LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LAS CRIADAS- JEAN GENET
ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ.
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E1—CLARA (de pie en combinación, de espaldas a la coqueta. Su ademán —
tiende el brazo—y su tono, serán de un trágico exacerbado). —¡Y estos
guantes! Estos eternos guantes. Mira que te lo he dicho y repetido que los
dejaras en la cocina. Con eso, ¿esperas enamorar al lechero?. No, no, no
mientas. Es inútil. Cuélgalos encima del fregadero. ¿Cuándo comprenderás
que esta habitación no hay que profanarla? Todo, absolutamente todo lo que
viene de la cocina es repulsivo. Sal. Y llévate tus esputos. Pero para. (Durante
este discurso, SOLANGE estaba jugando con un par de guantes de goma y
observaba sus manos enguantadas, a veces juntando los dedos y otras veces
separándolos.) No te prives, hazte la mosquita muerta. Y sobre todo, no te des
prisa. Tenemos tiempo de sobra. ¡Sal! (SOLANGE, de repente, cambia de
actitud y sale humildemente sujetando con la punta de los dedos los guantes.
CLARA se sienta ante la coqueta. Olfatea las flores, acaricia los objetos de
aseo, se cepilla el pelo, se arregla la cara.) Prepare mi vestido. Deprisa, no
tenemos tiempo. ¿No está aquí? (Se vuelve.) ¡Clara! ¡Clara! (Entra
SOLANGE.)
SOLANGE. —Que la señora tenga la bondad de disculparme. Estaba
preparando la infusión de la señora.
CLARA. —Prepare mis trajes. Mis joyas
SOLANGE. —Sí, señora. ¿Todas las joyas de la señora?
CLARA. —Sáquelas. Quiero escoger yo misma. Y claro está, los zapatos de
charol. Esos que tanto desea usted desde hace años. (SOLANGE saca del
armario algunos estuches. Los abre y los dispone sobre la cama.) Para su
boda, me figuro. (SOLANGE se pone en cuclillas sobre la alfombra y
escupiendo sobre los zapatos les saca brillo.) Ya le dije, Solange, que evitara
los escupitajos. Que duerman en su cuerpo, hija mía, y que se pudran en él.
¡Ja! ¡Ja! (Ríe nerviosa.) Es usted feísima, tesoro mío. Inclínese más y mírese
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en mis zapatos. (Alarga el pie y SOLANGE lo examina.) ¿Se figura que es
agradable para mí saber que mi pie está envuelto entre los velos de su saliva?
SOLANGE (de rodillas y muy humilde). —Deseo que la señora esté guapa.
CLARA. —Lo estaré. (Se arregla ante el espejo.) Usted me odia, ¿verdad? Me
ahoga con sus atenciones, con su humildad (Se levanta y dice en un tono más
bajo.) Es un estorbo inútil. (Se mira otra vez.) Estaré guapa. Más de lo que
pueda usted serlo en su vida. Porque con este cuerpo y esta cara nunca podrá
seducir al lechero.
SOLANGE (fría). — Sí señora.
CLARA. —Cállese, idiota. Mi vestido.
SOLANGE (lo busca en el armario, apartando otros). —El vestido rojo. La
señora se pondrá el vestido rojo.
CLARA. —Quiero el blanco con lentejuelas.
SOLANGE (dura). —Lo siento. Esta noche la señora llevará el vestido de
terciopelo escarlata.
CLARA (ingenuamente). —¿De verdad? ¿Por qué?
SOLANGE (fría). —No puedo olvidar el pecho de la señora bajo los pliegues de
terciopelo. ¡Cuando la señora suspira y habla al señor de mi fidelidad! Un
traje negro le sentaría mejor a su viudedad.
CLARA. —¿Cómo?
SOLANGE. —¿Tendré que precisar?
CLARA. —¡Ah! Te refieres... Muy bien. Amenázame. Insulta a tu ama.
Solange, ¿te refieres, verdad, a las desgracias del señor? Tonta. No es éste el
momento de recordármelo, pero ya veo a dónde quieres ir a parar. Ya oigo tus
acusaciones. Desde el principio me insultas, andas buscando el momento de
escupirme en la cara. Si el señor está en la cárcel, es gracias a mi. ¡Atrévete a
decirlo! ¡Atrévete! ¡Habla!
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SOLANGE. — Que recuerde la señora que soy la criada.
CLARA. —Piensa que me tiene en sus manos por saber que fui yo quién mandó
al señor a la cárcel. ¿Crees que no sufrí? (Pausa) Y tú, en vez de sostenerme,
me desafías. El vestido blanco de lentejuelas.
SOLANGE (fríamente). —La señora llevará el vestido rojo.
CLARA (con sencillez). —Está bien. (Severa.) Veo en tus ojos que me odias.
SOLANGE. —La quiero.
CLARA. — Esperas mi donación, la cláusula a tu favor…. pero me tiraría al
fuego. (SOLANGE ayuda a CLARA a ponerse el vestido.) Evite rozarme. No
me toque. ¡Que no me toque!. Échese hacia atrás. Huele a fiera. ¿De qué
infecta buhardilla trae usted esos olores? ¡La buhardilla! Allí donde las camas
están separadas por la mesilla de noche. Eso es, ¿verdad?
SOLANGE. —Somos infelices. Me entran ganas de llorar.
CLARA. —Y allí,con esa dichosa ventanuca por donde el lechero medio
desnudo salta hasta su cama.
SOLANGE. —Cá[Link] señora va muy lejos. La señora. . .
CLARA. —¡Sus manos! Que sus manos no vayan tan lejos. Apestan a fregadero.
SOLANGE. —¡La cola!
CLARA. —¿Cómo?
SOLANGE (arreglándole el vestido). —La cola. Le estoy arreglando la cola de
su vestido.
CLARA. —¡Apártese, sobona! Si se empeña en lloriquear, hágalo en su
buhardilla. Aquí, en mi habitación, sólo acepto lágrimas nobles. Arregle mi
peto, puta.
SOLANGE. —¡La señora se encoleriza!
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CLARA. —¡Entre sus brazos perfumados la cólera me lleva! ¿El collar? Pero
date prisa, no nos dará tiempo; (SOLANGE se levanta y va a buscar el collar
en un estuche, pero CLARA se adelanta a ella y se apodera de la joya. Sus
dedos han rozado los de SOLANGE; horrorizada, CLARA retrocede.) Aparte
sus asquerosas manos de las mías, su contacto es inmundo.
SOLANGE. —No hay que exagerar. Sus ojos se encienden. Alcanza usted la
orilla.
CLARA. —¿Cómo?
SOLANGE. —Los límites, las fronteras. Señora, tiene usted que guardar las
distancias.
CLARA. —¡Qué lenguaje, hija mía! Clara. Te vengas, ¿verdad? Sientes que se
acerca el instante en que abandonas tu papel...
SOLANGE. —La señora me comprende muy bien. La señora me adivina.
CLARA. —Sientes que se acerca el instante en que dejarás de ser la criada. Vas
a vengarte. ¿Te preparas? ¿Afilas tus uñas? ¿Te despierta el odio? Clara, no
olvides. Clara, ¿me oyes? Pero, Clara, ¿no me oyes?
SOLANGE (distraída). —La oigo.
CLARA. —Gracias a mí tan solo existe la criada. Gracias a mis gritos y a mis
gestos.
SOLANGE. —La oigo.
CLARA (chilla). —Existes gracias a mí y me desafías. Un poco más y dejarías
de existir.
SOLANGE. —¡Basta! ¿Está lista?
CLARA. —¿Y tú?
SOLANGE (primero suavemente). —Estoy lista, estoy harta de ser un objeto de
asco. Yo también la odio. . .
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CLARA. —Cálmate, hija mía, cálmate. (Da golpecitos en el hombro de
SOLANGE para incitarla a la serenidad.)
SOLANGE. —¡La odio! La desprecio. Odio su pecho lleno de exhalaciones
balsámicas. ¡Su pecho... de marfil! ¡Sus muslos... de oro! ¡Sus pies... de
ámbar! (Escupe en el vestido rojo.) ¡La odio!
CLARA (sofocada). —¡Eh! ¡Eh!, pero...
SOLANGE (avanzando hacia ella). —Sí, señora, hermosa señora mía. ¿Se cree
que todo le estará permitido hasta el final? ¿Cree que puede robarle la belleza
al cielo y privarme de ella? ¿Elegir sus perfumes, sus polvos, su laca para las
uñas, la seda, el terciopelo, el encaje y privarme de ellos? ¿Y quitarme al
lechero? ¡Confiese! ¡Confiese lo del lechero! Su juventud, su lozanía, la
conmueven, ¿verdad? Confiese lo del lechero. La señora se creía protegida
por sus barricadas de flores. Pero no contaba con la rebelión de las criadas.
Mire cómo se acerca, señora. Va a estallar y a desinflar su aventura. Ese señor
no era sino un triste ladrón y usted una...
CLARA. —Te prohíbo...
SOLANGE. —¿Prohibirme? ¡Qué chiste! La señora está atónita. Iré, pues, hasta
el final. Las dos criadas están aquí —¡las fieles criadas!—. Embellézcase para
humillarlas. Le hemos perdido el respeto. Estamos envueltas, mezcladas en
nuestras exhalaciones, en nuestras pompas, en nuestro odio hacia usted.
Vamos tomando cuerpo, señora. No se ría. Por favor, sobre todo no se ría de
mi grandilocuencia.
CLARA. —Váyase.
SOLANGE. —Para servirla, también, señora. Vuelvo a mi cocina. En ella
encontraré mis guantes y el olor de mis dientes. El eructo silencioso del
fregadero. Usted tiene sus flores y yo mi fregadero. Soy la criada. Sí, voy a
volver a mi cocina, pero antes termino mi tarea.¡Ha llegado a lo último,
querida! (Golpea a CLARA en las manos y CLARA protege su garganta con
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ellas.) ¡Quite las zarpas! Deje ver su frágil cuello. No tiemble. No se
estremezca. Obro rápida y silenciosamente. (De repente suena el despertador.
SOLANGE se para. Las dos mujeres se acercan la una a la otra, emocionadas,
y escuchan pegadas la una a la otra.) ¿Ya? — E2
CLARA. —Démonos prisa. La señora va a volver. (Empieza a desabrocharse el
vestido.) Ayúdame.
SOLANGE — No pudimos llegar hasta el final, siempre ocurre lo mismo. Y por
tu culpa. Nunca estás lista a tiempo. No puedo rematarte.
CLARA (se encoge de hombros). —Más valdría que miraras si todo está en
orden. Mira, la llave del escritorio estaba puesta así. (Arregla la llave.)
SOLANGE (violentamente). — Has empezado tú con lo del [Link] sentías
feliz antes pudiendo mezclar tus insultos.
CLARA. —..Podrían descubrir un pelo de alguna.
SOLANGE. —Y los detalles de nuestra vida privada con...
CLARA (irónica). —Con, con, ¿con qué? Da un nombre. Da un nombre a lo que
hacemos ¿La ceremonia? Además, no nos da tiempo de empezar una discusión
aquí. Pero, Solange, es nuestra esta vez. Te envidio por haber visto su cara al
enterarse del arresto de su querido. Esta vez hice un buen trabajo. ¿Lo
reconoces? De no haber sido por mí, sin mi carta de denuncia no hubieras
asistido a este espectáculo: el querido con las esposas y la señora llorando.
Puede morirse del disgusto. Esta mañana no podía estar de pie.
SOLANGE. —Mejor. Que se muera. Y que yo herede por fin. No volver a poner
los pies en esa siniestra buhardilla.
CLARA. —A mí me gustaba nuestra buhardilla.
SOLANGE. —No te enternezcas. ¿Te gusta? Para contradecirme. Yo la odio. La
veo tal y como es. Siniestra y desnuda. Despojada, como dice la señora. Pero,
en fin, nosotras somos unas piojosas.
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CLARA. —Vamos, no empieces de nuevo. Mejor es que mires por la ventana.
No puedo ver nada, es demasiado oscura la noche.
SOLANGE. —Tengo que hablar, tengo que desahogarme. Me gustó la
buhardilla porque su pobreza me obligaba a hacer gestos pobres. Ningún
cortinón que levantar, ninguna alfombra que pisar, nada de muebles que
acariciar... con la mirada o con el trapo, nada de espejos, nada de balcones.
(Obedeciendo a una señal de CLARA.) Pero tranquilízate, en la cárcel podrás
seguir haciéndote la señora, la María-Antonieta, pasearte de noche por la
casa...
CLARA. —Estás loca. Si nunca me he paseado por la casa.
SOLANGE (irónica). —¡Conque la señorita nunca se ha paseado! Envuelta en
las cortinas, o en la colcha de encaje, ¿no es eso? Contemplándose en los
espejos, pavoneándose en el balcón. Nunca, ¿verdad?, nunca.
CLARA. —Pero, Solange...
SOLANGE. —La noche es demasiado oscura para espiar a la señora. Sobre tu
balcón, ¿te creías invisible? ¿Por quién me tomas? No intentes hacerme creer
que eres sonámbula. En nuestra situación puedes confesarlo.
CLARA. —Pero, Solange, estás chillando. Por favor, habla más bajo. La señora
puede volver…
SOLANGE. —Eso es, silenciame tú también. [Link] me quiere.
Nadie nos quiere.
CLARA. —Ella, ella sí que nos quiere. Es buena. La señora es buena. La señora
nos adora.
SOLANGE. —Nos quiere como a sus sillones. Y ni siquiera. Como a su bidet.
Y nosotras no podemos querernos. La mugre...
CLARA. —¡Ah!
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SOLANGE. —...no quiere a la mugre. ¿Y crees que me voy a resignar…?
CLARA (se levanta y llora). —Habla más bajo, por favor. Habla de la bondad de
la señora.
SOLANGE. —¿Su bondad? Es fácil ser buena y risueña y dulce....
¡Cuando se es guapa y rica! ¡Pero ser buena cuando se es criada! Una se
contenta con pavonearse mientras hace la limpieza o friegamos los platos.
Menea un plumero como si fuera un abanico. O como tú, una va por la noche
a pagarse el lujo de un desfile histórico en los aposentos de los señores.
CLARA. —Solange. ¡Otra vez! ¿Qué pretendes? ¿Crees que tus acusaciones
van a apaciguarnos? ¡De ti podría contar cosas peores!
SOLANGE. —¿¡Tú, tú!? Eres tú quien hablaste de este hombre. Clara, te odio.
CLARA. —Y te lo pago con creces. Pero no iré a buscar el pretexto de un
lechero para amenazarte.
SOLANGE. —De las dos, ¿quién es la que amenaza? ¿Dime?
CLARA. —. Eres tú quien te echas para atrás, Solange. No te atreves a
acusarme de lo más grave. De mis cartas a la policía. La buhardilla quedó
inundada bajo mis borradores... Páginas y páginas. Me inventé las peores
historias y las más bellas de las que sacabas [Link] yo lo
arriesgaba todo, arrodillándome en la alfombra para forzar la cerradura del
escritorio y crear una historia con materiales verdaderos, tú, ¡me
abandonabas! ¡Dispuesta a refugiarte de un salto en el fondo de la cocina a la
llegada de la señora!
SOLANGE. —Mientes, Clara. Estaba vigilando el corredor…
CLARA. —Es falso. ¡Poco faltó para que la señora me pillara in fraganti! Y tú
sin preocuparte de si me temblaban las manos al registrar los papeles o lo que
me pasara. Pero tranquilízate, te odio por otros motivos, ya los conoces.
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SOLANGE (bajando la voz). —No te temo. No pongo en duda tu odio, tu
doblez; pero ten mucho cuidado.
CLARA. — ¿Me amenazas?¿Crees que no te he descubierto? Intentaste matarle.
SOLANGE. —¿Me acusas?
CLARA. —No lo niegues. Te vi (Largo silencio.) y tuve miedo. Miedo,
Solange. Cuando hacemos la ceremonia, me protejo el cuello. Vas por mí, a
través de la señora. Soy yo quien corre un peligro. (Largo silencio.
SOLANGE se encoge de hombros.)
SOLANGE (resuelta). —Sí que lo intenté. ¡Quise salvarte! No lo podía resistir.
Me ahogaba al verte ahogar, pudriéndote en lo agrio y dulce de esta mujer.
Tienes razón, repróchamelo. Te quería demasiado. Hubieras sido la primera en
denunciarme si la hubiera matado. Tú me hubieras entregado a la policía.
CLARA (la agarra por las muñecas). —¡Solange!
SOLANGE (soltándose). —¿Qué temes? Se trata de mí.
CLARA. —Solange, hermanita mía. He hecho mal. Y ella va a volver.
SOLANGE. —No maté a nadie. Fui cobarde, ya lo ves. Hice lo que pude, pero
ella estaba dormida. Respiraba. Dulcemente. Bajo las sábanas. Era la señora.
CLARA. —Calla.
SOLANGE. —Todavía no. Quisiste saberlo. Espera, te voy a contar aún más
cosas. Sabrás cómo está hecha tu hermana. De qué está hecha. Lo que hace que
una sea criada: quise estrangularla...
CLARA. —. Piensa en lo que viene después.
SOLANGE. —No hay nada. Ya estoy harta de arrodillarme en los bancos de la
Iglesia hubiera tenido derecho al terciopelo encarnado de las abadesas, ¡Mira!
Mira lo bien que sufre ella, con qué elegancia sufre. El dolor la transforma, la
embellece aún más. Al enterarse que su querido era un ladrón, se encaró con
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la policía. Estaba en plena exaltación. ¿La has visto? Su pena centelleante por
el resplandor de sus joyas. Por el raso de sus vestidos, ¡por las arañas! Clara,
la belleza de mi crimen rescataría la pobreza de mi pena. Después hubiera
prendido fuego...
CLARA. —Tranquilízate, [Link] hubieran descubierto. Ya sabes lo que les
pasa a los incendiarios.
SOLANGE. —Lo sé todo. Pegué el ojo y el oído a la cerradura. Oí detrás de las
puertas, más que cualquier otra criada. Lo sé todo. ¡Incendiaria! Es un título
admirable.
CLARA. —Calla. Me ahogas. Me ahogo.
SOLANGE. Yo también me ahogo hace mucho tiempo. Pero ahora quiero
chillar mi verdad por todas partes.
CLARA. —Cállate.
SOLANGE. — Va a corrompernos con su dulzura. (Suena el teléfono. Las dos
hermanas siguen la conversación.)____ E3
CLARA (al teléfono). —¿El señor? ¡Es el señor!... Soy Clara, señor. (SOLANGE
quiere el auricular. CLARA la aparta.) Muy bien, avisaré a la señora. La señora
estará contenta de saber que el señor está en libertad... Sí, señor. Voy a
apuntarlo. El señor espera a la señora en el Boliche. Muy bien. Usted lo pase
bien, señor. (Quiere colgar, pero le tiembla la mano y pone el auricular sobre la
mesa.)
SOLANGE. —¿Está libre?
CLARA. —Le dejan en libertad condicionada.
SOLANGE. —Pero, entonces, todo se echa a perder.
CLARA (seca). —Ya lo ves.
SOLANGE. — Si el señor está libre querrá hacer preguntas. Registrará la casa
para descubrir a la culpable. ¿Te das cuenta de la gravedad de la situación?.
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CLARA. —Hice lo que pude pese al riesgo y el peligro.
SOLANGE. —Buena la has hecho. Enhorabuena. Tus denuncias, tus cartas,
todo sale a las mil maravillas. ¿Y si reconocen tu letra, ? ¿Y por qué va
primero al Boliche en vez de venir aquí? ¿Puedes explicarlo?
CLARA. —Ya que eres tan buena tú tampoco pudiste lograr tu propósito con la
señora. Tuviste miedo. Ahora nos toca seguir con esta vida, volver a nuestro
papel.
SOLANGE. —Desgraciada. Estoy segura de que hemos dejado huellas. Por tu
culpa. Siempre dejamos. Veo grandes cantidades de huellas que nunca podré
borrar. Y ella lo sabrá todo. Se enterará de que nos poníamos sus vestidos,
Todo va a hablar, Clara. Todo nos acusará.
CLARA. —Todo se echará a perder porque no tuviste fuerza para...
SOLANGE. —Para...
CLARA. —Matarla.
SOLANGE. —Aún puedo encontrar la fuerza necesaria.
CLARA. —¿Dónde? ¿Dónde? No estás tan alejada como yo. Un lechero se
presenta a tu mente y te trastorna.
SOLANGE. —Fue por no ver su cara, Clara. Por haber estado de repente tan
cerca de la señora, porque estaba cerca de su sueño. Iba perdiendo las fuerzas.
Había que quitar la sábana que su pecho levantaba, para dar con su garganta.
CLARA (irónica). —Y las sábanas estaban tibias. La noche, oscura. Esas cosas
se hacen en pleno día. Eres incapaz de cometer un acto tan terrible. Pero yo
puedo conseguirlo. Soy capaz de todo, lo sabes.
SOLANGE. —¿Veneno?
CLARA. —Eso es. Soy fuerte, intentaste dominarme...
SOLANGE. —Pero, Clara...
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CLARA (con calma). — Estoy preparada. Estoy harta. Harta de ser la araña, la
funda del paraguas, la monja siniestra, ¡sin dios y sin familia! Estoy harta de
tener un horno en vez de altar. Soy la orgullosa, la podrida. Ante tus ojos
también.
SOLANGE (coge a CLARA de los hombros). —Clara... Estamos nerviosas. La
señora no llega. Yo también estoy que no puedo más. Yo también estoy hasta
la coronilla de nuestro parecido, de mis manos, de mis medias negras, de mi
pelo. No te hago ningún reproche, hermanita mía. Tus paseos te aliviaban...
CLARA (molesta). —¡Corta!
SOLANGE. —Quisiera ayudarte. Quisiera consolarte, pero sé que te doy asco.
Te repugno. Y lo sé porque tú me das asco. Quererse en la esclavitud no es
quererse.
CLARA. —Es quererse demasiado. Pero estoy harta de este espejo atroz, que
devuelve mi imagen como un mal olor. Eres mi mal olor. Pues ya está bien,
estoy preparada. Tendré mi corona. Podré pasearme por los aposentos.
SOLANGE. —Pensar que no podemos matarla por tan poca cosa.
CLARA. —¿De verdad? ¿No es bastante? ¿Por qué, dime? Porque otro motivo,
¿dónde y cuándo encontraríamos mejor pretexto? ¿No es bastante? Esta noche,
la señora asistirá a nuestra confusión. ¡Riéndose a carcajadas, riéndose entre
lágrimas, entre densos suspiros! No, tendré mi corona. Seré esa envenenadora
que no supiste ser. Ahora me toca a mí dominarte.
SOLANGE. —Pero nunca...
CLARA. —Dame la toalla, dame las pinzas, pela las cebollas, raspa las
zanahorias, lava los cristales, se acabó. Olvidaba: cierra el grifo, se acaba.
Tendré el mundo a mi disposición.
SOLANGE. —Hermanita mía.
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CLARA. —Me ayudarás.
SOLANGE. — Pero Clara las cosas son más graves.
CLARA. —Me ayudarás. Y si tengo que ir más lejos, Solange, si tengo que irme
a la cárcel, me acompañarás, subirás al barco. Solange, entre las dos seremos
esa eterna pareja del criminal y de la santa. Nos salvaremos, Solange, te lo
juro. (Se deja caer, sentándose, sobre la cama de la señora.)
SOLANGE. —Cálmate. Te voy a llevar arriba. Vas a dormir.
CLARA. —Déjame. Haz un poco de oscuridad. Haz un poco de oscuridad, por
favor. (SOLANGE apaga.)
SOLANGE. —Descansa, descansa, hermanita mía. (Se arrodilla, le quita los
zapatos a CLARA, le besa los pies.) Cálmate, cariño. (La acaricia.) Pon tus
pies, eso es. Cierra los ojos.
CLARA. —¡Tienes un pelo muy bonito! ¡Qué pelo tan bonito! El suyo...
SOLANGE. —Deja de hablar de ella. No hables, déjame que yo lo haga todo
Voy a adormecerte. Cuando duermas, te llevaré arriba, a la buhardilla, te
desnudaré y te meteré en tu cama turca. Duerme, estaré contigo.
CLARA. —Me da vergüenza, Solange.
SOLANGE. —Duérmete, estoy contigo, soy tu hermana (Silencio. Al cabo de
un momento CLARA se levanta.)
CLARA. —No. ¡No!, ¡ni un ápice de debilidad! ¡Enciende! ¡Enciende! Es
demasiado importante este momento. (SOLANGE enciende.) ¡De pie! Y
comamos. ¿Qué hay en la cocina? Dime. Hay que comer. Para ser fuerte. Ven
conmigo. Vas a darme consejos. ¿El veneno? /
SOLANGE. —Sí. El veneno ...
CLARA. —¡El venenol! No pongas esa cara. Hay que estar alegre y cantar.
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¡Cantemos! Hay que reírse. (Se ríen a carcajadas.) Si no, la tragedia hará que
nos escapemos volando por la ventana. Cierra la ventana. (Riéndose,
SOLANGE cierra la ventana.) El asesinato es una cosa. . . Inenarrable.
Cantemos. Nos la llevaremos a un bosque y bajo los abetos, al claro de luna,
la descuartizaremos. ¡Cantaremos! ¡La enterraremos bajo las flores y los
regaremos por la noche con una regaderita! (Se oye el timbre de la puerta de
entrada.)
SOLANGE. —Es ella. Es ella quien vuelve. (Coge a su hermana de las
muñecas.) Clara, ¿estás segura de no flaquear?
CLARA. —¿Cuánto hay que meter?
SOLANGE. —¡Echa diez! En su tila. Diez gotas. Pero no te atreverás.
CLARA (se suelta y va a arreglar la cama. SOLANGE la mira durante un
instante). —Llevo el frasco encima. Diez.
SOLANGE (muy de prisa). —Diez. Nueve no bastarían. Más, le harían vomitar.
Diez. Prepara una tila muy concentrada. ¿Me has comprendido?
CLARA (en un murmullo). —Sí.
SOLANGE (va a salir, pero cambia de parecer. Con naturalidad). —Muy
azucarada. _____ E4
(Sale por la izquierda. CLARA sigue arreglando la habitación y sale por la
derecha. Transcurren unos segundos. Entre bastidores se oye una carcajada
nerviosa. LA SEÑORA, cubierta de pieles, entra riéndose, seguida por
SOLANGE.)
LA SEÑORA. —¡Cada vez más! ¡Horribles espadañas de un color rosado
deprimente y mimoso! Esas locas estarán en el mercado central antes del
amanecer para comprar las más baratas. ¡Tanta solicitud, querida Solange,
para un ama indigna y tantas rosas para ella cuando al señor le tratan como a
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un criminal! ¡Porque, Solange, a tu hermana y a ti os voy a dar una nueva
prueba de confianza! Ya no tengo esperanza. Esta vez sí que el señor está en la
cárcel. (SOLANGE le quita el abrigo de pieles.) ¡Y encarcelado, Solange!
¡En- car-ce-la-do! ¿Qué me dices de esto? He aquí a tu ama complicada en el
asunto más sucio y más tonto. ¡El señor duerme sobre la paja y vosotras me
hacéis un altar!
SOLANGE. —La señora no tiene que abandonarse. Las cárceles ya no son
como en tiempos de la Revolución...
LA SEÑORA. —La paja húmeda de los calabozos ha pasado de moda. Lo sé.
Pero eso no impide que mi fantasía invente las peores torturas para el señor.
Las cárceles están atestadas de criminales peligrosos, ¡y el señor, que es la
misma delicadeza, tendrá que vivir con ellos! Me muero de vergüenza.
Mientras intenta explicar su crimen, yo avanzo, con el alma desesperada.
Estoy destrozada.
SOLANGE. —Sus manos están heladas.
LA SEÑORA. —Estoy destrozada. Cada vez que yo vuelva a casa mi corazón
latirá con esta terrible violencia y un día caeré redonda, muerta bajo vuestras
flores. Puesto que estáis preparando mi tumba, ¡puesto que desde hace unos
días vais acumulando en mi habitación flores fúnebres! Pasé mucho frío pero
no tendré la cara dura de quejarme por ello: Toda la "soirée" erré por los
corredores. Vi hombres helados, caras de mármol, cabezas de cera, pero pude
entrever al señor. Eso sí, muy de lejos. Con la punta de los dedos le hice una
seña. Apenas. Me sentía culpable y le vi desaparecer entre dos gendarmes.
SOLANGE. —¿Gendarmes? ¿Está segura la señora? Más bien serían guardias.
LA SEÑORA. —Sabes cosas que yo misma ignoro. Fueran guardias o
gendarmes, el caso es que se llevaron al señor. ¡Clara!
SOLANGE. —Está preparando la tila de la señora.
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LA SEÑORA. —¡Qué se dé prisa! Perdona, querida Solange. Perdóname. Me
da vergüenza pedir tila cuando el señor está solo sin alimento, sin tabaco, sin
nada. La gente no sabe a punto fijo lo que es una cárcel. Carecen de
imaginación. Yo tengo demasiada. Mi sensibilidad me hace sufrir. Atrozmente.
Tenéis suerte, Clara y tú, de estar solas en este mundo. ¡La humildad de vuestra
condición os ahorra muchas desgracias!
SOLANGE. —Pronto se darán cuenta de que el señor es inocente.
LA SEÑORA. —¡Lo es, lo es! Pero inocente o culpable, nunca le abandonaré.
He aquí cómo se reconoce el amor que una tiene por un ser: el señor no es
culpable, pero si lo fuera yo me haría su cómplice. Le acompañaría hasta la
Guayana, hasta Siberia. Sé que saldrá del apuro. El señor no es culpable, pero
si lo fuera, ¡con qué alegría aceptaría yo llevar su cruz! De etapa en etapa, de
cárcel en cárcel hasta la prisión para forzados. Le seguiría. A pie si fuera
necesario.¡Solange! ¡Quiero fumar! Un cigarro.
SOLANGE. —No se lo permitirían. Las esposas de los bandidos, o sus
hermanos, o sus madres, ni siquiera pueden seguirles.
LA SEÑORA. —Un bandido, qué manera de hablar, hija mía. Y qué
conocimientos. Un condenado ya no es un bandido. Además, yo infringiré las
órdenes. Y, Solange, seré capaz de todas las audacias, de todas las astucias.
SOLANGE. —La señora es valiente.
LA SEÑORA. —No me conoces aún. Hasta ahora tu hermana y tú habéis visto
una mujer rodeada de atenciones y de ternuras, preocupada por sus tisanas y
sus encajes, pero hace tiempo que acabo de abandonar mis manías. Soy fuerte.
Y estoy dispuesta a luchar.
SOLANGE. —No hay que apurarse. Quizá se trate de un asunto sin gravedad...
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LA SEÑORA. —Tartamudeas. El caso del señor es único. Se le acusa de robos
idiotas. ¿Estás satisfecha? ¡De robos! Idiotas, idiotas como las cartas de
denuncia que provocaron su arresto.
SOLANGE. —Convendría que la señora descansara.
LA SEÑORA. —No estoy cansada. Deje de tratarme como a una impedida. A
partir de hoy dejo de ser el ama que os permitía aconsejar y entretener su
pereza. Yo no soy la que merezco compasión. Vuestros gemidos me serían
insoportables. Vuestra amabilidad me fastidia. Me agobia. Vuestra amabilidad,
desde hace años no pudo llegar a ser nunca cariñosa. Y estas flores que están
aquí para celebrar lo contrario de una boda. Solo os faltaba encender la lumbre
para calentaros. ¿Podrá calentarse él en su celda?
SOLANGE. —No hay fuego, señora. Y si la señora quiere decir que carecemos
de discreción...
LA SEÑORA. —No he dicho nada parecido.
SOLANGE. —¿Desea la señora ver las cuentas del día?
LA SEÑORA. —¡Pues claro! ¡Eres inconsciente! ¿Crees que tengo la cabeza
para examinar cifras? Pero, vamos a ver, Solange, ¿me desprecias tanto como
para negarme toda delicadeza? Hablar de cifras, de números, de cuentas, de
recetas de cocina, de estofados y de cosas de baja estofa. Cuando tengo el
deseo de quedarme a solas con mi pena. Llama a los tenderos al mismo
tiempo.
SOLANGE. —Comprendemos el dolor de la señora.
LA SEÑORA. —No quiero poner colgaduras negras en casa, pero, en fin...
SOLANGE (guardando la capa de pieles). —Se ha roto el forro. Mañana lo
llevaré a la modista.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA. —Si quieres, aunque creo que no merece la pena. Ahora voy a
abandonar mis vestidos
SOLANGE. —Otra vez piensa en cosas tristes.
LA SEÑORA. — ¿Cómo podría pensar en mis vestidos y en mis pieles cuando
el señor está en la cárcel? Si el piso os parece demasiado triste...
SOLANGE. —Por favor, señora...
LA SEÑORA. —No tenéis ningún motivo de compartir mi desgracia; os lo
concedo.
SOLANGE. —No abandonaremos nunca a la señora. Con lo mucho que hizo la
señora por nosotras.
LA SEÑORA. —Lo sé, Solange. ¿Erais muy desdichadas?
SOLANGE. —Señora...
LA SEÑORA. —Con vosotras la vida me resultará menos triste. Nos iremos al
campo, tendréis las flores del jardín. Pero no os gustan los juegos. Sois
jóvenes, pero nunca reís. En el campo estaréis tranquilas. Os mimaré. Y más
tarde os dejaré todo lo que tengo. Además, ¿qué os falta? Tan solo con mis
antiguos trajes podríais ir vestidas como unas princesas. Y mis vestidos... (Se
dirige hacia el armario y examina sus vestidos.) ¿Para quién serían? Abandono
la vida elegante. ________E5
(CLARA entra con la tila.)
CLARA. —La tila está preparada.
LA SEÑORA. —Se acabaron los bailes, las fiestas, el teatro. Seréis vosotras las
que heredaréis todo esto.
CLARA (secamente). —Que la señora conserve sus vestidos.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA (sobrecogida). —¿Cómo?
CLARA (con calma). —Incluso la señora tendrá que encargar otros más bonitos.
LA SEÑORA. —¿Cómo podría ir al modistos? Se lo acabo de explicar a tu
hermana: el señor está en la cárcel. Sé que necesitaré un vestido negro para las
visitas al locutorio, pero de ahí...
CLARA. —La señora estará muy elegante, el mismo dolor le dará nuevos
pretextos.
LA SEÑORA. —¿Qué dices? Es probable que tengas razón. Seguiré vistiendo
bien para el señor. Pero en ese caso, ¿será necesario que invente el luto del
exilio del señor? Observaré un luto aún más suntuoso que el de su muerte.
Tendré nuevos vestidos y más bonitos. Y me ayudaréis llevando mis antiguos
vestidos.
CLARA. —Pero, señora...
SOLANGE. —La tila está preparada.
LA SEÑORA. —Déjala sobre la mesa. La beberé luego. Tendréis mis vestidos;
os lo doy todo.
CLARA. —Nunca podremos encontrar nadie parecido a la señora. Si la señora
supiera las precauciones que tomamos para arreglar sus vestidos. El armario
de la señora es para nosotras como la capilla de la virgen. Cuando lo
abrimos...
SOLANGE (secamente). —La tila va a enfriarse.
CLARA. — Apenas podemos mirar los vestidos. No tenemos derecho. El
armario de la señora es sagrado
.SOLANGE. —Estamos fatigando a la señora.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA. —Se acabó. (Acaricia el traje de terciopelo encarnado.) Mi
bonito "Fascinación", el más [Link], os lo doy. Te lo regalo, Clara. (Se
lo da a CLARA y busca en el armario.)
CLARA. —¡Oh! ¿La señora me lo da de verdad?
LA SEÑORA (con sonrisa melosa). —Claro, ¿no te lo estoy diciendo?
SOLANGE. —La señora es demasiado buena. (A CLARA.) Puede usted dar las
gracias a la señora. Hace mucho que lo admiraba.
CLARA. —Nunca me atreveré a ponérmelo. ¡Es tan bonito!
LA SEÑORA. —Podrás mandar que te lo retoquen. Tan solo en la cola hay
suficiente terciopelo para hacer unas mangas. Te abrigará mucho. Sabiendo
cómo sois, sé que necesitáis telas recias. Y a ti, Solange, ¿qué te puedo dar?
Te voy a dar... Toma mis zorros. (Los coge y los pone sobre la butaca en el
centro.)
CLARA. —Pero, ¡vamos! ¡El manto de la ceremonia!
LA SEÑORA. —¿Qué ceremonia?
SOLANGE. —Clara quería decir que la señora se lo solía poner solo en las
grandes ocasiones.
LA SEÑORA. —De ninguna manera. En fin, tenéis suerte de que se os regalen
vestidos. Yo, si quiero tener uno, tengo que comprarlo. Pero encargaré otros
más suntuosos para que el luto del señor sea llevado de una manera más
magnífica
CLARA. —¡Qué guapa es la señora!
LA SEÑORA. —No, no, no me deis las gracias. Da tanto gusto hacer felices a
los que están en torno a uno. Lo único en que pienso es en hacer el bien.
¿Quién puede ser lo bastante malo como para castigarme? Y castigarme, ¿por
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
qué? Me creía bien protegida de la vida. Defendida por vuestra fidelidad. Y
también defendida por el señor. ¿Solange?
SOLANGE (saludando a su hermana). —Diga, señora.
LA SEÑORA (asomándose). —¿Cómo? ¡Estás haciendo reverencias a Clara!
Qué gracia tiene. Esto si que no lo esperaba.
CLARA. —La tila, señora.
LA SEÑORA. —. ¿Quién pudo haber mandado esas cartas? Desde luego, no
tenéis ni idea. Quiero que se analice la letra y que se sepa quién ha podido
urdir tal conspiración. El teléfono..., ¿quién ha descolgado otra vez el teléfono
y por qué? ¿Han llamado?
(Silencio.)
CLARA. —Fui yo. Fue cuando el señor...
LA SEÑORA. —El señor. ¿Qué señor? (CLARA se calla.) Hable.
SOLANGE. —Cuando llamó el señor.
LA SEÑORA. —¿Qué dices? ¿Desde la cárcel? ¿El señor ha llamado desde la
cárcel?
CLARA. —Queríamos darle una sorpresa a la señora.
SOLANGE. —El señor está en libertad condicional
CLARA. —Espera a la señora en el Boliche.
LA SEÑORA (levantándose). —Y no me decís nada. Solange, venga, venga un
coche, pero date prisa. Corre, vamos. (Empuja a SOLANGE fuera de la
habitación.) Mis pieles. Venga, date prisa. Estáis locas. O me estoy volviendo
loca yo. (Se pone el abrigo de pieles. A CLARA.) ¿Cuándo llamó? _____ E6
CLARA (con voz cadavérica). —Cinco minutos antes de que volviera la señora.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA. —Tenían que habérmelo dicho. Y la tila ya está fría. Nunca
podré esperar a que vuelva Solange. Pero, ¿qué dijo?
CLARA. —Lo que acabo de decirle.
LA SEÑORA. — ¿Y qué más?
CLARA. —Nada más. Ha dicho que el juez le dejaba en libertad.
LA SEÑORA. —¿Cómo se puede salir del palacio de Justicia a las doce de la
noche? ¿Trabajan tan tarde los jueces?Podría darse prisa. (Larga pausa.) No te
olvidarás que cosan el forro de mi abrigo.
CLARA. —Mañana lo llevaré a arreglar.
(Larga pausa.)
LA SEÑORA. —¿Y las cuentas del día? Me da tiempo. Enséñamelas.
CLARA. —Es Solange quien se encarga de eso.
LA SEÑORA. —Es verdad. Además, tengo la cabeza trastornada. Las miraré
mañana. (Mirando a CLARA.) Venga, acércate, acércate. Pero si te has
pintado. (Riéndose.) ¿Te pintas?
CLARA (muy molesta). —¡Señora!
LA SEÑORA. —No mientas. Haces muy bien. Tienes que vivir, hija mía, tienes
que vivir. Y eso, ¿a santo de qué? Confiésalo.
CLARA. —Me puse un poco de polvo.
LA SEÑORA. —No son polvos. Es colorete. Es el "cenizas de rosa", un antiguo
colorete del que ya no me sirvo. Tienes razón, eres joven. Embellécete, hija
mía. Arréglate. (Le pone una flor en el pelo. Consulta su reloj de pulsera.)
¿Qué estará haciendo? Son las doce y no vuelve.
CLARA. —Hay pocos taxis. Habrá tenido que ir corriendo hasta la parada de
taxis.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA. —¿Tú crees? No me doy cuenta del tiempo que necesita. La
felicidad me trastorna. ¡Mira que telefonear el señor que está libre y a estas
horas!
CLARA. —La señora haría bien en sentarse. Voy a calentar otra vez la tila.
(Se prepara para salir.)
LA SEÑORA. —No quiero tila. Esta noche vamos beber champagne.
CLARA. —De verdad, un poco de tila...
LA SEÑORA (riéndose). —Ya estoy demasiado nerviosa.
CLARA. —Precisamente.
LA SEÑORA. —Sobre todo, no nos esperéis Solange y tú. Subid a dormir
inmediatamente. (De repente se mira en el espejo.) Pero ese despertador,
¿qué pinta aquí? ¿De dónde viene?
CLARA (muy molesta). —El despertador es el despertador de la cocina.
LA SEÑORA. —¿Eso?, nunca lo he visto.
CLARA (coge el despertador). —Está sobre el estante. Está siempre en el
estante.
LA SEÑORA. —Es verdad que la cocina no me es demasiado familiar. Estáis en
ella como en vuestra casa. Es vuestro dominio. Sois las dos soberanas de él.
Me pregunto por qué lo habéis traído aquí.
CLARA. —Es Solange para hacer la limpieza. No se atreve a fiarse del reloj de
pared.
LA SEÑORA (sonriéndose). —Es la puntualidad encarnada. Me sirven las
criadas más fieles.
CLARA. —Adoramos a la señora.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA (dirigiéndose a la ventana). —Y con razón. ¿Qué dejé de hacer
por vosotras? (Sale.)
CLARA (sola, amargada). —La señora nos ha vestido como unas princesas, la
señora ha cuidado a Clara o a Solange, puesto que la señora nos confundía
siempre; la señora nos envolvía en su bondad. La señora nos permitía vivir
juntas a mi hermana y a mí. Nos daba las chucherías que ya no le servían.
Tolera que el domingo vayamos a misa y nos coloquemos en un reclinatorio
cerca del suyo.
LA SEÑORA. —Oye, oye.
CLARA. —Acepta el agua bendita que le presentamos. Y a veces con la punta de
su guante nos la ofrece ella misma.
LA SEÑORA. —El taxi que llega. ¡Vamos! ¿Qué dices?
CLARA (muy fuerte). —Estoy recitando para mí las bondades de la señora.
LA SEÑORA (entra de nuevo sonriendo). —Qué de honores, qué de honores y
de descuido. (Pasa la mano por el mueble.) Los cargáis de rosas, pero no
quitáis el polvo de los muebles.
CLARA. —¿La señora no está satisfecha del servicio?
LA SEÑORA. —Estoy encantadísima, Clara, y me voy.
CLARA. —La señora tomará un poco de tila, incluso si está fría.
LA SEÑORA (riéndose e inclinándose hacia ella). —Quieres matarme con tu
tila, tus rosas, tus consejos. Esta noche...
CLARA (implorando). —Un poco tan solo.
LA SEÑORA. —Esta noche beberé champagne. (Va hacia la bandeja de la tila.
CLARA avanza de nuevo, lentamente, hacia la tila.) ¡Tila! Servida en el servicio
de gala. ¿Y por qué tanta pompa?
CLARA. —¡Señora!
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
LA SEÑORA. —Quite esas flores, lléveselas a su habitación y descanse. (Se
vuelve como para salir.) El señor está libre, Clara. El señor está libre y voy a
juntarme con él.
CLARA. —Señora...
LA SEÑORA. —La señora se escapa. Huye de vosotras. Quite esas flores de mi
vista.
(Se oye un portazo después de que sale.)____ E7
CLARA (que ha quedado sola). —Porque la señora es buena, la señora es
guapa, la señora es dulce. Pero no somos unas ingratas. Y todas las noches en
nuestras buhardillas, como lo ordena claramente la señora, rezamos por ella.
Nunca levantamos la voz. Y en su presencia ni siquiera nos atrevemos a
tutearnos. ¡Así es como la señora nos mata con su dulzura! Con su bondad la
señora nos envenena. Porque, ¡la señora es buena, la señora es guapa, la señora
es dulce! Nos permite tomar un baño todos los domingos en su propia bañera.
Nos inunda de flores marchitas. La señora nos habla del señor hasta darnos
celos. Porque, ¡la señora es buena, la señora es guapa, la señora es dulce!
SOLANGE. —¿No ha bebido? Naturalmente, era de esperar; lo has hecho
estupendamente.
CLARA. —Me hubiera gustado verte en mi caso.
SOLANGE. —Y te reías de mí. La señora se escapa. La señora se nos escapa.
Clara, ¿cómo pudiste dejar que huyera? Va a volver a ver al señor, y lo
comprenderá todo. Estamos perdidas.
CLARA. —No te ensañes. Eché el veneno en la tila. No quiso beberla...
¿tendré yo la culpa?...
SOLANGE. —Como siempre.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
CLARA. —...tu lengua estaba impaciente de anunciar la salida del señor de la
cárcel.
SOLANGE. —La frase empezó en tu propia boca...
CLARA. —Se acabó en la tuya.
SOLANGE. —Hice lo que pude. Quise retener las palabras... No intercambies
las acusaciones. Te di todo el tiempo necesario para prepararlo todo, bajé por
la escalera lo más despacio que pude. Me metí por las calles más solitarias,
encontraba taxis a manadas, no podía ya evitarlos y mientras tú lo echabas
todo a perder. No hay más remedio que huir. Larguémonos.
CLARA. —Todas las astucias eran inútiles. Estamos malditas.
SOLANGE. —Maldita tú. Otra vez vas a hacer tonterías.
CLARA. —Sabes a qué me refiero. Sabes que nos traicionan los objetos.
SOLANGE. —¿Crees que los objetos nos hacen caso?
CLARA. —Es lo único que hacen. Nos traicionan. Nos acusan. Los he visto a
punto de revelárselo todo a la señora. Después del teléfono les tocó a nuestros
labios traicionarnos. Tú no asististe como yo a todos los descubrimientos de la
señora. Porque la vi que avanzaba con seguridad hacia la revelación. No
adivinó nada, pero "se quemaba".
SOLANGE. —La dejaste que se fuera.
CLARA. —He visto a la señora, Solange. La he visto cuando descubrió el
despertador de la cocina que se nos olvidó poner en su sitio. Cuando descubrió
los polvos en la coqueta. Cuando descubrió el colorete mal borrado de mis
mejillas. No cesaba de descubrirnos. Estaba sola para aguantar todos esos
choques, para vernos caer.
SOLANGE. —Hay que huir.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
CLARA. —Marcharnos, ¿adónde? Unirnos, ¿con quién? No tendré fuerzas para
llevar una maleta.
SOLANGE. —Vámonos. Vamos a cualquier sitio. Con cualquier cosa.
CLARA. —¿Adónde iríamos? ¿Qué haríamos para vivir? Somos pobres.
SOLANGE (mirando en torno suyo). —Clara, llevémonos... llevémonos...
CLARA. —¿El dinero? No lo consentiría. No somos ladronas. La policía nos
pescaría enseguida. Y el mismo dinero nos denunciaría. Solange. El menor
error puede entregarnos a la policía.
SOLANGE. —¡A la mierda! ¡Que todo vaya a la mierda! Tendremos que
encontrar el modo de huir.
CLARA. —Hemos perdido... es demasiado tarde.
SOLANGE. —¿No crees que vamos a seguir así? Acongojadas. Volverán
mañana los dos. Se habrán enterado de dónde procedían las cartas. Se habrán
enterado de todo. De todo. No viste tú cómo ella centelleaba. Su manera de
andar en la escalera. Su manera de andar triunfante. Su felicidad atroz. Toda su
alegría estará hecha de nuestra vergüenza. Su triunfo es nuestra vergüenza. Su
vestido es nuestra vergüenza. Sus pieles... ¡Vaya!, ha vuelto a coger las pieles.
CLARA. —Estoy tan cansada.
SOLANGE. —Es el momento oportuno para que usted se queje. Su delicadeza
se deja ver en el momento preciso.
CLARA. —Demasiado cansada.
SOLANGE. —Es evidente que las criadas son culpables si la señora es inocente.
Es tan sencillo ser inocente, señora. Pero si yo me hubiera encargado a mí
misma su ejecución, juro que la hubiera llevado a cabo.
CLARA. —Pero, Solange...
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
SOLANGE. —A cabo. ¡Esa tila envenenada! Esa tila que usted se atrevía a
rechazar, yo le hubiera abierto las mandíbulas para obligarle a tragársela.
Negárseme a morir. Usted. Cuando estaba dispuesta a pedírselo de rodillas, con
las manos juntas, besando su vestido.
CLARA. —No era tan fácil, rematarla.
SOLANGE. —¿Cree usted? Yo hubiera logrado hacerle a usted la vida
imposible. De todos modos la vida se le hubiera hecho intolerable.
CLARA. —Clara o Solange, me está usted irritando, porque las confundo. Clara
o Solange, me está usted irritando y me incita a la cólera. Porque le acuso a
usted de todas las desgracias.
SOLANGE. —Atrévase a repetirlo. ______E8
CLARA. —Le acuso de ser culpable del más espantoso de los crímenes.
¡Quería insultarme! ¡No se moleste! Escúpame en plena cara. Cúbrame de lodo
de basura.
SOLANGE. —¡Es usted muy guapa!
CLARA. —Empieza con los insultos.
SOLANGE. —¡Es usted muy guapa!
CLARA. —¡Adelante! Déjese de preludios. Vaya a los insultos.
SOLANGE. —Usted me deslumbra. No lo haré nunca.
CLARA. —He dicho que comiencen los insultos. No esperará usted que después
de haberme puesto este vestido, voy a oír celebrar mi belleza. ¡Cúbrame de
odio! ¡De insultos! ¡De esputos!
SOLANGE. —Ayúdeme.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
CLARA. —Odio a los criados. Odio su casta odiosa y ruin. Los criados no
pertenecen a la humanidad, son de otra especie. Son una exhalación que se
estanca en nuestras habitaciones, que nos cala, que nos entra por la boca, que nos
corrompe. De verla, me entran ganas de vomitar. (SOLANGE hace un
movimiento para ir a la ventana.) Quédate aquí.
SOLANGE. —Siga, siga.
CLARA. —Vuestras jetas de espanto y de remordimientos, vuestros codos
arrugados, vuestras blusas pasadas de moda, vuestros cuerpos hechos para
llevar nuestra ropa usada. Sois nuestros espejos de feria. Nuestra válvula de
escape, nuestra vergüenza, nuestras heces.
SOLANGE. —Siga, siga.
CLARA. —Estoy al borde. No puedo más Solange. Date prisa, por favor. Sois...
sois... Dios mío, estoy vacía, no encuentro nada más. Se me han agotado los
insultos.
SOLANGE. — ¡Siga, Siga! Déjeme que salga. Vamos a hablar al mundo.
CLARA. —¡Solange! ¡Solange! Quédate conmigo. Vuelve.
SOLANGE. —He alcanzado el nivel. La señora tiene a su favor su canto de
tórtola, su querido, su lechero.
CLARA. —Solange...
SOLANGE. —Silencio. Su lechero mañanero, su mensajero del alba, su
campaneo delicioso, su dueño pálido y encantador. Ya se acabaron. Todos
preparados para el baile.
CLARA. —¿Qué haces?
SOLANGE (solemne). —Interrumpo el curso. ¡De rodillas!
CLARA.—Solange…
SOLANGE.—¡De rodillas!
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
CLARA. —¡Exageras!
SOLANGE. —¡De rodillas!; por fin sé cuál es mi destino.
CLARA. —Me está matando.
SOLANGE (dirigiéndose hacia CLARA). —Eso espero. Mi desesperación me
hace indómita. Soy capaz de todo. ¡Estábamos malditas!
CLARA. —Cállate.
SOLANGE. —No tendrá que ir hasta el crimen.
CLARA. —¡Solange!
SOLANGE. —No se mueva. Que la señora me escucha. Usted dejó que ella se
escapara. ¡Usted!. Ahora está bebiendo champagne. ¡No se mueva! ¡No se
mueva! La muerte está presente y nos acecha.
CLARA. —Déjame salir.
SOLANGE. —No se mueva. Quizá vaya a descubrir con usted el medio más
sencillo y el valor, señora, de liberar a mi hermana y al mismo tiempo
llevarme a mí misma a la muerte.
CLARA. —¿Qué vas a hacer? ¿Dónde vamos a ir a parar con todo esto?
SOLANGE. —Por favor, Clara, contéstame.
CLARA. —Solange, dejemos el asunto. Estoy que no puedo más, déjame.
SOLANGE. — La ceremonia debe llegar a su final. Yo seguiré sola, sola,
querida. (Avanzando hacia CLARA.) Y esta vez, quiero terminar de una vez
con una chica tan cobarde.
CLARA. —Solange, Solange. ¡Socorro!
SOLANGE. —Chille, si quiere. Dé el último grito, señora, si lo desea. (Empuja
a CLARA, que se queda acurrucada en un rincón.) Por fin. La señora ha
muerto. Tendida en el linóleo. . . Estrangulada con los guantes de fregar la loza.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
La señora puede llamarme señorita Solange Lemercier.... No, señor inspector,
no. No sabrá usted nada de mi faena, nada de nuestra faena común. Nada sobre
nuestra colaboración en ese crimen... Los vestidos, la señora puede guardarlos.
Mi hermana y yo teníamos los nuestros. Los que nos poníamos de noche en
secreto. Ahora tengo mi vestido. Llevo el traje rojo de las criminales. Podría
hablarle con crueldad, pero quiero ser buena. He servido. Hice los gestos
necesarios para servir. Sonreí a la señora. Me incliné para hacer la cama. Me
incliné para fregar los baldosines, Pero ahora me quedo tiesa. Y recia. Soy la
estranguladora. La señorita Solange, la que estranguló a su hermana. Esta vez,
Solange fue hasta el final. Clara, pobrecita. La llevarán en procesión todas las
criadas del barrio, todos los criados que la han acompañado a su última
morada. ¡Cuántas flores! Le han hecho un bonito entierro, ¿verdad? Ahora
somos las señoritas Solange Lemercier. La acusada Lemercier. La Lemercier.
La famosa criminal. (Cansada.) Clara, estamos perdidas. _____ E9
CLARA (lánguida, voz de la señora). —Cierre las ventanas y corra las cortinas.
Está bien.
SOLANGE. —Es demasiado tarde, todos están acostados. No sigamos.
CLARA (con la mano le indica que se debe callar). —Clara, usted me servirá
tila.
SOLANGE. —Pero...
CLARA. —He pedido mi tila.
SOLANGE. —Estamos muertas de cansancio. Hay que cortar. (Se sienta en
la butaca.)
CLARA. —¡Ni hablar! ¿Cree usted, jovencita, que va a salvarse tan fácilmente?
Sería demasiado sencillo conspirar con el viento. Hacer de la noche su
cómplice.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
SOLANGE. —Pero...
CLARA. —No discutas. A mí me toca disponer de estos últimos minutos.
Solange, conservarás en ti mi recuerdo.
SOLANGE. —No, no, estás loca. ¡Vamos a irnos! Venga, de prisa, Clara. No
permanezcamos aquí ni un minuto más. La casa está envenenada.
CLARA. —Quédate.
SOLANGE. —Clara, ¿es que no ves qué débil estoy, qué pálida?
CLARA. —Eres muy cobarde, obedéceme. Estamos en la misma orilla,
Solange; iremos hasta el final. Quedarás tú sola para asumir nuestras dos
existencias. Necesitarás mucha fuerza. Nadie se enterará entre los forzados que
te acompaño secretamente. Y sobre todo, cuando te condenen, no te olvides de
que llevas en ti mi recuerdo. Con todas las precauciones. Seremos guapas,
libres y alegres. Solange, no tenemos ni un minuto que perder. Repite
conmigo...
SOLANGE. —Habla, pero en voz baja.
CLARA (como un autómata). —La señora tendrá que tomar su tila.
SOLANGE (duramente). —No, no quiero.
CLARA (agarrándola por la muñeca). —Zorra, repite. La señora tendrá que
tomar su tila.
SOLANGE. —La señora tendrá que tomar su tila...
CLARA. —Porque tiene que dormir..
SOLANGE. —Porque tiene que dormir...
CLARA. —Y me quedaré velándola.
SOLANGE. —Y me quedaré velándola.
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LAS CRIADAS- ADAPTACIÓN ANDREA HERNÁNDEZ
CLARA (se tumba en la cama de la señora). —Repito. No me interrumpas más.
¿Me oyes? ¿Me obedeces? (SOLANGE asiente con la cabeza.) ¡Repito!, ¡mi
tila!
SOLANGE (vacilando). —Pero...
CLARA. —He dicho, ¡mi tila!
SOLANGE.—Pero, señora...
CLARA. —Eso es, sigue.
SOLANGE. —Pero, señora, está fría.
CLARA. —Sin embargo, la beberé. Dámela. (SOLANGE trae la bandeja.) Y la
has servido en la taza más preciosa... (Coge la taza y bebe, mientras
SOLANGE, frente al público, permanece inmóvil, cruzadas las manos como
si llevara esposas.)
TELÓN
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