Fundamentos de la Justificación Cristiana
Fundamentos de la Justificación Cristiana
CRISTIANA REDIMIDOS
NIVEL EL DISCIPULO
Modulo: Fundamentos I Clase 1: Propósito de la cruz
Evaluación
Introducción
En esta clase explicaremos por qué Jesús tuvo que morir y qué logró con Su muerte por nosotros como nuestro Salvador
y Señor. Después de establecer el contexto bíblico.
Tratar de captar todo lo que nuestro Señor Jesucristo logró en Su gloriosa obra no es fácil debido a sus múltiples aspectos.
No obstante, si bien es peligroso priorizar un solo aspecto de la obra de nuestro Señor, la Escritura enfatiza la centralidad
del oficio sacerdotal de Cristo y Su muerte sacrificial por nuestros pecados
§ Mateo 1:21
§ 1 corintios 15:3-4).
Para poder apreciar la justificación, es importante comenzar con el único Dios vivo y verdadero: el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo. Este Dios trino es el estándar moral por excelencia. Incluso el faraón reconoció que el Señor es justo
§ Éxodo 9:27;
§ Salmos 119:137).
Ese estándar absoluto de lo que es justo se expresa en la ley mosaica, particularmente resumida en los Diez Mandamientos
y en la ley del amor. También se manifiesta de forma maravillosa en el carácter y la vida de Jesús el Mesías, que fue tentado
en todo como nosotros, pero permaneció sin pecado.
II. Seres humanos: Culpables, condenados e indefensos
Los seres humanos, creados a imagen y semejanza de Dios y responsables ante Él, no están a la altura de ese estándar
supremo de justicia. La valoración que Dios hace de la condición humana es indiscutible: nadie es bueno ni justo. Incluso
los mejores esfuerzos de las personas son considerados como trapos de inmundicia.
La ley de Dios nos condena y, ante la presencia de Cristo, solo nos queda reconocer nuestra pecaminosidad, Nadie puede
mantenerse en pie ante Dios (Salmos 130:3). ¿Cómo puede entonces una persona estar bien con Dios? Podemos poner
todo nuestro esfuerzo, plantear todas las excusas posibles o vivir con la esperanza de que Dios vea con buenos ojos
nuestras acciones virtuosas y pase por alto las malas, pero todo sería inútil.
Toda la humanidad está condenada. La desobediencia a la voluntad de Dios conduce a una sentencia de muerte. El juez
justo de toda la tierra está perfectamente justificado al declarar dignos de condenación eterna a pecadores culpables.
Hasta aquí surge una pregunta ¿Cómo entonces puede ser una persona justa delante de Dios?
Job planteó la siguiente pregunta a sus amigos: «Pero ¿cómo puede un hombre ser justo delante de Dios?» (Job 9:2).
Sin embargo, en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos, Jesús dejó claro que era posible que Dios
justificara a las personas pecadoras (Lucas 18:9-14).
Pero ¿cómo puede la humanidad pecadora ser justificada por el Dios que juzga con justicia? La Biblia indica cuán
inaceptable es que alguien justifique a personas rebeldes e impías: «El que justifica al impío y el que condena al justo,
ambos son igualmente abominación al Señor» (Proverbios 17:15; cp. 24:23-24). Dios mismo afirma que no absolverá
al culpable y pide a los jueces que actúen con justicia absolviendo al justo y condenando al que no lo es (Éxodo 23:7;
Deuteronomio 25:1). Pese a esto, Pablo declara que ese mismo Dios justifica a los impíos (Romanos 4:5). En la
justificación de los pecadores, Dios hace lo que es humanamente imposible. Ha proporcionado un camino justo para
declarar justos ante Sus ojos a pecadores sin dejar de ser meticulosamente consecuente y fiel a Su propio carácter
justo (Romanos 1:16-17; 3:21-26).
La buena noticia de Dios trata sobre Su Hijo, que se convirtió en el hombre Jesús, el Mesías, en cumplimiento de las
promesas del Antiguo Testamento (Romanos 1:1-3). Jesús es la respuesta de Dios al problema de la humanidad. El
Hijo tomó la naturaleza humana para rescatar a los seres humanos al convertirse en el representante y el sacrificio
sustitutorio de Su pueblo. Así como Adán fue el representante original de la humanidad y todos están unidos a él en
su pecado, condena y muerte (Hechos 17:26; Romanos 5:12-21; 1 Corintios 15:21-22), Cristo —como último Adán—
es el representante de los que le pertenecen. Sin embargo, a diferencia de Adán, también es sustituto de los Suyos.
Como consecuencia de Su vida obediente que resultó en Su muerte expiatoria y resurrección, Jesús recibe el nombre
de «Señor» (Isaías 45:21-25; Filipenses 2:6-11), habiendo obtenido la victoria sobre los poderes y autoridades
(Colosenses 2:15). Pero también tiene el nombre de «Salvador», como implica Su nombre terrenal «Jesús» (Mateo
1:21; Isaías 45:15, 21-22; Lucas 2:11; Hechos 5:31; Tito 2:13). Los cristianos no solo confiesan que Jesús es el Señor,
sino que, con los samaritanos, testifican que es el Salvador del mundo (Juan 4:42; cp. 1 Juan 4:14). La justificación de
los pecadores es uno de los componentes clave de la actividad salvadora de Dios en Cristo.
IV. La justificación: Un elemento central de la buena noticia sobre Jesús
En contra de algunas enseñanzas recientes, la justificación se encuentra en el corazón mismo del mensaje cristiano,
ya que presenta una esperanza real a los seres humanos culpables y rebeldes que no merecen nada más que la ira de
Dios caiga sobre ellos. El evangelio de la gracia justificadora de Dios proclama que las personas pecadoras que ponen
su confianza en Jesucristo son perdonadas de todos sus pecados, reciben una condición legal favorable ante Dios y
ya no están bajo condenación.
La justificación nunca debe considerarse sin referencia a la unión del creyente con Cristo. La persona justificada se
encuentra «en Cristo» (Filipenses 3:8-9). Desde el llamamiento eficaz hasta la glorificación, la unión con Cristo es
fundamental para la salvación total del creyente, y la justificación es uno de los elementos cruciales y nunca debe
aislarse del resto (Romanos 8:30).
Es un mensaje liberador para los que están agobiados por una carga de culpa y desesperación por su estado
pecaminoso (Mateo 11:28). Cuando surgen dudas y temores, y hay acusaciones, el cristiano puede recordar:
«¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (Romanos 8:33-34).
Tenemos la bendición de saber que no tenemos que luchar por la aprobación y la aceptación.
Esta enseñanza bíblica da toda la gloria a Dios y lleva al pecador justificado al asombro, el amor y la alabanza
Y YO LES DOY VIDA ETERNA; Y NO PERECERÁN JAMÁS, NI NADIE LAS ARREBATARÁ DE MI MANO. MI PADRE QUE ME LAS DIO, ES MAYOR QUE TODOS, Y NADIE
LAS PUEDE ARREBATAR DE LA MANO DE MI PADRE. YO Y EL PADRE UNO SOMOS. JUAN 10:27
ESCUELA DE FORMACION CRISTIANA REDIMIDOS
IGLESIA REDIMIDOS POR JESUCRISTO
ESCUELA@[Link] | ANTOFAGASTA, CL.
NIVEL EL DISCIPULO
Modulo: Fundamentos I Clase 2: La oración
Evaluación
Introducción
Una de las actividades más comunes de la vida cristiana es la oración. Los verdaderos cristianos oran. De ese modo
se comunican con Su Padre celestial, le dan gracias por Sus bendiciones, piden por el avance del reino, por la Iglesia,
por dificultades propias y ajenas. La oración es a la vida cristiana lo que la respiración a la vida física.
I. ¿Qué es la oración?
La oración es derramar nuestros corazones a Dios en alabanza, petición, confesión de pecado y agradecimiento.
Salmos 62:8: “Confía siempre en Él, pueblo mío; ábrele tu corazón cuando estés ante Él. ¡Dios es nuestro refugio!”
La única forma de andar en el Espíritu es por medio de la oración. Es la única manera de caminar por fe. En otras palabras,
la oración es el aliento diario de la vida cristiana. Es un estilo de vida.
La oración siempre es trabajo arduo. Algunas veces, incluso tenemos que luchar para orar. “Cuando vienen esas horas
del día en las que deberíamos estar teniendo nuestro tiempo de oración con Dios, con frecuencia parece como si todo
conspirara para impedirlo”. A menudo luchamos solo para concentrarnos cuando estamos orando. “Tus
pensamientos se mueven entre Dios y las muchas diferentes obligaciones que te esperan”. Si bien Dios puede y
concede tiempos de paz y tranquilidad, ningún cristiano supera la necesidad de luchar y perseverar en la oración.
Dios puede hablarnos directamente, esto es cierto y ha pasado muchas veces a lo largo de las escrituras, pero es un
punto que fácilmente lleva al error, si no somos instruidos en la palabra de Dios, podríamos ser engañados por
experiencias subjetivas, como paso en el caso del Movimiento de los Santos de los Últimos Días.
Buscar experiencias en nuestra oración, sin conocer las escrituras es un error mayúsculo.
Sin embargo, ninguna de estas formas de oración debe preferirse a cualquier otra. No deberíamos pensar que algunas
de ellas son niveles inferiores que preparan el camino para otras, de niveles superiores. En realidad, cada una de las
formas es necesaria para las otras. Son interactivas y se estimulan entre sí.
Comprender la grandeza de Dios nos lleva a:
§ una nueva comprensión de nuestra pecaminosidad.
§ un reconocimiento más profundo y el arrepentimiento del pecado nos llevan a asombrarnos con gratitud por
la gracia de Dios. “… si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados” (Lucas
7:47).
Mientras más miremos el poder de Dios, más dependeremos de Él para nuestras necesidades. Todas las formas de
oración a Dios deberían estar presentes, ser interactivas y balanceadas.
Nuestro Padre lo sabe todo y sus “caminos y pensamientos” son más altos que los nuestros (Isaías. 55:9). Entonces,
la oración está centrada en quién es Dios y en su perfecto plan para nosotros. La voluntad de Dios es buena, aceptable,
y perfecta (Romanos. 12:2). Por eso podemos descansar en que Él sabe lo que es mejor para nosotros.
Nadie está exento de las dificultades en la vida de fe. Pero en ocasiones, estamos tan enfocados en resolver los
problemas que hacemos de esto una meta en nuestras oraciones. Cuando insistimos en resolver nuestros problemas
y hacemos de eso la meta principal en nuestras oraciones, revelamos nuestro deseo de controlarlo todo. Son esos
momentos cuando queremos una solución a los problemas, pero no pedimos sabiduría para encontrar lo que Dios
desea que aprendamos (Santiago. 1:2-5).
Por el contrario, cuando descansamos en la sabiduría de nuestro Padre, renunciamos a nuestra autosuficiencia
mientras aprendemos a confiar en la guía de Dios para dirigir nuestros pasos. Dios no ha prometido resolver todas
nuestras dificultades en este lado de la gloria, pero Él prometió estar con nosotros para siempre (Mateo. 28:20; Juan.
14:16). Por eso Él puede proveernos su gracia, paz, y sabiduría para sobrellevar las dificultades.
Orar a Dios no es como tirar una moneda al fondo de una fuente esperando recibir lo que pedimos. Cuando
oramos nos acercamos al Padre Celestial que nos ama. Él desea lo mejor para sus hijos, por eso cumple su
perfecta voluntad en nosotros.
NIVEL EL DISCIPULO
Modulo: Fundamentos I Clase 3: La fe
Evaluación
Introducción
La vida cristiana inicia por fe, cuando decides no tener tu propia justicia que es según la obediencia a ley, sino tener
la justicia de Dios que es según Jesucristo (Filipenses. 3:9). Luego de eso, la vida cristiana sigue por fe: “Con Cristo he
sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por
la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Gálatas. 2:20).
Por último, la vida cristiana termina por fe: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe”
(2 Timoteo. 4:7).
Toda la vida del creyente se caracteriza por la fe. Como dice Romanos 1:17: “Porque en el evangelio la justicia de
Dios se revela por fe y para fe”. Algunas versiones traducen: “De hecho, en el evangelio se revela la justicia que
proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin” (NVI).
I. fe natural / fe de Dios
a) La fe natural
Esta es la fe que todas las personas dicen tener, el yo creo, yo pienso en algo, en alguien, en Dios, en dioses, en el
universo, en la ciencia, etc. Esta fe a veces tiene coincidencia con buenos resultados, lo que nos puede llevar a un
falso entendimiento de la propia fe bíblica, ejemplo: la fe en los santos o vírgenes en los cuales mucha gente cree y
les hacen mandas o sacrificios corporales por un milagro, en ocasiones este ocurre, consolidando así su fe en lo
incorrecto apartándolos del mandamiento.
b) La fe de Dios
Esta no es una fe ciega, sino que es una fe viva, la cual viene del Padre a través de su hijo Jesús. En gálatas 2:20 Pablo
declara: “y ya no vivo yo, más Cristo vive en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el
cual me amo y se entregó así mismo por mí”. Esta escritura muestra que la fe proviene de Dios (la fe del Hijo de Dios).
II. La fe definida
Entonces, ¿qué es exactamente la fe y cómo se ve en nuestras vidas? El extenso y rico capítulo de hebreos 11, es el
mejor lugar de la Biblia para acudir por una respuesta. El autor explica la fe de esta manera:
“Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Y sin fe es imposible
agradar a Dios. Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa
a los que lo buscan. Por la fe Abraham habitó como extranjero en la tierra de la promesa como en
tierra extraña porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”,
hebreos 12:1-10.
Allí se nos explica que la fe es estar seguros y convencidos de algo, creer en algo, y esperar en eso. Solemos usar la
palabra “creo” para hablar de algo que pensamos posible –como cuando decimos: “creo que mañana va a llover”—,
pero la Biblia habla de la fe como una convicción firme.
Es una seguridad tal, que el creyente puede incluso “ver” lo que no se ve: “Todos estos murieron en fe, sin haber
recibido las promesas, pero habiéndolas visto desde lejos y aceptado con gusto”. De alguna manera, casi imposible
de describir, la fe nos permite contemplar con nuestros corazones lo que todavía no podemos mirar con nuestros
ojos. Nos permite saborear ahora un adelanto de lo venidero.
Eso nos lleva a un punto crucial: el objeto de nuestra fe, aquello en lo que creemos. Ese objeto no somos nosotros
mismos. Ni siquiera es nuestra propia fe, ya que sin importar cuánta fe tengamos, ella en última instancia no puede
cambiar las cosas. Solo Dios las puede cambiar. Y si nuestra fe no está puesta en el objeto correcto, nada vale en
realidad.
En cambio, el capítulo nos dice una y otra vez que el objeto de nuestra fe son las promesas de Dios, La fe consiste en
estar seguros y esperar en lo que Dios prometió.
I. ¿Por qué creer en las promesas de Dios?
Hebreos también nos dice cuál es el soporte de esa confianza. Consta de dos pilares, y el primero de ellos es la
§ fidelidad de Dios: “También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia,
pues consideró fiel a Aquel que lo había prometido”. Nuestra esperanza de que Dios cumplirá sus promesas
se basa en su fidelidad.
Por supuesto, en el mundo hay personas fieles y confiables, con muchas buenas intenciones, pero sin el poder para
darnos todo lo que prometen. Pero ese no es el caso de Dios, y por eso el segundo pilar para el soporte de nuestra fe
es el
§ poder de Dios: Abraham consideró que Dios era poderoso para levantar a Isaac aun de entre los muertos, de
donde también, en sentido figurado, lo volvió a recibir”
Veamos Romanos 4, cuando dice que Abraham “estaba como muerto puesto que tenía como cien años” (v. 19) cuando
recibió la promesa de que sería padre de muchas naciones. Era un hombre viejo y acabado. Cuando miraba a su
esposa, también veía a una mujer vieja y estéril. ¡Esto era esterilidad por todos los lados! Sin embargo, creyeron en
esperanza contra toda esperanza contraria (Romanos 4:18). Ellos consideraban que Dios era poderoso para darles
lo prometido.
Luego de la cruz de Cristo, nosotros conocemos mucho más que Abraham sobre la fidelidad de Dios y su poder.
Tenemos razones de sobra para confiar con convicción en nuestro Dios, esperando en sus promesas para nuestras
vidas. Sí, como los creyentes de hebreos 11, seguramente partirás de este mundo sin ver aquí el cumplimiento todas
ellas. Sin embargo, por la fe puedes empezar a vislumbrar ahora lo que Dios hará más adelante.
NIVEL EL DISCIPULO
Modulo: Fundamentos I Clase 4: Vida cristiana
Aprendizaje esperado Saber que es una vida cristiana y herramientas que tenemos
Evaluación
Introducción
La vida cristiana se basa en la obra de Dios que opera en los creyentes por medio del nuevo nacimiento, la
justificación, el don del Espíritu, el perdón de los pecados y nuestra unión con Cristo. La meta de la vida cristiana es
que los creyentes seamos conformados a la imagen de Cristo, por obra del Espíritu y por medio de los medios de
gracia:
§ la oración
§ la Iglesia
§ la lectura de la Escritura.
La vida cristiana saludable se muestra en la fe y la obediencia; es decir, las buenas obras, vivir y dar.
A. Arrepentimiento y fe
Dios ordena a todas las personas en todas partes que se arrepientan (Hechos 17:30-31). Pedro presenta este
mandato el día de Pentecostés (Hechos 2:38). Además, leemos que esta es la enseñanza constante del Nuevo
Testamento. Debemos apartarnos de nuestro pecado y confiar en Jesucristo, el Salvador y Señor. Sin este
arrepentimiento, como resultado de la fe, no hay vida cristiana. De hecho, el arrepentimiento y la fe no son
simplemente la forma del comienzo de la vida cristiana; son la forma de toda la vida cristiana, día tras día tras día.
Sin embargo, hay un problema: los seres humanos no estamos dispuestos ni podemos arrepentirnos y creer en Cristo
a menos que Dios obre en nosotros; porque el arrepentimiento y la fe son, en última instancia, el don de Dios (Efesios
2:8-10; cp. 2 Timoteo 2:25). Las seis formas restantes de hablar sobre la base de la vida cristiana se centran todas en
la acción soberana de Dios. Aunque experimentamos los comienzos de la vida cristiana en términos de nuestro
propio arrepentimiento y fe, llegamos a comprender que nada de eso habría sucedido a menos que Dios hubiera
obrado primero en nosotros en su bondad.
B. Nuevo nacimiento
Por naturaleza, estamos espiritualmente muertos en nuestras transgresiones y pecados (Efesios 2:1). No podemos
hacer nada para salvarnos. Dios debe hacernos nacer desde arriba u operar en nosotros el nuevo nacimiento (Juan
3:1-8; cp. Tito 3:5).
F. Justificación
La justicia de Cristo es contada a nuestro favor, o imputada por gracia, porque nuestro pecado ha sido cargado a la
cuenta de Cristo en la cruz. Por lo tanto, somos «justificados» o «declarados justos» a los ojos de Dios debido a la
muerte expiatoria de Jesús como propiciación por nuestros pecados (Romanos 3:21-26; 5:1-2).
a) Las Escrituras
El Salmo 1 declara una bendición para quienes «en la ley del Señor está su deleite» y que «medita» en esa ley «de día
y de noche» (Salmos 1:2). La «ley» del Señor significa su instrucción, es decir, las Escrituras. Jesús es ante todo el
Hombre cuyo deleite estuvo en estas Escrituras durante su vida en la tierra (Lucas 2:41-51). Estas Escrituras, el
Antiguo Testamento leído a la luz del Nuevo y el Nuevo preparado por el Antiguo, nos dan «la sabiduría que lleva a
la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Timoteo 3:15). Es decir, nos conducen por el camino que conduce a
nuestro rescate final. La vida cristiana se nutre de la Biblia, tanto leída en privado como en público, especialmente
en la predicación de las Escrituras en la iglesia.
b) La iglesia
En la comunión de una iglesia local, nos animamos unos a otros al amor y a las buenas obras. Nos animamos unos a
otros a esperar el regreso de Jesús, a arrepentirnos y creer día tras día (hebreos 10:24-25). Todo cristiano debe
pertenecer y promover la comunión de una iglesia.
c) La oración
Es un gran privilegio de la vida cristiana que por medio de Cristo los unos y los otros (judíos y gentiles) tengamos
entrada al Padre en un mismo Espíritu (Efesios 2:18). Oramos al Padre; podemos tener este acceso porque por su
muerte que lleva el pecado, el Señor Jesús ha abierto el camino; el Espíritu Santo obra en nuestros corazones y nos
capacita para usar este privilegio en oración (Romanos 8:26). Y así, «en todo» –todas las pruebas y gozos de la vida
cristiana– «mediante oración y súplica con acción de gracias» podemos llevar nuestras peticiones a Dios (Filipenses
4:6).
d) Las actividades
Jesús le dio a su Iglesia dos actividades visibles, o señales del evangelio: el bautismo (Mt 28:19) y la Cena del Señor
(Mateo 26:26-28; 1 Corintios 11:23-26). El bautismo es la señal pública de entrada del creyente a la vida cristiana y
la Cena del Señor significa una participación continua en los beneficios de la muerte de Cristo para nosotros. Estas
señales externas nos aseguran la veracidad del evangelio de Cristo.
Pablo escribe a la iglesia de Filipos: «ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en
ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención» (Filipenses 2:12-13). Dios obra en nosotros, pero
no mueve los hilos como si fuéramos marionetas; más bien, Él obra en nosotros por su Espíritu para que comencemos
a «querer» (desear o anhelar) y luego, de manera intencional, busquemos «ocuparnos» en formas que agraden a
Dios. «Nos ocupamos» (en el sentido de «trabajar» o poner en práctica) lo que Dios primero «obra en» nosotros.
En Romanos 8:1-14, el apóstol Pablo nos describe, a grandes rasgos, la diferencia que Cristo hace en términos de la
vida práctica. La vida sin Dios, antes de la salvación, estaba dominada por el pecado y «la carne». No vivíamos con
objetivos divinos, sino para nosotros mismos. Sin embargo, en Cristo ha tomado el relevo un nuevo factor de control;
ya no estamos «en la carne» sino «en el Espíritu», «guiados por el Espíritu» a la justicia. Este es el «don del Espíritu»
mencionado anteriormente. Con su habilitación, ahora somos libres de vivir para Dios como se describe en los
siguientes párrafos.
VI. Consideremos cinco aspectos de esto, cada uno de los cuales caracteriza una vida cristiana
saludable.
a) Fe y obediencia
La fe en las Escrituras es más que un asentimiento o acuerdo de que ciertas cosas son verdaderas. La fe auténtica es
inseparable de la obediencia. Pablo escribe sobre «la obediencia a la fe» (Romanos 1:5; 16:26). Santiago está de
acuerdo con Pablo e insiste en que una supuesta «fe» que no implica obediencia a la ley de Dios no es una fe
verdadera. (Santiago 2:14-26). El desarrollo de la vida de fe será formado por la ley de Dios, y especialmente los
grandes principios morales resumidos en los Diez Mandamientos (Éxodo 20:1-17).
c) Abnegación y sacrificio
Otra forma de hablar del desarrollo de la vida cristiana es que implica la negación de uno mismo. «Si alguien quiere
venir conmigo», dice el Señor Jesús inmediatamente después de hablar de sus sufrimientos y crucifixión, «niéguese
a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Marcos 8:34). «En verdad les digo que, si el grano de trigo no cae en tierra y
muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Juan 12:24). Jesús habla primero de su propio sacrificio;
con su muerte da mucho fruto. Sin embargo, también habla a todo hombre y mujer que le siga.
d) Ofrendas
Una hermosa manifestación de la gracia de Dios en el cristiano es la gracia de dar. Esta es una respuesta totalmente
voluntaria y alegre a la gracia que Dios nos ha dado en Jesús (2 Corintios 8-9).
NIVEL EL DISCIPULO
Modulo: Fundamentos I Clase 5: Consejos para el Nuevo creyente
Evaluación
Introducción
En esta clase veremos 10 consejos de manera practica para el nuevo creyente.
I. Asiste a la iglesia
El creyente debe entender la importancia de asistir a su iglesia local para la adoración, el compañerismo y ser
alimentado en la palabra de Dios. La biblia es muy enfática en este tema diciendo “no dejando de congregarse, como
algunos tienen por costumbre” (hebreos 10:25). Por eso, debes asistir a tu iglesia fielmente cada semana.
III. Comparte tu fe
Antes de ascender al cielo, Jesús le dijo a sus discípulos “…Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda
criatura” (Marcos 16:15). Estas palabras se constituyen en un mandato, a todos los creyentes en todas las épocas. El
cristiano -desde su conversión- debe compartir su fe, predicando el evangelio y haciendo discípulos (Mateo 29:20).
IV. Abandonar el pecado
El arrepentimiento, implica una decisión voluntaria de apartarnos del pecado y abandonar los malos caminos. En
este sentido, cuando los fariseos trajeron a Jesús una mujer sorprendida en adulterio, Jesús la despidió diciendo
“¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”
(Juan 8:10-11). Por eso debes distanciarte de los lugares, personas y de todo aquello que te exponga al pecado.
V. Busca un mentor
La figura de un mentor -puede ser tu pastor, un líder o quien te predicó el evangelio- es fundamental para guiar
nuestros pasos. Los que nos preceden en la fe, pueden orientarnos en el entendimiento de las Escrituras; guiarnos;
aconsejarnos y velar por nuestro crecimiento espiritual. Aunque siempre se necesita de un mentor, esto es de vital
importancia al inicio de nuestra fe.
X. Ama a Dios
Lo más importante que nuestras vidas deben exhibir, es un amor genuino, constante y creciente por Dios. Jesús dijo
que el mandamiento principal es amar “al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente
y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30).