
comiendo por dentro la preocupación, sabía que lograría escapar o
volver locos a sus captores, cualquiera de las dos era totalmente
válida. Llevaba a Margaret como si fuese un prisionero hasta el
punto de encuentro y no tenía ni idea de qué iba a hacer con ella.
En cuanto Sariel me vio arrastrando a un zombi hasta ellos se
puso aún más pálido, supongo que pensó que se me había
terminado de ir la cabeza.
—¿Vamos a empezar a adoptar aberraciones? —ironizó, y me hizo
gracia, porque hasta hacía unos días no se me habría pasado por la
cabeza que pudiese hacerlo.
—Es la madre de Sarah, le prometí que la mantendríamos a salvo.
¿Cómo vamos?
—Tres uno, ganando ellos —concluyó Dedi, que acababa de llegar
con unos cuantos heridos—. ¿Qué cojones haces con eso?
—Es Margaret Soliña —le informé un tanto cansado de la
situación—. Hay que atarla antes de que se espabile e intente
comernos.
—Ah, bien. Como no tenemos nada que hacer, ahora somos la
niñera de los zombis. ¿También podemos llamar a los cerdos y
montarnos una barbacoa? —añadió Dedi. Eso de que los dos se
hubiesen puesto de acuerdo para tocarme la moral a la vez no me
estaba gustando demasiado…
—Diego ha muerto —le dije, y vi que sus ganas de guasa se
terminaron antes de que acabase la frase, me miró con los labios
apretados y supe lo que pensaba—. No he sido yo, se interpuso
entre uno de esos dragones del averno para salvarme.
—Lo siento, James.
Sabía que mi amigo lo decía en serio y que se estaba tragando las
mismas lágrimas que yo, pero también era consciente de que no
teníamos tiempo para llorarlo.
—Necesitamos ayuda, James. No podemos seguir luchando solos.
Son demasiados. Las puertas del averno están abiertas. Hasta que
no cerremos el velo el equilibrio está afectado y pueden campar a
sus anchas por la tierra —continuó Sariel, y en ese momento algo
enorme aterrizó a nuestro lado.
—Han caído cuatro de mis hermanos —nos contó orgullosa Lamia,
al igual que si estuviese diciendo que les había ganado en una
carrera…—. ¿Y los demás?
—No han llegado aún, de eso hablábamos antes de que casi te
nos tirases encima. No podremos aguantar mucho más. —El tono del
ángel me indicó que había problemas en el paraíso barra infierno.
Lamia volvió a su forma normal y se puso a dar vueltas de un
lado a otro, nerviosa. En uno de esos paseos desapareció y Dedi,
que estaba atando a Margaret, tiró un poco más de la cuerda de la
cuenta y una de las manos de la zombi rodó hasta mis pies.
—¡Dedi, coño, que no es un puzle! ¡A ver cómo le explico esto a
Sarah! —protesté, cogí la mano con todo el asco del mundo e
intenté colocársela a la bruja otra vez en su sitio, sin ningún éxito—.
¡Yo me cago en mi puta vida! —Al final, opté por metérsela en el
bolsillo para que no se perdiera y ya vería con qué se la pegaba para
que no se notase mucho.
—¡Ha desaparecido! Es un dragón y todo eso, vale, pero ¿se
pueden hacer invisibles? Como eso sea así, estamos muertos,
James. ¡No sabremos por dónde nos atacan! —me gritó Dedi,
entrando en pánico al sopesar las pocas opciones que tendríamos
frente a un enemigo que no veíamos.
—Lamia, ¿puedes dejar de jugar con el anillo de las jodidas
Nornas de una vez? —le pedí, y puse los ojos en blanco cuando la
dragona apareció al lado de Dedi y este casi se subió en los brazos
de Sariel del salto que dio—. ¿Nos podemos centrar? Ahora mismo
están siendo de más ayuda el grupo de Cocoon[31] que vosotros —
les regañé para que dejasen de hacer el tonto un poquito, pero
entonces se me iluminó la bombilla, me acerqué a la dragona y le di
un sonoro beso en la frente que descuadró a todos los presentes.
Podría jurar que hasta Margaret frunció el ceño.
—No me importan las relaciones abiertas, pero lo mismo a mi
prima no le hace tanta gracia…, aunque si no se entera, no pasó —
se puso a conjeturar en voz alta Lamia, y Sariel me miró con cara de
querer estrangularme al modo Simpson.
—No te vengas arriba… Ya sé qué vamos a hacer para liberar a
Sarah y para ganar esta jodida batalla —les dije, y les expliqué mi
plan.
—Estás como una regadera y el plan tiene lagunas por todos
lados, pero es nuestra única opción —observó Dedi—. O ganamos o
nos masacran.
—Yo lo veo bien, total, ya he terminado con mis hermanos y me
he tirado a un ángel, tampoco es que me quede demasiado más por
hacer. Aunque nos da tiempo a un revolconcillo detrás de esos
matorrales si insistes —me sugirió al más puro estilo Lisbeth, y no
pude evitar mirar a Dedi.
—La vamos a encontrar y los salvaremos a todos. Te lo prometo.
Mira, ya tenemos a Margaret, ¿quién dice que Alcina no esté
también por ahí, comiéndose gente? —Vale, como animador no me
iba a ganar la vida.
Por inercia, después de mis palabras, nos volvimos a mirar a la
bruja zombi y vimos en el suelo algo que se parecía demasiado a
una oreja.
—Te va a capar en cuanto te vea, yo que tú aceptaba el trato de
la dragona —me recomendó Dedi, y me cagué en todo lo cagable.
En vez de una suegra tenía un Míster Potato…
—Lamia, ¿te ha quedado claro lo que tienes que hacer? —repasé
el plan porque no me fiaba ni un pelo de que ninguno hiciese su
cometido en condiciones.
—Hacerme invisible, buscar a Sarah, sacarla de ahí y traerla hasta
aquí. Nada de muertes innecesarias para que no me cojan. Es fácil.
—¿Sariel?
—James, no sé cuánto tiempo puede estar el reloj deteniéndolo
todo. Nos lo jugamos a una carta y las Nornas no es que sean
demasiado espléndidas —protestó el ángel.
—Como diría Pepe, somos los Mosqueperros. Todos a una —los
intenté alentar.
—¡Venga, a la mierda! Quiero recuperar a mi psicópata con
Tourette —me siguió Dedi, y no pude evitar sonreír al imaginarlos
juntos a solas.
—Pues reunamos a todos los que podamos y esperamos la señal
de Lamia para atacar. Sariel, tienes la misión más importante de
todas, eres el único que se puede acercar lo suficiente a Shax y
matarlo. ¿Podrás hacerlo?
—Si no lo hago yo y llega tu madre antes de que arreglemos esto,
la Tierra está acabada también, así que no perdemos nada —
contestó, y se encogió de hombros.
Nos pusimos manos a la obra y creamos una distracción para
darle tiempo a Lamia para que sacase a Sarah antes de hacer nada,
por si Sariel no era capaz de asesinar al que llevaba la voz cantante.
No le dije nada de los Vernon porque ellos eran cosa mía.
No habían pasado ni cinco minutos desde que Lamia se marchó,
cuando el cielo se tornó aún más negro de lo que ya estaba. Os juro
que era la noche más larga de toda mi maldita existencia, necesitaba
que la luz del alba llegase, aunque no sabía si eso volvería a suceder
alguna vez… Dos figuras aladas que iban dejando estelas rojas y
negras tras de sí como si se tratasen de cometas se acercaban
demasiado rápido hasta donde estábamos reuniendo a los
hechiceros que todavía podían seguir combatiendo.
—¡Mierda, ¿y ahora qué?! —gritó Dedi, y todos los presentes nos
pusimos en pie con las armas preparadas para un nuevo ataque.
Estábamos demasiado pendientes del cielo como para mirar lo
que sucedía a nuestro lado hasta que ya fue demasiado tarde. Sentí
una respiración desacompasada junto a mi cara y al volverme me
encontré con la boca abierta de forma antinatural de Margaret, que
se lanzaba directa a mi yugular. No podía matarla, ni tampoco me
daba tiempo de pensar, por lo que tan solo me quedó rezar a quien
me estuviese escuchando para que lo que tuviese que pasar fuese,
al menos, rápido.
—¡James! —gritó Sariel para avisarme más tarde que pronto… A
buenas horas.
Cerré los párpados porque sí, porque me gustaría veros a
vosotros en mi situación, y sentí que se me estremecía el cuerpo
entero, que algo me apretaba el culo y que se me abría la boca a la
fuerza. Transformarse en zombi era raro de cojones. Empecé a oír
gruñidos y luego a un montón de gente riéndose. ¡Eran unos
insensibles de mierda y pensaba comérmelos a todos por cabrones!
—Ya sabía que eras rarito, pero esto es demasiado hasta para ti.
Cada día me pregunto qué te ha visto mi hija, en serio —reconocí la
voz de Mammón y entreabrí los ojos porque me estaba perdiendo
algo.
Dedi estaba atando otra vez a Margaret, Sariel se había dejado
caer encima de un demonio negro enorme de tres cabezas y los dos
lloraban de la risa. El resto de los hechiceros que estaban con
nosotros no os creáis que no se estaban partiendo la polla,
señalándome y algunos hasta aguantándose la barriga, apoyados en
sus armas para no caerse al suelo. Fui a dar un paso y algo en mis
pies me detuvo y casi hizo que me partiese la crisma. Los aullidos
que llegaban de todas partes nos rodearon y junto a los demonios
que nos sobrevolaban aparecieron murciélagos en masa, igualando
el tamaño de las nubes. Berserker y el estúpido de su hijo hicieron
acto de presencia y a los pocos segundos apareció también Mercy.
Jamás me había alegrado tanto de ver a todos esos sobrenaturales.
—¿Qué cojones lleva puesto el raro? —le preguntó Berserker a
Mammón, y el demonio se encogió de hombros. Espera, ¿hablaban
de mí?
Cuando fui a protestar un tubo me lo impidió, me lo saqué rápido
de la boca y lo miré, se trataba de uno de esos respiraderos para
hacer snorkel. Me observé por primera vez desde que la bruja me
atacó y casi habría preferido que lo hubiera conseguido. Llevaba
unas aletas de buzo en los pies, rosas, eran rosa fluorescente como
el pijama que me puso Sarah en la casa de San Cibrán, además, el
traje se había encogido para apretarse a mi cuerpo, gorro incluido, y
era del mismo jodido color del que siempre fue. En serio, no me
merecía esto.
—¡Putas Nornas de mierda! —chillé sabiendo que me iban a
escuchar, y un rayo cayó a mi lado dándome la razón.
—No te quejes —me recriminó Sariel, y aluciné en colores, pero
en colores oscuros. Mi derecho al rebote lo tenía—. Esa ropa, en el
momento en el que se ha acercado el zombi, se ha sellado y no ha
conseguido morderte, bueno, sí lo ha hecho, pero no ha podido.
Creo que se le han caído algunos dientes —concluyó su explicación y
señaló a la, ahora mellada, madre de Sarah.
—¡Yo me cago en mi puta vida! —me lamenté a la vez que el
traje volvía a ser como hacía unos minutos, pero ya sabía que
tendría pitorreo hasta el fin de mis días, menos mal que lo mismo
eso no era demasiado y el calvario duraba poco.
—¡Vamos a exterminarlos de una vez! —chilló Mammón, y todos
los demás lo siguieron en unos vítores que, después del ataque de
risa, les sirvió para pensar que aún nos quedaba una oportunidad y
que no estaba todo perdido.
Capítulo cuarenta
No dones sangre que no sea tuya, te miran
raro…
Sarah
Al asomarme a la rendija que había por ventana me di cuenta de
que ni dejando de comer de por vida me cabría el culo por esa
saetera. Bien, Sarah, es solo el primer obstáculo, hay que encontrar
otra, no pasa nada, me dije para animarme un poco, porque la cabra
me estaba empezando a sacar de quicio.
—Sarah —me llamó la cuadrúpeda, y estuve a punto de mandarla
a pastar. No obstante, cuando me giré y la vi con la cuerda de Pan
puesta, me quedé paralizada. Aquello no pintaba bien, cada vez que
la lucía era porque alguien iba a palmarla, y ya había muerto
demasiada gente.
—¡Ah, no, ahora no me vengas con esas, Madame Blavatsky! ¡Ya
puedes estar quitándote esa cosa de ahí! No necesito a un Yoda de
la vida, quiero a la loca, la que diría que me convirtiera en gusano
de seda y saliese por ese fruto boquete y me arrojase al vacío.
—Niña, escúchame por una vez en tu vida.
—Estoy cansada de escucharte. Esto no funciona así, ¿sabes? No
puedes jugar conmigo cada vez que te dé la real gana como si fuese
una ficha de algún absurdo tablero de mesa que te hayas inventado.
—Tienes dos opciones —empezó a decir, ignorando mis quejas.
Me senté en el suelo y la escuché, a ver qué barbaridad soltaba
ahora por la boca. Total, pensaba escoger la tres…
—Venga, sorpréndeme —la reté, y puso las rayitas de los ojos en
blanco. Para que luego digáis que la infantil soy yo.
—Te mandé a mis hermanas porque sabía que ellas terminarían
cayendo en lo mismo que yo, lo único que podría salvarnos a todos
serían el hilo y la aguja que tienes en el bolsillo —empezó a
explicarme, y saqué los avíos de costura para tirárselos a la cabeza o
aprender a coser de pronto y cerrarle el hocico, pero su cara
mostraba la suficiente seriedad como para reservarme el disparo
para cuando terminase de hablar—. El velo se ha roto…
—Y la cabra al trigo —resoplé.
—Eres desesperante.
—Y tú fea, y no te lo digo por no hacerte daño.
—¿Quieres salvarlos a todos y que el demonio desaparezca de
este plano?
—Por supuesto que quiero, pero estoy segura de que eso lleva
más letra pequeña que los ansiolíticos.
—La única cosa que puede ayudarnos es que restaures el velo de
una vez y dejes de romperlo.
—¡Qué ataque más gratuito! ¿Y eso se hace…? —la apremié antes
de que viniesen a matarme, porque eso significaría que habíamos
perdido y entonces me daría igual estar muerta o viva.
—Piensa un poquito, mírate las manos —me ordenó, y bajé la
vista a la bobina roja y a la aguja—. Exacto, tan solo tienes que
reparar una parte y el resto se restaurará solo.
—¿Solo eso? ¿Y era tan complicado habérmelo dicho cinco
muertes antes? —le pregunté, sin poder creer que la cosa fuese tan
sencilla.
—Hay un pero…
—No, si eso ya lo sabía yo.
—La última prueba de las Nornas era la del sacrificio.
—¿Y no se ha sacrificado ya bastante gente? ¡Pepe ha muerto por
salvarme! ¡A Diego lo han abierto en canal por proteger a James!
¿Cuántos más tienen que perecer para que os quedéis contentas? —
le chillé, a punto de cumplir la promesa de gastar un poquito de hilo
y coserla a ella.
—Tú —respondió, se acercó a mí y me puso una pezuña en el
hombro.
—Perdona, ¿qué?
—Elly y Alison os han atado de por vida a Shax y a ti. Si te quedas
en el velo como un espíritu, su suerte será la misma.
—Dime, ¿cómo lo hago? —me levanté y enhebré la aguja con más
trabajo del que pensé, ya le podían haber hecho el boquete mágico
más grande.
Madame Blavatsky sacó unas tijeras, no me preguntes de dónde,
y las movió en el aire dejando al descubierto una pared opaca con
una gran raja en medio. Se parecía a cuando rasgas una tela y le
quedan los flecos sueltos.
—Tienes que hacerlo desde el otro lado, y entonces formarás
parte del mundo de los espectros para siempre.
—¿Para siempre?
—Para siempre, pero te irás perdiendo a ti misma con el tiempo y
dejarás de recordar quién eras, no te preocupes. Solo serán unos
años de agonía.
—Mira, pues si me lo expones así ya me quedo mucho más
tranquila —ironicé, y me cagué en el tacto de la cabra de las narices.
Si estuviese Pepe conmigo le estaría echando la bronca. Recordarlo
me hizo sonreír y me insufló el valor que me faltaba.
Resoplé y me metí en el otro lado de la destrozada pared. En
cuanto puse un pie dentro sentí el frío y la soledad. Todo estaba en
silencio, no había almas errantes, no se veía nada más que un valle
en tonos grises con algunos árboles secos de ramas caídas.
—¡Venga, Sarah, tú puedes! —me dije en voz alta, y empecé a
pasar la aguja por el hueco, intentando no sentirme estúpida por
parecer que estaba cosiendo el traje nuevo del emperador del
cuento de Hans Christian Andersen.
El hilo tomó vida propia y, sin que hiciese falta ninguna ayuda
más por mi parte, continuó arreglando solo la rotura del velo. Ahora
todo a mi alrededor parecía obra de Mary Shelley[32], solo que en un
tono rojo brillante en lugar de las puntadas negras de su creación.
Mientras miraba embelesada todo lo que sucedía tanto en mi
nuevo mundo como en el paralelo en la Tierra, pasaron tres cosas
bastante extrañas. La primera, que la saetera por la que no pude
escapar explotó en mil pedazos y dejó un butrón que ni las Tortugas
Ninja con el pie que llevaban en el camión. Lo segundo es que Lamia
se materializó al lado de la cabra y a esta casi le da un infarto y me
hace compañía cuando la vio en su forma de dragona con cara de
mala leche a su lado; y lo tercero, y más extraño de todo, el mundo
se detuvo frente a mis ojos.
Capítulo cuarenta y uno
La suerte es lo que pasa cuando la preparación
se encuentra con el caos
Nornas
Hacía tiempo que sabíamos lo que iba a pasar, pero también que
sería distinto a otras veces. Cada una tejió un destino diferente para
las mismas personas. En todos estos siglos era la primera vez que
nos sucedía y fuimos conscientes de que teníamos que actuar.
Cuando llegó Sarah hasta nosotras fue la señal que nos indicó que
teníamos vía libre, o eso queríamos pensar.
—Verdandi, ¿crees que es el mejor momento para que estés
escribiendo tu maldito diario? Tenemos que ir a ver el final de la
humanidad.
—Skuld, ya hemos dicho que eso no va a pasar —regañó Urd a
Skuld y Verdandi sonrió. No recordaba la última vez que habían
tenido la oportunidad de escapar de sus responsabilidades.
—¿Por dónde vamos? —quiso saber la mediana de las tres,
impaciente por irse de allí.
—Volando, como siempre. En un tornado destructor que arrasará
campos y cultivos.
—Skuld, creo que se refiere a en qué punto de la historia
estamos.
—Le quitas toda la gracia, Urd —protestó Skuld, y se cruzó de
brazos haciendo un mohín que le pegaba más que sus aires de
psicópata.
—Sariel acaba de detener el tiempo, Blavatsky ha convencido a
Sarah para que se sacrifique por la causa y los Vernon están
planeando matar a Shax —resumió la anciana.
—¿Y no podemos dejarlos que se maten? Veo un final épico.

É
—Épico si esto fuese una novela de thriller, pero no es el caso —
le recordó Verdandi a su hermana pequeña.
Para cuando las tres Nornas aparecieron en el Castillo de
Castellar, el tiempo continuaba detenido y se quedaron encima del
remolino de viento, observando todo lo que se había paralizado en la
Tierra.
—¿Se puede saber qué estáis haciendo aquí? —La aparición de la
cabra en el vórtice que habían creado las sorprendió, y hacía mucho
que nadie lograba eso.
—¿Tienes la poca vergüenza de venir a pedirnos explicaciones
después de lo que me hiciste? —le gritó Skuld a Blavatsky, y esta
levantó la pezuña y se la puso en la boca para callarla.
—Supéralo, te gané la partida.
—¡Quería la revancha!
—Dijimos a la mejor de tres —le recordó la cabra a la niña que
cada vez se ponía más roja.
—¡De cuatro! —la corrigió, y un cubo de agua apareció entre sus
manos.
—¿En serio que ninguna de vosotras podía seguir jugando al
ajedrez con ella? —protestó la cabra, y las otras dos hermanas se
hicieron las tontas.
—¿Puedo? —preguntó Skuld, poniendo cara de no haber roto un
plato en su vida. Tanto Urd como Verdandi asintieron y, antes de que
les diese tiempo a terminar de hacerlo, la renacuaja sinvergüenza ya
le había arrojado el agua del pozo del destino a la cabra encima
para, a continuación, volver a convertirse en la poderosa bruja ciega
que había sido.
—¡Yo quería seguir siendo una jodida cabra! —se quejó, y si las
miradas matasen habría aniquilado a Skuld en segundos.
—No nos sirves de mucho así, hermana. Necesitamos estar las
cuatro para hacer esto —la informó Urd, y le puso la mano en el
hombro para consolarla.
—¿Consideras que ha superado las pruebas? —preguntó Urd a
Skuld.
—Le doy un dos y se puede dar con un canto en los dientes —
contestó esta.
—¿Verdandi? —siguió interrogando la anciana.
—Ha superado todas las pruebas, incluso esta, que era la que no
veíamos las tres de la misma forma. Se ha sacrificado por todos los
demás. Merece que la ayudemos.
—Recordad que no actuaremos a no ser que todo se tuerza
demasiado. Démosles un voto de confianza, creo en ellos —les
indicó Verdandi.
—El tiempo está a punto de restaurarse, ¿estáis listas? —las
apuró Blavatsky.
—No —se quejó Skuld.
—Somos mayoría y esto es una democracia.
—Isti is ini dimicricii, mimimimimimi —se mofó Skuld de Urd, y se
llevó un cosqui en la cabeza por parte de la Oráculo.
—Estás espiando demasiado a Sarah, cuando todo acabe a ver
qué vas a hacer —le recordó su antigua amiga de juegos.
—Pues nada, porque estás demasiado ocupada para venir a
visitarme y yo no puedo salir de ese maldito lugar hasta que no se
vaya a la mierda el mundo.
—Eso no es del todo cierto, a partir de ahora estaré totalmente
libre —la corrigió Blavatsky.
—¿Y vendrás a verme?
—Por supuesto.
—Y nosotras te estaremos infinitamente agradecidas por
quitárnosla de encima un rato —suspiró Verdandi, pero Skuld estaba
demasiado animada como para protestar.
—¡Venga, vejestorios! ¡La última es una cabra alcohólica! —las
instó, y le lanzó una maquiavélica mirada a la Oráculo, quien se
limitó a mover la cabeza de un lado a otro y sonreír.
Capítulo cuarenta y dos
Si tu destino no cambia, tira las bragas de fin de
año, que están gafadas
Sarah
Entré otra vez para comprobar que mi prima estaba bien. Solo sería
un momentito y ya luego regresaría de nuevo al sitio ese extraño en
el que tendría que volverme tarumba por el resto de la eternidad. La
cabra había hecho lo que ya suponía y, en cuanto se percató de la
cercanía de la dragona, desapareció de pronto sin dar más
explicaciones.
—¡Ey, Lamia! Hola, prima. Me tengo que ir, despierta, porfa, que
la liamos —le pedí, meneando la mano de un lado a otro frente a su
cara para ver si al menos movía las pupilas reptilianas.
Vi que parpadeaba y suspiré aliviada. Una cosa era irme y otra
hacerlo encima preocupada por no saber si se había quedado así
para siempre. Creo que me merecía esa deferencia después de que
iba a dar mi vida por la humanidad. Vamos, digo yo.
—¡Sarah! —me gritó con la voz de dragona de ultratumba que
resonó de seguro por todos los muros del torreón, alertando a mis
guardianes.
La puerta se abrió y la cara de un sorprendido Dai nos pilló
infraganti, intenté regresar corriendo al otro lado del velo cuando
sentí un tirón fuerte en la cintura y acto seguido el suelo dejó de
tocar mis pies. ¡Mierda! El hechicero fue a agarrarnos, pero el viento
que levantaron las alas de la dragona al alzar el vuelo lo tumbaron y
le hice una peineta, con corte de mangas incluido. La alegría me
duró poco cuando vi que el hilo acababa de cerrar del todo el
boquete y que yo me había quedado en el lado equivocado. La
Oráculo me mataba, eso os lo aseguro.
A nuestro alrededor iban desapareciendo todos los fantasmas que
habían llegado a la Tierra. Bueno, algo era algo, ahora faltaba ver si
podía soltarme del agarre de Lamia y estamparme contra el suelo
para que tanto Shax como yo la palmásemos rápido y ya dejarle el
problema al resto de cómo volver a transformar a los afectados. Era
un buen plan. Intenté hacerle cosquillas mientras sobrevolábamos la
fortificación, pero se ve que las escamas eran como piedras y que lo
único que estaba haciendo era la idiota. ¡Es que ni matarme era
capaz de hacerlo en condiciones!
—Sarah, ¡¿te quieres estar quieta, que te vas a caer?!
—Eso intento, pero no hay manera —le chillé, y vi que me miraba
por el rabillo del ojo como si me hubiesen salido tres cabezas—.
Lamia, necesito que le des de beber esta agua a mi madre —le pedí,
recordando la botellita del pozo que tenía guardada en el bolso—.
¡Tírame!
—¡¿Qué?!
—¡Que me tires! —insistí.
—¿Dónde?
—¡Y yo qué sé! Donde te dé la gana, pero tírame ya —la urgí, y
ella se encogió de hombros y me arrojó en el balcón en el que Shax
estaba con el resto de los traidores. ¡Venga, no me fastidies! Lancé
la botella al aire, rápido, y la dragona la agarró sin terminar de
comprender qué pretendía la loca de su prima.
—¡De nada! —me berreó, y me cagué en todo lo cagable.
—Mi prometida ha decidido hacernos una visita —se jactó el
enano cabezón, y me sostuvo por la rodilla. ¿En serio? Surrealista—.
Tobías, agárrala —le ordenó el muy crisálida al hechicero, quien
desenfundó una daga que llevaba a la cintura y me sonrió.
—¡No, que nos mata! —le advertí, aunque ya era demasiado
tarde, el pequeño de los Vernon me tenía sujeta por el cuello. Yo
esto ya lo había vivido, ¿no?
No me preguntéis cómo, pero de la parte trasera de las cortinas
que separaban la estancia interior de la terraza salió Sariel al grito
de «¡Muere!», para nada vaticinador…, y se lanzó sobre Shax,
dejándonos a todos a cuadros. Creo que en el fondo no habría salido
mal si Blaise no hubiera estado al lado para darle una patada y
cambiarle la dirección, pero os prometo que en un principio la idea
era buena. Recordé su reloj y caí en la cuenta de que él había sido
quien habría parado el tiempo.
Unos rayos extraños aparecieron en el cielo, iluminando de forma
antinatural las nubes negras que lo cubrían. A continuación, algo
sucedió en las fronteras del castillo, empezaron a aparecer
murciélagos, más demonios, ángeles, los abuelos rambos y,
finalmente, los aullidos de los lobos pusieron la nota que le faltaba a
mi corazón para saltar de alegría.
—Creo que vais a morder el polvo —les aseguré.
Nunca había sido una damisela en apuros y no pensaba empezar
a serlo esa noche. Le propiné un cabezazo a Tobías y cerré mis alas
en torno a sus manos cuando las levantó para cubrirse. Lo siguiente
da un poquito de asco, pero a estas alturas ya tenéis que estar
acostumbrados. Las dos extremidades del hechicero cayeron al
suelo, llenándolo todo de sangre y dejando a Sariel más pálido de lo
que era. ¡No me jorobes que le daba miedo la sangre! El ángel se
giró, sacó medio cuerpo por el pretil de la terraza y se puso a
vomitar.
—¡En serio, puto ángel de mierda! —La inconfundible voz de Dedi
desde abajo, quejándose por la ducha de comida regurgitada, me
indicó que los míos estaban cerca.
—¿Me concedes este baile? —me preguntó alguien, y salté a sus
brazos sin pensármelo dos veces.
—Has tardado un mundo en venir —protesté.
—Bueno, tu madre quiso comerme y tuvimos algunos problemillas
para que los lobos no descuartizasen a todos los transformados.
—James —mi primera intención fue contarle mi conexión con
Shax, pero reculé a tiempo, si se enteraba jamás lo mataría, e
incluso lo defendería con su vida. No podía permitir eso.
—Dime, Church.
—Creo que tu madre ha llegado —disimulé apuntando a los
ángeles que estaban luchando contra los demonios malos, porque
por lo visto también habían venido a socorrernos demonios buenos.
Mi padre y el de Lamia estaban descuartizando a unos cuantos
dentro de mi campo de visión.
—Eso no sé si me aterra más que los zombis. Sarah, yo…
—¡Se han ido! —le indiqué, y volé por mi cuenta. No digo que no
estuviese bien donde estaba, pero no era el mejor momento para
eso.
La atestada terraza ahora tan solo estaba ocupada por el ángel de
estómago débil y el cuerpo de Tobías en el suelo, desangrándose.
Cada vez que Sariel se incorporaba y lo veía, volvía a sacar la cabeza
de nuevo.
—¡Pero no lo mires, desgraciado! —le chilló James al ángel, y este
levantó un pulgar a modo de afirmación—. ¿Me recuerdas que lo
mate cuando todo acabe?
—Trato —sonreí, porque sí, porque con él no podías hacer otra
cosa más que hacerlo, porque por muy negro que pintase todo,
siempre era capaz de sacarme una sonrisa en los momentos menos
esperados y por eso lo amaba, porque hacerte llorar es muy fácil, sin
embargo, sacarte una carcajada cuando tan solo quieres morirte no
tiene precio.
—Por una vez en tu vida hazme caso y ponte a cubierto, por favor
—me imploró—. Tengo pendiente una reunión familiar —concluyó, e
hizo amago de salir volando en busca de los Vernon, pero lo agarré
de la muñeca y tiré con fuerza de él para besarlo y poder
despedirnos una última vez.
—Hija, ¿crees que es el mejor momento para esto? —me regañó
mi padre a nuestro lado, y quise que la tierra me tragase.
—Ha sido él —lo acusé, y el nefilim me guiñó un ojo antes de
hablar.
—Suegro, no se enfade, que ahora mismo vengo a pedirle la
mano de su hija y el resto de su anatomía, porque no solo de pajas
vive el hombre.
Y se marchó, dejando a un príncipe del averno echando humo por
la nariz sin saber si seguirlo y estrangularlo o si mandarme castigada
a mi habitación.
—Ahora vuelvo —contesté, y salí corriendo en dirección contraria
a la de James, así al menos tendría dos opciones para ir a matarnos
y, hasta donde yo sabía, no podía desdoblarse, o eso esperaba.
James
Amaba a esa bruja y no quería separarme nunca más de ella, pero
tenía que conseguir capturar o matar a los Vernon. Bajé rápido hasta
el suelo en cuanto vi que pretendían escapar por la cocina y los pillé
justo antes de llegar al balcón de los agapornis, que, por cierto, ya
no estaban tan felices, ahora la escena de siempre se repetía. Eso
solo podía significar que el velo se había restaurado, además, si me
fijaba, los fantasmas que pululaban por todos sitios también habían
desaparecido. No sabía ni cómo ni quién, pero era un punto para
nosotros y una batalla ganada, por lo que no pensaba preguntar
nada.
—¿No os quedáis al fin de fiesta? —les pregunté a los dos Vernon
que quedaban y al demonio que estaba con ellos y que había
formado todo aquel desastre. Me costó no reírme al verlo en
persona y no a través de los pensamientos de la brujita. Era todavía
peor de lo que me había imaginado.
—Hermanito, está visto que quieres morir esta noche.
—No se te ocurra llamarme así, me das asco tú y todos vosotros.
—Aún estás a tiempo de formar parte de la familia, hijo.
—Mi único padre fue Diego.
—Yo te quería, te lo prometo, pero te llevaron y nunca me dijeron
dónde te habían escondido —se lamentó y se enjugó una lágrima. Si
no lo conociese tan bien puede ser que me lo hubiese creído.
—¿Necesitas ayuda, colega? —Dedi acababa de llegar con dos
arcángeles como refuerzo. El barrigón bajito de los dos nunchakus y
la abuela de Piolín, al final hablaba con ella para que me ayudase a
adiestrar a los hechiceros nuevos, os lo prometo.
—No me hace falta, pero sería egoísta por mi parte llevarme toda
la diversión.
—Nunca cambiarás —afirmó Dedi, y meneó la cabeza.
—Jamás —reconocí, y me lancé contra el que se acostó con
Neuma, porque a ambos la palabra padre les venía grande.
Dedi empezó a pelear con Dai, y los dos abuelos con el enano
cabezón. No me terminó de parecer justo, porque los arcángeles le
iban a dar la del pulpo, pero tampoco es que pensase hacer nada
para detenerlos.
La pelea frente al precipicio se desperdigó, Dedi y Dai se fueron
desplazando a la derecha y los ancianos a la izquierda, dejándome a
mí a solas con Blaise en el centro. No penséis que al tener más edad
tenía menos fuerza, me estaba costando la misma vida que no me
diese un espadazo. Lo que el Vernon mayor no sabía era que, si él
era bueno, a mí me enseñó el mejor. En uno de los envites conseguí
desarmarlo, para su sorpresa, y terminó en el suelo en el mismo sitio
en el que murió el amante de la princesa.
—¿Te rindes? —le pregunté, no me habían educado para matar a
nadie desarmado y en el suelo. Si hacía eso me convertiría en lo que
tanto detestaba, de todas las cosas que esa familia me había
arrebatado, de las pocas que no podrían sería de mi integridad. Se lo
debía a Diego.
—Sí, me has vencido, hijo. ¿Ayudas a este pobre viejo a
levantarse? —me pidió mientras le temblaban los brazos cada vez
que intentaba apoyarse en ellos para incorporarse.
Envainé mi espada y di un paso hacia él cuando, con una rapidez
que no esperaba, dio un saltó, sacó una daga y se lanzó directo a mi
pecho con ella.
—¡A mi hijo ni se te ocurra tocarlo!
Neuma acababa de entrar en escena y se había abalanzado sobre
él, cayendo los dos por el balcón y dejándome helado sin saber qué
hacer.
—¡James! —Sarah me llamaba y corría hasta mí con una sonrisa
en la cara. Ahora no sabía qué cojones hacer, si ir a ayudar a la
Todopoderosa que me parió o si ver qué quería la brujita por la que
bebía los vientos.
Church parecía estar bien, por lo que la saludé con la mano y
corrí a asomarme al barranco y ver qué estaba pasando.
—Espero que no estuvieses muy ligado a tu familia paterna —
puntualizó Dedi a mi lado en los barrotes, con alguna marca roja en
la cara, heridas en los brazos y el uniforme hecho polvo, pero nada
que le fuese a costar la vida. A su espalda se encontraba Dai Vernon
en un charco de sangre que empezaba a acumularse a su alrededor.
—¿Estás bien? —Neuma había dado un salto, sin necesidad de
mover las alas ni nada, y se había colocado delante de mí,
tocándome todas las partes del cuerpo que quedaban a la vista—.
¿Has perdido esencia vital? ¿Nos vamos al cielo rápido? ¿Necesitas
una transfusión?
La verdad es que verla así de preocupada hizo que me sintiese
mal por tratarla como el culo todo aquel tiempo, la detuve y le di un
inesperado abrazo que me devolvió y me supo a hogar. Mi cabeza
quedaba del lado del barranco y pude ver el cuerpo de Blaise inmóvil
sobre las piedras.
—Recuérdame que no me salte el toque de queda y que haga mis
deberes cuando me lo digas, madre.
—No tienes de eso, aunque trabajo sí que vas a tener que hacer
unos cuantos años en la tierra para arreglar todo este desastre —
afirmó, y sonrió.
—¡Muere, enano de mierda! —el grito de guerra con la voz
rasgada de la abuela de Piolín hizo que mi atención regresase a ellos
justo cuando sacó una vara puntiaguda del interior del bastón y
atravesó el cuerpo del demonio. A la vez miré a Sarah para ver qué
quería y esta cayó al suelo.
Corrí hasta ella todo lo que pude y vi que se abría una mancha
negra sobre su pecho.
—¡Sarah, Sarah, por Dios!, ¡¿qué te pasa?! —le chillé, y la coloqué
sobre mi regazo, procurando no tocar la sangre demoníaca.
—James, todo ha acabado. Salva a los transformados.
Una nueva herida apareció en su ropa y miré a la vieja que estaba
intentando trinchar al demonio para rematarlo.
—¡Detente! —le grité, pero ya era demasiado tarde.
—Te amo, ángel del demonio —susurró mi bruja con la sangre
saliéndole de las comisuras de los labios.
Aquello no podía ser cierto, era una puta pesadilla y tenía que
despertarme. No estaba muerta, estaba bien, saldríamos de esta.
Siempre lo hacíamos.
—Sarah, Sarah, despierta, por favor. Dejaré de hacer el capullo, te
compraré flores y borraré los teléfonos de las ninfas del móvil, te lo
prometo. Sarah, te quiero, Sarah.
—Hijo, se ha ido —la voz de mi madre me devolvió a la realidad,
pero no quería esa realidad, quería marcharme con ella.
Capítulo cuarenta y tres
Si la vida no te sonríe, enséñale el potorro
James
Llegó un momento en el que me dio igual perder la esencia vital que
me hacía parecer un faro o quemarme vivo. Sarah había dejado de
respirar, seguía en su forma demoníaca, era una guerrera, y si
pudiera me marcharía ahora mismo con ella.
—Te prometí ir a buscarte y eso haré. Te amo —le susurré al oído
mientras las lágrimas seguían corriéndome sin control, me daba
igual que me vieran, me importaba tres mierdas quienquiera que no
fuese ella.
Algo sucedió en el cielo, porque de pronto el viento movió el
cabello de mi bruja e intenté cubrirla para que no la rozase ni la
brisa. Levanté la cabeza y vi a las tres Nornas encima de una
especie de tornado que sobrevolaba la fortificación. Otra figura más
bajita las acompañaba y se dirigieron hasta nosotros. Me di cuenta
de que a mi alrededor se había aglutinado una multitud de gente en
la que no había reparado. Todos observaban a Sarah con el dolor
reflejado en sus facciones. Mammón sujetaba a la zombi de
Margaret y tenía los ojos vidriosos; dos lobos enormes, uno de
pelaje gris y otro castaño, se sentaron a sus pies y aullaron a la
luna, y les siguieron cientos de quejidos lastimeros más. Los
murciélagos de Mercy estaban apoyados en lo que quedaba en pie
de la muralla. Lamia se abrazaba a su padre y este la consolaba,
pese a que daba un poco de miedo ver a alguien con tres cabezas
tan dispares, contemplar a un ser así de compungido hacía que esa
primera sensación desapareciese. Mi madre permanecía a un lado
con una escolta considerable de ángeles y, pese a todo, no pude
evitar alegrarme al ver enteros a los seis abuelitos, sucios, con
heridas y hechos mierda, pero vivos, al fin y al cabo. Dedi se
mantenía en el lado contrario de Neuma con un grupo numeroso de
hechiceros del sur y alguno del norte, saber que no todo estaba
perdido en esa zona también era de agradecer. No obstante, por
mucho que me alegrase por ellos, ya nada tenía sentido para mí y
sabía lo que tenía que hacer. Jamás la abandonaría, en el momento
en el que se marchasen correría a su lado. Ya nada me retenía allí.
El viento aumentó e hizo retroceder a los vampiros y erizarse a los
hombres lobo, además, los ángeles, los arcángeles y los hechiceros
se pusieron en guardia por si recibíamos un nuevo ataque. Aún
estaban libres los transformados, eso sí que no sabía cómo lo iban a
solucionar, aunque, sintiéndolo mucho, ya no era mi problema, yo ya
había dado más de lo que nadie habría soportado.
Me pregunté si Pepe estaría con Sarah y deseé que sí. Echaba de
menos al jodido sapo, y a Diego, también tenía una conversación
pendiente con él.
—Se ve que la habéis liado un poquito sin mí, ¿no? —la voz de
Madame Blavatsky me sacó de mis pensamientos y la miré desde
abajo. No pensaba soltar a Sarah.
El remolino estaba ahora al nivel del suelo y se habían formado
una especie de escaloncitos para ayudar a las brujas a bajar. La
primera en hacerlo fue la Oráculo y me costó reconocerla sin sus
cuernos. Volvía a ser ella, con su bastón y sus ojos blancos de
siempre, esa que inspiraba respeto con solo pasar a tu lado. A
continuación, lo hicieron las tres Nornas, la anciana, la joven y la
pequeña. Esta última miraba a todos lados con cara de pocos
amigos, para no perder la costumbre. Delante de mí apareció el ojo
que compartían y se puso a parpadear. Manoteé para espantarlo al
igual que si fuese una mosca cojonera y os prometo que me pareció
verlo hacer un gesto de indignación.
—Un momento, que falta alguien —nos indicó la Oráculo, y
levantó su bastón en el aire para, acto seguido, salir de él un látigo
rojo de energía que no tardó en sacar a las traidoras de las brujas
desde la parte trasera de unos matorrales—. Elly, cuánto tiempo,
cariño. Alison, no sé si se podría decir que me sorprende que te
hayas involucrado en todo esto, pero me temo que no, sabía desde
hace años que no nos traerías nada bueno ni a la comunidad ni a tu
propio linaje.
—Yo no quise, Madame Blavatsky, los Vernon me obligaron —se
defendió Elly, metiendo las manos entre la cuerda mágica y su cuello
para poder respirar. A su lado, la madre de Alcina se mantenía
impasible frente a las ofensas. No se le podía negar que le estaba
echando narices, lo mismo yo ya me hubiese cagado encima si
tuviese eso en el cuello.
—Eso es muy conveniente, ¿tú que dices, Skuld? —le preguntó
Blavatsky a Calavera.
—Yo creo que han sido malas y merecen un castigo —contestó la
psicópata en miniatura, y me empezó a caer mejor cuando sus
perrerías no iban dirigidas hacia nosotros.
—Contadnos a todos lo que hicisteis —les ordenó la anciana de
las Nornas, pero tan solo Elly contestó.
—Até el destino de Sarah al de Shax —confesó en cuanto el ojo
volador se le puso delante, y me costó la vida no levantarme y
arrancarle la cabeza.
—¿Y ella lo sabía? —continuó con el escrutinio Bernarda, como la
llamaba Sarah. La bruja del demonio asintió con la cabeza en una
muda respuesta, mirando de reojo a su compañera de fechorías.
—¿Y puedes decirnos cómo se han transformado los hechiceros y
las brujas en el cónclave en el que está totalmente prohibido
maldecir, mutilar, desmembrar o matar a nadie durante lo que dura
la celebración, y el mismo que tienes desde hace años firmado con
tu sangre antes de entrar? —le pidió Madame Blavatsky, y la bruja
se puso blanca.
—Mezclamos sangre de demonio con la de las brujas y los
hechiceros para que el conjuro surtiese efecto —contestó, y dos
lobos le gruñeron. La verdad es que si se la comían allí en directo
tampoco me iba a importar mucho.
—¡Y lo volvería a hacer, putas brujas celestiales! Se os ha olvidado
lo que somos y de dónde venimos, Lucifer es nuestro señor, no
deberíamos hacer tratados ni pactos innecesarios. ¡Somos mejores y
más fuertes! —les gritó Alison, y Calavera cerró el puño en su
dirección, haciendo que la bruja cayese al suelo igual que si le
hubiese propinado un puñetazo el increíble Hulk.
—¡Si juegas con las sangres de los sobrenaturales para hacerles
daño te cargas el destino, imbécil! —le chilló Calavera a Elly, y casi
aplaudo—. ¿Sabes la que has liado con nuestros telares? ¡Hay tres
distintos por vuestra culpa!
—Las Nornas tejemos el destino de todos los que están en
cualquiera de los mundos; en la Tierra, el Cielo o el Infierno, nos
encargamos hasta del Limbo y del otro lado del velo. Cada cosa
debe estar en su lugar —nos informó Urd.
—Ahora hay tres posibles destinos y nos vemos obligadas a
intervenir en ellos —la sustituyó Bernarda en la explicación—. En
uno, los demonios ganan, en el otro ganan los sobrenaturales que se
han unido para derrotarlos —se escucharon voces de todos lados
aprobando esa opción como si acabasen de pedir el comodín del
público—, y en la última restauramos lo que no debió ser.
Escucharla decir eso último hizo que casi se me saliese el corazón
por la boca.
—Jamás debisteis inmiscuiros en nuestro trabajo, ¡niñatas! —Eso
se lo acababa de recriminar la que no aparentaba más de doce años
a la vieja bruja centenaria traidora, muy normal todo, sí.
—No podíamos elegir nosotras mismas, pero sí podíamos poner a
prueba a los integrantes de este conflicto, y así hicimos —agregó
Urd, y de pronto se empezó a oír el repiqueteo de una campana.
La loca de Calavera tenía una levitando a su lado y movía el
badajo como si le fuese la vida en ello o estuviese dando las uvas.
Sus hermanas y todos las demás la miraron, extrañados.
—La campana es mía y la toco cuando me da la gana —se quejó,
y aún le dio unos toquecitos ensordecedores más antes de estarse
quietecita la jodida niña. No sabía el tiempo que llevaba aguantando
la respiración. Madame Blavatsky meneó la cabeza de un lado a otro
y suspiró antes de hablar.
—Hermanas —pidió alzando los brazos, subieron de nuevo al
torbellino y se levantaron unos metros sobre nosotros.
Desde donde estaba no las veía bien, pero me parece que unieron
sus manos y comenzaron a recitar. Los transformados habían dejado
los muros del castillo y se acercaban peligrosamente hasta donde
nos encontrábamos. En pocos minutos los tendríamos encima y mis
compañeros tendrían que pelear contra ellos aunque no quisieran.
—Todo lo que no debió ser desaparecerá, el destino escrito de
nuevo estará y el agua os purificará —repitieron a modo de mantra
hasta que las nubes nos cubrieron y empezó a llover.
Cada vez que una gota tocaba a alguno de ellos, la misma nube
de luz que los envolvió en Cernégula los rodeaba para, a
continuación, regresar a su forma normal. Me fijé en Mammón, que
tenía todavía a Margaret en sus brazos, y se me encogió el alma, la
expectación que transmitían sus ojos mientras la contemplaba tan
solo la podía comparar con la que yo sentía cada vez que miraba a
Sarah. En cuanto la lluvia los alcanzó, esa nube luminiscente de
color gris los envolvió para después esfumarse y dejar a Margaret tal
y como era, con sus dos manos, sus orejas y sus dientes de siempre,
menos mal.
Al menos no los abandonaría con el problema de los
transformados, las Nornas me habían quitado ese peso de encima.
—¡Sigues vivo! ¡Muérete, tío mierda! —se escuchó gritar a la
abuela de Piolín.
El demonio Shax estaba empapado e intentando escaparse en
medio de la confusión. Le iba a chillar que se detuviese, cuando mi
madre se me adelantó y le cogió el bastón puntiagudo a la abuela y
la detuvo. No pude más que suspirar aliviado y cagarme en la vieja
agresiva de los cojones.
—Creo que es mejor que te guarde yo esto, Haniel. No le vayas a
cortar algo indebido al caballero —le dijo mi madre mientras le
pisaba la cabeza al demonio para que no se moviese. Ya sabía de
dónde había sacado yo mi encanto característico.
—James, me estás estrujando una teta con la rodilla —se quejó
Sarah.
¡Espera un momento, se quejó Sarah, Sarah se estaba quejando,
si podía quejarse es que estaba respirando, y si estaba respirando es
que seguía viva!
—No soy un zombi y vengo a comerte una oreja —se burló,
haciendo una mueca de dolor.
—¿Te has metido en mi cabeza sin mi permiso?
—He tenido un buen maestro.
La levanté de un salto y la abracé con todas mis fuerzas, si
pudiese me hubiera fusionado con ella.
—Eso es un pelín de acosador psicópata, ¿qué será lo siguiente,
controlarme el móvil? ¿Ponerme un GPS? Ah, no, espera, que eso ya
lo tienes… ¿Sabes que necesito respirar? ¡Me estoy ahogando! —
protestó, y me di cuenta de que a lo mejor estaba impidiendo que el
aire entrase en sus pulmones debido al férreo agarre que le tenía.
—Cállate.
—Perdona, ¿me estás mandando callar? —se indignó, y sonreí.
La agarré por la nuca y la besé como jamás había besado a nadie,
con hambre, con miedo, con pasión, con todos mis sentidos y los
que no sabía que tenía, con toda mi alma y todo mi ser, con toda mi
consciencia.
—Ejem, ejem… —carraspearon a la vez Mammón y Margaret.
—No pienso soltarla, como mucho os dejo un abrazo grupal —les
advertí, y el demonio se acercó y nos levantó a los tres en peso.
Siguiente recordatorio mental, no volver a enfadar al suegro jamás.
En cuanto nos separamos, escuché una risa histérica de Sarah
que no conocía, la siguió la de Margaret y después la de Mammón,
pero yo no podía quitarle los ojos de encima a mi brujita, me daba
miedo que fuese a desaparecer. Ya cuando se les unieron todos los
demás tuve que ceder y ver qué estaba pasando.
—¡Estáz majara, puta bruja loca de los cojonez!
Era la voz de Pepe y, aunque su aspecto me resultaba bastante
familiar, no podía terminar de creérmelo del todo. Un canijo pelirrojo
bizco corría desnudo delante de una Tituba muy cabreada que lo
amenazaba con unas tijeras de podar. Detrás de ellos dos iban las
primas de Sarah, creo que intentando detener a su madre.
—Tenía que decírzelo, zon miz hijaz. ¡Quiero cuztodia compartida!
Una zemana contigo aquí y una conmigo en el infierno!
—¡Mamá, no lo mates! —chillaban las mellizas, persiguiéndolos.
—Me encanta regresar a la normalidad —le susurré al oído a
Sarah, y le di un beso en la frente—. Te amo.
Antes de que le diese tiempo a decir nada, los dragones que
creíamos que habían muerto aparecieron volando y se lanzaron en
picado al lado de su hermana. Además, el cuerpo de Dai Vernon no
estaba donde lo dejó Dedi.
—¡Mammón, cuida de Sarah! —le ordené, y le arrojé la bruja a
sus brazos sin que le diese tiempo a ponerse a protestar.
La lluvia cesó, y si alguien no me hubiese retirado a tiempo me
habría abierto la cabeza en dos con un cascote que acababa de caer
en el sitio en el que yo iba a estar. Al girarme para darle las gracias
al que me había salvado vi a Diego y lo abracé sin poder contener
las lágrimas.
—¡Diego, los Vernon están libres! —le advertí, y la Oráculo
apareció a nuestro lado con una cínica sonrisa en su arrugada cara.
—¿Estás seguro de eso, chaval? Mira mejor —me pidió, y levantó
el bastón con el que seguía teniendo retenidas a las brujas traidoras.
Al lado de Elly y de Alison, compartiendo la cadena brillante,
estaban Blaise, Dai y Tobías Vernon, también había aprisionado al
garbanzo cabezón liante y a los dragones.
—Veo que tienes un buen botín, ¿puedo saber qué vais a hacer
con ellos? —le preguntó Diego, y escuchar de nuevo su voz casi me
hace llorar.
—Necesitamos fichas nuevas para el ajedrez. Skuld se cargó las
últimas. Tiene muy mal perder, pero no se lo digáis.
—¡Te estoy escuchando! —le chilló la enana desde la nube.
—James —me llamó Neuma, y al girarme y ver a Tron y a Malak
se me cayó el cielo encima, literalmente hablando. Me había
olvidado de ese pequeño problemita.
—Madre, no puedo. Sé que lo prometí, pero me harías la persona
más infeliz del mundo si me obligas a estar con ella —le aseguré,
siendo cien por cien sincero.
—¡Pues te jodes! —fue la respuesta de la nefilim rubia a la que le
tenía tanto asco y, antes de que la matase y me quitase el problema
de encima a lo salvaje, una nube de humo rojo la envolvió para,
pocos segundos después, dejarla transformada en cerdita de nuevo.
—De nada, ahora me debes una partida —me aseguró Calavera, y
no pude más que echarme a reír cuando miré a mi madre y esta se
encogió de hombros y se hizo la loca como si no tuviese de pronto
una cerdita bajo sus pies llorando.
Capítulo cuarenta y cuatro
Si se hundiera nuestro barco, tú serías el doble
de DiCaprio...
Sarah
No sé si se me puede considerar la peor persona del mundo mundial
por alegrarme de que conviertan a alguien en cerdo, pero me faltó
dar saltitos de alegría. Era eso o retomar mi plan inicial de tirarla por
las escaleras al más puro estilo novela venezolana. No me juzguéis,
estoy convencida de que la tetona también os caía mal.
Ver de nuevo a mi madre, a mis tías y a mis primas en su forma
de siempre fue una sensación que no se puede describir con
palabras. ¿Dónde estaban mi abuela y Sibila? Pues al lado de
Madame Blavatsky haciéndole la pelota para ver si las escogían
como las nuevas jefas supremas de los aquelarres. Las dos se
limitaron a saludarme de lejos y a ir corriendo junto a las Nornas y a
la Oráculo para alardear, no tengo claro de qué porque esta vez no
es que hubiesen hecho demasiado, pero bueno, las quería igual.
—¡Sarah! —escuchar la voz de mi amiga fue lo único que logró
que soltase a James. Todavía no terminaba de fiarme de que la
cerdita alada lo dejase tranquilo.
—¡No te imaginas lo que te he echado de menos! Tengo mil cosas
que contarte —le dije rápido y la abracé, hasta que me acordé de
Lisbeth y me retiré deprisa por miedo a perder la cabeza, después
de todo lo que llevaba pasado tendría narices que me matase ella.
—Estoy bien —me aseguró, y la miré, reticente.
—Pero ¿bien bien?
—Sí, no recuerdo nada, solo sé que Lisbeth se ha marchado y que
vuelvo a ser libre —me contó, y puso cara de pena.
—Alcina, no me fastidies que no estás contenta.
—La voy a echar un poquito de menos. La parte en la que quiere
ponerte una almohada en la cabeza mientras duermes no, te lo
prometo —me confesó, y no sé si me dejó más tranquila—.
Extrañaré esa que me infundía el valor suficiente para hacer algunas
cosas que mi yo normal jamás haría.
—¿Y me puedes comentar a mí qué cosas son esas? —Dedi la
agarró por la cintura y vi a la Alcina de siempre, esa que se
sonrojaba y no decía burradas estratosféricas, ponerse colorada y
tartamudear.
—Luego hablamos —me despedí de ellos y los dejé solos, no sin
antes guiñarle un ojo y levantarle los pulgares a mi amiga, que se
quedó con cara de querer asesinarme, ahora ella por su propia
cuenta y voluntad.
Un poco más separados de la multitud vi a Alice y a Tron
hablando, por sus caras no estaba siendo una conversación sencilla
y no sería yo la que me acercase a ellos. Las brujas y los hechiceros
que habían dejado de estar transformados se abrazaban y reían.
Éramos como una gran familia, extraña, pero todos unidos, por el
momento…
Las Nornas decidieron que ya era hora de ser las protagonistas de
la historia y se colocaron en medio de todos, subidas aún al tornado.
El silencio fue inmediato e incluso pude escuchar la admiración que
provocaban en algunas brujas, tanto jóvenes como ancianas. Por lo
visto, Lamia no iba muy desencaminada en eso de los autógrafos,
aunque no fuesen cantantes.
—¡Querido pueblo sobrenatural! —comenzó a decir Calavera de
modo teatral, y no pude evitar reírme. Había extendido los brazos y
abierto las manos para darle más énfasis a su discurso, eso visto en
una niña de unos doce años no imponía nada en absoluto, os lo
aseguro. Era como el Recio en chiquitita. Urd le dio unos toquecitos
disimulados en la espalda y Calavera enmudeció, con cara de pocos
amigos, para variar.
—Las Nornas queremos deciros que sentimos mucho no haber
podido hacer nada antes. No estaba en nuestra mano interferir
frente a destinos reales —siguió la más anciana, y continuó
Bernarda:
—Los prisioneros permanecerán para el resto de la eternidad en
el valle del destino y no volverán a molestaros. —Los dragones
hermanos de Lamia, el trío de los Vernon, Elly y la madre de Alcina
junto a Shax comenzaron a girar en una nube densa de humo que
los elevó por el aire hasta que desaparecieron de nuestra vista.
Los vítores y aplausos hicieron que las tres sonriesen. Entonces
entró en acción la Oráculo. ¿Si os digo que voy a echar de menos a
la fruta cabra me creéis? Fue dando pasos renqueantes con su
bastón y se colocó delante del torbellino.
—Espero que esto sirva de escarmiento para todos los que
pretendan volver a intentar jugar con lo prohibido. Tan solo nos
queda una cosa por hacer, los aquelarres necesitan una nueva líder y
los hechiceros también.
Vi a Kardec darle unas palmaditas en el hombro a Diego y a mi
abuela y a Sibila estirarse los trajes a la vez que daban un paso al
frente a la vez. La abuela de Alcina le puso una zancadilla a la mía y
esta le lanzó un golpe de viento que la tumbó, al final acabaron las
dos enzarzadas en el suelo, peleándose a manotazos. Mi madre y
Tituba las separaron como pudieron y las aguantaron igual que a
unas niñas pequeñas que no se sabían comportar. No tenían remedio
ninguna de las dos.
—Dedi —lo llamó la Oráculo, y no pude estar más contenta por él.
La cara de orgullo de James me volvió a demostrar que era de las
mejores personas que conocía, cualquier otro se hubiese enfadado
por no ser el elegido y, sin embargo, mi hechicero aplaudía y silbaba
como si lo hubiesen escogido a él—. Dedi, has demostrado que
tienes valores, fortaleza y humildad más que suficientes para llevar
el cargo de jefe de hechiceros del sur.
Ahí nos acababa de pillar en bragas a todos, aunque era cierto
que sin los Vernon quedaba libre esa plaza.
—¿Yo? —se impresionó el elegido.
—Hay que volver a levantar todo esto y eliminar de la mente de
los hechiceros de esta zona toda la ponzoña que los Vernon hayan
podido verter sobre ellos. ¿Estás dispuesto a afrontar esta titánica
tarea? —le preguntó Urd en esta ocasión.
—Lo estoy —afirmó él, y Alcina se puso a dar saltitos de alegría.
—James —lo nombró Bernarda, y abrí mucho los ojos—, los
hechiceros del norte necesitan un nuevo jefe que los adiestre en
todos los sentidos. Sabemos que eres un nefilim, pero también que
tu corazón es de hechicero. ¿Quieres soportar el peso de ese cargo
sobre los hombros?
James miró a su madre, esta hizo un leve gesto de asentimiento y
esbozó una sonrisa de orgullo. Me alegraba que se empezasen a
llevar mejor.
—No —respondió, pero como en mi cabeza ya había aceptado me
puse a aplaudir como una loca y todos se me quedaron mirando,
atónitos. Mi alitas meneó la cabeza y no pudo aguantar una
carcajada al ver mi cara de quiero que me trague la tierra—. No creo
que merezca ese puesto, Diego es y siempre será nuestro mentor,
no puedo aceptar el cargo, lo siento mucho.
—¡Diego no puede ser el jefe de los hechiceros! —protestó
Calavera, comenzando a enfadarse.
—Podrá ser lo que le dé la gana, niña consentida del demonio —la
rebatió James. Y ahí íbamos… Calavera estiró el dedo en su dirección
y, por muy rápido que fue el nefilim, el rayo le dio de lleno en el
pecho. No temáis, no lo ha matado, aunque no sé si él lo hubiese
preferido. Ahora su buzo era rosa fluorescente, tenía aletas y tubo
respirador con brillantitos a juego.
—¿La puedo asesinar, por favor? —le imploró al resto de las
Nornas, sacándose el plastiquito de la boca.
—James, Diego no puede ser el jefe de los hechiceros del norte
porque va a sustituir a Kardec en el de hechicero supremo —le
informó Urd, sin evitar reírse de las diabladas de Calavera. A mi
alado se le quedó cara de lerdo y el resto de sus compañeros
aclamaron a su nuevo jefe, que dio un paso al frente y abrazó a su
ahijado.
Me estaba empezando a emocionar, incluso con James vestido de
Barbie submarinista, no podía creer que por una maldita vez todo
nos fuese a salir bien. La única que no se veía tan contenta era mi
tía Alice, sin embargo, siempre es mejor un corazón roto a tiempo
que una vida destrozada tras una mala elección. Ella era fuerte y lo
superaría, me encargaría de ello. Ahora sabía de un demonio con
tres cabezas al que de seguro le encantaría conocerla. Aunque lo
mismo era un poco raro, él era mi tío y ella mi tía, si se juntaban
¿cambiaba algo? ¿Cuántas cabezas tendrían sus hijos?
—Sarah Soliña —me llamó la Oráculo, y me cortó toda la
ensoñación de golpe.
—Yo estaba atenta —protesté, James me había enseñado que la
mejor defensa era siempre un buen ataque.
—No hagas que me arrepienta de esto —me amonestó, e intenté
poner cara de buena—. Ven aquí —me indicó, y meneé la cabeza de
un lado a otro con tanta fuerza que llegué a marearme. Eso era algo
relacionado con los oídos, ¿no? Un liquidillo que tenemos que ahoga
a un caracol. ¡Ostia fruta, yo no le he dado de comer nunca al bicho
ese! ¡A que me lo he cargado y por eso soy tan torpe y tropiezo
tanto!
«Sarah, deja a las babosas tranquilas y escucha por una vez en tu
vida», me rogó James y, antes de que pudiese protestar, Madame
Blavatsky me apuntó con el bastón y mis pies se movieron solos con
celeridad hasta que llegué a su lado.
—¿Era necesario? Iba a terminar viniendo de todas formas —
protesté por lo bajo, y la anciana suspiró, pasando de mi culo.
—Después de todo este tiempo y de ver lo que he visto en mis
siglos de vida —empezó a decir, cosa que era bastante extraña,
puesto que se suponía que era ciega, pero bueno, tampoco iba a
ponerle la puntillita al discurso de la mujer—, jamás me había
topado con una bruja tan sumamente torpe, inmadura ni que se
pasase tanto las reglas por el arco del triunfo.
—Tampoco es para ensañarse —me quejé y me crucé de brazos a
la vez que me llevaba un bastonazo en la cabeza por parte de la
ciega, que bien que atinaba cuando quería, el público se rio y yo
quise estornudar, mandar a tomar por saco el velo otra vez y
desaparecer, aunque fuese con las vacas y en bolas.
—No obstante, tampoco me había encontrado nunca con nadie
que tuviese ese corazón tan grande ni esos valores tan ridículamente
inquebrantables. El collar que te dejé solo se deja coger por quien
realmente lo merece y hace lo que necesita ver tu corazón en ese
momento. De todas las opciones que tenía para elegir a la jefa de
los aquelarres, si me hubiesen dicho hace unos meses que estarías
entre las candidatas me habría muerto de un ataque de risa. Es por
eso por lo que, ahora mismo, tengo que pedirte perdón por no ver
más que lo que quise y por todo este tiempo en el que no he sido
realmente yo —prosiguió, y se me empezó a poner la carne de
gallina porque aquello no me estaba gustando un pelo, me iba
dando una de cal y una de arena—. Eso ya lo hablaré con
tranquilidad con vosotras dos —indicó, señalando a Sibila y a mi
abuela con cara de querer matarlas. No me gustaría estar en su
lugar, la verdad.
—No hay nada que perdonar, está todo bien. Muchas gracias —le
agradecí, y di un paso adelante para dejar de ser el centro de
atención.
—Sarah, te nombro la nueva jefa de todos los aquelarres —me
comunicó antes de que me diese tiempo de salir corriendo. Me giré
para tenerla de frente de nuevo y me lanzó su bastón.
En cuanto lo agarré, el collar caprichoso salió volando desde mi
cuello hasta el extremo superior de la retorcida madera para
terminar por fusionarse con la misma y quedarse metido en esta,
rodeado de unos difíciles e intrincados tallados que la resguardaban.
—¿Yo? No, no, no. Usted aún no se ha recuperado, debería
meditarlo con la almohada un poquito antes de tomar esa decisión.
«Sarah, di gracias», me pidió James por nuestro canal interno, y
me envalentoné con él.
—¡Gracias! —le chillé, sin darme cuenta de que lo hacía bien alto.
—De nada, el pacto está sellado —concluyó la Oráculo, y se subió
al tornado de las Nornas sin que me diese tiempo a cagarme en toda
su generación.
—No, eso ha sido trampa. James, voy a matarte, te lo prometo —
lo amenacé, pero todos los lobos, vampiros, demonios, brujas y
hechiceros se pusieron a aplaudir y a silbarme para festejar mi
nuevo nombramiento.
—¡Yo me cago en mi fruta vida!
Epílogo
Sonríe, lucha, llora, cae, levántate y vive, carajo,
vive
James
La vida de jefe de los hechiceros del norte no era tan bonita como lo
imaginé en un principio. Habíamos sufrido muchas pérdidas y los
nuevos reclutas estaban demasiado verdes, gracias al cielo que por
ahora no teníamos ninguna batalla pendiente o habríamos perdido
antes siquiera de comenzar. Mi madre venía a verme con demasiada
asiduidad, ahora le había salido el instinto maternal de pronto y
quería recuperar el tiempo perdido. No me quejaba, de verdad, el
problema es que se ve que tenía una cierta tendencia a enamorarse
de los hechiceros y ahora se veía más tiempo con Kardec que
conmigo cuando bajaba…
Los ancianos dejaron su jubilación para dentro de unos cuantos
siglos más y se acoplaron en el castillo de Butrón de ocupas. Me
tenían a los novatos baldados y cuando se escapaban al bosque con
las ninfas los amenazaba con ponerlos en sus clases, mano de
arcángel, oye.
Dedi y yo nos cuadrábamos para hacer actividades colaborativas y
que no volvieran a aparecer las enemistades entre los dos grupos.
No tenían sentido, formábamos parte de un todo, solo que en
distintas ubicaciones. Por ahora iba funcionando, no lo quería decir
muy alto por si acaso.
Neuma castigó a Sariel por haber estado manipulando a los
espíritus, pero no creo que el correctivo le hubiese dolido
demasiado. Ahora estaba conmigo en la Tierra y de vez en cuando
se veía a escondidas con Lamia, cosa que me parecía una estupidez,
teniendo en cuenta que lo primero que hizo mi brujita en cuanto
aceptó que ahora estaba al mando fue eliminar la absurda norma de
que no podíamos estar con quien nos diese la gana,
independientemente de lo que fuesen. Eso nos vino de perlas, no
voy a mentir.
¿Cuándo nos veíamos? Pues ahora que tenía el cetro del poder
ese de colorines podía controlar sus viajes sin volver a liarla, por lo
que la mitad de las noches terminaba o en mi cama o en mi ducha.
Pinocho más feliz que una perdiz, y yo también.
Margaret y Mammón se fueron a vivir a una casita en el averno.
Al principio a la Soliña mayor le costó un poco dejar volar a su
pajarita preferida, pero al final ganó el saber que su hija sería feliz y
que podría ir a visitarla. Cuando los rehenes estuvieron en el infierno
no murieron por intoxicación gracias a no sé qué mierda que hizo
Elly con su sangre, por lo que, después de que Calavera se lo
preguntase a la ex bruja mayor, seguro que de forma muy
educada…, consiguieron repetir el hechizo para que el averno
pudiese ser visitado por los sobrenaturales que quisieran. Tanto
Sibila como la abuela de Sarah estaban encantadas de poder hacer
contrabando de hierbas y de otras cosas que prefería no saber cada
vez que, supuestamente, solo iban a visitar a Margaret. Habían
hecho muy buenas migas con la abuela de Piolín y ahora formaban
un trío bastante peligroso e impredecible juntas, Satanás las cría…
—¡Jamez, pisha, vaz a vení o lo voy a tené que hacer todo yo,
cohonez!
Ah, sí, se me olvidaba mi nuevo administrativo. Pepe había
resultado ser un hacha para todo lo que tuviese que ver con la
burocracia y se encargaba de llevar la administración de Castellar y
de Butrón para que a Diego no se lo comiesen los papeles. Con
respecto a su relación con Tituba, qué os voy a contar, eso no
cambiará en la vida, se querían y se mataban a partes iguales. Al
menos ahora podía estar con sus hijas, y no creáis que los tres
juntos no eran un tándem peculiar y poderoso a la vez.
—Pepe, me tienes hasta los huevos con tanta firma —protesté—.
No estarás pidiendo otro préstamo a mi madre para irte de
vacaciones, ¿no?
—No, en zerio —me aseguró mientras estampaba mi rúbrica en
los documentos—. Ez para llevar a Tituba a las Bermudaz. La
conquizto de nuevo, te lo azeguro. Ezta noche tengo pinchito como
Pepe que me llamo.
—No te llamas Pepe —lo corregí, y preferí irme antes de
estrangularlo.
No me dio tiempo de llegar al patio de armas, cuando Sarah cayó
literalmente encima de mí. Si no llego a tener los reflejos de un
nefilim se pega la hostia de su vida.
—¡James, James, menos mal que te encuentro! —se alegró a la
vez que se bajaba de mis brazos.
—Sabes que el sentimiento es mutuo —le susurré al oído, y le
mordí el cuello para provocarla.
—No, no, déjate de historias que me relías y no tenemos tiempo.
—Siempre hay tiempo para querernos. Tengo un nuevo armario
para las escobas que aún no te he enseñado. Ven —la insté,
agarrándola de la mano y llevándola a mi dormitorio con toda la
intención del mundo.
—¿De escobas? ¿Ahora me quieres poner a barrer? ¡Claro, como
soy mujer! ¡Eso me parece muy machista por tu parte! ¿Qué será lo
siguiente? Sarah, lávame los calzoncillos. No te lo crees ni tú, estás
hablando con la bruja mayor de todos los aquelarres, recuérdalo,
alitas de caca.
—Sarah.
—¿Sí?
—¿Qué corre tanta prisa? —le pregunté antes de que se fuese por
los cerros de Úbeda y no se acordase hasta dentro de un rato que
volvería a caer de forma inesperada de la nada.
—¡James, James! Tenemos un problema de los gordos.
—Eso ya lo había supuesto yo solito… Cuéntame en qué lío se han
metido ahora Sibila y tu abuela —vaticiné.
—No, es peor. Son las Nornas.
—¿Las Nornas? —me extrañó porque desde que se marcharon de
Castellar no volvimos a saber nada más de ellas ni de Madame
Blavatsky.
—Ha venido la Oráculo a casa buscando a Calavera.
—¿La enana se ha escapado?
—Por lo visto ha perdido no sé cuántas veces al ajedrez, se ha
cogido un rebote de tres mil demonios con Blavatsky y se ha
largado. Sí, ya le he dicho yo a la anciana que ya la podía haber
dejado ganar alguna vez, pero nada, dice que no, que eso es trampa
y que ella siempre juega limpio. No he querido recordarle la de
veces que nos la ha liado siendo cabra, por prudente, pero era para
decírselo, la verdad. Ah, por cierto, se ha llevado cinco fichas con
ella, los dragones están libres y como Lamia se entere se muere del
infarto.
—¿En serio ha pasado todo eso en un momento?
—Sí, pero hay más, sin las tres Nornas en su sitio los destinos se
quedan cojos y los hilos se salen del telar o no sé qué me ha
intentado explicar la Oráculo porque tenía un moco y me he llevado
un rato pensando si decírselo o no. Prométeme que si alguna vez te
saluda alguno de mis fluidos corporales me lo contarás. ¡Qué
vergüenza más grande!
—Yo sé de algunos fluidos que quiero que me saluden ahora
mismo.
—James, no es momento para eso. Tenemos una urgencia.
—Vale, pero creo que siempre es momento para eso. ¿Dónde hay
que ir a buscar a la desgraciada de la ludópata friki?
—Le han perdido la pista en el valle de las lágrimas, que está
cerca de los dominios de Satán.
—¡Yo me cago en mi puta vida!
¿Continuará?
Glosario de nombres
María Soliña
También conocida como María Soliño o María Solinha, fue capturada
y torturada en Santiago de Compostela hasta que confesó ser bruja
desde hacía dos décadas. El Santo Oficio tenía como principal
objetivo robar los bienes y sus derechos de presentación,
mayoritariamente. La condenaron a llevar el hábito de penitente por
seis meses, aunque no se tiene constancia de si murió antes o
después del castigo al no existir acta de defunción. Su marido y su
hermano murieron en el mar en la guerra contra los piratas
berberiscos, ella iba cada día a la playa a rezar por ellos para que
Dios se los devolviera. Es otro claro ejemplo de lo que la avaricia
puede llegar a hacer. En los Jardines de Andrea de Cangas hay una
estatua en su honor. Soliña no tuvo descendencia, pero en esta
historia me tomé la licencia de crearle una que estuviese unida y en
la que el mundo no truncase su vida.
Sarah Soliña
El nombre de Sarah lo usé de una mezcla de mujeres que murieron
acusadas de ser brujas, como explica la protagonista al principio. Era
muy común, antiguamente, poner nombres a los descendientes en
honor a algún familiar querido, por lo que las Soliña no podían ser
menos. Sarah Good y Sarah Osburne fueron, junto con Tituba, los
tres primeros juicios probrujería que se celebraron en Salem.
Margaret
Margaret Jones fue la primera mujer ejecutada por brujería en la
colonia de Massachusetts, a ver si tienes narices de decirlo rápido o
lento o de alguna manera. Ja, ja, ja. No se trató de un caso de
brujería clásico ni de una persecución personal ni económica, se dice
que lo que sucedió fue que era una mujer médico que utilizaba
remedios muy avanzados para su tiempo, sus pacientes
desconfiaban de ella y en ocasiones no tomaban la medicación...
Varios de ellos murieron y la condenaron por bruja, acusándola de
haberlos matado.
Mary
Mary Eastey fue acusada en Massachusetts colonial de brujería en
dos ocasiones, siendo las dos veces la misma mujer la que la culpó,
se inventó que Mary la obligaba a hacer cosas y se le presentaba su
espíritu por la noche para torturarla. Fue condenada y ejecutada en
los Juicios de Salem. Era una ciudadana respetada y piadosa, y su
imputación fue una sorpresa.
Elizabeth
Elizabeth Bathory fue una aristócrata húngara que pertenecía a una
de las familias más poderosas de Hungría. Fue acusada y condenada
por ser responsable de más de seiscientas cincuenta muertes.
Estaba obsesionada con la belleza y desangraba a las vírgenes para
bañarse con su sangre y mantenerse joven. Le pusieron como
sobrenombre «la Condesa Sangrienta». Uno de sus antepasados fue
el famoso Vlad Tepes, el Empalador.
Alice
Alice Kyteler fue la primera bruja irlandesa de cuya existencia
tenemos constancia; fue acusada y condenada por brujería por ser
una mujer demasiado llamativa. Alice era muy independiente y
guapa, se decía que lograba que los hombres hicieran lo que quería.
Escapó del condado irlandés de Kilkenny a Inglaterra después de
que la sentenciasen a muerte, y jamás se supo de ella.
Sibila
La Sibila o la Pitia era la profetisa de las culturas griega y romana
que se encargaba de profetizar en el Oráculo de Delfos.
Allan Kardec
Fue un traductor, profesor, filósofo y escritor francés, considerado el
sistematizador de la doctrina llamada espiritismo.
Blaise Vernon
Blaise es de origen francés y latino, y significa «ceceo». Era el
nombre del maestro de Merlín, que era un poderoso brujo, según
Arthurian Legend.
Dai Vernon
Es conocido por los magos de todo el mundo como «el Profesor».
Saltó a la fama mundial por ser la única persona en el mundo que de
verdad pudo engañar a Harry Houdini, me gustó tanto el apellido
que lo he usado para la familia de los hechiceros del sur.
Tobías Vernon
David Tobías «Theodore Bamberg», conocido bajo el pseudónimo de
Fú-Manchú, fue un ilusionista y actor británico.
James VI
Sabemos de la mayoría de los juicios por brujería gracias al tratado
Daemonologie que mandó compilar James VI de Escocia en 1597.
Estaba obsesionado con los demonios y, sobre todo, con las brujas,
por las que sentía un odio feroz. Muchos de los acusados en North
Berwick fueron interrogados por el mismo rey en persona. James VI
también realizó la traducción de la Biblia que se usa actualmente en
la Iglesia de Escocia. Es un nombre que significa «suplantador».
Tiene ascendencia tanto inglesa como hebrea.
Mercy Lena Brown
Mercy murió de tuberculosis pulmonar en 1892, pero tenían
sospechas de que podría haberse convertido antes en un vampiro,
su cuerpo fue exhumado del cementerio de Chestnut Hill para
sacarle el corazón y quemarlo. Su caso fue el último de los cánones
del mito del vampiro en Estados Unidos, se la llama en la literatura
«la última vampira de Nueva Inglaterra».
Elly
Dice la leyenda que Elly Kedward vivía en Burkittsville, antiguamente
Blair, a un par de horas de Washington DC, y fue acusada de brujería
por los padres de varios niños a los que había extraído sangre. La
declararon culpable y la echaron del pueblo para que muriera de frío
en los bosques cercanos. La leyenda cuenta que, después de eso,
empezaron a desaparecer niños en un invierno terrible para los
habitantes de Blair, por lo que, cuando llegó la primavera,
abandonaron el lugar y lo declararon maldito.
Lisbeth
Lisbeth Pedersdotter Kulgrandstad fue una presunta bruja noruega.
Es una de las víctimas más famosas de la caza de brujas de este
país. También fue la penúltima acusada en ser ejecutada por brujería
allí.
Alcina
Alcina era el nombre de una bruja mitológica griega. Ella era una
hechicera que gobernaba las islas mágicas. El nombre se encuentra
en un poema del poeta italiano Ludovico Ariosto, donde es una
amante de los placeres sensuales y los encantamientos seductores.
Mammón
Mammón es uno de los demonios relacionados con los siete pecados
capitales. Fue un querubín que siguió a Lucifer como uno de sus
principales lugartenientes en la rebelión de los ángeles. Fue
derrotado por san Miguel y el resto de los ángeles fieles a Dios, cayó
del Cielo junto a Satán y los demás de sus seguidores,
transformándose en demonio. Representa el pecado de la avaricia,
de la riqueza y de la injusticia. Se dice que la palabra «mamón»
proviene de este demonio. También conocido como Aamón o Amón,
es un marqués infernal que cuenta cosas del pasado y del futuro si
se le invoca. Os dejo abajo el símbolo dentro de una calavera con el
que antiguamente era llamado. No lo hagáis…
Símbolo para llamar a Mammón

Madame Blavatsky
Helena Blavatsky, también conocida como Madame Blavatsky, fue
una escritora, ocultista y teósofa rusa. Desde pequeña se inclinó por
potenciar sus cualidades de adivinadora.
Neuma
En Juan 4:4 se describe a Dios como alguien sin género definido,
también a los ángeles, aunque en la traducción Él siempre hablase
de sí mismo en masculino. Se encuentran ciertas excepciones en
metáforas y en un par de construcciones en las que se hace
referencia al Espíritu Santo con un nombre neutro intensivo, que
concuerda de manera gramatical con pneuma, espíritu. También se
nombra a los ángeles, que son seres espirituales, usando este
término.
Malak
En Zacarías 5:9 se dice: «Alcé luego mis ojos, y miré, y he aquí dos
mujeres que salían, y traían viento en sus alas, y tenían alas como
de cigüeña, y alzaron el efa entre la tierra y los cielos». En este
versículo los ángeles se llaman nashiym, mujeres, como en los
versículos 7 y 8 a la mujer de la canasta que representa la maldad.
Por el contrario, Zacarías habla con un ángel llamado Malak, que
significa ángel o mensajero. Del versículo 5:1-2 se puede llegar a
pensar la visión de que los ángeles tengan alas y vuelen en modo
cigüeña.
MetaTron
De todos los ángeles del paraíso, MetaTron es el más misterioso, su
nombre no significa nada y hay quienes han sugerido que es una
combinación de palabras mágicas. No aparece ni en los textos
oficiales judíos ni en las escrituras cristianas. Tan solo sale en los
primeros textos judíos místicos relacionados con el ocultismo. Hay
quienes piensan que el nombre de MetaTron quiere decir «después o
detrás del trono», y que se trataba del ángel que estaba de pie al
lado de Dios.
Church
Es el nombre del gato infernal de la novela de Stephen King
Cementerio de animales.
Dedi
El primer mago reconocido por la historia se llamaba Dedi, si
tenemos en cuenta que la magia tiene más de cuatro mil años de
antigüedad, es un reto que conozcamos su nombre. Este mago
practicaba trucos de magia para los faraones antiguos, quienes le
llegaban a tener miedo. Dedi hacía el clásico truco de quitarle la
cabeza a los gansos y volvérsela a poner. Hoy en día sigue habiendo
muchos magos que juegan con ese efecto.
PEPE: Perico Peralda
Pepe es un acrónimo compuesto de dos nombres de demonios;
Perico y Peralda. Perico era un demonio alemán que compraba almas
y tenía forma de enano, mientras que Peralda dominaba el aire y se
ponía de acuerdo con otros demonios para crear el caos y la muerte
a su paso.
Sariel
Es un ángel mencionado en varias tradiciones religiosas, incluyendo
el judaísmo y el islamismo. En el Libro de Enoc, Sariel es descrito
como el ángel encargado de los espíritus de los hombres que pecan.
También se lo menciona junto a otros ángeles como Miguel, Rafael y
Gabriel, quienes vigilan y llevan las causas de los humanos ante
Dios.
Asmodeo
Es uno de los príncipes de los demonios en la demonología de las
religiones abrahámicas. Es una figura central en la demonología,
conocido como el demonio de la lujuria, los deseos desenfrenados y
la corrupción de las relaciones humanas. Su nombre proviene de la
tradición judeocristiana, aunque tiene raíces más antiguas en
religiones persas y mesopotámicas.
Fenrir
Es uno de los más conocidos cambiaformas en la mitología nórdica.
Fenrir era el gigantesco lobo hijo de Loki y la giganta Angrboða.
Ancalagon
También llamado el Negro, es un dragón que pertenece al
Legendarium creado por el escritor británico J.R.R. Tolkien y que
aparece en su novela póstuma El Silmarillion. Su nombre significa
«mandíbulas rápidas» o «tormenta mordiente» en la lengua élfica
sindarin. Yo le he puesto ese nombre a uno de los hermanos de
Lamia y he jugado un poco con las palabras, no me linchéis.
Lamia
El término lamia, que parte de la antigüedad designando a un
monstruo femenino de naturaleza sobrenatural, pasó a la época
posterior a designar a las brujas y se hizo común en los tratados
demonológicos sobre brujería a partir del siglo XV.
Nornas
Las Nornas son figuras fascinantes en la mitología nórdica. Son tres
poderosas entidades que controlan el destino de los dioses y de los
hombres. Sus nombres son Urd (el pasado), Verdandi (el presente) y
Skuld (el futuro). Ya sabéis que los nombres no son lo mío y Sarah
se los cambia para que no se me olviden…
Shax
Es un demonio marqués, y un duque para algunos autores, del
infierno, que tiene bajo su mando a treinta legiones de demonios.
Shax también puede descubrir cosas ocultas si no están protegidas
por espíritus malignos.
Glosario de lugares
El bosque Encantado de Aldán
Es uno de esos sitios escondidos en las Rías Baixas. En Aldán,
Cangas, existe un pazo conocido como Casa Torre de Aldán que fue
propiedad de los Condes de Canalejas. Dicho pazo tenía una enorme
finca que era usada para los familiares y amigos de estos para la
caza y otras actividades lúdicas. Es la denominada Finca de
Frendoal, vulgarmente conocida como el Bosque Encantado.
Villa de Cangas y Casa de San Cibrán
La familia Soliña vivía en una casa de dos plantas de piedra en el
centro de la villa, las típicas casas de patín de Cangas. María, por
herencia, poseía varias fincas. Sin embargo, las posesiones más
importantes de la familia eran los derechos de presentación de esta
mujer en la colegiata de Cangas de Morrazo y en la iglesia de San
Cibrán de Aldán. Razón por la que se sospecha que fue acusada de
brujería, para arrebatarle dichos bienes.
Cernégula
Cernégula, conocido como «el pueblo de las brujas», es un pueblo
que pertenece a la Merindad de Ubierna. La laguna es hoy en día un
hábitat de sapos y culebras, sin embargo, la leyenda contiene
refranes de otras épocas en los que las brujas de Cantabria citaban
frases como la siguiente los sábados: «Tas churrar al grito de sin
Dios y sin Santa María, por la chimenea arriba». Se supone que las
reuniones de las brujas se hacían alrededor de un espino, bailaban y
cantaban para después bañarse en la charca helada. Las zonas que
describo en la novela son tal cual las habéis leído, como dato
anecdótico os contaré que desde la Edad Media se pone junto a las
iglesias una morera que tiene un significado protector y mágico.
El castillo de Butrón
El castillo de Butrón es una fortaleza neogótica de origen medieval,
declarada Patrimonio Histórico, en el término municipal de Vizcaya.
Se enclava en el centro de una finca arbolada, en un paraje aislado,
aunque no muy lejos de Bilbao. Es el protagonista de mi trilogía La
reina de las Sombras y quise también sacarlo en esta novela.
Cueva de Pozalagua
La Cueva de Pozalagua, situada en el Valle de Carranza, posee una
pequeña acumulación de agua en su interior, que antiguamente
formaba un lago más notable. Aunque actualmente este lago se
encuentra casi seco.
Castellar de la Frontera
Castellar de la Frontera es un municipio de Cádiz que se encuentra
dentro de un castillo y que además es uno de los más bonitos de
España. La estructura que vemos en la actualidad es de su etapa
musulmana, que tuvo un papel fundamental en las guerras
fronterizas entre árabes y cristianos hasta que fue conquistado e
incorporado a la corona cristiana en 1434. El pueblo viejo fue
declarado Monumento Histórico Artístico en 1963.
He escogido Castellar, además de por su belleza y por tener un
enclave perfecto para la historia, porque mi señora madre nació allí y
quise hacerle un pequeño homenaje por soportarme todos los días.
El Aqueronte
Es un río mítico de la mitología griega que conecta el mundo de los
vivos con el inframundo, gobernado por Hades. Es uno de los cinco
ríos que fluyen en el Hades y está vinculado con las almas de los
muertos y su tránsito hacia el más allá.
El árbol Yggdrasil
Las Nornas tejen los hilos del destino en las raíces del árbol
Yggdrasil, el fresno del mundo que sostiene los nueve reinos de la
cosmología nórdica. Cada acción tomada por los mortales y los
dioses está registrada en estos hilos.
El pozo de Urd
Las Nornas habitan junto al pozo de Urd, también conocido como el
Pozo del Destino, situado en una de las raíces del árbol Yggdrasil.
Este pozo es una fuente de sabiduría y de conocimiento y, según la
mitología, su agua es utilizada por las Nornas para cuidar de
Yggdrasil, manteniéndolo fuerte y vibrante. Se dice que cada
mañana las Nornas riegan las raíces del árbol con el agua del pozo
para evitar que se marchite.

Os dejo la página de insultos del barroco por si tenéis curiosidad:


[Link]
oro/
Licencias literarias
Es bastante habitual tomarse algunas licencias literarias a la hora de
escribir para que una escena cuadre mejor con la trama de la
novela. Yo casi siempre me tomo algunas, pero, si no se me olvida
ponerlo, os suelo avisar.
Ya habían sonado nueve campanadas en los anteriores libros, sin
embargo, dejarles tan pocas me parecieron de mala persona y les he
dado una de regalo. Ya luego Calavera se puso a tocarla como le dio
la real gana. Ahí no tengo yo la culpa.
La casa de Lamia que te describo en el averno es una casa
vikinga llamada longhouse. Solo que esas estaban hechas de madera
de roble y arcilla y tenían la parte de arriba curva. Y no, no había
ventanas. Y tampoco tenían la repartición de habitaciones de la
parte oriental, ellos vivían en la central dejando la oriental para los
esclavos y los animales.
Desde el castillo de Butrón hasta la Cueva de Pozalagua hay en
realidad 60,5 km. Los he acercado un poquito para que las criaturas
no se lleven catorce horas andando, que a ver quién pelea luego con
agujetas.
La torre del homenaje de Castellar de la Frontera en la actualidad
tiene ventanas y no saeteras, tal y como digo en la novela. Además,
en la base de la torre se descubrió un aljibe de origen islámico que
posiblemente se utilizaba para almacenar agua, asegurando el
abastecimiento en caso de asedio, ahora en mi cabeza son
calabozos, pero vosotros me perdonáis.
Agradecimientos
Bueno, volvemos a llegar a este punto y, como no hablo casi, voy a
aprovechar para contaros algunas cositas, son secretas, no vale
divulgarlas. ¡El 2024 ha sido un año de mierda!, fin del
comunicado… ¡Ja, ja, ja! No, ahora en serio: he tardado once meses
en volverme a poner delante del ordenador esta vez. Ha sido un año
movidito y no quería enfrentarme a una tercera o última parte de
estas brujas locas. Puede ser porque las voy a echar de menos,
razón por la que he dejado abierta una de las saeteras de Castellar,
o por el miedo a no llegar a cumplir vuestras expectativas. Siempre
se dice que lo importante no es cómo se empieza sino cómo se
acaba, y en esta ocasión no creo que sea cierto. El proceso de
creación es largo, pasas por muchos baches anímicos, tanto para
bien como para mal, y no considero que me deba quedar con ese
punto final, prefiero recordar el proceso completo. Si no recordamos
las cagadas del pasado volveremos a repetirlas en el futuro.
Tengo que agradecer a mis queridas cero por haberme llevado el
ritmo de la lectura y mandarme audios con amenazas de muerte,
lágrimas, risas y demás cosas extrañas. Supongo que si fueran
normales no estarían a mi lado. Mil gracias a Inés Torrejón por
hacerme reír con sus locuras y por seguir viva, pese a leer mientras
andaba y se comía farolas, a Merche Utrera por no asesinarme
cuando le dije que le tocaba correr y por reírse de mis tonterías
cuando no tenía ganas, a Sonia Fernández por ayudarme con las
novelas cuando yo aún no he ido a verla bailar ni actuar, soy lo fruto
peor como amiga, pero me quieres, a Lydia Díaz por leer más rápido
de lo que yo escribo y meterme presión para que siguiera, es algo
así como el Flash de los libros, ¡no me cunde un cojón!, a mis dos
rubias, Conchi Pons y Yoli Pérez, han pasado de mi culo
olímpicamente, pero me han estado aguantando el estrés desde las
seis de la mañana hasta por la noche, eso vale un potosí. También
tengo que darle las gracias a Mariam Beítez, te pongo el nombre
artístico porque me sale del toto, es de las personas más sinceras
que conozco y si ella dice que mola es que mola, además tiene un
montón de perros, a ver si tenéis huevos para echárselos… A mi
Mariluz Aquino, que tiene un corazón que no le cabe en el pecho y
es de las personas más luchadoras que conozco. En especial tengo
que nombrar a Leticia Ridruejo, la criatura se lee por las noches los
capítulos y me manda todos los fallos que ve para que luego sea
más sencillo corregir, tiene el cielo ganado, mil gracias, Mariam
también lo hace, pero se le pasa ponerme qué cojones va antes y a
ver quién es la guapa que encuentra el fallo…
Gracias a Bea Magaña por hacer el milagro de correr para tener
esto en condiciones y que vosotros podáis ponerlo de regalo de
Reyes este 2024. ¡Eres genial y el mundo necesita más dragones y
más personas como tú!
La maquetación en papel es cosa de William Franco, como
siempre procura no volverse loco con mis cientos de anotaciones en
los pies de página e intenta quitarme alguno a escondidas, pero sin
ellos mis libros no llevarían mi firma personal. Además, ¡son
totalmente necesarios! Mil gracias.
La portada la ideé yo, pero como solo sé usar el Canva, ya luego
William la pone en modo imprenta o me saldría un truño[33]. Gracias
por eso también.
Tengo que dar las gracias a mi hija y a mi madre, las abandono,
literalmente hablando, cada vez que empiezo a escribir, mis cinco
sentidos, que yo creo que tengo menos, se concentran solo y
exclusivamente en la historia y desaparezco del mapa. El día que sea
famosa, con dinero, que famosa y pobre ya soy, os prometo que os
voy a comprar esa casita con patio que tanto os gusta, y una vaca,
es muy importante lo de la vaca. Os amo con locura.
Y yo creo que vosotros también tenéis un sitio aquí, porque sin
lectores no habría escritores y las locuras que me da por escribir no
tendrían sentido, aunque tampoco lo tienen mucho algunas veces.
Estos libros los hice para lograr que el mundo se evadiera de la
realidad y sonriera por muy jodido que tuviese el día. Si he
conseguido que sonrías, aunque solo sea de vergüenza ajena, ya me
puedo dar por satisfecha. Soy de las que lee un poco de todo y
pienso que hay un momento para cada género y un género para
cada momento. Esta historia es para cuando sea uno de esos
momentos malos. Debería poner un prospecto, como los
medicamentos: «No leer en público, ni en el médico, ni en
tanatorios, ni cerca de psiquiátricos, ni comiendo», y así unos
cuantos más, pero lo más importante de todo es que la autora no se
hace responsable de nada de lo que os pueda suceder mientras lo
leéis.
Mil gracias a todos por creer en mí, por seguir a mi lado y, sobre
todo, por confiar en mis locuras. Nos vemos en las redes y en los
eventos. Se os quiere.
Gema Tacón
Bibliografía

Gema Tacón es una gaditana con el culo demasiado inquieto como


para permanecer en un mismo género durante mucho tiempo. Ha
hecho más cosas de las que logra recordar y ha viajado a lugares
que jamás podrá olvidar. Su refugio son las letras y lleva la sonrisa
por montera. Es madre soltera y se la puede considerar la loca de
los gatos. De mayor ―sí, aún es joven…― su sueño es tener una
casita con plantas que no se mueran, más gatos y una hamaca en el
jardín para poder ver el atardecer.
Otras obras de la autora
Fantasía juvenil
Trilogía La reina de las sombras
1. Escondida
2. Condenada
3. Vencida
La vida secreta de la última wiccana

Cómica disparatada
¿Qué pasó cuando se terminaron las perdices? 1 y 2
Un diminuto contratiempo

Thriller policíaco
Trilogía Susurros
1. El último Susurro
2. El apóstol de la muerte
3. Ola de silencio

Thriller paranormal
El nido del lobo
La leyenda Jurado
El aquelarre perdido de Trasmoz (Relacionado con la trilogía
Susurros)

Novela Negra
Los crímenes de la caja
Cómica paranormal romántica
Saga Las Soliña
1. Las Soliña: Brujas, sapos, cabras y sanguijuelas
2. Las Soliña: Brujas, sapos, ángeles y demonios
2.5 Brujas, ángeles y demonios celebran la Navidad (Relato)
3. Las Soliña: Brujas, sapos, fantasmas y Nornas
[1] Juan Sebastián Elcano es el buque escuela de la Armada Española, se

diferencia de otros barcos iguales de otros países porque este tiene cuatro
mástiles. Es de las pocas navegaciones que me faltaron por hacer cuando fui
militar.
[2] Tengo obsesión con Los Goonies, sí, no es malo, hay a quienes les gusta
olerse las pelotillas de los dedos de los pies, nadie es perfecto… ¡Tienes que
ver la jodida película!
[3]
El perrito piloto y la muñeca chochona son los premios que daban en las
tómbolas de las ferias cuando San Marcos, San Mateo y San Juan todavía
predicaban…
[4]
Rastacueros: Os lo pongo porque es el primer insulto del barroco que sale
en este libro. De todas formas, en el glosario saldrá la bibliografía. Se decía
del pobre y haraposo que estaba tirado en la calle. De ahí se pasó a
denominar a la gente miserable. Un sinónimo actual es «rastrero». Pero
cuando el maquetador empiece a ver pies de página me manda a pastar…
[5] Rocket es el mejor personaje de Marvel, y Pedro, el mapache de la jodida
cancioncita que vas a estar cantando una hora y acordándote de mis castas,
de nada.
[6] Si entiendes esta referencia me caes bien y peinas un montón de canas, o
te has quedado sin pelo…
[7] Si quieres comprender bien qué ha sucedido aquí, tienes que leer el relato
de «Las Soliña en Navidad».
[8] La familia Brady eran un montón de hijos que se llevaban misteriosamente
bien, daba un poquillo de grima verlos siempre sonreír. Si no has visto la serie
ni la conoces es que aún te queda para empezar a buscar un seguro de
deceso; los que sí, estáis jodidos…
[9] Esto a lo mejor es demasiado friki para que lo entendáis, pero era el malo
malísimo conspirador de El Señor de los Anillos.
[10] Esto mola más en ingles que en español. Cántalo en alto como en la
película, verás que llevo razón.
[11] Ya os lo he dicho en otros libros, pero la película más surrealista que he
visto en mi vida es la de Tu madre se ha comido a mi perro, de Peter Jackson,
el mismo que dirigió El Señor de los Anillos. Esa seguro que te suena más.
[12] No seas malpensado, que, aunque la rima le venga que ni a pelo, un
badajo es lo de dentro de las campanas con forma de perita que hace que
estas suenen. Lávate la mente si lo has leído mal...
[13] Os digo esta porque seguramente pocos sean tan frikis como yo. Astrid
Hofferson es la protagonista femenina de ¿Cómo entrenar a tu dragón? y
Tormenta es su dragona. Tienes que verla porque es preciosa, punto pelota.
[14] La niña de El exorcista tenía nombre y todo. No lo sabías, ¿verdad? Pues
tú jódele el corazoncito, que ya verás como le dé por ir a darte las buenas
noches…
[15] Esto lo averiguas tú solito que si no es todo muy fácil y te acostumbras.

[16] Si lo has bailado en tu época ahora mismo eres feliz porque entonces no
hubiese teléfonos que inmortalizasen los momentos más ridículos de nuestra
existencia. Si no sabes qué es, mejor ni lo busques, créeme.
[17]
Ya no hacen dibujos animados como antes. Este era el protagonista más
raro del mundo, medía medio metro y estaba más salido que el pico de una
plancha. Buscad algún capítulo por ahí, que es la leche. Te puedo hasta cantar
la canción del opening todavía y eso que salió en el 81… Estoy vieja.
[18] Película de culto en Halloween, y de la que si no existiera la segunda no
hubiese pasado absolutamente nada…
[19] En realidad, son bolas de naftalina. Las abuelas las ponían en los armarios
para espantar a las polillas y otros insectos para que no se comiesen la ropa.
Es un olor característico que cuando era pequeña hacía que arrugase la nariz,
pero que hoy en día me da nostalgia.
[20] He tenido la suerte de estar en Canadá, en Quebec, y la niebla es algo
con lo que conviven casi a diario. ¡Cuesta la vida que te vea un jodido taxi sin
que te atropelle! El lugar con más niebla del mundo es una zona del océano
Atlántico llamada Grand Banks, situada frente a la costa de Terranova, de ese
mismo país.
[21] ¿He comentado que tenéis que ver la película?

[22] Todas las niñas pelín cafres, como yo, de mi época, queríamos ser Xena,
la princesa guerrera, dar sus mismos grititos al saltar y repartir hostias como
panes. ¡Qué tiempos!
[23] Me da igual que digáis que las nuevas son malas, pienso ver todas las
películas en las que salga un dinosaurio.
[24] En Cádiz no nos sobra el tiempo, por desgracia, vivimos casi todos
acelerados y nos solemos comer algunas palabras. Fititú es la forma corta y
rápida que tenemos los gaditanos de decir: Fíjate tú. Esta la pongo porque si
eres de Despeñaperros para arriba lo tienes jodido de entender.
[25] Mi abuelo tuvo un Simca 1200 y recuerdo que no tenía cinturones de
seguridad, las ventanillas no bajaban y el maletero se abría solo en medio de
la carretera. Era un peligro con ruedas. Los que sepáis cuál es, tenéis más
años que Tutankamón y necesitáis un seguro de vida, sí, yo también.
[26] En mi libro La Reina de las Sombras salen estos simpáticos animalitos. Si
quieres saber qué son te toca leerlo. Momento Paco Umbral, barriendo para
casa, ja, ja, ja.
[27] Cuando los militares salen de misión llevan un colgante con su nombre
completo, un número de identificación, el grupo sanguíneo y la religión por
duplicado con una ranura en el medio para cortarlo en caso de resultar herido
o fallecer.
[28]
Emilio Herrera inventó el primer diseño que inspiró a los trajes de
astronautas actuales. El granadino murió en Ginebra a los 88 años, siendo una
figura reconocida en todo el mundo menos en su país, así nos va… Ahora
también lo sabes tú, ¿a que se aprende con mis locuras?
[29] Ahora quieres ir a ver quién puñetas es ese, y lo sabes. Y si lo sabes

seguro que no te acuerdas del nombre, no me jodas… Nadie es tan friki, vale,
un momento, Leticia, tú sí, no cuentas. El resto buscadlo en San Google.
[30]
No me matéis los frikis jajaja.
[31]
Cocoon es una película de culto para los ochenteros frikis. «Gema, yo no
sé cuál es y soy de ese año, mimimimimi». ¿Y a qué esperas para verla? En
serio, ¡qué cruz!
[32] Esta deberíais saberla, pero seré benevolente y os recordaré que Mary
Shelley fue la escritora de Frankenstein.
[33] Un truño en gaditano es un carajo como un puño. Ja, ja, ja No he podido
evitar ponerlo.

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