1. ¿Qué encontrarás aquí?
2. Prefacio:
3. 1: Nace una estrella
4. 2: Pequeña escorpión
5. 3: Maldito por las estrellas
6. 4: Vestida de estrellas
7. 5: Embajadora de Baham
8. 6: Hazme tu villana
9. 7: El príncipe dorado
10. 8: Mucho has vivido
11. 9: Final feliz
12. 10: Un hijo por otro
13. 11: Rigel Enif
14. 12: El heredero que nunca fue
15. 13: En familia
16. 14: Mate a la reina
17. 15: Lamiendo botas
18. 16: Gemelos Circinus
19. 17: Herida de vara
20. 18: Shaula llora
21. 19: Desnuda solo ante ella
22. 20: Orión Enif
23. 21: El mito de Baham
24. 22: Sin tiempo para heroísmo
25. 23: El poder de las estrellas
26. 24: Primera vez de una princesa
27. 25: Al calor de nuestros cuerpos
28. 26: El hijo pródigo
29. 27: Esclavizar
30. 28: Un beso para sanar
31. 29: Ashiira
32. 30: Yo soy Shaula Scorp
33. 31: Maldita lengua
34. 32: Ladrones de almas
35. 33: Supervivencia
36. 34: Una sola cama
37. 35: Estatuto Oro
38. 36: Un acuerdo para el baile
39. 37: ¿Esto es envidia?
40. 38: Pétalos y agua caliente
41. 39: Belleza
42. 40: Sororidad
43. 41: Besar las estrellas
44. 42: Solas
45. 43: El carnicero
46. 44: Pescar estrellas
47. 45: Athara's ha
48. 46: Pétalos y poesía
49. 47: Por las nalgas de Canis
50. 48: Final
51. Epílogo
52. Preguntas del libro 1
53. Segundo libro
54. Capítulo 1 (Libro 2)
55. 2: Irsa melek'ashiira
56. 3: Ajedrez en luto
57. 4: Sir Aztor
58. 5: El príncipe oxidado
59. 6: Toda la verdad
60. 7: Ensayo de bodas
61. 8: Reescribir constelaciones
62. 9: Tormenta de sentimientos
63. 10: Pagaso
64. 11: Enif
65. 12: Serpiente alada
66. 13: Madre de serpientes
67. 14: Iotisha Nashira
68. 15: Lady Briane
69. 16: Familia Merak
70. 17: La acusada
71. 18: La testigo
72. 19: Día uno
73. 20: Semana tres
74. 21: Mes cuatro
75. 22: La serpiente ha despertado
76. 23: Miradas de envidia
77. 24: Morir con una sonrisa
78. 25: Canción secreta de amor
79. 26: Justicia escorpiana
80. 27: Caza de sirios
81. 28: Tres escorpiones
82. 29: Ashuin'Nagas
83. 30: Dos escorpiones son mejores que uno
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Si te gustó
House of dragons
Reign
Los
Bridgertons
The
Crown
, es probable que esta historia sea para ti. No está relacionada con ninguna
de estas pero las
vibes
son las mismas.
ADVERTENCIA
de alta tensión, sexo, drama, coñazo y paros cardíacos. Encontrarán escenas
de violencia tanto física como psicológica. Personajes moralmente grises
tirando a negro, podridos, que de todas formas se saldrán con la suya y
robarán sus pantaletas... Digo, sus corazones. Así que si vienen por vainilla,
HUYAN.
Este es un libro con los típicos entresijos y conspiraciones de toda corte,
sumados a escándalos familiares, bailes, amor, odio, venganza, guerra y las
justas pinceladas de fantasía.
Si es la primera vez que lees un libro mío, probablemente tenga que
advertirte sobre mis preferencias sádicas. Encuentro deleite en jugar con
mis lectores y sus sentimientos. Pero no me tengas miedo, dame esta
oportunidad, y puede que termine gustándote, puede que quieras más.
Si has leído antes otra de mis historias: busca ayuda. Okay, no es cierto. Lo
que quiero decir es que los amo. Gracias por permitirme expandir el mundo
de Sinergia, gracias por tanto apoyo.
No, definitivamente no hay que leerse ningún otro libro para entender
este. De hecho, se podría decir que este libro dará un trasfondo a todo lo
que sucede antes, durante y después de Vendida que no queda claro porque
ese libro se enfoca en la perspectiva de Aquía.
•El reino de Áragog hace milenios tiene a la cabeza de su monarquía al
linaje Scorp. Esta historia se centra en ellos, esencialmente en la generación
de los hijos de Lesath Scorp. Es decir, que habrá
múltiples puntos de vista.
También
saltos temporales
para abarcar los sucesos más importantes de la vida de estos personajes.
•Por ley, toda mujer nacida fuera de la nobleza debe ser preparada en casas
destinadas exclusivamente a esta labor, bajo el cuidado de «preparadoras» y
una «vendedora» que se encargarán de instruir a la niña y posteriormente
ofertarla en un mercado cuando cumpla la mayoría de edad. A esas mujeres,
una vez compradas, se les llama «vendidas».
Un hombre puede tener una esposa y tantas vendidas como pueda pagar. La
esposa es únicamente para procrear, la vendida para lo que se le ocurra. Así
mismo, si una mujer se casa con un hombre de baja alcurnia pierde su
estatus y sus hijas serán vendidas al nacer.
•Esta historia no se centra en la vida de las vendidas, de eso trata la bilogía
principal (
Vendida
Vencida
). Sin embargo, claramente estarán presentes y por ello hago la aclaratoria.
Esta es la historia de todo lo que pasa antes y detrás de
Vendida
, y lo que pasa al otro lado del reino en
Vencida
. Aquí se explora la otra cara de la moneda: la versión de los escorpiones.
•El bahamita es un idioma de mi completa autoría. Si necesitan ayuda con
algunas frases y su traducción, hay un glosario en el libro en mi perfil que
aparece como «
Enciclopedia
Áraga
».
Personajes:
Shaula Scorp
Isamar Merak
Antares Scorp
Sargas Scorp:
•En la siguiente imagen hay un árbol genealógico súper cutre de los Scorps
más mencionados. Las líneas rojas muestran a quienes se vincularon
sexualmente, y las amarillas a los hijos de cada unión.
Prefacio:
A LOS 24 AÑOS DE LA PRINCESA
Ara,
capital del reino
—No me quiero casar.
La princesa Shaula se miraba al espejo mientras su preparadora envolvía la
seda en su larga cabellera castaña, cubriendo cada mechón en señal de
decoro, castidad y pureza. Sus labios, que antes habían pronunciado al
reflejo de su padre aquellas palabras, iban tras una capa de tela más corta
que colgaba hasta ocultar su cuello y clavículas. Solo quedaron sus ojos en
el cristal, enormes, iluminados como madera cerca del resplandor del fuego,
y parecían profesar muchas más verdades contenidas que su anterior
declaración.
Su padre dio un paso más hacia ella, posó su mano sobre su hombro e hizo
contacto visual con su reflejo. Los ojos ambarinos del escorpión, rey de
Áragog, solo parecían suavizarse ante la mirada de su primogénita.
—Por suerte —dijo el rey— hoy no es tu boda, solo anunciaremos el
compromiso.
—Bien, pues no me quiero comprometer con ese lord, tiene demasiadas
vendidas.
Lo que Shaula no dijo fue que, dado que el derecho a concebir solo lo
tienen las esposas y que las vendidas existen únicamente para servir al
placer de sus dueños, su prometido sin duda no quería casarse por falta de
compañía, sino por la necesidad de descendencia. Luego de la boda, estaba
implícito que no aguardaría ni una semana para dejar su semilla sembrada
en el vientre de la princesa.
—No creo que tu problema con el hombre que se te ha dispuesto tenga nada
que ver con la cantidad de vendidas que posee —discutió su padre—. Tu
único problema con él es que es hombre.
La preparadora contuvo la respiración al escuchar la inquietante acusación
del rey, pero hizo un esfuerzo por reponerse pronto, peinando las cejas de la
princesa hacia arriba al estilo bahamita.
Una vez acabado el retoque, procedió a colocar una especie de diadema
hecha de cadenas de oro que rodearía la cabeza de la princesa desde la
mitad de la frente con una gema esmeralda colgando entre su ceño.
Con la espalda erguida y las manos cruzadas sobre el regazo en señal de
decoro mientras la preparadora seguía retocando su aspecto, Shaula respiró
profundo y contestó:
—Si se te ocurre una idea para solucionar ese pequeño inconveniente de
aquí al anuncio del compromiso, con gusto me caso.
—¡Niña insolente! —exclamó la preparadora con horror, entonces incapaz
de seguir al margen—. Majestad, no permita que su hija le hable así...
—Yo decidiré cómo permito que me hable mi hija.
—Sí, majestad, lo siento mucho.
—Shaula, no me jodas más por hoy —estalló el rey—. Le he dado
demasiada prórroga a tus caprichos. He dejado pasar días, meses y años
desde que cumpliste la mayoría de edad y sigues descartando uno a uno los
pretendientes que te presento. No puedo seguir así. Tengo a la Iglesia con
las manos en mi cuello, los rumores sobre la ilegitimidad del reclamo al
trono de tu hermano Sargas son cada vez más fuertes, el escándalo con su
vendida sigue en boca de todos y él cada vez hace menos por parecer un
heredero decente y más por quedar como un payaso holgazán ante el reino.
Mientras hablaba, el rey caminaba de un lugar a otro, una muestra de
inestabilidad que no solía derrochar en presencia de nadie, ni siquiera de sus
consejeros más fieles.
—La muerte de mi Mano sigue en investigación y no tengo un sucesor
claro. Tu hermano Antares espera que le dé una puta corona que no sé de
dónde sacarme, ¿qué le espera a mi reinado si no puedo casar a mi propia
hija? Este es tu deber con el linaje Scorp, Shaula. Lo sabes desde que
naciste.
La princesa mantuvo la cabeza gacha. Parecía resignada, permitiendo sin
replicar que la preparadora perforara sus orejas con los grandes pendientes a
juego con sus demás joyas. De todos modos sus labios se movieron, porque
una réplica sí que tenía, y aunque el rey no alcanzó a escucharla, la mujer
que la arreglaba sí, y no tardó en reaccionar.
La preparadora agarró a Shaula por el mentón, clavando sus dedos tan
profundo que le hacían daño a través de la tela que cubría su boca. La
obligó a mirarla a los ojos, horrorizada por el
desafío que ardía en el mirar de la princesa escorpión, y le dijo:
—¿Qué has dicho?
—Dije: no me importa.
La bofetada resonó en la alcoba como un trueno, el cristal del espejo
pareció recibir el impacto y dirigirlo a los ojos del rey, que ardían con una
furia apenas contenida.
—Suéltela y váyase —ordenó el rey Lesath con la mandíbula tensa. A
sabiendas de que era mejor no tentar sus límites, ni siquiera dirigió su mirar
a la mujer mientras hablaba.
—Majestad, debo terminar de...
—Creo que mi hija sabrá ponerse su calzado por su cuenta. Ahora lárguese,
esta es una conversación privada.
—Sí, majestad.
Shaula no se molestó en disculparse, y el rey no se quedó esperando nada
semejante.
—Tú —dijo a su hija una vez la preparadora abandonó la habitación—
termina de arreglarte y sal a ese maldito baile luciendo más enamorada que
nunca. Fin del tema.
El rey, una vez frente a la puerta de la habitación, detuvo su mano a escasos
centímetros del picaporte y se volvió a la princesa para agregar:
—Luciendo enamorada de tu prometido, no de tu cuñada, Shaula. No
quiero un escándalo más en esta maldita corte.
Apenas el rey hubo salido, Shaula rompió el espejo de mano que tenía a su
alcance en el aparador.
En primera instancia podría parecer un berrinche inútil, un acto de
impotencia pueril; pero no lo era. La princesa sí que tenía un destino para el
filo de los fragmentos de vidrio que se esparcieron por su regazo esa noche.
______________°•°_______________
Shaula estaba sentada en su trono correspondiente a la izquierda de Antares
—el menor de los Scorp— quien a su vez estaba sentado a la izquierda el
rey.
Pero Antares no estaba en su trono.
Eso Shaula lo sabía no porque
estuviese pendiente de lo que ocurría a su lado, sino porque no podía quitar
los ojos de aquel rincón donde, alejados de la multitud que bailaba,
socializaba y comía, su hermano Antares y la
futura reina consorte de Áragog lady Lyra Cygnus, hablaban con un
secretismo evidente.
Lyra, quien llevaba el cabello suelto en una cascada de oro mientras dos
trenzas floreadas rodeaban su cabeza como una corona. Lyra, quien con su
vestido amarillo de falda amplia bordado
con flores de bronce deslumbraba más que todos los candelabros del gran
salón. Lyra, su cuñada, la princesa prometida al heredero: Sargas Scorp. Y
estaba ahí, hablando de nuevo con Antares, el
último Scorp con el que debería estar hablando. Y no era la primera vez que
se veían a hurtadillas, Shaula lo sabía. Y estaba ardiendo por ello.
Su padre regresó al atril de los tronos luego de haberse integrado un rato
con su pueblo en el baile.
—Ya es hora —le dijo el rey a Shaula.
Y sí. Ya era hora. Pero una hora distinta a la impuesta.
Áragog estaba a punto de conocer en persona toda la infamia que
falsamente se atribuyó a la princesa escorpión durante años.
Shaula se posicionó al borde de la plataforma, porte erguido, y sus ojos
deambulando por toda la multitud que tan expectante aguardaba por su
anuncio. Al proyectar su voz lo hizo fuerte y con firmeza para demostrar
seguridad sin llegar a ser autoritaria; el tono justo para una princesa que no
incordiaba. El tono exacto para que ningún hombre se sintiera castrado.
Su acento bahamita era exquisito, su dicción perfecta; sus palabras eran tan
agradables como distinguibles para todos. La habían preparado toda su vida
para ello: dirigirse las multitudes sin
salirse del ideal de mujer correcta para el reino.
—Pueblo de Áragog —entonó ella—. Habitantes del castillo de mi familia
y todo mi linaje: ustedes ya saben por qué están aquí. Se ha corrido el
rumor desde hace largos días de que cierta princesa casadera al fin ha
encontrado lo que algunos denominan «el amor».
Los rostros de todos quienes asistieron a aquel baile brillaban con la
promesa de la confirmación de sus cotilleos, la posibilidad de una nueva
historia qué degustar y repetir.
Pero aquella historia no carecía de un
plot
twist
bajo la manga.
—Su princesa al fin tendrá un hombre que complete su vida, es lo que han
estado oyendo. Porque estoy incompleta, ¿no?
Shaula no tenía que girarse para confirmar que su padre estaría tensando la
mandíbula, poniendo los ojos en blanco de exasperación.
—Desde que nací, he aprendido todo lo que hay que saber de historia,
política, economía y leyes. Hablo dos lenguas y comprendo a la perfección
la gramática de ambas. Nadie me ha hecho falta para desarrollar mi voz, mi
música, mi arte.
A medida que iba hablando, su voz se acaloraba más y la chispa en su
pecho crepitaba con más fuerza, empujándola a seguir como un
combustible.
—Nunca he necesitado a nadie a la hora de andar sola y desprotegida por
un castillo lleno de hombres que viven bajo la creencia y el respaldo de una
ley que clama que una mujer sin dueño puede tomarse sin recibir
consecuencias. Nunca he necesitado que nadie me ayude a destacar entre
dos hermanos varones con el ego más largo que sus vergas.
Todo el salón contuvo la respiración. El rey, al borde de su trono, parecía
debatirse entre saltarle encima a su hija o dejarla correr y estrellarse.
—Y, en especial, he pasado más años que ninguna princesa sin casarme. Y
no, no se debe al mito de que «nadie es suficiente para mí», es simplemente
que no
necesito
a nadie en mi vida.
Su padre pudo haber hecho algo a esas alturas, pero desistió, dejándose caer
sobre el respaldo de su trono. Porque él comprendía algo que Shaula parecía
olvidar: ella podía proclamar todo la
infelicidad que quisiera, pero el fin sería el mismo.
—Ahora —prosiguió la princesa—, a mi edad, se decidió que necesito un
hombre para continuar con mi vida. No lo conozco, y el romance que se han
inventado sobre nosotros es falso. En definitiva: mi vida no está incompleta
sin él. Sin embargo, a ustedes les valdrá entre nada y una puta mierda lo que
acabo de declarar. Voy a casarme con él al igual que ustedes asistirán a mi
boda a felicitarme a pesar de mi infelicidad confesa. Así que no crean que
he gastado mis palabras para convencerlos de nada. Solo pretendía darles
contexto de lo que están por ver.
Pasó tan rápido que ninguno pudo reaccionar a tiempo. Fue como un
meteorito, abrasador y destructivo: inevitable a pesar de verlo venir, porque
su velocidad, y la promesa de su letalidad, no puede combatirse.
Los tejidos de las telas que cubrían el cuerpo de Shaula siempre habían
aparentando ser complejos, entresijos imposibles de deshacer, pero ella con
solo tirar de un nudo específico en
su vestimenta hizo caer hasta la última pieza de tela que cubría su cuerpo,
exceptuando solo la parte de su cadera que ocultaba su entrepierna.
Lo primero que saltó a la vista era tan insólito, improbable e inesperado que
el reino pasó más tiempo del prudente con los ojos fijos en esa zona: sus
senos; erectos por el frío, piel canela por completo desnuda, con los
pezones contraídos y sin nada que los
ocultara de la multitud.
El baile y su orquesta enmudeció. Se podía oler la sangre que estaba por
derramarse y sentir las lágrimas que pronto correrían.
Una vez superado el shock de mirar los senos de otra mujer expuestos ante
cientos de ojos, ya era posible fijarse en lo que había un poco más arriba,
justo debajo de su clavícula. Un tatuaje en tinta dorada y blanca.
Una mujer no debería ir tatuada, y mucho menos una princesa, pero eso
pasó a segundo plano cuando la luz sobre Shaula iluminó la figura del
tatuaje: la serpiente alada de la rebelión.
El exhibicionismo, el simbolismo de su tatuaje y lo indecoroso de llevar
uno en sí mismo ya eran suficientes razones para condenarla, pero no era
todo.
Su larga melena lisa que rozaba sus caderas, símbolo de su pureza como
doncella que algún día sería entregada a merced de un hombre... ya no
estaba.
Lo que para algunas era la posesión más preciada, ella lo arrancó de sí
misma. Solo quedaban unos mechones de largo disparejo que no le llegaban
a la mitad del cuello. Se lo había cortado. Una manera de gritar en silencio:
«
no soy ni pura, ni doncella».
Y luego, esas palabras salieron de su boca. La declaración de guerra. Su
condena.
Athara vità salveh kha
~~~
Nota de autora
:
*
Athara vità
salveh
kha:
Mi Diosa salve a la reina en bahamita
». Tienen el contexto de lo que significa en el glosario de «Enciclopedia
Áraga».
¿Qué les parece esta apertura en la historia? Agradezco cada comentario, no
se vayan sin dejarme su opinión<3
A partir de aquí daremos un salto hacia atrás para vivir todo el contexto que
nos traerá de nuevo a este punto y a lo que pasó después.
1: Nace una estrella
Baham,
desierto de Áragog
Las estrellas no leen el destino, pero son las mejores apostando al futuro.
En el reino de Áragog, donde las noches son extraordinarias y la fe en las
constelaciones es la ley más honrada, un legado de escorpiones gobierna
hace decenas de generaciones, con cada uno de sus nombres escrito por el
firmamento.
Cada nuevo nacimiento en Áragog, los astrólogos estudian el cielo
buscando el nombre destinado para la criatura. A veces, existen estrellas
que sienten algún tipo de conexión, o interés particular, con el ser al que
nombran. Algunos incluso son tan afortunados como para, además de ser
nombrados, ser escogidos.
A esos elegidos se les conoce como «cosmos», seres mortales con la
capacidad de tomar el poder de su estrella, adquiriendo habilidades únicas
—relacionadas a su constelación— y destinos todavía más extraordinarios.
La existencia de los cosmos es el secreto mejor guardado de Áragog, pero
no en la alta nobleza, donde nadie hace menciones directas, pero está
implícito el conocimiento; en especial, en la familia real. Toda la monarquía
ha gozado por generaciones de esa habilidad de tomar poder del cielo.
Excepto por ella, la primogénita de la nueva generación.
Al menos, eso es lo que ellos conocen.
Deberíamos remontarnos a su nacimiento para entender las verdades detrás
de esa mentira.
24 AÑOS ANTES
Sawla Nashira era la mujer más afortunada de todo el reino de las
constelaciones.
Nacida en la nobleza, había evitado el destino de una vendida. Hija del
mercader más poderoso de Baham —el principado en el desierto—, había
crecido con todos los lujos y comodidades. Nombrada por as-sawla, el
aguijón, inevitablemente atraería la atención de los escorpiones de la
capital.
Incluso siendo la mayor de quince hermanas, la belleza de Sawla destacó
incluso entre las más jóvenes, haciéndola la escogida para casarse con el
apuesto futuro rey de cabellos blancos y ojos de oro: Lesath Scorp.
Entonces ya era reina, esposa del joven rey Lesath, y ni siquiera eso le
impidió tener que pasar su embarazo en el desierto. Razonable decisión, sin
duda, dado que sus exclamaciones quejumbrosas, sus náuseas y fiebres
recurrentes, acabaron por saturar a la ya atareada monarquía.
Así que, como todo buen consenso de hombres, prefirieron delegar el
problema.
Aunque se suponía que volvería a la capital para el nacimiento del
primogénito del rey, su parto se vio adelantado un mes de manera abrupta.
Ella estaba en el balcón de la fortaleza Nashira cuando sucedió.
Abajo se celebraba un baile tradicional en sus tierras por el paso de los Ojos
de Fuego, dos estrellas inusuales que acompañaban el sol de Baham una vez
al año, una a cada lado: una pequeña amarilla, el gigante sol naranja en
medio y el tercero de un rojo crepitante.
El día de los Ojos de Fuego la luna jamás llegaba. Tenían un día con el
doble de horas hasta que, al atardecer del día siguiente, las nubes
empezaban a borrar las huellas del fuego y refrescaban el paso a la luna.
Era el festejo más caluroso del año.
Lo celebraban en el interior con ropajes compuestos por entresijos de tela
que apenas cubrían la más estricta desnudez, colgando en tiras sueltas que
ondeaban con el viento, creando una frescura agradable.
En las afueras se vestía al contrario. Las mujeres debían cubrirse enteras
con telas gruesas esperando así minimizar el daño de la ira de los soles
sobre sus pieles; solo dejaban una ranura para sus ojos, a su vez cubriéndola
con un velo de seda para evitar que la arena caliente, elevada en una nube
que cobraba vida y movilidad por las grandes ventiscas, les lastimara la
vista.
Ese día, el oro de las pirámides relucía con el reflejo de los Ojos mientras
los niños correteaban a su alrededor, levantando todavía más arena al ritmo
de la música acústica que retumbaba en cada esquina, en cada mercado,
dentro de cada tienda.
En la fortaleza de los Nashira las danzas que se celebraban con júbilo y
vigor. El banquete era extenso e ilimitado. Los hombres modelaban su
belleza en grandes tronos mientras sus vendidas les abanicaban y
alimentaban directo en los labios.
Y ahí estaba Sawla, la mujer más importante de todo el reino, intentando
identificar a través de un artefacto de astrología las estrellas que, aunque
difuminadas por el resplandor de los soles, seguían ahí, en el cielo,
apostando al futuro.
Una de sus damas lo notó antes que ella. La sangre, roja y brillante como un
rubí que se derretía entre sus piernas.
La dama, dispuesta a advertir a la reina, guardó silencio un segundo al ver
la sonrisa a través de sus ojos. No en su boca, pues habría sido escandaloso
para una bahamita mostrar la desnudez de sus labios, por ello los llevaban
cubiertos con una tela discreta.
Pero sus ojos sí sonreían. Un brillo enorme, inquebrantable, mucho más
radiante que el sol y sus dos Ojos. Por eso la dama aguardó, porque no
quería apagar ese fuego. Porque sabía que nunca, y menos en un embarazo
tan importante, la sangre sería una buena señal.
Y entonces vino el grito, más violento que un trueno. Los ojos de Sawla en
blanco, el sudor perlando su piel, las rodillas cediendo y una mano en el
vientre.
La mitad de las mujeres corrieron a su rescate, las demás se apresuraron a
buscar a los profesionales y las personas de importancia que debían estar al
tanto de tal acontecimiento.
Por cómo Sawla gritaba, por las contorsiones de su rostro, era como si le
estuviesen estrangulando desde adentro. Cuando llegó la partera, toda la
habitación era manos, sudor y gritos. Y el piso: sangre y líquido.
Cuando todo acabó, la reina estaba tan pálida, casi de un tono azulado, que
tuvieron que correr a preparar un brebaje que la reanimara. No podían
permitir que se muriera. No con lo que acababa de hacer. Todavía le debía
algo al reino —un heredero—, pues acababa de cometer el error de dar a luz
una mujer.
—¡Salgan todos menos las damas! —gritó la partera, sosteniendo a la bebé
con el sexo cubierto, con discreción, con el mismo paño con el que secaba
la sangre.
—Está vivo, lo escucho llorar —musitó la madre en un aliento agónico,
convaleciente. En su rostro, una sonrisa lastimera la iluminaba pese a tener
los ojos desorbitados, como si, al borde de la muerte, sintiera alivio, paz:
podía irse tranquila.
—Sawla, tenemos que hacer algo. Rápido. ¡Despierta! Mantenla despierta,
no la dejes cerrar los ojos —ordenó la partera a una de las damas.
—¿Qué...? ¿Qué pasa?
—Tenemos un problema.
—No... —La madre intentó incorporarse a duras penas—. ¿Le falta una
parte importante?
—Muy importante. Y en su lugar tiene otra que no nos sirve para nada. Es
niña.
—No... No puede...
Pero si tenía algo qué decir en ese momento, el desmayo llegó primero.
Cuando la reina consorte despertó, pidió cargar a su hija. Sus damas le
limpiaban el sudor y le daban a beber directamente en los labios. No
importaba, con sus damas hacía mucho que había perdido el pudor. Solo
quería conocer a la criatura que acababa de desgarrarla por dentro.
Apenas la tuvo en sus brazos, las lágrimas comenzaron a mezclarse con su
sudor.
Una niña.
—Es niña, y tenemos que decidir ya qué hacer con ella —insistió la partera.
—¿Cómo que qué hacer?
La madre, aunque sudorosa y convaleciente, parecía estar recuperando un
poco la noción de la realidad, las ganas de aferrarse a la vida.
—El alto lord de Hydra. Una de sus concubinas tuvo otro hijo. Un bastardo
de cabellos rubios y ojos dorados. La mujer está en una aldea camino a
Antlia, podemos llegar antes que lord Sagitar se entere de que la concubina
dio a luz. Podemos pagarle... O secuestrarlo. Si hay que... Lo que haya que
hacer.
—¿Por qué? —espetó la reina tragando a duras penas—. ¿Por qué querría a
ese bebé? Mi niña está sana.
—Pero es niña. Necesitas darle un heredero a tu esposo.
—¿Y eso qué? Tendré otros hijos.
La partera y la dama intercambiaron una mirada significativa.
—Este parto la está matando, majestad —intervino la dama—. Sabemos
que sangrabas desde hace mucho, y que luego de su boda con el rey
intentaron por mucho tiempo sin resultados. Su matriz, su cuerpo, todo se
rehúsa.
—¿Por qué seguir intentando? —intervino la partera con apremio—. ¿Por
qué no acabar con todo aquí, y ahora, antes de que te mate? Puedes darle el
heredero hoy, nadie se enterará. Habrás cumplido, asegurando tu protección
y la de todos los Nashira. Si tú fallas, acarreará desastre y deshonra para tu
familia...
—Le daré otros hijos.
—Sawla...
—¡Por Canis, no regalaré a mi hija!
—No estará mal. Crecerá con tus hermanas, aquí en tu tierra. Estará mucho
mejor en Baham que en la corte, siendo la hija de una mujer en peligro de
perder la corona porque no puede concebir un varón...
¿Cómo podría Sawla siquiera considerar una idea semejante? Era la reina
consorte de Áragog, conocía muy bien sus leyes y entendía que una niña era
un privilegio que no cualquiera podía conservar. Si ella fuera una vendida,
no podría concebir. Incluso como noble, si se hubiese casado con un
hombre de baja alcurnia habría perdido su estatus teniendo que entregar a
su hija a alguna casa de preparación para que, eventualmente, fuera ofertada
en los mercados.
Sawla era de las pocas que tenía el privilegio de traer vida a su reino, y de
conservarla si esa vida resultaba ser la de una mujer.
No iba a dejarla ir solo porque no era el heredero que el rey necesitaba.
Dejaría la vida concibiendo al varón si era lo que hacía falta para conservar
a su niña.
—Quiero que venga un astrólogo de inmediato —zanjó la reina—. Necesito
saber el nombre de mi bebé y lo que tiene el cielo para decir de ella. Y no
quiero escuchar una palabra más sobre entregarla a nadie y robar otros
niños.
—Sí, majestad.
Cuando el astrólogo llegó, la niña peligraba. Contrajo una fiebre insólita. Su
piel quemaba a tal punto que tuvieron que arrancarla de los brazos de la
reina, a quien le quedaron quemaduras que hubo que atender con bálsamo y
vendas.
La bebé fue dejada en su cuna envuelta en paños húmedos, pero su fiebre
era tal que calentaba incluso la tela. Casi podía verse el vapor oscilar por
encima.
La niña no lloraba, pero la madre lo hacía suficiente por ambas. Las manos
en la cara, su cuerpo meciéndose con impotente desesperación. Sin importar
los métodos que usaban las curanderas, la fiebre no bajaba y en algún punto
la bebé se había quedado inconsciente.
—Majestad, sería mejor si le pide a todas que se vayan —dijo el astrólogo
volviendo luego de unas horas de meditación.
—Pero... Están atendiendo a mi hija.
—Es inútil. Además, lo que tengo que decirle es imperativo que se discuta
en privado.
Con un gesto, y muy a su pesar, la reina consorte despidió a damas,
curanderas y a la partera por igual, quedando a solas con el astrólogo que
empezaba a arrastrar la cuna más cerca del balcón de piedra.
—¡¿Pero qué sirios cree que hace?! —gritó la reina yendo detrás de él—.
Aléjela de ese maldito calor, que la fiebre ya la está matando por sí misma.
El astrólogo se volvió hacia la madre, sus manos entrelazadas y ocultas
dentro de las largas y holgadas mangas de su traje púrpura con estampado
de constelaciones satinadas. Era joven para leer el lenguaje de las estrellas,
pero Sawla confiaba en él y en toda su familia: eran los consejeros
principales del gran mercader de Baham y padre de la reina: Jalast'ar
Nashira.
—La bebé debe estar tan cerca de los Ojos como sea posible.
—¡¿Por qué haría algo así?!
—Porque el sol también es una estrella.
Sin replicar, muerta de curiosidad y a la vez de pavor, la reina se acercó al
balcón y dejó que el astrólogo terminara de arrastrar la cuna hasta este.
El gran sol naranja del desierto de Áragog y sus Ojos parecían palpitar en
reconocimiento, expandiendo su resplandor como ondas de fuego por el
cielo incendiado.
—¿Qué...? —comenzó a cuestionar la reina, pero pronto guardó silencio sin
saber exactamente qué preguntar.
—Déjela. Si despierta, es su destino. Sino... No podemos hacer nada más.
—Su destino. ¿Qué destino?
—Estudié el cielo y encontré su nombre.
La reina contuvo las ganas de llorar. Si le decían su nombre y la niña no
sobrevivía...
—¿Cuál es? Dígame.
—Su nombre es Shaula, por el cúmulo estelar —contestó él.
—Es... Pertenece a Scorpius. Como su padre.
—Así es, es el segundo punto más brillante de Scorpius. Shaula,
primogénita de la nueva generación de Scorps.
La reina sonrió con alivio, los ojos inundados pero sin desbordar.
—Pero no importa lo que dicen las estrellas menores, sino lo que los soles
están gritando —agregó el hombre—. Usted... ¿Sabe algo de la serpiente
alada, majestad?
Todo. En Baham lo sabían todo al respecto, aunque pocos lo creyeran de
verdad.
—Usted no está intentando decir que...
—Sí lo hago. Sabemos que oficialmente Baham es una estrella
perteneciente a otra constelación —empezó a explicar el astrólogo dándole
la espalda a la mujer, sus manos puestas en la piedra hirviendo del balcón
—, pero no hagamos caso a la razón. Pensemos en lo que dice la mitología
áraga.
—Dice que Baham se revela contra las suyas para formar su propio espacio
en el cielo —siguió la reina.
—Sí, lo hizo. Dotó de su suerte otras estrellas menores y desdichadas al
hacerlas brillar con fuerza bajo su nombre, convirtiéndose al fin en su
propia constelación con forma de serpiente alada.
»Ese hecho no se ha comprobado por ningún astrólogo vivo, por lo que no
se deja de considerar un cuento para niños; pero, para nosotros los
creyentes... Está la profecía. —Entonces se giró, sus ojos fijos en los de la
reina—. La profecía de una guerrera que hará en la tierra lo que Baham hizo
en los cielos. Una guerrera reconocida por el símbolo de la serpiente alada.
—El demonio que sobrevivió a los grandes soles de fuego —finalizó la
reina en un hilo de voz.
El astrólogo asintió.
—Así que déjela, majestad. Deje que el cielo decida su destino. Y, si vive...
Habrá que protegerla. No podrá compartir el secreto, majestad, ni siquiera a
su esposo.
—Mi marido es el rey —recitó Sawla como bien había memorizado.
—El rey de Ara, tal vez. No el que nosotros hemos esperado por siglos.
El hombre se fue, dejando a la reina consorte pensativa, a punto de
quebrarse, y por completo sola.
La niña no despertaba y su fiebre no menguó ni un segundo. La madre se
quedó dormida tirada en el suelo junto a la cuna, un tumulto de telas
protegiéndola.
Al día siguiente, luego de toda una noche sin luna, cuando las nubes
empezaban a borrar del todo el rastro de los Ojos, como si nunca hubiesen
estado ahí junto al gran sol naranja de Baham, Shaula al fin abrió los ojos.
~~~
Nota de autora:
*Áragog es un reino teocrático, dividido en regiones de las cuales Ara es la
capital. Cada región tiene un principado que rige dentro de un castillo o
fortaleza, y cada principado rinde cuentas a la monarquía de Ara. Cada
principado es gobernado por una familia poderosa, dirigida por un alto lord.
A la descendencia de dicho alto lord se le otorga el título de príncipes y
princesas, lo que aumenta su valor en sociedad y su demanda para
matrimonios. El título de alto lord es el más poderoso después de la familia
real.
Cuéntenme sus opiniones del capítulo, los leo.
2: Pequeña escorpión
DIEZ CICLOS LUNARES DESPUÉS
Baham,
desierto de Áragog
Para formar una heroína es más necesaria la inconformidad que la pasión.
El día que nació la princesa escorpión, la primera hija del sagrado
matrimonio de los reyes de Áragog, no hubo festejos. No hubo torneos. No
hubo banquetes. Cada vez que una niña quería hacer sentir terrible a Shaula,
se lo recordaba, haciendo énfasis en los rumores de las semanas de
celebración que acarreó el nacimiento de sus hermanos, incluso el menor, el
que al igual que ella no tendría derecho a nada.
Es el motivo por el que parecía tan amargada esa tarde en medio de sus
lecciones, su pierna moviéndose de forma compulsiva debajo del escritorio.
La preparadora que asignaron para su adoctrinamiento puso una mano sobre
su rodilla deteniendo el golpeteo. Con una mirada de desaprobación
examinó el rostro de Shaula y acabó por lanzarle un latigazo en la frente
con la varilla entre sus manos.
—Corrija el ceño, princesa —regañó la mujer.
—Sí, lady Mera.
Shaula aborrecía ese detalle de su papel en la sociedad, el hervir por dentro
y tener que contenerse de forma en que su rostro solo expresara lo que se
esperaba de ella. Tal vez si hubiese crecido en la corte tendría otra
sensación, ya estaría familiarizada con otras personas en su posición; pero
no lo sentía así habiendo pasado toda su vida en Baham rodeada de niños
tan libremente expresivos.
Shaula no tenía amigas. Las niñas de Baham le desagradaban, no las
comprendía. Y además las envidiaba.
Sí tenía hermanos, Sargas y Antares, y pese a la falsa enemistad que
creaban los rumores, ella contaba los ciclos que faltaban para conocerlos.
Tal vez con ellos sí la dejarían jugar. Pero estaba atrapada en el desierto de
Áragog hasta que tuviera la edad suficiente para empezar a cubrirse la boca.
Por el momento era muy pequeña para eso.
Un golpe seco atronó sobre la madera, el peso de una nueva tanda de tomos
pesados. Estaba estudiando las grandes casas nobles de Áragog, sus lords,
sus tierras, sus ocupaciones y posesiones, sus juramentos a la corona y
árboles genealógicos, incluso la historia de sus rencillas, alianzas, conflictos
actuales y apuestas sobre su futuro.
No se quejaba del conocimiento, su madre siempre enfatizaba lo
privilegiada que era al respecto. A Shaula no le preocupaba, era una niña
muy curiosa, preguntona aunque ya no tan parlanchina, y ávida del saber.
Pero era esa misma avidez la que la mantenía inquieta mirando a través de
la ventana, incapaz de concentrarse, mientras las demás niñas podían jugar
a cazar serpientes en la arena.
—No —cortó la preparadora sin darle tiempo a formular la petición—.
Cuando salir a correr y sudar te aporte conocimientos de idiomas,
gramáticas, geografía, medicina o algún arte grácil, lo podría considerar.
Shaula antes tenía una costumbre luego de comentarios como esos,
blanqueaba sus ojos hasta que casi daban una vuelta entera en sus cuencas.
Esos días habían acabado luego de tantas reprimendas y castigos, pero el
impulso no lo perdía con facilidad.
En ese instante entraron las damas de Shaula —que en algún punto habían
sido las vendidas de algún hombre que se aburrió de ellas— a entregarle su
aperitivo. La princesa ya no preguntaba si podía ayudar en algo, entendía
que era el trabajo de ellas y no el suyo.
El suyo era sentarse recta. No replicar. No contestar cuando no se le invita
al habla. Vestir adecuadamente. No abrir las piernas. No bajar el mentón.
No saltarse sus horarios, lecciones y prácticas.
Y sobre todo... Asentir, aceptar y acatar sin cuestionar. Lo cual era ilógico,
porque parte de su preparación en la erudición la instaba a que cuestionara
cada tema que se planteara ante sí, incluso aquellos que no parecían requerir
una pregunta.
Era muy confuso, todo era muy confuso. Querían hacer de ella una princesa
y una esposa, a su corta edad Shaula ya sentía que ambas cosas no eran
compatibles.
—Debería sonreír más, alteza. Solo piense en esto —le dijo una de las
damas que se llevaba el plato ya vacío—. Cada vez que nos vea está a una
sonrisa más cerca de que sea la última. Cuando llegue a la capital tendrá
que elegir nuevas doncellas.
Shaula se alivió de tener algo de conversación y dejó lo que hacía para
mirar a la dama con la espalda erguida.
—¿Cómo sabré cuáles elegir?
—Lo lamento, me refería a que sus padres las escogerán por usted. Pero le
encantarán, sin duda.
—¿No me las puedo llevar a ustedes?
—Me temo que no. Cuando esté en la corte la utilidad de las damas será
distinta a la que tenemos nosotras aquí.
—Es decir, ¿que ya no van a peinarme, traer mi comida y ordenar mis
cosas?
—Tecnicamente harán exactamente lo mismo, pero con distinta finalidad.
Ser sus damas les asegura su estadía en la corte donde la nobleza abunda,
además de una buena posición al contar con el beneplácito de la princesa.
Eso les garantiza grandes posibilidades de conseguir un buen trato
matrimonial.
—Quieres decir que me usarán mientras yo las uso a ellas.
—Por favor, ¿cuándo se volvió tan suspicaz, alteza? Siga así y no la
apuñalarán tan pronto en Ara.
—¡Hey, tú! —intervino la preparadora—. Nada de hablar de
apuñalamientos con tu princesa. Y usted, princesa, siga en lo suyo. Hoy
tendremos que terminar temprano, una visita importante viene en camino
desde la capital.
________
La visita de esa tarde resultó ser el mismísimo rey de Áragog, Lesath Scorp.
En ese momento Shaula estaba erguida como una monarca, jugando
estratégicamente al ajedrez junto a su padre. Los escorpiones no jugaban a
un ajedrez común, pues se presume que su mente requiere un desafío más
amplio. La partida en la que se debatían estaba modificada, sus piezas
retocadas. Los reyes eran escorpiones. Los caballos cisnes. Las torres
estaban rodeadas por serpientes, y el tablero era circular para dar espacio a
las tres piezas extras de aquel entramado de supervivencia.
Eran tantas las variables, y tal el desafío mental, que se oían leyendas de
reyes que pasaron medio siglo en aquel sinuoso ajedrez.
Shaula no lo estaba haciendo mal para ser una niña. De hecho, lo hacía
mejor que el rey, pues ella no solo estaba centrada en jugar, prever,
defender, atacar y ganar; además lo hacía con el escrutinio añadido de su
preparadora que la castigaría con una vara apenas su porte se tornara
indigno.
—¿Sabes por qué tu madre no salió a recibirme? —preguntó el rey luego de
una inofensiva conversación preliminar.
La niña detuvo sus dedos antes de rozar el cisne al que pensaba hacer saltar
sobre su barrera de peones y entornó sus ojos, cuidando de no fruncir
demasiado el ceño, mientras meditaba esas palabras.
—¿No está mi madre en Ara, padre? Ha salido hace al menos seis días a
visitar a mis hermanos.
—Entiendo —respondió su padre—. Posiblemente nuestros caminos se
cruzaron entre mi venida y su ida. Una desgracia de la casualidad que
podríamos haber solucionado con el intercambio de una misiva. Veo que al
igual que yo, ella pretendía hacer de su visita una sorpresa.
Shaula no le dio importancia a lo dicho por su padre, lo descartó entre todo
lo que era útil conservar en su abarrotado cerebro, y le lanzó una mirada a
la preparadora para asegurarse de que estaba a la suficiente distancia para
darles privacidad en su conversación.
—Padre... —empezó a decir Shaula en voz muy baja—. ¿Es cierto que debo
casarme?
—Todos los Scorps tenemos ese deber, pequeña.
—Pero... —Shaula carraspeó, los «pero» siempre se los corregían—. Creo
que tengo miedo.
—¿Por qué tienes miedo?
—Porque los hombres dan miedo. ¿Y si me toca uno malo? ¿Uno de los que
golpean?
Lesath suspiró.
—Yo también soy hombre, y a mí no me tienes miedo. Y tus hermanos lo
son, y es probable que ellos estén más asustados de conocerte que al
contrario.
—Tú eres bueno porque eres rey. Los reyes son buenos.
—Tu marido será algo así como rey, también.
—¿Y por qué no rey? —inquirió Shaula con esa clásica maestría para
siempre indagar más en lo que parecía darse por hecho—. ¿Por qué no
puedo ser su reina en lugar de solo su esposa?
—Porque solo puede haber un rey, pequeña escorpión. Y, créeme, no
quieres vivir ese cuento.
—También acabo de decir que no quiero un marido y dijiste que es mi
deber.
Lesath aguantó las ganas de sonreír y contestó a su hija con un jaque en el
tablero.
—Bajaste la guardia —la exhortó—. No te niego la curiosidad, pero si esta
va a opacar tu concentración, mejor suprimirla hasta que hayas garantizado
tu victoria.
—Lo siento. Es que tengo muchas preguntas.
—¿De qué sirven muchas preguntas antes de entrenar tu mente para retener
una afluencia de información? Trabaja tus prioridades.
—Sí, padre.
—Te conseguirán un buen esposo, Shaula —le dijo el rey retomando el
tema pasado—. Me encargaré de que no te haga daño de ninguna forma.
¿De acuerdo?
—Sí, padre. Pero...
La preparadora se aclaró la garganta reafirmando su escrutinio.
Así que Shaula pensó antes de lanzarse a hablar, moviendo sus piezas para
evitar un jaque irreversible y a la vez esperando que lady Mera volviera a
distraerse.
—Yo quisiera ser reina, padre. Dices que solo puede haber un rey, pero no
es cierto. He estudiado la nobleza y los altos lores son como reyes de sus
principados, aunque tú seas el rey de reyes. Además, yo soy la primogénita.
¿No que Ara señala su voluntad al darle al reino un primogénito? Ese
debería ser el destinado, no el segundo hijo.
—El segundo hijo tiene más derecho cuando este es varón. Pero no temas,
puedes ser «algo así como reina». Por eso necesitas un buen esposo. A
veces... —El rey se detuvo a pensar en cuánto de lo que quería explicar
podría retener su hija de diez años, qué palabras debía emplear—. A veces
hay que elegir. Un buen esposo puede ser o un buen trato o un buen
hombre, pero raramente ambas cosas.
Shaula asintió, aunque era algo para analizar luego, tal vez por el resto de
su vida.
—Tú me hablas como a una princesa, ¿verdad? ¿Cómo aconsejarías a un
hijo que debe aprender a gobernar? ¿Qué le dices a... tu heredero al
respecto? —dijo Shaula cuidando de no mencionar a Sargas, y tampoco a
Antares, para no hacer muy explícita la insinuación. Incluso ella estaba al
tanto de los rumores.
—No te hablo como a una princesa. De todos modos, lo que debes saber
sobre ser rey lo aprendí yo sin instrucciones. Siempre tuve una habilidad
especial para entender mi entorno, la inteligencia de la empatía que muchos
subestiman. Es más útil de lo que parece. Te ahorraría mucho trabajo
entender que la bondad es la pieza fundamental de toda tiranía. Debes
aprender a hacer creer a tu pueblo que das, mientras les quitas. Te amarán, y
los mantendrás en tus manos.
—No entendí, pero jaque mate.
El rey se quedó mirando de su pequeña cuyos ojos brillaban con la malicia
venenosa de un escorpión, al tablero en pérdida definitiva. Y entonces
estalló en una carcajada.
~~~
Nota de autora:
Un pequeño cap para contextualizar la vida de la princesa en su "infancia"
en Baham. Verán que a lo largo de los años Shaula dará la impresión de ser
Shaulas distintas. Es que ella, como todo ser humano, crece, evoluciona,
involuciona, cambia de opinión, se construye y se deconstruye. Crear de
cero todo este arco de personaje tan complejo es de las cosas que más me
enorgullece como autora. Ojalá lo disfruten.
3: Maldito por las estrellas
CUANDO LA PRINCESA TENÍA UN AÑO
Ara,
capital del reino
Las estrellas no escriben el destino, pero son las mejores apostadoras. El día
que nació
él
, todas parecían tener algo para decir, y muy poco era agradable de
escuchar.
El nuevo embarazo de la reina no se hizo esperar. Los rumores sobre su
infertilidad luego de su primer alumbramiento habían sido tan falsos como
malintencionados. La reina no había terminado su reposo cuando ya estaba
dando las buenas noticias.
Esa vez no se cometieron los mismos errores. Lesath quería a su esposa
cerca así que lo hizo permanecer la capital. Consagró para ella el uso de
todas sus vendidas para que nunca le faltara atención. Pagó lo que hizo falta
por los mejores curanderos, parteras, astrólogos, alquimistas para sus
pociones y expertos en salud mental para evitarle una caída sin retorno.
Descuidó todas sus responsabilidades delegándolas a su mano por ser quien
cuidara personalmente a su reina, por ser padre desde el vientre, porque ya
había sido suficiente rey en esos años.
Era un niño, decían las mujeres basadas en la forma de la barriga y el modo
en que pataleaba. Los doctores daban las mismas esperanzas.
La cantidad de personas que pretendían ayudar con el parto atiborraba la
habitación. Murmullos molestos entre los presentes, gritos bestiales con
cada contracción, y un Lesath Scorp que moría con los dedos temblando en
sus labios sin aceptar ningún tónico para los nervios.
A media madrugada, cuando la mayoría había abandonado su curiosidad o
estaban ya adormilados, llegó el niño a la vida.
El joven rey Lesath apartó a todos con apremio para conocer a su heredero,
intrigado entre si habría heredado el blanco de sus cabellos o el plata del de
su abuelo. ¿Tendría ojos de oro, o ambarinos como los suyos?
Por al menos un milenio, de generación en generación, jamás había nacido
un Scorp hombre que tuviera rasgos distintos a esos.
Y entonces... Vio unos horrorosos ojos negros espantados de su entorno, y
el indicio de un castaño en su cabello.
Dio un paso atrás, sintiendo cómo lo adelantaban al menos siete personas
para conocer al próximo rey, y ese retroceso vino con la sensación de un
mareo que subió la bilis a su garganta.
«Sacó los rasgos de Sawla»
, se dijo a sí mismo.
—¿Cariño? —se oyó decir a la reina buscando entre los presentes a su
marido.
Lesath fingió una sonrisa y fue con su esposa, acariciando su cabello
sudado, evitando a toda costa ver la cosa entre sus brazos que seguía sin
llorar, pero parecía tan sano.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Un poco mareada.
«Ya somos dos».
—Que beba algo para ese mareo. ¡¿Dónde están las vendidas que no han
secado este sudor?!
Todos acataron sus labores de inmediato apenas el rey insinuó la orden.
Él intentó levantarse y darles la espalda, pero Sawla le tomó la muñeca.
—¿Estás bien?
Entonces Lesath lo supo con toda certeza. Solo el remordimiento explicaba
la preocupación de Sawla. Lesath, a las malas, ya había aprendido que el
que reacciona pierde el beneficio de la duda.
—Lo estoy —le dijo a su esposa poniendo la mano sobre la suya y
apartándola con delicadeza—. Tú descansa.
Lesath empezó a caminar al otro extremo de la habitación en busca de
intimidad, pero antes pasó por la puerta acampado por un par de guardias, y
sin detenerse a ambos les dijo:
—Que nadie salga.
Esperó en su mueble personal, bebiendo un trago tras otro con los ojos
desenfocados. Por el modo de sentarse con las pierdas cruzadas, la manera
de agarrar su cáliz, y la posición de la mano bajo su mentón, casi parecía
estar esperando que lo retrataran. Pero aquel ensimismamiento escondía una
maquinación peligrosa.
Cuando le avisaron que el astrólogo ya tenía el nombre de su hijo, Lesath lo
condujo al balcón sin dirigirle ni una palabra y cerró las grandes puertas sin
permitir que los intrusos se inmiscuyeran en la conversación.
Roshar Rah'odin había sido el astrólogo al que recorrían los Scorps siempre.
No era exclusivo, su magno poder como arka le daba cierta libertad a la
hora de escoger su destino, pero se le pagaba como a ninguno, porque era el
mejor.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Lesath fuertemente asido del barandal
del balcón.
—Su nombre es Sargas, majestad.
—¿Sargas? —Lesath volteó hacia el hombre de piel oscura y trenzas largas
—. ¿Está seguro? Es una estrella de Scorp.
Roshar asintió con solemnidad, cruzando sus manos hasta que
desaparecieron dentro de sus largas mangas púrpuras.
—Las estrellas no se equivocan, majestad. Su nombre es Sargas.
—¿Mi esposa le pidió que dijera eso?
—Como toda la población le debo lealtad a la corona de los escorpiones,
pero me parece que no comprende mi lealtad. Puedo responder lo que
quiera, y guardar en confidencia lo que me ordene. Pero no mentir, jamás lo
haría. Mi principal voto es con las estrellas, mi deber es darles voz para con
los hombres. Y respondiendo a su pregunta: no. Su esposa ni siquiera me ha
hablado.
Lesath miró el brazalete del astrólogo que lo definía como arka, ese lleno de
gemas de arkanium en las que llevaba preso el poder de muchos cosmos.
Ese hombre si quisiera podría intentar matarlo, o al menos buscar que en
medio de una ardua tortura acabara por regalarle su cosmo y así tener una
gema más en su colección.
Si esa fuera la situación, Lesath no se lo pondría tan fácil al arka. De todos
modos, se inclinaba a creer que Roshar no ganaba nada con mentirle de esa
forma.
—Sargas. El cuarto con el nombre. Mi heredero —aceptó el rey con
amargura.
Roshar no respondió a eso.
—Hay algo más que debo comunicarle, majestad. La presencia de otra
constelación especialmente persistente.
El rey, que no esperaba más sorpresas, se notó fuera de sí por esa acotación.
—¿Un segundo nombre? Eso es inusual.
—No, majestad. No un segundo nombre. Se trata de algo más.
—Hable, Rah'odin.
—Canis ha estado presente en el nacimiento del joven heredero.
Lesath sintió un escalofrío. Canis, el dios oscuro que se reveló a Ara en el
reino cósmico y se instauró como lord de las tinieblas robando almas
humanas para consumirlas, transformarlas en poder y, en gratitud, convertir
los cuerpos en monstruosidades derivadas de su constelación: sirios.
—¿Qué significa?
—Pocas veces las estrellas escriben realmente un destino. Simplemente,
hay ocasiones en las que alguna influye especialmente en una vida humana.
Sus mentes, brillantes y sobrenaturales, no tienen limitaciones como las
nuestras. Son mejores haciendo cálculos, por lo que sus apuestas parecen
profecías para nosotros. Hoy se ha escrito una para Sargas Scorp.
—¿Qué? ¿Qué dicen?
Roshar Rah'Odin aguardó un momento antes de responder, mirando al cielo
como si esperara una confirmación de este.
—Él será la destrucción de la paz, un semejante en el que Canis se hallará
complacido. El horror de Áragog. El inicio de una destrucción que hará
correr sangre de hielo con la que el norte construirá sus muros. Cenizas de
un plumaje negro arderán bajo su trono. Almas robadas crearán múltiples
sombras que le custodiarán. Llanto y crujir de huesos vendrán de su
coronación.
Lesath tragó en seco y comenzó a caminar de un lado a otro del balcón. El
sudor de sus manos se adhería a su rostro cada vez que la restregaba contra
este. La corona de pronto parecía picarle más que nunca, sus pies ser tan
livianos como para no tolerar el peso de su cuerpo.
¿Cómo podía estar sudando tanto? La noche de la capital era mortal, tan fría
que obligaba a los hombres a tomar unos cristales específicos para poder
someterse al sereno.
—¿Es inevitable? —le preguntó al astrólogo—. ¿Está maldito?
—No está maldito, él se maldecirá a sí mismo. Y sí, puede evitarse.
—¿Cómo?
—No tengo esas respuestas. Nadie las tiene. Las estrellas han visto las
intenciones de todas las almas vivas en esta era, y han decidido que sus
acciones acabarán por acarrear lo que ellas han predicho.
Lesath asintió.
—¿Qué debo hacer?
—No soy su consejero, solo un astrólogo.
—Eres mi consejero ahora —decretó el rey con alarmante firmeza.
—No lo tiene fácil, majestad. Cada lord en este reino pondrá en duda el
reclamo de su hijo. Intentarán ir contra Sawla...
—Los mataré. A todos, a cada uno de ellos. Nadie tocará a mi esposa.
¡Nadie!
—¿Está dispuesto a perdonarla, majestad?
—No hay nada qué perdonar. Sawla es mi reina, lo es de todos. Le debemos
respeto.
—Bien.
Pero Lesath sabía leer a las personas, y esa que tenía al frente quería decir
mucho más que «bien».
—Habla —exigió.
—El amor por ella será su ruina si no aprende a llevarlo, si permite que
opaque su amor a la corona.
—No siento amor por la corona. Solo lealtad.
—Es porque hasta este ciclo lunar no había pensado en que puede perderla.
La piel de Lesath perdió el escaso color que la caracterizaba.
—Siga tan leal como hasta ahora —siguió Roshar—. Pero yo lo pensaría
antes de ejecutar a mis abanderados por murmurar contra la hija de Jalast'ar
Nashira.
—No dejaré vivir a nadie que insulte a mi reina. Es lo que un rey debe
hacer. Es lo que un esposo debe.
—Y entonces, majestad, ¿quién defenderá su reinado? Si ejecuta a cada lord
que le es fiel, ¿cómo se defenderá de aquellos que no lo son?
—Gracias. —Lo cortó Lesath sintiéndose al borde del vómito. Necesitaba
privacidad—. Traiga a todos los astrólogos que hayan estado con usted en
esta interpretación. Y a la partera, sus ayudantes, las vendidas, los eruditos,
los curanderos. Todos.
Cuando Roshar abrió las puertas del balcón para cumplir su orden, Lesath
quedó frente a las otras puertas e hizo una única seña a los guardias para
que lo siguieran.
Él mismo cerró las puertas del balcón una vez estuvieron todos adentro,
menos su esposa y el bebé.
—Eviten el escándalo —le dijo a los guardias—. Quiero ejecuciones
limpias.
Fue lo último que dijo antes de volver a la habitación con su esposa,
dejando las puertas cerradas para amortiguar la histeria que ya bullía del
balcón.
Sawla no era tonta, entendía lo que estaba pasando, e incluso así intentó
mantener su entereza al preguntarle a su esposo:
—¿Cómo se llama?
—Volverás mañana a Baham a encargarte de tu labor como madre de
Shaula. Yo asumiré el cuidado de este niño.
—¿Vas a aislarme?
Lesath contuvo una especie de risa sin gracia.
—Habla conmigo, dime qué te inquieta, yo resolveré tus dudas.
—No tengo nada más que decirte. Cumplirás lo que te ordena tu rey y se
acabó.
—Necesito reposo, majestad.
—Tendrás tu reposo, luego harás lo que se espera de ti.
—¿Debo... preocuparme? Me refiero a la seguridad del bebé.
Lesath puso las manos en sus caderas y dejó salir un suspiro pesado, pero
nada que dimensionara el nivel de la carga que llevaba en esa momento.
—Mi padre querrá ver al bebé.
—Regulus ya no es rey. Tú lo eres. Tienes que entenderlo e imponerte. Tu
padre dirá lo que quiera, pero tu voz es la ley, no la suya. Si tú dices que
este bebé es tu hijo, lo será.
—¿Shaula es mi hija? —le preguntó Lesath al fin.
—Todos mis hijos son suyos, majestad.
Se dice que los escorpiones no tienen sangre. La sangre es responsable de la
cólera, de la apatía, de toda debilidad. Ellos tienen veneno, viven creyendo
que así es. Y entonces, ¿por qué esas palabras destruyeron toda una
fortaleza para Lesath? Se dejó caer abatido, con las manos en el rostro, y
lloró hasta que no quedó ni una gota de sal en sus lagrimales.
Luego de un rato se levantó, limpiando sus mocos, y le dijo a Sawla:
—Recupérate pronto, tienes un deber por cumplir.
—Te he dado dos hijos, Lesath —espetó la reina sin rastro de su mansa
actitud anterior—. He cumplido con mi deber.
—Una mujer y un bastardo no son hijos para un rey, son dos fracasos.
—Sargas es tu hijo —contestó ella revelando que ya le habían dicho su
nombre.
—¿Puedes probarlo?
—¿Puedes probar lo contrario?
Lesath rio.
—Solo hay que verlo. Cualquiera con ojos podría probarlo.
Sawla se mordió la boca suprimiendo su siguiente comentario, y esperó a
calmarse para decir:
—No te hagas esto. No dejes que tus inseguridades, tu desconfianza y la
poca fe que tienes en tu matrimonio ceguen tu juicio.
Lesath la miró anonadado de sus palabras, herido y temblando con sus
manos en puños.
—Maldito sea el día en que me casé contigo, Sawla.
En ese momento, la reina pareció desmayarse con el bebé en sus brazos, y
toda la ira de Lesath se esfumó dando paso a la preocupación. Corrió con
sus guardias y pidió llamar a otros curanderos mientras él mismo se
encargaba del bebé para que nadie más lo viera.
~~
Nota de autora:
Si es la primera vez que lees un libro de este universo, me encantaría saber
qué te parece la historia hasta ahora. También, si están algo confusos con
los términos como arka, cosmo o las locaciones o las deidades, pueden ir a
«Enciclopedia áraga» en mi perfil donde se explica todo. Pueden ir al
apartado específico de la duda que tengan. Sino, sigan leyendo que con el
tiempo tendrán todo bien clarito.
Si ya has leído otros libros de Sinergia, ¿qué te parece esta nueva
perspectiva? ¿Qué piensas de los personajes con este contexto, esperaban
que el nacimiento de Sargas hubiese sido exactamente así o tenían otras
teorías?
4: Vestida de estrellas
Años más tarde
Baham,
desierto de Áragog
En su cumpleaños la princesa vestía constelaciones; entonces el cielo brilló
en egoísmo, y las estrellas conspiraron para borrar su sonrisa.
Por consenso su tierra la coronó como la mujer más hermosa que había
pisado Baham en al menos cien ciclos lunares.
Las bahamitas eran todas de caderas anchas y piernas largas, a Shaula no le
faltaron esos atributos. Pero su cuerpo iba más allá en los estándares de la
perfección. Una cintura más estrecha, una amplia curva hacia abajo que
imitaba la forma de los violines. Su falda iba justo en el hueso de la cadera,
exhibiendo un vientre tan plano como de preciosa su tonalidad.
Era la primera vez que se mostraba así, empezando a exhibirse al renegar de
los harapos que antes la cubrían entera.
Era el ritual dados los ciclos lunares que había vivido. Antes debía evitar
tentar a los hombres, pues bien es sabido que son de carne débil; ahora, por
el contrario, empezaría la misión de provocarlos hasta que alguno quedara
tan prendado de ella hasta que casi quisiera darle un imperio como pago por
desposarla.
Una de las vendidas acomodaba una delgada tira escarchada a modo de
cinturón para adornar su abdomen desnudo, y no podía quitarle los ojos del
cuerpo.
—Te mira con adoración —dijo una de las tres amigas de Shaula en la
habitación.
Su amistad había empezado por política, Jalas'tar, su abuelo, esperaba de
Shaula que le consiguiera una buena relación con algunos clientes
ganándose a sus hijas. Pero a esas alturas ya eran inseparables, lo único que
sacaba a la princesa del hastío de sus responsabilidades.
Por desgracia, esa iba a ser su último día juntas.
—Es que solo mírala —acotó otra de sus amigas—. No entiendo cómo su
cuerpo puede ser tan perfecto si tenemos la misma edad y yo parezco un
mondadientes.
Shaula evitó que su risa escalara hasta llegar a más que solo ser un gesto de
cortesía hacia el chiste.
—No te mortifiques, Nesta. Yo sangré hace mucho, mi cuerpo desde
entonces ha estado cambiando hasta llegar a esto.
—Cuando tengas la mayoría de edad las personas creerán que eres la
reencarnación de Ara. No habrá un hombre en el reino que no quiero poner
su anillo en tu dedo.
—No solo su anillo en mi dedo, si he entendido bien el tema de la
reproducción.
—¡Shaula Scorp Nashira! —exhortó su madre que en una desafortunada
coincidencia justo iba entrando a la habitación—. Ustedes, salgan —ordenó
la reina a las tres nobles que parecían sombras de su hija.
Una vez abandonaron la habitación, la madre de Shaula se acercó a ella
para hablarle con mucha más tranquilidad, pero de un modo en que la
princesa entendía que estaba siendo regañada.
—Ya eres una mujer, Shaula. Es escandaloso que tus amigas estén en la
misma habitación que tú mientras llevas la boca descubierta.
Shaula suspiró y le hizo un gesto a su vendida con una ceja. La mujer
enseguida comprendió la seña y comenzó a ponerle el velo
semitransparente con el que envolvería el cabello y sus labios, no sin antes
colocar el adorno a mitad de la frente.
—Es mi primer día siendo una mujer, madre. Me disculpo por el descuido.
Su madre se paró detrás de ella y tocó sus hombros, mirándola a través del
espejo con una sonrisa serena; mas Shaula veía detrás de aquel gesto,
porque ella estaba sintiendo cómo los dedos de su madre se clavaban en su
piel por la presión de su agarre.
La reina fingió dar un beso en la sien de su hija para pronunciar sus
siguientes palabras ahí, en confidencia.
—Yo te puedo disculpar, Shaula, pero el lugar que nos espera no. No más
descuidos, ¿de acuerdo? Hoy se acaba tu margen de error.
Por toda respuesta, Shaula inclinó levemente la cabeza al reflejo de su
madre.
La reina observó su aspecto entonces. El típico estilo bahamita de telas
entrelazadas seguía estando presente, pero entonces de forma en que solo
cubría arriba su busto en una especie de x y dejaba colgar varios retazos de
tela a su espalda a modo de capa. Separado, había una amplia falda suelta
con bordados de constelaciones.
Las mejores telas. Los mejores bordados. La pedrería más fina y la mano
más diestra para la confección. Solo la excelencia para la princesa de los
escorpiones.
—¿Lista para dejar todo esto?
—Sí, lo estoy. Ansío conocer a mis hermanos. ¿Algo que deba tener en
cuenta?
—Que son hombres.
Shaula entornó sus ojos, el velo haciendo sombra sobre ellos, pero no dijo
nada más.
Debido al calor de Baham, iluminaban los interiores con fuego blanco. No
era igual de efectivo, pero no quemaba como el tradicional. Parte de ese
brillo hizo eco en la tela del rostro de la reina, y fue así como Shaula
distinguió cómo se mordía los labios en un gesto nervioso.
—Tú pareces más preocupada que yo, madre. ¿Qué sucede?
—¿Qué sucede? Tú pareces demasiado relajada, Shaula. La corte no es un
zoológico. Las bestias no están en jaulas. Si no andamos con cuidado nos
devorarán vivas.
Shaula no insistió en discutir. Ella ni siquiera estaba emocionada por el
viaje, llevaba todo ese ciclo lunar en un berrinche al saber que la fecha de
partida se acercaba. No lo declaró ante los adultos, desde luego, pero una
que otra insubordinación dejó caer para manifestar su desacuerdo. No
quería dejar a sus amigas. No quería abandonar su vida. ¿Por qué sus
hermanos no viajaban para conocerla y no al contrario?
Además, tampoco quería conocer a los hombres de Ara. Los únicos chicos
que le interesaban eran los futuros lords de su tierra, esos jóvenes de ojos
chispeantes y discursos elocuentes que tenían enamoradas a todas. Si
pudiera elegir, habría orquestado su matrimonio con cualquiera de esos
desde el día en que intercambió sonrisas con uno.
Ya estaba bastante resentida con la idea de la mudanza, no necesitaba que
además su madre le añadiera leña a la hoguera de su enojo.
Esperó a que la conversación se apagara y dejó a su madre marcharse.
Entonces quedó a solas con la vendida, y con amargura le ordenó terminar
de preparar su maquillaje.
Shaula ya había aprendido a ignorar a las vendidas, incluso teniendo a esa
tan cerca de su rostro mientras se encargaba de ahumar sus párpados, ella
podía divagar dentro de su mente, soñar con una realidad en la que se le
permitía hacer lo que se le antojara.
Era inútil quererlo, desde luego, y aún así no lo podía evitar. Si algo le
entusiasmaba del viaje a Ara era la certeza de que llegaría imponiéndose
como el escorpión que era. Ansiaba sentirse parte de la monarquía al fin, no
solo asumir que lo era mientras se atiborraba de responsabilidades.
En Baham la apreciaban por su belleza, no por su posición. Eso cambiaría
en la capital, en la cuna de la corona.
Shaula temblaba por ese momento.
Y entonces... sucedió.
La vendida, como presa de un arrebato inhumano, se lanzó a presionar sus
labios sobre los de la princesa. Los separaba la tela, pero era ínfima, casi
simbólica. La habían profanado.
La vendida se alejó tapándose la boca y negando repetidamente con la
cabeza. Shaula ni había terminado de asimilar la aberración cuando ya la
causante estaba llorando de arrepentimiento.
—Lo lamento, alteza, me dejé llevar...
Shaula le dedicó una mirada a la mujer que lloraba, pero seguía atónita.
Jamás habían estado cerca de besarla, sus flancos siempre iban cubiertos
por preparadoras, guardias y chaperones. Y solo en la intimidad de su
habitación se sentía cómoda y libre de ese peligro, porque siempre había
estado rodeada de mujeres.
Y resultó ser una quien cometiera el delito de adelantarse a lo que por
derecho pertenecería a su esposo.
«Me ha deshonrado», entendió Shaula entrando en pánico. Sabía que si
alguien se enteraba pondrían en duda su virtud y todo lo que se esperaba de
su futuro podría echarlo a la cima de los médanos y dejar que la arena se lo
llevara.
Shaula se puso de pie, sus ojos incapaces de mantenerse en un punto fijo.
—Espera aquí —le dijo Shaula.
—¡Alteza, no! —gritó la vendida apenas vio a Shaula encaminarse a la
puerta—. Se lo ruego. No volverá a pasar, jamás. Me alejaré de usted. Iré al
templo hasta borrar esta...
—¿Borrar? ¡Jamás podrás borrar lo que me has hecho! Tus pecados no me
conciernen, pero arrastrarme a ellos...
Shaula se tapó la boca sintiendo la bilis escalar a su garganta. De pronto
sentía asco hasta de sí misma.
Salió corriendo de esa habitación sintiendo que si se quedaba un segundo
más vomitaría.
Llegó más tarde con su madre a su espalda.
—Es ella —dijo señalando.
—Shaula... Creo que deberíamos pensar esto.
—¿Qué hay que pensar? —preguntó la princesa confundida.
—Este crimen podría pagarlo con su vida. No debemos condenarla por un
instante en el que ha errado. Me dijiste que fueron dos segundos, ni siquiera
te tocó realmente. No dejes que una mala decisión acabe con su posibilidad
de redimirse.
Entonces Shaula arqueó una de sus cejas, cruzando sus brazos mientras
desafiaba a su madre con sus propias palabras.
—¿No dijiste que hasta aquí llegaba mi margen de error? ¿Por qué debería
yo concederle a ella uno más amplio?
—Shaula, si alguien se entera de esto pondrán en duda tu virtud y tu...
cordura. No importa cómo haya ocurrido, dirán que tú lo provocaste. Así
funciona esto. No es paranoico pensar que allá afuera todos están sentados
esperando una oportunidad a la que aferrarse para hacerte caer.
—Solo argumentas mi veredicto, madre. Hay que silenciar al único testigo.
—No lo entiendes... Si ella muere por este crimen, ¿podrías tú dormir
tranquila?
Entonces Shaula frunció el ceño, obstinada de ser tratada como una mujer y
no como un escorpión.
—Soy Shaula Scorp, pertenezco a esta monarquía tanto como tú, tal vez
más. No busco paz en mi lecho, esa la obtendré cuando sepa que me he
ganado el respeto y el temor que mis hermanos dan por hecho. Si no puedo
ejecutar una simple sentencia, más vale que renuncie de una vez al apellido.
Su madre asintió, claramente encolerizada dentro de su desacuerdo, pero
Shaula estaba lejos de su alcance en esa etapa de rebeldía adolescente, y no
había mucho que ella pudiera hacer al respecto más que admitir que no
congeniaban y dejarla correr.
~ ~
En su primer cumpleaños, cada bahamita pasa por el ritual de las ashiira —
o serpientes en lengua áraga—. Se les deja cerca de un manojo de estos
animales, y si alguno se le acerca y crean una afinidad, la tradición dicta
que debe adoptarlo.
Normalmente, las serpientes se acercan de una forma dócil, fácil de
controlar. Por ello se presentan como opciones ashiiras que hayan sido
domesticadas con anterioridad.
Pero no fue así con Shaula. A la princesa se acercó una bestia viperina, de
largos colmillos venenosos que había permanecido en amplio
adormecimiento durante su cautiverio, pero al ser presentada ante Shaula se
destapó embravecida.
Cuando los demás intentaron detener el atentado, la bebé se interpuso
permitiendo que el animal escalara por sus brazos y se enrollara en su
cuello. A partir de ahí, nadie pudo acercárseles, pues la ashiira siseaba a
cualquier movimiento como si tuviera amenazada a la pequeña princesa.
Se hicieron inseparables. Shaula adoptó a la serpiente y a dos más a medida
que fue creciendo. Vivía en un amor tóxico con la primera —a la que llamó
Dibu— con la que siempre se peleaba, pero parecía un reflejo de su propio
cosmo tan indómito.
En el festejo de su cumpleaños, Shaula bailó la danza tradicional con sus
ashiiras, menos con Dibu, porque era así de testaruda y no quiso cooperar,
pero tampoco permitió que la sacaran del escenario y amenazó a todo el que
se acercó a intentarlo.
Luego del baile se sentó para que su abuelo Jalas'tar Nashira —el mercader
a cargo de Baham— le cambiara las sandalias bajas por el tacón alto.
Al disminuir el auge de la ceremonia estaba tan agotada como renovada en
su vitalidad. Era un ideal de adoración en su tierra, las mujeres envidiaban
su belleza como los hombres la idolatraban; su baile de vientre fue festejado
con vítores y el nivel de obsequios y correspondencia firmada que acarreó
batió el récord que había marcado la mitológica Athara en las leyendas.
Todos querían acercarse a hablarle o a pedirle un baile, pero ella era
intocable, guardada para el futuro que le esperaba en Ara lejos de sus
amigas, tradiciones y sus inseparables ashiiras.
Se aprovechó de la libertad de movimiento que le daba el festejo para ir
hacia su abuelo que estaba en un trono abanicado por sus vendidas mientras
otras dos lo alimentaban directamente a la boca.
Con la privacidad que le confería estar junto a Jalas'tar Nashira, le dijo:
—¿Está resuelto?
—Lo está, quédate tranquila —le respondió invitando a su nieta que se
sentara junto a él.
—¿Crees que tomé la decisión adecuada?
—Creo que tomaste la decisión que tú creíste adecuada.
—¿Y me equivoqué?
—Yo no puedo decirte eso, solo tú. ¿Cómo te sientes con lo que es hecho?
Shaula se encogió de hombros con genuina indiferencia.
—No significa diferencia para mí, tal vez algo de alivio al saber que me he
deshecho de un posible escándalo.
—Si eso es lo que te provoca tu decisión, entonces ha sido la correcta.
—Sí, pero, ¿qué habrías hecho tú? —insistió Shaula mirando a su abuelo a
los ojos para no perderse su lenguaje visual.
—Yo soy Jalas'tar Nashira, yo puedo hacer lo que me plazca.
—¿Y lo que te place es...?
Jalas'tar no suprimió su risa y le concedió la victoria a su nieta.
—Habría hecho que la mutilaran públicamente. ¿Dices que fue un beso?
Mínimo le habría hecho coser la boca. Y la dejaría vivir con eso.
—Mi madre quería que lo dejara pasar. Está molesta con mi decisión.
—Ha sido tuya, tú eres quien debe cargar con las consecuencias, no ella.
Déjala.
Un bufido bajo fue amortiguado por la tela que ahora cubría los labios de
Shaula. Era un gesto que no podía permitirse de estar en presencia de su
madre o la preparadora.
—Aquí, tal vez —contestó la princesa—, porque te tengo a ti, pero cuando
esté en Ara dudo que me deje cargar con las consecuencias de nada, querrá
decidir todo ella.
—Es tu madre.
—Por favor, sabes cuáles son sus tendencias.
—Recuérdamelas.
—Hacer todo lo contrario a lo que harías tú.
Jalas'tar se encogió de hombros antes de responder:
—Y tú eres una niña.
—¿Lo soy? ¿No se supone que voy a casarme en dos años? ¿No soy la
princesa de Áragog, parte de una dinastía indestructible?
—A tu punto, hija de Canis.
—No puedes permitir que mi madre decida por mí, me va a limitar.
—Un engendro del mal como tú tal vez necesite ser limitado.
Shaula arqueó una de sus cejas ante sus palabras.
—Reformula, pero ahora intenta convencerte a ti primero —discutió ella.
—En Ara tendrás a tu adorado padre con el que tanto intentas ponerme
celoso.
—Padre que está locamente enamorado de mi madre.
—Al igual que yo amo a mi hija.
—¿Debo repetir lo que dije antes sobre reformular?
—Shaula, respeta a tu madre.
Shaula cerró los ojos y respiró hondo. No estaba consiguiendo lo que
buscaba, así que se detuvo a meditar sus pensamientos hasta decidir un
nuevo plan de acción.
—De acuerdo —retomó—. No lo hagas por mí, hazlo por Baham.
—Por Baham.
—Si la mentalidad de mi madre es tan opuesta a la tuya, ¿cómo esperas que
tome las decisiones adecuadas en cuanto a lo que es provechoso para
nuestra tierra?
—Confío en Lesath.
—En ese caso quitamos el teatro de que tenemos un embajador de Baham
en Ara y dejamos que el rey tome todas las decisiones de una vez, ¿no?
—¿Nadie te ha dicho que cuides la lengua, jovencita?
—¿Tengo razón o no la tengo?
Jalas'tar suspiró derrotado y alejó con su mano a las vendidas mientras se
acomodaba en su cómodo asiento.
—Escucha —le dijo a su nieta—, si consigues una manera de decirle esto a
tu madre sin que me amargue lo que me queda de vida, tú ganas. Te irás de
aquí siendo la embajadora de Baham, llegarás a Ara en representación de
los Nashira en lugar de tu madre. ¿Satisfecha?
—Te amo, te amo, te amo —dijo ella abrazando a su abuelo que
rápidamente la empujó.
—El traje, ingrata. Además, no festejes tan pronto. Te falta enfrentar a la
víbora.
~~~
Nota de autora
Cuéntenme, ¿qué les pareció este capítulo?
¿Qué piensan de la reina hasta ahora?
¿Qué piensan de Jalas'tar en esta breve participación? No se sabe mucho de
él en los demás libros así que me da curiosidad saber qué percepción tienen
de este hombre.
También díganme qué les parece la princesa a esta edad, qué piensan de las
decisiones que ha tomado
5: Embajadora de Baham
(Capítulo dedicado a Lourdes-Aban por ser el primer comentario del
capítulo pasado)
Ara,
capital de Áragog
Lo primero que Shaula notó al llegar a la capital fue que la gente de Ara no
conocía el sol. Una ventisca helada, como la de las noches más frías en
Baham, arrasó el interior del carruaje apenas la princesa abrió la ventana.
En realidad sí había un sol. Pero era totalmente blanco, casi cristalino.
Brillaba con la escarcha de una estrella, solo lo justo para iluminar pero sin
dar nada de calor.
Fue la explicación que tuvo al ver lo pálidos que eran todos desde la entrada
del palacio hasta la sala del trono donde fue recibida con un pomposo baile
y apenas un asentimiento de su padre. No esperaba más. El rey de Áragog
no podía andar regalando abrazos en público, ni siquiera a sus hijos.
Ninguno de sus hermanos la recibió entonces. Aguantó el baile hasta el
final, todavía con las broncas pasadas con su madre agriando el reflejo de la
sonrisa en sus ojos.
Todos los presentes decían lo mismo: que era la mujer más hermosa de todo
el reino, que en sus ojos brillaba el hechizo del escorpión más antiguo.
Pero Shaula sabía la verdad, lo que no decía nadie por decoro o porque no
terminaban de entenderlo. No era el hechizo de un escorpión lo que había
heredado, era el veneno.
Nadie hizo más que elogios a sus atributos físicos y a sus accesorios.
Muchas preguntaron al respecto del viaje o del clima, o su opinión sobre los
vestidos de otras damas, pero ninguno la invitó a opinar sobre política,
religión o al menos al respecto del sobreprecio de la exportación de Antlia y
los disturbios que esto había generado en los últimos meses.
Ni siquiera tocaban esos temas delante de la princesa.
Shaula quería creer que se debía a que claramente estaban en un baile que
celebraba su llegada, un momento para disfrutar y nada más que eso.
—Es momento de que conozcas a tus próximas doncellas y te familiarices
con ellas —le dijo su mamá al acabar el baile.
—¿En este momento? Eso es algo que puede esperar, madre —argumentó
la princesa quitándose su collar—. Lo que urge es que sea presentada al
consejo. Ya estoy hastiada de conocer lords de poca relevancia en la
dirección del reino.
—Hay un itinerario, Shaula, no te lo puedes saltar solo porque eres una
princesa.
La princesa
—corrigió—. Las demás no lo son de sangre, heredan sus títulos solo por
tener por padre un alto lord. Y el itinerario puede alterarse cuando tiene tan
poca relevancia. Necesito adentrarme en la política cuanto antes, como
vuelva a escuchar un comentario sobre mi vestido...
Su madre la tomó por el hombro.
—Estás hablando como una pueblerina, Shaula Scorp. Luego de la pataleta
que armaste has sido nombrada la embajadora de los Nashira en Ara por
encima de mí. Eres la única Scorp mujer de nacimiento en esta corte.
Compórtate como tal y deja de hablar con tal altanería. ¿Hace falta que
traiga una preparadora a custodiar nuestros diálogos para que te portes a la
altura?
Shaula bajó la cabeza en sumisión y en esa misma pose contestó a su
madre:
—Lo lamento, no fue mi intención excederme. El viaje me ha puesto
ansiosa, el baile solo lo multiplicó, y la ansiedad me hace descuidada.
Su madre asintió y la soltó.
—Eres una princesa, Shaula, no un monarca. E incluso si lo fueras, mira a
tu padre. Jamás lo verás comportarse como lo haces tú. Es vergonzoso,
incluso para una noble inferior.
Shaula se mordió el labio salvándose de ser descubierta al tener la tela en la
boca, y no dijo nada ante el claro insulto que había recibido.
Inspiró profundo, y se dijo en su interior que el problema era su madre, tan
cerrada de mente, tan obsesionada con la idea del orden que no podían
cambiar. Shaula lo asociaba con un nivel de envidia interiorizado. Su madre
era la reina, y había asumido el puesto de reina que Áragog delegó para
ella, ese estatus de nulidad que solo le exigía concebir herederos. Se notaba
su resentimiento hacia su realidad, pero no un impulso por hacer algo al
respecto teniendo la facilidad de un Lesath como esposo.
Shaula era una princesa, las preparadoras la instaron a admitirse como
inferior, como una doncella más, pero no lo aceptó.
Cuando a partir de sus trece ciclos decidieron que tenía cultura suficiente y
quisieron limitar sus clases a solo artes y bordado, se quejó. La reina no
hizo nada al respecto —no quería provocar habladurías, y ya invertía
demasiado en que su hija aprendiera defensa personal en secreto—, pero
Jalas'tar le dio a su nieta lo que pedía: un mejor tutor.
Cuando las preparadoras insistieron en que Shaula llegara directamente a la
capital en busca de un compromiso pese a no tener la mayoría de edad, la
princesa lo impidió consiguiendo incluso ser nombrada como embajadora
de Baham, desplazando a su madre de aquella posición.
Shaula era inferior en todo sentido, pero no lo aceptaba. Sabía que, si le
daban una brecha, si se descuidaban, podía tener mucha más influencia que
sus hermanos, al menos hasta que Sargas fuera coronado.
Ya tenía un puesto en el consejo como representante de los Nashira. Era el
primer paso.
—Entiendo que me he alterado, madre, pero creo que pese a mi manera de
comunicarme no he dicho nada incorrecto. Sería provechoso que me
presente en la más próxima reunión del consejo, que se acostumbren a mi
participación. Saludar a las doncellas es algo que puedo hacer luego sin que
afecte en nada, algo en lo que podría relevarme mi preparadora, por
ejemplo.
—Haz lo que quieras, Shaula. No estoy para cuidarte más. ¿No que estás
grandecita? Arréglatelas, yo tengo cosas que hacer.
La mujer dejó la habitación en un arrebato que dejó a Shaula descolocada,
incapaz de entender qué le había pasado a su madre para tener ese humor y
tan poca tolerancia.
~ ~
Shaula llegó tarde a la reunión del consejo por algunos minutos. Se le
prohibió movilizarse sin sus guardias custodios y estos tenían órdenes de la
reina de esperar a que apareciera la preparadora y solo entonces escoltar a la
princesa.
—Tu madre me ha advertido de tu humor actual —le dijo la nueva
preparadora a modo de reproche—. Te diré cómo se hacen las cosas en la
corte: ¿quieres ser una princesa aceptada? Sé una princesa bonita. Y ya está.
La ilusión de Shaula era vertiginosa, los sueños formando chispas en el
estómago de una pequeña princesa que se creía grande. Sabía que debía
comportarse a la altura, se repitió todo el camino sus lecciones para no
avergonzar el apellido ni dar argumentos a su madre con los qué
desacreditarla para recuperar el puesto como embajadora.
Estaba preparada, o al menos estaba lista para estarlo.
Llegó al consejo con su preparadora a su lado, y tomó asiento a un lado con
cuidado de no faltar a ninguna norma de etiqueta. Hizo los saludos
pertinentes, asintió con elegancia ante las sonrisas que recibió y luego...
Nada. Solo silencio e intercambios de miradas incómodas mientras el rey
solo leía y leía un manojo de documentos que lo atiborraban. Firmaba
alguno y lo pasaba a su ayudante para recibir el siguiente.
El silencio siguió así mientras los lores del consejo bebían y la incomodidad
entre ellos intensificaba. Hasta que uno de ellos habló.
—Tú debes ser la princesita...
Barba rojiza, capa con el prendedor de la mano.
Es lord Zeta Circinus, mano del rey, padre de gemelos e hijo de la anterior
mano»,
entendió Shaula.
Shaula lanzó una discreta ojeada de soslayo a su padre para confirmar lo
entregado que estaba a sus papeles. No sería él quien corrigiera la manera
en que la había llamado su mano.
—Shaula Scorp, mi lord —saludó la princesa con un ligero asentimiento—.
Para servirle.
—Estábamos todos muy ansiosos por conocerte, aunque desde luego que no
esperábamos verla tan pronto, y mucho menos aquí.
Shaula entornó sus ojos solo un poco. ¿Cómo que «tan pronto»? Si había
llegado tarde.
—Como embajadora de Baham y represente de los Nashira, creí pertinente
integrarme de inmediato a las reuniones del consejo, mi lord.
Lord Zeta lanzó una mirada menos discreta hacia Lesath Scorp.
—¿Y fue algo que consultaste con tu padre, niña?
Niña
», repitió Shaula para sus adentros, sintiendo aquellas palabras como bilis.
Pero debía comportarse, y demostrar que era una equivocación referirse a
ella de ese modo, no simplemente mencionarlo.
—¿Se refiere a mi asistencia a las reuniones, mi lord?
—Por supuesto. Aquí se discuten asuntos delicados para los que se necesita
estómago, experticia y discreción. No son reuniones abiertas al público.
—En ese caso, no, no fue algo que discutiera con el rey, ya que no me
pareció un asunto discutible. Los embajadores de cada principado de
Áragog tienen pleno derecho a la asistencia a estas reuniones y
participación en los temas de interés para el reino.
—Es cierto en otras condiciones, pero el puesto de embajador de Baham es
una mera cortesía concedida a su madre, que siempre entendió su lugar y
delegó la carga del consejo en quien está preparado para asumirla: el rey.
Shaula respiró y aguardó un instante antes de hablar. Las respuestas veloces
y automatizadas le darían un aire de estar a la defensiva, o de alardear de
una destreza de mente que podría herir el ego de los demás en la sala.
Ninguna de esas dos opciones era tolerable en una princesa: quedaría como
una altiva o una resentida.
—Ahora que he considerado lo que dice, comprendo la confusión, mi lord
mano. Pero debe tener en cuenta que yo no vengo en representación de mi
madre, sino de Jalas'tar Nashira, quizá, precisamente, porque no le
convencía cómo se estaban llevando las cosas con anterioridad.
—Como digas, princesa —cortó la mano con una sonrisa condescendiente
—. Esto ya lo discutiré yo en privado con tu padre luego. Si quieres
quedarte hoy, te complacemos con gusto.
Me están tratando como a un bebé...».
Shaula no quería mostrar su molestia, pero las orejas le ardían.
Respira
...».
—Disculpe, mi lord, pero si va a discutir con el rey al respecto de mi
estadía en el consejo, ¿no debería yo participar de dicha discusión?
—Deja que hablen los adultos, ya todos sabemos tu opinión. El rey hará lo
que mejor le parezca.
A Shaula se le cayó la ilusión a los pies. No porque estaba siendo
minimizada, sino por la estúpida reacción de sus ojos al cristalizarse por
ello. Tenía que ser más fuerte, debía poder ocultar sus emociones mejor. En
cambio actuaba como la niña que decían que era, buscando con ojos dolidos
a su padre que tan cerca estaba, y tan inaccesible a la vez.
Sí soy una bebé, ¿cómo voy a discutirles eso si al primer conflicto me
pongo llorosa y busco refugiarme en papá?».
—Pero ya que estás aquí ahora, ¿nos contarías qué tal tu viaje? —preguntó
uno de los hombres del consejo. Shaula lo reconoció como el alto lord de
Antlia, la costa de Áragog—. ¿Ya conociste a tus pupilas?
—¿Pupilas?
—Sus damas, mi lady. Yo mismo escogí las mejores opciones de la nobleza
de Antlia para que estuvieran a su cargo. Su padre nos informó que estaría
encantada de hacerles además de mentora, ha sido muy amable de su parte,
princesa.
Shaula forzó una sonrisa. No le agradaba la noticia de que además tendría
que hacer de niñera de sus doncellas.
—Todavía no he tenido el honor de conocerlas, mi lord. Pero podría
hablarme de ellas.
—No a todas las he escogido yo, debo aclarar, solo a las mayores de la casa
Merak. Vienen de la costa de Perseus en Antlia.
—La casa Merak... ¿No son Tauro Merak y Lysandr Merak sus lord y lady?
—Así es princesa, son una casa muy importante y le aseguro que las
jovencitas tienen las aptitudes pertinentes para ser la compañía y el apoyo
que una princesa escorpión merece y necesita.
Shaula le sonrió genuinamente a lord Andry. Al menos de él había recibido
un mínimo respeto y una conversación que no pretendía humillarla.
—¿Me diría el nombre de mis futuras pupilas, mi lord? Lamento reconocer
que no he estudiado a la familia Merak tanto como debería.
—Las que le harán de dama son lady Altair y lady Isamar. La tercera
hermana no es casadera todavía, por lo que el viaje a la capital no la
beneficiaba en lo absoluto por el momento.
—Comprendo. Pero tengo entendido que todavía tendré una tercera
doncella, ¿no? ¿Quién es?
—¿Cómo no lo sabe? —intervino otro de los hombres en la mesa—. Es su
prima.
—¿Prima de dónde?
—Del castillo de Fornax en Hydra.
Los ojos de Shaula se agrandaron con la impresión de la noticia.
—Jabbah.
Jabbah II Elioth Scorp era hija de lady Jabbah Scorp y lord Arturo Elioth.
Shaula no tenía comunicación con sus primos o tíos, normalmente estos
gozaban de su posición privilegiada lo más lejos de la corte posible, en
especial los que habían perdido la relevancia de su apellido al casarse o ser
hijos de un Scorp mujer; pero al parecer habían decidido casar a Jabbah II y
utilizar a Shaula como un medio para conseguirle un buen marido.
—A todas estas, princesa, ya que pretende quedarse hasta que acabe esta
reunión... —intervino nuevamente la mano del rey—. ¿Nos deleitaría con
alguna pieza?
Aunque «¿disculpe?» era la respuesta instintiva para Shaula, su preparadora
la seguía de cerca con un escrutinio ineludible. Así que, en sumisión, pero
sin encogerse más allá del porte de una dama respetable, perdida detrás del
cubre bocas y el velo, dijo:
—No estoy segura de haber entendido lo que pretende de mí, mi lord mano.
—Piano, querida. ¿Nos tocarías algo?
Shaula quiso levantarse e irse de inmediato. Sentía que el hombre no
intentaba ser cortés ni era tan ignorante como para no entender que Shaula
no existía con el único motivo de deleitarlo, como si fuera una simple
vendida nacida para cumplir sus deseos. Sentía que lo estaba haciendo
adrede, que escogía con cuidado sus comentarios para minimizarla.
Empezaba a extrañar a las personas del baile que le preguntaban sobre las
cortinas, al menos no auguraban tan mala vibra.
Sabía tocar, simplemente no le daba la gana de hacerlo para ellos.
—Lamento decepcionarle, mi lord, mis dones con el teclado son escasos.
No pretendo ser un incordio para sus oídos.
La preparadora la seguía con la mirada fijamente, evaluando hasta la última
inflexión, la posición exacta de sus manos y el ángulo de su mentón.
—¿Hablas en serio? Todas mis vendidas tocan. —agregó la mano con un
guiño hacia los miembros del consejo—. Y el piano también.
—¿Le parezco yo una vendida, lord Zeta? —explotó Shaula, aunque lo hizo
empleando todas sus fuerzas para evitar subir el tono—. En ese caso,
debería repasar el libro de la casa Scorp que me leí yo con cuatro años.
—Cuidado, Zeta —advirtió el rey por primera vez, aunque sus ojos seguían
concentrados en sus papeles—. Puede que mi hija no tenga afinidad por el
piano, pero si te descuidas te podría enseñar a interpretar ese mapa con el
que llevas horas batallando.
Fue el momento más gratificante para Shaula Scorp. Su padre no alzó la
cabeza, pero no hizo falta, la princesa leía la sonrisa contenida en su
expresión concentrada. Disfrutó de las risas de los lores como aplausos de
aceptación, y se irguió mucho más con el plausible desagrado que mostraba
la mano.
Al fin un momento que sabía a suyo dentro de aquel consejo. Y entonces su
padre tuvo que ausentarse un momento, y los lores comenzaron a dialogar
entre ellos ignorando rotundamente a la princesa.
Y no era esa clase de conversación en la que ella no quería participar
porque no quería o no sabía qué comentar, sino que en varias ocasiones
hablaban abiertamente de ella haciendo comentarios que la minimizaban.
Se estaban aprovechando de que no estaba el rey para defenderla, y
entonces Shaula se sintió todavía más inferior. Entendió que el escaso
instante de aprobación que había había recibido no había sido por ella, sino
por su padre.
A los ojos del consejo, Shaula Scorp seguía siendo nada.
En un momento, el hombre a cargo de las finanzas de Áragog hizo un
comentario que Shaula ya no pudo ignorar.
—¿Es que nadie va a hablar de su escote? —dijo el hombre—. No se le
puede seguir diciendo princesita si tiene más busto que mi vendida favorita.
Shaula abrió los ojos horrorizada, sus mejillas ardiendo en cólera. Pero
todavía respiró antes de contestar, no dejando escapar todas las réplicas que
habían pasado por su cabeza.
Su padre le había enseñado que para gobernar, había que empezar por
dominarse a sí mismo.
—Mi lord, no es mi intención ofenderle, pero me temo que debo recordarle
que los comentarios sobre mi busto no son aptos para una reunión como
esta. Estoy aquí presente, tal vez podría suprimirlos al menos hasta que me
vaya, para no incomodar. No he aprendido todavía a no sonrojarme. Usted
entenderá, ¿o no, mi lord? Al fin y al cabo tengo la misma edad que su hija.
—Shaula —advirtió su preparadora, pero todos la ignoraron.
—Si no quería que se hablara de su busto en una reunión del consejo, tal
vez debió venir con un escote más discreto. ¿O no, princesa?
—Un escote más discreto no sé, pero los guardaespaldas sí que debí
haberlos dejado. Temí a lo que pudiera enfrentarme en este salón, pero he
estado en templos con hombres más intimidantes. Al menos los sacerdotes
no necesitan humillar a una
princesita
para validarse a ellos mismos.
Un segundo. Un segundo fue lo que duró la satisfacción de la princesa al
ver la grieta en el ego del lord al que se había dirigido. Pero enseguida eso
pasó a segundo plano, porque la varilla de la preparadora azotó la frente de
la princesa para reprender su arrebato, lo que provocó una oleada de
carcajadas en su contra.
—Ya que el piano no es lo tuyo —agregó lord Zeta llenando su copa—,
deberías probar con el circo. Se te da natural esto de provocar risas.
~~~~
Nota de autora:
Y ya introdujimos a la asquerosa mano del precioso rey. Aff. ¿Qué tal les
cayó en este capítulo? ¿Qué piensan de Lesath y la situación de Shaula en la
corte?
Y ya van a conocer a las damas... Jijiji
Hasta ahora, ¿qué les parece este reino? Sus distintas culturas entre Ara y
Baham, el vistazo que tienen a sus leyes y la ambientación.
¿Les está gustando la historia?
6: Hazme tu villana
La música es un lenguaje que no se traduce, se siente. A Shaula le
enseñaron que el canto tiene la finalidad de ser agradable, de imponer la
felicidad sobre cualquier otro sentimiento ante quienes te escuchan. Pero
ella no podía componer sin ira.
Gracias a su doble cultura, su mente era un desastre entre pensamientos en
lengua áraga y bahamita, pero a la hora de escribir prefería hacerlo en el
idioma de Baham. Era una lengua que expresaba más en menos, difícil de
traducir, ambiguo de interpretar. Le daba mayor libertad de expresión.
Ese día, en la intimidad de su habitación, su voz combinó sonido y tiempo
hasta tejer una canción que hablaba sobre el dolor en las grietas de un sueño
infantil.
Y lloró. Ella decía ser fuerte, ser el veneno sin colmillos, pero era tan frágil
como querían hacerla sentir. Era menos que una mujer: era una niña.
El llanto tiñó de rojo su rostro y formó en su nariz una humedad delatora.
Cada nueva lágrima la hacía airar todavía más, porque confirmaba su
blandeza.
«No sirves para esto»
, le decía su mente.
—Claro que sirvo, solo no me dejan demostrarlo —respondía ella entre
dientes con los brazos abrazando sus piernas y las rodillas bañadas de
lágrimas.
Cuando tocaron la puerta de su habitación supo que había acabado su
brecha de paz. A partir de ese momento su intimidad sería compartida, su
privacidad erradicada. Volvería al custodio constante que tenía desde el
momento en que nació.
Hasta llorar sería un privilegio a partir de entonces.
Secó sus ojos, acomodó el velo y el cubre bocas y se adelantó a abrir la
puerta con el estómago reviviendo el ardor de la impotencia.
—Tus damas —ladró la preparadora apenas abrió la puerta.
Shaula se hizo a un lado y señaló al interior de la habitación.
—Que pasen.
—Cuida el tonito conmigo, Scorp —espetó la mujer—. No soy tu amiguita.
—Pero no usé ningún...
Una bofetada silenció el reclamo de la princesa, que tuvo que morderse la
boca con todas sus fuerzas para evitar llorar de nuevo.
Había sido su error. Ella sabía que replicar a los adultos estaba mal, que los
peros los tenía prohibido. Sin embargo seguía sin entender por qué debía
callarse y aceptar las reprimendas cuando le decían que había hecho algo
que estaba segura de no haber hecho.
Esa preparadora era peor que las que tuvo en Baham. Más arisca, menos
accesible, menos permisiva.
Shaula tenía dieciséis, pero entendía cómo funcionaba el mundo. Se
aprende rápido cuando tienes que crecer en una posición como la suya. Su
discernimiento sobre la escala social le hacía entender el desprecio
injustificado de la preparadora hacia ella: corregir a Shaula era el único
poder que tendría en la vida, por ello abusaba de el.
—Me disculpo —dijo Shaula apenas contenida.
—No acepto tu disculpa. ¿Así piensas mostrarte ante la nobleza luego de
faltarles al respeto? Por Ara, estás peor de lo que me advirtieron. ¡Hazme
sentir que te arrepientes!
Ese se estaba convirtiendo en el peor día de la vida de la princesa. No había
pasado una noche en la capital y ya extrañaba la tierra a la que jamás se
atrevió a llamar casa porque esperaba con añoranza ese maldito castillo.
Cerró los ojos, convenciéndose en vano de que estaban solas, que no
estarían sus tres damas detrás de la preparadora presenciando cómo
humillaban a su princesa. Respiró, y recitó:
—No sabe cuánto lo lamento, mi lady. A veces no mido mis impulsos, pero
por suerte la tengo a usted. Sé que me enseñará en este camino, sé que me
ayudará a ser mejor.
Una nueva bofetada le demostró lo poco convincente que había sido. Eso, o
las ganas que tenía la preparadora de volver a pegarle.
—Ni si quiera te molestes en volver a intentar —escupió la preparadora—,
no te creo nada. Te dejo con tus damas, vendré a supervisar cuando lo crea
pertinente. No me busques a menos que sea por alguna emergencia.
Ni porque esté quemándose mi alma la buscaré, descuide».
—Sí, mi lady.
Cuando la preparadora se fue, Shaula se alejó de la puerta y esperó hasta
que una a una las damas fueron ingresando a la habitación.
La primera en entrar fue la mayor de las hermanas Merak, Altair Merak,
seguida inmediatamente de Isamar Merak. Piel aceitunada, cabellos largos,
espesos y oscuros. Lo típico del gentilicio de Antlia, una más bronceada
que la otra.
Pero a Shaula no le importaba la apariencia de esas dos. Le horrorizó lo que
llevaban puesto.
Antlia era el único extremo del reino habitado que colindaba con los
inmensos mares que rodean Áragog. Debido a sus tardes soleadas la moda
diaria había evolucionado hasta volverse una cuestión de horror para la
nobleza de Ara. Las mujeres de Antlia llevaban torso cubierto solo por un
corsé sin mangas, separado de la falda de modo que mostraban parte del
vientre. Las faldas además eran confeccionadas a parte, y algunas eran tan
cortas que mostraban hasta las rodillas.
«¿A esa cochinada llaman vestido?»,
pensó Shaula mirando a las hermanas Merak con los ojos muy abiertos.
Además del diseño horroroso, los colores típicos de Antlia iban del beige al
marrón, y algunos corsés estaban hechos de un cuero que los hacía parecer
parte de una armadura. El emblema de las pescadoras a las que
informalmente se les llamaba «piratas».
Al menos esas habían tenido la decencia de cubrirse las piernas.
Shaula se volteó directamente hacia la mayor de las Merak, Altair, y le dijo:
—Perdone, mi lady, pero... ¿Podría explicarme qué llevan puesto?
La dama asintió con respeto y le dijo a la princesa:
—Lo que ve representa nuestra cultura, mi lady.
—Mas no la de Ara, ¿o sí? —inquirió la princesa.
—Usar la vestimenta de Antlia es nuestra manera de honrar nuestras
tradiciones, mi lady —siguió Altair Merak—. Su padre ha sido muy
comprensivo y generoso, nos ha dicho que mostrar nuestra riqueza en
variedad de culturas en la corte será beneficioso y refrescante.
—Y no ha pensado, lady Altair —dijo Shaula con un gesto desdeñoso, una
altivez sin edulcorar—, que mostrarse en mi corte vistiendo los harapos de
su tierra podría resultar... ligeramente insultante. Algún noble
descontextualizado podría tomarlo como una muestra de falta de interés, un
gesto aversivo, un mensaje sobre lo poco que les importa incorporarse a
esta corte... ¿De eso se trata?
—No, mi lady, nosotras solo...
—Le pregunto ahora, ¿cómo vería que la nobleza de Deneb se paseara por
el castillo vestida con todo ese pelaje, capas, abrigos, cuellos altos y guantes
de cuero?
—Se sofocarían. Dependiendo de la hora, claro.
—Es decir —continuó Shaula con una sonrisa condescendiente oculta
detrás de la tela— que es inequívoco alegar que estarían fuera de lugar.
—Dado el clima, mi lady.
—Dadas las apariencias, apariencias que irrespetan al venir vestidas como
pescadoras. Y no soy tu lady, soy tu princesa. He de ser llamada «su alteza»
en lo que respectivo a dirigirse a mí.
—Sí, su alteza.
Por primera vez en lo que iba de su llegada a Baham, un leve cosquilleo de
satisfacción tentó sus labios a una sonrisa.
Podía seguir así. Podía vivir con ser esa persona.
—¿Entiende por qué yo mantengo en la medida posible las costumbres de
vestimenta de Baham? —preguntó entonces.
—Porque es usted la princesa de Áragog, embajadora de Baham, hija del
escorpión, ¿quién sino? —contestó Altair con una reverencia—. Me
disculpo, su alteza. Nos cambiaremos...
—No lo harán. Mantendrán sus costumbres mientras estén al servicio como
mis damas. Sin embargo en la corte espero que demuestren, a mí antes que
a nadie, que han venido a formar parte de, no a insultar nuestras
costumbres.
—Sí, su alteza.
Altair finalizó aquel diálogo con una reverencia más, y entonces entró en la
habitación la tercera dama: Jabbah II Elioth Scorp.
—Prima —saludó.
—Lady Jabbah —saludó Shaula con un escaso asentimiento en saludo—.
Tengo entendido que de lady Elioth ha manifestado su deseo esperando que
pueda tomarte como mi pupila.
—¿Pueda? —preguntó Jabbah perdiendo su sonrisa con nerviosismo—.
¿No has accedido ya?
Al ver la impunidad de Shaula a sus palabras, se apresuró a rectificar:
—Su alteza.
—No he decidido nada porque nada me ha sido demostrado. ¿He de tomar
por pupila una analfabeta? No. Es mi deber cerciorarme de tus
conocimientos antes de acceder a la petición de mi querida tía.
—¿No es la finalidad de una pupila aprender? ¿Es relevante cuánto sepa
antes de ello?
Shaula se volvió a mirar por encima de su hombro a la dueña de esa voz
que no había escuchado hasta entonces. La habían preparado para entender
que los labios no eran desnudez en otras culturas, pero en ocasiones todavía
se sonrojaba con algunos y por ello evitaba mirarlos. Pero con Isamar
Merak fue difícil no mirar esa mueca sin maquillar. Destacaba incluso más
que el verde de sus ojos.
Shaula se volvió al frente sin dirigirle ni una palabra a la que recién
hablaba, lo que hizo que ella se preocupara más.
—No malgastaré mi tiempo, prima Jabbah —aclaró Shaula—. Lectura,
historia y geografía son el trabajo de una institutriz. El deber de una
mentora no es enseñar, es ampliar el conocimiento. Política, erudición y
filosofía no se enseñan a quien no sabe leer.
Lady Jabbah se sintió francamente empequeñecida a pesar de que era cinco
ciclos mayor que su prima.
—Sé leer, alteza —dijo no sin cierta vergüenza y a regañadientes.
—Es el primer paso. Yo te enseñaré qué leer. Mientras... ¿Tocas?
—Piano.
Shaula la dejó donde estaba y salió por la puerta de la habitación donde dos
de sus guardias custodiaban.
—Sir Petyr —le dijo a uno—. Acompañe a lady Jabbah en busca de un
pianoforte. Reclute a los hombres que haga falta, pero vuelva con el
instrumento cuanto antes.
—Sí, alteza.
Shaula regresó a su habitación sin dedicarle ni una palabra más a las damas,
queriendo por primera vez una tela más oscura sobre sus labios, que fuera
imposible adivinar la curva satisfecha.
En Baham no generaba esas reacciones. «Nadie es profeta en su tierra»,
leyó alguna vez, y eso lo explicaba bien. En Baham tenía amigas, vendidas
—que debían obedecer a cualquiera—, familiares y admiradores. Pero no
súbditos. Nadie que reaccionara a su voz como lo habían hecho sus
doncellas.
Luego de la humillación en el consejo, un poco de respeto le sabía a gloria.
No es que intentara justificarse. No había nada qué excusar. Era la princesa
escorpión, no intentaría fingir que no le tentaba el sabor de la tiranía.
Su habitación era inmensa, eso debía destacarlo. Entrar a su librería
personal era como atravesar el más grande de los salones. Con una ventana
abierta, el aire fresco acariciando las cortinas, una mesita y un sillón, tenía
todo lo que le hacía falta para sentarse a leer.
Y eso hizo.
Hasta que una de las doncellas la interrumpió.
Lady Altair, nuevamente, porque al parecer su hermana era muda cuando le
convenía.
—¿Y ahora, su alteza?
Shaula arqueó una de sus cejas.
—¿Debo decirles, además, cómo hacer su trabajo? No he conocido
vendidas que lo ameriten, ¿por qué mis damas sí?
Altair lució avergonzada y corrió a recoger lo que estaba fuera de lugar en
el área dormitorio. De inmediato su hermana menor, habiendo escuchado a
la princesa, fue por un peine.
Pero cuando se acercó a Shaula, esta alzó su mano para detenerla.
¿Cómo se le pudo ocurrir que el momento de su lectura era el indicado para
cepillarle el cabello? ¿En serio era lo que pensaban que hacía una princesa
todo el día?
—Tú eres... —Shaula hizo gestos de estar pensando el nombre, pero
desistió en su intento—. La menor.
—Isamar, su alteza.
—Las jóvenes tardan más en aprender cuándo no abrir la boca.
—Tengo entendido que supero su edad.
—Mas no mi instrucción.
—No, definitivamente.
—¿Tú qué haces?
La dama se encogió de hombros, como restándole importancia.
Shaula la miró de arriba a abajo, pretendió que fuese un gesto despectivo,
pero había analizado con disimulo su torso, cintura y la piel expuesta de su
vientre. Se le hizo fácil envidiarla, aunque su cuerpo fuera mejor. No quería
competencias, ella también tendría que buscar marido pronto.
—Si te digo que estoy aburrida... —Empezó a decir Shaula con el
cosquilleo de la mala intención en sus inmensos ojos marrones—. ¿Qué
sugerirías, como mi dama?
—Conseguirle un bufón, su alteza.
Si quedaba rastro de amabilidad en el rostro de Shaula, desapareció
entonces.
Cerró el libro y arregló su postura al sentarse, sus manos una encima de la
otra elegantemente posicionadas mientras sus ojos se volvían intolerantes.
—Si consiguiera un bufón para distraerme, ¿cuál es el propósito de tener
tres damas, no? En caso de que el bufón me diera a basto, tú sobrarías.
Regresarías a tu charco a destripar pescados, y tendrías que esperar a que
alguien más te acepte como su dama. Pero nunca será Shaula Scorp,
princesa de Áragog. Jamás te dará la posición aventajada que consigues con
mi influencia, ni la posibilidad de un matrimonio como el que ahora podrías
ostentar. Así que, si te digo que bailes, bailarás para mí. Si te digo que
cantes sin que sepas ninguna canción, la improvisas. Si te digo que estoy
aburrida...
Shaula se dejó caer en el respaldo de la silla con la irreverencia de un rey, e
hizo con sus manos la floritura de una serpiente envenenada al decirle:
—Hazme reír, Isamar —finalizó Shaula acentuando en el nombre de la
susodicha el acento bahamita.
Humillada, lady Isamar tragó todas esas objeciones que temblaban en su
garganta. Le habían hablado de una princesa a la qué añorar, no temer.
Shaula Scorp Nashira, y sus ojos envenenados, fueron la única tiranía de la
corte para la que no le habían puesto sobre aviso.
Nota de autora:
Ya conocieron a las damas, ¿qué piensan de cada una de ellas?
¿Qué les parece la actitud que Shaula ha tomado en este capítulo y del trato
que le da su preparadora?
7: El príncipe dorado
Cetus,
zona rural del reino
Antares era el menor de los escorpiones, y también el único con presencia
en la corte desde su nacimiento.
A veces le costaba asumir que no era hijo único. Su hermana mayor creció
lejos del castillo, jamás había visto de ella ni un bosquejo. Y al del medio
—el supuesto heredero— muy pocas veces se lo cruzaba.
Sargas vivía en una custodia constante. Tenía libertad de movimiento, pero
no en su identidad. Podía pasearse por todas las calles del reino si así le
placía, pero sin revelar quién era. Y por supuesto, nadie jamás lo había
reconocido.
Ni Antares lo habría reconocido si no se lo hubiesen presentado como su
hermano.
No se llevaban bien, lo cual era de esperarse. De Sargas había muchos
rumores dado su anonimato, y de Antares solo alabanzas. Al heredero no le
gustaba eso, y a Antares no le gustaba dejar de presumir.
Tal vez por ello no les permitían encontrarse sin sus padres como
intermediarios. Tal vez temían que se matasen mutuamente.
Antares había oído de la llegada de su hermana a la capital, pero el evento
coincidió justo con la partida del príncipe a iniciar la gira por el reino en
representación de la corona.
Solo había tenido tiempo para esperar a su madre antes de partir, pues su
padre insistió en ello.
A su hermana la conocería luego.
En su gira tuvo una reunión con la prensa de Ara, un discurso en un baile
benéfico de Hydra y un exhaustivo recaudo de donaciones a lo largo de
cada rincón del reino que pisó.
Recién llegaba a Cetus, la zona más rural del reino, donde la clase obrera
abunda, donde la nobleza y la baja alcurnia son fácilmente confundibles,
donde las niñas destinadas a ser vendidas van a las peores casas de
preparación, crecen en las condiciones más precarias hasta sus dieciocho
años cuando son lanzadas a los mercados de menor prestigio.
Por ley, en todas partes de Áragog cualquier matrimonio de clase alta del
que se genere más de una hija como descendencia, tiene la obligación de
destinar una de estas niñas a casarse con un hombre de baja alcurnia para
aliviar la gran demanda de esposas. Así, la mujer noble pierde su estatus al
igualar el de su marido, y cualquier hija nacida de esa nueva unión será
comprada por alguna casa de preparación y a sus dieciocho años ofertada en
un mercado.
Antares sabía que, como rostro de la monarquía, como figura ejemplar de lo
que la corona representa, se esperaba de él que cumpliera las tradiciones y
leyes que los primeros escorpiones instauraron hacía milenios.
Pronto Antares tendría que comprar su primera vendida.
Y las mujeres lo sabían también.
Eso significaba que cada nueva casa de vendidas que pisaba el escorpión
dorado, estallaba en la ilusión que creaba la posibilidad de ser comprada por
el príncipe; ese del que tantos mitos se expandían, ese que había heredado
la belleza de los primeros escorpiones. Un hombre de largo cabello de plata
y sonrisa perlada, de ojos fundidos en oro, mejillas hundidas y pómulos
filosos.
No había nada que igualara el impacto de verlo sonreír, o de un guiño en
sus ojos.
Y él lo sabía.
Ese era el peligro.
El objetivo de ese viaje a Cetus era hacer entrega de una docena de
carruajes con alimento, vestidos y joyas en representación de la corona.
Era todo. Solo debía asegurarse de que la donación llegara a su destino,
pero él no lo quiso así.
Abrió la puerta del carruaje para dirigirse en persona a la vendedora que
recibiría el cargamento.
—Majestad —llamó uno de sus guardias poniendo la mano sobre su
hombro—. No debe bajarse usted mismo, menos en un lugar como este. Es
un riesgo...
—¿No «debo», dice? —inquirió el príncipe con una sonrisa que poco
camuflaba el sarcasmo.
Puso su mano sobre la del guardia, y con firme delicadeza la deslizó lejos
de sí.
Su madre estaba también en el carruaje, pero veía a la ventana contraria sin
decir nada. Como en todo el camino.
—El deber de un príncipe es su pueblo, sir —explicó Antares—. Si no me
ven, no me conocerán. Y no se puede amar lo que no se ha conocido.
Dígame, sir Dante, ¿cómo puedo reclamar la lealtad de unas personas por
las que no he hecho nada?
—Es usted un santo, su alteza —reconoció el caballero—. Habría sido un
excelente rey.
—Y eso es precisamente lo que espero que digan todos.
Antares bajó se un salto del carruaje y se encaminó a las puertas de «Jane
Eyre», una de las casas de preparación del pueblo.
Aunque la entrada estaba despejada, él sabía que dentro lo esperaban con
añoranza. Habrían oído los rumores.
En la puerta lo esperaban dos preparadoras, una que lo recibió reverente, y
otra que le ofrecía galletas y vino.
Antares no le comía galletas a cualquiera, y esas estaban desabridas, pero la
cortesía no lo mataría, el desprecio sí: a su reputación.
Sonrió luego de tragar la galleta y se negó al vino con el argumento de su
edad.
Acompañó a las preparadoras por el salón principal de la mansión donde
criaban a las vendidas de esa zona, y por un instante se preguntó cuán
miserable serían las vidas de las mujeres que lo acompañaban.
No eran esposas, no eran vendidas. ¿Cómo podían vivir sin pertenecer a
prácticamente nada, solas por la eternidad?
Las mujeres que pasan de los treinta en el mercado y no son vendidas se
convierten inmediatamente en preparadoras, y solo las preparadoras que se
destacan en su oficio tienen la opción de optar por el puesto de vendedoras
siempre que la corona le dé su aprobación.
Como la mujer que entonces lo recibió, lady Quién Sabe Quién, la
vendedora en jefe de Jane Eyre.
—Mi lady —saludó el príncipe Antares con una reverencia que estaba
acostumbrado a recibir, sabiendo el efecto que provocaría en la vendedora.
—Por favor, alteza, no es necesario que se incline... —expresó la mujer
enrojecida hasta la frente—. No sabe el honor tan gigante que significa
tenerlo por aquí.
—El honor es mío, mi lady.
En ese lado de la mansión ya era visible el coro de aprendices de vendidas
que tímidamente conversaban entre ellas fingiendo que no estaban ahí
únicamente para ver al príncipe dorado con sus propios ojos.
—¿Vino por su primera vendida, mi príncipe? —preguntó la vendedora—.
Nos honra con su presencia, nos honra con el privilegio de siquiera
considerarnos como una casa de dónde escoger.
—Ojalá fuera posible, mi lady, pero por desgracia aún no alcanzo una edad
decente para comprar mi primera vendida. Sin embargo, la alimentación de
estas me preocupa. He oído que están en condiciones... que podrían
mejorar.
La mujer ni se inmutó en admitirlo con un asentimiento.
—Hemos pedido ayuda al castillo, su alteza, pero mi lord mano se ha
negado a aumentarnos el presupuesto de manutención. Dice que hay
vendidas más decentes en otras ciudades. Hemos bajado el precio en el que
compramos las bebés a las madres para estirar el presupuesto, pero
recuperamos apenas lo justo cuando un hombre se lleva alguna de nuestras
vendidas del mercado. Pocos son los que pagan más de quinientas coronas
por una vendida. Y no vendemos a diario como otros mercados.
—¿Y le explicó eso a la mano?
—Sí, alteza. Muchas veces. Pero dijo que lo lamentaba, que en toda granja
se prioriza el alimento a los animales que dan leche. O algo así
Antares cerró los ojos ante el comentario y negó con la cabeza,
demostrando su desacuerdo con este.
—Terrible alegoría la que ha decidido escoger lord Zeta —comentó el
príncipe—. Algunos lords tienen de noble apenas la cuna.
Hizo señas a los guardias que estaban detrás de él para que se acercaran.
—Hemos traído ropa, alimento y otros insumos, mi lady —le dijo a la
vendedora—. Mis hombres le ayudarán a descargar todo. De aquí en más,
siempre que necesite algo pregunte por los caballeros de mi guardia y ellos
llevarán sus requerimientos directo hacia mí.
—¿Me está hablando en serio? —preguntó la vendedora con los ojos
humedecidos y la boca muy abierta.
—Por supuesto que sí, ¿cómo jugaría con un tema tan delicado? Ellos le
darán sus nombres y un medio de correo directo para contactarlos.
Recuerde, solo diríjase a ellos cuando necesite algo. Cualquier otro mensaje
a la mano es posible que sea ignorado.
—Oh, por Ara... —exclamó la mujer sorbiendo por la nariz y alzando los
ojos para evitar derramar esas lágrimas que se amontonaban en sus ojos—.
No sé cómo agradecerle...
—No agradezca, mi lady. —Entonces el príncipe miró a las jovencitas que
lo contemplaban, reprimiendo una sonrisa al ver cómo se sobresaltaban y
desviaban el rostro a toda prisa—. Tiene unas aprendices preciosas, mi lady.
Cualquier lord sería afortunado de pagar su precio.
No satisfecho con dejar a media mansión sonrojada, se despidió guiñándole
un ojo a todas antes de salir.
Subió al carruaje con una inmensa sonrisa y buscó los ojos de su madre,
pero ella no le correspondió.
Tragó, y de todos modos hizo el intento.
—La vendedora estuvo a punto de llorar de agradecimiento, madre.
Al principio la reina no respondió, concentrada en una misiva entre sus
manos que había leído al menos cien veces durante toda la gira.
Pero Antares no desistió en su espera, mirando tan fijo a la reina que ella
acabó por alzar la vista.
—¿Mm? —preguntó Sawla.
—La vendedora —repitió Antares recuperando su sonrisa—. Quedó casi
llorando.
—Ah, ya.
Antares cerró los ojos e inspiró profundo.
Cuando los abrió, ella había vuelto la atención a la ventana.
Era el fin de la conversación.
Antares se levantó para golpear la ventana del cochero y así indicar el
siguiente destino. Pero no pudo terminar su cometido gracias a la
interrupción de su madre que habló sin voltearse.
—¿Ahora a dónde, cariño? ¿A un refugio de sirios huérfanos?
Antares frunció los labios en una tensa línea muy tentado a responderle.
Pero no perdió el tiempo.
Se asomó fuera del carruaje y le silbó a uno de los guardias que ayudaba a
trasladar los insumos al interior de Jane Eyre.
—Sir, mi madre ha manifestado su deseo de descansar sin interrupciones de
camino al palacio y no quiero incordiarla. Yo volveré por mi cuenta.
—El énfasis en ciertas palabras y la manera en que alargas las sílabas en
otras le quita todo el mérito a tu deficiente intento para disfrazar tu pataleta
porque «mami» no te dijo lo que querías escuchar —soltó la reina con
elegancia, su voz amortiguada por estar hablando en dirección a la ventana
contraria.
Antares se mordió la lengua y se abstuvo de responder.
Lo último que hizo en ese carruaje fue decirle al guardia:
—Mi caballo.
—Enseguida, su alteza.
~~~
Nota de autora:
Me gustaría saber piensan de este capítulo y de Antares.
8: Mucho has vivido
Áragog era el reino de las constelaciones; Ara, la capital del cielo cósmico.
Un sol blanco por la mañana y una vorágine de estrellas y polvo violáceo,
azul y un blanco escarchado por la noche. El cielo más majestuoso, y
también el más despiadado.
El frío de la noche en la capital era asesino, ningún hombre lo resistía por
más de unas horas salvo que bebiera los cristales provenientes de las minas
de Cráter. Y ese detalle era un secreto, uno de los mejores guardados por el
estatuto real. Ningún hombre tenía permitido revelar a una mujer la
existencia de esos cristales.
El motivo mutaba entre la fe, la doctrina y la mitología. Cuestionarlo y
escoger una versión para creer era irrelevante: la ley era clara. Todo hombre
que alguna vez compra dichos cristales, entra a un censo minucioso y firma
un acuerdo de confidencialidad gravemente penado de ser roto.
Y aún así, Lesath le habló a Sawla de los cristales, ese místico e irrepetible
mineral de Cráter que la mantendría con vida si decidía salir por la noche.
No se culpaba por ello, no era el primer crimen que cometía inspirado —y
hasta instado— por ella. Y además fue antes, cuando la jovialidad de la
juventud y la anestesia de tan fuerte enamoramiento todavía eran mortales
en su toma de decisiones.
No se preocupaba. Sawla era una mujer astuta, tal vez... No, tal vez no: sin
duda, sí: sin duda demasiado astuta. No se dejaría ver paseando por las
calles nocturnas a menos que fuera a carruaje. No haría nada que delatara a
Lesath. No porque lo importaran las terribles consecuencias para él, sino
como podían repercutir en ella.
Así que el nerviosismo del rey esa madrugada no tenía nada que ver con los
malditos cristales y su maldito desliz al revelarle su existencia a su esposa.
No. Estaba estresado, con una mesa enorme atravesada en su dormitorio
porque era así de comprometido, persistente e insoportable con el deber. Y
si no resolvía algo en el consejo, lo asumía como un problema personal y lo
discutía con el único juicio en el que todavía tenía plena confianza: el suyo.
Si pudiera pedir un deseo a las estrellas en ese momento, pediría adelantar
un par de años en la instrucción de Shaula y Antares de forma que ambos
tuvieran el conocimiento requerido para ser partícipes de esos debates.
Entonces no lo pensaría, los haría llamar interrumpiendo su sueño para que
aportaran sus perspectivas a su problema. Sin importar los papeles que sus
hijos jugaban en la monarquía opacados por el bastardo, Lesath confiaba en
el potencial de sus escorpiones, aunque todavía no entendieran del todo su
veneno.
Un guardia irrumpió en su habitación y anunció el regreso de la reina
Sawla. Antares seguía en su gira, pero Lesath estaba informado de que
Sawla había tenido que regresar al castillo hacía al menos dos noches.
No importaba, no demostró más que alivio en su rostro al ver a su esposa
cruzar la puerta.
Dejó en el olvido lo que estaba haciendo, se alejó de aquella mesa y caminó
hasta recibir a Sawla Nashira.
No se besaban hacía mucho, él no iba a hacerle tan de pronto, pero su mano
sí que buscó, acariciando el satén de su guante entre sus dedos.
—No hace falta que te diga lo hermosa que estás, ¿o sí? —preguntó él. El
cariz de su comentario era claro en su calidez, pero la voz del rey no podía
disimular su agotamiento de esos días, en especial esa madrugada.
—Estoy cansada, majestad —se disculpó agachando el rostro—.
Ciertamente debo parecer un espanto. Me ducharé de inmediato para poder
descansar y no importunarte, pues noto que estás ocupado.
Lesath apretó la mano de su esposa y forzó una sonrisa más allá de la
pesadez, que acompañó diciendo:
—Imagino que debe ser agotador escuchar las cotorras de Vale parlotear
sobre sus impotentes maridos.
La mujer se detuvo con una sonrisa tensa y educada, y sostuvo sus ojos
sobre su marido.
Luego de un rato de aquel escrutinio, Lesath alzó la vista con una ligera
confusión en sus ojos ambarinos.
—Lady Lyz de Vale —insistió el rey—, ¿no es su marido un completo
impotente? No le ha dado el hijo que tanto espera en toda su década de
matrimonio.
—Yo... ¿Eso por qué es relevante, majestad?
Lesath soltó con delicadeza la mano de su esposa antes de proseguir.
—No hablamos mucho estos últimos días. Me he descubierto en parte
culpable por ello y me propuse entender tu círculo social para tener temas
de diálogo contigo. —Lesath entornó los ojos, como si recién evaluara la
posibilidad de estar en un error—. ¿No pasaste estas noches en la torre de
los Vale con lady Lyz? Lo lamento, tu doncella debió haberme informado
mal...
—No, no... —Sawla suspiró como si se quitara un peso de encima—.
Estuve en la torre de lord Vale, es solo que... Me desconcierta, majestad. No
esperaba tan espontánea muestra de interés en mejorar el diálogo de nuestro
matrimonio.
—Por el contrario, creo que he sido bastante insistente en ello en estos años.
Simplemente ahora pruebo otra alternativa para acceder a ti.
La reina le dedicó una sonrisa meditada y cruzó las manos sobre las manos.
A Lesath no le pasó inadvertido, en un vistazo de soslayo, cómo ella jugaba
con la punta de los dedos del guante.
—Lo lamento, su gracia, si he sido esquiva de alguna forma para con tus
avances.
—No te preocupes por eso ahora, ¿de acuerdo?
Lesath le sonrió, como si la viera por primera vez nuevamente, como ese
día entre todas las mujeres del reino, cuando la escogió como aquella con la
que compartiría su vida, sus hijos y su corona.
—Una torre preciosa la de los Vale, ¿no? La arquitectura, cada roca sobre la
que fue edificada, fue escogida, pulida y colocada por Graff Scorp.
—Tu bisabuelo —la reina sonrió—. Un trabajo como el de cualquier Scorp:
impecable.
—¿Siguen los cuadros de Aquiles? Siempre consideré comprarlos para mi
propio decorado.
—No... —La reina carraspeó y concentró su vista en la mesa de trabajo de
Lesath—. No estoy segura de haber advertido su presencia en la planta en la
que me quedé.
—Una de las más altas.
La reina lo miró con confusión.
—Lo digo por la bufanda y la capa —explicó Lesath señalando a la reina,
sus dedos elegantemente posicionados sobre la varilla de la pluma que
conservaba como si de una batuta se tratara y estuviese orquestando la
ambientación a sus palabras—. Debiste tener frío.
La mujer rio aliviada, un gesto nervioso que dejó pasar rápido al quitarse
elegantemente sus pendientes y caminar hasta el aparador para dejarlos ahí.
Antes de darse cuenta, tenía al escorpión detrás, sus dedos de largas uñas y
anillos múltiples subieron por la cara dorsal de sus brazos hasta posarse en
sus hombros y empezar a masajear.
—Lamento cada minuto que te he descuidado, Sawla —mumuró él bajo su
quijada.
—No me ha descuidado, majes...
Él la volteó, mirándola a esos profundos e inmensos ojos que hechizaban
tanto o más que la primera vez que los vio.
—Llámame por mi nombre —le pidió.
Ella le sostuvo la mirada, nerviosa y aterrada, aunque no entendía por qué.
Y es que había algo en esa mirada, algo augurando alrededor del rey que, a
pesar del cuidado comienzo de su barba y el endurecimiento de su rostro
que había adquirido con los años, de pronto parecía el mismo joven príncipe
que moría por besar a su prometida. Eran esos ojos, el ardor en el ámbar,
que no menguaba, que se volvía más agudo cada luna nueva.
Y entonces la besó.
Ella jadeó en sorpresa, pero no sé resistió a sus brazos, a cómo la poseían, a
cómo la demandaban hasta arrastrarla por la habitación.
Solo al chocar contra la pared él se apartó, dejándola respirar.
—Lesath...
—Voy a contarte un secreto —declaró él enajenado, antes de volver a
demandar su boca, con hambre, con el tipo de intenciones que se reservan
para las vendidas—. Un secreto sobre torres, y sobre frío...
Entonces le arrancó la bufanda, y una aprensión alarmante escaló por los
pies de la reina.
Ella abrió los ojos mientras él todavía la besaba. Lesath tenía su rostro entre
sus manos. No veía nada, parecía entregado a aquel beso. Sin embargo,
todavía con los ojos cerrados, se separó y con una sonrisa tensa emitió
sobre sus labios:
—En el frío de la torre de los Vale, no hay insectos. Ni uno solo. Así que
tendrás que buscar otra excusa para las marcas que pretendes ocultarme.
Ni siquiera la dejó responder, o se detuvo a comprobar su cuello y busto,
que estaban llenos de chupetones apenas disimulados con maquillaje.
La agarró por el cuello, y con la única e inusual fuerza de su brazo la alzó,
convirtiéndose en una tranca en su garganta que impidió todo paso de
oxígeno.
—Podría partirte los huesos con solo apretar más... —espetó él—. Podría
privarte de respirar hasta que te desvanezcas en mi mano.
Cuando su agarre aumentó, ella le rasguñó la mano y buscó en la pared algo
de lo qué asirse para golpearlo.
—Nunca me has respetado. Ni como marido, ni como rey. Pero ahora lo
harás, Sawla, como a tu verdugo.
Y entonces la soltó, dejándola que se desplomara en el piso.
—Despídete de tus hijos.
Ella tosía con las manos en su cuello, luchando por respirar mientras él solo
le daba la espalda y volvía a su mesa de trabajo.
—¿Entonces es todo? —preguntó ella entre jadeos—. ¿Así muero?
—Mucho has vivido.
—¿Y me lo reprochas? —Ella rio mientras se levantaba, sobando insistente
su cuello—. Es tu ceguera la que nos ha traído hasta aquí, yo esperaba la
sentencia desde la primera noche que me escapé del yugo de este putrefacto
matrimonio.
Lesath la miró ladino, casi con lástima.
—Nunca estuve ciego, me gustaba dejarte ganar. Con tus trampas como
reglas me volví mejor estratega. Para bien o para mal, tú hiciste del niño
que una vez te amó el maldito que ha sobrevivido tanto a esta corte.
—Soy tu mejor aliada, Lesath. No puedes tocarme. Si Jalas'tar Nashira...
—Si tu padre... —retomó el rey por encima del tono de Sawla—... se
enterara de cómo arruinaste el mejor negocio que ha hecho en su vida, creo
que pondría especial atención en salvar la moneda que le queda.
La reina arrastró su mano por el aparador llevando consigo todo lo que se
consiguió en su camino, y en el mismo impulso lo lanzó contra el rey
mientras gritaba:
—¡No venderás a Shaula para deshacerte de mí!
Lesath apenas y se cubrió el rostro con el brazo. La mayoría de las cosas
impactaron en él, pero no le dio importancia. Se repuso y le contestó a su
esposa:
—¿Puedo saber cómo va a impedirme eso tu cadáver?
Entonces los gritos de la reina se descontrolaron, y lo siguiente que lanzó
hacia el rey fue su calzado.
—Deberías comportarte. Te he dado el beneficio de una despedida y te
concederé una muerte digna que no mancille tu imagen, pero si tocas a tu
rey, Sawla... —Lesath miró a los ojos a la reina. Su mirada era el filo de un
aguijón envenenado—. Dame un motivo más y te concederé la ejecución
pública que me has estado pidiendo.
—¿Y declarar ante el reino que tu mujer te ha sido infiel? ¿Que has criado
todo este tiempo a mi bastardo? ¿Que vas a hacerlo rey?
Sawla profirió un bufido que acabó en una cruel carcajada.
—Sargas será rey el día exacto en que yo escoja la muerte como mi amante
—espetó Lesath.
—No tienes lo que hace falta para pararte ante la corte y declarar haber
perdido. Jamás lo delatarías como bastardo.
Lesath sonrió.
—¿Has visto a tu hijo, kha? Él mismo nos dará el motivo para negarle lo
que supone es su derecho de sucesión.
Lesath dejó el comentario en el aire y se fue hasta la vitrina con las bebidas.
Seleccionó el mejor vino y sirvió su copa a rebosar como si festejara algo.
Luego, simplemente, se sentó en el sillón junto a su cama.
—¿Qué hice mal? —preguntó el rey entre un trago y el siguiente—.
¿Podrías decirme eso al menos? Quiero decir, no creo haber sido un mal
esposo, pero, ¿yo qué sé? Tú eres la prueba plausible de que puedo errar.
—Fuiste mejor rival que amante —dijo Sawla por toda respuesta
recostándose de la pared.
—Jamás pretendí ser tu amante y... —Se detuvo, como si hubiese cambiado
de parecer. Luego alzó una de las copas en dirección a Sawla—. No me
dejarás tomando solo, ¿o sí?
—Ya que estás por matarme... —dijo ella antes de aceptar la copa y alzarla
como si fuese en un brindis.
—Ya que estoy por matarte... ¿tengo permitido un último halago?
—Te escucho.
—Nunca quise ser tu amante, pero te reconozco que eres un terror como
enemiga. Mi eterna reina negra.
—Ese es tu problema, Lesath. Ese «nunca quise ser tu amante». Cumples a
cabalidad tus leyes. Eres un creyente. Todo este tiempo te he observado y
pensado en que algún día descubriría tu falsedad y doble cara, que esta fe
tuya en las Escrituras de Ara y los primeros escorpiones no era más que una
fachada... Pero, por todos los sirios del reino... Tú en serio crees. No
puedes no pensar como lo haces, y yo no nací para conformarme.
—Pero, Sawla, hemos roto tantas reglas juntos... ¿Sabes cuántas veces
habría mandando con Canis el deber, si tan solo hubiera visto un indicio en
ti de que lo querías?
—Y preferiste desahogarte con tus vendidas que hacerme llegar la
información.
—Te respeté, tanto como se esperaba de cualquier hombre. Más de lo que
se espera de un rey. Jamás tomé ninguna noble como amante. Nunca codicié
a tus amigas. No te humillé con los bastardos que se esperaban de mí. Tener
vendidas es mi deber con las tradiciones y lo sabes, pero tú eres mi esposa.
Tú y nadie más...
—¡Pero yo no quería ser tu esposa!
—¡Pues eso se notó perfectamente cuando nos conocimos, Sawla, en
especial cuando saboteabas a tus hermanas y te escapabas conmigo!
Después de su grito acalorado el rey lanzó su copa hasta estrellarla contra la
pared, ni siquiera le importó el vino que los bañó entonces.
—¡Era una niña estúpida, Lesath, igual que tú! No sabía en lo que me
estaba metiendo. Quería una historia de amor y me convertiste en tu banco
de herederos qué despreciar, criticar y descartar. Yo quería ser el todo de
alguien, y lo fui. Pero ese alguien nunca fuiste tú.
—¡TÚ, MALDITA VÍBORA! —gritó el rey levantándose al borde de
explotar por la ira—. ¡TÚ INSISTISTE EN SEGUIR INTENTANDO
DESPUÉS DE SHAULA! Yo no tenía prisa, tú sí. Y el por qué es muy
obvio, sino... ¡¿CÓMO MIERDA IBAS A JUSTIFICAR UN EMBARAZO
DEL QUE YO NO FORMÉ PARTE?!
—¿Qué quieres que diga? ¿Que me arrepiento? ¿Que lo haría distinto? —
preguntó la reina levantándose también—. Valdrá esta ejecución y todas las
que vengan por el placer de verte humillado.
—Un bastardo y un amante libertino. Eso te llevas. Pero perdiste nuestros
hijos. El poder. Y la corona. Eso me lo quedo yo, kha Sawla.
—¿Qué hijos, imbécil? —preguntó ella lanzando un último dardo
envenenado.
Y Lesath no se lo iba a dejar pasar. No le perdonaría jamás el tener que
morirse con esa duda sembrada.
—Dime el nombre —exigió.
Ella calló y le sostuvo la mirada, para que supiera que no le debía nada.
—El nombre, Sawla. No tengo toda la noche, debo planificar
minuciosamente tu asesinato.
—No puedo creer que en serio creas que voy a dártelo. Ya estoy muerta,
¿no?
—Tú. Pero tus hijos no.
—Jamás les harías daño...
—No a Shaula. No a Antares. Pero no imaginas lo fácil que se me daría
inventarme una enfermedad para tu bastardo...
—No te atreverías...
—¿Voy a matarte y lo dudas? Habla, Sawla, ¿vale la vida de ese hombre
más que la de tu asqueroso bastardo?
—No le hagas daño... Te lo ruego, te lo imploro, Lesath, por favor. —Sawla
se tiró de rodillas—. Perdona su vida, Lesath. Si alguna vez en realidad me
amaste, déjalo ser rey, él no tiene la culpa de mis pecados... Pero si ese
hombre honrado está demasiado lejos de ti, si tienes la maldad suficiente
para desquitarte con un niño inocente, al menos déjalo vivir. Lejos, con otra
identidad... Solo no le hagas daño.
—El nombre, Sawla.
—¿Y me prometes dejarlo vivir?
—Sí. Lo prometo.
—Rigel Enif —dijo ella por fin con el corazón partido—. El maldito joyero.
Lesath asintió.
—De acuerdo. Quiero que sepas, Sawla, aunque no te interese, que
cumpliré las promesas que te hice en vida. No tomaré otra esposa después
de ti. No buscaré más herederos. No tocaré la vida de tu bastardo.
»Pero de igual forma, cumpliré mis votos para con la corona. Tu hijo está
maldito, Sawla. No sé de qué modo o por qué, y sé que no quieres
aceptarlo, pero las estrellas no mienten. Le daré el beneficio de la duda
tanto como me dure esta duda. Pero en el momento en que demuestre que el
cielo no se equivoca con respecto a su naturaleza... No pondré una corona
sobre la cabeza del hombre destinado a destruirnos.
—Eres un niño creyendo en estrellas, Lesath. ¿Qué hacían ellas mientras tu
esposa fornicaba con el joyero? ¿Te advirtieron? ¿Te señalaron el camino a
la reconciliación? Patético malnacido. Ni siquiera tienes los testículos para
proclamarte mi asesino, y te quieres hacer llamar verdugo.
Lesath le dio la espalda y caminó fuera de la habitación.
—Descansa. Tienes la noche para pensar en lo último que quieres hacer con
tus hijos antes de morir.
Y entonces la dejó encerrada dentro.
~~~~
Nota de autora:
Cuéntenmelo todo. ¿Qué piensan del personaje de Lesath y el de Sawla?
¿Qué piensan de su matrimonio? ¿Se esperaban que la reina "moriría" así?
9: Final feliz
Shaula
—Alteza —dijo organizando el guardarropas.
—Lady Altair.
—Quiero decirle que agradezco grandemente lo que hace por nosotras...
—Si lo que prosigue a su agradecimiento es un «sin embargo», todo lo
antes dicho perderá veracidad para mí —dijo Shaula con tranquilidad y
elegancia, mientras ahumaba sus ojos en el espejo.
Cosa que deberían estar haciendo sus damas, pero tenían la iniciativa justo
donde Shaula tenía la paciencia.
Aunque siendo justos, Shaula no les permitía acercarse. Cosa que ya le
habían reprochado en varias ocasiones su madre y preparadora.
—No hay peros, su alteza —siguió lady Altair—. Solo una petición que
espero considere. Sé que mi hermana a veces puede ser impertinente, pero
entienda que hasta ahora no había conocido autoridad como la suya. Es una
doncella brillante, sabrá adaptarse. Solo... No le tenga presente su actitud
pasada, se le imploro.
—Su hermana, lady Altair, me resulta absolutamente indiferente. Mis
rencillas son costosas, no malgastaría un solo pensamiento en dedicarle una
a ella. ¿Le parece que he sido dura? —cuestionó la princesa entornando los
ojos con confusión—. De ser así, no están preparadas para esta corte.
—Comprendo, su alteza. No creo que haya sido dura en lo absoluto.
«
Una mentirosa
aduladora
, pero al menos tuvo el coraje para abogar por su hermana»
, reconoció Shaula dentro de sí.
—Entiendo que le preocupe su hermana, pero si lo que quiere es ayudarla...
—Señaló la cesta con ropa que había preparado Isamar para lavar—.
Ayúdela.
Lady Altair asintió en el mismo instante en que la reina Sawla entraba a la
habitación.
Con un simple anuncio de la preparadora, las damas corrieron a despejar la
habitación.
Shaula hizo una reverencia a su reina. No dobló sus rodillas, solo un
encogimiento de cabeza como dictaba el protocolo para alguien de su
rango. Solo ante el rey debía postrarse una princesa.
—Madre.
—Shaula. Siéntate.
Así lo hizo la princesa.
—¿Está todo en orden?
La reina no respondió y empezó a quitarle el velo de la cabeza a su hija.
—Tal vez deberías dejar de aterrorizar a tus damas, Shaula.
—¿Entonces de eso se trata? ¿Ahora vas a vigilarme a través de ellas?
—¿Necesitas vigilancia?
—Lo mismo me pregunto.
Su madre suspiró.
—Ellas no te han hecho nada.
Y tenía razón, pero no por ello Shaula no tenía un comentario para discutir.
—¿Te han hecho algo a ti las personas a las que desprecias con tus miradas
por encima del hombro?
—Yo soy la reina.
—En esta habitación la reina soy yo, madre.
Sawla tomó con fuerza a su hija por el rostro y la enderezó para que viera
en dirección al espejo. Entonces tomó el peine del aparador, pero no hizo
nada con este por el momento.
—¿Quieres jugar a ser reina, Shaula? Empieza por ganarte a tus damas. Una
reina necesita amigos.
—Una reina empieza por enseñar a las personas a temerle, el respeto viene
por añadidura, nunca antes.
—¿Quién te ha enseñado esas cosas? Hablas como... un hombre.
—Hace tiempo que no me hacías cumplidos.
Su madre negó con la cabeza en desaprobación al comportamiento de
Shaula y empezó a peinarle el cabello.
A pesar de todo, de su distanciamiento habitual y lo poco expresiva que
estaba, Shaula sintió algo extraño en su madre. La sentía más... dócil. ¿Ya
habría pasado su resentimiento porque Shaula le arrebatara el puesto de
embajadora?
—Como bien has dicho, primero viene el temor, luego el respeto —
concedió su madre—. Después empieza la libertad. Pero no la persigas
demasiado, pues justo cuando entiendes haberla alcanzado...
—¿Sí...?
—¿Qué tal van tus lecciones?
—Apabullantes, absorbentes y a veces se me antojan innecesarias.
—Una princesa debe...
—Casarse —cortó Shaula—. Si mi deber es entregarle mi apellido y mi
matriz a mi esposo, ¿no habré desperdiciado todo este conocimiento?
—El conocimiento no se puede desperdiciar. El conocimiento será tu
salvoconducto.
—No me he quejado del conocimiento que se me imparte, me quejo de la
inminencia del desperdicio de este.
—No es desperdicio. Sin importar con quién te cases, siempre serás la
princesa Shaula Scorp, y tienes la suerte de un segundo apellido poderoso:
Nashira. Lo tierra que tomes será tu principado, tuyo y de tu marido, con
quien tendrás que protegerlo. Ahora veo que me he confiado contigo,
enfocando mis esfuerzos hacia ti erróneamente, siempre temiendo que no
tuvieras lo que hacía falta para llevar una responsabilidad como esta. Pero
tienes más voluntad y entereza que yo al casarme. Entiendo ahora que mi
deber debió haberse enfocado en hacerte sobrevivir al matrimonio.
—Estás a tiempo de empezar, madre.
Con odio incisivo, la reina Sawla batalló más de la cuenta con unos nudos
en el cabello de Shaula.
—No recuerdo la última vez que hiciste esto —murmuró Shaula a pesar del
dolor provocado por los tirones de cabeza.
—Nunca faltaron personas dispuestas a peinarte.
Lo que me faltó fue que tú quisieras hacerlo»
, pensó Shaula.
—No te dejes engañar —dijo Sawla como si pudiera leer los pensamientos
de su hija—. Te he amado más que a nada. Mi primera hija, que casi acabó
conmigo. Siempre debes pensar que cualquier cosa que haya hecho, o haya
dejado de hacer, ha sido porque quería endurecerte. No me perdonaría
jamás que vinieras aquí con la inocencia que yo una vez tuve.
—Inocencia... —Shaula esperaba que su nota de escepticismo fuera justa,
no podía arriesgarse a sugerir ni un poco más—. Eres la mayor de tus
catorce hermanas, es admirable que mantuvieras tu ilusión pueril hasta
entonces. Te casaste estando fuera de temporada, ¿no? El abuelo ya te había
relegado a otras tareas.
—¿Eso te dijo?
—Él no. Él dijo que siempre creyó en ti, y es precisamente por ello que he
decidido no creerle.
Los labios de Sawla se crisparon en una sonrisa que luchaba contra la
incomodidad y el resentimiento.
—Logré el compromiso poco después de que tu abuelo me diera el
ultimátum de hacerme nodriza —contestó la reina—. Tres prospectos
importantes me habían rechazado ya para ese momento. Tu abuelo creyó
que jamás se desharía de mí.
—Pero te casaste antes. Y con nadie menos que Lesath Scorp. Ahora eres la
favorita de Jalas'tar Nashira.
—La favorita de Jalas'tar eres tú. Eres a quien puede vender ahora.
Shaula no respondió nada, prefirió morderse la lengua. Aunque fuera
honesta, a veces odiaba esa forma de ser de su madre. Era experta
arruinando los escasos momentos en los que parecían poder hablar sin
querer insultarse mutuamente.
Shaula no necesitaba que le recordaran que era una moneda, y menos que
su madre arruinara la sensación de que tenía una relación familiar con su
abuelo. ¿No podía dejarla quererlo y ya está? ¿Debía imponer la influencia
de su desprecio?
—Tu padre —siguió la reina en un tono más bajo—, como todo hombre,
tenía el derecho a elegir ciertas cosas. El viejo rey, Regulus, no le permitiría
pasar un instante más de soltería si quería la corona. Lo llevó a Baham para
que escogiera entre todas mis hermanas...
—¿Fue amor a primera vista?
Sawla rio.
—Tu padre no ama nada.
Shaula tensó su mandíbula. Jamás lo confesaría, temía quedar como
ingenua y ser aún más subestimada, pero estaba segura de que su madre
aseveraba la imagen de Lesath a consciencia.
Otra vez, solo quería que su madre le quitara las manos de encima y la
dejara sola.
Pero pasaban tanto tiempo peleadas... Era lindo tener una conversación
normal con ella, aunque no dejara de ser desagradable.
—Y no, no me escogió nada más verme. Pasó toda esa temporada con
nosotros en Baham, conociéndonos, haciéndose amigo de tu abuelo y
bailando con todos los prospectos en sociedad. Aprendió mucho de nuestras
costumbres, se sintió como en casa. Era encantador, debo admitirlo. Como
todo escorpión, un manipulador de primera desde tan joven. Tenía a mi
padre en un bolsillo.
—Al abuelo Jalas'tar solo se le puede tener en un bolsillo si eres un medio
para llenar su «bolsillo».
La reina Sawla sonrió lejana.
—Te pareces a él, pequeña víbora. Te pareces a todos los hombres que
detesto, por desgracia.
—Si he de aprender de alguien, ¿por qué no de los mejores?
—¿Sigues en correspondencia con tu abuelo?
—¿Por qué la detendría? Es mi mejor aliado.
Sawla sonrió, entonces abiertamente.
—Ni sé por qué me preocupo por ti —murmuró.
—Continúa tu historia, madre. ¿Cómo surgió de pronto ese interés especial
de mi padre hacia ti?
—Porque yo quería ser reina.
—¿Y mis catorce tías no?
—Ellas lo soñaban, tal vez. Yo lo perseguí.
—Siendo la mayor de la temporada.
—Nadie iba a decirme que no. O sí, muchos ya lo habían hecho. Pero
entonces decidí no escucharlos. Y nadie iba a decirle que no al futuro rey
una vez escogiera que su capricho era yo.
—Parece una historia con final feliz.
—No existen historias con finales felices cuando hay una mujer como
protagonista.
Shaula se mordió la mejilla. Todavía no tenía la edad para un matrimonio, y
ya estaba absolutamente cansada de haber nacido mujer.
—Madre. ¿Es cierto lo que murmuran en la corte?
—Dicen muchas cosas, 'ha Nashira. Una princesa debe ser específica.
—Sobre mi hermano... Sobre Sargas.
—Lo conocerás después del torneo —le dijo su madre cortante—. Y a
Antares, ya ha llegado de su gira y ha de estar haciendo no sé qué ridiculez
para ganar puntos de amor con el pueblo. Se llevarán bien.
—Yo no busco puntos de amor con nadie.
—Pero pones la misma cantidad de esfuerzo en las cosas que buscas.
—¿Lo conoceré también después del torneo?
—No, durante. No se perdería un evento así.
—¿Y por qué a Sargas no?
—Tú sabes por qué, ahora quédate quieta.
—Dicen que Sargas no es mi hermano —soltó Shaula sin permitir que su
madre pudiera evadir el tema nuevamente.
—Es tu hermano.
—Pero no tu hijo.
—Es tan hijo mío como tú o Antares. ¿Quieres quedarte quieta?
Le enderezó bruscamente la cabeza para seguir con su tejido.
—¿Por qué mi padre lo mantiene lejos del ojo público? —preguntó Shaula.
—El rey puede hacer lo que le plazca sin que personas como tú lo estén
cuestionando a cada momento.
Shaula sabía que si su madre se ponía a la defensiva debía haber un motivo
entre líneas.
—Además, ya lo hablamos —siguió la reina—. Tu hermano debe
permanecer en anonimato por su propia seguridad. Sargas será rey, no
faltarán atentados contra su vida.
—O es cierto lo que dicen y es tu bastardo.
La reina surcó el rostro de Shaula de una bofetada, luego sostuvo su mentón
clavando sus dedos en sus mejillas.
—Lo que acabas de decir se paga con la muerte. —dijo al zarandearla con
fuerza—. Si tus palabras llegan a oídos de la corte no habrá quien tenga
misericordia. ¿Está claro?
—Mi padre la tendría.
Alzó la mano, haciendo que la princesa se encogiera en espera de la
siguiente bofetada.
—Tu padre... —La reina sonrió justo antes de soltarla—. A él primero
tendría que importarle tu existencia.
Sin decir nada más, la enderezó para terminar de peinarla.
Nota
«'ha» con el apóstrofe adelante significa «hija de» en bahamita.
«Ha» sin el apóstrofe significa simplemente «hija».
Recuerden que pueden consultar el glosario en Enciclopedia áraga siempre
que tengan una duda sobre el lenguaje.
Cuéntenmelo todo, su opinión del capítulo, de Sawla y su relación con su
hija y qué sienten sabiendo que va a morir.
10: Un hijo por otro
Antares
Antares estaba ensayando el discurso para el torneo de duelos entre los
caballeros de Ara. Su dicción impecable, su memoria exacta sin que sus
palabras parecieran ensayadas. ¿Quién creería que ese joven apenas tenía
catorce años?
Aunque la edad entre los escorpiones es relativa. Lo que a otros le toma una
década aprender en el transcurso de la vida, son conocimientos básicos que
se imponen a las Scorps desde que adquieren la capacidad de hablar y
comprender las letras.
De todos modos, siempre hay algo qué corregir. Para eso estaban las
preparadoras.
—¿Usted mismo escribió su discurso, alteza? —le preguntó la mujer al
príncipe.
—Así es, mi lady.
—Has sido excelso, alteza, aunque hay algunas palabras que me gustaría
sustituir y otras suprimir para que suene menos a una propaganda de
justificación. ¿Me permite el borrador?
Antares se estiró para entregarle el papel, lo que provocó que el sastre —
quien tomaba sus medidas para el traje que iba a diseñarle para un evento
futuro— lo mirara con malos ojos por arruinar sus cálculos.
—Majestad —llamó la preparadora a la reina. Ella estaba sentada moviendo
la pierna con una inquietud que no solía exteriorizar. Estaba tan absorta en
sus pensamientos que se sobresaltó al sentir que la llamaban—. ¿Tiene algo
qué agregar? ¿Le parece que deberíamos probar con otro modelo de
discurso o modificar algo en este? ¿Tal vez una opinión sobre el vestuario?
—Oh, sí —dijo la reina sentándose recta—. ¿Podría decirle a mi hijo que se
dé prisa? De ser posible, que retrase sus prácticas. Tenemos un compromiso
y tengo otros hijos a los qué ir a preparar.
—Ehh... —La preparadora parecía francamente descolocada.
¿Qué debía hacer? ¿No tenía la reina a su hijo ahí mismo? ¿Debía realmente
transmitir el mensaje o había sido un comentario retórico?
¿La estaban probando?
¿La sustituirían si fallaba?
Tragando grueso, la preparadora se volvió hacia el príncipe y balbuceó:
—Ahh... Alteza, su madre...
Antares solo alzó la mano para detener a la preparadora.
De igual forma despidió al sastre con un gesto desdeñoso de su mano.
Esperó hasta que el hombre saliera y simplemente se volteó hacia su madre
para decir:
—Siempre me has despreciado, ¿no, madre?
La reina alzó el rostro y le sostuvo la mirada a su hijo. No parecía afectada
de ninguna forma, ni siquiera sorprendida, por la naturaleza de la acusación.
—He dedicado mi atención al hermano que la necesitaba. No significa que
te desprecie.
—Dime la verdad —dijo Antares sentándose con las piernas abiertas con el
respaldo de una silla entre ellas—. ¿Soy en realidad el bastardo de mi
padre? Me refiero a, ¿es descabellado pensarlo? Ojo por ojo, dicen las
Sagradas Escrituras de Ara.
—Eres un despreciable imbécil bueno para nada...
—¿Para nada? —Antares sonrió mostrando todos sus dientes—. Espada, en
estilo de duelo e infantería. Historia. árago antiguo. Bahamita. Leyes.
Religión. Braille. En entero dominio de mi cosmo. Dicción y un carisma
que ni siquiera tú, la mayor mentirosa de la corte, podría negar. Yo, madre,
diría que soy más como...
«bueno para todo».
—Y así tu padre piensa cederte Baham como principado... —Sawla hizo el
gesto de un escupitajo—. Que Athara los libre de tu arrogancia.
—La arrogancia sugiere exageración, yo lo llamaría noción de mis
cualidades.
Chasqueó los dedos para que la vendida que recién entraba se acercara con
los bocadillos.
—Y te equivocas, madre... ¿Debo seguir llamándote así? Quiero decir,
madre es aquella que cría más que la que concibe, ¿no? Pero es que tú... —
La mandíbula de Antares se tensó—. Ni eso has hecho.
—No ha faltado quien te dé una crianza.
—Sargas te acaparó por completo, mujer. Él fue tu ruina desde que
decidiste concebirlo, y lo ha seguido siendo porque tú se lo has permitido.
La reina negó con su cabeza, su mirada cargada de un desprecio apenas
contenido.
—Sargas me necesitaba. Más que tú, más que cualquiera. No me arrepentiré
jamás de haber salvado al futuro rey de la contaminación de este nido de
escorpiones.
—De nuevo, te equivocas. —Antares se acercó hasta desahogarse
apasionadamente cerca de su madre—. Esa corona es mía por derecho de
nacimiento. Yo soy el que está aquí, dando la cara por la monarquía
mientras a él le llevas putas para desollar. Yo soy el que se alecciona y se
prepara, el que se adiestra para defender al reino. Soy el único heredero
legítimo de Lesath Scorp. Pero tú defiendes el reclamo de un bastardo
maldito. ¿Por qué? ¿No soy tu hijo también? ¿Quién aboga por mí, madre,
mientras robas lo que me corresponde para dárselo a él? El día en que
decidiste llevar a cabo ese embarazo me robaste mi futuro, y no contenta
con eso me robas todos los días de mi vida un presente en el que tengo una
madre.
—Tu padre —respondió ella simplemente—. Él aboga por ti. Te amo, pero
estamos en lados opuestos de este tablero.
—¡¿Por qué?! —Los ojos de Antares ardían en rojo, húmedos de veneno—.
¡¿No soy tu hijo?! ¡DÍMELO SI ES ASÍ!
Ella asintió.
—Sí lo eres. El hijo que tuve que pagar para que tu hermano viviera.
Antares le dio la espalda, inundado en sollozos sin importar que las
vendidas y la preparadora lo vieron como lo que era por dentro: un niño,
lamentable e inútil niño.
—Él va a matarme, Antares —susurró su madre por primera vez
mostrándose afectada por algo de emoción real.
Antares se limpió las agrias lágrimas con violencia.
—Que así sea —finalizó el escorpión—. Un obstáculo menos a mi reclamo.
~~~
Nota de autora:
Ya por este capítulo y el anterior de Shaula y la reina pueden concluir qué
es lo que siente Sawla hacia su matrimonio y con cada uno de sus hijos
(aunque todavía no la ven interactuar con Sargas). ¿Qué piensan de ella y
sus actitudes? ¿Qué opinan de Antares y cómo ha reaccionado aquí hacia su
madre?
11: Rigel Enif
Shaula todavía se tocaba el lado del rostro que había abofeteado su madre.
Lo sentía arder todavía, sin embargo le dolían más sus palabras.
¿Cómo podía hablar así de su padre? Lesath jamás había demostrado
desapego con Shaula, tenían una afinidad especial que no encontraba ni con
su propia madre. Sí, pasó mucho tiempo lejos de ellas, pero era el rey, y
Shaula debía aprender la cultura de Baham. E incluso así siempre encontró
un momento para visitarlas.
—Tiene un torneo al que asistir, princesa, póngase de pie inmediatamente
—ordenó la preparadora irrumpiendo en su alcoba y quitándole la sábana de
encima.
Ya ni deprimirme en paz puedo»
, pensó Shaula.
La princesa se puso de pie intentando que su lenguaje corporal no
exteriorizara su disgusto, y empezó a deshacer la trenza que había hecho su
madre en su cabello. Era poco elaborada e incluso en su sencillez no estaba
correctamente hecha. La princesa no podía presentarse peinada de ese modo
a un evento tan importante.
—¿Qué crees que haces?
Shaula detuvo las manos en su cabello y miró a la preparadora.
—¿Crees que no estoy al tanto de lo que has estado haciendo? —siguió la
mujer—. Ahuyentar a tus damas cuando intentan hacer su trabajo, tratar de
solventar por tu cuenta asuntos que no te competen... ¿Quieres ser una
doncella? Porque ya mismo te mando a las cocinas.
Shaula se mordió el interior de la mejilla y negó con la cabeza.
—No, lady Briane.
—Entonces déjate de malcriadeces y permite que tus doncellas hagan lo que
les corresponde.
—Sí, lady Briane.
—Lady Isamar —llamó la preparadora a la chica que esperaba en la salita
común de la habitación de la princesa—. Ven aquí y ayuda a la princesa a
quitarse sus ropajes. Que quede tan impecable como el tiempo lo permita,
no podemos retrasarnos.
La doncella ingresó de inmediato en respuesta al llamado.
Las Merak cumplieron su palabra de vestir la moda de la capital para
eventos sociales, pero una de ellas, la menor, todavía imponía un sello
descarado sobre su vestimenta. Como entonces, que usaba guantes sin
dedos hechos de una red negra que alcanzaba hasta los codos. Nada
elegante. Y aunque se le aconsejó usar un collar, solo llevaba una
gargantilla extraña, parecía solo una cinta oscura amarrada al cuello.
—Su alteza —saludó lady Isamar.
A Shaula el mal humor le alcanzó el rostro hasta tensar su mandíbula. Ella
no había pretendido peinarse por su cuenta, pero haber sido aleccionada por
su preparadora, y en un día en el que ya se sentía impotente, lo cambiaba
todo.
No quería ser las personas que tuvieran que cruzarse a su lado en ese
momento.
Cuando la preparadora las dejó solas, Shaula quiso evitarle el mal gusto a la
menor de las Merak, mirando en derredor en busca de las demás.
—¿Y las otras?
—Tenían una reunión importante con sus preparadoras personales sobre su
presentación en sociedad. Yo acabé antes para ayudarle.
—Qué grato de su parte, lady Islaymar.
—Isamar, su alteza.
Shaula arqueó su ceño de forma inquisitiva.
—¿Perdona?
—Mi nombre es Isamar.
—Lo lamento —mintió Shaula—. Por algún motivo no puedo retenerlo. No
se repetirá.
Isamar lo dejó estar y se paró junto a la princesa para deshacer la trenza en
su cabeza. Y Shaula se sintió tan impotente... Y por nadie menos que
Isamar Merak, que ni siquiera era la lady de todo Antlia, solo de la costa de
Perseus. Y ni siquiera era la mayor de las Merak. Era nadie.
Shaula le recordaría su lugar.
—Empieza por el calzado.
Isamar ejecutó una reverencia y así se hizo. Alistó los tacones para
ponérselo, personas cuando ya estuvo a sus pies, le dijo:
—Su manicura, su alteza. ¿Desea que la retoque?
A Shaula le irritó sobremanera que a Isamar no pareciera disgustarle su
posición.
—Luego. —Shaula fue hacia el espejo y se sentó donde antes había estado
charlando con su madre—. Cepilla mi cabello, siento los nódulos de solo
mirar mi reflejo.
Así hizo lady Isamar, pero apenas tomó la peineta, Shaula le detuvo la mano
y la miró.
—¿Me harás una de tus trenzas de pescadora?
Isamar contuvo una sonrisa, como si aquello le hiciera gracia.
—¿A qué debo el honor de su buen ánimo, lady Isma?
La chica deliberadamente ignoró la manera errónea en que fue pronunciado
su nombre y lanzó una mirada a la mano de la princesa, como para
recordarle que estaba en su muñeca, y luego de ser soltada regresó a
deshacer los nudos en el cabello de Shaula.
—Me hacen gracia sus prejuicios, majestad.
—¿No pescan en Antlia? —inquirió la princesa—. ¿No es tu familia
protectora de una costa, claramente cercanos al mar y dueños de gran parte
del monopolio de algún tipo de pez?
—Cierto. Cierto. Y cierto. Pero se equivoca conmigo, alteza. Nuestros
abanderados tienen hombres que pescan por ellos. En mi vida he tocado una
red.
—Curioso —concedió viendo a Isamar a través del cristal.
Había algo en la princesa escorpión que hacía gala a los mitos que se
formaron sobre ella cuando nadie la conocía. Isamar lo vio entonces, en los
enormes ojos café, en el arco de las cejas de vellos gruesos peinados hacia
arriba. Aunque sus pendientes, brazaletes y collares resaltaran, nada robaba
protagonismo a esos ojos. Shaula siempre cubría su boca y aún así, solo con
la mitad de su rostro, ya era absorbente y en absoluto intimidante.
—¿Conoce Baham, lady...?
—Isamar.
—¿Lo conoce? —insistió la princesa.
—No mucho. Jamás he ido, pero nuestro padre tiene un par de vendidas de
allá. Viajó a su mercado personalmente para escogerlas.
Y tenía sentido aquella travesía de parte de su padre. En todo Áragog se
dice que las vendidas de Baham tienen la lengua de una serpiente, son
cosificadas más que ninguna pues se les considera exóticas.
—Pero tú no viajaste con él —siguió la princesa.
—No, no lo hice.
—Entonces conocerás los prejuicios que yo ignoro. Cuéntame, Merak, ¿qué
se dice de mi tierra en las costas?
—Que son tierras hostiles llenas de bichos que conciben mujeres salvajes
que les pegan a sus maridos.
Shaula reprimió las ganas de reír por la honestidad y la barbaridad del
rumor.
—¿Qué dicen de las que no tienen marido? ¿Que nos comemos entre
nosotras?
Isamar se mordió la boca, meditando lo siguiente que iba a decir, pero
acabó por soltarlo, aunque fijamente concentrada en la manera en que la
peineta se perdía en la espesura de la coronilla y descendía eternos
centímetros de un camino lacio hasta más abajo de las anchas caderas de la
princesa.
—¿Habla de canibalismo, su alteza?
Por un instante el peine se detuvo, el tiempo en que Isamar volteó a ver al
espejo y se encontró con los ojos entornados de la princesa escorpión.
—¿Y de qué, sino?
Isamar volvió a lo suyo.
—¿Y qué se dice de mí? —siguió Shaula más relajada, o mucho menos
tranquila. Ni ella lo entendía.
—Mentiras, eso sin duda.
—¿Como cuáles?
—Que es usted la mujer más hermosa del reino entero, que tiene la bondad
de todas las estrellas en su corazón, que es la inocencia encarnada al punto
en que será sofocada por su familia de escorpiones; callada, sonriente y
sumisa que debe ser rescatada.
—Mentiras, ¿no? ¿Y quién es entonces la mujer más hermosa del reino?
Isamar la miró, pero esa vez no a través del espejo, sino a su imponente
perfil, admirándola con un brillo extraño en los ojos.
—Esa es la única parte en la que no se equivocan.
~ ~
El torneo llevaba rato de comenzado ya cuando Shaula llegó en compañía
de todas sus damas que tan diligentemente iban vestidas para empezar a
mostrarse en sociedad dentro de la capital.
Era un día importante para toda dama casadera.
Ningún caballero en servicio podía tomar esposa o formar una familia,
debía rendir al reino en entrega absoluta y así el resto de su familiares
podrían escalar a la nobleza. Pero un caballero siempre podía abdicar, en
especial cuando poseía los logros y las medallas suficientes como para
abastecer su reputación eternamente y ganar la manutención del veterano
que ofrecía el reino a sus mejores soldados. Entonces podría escoger una
esposa. Y ese era el encanto del evento. Muchos de esos caballeros iban con
ínfulas de alardear sus habilidades en duelo y así conseguir impresionar a
las damas casaderas.
La preparadora la seguía de cerca y su madre al otro lado, por ello Shaula
no había abierto la boca hasta llegar al palco de la familia real donde ya la
esperaba su padre y...
¿Ese era su hermano menor? Shaula tuvo que alzar el rostro para mirarle, y
estaba usando tacones.
Iba vestido a juego con su padre, blanco y apliques dorados en su complejo
traje, rubíes en los anillos, plata en las argollas de su oreja perforada. Su
cabello lo delataba como un Scorp, y el sol blanco que se colaba más allá
del techo del palco iluminaba el oro de sus ojos como si estuviese dispuesto
exclusivamente para hacerle resaltar.
Una de las damas le zarandeó el brazo con tal grado de confianza que
Shaula la miró con el ceño fruncido y seria preocupación.
—¿Todo bien, Jabbah? —inquirió Shaula recogiendo su brazo.
—¿Es el príncipe? —preguntó Altair, la mayor de las Merak, con esa clase
de embelesamiento que es tan decentemente contenido.
—¡Sí! —contestó Jabbah—. Por todas las estrellas de Ara... Las historias no
le hacen justicia.
—Es tu primo —le recordó Shaula.
—Lejano.
Shaula puso los ojos en blanco.
—Tú sigue soñando.
Detrás de ella, Isamar aguantaba la risa por el comentario de la princesa.
—Su hermano es deslumbrante, princesa —comentó Isamar sintiéndose a
salvo de alguna reprimenda ya que estaban en presencia de la reina—. Hace
que crezca mi expectación en cuanto a cómo será el heredero.
—¿Lo conoceremos hoy, prima? ¿Por qué no ha llegado? —preguntó
Jabbah.
—¿Quién te enseñó esa galante discreción, Jabbah, un sirio?
—Shaula —regañó la reina.
Parecía divertida, para extrañeza de todos.
Tal vez fuese el efecto de la princesa Shaula, que fabricaba risas contenidas
hasta en los humores más inhóspitos.
—En caso de que no te guste mi respuesta, te invito contestar a ti, madre —
instó Shaula con una floritura de su mano.
La reina le lanzó tal mirada a Shaula que por suerte no llegó a más, porque
el príncipe Antares se aproximó hacia ellas.
—Madre —saludó con una reverencia leve. Luego fijó la ponzoña dorada
de sus ojos en Shaula.
Era la primera vez que la veía, y pareció tomarle unos segundos extras
hacerse a la idea de que la tenía al frente por fin.
—No conozco el protocolo para saludarle luego de todos estos años,
princesa, discúlpeme.
Shaula hizo igualmente una sutil reverencia.
—Shaula —dijo entregándole su mano al príncipe dorado.
—Conozco tu nombre —contestó él en un aire más bromista pero sin perder
la educación, a la vez que tomaba la mano de la princesa y la besaba.
Luego el príncipe reparó en las demás.
—¿Tus damas? —le preguntó.
—Sí... —Shaula se volvió hacia ellas—. Ella es nuestra prima, lady Jabbah
Elioth Scorp. Y ellas son las mayores de la casa Merak. Altair e Isma.
Antares repitió el saludo con cada una de ellas, hasta que alcanzó Isamar.
Ella, en lugar de corregir su nombre para con el príncipe, le lanzó una
mirada despectiva a la princesa muy poco disimulada.
Shaula no iba a reprocharle eso, esa vez se lo merecía.
Lo que no se merecía era el fastidio de tener que soportarlas mirando
embobadas a su hermano mientras él entablaba una conversación con todas.
—¿Preparadas para el torneo? —preguntó el rey al llegar junto a su hija.
—¿Qué van a regalar hoy estos hombres como señal de cortejo? —preguntó
Shaula a quien quiera que escuchara.
—Flores, como siempre, de qué tipo sean da lo mismo —contestó la reina.
—¿Y tu pañuelo? —demandó saber la preparadora dirigiéndose a Shaula.
—Shaula no está en sociedad —irrumpió el príncipe Antares—, no tiene
por qué estar regalando pañuelos.
—No estar en sociedad no le impide ganar terreno en el corazón de quien
algún día podría pretenderle —discutió la preparadora de Shaula cuidando
mantener el respeto a su príncipe.
Shaula bufó, y se salvó de una buena reprimenda al respecto solo por tener
a tantos espectadores, entre ellos su poderoso padre.
—Ni siquiera debería estar aquí —dijo la princesa intentando de no sonar
demasiado hastiada—. No quiero ser descortés hoy, pero no sé cómo podría
no
serlo después del quinto caballero que se acerque buscando caerme en
gracia.
—Por suerte para ti —dijo el rey—, he dejado expresa mi negativa a que se
te corteje antes de tiempo. No recibirás ni un elogio hoy que no considere
como una falta de respeto.
—Gracias, padre.
—No es solo por ti —se inmiscuyó la reina—. Había que darle oportunidad
a tus damas. No puedes acaparar toda la atención de estos caballeros,
¿cómo sino encontrarán un marido ellas alguna vez?
Fuese cierto o no, a Shaula le disgustó el comentario. Ella en el lugar de sus
damas se habría sentido mal —hasta inferior— al escuchar a la reina decir
eso, y ese era un derecho que Shaula no quería compartir con nadie más.
Solo ella podía molestar a sus doncellas.
—A todas estas... —empezó a decir el rey como si no tuviera importancia
—. Hoy quiero regalarles a ti y a tu madre una pieza de joyería a juego.
¿Me acompañan al desfile de las tiendas?
—Tenemos suficientes joyas, majestad —dijo la reina. Su tono era tan
amable y respetuoso como siempre que hablaba con cualquier ser que no
fuese su hija, pero a Shaula se le hizo extraño la manera en que se apresuró
a comentar aquello.
—No me prives del capricho de consentirlas, querida.
—Majestad, insisto en que no es necesario —replicó la reina más firme y
hasta... ¿desesperada?
—Y yo debo insistir en lo contrario —dijo el rey tendiendo el brazo a su
hija para que lo tomara—. ¿Nos acompañas, Antares?
—Desde luego, padre. Yo también quería dar un paseo por las tiendas de
todos modos.
—En ese caso no iré —zanjó la reina perdiendo toda la amabilidad de su
tono—. Ve con tus hijos, yo los espero.
—Sawla.
El tono determinante en el que el rey pronunció su nombre creó un silencio
absoluto y unas miradas tan tensas como confundidas.
Es cierto que Shaula casi no había visto a sus padres interactuando, pero
jamás se dejaban ver de eso modo. Nunca discutían en público, Sawla
siempre mantenía las formalidades y Lesath jamás sonaba imponente con
ella.
El ambiente siguió así hasta que la reina simplemente sonrió y se adelantó
en la marcha hacia la precesión de tiendas donde los comerciantes ofrecían
su mercancía al populacho.
En la tienda en la que se interesó el rey no había nadie cuando llegaron.
Quedaron un momento viendo a los lados hasta que la reina dijo:
—Hay muchas más tiendas, majestad, esperar no es para un rey.
Cuando Lesath estuvo a punto de contestar justo tomó la palabra un hombre
que recién llegaba al puesto.
—Lamento muchísimo la demora, yo... ¡Majestad! —El hombre estaba con
la boca abierta y las pupilas dilatadas mirando de un rey a otro y luego a los
príncipes—. Me honran con su presencia. Repito que no ha sido mi
intención hacerles esperar, mi hijo debía estar aquí atendiendo, pero parece
que de nuevo se escapó para hablar con los caballeros.
El hombre señaló hacia donde se suponía estaría su hijo. Shaula vio que en
esa dirección había dos civiles con capa y capucha. Uno de ellos estaba
preguntando sobre su arma a uno de los duelistas, el otro estaba de brazos
cruzados y miraba a una dirección distinta. Imposible discernir qué veía,
pues la capucha le hacía sombra en el rostro.
—Qué extraño. Uno pensaría que con un sol tan piadoso como el nuestro no
habría muchos hombres intentando protegerse de este. Imagino que se
tratará de alguna alergia extraña —comentó el rey en un divague que lo
hacía quedar hasta avejentado sumado a la tranquilidad con la que sus
dedos jugueteaban en los pendientes de uno de los maniquíes en exhibición.
A Shaula no le pasó desapercibido la manera en que su madre y el joyero
intercambiaban una mirada mientras el rey estaba distraído. Y, ¿qué más
daba? Todos querían mirar a la reina, lo intimidado que se notaba aquel
hombre era común.
Lo extraño fue cómo intentaron simular de inmediato que dicha mirada
jamás había ocurrido.
Shaula vio a su hermano, que también miraba a su madre con los ojos
ligeramente entornados.
—No es por protegerse, majestad —contestó al fin el joyero—. Mi Orión es
un poco asocial, las personas no le gustan mucho y cree que vistiendo así se
ahorra saludos no solicitados.
—¿Te gustan? —le preguntó el rey a su hija señalando los pendientes.
Shaula sacudió la cabeza para volver en sí. Había estado mirando al hijo del
joyero y su misterioso acompañante.
—Sí, padre.
—No le mientas por cortesía a este viejo sin sentido de la moda, hija mía.
No sé de pendientes, pero sí de tu mirada. No te impresionan, ¿no?
—No están mal, pero no los usaría yo. Voluntariamente.
El rey tuvo una de esas sonrisas que parecían el preámbulo a una carcajada,
y con ella contagió a la princesa.
—Y no estás viejo —agregó Shaula, pues le gustaba ver a su padre de buen
humor.
—Lo estoy, pero eso no importa, ya conseguí el amor de mi vida, ¿no? No
debo impresionar a nadie más. —El rey le lanzó una mirada a su esposa,
quien contestó con una sonrisa edulcorada. Luego volvió su atención a
Shaula—. Tú sigue viendo por ahí hasta que decidas lo que quieres.
Shaula se hizo a un lado para inspeccionar el otro extremo del mostrador
móvil de la tienda. Todo parecía de calidad, pero fácilmente sustituible.
Nada que valiera las malas miradas entre Sawla y su padre, y Shaula se
sentía responsable de alguna forma, como si tuviera que hacer que el viaje
valiera la pena.
De pronto una mano se atravesó en la trayectoria de lo que miraba, los
largos dedos de su Antares Scorp señalando una pieza distinta a la que ya
miraba. No era un escorpión, lo que cualquier Scorp hubiese sugerido, era
un brazalete dorado con la forma de una serpiente enroscada.
Shaula volteó hacia él con la boca abierta y los ojos brillando.
—¿Por qué ese?
—Por Dibu, ¿no?
—Sabes de Dibu.
—Por supuesto, Shaula. —Antares le dedicó una sonrisa y se volvió hacia
el joyero—. ¿Nos muestra ese, por favor?
—No hace falta. Me lo llevo —añadió la princesa.
Cuando le entregaron el brazalete, Shaula se sentía tan contenta que de
pronto pensó que esa sensación era errónea, como si pasara algo por alto.
Y fue cuando recordó el comentario de su madre sobre que Antares ponía
un gran esfuerzo en ganarse la aprobación de quien quería, y empezó a
sentirse manipulada.
«Es bueno el
sarkah
*»
, pensó Shaula con una pulla de admiración mientras miraba el brazalete.
En ese momento la reina se probaba un collar que le había entregado el rey.
Sonreía y decía que sí a todas las preguntas, asegurando que ese era el
accesorio correcto.
Está muriendo por salir de esta situación»
, concluyó Shaula.
—¿Y usted qué opina? —preguntó el rey al joyero.
—¿Qué... opino, majestad?
—Sí, ¿qué tal se ve mi esposa?
—¿Perdone?
El hombre tenía una piel morena de esas poco usual en la capital por la falta
de un sol para broncearse, pero en ese instante su rostro era tan pálido como
las perlas del collar de Sawla.
A su lado, Antares contuvo una sonrisa.
«¿Por qué él está disfrutando esto y yo no estoy ni enterada de lo que
pasa?».
—Le pregunté su opinión —insistió el rey, tan amable, tan sonriente, que no
había explicación para el nerviosismo del joyero.
—¿Sobre su esposa?
Lesath entornó los ojos.
—Sobre el collar que lleva, lord...
—No soy ningún lord, majestad —se apresuró a contestar el hombre más
aliviado—. Enif. Es mi apellido.
—¡Oh, usted es Rigel! Es un placer al fin conocerle, mi lord.
El joyero entonces parecía de alguna forma tan aliviado como al borde del
vómito.
—¿Me conoce?
—Por supuesto, Sawla siempre habla de usted y el maravilloso trabajo de
sus manos...
—Lesath, nos vamos —ladró Sawla de una forma en que hizo a Shaula
sobresaltarse, a los guardias tensarse y a Antares casi dejar estallar esa
sonrisa.
Shaula esperaba cualquier cosa de su padre, ¡era el rey! Y aunque paciente
y bondadoso, todos conocían el alcance de su letalidad. Pero lo que recibió
sí que la tomó desapercibida: la más absoluta de las obediencias.
—Tienes razón, querida. Ya hemos molestado mucho a este hombre. —
Luego se volvió hacia el joyero—. Gracias por cada uno de sus servicios,
lord Rigel. Yo mismo veré que se le pague por ellos lo que merece.
~~~
Nota de autora:
Sarkah
: insulto sin traducción directa, abarca la intención de palabras malsonantes
como «imbécil, idiota, maldito, animal, eunuco, desgraciado, estúpido,
inepto, e.t.c.».
Y BUENO, todo lo que ha pasado en este capítulo... Uff. Tenemos al fin el
momento en que Shaula conoce a uno de sus hermanos, al menor. ¿Qué les
parece el encuentro y la relación entre ambos? También quisiera saber qué
opinan de Isamar y ese momento peinando a Shaula, del rey y ese paseo
random a la tienda y qué les pareció todo el capítulo en general.
12: El heredero que nunca fue
Cuando volvieron al palco de la familia real, Shaula fue directo hacia la
barandilla donde sus damas estaban.
—¿Me he perdido algo importante?
—Ese hombre no deja de mirar a mi hermana —murmuró Altair en
respuesta.
La aludida justo bajó el rostro con sus mejillas vagando cerca de una
sonrisa.
Shaula miró en la dirección que señalaban para identificar al hombre. Era el
próximo en el listado de duelistas, una de las apuestas más fuertes por sus
hazañas con la espada.
Tal vez alentado por la presencia de la princesa, ese fue el instante que
aprovechó para al fin acercarse a las damas.
—Mi lady —dijo el hombre con sus ojos fijos en los de Isamar Merak—.
La he estado observando.
—Todo el reino lo ha notado, sir —interrumpió Shaula, sorprendiéndolos.
—Alteza —saludó el hombre sin perder el buen ánimo y enseguida se
volvió hacia Isamar—. Sir Hadar, mi lady. ¿Y usted es...?
—Isamar Merak.
—Encantado. Le decía que la estuve observando desde lejos y no he podido
evitar pensar en que me traería suerte si tan solo me honrara en aceptar este
presente de mi parte.
El hombre se quitó una de las medallas que llevaba prendida al uniforme y
se la tendió, haciendo que los ojos de Isamar se abrieran de tal forma que el
sol aclaró la esmeralda que había encerrada en ellos hasta volverla lima.
Ese gesto de parte de un soldado era del todo inusual.
—¿No te agrada para ella?
Shaula volteó en dirección a aquella pregunta hecha en un tono discreto.
Antares había aparecido junto a ella.
—No es eso... —contestó la princesa echando una ojeada hacia los tórtolos
que todavía platicaban—. Es que no lo conozco. No sé nada de su
reputación. Eso me preocupa.
—No lo conoces, y aún así desconfías —señaló Antares con un arco en su
ceja.
—El desconocimiento es el principal motivo para la existencia de la
desconfianza —discutió la princesa con elegancia—. Ese hombre se ha
acercado a la que no es ni de lejos la más bonita de mis damas teniendo a
las otras dos a su lado, y le entrega su medalla para deslumbrarla. Creo que
busca a alguien que no le diría que no, y eso me parece que es algo digno de
poner en duda.
—Por suerte para ti, yo sí conozco su reputación —contestó el príncipe
escorpión señalando discretamente al duelista—. Es sir Markus Hadar.
Intachable en sus duelos, pero tiene la mala costumbre de aprovechar un
poco de más la prohibición de matrimonio en su puesto. Solo que no le
explica ese detalle a las jovencitas que corteja hasta que ya es demasiado
tarde para la reputación de ellas.
Shaula volteó a mirarlo horrorizada, esperando encontrar en su hermano
una señal de haber estado bromeando.
—¿Quieres que lo aleje? —le preguntó Antares entonces.
—No, no. No pretendo armar un escándalo.
Antares frunció su ceño con un aire de suficiencia.
—Tú observa —finalizó él.
Al segundo siguiente, Antares interrumpió al trío de damas acaparando por
completo la atención de todas, en especial Isamar, a la que le hablaba
directamente, hasta que ya ninguna tuvo ojos para sir Hadar.
—Sarkah —murmuró Shaula negando con la cabeza.
~ ~
—¿Lista para conocer a Sargas? —le preguntó el príncipe Antares a Shaula
mientras volvían al castillo luego del torneo.
La princesa sí que estaba ansiosa por conocer a su otro hermano, de hecho
sentía que el estómago le iba a estallar por la anticipación. Sargas era el
futuro rey de Áragog, al que por tanto habían mantenido en anonimato para
protegerlo de los posibles atentados contra su vida. De lo que no lo habían
podido proteger era de los rumores: decían que el niño era enfermizo, que
tenía una tercera oreja, que no era hijo de la reina, que no era hijo del rey,
que de hecho no existía...
Por supuesto que Shaula quería formarse una opinión al respecto por su
cuenta.
—Tú ya lo conoces, ¿no? —le dijo Shaula a Antares—. ¿Qué debo esperar?
El escorpión dorado calló, aguantando con apenas discreción una sonrisa
perversa.
—Dejaré que te sorprendas.
—¿De... acuerdo?
Shaula suspiró y miró hacia atrás, donde estaban sus tres doncellas
hablando animosamente entre ellas. Ya se llevaban bien, además de que el
torneo les había dado mucho de qué hablar, algo además de su aversión
hacia Shaula, sin duda.
—No me permiten llevar las doncellas a la cena —dijo Shaula para que su
hermano escuchara—. Quieren que sea algo meramente familiar.
—Lástima —comentó Antares—. Me agradan, alguna más que otra. ¿Quién
sabe? Podría prometerme a ella hasta que cumpla la edad para contraer
matrimonio.
Shaula le lanzó una mirada que revelaba poco más allá del escepticismo.
—¿No puedo? —preguntó el menor con una sonrisa que dejaba entrever el
brillo perlado de su dentadura.
Shaula contestó con un encogimiento de hombros.
—Aclaro que era una broma —acotó él—, espero no te enojes conmigo.
—¿Por qué habría de enojarme? Cásate con las tres si la ley y mi padre te lo
permiten.
Antares sofocó una risa, cosa que hizo a Shaula fruncir su ceño.
—¿Qué pasa?
—Olvídalo. ¿Te pondrás el brazalete en la cena?
La mención al brazalete le recordó a Shaula la escena de la joyería, así que
obvió por completo las formalidades y saltó a hacer la pregunta que invadía
sus prioridades.
—¿Qué pasó ahí, por cierto? Eso fue... Raro, como mínimo.
—Shaula —dijo Antares deteniendo el paso—. Si tengo que explicarte el
chiste, no eres digna de reírte de el.
Ambos tomaron caminos separados a partir de ahí.
La reina se había marchado temprano del torneo porque se sentía
indispuesta, pero esa noche la verían nuevamente en la cena familiar que
tendrían. Sin embargo, había pedido ver a Shaula antes en su alcoba por
algún motivo que no se molestó en explicar.
Al llegar ahí, la princesa se encontró con una versión de su madre que nada
tenía que ver con la de horas antes. Estaba en cama, sus mejillas hundidas,
los huesos de sus pómulos más marcados y una palidez del todo inusual.
—Madre...
Shaula corrió a la cama y se sentó junto a la reina tomando su temperatura.
Estaba hirviendo.
—¿Qué tienes? ¿Tan mal te cayeron esas manzanas? —insistió la princesa
preocupada.
—No tiene nada que ver con las manzanas, cariño —aseguró la reina
apartando la mano de su hija—. Llevo noches así. Me dan estos bajones de
energía por estas horas...
—¿Bajones de energía? Parece más como un bajón de alma.
La reina rio por el comentario de su hija y a Shaula ese detalle le creó una
extraña satisfacción, como un cobijo que no esperaba recibir ni era
consciente de necesitar.
—Que no te escuchen las preparadoras haciendo esos chistes —aconsejó su
madre todavía sonriendo.
—Lo sé, lo sé. Aunque no entiendo qué tiene de malo el sentido del humor.
—Yo tampoco, pero nunca hay que confiarse con ellas. Al final cada una es
un individuo distinto con percepciones distintas; lo que para alguna puede
pasar por ingenio para otra sería una impertinencia. Es mejor no arriesgarse.
Shaula asintió sin discutir.
—¿Quieres que me quede contigo? —le preguntó a su madre.
—¿Estás loca? No, no. Iremos a la cena en un rato, y tú ya deberías estar
arreglándote.
—¿Irás así a la cena? —inquirió la princesa, quien tomó con sus ojos
entornados el asentimiento de respuesta por parte de su madre.
—Me darán algo para recobrar fuerzas y estaré ahí como nueva.
—Madre, por favor, descansa. ¿A quién le importa la cena? Se puede
posponer, lo primordial es tu salud.
La reina negó de una forma que Shaula supo que no había más que discutir.
—Se hará hoy, Shaula, no te preocupes y solo intenta portarte bien, ¿sí?
Estaremos por primera vez juntos todos, como familia.
—De acuerdo, madre. ¿Por qué me hiciste venir si de todos modos nos
veremos en un rato?
—Sobre eso... Quiero presentarte a unas personas que te ayudarán con el
asunto que atendíamos con regularidad en Baham. —Una mirada
significativa dio a entender a Shaula que no debía indagar más en ese tema
—. No quería decirte nada delante de tu padre o los demás por lo que ya
entiendes.
Shaula asumió que su madre hablaba de sus entrenamientos. Siempre había
sido enfática en cuanto a la necesidad de que se ejercitara y aprendiera las
artes marciales bahamitas; le decía que debía estar preparada para
defenderse en cualquier circunstancia. Y era todavía más insistente al
recalcar la importancia de que esas prácticas permanecieran en secreto.
Lo que Shaula no entendía es por qué su madre le hablaba en clave dentro
de esa habitación. ¿No estaban solas? ¿O estaba siendo paranoicamente
precavida?
—A partir de ahora atenderás ese asunto por tu cuenta, jovencita —agregó
la reina—. Ya estás grande como para que yo esté recordándote cuándo te
toca qué cosa. ¿Entiendes?
—¿Y si dejo de hacerlo?
—Es tu problema.
Shaula sonrió abiertamente por el voto de confianza.
—No te defraudaré, madre.
—Bien. Afuera te espera con quien debes hablar. Ahora déjame descansar
un rato más, ¿sí?
—Sí, madre.
Shaula le dio un beso a la frente ardiente de su madre y salió casi saltando
de la habitación por lo emocionada que estaba.
—Ella estuvo hoy en la tienda —dijo una voz que no pertenecía ni a la reina
ni a la princesa. Era una voz diferente, emitida desde uno de los rincones
más oscuros de la alcoba donde nadie se habría preocupado en buscar un ser
vivo.
La voz del príncipe maldito que heredaría Áragog: Sargas Scorp.
—¿Y qué si estuvo? —contestó la reina entre toses.
—Nada, nada... —siguió la voz con ironía—. Salvo que conoció al maldito
joyero.
—No lo maldigas así, cariño... —rogó su madre mirando en dirección a
aquella sombra que se alejaba del rincón ahora que no había más
espectadores—. Él no es culpable de nada. No ha hecho nada malo en su
vida.
—No, tienes razón. La única culpable aquí eres tú.
La lengua hirviente de la reina recorrió sus labios resecos en un gesto casi
nervioso, una excusa para divagar mientras su mente digería el ardor del
veneno recibido.
—No me hagas esto... —musitó ella—. No me digas esas cosas cuando
estoy así... Me matas con tu ira.
—¿Ira? —Sargas avanzó hasta el dosel de la cama, donde sus dedos
juguetearon distraídos mientras sus ojos parecían degustar la palabra antes
pronunciada—. Madre, la ira es una sensación, y las sensaciones son
instantes; lo que me pasa contigo es indeleble: es un sentimiento.
—Cariño, por favor... No merezco que me hables así.
—¡No mereces que te hable! —explotó él casi riendo de su comentario.
—¡Soy tu madre, Sargas Scorp!
—¡¿Y de cuántos bastardos más?!
La reina no respondió, prefirió morderse la lengua. Su hijo estaba enojado.
Era normal, era esperable. Acababa de enterarse de una verdad difícil y
hasta dolorosa, en especial porque era la confirmación a todo lo que
murmuraban las paredes buscando destruirlo por dentro.
El heredero se acercó al hilo de luz que escapaba de la ventana, solo así se
notó el enrojecimiento en sus ojos café, el rastro de un llanto iracundo que
persistió por horas.
—Te he cuidado todo este tiempo, Sargas... —murmuró su madre, sus
labios palideciendo entre el dolor y la enfermedad—. Te he amado como a
nada... Por Ara, tú me enseñaste a amar. Sin ti... Habría hecho todo mal en
la vida.
Sargas bufó desde su posición, mirando altivo a su madre como si solo
fuese un germen bajo su altura.
—Si tú no consideras «hacer mal» lo que me has hecho, entonces me alegro
de que este mundo al fin quedará libre de ti en unos días.
—¡Sargas! —chilló ella, su voz quebrándose a la mitad—. ¿Cómo puedes
regocijarte en que me esté muriendo?
—Si tan solo te hubieses muerto sin decirme esto... —Sargas pasó la mano
por su nariz secando violentamente la humedad que seguía goteando—. Te
habrías ido de este mundo con el amor de alguien.
—No te he hecho nada, solo quería ser honesta...
—¡¿No me has hecho nada?! —estalló su hijo con la huella del llanto en su
voz—. Me condenaste, mujer. ¡Yo tenía que ser rey! Me dijiste todos los
malditos días de mi maldita vida que iba a serlo...
—¡Tú vas a ser rey!
—¡Antares es el heredero! —jadeó Sargas quebrándose a la mitad. No
quería creer aquello, decirlo era como verter veneno directo a sus ojos—.
He pasado mi vida detestándolo por querer lo que es mío... y yo soy el que
desea lo que le corresponde a él.
—No, no... ¿No entiendes cuánto te he amado, Sargas? —La reina se
incorporó hasta alcanzar la mano de su hijo y sostenerla con fuerza—. No
sabes lo fácil que sería quitarte del medio y poner a tu hermano en el trono,
pero jamás lo hice. ¡Jamás lo consideré siquiera! Desde que naciste he
luchado por darte lo que mereces. Y así será. El rey lo sabe, el rey me ama,
jamás rompería su promesa. Vas a ser rey porque yo quiero que lo seas,
¿entiendes? Yo te amo.
—¿Sabes amar? —ironizó Sargas al arrancar su mano de la de su madre—.
Mi sola existencia es un crimen. Si querías ser una puta podías serlo
tranquilamente. ¿Por qué arrastrarme contigo? Soy ilegítimo. Le regalaste la
corona a Antares y me lo dices ahora porque estás a punto de pagar lo que
debiste haber pagado desde el maldito día en que nací.
—Sargas... —La reina temblaba hecha un mar de lágrimas en la cama, no
tenía más fuerzas que para negar y rogar a las estrellas haber escuchado
todo mal—. Yo te amo...
—Si me amabas no me habrías condenado a esta vida, me habrías tenido
con mi padre... El rey. —La mandíbula de Sargas se tensó al corregirse—.
Ni siquiera es mi padre. Eso explica por qué no puede ni verme, ¿no? Y tú
me hiciste creer que él simplemente era una asquerosa persona. Y la
asquerosa eres tú.
—Basta, por favor...
—¿Por qué? ¿Por amor? ¿Quieres que pare porque te amo?
—Por favor...
—Solo responde.
La reina asintió.
—Sí, hijo. Quiero que pares porque sé que me amas, y que solo dices esto
porque...
—¿El mismo amor que dices tenerme tú?
—Yo te amo, Sargas. Te amo más que a mi vida.
—Si me amaras... me habrías abortado, y aceptado la condena por hacerlo.
Fue lo último que dijo el heredero antes de volver a subir la capucha de su
capa y salir de la habitación de la reina por el pasadizo que conducía a la
suya privada.
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Nota
: ¡Hemos vuelto! Hoy tendrán doble actualización y con esto pretendo
retomar el ritmo y traer capítulos más seguidos.
Un saludo especial a @Scailer-cruz por su cumpleaños
13: En familia
Un candelabro lleno de velas de fuego blanco ardía en la mesa. Sargas
encendió la punta de su servilleta con la llama, hipnotizado con las pelusas
de humo que se desprendían de la tela.
Su madre carraspeó y el heredero alzó la mirada sin mover el rostro. Captó
la reprimenda, así que sacudió la servilleta para apagarla y se dejó caer con
desgana en la silla.
¿Qué tanto se tardaba la princesita en arreglarse? Hasta Antares, que
llevaba más anillos que dedos y una oreja decorada completa por un
solitario escorpión de oro, ya estaba a la mesa coqueteando con la persona
que servía la comida.
¿No sabía hacer nada más que sonreír el muy vanidoso? ¿Eso era lo que las
estrellas destinaron como futuro rey de tan importante imperio? Sargas
prefería comerse sus propias tripas a ver a ese sinvergüenza sentado en el
trono que creyó sería suyo desde el instante en que aprendió a creer cosas.
En ese momento entró la reina y Antares se levantó de inmediato.
—Madre, te he guardado un...
—Calla —cortó la reina—, a nadie le agrada un lamebotas.
Y dicho eso, se sentó junto a Sargas, quien se levantó y se sentó un asiento
más lejos.
Si ella creía que tratando de ese modo a Antares iba a demostrar que amaba
más a Sargas y así él la perdonaría, estaba muy equivocada.
Acto seguido llegó el rey, al que Sargas intentó no mirar ni de refilón. No
sabía si sería capaz de evitar en sus ojos la añoranza de ser tratado como a
un hijo, incluso estando destruido por la noticia de que de hecho no lo era.
Sus dedos golpetearon la mesa para aminorar su impaciencia. ¿Qué estaba
esperando? ¿Un saludo?
Eso lo airó, consigo mismo más que nada. Estaba avergonzado de esa
sensación, y decepcionado de no ser capaz de suprimirla.
Así que siguió el golpeteo, y a medida que crecía su impaciencia, más
invasivo era el ruido de sus uñas contra la madera, más apremiante el
movimiento de sus dedos, más envolvente el eco que...
—¿Podrías, por favor, dejar de hacer eso? —preguntó Lesath Scorp, rey de
Áragog, con la tranquilidad de quien pide más vino.
Los dedos de Sargas se detuvieron apenas escuchó la petición, su cabeza
gacha fija en su mano inmóvil, con una ligera cosquilla que reptaba del
estómago a sus labios. Le instaba a sonreír, porque, sin importar nada, había
captado la atención del hombre que lo mantenía aislado como a una
mascota molesta.
—Primero que nada se saluda —reprochó la reina entre dientes a su marido
—. Tus hijos ya están a la mesa, por si no lo habías notado.
El rey de inmediato hizo un repaso del lugar, y a continuación miró a su
esposa con los ojos apenas entornados.
—¿Es que Shaula ya ha llegado y no la veo?
—Lesath.
—Heme aquí —respondió el rey, como si no hubiese captado el tono de
regaño.
Justo en ese instante entraba la antes mencionada, princesa de Áragog y
embajadora de Baham: Shaula Scorp.
Era la primera vez que se veían ella y Sargas, y él la detestó de inmediato.
Fue la indiscreción de sus ojos en el primer contacto visual, y la altivez de
su porte al asistir a una cena tan íntima: ella se creía mejor que ellos, ella se
sentía más digna que Sargas de la corona que heredaría.
Sargas podía perdonar que Antares lo mirara de aquel modo. Al final, él era
el Scorp de cabellos plateados, no Sargas. Él merecía sentarse en el trono,
no Sargas. Pero... ¿Shaula? Ella no era nada. Se salvaba de ser vendida por
una suerte de nacimiento, y pese a ello no era mucho más que una matriz
costosa.
—¿Te sientes bien? —preguntó la princesa a su madre apenas tomó asiento
frente a ella.
—Estoy en perfecto estado —respondió la reina en una clara evasiva.
—Ya que estamos todos a la mesa, podemos empezar a comer —indicó el
rey.
—¿Sin dar las gracias? —discutió la reina logrando que alzaran la vista
confundidos hacia ella—. Es la primera vez que estamos todos reunidos
como una familia, si hay un momento para recordar que debemos agradecer
nuestros alimentos a Ara, es este.
—Tanta devoción de tu parte me confunde, madre —bromeó Antares
ganándose una mirada de reproche.
—Ya que eres tan sabio, hijo mío —dijo ella—, cuéntanos en qué cultura
está bien visto que hables así de tu madre.
—Esto es una cena familiar, madre —contestó Antares. Si sintió disgusto o
incomodidad por el regaño, lo disfrazaba muy bien—. Si hay un momento
para ser informal, es este.
—Espero que esos comentarios te hagan comprender de una vez por todas
por qué las estrellas escogieron a Sargas para dictar las leyes futuras y no a
ti.
—Estoy de acuerdo, madre. Muy intuitivas las estrellas al escoger a quien
hace un segundo estaba quemando su servilleta. Pura formalidad destila, sin
duda.
—Esto no suena a que estén dando las gracias —comentó la princesa para
detener la discusión e inmediatamente extendió las manos a los lados para
que Antares y su padre se las tomaran, y los demás hicieran lo mismo.
Cuando todos por fin estuvieron tomados de manos, cerraron los ojos en
respeto a la plegaria que elevaba la princesa Shaula en silencio. Todos
menos Sargas, quien la atacaba con una mirada agresiva mientras se tragaba
las veces que pensó que jamás conocería a nadie más pusilánime que
Antares. En su opinión rápidamente formada, Shaula parecía estar mucho
más desesperada por aprobación. La aprobación correcta, al menos, pues
era clara la ambición detrás.
—Que así sea —culminó la plegaria Shaula en voz alta, y todos repitieron.
Nuevamente, todos menos Sargas. Él ya no tenía nada más qué agradecer a
las estrellas, había dejado de esperar cualquier cosa de ellas y prefería
destinar la fe a su libre albedrío.
Sargas empezó a comer sin esperar una aprobación, sabiendo que no era
correcto, y de inmediato recibió un carraspeo de parte del rey.
—¿Mm? —preguntó el heredero con las mejillas llenas de comida.
—Si no estás muriendo de desnutrición —dijo Lesath— preferiría que
esperaras al brindis antes de terminar eso.
Sargas tragó a duras penas antes de responder:
—Esperas, plegarias, brindis... ¿Cuánto más protocolo es necesario? —
Entonces miró en dirección a Shaula—. ¿Hay que esperar también un baile
de tu parte?
—El brindis es importante, cariño —dijo la reina estirando su mano para
alcanzar la de su hijo y acariciarla—. Será el último retraso y podrás...
—Como sea. —Sargas se levantó con la copa de vino en su mano—.
¿Puedo empezar yo?
—Sargas.
—¿No es un brindis familiar? —inquirió él—. Debería poder participar, ¿o
no, madre?
—Hay un orden para...
—Déjalo —cortó el rey con tranquilidad.
—Sí, déjalo. Tengo curiosidad —añadió Antares con un brillo casi
hambriento en el oro de sus ojos.
—Tu curiosidad no es justificativo para su capricho —cortó Shaula y miró
luego a su padre—. Ni tu tolerancia motivo para permitir berrinches.
—Ni tu altanería razón para que abras la boca cuando no se te ha pedido
opinión —cortó su madre.
—No hay preparadoras aquí, Sawla —dijo el rey con su voz ya casi
resignada—. Déjala que diga lo que realmente quiere alguna vez.
—¿Y que se acostumbre?
—¿A pensar?
—A ver cómo piensa sin cabeza, Lesath —escupió la reina en un tono más
sentenciante que un golpe.
El silencio se alargó en el lugar, por algunos rincones tenso, en otros
incómodo, pero no fue así donde estaba el heredero maldito: ahí había
disfrute, casi un motivo para sonreír. Era gratificante descubrir
disfuncionalidad en lugares más allá de su sombra.
—Yo abriré el brindis —dijo Antares levantándose y no esperó aprobación
para proceder—. Brindo por esta primera noche en familia, y porque Ara no
permita que se repita. Nos prefiero vivos.
Shaula aguantaba las ganas de reír. Su boca estaba cubierta, pero sus
inmensos ojos café eran tan expresivos que Sargas lo vio muy claro. ¿Qué
le había hecho gracia de esa estupidez? Y el fácilmente complacible de
Antares era todavía peor, guiñando un ojo a su hermana en complicidad,
como si nadie nunca le hubiera aplaudido un chiste.
—Gracias, Antares. Yo seguiré —dijo su padre—. Pese al cínico cariz que
ha tomado esta reunión, realmente quiero decir algo que me hará quedar
como un blando. Supongo que un poco de sentimentalismo no le hará
mucho daño a mi reputación. Y es que quiero brindar por mis hijos, por el
poder de la sangre, y por lo debil que soy ante ella. No hay una cosa que no
haría por ustedes, incluso cuando eso significa no hacer nada si estoy
seguro de que pueden aprender algo del resultado de mi inacción.
Lesath suspiró y alzó su copa ya para finalizar su brindis.
—Y aunque se dicen muchas cosas de los escorpiones, ustedes ya deben
saber que la inmunidad no es más que un mito. No se los diré mucho,
odiaría malgastar el poder de esta palabra, pero los amo. Recuerden eso.
Por algún motivo, la reina lo veía como si de su boca no hubiesen salido
más que insultos, pero pronto se obligó a desechar esa rabia y a ponerse de
pie para dar su aporte en el brindis.
—Yo quiero finalizar, así que nadie se haga el gracioso levantándose
después de mí, ¿de acuerdo? —Sawla inspiró y luego alzó su copa—. Yo...
Pero entonces algo sucedió. Más allá de todo lo que ella quería decir, lo que
sabía que debía decir para no arrepentirse en otra vida, mirar a Lesath a los
ojos la hizo cambiar de perspectiva. Entendió que prefería perder en
silencio que ganar de rodillas.
—Buen provecho, holgazanes —finalizó la reina y se bebió de un trago su
vino sin dar tiempo a nadie a chocar su copa con la suya.
Los demás se miraron confundidos, pero acabaron por encogerse de
hombros y comer.
Sargas, el supuesto heredero, no dejaba de fijarse en los modales de la
princesa. Antes ni le habría prestado atención, pero entonces era casi
crucial. Aunque Shaula fuese mujer, llevaba la sangre del escorpión en sus
débiles venas. Tenía más legitimidad un reclamo suyo que del mismo
Sargas, quien no era más que un bastardo.
A eso había llegado luego de haberse creído dueño del mundo: a ser menos
que una mujer.
Y Antares era igual, no se saltaba una sola regla. Eran tan impecables que,
sabiendo Sargas que no podría igualarlos, decidió ser el peor de los tres.
—Buen provecho, majestad... Alteza. Lo lamento —corrigió Sargas en
dirección a su hermana—. Aún me cuesta adecuarme a los títulos
nobiliarios.
—Lo que dijiste es correcto, Shaula es tu princesa —acotó el rey al otro
lado de la mesa sin mirar a nadie, su tono casi desinteresado.
—Pero no mi reina, ¿o sí?
—Sargas —advirtió su madre entre dientes.
—Un error lo comete cualquiera, hermano —contestó Shaula restándole
importancia—. Yo suelo derrochar de ellos. Como hasta hacía un momento.
Siempre había tenido la impresión de que históricamente no ha existido
jamás un Scorp hombre sin sus preciosos cabellos blancos.
Nashira, sujeta tu lengua o haré que te la corten
—rugió su madre en bahamita para que solo Shaula pudiera entenderle. Y
mientras, el rey parecía muy indiferente a la disputa, bebiendo plácido su
vino.
—Lo siento, madre —se disculpó la princesa con un ligero encogimiento de
su cabeza—. Y en cuanto a ti, hermano, es un placer conocerte. Tu
identidad sí que se ha hecho de rogar.
—Es interesante la estrategia, pero supongo que efectiva —contestó Sargas
—. Mantiene la expectación. No importa lo que hagan ustedes, siempre
hablarán del incógnito heredero.
—No te preocupes, hermano —atajó Antares—. Hablarán mucho más una
vez te conozcan.
—Y aún así se postrarán ante el —contestó la reina con hiel en la punta de
su lengua, sus ojos casi una agresión hacia el menor de sus hijos—. Y a ti,
¿qué te queda? Burlarte de tus superiores a ver si con eso compensas tu
complejo de inferioridad.
—Basta ya, Sawla —cortó el rey golpeando la mesa—. Pediste paz, y eres
la primera en infringir la posibilidad de su existencia.
—¡Paz! —escupió Sawla con una risa impotente—. ¿Quieres hablar de paz
ahora? ¿Luego de lo que hiciste en el torneo? ¿Luego de lo que planeas...?
—Cuida lo que dices, Sawla. Por tu bien lo aconsejo. Parece que olvidas
que te queda poco más que tu silencio para negociar.
—Disculpen...
—Ahora no, Shaula —cortaron los reyes al unísono, envueltos en el calor
de su discusión.
—Pero...
—Sé valiente por una vez en tu vida, Lesath Scorp —instó la reina con una
sonrisa maliciosa brillando en sus ojos—. Vamos, dile a tus hijos...
—¡SE ESTÁ AHOGANDO!
Para cuando Sawla Nashira y Lesath Scorp atendieron al grito de su
primogénita, ella ya estaba tirada en el suelo junto al cuerpo tembloroso de
su hermano Antares.
Con las manos en su cuello, el escorpión de oro bregaba por algo de
oxígeno que las estrellas no parecían querer permitirle, y entre toda aquella
palidez azulada que había adquirido su rostro, resaltaba un único rastro
sanguinolento de saliva manchada por el vino.
Mientras la reina corrió a lanzarse sobre el cuerpo de su hijo e intentar
ayudar, Lesath fue de inmediato a abrir las puertas y pedir ayuda.
Inmediatamente el salón se llenó con hombres del personal, guardias y
curanderos.
Justo lo que quería evitarse en esa cena en particular: los testigos.
—¡No reacciona! —gritó la reina al ver que Antares ya había parado de
luchar por completo.
Del príncipe solo quedaba un cuerpo inmóvil sin respiración que no atendía
a las voces que lo llamaban o a las manos que lo golpeaban.
—¿Qué le pasó? Si hace un segundo estaba tan bien...
Entonces resonó esa risa. Al principio se escuchó como una tos, algo que se
intentó contener sin resultado. Luego, más libre, pero todavía carrasposo,
como si la garganta apenas empezara a aceptarlo. Al final... Fue tan cruel,
tan cínica, que incluso la persona que dio a luz al príncipe heredero Sargas
Scorp, quedó erizado del horror de escucharlo carcajearse por el estado de
su hermano.
—No puede ser... —musitó Shaula, quien había oído de la maldad, pero no
imaginó que existiera una como esa.
Cuando la reina vio el ademán de Lesath por acercarse al heredero que se
regodeaba en su fechoría, corrió y se interpuso entre ambos.
—No, por favor...
—Apártate, Sawla.
—¡Es solo un niño!
—¡Está maldito, Sawla! ¿No lo ves? Ese niño al que proteges está marcado
por Canis desde el día de su nacimiento.
Lesath señaló a Sargas, que casi se había caído de la risa por los espasmos
de su carcajada, indiferente a los hombres que lo sometían a cada lado para
que no escapara.
—Él será la perdición de este reino, y está empezando por nuestra familia...
—¡Nuestra familia la estás destruyendo tú! ¡Ya la has destruido!
—Apártate, Sawla.
En lugar de eso, la reina se asió con fuerza al brazo de Lesath.
—No le hagas daño, te lo imploro.
—Nuestro hijo está sin reaccionar tirado a nuestros pies, ¡¿y tú ruegas por
el monstruo que lo envenenó?!
—Solo está dolido, se acaba de enterar de toda la verdad...
—Basta. Te lo advertí, Sargas ha demostrado por su cuenta que no me
equivoco. No puedo permitir...
Lesath no terminó su mensaje, no podía. Sawla Nashira se había hincado a
sus pies sin importar nada, y con lágrimas en sus ojos, mientras tiraba de la
tela de su pantalón, dijo:
—Te lo suplico, Lesath. Por mí, por nuestros hijos, por las estrellas mismas.
Perdona su vida, no le hagas...
Pero Lesath no iba a permitir ese espectáculo, ya suficiente función habían
dado.
Se apartó de la reina y ordenó a sus hombres que se llevaran a Sargas lejos,
pidiendo que lo mantuvieran en custodia hasta que él tomara una decisión.
Mientras lo arrastraban lejos de la sala, el heredero maldito jamás dejó de
reír.
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Nota
: Cuéntenme tooodas sus opiniones del capítulo. ¿Les gusta como va la
historia? ¿Quieren más?
14: Mate a la reina
Cuando el sol blanco de Ara se impuso sobre las nubes perezosas del cielo
matutino, al príncipe menor de los escorpiones se le declaró en coma. Nadie
sabía si despertaría alguna vez, o cuándo podría hacerlo, y mientras, la reina
de las serpientes en definitiva jamás volvería a abrir sus ojos.
Sawla Nashira al fin había sido vencida por esa enfermedad que por tanto
tiempo había ocultado.
Un ataúd de cristal negro, un coro de impactados espectadores que fingían
llorar a una reina que no conocían, y solo dos familiares, uno al frente del
otro. El rey Lesath, cuya capa portaba el color del luto, y la princesa Shaula,
con un velo oscuro que se arrastraba hasta los pies de aquellos en la fila
trasera.
No se permitió la entrada al público general, solo a los residentes del
castillo.
Con Antares en coma y Sargas en custodia, no había a nadie a quién
esperar, pero sí muchos rumores, porque ambos eventos eran un secreto de
familia.
El Alto Sacerdote Polux dio su discurso, muchos comentaron sobre la
tragedia y lo repentina de esta, pero nadie logró sacar una palabra del rey o
su hija, hasta que ese anciano de la congregación se acercó.
—Majestad —saludó con una reverencia—. ¿Su heredero no honrará a su
madre con su presencia ni siquiera en su funeral? Sé que es importante para
su seguridad que permanezca en anonimato, pero en un caso como este...
Lesath lo miró, y esa mirada fue suficiente.
Pero entonces la mano del rey, Lord Zeta Circinus, rompió la línea de
expectación del consejo y se acercó al rey. Con una inclinación hacia
Lesath, le susurró:
—Yo tengo la misma duda, majestad. Es importante el mensaje que estemos
dando.
—Mensajes —habló el rey con un tono de voz imposible de descifrar. No
había emoción, ni la ausencia de ellas. Se podría haber estudiado
eternamente las intenciones de aquella repetición—. Los mensajes son
armas de doble filo. Si no los dominas del todo, no deberías jugar con ellos.
Entonces Lesath miró a la mano, y ese gesto era mucho más claro que su
manera de hablar.
—Algunos murmuran, lord Zeta —continuó el rey—. Dicen que tú no lo
dominas. Yo no estoy entre ellos, desde luego. Me abstengo de opinar, pues
soy tu rey. Pero puedo aconsejarte, para que tengas cuidado con lo que
juegas.
Lord Zeta tragó en seco, asintió, y abandonó no solo la fila, sino el funeral.
Shaula, la niña de dieciséis que acababa de perder a su madre, seguía sin
abrirse ni en palabras, ni en lágrimas.
Se había enterado de la enfermedad de su madre recién la noche pasada, y
de repente ya estaba muerta y todo lo que tenían para decirle era inverosímil
e insatisfactorio.
Shaula no quería más pésames. Shaula no quería más preguntas ni
condescendencia. Shaula no quería un solo abrazo más, a menos que viniera
de la mujer que no le dio suficientes en vida, y que ya no podía rectificarlo.
El llanto de los violines era lo único que rompía el silencio. Las horas
avanzaban, y lo que quedaba de la familia real aguantó hasta el final
cumpliendo el protocolo, pero manteniendo la mudez.
Cuando el rey al fin alzó la vista, vio los dedos de su hija que se deslizaban
con gentileza casi nostálgica sobre el ataúd. Buscó su mirada, y apenas la
encontró, lo supo.
Shaula impondría su pieza en el juego de los monarcas.
~ ~
La madre de Shaula había muerto, su vestido negro seguía manchado de las
gotas de la llovizna del funeral, pero ella seguía siendo la princesa de
Áragog, la única representante digna de su generación ahora que Antares
estaba fuera de juego indefinidamente, y Sargas a espera del juicio de
Lesath.
Si sentía algo, no lo estaba demostrando a sus damas. Si sentía algo, no
tenía un lugar privado para dejarlo salir con seguridad.
Shaula inspiró y se volvió hacia el piano con las manos cruzadas sobre la
falda de su vestido. Ahí miró a su prima tocar con una apacible sonrisa que
se reflejaba en sus ojos pese a la tela en sus labios.
—¿Cuarto creciente? —preguntó en referencia a la pieza que sonaba.
Su prima sonrió sonrojada porque la princesa hubiese reconocido la pieza, y
tocó con mucho más alarde a partir de ahí.
—Es precioso, prima Jabbah —concedió Shaula—. Toqué esa pieza una
sola vez, pero tú lo haces mejor que yo. Incluso mejor que el hombre que
me la inculcó.
—Muchas gracias, prima... Su alteza.
—Claro que yo tenía seis años entonces, y mi instructor se había quedado
sordo.
La sonrisa de Jabbah desapareció, como si estuviera hecha de hojas y una
fuerte ventisca las barriera.
—¿Su alteza? —preguntó Jabbah en confusión.
—Si no conoces una pieza con la complejidad equivalente a tus
aspiraciones, mejor deja el teclado y volvamos a tus lecciones. Al menos en
eso no puedes empeorar.
Roja de vergüenza, lady Jabbah corrió cabizbaja a su mesa con todos los
libros.
Al otro lado de la habitación, sentada en el inmenso ventanal con un libro
entre las manos, la mirada de Isamar Merak se había clavado con descarada
fijeza en la princesa escorpión.
Shaula arqueó una ceja, como retándola a replicar. Pero la mujer acabó por
volver tranquilamente a su lectura.
La princesa volvió a su prima y dijo:
—Perseus.
—Es una costa de Antlia, su alteza. Caracterizada por su agua verde
esmeralda y los mitos de reinos que engulló el mar para formar esas playas
—respondió rápidamente su prima.
—Lords —siguió Shaula paseándose por la habitación.
—La casa Merak: lord Tauro Merak y Lysandr Merak.
—Hijos.
—Altair, Isamar y Beta Merak. —Antes de que Shaula siguiera, su prima se
adelantó—. Solo tienen hijas hembras. Dicha carencia los hace una casa
noble vulnerable pese a sus ingresos, pues no tienen heredero. La opción
idónea es conseguir el mejor acuerdo matrimonial para ellas, y pronto.
—Por ello, entregan sus hijas mayores a las fauces de la malvada princesa,
para aprovechar el tráfico de nobleza en la corte, y lo ventajoso de mi
posición —finalizó Shaula lanzando una mirada carente de cualquier
inflexión distintiva, pero que solo con ir dirigida a Isamar parecía bastante
específica.
La mandíbula de lady Isamar parecía a nada de partirse por cómo era
tensionada.
—Lords de Hydra —siguió Shaula con sus mejillas cosquilleando con
maléfica satisfacción.
—Lady Indus y Kaus Sagitar, alto lord de todo el principado de Hydra.
Perfumistas. Joyeros. Distribuidores de toda clase de prendas, materia
prima, alimentos, flora, medicina... Ta vez las personas más ricas del reino
además del rey.
—Después de mí.
Isamar puso los ojos en blanco aprovechándose de la protección de la
espalda de la princesa.
—Hijos —siguió Shaula.
—Levith, primogénito, heredero y sin duda el soltero más codiciado de
Hydra y la capital. A su corta edad ya ha conseguido una firma propia en el
mercado teatral. No firma como Levith, sino como Draco, el nombre por el
que prefiere ser llamado. Tiene una fortuna y un renombre de éxito que no
depende de su herencia. Luego están Ausrel e Indyana.
Shaula no pudo evitar estar al borde de una risa con la acotación final.
—Ausrel e Indyana —repitió divertida, pues ciertamente no había mucho
qué agregar de ninguno de ellos.
—¿Crees que tu padre te consiga un acuerdo matrimonial con Draco
Sagitar? —indagó su prima.
La sonrisa de Shaula se borró enseguida.
—Mientras estés a mi cargo, Jabbah, no solo soy tu princesa, soy tu
mentora. Serás mi prima cuando algún evento lo amerite. Reservarás tu
avidez de información personal hasta entonces. El resto del tiempo que
respires cerca de mí, me llamarás alteza y dejarás de tutearme.
—Sí, alteza.
—Casa Circinus —pidió entonces la princesa.
—¿Por dónde empiezo?
—Sorpréndeme.
—Aries y Sirio Circinus, gemelos. Sirio creo que es... ¿herrero? Da igual,
dudo que en su familia propia sea relevante. Aries, en cambio, es la anterior
Mano del rey y padre de lord Zeta Circinus que es la actual mano del rey y
es a su vez padre de los gemelos Ares y... —Una sonrisa absurda se formó
en el rostro de Jabbah que hizo a la princesa volverse completamente
anonadada—. Leo.
—Leo —repitió Shaula con suspicacia.
—Quisiera que fuese él quien pidiera mi mano.
Shaula rio, y aquel arrebato de irreverencia lo enmendó apenas poniendo el
dorso de su mano sobre la tela en sus labios.
—¿Qué tiene? ¿Los ha visto, alteza?
—Recién llego a la corte, no he visto muchas personas. Al padre, la mano,
sí que lo vi. Un tipo... con una presencia fuerte, pero poco atractivo.
—Es que está viejo mi lord mano del rey —se excusó Jabbah—. Los
gemelos salieron a su madre. Son... decentes.
—¿Decentes?
—Leo es físicamente impactante —acotó Isamar, de la que Shaula parecía
haberse olvidado. Lo dijo sin siquiera perder la atención de su libro.
—Los dos lo son —concedió Jabbah—. Pero Leo es... Enorme. Puro
músculo, tatuajes y cabello rapado. No es fácil que pase desapercibido.
Shaula, de nuevo, solo intentó contener la risa.
—¿Qué pasa? —insistió Jabbah—. Es de buena cuna. El hijo de la mano del
rey... ¿Lo imagina? Mi vida estaría arreglada a partir de ese compromiso.
—Prima, los jóvenes gemelos Circinus se han presentado juntos este año
para solicitar la admisión en el entrenamiento de asesinos.
—No es impedimento. No es como la guardia real, Leo puede tomar esposa
y tener descendencia si así lo quisiera.
—Sí, pero dudo muchísimo que nadie que decida entrenarse como asesino
esté precisamente buscando asentar raíces en esta vida.
—Tiene un gemelo, su alteza —interrumpió Isamar de nuevo—. ¿Qué más
raíces que esa?
Aunque la voz de Isamar interrumpió a Shaula, no mereció el esfuerzo de
hacerla voltear hacia ella.
—Tiene un gemelo que también ha decidido entrenarse —contestó la
princesa—, defecando ambos sobre el beneplácito de su severo padre.
Créanme, los gemelos Circinus de esta generación no están buscando
esposa.
—Pero son tan hermosos... —dijo Jabbah—. Leo en especial, tan callado y
misterioso...
Eso hizo a Shaula carcajearse libremente y negar con la cabeza.
—¡¿Qué dije?!
—Leo... —Shaula posó su mano sobre el hombro de su prima—. Es mudo,
querida prima.
Entonces ni Isamar pudo aguantarse, emitiendo un sonido como el
carraspeo de un cerdo al intentar contener la risa.
~~~
Ese funeral sin Sargas, Antares en coma y la mirada de Shaula a su padre...
Parecen poco, pero acarrean mucho. Espero les haya gustado <3
Ese final de Shaula y sus damas, aunque es corto, lo disfruté mucho porque
poco a poco, pese a los intentos de la princesa por ser hostil, van calando
algunos instantes agradables con ellas. Y ojito con esos gemelos, no los
olviden.
¡Nos vemos en las siguientes actualizaciones!
15: Lamiendo botas
Sargas
—¿Vas a matarme? —preguntó Sargas al ver al fin al rey asomarse a la
mazmorra en la que lo había encerrado.
—¿Quieres morir? —fue la respuesta de Lesath.
—Por la causa correcta —dramatizó el bastardo.
Irónico que le quedara humor para ello, dada la pésima alimentación de los
días en cautiverio, la falta de compañía y la ausencia total de luz. De pronto,
se veía como el reflejo de aquella risa que mostró al ver envenenado a su
hermanito: con orejas profundas, mejillas hundidas y una palidez enfermiza.
No es como si tuviera dónde ver su reflejo, pero Sargas se sentía mejor así.
Sabía que cada día en aquel agujero se parecía menos al maldito joyero con
el que solía fornicar su madre.
—Seis curanderos dieron por muerto a Antares —dijo el rey a Sargas desde
afuera de los barrotes.
—Qué romántico, que siguieras intentando después del quinto.
—Tus chistes te condenan, Sargas, mejor ahórralos para cuando estés
seguro de tu suicidio.
—Nacer me condenó, majestad. Mis chistes solo hacen llevadera la
perpetua.
—Si hubieses querido matar a Antares, lo habrías hecho —acotó Lesath
haciendo caso omiso a lo anterior—. Pero está vivo. Y en coma. ¿Cuál es el
antídoto?
—Soy bastardo, no imbécil. No está tu puta aquí para defenderme, y
realmente no me provoca morir hoy. Te diré cómo revertir el estado de
Antares cuando me sienta seguro, o cansado de verte suplicar. Lo que pase
primero.
—Entiendo por tu actitud que te ha gustado mucho tu alojamiento, hijo mío.
No te preocupes, te daré el tiempo que necesites para disfrutarlo. —Lesath
se volvió hacia el guardia que lo había acompañado hasta ahí—. Desaloja
los calabozos de todos los presos y envíalos a las minas. Este lugar será el
hábitat de su alteza, ¿de acuerdo? A partir de ahora, estás a su disposición.
Ayúdalo a decorar.
Habiendo dicho eso, Lesath abandonó las mazmorras. Aunque él podía
domarse a sí mismo, había algo en su sombra que vibraba con cada nuevo
paso, retumbando impotente en las paredes.
~ ~
Shaula
—¿Ves sensato eso de presentarte en el consejo cuando tu madre ha muerto,
tu hermano menor está de gira y el heredero envuelto en un escándalo por
no asistir al funeral de su madre? —cuestionó la preparadora al ver que las
doncellas vestían a Shaula para su reunión.
Shaula sabía que Antares no estaba de gira, pero su padre insistía en negar
su estado de salud para que no se supiera lo del envenenamiento.
Sabía también que la ausencia al funeral no era el único escándalo en el que
estaba envuelto Sargas. Luego de la cena familiar, los rumores sobre su
«maldición» corrieron como pólvora por todo el castillo y de ahí a las
fronteras para terminar de regarse por el reino. Ahora se hablaba de él por
todos lados como «el príncipe maldito», aunque en cada rincón se
inventaban un motivo diferente.
Mejor para Shaula. Que se concentraran en hablar de los varones mientras
ella buscaba su lugar en la monarquía.
—Es mi responsabilidad asistir, lady Briane —contestó Shaula.
—Al menos viste de negro, estás de luto. ¿O lo olvidaste?
«Cómo olvidarlo».
Shaula estaba a punto de llegar al consejo cuando unos hombres de la
guardia personal de su padre la emboscaron.
—¿Sucede algo? —preguntó ella, pues ya tenía su propia guardia personal.
—Tenemos órdenes de trasladarla al despacho privado del rey, princesa.
—Pero... —Carraspeó, sabiendo que había empleado mal el «pero»—.
Disculpe, pero no comprendo. ¿Qué ha pasado con la reunión?
—Esas son nuestras órdenes, princesa. No hacemos preguntas.
Shaula asintió, con más preocupación que amargura al comienzo. Hasta que
fue acercándose al lugar donde la esperaba su padre.
No se habían visto desde el funeral. No quería tener que verlo salvo con el
respaldo de una multitud dónde distraer su mirada.
No estaba preparada. No estaba ni cerca de estar preparada para encarar a
quien en el fondo sabía que era responsable de que ya no tuviera a su
madre.
Al llegar a su despacho, esperó hasta que los guardias los dejaron solos.
Ni siquiera hizo contacto visual con su padre. No se lo merecía. No se
merecía ni el calor de su ira.
La indiferencia sería el pago, lento, a cuotas, del crimen que no se había
molestado en confesar.
—¿Sí, majestad? —dijo ella.
—No puedes acompañarnos en el consejo hoy, Shaula.
Ese fue un gran golpe para abrir la conversación, certero y crudo hacia el
estómago. Shaula tragó en seco y trató de no mostrarse demasiado afectada
al preguntar:
—¿Puedo saber por qué?
—No puedes seguir participando de estas reuniones.
Y eso fue un rodillazo donde antes ya había sido golpeada.
—Soy la embajadora de Baham, majestad —discutió Shaula con
tranquilidad, como debía hacer cualquier desconocido al hablar con el rey.
—Y lo seguirás siendo —concedió el rey—, pero de ahora en más los
asuntos que quieras que sean revisados los discutirás únicamente conmigo.
Shaula se mordió la boca un rato. ¿Qué tanto más podía discutir una
persona que no fuese hija de Lesath? No mucho. Y ella odiaba tener que
seguir siéndolo, pero no le quedaban muchas opciones. Era actuar, o dejar
que le pasaran por encima sin siquiera quejarse.
—¿Por qué haces esto? —le preguntó a su padre mostrando su disgusto.
—Recomendación de mi mano.
—Y accediste.
—Sí, accedí.
Shaula al fin lo miró, no podía evitarlo, sus palabras debían ser moderadas
pero sus ojos hablarían por ella.
—Tu esposa está muerta, tu heredero ausente y tu otro varón en coma. No
parecemos una familia real muy fuerte justo ahora.
Lesath ni siquiera se inmutó por el listado, como si enumerara una lista de
compras.
—Por ese mismo motivo no voy a imponerte en un puesto político activo en
el que haces sentir incómodo a los señores más importantes en la toma de
decisiones y dirección del reino. El consejo te quiere fuera, lo más que pude
hacer para calmarles fue vender la idea de que te dejaría ser el nombre
publicitario en al puesto de embajadora, pero que las decisiones serían mías.
Ese detalle, te parezca justo o no, es falso. No pretendo tomar decisiones
sobre Baham, ese poder seguirá siendo tuyo.
—Cobarde —soltó Shaula.
Ambos sostuvieron sus miradas en un reto que el rey no temió en aceptar
mientras decía:
—Cuando tengas esta corona en la cabeza, esta en específico, con
exactamente las mismas condiciones que yo, podríamos discutir de
cobardía. Hasta entonces, Shaula, toleraré tu cólera y tu rebeldía, pero no la
aplaudiré. Te daré tiempo a pensar las cosas antes de que tomes una
decisión estúpida, como decir que ya no quieres el puesto.
—Un puesto hipotético, simbólico y de adorno. Como la corona de mi
madre.
—Lo que te ofrezco, Shaula, es precisamente todo lo que rechazó tu madre,
siempre que realmente prefieras la utilidad sobre la propaganda.
—¿Y qué se supone que haga? ¿Supervisar las clases de piano?
—¿Quieres el trato de Antares, Shaula? Piensa como él. Nunca tuve que
decir lo que le correspondía, él tenía la iniciativa suficiente para proponer,
organizar, disponer y accionar. Me arreglaba la vida, no me la jodía.
—Antares es un lamebotas —dijo Shaula con tanta ira, que se creyó que en
serio odiaba al único de sus hermanos que había sido amable con ella.
Lesath suspiró, pero no flaqueó en su porte al decir:
—Una vez te lo dije, Shaula. Ser un lamebotas es el primer paso para la
tiranía. Tú sigues saltándote los pasos y pretendiendo resultados que no
corresponden a tus acciones.
—Entonces, ¿está decidido? ¿No volveré a presenciar una reunión en el
consejo?
—No en el futuro inmediato. Pero prometo informarte si se discute algún
movimiento importante que involucre a Baham.
Shaula bufó.
—¿Crees que todavía confío en ti?
—Lo lamento, Shaula.
—No. Todavía no lo lamentas —espetó ella sin dar pie a que siguiera por
ese camino—. ¿Me puedo retirar?
Lesath simplemente señaló la puerta.
~ ~
Shaula volvía mucho antes de lo esperado a su alcoba, pues no había
asistido a la reunión del consejo. Por ello, el centinela que cuidaba su puerta
no la esperaba.
Con toda seguridad, no esperaba a nadie en lo absoluto, o podrían
interrumpir la manera tan urgida en que su mano lo complacía.
Así que este es el cómo los guardias cumplen sus juramentos..
.», pensó Shaula, paralizada al verlo.
Quería darse la vuelta, pero temió hacer algún ruido que alertara su
presencia, así que solo cerró los ojos para no ver cómo seguía el acto del
hombre que rompía al menos una docena de reglas.
Pensar en las veces que pudo haber sucedido algo así mientras ella dormía
dentro, la llenó de un asco vomitivo. No era una escena agradable, le daba
mucha vergüenza ajena. Pero más que nada, la airaba la falta de respeto a su
persona, a su posición, lo poco que le temía aquel hombre... Si esa fuera la
puerta a los aposentos del rey, nadie que apreciara su cabeza haría algo así.
Ella haría a ese hombre la respetara, solo tenía que decirle a su padre lo
que...
—¡Alteza! Lo siento muchísimo, yo no creí que usted... Yo... Oh, santísima
Ara. Perdóneme, yo...
Shaula abrió los ojos y dejó de escuchar las súplicas, excusas y demás
balbuceos del guardia. Daban igual.
Lo que importaba era su cara de hermoso terror... No era miedo a ella, claro
que no. Era miedo a lo que le haría el rey cuando Shaula abriera la boca.
Y vaya que Shaula quería ir corriendo a decirle a todo el mundo lo que
acababa de ver.
Una vez lo hizo así, con la vendida que la besó. Y estuvo bien, era lo
correcto. Pero, ¿de qué le sirvió? Pocos sabían de aquel suceso, así que no
ganó respeto a partir de el.
Y Shaula necesitaba ganar cosas, entonces más que nunca.
Ser un lamebotas es el primer paso para la tiranía.»
, repetía Lesath en su cabeza.
—En serio, princesa, debe perdonarme. Le juro por mi vida que no lo
volveré a hacer. Puede... puede enviarme a otra guardia o echarme del
castillo a una misión lejana, pero no me delate, por Ara se lo ruego...
Contrario a lo que hizo con la vendida en Baham, entonces Shaula sonrió
conciliadora.
—¿Mandarlo lejos? Sir, ¿cómo podría hacer algo así? Ya sabe lo que dicen
sobre mantener a los amigos cerca. Ahora compartimos un secreto, y eso
nos hace amigos, ¿no?
—Yo... ¿Me está hablando en serio?
—Sir, no soy una persona con tiempo para bromas. Por favor, avise a su
superior que la princesa le ha escogido como guardia personal. Te quiero
como único custodio en mi puerta y solo con relevos cuando yo no me
encuentre en la habitación, ¿de acuerdo? Si su superior necesita corroborar
sus palabras, dígale que sabe dónde encontrarme.
Ese cambio repentino, aunque le pesara, era un paso de obediencia y de fe
hacia las enseñanzas de su padre. La bondad como el primer paso a la
tiranía.
~~~
Nota
Amo mucho escribir de esta familia, en serio espero lo estén disfrutando.
Cuéntenme qué piensan de la escena de Sargas, la discusión con Lesath y el
cambio de modus de la princesa al final.
16: Gemelos Circinus
Shaula despertó agitada al sentir que alguien se tiraba a la cama junto a ella.
—¡¿Es cierto que tienes gimnasia hoy?! —preguntó su prima seguida de las
otras dos damas que corrían para alcanzarla.
Mátenme
», pensó Shaula tapándose el rostro con su cobija.
Su madre dejó expreso a la preparadora y a los entrenadores la tarea de
continuar el entrenamiento personal de Shaula, explicando que debía ser
totalmente privado. Shaula podía renegar de su madre de muchas maneras,
pero jamás decir que no se preocupaba porque aprendiera defensa personal
y, todavía más porque guardara ese secreto.
Ese día se suponía iba a retomar las sesiones de entrenamiento, y al parecer
sus damas estaban más o menos enteradas.
—¿Quién les ha dicho...?
—La preparadora —saltó a contestar Jabbah—. Dice que debemos
acompañarte.
—No ha dicho eso —interrumpió lady Altair aterrada—. Nos ha dicho que
te podíamos preguntar si requieres de nuestra asistencia. Necesitarás
alguien que te cargue el agua y te tienda una toalla de vez en cuando...
—Hablen —cortó Shaula sentándose de sopetón—. ¿Por qué están tan
dadivosas?
—¡Leo te va dar esta clase! —gritó Jabbah.
—¿Leo Circinus?
—¡Sí! Será su prueba. Si logra un aprobado de tu parte, entra a entrenar con
los asesinos.
—¿Y ustedes quieren ir a ver a Leo? —inquirió la princesa.
—Bueno... —empezó a contestar Jabbah.
—No te pregunté a ti —recalcó Shaula mirando fijamente a la doncella de
trenza robusta y ojos desafiantes.
Ese día Isamar respetaba el estilo de Ara, pero imponiendo sus guantes sin
dedos, encaje y tonos oscuros para respetar el luto.
Shaula se fijó en que también llevaba ese collar que ya se volvía distintivo
en ella.
—¿Entonces? —insistió Shaula sin ser brusca ni desagradable, solo
impaciente—. ¿Este complot es porque quieren ir a ver a Leo Circinus?
Lady Altair miraba a su hermana con precaución, una de sus manos
rascando su antebrazo. Le tenía tal miedo a la boca de su hermana que
actuaba como si de su respuesta dependiera el destino de sus vidas.
—¿Quién no querría ir a ver a Leo? —Fue toda la respuesta de Isamar.
Shaula asintió, e inspiró.
—De acuerdo, pueden acompañarme. Mas deben compor...
No había terminado la frase cuando Jabbah ya estaba saltando a abrazarla
por la emoción. Y aunque Shaula pensaba empujarla, se descubrió tentada a
sonreír al ver que Isamar volteaba disimulando su propia risa.
~ ~
A ver cómo se las arreglaba Leo para entrenar bien a Shaula con sus damas
presentes, pues debía mantener la fachada de que solo estaba ahí por
gimnasia. No habría nada de cuchillos, espadas o artes marciales.
Shaula no se sentía muy animada por ello. Aunque, si era honesta, sabía que
estaba algo oxidada. Hacía mucho que no entrenaba, sus músculos estarían
fuera de práctica.
Llegaron al lugar de entrenamiento lo más incógnitas posible. Con capa y
capucha, pues Shaula tenía las tiras de sus ropajes envueltas en las piernas
de forma que no le molestaran al entrenar, y cualquiera que la viera
vistiendo así la cuestionaría como mínimo. Parecía una mujer con pantalón,
y eso era inaceptable.
En la sala privada donde le tocaba su entrenamiento, ya estaban los gemelos
Ares y Leo Circinus. Ojos verdes y cuerpos cubiertos de tatuajes; el
parecido era evidente, pero también remarcaban sus diferencias. El que
podía hablar, Ares, lo aprovechaba bastante. Dialogaba y sonreía como si la
vida se tratara de eso. Tenía unos rizos color caramelo, mientras que su
hermano adornaba su seriedad y ceño fruncido con un cabello rapado a los
lados.
Las damas se presentaron, y luego Ares dije que abandonaría la sala para
dejar a la princesa comenzar. Pero no se fue sin antes guiñarle un ojo a
Isamar, con la que había estado hablando.
Al voltear Isamar, Shaula empezó a cuestionarse la manera en que la estaba
mirando, porque la otra inmediatamente se le acercó y le dijo:
—¿Qué? ¿Tampoco puedo socializar mientras esté a tu servicio?
Eso tomó a la princesa desprevenida, tanto así que arqueó una de sus cejas y
sin ninguna emoción le contestó:
—Tú puedes hacer lo que te plazca.
—Vaya, ¿hoy se vino sin almorzar, alteza?
—¡Isamar! —regañó su hermana mientras taconeaba a las prisas por
alcanzarla e interrumpir cómo cavaba su propia tumba.
—Su hermana es libre, lady Altair, incluso de condenarse por su lengua —
acotó Shaula—. Déjela.
—Si soy tan libre y puedo hacer lo que me plazca, no debería solo
quedarme observando sus ejercicios, ¿no? Puedo pedirle a Ares que me
instruya en simultáneo.
Las cejas de Shaula se crisparon por la sorpresa del comentario. Es decir, ¿a
qué venía eso?
—¿Perdona?
—¿Puedo? —insistió lady Isamar con impaciencia.
—Eso no es algo que debas preguntarme a mí.
Shaula, con una teatral floritura de su mano, señaló el pasillo por el que
Ares Circinus había desaparecido.
Isamar asintió, y le pidió a Jabbah que alcanzara a Ares y pidiera su
presencia de vuelta en la sala.
—No tenías que mandar a Jabbah a resolver tus asuntos, Isma —exhortó
Shaula sin darle mucha importancia, recalcando el nombre mal pronunciado
para picar a la susodicha.
—Usted dijo que puedo hacer lo que me plazca.
—Con tus damas, no las mías.
Isamar no habría podido responder a eso aunque quisiera, porque en ese
preciso instante entraba de vuelta Ares al lugar.
Ella se acercó hasta él, y le explicó la situación rápidamente.
—¿Entrenarte? —cuestionó el gemelo de los rizos—. ¿Quieres aprender de
cuchillos y esas cosas?
—No, no, solo estiramientos y ejercicio básico. Para el estrés. ¿No es lo que
hará Leo?
—Sí, pero a mí no me están pagando —respondió él con una risa corta que
remataba el chiste al final.
—¿Es muy descarado de mi parte si sugiero que Ara te pague?
Ares exhaló con las manos en su cadera, y miró de arriba a abajo a la chica.
—¿Me está dando una orden, mi lady?
—No soy quién para ordenarle nada.
—Es la dama de mi princesa, es suficiente jerarquía para mí.
—No, no es una orden —recalcó Isamar con ojos suplicantes—. Es solo
una petición personal.
Ares asintió.
—Supongo que no le hará daño a nadie.
Cuando Isamar volteó, descubrió que Shaula los estaba mirando, aunque
enseguida desvió la mirada, como si ni ella se hubiese dado cuenta hasta
entonces.
Shaula se alejó de ellos y evitó mirarles, dispuesta de retomar lo que había
ido a hacer en aquel lugar.
—Un placer, mi lord —saludó ella a Leo extendiéndole una mano.
Él hizo honor a su reputación asocial ignorando olímpicamente la mano de
la princesa. Al menos tenía modales, aunque toscos. Hizo una reverencia
con su cabeza que más simuló ser un asentimiento rápido.
Se suponía que ese chico era gemelo del tal Ares, pero aquel era esbelto y
apenas marcado por el ejercicio, mientras Leo era... grande. Tenía sus
brazos el doble de grueso y un pecho que se presionaba contra su camisa.
Nada de músculos exagerados, era tan simple como una contextura distinta.
De ahí a que mereciera el revuelo que provocaba en sus damas... Sí, era
interesante su inexpresividad, el indicio de los tatuajes con los que parecía
querer forrarse, su piel trigueña y ojos color pino, pero, ¿tanto escándalo
por un atractivo poco usual?
Shaula casi resopló como efecto de sus pensamientos.
Leo caminó al otro lado de la sala, se sentó, hizo una serie de estiramientos
y luego se puso de pie.
Con solo hacer contacto visual y ladear la cabeza a la dirección en la que
había estado sentado, ordenó a la princesa repetir su acción.
Shaula se sintió absorta por tener que obedecer con tan nulo diálogo. Si no
supiera que Leo era mudo, se habría sentido intimidada. ¿De eso se trataba?
¿Eso era lo que él quería transmitir?
Como sea, estaba doblándose lateralmente mientras tocaba con sus manos
la punta de su pie y aprovechó para echar un vistazo al otro lado de la sala,
donde Ares arreglaba la postura de estiramiento de Isamar. Estaba justo
detrás de ella, con una mano presionaba en la base de su espalda y la otra
haciendo señas para explicar el en que debían estar los pies.
Isamar se estaba riendo de sí misma, de lo mal que lo hacía. Y su instructor
ponía los ojos en blanco intentando ser serio, pero acababa por reírse
también.
Imbéciles. Jugando mientras Shaula trabajaba. No debió permitir que sus
damas la acompañaran.
Un aplauso brusco de Leo la sacó de su ensimismamiento.
Ella volteó a verlo y él hizo un único gesto con el dedo para que se
levantara.
Lo siguiente que hizo fue señalar el circuito y darle a Shaula, con un gesto
de su mano que lo abarcaba en derredor, la indicación de recorrerlo.
—¿Cuántas veces? —preguntó ella.
Los ojos inexpresivos de Leo fueron su respuesta: hasta que yo te exprese lo
contrario.
Shaula corrió el circuito torpemente la primera vez. Hacía meses que no se
ponía ni a golpear la almohada, y se suponía que ese día era un
calentamiento para lo que vendría después.
Pero el calentamiento le estaba pesando.
Caerse en los saltos con obstáculos no era poco habitual, pero tener público
la hizo sentir avergonzada y esa vergüenza la retrasaba a la hora de
recuperarse.
A su vez, esas caídas agitaban más su carrera hacia la barra. Ahí tenía que
flexionar las brazos, recoger las piernas y alzar su cuerpo para poder
balancearse y saltar de un pasamano a otro sin perder el impulso.
Lo estaba haciendo bien pese a sentir el corazón en la garganta, pero su
poca concentración la tiró al suelo de bruces cuando estaba a punto de
llegar a los últimos tres tramos.
«¡No!», pensó en un arrebato de vergüenza al tocar el piso.
Se masajeó los codos y las rodillas, lamentando el dolor del golpe, hasta
que dos aplausos de Leo la instaron a volver a la marcha.
Ella se adelantó el obstáculo, pero antes de llegar demasiado lejos Leo le
puso una mano en el hombro y señaló hacia atrás.
Debía repetir la barra.
Esa vez lo hizo mucho mejor, y al saltar en el peldaño al otro lado se
permitió una ojeada a donde estaban sus damas. Todas estaban viendo en su
dirección, seguramente interesadas en Leo.
Lo siguiente que tuvo que hacer fue reptar bajo la alambrada de púas, tan
pegada al piso como fuese posible para evitar que el obstáculo le desgarrara
la espalda. Intentó hacerlo en el mejor tiempo posible para que su
entrenador no la obligara a repetir.
Al terminar el circuito, puso las manos en sus rodillas y jadeó mientras
recuperaba el aliento.
Y entonces unos dedos chasquearon frente a su cara.
Leo.
Con un otra seña que abarcaba su entorno, le indicó repetir el circuito
completo.
Una.
Dos.
Cuatro veces.
A la quinta los movimientos de Shaula eran instintivos, motivada por la
mirada impasible de Leo Circinus, que con los brazos cruzados la
observaba como si nada le impresionaba. Incluso cuando pasaba la barra al
primer intento, saltándose hasta dos pasamanos, aterrizando al otro lado
segura y manteniendo el equilibrio.
Eso la instaba a exigirse más. A pasar la alambrada en menos tiempo la
siguiente vez. A saltar los obstáculos sin fijarse en ellos. A respirar menos
entre un extremo de la barra y el siguiente.
Y todo de nuevo. Una y otra vez hasta que se volvió instintivo. Una y otra
vez hasta que su pecho se convirtió en una bestia acompasada al nivel de la
exigencia. Una y otra vez hasta que los jadeos, quejidos y caídas se
convirtieron en disfrute y sonrisas altivas. Una y otra vez hasta que sintió
que podía hacerlo con los ojos cerrados.
Y entonces Leo aplaudió una última vez dando por acabado el ejercicio.
Ella estaba agitada, su pecho marcaba su pulso desbocado presionando
contra la tela del traje como si quisiera desgarrarla. Su sonrisa a través de la
tela era fácilmente discernible, y es que era enorme a pesar de que bregaba
por respirar. Por Ara, no se sentía así de plena y satisfecha consigo misma
desde que llegó a la capital.
Lanzó una mirada a las demás, y una de ellas la estaba mirando directo. La
pescadora de trenza gruesa y ojos desafiantes. Shaula sostuvo esa mirada,
buscando encontrar algo que contribuyera a su ego. Envidia, admiración,
asombro; daba igual. Sentía que perdía mucho más aliento esperándolo que
corriendo sobre el tramo de obstáculos.
Y justo cuando estaba segura de que algo podía discernir en su dama, el
contacto lo interrumpió Ares entregándole a Isamar un odre de agua que
ella recibió sonriente.
Aduladora. Fácil. Falsa. Sus sonrisas no eran así de sencillas, que estuviera
despilfarrándolas con Ares la dejaba como una jovenzuela irritante.
Por Ara, ¿cómo podía tener una dama así? ¿Cómo podía pretender nadie
que Shaula fuese su mentora?
De pronto la princesa entendió que se había distraído y volvió rápidamente
su rostro hacia Leo... quien ya la estaba mirando.
¡¿Era eso una sonrisa?! No, no, era apenas una extraña contracción en un
tramo remoto de su mejilla. Pero era tan insólito en ese rostro que hasta ese
momento parecía hecho de ladrillos, que le habría sorprendido menos que
apareciera un sirio vestido de novia en medio de la sala.
—¿Qué? —inquirió la princesa.
El chico le quitó importancia encogiéndose de hombros y, por primera vez
desde que se presentaron, Leo se expresó en el lenguaje de señas.
Armó una oración rápida y simple, se dio media vuelta y se agachó para
recoger algo del suelo. Como si no esperara reacción o respuesta.
Pero Shaula quería golpearlo.
—¿No sabes que entiendo, no? —inquirió ella.
Ver el rostro del chico palidecer le supo a gloria a Shaula en su boca. Y es
que él se había confiado, jurando que ella no lo entendería, arriesgándose a
acarrear la ira de su princesa.
Eso a ella le divirtió muchísimo. Pese a su atrevimiento y arrogancia al
creer analfabeta a la princesa escorpión, a ella solo le parecía un chico que
más allá de su físico no creerías que aspire a ser asesino.
Se acercó más a él para que nadie más lo escuchara, y le dijo:
—Y no estoy celosa. No es mi intención ser insultante pero su hermano no
es mi tipo.
Leo arqueó una ceja, y con otras señas expresó:
«Eso lo sé».
Shaula no entendió a qué se refería, no entonces, y aún así su rostro quedó
ardiendo de rubor.
~~~~
Nota
Dejaré este espacio para que me cuenten su opinión del capítulo, espero que
les haya gustado mucho. Se vienen cosas muy fuertes, y otras muy bonitas.
Ya quiero que lo lean <3
17: Herida de vara
Sofocada salió del entrenamiento, pero tan satisfecha consigo misma que la
sonrisa no le entraba en el rostro. Para ser un entrenamiento de
familiarización, algo sutil y sin mucho avance, era grato volver a esa parte
de su vida que la hacía sentir plena, capaz y en completo dominio de sí
misma.
Los días grises fueron los que siguieron a ese. La inactividad, el silencio,
las mismas caras y los mismos diálogos una y otra vez. Sus damas hacían
todo por ella, creando un regusto de inutilidad en su piel.
Ya no tenía el consejo. Ya no tenía a sus hermanos para aprender de ellos.
Ya no tenía a su madre para discutir al menos, ni a su padre, pues había
decidido no hablarle.
Solo le quedaba esperar, un día tras otro, hasta que llegase la próxima
sesión para entrenarse con los profesionales.
Ese era otro detalle agradable, saber que ya no tenía que encontrarse con los
gemelos Circinus.
Al menos se salvaba de los festejos y demás eventos sociales por la excusa
del luto.
Antes de que la preparadora le encontrara algo desagradable que hacer,
Shaula decidió salir ese día a dar un paseo absurdo por los pasillos del
castillo.
No haría gran diferencia en su día, pero caminar a veces ayudaba a
aminorar las revoluciones de su desbocado corazón, que siempre parecía
esperar más de lo que cualquier circunstancia estaba dispuesta a entregarle.
Iría sola, pues su guardia personal —al que puso por nombre Sir Lencio—
accedería sin reproche a cubrirla y hasta seguirla con la distancia justa para
darle privacidad, solo en caso de que se encontrara en peligro.
Y así hizo. Estaba tranquila en su paseo, pensando en la audacia que
exhumaba el dorado en sus ropajes a pesar de que por dentro seguía vestida
de negro, y no por elección.
No sabía cómo quitarse el luto del alma, por ello la silenciaba, y prefería
fingir inmunidad con los colores de su vestimenta.
Pensaba en ello, y en nada, cuando la mano del rey y padre de los gemelos
Circinus —lord Zeta Circinus— la alcanzó por el pasillo.
—Disculpa, niña...
—Me halaga, mi lord —interrumpió Shaula con diplomacia—, pero con
que me llame alteza estará bien.
A la mano no pareció hacerle gracia la hipocresía de aquel comentario. Y
de todos modos, renovó su ánimo con una sonrisa fingida y colocó su palma
abierta en la espalda baja de Shaula, empujando ligeramente para instarla a
continuar su paseo.
Sin invitación. Sin preguntas. Y sin un chaperón.
Era como mínimo una falta de respeto a Shaula como mujer y como
princesa, y ponía en juicio su reputación, si no tuviera a Sir Lencio
presenciando la escena muy al fondo.
—Supe que conociste a mi hijo, Leo.
Shaula detuvo su siguiente paso por el impacto del comentario. Apenas
recuperó la marcha al sentir cómo lord Zeta empujaba leve para que
continuara.
Ni siquiera Lesath estaba al tanto de los entrenamientos de Shaula, su
madre había sido inflexible al respeto de guardar esa información. A Shaula
no le gustaba nada la posibilidad de que la mano supiera.
Debía ser inteligente en su indagatoria o terminaría revelando más de la
cuenta por equivocación.
—¿Se lo comunicó él mismo? —preguntó la princesa—. Eso es halagador.
—Eres fácilmente halagable, ¿no?
Shaula se mordió la lengua para no responder a esa pulla, pero la ofensa
bullía en su estómago.
—Cuando te habla la mano del rey, jovencita, normalmente se exige una
respuesta —dijo el hombre, aunque por entonces mantenía la fachada de
relajación—. Por respeto.
Shaula quería recordarle que ella era la princesa de los escorpiones, la
primera del linaje Scorp y embajadora de Baham. Le debía respeto, sí, tanto
como a su preparadora, no la especie de pleitesía que parecía esperar. Era
insultante el modo en que la minimizaba.
Pero, ¿qué podía decir? Repetir sus títulos como una cotorra podría dar la
ilusión de poder, mas ella no tenía la independencia y los aliados del cabeza
de la casa Circinus; apenas y tenía acceso a su padre últimamente. Dar su
brazo a torcer en una situación como esa, en especial sabiendo que no
ganaría nada con una discusión, parecía la opción sensata.
—Lo lamento, mi lord, estoy distraída. Quise decirle, lord Zeta, que no es
que sea fácil de halagar, solo que su hijo Leo, en lo poco que pude percibir
de vista, me dio la impresión de ser un muchacho encantador.
—¿Ah, sí?
Shaula estaba segura de que la mano de lord Zeta había empezado a mitad
de su espalda, pero de forma casi imperceptible a medida que avanzaba el
paseo había pasado a su zona lumbar.
Ella se removió, esperando que el hombre captara su incomodidad,
intentando sacudirlo sin ser grosera. Pero todo lo que consiguió fue que él
deslizara la mano hasta aferrarse a su cadera.
Shaula tragó en seco. No sabía cómo afrontar la situación. Entre tantas
lecciones, sus múltiples preparadoras no le habían explicado cómo quitarse
una mano de encima sin insultar a un hombre de la posición de lord Zeta.
Ella volteó hacia atrás con aprensión en el pecho, temiendo no encontrar al
guardia cerca, y sintió un alivio abismal al notar que la preparadora había
asumido su puesto justo detrás.
Una mujer. Una testigo. Una chaperona.
Shaula estaba a salvo, nadie pondría en duda su virtud en esas
circunstancias.
—Pues verás, Shaula, justo quería hablarte de mi hijo Leo. Tengo entendido
que todavía tu padre no te ha comprometido, ¿no?
Shaula se detuvo y ladeó el rostro para mirar a lord Zeta.
—No, mi lord, no tengo edad para eso.
—Tengo vendidas menores que tú.
Y lo dijo de un modo que... ¿Estaba intentando ver a través del velo en los
labios de Shaula? La princesa tuvo ganas de vomitar, pero buscó fortaleza
en su preparadora, que seguía fiel y expectante a la escena.
—Entiendo que eso ha sido un chiste, mi lord —acotó Shaula en un tono de
advertencia lo más pasivo posible, y aprovechando el impulso dio un paso
hacia un lado para desprenderse del agarre en su cadera—. Estoy segura de
que no quiso confesar delante de un pilar de esta monarquía que está
haciendo algo ilegal, pues la edad mínima para que una vendida entre al
mercado son los dieciocho. Y perdone que no le corresponda con la risa que
habrá esperado, pero, como bien señaló al principio, lo cierto es que soy
una niña. No tengo estómago para este tipo de humor.
Lord Zeta le sostuvo la mirada con una especie de aversión con la que
batalló un instante, hasta que al fin pudo fingir una sonrisa y le dijo a
Shaula:
—No repetiré chistes semejantes, princesa. Ahora continuemos nuestro
paseo.
Sin esperar ni un gesto de aprobación de Shaula, regresó la mano al bajo de
su espalda y la empujó para que caminara nuevamente con él.
Shaula tragó el disgusto, y rogó a Ara que fuera rápido.
—Eres joven para casarte, niña, pero ya es hora de que un hombre te
reclame —retomó lord Zeta—. Es un peligro para ti y un bochorno para tu
familia que estés sin prometer a esta edad. El hombre es codicioso por
naturaleza, y tú paseas por el castillo alborotando sus impulsos. Cuando al
fin te cases, humillarás a tu marido con todos los pensamientos que
levantaste a cada hombre de esta corte.
Shaula presionó la mandíbula, sus ojos ardiendo en debilidad, su garganta
picando. Por primera vez desde la muerte de su madre, quería tener a su
padre cerca. Al menos con él presente jamás le habrían dicho una cosa así.
—Por eso es imperativo que te prometas de una vez.
—En todo caso eso debería decidirlo mi padre, el rey —espetó Shaula sin
contenerse. Luego carraspeó—. Mi lord.
—Suenas alterada, niña. ¿Tienes el ciclo sangriento?
Maravilloso.
—¿Qué quiere de mí, lord Zeta? —demandó.
—Que te conozcas con mi hijo Leo. Deja que te corteje y yo me encargo del
resto con tu padre. Uniremos nuestras casas en una alianza poderosa.
—¿Le dijo su hijo que quiere cortejarme?
«Estúpida, su hijo no habla», recordó ella tarde y por poco permitió que esa
vergüenza alcanzara su rostro.
—Quiero decir... —se corrigió, pues la expresión de lord Zeta se había
vuelto más desagradable solo por ese comentario, como si fuera su punto
débil recordar la incapacidad de su hijo—. ¿Eso le expresó él?
—No entiendes cómo hacemos esto los adultos, niña, lo que Leo quiera es
indiferente a los intereses de nuestra casa.
En ese momento, la mano de lord Zeta había bajado tanto que estaba ahí,
posada como si nada sobre el trasero de la princesa.
A cualquier otro le habrían cortado los dedos por menos, pero ahí estaba
ella en esa situación, asqueada y sin poder defenderse.
Shaula habría dicho que sí a cualquier cosa por salir de ahí.
—De acuerdo. Me conoceré con su hijo cuando usted decida, mi lord.
¿Puedo ir...?
—Tutéame, Shaula, ya casi somos familia —cortó lord Zeta dando un
apretón a la zona donde tenía su mano.
Shaula dio un respingo y, en su mayor acto de cobardía hasta entonces,
corrió lejos del lugar diciendo que estaba retrasada.
Más tarde la preparadora llegó a su habitación. Las damas estaban
organizando todo mientras Shaula estaba simplemente sentada con la vista
perdida más allá de la pared. No hablaba con nadie. No respondía a nada.
Sería más sencillo sacarle una reacción al cojín.
Hasta que...
—Las tres, las quiero detrás de mí —dijo lady Briane, la preparadora,
señalando a cada doncella con la varilla entre sus manos, y luego al espacio
detrás.
Jabbah corrió rápidamente a obedecer, evidentemente intimidada por el
tono a ultimátum. Altair fue con mucha menos premura, pero igual respeto.
Mas Isamar...
—¿Qué es lo que sucede? —inquirió la menor de las Merak.
—Isamar —llamó su hermana en voz baja.
—¿Eres preparadora, niña? —ironizó lady Briane.
—No, pero, ¿qué fue lo que hicimos? —insistió Isamar
—Tú nada, a menos que vuelvas a abrir la boca —ladró la mujer con mucho
menos tacto—. Dije: detrás de mí.
La dama lanzó una mirada en dirección a Shaula, que seguía impávida sin
entender la situación, y luego obedeció uniéndose a las demás detrás de
lady Briane.
—Usted, princesa, de pie —ordenó la preparadora, y en ese momento la
señaló con una delgada varilla de madera como para orquestar sus palabras.
Shaula obedeció aprensiva, mirando a todos lados como buscando el
contexto que se había perdido. ¿Por qué le hablaba en ese tono? Todo
indicaba que se había ganado un regaño, la pregunta era por qué.
—¿Puedo saber qué hacía a solas con ese hombre?
—Yo... —Shaula echó un vistazo a las damas, pero enseguida se arrepintió,
sonrojada. No quería que presenciaran eso. No ellas—. Es la mano del rey,
lady Briane. Expresó que necesitaba hablar conmigo, y así se hizo.
—¿Sin chaperón?
—Él no lo sugirió.
—¿Y usted, princesa? ¿No le pasó por la mente que haría falta uno?
—Iba con mi guardia.
—Un guardia —repitió la mujer azotando la varilla contra su palma abierta
—. Lo mismo que un ciego.
—Era a quien tenía a la mano, lady Briane.
La mujer hizo señas con su índice para que Shaula se acercara. Esperó hasta
tenerla al frente, y entonces le surcó el rostro con una bofetada despiadada.
Shaula jadeó, más impactada por la sorpresa que por el dolor que escocía en
su rostro.
—No me contestes —explicó la preparadora sin ninguna expresión en su
rostro.
Mientras Shaula tragaba y se recuperaba del golpe, la preparadora descargó
otro en el lado opuesto de su rostro.
—¿Me vas a dejar hablando sola? —inquirió la mujer.
Yo voy a crecer, lady Briane, y tendré el poder para cortarte esa maldita
mano»
. Eso pensaba Shaula, eso decían sus ojos envenenados que tan fijos
desafiaban a la preparadora.
—¿Entonces? —exigió la mujer—. ¿Es que ansías que te dé con la mano
cerrada?
Hubo un movimiento detrás de lady Briane, pero para cuando Shaula llevó
sus ojos para allá, solo alcanzó a ver la mano de Altair sobre el hombro de
su hermana.
—Lo lamento, lady Briane —dijo la princesa.
Shaula ya ni sabía por qué se estaba disculpando.
—Eres consciente de lo que hiciste, ¿no? ¿De cómo pusiste en riesgo tu
futuro y el honor de tu casa por tus impulsos carnales?
—¿Impulsos? ¿Qué impul...?
La siguiente vez, aunque lo pensó después de ya haber empezado a hablar,
Shaula ya se esperaba el golpe, así que interpuso el brazos para protegerse
la cara. Y eso molestó tanto a lady Briane que la agarró por ahí y la sacudió
con tal ira hasta que la arrojó al piso.
—¡Tienes a Canis dentro de ti! —le gritó la mujer desde arriba—. ¡¿Cómo
es que no puedes comportarte sino como un sirio?! Intento hacer de ti una
princesa que valga la pena, pero te empeñas en ponerlo tan difícil...
La mujer, como superada por el arrebato de impotencia, empezó a descargar
patadas contra el cuerpo de Shaula. Las damas contuvieron el aliento al
unísono, pegándose más entre sí sin saber cómo reaccionar al respecto.
—Tu padre cree que eres un ángel...
La mujer se carcajeó y agachó junto a la princesa. La tomó por la cabeza, le
arrancó el velo y la levantó tirando de su cabello sin importar cuánto se
quejara.
—Intento convertirte en ese ángel, Shaula. ¿Qué crees que será de mí
cuando se enteren de lo que hiciste, que te escabulliste con un hombre
honrado y lo sedujiste? ¡Harán rodar mi cabeza! ¡Habrás deshonrado a los
Scorp para siempre!
—¡Yo no me escabullí con nadie, lady Briane, lo juro! —chilló Shaula
doblada por el jalón de pelo.
—¿Y qué fue lo que vi?
—¡Eso mismo me estoy preguntando yo! ¿Acaso no vio lo que él hizo?
—¡Tú lo permites!
—¡Es la soberana mano del rey, por Canis! ¡¿Qué se suponía que hiciera?!
La mujer soltó a Shaula dejándola caer con brusquedad al piso. Azotó la
varilla contra su propia mano, y entonces dijo:
—Desvístete, princesa. Le haré el favor de guardarme lo que presencié,
pero debe ser aleccionada al respecto.
Shaula miró primero la varilla, luego el rostro de la preparadora, midiendo
cuán encendida estaba. Y así supo que ese castigo dejaría marca.
~~~
Nota
Uff, cómo me dolió este capítulo. Es una escena hipotética ambientada en
un reino ficticio con leyes claramente opresivas, y aún así es tan real, podría
estar pasando a cualquier mujer en este momento, y estoy segura de que
muchas habremos vivido algo similar.
18: Shaula llora
Era la conmemoración de la treintava noche en que las estrellas adornaban
el cielo sin que la reina de las serpientes los acompañara a los vivos en el
reino terrenal.
La preparadora llegó temprano a recordarle que ese día tenían servicio en el
templo de Ara.
Sus damas estuvieron listas temprano, prestas para prepararla a ella.
Le ofrecieron su desayuno pero Shaula lo descartó, indicándoles que lo
dieran a otra persona que lo quisiera.
No es que Shaula no tuviese hambre. Había otro motivo para no comer.
Le pidió un momento a sus damas, al menos para que despejaran el
dormitorio. Podían usar el vestidor, la pequeña sala común o la biblioteca.
Shaula buscó entre los anaqueles una vela violeta, la que olía al vino que su
abuelo tomaba, porque era a lo que olía su hogar cuando Jalas'tar estaba
ebrio, y por consiguiente todos alegres. Incluso su madre.
Abrió la ventana. La claridad era ínfima gracias al sol blanco, pero ayudaba
a disipar las sombras más lúgubres. La vela sobre la mesita, una llama sobre
la mecha, y el aroma estalló junto al misticismo del fuego en una plegaria.
Con el velo sobre su cabeza como era requerido para estar en comunión con
Ara, Shaula se postró contra su cama y presentó ante el altar del cielo su
ayuno de ese día.
Cuando iba al templo, Shaula no tenía orgullo o vanidad. Se despojaba de
todo rastro de rebeldía, dejaba su temperamento lejos, pues quería agradar a
Ara.
Sus hermanos y hermanas en Ara eran mayores y tal vez más disciplinados,
pero ella era más devota. La comunión que mantenía desde el instante que
se disponía a pisar la Iglesia no había cambiado desde que su madre, padre
y abuelo la llevaban de la mano a la extensión que había en Baham.
Lo único que tiraba de la amargura dentro de sí era tener que llevar a sus
damas consigo. En Baham jamás le había molestado algo así, pero ahí se
sentía expuesta, añorante de privacidad. Quizá porque a Altair, Jabbah e
Isamar veía como intrusas en su intimidad; no como a sus otras damas,
vendidas a las que daba por hecho que vivían para su papel.
Ese día después del servicio, se acercó al sacerdote que había impartido el
mensaje de Ara a la congregación.
—Me han informado que ha venido en ayuno —le dijo el hombre de
avanzada edad a la princesa.
—Así es, su santidad —reconoció ella con la cabeza gacha en reverencia a
la cercanía al altar.
—¿Quieres compartir el motivo, hija mía?
Shaula alzó su mirada temblorosa. Estaba empañada por sus recuerdos,
nublada por una desolación que solo se sentía libre de expresar ante Ara.
Ese nudo en su garganta era una presa que la venía asfixiando lentamente, y
en ese punto sentía que no iba a sobrevivir al ahogo.
—«No temas ni desmayes, porque yo estaré contigo delante de ti» —citó el
sacerdote poniendo una mano sobre el hombro de la princesa—. Lee las
Escrituras, princesa, Ara tiene mucho para decirte.
Shaula asintió, y en ese débil gesto un par de lágrimas resbalaron por su
rostro.
—Ara tiene grandes propósitos contigo, hija mía, puedo sentirlo en el cielo
incluso antes de que las estrellas aparezcan. No estás sola, el altar del cielo
escucha todo lo que tengas para decirle. Ve a contarle tu verdad, y regresa
en paz a tu hogar.
Shaula sonrió con sus ojos llorosos al despedirse del sacerdote.
Su padre había abandonado su palco privado después de la predicación, así
que Shaula estaba sola y podía tardarse tanto como quisiera, la preparadora
tendría que esperarla.
Así que se fue al cuarto de oración, y se postró en uno de los bancos a
contarle a Ara todo lo que había callado hasta que su voz se volvió
ininteligible entre los sollozos.
Cuando sentía que no podía más, que el temblor la desarmaría, escuchó una
nota cercana de un tímido pianoforte.
Jabbah era la única de sus damas que se había declarado pianista, pero
Shaula sabía que no era ella. Lo supo por el estilo errático y determinación
vacilante, como si los dedos temieran a las teclas, pero anhelaran su poder.
Era alguien inexperta, unas manos que poco a poco fueron dejándose llevar
por lo que transmitía la melodía sin detenerse a traducir, hasta que, sin darse
cuenta, habían entendido el lenguaje del instrumento.
Aquellas manos adquiriendo confianza se apoderaron de la sonata. La
música fue ganando vigor, las notas gritaban en un sentimiento que parecía
acompañar al de Shaula. Ningún abrazo habría igualado ese nivel de
desahogo, Shaula acaba de conectarse con algo vivo e intangible, y al
dejarse llevar por ello descubrió que se sentía vaciada, pero no vacía.
Cuando la música dio cese y Shaula se levantó por fin, simplemente dio una
mirada hacia el piano para confirmar lo que ya sabía. Que había sido la más
errática de sus damas quien había dedicado esa pieza.
A la distancia mientras se miraban directamente, Shaula asintió en
agradecimiento, e Isamar le correspondió el gesto en reverencia.
~~~
Nota
:
Yo solo quiero abrazar a Shaula por toda una vida y jamás soltarla. ¿A
ustedes qué les pareció el capítulo?
19: Desnuda solo ante ella
Ilustración de Shaula e Isamar hecha por Venusfolk*
—Tal vez pasas demasiado tiempo en ese templo —se quejó la preparadora.
—¿Qué mala impresión podría dar mi devoción a Ara?
—No es la devoción, es el tiempo perdido. Tienes lecciones, princesa, no
puedes evadirlas fingiendo que rezas todo el día.
—Yo no...
«No debí contestarle y menos para llevarle la contraria»
, pensó Shaula con sumisión en cuanto el reverso de la mano de lady Briane
golpeó su mejilla.
Al menos fue sutil, estaba siendo tolerante.
Pero, es que Shaula en serio no había hecho nada malo esta vez. ¡Sí había
estado rezando! Odiaba ser castigada por algo que no había hecho.
—¿Crees que no conozco esos trucos? —dijo la preparadora—. Sé cómo
actúan las de tu clase, esos actos de rebeldía no serán tolerados, y menos si
pretendes usar algo tan delicado como la casa de Ara para lograr salirte con
la tuya.
—Sí, lady Briane —murmuró Shaula entre dientes.
Por Ara, cómo le ardía el estómago con esas palabras, era insultante tener
que admitir culpa en una acusación de la que era por completo inocente.
Pero discutir solo acarrearía más castigos, y apenas se estaba recuperando
de los hematomas que dejó el último. Por suerte lady Briane había sido
inteligente y solo dejó marcas donde la ropa podría cubrirlas.
—Que no se repita. Ahora ve a esperar tu baño. Ya te enviaré a una de tus
damas para que te ayude.
—Sí, lady Briane.
~ ~
Todas las velas del baño estaban encendidas, el cuarto perfumado y lleno de
vapores como si ya esperara por ella.
Y así era, porque ya había alguien allí cuando la princesa al fin encontró la
fuerza para entrar.
Isamar Merak, ese día con un cintillo hecho de trenzas con su propio
cabello. Su vestido era el tosco y repulsivo de las pescadoras de Antlia, de
colores marrones, mostrando el abdomen por la separación de la falda y el
corsé sin mangas.
Un completo espanto que la princesa no quería tolerar en ese instante.
—¿Tu hermana? —preguntó Shaula, pues Altair solía encargarse de su baño
y nadie más.
—En un paseo con un prospecto de pretendiente, alteza.
Shaula asintió y decidió quitarse ella misma su ropa, sin ayuda. Si Isamar la
delataba, le iría peor a ella, pues Shaula se encargaría de hacerle su estadía
en el castillo un verdadero averno.
Con lo que batalló fue con el velo y el cubrebocas.
—La ayudo —se ofreció Isamar, y Shaula no encontró un motivo lógico
para negarle la participación.
—¿Habías...? —Shaula aclaró su garganta levemente. Esa vacilación era
indigna, la dejaba en una posición de nerviosismo totalmente falsa.
Simplemente no hallaba en Isamar la misma comodidad que con su
hermana—. ¿Habías hecho esto antes?
—¿Bañarme? Muchas veces, su alteza.
—Por favor, Merak, baja tu socarronería conmigo.
—Lo lamento, alteza —dijo Isamar francamente avergonzada porque la
princesa había dicho «
por favor
».
Entonces terminó de quitarle el cubrebocas, y se quedó mirando fijo a los
labios de la princesa. Con una mirada indescifrable, pero por completo
ininterrumpida.
Shaula sintió la saliva acumularse en su boca; demasiada, demandante de
atención. Tenía que tragar, pero no debía. Ella era dueña de su lenguaje
corporal, no al contrario.
Y es que esa pronta incomodidad estaba mucho más justificada que su
aprensión por el baño. Isamar estaba viendo su boca, desnuda. Fijamente.
En Baham, Shaula habría mandado a abofetear a cualquiera por menos
segundos de aquel gesto irrespetuoso. Pero estaban en Ara, así que tuvo que
recordarse que era estúpido lo que pensaba. Isamar veía bocas todos los días
de su vida, la única que no acostumbraba a ver era la de Shaula, porque era
la única persona en la corte cuya cultura lo consideraba una desnudez.
Así que eso que estaba haciendo Isamar era normal. Shaula no debía
sentirse intimidada al respecto.
—¿Puedo preguntar, princesa, por qué en Baham tienen esa costumbre?
—Ya has preguntado.
—¿Y puedo saber la respuesta? —insistió la dama sin inmutarse.
—¿No sabes por qué las bahamitas cubrimos nuestros labios?
—No sé por qué piensan que son desnudez. —Entonces le tendió la mano a
la princesa para ayudar a meterla en el agua—. ¿No tienen los hombres
bocas también?
—Yo podría preguntar lo mismo sobre la cultura de señalar los pezones
como desnudez. ¿No tienen los hombres también y aún así se ejercitan y
hacen el trabajo de campo sin camisa?
—¿En Baham no usan corpiño? —preguntó Isamar tan horrorizada como
ávida de curiosidad mientras iba en busca de la esponja de baño.
—Claro que sí, pero no nos escandalizamos por un par de pechos. Puedes ir
a las calles de Baham y encontrar alguna mujer amamantando
tranquilamente, o ver vestidos que transparenten los pechos. Son casos de
una de cada veinte mujeres, pero eso es multitud si lo comparas a las nulas
posibilidades que tienes de ver una mujer sin cubrebocas. A menos, claro,
que sea una niña.
—Qué cultura más...
Shaula le lanzó una mirada a Isamar que la azotó de vuelta al tono de la
conversación, así que la doncella simplemente dijo:
—Interesante.
Cuando Isamar empezó a enjabonar a Shaula, no hizo esperar por uno de
sus comentarios.
—Creí que ser princesa era un privilegio, no una discapacidad —acotó a
modo de queja.
Shaula se recostó echando la cabeza hacia atrás en la tina y con los ojos
cerrados dijo:
—Tienes muy poca noción sobre tu lugar a mi cargo... Merak —agregó
luego de batallar un momento sin dar con el nombre.
—¿Eso significa qué...?
—Detesto los métodos de las preparadoras, pero tú me haces
reconsiderarlo. Siento el impulso de castigarte cada vez que abres la boca.
Isamar contuvo una sonrisa divertida mientras la esponja se deslizaba por el
abdomen de la princesa, descendiendo por su piel tersa y morena, la mano
de la doncella hundiéndose en el agua.
Shaula inspiró profundo. Sintió la comodidad de un trance que llamaba el
sueño, pero un latir nervioso que no le habría permitido dormirse ni sedada.
—Y, por casualidad, ¿cómo castiga una princesa? —preguntó Isamar en un
murmullo, como si no quisiera herir la delicadeza de aquel trance.
—Créeme, he pensado en un par de sugerencias.
—Me halaga, su alteza, hasta ahora creía que «sus rencillas eran costosas, y
yo indigna de que malgaste un solo pensamiento dedicándomelo a mí».
Shaula abrió los ojos y vio directo a Isamar, que se mordía la boca para
calmar la satisfacción que brillaba en ella.
Ya que Isamar no era bahamita, sería natural que Shaula observara los
gestos de sus labios tan fijamente, ¿no? La respuesta lógica era un sí, y aún
así su cuerpo la contradecía al enviar una oleada de rubor ardiente a sus
sienes.
Debía volver a cerrar los ojos.
De un momento a otro, Isamar desechó la esponja y untó sus manos en el
tónico aceitoso con el que ahora bañaba la piel de Shaula Scorp Nashira.
Shaula se removió en el agua. La distracción de movimiento que creó en la
tina fue la oportunidad que aprovechó para tragar.
En definitiva, sus nervios estaban actuando de forma irracional.
No era la primera vez que otra persona la bañaba, no sería la última. Pero
aquel tacto no tenía comparación, y no era algo que quisiera reprocharle a
Isamar. Otras doncellas habían sido bruscas y directas, Isamar Merak
recorría el cuerpo de Shaula como a algo vivo, delicado y precioso; como a
las alas de una mariposa exótica.
El problema no era ella, y no eran sus manos. Era Shaula. Ese baño era
agradable, y ella se negaba a dejarse disfrutar. Como si temiera que al bajar
la guardia tal vez pudiera... ¿Relajarse?
No sonaba mal. Tal vez debería aceptarlo. No tenía por qué...
Contuvo la respiración. Por Ara, casi había dado un respingo.
Tuvo que toser para disimular que se había ahogado.
¿Qué sirios le pasaba? No era la primera vez que una doncella tocaba sus
senos. ¡Por Ara! Hacía un segundo había hablado sobre lo normales que
eran los pechos en Baham, ¿por qué entonces su corazón gritaba como si
quisiera ahuyentar las manos que tenía tan cerca?
Shaula entendió lo que pasaba. El problema era que tenía cerrados los ojos,
y eso le permitía a su imaginación crear otros escenarios en base a las
sensaciones de su cuerpo. Escenarios en el subconsciente, tal vez, porque su
razón estaba totalmente inmersa en esa tina, casi desmayada y solo
esforzándose por sobrevivir a aquel baño.
Decidió abrir los ojos, lentamente, como si temiera lo que iba a encontrar al
otro lado de la realidad, más allá de sus conflictivos pensamientos.
Y estaba Isamar. Su cabello dejado caer a un lado. A Shaula le agradaba
cómo las trenzas dejaban huella en aquel velo negruzco. No tenía vida, ni
brillo. Objetivamente no era aceptable. Pero tenía un aspecto único en su
carácter, salvaje con sus ondas, con una particularidad que le hizo entender
a Shaula, así, en un vistazo, que la belleza no podía ser un conjunto de
normas. Estaban definiendo la vida terriblemente mal.
Sintió las manos de Isamar deslizarse desde sus rodillas hasta sus piernas,
cada vez más cerca de las caderas. Esa presión era más que agradable,
desaparecía la tensión de sus músculos a la vez que creaba una inexplicable
en su vientre.
No rompió el contacto visual, segura de que así podría mantener su mente
apaciguada. Isamar no flaqueó, sostuvo la mirada de la princesa como un
desafío, como una penitencia, y no se detuvo de su su descenso.
Los dedos de la doncella se hundieron a ambos lados de la entrepierna de
Shaula, masajeando en un movimiento de ondas que... No se parecía en
nada a lo que había hecho con el resto de su cuerpo.
No estaba tocando su intimidad, solo estaba peligrosamente cerca. ¿Y qué
más daba si la tocaba? Le estaba viendo la boca, la tenía tendida en la tina
tensionada de nervios bajo sus manos. Shaula no había estado igual de
vulnerable jamás, aunque hubiese estado mil veces en la misma situación
con otras damas. Shaula, por algún motivo desconocido que la tenía a punto
de salir corriendo, se sentía desnuda solo frente a Isamar Merak.
Entonces la doncella sacó las manos del agua, y Shaula respiró por fin.
¿Cuánto tiempo había estado aguantando?
—Imagino que tú... que querrá hacer el resto usted misma, alteza —dijo
Isamar lanzando una mirada significativa entre sus piernas.
—Sí, yo...
Shaula no pudo decir nada. Tenía la garganta seca, la boca llena de saliva y
los pensamientos embotados.
Y al deslizar los dedos entre sus piernas...
Ese jadeo, ese sobresalto, no lo pudo disimular. El agua se crispó alrededor,
Isamar se paralizó nerviosa.
—¿Todo bien, alteza?
Shaula volvió a comprobar entre sus piernas y sintió una humedad que nada
tenía que ver con el agua. ¿Le había bajado su periodo?
—Muchas gracias por tu ayuda... Tú. Pero déjame terminar esto sola, ¿sí?
Te relevo de tus responsabilidades el resto del día.
—¿Segura...?
—¡Isamar! Solo obedece cuando te hablo, ¿quieres?
—Entendido.
20: Orión Enif
El término «perder el tiempo» ni siquiera está pensado para que lo
pronuncie una mujer. ¿Qué tiempo puede perder alguien sin utilidad ni
propósito? Poca es la relevancia que puede darse al lugar donde esté un
artefacto decorativo; al final, eso es lo que son todas, vendidas y esposas
por igual: objetos.
Shaula estaba por cumplir diecisiete, seguía sin tener la edad para
pertenecer, pero ya estaba cada vez más cerca de esa transacción.
Aunque no lo tuviera permitido, la princesa dentro de sí decidió que estaba
perdiendo ese tiempo, el poco que le quedaba con la autonomía para decir
que era ella la embajadora de Baham. Pronto, hasta ese título pasaría al
poder de su marido.
Tal vez no podría asistir al consejo, pero otras cosas sí que podía hacer.
Recordó las palabras de su padre en aquella discusión, cuando hablaron de
que Antares proponía y disponía, no jodía.
Tal vez Shaula tuviera que aprender más de Antares.
No había querido accionar de ninguna forma por prolongar el castigo de
silencio hacia su padre, pero, ¿qué estaba ganando con ello? Nada, más que
aislamiento.
Tendría que vencer incluso su propio orgullo para demostrar que estaba
hecha del hierro que se necesita para sostener una corona.
—Padre —llamó ella al estar en su presencia.
—¿En qué puedo servirte, Shaula?
—Eso he venido a preguntar yo, padre. ¿En qué puedo servir al reino? Sé
que has estado atareado hasta rebosar. Delega en mí tus responsabilidades,
padre. Es el motivo de que esté aquí, ¿no?
—Pensé que estarías...
—No —cortó la princesa—. Yo he venido a ti, no al contrario. No estoy
aquí para conversar tus asuntos de padre a hija, vine como la embajadora de
Baham, y porque quiero que me des un trabajo a la altura.
—La embajadora de Baham no deja de ser mi hija, así que... Te daré lo que
pides, pero te explicaré por qué es importante que lo hagas.
»¿Quieres ser de utilidad, Shaula Scorp? Sé útil. He oído de una fuente
fiable que rogaste a mi mano por la oportunidad de tener una cita con Leo
Circinus... Déjame terminar, Shaula —exclamó su padre al detectar el
ademán de la princesa por interrumpir—, no creo que tus interludios sean
tan imperativos como para que haga daño acumularlos, aguardar y emitirlos
todos al final de mi explicación a modo de respuesta. ¿Quieres?
—Sí, majestad —accedió Shaula, intentando no sonar demasiado a
regañadientes.
—Sí, pongo en duda la fidelidad con la que lord Circinus me ha transmitido
la conversación de ambos, mas no la veracidad del hecho en sí. Es decir,
que independientemente de cómo haya sucedido, te has puesto en deuda
con el segundo hombre más poderoso del reino y debes cumplir a tu palabra
como princesa de esta nación y actualmente única heredera disponible.
¿Entiendes el peso con el que cargas, Shaula? Si de alguna forma diste a
entender a Lord Circinus que tendrías una cita con su hijo, ¿cómo es que
sigues sin cumplir a dicho compromiso? ¿Quieres ayudar a esta casa,
Shaula? Empieza por no dejarnos como mentirosos irresponsables. No hay
brecha para quedar en malos términos con los pilares de la asamblea que
decide nuestras leyes.
—¿Has terminado ya?
—Tienes la palabra, Shaula. Úsala.
—¿Como princesa debo aceptar que todos los lords de Ara me programen
citas con sus hijos?
—Debes mostrar interés y respeto por todos los aliados de esta corona,
incluidos sus familiares. ¿No querías provocar un cortejo de los Circinus
hacia a ti? En dado caso, no debiste aceptar la cita. Eres brillante, Shaula,
no desperdicies ese brillo solo en crear calor que queme por medio de tu
temperamento. Usa esa brillantez en librarte de artimañas como estas.
—Es decir, que tú no vas a excusarme.
—No, no lo haré.
—Debo tener esa cita con Leo.
—Como te comprometiste.
—En ese caso, solo accedí a conocerme con dicho muchacho, no a mucho
más. Puedo, por ejemplo, invitarlo a que me acompañe a cumplir con algún
compromiso público, dedicarle algunos comentarios, un par de preguntas
sin importancia y obsequiarle un par de respuestas amables. Con eso estaría
salvada de mi deuda, ¿no es así?
—Lo estarías. Nada te obliga a darle a los hijos de lord Circinus más de una
generosa oportunidad. Y ya que quieres ser útil y estás necesitada de un
evento público, creo que tengo uno idóneo para ti.
—Otro baile no, te lo imploro.
—Nada de bailes. Quiero que me representes en las ceremonias de cobro de
impuestos de este ciclo lunar.
Los ojos de Shaula brillaron ante la mención de su padre. Aquellos eventos
eran responsabilidad de Antares, una actividad masculina para la que se
requería cierta maestría en matemática, cumplir con varios protocolos y, lo
más importante, exponerse ante la población. Lo cual, en muy leve medida,
siempre significaría un peligro para una cabeza con el precio de las suyas.
Era la excusa que ponían para el anonimato de Sargas, el motivo por el que
mandaban a Antares a dar la cara por la corona, alegando que valía menos.
—Los pagos de impuestos sostienen los inmensurables gastos de nuestra
monarquía —explicó el rey ante el silencio de Shaula—. Y dirás, que es
válido, que no necesitamos dinero. Que gozamos de comodidades y lujos
suficientes como para vivir en paz el resto de nuestros días sin trabajar ni
una sola hora más. Y, sin embargo, debes entender que este castillo no se
sostiene por sí solo, y que sin los impuestos, no hay con qué mantener los
soldados que defienden nuestros muros y fronteras. Entonces, no nos
vendría mal que se cumpliera a cabalidad el pago de impuestos, y que
preferiblemente se haga con dadivosidad y los disturbios al mínimo. Un
modo agradable que se me ocurre para hacer de este evento una celebración
más, es involucrarte en el. Antares en su ausencia ha dejado un vacío
enorme por llenar en el pueblo. Áragog quiere ver a sus monarcas, Áragog
necesita a su princesa. Ve, ve a cada región del reino y programa las
ceremonias de cobro de impuestos como mejor te convenga. Pon a la corte
a tu disposición, lleva la seguridad que necesites. Ve como Shaula Scorp, la
princesa escorpión, la alianza que añora todo lord. Será la publicidad que
necesitamos. Y tras los eslóganes, sé Shaula Nashira, la embajadora que
escogió Baham.
Shaula no iba a sonreírle a su padre. Lo odiaba, se recordó. Pero qué bien le
sonaba la idea.
~∆~
Orión. Su nombre era el del cazador del cielo, la constelación del guerrero
cuyo arco señalaba el destino para los valientes. Para él, los bosques eran
como una cuna. Se sentía mejor recibido entre las ramas y raíces que entre
palcos y castillos.
No era algo que pudiera decirle a su padre, pues él creía que eran felices en
la joyería. Y en gran parte lo era, organizando los anaqueles, clasificando
los materiales, vistiendo los maniquíes, arreglando las cuentas en los
distintos folios y cuidando de dar la mejor atención a cada nuevo cliente sin
permitir que se robaran nada por un descuido suyo.
Sí, era feliz en la joyería, era su vida. Y sería toda su vida en lo absoluto si
Sargas no le hubiese mostrado lo que había más allá aquella primera vez
que apareció ofreciéndole una amistad.
Solo que ahora sabían que eran más que amigos, y ese hecho hacía las cosas
extrañas hasta rozar la incomodidad entre ellos.
Medio hermanos. Hijos del mismo padre, cómplices del secreto que sin
duda llevó a la reina a la tumba.
Claro que Orión siempre lo había sospechado. Él era el mayor, y llevaba
mucho tiempo viendo a la reina visitar a su padre encubierta. Con
anterioridad había notado el parecido entre Sargas y él, que cada vez era
más ínfimo por el nuevo estilo de vida que estaba llevando el heredero.
Los días de Sargas en las mazmorras lo tenían pálido, demacrado, ojeroso,
ávido de adrenalina y más irritable que nunca.
Antes, la cacería para ellos —aunque sí que era un medio para agotar el
estrés y las frustraciones— era principalmente el único sitio donde podían
vivir su amistad con la libertad de ser ellos mismos.
Sargas sabía que el sueño de Orión era honrar su constelación y convertirse
en un guerrero del que se escribieran pergaminos enteros de alabanzas.
Orión sabía que Sargas solo quería poder mostrar su rostro y decir «yo seré
rey» sin temor a recibir un coro de risas al respecto.
Así que Orión le daba a Sargas lo que nadie más: lo aceptaba tal cual era, y
disfrutaba tanto de su compañía que siempre ansiaba volver a verlo apenas
se separaban.
Y Sargas le pagaba a Orión enseñándole lo que él aprendía en el castillo.
Duelos, tiro al blanco y cacería eran el pan diario de aquellas escapadas.
Pero desde que Sargas estaba viviendo entre escombros y sombras, ya no
parecía ir al bosque por fines didácticos. Disfrutaba de herir, torturar y
aniquilar sus presas, como si descargara contra ellas lo que el mundo le
había hecho por el único crimen de nacer.
Sargas había pasado por demasiadas cosas, y las personas todavía se
atrevían a murmurar en las calles acusándolo de maldito. Orión quería
estrangularlos a todos, sin obviar ninguno. Ellos no conocían a Sargas ni de
oídas.
Orión, sí.
Sabía que solo era un niño afectado por el miedo a que la verdad de su
condición se haga pública y deba perder su corona, el propósito para el que
creía haber nacido.
Un escorpión asustado de no tener acceso a su veneno para defenderse del
peligro.
Alguien que perdió a su madre, y que desde ese día debe vivir con la
incertidumbre y el terror de que su hermano jamás despierte del coma.
Y ahora vivía en los calabozos por su propio bien, para evitar atentados
contra su vida.
Eso era demasiado para cualquier ser vivo, y Sargas lo afrontaba siendo tan
solo un niño, y seguía de pie, esperando el siguiente golpe.
¿Cómo podía nadie decir que estaba maldito?
Ese día en el bosque comían juntos las ardillas que habían cazado, con el
humo de la fogata todavía bailando entre ellos, cuando Sargas dijo:
—Deberías cortarte el cabello, Enif.
Sargas tenía esa nueva costumbre luego de la revelación. Prefería llamar a
Orión por su apellido como para remarcar la distinción entre ambos. Que la
sangre dijera lo que quisiera decir, ellos eran amigos, fue lo que escogieron;
Orión un Enif y Sargas un Scorp. No había manera de cambiar eso.
Orión se tocó la coleta que llevaba en la nuca. Cabellos castaños con
reflejos miel, más claro que los vellos de la barba. No le importaba lo
intenso que pudiera ser Sargas al respecto, o la creatividad de sus burlas, a
él le gustaba su aspecto de ese modo, como el de alguien que trabaja tierra,
hierro y leña.
Sargas, aunque renegara del castillo, pensaba como un príncipe. Podía
llevar el cabello grasiento todo el día, pero nunca con el largo de un
vagabundo. Tampoco permitía que le creciera la barba. Orión jamás le había
visto un solo vello. Tal vez necesitaba los nutrientes del sol para que eso
fuera posible.
O tal vez no quería parecer un Enif.
—Me gusta cómo me veo —discutió el pueblerino arrancando con sus
dientes tiras de carne de su pieza calcinada.
—Es decir, igual que la ardilla que nos acabamos de tragar.
—Era una ardilla bonita.
Sargas dejó que su ausencia de comentarios opinara por él con respecto al
chiste.
Soltó su pieza de ardilla, pues no tenía apetito, la caza lo había dejado más
que satisfecho. Se volvió hacia la roca donde había dejado su capa
amontonada, y sacó de ella un artefacto largo que deslumbró en aquel
páramo, reflejando en su superficie de acero la luz blanca que se colaba
entre la copa de los árboles.
Era como si su metal se estuviera bebiendo el sol, y como si este mismo le
hiciera aumentar su tamaño, pues era la espada más pura, inmensa y
perfecta que los ojos de Orión hubiesen visto jamás.
—¿Y esa monstruosidad? —preguntó el mundano cazador de barba y pelo
largo.
—Tuya, ahora.
Una risa ronca salió de Orión mientras limpiaba la grasa de su boca con la
manga de su camisa de cacería.
—Ese chiste sí que es bueno, imbécil. ¿Has estado practicando? Porque
temo avisarte que sigues sin ganarle a los míos.
—Nadie se ríe de los tuyos —discutió Sargas con los ojos entornados.
Mirando así, el castaño de sus iris se ensombrecía hasta casi parecer tan
negro como sus ropajes.
—Tú te ríes, no lo niegues.
—¿Tengo cara de que me he reído de algo alguna vez?
—Ay, por el culo de Canis —vociferó Orión entre una risa tosca e
interrumpida, como si le hiciera gracia su propio chiste y lo recordara
paulatinamente—. Te reíste de mi chiste de los dragones borrachos, Sargas,
lo sabes.
El heredero contuvo algo entre sus delgadas mejillas, un impulso, lo más
cercano a una sonrisa que había tenido en todo el día.
—Es que fue muy malo.
—Pero te reíste.
—Por compasión —zanjó el príncipe.
—Pero te reíste.
—Al Canis contigo —exclamó Sargas y le extendió la espada—. Tómala,
es tuya.
—Si esto es una broma...
—¿Tengo cara de bufón? Ni que me estuvieras pagando, Enif, toma la
condenada espada y dale tu maldito cariño, que ahora es tuya.
Las manos grasientas del cazador hicieron contacto con el acero de la
espada como los dedos de un músico que hacen contacto por primera vez
con las cuerdas de un instrumento. Demostraba una tierna curiosidad en su
manera de acariciar el metal, pero iba más allá en el modo casi empalagoso
en que sus ojos admiraban el arma.
Una vida jugando con palos y piedras, y de pronto tenía entre sus manos
una joya de la herrería por la que el caballero más destacado vendería su
armadura.
—¿Le puedo poner nombre? —preguntó Orión.
—No.
Orión levantó la mirada con toda la odiosidad que llevaba en su alma
exhumando por sus ojos.
—¿Te pica el ano hoy, Scorp? —inquirió Orión.
—No le puedes poner nombre porque ya tiene, imbécil. Le pedí a un
astrólogo que la nombrara. Creo que así tiene más peso. Si su nombre lo
deciden las estrellas, deja de ser algo inanimado... —Se encogió de
hombros—. O yo qué sé, al menos así pensé que podrías verlo tú, que eres
un sentimental.
—Sí, sí, como digas. ¿Y cómo se llama? —preguntó acariciando la espada.
—Cassio.
—¿Derivado de...?
—De Bellatrix, ¿no es obvio? —ironizó el heredero con expresión
obstinada—. De Casiopeia, idiota. ¿Has tocado un libro alguna vez en tu
vida?
—No, pero... Ayer canjeé unas joyas por el cuarto tomo de una novela
gráfica que...
—No me interesa, esos dibujitos con letras no cuenta como leer. Debes
culturizarte. Por el bien de mi paciencia.
—Lo consideraría. Si me importara tu paciencia —bromeó Orión y terminó
riendo de su propio chiste—. Entonces... Cassio. Vaya, Scorp. Luego dices
que yo soy el sentimental, me estás regalando la espada del siglo. No he
visto algo así en todo el comercio de Ara, ni entre los mejores guardias.
—Es que no hay algo así, y el comercio en el que te basas es el de la casta
más basta...
—Tu madre compraba en mi calle, ¿de qué hablas?
—A mi madre no le importaban tus joyas, imbécil. Y no podemos basar el
buen gusto de la alta sociedad en las malas decisiones que mi madre
frecuentaba tomar.
—Se me olvida que tú le compras tus joyas a las hadas del jardín de tu
castillo —comentó Orión sardónico.
—Yo no compro nada, cada pieza que se me entrega es confeccionada única
y exclusivamente para mí. Todo lo que tengo es irrepetible, como esta
espada. Que ahora es tuya.
—Obviando tu derroche de humildad... ¿Por qué sirios me das una espada?
—Porque la necesitas. Y porque te necesitamos.
—Ah.
Ya que Orión estaba acostumbrado a no entender mucho de las epopeyas de
información clasificada que soltaba el heredero de vez en cuando, decidió
proceder metiéndose un nuevo pedazo de ardilla a la boca.
—Hubo otro ataque cercano al castillo estos días —explicó Sargas—. Los
sirios han dejado de ser cuentos de niños para nosotros, Orión. Sabemos
que existen. Y son peor de lo que cuentan las historias. Hombres que
venden su alma al dios Canis y a cambio roban poder de las estrellas,
convirtiendo su piel en la de monstruos grises de huesos amorfos...
Sargas exhaló y, para cuando retomó su charla, estaba casi sonriendo, como
si degustara con emoción sus palabras.
—Que los sirios dejen de ser un mito lo hace mejor. Porque son reales,
Orión, y una vez fueron humanos. Y lo que es real y humano se puede
destruir. Así que estamos reclutando nuevas patrullas de fuera de la guardia
real, civiles que quieran servir al reino y ayuden a proteger las calles del
peligro de estas criaturas.
—Y quieres que me una.
—Es tu oportunidad. Puedes practicar en esas patrullas y así algún día
tendrías la experiencia suficiente para presentarte a las pruebas de la
guardia real.
—Pero, Sargas, maldito imbécil, jamás podría blandir esta espada. Ni con
mis brazos, que parecen tres tuyos, ni con todo el ejercicio del mundo
tendré algún día la musculatura para hacer con Cassio lo que podría hacer
con una espada más ligera.
—Podrías blandir esa espada como si fuera una maravillosa pluma con filo
ineludible si tan solo usaras tu cosmo.
—¡¿Si usara mi qué carajo?!
Sargas asintió, como si comprendiera todo.
—No sabes lo que es un cosmo —suspiró fingiendo agotamiento—. ¿Ni las
historias infantiles has escuchado?
—Ya dejamos claro que no leo mucho.
Sargas golpeó su cara contra la palma de su mano.
—No tengo tiempo ni ánimos de intentar hacerte entender en tu cabeza de
cavernícola la teoría de nada. Así que simplemente te mostraré.
Sargas comenzó a arremangarse su traje hasta dejar a la vista su piel
enferma por la falta de sol. Agarró una roca promedio, la encerró entre sus
dedos y miró a Orión a los ojos.
—Yo soy Sargas, nombrado por una estrella de la constelación de Scorpius.
Así que no importa qué diga la sangre, las estrellas hablaron primero. Soy
un escorpión, y este es mi cosmo.
La mano de Sargas que sostenía la roca comenzó a refulgir con un brillo
escarchado de un tono verdoso, creando un humo más vivo y letal que el
que emitía la fogata. Siguió así bajo el escrutinio anonadado de Orión, hasta
que la piedra se consumió e hizo charco, como si hubiese sido sometida al
peor de los venenos.
—¿Qué sirios acabo de ver?
—Muy poco —contestó Sargas—. Tú harás cosas mejores, Enif, solo
tenemos que descubrir qué, y cómo.
~~~
Nota de autor:
En términos de palabras, no tengo palabras. Cuéntenme ustedes
21: El mito de Baham
Altair y Jabbah arreglaban a Shaula para la ceremonia de cobro de
impuestos. Una pintaba con tinta dorada en su piel, líneas minúsculas que
se unían creando escamas y espirales para simular serpientes alrededor de
los brazos de la princesa.
Ella era la embajadora de Baham, y el tema que escogieron para aquel
evento era endiosarla como a la reencarnación de Athara. Según su
mitología, Baham era una constelación con la forma de una serpiente alada.
Shaula quería darle a su pueblo dicha representación en carne y hueso.
Por ello llevaba la falda a la cadera marcada por cinturones de oro y
colgantes, sin vuelo, con aberturas a ambos lados para hacer de la pasarela
de la princesa un acto de hipnosis protagonizado por sus largas piernas. En
avaricia, dejaría que su abdomen descubierto y la estrechez de su cintura
hicieran el trabajo de atraer alabanzas.
No conforme con ello, las damas en su cabello crearon nubes violentas de
un castaño que cabalgaría con ella en cada paso de la procesión. Usaría un
velo más discreto, y una diadema a mitad de la frente para sujetarlo. Sus
labios mantendrían su anonimato, mas sus ojos llevaban encima las sombras
de las pirámides de Baham.
Áragog había perdido a su reina, necesitaban de un nuevo objeto de
idolatría.
Shaula les daría eso.
Que jugaran con la serpiente todo lo que quisieran. Hipnotizados con su
belleza, tal vez olvidaran sus colmillos.
Todas sus damas estaban enfocadas en ella y en los preparativos. Todas
salvo Isamar Merak, quien guardaba mucho más las distancias entre ella y
la princesa desde aquel baño.
Isamar estaba sentada con holgazanería en el alféizar de la ventana donde
solía instalarse para leer. En ese preciso instante estaba haciendo justo eso.
—Siempre estás leyendo —dijo Shaula echando una ojeada discreta al libro
de Isamar.
Pasando la página con tranquilidad, como si la presencia de la princesa no
fuese motivo de peso para interrumpir su lectura, Isamar dijo:
—Desde luego que siempre estoy leyendo. ¿Qué se puede esperar de la
segunda de tres hermanas, que no es la más bella ni la más talentosa?
—¿Que sepa cosas? —sugirió la princesa con suficiencia, segura de su
respuesta.
—Tal vez eso esperen de usted, alteza.
—¿En dicho caso, cuál es tu respuesta? ¿Qué se espera de ti?
—Nada —respondió Isamar con una sonrisa traviesa en los labios—. Es la
ventaja. Me deja mucho tiempo libre para leer.
—Salvo que no es así, pues deberías estar trabajando.
Isamar perdió la sonrisa y cerró el libro de mala gana.
—¿Qué quiere que haga, alteza?
—Ve a la cocinas y busca lo que he de comer.
—Como ordene.
—Espera. —Lady Isamar se detuvo y Shaula extendió su mano hacia ella
—. Deja el libro.
—Pero, su alteza...
Shaula solo arqueó una ceja y fue suficiente para que Isamar le tendiera el
libro. De mala gana, pero lo hizo.
Shaula tomó el libro y se sentó en el alféizar, justo como solía hacer Isamar.
Esperaba encontrar algo del territorio de Áragog, o si acaso recetas de
comida. Una fábula, tal vez, narrada de esa forma concisa e impersonal para
ser fácilmente repetible.
Lo que no esperaba era encontrar en aquellas páginas una voz en primera
persona que desnudara los íntimos pensamientos de su protagonista. Y no
solo eso, sino que, justo en la parte que iba Isamar, la historia estaba sumida
en una escena en la que dos personas estaban platicando. Solas. Al parecer
se habían escapado de un baile de máscaras. Ella no conocía el rostro de él,
solo su voz, y aún así permitió que metiera la mano bajo...
Shaula cerró el libro sobresaltada. Sintió que debía darle privacidad a los
personajes, no era propio que husmeara en un momento así.
¿Por qué sirios ella había pasado toda su vida rodeada de libros pero jamás
había tocado una historia similar?
¡Era escandaloso! Irrespetuoso. Como husmear en el diario de otro.
¿Era eso lo que hacía la chica Merak cada vez que se le veía con un libro en
las manos? ¿Vivir el acercamiento impropio de personajes ficticios?
Shaula soltó el libro y casi lo dejó resbalar de sus manos al alféizar, como si
quemara.
En cuanto Isamar regresó, Shaula no perdió la oportunidad de juzgar sus
preferencias y tildarlas de escandalosas.
Fue a eso que lady Isamar Merak contestó:
—Tiene usted su fe, princesa, yo la mía. Yo creo en los libros.
—¿Y en qué tengo fe yo? ¿Y cómo sabrías eso tú? Entre todas las personas
que no me conocen, serías tú una de las primeras que ve de mí solo lo que
quiero que vea.
—Como diga, alteza... —Isamar tomó su libro de la mano de la princesa.
La dama dio la impresión de haber terminado la conversación, volteando
como si se sintiera despedida, mas la princesa insistió en su indagatoria al
agregar:
—¿No crees en Ara?
Isamar volvió su vista nuevamente hacia su princesa.
—Creo lo que me han dicho que debo creer, pero no por ello lo amo. No
como usted, al menos.
—¿Y cómo lo hago yo?
—No lo sé, no la conozco, princesa, usted lo ha dicho. Pero los devotos
tienden a aferrarse a la existencia del reino cósmico porque necesitan una
mentira más fuerte que ellos para soportar la vida.
—¿Y tú no? ¿Insinúas que eres más fuerte que los devotos? ¿La vida no te
pesa?
—Me pesa tanto como a cualquiera, princesa. Pero yo no me aferro a
estrellas que no puedo tocar. La clave de vivir está en escoger un motivo,
entre toda la tragedia, que haga que valga la pena aguantar el maltrato que
cada nuevo día trae consigo. Para unos ese motivo es Ara, para mí son los
libros.
—¿Me estás diciendo que quieres vivir para leer cómo otros viven?
—No lo entendería, alteza, no si solo se lo explico. ¿Puedo retirarme?
~∆~
La princesa escorpión iba elevada sobre un palco personalizado para
albergar en el toda su belleza, levantado por una docena de hombres durante
una procesión que iba desde las puertas del palacio al centro de la plaza de
la capital.
Los hombres que la llevaban eran cambiados cada cierto tramo para no
explotarlos, pero cada nuevo voluntario estaba igualmente vestido para
combinar con el espectáculo.
El pueblo de Ara seguía a su princesa con la mirada ávida de su hermosura,
los pies ansiosos por el recorrido y sus lenguas prestas para intercambiar
comentarios de asombro y elevar alabanzas en su honor.
Algunos se acercaban al carro de la procesión para depositar obsequios y
cartas de admiración.
Una vez en la plaza, ya la recibían los lords y demás encargados del cobro
de impuestos. Las filas del gentilicio estaban formadas, esperando su turno
para pagar y ver de cerca a la serpiente de Baham.
Shaula se sentó en un trono personalizado para ella, con sus damas a los
lados vestidas de forma que combinaran consigo.
—Princesa —saludó la mano del rey al llegar junto a Shaula y señalando a
Leo Circinus que se ubicara al otro lado del trono, también junto a la
princesa—. Mi hijo está encantada de verla.
Shaula intentó encontrar en el rostro de Leo algo que corroborara aquellas
palabras, pero el aspirante a asesino parecía como una tecla disonante entre
los acordes de una balada.
—Yo también estoy encantada de verlos, mis lords.
—Es usted la dama más hermosa que mis ojos hayan visto jamás de los
jamases —dijo la mano del rey tomando los dedos de la princesa—. Eso ha
dicho mi hijo, pero quería traducirlo para usted, princesa. Él es bastante
tímido.
—Mi lord —interrumpió lady Isamar con una expresión inescrutable poco
habitual en ella—, no es mi intención sonar descortés, pero me temo que lo
que hace está contraindicado. Las joyas en las manos de la princesa fueron
seleccionadas con minuciosidad y lustradas con todavía más empeño. Los
roces tienden a empañar ese trabajo, y, como entenderá, la princesa no
puede lucir empañada en un momento como este.
Al principio no hubo respuesta, solo un tenso contacto entre los ojos del
segundo hombre más poderoso de Áragog, y esa dama sin relevancia que se
había atrevido a negarle lo que él creía era su derecho. El estómago de
Shaula se retorció al captar la pesadez de la atmósfera, y empeoró al sentir
cómo los dedos de lord Circinus aumentaban su agarre sobre su mano de
manera casi imperceptible, mas no dejó que aquella incertidumbre nerviosa
se mostrara en su porte. La princesa de Áragog no demostraría temor ante
su pueblo.
Al final, la mano del rey simplemente sonrió y finalizó aquel duele con un
chiste del que todos se rieron nada más que por cortesía.
Menos Shaula, que estaba demasiado ocupada mirando a Isamar a los ojos
para intentar entender por qué había hecho eso, aunque en el fondo se lo
agradeciera tanto.
La ceremonia de cobro de impuestos avanzó sin más contratiempos, cada
familia de Ara sin importar su estatus debía presentarse y hacer un pago del
treinta porciento de sus ingresos anuales en base al salario registrado por las
autoridades del reino o en cuanto a lo percibido en bienes que pudiera ser
provechoso en un canje.
Hydra, la gran región de Áragog fronteriza con la capital, era una de las
locaciones del reino más grandes y prósperas. Caracterizada por su extraño
sol amarillo que ayudaba al cultivo y crecimiento de las tierras verdes y
fértiles, era la zona más amplia de siembra y jardinería.
Áragog era regido por una sola monarquía —la regente del castillo de Ara
— pero en cada una de las distintas regiones había una familia de altos
lords que gozaban del poder de un principado para dirigir su fracción del
reino en ausencia de los Scorps.
En Hydra, esa familia eran los Sagitar. Los dueños del castillo de Hydra, los
campos más grandes, los comercio más fructíferos y la perfumería más
reconocida de todo el reino.
Y aunque no era momento de cobrar impuestos a Hydra, los Sagitar,
alentados por la noticia de que la princesa haría acto de presencia en la
ceremonia actual, viajaron hasta Ara para admirarla con sus propios ojos.
Lady Indus Sagitar, acompañada de su silencioso marido como un
guardaespaldas —lord Kaus—, se acercó al trono de la princesa e indicó a
sus sirvientes que acercaran hasta ella un cofre de vidrio negro y
ornamentos dorados.
—Alteza —saludó la imponente mujer con apenas un asentamiento de
cabeza. Shaula notó en ella que, siempre que pudiera elegir, escogería
siempre entregar el mínimo de sumisión, y siempre adornado con el toque
correspondiente de elegancia.
—Lady Indus, lord Kaus —saludó Shaula, quién ya había estudiado todo
sobre la familia regente de Hydra—. Es un placer ser honrada por su
presencia. Tengo entendido que sus tres hijos no están muy lejos tampoco,
¿no es así?
—Mi Indyana no ha de estar lejos, mientras que los hombres han de estar
escogiendo alguna vendida del mercado. Las jovencitas que ofertan en estos
lados del reino son bastante... interesantes, pese a su palidez.
—Nada que el piadoso sol de Hydra no arregle, sin duda —comentó Shaula
imitando el tono de la conversación que pautó lady Indus Sagitar, aunque en
realidad no le interesaba en lo absoluto qué tipo de mujeres quisieran
comprar sus hijos—. Este cofre que me ofrece, ¿de qué se trata?
—Nada que no merezca, alteza. Mi esposo y yo hemos estado trabajando en
una fórmula nueva desde que se nos avisó la proximidad de su mudanza a la
capital. Después de mucho ensayo y error, al final creo que hemos dado en
el blanco con una fragancia hecha del veneno de serpiente hídrica, y los
girasoles de nuestros campos personales. Lo hemos llamado «Shaula»,
como usted. Y no está siendo comercializado, es único para su uso personal,
y siempre será de ese modo.
—No puedo expresar más que agradecimiento a usted y su marido por tal
derroche hacia mí. He oído maravillas de su trabajo. Mi madre jamás salía
sin un perfume Sagitar como accesorio principal. Es un honor seguir su
legado con una fragancia que lleve mi nombre y esencia.
Shaula sonrió, aunque no podrían ver sus labios por el manto que los cubría,
y destapó el cofre para descubrir en su interior un cojín de terciopelo
violeta, y sobre este un frasco también de vidrio negro con su nombre
ornamentado en oro.
Al destaparlo y acercarlo a su nariz, aquella fragancia la golpeó imponiendo
su presencia. Tan fuerte que el rastro de una gota sería indeleble por horas,
el aroma que debía tener alguien capaz de hacer caer un imperio.
—Gracias, lady Indus. Gracias, lord Kaus —agradeció Shaula con elegante
honestidad mientras volvía a tapar el frasco.
Cuando ambos lords se alejaron para dialogar con el resto de la nobleza
invitada, Shaula se inclinó ligeramente hacia la silla donde estaba sentada
Isamar y en voz muy baja, dijo:
—Mientras yo esté usando este perfume, tienes mi total autorización para
elogiarme.
Isamar Merak poco pudo disimular que estaba por subir una avalancha de
risas por su garganta.
~~~~
Nota de autora:
¿Qué les parece el crecimiento que ha estado teniendo Shaula a lo largo de
estos capítulos?
¿Qué opinan de la relación de Shaula e Isamar y cómo se llevan?
Y esos perfumistas repentinos... ¿no les parecen familiares?
Espero que les haya gustado mucho este capítulo, en nada tendrán el
siguiente.
22: Sin tiempo para heroísmo
Orión estaba formando en la fila correspondiente para el pago de impuestos
en su sector de Ara.
Su distracción era tal que su entorno había dejado de existir hacía un rato.
No era felicidad lo que opacaba su atención. Era algo distinto, algo más
intenso, feroz, tan volátil como la posibilidad de un estado superior a la paz.
Acababa de descubrir que ni siquiera conocía su alma, y que al encontrarla
recibiría poder de las estrellas con el que haría cosas inimaginables.
Ese descubrimiento tenía sus venas latiendo en una anticipación casi
nociva.
Solo tenía que esperar al anochecer, y descubriría si...
¿Qué estaba sucediendo delante de él?
Las personas habían empezado a aglomerarse saliéndose incluso de la
formación.
El bullicio aumentaba mientras Orión intentaba abrirse paso para llegar al
epicentro del alboroto. Al parecer se trataba de una discusión, pero, ¿cuál
era el motivo?
Al llegar mucho más cerca del inicio de la formación, Orión entendió de
qué se trataba.
Una mujer estaba siendo zarandeada por un guardia que no soltaba su brazo
a pesar del bebé que cargaba llorando en el otro.
Al fijarse más detenidamente, Orión reconoció a la mujer como una vecina
de su calle. Había sido de la nobleza alguna vez, pero su padre la ofreció en
matrimonio a un hombre de baja alcurnia haciéndola perder su posición. En
consecuencia, todas sus hijas habían sido vendidas nada más nacer. El bebé
en su brazo era el único hijo que conservaba, al ser el primer hombre que
concebía.
Orión recordó también que su marido la había abandonado no hacía mucho
por una amante más joven, dejando a su suerte el cuidado propio y la
supervivencia del hijo en común.
¡¿La estaban maltratando de ese modo por no poder pagar los impuestos?!
Porque si así era...
No
», se retuvo Orión. «
No puedes ser un héroe hoy y un retenido mañana. No le sirves al reino
entre rejas».
Y sin embargo, no podía dejar de ver cómo maltrataban a esa pobre mujer.
Se sintió algo más aliviado al ver que la mano del rey, lord Zeta Circinus, se
acercaba a la escena. Era la voz de la razón, el de mayor rango. Su palabra
pondría fin a tan desafortunada situación.
—¿Qué es lo que sucede aquí?
—Mi lord —saludó uno de los guardias, el capitán, según la armadura de un
dorado reluciente —. Esta mujer dice que no tiene el pago completo de los
impuestos, que ha tenido que comerse sus ahorros por motivo de abandono
de su marido.
—¿Y ha pedido con anterioridad asilo a la monarquía de forma que
estudiaran su caso? —indagó la mano del rey—. ¿Hay algún documento
que corrobore su historia y la declare como indigente?
—No soy ninguna indigente, mi lord —interrumpió la mujer soltándose
como pudo del agarre de los guardias y cargando mejor a su bebé—.
Trabajo, hago todo lo posible por mantener mi casa y familia. Pero apenas
me da para vivir. No puedo, simplemente no puedo, sacar el monto
correspondiente para declarar sin que signifique dejar a mí o mi hijo sin
comida. Solo le imploro algo de compasión...
—Los impuestos son una obligación, si se los dejamos pasar a usted, todos
en esta fila dirán que han perdido una mascota o alguna estupidez semejante
para excusarse de su deber para con el reino —explicó lord Zeta Circinus.
—No le pido que me exonere de mi responsabilidad, solo que me dé un
plazo más largo para pagar cuánto debo. Tal vez, agregar cuotas mensuales
que me sean más accesibles...
—Fue usted quien decidió trabajar, señora. Si cree tener la independencia
para llevar un hogar como un hombre, pues hágalo al pie de la ley. Sino,
ahórrese el bochorno y declárese indigente. A su hijo lo puede tirar en un
orfanato si desea.
—¡Hey! —interrumpió Orión muy a su pesar. El calor de sus venas no le
permitió contenerse, sus puños cerrados ya no aguantaban la inacción. Era
tan injusto como desalmado el trato que le estaban dando a aquella mujer
que en el pasado, cuando tan solo era un niño, tantas joyas fue a comprar a
la tienda del padre de Orión.
Orión terminó de adelantarse y se interpuso entre el guardia bravucón y la
mujer.
—Dejen a esta mujer ir en paz. Yo responderé por ella.
—¿Tienes contigo la cantidad de coronas correspondientes para pagar tus
impuestos y los suyos?
—No en este momento —contestó Orión—, pero si me dejan ir a la joyería
y volver...
Su padre lo mataría por robarle al joyero que les daba vivienda y empleo,
pero ya lo pagaría con trabajo extra o una buena paliza. Nada que no valiera
la pena por hacer que esa escena de terror acabara.
—No podemos permitir esto —cortó el capitán a Orión. La mano del rey ya
ni estaba en el lugar de los hechos, como si el desenlace le fuera indiferente
—. Si no es pariente directo o parte de la carga familiar de esta mujer, no
tiene que intervenir en este asunto. Si ella no tiene la solvencia económica
para pagar este año, no la tendrá el que sigue y estas escenas se repetirán, lo
que no vamos a permitir y menos en presencia de la princesa Scorp.
—Pero, ¿qué más les da quién sirios pague? ¡Acepten el condenado dinero
y dejen a esta mujer en paz! Hay otros en la fila esperando para pagar.
Orión, aunque se prometió que no lo haría, terminó acalorado en la
discusión a tal punto en que, al ver que el guardia bravucón hacía ademán
de volver a tomar a la mujer, se adelantó y lo agarró por el hombro.
Sabía que había cruzado una línea muy grave cuando vio la mirada del
guardia, pero ya no había marcha atrás. Tenía que afrontarlo como si no
tuviera miedo alguno, porque aquella mujer lo estaba mirando con
esperanza por primera vez.
—Como quieras, chico. Espero que sepas que agredir un oficial amerita
encierro inmediato...
El hombre tomó a Orión por el brazo y dio un tirón, pero este se mantuvo
firme, haciéndoselo difícil pero sin darle el gusto de agredirlo para que
otros guardias intervinieran. Y en ese forcejeo, la gente de la fila, todos los
vecinos que conocía y a los que ni siquiera recordaba, empezaron a gritar en
su defensa.
—¡Quítale tus manos de encima!
—¡Nadie te agredió, payaso!
—¡Déjelo ir, es un buen chico!
—¡Es el hijo de un respetable joyero, imbécil, no lo trates así!
Por la mujer con un niño en brazos muchos habían alzado la voz, pero fue
por la situación con el simple hijo de un joyero que el guardia pareció
pensar que realmente se había excedido.
Mientras el capitán y el guardia bravucón se debatían entre qué hacer a
continuación —y los demás soldados intentaban calmar el tumulto—
sucedió algo único y casi mágico: la presencia de la princesa de Áragog.
Una especie de ser místico sin identificar; bordeada en tinta dorado, con la
piel como el más cálido otoño. Ni el sol de Ara, siempre tan pálido y
perezoso, tenía aquella presencia. Solo faltaba una corona, y no dejaría un
solo ser humano que no
deseara
hincar sus rodillas ante ella.
Al menos eso pensó Orión al verla desfilar tan cerca del aire que estaba
respirando.
—¿Puedo saber la razón de este escándalo? —preguntó la princesa con
calma al capitán de la guardia.
—Esta mujer, su alteza. Pero ya está todo resuelto. Me presento, soy el
capitán de esta guardia.
—¿Puedo conocer los detalles, sir?
—Que no puede pagar, y poco más. Estaba ya todo resuelto, cuando este
muchacho ha reavivado la colmena. Pero no se preocupe. Ya estábamos por
tomar una decisión.
—Pero si el problema es el dinero, la solución es realmente sencilla. No
debió escalar a tanto...
La princesa llevó las manos a su nuca buscando el broche de su collar,
cuando el capitán puso de una manera determinante, aunque apenas fuera
en un roce, la mano sobre el codo de la princesa.
—Le aconsejo que no lo haga, si es lo que creo. Princesa.
—¿Me aconseja que no haga, qué? Mi collar vale lo que miles de estas
deudas, puedo tranquilamente y de sobra cubrir el costo de los impuestos de
esta mujer.
—Puede, alteza, pero no se lo permitiré.
Shaula se detuvo en seco. No demostraba mucho más que estar
absolutamente convencida de haber entendido muy mal la situación.
—¿Me está diciendo que no va a dejarme intervenir?
—Me temo que no, alteza. Ya me estoy encargando yo —respondió el
capitán, firme y sin titubeo.
Shaula alzó una de sus cejas.
—No creo que sepa hacia quién se está dirigiendo como para imponer tal
prohibición.
—De hecho lo tengo muy claro —afirmó el hombre, firme y profesional en
la postura de un guardia infranqueable—. Hablo con la princesa, lo mismo
que un arreglo floral. En apariencia más exótico y llamativo, en esencia...
igual de impráctico.
El remolino de emociones que inundó a Shaula tras ese comentario, creó
una corriente ácida que escaló sus venas buscando estallar en reaccionas
que tal vez lamentaría luego. Ella no era una adolescente rebelde,
necesitaba demostrar la templanza de un verdadero diplomático, pero en
esos primeros segundos tan turbulentos, guerreó para gobernarse a sí
misma.
—Le sugiero que deje actuar a los que sabemos —remató el capitán tras el
silencio de la linda princesa.
Shaula sonrió, aunque poco se notaba con la tela en sus labios, cruzó sus
manos colmadas de anillos sobre su falda, y recurrió a toda la amabilidad
que encontró dentro de sí para decir:
—Comprendo que usted sabe perfectamente de lo que habla, sir. Es su
experticia personal la que opina, entiendo, ya que usted como soldado es un
hermoso decorativo, pero en batalla ha hecho lo mismo que las estatuas de
mi palacio.
—¿Cómo osa...?
Justo mientras el capitán hacía la exclamación, el revés de su guantelete
cobraba impulso para posteriormente impactar en el rostro de la princesa.
No había sido una bofetada, era un golpe en toda su crudeza. Rasgó el velo
que cubría la boca de Shaula y partió su pómulo y labio hasta hacerla
sangrar.
No tardaría en formarse un moratón escandaloso.
Aunque la escena le impactó y fascinó como a todos, Orión aprovechó la
conmoción masiva que siguió para sacar a su vecina del alcance de los
guardias y encaminarla a su hogar.
Mientras, el capitán de la guardia caía de rodillas bajo el peso de la
comprensión. Lo que había hecho tenía un precio tan caro como su vida, y
era recién cuando parecía considerarlo.
—Pérdoneme, alteza... Se lo imploro. Se lo imploro con mi vida... ¡Juro que
yo no quería!
El hombre hizo ademán de aproximarse hacia la princesa, cuando su propia
guardia se volvió hacia él desenfundando su armamento para impedírselo.
De inmediato llegó lord Zeta, la mano del rey, a tomar control del revuelo.
—Mi lord mano, no tenga en cuenta lo que he hecho. Ha sido un impulso...
Su princesa me ha faltado al respeto, y cegado por mi orgullo he
reaccionado como de costumbre, por un momento... simplemente... he
actuado como haría contra cualquiera de mis soldados faltos de disciplina.
Lord Zeta bufó a su explicación, como si fuera absurdo el mero intento.
—Le ha dañado el rostro a la princesa de los escorpiones, sir, no hay
excusa, temperamento u orgullo que justifique semejante crimen.
—Piedad, mi lord, de hombre a hombre. Al menos permítame llevar mi
caso ante el rey...
—Oh, si el rey se enterase... —lord Zeta fingió un escalofrío—. Le prometo
que mi tortura, previa a su ejecución, claro está, será piadosa en
comparación. No pretendo que dure más de un par de días.
—¡¿Ejecución?! Acepto la tortura, acepto cualquier castigo... ¡Pero tenga
piedad de mi vida, lord Circinus!
—Esto no es algo que simplemente puedas aceptar o rechazar, es lo que se
impone dado el grado de su afrenta.
—Es la imposición de un lord de su grado y categoría, sin duda —
interrumpió la princesa con una voz que destilaba templanza, mientras
sostenía con delicadeza un pañuelo sobre su pómulo herido. Era como si, de
haber habido algún mal humor por el golpe, simplemente se le hubiera
evaporado—. Es usted implacable, lord mano, y agradezco encarecidamente
que defienda mi honor con tanto ímpetu... Pero, dado que he sido yo la
afectada, me gustaría pedir algo más de mi estilo para resolver esta
situación.
—¿Su estilo, princesa?
—El estilo de una princesa, mi lord. Algo más piadoso. Compasivo. Algo
más femenino que una decapitación.
—¿No pretenderá absolver a este...?
—Este hombre ha pecado, mas no con esa intención —Shaula bajó a la
altura del capitán de rodillas, y usó su propio pañuelo para limpiar sus
lágrimas—. Y creo que las intenciones son el principal agravio de cualquier
afrenta. La ejecución es lo recomendado, sí, pero estoy segura de que este
hombre preferirá entregarme sus servicios de por vida, sin exigir pago
alguno, como compensación a lo que ha hecho.
Luego caminó hasta quedar de pie junto a lord Zeta, asegurándose de que
no le escuchaban muchos más espectadores, y le murmuró por encima de su
hombro:
—Un sirviente siempre será una mejor inversión para la corona que un
cadáver más ocupando nuestras sepulturas, ¿no?
Pero el hombre no pareció tomarlo bien.
—No permitiré que ninguna mujer me diga cómo hacer mi trabajo —gruñó
la mano del rey entre dientes.
—No se confunda, este no es su trabajo, mi lord, es el mío. Pero prefiero no
desautorizarlo delante de todos, así que dejemos que sea usted quien dé
mi
orden.
Entonces, sus miradas conectaron en una tensión apenas perceptible en sus
expresiones. Intentaron disimular, pero el silencio, sus posturas, hasta la
manera en que intentaban no respirar, delataba la guerra de jerarquías que
surgía en segundo plano.
Y ganó ella, aunque él no lo declaró así. Creó un discurso que disfrazó las
órdenes de Shaula como suyas y la dejó ante su pueblo como una doncella
herida, pacífica y a punto de romperse por el trauma de lo vivido.
Pero ella acababa de ganar un hombre más bajo su mando; su capricho
venció a lo que imponían todos los hombres de traje, los armados y los que
profesaban más poder que fe. Aunque no de la manera en que pretendía,
logró liberar a la mujer de los impuestos y su castigo sin crear una desgracia
que su padre reprochara. Que el pueblo pensara lo que quisiese, que dijeran
de ella cuanto pudieran inventarse, y que el ego de lord Zeta reinara cuanto
quisiera. Al final, se hizo lo que Shaula quiso.
Así se sentía estar en el juego de los monarcas como la mano que mueve las
piezas, no como un peón.
Vaya, cómo le costaba disimular esa sonrisilla.
Y a lo lejos, entre el callejón oscuro que formaban unas casas contiguas,
cubierto por su capucha, Orión miraba la lejana escena sin darse cuenta de
la compañía que lo seguía en las sombras.
—Ni siquiera lo pienses —advirtió la voz de Sargas, el supuesto príncipe
maldito.
La sonrisa de Orión se tornó incluso más inquietante vista entre las sombras
de la capucha.
—¿No eres tú quien más desea mi infelicidad? No veo mejor manera de
acabar todo lo bonito de mi vida que casarme.
—Con mi hermana no, imbécil.
Orión se volteó a ver a su medio hermano.
—¿Debería estar celoso de que la quieras a ella más que a mí?
—Deberías cerrar la boca. Se acercan las estrellas. ¿Traes tu cristal para el
frío nocturno? —Orión asintió—. Bébelo. Tenemos trabajo que hacer, y no
te mentiré: va a dolerte la primera vez. Mucho.
—Vaya, no sé por qué pensé que eras virgen...
—Esta es la segunda vez en el día en la que estás a punto de ser ejecutado,
Orión. No tientes más a tu suerte, las estrellas han hecho ya mucho por ti.
~~~
Nota
Te amo, Shaula Nashira, manipúlame la vida
¿Qué les pareció el capítulo?
23: El poder de las estrellas
—El evento estuvo intenso. No sé cómo se evitó una catástrofe —dijo
Jabbah en el carruaje. No podían volver al palacio del mismo modo en el
que habían llegado a la plaza, no si querían sobrevivir al frío nocturno.
—Tengo un personal lo suficientemente capacitado para ello, prima. —Fue
lo que contestó la princesa, a la vez que echaba un vistazo por la ventanilla
donde su nuevo guardia hacía de centinela junto a Sir Lencio.
—Pero estuvo cerca. Y todo por el orgullo de una imprudente mujer —
añadió Jabbah.
—¿Es imprudencia suya que su marido la abandonara? —inquirió Isamar,
quien había pasado todo el viaje aislada y en silencio, pero la oportunidad
de refunfuñar había sido suficiente para traerla de vuelta.
—Creo que Jabbah se refiere a la imprudencia de pensar que podía hacer el
trabajo de un hombre —se inmiscuyó Shaula. Ella había salvado a la mujer
de un terrible destino, tenía la empatía para ello, lo que no implicaba que
estuviera de acuerdo con ella—. Se le dio la opción de declararse indigente,
y antepuso su orgullo al bienestar de su hijo. Eso es imprudencia.
—Curioso.
Ese comentario entre susurros fue lo último que se escuchó de Isamar antes
de que moviera la cortina de su ventana y se perdiera a través de lo que
había más allá de ella.
Lady Altair puso una mano sobre la falda del vestido de su hermana, como
si así pudiera aplacar cualquier posible nuevo arrebato.
Y a Shaula no le pasó por alto.
—¿Qué?
No obtuvo respuesta de la dama, que seguía perdida más allá de la ventana.
Lo habría dejado así, si la mandíbula en tensión de Isamar no diera indicios
de todo lo que estaba reprimiendo.
—Isma, te ha hablado tu princesa —recordó Shaula, firme y autoritaria—.
¿Qué, Merak? ¿Qué te parece curioso?
Lady Isamar soltó la cortina y volvió su mirada al frente junto a la de la
princesa que con tanta avidez esperaba el fuego de su respuesta, preparada
para cualquier temperatura, segura de que nada podría quemarle.
—Curioso que, precisamente usted, alteza, hable al respecto de hacer el
trabajo de un hombre de forma tan condenatoria.
—No sabes nada de lo que dices —dijo Shaula, tan brusca que su voz no
envidiaría nada el efecto de un golpe—. Mi situación no es siquiera
comparable.
—Sin duda, por ello me abstuve de comentar. No se repetirá, alteza.
Fue lo que casi espetó Isamar antes de volver a la ventana con un pulso en
su pecho solo comparable con el de aquellos que han escalado montañas.
Shaula se sintió atada de manos, con ganas de tomar a su dama por el
cabello tan desastrosamente arreglado y obligarla a mirarle, exigirle una
respuesta, recordarle que ninguna conversación estaba acabada hasta que
Shaula Scorp Nashira decidiera que así era.
Había silenciado a la mano del rey y destituido al punto de convertir en
sirviente a quien había sido el capitán de la guardia, pero no podía controlar
a su maldita e insignificante dama.
Vaya princesa que era.
~○●○~
Shaula no volvió directamente a sus aposentos, lo cual agradeció. No quería
estar cerca de sus damas con el humor que imperaba en ella.
Unos sirvientes le avisaron que su padre requería su presencia en uno de los
jardines privados de la corona. Por suerte, ahora tenía dos guardias propios
que le eran leal solo a sus órdenes, así que podía ser escoltada por ellos e
incluso —si así lo prefería— no ir directamente a donde se le ordenaba.
No tenía ganas de tomar un desvío en un momento como ese, pero la idea
era tentadora. Un hecho tan simple como el de tener una opción, significaba
«poder» en su realidad.
Los sirvientes que le llevaron el mensaje, antes le hicieron beber un mineral
desconocido teniendo como única explicación una carta avalada por su
padre que lo pedía explícitamente.
A la princesa de Áragog no le hacía especial ilusión reencontrarse con su
padre con el que tan tensa relación tenía, pero sí que estaba disfrutando del
camino por el interior del palacio.
—¿Cuál era su nombre, sir? —preguntó ella al que hasta esa tarde había
sido el capitán de la guardia, y ahora estaba junto a ella, cuidando su
espalda y guiando su camino como un soldadito más.
—Mi nombre "es" Aztor, Aztor D'Andrómeda. De los D'Andrómeda de
Hydra. Famosos por la cría y entrenamiento de cuervos hídricos.
Shaula sonrió ante el intento viril de aquel hombre por imponer el "es",
como si eso fuese a servirle de algo.
—No tiene que decirme de donde viene su apellido, sir, ni siquiera se
moleste en recordarlo. A partir de hoy, usted es sir Aztor D'Nashira.
—Me temo que eso no va a...
—Me temo yo —contradijo Shaula interponiendo su brazo para que el
guardia no pudiera dar un paso más—, que en su vocabulario a partir de
ahora han quedado erradicadas todas las palabras y conjugaciones de estas
que suenen a una orden.
—No aceptaré que cambie mi apellido a su antojo. ¡Merezco respeto!
—Merece la muerte, sir, y yo le he librado de ella. ¿O lo ha olvidado ya?
—¿Y si me rehuso?
Shaula ladeó su cabeza señalando a su otro guardia, que rápidamente
accionó poniendo su mano sobre el pomo de su espada.
—Tiene esa opción, sir. La opción de pagar su deuda y quedar liberado de
su compromiso para conmigo. Sir Lencio se encargará con mucho gusto.
Sir Aztor miró al otro guardia, como buscando en sus ojos una
confirmación a lo que decía la princesa. Al encontrar esa firmeza
devocional, tragó en seco más que solo saliva, y acabó por reverenciar a su
nueva ama.
—No hará falta, alteza. Cumpliré mi compromiso. Pero, por favor, no me
haga llevar su apellido. Solo las mujeres pierden el suyo en pro de su
marido, y yo he sido un guardia honrado que...
—¿No es el marido la cabeza del hogar? Yo, sir Aztor, lo soy en esta casa.
Llevará mi apellido, como lo hará sir Lencio a partir de ahora.
Shaula mordió su labio para disimular su sonrisa, y reanudó la marcha para
que nadie pudiera verle el rostro.
—A todas estas... —siguió sir Aztor con un carraspeo nervioso—. ¿Nashira
no es... fue, el apellido de su madre?
—Lo fue.
—¿Por qué no nos impone el de su padre?
—No están a mi cargo por haber sido precisamente unos santos, ¿o sí? No
esperen de mí premios hasta que los merezcan. Simplemente, mi intuición
me dice que el apellido de una mujer es el castigo idóneo para un hombre.
No se dijo una palabra más hasta que estuvieron frente al monumento de la
reina jorobada, un mito de terror entre los Scorps. Shaula despidió a sus
guardias, ordenando que le dieran la espalda y la esperaran justo en esa
posición.
No quería que vieran qué dedo de la reina jorobada había que flexionar para
revelar el pasillo al otro lado. A ese pasadizo solo tenía acceso la familia
Scorp.
Habiendo cruzado paredes de piedras, bifurcaciones confusas, enrejados y
escaleras, Shaula llegó a un final donde le daba la bienvenida un pasillo de
estatuas de escorpiones que formaban arcos.
El jardín al otro lado era una inmensidad vacía de adornos, como un
pastizal privado, y solo en su epicentro había decorativos. Como la mesa de
piedra moteada con enredaderas de flor de oro, llena de artefactos de
astronomía, donde esperaba sentado el rey.
Shaula estaba afuera, en plena noche, apenas abrigada, y no sentía como si
miles de cuchillas estuviesen deshilachando su piel.
Se sentó junto a su padre, y aguardó hasta que él decidió que ya bastaba de
preámbulos.
—¿Sabes qué es esto, Shaula? —preguntó Lesath Scorp entregándole un
cristal, como una esquirla de hielo, idéntico al que le habían hecho beberse.
—No. ¿Qué es? —indagó dándole vueltas entre sus dedos enguantados.
No quería ver a su padre a la cara, no solo por lo habitual, sino porque él ya
estaría enterado de todos los detalles de la ceremonia de impuestos, y no
tenía ni una remota idea sobre lo que podía pensar al respecto.
—Su nomenclatura empleada por los alquimistas es «eon-kris» —explicó el
rey Lesath—. Pero tú no te preocupes por recordar ese nombre a menos que
te interese la erudición como destino. Son simplemente cristales, extraídos
de las minas de Cráter.
—¿Es esto lo que se produce en las minas? —inquirió Shaula alzando el
cristal para ver las estrellas a través de el—. ¿No son las coronas?
—No, las coronas se forjan junto al acero, el cobre y otros metales.
Tenemos minas de ese tipo en Hydra y aquí mismo en Ara.
—Padre —pronunció Shaula como si exigiera una pausa al curso de la
conversación—, llevo estudiando al respecto una vida. Jamás escuché
hablar de estos cristales y lo que sé sobre las minas de Cráter resulta ser una
mentira... ¿Por qué motivo? ¿Y por qué revelarlo ahora?
—¿Sabes lo que es un cosmo, Shaula?
Su silencio, o más bien su vacilación antes de intentar negarlo, fue lo que
hizo al rey comprender la respuesta.
—¿Quién te habló al respecto? —indagó él.
—Nadie, directamente —se apresuró a decir ella—. De más chica me
interesaba mucho la mitología áraga.
—¿Y ahora, por qué ya no?
—Los cuentos no pondrán una corona sobre mi cabeza.
Su padre rio sin poder evitarlo.
—Nunca cambias.
—He cambiado.
—Por supuesto que no, solo aprendes a modular quién eres de acuerdo al
entorno y las circunstancias. Esa es la mayor sabiduría, y me enorgullece
cómo la has ido adquiriendo casi por instinto.
Shaula seguía queriendo odiar a su padre, entonces, ¿por qué de pronto no
podía amordazar el comienzo de esa sonrisa complacida?
—Vamos, cuéntame qué sabes sobre los cosmos.
Shaula inspiró profundo antes de hablar.
—Los «cosmos», como especie, tengo entendido que es el nombre que se le
dá a los humanos que han sido escogidos por una estrella o constelación
para portar su poder, su cosmo. Se supone que es como compartir alma con
los dioses del reino cósmico, ¿no?
—Sí, y no.
Lesath movía sus uñas sobre la superficie de piedra, un gesto que parecía ir
al compás de los engranajes más allá de sus ojos. Estaba estudiando el
rostro de su hija, y ella lo sabía, lo que no entendía era qué pretendía
encontrar en el, y eso la asustaba.
—Las estrellas siguen siendo una especie —retomó Lesath— como la
humanidad. Hay de todo tipo, con sus propias diferencias, jerarquías,
habilidades y limitaciones. Cuando una estrella nombra a un humano,
algunas simplemente les dan eso: un nombre. Otras le dan mucho más: una
pequeña parte de su poder, su poder absoluto, y algunos hasta son escogidos
por una constelación. ¿Imaginas tener toda esa vastedad reclamándote en el
cielo?
»Las posibilidades son infinitas, Shaula. Ese mito sobre que ser un cosmo
es compartir alma con una estrella, viene de los archivos que se llevan sobre
cada cosmo registrado.
—Pero... ¿en qué me he equivocado?
—En teoría estás bien. En teoría. Simplemente no lo entiendes.
—Como se entiende el respirar. ¿A eso te refieres? ¿Tan natural es para ti?
El rey ignoró la pregunta y respondió lo que quiso.
–La mayoría de los cosmos, como especie, pueden comunicarse con su
poder. Imagina que es una segunda identidad dentro de ti que te aconseja, te
insta, te advierte, te reclama. Pero no es tu alma, es el fragmento de la
consciencia de un poder que va más allá de ti, pero que te ha escogido.
—O sea que sigues siendo tú pero con una vocecita en tu cabeza.
—A veces. Y no siempre es en tu cabeza, la mayoría de las veces no viene
de ahí, pero eso es demasiada información para desglosar ahora. Como
decía, hay casos de casos, y cada uno es único en sí mismo. Por ejemplo, las
reencarnaciones.
—¿Reencarnaciones? —Shaula se removió ansiosa, como si quisiera a
través la mesa e instar a su padre a explicar más rápido, temiendo que se
arrepintiera.
—Sí. Con el paso de los siglos han habido cosmos que portan un poder
repetido, un poder que estuvo antes en otro humano. Pongámonos a mí
como ejemplo hipotético.
—Hipotético, claro —repitió Shaula con una sonrisilla.
—Decía —retomó el rey—: hoy yo tengo un fragmento específico del
poder de Scorpius conmigo, el de la estrella Lesath. Es mi cosmo, la
compañía casi gemela de mi alma, que acabará por convertirse en mi
identidad y el acceso a todos mis recuerdos, a las sensaciones de mi piel a
lo largo de cada suceso de mi vida. Si en un futuro luego de mi muerte a
otra persona se le asigna ese mismo fragmento, tendrá acceso a todo lo que
fui. A absolutamente todo.
—Esa sí es una historia de terror.
—Coincido contigo, y pese a ello se cuenta como una historia romántica. El
idilio de compartir alma con el pasado de este reino.
—En ese caso no seré una persona muy romántica. A mí que me maten y a
mi consciencia conmigo, por favor.
—Continúo —siguió el padre, pues lo último que quería era tocar el tema
del romanticismo con su hija—. El último caso habitual del que tengo
conocimiento son aquellos humanos que, al ser escogidos por una estrella
de alta jerarquía, como Ara, son aniquilados, anulados, al punto en que solo
la consciencia de Ara vive dentro de ese cuerpo.
—Oh... Por eso se habla de que las estrellas una vez fueron humanos.
—Exactamente.
—¿Y está bien eso? ¿Adorar una deidad como Ara por haber aniquilado la
mente, el alma, de una persona para poseer su cuerpo?
—Te permito el cuestionamiento, Shaula, pero es irrelevante. A Ara se le
venera como el autor de la creación, no por lo que hizo en su paso en el
reino terrenal.
—De acuerdo —concedió ella—. De todos modos, tal vez le das demasiada
importancia a estos cuentos. Hablas de los cosmos como un hecho, estamos
aquí hablando de criaturas mágicas en lugar de discutir otros asuntos de
interés.
—Entiendo que si llamas cuento a la cosmología es porque no pudiste...
conseguirlo —aventuró su padre—. ¿Lo intentaste en Baham? ¿Intentaste
buscar tu poder en las estrellas?
—¿Es real?
—Tus hermanos. Tus tíos. Tu abuelo, y sus antepasados. Incluso algunos de
tus inútiles primos han sido elegidos por al menos una estrella de Scorpius
de generación en generación.
—¿Y tú no?
Lesath no contestó.
—¿No pudiste? —insistió su padre.
—No.
—Bien. Guarda eso —le dijo en relación al cristal.
—¿Para qué? ¿Cuál es su utilidad?
—Porque sino no podrás salir ninguna otra noche.
Shaula guardó silencio y miró a su padre sin expresión en los ojos.
Recordaba la oleada de calor que la alcanzó desde los tobillos hasta la
garganta al tragar el cristal, y algo así le sucedió entonces, algo que no tenía
nada que ver con el mineral, sino con la revelación de una eternidad de
mentiras.
Sí había un modo de salir a la noche de Ara. ¿Por qué recién le hablaban al
respecto?
—Es imperativo que entiendas que esto que te acabo de revelar es un
secreto...
—No me digas.
Su padre la fulminó con el ámbar de sus ojos y ella se sonrojó de vergüenza
por el arrebato.
—Un secreto peligroso, Shaula. Si cualquiera se entera de que lo he
compartido contigo, podrían inventar cualquier estupidez para enjuiciarme
y quitarme la corona. Así que aunque te vieran bajo la luz de la luna y te
abrieran el estómago y descubrieran el cristal dentro, tendrías que negar que
lo sabes por mí.
—Mis hermanos no son morfológicamente más capaces de resistir el frío,
¿no? Solo beben esta cosa.
—Cada noche.
Shaula asintió con ira.
—Lo describí por mi cuenta viendo a mis hermanos descuidados —inventó.
—Perfecto.
—Entonces nunca fue genética. Lo que hace a los hombres poder salir de
noche y a las mujeres no, no es cuestión de biología.
—No.
—¿Por qué? ¿Por qué ocultarnos este detalle? Quiero decir, ¿ya no tiene
suficiente tu género? ¿Era necesario también atribuirse como único el
derecho a la noche de la capital?
—Entiendo tu molestia, Shaula, y te agradezco por compartirla conmigo y
solo conmigo. Si quieres pensar como una damnificada, te lo respeto. Ve a
lamentarte junto a todas las demás que no hacen absolutamente nada más
que eso. Pero si quieres ser la pieza que me has dicho que naciste para ser,
piensa como parte de este engranaje y pregúntate el por qué de una manera
en que beneficie a la corona.
Shaula se calló y pasó en silencio lo que le pareció una vida.
—¿Se necesita salir de noche para descubrir si eres un cosmo? —le
preguntó a su padre al fin.
—Se necesita contacto directo con tu constelación.
—Lo que viene a ser básicamente la misma cosa.
—Sí, pero más específica.
—No quieren mujeres cosmos —concluyó Shaula—. Como estrategia
militar tiene sentido. Un revuelo de esposas inconformes es fácilmente
contenible, pero uno de igual número de ellas que tienen poderes dados por
las estrellas...
—Es una lógica válida.
—¿Pero cuál es la verdad?
—Yo no la tengo. Yo no creé estas doctrinas, al igual que el noventa y
nueve porciento de los reyes antes de mí. Tengo lo mismo que tú: intuición,
teorías.
—De todos modos no tiene sentido. Esta limitación solo aplica a la noche
de Ara. Y sí, la capital abarca un territorio vasto e intimidante, pero hay
otras regiones. ¿Qué hay de Hydra o de Baham, donde el sereno es
tolerable? ¿Ahí no importa si aparecen mujeres cosmos?
—Si la oportunidad de esta regulación se dio para Ara, tiene sentido que se
aprovechara de esta manera reduciendo significativamente el número de
posibles cosmos femeninos. De todos modos, repito: necesitas
comunicación directa con tu constelación para acceder al poder en ella y
descubrir si eres un cosmo. Observa este cielo... —Shaula no lo hizo, ella lo
conocía bien. Desde su primera noche en la capital, no había dejado de
admirar aquella inmensidad hecha de polvo violeta, escarcha blancas y
chispas doradas. Era como vivir bajo el ojo de un telescopio—. Nunca verás
en Baham o en Hydra esta cantidad de estrellas. La aparición de ciertas
constelaciones en otros cielos nocturnos es esporádica, casi una lotería. Las
probabilidades de que una persona esté todos los días de su vida buscando
en el cielo su constelación y esperando el momento de suerte, son: que esté
interesado en formarse como astrólogo, que sepa de la existencia de los
cosmos. Así que de todos modos es improbable encontrar demasiadas
mujeres cosmo fuera de Ara.
—¿Y qué hago yo aquí?
—Tú eres mi hija. Mujer, hombre o mascota. Me da igual. Eres un
escorpión, mereces el poder que el cielo dictó para ti.
—¿Y si no hay nada?
—Lo intentarás todos los días de tu vida. No es algo inmediato, necesitas
formar un vínculo con tu constelación. Esas cosas tienen temperamento y
personalidad. Incluso si te corresponde el poder de alguna estrella, si nunca
creas ese vínculo, o si simplemente no le agradas, pueden ser indiferentes a
tu llamado toda la vida.
—¿Cómo lo hago?
Lesath cerró los ojos e inspiró profundo. Al instante siguiente sus manos
quedaron rodeadas por un aura que parecía formada por una tormenta. Pero
su sombra... El negro se disolvió dando paso a un resplandor blanquecino.
Parecía la superficie de un mar lleno de anguilas eléctricas, rayos y chispas
recorrían la silueta de Lesath en el piso.
Shaula dejó toda su postura para correr y ver más de cerca la anomalía. Lo
redeaba y estudiaba de arriba a abajo dando rienda a su curiosidad, casi
deseaba tener un diario cerca para hacer anotaciones.
—Lo que ves en mis manos es solo una pequeña fracción de este cosmo —
explicó el rey moviendo los dedos brillantes—. El aura que envuelve mis
dedos debería cubrirme completo.
—¿Y por qué no...?
—Lo he dosificado a conveniencia. El resto está en la sombra. La última
vez que lo dejé que me consumiera completo... —Lesath forzó una sonrisa
—. No es una experiencia que quiera repetir a menos que nos enfrentemos a
la extinción del reino terrenal.
—¡Eres poderoso! —chilló Shaula, la niña, la hija, la que nunca pudo ser—.
¿Por qué no los matas a todos?
Lesath soltó algo entre risa y bufido.
—¿Por qué querría matarlos a todos?
—A todos tal vez no, pero... ¿No quisieras ser rey sin todas esas
regulaciones? Tu mano, el consejo, las asambleas, las leyes, los lores... La
Iglesia.
—Cuida tus palabras, Shaula Scorp.
—Estamos solos.
—Estamos bajo el escrutinio de las estrellas, no me parece un buen
panorama para blasfemar.
Ella se mordió la boca, y cabizbaja dijo:
—Lo lamento, padre.
—No lamentes nada y a practicar —dictaminó el rey dejando ir su cosmo y
señalando a Shaula la inmensidad del jardín que les esperaba.
~~~
Nota:
Este fue un capítulo que disfruté mucho de escribir, espero ustedes lo
hayan disfrutado también y me cuenten sus opiniones sobre cada
detalle que se les ocurra <3
24: Primera vez de una princesa
Isamar Merak no estaba dormida cuando Shaula llegó esa noche luego de
intentar hasta la salida del sol encontrar su cosmo en las estrellas.
Tampoco lo estuvo la siguiente.
Ni la siguiente.
Y siempre tenía un libro en la mano.
Shaula seguía incómoda con Isamar luego de lo ocurrido durante el baño.
Eso significaba que, como mecanismo de autoprotección, la trataba peor
que nunca.
Y como justificación, tenía los comentarios de Isamar Merak en el carruaje
de regreso al palacio. Ese aproximado de discusión le daba a Shaula una
excusa para su desprecio.
Pero esas madrugadas, no. Existía una especie de tregua en medio del
silencioso insomnio. Shaula no podía conciliar el sueño pensando en sus
erróneos intentos de hallar poder en las estrellas, y al parecer Isamar no
podía parar de leer, por lo que usaba la biblioteca de la princesa para
desvelarse junto a los personajes de aquellos libros.
La primera noche Isamar se excusó, interpuso unas disculpas a
regañadientes, y se perdió hacia los aposentos de las damas.
La segunda noche, se tardó un poco más de la cuenta en decir que ya estaba
por irse, porque no quería dejar el capítulo a medias.
La tercera noche Shaula le permitió quedarse.
La cuarta, le preguntó sobre su lectura.
—Terminé el libro anoche, majestad —le dijo Isamar a Shaula—. Hoy he
empezado algo de poesía. Es curiosa, pero... intensa.
—¿Qué es la poesía sino un montón de sentimientos inconexos derramados
en un papel? ¿Cómo se entiende algo así?
—Se siente, alteza. La poesía es de extremos. Si el verso es para ti,
conectará y se tatuará en tu alma; si no lo es, será como si ni siquiera lo
hubieses escuchado.
—Haces que quiero escuchar algo de todo eso que lees.
—Podría recitarle algo, alteza. Y ponerla en contexto para que lo entienda.
Shaula había estado entrenando antes de desvelarse en el jardín con intentos
fallidos, por lo que sus ropajes morados tenían esos entresijos en sus piernas
que convertían su falda en algo más práctico. Quitárselos por su cuenta era
un calvario.
—De acuerdo —dijo Shaula para sorpresa de sí misma—. Ayúdame a
quitarme esto mientras me recitas las locuras que lees, a ver si me
convence.
Isamar miró los pies de la princesa, torturados por sus tacones de oro, y fue
subiendo la vista por los entresijos de su traje violeta enredados desde los
tobillos hasta sus muslos.
—Siéntese, alteza.
Shaula tomó asiento en su sillón junto al ventanal, la intimidad de aquella
noche apenas empezando a ser interrumpida por el husmear del sol blanco
de la capital con su perezoso resplandor.
Isamar se sentó a su vez en la mesita contigua, dando un par de palmadas
sobre su regazo que la princesa no supo identificar.
—¿Te duele algo, Isma? —inquirió la princesa.
—Alteza, usted falla tanto en recordar mi nombre que a veces siento que
debo hacer algo drástico para que jamás pueda olvidarlo.
—¿Más drástico que la constancia y eficacia con la que acabas con mi
paciencia?
—Mucho más.
La princesa Shaula no contestó a eso y aunque le preguntaran el por qué,
ella no tendría respuesta, simplemente sintió temor a las ideas de su
descarada dama.
—¿Me permite su pie, princesa? —preguntó la dama estirando sus manos
hacia Shaula.
—Me preparan para cuando pidan mi mano, no mi pie —dijo Shaula y de
inmediato se sintió la persona más estúpida del reino. Si eso había
pretendido ser una broma, había resultado lamentable y le daba una
apariencia patética a quien se suponía era la encarnación de la perfección.
Agradecida de tener la tela en su rostro para disimular el sonrojo, Shaula
estiró su larga pierna hasta que Isamar la alcanzó.
Con una mano la dama tomó el tobillo de Shaula, y con la otra, tan delicada
como bien merece ser tocada una princesa, sostuvo la pantorrilla mientras la
dirigía hasta dejar el tacón sobre su regazo.
—¿Por qué se ha escapado esta noche, princesa? —intentó dócilmente
Isamar, pues suponía que aquella tirana no le permitiría el paso hacia sus
secretos.
Shaula la miró a la cara. Era una pequeña princesita jugando a ser adulta,
buscando abrirse paso entre la política de una monarquía que quería
recluirla al puesto de cualquier mujer; sus amigas quedaron en Baham, su
madre en el sepulcro y sus hermanos uno tan condenado como el otro,
aunque en contextos diferentes. No había una relación estrecha con su
padre, solo una brecha con el tamaño del lago de Deneb, lo único que tenía
más allá de las metas tan claras en su mente, era a esas insulsas damas que
para poco servían.
Pero Isamar Merak esa noche no tenía que ser su pupila o sirviente, no tenía
que ser nadie. Podía ser la personificación de la nada con la que Shaula
solía conversar, fingiendo que era un ser omnipotente que escuchaba y,
eventualmente, respondería.
—¿Por qué te escapas tú, lady Isma? Di lo que quieras, pero nadie que viva
con la cabeza entre libros debe estar tan a gusto con su entorno.
—¿Qué mujer puede estar a gusto con este entorno, princesa, salvo tal vez
usted misma?
—No entiendo por qué creí que de tu boca podía salir algo más que
sandeces.
—No entiendo por qué si le molesta tanto lo que sale de mi boca, sigue
recurriendo a ello.
Shaula tensó su mandíbula, y algo en sus ojos refulgió con el veneno del
escorpión. Isamar no estaba acostumbrada a eso, nadie podría
acostumbrarse a algo así, por lo que guardó sus comentarios, agachó la cara
y llevó sus dedos a la atadura de las cintas en el tobillo de la princesa.
Isamar entornó los ojos al notar cómo se tensaba la princesa. Como si sus
dedos tuvieran estática, apenas rozaron parte de la piel de Shaula y varios
músculos en sus piernas se pasmaron.
—¿Le he hecho daño, princesa? —murmuró Isamar quien, habiendo
desatado el primer nudo, se dedicaba a deshacer el tejido en las piernas de
la princesa.
—Tienes los dedos helados —contestó Shaula en justificación casi
despectiva.
—Lo lamento, deme un momento.
Isamar dejó lo que hacía por un momento. Juntó sus manos y las llevó a su
boca para soplar entre ellas hasta infundirlas de calor.
Una vez estuvo convencida de que su temperatura era más agradable, las
llevó a la pierna de la princesa hasta donde la había desnudado y la sostuvo.
Alzó la mirada hacia su alteza, que parecía padecer en medio de algo que
Isamar no comprendía.
—¿Siguen frías? —preguntó su dama—. ¿O se sienten mejor?
—Yo... supongo que están bien así.
—De acuerdo. —Isamar sonrió complacida y avanzó con la tarea de ayudar
a su princesa.
Cuando Isamar Merak terminó de deshacer los entresijos de esa primera
pierna, pidió a la princesa la otra, quien se la entregó esta vez por su cuenta,
estirándola hasta clavar el tacón entre su falda sin dejar de verla directo a
los ojos, como si quisiera recordarle a su dama que su lugar siempre estaría
ahí, junto a la suela de su zapato.
—¿Ha oído la historia de Sshezarà y Melesavih?
—Apenas y entiendo que esos galamatías que pronunciaste son nombres.
—El libro de poesía que estoy leyendo hace muchas referencias a ellos,
princesa —explicó Isamar—. Entenderá bastante poco si no le explico
quiénes son.
—Adelante, cuéntame.
—Sshezarà era un plebeyo cualquiera, Melesavih una reina, en ese
contexto, son símiles al poeta que estoy leyendo y su musa, o así da a
entender los versos que he leído. Sshezarà y Melesavih son el mayor
referente literario de amor prohibido, imposible y trágico.
—¿Y tú leíste su historia completa, o solo ese poemario que la referencia?
—Toda su historia, alteza. En distintas adaptaciones.
Isamar se levantó y fue detrás de su princesa, quien ya se ponía de pie para
permitirle progresar destrabando el vestido, ahora desde la espalda.
—Si son el mayor referente literario de tragedia, y tú lees tanto, ¿no debías
ya saber que era una historia sin final feliz?
—Lo sabía, sí.
—E incluso así, la leíste.
—Yo diría más que la devoré con vehemencia.
—¿Por qué torturarte así? Si quieres escapar de una realidad que no te
convence, ¿por qué inmersarte en una que duele?
—Si empiezo la historia y no conecta conmigo, no me dolerá su final y no
habré perdido nada. Pero si conectamos, aunque sé que el fin va a
destruirme... vale toda la pena del mundo. Porque habré experimentado, en
carne viva y a corazón abierto, sensaciones que mi insignificante realidad
no podrá emular. De eso se trata la vida. Vale la pena sufrir cuando es el
precio por sentir tanto.
Shaula rio por lo bajo. Le hacía gracia la desmesura del masoquismo de su
dama, una actitud que no podía comprender y que le sonaba a locura.
Aunque en el fondo... Shaula ya sufría, ¿había mucha diferencia en intentar
sentir algo que valiera la pena, aunque su fin llegara a ser destructivo?
De todos modos, respondió:
—En lo que a mí respecta, tú estás loca.
—¿Y si la convenzo? —cuestionó Isamar con las manos sobre la cadera de
su princesa, pero sin hacer nada ahí por el momento.
—¿De qué exactamente?
—"Esta noche —recitó en un susurró a su espalda— habría escrito lo que
Sshezarà a Melesavih. Entiendo ahora que existen los viajes a través del
alma, pues ellos robaron de alguna forma el sentir de la mía al verte, y los
vertieron en una novela qué comercializar."
Sacó la falda de su cadera, descubriendo todo ese volumen de huesos
marcados y piel desnuda. Sus manos deslizaron la tela por esa curva, con
los nudillos rozando suavidad piernas abajo hasta llegar a los tacones.
—"Mis versos no están en venta, reina mía —siguió recitando Isamar—.
Solo sus oídos lo oirán, porque son solo sus vellos los que deseo ver
levantarse como Fénix en aquella piel que creías muerta."
La dama sonrío al notar que los vellos de la princesa habían reaccionado al
poema. Postrada mientras desataba los brazaletes que ataban los tacones de
la princesa, Isamar se atrevió a acercar su mejilla para sentir el roce como
un pestañeo.
—Se ha erizado, su alteza. ¿Quiere decir que la gusta la poesía?
—No me gusta la poesía —dijo la princesa como enajenada, sus ojos fijos
en el ventanal donde ya se acercaban los colibríes albinos—. Me gustó esta
pieza en particular.
—Catar era un increíble poeta.
—No es Catar —pero ella no insistió en su aclaratoria—. ¿Alguien me dirá
esas cosas algún día?
—Yo acabo de decírselas, princesa —dijo la dama, parándose al frente de
Shaula para quitarle el collar.
—Rectificaré: ¿alguien compondrá versos similares conmigo como musa?
Estaban demasiado cerca, pues Isamar rodeó su cuello para desabrochar el
collar en su nuca. Incluso al apartarlo de sus clavículas, dejando el pecho de
la princesa en completa desnudez, no dejó de mirarla.
—Alguien lo hará, alteza. Cuando cumpla con su deber y se case, sin duda
él la amará lo suficiente para componerle no un verso, sino toda una
antología de poemas en su honor. No merece menos.
La dama le dio la espalda a la princesa para dejar el collar en el aparador.
Cuando volvió a quitar sus aretes, estaba tan cerca de su oído que su
respiración estaba en un obsceno contacto por el que muchos habrían sido
decapitados.
—No creo que pueda gustarle a mi esposo —confesó Shaula. Isamar no
supo si sonaba cortante o entristecida.
—Lo que yo no creo es que exista alguien a quien no pueda gustarle.
Shaula miró el perfil de su dama, sus ojos hicieron contacto por un instante,
y en ese momento su corazón jadeó, cobarde, y obligó a su cerebro a
ordenar la huida de aquel contacto visual.
«Has entendido eso demasiado mal».
—Me refiero a... —Shaula suspiró—. Seré una transacción para él.
Conmigo conseguirá tierras, castillo y la sangre Scorp en su descendencia.
Estará más preocupado por mi fertilidad que por edulcorar mis oídos con
algo de sosa poesía.
—Supongo que así será para todas. Pero es nuestro deber. En especial el
suyo como princesa. A su marido le preocupará que no pueda darle hijos.
Shaula se mordió el labio y restringió tras ese gesto todas sus objeciones.
Isamar la condujo de pie junto al espejo para poder peinarla. Shaula se
miró, y empezó a pesarle la consciencia de estar por completo desnuda.
Tenía sus pezones erectos, y no sentía un gran frío que lo justificara.
Al alzar la vista, se consiguió con la de la dama que por un momento se
había distraído de su labor.
—¿Me dolerá? —preguntó entonces la princesa.
—¿Qué cosa? —contestó la dama y se marchó a buscar un camisón de lino
para su princesa.
Cuando Isamar volvió, ayudó a Shaula a pasar sus brazos por las mangas.
—Cuando deba cumplir con mi deber para con mi marido.
Shaula lo dijo con la demanda de una reina. Era una pregunta peligrosa,
pues sugería que o bien su dama sabía demasiado porque se había
informado mucho, o porque lo había experimentado sin la bendición de Ara
bajo sagrado matrimonio.
—No mucho, su alteza —contestó con cautela Isamar, y a Shaula no le pasó
desapercibido que le temblaban las manos—. No si practica.
—¿Cómo...? —Shaula tragó en seco—. ¿Cómo puedo practicar?
—Yo... —La dama parecía conflictuada—. No sabría cómo explicarlo en
palabras, alteza.
—Bien. Entonces muéstrame.
—¿Es eso una orden?
—Todo en mi boca debe ser una orden para ti, Isamar Merak.
La dama asintió, atemorizada más que agradecida porque la princesa había
dicho correctamente su nombre y apellido.
—Puedo mostrarle, y no me opondré a hacerlo, pero es una cuestión de...
confianza. Y usted no confía en mí.
Shaula la escrutó mientras digería sus palabras, pero no le dio tregua ni
corrigió el asunto de la desconfianza, solo preguntó:
—¿Debo acostarme?
—Preferiblemente. Acostada es como lo hacen las esposas, para... lo demás,
están las vendidas.
Shaula asintió y se acostó.
Isamar Merak por un instante quedó pasmada. Tenía a la mujer más
importante del reino tirada en su cama, solo cubierta por un camisón,
esperando por ella, por una explicación que podría mandarla a la horca. Y
no sintió miedo.
Le intimidaba mucho la princesa escorpión, pero también quería
desquitarse. Y ahí la tenía, voluble a su merced, nerviosa con la piel erizada
y las piernas entreabiertas esperando por la dama que profesaba detestar.
Isamar se acuestó sobre la princesa, pero no como un amante, como si
quisiera montarla. Se sentó sobre sus caderas, apartó el camisón hasta
desnudar su vientre, y entonces se aferró a los prominentes huesos.
—¿Debo subir más el camisón? —preguntó Shaula casi sin voz. La dama
de piel de trigo y trenza salvaje se veía como una monarca sobre ella, y no
al contrario.
—No, alteza. Él querrá ver los senos de su vendida, no los suyos. Tal vez si
la viera completa... —Metió la mano hasta bien arriba en el abdomen y la
volvió a sacar, sin mirar nada más que esos dedos y lo que tocaban—. Es
posible que no quiera volver a tocar a nadie más que a usted. Es un peligro
para él, quien será un hombre honrado y devoto. No mancillaría su cuerpo
con lujuria.
—Entonces... ¿qué haría conmigo?
La dama llevó la mano hacia atrás. No veía lo que hacía, pero estaba en
primera fila para las reacciones de la princesa, para el horror nervioso que
imperó en ella cuando los dedos estuvieron rozando su entrepierna.
—Yo, yo... Lo siento. —Shaula se removió y tapó su rostro un instante,
pero enseguida se recompuso—. No tienes que parar, solo... Creo que me
está bajando algo parecido a mi periodo, y no lo entiendo. Me disculpo si te
da asco.
—¿La princesa de los escorpiones se disculpa con la plebeya que le sirve?
—No juegues con tu suerte, Isma.
Isamar contuvo las ganas de sonreír.
—Eso no es su periodo, alteza —dijo Isamar moviendo la mano más cerca
del charco de humedad—. Es lo que produce su cuerpo para ayudar a que su
marido pueda entrar.
—¿Me pondré así cada vez que él vaya a usarme?
—No, por desgracia. Se pondrá así siempre que desee que alguien... "la
use".
Shaula frunció el ceño, confundida.
—Si se pone nerviosa con su marido o él no hace bien su trabajo, es posible
que su cuerpo no lubrique de esta... —Isamar empezó a trazar círculos con
sus dedos en la entrepierna de Shaula, resbaladizos por la gran humedad
—... manera.
Shaula se removió debajo de su dama, pero esa vez no parecía por temor.
Daba la impresión de que quería huirle a su mano, precisamente porque no
quería que dejara de tocarla.
—¿Está bien, princesa?
—Sigue, por favor. Tengo que aprender.
—Desconecte un poco su cerebro de esa imposición, sino esta práctica no
servirá de mucho.
Shaula asintió, y pretendió decir algo, pero entonces el dedo de Isamar
sobre su intimidad tocó un punto que atoró esas palabras en su garganta, y
las dejó salir luego a modo de quejido.
—¿Duele? —preguntó Isamar.
—No entiendo lo que siento, pero no es dolor. ¿Será así con él?
Isamar movió su dedo otra vez sobre ese punto determinante, esta vez con
una presión más descarada mientras miraba a su princesa a la cara, como si
quisiera recordarle quién se lo estaba causando.
—No será así con nadie —determinó Isamar Merak en un tono que hizo a
Shaula sentir que los roles habían cambiado.
—¿Qué hará él?
—Llenarle el vientre de hijos.
—¿Y cómo llegará hasta ahí?
Isamar apartó los dedos de la entrepierna de Shaula y los llevó a sus labios,
donde empezó a rozarlos, como si quisiera humectarlos con los fluidos de la
princesa.
A Shaula le dio mucha vergüenza lo que veía, le dieron ganas de llorar de
solo pensar en lo desagradable que debía ser ese sabor que había salido de
ella.
—¿Eso...?
—Ya entenderá, alteza —dijo Isamar metiéndose el dedo a la boca y
empapándolo de su propia saliva—. Esto es algo que me ayudará a no
lastimarla. Quiero ser muy cuidadosa con su primera vez.
—¿Y no sabe mal?
Isamar sonrió sonrojada, lo que a Shaula lo quitó parte de su incomodidad,
recordando que su dama también era humana.
Isamar no respondió la pregunta y llevó la mano a la entrepierna de Shaula.
Ubicó el dedo húmedo en su entrada, y comenzó a empujar hacia adentro
apenas la punta, ayudada por esa humedad.
—¿Princesa?
—Se siente... —Shaula arqueó la espalda a medida que el dedo iba entrando
más—. Es como una gran presión en toda mi parte baja, y mientras más
empujas... No entiendo nada. ¿Duele en algún punto?
—Esto es una práctica, no tiene por qué doler. Yo tengo la paciencia que a
él le faltará.
—No me duele, Isamar, sigue.
Isamar lo terminó de meter haciendo a Shaula abrir los ojos desconcertada.
Isamar sonrió, mordiendo su labio para que no se notara tanto, y empezó a
sacar el dedo hasta casi la punta, deleitada con la manera en que las caderas
de Shaula buscaban justo lo contrario, como pidiendo que no lo saque.
—¿Todo bien, princesa? —cuestionó Isamar volviendo a meter el dedo de
un modo que sacó un jadeo a Shaula como respuesta.
—¿Como lo sientes tú, estando dentro de mí?
—Sus paredes internas están tan estrechas que aprietan, es como si no
quisieran que saliera de ahí.
—¿Entrará mi marido así?
—No, no con esta dilatación. Dolerá su primera vez, pero puede seguir
practicando.
—¿Qué otras formas de practicar hay?
—Podría meter otro dedo. ¿Quiere que lo haga?
Ese "quiere" en la oración era un peligro, un arma de doble filo que la
princesa supo debía esquivar. Ella no estaba en esa situación por ningún
asunto de "querer", importaba únicamente lo que necesitara.
—Si piensas que ayudará y que es necesario... entonces, sí, puedes meterlo.
Isamar sacó casi al completo el dedo que ya tenía dentro, y acercó otro para
acompañarlo. Estaba tan mojada, y seguía derramando fluidos, que ese
segundo dedo entró bien recibido, apenas haciendo algo de presión.
La espalda de Shaula se arqueó en cuanto tuvo los dos adentro en su
totalidad.
—No sé por qué temí tanto —murmuró la princesa casi sin poder hablar,
pues su respiración estaba contenida intentando resistir las sensaciones que
generaban los dedos de Isamar entrando y saliendo—. Si va a sentirse así,
entonces no es tan malo.
—El problema es que ellos nunca lo hacen así. Las cosas que mejor se
sienten tenemos que hacérnosla nosotras mismas.
La dama hizo un gesto como de embestida, sujeta a su cadera, moviendo
sus dedos dentro de ella. Shaula se mordió la boca, pero soportó el dolor
por lo bien acompañado que iba del placer. Esa salvaje dama penetrándola
con sus dedos se veía... Shaula no sabía cómo definir esa imagen, solo
dudaba que su marido pudiera verse así.
—¿Cómo lo hará él, entonces? —preguntó Shaula.
—No durará mucho —explicó Isamar, moviendo sus caderas encima de ella
en un ritmo serpenteante que a Shaula la hipnotizó mucho más que el juego
de los dedos dentro de ella.
Dudaba que su marido, o que nadie en todo el reino, pudiera igualar ese
movimiento.
—Seguirán un par de embestidas apremiantes y él llegará a la cumbre de su
placer, derramando dentro su semilla.
Isamar sacó los dedos de dentro de la princesa y, húmedos como estaban,
los pasó por sobre su vientre.
—Solo así, él habrá puesto sus hijos dentro de ti.
—¿Cómo...? ¿Cómo se llega a esa cumbre?
—Es diferente en nosotras —contestó Isamar con una sonrisa extraña.
—¿Cómo? ¿Cómo me llevará él a ese punto?
Isamar ladeó los labios en una mueca.
—Él no lo hará para usted, no es su deber. Algunos ni siquiera saben cómo,
creen que disfrutamos cosas que no están ni cerca de esa cumbre.
—¿Tú has llegado ahí?
La dama se mordió los labios, y Shaula sintió que su interior se contraía al
verla.
—No sé si...
—Necesito saberlo.
—¿Es su orden como mi princesa?
—Es una petición —susurró Shaula, perdida en el movimiento de sus labios
al relamerse—. Como tu amiga.
Isamar asintió.
—He llegado a esa cumbre, sí. Pero por mí misma.
—Llévame a ella. —Shaula se dio cuenta de que lo dijo demasiado
desesperada y trató de rectificar abriendo la boca, pero ninguna otra palabra
salió.
Entonces Isamar volvió su mano a la entrepierna de la princesa y tocó el
punto de antes, presionando on su pulgar. Shaula sintió que toda una
constelación brillaba para ella en ese fogonazo de oscuridad que la arrasó
entonces.
Isamar siguió tocando y a medida que la recorría, humectando sus pliegues
con sus propios fluidos, fue como si escribiera el lenguaje de su cuerpo,
creando arpegios de una sonata de placer que la estaba poseyendo en un
ritmo in crescendo.
Isamar volvió a la entrada de la princesa, introdujo un dedo y se mordió a sí
misma al escuchar ese ruido insano que escapaba de los labios de la
princesa escorpión.
Isamar metió otro dedo, y luego sacó ambos, mostrando a Shaula lo
empapados que estaban.
—Generalmente esto significa que estás lista para él —murmuró—. Pero
cuando estás sola, significa que estás lista para ti misma.
Isamar volvió su mano a la entrepierna de Shaula y se deslizó de abajo
hacia arriba, separando los pliegues, resbalando en sus fluidos y rozando de
vez en cuando ese punto que se había convertido en el área favorita de
Shaula.
Cuando se detuvo, la princesa la miró desconcertada.
—Seguiría así, pero es algo que puede hacer sin mi ayuda.
Isamar se bajó de encima de la princesa y se sentó en el borde de la cama.
—¿Isamar? —preguntó Shaula desorientada por la situación.
—Ya veo lo que hacía falta para que recordara mi nombre, alteza.
Shaula se avergonzó de sí misma al procesar esas palabras. Había olvidado
absolutamente todo, incluido el odio que solía profesar por su irreverente
dama, durante esa insólita velada.
Isamar alzó la falda de su propio vestido hasta desnudar sus piernas, y
entonces llamó a Shaula.
—Venga aquí, princesa.
Shaula no entendía nada, pero de todos modos se acercó y se sentó a su
lado.
—No, no así. Encima.
—¿Encima de qué sirios?
Isamar sonrió con ternura y tomó la mano de su princesa, esa que la
detestaba, esa que había hecho de su estadía un suplicio, esa que podía
decidir ejecutarla al mínimo desliz, y la condujo hasta tenerla de pie al
frente.
Separó las piernas de la princesa mientras la miraba a la cara, quería todo
eso para sí: los nervios, la incertidumbre, la desorientación. Todo eso le
pertenecía, y no quería ni desperdiciarlo ni compartirlo.
Puso sus manos en las caderas de Shaula y con delicadeza empujó hacia sí
hasta que tuvo su pierna entre las suyas.
—Ahora sí, alteza: siéntese.
La princesa obedeció y en sus ojos estalló el desconcierto cuando su
intimidad, tan llena de fluidos que se resbalaba, hizo contacto con la pierna
de Isamar.
—Hoy no está sola, princesa —le dijo Isamar presionando las manos en los
glúteos de Shaula, lo que por consiguiente creaba más presión en la
intimidad de Shaula.
—¿Qué... qué hago?
Isamar miró a su princesa. Casi le suplicaba en una mirada, le pedía
comprensión, paciencia y tantas otras cosas que la doncella solo pudo
pensar en que no quería que nadie más la viera así de vulnerable nunca.
—Muévase.
Pero Shaula negó, nerviosa y cohibida.
—Solo... —Isamar la ayudó con las manos en su trasero, la deslizó hacia
adelante hasta que quedó casi pegada a su torso.
Shaula jadeó, y se aferró al cuello de su doncella como si temiera caerse.
Era todo ese vértigo que la tenía atemorizada, y solo estaba ahí Isamar para
sostenerla.
—¿Estuvo mal?
—No.
—Princesa, me asusta el poder que tiene. Si hago algo mal...
—No has hecho nada mal.
—¿Y si lo hago?
—Te recordaré las cosas buenas que hiciste, y te pediré que las repitas.
Isamar abrió los ojos impactada por esas palabras. La misma Shaula no
podía creer haberlas pronunciado, así que no dio cabida a una conversación
que partiera de ellas.
Probó a moverse por sí misma sobre la pierna de su dama, entonces en
retroceso.
—Lo hace bien, porque parece que le gusta —dijo la dama, que sentía el
movimiento con sus manos en las caderas de la princesa—. Debe descubrir
cuánto, cómo y a qué ritmo. Y llegará.
—¿Cómo sabré si he llegado?
—Lo sabrá, alteza. No se detenga hasta entonces.
Shaula siguió montando la pierna de Isamar, al comienzo como cohibida,
pronto cobrando más confianza. Se deslizaba fácil y estimulaba todos los
puntos a la vez. Pronto fue aumentando las repeticiones y la presión, porque
mientras más se complacía, más placer añoraba. Estaba sintiendo cosas que
tenían prohibidas todas las mujeres en su posición, y no parecía algo por lo
que tuviera que arrepentirse.
Y las manos de Isamar en sus caderas... ¿Era su dama la acarreante, la
culpable, la que podía darle más si lo ameritaba? ¿O solo le había abierto
los ojos a una estipulación que no tenía nada que ver con ella?
Shaula no podía razonar en un momento así. No quería hacerlo.
Simplemente siguió y siguió hasta que...
Los golpes en la puerta de la habitación las alarmó a ambas. Con una
mirada de espanto, Shaula se alejó de Isamar y recibió de golpe la claridad
de todo lo que había hecho.
Y tuvo miedo, solo acompañado por el asco hacia sí misma.
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Nota:
Este capítulo estuvo intenso, ¿verdad? ¿Qué les pareció a ustedes?
¿Qué opinan de Isamar y Shaula y esta escena que recién tuvieron
juntas?
¿Les incomodan las escenas +18, sienten que estuvo buena esta o les fue
indiferente?
¿Qué creen que se va a venir a partir de ahora en esta historia?
25: Al calor de nuestros cuerpos
Capítulo dedicado a booksshot por los hermosos edits que ha hecho en
Instagram para esta historia ♡
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La princesa Shaula no tuvo problemas esa mañana al ser descubierta con
Isamar Merak, tal vez porque no estaban en una situación más
comprometedora, tal vez porque ninguna imaginación vuela tanto como
para imaginar tal grado de perversión entre dos mujeres, aunque fueran
encontradas solas con una de ellas estuviese apenas vestida.
Perversión
» era una de esas palabras de impacto, acompañada de otras como herejía,
desviación y condena, que atormentaron la consciencia de Shaula Scorp las
semanas siguientes.
Se aferraba a la tranquilidad de entender el trasfondo por el que había
recurrido a replicar con Isamar actos exclusivos de una vendida para
complacer a su dueño, o bien de las esposas una vez el marido ha decidido
que necesita descendencia.
Y pese a ello dicha salvedad dejaba mucho trecho a otros temores. ¿Y si
alguien más se enteraba? Tergiversaría la situación por completo, tal vez
asumiría —y alegaría con tal de verla condenada— que la princesa había
recurrido a las manos de su doncella por alguna especie de alevosía, por una
desviación enfermiza en sus fantasías, por un defecto en su manera de
desear y sentir que la inclinaba a esa clase de aberraciones.
No entenderían. No entenderían que Shaula hizo lo que tenía que hacer para
tomar armas y ganarle un duelo al miedo y desconocimiento, para ganar
algo de control en esa situación para la que no dejaban de repetirle que
había nacido, para evitarse un dolor futuro.
Tergiversarían todo dados sus medios, cuando la realidad era que la
princesa de los escorpiones detestaba a la doncella Isamar Merak y jamás
podría experimentar hacia su persona ningún aproximado al agrado; odiaba
a todo aquello que salía de su boca, a su irreverencia, imprudencia e
impertinencia; si pudiera, la haría ejecutar solo por lo mucho que colmaba
su paciencia y si había aceptado su ayuda era porque resultó ser la única
con el conocimiento y la disposición, además de que Shaula se sentía
capacitada para garantizar la discreción de alguien tan abrazada por su
poder como lo era su dama.
Y, de nuevo, eso no calmaba sus nervios.
La culpa, aunque discreta, la acompañaba todas las tardes como una
taquicardia luego de una dieta abusiva y descontrolada.
Así que Shaula se metió más de lleno a la iglesia, asistiendo en las
mañanas, atendiendo obras benéficas al atardecer y cubriéndose en
plegarias cada noche antes de dormir.
Era un alivio que Isamar no intentara hablarle más de lo necesario, que
jamás mencionara lo sucedido y que ni siquiera hubieran coincidido a solas.
La princesa pensaba que su doncella vivía su propia batalla mental, dando
el espacio a Shaula para que asimilara el susto, para que se adecuara a esas
nuevas circunstancias en las que ambas parecían cómplices de un secreto
peligroso.
Shaula no quería eso. La distancia, la falta de discusiones o de ataques por
parte de Isamar, daba la impresión de que había cambios, y con lo paranoica
que se sentía, lo menos que deseaba era que en su entorno advirtieran esos
cambios y los relacionaran con
esa
noche.
—A levantarse, sabandija —atronó la preparadora abriendo las cortinas de
la recámara de la princesa.
Las damas entraron inmediatamente detrás, deshaciendo la cama para
volver a tenderla apenas la princesa se levantara, acercando el calzado a sus
pies y llevándola al baño para lavar su rostro y dientes previo al desayuno.
Cada una fue por una bandeja con el menú matutino, y se sentaron
alrededor de una mesita acogedora para comer las tres damas y la princesa
con la supervisión de la preparadora.
Altair, Jabbah e incluso Isamar Merak se veían más radiantes que en
cualquier otra mañana de labor que la princesa recordara. Mientras que
Shaula solo podía pensar en que le faltaban al menos unas dos horas de
sueño para completar la curva de tan siquiera una sonrisa amable.
Lady Altair, la mayor de las hermanas Merak, colocaba un cuenco de fruta
más cerca del alcance de su alteza justo al preguntarle:
—¿Cómo se encuentra esta mañana, princesa?
—Con una brújula, o un mapa, ¿y tú, Altair?
Con ello la princesa dejó claro que no tenía intención alguna de socializar
luego de la abrupta interrupción de su descanso.
—Veo que su humor resplandece hoy con la gracia del sol en Antlia, su
alteza —comentó Isamar con sátira.
—Y yo advierto que, por otro lado, usted ha amanecido con la idea,
errónea, por supuesto, de que me interesa su opinión.
—Ha sido una broma, alteza, no una opinión. Tenga —dijo Isamar
extendiendo la vasija de la miel— para que no se amargue.
—Entiendo, eres de despilfarrar bromas cuando tu princesa no te las exige.
—La obediencia es mi más grande carencia, princesa.
—Y el perdón, la mía.
—Se confunde usted, pues no le he pedido que me disculpe en nada.
—Isamar —regañó su hermana mayor—. Perdónela, alteza. Hoy está en
esos días del ciclo donde el humor es voluble y su lengua un peligro.
—Me parece poco creíble que exista un día del ciclo en que la lengua de su
hermana no sea un peligro, lady Altair.
—Créame cuando le digo, alteza, que todavía no conoce los peligros de mi
lengua —murmuró Isamar. Y aunque todas pudieron escucharla, ninguna
dio la impresión de interpretar sus palabras más que como una amenaza
ofensiva.
Menos Shaula.
Ella misma no entendía lo que intentaba expresar Isamar con ese
comentario, pero si era una insinuación de algún tipo... la mataría. Por Dibu
y sus demás serpientes que la ahorcaría con sus propias manos.
La princesa perdió todo interés en el diálogo, cegada por el calor de sus
mejillas, atemorizada por la posibilidad de que alguien advirtiera su extraña
actitud, enojada por haberse dejado intimidar por la desvergonzada doncella
que llegó a su vida para jugar con su tolerancia.
Se enfrascó en el desayuno tan variopinto hecho de huevos, frutos,
ensalada, cortes de distintos tipos de panes, proteína y diferentes elixires
para untar.
Mientras se comía un emparedado improvisado con todo a su disposición,
Shaula Scorp comenzó a sentir un calor nacer detrás de sus orejas, era tal
que podía jurar que se trataba del resplandor de los recuerdos de la otra
noche, quemando al contacto con su piel.
Intentó ahuyentarlo; intentó no pensar en cómo se veía Isamar sentada sobre
su vientre, meneando sus caderas como si quisiera hechizarla, lamiendo de
sus labios el sabor de lo que había entre las piernas de Shaula...
Shaula se apresuró a beber todo su jugo, pero mientras lo tragaba, sintió un
escalofrío que delató su inquietud delante de las demás.
—¿Todo bien, alteza? —cuestionó Altair.
Shaula asintió, pues no confiaba en su voz para dar una respuesta verbal. Su
vista se fue en busca de la culpable de sus desvaríos, y lo que vio no la
ayudó a serenarse.
Isamar deslizaba la punta de sus dedos sobre la brillante superficie de su
cuenco de mermelada. Eran los mismos dedos que una vez se habían
desplazado con aquella delicada paciencia entre las piernas de la princesa.
Shaula movió el cuello al sentir el picor del sudor en su nuca. Esperaba que
nadie más lo advirtiera, o que realmente hiciera tanto calor como para
justificarlo.
Isamar seguía acariciando la mermelada como distraída, inocente a lo que
estaba ocurriendo en el bajo estómago de la princesa. Un nudo se formó
entre las piernas de Shaula, uno que solo aquella doncella tenía la maestría
para desatarlo. Ni siquiera la princesa se atrevería a tocarse a sí misma, pero
Isamar... ya había demostrado que podía.
Shaula quería saltar hacia su doncella y quitarle el brazo para que no
pudiera continuar con lo que hacía, era un deseo violento dentro de sí. Pero
se contuvo, sin dejar de ver lo que su dama hacía mientras las demás
charlaban indiferente a lo que estaba pasando frente a sus ojos.
Isamar fue hundiendo sus dedos en la mermelada, y Shaula contuvo la
respiración. Esa había hecho con ella, y aunque se forzó a olvidarlo,
realmente tenía el recuerdo de esa sensación quemando en su intimidad.
La dama sacó un hilo pegajoso de mermelada y lo untó sobre el pan,
desplazando sus dedos por toda la superficie como si la acariciara, como
realmente había acariciado a Shaula, restregando la humedad entre sus
piernas.
Cuando Isamar termina, ni siquiera procede directo a comerse el pan. Lleva
los dedos a sus labios y chupa el resto de la mermelada sin ningún rastro de
alevosía, pero para la princesa eso es determinante al ataque en su corazón,
que estalla cuando su doncella la mira a los ojos y los entorna, como si
realmente no entendiera qué era lo que hacía mal.
—Será mejor que termine de comer hoy, princesa —apuró lady Briane, la
preparadora. Fue una suerte para Shaula, como una alerta estridente que la
arrastró de nuevo a la realidad—. ¿Cree que la levanté con esta premura
porque estaba necesitada de verla? Su padre quiere que asista a una fiesta
del té con unas mujeres de la corte, para que salvaguarde las relaciones
sociales de la corona para con el reino.
—¿Y en qué aporta que yo tome té con estas mujeres?
—Todas quieren comer con la princesa. Si algunas pocas lo logran, las
demás mantienen la esperanza. Cada sonrisa que dé, princesa, es política.
—Comprendo.
Shaula se levantó, dejando su desayuno a medio comer, y avisó que prefería
empezar con todo el proceso de arreglarse de inmediato.
~°☆°~
Los jardines de Andrómeda era una de las atracciones de flora y
arquitectura más alabadas de la capital de Áragog ubicada en el corazón de
los terrenos del palacio.
Era el punto de encuentro entre la princesa, sus damas y las mujeres con las
que su padre quería que socializara.
Pidió a la preparadora que la pusiera en contexto para no llegar
desinformada a la reunión, y hasta donde había entendido, una de ellas era
lady Dubeh Adenfort, y la otra era la señorita Cordelia Amas.
Dubeh era esposa de un barón importante, y Cordelia hija de uno. Lo que
las hacía por completo distintas era que Dubeh seguía siendo noble, su
matrimonio la hizo escalar un peldaño más alto de aquel en el que había
nacido; Cordelia en cambio tenía otras hermanas, y dada las leyes de
Áragog, le tocó la mala suerte de ser la hija que se entrega para cubrir la
demanda de esposas entre la prole —ya que las vendidas no tienen
permitido casarse—. Cordelia perdió su estatus, y con él su derecho a
conservar sus hijas.
Recientemente Cordelia había tenido su primer parto, donde por desgracia
había tenido una niña. Como claramente dictan las leyes de Áragog, toda
niña nacida fuera de la nobleza debe ser inmediatamente llevada a una casa
de preparación donde se formará para convertirse en una vendida una vez
tenga la mayoría de edad y alguien pague su precio en el mercado.
Shaula creía que su padre había orquestado aquella reunión por asuntos más
allá de la política externa, más bien orientado a la familiar. Tal vez que
quería que Shaula entendiera lo afortunada que era en su posición como
princesa, para que así dejara de mostrarse tan inconforme y hasta rebelde.
—Estos jardines son como un cuento de hadas... —murmuró Jabbah
mientras atravesaban el sendero de flores de cerezos.
—Los cuentos se inspiran en locaciones como estas para su ambientación
—aclaró Shaula.
—¿Le gustan los jardines, alteza? —cuestionó Altair.
Shaula debía comportarse como una anfitriona intachable, pues las señoras
Dubeh y Cordelia la seguían de cerca, y su preparadora también.
—No todos, he de admitir. Estos sí, los jardines de Andrómeda tienen
mucha historia. Me gusta la belleza de lo simbólico.
—¿Qué historia? —curioseó Cordelia.
—Miren aquí —señaló la princesa una vez llegaron a la galería de estatuas
—. Todas son representaciones de apellidos y constelaciones poderosas.
Shaula aprovechó para poner a prueba la erudición de sus damas, al final,
cada una de ellas era a la vez su pupila, y nunca era un mal momento para
un examen sorpresa.
—¿Reconoces alguna, lady Jabbah? —preguntó la princesa a su prima.
Jabbah señaló la estatua hecha de una transparencia brillante, como hielo.
Era un cisne marcado con pedrería en los puntos exactos de la constelación
que representaba.
—Es la estatua de los Cygnus, la familia que rige el principado de las tierras
nevadas al norte, Deneb.
—Fácil —murmuró Isamar.
—Por no decir obvio —secundó Shaula conteniendo una sonrisa burlona
tras la tela de su rostro—. Pero sí, el cisne congelado es por la constelación
Cygnus, de los Cygnus de Deneb. Una familia de un calmo poder, pero que
ha prevalecido por demasiadas generaciones.
»Sobre la estatua, la mayoría cree que está hecha de hielo común. Es un
mito que nos gusta perpetrar, alegando que nuestro sol es benevolente con
la estatua —agregó Shaula con algo menos de humildad, pero con
agradable carisma—. En realidad está hecha de hilyrio, el mineral más
fuerte forjado de las esquirlas del lago congelado de Deneb.
—Por eso prevalece —repitió asombrada Cordelia. La señora Dubeh no
parecía tener nada para decir, pero se mostró igual de interesada y atenta a
las explicaciones del tour.
—Y en el centro —dijo Shaula llevándolas a todas más cerca de lo
mencionado—, el escorpión coronado de la familia real.
La princesa señalaba una monstruosidad idéntica a la estatua de la plaza
central, con la diferencia de que esta servía a la vez de fuente. Era un
escorpión construido con rocas apiladas de formas que desafiaba las leyes
de la física a la vez que de sus espaciados y aberturas descendía agua
cristalina que formaba cascadas sobre un estanque de piedra redondo.
—Las historias sobre los primeros escorpiones y la creación de estas
estatuas, hablan de libertad y sometimiento a la vez, de sangre y veneno, de
héroes y tiranía. Cada piedra de estas a lo largo de Ara es una señal de las
estrellas, de cuando Scorpius el Primero, en forma de hombre con el poder
de toda una constelación, impuso este legado como el vencedor en la guerra
del reino cósmico contra la instauración del reino terrenal.
—Creí que no era de mucho leer, alteza —dijo Isamar sorprendida por las
cosas que decía Shaula.
—No soy de leer por placer, al menos no por un placer que no acarree
conocimiento.
Caminaron hasta el arco de Orión, un monumento de piedra con forma de
arco que contenía unas escaleras esculpidas en su interior. Subieron los casi
quinientos escalones hasta que llegaron a la cima. En dicha azotea, tenían
una de las vistas más privilegiadas del jardín, las aldeas aledañas al castillo,
el laberinto, las estatuas y todo la inmensidad en flora.
El lugar estaba decorado para la ocasión con mesitas, manteles satinados y
vajilla de las mejores piezas de porcelana.
Tomaron asiento dividiéndose entre dos mesas, una para la princesa y las
invitadas y otra para las damas, pero lo suficientemente juntas para que se
oyera toda la charla sin necesidad de gritarse entre sí.
Las vendidas sirvieron el té y acercaron a cada mesa opciones de pan y
galletas para merendar.
En los primeros minutos de silencio, Shaula se bebió su taza de un solo
trago y pidió a la vendida que se la rellenara.
—¡Vaya, princesa! —dijo Cordelia con sus ojos desbordantes de asombro
—. El té está humeante, apenas lo probé y casi me escuece la lengua.
¿Cómo ha podido tragarlo de ese modo?
—No es para tanto —intervino lady Dubeh con un gesto de su mano que le
quitaba importancia—, imagino que así ha de estar el agua a «temperatura
ambiente» en Baham.
—Algo parecido —concedió Shaula aceptando la broma mientras secaba
sus labios pasando la servilleta bajo el cubrebocas.
Mientras las demás estaban concentradas en soplar sus tés, Cordelia, quien
veía a la princesa con sus ojos relucientes de admiración, propuso:
—Princesa, cuéntenos sobre su familia...
—Consta de hijos y progenitores.
Por la mirada que le echó la preparadora, Shaula supo que no saldría muy
airosa de aquella muestra de sarcasmo.
Sin embargo, las mujeres invitadas lo tomaron con el mejor humor, riendo
de la ocurrencia.
—Eso desde luego. Pero creo que es un poco más interesante que eso, ¿o
no? Un hermano de excursión por el mundo del que no se ha vuelto a saber
nada, una madre prontamente fallecida en circunstancias misteriosas...
—Lo dice como si se tratara de ficción —cortó Shaula en un llamado a la
empatía—. La tragedia acaecida del deceso de mi madre no es ningún
asunto de cotilleo.
—Tiene toda la razón, alteza, me disculpo por mi imprudencia y cómo me
he exaltado, pero... ¡Estoy frente a la princesa Shaula Scorp! Claro que
quiero saber miles de cosas. Empezando por ese heredero del que poco se
conoce...
—¿Poco? —interrumpió lady Dubeh—. De Sargas Scorp apenas se sabe
que llevará el reino en un futuro. No hay un rostro. No ha habido una sola
aparición desde su nacimiento. Vivimos de rumores.
—Como lo de que pronto escogerá una esposa y su primera vendida...
—Yo escuché, al contrario, que Sargas no escogerá esposa, que se ha
revelado y no comprará ninguna vendida...
—¿Es cierto lo de su maldición? ¿En qué consiste estar maldito para un
hombre de su posición?
—Están siendo groseras, y me parece inaudito que no se escuchen a sí
mismas al punto de que tenga que intervenir un tercero para señalarlo —
estalló Isamar.
Fue esa interrupción la que convenció a Shaula de que parecían más
culpables y escandalosos cuanto más evitaran permitir un tema.
Así que se preparó para recitar la respuesta que ya le habían fabricado para
esas ocasiones.
—Antares está ocupado en sus obras benéficas y la exploración a
profundidad de Áragog, entiendo la preocupación de no verlo en la capital
tan seguido, ya que llegó a formarse una reputación de celebridad entre su
pueblo, pero les aseguro que no hay más verdad que esa. Pronto volverán a
tenerlo aquí, brillando como el príncipe dorado que es.
»Y Sargas, realmente entiendo la curiosidad que genera el desconocimiento,
así que no tengo problemas en revelarles que es el príncipe más bondadoso
y un muy buen hermano. Algo rebelde, pero dentro de la inocencia de
cualquier adolescente. Somos íntimos, confidentes en todo. Sufro por
aquellos que se privan de conocerlo por ahora, pero es necesario. Habría
múltiples atentados contra su vida si se conociera su rostro, la monarquía
debe anteponer su seguridad y el futuro de la corona, y si eso significa
mantener el anonimato del heredero un poco más, ha de hacerse así.
Shaula no podía creer la barbaridad de mentiras que destiló en tan breve
monólogo.
—Dígame usted, lady Dubeh, si me permite pegarle con la misma medida
de libertina curiosidad, ¿cómo es la vida de casada? —dijo Shaula para
redirigir la conversación sin ser hostil—. ¿Alguna recomendación para lo
que me espera?
—La vida de casada... —La mujer abrió los ojos como sorprendida por la
pregunta, como si jamás hubiese considerado estar en ese lado del
interrogatorio—. Hay hombres muy malos, y hombres decentes.
—¿Y los buenos? —preguntó Jabbah en la otra mesa.
—En los libros —murmuró Isamar.
Lady Dubeh le sonrió a la menor de las Merak con una afinidad inmediata y
selectiva.
—¿Puedo saber su nombre, señorita?
—Isamar Merak, mi lady. Para servirle.
Ah, ¿a ella sí te le ofreces de buena fe para servirle, Merak?»,
quería preguntar Shaula, pero lo reprimió, solo entornó los ojos en dirección
a su dama para que tradujera de ellos un aproximado a sus pensamientos.
—Merak... apellido poderoso —dijo lady Dubeh—. ¿Es una estrella de la
osa mayor, no? Implica casi omnipresencia, no hay un cielo donde su
estrella no brille.
—Más que omnipresencia, yo lo interpreto como ligado a nuestro sentido
de la orientación, nuestra certeza en la toma de decisiones —argumentó
Isamar integrada en la conversación sin ese cariz desdeñoso con el que solía
expresarse—. «Merak» se conoce como una estrella de referencia porque
apunta hacia la estrella del Norte, la estrella Polar.
—Su nombre, Dubeh —irrumpe Shaula—, también deriva de una estrella
de la osa mayor, «Dubhe». ¿O me equivoco?
—Está en lo correcto, princesa. Es usted muy lista, una mujer culturizada y
rica en conocimiento. Su inteligencia me asombra, para ser princesa.
—Preferiría que mi inteligencia asombrara sin más, no con la consideración
de que soy princesa como una salvedad para juzgar mi intelecto con menos
severidad que a uno de mis hermanos, por ejemplo.
—Imagino que ellos han tenido la misma educación, tal vez hasta mayor.
Uno de ellos será el monarca interino de la inmensidad de este reino y todos
sus principados, ¿no?
—¿Es el príncipe Sargas Scorp tan inteligente como usted, su alteza? —
preguntó esta vez Altair.
—Me supera, por mucho. En especial en temas de alquimia y herbología...
algún día, con todo ese conocimiento, podría envenenarnos a todos —
bromeó Shaula aunque ese chiste era tan interno, que solo ella podía
entender y reírse.
—¿Su nombre qué significa, alteza? —preguntó lady Dubeh.
—«Shaula» es la estrella más brillante de la constelación Scorpius.
—Inaudito, ¿no? Que sea el nombre que el cielo destinó para usted.
Antares, Lesath, Sargas, todas estrellas de Scorpius, pero ninguna es la
estrella más brillante. Es la suya. La de una mujer.
Shaula solo sonrió en respuesta, por lo que Cordelia aprovechó el silencio
para retomar la pregunta que la princesa había hecho con anterioridad,
aquella sobre la vida de casada.
—Ser una mujer casada por amor debe ser distinto —comentó Cordelia—.
A mí me usaron como un pago para cubrir una demanda. Me casaron con
cualquiera. Aprendí a vivir del lujo y las comodidades, y ahora lavo pañales
ajenos para cubrir las deudas de mi marido ebrio, y amamanto hijos de otra,
porque la que estaba en mi vientre me la quitaron apenas nació.
—¿Cómo es? —preguntó Isamar con curiosidad y la justa medida de decoro
—. Siempre me he preguntado al respecto del proceso.
—¿El proceso de ser madre?
—De dejar de serlo —aclara—. ¿Cómo entregas a tu niña?
—¿Y soy yo la desalmada? Esa es una pregunta cruel —estalla Cordelia.
—Lo lamento, señorita —intervino la princesa Shaula—. Mis damas
carecen de una buena educación.
—Yo no repetiría eso con tanto orgullo —discutió Isamar— cuando es
usted la responsable de nuestra educación.
—Ya basta, Isamar —reprendió su hermana y se volvió hacia Cordelia—.
Lo lamento muchísimo, en serio.
—No es para tanto. Estamos aquí para eso, ¿no? Para intercambiar
información de este tipo. —La mujer respiró profundo—. Es sencillo en
teoría. Las autoridades le hacen seguimiento a tu embarazo, informando al
reino si hay alguna irregularidad en los procedimientos...
—¿Qué irregularidades podrían existir? —preguntó esta vez Altair, su
hermana menor estaba de brazos cruzados, amargada por el regaño.
—Abortos. Tráfico. Negocios clandestinos. Huidas. O tal vez, simplemente
a una mujer de poca cordura le dé por conservar a la bebé.
—Eso es imposible.
—Se han visto casos de todos los tipos. En fin, el día del alumbramiento las
parteras están presentes. Toman a la niña antes de que puedas ponerle un
nombre siquiera, y dependiendo de los estándares de belleza, su estado de
salud y la promesa de sus genes, escogen un precio por el cual ofrecer a la
bebé a una casa de preparación. Al final, las vendedoras son las que
escogen el precio. Por la bebé que tuve pagaron treinta y cinco coronas. No
era agraciada, mi físico no es prometedor y mi marido alcohólico que
además fuma como una chimenea, les dio la impresión de que la bebé
sufrirá grandes problemas de salud en un futuro, y eso, además de dificultar
su venta una vez tenga edad para entrar al mercado, implica que su cuidado
será una inversión muy costosa.
—¿Treinta y cinco coronas le pagaron por su hija? —inquirió Shaula
intentando no demostrar todo su escepticismo al respecto—. El sueldo
mínimo en Ara es de cincuenta coronas. ¿En serio le dieron menos de lo
que gana su marido en un mes, por su hija de carne y hueso?
—Princesa, ¿cree que la esposa en ese caso tiene alguna participación en la
negociación? ¿Cree que existe la opción de declinar? Por ley debo entregar
lo que salga de mi vientre siempre que tenga una vagina, aunque por ella
me paguen una hogaza de pan. Eso quedó demostrado cuando, al ofenderme
porque me ofrecieran setenta coronas, deliberadamente me tiraran la mitad
a la cara y se llevaran a la bebé.
—«La» —repitió Isamar. No era un juicio, lo pronunció como si esa simple
palabra le hiciera comprender el sentido de toda una vida—. No «mi bebé».
«La».
Cordelia respondió solo con una sonrisa de resignación. ¿Cuántos llantos
habría detrás de ese gesto para que estuviera tan bien ensayado?
—Dejéme decirle, Cordelia —dijo lady Dubeh—, que usted se equivoca si
realmente cree que casarse dentro de la nobleza es distinto. Lo es, en efecto,
mas no por ello idílico.
—Mejor ha de ser.
—Tal vez.
—Puede conservar sus hijas. Eso vale todo.
—Si las quisiera, por supuesto.
Toda la mesa hizo un silencio sepulcral ante tan violenta afirmación en tan
desinteresado tono.
Hasta la preparadora carraspeó, como dando tiempo a lady Dubeh de
corregirse.
Pero en lugar de eso, la mujer dijo:
—La primera vez con mi marido fue... —Sus ojos se movieron en un
parpadeo, como si quisiera deshacer con ese gesto los recuerdos que
empezaba a relatar—. Sabes que él tiene experiencia, que ha estado de esa
forma muchas veces con sus vendidas... Pero tú no sabes qué esperar. Estás
aterrada, pegada a una cama, vestida para no despertar la lujuria porque
esas cargas son para las vendidas, tú solo estás ahí para cumplir un
propósito; y sabes que de eso se trata. Creo que es la peor parte. Pasas
meses casada, crees que nunca llegará el día en que tu marido se canse del
sexo por placer con las vendidas y decida que es momento de tener
descendencia. Te aterra fallar, que suceda todo el acto y no cumplas con tu
deber de concebir... pero te priva de toda respiración la idea contraria, la
posibilidad de que sí funcione, y de que a partir de entonces tendrás una
parte de él creciendo dentro de ti, sin que nada pueda detenerle.
»Todo eso me atormentaba en mi primera vez. Fue horrible, y casi al azar.
Creí que dormiríamos como en días anteriores y entonces me pidió que me
quitara todo lo que llevaba bajo el camisón. Me informó que era el día para
el que había nacido, que debía cumplir con mi propósito. Tu cuerpo está
tenso y áspero por los nervios, pero igualmente él se abre paso dentro de ti.
Y duele, y te desgarra. Obviamente has de sangrar, porque te rompe. Y
dicen que es normal la primera vez, pero algo dentro de mí me decía que
no. Que no debe ser así. Que hay opciones menos traumáticas, pero no para
nosotras. Porque nuestro deber no es disfrutar, es ser la matriz donde tu
marido vacíe su descendencia.
»Mis lágrimas mancharon la almohada y empaparon mi pelo. No sé por
qué, fui cobarde, sabía que era mi deber tarde o temprano, pero... Nadie me
dijo realmente cómo sería. Ni que luego de ser usada de ese modo, en lugar
de ser abrazada, recibiría la indicación de mantener las piernas en alto para
"poner de mi parte".
—¿Le dijiste que te dolía? —preguntó Jabbah muy afectada. Al menos ella
podía hablar, Shaula solo lloraba en silencio. Escuchaba el relato como si le
contaran su futuro.
—Mis sollozos.
—¿Y él no tuvo consideración?
—La suficiente para decir «aguanta, pronto acabará».
—¿Y fue rápido?
—Eso supongo. Para mí, duró una vida. Cada vez que lo vuelve a intentar,
siento que dura menos. O tal vez solo empecé a tomar como rutina mi
deber.
—Qué alivio —suspiró Jabbah—, saber que se pasa con el tiempo.
—Sí —dijo Dubeh sin ninguna emoción—. Se hace menos malo.
—Y las vendidas —intervino Cordelia—. ¿Cuántas tiene tu marido? ¿No
quisieras a veces... ser una de ellas? Ver cómo las besa... A veces mi marido
está tan ebrio que me hace observar cómo hace uso de ellas. Jamás me ha
hecho la mitad de esas. Jamás me las hará nadie. Y él sabe, le he expresado
que me duele verlo con ellas, ver la parte de él que jamás será para mí... Es
considerado, al menos. Ahora solo lo hace cuando me lo merezco por
hacerlo enojar.
—Yo jamás he visto eso, gracias a Ara —dijo Dubeh tendiendo su servilleta
de tela a la princesa para que secara sus lágrimas, lo cual Shaula agradeció
con una sonrisa apenada por ser descubierta—. Mi lord es muy devoto a su
fe, no mancillaría la mía con esas imágenes. Pero sí, tiene muchas vendidas.
Es como una cuestión de orgullo, pues lo escucho presumir con sus colegas,
compararlas con las de ellos, discutir sobre quién tiene más variedad. Por
suerte no todas son para ese tipo de actos. Tiene vendidas de todas partes
del reino, algunas son mis leales doncellas, otras se encargan de la limpieza,
otras saben de música así que les damos hospedaje y hacemos uso de ellas
únicamente en fiestas u otras ocasiones donde se requieran sus dotes. Las
cocineras, las eruditas que lo ayudan a estudiar, las que se encargan de
nuestras finanzas, las que compró para regalar, las comerciantes que viajan
con él, las que trabajan en la finca...
—Por los pelos de la totona de Ara... Hasta podrían montar su propio
mercado si se dignan a revenderlas —exclamó Isamar con sus ojos fuera de
órbita, haciendo que todas y cada una de las mujeres de la mesa estallaran
en una carcajada que aligeró la atmósfera.
—Y tú, Isamar, ¿eres soltera? —preguntó Dubeh a Isamar.
—Dependerá de si el hombre que quiere presentarme está pudriéndose en
coronas.
—¿No le sirve un hombre de buen corazón? —preguntó la preparadora,
inmiscuyéndose en la charla por primera vez.
—¿Para qué sirve un hombre sin bienes que rebosen, y para qué quiero yo
un buen corazón si el mío ya funciona?
Shaula contuvo una sonrisa, aunque de poco sirviera para lo mucho que esta
chispeaba en sus ojos.
—¿Y usted, alteza? —preguntó Cordelia—. Se casará pronto, ¿no es así?
Imagino que su padre tendrá ya una lista de los solteros más importantes de
todo el reino... Aunque, ahora que lo pienso... ¿no es eso imposible? ¿No es
Áragog tan inmenso como un firmamento, o como se estima que sea el
océano? ¿Y si se les escapa el soltero adecuado?
—Cada región de Áragog tiene su principado que a la vez rinde cuentas a la
corona de Ara —explicó Jabbah como Shaula le había enseñado en sus
lecciones—, estos principados llevan los censos pertinentes que a su vez
acaban en manos de la corona. Con toda probabilidad, si hay un soltero
asquerosamente rico en alguna esquina del reino, su majestad Lesath Scorp
estará al tanto hasta de la frecuencia con la que visita el templo.
—Y de todos modos, lo obvio sería casar a la princesa con un heredero de
los grandes principados, como Hydra, no con cualquier lord pudiente con
algunos terrenuchos —comentó Dubeh—. De todos modos, dejemos que
sea la misma princesa quien nos cuente. Alteza, ¿hay algún prospecto de su
interés del que debamos saber?
La princesa intentó no demostrar su incomodidad con el tema al responder.
—Lo lamento, mis ladies, no debo discutir asuntos de interés político.
Todas entendieron sin objetar, ninguna parecía especialmente desalentada
por la respuesta evasiva, como si en ningún momento sopesaran la
posibilidad de una distinta.
En el cielo perezoso de Ara difícilmente se distinguía cuando las nubes
conspiraban descargar su llanto, por ello, todas se sorprendieron ante la
llovizna que empezó a caer.
Al principio era un golpeteo apaciguante de algunas gotas, pero lo que
empezó con paciencia pronto cobró un ímpetu atemorizante. Las nubes se
tiñeron de un negro que anocheció tan temprano día, y un viento torrencial
comenzó a volar los manteles y las faldas.
—¡Al interior del arco! —indicó la preparadora haciendo señas a todas para
que la siguieran.
La idea era esperar sentadas en las escaleras del interior del monumento,
pero tan pronto sonó el primer relámpago, las damas se apresuraron
escalones abajo hasta llegar al jardín.
Ahí se dispersaron corriendo, a duras penas siguiendo la voz de la
preparadora que pretendía llevarlas al interior del castillo lo más rápido
posible.
Pero Shaula tenía otros planes. Conocía la distancia entre el arco de Orión y
el castillo, había muchísima distancia del jardín a recorrer, por lo que
prefirió tomar un desvío a un punto mucho más cercano donde refugiarse de
la aparente tormenta.
Y no iba sola. La única de las damas que no parecía desesperada por la
tempestad, quedó en espera del siguiente movimiento de la princesa y la
acompañó.
Ambas acabaron en una especie de invernadero en forma de cúpula, toda
formada de espejos.
—Princesa...
Isamar veía a su alrededor, al cristal que maximizaba los rayos y enmudecía
los truenos, a la oscuridad que pareció absorberlas como si la noche se
hubiera adelantado a su hora.
Shaula no había visto a su doncella mostrarse así de vulnerable en otras
ocasiones; entonces parecía pequeña, atemorizada con su cabello
chorreando y su escote pegado a su piel por la lluvia.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Isamar.
—¿Por qué me has seguido? Esa debería ser la pregunta.
—Es usted mi princesa. Si tengo una responsabilidad en esta vida, es usted.
Si de elegir se trata, yo tengo claro a quien debo seguir.
Shaula recibió sus palabras más impresionada que por los truenos que
saltaban de improviso.
Pero no dijo nada al respecto, adoptó la actitud de líder y se hizo cargo de la
situación.
—Debes saber que esta lluvia no pasará pronto, no antes de que anochezca,
e imagino sabes que en la capital el frío nos hace imposible salir de noche.
—Algo he oído.
—Bien, porque eso implica que entiendes que hemos de pasar la noche
aquí. No podemos volver al castillo antes que el sol salga.
—Entiendo.
—Y... —Shaula miró la ropa empapada de Isamar, a las mangas que
goteaban, a la falda que perdió su volumen y arrastraba con mucho más
peso—. Nos resfriaremos si llevamos toda esta ropa mojada encima.
—La he desvestido antes, princesa, no se preocupe.
Por algún motivo insólito, Shaula sintió que su rostro se calentaba hasta las
orejas. Isamar no estaba diciendo una mentira, de hecho, que la desvistiera
era casi rutinario, pero dicho con su altanería y el indicio de ese indicio de
malicia en sus labios, sonaba a algo de qué avergonzarse.
Shaula adoptó una mala cara para contrarrestar el bochorno al que se sentía
expuesta. Se volvió de espaldas a Isamar y por su cuenta empezó a
desprenderse de su vestimenta mientras escuchaba detrás de sí cómo el
vestido de su dama caía al piso.
Ni los rayos, ni el viento que amenazaba con romper la cúpula, crearon ese
rítmico temor en el pecho de la princesa como la posibilidad de voltear y
ver a Isamar sin ropa.
—¿Necesita ayuda con algo, alteza? —cuestionó Isamar al ver que Shaula
se había quedado paralizada.
—Estoy bien, Isma.
—Por favor —rezongó Isamar poniendo los ojos en blanco—. Me niego a
creer que en serio no recuerda mi nombre, si es tan simple.
—Precisamente, ¿no? —Shaula se convenció a sí misma de que no tenía
importancia ver otro cuerpo que sería tan similar al suyo, y así consiguió el
coraje para girarse y encarar a Isamar—. Su poca trascendencia lo hace
irrelevante para mí, soy incapaz de mantenerlo en mi cabeza, lo lamento si
eso te decepciona.
—Usted piensa en maneras de castigarme, princesa, yo en formas de que no
pueda sacar mi nombre de su cabeza.
—No gastes tu energía en tan inútil fantasía —dijo Shaula con sus ojos fijos
en el rostro de su dama, con deliberación ignorando el resto de la piel, que
libremente se mostraba ante ella.
—Ninguna fantasía es inútil si la incluye a usted, alteza.
Shaula escuchó a medias, y entendió muy poco. Le preocupaba bajar la
mirada aunque fuera por error. Pese a esforzarse por afrontar el cuerpo de
su doncella con normalidad, era incapaz de perder el miedo a cometer un
error. Tal vez se debía a que no quería incomodar a Isamar, ya que en Ara sí
se consideraban los senos como una desnudez.
Solo echó un vistazo cuando los propios brazos de la doncella se cruzaron
sobre su pecho, llevando la atención hacia ellos, apretujándolos mientras
parecía querer en vano protegerse del frío.
—Debemos buscar con qué cubrirnos —decretó Shaula avanzando en el
invernadero, huyendo a la imagen de Isamar desnuda.
Aunque buscaron por todo el lugar, solo encontraron una tela cubriendo una
de las mesas para macetas, con el largo adecuado para para servirles de
manta, pero era solo una.
—Tiene muy poco polvo, este lugar es limpiado con frecuencia —dijo la
princesa sacudiendo la suerte de manta—. Espero corramos con la suerte de
que escampe antes del anochecer. De lo contrario, esta será una noche
helada.
Shaula —aunque sentía que estaba quitando su propio ojo para que otra
persona, que además detestaba, pudiera ver—, se arropó con la manta y se
sentó en la mesa, tendiendo el restante a Isamar para que también se
cubriera.
Pasaron así en un silencio tenso que se prolongó por horas hasta alcanzar la
incomodidad, cuando el frío las tuvo tiritando a ambas.
Shaula pensó en tomarse el cristal del que le había hablado su padre para
salir por la noche, pero no quería revelar el secreto a Isamar, ni mucho
menos — pesar de sus instantes de vileza— quería dejarla sufrir sola en esa
velada tan fría.
—Si no hacemos algo, una de nosotras quedará como la figura del cisne en
el jardín —dijo Isamar.
—¿Tienes una solución al respecto, o tu única utilidad es señalar lo
evidente con comentarios insufribles?
—Nuestros cuerpos son calientes, si nos pegamos más la una a la otra...
—Estoy lo suficientemente cerca de ti como para preferir estar afuera en la
tormenta.
—Propuso quitarnos la ropa para no resfriarnos, y no puede ver que pasar la
noche así nos podría matar.
—No exageres, solo será tortuoso.
—¿Y es usted masoquista, alteza?
—Al parecer, pues sigo tolerándote.
—Será como un abrazo, ¿cuál es el problema?
—¿Parezco una persona que disfrute de ser abrazada?
—De hecho, no. Parece el tipo de monarca que prohibiría en todo su reino
dichas muestras de afecto —bromeó Isamar, logrando que Shaula entornara
los ojos amenazante.
—¿Eso fue un chiste, Merak?
—Sus ojos se rieron.
—Mis ojos no saben reír.
—Miente, y difama la versatilidad de su mirada.
Shaula asintió.
—Mis ojos saben reír, pero no contigo.
—¿Y qué quieren sus ojos conmigo, alteza?
Shaula frunció el ceño, aguantando la mirada de Isamar que parecía
insinuar mucho más de lo que decía su pregunta.
La princesa archivó esa mirada, para desglosarla luego en sus recuerdos e
intentar darle un significado, y se acostó sobre la mesa invitando a Isamar a
hacer lo mismo a su lado.
—¿Quiere que la abrace, o ser usted quien me abrace a mí? —preguntó la
doncella, tan perdida como la princesa en esa situación.
—Está mejor enfocado si preguntas si quiero ser quien te dé la espalda, o
viceversa.
—También podemos acercarnos de frente.
Shaula arqueó una ceja en un gesto altanero que le recordaba a Isamar
Merak su posición
—Prefiero darte la espalda.
Y así fue. Lentamente, Shaula se volteó y permitió el cuerpo de Isamar
contra el suyo. Dejó que la rodeara con sus brazos, a pesar de que estos le
recordaban un baño del que terminó huyendo al desconocer las reacciones
de su cuerpo; y un desvelo en el que la princesa acabó sin ropa encima de la
pierna de Isamar.
Sobre esa mesa, estaban ambas desnudas por primera vez. Shaula nunca
había visto a su dama en ese estado, y de pronto tenía sus senos helados
contra su espalda, tan cerca que podía sentir los pezones erectos.
Los glúteos de la princesa encajaban entre el vientre de Isamar, sus piernas
casi enlazándose.
Isamar hizo el cabello de la princesa a un lado, y se acercó a su oído para
murmurarle:
—Debe admitir que se está más cálido así.
Shaula casi se arqueó, lastimada por corrientes de nervios que la arrasaron,
producto de la voz de Isamar tan cerca de su oído. Asimismo, sus vellos
permanecieron erectos mientras la doncella seguía respirándole ahí.
Los nudillos de Isamar recorrieron el brazo desnudo de Shaula, como
celebrando la presencia de sus vellos.
—Esta vez no hizo falta la poesía para erizarla.
Shaula contuvo el aliento, no solo por la rabia que sentía hacia sí misma al
haber dejado que su cuerpo la humillara de ese modo, sino por el absoluto
horror que la envolvió al sentir la humedad que corría de su entrepierna.
Temía que, de seguir mojándose así, Isamar lo advertiría.
¿Me pondré así cada vez que él vaya a usarme?
—le había preguntado Shaula a su dama esa noche al respecto de los fluidos
entre sus piernas.
No, por desgracia. Se pondrá así siempre que desee que alguien... "la use".
Pero eso no tenía sentido, porque en esa oportunidad Shaula estaba sola con
Isamar, y esos fluidos se estaban acumulando entre sus piernas aunque solo
estaban abrazadas. Y Shaula no podía desear que la "usara" alguien que no
fuese un hombre, era como pretender de la luna el calor que debe dar el sol.
—Sus senos son un total objetivo de envidia, princesa.
Shaula miró a Isamar de golpe, recibiendo esas palabras como una bofetada.
—¿Me estás mirando, Merak?
—Todos en el reino la miran, alteza, yo solo aprovecho el privilegio de ser
quien lo haga con menos ropa.
—¡Isamar! —Shaula quedó sentada, cubriéndose con la manta su pecho.
—Veo que mi nombre va y viene, ¿no?
—No es propio de tu cultura que observes mi cuerpo.
—Mi cultura es, desde que soy su dama, el servicio a mi princesa. Mi
cultura consiste en poder mirarla mientras la desvisto, sin pensar en
absolutamente nada. Mi cultura es bañarla, acostarla, acomodar la tela sobre
su cuerpo y cepillar su cabello sin expresar nada al respecto. Si en algo no
he correspondido a mi cultura no ha sido al observar su cuerpo, sino en
tener pensamientos al respecto.
—¿Qué pensamientos?
—Pensamientos como el que acabo de expresarle... —Isamar acercó la
mano al pecho de la princesa y alejó la manta lentamente, desvelando los
senos que tantas veces había observado, al parecer sin cansarse de ello—.
Envidia. Admiración. Lo que siente toda mujer cuando la vea, sin duda.
Shaula sonrió casi aliviada con esas palabras, a la vez que una
incomprensible sensación de vacío se asentaba en su estómago.
—La envidia es un pecado, Isamar Merak —le recordó Shaula fingiendo la
voz de quienes predicaban en el templo, acarreando así una risita de su
dama.
—En ese caso, usted ha hecho de mí una pecadora, alteza.
Esas palabras dolieron detrás de la risa que Shaula forzó ante ellas, pues, en
el fondo, ella también había pecado, aunque de formas distintas que no
quería asumir.
—Princesa...
—¿Sí?
—Entiendo por su lenguaje no verbal que no quiere hablar de aquella
noche, pero yo la tengo muy presente. Recuerdo su preocupación con el
asunto del matrimonio, y lo recordé con todavía más viveza al ver su
reacción al relato de la luna de miel de lady Dubeh. Y quiero que sepa que
no está sola, y que entiendo por qué hizo... hicimos, lo de esa noche. No le
tema al dolor físico o a sangrar, eso puede evitarlo con la práctica. No
puedo ayudarla con la secuela emocional, pero espero que... al menos se
encuentre a sí misma en esas prácticas, aunque yo ya no vaya a ayudarle.
—No creo poder empezar esas "prácticas" por mi cuenta.
—Puede, se lo aseguro. —Isamar desvió su rostro mientras mordía su labio,
como si sopesara una idea con la que debía ser cautelosa—. Le dejaré un
libro en su habitación. Sé que está muy ocupada la mayor parte del tiempo,
así que le sugiero que vaya directo al capítulo treinta y tres. El resto lo
entenderá entonces.
—¿Un libro? ¿Qué libro?
—¡¿Princesa, es usted?!
—Por todos los sirios de Áragog... —Maldijo la princesa mientras bajaba
de la mesa ante la voz que se aproximaba hacia ellas.
Se acomodaron la manta para cubrir bien sus cuerpos e intentaron separarse
la una de la otra lo más posible para cuando el guardia las alcanzó; sin
embargo, Shaula no pudo deshacerse de la sensación de culpa, como si
hubiese sido descubierta haciendo algo malo.
En su paranoico nerviosismo, hasta se sintió expuesta a juicio. Interpretó la
mirada de Sir Lencio como si esta no viera una dama y una princesa que se
refugiaban de la tormenta y se cubrían del frío, sino dos... ¿Dos, qué?
¿Existía siquiera un nombre para el tipo de desviación que sugerían los ojos
del guardia?
Por suerte para la princesa, aquel guardia se debía a ella, a su servicio e
integridad. Así que recobró la compostura y se aseguró de que en su rostro
no quedara cabida a que sir Lencio creyera tener poder sobre ella.
—¿Sucede algo, sir?
—La estuvimos buscando por todo el castillo...
—Y se han tardado, pero lo exoneraré por el alivio que siento. La idea de
pasar una noche expuesta a esta tormenta helada no me es en lo absoluto
apetecible.
Sir Lencio asintió y le tendió cobijas nuevas a cada una mientras silbaba
para atraer al resto de los guardias.
—Gracias por su consideración, princesa. Y qué alivio para mí haberla
encontrado. Su padre espera verla.
~~~
Nota
Un capítulo largo que amé creer, escena por escena, diálogo a diálogo, me
voy enamorando más de esta historia, sus personajes y su universo. Gracias
por permitirme expandir el reino de Áragog para ustedes, espero les esté
gustando.
Cuéntenme todo lo que piensan de Isamar y Shaula. ¿Les gustan sus
interacciones? ¿Sienten la tensión? ¿Quieren más de ellas?
¿Qué les parece la situación de las esposas en este reino?
¿Qué piensan hasta ahora de las vendidas?
26: El hijo pródigo
Un hombre, representado por el emblema de las espadas cruzadas de la
guardia real, conducía a Orión Enif por primera vez en su vida al interior
del palacio.
Áragog era su hogar, como fue de su madre y era de su padre, el reino en el
que nació y vivía, y aún así nunca se imaginó más cerca del castillo que de
los muros que lo protegían.
Aunque eso era falso, de imaginar, en ocasiones se había imaginado en el
castillo; sirviendo para la protección de la familia real y dispuesto para salir
en defensa del pueblo siempre que hiciera falta. Sin embargo, e incluso
siendo el medio hermano del futuro rey, jamás se había visto convencido
por la posibilidad de que sus fantasías se tornaran una realidad.
Como ese día, cuando su medio hermano, Sargas Scorp, ordenó que fuera
llevado a su presencia.
Sabía del castigo de Sargas. El príncipe heredero tenía suficientes contactos
como para escapar —aunque con poca frecuencia— y camuflarse entre los
mendigos para cazar junto a Orión.
Así que el hijo del joyero ya estaba advertido sobre el confinamiento del
heredero, pese a no conocer el motivo de este.
Sabía lo que el reino —incluido el padre que compartían Orión y Sargas—
decían: que Lesath ocultaba al heredero por la protección de su identidad.
Mas la verdad resultaba obvia para quienes compartían el secreto de Sargas:
el rey no podía permitir que nadie viera al heredero, pues era el primer
hombre, en una larga línea de ascendencia entre los Scorps, que nacía sin
sus cabellos de plata y ojos de oro.
Él sabía que Sargas estaba oculto en alguna parte del enigmático castillo, y
que ahora cumplía una especie de condena indefinida por un pecado que no
se molestó en confesarle a Orión, lo que no se esperaba era que tuvieran que
bajar tanto, por tantos túneles y escaleras, para llegar a ese punto.
El hombre de la guardia real condujo a Orión por una puerta que daba
acceso a un pasillo oscuro y cavernoso, apenas iluminado por la penumbra
azulada que se colaba desde la entrada.
—Esto parece el comienzo de una historieta de terror —murmuró Orión en
tono humorístico.
Al mirar más allá, solo vio piedra y negrura, lo que le provocó un
escalofrío.
—Y esta es la parte donde le grito al protagonista: «no entres ahí».
Orión se volvió en busca de algún gesto en el guardia que sirviera de
aprobación a su chiste, pero solo se encontró con un semblante tan frío
como el camino que les esperaba.
—Alguien no fornicó hoy, al parecer.
Al avanzar por aquel ducto de paredes de piedra, Orión sintió el alivio de
comprobar que cada cierto tramo había una antorcha de fuego blanco; por
desgracia, aquel alivio era proporcional a lo escaso del efecto de aquel
fuego, que apenas rozaba las sombras, mas no las ahuyentaba.
Llegaron a la entrada de los calabozos, donde una orden de vigías formaba
para custodiar la reja principal con sus lanzas cruzadas.
—¿Estoy preso? —cuestionó Orión tragando en seco, pensando en que tal
vez la monarquía buscaba represalias por lo que él había hecho en la fecha
del cobro de impuestos. Su humor se había esfumado con la misma eficacia
que se invocó un sudor en su nuca.
—Tú espera aquí, e intenta no cagarte en los pantalones.
El guardia se dirigió a los vigías y dio las órdenes que los llevó a retirar los
candados, descruzar las cadenas y abrir los cerrojos.
La reja principal estaba libre, y Orión ahora podía avanzar.
Dentro del calabozo, donde antes hubo distribuidas celdas, ahora parecían
habitaciones. Las rejas se sustituyeron por puertas, y cada una tenía el
nombre de algún sirviente y su utilidad.
Aquel ala subterránea del castillo estaba diseñada como un laberinto. Orión
se habría perdido de no tener un guía con él, y más de una vez habría
retrocedido por lo espeluznante de la decoración.
Una de las paredes tenía un mural perturbador, hecho de esqueletos de
escorpiones áragos, que juntos formaban un gran escorpión coronado. El
símbolo de la monarquía Scorp profanado por un aura de muerte y
oscuridad.
Atravesaron una galería llena de libros sobre prácticas prohibidas,
artefactos siniestros con valor histórico y armas extranjeras de colección.
—Parece la guarida del dios Canis... —murmuró Orión con un repentino
sabor a hierro en su boca.
Él había crecido en una joyería, organizando, clasificando e incluso
aconsejando sobre el uso adecuado de las joyas. Le gustaba el orden y la
pulcritud, aquel lugar no era para él.
—Tomaré nota mental para nunca ir preso, las cárceles no complacen mis
requisitos de higiene.
—Es aquí —anunció el guardia señalando hacia un último habitáculo
similar a una caverna.
La penumbra dentro era absoluta. Solo el fuego blanco de un candelabro
rezagado intentaba combatir las sombras de aquella pocilga. La decoración
ahí hacía justicia a la del resto del calabozo, e iba toda orientada para
glorificar un único sillón en el medio donde el heredero de Áragog
aguardaba.
Orión advirtió con pesar que no había una sola ventana. Le pareció que
aquel exilio era igual a tomar a una débil muestra de vegetación y hacerla
crecer en un cofre con cerrojo; si de alguna forma no moría, las secuelas de
su consumo serían comparables a las del veneno.
—Sargas... —saludó Orión—. ¿Qué le has hecho a tu padre para que te
castigue de este modo?
—Nacer —respondió la voz entre las sombras.
Orión vaciló entre todas las posibles respuestas que se hospedaron cerca de
sus labios, brecha que el heredero aprovechó para tomar la palabra.
—¿Te gusta la decoración? La escogí yo mismo. Tal vez, si no resulta esto
de ser rey, podría dedicarme a la decoración de interiores.
—Tu decoración da miedo.
—Es atrevida.
—Atrevido sería tapizar tus paredes con tres colores primarios y
combinarlos airosamente, esto parece un culto a Canis.
—A mí me gusta.
—¿Seguro que no quieres que te traiga unas flores, algo de fruta o libros
con color?
—No, gracias.
—Sargas... —Orión se acercó hasta su medio hermano para ver su
lamentable aspecto—. Te ves demacrado. Enfermo. ¿Comes siquiera?
—No te llamé para que me sermonees.
—Entiendo, entonces, ¿para qué me llamaste?
El príncipe se levantó de su sillón y lo señaló como un ofrecimiento a su
visita.
—Siéntate a beber algo conmigo.
Y así se hizo, bebieron y hablaron de nada mientras pasaba la incomodidad
de aquel primer encuentro de Orión con las mazmorras.
Orión compadecía a Sargas, lo reflejaba en la incomodidad de su silencio.
Lejos de la lástima, era una incipiente preocupación por su bienestar. Sargas
no actuaba como alguien que había sido apresado por aquel a quien hasta
hacía poco creía su propio padre, cuya madre había muerto y hermanos
repudiaban, dejándolo pudrirse en esa caverna oscura sin abogar por él.
Orión no quería permitir que su amigo, medio hermano y futuro rey se
negara a sí mismo el duelo que merecía.
Temblando en impotencia, inició una conversación.
—¿Sabes cómo conocí a la reina?
—No me interesa.
—Estaba pequeño. Mi padre me llevaba religiosamente a la joyería, me
estaba enseñando a hacer inventarios para aquel entonces. Pero siempre se
me dio mejor la atención al cliente...
—Eres pésimo con los clientes, Orión.
—Exactamente, por eso solo vigilaba al cliente mientras mi padre lo
atendía. No le despegaba los ojos de sus manos y bolsillos, si intentaban
robar algo... —Orión se encogió de hombros con una sonrisa retenida, la
guardiana de una especie de vergüenza pueril—. Solía ser un niño
insoportable.
—Solías —repitió Sargas escéptico.
—El punto es que un día anduve detrás de una mujer morena de rasgos
Bahamitas vestida con harapos. Me pareció una forastera, y que no dejara
de ver el mismo collar pero sin preguntar al respecto me dio mala espina.
No creí que pudiera costearlo. Así que no me despegué de su falda.
—Es gratificante descubrir que desde siempre has sido una ladilla.
—Lo que no soy es un cronista, así que no me interrumpas más o terminaré
por olvidar el rumbo de mi relato, y tendré que empezar de nuevo. ¿Quieres
que empiece de nuevo?
—De hecho, quiero que te calles.
—Como te decía: esa noche hice inventario, y el collar no estaba, y en los
ingresos del día no se veía reflejada su venta. Fui eufórico hacia donde
estaba mi padre y le conté todas mis sospechas, a lo que él respondió con
una carcajada y simplemente me dio un beso en la frente.
—Me duermo.
—Viene el plot twist, imbécil, aguanta.
—Espera... La joyería no es de tu padre.
—No, no lo es, solo nos encargamos de ella desde hace mucho. Tanto, que
estamos en el testamento del dueño. Si algo le pasara, heredaríamos todo.
—Pues mátenlo.
—¡Sargas!
El heredero puso sus ojos en blanco, como un alegato de lo absurdo que era
que Orión no hubiese entendido que no hablaba en serio.
—A lo que me refiero es, ¿si el collar estaba perdido, y no tenían el dinero
de su costo, no les tocaría pagarlo a ustedes?
—Sí.
—¿Y tu padre no te llevaba al trabajo al no poder pagar una mísera vendida
para que te cuidara?
—Ajá.
—Entonces, convenimos en que su situación económica es como la mierda
de un sirio. ¿Por qué actuó tan tranquilo con la pérdida del collar?
—El amor.
—Asco.
—Sí, asco decimos ahora, pero de mi padre he aprendido que un hombre
que ama es acreedor de todas las pasiones del mundo. Llámame ingenuo,
infantil, y todo eso, pero por él creo que los grandes romances no son una
simple fantasía, y que algún día, con algo de suerte, podríamos conocer a
alguien por el que valga la pena morir de hambre si hace falta, solo por
poner una sonrisa en su rostro.
—Reitero: asco. Y qué miedo das hablando así. —El heredero blanqueó sus
ojos—. ¿O sea que él regaló el collar a esa mujer?
—Eso entendí luego, además de algo mucho más preocupante al ver volver
a esa misma mujer con el collar en su cuello, esa vez vestida como la más
distinguida de las damas, que iba a comprar un anillo para la renovación de
sus votos... tomada del brazo del rey.
Sargas desvió su rostro ante la polémica insinuación que ardía en aquel
enunciado. No sabiendo lidiar con lo que sentía dentro de sí mismo, le dio
la espalda a su medio hermano y ladró:
—Esta conversación acabó.
—Sé que no te gusta hablar de tu madre, Sargas. Pero no imagino lo que
debe ser para ti este encierro y su soledad. Yo perdí la mía al nacer, murió al
darme a luz, y aún así su ausencia nos marcó de por vida. ¿Cómo sobrevivir
en un caso como el tuyo? Perdiste a quien te dio la vida y te enseñó a
vivirla. La conociste, recibiste su afecto, y todos estos meses sin ella deben
ser...
—No hables de esa mujer.
—Esa mujer es tu madre, y fue mi reina.
—Cállate.
—No. —Orión tomó el hombro de Sargas y le dio vuelta para encararlo,
enfrentando esa ira que contaminaba al futuro rey y le hacía combatir la
desolación con odio—. No dejes que esto te consuma, Sargas.
Pero el heredero lo empujó, y escupió a un lado. La saliva en el piso casi
ardió con la intensidad del desprecio con el que fue expulsada.
—¿Crees que tu certeza sobre nuestro parentesco te da algo de derecho a
sermonearme, Orión? Nunca serás mi hermano.
—Jamás he pretendido serlo. Pero eres mi amigo, y me quema en el
estómago presenciar las injusticias que vives, escuchar las injurias que
murmura tu pueblo sobre ti, y luego venir aquí, donde ni tú mismo te
compadeces... Permítete extrañarla, Sargas. Ella te amó.
—Todo amor que nace de traiciones está condenado a perecer en ellas.
—Este no. El que ella sintió por ti fue genuino, no hay traición en dar vida
y amar lo que has creado.
—¡Nos mintió a todos!
—¡Por salvarte a ti, Sargas!
—Por salvarse a ella.
—Te estás cegando.
—Ya estoy ciego, no hay nada que puedas hacer. Haz un elección ahora: me
aceptas, respetas y acompañas en el camino que yo escoja para mí, o
construyes el tuyo como si nunca me hubieses conocido.
—Jamás te dejaría, Sargas. Eres mi rey. Eres mi hermano. Eres mi amigo.
Yo seré siempre leal a ti más allá de lo que la sangre de otros diga.
—¿Me apoyarás?
—Siempre.
—¿Aunque Antares se levante contra mí?
—Aunque Áragog entero lo haga.
—Bien. Entonces no me sirves de nada como joyero.
—¿A qué te refieres?
El heredero de los escorpiones no respondió al llamado de su hermano. Se
encaminó a la entrada de su caverna privada y volvió con dos guardias a sus
flancos.
Orión entornó los ojos, perdiendo la sonrisa y su confianza de hacía
instantes. Una pequeña preocupación en él se avivaba conforme los pasos
de aquellos hombres se hacían más apremiantes en su dirección.
Lo tomaron cada uno de un hombro y lo empujaron hacia la silla restante,
donde empezaron a atar sus brazos y tobillos a pesar de que él ya se
removía nervioso, exigiendo una explicación.
—Quédate quieto —lo tranquilizó Sargas.
—¿Por qué? ¿Qué pretenden hacerme?
—Nada grave, Orión, solo cálmate.
—Pero...
Cuando terminaron de inmovilizarlo, cada hombre al servicio del heredero
se quedó junto a Orión para asegurarse de mantenerlo controlado.
—Bebe esto —dijo Sargas entregando a uno de sus hombres frasco relleno
de líquido ambarino—. Ayudará con el sangrado.
—¡¿Sangrado?!
El guardia quitó el corcho del frasco e hizo a Orión tragarse todo el
contenido a medida que Sargas desenfundaba una daga en su cinto.
—¿A qué estás jugando, maldito imbécil? —jadeo Orión, quien escupió
sobre su propio hombro en un intento desesperado por deshacerse de lo que
había ingerido.
—Como sabrás, Orión, no puedo permitir que cualquiera entre a las
mazmorras y cruce mi seguridad solo con tu nombre y apellido.
Necesitamos algo que te identifique.
—Pues dame una maldita carta firmada, ¿no?
—¿Tinta y papel? —Negó Sargas acercándose al prisionero—. Fácil de
robar o falsificar Es una urgencia que lleves algo que nadie pueda quitarte.
Orión mordió sus labios, jadeando y todavía removiéndose alterado sobre
aquella silla. Pero veía a Sargas, que parecía esperar su aprobación para
proceder. Le había jurado lealtad sobre todas las cosas, y ese hombre pronto
sería su rey. A los reyes no se les cuestiona, no se les pide justificar sus
planes o decisiones a sus súbditos, así que no tenía otra opción que confiar,
ceder, y así demostrar el valor de su honor.
Orión asintió, aunque su frente sudaba todavía por el esfuerzo, y de
inmediato Sargas hizo una seña a sus hombres.
Uno de ellos metió un pañuelo en la boca de Orión, el otro le volteó la
mano para que su muñeca quedara a la vista del heredero.
Al Sargas empezar a pasar su cuchillo por la piel de aquella muñeca intacta,
Orión entendió que la utilidad del paño en su boca era para que pudiera
morder y amortiguar sus gritos.
Su medio hermano y futuro rey le estaba abriendo la piel sin anestesiar,
rasgando una profunda marca sobre otra, creando ángulos y líneas paralelas
que poco a poco formaron las contestación de...
—Orión. Tu nombre.
Al hijo del joyero le sacaron el paño de la boca, permitiéndole toser y
acercando un vaso de agua para que se recuperara.
—Sin embargo, no serás el único Orión en este reino —prosiguió Sargas,
haciendo que los ojos de su medio hermano se desorbitaran cuando apenas
terminaba de tragar el agua—. Todavía tienes una muñeca, y un apellido
muy útil.
—Sargas, no...
Orión no terminó de pronunciar su súplica cuando ya tenía un nuevo
pañuelo en la boca, amortiguando los alaridos de dolor de los nuevos trazos
de la daga de Sargas.
Sargas en esa nueva muñeca hizo un detalle extra, las líneas que unían los
puntos de la contestación de Pegaso, más una cruz en el punto exacto donde
se ubica la estrella Enif.
—Orión Enif —terminó Sargas e indicó a sus lacayos soltar al muchacho—.
Ya eres, oficialmente, de mis más leales sirvientes. Solo el hombre con estas
marcas podrá acceder a mí en el momento en que lo desee, solo tú tendrás
mi apoyo y total confianza. Quiero que te encargues de todo en cuanto a
mis días previos al reinado, porque solo en ti confío, Orión.
—Me lo podías haber expresado con una carta y una canción —jadeó el
susodicho.
—En asuntos de esta índole nada se demuestra tan fácil, Enif.
—¿Y ahora qué sigue? Dijiste que no te sirvo como joyero, ¿qué pretendes
hacer de mí?
—Te necesito en mi corte.
—Suerte con eso, soy un pésimo orador y mi educación es de hecho
precaria.
—No te quiero en la política, no directamente.
—No voy a ser tu vendida.
—¡Orión, concéntrate!
El aludido entornó los ojos con enojo, él era quien acababa de ser herido
bajo tortura y marcado de por vida, tenía derecho a una brecha para su
humor.
—¿Qué necesita de mí, alteza? —preguntó de todos modos.
—Quiero hacerte caballero. Estarás en la guardia real, pero te quiero para
mi protección personal. Así te tendré cerca, vigilando en las sombras y
luces, detectando amenazas, defendiéndome, informándome.
—«Estarás en la guardia real» se dice muy fácil, Sargas, salvo que es
completamente imposible.
—He hablado con Lesath al respecto. Este año abrirá la convocatoria para
el ejército del reino, tienes que presentarte.
—Son tres años de aislamiento para entrenar, Sargas. Y a esas
convocatorias se inscriben legiones de personas, y solo eligen los cien más
destacados. Con mucha suerte, quedaría entre los rezagados y me enviarían
a patrullar callejuelas en el asqueroso y desolado Cetus.
—No te menosprecies, Enif. Te he visto cazar, te he visto estrangular
bestias embravecidas con tus propios brazos. Eres bueno con la espada, y
serás mejor una vez entrenes con Cassio. Esos tres años serán nada para ti.
No sé por qué, pero esta convicción que tengo... es inamovible. Sé que no
conozco de primera mano las habilidades de muchos caballeros, que estoy
siendo algo optimista, pero te conozco a ti, Orión Enif, y eres un cazador
por instinto. Tu constelación no miente, no te habría nombrado si no lo
merecieras. Eres el guerrero de este siglo.
—Sargas, no basta con saber cazar...
—Repito: tienes a Cassio.
—No controlo esa espada.
—Tienes tres años para hacerlo. Y tendrás algo más, algo que sé que te dará
la fuerza para destacar incluso sobre los cien electos. Creo que podrías hasta
llegar ser parte de los doce caballeros de la guardia honorífica de la Corona.
—Mi cosmo.
—Tu cosmo, Orión. El poder de Pegaso que te otorga tu estrella Enif es
todo lo que necesitas.
—No puedo pasar las pruebas brillando como una estrella y alado como una
gallina mágica, me colgarán por herejía o quién sabe cuántos cargos más.
Sabes lo que le hacen los hombres con poder a aquello que no pueden
controlar: lo eliminan.
—Un cosmo es algo muy complejo, no está solo para consumirlo entero y
transformarte en un guerrero escarchado con alas. Ese poder, mientras lo
tengas cerca de ti, forma vínculos. Esos vínculos otorgan resistencia, dejan
residuos de fuerza. Solo debes conocer bien el tuyo.
—Deberías enseñar cosmología. ¿Cuándo me hablarás más de tu poder? Tal
vez así entendería mejor el mío.
—Vive tu proceso, Orión. Nadie puede enseñarte a convivir con tu alma, y
no pretendas que te desvelaré las confidencias de la mía.
—¿Y si no lo logro?
—¿Quieres ser un guerrero?
—Quiero ser un héroe.
—Los héroes no venden las joyas de su padre y cazan jabalíes para la cena.
Los héroes matan sirios, ganan batallas y rescatan princesas. No pareces
cerca de lograr ninguna.
—Puedo estar en las patrullas que me dijiste.
—Pero esas patrullas te mantendrán lejos de mí, y no te traerán gloria.
¿Quieres gloria, Orión?
Sargas tenía por costumbre hacer esa pregunta como Orión tomó por
rutinario preguntar sobre sus planes de reinado.
En el bosque, Orión siempre contestaba lo mismo: no quería gloria, quería
el extasis de una batalla, lo primero llegaría por añadidura.
Pero era la respuesta de un niño que jugaba con palos a que se convertía en
caballero, no del hombre que ahora debía ser, mismo que entonces
conspiraba junto a su futuro rey para librar todas sus batallas y limpiar su
camino hacia el trono.
Era una enorme responsabilidad, y con ello un inmenso honor.
—Quiero demostrar mi honor, y ganarlo en batalla.
—Entonces sé ese guerrero, Orión, y yo te daré el resto.
—De acuerdo, supongamos que acepto esta locura de ideal donde soy capaz
de vencerlos a todos. Y sí, juro con mi vida que daré mi piel y mi sangre a
cambio de convertirme en el guardia que necesitas. Pero, Sargas, sigo
cazando todos los días de mi vida para comer, ¿cómo le pediré a mi padre
que financie mi viaje al reclutamiento, los insumos y armas que...?
—Yo te pagaré todo.
—No te ofendas, Sargas, pero... vives en un cuchitril. ¿Cómo podrías pagar
nada?
—¿Y quién crees que decoró el cuchitril? ¿Quién paga los sirvientes que
hay en cada uno de los cubículos que antes eran celdas? ¿Quién costeó la
remodelación de las mazmorras?
—¿Tu padre?
—El tesoro de la Corona, corona que pronto será mía. Lesath es un
escorpión despreciable, un padre inservible, pero el muy maldito es un
patriota de primera. Puede tenerme encerrado toda la vida, mas no negarme
lo que me pertenece.
—Pero a ojos de él... no te pertenece nada.
—Tal vez, pero, ¿qué opción tiene? Con su unigénito agonizando...
—¿Antares? ¿Qué le ha pasado a Antares?
—Eso no tiene importancia ahora, ni puedo compartir esa información
contigo, pero es importante que sepas que tengo todo bajo control, incluido
a Lesath Scorp. La vida de su adorado hijo pende, literalmente, en mis
manos.
Se escucharon pasos haciendo eco en las cavernas cercanas. Sargas ató los
cabos antes de que el responsable se presentara, pues era la única visita que
recibía sin anunciarse, a diferencia de los sirvientes.
—Debes irte —dijo Sargas volteando con apremio hacia Orión.
—No hay tiempo de que salga sin que lo vean —dijo uno de los hombres de
Sargas.
—Por Canis —maldijo el heredero y se dirigió a Orión—. Ve al otro
extremo y ocúltate bajo la mesa. ¡Ahora! Y no hagas ni el más leve ruido.
Intenta no respirar, si es posible.
El rey de los escorpiones, Lesath Scorp, cuyo nombre dado por las estrellas
se traducía como "el aguijón", se hizo presente en la caverna del heredero.
Lesath era un rey astuto, un hombre que sabía fingir sonrisas y discursos de
bondad mientras hundía una daga en tu pierna; no con el fin matar, sino con
el de mantenerte controlado.
Ese día no fue así. El rey de Áragog estaba llegando al declive de su
tolerancia y compostura.
—Sargas, esto tiene que parar.
—¿Qué exactamente, padre? ¿El que te pasees por la corte fingiendo luto
por la esposa de cuya muerte eres responsable? ¿O que mantengas cautivo a
su hijo inocente y futuro rey de la nación? ¿Cuál es la parte que debe
detenerse, padre?
—Las personas hablan.
—Qué novedad.
—Se escucha toda clase de habladurías sobre ti.
—Rumores que alimentas al perpetrar mi exilio.
—¿Crees que no veo lo que estás haciendo? Pides a una legión de sirvientes
que te provean de artilugios abrumadores, cada uno más inquietante que el
anterior. Lo justificas con que es decoración, pero los rumores se esparcen y
las conjeturas vuelan más allá. ¡Empiezan a decir que te alimentas de la
sangre de nobles vírgenes para sobrevivir a tu maldición!
—Se equivocan, desde luego. No solo me alimento de las vírgenes.
—Sargas, le prometí a tu madre mantenerte con vida, pero, como bien nos
enseñó ella, toda promesa se puede romper.
—¿Cómo puedes mencionarla con tal tranquilidad? Admiro la manera en
que finges, Lesath, pero admito mi decepción más allá de ese aspecto. Te
creí más inteligente.
Lesath calló ante esas palabras, paciente, pues sabía que Sargas terminaría
por explicarse.
—Ni siquiera te has labrado una excusa, una coartada. Puede que la Iglesia
crea en tu inocencia, pero, ¿los demás? ¿Y los que aparentamos ser tu
familia? Esa mujer nunca estuvo enferma, jamás mostró síntomas. Pudiste
inventarle una muerte mejor.
Lesath permaneció en silencio, y las pupilas oscuras del heredero se
dilataron a continuación.
—No fuiste tú.
Por primera vez, Lesath daba muestras de una reacción no meditada muy
cercana a la sorpresa.
—Es cierto. Eres más inteligente que eso. ¿Quién se te adelantó? ¿Lo
sabes? ¿Lo persigues siquiera?
—Hay un único culpable por la muerte de tu madre, Sargas, y me encargaré
de que pague por ello.
Sargas se tensó, sus vellos erizándose al recordar la presencia de Orión en
ese cuarto. No quería que presenciara aquella conversación, ni que oyera
cómo su medio hermano y su rey conspiraban para asesinar a su único
familiar.
—No lo hagas —pronunció Sargas a media voz.
—¿Qué dices?
—Ten misericordia, Lesath. No castigues a un inocente por un crimen del
que solo tú tienes culpa, por no haber sido un mejor amante.
El heredero sintió la bilis escalar por su garganta, acababa de pronunciar
una súplica con acusaciones en las que no creía. Pero era lo menos que
podía hacer por evitarle el sufrimiento a Orión y que pudiera irse en paz a
su entrenamiento.
—Me hablas de misericordia, ¿sabes lo que es eso? —acusó el rey con su
voz temblando por todo aquello que contenía—. Cuanto más tiempo pase tu
hermano en coma, peor será para él. Un día despertará y su madre estará
muerta, su hermano preso, su padre y hermana quién sabe en qué punto
crítico. Es mucho por afrontar, y él apenas un niño. No lo hagas peor para él
y dime cómo revertir su estado.
—Decirlo es el equivalente a morir.
—No te mataría, hice un juramento.
—Hiciste uno también con la Corona, y no pondrás esta en la cabeza del
bastardo de la mujer que tal vez no mataste, pero desearías haberlo hecho.
Me encerrarás con más seguridad, mucho más lejos. Jamás me permitirás
ser rey.
—Los nobles ya esperan por ti, he mentido a la Iglesia asegurándote como
mi hijo legítimo, no puedo retractarme ahora sin acarrear un escándalo o
algo mucho más difícil de sofocar.
—Mientras Antares viva, soy desechable. Es un peligro para mi trono.
—Tú serás rey. No tengo intenciones de empezar una guerra civil por
caprichos de sangre y secretos de familia. Si me das el antídoto, te protegeré
y daré mi palabra de que jamás intentaría poner a Antares en tu lugar.
—¿Tu palabra? —Sargas estalló en una honesta carcajada—. Como si me
dieras la palabra de todos tus antepasados, Lesath Scorp, no confío en ti.
Siempre me lo pregunté, ¿sabes? Por qué no venías a verme cuando ella
vivía, por qué mi hermano podía ser visto y yo no, por qué nunca tuve un
padre, sino la promesa de uno que además era un gran rey. Puede que no
tenga tu sangre, pero yo no escogí nacer bastardo. Crecí creyendo que
pertenecía a algo, y ese algo era el trono, y a ti. Ahora no tengo nada, no
pertenezco a nada, y vienes aquí, a implorar como no hace nunca un
escorpión, por el hijo que sí amas. Y...
Sargas tragó en seco. Un diluvio mudo en sus ojos le recordó que apenas
tenía dieciséis, y que ya había recibido el último abrazo en su vida.
Lesath lo miró, frío cual aguijón, pero sin una ponzoña visible.
Pensó en sus palabras, y miró, debajo de todas las capas de palidez y
desnutrición del bastardo, el rostro del joyero que destruyó su vida.
Que Ara me perdone, pero no puedo. No puedo amar al niño con el que Ara
maldijo mi vida».
Pero podía ser amable y tolerante, siempre que hubiera colaboración.
—No tengo mérito en tu nacimiento, Sargas, pero me debes tu nombre. Las
estrellas lo escogieron, mas yo te permití conservarlo. Cada instante que
respiras es un regalo, una proeza de mi misericordia. Cualquier otro rey
eliminaría al bastardo nada más nacer, incluso si es suyo. No he sido tu
padre, no lo soy, pero te he dado la crianza que cualquier niño añoraría, y te
permití el amor de tu madre que parecía solo tener para ti.
»Así que, no me temas, pues hasta ahora he sido inofensivo. Tendrás tu
trono, como hasta ahora has hecho uso de todo aquello a lo que tienes
derecho. Solo dime cómo salvar a Antares, o tendrás que empezar a cortejar
el miedo.
Sargas secó su rostro sorbiendo por la nariz para luego intentar recuperar la
compostura.
—No confío en ti, jamás lo haré. Pero puedo creer en tu respeto por la ley,
la fe y sus tradicionalismos. Haz un documento donde jures todo lo que has
dicho, avalado por el consejo, verificado y protegido por la Iglesia. Jura que
soy tu único y legítimo heredero, que soy Scorp de sangre, y que tengo
derecho al trono de Áragog. Y si algo me pasara, si yo muriera, harías
constar en dicho documento que mi sucesor no será ninguno de mis
hermanos. Escogerás a alguien a quien aborrezcas, y lo convertirás en mi
sucesor en caso de que algo me pasara. Solo así podría confiar en que no
intentarías asesinarme y destituirme.
—Tanto protocolo y formalismo para algo que se da por hecho levantará
sospechas.
—Pues las acallas. Dirás que lo haces por protegerme de un intento de
asesinato, escoge como sucesor a un plebeyo cualquiera, alguien a quien
puedan querer menos que a mí en el trono. Ese es el precio,
majestad
, por la vida de su hijo. Los meses avanzan y sabes tan bien como yo que
nunca encontrarás un antídoto para su condición. Y, como bien señalaste, el
tiempo no pasará en vano para él. Es mejor darse prisa.
—De acuerdo, lo consideraré. Pero habrá condiciones.
—No las habrá.
—Las habrá, Sargas, y muchas. Empecemos por la esposa.
—Nada de esposas, nada de vendidas. No quiero mujeres cerca de mí nunca
más, menos merodeando en mi reinado.
El rey Lesath soltó una risa confiada.
—Sin esposa no hay Corona, y sin vendida menos. Como monarca de
Áragog tendrás que honrar sus tradiciones, si no las acatas tú...
—Sin vendidas.
—Las tendrás, no me interesa si las usas para limpiarte los dientes o para
que patrullen los bosques. Puedes quedarte con la corona, pero no me
sentaré a ver cómo destruyes mi reino. Harás lo que se te ordene.
—Para eso faltan todavía un par de años, no tengo la edad mínima. Ya
haremos nuestra negociación entonces.
La expresión del rey se endureció.
—No. Acatarás mis órdenes de inmediato, porque lo pondré como cláusula
en el documento que has demandado. Si aceptas la corona, aceptas sus
responsabilidades.
—¿Podré escoger mi esposa?
Lesath rio por lo bajo.
—¿Ni siquiera te informas? Tu matrimonio ha sido arreglado con la
princesa Lyra Cygnus, hija de los protectores del norte, desde el momento
de su nacimiento.
—Porque me informo es que sé que está desaparecida. ¿No la raptaron de
su cuna?
—Es solo cuestión de tiempo para que aparezca. Mis informantes aseguran
que fue vendida, y aunque he pedido revisar las casas de preparación no
confío en la lealtad de las personas que trabajan en ella. Deben estar
compradas por los responsables. Pero es cuestión de tiempo, mi espía ha
recorrido todo el reino, una casa de preparación a la vez, infiltrándose como
vendedora con la bendición de la corona y buscando a la princesa. La
hallará.
—Y yo tendré que casarme.
—Tómalo o déjalo.
Sargas asintió y extendió la mano hacia el rey.
—Tenemos un acuerdo.
Lesath se quedó mirando la mano del bastardo, y vio en sus dedos la sangre
de su hijo, así que la despreció.
—Te avisaré cuando redacte el documento. Espero tengas lo que te pido
para entonces.
~~~
Nota:
¡Hoy celebramos las primeras 100k lecturas de esta historia! Es un
momento especial y muy importante para mí, gracias en serio por el
apoyo.
Esta historia es drama, secreto, pasión, conspiraciones y más drama.
¿Les está gustando?
¿Qué piensan de Orión, su pasado, presente, sus planes de futuro y su
relación con Sargas?
¿Qué opinan del rey? Sé que es complicado, por eso amo tanto escribir
de este personaje, al igual que de Sargas, son tal para cual, cada uno
tan complejo como el otro que siento que jamás terminaré de
desentrañar lo que hay en ellos.
¿Y de Sargas, su situación y el personaje como tal, qué opinan?
Si veo en sus comentarios que les ha gustado el capítulo, trataré de
subir otro (de mi amada Shaula) esta semana que entra. Se pone
emocionante la cosa.
27: Esclavizar
Shaula fue llevada a la presencia de su padre, donde no tenía ningún indicio
de para qué era solicitada.
El rey Lesath había dejado crecer su cabello en los últimos días, lo llevaba
suelto hasta los hombros, peinado debajo de la corona de rubíes y
escorpiones entrelazados. Antaño, cada hebra de ese cabello resplandecía
con la viveza de un blanco similar al del sol de Ara; con el tiempo, muchos
de esos mechones se opacaron como cenizas sobre la nieve.
-¿Qué he hecho ahora, majestad?
-No acudir al castillo con tu preparadora después de la reunión del té es un
buen comienzo.
-Estoy en perfecto estado, padre, y he aparecido ya. ¿Qué más se demanda
de mí? Considero que he entretenido bien a las mujeres que me pediste.
Su padre suspiró y llenó su copa de un vino blanco y espumoso. El buen
Lesath no solía beber en presencia de su corte a menos que un motivo de
celebración se interpusiera, no quería dar la impresión de ser un holgazán o
esclavo de algún vicio. Pero tal vez esos días habían sido demasiados como
para querer tolerarlos sobrio.
-¿Sucede algo que deba saber? -interrogó Shaula preocupada al ver cómo su
padre se sentaba a ingerir el contenido de su copa.
-Nada que no tenga solución. Solo espero que este vino me diga
exactamente cuál es esa.
-¿Tiene que ver con mis hermanos?
-Todo tiene que ver con ellos, al parecer.
-Fuiste a ver a Sargas -comprendió Shaula-. ¿Cómo está? ¿Se arrepiente de
lo que ha hecho?
El rey dibujó una sonrisa conciliadora sobre sus labios, y con ella zanjó el
asunto.
-Tal vez yo debería ir a verlo -propuso Shaula.
-Tal vez, luego de tu regreso.
Las palabras de su padre crearon tensión en sus músculos, pues ya preveía
que la conversación se encaminaba al motivo por el que la habían
convocado.
-¿A dónde pretende enviarme, majestad?
-¿Has oído hablar de Deneb?
La pregunta ya podía ser tomada como una ofensa a la educación de la
princesa, pero de todos modos la contestó con alarde.
-Las tierras nevadas al norte del reino. El principado de la familia Cygnus.
-Te necesito allá.
-¿Por qué motivo exactamente?
-Política. Para promover y preservar las buenas relaciones con el principado
del norte y su gente. Como excusa, hemos aceptado una invitación a
celebrar el cumpleaños de una de las princesas Cygnus.
-Comprendo. Debemos honrar a nuestros delegados en el liderazgo del
reino con nuestra presencia en eventos como estos. De acuerdo, asistiré. No
me entusiasma un evento social más, pero la idea de explorar nuevas tierras
y culturas ya me es más apetecible.
-No es lo único por lo que te he mandado a llamar, Shaula. Entenderás que
con una simple misiva habría bastado para hacerte llegar los planes.
Sonaba lógico que hubiese otro trasfondo, así que la princesa asintió.
-Debo advertirte de algo sobre este viaje.
-Le escucho, padre.
La princesa Shaula siempre había admirado al hombre que regía al país con
aplomo, madurez y una fría maquinación constante para sobrevivir a los
entresijos de la corte. Pero ese día, más que a un rey, vio el cansancio del
padre al que todavía no perdonaba, y decidió recordarle que, en el fondo, y
a pesar de las asperezas entre ellos, él seguía siéndolo.
-El alto lord de Hydra nos acompañará en las celebraciones de Deneb.
Hydra era la región más grande después de Baham, el principado más
próspero por mucho, tanto que, como sinónimo de riqueza, se usaba el
apellido de su alto lord.
-Ellos son importantes, traen dinero, pero no son peligrosos. ¿Por qué me
adviertes de ellos, padre?
-¿No son peligrosos, Shaula? ¿Qué sabes sobre el pasado de tu familia?
Sobre los tratados que pactamos y las promesas que rompimos. Las deudas
del ayer son las que dictan las reglas con las que jugamos hoy.
-¿Qué sirios le debemos a los Sagitar, padre? -preguntó Shaula anonada,
mentando el apellido de la familia que protegía el principado de Hydra.
-Para empezar, es importante que sepas que los Sagitar no son solo
importantes, Shaula, son indispensables. Hydra es tal vez, de todas las
regiones de Áragog, el principado más sólido en su economía. En lugares
como Antlia, la familia protectora se beneficia principalmente de los
impuestos y contribuciones de los nobles más pudientes. En Hydra, los
Sagitar podrían vivir diez generaciones solo con las ganancias de sus
muchos comercios: textil, cultivo, joyería, perfumería... es posible que
mucho más de lo que no tengamos constancia para evitar declarar ante la
Corona. El dinero de los Sagitar podría comprar todo aquello de lo que nos
llamamos dueños por meros votos de fe.
-De eso tengo perfecta noción, padre. Muchos murmuran que, de haber un
acuerdo matrimonial para mi futuro, lo concretarías con alguien de dicha
familia o un allegado de su agrado.
-¿De haber? Shaula, espero no estés albergando fantasías tales como que
podrás eludir tu único deber real para con esta familia y el reino mismo. Te
casarás.
-Ha sido un error de gramática, padre, lo lamento. Mi mente está
deambulando entre el bahamita y la lengua áraga ahora que estoy
enseñando idiomas a mis pupilas.
Su padre le dedicó una mirada entornada, una entre la sospecha y la
convicción de que estaba sucumbiendo a la paranoia.
-En cuanto al tema de los Sagitar, es justo un asunto matrimonial el que nos
trajo hasta esta tensa relación -terminó el rey.
-¿Alguno estaba interesado en mi madre?
-Miles lo estaban, pero ninguno que se atreviera a desafiarme...
Lesath calló, y Shaula rellenó el vacío de ese silencio con una deducción:
alguien sí que se había atrevido, tanto como para dejar en el vientre de la
reina un bastardo.
-El asunto es otro. En cuanto Kaus Sagitar contrajo matrimonio con lady
Indus, su unión los fortaleció y sus riquezas se multiplicaron. Eran una
familia a la cual convenía tenerla como aliados.
»Así que se congregó al consejo, se planteó con la asamblea, y tras
consultar con... la reina, concluimos que lo idóneo sería cerrar un acuerdo
de inmediato. Pactamos con Kaus Sagitar y su esposa, y se decidió que la
primera hija nacida de ese matrimonio sería escogida para casarse con
nuestro primogénito y, por consecuencia, puesta en el trono de Áragog
como su reina.
-Y esa hija ya existe, padre, es Indyana Sagitar. ¿Es decir que Sargas ya está
prometido? ¿Cómo es que estos rumores no se han esparcido todavía por el
reino?
-Ese arreglo se acordó antes de conocer más de la reputación de uno de los
Sagitar en específico.
-¿Kaus? ¿Trafica vendidas o algo similar? ¿Sus negocios son turbios?
-No, no lo sé, y existe esa posibilidad. Pero te equivocas. Fue lady Indus
quien nos hizo reconsiderar nuestro pacto al punto de orillarnos a romperlo.
Shaula abrió los ojos sorprendida de que se tratara de una mujer. Aunque no
debía sorprenderle, al parecer toda historia tiene una de esas por cuyos
pecados el resto termina pagando una eternidad.
-¿Qué fue lo que hizo la esposa de Kaus Sagitar?
-Llegó a nuestros oídos que había dado a luz un bastardo. Asumiendo que
todos somos imbéciles, lo ha integrado a su familia, y fuentes afirman que
es tratado incluso mejor que el varón legítimo del matrimonio, al que
desprecia y maltrata abiertamente. Lady Indus, además, promueve la
promiscuidad de sus sobrinas. Se le dio la oportunidad de enviarlas a
rehabilitación en el templo de Ara, pero ha declinado en rotundo en todas
las ocasiones. Es una libertina sin cura, y quiere vivir su libertinaje sin
consecuencias ni oposiciones, lo cual ha conseguido por sus infinitos
privilegios.
»Todavía más preocupante, nuestros espías nos informan que mantiene a su
marido adormecido por medio de un veneno piadoso, no es un brebaje
asesino, pero dado sus efectos, Kaus Sagitar ya no es ni la sombra del alto
lord que solía ser; ahora es poco más que un cuerpo con mente de bebé que
deambula y asiente a todo lo que su esposa pronuncia.
-Pero si todo lo que nombras son motivos de sobra para, al menos, enjuiciar
a esa mujer.
-Lo sé. Y te diré algo, hija, el poder es envidiable y fácil de aspirar, pero no
siempre es provechoso de aceptar. Casar a Indyana con mi heredero
implicaría aceptar las garras de Indus en el trono. Eso no es una alianza, es
una soga que pones voluntariamente en tu cuello, pero no aprietas al
momento.
»Además, aunque no podamos apresar a Indus, la iglesia repudia
abiertamente sus prácticas. Si una hereje de su calibre se infiltrara en esta
monarquía, perderíamos la bendición del sacerdocio. Somos una teocracia,
hija, si perdemos el apoyo de la Iglesia, podemos dar nuestras vidas por
perdidas.
-Así que rompieron su promesa de casar a Indyana con el heredero...
¿Cómo recibieron la noticia los Sagitar? ¿Cómo se la hicieron llegar?
-Jamás les dimos la cara. Falté a mi palabra, pero un rey que se muestra
acongojado y arrepentido, es un rey débil. No podía mostrar debilidad ante
el principado más poderoso.
»Oí las sugerencias del consejo, pero escogí la opción más sana para el
futuro reinado. Fue de esas veces que me tocó imponerme como rey, aunque
mis decisiones crearan controversia. Una alianza con los Sagitar puede
aplicarse negociando un príncipe o una princesa, no el poder de un trono.
Entonces, ¿a quién darle esa potestad? La respuesta de hecho fue simple.
-Deneb.
-¿Lo dices porque lo intuyes, o porque sabes el final?
-Lo segundo, aunque sabiendo esto lo primero es obvio. Todos sabemos a
quién fue prometido mi hermano.
-Sí. Deneb es tal vez el principado más pacífico. Trabajan extra, consumen
lo justo. Son la región más unida y familiar. Quienes rigen en esas tierras,
no caen en los excesos o la vanidad. Son una familia llena de templanza y
bondad. Y una princesa nacida de tan pacífico matrimonio, y criada en un
entorno de valores tan puros, solo puede resultar en una cosa: un lienzo en
blanco en el cual escribir mis propios ideales, y los de esta Corona.
-Por eso prometieron a mi hermano a Lyra Cygnus apenas nació,
nombrándola la princesa prometida.
-Princesa que ahora ha desaparecido, porque los Sagitar sin duda la raptaron
en venganza.
Shaula demostró su escepticismo con la expresividad de sus cejas.
-¿Qué ganan con ello? No honrorás tu pacto a estas alturas.
-A veces no se trata de ganar, sino de no permitir que tu adversario lo haga.
-¿Crees que esté viva?
-Lo está. Y mientras siga respirando, el puesto de reina de Áragog será
suyo.
-Entonces, quieres que te acompañe a Deneb para apaciguar a Cepheus
Cygnus y su familia, los protectores del norte. Quieres que reforcemos
nuestros lazos, que sepan que la familia Scorp no los olvida, que
mantenemos nuestro acuerdo y que buscas incansablemente a la princesa
perdida. Eso es fácil de deducir, ¿y los Sagitar?
-Se han invitado por cuenta propia, aunque, si investigamos, seguro
hallaremos invitaciones con sus nombres. Algún modo habrán encontrado
para asistir a dicho evento y estar cerca de nosotros.
Shaula recordó a la mujer que le regaló el perfume con su nombre en la
ceremonia de cobro de impuestos. Había sido ella, Indus Sagitar. La tuvo
tan cerca...
-¿Crees que intenten hacerme daño, padre?
-Quiero creer que todavía le queda algo de buen juicio a esa mujer. De lo
contrario, que Ara la salve. Sin embargo, no nos confiemos. No son
nuestros amigos. Nunca, nunca, Shaula, confíes en un Sagitar. ¿De acuerdo?
-Me mantendré alejada de esa familia, padre.
~•~♤♡♤~•~
-Lady Merak, ¿podemos hablar un instante?
Altair Merak se volvió hacia la preparadora de la princesa Shaula con
tranquilidad y elegancia.
-¿Sí, lady Briane? -atendió con una ligera reverencia.
-No usted, mi lady. Me dirigía hacia su hermana menor, lady Isamar.
Los modales de las hermanas eran fácilmente contrastantes, ya que la
susodicha volteó con ojos entornados y más reacia a una participación
verbal pacífica.
Era como si aquella chica vislumbrara en cada mención a su nombre un
motivo para alarmarse, o estar recelosa, como mínimo.
-Está por empezar mi tutoría -dijo la doncella a la preparadora.
-No tomará mucho. Acompáñeme.
Isamar miró a su hermana mayor, quien arqueó una ceja como única
opinión al respecto.
No había motivo para que no obedeciera, así que salió con la preparadora
hacia el pasillo donde Sir Lencio custodiaba.
-¿Sus tutorías las imparte la princesa, Merak? -cuestionó la preparadora.
-Evidentemente, dado que además de su dama soy su pupila.
El rostro de la mujer se contrajo, sus arrugas pronunciándose y en sus labios
un temblor contenido. A todas luces, reprimía el instinto que la llevaba a
reprender todo lo que en su opinión era una contestación inadecuada.
-¿Y lo hace bien? -fue lo que preguntó la preparadora.
-Shaula Scorp hace todo bien.
Isamar habló con convicción y firmeza, como si le hubiesen pedido jurar
ante el altar de Ara sus palabras.
-Parece que la admira.
-¿No admira usted a sus soberanos, lady Briane?
-No a los que demuestran tal derroche de rebeldía y desdén por las reglas
como la princesa Shaula.
De los labios de la doncella escapó algo muy cercano a un bufido, pero que
dejó la huella de una sonrisa burlona en su rostro.
-¿Qué sucede? ¿No estás de acuerdo con mi opinión de la princesa?
-Creo que usted está convencida de que tiene razón en su veredicto, lady
Briane, aunque está errado, pues también estoy segura de que usted no
conoce de rebeldía.
-Al parecer, eres una experta en el tema.
-Si hubiese crecido en mi casa, tal vez valorara un poco más lo inmaculado
del comportamiento de nuestra princesa.
-Es tu opinión, pero yo soy la preparadora.
Ambas guardaron un tenso instante de silencio, hasta que la mujer decidió
desarrollar de inmediato el tema de aquella improvisada reunión.
-Quiero decirte que noté el sobresalto que tuviste en la reunión de té con
aquellas esposas.
Isamar mordió su boca, y a la preparadora no le pasó por alto que estaba
conteniendo una sonrisa.
-¿Te parece gracioso, Merak?
-Siempre me ha causado gracia cómo se refieren a "las esposas", como si
fuesen una especie diferente.
-Señala su casta, es para diferenciarlas de las vendidas.
-¿Quién podría confundirlas?
-Merak, no disfruto mucho de hablar contigo, así que volvamos al punto: te
alteraste, fuiste verbalmente desagradable con las mujeres a las que
debíamos impresionar por orden del rey.
-Les mandaré una carta con mis condolencias hacia su orgullo.
Las cejas de la señora casi cayeron hacia sus párpados, el ceño tan fruncido
que el gesto daba miedo. Si antes sentía desagrado hacia aquella
conversación, ahora estaba aproximándose a la línea de la impotencia al no
poder callar a esa jovencita maleducada.
-Tu comportamiento nos pone en peligro. Y no olvido cómo reaccionaste
cuando me tocó reprender a la princesa. Fuiste la única que se movió detrás
de mí, pero tu hermana te detuvo. ¿Pretendías interceder? ¿Te crees con
derecho a desautorizarme?
La doncella no respondió, y no por ello no hubo reacción de su parte. Su
semblante se ensombreció con ese recuerdo, la sensaciones volviendo a
ella, sintiéndose atada mientras los gritos y súplicas aumentaban conforme
más golpes propinaba lady Briane a Shaula.
«No se atreva a recordarme ese día», fue lo que quiso decir, pero esa vez,
muy a su pesar, supo morderse la lengua.
-Eres una mala influencia para la princesa, Merak. Shaula ya es incorregible
en sí misma, pero tu ejemplo la alienta a serlo todavía más.
-Eso es falso.
-Es una realidad, somos lo que nos rodea.
-Yo me rodeo de usted todos los días, lady Briane, y sigo prefiriendo ser la
vendida del dios Canis a volverme como usted.
-Cuida tu lengua, jovencita impertinente...
-¿O qué? -Para presionar todavía más a la mujer, Isamar dio un paso hacia
ella-. Usted no es mi preparadora. Tiene el apoyo de la familia real y de la
Iglesia para corregir a Shaula, pero no a mí. Mi única guía en esta corte es
mi princesa, y es a la única a quien debo obediencia.
-Soy yo la escogida para hacer de Shaula Scorp la princesa que este reino
necesita, y si considero que no eres beneficiosa para ella, puedo echarte de
aquí. Así que no me provoques, o perderás la oportunidad de un buen
matrimonio y volverás a tu costa a pescar sanguijuelas.
La doncella no tenía réplica al respecto, las venas en sus brazos lo
demostraban bien.
-Si no vas a ser mi cómplice para que Shaula se comporte, entonces no
serás nadie aquí. De hecho, creo que debes considerar irte. Un tiempo.
Visitar el templo de Ara en un retiro, buscar corrección para tu alma y luego
regresar...
-No estoy aquí por mera cortesía, lady Briane, así que no se atreva a volver
a sugerir internarme. Mi padre es un hombre tolerante, pero no le gustará
saber que su hija favorita está siendo amenazada por una mujer cuyo único
poder es la inmunidad para pegarle a la princesa. Las preparadoras son
reemplazables, Lesath Scorp la sustituiría en un instante, pero los lords a la
altura de mi padre, no.
Entonces la preparadora tragó en seco, mirando con asco y desprecio a los
ojos verdes de Isamar.
La doncella sonrió, más amable que nunca, y con una reverencia se
despidió para volver al cuarto de la princesa.
Esa tarde se le había permitido vestir la moda de Antlia, por lo que llevaba
su corsé negro bastante separado de la falda blanca y sin relleno. Sus
guantes de red llegaban hasta sus codos, y el collar negro era incluso más
grueso.
Al llegar al estudio con las otras, la princesa la recibió con desapruebo en su
expresión.
-Llega tarde, Islaymar.
-Llegué antes que usted, alteza. Ni había despertado cuando ya estaba yo
aquí.
-Si no estás cuando doy comienzo a la clase, entonces llegas tarde. Fin de la
discusión.
La doncella dibujó una sonrisa teatral en su rostro, poniendo los ojos en
blanco apenas le hubo dado la espalda a la princesa, y tomó asiento.
-¿Qué me he perdido?
-Altair nos estaba leyendo un texto que he seleccionado para ustedes.
-Pero, alteza... ¿Qué significa...? -Altair miró de nuevo su lectura-. Da...
Deren... ge... Daren... Da... Darangelus. ¿Qué significa "darangelus"?
-Depende. Dame el contexto.
-Pero si no nos dice qué significa la palabra, ¿cómo hemos de a aprender a
traducir en bahamita?
Shaula suspiró cansina.
-Ninguna traducción del bahamita a la lengua áraga es literal. El bahamita
es un idioma complicado.
-¿Cómo? -preguntó Isamar con interés.
Shaula la miró un instante, pues su voz en la conversación atrajo su
atención, mas de inmediato regresó a hablar en general a las tres damas.
-Muchas palabras bahamitas no significan algo en concreto sino
la intención de, además, hay mucho de nuestro lenguaje que se ha
suprimido de la lengua áraga. Algunas palabras no significan algo en sí
mismas, son conectores que podrían traducirse a diez
cosas diferentes dependiendo de la oración.
»De hecho, no existe un registro accesible que decodifique fielmente su
alfabeto, por lo que muchos de los eruditos de Ara que dominan el idioma
básicamente se basan en sus estudios de oídas y la práctica de la repetición.
-Le da más mérito a quienes lo hablan -alabó lady Altair a la princesa.
-Sí, aunque no me vanagloriaré. Es prácticamente mi lengua materna,
aunque siempre me he comunicado en el idioma común.
-¿La monarca de la vanagloria decide ser humilde con sus súbditas? -
cuestionó Isamar.
Shaula le concedió una mirada, sagaz como una víbora. Pero no la condujo
a los ojos de Isamar, sino a su cuello, donde la princesa fantaseaba sustituir
la gargantilla con sus dedos, y apretar con fuerza. Ya que jamás lograría
impartir prudencia a la menor de las Merak, al menos se debía el intento de
callarla bajo estrangulamiento.
-Lady Altair -retomó Shaula-, dígame el contexto que le pedí.
-La frase dice... -Altair pasó los dedos por la línea que estaba leyendo-.
«Darangelus sha'ha me».
El ánimo de la princesa fue adormecido; su cuerpo estático en el mismo
lugar, su mente vagando por recuerdos de una tierra antigua.
-"Mira lo que me hiciste hacer" -tradujo Shaula, su mirada todavía muy
lejos de su voz. Luego agregó la pronunciación correcta en su acento rudo y
siseante, como el de una serpiente humana-: Darangelus sha'ha me.
-¿Por qué dice eso? -preguntó Isamar acercándose al libro, que estaba
principalmente escrito en bahamita, con anotaciones en lengua áraga.
-Es una fábula infantil -explicó su hermana-. Habla de un rey y el diálogo
leído es lo que él dice a su esposa luego de golpearla. Según las anotaciones
del erudito que lo tradujo, dice que es una historia para niñas, y que la
moraleja es no hacer enojar a sus maridos.
-Ya lo había leído. De niña, y como preparación para mi futuro -dijo Shaula
tragando en seco. Su mano atestada de anillos de serpientes fue extendida
hacia Altair con una floritura, exigiendo el libro-. Son cuentos para niñas,
nada que deban estudiar a estas alturas.
-Pero usted lo dijo: las fábulas infantiles son los textos más fáciles para
aprender la gramática de otro idioma.
-No discutas con tu princesa, Altair, con tu hermana tengo suficiente.
Lady Altair se disculpó con una reverencia de su rostro y entregó el libro de
cuentos a la princesa.
-Prima...
-Que no me llames prima, Jabbah.
-Alteza -rectificó Jabbah con sus dedos recorriendo el mapa con el que
estudiaba la geografía del reino-. ¿Qué hay más allá de los límites de
Áragog, del agua que nos aisla?
Shaula vaciló, sus dedos jugueteando con la longitud de una pluma sobre la
mesa. Isamar la miró con recelo, Altair expectante e igual de interesada que
Jabbah.
-¿Qué creen ustedes que hay? Quiero decir, ¿qué clase de mitos existen al
respecto?
-Más agua -respondió Isamar al borde de su silla, su corazón martilleando
en anticipación a lo que la princesa pudiera revelar-. Y más agua, hasta
llegar al mar abierto, donde hay todavía más agua, y monstruos marinos.
-Lo cual es posible -convino Shaula-. Áragog es un reino autosustentable,
con todos los recursos naturales y una sociedad bastante egoísta en cuanto a
su cultura que no pretende contaminarse con otras costumbres o la
evolución de otras naciones.
-¿Existen otras? -cuestionó Altair.
-Es probable, y lo más lógico. Negarlo sería como suponer que el sol es el
único en el cielo, solo porque jamás ha visto a la luna.
-Está siendo esquiva, alteza, ¿qué es lo que no nos dice?
Shaula exhaló todas sus objeciones, y les dijo:
-Damos por hecho que existen reinos más allá del mar abierto como
decimos que Ara, Canis y todas las estrellas estuvieron vivas en el reino
terrenal y hoy imperan en el cósmico: por confiar en la historia. Realmente,
no hemos contactado con otra monarquía en, tal vez, milenios. Y así seguirá
siendo.
-¿Por qué motivo? ¿No sería hermoso...?
-No, por lo que ya expliqué, Jabbah. No me hagas creer que malgasto mis
palabras y haz el favor de retener lo que se te dice. Áragog es un reino
orgulloso, y nuestra geografía nos respalda al hacernos autosustentables y
aislarnos tanto del resto de civilizaciones. Se dice que el reino más cercano
está a miles de millones de millas náuticas. La mayoría ignora nuestra
existencia, y los que no, son fieles al Tratado.
-¿Qué es "el Tratado"?
-El pacto que los primeros escorpiones hicieron con los reinos más
próximos, los que podemos llamar "fronterizos". Ellos fingen que no
existimos y mantienen a su población alejada de nuestras aguas con mitos
espeluznantes. A cambio, los dejamos en paz. Ese Tratado es lo que
mantiene a Áragog como un universo en sí mismo, y lo que evita la guerra
para las monarquías externas.
-¿Quieres decir que fuera de Áragog podrían existir, digamos, esposas de
baja alcurnia que no deban vender sus hijas?
Shaula frunció el ceño, tomando por chiste -y uno de mal gusto- el
comentario de Isamar.
-Si ellas no venden sus hijas, nadie se postularía para ir a casas de
preparación y posteriormente al mercado, eso acabaría con las vendidas. El
sistema funciona por esa regla, no entiendo cómo existiría algo distinto en
otro lugar.
-Exacto. ¿Y si no existieran las vendidas?
Los inmensos ojos de Shaula se expandieron todavía más.
-¿Cómo sobrevive un reino sin vendidas? La economía se desplomaría.
-Es posible, si ese reino nunca las tuvo.
-Isamar -regañó Altair-, estás en terreno peligroso.
-No todavía -declaró Shaula con énfasis en la última palabra-. Nadie debe
ser juzgado por sus pensamientos, pero ya manifestarlos... y a una
princesa... Entonces yo tendría cuidado.
Isamar cesó el diálogo y Jabbah volvió al mapa.
-Princesa, este mapa de Áragog está mal...
-Déjame verlo. -Shaula lo miró con ojo crítico, pero no encontró nada que
concuerde con lo dicho por su prima-. Yo lo veo en perfecto estado.
-Pero, princesa, fíjese bien...
Jabbah se levantó y señaló con sus dedos la zona del mapa que le parecía
errónea.
-¿Ve eso? El terreno baldío entre Cetus y Ara. Dice «Zatah». ¿Es esa una
palabra en su lengua para decir «nada»?
-Por el amor a Ara... ustedes están peor de lo que me temía. Qué poco saben
de la historia de este reino.
-¿Esas tierras estuvieron pobladas?
-Esas tierras antaño fueron pobladas y prósperas. Zatah era otro de los
principados de Áragog, uno que pereció tragicamente hace doscientos años.
-¿Cómo?
-Esa es la parte que se mezcla con los mitos. El hecho es que Zatah existió,
era un lugar precioso con una población gigante y una represa que
administraba los ríos en canales y permitía la vida en esa región.
-¿Cuál es el mito, princesa? Cuéntenos.
-Se da por hecho que esto ocurrió, y a la vez hay una especie de consenso
que nadie expresa en voz alta, y es que todos sabemos que es pura literatura
para embellecer el conflicto.
Lo que Shaula no decía era que esa convicción ya no existía en ella. Ahora
compartía el secreto de la existencia de los cosmos, y estaba segura de que
las historias del pasado debían ser reales.
-No sé por qué motivo, pero la esclavitud era bastante permitida hace
siglos, justo en la época de este conflicto -siguió la princesa-. En Zatah
había un clan muy grande. Una familia, en realidad. Pero crecieron tanto
que atemorizaron a los regentes del principado, temían perder el poder
debido al gran número de la familia Leonides.
-¿Cuántos eran? ¿Veinte?
-Una veintena tienen los Scorps nada más en primos -dijo la princesa en
tono de desapruebo a la teoría-. Los Leonides eran al menos trescientos.
-Eso es todo un maldito pelotón -exclamó Isamar-. ¿Los progenitores no
tenían libros a la mano? Porque parece que solo invertían el tiempo en
fornicar.
-¿Te ha enseñado a hablar un sirio, Merak? -espetó la princesa, hastiada de
la lengua de su dama.
-Que mi vocabulario no le afecte, alteza.
-Grata sugerencia, Merak, pero ya lo hace.
-No debería, no es usted la que debe encontrarme marido, seré yo quien
sufra las consecuencias si esta manera de hablar al final afecta el resultado
de mis cortejos.
-Afectas mi reputación como mentora expresándote de ese modo -insistió
Shaula, sus manos sobre la mesa para inclinarse más cerca de su dama, su
rostro adquiriendo calor al no poder hacerla callar.
-En ese caso -contestó Isamar también llevando las manos a la mesa, a corta
distancia de las uñas de Shaula-, castígueme, tiene el poder para ello.
La princesa se tensó ante la provocación, su garganta pasando saliva a duras
penas, su mandíbula al borde del quiebre. Isamar la estaba orillando a punto
en el que quería ceder a lo que pedía, pero no tenía motivos de suficiente
peso. Sin embargo, que su dama la desafiara delante de las demás y encima
quedase impune, ese era el verdadero golpe de orgullo.
-No me provoques, Isamar -dijo Shaula, pronunciando el nombre como a un
improperio.
-Recuerda mi nombre, alteza -contestó la dama sonriente.
-Te lo advierto, detén ese derroche de seguridad. No somos amigas, y si
provocas mi ira...
-Ni quiero ser su amiga, ni lo que busco provocar es su ira, princesa.
Isamar suspiró y cedió ante el temperamento de la princesa, sentándose
primero.
-Supongo que me disculpo -añadió la dama, que no parecía afectada por
haber perdido la confrontación de carácter-. Haré mi mejor intento por
expresarme como es adecuado.
-Yo... -Empezó a hablar Altair en busca de salvar la conversación y desviar
la atención de lo que acababa de hacer su hermana-. Imagino que si los
Leonides de los que nos habló eran tantos, entonces concebían hasta sus
vendidas. Trescientos es un número muy alto para una sola familia.
-Sin importar qué nobles tuvieran en Zatah como gobierno, dicho
principado seguía sujeto a las leyes de la corona de los Scorps en Ara -
contestó la princesa cuya voz tenía residuos de la confrontación pasada-.
Así que dudo mucho que permitieran concebir a las vendidas, a menos que
fuera en una especie de corrupción muy bien cubierta.
-¿A quién le importa si las vendidas concebían? -dijo Jabbah-. ¿Qué pasó
con los Leonides?
-El alto lord de Zatah tomó la decisión de esclavizarlos.
-¿A todos?
-Fue su medida desesperada para mantenerlos sometidos.
-¿Y se dejaron?
-Nadie decide dejarse esclavizar, Jabbah -acotó Isamar poniendo los ojos en
blanco.
-¡Pero eran inocentes!
-Por eso mismo se revelaron -atajó la princesa-. Con el tiempo. Y salió mal.
Terriblemente mal.
-¿Murieron?
-Todos, menos uno.
-¿Quién?
-El sobreviviente no importa por ahora, sino el verdugo. Todos fueron
derrotados por un solo hombre con alas negras, al que de hecho llamaban
Alas Negras: Aquiles. Su nombre, un derivado de la constelación de Aquila,
el águila. Un monstruo con poderes dados por las estrellas, usado para herir
y masacrar.
Shaula evitó mencionar la especie a la que pertenecía el susodicho, ahora
que sabía que los cosmos eran reales, quería cuidarse de ser la responsable
de que otros lo descubrieran.
-¿Era el alto lord?
-Era su arma. Y no sería usada solo entonces. La persona que sobrevivió del
clan de los Leonides, también absorbía poder de las estrellas, y había sido
escogido por Leo, quien le dio su apellido: la constelación del león.
»El león y el águila pelearon casi dos meses, al ser tan ecuánime su poder.
Por desgracia, o tal vez era lo que buscaban, de las tierras de Zatah solo
quedaron ruinas a raíz de aquel enfrentamiento.
-¿Y quién venció? ¿El león o el águila?
-Ninguno. Se cansaron del conflicto dos días antes de cumplir dos meses en
el. Pactaron encontrarse luego y culminar su venganza, pero la monarquía
los eliminó antes que su venganza acabara con Áragog entero. La leyenda
dice que, aunque fuera en otra vida, ellos están destinados a ese
enfrentamiento final.
-Qué historias más horribles y raras las de este reino.
-Es tu reino también, Jabbah, y, nos guste o no, llevas sangre real en tus
venas, eres hija de una Scorp, aunque solo lo lleves como segundo apellido.
No deshonres esta familia con tus comentarios imprudentes.
Shaula suspiró y aspiró, hinchando su pecho y acomodando su postura.
-¿Alguna tiene más preguntas innecesarias?
~♤•♡•♤~
Esa noche, Shaula encontró en su mesita de noche un libro con un señalador
que marcaba el capítulo treinta y tres.
Justo el que le había recomendado Isamar en la noche que pasaron en el
invernadero.
«
Este es el libro con el que espera pueda hallarme a mí misma»,
recordó Shaula pasando sus dedos por los bordes dorados de las hojas y los
grabados brillantes del lomo.
Decidió que no perdía nada cediendo a la recomendación. Solo era una
lectura, nada qué temer.
Todas sus damas se habrían dormido ya en sus respectivas habitaciones,
Shaula no esperaba la visita de nadie y solo su segundo guardia estaba al
acecho en las afueras de su puerta.
Así que Shaula comenzó a leer.
El capítulo no necesitaba demasiado contexto, pues solo era una pareja en
medio de un coqueteo verbal.
Sin embargo, aquel juego de palabras fue adquiriendo algunos detalles más
físicos. Una mano en una rodilla, unos dedos sobre el mentón del otro...
Shaula empezó a ser muy consciente de los latidos de su corazón, pues
empezaba a sentirlos en su boca. Aquella pareja ficticia estaba haciendo lo
que ella estaba destinada a vivir con su marido.
Pero no se leía como lo que le habían dicho a Shaula que sería su futuro.
Aquel hombre parecía desear la carne de su amada como se desea el agua
para sobrevivir a un desierto. Le arrancaba la ropa como si no pudiera
soportar verla vestida un segundo más.
No parecía ni remotamente interesado en hacerla concebir, pues incluso
dejó que ella lo montara... como Isamar una vez había hecho con Shaula.
Shaula dejó la mano sobre su muslo. Pretendía dejarla ahí, pero descubrió
su tacto agradable y su piel sensible. Aunque estaba tocando su pierna, otra
parte de ella reaccionó, una que hasta hacía poco creía muerta de inutilidad.
Las pulsaciones en su centro eran tal, que Shaula creyó posible tomar el su
pulso entre sus piernas.
Apretó sus muslos todavía con la mano entre ellos, creyó que eso ayudaría a
acallar el grito de su centro.
Pero solo la hizo más consciente de las pulsaciones necesitadas.
«¿Qué? ¿Qué me estás pidiendo?»,
preguntó Shaula a su cuerpo, removiéndose incómoda por las sensaciones
inexploradas.
Destellos de su memoria le dieron la respuesta, sustituyendo a los
protagonistas de la novela por la imagen de ella misma, retorciéndose en
esa cama, por el hechizo de unos dedos dentro de su cuerpo.
Shaula deslizó su mano, tímida de sí misma, atemorizada de lo que pudiera
encontrar. Se armó del valor suficiente para alcanzar su entrepierna, y
confirmó sus temores. Estaba tan lubricada, que creyó que su cuerpo estaba
pidiendo a un hombre que la usara de inmediato.
Pero no había hombres alrededor, y su virtud estaba destinada como pago
de un matrimonio futuro.
Esa noche, solo se tenía a sí misma, a sus dedos, y al recuerdo de lo que la
experta había hecho dentro de ella en el pasado.
«Ojalá Isamar estuviera aquí»,
pensó la princesa, recordando el nombre de su dama como si estuviera
grabado en fuego en su retina.
Y es que ardía, todo su centro quemaba, palpitaba y añoraba un contacto
que Shaula no se creía capacitada para dar.
¿Cómo hacerlo? Algo estaba pidiendo su cuerpo, y no parecía próximo a
desistir de su súplica, pero Shaula no se sentía capaz de ayudarse a sí
misma.
Con curiosidad, el dedo que estaba abajo comprobando la humedad, se
deslizó hacia arriba por los pliegues. Y ese roce, húmedo y misericordioso
sobre una piel que parecía rogarlo, fue suficiente para hacer que los ojos de
la princesa se abrieran asombrados por la sensación.
Así que hizo lo mismo, con ese mismo dedo empapado de sus fluidos, pero
en retroceso.
Se sentía bien. Por Ara, se sentía tan bien que la princesa mordía su boca y
volvió a hacerlo, entonces presionando más.
Estaba buscando el punto que Isamar había encontrado en ella, pero era tan
inexperta que simplemente se conformó con rozarlo de ida y vuelta, cada
vez más fuerte, cada vez más rápido.
Su mano encontró un ritmo, y su respiración ya no podía disimular cuánto
lo disfrutaba.
Sí, eso era lo que había sentido aquella noche, aunque no era lo mismo. No
se asemejaba con el temor de estar debajo de su dama, sometida sin poder
hacer más que mirar su vientre y caderas, a merced de la voluntad de esa
joven y la experticia de sus dedos, que lentamente le demostraban un
abismo de estrellas del que jamás le habían hablado ni en mitos.
Le había gustado estar sobre la pierna de Isamar. Era tan suave, tan firme...
y Shaula estaba tan húmeda... Montar a Isamar y deslizarse sobre su pierna
había sido como probar el placer sin edulcorantes, estimulándose con la
promesa de un éxtasis que la hacía querer gritar.
Siguió, su mano moviéndose más rápido por su húmeda entrepierna. A esa
punto no pararía, estaba jadeando muy fuerte, tanto como la velocidad con
la que se complacía. Su espalda se arqueó por el recuerdo de un rostro...
¡Esa imagen, por Ara! ¿Es que jamás dejaría de recrear en su cabeza el
momento en que la lengua de Isamar probó sus fluidos?
Una parte de ella, egoísta y vil, superada por un arrebato de perversidad,
deseó tener a su dama menos favorita ahí. Deseó tenerla todas las noches...
y esclavizarla a su placer.
Shaula estalló. Fue súbito, sin aviso. Todo su cuerpo tembló eterrorizado a
una última sensación que acabó con ella, dejando todos sus vellos erizados,
su corazón herido por el golpe, y su cama más húmeda que nunca.
Esa no había sido ninguna cumbre, fue como lanzarse de ella y, de alguna
forma, sobrevivir maltrecha a la caída.
Incluso era posible que, en medio de su disfrute o pavor, la princesa hubiera
preferido un grito que podría condenarla.
~~~
¡Por los pelos de la vagina de Ara! Ay, Shaula... ¿Les ha gustado el
capítulo?
¿Qué piensan de la conversación de Shaula y el rey? ¿Qué creen que pueda
pasar en el próximo viaje a Deneb?
Y sobre la preparadora y lo que ha conversado con Isamar... ¿Qué piensan?
Isamar estuvo bastante contestona en este capítulo. ¿Qué les parecen sus
diálogos?
28: Un beso para sanar
La princesa de los escorpiones intentaba comer, mas le era imposible
debido al asedio de una mente en nexo con sus pecados nocturnos. Lo que
había hecho mediante su lectura, parecía augurar para Shaula un futuro de
desgracias, un alma marchita, y un dios decepcionado.
Su tenedor jugaba con la fruta en su plato, mientras sus ojos luchaban por
represar las lágrimas del remordimiento.
¿Qué era lo que había hecho? ¿Cómo se atrevió a disfrutarlo?
Cometió actos lascivos, un delito contra su cuerpo santificado por Ara, y no
conforme con ello, lo hizo mientras se estimulaba con imágenes todavía
más condenatorias.
Había irrespetado el recuerdo de Isamar, luego de lo que había hecho sin su
autorización, no podía ni verla a la cara. Sentía que había pecado contra
ella.
Perdóname, Ara»,
imploró la princesa con un nudo en su garganta.
—Buenos días, princesa.
—Buenos días, lady Briane —saludó Shaula. Aunque no se levantó, inclinó
su cabeza a la preparadora en señal de reverencia.
—¿Podría acompañarme, princesa?
—Ah... ¿Ahora? —Shaula miró de una en una las personas presentes,
empezando por la preparadora y su compañía, quienes parecían ser
vendidas a su servicio.
La princesa estaba desayunando junto a sus damas, le parecía insólito que
no le permitieran terminar de comer como mínimo. ¿Qué podía ser tan
urgente como para no poder esperar a que acabase con el contenido de su
plato?
—Sí, princesa. Acompáñeme inmediatamente.
Esa ya no era una petición, mucho menos amable. Con toda claridad, a la
preparadora no le gustó ser cuestionada.
Shaula acompañó a la mujer responsable de su formación hasta el vestidor
de su alcoba.
La preparadora ni siquiera tuvo que mediar palabras con las vendidas, como
si ya estuvieran instruidas con antelación. Así que simplemente hizo señas
con su cabeza, ocasionando que tomaran a la princesa y empezaran a
desnudarla.
El estómago de Shaula se retorció, tan atormentada por el miedo y los
remordimientos que no se resistió mientras le arrancaban con brusquedad
una tela tras otra de aquellas que entretejían sus ropajes.
La última noche solo se había tocado por fuera, sin embargo... ¿Las
vendidas podrían comprobar lo que Isamar había hecho con sus dedos
dentro de ella?
Mientras sus ojos ardían en bienvenida a las lágrimas, Shaula rogó a Ara.
Le juró por su vida y la integridad de su fe, que si le permitía salir ilesa de
aquella situación, jamás volvería a profanar su cuerpo con sus manos o las
de nadie más. No repetiría lo que sucedió con Isamar. No pensaría en ello.
No se atrevería ni a desearlo.
Estaba suplicando eso, con énfasis y toda su concentración, cuando una de
las vendidas la hizo subir a una especie de balanza, y la otra comenzó a
rodear distintas partes de su cuerpo con una cinta métrica.
Shaula tragó su bilis, abriendo espacio para que avanzaran sus palabras y
así preguntar a la preparadora:
—¿Qué se supone que está pasando?
La mujer, como era de esperar, la mandó a callar.
No hubo otra palabra entre ese instante y aquel en que las vendidas
entregaron una libreta con las medidas y el peso de la princesa en ella.
La preparadora la ojeó, miró a Shaula de refilón y asintió a las vendidas.
—Hemos confirmado lo que me temía.
Ambas vendidas tomaron a Shaula, cada una por un brazo, sometiéndola
mientras la preparadora se plantaba delante y le tomaba los hombros.
—¿Qué sucede, lady Briane? ¿Podría, por favor, explicarme?
—Esto es en nombre de Ara... y el rey.
Entonces clavó con violencia su rodilla en la barriga de la princesa, y
cuando esta se dobló de dolor, enganchó un puñetazo justo a la boca de su
estómago.
Toda la bilis que antes había tragado, entonces expulsó a chorros junto a los
restos de su desayuno.
Siendo empujada y cayendo de rodillas, con sus manos apenas
disminuyendo el impacto, Shaula terminó de vomitar todo lo que tenía
dentro de sí.
—Ayud...
Otra arcada retorció a la princesa, su estómago como víctima de un latigazo
que lo obligaba a expulsar todo. Pero parecía ya vacío, así que el intento,
aunque doloroso, fue en vano, y el rechazo de su cuerpo a seguir vomitando
hizo que los dedos de Shaula se flexionaran como en un espasmo,
resbalando así en los charcos del piso.
Las manos de la preparadora fueron al cabello de la princesa, asiéndola con
autoridad. Shaula creyó que aquello era por auxiliarla para que no volviera
su rostro al piso, hasta que la escuchó decir:
—¡Escupe todo, no te resistas!
—¡Ha sido todo! —gritó Shaula, tan adolorida y contrariada.
—Mentirosa ingrata...
Los dedos de lady Briane se abrieron paso por la boca de Shaula,
clavándose profundo hasta alcanzar su garganta, donde se movieron sin
interponer ni un ápice de gentileza, invocando más y más arcadas.
—Vas a vomitarlo todo, princesa. En nombre de Ara y el rey, lo harás
inmediatamente.
Shaula no fue consciente del instante en el que empezó a llorar, solo sabía
que ya no podía parar de hacerlo. Estaba inundada en llanto mientras los
dedos de lady Briane en su garganta empujaban más, orquestando su cuerpo
en convulsiones que repelían por completo aquel acto e imploraban a su
estómago una oleada más.
Cuando al fin lo consiguió, al Shaula sucumbir a un nuevo arrebato de
vómito, a lady Briane no le dio tiempo de sacar sus dedos antes de
mancharse. Asqueada e impotente, la preparadora le propinó un golpe en el
cráneo a la princesa, con su mano sucia, mientras esta todavía escupía los
restos de líquido amarillento sobre las baldosas.
—Levántate —ordenó lady Briane, repugnada de la escena a sus pies.
—Agua... —pidió Shaula limpiando los desperdicios en su boca. Su
garganta estaba herida, sus rodillas magulladas y sus dedos exhaustos por
las veces que intentaron soportar el peso de su cuerpo, y cedieron.
—Dije: ponte de pie.
Pero Shaula no pensaba, no con esa resequedad y lo adolorido de su
estómago.
Todo el recorrido que había trazado el vómito dentro de ella, lo sentía en
llamas.
—Por favor, lady Briane, necesito agua...
La preparadora estalló. Estaba harta, no podía un segundo más con la
condenada princesa que jamás atendía a sus órdenes. Era una mimada,
atiborrada de privilegios desde la cuna. Lo único que se le exigía era
obediencia, pero insistía en responder cuando sus superiores hablaban.
¿Cuándo aprendería a cerrar la boca? ¿Cuándo cedería ante la disciplina?
Lady Briane iba a enseñarla.
Tomó nuevamente a la princesa de su cabello, pero esta vez estampó su cara
contra la piedra del suelo. Una vez, lo suficientemente fuerte para que
despertara, y luego la deslizó por todo el vómito, asegurándose de aplicar
tanta presión, que no pudiera levantarse, mucho menos con lo débil que
había quedado.
—¿Tienes sed, princesita? Saca la lengua. Saca tu lengua, y chupa todo lo
que has dejado aquí. ¿No es suficiente para ti? ¡¿Ah?! ¿Es que siempre
necesitas más?
Al final se dejó llevar tanto por el sobresalto de sus palabras, que repitió el
proceso de golpear la cara de la princesa contra el piso, lo que hizo que
salpicara el vómito.
Y eso a lady Briane le dio asco; y el asco, ira. Tanta como para volver a
golpear a Shaula contra el piso.
—¡¿No tenías sed?! ¡Bebe! Saca la lengua, por el amor a Ara... ¡¿No tenías
sed?!
Una de las vendidas, que nunca hablaba y menos sin que se lo indicaran,
puso una mano sobre el hombro de lady Briane, ganándose un puñetazo por
mero reflejo.
La vendida se tocó el pómulo, donde había sido herida, pero no se inmutó
en lo que había decidido hacer.
—Creo que ha sido suficiente, lady Briane —dijo la vendida.
La preparadora soltó entonces a la princesa, que sollozaba con la cara en el
vómito. Era como si recién abriera los ojos ante su obra. En la frente de la
princesa se estaba formando un cardenal, y en su mejilla asomaba sangre de
un pequeño corte.
Lady Briane carraspeó, sacudió su falda, y sin más muestra de
remordimiento que la perplejidad de sus ojos, se puso de pie.
—Tienes razón. Creo que ya ha vomitado suficiente.
—¿Qué... hice?
—¿Qué balbuceas, niña? —preguntó lady Briane a la princesa, que
sollozaba como una patética bebé.
—¿Qué fue lo que hice?
—¿Ni siquiera te has dado cuenta? —cuestionó lady Briane en un tono tan
arrogante y despectivo, que lo terminó con un escupitajo al suelo junto al
rostro de Shaula—. Ustedes las princesas son tan... inútiles. Ni para darte
cuenta de tus carencias sirves.
—¿La ayudamos a levantarse? —preguntó la otra vendida a lady Briane.
—¿Es que no tiene manos? Que lo haga por su cuenta.
Shaula, tomando el comentario como una amenaza y ultimátum, pidió a Ara
fuerza para sus huesos, y luchó contra el temblor de sus extremidades para
ponerse de pie.
Gentiles pese a todo, las vendidas acudieron a ayudar a Shaula a
estabilizarse, conduciéndola a un sillón donde se podía sentar.
De inmediato, cada uno fue a buscar paños con agua para limpiar a la
princesa y al suelo, respectivamente.
—Estás gorda, Shaula —sentenció la preparadora mientras una de las
vendidas auxiliaba a la princesa con algo de beber.
Shaula escuchó, e ignoró en simultáneo. Sabía que no lo estaba. Había visto
personas gordas en ocasiones varias, y lo que su reflejo demostraba no era
siquiera cercano a eso.
—Y la gordura es fealdad. No puedo vender a una princesa fea en
matrimonio.
—Todavía faltan... —Shaula tosió. Cada palabra que salía de su garganta,
cada bocanada de aire que entraba, era como agregar llamas a sus pulmones
—. Falta un año antes de que pueda casarme.
—Exactamente. Esos rollos que empiezan a formarse, en un año te darán la
apariencia de un jabalí. Tú eres una princesa, y yo soy la responsable de tu
formación. Si no eres perfecta, si no te entrego perfecta a tu marido... me
harán cosas peores de las que yo te he hecho a ti. ¿Entiendes por qué te he
hecho esto, Shaula?
«No. Y jamás voy a perdonarle»,
fue lo que Shaula pensó.
—Lo comprendo, lady Briane —contestó en cambio la princesa, doblegada
ante el miedo a recibir un castigo peor.
—Tenías que vaciar tu estómago de todo desayuno —siguió la preparadora
con su justificación—. Y para asegurarnos de que esto no haya sido en
vano, no consumirás más alimentos durante el día.
Lady Briane volteó hacia las vendidas, sonriente.
«¿Cómo prevalece esa sonrisa, cuando acaba de hacerme llorar y vomitar
hasta la última gota?».
—La cuidarán, ¿no es cierto? —preguntó la preparadora.
Las vendidas se apresuraron a asentir.
—Asegúrense de que nadie le proporcione ningún alimento a la princesa, e
infórmenme si lo intentan. Me llevaré a las damas, para que no interrumpan
el proceso. Yo misma vendré a suministrarle las porciones necesarias,
cuando tenga permitido comer.
Pero Shaula no era una tonta. Podía discernir las verdaderas intenciones de
la preparadora, el miedo más allá de su sonrisa de cinismo.
Sabía que se había excedido, dejando marcas que eran visible a primera
vista. Quería aislarla, incluso de sus damas, mientras sanaba el cardenal y se
disimulaba más el corte. Evitar evidencias que pudieran demostrar que lo
que Shaula acababa de vivir no había sido un castigo, sino una vendetta
personal.
Shaula tragó, una acción tan simple, y que ardía tanto. Se irguió, pese a
sentir sus huesos protestar en cada movimiento. Y elevó su mentón, pues
necesitaba algo de firmeza para el contacto con los ojos de lady Briane.
Que la viera. Que recordara a esa Shaula Scorp, a la que podía pisotear, y de
la cual se aprovechaba tan abiertamente. Porque no sería una princesita toda
la vida. Y si Shaula tenía un motivo para escalar en la escala de la jerarquía,
era ese frente a ella: lady Briane.
~♤•♡•♤~
Las semanas habían pasado, y de las marcadas de su último castigo ya solo
quedaba la sombra de una herida en el pómulo de la princesa.
Ni por asomo suficiente para justificar la mitad de las condenas que quería
impartirle a la maldita preparadora.
Tendría paciencia, como una reina en un tablero, que sabe que debe esperar
a ver todos los peones caer, para despejar su camino al jaque.
En las últimas semanas, no había comido más que la cantidad de un
desayuno, dado a mitad del día, en plena soledad de aquel cuarto que había
pasado a ser su celda.
Estaba débil, sus mejillas hundidas y sus piernas incapaces de llevar su peso
sin temblar. Pero al menos los rollos en su barriga que la condenaron a la
pasada tortura, habían sido alisados hasta desaparecer.
Shaula sabía que le esperaba un largo trayecto antes de llegar a Deneb, con
los caballos más rápidos tal vez tardarían semanas en alcanzar las tierras
teñidas del blanco de la nieve, por ello necesitaba energía.
Le pidió a sus damas, ahora que les habían permitido el acceso, que
buscaran para ella bebidas hechas de frutos energizantes, con algún
componente alquímico que potenciara su efecto.
Fue muy enfática en que debían ser discretas, lady Briane seguía
monitoreando lo que se llevaba a la boca. Claro que no les explicó el
motivo, no hizo más inventar una excusa sobre lo exhausta que la tenía su
ciclo menstrual.
Se bebió todo rápidamente y entregó el cáliz a Jabbah para que se lo llevara
de inmediato, oculto en la falda de su vestido. Mientras, Isamar maquillaba
el pómulo lastimado con productos para emparejar el tono de su piel.
Mientras sus manos presionaban delicadamente la esponja en el rostro de la
princesa, y sus ojos apagados de todo brillo parecían estudiar los de Shaula,
Isamar dijo:
—¿Contra qué?
—¿Disculpa?
—¿Contra qué se ha golpeado?
Shaula carraspeó para hacer tiempo a que la excusa llegara a sus labios.
—Soy muy descuidada, he dejado la ventana abierta y me golpeé al
levantarme de la cama.
—Descuidada. ¿Usted?
—Ujum.
Isamar dejó lo que hacía y se irguió, mirando a su princesa con abierta
desconfianza, diseccionando cada uno de sus gestos, como buscando en
ellos la verdad.
—Dijo que se había caído.
—¿Cómo dices?
—Temprano, le dijo a mi hermana que se había caído.
—Tu hermana miente.
—Yo la escuché, princesa.
—Valoro tu preocupación, para basta ya.
Shaula llevó su mano a la de su doncella, y la alejó tan rápido como la hubo
rozado, pues aquel contacto formó un nudo en su maltrecha garganta.
—Estoy bien, Isa —murmuró.
—Isa —repitió Isamar.
La veía... extraño. Como anonadada.
Shaula simplemente sonrió, para contribuir a las apariencias de que estaba
en perfecto estaba.
Pero fue esa sonrisa lo que delató el dolor de su alma; porque no brillaba
como solía hacerlo la princesa escorpión, era una oda de amor a la tristeza.
Isamar no insistió en el tema. Siguió maquillando a la princesa y,
aprovechando la cercanía de su rostro, depositó un beso fugaz en la zona
herida del rostro.
Shaula miró a su doncella, temiendo que escuchara cómo de irreverente
había vuelto a su corazón con solo un beso en la mejilla.
¿Había algo para decir? ¿Tenía algo que reclamarle a un beso conciliador en
la mejilla, dado por una amiga que no quería verla triste?
—Darangelus sha'ha me —pronunció Isamar aquella última frase en
bahamita que Shaula les hubo enseñado—. Mire lo que me ha hecho hacer,
alteza.
Shaula miró a los labios de su Isa... Porque era suya, ¿no? Su doncella.
Se sentía bien pensarlo así, tan bien como se habían sentido esos labios
contra su rostro, tan bien como verla alterarse al pensar que algo malo le
había ocurrido, tan bien como el fuego que ardió con solo un roce de sus
manos.
Y vio a su boca. En Baham, la habrían condenado por eso. Pero no en Ara,
ahí, solo eran unos labios, sin importar lo gruesos... jugosos... y llamativos
que fueran.
Shaula relamió su propio labial sin darse cuenta, mientras escudriñaba en
los ojos de la doncella.
Descubrió que ese verde era el tono de un frasco de veneno; piadoso por
fuera, pero que al someterte a su contenido acaba por carcomer de adentro
hacia afuera, reclamando más que solo atención, exigiendo pleitesía.
—¿Necesita algo más, alteza?
Esa voz no era la de Isamar. De hecho, ambas se sobresaltaron nada más
oírla.
Había sido Jabbah, la prima, dama y pupila de Shaula, que recién había
vuelto a la habitación luego de terminar su recado.
~~~
Nota de autor:
Un capítulo durísimo, lo admito. Shaula tiene tantas heridas, y siente tan
fuertemente cada vez que otra se abre, que a veces su dolor me invade, y
siento que no se levantará. Pero lo hace. No sé de dónde saca la fuerza, ella
está hecha de un material mucho más fuerte que cualquiera. Demuestra,
incluso a mí, que la sangre del escorpión en ella, y su herencia de las
serpientes, no es en vano.
Siempre dicen que soy mala con mis personajes, pero sé los límites del arco
de cada uno, sé dejarlos cuando dicen «basta». Shaula nunca lo hace.
Acepta todo, porque sabe que es parte de su proceso, y porque está
determinada a vivirlo.
Ahora, sobre lady Briane... Opiniones aquí.
Y sobre Isamar y el final del capítulo, opiniones por acá.
29: Ashiira
En un reino de escorpiones donde las estrellas confabulan, justo en aquella
ciudad donde el sol brilla sin pigmento y protege sin calor, el palacio se
despedía de sus monarcas y la prole se reunía por todas las calles aferrados
a la oportunidad de desearles un buen viaje.
Al carruaje de la familia real, el rey ingresó acompañado de dos de sus
vendidas. Sus favoritas.
Lesath Scorp era bueno y bondadoso con sus vendidas; al menos con
aquellas a las que tenía cerca. Las decenas en su poder estaba desperdigado
entre múltiples ocupaciones por todo el castillo.
Esas eran las privilegiadas, las que compartían su lecho. No las trataba
como amantes, esas son mujeres de rango superior en cuanto a la escala
nobiliaria. El trato que les daba era más similar al que se le concede a un
adorno exclusivo, costoso y muy preciado; al que luces con más orgullo,
mantienes intacto, lustras para que brille y no permites que nadie más
toque.
Así era con esas vendidas. Una de ellas era alta, esbelta, ojos de oro y piel
cual corteza de pino. La otra, con el color del otoño, zafiros en los ojos y
rizos tan rubios como el sol de Hydra.
Fieles representantes de los estándares de belleza en la capital: ojos de
color, y cuanto más oscura la piel o más intenso el bronceado, más crecía su
valor de venta.
En la puerta del carruaje y en la parte frontal, acampaban caballeros de la
guardia real.
Había al menos cuatro carruajes extras, llenos de soldados dispuestos para
la protección de la familia Scorp y los nobles que los acompañaban.
La mano del rey y sus hijos también habían sido invitados a la celebración
del norte.
La princesa fue escoltada al mismo carruaje que el rey, con dos de sus
damas y sus guardias personales.
Detrás llegó lady Briane, quien llevaba una cesta de bocadillos para aportar
a los suministros del viaje. Apenas subió al carruaje, entregó la cesta a la
princesa con una sonrisa.
Shaula la miró al aceptarlo. Ya fuera una clase de prueba o una burla, sabía
que no había ninguna buena intención en entregarle a la princesa una cesta
con alimentos que tenía terminantemente prohibidos.
Entonces hizo acto de presencia la última de las damas. Lady Jabbah II
Elioth Scorp. No vestía con la simpleza de costumbre, llevaba un vestido de
alta costura y un repertorio de joyas por el que habría matado cualquier
plebeyo. En una mano sostenía el abanico con el que se refrescaba, y la otra
la extendió con gracia hacia la preparadora, quien la sostuvo para ayudarla a
subirse al carruaje, y le hizo espacio para que se sentara a su lado.
Ni se integró con el resto de las damas, ni dio algún indicio de recordar que
pertenecía a ellas.
Tal cual su actitud de esa tarde, ella parecía la princesa, y la preparadora su
súbita más leal.
Shaula Scorp intentó que dicho simbolismo no le afectara, y volvió su
rostro a la ventana que le permitía husmear el camino.
Lo que no podía ignorar, era cómo su estómago -luego de saltarse el
desayuno y de un deficiente almuerzo- se retorcía, torturado por el aroma de
aquellos dulces recién horneados que tenía prohibido comer.
~•♡•~
Al tercer día de camino, al fin consiguieron avanzar suficiente como para
dejar atrás los primeros recodos de civilización.
Su padre le había impedido a Shaula cabalgar esos primeros tramos, quería
mantenerla dentro del carruaje, con suficientes obstáculos entre ella y un
intento de asesinato.
Lesath Scorp podía pecar de muchas cosas, salvo de descuidado.
Entonces ya podían bajar la intensidad de las precauciones. Faltarían varios
días de campo abierto antes de alcanzar las primeras muestras de pueblos
aislados y tribus independientes.
Así que Shaula tenía permitido montar a caballo.
Si no estuviera tan debilitada por la mala alimentación que había estado
recibiendo.
-¿Segura, princesa? -preguntó Altair mientras sus manos comprobaban la
temperatura de Shaula.
Isamar las miraba de reojo y, por algún motivo desconocido, no parecía
nada complacida con la escena.
-No puedo montar, Altair. Ya les he dicho, mi ciclo menstrual ha venido con
mucho ímpetu. Creo que... me falta energía.
Estaban sentadas cerca de un matorral de flores tomando aire precisamente
para que la princesa se recuperara de su malestar.
Mientras, lady Jabbah cabalgaba elegantemente a lo lejos mientras los
nobles, la mano del rey entre ellos, la adulaban.
-¿Está segura de que es su periodo? -insistió Altair. Tomó el mentón de la
princesa por encima de la tela del cubrebocas, y manipuló su rostro
mientras estudiaba la rojez de sus ojos.
Aunque se detuvo volteando, a la vez que la princesa lo hacía con sus ojos,
en dirección a su hermana menor. Lady Isamar se había levantado y
marchado a un paso fácil de detectar tras cada montón de hojas que
trituraba bajo sus pies.
-¿La hemos ofendido de algún modo? -cuestionó la princesa en confusión,
pues le parecía intuir algo de mal humor en la menor de las Merak.
-No lo sé, alteza -suspiró Altair-. Mi hermana es bastante... extraña. Todo le
molesta.
-¿Cómo hace para sobrellevarlo? ¿Cómo lo hace su familia?
-No se sobrelleva a alguien del ímpetu de Isamar, alteza; se aprende a amar
sus tormentas, o se les aplaca hasta que solo quedan sequías de ella.
-¿Quién querría aplacar algo así? -murmuró la princesa con un pesar tan
genuino, que provocó una sonrisa en la dama frente a ella.
-Me complace escuchar eso de sus labios, pues hubo un tiempo en el que
usted parecía su principal detractora.
El ceño de Shaula decayó, su semblante palideciendo incluso más.
Por algún motivo, aquellas palabras le atemorizaron. ¿Y si el cambio de su
disgusto se tornaba tan evidente, que alguien como Altair podía llegar a
concluir los pensamientos de la princesa, esos de los que se avergonzaba y
arrepentía, los que la habían estimulado en su noche de tormentosa lectura?
-No crea que me he ablandado, Altair.
-Yo no creo nada, alteza. Yo solo observo.
Shaula tragó en seco.
Esperaba estar preocupándose en vano, mas, de pronto vivía con el
tormentoso temor de que cada persona que veía a sus ojos, podía tener
acceso a esas perversiones contra las que intentaba luchar.
-¿Qué se siente tener una hermana, Altair? -indagó Shaula para retomar el
control de la plática.
-¿No tiene usted dos hermanos también, alteza?
-Uno encerrado y otro... -Shaula se dio cuenta de que había dicho
demasiado. Si pudiera escoger a quién revelar su delicada situación
familiar, Altair no sería su Merak a elegir-. Ausente. Ambos. En lo que a mí
respecta, soy hija única.
-Supongo que ha de ser ese el deseo culposo de todos quienes nacimos con
hermanos. Yo...
Altair tomó las manos se Shaula y las puso cerca, lo que acarreó que el ceño
de la princesa se frunciera hasta que ambas cejas alcanzaron el adorno en
medio de ellas.
Estuvo tentada a empujar a su doncella mayor, pero le permitió un voto de
confianza a su explicación.
-Es literalmente como esto: tener dos manos -dijo Altair-. Ambas pueden
estar separadas por tiempo indefinido sin reprocharlo, tienen tacto y
fortalezas distintas, como... su izquierda no tendrá la destreza de su mano
dominante, ¿no es así? Técnicamente individuos. Pero... -Entonces pellizcó
levemente una de sus manos-. Cuando algo le pasa a una, lo sientes.
Cuando algo duele, es un dolor mutuo, cuando hay un trabajo con el que
una no puede, la otra ayuda, cuando una no se siente útil, la otra la releva.
Voy a quejarme toda la vida de mis hermanas y ellas de mí, pero daría mi
futuro por salvar el presente de cualquiera de ellas.
Un carraspeo imprevisto hizo a Shaula volverse y, por mera impresión,
apresurarse a soltar sus manos del agarre de Altair.
-Tenga -dijo Isamar sin emoción en la voz. Al parecer, sí conocía del sigilo,
pues ninguna la había oído volver.
Isamar tendía a la princesa un cáliz, el cual aceptó no sin cierto recelo.
-¿Debería preocuparme de un atentado a mi vida de su parte? -preguntó la
princesa olisqueando el recipiente.
A la luz de ese sol, los enormes ojos de Shaula brillaban más que bajo el
fuego de cualquier candelabro. Isamar advirtió eso, y se distrajo en ello
hasta que la princesa tuvo que repetir su pregunta.
Sacudiendo su cabeza para volver a la conversación, Isamar Merak
contestó:
-Es la misma bebida que nos pidió en la corte, princesa. Traje tanta como
pude, pues advertí que no estaba bien, e intuí que necesitaría más.
-Isamar... -Shaula miró el preparado en el cáliz, y de ahí a su doncella de
ojos aceitunados. Parecía no comprender un acto tan simple-. No tenías que
hacerlo.
-Es mi deber como su dama.
-Tu deber es cumplir órdenes, y esta no es una que yo te haya dado.
De todos modos, Shaula sonreía, la claridad del día lo hacía evidente dada
la transparencia del cubrebocas. Con una ligera inclinación de su rostro,
Shaula terminó por agradecer a Isamar, y entonces se bebió el energizante,
alentada ante la perspectiva de poder montar junto al atardecer.
Dichos planes tendrían que esperar, pues lady Briane se reunió con ellas,
luciendo recelosa al respecto de lo que bebía Shaula.
-¿Podemos hablar, princesa?
Shaula, quien no se había percatado de la presencia de su preparadora, alzó
el rostro y perdió cualquier resquicio de brillo en su mirar, sustituyéndolo
con una aprensión que formó un nudo en su garganta.
-Lady Briane... ¿Es importante?
-¿Cuándo no lo ha sido una orden mía? -espetó la preparadora.
-Jamás, lady Briane, me refiero a... ¿no puede esperar?
-Me temo que no.
-En ese caso, puede hablar delante de mis damas, si es tan urgente.
-Shaula Scorp... -advirtió la preparadora hablando entre dientes.
-Ya ha escuchado a la princesa.
Lady Briane volteó como látigo hacia la dueña de aquel comentario
impertinente, quien no podía ser otra más que Isamar Merak.
-Puede dar su comunicado delante de nosotras -instó Isamar.
-No estorbaremos -añadió Altair, que pese a lo poco usual de este acto,
había decidido secundar a su hermana.
La preparadora no parecía contenta.
-No será así, porque lo que quiero expresarle a la princesa es un asunto
político delicado. Ustedes no están autorizadas para escuchar nada al
respecto.
-En ese caso, le pido por favor que aguarde -cortó Isamar caminando hacia
Shaula y sentándose a su lado, su mano posándose protectora en la espalda
de de la princesa pese a la perplejidad de esta-. Shaula Scorp se encuentra
indispuesta y necesita descansar bajo nuestra supervisión; no puede
seguirla, y no podemos abandonarla.
-¿Cómo dice?
-Creo que lo hemos dejado claro, lady Briane. O habla delante de nosotras,
o aguarda hasta que la princesa esté lo suficientemente estable para
acompañarla sin nuestra supervisión.
-Isamar... -murmuró Shaula, pero su doncella la ignoró, determinada.
-Hablaré con el rey...
-No, no lo hará. -Entonces Isamar se levantó-. Lo haré yo. Compartimos
carruaje, después de todo. He de consultar qué asunto político es tan
importante, como para no considerar la salud de su hija.
Altair contuvo el aliento de forma audible, Shaula se tensó al punto en que
la saliva no pasaba por su garganta. Pero Isamar no flaqueó, firme en el
modo que sus ojos se debatían en duelo contra la preparadora. Esa mirada
se prolongó tanto como el ceño de lady Briane se fruncía más y más, para al
final ceder al reto.
-Tiene razón, Merak. La salud de la princesa va primero. Luego hablaré con
ella lo que nos concierne.
Cuando la preparadora de marchó e Isamar volteó a ver a su princesa, esta
tenía los ojos tan abiertos como su propia boca.
«¿Qué has hecho?», parecía preguntarle sin palabras.
-Lo que tenía que hacer -respondió Isamar de forma audible.
~•♡•~
Un par de días después, la familia real y todos los carruajes del castillo se
aproximaban a Ceto, una de las aldeas a las afueras de la ciudad, pero igual
dependientes de Ara.
Había sido llamada así ya que la disposición de sus tierras, vistas desde la
perspectiva de los cartógrafos, formaban la constelación de la ballena.
Estaban en una parada así que tenían permitido un nuevo paseo a caballo,
por lo que la princesa se subió al suyo con ayuda de Isamar, y luego esta le
extendió la mano, pidiendo acompañarla en su paseo.
Dado que Altair cabalgaba con las vendidas, y Jabbah junto a la mano del
rey, Shaula no vio ningún motivo para oponerse a la compañía de su
doncella.
Miró a Isamar desde arriba, a su mano cubierta por ese guante de red negra
sin dedos, y extendió la suya, tan llena de accesorios que la misma Isamar
había lustrado y colocado, uno por uno. Aunque era a su dama a quien
ayudaba a subir, fue Shaula quien sintió el vértigo en ese contacto.
Para cuando Isamar estaba detrás de ella sobre el caballo, Shaula se sentía a
punto de vomitar, y por desgracia había adquirido un miedo irracional a esa
posibilidad.
Pensar en el vómito le aceleró la respiración, y al ser consciente de esto,
empezó a intentar controlarla, pero solo comenzaba hiperventilarse.
Se detuvo apenas cuando la mano de Isamar en su hombro le provocó un
sobresalto.
-¿Está bien, princesa?
-Sí -se apresuró a contestar Shaula-. Solo me he mareado un poco.
-Tal vez debería posponer el paseo.
-Eso no es algo que vaya a pasar, Isamar. Necesito esto.
La doncella arqueó su ceja.
-¿Qué? -demandó Shaula.
-Nada, solo... disfruto ser testigo de cómo ha perdido su miedo.
-¿Mi miedo a qué?
-A dejar de pretender que no me recuerda.
Shaula suspiró de forma despectiva, y evitó hacer cualquier declaración al
respecto al arrear a su corcel hasta provocar un súbito galope.
Isamar fue despedida hacia atrás, y en un intento desesperado por no caer,
se asió a las caderas de la princesa.
Shaula no detuvo el trote y mientras Isamar, que apenas se estabilizaba, iba
deslizando sus manos por la cintura de la princesa, rodeándola hasta quedar
abrazada a su cuerpo.
Contuvo el aliento.
El tacto de la doncella por su piel expuesta, era más atemorizante que el
brío de una carrera como aquella en la que se embarcaban.
-Isamar -pronunció Shaula a modo de súplica.
-¿Qué, Shaula? ¿Qué estoy haciendo?
Su dama no solo acababa de tutearla sino que, en medio de aquella
irreverencia, iba clavando más sus dedos en la tela de la falda de Shaula,
accediendo a su vientre en una inocente caricia.
-Isa, por favor... -Shaula se atrevió a mirar hacia atrás descuidando el
camino, y descubrió el rostro de su doncella tan cerca, que su corazón sufrió
un súbito sobresalto.
-No insista sin estar segura de lo que realmente quiere -susurró Isamar, tan
cerca al rostro de Shaula que su aliento rozaba la tela del cubrebocas, el
mundo pasando como un celaje por la velocidad a la que iban-, porque
cualquier cosa que me pida llamándome Isa, accederé sin poder resistirme.
«¿Qué nos pasa, corazón?», se preguntó Shaula mirando a los labios de
Isamar. «¿Qué nos ha enfermado así?»
Regresó al camino, pues ya lo había descuidado suficiente, y aunque
luchaba por no desfallecer en medio de el, no le pidió a Isamar que
detuviera el modo en que la estaba abrazando.
~•♡•~
-¡Alteza! No se acerque más, podría ser peligroso...
Shaula había tomado una desviación al interior de un bosquecillo de paso, y
en medio de este se detuvieron, alarmadas por una bestia extraña que
obstruía el paso.
Extraña para Isamar, al menos.
En medio de un nido de rosas blancas y del rojo más pálido posible,
descansaba una gigantesca serpiente igual de pálida. Su cuerpo medía al
menos tres metros de largo, y su grosor igualaba el de una pantorrilla
humana.
-No te alarmes, Isamar -dijo Shaula mientras se acercaba, sigilosa y con
cuidado de no pisar ninguna rama u hoja seca, a la imponente serpiente-. He
interactuado antes con estos animales. Solía tenerlos de mascotas.
-Princesa... no creo que haber interactuado con una serpiente antes la
prepare para una bestia de ese tamaño... y sin domesticar. Deberíamos
llamar a los guardias...
-¿Quién ha dicho que una ashiira se puede domesticar? -La princesa dijo
aquellas palabras con una entonación de ofensa, mas empleó para ello un
volumen tan bajo, que casi parecía un arrullo.
-Por el amor al despiadado Canis... Shaula, ¿qué sirios es una ashiira?
La princesa sonrió para sí misma, enternecida por la pronunciación de
Isamar, que no podía desprenderse del acento de la costa. Con esa sutil
curva en sus labios, extendió los dedos hacia la serpiente y aguardó hasta
que esta la reconoció como digna -al inclinar su cabeza- para poder
acariciarla.
-Una ashiira es la especie de serpientes que proviene de Baham -explicó
Shaula en un murmullo.
Con Isamar cohibida e inmovilizada, Shaula comenzó a entretejer ramas,
pétalos y tallos, hasta formar con paciencia una corona del tamaño justo
para ser portada por la majestuosa bestia frente a ella.
En medio de su curiosidad por la escena que atestiguaba, Isamar hizo
ademán de avanzar, pero Shaula se lo impidió extendiendo su mano hacia
atrás.
-No te acerques. Dudo de tu cuidado al andar, y para ella es ofensivo y
tormentoso el ruido de las pisadas.
Isamar frunció su ceño, pero no discutió. Shaula era la experta, después de
todo.
La princesa terminó el tejido, una de las pocas ocasiones en las que
agradecía esa habilidad que tan fervientemente le indujeron, y colocó la
corona sobre la serpiente.
La bestia la aceptó, alzando su rostro como si estuviese hecha para ella, y
asintió una última vez en relación a la princesa hasta volver a quedarse
dormida en su hábitat.
Cuando regresaron del paseo por el bosque, Isamar trotó adelante sin
siquiera esperar a la princesa.
-¡Isamar!
Pero la doncella le ignoraba apresurando el paso.
-¡Detente! ¿Has olvidado con quién estás tratando?
Isamar así lo hizo, girando hacia la princesa pero sin regresar.
-Pudo haber sido peligroso -la acusó, su voz temblando a la par de sus
labios. Shaula jamás la había visto tan abiertamente enfurecida.
-No lo fue.
-¡Pero pudo serlo!
-¡No me grites, Isamar!
La doncella cortó la discusión en seco, pero no por ello se vio aplacado el
calor de su temperamento. Era tal su agitación, que su pecho subía y bajaba,
agresivo sobre su escote.
-Pudo haberle sucedido algo, conmigo como única testigo. Me habrían
ahorcado.. en el mejor de los casos. No quiero ni repasar lo que podrían
haberle hecho a mi familia si me creyeran sospechosa de...
-¿De qué estás hablando? Conjeturas con paranoia, Merak.
-¿Lo hago? -la doncella bufó-. No está ni enterada del peligro que corre
cada persona que se involucra con usted.
-¿Peligro? -Shaula rio abiertamente, tan despectiva que rozaba la crueldad-.
Yo diría más bien que se benefician con solo rondarme.
-Algunos, sí, excepto los desafortunados que inevitablemente tendrán que
pagar por sus errores y decisiones en general. Una vez se lo dije, princesa, y
hoy lo reitero: me asusta el poder que tiene.
Shaula asintió, su mandíbula tensándose.
-¿Te asusto?
-¿En serio lo pregunta? ¿La princesa que me hizo hacerle de bufón en mi
primer día, y que ejecutó a su anterior dama por limpiar mal su joyería? Lo
que me sorprende es que no se asuste de usted misma.
Aquella fue tanto un golpe como un escupitajo para Shaula. Sabía que había
rumores sobre el motivo de la ejecución de su dama en Baham, pero no
esperaba que el que había llegado a oídos de sus nuevas doncellas la hiciera
ver tan antagónica y superficial.
-¿Y qué haces siempre tan cerca de mí, Isamar, si tanto pavor te provoco?
Eres mi dama, sí, también las demás. ¿Qué haces paseando a caballo
conmigo? ¿Qué haces fingiendo que quieres ganarte mi amistad?
Entonces lo despectivo fue la risa de la doncella.
-No entiendo qué le ha hecho pensar que quiero una amistad. De todos
modos, es usted en parte como esa serpiente que hoy vimos. Una bestia a la
que, como a usted le ha sucedido, irremediablemente me siento tentada a
acercarme.
-Ahórrate tus tentaciones, Merak. Y ya que tienes tan asumida mi tiranía, no
te costará nada volver andando con los demás. No te quiero cerca de mí en
lo que resta de día.
Isamar Merak tomó la falda de su vestido y creó una teatral reverencia a su
princesa antes de darle la espalda y reanudar su marcha.
~~~
Nota de una autora emocionada:
Yo sé que eso último se supone que es una pelea, pero, no sé ustedes, yo
sentí una tensión ahí que... uff. ¿Cuándo se piensa besar esa gente? Ah, no,
así no era xD
¿Qué les pareció el capítulo?
¿Qué les parece Shaula cerca de una serpiente?
¿Qué opinan de Altair Merak?
¿Y de Jabbah, la prima de Shaula, y su actitud en este capítulo?
¿Qué les han parecido las hermanas Merak enfrentando a la preparadora?
30: Yo soy Shaula Scorp
Shaula desmontó su caballo dentro de la aldea de Ceto, donde los nobles se
habían agrupado para relajarse dentro de las tabernas.
El rey era el único que parecía inmune al llamado de dichos placeres,
escogiendo para relajarse un restaurante dónde comer algo caliente por
sobre aquellos que solo ofrecen alcohol.
Ansiando algo de privacidad, el rey permitió a sus vendidas esa tarde libre
junto a las doncellas de su hija.
Shaula llegó atraída por el aroma del estofado, sus tripas protestando por lo
mucho que habían sido privadas de una comida real en tanto tiempo.
Se sentó erguida, y llevó la mano a su vientre, como comprobando su
delgadez. Era tan plano como había sido en su mejor momento, tal vez más,
¿no podía permitirse un bocado sólido, aunque sea por una tarde?
La preparadora no estaba cerca, tal vez estaría rondando a Jabbah y las
demás. Era su única oportunidad para un gusto como ese, aprovechando la
inmunidad que le confería estar cerca de su padre el rey.
Aceptó el plato que le sirvieron. Hervía, tan cargado de olor que las
primeras oleadas de este arremetieron con violencia contra la princesa.
Rápido, a su garganta escaló el reflejo del vómito, y con solo mirar el plato
frente a ella comprendió una verdad abrumadora: el castigo de lady Briane
ya había adoctrinado su estómago; acostumbrado a comer en vagas
cantidades, no aceptaría algo tan fuerte de buenas a primeras.
—¿Qué ocurre? —exigió saber Lesath.
Ella dibujó una sonrisa e intentó tranquilizarle, pero estaba pálida.
—Shaula, ¿qué te sucede?
—Es que mi ciclo...
—¿Cuánto dura tu ciclo, Shaula Scorp? Llevas semanas con esa excusa.
—¿Cómo sabes que...?
—Soy el rey de Áragog, ¿tú cómo crees que me he enterado?
Shaula tragó en seco, no por lo que su padre había revelado saber, sino por
todo aquello que no decía, y seguro conocía.
—Si llevas tanto tiempo sangrando, deberíamos buscar a un médico que
pueda atenderte de inmediato.
—No, no se trata de eso. —Shaula se apresuró a aclarar, pues sabía que si
un médico la atendía, podía advertir la realidad de su situación.
Era una oportunidad, desde luego, pero temía. En una situación como la
suya, había mucho para temer. ¿Qué sucedería si no le creían? ¿Y si la
preparadora alegaba que por voluntad propia Shaula había adquirido un
trastorno alimenticio? La preparadora estaba puesta por Ara, bendecida por
la corona y, todavía peor, por la Iglesia; llamarla mentirosa sin pruebas era
como declarar la guerra, o solicitar un castigo severo a toda voz.
Su padre la miraba, aguardando, pero demandante. Esperaba una respuesta
mientras sus dedos jugueteaban contra la mesa.
Ella iba a odiar mucho lo que estaba por hacer. El fin era el adecuado, el
camino más inteligente, pero el medio suponía exonerar a la preparadora de
por vida, al menos con respecto a ese asunto.
—He engordado, padre.
Lesath arqueó una de sus cejas entrecanas.
—¿Según quién?
—Nadie. Es decir, sé que ya no, pero hace unas semanas mi vientre era un
desastre. No estaba ni cerca de lo plano y perfecto que una vez fue.
Lesath entornó los ojos. No lo hizo con intriga o escepticismo, era una
mirada distinta que su hija no supo interpretar.
—Ahora ya es perfecto. Nuevamente —siguió Shaula, esperando que su
padre entendiera.
—¿Qué hiciste?
—Lo que, en medio de mi desesperación, impaciencia y el temor a pedir
ayuda, creí que sería la solución más fácil.
No dijo más, y su padre tampoco indagó. Lesath Scorp era peligroso no por
su apellido, el veneno al que todos temían, sino por la agudeza de su mente.
Así que ser su hija y pretender mentirle, significaba todo un desafío mental.
Si Shaula agregaba aunque sea una palabra para enfatizar la intención de su
mentira, el rey la descubriría en el acto. Así que prefirió dejarlo como una
insinuación, que el rey asumiera lo peor.
—No sabía lo que hacía, padre —terminó Shaula, dando por hecho que
Lesath había entendido que se había hecho a sí misma lo que en realidad
hizo como obligación de la preparadora—. Y me he hecho daño. Ya no
puedo... volver a lo que fui. No puedo comer como solía hacerlo.
—Necesitas ayuda.
—No puedo. Lo intento, pero...
—Para eso están los expertos, Shaula. Iremos para que te revisen y te
receten una solución. Hablaré con tu preparadora. Con su supervisión,
tomarás los medicamentos, comerás lo que se te recomiende y,
eventualmente, volverás a estar bien.
Shaula sintió el alivio dentro de sí, como una gran mano sobre su garganta
que aflojaba sus dedos para dejarle respirar.
Ella sabía que si quería quitarle a lady Briane el poder para seguir hiriendo
su estómago y enfermando su cuerpo, debía asumir la culpa de la situación.
Era una solución poco gratificante, pero una victoria para su salud.
—Y, Shaula...
—¿Sí, padre?
—Agradezco mucho que me lo hayas confiado.
No había satisfacción en el rey por aquella conversación, pues postergar lo
necesario no era su estilo; quería medidas, actos inmediatos. Se levantó y
caminó con su hija hacia las cocinas de la taberna, acompañados siempre de
sus custodios por precaución.
Una vez allí, pidió al cocinero una solución salina, algún suero nutritivo, un
preparado para las náuseas y un aperitivo ligero para hacer estómago; en
simultáneo, un sirviente iba en busca de la preparadora.
—Lady Briane, de ahora en más te pido supervises la alimentación de mi
hija.
—¿Sigue gorda, majestad? —cuestionó la preparadora con su rostro como
un anuncio de sorpresa y decepción.
Lesath calló. No dio indicio de una reacción mientras a Shaula se le
suministraba todo lo que él había ordenado. La cocina se había
transformado en un espacio de hospitalización imprevisto.
En silencio, lady Briane se mantuvo reverente aguardando por una
respuesta; solo cuando se sintió antojado, el rey se la concedió.
—Asegúrese de que Shaula reciba diario la cantidad de proteína, vitaminas
y nutrientes que le indicará el médico luego de evaluar su estado físico. Que
coma a las horas señaladas, no antes, no después. Y si siente que su cuerpo
no es capaz de soportar un alimento sólido, que consuma los medicamentos
requeridos. ¿Puede hacer eso?
—Puedo, majestad.
—Y lo hará, lady Briane. O conseguiré una preparadora competente que
pueda advertir cuando mi hija se está matando a sí misma.
—Majestad...
—¿Quedó claro?
—Sí, majestad.
—Retírese.
Shaula agradecía la escena que acababa de presenciar. Era gratificante ver a
la preparadora doblegada ante un poder tan inconmensurable como el del
rey. Cuánta delicia era ser testigo de su silencio inmediato al ser mandada a
callar, testigo de cómo recibía una probada de su propia ponzoña al tener
que obedecer sin miramientos órdenes que contradecían sus deseos.
Era un placer agridulce. Lady Briane era para Shaula lo que fue Aquiles el
Alas Negras para los Leonides: el punto de quiebre. La princesa quería
recibir un mínimo de respeto, como su padre, y en su lugar solo conseguía
maltratos e imposiciones peligrosas. Se autoproclamaba pilar de la
monarquía, pero se volvía polvo ante la voluntad de su cuidadora.
Pero no lloraría por ello, eran lágrimas para otra madrugada. Esa tarde,
debía permitirse el regocijo de haber ganado la sanidad.
Tuvo una buena jugada, aunque eso solo incrementase su miedo por la
repercusión que tendría de parte de su rival.
Cuando ella y el rey al fin salieron de la taberna, no esperaron a los demás
para caminar juntos de regreso a los carruajes.
—Le agradezco, padre, por lo que acaba de hacer por mí. Temí que este
tema lo alteraría, que sería demasiado para usted y motivo para recibir un
gran castigo.
—Suficiente castigo el que impusiste a tu cuerpo.
—¿Está decepcionado, majestad? —indagó Shaula, insegura sobre lo que
detectaba en la actitud.
—Admirado de tu inteligencia para pedir ayuda.
—Preferiría la habilidad para ayudarme a mí misma.
Su padre se detuvo y escudriñó a su hija, a esos ojos que eran lo único
visible más allá de la semitransparencia de las telas que la cubría.
—Solo existe una corona, y no eres su heredera. Mientras sea así, Shaula,
vas a tener que desarrollar mucho más tu astucia para estar a salvo.
»Me complace descubrir que entiendes esto. Nuestras habilidades surgen
únicamente después de que aprendemos a aceptar, y rechazar en simultáneo,
nuestras limitaciones.
—¿Cómo puedo aceptar y rechazar al mismo tiempo lo que me hace inútil?
¿Cómo se sobrevive a este reino estando tan lleno de debilidades?
—En los entresijos de una monarquía no hay rivales a vencer, solo
limitaciones propias por identificar. Entonces es cuando empiezas a tener
poder y te vuelves parte del juego.
—¿Y si no estoy jugando, qué se supone de mí?
—Que estás muerta.
Shaula tragó ante la imagen, difusa en sus recuerdos, del ataúd de su madre.
Era el ejemplo más vívido de lo que ocurría cuando los entresijos de una
corte de escorpiones se volvía demasiado para ti.
—Shaula. Entiendo que quedan resquicios de un resentimiento entre
nosotros, producto de todo lo que involucra a tu madre, en especial su
muerte...
—No. Majestad, le pido que...
—Soy tu padre. Tutéame, Shaula. Aprovecha esta brecha de privacidad y sé
mi hija.
—No quiero hablar de ella.
—Tenemos que hablar de ella.
—Es el último tema que deberíamos tocar —zanjó Shaula, ladrando con ira
apenas contenida—. Si acaso nos toleramos es porque evitamos mencionar
su recuerdo, porque evito pensar en lo que le hiciste...
—Cuidado con tus acusaciones.
El rey lanzó una mirada en dirección a los custodios, que aunque firmes y
discretos, seguían presentes.
Shaula mordió su lengua para evitar todo el torrente de palabras hirientes
que pretendía salir de ella.
—Espero que podamos superar esto, Shaula. Mientras, tienes que
entender...
—Podemos superar si avanzamos sin tocar este tema. Es insoportable.
—Shaula.
—No quieras despertar la parte de mí que te aborrece —espetó la princesa,
su mandíbula tan tensa como el sentimiento en su pecho—, no intentes
excusarte por algo que no tiene perdón.
—Si no discutimos el pasado, en mi consciencia quedará el que puedas por
equivocación repetirlo. Debes aprender de sus errores.
—¡Sus errores! —Shaula reía, cínica e iracunda, mientras sus ojos
amenazaban con el llanto—. ¿Cuál fue su crimen?
—Si esta fuera la historia de una mujer que perdidamente se enamora de un
hombre, tu madre sería una mártir. Pero la que escribimos es la historia de
un reino, Shaula, y en ella tu madre escogió el camino que la mataría.
Shaula asintió, tan molesta como desesperada por acabar con ese tema.
—¿Podemos irnos?
Las risas interrumpieron al monarca y su aprendiz. Detrás de ellos, las
damas y sus nuevos amigos, los guardias a los que habían acompañado
mientras bebían, avanzaban a los carruajes en medio de chistes y anécdotas.
Todas saludaron al llegar a la altura de la familia real, pero fue para Shaula
como si esas saludos jamás hubiesen sido advertidos, dándolos por hecho
como al sonido del viento a través de las copas de los árboles.
Solo fue consciente de una de ellas, de su voz y las distintas inflexiones con
las que la modulaba, sus pasos y cómo eran tanto o más expresivos que su
rostro; la distancia que guardaba de las otras y la expresión de hastío, como
si quisiera volver de inmediato a encerrarse en una nueva lectura.
Shaula dio un mordisco leve a sus labios por reprimir una sonrisa. ¿Sabían
los guardias que pretendían la atención de Isamar Merak que la muy
insensata prefería la mente de personajes ficticios a la conversación con
hombres reales?
La doncella Isamar se inmiscuyó entre padre e hija, haciendo una
reverencia al rey de Áragog.
—Majestad —saludó.
Al mirar a Shaula, sus ojos se torcieron en un gesto desdeñoso. Sin siquiera
dedicarle una palabra a su princesa y mentora, se marchó a paso apresurado
como si no soportara el brío de su presencia.
—Por todas las estrellas de Ara... —murmuró el rey—. ¿Qué le has hecho a
la pobre para que te deteste a tal punto?
—¡Padre! ¿Por qué asume que he tenido yo que hacerle algo? ¿No puede
tratarse de que ella me ha hecho algo a mí?
—Shaula, es impensable lo que sugieres. Si esa chica hubiese hecho algo
para provocar tu ira, en el mejor de los casos, ella sería miserable.
—Lamento ser quien le informe que está en un error, padre, pues Isamar
Merak vaya que ha hecho mucho para provocarme.
—Y aún así, es ella quien te detesta, y no al contrario.
—Yo la detesto —aseguró Shaula tan indignada como si hubiesen sugerido
que tenía la belleza de un sirio y la utilidad de un bufón.
—Como se detesta por la tarde la inclemencia del sol en Baham, pero se
añora por la mañana.
—¿A qué...?
—Cuidado con las personas en las que depositas tu confianza y afecto,
Shaula Scorp. No digo que ella no sea de fiar, sin embargo, el resto de la
corte estará buscando eternamente un medio para dañarte, manipularte,
doblegarte, chantajearte, ultrajarte y cualquier otro método que termine en
tu destrucción.
—No confío en nadie, padre. Jamás revelaría información delicada a mis
damas.
—No creo que me estés entendiendo, al menos no todo lo que abarca mi
advertencia: guarda para ti cualquier indicio de que una persona no te
desagrada del todo. De lo contrario, le estarías gritando al reino tu
debilidad.
—¿No puedo tener amigas?
—No si parece que no las envidias, criticas o detestas en secreto.
—No estoy segura de que me agrade la vida que nos ha tocado. Eso a lo que
llamas juego no es como el ajedrez que me enseñabas de niña, esto es...
despiadado.
—Lo sé, hija. Y sin embargo, tú eres mi apuesta más fuerte.
—¿Para casarme con el hombre correcto y darte la alianza que el reino
necesita?
—Para sobrevivir y triunfar.
En ese instante dieron por terminado el paseo y la charla, por lo que se
disponían a llegar al carruaje justo cuando un niño mugriento se asió a la
falda de la princesa.
—¡Guardias! —gritó el rey, aunque poco necesario era, pues ya habían
alcanzado al pequeño y alejado de la princesa—. ¿Cómo permitieron que se
acercara tanto?
—Majestad, es solo un niño... —discutió Shaula en desacuerdo con el trato
que le daban los guardias.
—Niño que podría tener escondida un arma. La negligencia de la seguridad
no se justifica con nada.
—Y el maltrato, menos —repuso la princesa, quitando al pequeño de las
manos de los custodios que lo empujaban y apretaban como si fuera de
plástico.
La princesa lo cargó, ignorando las advertencia de su padre, y el niño le
señaló una dirección para guiarla hacia el resto de su familia.
Ahí se encontraban al menos cinco niños más en la sombra que se formaba
detrás de una casucha. Dormían sobre cartón y para comer disponían apenas
de un par de coronas y tres anillos en un calcetín sucio. Vestían harapos,
estaban mugrientos y tan delgados que la desnutrición era evidente.
Algunos estaban tan enfermos, que bebían a través de una esponja húmeda
o comían directamente del pecho de una mujer, que debía ser la madre.
—¿Esto es lo que querías mostrarme? —preguntó Shaula al pequeño en sus
brazos.
—Familia mía —explicó él con voz trémula—. No comida. ¿Donación?
Hablaba con deficiencia, un lenguaje que se esperaría de un bebé, no de
alguien de su tamaño, lo que hizo a Shaula ser consciente de la carencia de
educación de aquellos niños.
Cuando el rey y los guardias alcanzaron a Shaula, la princesa bajó al niño y
fue voluntariamente a recibir a su padre para decirle:
—Padre, esta gente muere de hambre.
—Lo noto.
Las uñas de Shaula lastimaron sus manos con la fuerza que empleó para
apretar sus puños. Los abrió y cerró un par de veces para no ser evidente en
la ira que le provocaba lo déspota que podía llegar a ser su padre.
—Debemos hacer algo. Somos la monarquía de Áragog.
—Shaula, esta gente es minoría.
—Minoría que podemos salvar.
No dijo nada más. Fue hasta el carruaje y alcanzó las canastas con
provisiones que era capaz de llevar por su cuenta, ignorando las preguntas o
los comentarios de los nobles que la veían anonadados a su alrededor.
Estaba menguando las reservas para el viaje, pero sabía que así orillaría a su
padre a comprar más.
Terminó el trayecto de regreso y le entregó las canastas a la familia,
momento exacto en que el padre de los niños apareció de quién sabe dónde
para disfrutar y dosificar el botín.
Para entonces, la osadía de Shaula ya había llamado suficiente la atención
como para reunir otros pueblerinos de Ceto y a los nobles que viajaban con
ellos.
La mano del rey parecía especialmente interesado en la escena, mirando
con escrutinio a Lesath como en espera de su reacción.
Shaula los ignoró a todos y fue hasta donde estaba su padre, ambos aislados
por los custodios para que nadie más se les acercara.
—Te debo parecer un monstruo... —dijo Lesath. Su vista a la escena en
frente, su tono tan bajo como para que solo ella y tal vez los guardias
pudieran escucharlo.
—No quiero hablar.
—Y aún así, hemos de hacerlo.
Shaula puso los ojos en blanco, e inmediato como relámpago sintió su
cuerpo tensarse en pavor. La preparadora se mantenía a raya mientras el rey
estaba presente, pero Shaula no pudo evitar pensar que un desliz como ese
en presencia de lady Briane supondría un inclemente castigo.
—No soy un monstruo, Shaula, no mucho más que tú. Solo tengo la
inteligencia emocional suficiente como para no dejarme llevar por
sentimentalismos.
—De acuerdo. ¿Debo agradecer?
—¿Qué lograste? —preguntó su padre mirando al perfil de su hija.
Shaula estudió a la familia que comía y bebía. Parecían más felices que
nunca.
—Salvé a esas personas.
—Aliviaste su hambre, misma que tendrán esta noche, y todavía más
mañana.
—¿Y por ello no merecen comer?
—Merecer, palabra interesante. ¿Cuál es el mérito de mendigar, Shaula?
Ella miró también a su padre, solo para que advirtiera el asco en sus ojos.
—Esas personas tienen manos y pies —siguió el rey—. Hay trabajos de
sobra, incluso entre los menos aconsejables, peligrosos e inmorales. No se
harán ricos, pero suplirán con la paga su necesidad de alimentos.
—No conoces la situación de esas personas. Para ti es fácil juzgarlos desde
tu trono, ¿no? Y lavar tus manos. ¿Eso alivia su consciencia, majestad? ¿Es
lo que se repite para dormir?
Lesath aceptó las palabras como se deja a la lluvia arremeter contra un
impermeable. Por consiguiente, volvió su vista a la escena e hizo señas en
sus dedos para contar a cada integrante.
—Una madre. Un padre. Seis hijos... ¿En qué punto se dieron cuenta de que
no tienen la situación económica para traer más vida a este mundo? ¿Cinco
niños, pobreza extrema, y todavía les parecía buen plan un sexto? El
problema de estas personas no es su hambre, es su mentalidad. El reino no
está en crisis, su hambruna no es «
nuestra
» responsabilidad. —Miró a su hija—. Y enfatizo, ya que hablamos de lavar
manos, para que recuerdes que también eres parte de esta monarquía. Haz
agotado recursos en calmar su hambre por unas horas, cuando su
mentalidad sigue intacta. ¿Querías ayudarles? ¿Crees que el desempleo no
es por su holgazanería? En ese caso, haberles dado trabajo, limpiando
letrinas en el castillo aunque sea. No los salvaste, Shaula Scorp, solo
retrasaste su muerte.
Eso hizo que Shaula mordiera tanto su boca como para invocar la sangre en
ella.
Las lecciones de su padre eran las peores. Tal vez por ello eran de las que
más aprendía.
—Sir Aztor, sir Lencio —llamó a sus guardias personales.
Ambos acudieron de inmediato al llamado de esa mujer a la que servían por
obligación, pero ante cuya voz no podían reaccionar más que en obediencia.
—¿Princesa? —preguntó sir Lencio, el primero al que había conseguido
Shaula y quien más cómodo parecía con el acuerdo que tenían.
—Tomen al padre y la madre de estos niños.
Aztor ejecutó la acción primero, sir Lencio se demoró un poco más en hacer
una reverencia a su princesa.
—¿Qué se supone que hace? —preguntó la preparadora en desapruebo.
—Lo mismo me incita a preguntar mi curiosidad —manifestó lord Zeta, la
mano del rey—. Me intriga, majestad, ¿Shaula actúa por orden suya?
Lesath se mantuvo tan imperturbable, como si las palabras de lord Zeta
fueran lo mismo que el aleteo de un insecto.
—La princesa Shaula —corrigió sir Lencio al regresar con la madre tomada
por el brazo.
—¿Qué dice? —inquirió lord Zeta Circinus.
—Los títulos, lord Circinus. No olvide a quién se dirige.
—No olvide a quién se dirige usted —advirtió lord Zeta, su frente
enrojeciendo a pesar del frío que empezaba a arreciar.
—Le he dado un recordatorio, no un insulto.
—Dirigirse a mí en corrección es un insulto en sí mismo. ¡Soy la mano del
rey! Tú un simple guardaespaldas.
—El guardaespaldas de la princesa, a la cual ha minimizado al tutear, mi
lord.
—Te haré ahorcar...
—¿Con la autoridad de quién? —se burló sir Lencio, haciendo que Shaula
se encontrara al borde de una sonrisa. Estaba disfrutando muchísimo de esa
confrontación.
—¡Guardias! —exclamó la mano del rey—. Ejecuten a ese payaso...
—Ese payaso es mi guardia, lord Circinus —le recordó Shaula—. No tiene
derecho a disponer de su vida.
—¡Soy la mano del rey!
—Y al parecer hasta a usted se le olvida, por lo mucho que nos lo repite.
—¡Shaula! —exclamó horrorizada la preparadora haciendo ademán de
avanzar, a paso furioso, hacia la mencionada.
—Ni un paso más, lady Briane —aconsejó el rey con voz tan amable, que
no parecía que la estaba desautorizando—. Este es un asunto entre
miembros del consejo, y algunos tienen tal fragilidad de ego, que no
gozarán de la intervención de una preparadora.
La mujer se frenó en seco, ruborizada por las palabras del rey, pero muda
por completo a cualquier réplica.
—Majestad —explotó lord Circinus, demandante en dirección al rey—. Su
hija y su bufón me han insultado. Exijo que se me retribuya y que a ella se
le castigue...
—Zeta, imagino que no estás sugiriendo que someta, agreda o siquiera
incordie a la princesa de este reino porque tu ego se ha visto comprometido
en una discusión que tú has comenzado.
—Me insultó —repitió lord Circinus, tan impotente que sus labios
temblaban.
Lesath sucumbió a reír por el comentario.
—¿Mi Shaula? Pero si ella sería incapaz de insultar una flor marchita, es un
encanto de bondad. ¿No has visto lo que ha hecho con esta familia de
desafortunados?
—Escuchaste lo que ha dicho...
—He escuchado cada detalle de esta ridícula discusión, y lo que a mí me
parece es que mi hija señaló un detalle que todos advertimos con
anterioridad. Para insultar, hay que mentir. Si la verdad te hiere, no es culpa
de ella. Tal vez tú deberías disculparte con la princesa, y el guardia al que
has amenazado de muerte sin motivos o autoridad para ello.
Lord Zeta Circinus no estaba conforme. Incluso ante el rey, no se quedaría
callado ante tal menosprecio y humillación. Así que dio un paso hacia
Lesath, de quien se suponía era su más importante consejero, y le dijo:
—¿No tengo autoridad para ello? ¿Tú te estás escuchando, Lesath?
—Escúchate a ti, Zeta. Siéntate a estudiar algunas horas extras, pues
pareces desconocedor de obviedades, como que no puedes pretender
ejecutar a los hombres que garantizan la seguridad de la princesa del reino
al que sirves.
A medida que esas palabras se pronunciaron, el tono del rey se volvía cada
vez más determinante, inflexible. Inmediatamente se pronunció la última
palabra, se hizo el silencio.
El rey había hablado.
No había nada más qué discutir.
Lesath se volvió hacia su hija y los guardias que sostenían a los padres
indigentes.
—Puedes proceder.
Shaula asintió.
—Sir Aztor, sir Lencio, ejecuten a esa pareja.
—¡¿QUÉ?!
El desconcierto vino de todas direcciones, y los clamores no tardaron en
acompañarles. Sin embargo, los hombres de Shaula no titubearon, pues las
órdenes ya habían sido dictadas.
Sir Lencio lo hizo rápido, sacando una daga para cortar el cuello de la
mujer. Sir Aztor, se tomó el tiempo de tomar su espada, colocar al hombre
contra una valla, y cercenar su cabeza de un mandoble.
Los nobles murmuraban, los pueblerinos exclamaban con horror y los niños
lloraban a sus difuntos padres.
—¡¿Te has vuelto loca?! —preguntó la preparadora, más roja que nunca.
—¿En qué momento y por qué motivo tu padre autorizó algo así? —exigió
saber la mano del rey.
A Shaula no le importaba todo el alboroto, ni las demandas, ni el
interrogatorio; el único indicio de humanidad que hubo de su parte, fue la
búsqueda de los ojos de Isamar Merak, que consolaba anonadada a Jabbah,
pues la prima de Shaula había entrado en crisis por la escena tan violenta.
—A partir de ahora, estos niños son huérfanos y yo, Shaula Scorp, princesa
de Áragog, les concedo el asilo político —declaró la princesa, vociferando
para que todo el pueblo escuchara—. Encargaré a mis vendidas a la
preparación, cuidado y educación de los niños, ya que ellos no tienen culpa
de la negligencia de sus padres, quienes fueron sentenciados a muerte por el
crimen que aquí observan...
Añadió Shaula señalando el deplorable estado en el que estaban los
pequeños mendigos.
No se quedó a esperar reacción de parte de nadie y emprendió su camino de
vuelta al carruaje, seguida por sus guardias quienes a la vez encaminaban a
los niños.
Ya en el carruaje, su padre le dio un beso en la frente y dijo:
—Que Ara bendiga tu corazón, hija, y que maldiga a quien se atreva a
intentar marchitarlo.
~~~
Nota
Pregunta del día: ¿Cómo llegaron a este libro? ¿Están enganchados con la
historia?
Por cierto, voy a escribir un himno de adoración a Shaula y lo cantaré cada
día de mi vida.
Bueno, hemos probado un poco de satisfacción en este capítulo: la
preparadora desautorizada por un rato, Shaula solucionando inteligenmente
el asunto de su estómago, lord Zeta Circinus humillado, Shaula dando una
orden que nadie pudo desobedecer... ¿Qué les han parecido cada uno de
estos acontecimientos?
31: Maldita lengua
Llegaron a Deneb con un carruaje menos, pues dispusieron de este para
llevar de regreso a los niños huérfanos con las vendidas, algunos guardias y
la preparadora.
Al fin, Shaula tendría unas vacaciones de su zorridad: lady Hija de Canis
Briane, como llamaba para sus adentros.
Shaula en serio esperaba que, si Ara leía los pensamientos, perdonara los
suyos dadas las circunstancias.
A quienes mantuvieron a su lado fue a las doncellas, pues esta era una gran
oportunidad para las tres de mostrarse en sociedad, exhibir sus encantos y
tal vez captar la atención de un noble dispuesto a cortejarlas.
Para lo que no estaban preparadas ninguna de ellas, en especial la princesa
escorpión que tanto de su vida había pasado entre fuego y brasas, era el frío.
Shaula empezó a pensar en Ara como un desierto en cuando las primeras
oleadas del viento norteño caló en sus huesos.
Tuvo que decir adiós a la cultura de Baham en lo que respecta a la
vestimenta, vistiendo por primera vez los ostentosos vestidos de piel, cuero,
vellos y pedrería que el gran sastre real había confeccionado únicamente
para ese viaje.
Sus damas tuvieron que vestirla dentro del mismo carruaje, aprovechando el
lujo de este, que contaba con compartimentos cual camarote en navío. La
pieza del día era un enterizo blanco de cuello alto; en el área donde iría el
escote, llevaba pedrería para aportar lujo, elegancia y distinción. Encima,
iba una especie de chaqueta larga del mismo tono y tela, era lo que daba ese
efecto de falda. Con apliques de perlas en las solapas del pecho y las
mangas; y un cinturón de oro, diamante y plata que cerraba el conjunto con
los colores reales: blanco, platino y dorado.
Isamar tenía su mano entre las suyas, delicada pese a sus propias
emociones, mientras deslizaba el anillo de una serpiente en el dedo
enguantado de la princesa.
La doncella la miró, y parecía muy inconforme con su posición: odiándola
en silencio, sirviéndole en público.
Por primera vez, Shaula sintió empatía por una de sus damas. Se imaginó en
su lugar, y sufrió con la perspectiva de tener que servir a quien no quieres ni
saludar.
Shaula mordió su labio mientras lady Altair colocaba el prendedor de la
capa —con el símbolo del escorpión coronado— en la parte frontal de su
cuello.
Isamar entonces seguía con la otra mano, colocando el guante de cuero
blanco con una expresión en su rostro que era una huelga en sí misma.
Shaula quería decir algo, lo que fuera. Tal vez una disculpa, o mejor una
orden; pero nada salió. Solo pudo seguir mirando a Isamar, que vestía de
negro, gris y borgoña; la única oscuridad entre tanta pureza.
La princesa podía asumir el puesto de una soberana y manejar una situación
que involucrara lords poderosos de frágiles egos, custodios de dudosa
lealtad y plebeyos en situaciones precarias; pero a la hora de lidiar con una
insignificante doncella, flaqueaba su astucia, menguaba su seguridad,
tembaleaba su orgullo. Con Isamar, Shaula era una simple y basta humana.
~•☆♡☆•~
Rumbo al castillo de Deneb, se hizo una pausa en el mercado. Lo
primordial era mostrar la diferencia entre esos lugares en Ara y el norte,
pero muchos lords aprovecharon para adquirir su próxima vendida y darle
variedad a su colección.
Por motivo del clima, los mercados en Deneb no exhibían las mujercitas en
el exterior como sucedía en la capital, había que ingresar a las tiendas
donde estas aguardaban cual maniquíes. Cada lord que se interesaba en
alguna, se acercaba a examinar su físico, mientras las preparadoras
explicaban sus carencias, virtudes y la utilidad para la que habían sido
instruidas desde su nacimiento.
El mercado era enorme en Deneb. Cada casa de preparación tiene una
vendedora en jefe y tantas preparadoras como sean necesarias, y cada
administración tenía al menos una tienda para exhibir sus aprendices de
vendidas.
Algunas casas de preparación eran tan prósperas y pobladas que poseían
más de una tienda en el mercado céntrico. Una de las más populares,
sugeridas por el embajador de Deneb para la corte de Ara, era Ana Frank.
Tal era el prestigio de Ana Frank, que sus tiendas no estaban hechas de tela.
Tenían una verdadera construcción con habitaciones donde clasificaban sus
aspirantes a vendidas. Cada una tenía su cotización prendida a la ropa, y su
nombre por ningún lado, lo cual decía mucho en tan poco rato.
En el centro del comercio de Ana Frank, había mesas donde podías sentarte
a comer con las aprendices si no estabas seguro de comprarlas, solo había
que pagar una pequeña suma por hora, que variaba dependiendo de la
cotización de la joven.
Un sistema agradable y hasta modernizado para lo que se veía en la capital,
donde el clima permitía tener a las jóvenes al aire libre y llevaba a los
mercados a dar poca importancia a la comodidad y el lujo, escatimando en
los costes, exhibiendo a las jovencitas como se hace con los frutos.
Y sin embargo, lo que escaseaba era el buen producto. Se veía muy poco de
lo que es considerado belleza en Ara, pues la mayoría de las jovencitas
tenían ojos negros o cafés, con pieles carentes de bronceados y marchitas
por el frío. Sus cuerpos eran más robustos y sus curvas casi inexistentes. Al
menos había más rubias que en la capital, donde costaban el doble.
Sir Aztor se mantenía firme en su posición junto a la princesa, lejos de la
tentación de observar mercancía que no podía costear. En cambio, sir
Lencio llevaba al menos media hora en una conversación que parecía
extenderse en medio de sonrisas y rubores, con una joven de cabello
cobrizo y ojos marrones. Solo su cabello podía ser considerado atractivo,
pues sus labios demasiado finos y nariz ganchuda, apenas dejaba algo qué
admirar en su rostro.
—Es de esas desafortunadas poco agraciadas a las que no nos queda más
opción que instruir para conversar —explicó la vendedora en jefe de Ana
Frank, quien por supuesto estaba más concentrada en guiar a la familia real
que al resto de la corte, así que notó el interés de la princesa en su custodio.
—¿Cómo funciona eso de «instruir pafa conversar», mi lady? —cuestionó
Shaula con interés.
—A cada niña que compramos, se le da una utilidad desde el día en que sus
rasgos se hacen lo suficientemente evidentes para decidir qué tan agradable
será a la vista. Las que serán indudablemente hermosas —siguió la
vendedora señalando el atril donde exhibían a las más costosas—, esas las
preparamos para complacer a sus dueños de la manera tradicional. A las que
no son tan prodigiosas en su físico pero tampoco desagradables, se les
añade algún otro talento: cocina, piano, pintura... Necesitamos variedad,
nunca sabes con qué fin puede llegar un hombre a estos mercados.
—¿Y las que sí son desagradables a la vista?
—A esas las instruimos en trabajo pesado, limpieza y... libros. Los eruditos,
raros y aquellos que tienen muchas vendidas pero se sienten solos, siempre
buscan alguien para conversar. Para eso están ellas.
—Comprendo.
Shaula no pudo evitar sentirse algo triste por esas desafortunadas. Aunque
era la voluntad de Ara que nacieran como vendidas, era desalentador que
por aspectos físicos fueran todavía más marginadas y menospreciadas entre
su nicho.
Sacudió de su cabeza esos pensamientos, pues no era su responsabilidad
cuestionar el orden divino, y se aproximó hasta donde sir Lencio
conversaba con la aprendiz de vendida.
—Sir... —saludó la princesa poniendo su mano sobre el hombro del
caballero—. ¿Puedo unirme?
A Shaula no le preocupaba hablar delante de las vendidas, le habían
explicado desde pequeña cuál era el lugar de cada mujer, y entendía que
nadie jamás creería en la palabra de una vendida, si es que alguien siquiera
las escuchaba.
La pirámide era clara:
Primero la reina, luego la princesa del linaje Scorp, luego las princesas de
las distintas regiones de Áragog, luego las esposas nobles; al mismo nivel
se puede poner a las vendedoras, aunque muchos discuten este hecho,
excepto Shaula. Ella sabía que, mientras esas mujeres tuvieran dinero, no
había discusión sobre su lugar. Más abajo en la pirámide, van las esposas
casadas con plebeyos que pierden sus títulos, en el fondo las vendidas y
luego las preparadoras —a las que se pone por debajo de todo, ya que
vienen a ser vendidas fracasadas, aspirantes a las que nadie compró—. Y —
lo único por debajo de estas— son las que venden su cuerpo a placer, esas
infames sin perdón de Ara a las que algunos conocen como prostitutas.
—¿Le molesta si se nos une? —cuestionó sir Lencio, quien miraba a la
joven con ojos devotos y protectores.
—¿A usted le importa? —cuestionó la aprendiz de vendida, sus ojos
desorbitados, su boca entreabierta.
—¿Que si me importa, qué?
—Si me molesta. ¿Realmente le importa, o es solo una formalidad?
Sir Lencio sonrió, al borde de una risita. Shaula no lo había visto así de
auténtico desde... Jamás.
—En este caso, lamento confesar que se trata de un mero formalismo. Es la
princesa de Áragog quien nos interrumpe, mi lady, a ella no puedo decirle
que no.
—Oh —la futura vendida se levantó, haciendo una profunda reverencia a su
princesa.
Shaula comprendió que, si no fuera por la lealtad hacia ella, a sir Lencio
realmente le importaba lo que pudiera o no molestar a esa vendida sin
dueño. Desconcertada, la princesa entendió que también le importaba.
—Siéntese, mi lady, realmente no quiero molestarles. Volveré en un
momento con mi caballero, solo espere aquí.
Shaula se llevó aparte a su guardia, y solo cuando estuvieron solos le
preguntó:
—Sir, si ha de pagar por hablar con alguna de estas jovencitas, ¿por qué no
hacerlo por una más agraciada? ¿Qué tanta ha de ser la diferencia de costo?
—Princesa, no me di cuenta de que debía pagar algo hasta que ya estaba
hablando con ella, y me descubrí envuelto en la conversación. —El
caballero sonrió—. Me preguntó por el broche de la guardia, el de las
espadas cruzadas. ¿Sabía que tiene una historia? Ella me la narró.
—Lea un libro, es más barato.
—¿Es esa una orden, princesa?
Shaula escudriñó en los ojos de su custodio, y vio que él obedecería, así
como también percibió que no quería hacerlo.
—Si le gusta, ¿por qué no comprarla?
—Dudo que esté tan cómoda al hablar, si siente que he pagado para ello. De
todos modos, soy un soldado a su entero servicio, alteza. No he de tener
posiciones.
Ella suspiró, pero no continuó con ese tema.
—Sir, quisiera hablarle de lo sucedido en Ceto.
—Lo lamento, alteza, sé que no debí alterarme al punto de tratar de ese
modo a la mano del rey, pero... —El hombre hizo gestos de
estrangulamiento con sus manos—. Detesto ver cómo se regodea. Es un
hombre con poder, comprendo, pero ese poder viene de la familia real, ¿qué
sirios le cuesta cumplir con los malditos título correspondientes? ¿Por qué
encuentra placer en humillar a una niña? Y no es por ofenderla, princesa, he
visto lo capaz que es, pero debe entender que así es como la ven ellos, lo
que solo fortalece mi impotente ira.
—Sir...
—Tenía que hacer algo. Lo lamento, no se repetirá. Espero no vea
pertinente castigarme por este arrebato.
—¡Sir! ¿Cómo podría castigarle por algo así? Al contrario, quería
agradecerle.
El hombre abrió mucho sus ojos, la sorpresa pronto dando paso a una
sonrisa en su rostro.
—¿Lo dice en serio, alteza?
—Dijo lo que yo debo callar, pues pese a mi posición de supuesto poder, los
hombres de esta corte me imponen vivir con una mordaza al respecto.
Entonces el guardia sonrió de verdad, abiertamente, y gracias a la princesa a
la que parecía temerle tanto.
—Le agradezco, sir. En serio me siento en deuda con usted.
—Pero no debe —expresó el guardia—. Si cada persona que le sirve
correctamente, que actúa como debe hacerse con respecto a nuestros
monarcas, siente de su parte que usted no cree merecerlo, perderá
credibilidad. Le acepto su gratitud, por lo que una vez me dijo: somos
amigos. Pero, por favor, no repita eso. No muchas veces, no con cualquiera.
Y no me debe nada.
Shaula asintió, y descubrió que, en realidad, ella también sonreía.
—Discúlpeme por llamarlo sir Lencio. Fue infantil de mi parte.
Él se encogió de hombros.
—Mi nombre anterior era inmemorable. Sir Lencio me gusta más: tiene una
historia digna de repetir.
—Sir... Si he sido tan mala como para que me tema, ¿por qué me ha
ayudado?
—Corrijo: ha sido tan buena como para merecer respeto. Recuerde que
estoy aquí por su misericordia. Sir Aztor también lo sabe, solo que prefiere
ignorarlo, por lo que queda del orgullo que usted destruyó.
Shaula mordió su labio avergonzada, recordando cómo había adquirido al
segundo guardia en la ceremonia de cobro de impuestos.
—No sé qué es lo que recuerda —dijo sir Lencio, como leyendo la
vergüenza en la expresión de Shaula—, pero él la agredió y usted le
perdonó la vida. Eso es lo único que importa, es lo que debe recordar.
Usted, y él.
Asintiendo, Shaula decidió que tal vez era momento de cuestionarse si era
justa la manera en que se demonizaba a sí misma.
De todos modos, ya fuera por blanda o por maquinadora, prefería a sus
custodios contentos que conspirando en su contra.
—Una cosa más, sir. Sé que usted viene de una guardia con muchas reglas y
condiciones, pero eso ha cambiado ahora. No es usted un guardia del reino,
ni siquiera uno de la Corona, es el guardia de Shaula Scorp, al igual que sir
Aztor, y yo he de decidir su reglamento. Por ende, escoja una vendida. Yo la
compraré, la cuidaré como mía y le daré alguna actividad en el castillo, y
durante esa estancia, usted tendrá plena libertad de cortejarla si así le
parece. Tal vez eso solucione lo de sentir forzada la conversación al estar
pagando por ella.
—Alteza, eso no es...
—Algo discutible. Escoja, y hágame saber cuando esté seguro de su
elección. Y dígale lo mismo a lord Aztor.
Sir Lencio hizo la reverencia más entusiasta que había dedicado a la
princesa hasta el momento, luego fue a cumplir sus órdenes.
~•☆♡☆•~
Los Cygnus recibieron a la familia real en su castillo. Rápidamente les
dieron sus mejores habitaciones y pusieron sus necesidades al servicio de
las mejores vendidas.
Y aunque todas ansiaban con entusiasmo el clásico paseo para conocer las
tierras nevadas, las zonas turísticas, la gastronomía e ir a —lo que venía a
ser la principal atracción de Deneb— las exhibiciones de patinaje en el lago
congelado; todas tuvieron que atenerse al apretado itinerario para los
preparativos previos al cumpleaños de la princesita Cygnus.
La que cumplía años era la menor, Gamma Cygnus, quien a pesar de ser
prácticamente una bebé, demostraba maravillarse por actos más del estilo
masculino.
Por ello habían escogido que las damas de honor participaran de un acto
bárbaro donde fuego, arco y flechas serían los protagonistas.
Más que algo impecable, se esperaba poder mantener los heridos al mínimo.
Era el motivo por el cual Shaula y sus damas llevaban toda esa tarde
practicando tiro al blanco en las lindes del inhóspito bosque de Deneb.
Lady Lyna Cygnus era la esposa del alto lord de Deneb y, junto a él, la
protectora del norte; la única mujer presente más alta que Shaula, con dos
intimidantes metros sin necesidad de tacones. Su cabello tenía el rubio de la
paja seca, su piel la palidez marchita que procedía al frío.
—La pequeña Gamma es un alma salvaje, se los advierto —explicó lady
Cygnus mientras las damas de Shaula practicaban—, por lo que la idea es
hacer dos filas con las damas de honor, cada fila a un lado de la alfombra, y
cada dama lanzando una flecha incendiada al aire para crear el marco de
fuego por donde ha de pasar la princesa cumpleañera.
—¿Su otra hija comparte estos indómitos gustos, lady Cygnus? —
cuestionó Shaula.
—Freya es la de siete, pero ella salió más a su padre. Es la tranquilidad y
obediencia hecha humana, un cisne como ningún otro. Gamma es la
perdición, el suicidio de la maternidad. Revoltosa, chillona y quiere hablar
más que los adultos cuando apenas y sabe pronunciar las palabras que
emplea.
Shaula se preguntó sobre la hija que faltaba, la princesa prometida que fue
secuestrada al nacer. Si estuviera ahí, ¿qué papel jugaría en esa familia en
apariencia tan equilibrada?
—¿Quién sirios tuvo la maravillosa idea de ponernos a trabajar con
artefactos letales? ¿Dónde quedó eso de llevar flores y obsequiar pañuelos?
—se quejó Isamar luego de fallar su décimo quinto intento de acertar al
tronco del árbol señalado.
Shaula resopló, su aliento golpeando el cubrebocas que ya no era una tela
colgante; dado el frío, el nuevo diseño era más sofisticado, sin
transparencia, como parte de una armadura.
Se adelantó a la línea de partida que habían trazado en el suelo para hacer
su primer intento luego de perder interés en regodearse en el fracaso de las
demás.
Cuadró su arco, y encajó su campo de visión a la posición de este; tomó la
flecha y tensó la cuerda hasta que el plumaje del arma rozó su mejilla.
Se quedó allí, esperando a que lady Lyna Cygnus, protectora del norte,
corrigiera su postura.
Una mano presionando su espalda, otra acomodando la altura de su hombro,
y tenía la aprobación para disparar.
Un tiro limpio que a conciencia desvió del centro del tronco, pues la voz de
su madre seguía murmurando en su memoria, pidiéndole mantener en
secreto las habilidades que había adquirido en una década de entrenamiento.
Lady Altair era tan descoordinada como su hermana, mientras que Jabbah
aprendía mucho más rápido. En tan solo una instrucción y dos correcciones,
ya estaba acertando al árbol señalado.
La princesa no tenía ningún interés en elogiar a su prima por logros
mediocres, pero entendía que no le favorecía una enemistad con ella, no
mientras esta siguiera adulando a la mano y a la preparadora, no mientras
desconociera qué era lo que Jabbah había interpretado de la cercanía entre
Shaula e Isamar.
Así que se dibujó una sonrisa en los labios que esperaba pudiera reflejarse
en sus ojos, y fue hasta donde Jabbah seguía acumulando aciertos con cada
vez menos correcciones.
—Parece que me he adelantado al juzgarte como alguien de lento
aprendizaje, prima. Entiendo ahora que, simplemente, no había encontrado
aquella destreza en la que estarías destina a destacar.
—¿Le parece que lo hago bien? —cuestionó Jabbah con los ojos brillantes
de ilusión.
—Mejor que ninguna aquí.
—Pero, alteza, usted lo ha hecho perfecto...
—No del todo, y solo fue un acierto. Tengo la dicha de que lady Cygnus
supo acoplar mi posición a la adecuada para no fallar, pero de ahí en más no
tengo mucho mérito.
—¿Cree que puedo ser buena?
Shaula sintió el impulso de poner los ojos en blanco. No tenía un motivo
para que Jabbah le desagradase, pero si algo aborrecía era tener que repetir
adulaciones con el fin de convencer al adulado de habilidades que ya había
resaltado suficiente.
Siguió agregando elogios, y un par de correcciones para no ser muy
evidente en su hipocresía, y se retiró para seguir observando el plano
general de las prácticas... Fue cuando notó a Isamar, que la agredía con su
mirada. Shaula intuyó que algo había hecho para ofenderla, pero al no
encontrar un motivo lógico, concluyó que su doncella se había decidido a
odiarla desde la última discusión.
Pese a ello, no quería dejar el veredicto de su relación a lo que su mente
fabricara. Quería mantener la paz con su doncella, lo quería tanto, que
quebró su orgullo para acercarse y preguntar si le había hecho daño.
—Merak —llamó cuando esta se alejó lo suficiente de las demás. Isamar
era la única de todas que llevaba el cabello sin acomodar, recogido en un
moño improvisado que dejaba muchos mechones fuera de este—. ¿Puedo
hablarte un momento?
—¿En qué le puedo servir, alteza? ¿Desea un cáliz con agua, o tal vez un
cuenco con fruta? ¿O necesita, tal vez, que masajee sus dedos?
Las palabras estaban en orden, el tono sardónico fue lo que irritó la buena
voluntad de la princesa.
—¿A ti qué sirios te sucede? Me canso de adivinar, así que, si no es mucho
pedir, agradecería que me dijeras cuál es tu problema.
—Usted.
—¿Yo? —repitió ella, riendo con sátira.
—Sí, princesa, usted es mi problema.
—Tu ingratitud no tiene mesura —espetó Shaula.
—Ya me ha insultado suficiente como para que encima agregue que debo
agradecer por ello.
Shaula no pudo contenerse y empezó a reír, alentada por el modo en que el
ceño de Isamar se fruncía cada vez más en consecuencia.
—En serio crees que no tienes nada qué agradecer...
—Ilumíneme, alteza, narre la lista, que seguro ha hecho ya, sobre lo mucho
que le debo.
La princesa entendió la burla escondida en esas palabras. Era una sensación
desagradable para ella, y solo conocía una forma de gestionar sus
emociones una vez llegaban a ese punto: lastimando al responsable.
—Sin mí, seguirías siendo tan poco memorable como la primera vez que
entraste a mis aposentos.
Isamar contuvo una sonrisa, indicio de que, más que sentirse atacada,
parecía sentir ternura por el comentario.
Y eso molestó más a Shaula.
—Ordinaria como la tierra y tan insípida como el agua —siguió
enumerando la princesa—. De belleza posees poco, de cualidades ninguna.
Lo único en que destacas es en la manera en que colmas la paciencia de
cualquiera; interrumpiendo cuando no se te pide opinión, insistiendo
cuando se te ordena parar, acusando cuando no tienes fundamentos o la
instrucción mínima para que tus argumentos sean de interés. Te miro todo el
día, y todos los días, y sigo sin encontrar un modo de arreglarte, de no
fracasar contigo, de hacer de ti una mujer que un hombre desee poseer.
—Pero me mira.
Shaula frunció el ceño sin comprender lo que Isamar había intentado
señalar, a lo que la dama insistió:
—Ha dicho que me mira, alteza; usted, la princesa escorpión, todo el día y
todos los días. Algo destacable he de tener, ¿no cree?
Habría al menos mil aleaciones con qué replicar a ese comentario, sin
embargo, Shaula no pudo pensar en ninguna. Quedó en blanco, desprovista
incluso del calor inicial de la discusión.
Solo estaba ahí, petrificada mientras su deseo era asimilar que había
perdido ese debate.
La doncella hizo una profunda y muy adecuada reverencia, luego añadió:
—Me retiro, alteza, pero sabe dónde encontrarme si requiere algo de mí.
El resto de la jornada, Isamar la pasó más cerca de Jabbah que nunca. Pedía
consejos de puntería, consultaba sus posturas con ella y reía de sus chistes
que poco tenían de gracia.
Shaula no comprendía por qué Isamar no quería su amistad. Todos en aquel
lugar la adulaban, aprovechándose de cualquier excusa para interactuar con
ella. Todos, salvo la pescadora con la cabeza en los libros y lengua con
predilección a palabras malsonantes. Esa indómita doncella, privilegiada al
tener tan accesible a la princesa, era la única que la despreciaba con
libertad.
—Alteza —dijo lady Cygnus a la princesa—, debo arreglar otros detalles
para la celebración. Puedo llevarme a sus damas al castillo para que
descansen y puedan dar un paseo, sin embargo, hay una de ellas que...
Lady Cygnus se giró hacia Isamar, que seguía fallando como si la práctica
se tratara de desperdiciar flechas.
—A la menor de las Merak no parece que se le dé muy bien esto, y quisiera
evitar un accidente mortal en medio de la ceremonia. Usted decida si la
dejamos fuera del acto, o si las dejo para que practiquen un poco más. Les
dejaría a mis guardias para regresar al castillo, además de sus custodios
personales, claro está, como garantía de su seguridad.
—Me parece bien, lady Cygnus. Haré lo posible para que lady Merak esté a
la altura del evento esta misma noche, de lo contrario le haré saber que no
ha cumplido mis expectativas, para que pueda sacarla del acto.
—Perfecto, entonces. Estoy al alcance de sus mensajeros para cualquier
detalle que surja, princesa.
Shaula dejó a lady Cygnus marcharse y pasó el resto de las siguientes horas
mirando a Isamar Merak errar un tiro tras otro.
Shaula jamás había visto la nieve. De hecho, le habían señalado que en esa
temporada no vería caer mucha, aunque el suelo estuviese tapizado de
blanco. Pero la tarde se hacía oscura y la ventisca helada; las bajas
temperaturas que arrancaban vaho a cada respiración, y el aire arrastraba
consigo restos del cristal del cielo.
Los guardias pronto encendieron sus antorchas para contrarrestar el frío,
acercándose a la princesa para aclimatar su entorno. Y aunque Shaula
recordaba todas sus instrucciones intentando no temblar, su cuerpo no
estaba hecho para aquel mundo helado. Por sus venas corría el calor de
Baham, su piel hecha para resistir el temperamento del sol, no la lenta
inclemencia del hielo.
Por suerte, sus hombres iban preparados. Buscaron en el carruaje los
abrigos más aptos para aquellas horas, y con ellos cubrieron a la princesa y
su doncella.
Solo era un rato desagradable, se repitió, pasaría cuando Isamar al fin
cumpliera con su tarea. No le estaba yendo tan mal en las últimas, al menos
empezaba a acertar al árbol.
Hasta que la doncella se quitó los guantes, tirándolos al suelo como en una
rabieta, y llevó ambas manos a su boca.
Shaula no estaba de humor para tolerar tal procrastinación.
—¿Qué es lo que haces? —inquirió Shaula llegando a la altura de Isamar.
—Tengo mis manos entumecidas —se quejó la doncella—, seguiré cuando
mi aliento infunda el calor suficiente para volver a sentirlas.
Shaula alzó sus cejas hasta que casi alcanzaron el adorno en su frente, la
tomó desprevenida la actitud tan arbitraria de quien era su subordinada.
—Vas a continuar no cuando tú quieras hacerle. Lo harás ya, porque eso se
te ordena.
Isamar no se veía desafiante, solo exhausta. Su rostro había perdido todo
rastro de color, acumulando la mayor parte en un rubor intenso en sus
mejillas. Inspiraba agitada, y exhalaba solo nubes de vapor helado.
Pero solo sus palabras fueron suficientes para incendiar a Shaula.
—Lo haré si me lo ordena —dijo—, pero entonces le sugiero ponerse
cómoda, porque pasaremos aquí un gran tramo de esta noche.
—Esto es importante. Las señales que damos lo son. No podemos ofender a
la familia protectora del norte con tu incompetencia.
—Princesa, si el tiro con arco fuera un arte que nos enseñaran
periódicamente, esto tendría justificación, pero dadas las circunstancias...
No somos capaces. No me pida aprender en una noche una habilidad que
me es tan ajena.
Shaula le quitó el arco, dando un golpe de su hombro para empujar a un
lado a Isamar. Como hizo la primera vez, adoptó la postura correcta,
posicionó la flecha en su lugar, apuntó y disparó. Pero no se conformó con
una. Fue tomando una flecha tras otra, disparándolas consecutivas contra el
tronco. Al finalizar, había marcado en la corteza los puntos de la
constelación de la que provenía la estrella Merak.
Luego se volvió hacia su doncella.
—Repite ahora que no somos capaces.
—Eso no demuestra más que su perfección, la cual ya todos conocíamos.
—Implica que tu inutilidad no es excusable con tu género.
Dicho eso, caminó hacia Isamar solo para estampar el arco contra su torso;
una forma algo agresiva de devolvérselo, pero igualmente efectiva.
—¿Le ha dicho alguien a la cara lo insufrible de su vanidad? —preguntó
Isamar, aunque sonreía.
¿Por qué sonreía?
—No puede importarme menos lo que se diga de mí.
—Eso es más que evidente.
—Cierra la boca, Merak, y sigue con lo que nos tiene aquí.
Isamar resopló de hastío.
—Ya le dije que no voy a...
—Me cansé de tu maldita lengua.
Shaula volvió a arrancarle el arco de las manos a Isamar, pero esa vez le
tenía otro uso en mente. Se ubicó detrás de ella y corrigió la postura que
tenía.
No fue amable, no fue sutil. Tomó la cara de Isamar y hundió los dedos en
su mejilla para hacer que volteara a mirarla.
—Esto tiene que salir perfecto, Merak, pues tú eres mi maldita
responsabilidad.
—Sus dedos, me lastima...
Pero Shaula solo los hundió más, afianzando el desprecio de su mirada.
—Si tengo que cumplir con todas mis amenazas y maltratarte por el bien de
mi reputación, lo haré sin miramientos. Llevas mucho tiempo confundiendo
el que no despilfarre mi veneno contigo, asumiendo que eres inmune a el.
—La confundida es otra si concluye que me creo inmune a cualquier parte
de usted.
Shaula la soltó bruscamente, y le entregó nuevamente el arco.
—Vamos de nuevo.
~~~
Nota:
Ay, por Ara... LA TENSIÓN. ¿A
ustedes
qué les parecen las cosas entre Isa y Shaula? ¿Y el capítulo? ¿Les
gustó? ♡
32: Ladrones de almas
Ambas lo percibieron, y con un intercambio de miradas, estuvieron seguras
de que lo que sentían en la atmósfera era más que una descarga de paranoia.
La noche de pronto se había vuelto absoluta, muda y más helada que nunca.
La nieve cubría sus botas y el viento aulló una última vez, soplando tan
fuerte como para apagar el fuego de las antorchas.
Tragaron en seco, pues ninguna veía más allá del temor en el rostro de la
otra.
—Shaula...
—Sshhh —calló la princesa interponiendo su mano enguantada sobre los
labios de su doncella. Por primera vez, ni siquiera pensó en el bochorno de
estar tocándola.
Las nubes despejaron el cielo de un modo extraño. Puntos blancos
aparecieron en él: estrellas; no como en Ara, donde el polvo cósmico y los
astros eran fácilmente visibles como acompañantes de aquellas luces, pero
ahí estaban, iluminando un cielo que hasta entonces parecía congelado en
su somnolencia.
Las estrellas pueden ser una buena señal en cualquier reino, menos en uno
donde los mitos hablan de criaturas que beben poder de estas; y tú no eres
una de esas.
Shaula podía sentir la respiración de Isamar como un corazón que galopaba
contra su mano, pero no desistió, pues esa firmeza era lo único que le
quedaba para sentirse en control de una situación jamás vivida.
Dio un paso hacia atrás, y tiró leve de su dama para que ella entendiera que
la instaba también a hacerlo. Así, con mucho cuidado de no hacer ningún
tipo de ruido, y confiando en su sentido de orientación, ambas fueron en
reversa, aproximándose a las entrañas del bosque donde habían estado
dirigiendo sus flechas.
El cielo empezó a parpadear, como si todo el poder que daba vida a las
estrellas de pronto se agotara y renovara de golpe, más intenso.
Esto se fue repitiendo periódicamente, como si marcara un ritmo. Y cobró
sentido a medida que advirtieron dos siluetas que bajaban de la colina en
dirección al carruaje.
Parecían formas humanas solo en la medida que iban de pie con dos
piernas, un par de brazos y una cabeza. Pero las manos parecían arrastrar
tres espadas en cada una, la punta levantando la nieve del suelo al avanzar.
Sus siluetas se fueron iluminando, como si el parpadeo del cielo de algún
modo las recargara; se estaban robando la vitalidad de las estrellas,
alimentando el modo en que sus extraños cuerpos azulados vibraban.
Con esa nueva luz, ellas lo vieron: no eran espadas lo que llevaban los
desconocidos, eran sus propias manos, con huesos tan largos como zarpas
que llegaban al suelo. Y su postura no era lo extraño, sino la forma de su
columna, donde cada vértebra parecía fracturada, con una punta larga que
amenazaba romper la piel.
Isamar empezó a negar desesperada, sus lágrimas bañando el guante de la
princesa. Pero Shaula no la soltó, aunque tuvo que arrastrarla los últimos
tramos hasta que ambas quedaron apoyadas de un árbol lo suficientemente
lejos de la vista sin correr el riesgo de perderse.
«Así que esos son sirios
», pensó Shaula, y con dificultad empujó la saliva hasta su estómago.
El primero saltó sobre el carruaje, y su peso cual estatua de plomo lo partió
desde arriba, destruyendo la madera hasta que el vehículo quedó en dos
piezas que rodaron por la nieve.
Cuatro hombres había en guardia, el par que proporcionó la familia Cygnus,
y los dos custodios personales de Shaula.
Todos desenvainaron sus espadas en simultáneo, un solo rugido metálico
contra las disonantes exclamaciones de aquellos desafortunados que poco
estaban preparados para una pesadilla así.
El sirio que restaba, pese a ser una criatura cuya mente se definía como
animal, no tuvo ninguna prisa en terminar de bajar la colina. Como si solo
quisiera saludar, alcanzó a los cuatro guardias alzando nubes de nieve a su
paso. Entonces alzó una de sus zarpas, alcanzando a uno de los
desprevenidos que miraban al sirio del carruaje; los largos dedos
antinaturales de la criatura cercenaron, cortando hasta el tuétano, mientras
la sangre y las tripas teñían la nieve.
Shaula presionó más fuerte que nunca su mano en la boca de Isamar, pero
era más como un mecanismo para lidiar con sus propios nervios, pues no
hacía falta. Su dama ya no reaccionaba, mirando con ojos vidriosos y el
alma en vilo, tan aterrorizada que era incapaz de sentir ni su propio miedo.
Los hombres despertaron de su estupor y se batieron en duelo, valientes
como solo podían ser los soldados, contra esas criaturas que hasta entonces
se creían cuentos infantiles.
Blandían sus espadas contra las zarpas de los sirios, que igualaban su
resistencia a pesar de estar hechas de hueso.
Las matemáticas hicieron rápido su trabajo en la cabeza de Shaula: tres
humanos contra dos monstruos no auguraba una batalla justa, y por
desgracia, la princesa se encontraba en el bando perdedor.
Solo tenía un factor a su favor, y era la sorpresa. Sorpresa que no duraría
mucho, y aunque le afectara, Shaula debía asumirlo: ellas eran las
siguientes.
Soltó a Isamar y condujo su mano al carcaj a su espalda.
Solo tres flechas.
Tres flechas no mataban dos sirios.
Pero podía ayudar, y darle una oportunidad a los guardias. Lo demás, sería
confiar en ellos, que pese a la pérdida y lo desprevenidos que estaban,
resistían. Shaula tenía que recordarse a sí misma que sir Aztor había sido
capitán de la guardia hasta que ella lo destituyó, tenía que saber manejar
situaciones de alto riesgo, debía ser un muy buen espadachín.
Asintió, aunque fuera un gesto para sí misma, y se aferró a esos
pensamientos.
Descolgó el arco del hombro de Isamar. Lento, pues no quería alertar ni
siquiera a su dama, y con esa misma templanza lo colocó en posición de
ataque.
Tensó la cuerda, ajustó su mira pese a la distancia; el frío y la oscuridad no
eran un buen augurio, pero esos monstruos alumbraban cual antorchas de
fuego blanco, así que era fácil seguirles.
Inspiró, tragó...
Por Ara, le estaban temblando mucho las manos, la flecha repiqueteando
contra el arco por su pulso descontrolado.
Y era todo, su cubrebocas se estaba llenando de sudor, lo que la
desconcertaba y...
No estaba sudando. Eran sus lágrimas, represadas por la tela. Y solo lo supo
cuando los pulgares de Isamar limpiaron sus lagrimales, quedándose lo
suficiente para acariciar sus mejillas.
Shaula no protestó, no fingió firmeza. Miró a su doncella, y con una mirada
le transmitió todos sus temores:
¿Y si fallo, Isamar? ¿Y si acierto, y aún así no es suficiente? ¿Y si no puedo
salvarnos?».
Entonces Isamar se ubicó junto a Shaula, y puso sus manos sobre las suyas
enguantadas, presionando fuerte para dar seguridad a ese agarre que
temblaba.
Puede que el tiro fuera de Shaula, pero la fuerza se la estaba dando Isamar.
Y si algo sucedía, le quedaría esa sonrisa llorosa y agradecida como último
buen momento.
Inspiró profundo hasta hinchar su pecho, y dejó ahí la respiración, pues no
quería tambaleos de ningún tipo. Calculó la distancia y la dirección, y
disparó apuntando al cuello de la criatura más cercana.
El cuello era un blanco ambicioso, demasiado reducido, así que la flecha
pasó volando lejos del objetivo, pero tan próxima como para alertarlo y
hacer que volteara.
Shaula aprovechó que se había vuelto hacía ella y no se detuvo a pensar
nada. Con la mirada del sirio en el bosque, apuntó donde creía debía estar
su corazón y disparó de inmediato la segunda flecha.
Pero esa tampoco fue precisa; quedó clavada en el esternón del sirio, quien
la partió con sus zarpas tan tranquilo como si de una picadura se tratara.
Las miró una vez. Demasiado lejos, pero Shaula vio unos ojos negros sin
vida, y pese a ello, creyó vislumbrar lo que había debajo: maldad humana.
Tal vez ya no estuviera vigente, tal vez esa consciencia había desaparecido,
pero alguien con ese cuerpo alguna vez fue tan vil como para vender su
alma a Canis y transformarse en esa monstruosidad.
Entonces, el sirio echó a correr hacia ellas.
Por un lado era una distracción aprovechable para los tres guardias que
resistían fuera del bosque, por el otro...
—Quiero que corras lo más lejos que puedas —le dijo Shaula a Isamar—,
corre y súbete a un maldito árbol, lo más alto posible.
—No voy a...
—¡VETE!
No hubo opción, Shaula empujó a Isamar con todas sus fuerzas, quien salió
despedida en dirección opuesta al sirio; tropezó con su falda, las ramas y la
nieve, avanzando a trompicones mientras volvía su vista para mirar a la
princesa.
Shaula se alejó en otra dirección, pero no corría, quería ser la presa más
fácil.
Al voltear y comprobar que ya no alcanzaba a ver a su dama y que, en
efecto, el sirio la seguía a ella, entonces echó a correr.
Agitada y con sus pulmones congelados por el frío, frenó de súbito aunque
la bestia detrás de ella no bajaba el frenesí de su marcha. Se volteó en
dirección al monstruo de los cuentos.
Así de cerca y avanzando tan sagaz hacia ella, Shaula notó que en sus ojos,
muy en el fondo, ardía fuego blanco. Almas. Las almas de las que se
alimentaban aquellos monstruos.
Shaula se agachó, sus manos aferrándose a las raíces del suelo para calmar
su temor nauseabundo. Ella no sabía muchas cosas de aquellos seres, pero
tenía certeza de una: nadie puede robar un alma, su portador debe
entregarla. ¿Serían esos dientes como sierra, el método por el cual harían a
la princesa suplicar para que se coman su alma?
Esperó no averiguarlo jamás.
La bestia saltó ese último tramo, elevándose contra la fuerza de Ara que
mantenía a la humanidad atada al suelo, y descargó sus garras justo en el
lugar donde la princesa aguardaba.
Shaula actuó solo segundos antes, arrastrándose debajo del tronco caído del
que estaba apoyada, y rodando lejos del alcance de las zarpas.
Se incorporó rápido, mientras todavía el sirio intentaba destrabar sus garras
de la nieve y las raíces. Subió al tronco por el que acababa de pasar y usó
esa altura para saltar sobre el sirio.
Para su mala suerte cayó abrazada a la cadera de la bestia, las vértebras
lastimándole mientras sus piernas se asían con todas sus fuerzas al cuello de
su adversario.
Logró desorientarlo. El sirio intentó sacudirse a la princesa y hasta
alcanzarla con sus zarpas, pero era torpe en sus extremidades, y no podía
articularlas como un humano normal, así que solo podía seguir
sacudiéndose con desespero.
La fuerza de aquel monstruo era tres veces superior a la de un mortal, así
que Shaula experimentaba una especie de vértigo que golpeaba su estómago
con cada sacudida. Estaba verde, con lo que quedaba de su sangre caliente
en su cabeza, y su cuerpo siendo magullado por las vértebras huesudas de la
criatura al golpearle.
Pero soltarse era lo peor que podía sucederle, porque si caía, moriría al
instante. Su única supervivencia era esa inútil hazaña.
Por desgracia, la fuerza que experimentaba su cuerpo en cada sacudida era
demasiada; Shaula acabaría por desmayarse.
Lo sabía, simplemente lo ignoraba mientras se aferraba con todas sus
fuerzas.
Y entonces, la bestia cesó. Algo la golpeó desde atrás.
Y aunque Shaula estaba mareada, desorientada y de cabeza, reconoció la
falda de Isamar a lo lejos. Justo cuando el sirio se disponía a correr hacia
ella.
«Maldita criatura
». Esa vez, Shaula no se refería al sirio, sino a la doncella insensata que tan
estúpidamente se había puesto en peligro.
Al dejar de sacudirse la criatura, Shaula encontró un poco de estabilidad
para soltar sus piernas.
Cayó hacia atrás, impulsada por la feroz carrera del monstruo. Gritó en
cuanto sus piernas impactaron con el piso de golpe, arrastrando detrás del
sirio, pero no se soltó de su cadera bajo ningún concepto.
El monstruo hizo una pausa al alcanzar a Isamar, y fue cuando Shaula fue
consciente de que su dama estaba escalando un árbol tanto como se lo
permitía su atuendo tan voluminoso y pesado.
Shaula rogó a Ara que lo consiguiera, y que el sirio no pudiera alcanzarla.
Sin embargo, la bestia se abrazó al árbol, y ayudada por su fuerza robada al
cielo, pudo impulsarse hacia arriba pese a tener a la princesa colgando de su
cadera. Estaba escalando detrás de Isamar.
Shaula sintió un nuevo arrebato de miedo, y ese sentimiento pronto se
transformó en adrenalina. El frío abandonó sus extremidades, el dolor de las
magulladuras fue enmudecido. La princesa fue recompensada con nueva
energía en su sangre con la que empezó a escalar la espalda del sirio,
ayudada por su protuberante columna, hasta que quedó abrazada a su
cuello.
El sirio alzó su monstruosa mano. No necesitaba llegar a la altura de Isamar
para destruirla, solo dar el zarpazo.
Tomó impulso hacia atrás, y quedó paralizado. Su piel, en un principio
grisácea, rápidamente se tiñó de un violeta mortífero. Sus ojos perdieron el
fuego, su cuerpo abandonó la fuerza de las estrellas, que regresó como
nubes de escarcha al cielo.
Se desplomó en la nieve, su cuerpo golpeando con todo su peso el de
Shaula, sus protuberancias empeorando las magulladuras de la princesa.
Ella perdió el conocimiento de inmediato, pero ni siquiera entonces su
mano soltó la flecha que había enterrado en el ojo del sirio, ocasionando su
muerte instantánea.
Isamar empezó su descenso del árbol.
Ni siquiera se había percatado de lo ocurrido, pues sucedió justo en la
fracción de segundos donde se había convencido de la inevitabilidad de su
muerte.
Se lanzó del árbol cuando creyó seguro, y se arrastró por la nieve
alcanzando a su princesa.
Apartó al monstruo, y se percató de que el vestido de Shaula estaba bañado
en sangre... ¿Cuánta de esa era suya? No toda, pues en su mayoría había de
esa negra y putrefacta, característica del sirio.
Comprobó su rostro. Estaba tibio apenas, pues la noche era despiadada en
sus bajas temperaturas, pero aquel no era un frío mortal.
Solo era un lapso de inconsciencia, se tranquilizó Isamar.
De todos modos, buscó entre la ropa de Shaula alguna herida que fuese lo
suficientemente preocupante para atender de inmediato. Solo tenía una en el
abdomen, que parecía infringida por ella misma, tal vez había guardado la
flecha ahí para tenerla al alcance, y se había terminado cortando.
Isamar alcanzó una piedra afilada y cortó la tela más limpia y menos
expuesta del interior de su vestido. Creó con este el vendaje momentáneo
para detener el sangrado. Juntó nieve con sus manos hasta formar un
cúmulo endurecido, y eso colocó encima del vendaje. El frío ayudaría a
contraer los vasos sanguíneos, disminuyendo el flujo de sangre. Todo eso lo
envolvió con una nueva tira de tela que ató en la cadera de la princesa.
Ese era un pormenor. El verdadero atentado venía del frío. Shaula no
sobreviviría un par de horas expuesta en el bosque congelado.
Como pudo, Isamar levantó a su princesa.
—Por Ara, cómo pesa... —Se quejó, el esfuerzo traslúcido en su voz.
Los brazos de Shaula colgaban, era demasiado alta e Isamar no estaba en la
mejor condición física, pero se exigió a sí misma a avanzar, aunque el frío
fuese una dificultad en su respiración, y sus dedos hormiguearan por el
adormecimiento.
Siguió caminando los largos tramo que, entre el miedo y la persecución,
corrieron casi sin darse cuenta.
Al menos sintió que estaba haciendo ejercicio, actividad a la que empezaría
a recurrir a partir de entonces. Quedaba en evidencia que nunca se sabe
cuando puede aparecer una criatura mitología que roba poder de las
estrellas y cena almas humanas. Debía estar preparada para la próxima vez.
La cabeza de la princesa daba vueltas, sus ojos abriéndose con lentitud.
Isamar sonrió al vislumbrar ese gesto en medio de la sombría y helada
noche. Ya despertaba la muy ingrata, ya podría caminar por su cuenta.
De repente, Shaula sacudió su cabeza de sopetón.
—¡El otro! —exclamó alterada, su voz confusa por el adormecimiento.
Isamar se echó a reír, aunque eso le quitaba el escaso aliento que
conservaba al cargar con Shaula.
—No escucho ruidos de batalla, princesa. Los guardias ya se habrán
encargado.
—Entonces...
Shaula parpadeó. Desde ese ángulo, solo veía el rostro sonriente de Isamar,
y las estrellas como el fondo de un artístico cuadro. ¿En serio Isamar la
estaba cargando? Por algún motivo, eso la hizo sonreír. Suerte que el
cubrebocas que usaba no era diáfano, para que nadie más lo notara.
—Estamos vivas, lady libros.
Isamar sonrió mucho más, las salpicaduras de sangre roja en sus mejillas
haciéndose más intensas.
—Estamos vivas, princesa escorpión.
~~~
Nota
Un capítulo que muestra un poco de la magia de este reino, de las criaturas
que acechan más allá de la mitología. Amo cómo Shaula toda pequeñita
afrontó el peligro como si fuera gigante. Y amo todavía más que Isamar,
que es básicamente inútil en cuanto a fuerza y entrenamiento físico,
regresara para morir ayudando a su princesa.
En fin, el amor JAJA. ¿Les gustó el capítulo? ¿Qué sintieron?
33: Supervivencia
Orión
—Duérmete ya, Joyitas, estoy cansado de oírte repetir la misma mierda de
sirio todas las noches. Si quieres morir antes del reclutamiento, yo te hago
el maldito favor, pero deja dormir a los demás, ¿quieres?
Semanas de viaje habían pasado ya para Orión, solo con paradas a media
pradera para satisfacer las necesidades fisiológicas, y noches eternas en
vagones —tirados por caballos— compartidos entre unas docenas de
aspirantes a caballeros.
Había leído la carta de despedida de su padre tanto como para memorizarla.
Al señor Rigel Enif, padre de Orión, le había costado aceptar que su hijo
aplicara para el entrenamiento de los caballeros del reino. Un viaje tan
largo, un proceso tan costoso y un aislamiento definitivo de tres años, eran
solo algunos de los factores que llevaron al señor Enif a llorar como un niño
ante la carta de financiamiento que llegó del castillo.
Rigel no era el mismo desde la muerte de la reina. Pasaba sus noches
mirando al suelo como si las estrellas ya no brillaran para él. Solo le
quedaba su hijo, y la responsabilidad con la joyería, como excusa para
levantarse cada mañana.
Por desgracia, ese mismo hijo en el que esperaba encontrar consuelo,
prefería amar a su padre fingiendo que no existía esa melancolía que
parecía consumirlo. Porque Orión no podía condenar a su padre, ni dejar de
apreciarlo aunque le arrancaran el corazón, pero sentía como una traición su
tristeza: el motivo del sufrimiento de Rigel Enif era una clara falta al honor
que había predicado a Orión por sobre todas las cosas.
Siempre le inculcó el amor y el honor como valores principales, y terminó
siendo un amor lo que asesinó su honor.
Así que un día despertó con la noticia de que Orión optaría por el
entrenamiento para unirse a la guardia.
Tres años de un entrenamiento del que poco se sabe, salvo que no sobrevive
cualquiera.
Entonces, Rigel decidió escribir esas palabras.
«Recuerda que mientras más traslúcido, más puro el diamante; no te dejes
engañar por la extravagancia. Recuerda también que hasta el más oxidado
metal, puede venir cubierto de un baño de oro. No creas en la autenticidad
de nada que no hayas visto forjarse, Orión. Por eso yo creo en ti, porque te
conozco desde antes de la forja. Ve, y sé el caballero que el cielo destinó
para este reino necesitado. Tal vez tú nos salves de las serpientes que caen
sin haber usado su veneno».
En el viaje de ida, Orión jamás lloró. El llanto es la aceptación a la
desesperanza, y él estaba seguro que podría volver a su hogar. Leía esas
palabras y las repetía antes de dormir como un mantra, no porque temiera
por su vida, sino para determinarse a preservarla sin importar el precio.
De Sargas, su medio hermano y futuro rey, no se había podido despedir.
Solo tenía de él aquel financiamiento, y una carta distinta, expresando su
incondicional apoyo e irracional confianza, en el presunto guerrero que
apenas podía sostener su espada.
Lo primero que notó Orión al llegar a las ruinas de Zatah fue la luz
amarilla, y los brazos quemándose debajo de su resplandor.
Miró a los demás, que parecían muy desesperados.
Algunos chillaron y preguntaron si no se les derretiría la piel.
Orión ya había estado antes bajo un sol similar. Su padre y él habían hecho
viajes a Hydra por negaciones de la joyería, ya conocía el sol real, como lo
llamaban los que vivían fuera de los terrenos de la capital.
Le gustaba, pues sentía que intensificaba. la vida y sus colores. Era
majestuoso, mucho más imponente y difícil de admirar a la vista humana,
pero tenía sus horas buenas, horas que jamás podrían vivirse con la
monotonía del sol blanco.
Aunque, por desgracia para lo que habían ido a hacer en aquellas ruinas, la
fatiga pesa más bajo un astro que parece puesto para freirte.
Las ruinas —o el terreno baldío de Zatah, como solían llamarse—, hacían
justicia a su nombre. Un campo inmenso en su infertilidad, que alguna vez
contuvo toda una región del reino de Áragog. Ahora estaba lleno de
escombros, cuevas que resultaron de los derrumbes, campamentos, tiendas
de campaña, centros médicos improvisados y una gran variedad de
secciones confinadas para el entrenamiento de los reclutas y equipadas por
los mejores mecánicos con obstáculos jamás vistos por el populacho.
Orión miró a aquellos que llegaron consigo, los reclutas que recién bajaban
de sus vagones.
Él viajó con los de la capital, pero había hombres de todas partes del reino,
con características físicas muy marcadas de sus regiones nativas, y otros
con un claro mestizaje. Contó al menos trescientos entre la aglomeración.
Eran demasiados, ¿cómo escogerían solo cien? ¿Qué sucedería con el resto?
Entendió, rápidamente, que debía destacar incluso por encima de lo que se
había propuesto, si quería ser más que el intento de un soldado.
Les indicaron dejar sus pertenencias en los vagones y fueron llevados a una
parte recóndita de las ruinas. Caminaron por lo que parecieron horas bajo el
escrutinio dorado del sol en su temperatura del mediodía.
De súbito, frenaron en una zona extraña para haber sido hecha por la
naturaleza. Si se usaba suficientemente la imaginación, parecía el resultado
del descenso de una estrella en su representación teológica; como si Ara
hubiera bajado del cielo a toda velocidad y aterrizado con su magna fuerza
en ese punto, derrumbando las construcciones y dejando la marca de un
círculo exacto en el suelo.
Las piedras dentro del círculo hasta parecían baldosas por lo bien encajadas
que estaban en el, con apenas medio pie de separación entre ellas.
Orión pensó que tenían que haber sido lijadas, puesto que el suelo era casi
plano, similar a una gran alfombra —con el tamaño para albergar una
multitud— en medio de aquel terreno desértico.
—¿Qué crees que provocó algo como esto? Yo digo que parece que fue aquí
donde se quebró el tacón de una gigante, ¿y tú? —preguntó Orión a uno de
los reclutas que venía de Ara con él, su voz proyectada como un susurro en
consecuencia al estruendo de las pisadas alrededor.
—¿Y eso por qué carajos importa, Joyitas?
Orión estaba ya acostumbrado a ese apodo, y a la subestimación de sus
compañeros de la capital. Ninguno creía que el hijo de un joyero tuviera el
material necesario para resistir al entrenamiento. A lo que jamás se
acostumbraría sería a lo cerrados que parecían todos al diálogo, a
cuestionar, a admirar su entorno de una manera más crítica en lugar de solo
aceptar la superficie.
Eso era aburrido, y le hacía extrañar a Sargas, quien por desgracia —dado
su escaso sentido del humor— era su mejor amigo.
—Esto va a ser muy sencillo —atronó la voz de un hombre en medio del
círculo de piedras una vez los reclutas fueron reuniéndose en su interior. No
era el capitán, puesto que al ser este el más alto rango en la jerarquía bélica,
habría ganado el derecho de llevar un prendedor con su constelación junto a
las medallas de las hombreras y el símbolo de la guardia real.
Aquel hombre estaría un peldaño más bajo, dado que tenía las medallas,
pero no el prendedor.
—Soy el teniente Legoztah Aldebarán. Su pesadilla en lo que duren con
vida en este confinamiento. Como sabrán, ustedes son demasiados, y
nuestros campamentos no los abarcarán a todos. O puede que sí, pero no
vale la pena que hagamos espacio para reclutas que no tienen lo necesario
para estar aquí, cuando el mayor porcentaje de ustedes es prescindible. Solo
unos pocos de ustedes están hechos del metal que resiste a esta forja, donde
pasarán tres años, donde los Estatutos de la guardia serán sus Sagradas
Escrituras, donde pasarán de niños... a verdaderos soldados.
Orión sonrió. Él no lo sabía, pero estaba gastando en aquel gesto la poca
jovialidad que tendría a su disposición en aquellos ciclos lunares. Una
sonrisa menos, tal vez la última tan inocente.
—Mientras esto sucede, y para ahorrarnos muchas penurias, les haremos
una prueba preliminar —siguió el teniente—. Pero advertimos que no será
sencilla. Peor que eso, estamos seguros de que la mayoría de ustedes, en su
inutilidad, acabarán perdiendo la vida. Así que háganse un favor a ustedes
mismos, y ahórrennos tiempo y recursos. Sincérense. Dé un paso al frente
quien quiera declinar inmediatamente, y será regresado a su hogar sin
perder mucho más que su orgullo.
Orión sintió un gran alivio, y un sentido de pertenencia que lo llevó a
sonreír todavía más, al ver que solo un joven de Ara abdicó. Su tierra
demostraba la tenacidad que sentía en el núcleo de sus huesos. Estaba
orgulloso de la facción de Áragog que representaba.
Algunos pocos de Antlia, muchos de Baham y Cetus, más un par de Hydra
dieron pasos al frente. Tampoco hubo bajas de Deneb.
El resto se mantuvo firme en la decisión, o lo que sea, que los tenía ahí en
las ruinas de Zatah para el régimen de los caballeros de Áragog.
El teniente Legoztah Aldebarán asintió, aunque el gesto fue más implícito
que perceptible; al parecer, con todo el peso de su rango, aquel hombre ya
ni podía mover su cuello.
—Los que quedan, terminen de entrar al círculo.
El hombre esperó hasta que así fue, y entonces dijo:
—La disciplina, los lineamientos, tácticas y estrategias pueden esperar.
Hoy, lucharán como salvajes. Por sus vidas. Hou evaluaremos el instinto de
supervivencia en cada uno.
»No tienen permitido salir del círculo. Quienes lo hagan, sufrirán la limpia
ejecución de nuestros eficaces arqueros. ¿Ven estos montículos junto a mí?
Esas bolsas están cargadas con armas y escudos. Usen la que quieran a su
conveniencia, quien pueda llegar a estas. Tienen permitido matarse, pero no
morir. Quienes queden con vida cuando sir Caelum haga sonar el cuerno,
estará oficialmente aceptado en el entrenamiento para la guardia. El desafío
dará comienzo cuando escuchen las tres campanadas.
El hombre esperó a salir del círculo, todos con un estupor sin mesura. Se
miraban unos a otros, buscando una salvedad, un atisbo de que estaban a
mitad de una broma, o tal vez solo querían ver que había otros más
asustados que ellos mismos.
Orión contuvo la respiración hasta que su rostro se volvió rojo, el sol
tostando su tez, el sudor corriendo de sus sienes al nacimiento de su cabello.
Miraba rapaz su sofocante entorno solo moviendo sus ojos, buscando atajos
y salidas.
Esperaba empezar con calentamientos, ejercicios aeróbicos, o una epopeya
teórica, no esa emboscada.
Se sentía como una animal acorralado, doméstico, pero pinchado al punto
en que su instinto agresivo afloraba para defenderle. El problema es que a
su alrededor había otros animales igual de enclaustrados, heridos y sin
ninguna disposición a morir.
Tenía que idear un plan, al menos mientras los sádicos de los altos mandos
los dejaban ahí, asándose en el calor, la aglomeración y sus propios miedos.
No había estrellas, así que Orión no podía hacer caso a los consejos de
Sargas de buscar su cosmo en el cielo.
Tenía que pensar como el cazador que había sido en los bosques por
diversión.
El tañido de las campanas se alzó. El arrebato que tuvo en los corazones de
los reclutas era comparable a un estruendo en el cielo, relámpagos de una
muerte anunciada.
Orión se agachó, protegiendo su cabeza con sus manos. Algo deliberado
para sobrevivir a la avalancha que correría al centro. Caer podía significar
su muerte, o una herida de gravedad, puntos débiles que aprovecharían sus
oponentes.
Tenía que mantenerse apartado del frente por el momento, la batalla más
sanguinaria se concentraría allí mientras las escaladas fueran la
competencia por las armas.
Quedarse rezagado le quitaba cualquier posible ventaja, pues sus manos
estarían desnudas para protegerse de los siguientes ataques, e incapaz de
atacar por su cuenta.
Orión se hizo la pregunta: ¿por qué matar? En un campo enemigo, la
respuesta era fácil: para proteger tu tierra, tu pelotón, tu guardia y a ti
mismo. Eres tú, o tu oponente.
Sin embargo, en esa confrontación... Era una prueba preliminar, y el
teniente no había hecho ninguna alusión que los obligara a matarse. Dijo
que podían, no que debían hacerlo.
¿Por qué matar?
Orión entendió la respuesta cuando sintió los brazos que rodearon su cuello
cuando ni siquiera había pasado toda la aglomeración. El recluta lo
estrangulaba con sus brazos, alternando presión y movimientos bruscos
como para acelerar el proceso.
Los habían encerrado, azotado con miedo, advertencias y reglas que
sonaban a sentencia. En esas circunstancias, hasta la gacela más débil se
torna una bestia; y cuando tu entorno se convierte en centenas de esas
criaturas salvajes y asustadizas, tus opciones se reducen a ser asesino o
asesinado.
Orión no sería la presa de la manada.
Forcejeó con todas las fuerzas que tenía, su cuerpo agitándose de un lado a
otro, su peso golpeando contra los brazos del atacante pese a que estaba
lastimando más su cuello.
Como el agarre no cedía, Orión llevó sus manos a aquella presa. No tenía
uñas, desearía no haber sido tan meticuloso con ellas, pero intentó que su
agarre resultara lo suficientemente doloroso como para aflojar tanto la llave
de su atacante y poder respirar.
Parecía que solo afianzaba su agarre, y Orión ya estaba tan rojo como su
propia sangre. El sol, la aglomeración que peleaba a su alrededor, la fatiga...
Estaba perdiendo su oxígeno tan rápido como se veía afectado por su falta.
Mordió a su atacante. Sus dientes clavándose como un hacha roma,
provocando un aullido de dolor.
El agarre en su cuello aflojó lo justo para que tomara una violenta bocanada
de aire, y entonces se apretó todavía más.
Pero unos nuevos desesperados en llegar al centro del círculo chocaron con
ellos y en medio del estrépito cayeron unos sobre otros. Orión tenía a un par
de reclutas forcejeando encima de él, pero ninguna mano en su cuello.
Estaba respirando.
Casi había perdido la vida por dudar si era necesario tomar la de sus
compañeros.
No repetiría ese error.
Al hombre que tenía directamente encima lo tomó por el rostro. Tiró de él
para tenerlo lo suficientemente cerca, y le mordió la nariz. Clavó sus
dientes tanto como el filo se lo permitía, y cuando estuvo afianzado, hizo un
movimiento brusco con su cabeza que partió el tabique y arrancó grandes
tajos de carne. Una lluvia de sangre surgió de esa calamidad para bañar su
propio rostro.
Y aunque Orión supuso que eso sería suficiente para dejar al hombre
desangrándose, no permitió que sus suposiciones le costaran la vida. No se
arriesgaría a ser objetivo de venganza de aquel recluta.
Ciego por la sangre de su víctima, cerró sus ojos y hundió sus dedos en las
cuencas del contrincante que gritaba, y se retorcía. Así que sí, seguía con
vida.
Orión tuvo que hundir sus dedos en la gelatina de sus ojos. Empezó lento,
pero aquel acto dubitativo lo llevó al borde de desistir, y ya no había marcha
atrás. Aunque los gritos fueran como fuego a su alma, aunque los lamentos
turbaran sus sueños hasta condenarlos a volverse pesadillas. ¿Ya lloraba?
¿Eran sus propios sollozos los que oía, o los del joven al que mataba con
tan deliberada tortura? Lo descubriría luego. En una sagaz presión de sus
pulgares, acabó con el contenido de las cuencas de esos ojos que vomitaron
sobre su rostro.
A partir de entonces, y aunque el individuo no tenía nombre, Orión siempre
recordaría aquella como su primera muerte. Esperaba que la peor.
Empujó los cadáveres que tenía encima. Al parecer, habían matado los otros
hombres encima de él.
Pasó las manos ensangrentadas por sus ojos llenos de aquella mezcolanza
de muerte para limpiarla e intentar abrirlos. Luego corrió al borde del
círculo.
Una hazaña estúpida y cobarde, en apariencia. Pero para él era la forma más
inteligente y limpia de ganar.
Llegó hasta un recluta que estaba agazapado al límite de la circunferencia
de rocas y en un acto deliberado lo empujó afuera.
Un silbido más tarde, una flecha acabó con la vida del rezagado,
asomándose desde atrás por su cuello.
Temiendo ser un blanco igual de fácil, Orión se quitó de aquella parte del
círculo y corrió a otro extremo, donde un nuevo rezagado exhumaba su
miedo.
Ese dio un poco más de pelea, a punto estuvo Enif de tambalearse y caer
fuera del círculo, pero logró mantener el equilibrio y sacar al otro de una
certera patada.
El cuerno razonó lejano, y la mayoría no le hizo caso al principio,
creyéndolo parte de sus fantasías, una manifestación de sus deseos de que
aquello terminase. Así que siguieron luchando, asesinando y sobreviendo
como despiadados animales, hasta que el cuerno atronó una segunda vez,
entonces más fuerte.
—A continuación, se dará lectura a los Estatutos de la guardia. Estos serán
los códigos de su vida, los lineamientos que estarán obligados a seguir
como reclutas y posteriores soldados —dijo la voz del teniente Aldebarán
mientras se abría paso entre los cadáveres y sobrevivientes, hacia el centro
del círculo de piedras—. Pero antes... Sean bienvenidos, reclutas, al
entrenamiento de la guardia de Áragog.
~~~~
Nota:
Estos capítulos son importantes para el desarrollo de la trama y el
personaje de Orión, pero no se me preocupen que tendremos más
#Shaumar en breve. ¿Qué les pareció la actualización? ¿Y el personaje
de Orión?
34: Una sola cama
Salieron del bosque y los guardias ya no estaban ahí, solo el cadáver del
otro sirio. Era comprensible que los hombres no estuvieran ahí parados,
dadas las bajas temperaturas, pero deberían estar buscando a la princesa.
Dieron por hecho que los guardias habían entrado al bosque a buscarlas,
pero en medio de la helada no les pareció buen plan regresar ahí solo por
esa corazonada. Podían perderse, congelarse, o tropezar con quién sabe qué
criatura.
Con los guardias desaparecidos y el carruaje destruido, Shaula e Isamar no
tuvieron más opción que avanzar hacia la civilización más próxima.
Por suerte para ellas, un carruaje se detuvo cerca y un uniformado bajó a su
encuentro.
—¿Se encuentran bien? —A medida que el hombre, cuyo porte hablaba
más que su rango, se comunicaba con ellas, unas vendidas y curanderos
bajaron de inmediato a auxiliar a la princesa y conducirlas al carruaje.
—¿Quién es usted? —preguntó Isamar, reacia a permitir que se encargaran
de Shaula unos desconocidos.
El hombre mostró el símbolo de la guardia en su uniforme, y respondió con
amabilidad y entendimiento a la preocupación de Isamar.
—Sir Volant, mi lady, teniente de la guardia de Hydra. Hemos llegado al
castillo y se nos pidió acudir a escoltar a la princesa, ya que se ha hecho
tarde y la familia Cygnus se preocupa por su seguridad. Por favor,
permítanme encargarme de ustedes. Veo que la princesa está sangrando y es
necesario que las atiendan profesionales con urgencia.
Isamar, cuya preocupación principal eran Shaula y sus heridas, accedió a
subir al carruaje.
—Sir Volant —llamó una de las personas que verificaba el estado de Shaula
—, no creo que sea prudente someter a la princesa a un viaje así. Sus
heridas deben ser atendidas antes.
El hombre asintió una vez y luego miró a Isamar, quien a su vez no
despegaba los ojos de la princesa mientras mordisqueaba sus uñas.
—Mi lady, debemos hacer una parada. Lo mejor será que pasen esta noche
en nuestra posada, está cerca de aquí. Enviaremos un mensajero al castillo
para que no se preocupen por ustedes, pero justo ahora lo primordial es el
estado físico de la princesa.
Isamar asintió sin siquiera mirar al teniente. Estaba absorta por la imagen de
Shaula y las terribles posibilidades que atormentaban su mente.
~°☆♡☆°~
Shaula despertó a mitad de la madrugada. Estaba en perfecto estado, solo
sedada por la anestesia que se le administró para suturarla. Isamar estaba en
una esquina de la habitación, aguardaba mordisqueando el esmalte negro de
sus uñas y no se había movido en ningún momento.
Mientras la princesa recuperaba la consciencia, un momento muy cómico
hizo a Isamar recuperar la capacidad de sonreír; Shaula, confundiendo a la
enfermera con su dama, empezó a pelear y a ordenarle que no la toque.
Ni en sus alusiones la soportaba.
—Es usted una doncella irreprochable —dijo sir Volant apareciendo en la
habitación con una bebida caliente y un bocadillo. Era un hombre enorme,
de cabellos dorados como el sol de su región, y ojos tan helados como el
suelo en Deneb—. Pero tal vez debería descansar, mi lady, volveremos al
castillo antes del amanecer.
—¿Isa? —llamó la voz de una Shaula desorientada que apenas se sentaba.
Isamar no dudó en correr a su lado y sentarse a un lado en su cama,
asegurándose de que las almohadas estuvieran bien organizadas dada la
nueva postura de la princesa.
—¿Se encuentra bien, alteza?
—En... perfecto estado, solo desorientada. No recuerdo haber entrado a este
lugar.
—Él es sir Volant, de la guardia de Hydra —dijo Isamar señalando al
soldado que aguardaba firme en el mismo lugar—. Nos ha prestado su
apoyo por petición del castillo. Volveremos al amanecer, no se preocupe.
—No me preocupo, no por eso. Solo... —Shaula carraspeó y miró al
teniente en la alcoba—. Le agradezco grandemente por sus servicios, sir, tal
vez me ha salvado la vida. Pero justo ahora lo que quisiera es descansar,
dado que volveremos tan temprano al castillo.
—Le daremos privacidad, alteza, solo me aseguraba de su bienestar. En
cuento a su agradecimiento, no es necesario del todo, si alguien le ha
salvado la vida fue quien tuvo la idea de vendar sus heridas y aplicar hielo,
de lo contrario se habría desangrado. Yo que usted, le daría un ascenso al
responsable.
Shaula e Isamar compartieron una mirada en ese instante, y tan rápido como
sucedió, fingieron que jamás había pasado tal cosa.
—En cuanto a usted, lady Isamar, me he asegurado de aclimatar un cuarto
para que pase cómodamente la noche, si quiere descansar...
—Soy entera y absolutamente incapaz de irme a dormir con la princesa en
este estado, sabiendo que podría necesitarme. Sé que tiene excelentes
vendidas, sir Volant, pero le pido que no insista y me permita quedarme
para asegurarme del bienestar de la princesa por mi cuenta.
Sir Volant solo asintió, como un soldado inferior que seguía una orden, a
pesar de que su rango y medallas lo hacían tan imponente.
—Si necesitan algo, sepan que estaré en vela por la seguridad de todos aquí.
Dicho eso, el hombre de Hydra desapareció de la alcoba, y pronto lo
hicieron también los curanderos, salvo una vendida que recién entraba a
llevar agua a Shaula.
—Solo mírela, alteza... —murmuró Isamar en cuanto la vendida se hubo
despedido.
—¿Qué tiene?
—Ella no es diferente.
Shaula condujo la desorientación de su mirada a Isamar, temiendo estar
todavía sedada por la anestesia.
—¿A las demás vendidas? —cuestionó la princesa.
—A nosotras.
El musgo en los ojos de Isamar refulgía como gemas que contenían
estrellas; ese brillo pedía algo, era una intensa súplica a la comprensión,
pero Shaula sofocó cualquier posibilidad de diálogo, archivando la
conversación en un rincón empolvado de su psique, y forzando el cambio
de tema.
—Lo que dijo sir Volant... Isa, ¿tú hiciste el vendaje?
—Tuve que improvisar para evitar el sangrado.
—Sir Volant ha dicho que fue lo que me salvó la vida. ¿Cómo supiste qué
hacer?
Isamar sonrió, y se tomó la pregunta como una aceptación a su presencia,
así que se hizo espacio para subirse por completo a la cama y quedar
sentada junto a Shaula.
—Mi mejor amiga era cirujana, alteza. Fue como mi nana, nos cuidaba
cuando mamá estaba demasiado ocupada o simplemente no quería ejercer
su maternidad. No es una cirujana certificada, por supuesto, pero es vendida
de mi padre hace... ¿trece años, tal vez? Y se leyó todos los libros de
medicina que tenía a la mano, además de formarse ejerciendo en el hospital
de la costa por caridad. Aprendí mucho de ella. No solo por las veces que
nos curó, sino por lo mucho que amaba hablar de lo que aprendía.
—¿Tu mejor amiga es una vendida?
—Y la suya es su doncella, alteza, no juzgue.
—Tú ni siquiera eres mi amiga.
Isamar arqueó una ceja.
—¿Quién ha dicho que hablaba de mí?
Shaula sintió que le daba fiebre a sus mejillas. ¿Debería llamar a los
curanderos?
Isamar contuvo una sonrisa mordiendo su labio, pero le dio tregua a la
situación diciendo:
—Estuvo increíble hoy, princesa.
Shaula exhaló, y de pronto se veía veinte años mayor, en su rostro la
sombra de un agotamiento mental que superaba cualquier arruga. No
parecía la implacable mujer que suponía ser ante la corte, se veía...
perecedera.
Isamar atesoró esa imagen de humanidad en su memoria. Había conocido la
perfección de Shaula, pero nunca le resultó tan admirable como entonces.
—Tuve suerte —repuso Shaula en un susurro. Y no era modestia, pues sus
ojos desenfocados revivan su pasado con horror.
—No, alteza... —Isamar extendió su mano, pensando en tocar y acariciar el
cabello de la princesa, pero desistió, creyéndose indigna—. La verdad es
que hoy hizo lo imposible para personas como nosotras.
—¿Personas como nosotras?
—Mujeres. Se dice de nosotras que somos el sexo débil, que necesitamos
de la protección constante de un hombre para sobrevivir, por algo nuestro
objetivo de vida es casarnos, ¿no? Pero usted... nos salvó. Se salvó a sí
misma. Ha demostrado que, tal vez, si se nos permitiera vivir con las
mismas condiciones no seríamos inferiores a ellos.
Shaula sonrió, tan dolorida y magullada que hasta ese gesto lastimó su
cuerpo.
La anestesia estaba pasando, y eso se sentía bien. Descubrió que hay
dolores que saben mejor con una buena historia que lo explique.
Entonces cayó en cuenta de que estaba sin más vestimenta que las vendas
que protegían el ungüento en cada herida. No llevaba cubrebocas, y así
había recibido a sir Volant...
Descartó ese pensamiento. Estaba herida, y él era un caballero condecorado.
Y en cuanto a Isamar...
—Isamar, yo...
Mordió sus labios cuarteados por el frío. Estaba a punto de desobedecer
todo una vida de advertencias por parte de su madre. Esperaba no
arrepentirse luego.
—Me he entrenado para esto, ¿sabes? En realidad no para esto, sino... No sé
para qué. Pero he estado entrenando.
—¿Se refiere a la gimnasia que le imparte Leo?
—No, es más que eso. Empecé muy pequeña con esgrima. Pronto tuve un
instructor de duelo privado. Luego otro, un espadachín más al estilo de
infantería áraga. Y con las dagas... aprendí el estilo bahamita con
mercenarios. Así fui evolucionando en mis actividades hasta que tuve
catorce, más o menos. Fue cuando mi madre creyó que ya era momento de
empezar a trabajar mi condición física para que mi cuerpo tuviera la
capacidad de resistir en situaciones como estas. ¿Lo del tiro con arco? Mi
alarde fue estúpido, Isamar, lo siento mucho. La verdad es que me tomó
meses llegar a un nivel decente con mi puntería.
»Lo que trato de decirte es que, lo que tú hiciste tiene mucho más mérito.
Estabas a salvo, tenías una ventaja de tiempo y distancia sobre el sirio, pero
volviste para ayudarme. Enfrentaste a un monstruo con poderes cósmicos,
en las peores condiciones atmosféricas, solo con tu coraje y una piedra en
las manos. Fuiste una heroína hoy. Yo solo improvisé con las armas que
tenía a la mano. Armas a las que debí darle un mejor uso, pero no pude.
Descubrí a las malas que nada te prepara para una situación así, y que no
estoy ni cerca de ser la guerrera inmortal que me creí de niña derribando
blancos inmóviles en Baham.
—Gracias, gracias de verdad por sus palabras, alteza. —Isamar puso su
mano sobre la de Shaula, aunque solo fuera un segundo para infundirle la
fuerza que parecía faltarle—. Pero se equivoca usted al juzgarse. Yo hoy vi
a una guerrera; una jovencita con vestido, que todavía no cumple la mayoría
de edad, enfrentarse a un sirio... ¡a un sirio! Y derribarlo con solo tres
flechas. No sé cuántas estocadas requirió para los guardias vencer a la
criatura, pero ellos eran cuatro, y uno no tuvo la suerte de quedar con vida.
—Imagino que lo último que esperaban en su vida era tener que enfrentarse
a algo así.
—Los sirios son reales... —dijo Isamar tras resoplar, repitiendo esto como
para convencerse a sí misma—. De ahora en adelante, le juro que leeré todo
lo que esté a mi disposición para entender a esas criaturas, sus puntos
débiles, los motivos por los que atacan, todo. Quiero ser más útil.
—Pero... —Fue entonces el turno de Shaula de poner su mano sobre la de
Isamar, pero la retiró más rápido, pues la fiebre al parecer decidió pasarse al
punto donde sus pieles se rozaron—. ¿Puedo pedirte que no se lo comentes
a nadie? Los guardias dirán lo que vieron, pero estoy segura de que tanto mi
padre como la familia Cygnus buscará mantener el incidente en secreto.
Información de este tipo puede crear caos en la población...
—Le dije a sir Volant que nos atacaron lobos salvajes, no se preocupe.
Entiendo la delicadeza del tema, es lo primero que nos enseñan una vez
optamos para el puesto de damas: la discreción por sobre todas las cosas.
Shaula asintió satisfecha.
—Y sobre los sirios, no hay mucho que debas saber: atacan porque tienen
hambre. Se alimentan de almas humanas. Son más como animales una vez
convertidos, pues solo actúan por instinto.
—¿Y durante el día? ¿Son humanos?
—Por supuesto que no son... —Shaula calló—. En realidad no sé qué son
esas criaturas por el día. Tengo la impresión de que deben tener esa forma
todo el tiempo después de vender su alma a Canis, pero la verdad no lo sé.
Tal vez pasan por un tipo de transformación diaria, tal vez solo cuando
necesitan alimentarse, tal vez son así siempre, pero... Si son así todo el día,
¿dónde se ocultan para evitar ser vistos?
—Fascinantes criaturas.
—Cuando no intentan matarte.
—Incluso entonces. Si se pueden robar las estrellas, dan positivo para
fascinación.
—Temo por tu salud mental, Merak.
—Y yo por su integridad física. Si no consigo que llegue mañana sin ojeras,
me van a crucificar, así que duérmase.
—¿Y tú, qué? No pretendas quedarte toda la noche vigilándome o te haré
sacar de aquí.
—¿Y qué más podría hacer? No saldré de la habitación, y solo hay una
cama...
—Mientras haya espacio para mí, mis damas tendrán un lugar donde
descansar. Duerme conmigo, no veo el inconveniente.
Isamar parpadeó unas veinticinco veces antes de empujar a su cerebro a dar
la orden a su lengua para responder.
—Me preocupa la dosis de anestesia que le dieron, alteza, parece que
todavía alusina.
Shaula puso los ojos en blanco y quitó las almohadas de su espalda.
—O duerme en el maldito piso, Isamar, también sirve.
—¡Pero no se altere! —contestó Isamar absorta por su risa mientras tomaba
las almohadas para acomodarlas ella—. Y ahora que me dice que no puedo,
justo se me antojó dormir aquí, así que, si ha cambiado de opinión, puede
irse al piso usted.
La mirada de Shaula Scorp pasaba más que una corona, su indignación ante
el chiste fue como dagas dirigidas a flagelar a su dama, pero el humor de
Isamar seguía más intacto que nunca.
Isamar Merak terminó de acomodar las almohadas, y pese a las protestas de
la princesa, la ayudó a acostarse correctamente con una mano en su pecho y
otra en su espalda baja.
—Tal vez deberías pedirme algo para la fiebre —dijo Shaula, que de pronto
parecía nerviosa y tensa.
—Pero, alteza, no está caliente. ¿Se siente mal?
—No, no... —Shaula sacudió su cabeza—. Olvida lo que dije.
—Está actuando extraño.
—¿Vas a decirme cómo se supone debe actuar una princesa?
Isamar puso los ojos en blanco y no siguió la discusión. Se levantó a apagar
las velas, y luego volvió con cuidado junto a Shaula para entonces
acostarse.
—Descanse, princesa.
—Ya me estaba durmiendo, parlanchina.
—Mentirosa.
—Van dos.
Isamar no quería saber qué estaba contando Shaula, pero mucho menos
quería llegar a tres. Así que por si acaso, decidió que se dormiría...
Luego de dejar un beso en la mejilla de Shaula.
—Mis doncellas no suelen darme besos de buenas noches, Isamar —
murmuró Shaula con sus ojos cerrados.
—¿Y sus amigas?
—Solo tú, al parecer.
—En ese caso...
Una de las manos de Isamar se deslizó por la mejilla desnuda de la princesa,
y mientras el corazón de Shaula se olvidaba de latir, Isa se acercó con
lentitud a la otra mejilla; muy cerca de la comisura de la boca más
prohibida del reino, Isamar dejó una segunda caricia con sus labios.
—Buenas noches, princesa escorpión.
El corazón de Shaula recordó que debía latir, y decidió compensar su
letargo acumulando todas las pulsaciones faltantes en esos segundos.
—Buenas noches, lady libros.
~~~
Nota
:
Ya yo les hice una boda a estas mujeres en mi cabeza. ¿A ustedes qué les
pareció el capítulo? Al principio iba a esperar a terminar el siguiente para
actualizar ya que está bastante avanzado, pero no me resistí y quería que
leyeran esta belleza inmediatamente.
35: Estatuto Oro
Orión
Las primera prueba había sido vencida, los reclutas sobrevivientes se habían
ganado el derecho a quedarse y entrenar para defender su reino.
Orión estaba agotado, negándose en rotundo al trauma, imaginando que
aquellos asesinatos habían sido el equivalente a la caza y así se convenció
de merecer la alegría que empezaba a sentir por ser digno de aquel
aislamiento.
Podía quedarse. Pronto, si seguía teniendo la misma suerte, si su disciplina
y honor se demostraban impecables, tal vez ganaría el derecho de volverse
un caballero.
Sacaron a los reclutas del circuito que se confinó para la matanza, y
posterior a eso los dividieron en pelotones a los que se condujo al otro
extremo de las ruinas, pasando incluso las carpas hasta llegar a unas
habitaciones improvisadas entre los escombros, a modo de cavernas apenas
habitables.
Orión entró con su pelotón, y no perdió tiempo en preguntar al soldado
guía:
—¿Qué es esto?
—Su pelotón.
—No, no la gente... Esto.
Orión miró alrededor, con su bolsa de viaje —y mudanza— anclada con un
cinturón a su torso.
El lugar era austero. No solo por los escombros y las piedras difícilmente
apiladas, sino por las literas, suelos desnudos y ausencia total de cualquier
otro elemento, mesas incluidas.
—Este es su cuartel, recluta —le respondió el soldado.
Y no era el único en ese hoyo al que habían llamado cuartel. A juzgar por
las seis literas de dos colchas, al parecer serían doce en un mismo cuarto.
—Y... ¿Cuál será mi closet?
—¿Tú closet? —El hombre parecía tomado por sorpresa por la pregunta,
pero igual respondió—. La caja al pie de la litera es donde pueden guardar
sus pertenencias, y debe compartirse con su otro compañero de cama.
Pero... ¿closet?
El soldado volteó hacia el teniente Legoztah Aldebarán y le dijo en voz
baja:
—Señor, pregunta por su closet, señor.
Orión sintió que se encogía de vergüenza al ser delatado de ese modo. Era
una pregunta inofensiva, nada que tuviera que ser presentado ante la
autoridad de Aldebarán, que luego de la bienvenida que les hubo dado, daba
terror solo mirarle los hombros.
—Dime tu nombre, recluta —le dijo el teniente a Orión, quien procedió a
pararse firme.
—Mi nombre es Orión.
El silencio que se hizo en los soldados fue espeluznante, los ojos
ensanchados y en sus cuerpos una rigidez que podría ambientar un relato
fúnebre.
El hijo del joyero frunció su ceño, notando el cambio en la atmósfera, mas
todavía no temiéndolo.
—Acércate, recluta —indicó el teniente Aldebarán.
Orión así lo hizo.
—Repíteme tu nombre.
—Orión.
El duro ceño del teniente se alzó de forma apenas perceptible, pero dio un
aspecto tan severo a su rostro que Orión supo que acababa de hacer algo tan
malo como para herir el ego de su superior.
—Acompáñame afuera, recluta... ¿Orión es tu apellido?
—Mi nombre. Enif es mi apellido.
—¿Y preguntabas por qué cosa?
—Mi closet, pero... ya me han respondido dónde guardaré mi ropa.
—Por supuesto...
El teniente sonrió. En serio, sus finos labios se curvearon, lo que no parecía
un gesto amigable, sino del todo antinatural y tétrico. Orión supuso que ver
un sirio a los ojos sería menos inquietante.
—Cuéntanos, recluta Enif. ¿Qué tanta ropa pudiste haber traído como para
solicitar un closet?
—No es la cantidad, yo... —Orión se descolgó el bolso donde llevaba sus
pertenencias—. No es gran cosa, pero es mío. Me preocupa mi privacidad.
—Su privacidad, por supuesto. —El teniente se volvió hacia el soldado que
antes le había hablado—. Hay que cuidar su privacidad. ¿Le muestras al
recluta Enif dónde meterá su privacidad?
El soldado asintió y le mostró la caja al pie de la litera.
—Aquí, recluta. Como le he dicho antes, es donde depositará sus
pertenencias junto a su compañero de litera.
Orión sintió que le habían escupido las orejas, la saliva bizcosa corriendo
hasta su cuello; tenso y asqueado, solo contuvo la respiración y mantuvo su
postura firme, pues empezaba a percibir que algo andaba mal en aquella
conversación, y que sus quejas lo estaban hundiendo en un fango que lo
ahogaría.
Asintió, y forzó una sonrisa complacida aunque la perspectiva de compartir
un cubículo con otro recluta le parecía repulsivo y una agresión a su espacio
personal.
—¿Qué le pasa, soldado? —preguntó el teniente Aldebarán a su soldado—.
¿No ve que el recluta Enif tiene pertenencias espaciales, una privacidad
superior que no debe compartirse con los demás?
—No, no, en serio así está bien...
—¿En serio? Porque parecías muy preocupado por tu closet.
—No era preocupación, solo curiosidad.
—Curiosidad la que ha causado en nosotros, recluta. Muéstrenos a todos
qué trae en esa bolsa que le preocupa tanto.
—No hace falta.
El rostro del teniente se endureció, si es que eso era posible. Miró a la
persona a su costado, y con un gesto de su cabeza dio la orden que Orión
temía.
El hombre tomó la bolsa de Orión, y cuando este intentó forcejear, el
soldado le empujó con su hombro, la pose tan firme que lanzó al joven
recluta de culo contra la áspera piedra del suelo.
El soldado desenvainó su espada y rajó de lado a lado la bolsa, dejando que
el contenido se esparciera por el piso.
Con la punta de la espada, alzó una a una las prendas de ropa. Un par de
camisas blancas limpias, un chaleco de cuero lustrado, unas botas con
ribetes de plata falsa, pero bien cuidada para que brille y se note como una
prenda más valiosa. Un pantalón de vestir, algunas calzas, dos monos para
el entrenamiento, todo limpio, doblado y planchado a la perfección. Tenía
una capa, con dos prendedores de las espadas cruzadas, el símbolo de la
guardia; falso, por supuesto, pero la utilería había sido lustrada con un tipo
de barniz que hacía al oro parecer real. Un reloj de bolsillo, medias limpias,
rodilleras, vendas, protectores de codos, un perfume y una espada.
Pero vaya maldición de espada.
Los soldados en la habitación, solo aquellos que se habían ganado el
derecho al porte de armas, se miraron los cintos, donde sus delgadas
espaditas parecían flácidas ramas junto a ese artefacto imponente. Casi
parecían tan deseosos como negados a desenvainar y comenzar a medirse
entre todos quién la tenía más grande.
La espada era imposible de ignorar, pero igual lo intentaron, o fingieron que
así hacían, mientras el teniente pisaba una de las camisas blancas, dañando
su tejido contra el suelo, quebrando su pulcritud con la abrasiva mugre de
su calzado.
Las venas de Orión se hicieron visibles en su cuello. Ni pensó en levantarse
del suelo, sintiendo que lo que pisaba aquella bota era su propia identidad.
Sus ojos pedían a gritos cerrarse, huir de la escena tan sensitiva, pero el
joven recluta sabía que no era una opción válida, que mostrarse tan débil
solo lo haría objetivo de maltratos peores.
—¿Por qué un perfume? —cuestionó el teniente levantando el frasco.
Era una fragancia potente, aunque diluida en agua para ser más asequible
para alguien de la posición económica de Orión. No duraba mucho, pero
olía mejor que el sudor, y siempre podía retocarse.
Orión no podía vivir sin un frasco de perfume, o alguna loción que diera a
su presencia un efecto agradable. Era una cuestión social básica y
comprobada, los seres humanos están menos ariscos durante una
conversación, o un comercio, con un muchacho que huele bien.
—Porque... huele bien.
—¿Y yo huelo mal, recluta?
—Pregunte a sus soldados, yo no le he olido.
Orión sabía que se había pasado, y de todos modos anticipó la reacción del
teniente crispándose, sus ojos fuertemente apretados antes de recibir el
terrible tañido del cristal al romperse contra el suelo. En lo que respecta a
Enif, lo que habían roto estaba en su pecho, pues ahí lo sintió,
resquebrejándose hasta que su corazón detonó pidiendo auxilio.
Legoztah Aldebarán solo había dejado caer el perfume sin más, el líquido
impregnándose en la ropa limpia de Orión.
Bien. Orión tendría que oler por los tres años siguientes, a lo mismo que el
culo de un sirio.
Tendría que asumirlo tarde o temprano.
—¿Y la capa?
A esas alturas, Orión ya tenía la dignidad junto al resto de su perfume.
—Fue una ridiculez de momento. No sé por qué la traje.
—¿Creías que venías a jugar a los caballeros?
Orión calló, bajó el rostro y miró sus manos.
—¿Viniste a jugar, caballerito?
Todos se rieron de él, aunque algunas de esas risas eran tan tensas, que
saltaba a la vista la presión detrás de estas, el miedo a ser el siguiente
objetivo para el teniente desquitarse.
—Soldados, lleven a Enif a jugar afuera.
Entre dos levantaron a Orión y sacaron del cuartel.
Lo tiraron de rodillas en un montículo de piedras de las ruinas.
—¿A quién le robaste la espada? —preguntó uno de los soldados,
arremangando su camisa.
—Es mía.
—Claro.
El soldado agarró su espada y la blandió envainada, con todo el aplomo del
hierro craqueando contra el rostro de Orión.
El recluta se desplomó hacia a un lado, sus ojos abriéndose para asimilar,
mientras luces y chillidos lo desorientaban. Llevó la mano a su boca, pero
ni siquiera se atrevió a tocarla mientras movía su mandíbula con agujas de
dolor advirtiendo que parara.
—Ese fue mi aporte —dijo el primer soldado dando paso al siguiente.
Ese tomó su lugar frente a Orión, y se quitó el guante de la mano. Empezó a
buscar algo en su bolsillo al decir:
—Entonces, ¿a quién le robaste la espada?
—Es mía, lo juro —jadeó Orión, todavía atolondrado por el golpe.
—De acuerdo. —El tipo se puso un anillo, escarbó en su bolsillo y sacó
otro—. ¿Cómo conseguiste la espada?
El hijo del joyero leyó los ojos de ese soldado en particular, y el deleite con
el que colocaba sus anillos. No había manera de que aquello no doliera, ese
hombre disfrutaría de maltratarlo. Así que, desesperado, prefirió cambiar de
respuesta.
—Es un regalo.
—¿De quién?
—De... —Orión vaciló, dudando si debía implicar a Sargas—. Un amigo.
El soldado negó con la cabeza, y se puso el cuarto anillo en su dedo
corazón. Al parecer, la respuesta no había sido satisfactoria.
Tomó el mentón de Orión, a quien le dolía todavía, y estrelló su puño lleno
de metal, tan fuerte y despiadado que la sangre saltó, mezclada con la saliva
que escapó de los labios de Orión.
Pero ese no se conformó con un golpe y tomó el rostro del recluta herido
para estrellar su puño ribeteado entonces en el otro lado de su cara.
Algo crujió con ese impacto. Orión no sentía la lengua después de habérsela
mordido.
Un nuevo guardia ocupó el turno, directo a la pregunta:
—¿Quién te ha dado la espada?
—... o... eo... lar —balbuceó Orión.
Esa respuesta tampoco satisfizo al nuevo soldado, que estrelló su bota en el
estómago de Orión.
Se dobló y rodó hasta desplomarse en el suelo. Sus ojos estaban
escandilados por el sol de las ruinas, su aliento demasiado lejos, sus
pulmones exhaustos. Cada gota en su sangre añoraba el oxígeno, y cada
músculo de su cuerpo exigía rendirse.
Y en ese cielo... ¿Donde estaban las constelaciones que lo habían
nombrado, dónde estaban las estrellas cuando sus huesos humanos eran tan
inservibles?
—¿Qué decías? —siguió el soldado, acercando su oído a la boca magullada
de Orión.
—... o... uedo... halar...
Si alguien había entendido lo que intentó decir Orión, nadie le prestó
atención. Dando por concluido el interrogatorio, que al parecer había
reprobado, el resto de los soldados se unieron a patear al nuevo recluta.
Ayudados por el largo de su cabello, más de uno tiró de este para manipular
su rostro y poder darle en la cara.
Orión sintió que pasaba una eternidad entre una patada y la siguiente, entre
una maldición de bienvenida y un puñetazo en su destrozada boca.
Con el tiempo distorsionado, lo levantaron por los brazos y arrastraron por
las piedras hasta regresarlo a su cuartel.
Lo tiraron a los pies del teniente, donde este le dijo:
—«Estatuto Oro: Los caballeros están sujetos a una estricta jerarquía de
mando, siempre anteponiendo la disciplina, el cumplimiento de las normas
y regulaciones establecidas, así como es su mayor deber obedecer las
órdenes superiores sin cuestionarlas». Hoy has roto este Estatuto, y se te ha
penitenciado. Tu lección es esta: nunca te dirijas a tu superior sin agregar
«señor» al final de tus palabras. Imagino que quedó claro, ¿no, recluta?
Orión asintió, mareado y dolorido. Al ver el ademán de un soldado que
parecía dispuesto a caminar en su dirección, se crispó, levantando sus
brazos en una pose defensiva.
Asustado, rápidamente balbuceó:
—... Í, eñor.
Al menos bastó para el teniente, que asintió.
—Con respecto a la espada, ¿de dónde la sacaste?
—... e la re'aló u' ami'o. 'Eñor.
—No le he entendido una mierda, recluta. De todos modos, ahora me
pertenece.
—¡¿EH?!
De algún modo, Orión recuperó la fuerza para ponerse en pie.
—'Assio e' ía, 'eñor. ¡Ía!
—Recuperará la espada cuando pueda probar que la ha obtenido de manera
legal, lo cual, claramente, no sucederá en los próximos tres años de
confinamiento. Le sugiero se vaya acostumbrando a sobrevivir sin ella.
—¡No!
—¿Cómo ha dicho?
—Ca...ssio, es... ía.
—¿Está llorando, recluta?
Todos se rieron entonces.
Orión apretó sus puños. No estaba llorando. Tenía un ojo cerrado por la
hinchazón de los golpes y empezaba a gotear sangre, o un tipo de plasma.
Pero ganas no le faltaron al mirar cómo el teniente Legoztah Aldebarán
desenvainaba a Cassio —su Cassio— y la acariciaba en contra de su
voluntad, satisfecho consigo mismo, buscando un lugar para ella en su
cinto.
No podía ni levantarla correctamente pese a ser un hombre grande y de
musculatura trabajada. Estaba usurpando una parte de Orión, lo mismo daba
que le quitara un brazo y se lo ciñera al cinto.
—Esta es la muestra de jerarquía que necesitaba, recluta. Así aprenderá cuál
es su lugar, y cuál el mío.
Eso no era un muestra de jerarquía. El lugar de un capitán —o teniente, en
el caso más cercano— no era robar, ultrajar, dañar y aterrorizar; era dirigir,
servir a su pelotón, inspirar, dar seguridad, ser honesto, un pilar para otros.
Un líder debe ser honrado, y justo. Lo que hizo el capitán Legoztah era una
muestra de corrupción.
¿Dónde sirios habían mandado a Orión a entrenarse?
~~~
Nota: ¡¡Comenten su opinión del capítulo!!
Dejen aquí un comentario si esperan un capítulo de Shaula, que es el
siguiente, para subirlo cuanto antes ♡.♡
36: Un acuerdo para el baile
Deneb,
tierras nevadas
al norte del reino
Lesath Scorp no recibió a su hija luego de su desaparición ni con abrazos ni
con lágrimas, fue tan diplomático como con cualquier noble y se condujo
directamente a hablar con los curanderos y sir Volant.
Al confirmar la salud de Shaula, lo único que dijo el rey a esta fue que
debía prepararse para el baile que se celebraría en honor a la menor de las
princesas de Deneb.
Sir Aztor y sir Lencio volvieron al atardecer. En busca de la princesa se
habían perdido en el bosque siendo incapaces de orientarse en su
inmensidad inhóspita, solo lograron salir gracias a la cuadrilla de rescate de
la familia Cygnus.
Ya en el castillo, los guardias de Shaula fueron retenidos e interrogados por
horas, al igual que Isamar Merak, pues fueron los únicos testigos de lo
ocurrido.
A Shaula no le hicieron ni una pregunta. Prefirió tomar el gesto como un
cumplido, una muestra de la confianza ciega de su padre que ni se
molestaba en pedirle que guardara en secreto lo vivido.
Por otro lado, le habría gustado al menos un simple
«¿estás bien?»
, aunque fuera por cortesía.
—Pero tienes que entender, Shaula —se repitió la princesa al espejo de su
habitación—. Tu padre es el rey, y este es un juego peligroso que ni siquiera
tú llegas a dimensionar. No juzgues lo que hace, intenta pensar como lo
haría un monarca. Los Sagitar de Hydra han llegado ya a Deneb, tu padre
no puedo mostrarse débil ante los que te quieren muerta, ni demostrar lo
valiosa que eres para su corazón.
Cuando sir Lencio volvió con Shaula, fue tan leal como siempre al
informarle de inmediato que en otra ala del castillo Cygnus el consejo
volvía a reunirse, esa vez con lords importantes de Hydra y Deneb.
Nuevamente Shaula, embajadora de Baham y princesa de todo Áragog,
tenía prohibida la asistencia.
Se estaba cansando de esos grilletes que solo existían para mantener intacto
el ego de unos cuantos lords, así que optó por tomar la única medida que
veía a su alcance.
Le escribió a su abuelo.
Si algo sabía hacer Jalas'tar Nashira, era desautorizar con sutileza personas
importantes; que por una vez lo hiciera a favor de su nieta —o por segunda,
dado cómo la convirtió en embajadora pese a la voluntad de la reina—
sonaba conveniente.
Aunque de sutil solo tenía la apariencia. Jalas'tar Nashira no llegaba jamás a
amenazar, pero sus peticiones pueden tomarse por drásticas dada su
posición como mercader de asquerosa riqueza y gobernante de las tierras
más hostiles de Áragog.
Al volver la princesa de la guarida de los cuervos entrenados para la
mensajería, mientras sus custodios la llevaban a su habitación, le sorprendió
encontrarse con lord Cepheus Cygnus sentado en un pasillo encorvado, con
los puños en la barbilla y los pies repiqueteando en el piso.
Lord Cepheus era nadie menos que el alto lord de Deneb, el encargado del
norte, la mayor autoridad en aquel castillo luego de los Scorp. ¿Por qué no
estaba con el consejo en su reunión?
—Mi lord —saludó Shaula con una ligera inclinación de su rostro al pasar
junto a él.
Se disponía a seguir su camino, pero la voz del hombre la hizo detenerse y
atender a la conversación.
—Princesa Scorp. ¿Le aburren las reuniones del consejo?
Con sus manos enlazadas sobre su falda, Shaula se dibujó una sonrisa con
gracia, sutil para no resaltar los puntos en los que esta era tan débil como
falsa. Una buena princesa es agradable y complaciente, era todo un arte de
supervivencia aprender cuándo y con quiénes dar esa imagen.
—Mi presencia es la que provoca aburrimiento, mi lord, tengo poco qué
aportar, así que es preferible esperar al resumen.
Lord Cepheus Cygnus sonrió para Shaula, y en esa sonrisa eran mucho más
distinguibles los eslabones débiles.
—¿Sucede algo, mi lord? Le noto... preocupado. ¿No debería estar usted en
la reunión?
—Al parecer yo tengo lo mismo para aportar que usted, princesa.
Shaula no pudo contener la forma en que la sorpresa ensanchaba sus ojos.
Por suerte la preparadora estaba rumbo a Ara, porque sin duda habría
reprochado esa falta de dominio en sus emociones.
—¿Le pidieron que se retirara? ¿En su propia corte?
Lord Cepheus hizo un gesto con su mano que pretendía quitarle importancia
al asunto.
—No es tan grave como suena, solo fue mi esposa. Ella cree que mis
emociones pueden quitarnos ventaja en el diálogo, así que ella se encarga
de las cosas tan importantes como estas.
«Usted es el alto lord, debería saber encargarse de lo "importante"»,
quiso recordarle Shaula, pero no quería sonar descortés, entrometida.. o
despectiva.
Viendo a lord Cepheus frente a ella, en tan lamentable postura y un todavía
más reprochable estado, Shaula entendía por qué su padre escogió a los
Cygnus como alianza para matrimonio del heredero. Hasta Sargas podía
manipular a un tipo como ese.
—Si su esposa suele encargarse de estos asuntos, ¿por qué está tan
preocupado, lord Cygnus? ¿No está ya acostumbrado a delegar en ella este
tipo de responsabilidades?
—Oh, sí, por supuesto. Pero hoy no es como ayer o cualquier otro día. Esta
reunión es diferente. ¿No le han contado todavía, princesa?
—Me he perdido en mis exploraciones, creía que esta reunión era rutinaria.
Lord Cepheus suspiró, y en lugar de soltar la carga, parecía todavía más
encorvado por el peso de esta.
—Con eso de que los hombres no puedan contraer matrimonio con las
vendidas, y de que toda mujer nacida fuera de la nobleza pase
inmediatamente a ser vendida, es evidente que fuera de la nobleza crecen
las demandas por esposas. Todos queremos mantener el sistema
funcionando, cada alto lord quiere a su pueblo contento y por ello debe
mostrarse como parte del sistema. Mi casa está en una posición de gran
privilegio ya que, de aparecer mi hija mayor, será reina, así que se me exige
un sacrificio así de alto y hoy... Hoy se discute la posibilidad de que mis
hijas se casen con hombres sin títulos.
—Y pierdan los suyos en consecuencia —entendió Shaula.
—Así es. Lo que significa que sus hijas, mis nietas, nacerán fuera de la
nobleza y tendrán que ser vendidas.
Shaula no tenía ni idea de cómo expresar sus condolencias sin transgredir
sus propias leyes. El destino de una vendida era el peor posible, pero los
engranajes funcionaban por sacrificios como aquel. Otros lords tenían el
mismo fin; si Cepheus Cygnus realmente quisiera evitarlo, tal vez debería
estar en esa sala peleando por sus hijas y no escondido bajo la falda de su
mujer.
—Deseo para su familia lo que Ara asuma como el mejor destino, lord
Cygnus.
—Es usted una muy noble princesa. Es bueno que no esté allá,
presenciando cómo desmenuzan el futuro de dos niñas cuando la mayor
apenas tiene siete. No es el lugar para alguien con su corazón.
«Ni con su coraje, claramente»,
agregó Shaula para sí misma.
~☆•♡•☆~
Previo al cumpleaños de la pequeña Gamma, aquella noche se convocó una
fogata nocturna con algunos miembros importantes del castillo de Deneb.
El motivo era instarlos a socializar alrededor del fuego, así que se esperaba
un momento con poca presión política.
Shaula se descubrió emocionada al respecto, pese a siempre parecer
desinteresada en eventos similares. Pero ser atacada por una bestia de
mitología cambia la perspectiva de cualquiera sobre relajarse de vez en
cuando.
Lady Altair terminó de vestir a Shaula con blanco y oro, sus ropajes de
pieles y pelajes que la harían inmune a las dagas del sereno. Jabbah le ubicó
la capa en su lugar y terminó el trabajo con la diadema de escorpiones a
mitad de su frente.
Era demasiado imperial para una velada de plática, pero la princesa no hizo
comentarios al respecto. En el fondo de su incomprendido espíritu, quería
vestirse para impresionar, solo que no entendía el por qué.
Estaban todas en la habitación dispuesta para la princesa, salvo Isamar,
quien recién llegaba y no había contribuido a la vestimenta de la princesa.
Shaula sonrió al verla entrar, y esperó tensa a cualquier tipo de comentario
que pudiera hacer su dama. Pero en vano aguardó, porque Isamar apenas
mostró noción de su entorno.
Shaula agradeció a Altair y Jabbah, les permitió marcharse para que ambas
se alistaran y luego se acercó hacia la menor de las Merak.
—Te tengo noticias —le dijo Shaula con buen ánimo—. He hablado con
lady Cygnus y podrá prescindir de tu participación en el tiro con arco. Dado
el susto pasado, entendió perfectamente que no estés en condiciones y me
aseguró que pondría a una de sus vendidas en tu lugar.
—Alteza, le agradezco mucho el gesto, sin embargo quisiera saber si esto es
irrevocable o si existe la posibilidad de que se reconsidere.
—¿Perdona? ¿No te quejabas de tener que participar de este acto? No
practicaste lo suficiente, temo que te lastimes si participas así... o peor, que
lastimes a alguien más.
Shaula esperaba una broma, una impertinencia, un derroche de sarcasmo,
pero lo que recibió en cambio fue la determinación de una dama en su
petición a un alto mando.
—Practicaré toda la noche con algunos guardias. No necesito asistir a la
fogata, me la saltaré si hace falta, alteza.
—¿No irás? —Aquellas palabras salieron vacías, pero de algún modo
habían dolido. Shaula no se entendía en lo absoluto, se sentía hecha un
desastre de estrellas que colisionan y se extinguen sin terminar de formar
constelaciones.
—¿Es su orden que asista?
¿Shaula quería ordenar eso? No. No necesitaba a Isamar para una velada
así, no la obligaría a asistirle. Sin embargo, no le habría disgustado que ella
quisiera quedarse.
—¿Por qué insistes en participar del acto de cumpleaños, Merak? —indagó
Shaula sin reprimir lo desorientada que se encontraba con la repentina
decisión.
—Porque estamos en Deneb, en su castillo. Todos los miembros
importantes del principado asistirán, así como los lords de Hydra y todo
aquel que importa en la corte de Ara. Si hay un momento para mostrarme y
rezar por una propuesta de matrimonio, es este. Debo exhibirme, no perder
la oportunidad por darle mi puesto a una vendida.
Shaula parpadeó, encajó la respuesta y decidió digerirla luego, porque esa
vez estuvo a muy poco de vomitarla.
—No hace falta que te pierdas la fogata, yo podría presentarte a algunas
personas casaderas...
—Que estarán interesadas en usted.
Shaula rio, cínica a ese comentario.
—¿Crees que no estarán igual de interesados en mí al vernos juntas en el
acto del tiro con arco? ¿Cómo resaltarás por encima de mi título? Serás
igualmente opacada.
—Sí, salvo que la persona que tal vez me escoja entonces ya me habrá
echado el ojo desde antes, solo alimentaré su interés. Al menos un baile
debo conseguir. Para eso estoy aquí, ¿no?
—Confías mucho en tus inexistentes cualidades para cazar marido solo
lanzando una flecha entre otras mujeres.
—Sí. He hecho que la princesa de Áragog recuerde mi nombre, digamos
que después de eso es fácil tenerse fe.
—Mi atención la has conseguido con repulsión, no funcionará esa táctica
para buscar marido.
—Ay, princesa, los romances más pasionales son los que nacen de dos
personas que se repudian.
—Y si... —Shaula calló de sopetón—. ¿Cómo dijiste? ¿Pero qué clase de
preparadora te ha enseñado esa insensatez?
—¿Puedo faltar hoy, entonces?
Shaula mordió su boca y reprimió su malhumor, más sus propias
preferencias, en pro de ser una persona razonable.
—Sí, Merak. Eres libre de hacer lo que te plazca.
~°☆♡☆°~
El fuego crepitaba con un compás hipnótico, el aullido del frío era una
contraparte tétrica. Shaula imaginó la escena, con las pisadas en la nieve y
los roces de las telas, como notas en una partitura, que inconexas no
demostraban compatibilidad, pero al sonar en acordes componían una
armónica melodía.
Era un buen día. Estaba viva, Ara seguía brillando como el altar del cielo,
su padre era rey y recibieron la noticia de que su hermano Antares había
despertado al fin. Pero la melodía de su pecho no se amoldaba al tempo, no
alcanzaba las notas altas y perdió el dominio para las bajas; era
incompatible con aquella felicidad, viviendo en disonancia con una de las
mejores sonatas de su vida.
A pesar de que a la familia real se le ofrecieron tronos para la fogata, solo el
rey aceptó el suyo. Shaula prefirió igualarse al nivel de los Cygnus, que
siendo anfitriones recibieron a todos sentándose en los troncos caídos.
Estaban reunidos los lords que viajaron desde Ara, dos de las damas de
Shaula, algunas figuras importantes de Deneb y lady Indus Sagitar de
Hydra junto con su marido y su guardia. Sus hijos no habían asistido a la
fogata, Shaula incluso desconocía si asistirían al cumpleaños de la
princesita de Deneb.
Shaula se sentó junto a una de las niñas Cygnus, la única de las princesas
presentes. La otra, la futura cumpleañera, estaba correteando con los más
pequeños y unos zorros domésticos.
—Luces triste —le dijo la niña cuyo porte exigía corona y sus cabellos
rubios casi podían camuflarse con el pálido pelaje de sus vestimentas.
—Es que lo estoy —reconoció Shaula sin miedo a las críticas de tan
pequeño ser humano.
—¿Y por qué?
—Eso es lo más triste, Freya —añadió el nombre estudiado con antelación
—, que no lo sé.
—Entiendo. Eso quiere decir que no estás triste por hoy. Estás triste por
ayer, y por el día antes de eso, y por un pasado que tu mente no recuerda
pero tu corazón todavía sufre. A veces solo hace falta una pizca de tristeza
en el hoy para sufrir por todo eso a la vez.
A Shaula le pareció que aquella princesita era la persona más sabia del
universo, y apenas tenía edad para dejarla sentarse sin supervisión frente al
fuego.
Sonrió cuando, como si confirmara sus sospechas, una mariposa azul,
sobreviviente a toda la escarcha de Deneb, se posó sobre el cabello de Freya
como un prendedor.
—Tu hogar es hermoso —le dijo Shaula—. No esperaba ver tanto en un
lugar que parece solo hecho de hielo.
—El hielo es la mejor parte. Sin el lago congelado, no podría danzar.
Los ojos de Shaula brillaron más allá del fuego al recordar las historias que
hablaban sobre aquellas danzarinas de hielo que se subían a zapatos con
hojillas y creaban arte a partir de las expresiones de su cuerpo sobre el lago
de Deneb. Quería presenciar aquella destreza tan característica de la cultura
del norte.
—¿Danzas sobre hielo?
—Desde muy pequeña, pero preferiría seguir puliendo mis habilidades
antes de hacer exhibiciones —añadió Freya en anticipación a cualquier
comentario de Shaula—. Además, no has visto nada de Deneb todavía. No
es solo hielo.
—Eso imagino. Aunque todos mis conocimientos son más bien teóricos.
—Entonces imagino que sabes que, según la historia de Deneb, este fue un
reino independiente en un principio.
El rostro de Shaula se distorsionó; más que en arrogancia, fue por ternura,
dando por hecho su superioridad en el tema y suponiendo que la pequeña
estaba confundida.
—Imposible —discutió con tranquilidad para hacer entender su punto—.
Áragog siempre ha sido... Áragog, princesita. Los primeros escorpiones
tomaron todo lo que hay entre el mar abierto y lo transformaron en esta
prosperidad de nación, dividiendo la tierra en principados dependientes de
la monarquía de Ara. Deneb no pudo haber sido independiente jamás.
—Esa es la mitología áraga, princesa —convino Freya con todavía más
diplomacia—. Comprendo si es lo que quiere creer, pues es lo que su
cultura le ha inculcado.
¿En serio estaba discutiendo Historia y teología con una princesa de siete
años?
—De acuerdo, pero no acepto que me dejes con mi creer solo porque es la
mitología de mi tierra —repuso Shaula—. Como princesas tenemos un
deber con el conocimiento, es como si se midiera nuestro derecho al título
en base a la variedad y riqueza de nuestro conocimiento. Sería egoísta, e
ignorante de mi parte, aceptar las leyendas de mi tierra como únicas.
Aunque, claro estaba, en Ara lo que la princesita Cygnus había llamado
"mitología", era más un hecho histórico validado por los más grandes
eruditos. Ese detalle prefería conservarlo para sí misma, darse el lujo de la
duda y la oportunidad de aceptar otras versiones como posibles. Después de
todo, ella no era del todo áraga, gran parte de su cultura era más bien
bahamita.
—Creo que la versión que se cuenta en Ara es aceptada como cierta, pero
solo en un principio. Se dice que Deneb fue liberada por un Cygnus una
vez, uno que separó nuestras tierras del resto de Áragog, haciéndolas
inhabitables para todo aquel demasiado frágil para enfrentarse al ardor del
frío. Ese Cygnus, al que llamamos el primer cisne, congeló el lago, cubrió
nuestros hogares con escarcha, secó nuestros árboles de todo fruto que la
Capital pudiera codiciar, y nos dio la fuerza para cazar nuestro alimento.
—¿Y luego?
—Luego no volvió a nacer un Cygnus como ese. Los siguientes fueron
demasiado débiles y conformistas para aceptar la independencia. Así que,
eventualmente, volvimos a jurar lealtad a la corona de los escorpiones.
—Adoro los finales felices —bromeó Shaula, y Freya casi sucumbió al
desacato de una sonrisa donde se notaran sus dientes torcidos.
Para entonces, el capitán de la guardia de Hydra, sir Volant, se acercó a la
princesa menor para entregarle una cajita con un presente.
—No había tenido la oportunidad para saludarle, princesa Cygnus —dijo el
caballero con la rigidez de su porte que hacía que mirara siempre desde
arriba sin encorvarse.
Shaula se concedió un estudio exhaustivo al hombre, ya que en anteriores
circunstancias había estado anestesiada y mucho más interesada en
conversar con Isamar, y el recuerdo de aquella noche juntas opacaba el
físico del capitán.
El hombre era alto, y radiante, como todo lo que se espera de Hydra. Ojos y
cabello acordes al estándar de belleza, y una posición de envidiar en todo
sentido.
—Linda noche para usted también, princesa Scorp —se despidió el
caballero.
—¿Se va tan pronto, sir?
—Mi lady me ha eximido de mis responsabilidades por esta noche. Lo ha
hecho con intención de que pueda disfrutar un poco de este viaje, pero lo
que realmente necesito ahora es descansar. Pasamos muchas horas en vela
en precaución por su estado, princesa.
—Lamento haberle impedido su descanso, sir. Le aseguro que me
encontraba en perfecto estado, espero ahora pueda tener una noche más
tranquila.
—No ha sido molestia alguna, por lo que no tiene nada que lamentar. Como
caballero de este reino, estoy para servir a mi princesa antes que nada.
La sonrisa de Shaula ante las palabras del caballero, casi fue tan honesta
como para brillar en sus ojos.
—Le agradezco su servicio, sir Volant, estoy en deuda con usted, y sepa que
le haré saber a mi padre lo grato que ha sido su trato para conmigo y mi
dama. Espero me honre en la celebración con un baile de agradecimiento.
—No creo asistir al cumpleaños, alteza, aunque espero lo disfrute mucho
sin mí.
—¿No irá? —interrumpió la pequeña cisne con una curiosidad tan
comedida como elegante.
—No como un bailarín, al menos. Serviré entre los escoltas, prestaré mi
apoyo en seguridad al castillo si así lo solicitan, pero la parte de la...
diversión, la veo complicada.
Shaula entornó sus ojos con ligereza suspicaz.
—¿Algún motivo especial para sus declaraciones, sir Volant?
—Mi posición, ya no solo como caballero sino como capitán de mi guardia
en Hydra, es un puesto tan delicado como privilegiado. Me honra tanto
como yo a el. No dejaría mi trabajo y mis votos por nada, pero si me
pusiera a bailar con las jovencitas en la celebración, la mayoría esperaría de
mí una promesa tal como que renunciaré a todo por darles mi apellido y la
riqueza de mis beneficios como condecorado. No encuentro lo divertido en
alimentar tales ilusiones.
Fue con esas palabras que la tristeza de Shaula se hubo esfumado cual copo
de nieve que se derrite contra la piel. En medio de la fracción de un
segundo, la princesa estaba tan sonriente que Freya Cygnus se preocupó por
lo repentino de aquel ánimo.
—En ese caso, sir Volant, tengo la solución a su problema.
—Le escucho, alteza —dijo el caballero con franco interés.
—Usted quiere un baile sin ilusiones, y yo le debo una muestra de mi
gratitud. Puede acompañarme al cumpleaños de la pequeña Cygnus como
mi pareja. Mis bailes serán todos suyos, así me evitaría la falsa cortesía de
bailar con otros que esperen un beneficio de mí, y usted no tiene que
preocuparse de mis ilusiones, pues no solo no pretendo casarme pronto,
sino que no puedo, ya que sigo siendo menor. ¿Le parece este un trato que
lo beneficie?
El caballero no parecía alguien que supiera sonreír, pero sus facciones se
suavizaron lo suficiente como para demostrar su agrado a la princesa
escorpión.
—En ese caso, alteza, tenemos un acuerdo.
—Entonces imagino que nos veremos en el baile.
—Antes, princesa, pasaré a recogerla.
«Muchísimo mejor»,
fue el muy satisfactorio pensamiento de la princesa Scorp.
~~~
Nota:
Bueno, bueno... Se prendió la
que
no se apaga. La tensión, gente. No imaginan lo que se viene. Y,
spoiler
, les tengo ilustración de un momento muy especial en el baile.
Comenten
mucho
por aquí si están ansiosos por leerlo. Cuánto más comenten, más me
emociono yo y antes tendrán capítulo ♡♡♡
37: ¿Esto es envidia?
El cumpleaños de la princesa Gamma Cygnus dio inicio. En la mañana se
hizo la ceremonia de las flechas. Una procesión de jovencitas que formaron
arcos con flechas en llamas, desde donde se recibió a la pequeña revoltosa
en su desfile hacia su simbólico nuevo año de vida.
Un momento emocionante para algunos, en especial para aquel varón de
Hydra con el favor de toda la nobleza y grandes cantidades de tierra a su
disposición. Sus ojos no se despegaron jamás de la doncella Merak, la que
no tenía gracia ni brillo, pero sí una actitud que le cautivó.
Esa tarde, el varón de Hydra e Isamar se fueron de caza con Altair Merak
como chaperona. Volvieron, y pasearon los jardines artificiales. Al
momento de regresar al castillo, Isamar ya tenía pareja para el baile de esa
noche.
—El varón es todo un caballero, hasta me trajo flores... ¡De Hydra!
—Si las trajo desde Hydra, dudo que estuvieran destinadas para ti en un
principio —repuso la princesa.
Isamar no permitió que el malhumor de Shaula opacara la sonrisa que había
resultado de su gran día, y siguió revisando el libro de bocetos donde
buscaba su disfraz ideal para la noche.
—Yo creo que el varón trajo esas flores esperando la musa ideal para
regalárselas —dijo Jabbah, sentándose junto a Isamar con aire soñador para
no perderse los detalles de su romántica historia—. Estoy segura de que en
cuanto te vio, querida amiga, supo que eras la merecedora de ese detalle.
—Flores blancas —agregó Altair, quien separaba las piezas del traje de
noche de la princesa—. Isamar y las flores blancas tienen una armonía muy
curiosa. Encajan con ella.
—Es creativo —agregó Isamar con sus ojos chispeantes—, la mayoría
regala flores rojas.
—Y habría sido lo ideal, pues el rojo es el color históricamente relacionado
a la pasión —detalló Shaula desde su mesa donde leía algo de teología
ligera para pasar el rato.
—¿Qué flores regalarías tú, Isamar? —cuestionó Jabbah—. Si tuvieras que
hacerlo, por supuesto.
Isamar miró al techo, idéntico al de una fortaleza, tan distinto del diseño del
castillo de Ara. Pero ella no parecía ver la piedra, sino a través, con una
ensoñación poco usual en su persona.
—Girasoles. Flores amarillas, pétalos que evocan el sol. Si tuviera que
regalar flores, ¿qué más ideal que su magnificencia?
—En cambio, te conformas con margaritas. Pequeñas, pálidas y poco
deslumbrantes —repuso Shaula.
—¿Quién le ha dicho que fueron margaritas? —preguntó Isamar con un
deje de picante diversión en su voz.
—Tu hermana hizo alusión a flores blancas, no es muy complicada la
conclusión.
—Eso, o ha husmeado en mis pertenencias.
Shaula puso los ojos en blanco, pero ni se molestó en discutirlo.
—No tiene importancia, a mí me han gustado las flores —retomó Isamar.
—Y todo de aquel varón, al parecer —agregó Shaula entre dientes.
—¿Está mal que me guste el hombre que me pretende?
Shaula pasó la página de su libro con indiferencia y contestó:
—Optimista de tu parte llamar pretender a un paseo.
—Lo tiene totalmente cautivado, alteza —dijo Altair con orgullo por su
hermana—. ¿Puede creerlo?
Shaula miró a Isamar de soslayo, sintiendo un grave impulso de insultar
cada una de sus carentes facultades. Pero se abstuvo, concentrándose en la
sonrisa que ocultaba su dama.
—Lo creo. Hay hombres sencillos, y su hermana no lo es. Con su
determinación, es hasta predecible este interés que ha despertado.
Por desgracia, Isamar no dio indicio de tomar la respuesta como un
cumplido.
—¿Por qué atribuye el interés del varón a mi determinación? ¿No cree que
haya podido cautivarlo sin pretenderlo?
Shaula cerró su libro y concentró su atención en su doncella.
—Me es indiferente lo que haya hecho para cautivarlo, Merak, tengo
asuntos qué atender.
—Escoger aretes no son asuntos que deba atender, ¿o sí? Es nuestro trabajo,
después de todo.
El comentario, que parecía existir con esa intención, enfadó a la princesa al
punto en que no pudo morderse la lengua.
—¿Y por qué mejor no vas practicando para cuando ya no tengas este arduo
trabajo? Lárgate de mi vista, Merak. No necesito tu ayuda esta noche.
Isamar se levantó, pero en lugar de obedecer la orden, recogió el pie que
había hecho el ademán de alejarse y soltó todas las palabras que picaban en
su garganta.
—¿Por qué no está feliz por mí? Llevamos meses atendiendo sus caprichos
a los que tildan de necesidades, y lo mínimo que esperaba de ese tiempo
compartido es que sea capaz de sentir algo más que envidia por alguna de
nosotras...
—¡¿Envidia?!
—Mejor vete, Isamar —atronó su hermana con claro reproche—, la
princesa te ha dado una orden.
—No —desautorizó Shaula—. Quiero saber de qué clase de envidia está
hablando esta ingrata. Ilústrame, Isma, ¿qué hay en ti que pueda yo
envidiarte?
Risa, bufido o maldición, cualquiera serviría para describir el gesto de
Isamar a partir de esas palabras. Sus mejillas habían adquirido un rubor tan
intenso que se esparció hasta su cuello.
—Si no es envidia, entonces estoy francamente perdida, alteza. ¿Por qué le
molesta tanto que yo tenga una pareja para el baile?
—¿Crees que envidio tu pareja, inepta? Podría escoger cualquier...
—Podría, pero no lo hace. Está sola. Y bailará sola, porque esta vez no me
tendrá a su lado para mangonear durante el baile.
—¿En serio crees que eres la única con una pareja? ¿Creíste que la princesa
de Áragog llegaría a ese baile sin un caballero con el cual bailar? Tengo
pareja desde antes que tú.
—Por supuesto.
—¿Pones en duda mi palabra?
—En lo absoluto, princesa, estoy segura de que saldrá de aquí directo a
donde sir Lencio a ordenarle que la escolte a ese baile como su pareja.
—Tus palabras te condenan.
—¿A que me tenga en todavía peor estima?
Shaula se puso de pie en un arrebato, sus manos impactando contra el libro
cerrado. Estaba dispuesta a poner fin a la discusión, pero no perdiéndola.
—En serio me alegro por ti, Isamar, pero tus actitudes no son las de una
mujer, son las de una niña. Disfruta tu baile, porque es todo lo que
obtendrás de ese hombre.
—Por el contrario, imagino que el suyo le tendrá una propuesta incluso
antes de salir de aquí, ¿no? Esa es la definición de envidia, alteza, empezar
a desear algo solo porque su amiga lo tiene.
—¡Entiende que tú no eres mi amiga!
—¡Pues gracias a Ara!
Isamar estalló, dio media vuelta y abandonó la habitación al fin.
~•☆♡☆•~
La hora del baile estaba cerca, y justo cuando las damas y la princesa
decidieron empezar a alistarse, sir Aztor y sir Lencio ingresaron a la
habitación.
—Su majestad está aquí, alteza —anunció sir Aztor—. Pido su permiso
para escoltar a las damas a otra ala del castillo donde puedan prepararse, su
majestad desea hablarle a solas.
Shaula asintió y el guardia llevó a cabo lo dicho en compañía de sir Lencio.
Un instante más tarde, su majestad Lesath Scorp ingresó.
—Majestad.
—Princesa.
—¿A qué debo el honor de su visita a mis aposentos?
—Quería hablar con mi hija. A solas.
—Podías haber enviado alguna vendida por mí.
—Me apetecía caminar.
Shaula asintió y no insistió en lo extraño de la visita. Gesticuló con sus
manos para crear una elegante invitación a su padre para que se sentase y
tomó asiento no muy lejos para que la conversación se llevara a cabo sin
elevar la voz.
—Le has escrito a tu abuelo —señaló el rey sin más palabras que dieran
pistas de sus opiniones al respecto.
—Es mi abuelo, después de todo. ¿Quiere que evite esta correspondencia,
majestad?
—No. Puedes elegir a quien hablarle, y cuándo hacerlo, solo me intrigan tus
motivos.
—¿Ha interceptado la carta?
—La has enviado sellada, y sellada ha llegado a su destino. No la he tocado.
—Entiendo. No tiene de qué preocuparse, majestad, no he revelado asuntos
de Estado ni nada delicado.
—Confío en ello.
No se agregó nada más al respecto. Shaula se preguntó si la única intención
de su padre al sacar el tema era revelar que estaba al tanto del intercambio
de correspondencia y nada más.
Tenía que tener mucho cuidado, sin importar el por qué.
A Shaula por primera vez se le antojó extraño ser hija de un rey. Es la figura
más importante de todo un reino, el símbolo más alto de poder, la potencia
que rige en nombre de la fe y ante quien se posan incluso los más altos
mandos. En Áragog, Lesath Scorp no es solo el regente de una enorme
nación, sino que tiene bajo el liderazgo de su monarquía otros principados
igual de poderosos. Es lo más cercano a una divinidad. Y ahí estaba,
sentado frente a ella como un mortal.
Tener la corona tan cerca de sus ojos la hacía parecer falsa, poco digna del
revuelo que provoca y las guerras que la precedían.
—He oído que hubo reciente reunión del consejo —dijo Shaula con una
sonrisa incomoda en su rostro atribulado.
—Qué leales tus guardias al comentártelo. Trátalos con el respeto que se
merecen, es poco usual encontrar sirvientes de ese tipo.
—En realidad me he enterado por el alto lord, Cepheus Cygnus —mintió
Shaula, aunque era inútil, solo quería sacar el tema—. Me comentó su
preocupación por el futuro de sus hijas y nietas. ¿Tienen un veredicto?
—Sus hijas, ambas, serán casadas con plebeyos honorables y respetuosos.
Es lo más que he podido hacer por su situación. Pero te pido que no repitas
lo que hoy te comparto. Estos detalles no los conoce nadie, ni siquiera su
esposa.
—¿Lady Cygnus no lo sabe? Pero si ella era quien estaba en la reunión...
—Apariencias. Shaula, esa reunión no era más importante que esta. El
parlamento se lleva a cabo en cada conversación que se tiene con el rey, no
es necesario ponerle título ni fecha. Te molesta no ser parte de las
reuniones, que son una fachada, pero me tienes a tu disposición más que
cualquier lord y no lo aprovechas por estar quejándote de lo primero.
—Padre, no creo estar entendiéndole. ¿Cómo que una fachada?
—Lord Cygnus ya había discutido conmigo el futuro de su familia, ya había
cedido con anterioridad a las peticiones de su pueblo y la ley. Sus hijas
serán casadas fuera de la nobleza, sus nietas serán vendidas. Esta reunión
fue solo una distracción, un espacio para dejar pelear a lady Cygnus por sus
hijas. La mantendremos ocupada en esta guerra unos años más mientras las
niñas cumplen la edad para casarse, y mientras ella cree que está ganando
batallas en las reuniones, manteniendo su esperanza viva, disfrutando estos
años plenamente con sus hijas.
—Pero qué hijo de los testículos de Canis el alto lord... ¡¿Cómo le hace eso
a su esposa?! ¡¿Cómo le hace eso a su familia?! ¡Y mira que le tuve
compasión al muy desgraciado!
—Teme que su esposa lo asesine si se entera que ya ha cedido, así que la
deja creer que pelea por algo.
—¡La dejas creer que pueda ganar!
—Es ella quien cree que puede pelear.
—¡Pero debería poder! ¿Entonces de eso se trata? ¿La única forma de ser
una mujer poderosa en este maldito reino es pretendiendo, y perdiendo de
todos modos?
—Shaula, para.
—¡No quiero parar! ¡Es injusto!
—Esta no es nuestra guerra. Lo que te llena de cólera es una batalla entre
lady Cygnus y su marido, no tuya, no mía. Él ha pretendido que ella es
quien tiene el poder, y a sus espaldas la ha despojado de todo atisbo de este.
No puedes interferir, solo puedes aprender de ella.
—¿Qué sirios puedo aprender de esa maldita realidad?
—Aprende que, si has de elegir, deberías ser como Cepheus y no como su
esposa. Es preferible ser el que no pretende, pero gana, a aquel que
escandaliza y pierde tragicamente con su causa.
—Padre...
—Te ruego que renuncies al consejo, Shaula. Deja el puesto de embajadora
para alguien que esté mejor capacitado para lo único en lo que tú careces:
no incomodar. Jamás te dejarán en paz si participas en sus batallas. Jamás te
reconocerán como su igual.
—Es mi único espacio... Padre, no me pidas esto, te lo imploro. ¡Apóyame!
—Shaula, te quiero viva, hija mía. Viva y a salvo. Ya hay suficientes egos
heridos por tu existencia. Temo que algún día hieras el equivocado.
—Padre, por favor...
A Shaula se le quebró la voz, pero no permitió que llegara mucho más lejos.
—No me hagas ordenártelo. Demuestra que tienes la madurez.
—¿Para qué? ¿Qué gano con demostrarte mi madurez si me despojas de
toda responsabilidad donde podría ser útil? ¿Para qué ser madura cuando mi
destino es social y no político?
—Te dejaré pensarlo.
—No hay nada que pensar. Está decidido, ¿no? No puedo hacer nada al
respecto.
—Todavía recaen en ti grandes responsabilidades...
—Escoger los aretes de esta noche, vaya. Qué deslumbrante
responsabilidad.
Lesath no se mostró ofendido o afectado por el temperamento de su hija.
Dejó pasar la tormenta y aguardó apacible hasta ver oportuno agregar:
—Debemos hablar de tu hermano.
—¿Tienes más noticias suyas? ¿Cómo sigue? ¿Nos alcanzará?
—Por ahora estará internado.
—¿Por su salud?
—Mental, principalmente. En cuanto a la física parece estar todo muy
óptimo. El problema es el desfase en sus recuerdos. Debe tener un tiempo
para ponerse al día con su situación política y familiar. No podemos
permitirnos un príncipe desequilibrado en la corte. Volverá cuando esté
listo.
—Y lo tiene difícil —convino Shaula a regañadientes, pues seguía
sufriendo el desenfreno de la impotencia pulsando en sus venas—.
Despertar sabiendo que tu propio hermano es el responsable de tu estado
por el envenenamiento...
—De esto es precisamente de lo que debemos hablar. No puedes repetir ese
detalle jamás. Antares no recuerda esa cena, Shaula, es imperativo que siga
siendo así. Hemos culpado a una vendida por su envenenamiento. No
podemos permitirnos una guerra interna, hermanos contra hermanos,
rencillas que acabarían en intentos de homocidos que por consiguiente
destruirán esta monarquía. No. Debemos pensar en el bien de esta familia y
de todo Áragog como prioridad.
—Creo que Antares tiene derecho a saber que su medio hermano quiere
asesinarlo.
—Sargas jamás ha tenido intención de matar a Antares, no repitas lo que
desconoces. Sargas solo buscaba asegurar su propia vida, aunque en medio
de su desesperación optara por medios horrorosos que nos han costado
mucho a todos.
—No crees eso.
—No, estoy convencido.
—Pudo haberlo matado...
—De haber querido, lo habría hecho. El veneno que usó fue demasiado
rebuscado, por su necesidad específica de provocar el coma sin dejar
secuelas ni llegar a ser mortal. Él mismo me ha dado el antídoto una vez
asegurada su supervivencia... y su lugar en el trono.
—Lo has mentido, ¿no? —preguntó Shaula con un tirón doloroso en su
pecho, el aguijonazo de la dolorosa esperanza.
—No, Shaula. Debemos pensar en lo que es mejor para el reino. La opción
que mantiene la paz será siempre la correcta.
—No... ¿Dejarás que el bastardo ocupe tu trono?
—Shaula. Creo que es momento de que hablemos sobre ciertas ideas,
fantasías e ilusiones que tragicamente he alimentado a lo largo de tu
crecimiento. Es muy lindo, incluso para mí, soñar con un mundo donde
puedes tener la corona que parece que has nacido para portar... pero no hay
caminos que lleven a esa realidad sin pasar por la guerra. Y nada, hija mía,
vale tanta sangre y tanta pena. Ni la corona más grande del mundo.
—Yo soy tu primogénita —gimoteó la princesa, sobrecogida por los
recuerdos de una niñez donde jugadas de ajedrez y lecciones diarias
construyeron una fantasía que se desinflaba frente a sus ojos.
—Y una mujer, Shaula. Debes recordar lo que eso significa. Incluso sin
Sargas, tú no podrías gobernar jamás.
—Tú me has creado, padre. Me formaste para algo...
—Algo que no es posible sin sangre, dolor y muerte. Deberás vivir usando
esa formación para labrarte el mejor futuro, sin interferir en el de tus
hermanos.
—Me niego —espetó ella, tan nublada por las lágrimas que una de ellas se
derramó con fuego; tan tensa su mandíbula que sus dientes parecían a punto
de romperse—. No he nacido para ser menos que Sargas el bastardo y
Antares el menor. ¡Yo soy tu primogénita!
—Tú eres mujer.
—¡Mi madre fue mujer y reina!
—¡Y mira como terminó!
Ese fue el puñal que terminó con el impulso del llanto en Shaula,
transformándolo en bilis que buscaba huir por su garganta.
—Prepárate y da un buen baile, todavía tenemos que casarte.
~~~
Nota:
Cometen aquí todas sus opiniones del capítulo.
¿Qué piensan de la conversación de Shaula y el rey?
¿Y de la discusión de Shaula e Isamar?
¿Qué creen que sucederá en ese baile?
38: Pétalos y agua caliente
(Ilustración del "capítulo 24: primera vez de una princesa", pero la dejo
aquí porque aplica como referencia al
vestuario
que tiene Isa en este capítulo, y ejemplifica perfecto la tensión entre ambas.
¿Les ha gustado?)
~~~
Shaula
El agua hervía como brasas en cólera. Le aconsejaron esperar a que
enfriase, y escogió imponerse. Harta del llanto, de la obediencia y el
conformismo.
Los reyes eran escogidos según el altar del cielo dictaba el orden de su
nacimiento. Ella nació primogénita, ¿no era ese suficiente signo de la
voluntad de Ara?
Se desprendió de la bata, dejándola caer al suelo, e introdujo un pie en el
agua soportando el calor que escocía en su piel.
Fue entrenada en todas las artes, masculinas y femeninas; aprendió a ser
correcta antes que a ser niña, inteligente antes que bondadosa, monarca
antes que mujer.
Toda aquella sabiduría sería desechada, delegando en el bastardo lo que ella
estaba mucho más capacitada para desempeñar.
La dejaron soñar con castillos para luego suplantarlos por establos. Le
permitieron saborear el poder, solo para enseñarle a extrañarlo.
Sus músculos protestaron por el calor del agua, su mandíbula encajó el
golpe de su ardor, pero así se recostó en la bañera, el agua arropando su
cuerpo hasta las lomas de sus senos, que, tan sensibles, eran los que más
sufrían. Como consuelo, las margaritas y los girasoles acariciaban su pecho
y clavícula, metiéndose entre sus piernas recogidas, rodeando sus rodillas
visibles por fuera del agua.
Alguien entró al cuarto de baño, una doncella de piel cremosa y cabello
alborotado. En espera de su propio baño, usaba solo una bata encima del
corsé enterizo que llevaba por ropa interior, y en sus manos un perfume: la
fragancia única hecha de cero para la princesa.
Un artefacto de Hydra, hecho por una familia de la que Shaula debía
cuidarse, entregado por una mujer que guardaba un rencor profundo a la
princesa. La idea de usarlo era absurda, hasta daba pie a pensar que podría
estar envenenado.
Pero ahí estaba Isamar, con sus gruesos muslos desnudos y senos elevados
por el corsé, llevando el arma afrodisíaca y mortal a la princesa que no
podía odiarla más en ese momento.
—Pensé que necesitaría su perfume, alteza.
—Te he dicho que te marches, Merak. He sido honesta al declarar que hoy
no te necesito. No eres una grata compañía.
En desobediencia, Isamar avanzó hacia la tina y se acuclilló junto a ella.
Dejó el perfume a un lado de su cuerpo, y con sus dedos vagó por el calor
que se desprendía de la superficie del agua.
—¿Cuánto lleva aquí, princesa?
—He perdido la noción del tiempo.
—Imposible. El agua casi hierve, si llevara mucho rato en ella, significaría
que entró cuando esta estaba incluso más caliente. Su piel estaría
escociendo justo ahora.
—Has probado tu sabiduría, Isamar. Ahora márchate.
—No quiero dejarla sola...
—¿Qué te hace creer que necesito compañía?
Isamar se levantó ante los ojos mordaces de la princesa. Dejó que esa
mirada fuera la principal testigo de sus actos, cuando con lentitud y desafío,
desprendió la bata de sus hombros y la dejó caer a sus helados pies.
La princesa de todo Áragog no protestó, no cuestionó. Tal vez no hallaba
palabras para expresar su confusión, tal vez intentaba entender que el
cuerpo frente a ella, tan deficientemente cubierto, pronto sería devorado por
un varón al que no podía aprobar o rechazar.
El corsé solo cubría la estricta desnudez entre las piernas de Isa, por lo que
sus muslos voluminosos y mucho de sus glúteos estaba al alcance de la
avara mirada del escorpión en el cuarto de baño.
La doncella metió sus dedos al agua para comprobar su temperatura, y fue
cuando Shaula despertó del letargo.
—¿Qué se supone que haces? Te he dicho que te marches.
—Lo haré, en cuanto me haya disculpado y usted aceptado mis disculpas.
—En ese caso estaremos aquí toda la noche.
—No seré yo quien se queje por ello.
—Basta. Déjame sola.
Pero la dama testaruda no retrocedió. Introdujo primero un pie en el agua,
luego el otro, hasta haberse sentado junto a Shaula. Estiró sus piernas al
fondo de la tina, abriéndose para dar espacio al cuerpo de su princesa.
La princesa escorpión dio un respingo al sentir el tacto en sus tobillos;
Isamar los había tomado entre sus manos con suma delicadeza.
—Isa...
La doncella siguió, levantando los pies de la princesa, estirando sus piernas
hasta posarlas, con cuidado de no derramar el agua, encima de las suyas.
—Esto definitivamente no es lo mismo que ayudar con mi baño, Isamar. No
deberías estar aquí.
—Por el contrario, yo no veo el escándalo de compartir baño con una amiga
antes de un baile. Ahorramos tiempo.
¿Por qué, entonces, el corazón de Shaula decidió alojarse en su garganta?
Donde además latía tan fuerte que estaba a punto de vomitarlo.
—Acepto tus disculpas, ahora largo.
—No sabe por qué me estoy disculpando.
—No, pero...
—No es bueno que estemos peleadas antes del baile, no cuando hemos
sobrevivido a... tanto, juntas. Compartimos una misma cama, y muchos
secretos esa noche, ¿por qué no puede haber paz entre nosotras?
—No busco paz.
—No. Busca quien pueda combatir sus tormentas.
Isamar metió sus dedos en el agua, ya tibia por los dos cuerpos en ella. Se
encontró con los pies de la princesa y deslizó sus dedos por ellos con la
presión de un masaje.
—Yo soy su aliada —dijo Isamar, deslizando su mano hasta el tobillo
sumergido y más allá, tentando la posibilidad de tocar más de sus piernas—.
Sé que la altero, alteza, pero también sé que solo yo puedo aliviar la tensión
que le provoco.
—¿Cómo? Tu presencia solo me pone peor.
Isamar sonrió, sus manos acariciando la húmeda pantorrilla de la mujer más
hermosa e imponente de todo el plano terrenal.
—A veces no lo pretendo, alteza, otras sí. Busco alterarla en venganza de lo
que provoca en mí.
—¿Qué...? —La voz de Shaula se entrecortó. Se removió en el agua para
alejar las manos de su doncella, pues no sabía cómo contrarrestar ese efecto
—. ¿Qué es lo que he hecho mal contigo? ¿Qué te provoco?
—Cuando no recuerda mi nombre, mi vanagloria y desagradable
temperamento me nublan. Siento tantos impulsos nada sutiles... Quiero ser
drástica, transgredir todo, solo por volver a escuchar de sus labios un mi
mísero nombre.
—¿Buscas alterarme porque digo mal tu nombre? ¿En serio? —Shaula casi
pudo reír a pesar del cargado ambiente—. He sido infantil, y cruel en
ocasiones. Me disculpo por ello. Prometo en adelante llamarte por tu
nombre.
—No, princesa, no se fuerce. Lo prefiero cuando brota de usted. Y sobre la
envidia, lamento todos mis comentarios al respecto. Sé que usted no tiene
nada que enviar a ninguna mujer. Fui engreída, e ilógica. Solo... dígame una
cosa. ¿Es cierto lo que dijo? ¿Sí tiene pareja?
Shaula tragó con dificultad debido a los latidos en su garganta, pero se
repuso a tiempo para contestar.
—Sí. De hecho, debería darme prisa. Prometió venir a buscarme.
Isamar asintió, sus pensamientos bien resguardados tras una expresión
pétrea.
Con sumo cuidado, la doncella acomodó su cuerpo hasta quedar a gachas en
el agua, posición que le permitió desplazarse entre las flores por encima del
cuerpo de Shaula hasta quedar con una rodilla a cada lado de su regazo.
—Isa, yo no estoy... —Shaula negó con su cabeza, atribulada de repente,
provocando una risa radiante en su doncella—. No llevo ropa interior. Yo sí
estoy... desnuda.
—No me molesta.
Isamar se sentó sobre el regazo de Shaula sin tapujos, provocando un
desborde de emociones en sus ojos. Se asió con una mano a la cintura de la
princesa y la otra la dejó suelta sobre su vientre, prometiendo tanto como
amenazaba, pero sin hacer nada.
En esa posición, la diferencia de altura era más clara; Isamar tenía que alzar
el mentón para llegar a los ojos de Shaula, a pesar de ser ella quien parecía
en dominio de la situación.
—Ahora que tiene pareja, hay algo que me siento en deber de decirle,
princesa.
Shaula asintió, y por un instante, sus manos se movieron en el agua por una
voluntad que no era la suya. Parecían buscar algo, y autómatas se posaron
en las caderas de Isamar, con sus dedos rozando la parte de los glúteos que
no cubría el corsé.
En medio del silencio y las miradas parecía haber mucho, palabras calladas,
impulsos reprimidos. Shaula sintió que el poder que robaban los sirios a las
estrellas estaba ahí, haciendo eco entre ellas, pidiendo ser liberado.
Un día alguien tomaría así a Isamar, con mucha más autoridad, con toda la
ley dándole ese derecho. Shaula aborrecía la idea, Shaula no quería quitar
sus manos de ahí jamás.
—¿Qué estabas por decir? —preguntó Shaula.
Al ver que a Isamar no le molestaban las manos donde las tenía, Shaula
tomó el valor de bajarlas más, afianzando su agarre en toda esa piel cuyo
volumen sus manos no llegaban a abarcar. Hizo tal presión, que arrastró a
su dama hasta pegarla por completo a su cuerpo.
¿Qué había hecho? El temor y la incertidumbre flajelaron sus nervios, pero
la reacción de Isa fue un latigazo todavía peor. Un jadeo, una respiración de
pasional sorpresa, y una mano que rápido se pegó al pecho de la princesa,
como para evitar chocar contra ella.
Shaula no podía arrepentirse de absolutamente nada, si el resultado era ese.
Soltó una de sus manos para llevarla al mentón de Isamar, y con un dedo lo
elevó para recuperar esos ojos aceitunados.
—Sigo aguardando por lo que pretendías decir... —murmuró Shaula.
—Iba a decirle que...
Esos labios... Shaula era afortunada de poder mirarlos sin los tabúes de su
cultura. No podía imaginarse una vida donde esa boca estuviera todavía
más prohibida.
Isamar desplazó la mano en el pecho de la princesa y la llevó a su boca, la
cual había estado mordiendo sin darse cuenta. Con sus dedos separó el labio
de su dentadura, y lo acarició como para consolarlo.
Con un dedo en su boca, Isamar estaba creando volcanes entre las piernas
de Shaula.
¿Qué era? ¿Qué clase de poder vibraba en los dedos de Isa que tenía a su
piel pidiendo auxilio?
La doncella bajó la mano, la deslizó por su cuello y dejó pasear por la
clavícula llena de pétalos. Se deslizó más abajo, donde los senos de la
princesa asomaban apenas por encima del agua, rodeados del blanco y
amarillo de las flores. Delineó las lomas de aquel pecho con su manicura
que, aunque corta, estaba pintada de negro.
Y Shaula se lo permitió. La dejó admirar su cuerpo, y se armó de coraje
para sobrevivir a ese tacto tortuoso. Se agotaba de la sutileza, quería que
dejara de rozar, quería rogarle que tocara cuanto quisiera.
—Su busto fue hecho para portar diamantes —susurró Isamar y dejó el
pecho para deslizar la mano más abajo por su torso—. Y su cintura para el
oro así como su mentón para llevar coronas. Como su amiga, alteza, no
puedo más que desear que encuentre alguien que lo sepa.
—No creo que alguien lo vea como tú —confesó Shaula—. Los que me
pretenden buscan lo contrario a darme algo.
—Entonces no se case —aconsejó Isamar—. El corazón es lo único que,
antes que entregarlo, es preferible esperar a que lo roben. No se case hasta
que suceda.
—¿Y si lo tengo demasiado resguardado? ¿Si jamás llega quien pueda
robarlo?
Isamar tragó grueso, y miró a los labios de la princesa antes de responder:
—Llegará.
—¿Y cómo sabré que ha pasado?
—El corazón es un órgano que da vida, princesa. Cuando no pueda respirar
lejos de una persona en particular, sabrá que es la responsable de su robo.
El corazón de Shaula parecía querer opinar, pues sus latidos subieron el
volumen hasta ser visibles en su garganta. Pero Shaula no entendía su
idioma, era sorda a sus deseos, ciega a sus intensiones; mas no inmune,
pues cada nuevo arrebato suyo la dejaba más mareada, más cerca de una
cumbre que amenazaba con matarla en la caída.
—Y... —Shaula inspiró con fuerza, tan profundo que el movimiento de su
pecho onduló el agua, atrayendo la atención de los ojos de Isamar a esa
zona—. ¿Y tú, Isa?
Llevó su mano al rostro de Isamar, sus dedos apartando mechones mojados
de su mejilla.
—¿El varón con el que bailarás hoy ha robado tu aliento? ¿Te ha cautivado
al punto en que no puedas respirar lejos de él? ¿Es el definitivo ladrón... no
queda en ti nada qué robar?
—Sí —dijo Isamar, aunque ninguna de las dos comprendió a qué parte
exactamente respondía, y lo que encerraba esa afirmación—. No queda en
mí nada que se pueda robar; ni corazón, ni aliento. Todo es suyo.
Shaula asintió, y volvió a guardar su mano en el agua.
—Espero seas feliz con él.
Isamar así mismo se retrajo, volviendo a su lado de la tina con las manos en
su regazo y sus ojos fijos en estas.
—Si es que logro conseguir una propuesta —contestó.
—Isamar Merak consigue todo lo que se propone.
—No, alteza... no todo.
~~~
Nota:
¡¡POR FAVOR, ME MUERO PORQUE YA LEAN LO QUE SIGUE!!
No puedo con la tensión entre estas mujeres. ¿Y ustedes?
¿Qué les ha parecido el capítulo?
Comenten mucho, dejen su amor u opiniones a lo largo de sus párrafos
favoritos para apoyar la historia. Yo intentaré ser recíproca dándoles el
mejor
contenido en los capítulos futuros. Les amo, gracias por leer Monarca
♡☆
39: Belleza
Imagen
de
Shaula e Isamar hecha por
Betty
, del
grupo
de WhatsApp. Este capítulo es para ella ♡
~~
Shaula
¿Qué concebimos por belleza?
Shaula, mujer orgullosa en su alegato de sabiduría, esa noche se descubrió
equivocada en cómo definía ese concepto.
Como princesa se le negó una voz, y una plataforma para poder usarla; se le
restringió al respecto de su participación en la monarquía, se le dibujó como
la nulidad en su real linaje. Por evitar el dolor en egos ajenos, se le condenó
a una posición de perpetua inferioridad. Pese a ello, a perder los beneficios
de la realeza, nadie redujo las responsabilidades que esto acarrea.
Pulcritud, exigían mientras lavaban y sometían su cabello a calor. Era el
más largo sin necesidad de extensiones, el más lacio cuando no le
fabricaban ondas artificiales.
Brillo y movimiento se buscó en la cabellera antes de poner en su frente la
diadema de oro. Sus ojos con el ahumado justo, sus labios en un tono tierra
para enaltecerlos.
Su cintura no podía ser censurada, por lo que se le escogió un atuendo
bahamita de dos piezas mientras que sus caderas fueron resaltadas por las
cadenas y colgantes en el diseño de su falda.
Un velo semitransparente para sus labios y cabello, los accesorios
pertinentes, y estaba lista para ser la mujer ideal.
Cada detalle era un espectáculo.
Su padre aplaudió la audacia de su hija al invitar a sir Volant al baile, y
aprovechó el momento para transformarlo en el acontecimiento de la era,
opacando incluso el motivo de la celebración.
La temática de disfraces casi no aplicó para ellos. Sir Volant fue de guardia
condecorado, lo cual era, y Shaula se apropió del atuendo con el que su
madre, la ex reina, anunció su compromiso con el rey a todo Áragog.
Desde el instante en el que Sir Volant pasó a recoger a la princesa hasta el
momento en que le tendió su mano para iniciar la caminata al salón, fue
todo captado por espectadores ávidos que tomaban notas de cada detalle.
Y su llegada al baile tuvo todavía más eco.
Con una gracia al caminar en tacones solo igualada por los mitos de
mujeres ya inexistentes, Shaula tenía el cabello más largo, la cintura más
angosta, las piernas más estilizadas y la altura idónea para ser el mayor
objetivo de envidia y deseo.
E iba de la mano de un hombre poderoso, físicamente imponente y muy
codiciado entre las doncellas casaderas.
Acababan de dar de comer a toda persona hambrienta de los típicos dramas
de toda corte.
Y qué gran mentira la que les había dado a degustar.
Shaula no pretendía casarse hasta que su corazón estallase de necesidad, y
aquel caballero apenas le provocaba un letargo del que quería salir huyendo.
Ambos ascendieron por las imponentes escaleras hasta llegar al balcón de la
realeza, donde se sentaron en la mesa dispuesta para la familia real de Ara.
Lesath así lo dispuso, creando todavía más intimidad y expectativas en
cuanto al cortejo entre la princesa y su pareja de baile.
Ese detalle no le había agradado, esperaba poder librarse de tener que
conversar con sir Volant durante los descansos a los bailes.
Sir Volant mantuvo una correcta conversación con el rey con respecto a sus
hazañas, política y comercios. Shaula estaba deseosa de que llegara el
primer baile, solo por distraerse en una actividad más recreativa.
Al menos la temperatura no fue un problema, pues había suficiente fuego
para aclimatar el lugar.
En medio del aburrimiento, se le ocurrió que, si fuera hasta la mesa donde
estuvieran sus damas, al menos ahí podría garantizarse un poco de
espontaneidad.
—¿Ha alcanzado a ver a mis damas, sir Volant? —preguntó Shaula.
—No, princesa. Asumo que, al estar disfrazadas y yo poco familiarizado
con ellas, me habrán sido irreconocibles.
—Sí. Eso puede ser. —Shaula pasó la lengua por sus dientes en un gesto
nervioso que hacía para comprobar si no los había manchado de labial—.
¿Me permite levantarme un momento? Siempre he querido probar el vino
de Deneb.
—¿Vino? ¿Para una doncella como usted? —cuestionó el caballero.
Shaula armonizó la más radiante de sus sonrisas, tanto como para que fuera
capaz de refulgir más allá del velo sobre sus labios.
—Lo sé, sir, es que en Deneb no tienen un licor más fuerte. ¿Puede creerlo?
El rey se limitó a una expresión resignada mientras se reclinaba en su silla
para saludar al siguiente noble entre aquellos que buscaban saludarle. En
cambio la cara de sir Volant era de retratar. Por un momento, Shaula lo
creyó capaz de levantarse y dejarla sola, como si le hubiese ofendido.
Pero esa expresión fugaz se borró como un espejismo, de inmediato el
hombre pareció reconsiderar las palabras de Shaula, y fue cuando dijo:
—Permítame buscar el vino por usted, princesa.
—No se moleste, sir, deseo caminar.
—¿Con ese calzado?
—El mismo con el que subí los ciento cincuenta y ocho escalones.
—No me entiende, alteza —zanjó el caballero como si hablara con un
subordinado particularmente rebelde al que por motivos de privilegio no
pudiera gritarle—. Me preocupa que se canse pronto y no podamos disfrutar
del baile que está por comenzar.
—Sir Volant, me he comprometido con usted a este baile. Si la palabra de
una princesa no tiene valor para usted, pues le pido juzgue la mía como la
palabra de Shaula Scorp Nashira. En mi disciplina y en mis valores en
general, no se concibe el faltar a algo que he prometido. Y no se preocupe
por mis pies, que al contrario de los caballeros que pueden dejar su
armadura solo para las batallas, yo apenas en mis sueños puedo descansar
de los tacones, y he sido perfectamente funcional con esas condiciones
todos estos años.
Entonces tomó la decisión arbitraria de levantarse e irse.
Lo ideal habría sido que esperara a que el caballero respondiera, a tener un
permiso para retirarse. Pero Shaula no era una princesa ideal. Que su padre
dijera lo que quisiese, que los lores lloraran cuanto pudieran. Para anular a
Shaula Scorp, tendrían que destruir su carne; para callarla, tendrían que
encadenar su espíritu.
Ella no había nacido para lucir un anillo de compromiso, lo sentía en cada
hueso de su ser que pedía el fuego sin miedo, como todo buen metal acepta
la forja. Tenía un potencial que arrasaría con todo, y por temor a ello era
que nadie le permitiría los medios para lograr desarrollarlo.
Bajó las escaleras cual soberana con sus guardias siguiéndola de cerca. Le
permitieron su espacio, pero atentos a cualquier peligro.
En medio de los invitados, casi camuflada con ese entorno, se encontró con
otro más de los eventos usuales donde las doncellas en sociedad buscaban
la aprobación de los solteros con el añoro de una propuesta.
No era un ambiente que le interesara, y no por ello criticaba a las
jovencitas. ¿A qué más podían aspirar? Toda mujer necesitaba la protección
y el sustento económico que da un hombre en Áragog. Casarse era la meta,
ser desdichada la alternativa.
Fiel a sus palabras, buscó algo de beber sin desprenderse del porte que
amerita el apellido Scorp. Había un límite incluso para el desacato.
Con una copa del vino más intenso fue cuando los vio llegar.
Un barón y un vizconde, acompañado cada uno de una hermana de la casa
Merak.
Altair estaba impecable, vestida de blanco con alas y plumas en honor al
cisne de Deneb.
Pero su hermana... Era una transgresora. Cabello suelto cual mendigo,
azabache al aire sin la artificialidad de moños, calor o accesorios. Indómito,
libre, como su portadora. Y con esa misma carencia de gracia, Isamar
cometió el error protocolar de pasar sus dedos por su cabeza, echando el
cabello hacia atrás, dándole un movimiento libertino. Llevaba camisa con
un botón suelto y una corbata mal anudada. Gabardina larga y calzado
masculino eran la cumbre de aquel despropósito, y solo un antifaz negro y
el labial más rojo del reino le aportaban feminidad.
Fue ahí donde la pregunta volvió.
«¿Qué concebimos por belleza?».
Shaula sabía que belleza no podía ser simetría, ni pulcritud, ni el
cumplimiento de una serie de requisitos estéticos. Porque había muchas que
llenaban dichos estándares, mas sus miradas vacías poco impactaban, y su
esencia solo variaba en tonos de grises. Así lo supo, que la belleza no era un
atributo físico, sino una concepción de la esencia de cada ser, que va más
allá de la óptica. Es la autenticidad de quien resplandece, fulmina e impacta
más allá de las pretensiones.
No perfección, auténtica belleza; esa que en toda la inmensidad de un
glamuroso baile, descubrió brillar solo en Isamar Merak.
El frenesí de unos tambores golpeó con fuerza el pecho de la princesa,
quien con una mano en este, dio su espalda para protegerse de las miradas y
recuperar el dominio de su respiración.
Era un temblor que no se iba con inhalaciones ensayadas. Temía, por lo
repentina de su comprensión. Y es que admiraba a Isamar con ojos
embelesados. Admiraba a una mujer con la fuerza del enojo, y sin atisbos
de envidia.
Solo la admiras»,
se tranquilizó.
«Son cosas que pasan en una amistad real».
De pronto las cuerdas comenzaron a rasgarse, y de la pasión de ese acto se
produjeron notas que se elevaron al aire, entre los presentes y dentro de
ellos, calando hasta los corazones al tiempo en que el gran coro de voces de
Deneb se unía a la musicalidad.
Freya Cygnus abrió el baile en honor a su hermanita, posicionándose en el
centro vestida de mariposa azul con zapatillas tan flexibles como sus pies.
Usó su elasticidad y gracia para mover su cuerpo al ritmo de
Resiliencia
, una pieza musical que Shaula había aprendido en las dos lenguas que le
eran propias.
La canción hablaba de una coraza de valor, de la calidad de un ser que
sufre, es derrotado, humillado y vuelve a caer, pero sin dejar de levantarse.
Una alabanza al que supera, a la mente que es herida, pero jamás quebrada.
Shaula tenía lágrimas en sus ojos, quería unirse a aquellas voces, cantar
como si relatara su propia historia. Tenía un talento que tildaban de vano,
pero en ese momento dejó de creer que lo era; porque se convenció, en lo
más profundo de su ser, que con solo pararse en medio de esas personas y
proyectarse en esa canción, sería libre.
Detrás de ella, unas manos acariciaron sus brazos en consuelo.
Sir Volant estaba ahí, había notado su debilidad, y con el intento de una
sonrisa parecía querer infundirle calma.
Le tendió su mano, pues debían abrir el baile junto con el matrimonio
Cygnus, y así hicieron.
Bailaron como dictaba el protocolo, con los pasos correctos y las manos en
las posiciones adecuadas.
Las doncellas se unieron al baile y eso puso a Shaula en primera fila para
observar a Isamar y al barón cómo se apropiaban de la pieza impetuosa.
Las vueltas llegaron a acercarlas tanto, que en un momento Shaula fue
capaz de ver cómo la mano del barón descendió hasta los glúteos de su Isa.
Shaula inmediatamente pensó en cómo lord Circinus, la mano del rey, había
hecho eso con ella —y el castigo que eso acarreó en su vida— y aunque
Isamar rápidamente resolvió la situación girando para cambiar de pareja
con su hermana, la princesa escorpión empezaba a notar que sí que tenía el
veneno de un escorpión, pues ardía en la punta de sus dedos con ganas de
estrangular a alguien.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó sir Volant a Shaula.
—En perfecto estado de salud, sir.
La doncella regresó a su pareja. Shaula no podía dejar de mirarlos en espera
de una señal, por mínima que fuera, de que Isamar necesitaba de su
intervención. Era como si la música ya no sonara para ella, los pasos ajenos
al ritmo, solo podía mirar a esos dos.
Su apellido ardió cuando estuvo en el ángulo idóneo para mirar la cara de
Isamar. La veía reír como bajo del agua, radiante mientras el barón tomaba
su cintura y la alzaba justo para la vuelta. El brillo del salón solo la
iluminaba a ella, y a la soltura con la que le sonreía a ese desconocido.
Su distracción le costó un paso en falso. En ese lapsus de error no solo
había pisado a su pareja, sino que su talón se dobló dolorosamente por el
largo de sus tacones.
Sir Volant se detuvo por la abrupta interrupción. Shaula intentó quitarle
importancia y seguir con la pieza, pero al afincar nuevamente su tobillo
emitió un quejido de dolor que alertó al caballero e hizo que la sacara de la
pista de baile.
La sentaron en una de las mesas más próximas y revisaron su tobillo de
inmediato, buscando vendajes y compresas frías para aliviar el dolor.
—Lo lamento, sir, sé que le debo más bailes...
—No se preocupe por eso ahora, princesa. Lo importante es que descanse y
se recupere. Ya encontraremos otra oportunidad para que pueda saldar su
deuda.
Shaula forzó una sonrisa, pues esperaba ser disculpada y que el caballero se
olvidara de la deuda adquirida, pero por el contrario, al hombre parecía
gustarle tanto la atención que le daba estar junto a la princesa, que no se
despegó de ella en todo el tiempo que estuvieron sentados.
—Puede ir a bailar, sir, no me opondré.
—Ya le he explicado los motivos por los que no bailo con cualquiera,
alteza.
—Esta vez no aplican, ¿o sí? Las jovencitas saben, o asumen, que está
cortejando a la princesa de Áragog. Ninguna esperará que se fije en ellas
por encima del atractivo de un compromiso conmigo, así que... ¿por qué no
va a divertirse?
—Si no creyera en la bondad del corazón de una dama, princesa, hasta
pensaría que intenta deshacerse de mí.
Las palabras eran tranquilas y adecuada, pero la mirada que las acompañaba
era una temeraria acusación.
A Shaula se le borró todo buen ánimo, su ceja arqueándose en reacción a la
amenaza. No debía olvidar, como ilusamente había hecho, que el hombre
junto a ella no era más que un asesino con un título bonito.
Un hombre. Y si algo había aprendido de ellos en lo que llevaba en la corte,
es que harían cualquier cosa por preservar intactos sus egos. Y Shaula
parecía amenazar el de muchos.
—Se confunde usted, desde luego —contestó Shaula al fin. Sus palabras
diplomáticas, su mirada resistiendo el fuego.
—Eso creí, princesa.
El hombre le tomó la mano y se la besó con Shaula mirándolo desde la
rectitud de su altura.
Sir Volant se quitó la flor que tenía en su muñeca y la transfirió a la de
Shaula con los ojos atentos de los invitados. Él lo sabía, quería esa atención.
¿Por qué, si no pretendía casarse? ¿Qué buscaba un caballero condecorado
de la publicidad que le daba el cortejo a una princesa?
—Una flor, para otra flor... —dijo el hombre.
—Donde usted ve esa flor, yo veo a una serpiente, sir —interrumpió una
muy animada Isamar Merak, acompañada de su pareja—. No la toque
mucho, dicen que muerde.
Shaula dejó de contener su aliento, aliviada como nunca de ver a su
doncella.
Aunque no pudiera sentir lo mismo por el hombre que la acompañaba...
—Lady Merak —saludó sir Volant besando su mano—. Y usted es...
—Le presento a lord Urus, sir Volant. Y ella es mi mentora y soberana de
todos, por supuesto, Shaula Scorp Nashira, princesa de Áragog, embajadora
de Baham y pesadilla de sus doncellas.
Lo decía con tal orgullo... Quitando el cabello de su rostro agitado y
sonrosado por el baile, sonriendo como si su mayor logro fuera respirar
cerca de Shaula.
¿Con qué cara Shaula le explicaría que ya no era embajadora de nada, ni
sería jamás soberana de nadie?
—Un placer conocerla, princesa pesadilla —dijo el barón extendiendo la
mano hacia la princesa, uniéndose al chiste de Isamar.
Shaula miró la mano de aquel hombre con menosprecio, indispuesta a
aceptarla.
—Lo de serpiente me temo que era en serio, mi lord. No se dirija a mí como
si de una amiga se tratara.
La alegría del susodicho se esfumó, pasando a un plano más cerca del
enojo. No discutió lo dicho, tampoco se retractó, solo tomó a Isamar por la
cintura y la pidió volver al baile.
—Porque dejarla respirar no es una opción, desde luego —agregó Shaula en
voz baja.
—Shaula... —exclamó Isamar en una especie de llamado a la reflexión.
—¿De qué se supone que está disfrazada, lady Merak? —cuestión sir
Volant, más sonriente que nunca.
—De hombre, evidentemente —dijo Shaula.
—De libre, lo llamo yo —corrigió Isamar.
Agregó una reverencia, y cuando estuvo en lo más bajo de su posición, sus
ojos aceitunados se clavaron con descaro en el cuerpo de su princesa,
recorriéndola hasta llegar al velo que cubría su boca. Había una promesa en
esa mirada, una que selló cuando se enfocó en los ojos de la princesa. Algo
hubo en ese recorrido que llevó a Shaula a contener el aliento.
Solo entonces, Isamar volvió al baile.
—Ella es algo... —Sir Volant hizo una pausa para conseguir la palabra, pero
ya su tono de reproche era esclarecedor—... indigna de alguien como usted.
No deberían dejarla permanecer en la corte.
—No me conoce, no entiendo de dónde saca esas conclusiones.
—No necesito conocerla a usted, he visto suficiente de ella. Es irrespetuosa.
Al venir aquí vistiendo como un hombre... ¿Qué sigue? ¿Hombres vestidos
de hembra?
Shaula contuvo la respiración y cerró los ojos en una fracción de ese
proceso. No discutiría en ese asunto, no se arriesgaría a decir algo indebido
por un hombre al que no le interesaba convencer.
—Isamar es correcta la mayoría del tiempo, solo se divierte con la
posibilidad de impactar con su disfraz. ¿Es ese un delito?
—El disfraz es lo de menos, pero ciertas miradas...
Shaula mordió el interior de su mejilla, su corazón evitando los siguientes
latidos como un cobarde. Entonces sir Volant la miró, sonriente y
tranquilizador.
—Por cómo se mira con el barón, hasta creería que ya han intimado.
Shaula se obligó a tragar el disgusto, e intentó transmitir franqueza al
responder:
—El resplandor de un amor joven, de una pareja destinada, se siente así.
Apuesto a que serán muy felices.
—Como usted y yo, princesa.
—¿Disculpe?
—Según las habladurías de esta noche, claro.
—Sí... Por supuesto.
Shaula ya no sabía cómo fingir otra sonrisa más, no con el susto en la boca
de su estómago, no con la incomodidad que solo crecía.
~❄• •❄~
Nota de autora: primer capítulo del maratón de
hoy
. No van a
poder
creer lo que está por pasar en los próximos dos capítulos. No
sé
despeguen de esos comentarios y dejen todo su amor ♡
¿Qué les ha parecido el
cap
? ¿Qué piensan de Shaula en este?
¿Y de cómo Isamar iba vestida?
¿Qué opinan del baile hasta ahora?
Opiniones de
sir
Volant
aquí.
40: Sororidad
Si quieren estar al tanto de adelantos e informados sobre todo mi proceso
literario, pueden seguirme en mis redes. Tanto en Instagram como en Tiktok
estoy activa como @AxaVelasquez
~~~
El cumpleaños de la pequeña Cygnus siguió con algunas palabras del alto
lord de Deneb. La madre no participaba de esas formalidades, estaba más
pendiente de la logística; no como una dama de alta clase, a Shaula le
pareció más un guardia protocolar.
Shaula ya no estaba en un punto del baile que fuera ni remotamente
disfrutable.
Quería ser estúpida ese día.
Creerse superior a cualquier otra jovencita soñadora fue lo que la llevó a
escoger a sir Volant como su estratégico acompañante, y le había salido
pésimo. ¿Y si simplemente se divertía? ¿Y si bailaba, sonreía e
intercambiaba chismes con sus amigas...?
Si tuviera tales en la corte, por supuesto.
¡Por Ara! Shaula, en su persecución a la superioridad como mujer, no solo
había fracasado con estrépito, sino que había quedado sola.
Decidió desde entonces probar un nuevo enfoque: que perseguir un estatus
de respeto como princesa no fuera limitante o excluyente de su feminidad.
Tenía que encontrar a sus damas.
Pero antes... ¿Cómo deshacerse de sir Volant?
—En Hydra hay mares y mares de girasoles... —Estaba contando Sir Volant
a Shaula y a otra pareja de nobles interlocutores que se había unido.
Era un hombre con un encanto natural al hablar, pese a sentirse tan distante
por su rango. Shaula tenía que reconocerle eso, la sutileza de su
intimidación al contrario de hombres como la mano del rey, tan
abiertamente repulsivo.
—¿Saben la diferencia de un girasol en Hydra a los injertos que se siembran
en los jardines de Ara?
—He oído que llegan a medir metros y metros de altura... —respondió la
atenta dama.
—Y con pétalos cítricos de mucha esencia, perfectos para los perfumes.
—¿Me disculpa? —cortó Shaula levantándose y alzando su peso sobre el
tobillo intacto. Extendió sus brazos a los lados como señal para Aztor y sir
Lencio, quienes acudieron para hacer de soporte a cada lado de su cuerpo
—. Necesito ir al baño.
—La acompaño...
—Es un momento íntimo, sir. No es propio que un hombre merodee tan
cerca de los baños de mujeres.
—¿Y su tobillo?
—Mis guardias me sabrán atender a la perfección.
Con eso hubo zanjado el asunto lo suficiente para que la dejara marcharse.
Salieron del salón de baile y flanquearon los pasillos del castillo de Deneb
hasta alcanzar la zona de los sanitarios públicos.
Fue ahí cuando se despojó de la ayuda de sus guardias y siguió caminando
como si nada. Sí se había doblado el tobillo, pero no había sido tan grave.
De hecho, con las compresas ya se le había pasado la molestia al andar,
aunque esperaba que de ese detalle no se enterara sir Volant.
Estaba a un paso de ingresar al baño de damas cuando la puerta se abrió de
golpe.
—¡Lord Circinus! —jadeó Shaula con la mano en su pecho, muy agitada
por el impacto de la sorpresa.
El hombre la miró primero con desprecio, luego enfocando sus ojos en la
mano de la princesa... y cómo su pecho se movía debajo de ella.
Shaula respondió pasando su pelo hacia delante para cubrir su escote. Había
hombres —lord Circinus encabezando la lista— ante los cuales daba terror
ir tan expuesta. Tal vez debería tener en cuenta lo que le habían dicho en el
consejo y desistir de los escotes si no podía tolerar esas miradas...
O tal vez, los hombres más influyentes de la ley de Áragog deberían poder
comportarse con respeto ante la legítima princesa.
—No entre al baño. —Fue la explicación de lord Circinus—. No es apto
para ninguna señorita.
—Pero lo nece... —Shaula frunció el ceño al digerir la situación más allá
del susto inicial. Su rostro se ladeó, su mirada adquirió un aire suspicaz—.
¿Qué hace en el baño de mujeres, lord Circinus?
—Me enviaron a revisar su estado, y como le he dicho, no están en
condiciones. Así que, por favor, no entre.
Shaula intentó ser relajada, hasta bromista, para quitarle peso a la acusación
siguiente.
—¿Es parte del trabajo de la mano del rey revisar los baños públicos?
Haberlo mencionado, mi lord, le habría prestado a mis guardias.
—¿Te digo qué no es parte del trabajo de una princesita tan delicada como
tú? Esta intromisión.
Shaula compuso en sus ojos un brillo dolido.
—Solo intento socializar, no ser entrometida. ¿No decía usted que seremos
familia?
—Cambio de planes al respecto, creo que mi hijo Ares es más de su tipo. —
El hombre avanzó hasta rodear la cintura de Shaula y empujarla para
avanzar juntos—. Lo mejor será discutirlo de vuelta en el baile...
Cuando el cuerpo es sometido a estímulos de asco, placer o dolor, no
maquina: reacciona. Fue lo que experimentó Shaula entonces, que sin
pensar se arrancó del agarre de lord Circinus como si le quemara la piel.
Sus guardias inmediatamente llevaron las manos a sus cintos y sus poses a
la alerta, lo que ofendió todavía más a la mano del rey.
—¿Qué clase de complot es este?
—La princesa necesita hacer uso del baño —dijo sir Lencio.
—¿Y eso a quién sirios le interesa? Que vaya a su cuarto personal...
—Está demasiado lejos, mi lord, yo solo...
Aunque Shaula intentó tranquilizar el ambiente, lord Circinus pareció más
encolerizado conforme agregaban más palabras a la discusión.
—¡He dicho que está indispuesto el baño!
—En ese maldito caso, iremos en persona a revisarlo —estalló sir Aztor.
Que él precisamente interviniera dejó tan pasmada a la princesa, que volvió
su atención por completo hacia él—. Somos sus guardias. Uno de nosotros
se asegurará de que el baño esté en óptimas condiciones, el otro aguardará
con ella afuera. Y si eso no le parece, lord Zeta, vaya a reunir al maldito
consejo y que vengan a detenernos.
Así como sir Aztor marchó hacia el baño sin esperar un permiso, lord
Circinus desapareció de la escena casi corriendo, lo que delató que no
quería estar ahí cuando descubrieran lo que había dentro del baño.
Shaula todavía intentaba procesar lo recién ocurrido cuando su guardia salió
y les dijo:
—Tienen que venir a ver esto.
Y no exageraba en lo dramático de su anuncio.
Uno de los gemelos Circinus, al que Shaula reconoció como el aspirante a
asesino que la entrenó en una ocasión, estaba tirado inconsciente bajo un
lavabo destrozado que desparramaba agua sobre su cuerpo inerte.
Leo Circinus.
Su cuerpo estaba magullado, su rostro tan herido que hacía pensar que este
había sido el empleado para destrozar la porcelana del lavamanos.
No había mucha más sangre que la ya seca en su cabeza, labio, mejillas y
nariz, pero Shaula no sintió alivio por eso, puesto que con tanta agua
fluyendo al desagüe tal vez la mayoría de la sangre ya se había limpiado del
piso.
—Por todos los sirios de Ara...
Shaula llevó una mano temblorosa al velo en sus labios mientras sus
guardias atendían al muchacho. No tenía un entrenamiento para situaciones
de ese estilo.
—Respira —anunció uno de los guardias.
—¡Y está despertando! —dijo el otro con alivio, ayudando a mover al
muchacho para que no le cayera el agua en la cara.
Shaula los alcanzó y se arrodilló junto al aspirante a asesino.
—Leo... Leo, soy yo, Shaula. ¿Me recuerdas?
El chico asintió lentamente mientras abría los ojos.
Shaula intentó no asustarse al no tener una respuesta verbal, pues Leo era
mudo.
—¿Estás bien? ¿Necesitas un médico?
Leo negó e hizo señas para asegurar su bienestar. Supuestamente, no tenía
heridas graves y solo se había caído.
—No me jodas, Circinus —estalló Shaula sin poder contenerse—. ¡Acabo
de ver a tu padre huyendo de aquí como un condenado cobarde, carajo!
¿Cómo quieres que crea que te has caído?
Leo tomó la muñeca de Shaula con una fuerza agresiva, sus ojos listos para
amenazar. Pero ella no se dejó intimidar, ni le dio tiempo a comunicar todo
lo que sabía que venía a continuación.
Ella había sido esa persona; la herida, maltratada y ultrajada en espíritu por
quien el mundo supone tu aliado y protector. Ella había estado ahí,
intentando resguardar el secreto del mayor daño que le habían hecho, por
motivos que el resto no entendería.
Lord Zeta Circinus era para Leo lo que la preparadora para Shaula, y ella no
sería quien juzgara al muchacho por cómo escogía pelear su batalla.
—Ni siquiera intentes inventar motivos para silenciarme. No voy a decir
nada de lo que acabo de ver, tú quédate quieto. Pero me interesa asegurarme
de que estés bien, así que quédate quieto o tendré que poner a mi padre a
intervenir...
Leo la soltó muy a regañadientes. Shaula llevó sus dedos al cabello de Leo,
donde una melaza roja llena de costras alarmaba. Buscó el corte, rogando
que no fuera mortal ni muy profundo, pero el muy testarudo de Leo rompió
toda regla y protocolo al darle un manotazo a la princesa.
Mientras Shaula se recuperaba del impacto, Leo se señaló la mejilla e hizo
señas para explicar que toda esa sangre provenía de ahí, donde estaba el
peor corte.
Shaula no desistió de su tarea, y tocó solo lo justo para confirmar que se
había fracturado el pómulo.
—¿Ese fue el golpe? ¿El que te dejó inconsciente?
Leo la miraba con odio, como si canalizara en ella toda la rabia que no
podía descargar contra su padre.
¿Qué había hecho esa criatura, un par de años menor que ella, para merecer
tal brutalidad del supuesto protector del reino?
—Mis guardias te conseguirán ayuda. Te prometo toda la discreción
posible, y las cicatrices te ayudarán en tu reputación como asesino...
El chico hizo señas, bruscas como su mirada, para preguntar el precio a
pagar por dicha amabilidad.
Shaula no fingió altruismo y le dijo:
—Dime qué hiciste. Dime por qué ese hombre te hizo esto. No intervendré,
lo prometo, pero necesito saber por qué el imbécil estaba tan dispuesto a
dejarte morir aquí.
Leo desvió la mirada, y fue la confirmación que Shaula no quería tener: a
Lord Circinus no le habría importado si su hijo moría por su culpa y en esas
condiciones. Y por lo que había dicho a Shaula de mejor emparejarla con
Ares, ya hasta parecía que el hombre intentaba acomodar su vida a la
ausencia de Leo.
Leo cumplió su parte y le explicó a Shaula que había estado cocinando.
La princesa no lo entendió al comienzo, de hecho no le creía, hasta que el
muchacho explicó que se había saltado el baile para tener un turno de
cocinero en un restaurante donde le ofrecían una oportunidad de trabajo.
Los espías de su padre le advirtieron, y lord Zeta Circinus arrastró a su hijo
hasta el baile. De camino se detuvieron en el baño de damas para conversar,
y Leo confesó tener más interés en la cocina que en la vida de un asesino y
mucho menos en la de un lord.
A lo que lord Circinus respondió que, antes que permitirle deshonrar el
apellido así, lo prefería muerto.
—¿Por querer cocinar?
Mi padre dice que esas son cosas de mujeres»,
explicó Leo con señas. Ya se mostraba menos a la defensiva, más resignado
al dolor, al fracaso, y al tormento de sus recuerdos.
—¿Y es muy de hombre golpear a tu hijo hasta casi matarlo? ¿Es de
hombre enfrentarte a un chico que tiene menos de la mitad de tu maldita
edad?
Leo solo se encogió de hombros y agregó «
no me defendí».
—No es un justificativo.
Otro encogimiento de hombros.
Ahí no había un asesino, ni el intimidante instructor que hizo a Shaula
sobreesforzarse para demostrar su valía. Ese era solo un niño al que su
padre acababa de magullar hasta el tuétano y torturar el alma por haber
nacido diferente.
Shaula lloró en silencio todo el camino de regreso al baile mientras sus
guardias se encargaban de Leo, y pidió a Ara la sabiduría para, si algún día
estaba en sus manos, nunca dar poder a hombres como lord Circinus.
Regresar al baile fue difícil, pero se sintió con la valentía suficiente para no
volver al lado de sir Volant.
Miró a Jabbah a la distancia y una especie de amargura burbujeó en su
estómago.
Su prima y doncella se había disfrazado de Shaula, con el traje y el
maquillaje exacto que usó en la ceremonia de cobro de impuesto en Ara.
Cada día hacía más evidente su deseo de copiar a la princesa, y eso la hacía
sentir amenazada. ¿Jabbah intentaba superarla? ¿O solo era admiración
hacia su prima y mentora?
Lo que fuera, Shaula tenía que ganar terreno aprendiendo a enfocarlo a su
conveniencia.
No tenía que sentir la imitación como una amenaza sino como una
oportunidad de acercarse más a su doncella.
Recordó un momento de su adolescencia antes de mudarse a Ara, cuando
durante un paseo por Baham con su madre aprendió sobre el origen de una
de las genialidades más novedosas de la ingeniería de la región.
—¿Sabes cómo se crearon los canales y el mecanismo que lleva agua a
nuestros hogares, Shaula? —le había preguntado su madre.
—Supongo que los he dado por sentado todo este tiempo, madre.
—Grave error de una princesa. Quien no conoce su historia...
—¿Es ignorante?
—No era ese precisamente el mensaje, pero no interesa. Te hablaba de los
canales y las tuberías. Sucedió hace muy poco, unos cuarenta años a mi
parecer. La sequía era una problemática vigente en nuestra tierra, y los
hombres vivían tan cómodos como siempre al disponer de sus mujeres para
llevar y traer agua del río cuando hiciera falta.
—¿Tenían que caminar todo ese trayecto cargando agua?
—Sin importar su residencia, sí. Pero hubo una mujer, grandiosa, por
supuesto. Amathista Sajah. No era grande de cuna, pero sí de pensamiento.
Ella deseaba un cambio para el principado, y sabía que el único modo de
conseguirlo era lo que ella llamó "el efecto hormiga". Los altos mandos son
y siempre han sido hombres, así que no podía acudir a ellos...
—¿Por qué no?
—Porque estaban cómodos. ¿Quién querría esforzarse para provocar un
cambio a un sistema que no les afecta?
—Oh.
—Sí, oh. Ellos se quedaron siendo abanicados por sus vendidas y
alimentados por sus esposas, mientras Amathista creó una coalición de
mujeres que estaban cansadas del trabajo de una mula. Una sola de ellas
no habría logrado nada, pero juntas aportaron la mente que creó los
bocetos de cada plano, aquellas que recolectarían los recursos, las que
escribirían los discursos necesarios para presentar la idea al consejo y
conseguir una aprobación, y eventualmente tenían tantas mujeres como
hacían falta para la mano de obra en la construcción. Eso acabó siendo el
proyecto más próspero de Baham...
—Según los libros, el proyecto más próspero fueron las pirámides.
—Libros escritos por personas, que como tú y como yo, son libres de una
opinión individual. Ellos señalan un hecho, pero juzga por ti misma, si es
más importante la posada de algunos privilegiados en una tierra que
muere, o la creación de un sistema que lleva agua a nuestros hogares y
formó canales más cercanos a cada locación de Baham.
—¡El agua! Y la historia en sí, de cómo un pequeño grupo de personas fue
el progreso que los altos mandos jamás nos dieron.
—De ahí proviene una palabra especial, Shaula. Aunque te comuniques en
lengua áraga, debes conocerla, pues se erradicó por completo de ese
lenguaje.
—¿Qué palabra?
—Sororidad. Aunque no exista una traducción directa, su significado es
algo muy cercano a la solidaridad, solo que entre mujeres.
—¿Por qué crear una palabra que signifique lo mismo que solidaridad,
pero solo para mujeres?
—Porque su existencia valida nuestra realidad. Somos nosotras las que
vivimos minimizadas por nuestras leyes, y eso nos hace aliadas solo con
existir. Y no creas que eso implica que todas debemos llevarnos bien, pero
sí entender que estamos juntas en esta desigualdad, y por ende deberíamos
igualmente ayudarnos para lograr cosas como las que hicieron Amathista
Sajah y sus aliadas sororas. Fue con sororidad que se logró el progreso en
Baham, Shaula, no con la fuerza. Recuerda eso
Y Shaula lo recordaba, aunque un poco tarde.
Tal vez su madre había escogido el individualismo, la ambición que la
convirtió en reina, y la libertad para cambiar de opinión luego y escoger
amar a quien ella escogió. Pero Shaula no tenía que ser igual a su madre,
solo escoger cuál de sus enseñanzas valía la pena recordar.
No sería enemiga de Jabbah, no si podía escogerlo.
—Te ves hermosa, prima —saludó Shaula.
—¿En serio? Estaba nerviosa, creí que te molestaría que usara tu ropa...
«¿Encima usó mi ropa?».
Shaula respiró profundo, y se calmó.
—No me molesta, la ocasión lo ameritaba. Pero la próxima vez preferiría
que lo hablaras antes conmigo.
Para yo pensarlo y decirte que no»,
tuvo el impulso de agregar.
—¡Ven! Vamos a sentarnos las otras.
Shaula se dejó arrastrar, pero mientras agregó:
—Me parece perfecto, pero por favor no me tutees. Ya bastante me
cuestionan otros como para darles argumentos siendo testigos de cómo me
irrespetan mis doncellas en público.
—Oh, lo siento, alteza.
Ambas se sentaron junto a Isamar y Altair, que parecían muy animadas y
hasta sonrojadas por la cantidad de vino que habían ingerido en lo que iba
del baile.
—¡Princesa! —saludó Altair.
—¿Disfrutando el baile? —indagó Shaula al sentarse.
A lo lejos, vio a sir Volant mirar en su dirección, pero se intentó mantener
serena.
No estaba haciendo nada malo, solo socializar con sus damas.
—¿Qué tal tu pareja, Altair? —preguntó Shaula.
—Es evidente que no tiene un interés en mí más allá del baile. Muy triste,
pero no me detiene. Trabajaré más en mi proyección para enganchar al que
será mi esposo cuando Ara disponga. En cambio, mi hermanita...
—Yo me caso —convino Isamar.
—¡¿Tan rápido ha hecho una propuesta?! —preguntó Shaula tras apurar
todo el contenido de una copa y servirse otra enseguida.
—No, no he sido literal. El «me caso» es una expresión, como un veredicto
de mí hacia el pretendiente. Me gusta, me caso si hace falta.
—Creí que ya hacía más que gustarte —discutió Shaula con un pronunciado
arco en su ceja.
Isamar ni dio indicios de escucharla.
—¿Y tú qué tal, Jabbah?
La susodicha paró de comerse los bocadillos en la mesa el tiempo suficiente
para decir:
—¿Sabían que la mujer que tomó el té con nosotras, la esposa noble...?
—¿Lady Dubeh?
—La misma. Se autosuicidó.
Shaula se llevó la mano a la frente, maldiciendo para sus adentros cada hora
que había invertido en la educación de su prima.
—El suicidio ya es algo autoinfligido, Jabbah, no existe nada en nuestro
vocabulario similar al «autosuicidio».
—Ahh...
—De todos modos, ¿estás segura de lo que dices? ¿No la habrás confundido
con la otra, la que tuvo que vender su hija?
—No, alteza. Esa sigue viva. La otra, la que no era madre, fue la que se
automató.
—Ay, por el amor a Ara... —Shaula ahogó su perfeccionismo en vino
mientras Isamar la miraba con una sonrisita apenas contenida que
disimulaba muy mal su burla.
—Pobre mujer —suspiró Altair, la única cuyo tono iba acorde a la sombría
noticia—. Que el altar del cielo la reciba, y que los sirios de Canis no logren
arrastrarla hacia el lugar de la tortura eterna.
—Ara no perdona el suicidio —discutió Shaula, no por ser cruel, sino
práctica. Era la realidad.
—Lo hará, cuando sepa lo que esa mujer vivía. Debe haber excepciones,
dadas las circunstancias de cada quien —dijo Altair.
—Creí que no eran creyentes en su familia, lady Merak.
—¿Cómo no serlo? Somos una familia tan devota como cualquiera, aunque
cierto es que interpretamos las Sagradas Escrituras de un modo menos...
determinante. Creemos en la misericordia y el amor de Ara por sobre el
castigo a la falta de fe y el sometimiento obligatorio.
—Qué idílica manera de vivir la fe, deberían enseñármela.
—Yo podría hacerlo —dijo Isamar—, si no me mandara a callar cada que
digo algo que para usted es incorrecto.
—Es que tú solo abres la boca con el propósito de provocarme, Isamar
Merak.
—Que algo le provoque es un crimen suyo, alteza, y no de ese algo.
—¿Ves? En silencio hasta me agradabas.
—Sí, parece que le agrado más cuando no hay público —culminó Isamar
llevando la copa a sus labios.
Shaula abrió sus ojos con desmesura, determinada a estrangular a su
doncella en cuanto la oportunidad se le presentara.
—Pero no nos has dicho qué tal te ha ido con tu pareja, Jabbah —retomó
Altair como si nada hubiera pasado.
—Oh, el caballero dice estar interesado, pero... —Jabbah retorcía sus dedos,
su voz bajando en confidencia a la vez que estudiaba a cada una de las
presentes.
—¿Qué? —insistió Shaula con repentino interés.
¿Sería el calor del licor en sus mejillas lo que la volvió tan parlanchina?
—Me dijo que para abdicar y casarse conmigo, antes necesita que le dé una
prueba de mi... compromiso.
—¿Qué clase de prueba? —espetó Isamar.
—Algo con mi boca. Si le hago, sabrá que estoy totalmente decidida al
comprometer mi reputación con él, y si le gusta, sabrá que soy la indicada
para complacerle.
—Huye —zanjaron Isamar y Altair al unísono.
—¡Pero él me gusta!
—Esperen... ¿de qué cosa con la boca hablan? —cuestionó Shaula con sus
ojos entornados.
—No lo entiende porque es usted una bebé, princesa —dijo Altair—.
Todavía está a unos cuantos meses de su primera temporada como mujer
casadera.
—¿Una bebé?
—En temas de intimidad.
—Coito —tradujo Isamar.
—No hay que ser vulgar —regañó su hermana.
—Fui decente, créeme.
—Dejémoslo en «hacer el amor».
—O, en mi caso —agregó Jabbah—, «hacer el amor con la boca».
—Sigo sin entender.
—Quiere que se la chupe, princesa —explicó Isamar sin un ápice d—
Quiere que se la chupe, princesa —explicó Isamar sin un ápice de
vergüenza.
—¿Que si quiero que me chupes qué cosa?
—¡No! —aclaró Altair mientras Isamar se deshacía en una carcajada—. No
era una pregunta, princesa, mi hermana intentaba traducir para usted la
petición del caballero a Jabbah.
Isamar se limpiaba las lágrimas de los ojos, e intentaba respirar más allá de
la risa, cuando dijo:
—El hombre lo que quiere, básicamente, es que Jabbah le chupe su espada.
—Tengo esperanzas de que... —Jabbah se mordió el labio cohibida—. Tal
vez no haga falta que la chupe, con que me la meta a la boca será suficiente,
¿no? Así sabrá que voy en serio.
Altair hizo un gesto de asco.
—Jamás podría hacer algo así, agradezco a Ara que sea un trabajo para las
vendidas.
—Un momento... —Shaula desclavó el tenedor de la ensalada de frutas y
señaló con el a cada una de sus doncellas—. ¿Lo que le pide el caballero a
mi prima no es ilegal, inmoral y transgrede los lineamientos de las Sagradas
Escrituras de Ara?
—Tal vez entre los más devotos de los hombres —convino Isamar— pero la
verdad es que siempre hay unos que se pasan esos lineamientos por los
testículos que quieren que les laman. Entre las castas más bajas, aquellos
que ganan apenas lo mínimo, ¿para qué pagar una vendida cuando tienen
una esposa a la que pueden pedirle esas cosas?
—Y entre los que tienen diez vendidas, lo mismo —agregó Altair—.
¿Quién los va a denunciar? Si es usted su esposa, princesa, y su esposo le
pide una... de esas lamidas, incluso estando consciente de que es un acto
innecesario para su misión, que es procrear, ¿qué podría hacer para negarse?
Nada. ¿Y quién denunciaría algo así? Mientras seamos mujeres, será al
esposo a quien le crean.
—De todos modos, siempre es posible que sea algo mutuo, ¿no? —
defendió Jabbah—. ¿Y si lo deseas?
—¿Quién podría desear algo así? —dijo Altair—. No puedo ni pensar en
llevarme esa parte de un hombre a la boca.
—¿Ni porque esté limpia? El caballero huele muy bien.
—¡Vomitaría! Dicen que intentan siempre llegar a la garganta.
—Estoy muy perdida... —musitó Shaula con sus ojos desorbitados.
—Mejor así. Esta conversación da asco.
—No del todo —discutió Isamar—. Si me lo propusiera, yo sería feliz de
complacer a mi pareja. Ara me dio una boca para algo más que para
malgastar palabras. Yo sí tengo curiosidad.
—Discúlpame que hiera tu fantasía —cortó su hermana— pero no sabes lo
que dices. Los genitales son horrorosos.
—No todos.
—¿Has visto alguno?
—Me he visto desnuda, sí.
—Lamento ser quien te informe, hermanita, que lo que te llevarás a la boca
será un poco distinto a eso.
—¿Cuál es el punto? —dijo Shaula—. Ustedes mismas lo dijeron, no es un
acto que ayude a concebir, ¿por qué involucrar tu boca con... genitales?
Isamar carraspeó, llevando un dedo al borde de sus labios, donde casi
distraída comenzó a acariciar ante la atenta mirada de su princesa.
—Según lo veo yo, la lengua es más gentil que los dedos... —opinó Isamar
alzando una ceja, y aunque su hermana rio de su disparate, Shaula cerró sus
piernas para silenciar lo que evocaba esa insinuación.
Debía parar con el vino.
—Nos hemos desviado del tema —dijo Shaula con un carraspeo—. Aquí lo
que importa es que Jabbah está en un dilema, estúpido a mi parecer, pues no
hay circunstancia en la que deba considerarse dejar a un hombre con tanta
ventaja sobre ti para conseguir una propuesta.
—Para usted es fácil decirlo, porque es una princesa. Tendrá propuestas
hasta del reino cósmico.
—Difiero —dijo Altair—, yo tampoco soy princesa, ni tengo propuestas de
ningún tipo, y sé que esta es una terrible idea.
—Pocas veces estoy de acuerdo con mi hermana, pero tiene razón. No
funciona así. Si el hombre quiere proponerse, lo hará sin que le demuestres
nada. Poner en riesgo tu virtud es terriblemente peligroso.
—Si manchas tu reputación, te votarán de la corte —le recordó Shaula.
—De acuerdo, de acuerdo... Creo que es momento de que sepan la verdad,
confío en ustedes... No es el caballero el que me está pidiendo esto, es algo
más poderoso. Mucho más. Pero ya estuvo casado antes, y quiere saber si
superaré a su esposa en cuanto a...
—¡Ni se te ocurra! —Shaula se levantó de su silla, inclinando su cuerpo
más cerca del de su prima y haciendo señas con sus dedos en la mesa para
potenciar cada palabra—. Aléjate de ese hombre, Jabbah. Jamás te hará su
esposa, no le creas una maldita palabra. Solo te hará miserable.
—¿De quién hablamos? —preguntó Altair.
Isamar puso los ojos en blanco.
—¿Con quién has visto pasear a Jabbah estos días, hermana?
—No... ¿La mano del rey?
Jabbah se mordió la boca como confirmación.
—Ni se te ocurra —reiteró Shaula.
—Pero...
—Enfócate en el caballero con el que viniste. Eres una doncella preciosa,
en una posición envidiable en la corte, con parte de la sangre del escorpión
y su apellido. Veo más viable que enamores a ese hombre y abdique por
casarse contigo, a que... —Shaula tuvo un escalofrío notorio—. En serio,
prima, aléjate de lord Zeta Circinus.
—¿No crees que pueda enamorar a la mano del rey?
—Dijo viable, Jabbah, no probable. O sea que no está hablando de si cree
que puedes, sino que simplemente no deberías ni intentarlo —dijo Isamar, a
lo que Shaula volteó a verla con sorpresiva gratitud.
—En fin... —Altair intentó, como siempre, salvar la conversación en el
momento más tenso.
Shaula le sonrió, aunque ella capaz no lo viera, porque era una aliada
ejemplar. Cada una de ellas lo eran. Sus amigas, su sustento emocional de
una forma u otra, en la travesía que se había transformado en su batalla más
cruda.
Quisiera o no, se había encariñado con las tres, incluso con Jabbah, y solo
lo entendió al momento en que temió que sufriera un destino tan horroroso
como caer en las garras de lord Circinus.
—¿Todas ustedes ya escogieron el nombre de sus futuros hijos? —preguntó
Altair.
—Los nombres los escogen las estrellas —dijo Shaula.
—Son reglas que aplican más a las vendidas, porque nadie se esfuerza en
nombrarlas, o en familias muy influyentes donde la tradición se respeta
como ley. Pero hay algunos casos donde se puede cambiar esto, o agregar
un segundo nombre, o poner el de las estrellas como segundo nombre y
darle otro como principal...
—No será mi caso —dijo Shaula, quien estaba totalmente tranquila con la
idea de que el cielo dictara el nombre de su descendencia.
—Pero si lo fuera —dijo Isamar con interés—. ¿Qué nombre escogería?
—No sucederá.
—No tiene que suceder. Tal vez ninguna de nosotras escoja el nombre de
nuestros hijos, pero es una fantasía infantil soñar con ellos de todos modos.
—¿Cuáles nombres has escogido tú? —preguntó Shaula devolviéndole el
mismo nivel de interés.
—Maia si es niña, Hades si es niño. Ahora es su turno.
—Haz tenido una vida para pensar en esos nombres, imagino que cada uno
tendrá un por qué, una historia, un trasfondo... yo no puedo escoger uno así
como así.
—¡Vamos, princesa! —la animó Altair—. Solo diga uno, no es como si así
tuviera que llamarse realmente su hijo.
—Bien, en ese caso... —Shaula lo pensó apenas por un segundo, y en ese
instante una sonrisa floreció en sus labios—. Bella, por Bellatrix. No hay un
gran motivo, solo me gusta la fonética de ese nombre.
—No era tan difícil, ¿lo ve?
~~~
Nota de autor:
¿Qué piensan de lo que le ha pasado a Leo? ¿Qué veredicto tienen
sobre la mano del rey?
Sobre las tres damas, me gustaría saber su opinión sobre cada una de
ellas y la conversación que tuvieron todas juntas.
Aún falta un capítulo del maratón, es más probable que lo publique
mañana, pero les aseguro que van a leer algo que han estado esperando
durante todo el libro. Ojalá les guste tanto como a mí crearlo ♡
41: Besar las estrellas
Naces y aprendes a vencer un día, recobrar energías, y a afrontar el
siguiente. Supervivencia, le llamó Shaula. No puedes llamarlo vida hasta
que tienes un motivo para levantarte; hasta que besas las estrellas, y estás
dispuesto a morir por su explosión.
—Bella es un nombre hermoso —dijo Isamar a Shaula—. Tal vez el cielo se
lo conceda, si lo desea lo suficiente.
Ambas caminaban por el castillo en dirección a los baños de mujeres, cada
una con uno de los cocteles granizados con fruta que ofrecían en el baile.
Con los tacones de Shaula y al Isamar ir en calzado masculino, la diferencia
de altura era todavía más notoria, pero Isa no se veía fácil de intimidar con
su cabello rebelde y ojos ahumados de largas pestañas. Era un estilo
diferente, pero tenía su atractivo.
—Qué optimista has salido, Isa.
—Es una fase del alcohol, supongo.
El silencio se prolongó entre ellas cual espectador inoportuno, poniendo
nerviosa a una, y llenando de ansias a la otra. Entre el eco de los pasos y el
roce de las telas, se intercambiaban miradas furtivas.
¿Qué callaban entre ellas, o qué decían esos gestos que parecían no tener
traducción?
Había una innegable incomodidad entre ambas, a la vez que un impulso
incongruente por no separse.
—Entonces... te casas.
El comentario de la princesa bosquejó una sonrisa pícara en su doncella.
—Veo que no lo supera.
—No es que no lo supere, simplemente... no sé si lo apruebo.
—Por suerte no es su deber aprobarlo.
Shaula respondió casi con un gruñido.
—De todos modos... —Isamar se frenó cruzando sus brazos—. ¿Por qué?
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué no aprobarlo?
Shaula se encogió muy levemente de hombros.
—No me gusta la manera en que te mira.
—¿Y cómo me mira?
La princesa de los escorpiones miró a Isamar Merak, la sencilla hija de
pescadores vestida de hombre, y descubrió que no tenía respuesta para su
pregunta. Solo la justificación de su desagrado.
—No lo sé, pero si pudiera prohibir algo a todo el reino, sería esa mirada,
siempre que fuera dirigida a ti.
—Eso no tiene lógica alguna, princesa.
—Para mí la tiene.
Lo cual era falso. Shaula no entendía su aversión hacia el pretendiente de
Isamar, simplemente la sentía, y se aferraba a ella.
Ambas entraron al baño, dejando las copas en los lavabos intactos.
Al salir, se suponía deberían volver para cerrar el baile, pero Shaula no
sintió ese deseo nacer de ella. Prefirió aprovechar la oportunidad que se
abría en medio de aquella privacidad. No sabía cuándo volverían a estar así
de solas.
—Isa...
La doncella se detuvo en seco. Aquella variación de su nombre tenía poder
sobre ella más allá de toda comprensión. Fue como una orden, a su corazón
y al resto de sus funciones motrices, como un encantamiento que la dejó a
merced de quien había pronunciado juntas esas tres letras.
Giró sobre sus talones hasta quedar frente a Shaula.
—¿Sí, princesa?
—Yo... tengo una pregunta privada. ¿Está bien? Porque si prefieres volver...
—Hágala —fue casi una súplica.
Isamar aguardó la pregunta al recostarse de la pared que las separaba del
pasillo contiguo. Sus manos se introdujeron en los bolsillos de su pantalón,
sus piernas se cruzaron; y en sus ojos no había otro campo visual más allá
del velo que resguardaba los labios de la princesa.
Shaula se acercó a ella solo para no tener que alzar la voz al decirle:
—Isamar... En serio no quiero ser entrometida, o tocar un tema delicado,
pero tengo muchas preguntas, y tú y yo parece que estamos cada vez menos
renuentes a nuestra amistad, así que... —Shaula suspiró, las manos le
temblaban tanto que buscó ocuparlas acomodando el velo sobre su cabeza
—. Esa noche... la noche en que tú y yo... cuando me mostraste cómo
sería... Solo quiero saber cómo tú... ¿Cómo supiste todo lo que esa noche
me mostraste? ¿Tú antes...?
—Ay, princesa...
Isamar puso sus manos en la cintura de la princesa atrayéndola hacia la
pared. En ese acto hizo a su ama trastabillar hasta casi quedar pegada a su
cuerpo, de no haber interpuesto las manos entre ambas.
—No hace falta que me toques —dijo la princesa, su voz menos firme de lo
que pretendía.
—Entiendo —dijo Isamar.
Al soltar a la princesa, deslizó lentamente las manos de la cintura a su
abdomen, como si la hipnosis provocada por lo que veía hubiese sido más
fuerte que su voluntad.
—¿Qué es lo que quiere saber, alteza?
Isamar de nuevo afianzó su agarre con apenas una mano, esa vez en la
cadera de Shaula. Teniéndola asida de ese modo, dio un firme tirón hasta
que Shaula dio el paso que faltaba para quedar pegada a su doncella.
—Lo que hablamos es confidencial —explicó Isamar ante el desconcierto
en los ojos de Shaula—, espero entienda que, si voy a responder sus
preguntas...
Mientras hablaba, Isamar acercó sus labios al oído de la princesa en
movimientos tan sutiles como su tono de voz.
—Prefiero no hablar tan fuerte.
Shaula sintió un escalofrío que retorció su espalda, y, como si perdiera el
equilibrio y temiera a la caída, acabó poniendo una mano en la pared junto
al rostro de su doncella.
—¿Quiere saber si he tocado a un hombre?
—Quiero saber si alguno te ha tocado a ti.
Isamar sonrió.
¿Por qué sonreía?
—No —Isamar deslizó sus labios desde la mejilla hasta el oído de su
princesa, sus manos aferrando la cadera de Shaula como si tuviera autoridad
para ello—. Las únicas manos que me han tocado han sido las suyas, esas
que se aferraban a mí mientras yo me movía sobre su vientre, las mismas
que me reclamaron cuando tomamos ese baño juntas...
—Isamar... —rogó Shaula, aterrada de que alguien pudiera oírlas.
La doncella se alejó solo lo justo para ver a los ojos de la princesa, sus
labios rozando el velo. Estaban a una respiración de... ¿Qué? Shaula no lo
sabía, pero su corazón sí, y parecía aterrado de esa posibilidad, pues
intentaba huir por su boca.
—Shaula.
—No repitas esas cosas, no aquí.
—¿Dónde entonces, princesa? ¿Dónde quiere que las repita?
—No sé... No entiendo de qué hablamos exactamente...
Isamar puso la mano sobre el pecho de su princesa, presionando para sentir
su corazón, a la vez en contacto con la desnudez de su escote.
—Tiene miedo —señaló ella.
Shaula la miró a los ojos fingiendo firmeza.
—Eso debe complacerte, ya que tanto me detestas.
—Está en lo correcto, princesa. Aborrezco incluso un pensamiento que la
involucre, hasta que la veo llegar; hasta que tengo toda su altura frente a mí,
que me insta a ponerme de rodillas. La odio hasta que su cuerpo se exhibe
con inocencia frente a mis ojos, y recuerdo su sabor. La odio hasta que
puedo respirar así de cerca el perfume que fue hecho únicamente para usted.
Shaula se sintió a punto de vomitar, por lo horrible de sus nervios y el
desconocimiento de la situación.
Por desgracia Isamar lo malinterpretó, por lo que metió las manos en los
bolsillos de su pantalón para darle espacio a la princesa.
—Se trata de mis lecturas.
—¿Qué? —cuestionó Shaula, confundida.
—Lo que sé, lo que le hice esa noche. Mi conocimiento viene de libros. Y
si se pregunta cómo supe qué hacer, dónde tocar y cómo hacerlo para
usted... —Isamar se encogió de hombros—. Si tengo oportunidad, no me
privo de practicar conmigo misma. Y... también me sentía inspirada, dada la
musa en la cama.
Shaula asintió, y cuando iba a alejarse, se enredó con su vestido y tacón y
cayó.
Isamar en lugar de ayudar, se rio, lo que hizo que Shaula se levantara
enfurecida y la agarrara por la corbata.
Ella estaba ardiendo en cólera, pero sus motivos ni ella los identificaba.
Isamar había dicho cosas que quería retomar, solo que no tenía idea de
cómo.
Y eso la enfurecía.
La inexperiencia, el sentirse superada e inútil en una situación tan sencilla
en comparación a otras.
¿Cómo le podía pedir a Isa que volviera al punto en el que hablaba de su
cuerpo, para poder admitir que ella estaba encantada con el suyo?
¿Cómo podría preguntarle al respecto de su infinito amor por el barón, y
cómo este era compatible con el descaro que demostraba junto a Shaula?
¿Cómo decirle que no había dejado de pensar en ella, y en las sensaciones
que compuso sobre su cuerpo, ni un solo día desde la primera poesía?
Quería llorar ante tanta impotencia, y eso solo empeoró su agarre sobre la
corbata de Isamar.
La doncella abrió los ojos con desmesura y se privó de toda respiración,
sobresaltada por el arrebato del escorpión en la sala.
—¿Qué? —se burló Shaula—. ¿Temes qué sea tan mala como para
ahorcarte con tu propia corbata?
—Temo que no lo sea.
Por Ara... Shaula estaba muriendo ya ante la desventaja, no podía seguir un
minuto más así.
—¿Qué es lo que quieres de mí, Isamar?
—Absoluta y definitivamente nada, yo solo atesoro las migajas que me
tocan.
Shaula mordió sus labios y negó, sorprendida y frustrada.
—No entiendes lo que haces en mí. Y si yo te contara...
La voz de Shaula flaqueó. Ahí estaba, esa debilidad que la hacía patética, y
que se sentía tan fuerte y avasalladora en cada poro de su piel, en cada
respiración que daba.
—Shaula...
—No te quiero cerca —Los labios de Shaula pronunciaron esas palabras,
pero sus manos se hundieron en el cabello de Isa mientras su frente buscaba
la suya para reposar—. No puedo ser tu amiga, Isamar. Toda tú... y tu
esencia irreverente en su despreocupación, me está consumiendo. Mientras,
ya sufro, y me involucro de maneras que no puedo ni confesarle al espejo
por temor a una condena...
Isamar llevó sus manos a socorrer el rostro de Shaula, de donde corrían
lágrimas incomprensibles.
—Shaula, no... ¿Por qué llora, princesa? Si la he ofendido, si mi cercanía le
lastima...
—No es tu cercanía, soy yo... Tú te diviertes, y yo siento volcanes mientras
juegas conmigo. Y temo el momento en que me consuma esa lava.
—Princesa...
—¿Qué es lo que quieres probar? ¿Te ríes mientras descubres que no soy
correcta, que tal vez estoy defectuosa al disfrutar...? Si esto no es
recíproco... —La voz de Shaula se cortó mientras sus manos se aferraban
con todavía más desespero al cabello de Isa—. Donde tu ves una musa, yo
condeno mi alma solo con pensarte.
—¿Y en qué piensa?
—No lo sé —reconoció Shaula, una lágrima alcanzando sus labios—. No
me permito saberlo. Pero... en segundo plano, cuando estás así de cerca, mi
cuerpo lo entiende.
Estaban respirando un mismo oxígeno, una misma desesperación, cuando
Isamar le quitó el velo de los labios a Shaula.
—Princesa, si va a haber una condena, esta será mutua. Porque no hay un
solo pensamiento que yo haya provocado en usted que no le haya rogado
antes a Ara. No hay una sola noche en que no me arrodille y pida, con la fe
de la que creía carecer, que usted me mire y sienta un ápice de lo que yo al
verla.
Shaula mordió su boca con mucha fuerza, luchando para tranquilizar su
mente y confiar en que esas palabras eran honestas, y no un truco para
hacerla pecar. Entonces sintió las manos de Isamar en su rostro, y el
escalofrío resultante nubló todas sus objeciones.
—Cada fibra de mi ser la desea, Shaula Scorp, y si voy a morir por decirlo,
que así sea, pero tiene que escucharlo de mí. Esto no es recíproco, es
desproporcionado.
Tal vez Isamar dijo algo luego de esas palabras, pero Shaula no fue capaz
de oírlo, no con su corazón gritando, no con las revoluciones en su pecho.
Se iba a desmayar.
—Esto no está bien... —jadeó Shaula, su rostro restregándose en la gentil
mano de su doncella—. Estoy absolutamente segura de sentirme al borde
del desmayo, pero tengo igual certeza de que una vida sin sentir nada igual
sería una total miseria.
—No diga que no está bien, princesa, no desmerite su corazón. Es él quien
decide quién merece sus pulsaciones.
—Estas no son pulsaciones, Isamar... me estás matando.
—Entonces le pregunto ahora yo... ¿Qué quiere de mí?
—No lo sé...
—Esa respuesta no me sirve...
—¡Pero no lo sé, no lo comprendo!
—¡Pues piense, maldita sea!
Y fue lo último que hizo Shaula cuando decidió lanzarse al temible vacío, y
navegar en la turbulencia de emociones nocivas solo para alcanzar los
labios de su doncella y escribir sobre ellos la historia de un primer beso
caótico, pasional y tan prohibido que disparó tambores de miedo junto a las
mariposas que florecieron en su piel.
Había deseado esos labios.
Comprenderlo dolía tanto, que su cuerpo tembló con el impulso de un
sollozo.
Pero Isamar libró esa batalla por ella. No le permitió paso a la duda, al
miedo o cualquier otra adversidad al reclamarla con la maestría de sus
manos para tomar el dominio de lo que antes era un paso de desahogo.
La pasión las estaba quemando vivas, las ansias por consumirse solo se
potenciaban a medida que sus bocas se movían y sus manos se tocaban. En
su desconocimiento, Shaula tembló al sentir cómo la lengua de Isamar la
penetraba, un gemido escapando de su ser mientras recordaba lo que habían
hablado en la mesa.
Era como besar las estrellas, y padecer la explosión de cada una de ellas en
la piel.
La comprensión era tan horrenda como arrasadora. Shaula Scorp Nashira,
princesa de Áragog, estaba maldita por el deseo que sentía hacia una mujer.
Mujer que ansiaba llamar suya.
Isamar Merak, el incorregible declive en su vida.
Si caer iba a sentirse como ese beso, entonces que la destruyera.
~~~
Nota:
¡Que
vivan
las noviaaas!
¿Les ha gustado el capítulo? ¡Cuéntenme cada detalle!
Me disculpo por no subirlo ayer como prometí, andaba con mi señal
vuelta
un culo. Pero ya lo tienen, y espero que les haya
gustado
este primer beso tanto como a mí.
Y en efecto, el siguiente capítulo se lee con Biblia en mano.
¿Preparadxs?
42: Solas
Recomendación: leer el capítulo escuchando en bucle "Solas" de Jamie
Duffy. Su piano es el acompañante
perfecto
para la ocasión ♡
Nuevamente quiero dedicar este capítulo a Betty, que me sorprendió con la
imagen que ven arriba ♡
~~~
Shaula estaba viva. Sus pasiones llevaban tanto encerradas en una tumba de
dogmas, que recién las entendió muertas al resucitar entre los labios de
Isamar Merak.
Pero la pasión acarrea descuidos, y los descuidos tropiezos.
Como aquel que las arrojó a ambas al suelo entre risas sorprendidas por una
alegría no augurada.
Con la mano en el rostro de la otra, piernas enredadas en el suelo y
respiraciones más fuertes que la lejana música, todavía ni escuchaban los
golpes de la razón y la incertidumbre que buscaban alojamiento.
Los pensamientos de cada una eran tan sordos como ciegos, solo la
memoria parecía funcionarles en segundo plano, grabando el dictado de la
escena con minuciosidad.
Una princesa vive y muere en persecución a las expectativas, imponiendo lo
correcto a lo deseado, la perfección a la humanidad; una princesa es más
símbolo que persona, mas del pueblo que suya. Shaula se merecía un beso
que nadie más que ella tuviera que aprobar.
—Tal vez deberíamos marcharnos, alteza —murmuró Isamar. Ella era
altanera y de ideas problemáticas, mas sus ojos entonces eran dóciles y
embellecidos por los sentimientos que se suponía debía resguardar.
—Yo... no sé si quiera volver a ese baile, Isamar. No sé si pueda hacerlo.
La doncella se levantó y pasó ambas manos por su cabello para desenredar
de él la evidencia de lo mucho que había sido manipulado en el último
minuto. Sacudió toda su oscura cabellera a su espalda, y tendió su mano a la
princesa jadeante y caída.
—Dije irnos, no volver. Marchémonos por esta noche, princesa. Creo que
hemos bailado suficiente.
—¿Cómo? ¿Marcharnos a dónde?
—Pues a...
—Mis ladies...
El sobresalto de ambas damas bien podría haberlas hecho pasar por
ladronas. Ninguna de ellas esperaba una voz por esos pasillos, menos una
tan próxima. No es exagerar mencionar que el tono que adquirió la piel de
Shaula evocaba el vómito.
Ambas tuvieron que digerir el susto a ritmos muy distintos, mientras
entendían que el pobre que las interrumpía no era más que un mendigo en
busca de limosna.
—No dirá nada... No vio nada —repitió Isamar por vez milésima de regreso
por los pasillos.
Pero Shaula no parecía estar escuchando, retorcía sus dedos con su vista
desenfocada y su mente en otras prioridades, tal vez abriendo la puerta al
fin a la razón e incertidumbre que con tanto ahínco tocaban antes.
—Y aún si hubiese visto algo —siguió Isamar—, ¿qué daño podría hacer?
No es más que un mendigo. Ya es difícil que escuchen a alguna de nosotras,
ahora imagina a alguien que no tiene ni dónde pasar la noche. ¿Quién
creería los delirios de...?
—Isa...
—¿Sí? —contestó la dama en un hilo fino y tembloroso que se quebró a
mitad de su trayectoria.
Shaula la miró. La neutralidad de sus facciones sumada a su enfermiza
palidez, provocaba en Isamar más terror que el grito más grotesco.
—¿Qué hacía un mendigo dentro del castillo?
—Pidiendo limos...
Isamar calló nada más notar la incongruencia.
Pero aun así forzó una sonrisa, e intentó tranquilizar a Shaula tomando su
mano en un gesto conciliador que esta rechazó casi por instinto y disimuló
arreglando el velo sobre su cabello.
—Shau... Alteza. Es el baile de la princesa Cygnus, y los baños públicos no
están demasiado lejos de la entrada. Tal vez ese hombre solo deambulaba, y
la seguridad se confió en el baile...
—Sí, por supuesto —cortó Shaula, quien entonces imitó la sonrisa de
Isamar—. Es solo un desdichado en busca de su cena. No hay por qué
preocuparse.
Como la princesa comenzó a caminar de inmediato, Isamar titubeó sin saber
si seguirla, o si dadas las circunstancias ella no querría tenerla cerca. Su
duda persistió hasta que Shaula ya casi doblaba en la siguiente intersección
de pasillos, y una dama con el uniforme del servicio tropezaba con ella.
—Princesa, por el amor a Ara y el cisne, la hemos estado buscando por todo
el baile.
—Hemos... ¿quiénes?
—Todos, princesa. ¿Cree que alguien en su sano juicio no advertiría que
falta la princesa y única representante en su generación de Scorp? Su padre
está no menos que furioso con su ausencia.
—Un momento... ¿quién se supone que es usted?
—Pues a partir de este instante, su preparadora. Provisional, por supuesto.
—Ya tengo una preparadora.
—Que por motivos de salud ha tenido que abandonar sus labores en un
momento crucial. ¿No creerá que su padre la dejaría a su juicio en un
evento tan importante, o sí?
—He estado a mi juicio hasta esta conversación y me ha ido de maravillas.
—Si por maravillas se refiere a vestir algo que ya había usado su madre
insultando así a la familia Cygnus por su falta de interés y creatividad en su
disfraz para una noche tan importante, permitir que una de sus damas le
opaque usando un atuendo similar al suyo y que otra genere tanta
controversia al vestir no solo como un varón, sino uno de tal mal gusto que
bien podría ser un zapatero con piojos. Por no mencionar lesionarse a mitad
del baile dejando descuidada a su influyente pareja, y desaparecer durante
la otra mitad para ir a hacer quién sabe qué.
—Solo fui al baño...
—En Ara, al parecer.
Shaula hizo ademán de protestar, pero la mujer levantó su mano para
callarla.
—Si fuera usted un individuo, tal vez podría andar por mares y castillos a
sus anchas vistiendo lo que le plazca y pronunciando las palabras que mejor
le parezcan, pero mientras sea Shaula Scorp es de hecho una sociedad, una
pieza en la corona, un eslabón en la familia real. Los ojos de todo un reino
están puesto sobre usted, y cada mirada suya que no esté en regla será
cuestionada y repetida hasta que haga algo peor, o ridículamente mejor, que
entierre las habladurías del primer suceso. Por eso se escribe un libreto para
sus pasos, atuendos, discursos y sonrisas; todo lo que no esté en ese libreto,
es perjudicial y por ende inaceptable. Somos las preparadoras las que nos
aseguramos que su papel, y no sus ideas, sea lo que el reino conozca.
Entiendo que eso no es divertido para una jovencita, pero sí necesario. Así
que déjeme hacer mi trabajo.
—En ese caso, tal vez deberían mandar un señuelo a estos bailes en lugar de
mí.
La preparadora miró a Shaula con expresión impenetrable, inamovible en su
profesionalismo.
—No sé si lady Brianne suele reírse de sus chistes, princesa, pero en tal
caso debería reservar ese humor para cuando regrese a Ara. Yo solo quiero
hacer mi trabajo sin sus sabotajes de por medio.
—¿Sabotajes?
—Las comunidades hablan entre sí. No crea que pasamos por alto lo que le
ha hecho a lady Brianne. ¿Problemas de salud? —La mujer negó con
decepción—. Todas los tenemos tarde o temprano, pero solo la muerte nos
libra de responsabilidades tan grandes, más cuando es con personajes tan
relevantes como una princesa. Algo inventó a su padre para que este
castigara a lady Brianne con tan repentido destierro...
—Disculpen...
Shaula y la nueva preparadora voltearon al tiempo en que Isamar las
alcanzaba y tendía su mano a la mayor.
—Usted debe ser...
—Una preparadora más de las muchas que ahuyentará su alteza, estimo —
contestó—. Y usted...
—El zapatero piojoso, un placer.
La preparadora miró con la boca abierta la mano que Isamar acababa de
soltarle, como si la susodicha se la acabara de escupir.
—Me disculpo por las molestias ocasionadas, mi lady. La realidad es que
no tendría que reprender a la princesa, yo soy quien se ha demorado en su
ayuda. Tuvo una emergencia femenina y por desgracia no corro tan rápido
como otros zapateros, así que su alteza debió esperar más tiempo del debido
en el baño de chicas.
La preparadora miró con severidad a la princesa.
—Nadie me reportó que estuviera en los días de su ciclo.
—Por eso se le llama emergencia, mi lady —repuso Shaula—, tampoco
recibí un reporte previo.
—Según la información que tengo, su ciclo terminó recientemente, no se le
espera para hasta dentro de algunas semanas. Si hay irregularidades
médicas y en especial menstruales, debe reportarlo de inmediato. Una
princesa debe ser tan fértil como el corazón de una mujer, si no atacamos
los pormenores a tiempo...
—¡Sí! —respondió exaltada Shaula—. Era justo lo que pretendía hacer
luego de llegar de vuelta a mi alcoba y...
—¿Alcoba?
—Aquí vamos... —murmuró para sí.
—A menos que se esté desangrando, alteza...
—Entiendo —se resignó—. Volveré al baile, mi lady, no se preocupe.
La mujer presionó sus labios entonces, mientras con una extraña mirada
observaba a la jovencita a su cargo. Casi mostraba pena, o remordimiento
de algún tipo.
—Es mi deber, princesa. Y el suyo es regresar.
—Lo entiendo.
—Su pareja le espera.
—¿No se ha ido ya?
—¿Cuándo ha visto a un caballero, y más un capitán, renunciar a nada?
Shaula mordió el interior de su mejilla para controlar su disgusto, pero al
voltear hacia Isamar, notó que a ella no le iba tan bien con eso de las
discretas emociones. Parecía estar mezclando distintos ingredientes dañinos
en su cabeza con la intención de crear un veneno mortal.
No tuvo más opción que regresar con su padre y el intimidante, pero amable
ante todo, sir Volant. Él se comportó a la altura durante todo el resto de la
velada, siempre preocupado por el pie de Shaula, intrigado por sus
intereses, su opinión sobre las damas en sociedad, su preferencia de música
y otro montón de cosas gentiles que a Shaula no podrían haberle sido más
indiferentes. La realidad era que no había conversación que aquel hombre, o
ninguno en ese salón, pudiera orquestar que generara en el árido corazón de
Shaula el más mínimo calor. Solo había unos labios, y solo una voz, que sin
importar si se expresaban con risas, insultos, llanto, elocuencia o altanería,
creaban llamaradas que alentaban el pulso de la princesa.
Isamar había dicho a Shaula que el único modo de identificar si alguien ha
robado tu corazón, es sufriendo su ausencia como si te faltara la vida.
Ella empezaba a sentir algo como eso.
Shaula no buscaba casarse, eso estaba claro, pero tal vez era momento de
engañarse menos. Estaba loca de admiración por una mujer, una admiración
que rayaba en el gusto y desembocaba en el más insensato deseo.
Muchos temas de conversación en adelante, Shaula no podía sentirse más
impaciente. Era insólito, pero incluso prefería estar haciendo de mentora de
sus damas en ese momento, solo con imaginar el intercambio de miradas
que tendrían entonces.
Para el final de la velada, las damas y sus respectivos acompañantes se
unieron a la pareja del momento.
Shaula sintió florecer en su boca una sonrisa de picardía, y aunque intentó
domarla, al comienzo poco pudo hacer contra lo que su rostro expresaba
teniendo a Isamar tan cerca. En el cabello de la pescadora, entonces
disimulado en una floja trenza, Shaula vio el recuerdo de cómo se aferraba
a este para sobrevivir al bombardeo de sensaciones que provocaron sus
labios, esos que, ya sin rastros de labial, se estaban expresando con tanta
naturalidad como con maestría besaron los suyos.
Pero pronto no hizo falta fingir la desaparición de esa sonrisa, pues un
amargo e incomprensible sentimiento se alojó junto a la princesa. Varios
comentarios condujo en dirección a sus damas con toda la intención de
incluir a Isamar, pero esta no hacía más que ignorarla mientras se deshacía
en bromas y gratitud a los elogios de su acompañante, el barón. Ni una
mirada le concedió.
Isamar estaba tan risueña, que pasó a ser insoportable: lo fue tanto, que
Shaula tuvo que simular un tropiezo para tirar al suelo su copa.
—Sirios, lo lamento... —dijo la princesa con una elegante muestra de pesar.
—No se preocupe, alteza.
—Lo levantaré —dijo Shaula.
—No se moleste, yo lo haré.
Como ya Shaula había empezado a agacharse para recoger la copa caída, las
manos de ambas tropezaron en el cristal destruido. Fue el desencadenante
del primer encuentro entre sus miradas desde que ese encuentro hubo
comenzado, y no fue nada agradable la ira que recibió Isamar de parte de
los ojos de su princesa. Toda la ponzoña de un escorpión parecía reunirse en
esa mirada.
Isamar tragó en seco y se levantó, forzando una nueva sonrisa.
—No debieron molestarse —dijo el barón—, cualquier vendida se podía
encargar de los restos...
Y sin esperar protestas, hizo señas a la vendida más próxima para que se
llevara los trozos de cristal y limpiara el desastre.
Unos minutos más tarde, Isamar ya tenía una nueva copa de vino.
—Vuelvo a disculparme, lady Merak —dijo Shaula con notable hipocresía
—, no era mi intención arruinar su bebida.
—No la ha arruinado, princesa, despreocúpese. —Para amargura de Shaula,
las disculpas venían de parte del acompañante de Isamar y no de ella—. Es
usted demasiado gentil. Estoy seguro que este nuevo trago, que he pedido
exclusivo para lady Merak de la colección de vino que obsequié a la familia
Cygnus, le resultará incluso más placentero.
—Y yo estoy seguro de que, solo con saber que viene de parte de usted, ya
será un placer para lady Merak degustarlo —agregó con su seriedad de
costumbre sir Volant, aunque con una entonación específica que evocaba la
intimidad de un chiste.
Chiste que, más que hacer gracia a la princesa, la tenía arrancando el
interior de su mejilla a mordidas.
Isamar correspondió la broma y se volvió hacia el barón, mirándole
directamente a los ojos mientras bebía de su nueva copa.
—Tiene razón, mi lord, este nuevo vino en particular me ha resultado de lo
más agradable. ¿Desea probarlo usted?
—Si usted insiste, sería un completo placer para mí.
Isamar extendió amablemente su copa a los labios del barón, pero Shaula no
toleró tan excesiva amabilidad. Antes de que los dedos de este hubiesen
tocado la copa, ella se la arrebató y bebió en su lugar todo lo que contenía.
—Alteza...
Isamar no supo ni cómo proseguir a eso.
—Lamento mi tendencia aguafiestas, lady Merak, pero como comprenderá,
hay personas anticuadas que podrían tachar de inapropiado que comparta
usted un utensilio, que ya ha tocado sus labios, con un caballero respetable
con el que no está ni comprometida.
Si alguien tenía algo que agregar, dicho comentario quedó sepultado bajo el
río de miradas estupefactas en el momento.
~☆♡☆~
Shaula no podía dormir. Se negaba a hacerlo. Al día siguiente, volvería a la
rutina, al escrutinio, a la vigilancia; al innombrable ataúd que embellecía la
muerte en comparación.
Tenía que hablar con Isamar mientras tuviera oportunidad, y no tendría una
mejor.
Aprovechando el privilegio del castillo Cygnus que otorgaba un cuarto
propio para cada una de sus damas, y teniéndolo tan relativamente
accesible, Shaula se vistió con algo de seda, lo cubrió con un abrigo largo
de abundante pelaje, y buscó entre sus guantes el del cuero más grueso justo
antes de escapar al balcón de su alcoba.
Ignoró los balaustres de seguridad, sintiéndolos como barrotes para su
celda, y saltó al otro lado, al borde del precipicio donde las heladas brisas
de Deneb atacaban su abrigo.
Descalza, con una caída de veinte metros esperándola al mínimo traspié y
sirviéndose del saliente rocoso que unía todas las ventanas de ese piso,
Shaula se deslizó por la pared exterior del castillo hasta el balcón de su
doncella.
Solo quedaba esperar que no tuviera el sueño tan pesado como para no oír
su llamado.
No tuvo que golpear las puertas del balcón, pues ya estaban abiertas, solo
atravesar las cortinas.
—Princesa Scorp...
Esa era ella, su Isa. Por Ara, cuán suya había sido desde el principio. Y
estaba ahí, sin moños ni trenzas, sin maquillaje ni accesorios; solo un
camisón cubría su cuerpo, junto con una expresión tan sorprendida que
colindaba en la indignación.
Eso hirió a Shaula. Y un escorpión herido primero ataca, luego retrocede.
—Deja de tratarme como si no hubiera confianza alguna entre nosotras,
Isamar.
—Lo lamento, yo solo...
Fue cuando las manos de Shaula, cubiertas de cuero, se aferraron al rostro
de Isa y lo atrajeron hacia si para devorar las mentiras de sus labios.
—Alteza, ¿qué hace? —jadeó Isamar antes de ser golpeada contra su propia
pared.
De pronto para ellas volvió a sonar la orquesta, la tempestad de los violines
golpeando como olas contra sus corazones en guardia.
Isamar se unió a la incoherencia, rendida a la fuerza que atraía sus labios a
los de Shaula, manipulada por la necesidad punzante que le impedía
siquiera pensar en detenerse. No estaba accidentalmente acariciando los
labios de la princesa, no estaba en una situación tergiversable. Se
consumían, con la naturalidad e inevitabilidad con que la gravedad
mantiene la Tierra en su sitio.
Los labios de Shaula estaban helados. Isamar saboreó en ellos todavía la
fruta de los cocteles, y sintió la amargura del vino.
Y cuando se alejaron, casi corrió hasta ellos, enajenada por su dolorosa
ausencia.
—Isa...
—Ha venido sin cubrebocas —dijo Isamar, interponiendo sus
pensamientos.
La manera en que Shaula mordió sus labios, en medio del lento retroceso de
una sonrisa, encantó a Isamar como una serpiente que duerme a su presa
justo antes de envenenarla.
—Me disculpo...
—No se disculpe —insistió Isamar con tal precipitación que le provocó
vergüenza de sí misma.
—Debo hacerlo...
Había pasos entre ellas, demasiado espacio entre el abrigo de la princesa y
el camisón de su doncella. Ninguna lo soportó, así que de algún modo
ambas volvieron a estrecharse, apretujadas contra la pared con sus piernas
intercaladas, y solo un impulso las alejaba de otro beso.
—Debo hacerlo, porque temo que puedas interpretar mi visita en medio de
la noche, la interrupción de tu sueño e irrupción en tu balcón, como una
absurda excusa para besarte.
—No me quejaría de ser así —dijo Isamar con una risita.
—Cuando la realidad es... que esperaba tener tanta suerte como para al fin
verte sin ropa.
—Por Ara, Shaula...
—¿Recordaste que tienes permitido decir mi nombre?
Los ojos de la doncella se abrieron ante el impacto de sentirse indefensa, en
absoluto preparada para esos ataques de honestidad. Deseaba tener más que
la escasa ayuda del cielo que plateaba el balcón para estudiar las
expresiones de la princesa.
Por otro lado, Shaula no podía parar. Sentía que si se quedaba con una sola
palabra aferrada para sí misma, esta la mataría.
—No quiero irrespetarte, espero no haberte ofendido. Ni siquiera pienso en
tocar a la doncella a mi cargo, sería incapaz, ante Ara lo juro. Pero mis
labios se han fatigado de mentiras, y no quería perder el coraje que hoy
reúno para decir que... Tu cuerpo, Isamar Merak, es la incógnita que mas
me atormenta.
—Está muy ebria, alteza...
Fue cuando Isamar sintió los guantes de Shaula con vehemencia aferrar su
rostro.
—No estoy ebria.
—Pues dice incoherencias.
—Tú siempre dices de esas, y hasta donde yo tengo entendido, no vives en
ebriedad.
—Pero ha bebido... Alteza, ¡¿escaló hasta aquí borracha?!
Esas palabras hicieron gruñir a la princesa.
—Tal vez es mi turno de hacerte recordar mi nombre.
Y dicho eso, Shaula separó los labios de Isamar con los suyos. Se bebió la
exhalación resultante, y la recompensó deslizando su lengua al interior con
la misma gentileza en que descubría y analizaba para sí esa delicia
inexplorada.
A los violines del comienzo se les unió un apenas perceptible teclado. Ni
mariposas, ni arcoíris; cuando puede matarte, el sentimiento se asemeja a
enjambres venenosos y espinos en llamas; no se siente en el estómago, al
que se le atribuye un hambre distinta, sino mucho más cerca del responsable
de la cadencia en curso: en el pecho, junto a los tambores, o en la garganta,
usurpando a la respiración.
Shaula con vértigo sintió a Isamar tomar su puesto, estrechándola en su
lugar contra la pared helada. Fue cuando las notas que antes eran
acariciadas con dulzura, cobraron un ritmo frenético en la perfecta sincronía
del pianista y los violines.
—Isamar...
—Mi princesa —contestó la doncella con devoción, deslizando el beso de
sus labios hasta el mentón de su acompañante.
Risa y llanto se confundieron en un plano donde ambas sentían por primera
vez con la libertad estipulada solo para hombres. Los ojos de Shaula
ahogados estaban en un océano de lágrimas, pero jamás se había sentido tan
plena, como si apenas le presentaran la alegría.
Más besos marcaron el recorrido de Isamar al cuello de Shaula, donde fue
tan bien recibida que se aventuró al escote. Constelaciones esperaban ahí
por la doncella, para estallar en su boca en cada roce; era ella quien besaba,
y asimismo quien gemía: los senos que tantas veces había codiciado,
entonces se presentaban a su antojo, sin la excusa de clases, sin poemas de
incentivo; solo ellas y sus apetitos, tan ciegos y voraces que fue la princesa
quien bajo su propio vestido para dar a Isamar acceso a sus pezones.
La noche aulló junto al piano, las cuerdas y la percusión; el viento arreció
abriendo todavía más las ventanas. Las cortinas bailaron hasta acariciar a la
pareja. Fue ese suceso el que dio a la luna más potestad, bañando de azul la
escena, dejando a los ojos de Isamar una visión mas clara de la semi
desnudez de lo que para ella era la mujer más hermosa de todos los reinos,
el cósmico incluido.
El peso en la respiración de Isamar fue en aumento, su saliva se tornó difícil
de digerir, tanto como la imagen frente a sus ojos. Casi temió, lo que antaño
tanto había soñado, mas pronto se repuso y llevó sus manos a la piel que se
exponía ante ella, solo para apretujarla y conducirla mejor hacia su boca.
Shaula no podía pegarse mas a la pared, la atravesaría de ser posible. Se
arqueó al contacto de la lengua de Isamar sobre sus pezones, y con el ligero
mordisco que procedió, se aferró a las cortinas como si el suelo hubiera
desaparecido bajo sus pies.
Quiso entonces saber de poesía como la mujer en su pecho, tal vez así
encontraría versos que se aproximaran a lo que estaba sintiendo.
Pensó en su temeroso silencio como una injusticia para lo que Isamar estaba
provocando en su cuerpo, pero en su cabeza no había más que súplicas y
exclamaciones. Ninguna le parecía adecuada sino para dejarla como una
patética marioneta que, pese a estar erguida, se sentía a los pies de quien la
recorría con besos.
—Sus senos, princesa... —Isamar se alejó para observarlos mejor, y con su
dedo rozó la dureza en sus pezones, la ternura de su piel erizada—. Tiembla
de frío, alteza. Tal vez deberíamos acercarnos al fuego.
El cuero que cubría los dedos de la princesa fue hasta el mentón de Isamar,
alzándolo en reclamo de su mirada.
—No de frío —corrigió.
Fue suficiente para hacer florecer en los labios de la doncella devora libros,
una sonrisa que ninguna historia antes le había provocado.
Decidió que era el momento de rendirse a los pies de su monarca, y dejó de
resistirse a la fuerza que la empujaba a estar de rodillas.
Metió sus manos bajo la falda de la princesa, rozando sus piernas en un
cálido ascenso. Su mirada en sumisión buscó contacto con la princesa... y
encontró solo un reflejo de su propia debilidad.
Shaula no estaba cerca de ninguna corona en ese instante, y qué complacida
estaba de ceder todo el poder por una vez.
—¿Me ayuda? —preguntó Isamar, una mano ocupada en levantar la falda,
otra en la tierna piel tras la rodilla de Shaula.
—¿En qué podría? —balbuceó Shaula.
—Su pierna, alteza, súbala a mi hombro.
La sola mención pegó a Shaula exaltada contra la pared, su cabeza echada
hacia atrás y su pierna cumpliendo la orden con ayuda de las manos de
Isamar.
Ese tenía que ser el sueño más cruel que Shaula hubiera tenido jamás, solo
por la inminente llegada de la lucidez junto a la mañana.
Estaba tan expuesta, su desnudez al alcance de la avara mirada de su
doncella. Shaula quería bajar la vista solo para comprobar el rostro de
Isamar, para acabar con el dolor de ese silencio y la anticipación a lo
desconocido.
Por intentar adivinar las impresiones de Isamar habría dado su fortuna, pero
era tan cobarde que solo se quedó ahí, respirando a tientas con el rostro en
dirección al techo y los ojos fuertemente cerrados en una plegaria.
Llegó el primer roce como un latigazo a sus nervios, un dedo revoltoso que
se deslizaba en descubrimiento por su entrepierna, su recorrido facilitado
por la humedad que la delataba complacida.
—Podría beber de su cuerpo, alteza.
—Y yo que ya siento que me consumes.
—No, todavía no...
Esa noche Shaula fue besada más de una primera vez. Ese segundo primer
beso, en la zona donde su cuerpo palpitaba en concupiscencia, llevó sus
uñas a arañar la piedra del muro tras de sí, y a sus dedos a aferrarse hasta
casi arrancar las cortinas.
Un beso en su boca compuso constelaciones en su piel; esa nueva manera
de besar, con labios y lengua justo en su centro, hicieron explotar a cada
una de ellas.
Isamar era la plebeya: sus manos las obreras, su cuerpo el desapercibido,
pero era la única capaz de hacer temblar a la princesa de los escorpiones, y
disfrutar del temblor tanto como para rogar por este.
La lengua de Isamar degustaba todo a su paso, presionando en puntos que
abolieron el silencio de Shaula, y lo transformaron en gritos que morían a
mitad de su garganta.
—No, detente... —imploró Shaula mirando al fin hacia abajo—. Mis
piernas... no lo soporto.
—¿Qué cosa?
—Tantos... instrumentos. Es esta una sonata para la que mi corazón no ha
sido preparado, Isamar, y tú una experta en cada pieza de ella.
—No juzgue a su corazón de débil, ni lo prive de una pieza que disfruta, al
menos no antes de vivir su clímax.
—¿No era este? Porque su frenesí casi me ha ensordecido ya.
Isamar sonrió entonces, enternecida por su princesita que tanto alardeaba
conocer, y tan poco se entendía a sí misma.
—Siga escuchando, alteza —aconsejó la doncella—. Lo sabrá cuando
llegue.
Isamar volvió su rostro entre las piernas de Shaula, donde los besos
continuaron húmedos y resbalosos. Lo que antes degustaba su lengua, ahora
devoraba con las pausas correctas para permitir a la princesa una bocanada
de calma.
Al principio la boca de Isa se había dedicado a recorrer cada rincón de la
intimidad de Shaula, pero no entonces. En ese instante, se concentró en el
punto débil e hinchado de necesidad que demandaba toda su atención.
En medio de la transición de presionar a chupar, Shaula no soportó estar en
su propio cuerpo y pensó en huir, mas sus manos hicieron lo contrario,
aferrando el cabello de Isamar de forma que casi parecía que la empujaba
mas hacia su entrepierna.
Todo estalló entonces, porque esa acción superó a la doncella, quien
profirió un sonido de placer gutural, y recompensó la confianza
introduciendo sus dedos a la cavidad de la princesa. Fue bien recibida por la
humedad, y acogida por su calidez; una vez dentro, empezó a manipular sus
dedos para estimular por dentro lo que chupaba por fuera.
Volvieron los violines, y las notas
In crescendo;
estrellas, llamas, espinos y enjambres, de pronto todo parecía sincronizarse
con esta última sonata. Una última explosión las deshizo a ambas, y en su
último aliento de incoherencias, Shaula dijo:
—Juro por Ara que no voy a casarme jamás.
Y se dejó caer por la pared hasta quedar sentada en el piso.
Para entonces, Isamar estaba que no podía más con la risa.
—Ahora te causo gracia —se quejó Shaula.
—No usted, alteza, las locuras que promete cuando está a merced de mi
boca.
—No es locura cuando estoy convencida de ello.
—¿No se casará?
—No si no encuentro a alguien que sea la mitad de... lo que eres tú.
Isamar sonrió tanto que su alegría llevo lagrimas a sus ojos, y para
distraerse de ello tendió su mano a la princesa ayudándola a levantarse y
conducirla hasta la cama.
En esa nueva e íntima comodidad, Shaula sintió la confianza suficiente para
desprenderse de su ropa y quedarse solo con la seda de su vestido para
meterse bajo las mantas con Isamar.
Tenía muchas preguntas, demasiados temas que deseaba abordar con la
doncella a su lado, pero no en ese momento. Entonces, solo podía dedicar
sus pensamientos al presente inmediato.
Se acostó de lado, su cuerpo a contraluz para mirar mejor el rostro de la
doncella. Su cuello desnudo, y clavículas que incitaban sus labios: era todo
en lo que Shaula se podía concentrar.
—No podemos dormirnos —murmuró Isamar.
Shaula se incorporó, apoyada en su codo para alcanzar con sus labios los de
Isamar. Estaban incluso más deliciosos que en el primer beso.
—Lo sé —reconoció—. Pero quiero evitar el momento de irme todo lo
posible.
Isamar miraba a los labios de su princesa mientras mordía los suyos.
—No puedo creer que me estés besando, Shaula Scorp.
—No puedo creer que toda una humanidad asuma que podría haber pasado
mi vida sin hacerlo.
—Ojalá pudieras pasar toda esa vida besándome.
—Puedo seguir haciéndolo ahora —concluyó Shaula antes de volver a su
boca.
~~~
Nota:
Este capítulo no lo voy a
superar
nunca. Ellas dos se merecían un momento honesto y con la libertad
suficiente para
darse
muchos
besitos
y no tan besitos
XD
¿Qué les ha parecido el capítulo? ¿
Cuáles
son sus impresiones de todo el baile y la noche que han pasado Isamar
y Shaula juntas?
¿Qué creen que va a pasar ahora?
Les amo, muchas gracias por leer Monarca ♡
43: El carnicero
¡Díganme que no provoca que esa gente se bese! Gracias de nuevo a Betty
por las imágenes.
~~~
Shaula estaba enferma. Al menos algo muy malo debía estar pasándole a su
cerebro, pues, aunque pensaba —y hacía— muchas cosas, todas estaban
relacionadas en una misma estela cual estrellas de una constelación.
Un hombre mencionaba Antlia, y ella recordaba que de ahí provenía la
mujer que la mantuvo prisionera entre los muros del castillo y su boca.
Veía el cielo, y recordaba a la perfección lo que se siente besar las estrellas.
Cualquier atisbo de cabello negro y ojos verdes eran relámpagos a su
memoria.
La mermelada en el desayuno, el pescado en el almuerzo, los libros en su
despensa: todo evocaba un nombre.
Ninguna mujer era tan hermosa. Ningún hombre tan elocuente.
Isamar había arruinado a toda la humanidad a los ojos de la princesa.
Se creía drogada, hambrienta, febril, o las tres juntas: lo único indiscutible
era que aquella aprensión en su pecho al no estar cerca de Isamar —a la vez
ser incapaz de alejarse de su recuerdo— era tan intensa que la generaba un
ansia por levantarse cada nuevo día.
Gracias a su nuevo desnivel mental, tenía algo qué añorar, y un motivo para
acostarse pensando en las palabras que le diría. Leía imaginando ese rostro
en el de las protagonistas, fantaseaba con el momento en que volvería a
probar su constelación favorita.
Algo malo había sucedido en su psique desde que Isamar se incrustó en
ella.
Una dolencia parecida, solo podía ser comparable a la intensidad del odio.
Pero qué manera tan adictiva de odiar. Shaula quería seguir haciéndolo toda
su vida.
Recibió una buena reprimenda por su resaca la mañana después del baile.
Aunque le habían hecho asistir hasta bien entrada la madrugada, no le
permitieron dormir hasta tarde. Tuvo actividades durante todo ese día, y el
siguiente, y el que vino después.
Tenían que aglomerar todas las responsabilidades pendientes en menos
horas, ya que el repentino despertar del príncipe Antares significaba una
razón de peso para que la familia real regresara a la capital lo más pronto
posible.
Shaula había querido preguntar sobre el estado de su hermano menor, el
motivo de su despertar, el estado de su salud, pero su padre la evitaba como
a una plebeya hambrienta de caridad.
En la semana venidera, apenas tuvo tiempo para intercambiar saludos
lejanos con sus doncellas ya que estas también tenían actividades,
principalmente relacionadas con cenas, paseos y teatro como parte del
cortejo de sus respectivos pretendientes. Los de Jabbah y Altair cambiaron
un par de veces más, salvo el de Isamar. La seguía cortejando su excelencia,
el barón de la casa Caelum.
Shaula tenía que ser atendida por vendidas e incluso las tutorías se
pospusieron para que pudiera aprovechar mejor el tiempo en Deneb.
Una tarde, la preparadora provisional pasó a buscarla antes de tiempo para
llevarla en presencia del rey. El monarca estaba en un descanso breve de
una audiencia donde se decidiría el destino de un desertor, un hombre que
en la frontera asesinó a su colega de patrulla asegurando que este intentó
«comerse su alma».
Era un juicio delicado, pues el soldado era de intachable registro y de gran
valor militar, pero aceptar su defensa implicaba reconocer como reales
ciertas criaturas.
La preparadora entró al despacho de descanso junto a la princesa, los
guardias de Shaula se quedaron custodiando la entrada.
—Majestad —saludó Shaula al rey con una reverencia. Era extraño
recibirlo en un despacho del salón de justicia, como si de una consulta con
su asesor real se tratase, mientras al otro lado, en el podio de la ley, estaban
quienes importaban: jueces y jurados, que no eran otros que el consejo, la
asamblea y la Iglesia.
Y Shaula ahí, a puerta cerrada, con su preparadora al lado como una niñera.
El rey estaba sentado junto a su usual torre de papeles, el expediente entre
ellos, pero ese no era el archivo que tenía abierto.
Bebía una especie de té hecho con muchas más hierbas que líquido,
característico de Deneb; junto a su taza había otra idéntica, pero intacta, y
abierto justo frente a Lesath Scorp estaba un tomo primera edición de las
Sagradas Escrituras de Ara.
¿Por qué leer las Escrituras en el descanso de un juicio?
—Hija mía —saludó Lesath cerrando el libro.
Shaula a duras penas alcanzó a distinguir, antes de que se cerrara del todo,
que a media página había una nota pegada con comentarios manuscritos.
Solo las palabras «origen» y «reino cósmico» quedaron grabadas en la
princesa.
—Esto será lo último en lo que te pediré colaborar antes de volver a Ara —
siguió el rey—: te pido que me asistas en un almuerzo, y una cena.
—Debería dar un repaso a sus matemáticas, majestad.
Shaula veía la taza extra, al igual que la silla libre, como considerando si
estaban a su disposición. Según su educación, debía esperar a ser invitada
de ambas cosas, incluso con su padre.
—El almuerzo va por añadidura —dijo el rey quitando importancia con un
gesto de su mano—, pues comer debes. La cena, una cortesía. Ambas
vienen en el mismo combo de petición. Lo que pretendo de ti es que te
dejes acompañar por sir Volant, no que comas.
Shaula abrió los ojos con sorpresa. No solo no se esperaba eso, sino que no
entendía por qué era un asunto de peso para que su padre exigiera su
presencia.
—¿Lo ha solicitado él?
—Correcto.
—Padre...
—Hija.
Shaula enlazó las manos tras su espalda y miró al rey con sus ojos
entornados en un gesto suspicaz.
—¿Por qué me has hecho llamar? Estás a mitad de una audiencia, tu tiempo
es mas valioso que el mío, esta generosa sugerencia podrías haberla hecho
llegar con cualquier lacayo.
—Y henos aquí.
—Y el motivo es...
—Toma asiento.
Su padre ni siquiera señaló la silla, solo pronunció la orden. En eso
consistía su autoridad, pero poco derroche hacía de esta. La guardaba como
una herramienta para casos muy específicos que lo ameritaran, siempre con
un trasfondo más allá de la simpleza de sus palabras y la calidez de su
expresión.
No era un viejo amigable, ese solo era su personaje como rey; Lesath era
todo lo que Shaula y Antares habían adquirido individualmente, con el
perfeccionamiento de la madurez, y la letalidad que dan los años coronado.
Shaula aprendió eso a regañadientes, y así mismo intentaba combatirlo: en
los pequeños detalles.
Tomando la taza de la que no se le invitó a beber, y rechazando la oferta del
asiento. Porque sí, Lesath había probado su punto al demostrar quién da las
órdenes y quién las recibe, pero Shaula tenía el privilegio de poder hacer su
trabajo más difícil.
«Besas a una persona a la que quieres besar, y ya eres toda una rebelde,
Shaula Scorp».
Tuvo que morder sus labios, pues, contrario a las palabras, su sonrisa no
había sido mental.
—De hecho, quisiera dar un paseo por el juzgado —contradijo—. Si no le
importa, majestad.
—Hay un juicio en curso. Shaula.
—En receso.
Lesath sonrió.
¿Por qué sonreía?
—Nada podría complacerme más, hija mía.
Reanudaron la conversación mientras caminaban entre los bancos de la
audiencia con la preparadora siguiéndoles de cerca. Shaula sintió una
similitud que en su cuerpo ardía, el juzgado no era distinto de una
congregación eclesiástica, donde justos y pecadores se reunían bajo la
autoridad de Ara, y los santos decidían quién se salva y quién se condena.
Observó el atril del acusado, y el área de deliberación de los nobles. ¿Cómo
podía añorar tanto algo que jamás había estado a su alcance?
—Un día —dijo su padre deteniéndose un paso detrás de ella— seguirás
estando en el despacho, o tal vez entre el público, pero jamás con la
limitada información que tienen ellos.
—Y jamás en el podio —murmuró derrotada.
—Cuidado con el podio que deseas, Shaula, que el de jurado está justo al
lado que el del acusado.
Mordió su lengua para no comentar nada al respecto. Isamar, un mero
susurro de su voz, pasó por su mente como una estrella fugaz. Tuvo que
enfocarse en dejar sus pensamientos en blanco. Si su padre leía en sus
ojos... Si cualquiera viera siquiera un atisbo del crimen...
Su saliva pareció solidificarse en su garganta, y aun así se obligó a no
tragar.
—Lo que he intentado decirte, Shaula, es que un día tendrás a tu marido
allí, sentado junto a las voces de la ley, hablando en nombre de la justicia. Y
tú podrías ser la voz que susurre al oído sus decisiones.
Ella lo miró.
—¿Es tan degradante, padre, tan retorcido que mi corazón no acepte ser un
susurro como consuelo? Si es ese el estándar, me esforzaré en ser un grito
para que mi voz sea escuchada.
Su padre buscó sus ojos, un debate que la llevó de vuelta a meses atrás,
cuando compartían otra mirada con un ataúd entre ellos. El día del funeral
de la reina.
—Regresemos al despacho, ya están permitiendo la entrada al público y
quiero mantener esta conversación tan privada como sea posible.
—¿Una charla para invitarme a una cena amerita tantas precauciones?
Otra sonrisa, una de calma, justo lo que Shaula no sentía entonces.
Entonces el rey echó a andar de vuelta, dando por echo que su hija lo
seguiría, cosa en la que no se equivocó.
—¿Por qué estás de acuerdo con esto? —preguntó Shaula al alcanzarlo—.
Sir Volant es un teniente condecorado de una de las guardias de más
prestigio, la de Hydra. Es casi mano derecha de la gran lady. Como
caballero no puede casarse, y no renunciará a su gloria por nada. Lo
sabemos. Que me deje cortejar por él a sabiendas de esto, además del hecho
de que sigo sin ser presentada en sociedad, podría arruinar mi reputación.
—Su reputación no corre peligro, alteza, yo seré su chaperona en todo
momento que esté en Deneb —contestó la preparadora, de la que Shaula
erróneamente se había olvidado. Ni siquiera en presencia de su padre dejaba
de ser monitoreada.
—Sigo sin ver el motivo de seguir alentando una unión que no sucederá.
Lesath esperó hasta estar dentro del despacho para responder.
—Bien has dicho, Shaula. Sir Volant es una figura importante en Hydra,
principado con el que muy bien relacionados no estamos. Y es bastante
cercano a lady Indus Sagitar, con la que estamos en peores términos
todavía. Sabré agradecer y aprovechar no solo tu alianza momentánea con
sir Volant, sino la publicidad que genera su cortejo, suficiente para que el
pueblo se centre en su relación mientras me encargo yo de lo que realmente
importa.
—Quisiera...
—Sé lo que quisieras, Shaula.
Shaula rara vez veía a Lesath ser tajante. No hacía falta que elevara la voz,
ni diera indicios de querer sucumbir a ello, solo cortar la discusión en el
punto preciso para no admitir más resolución que la suya.
Esos eran los momentos en los que Shaula sentía que tenía un padre, y no
un rey, que le reprendía personalmente.
—¿Quieres saber qué quiero yo? —remató el rey.
Shaula al fin tragó, y cómo dolió hacerlo, pues sintió estar reconociendo su
desventaja e inferioridad absoluta.
—Quiero que pienses, no que sientas. Desconozco el motivo que te llevó a
negociar con sir Volant, como ignoro el porqué accediste a que el joven
Circinus te corteje, pero en ambos casos has cometido el error de una
adolescente, Shaula.
—Tal vez se deba, aventuro, a que lo soy.
—Y al fin lo reconoces. Antares con dos años menos ha sabido comportarse
como un escorpión.
Shaula apretó los puños, encajando a duras penas el golpe.
—Dame la mitad de su trato, padre, y no seré un buen escorpión, seré el
mejor.
—Esto es lo que tienes, y es lo que siempre tendrás. Tus quejas, aunque
conmovedoras, no te sirven más de lo que pueden servir a un mudo, un
manco o a un ciego.
Shaula dio un paso atrás, su boca entreabierta.
—Aunque me trates como discapacitada, jamás me aceptaré como tal.
—Aceptar es el primer paso para superar.
—Empieza por aceptar la desigualdad de tu trato. ¡Yo soy tu primogénita!
—exclamó, señalando su pecho—. Y es a Antares al que preparas para
gobernar. A mí me vendes por unos pocos aliados.
—No elevarás la voz ante tu rey.
—¿Qué respeto le debo a quien no he elegido servir?
La preparadora ahogó un grito, pero el rey solo afiló su mirada en silencio.
—Tú naciste con la corona —siguió Shaula—, y a mí me la niegas. ¿Dónde
queda en mi caso el derecho de nacimiento?
—Tú naciste mujer.
—Y maldita sea Ara por ello.
Lesath no reaccionó al momento, pero los huesos de su mandíbula estaban a
punto de quebrarse por la tensión. La preparadora sollozaba en medio de la
quietud, y mientras la ausencia verbal entre rey y princesa se extendía, llevó
las manos a su rostro y empezó a temblar. Ni siquiera ella sabía qué hacer
en una situación como esa, y en medio de aquel desconocimiento preveía la
muerte para sepultar lo que había oído.
—Puede retirarse.
La preparadora no necesitó su nombre para saber que la orden iba dirigida a
ella.
Una vez la mujer se retiró, Lesath volvió a mirar a su hija.
Y no decía nada.
Shaula estaba tiritando por el resquemor que dejaron sus palabras y la agria
incertidumbre por las represalias.
Lesath permitió que el silencio se prolongara un poco más, hasta que se le
antojó tomar su taza de té denebita y verter su contenido sobre la mesa.
—¿Majestad?
El título salió como un impulso, fracturado a mitad de camino por la
garganta de la princesa. Un último intento por remediar lo antes dicho.
—Limpia.
—No... no tengo con qué —balbuceó. Ella no era consciente, pero estaba
retorciendo las tiras de su vestuario hasta que sus dedos se volvieron
morados.
—Te he dado una orden.
Shaula miró el charco de té, y recordó uno distinto. El desastre de su propio
vómito que lady Briane le hizo limpiar con su rostro y cabello.
El impulso de vomitar se mantuvo cerca, en compañía de lágrimas que se
asomaron a sus pupilas para contemplar la vista.
Deshizo los entresijos del velo en su cabeza, quitándose incluso el
cubrebocas sin considerar el decoro, hasta que tuvo la pieza libre en sus
manos para limpiar el reguero en la mesa.
Sorbió por la nariz, y su mente le jugó en contra intercambiando el aroma
de las hierbas por la fetidez de su bilis.
Una arcada la atacó. Presionó el dorso de su mano fuerte contra su boca y
respiró profundo hasta calmarse.
Miró a su padre, sucumbiendo a la debilidad infantil que todavía apelaba a
la misericordia de su creador, pero él estaba impasible.
Evitando conectarse con sus sentidos para no tener más arcadas, terminó de
limpiar la mesa y se apartó, conservando el paño sucio entre sus manos.
Cuando volvió a mirar al rey, sintió que lo veía desde un hoyo muy
profundo, estando él en el más alto de los podios.
La jerarquía había sido probada.
—Confío en ti, hija mía —dijo Lesath, su voz edulcorada, su rostro
habiendo borrado todo rastro de ira. Era como si esa conversación nunca
hubiera existido para el—. Entiendo que si escogiste relacionarte con sir
Volant en un principio, es porque tienes todo bajo control. ¿Me equivoco?
Shaula tuvo miedo.
—Imagino que sabes por que le dicen «el carnicero», ¿no, hija mía?
—Yo...
Y luego no pudo decir nada.
—Entiendo que no lo parezca —consoló su padre—. Es un hombre amable.
Las manos de Shaula empezaron a sudar.
—Esos son los peores —finalizó.
Ella quiso salir corriendo no solo del despacho, sino del reino mismo. De
pronto se sentía poco preparada incluso para estar viva. La ingenuidad
hecha mujer.
—Pero tienes todo bajo control, eres una princesa íntegra que podría hacer
no solo su trabajo, sino el mío, hasta mejor que yo.
Ahí cayó la primera lagrima.
—Te has vendido tú, Shaula, ahora hazte cargo.
~~~
Nota:
Bueno, bueno... Esta familia es la vaina más intensa existente. La
madre un desastre que escogía amar a un hijo antes que a otros, el
padre que de alguna forma asesinó a su esposa, el
bastardo
envenena a su medio hermano, el menor que (ustedes saben, si leyeron
Vendida) y la Shaula que no puede tener una conversación con su
padre sin que sea icónica y desastrosa... En fin, amo esta familia
JAJAJ
¿Qué les ha parecido el capítulo? Les subo otro en unas horas, que lo
ando
editando
. Los amoo
44: Pescar estrellas
Cuando sir Volant pasó a buscar a Shaula, esta estaba muy decepcionada.
Esperaba encontrar un neandertal, pero el hombre se comportó como el más
encantador de los caballeros.
En camino al almuerzo, sir Aztor los seguía de cerca, pues Shaula había
dado a sir Lencio el resto del día para conocerse con su vendida.
—¿Cómo sigue su pie? —preguntó sir Volant.
Bajo mi tobillo».
Estaba tan aterrada por la conversación con su padre que no pudo ni esbozar
aquella broma en sus labios.
—Me encuentro mejor, sir.
—Lo tomaré como una señal para invitarla a actividades un poco más
emocionantes que un almuerzo.
Ella dio una sonrisa tan forzada tras el cubrebocas, que no se reflejó en sus
ojos.
—¿Podría detenerse un momento? —preguntó sir Volant a la entrada del
salón.
Así hizo, bajo la mirada de todos los comensales, y el caballero sacó un
collar de un sobre en su bolsillo.
Estaba hecho de diamantes reales. Shaula estaba acostumbrada a ellos, sin
duda, pero verlos en manos de personas ajenas a la corte le parecía como
ver estrellas en el agua.
—¿Me permite?
Tensa, observando de reojo a los expectadores, correspondió que sir Volant
le pusiera el collar.
Mientras él tenía las manos en su nuca ajustando el obsequio, Shaula miró a
la mesa que les esperaba, donde Isamar y el barón Caelum —quien la
cortejaba— ya estaban sentados.
La pescadora parecía tener ojos para un solo evento, y no era la música en
vivo.
—Perfecta, mi linda princesa —dijo sir Volant al contemplarla con el collar.
Ni siquiera combinaban con sus telas vaporosas de naranja y rojo.
Fue el detonante, el punto que sació a Shaula de aquella farsa.
—Sir...
—Preveo una incómoda conversación.
—No tiene por qué ser incomoda, sir, al contrario. Creo que cada uno ha
probado su punto en este acuerdo. Hemos recibido lo que pretendíamos,
pero ya no veo razones para que sigamos viéndonos de este modo, como si
el cortejo fuera real.
—¿Qué motivo más grande que el querer disfrutar de la compañía del otro?
«¿Quién le ha dicho que disfruto de su compañía?»
—Me halaga, sir, pero en este caso específico, en mi posición como
princesa casadera, necesito de toda la libertad posible para ocuparme de mis
asuntos y que mi padre pueda negociar nuevas alianzas...
—¿Dice que la estoy acaparando? Me disculpo, su alteza, hasta ahora había
sentido que retribuyo su necesidad de conocerme con la mía de estar cerca
de usted.
Los hombros de Shaula se relajaron, él estaba siendo educado y
comprensivo.
—Y una cosa no anula la otra, sir, simplemente... necesito estar disponible.
Usted entiende, ¿no?
—Pero no puede casarse sin antes haber sido presentada en sociedad.
—Puedo negociar mi futuro.
—A quien vaya a pedir su mano, alteza, le tendrá sin cuidado cuántos la
cortejaron antes. Su valor en matrimonio, y permítame una ligera falta de
cortesía, no es su cuerpo. Es el estatus.
Sir Volant le tomó la mano, y con gran devoción besó su torso ante todas las
miradas embelesadas por su galantería.
—Yo, en cambio, no ostento nada de lo político. Yo veo el resto de su
potencial, princesa... —Le dio una mirada descendente que se detuvo un
instante de más en su vientre desnudo—. Y me siento tentado por este.
Shaula carraspeó y recuperó su mano con tanta delicadeza como le fue
posible.
—Sir, lo que dice... Espero que no aspire a deshonrarme.
—No hay deshonra en dar al corazón lo que desea. Y no se preocupe, que
yo la esperaré. Un año no es nada.
—Usted no quiere casarse —le recordó, un poco afectada por la imagen que
esas palabras dibujaron en su mente. No quería ni pensar en ese hombre
haciendo en su cuerpo lo que solo Isamar podía.
—La reina de Áragog pudo tener amantes, ¿por qué la princesa no?
Shaula ahogó un jadeo. No podía creer que aquel hombre se atreviera a
decir semejante blasfemia en su cara.
Solo alguien demasiado seguro de su poder, o inmunidad, se atrevería a
algo así.
Shaula escuchaba de fondo la voz de su padre recordándole el apodo de Sir
Volant, era lo único que la detenía de decirle:
¡Porque usted no me interesa!
Ese caballero no pretendía alejarse de la princesa escorpión. No de buena
gana, y Shaula no tenía ganas de alterar su buena voluntad.
—Estoy... tengo demasiado qué procesar, sir. Supongo que tengo un año
para ello.
—Hasta entonces...
El hombre le extendió su brazo para que lo enlazara y la llevó a la mesa.
Shaula podía reconocer el olor de Isamar entre todos los presentes. Ni
siquiera era consciente de ello, pero algo físico cambiaba en ella con el
reconocimiento, algo en la química de su cerebro se alteraba para bien, y
para muy mal.
Altair y Jabbah no iban acompañadas de hombres, pero Isamar sí que seguía
en compañía de su pretendiente. La lógica de Shaula agradeció el detalle,
pues prefería acumular todos los argumentos posibles para alejar a la corte
de las sospechas sobre las desviaciones a las que se inclinaban Shaula e
Isamar.
Sin embargo, en sus impulsos más primitivos, incluso hipócritas, detestaba
la normalidad con la que Isamar enlazaba su brazo al del barón como si
noches antes no hubiese usado esos brazos para someterla contra la pared.
Ni siquiera la miraba a la cara.
—Nos ha hecho falta, alteza —dijo Altair extendiendo su mano a la de
Shaula, quien la apretó mientras sonreía cálida y afectuosa.
—Sí, sí, en serio que nos ha hecho falta —convino Jabbah, quien estaba a la
izquierda. Shaula de igual forma le ofreció su mano.
—Igualmente las he extrañado. A todas.
Solo entonces Isamar condujo su vista a la princesa. El ahumado en sus
ojos ensombrecía tanto su mirar, que la aureola verdosa casi resplandecía en
contraste. ¿Cuánto duró la mirada? ¿Un día, un instante? Lo cierto fue que
un par de recuerdos tuvieron tiempo a transitar en la mente de Shaula
mientras esta ocurría.
Entonces tuvo un respingo, asustada porque alguien pudiera ver esas
imágenes a través de sus ojos, y fingió que aquel contacto nunca hubo
ocurrido.
Los saludos y preámbulos no tardaron, sir Volant acaparaba la atención
hablando de una de las revueltas sometidas en su estadía en Ara, y contaba
anécdotas sobre como pedía consejo a sus vendidas para saber que regalar a
su idolatrada princesa.
—Mar y yo hemos estado discutiendo sobre nuestras aspiraciones —dijo el
barón. Shaula sintió el impulso de vomitar el diminutivo que había usado
para referirse a su Isa—. Nuestros intereses se alinean lo suficiente como
para plantearse un futuro lejos de Hydra.
—¿En Ara? —preguntó Isamar—. ¿Discuten sobre mudarse juntos a la
capital, hermana?
—No precisamente —dijo ella, su mano cubierta de malla estaba posada
sobre la del barón, y a Shaula no le pasó inadvertido—. Su excelencia
planea expandir su negocio de azucares lejos de la competencia de la
capital, y yo le comentaba sobre mi ilusión de volver a mis raíces en un
futuro.
Del semblante de Shaula se diluyó todo color.
—¿Se mudarán a Antlia?
—¿Cómo cree, su alteza? Apenas conjeturamos sobre sus aspiraciones
mercantes y mis ilusiones infantiles. No hay nada escrito en ello.
—Pues deberían empezar a escribir un poco más y especular un poco
menos —comentó sir Volant alzando su copa para pedir vino—. Tal vez yo
soy más pragmático, pero prefiero una serpiente encadenada que mil
reptando cerca de mí.
—Que metáfora tan... perturbadora, sir —aluyó Shaula con la simpleza de
quien comparte una broma íntima.
—Pero se entiende el mensaje.
—¿Lo hace? —Ella se ladeó para mirarle a la cara—. Tal vez por haberme
criado entre ellas, entiendo que una o mil, con cadenas o sin ellas, nunca se
está a salvo de una serpiente.
Entonces alzó su propia copa, porque si algo no podían impedirle, era
aprovecharse de los vacíos legales en las normas sociales. Estaba mal visto
que una mujer bebiera, pero «mal visto» para Shaula era el equivalente a
«no prohibido».
—Creo que ha malentendido el mensaje de sir Volant, alteza —repuso el
barón—, creo que él se refiere más a ser realista. Su doncella habla de
ilusiones, a los hombres nos gustan más los hechos. No lo entendería.
—Tiene razón, no obstante... —Shaula recibió su copa llena y la agradeció
con una inclinación de su cabeza—. Todo en exceso hace daño, excelencia,
incluida la realidad. Por tanto, todos requerimos de al menos una fantasía
que desafíe a la lógica.
El corazón de Shaula condensó diez latidos en uno solo, su cuerpo
temblando mientras con todas sus fuerzas evitaba buscar en Isamar la
reacción a sus palabras.
Por primera vez, sentirse de esa manera ilógica hacia ella le parecía un
suplicio. Ni siquiera podía mirarla con libertad.
—Pero no nos dejes con la duda, Isamar —interrumpió Jabbah—. ¿Hay
boda?
—¡Jabbah! —exclamó Altair.
—Prima, no seas imprudente...
Pero Isamar no se veía ofendida, sino hasta embelesada mientras
intercambiaba miradas significativas con el barón.
Ninguno desmintió la conjetura.
El plato de Shaula comenzó a dar vueltas, los cubiertos se enfocaban y
desdibujaban en su campo de visión. En medio del desagradable momento,
la garganta de Shaula se cerró y se negó a recibir más alimento.
En ese momento se acercaban otras dos personas a la mesa: sir Lencio, el
escolta de Shaula que no estaba de guardia, y la vendida que Shaula le había
obsequiado.
Vestida como iba, casi podía confundirse con una dama más. Las de su
casta solían vestir como mujeres del servicio, o como unas completas
rameras que su dueño quiere exhibir. Ella era una joven normal con un
vestido normal.
Joven normal
. Shaula no podía concebir que ese pensamiento proviniera de ella.
Sir Lencio acarició la mejilla de la vendida y le sonrió, como para infundir
en ella aliento de algún tipo. Entonces ella se acercó a la mesa, hizo una
reverencia a su princesa y pidió permiso para sentarse.
Shaula, muy incómoda y desconectada de la situación sin precedente para
ella, le señaló como un autómata la silla vacía entre el barón y Altair.
—¿Cuál es su nombre? —le preguntó Jabbah con su entusiasmo habitual.
—No tengo nombre, mi lady.
—¿Cómo no tendrías nombre?
—En mi casa de preparación no me lo dieron, creo que lo olvidaron. Ya era
tarde, así que dijeron que lo mejor sería que mi dueño me escogiera un
nombre al comprarme.
—¿Tu due...?
—Por Ara, es una vendida —exclamó Altair, justo lo que todos estaban
pensando.
El silencio se hizo denso, la vendida bajó las manos al regazo y la vista a
estas. No volvió a modificar esa posición.
—Discúlpenos, alteza —dijo el barón—, no sabíamos que se trataba de una
vendida, no le habríamos deshonrado así permitiendo que se acercara.
—¿Quién es tu dueño? —exigió sir Volant con severidad, como a punto de
dictar un castigo—. No sé si te han dado la cultura suficiente para saberlo,
pero quien está en esta mesa es la princesa de todo Áragog. Que te permitan
comer ya es de agradecerse, pero este no es el lugar.
—Hay mesas para las de tu clase —convino el barón, un poco más
paternalista.
—Si estás desorientada —dijo Jabbah—, pregunta a tu dueño dónde quiere
que comas.
—Pero... —musitó la joven vendida—. Él me ha dicho que venga aquí.
—Pues, a menos que tu dueño sea Lesath Scorp, no tiene derecho a...
—Su dueña soy yo —zanjó Shaula, que contra todo lo que es natural, su
cuerpo había sentido en carne propia el destierro de aquella joven—. Si
alguien tiene un problema con que mi vendida coma en esta mesa, entonces
ese alguien deberá levantarse.
Por Ara, qué bien se sentía que todos mantuvieran la boca cerrada ante su
declaración y que por una vez se hiciera justo lo que ella ordenaba.
El resto del almuerzo transcurrió en un silencio hiriente. Sir Volant no
volvió a tocar la comida, como si estuviese contaminada. El barón sí comía,
pero dándole la espalda a la vendida y solo mirando a Isamar. Las damas,
exceptuando a Isamar, estaban tan incomodas como Shaula, ninguna
familiarizadas con la situación como para afrontarla.
Solo Jabbah interactuó con la vendida, extendiendo para ella el salero y
dedicándole una sonrisa impráctica, pero en esencia gentil.
Shaula empezó a pensar a partir de ese gesto, que las vendidas podrían ser
humanizadas si el resto de mujeres fueran educadas para aceptarlas de
mejor manera. El fallo radicaba, nuevamente, en los estigmas de la
sociedad.
—Alteza —dijo Jabbah salvando la tarde con un ánimo renovado.
—¿Sí, prima?
—Aunque no nos hemos podido ver con la frecuencia de antes, sus damas
hemos decidido que entregaríamos para hoy el trabajo de ensayo libre que
nos encomendó para nuestra próxima tutoría.
Shaula abrió los ojos enorgullecida.
—¡Es cierto! —convino Altair—. Olvidé mencionarlo, pero así es. Hemos
compaginado nuestras tareas en la corte y el trabajo como sus pupilas. Cada
una trajo listo el ensayo.
—Me conmueve en sobremanera que demuestren este nivel de compromiso
y responsabilidad, pero no sé hasta cuándo tenga tiempo de revisarlos. De
todos modos, tengan paz en que así lo haré a su debido tiempo.
—Qué degradante —dijo el barón con una risa que arrastraba las huellas del
alcohol en ella.
—¿Disculpe?
—Que damas de tal calibre sean reducidas a meras pupilas. —El hombre
hizo señas para pedir más vino—. Qué delicia es imaginarlas a todas ya
casadas, lejos del alcance de su crueldad. La reputación que tiene le hace
toda la justicia del mundo. Mar tiene razón, es usted una...
—Excelencia —interrumpió Isamar con una sonrisa tensa, intentando
alcanzar la copa para que no derramase su contenido—. Usted ha
malinterpretado la situación, prácticamente rogamos a la princesa por esta
oportunidad.
—Yo rogaría por un caballo, no por tareas.
—No son las tareas lo que importa, es el conocimiento que proceden a
estas.
—¿Para qué tanto conocimiento inútil? Vas a limpiar mi casa, Merak, no a
construirla.
Y terminó riéndose escandalosamente de su propio chiste.
En algún punto de sus repulsivas palabras, Shaula había aferrado el tenedor
como si de un puñal se tratara.
—Está dando por hecho demasiado, excelencia —dijo Isamar, tal vez más
tajante de lo que pretendía.
—Y tu princesa idolatrada también da mucho por hecho, ¿o no? ¿Por qué
ponerlas a ustedes a hacer sus deberes? ¿Por qué no pone a...? —intentó
señalar a la vendida con su copa, y acabó derramándole todo el vino desde
la cara hasta el vestido—. Esta.
Shaula se levantó en un acto reflejo, a lo que un tirón de la mano de sir
Volant la volvió a sentar casi de inmediato.
Lo miró con sus ojos exhumando llamaradas.
Él se inclinó para decirle al oído:
—A ningún noble le parecerá menos que ofensivo que se le reprenda por
una vendida. Haga el favor de comportarse por una vez.
Shaula estaba temblando, sus dientes podrían haberse desprendido por lo
fuerte que los presionaban entre sí. ¿Cómo se atrevía ese hombre a hablarle
así?
Shaula miró la mano que todavía aferraba su muñeca, y luego directo a la
cara de sir Volant. El mensaje estaba escrito en lava en sus ojos.
Su. Él. Ta. Me.
Estaba ciega. Había un zumbido en sus oídos, un murmullo en su pecho. Se
sentía capaz de materializar su odio e incinerar con el.
Pero el hombre no solo le sostuvo la mirada, sino que apretó más su
muñeca.
—No me haga verbalizarlo —advirtió Shaula en voz tan baja como para
que solo lo oyera él. Pero era imposible. Todos los estaban mirando sin
respirar siquiera.
Sir Volant le apretó un poco más, hasta que Shaula estuvo segura de que esa
fuerza podría partir su hueso, y entonces la soltó.
Sonriendo.
De nuevo, Shaula tenía miedo por una sonrisa.
Palpó su muñeca bajo la mesa. En tan breve contacto, había quedado
magullada y dolorida.
Shaula estaba fúrica, ardía por destrozar todo a su paso y conjugar de mil
maneras todas las palabras malsonantes que conocía en las dos lenguas que
hablaba. Pero todavía podía razonar lo suficiente como para reconocer que
sir Volant tenía razón. Caelum era un barón, parte de la pirámide económica
y aristocrática del reino. No era alguien a quien quisiera, ni debiera,
molestar por defender una vendida.
Pero cómo quería escupirle por animal.
Shaula se levantó, y personalmente se acercó a la vendida que seguía tan
cabizbaja como inmóvil. Se postró apenas, hasta quedar por debajo de su
altura ignorando cómo los presentes contenían el aliento sin disimular.
Shaula buscó las manos de la vendida, y las aferró en conciliación.
—¿Te encuentras bien?
La vendida asintió, por supuesto, ¿qué más podría hacer?
—No es para tanto, princesa —se burlaba el barón.
Shaula no volteó, ni siquiera al escuchar movimiento desde ahí. Usó las
servilletas para secar todo lo posible la piel de la vendida, porque la tela ya
estaba estropeada. Shaula solo alzó la vista al sentir una mano en su
hombro.
Era Isamar, extendiendo su propio chal en disposición a la vendida.
Shaula nunca había estado tan orgullosa de su sentido del gusto hasta
entender que le gustaba la mujer mas maravillosa de todo el reino.
Al tomar el chal, Shaula rozó constelaciones en los dedos de Isamar.
Por Ara, cómo extrañaba tocarla. No importaba cómo, ni en qué contexto.
Quería volver a tocarla.
Luego de poner el chal a la vendida, Shaula descartó la idea de mandarla a
otro lugar a pesar del incidente. A esas alturas, ni siquiera consideraba la
comodidad de la joven, simplemente se aferraba a la incomodidad de los
hombres a la mesa. No iba a darles el gusto. Cada uno terminaría de
tragarse su postre en presencia de la vendida, o se retirarían. No les daría
escapatoria.
—Tenga, alteza.
Jabbah le entregó un sobre sellado con su investigación.
—¿Puedo hojearlo?
—¡Sí, adelante!
Al menos así tendría algo en qué ocupar la mente.
Lo abrió y vio que en su interior contenía un par de hojas cuyo encabezado
rezaba:
Breve reseña histórica sobre el linaje Scorp.
—Interesante elección de tema, Jabbah, lo revisaré. Aunque advierto que no
tendré clemencia. Eres una Scorp, sería insultante que te equivoques con la
historia de tu propia casa.
A continuación, Isamar extendió su sobre en silencio.
Shaula se estiró para alcanzarlo, pero sir Volant interpuso su mano para
recogerlo él y entregarlo por su cuenta a la princesa, tan galante que la
actuación era evidente.
Ella procedió a ignorarle y abrió el sobre.
En su interior había apenas una página, dividida en renglones que no
obedecían la composición común de los párrafos, con detalles en tinta
dorada que formaba constelaciones y subrayaba el título:
Pescar estrellas.
—¿De qué tema es este ensayo, Isa... mar?
—Es un proyecto literario y lingüístico, no investigativo. Poesía en
bahamita.
Shaula había estado tan confundida por la presentación del texto que no
había prestado atención a la lengua en la que había sido escrito.
¡Escribió el poema en la lengua materna de Shaula!
Por desgracia era poesía, el némesis del conocimiento de la princesa.
—No sé si estoy preparada para juzgar un texto tan personal, lady Merak —
dijo Shaula en un hilo de voz, absorta por el papel en sus manos. Sentía que
tocaba un alma expuesta.
—Pues no lo juzgue, solo consérvelo.
Shaula tragó en seco. No sabía cómo interpretar esas palabras, pero le
preocupaba todavía más cómo lo podrían interpretar los demás presentes.
Así que adoptó su voz de mentira, y dijo:
—¿Por qué poesía? Es, cuanto menos, abstracta.
—La poesía es tan abstracta como de sordo su corazón.
Una de las cejas de Shaula se arqueó. Más allá del papel, estaban los ojos de
Isamar, que parecían desafiarla de algún modo.
—¿Dice que soy sentimentalmente sorda, Merak?
—De la abundancia del corazón, mana la poesía.
—¿Y eso qué se supone que significa?
Isamar rio.
Esa risa iluminó la vida de Shaula, creó chispas en su estómago. Esa
doncella irreverente era capaz de desdibujar toda amargura en tan
complicada vida.
—¿Sabe qué? Usted es quien debería probar a escribir, princesa, y yo
juzgar.
—Eso le encantaría, sanguinaria, pero ya hay una masoquista en este grupo,
y no soy yo. —Shaula no esperó a la reacción y se volteó a su derecha—.
¿Qué has escrito, Altair?
—No es nada impresionante, intenté ser concisa, pero precisa.
Shaula inspeccionó su trabajo. Fue sacando el papel del sobre, pero se
detuvo en seco nada más leer el título.
Altair la miraba, tranquila y expectante.
Los demás estaban interesados por su veredicto, algunos intrigados por su
extraña reacción.
—¿Todo bien, alteza? —preguntó Altair.
¿Era una broma? ¿Una declaración?
Las manos de Shaula estaban dejando marcas de sudor en el sobre, tuvo que
bajarlo a su regazo para que no se notara.
—¿De qué se trata? —preguntó Jabbah, como si esperara una resolución
divertida a aquel silencio.
—Una recopilación de datos históricos aleatorios —zanjó Shaula,
guardando los documentos para sí—. La evaluaré después, como las demás.
Pero la tensión se sentía, muchos intercambiaban miradas inquietas o
extrañadas. Shaula no había manejado bien la situación, pero, ¿cómo iba a
estar preparada para que Altair escogiera justamente escribir sobre la
concupiscencia de la carne y las mujeres condenadas a lo largo de la última
década por sodomía?
No podía ser una coincidencia.
No cuando noches atrás había, justamente pecado de sodoma en la cama de
Isamar Merak.
Le estaba sudando la nuca mientras jugaba con su plato.
Quedó tan perturbada por aquel título, que al intentar levantarse para ir al
baño tiró su plato al suelo.
~♡~
Shaula estaba en los lavabos de la cocina, acompañando a sus damas y a las
vendidas. Todas se habían ofrecido a ayudar a lavar los trastes, pero Shaula
no podía ni moverse. Sus manos estaban temblorosas y arrugadas,
sumergidas en el agua llena de jabón y desperdicios mientras sus ojos
desenfocados veían la nada absoluta.
No dejaba de pensar en el ensayo de Altair.
—Princesa —murmuró Isamar al pararse junto a ella. Disimulaba lavando
algunos platos y sin mirarle a la cara—. ¿Está todo bien?
—No puedo hablar ahora —dijo Shaula sin apenas mover los labios.
—Hay que vernos.
—Nuestras agendas no nos permitirá ese encuentro.
«E imagino que tu amado barón, tampoco».
—Esta noche, después de la cena —insistió Isamar—. Me han dado una
mesa personal para mis estudios en la biblioteca del castillo. Siempre hay
una que otra persona, pero poco más. Es bastante privado, y mi mesa está lo
suficientemente apartada.
Shaula se aventuró a verla de reojo.
—Isa...
—Yo también.
—¿Tú también, qué?
—Todo, princesa, absolutamente todo. Yo también.
Algo pasó entonces en las mejillas de Shaula, que perdieron la tensión
inicial. De repente estaban tan a gusto, que hasta podrían sonreír si era
requerido.
—Les mentí a las demás. No extrañé a ninguna, Isa.
Isamar la miró, sus labios atrapados en una ligera mordida.
—Solo a ti —añadió.
Nota:
QUE VIVAN LAS NOVIAAAS.
Ya el final nos está respirando en la nuca. Si comentan mucho los párrafos
de este capítulo, subiré el que tengo listo de inmediato. Denle amor a las
novias, que se lo merecen ♡
45: Athara's ha
No hay moderaciones en medio de un corazón que añora. Incluso los
temores pasaban inadvertidos para Shaula mientras se aferraba a la idea de
ver a Isamar durante la noche.
Ninguna voz le era audible, ningún tacto sensitivo, ninguna imagen tan
brillante para recordar. Las horas siguientes se condensaron en el deseo de
ver a su doncella.
La cena fue un poco más concurrida, con más damas y la participación de la
princesa Freya Cygnus, quien, si dijo alguna palabra, poco caló en Shaula
Scorp como para recordarla.
Nuevamente tuvo que ser acompañada por sir Volant, con un brazalete
mucho más grueso para disimular la rojez que había dejado su apretón.
Shaula estaba dispuesta a irse de inmediato, cuando Altair la interceptó.
—Alteza... ¿Podemos hablar?
Shaula negó con una sonrisa forzada.
—De hecho, estoy retrasada para otro compromiso. Luego, ¿sí?
—No tomará mucho. Es por su reacción a mi ensayo. Me sorprende y
preocupa en igual manera. ¿Hice algo mal?
Shaula parecía tonta, y lo era en muchas ocasiones, al fin y al cabo, solo
había vivido diecisiete años de una vida donde la mayoría tiene más
experiencia, pero no entonces. No se creía la inocencia de Altair en el
asunto. Ese ensayo, donde hablaba de mujeres ejecutadas, no podía haber
sido electo por puro azar.
Pero aceptarlo era como confirmar lo que sea que estuviera pasando por la
cabeza de la mayor de las Merak.
—No lo sé, pues no he leído el ensayo —fue lo que contestó.
—Pero usted...
—Todo está bien, ¿por qué insistes en lo contrario?
—Y, sin embargo, me mira como si no lo estuviera.
«¿Qué quieres de mí, Altair? Háblame sin rodeos».
Pero hacer la pregunta diría más que mil palabras.
—Simplemente, quiero creer que fue realmente una elección al azar y no
una decisión arbitraria hablar de mujeres condenadas cuando, bien habrás
escuchado murmurar, mucho se inventa sobre mi madre, la que no hace un
año que fue enterrada.
—Jamás haría algo para provocar tal escarmiento en usted, mi princesa. Le
debo más de lo que imagina.
Shaula estudió a Altair un momento. Parecía honesta. Shaula quería creer
con todo su ser que lo era, porque la apreciaba, y cualquiera que supiera
demasiado sobre los...
gustos
de la princesa, automáticamente se convertía en un peligro exponencial.
—Muy valiente lo que ha hecho con la vendida, por cierto.
A la princesa le costó un segundo recordar la escena, y justo entonces se
sintió responsable por no haber podido hacer más que solo secarle su
vestido a la desdichada.
—Por desgracia —dijo Shaula en un hilo de voz, como si las palabras no
fueran suyas, sino de la vulnerabilidad en su interior—, no he sido tal cosa,
solo decente, como todos deberíamos ser por defecto.
—Princesa mía, ¿puedo acompañarla a su alcoba?
Ese fue sir Volant rompiendo el momento, señal que aprovechó la mayor de
las Merak para retirarse.
—No es necesario, sir.
—Me queda de camino.
¿De camino a dónde?
—Reitero, sir, no es necesario. No iré a mi habitación directo de aquí.
—¿Qué otros planes puede tener una princesa a estas horas de la noche?
Aunque la boca de Shaula se abrió, las palabras que siguieron iban de parte
del caballero, firme con la mano en su cinto, ubicado un paso detrás de ella.
—Como bien ha dicho, sir, se está dirigiendo usted a una princesa. A
la
princesa —enfatizó sir Aztor—. Los asuntos que tenga que resolver son
asuntos de la Corona. Nada de su incumbencia.
Sir Volant se deshizo de su rol galante solo mientras se dirigía a su igual en
laburo, y tan inferior en rango.
—Manténgase al margen, caballero.
—Caballero de mi guardia, sir Volant, no de la suya —intervino Shaula al
ver que sir Aztor se erguía con severa expresión—. Sir Aztor solo cumple
con el protocolo.
—A mí me parece que se inmiscuye.
Shaula no podía sentir más indiferencia por lo que a sir Volant le pareciera.
Pero debía cuidarse de él, no provocarlo.
—Como dije, es solo protocolo. Debe proteger los secretos de la Corona.
—Comprendo, y jamás he pretendido interferir en esos asuntos, pero no veo
qué mal haría que la acompañe hacia donde sea que se dirija a partir de
aquí.
—No hace falta, mi guardia me escoltará.
—No hace daño algo de precaución extra, ¿o no? Por seguridad.
—Mi seguridad está garantizada...
—Empiezo a creer que está jugando conmigo, alteza. Soy un hombre
tolerante, sin embargo...
—¿Jugando a tener un compromiso? Sir, tengo una vida más allá de bailes y
cenas.
Sir Volant tenía una expresión ensayada, lista para escuchar la verdad de sus
pensamientos. Shaula nunca sabía qué esperar de él, siempre tan ambiguo
entre la amabilidad y la amenaza.
—Alteza, déjeme le explico —dijo él—: me he comprometido
públicamente con usted al dejar que se me vea abiertamente interesado,
siempre galante, siempre haciendo obsequios. Soy un vencedor, un invicto.
Mi ego está en juego, y no permitiré que nadie siquiera murmure que usted
me ha desplazado.
Sir Aztor puso los ojos en blanco detrás de la princesa.
—Lo lamento por su ego —consoló Shaula, cansada de edulcorar sus
opiniones—, pero siempre he sido honesta al respecto de mis intenciones.
Usted como pareja de baile era un escape y nada más.
—Un acuerdo ventajoso que le ha llegado el momento de pagar.
Shaula se cruzó de brazos y le encaró.
—Era un acuerdo mutuo, no le debo nada.
—Me debe mucho —dijo mirando el collar de diamantes que expresamente
le pidió a Shaula usar en la noche.
Shaula de inmediato llevó las manos a su nuca con intenciones de
deshacerse de aquel grillete brilloso, pero sir Volant la detuvo.
—Ni se le ocurra.
—No seguiré aceptando su cortesía si los intereses del pago están tan fuera
de mi alcance.
—La deuda ya fue contraída, no resolverá nada devolviendo el collar. Si
alguien la ve haciendo eso, seré el hazme reír. No quiere verme ofendido.
Shaula alzó su mentón. Mujer o no, llevaba la sangre del escorpión consigo.
Las estrellas le dieron el nombre de la estrella más brillante de Scorpius, y
los grandes soles de Baham salieron a presenciar el día de su nacimiento.
Estaba condenada a tragar una injusticia tras otra, en silencio, pero había
situaciones que asomaban el vómito a su garganta, y no estaba dispuesta a
digerir esa porquería.
—No está hablando con su vendida, sir, diríjase a mí con el respeto
correspondiente.
—Yo haré...
—No me interrumpa. Cuando Shaula Scorp habla, los soldados callan,
¿entiende eso?
El hombre dio un paso atrás, tomado por sorpresa como si hubiera recibido
un puñetazo.
—Tendré en consideración su rango y no le humillaré en público, pero le
haré llegar el collar con la vendida que ha almorzado con nosotros. No
aceptaré un obsequio más, asimismo con bailes y paseos. Yo no le debo
nada, me debe usted, por todo el respeto que le ha faltado al tratarme.
—Creí que esto era mutuo. —Y lo dijo con su mandíbula tensa, como si las
palabras pudieran destruir sus huesos.
—No busco casarme, lo sabe de sobra.
—Ni yo, pero a usted... Ya me he revelado abiertamente como un
competidor, y no voy a perderla.
Shaula, embriagada de su autenticidad, no reprimió esa risa que corrió a sus
labios, que más parecía un bufido.
—Despreocúpese. No puede perder lo que jamás ha tenido.
—Alteza, le sugiero que reconsidere...
—Sir —espetó sir Aztor con el excapitán en él dominando la situación—.
La princesa ha sido clara.
Sir Volant no se mostró afectado, bastante serio, sí, mas no molesto.
—No le retraso más —dijo sir Volant dirigiéndose únicamente a la princesa
—. Tenga cuidado por los pasillos, hoy día nunca se sabe quién puede andar
mendigando
por ahí.
Una princesa nacida bajo tres soles, criada en oleadas de calor y arenas
abrasadoras, se encontraba entonces con la sangre total y absolutamente
helada.
~☆♡☆~
No quería sobrepensar las cosas. No era justo para su débil corazón. Sin
embargo... esas últimas palabras...
Mientras sir Aztor escoltaba a Shaula a la entrada de la biblioteca, esta se
animó a hacer la pregunta.
—Sir, ¿sabe por qué a sir Volant le dicen el carnicero?
Por el tiempo en que sir Aztor se tardó en responder, Shaula sabía que la
respuesta era sí, solo que no quería ahondar en los detalles.
Decidió no presionar. De haber sido sir Lencio, tal vez hubiera insistido,
pero con el excapitán había que saber moverse entre su cambiante humor.
—Sir Aztor... Gracias, por respaldarme hoy.
—No debe agradecer lo que por deber hago. —A diferencia de sir Lencio,
este caballero realmente sonaba más profesional que devoto o amable. Al
menos ya tenía sentido del deber al servicio de Shaula—. Además, detesto
los caballeros que se creen por encima de toda sanción. Secuelas del
capitán, trabajaré en ello.
—No lo haga, sir Aztor. Necesito al capitán de mi lado.
Esas, de algún modo, fueron las palabras adecuadas, porque entonces el
caballero remontó al inicio de la conversación.
—Sir Volant es la mano derecha de lady Indus y el alto lord Kaus, los
Sagitar. Es caballero de campo como teniente, pero su valor estratégico le
valió un puesto en la corte de Hydra. Aunque conserva el título, no ejerce
como caballero en regla, solo delega; ahora es una especie de espía para el
principado, experto en descubrir motines y atentados antes de que se
efectúen.
—No esperaba algo así de un espadachín.
Con la mención de un espadachín, a Shaula se le hizo imposible
relacionarlo con el recuerdo de su hermano, el que recién despertaba del
coma. Por todo el reino decían que no había como Antares, que prometía
ser el prodigio de los duelos en un futuro.
Y apenas había cumplido quince.
—La espada es lo que menos usa en la actualidad, alteza, pero su mente...
Todo lo ve, todo lo sabe. Y digamos que no es de los que toman rehenes,
¿entiende eso?
—La verdad... no estoy segura.
—Sus castigos. —Sir Aztor se detuvo al pie de la biblioteca—. Estos solo
pueden ser inspirados por el mal. Yo no le llamaría carnicero, le llamaría
Canis, sin más.
~☆♡☆~
En la biblioteca, la mesa donde habría de estar Isamar aguardaba tapizada
por hojas sin espacio para una palabra más, bocetos de fases lunares y
constelaciones, cadáveres de mariposas, plumas y ramos de esterlinas con
su respectiva entrada de herbolario.
Shaula tomó la página del herbolario denebita. Describía las funciones de la
flor en la mesa, como que los vellos blancos que la cubrían servían para
cubrirse del frío, o que las ramitas del centro eran para alimentarse del CO2
que los humanos exhalan.
Soltó la página y se fijó en las hojas manuscritas. Al parecer, aquellos
escritos eran todos inconexos: pensamientos de un día, poemas de otro,
investigaciones de un tema, calcos de textos antiguos. Había varios tomos
en la mesa, entre ellos clásicos y éxitos literarios del momento. Pero,
juzgando la cercanía a la única vela, y que solo había un tomo abierto con
una cinta dorada como marcapáginas, Shaula pudo apostar a qué leía al
momento Isamar.
Tomó un lado del libro y lo cerró para inspeccionar la portada. Cuero negro,
y letras doradas en relieves por donde la princesa pasó sus dedos como para
confirmar en tacto lo que sus ojos no podían creer.
Isamar estaba leyendo el libro más accesible, y a la vez el último que
Shaula imaginaba a alguien leyendo más que por obligación.
Las Sagradas Escrituras de Ara.
Tomó la cinta dorada para guiarse y regresó a la página en curso.
Era un texto que Shaula jamás había leído.
Fue desterrada del cielo al no conseguir satisfacción en los hombres a los
que fue entregada y, ahora, vaga maldita por la tierra, contoneando su
figura para hacerlos caer, deleitando su
carne
con la de sus iguales en abominación a su creadora. Serpiente maldita.
Cada vez que intentan cortar su cabeza, bate sus alas y
huye
. El demonio que sobrevivió a los grandes soles de fuego.
Shaula se sobresaltó.
Creyó escuchar un zumbido muy cerca, pero miro más allá del pasillo y no
le halló explicación.
Todo estaba muy oscuro. Una corriente de aire llegó del fondo, donde no
había luminiscencia alguna ni fuente posible, solo libros.
Esa ventisca le heló la piel y revivió el ardor de la marca en su muñeca. Con
la piel erizada tras un escalofrío, Shaula revisó bajo su brazalete. Lo que
antes era apenas una rojez, entonces era un moratón punzante. Dolía como
no había dolido incluso al ser provocado.
No podría haber estado mas feliz ni porque el espíritu de su madre bajara a
reconciliarse con sus errores pasados. Esa marca era su salvoconducto, la
prueba que le hacía falta para librarse de sir Volant de una vez por todas. No
sería tan arriesgada como para acusarlo por impulso y generar un conflicto
entre Hydra y la Corona, pero sí podía hacerle pensar que era capaz de ello,
y amenazarle. Decirle que el rey había visto la marca y, furioso, le exigía el
nombre del culpable.
La ventisca se repitió, más sutil, pero más helada. Hacía oscilar la llama de
la vela con imprudencia, pero no la apagaba. La hizo fluctuar a un ritmo en
que Shaula creyó disonante a cualquier flujo natural. Se acercó, como si el
fuego le hablara. El café de sus ojos se diluyó, fusionándose con el reflejo
de lo que veía.
Tan pequeña fuente de luz y calor, pero tan resiliente. Shaula tuvo el
impulso de interponer sus manos y protegerla de cualquier fenómeno en el
plano terrenal que se dispusiera a apagarla.
Entonces escuchó nuevamente ese zumbido, más descarado.
No era zumbido, y tampoco lo escuchaba, pues sus oídos humanos no
estaban hechos para ello. Lo percibía, como se convive con la gravedad sin
entenderla. Volteó, porque su cuerpo sabía hacia dónde, aunque su
consciencia no. Y se encontró con lo que al principio le pareció una
luciérnaga.
Pero al acercarse más y aguzar la vista, notó que ese punto de luz no era
dorado, ni plata, era una exacta variación de ambos perfectamente
aceptable, aunque no entendible. Y no era un punto, así como no era luz,
aunque brillara. Shaula solo podía describirlo como una rasgadura, como si
el aire estuviera roto, y ella pudiera ver la costura. Un rasguño en la
atmósfera, un magnetismo que la empujó a asomarse e intentar ver más allá.
Estaba segura de que había una voz al otro lado, solo no podía entenderla.
No hablaba su lengua, o no decía palabras.
Eran murmullos.
Su corazón martilleaba mientras la voz cambiaba de acento y lenguaje. No
captaba nada, pero distinguía en el más bajo de los susurros lo que parecían
palabras, luego estímulos, luego zumbidos, pasando incluso por tonadas,
notas ajenas a la música áraga.
El corazón de Shaula estaba sobrecogido, sus dedos temblando muy cerca
de aquel fenómeno, decidiendo si debían tocarlo.
Entonces, una sensación de terror. Fue la semántica más clara hasta
entonces, tanto que ni siquiera consideró que fuera producto de su mente.
Luego, el ardor incrementado en su muñeca. Shaula ahogó un grito, y
presionó su brazo como para evitar todo flujo sanguíneo. Sentía que el
hematoma se transfería a sus huesos, y que esa podredumbre se extendía de
vuelta, queriendo ser expulsada.
Shaula se mordió la mano, ciega en lo que el dolor pasaba. Y calló, como si
jamás hubiese hecho el ruido que la atormentaba. Fue tan repentino, que
Shaula desconfió al principio, esperando otra arremetida, creyendo que su
mente la engañaba para salvarla.
Pero alzó su mano para inspeccionar la evidencia del daño que le hizo sir
Volant.
Y ya no estaba. Ni un rasguño, como si jamás hubiese existido.
Si ese era un milagro de Ara, pues que mala elección había hecho, y qué
cómica manera de malgastar su omnipotencia.
Cuando alzó la vista, creyendo que todo había pasado, descubrió que la
rasgadura en la luz seguía ahí. Flotando en medio de la nada, sin
explicación alguna.
Shaula estaba tan enojada y confundida por el presunto milagro, que acercó
su uña e intento rasgar más la luz.
Fue cuando una voz, que parecía pertenecer al viento, le habló desde su
nuca.
Athara's ha.
Nota: Shaula Scorp es mi novia, ¿
sabían
? ¿No? Pues no importa, ella tampoco
sabe
. Bienvenidos al primer capítulo del maratón del final a esta primera
parte de la historia de Shaula. Monarca acaba en tres, dos...
¿Listos?
DEJEN SU OPINIÓN Y TEORÍAS AQUÍ
46: Pétalos y poesía
Unas manos se posaron sobre los hombros de Shaula, en dirección contraria
de dónde había sentido provenir la voz, y su respingo fue tal que el corazón
se manifestó como si quisiera salirle por la boca.
Isamar se rio abiertamente, y le preguntó qué la había asustado tanto.
Ella intentó mostrarle el fenómeno que había visto, pero al volverse no solo
había desaparecido, sino que el lugar se veía más iluminado de lo que
recordaba.
—Está pálida, princesa, parece que ha visto un sirio.
Llevó la mano a su frente, ignorando el adorno que colgaba de ella, para
conseguirla húmeda a pesar de las temperaturas del norte.
Y su corazón seguía dando saltos desbocados, incapaz de recuperarse del
susto.
—Un sirio en vestido de novia, sería más preciso —contestó la princesa con
una risa deshecha de toda gracia.
—Pero... —Isamar llevó ambas manos a las de Shaula, sosteniéndola como
la doncella preocupada que suponía ser, no como la dueña de las pasiones
que en realidad era para la princesa—. ¿Se encuentra bien?
Shaula suspiró y llevó a su pecho las manos de Isamar, aún enlazadas a las
suyas, solo para darle una idea de la demencia que había provocado en su
corazón. En más de una forma.
—Lo estaré.
La doncella apretó las manos de su princesa una vez y luego las soltó,
encogiéndose de hombros.
—Si usted lo dice... Lamento la demora, por cierto. Su valeroso caballero
está apostado en la entrada y por poco no me deja entrar.
Alguien, desde algún lado de la biblioteca, emitió un siseo rotundo para
exigir silencio.
—¿Valeroso caballero? -preguntó Shaula en voz mucho más baja, casi un
susurro—. ¿Sir Aztor sigue afuera?
Isamar entornó los ojos, como si quiera deducir si la princesa jugaba.
—Yo me refiero a sir Volant, el escolta estrella de la gran lady de Hydra.
Técnicamente sir Volant era mucho más que un escolta, pero el comentario
expresaba bien sus intenciones.
—¿Qué hace sir Volant en la entrada?
—En palabras suyas:
«cuidando de su seguridad».
Dice que tiene órdenes suyas de no permitir más irrupciones a la biblioteca,
alteza, pero yo insistí diciendo que debía volver por mis pertenencias.
La princesa abrió la boca anonadada, y así mismo la volvió a cerrar. ¿A qué
jugaba ese caballero? ¿Qué sirios era lo que pretendía con su persecución?
¿Estaría acechando, haciendo gala de su reputación en las intrigas, para
atrapar a la princesa en algo ilícito y así chantajearla?
O, tal vez, pretendía seguir insistiendo con la conversación ya trillada.
Solo era evidente que sir Volant no era de los que aceptan un no y se
acostumbran a este.
Shaula mordió su labio. Tenía que decirle a Isamar, avisarle de sus
sospechas con respecto a ese hombre... Pero, ¿y si eran infundadas? De
igual forma, había visto un complot en un simple ensayo de parte de Altair.
¿Y si cada atentado que parecía prever, cada comentario al que hallaba un
doble sentido, no eran más que productos de su paranoia?
Se negaba a perturbar la tranquilidad de su doncella solo por las
conclusiones que había sacado ante la mención de una única palabra de la
boca del teniente de Hydra.
No. No le diría nada, pero tampoco la dejaría creer que había un cortejo
entre ellos.
—Isamar, yo jamás le he pedido tal cosa a ese caballero...
—Lo sé.
Y con una sonrisa desprovista de todo brillo, como la que se otorga en un
funeral, no solo zanjó el asunto, sino que insufló más frío en el pecho de la
princesa.
La dama se dedicó entonces a recoger todas sus pertenencias de la mesa.
Shaula la ayudó en silencio, guardando las distancias consciente de que
cualquiera podría verlas con solo levantarse de su asiento en busca de una
nueva lectura. Y sin embargo, agradecía el mero hecho de tenerla cerca, la
versión honesta que parecía ir dedicada a ella, no la que tomaba manos de
barones y regalaba sonrisas teatrales.
Shaula tomó las Sagradas Escrituras y se adentró con Isamar al laberinto de
estanterías penumbrosas para devolver los libros.
Una vez en el nivel correspondiente, mientras Shaula entregaba los tomos e
Isamar se estiraba para colocarlos en su lugar, mostrando una versión
alargada de su silueta y vista privilegiada de su cintura, Shaula le dijo:
—¿Por qué leías las Escrituras?
Isamar dejó de estirarse, sus talones de nuevo apoyados al suelo, y empezó
a revisar los niveles inferiores en busca del espacio para el nuevo libro.
—Quería entender.
—¿Entender qué?
—Por qué está mal. —Se detuvo, como considerando el peso de sus
palabras—. Por qué está mal sentir como lo hacemos.
Esas palabras fueron una punción al pecho de Shaula. Una cosa era
sucumbir a sus impulsos y enterrar toda voz de consciencia o
remordimiento para no cuestionarse y dar paso al horror por sus acciones.
Otra muy distinta era blasfemar para justificar su pecado.
—Las Escrituras han sido inspiradas por Ara, Isamar, y son bastante claras.
No intentes entender nada.
—Por supuesto. Es solo que... si mis actos son pecados, pero nacen de la
manera en que mi alma y mente están, digamos, configuradas, y si el
creador es Ara... ¿Quién erra aquí, el ser que peca por naturaleza, o quien ha
creado ese ser con tal defecto?
—En ese caso, los asesinos tampoco son pecadores.
—Los asesinos arrebatan vidas, las personas como nosotras solo...
—No sé cómo soy yo, Isamar —corrigió Shaula.
Isamar la encaró, determinada e implacable. Como si no estuviera frente a
su soberana, como si de alguna forma fuese ella quien imponía en aquella
dupla.
—Pues yo le diré como no es: mala. No crea en nadie que quiera
convencerla de lo contrario.
—Eso es una opinión, Isa.
Una opinión que Shaula quería creer, aferrarse a ella como se cree en el
reino cósmico por miedo a la nada después de la muerte; pero no podía,
simplemente, negar la naturaleza, los dogmas con los que había sido criada,
y la manera en que su mente se percibía a sí misma: como un defecto.
Isamar puso los ojos en blanco. No presionó más en el tema y regresó a
dejar los libros en su lugar en la estantería.
Estaban muy cerca, sus hombros casi rozándose, y Shaula sucumbió al
impulso de poner una mano sobre el lomo del libro que inspeccionaba
Isamar.
El contacto en sus dedos fue suficiente para regresarlas a una realidad que
todavía no asimilaban: se habían besado.
Después de tantas discusiones, del incesante intercambio de insultos, de las
sacadas de quicio monumentales, ambas acabaron pegadas a un muro
devorando de la boca de la otra todas las mentiras que se habían dicho.
El beso era insignificante en comparación a lo que su propia existencia
avalaba: en mayor o menor medida, ambas habían fantaseado con la boca
de la otra.
Shaula sintió su corazón emocionarse de nuevo, y sus sacudidas barrieron el
frío de su pecho. Solo tener sus dedos tan próximos a los de su dama la
ponía al borde de un colapso de emociones.
Sin mirarse, precavidas por si alguien se acercaba, mantuvieron las manos
en el lomo de aquel libro mientras Shaula susurraba:
—Me deseas. ¿Qué tan honesta fuiste al decir eso?
Isamar deslizó sus dedos sobre los de la princesa, incrustándose en ellos,
enlazando sus manos. Un acto íntimo que intercambiaba el calor de sus
cuerpos.
—Mi piel arde cuando la toca y cuando no, pero arde todavía mas cuando
es otro quien está cerca de la suya. —Terminó por cerrar su mano sobre la
de Shaula, estrechándola en un gesto posesivo—. ¿Cómo se puede llamar a
eso?
—No lo sé, ¿tiene algún sentido? No me han hablado de nada que se supone
deba sentirse así.
—Nada debe sentirse así, princesa, por eso... es invaluable cada segundo en
que lo siento.
Shaula volteó a mirar el perfil de Isamar. Iba tan hermosa, ya desmaquillada
como si pretendiera irse a la cama, justo como estuvo cuando irrumpió en
su balcón.
—Eres hermosa, Isamar.
La doncella volteó con la boca entreabierta y los ojos desorbitados. Su
frente, sus mejillas, toda esa piel se llenó de manchas rojizas preocupantes.
—Usted no cree eso —dijo Isamar a la defensiva.
—¿Por qué lo dudas?
—No lo dudo, lo discuto abiertamente. Usted conoce de belleza la
perfección, y yo no encajo en ella. Siempre ha dicho que soy insulsa y
ordinaria.
Shaula negó con la cabeza mientras sus ojos brillaban de ternura.
—No discutas sobre belleza con la persona a la que has enloquecido de
admiración.
—No hay nada en mí que usted pueda admirar —discutió Isamar.
—Y, sin embargo, lo admiro todo, incluido lo que solo he visto en mi
cabeza.
Al acabar sus palabras, inconscientemente la princesa bajó la vista al escote
de lady Isamar Merak. La apartó de inmediato, pero no lo suficiente para no
sonrojarse. Solo esperaba que el velo en sus labios lo disimulara.
Isamar puso su dedo en el mentón de la princesa, y lo atrajo como en medio
de un encantamiento hacia sus ojos.
—Quiere conocer mi cuerpo. ¿Cuánto de verdad y cuánto del alcohol había
en eso? —preguntó en el más bajo de los susurros.
Shaula miró a su alrededor, a los estantes infinitos y al pasillo, ciego detrás
de ellas, en el que se encontraban. Estaban lo suficientemente en penumbras
y en silencio como para advertir el movimiento de una sombra, pero no
había nada ni nadie cerca.
Tragó en seco. Tenía que aprovechar la privacidad, tenía que vencer el
vértigo y ser honesta.
—Sueño despierta con los besos que me diste, Isamar.
En un arrebato, tomó el rostro de su doncella, sus manos aprisionando esas
mejillas, acariciándolas con la ternura que merecían. Shaula había sido una
terrible amiga, pero quería enmendarlo. Quería tratar a su dama como
esperaba algún día su marido hiciera con ella.
—Princesa...
—Margaritas, girasoles y agua caliente. ¿Lo recuerdas?
Isamar se pegó a la estantería y puso las manos alrededor de la cintura de
Shaula para atraerla lentamente hacia sí.
—¿Esto está pasando? —preguntó mirando a los ojos a la princesa,
desventajada como nunca se había sentido—. ¿Nos hemos escabullido de
noche a una biblioteca para poder estar solas, la una contra la otra?
Introdujo su mano en el velo, navegando por ese cabello espeso hasta
reposar en la nuca atiborrada de diamantes.
Todo el cuerpo de Shaula tembló bajo el atrevimiento de Isamar, que con la
otra mano, todavía sobre su cintura, atrajo más a su princesa.
—¿No lo estoy sonando? ¿Realmente tengo a la princesa de los escorpiones
deseándome como yo a ella?
—Hueles a melocotón.
Shaula lo dijo con ternura, sin meditar un segundo el pensamiento. Casi
brillaron sus ojos al soltar las palabras, y así mismo brilló la risa de Isamar.
Aunque su doncella se veía todavía más hermosa riendo, Shaula le cubrió la
boca con su mano para que no alertara a media biblioteca.
Se veía incluso mejor así, temblando bajo su mano.
Cuando al fin la soltó, Isamar dijo:
—Es muy extraña haciendo cumplidos, princesa.
—Me gusta el melocotón —se defendió Shaula.
Isamar se mordió los labios, todavía con ganas de reír.
—Sería una novia de ensueño.
Ese fue el punto que borró el brillo en los ojos de Shaula.
—Ya que hablamos de noviazgos... —Shaula carrespeó, cruzándose de
brazos—. Te llevas de maravilla con el barón Caelum, ¿no?
—No recuerdo que fuera a mí a quien le obsequiaron un collar de diamantes
y le manosearon el cuello en pleno almuerzo.
—¿Eso qué relevancia tiene?
—Solo señalo que no me parece justo que pregunte por algo que
perfectamente sabe cómo funciona.
La princesa enarcó su ceja como se tensa un arco antes de disparar.
—Yo no le he agarrado la mano a sir Volant.
Isamar se encogió de hombros.
—Él a usted sí.
—Y eso se acabó.
—¿Lo hizo? —Fue entonces Isamar quien se cruzó de brazos. Había una
tensión en su cuello que no le permitía fingirse relajada—. Debería ir a
avisarle, seguro está afuera esperándole.
—¿Lo amas?
La doncella soltó tal risotada, que al menos tres personas desde distintos
puntos de la biblioteca le sisearon para que se callara.
—¿Qué es lo gracioso?
Isamar todavía reprimía la risa a duras penas en sus mejillas. Tomó a la
princesa del rostro con ambas manos, y no solo se abalanzó hacia ella, sino
que le plantó un beso en los labios sobre el cubrebocas, apenas un choque
de su sonrisa contra la tela.
—No conocía su lado tierno, princesa.
A Shaula se le encendieron las mejillas. Ninguna otra dama en todo Áragog
había tenido el descaro de insultarle así.
—No hay nada de tierno en...
Pero Isamar la ignoró, y se posicionó a su espalda para rodearla con sus
brazos. Tenía la cara encajada en el espacio de su cuello, y al Shaula tenerla
así...
La miró, y se le nubló cualquier otra luz que no manara del musgo de sus
ojos.
—Me disculpo —dijo Isamar, recostando su rostro en su hombro como si
esperara dormirse ahí—. Por no... Por no mostrarle mi cuerpo. He visto el
suyo, princesa, y el mío en comparación es... inadecuado.
Shaula parpadeó un par de veces para procesar el desvío en la conversación.
Era tan desventajada en esas situaciones que tardó más de la cuenta en
entender lo que esas palabras significaban.
Entonces se relajó, como si soltara un peso de entre lo más profundo de su
ser, y en su lugar escogiera llevar el de Isamar contra su espalda.
—Nada en ti será inadecuado a mis ojos, Isa.
Shaula recostó su rostro sobre el de su dama y suspiró.
—Tú llenas de poesía mis textos, y de pétalos mis baños.
Sintió que estaba siendo ridícula de nuevo y se avergonzó, tanto como para
carraspear y separarse de la Merak.
Pero ella esta vez no se veía ni remotamente tentada a burlarse, sino al
borde de empezar a brillar cual cosmo alimentado por las estrellas.
No se acercó para no invadir su espacio, pero con el corazón sobrecogido le
contesto:
—Usted también es mis pétalos y poesías.
Shaula no aguantó más. Aunque su corazón desfalleciera, estaba dispuesta a
volver a llevarlo al borde del ataque.
Puso sus manos en la cintura de Isamar, y como bien aprendió de ella, la
pegó a las estanterías.
Solo estar así, tan cerca que podían confundir sus alientos, la hacía sentir al
borde de la cornisa de la torre más alta.
Isamar tragó en seco.
—¿Qué quiere de mí, alteza?
—No me llames alteza.
—Usted es mi soberana.
—Y tú eres quien gobierna en mí.
Isamar pegó la cabeza a los libros detrás de ella, la vista en el techo
abovedado mientras respiraba a duras penas. Shaula podía medir el ritmo de
esa respiración en el cuello expuesto de Isamar, y estaba segura de que iba a
tempo con sus propias pulsaciones.
Se acercó a su rostro y respiró el aroma a melocotón. La tela del cubrebocas
rozaba el escote de la doncella, y eso la alteró tanto como para aferrarse a la
cintura de Shaula.
Era la primera vez que la primogénita de los escorpiones deseaba estar de
rodillas.
—Este no es el lugar... —murmuró Isamar.
Y aun así, no hizo nada para impedir que la princesa se levantara el velo
apenas lo justo para acariciar el escote con sus labios.
—Ya sé que quiero de ti, Isamar.
Shaula alzó la vista.
Isamar estaba temblando, tal vez por miedo a que avanzara, tal vez a que se
detuviera.
—Quiero lo de aquella primera vez —siguió Shaula al pasar sus dedos por
todo el largo de la garganta de Isa—. Quiero más que muros, y más que
recibir. Quiero una noche compartiendo tu lecho... y tu cuerpo, si así me lo
permites.
—Me debilita que me hable con tanta prudencia cuando me trata con tanto
descaro.
Entonces Shaula sonrió, y en sus ojos flameó el gesto: la primera sonrisa de
un escorpión liberado.
—¿Quiere que lo haga como su amiga o como su doncella?
—Yo...
A Shaula esa pregunta la arrastró de vuelta a la realidad; a ser la princesa de
Áragog destinada a casarse por política, a ser parte de reino donde la mujer
que deseaba solo podía ser su doncella, o en el mejor de los casos su amiga.
Ambas opciones le sabían a cenizas de un sueño bonito.
Ambas opciones eran conformarse con sobras de una pasión que estaba
destinada a ser incendiaria.
Eso arruinó todo lo bonito que tenía esa noche para ella.
Y no parecía ser ella la más afectada.
Isamar tenía la vista en el techo, perdida y ajena a su entorno. Solo una
lágrima parecía anclada a la realidad, mientras corría con parsimonia por su
mejilla.
—¿Estás...? —Shaula limpió la lagrima de su doncella—. ¿Qué dije, Isa?
—Usted no ha dicho, ni he hecho, nada mal, mis pétalos y poesía —dijo
reposando su rostro en la mano de Shaula—. Pero ya... creo que deberíamos
volver por esta noche.
Nota:
Lloro. Amo a Isamar, amo a Shaula. Ellas juntas son mis pétalos y
poesía, y solo quiero que sean felices, por el amor a Ara </3
¿Preparados para seguir con el maratón?
¿Qué les han parecido ellas dos en
este
capítulo?
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47: Por las nalgas de Canis
(Son hermosaaas, ¿verdad?)
~☆♡☆~
En un lago sin agua y un cielo congelado, hielo llovía y cisnes danzaban.
Imposible de ver hasta creer, era el mejor día para ser el último en Deneb.
Había una niña, grácil como una princesa, enérgica como un guerrero, que
giraba sobre zapatos con hojillas, pies en punta y un traje hecho de
mariposas azules. Todo un principado la observaba, toda una orquesta de
violines tocaba solo para ella.
Freya Cygnus había dicho ser una aficionada de la danza sobre hielo, y
aunque Shaula desconocía los tecnicismos al respecto, no le creía su
modestia. La princesa de siete años se movía cual cosmo bendito por las
estrellas.
Shaula tenía a su lado a una mujer inolvidable, que poco encajaba en nada,
y por consiguiente resaltaba en todo. Solo podía mirarla de reojo, temiendo
ser descubierta en su admiración.
El frío le sonrosaba las mejillas, como chispeando en ellas pecas de sangre;
y asimismo resecaba sus labios. Shaula se imaginó humedeciéndolos...
Y parpadeó, volviendo su concentración a la bailarina.
Sir Volant había dejado de fastidiarla, estaba en su lado de la corte, junto a
lady Indus Sagitar y el alto lord Kaus.
Su padre había exagerado la situación con el principado de Hydra. Los lores
del suroeste parecían capaces de superar y mantener la compostura. Incluso
lady Indus le había regalado a Shaula su perfume personal y favorito,
porque era el que Isamar prefería.
Última noche en Deneb, y el cielo se transformó en un velo en el que
acuarela verde y violeta fue derramada, ambas con una fluorescencia
sobrenatural. Esa estela de colores se movía de un lado a otro del
firmamento, como resplandecientes anguilas bajo el agua.
Una manifestación de la belleza de lo infinito y lo incomprendido, que
parecía formar, por momentos, la silueta de una serpiente alada.
—Aurora boreal —comentó Altair—. Creí que era un mito.
—Es como si el cielo aplaudiera a la princesita Cygnus —añadió Jabbah
con sus ojos chispeantes.
—O como si nos despidiera —sugirió Shaula.
—O, simplemente, existiera, ajeno a nosotros, que nada somos.
Todos se giraron a ver a Isamar con cara de decepción y aburrimiento, pues
había arruinado manchado de realismo la fantasía que todas juntas vivían.
Excepto Shaula. A ella no podía importarle menos lo que Isamar arruinara,
si era el precio por escuchar su voz.
Últimamente no tenían oportunidad de verse ni siquiera en grupo, mucho
menos a solas.
—Qué deprimente te has puesto, hermana.
—Lo deprimente es aburrido —corrigió Shaula—. Su hermana lo es, es
frustrante.
Una patética expresión resultó en el rostro de Isamar mientras retorcía sus
labios, como para retirar de ellos todo atisbo de una sonrisa.
Shaula se dio por satisfecha solo con eso.
El cielo les bendecía con colores, la nieve chispeaba apenas, sin ser
agresiva. Y pronto volvería a su hogar a reencontrarse con sus hermanos. Sí
es que a Sargas podía contársele como uno.
Solo quería disfrutar de las vistas. Había llegado a Deneb buscando una voz
como soberana, y había encontrado una amistad, una pasión y el comienzo
de una historia que valía la pena contar en canciones.
Había vuelto a componer. Por ella. Por el hielo que seca los bosques, y las
criaturas que roban almas y se alimentan de estrellas. Por el dolor del deseo,
y la anestesia de un beso. Por los poemas y las serpientes que siguen sin
encontrar sus alas.
En ese momento, con cientos de miradas como posibles testigos del crimen
de su corazón, Shaula quería una sola cosa: quería sentir la mano de la
mujer que admiraba.
Así que empezó por sostener la de Altair, y mirar a su doncella favorita,
para que esta tomara la de Jabbah. Eso les permitió aproximar sus dedos,
cubiertos por guantes, sí, pero igualmente ansiosos del reencuentro. Bastó
con eso, con sostenerse la una a la otra, para que el corazón de ambas se
alzara como la banda sonora predominante de la ocasión.
~☆♡☆~
Las doncellas, con la ayuda de la nueva vendida de Shaula, se dedicaban a
organizar el equipaje para la marcha del día siguiente.
Disfrutaban de esa última noche obviando el estrés de la premura y la
presión de las expectativas, compartiendo bocadillos, cantando canciones
denebitas con un acento aproximado bastante flojo, pero que provocaba
risas.
La mayoría estaba en el vestíbulo de la habitación, a excepción de Isamar,
quien estaba en el propio cuarto de cama buscando entre el vestuario las
prendas que lady Briane había escogido para el regreso de la princesa.
La princesa la miró desde el umbral de la puerta.
¿Cómo podía decir Isamar que su cuerpo era inadecuado? Si con toda esa
ropa encima ya sofocaba la imaginación de Shaula y acaloraba su cuerpo
como ni los soles de Baham habían podido.
Nunca tendrás nada inadecuado para mí»,
pensó Shaula al ver cómo Isamar se inclinaba para alcanzar los cajones más
bajos.
Ante Ara quede dicho que, desde su posición, no había nada que Shaula
quisiera más en ese momento que tomar a su Isa, tal cual estaba, por la
cintura; marcar el escote de su espalda con besos hasta que no quedara una
sola peca que desconociera sus labios, acariciar su nuca, enterrar el rostro
en su cabello hasta quedar impregnada del perfume de melocotón; incluso
se lo diría, solo para que volviera a burlarse de su ternura.
¿Cuánto tiempo llevaban ya sin besarse, que su boca padecía sequía?
Shaula se acercó, cuidando de hacer la menor cantidad de ruido posible, lo
justo para saltar a un paso de la espalda de Isamar y asustarla.
—¡Por las nalgas de Canis, princesa!
Shaula rio de la ocurrente maldición de su doncella, y se posicionó a su
lado, ignorando con deliberación que Altair las miraba de reojo desde la
abertura de la puerta al otro lado, pero no por ello descuidando su lenguaje
corporal.
—Qué elegante maldición, Merak.
—¿Le digo qué es una elegante maldición? —sugirió Isamar apartando la
avalancha de cabello que había pasado a arropar su cara en medio del susto
—. Usted, mi princesa.
Dijo que soy suya»,
interpretó Shaula con cosquillas hasta en los pies.
No le molestaba el posesivo.
¿Pero qué clase de escorpión era ella?
—Tu hermana nos mira demasiado, Isamar —murmuró mirando de soslayo
a la puerta.
—Tendrá miedo de que meta la pata cerca de usted, como suelo hacer con
experticia.
—O de que nos ahorquen por mi culpa —sugirió Shaula en tono más
confidencial.
Isamar frunció sus labios en una mueca, acompañando el gesto con algo de
burla en su mirar.
—Nadie nos ahorcará, alteza, eso puedo prometérselo.
Shaula miró a Isamar doblar algunas prendas que usaría para los días de
camino a la capital. Esas mismas manos había tomado delante de todo
Deneb, y ahora añoraba verlas desnudas.
Un capricho insólito, pero cuando se vive con tantas prohibiciones, hasta lo
nimio es placentero.
—Puedes quitarte los guantes, Merak, ya no hace frío.
—Yo tengo frío, para su información. Parece que ya se adecúa a la gélida
naturaleza del norte. Si vuelve a Baham, su sol podría ofenderse.
Si vamos
a Baham, mi lady. Pienso llevar mis doncellas a donde quiera que me lleve
mi papel en esta monarquía.
Isamar dio la espalda a la princesa para llevar otro conjunto de ropa a la
valija correspondiente.
—Estuve pensando... en lo que dijo tu hermana, sobre lo pesimista que has
estado estos días.
Isamar se volvió hacia la princesa con los brazos cruzados, mirando de
soslayo al lugar donde la primogénita de las Merak fingía no vigilarlas.
Luego volvió a los ojos de su princesa. Tenían todo un juego de muebles
entre ellas, cuando lo que ambas deseaban era estar tan cerca como para
crear una temperatura que solo existiera para las dos.
Precisamente por la vigilancia a la que estaban sometidas, ambas debían
cuidar las palabras que intercambiaban y el tono en que lo hacían.
—¿Sabes de dónde proviene la aurora boreal, Merak? —preguntó Shaula
fingiendo que inspeccionaba las prendas que quedaban sobre el taburete.
—¿Del frío del norte al chocar con las corrientes de calor que provienen del
sur?
—¿De dónde sacas esa bazofia de conclusión?
Isamar estalló en una risa tan honesta, tan natural, que habría servido para
revivir un jardín marchito.
—La aurora boreal sucede cuando dos entidades cósmicas se unen y
conciben. Básicamente, es el nacimiento de una nueva estrella, ese poder se
manifiesta en el cielo como estelas de su código genético. Por eso nunca
hay dos auroras con la misma combinación de colores, a menos que se trate
de gemelos cósmicos. Ya sabes, esos que nacen en tiempos distintos, pero
con la misma identidad genética.
Isamar no tenía cara de saber nada. De hecho, tenía su ceño bien fruncido.
—¿Las estrellas se reproducen?
Shaula reprimió una risita, lo que la hizo parecer todavía más despectiva.
—¿Qué historias te contaban tus padres para dormir?
—Las de peces malignos que en gran medida tienen la morfología de un
humano.
—Atroz.
—Como imaginar estrellas fornicando, alteza —agregó Isamar con un
guiño que hizo a Shaula voltear, pues todo su rostro se había calentado
como presa de una llamarada del desierto.
—El reino cósmico es más dramático que nuestro plano terrenal en lo que
respecta a amores imposibles, infidelidades y bastardos —dijo Shaula al fin
—. Al menos, eso dicen nuestras leyendas.
—Quiere decir que... lo que vimos hoy en el cielo mientras la princesita
bailaba... ¿Vimos nacer una estrella?
—Vimos nacer una estrella, Isamar. Es un evento muy extraño a partir de la
creación de Ara.
Ambas se miraron entonces, cada una reprimiendo palabras totalmente
opuestas, pero que en igual medida morían por decirse.
Shaula tomó la iniciativa.
—Leí el poema.
Isamar abrió sus ojos con desmesura. Después de tantos días temblando de
nervios por el veredicto de su receptora, había acabado por olvidar la
existencia de aquel texto.
—Y... —Carraspeó—. ¿Tuvo problemas para traducirlo?
—Dímelo tú. Creí entender que trataba sobre dos individuos. Uno de ellos
es una joven que anhela huir de su destino, así que roba el barco mercante
de su familia y escapa con su amor verdadero rumbo a una vida de piratería.
—Entonces, lo ha entendido bien. Parece que mi bahamita está mejorando.
—Dijiste que jamás habías tocado una red, pescadora mentirosa.
—Y no lo he hecho, pero barcos sí que he pisado. Aprenderé a navegar para
cuando decida escaparme.
—Yo, en cambio, sería terrible tripulante.
—Ya va siendo hora de que yo le enseñe algo, alteza, y no al contrario —
opinó Isamar con un arco insinuante en su ceja.
En momentos como esos, la princesa agradecía el velo en sus labios para así
disimular cómo los mordía.
—Tú me has enseñado muchísimo...
Entonces Jabbah entró golpeando la puerta, y Altair aprovechó para
irrumpir detrás.
—¡Al fin nos vamos de este congelador!
Sí, hay congeladores en Áragog, pero no los imagines demasiado
elaborados. Son simples cajas con hielo y ventiladores con mecanismo de
reloj.
—Lo mismo digo —agregó Isamar, rápidamente adecuándose a la
interrupción—. Ya no tolero un día más sin bañarme.
Shaula volteó a mirarla horrorizada.
—¿Cómo que sin bañarte?
Extrañamente, Altair se posicionó junto a su hermana dándole un abrazo tan
meloso que puso a la menor a mirarla con cara de asco.
—No juzgue, alteza, no a todas nos calientan el agua —dijo Altair en
defensa de su hermana.
—No, a algunas nos calientan otras cosas.
Al ver que Shaula palidecía al borde del desmayo, Isamar agregó:
—Como el humor. ¿En serio tenemos que andar doblando ropa en nuestra
última noche en Deneb?
—A mí no me molesta —dijo Jabbah.
—A ti no te molesta nada, Jabbah, comparte lo que sea que consumes.
—¡Isamar! —exhortó Altair soltando al fin a su hermana.
Pero Jabbah no se veía ofendida, estaba riendo como si fuera partícipe del
chiste y no el centro de él.
—Por cierto —dijo Altair—. ¿Dónde está el conjunto que dejó lady Brianne
específicamente para la partida de mañana?
Isamar lo pensó por un momento, luego fue al closet en su búsqueda.
Lo encontró colgado y etiquetado, al igual que las prendas de los demás
días. Leyó el revés de la etiqueta para confirmar...
Y ahí quedó petrificada.
—¿Lo encontraste? —insistió Altair.
En lugar de responder, Isamar arrastró a la princesa hasta la biblioteca
privada de su alcoba. No le importó ni por un momento lo que las demás
pudieran pensar. Y si a Shaula le preocupó ese detalle al comienzo, esa
inquietud quedó eclipsada en cuanto Isamar le pegó la etiqueta en el pecho.
—Léalo —exigió cruzándose de brazos.
—Pero... ¿Puedes hacer el favor de calmarte? Me asustaste, Isamar.
—Lea el maldito papel, ¿quiere?
Shaula se crispó. ¿Qué palabras podía contener tan insignificante pieza de
papel como para llevar a Isamar al borde del desacato?
La doncella no pidió disculpas por su actitud y total falta de respeto a su
soberana, pero sí se llevó la mano a la frente con preocupación, y luego la
pasó por su cabello mientras agonizaba en la espera.
Shaula leyó lo que decía el papel.
Y no entendió.
¿Por qué Isamar estaba tan perturbada por un mensaje tan inofensivo?
Shaula se lo extendió de vuelta.
—Vas a tener que explicarme, Merak.
—Sabe quién etiquetó su ropa, ¿no? Vuelva a leer la nota, y piense en quién
la ha escrito. Y luego dígame si exagero.
«Nos divertimos tanto juntas. No me he ido y ya te extraño. Pero, créeme,
cuando regreses a mí vamos a recuperar todo el tiempo perdido. Nos
divertiremos el doble».
Lo había escrito lady Brianne, su preparadora asignada por la Iglesia.
Shaula tragó en seco.
Si para lady Brianne lo que habían hecho hasta entonces era divertirse, no
quería ni imaginar lo que tenía preparado para duplicar esa diversión.
—La está amenazando, alteza —espetó Isamar con cada fibra de su cuerpo
temblando. Parecía capaz de estrangular lo primero que se le atravesara.
—No saquemos conclusiones apre...
—¡Conclusiones apresuradas y una puta mierda! No puede permitir que
lady Brianne la siga tratando como a la alfombra con se limpia el
excremento de las suelas.
Shaula había estado preocupada en sí misma, pero toda esa preocupación la
mutó en ira contra la persona que entonces le gritaba, la que en definitiva no
era responsable de los estragos en su ánimo.
—¿Y qué pretendes que haga? ¡¿Qué sirios esperas de mí, Isamar?!
¿Quieres que cuando a esa mujer le dé por castigarme lo haga yo de vuelta?
Lady Brianne fue escogida por el alto sacerdote en persona para mi
preparación, si tan solo se me ocurriera hacerle algo...
Isamar agarró a su princesa por el rostro con una mano, sus dedos clavados
en sus mejillas como si quisiera atravesarla. Shaula Scorp era un tornado de
calor cuando se alteraba, pero Isamar no temía a ese temperamento. No
temía a absolutamente nada de ella. Y la conocía tan bien, como alguien
que le ha servido tanto como la ha observado sin descanso, que sabía que
solo el dolor podía imponerse sobre su ira.
—Tu padre... —pronunció Isamar en un tono que golpeaba a la princesa
con cada palabra—... es el rey, Shaula Scorp.
—Pero yo no...
Isamar le quitó el papel de las manos a Shaula y le estampó nuevamente en
el pecho, entonces con más fuerza.
—Esto es evidencia. Con esto puedes comprar tu libertad de esa mujer.
—Y si... —Shaula hiperventilaba en medio de los nervios y la ira—. ¿Y si
no me cree?
—No eres ninguna cobarde, Shaula Scorp. Te he visto ser herida, insultada,
humillada y menospreciada por personas que ni siquiera deberían poder
respirar cerca de ti. Pero jamás, jamás, te he visto rendirte.
Entonces soltó su rostro y la tomó por la cintura, tan autoritaria como si no
concibiera la posibilidad de rechazo alguno. Reclamó el cuerpo de la
princesa con un tirón, y pegó los labios a su mejilla, por encima del
cubrebocas, y demasiado cerca de ser más que un beso de amistad.
—Ve a hablar con mi suegro, ¿sí? —dijo Isamar, deslizándose más cerca de
la boca de la princesa, el velo marchándose de su labial.
Solo con esas palabras, Shaula sintió que cerraba un pacto de idolatría, que
una especie de hechizo, tal vez maldición, se cernía sobre ella. Isamar
Merak acababa de dar la estocada que la clavó como puñal a su corazón, y
ninguna fuerza en todo el cosmo sería capaz de sacarla jamás.
—Yo hago lo que me pidas —contestó Shaula mirando la boca de su Isa.
Nota:
¡¡
Isamar, regáñame a mí
!!
Este capítulo era parte del
cap
final
, pero decidí dividirlo porque al editar vi que era kilómetro, de pana
que entre los dos hacían medio
libro
JAJAJA
Bueno, ya en un rato les subo el último, por si andan con insomnio.
Sino, vayan a dormir y leen mañana. Pero comenten mucho en los
párrafos, por favor, me anima mucho tenerlos apoyando la historia ♡
TEORÍAS AQUÍ
48: Final
Shaula iba con sus guardias y su vendida a los aposentos del rey. Llevaba la
nota de lady Brianne en la mano y el recuerdo de los labios de Isamar en la
mejilla. Lo cual era literal, porque tenía un borrón de pintalabios en el velo.
De camino escuchaba cómo la vendida hablaba sobre, nada más y nada
menos, tiburones. Especies casi míticas para una civilización tan alejada del
mar. No se dirigía a ella, por supuesto —nunca dirigía más que palabras de
agradecimiento y preguntas de interés a la princesa—, pero llevaba bastante
distraído a sir Lencio.
—Descuida sus responsabilidades —se quejó sir Aztor.
—Déjelo, sir, se merece una conversación de vez en cuando.
—No durante las horas de servicio.
—No olvide que las horas de cada día durante las que es vigente el servicio
de ambos hacia mí, son, de hecho, todas ellas.
Sir Aztor asintió con severidad.
—Me refiero a que estas son las horas de vigilia cruciales. Si alguien la
atacara en este momento...
—Nadie va a atacar a la princesa en este momento, en este castillo —dijo
sir Lencio con su voz edulcorada por las sonrisas que provocaba en él la
vendida—. Y así como no estoy sordo para ignorar tus calumnias, tampoco
estoy ciego. La protegeré si es debido.
—Además, no me molesta que socialice con la vendida —opinó Shaula con
tranquilidad.
—Ni a mí me molesta el viento, y no por eso quisiera tenerlo en el culo
todo el día.
Shaula contuvo a duras penas la risa que el comentario le provocó, y
aunque sir Lencio discutió acalorado con sir Aztor por su mala educación
delante de la princesa, a ella le agradó la naturalidad con la que había sido
tratada.
Llegaron a las puertas de la habitación del rey, donde les avisaron que había
tenido que marcharse para una reunión de emergencia en el consejo.
—A la que, reiteradamente, fui excluida.
Shaula no iba a dejar el asunto así, tenía que llegar a su presencia si quería
cumplir con lo que Isamar le había exigido.
Llegaron a las puertas del salón donde se reunía el consejo. Estaban
entreabiertas por algún descuido, o tal vez la premura de la improvisada
reunión. Lo cierto es que Shaula prefirió aprovecharse del momento y
escuchar desde afuera, en vez de esperar como ilusa a que los lores hablaran
con igual franqueza con ella en medio.
A la mesa del rey se sentaban los miembros del consejo habitual de Ara, a
excepción de la embajadora de Baham, además de los miembros más
importantes de las casas regentes de los principados de Hydra y Deneb.
Por insólito que pudiera parecer, hasta sir Volant estaba ahí, junto a todos
los representantes de Hydra.
Desde que se discutió el futuro de las princesas Cygnus no se disponía de
una reunión semejante.
¿Por qué entonces, a tan pocas horas de la partida del rey?
Reconoció a la siguiente persona en hablar como aquella mujer en Ara que
le regaló el perfume con su nombre. Lady Indus Sagitar.
Se forzó a recordar las palabras de su padre al mirar a aquella lady, solo
para no sentirse desplazada con tan terrible desinterés.
Esa mujer era el símbolo de una casa que hacía temblar muchas otras.
Shaula solo era una bebé jugando con vestidos, destinada a escoger, entre
un marido y otro, la opción menos terrible.
Lady Indus se veía magna, pero agradable. En definitiva no el roble que era
lady Lyna Cygnus, que parecía más un hombre con faldas, totalmente
intimidante con sus cicatrices y predilección a los trabajos masculinos.
Lady Indus era serena, de vestidos elegantes y palabras condescendientes.
Imposible creerle capaz de todo lo que el rey la acusó ante Shaula.
—¿No son peligrosos, Shaula? ¿Qué sabes sobre el pasado de tu familia?
Sobre los tratados que pactamos y las promesas que rompimos. Las deudas
del ayer son las que dictan las reglas con las que jugamos hoy.
»Es importante que sepas que los Sagitar no son solo importantes, Shaula,
son indispensables.
Shaula no olvidaría esas palabras a partir de esa reunión.
—Majestad, ahora que hemos sellado el asunto de sir Volant con su
bendición... —empezó a decir lady Indus, a lo que saltó la mano del rey a
oponerse.
—¿Le digo algo, Indus? Y estoy seguro de no hablar solo por mí, pero
estoy cansado de escucharle. Hasta Lyna Cygnus sabe honrar a su marido,
escuchando sin abrir la boca cuando no se le ordena...
—Lord Circinus —interrumpió, tembloroso y con sudor visible pese a las
bajas temperaturas, el alto lord Cepheus Cygnus—. Yo... yo... No estoy
seguro de que me moleste escuchar a lady Sagitar, ella tiene un tono
agradable de escuchar. Son esposas distintas y no hay que compararlas...
—¿Esposas? Desde que llegó, Indus no ha hecho más que comportarse
como un alto lord, deshonra a su marido en todo sentido.
Todos voltearon en dirección al alto lord de Hydra, Kaus Sagitar, que se
veía tan firme como incapacitado para responder. Sus ojos se veían vacíos,
aislados de su entorno, pero sus manos sostenían el cáliz como cualquier
humano funcional.
La mayoría estaba esperando una reacción de su parte, y a juzgar por la
decepción unánime en cuanto Kaus levantó su cáliz y bebió de él, sin duda
aguardaban por un acto distinto.
—Mi marido no gusta de despilfarrar sus palabras, mi lord mano, por ello
me delega a mí el arte más femenino de todos: el habla. Como su presencia
atestigua, cada sílaba que brota de mis labios ha sido autorizada, e incluso
dictada antes por él. No teman.
—¿Temer? Temer quisiera —se burló la mano—. Estamos confiando
demasiado en la fuerza de su casa. ¡Me gustaría ver los testículos que dice
tener el alto lord más temible de Áragog!
Sir Volant golpeó la mesa con su puño, llamando la atención de todos,
aunque el gesto iba especialmente dirigido a la mano del rey.
—Si temer es lo que quiere, yo puedo hacerle el favor, Zeta. Lord Sagitar
no necesita abrir la boca para decapitar, pues yo soy sus manos.
—¿Me amenazas en presencia de tu rey? —Lord Zeta Circinus se atragantó
con su saliva por el estruendo de su risa—. Imbécil, no soy la mano solo por
mi basta sabiduría. Desenvaina esa espada, dame un motivo para llamar a
los mercenarios de la casa Circinus y despedazar a cada persona que exhale
un aliento que tú valores.
—Inténtelo, Zeta, será interesante verle descubrir que no hay nada que yo
esté cerca de valorar y usted pueda quitarme.
—Por muy entretenido que sea verles medirse las espadas en mi mesa —
dijo el rey con fastidio plausible—, preferiría que dejaran a la casa Sagitar
exponer el asunto que nos reúne aquí.
—Gracias, majestad —dijo Indus Sagitar, tan tranquila como si la discusión
previa fueran meros anuncios en una interesante columna del periódico
matutino—. Le decía que, mi marido ha llegado a discutir mucho estos días
con el consejo, y todos han llegado a un consenso sobre la... delicada...
situación de la Corona. Actualmente.
—No alcanzo a ver lo delicado, lady Sagitar.
Lady Indus volteó hacia el representante de la Iglesia de Ara en el consejo,
quien siguió por ella.
—Su hija no está en edad de comprometerse, por lo que no puede asegurar
una alianza significativa por ese lado. Es decir, podría, pero usted insiste en
rechazar esa excepción.
—Y en ello me mantengo —reiteró el rey con tranquilidad—. Shaula vivirá
cada una de sus etapas, lo que significa que no se comprometerá hasta que
tenga la edad de ser presentada en sociedad como cualquier jovencita en su
posición.
—Ahora, con respecto al heredero... —siguió lady Sagitar—. La futura
esposa de Sargas Scorp está desaparecida, y perdóneme la insensibilidad,
lord Cygnus, pero es un hecho. No hay futuro para Áragog si la princesa
prometida ni siquiera existe, justo ahora.
Shaula tuvo que taparse la boca para no emitir ningún ruido al respecto. Le
parecía, como mínimo, cínico que la principal sospechosa de la
desaparición de la princesa prometida hiciera tan desinteresado comentario
con los padres presentes.
—Todavía hay tiempo, lady Sagitar —dijo el rey—. Cada hombre en cada
rincón de este reino respira bajo mi voluntad, sabiendo que a cualquier
indicio de la princesa prometida, debe ponerse en contacto con la Corona.
Tenga fe, como yo la tengo. Lyra Cygnus aparecerá.
—Qué emotivo, majestad, y no lo pongo en duda, no yo... pero la corte de
Hydra tiene sus reparos, y así mismo el resto del reino los tendrá. Un tal
vez, aunque esté acompañado de mucha esperanza, no es estabilidad.
—Y, sin embargo, a nadie le importa —dijo lord Circinus—. Se hará como
el rey dice. Después de todos estos años de rechazo, Sagitar, me sorprende
que les quede tan poca dignidad como para seguir insistiendo con el tema.
—No-no hace falta insultar... —dijo lord Cepheus Cygnus, casi cerrando los
ojos, como si previera una explosión junto a él—. Lady Sagitar solo está
diciendo cosas verdaderas, no creo que haya tenido intención de revivir el
pasado.
—¿Como cuando, gentilmente, nos recordó la desaparición de nuestra hija?
—espetó lady Cygnus, haciendo que la tensión se incrementara como ácido
en un cubo hermético, y el silencio se extendiera como el tiempo a lo largo
de una agonía.
Ambas ladies se miraron a los ojos, una con su mandíbula a punto de
quebrarse, la otra en una situación similar, pero por la tentativa de una
sonrisa.
No era un secreto para nadie que Lyna Cygnus era la responsable de que la
hija de Indus Sagitar fuera desplazada del puesto de princesa prometida al
heredero; como tampoco estaban ocultas las sospechas de que Indus era, en
consecuencia, la responsable de la desaparición de la princesa Cygnus.
—¿Puedo continuar, majestad? —preguntó lady Sagitar, aunque, arbitraria,
miraba a lady Cygnus.
—Puede, lady Sagitar, prosiga.
—Zanjado el asunto de la princesa Scorp y su matrimonio, y la princesa
prometida y su lamentable desaparición, todavía nos queda un príncipe
heredero del que nadie tiene más noción que un nombre.
—Razón no le falta —dijo lord Velaris, el velador de la moneda—. Miles de
veces he sugerido que se revele su identidad, puesto que las cantidades de
coronas que podríamos obtener del evento no me alcanzarían las horas de
un día para contarlas. Muchas deudas, y muchos presupuestos
descabellados, estarían resueltos solo con presentar a Áragog su futuro rey.
—Sargas Scorp está en anonimato por su seguridad, y así seguirá siendo —
dictó el rey sin derecho a réplicas.
—Y no he venido aquí a persuadirle de lo contrario, majestad, solo a
señalar las desventajas de este hecho. Áragog quiere conocer a su heredero.
Han pasado, ¿cuánto? ¿Dieciséis años desde su nombramiento? Y de él no
se conoce ni el color de cabello. Es un riesgo mostrar su identidad, como lo
es dejarle en anonimato. Un reino necesita estabilidad, y la estabilidad
empieza por la empatía del pueblo. ¿Cómo puede un reino jurar lealtad a
quien ni siquiera ha visto?
—Al grano, Sagitar. Molestas más que vivo en una tumba —dijo lord
Circinus.
—Yo expongo las ideas de mi principado como mejor parezca a mi casa,
Circinus, te pido no intervenir.
—¡Las ideas de tu principado! —se burló la mano—. Hydra no te
pertenece...
—Me pertenece tanto como a cualquier hídrico y si...
—¿Podrían mantener la paz de esta reunión por medio diálogo? —intervino
el rey—. Continúe, lady Sagitar.
—Majestad, repito que no tengo intenciones de presionarle a que revele la
identidad de su heredero, pero tiene que saber que su pueblo crece en
tensiones. El príncipe Antares les daba vida a algunas partes del reino, pero
en medio de sus... repentinas vacaciones, ha descuidado esta labor. Ahora,
solo tienen a una princesa sin mayor valor que su atractivo, pues ni casarse
puede. La reina ha muerto en circunstancias desoladoras, dejando a su
pueblo con todavía menos miembros de su monarquía a los que adorar. Si
mañana nos faltara usted, su majestad... que Ara nos guarde de tal destino,
pero suponiendo que así fuera...
—Tienen herederos de sobra.
—Dice usted, pero nadie conoce al príncipe Sargas. ¿No cree que se
levantarían miles de farsantes a intentar hacerse con la corona?
—Sus hermanos le conocen.
—Sus hermanos son niños, majestad, fáciles de manipular como fáciles de
comprar por regla general. No digo que sea el caso, pero hay que pensar en
toda posibilidad, y miles de lores lo harán. Pensarán lo peor, dudarán,
incluso teniendo ante ellos al legítimo heredero de los escorpiones.
Lesath empezó a golpear la mesa de manera repetitiva con la pluma entre
sus dedos.
—Pero si tuviéramos una reina...
Nadie, Shaula entre ellos, estuvo exento a una reacción. Ya fuera el frío, un
respingo, o el más audible de los silencios, pero todos fueron impactados
por la insinuación.
Shaula miraba con horror la escena, sus ojos incapaces de mantenerse en un
solo punto, saltando de un lord a otro. Y sus manos, fuertemente aferradas a
su boca, como si temiera que su respiración la delataría.
—No —zanjó el rey.
—Ella tiene razón —dijo la mano con estoicismo.
—Dije que no.
—Lo... lo lamento, majestad, pero yo también creo que no es una idea muy
descabellada —dijo lord Cygnus.
—¿Una nueva reina? ¿Cuando la tumba de la anterior ni se ha enfriado?
—Majestad, el reino necesita estabilidad.
Lesath golpeó la mesa repetidas veces con la punta de su índice.
—Los escorpiones han traído estabilidad por siglos. Sawla Nashira murió
dejando no uno, sino tres herederos...
—La niña no cuenta.
—¡No me importa cuántos cuentan! Sawla fue una reina como las que ya no
habrá, no ensuciaré su recuerdo ocupando su lecho con otra arpía en busca
de una corona.
—Majestad, no es momento de alterarse —dijo lady Sagitar—. La realidad
es que usted sigue joven, y todavía puede dar mucha estabilidad a este
reino, no solo dándonos una nueva reina, sino asegurando una alianza como
una vez hizo Regulus Scorp de forma ejemplar con Jalas'tar Nashira.
—Bien has dicho —dijo Lesath—. Mi padre hizo un trabajo impecable al
unir a los Scorp y los Nashira, no creo que a Jalas'tar le agrade en lo
absoluto que vuelva a casarme, despreciando su alianza.
—No estaría despreciando su alianza —repuso Indus condescendiente—.
Los nietos de Jalas'tar siguen siendo los príncipes y principales herederos.
En este caso, la nueva alianza solo sería un agregado, un toque extra de
poder a una corona que tan perenne ha sido en su fortaleza histórica.
—Poder, majestad —dijo la mano—, algo de lo que la Corona no carece,
pero que nunca tendrá suficiente. Mi mejor consejo es que no se niegue al
matrimonio.
—Sawla...
—Sawla entendería —dijo lady Indus con una mano en el pecho con toda la
devoción que se espera de una fémina—, como cualquier esposa, que no
hay deber más grande que el que se tiene con el reino.
Lesath calló.
Y Shaula estuvo a punto de entrar al salón y voltear la mesa, solo por ese
silencio.
«¡No!»
, quería gritar.
«Sé un rey. Párate y diles a todos que tú eres quien manda, y que no
volverás a casarte jamás».
—¿Quién? —cuestionó el rey, y fue como si hubiese clavado una espada sin
filo en el pecho de la princesa—. ¿Quién sería digna de dicha alianza?
—Mi casa propone, majestad, y vaya nostalgia que me provoca volver a
negociar con la Corona en nombre de mi familia... a mi hija. Lady Indyana
Sagitar.
Lady Lyna Cygnus estalló en una carcajada.
Pero la mano del rey estaba sereno, tanto como el resto, considerando la
oferta con el cáliz cerca de su boca.
Él sabía, lo mismo que Shaula y todos ahí, que si había una casa con la que
valía la pena negociar, eran los despiadados linces de Hydra que
monopolizaban los mercados más importantes del reino.
—¿Su hija? —musitó el rey, y Shaula jamás lo había visto tan desventajado,
tan cedido a la derrota—. Pero Indyana ha de tener... ¿Cuántos? ¿Catorce
años?
—Dieciséis, majestad.
—Podría ser mi hija.
—Pero no lo es, es hija de Kaus Sagitar, alto lord de Hydra, y si hay dos
familias en este plano terrenal que definitivamente nacieron para aliarse y
ser invencibles, son las nuestras. Considérelo, majestad. Es por un bien
común.
Lesath asintió, aunque parecía perdido en el horror de esas palabras.
—Les haré llegar mi respuesta. Hasta entonces, doy por finalizada esta
reunión.
Al salir todos, notaron la presencia de la princesa, que no se molestó en
esconderse, esperando al rey en la entrada.
En cuanto Lesath vio a su hija, la hizo pasar. Lesath despidió a los guardias
con órdenes estrictas de quedarse afuera y ejecutar a cualquiera que se
acercara lo suficiente para escuchar.
Solo dejó dentro a la vendida, sentada en la última de las sillas, esperando
como un bolso a ser tomado por su comprador.
Esa vez el rey se aseguró de dejar bien cerrada la puerta.
—¡Vas a casarte! —estalló Shaula sin más preámbulos.
—No he dicho que sí.
—Tampoco que no.
—Lo dije, de hecho. Varias veces. ¿Quieres sentarte?
Shaula pateó la silla que señalaba su padre. Era maciza, demasiado pesada
para voltearse de ese modo, pero el estruendo que hizo al tambalearse
parecía un eco del temperamento de la princesa.
—No fuiste definitivo —espetó la princesa—. Fuiste un pusilánime, ¿dónde
estaba el escorpión entonces? Para menospreciar a tu hija de diecisiete años
eres todo un monarca, pero para imponerte al consejo tienes la fuerza de
una llovizna en Baham.
—Shaula, entiendo que estés molesta.
—¡No estoy molesta! —Shaula alzó las manos, temblando como si quisiera
transformarlas en puños—. Estoy... estoy... Me embarga un dolor que no
puedo drenar más que con este temblor que se disfraza de ira.
—Te adelantas a hechos que están muy lejos de ocurrir, Shaula.
—Padre, no puedes casarte. —Llevó ambas manos a su pecho, agitada por
la conversación que tanto habían desplazado para salvar lo poco rescatable
en su vínculo—. No puedes...
—Debemos aceptar cuando otros tienen razón, y en este caso el consejo la
tiene. Es posible que un nuevo matrimonio sea provechoso.
—¡Acabamos de enterrar a mi madre!
Lesath levantó las manos cual deidad que maneja una marea, un gesto leve
y apacicuante que pretendía moderar el tono de su hija.
—Shaula, hija mía... —Cauteloso, el rey de Áragog avanzó hacia su hija.
La sutileza de cada paso, la precaución en los intervalos entre cada uno,
sugerían un respeto mayor a las reacciones de su hija que a las de todo el
gremio de la corte—. Tu madre era única, Shaula. No me veo compartiendo
ni siquiera una sonrisa con ninguna otra mujer. Ella agotó todo el amor que
tenía para dar. Pero si es por el bien del reino...
Shaula alzó su mano, como quien pretende detener una tormenta, para
delimitar el avance de su creador.
—¿El bien del reino? ¿Y qué hay del bien de lo que queda de esta familia?
—Mi familia está a salvo mientras el reino lo esté.
—Si tu deseo es el bien del reino, ¿por qué tu heredero es el bastardo que
envenenó a su hermano menor?
El rostro de Lesath se endureció.
—No vuelvas a hablar así. Jamás. No puedes repetir lo que inventan tras los
pasillos sin entender las consecuencias. No puede repetirse esto, ¿está
claro?
Ella rio en histeria por la ironía, y fue cuando las lágrimas empezaron a
brotar. Sin sollozos, sin anunciantes. Salían como sudor, con igual
naturaleza e inevitabilidad, mientras su portadora se quebraba en una risa
sin sentido.
Su padre la alcanzó y tomó sus hombros, dubitativo.
La opción de abrazarla estaba ahí, justo al lado del temor de que, con ese
acto, terminaría creando una implosión en las emociones de su hija.
—No aceptaré otra madre —musitó ella.
—Nadie ocupará su lugar como tu madre.
—Pero sí su puesto en tu cama, ¿no?—Sorbió por la nariz—. No aceptaré
hermanos de parte de Indyana Sagitar. Me niego.
—No sufras, hija mía —dijo el rey acariciando sus brazos—. Yo jamás
dejaré de amar a tu ma...
Shaula no solo empujó a su propio padre, aportándole como si su tacto
quemara, sino a Lesath Scorp, rey de todo Áragog. Y, por si su agresiva
impulsividad física no fuera concluyente, dijo esas palabras.
Esas terribles palabras, peores que una guillotina.
—¡Hipócrita! Tienes el descaro de decir que la amas cuando no solo vas a
reemplazarla a tan solo meses de su entierro sino que... ¡TÚ LA
MATASTE!
Lo siguiente ocurrió demasiado deprisa como para procesarlo en secciones
claras. Para Shaula fue un parpadeo, para la vendida... una oprobiosa
eternidad.
La joven se levantó de la mesa y corrió a las puertas despejadas. Aunque
correr es un término elegante. Se lanzó y arrastró, desesperada porque su
cuerpo funcionara al máximo; suplicando a Ara que le concediera una
velocidad añadida para escapar no solo de la sala, sino de los guardas al
otro lado de la puerta.
Por desgracia, Lesath no necesitaba de Ara para el factor sobrenatural. El
tiempo no fue un contendiente digno mientras absorbía parte del poder de
Scorpius.
El cosmo de Lesath dormitaba, pero en medio de su letargo captó las
órdenes del vínculo. Y lo siguiente que vieron los demás fue a la sombra del
rey, que había adoptado la forma de una cola, el aguijón de Scorpius, que se
estiraba hasta enroscarse en la vendida como un látigo.
La joven quedó asida por un borrón de oscuridad por el que corrían rayos,
una sombra que no respondía a las reglas de la luz y la naturaleza, que no
reflejaba la figura de su portador, sino que se extendía de sus pies como una
criatura distinta, pero dependiente. Y, aunque diáfana, la sometía con la
fuerza de una bestia viva.
Shaula se llevó la mano a la boca al entender la escena. Temblaba como tela
en un huracán, sus piernas parecían débiles para su peso.
Luego llegó el grito. Una centella a la empatía, o melodía para los que
carecen de esta.
El dolor de la vendida era lo único que se oía por encima del siseo de su
piel que se quemaba al contacto con la sombra.
Los alaridos eran tan estridentes, que el aguijón del cosmo se enroscó en la
garganta de la joven, derritiendo sus cuerdas bucales como se deshace la
cera al fuego.
—¡PADRE! —chilló Shaula, sintiendo que era su propia garganta la que se
desgarraba.
Él estaba ahí, de pie en medio de la estancia. Ni un músculo había movido
más allá de sus pensamientos, y su tranquilidad imperaba sobre la terrible
escena. No parecía importarle que su sombra estuviera derritiendo
lentamente la piel de aquella mujer.
—¡PADRE, DETENTE!
Shaula hizo ademán de correr hacia él, no tenía un plan, ni armas para
combatirle, pero debía intentar despertarle de aquella enajenación que tenía
sus ojos brillantes en oro.
Pero entonces la sombra zumbó y pulsó, como si se robara en un latido toda
la energía del cielo, creando un apagón en las estrellas y llevando toda esa
estática luminosidad al interior de su forma.
Sucedió en un parpadeo, como una advertencia, e incrementó el daño que
hacía a la vendida, corroyendo hasta alcanzar algunos vasos sanguíneos que
la hicieron sangrar desde múltiples puntos.
Ese parpadeo bastó para aterrorizar a Shaula, dejándola petrificada en su
lugar, observando la escena sin poder hacer nada.
No hay ser, humano o cosmo, que sepa digerir la impotencia. La mente
siempre busca una alternativa, una justificación, un escape a los horrores
contra los que no somos más que meros espectadores.
El corazón de Shaula martilleaba al borde del colapso, observando a la
vendida que no podía expresar su dolor con su voz, pero que se retorcía con
una desesperación inigualable. Moría ante sus ojos, torturada, sin que
pudiera ni siquiera adelantar su muerte.
La princesa cayó de rodillas, derrotada, pero sin poder apartar los ojos del
espanto.
Cuando la sombra del aguijón derritió la piel y las costillas, cuando al fin
alcanzó el corazón y se incrustó en el, Shaula miró a su padre desde el
suelo.
—¿Qué eres tú?
—Veneno y estrellas.
Shaula negó lentamente con su cabeza.
—Tú eres un monstruo.
—El monstruo eres tú. Tú dictaste la sentencia, yo solo blandí la espada.
—¡No tenías que matarla!
Lesath se volteó, dando la espalda a su obra para mirar a la princesa como
si no acabara de torturar a una joven hasta la misma muerte.
—¿Tienes idea del efecto que tus palabras podrían tener si deambularan con
libertinaje por estos pasillos?
—¡Pues castígame a mí, ella no había hecho nada!
—Y eso he hecho —convino su padre—. Si esta lección no te enseña el arte
de callar cuando debes, y el peso de decir las palabras equivocadas, delante
de las personas equivocadas, entonces estás muerta.
Shaula se levantó dando traspiés, y se pasó las manos por la cara,
horrorizada de encontrarlas secas. El estupor había bloqueado el acceso a
las lágrimas que su cuerpo clamaba.
—Siempre hablas delante de las vendidas... —intentó excusarse la princesa,
sin poder procesar la muerte. Erróneamente, todavía su psique se aferraba a
la idea de que, con el argumento adecuado, la vendida simplemente volvería
a caminar con ella y sir Lencio.
—Hablo delante de
mis
vendidas, Shaula, no te equivoques. No puedo confiar en que nadie que esté
demasiado cerca de ti sea lo que se supone debe ser.
—¿Y eso qué significa?
—Tú haces pensar a quienes no deben hacerlo. Mis vendidas son prendas
sobre una cama: tan inoportunas como inofensivas. Las tuyas son un peligro
en potencia.
Shaula negó, frenética y airada.
—No lo son.
—¿No? ¿Y por qué te afecta tanto el destino de esta? Condenaste a una en
Baham con la misma frialdad que yo aquí.
—No...
—¿No lo hiciste?
—¡Sí, pero yo...! —Shaula tragó en seco—. No tuve que verlo.
Lesath señaló el cadáver que, desfigurado y desplomado contra las puertas
por las que había pretendido escapar, todavía se desangraba.
—Velo ahora.
Shaula así lo hizo, sabiendo que esa sería la imagen de sus próximas
pesadillas.
—Ella... —intentó decir, pero su voz temblaba más que sus manos—. La
vendida en Baham me irrespetó. Ella, no. Ella no hizo nada, solo servirme.
No se lo merecía.
—Tienes razón, no lo merecía. Pero he ahí el precio de tu error. Tal vez así
aprendas a economizarlos.
—Eres un monstruo... —reiteró Shaula en un hilo de voz, pero esa vez no
se lo decía a su padre.
—Somos escorpiones —dijo Lesath, leyendo entre líneas.
Shaula lo miró.
—Que Ara me libre de ser como tú.
—No puede. La alternativa es que seas como ella.
Y esa vez Lesath no hablaba de la vendida.
—Sería un honor ser como mi madre —espetó, su mandíbula tan tensa que
parecía que todo el poder de la sombra corría por esos huesos y no los de su
padre.
—Ella está muerta, Shaula.
Al menos se habían deshecho de la anestesia de los eufemismo.
—Tal vez es mejor morir si la alternativa es ser... tú.
—En ese caso no sirves para esto.
—¡No! Claro que no sirvo. No sirvo para tomar mujeres inocentes y
derretirlas vivas, a sangre fría, mientras mi hija observa, y todo para...
¿Qué? ¿Probar un punto? ¿Defender una corona? Si este es el juego de cada
monarca, yo me retiro del sueño de participar en el.
Lesath enrojeció, la ira ganando el terreno que antes ocupaba su estoicismo.
Estaban nuevamente en ese duelo que empezó a ambos lados del ataúd de la
reina.
—Mujeres, dices... ¡Por Ara, Shaula, era una vendida!
—¡Es una mujer!
—¡Entonces dime su nombre! Si tanto te duele lo que le acarreaste, si es
igual a cualquier mujer, dime su nombre.
—Su nombre...
Shaula se mordió la lengua.
—No lo conoces.
—Ni siquiera... —Shaula tragó grueso, pero afrontó lo que seguía con la
valentía que solo puede tener quien está terriblemente derrotado—. Ni
siquiera tenía uno.
—Es válido encapricharse por una posesión, no matar por ella. Sawla sabía
eso. Ella no era el ser que has idealizado en tu memoria para no afrontar lo
terrible madre que fue, y que no merecías.
—¡Cállate! No hables así de ella. No tienes derecho.
—¿A cuántos más debes ver morir para que aprendas a hablarle a tu rey?
—No es justo... —Shaula negó con la cabeza, sus ojos ardiendo en sequía
—. Me hieres en mis llagas más sensibles, y luego reprimes mis gritos de
dolor. No eres un rey justo, Lesath. Y si ella fue mala madre, tú como padre
no podrías ser peor.
Por primera vez él se mostró genuinamente afectado, más allá de la ira,
tanto como para darle la espalda a su hija.
Pasó tanto rato en silencio que Shaula se regocijó. No todos los días se hiere
a un rey.
—Hay muchas cosas que no comprendes —dijo Lesath todavía de espaldas.
Era la voz de un hombre ya calmado.
—No quiero comprender. Déjame amarla, aunque sea en este recuerdo suyo
que distorsioné para sanar mi corazón.
Lesath asintió y se volvió hacia su hija.
Por un momento, algo en sus ojos superaba al gran rey, tanto como para que
Shaula quisiera poner un alto a esa guerra.
Pero luego vio de soslayo el cadáver, y decidió retomar su armadura.
—Tal vez ni seas mi hija. —Lesath lo dejó ir así, como si no se tratara de un
zarpazo al pecho de la princesa—. Espero eso te de paz.
Su cuerpo le avisó que, nuevamente, era capaz de producir tantas lágrimas
como requiriera su dolor, pero ella ignoró por completo ese impulso. No
podía demostrar cómo de muerta se sentía luego de esas palabras.
Ella no quería no ser hija de Lesath, solo quería que él
fuera
su padre.
—Hay formas de comprobar eso —dijo ella, como si esas palabras no le
estuvieran estrangulando.
—Y a todas me niego. No me importa lo que la sangre quiera decir, Shaula
Scorp, tú eres mi hija. Por encima de cualquier cosa, yo decido que lo eres.
Scorpius te nombró, yo te formé. Te he visto crecer, y he amado cada
aliento en tu vida como quisiera poder proteger los venideros. Antares es mi
orgullo, pero tú me enseñaste a amar desde el momento en que Ara te puso
en mis brazos. —La voz del rey se doblegó, y sus ojos parecían
impregnados del veneno en su sombra—. Eres mi hija y ese es el fin del
asunto. Incluso aunque ahora prefieras no serlo.
Shaula calló, incluso más anonadada que con la muerte que presenció.
Lesath se limpió una única lágrima, que de lo contrario habría pasado
desapercibida en su rostro.
—No sabes lo que me gustaría protegerte de todo y de todos... No imaginas
cómo me gustaría desintegrar a cada lord que se atreve si quiera a mirarte
mal. Pero sé que no puedo, no podré por siempre... y en mi afán de querer
forjarte, tanto y tan pronto, me temo que he pasado a ser en parte
responsable de tu quiebre.
Shaula limpió sus mejillas. El rey jamás le había hablado con tanta
franqueza.
—Y la verdad es que tú me enorgulleces. Cada día. Quisiera ir a cada
reunión mostrando tu retrato, solo para hablar de la proeza que eres, y que
formas parte de mí. Mi hija. Mi pequeño escorpión. Mi primer amor, de
esos que de verdad importan... y sí, mi orgullo. Siempre te exijo demasiado,
y como, lógicamente, no llenas esas expectativas imposibles, parece que
solo me decepcionas. Pero no es así.
Shaula limpió con sus manos la condensación que fluía de su nariz.
—Debo reconocer más tus logros, lo reconozco, pero temo tanto volverte
una holgazana... No sé cómo lo hiciste, pero cuando sir Volant nos contó de
su compromiso en la reunión, me sentí con tanta paz... Resolviste
brillantemente una situación que me preocupaba incluso a mí creí que ese
hombre te...
—Un momento. —Shaula gesticuló con sus manoa para detener a Lesath—.
Padre, ¿de qué compromiso me hablas?
El rey entornó los ojos hacia su hija.
—El de sir Volant.
—Sir Volant es un caballero...
—Abdicará. Un momento... ¿De verdad no lo sabes?
A Shaula le cayó el alma a los pies, y el resto de su cuerpo perdió todo el
calor de la sangre.
—¿Qué, padre? ¿Qué es lo que no sé? ¿Con quién va a casarse?
—Shaula... creí que lo habías orquestado tú. Sir Volant anunció esta tarde al
consejo su compromiso con...
—¡¿Con quién?!
—Con lady Isamar Merak.
FIN DEL LIBRO 1
Nota:
No se vayan, amores.
Falta el
epílogo y en unas
semanas
estaré subiendo los primeros capítulos del libro 2. Tengan paciencia,
que intentaré adelantar lo más posible antes de volver a actualizar.
Quiero
saber
TODO. Sus opiniones, impresiones, dudas... ¡¡TODO!!
¿Van a acompañarme durante el segundo libro? ¿Les ha gustado este?
Epílogo
Antes...
Sargas estaba sentado en su trono rodeado de oscuridad. Cuando sus
guardias escoltaron al interior a un hombre de túnica estrella y trenzas en su
largo cabello.
—Roshar Rah'Odin —saludó Sargas, quien no se sentía tan tranquilo como
había esperado. No sonaba como un gobernante entre sus sombras, sino
como alguien que todavía se atemorizaba por ellas.
—Pidió verme, alteza.
—Es más correcto decir que eres tú quien quería verme a mí, ¿o me
equivoco? Mi padre lleva buscándote demasiado tiempo, y bien te has
escondido. Si quisieras, podrías con mucha más facilidad escapar del
heredero escondido.
—Tenía curiosidad, su alteza, de ver a la cara al heredero del que tanto se
dice, y poco se sabe.
—¿Qué tal tu primera impresión?
—Lógica.
Sargas no supo cómo interpretar eso. Casi estaba esperando que aquel
hombre hiciera comentarios sobre sus ojos y cabellos, sus manos apretando
los brazos del asiento como si ansiaran la oportunidad de desquitarse con
alguien.
—¿Soy lo que esperabas? —insistió al astrólogo.
—¿Me esperaba descender a lo más hondo de la infraestructura del castillo,
serpentear entre cadáveres de escorpiones y libros malditos, naufragar entre
sombras y encontrarme al futuro rey de Áragog ahogado en ellas? Pues no,
alteza, pero una vez ese es el contexto, sí, es usted exactamente lo que
esperaba ver al final de este camino.
Sargas frunció el ceño.
¿Qué se supone que quería decir aquello, y por qué de repente se sentía tan
desesperado por encontrarle un trasfondo insultante? Tal vez porque le
había parecido gracioso, y porque en el fondo se rehusaba a reírse con un
desconocido.
—¿Ha valido la pena el viaje? —preguntó Sargas.
—No hubo tal travesía, si es lo que imagina. Digamos que estaba oculto
bastante a la vista.
—Soy incapaz de dudar del alcance de mi padre. ¿Dices que estabas a plena
vista, y aún así no pudo encontrarte?
—Ya entenderá, alteza. No soy como otros astrólogos.
—Eso lo sé. —Sargas miró el brazalete en la mano de Roshar Rah'Odin, era
una especie de artefacto lleno de gemas entretejidas desde su muñeca hasta
cada uno de sus dedos. No hizo preguntas al respecto, no de momento—. Te
he hecho llamar, Rah'Odin porque dicen que eres el mejor astrólogo, que las
estrellas te susurran el futuro solo a ti, y que conoces el pasado como si de
hecho lo hubieras vivido.
—Sandeces. Las estrellas no conocen el futuro.
—¿No? Porque dicen que tú... fuiste quien predijo la muerte de la reina, y
que has visto otros acontecimientos que se han cumplido. Pero es de ese en
particular del que quisiera que hablemos.
—He aconsejado a su familia desde hace generaciones, alteza. Dejo que
piensen que les sirvo, porque de alguna forma así ha sido, pero siempre he
tenido una sola lealtad, y no es con los escorpiones. Es con su reino. Con
«nuestro» reino, y su historia.
—¿Por qué me cuentas esto a mí, si soy el heredero?
—Usted me inspira complicidad, me alienta a ser honesto.
Roshar entornó los ojos hacia Sargas, sus ojos enfocándose más allá de las
sombras.
—Qué falta de juicio —sentenció Sargas como despectiva respuesta.
Roshar sonrió. No agregó una sola letra a aquella conclusión.
—Y ahora has decidido abandonar tus votos al rey —retomó Sargas—. Huir
del servicio que has prestado por lo que tú llamas «generaciones», y
aparecer de improviso cuando el heredero decide buscarte.
—Mi consejo ya no es necesario para el rey. Tiene sabiduría de sobra.
—Es eso, o tal vez quiere más que solo consejos, quiere que repitas tus
predicciones como hiciste con...
—Yo no hago predicciones.
—Bien, pues tus estrellas.
—Las estrellas no ven el futuro.
—¡Pero sabías que mi madre moriría!
—Como cualquier persona en Áragog que prestara la suficiente atención.
—Quieres decir que... ¿Solo lo dedujiste?
—No, alteza. No puedo atribuirme ese mérito. Fueron las estrellas las
deductoras, pero no por ello las profetas.
—No te entiendo. No entiendo una sola palabra de esas que salen de tu boca
—se quejó Sargas.
—Yo me limité a repetir lo que las estrellas asumieron como el futuro más
lógico, lo que no significa que vaya a pasar. Son cinsciencias poderosas,
pero no por ello adivinas. El destino es, tal vez, el único mito en el que
todavía no creo.
Sargas entendía entonces todavía menos, pero decidió exponer sus dudas en
orden.
—¿Ellas te hablan?
—No del todo. Sé interpretarlas. Aprendí con los años, muchos, más de los
que me gustaría admitir en nuestra primera reunión.
—Me ayudaste con el veneno de Antares. Yo no te busqué a ti, buscaba a un
buen alquimista. Ni siquiera sabía que eras astrólogo.
—No lo llame veneno, alteza, suena a traición. Lo que le indujo fue un
coma inofensivo. Usted pidió mi consejo en nuestra correspondencia, yo se
lo ofrecí.
—¿Por qué?
—Porque deseaba que confiara en mis habilidades, y que tuviera cómo
contactarme en adelante. Imaginé que lo iba a necesitar.
Sargas no se sintió más alentado, ni menos receloso. De hecho, todo su
cuerpo vibraba en temor. Indefenso como estaba, solo tenía su confianza
como escudo, pero no por ello no temía estar metiéndose en un agujero
negro que terminaría por absorber su alma.
Deseaba con todo su ser poder pedir consejo a su padre, el hombre más
sabio en todo el reino... Si tan solo lo aceptara como hijo, aunque fuera
como el peor de todos.
—Traicionaste al rey, ¿cómo puedo confiar en ti? —debatió Sargas,
temblando por dentro.
—No he traicionado a Lesath Scorp, solo detuve mi colaboración, que
siempre fue arbitraria. Ninguno de los consejos que dediqué para él fueron
subterfugios. Asimismo, si usted aceptara de mí mis conocimientos, lo más
que debería temer es que, de un día para otro, decida dejar de
proporcionárselos.
—Mi padre está buscando el antídoto por todo Áragog. Me preocupa que
pueda hallarlo, llevo mucho negociando con él. Dependo de que siga
dependiendo de mí.
—Descuide. Las posibilidades de su padre encontrar dicho antídoto son
igualmente proporcional a las probabilidades que tiene de encontrarme a
mí.
—De acuerdo.
Sargas asintió.
—Si yo te pidiera una de esas lecturas inciertas del futuro...
—No funciona así. Soy un mero emisario. Puedo leer en el cielo solo lo que
es visible en el momento en que esté estudiándolo, puede ser algo de
interés, como puede ser la misma lectura que hice hace tres décadas. No
controlo yo lo que se manifiesta del reino cósmico.
—¿Y entonces para qué sirios sirves tú?
—Para observar.
Sargas se llevó la mano a la cabeza, a punto estuvo de insultar al astrólogo y
pedirle que se fuera. Su paciencia no tenía tanto alcance.
Pero inspiró, acomodó sus brazos a los lados del sillón, ahora menos tenso,
y dijo:
—A ver, sabes del reino en el firmamento, dices que has aconsejado por
mucho a mi familia, que has vivido años que no quieres confesar, que lees
las estrellas y las entiendes como ningún hombre... Debes tener un
conocimiento basto.
—Eso depende.
—¿De qué?
—Del conocimiento de "qué" hablamos.
—De todo. Todo más allá de nosotros, al menos. Todo en el reino que no
conocemos más que por versiones contradictorias de mitos, leyendas y
viejos cuentos infantiles.
—Yo no...
—No tuve lo que Antares, Roshar Rah'Odin. No tuve ese padre atento que
te explica el origen del reino, la razón de la humanidad y el por qué de las
estrellas. No aprendí a usar mi cosmo con la facilidad de Antares, a quien lo
aleccionaban cada noche. Yo tuve que oír a hurtadillas, escaparme por la
noche, saquear las bibliotecas, sobornar eruditos... Aprendí de autodidacta,
y a día de hoy no confío en mis propios conocimientos. Solo tengo la
certeza de que es real. Sirios. Cosmos. Ambos confirman la existencia del
reino cósmico, el poder de las estrellas. Pero saber que existe no es
comprenderlo. ¿Tú lo comprendes, Roshar Rah'Odin?
—Hago mi mejor intento de ello.
—Entonces ayúdame a mí. A entender por qué, y cómo, y qué fue antes, y
qué vendrá después...
—¿Por qué le interesa la cosmología, alteza? Me refiero a una parte más
teórica. ¿No se conformaría con entender su cosmo y ya está? ¿Dominarlo?
—Yo domino mi cosmo. Aunque sea defectuoso.
—¿Usted?
—El cosmo —espetó Sargas, seguro de haber sido ofendido. Pero
necesitaba al hombre—. Estoy convencido de que no funciona bien. Sargas,
la estrella, me escogió, me nombró... y es como si luego me hubiera
abandonado.
—¿Por qué?
—Antares tiene una conexión con su cosmo, tanto que se comunican.
Lesath tiene tanto poder que no puede ni invocarlo, por lo que lo esconde en
su sombra. Yo tengo el poder, pero no su consciencia. Como si me hubieran
concendido una parte muerta... —Sargas no ahondó en esa explicación.
Sabía que los cosmos eran asumidos como el alma del portador, y a él ni
siquiera su estrella le había concedido la compañía de una—. Es veneno
puro, y se limita a mis manos, como una limosna. Soy incapaz de
expandirlo.
—No puedo interferir en su proceso con su cosmo, alteza, pero si cree que
el saber más de cosmología le puede ayudar a descubrir en lo que falla,
entonces pongo a mi disposición todos mis conocimientos.
—Incluso si se me ocurriera preguntar cosas tan... cercanas a la anatema,
como el género de Ara.
—Las deidades no tienen género. Son fuerza.
—Pero esa fuerza fue humana una vez.
—Eso dicen.
—¿Y no lo fue?
—No en ese orden. Ara siempre fue, pues la creación se le atribuye. Ara es
el altar del cielo, pero como cualquier artista, quiso ver de cerca una obra
que se le salió un poco de las manos, y consumió completa el alma de uno
de nosotros, la sofocó y habitó para vivir en la mortalidad todo lo que
durase su nuevo cuerpo.
—¿Era un cuerpo de mujer, o de hombre?
—¿Importa?
—No logro ambientarme sin todos los detalles.
—Por desgracia, yo no tengo todos los detalles —contestó Roshar con una
sonrisa.
—¿Y Canis?
—¿Qué con él?
—ÉL. —Gritó Sargas golpeando el sillón, como seguro de haber
descubierto algo—. Hombre. No lo representas como una fuerza sin más.
—Es la imagen que le ha dado la mitología áraga, y déjame despotricar un
poco de nuestra lengua, que nos impide expresarnos con algún pronombre
más neutro que el masculino.
—Como fuere... estuvo vivo, ¿no?
—No, Canis, no.
—¿De dónde sale entonces la mitología de que se reveló a Ara?
—Sucedió en el reino cósmico. Fue el único opositor al imperio del altar
del cielo. No conforme con el papel que se le daba y creyéndose con un
poder superior, fundó su propio gremio en el cielo. Emisarios, seguidores,
constelaciones enteras que se inclinaron ante su demonio y que todavía le
sirven. Jamás ha pisado el plano terrenal. Tiene a sus sirios, sí, el culto
humano a los que dota con el poder de la estrella sirio (la más brillante en el
cielo, y su más leal soldado) a cambio de sus almas. Pero esas no son más
que bestias que se reparten fragmentos de un cosmo corrompido, algunos ni
siquiera tienen la suficiente tenacidad como para conservar su consciencia
humana luego de esta transformación. Le sirven a Canis, sí, pero no tienen
nada que ver con el poder y la Identidad de este.
»Aunque... Dicen que por siglos ha estado observando, pero jamás ha
encontrado un recipiente lo suficiente resistente para su poder. Los
humanos, simplemente, no están preparados para él.
Algo brilló en los ojos de Sargas desde las sombras, algo parecido a una
curiosidad infantil, que sofocó antes de que el astrólogo pudiera percatarse.
Volvió a mirar el brazalete del astrólogo, y eso sí que lo vio Roshar, que de
inmediato dijo:
—No está listo para entender un arte así, alteza. En adelante, tal vez.
Llegará el turno de ese secreto.
—Mi padre me ha pedido no una, sino dos garantías de mi reinado para
permitirme conservar, digamos, su beneplácito. Me he negado a tener una
vendida, Roshar Rah'Odin, y también a una esposa. No espero que lo
entiendas, pero mi situación en cuanto a las mujeres en este punto va muy
cerca del desprecio nauseabundo. No me veo congeniando con una sola de
ellas de aquí a lo que me queda de vida.
—Entiendo. ¿Y su padre insiste en que debe casarse?
—Y comprar una vendida. Para honrar las tradiciones. Roshar... ¿le puedo
llamar por su nombre de pila? En conjunto con el apellido, hasta parece un
trabalenguas.
Roshar reprimió las ganas de reír pese a que Sargas había dicho aquello
muy serio, un planteamiento sin intención de ser tomado como broma.
—Me honra que lo cuestione, alteza, si es usted la autoridad aquí. Sí,
llámeme como quiera.
—Bien, Roshar. He aquí tu primer trabajo como mi consejero: quiero ser
rey, no por ello la marioneta de Lesath. Y una parte de mí quiere tan solo
llevarle la contraria, verlo retorcerse de impotencia mientras ejerce todas
sus influencias sobre mí y aún así termine yo haciendo lo que me plazca.
Solo por verle exasperarse, pasaría mi vida célibe. Pero por otro lado... ¿y si
este capricho mío me cuesta la corona? ¿No sería mejor ceder, por el bien
de mi propia estabilidad en la monarquía?
—¿Se refiere a hacer lo que dice Lesath, a ceder a sus peticiones?
—Sí.
—No puede comprar una vendida.
—¿Perdón?
—No lo haga, alteza. Apacigue a su padre, dele la satisfacción casándose
con quien él diga. Por el amor a Ara, complázcalo en todo lo demás, pero
jamás pague por una mujer...
—No pagaría por una mujer, compraría una vendida.
Roshar se dio cuenta de que hasta ahí se había exaltado un poco, perdiendo
los cabales y hablando de más. Así que se recompuso para ese punto.
—No puede —retomó.
—¿Vas a decirme lo que puedo hacer?
—Voy a ser enfático en mi consejo, Sargas Scorp, por nada de este
maravilloso mundo... Lesath Scorp podrá ordenarle lo que sea, pero aunque
bajara Canis personificado a secundarlo, no debe adquirir una vendida.
Jamás.
—Bien, sirios. ¡Bien! No compraré una maldita vendida. ¿Podrías decirme
al menos el por qué?
—Es que no lo sé, alteza —mintió Roshar—. Solo lo sé.
~☆♡☆~
Ahora
...
Jalas'tar Nashira estaba recostado disfrutando del viento resultante del batir
en los abanicos. Dos vendidas le alimentaban con uvas mientras otra leía su
correspondencia.
Casi no prestaba atención a las lecturas, hasta que llegó aquella que narraba
la carta de su nieta.
A Shaula Scorp Nashira le negaban su derecho a ejercer como embajadora
de Baham, lo que era lo mismo que decir que el desierto de Áragog no tenía
quien velara por sus intereses en el consejo real. Y, todavía peor, que habían
hecho caso omiso a la voluntad de Jalas'tar.
Jalas'tar le arrancó la carta y se levantó, volteando la mesa de bocadillos en
el trayecto.
Estaba ardiendo más allá de la sombra y el viento, soltando improperios que
alertaban a sus serpientes, que empezaron a inquietarse a sus pies.
Una de ellas reptó por su cuerpo y subió a su hombro, acariciando con su
cabeza el cuello de su dueño.
Esa caricia apaciguó a Jalas'tar, al menos lo suficiente para que no retomara
su sarta de maldiciones, entonces con la tercera generación de antepasados
de Lesath Scorp.
—Mi señor —dijo su consejero ahora que ya era seguro intervenir—. ¿Por
qué le molesta tanto lo que han hecho a su nieta? Era de esperarse dadas las
tendencias de esa corte...
—¡No! No era de esperarse. De esperarse habría sido que fueran tan
inteligentes como para no desatar mi ira...
—¿Ira? Un mal humor se entiende, pero... ¿por qué ira?
—Sensato habría sido que me escupieran. Después de lo que sucedió con
mi hija, esto es como una declaración de guerra. —Jalas'tar arrugó en sus
manos la carta de su nieta—. Pero Lesath no tiene idea de con quién está
disputando su orgullo. Regulus Scorp me tuvo tanto respeto como para
comprar a mi hija para su heredero. Lesath no me ha pagado con el mismo
respeto. Lesath el sabio, dicen que así lo recordarán. Pero yo digo que es
Lesath el insensato.
—Con esto en mente, ¿qué quiere que ordene, su excelencia?
—Busca papel y tinta. Voy a dictar una misiva para mi nieta.
—¿Con qué palabras?
—Muy pocas. Lo importante es que entienda su color en este tablero. Dile
que ya me parece momento para una reunión familiar.
Continuará
...
~~~
Nota:
Ay, por las
nalgas
de Ara... ESTO SE PONE BUENO.
Si has leído Vendida y Vencida, entenderás perfectamente todo el
trasfondo
que tiene este epílogo, y muchas cosas de esa trama te habrán sido
esclarecidas aquí. Así que quisiera
saber
tu opinión.
Si
no
has leído la bilogía principal, no te asustes, descubrirás de primera
mano, paso a paso, todo lo que acarrearán estas dos escenas que parece
que nada tienen que ver
entre
sí. Igualmente quisiera saber tu opinión, tus teorías, tus dudas, y si te
ha gustado este epílogo.
Ahora...
¿Preparados para Monarca 2?
Preguntas del libro 1
Para los que todavía tienen dudas al respecto: sí, habrá segundo libro.
Empezaré a actualizar apenas tenga 10 capítulos acumulados. Los capítulos
del libro 2 serán subidos a esta misma historia, así que no la saquen de sus
bibliotecas.
Además, mientras esperan, pueden unirse a las actualizaciones de
Consorte
, que es un nuevo libro ambientado en este mismo universo, pero
completamente independiente. Lo encuentran en mi perfil.
Ahora, antes de empezar el segundo libro quiero hacerles unas preguntas
sobre Monarca.
¿Te ha gustado el libro?
¿Empezaste por Monarca o ya venías de Vendida y Vencida?
¿Vas a leer Monarca 2?
¿Cuál fue tu parte favorita?
¿Qué sientes con el final? ¿Te deja satisfecho, con ganas de matarte, feliz,
vacío, lo amaste o piensas que pudo haber tenido otro final?
¿Qué piensas de la protagonista?
¿Qué piensas de la familia Scorp?
¿Qué piensas o qué te gusta creer que sucede luego de ese final?
¿Del 1 al 10 con qué nota calificarías el libro?
¿Lo recomiendas?
¿Te gusta la fantasía que plantea este libro?
Las escenas románticas y eróticas, ¿te gustaron?
¿Te gustaría algún día adquirir Monarca en físico?
¿Leerías más libros de este universo?
¿Algo que te sorprendiera de esta trama?
¿Algo que te hiciera llorar?
¿Qué te parecen sir Volant, lady Brianne y la mano del rey? ¿Cuál te cae
peor?
¿Escena/diálogo que te divirtiera?
Personaje que más amas.
Personaje secundario favorito.
Escena favorita.
Frase favorita.
¿Qué piensas de este universo que he creado?
¿Te gustaría una película o serie de este libro? ¿Cuál de las dos?
¿Te tatuarías algo con relación a la historia? ¿Qué?
¿Alguna duda no resuelta?
Los amo, vuelvo pronto a leer sus respuestas. Y recuerden:
Athara's ha
Segundo libro
Este apartado es para dividir los capítulos del libro 1 al libro 2.
No será un libro fácil. Habrá muchísimas emociones, pero en esta etapa de
la vida de Shaula atravesaremos mucho dolor: veremos a Shaula crecer,
romperse y madurar. Quiero que sean pacientes. Sabemos y confiamos en
que ella resurja como la serpiente alada que es, pero no los voy a engañar:
vendrán escenas traumáticas. Pero hay un final feliz, y escenas tan
hermosas que hará que todo valga la pena.
Solo espero que lean con precaución.
Estaré actualizando tan seguido como pueda. Parte de este segundo libro lo
empecé a escribir antes del primero, di adelantos de escenas futuras hace
años ya. Así que, si la vida me sonríe, me dedicaré a subir capítulos
constantemente, en simultáneo con las actualizaciones de
Consorte
Es todo lo que deben tener en cuenta por ahora. Ah, y que aquí conocerán
mucho más a Antares. No el Antares de
Vencida
Consorte
que amamos tan fácilmente, ni el de
Vendida
que injustamente odiamos. El genuino. Ustedes deciden qué sentir al
respecto de él.
PD: El prefacio lo subiré luego. ¿Será algo confuso que suba los capítulos
1, 2 y 3 antes del prefacio? Probablemente, pero como está narrado por otro
personaje no creo que resulte tan problemático. Es que quiero editarlo
mejor.
Sin nada más que agregar, espero leerlos en los comentarios.
Los amo ♡
Capítulo 1 (Libro 2)
Las estrellas escogen nombres y forman cosmos; prometen reyes y
perpetúan dinastías. No escriben el destino, pero apuestan por el que creen
más probable.
Ellas escogieron a Shaula Scorp Nashira como la primogénita de su linaje.
Nombrada por la estrella más brillante de la constelación de Scorpius, hizo
a los grandes soles de Baham presenciar su nacimiento, y a las serpientes
del desierto doblegarse ante su temple. Y aún así, un bastardo y un segundo
hijo tienen más derecho al trono que ella.
Por nacer mujer.
Y nada de eso le importaba, ya no, no entonces.
La princesa Shaula fingía leer en el alféizar de la ventana, su pulso muerto.
Sus tres doncellas disfrutaban del último desayuno en Deneb entre risas e
intercambios de comentarios sobre sus ilusiones del regreso a Ara.
La princesa no compartía ni la comida, ni la mesa, y era la única que no
estaba vestida para salir.
Hasta sus guardias se habían puesto a su disposición, listos afuera. Nadie
había preguntado por la vendida. ¿Quién pregunta por una vendida?
Isamar se veía tan natural en su alegría, tan honesta en su comodidad.
Estaba vestida de rojo y negro, con guantes de cuero que parecían una
extensión de sus mangas.
Era preciosa... Pero entonces le pareció tan artificial, tan vacía de la
autenticidad que siempre le había cautivado.
—Quiero —anunció Shaula. Todas habían pasado de extrañarse por su
distancia a olvidar su presencia, así que al escucharla hablar tan de
improvisto, se sobresaltaron. Y por su tono, no quedó una sola sonrisa en
aquella alcoba, ni uno solo de los cubiertos volvió a moverse— que
terminen cuanto antes, y que junto a mis guardias lleven las maletas a los
carruajes. Hoy solo Isamar me ayudará a arreglarme.
—Alteza —habló Altair—, si me permite opinar...
—No se lo permito —sentenció.
—Como prefiera, princesa.
Isamar esperó a que todas se fueran, y entonces se paró frente a la princesa,
las manos juntas detrás de la espalda, la cabeza gacha en espera de la
siguiente orden.
Sabía que algo estaba pasando.
Eso era grave, porque que Isamar entendiera que algo malo pasaba, y que lo
aceptara con tal sumisión, como si fuesen desconocidas, era como
confirmar que todo era cierto.
Y Shaula no quería que fuera cierto. No quería imaginar a Isamar casada
con nadie, mucho menos tener la certeza de que así sería. Tendría que
felicitarla, asistir a su boda, ver el beso entre ella y sir Volant...
Ni siquiera quería iniciar aquella conversación.
Isamar alzó la vista.
La claridad matutina que se colaba por la ventana transparentaba el camisón
de la princesa de los escorpiones, y delineaba su silueta desnuda. Jamás se
había visto tan sobrenatural como entonces, con su figura endiosada por el
sol congelado de Deneb.
Tuvo que armarse de valor para demandar la verdad de su doncella.
—Es momento de que tú y yo hablemos.
Isamar asintió. Lo hizo como una sirviente más, como si no hubiesen
compartido del cuerpo de la otra, como si no hubieran pasado toda una
noche besándose.
Eso terminó por airar a Shaula.
Incapaz de seguir con las sutilezas, Shaula Scorp se abalanzó sobre Isamar
y le arrancó el guante de la mano izquierda.
La soltó de inmediato, tragándose a duras penas un jadeo al amortiguarlo
con ambas manos sobre su boca.
Era espantoso.
—Alteza —Isamar extendió su mano hacia Shaula—. Creo que está muy
alterada como para...
—¿Crees? ¡¿Tú
crees
?!
Shaula apartó las manos con asco y retomó el dominio del altercado. Buscó
nuevamente la mano del delito, y la tomó como si de anatema se tratase.
La puso más cerca del rostro de su portadora, como si no hubiese sido ella
misma quien aceptó en algún momento aquel anillo tan aparatoso.
Luego la soltó con brusquedad desmedida, sacudiéndola como a una peste.
Era cierta. Todo lo que su padre le dijo era cierto. Isamar Merak iba a
casarse con sir Volant, y ahí estaba el anillo que lo probaba.
—Supongo que tendré que decirte «felicidades» —espetó Shaula con una
risa sardónica—. Y perdona mi tardanza, al parecer he sido la última en
enterarme.
—Usted tiene razón, princesa. Debemos hablar.
Shaula descargó su ironía en una risa que pareció hacerle daño por dentro.
—¿Ahora quieres hablar? Pues ahora no hay tiempo. Debemos marcharnos.
—Esperarán por usted. Siempre lo hacen.
—No los haré esperar por un asunto que no vale la espera.
El golpe encajó donde debía, pues Isamar asintió, mordiendo su labio para
reprimir todas las posibles contestaciones.
—Está alterada, lo entiendo...
—¿Alterada? No seas arrogante, Islaymar. Puedes casarte con quien sirios
te plazca, pero, ¿sabes qué? Te creí más que esto. No imaginé que eras una
arrastrada que seduce a un barón, a una princesa, y luego se compromete
con el primero que le ofrece más que
unas manos.
La mano de Isamar se estrelló contra el rostro de la princesa, el impacto
retumbando en cada recoveco de la habitación, y haciendo eco en el pecho
de ambas.
Shaula alzó el rostro con la mano en él, y miró a Isamar como si no pudiera
creer lo que acababa de hacerle.
Fue cuando vio que en su doncella no había consternación alguna, ni un
ápice de arrepentimiento.
Presa de la ira, hastiada por la humillación que se sumaba al ardor de sus
sentimientos, Shaula la tomó del cuello y apretó. Estaba ciega. No era
Isamar a quien tenía frente a sus ojos, eran todas las personas que alguna
vez la habían humillado, incluida aquella preparadora que le esperaba en
Ara.
—Acabas de firmar tu sentencia, Merak.
Pero Isamar no se dejó intimidar. La empujó tan fuerte que, en medio de su
enajenación, tuvo la oportunidad de ser ella quien amedrentara a la
princesa, pegándola al alfeizar con el camisón encerrado en un puño.
—¡No vuelva a hablar así de mí jamás! Usted no me conoce.
—¡No! —gritó Shaula, y aunque no alejó a Isamar, tampoco se inmutó por
su amenaza. Alzó su mentón para que pudiera ver el fuego envenenado que
imperaba en cada sílaba que pronunciaba—. ¡Por supuesto que no te
conozco! No tengo ni idea de quién eres.
—Eso no le da derecho a insultarme.
—Acabas de abofetear a Shaula Scorp, tu jodida princesa y la de todo este
maldito y asqueroso reino.
—Y dé gracias a Ara que no lo hice meses atrás, porque bastante me ha
provocado.
Isamar soltó a Shaula y se sacudió la falda del vestido para alisar los
pliegues, pero era solo un medio desesperado para disimular la humedad de
sus ojos.
—No quiere escucharme, lo entiendo. Ódieme cuanto haga falta para
superar esto, pero jamás, jamás, vuelva a insultarme así.
Shaula rio por lo bajo, negando con la cabeza.
—Quiero que te marches, Merak. Lárgate de mi maldita vista y no te
atrevas a dirigirme la palabra en lo que te queda de servicio hacia mí.
Isamar no dijo nada al respecto y se dio la vuelta, pero la voz de Shaula la
detuvo.
—Vas a pagarme lo que me has hecho.
Y no se refería a la bofetada. Con el pesar, la impotencia, la ira y el vacío
filoso que llevaba clavado en el pecho, su rostro hinchado era lo que menos
le dolía.
~~~
Nota:
Primer capítulo del maratón de hoy. ¡Cuéntenme todas sus opiniones y
teorías!
¿Emocionados por este segundo libro?
2: Irsa melek'ashiira
El rumor había corrido como un incendio forestal: Lady Isamar Merak se
casaría con el gran e inigualable sir Volant.
En los carruajes todos felicitaban a la feliz pareja y los atiborraban de
obsquios. Las damas ahogaban a preguntas a los enamorados, y los nobles
murmuraban sobre la alianza entre Hydra y la familia Merak, y la pasión
desenfrenada que habían de tener los novios para que la mano derecha de
lady Indus Sagitar dejara su puesto en la guardia para formar una familia
con una segunda hija.
Era una pesadilla nada más escucharlos reírse.
Shaula no podía ni ver la cara a sir Lencio, que, aunque no hacía preguntas,
se notaba decaído por la misteriosa ausencia de la vendida sin nombre.
Tampoco podía estar cerca de sus doncellas y escucharlas hablar del
compromiso.
Ni mucho menos se hablaba con su padre.
Era como estar en el cielo más grande, pero vacío de estrellas.
Así que las semanas de viaje se tornaron ciclos de una agonía silenciosa.
Shaula comía lo justo, y vomitaba una de cada dos comidas. Dormía poco,
y lloraba en silencio durante el insomnio.
Ara le estaba arrancando el alma en fragmentos.
Juntos, Merak y Volant se veían... Pues exactamente igual que como se veía
Isamar junto al barón.
Esa era la falsa Isamar, la de fácil sonreír, la que Shaula aborrecía.
La real, la de la biblioteca, la del invernadero, la del bosque congelado, la
de cada desayuno y cada baño, esa había sido solo para ella.
Sus pétalos y poesía.
¿Esa Isamar existía, o había sido fabricada a conveniencia de las
necesidades de la princesa?
Shaula, a costa de sentirse desfallecer, había comprendido algo espantoso,
algo terrible. S3ntía que la vida había sido arrancada de su pecho, y eso solo
podía significar una cosa:
Su corazón ahora tenía dueño, como bien le enseñó Isamar. Y la ladrona era
ella, la maldita doncella que le enseñó a besar las estrellas, misma que se
había mostrado empeñada en robarle el corazón, y ahora que lo tenía hacía
añicos sus fibras más sensibles.
Y Shaula ya no sabía cómo recuperarlo, o cómo destruirlo hasta que ya no
fuera capaz de sentir con él.
—Tiene usted un aspecto deplorable, princesa —dijo sir Volant, sentándose
junto a la princesa.
Habían cruzado ya todo el tramo nevado y se habían sentado a contemplar
la belleza floreada de los terrenos más próximos al castillo.
Shaula tenía una margarita entre sus manos. Era la quinta a la que desojaba
mientras su comida, intacta junto a ella, se llenaba de bichos.
Shaula quería decirle muchas cosas al innombrable junto a ella, pero sabía
que no podía mostrarse como la gacela a la que fácilmente se podía herir.
Para su suerte, Shaula también conocía la anatomía del narcisismo, con
especialidad en el punto exacto para apuñalar.
—Le apuesto a que no puedo verme peor que su ego, sir Volant.
Shaula volteo a verle con una sonrisa lastimera.
Él le respondió con la mirada que se le daría a una niña a la que se descubre
jugando con la ropa de los adultos.
Entonces se inclinó más cerca de la princesa, y fingió estar a punto de soltar
una confidencia para dejar un beso en su mejilla, justo al borde del velo.
Shaula se pasó tantas veces el dorso de la mano para limpiar esa zona, que
terminó aflojando el cubrebocas.
Se levantó, pues no pretendía dejar ese acto impune.
Estaba harta de sir Volant.
Estaba asqueada de su perfume exquisito que solo tapaba la podredumbre
de sus intenciones.
Estaba harta de tener miedo al fuego en sus venas.
—Siéntate, muchachita —dijo sir Volant.
Shaula bufó e hizo ademán de voltearse, pero entonces sir Volant dijo:
—Yo no lo haría si fuera tú.
Él sabía lo que Shaula pretendía. Sabía que si de su boca salía que él la
había besado, y si su padre le creía, sir Volant recibiría el peor de los
escarmientos públicos.
Y aún así, hizo lo que hizo. Y aún así, sonaba tan inmune y autoritario,
tratando a Shaula como a una vendida más.
Shaula se detuvo, pero no se volteó. Tragó sus penas y temores, pues nada
de eso debía manchar su voz para cuando hablara. Irguió su espalda, y no se
molestó en darle la cara a sir Volant al decir:
Usted
—corrigió—. Esta será la última vez que me tutee, sir Vómito.
El excaballero rio con una tranquilidad de manual. En serio parecía
reverenciar el chiste sin complejos.
—Lord —corrigió entonces él—. Ahora que voy a casarme, seré lord de
unas hermosas tierras. Deberías ir a visitarnos alguna vez.
Ese hombre se estaba amarrando una soga en el cuello con una sonrisa en el
rostro. Seguía tuteando a la princesa sin un ápice de miedo.
—Aunque, si se te dificulta mucho acostumbrarte a eso de lord, todavía
puedes llamarme carnicero.
Shaula se volvió hacia él.
No podía repetir palabras vacías, no podía seguir permitiendo que la
humillara. Tal vez por ello su piel ardía como sometida al calor de una forja.
—Ya que tanto se le dificulta llamarme alteza, llámeme irsa melek'ashiira.
Las palabras brotaron en bahamita, como una maldición: la voz del sol que
exigía a la luna que se postrara de rodillas. La tierra, reverente ante aquella
injuria siseante, vio cómo no una, sino tres serpientes emergían de las
madrigueras ocultas bajo los pétalos de margaritas. Agresivas e indomables,
todas se abalanzaron sobre el lord que molestaba a la princesa.
Una se enroscó en su tobillo, otra fue repelida por un puñetazo del lord
Volant, y la última, cuya piel parecía reflejar los ojos de la princesa, se alzó
con los dientes erectos y la lengua amenazante, para finalmente clavarse en
la muñeca de su víctima.
Sir Volant aplastó la serpiente en su tobillo justo cuando recibió la mordida.
Su mano sangrante se agitaba frenéticamente. Pero no tardó en ser
alcanzado por la otra serpiente, que también le mordió el pie.
Entonces gritó de dolor, y de pánico.
El temible carnicero, superado por tres reptiles y una princesita.
«
Madre de serpientes»,
significaban las palabras que Shaula había dicho en bahamita.
El alboroto se hizo inmediatamente, los curanderos disponibles todos
acudiendo a ayudar al imbécil, las damas rogando a Ara que las serpientes
no fueran venenosas.
Pero no bastó con eso.
Cuando ya habían estabilizado al hombre y lo aislaron en una tienda de
campaña privada, nadie pudo impedir que la benévola princesa Shaula
entrara a visitarlo.
De hecho, todos se conmovieron por la dulce preocupación de la abnegada
princesa.
El hombre sudaba, adolorido por las costuras de la operación, enfebrecido
por los calmantes suministrados.
Era hermoso verlo retorcerse en esa sucia camilla.
—Debe tener más cuidado la próxima vez, mi lord —recitó Shaula en tono
dulcificado—. Es una suerte que ninguna le haya afectado una arteria vital.
Pero no se tiene suerte dos veces seguidas... ¿Entiende eso?
El hombre reía como poseído por una alucinación, y negaba con la cabeza
sin controlarse.
—Princesa... —murmuró— todavía podemos ser... más que amigos.
—Todavía puede morirse —espetó Shaula, sosteniendo su cabello húmedo
ahora que estaba indefenso. Lo apretó tanto que parecía querer arrancar las
hebras de su cuero cabelludo.
Shaula tuvo el impulso de escupirlo...
—Que tenga esposa no va a impedir que pretenda ser su amante —dijo el
asqueroso lord, indiferente al dolor.
—Vamos —instó Shaula retorciendo la mano en su cabello—, haga un
chiste más. Se lo imploro.
El hombre suspiró.
—No se preocupe, alteza. Yo... Yo cuidaré
muy bien
de su doncella.
Shaula lo soltó solo un instante para tomar la jeringa junto a la camilla.
Luego volvió a tirar del cabello de lord Volant. Lo hizo tanto, que sus
parpados se estiraron quedando muy abiertos. Entonces apuntó aquella
jeringa al ojo del repulsivo lord, que de súbito perdió las ganas de reír.
—No cometa un error que le pueda costar el resto de su vida, alteza.
—No lo haga usted, asquerosa alimaña. Si se atreve a poner un solo dedo
sobre Isamar Merak, tendrá que invocar a Canis para que baje a defenderlo.
¡¿Me entendió?!
Y justo entonces, la susodicha entró en la carpa.
Shaula lanzó la jeringa de vuelta a su bandeja, soltando a sir Volant y dando
un único paso atrás.
—Lamento interrumpir —dijo la doncella con cautela, mirando recelosa
entre uno y otro—. No me pareció adecuado que mi prometido estuviera
solo con una mujer, y sin chaperona.
Shaula rio con amargura, queriendo recuperar la jeringa, esta vez para
usarla con Isamar.
—No se preocupe, mi lady. Es todo suyo.
Cuando Shaula pasó junto a Isamar para salir, esta la tomó del brazo y la
retuvo por un segundo.
Hubo algo en esa mirada: ¿odio? ¿suplica? ¿agonía? Tal vez, era todo ello
coexistiendo en una guerra fría.
Shaula se zafó y salió de la carpa, pero Isamar se fue detrás.
Al ver que la doncella la seguía, Shaula dijo:
—¿Qué carajos quieres, Isamar? —exigió en voz baja, pero rotunda.
—No puede quedarse sola con ese hombre, se lo prohíbo.
Shaula estaba fascinada por el cinismo, tanto como para volverse con los
brazos cruzados y decir:
—¿
Tú
me lo prohíbes?
—Esto no es un debate de jerarquías, Shaula Scorp. No sabe de lo que ese
hombre es capaz.
En ese momento pasó junta a la pareja una de las doncellas del carruaje de
los Sagitar, ofreciendo una canasta con frutas que las dos rechazaron. A
partir de entonces, bajaron todavía más la voz.
—¿Y de que es capaz? —cuestionó Shaula—. Dímelo, ¿qué hizo para que
tuvieras que casarte con él?
—Ah, ¿ahora si quiere escucharme?
—¿Sabes una cosa? Púdrete con tu maldito matrimonio y a mí déjame en
paz. No vuelvas a intentar prohibirme nada en lo absoluto, o vas a conocer a
Shaula Scorp.
Isamar negó con una mirada... embelesada.
—Yo conozco a Shaula Scorp.
—¡No! —Shaula dio un paso más hacia Isamar, y fue tan brusco que la
doncella retrocedió, segura de que iba a pegarle—. No me conoces, Merak.
La mujer que conocías, te amaba. Esta es otra, envenenada con los desechos
de esos putrefactos sentimientos que erróneamente ocasionaste.
Esas palabras afectaron como relámpagos ensordecedores. Isamar abrió su
boca por instinto, justo cuando el golpe de la comprensión encajó en su
estómago. No tenía sentido nada de lo que acaba de escuchar, y aun así
sentía que sus piernas no soportarían el peso de esas palabras. Shaula
misma se petrificó con lo que había dicho, segura de que había sido alguien
ajena que tomó posesión de su voz.
Pero ya no había marcha atrás, había sepultado su orgullo al decirle a
Isamar que la amó. Ya no le quedaba nada, así que solo se alejó tan deprisa
como pudo.
~~~
Nota:
Dejen sus opiniones y teorías.
Y recuerden que mientras más comenten, más rápido tendrán nuevos
capítulos.
3: Ajedrez en luto
Un par de noches después, incómodas como ningunas, se decidió que
acamparían en una posada que les quedaba de camino. Allí, a Shaula le
habían dado una habitación aparte, mientras que a sus damas las pusieron a
compartir una entre las tres.
Alguien tocó a la puerta de la princesa, era el llamado específico de sir
Aztor —uno de sus dos guardias personales— así que inmediatamente
después abrió la puerta.
—Su padre, alteza.
Shaula asintió.
El rey solo se anunciaba para asegurarse de que estuviera vestida, no porque
se le pudiera negar la entrada.
La habitación apenas tenía un candelabro encendido más una mesita de
noche junto a la cama. El rey, con su corona de escorpiones y mirada
ambarina, dejó un tablero hecho de ébano sobre esa mesa, y extendió a su
hija el saco donde, supuso, estaban las piezas.
—Es tarde, padre.
—El tiempo sirve al monarca, Shaula Scorp, no al contrario.
La habitación se impregnó de un silencio solemne mientras el padre
ordenaba las piezas y su hija, con ojos fatigados, observaba con una mezcla
de curiosidad y aprensión.
El rey movió la pieza del dragón, haciéndolo volar por sobre los soldados
rasos dos espacios hacia adelante.
La princesa respondió abriéndole paso a su reina.
El juego comenzó, como antes había sucedido en una situación distinta,
cuando padre e hija se ubicaban en lados opuestos del ataúd de la reina.
Muchas cosas habían pasado desde entonces. Y la peor de todas, hacía solo
semanas. Cuando lo acusó de asesino. Cuando vio morir a su vendida a
merced del cosmo de su padre, por su culpa. Cuando el rey le avisó que su
doncella iba a casarse con el hombre que ella misma dejó entrar a su vida.
—Lo que le sucedió a sir Volant fue una tragedia.
—No estoy de acuerdo —dijo Shaula sin darle importancia—. Sigue vivo,
así que no hay nada qué lamentar.
—Esa parece precisamente la tragedia, ¿no?
Shaula evadió la mirada de su padre, pues decía más que sus peligrosas
palabras.
—Sir Volant ya no es, ni será, mi problema. Gracias a Ara.
—No, ahora lo es de alguien que puede defenderse mucho menos que tú.
Eso había dolido.
Últimamente todo dolía para Shaula.
—Pero no es eso lo que me importa, Shaula, no a mí. Yo quiero saber...
¿Tuviste algo que ver?
Shaula frunció el ceño.
—Fueron las serpientes, padre.
—Pero tú estabas ahí.
—Como el viento y las hojas, y a ellos no se les está acusando de nada,
porque no tienen control sobre la voluntad de los reptiles. Tampoco yo.
—¿Estás segura? Tenías muchas serpientes en Baham, conoces cómo se
comportan...
—Padre, el único responsable aquí es sir Volant. Por molestarlas.
Con eso acabó la discusión y miró el juego. El tablero y sus piezas parecía
un reflejo de su dinastía, de los hilos invisibles que los unían y los
separaban.
—¿Por qué la reina? —inquirió Lesath, su voz ronca de cansancio mientras
respondía en el tablero.
—Ella es libre —contestó Shaula sacando a su reina a la jugada.
—Qué bien que lo veas así. Tal vez notes que, incluso fuera del ajedrez, los
reyes se suelen estar atrapados en sus movimientos predefinidos.
—Pero siguen llevando la corona.
Lesath frunció el entrecejo mientras se hija hacía algo insólito: movía su
peón en dirección a su propia reina, atrapándola entre este y un par más a su
alrededor.
—¿Qué se supone que haces, Shaula Scorp?
—Lo evidente, lo inevitable. ¿Qué pasará, padre, cuando los peones se
revelen?
—Si se revelan —corrigió Lesath.
—¿Qué pasaría? —insistió su hija, a lo que su padre suspiró e imitó el
ataque del peón en su propio tablero.
Entonces tomó su rey, y no solo lo sacó del atasco sin respetar las reglas del
juego, sino que lo pasó por toda la hilera de peones, derrumbando a cada
uno a su paso.
—Eso sucedería. Todo poder depende de un factor externo en mayor o
menor medida. Un poder como el de los Sagitar, que se cimenta en el
dinero, es terrible, intimidante y da la ilusión de ser perpetuo. Pero no lo es,
Shaula. Cuando ese dinero valga tanto como el barro, cuando la sangre sea
la única moneda vigente, ellos estarán destinados a caer. Solo falta que uno
desprecie su influencia, y la consecuente reacción en cadena derrumbará su
imperio.
Lesath hizo una pausa para recoger una a una las piezas en el tablero y
volver a colocarlas, con paciencia y precisión, en su lugar.
—Pero no crees que eso nos suceda por...
—Porque somos escorpiones. ¿Cómo crees que ha prevalecido esta dinastía,
Shaula? Muchos se han levantado antes, algunas estuvieron muy cerca de
acabar con la Corona, pero siempre que un Scorp esté en el trono... Siempre
abogo por la paz, Shaula, porque sé que la guerra la ganaría, pero no me
gustaría reinar en esos resultados.
Shaula se quedó pensando un momento, dando vueltas a esas palabras y a
todo lo que insinuaban.
La historia no había registrado esos intentos de levantamiento, ni se
menciona que la monarquía haya intentado ser derrocada antes. Pero, según
su padre, así había sido. Si se tomaba literal sus palabras —que siempre era
lo sensato con el rey— los peores antagonistas de la Corona habían sido
mujeres.
Pero siempre había un Scorp, bendito por las estrellas, que sofocaba esos
intentos incendiarios.
La conclusión era simple.
Asintió para si misma, pero habló para los dos:
—Solo un Scorp puede acabar con los Scorps.
Lesath la miró a los ojos, y por primera vez no había cansancio en ellos.
Había una advertencia que rozaba los lindes de una amenaza.
Entonces otra vez llamaron a la puerta y sir Aztor entró.
—Lady Merak quiere verla, alteza.
Shaula se sobresaltó y abrió mucho los ojos, evitando con todas sus fuerzas
mirar a su padre.
Quiso indicarle a sir Aztor que debía decir que estaba ocupada, pero el rey
se adelantó.
—Dile que pase.
Sir Aztor hizo una reverencia y obedeció.
Shaula contuvo la respiración cada momento entre el instante en que el
guardia salía e Isamar entraba.
Y vaya poema que podría haber compuesto solo para describir su reacción
al ver a Lesath junto a la princesa.
—Majestad —saludó Isamar, incapaz de disimular el nerviosismo en su voz
—. Alteza.
—Puedes decir lo que has venido a decir, lady Merak, que no te intimide la
presencia de un rey. Yo solo soy un vejestorio que quiere pasar tiempo con
su hija.
Shaula quería gritarle a su padre. Estaba torturando a Isamar con su
amabilidad, y la castigaba a ella misma de mil maneras al tener que
presenciarlo.
—Yo... Majestad, vine a recordarle a la princesa que... —Carraspeó
mientras retorcía sus manos visiblemente nerviosa—. Vine a decirle que ha
dejado girasoles y margaritas por toda mi alcoba, y que no tengo ni idea de
qué hacer con ellos. No quiero hacer nada que la altere, majestad.
—Pues, puedo entender que le temas a las reacciones de mi hija, pero no
que andes despierta tan tarde en la noche. Y menos merodeando por ahí en
una localidad que nos es desconocida.
—Yo... entiendo, majestad. Me disculpo. No se repetirá.
—¿Sabe tu marido que has venido a ver a la princesa?
—¿Perdone? Yo... Este es mi trabajo, majestad.
—Ya no. Has cumplido tu cometido al ganarte tu compromiso, y uno muy
impresionante. Te libero de mi hija, lady Isamar Merak. Te has ganado la
paz de alejarte de ella. Ahora... bota todas esas flores, girasoles y margaritas
incluidos. Parece que ya no harán falta.
Cuando Isamar salió del cuarto, Shaula no pudo evitar sentir un dolor
profundo por la herida abierta, tan transparente a través de su mirada.
Si le faltaba una razón para detestar más a su padre, ahí la tenía.
Shaula volteó el tablero de un manotazo. Al escuchar el traqueteo de las
piezas, el rey volteó por completo anonadado.
—¿Qué has hecho?
—Yo también soy una Scorp. Como usted, majestad, puedo cambiar las
reglas del juego.
—Con berrinches no ganarás nada.
—No quiero ganar, majestad. De hecho, no quiero jugar más. Le
agradecería que se retire.
Lesath asintió y se levantó.
—Te dejaré pasar tu luto en paz.
~~~
Nota:
Último capítulo del maratón de hoy. Los leo en los comentarios ♡
4: Sir Aztor
En la penumbrosa madrugada a las afueras de la capital del reino de
Áragog, Shaula no durmió en toda la noche. Fue paciente. Aguardó hasta
que faltaban apenas un par de horas para la salida del sol, y salió de su
habitación donde aún acechaba la sombra de Isamar.
Venía a decirle que ha dejado girasoles y margaritas por toda mi alcoba, y
que no tengo ni idea de qué hacer con ellos»,
había dicho Isamar delante de Shaula y el rey.
«Yo tampoco tengo idea de qué hacer con los pétalos que dejaste, ni la
poesía que aprendí de ti, Isamar»,
pensaba Shaula.
La princesa salió de la alcoba y se encontró con sir Aztor haciendo su turno
de guardia afuera.
—¿A dónde se dirige, princesa? —preguntó sir Aztor.
Parecía de un humor aceptable, para ser sir Aztor. Sir Lencio estaría
descansando de su guardia.
—Yo... —Ella carraspeó—. Hay algo que debo hacer, sir.
El caballero no se veía convencido, pero fiel a su posición no cuestionó los
motivos o asuntos de la princesa.
—¿Quiere que la acompañe?
—Tu presencia alertará a media población —se excusó ella.
—Permiso para refutar, alteza.
—Permiso concedido.
—No me parece que sea seguro que vague sola tan tarde en un lugar
desconocido.
—De acuerdo, puedes escoltarme, pero luego te vas, ¿sí? Si te ven en la
puerta, sabrán que estoy adentro.
Avanzaron a paso ligero por el empedrado camino que serpenteadaba frente
a la posada.
A su lado, sir Aztor iba armado, siguiendo cada uno de los movimientos de
la princesa, alerta ante cualquier amenaza.
En el silencio de la noche, se fijó en la piel de la princesa: cálida, besada
por el sol del desierto, tan distinta de la palidez habitual en la capital. Vio
las cascadas de cabello castaño que parecían robarse el brillo de las estrellas
de esa noche. Cuando el viento pasó alborotándolo, se liberó el aroma
cítrico de los girasoles y la fuerza química de un perfume.
—Está usando el perfume que le obsequiaron los Sagitar aquel día.
—¿Qué día, sir Aztor...?
Los enormes ojos ahumados de la princesa lo miraron. Siempre eran
profundos y enigmáticos, pero entonces no guardaban secretos. Acababan
de recordar.
Fue en la ceremonia de cobro de impuestos, cuando sir Aztor dejó de ser un
capitán para volverse el custodio de la princesa por haberla agredido
públicamente.
—Lo lamento —dijo la princesa en voz baja—. Por la humillación que le
hice pasar.
—Usted perdonó mi vida —contradijo el caballero—. Y yo... Nunca me
disculpé, alteza. Nunca dije gracias. He sido aberrante en mi orgullo. Yo
soy quien se humilla a sí mismo.
Shaula le sonrió, aunque el velo y la penumbra hacían difícil notarlo.
—No tengo nada que perdonar, es usted nueva criatura, y ha hecho bien su
trabajo.
—Lo haré mejor.
—Lo sé. Y se lo agradezco.
La posada donde se quedaban las doncellas, con sus ventanas cerradas,
parecía dormir profundamente. Sin embargo, la princesa albergaba
esperanzas de que todavía hubiera alguien despierto.
Una persona en particular.
La princesa notó una luz tenue que se filtraba por una rendija en la puerta
principal. ¿Una vela encendida?
Se detuvo frente a la entrada, su corazón latiendo con fuerza. Miró a sir
Aztor, quien asintió con seriedad y dio media vuelta para darle la privacidad
prometida.
Shaula golpeó a la puerta, mordiendo su boca en la anticipación.
Como añoraba, no tardaron en abrir la puerta.
—Alteza...
Y no era su doncella.
Lo era, de hecho, era Altair. Pero no era
su
doncella.
—¿Me da un permiso, Altair? —pregunto Shaula haciendo ademán de
aproximarse a la puerta, pero la dama se interpuso cerrando todavía más.
—No puede hablar con Isamar.
—¿No puedo,
qué
A Shaula le parecía un sueño lo que escuchaba.
—No puede porque no está aquí. Su padre, el rey, la envió a quedarse en el
ala de los lores de Hydra, junto a su marido.
La princesa retrocedió como si hubiera recibido un puñetazo.
—¿Duerme con él?
—No duerme con él, sino en la habitación contigua. Pero ya no pertenece
aquí. Isamar ya no es su doncella, alteza. Si necesita algo... Jabbah y yo
estamos aquí para usted.
Shaula necesitaba algo, si: reanimación. Porque, en ese momento, recién se
declaraba muerta por dentro. Ya la había perdido a ella, era real. Ya no
quedaban motivos para amar las flores o leer poesía.
~~~
Nota:
Primer capítulo del maratón de hoy. Con esto creo que ya podemos hacer
oficial que
las actualizaciones
de
Monarca serán todos los viernes
, pero mientras más comenten yo más escribo. Así como hoy, que tenemos
maratón y creo que les va a gustar ♡.
Este capítulo es corto, pero igual comenten su opinión o.O
5: El príncipe oxidado
A la mañana siguiente, Isamar se había ido por su cuenta junto a los
carruajes de Hydra. Aunque tenían el mismo castillo por destino, habían
tomado rumbos separados.
Shaula no lloró más en todo el camino que quedaba hasta Ara, así como
tampoco le quedó ni el intento de una sonrisa. Del amor marchito en su
pecho solo quedaban virutas contaminadas. En eso se había convertido: en
el ataúd de sus sentimientos.
Al llegar al imponente salón del trono de los escorpiones, les recibió en el
aire un aroma que resultaba una mezcla de vino derramado, sudor y la
fragancia dulzona de los bocadillos abandonados.
«Por la santísima vagina de Ara...»,
pensó Shaula, y por poco no tuvo la compostura de dejar ese comentario
solo para ella.
La familia real entró con pasos cautelosos sobre la alfombra que, una vez
impecable, ahora estaba manchada con huellas embriagadas y migajas de un
banquete caducado.
Al lado de la princesa, el rey portaba una expresión severa; observaba la
escena como si cada fragmento de esta fuera un golpe directo a sus dientes.
Habían esperado encontrar el salón en perfecto orden para recibirlos, pero
aquello ni siquiera podía catalogarse como desastre. Era un horror.
El príncipe dorado, Antares Scorp, yacía en el suelo sin más prenda de
vestir que las calzas que deberían ir debajo del pantalón. Su pecho relucía
bajo pegostes de algo que, internamente, todos rogaban que se tratara de
alguna salsa. Sus hebras de cabello platinadas tenían un tinte rosáceo
gracias a la cantidad de vino que las bañaba, y su rostro, normalmente
radiante de galantería, estaba entonces divagando entre la inconsciencia y el
enrojecimiento.
Shaula habría querido reírse de él, de no ser por lo grave de la situación. No
es como si hubiera amanecido ebrio en su alcoba privada; lucía como un
borracho en el suelo del salón del trono al que había transformado en su
taberna personal.
Cualquier hombre sería encerrado por desvirtuar de esa manera el lugar más
sagrado de la monarquía; tratándose del príncipe ejemplar en esa situación,
en especial si quedaba impune... Prácticamente acababa de deshonrar el
apellido Scorp.
Solo con su ebriedad y la putrefacción del banquete desautorizado bastaba,
pero no para la creatividad de Antares. A su alrededor había al menos
cuatro vendidas inconscientes. Parecían muñecas deshechas por el mal uso,
con sus vestidos rasgados, sus peinados desastrosos y sus rostros pintados
grotescamente.
La mujer que había sido designada para cuidar al príncipe, su preparadora,
miraba al rey con genuina súplica y temblor en sus manos.
—Majestad, le aseguro que esto no ha sido mi culpa. Hizo todo lo que
estaba en mis manos...
—Sin duda hizo todo lo que estaba en sus manos, pero para ser destituida
—dijo la mano del rey, que estaba casi tan rojo como el mismo Lesath
Scorp.
—¡No! Lo juro, majestad, intenté por todos los medios detener al príncipe,
pero, ¿cómo se le dice que no al único representante de la Corona en Ara?
Yo no era nadie contra sus deseos.
En gran parte, los sentimientos de Shaula mudaron del asombro a la
impotencia. Había una ira constante que la acompañaba, como una vieja
amiga que te daña, pero que es mejor tener cerca antes que a la soledad; y
con esa ira en ella, toda injusticia hacía mella mucho más fuerte.
Ahí estaba su hermano, tumbado sobre sus propios desperdicios en el lugar
más sagrado para la familia real después del templo de Ara, y su
preparadora no había podido hacer nada para impedirlo. Aunque él tampoco
era el heredero, y era incluso menor que Shaula. A ella la hubiesen hecho a
lamer cada migaja hasta...
Un latigazo de la podredumbre del lugar la arrastró al recuerdo de sus
castigos pasados. Pasó de estar interesada en la escena a luchar por reprimir
una arcada, su nuca llenándose del sudor que evocaban las imágenes de
ese
día.
«¿Por qué, Ara? ¿Por qué me has hecho esto a mí, que he sido buena?».
Shaula ya ni siquiera estaba molesta. Estaba triste por su mera existencia.
Shaula miró a su padre de reojo, como esperando a que este hablara, y
pensó que debía ser terrible lo que pretendía decir si tanto tardaba en
pronunciarlo.
Mas allá del asombro inicial, quedaban las preguntas. ¿Qué había sucedido
en ausencia del rey? ¿Cómo había llegado al salón tal caos?
—Saquen inmediatamente a todos de aquí. —Aunque el rey había
mantenido el control de su tono, cada palabra que pronunció estaba cargada
de una tensión tal como para estallar e incendiar todo el palacio—. A los
lores háganles esperar en un ala alejada de esta estancia.
—¿Y con todo esto que quiere que haga, majestad? —preguntó la
preparadora, a lo que el rey, en lugar de responder, se desplegó hasta donde
su hijo agonizaba de sueño.
Shaula quedó absorta al ver cómo su padre enredaba sus dedos en la
cabellera de Antares y la asía como a las riendas de un caballo. Sin
compasión alguna, lo arrastró por ese anclaje para que lo siguiera fuera del
salón. No le dio tregua al muchacho ni al verlo tambalearse o quejarse de
dolor, hasta que el chico acabó tomando con humor su desgracia y soltando
chistes pesados durante toda la procesión.
Porque el rey no escogió el camino más corto, ni el más privado. Salió por
las puertas del pasillo principal y llevó consigo a su hijo sin importar los
guardias, sirvientes e incluso los escasos nobles que los vieron marchar en
tan extraña situación.
Shaula y la preparadora los siguieron de cerca, siendo testigos de primera
mano de las burlas de los espectadores y el miedo que proyectaban algunos
al ver a su rey así.
Murmuraban, no tan alejados de la razón, que los hijos del rey acabarían
con él.
Al llegar a la habitación real, Lesath Scorp soltó a su hijo con tanta
brutalidad que no sería exagerado decir que lo tiró a la alfombra.
Shaula y la preparadora entraron detrás, cerrando la puerta.
—¡¿Cómo se te ocurre, Antares Scorp?! ¿De quién fue la idea de profanar
mi salón de esta manera?
—¡Bienvenido de vuelta a casa, padre! ¿Qué tal el congelador? Espero
hayas protegido tus testículos, mira que probablemente te pidan otro
heredero antes de que la tumba de mi madre se enfríe... Porque sí era mi
madre, ¿o no? Te prometo que no le diré a nadie si no es así.
—Joven príncipe, no hable más, está ebrio... —intentó interceder la
preparadora.
El rey rugió sus siguientes palabras, su voz resonando en las altas paredes
mientras pedía a la preparadora que no se metiera en esos asuntos porque ya
bastante mal había hecho al permitir esa atrocidad.
Luego de eso la preparadora de Antares se marchó.
La princesa, que pretendía permanecer reservada, no pudo evitar la
sorpresa. Sus ojos se abrieron al ver a su padre en ese estado y a su hermano
en uno peor.
Lesath se adelantó hacia el príncipe, su ira palpable.
—¡Levántate, condenado holgazán! —dijo, agarrando al joven por el
hombro y zarandeándolo—. ¿Cómo te atreves a deshonrar nuestra casa de
esta manera?
El príncipe murmuró incoherencias en medio de una risa pastosa, su aliento
a vino caliente.
—¿Quieres jugar a ser un inútil, Antares? Pues un inútil serás.
Su padre lo soltó con asco, a lo que el joven se arrastró hasta quedar
indebidamente sentado con la espalda recostada de la cama. Cada hendidura
de su abdomen era visible en esa incómoda posición.
—No tienes que irte siempre al extremo de todo, Lesath. ¿Un hijo te
molesta? Lo encierras en las mazmorras. ¿Tu esposa te regala un bastardo?
Vamos a matarla. ¿Tu hija nace con vagina? Vamos a deprimirnos de por
vida. ¿Y ahora quieres sacarme de tu buena voluntad? A este paso va a
terminar reinando el alto sacerdote.
Shaula disfrutó esas palabras sonriendo libremente tras su velo. Pero sus
ojos no tenían ese escudo, y Antares vio la diversión encendida en ellos. Así
que le guiñó un ojo a la distancia mientras su padre despotricaba sobre
todos sus ancestros.
—¿Por qué? —insistió el rey.
—Porque estaba aburrido. Extrañaba a mi familia, ¿qué hay de malo en
eso?
—Eres un imbécil.
—Eso debiste pensarlo antes de dejarme a cargo de tu reino.
—Tú no estabas a cargo, Antares, estabas en recuperación. Has pasado por
encima del embajador que delegué...
—¿Ese? —Antares hizo un gesto despectivo con su mano—. Lo ejecuté.
Lesath hizo silencio, y Shaula tuvo que morderse la boca para que su
sonrisa no se tornará en una carcajada.
—Limpiamente —aclaró rápidamente Antares, como si eso resolviera todo.
Entonces se puso de pie, a duras penas, mientras se tambaleaba—.
Obviamente no pretendía empezar una guerra ni nada. De hecho, es tu
culpa. Debiste dejar a cargo a alguien más maduro. Ese hombre aceptó una
apuesta conmigo, un duelo a muerte. ¿Y yo soy el imbécil?
—¡¿Apostaste tu maldita vida, Antares Scorp?! ¿Eres tan arrogante como
para pensar que tu vida te pertenece?
—Relájate, no iba a perder.
—Por supuesto. ¿Qué podías perder? Si es claro que el juicio ya no lo
tienes.
—En ese caso, de haber muerto, te habría ahorrado un problema.
—De haber muerto, te regreso a la vida convertido en sirio solo para poder
matarte yo. ¡Tenía planeado un banquete para honrar tu regreso! Pero nos
hiciste quedar en ridículo. Si no logro sofocar el rumor, se hablará de tu
osadía hasta que las paredes de este castillo se caigan. ¡Tenía planes para ti!
—Te encanta engañarte, ¿no? Y todos debemos creernos tus engaños. —
Antares se reía como si disfrutara de lo irónico—. ¿Mi regreso? ¡¿Mi
regreso?! Quiero hablar con Sargas, ¿de acuerdo? Soy imbécil, pero tengo
memoria suficiente para recordar su maldita risa. No me intoxiqué con
ninguna comida como dicen los doctores.
—No hay nada que pruebe lo que insinúas. ¡Y no! No verás a Sargas, y no
exigirás nada más en lo que te queda de vida hasta que enmiendes lo que
has hecho.
—¿Y qué se supone que hice? Solo me divertía un rato con las vendidas, ya
que me regalas tantas...
—No tienes edad para tener ese tipo de vendidas, te las regalo para que te
ayuden como doncellas, no como... lo que sea que hayas hecho con ellas
anoche.
—No les entregué mi virtud, si eso te preocupa —contestó Antares con tono
de burla—. Solo nos divertíamos.
—Si lo que deseas es diversión, vete lejos de esta corte y haz lo que te
plazca... ¡Pero no permitiré que sigas manchando el nombre de esta familia
por tus berrinches!
—¡NO SON BERRINCHES! —Antares estaba rojo, sus dedos amenazando
a su padre como si quisiera asesinarlo con ellos—. Me dejaste aquí para ir a
hacer de rey con la preciada hija de la mujer que te hizo un payaso ante tu
corte. Te olvidaste de mí, sin saber si algún día despertaría... Y le perdonas
la vida a él. A un bastardo. Aunque puso en peligro la vida de tu único hijo
legítimo. Y ella... ¿Es cierto? ¿La mataste?
—Antares Scorp, para antes de que tus palabras te condenen.
—No me interesa —espetó a Antares casi escupiendo—. Si la mataste o no,
no me importa. Pero si tuviste la corona bien puesta para deshacerte de
ella... ¿Por qué Sargas sigue siendo tu heredero? ¿Para qué sirvo yo ahora?
¿Qué se supone que haga si te la llevaste antes de que...?
Antares desvió su rostro. Sus labios emitían una risa amarga, pero sus ojos
ardían. Tuvo que detener sus palabras antes que derrumbaran mucho más
que solo esas lágrimas represadas.
Shaula desconocía la situación de su madre y Antares. Había sentido celos
de la libertad con la que él podía expresarse ante su rey, pero en ese punto
casi sintió lastima por el príncipe herido que se tambaleaba frente a ellos.
—Mis hijos se han vuelto contra mí, y en medio de su revancha cada uno ha
enloquecido —dijo Lesath, y aunque parecían palabras para si mismo, no lo
eran. Los estaba mirando a ambos—. Piensen, por el amor a Ara. Piensen
más allá de sus sentimientos iniciales. Piensen más allá del dolor. Solo nos
tenemos unos a otros, y yo... No podré seguir llevando esta carga solo
mucho tiempo. Si lo que quieren es que los deje bajo la tutela de la Iglesia,
les concederé su maldito deseo. Pero no me torturen más, porque el daño se
lo hacen a ustedes mismos. Dejen de ensuciar el nombre de esta familia por
asuntos personales...
—Padre... —Shaula tocó el brazo de su padre con benevolencia, mientras su
rostro permanecía medio inclinado en sumisión—. ¿Me permite hablar con
mi hermano a solas? Siento que nos hará bien.
Al principio, Lesath miró a Shaula con extrañeza. Al final pareció decidir
que la idea no haría daño a nadie, y besó la frente de su hija en gratitud.
Esa mera acción resquebrajó todo en Shaula. Era la primera muestra de
afecto filial que recibía en mucho tiempo. Su corazón resintió tanto aquel
beso, porque iluminó todas sus carencias. Y eran muchas. Fatalista, con
ganas de deshacerse en llanto, Shaula no recordaba ni un solo instante de su
vida en el que hubiera sido amada.
Y lo más doloroso era que ese gesto afectivo parecía genuino. Pero tenía
tantas razones para estar molesta con Lesath, que no quería permitirse
extrañarlo como figura paterna.
Cuando el rey salió, Antares se tiró a la cama y dijo inmediatamente a su
hermana:
—Pierdes tu tiempo si pretendes sermonearme.
—¿Por qué lo haría? —preguntó Shaula sin máscaras—. Cualquier enemigo
del humor de mi padre es inmediatamente de mi agrado.
Antares se le quedó mirando sin ninguna emoción plausible en su rostro.
Duró tanto en ese silencio extraño, que Shaula tragó en seco temiendo su
reacción.
—Estás hablando de tu rey —dijo Antares sin ninguna inflexión en sus
palabras, era casi sombrío escucharlo así.
—Soy su hija... —Shaula emitió una risa combinada con un bufido—.
Prácticamente lo acusaste de asesino, y también es tu rey.
—Yo soy hombre.
—No es ese verdaderamente el problema, ¿o sí? Que tú seas hombre no
condiciona nada tanto como el que yo sea mujer. Ese es el inconveniente.
—No voy a juzgarte por tus pensamientos, siempre que sean solo eso.
Shaula, sigo siendo el reclamo más fuerte a este trono, no puedo consentir
que digas cosas que... me pongan en una situación complicada.
Shaula asintió, comprendiendo la posición de su hermano, aunque odiando
el mero hecho de que esta existiera.
—Lo lamento.
—No te disculpes conmigo. Solo... sé más precavida.
—Pero... tú eres mi hermano. Debería poder... ¿confiar en ti, tal vez?
—Si te parezco una buena persona para depositar tu confianza, entonces
tienes un gran problema de juicio.
«Y aún así, me lo advierte»,
pensó Shaula, concluyendo que de todos modos Antares no era una mala
persona. Aunque sus estándares tampoco estaban tan altos, dadas las
personas que acostumbraba a conocer.
—¿De verdad tú...? ¿No lo odias por lo que crees que hizo?
Antares lo pensó un momento hasta que decidió negar con la cabeza y
suspirar, como si estuviera exhausto.
—Lo odio por lo que no ha hecho.
—Pero ella era...
—Tu madre, Shaula, no la mía.
Shaula tenía que hacer esa pregunta, aunque no quisiera, aunque doliera. No
podía confiar en la visión de su padre, necesitaba una opinión imparcial.
—¿Qué te hizo...?
El desvió el rostro, y pasó tanto tiempo en silencio que Shaula se convenció
de que no respondería.
Pero sí lo hizo.
—Nada, absolutamente nada. Ni siquiera me miró. Ni una vez.
—Eso es mucho decir —bromeó Shaula para no cargar el peso que
conllevaba la declaración—. Con lo extravagante que sueles ser, es difícil
no verte.
Antares sonrió, muy a su pesar. Parecía molesto consigo mismo por haberlo
hecho, pero Shaula se sintió animada por primera vez en semanas. Ella ya
no podía sonreír, pero todavía podía regalar una sonrisa.
Shaula se dio la vuelta para marcharse después de un rato de silencio, pero
se detuvo al escucharlo decir:
—Shaula.
—¿Sí? —preguntó ella girando solo su rostro.
—Bienvenida de vuelta.
~~~
Nota:
¿Qué piensan de este capítulo? ¿De Antares y de la conversación familiar
que hubo entre el rey y sus hijos?
Sé que extrañan a Isa, no se alarmen. Falta un capítulo todavía del maratón.
No se olviden de comentar ♡
6: Toda la verdad
La luz blanquecina de la mañana en Ara invadió la penumbrosa habitación
de la primogénita de los Scorp. Alguien había abierto las cortinas.
—Alteza, levántese, tiene un...
—Cierra esas cortinas, todavía me restan seis horas de sueño —gruñó
Shaula enterrándose más profundo en las sábanas.
—Tiene un compromiso hoy —insistió la doncella. Era la voz de Altair.
—No asistiré, mi padre que se las arregle sin mí.
—Pero debe...
—Yo decidiré lo que debo, Isamar.
—Altair —corrigió la doncella en un tono que perdió todo el calor de su
voz.
Shaula pasó un instante sin reaccionar bajo las sábanas. No se movía,
parecía que ni respiraba, hasta que borró la importancia del asunto
escribiendo sobre ella su indiferencia.
—Sí, ya conozco tu nombre.
—Incluso así, me ha llamado por el de mi hermana.
Shaula salió de su sábana y se sentó. Sostuvo la mirada de la doncella sin
rastro de una sonrisa, sin la calidez de una relación como la que habían
llegado a construir.
—
Altair
—rectificó Shaula haciendo énfasis—, quiero estar sola. Puedes irte en paz
y ocuparte de tus asuntos.
—Si tiene algo en mi contra,
alteza
, tal vez es momento de que me lo aclare.
Solo quería dormir, solo quería escapar de cada rincón de su vida tan
habitada de opiniones, docmas y protocolos que la hacían parecer una
huésped de sí misma.
Pero ni siquiera eso podía.
Hasta las doncellas se creían con la autoridad de hablarle como a una
escoria. Y sí, Shaula se refería así de sí misma, pero nadie más tenía
derecho a ello. Al menos eso le quedaba.
Lo que había sido la ausencia de una sonrisa empezaba a torcerse en el
sentido contrario, mientras que una ceja formaba un arco pronunciado.
Ya no era falta de amabilidad, era tiranía lo que había en su mirada.
—Tu hermana se compromete y te crees con derecho a hablarle de ese
modo a tu princesa —declaró.
—Usted no es mía, ¿o sí? Y no tiene nada que ver con el compromiso de mi
hermana el que le hable así. Estoy siendo respetuosa, pero también honesta,
como creo que merezco dada la amistad que...
—No te confundas, yo no tengo amistades.
—Eso es más que obvio.
La primogénita de los escorpiones había imaginado que no existirían
nuevas cosas que pudieran dolerle. Ese comentario le demostró cuán
equivocada estaba.
—Con su permiso —dijo Altair, pretendiendo marcharse.
—No te he dicho que te muevas.
La mayor de las Merak la miró como si no pudiera creer lo que oía. En
absoluto concebía la idea de ser tratada de ese modo por la princesa.
—Alteza, hace un momento me dijo que me marchara...
—Y no obedeciste.
—Tenía que...
—Lo único que tienes qué, es lo que yo te ordene. Para tener tan claro que
no tengo amistades, te atribuyes demasiados beneficios, ¿no te parece?
Shaula bajó sus pies descalzos de la cama y se desprendió de las sábanas
con brusquedad.
—Tiende la cama —ordenó a la dama—. ¿Dónde está Jabbah? Necesito que
me arregle.
—En el recibidor.
Se le quedó mirando con frialdad hasta que esta agregó:
—En el recibidor, alteza.
~☆♡☆~
Shaula tuvo un desayuno privado y silencioso en su alcoba, pero para el
almuerzo decidió asistir al organizado en los jardines del palacio.
No tenía caso causar un conflicto gratuito.
Además, las palabras de su padre no salían de su cabeza.
—«
Te dejaré
pasar
tu luto en paz.
Lesath no había dicho nada ni remotamente parecido luego de enterrar a su
madre. ¿Por qué entonces?
Y por cómo había tratado a Isamar... ¿lo sabía? ¿Estaría al tanto del defecto
en el corazón de Shaula? ¿De la dependencia que había llegado a contraer a
las caricias de una mujer?
No.
¿En qué pensaba Shaula siquiera considerando algo así?
Si Lesath lo supiera, sería el primero en mandarla a la horca. ¡Era el rey de
Áragog!
Pero...
Era su padre. Jamás estaría de acuerdo con una blasfemia semejante, jamás.
Sin embargo, existía una gran posibilidad de que prefiriera resolverlo por su
cuenta y encubrirlo, que ejecutar a su propia hija. Lesath había jugado
ajedrez con Shaula desde su niñez, le mostró el archivo árago, esa
biblioteca secreta del castillo, la instruyó como a un hijo más... Tal vez no
era el mejor, tal vez ni siquiera era bueno, pero tenía su forma muy
particular de amarla.
Sería incapaz de ejecutarla. Shaula estaba segura de muy pocas cosas, pero
esa... Esa era una de ellas.
En ese caso, si su padre lo sabía todo, ¿qué habría sido capaz de hacer para
encubrir el crimen de su primogénita?
Y si...
Shaula sintió su corazón retorcerse de tal forma que estuvo tentada a gritar
por ayuda médica.
Isamar había actuado extraño la mayor parte del viaje a Deneb. No como
alguien que oculta la felicidad de un compromiso ventajoso, sino como
alguien atrapado, solo, incapaz de desahogarse con nadie.
Ni siquiera había asistido a la fogata por el cumpleaños de Gamma Cygnus,
donde Shaula hizo ese maldito acuerdo para el baile con el ahora lord
Volant.
¿Habría su padre intervenido de alguna forma?
¿Fue Lesath quien obligó a Isamar a casarse?
Eran demasiadas preguntas a las que jamás tendría respuestas. No podía
simplemente enfrentar a su padre, no si quería mantener sus defectos como
un secreto, y no había forma de que eso ocurriera si llegaba a presionar al
más astuto de todos los escorpiones.
Y con Isamar... No la había dejado hablar. La llamó arrastrada, insinuó que
era una cualquiera, y ahora ya ni siquiera era su dama. ¿Cómo podría iniciar
una conversación con ella después de eso?
En todo caso, siempre quedaba la otra opción, la peor y más factible de
todas: tal vez, todas esas preguntas solo eran un intento desesperado por
escapar de su realidad: Isamar iba a casarse, y no con ella. Jamás con ella.
La mesa del almuerzo aguardaba mientras sus damas le hacían compañía.
Era duro adecuarse a la nueva realidad. Dos damas en lugar de tres, y la que
faltaba era la única que tenía una importancia íntima para ella.
El resto del mundo se podía rapar, mudar o morir; Shaula no se enteraría.
La ausencia de Isamar abarcaba tanto en la mente de ella que no le quedaba
espacio para nada más.
Antares ocupaba una mesa más centrada con los nobles que importaban. A
Shaula la sentaron junto a las ladies en sociedad para entretenerlas. Con su
hermano menor de vuelta en la corte, Shaula valía todavía menos del lugar
que le dieron en Deneb, que ya le resultaba ínfimo.
Isamar ya había terminado de comer para entonces y paseaba por los rosales
agarrada del brazo con su marido. Se veía como toda una dama aceptada en
sociedad, con el bonete sobre su cabello recogido en trenzas intrincadas, y
la red oscura que caía como un flequillo sobre parte de su rostro. Los labios
rojos, los guantes negros y el vestido que combinaba ambas tonalidades con
el corsé más distinguido y un escote pronunciado. Era una visión que
agregaba gotas de lluvia a la melancolía de la sonata que ambientaba la vida
de la princesa.
¿Cómo pudo Shaula atreverse a llamarla insípida?
Solo así perdió lo que le quedaba de apetito. ¿Qué mas daba que su
estómago sufriera? Si ya padecía de una anemia emocional.
Shaula solo dejó de mirar hacia ellos cuando la vendida llegó con su plato.
Alzó su mano para rechazarlo sin siquiera echarle un vistazo, pero la mujer
le dijo que por favor lo mirara antes de despreciarlo, ya que se trataba del
arreglo de un admirador.
Volteó de sopetón, como si su corazón lo supiera entonces.
Miró la bandeja y primero que notó fue que lo único comestible era un
melocotón.
Como si se tratara de un sol, habían rodeado el plato con pétalos blancos y
amarrillos; en un extremo había, además, un girasol, y al otro una margarita.
El símbolo de la doncella sencilla que decidió enamorar al sol.
Fue como ver llover sobre las dunas de Baham.
Sus dedos rozaron los pétalos, sintiendo espinas invisibles. La añoranza se
anidó en su pecho. Recordó las sonrisas robadas, la poesía susurrada en la
penumbra contra su piel.
Por algún motivo, comenzó a comer distraída. Parecía el fantasma del
escorpión que alguna vez pretendió ser.
—Prima —dijo Jabbah, cautelosa como nunca. Eso enturbió todavía más
las nubes del humor de Shaula. Debía parecer moribunda para provocar tal
consideración de parte de su prima.
—¿Sí, Jabbah?
La doncella le tendió una carta y la acompañó con una sonrisa extraña.
El papel era amarillento y el sello estaba marcado con el emblema de los
Nashira.
Shaula contuvo el aliento.
Su abuelo al fin había respondido a su misiva.
Rompió el sello y leyó las palabras encriptadas.
Luego guardó el mensaje en la fortaleza de su mente y, sin titubear, se
acercó
a las parrillas del jardín y prendió fuego a la carta. Las llamas devoraron las
letras y sus enigmas, pero antes de que las cenizas se dispersaran, alguien
carraspeó detrás de ella.
No hizo falta que la princesa se girara para confirmar que se trataba de la
mujer encargada de su preparación: lady Briane.
—¿Puedo preguntarle qué se supone que hace, alteza? —preguntó la mujer.
Había llegado el momento de retomar uno de sus peores miedos, y ya no
tenía a la pescadora imprudente para ayudarla a sobrellevar la preparación.
—Me provocaba algo más de carne, lady Briane.
—¿Y pretendía hallarla en las cenizas?
Shaula se encogió de hombros fingiendo inocencia.
—Las chispas me provocaron curiosidad.
—Más le vale sofocarla pronto, alteza, antes de que esa curiosidad sea
quien la sofoque a usted.
—Agradezco el consejo.
—No es un consejo. Y vuelva a la mesa, estar aquí parada sin socializar le
da muy mal aspecto.
No discutió, no tenía intención de molestar a la preparadora.
Agradeció poder dejar atrás la mesa solo con la compañía de sir Lencio. La
preparadora no demostraba su intensidad habitual, aunque había algo en su
mirada... Era como si sonriera sin curvar los labios.
Al inmersarse en el corredor rumbo al corazón del castillo, todavía llevaba
el sabor amargo de las margaritas y los girasoles. Pero antes de que pudiera
alcanzar la siguiente puerta, una voz tensa al otro lado del corredor la
detuvo.
Eran las dos últimas personas que quería ver.
Lady Isamar y su prometido, quien la tenía aprisionada contra la pared.
Shaula no tuvo ni el impulso de sentirse desdichada por la situación, cuando
las espinas en la mirada de Isamar eran tan evidentes.
No estaba cómoda.
—Tienes que comportarte —escuchó Shaula que dijo Volant. Sus ojos,
normalmente apacibles, ardían como brasas al voltear para confirmar si
alguien los estaba oyendo.
—No tienes derecho a decirme qué hacer, no todavía —respondió ella. Su
vestido se arrugaba bajo el agarre de sus manos.
—Si quieres casarte conmigo, yo tendré derecho a todo desde este
momento. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que rompa este compromiso? Porque
puedo hacerlo de inmediato, lady Isamar. Puedo hacerlo si es lo que
suplicas.
Shaula sintió un atisbo de esperanza mezclado con aprensión.
Isamar volteó huyendo de la mano de lord Volant que la buscaba. Así, su
rostro pegado a la pared sin escapatoria, sus ojos verdes se encontraron con
los de la princesa. Eran un llamado de auxilio al que Shaula no supo cómo
responder más que quebrándose.
¿Qué le había pasado a su Isa para transformarse en ese despojo de mujer?
Lord Volant volvió a tomarla del rostro, esta vez más firme, y le dijo:
—No me has respondido... ¿Quieres que acabe este compromiso?
Isamar le sostuvo la mirada un momento, resistiendo cómo los dedos del
hombre lastimaban sus mejillas.
—No —respondió. Parecía al borde del llanto—. No quiero, mi lord.
—Entonces ve a lavarte la cara. No quiero que nadie piense que hago
infeliz a mi mujer, ¿queda claro?
—Sí, mi lord. Enseguida.
Isamar huyó, su falda ondeando como pétalos que se desprendían de su
alma.
Y Shaula no lo pensó, fue tras ella.
Llegaron al cuarto de escobas, un rincón olvidado donde las arañas tejían
sus redes.
Isamar se encerró dentro, sus sollozos resonando en las paredes desnudas.
Shaula no se molestó en tocar la puerta y entró tras ella, escontrándola
hecha un ovillo en el suelo.
Lo que veía era aterrador. Jamás había visto a Isamar en ese estado,
sollozando como si acabara de ver morir a un ser querido. Estaba tan
absorta en su llanto que el hipo se interpuso en todo el torrente de lágrimas
que bañaban su rostro, y no parecía importarle.
Estaba roja, sin aliento, destruida por el dolor tan genuino que brotaba de su
pecho arrasando con todo lo demás.
¿Qué le había pasado?
Se pasó la mano por el cabello, tumbando el bonete y la red, y emitió una
exhalación como de ahogo sin importarle la muda espectadora.
¿Siquiera la veía?
—¿Qué te hizo, Isa? —preguntó en un hilo de voz.
Ella alzó los ojos, hinchados y enrojecidos, el verde se veía casi marchito.
Y seguía tan hermosa...
—Lo besé.
—Tú... —Shaula se detuvo, como si no entendiera esas palabras—. ¿Te
besó?
Isamar asintió lentamente.
El mundo de Shaula se nubló, las lágrimas de Isamar llamando a las suyas
como antes eran sus labios los que ejercían ese magnetismo. Decayó
moralmente hasta que su cuerpo la acompañó, y con sus manos se ayudó a
no caer con estrépito en el piso.
Acompañó a Isamar en el suelo, sus huesos resintiendo el frío de la
realidad.
Ella sabía que Isamar no volvería a ser suya, pero ahora debía convivir con
el dolor de entender que los besos que debían ser para ella se los quedaría
otro.
Isamar negó con la cabeza, las lágrimas desbordando por sus mejillas.
—Dime que te lo arrancó de la boca —rogó Shaula, un océano de lágrimas
reprimidas llenando de sal sus palabras.
—No...
Isamar casi no tenía voz.
Shaula hizo un ruido como de ahogo, y presionó sus labios con el dorso de
su mano. Miraba al cielo, sus ojos batallando con el resquicio de sus fuerzas
por no dejar ir esas lágrimas que quemaban desde dentro.
—Quisiera que hubiera sido así, pero yo lo besé. Él... es bueno, ¿sabe?
Bueno siendo el peor. —Isamar tragó y dejó escapar una exhalación
temblorosa—. Me pidió que lo besara. Yo a él. Y él disfrutó cada maldito
segundo que tardaba en hacerlo, riéndose sobre el temblor de mis labios,
profundizando el beso en tanto sintió la primera lágrima...
Shaula la miró, su alma temblando por lo que oía.
—¿No querías besarlo?
Otro sollozo fue su respuesta. Isamar escondió el rostro entre sus piernas, y
Shaula se quedó viendo hacia la puerta con la mirada vacía.
—Isamar...
—¿Por qué está aquí? —exigió ella alzando el rostro—. ¿No debería estar
ocupándose de sus asuntos?
—No seas agresiva, yo estoy aquí por ti.
—Muchas gracias, alteza. Yo estoy bien, puede regresar a su itinerario.
—Isamar.
—¡¿Qué?!
—¿Por qué te casas con un hombre al que no podrás amar nunca?
Isamar sonrió con ironía, una imagen lamentable dadas los surcos de
lágrimas en su rostro.
—¿A quién conoce usted que se case por amor?
—Esto es diferente... Le temes.
—¿Que le temo? ¿Esa es su conclusión? —Isamar de limpió ambos ojos
con su guante—. Lo que siento por ese hombre no es temor, es asco.
—Pero tú...
—¡No!
Shaula quedó petrificada por el grito. No era capaz de acostumbrarse a un
trato semejante por alguien que no fuera superior en rango.
—Yo ya estoy muerta, ¿entiende? Y sabía que este día llegaría, el día en
que usted lo supiera y tuviera que verme enfrentada a su tristeza, y tal vez a
su distancia. Pero, ¿qué fue todo eso que me dijo? Éramos amigas. Por el
amor a Ara, princesa, usted era lo más cercano a un hogar para mí. Y la
manera en que se expresó de mí... —Isamar negó con la cabeza—. Ni
siquiera me dejó explicarme. Usted no quería escuchar, porque usted es
ciega. Solo puede ver su dolor y el de nadie más. Y yo gritaba... con todas
mis fuerzas gritaba, y si usted, que dijo amarme, nunca me oyó... ¿Quién lo
hará?
Una triste sonrisa fue el trágico final a sus palabras.
—Estoy condenada.
Shaula tragó en seco y dejó su mano sobre la rodilla de Isamar.
Inspiró fuerte, se armó de valor para ser débil, y dijo exactamente lo que
sentía.
—Mi corazón está en ruinas desde que solo lo habitan los escombros de tus
besos, Isamar.
Isamar la miró, en silencio.
—He actuado como una persona herida, y lo lamento. Si tan solo supiera...
Yo no sé nada, yo... Tú siempre has tenido las respuestas, yo soy la que
pregunta, la que duda, la que hace comentarios ingenuos en momentos
inadecuados. Tú has guiado mi corazón hacia el tuyo, Isamar, y yo he sido
ciega, pero no es contigo. Siempre he estado ciega hasta que llegaste tú.
Shaula respiraba con dificultad, pero no iba a detenerse. Solo cuando
empezó a hablar entendió que ese era el camino, que necesitaba librarse de
esas palabras para hacer espacio al oxígeno en sus pulmones.
—Dime que hago ahora —suplicó sin verla—. Tú enseñaste a mi corazón a
latir, Isamar, no puedes simplemente alejarte y pretender que no me quede
sin pulso.
Entonces sí la miró.
—Yo
necesito
saberlo.
—Princesa... Ya no soy su doncella, ya no puede exigirme nada.
—No te exijo nada, Isamar... Te lo imploro. Dime qué sucede, déjame
ayudarte. Me niego a... No puedo. —Shaula expresaba su frustración con
ademanes de sus manos—. No puedo volver a verte llorar así en la vida y
sentir que no puedo hacer absolutamente nada para evitarlo, porque ni
siquiera conozco el motivo.
—Es que no quiero... —La voz de Isa se quebró a la mitad. Tuvo que hacer
una pausa para serenarse—. No quiero que me perdone, alteza. Será más
fácil para usted ser feliz después de mí si me odia.
—Esa no es tu decisión —espetó la princesa—. Quiero recuperar tus
recuerdos. Estoy cansada de sufrir con lo único que me ha hecho feliz en
tanto tiempo.
Isamar asintió.
—¿Hace cuánto? —preguntó Shaula, ahora que Isamar había accedido.
—El día en que... El día de lo ocurrido en la biblioteca. Ese fue el día en
que me lo propuso formalmente y acepté.
—Por eso no te quitabas los guantes. Porque tenías... Su anillo.
Isamar solo asintió.
—Actuabas extraño desde que decidiste saltarte la fogata y participar en el
tiro con arco para llamar la atención del barón. ¿Por qué? ¿Acaso mi
padre...?
—¿Su padre? No creo ser tan importante para que el rey de Áragog haga
nada con respecto a mí.
—Él... —Shaula sonrió con tristeza—. Era tu suegro.
Isamar la miró a los ojos.
—No diga eso, alteza, por favor. Quisiera tanto que hubiera sido así... Me
habría dedicado a cambiar su calzado y organizar su guardarropa toda mi
vida si eso me mantenía siendo... lo que sea que fuimos.
—Pero llegó sir Volant a salvarnos en esa maldita noche nevada —maldijo
Shaula.
—No todo es culpa de él. Los problemas empezaron antes. Él solo se
aprovechó... y vaya que lo hizo bien.
—¿Qué problemas?
Isamar asintió con firmeza, como sellando el acuerdo. Le contaría todo.
—Mantenemos una correspondencia constante con mi padre. Siempre está
pendiente a nuestros avances, pero de un momento al otro empezó a ejercer
más presión. Supe que algo no estaba bien e hice la pregunta. La maldita
pregunta.
»Su misiva llegó a mí justo antes de la ceremonia de tiro con arco en el
cumpleaños de la princesita Cygnus. Mi padre me reveló que estamos
atravesando una crisis económica. Resulta que el negocio se ha visto
bastante afectado por la competencia, y mi padre ha tenido que hacer
algunas inversiones drásticas como también pedir unos préstamos
arriesgados... Y no ha salido bien. De hecho, el plazo para pagar se venció y
estamos en nuestra segunda prórroga.
»Debemos hasta la casa, princesa.
—Y quería que tú... —Shaula empezaba a entender, se reflejaba en su rostro
—. Quería que ustedes resolvieran sus problemas con las dotes de
matrimonio.
—Podemos conseguir un acuerdo ventajoso con la idea de nuestra
economía justo ahora. Pero si nos quitan la casa, si se descubre que
prácticamente estamos en quiebra, entonces tendríamos suerte si alguien da
por nosotras el precio de una vendida.
—Isamar... Yo no tenía idea. Si tan me lo hubieses dicho. Puedo ayudarte,
económicamente no me falta nada, y aún si no pudiera conseguir el efectivo
hay tantas pertenencias que podría vender...
—Princesa... —Isamar mordió su boca. Parecía a punto de echarse a llorar
nuevamente—. Ojalá hubiera confiado en usted entonces. Yo sé que no
habría aceptado su dinero bajo ningún concepto, pero si tan solo hubiese
sabido lo que sucedería después...
—¿Hay más?
Isamar se limpió la mejilla antes de proseguir.
—Después de esa noticia supe que mi tiempo para encontrar esposo se
agotaba, así que decidí hacer todo lo posible para conseguir un buen
acuerdo matrimonial. Así me fijé en el barón. Tenía que hacerlo por mi
familia. Por mi hogar. Por el hogar de mis hermanas. No podíamos
quedarnos en la calle.
»Luego vino lo peor. Sir Volant se acercó a mí diciendo cosas que le juro no
quise creer, pero en el fondo siempre supe que no estaba jugando. Hasta que
mi padre me envió ese cuervo urgente.
—¿Qué? ¿Qué decía?
—Mi hermanita.
—¿La menor? —Shaula buscó la mano de Isamar y la apretó. Quería ese
dolor como si fuera suyo, no podía dejarle toda la carga a la mejor persona
que había conocido jamás—. ¿Qué le sucedió a tu hermana, Isamar?
Isamar se notaba convaleciente. Cuando al fin le dijo la verdad, solo se oyó
el residuo de sus palabras, los que no se habían adherido a su garganta.
—Está embarazada.
Eso era imposible. Eso no podía ser por el sencillo hecho de que...
—Tu hermana es menor.
Isamar se encogió de hombros, sus lágrimas empapando su sonrisa
fragmentada.
—Iba a casarse con un obrero, eventualmente, para cumplir el edicto de
demanda por esposas. Estábamos bien con eso, es natural y... hemos tenido
años para asimilarlo. Pero esto...
Isamar se mordía tan fuerte la boca que Shaula tuvo que interponer sus
dedos, acariciando su labio inferior, para que no se dañara.
Todavía con los dedos en su boca, ambas se miraron. Casi podía sentirle el
pulso solo con tocarle el labio, como si sus latidos hicieron eco en el
pequeño cubículo.
¿O era el corazón de Shaula?
Isamar tragó en seco y llevó su mano a la de la princesa, manteniéndola
contra su boca el tiempo justo para darle un pequeño beso a la punta de sus
dedos.
—De mí también quedan solo escombros desde que barrí sus pétalos de mi
corazón —susurró Isamar contra su mano.
—Mentirosa —musitó Shaula temblando por dentro—. Nadie que bese una
mano de esa manera puede carecer de pétalos, ni de poesía.
Dicho eso, Shaula arrastró a Isamar hacia sus brazos. Lo hizo con ira al
principio, aunque no contra ella. Solo cuando ya estaban inmersas en el
abrazo se permitió relajarse, soltando todo peso, quedándose solo con la
fuerza para soportar el sollozo de la mujer que le había robado el corazón.
—Extrañaré...
—Tú no te has muerto —cortó Shaula—. No tienes nada qué extrañar
porque yo jamás voy a dejarte, ¿me entiendes?
Se separó de ella apenas lo justo para tomarla por el rostro.
—No me importa cómo termine esta historia, qué decisiones tomaste o los
motivos que tuvieras... Yo no volveré a abandonarte. No volveré a cegarme
a tu dolor. Te escucho, ¿de acuerdo? Ahora te escucho gritar, y no hay
marcha atrás a eso.
—Shaula...
—Sshh...
Volvió a estrecharla entre sus brazos, y permanecieron así un rato hasta que
el llanto de Isamar menguó lo suficiente para que terminara su historia.
—¿Cómo sucedió? —preguntó Shaula para ayudarla a retomar, ya que ella
se veía perdida.
—Dicen que no quiere hablar del padre porque está enamorada.
Por la expresión de Isamar, a esa historia le faltaba un enorme pedazo. Y sin
embargo, Shaula no pudo evitar decir lo que pensaba.
—Tienes otra hermana, Isamar. ¿Por qué no se casa Altair?
—Princesa...
—¡Ella es la mayor!
—Shaula.
Se miraron.
—Yo tengo otros pensamientos al respecto. Quiero decir, ¡es una niña!
¿Cómo puede siquiera pensar en...? No. Es todo demasiado conveniente. Yo
creo que... Sé que suena descabellado, pero... es que... ¿Sino...?
—Isa, por favor, cálmate y cuéntame todo en orden, porque no estoy
entendiendo a lo que te refieres.
—Volant no solo me hizo una propuesta a mí, Shaula. Él vino con dos
perfectas y convenientes propuestas de matrimonio: una para mi hermanita,
de un fiel lacayo suyo, y una para mí. Literalmente con eso nos salva la
vida, la reputación, nuestra situación económica y futuro. Mi hermanita se
casará con un lord, sus hijas ya no serán vendidas...
—Él lo hizo —convino Shaula con su mandíbula tensa—. ¿Es lo que dices?
¿Dices que de alguna forma estuvo involucrado en el embarazo de tu
hermana?
—Es mucha coincidencia que él se enterase incluso antes que yo, y que
tuviera tal interés en ayudar a mi casa. Y encima, dijo que revocaría la
oferta de matrimonio para mi hermana si no accedía
yo
a casarme con él.
—Él... hizo que alguien embarazara a tu hermanita para obligarte a casarte
con él —repitió Shaula, como para terminar de entenderlo.
—No tengo opción... Cuando se sepa del embarazo de mi hermana, nuestra
reputación estará arruinada. Nos sacarán de la corte, los prestamistas le
quitarán su beneplácito a mi padre y, al no tener más tiempo para pagar sus
deudas, perderemos todo. Y todo porque... Él lo sabe. Él sabe que mi
corazón es tan suyo que jamás podría ser feliz lejos de usted. Y quiere
hacerme tan miserable...
—Quiere que sufra —concluyó Shaula—. El mendigo era un espía o algo.
Él sabe sobre nosotras y... Quiere que sufra, por la humillación que le hice
pasar.
—¿Cree que lo hizo entonces? ¿Mandar a alguien a hacerle quién sabe qué
a mí hermanita? ¡¿Por qué?! ¿Qué pretendía hacer entonces, antes de que
usted lo rechazara? ¿De qué clases de perversidades es capaz ese hombre?
¡Tengo que casarme con ese monstruo!
—No —Shaula negó—. No lo harás, ¿me entiendes? Si es como dices y
tenía esta perversa movida desde antes, entonces tal vez él quería usar esa
situación para presionar a que me case con él. Pero yo lo ofendí y cambió a
un plan de venganza, pero él me quiere a mí, ¿me entiendes? No te casarán
con él, yo...
—No. —Isamar agarró a Shaula con fuerza del brazo—. Ni siquiera se te
ocurra, Shaula Scorp. Sería capaz de matarte si te atreves, ¿me entiendes?
No permitiré que hagas esto, que desgracies tu vida y tu futuro de este
modo. ¡Tú eres la primogénita de los Scorp! Y este es un problema de mi
familia, yo soy quien debe dar la cara. Soy mayor que tú, no permitiré que
te sacrifiques. No. No. Y no. A todo lo que digas. ¡No!
—Pero... —Shaula estaba temblando, su semblante provocaba pavor. Pero
no en su Isa, ella estaba firme en lo que había dicho—. No puedo
permitirlo.
—Soy fuerte. Sobreviviré a esto.
—Ese hombre es demasiado para ti. Fue demasiado para mí, no pude
preveer lo que haría y mira la tragedia que resultó.
—¡Shaula! Voy a casarme con ese hombre, ¿me entiendes? Puede que yo no
sea un escorpión, pero mi voluntad está blindada por esta guerra en la que
nací inferior y ahogada en desigualdades. ¿No lo ves? —Con esas palabras,
volvió a invocar un nudo en su garganta—. Logré que la princesa escorpión
me mirara.
—Isa...
Shaula rompió en llanto.
—Yo estaré bien, alteza. Lo juro.
—No quiero, no puedo...
—Tiene que ser fuerte, tiene que ser tan fuerte como yo lo seré. ¿Me lo
promete? ¿Me promete que volverá a sonreír? ¿Me promete que se
convertirá en la monarca que nació para ser? Porque no importa quién lleve
la corona, usted... usted gobernará a su modo. Yo lo sé. Falta que usted lo
entienda.
—Isa, para, no te despidas...
—Es que no puedo dejar pasar la...
Shaula se aferró a sus manos.
—Que te ame.
—¿Cómo dice?
—No hiciste que la princesa te mirara, hiciste que Shaula Scorp te ame.
Porque te amo, Isamar Merak... —Shaula estaba llorando con una
desolación que le desgarraba por dentro—. Te amo y no creo que pueda
sobrevivir a este sentimiento.
Isamar rompió en llanto, y en medio de sollozos le dijo:
—Amarás después de mí. No sufras, no ahora. No por mí.
—¿Qué? —Shaula le soltó las manos—. No lo haré. ¿Cómo puedes decir
eso?
—Lo harás. Vas a olvidarme por un amor más fresco. Me destroza pensarlo,
mi egoísmo no convive con mi anhelo por tu felicidad.
—¡Jamás! —En ese momento Shaula reemplazó su tristeza por ira—. No
amaré a ningún hombre...
—No a un hombre, Shaula. Amarás a otra mujer, porque eres poder en
esencia. —Isamar tragó y condujo su vista, hinchada y enrojecida, al techo
atestado de telarañas—. No es tu naturaleza conformarte con nada, y a eso
me he reducido yo por salvar a mi familia. Conocerás a una que tenga más
clase, más inteligencia, más imponencia, y quedarás perdida por ella como
yo lo estoy por ti. Porque sí, Shaula, para mí no hay cura...
Entonces la miró a los ojos, sin importarle cuánto protestaba para que se
callara.
—Estoy condenada a la resequedad de un sentimiento marchito,
deambularé entre migajas esperando que algún día algo me haga sentir un
atisbo de lo que fue ser amada por la serpiente entre los monarcas
escorpiones.
»Siempre será mi gran amor, princesa; en cambio yo quedaré como el
tropiezo antes de que usted descubra el suyo.
—Cállate, no me hagas afobetearte yo a ti. Te lo demostraré, no haré
promesas vacías. Te demostraré con acciones que has robado mi corazón.
¿Cómo podría entregar a nadie lo que te llevas contigo? Cállate, y ahora
escucha.
»Voy a hacer una lista, Isamar. Tal vez no soy heredera de nada pero te
prometo que me haré poderosa, así me tenga que casar con Canis y
seducirlo hasta que ponga las constelaciones a mis pies. Entonces, haré
sufrir a todos en esa maldita lista. El nombre de lord Volant Aldebarán... Su
nombre lo he escrito mil veces, en letras rojas para jamás ignorarle.
»Eso sí te lo prometo.
Nota:
Creo que, luego de leer este capítulo, ya pueden entender por qué tardé
tanto en subirlo. Era especial, y muy delicado.
Espero me cuenten absolutamente todo lo que piensan, lo que sienten, y lo
que creen que va a pasar en Monarca.
7: Ensayo de bodas
La corte de Hydra todavía permanecía en la capital como muestra de su
apoyo al compromiso de lord Volant. El príncipe Antares habilitó una
bodega en el castillo para que la novia pudiera ocuparse de los preparativos.
—Deberíamos probar algo floreado, que combine con los arreglos que
pondremos en la ceremonia —comentó Altair mientras mostraba dos
vestidos con tipos de tela distintos a su hermana.
Isamar estaba sentada con indecoro sobre un aparador. Vestía solamente su
corsé, ajustado al punto en que sus senos pedían auxilio. Separada como
una pieza aparte que permitía un vistazo a su abdomen, usaba la pieza que
debería ir debajo de una falda para abultarla. La llevaba recogida a mitad de
los muslos, mostrando las medias de micro malla que asfixiaban sus
piernas, mientras sus pies reposaban en la mesa de aperitivos como si no
tuviera importancia.
Shaula de vez en cuando echaba una mirada hambrienta en esa dirección,
aunque no precisamente por las tartaletas.
—A veces no puedo creer lo afortunadas que somos de contar con el apoyo
de la familia real para tu boda —añadió Altair inspeccionando los distintos
colores de cintas que la preparadora, lady Briane, le mostraba. Le habían
asignado escoger las cortinas y manteles.
—No seas ingenua —dijo Shaula sin poder contener su boca un segundo
más—, no tienes el apoyo de ninguna familia real. Yo les asisto porque
quien se casa fue mi pupila, y Antares lo hace porque es un adulador que
quiere ganar puntos con los altos mandos de Hydra. Mi padre, en cambio,
tiene asuntos más importantes. No lo esperes en ese circo.
Lo que Shaula no decía era que hacía todo eso por dos únicas razones:
asegurarse de mitigar el sufrimiento de Isamar en la medida que fuese
posible, y estar cerca de ella. En la medida que fuese posible.
Lady Briane no se quejó por la respuesta de Shaula. Tal vez porque se
estaba dirigiendo a una simple doncella, o tal vez por el mismo motivo que
la tenía tan silenciosa y casi al margen de los asuntos de la princesa
últimamente.
—¿Sabe una cosa? —Altair estampó las cintas de colores contra la mesilla,
y encaró a la princesa. En su cuello se leía el temblor de su pulso apenas
contenido—. Hay a quienes nos ilusiona este compromiso,
alteza
, y me parece muy desconsiderado de su parte restarle importancia y
amargarlo con su actitud cuando además se trata de su amiga...
—Altair, cierra la boca —cortó Isamar, pese a que hasta entonces siempre
se había mostrado respetuosa con su hermana mayor—. La princesa no está
obligada a prestar su apoyo, y lo hace. No tienes nada qué exigir, mucho
menos qué reprochar. Siempre me pediste ser más prudente, ¿y ahora le
hablas así a la princesa?
—Yo también apoyo, y soy en parte una Scorp —dijo Jabbah, como
siempre tan oportuna—. Así que yo sí creo que está bien dicho decir que la
familia real apoya el compromiso.
Shaula puso los ojos en blanco, pero no discutió con su prima. Había
llegado a entender que no tenía caso batallar con su optimismo iluso y su
lento entendimiento; era inofensivo, a veces hasta reconfortante, en especial
esos días que había tenido que convivir únicamente con ella y la rigidez de
Altair.
Además, Jabbah al final les había hecho caso a todas, muy a regañadientes,
y cortó todo lazo con la mano del rey. Ahora tenía un cortejo infructífero
con un panadero, pero era un avance.
En contraste a esa inmunidad a la tensión, estaba el rostro de la mayor de
las Merak. Era demasiado correcta para demostrar su ira, pero en su silencio
obediente y la manera en que evitaba mirar a cualquiera demostraba con
excelencia su desacuerdo.
—¿Ya puedo quitarme las medias? —preguntó Isamar chupándose los
dedos luego de llenarlos de glaseado—. Me rehúso a probarme un vestido
más hoy.
—Las opciones son para que sepamos qué pedir al sastre que nos
proporciona el príncipe Antares —explicó Altair sin ninguna inflexión
ilustrativa en su voz. Se limitó a emitir el mensaje—. No sabremos qué
pedir si no te pruebas los modelos, y no podemos abusar y pedir al sastre
que te haga diez opciones a medida.
—Sigue sin convencerme ninguno, así que continuaremos otro día.
Isamar bajó del aparador y le ofreció su espalda a Jabbah.
—¿Me ayudas a quitarme el corsé?
Shaula miró cómo su Isa se echaba el cabello hacia un lado para que su
prima, y no ella, tuviera acceso a su cuerpo. Envidió a Jabbah, y la
inocencia con la que deshacía los nudos de la pieza, cuando ella añoraba el
poder para desnudar a esa doncella.
Entre su prima, la preparadora y Altair ayudaron a Isamar a vestirse
nuevamente, cubriendo demasiada de aquella vista para el gusto de la
impotente Shaula.
Una vez terminaron, la princesa carraspeó.
—Tengo algo para ustedes tres. —A cada una le entregó un rollo de
pergamino sellado—. Ahora que Isamar va a casarse, creo que es el
momento indicado para esto.
—¿De qué se trata, princesa? —preguntó Jabbah, siendo la primera en
abrirlo. Mientras, Isamar la miraba recelosa.
—Es un certificado de graduación para cada una. Han cumplido con el
servicio requerido a la perfección, han sido unas pupilas sobresalientes y
creo que ya tienen conocimiento de sobra para tener mi aprobación...
—¡Ay, por Ara!
Jabbah soltó el pergamino sin terminar de ojearlo y se lanzó a los brazos de
la princesa a abrazarla.
—Gracias, princesa, gracias, gracias... Estaba segura de que me reprobaría.
Shaula se quedó un rato paralizada, sus brazos inmóviles en una posición
que parecía defensiva, hasta que poco a poco se dejó vencer por el abrazo e
incluso sonrió. Era extraño para ella generar tal gratitud, pero no le
disgustó.
Pero al alzar la mirada, notó que Isamar no parecía tan complacida con lo
que veía.
Shaula le arqueó una ceja, solo por no poder decirle:
«Sí recuerdas que es mi prima, ¿no?»
—¿Está hablando en serio?
Esa era Altair. Y, por algún motivo, sonaba molesta. No cohibida, como de
costumbre. Era como un fuego al que habían dejado correr demasiado lejos
como para sofocar el incendio.
—Sí, Altair —confirmó Shaula—, ya son libres de hacer con sus vidas y su
educación lo que...
—Todavía no aprendo bahamita.
—Su hermana tampoco, y ya no es mi doncella. ¿Cuál es el punto?
—Mi hermana avanzó bastante, lo que no podemos decir otras porque no
recibimos clases privadas.
Shaula se mordió la boca y retorció las tiras de su ropaje para no drenar por
su boca todo lo que pasaba por su mente. Solo esperaba que lady Briane no
sobreanalizara lo que decía Altair.
—Altair, el bahamita era un complemento, no la base de tu educación. Te
estoy aprobando, ¿qué es lo que te irrita tanto?
—¿Por qué de pronto ha decidido que no quiere doncellas?
—Ya no se alinean con lo que busco en mi vida, y no se ofendan, pero
luego de haber sido mentora de las tres no me quedan ganas de serlo nunca
más. Simplemente, usaré vendidas cuando corresponda.
—Alteza —insistió Altair casi espetando—. Jabbah y yo no tenemos un
compromiso. Tendríamos que irnos de la corte. ¡Ser sus doncellas es lo que
nos mantiene en esta ventajosa posición! Por favor, le pido lo reconsidere...
—Su hermana se casará con un lord que prácticamente es la mano derecha
de los altos lores de Hydra. Use su astucia para buscar un compromiso en
esa corte y no en esta. Su plazo aquí concluyó.
—Eso no es justo.
—¿No es justo?
Shaula tenía ganas de reírsele en la cara. De todas las acciones
cuestionables en su vida, Altair decidía quejarse de la que hacía sin ninguna
mala intención. Con el trágico añadido de que justo erupcionaba su
comentario en la era del peor humor de la princesa Scorp.
—Lady Altair, tuvo el mismo plazo que su hermana menor para conseguir
esposo. No soy responsable de lo que haya hecho en ese tiempo y no la
estoy dejando desahuciada ni la he declarado analfabeta, de hecho no creo
que tenga un motivo real para quejarse de esta decisión que, le aseguro, no
he tomado en aras de hacerle ningún daño.
—Por supuesto que no cree que tenga motivos. ¿Cómo podría? Solo puede
verse a sí misma, a su sombra, a su reflejo. No hay nada más en su mundo.
No podría ver una mujer ensangrentada y sufriendo aunque la tuviera contra
sus pies, solo se quejaría por su calzado...
Mientras lady Briane contenía la risa que le causaba la situación, algo
insólito ocurrió.
Jabbah gritó.
—¿Quieres, por favor, respetar a Shaula por cinco minutos? No sé qué te
tiene tan molesta, Altair, pero no reflejes tus carencias personales en nuestra
soberana. ¿Olvidas que ella perdonó la vida a esos guardias y los hizo sus
más leales custodios? ¿Olvidas que salvó a esos niños hambrientos aunque
mi tío la regañó? ¿No recuerdas cómo defendió a la vendida como si fuera
una más de nosotras? ¿Y qué hiciste tú? ¿Qué has hecho tú en todo este
tiempo? Sí, ya entendimos todos que estás celosa porque tu hermana va a
casarse y tú no, pero no culpes a Shaula. No vuelvas a llamar egoísta al
escorpión que tiene más corazón que toda nuestra familia junta.
—No trates así a mi hermana —dijo Isamar entre dientes—. Quiero decir,
tienes razón, lo que no tienes es derecho a decirlo.
Entonces se giró hacia Altair, y mirándola a los ojos le dijo:
—Debes disculparte con la princesa.
—No hace falta —intercedió Shaula—. Entiendo que están pasando por
muchas tensiones... con esto de la boda. Y, Jabbah...
Shaula miró a la susodicha. Seguía absorta. Su cuerpo en ese lugar, su
mente repitiendo las palabras de su prima. Había pasado tanto tiempo
repitiéndose que era una tirana que se había creído el papel. Le parecía
insólito que alguien pudiera verla de esa manera. Y más que insólito: tocaba
piezas sensibles dentro de su ser que el escorpión que decía ser mantenía a
salvo.
No podía quebrarse, no ahí, pero saber que podía de pronto se sintió
apaciguante.
—Gracias, prima.
~☆~
Nota:
Doble actualización, así que no se
alarmen
por lo corto de este capítulo. Espero sigan disfrutando de la historia, y
si es así me gustaría
que
me dejaran un comentario dándome su opinión ♡
8: Reescribir constelaciones
Shaula había hecho las paces con su tristeza. Pero su corazón renunciaba a
la agonía cuando miraba a Isamar Merak. Latía con la urgencia de un águila
buscando escapar de una tormenta.
No olvidaba el vistazo a su abdomen, o la curvatura de su espalda apenas le
quitaron el corsé.
Al salir de la bodega, supo que estaban cada vez más cerca de esa boda.
No sabía cuánto más podría soportar ver a la dueña de sus pulsaciones
caminando asida a un compromiso político que no le traería más que
infelicidad e inconformismo; destinada a un hombre que es reconocido por
su desmedida crueldad.
Así que, en cuanto todas abandonaron la bodega y cada una se disponía a
marcharse a sus habitaciones, Shaula no se contuvo y se abalanzó hacia
Isamar con fingida indignación.
Agarró su brazo con fuerza, como si estuviera a punto de regañarla. Isamar
levantó la mirada, sorprendida, y sus ojos encontraron los de la princesa.
Entonces tuvo que luchar contra la satisfacción que se abría paso por su
rostro.
—¿Todo en orden, princesa? —preguntó Altair en lugar de su hermana.
—Tú vienes conmigo ahora mismo —espetó Shaula a la menor—. Hay algo
que debes explicarme de inmediato.
—Ella ya no es su doncella, alteza —discutió Altair.
—Ni tu responsabilidad, así que esto francamente no te incumbe.
Sin esperar respuesta, tiró de Isamar hasta que llegaron a un punto lo
bastante recóndito para que ambas accionaran un pasadizo. Solo entonces la
princesa soltó el brazo de Isamar, corriendo escaleras abajo pretendiendo
ser perseguida.
—¡Shaula! —se quejó Isamar entre risas mientras intentaba mantenerle el
ritmo—. Estoy usando tacones.
—Como cada mujer en el castillo —se burló la princesa, descendiendo los
escalones con todavía más premura.
Al llegar al pie de la escalera, Shaula empujó lo que sería un tapiz al otro
lado, dando acceso a ambas a un cuarto remoto, oscuro y sucio por el
desuso, con algunas estatuas desechadas, y un piano arropado por las
telarañas.
Shaula se despojó de su calzado, tirándole a un lado del depósito olvidado,
justo cuando Isamar la alcanzaba y se lanzaba sobre su espalda, enredando
las piernas en su torso y los brazos en su cuello.
La princesa se tambaleó por la sorpresa del peso impuesto, y aunque intentó
sobreponerse no fue capaz y ambas acabaron chocando contra el polvoroso
suelo.
Entre toses, ambas se sacudieron la tierra tanto como les fue posible, pero
ninguna parecía realmente disgustada, no estando una contra la otra, con la
vista en un techo que las protegía solo a ellas.
Se miraron mutuamente, verde y café colisionando una vez más. Les dolía
no poder tocarse, eso no hacía falta que ninguna lo confesara. Les dolía
cada latido del corazón de la otra, pero era menos nocivo que dejar de
sentirlos por toda una noche.
Isamar extendió su mano al cabello de Shaula, enredando sus dedos en un
mechón largo y reluciente, queriendo perderse eternamente en esa acción.
—¿Y bien? —preguntó a su princesa—. ¿Qué fue eso tan terrible que hice
que nos trajo a esta prisión? ¿Cuál es el castigo que tienes en mente para
mí?
Shaula sentía la pierna de Isamar ligeramente sobre su cadera, así que llevó
su mano hasta allí. La tomó, sin importar que la falda había dejado de
cubrirla, y la arrastró por su cuerpo hasta tenerla completamente encima.
Isamar había dejado de respirar.
Cientos de recuerdos, miles de anhelos, atravesaron la mente de la princesa
Scorp. Había tenido a Isamar muchas veces encima, pero ninguna como
realmente quería tenerla.
Entonces Shaula bajó nuevamente la pierna de Isamar, haciéndose espacio
para levantarse, como si esa siempre hubiese sido su intención.
—Te traje aquí porque tú hiciste un compromiso, y pretendo que lo
recuerdes. Vine a ayudarte con eso.
—No estoy segura de comprenderle, alteza.
Isamar extendió su mano hacia Shaula para que la ayudara a levantarse.
—Cuando sobrevivimos a esos sirios, ¿no lo recuerdas? Dijiste que
entrenarías para aprender a defenderte de cualquier peligro.
Shaula tomó su mano, ignorando el revuelo que significaba para su corazón.
Y aunque intentó soltarla en cuanto Isamar estuvo de pie, la dama, siniestra
en sus intenciones, la arrastró hasta que chocaron, cuerpo a cuerpo, y la
mirada de Shaula desafortunadamente aterrizó en el escote de Isamar.
—Me está irrespetando, princesa.
Shaula alzó sus ojos, justo a tiempo para ver cómo su acompañante se
mordía la boca, libertina.
—Eres un demonio, Merak.
—Yo no soy quien rapta doncellas comprometidas —repuso esta,
envolviendo sus manos en la cintura de la princesa.
—Mis intenciones eran honestas y puras.
—¿Eran? —Isamar sonrió—. ¿Quiere decir que el demonio ha conseguido
pervertir dichas intenciones?
Shaula puso sus manos sobre las de Isamar, y se inclinó más cerca de su
cuello.
—Todavía hueles a melocotón.
Ese comentario tiñó la sonrisa de Isamar con cientos de brillos.
Y entonces Shaula alejó las manos de su cintura.
—Y no —añadió—. Sigo firme en mi objetivo de esta tarde.
—Yo me rindo a sus órdenes, alteza.
—Mentirosa.
Shaula le dio la espalda.
—Muchas veces he usado este mismo espacio —confesó mientras se
inmersaba en la oscuridad del depósito—. Para mi propio entrenamiento, o
para estar en intimidad con mi fe. Aquí no hay consejo, ni preparadoras.
Miró a Isamar de soslayo, luego terminó buscando bajo unas mantas un
cofre que contenía algunas armas de utilería.
Tomó dos dagas de madera y arrojó una hacia Isamar, que pudo esquivarla
agachándose al último momento.
—Recógela y ponte en posición —le ordenó Shaula.
—¿En qué posición me quiere, alteza?
Por el tono en que lo dijo, y dada la mirada con la que acompañó la
torcedura de sus palabras, Shaula enrojeció, titubeando al punto en que sus
dedos casi dejaron caer la daga de entrenamiento.
—Yo... eh...
—Se ve hermosa cuando los nervios afloran de usted.
Shaula se mordió la boca, obligándose a fruncir el ceño.
—Te haré sufrir —le juró—. Así que toma el arma y solo párate frente a mí.
No esperó nada una vez Isamar hizo lo que le pedía. Al tenerla al frente,
embistió con su hombro quebrando la posición, y provocando así que
cayera al suelo.
—No hace falta que sea rencorosa.
—Levántate.
Isamar obedeció.
—Y defiéndete como puedas.
La daga de Shaula simulaba ser una hoja curva, y en esa primera ronda
decidió probar con ella el instinto de supervivencia de Isamar, quien
sostenía su arma de doble filo con torpeza.
Se abalanzó hacia ella, la daga buscando su costado. Isamar se apartó,
esquivando el golpe por milímetros y tambaleándose hasta casi caer. Fue
cuando se fijó en los pies descalzos de Shaula, y empezó a agitar sus pies
para también desprenderse de su calzado.
En el siguiente ataque, bloqueó con su daga, provocando el ruido seco de la
madera al chocar, pero lastimando su muñeca por la torcedura del golpe.
—¿Te duele? —preguntó Shaula al ver a Isamar masajeando su muñeca.
—¿Su intención es enviarme toda magullada a mi boda?
—Mi intención es tener una excusa para verte jadear —contestó,
empujando nuevamente con su costado a la distraída Isamar.
Esta vez la doncella solo tambaleó, pero no llegó a caerse gracias al brazo
de Shaula que atajó su cuerpo y lo arrastró hacia el suyo.
Como tanto había fantaseado, ahora tenía a una Isamar agitada contra su
cuerpo, con sus labios a un trozo de tela de distancia.
—También tengo mis métodos para pegarte a mi —susurró la princesa,
quedando satisfecha al ver cómo las pupilas de Isamar se expandían por la
sorpresa.
La soltó, y entonces usó sus manos para corregir el agarre de Isamar a la
daga, colocando sus dedos en la posición correcta.
Por un instante de más, mientras sus dedos recorrían los de Isamar, viajó a
otro espacio y otras circunstancias, en donde esos mismos dedos hicieron
más que sostener un puñal.
—Siempre te harás daño si no aprendes primero a sostener el arma —
explicó Shaula manteniendo un tono de voz profesional pese a sus
pensamientos—. Tu pulgar es el soporte, mientras que el índice y el dedo
medio deben estar en la parte superior del mango, cerca de la guarda.
Shaula hacía las correcciones, pero Isamar solo parecía tener concentración
para verle el rostro. Cuando esta alzó la cara y vio la expresión de su
aprendiz, puso los ojos en blanco y desistió de la enseñanza.
—Creo que sería más efectivo si te entrenara otra persona.
—¿Te refieres a alguien a quien no me provoque besar? Me parece un plan
sensato.
Ignoró el comentario, aunque sufriera al hacerlo.
—Dudo que encuentres un hueco en tu luna de miel para esto, así que
tendrás que concentrarte por ahora. Intentemos probar tus reflejos. Dame el
arma.
Shaula tomó ambas dagas y se posicionó unos pasos alejada de Isamar, lo
suficiente para poder lanzárselas y darle tiempo a esquivar.
Lo cual sirvió para muy poco, porque veinte intentos después, Isamar
seguía recibiendo cada uno de los proyectiles que Shaula le lanzaba.
El último cuchillazo le impactó en la boca, por lo que Shaula fue hacia ella
y le tomó el rostro para inspeccionar el corte.
—Tendrás que esforzarte un poco con el maquillaje —le avisó mientras
deslizaba su dedo por el labio ensangrentado.
—¿Ha pensado en desistir de sus intentos de matarme? Eso podría ayudar.
—Estoy tentada a darte por muerta, que no es lo mismo.
—¡Me estoy esforzando! —se quejó Isamar sin aliento.
—Isa, no esquivas.
—No, es que usted tiene una puntería perfecta.
—No. Es que eres predecible. En una situación real, cualquiera esperaría
que saltes hacia atrás y te agaches.
—Bueno, es que volar no puedo.
Shaula puso los ojos en blanco. Isamar era hermosa, ya lo tenía asumido,
pero olvidaba lo obstinada que podía llegar a ser.
—Hazme caso por una vez en tu vida, Merak. La próxima vez, esquiva
hacia adelante.
—Es el consejo más suicida que me han dado.
—¿Quieres dar la clase tú?
Isamar reprimió una sonrisa traviesa.
—No te gusta que hiera tu ego.
—De acuerdo. —Shaula le entregó ambos proyectiles a Isamar—.
Lánzamelos tú. Te mostraré cómo.
—Tienes reflejos excelentes, eso no probará nada.
—Repito, ¿quieres dar la clase tú?
Isamar bufó, pero accedió.
Shaula tomó su puesto, pero una vez ahí cambió la mecánica de lo que
venían haciendo. Se quitó el velo en su cabello, y lo amarró como una
venda sobre sus ojos.
—Solo avísame exactamente un segundo antes de lanzar la daga —le indicó
a Isamar una vez estuvo cegada por completo—. Así no podrás alegar que
esquivo porque tengo buenos reflejos. Solo dispara directo hacia mí, y
pondremos a prueba la técnica que te he dado.
—Como diga, alteza.
Pero contrario a lo pautado, en ese momento Shaula sintió el impacto de
uno de los proyectiles en su estómago.
—¡Isamar!
—No podía quedarme con las ganas, lo siento.
—Sarkah —la ofendió en bahamita.
—Sin insultos, solo estaba jugando.
Shaula recogió la daga caída y volvió a ponerse en posición.
—Ahora sí —advirtió Isamar—. Voy.
Isamar lanzó el nuevo proyectil y Shaula rodó hacia adelante. La daga pasó
por encima, perdiéndose al otro lado de la habitación, y Shaula aterrizó
hincada frente a su aprendiz. Sacó el arma que había recogido y con
agilidad amenazó el cuello de Isamar, aunque no la veía. Y antes de que
pudiera defenderse, la princesa sentenció la partida tacleando a su oponente.
Una vez encima de ella, todavía con el cuchillo de madera contra su
tráquea, simuló que arrancaba una segunda arma de su pierna y la clavaba
en el estómago de Isamar.
—Muerta —dictaminó con deleite en su voz.
Podía sentir la respiración de Isamar, agitada por la sorpresa, debajo de ella.
—Espero no vuelvas a dudar de mis enseñanzas por lo que nos queda de
lección, ¿te parece?
Isamar le arrancó la venda del rostro, liberando esos ojos que ardían como
una hoguera caliente, que amenazaban como el aguijón más letal. Isamar
entendió que le gustaba la princesa la primera vez que vio esos ojos y, en
lugar de temer, sintió deseos de ser envenenada por ellos.
—Lastimas como miles de brasas con solo una condenada mirada, Shaula
Scorp.
—Isa, cierra la boca cuando me tengas encima —rogó—. No soy tan fuerte,
lo juro.
—Yo no deseo que seas fuerte.
—Ni yo, pero debo serlo.
Entonces se bajó de encima de Isamar, pero en lugar de retomar el
entrenamiento se quedó sentada a su lado.
Isamar la miró, y por un momento casi afloró hacia sus ojos toda esa
melancolía que débilmente represaba.
—No estamos destinadas, ¿no es así?
Shaula negó lentamente con la cabeza.
—Las estrellas no toman en cuenta deseos que nacen del pecado.
Por primera vez, Isamar no discutió la manera en que Shaula se refería a los
sentimientos de ambas. En cambio, le dijo:
—Yo soy insignificante. Pero tú... Shaula, tú puedes reescribir las
constelaciones.
La princesa miró al techo, imaginando que alcanzaba esas estrellas que no
la habían tomado en cuenta desde el instante en que fue concebida, tal vez
desde antes, y se imaginó con el poder para ignorar sus voluntades.
—Ambas podemos —murmuró—. Y lo haremos. Reescribiremos lo que sea
que las constelaciones quieran hacer de nosotras.
Al cabo de un rato de silencio, Isamar se levantó y empezó a dar unas
vueltas por el depósito. Sus dedos se deslizaron por el teclado, el polvo
adhiriéndose a ellos. Ambas se conectaron en un recuerdo, cuando Isa había
usado la sinfonía de un piano para consolar a la distancia a esa Shaula que
lloraba en el templo luego de la muerte de su madre.
—Está rayado —dijo Isamar notando algunas irregularidades en la
superficie del piano—. Cualquiera creería que la Corona guarda solo lo
impoluto y perfecto. ¿O es este el basurero real?
—La monarquía atesora la historia, Isa, con todas sus hendiduras —corrigió
Shaula—. Ese piano fue usado por la mujer que enseñó a tocar a mi abuela.
La artista tenía por costumbre hacer las correcciones a sus partituras sobre
el propio piano, y eso dejó marca. Y aunque creas que está aquí porque esas
marcas no son valoradas, pues al contrario. Llegará el evento donde vengan
a buscar el piano, limpien las huellas del desuso, y exhiban su grandeza
histórica.
Isamar empezó a mirar con otros ojos el instrumento, deslizando su mano
con mucha más gentileza.
—¿Llegará el día en que nosotras también atesoremos nuestras hendiduras?
—preguntó Isamar.
—Me conformo con poder mirarlas.
Shaula quiso quitarle un poco de tensión al momento escogiendo un tema
tranquilo. Y entonces dijo:
—Por cierto, tu hermana se ha vuelto el grano más grande en mi culo.
—No puede referirse así de mi hermana, alteza. Ella es todo lo que tengo, y
debe tolerarla como yo tolero su familia —contestó Isamar con diplomacia,
sentándose sobre el piano con irreverencia.
—Ni familia tengo en lo que a ti respecta, no seas mentirosa. Y Altair se
está comportando como una altanera mientras te sobreprotege.
—¿A mí?
—Es obvio. Ella cree que voy a arruinar tu matrimonio.
—Solo se preocupa por mí.
—¿Por ti? ¿O por el conveniente acuerdo matrimonial que conseguiste para
salvarle la vida a ella y a toda tu familia mientras ella hace..., qué?
—¡Shaula! Esta es mi elección, ella no tiene nada que ver.
—Solo digo que... Ella me está tratando extraño, como si yo fuera la
culpable, como si yo fuera la hermana mayor que permite que su
hermanita...
—Ella ni siquiera lo sabe —zanjó Isamar, menos tolerante con la discusión
—. Ella cree que esto es lo mejor que nos ha pasado, y que la única razón
por la que no me veo genuinamente feliz con esto es... usted, princesa.
El corazón de Shaula estaba a punto de colapsar.
—¿Ella... lo sabe?
—Jamás hablaríamos de algo así. Pero ciertas actitudes de ella demuestran
que lo intuye, y se preocupa. Mucho, y evidentemente. Cree que arriesgo
este matrimonio... y mi vida.
Shaula guardó silencio sin ni una palabra para discutir ese pensamiento.
Entonces Isamar bajó del piano y cambió el tema.
—¿Por qué escogió este lugar para nuestro encuentro?
—No escogí nada deliberadamente, todo se me ocurrió sobre la marcha —
dijo Shaula poniéndose de pie y yendo detrás de Isamar—. Quería estar
contigo a solas.
—Evidentemente —dijo Isamar, riendo de la obviedad—. ¿Y qué me dices?
¿Sientes que has aprovechado la privacidad que tenemos aquí?
—Jamás podré aprovechar lo suficiente ninguna situación contigo, no como
para saciar todo lo que fantaseo cuando no estás.
—Shaula...
—Por favor, no tolero ver cómo otra te desviste. No me sometas más a ello.
Isamar arqueó su ceja.
—Veo que ya entiende lo que se siente.
Shaula quedó boquiabierta.
—¿Me celabas de las demás doncellas?
—Envidio hasta la toalla que seca tu cuerpo, ¿no lo sabías?
—¿Yo te... gustaba? ¿Desde antes de besarnos?
Isamar apenas pudo reprimir las ganas de reír.
—Tan diestra para casi todo, tan ingenua para lo más obvio...
—¿Obvio? No hacías más que sacarme de quicio.
—Le coqueteaba descaradamente, princesa, no es mi culpa que no
entendiera las señales.
—Vaya señales, cuestionar mi autoridad cada que abría la boca.
—Yo solo quería que me mirara, alteza. Por un instante de atención de sus
ojos la habría insultado delante de quien hiciese falta.
—Eres una masoquista.
—En eso concordamos. No sabe lo que es quitarle la ropa a diario a la
mujer más perfecta del reino, sentir que de alguna forma, tal vez muy
reprimida, ella podría corresponder mi deseo, pero entender a la vez que el
costo de averiguarlo es tu vida. Y seguir ahí, un día tras otro, solo...
alimentando una fantasía que podría solo existir para ti.
—Cambiaste mi vida —dijo Shaula, como si las palabras salieran a
empujones de su boca—. Depuraste las espinas y me llenaste de pétalos que
ahora se pudren. Pero no... No cambiaría sus restos por nada, nada en lo
absoluto.
—No llames restos a lo mas inmenso que he sentido jamás.
—Pero debemos sentirlo separadas... hasta que pueda reescribir las
constelaciones.
Shaula sonrió con pesar. Y suspiró, como si dejara ir con ese aliento toda la
carga que arrastraba consigo desde Deneb. Incluso desde antes.
—Luego de tu boda me iré a visitar a mi abuelo —le confesó a Isamar lo
que no le había confesado a nadie—. Pasaré un tiempo en Baham, hasta que
pueda debutar oficialmente en sociedad.
—¿Tu padre lo sabe?
—No va a oponerse.
Isamar bajó el rostro.
—Tengo tanto miedo...
—No te pediré que no temas. Solo... aférrate a las promesas de nuestros
corazones.
—Yo podré hacerlo. A lo que temo es a su olvido.
—El sol no se apaga cuando sale la luna, solo arde en un lugar diferente. —
Shaula tomó la mano de Isamar—. Te volveré a besar, Isa. Y si alguna vez
nos separamos para siempre, será porque nos hemos cansado la una de la
otra.
Isamar sonrió con lágrimas en sus ojos, y abrazó a su soberana como solo
ella podía.
—O asesinado mutuamente —agregó—. Porque no hay nada que saque mi
instinto asesino tanto como tu presencia.
—Cállate un rato —dijo Shaula abrazándola mas fuerte.
~☆~
Nota: Ay, mis niñas... Cómo las amo. Ojalá puedan ser felices.
¿Qué les han parecido estos dos capítulos? ¿Qué creen que va a pasar
ahora?
Comenten
mucho si quieren capítulos nuevos ♡
9: Tormenta de sentimientos
—Majestad, su hija está sangrando —dijo la preparadora a la reina con voz
temblorosa.
—¿Ya sangró? Gracias a Ara. Al menos ahora tiene un valor, ya podré
buscarle un compromiso digno.
La expresión de la preparadora era la traducción perfecta de la incredulidad,
aunque su boca permanecía sellada cual santuario.
La reina Sawla no se preocupó por cómo se escandalizaba la joven al
cuidado de su hija. Era tan nueva en la corte que aún le faltaba curtirse en el
oficio. Ya escucharía comentarios peores, y con frecuencia.
—Majestad, esta no es una edad normal para que una niña sangre.
—No todas las niñas son iguales, querida.
La preparadora estaba seria, su preocupación evidente.
—Insisto, majestad, en que estoy preocupada.
—Pues llama a un médico. ¿Qué más podría hacer yo?
—Como su madre... La princesa la necesita. Está desconcertada, adolorida
y turbada...
—¿Qué? —la reina se rió con sorna—. No caigas en las manipulaciones de
ese demonio. Hasta hace unos días se regodeaba por ganarle a su padre en
ajedrez. No es ninguna niñita indefensa.
La paciencia de la preparadora había llegado a su fin.
—¿Cómo no va a ser indefensa si tiene ocho? Y necesita a su madre.
—¿Sabes qué necesitaba yo? Un varón. Le hago un favor a la niña. Es
mejor que aprenda temprano que no siempre se tiene lo que se desea.
Sawla no sabía que Shaula había estado escuchando toda la conversación,
motivo por el cual la preparadora había sido tan insistente en pedir su
ayuda. De hecho, Shaula jamás habló al respecto con su madre. Fingió con
tal vehemencia que aquel evento no había ocurrido, que acabó por dejar de
recordarlo.
Al menos, la mayoría del tiempo.
Salvo en terribles excepciones. Como esa mañana, cuando se levantó
llorando, con el recuerdo en su corazón y los sentimientos callados
erupcionando de sus ojos, cuando la sábana se llenaba de sangre
nuevamente, porque su ciclo había llegado.
Y no lloraba solo por ello. Había mucho más, como el odio reprimido hacia
lord Volant porque había tenido la osadía de pedirle al rey Lesath a su hija
como dama de honor para su boda.
O, lo que era todavía peor, la cruel certeza de que el día de dicha boda había
llegado.
Una tormenta azotaba la habitación, el temperamento de dos pasiones que
se negaban a diluirse bajo la voluntad del cielo. Las doncellas tuvieron que
unir fuerzas para ganarle al azote del viento y cerrar las ventanas.
Una sola vela sobrevivió al ímpetu de la naturaleza; a medio consumir, solo
iluminaba el reflejo de la novia y su dama de honor, en aquel espejo que
ambas se esforzaban por ignorar, pues temían recorrerlo y sucumbir a un
cruel intercambio de miradas furtivas.
La vela, ignorada, sobrevivía como una representación de la chispa
sofocada en el interior de las dos amantes silenciosas.
—Déjennos —dictaminó la novia a sus doncellas con firmeza.
—Mi lady, debemos asegurarnos de que no le haga falta nada.
—Y lo que me hace falta es que me dejen en paz. Ya tendrán suficiente
tiempo para atosigarme luego de la boda, ¿no les parece?
—Sí, mi lady.
—¿Desea que hagamos pasar a su hermana? —indagó otra.
—Dejemos a lady Altair ocuparse de sus propios preparativos.
—Por supuesto.
Todas abandonaron la habitación, mientras la princesa Shaula reprimía una
sonrisa. Aunque no hacía falta, porque no había nadie para atestiguarla.
—El título de lady ya le sienta —dijo la princesa mientras ayudaba a
colocar las mangas del vestido.
—Lo que jamás va a sentarme es el apellido de quien me lo concede —
bramó la novia con tal inconformidad que se traspasaba a sus manos, a la
rudeza con la que acomodaba el armador de su falda.
—En ese caso, tal vez necesitarás un lugar propio donde torturar a tus
damas.
—Los Sagitar concedieron a lord Volant todo el señorío de Acrux para
mantenerlo en Hydra. Así que, aunque mi marido tendrá suficientes tierras,
por desgracia, también muy pocos asuntos por los que viajar, ahora que es
lord, y no caballero. Teniendo eso en cuenta, alteza, dudo de la cantidad de
privacidad que me conceda.
—Lord Vómito podrá escoger qué concederte, mas...
La princesa Shaula se alejó por un momento, hacia la mesa donde la llama
improbable seguía ardiendo y fluctuando. Cuando regresó con Isamar,
llevaba un pergamino en las manos.
—Él no podrá impedirte cumplir con tu deber real.
Isamar alzó la vista al espejo arrebatada por una taquicardia que bramaba
más que los truenos persistentes.
—¿Mi qué carajos?
—Dado tus servicios médicos prestados a la princesa de Áragog durante su
visita a Deneb, y teniendo en cuenta que tu intervención fue lo que le salvó
la vida, la Corona reconoce tu labor y te implora desarrolles tus
conocimientos. Para facilitarte esto, el rey te concede una estancia privada
en el principado de Antlia, donde se exige tu asistencia una semana al mes,
para cumplir con tu educación impartida por el mejor mentor en medicina
que el reino puede pagar.
Con sus ojos tan llenos de lágrimas que realmente era incapaz de distinguir
a la princesa frente a ella, Isamar volteó.
—Shaula... ¿Estás jugando conmigo?
—Jamás contigo.
—Tu padre no parecía siquiera considerar tal reconocimiento una vez me
echó de tu servicio.
—Es posible que yo haya robado su sello, momentáneamente.
—¡Shaula! Sin la autorización genuina del rey, aceptar esto sería igual a
robarle.
—Es por ello que no lo has de aceptar tú. Esto se le presentó a lord Volant
como un honor que se le hace tanto a él como a su esposa, y una vez lo hice
así, mi padre ya no podía desmentirme sin ofender a tan intachable noble,
¿o sí?
El estruendo del cielo acompañó las palabras de la princesa, contribuyendo
al sobresalto de Isamar al llevar los dedos a la boca, mortificada.
—¿Qué...? —Isamar carraspeó—. ¿Cómo actuó el rey en cuanto se enteró
de lo que hiciste?
—Trágicamente, me condenó a pasar el resto de mi tiempo previo a la
mayoría de edad en las terribles tierras de mi abuelo.
—¿Baham? ¿Te confinó a donde pretendías ir en un principio?
—Podría decirse que ese detalle él no lo sabía.
Shaula fue arrastrada a un abrazo tan turbulento como el cielo en esa
velada, estrechada en el lugar en el que más añoraba estar, pero que más se
le prohibía habitar.
El cielo y la vela seguían como únicos testigos del momento entre ambas;
uno arreciando, otro desvaneciéndose, pero ambos como un presagio de sus
propias tempestades.
—Tienes una mente extraordinaria —murmuró Isamar en medio del abrazo,
tan cauta como si elogiara de la princesa la parte más sensual de su cuerpo.
—No creas eso. Mi padre me ha creado y formado, que haya llegado a
entenderle lo suficiente como para labrarme algunas libertades a su costa no
hace de mi mente algo extraordinario.
—No puedo creerlo —contestó Isamar poniendo fin al abrazo—. Shaula
Scorp conoce la modestia.
—Calla, y déjame terminar de arreglarte antes de que concluyan que me
demoro demasiado y manden media corte para ayudarte.
Isamar le dio la espalda, alzando sus brazos para que la princesa colocara el
corsé que luego ajustaría.
—Nadie me creerá que tuve a la princesa de Áragog atendiéndome.
—Al contrario. Luego de que despidieras a tus damas, toda la sociedad
murmurará precisamente de ello. Por cierto, ¿le cobrarás a las pobres
doncellas lo que no puedes hacerle a la princesa que por tanto te torturó?
—Si se pregunta si pretendo abrirles las piernas en mi balcón y besarlas
hasta que se desmayen gritando mi nombre solo porque no puedo hacerlo
con usted, pues no, princesa. Tendré que conformarme con tenerla en mis
sueños.
Las manos de Shaula se congelaron en el corsé, su aliento la abandonó con
la misma eficacia con que su corazón intentaba asesinarla en ese preciso
momento.
La habitación se llenó de un silencio que apenas se rompía por el roce de las
telas y el eco de dos corazones disonantes. Los dedos de la princesa Shaula
temblaban, incapaces de culpar al frío, mientras ajustaba el corsé de Isamar.
Podía sentir el calor emanando de Isamar, un calor que olía a flores y
melocotón, incitándola a probarla, aunque significara un grillete en su
cuello.
Bajo sus pieles, cargas tensas se extendían de manera nociva, formando un
resplandor magnético, esperando solo un roce para estallar.
Isamar temblaba, un mero peón bajo las terribles fuerzas de la naturaleza
que la asediaban.
—Estás agitada. Quiero que respires, mi vida —conjuró Shaula, apartando
el cabello de la espalda de Isamar para revelar la piel que ansiaba tocar.
Isamar luchó contra el impulso de voltearse, conocedora del peligro de los
ojos de Shaula, la condena de caer en su mirada ponzoñosa, y ya demasiado
sumida en la adicción resultante: un guiño más, y habría cedido su alma.
Así que cerró los ojos para protegerse del demonio del que los mitos
hablaban, y que solo ella había besado.
—No me pidas respirar cuando estoy a un suspiro de que me arrebaten mi
oxígeno.
Entre ellas, el aire se cargó con la densidad de las palabras no dichas, de
ansias y poesías que jamás conocerían su musa. Pero no hacían falta las
palabras, no cuando cada ajuste del corsé las unía más, aunque las estrellas
ya habían dictado su separación. En ese momento, en la intimidad de la
alcoba, eran tan solo dos cosmos buscando formar una constelación de una
conexión prohibida.
—Sé que debe ser duro para ti, y no sabes cuánto te agradezco que aquí
permanezcas, pero no tienes por qué hacer esto.
La melancolía se instaló en Shaula mientras la lluvia resucitaba, el ruido de
las gotas golpeando las ventanas fue todo lo que se oyó por un instante.
—Ya que no puedo desvestir a la novia, al menos déjame hacer lo contrario
—bromeó.
Isamar la miró, y un deseo vehemente impactó en su estómago. Deseaba
arrancar el velo de Shaula hasta que solo quedaran trizas de él, por el
crimen insoluble de impedirle acceder a los labios que se había ganado.
Y de hecho, en medio de algún arrebato irracional le quitó el velo, con más
delicadeza de la que creía poder reunir. Acercó tanto su rostro al de Shaula,
que podía tocar su boca con tan solo dar rienda a su lengua.
—No soy la novia, Shaula —susurró agarrándole el rostro—. Soy tuya.
—Entonces hagamos de este momento nuestro —dijo Shaula pegando sus
labios al cuello de Isamar, tanto como para que su aroma se percibiera
incluso más fuerte que la humedad que se filtraba en la habitación.
—Shaula... no empieces un juego del que pretendas salir rindiéndote... —
Sus palabras perdieron coherencia por el jadeo que resultó una vez la
princesa escorpión empezó a trazar círculos con su lengua.
—Sigo resentida —maldijo la princesa, besando su cuello con más
profundidad—. Siento envidia, Isamar Merak, envidia de que me hayas
probado, pero yo no a ti, cuando luces tan deliciosa.
Isamar abrió la boca para responder, pero no hubo nada que pudiera decir
cuando las manos de Shaula se deslizaron por su cintura, pegándola a su
cuerpo y deslizándose lentamente hacia arriba, en dirección a su escote.
—Tengo la impresión de que pretendía decir algo a su princesa, ¿ya lo ha
olvidado, mi lady? —Mientras Shaula hablaba, sus dedos jugaban cerca del
borde del escote de su Isa—. ¿O abrió su boca con otras intenciones que
quiera explicarme?
—Mi dulce princesa... Pare, me envenena.
Ambas, en su cercanía, burlaron a Ara y a sus reglas naturales. Vencieron la
lógica, al encender sus pieles mientras el cuarto convalecía de frío.
Se miraron, el café de los ojos de Shaula parecía refulgir por la perversidad
que imperaba mientras se mordía su propia sonrisa.
—Esto no es veneno, Isa, siquiera has visto el frasco.
Isamar correspondió esa sonrisa pecaminosa con una idéntica.
—Solo para contribuir a su envidia, alteza, debo confesarle que el suyo
sigue siendo mi sabor favorito.
—Isa... —se lamentó Shaula retomando su rostro. Y cuando estuvo a punto
de darle el beso por el que moría, se alejó, dejándola aun más tentada.
La princesa se alejó, quedando ahora de frente. Y sucumbió al peso de la
tentación de ojos verdes, permitiendo a sus rodillas doblarse hasta que
quedó hincada, por primera vez en su vida, ante alguien que no la superara
en rango.
—Shaula... ¿Qué haces?
—Si este momento es nuestro, Isa, estos son mis votos: solo tú podrás
tenerme de rodillas.
Tomó las zapatillas y, con delicadeza, las deslizó en los pies de Isamar. El
acto era un servicio, un honor, una rebelión contra el futuro que les
esperaba.
La mirada esquiva de Isamar casi podía confundirse con desinterés. Y era
mejor así, preferible a que se supiera su deseo por quebrarse en llanto.
—Mis votos... —Su voz se fracturó a media frase, así que la novia tuve que
aclarar su garganta y respirar—. Mis votos le serán enviados a Baham, su
alteza. Espero no se ofenda.
—No necesito que...
—Cállate, no digas una maldita palabra que arruine nuestro día, ¿quieres?
—Isamar respiró tan profundo, que sonó a que se ahogaba. Shaula quería ir
al reino cósmico en ese preciso instante, y enfrentarse a Ara por condenar
sus corazones a sufrir de tal manera—. Quiero que mis votos sean algo muy
específico, y por desgracia no cuento con los recursos en este momento.
Pero llegará, su alteza, cuando esté en Baham.
—Primero me maldices y luego me tratas de «alteza» —Shaula alzó el pie
de Isamar, y posó sobre ellos sus labios—. Cómo me encantas.
Isamar todavía perseveró luego de esas palabras. Incluso hasta que una
dama entró, y le recordó que el novio esperaba. Solo sucumbió a los
sollozos cuando Shaula abandonó la habitación, y cerró la puerta detrás de
ella.
~☆♡☆~
La ceremonia se efectuó como cualquier otra entre los privilegiados de la
sociedad. Nada destacó, salvo la dama de honor, fracturada por dentro, que
deleitó a los invitados con una pieza original en honor a la pareja de
cónyuges.
Con los dedos danzando sobre el marfil, inició una melodía que parecía
nacer de las profundidades de la tormenta. Cada nota un rugido de
desesperación que solo la música podía expresar.
Isamar comenzó su caminata hacia el altar, arrastrando su vestido como si
este pesara tanto como su destino. A través de la distancia que los
separaba, sus ojos se encontraron, acto que maldijo la garganta de Shaula
con un nudo absoluto.
Fue cuando, tocando el piano que perteneció a su abuela, y sin otro
instrumento acompañante más que su voz, Shaula se aprovechó de su
lengua materna para arrancar de sus cuerdas vocales la canción que había
escrito para su Isa al entender que lo que sentía por ella no era ni ira ni
admiración.
Tu nombre vino a mí de puntillas,
como sombra que solo mi estrella desvelaba.
Me asusté mientras me desarropaba, porque desnuda me hallaba.
Sin cobertura,
no sentí frío,
pero igual temblaba.
Guardé en secreto su llegada,
como se calla una traición,
negándome la dulzura probada.
Mas mi lengua recorrió las curvas de sus letras,
quedando prendada,
y de pasión hambrienta.
Reprimí mi hambre,
sostuve el aliento,
por pavor a que,
al exhalar,
escapara tu nombre.
Con cada paso que Isamar daba, Shaula sentía cómo el peso de la realidad
caía sobre ella. La pieza que tocaba se tornaba más apasionada, más
desgarradora. Era como si cada acorde fuera una firma sobre el destino
estipulado por las constelaciones.
La voz de Shaula se elevó, robando toda la atención que debía tener el
novio en el altar. Aragog nunca había escuchado mas que rumores de la voz
que poseía la princesa escorpión, la pequeña serpiente de Baham que podía
hechizar, torturar y hasta sanar con su canto. Y en cada palabra, el vigor de
Shaula se vertía en la piel de los presentes, haciendo llorar incluso a
aquellos que antes parecían aburridos, conmovidos por el temblor genuino
de su voz, reflejo de su fragilidad, y maravillados por cómo de alguna
forma se sostenía con ímpetu en las notas más altas.
Isamar avanzaba, y cada paso resonaba con el latido de un corazón que se
partía. La princesa tocaba el piano con una pasión que rozaba la violencia,
su voz una confesión que buscaba consuelo en la inmensidad de aquel
dolor.
Me negué toda salida,
pues temí que,
entre los susurro del viento,
tu esencia se dispersara,
y a mi corazón sombrío,
transformara.
Mas ahora, en la noche del juicio, confieso tu nombre como mi abrigo,
y aunque el destino nos despoje,
en tu boca, mi veneno,
yacerá eternamente contigo.
Y cuando Isamar finalmente llegó al altar, cuando se giró para enfrentar a
su futuro, Shaula tocó la última nota, una nota que pareció suspenderse en
el aire, vibrando hacia las constelaciones. Una lágrima, sigilosa, se deslizó
como el pacto de un amor que viviría y moriría en la música que había
creado para su, siempre suya, Isamar Merak.
Y entonces, los labios de Isamar articularon solo para Shaula un «
te acepto».
Nota:
"No puedes
llorar
tanto con un capítulo que escribiste tú misma" El capítulo:
Comenten mucho, por favor, estoy cansada de este sufrimiento y quiero
llegar ya a un capítulo feliz porque así no se puede vivir, gente.
Pero en serio, este capítulo ha sido demasiado íntimo. Acabo de volcar mi
alma en cada oración porque quería que este capítulo se sienta, se viva.
Además, la canción de Shaula me costó horrores porque tenía que reflejar
en muy escasos versos el proceso de negación, deseo y pavor que fue para
Shaula entender que estaba sintiendo cosas por su doncella, una mujer. Y
ahora la releo y me la quiero tatuar, así que espero que les guste porque hay
mucho trabajito con amor por aquí ♡
10: Pagaso
«Recuerda que mientras más traslúcido, más puro el diamante; no te dejes
engañar por la extravagancia. Recuerda también que hasta el más oxidado
metal puede venir cubierto de un baño de oro. No creas en la autenticidad
de nada que no hayas visto forjarse, Orión. Por eso yo creo en ti, porque
te conozco desde antes de la forja. Ve, y sé el caballero que el cielo
destinó para este reino necesitado Tal vez tú nos salves de las serpientes
que caen sin haber usado su veneno».
Orión despertó con las palabras de despedida de su padre todavía en la
cabeza.
Al principio no entendía qué hacía, dónde estaba o por qué se encontraba en
ese lugar.
Pero luego, a las palabras de su padre, empezaron a acompañarlas unos
recuerdos amargos.
Orión estaba en las ruinas de Zatah, el terreno destinado para el
confinamiento y adiestramiento para la guardia de Áragog.
Había vencido la primera prueba, manchando sus manos en un baño de
sangre. Pero su consciencia seguía tranquila. Lo había hecho para
sobrevivir.
No recordaba haber resultado herido, entonces... ¿Qué hacía en una
enfermería?
El pelotón tenía una enfermería, sí. Carpas con camillas improvisadas al
límite del campamento de los altos mandos.
Siempre había creído que el entrenamiento de la guardia sería un
confinamiento salvaje, una zona boscosa donde aprenderían de
supervivencia, asesinarían bestias, cazarían su comida, se batirían en duelos
y ganarían los cien que quedaran en pie. Básicamente, lo que había estado
haciendo la mitad de su vida, al menos la parte donde no era el hijo
ejemplar que atendía la joyería y comerciaba con la nobleza.
Ya recordaba.
La paliza. Las burlas de los soldados mientras lo pateaban a la luz de un sol
real, que quema más que solo iluminar.
Lo habían acusado de robarse a Cassio, la espada que Sargas le regaló.
Y luego estaba Legoztah Aldebarán, el hombre a su cargo que se había
atribuido el derecho a llevar la espada, bajo el argumento de que Orión no
la merecía por ladrón y por indisciplinado.
La carpa de enfermería estaba impregnada de un olor a yodo y sudor. Las
antorchas de fuego blanco eran pocas, e iluminaban apenas lo justo,
arrojando sombras danzantes sobre las paredes de lona.
El joven aprendiz yacía en una camilla, su pecho vendado y su brazo
izquierdo envuelto en vendas manchadas de sangre. Las magulladuras de
cada golpe, empujón, patada o pedrada, ardían en silencio. Hasta que Orión
intentaba moverse, y entonces cada una de sus heridas gritaba.
—Está muy malherido, soldado —dijo una de las vendidas sin mirarle a la
cara—. No se mueva o corre el riesgo de perder algunos puntos.
—¿Cuánto...? —Orión carraspeó, notaba la garganta seca y malherida. Y en
su boca, una hinchazón ligada a una profunda rasgadura—. ¿Cuánto llevo
aquí?
—Le permiten tenderse solo un día luego de ser castigado. Ya lleva toda
una noche, y medio día del día en curso.
—Eso... ¿Qué quiere decir?
—Que si no puede ponerse en pie cuando la noche caiga, lo enviarán de
vuelta a su casa.
Orión asintió, y tumbó la cabeza en la almohada fijándose en su entorno.
La idea de renunciar le resultaba tentadora y a la vez ridícula. Quería
reencontrarse con su padre, volver a cazar con Sargas y alejarse de ese
pelotón que ya le había decepcionado. No eran justos, ni siquiera mostraban
un mínimo de honor. Solo corrupción.
Pero no podía irse. No mientras sir Aldebarán tuviera a Cassio.
Al principio se le hizo extraño ver mujeres en las ruinas, pero pronto
comprendió, cuando tuvo la suficiente lucidez para retener algo de las
conversaciones, que las enfermeras eran a su vez las vendidas del alto lord,
del capitán, de los sargentos de cada pelotón y los soldados condecorados.
No podían casarse ni tener hijos, pero vaya que aprovechaban sus
bonificaciones del ejército.
Todo eso dañaba la idea que Orión tenía de la guardia. Siempre había
pensado en los soldados como hombres de honor, fieles a sus votos,
incapaces de pensar en nada que no fuese el bienestar del reino, con la
mente en el campo y su integridad intacta para que nadie dudara jamás de
su palabra.
Con el pasar de las horas en la enfermería, Orión se prometió a sí mismo
jamás comprar una vendida, ni pagar por una prostituta. Si un hombre
quería la compañía de una mujer, no debía enlistarse. Era así de sencillo.
Con la puesta del sol, una de ellas aprovechó que la inflamación había
bajado para suturar su boca. En medio de la golpiza casi le abrieron la
mejilla a la mitad, partiendo de una profunda rasgadura en su labio. Y
encima, su lengua se hubo hinchado al punto en que casi no podía
articularla.
El aprendiz apretaba los dientes, sintiendo cómo el dolor se intensificaba
con cada toque. Las vendidas murmuraban palabras de aliento, pero él
apenas las escuchaba. Su mente estaba en otro lugar, en la espada que había
perdido.
De un momento a otro, pensó en cómo estas mujeres tenían conocimientos
tan delicados. ¿Les enseñaban eso en las casas de preparación, donde
aprendían a hincharle la virilidad a sus amos?
Definitivamente, Orión no sabía nada sobre mujeres. Mucho menos sobre
vendidas.
Cuando le dieron el último trago de analgésico y limpiaron la última herida
para proceder al vendaje, ya era de noche. Entonces lo sacaron y pusieron
junto a otros heridos ya atendidos. Estaban al aire libre, en una hamaca
improvisada entre dos postes.
Y Enif brillaba. La estrella que daba nombre a su apellido, casi olvidada
entre todas aquellas que formaban la constelación de Pegaso, ardía con
intensidad, radiante como un inmenso sol en una constelación tan lejana.
Orión inspiró profundo, y cerró sus ojos. Algo en su pecho se calentó, y
cada grieta en su cuerpo magullado empezó a avivarse en un calambre
antinatural.
De alguna forma, sintió un nuevo corazón latir en su pecho. Y supo que
estaría bien, aunque de momento no lo estaba.
Lo innegable fue esa certeza de que no renunciaría. No se iría de ese
maldito pelotón, a menos que fuera en una urna.
~☆♡☆~
Esa mañana, le dolía todo. Lo habían escogido como el objetivo de
descargue para todos los soldados y reclutas, así que la tarde pasada lo
habían hecho cargar el agua entre entrenamientos.
Hicieron que repartiera vasos repletos a las docenas de pelotones, solo con
pausas para ir a recargar el agua.
No era grato en lo absoluto.
Aunque le pesaba admitirlo incluso para sus adentros, extrañaba a Sargas.
Entrenar con su medio hermano era otra cosa. Cazar juntos, disfrutar del
botín sin conspiraciones o pleitos por la cantidad que les correspondía, los
chistes, las anécdotas, las enseñanzas... Empezaba a volverse una carencia
en su día a día.
En su confinamiento ni siquiera tenía con quién hablar, pues él era el bufón
de la guardia, y nadie quiere que lo vinculen con un blanco así.
Orión buscó en la caja donde compartía sus pertenencias con el otro recluta
y aprovechó las horas libres para ir a lavar la ropa que había ensuciado.
Las ruinas tenían un pequeño riachuelo, cerca de los acantilados que
forman los restos de lo que antes había sido la represa de Zatah.
El tiempo le había hecho muchas cosas a ese lugar asediado por tantas
tragedias, e historias detrás de estas, salvo curarlo.
Había algo extraño en esas ruinas, una sensación similar a la que se tiene
cuando una mirada se clava fijamente en tu nuca. Era como si el cielo los
observara con fijeza, temeroso de que los mortales descubrieran los secretos
que enterraron a sus pies.
Orión empezó a lavar sus camisas. Aunque solo fuera con agua, esperaba
poder quitarle el exceso de sudor, al menos a las axilas, que eran lo primero
en mancharse.
Pero pronto llegaron otros reclutas del séptimo cuartel, que claramente lo
habían seguido, ostigados por la curiosidad.
—¿Qué haces, Joyitas?
—Lavo mi ropa —respondió él.
—¿Por qué lavas tu ropa?
—Porque está sucia.
—¿Y la nuestra no?
Orión tensó su mandíbula y sus nudillos se blanquearon alrededor de la tela.
—Estarán en el mismo estado, por lógica. Puedo lavarlas también, si
quieren.
Lo decía muy en serio. Odiaba la humillación que suponía, pero prefería
fingir que era su elección a sentirse obligado a ello. Además, así tendría
algo en qué ocuparse.
Y era mejor así, para no tener que oler a sus compañeros hediondos a culo
de sirio.
—¿Te ofreces a lavar nuestra ropa? —se aseguró uno de ellos.
—Si les parece bien, con gusto lo hago.
Orión estaba cuidando cada palabra. Desde lo que había sucedido con
Aldebarán, hablaba como si las conversaciones fueran un campo minado,
cuidando de no detonar ninguna sensibilidad en egos ajenos.
—¿Por qué te preocupan tanto los olores, Joyitas?
—Pues...
—Esa no es la pregunta —dijo otro del cuartel, un larguirucho cuyos brazos
tenían el grueso de una ramita seca—. La pregunta es: ¿por qué trajiste una
capa, por qué decoras tus botas? ¿No eres un hombre?
Orión frunció el ceño y dejó de restregar la camisa contra la piedra, alzando
la vista hacia los demás.
—No estoy seguro de entender lo que sugieren.
—Pedías un closet —dijo uno muy rechoncho, pero grande. La gordura era
fácilmente aprovechable como intimidación física—. ¿Era para tu
maquillaje?
Orión arqueó una de sus gruesas cejas.
—No uso maquillaje.
—Pues, parece que...
—Esos productos dañan la piel si luego no te haces un lavado facial
eficiente.
Todos guardaron silencio, mirando a Orión perplejos, como si acabara de
decir que el rey de Áragog era en secreto una vendida, o una incoherencia
semejante.
—¿Qué? —inquirió Orión.
Estaba perdido, incapaz de comprender en qué había fallado. ¡Si hasta se
había ofrecido a ayudarles!
—A este le faltan un buen par —comentó el larguirucho.
—Sí, Mocos. Un buen par y el brazo del medio, también.
Esa insinuación sí que le había quedado clara, lo que no entendía era por
qué se reían así de él. ¿A él le faltaba el par? Porque, según recordaba, era
el único que había plantado cara a Legoztah Aldebarán. Los demás se
quedaron detrás impávidos, aplaudiendo cual marionetas, riendo mientras
tragaban grueso, temiendo ser los siguientes.
¿Cuál era, entonces, el par que le faltaban?
—Vamos a ver si tiene vagina —sugirió el rechoncho.
—Buena idea, Papa. Veamos si tiene, y cuando lo descubramos, le
contamos a todo el barracón para que se lo cojan por turno.
—¿Quieren bajarme el pantalón, imbéciles? —Se burló Orión. Obstinado,
tiró la camisa mojada contra la piedra; esta golpeó fuerte, salpicó y resbaló
al agua como una babosa—. ¿A quién le falta el par, si son ustedes los
obsesionados con verme la verga?
Los que estaban detrás de Mocos y Papa ahogaron una respiración, los otros
dos intercambiaron una mirada maliciosa, alentados por la posibilidad de
una confrontación que podían justificar.
—¿Qué sirios haces ahí parado? —alentó Orión, harto de estar esperando a
que lo atacaran, queriendo sacarse de encima de una vez a esos bravucones.
Si lo iban a lastimar, que lo hicieran de inmediato. Estaba cansado de
temerle a todo, su sombra incluida.
El arrebato de Orión hizo al par agresivo dudar. Mocos y Papa
intercambiaron una mirada, pero sabían que ya no se podían retractar. Era
una cuestión más que de orgullo. Si retrocedían, los próximos bufones
serían ellos.
—Acabemos con esto.
El rechoncho le lanzó un puñetazo a Orión.
Aunque Orión no era ligero sino de gruesos brazos y espalda ancha, no se le
complicó esquivar el golpe. Se agachó y escurrió hasta subir a trote por las
rocas del riachuelo.
Tomé la iniciativa y se lanzó sobre el larguirucho al que llamaban Mocos.
Un puñetazo en la cara para aturdirlo y acto seguido se asió a su cuello,
apretando tan fuerte como para moverlo, arrastrarlo, y lanzarlo piedras
abajo en dirección al agua.
Mientras Mocos rodaba, Orión sabía que el rechoncho Papa no lo dejaría
tranquilo, así que fue de nuevo a su encuentro; no a golpear, porque en eso
el otro tendría ventaja. Aprovechó la altura de las piedras en esa posición y
se lanzó de cuerpo completo contra Papa, haciéndolo caer de espaldas
contra las rocas, su cráneo golpeando con un horrible crujido.
Pero a Orión no le importó. Tenía que imponerse, afirmar su lugar, hallarse
un hueco entre la jerarquía de aquellos rasos carentes de autoridad.
Así que, aunque el tal Papa estaba aturdido por la caída, y tal vez
inconsciente, Orión le soltó un puñetazo en la mandíbula.
Ese era por el castigo de Aldebarán.
El siguiente fue a su tabique, y ese fue por el perfume quebrado.
Cuando le partió la sien en el siguiente golpe, se dijo que era por Cassio.
Los demás los dejó de contar, o de darle un significado. Siguió descargando
puñetazos contra el rostro malherido del recluta. Con cada nuevo golpe,
acertando un poco más a la credibilidad de su reputación.
Con esas dos golpizas debió haber bastado. Había sido un intento digno y
válido: dos reclutas lo habían molestado, él los retó y venció limpiamente
en el duelo implícito.
Habría salido muy lindo si la justicia significara algo en ese lugar, pero
poco a poco, Orión se iba haciendo a la idea de que esa palabra no tenía
implicaciones en su pelotón.
Los que lo habían emboscado eran seis, Orión solo uno.
De un momento a otro, los cuatro restantes cayeron sobre Enif, terminando
la golpiza en nombre de los perdedores, arrojando a un Orión inconsciente
al agua una vez terminaron con él.
Hasta ahí había llegado su intento de hacerse respetar.
~~~
Nota:
Este capítulo es el equivalente al prefacio, que les dije que subiría
luego. Pero para no confundir (porque capaz algunos no lo lean si lo
muevo al principio del libro 2) lo dejaré por aquí un tiempo y ya
cuando el libro vaya a publicarse en físico lo arreglaré.
Cuéntenme sus opiniones. ¿Qué les parece el Orión joven y lo que ha
tenido que vivir en su confinamiento?
Viene otro capítulo suyo, el más importante tal vez en toda su historia
Para los que no han leído los demás libros y no entienden la
importancia de Orión, no se desesperen.
Orión
es un personaje importantísimo en la saga, en este universo, y que es
medio
hermano
de Sargas, por lo que tiene relevancia en la historia de los
Scorp
.
11: Enif
Orión había tenido unos primeros días duros. Y algunos mejores que otros
donde se destacaba tanto que había levantado la envidia de todo el cuartel.
Nadie se explicaba cómo tenía tanta resistencia luego de haber sido
apaleado a golpes con tan pocos días de diferencia.
No dejaba de ser el bufón, pero el odio de los demás aprendices lo llevaba
como una medalla. Ya no lo enfrentaban tan directamente, ni intentaban
robar sus raciones de comida, pero siempre que estuvieran en grupo se las
arreglaban para cantarle una canción sobre testículos y maquillaje.
Luego de aquella vigilia en la hamaca, sometido al brillo de su
constelación, su piel había empezado a regenerarse. Fue como si el cielo
lloviera escarcha sobre su piel, y esa escarcha se volviera líquido al
contacto. Ese líquido lo absorbieron sus poros, y su sangre se llenó del
contenido calórico del firmamento.
Al principio sucedió de forma tan imperceptible que se convenció de que lo
estaba imaginando, o que era un proceso natural. Hasta que aquellas
heridas, las más alarmantes incluso, como aquel cárter recién suturado en su
mejilla, se borraron sin dejar ni la sombra de una cicatriz.
Desde entonces, no pasaba una noche en la vida de Orión Enif en que no se
arrodillara a rezarle al cielo. No pedía nada, ni un gramo de comida, ni un
sorbo de agua; solo agradecía, porque una parte del reino cósmico lo estimó
merecedor de su milagro.
Sargas le había hablado muy por encima de la cosmología. Le mostró cómo
sus manos invocaban un veneno escarchado que derretía incluso la piedra.
Él jamás pudo hacer nada similar, aunque Sargas insistía en que debía
seguir intentando. El escorpión se declaraba capaz de meter las manos en
lava ardiendo si al final resultaba que su medio hermano no había sido
escogido por el reino cósmico para recibir una lasca de su poder.
Pasó noches eternas dialogando en vano con la constelación del cazador, la
que le dio el nombre de Orión. Jamás se le hubiera ocurrido que tal vez no
fue el cazador quien le escogiera, sino esa pequeña estrella en medio de
Pagaso que le dio su apellido.
Enif
Si resultaba ser cierto, si Enif era la portadora de su cosmo, entonces Orión
había perdido demasiado tiempo intentando forjar una conexión imposible,
tiempo que ahora debía recuperar intentando entender qué cualidades le
había dejado Pegaso.
Por ahora, solo podía atribuirle la cicatrización milagrosa.
Después de que el cielo tomara en cuenta su existencia, a Orión no le
podían importar menos los demás aprendices. Sus días eran digeribles
mientras no viera a Legoztah Aldebarán pasearse con Cassio al cinto,
acariciando su vaina como si fuese parte de su cuerpo, suya y solo suya.
Lo había escuchado hablando con otros soldados, o lores que iban a
supervisar los entrenamientos. Decía que la espada era suya, que la había
ganado en un torneo de duelos en Antlia, que se la ganó a un pirata que la
traía desde un reino lejano, que se la obsequió un descendiente del linaje de
Canis en su paseo por la humanidad, hace milenios.
Lo cierto era que, sin importar cuánto alardeara, la espada solo le serviría
para eso. Era demasiado pesada para blandirla, con demasiados ornamentos
para ser útil; impráctica, obsoleta.
El gran Legoztah no sabía bregar con la imponencia de Cassio.
Orión lo odiaba mucho más por eso mismo: condenaba el arma a la labor de
un mero pendiente.
Una noche, cuando Orión estaba dispuesto a ir en busca de la ración de su
cena, el teniente Aldebarán entró en su cuartel.
Su armadura relucía, y la espada colgaba de su cintura. El aprendiz la
reconoció al instante: la misma espada que había sido suya, y que antes
había pertenecido a su medio hermano y futuro rey de Áragog. Ahora, el
teniente la blandía con impunidad, como si fuera suya por derecho.
La mayoría de sus heridas se habían borrado de su piel con la lentitud con
que una uña crece, pero en ese momento el dolor de las que persistían, las
recientes, fueron resucitando lentamente.
Cerró los ojos, tratando de ignorar la sensación de que su carne cercenada
estaba siendo arrastrada hacia la espada.
El teniente se acercó, su mirada fría y despiadada.
—He oído hablar de ti, Enif —dijo con desprecio—. Dicen que destacas por
encima de los demás aprendices.
—Me honra, señor. Creo que se exageran mis habilidades, señor.
—¿Eso crees? No parecías tan humilde cuando llegaste aquí.
Orión se mordió la lengua para no decir lo primero que picaba en esta.
El teniente desenvainó la espada, y el filo brilló reflejando la luz de las
estrellas.
—Dicen que estás pensando en denunciarme con mi capitán.
El terror golpeó a Orión como un relámpago.
Y entonces un destello de luz arrasó con la noche.
El cielo tronó como si las alas de la constelación de Pegaso hubiesen
cobrado vida y se batieran con ímpetu. Todo el suelo tembló, y las nubes se
retorcieron abriendo paso a unos pequeños puntos brillantes que prevalecían
por encima de la pequeña llovizna que empezó a derramarse sobre las
ruinas.
La naturaleza sentía lo que se cocía en las intenciones del teniente.
Y como si el resto del pelotón lo supiera también, como si el campamento
entero supiera lo que estaba por suceder, todos empezaron a aglomerarse
fuera de las carpas sin temerle a la lluvia.
—Señor —balbuceó Orión, su voz permanentemente herida por las torturas
pasadas—. Yo no hablo con nadie, señor, jamás podrían haberme escuchado
decir nada semejante.
—Eso también escuché, recluta. Dicen que te crees demasiado para hablar
con nadie.
—No, señor, yo...
Orión calló. Sabía que, sin importar lo que dijera, a cada palabra suya le
extirparían una razón para condenarle.
—Me han informado de un incidente reciente, recluta. Dicen que atacaste a
traición a dos del séptimo cuartel.
Nuevamente, Orión optó por el silencio. Recordó el Estatuto Oro, ese que
dictaba que debía obedecer a todo sin cuestionar. El mismo por el que todos
los soldados lo habían golpeado hasta hacerle perder el conocimiento.
Así que cruzó los brazos detrás de su espalda, y aceptó la injusticia mirando
a los ojos al teniente.
—¿No lo niegas?
—Al contrario. Pero imagino que, si mi declaración importara de algo, no
estaría todo el campamento afuera aguardando para espectar mi castigo.
—Debiste presentarte como bufón, recluta. Habrías valido más bajo los pies
de reyes. Aquí nunca serás más que la basura de mis zapatos. Es bueno que
lo asumas de una vez.
Orión asintió, firme, como si estuviera recibiendo una orden.
Y eso molestó más al teniente, al que el cielo se le escurría por la expresión
de hierro.
Y sin embargo, se disfrazó con el equivalente a una sonrisa en su rostro. Las
gotas de lluvia escurriendo por su barbilla.
—Todo lo contrario, recluta. Tu defensa nos importa tanto que hemos
decidido darte una oportunidad de redimirte. Si vences, tu castigo será
anulado y la espada regresada a tus delicadas manos llenas de esmalte.
Orión tragó en seco, sus manos asiéndose con mucha más fuerza detrás de
su espalda.
—Como sabemos que robaste la espada, te daremos la oportunidad de
ganártela. Si Ara considera que eres merecedor de esta, la alcanzarás. De lo
contrario... es probable que mueras en el intento.
El teniente comenzó a caminar, la procesión de soldados y reclutas
siguiéndolo en un religioso silencio.
Orión se les unió por sentido común.
Llegaron al pie del acantilado. Antaño había sido una represa, de la que
ahora solo quedaba una amalgama de piedras desgastadas y concreto
quebrado, alzándose como un gigante con vértebras indestructibles que
desafiaban el cielo y la fuerza de Ara a la que algunos llamaban gravedad.
—Una montaña impenetrable —dijo el teniente—. Ruinas de una represa
que ha sido testigo de innumerables tormentas.
Orión sabía que no estaba ahí para admirar la arquitectura antigua formada
por desastres naturales, ni para recibir una lección de historia sobre las
ruinas de Zatah.
—Supongo que soportará una tormenta más, ¿no te parece?
El aprendiz tragó como pudo.
—En la cima está clavada la espada de uno de nuestros mejores soldados.
Si la alcanzas, te devolveré la tuya. Sencillo, ¿no te parece? —El teniente
Aldebarán forzó una sonrisa—. Claro que él usaba un equipo especial para
la escalada, y subió el acantilado cuando estaba totalmente seco, pero... Si
tu inocencia es real, que Ara te ayude a llegar a la cima.
—¿Y si no lo consigo?
—Ruega al altar del cielo que sea pronto, porque una caída desde tan alto...
—El teniente silvó—. Que Ara te acompañe, recluta.
Para ese momento la lluvia caía sin piedad, formando un velo de agua que
difuminaba las ruinas de la antigua represa.
Orión miró al cielo, sus ojos resintiendo la caída de las gotas frenéticas. En
medio de las esperas nubes, todavía refulgía la constelación de Pegaso,
aunque medio oculta. No tenía que verse completa, solo esa estrella que lo
nombraba.
Y ahí estaba Enif, titilando aunque con debilidad.
Para entonces, Orión se aferró al pensamiento de que el poder era recíproco.
Si él confiaba en sí mismo y en su estrella, tal vez esta cobrara la intensidad
necesaria para darle a sus huesos la fuerza para la escalada, y a sus dedos la
adherencia requerida para sobrevivir a la humedad.
Bendíceme
si puedes. Y si no puedes, igualmente confío en ti».
Era el pensamiento que resonaba en su mente, una y otra ves, mientras sus
dedos se aferraban a las resbaladizas superficies.
El viento aullaba como un lobo hambriento mientras el joven Orión forzaba
sus músculos para ascender en el acantilado.
Algunos pasillos eran sencillos, como un camino salpicado de columnas
medio destruidas y delimitado hacia la cima. Pero otros tramos eran
imposibles de avanzar a pie. Debía saltar entre una repisa y otra, afincar su
pie en un escalón encharcado, y sus manos en el saliente recoso más
próximo.
Las piedras, erosionadas por siglos de lluvia y salitre, se desmoronaban bajo
sus botas. Cada paso era una lucha contra la gravedad, y el vacío que rugía
debajo de él, esperando con ansias su caída.
Pero ascendía.
Su determinación estaba hecha del material de Cassio, y aunque el cielo
parecía ignorarle más que para vaciar su tempestad sobre él, Orión no
desistía. Sus músculos tensándose, su fe en las estrellas llenándose de
grietas.
La lluvia arreciaba, y el joven recluta luchaba por mantener el equilibrio.
Sus dedos, entumecidos y doloridos, se aferraban a las piedras resbaladizas.
El pelotón observaba desde abajo, algunos burlándose, otros en silencio,
temerosos por su destino.
Ellos lo sabían. Un pensamiento colectivo que todos callaban por temor a
declararse mediocres: el recluta que escalaba no estaba hecho del mismo
material de aquellos que lo miraban ascender.
Cada aliento de Orión era un desafío al vértigo que amenazaba con
arrastrarlo al vacío, luchando por encontrar un punto de apoyo seguro. El
olor a humedad y musgo impregnaba el aire, mezclándose con el sudor que
empapaba su ropa.
Desde abajo, algunos imbéciles profesaban entre gritos y abucheos sus
apuestas. Juraban que no llegaría ni a la mitad.
Y solo algunos, tímidos y rezagados, murmuraban palabras de aliento que
solo el cielo, encapotado y oscuro, parecía escuchar en complicidad.
La tormenta arreció, el viento cobrando fuerza mientras las nubes
parpadeaban con una luz intensa.
Pero Orión no se detenía, cada paso un riesgo calculado. Cada resbalón, una
amenaza mortal.
—¡Enif! —Le gritó al cielo, el grito calentando su pecho hiperventilado—
¡ENIF!
La estrella apenas titiló, pero el cielo entero pareció tambalearse, sufriendo
una especie de baja de energía instantáneamente seguida por un subidón
que iluminó todas las estrellas por encima de la lluvia.
Orión, con sus dedos entumecidos, se aferraba a las piedras como si tuviera
garras. El viento silbaba a su alrededor, como si quisiera arrastrarlo hacia el
fracaso.
El campamento guardaba silencio, anonadado por la tenacidad del recluta.
Era un ladrón, decían todos. Un altanero, arrogante e irrespetuoso. No se
merecía la victoria. Pero Ara parecía bendecirlo.
La espada lo esperaba allí, su hoja centelleando con un fulgor sobrenatural
como un presagio. Pero el último tramo era el más peligroso: una cornisa
estrecha, apenas lo suficiente para apoyar un pie. Y cuando la cima estaba
al alcance de su mano, el aprendiz extendió los dedos hacia el pomo de la
espada.
Pero todas las rocas se escurrían sobre él, y sus músculos temblaron de
agotamiento.
Justo en ese último tramo, cuando la victoria parecía asegurada...
Sus dedos resbalaron, y el vacío arrastró sus pies.
El mundo se movió con lentitud a medida que caía, su cuerpo arrastrado a
un abismo de muerte segura.
De espaldas al suelo, sus ojos miraron al cielo. Y su constelación brillaba,
cada punto de calor ardiendo claramente por encima del velo de lluvia.
Una bocanada de aire desesperada lo hizo beberse las estrellas, y el brillo
que antes cegaba en el cielo entonces se apagó. Porque ahora todo estaba
concentrado en su piel, refulgiendo como si él fuera la estrella.
Un grito involuntario nació de él, rasgando su garganta sin piedad mientras
que el poder le abría la espalda. Fue como tener las garras de una criatura
hecha de calor robando la piel entre sus homoplatos para poder salir.
Las heridas estallaron, la sangre cayendo junto con la lluvia.
Y entonces el poder de Enif fue liberado. Escarcha de estrellas fluyó por las
heridas gemelas de sus homoplatos y rápidamente tomó la forma de las alas
que representan a Pegaso en el cielo.
El plumaje se fue materializando a raíz de la luz, y debajo todos lo vieron.
Era como un ángel blanquecino qué caía del cielo con un aura escarchada.
Las alas frenaron la caída como las velas de un barco resisten hasta la peor
de las mareas. Pero era el cosmo en su autonomía el que salvaba la vida del
recluta, porque este, superado por el dolor de las heridas abiertas en su
espalda, se había desvanecido de su consciencia.
El cosmo de Enif resistió la peor parte de la caída, hasta que ya no resultaba
mortal. Entonces se desvaneció en el aire, y las alas se volvieron cenizas
escarchadas que regresaron al cielo justo cuando el cuerpo inerte del
aprendiz golpeaba el campamento.
Nota: Estoy enamorada de Orión en todas sus versiones. Estoy
feliz
de que al fin pudieran leer el momento en que su
cosmo
y él se volvieron uno y le salieron sus alitas ♡.♡
Comenten su opinión, por favor ♡
12: Serpiente alada
El nombre de la princesa escorpión fue aclamado desde Ara hasta Baham.
Toda mirada sucumbía ante su belleza, y toda voz era alzada para profesar
alabanzas al respecto.
Su tierra la recibió con el júbilo de un pueblo que aclama a su salvadora.
Aunque su presencia había sido anunciada como un castigo, nadie lo aceptó
como tal. No podían haberlo hecho, porque en las semanas que la princesa
estuvo de camino a Baham, los frutos extintos florecieron, el agua llovió de
las nubes resecas, y el sol se alzó todavía más alto para atestiguar la llegada
de su descendiente.
Con la nueva posición del sol, la presión que parecía encorvar la población
del desierto empezaba a atenuarse, respirar había perdido la pesadez que
una vez cargó como una maldición, y las caminatas, incluso las más lejanas
y empinadas, se han vuelto más sencillas.
La princesa era trasladada por el ardiente desierto de Áragog en el palco
levantado por las vendidas de su abuelo, mientras en cada tramo vitoreaban
su nombre.
El enorme sol naranja resplandecía sobre su piel de otoño, y sus ojos se
impinían como una maldición ante quien se atrevía a mirarlos. Muchos, al
verla después de casi dos años, pensaron que su cuerpo era solamente
comparable con los mitos de las primeras constelaciones.
No podían ver a Shaula Scorp Nashira y no sentirse en presencia de la
reencarnación de Athara.
Las pirámides la recibieron como a una amiga pródiga, cuyo afecto no
había sido oxidado ni por el tiempo ni la distancia.
Su velo y cubrebocas estaba hecho de una tela más gruesa de la que solía
usar en Ara. Su tiempo en la capital la había ablandado, su piel
sensibilizándose como nunca había sucedido durante los años que vivió
rodeada de sus soles. La arena dorada se extendía hasta donde alcanzaba la
vista, y en su roce con la piel se sentía como cenizas.
Shaula se fijó en los médanos, que se ondulaban como enormes olas en el
eterno mar de arena, interrumpidos por los palacios de los altos mandos que
parecían alzarse a la altura del gran astro.
Su abuelo, Jalas'tar Nashira, envió a más vendidas a recibirla. Tenía
compromisos hasta muy entrada la tarde, y por el momento solo tenía
instrucciones para ella, además de un paquete que al parecer había llegado a
Baham poco antes de su presencia.
—¿De qué se trata? —preguntó Shaula a una de las vendidas.
—No estoy segura, alteza. Pero revisaré de inmediato.
El resto de ellas organizaba el equipaje de la princesa y se aseguraban de
que tuviera comida e hidratación a la mano.
Shaula no tenía ánimos ni de dar órdenes. Había viajado a Baham por
sugerencia de su abuelo en medio de una criptica correspondencia, pero en
última instancia había acabado manipulando a su padre para que creyera
que la estaba castigando al enviarla de vuelta al desierto. A esas alturas, ni
ella misma entendía qué hacía ahí.
Al final, todo parece un castigo cuando tu corazón late a miles de millas de
tu pecho.
El lugar le parecía ajeno, a pesar de criarse en él. De hecho, en esa misma
fortaleza había nacido.
Por lo poco que sabía Shaula, su madre había estado al borde de perderla.
De no ser por la intervención de un astrólogo que supo cómo revertir la
fiebre que la atacó.
Shaula se asomó entre las columnas del balcón. El sol naranja era tan
distinto de la caricia del blanco, que su fuego abrasador conjuraba sombras
largas y distorsionadas sobre la arena.
Nada le impresionaba ya. Una parte de ella se había adherido a la
arquitectura áraga, a la vestimenta pesada, a no ver piernas ni abdominales,
y a las faldas amplias que se arrastran por sus bailes tradicionales, de
movimientos tan distintos a los bahamitas.
Si se atreviera a ser honesta, tal vez Shaula diría que no extrañaba ni el
castillo ni a la corte de Ara; solo a una mujer, que ni siquiera era oriunda de
la capital: una pescadora con aroma a melocotón.
Sus pensamientos, como la arena sobre las dunas de Baham, se
amontonaron en su mente.
Había escalado un balcón no mucho tiempo atrás, para robar los besos de la
mujer que entonces estaría en el lecho del peor hombre que había pisado el
plano terrenal.
Lord Maldito Volant.
Shaula ardía en su odio por él. Aferrada a su promesa, se recordaba ese
nombre a diario, se sofocaba por el humo residual de los sentimientos que
aquel monstruo extinguió. Sus manos se asieron con tanta fuerza a la
balaustrada del balcón, que sintió sus dedos capaces de romper el yeso
como los huesos de su quijada estaban por fracturarse entre sí.
—Alteza.
Shaula volteó, sus manos abandonando la balaustrada; en el acto, gotas de
sudor ardientes resbalaron. Hervían tanto ante el calor, que al impactar
contra el suelo erosionaron la piedra, dejando pequeños hoyos en donde el
sudor de la princesa había impactado.
—¿Sí?
La vendida tenía algo entre sus manos, pero sus ojos estaban consumidos
por la imagen de la princesa, en su rostro una expresión casi preocupada.
—Princesa... Está brillando.
Shaula exhaló con agotamiento. Quitó su velo y lo usó para secarse la frente
y el cuello.
—Sí, necesito un baño. El sudor me tiene brillosa... ¿Cuál es tu nombre?
La vendida abrió la boca para agregar algo más, palabras que no tenían
intención de aclarar la duda de su soberana. Pero parpadeó, convenciéndose
de que solo había visto un espejismo, y de que el humo que parecía manar
la princesa era algo lógico dado el cambio de clima tan brusco que
experimentaba.
—¿No tienes un nombre? —insistió Shaula.
—Soy vendida seis, alteza.
—No, yo me refiero a... —Shaula suspiró. Realmente le cansaba incluso
debatir algo tan sencillo. Estaba perdiendo el impulso que mueve los
engranajes de toda vida—. ¿Cuál era tu nombre antes? ¿El que te dieron las
estrellas?
—Su abuelo, alteza, exige que se nos conozca por nuestros números para
que él sepa en todo momento a cuál de nosotras se refieren al
mencionarnos.
—Entonces eres seis —asintió Shaula sin ninguna emoción. Parecía a punto
de quedarse dormida—. Trataré de recordarlo.
—Cuando lo olvide, puedo repetírselo sin problemas.
Shaula le sonrió. Un gesto inexperto por la falta de práctica.
—Y, ¿qué tienes entre manos, Seis?
La vendida le extendió el artefacto.
Shaula sintió el peso en sus manos. A primera vista, parecía sostener una
especie de reliquia moldeada en oro puro, trabajada con detalles mínimos y
minuciosos que representaban las escamas de la piel de una serpiente. Y
entonces cayó en cuenta de que se trataba de brazaletes.
Enroscó el cuerpo de las serpientes en ambos brazos, las alas filosas
arropando sus antebrazos.
—La serpiente alada... —dijo una nueva vendida, evidentemente mayor,
que cargaba la bandeja de comida—. ¿No la matará su padre por llevar un
símbolo de rebelión?
Shaula sonrió, genuinamente. Primero por la confianza con la que la mujer
le lanzaba semejante imprudencia. Segundo, porque esa idea de su padre
enojándose por el símbolo en sus manos le sabía mejor que el agua luego de
las semanas de camino.
—La serpiente alada es la forma de la constelación de Baham —discutió
Shaula con inocencia—. Así que no sé de qué rebelión me hablas.
—Es la forma de la constelación, sí, según un mito hereje que niega la
existencia de Ara como dios supremo.
—No lo niega —discutió Shaula. Si algo recordaba de su madre, era que le
repetía el mito en sus primeros años antes de dormir. Se lo sabía de
memoria—. Solo plantea la idea de que no es invencible, y de que su
existencia no evita que una nueva constelación se levante por encima del
altar del cielo.
—Casi nada —comentó la vendida frunciendo el gesto y dejando la bandeja
en la mesita—. Pero quién soy yo para juzgar su gusto en collares. Las
sogas son la nueva moda, al parecer.
—Tres —la regañó la vendida número seis, en voz tan baja como la
posición de su rostro—. Tenga, princesa. Esto venía con los brazaletes.
Una carta.
—Gracias —Shaula escondió la misiva entre sus manos y detrás de su
espalda—. Ya pueden retirarse. Les avisaré cuando sean necesarias.
Ambas hicieron ademán de retirarse, justo cuando Shaula dijo:
—De hecho. ¿Cuáles son sus responsabilidades para el resto del día?
—Limpieza —dijo la vendida número tres.
—Estar atenta a sus necesidades —añadió la seis.
—Ni la fortaleza necesita más limpieza, ni yo más cuidados. Tómense el
día, y si mi abuelo pregunta, inventen que les mandé a hacer algún recado a
la frontera o lo que se les ocurra.
Ambas vendidas intercambiaron miradas que reprimían sonrisas, y ninguna
de las dos discutió la oportunidad. No eran tan reacias a los privilegios
como las vendidas de Ara. Shaula empezaba a notar un contraste evidente
en sus personalidades, partiendo por el hecho de que en Baham parecían
tener algo parecido, aunque sepultado bajo toneladas de restricciones.
Shaula se acostó en la hamaca de la antecámara, y destrozó el sobre de la
carta para descubrir su mensaje.
No me condenes de ilusa por lo que voy a decirte. ¿Recuerdas que estuve
leyendo las escrituras? He hecho más que eso. He estado estudiando tus
mitos. A ellos, y a ti. Tu tierra aguarda la llegada de una guerrera a la que
los sirios teman, y que haga encogerse las estrellas. Una guerrera que será
reconocida por el símbolo de la serpiente alada. Cada año en tu
cumpleaños, los Ojos de Baham reaparecen. Grandes soles de fuego a los
que tú, mi demonio, sobreviviste al nacer. Me pareció un lindo detalle que
mis votos sean mi fe en ti, y en que, no tengo idea de cómo, harás en la
tierra lo que Baham hizo en los cielos.
~Tu Isa.
Inmediatamente, Shaula empezó a escribirle una carta de vuelta.
Nota: Qué suerte tiene Isamar para
que
Shaula la notara y la besara, porque TREMENDA DIOSA, MI
MUJER.
13: Madre de serpientes
Shaula se hallaba en el patio de la fortaleza, rodeada por las altas murallas
de piedra con grabados que narraban la historia de la dinastía Nashira. Las
vendidas de su abuelo se agolpaban a su alrededor con ansias de aprender
mientras el sol de la tarde las bañaba con su brillo dorado.
Dos veces a la semana impartía tutorías gratuitas y voluntarias para
promover la educación de todas aquellas mujeres a las que el sistema les
había negado incluso la lectura.
También intentaba encargarse, por su cuenta, de las labores domésticas más
sencillas, como la limpieza o la cocina, para darle tiempo libre a sus
aprendices e incentivarlas a enseñar a las vendidas de otros dueños.
Ocasionalmente, supervisaba las clases impartidas por las vendidas más
avanzadas para asegurarse de que la cadena de conocimiento estaba
formada por buenos eslabones.
Pero ella no solo enseñaba. Otros dos días de su semana iban destinados a
aprender de las mujeres de su tierra. Eran unas arquitectos magistrales, las
más fuertes, las más creativas. Shaula tenía mucho conocimiento para
cocechar de aquellas mujeres tan resilientes que habían levantado toda su
tierra hasta volverla próspera.
Cada semana usaba un día para entrenar las artes marciales, gimnasia y el
manejo de armas al estilo bahamita. Su tiempo en Ara amplió sus
habilidades físicas en otros estilos, pero también afectó la flexibilidad que
una vez tuvo, así que volver a ese nivel le costó muchos de los dieciocho
meses que llevaba castigada en su imperio.
El primer día de cada fin de semana lo usaba para cantar en eventos
benéficos, para apoyar alguna protesta pacífica del pueblo a la que quisiera
dar voz, o para asistir a algún evento social que la ayudara a posicionarse a
ella y al apellido Nashira. Ese era el día favorito de su abuelo, el único
reglamentario.
Jalas'tar insistía en que Shaula debía demostrar en Baham por qué merecía
ser la embajadora en Ara, de lo contrario, él no pelearía por ella contra
Lesath Scorp.
Y con respecto a Lesath, Shaula no quería ni escuchar menciones a su
nombre. No respondía sus cartas, no aceptaba sus visitas. Todo el reino
sabía que el rey se paseaba con la joven Indyana Sagitar, cortejándola
públicamente, cocinando su beneficioso compromiso y solidificando la
alianza con los altos lores de Hydra.
Era el motivo por el que el rey había dejado correr el primer año de Shaula
en temporada sin presentarla en sociedad ni imponerle un compromiso,
confiando en que el tiempo de despeje en Baham haría que sus rencores
sanasen.
Y el último día del fin de semana, el que otros llamaban «día libre», era el
día para la princesa sangrar. Su día para derramar cada gota de su ser en sus
composiciones. El día en el que podía ser débil, el momento cumbre de su
tristeza, el instante para desmaquillar sus heridas y dejarlas respirar.
El único día que se quitaba los brazaletes, porque era el día donde volvía a
ser Shaula, el fragmento colgante del mito que había formado alrededor de
ella. E incluso en esos momentos, quedaba la huella de la serpiente alada en
sus brazos, marcada por el sol en su piel.
Shaula escribía sus cartas correspondientes para sir Aztor y sir Lencio,
quienes defendían la causa de la princesa en la capital. Lo que, en palabras
más directas, implicaba asegurarse aliados e informantes dentro de la corte,
ya sea consiguiendo las "amantes" correctas, protegiendo a las personas
indicadas, o prestándose para las causas que Jalas'tar les aconsejaba, para
que se ganaran el favor de personas importantes. Asimismo, mensualmente
enviaban un informe detallado a la princesa de la información recopilada, y
los nombres de las nuevas personas que en adelante le debían un favor o
más.
Shaula los extrañaba, casi tanto como extrañaba a sus doncellas. En
consecuencia a esos sentimientos, a su negativa a reemplazar a ninguno, no
tenía doncellas en Baham como tampoco permitía la vigilancia de ningún
guardia.
Y no es como si la necesitara, pues tenía a Dibu, Shipo y Niara.
Sus tres serpientes adultas, o, lo que es su traducción al bahamita: sus
ashiira.
Al principio, su padre y su abuelo insistieron en imponerle guardias por su
seguridad, y Shaula fingió aceptarlos. Pero luego, los hombres que le
asignaron terminaron huyendo de sus bestias amigas.
Todavía estaba en el piano cuando las vendidas le avisaron que se
rogaba
su asistencia inmediata en el mercado más próximo y Shaula se trasladó
hasta allá.
—Abran paso a Shaula Scorp Nashira, hija del aguijón de Ara, descendiente
de los primeros escorpiones, princesa de Áragog y portadora de la voluntad
del rey en Baham.
Su entrada fue vigorizante, una carga de poder a sus fibras marchitas. Cada
bahamita en el mercado hizo paso a su figura, cada hombre mantuvo la
mirada en respeto y cada mujer en admiración. Los negocios pausaron sus
ofertas y los compradores su demanda. Apenas tenían la autonomía de
ofrecer frutos y flores a su princesa, pero ni pensaban en interrumpir su
paso.
En Ara la habían tratado como la larva que se escurre dentro de una
enfermedad. No quedó un zapato que no la usara como alfombra. Nadie la
reconocía como a una Scorp, y lo más decente que recibía era lástima a su
condición de mujer. Pero en Baham, era una Nashira. Y no cualquiera. Con
la muerte de su madre, y el beneplácito tan insondable que había impuesto
su abuelo sobre ella, Shaula era la mujer más importante en esa tierra. Y no
solo por sus apellidos, ni siquiera porque era la princesa; Shaula había
hecho lo que no le permitieron en Ara: ganarse la buena voluntad de las
personas a las que se supone gobierna.
La palabra de Lesath era ley en todo Áragog, y aceptaban a Shaula como su
voluntad en Baham.
—Alteza Scorp —dijo una mujer hincándose ante Shaula. Por su largo
cabello eterno, la calidad de las telas que entretesía su cuerpo y las joyas
debajo del velo, era una noble muy bien posicionado, lo que a su vez
significaba que era esposa, o viuda.
Detrás de la mujer había todo un espectáculo. Una mujer, vestida con
harapos inferiores, lloraba magullada y sostenida por otras dos damas.
—¿Le ha sucedido algo a esa mujer? —interrogó Shaula.
—Es mi vendida, alteza... —La mujer negó rápidamente y se corrigió—. La
vendida de mi marido, mejor dicho. Pero mi esposo está justo ahora en
Antlia por negocios.
Antlia. La mención del principado costero del que provenían dos de sus ex
damas hizo a Shaula tragar visiblemente.
—¿Y qué le ha sucedido a su vendida, lady...?
—Lady Spica, su alteza.
—¿Nombre o apellido?
—Apellido. Lady Meer Spica, para servirle.
Shaula asintió y justo en ese instante un par de hombres, nobles con muchas
opiniones qué imponer, pretendieron emboscar a la princesa para
adelantarse al relato de lady Spica. Sin embargo, las tres serpientes de
Shaula se irguieron, dos siseando con sus lenguas viperinas en dirección a
los hombres, y Dibu alzándose casi hasta alcanzar el tamaño de la princesa,
sus dientes apenas asomados sin emitir ningún sonido.
No había sido tan sencillo poder imponer sus decisiones sobre las de los
hombres los días que no estaba su abuelo para secundarla, pues los más
egocéntricos veían solo a una niñita desprotegida, sin tutor o guardia. Por
suerte, Dibu, Shipo y Niara le abrían el camino maravillosamente.
—Continúe su relato, lady Spica.
—Alteza, mi vendida ha sido abusada brutalmente esta misma tarde. Si mi
marido estuviera conmigo ahora seguramente haría pagar al responsable,
pero como no está, este se ha marchado impune. Si aguardo hasta que
regrese, me temo que habré perdido las pruebas que hoy son claras...
La mujer señaló a la vendida, y Shaula se acercó a examinarla. Se limitó
solo a mirar, temerosa de lo que pudieran detonar sus manos, pues no había
un trozo de su piel que no estuviera moreteado.
—Por la santísima Ara —murmuró Shaula—. ¿Quién te ha hecho esto?
La vendida no dijo ni una palabra, pero la esposa de su dueño habló por
ella.
—El responsable se fue muy tranquilo, alteza, y temo que pueda intentar
dejarme como una mentirosa en cuanto llegue mi marido, así que le ruego
que imparta justicia esta misma tarde.
Shaula suponía que no solo tenía que ver con eso. No era poco habitual que
las esposas acabaran haciéndose amigas de las vendidas de sus maridos, por
muy insólito que parezca. Tal vez, lady Spica no quería dejar la venganza
del crimen cometido a su amiga en manos de su esposo, porque tal vez para
él la vendida no tenía tanta importancia.
—Para impartir justicia se requiere de un juicio —dijo uno de los hombres
que había intentado emboscar a Shaula, alzando su voz sobre el resto. La
princesa lo reconoció como el consejero bélico del alto lord Dhanus Rāśi.
—Yo soy el juicio, lord Eris, pues mi voz es la ley.
—Su voz es un eco de la ley del rey, alteza. Y perdóneme que se lo diga,
pero no la veo capacitada para dar un veredicto sobre este tema en ausencia
de Dhanus Rāśi. Debemos someter este asunto a la voluntad de la iglesia.
Shaula sonrió tranquila, sus manos cruzándose dentro del chal que cubría
sus brazos.
—Hay una delegación que no puede saltarse, mi lord. El alto lord ha
reposado su voluntad en Jalas'tar Nashira mientras su viaje se prolonga, y
yo soy la regente de los Nashira, nombrada por el mismo Jalas'tar. No
olvide eso.
—Y no olvide usted...
—Una serpiente no rinde cuentas a insectos. He escuchado cuanto debía oír.
Ya es suficiente. —Sin darle tiempo a responder, Shaula le dio la espalda—.
Lady Spica, su vendida le pertenece a su marido. Si cualquier otro ser
humano se ha atrevido a tocarla sin la autorización de este, en ese caso,
debe ser penado por ello. Le pido revele el nombre del responsable de este
crimen.
—Ha sido sir Crus, alteza —dijo la mujer, y su voz se notaba temblorosa
por la emoción. No esperaba llegar tan lejos. Le habían aconsejado acudir a
la benevolencia de la princesa, pero su esperanza había estado manchada de
incredulidad en todo momento.
Con la mera mención de sir Crus, lord Eris se abalanzó sobre la princesa y
en reflejo sus serpientes hicieron amago de morder.
—Alteza, princesa Scorp... —Jadeó lord Eris guardando distancia de las
serpientes—. Le ruego, por favor, que no se precipite. Solo escúcheme.
La princesa asintió, y sus serpientes se enroscaron en sus piernas
permitiendo el acceso a su lado.
Se apartaron un poco de la muchedumbre para discutir, y entonces lord Eris
le dijo:
—No podemos prescindir de sir Crus, alteza. Castigue a los guardias que
debían vigilar la mercancía, castigue a la esposa por no estar pendiente de la
vendida, pero no puede apresar a sir Crus.
—¿Me está diciendo que no puedo castigar al responsable pero sí a aquellos
que no han hecho más que denunciar el crimen?
El hombre exhaló con trabajo.
—Le aseguro que su abuelo agradecerá mi consejo, y que lo tome. Sir Crus
es un guerrero invaluable, condecorado con la orden de Andrómeda. Ha
servido al reino como ninguno y protege la frontera como nadie. Además,
perderlo a él sería el equivalente a molestar a un montón de hombres que le
son leales. No. Puede. Apresarlo. Le pido, por favor, que no sea impulsiva.
Shaula sopesó un momento las palabras de lord Eris, y luego las agradeció
dándole permiso para retirarse.
—Pero, alteza, ¿no escuchó...?
—¿Qué parte no entendió, lord Eris, de que una serpiente no rinde cuentas a
insectos? Gracias por su consejo, ahora: retírese.
Acto seguido, Shaula ordenó de inmediato la presencia del tal sir Crus.
En cuenta lo tuvo en frente, le dijo:
—Sir Crus, se le acusa de haber agredido brutalmente a esta mujer...
—Vendida —corrigió él.
—Vendida con dueño, según se me informó.
—Pero...
Shaula alzó la mano para callarle, todavía con la sombra de los brazaletes
alrededor de sus brazos.
—Ya no necesito sus peros —dijo—. Usted ya ha confesado al corregirme.
Se lo agradezco, me ha simplificado el trabajo.
—¿Y qué me depara? —preguntó el caballero con altanería. Ni una muesca
de preocupación arrugaba su rostro.
—Dado que se me ha puesto al tanto de su valor bélico para el reino, no voy
a imponer ningún castigo que le impida cumplir con sus responsabilidades.
¿Está de acuerdo con esto?
—¿Habla en nombre del rey?
—Hablo en nombre de Shaula Scorp Nashira —dictó ella con su voz
envenenada por el acento de Baham.
—Como diga —aceptó el hombre.
Seguía tan tranquilo y altanero como en un principio, así que es posible que
no esperara más que una reprimenda.
Perfecto, en serio que a Shaula no le pudo haber parecido más perfecto. Que
sirviera de precedente para su voluntad.
—Irsa melek'ashiira.
Las palabras fueron dichas en bahamita, y las serpientes saltaron. Niara era
delgada, pero letal con su veneno, así que esta se enrolló en el cuello del
hombre, sus mandíbulas bien abiertas para clavar los colmillos a la primera
señal de resistencia. Shipo era tan gruesa como una pierna, y por
consiguiente la más lenta en escalar. Así que se abrazó a las piernas del
caballero, apenas inmovilizándolo; si aplica un mínimo más de fuerza,
empezaría a fracturar sus huesos. Y Dibu, se lanzó a los brazos, amarrando
las muñecas muy juntas.
En un parpadeo, el acusado estaba preso ante el poder de Shaula.
—He aquí mi veredicto —dijo Shaula—, mío, no de ningún rey, lord, o
príncipe. Si alguien quiere discutirlo, es cordialmente invitado a presentar
sus quejas a la Corona luego de mi sentencia.
Miró en derredor a la multitud, pero nadie daba indicios de querer discutir
ni una de sus palabras. De hecho, parecían más preocupados por las
serpientes alrededor del caballero, y se preguntaban si podría respirar.
—Sir Crus. Ha servido fielmente al reino como caballero, y lo tendré en
consideración. Pero es también un infractor de las leyes que debería honrar.
Y no puede ser ambas cosas. Así que yo le ayudaré a decidirse entre ser un
caballero, y ser un violador.
»Así que hoy, en nombre de Ara, yo le condeno a la castración por el
crimen cometido contra la vendida de los Spica. No pretendo yo tocarle, por
supuesto, pero el hombre que se presente voluntario para arrancarle la pieza
problemática de su cuerpo, en este instante que se halla usted inmovilizado,
será bien remunerado por parte de los Nashira.
Shaula no había terminado la sentencia cuando medio mercado ya
empezaba a alzar sus manos para presentarse voluntarios.
Nota:
Este capítulo lo tuve que dividir porque era eterno,
así
que tengo dos más. Por favor díganme qué les parece
cada
detallito. ¿Les gusta Shaula en
Baham
Lo que se viene es DEMASIADO fuerte. No se lo van a poder creer.
Comenten mucho si quieren más
14: Iotisha Nashira
Último día de la siguiente semana, nuevamente el momento de dejar
sangrar la herida.
El piano, un antiguo instrumento de ébano, ocupaba un rincón. Sus teclas
estaban intactas, como todo en la fortaleza; era como si jamás hubieran
atestiguado ni una melodía. Solo las huellas de la princesa, una vez cada
siete días, acompañaban el instrumento, luego eran diligentemente
limpiadas, como si así pudiera prevenirse que los secretos que Shaula
suturaba en sus canciones fueran descosidos.
Estaba acostada sobre el piano del recibidor, mirando las fases lunares
grabadas en el techo, cuando la voz de una vendida la interrumpió.
—La correspondencia, alteza.
Shaula había estado recibiendo libros dedicados desde Hydra. En eso se
había convertido su correspondencia. Pero no ese día. Ese día, tenía una
carta.
Se precipitó a bajarse del piano tanto que casi cayó de él. Luego corrió a
tomar la carta de las manos de la vendida, y con todas sus fuerzas intentó
reprimir su sonrisita previo a decir:
—Gracias, Tres. Yo me encargaré de este asunto.
—Debe ser la reencarnación de Canis el galán que tanto le escribe, como
para ponerle las mejillas cual forja encendida.
Shaula puso los ojos en blanco.
—No hay galanes en mi vida, Tres. Son asuntos de Estado.
—Ajá, ajá. No babee mucho el piano, a menos que pretenda limpiarlo usted
misma.
Shaula esperó a que la vendida desapareciera para abrir la misiva.
Y reconoció la letra inmediatamente.
«Disfruté del libro que me recomendaste»
Su corazón estalló en mil constelaciones con solo esas palabras, tuvo que
dejar la carta un rato para poner en orden su flujo sanguíneo. Su rostro no se
desprendía de aquella curva intensa en sus labios. Debía drenarla, no ser tan
evidente con sus emociones, pero no sabía cómo parar.
Entonces, siguió leyendo.
«No puedo conseguir libros con la misma libertad que tú, pero me
rehusé a aceptarlo como excusa.
Te he escrito algo... Y como soy pésima dibujando, tendrás que
imaginarme a estas alturas de la carta con la expresión más apenada
que conociste en mi rostro, porque justo así
estoy
. Confesar esto a mi soberana sin sentirme algo idiota no es sencillo.
Recuerdo tu carta de indignación por la carencia de contacto en
Orgullo y prejuicio,
cómo añorabas ese beso que nunca fue. Así que escribí para ti lo que
sería la luna de miel de Lizzy y Mr. Darcy. Lamento si mi estilo te
resulta meloso o infantil. Me falta la agudeza para ser tan explícita
como las novelas que yo misma te recomendé. Pero espero entiendas lo
que está más allá del acto. Me he concentrado en la pasión y el sentir, lo
que transmiten sus almas cuando la piel entra en roce. El resto quedará
a tu libre interpretación.
~Islaymar.»
Esa firma al final hizo estragos entre las ruinas de su corazón. Por primera
vez, estragos no negativos. Abrió espacio a retoños de margaritas y
girasoles que minaron el terreno baldío, floreciendo lentamente hasta
provocar en Shaula una carcajada.
Desdobló el segundo papel dentro de la carta, ese donde se encontraba la
escena extra del puño y letra de Isamar, y se tumbó a leerlo con
detenimiento.
Nada más terminar su lectura, se abalanzó sobre ese piano, su silencioso
confidente, tomando pluma, tinta y papel para redactar una respuesta al
calor de sus sentimientos.
«Te he escuchado recitar poesía contra mi piel, y aún así no imaginaba que
fueses tan buena escritora. Soy tonta, al fin lo entiendo.
Por favor, no te disculpes por tu estilo, discúlpate por ser tan mezquina
como para enviar un capítulo en lugar de una novela. Si escribieras un
herbolario, yo lo leería.
Tu narrativa, tal vez influenciada por el recuerdo de tu voz, me ha
hechizado entera. Sentí en mi piel lo descrito, lo implícito y lo que
libremente me permití imaginar.
Creo que te amo por lo que acabas de hacer por mí. Y por todo lo que has
hecho antes...»
Shaula golpeó la pluma de forma nerviosa sobre el piano, pensando en las
palabras justas para cerrar. Extrañaba a Isamar, pero la quería suya. Las
palabras que intercambiaban siempre eran exquisitas, el único motivo por el
cual un día tenía sentido detrás de otro, era esperar a que el siguiente
mensaje llegara.
Quería más que un amor platónico, pero las migajas servían de mucho en su
agonizante corazón.
Y sin embargo, solo por ese instante, quiso permitirse un poco de
inconformidad. Así que firmó:
«~Eres una buena amiga.»
Una semana tuvo que esperar hasta que le llegó la carta en respuesta.
Si algo le encantaba de Isamar, era cómo sabía llevarla tan magistralmente.
Shaula podía regir Baham si se lo propusiera, pero a su amada no podía ni
manipularla sin que el juego se le volteara en contra.
«Estoy segura de que también la amo, por escuchar, aunque mi voz esté
a través del papel.
~Es usted mi mejor amiga, princesa.»
Así que para enmendar tan impersonal respuesta, Shaula le envió a Isamar
un libro con solo cuatro palabras en la dedicatoria.
«¿De verdad me amas?»
Recibiendo en respuesta un libro de anatomía que tenía por dedicatoria
«Claro que te amo, dramática».
Shaula leyó esa respuesta al menos mil veces, siempre sintiendo como si
fuera la primera. Mordía su labio hasta que la sonrisa empezaba a flaquear,
pero sin desvanecerse. Llevaba el libro de anatomía a sus clases, a su
entrenamiento, a todas sus comidas. Lo dejaba junto a su mesita de noche,
lo cargaba cuando salía a pasear. Lo sostenía incluso estando en la bañera.
Las siguientes semanas se intercambiaron más lecturas con dedicatorias. La
primera, fue de parte de Shaula con su respuesta a las palabras de su Isa.
«Déjame ser dramática un rato, mi vida. En realidad lo que quiero saber
es... ¿Me amas como a un esposo?»
A lo que recibió por respuesta:
«Te amo como jamás amaría a ningún esposo, Shaula.»
«¿No como a una amiga?».
«No»
Las venas de la princesa se hincharon, llenándose de pulsaciones frenéticas,
como nunca le había sucedido con una respuesta negativa. Un
no
jamás había sido tan positivo para ella.
Aún con la carta en la mano, se encontraba en el vestíbulo de la fortaleza.
Los rayos de sol se filtraban a través de las ventanas, pintando patrones
dorados en el suelo de los pasillos y creando un efecto tornasol sobre su
piel.
Ese día se notaba intensificado.
Pasó la mano por encima de sus vellos, maravillada con el efecto de arcoíris
que de la luz al impactar en su piel, junto a la fuerza magnética que manaba,
aunque con ligereza.
No dejaba de parecerle asombroso, y con el pasar de los meses entendió que
no era algo que le ocurriera a todos, como tampoco le sucedía a ella a
menudo.
Las primeras veces solía quedarse mirando por horas, esperando con
ingenua ilusión, como si algo estuviera por florecer. A esas alturas, dejaba
de prestarle atención al minuto.
«Ya soy mayor de edad»,
pensó,
«en otra vida, ya podríamos casarnos».
Aburrida, alzó sus ojos a las paredes. Estaban adornadas con tapices muy
bien cuidados que combinaban fondos de constelaciones y fases lunares.
También había retratos que representaban a cada miembro de la dinastía
Nashira que había hecho de su vida algo digno de enmarcar. Al parecer, ella
todavía no se había ganado el derecho. Al menos su madre estaba ahí.
En medio de su escaneo en derredor del vestíbulo, sus ojos tropezaron con
la figura de su abuelo acompañado por sus guardias.
Era inusual verlo, aunque ella viviera en su fortaleza. Jalas'tar Nashira tenía
cuatro propiedades distintas en Baham y demasiados negocios como para
pasar mucho tiempo en cualquiera de estas.
Jalas'tar revisó el cuenco de uvas vacío, los dedos recorriendo la superficie
para luego frotarse entre sí, tanteando el polvo con expresión de desagrado.
—¿Se le ofrece algo? —bromeó Shaula.
—¿Dónde están las vendidas? —preguntó Jalas'tar mirando en derredor—.
Es claro que hace días que no se reponen las uvas, no sin limpiar las vasijas,
al menos.
—No me han provocado uvas estos días.
—La fortaleza Nashira siempre debe ofrecer aperitivos, te provoquen o no.
—Entiendo. Cambiaré mis comandos hacia las vendidas.
—¿Están holgazaneando en mi ausencia? ¿Quieres que hable con ellas?
Shaula hizo un gesto con su mano que pretendía restar importancia al
asunto y caminó hacia la hamaca para tumbarse en ella.
—Puedo encargarme de unas vendidas.
—Pero no de una casa, al parecer —dijo su abuelo con mala cara hacia todo
lo que veía.
—Tendré que repetir el curso de "cuidado del hogar". Mañana mismo
entrevistaré institutrices, no te preocupes.
Jalas'tar señaló a su nieta con su dedo abarrotado de anillos.
—No te pases de lista conmigo.
—¿Cómo podría «pasarme» de lista, si ni una casa sé mantener?
—Hija de Canis, Ara tenga misericordia de tu alma —dijo dándole la
espalda.
—Así sea —concedió Shaula juntando sus manos a modo de rezo.
Jalas'tar aplaudió dos veces, y detrás ingresaron dos vendidas del equipo
que se llevó con él para servirle.
Entre ellas carcaban una caja. Lo que sea que llevara, tañía como frascos
con el choque de cada paso.
Dejaron la caja a los pies de Jalas'tar, quien arregló la cola de su túnica para
no pisarla, y señaló el paquete a su nieta.
—A ver, víbora del mal, estoy ansioso por la explicación de por qué has
gastado una fortuna de las cuentas que he abierto a tu nombre en, no solo
pedir tres docenas del perfume más caro de todo el catálogo de los Sagitar,
sino además, literalmente, pedir el envío urgente y delicado desde Hydra.
Desde el maldito principado de las putas flores. ¿No hay suficientes
perfumerías aquí o qué sirios?
Ella no aguantaba la risa, y su abuelo bien lo leía en su rostro.
—¿Qué te causa tanta gracia?
—Yo... pensé que me regañarías por algo importante.
—¡¿Qué hay más importante que el dinero?!
Recordando las prioridades de su abuelo, Shaula decidió tomarse el asunto
con seriedad para no enemistarse con él.
—El perfume lleva mi nombre, y solo se fabrica para mí. Es
mi
olor. Si se agota, debo reponerlo. Es parte de mi huella, como lo son para ti
tus trajes. Por eso es caro, porque es exclusivo. Y por eso no podía
comprarlo a nadie más que a los Sagitar, porque son los creadores, y solo lo
fabrican en su cede en Hydra. ¿Contento?
«Y es el favorito de Isamar».
—En lo absoluto. Pero no interesa. Acompáñame, pues sí hay algo de eso
que tú llamas «importante» de lo que quiero hablarte.
Shaula arqueó su ceja muy recelosa por lo extraño, brusco y misterioso del
cambio de conversación.
En respuesta, los guardias de su abuelo se aproximaron para escoltarla, pues
eran bien conocidos por su impaciencia, pero las ashiira de Shaula salieron
de los rincones de la fortaleza en donde estaban ocultas y sisearon en
advertencia.
No les gustaba que nadie tocara a su madre.
Los guardias vieron a Jalas'tar, que, con expresión casi aburrida, no
intervino en el asunto. Luego miraron a la princesa, que les sonreía con una
disculpa inocente.
~☆♡☆~
Su abuelo no le habló en todo el trayecto a Giza, el sector de Baham donde
estaba el complejo de pirámides más importantes del principado. Juntas,
formaban el palacio del alto lord, el supuesto gobernante de Baham.
El puesto era bastante simbólico. Todos sabían que Dhanus Rāśi trabajaba
para Jalas'tar, quien era el benefactor de todos sus lujos. Uno tenía el título,
el otro el dinero.
La farsa había perdido relevancia una vez Sawla Nashira, hija de Jalas'tar y
madre de Shaula, se convirtió en la reina al casarse con Lesath Scorp.
El sol se deslizaba en las estructuras insólitas de las pirámides como
mantequilla sobre un cuchillo caliente.
Entraron en la central, aquella que en la torre tenía el escorpión coronado, el
símbolo de la monarquía.
Nada más cruzar el umbral los embargó el olor a incienso.
La princesa estaba tan maravillada como nerviosa. Había vivido dieciséis
años en Baham con su madre, y jamás le habían permitido ni siquiera
acercarse a Giza.
Decían que la familia regente estaba llena de ególatras, y que ella no tenía
ninguna necesidad de convivir con ellos. De hecho, Shaula recordaba
claramente la vez que su madre le dijo «
Si un día te invitan al centro, preocúpate. Probablemente hayas hecho algo
mal. Los Rāśi solo sirven para pedir y dictar sentencias».
Y ahí estaba, atravesando el vestíbulo como uno más de los plebeyos que
iban a exponer su causa a los Rāśi pidiendo clemencia o comida.
Caminó sobre la alfombra tejida en oro, y se horrorizó con los tapices.
Había visto toda clase de escenas bélicas y sangrientas en las paredes del
castillo de Ara, pero nada le revolvió el estómago como los desnudos en
posiciones explícitas que encontraba a cada dos pasos en el interior de la
pirámide de Giza.
Sobre unos escalones de oro se alzaba un trono empotrado. Y encima,
estaba sentada una mujer de piel oscura, curvilínea con su cabello castaño
lleno de trenzas y una diadema con más joyas que las que llevaba la
princesa en todo el cuerpo.
No soportaba más ese silencio, pero no quería perder el duelo implícito
contra su abuelo. Así que aguantó, hasta que, al llegar al pie del trono, la
mujer sobre este le dijo en reconocimiento:
—La pulga que castró a sir Crus.
Sabía quién era. Definitivamente no era Dhanus Rāśi, así que debía ser la
esposa: su tía, Iotisha Nashira.
—Mi lady —saludó Shaula con un asentimiento. Podría haberse postrado,
pero, por muy inferior que se sintiera debajo de esos escalones de oro y los
montones de joyas, ella era la princesa escorpión. Debía recordarlo—.
¿Debo suponer que no les ha agradado mi decisión?
—Poco importa lo que le quites a sir Crus mientras lo dejes con vida —
contestó ella encogiéndose de hombros—. Mi Dhanus no tiene problema
con nada que mi padre apoye, y él parece aprobar cada travesura que se te
ocurre, así que...
—¿Pero sabes a quiénes sí les ha importado lo que hiciste, querida?
Shaula volteó confundida por la voz tan animada de su abuelo. No había
hablado en todo el camino, había actuado con un misticismo preocupante, y
de pronto ahí estaba, sonriente y participativo.
—¿A quiénes?
—A todo el mundo. Te has ganado la gratitud de muchísimas esposas que
sentían que no tenían a nadie de su parte, y de muchísimas más vendidas
que se creían la basura de la basura.
—Que lo son —dijo Iotisha mirándose las uñas—. Algunas agradan, es
cierto, pero tienen muy poca voz y mucho menos voto.
Jalas'tar sonrió todavía más radiante. A Shaula le preocupaba mucho ver a
su abuelo así de animado con una idea.
Lo conocía, no demasiado, pero lo suficiente para temerle.
—Sin voz ni voto, siguen siendo muchas... Y las multitudes siempre vienen
bien.
—¿Hace falta que diga que no entiendo nada?
—Mi error, mi error. Es la emoción. —Jalas'tar señaló a la mujer en el trono
—. ¿Conoces a tu tía Iotisha? Si no lo hacías, ahora la conoces. Ella será,
junto a mí, tu mejor amiga en mucho tiempo.
—Ah... —Shaula miró de uno al otro—. Entiendo. ¿Qué hay de especial en
este día como para escogerlo para esta sorpresiva reunión familiar?
—¿Sabes que fui yo quien concretó el matrimonio de tu tía con el actual
alto lord? —Jalas'tar fingió un aplauso para sí mismo—. No me gusta
alardear, pero fue de mis mejores negocios.
—Después del matrimonio de Sawla, lo cual no dejas que olvide jamás —
murmuró Iotisha.
—De esa ni me hables ahorita.
Shaula se crispó. Su abuelo siempre había sido abierto en su rencor a Lesath
luego de «lo que le había hecho a su hija», no esperaba oírlo referirse a ella
de ese modo, menos en su presencia. ¡Era su difunta madre! Esperaba más
tacto.
Aunque... Se trataba de Jalas'tar Nashira. Poco era el tacto que conocía.
Shaula volteó a ver a su tía.
—¿Qué edad tiene Karka? —preguntó haciendo referencia al primogénito
del matrimonio entre Iotisha y el lato lord.
—Veinticinco.
—¿Y sigue soltero?
—Es el príncipe de Baham, no lo voy a casar con cualquiera, ¿o sí?
Shaula se volvió hacia su abuelo con el rostro incendiado de ira. Intentó,
con todas sus fuerzas, que sus palabras no se cargaran de ese sentimiento.
—¿Pretendes casarme con mi primo?
Su abuelo reaccionó poniendo los ojos en blanco.
—¿Tengo yo cara de Lesath?
Las manos de Shaula se cerraron en puños. Aceptaba los comentarios de su
abuelo en solitario. Pero ahí, estaba despotricando frente a la esposa del alto
lord. Le debían un mínimo de respeto al rey.
—Lesath es tu rey —le recordó— y mal no lo ha hecho, ¿o sí? No será del
agrado de todos pero ha mantenido la paz del reinado de Regulus Scorp.
—Pensé que habías dejado atrás la etapa de estar defendiendo a tu papito
amado.
Shaula se mordió la lengua. Ella era la princesa escorpión, representante de
la monarquía y el linaje Scorp en Baham; si ella no imponía el respeto al
rey, ¿quién? Y, sin embargo...
«Lesath mató a su hija. A tu madre. Recuérdalo».
Jalas'tar hizo una seña con su cabeza, y como muestra de su dominio su hija
bajó inmediatamente del trono y los tres se adentraron más en la pirámide.
—Lesath buscará casarte —retomó—. A mí... Bueno, a mí no me gusta
mucho esa idea de que regales el apellido.
—¿El apellido Scorp? —preguntó Shaula. Por un segundo, se había perdido
en la conversación mirando los explícitos tapices de los pasillos. Había una
mujer desnuda, puesta en posición de butaca mientras un hombre tomaba su
boca por delante y otro le metía sus dedos por...
—Shaula.
—Dígame —reaccionó ella parpadeando y dejando de prestar atención a los
tapices.
—Olvídate de los Scorp, Shaula. Tú eres Nashira. Quiero que siempre seas
Nashira.
—En mi corazón, sin duda —bromeó ella—. Porque, como bien has dicho,
tengo que regalarle mis apellidos a quien vaya a ser mi marido.
—No necesariamente.
Ella se detuvo en seco, pasando su mirada inquisitiva entre su tía, que
contenía una sonrisa cómplice, y su abuelo, que directamente no contenía
nada.
—¿Hay una ley que me ampare? —indagó—. ¿Hay una forma de evitar...?
—Si no hay, la buscaremos.
Frunció su ceño, fijándose en cómo su abuelo intercambiaba una mirada
significativa con su tía.
—Te cité aquí porque quiero que de ahora en adelante estés en muy buena
relación con los Rāśi. La vas a necesitar —explicó Jalas'tar.
—A mi marido no le hará gracia perder el poder, pero mientras pueda
mantener su estilo de vida actual... —respondió Iotisha mirando a los ojos a
Shaula, parecía querer transmitirle un mensaje entre líneas—. Por supuesto,
hay mucho qué discutir y mucho papeleo por firmar para dejar las cuentas
claras, pero eso es para otro momento. Estoy segura de que seremos
grandes aliados.
—No... —Shaula tosió, su garganta estaba seca—. No entiendo.
—Me dijiste que Lesath no te permitió ejercer como embajadora —dijo el
abuelo—. Y Sawla no duró en el poder. Así que, técnicamente, me ha atado
de manos. Ya no hay ningún Nashira en la monarquía.
—Yo sigo siendo parte de la monarquía, abuelo.
—Un cáliz más —señaló Iotisha, quien tenía mucha razón en lo respectivo
al lugar de Shaula en la corte.
La menor empezaba a sentir los dedos de sus manos entumecidos por un
frío ficticio.
—¿Qué quieren de mí?
—Que te nos unas.
—Yo soy... soy parte de la familia, ¿qué más unida a ustedes quieren que
esté?
Pero Shaula no estaba siendo honesta, estaba hablando desde el pavor. Las
manos le temblaban como tela al viento. Lo que se sugería debajo de
aquellas sonrisas era abominable.
—Confía en mí, querida víbora. Y haré de ti lo que tu padre jamás se
atrevería, aunque sus demás opciones sean un bastardo y un tercer hijo
afeminado.
—Son... tus nietos también.
—Y tus hermanos, pero piensas tanto como yo lo que te digo y lo sabes. Te
conozco.
—Yo no...
—Sabes que no merecen lo que dan por hecho. Sabes que ni siquiera los
consideras tus hermanos.
Ella mordió el interior de su mejilla. Tal vez no era unida a ellos, pero ni
Sargas ni muchísimo menos Antares habían hecho nada para ganarse su
rencor, solo su envidia.
—Dime por favor que no piensas lastimarlos.
Jalas'tar nuevamente puso sus ojos en blanco.
—¿Qué has estado leyendo que te tiene tan dramática? No soy un sirio, por
el amor a Ara.
Shaula dejó ir el peso en sus hombros.
—¿Entonces de qué se trata todo esto?
—Algo mucho menos drástico de lo que imaginabas.
—Eso me quedó claro, lo que busco es que me des una mejor explicación,
si es que eres tan amable.
—Shaula, lo que te voy a decir es muy serio. Aunque lo sabes tú, lo
sabemos todos, voy a ponerlo en palabras: Lesath ya ha hecho caso omiso a
mi autoridad en demasiadas ocasiones. Me desafió. Y, después de todo, ni
siquiera se preocupa por lo que sucede en estas tierras, confiando en que
«están en buenas manos».
—Y si están en tan buenas manos —siguió Iotisha—, ¿qué mejor a que siga
en esas manos?
—Por los siglos de los siglos.
La princesa entornó los ojos.
—¿Hay una forma de hacer que me convierta en la alta lady de Baham o los
he entendido mal?
Jalas'tar sonrió con ternura y acarició la mejilla de su nieta.
—¿Quién quiere ser una alta lady cuando puede ser la monarca?
Monarca
No princesa, no consorte. Monarca. Lo que es igual a imposible.
Y así lo expresó.
—Eso no es posible.
—Lo es si Baham deja de ser un principado para convertirse en un reino.
—Eso no sucederá. Mi padre jamás...
—Shaula —la cortó su abuelo—. No menciones más a tu padre aquí a
menos que sea de manera informativa e impersonal. Si vamos a hacer esto,
implica que dejas de ser una Scorp. En mente y alma, al menos. No puedes
jugar en ningún tablero usando ambos colores.
Shaula dio un paso atrás, quedando pegada a la pared del pasillo.
—Lo que me pides es atroz, e imposible...
—Ya lo odias.
—Mi odio es mío, no tienes derecho a negociar con él.
Jalas'tar iba a abrir la boca, pero Iotisha se interpuso tomando a su sobrina
por los hombros.
—Déjala procesar, padre. Es demasiado para un día...
—Yo decido cuánto es demasiado para mi nieta. Ella no es como ustedes.
—Jalas'tar volteó a mirar a Shaula—. Tienes que pensarlo. Lo que te digo
es muy posible. Lo he estado sopesando por mucho tiempo y tú eres la
pieza que me faltaba, porque tú mueves una fuerza que nadie más posee.
—Fuerza —repitió Shaula exhausta—. ¿Por qué yo? ¿Por qué no lo haces
tú?
—Tu padre me decapitaría —confesó con tranquilidad—, y conmigo
moriría mi intención. Se necesita más que un hombre, su dinero y su
avaricia, aunque esto contribuya.
Se encaminó hacia su nieta y también la tomó por los hombros, pero de
frente.
—Lesath te dejará vivir.
—Lo pongo en duda. E incluso en ese caso, me quitará del poder como se
sacude una mosca —discutió ella—. Esto no tiene solidez por ningún lado,
ni parece que se te ha ocurrido a ti...
—Shaula, Shaula... Cuando Lesath intente tomar Baham de regreso, tendrás
algo que nadie más tiene, un arma muy subestimada pero claramente útil.
—¿Qué maldita arma tengo? ¿Serpientes? A ver cómo las enfrento contra
setenta mil soldados áragos.
—No, Shaula. Tú tienes de tu lado la inconformidad femenina. Las mujeres
de Baham te apoyarán, eres la chispa para su fuego, y ese fuego es el arma
que necesito, y si tengo ponerte una corona para encenderlo, lo haré.
—Soy tu peón.
—¿Importa eso, cuando mi intención es llevarte al final del tablero y
convertirte en mi reina?
—Importa, mucho, dependiendo de las piezas que quieras que elimine en
mi camino.
Jalas'tar suspiró y miró a Iotisha.
—Creo que ha llegado el momento. ¿Dónde está tu criada?
—La dejé trapeando el suelo de mi habitación hace una hora.
—Podemos ir a ver si sigue ahí.
Shaula no escuchó una sola palabra en todo el trayecto, simplemente
pensando en todo lo que su abuelo tan abierta y descaradamente. Le había
servido la traición disfrazándosela de victoria.
Shaula había querido una corona toda su vida, sentía merecerla. Pero quería
ganarla, no robarsela como hicieron con ella al nacer.
Entraron a la habitación de Iotisha Nashira y Shaula seguía tan absorta en
sus pensamientos que no fue consciente de su entorno, ni se interesó en el
alboroto hasta que ya estaban llamando a gritos a un guardia.
—¿Qué...?
En la habitación de Iotisha había dos personas. Un hombre con los
pantalones abajo, y una mujer de rodillas que, según la interpretación de
Shaula, había estado trabajando con su boca la horrible verga colgante.
Al principio Shaula no le dio importancia a sus identidades. Le preocupaba
más el hecho de que Jalas'tar había desenvainado su daga legendaria y la
había entregado a Iotisha.
—Hazlo tú, no quiero ensuciar mi traje.
Iotisha asintió y sostuvo la daga con su mano izquierda.
Un instante más tarde estaba clavando la daga Nashira en el ojo del hombre
de los pantalones abajo. Como para asegurarse de la letalidad de su ataque,
y sin prestarle atención a los gritos horripilantes, clavó el arma más
profundo hasta que atravesó el cerebro.
Se hizo el silencio.
Un chorro de sangre estalló en la habitación, y por consiguiente, el hombre
se desplomó sobre el suelo a medio lustrar, con su virilidad ya flácida.
Shaula no le dio la más mínima importancia, limpiándose las salpicaduras
con el velo y únicamente interesada en descubrir el motivo de tan
precipitada ejecución.
—¿Cuándo vas a dejar de darme problemas?
Jalas'tar no estaba hablando con Shaula. No estaba hablando con su hija
Iotisha. Le hablaba a la mujer arrodillada en el piso, a la que la princesa
miraba detenidamente por primera vez.
Era su madre, Sawla Nashira de Scorp. Reina de Áragog.
~~~
Nota:
SE PRENDIÓ ABSOLUTAMENTE TODOO.
¿Cómo siguen después de este capítulo? ¿Se lo esperaban?
¿Qué les parecen las cartas de Isamar?
¿Qué piensan de esta Shaula mayor de edad y su rol en
baham
¿Qué piensan de la propuesta del
abuelo
a Shaula?
¿Qué les parece ese final de capítulo y qué teorías tienen?
Qué
opinan de la tía de Shaula?
Comenten, comenten. Todavía queda un capítulo del maratón ♡
15: Lady Briane
[Link]
(¡Ya tenemos Booktrailer! ¿Qué les parece?).
~~~~
Se lanzó a abrazarla. Era irreal, la cara de la imposibilidad, pero seguía
siendo su madre. La mujer por la que había pasado un luto que la volvió
veneno. La mujer por la que había llorado ríos de lágrimas sobre un templo
helado. La mujer por la que había declarado la guerra a su padre.
Y ella la empujó, como si fuera Shaula la que oliera a los fluidos del difunto
en la habitación.
La empujó tan bruscamente, que Shaula resbaló con el charco de sangre y
cayó al suelo, golpeándose la cabeza, lo que hizo que sus lágrimas saltaran
a sus ojos. No el dolor en el alma de por haber sido empujada por su madre.
—Quita esa cara tan ridícula —espetó Sawla, sacudiéndose para ponerse de
pie—. No pretendas dar lástima en esta habitación que aquí nadie es tan
ingenuo para caer en sus engaños.
Shaula sorbió por la nariz.
«Esa no es mi madre»,
se convenció.
Seguramente, Jalas'tar había tenido gemelas.
—Ya que están madre e hija en cálida comunión, lo mejor será darles
privacidad —dijo Iotisha dirigiendo a su padre a la salida junto a ella.
Shaula se limpió la nariz, pues seguía húmeda.
—No debes sentirte avergonzada —le dijo a su madre—. Cualquiera... A
cualquiera le pasa.
Lo cual no creía en lo más mínimo. Sawla estaba legalmente muerta, pero...
¿No había jurado ante Ara amar y honrar a Lesath Scorp hasta que la
muerte los separe?
Aunque... dado que el rey estaba cortejando a Indyana Sagitar, era muy
hipócrita de parte de Shaula recriminar a su madre por el acto en el que la
había conseguido.
—¿Por qué te trajo aquí? —espetó Sawla.
Shaula intentó entenderla. Estaba a la defensiva por el momento tan
bochornoso en el que había sido descubierta. Además, acababan de ejecutar
a su amante frente a sus ojos.
Shaula se quedó mirando el cadáver tanto tiempo, que su madre resucitada
tuvo que interrumpirla.
—No vayas a llorar.
La hija frunció el ceño.
—¿No te duele?
—Era un guardia. Su error fue dejarse llevar y romper sus votos, yo no soy
responsable de sus crímenes.
«¿Y de los tuyos tampoco?».
—¿Qué crimen, madre? ¿Cómo...? ¿Cómo es que estás con vida? ¿Qué hizo
este hombre para morir?
—Ambas cosas se relacionan, por suerte. Me simplifica la explicación.
Sawla se sentó en el borde de la cama.
—Tu padre me sentenció al anonimato. "Perdonó", con su gran
benevolencia, mi miserable vida, con la condición de que no revele mi
identidad a nadie ni haga que me descubran. Porque si eso ocurre, ahí sí me
corresponde una muerte pública. Y... eso que viste, fue Jalas'tar siendo
precavido. No podía arriesgarse a que el hombre me reconociera y hablara.
Estúpido, al hombre no le convenía abrir la boca.
—No, para eso estabas tú.
Sawla se levantó como un resorte a esas palabras y le señaló la puerta a su
hija.
—¡Lárgate de aquí!
—Estás viva.
—Sí, hablaremos cuando lo hayas procesado.
—Pensé que... creí...
—Todos creyeron lo mismo, ahora, por favor, Shaula Scorp, déjame sola un
rato.
—¿No llevas suficiente tiempo sola? ¿No has descansado ya bastante de tus
hijos?
La mujer se llevó la mano al entrecejo.
—Estás grandecita para este tipo de rabietas, y así que mi padre pretende
hacerte reina...
Shaula dio un paso atrás con la boca abierta.
—¿Tú lo sabes?
—No hagas preguntas estúpidas. Eres una princesa, Shaula Scorp.
—¿Pero que sirios te pasa? Acabas de volver de la muerte para mí, ¿no
podrías considerar un poco cómo me siento? ¿No me extrañaste en lo
absoluto? Si estabas presa y aislada, ¿no debería alegrarte tener a tu hija
aquí? Madre, soy yo... Salí de tu vientre.
—Y vaya susto que me diste.
Shaula parpadeó sin poder encajar la broma. No podía creer lo que sus ojos
estaban viendo.
Hizo ademán de volver a acercarse a su madre, pero esta la mantuvo a raya
con una mirada.
—Estoy sucia —se excusó.
—No me importa —dijo Shaula con sus ojos enajenados—. Estás viva. Eso
es lo que importa.
—Shaula, yo ya cumplí con lo que se esperaba de mí. No puedo seguir
haciendo esto. No morí para que mis errores me persigan incluso en mi
nueva vida. Me merezco ser libre de ustedes.
—¿Tú... sí moriste?
—No, Shaula, estoy siendo metafórica. ¿Qué has estado estudiando todo
este tiempo? Solo quiero paz, ¿es tan difícil concederle eso a quien te dio la
vida?
La hija negó lentamente mientras sus pasos iban en retroceso. No daba
crédito a sus oídos. Esa no podía ser su madre.
—¿Quién eres?
—Sawla Nashira. Aunque resulte difícil creerlo, soy más que solo tu madre.
—Si es que alguna vez lo fuiste, ¿no?
La reina, si es que todavía se le podía adjudicar el título, se desarmó en una
carcajada que lastimaba cruelmente a su hija conforme se prolongaba.
—Esto es lo que me faltaba, que mis escorpiones por los que me desviví,
por los que casi muero para traer a este mundo, se vuelvan en odio contra
mí y me entierren sus traicioneros aguijones.
—¿Es que no te escuchas? ¿Te convirtieron en sirio para devolverte a la
vida o algo?
—Ya que parece importarte tanto, te lo aclaro: nunca morí. Solo fui
desterrada.
—Pero... No. Esta no eres tú. Mi madre jamás...
Pero se cayó. Porque su madre había dicho cosas similares, y peores,
durante toda su vida, solo que Shaula se quedó con las buenas luego del
luto.
—Mi padre es inocente —fue lo que dijo al final.
—¿Inocente? Ese chiste sí que es bueno.
—No envenenes más mi mente contra él, ya basta.
—Entonces es cierto lo que dice tu abuelo, que ahora adoras a Lesath.
¿Incluso pensando que él fue capaz de quitarme la vida... lo perdonaste?
—De haber sido así, no tendría por qué arrepentirme. Después de todo,
¿qué significado tengo yo para ti, más que el primer parto errado?
—Shaula, te estoy pidiendo paz y privacidad, no que me faltes al respeto.
Por muy molesta que estés ahora, debes recordar que yo te hice la
sobreviviente que hoy eres. Sin mí, tu padre jamás te habría preparado para
el peligro físico que te acecha.
—Tienes razón, él se enfocó más en prepararme para los peligros lógicos y
tácticos. Se complementaron el uno al otro.
—¿Y por eso te supones tan superior? ¿Porque tienes un poco de intelecto y
tu abuelo te ha prometido su apoyo? Creí que te había educado para ser
menos ingenua.
Shaula movió las manos y negó con su cabeza repetidas veces como si así
pudiera sacudirse todo ese arrebato de información.
¿Por eso su madre estaba tan resentida con ella? ¿Suponía que Shaula había
conspirando con Jalas'tar para robarle la corona o algo parecido?
Pero Shaula se concentró en otro punto de la conversación.
—¿Por qué sería ingenuo aceptar la ayuda de mi abuelo?
—Yo la acepté, en su momento —dijo Sawla, y por su tono solo agregó más
peso a la teoría de Shaula sobre su ira y resentimiento—. Él es tan
responsable de ponerme en el trono como tu padre.
Shaula estaba cansada de esa actitud de su madre. Había pasado toda la vida
clavándole en el corazón proyectiles como esos. Siempre quejándose de su
posición como reina cuando nadie la había obligado en convertirse en una.
Ella buscó esa corona casi tanto como Shaula lo había hecho indirectamente
desde su nacimiento.
Pero no iba a decirle eso, eso ya lo sabían ambas. Lo que nunca le había
dicho y ya no podía esperar a soltarle en la cara, era:
—Casualmente, señalas como responsables a las dos personas de las que
más reniegas. Pero, como lo veo yo, mi padre y mi abuelo no hicieron más
que darte privilegios que no supiste aprovechar.
—¿Es un privilegio la vida que tengo ahora?
—Tienes una vida —espetó Shaula—. Vida que has ocultado de tus hijos
que te lloran...
—¿Cuáles hijos? Antares me odia, Sargas deseaba mi muerte, y tú no haces
más que envidiar que yo sí probé el sabor de una corona, y tú jamás podrás.
—Eres... —Carrapeó, su garganta ardía en veneno—. Eres realmente
despreciable. Quiero decir... he pasado toda mi vida dependiendo de tus
migajas de amor, aferrándome a cada mínimo contacto cariñoso y
maximixándolo hasta después de tu supuesta muerte para honrar tu
recuerdo. Pero realmente no sé lo que se siente ser amada por ti. Protegida,
sin duda. A tu modo, me has enseñado a odiar y a desconfiar. Incluso, sí, a
defenderme físicamente. Pero jamás me has amado.
Sawla señaló a su hija con cada nueva palabra, su mandíbula tan tensa que
sus dientes parecían a nada de quebrarse.
—Te amé tanto como para evitarte en todo momento que cometieras mis
errores. Pero lo que nunca te dicen sobre ser madre es que realmente no
tienes control sobre lo que resultará de tus hijos. Tú siempre has querido
por sobre todas las cosas el poder, y no mi protección. Por eso me
menosprecias. Por eso, inevitablemente has acabado envidiándome.
—Es... —Miró de abajo a arriba a su madre, con una mezcla de lástima y
asco en la mirada—. Realmente retorcido que puedas pronunciar esas
palabras. Yo soy tu creación, solo quería que me amaras.
—Dile eso a tu padre...
—Mis problemas con mi padre los resolveré yo con él. No puedes culpar
eternamente a Lesath por las atrocidades que has cometido sin
responsabilizarte.
—No hables de lo que no tienes idea. Suenas como una marioneta. Tanto
alardeas de ser mejor que cualquier hombre, y ni siquiera puedes pensar por
ti misma.
—¿Yo...? —Shaula sintió que su madre acababa de golpearla en el
estómago, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Nunca me he proclamado
mejor a ningún género, solo he luchado incesantemente por tener la
oportunidad de probar mi valía sin importar el mío.
—¡No necesitas probar nada! Te garanticé una vida segura. Vívela en paz.
—No esquives el tema, no sigas eludiendo la responsabilidad de tus
acciones. Dices que soy una marioneta, y tal vez lo soy, pero de toda la
cizaña que has sembrado en mí. Te has dedicado a señalarme eternamente
las carencias de mi padre, y hasta este momento lo he detestado, he negado
cualquier tregua entre nosotros, creyendo que acabó con tu vida cuando
realmente te la ha perdonado...
—¡¿Perdonado?! Por el amor a Ara, Shaula Scorp, mírame bien. ¿Qué clase
de perdón es este?!
—Merecías morir por lo que hiciste. Tal vez... yo no lo habría querido así,
pero legalmente...
—Legalmente, ¿a quién carajos le importa lo que es legal?
—Pues a la reina de Áragog debió importarle.
—No sabes lo que dices.
—Sin lugar a dudas tienes razón, madre. Yo no tengo idea, no podría saber
lo que es estar en esa posición. Pero tú debiste saberlo. Nadie te obligó a ser
reina, tú luchaste por el puesto, y luego comprometiste todo un linaje al
darle al rey un bastardo y pretender ponerlo en el trono. ¡Y el bastardo sigue
siendo el heredero! ¡Y tú estás viva! —Shaula jadeó, sus ojos perdiendo el
foco en su entorno, su boca entreabierta por el flujo incesante de
información que la ahogaba—. ¿Y Lesath es el malo? ¿En serio?
—Habría preferido que me matara.
—¿Y qué sirios haces aquí? Muérete de una vez si tanto reniegas de la vida.
Después de todo, nada te ata, ¿o sí? Solo tres hijos, ¿a quién mierda le
puede importar algo así?
Sawla no dijo nada.
—¡DI ALGO! Golpéame, castígame, dime que estoy malditamente
equivocada, pero dime algo. ¡Préstame atención! ¡Sé mi maldita madre!
Muestra algún sentimiento, aunque sea un sentimiento tan cruel como tú,
pero reacciona. ¡Él te perdonó la vida! Mi abuelo está en correspondencia
constante conmigo y tú... pudiste decirme algo, aunque fuera en clave. ¡YO
SÍ LLORÉ POR TI!
—Vas a llorar mucho más a partir de ahora, porque te has malcriado este
tiempo sin mi dirección. Haz la pataleta que te provoque, pero ante Ara
queda claro que siempre velé por tu protección, por ayudarte a sobrevivir a
esas personas que tanto luchas por agradar. Y ahora vienes aquí, tan altiva,
intentando lastimarme con tus carencias como si hubieras estado hablando
con el pusilánime de Antares todo este tiempo. Y me exiges. "Ay, mami,
mira cómo sufro, por favor dame cariño mientras te insulto a la maldita
cara". Solo vas a entenderme cuando seas madre y esposa.
—Lo que es igual a decir que jamás lo haré.
Sawla puso los ojos en blanco.
—No entiendo qué has estado leyendo que ahora pareces tan esperanzada.
¿Es por lo que te ha prometido tu abuelo? Ilusa, ilusa, y tres veces ilusa.
¿Crees que no estuve yo en tu posición? Como a mí, va a usarte hasta que le
seas inútil.
—En ese caso, me aseguraré de siempre ser útil.
—Yo era la reina, Shaula. Y heme aquí. Todas somos reemplazables en los
planes de un hombre.
—Tú eras la reina, pero limitaste tu poder a la cama de Rigel Enif. Jalas'tar
te necesitaba como embajadora, tus hijos como madre, tu rey como
consorte, pero tú solo pensabas en encontrar el mejor momento para ir a la
joyería mientras tu pueblo carecía de una voz y tu familia temblaba de
angustia. Tú,
tú
, eras reemplazable. A mí no me vuelvas a comparar contigo.
—Eres una estúpida idealista, Shaula. Y si crees que eso te hace igual a tu
padre, te equivocas. Esos rasgos solo significan poder cuando los acompaña
una verga.
—Me alegra que estés viva, madre. Eso significa que todavía estás a tiempo
para tragarte todas tus palabras.
Sawla rio.
—Lárgate, Shaula. Ya eres una adulta. Deja de llorar por tu madre. Eso sí:
estaré aquí cuando ellos te hayan destruido, solo entonces, cuando te
disculpes, te daré el consuelo que necesites.
Shaula iba a dejar la habitación, pero al último instante se detuvo y dio la
cara a su madre.
—Imagino que no tienes correspondencia con Lesath.
—En lo que a él respecta, yo estoy muerta. Y viceversa.
Shaula sonrió.
—Me temo entonces que recae en mí darte la feliz noticia.
—¿Qué noticia?
—Si mis cálculos son correctos, justo en este momento, mientras tú y yo
hablamos, Rigel Enif está siendo ejecutado en medio de la plaza de Ara...
Creo que por vender a la corona joyas en mal estado, o algo así. Por
desgracia, su hijo Orión, el único que podía testificar a su favor, está
viviendo su segundo año de reclutamiento en las ruinas de Zatah. La
historia se pone aún más triste cuando sabes que el señor Enif tuvo un
segundo hijo, uno que podría hablar a su favor y salvarlo, lástima que lo
odie casi tanto como te odia a ti.
Sawla se dobló como su fuera a vomitar en el piso, todo su cuerpo
contorsionado mientras los sollozos brotaban de ella, retorciendo sus dedos.
Ver a su madre en ese estado quebró a Shaula, porque significaba que sí
tenía un corazón, solo que no había espacio en él para ella.
Cuando la mujer alzó la vista, le dijo a Shaula:
—Te mereces todo lo malo a lo que estés condenada.
Shaula salió corriendo de la habitación, sintiendo esas palabras como una
maldición en el pecho.
Y ahí la interceptó una mujer que se le hizo tragicamente familiar.
—Lady... Lady Briane.
La preparadora ni siquiera le concedió una respuesta. Miró a Jalas'tar
Nashira, que la acompañaba, y este fue quien movió su cabeza hacia los
guardias, quienes lentamente avanzaron hacia Shaula.
—¿Qué sucede?
—No te resistas, por favor. Te lo aconsejo y te lo imploro —pidió el abuelo
con calma—. Estos hombres van a escoltarte a la frontera, donde pasarás a
ser responsabilidad de los hombres del rey.
—¿Por qué debo ser escoltada por estos hombres? ¿Qué me espera en la
frontera?
—Tu juicio —habló la preparadora por primera vez—. La Iglesia me envió
para retomar tu preparación ahora que has pasado la mayoría de edad y que
tu regreso se sigue postergando. Y vaya que le hice falta, pues nada más
llegar...
Por primera vez Shaula se fijaba en lo que tenía la preparadora entre sus
dedos, que entonces estrujaba: cartas. Sus cartas.
~~~
Nota: Ay, por Ara... Se viene DRAMA. ¿Preparados?
No se olviden de comentar, por favor. Yo sé que se emocionan leyendo y
se les pasa, pero piensen en que a mí me encanta leerlos ♡
16: Familia Merak
El aire ardía en la casa Merak. Era como si todo el rocío de la atmósfera se
hubiera vuelto en cenizas.
Sofocantes eran hasta los pensamientos menos forzosos, aunque ese efecto
parecía afectar a una sola persona.
Lady Isamar no podía ni sostener su copa. Las manos le temblaban sin
motivo alguno, como su nuca picaba por un sudor que no tenía explicación.
Algo pesaba en el aire, como la sensación de estar cenando instantes
previos al mismísimo fin del mundo.
Sentía que todos en la mesa podían notar la inestabilidad de su mano, así
que desistió, dejando la copa con una sonrisa. Sus palmas, disimuladas bajo
la mesa, se deslizaron sobre su falda para secarse.
El hombre con quien se había casado estaba especialmente silencioso. No
era alguien de malgastar muchas palabras, sin embargo, cuando a sus largos
silencios los acompañaban sonrisas tan incendiarias...
Isamar miró a los ventanales, en vano. Las vidrieras estaban teñidas de
color y a duras penas dejaban colar algo de luz a la estancia.
No había escapatoria.
Era su primera cena familiar en el ciclo. Había estado demasiado ajetreada
con su capacitación. En los últimos meses, había servido como voluntaria
en hospitales benéficos de la Iglesia de Hydra para ganar experiencia.
Y su marido, como de costumbre, tenía demasiadas cosas que hacer como
la mano de los Sagitar. Gracias a Ara.
Recibirlos nuevamente era una hazaña que los Merak querían celebrar. No
todas las familias contaban con la visita de hombres tan importantes, por lo
que además invitaron a la cena a lord Andry, alto lord de Antlia.
Habían vestido la mesa con tantos aperitivos como para saciarse y vomitar,
y cada cubierto había sido lustrado por las vendidas hasta que fuese posible
usarlos de espejo.
Lord Tauro y lady Lysandr Merak estaban sumergidos en una conversación
que les cautivaba sin dudas, donde participaban el alto lord y también lord
Oiris —el colega de lord Volant que había acabado casándose con la menor
de las Merak, además de asumir la paternidad de su bebé—. Solo el resto de
mujeres parecían no tener ni idea de lo que hablaban.
La vendida de lord Oiris también estaba a la mesa. Solo le permitían
participar de la cena, aunque en silencio, porque llevaba en brazos a la
bebé.
La menor de las hermanas, Megrez, reposaba cómodamente el rostro en el
hombro de Altair, mientras esta le acariciaba el cabello. Pero Altair no
miraba a Megrez, sino más allá, al otro lado de la mesa.
Sus ojos entornados ni siquiera parpadeaban estudiando a Isamar con la
preocupación apenas matificada. Parecía leer a la perfección cada señal
oculta en la postura de su hermana.
Luego de la boda, Altair había pasado una eternidad convenciéndose a ella,
y a todas las hermanas, de que eran felices y afortunadas, y de que a partir
de entonces serían prósperas. En el fondo, había esperado que con la
distancia de Shaula, Isamar acabaría abrazando sus privilegios, su hogar, su
marido y los salvoconductos que este simbolizaba. Y se quedó ahí, una
mirada a la vez, cada cual menos disimulada que la anterior, cada una más
suplicante, esperando ese atisbo de plenitud que jamás aparecería, siendo la
principal espectadora, y tal vez la única, de cómo el brillo que una vez ardió
en el musgo de los ojos de Isamar se sofocaba hasta dar paso a la obsidiana
más sombría posible.
—Lady Aldebarán.
Isamar escarbaba en toda su ensalada, buscando la hortaliza que le pareciera
menos repugnante en ese momento. Parecía concentrada en su tarea, tanto
que no reaccionó a su entorno hasta que su madre le dio un ligero codazo en
el costado.
Entonces alzó la vista. Lord Andry, gobernante de Antlia en nombre de la
corona, la estaba viendo con una gran y amable sonrisa.
Recién caía en cuenta: ella era lady Aldebarán. Seguía sin acostumbrarse —
y luchaba activamente por jamás hacerlo— al apellido de su marido.
Se dibujó una sonrisa sobre la inquietud de su rostro, y respondió:
—¿Sí, mi lord?
—Parecen un matrimonio muy feliz usted y lord Aldebarán.
—¿Qué nos delató? —contestó ella pretendiendo disfrazar el sarcasmo de
una broma, aunque en su voz no había nada que la ayudase al engaño.
—El hecho de que él no haya parado de sonreír en toda la noche nos dice
mucho, ¿o no? —preguntó lord Andry a los padres de Isamar. No parecía
haberse enterado del doble sentido en las palabras antes dichas.
Todos secundaron su impresión, y lord Volant agregó más leña a su sonrisa
tras una nueva copa de vino.
Isamar tragó en seco con disimulo. Sentía en sus huesos, como el aviso de
un mal clima, la tormenta que se avesinaba tras aquella sonrisa.
—Pero es solo Volant —intervino el padre de Isamar, que ya había tenido
esa conversación y conocía cada detalle—. Lord Volant, nada más.
El aludido no dio muestras de sentirse ofendido antes, pero sí que se
mostraba agradecido de la corrección por parte de lord Merak.
—Yo tenía entendido que su familia era...
Dejó el resto al aire, mostrando confusión en su rostro, a lo que la madre de
Isamar, amablemente, le auxilió diciendo:
—Lo es, no se equivoca usted con su familia. Y de hecho está bien decir
que mi hija es lady Aldebarán. Pero lord Volant prefiere usar su nombre al
principio, ya que fue este el que le dio su reputación como caballero.
Lo que no decía su madre pero Isamar fielmente pensaba, era que lord
Volant no usaba el apellido para evitar que lo confundieran, o compararan,
con su hermano, sir Legoztah Aldebarán.
—Perfecto, perfecto. Solo lord Volant, entonces. Lo que me pregunto es...
Como decía, parecen un matrimonio muy feliz, así que no me explico, ¿por
qué en el tiempo que tienen de casados todavía no tienen un bebé? O dos.
—Lord Andry volteó a mirar a Isamar—. Se ve usted bastante joven, y
sana.
Era una suerte que Isamar se hubiera visto repetidamente enfrentada a esa
clase de escrutinio en toda la sociedad, de lo contrario, tal vez se habría
atragantado con su propio oxígeno.
Estaba preparada para esa pregunta, y mucho más para no usar como
respuesta los motivos reales: las plantas, los brebajes e infusiones con los
que fortalecía su vientre contra las intrusiones recurrentes.
A esas alturas...
Miró a lord Volant, que también la miraba y, por primera vez en toda la
noche, ya sin sonreír.
Sí. Él empezaba a sospecharlo.
—Por desgracia, mi lord, Ara todavía no nos bendice con un evento
semejante.
—Pero intentan diligentemente, ¿no es así? —se entrometió su madre, con
una mirada que era más una súplica.
—Cada noche rezo a Ara por su bendición, madre, así es —dramatizó
Isamar—. Al parecer, no es el tiempo que tiene planeado para nosotros. De
todos modos, no veo por qué habrían de preocuparse, herederos no van a
faltarles.
—Con solo hijas y nietas, lo pongo en duda —contestó el padre—. En
especial, cuando la mayor de esas hijas ni siquiera se apura en casarse...
La atención de todos pasó a Altair, y se volvió tan densa e incómoda que la
hermana menor, Megrez, acabó por apartarse de su hombro y encogerse en
su asiento.
—Tu tiempo fértil se agota —culminó el padre, no conforme con la tensión
que ya había auspiciado.
—Descuide, lord Merak.
Esa voz... Isamar se había acostumbrado a ella, era la voz de su esposo,
después de todo; pero había momentos muy específicos, y entonaciones
bastante intencionadas, donde esa voz invocaba terribles escalofríos en
Isamar.
Esa vez, ocurrió así.
—No solo
le aseguro
—enfatizó mirando al padre de las Merak— que tendré hijos con mi amada
Isamar... —Al decir esas palabras, llevó su mano al mentón de su esposa, y
lo alzó para poder besar su frente—. Hijos, con los que Ara bendecirá su
descendencia y la mía. Tantos como Ara nos permita, y en especial varones.
Créame, que este es un pacto que firmo de boca y corazón para con su
familia, como una vez prometí otras cosas que fielmente cumplí.
Lord Merak y su esposa intercambiaron miradas de aliento, emoción y
esperanza. Idolatraban a lord Volant luego de haberlos salvado de la
desgracia, la pobreza y la sepultura social. Creían más en su palabra que en
la de Ara, y atesoraban grandemente lo que entonces le prometía. Tanto,
que ninguna notó cómo la bilis escalaba a la garganta de la hija del medio.
—Y además de eso —siguió lord Volant, posando su mano sobre la de su
esposa—, sí que tenemos motivos para celebrar hoy. Ara no nos bendice
con un hijo todavía, pero nos bendice con regalos más gloriosos incluso, al
menos por el momento.
Isamar volteó cual látigo hacia lord Volant.
—¿Qué...? —Su voz sonaba temblorosa, incluso peor de lo que se sentía su
cuerpo—. ¿Qué motivo tenemos para celebrar que no me ha dicho, mi lord
esposo?
—Me llevaría todo el crédito de guardar en secreto la sorpresa, pero la
verdad es que me he enterado hace un momento por un cuervo entrenado.
—¡Cuéntenos! —dijo lord Andry—. Aquí nunca se desprecia el valor de
una nueva noticia bien contada.
—Un chisme —espetó Isamar, que ya empezaba a impacientarse.
Sus ojos, en un acto fugaz, se clavaron en el tenedor. No lo tocó, pero saber
que estaba a su alcance empezaba a tentarle.
—¿Qué celebramos hoy, lord Volant? —preguntó la madre.
—Una escapada que más que trabajo nos resultará romántica. Su hija y yo
hemos sido invitados, convocados, más bien, con urgencia a la frontera con
Baham.
El nombre de la tierra de Shaula fue como si lord Volant levantara ese
tenedor que antes estuvo tentando a Isamar, y se lo clavara en el pecho.
—¿Por qué motivo?
—Asuntos privados, relacionados con mi autoridad como protegido de los
altos lores de Hydra. Sin ofenderle, lord Andry, le aseguro que le revelaría
cada detalle si este fuera un asunto relevante al consejo real, pero se me
advirtió que este caso ha sido tomado directamente por la Iglesia. Y no
quiero ser yo, de ninguna forma, quien se entrometa en donde solo la
autoridad de Ara puede interceder. Espero comprenda.
—Comprendo, comprendo... Sin embargo, me deja usted confundido. A
todos, sin lugar a dudas, por los rostros a mi alrededor. Usted decía que
había algo que celebrar, pero sigo sin ver lo romántico en todo este asunto
político o, como usted asegura, religioso.
—No, religioso no... es un asunto de fe. —Lord Volant suspiró, como si
saboreara la palabra. Miró a su esposa, y le guiñó un ojo antes de regresar
su atención a lord Andry—. Aunque no puedo revelar nada del caso, puedo
decirles que estoy a punto de presenciar el acto de justicia divina más
hermoso realizado sobre nuestra tierra. Y tiene que ver con una, digamos...
¿puta? Aunque a las putas les tengo algo de respeto, porque al menos ellas
tienen un precio.
Él pretendía seguir hablando. Tal vez, habría hablado durante toda la noche
soltando detalles cada vez más reveladores sobre el asunto. Pero no pudo
mantener el interés en su propio discurso cuando el puño de Isamar Merak
tomó impulso y se lanzó, con toda la fuerza de su peso, contra ese ojo que
hacía un instante había guiñado para ella.
La primera reacción fue un jadeo colectivo en la mesa.
Luego, Isamar reaccionó horrorizada mirando sus nudillos ensangrentados,
sin saber si esa sangre provenía de ella, o del rostro que acababa de golpear.
Ella seguía mirando su puño, presa del pánico y sin procesar lo que había
hecho, cuando la enorme mano de lord Volant se aferró a su cabeza. Apenas
le dio tiempo a inhalar, crispada por el horror, cuando el hombre estampó su
rostro a la mesa, chocando la parte superior de la bandeja de plata.
Isamar no se movía. Lord Volant no podía dejar de temblar, así como
tampoco abrir su ojo. Solo entonces, con esa imagen de cuadro de terror, se
hizo el silencio en la mesa.
~~~
Nota:
Con esto vamos a empezar un maratón intenso de capítulos, así que para
saber que están por aquí atentos y listos para disfrutar el maratón,
subiré el siguiente capítulo cuando este llegue a 500 comentarios.
¿Les parece? Me encantaría leer sus reacciones, impresiones, teorías y qué
piensan de cada personaje en esta escena.
17: La acusada
No es un honor que se advierta de lanzar la primera piedra solo al que esté
libre de pecado; se hace porque todo juicio que emitas, tarde o temprano,
acabará por regresar en tu contra.
La última de las antorchas quedó en el pasillo de las escaleras. Shaula se
detuvo en el umbral, la puerta abierta. Estaba entre aquel cálido ascenso,
custodiado por fuego de cada lado, y la fría habitación, donde solo la luna
hacía un amago de iluminación a través de los cristales de la ventana.
Su corazón se agitó, desesperándose libremente por primera vez en todo el
trayecto.
—¿Estoy presa? —preguntó aferrada al marco de la puerta, tan fielmente
asida como si se preparara para ser empujada al interior.
—Esto no es una prisión, alteza —le contestó el diácono de la Iglesia,
condescendiente.
—Es una torre, aislada, con un seguro puesto desde afuera...
El diácono de la santa Iglesia de Ara negó tan lentamente que Shaula,
hiperventando, quiso tomarlo de los hombros para apurarlo a responder.
—Estará bien atendida aquí, hasta que los testigos convocados a su juicio
puedan hacer acto de presencia.
—Pero... ¡Mi padre! ¿Cuándo llegará mi padre? Necesito verlo cuanto
antes. ¿Podría pedirle que venga a la torre apenas llegue?
El hombre la miró ladeando su rostro. A Shaula no le gustó su expresión. Se
sentía como un cachorro apaleado al que se observa moribundo sin poder
intervenir.
—Su padre no ha sido convocado a su juicio, alteza.
—¿Cómo que no...?
Sus palabras se alargaron en un suspiro que se llevó todo aliento, todo
atisbo de esperanza. El corazón de Shaula, aunque apuñalado, aún latía,
pero solo mientras el puñal seguía taponando la herida. Con esa revelación,
fue como si le arrancaran el arma asesina del pecho. Fue cuando su valentía
empezó a desangrarse.
—¿Mi padre no vendrá?
—No, princesa.
—¿Se le notificó al menos... la situación?
—No todavía.
—¡¿Cuándo lo harán?!
—Cuando haya un veredicto.
Que es lo mismo a decir
«cuando ya no haya nada que hacer».
—¡Pero él es el rey! —discutió la princesa.
—Lo es, por ende entenderá los procedimientos de este caso.
Shaula movió la cabeza en negación, frenética.
—Yo no lo entiendo. No entiendo cómo no notificarían al rey del juicio de
su propia hija. Si el rey se enterara...
—Es un juicio por... —El diácono calló, mirando a ambos lados y bajando
ligeramente el rostro. La palabra, el mero hecho de que saliera de sus
labios, parecía una humillación personal que prefería evitar—. Los casos de
sodomía deben ser juzgados por la autoridad de Ara en el reino. La corona
no tiene jurisdicción en estos casos.
—La autoridad de Ara es el rey...
—El rey es un emisario más, princesa. Hay situaciones que se escapan de su
inteligencia espiritual, y es ahí donde interviene la Iglesia. Lesath Scorp lo
sabe bien, como cualquier monarca.
—¿Entonces...? ¿No veré a nadie? ¿No me explicarán los cargos y pruebas
en mi contra? —Shaula hacía sus preguntas atropellando una palabra con
otra, los últimos latidos violentos de un corazón ahogado en su propia
sangre—. ¿No podré preparar una defensa? ¿Quién abogará por mí?
¿Cuándo saldré de esta torre?
El hombre extendió su mano hacia la princesa, su intención de apaciguarla,
viéndose interrumpido por su propio decoro. Retrocedió, mientras Shaula
miraba a los guardias que aguardaban escalones abajo, pensando en si sería
prudente intentar escapar corriendo.
—Debo pedirle que entre, princesa. Los guardias deben terminar lo que se
les ha ordenado.
—Encerrarme —tradujo la princesa.
—Usted entenderá.
Shaula abrió la boca, queriendo gritarle que no, no entendía de ninguna
manera que ella, la princesa de Áragog y primogénita del escorpión, tuviera
que ser encerrada en una torre sin que siquiera se notificara a su padre y rey.
Pero guardó su ira, su temor e incluso su impotencia, todas apretujadas para
dar paso a la lógica, aunque a regañadientes, mirándola pasar con desdén.
Ya estaba hundida su reputación, comportarse como una salvaje solo
acumularía argumentos en su contra.
Así que, con un nudo en su garganta y los ojos picando por las lágrimas que
represaban, Shaula asintió, e hizo una reverencia con el rostro al diácono.
—Entiendo, su santidad, que esta es la voluntad de Ara.
Esas palabras parecieron mover algo en aquel hombre, porque vaciló antes
de dar la orden a los guardias de encerrar a la princesa.
—Póngase a orar, princesa —le dijo. Y parecía ser honesto—. Yo lo haré
por usted, y sé que Ara estará escuchando.
~☆♡☆~
Cuando la puerta de la torre se abrió aquella tarde, Shaula ya había perdido
la ilusión. Con los días, entendió que nadie llegaría a liberarla. Solo eran las
vendidas que acudían a entregarle sus comidas.
Pero no esa vez.
—¿Shaula?
Volteó, sus ojos brillando por primera vez por algo que no fueran lágrimas.
Pero apenas vio a la persona en el umbral, su esperanza volvió a desinflarse.
Había creído oír a su madre. ¡A su madre! Nadie menos que esa mujer que
la había traído al mundo, solo para dejarla sola en él, y justificar su
abandono al llamarlo protección.
Se sentió ridícula de solo pensar que podía ser ella, luego de su última y
desastrosa confrontación.
Efectivamente, no era su madre, sino su tía. Iotisha Rāśi Nashira.
Como Shaula no respondió, Iotisha siguió adentrándose en la habitación
con pisadas discretas. Dejó en la única mesa los aperitivos que había
llevado a su sobrina, y se sentó junto a ella en la cama, aunque en la
esquina, dejando todavía un abismo de distancia entre ellas.
—¿Te han tratado bien?
La princesa no dijo una sola palabra. Sus ojos estaban fijos en las uñas de
sus pies descalzos. Jamás las había tenido tan largas, desprolijas y con tanta
mugre acumulada. Eran esas uñas el primer indicativo del despojo, el
contraste entre la princesa que era y la prisionera en la que se estaba
convirtiendo.
—Te traje bocadillos —siguió Iotisha—. Tuve que comprarlos aquí mismo.
No serán muy buenos, la calidad en estos pueblos fronterizos deja mucho
qué desear, pero temía que al traer dulces desde Baham se pudrieran o...
Shaula reaccionó como si le hubieran lanzado un balde lleno de arañas en el
cuello. Jadeó en sorpresa, y se fue a gachas por la cama hasta alcanzar la
mano de su tía.
Iotisha miró esa mano muy contrariada, no procesaba ni el cambio ni el
contacto físico.
—¿Mi abuelo vino contigo? —preguntó Shaula.
La expresión de Iotisha ya era cauta, nunca hubo rastro de una sonrisa, pero
entonces se volvió sombría, como si apagaran el brillo de su piel desde
adentro.
—Él está contigo, es necesario que lo entiendas. Te apoya en esta situación
que vives, en la injusticia. Pero...
—¿No está aquí?
—Él piensa que es mucho mejor no estar aquí al momento de tu juicio.
La mano de Shaula, esa que tan fuertemente sostenía la de su tía, se deslizó
hasta caer inerte sobre el colchón.
—¿Por qué? —exigió la respuesta con una ira que creía muerta—. ¿Cómo
podría pensar realmente que es mejor para mí que él no esté aquí?
—Tu abuelo entiende cosas que para nosotras a veces son inconcebibles,
pero siempre sabe lo que hace.
—¿Sabe que estoy sola? —dijo Shaula, y su voz se quebró a la mitad—. Me
harán pedazos. ¿Él lo sabe?
—No, no... Para eso me ha enviado. Quiere que sepas que tiene un plan,
aunque no esté aquí.
—¿Qué plan? ¿Y por qué ese plan impide que esté aquí?
—Escucha —Iotisha suspiró, moviendo sus hombros con incomodidad
mientras corregía su postura—. Mi padre tiene una reputación de no ser
muy creyente. Este tipo de casos solo se ganan con las escrituras de Ara en
la mano. La Iglesia necesita creer que hay una salida para este problema
donde la voluntad de Ara triunfe, y la presencia de Jalas'tar Nashira como tu
defensor solo empeorará el caso. Creerán que apoya tus... Esas cosas de las
que se te acusan.
—¡Mi padre conoce las escrituras! —soltó Shaula con un entusiasmo que
más parecían bocanadas de ahogo—. Debes contactarlo. Debes hablarle a
mi abuelo, él sabrá cómo hacerle llegar la información a mi padre. Créeme,
no hay hombre más santo y correcto, no hay hombre más creyente; mi
padre sabrá cómo discutir a mi favor. Él conoce las escrituras, en serio...
—Shaula... —Iotisha acarició el dorso de su brazo. Parecía inexperta en el
consuelo físico, pero al menos lo intentaba—. Ya discutimos esto.
—¿
Quiénes
discutieron?
—Yo le propuse a mi padre saltarse un poco las reglas. Tal vez enviarle
alguna pista al rey...
—¿Y no quiso?
No. No quiso. Esa respuesta era legible en la mirada de Iotisha Rāśi.
Shaula sintió como si alguien pateara en el suelo el cadáver de su corazón.
—No lo tomes del peor modo, trata de... —Iotisha desistió de llevar la
conversación por ese lado, tal vez inconforme con la justificación que había
pensado. Así que en cambio dijo otra—. Mi padre sopesó las opciones y él
cree... Hay que confiar en él, es una persona a veces demasiado pragmática
como para permitirse ser bueno, pero es la más astuta que conozco.
—¿Qué cree mi abuelo? —insistió Shaula.
—Al no venir aquí, ni tu padre ni tu abuelo, al mostrarte desnuda y sin
defensa, la Iglesia sentirá el repudio de tu familia como una señal de que
puedes arrepentirte. Y eso es lo que tienes que buscar: tienes que mostrar
arrepentimiento. Necesitas parecer devastada por tus actos, para que se crea
que tienes salvación.
Para que se crea que tienes salvación».
En todo su tiempo de cautiverio, recién Shaula se hacía la pregunta: ¿Qué
iban a hacerle?
Notó que Iotisha tragaba en seco.
—¿Sabes...? —La mujer, inmensa al lado de su sobrina, intentó acariciarle
el cabello a Shaula, pero el gesto le quedó brusco y terminó enredándose en
los nudos sin peinar—. Yo no creo nada de esas cosas que dicen de ti. Yo sé
que eres inocente, aunque no se pueda comprobar lo contrario.
Shaula quería decirle que tenía razón, que ella era inocente, que todo era un
mal entendido, pero la tristeza no la dejaba poner en palabras su
desesperación. Porque, aunque valorara el intento de consuelo, en ese
momento lo que necesitaba era una persona, cual sea en el universo, que le
dijera «sé que es cierto lo que dicen de ti, y aún así, no mereces todo esto».
—Quiero descansar, si no te importa.
—En serio lo lamento —contestó su tía.
Shaula alzó la vista hacia ella, confundida por las disculpas.
—Tu juicio es ahora —explicó Iotisha—. No puedes descansar más.
—Pero...
—Yo estaré ahí —respondió su tía—. Y les diré a todos que eres incapaz de
esas cosas. Y también rezaré, aunque no crea mucho.
—¿Y si no creen en mi inocencia?
La mujer abrió al boca, pero no halló palabras adecuadas para usar de
respuesta.
Pasó un rato de silencio, hasta que Iotisha Rāśi encontró la mejor versión de
lo que podía decir.
—Reza tú también, y... Si por algún motivo demuestran que eres culpable
más allá de toda duda razonable, ponte de rodillas, suplica, haz lo que
tengas que hacer para que cada persona en el tribunal crea en tu
arrepentimiento.
~~~
Nota:
El maratón de Monarca 2 ha sido desbloqueado ♡
¿Qué les parece este capítulo y la situación de Shaula?
Qué
piensan de Iotisha y el abuelo de Shaula?
¿Qué piensan de la decisión de la Iglesia y el que Lesath no sea
notificado del juicio?
¿Qué creen que va a suceder?
¿Preparados para el juicio de Shaula?
18: La testigo
El juicio había empezado.
Las paredes del juzgado eran altas, tan inmensas como muros. El yeso que
las construía estaba surcado por runas de la astrología antigua. Shaula,
parada en el atril de los acusados, intentaba descifrar alguna. Era una tarea
mucho mejor que sentir el peso de cada mirada que la juzgaba y condenaba
antes de tiempo.
Le permitieron un baño y la atención física de las vendidas. Aunque a ella
no le importaba el aspecto que tenía, su tía le advirtió que debía cuidar la
imagen que daba ante todos. Ella era la princesa escorpión, pero nadie lo
recordaría si lucía igual que una mugrienta plebeya.
Así que la vistieron de lila y dorado, con un vestido de la moda tradicional
áraga combinado con accesorios bahamitas.
No se reveló el evento a ningún noble o miembro del consejo real. Era un
caso estrictamente asignado a la Iglesia, tan distinto de aquellos que Shaula
había estudiado en los que solía intervenir la Corona. Por ende, todos los
presentes eran miembros honoríficos de la congregación, principalmente el
diaconado y los sacerdotes.
La discreción era crucial dado que, de resultar inocente la princesa, o
absuelta de su pecado, el objetivo era guardar su reputación con recelo.
En el centro estaba el estrado del juez, flanqueado por dos estatuas de yeso,
desnudas, sin órganos característicos de ningún sexo, solo alas negras para
uno, y doradas para el otro. Al pie de cada figura estaba la placa con la
constelación que representaban: Ara, el creador y altar del cielo, y Canis, su
principal opositor en el reino cósmico.
Se designó como juez del caso a un hombre imparcial, de reputación
intachable e íntegro en su comunión con Ara: el alto sacerdote Polux III, un
anciano de cabello encanecido y ojos penetrantes más allá de su conjunto de
arrugas. Su túnica, con una balanza bordada y encima la contestación del
altar del cielo, le confería la autoridad divina. Su veredicto sería acatado
como la palabra de Ara.
A la izquierda se formó un juzgado que tendría la opción de discutir sus
conclusiones con el alto sacerdote, pero que no podría intervenir en el
veredicto final. Cada uno tenía preparado sus pergaminos para tomar las
notas del caso.
Detrás de ellos, y entre las altas columnas que sostenían la estructura,
habían largos ventanales que servían de iluminación.
A pesar de que estaban en una zona fronteriza, el sol era claramente
bahamita. Shaula, que había rezado en vano a un dios que no respondía, se
aferró a la fe que tenía en el gran astro de su tierra; por primera vez,
murmuró una plegaria genuina, una que arrancó de su pecho antes de llevar
a sus labios.
«Tengo miedo».
Fueron sus palabras, porque no sabía ni siquiera lo que debía pedir.
Con esa confesión de debilidad, Shaula sintió un zumbido extraño. Sus ojos
se entornaron, forzando la vista en dirección de los ventanales.
La luz solar iluminaba las motas de polvo del salón, nada inusual; excepto
que esas motas de polvo en particular parecían una lluvia de escarcha
dispersa que luchaba por alcanzar a Shaula.
Tentada estuvo a estirar su dedo y tocar la aparente escarcha, solo para
descartar que no fuera un evento de su imaginación.
Antes había vivido un evento que la dejó con una sensación similar, lo
sentía en sus huesos, solo que no lograba recordar cuándo...
«
Athara's
ha»,
recordó. Fue la palabra que sintió en el aire en la biblioteca, la noche en que
vio la rasgadura luminosa en la atmósfera.
«El poder es femenino»,
es la traducción del bahamita al árago.
El olor a incienso ya impregnaba el lugar. Esa esencia, como de canela
quemada, no tardó en producir náuseas con las que Shaula tendría que
luchar.
A la derecha del juzgado se abrió el único espacio vacante, un atril donde
los testigos, tanto de la defensa como los acusantes, podrían dar sus
testimonios.
Shaula estaba nerviosa, pero armada con los consejos de su tía. A esas
alturas, incluso agradecía la ausencia de sus familiares. No quería que
estuvieran presentes en cuanto se leyeran los cargos en su contra. Tanto era
su vergüenza al respecto, que quería pedirle a su tía que se marchara.
La densidad del aire aumentó cuando el mensajero avisó al juzgado que ya
contaban con la presencia de todos los testigos.
La respiración de Shaula empezó a descontrolarse. Aunque ella quería
mantenerse serena, evitarse mostrarse culpable, su cuerpo la traicionaba.
Por sobre todas las cosas, ese día añoraba los consejos de su padre, siempre
sabio y asertivo. Pero al no tenerlo con ella, tuvo que tomar las armas a su
alcance: su voz mental para domar el caos físico que la desequilibraba.
«Cálmate, solo se hará la lectura de cargos. Sobrevive a un proceso a la
vez.
Has estudiado el procedimiento, no pueden condenarte sin pruebas
concluyentes, al menos no por sodomía. Así que te declararán inocente
».
Sin embargo, había otra voz dentro de su propia voz. Era ella misma, con
argumentos diferentes. Era su inseguridad y miedo coexistiendo con su
intento de valentía.
Pero no sabes cómo proceden los casos que toma la Iglesia...
Cerró sus ojos fuertemente, sus manos aferradas al atril del acusado como si
este fuera el timón de su destino.
No
», se respondió.
«Tranquila. Incluso si te declaran culpable, no puede ser tan grave el
castigo»
Pero tú condenaste a muerte a una vendida por besarte. Ella ni siquiera fue
a juicio...
«No es lo mismo, soy la princesa escorpión. No pueden matarme sin sufrir
la ira del rey».
¿Te defenderá el rey al que tan mal has tratado, acusándolo de asesinar a
su propia esposa?
Sí. Lo hará. Es mi padre».
Pero, ¿qué más da que sea tu padre? Tu madre debería amarte incluso más,
y prefirió mantener la farsa de su muerte que venir aquí y defenderte.
Además... ¿y si realmente no hay nada que el rey pueda hacer, incluso
queriendo...?
«No. No me hallarán culpable. No hay pruebas que me incriminen, nada
que pruebe acciones más allá de toda duda razonable, solo sentimientos».
Shaula no podía seguir pensando. Su mente era el juzgado más despiadado.
Así que miró hacia atrás cuando el juicio estaba a punto de dar apertura.
Entre el único público, estaba su tía, que levantó los pulgares en un
incómodo apoyo al ver que Shaula lo miraba.
«Al menos ella lo intenta»,
le dijo su mente a Shaula,
«¿dónde está tu madre?»
Así que le sonrió. O al menos intentó hacerlo.
—Hermanos y hermanas, su atención por favor.
El alto sacerdote Polux III tomó la palabra, y el escriba a cargo se apresuró
a transcribir cada una de estas.
—Con la autoridad que me concede el altar del cielo, doy por comenzado
este juicio. En nombre de Ara y el rey.
—En nombre de Ara y el rey —respondieron todos al unísono.
Gracioso, pensó Shaula, ya que el rey no estaba presente.
—Princesa Shaula Scorp Nashira —dijo el alto sacerdote—. Ha venido a
este reino para honrar y hacer respetar los lineamientos y estatutos de Ara, y
en contradicción a su propósito, hoy se le acusa de cometer actos de
abominación a la carne, al espíritu y a los mandamientos de Ara cometiendo
actos de lascivia y sodomía bajo tu libre albedrío y completa consciencia de
tus elecciones. ¿Cómo se declara?
Un miembro del jurado tomó la palabra antes de que la princesa pudiera
responder.
—Se le recuerda a la acusada que sus palabras se toman como un juramento
ante el altar del cielo, por lo que se le insta a responder con honestidad y
nada más que la verdad. Además, se le recuerda que solo tiene permitido
responder con una afirmación o negación. Aclarado esto, se repite la
pregunta. ¿Cómo se declara?
Hasta el momento, exceptuando la ausencia del consejo y nula participación
de la monarquía, todo se regía por el mismo proceso que Shaula había
estudiado. Así que había una esperanza de absolución en su caso.
Estaba a punto de responder cuando un murmullo se alzó en la sala.
¿Qué estaba ocurriendo?
Shaula volteó hacia el origen del desconcierto, y notó que su tía había
alzado la mano como para pedir participación. En ese instante, estaba
hablando con uno de los sacerdotes, que la escuchó atentamente antes de
darle paso hasta el lugar donde estaba Shaula.
—¿Qué sucede? —le preguntó la princesa en un susurro.
—Quiero explicarte los cargos, para que sepas de lo que se te acusa y de
qué te defiendes —dijo Iotisha, un poco jadeante por haber tenido que saltar
los banquillos del público para llegar hasta su sobrina.
—¿Eso te corresponde?
—No, pero el sacerdote creyó que eran buenas mis intenciones, y me
permitió estar a tu lado para explicarte los términos que desconozcas.
Shaula quiso decirle que ella no desconocía la terminología del caso, pero,
¿para qué Prefería alargar el espacio entre las acusaciones y el veredicto,
ojalá infinitamente, y a la vez sentía agónica la espera de la resolución.
Como fuera, era mejor tener a su tía al costado que no tener a nadie.
—Te están acusando de sodomía —siguió Iotisha luego de tomar una gran
bocanada de aire—, se entiende como... eso, a cualquier práctica sexual
distinta de aquella que Ara estipuló para concebir. Significa... hombre con
hombres y... mujeres con mujeres. ¿Entiendes eso?
—Entiendo —contestó Shaula tan sonrojada, que esperaba que el velo en su
rostro disimulara todo ese calor que sentía.
—Ahora ya puedes decirles cómo te declaras.
Shaula asintió y regresó su postura en dirección al juez designado.
—Inocente —respondió firme, pero cabizbaja para demostrar sumisión.
Sabía que, de ser necesario, le dejarían extender su defensa luego de
expuestas todas las evidencias.
—Se procede el caso con la participación de quien ha hecho la denuncia —
dijo el alto sacerdote—. La Iglesia llama al estrado a lady Briane de
Mujercitas, preparadora asignada a la princesa por la congregación.
«De Mujercitas
». Las preparadoras, al igual que las vendidas, usaban de apellido el nombre
de la casa de preparación donde crecieron. Ese recordatorio era tan
satisfactorio como agrio; había placer en recordar que, después de todo,
lady Briane solo era una más de tantas vendidas que nunca fueron
compradas y que sacaron del mercado para convertir en preparadoras. Y
había amargura al entender que una mujer que es menos que nada ha hecho
de ti la miseria más grande.
«Ríe ahora»,
articularon los labios de la preparadora en dirección a Shaula.
Fue como un golpe en el estómago, peor que aquellos que le dio para hacer
a la princesa vomitar. Ahora, la delataba y humillaba ante la misma Iglesia,
condenándola a desnudar sus pecados para recibir quién sabe qué castigo.
En esa mirada de lady Briane al acudir al estrado, Shaula vio la satisfacción
en medio de una impotencia de años. La desolación al nacer como una
vendida que es arrancada de los brazos de su madre, la doctrina de la casa
de preparación hasta que cumples la mayoría de edad, la ilusión del
mercado donde algunas sueñan con un comprador decente; años de ser
ofertada en vano, viendo cómo tus hermanas más jóvenes son llevadas antes
que tú, por más de una década, para acabar siendo un objeto que nadie
quiso.
Lady Briane era justo esa clase de basura, y para ella, la princesa Shaula era
el problema, la mano que la arrojó al basurero.
Ese rencor mal direccionado, esa envidia inconmesurable, acabaron por
llevar a la princesa escorpión a ese estrado, por el crimen de amar a quien
su corazón quiso.
Un miembro de la Iglesia que lucía un turbante de seda, puso las Sagradas
Escrituras de Ara a la disposición de lady Briane para que ella pudiera
poner su mano encima y jurar ante esta.
—Lady Briane de Mujercitas. Usted ha hecho la denuncia y acusación de
los crímenes de la princesa Shaula Scorp en este caso, y las pruebas
adjuntas ya han sido entregadas a todo el jurado para que puedan leer el
contenido transcrito. Antes de empezar con la lectura del contenido de las
cartas, lady Briane, por favor, confirme su declaración ante todos.
—Estaba yo siendo enviada a Baham para terminar la preparación de la
princesa...
—¿Por qué la princesa necesita preparación? —interrumpió Iotisha Rāśi, a
lo que Shaula la miró con sus ojos muy abiertos para que se callara. Ella
creía que más que ayudar, la interrupción las dejaba como unas irreverentes.
Iotisha intentó arreglarlo—. Perdone la interrupción, su santidad. ¿Puedo
hacer la pregunta ahora?
El alto sacerdote se mostraba desubicado. Él, como cualquiera, no esperaba
la participación de Iotisha.
—Puede esperar, lady Rāśi, a que lady Briane termine su discurso.
—¿Y si habla tanto que me olvido de lo que iba a decir?
La pregunta era absurda, tanto que Shaula apretó fuertemente la muñeca de
su tía con la esperanza de que el dolor la espabilara. Sin embargo, los
miembros del jurado se vieron unos a otros como si realmente consideraran
lógica la intervención.
Polux tomó la palabra.
—Puede participar esta vez con su pregunta, pero en adelante espere a que
lady Briane termine de hablar para hacerlo usted, ¿de acuerdo?
Iotisha asintió.
—Su santidad, mi pregunta es: ¿por qué la princesa Shaula necesitaba la
intervención de lady Briane como preparadora? La jurisdicción de lady
Briane estaba en Ara, en Baham Shaula tenía otros orientadores. Además,
ya ha pasado la mayoría de edad...
Lady Briane empezó a hablar por encima de Iotisha, gradualmente elevando
su tono de voz.
—La Iglesia me asignó el caso de la princesa Shaula Scorp. Nadie está
«lista» solo por cumplir una cierta edad. El objetivo es casar a la princesa, y
justo ahora no está más cerca de un compromiso que antes, ¿o sí? Así que
tuve que intervenir.
—A todas estas, no entiendo la relevancia de la pregunta —dijo el alto
Sacerdote—. Estamos juzgando la acusación de lady Briane, no está en
discusión si la princesa necesita o no una preparadora.
—Me disculpo si he sido confusa —contestó Iotisha—, pero lo que busca
mi pregunta es entender la credibilidad del testigo. Ya que ella es la única
que presenta pruebas en contra de la princesa, quiero saber qué la motiva.
¿Ustedes no? ¿Por qué de repente viaja a Baham e, inmediatamente llega,
supuestamente, encuentra pruebas tan incriminatorias? Es lógico que me
cuestione sus motivaciones.
—Viajé a Baham porque la Iglesia creyó que Shaula llevaba mucho tiempo
sin un compromiso, y se creyó que mi intervención era necesaria —espetó
lady Briane—. ¿Alguna pregunta más?
—Igualmente, no se preocupe, lady Rāśi. Lady Briane, de hecho, no es el
único testigo en este caso.
Shaula no sabía eso. Y mucho menos sabía era que estaba a punto de
desfallecer, solo fue consciente de su desequilibrio al sentir que su tía
sostenía su mano, convirtiéndose en su único e inesperado apoyo físico.
¿A quién más habían llamado?
Lady Briane terminó su declaración, y el escriba del jurado leyó en voz alta
el contenido de cada una de las cartas que habían encontrado como
evidencias en contra de la princesa.
Shaula soportó el escarmiento público con las manos en el atril y los ojos
fijos en sus uñas. Temblaba, las ganas de llorar le eran incontrolables. Esos
hombres desnudaban impunes su intimidad, hacían una autopsia de su alma,
juzgando lo que para ella fueron sentimientos genuinos e inofensivos, con
los que no dañaba a nadie más que a sí misma.
Escuchó los jadeos, las críticas murmuradas y soportó los dardos de lástima
y asco en cada mirada que se condujo en su dirección.
Siempre había estado rota, un defecto en la creación de Ara, pero ahora lo
estaba ante todos. Públicamente irreparable.
Su tía le puso una mano en la espalda. Pretendía ser un gesto alentador, pero
se asemejaba más a un golpe.
—Si quieres doy la defensa por ti —le susurró al oído.
Tal era la devastación de Shaula, tan desnuda y expuesta se sentía, que
prefirió delegar su destino a una mujer que apenas conocía. No importaba si
la defensa era débil, no importaba si ella podía idearse una mejor. Shaula
simplemente quería desaparecer, encogerse en sí misma hasta que ninguna
mirada la alcanzara. No podía hablar, no podía defenderse.
—Su santidad —dijo Iotisha—, la princesa está siendo acusada de sodomía,
pero lo que se expone en esos textos no es nada semejante.
—¿No le parecen esas prácticas una ofensa contra los códigos morales de
toda cultura?
Iotisha frunció el ceño, parecía a punto de echarse a reír.
—¿Prácticas, su santidad? Yo solo escuché comentarios al respecto de
algunas lecturas.
Uno de los diáconos del juzgado, en efecto, se echó a reír. Fue este quien
contestó a Iotisha.
—No nos quiera ver la cara de idiotas, en los textos no solo hablan de
lecturas.
—Tal vez no, pero sigue siendo solo el intercambio de palabras entre dos
amigas que, tal vez, se elogian demasiado. Pero no veo ninguna práctica.
—¿Se sabe quién es el destinatario de las cartas, lady Briane? —pregunta el
diácono—. La que firma como Islaymar.
—Sí, su santidad. Se comprobó que las cartas iban dirigidas a lady Isamar
Merak, ahora lady Aldebarán. Fue una de las damas de Shaula durante su
tiempo en la capital.
—Es decir, que tuvieron oportunidades de sobra para practicar lo que
escriben, ¿o no? Las damas tienen la responsabilidad de cuidar, atender,
vestir e incluso... bañar...
Shaula sufrió un escalofrío. Había pasado de ser una princesa a un objeto en
la imaginación de todos los presentes; ahora, estaba expuesta a vagar en sus
pensamientos en toda clase de situaciones con Isamar. Con esas
especulaciones, manchaban de perversidad los momentos que ella
compartió con amor.
—Eso es especular demasiado, ¿no le parece? —dijo Iotisha—. Entonces
yo podría decir que todas las personas tienen oportunidades de sobra para
hacer esa clase de barbaridades, ¿no? ¿O no tenemos todos a nuestra
disposición alguna dama o vendida? Sin embargo, quiero creer que Ara no
condena pensamientos sino acciones. Y no hay acción si no hay pruebas.
Solo tenemos estas cartas de dos amigas...
—Que se dicen te amo.
—Su santidad, ¿usted nunca ha dicho a un hermano que le ama? Porque
claramente en esos textos se expresa un amor fraternal.
El diácono se rio entonces más fuerte, no parecía tomar en serio ni una de
las palabras de Iotisha.
—La princesa le pregunta a su ex doncella que si la ama como a un esposo.
Eso no me parece fraternal.
—¿Y qué le responde? Que no, que la ama como no se puede amar a un
esposo. ¿Lo ve? Es un amor filial, de ese que no se le puede tener a una
pareja romántica.
—Vamos, lady Rāśi, no nos vea la cara de idiotas. La princesa le dice a lady
Merak que «la ha tenido recitando poesía contra su piel». Creo que eso es
más que probatorio de que hubo acciones y no solo palabras.
—¿Eso? —Iotisha hizo un gesto de desdén con su mano—. ¿Ha leído
alguna vez poesía, su santidad? Porque esa es una metáfora recurrente entre
artistas. La princesa compone canciones y su doncella poesía, ellas se
comunicaban como artistas y nada más.
—¿En serio cree lo que está diciendo?
—Yo puedo creerlo o no, al igual que usted puede creer, o no, lo contrario.
Aquí lo relevante es que ni usted ni yo ni nadie puede probar más allá de
toda duda razonable que Shaula Scorp y lady Merak estuvieron
involucradas más allá de unas palabras algo edulcoradas.
—Excepto, tal vez, nuestro siguiente testigo —dijo el alto sacerdote—. La
corte llama a testificar a lady Isamar Aldebarán.
Shaula alzó la vista por primera vez. Con el ahumado del maquillaje a su
mirar, y la luz del sol impactando en su iris, sus ojos se veían de un café
traslúcido, brillante por las lágrimas que habían contenido todo ese tiempo.
Lady Isamar entró al juzgado. Con su ropaje blanco, impoluto como una
perla de mar, se mostraba como una mujer destinada a la castidad. Manga
larga y cuello alto, guantes hasta los codos y sobre su cabellera de carbón
una diadema floral que sostenía un velo cauto y decoroso.
La habían disfrazado de santa, ni una gota de color artificial había en su
rostro pálido y lleno de pecas, con ojos de un verde oscuro que resaltaban
incluso por encima de las ojeras y del hematoma tan grotesco sobre su
frente.
Iotisha apretó fuerte la mano de Shaula, hasta que el dolor fue lo que se
reflejó en su rostro, y no la añoranza.
Al público se unió lord Volant, que por algún motivo, había decidido asistir
al juicio con un parche en el ojo.
De pronto, las alarmas estallaron en la princesa. ¡Isamar estaba ahí!
Tenía que hacer algo, tenía que ahuyentarla. Tal vez a ella le perdonaran su
crimen por ser la princesa, pero a Isamar la condenarían sin
contemplaciones.
—Controla tu rostro —le murmuró su tía.
Shaula temió estar siendo demasiado evidente, así que obedeció a su tía y
empezó a morderse la mejilla por dentro para controlar su expresión.
Isamar tenía una expresión fúnebre, Shaula se preocupaba por lo malherida
que se notaba, y aún así le parecía tan hermosa... Aunque no se notara
mucho por el velo, llevaba dos trenzas entre todo el cabello suelto, y
estaban entretejidas con cintas esmeralda.
—Lady Aldebarán, antes que nada quiero preguntarle si está siendo
coaccionada de alguna forma para dar esta confesión.
—¿Lo pregunta, su santidad, por el moretón en mi cabeza? —cuestionó
Isamar—. De ser así, no se preocupe. No he sido coaccionada, solo torpe.
Me tropecé repetidas veces contra una mesa.
Shaula volteó de inmediato a ver a lord Volant. Algo le decía que él era la
mesa.
—Adelante con su testimonio, lady Aldebarán. Primero, para que todas las
partes estén en contexto, cuéntenos de dónde conoce a la princesa.
Shaula miró a su tía, sus ojos le suplicaban intervenir de alguna forma.
Sentía que Isamar estaba por incriminarse y temía las consecuencias.
Su tía movió la cabeza levemente de lado a lado. No podía hacer nada.
La princesa volvió a mirar a Isamar. Su Isa, pero no la veía a ella, sino al
juez.
«Isa, por favor... No digas nada».
—Hay mucha verdad en que conocí a la princesa Shaula al ser presentada
como su dama.
—¿Por cuánto tiempo ejerció?
—Un año y medio, me parece.
—Continúe.
—Decía que hay mucho de verdad en lo que se dice de nosotras... Salvo que
somos amigas. Nunca lo hemos sido.
Dolían esas palabras, pero Shaula las entendía. Eran necesarias para
desmentir los rumores.
Polux se removió en su asiento, inclinándose más cerca de Isamar. Su
actitud había pasado a ser condescendiente, la de un padre atento a la
confesión de su hija.
—¿Quiere hacer una confesión, hija mía?
Isamar asintió.
—Ara te escucha.
—Yo... —Isamar carraspeó. Su postura siempre había mantenido el decoro,
pero entonces se encorvó incluso más, quedando cabizbaja con la mirada
fija en sus uñas que jugaban nerviosas—. Nunca fui amiga de Shaula Scorp,
pero tampoco lo que se me acusa. Todo este caso insinúa que hubo una
relación romántica entre nosotras, y no fue así.
Isamar miró hacia atrás, hacia donde estaba su esposo. Él asintió, sonriendo
con orgullo a su pareja, lo que se reflejó en el rostro de ella.
«¿Qué mierda está pasando aquí?».
—Su santidad, yo siempre fui, en todo momento, nada más que la súbdita
de la princesa escorpión. Una soberana déspota desde el primer momento...
—Isamar bajó todavía más el rostro, e inspiró como si tratara de invocar
valentía en el oxígeno.
—Respira, hija mía. Sé fuerte.
Isamar asintió, y por primera vez se mostró firme. Su mentón en alta, su
mirada fija en el alto sacerdote Polux.
—Desde el momento en que mi hermana y yo llegamos a su servicio, nos
dimos cuenta de la mujer tiránica que teníamos frente a nosotras. Nos usó
de alfombra en todo momento. La primera vez que nos vimos, incluso me
obligó a hacerle de bufón...
Fueron las últimas palabras que Shaula escuchó con claridad. Hasta ese
momento, tenía la esperanza de estar aturdida, escuchando una falacia tras
otra. Pero esa verdad de los labios de quien creía el amor de su vida terminó
por encajarle la realidad de un golpe.
Estaba sucediendo. Isamar estaba relatando ante todos su historia desde un
punto de vista que Shaula jamás había ni considerado.
—Sé que esto que estoy por contar será difícil de entender, pero... Cuando
tu princesa, una mujer que ha probado ser cruel y despiadada, te pide algo a
ti como una insignificante doncella... ¿Quién eres para negarte? Así que...
Cuando la princesa me pidió...
El llanto de Isamar fue devastador para Shaula. Era una mano sobre su
corazón, que estrujaba más y más fuerte. Nunca en su vida imaginó ver a su
Isa quebrarse, delante de todos, mientras contaba con tanto esfuerzo,
vergüenza y dolor la historia de ambas. Tal vez ella no dictara la sentencia,
pero sus palabras eran lo mismo que un ataúd para Shaula.
Lord Volant pidió permiso para acercarse y sostener a su esposa. Y así hizo,
abrazándola con la fuerza de su llanto, mientras miraba a los ojos a Shaula.
Fue cuando Shaula se quebró. Las lágrimas se desbordaron en silencio, el
nudo estranguló su garganta. Y al igual que lady Briane hizo con ella,
articuló con sus labios en dirección a lord Volant:
«Ya para, ganaste».
El brazo de Iotisha rodeó el cuerpo tembloroso de Shaula.
—Ya va a acabar —le susurró en el oído, y luego le dio un beso en la sien.
Con su derrota, Shaula dibujó una sonrisa en el rostro de lord Volant.
Aunque desconocía por qué se ganó la reputación de carcinero, en ese
momento el título le quedaba perfecto, porque todavía teniendo los pedazos
del corazón de la princesa en la mano, siguió estrujando.
Delante de todos besó los labios de Isamar con pasión, y secó sus lágrimas
antes de volver a su espacio como espectador.
—¿Quiere un momento, lady Aldebarán? —preguntó Polux.
—No hace falta —dijo ella limpiando la humedad de su nariz—. Puedo
continuar.
—Adelante.
—Decía que... Cuando la princesa me pidió ayudarla con esos actos... Me
dijo que era para practicar, para cuando tuviera un marido. Y yo no quería,
pero, ¿qué podía hacer?
—Entendemos, mi lady. Pero necesitamos que ponga en palabras los
hechos, para saber cómo proceder con la princesa: ¿esos actos abominables
ocurrieron?
—En cierta medida. Yo hice las cosas que ella me pidió que le hiciera.
—Entonces, las intenciones desviadas de la princesa son un hecho, según su
experiencia.
—Natutalmente, dado que ella lo pidió.
—¿Ella la obligó?
—Dio la orden y obedecí.
—¿Pero en algún momento le dijo usted que no?
—¿A Shaula Scorp? ¿Quién podría?
—Me interesa saber —intervino un hombre del jurado— si usted tenía
motivos reales para temer a la princesa. No me parece muy asustada en la
correspondencia que intercambiaron.
—Viviendo en su corte, sí, tenía serios motivos para temer. Y por supuesto
que mantendría la farsa con las cartas después. Ella insistió en buscarme
incluso estando yo casada, ¿qué podía hacer yo? La princesa durante un
viaje a Deneb ejecutó a una pareja de indigentes frente a sus hijos, y luego
secuestró los niños. Cualquier lord del consejo, incluso lady Briane, pueden
dar fe de lo que digo. E incluso antes, ¿sabía que la princesa ejecutó a su
dama anterior?
—No... no estaba muy enterado de las andanzas de la princesa. Pero
créanos, mi lady, que la tendremos muy vigilada a partir de ahora. Y creo
que hablo en nombre de mis hermanos al decir que lamento lo que ha tenido
que pasar.
—Lo secundo en sus palabras —dijo el alto Sacerdote—. Y hablo en
nombre de Ara al decirle que no ha de temer por su alma, lady Aldebarán.
Ara sabe que su corazón está intacto, pese a las atrocidades que ha sido
obligada a cometer. Acepte mi dispensa divina, y vuelva en paz con su
esposo.
Los puños de Shaula golpearon la madera del atril. El golpe fue seco, como
un mazo que cortó toda conversación y dejó vía libre al silencio.
Los ojos de Isamar se desviaron hacia Shaula por primera vez.
Fue como mirar un cadáver.
—Princesa Shaula Scorp. —El alto sacerdote tomó la palabra una vez
Isamar Merak volvió junto a su esposo—. ¿Tiene algo qué decir en su
defensa antes del veredicto?
—Nada en mi defensa, pero a la maldita mentirosa en el estrado sí tengo
algo qué decirle...
Shaula hizo ademán de ir corriendo hacia ella. Su tía tuvo que detenerla,
asiéndola con fuerza de la cintura.
Pero la empujó, tan fuerte que su tía trastabilló. No lo hizo para continuar
con su arrebato, ya había salido de su enajenación lo suficiente para
entender que lo que estaba por hacer era una atrocidad. Simplemente alejó a
Iotisha porque, a partir de ese momento, no quería que nadie más la tocara.
Siguió mirando a esos ojos, verdes por la ponzoña de todas sus mentiras.
Habían sido su salvación del vacío, y ahora eran los que la condenaban.
La ira salió andando del corazón de Shaula, y la apatía lo alojó. Ella
realmente no quería estrangular a Isamar. Quería arrastrarla, zarandearla
hasta que escupiera la verdad en su cara. Y si la verdad era todo lo que
acababa de decir, que por favor le mintiera con la maestría que lo había
hecho hasta entonces, porque no podía vivir sin ese amor al que ahora
llamaban engaño.
Lentamente, sus pies acabaron por arrastrarla de vuelta a su atril mientras
en simultáneo Isamar acompañaba a su esposo. Ya habían estado
distanciadas físicamente, pero ahora la separación era interna, una ocupaba
el lugar del acusado, la otra entre quienes emiten el juicio. Y lo peor era que
Shaula nunca tuvo la opción de escoger un bando; de haber podido elegir,
habría escogido cualquier equipo sin criterio alguno, siempre y cuando lo
compartiera con
su Isa
—Le daré otra oportunidad, princesa Scorp —habló Polux— porque el
discernimiento de Ara me inclina a pensar que no está pensando con
claridad, y que realmente no sabe lo que hace. Así que le pregunto: ¿tiene
algo qué decir en su defensa?
—No, su santidad. Solo... —Shaula se dobló en llanto, sus codos golpeando
con fuerza la madera del atril mientras las manos cubrían su rostro. No
quería estar ahí, y «ahí» se había convertido en todos lados desde el instante
que su único amor dejó de ser una realidad.
—Shaula...
Iotisha decía cosas. Es posible que el resto del juzgado también dijera otras.
Pero Shaula solo escuchaba su propio llanto, y los balbuceos desesperados
que emitía para cualquier deidad que estuviera escuchando.
¿Por qué?
¡¿Por qué?!
¡¿POR QUÉ?!
—Su santidad... —Shaula alzó su rostro, el maquillaje corrido, la mirada
surcada de rojo. Hablaba entre sollozos sin importarle la humedad que
goteaba—. Su santidad, me gustaría sugerir la pena de muerte como
castigo.
—Shaula —la regañó su tía, tomándola por los hombros con mucha fuerza,
como si esperara que se resistiera. Pero no lo hizo. Era apenas el cascarón
de un ser humano.
El juez tomó una larga bocanada de aire antes de responder.
—Princesa Scorp. En este caso no necesito consultar la opinión del jurado,
es bastante claro incluso para usted misma que ha cometido los crímenes
que nos reúnen aquí. Pero veo en usted arrepentimiento, y Ara inspira
misericordia nada más verle. Creo fielmente que su corazón, y en especial
su alma, tienen salvación. Pero no solas. Necesita la orientación necesaria
para volver a encaminarse en la verdad, y en el camino de la moralidad.
»No es su culpa lo que le sucede, lo creo firmemente. Y lo que necesita,
princesa, es salvación, no condena.
Iotisha le sonrió a Shaula, tensa, pero enfocada en exprimir lo mejor de
aquellas palabras que sonaban a absolución.
—Con la autoridad que Ara me ha dado, la declaro culpable, sí, pero con
posibilidad a redención.
—¿Significa... que ya podemos irnos? —preguntó la tía de Shaula.
—Todo lo contrario. Por el poder que Ara me concede y en nombre del rey
Lesath Scorp, con la autoridad que me legó Scorpius el primero, condeno a
Shaula Scorp Nashira a un plazo inicial de seis meses de internado
espiritual en el templo de Ara. Y le receto adicional una terapia de
reconverción intensiva por todo el plazo de su aislamiento. Si al final del
plazo estipulado se logra probar una recuperación absoluta, la princesa
estará libre para volver a la sociedad.
—No... —Shaula hablaba por primera vez—. No entiendo lo que esas
palabras significan.
—El veredicto ha sido dado, lo entenderá en el proceso. Ahora... A todo
condenado se le conceden unas palabras finales. ¿Quiere usted, princesa,
agregar algo a su juicio antes de comenzar su condena?
—Yo solo quiero ver a mi padre.
—No es posible, princesa. ¿Tiene un discurso qué agregar o puedo dar por
concluido el juicio?
—No, no...
—Princesa, las palabras. ¿Tiene algo qué decir?
Los guardias ya empezaban a adelantarse. Era un hecho, Shaula estaba
había sido condenada.
Al ver que la princesa no salía de su estupor, al no decir sus últimas
palabras, los guardias llegaron a su lado y la tomaron cada uno por un
brazo.
Y entonces Iotisha Rāśi rompió en llanto.
—No, por favor... Déjenme acompañarla —pidió a los guardias, pero
empezó a ponerse tan histérica que también tuvieron que someterla.
—Hablaré con tu abuelo —dijo Iotisha mientras la arrastraban—.
Buscaremos la forma de que estés bien...
Pero seguía llorando. Lloraban tanto y tan desconsolada, como si la
estuvieran condenando a ella. Hubo algo en su debilidad que envolvió a
Shaula de coraje. Era el fuego de la impotencia, uno que era incapaz de
existir cuando se trataba de desear luchar por sí misma.
Se retorció en los brazos de los guardias y alcanzó las manos de su tía.
—Athara's ha —fueron sus palabras de aliento, de promesa y consuelo.
Athara's ha significa que Ara no es dios, y si Ara no lo es, entonces no
estamos perdidos. Solo le rezamos a la fuerza incorrecta. Athara's ha era lo
mismo que decir «entiendo que el poder es femenino, y aunque me pisen,
abrazo el concepto. Aunque hoy escojo morir en manos de mis verdugos,
Athara's ha, así que mañana te prometo resucitar». Athara's ha no es un
arma personal, es el consuelo para los que no soportan verte sufrir. Es la
promesa, de que dios es mujer, y tú también lo eres.
~~~
Nota: no puedo
dejar
de
llorar
con ese párrafo final, y no es porque tenga tatuado Athara's ha en la
clavícula, noo, para nada.
Ya en serio. ¿Después de este capítulo todavía
quieren
seguir el maratón? Por favor comenten
mucho
, quiero
saber
hasta el mínimo detalle de su opinión. Y si otra vez llegamos a 500
comentarios seguimos el maratón, ¿va? En el último en que dejé una
meta por primera vez llegamos a 1k de comentarios, eso nunca había
pasado en este libro, se notó que en serio tenían muchas ganas de leer.
¡Gracias, gracias por apoyar a Shaula!
19: Día uno
El cielo era una acuarela de tonos rosados sobre un fondo dorado. El gran
sol naranja de Baham miraba la escena como un fisgón, oculto tras las altas
palmeras.
El vestido de Shaula, manchado de arena y lágrimas, re rasgaba con las
armaduras de los guardias que la arrastraban hacia el carruaje. Había botado
su calzado en el trayecto, por lo que entonces sus pies descalzos se clavaban
como anclas en el camino.
Pero todo fue en vano.
Las voces de los diáconos se elevaban desde atrás.
Ramera
, la llamaban los más decentes. Otros no la bajaban del podio de "
abominación de la naturaleza".
El carruaje se abrió cual ataúd a espera del cadáver. Nadie le explica lo que
le esperaba al final del viaje.
Lograron empujarla dentro, echando las pesadas cortinas de fuera para
sumirla en la penumbra. Shaula solo alcanzó a oír los caballos relinchar
antes de que la marcha empezara.
El traqueteo del carruaje parecía eterno, las puertas estaban fuertemente
cerradas. Ya no había escapatoria.
¿Cómo había acabado así? Ella, que nunca había conocido el amor, acabó
condenada por sentirlo.
¿Cómo pudo permitir que su corazón la llevara por veredas tan prohibidas?
Había conocido íntimamente a una mujer, y peor que eso, lo había deseado.
Y fue esa misma mujer la que terminó denunciándola como una desviada.
Porque sin el testimonio de Isamar, sin todos esos detalles privados, no
habrían existido pruebas que incriminaran a Shaula.
Empezó a creer que ese era el motivo por el que Ara, al verla nacer como
primogénita, aun así le destinó la corona al bastardo: porque ella estaba
defectuosa.
Una parte de Shaula creyó que su castigo espiritual consistiría en asistir
diariamente al templo a confesarse, y regresar tarde al hogar de su tutor.
Pero sabía que no habría tanto secretismo al respecto si así fuera.
Fue llevada a un templo, si, pero específicamente a los aposentos de
aislamiento para el sacerdocio. El lugar fue completamente vaciado para
ella, y ahí la esperaban dos grupos de preparadoras encabezadas por lady
Briane.
Iban todas vestidas de blanco, el símbolo de la pureza en disonancia a sus
miradas frías y despiadadas. Ninguna mostraba compasión, porque no la
veían como una princesa, ni siquiera como a un ser humano, sino como a
una malformación que había que reparar.
—Lady Briane —llamó una princesa nerviosa al ver acercarse al gremio de
preparadoras.
—Quédate quieta, esto es por tu bien —contestó lady Briane obligando a
Shaula a sentarse.
—Por mi bien... ¿Qué van a hacerme?
—Despojarte de tu pecado.
Con un gesto, lady Briane ordenó al resto de mujeres accionar.
Tomaron soga, unas para las muñecas de la princesa que ataron a la silla sin
una técnica que impresione, y otras para los tobillos que asieron a las patas.
Shaula, con su corazón a punto de vomitar toda su sangre, no se movió un
ápice. Tensa, intentó demostrar la sumisión de una sierva de Ara. Intentó
rescatar su imagen devota, cerrando sus ojos y murmurando una oración
ensayada a la que ya no le distinguía el propósito; era un zumbido más en
sus tímpanos, opacado por los tambores del miedo.
Abrió los ojos en mal momento, justo para ver la hojilla afilada en la mano
de una de las doncellas.
—No, no...
Shaula tiró de sus brazos, retorciéndose al mirar la hojilla acercarse a su
rostro. Aunque los nudos eran inexpertos, mientras más se movía contra
ellos más parecían apretarse en sus muñecas.
—¡¿Qué es eso?! ¿Qué van a hacerme?
Una de las mujeres tomó su cabellera desde atrás, inmovilizando su cabeza.
Shaula no pudo hacer nada mientras una de las preparadoras encendía una
vela junto a su rostro, y otra se acercaba con un cáliz de aceite.
—Hermanas —recitó aquella con la hojilla en la mano, tomando a la vez el
rostro de la princesa—. El cabello es nuestro velo. Ara nos lo ha obsequiado
como un signo de pureza y de castidad. Nos pide cuidarlo, y jamás
cortarlo...
Shaula, con su cuello doblado por el tirón en su cabeza, miraba agitada el
filo del arma que casi rozaba sus pestañas.
—Pero hoy la princesa se ha demostrado pecadora, indigna de portar una
bandera de pureza. Y en nombre de Ara se nos ha encomendado despojarla
de toda hipocresía, para que pueda volver a nacer.
La aludida respiraba preocupada, su ojo temeroso de la hojilla que tenía tan
cerca. No parpadeó en ningún momento, lo que la hizo el testigo estelar de
lo que estaba por acontecer.
Múltiples dedos se enterraron en su infinito, sano y brillante cabello; una
mano en particular extendió un largo mechón, del color de la madera besada
por el sol, y lo tensó hasta infundir dolor en el cráneo de la princesa. Luego,
la hojilla se estacionó en su longitud, acariciando un cabello a la vez con un
deleite enfermizo, hasta rasgarlo de una estocada.
El primer retazo muerto cayó al suelo, y luego cada una de las mujeres
tomó turnos con la hojilla.
Cada pasada de la hojilla era un corte en su dignidad, un recordatorio de su
transgresión.
—Pecadora.
—Abominación.
—Blasfema.
«Athara's ha»,
contradecía Shaula en su mente. Era un mantra para ella, una manera de
convencerse de que dios es mujer, y que el poder le correspondía por
derecho de nacimiento.
Si empezaba a creerse las palabras de las preparadoras, habría perdido
definitivamente.
El cabello llovía en porciones desequilibradas. Algunos cortes se llevaron la
mitad de la melena, otros apenas rasgaban las puntas. No había un orden, ni
prisa; era evidente que querían prolongar el momento cuanto fuera posible.
Y mientras, Shaula sufría como amordazada, la mutilación de esa parte de
sí misma a la que, según la convencieron desde pequeña, le debía su
feminidad.
Lady Briane, aunque no participaba del acto, supervisaba implacable con
las manos cruzadas y su boca siempre recordando que
«Esta es la voluntad de Ara y el rey».
Shaula cerró sus manos en puños y la miró a los ojos. ¿Cómo podían hablar
en nombre del rey cuando ni siquiera le avisaron del juicio de su hija?
La mujer que sostenía el cuenco con aceite, bendecía las manos de aquellas
que manipulaban la hojilla. Se convencían a sí mismas de que su acto era
una encomienda divina, una manera de servir al creador.
«Athara's ha»,
se recordó Shaula, porque es más fácil creer que dios no es aquel que te
abandona en manos de los verdugos. Porque en esa negación todavía existe
esperanza. Porque si dios es mujer, tal vez solo necesitas conocer su
nombre, y ya no estarás más solo.
Para cuando llegó el sacerdote a cargo de supervisar el progreso de su caso,
Shaula tenía en su cabeza apenas un par de mechones cortes y desprolijos.
Todo lo demás, tenía el largo del vello facial.
—Este acto de purificación, hija mía, es el primero para volver a
encaminarte al sendero del bien.
Shaula le sonrió, aunque en sus ojos brillaban lágrimas de luto.
—Lo entiendo, su santidad.
—Sin embargo...
La ira envenenó los ojos de la princesa al escuchar la voz de lady Briane.
—Ara dice que si tu ojo te es motivo de pecado, haz de cortarlo —señaló
lady Briane.
—Lo dice, lady Briane —convino el sacerdote.
—Pero, aunque el cabello es un simbolismo hermoso del final de la
hipocresía, no ataca la raíz del pecado.
—¿Y qué sugiere usted para atacar la raíz?
La mujer se llevó una mano al pecho, dramatizando una pena que jamás
llegaría a sentir por la princesa. Fingía un remordimiento abnegado que
Shaula entendía ficticio. Tenía claro que si lady Briane podía sentir algo por
ella era únicamente el deseo de verla mendigando piedad.
—Aunque la terapia intente cambiarla, el pecado de la princesa viene de su
piel. No dejará de cometer actos abominables hasta que su piel deje de
pedírselo...
—No podemos dejar sin piel a la princesa de Áragog, si eso es lo que...
—No podemos dejarla sin piel, pero podemos darle un nuevo nacimiento a
la que ya tiene.
En una mirada del sacerdote a lady Briane, Shaula supo que había captado
su interés.
Otro golpe, un nuevo miedo incierto. ¿Cuántos más, tenía preparados Ara
para ella, y por qué no la asesinaba de una vez? No era tan fuerte, ni
siquiera tenía ganas de serlo.
«Athara's ha»,
le recordó su mente.
Athara's ha
, rectificó dentro de sí.
—¿Qué tiene en mente, lady Briane?
—He leído un estudio sobre terapia de reconversión con veneno. Busqué
asesoría, y me atrevería a jurar su efectividad. Es posible que, con las dosis
adecuadas y en sesiones recurrentes, los nervios en la piel de la princesa
mueran. Ya no serán piedra de tropiezo, porque si no puede sentir el tacto
de una mujer... tampoco podrá desearlo.
—Si puede lograrlo, lady Briane, la Iglesia sabrá recompensarla. —Ambos
estrecharon sus manos—. Haga lo que tenga que hacer, cuenta con nuestro
respaldo.
Era el momento de recuperar la fe, y empezar a pedir misericordia.
~☆♡☆~
Nota:
El cap es corto pero el maratón sigue. Gracias, gracias,
por
apoya tanto el
libro
Espacio para opinar de lady
Briane
y sugerir el
tipo
de muerte que se merece.
Nah
, mentira, su destino ya está escrito, no se preocupen xD
20: Semana tres
Todo verdugo peligra cuando inyecta veneno en las venas equivocadas, y el
objetivo sobrevive.
En tres semanas, Shaula ya no era Shaula.
Nacida como escorpión, criada entre serpientes, y destruida por veneno.
Aquellas criaturas que una vez había sentido como familia, la rodeaban en
una bañera de agua efervescente. Se enroscaban en sus extremidades,
escogiendo la parte blanda de su cuerpo donde preferían clavar sus
colmillos, y vaciaban toda la ponzoña en sus venas.
Las primeras dos veces, Shaula quiso resistir los gritos. Los apresó en su
garganta con la fuerza de su voluntad, para acabar vomitándolos de todos
modos. La manera en que los colmillos se abrían paso por su piel era tal
como recibir un par de puñaladas simultaneas, sorpresivas, pero resistibles
si se respiraba con el suficiente control; sin embargo, lo que el veneno le
hacía al recorrerla por dentro....
Mantenerse cuerdo durante el proceso era solo posible con más dolor: lo
sencillo era rendirse.
La sustancia la dañaba desde dentro, y por mucho que se resistiera, al final
acababa llorando por alucinaciones que ni siquiera podía recordar cuando
todo acababa.
Así que, en la tercera sesión, dejó de intentar resistir los gritos y se entregó
a padecer.
—Falta poco, princesa —le decía una de las preparadoras acariciando su
cabello raso. Con el tiempo, algunas de ellas empezaron a formar
conexiones empáticas al llanto de la princesa. Pero ya era demasiado tarde,
ninguna podía intervenir, solo dejarla vivir su proceso.
La desnudez de Shaula ya no era un tabú, no en aquel confinamiento.
Los únicos capacitados para ayudarla a salir de la bañera de serpientes eran
hombres, guardias ataviados hasta el cuello en sus armaduras, temerosos de
una sola de las mordidas con las que castigaban semanalmente a la princesa.
La ayudaron a ponerse de pie mientras un curandero le tendía los frascos
con los distintos antídotos para cada especie de mordida. Detendría la
muerte, pero no la ayudaría con los efectos secundarios.
Algunas preparadoras secaban la humedad de su cuerpo con toallas
estériles, mientras otras atendían las mordidas con antibióticos e
inyecciones para la coagulación, lo que impedía el desangramiento por las
heridas más graves.
Como Shaula lo veía, le estaban negando la ansiada muerte.
Miró atrás, sus ojos vacíos de emoción, con sus lágrimas siempre presentes.
Quería observar a los guardias mientras estos desenvainaban sus espadas y
decapitaban a las serpientes para que no pudieran dañar a nadie más.
Solo a Shaula.
Ella era la única afortunada.
Al final, la bañera pasaba a verse como un menjunje de sangre, tripas,
veneno y las incansables lágrimas de Shaula Scorp.
Nuevas preparadoras, con sus miradas insondables, empezaron a pinchar la
piel de Shaula en diferentes puntos. Una de ellas, tomaba notas en un mapa
del cuerpo de Shaula, una especie de esquema en donde se señalaban los
puntos nerviosos todavía funcionales.
En tres semanas había perdido lo que se sentía como la mitad de la
sensibilidad, pero según el mapa no era así; apenas un tercio de su piel era
inmune al tacto y al dolor, por lo que las sesiones con veneno durarían un
buen tiempo más.
Shaula quería fingir que ya no sentía nada para que así dieran por finalizada
la terapia con veneno, pero por mucho que se esforzaba en ello, las
terminaciones nerviosas —aquellas que todavía resistían— siempre
provocaban alguna reacción una vez la aguja las pinchaba.
Lady Briane acudió esa tarde a supervisar el progreso.
—¿Qué le decimos hoy a nuestra monarca? —preguntó la mujer. Su tono de
voz hacía evidente que disfrutaba de algún chiste muy privado.
—Esto lo hacemos por tu bien —respondieron en un coro gélido las demás
preparadoras.
—En nombre de Ara y el rey —finalizó lady Briane—. Purificarás tu carne
y tu alma, princesa, aunque tenga que morir yo en el proceso.
—Así sea —saltó a responder Shaula con una pasión que parecía muerta
junto a su cuerpo cadavérico.
Lady Briane la miró sin disfrazar todo su odio, apenas por un segundo, para
luego dominarse con una sonrisa teatral.
—Hoy tienes visita.
Visita
... El corazón de Shaula se saltó un latido. Todavía podía emocionarse,
aunque fuera por cosas tan nimias.
Tal vez, Ara la estaba haciendo vivir ese proceso precisamente por eso, para
que, una vez despojada de la venda del privilegio, pudiera hallar belleza en
lo insignificante.
—Sin embargo... —Lady Briane desnudó una hojilla con sus manos como
si fuera una especie de obsequio—. No queremos contaminar a nadie con tu
inmundicia, ¿o sí? Así que yo me encargaré de alistarte.
—¿Para qué la hojilla, lady Briane? —indagó una de las preparadoras—. El
cabello de la princesa es totalmente nuevo, renacido, no reconoce pecado
alguno.
—Tal vez el que tiene en la cabeza, pero estuve meditando y Ara me ha
revelado un detalle que se nos pasó por alto... Jamás depuramos sus cejas,
¿o sí?
Shaula asintió, dedicando una sonrisa moribunda a cada una de las mujeres
alrededor. Desnuda, adolorida, y con el estómago totalmente vacío luego de
vomitar hasta su propia sangre, avanzó un débil paso, y luego otro, hasta
quedar frente a frente con su preparadora personal. Le entregó su rostro sin
oponerse, y cerró sus ojos para relajar su expresión. Si a esas alturas, lady
Briane o quien sea creían que podían lastimarla quitándole algo de vello,
entonces Shaula disfrutaría de verlos equivocarse.
—Adelante, su santidad —le dijo, aceptando el nuevo golpe de lady Briane
con la otra mejilla preparada.
Jalas'tar Nashira miró a su nieta sin que su rostro pudiera desvelar ni uno
solo de sus pensamientos.
Shaula había sufrido una metamorfosis insólita para tres semanas donde sus
ojos brillosos ondeaban como una bandera de auxilio. Solo huesos la
sostenían, con una fina capa de piel marchita. Un girasol disecado.
Pero Jalas'tar supo esconder sus pensamientos al respecto, si es que tenía
alguno.
—Te traje esto —le dijo a su nieta, entregándole una bolsa de tela con una
cinta dorada—. Ropa fina y limpia, periódicos para que puedas ponerte al
día de lo ocurrido estas semanas, y dulces, por si se te antoja alguno.
Shaula tomó la bolsa sin detenerse a abrirla. Los codos sobre la mesa, se
inclinó hacia su abuelo.
—Dime que ya estás trabajando para sacarme de aquí —susurró, mirando
con paranoia hacia los lados—. Estoy lista para escucharte. Explica el plan,
dime lo que tengo que hacer.
—Shaula, querida. No te adelantes ni te desesperes.
—No lo haré, pero... Dime algo. Necesito un adelanto para resistir a esto.
Jalas'tar suspiró, como si descargará un gran peso sobre sus hombros antes
de arremeter contra el resto de la conversación.
—Hay un asunto que nos urge, Shaula. Debemos hablarlo.
Ella frunció su ceño, preguntándose qué asunto podría urgir más que su
escape de aquella prisión.
—Estoy aquí porque necesito que escribas y firmes una carta para tu padre.
El corazón de Shaula retumbó en un atisbo de resurrección, agradeciendo a
Ara por la oportunidad presente. La esperanza resurgía.
—No estoy segura de que mi padre deba inmiscuirse en este enredo, pero si
crees que pedir su ayuda es lo mejor, con gusto escribo las cartas que sean
necesarias.
—Shaula, no vamos a pedir ayuda a tu padre, harás exactamente lo
contrario.
Eso no tenía coherencia. El veneno comenzaba a atrofiar la capacidad
retentiva de la mente de la princesa, o eso empezó a creer ella, porque se
sentía aletargada, incapaz de hacer un análisis sencillo.
—No entiendo qué es lo contrario a pedir ayuda, ni por qué escogería esa
opción.
—Lesath está en una situación muy tensa como rey. Una disputa con la
Iglesia para que le sea revelado tu paradero. Quiere venir a verte, y en tanto
lo logre, y vea en el estado en que te encuentras, podría desatarse una
guerra que no solo no queremos, sino que no necesitamos.
Ella intentó tragar la saliva que se había acumulado en su garganta,
ahogándola. Se sentía de vuelta en la bañera con veneno.
—Debes escribirle a tu padre, decirle que te encuentras tomando unas
clases teológicas muy enriquecedoras, también hablarle de las amigas que
has hecho aquí, y como sientes que eres una nueva criatura en tan poco
tiempo. Debes convencerlo de que no solo te encuentras bien, sino que no
deseas verlo para no estropear tu proceso. Y, sobre todo, debes decir que
deseas quedarte hasta quedar absuelta ante Ara de todo atisbo de pecado.
—No —jadeó desesperada en tanto entendió lo que oía—. Abuelo, las cosas
no son aquí. En este lugar...
—No me lo digas —le cortó Jalas'tar alzando la mano hacia ella—. Si lo sé,
nunca podrás perdonarme que no te ayude. Haznos el favor de no decirlo.
—Pero estás viéndolo con tus propios ojos...
No solo los ojos de Shaula se inundaron de todos los sentimientos que
llevaba reprimidos, sino que sus palabras salieron embriagadas del luto mas
fúnebre.
Estaba experimentando la muerte de su única esperanza y aliado.
—Debes centrarte, Shaula. Mente clara y firme hasta el final. Te sonará
despiadado, pero es el único sonido posible para palabras de guerra. Para
nuestros fines, necesitas sobrevivir a esto sin ocasionar una guerra. Eres una
reina en potencia, Shaula. No puedes seguir esperando el trato de una
princesa. Que tu corazón suelte la opción e pedir auxilio.
Ella negó, fríamente, mientras un incendio derretía su alma y la derramaba
por sus ojos.
—No quiero más artimañas y planes que pasan por encima de mí. Quiero
salir de aquí, y quiero un abrazo. Ya no puedo más. Simplemente, renuncio.
Ayúdame, no me obligues a atravesar estos meses...
—Esto no lo decidí yo, Shaula. Fuiste tú, que arruinaste todo, al enamórate
de una mujer. Ahora arréglalo. —Jalas'tar deslizó por la mesa la tinta, la
pluma y el papel con el que Shaula sellaría su destino—. Toma la pluma,
pequeña. Yo te diré lo que haz de escribir.
~~~
Nota: Se viene posible maratón, así que espero que estén con ganas de
más y preparados para comentar ♡,
21: Mes cuatro
La luz del sol, antaño una gran aliada de su confianza y origen, ahora
cegaba a Shaula mientras la llevaban al comedor del templo.
La comida era buena, en grandes cantidades y muy nutritiva, pero Shaula
apenas era capaz de tragar. El veneno de serpiente aún ardía en su sangre,
intolerante con todo aquello que pasara por su garganta.
Luego de empujarse la comida al estómago, las preparadoras la condujeron
a su salón de clases, donde la estatua de un Ara sin rostro parecía juzgarlas
a todas, recordándoles mudamente sus pecados.
Porque como Shaula, había muchas otras jovencitas a su alrededor,
aprendiendo las lecciones teológicas para una sana reconversión.
Esa clase la impartía un sacerdote en lugar de una preparadora. Su hábito
era de un blanco tan puro como se presumía su alma, y su voz una paz
absoluta, un valle donde redimirse del pecado sin sentirse condenados.
Shaula tomaba notas como de costumbre. A esas alturas, su atención solía
dispersarse con facilidad. Debía hacer un doble esfuerzo por recordar las
palabras que oía, y por hallar las que ella personalmente quería decir. Sin
embargo, sus manos tenían una memoria independiente; mientras que se
movían como esclavas tomando el dictado del sacerdote, siempre repasaban
con el doble de grosor y mucha más tinta las letras I, S, A, M, A, R.
—Ara creó al hombre y a la mujer —decía el sacerdote, como en cada
ocasión— para que se unieran y multiplicaran. Cualquier desviación de este
plan divino es un pecado.
Shaula sintió como si un rayo se vertiera por su columna vertebral,
despertándola en medio de un chasquido.
Su mente, esclarecida por primera vez en días, la arrastró de vuelta hacia la
noche del baile de disfraces, cuando por primera vez en su vida fue besada
con amor.
Ese baile había sido el día destinado para resucitar su alma. ¿Cómo podía
ese sentimiento, tan inconmesurable e imposible de condensar en una
palabra, ser un pecado?
Shaula e Isamar, juntas, nunca habían hecho un daño más grande que el que
se hacían a sí mismas.
Pero el sermón seguía cayendo sobre ella como latigazos, recordándole su
crimen, y el por qué estaba ahí, pagándolo.
—Las Sagradas Escrituras son claras, hijos de Ara: «Si alguno se acuesta
con varón como los que se acuestan con mujer, los dos han cometido
abominación; ciertamente han de morir». ¿Alguien recuerda una enseñanza
más?
Una de las jovencitas internadas levantó la mano.
—«¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino más allá del
firmamento? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los
adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales heredarán el reino de
Ara».
El sacerdote la felicitó, y ella sonrió como premiada.
¿Por qué Shaula no podía ser así? ¿Por qué no era capaz de emocionarse
con su progreso?
—Princesa Shaula.
La mano de la princesa se detuvo a mitad de trazo. Su corazón, paralizado
solo un segundo antes de desbocarse en pavor.
—¿Entiendes, hija mía, la abominación que resulta de dos mujeres que se
adjudican los valores de un matrimonio?
La mente de Shaula, débil y aletargada por el veneno, luchaba contra las
palabras, pero su boca ganó la batalla por impulso:
—Sí —reconoció, su voz en fragmentos—. Entiendo.
El discurso que repitió fue un eco vacío de todo lo que había aprendido
durante sus cuatro meses de reconversión. Recitó de memoria la aversión al
pecado que le habían instruido, e improvisó un análisis con respecto a la
redención a la que todo ser arrepentido tiene derecho. Finalizó, con grave
dolor en su pecho, declarando su necesidad de purificación.
Mientras hablaba, las lágrimas se mezclaron con sus medias verdades.
Se traicionaba a sí misma, traicionaba todo lo que había sentido por su lady
libros. Dolía cada estocada del puñal, porque la obligaban a clavárselo ella
misma.
Los primeros días de la terapia quería aferrarse a la idea de que, aunque su
piel mutara, su amor seguiría intacto. Pero ya no estaba segura de ello.
~~~
Nota:
Los capítulos son cortos pero necesarios para la transición a lo que
viene. No se olviden de
dejarme
su opinión ♡
22: La serpiente ha despertado
Durante seis meses, la primogénita del escorpión había sido sometida a
terapia de reconversión, intentando cambiar lo que le era innato. Despertaba
cada nuevo día con el impulso de matar o morir, pero jamás en un punto
medio.
Tanto le repitiron lo rota que estaba, que lograron que la vergüenza y la
repulsión sustituyeran todo aquello que alguna vez había sido prístino.
La habían corroído, un sentimiento a la vez, hasta transformarla en el
cadáver de un gran amor imposible.
Era su último día, cuando despertó en una habitación estéril como un ser
roto, una abominación.
—¿Qué hago aquí? —preguntó a los guardias, a los médicos, a las
preparadoras. A quien quisiera responder.
—Es el examen final. Una vez apruebes, serás liberada.
Pero estaba atada a un camastro de piedra fría, con las muñecas y los
tobillos atados.
—¿Por qué he de hacer el examen en este estado?
—Está atada por su bien, princesa. Para que no se mueva durante el
procedimiento.
—¿Qué procedimiento?
Un par de preparadoras intercambiaron miradas, mientras los guardias
reafirmaban su postura junto a las puertas.
Shaula no tenía idea de lo que ocurría, pero sabía que no era algo que
quisiera oír, al igual que esas personas no parecían dispuestos a
verbalizarlo.
Pero tenía que saber, aunque su cuerpo le decía lo contrario.
«No lo soportaremos. Mejor déjate llevar».
¿Que no lo soportaría?
Shaula rio para sus adentros. Su corazón había sido pulverizado, y los
escombros resultantes acabaron por traicionarla. Su piel había sufrido
sesiones de envenamiento recurrentes, y su mente soportó cascadas de odio
hacia sí misma. Si seguía viva luego de eso, si todavía era capaz de
enfurecerse, sobreviviría a lo que fuera.
—¿De qué procedimiento me hablan?
—Princesa.
Lady Briane apareció detrás de un grupo de médicos, aproximándose para
resaltar entre ellos.
—Su piel ha sido inmunizada existosamente, pero luego de mucho discutir
hemos concluido que todavía no está del todo libre de tentaciones.
Las cuerdas se tensaron, la fricción audible en el silencio. Shaula apretaba
tanto sus manos que arremetía contra sus ataduras, aunque estas le
quemaran la piel por el esfuerzo.
—¿Qué van a hacerme? —inquirió.
—Nada grave. No vamos a quitarle nada que vaya a extrañar.
—¿Quitarme? ¿Qué van a quitarme?
—Nada útil, princesa. Serás libre después de esto, y no solo porque podrás
salir de aquí. Serás libre en cuerpo y alma, despojada de los peores
impulsos, de aquella parte de ti que inevitablemente te hará volver a pecar.
—¡¿Qué?! —exigió Shaula mirando a un lado y luego al otro, buscando en
los rostros de los presentes una posible escapatoria.
Lady Briane indicó al médico, con un gesto de su cabeza, que se
aproximara. A ellos se unió otra preparadora, que cargaba con una bandeja
llena de artefactos médicos.
—No se preocupe, alteza. Cuando salga de aquí, lo hará despojada de toda
la sensibilidad entre sus piernas.
Lady Briane tomó un bisturí, y con él rasgó la tela para empezar a desnudar
a Shaula.
—¡NO! —gritó Shaula, expresando su desacuerdo absoluto. Se retorcía en
contra de lo que le hacían, pero, anulada como la tenían, solo lograba
cortarse con el bisturí. Era inevitable que sus ropajes cayeran al suelo, un
retazo de tela a la vez.
El doctor se puso sus guantes, ignorando las súplicas y la voluntad de su
princesa. Con ella todavía retorciéndose, le separó las rodillas para tener
acceso a sus piernas.
—¡NO, EN NOMBRE DE ARA, NO!
—No necesitas ese pedazo de piel para procrear —le decía lady Briane al
acariciar su rostro, un consuelo hipócrita sobre las lágrimas del escorpión.
Shaula escuchaba que el mundo zumbaba a su alrededor, como un enjambre
de abejas. El bullicio aumentaba, intensificado hasta difuminar el sonido de
las voces a su alrededor.
Cuando el médico tomó su propio bisturí de la bandeja, los alaridos de
auxilio eran tan salvajes e impotentes que parecían un nuevo elemento, una
fuerza capaz de reescribir el universo.
—¡Princesa! —regañó lady Briane—. No deje que el pecado la controle.
¿Por qué lloraría por una parte del cuerpo que no va a necesitar, si no fuera
porque pretende seguir pecando? ¡Sea coherente, por el amor a Ara!
Los ojos de Shaula se clavaron en la preparadora. Aguijones afilados;
cansados de llorar, habían convertido cada lágrima en veneno.
Solo había una ventana en la habitación, llena de mosaicos que constituían,
en unidad, la figura de Ara. El sol los atravesaba, creando haces de colores
tan variados como un arcoiris.
Esos haces de luz bañaban el cuerpo de la princesa, desnudado a retazos. Y
el calor se intensificaba, iluminando la piel marchita de Shaula de un modo
antinatural. Como si estuviera hecha de pequeños cristales.
El efecto tornasol pasó desapercibido entre la implacable voluntad de los
verdugos. Pero hubo algo que nadie pudo ignorar, y sucedió cuando el
primer corte del bisturí flageló entre las piernas de la princesa.
El grito de Shaula fracturó la luz, creando una rasgadura en el aire de la que
parecía escaparse un brillo sin origen. Era como si el universo tuviera una
grieta, y de ella llovieran rayos de un sol intenso directamente sobre Shaula.
Un sol que solo brillaba para ella.
Las muñecas de Shaula, antes inofensivamente iluminadas, entonces
manaban un calor intenso que, al contacto con las sogas, provocó un humo
tóxico en la habitación.
El médico se levantó, asustado, dejando caer el bisturí lleno de sangre.
—¡¿Qué está sucediendo?!
—No lo sé, hay que desatarla, creo que se está quemando.
Ambos intentaron soltar las cuerdas que mantenían sometida a la princesa,
pero ambos acabaron soltándola pegando alaridos de dolor.
El doctor había dejado los guantes pegados de las sogas, derretidos por el
calor. Pero lady Briane, al tocar a Shaula con las manos desnudas, acabó
con las manos encendidas, perdiendo sus huellas dactilares.
Asustados, se alejaron de la princesa mientras esta seguía humeando bajo
ese brillo intenso que parecía prevenir de ninguna parte.
La princesa empezó a sufrir una serie de convulsiones que preocuparon a
todos en la sala. ¡Serían los responsables de la muerte de la princesa Scorp!
Pero nadie podía intervenir, porque incluso el resplandor de estar cerca de
ella se había vuelto tan insoportable que todos en la habitación sudaban,
asfixiados.
El cuerpo de Shaula empezó a beberse la luz vertida a través de la grieta. Su
piel florecía nuevamente, perdiendo toda marca de maltrato, toda huella del
paso de los años y toda cicatriz, nutriéndose como una planta con la
fotosíntesis. Sus músculos perdidos se regeneraron, y sus huesos fueron
fortalecidos a un nivel en el que jamás habían estado.
Y en su sangre, el veneno se mezcló con calor, creando un fuego capaz de
hacer sudar a las estrellas.
Entonces las sogas cayeron, transformadas en cenizas, y la princesa
escorpión abrió los ojos.
Eran del dorado más intenso, ardientes como la lava misma.
La princesa se levantó, tambaleándose al principio. Ardiendo en su interior
con una llama imposible de extinguir. El incendio que provocaron las
personas frente a ella.
Los guardias sacaron sus espadas, acorralando a Shaula como a un animal.
Pero antes de que pudieran siquiera arremeter, ella tuvo el autocontrol para
decirles:
—Me marcharé, así que por favor abran paso.
Entonces, una de las asistentes del médico saltó sobre ella, clavándole una
aguja en el cuello.
Antes de que le diera tiempo a inyectar esa extraña sustancia en Shaula, esta
tomó a la mujer por el rostro.
Su mano derritió la piel como si se tratara de cera, mientras con la otra se
arrancaba la jeringa del cuello.
Mientras la mujer gritaba por ayuda, los guardias cambiaron de la
advertencia al ataque.
Shaula soltó a la mujer que tenía asida por el rostro, arrojándola con fuerza
al suelo y direccionando su mano hacia el nuevo peligro.
Desde su pecho, las venas se iluminaron visiblemente como hierro caliente
que se expandía por sus extremidades hasta alcanzar sus manos. Entonces
brotó de su palma, como una nube dorada, sofocante y resplandeciente, que
impactó contra los guardias cual onda expansiva, y los arrojó al suelo.
Fue su momento para escapar.
Corrió por los pasillos, su corazón latiendo en sus oídos. Afuera, el sol de
Baham la envolvió. Pero no era un sol al que estaban acostumbrados en el
desierto.
Era el día de su cumpleaños número diecinueve, el día en que los tres soles
de fuego, conocidos como Los Ojos, aparecían en el cielo.
Se enfrentó a los guardias que la perseguían, con una destreza mortal. Todo
el entrenamiento que había recibido desde su nacimiento, floreciendo en
ella con el poder del cielo hecho su cosmo.
Tonta de ella, que había olvidado que el sol también es una estrella.
Su cuerpo se movía como una serpiente, esquivando las espadas con giros y
saltos, robaron armas que encendía en llamas para luego clavarlas a sus
atacantes.
Los hombres, acostumbrados a la lucha rígida y predecible, no podían
seguir su ritmo.
Ella giró sobre sí misma, sus pies tocando el suelo solo por un instante antes
de saltar hacia atrás. Las espadas pasaron rozándola, y ella contraatacó. Sus
puños y pies se movían como una ashiira de Baham, como lo que había
nacido para ser. Golpeó las costillas de un guardia, y se sorprendió al
atravesar la armadura y fracturar los huesos.
Uno de los hombres intentó rodearla, pero la princesa se deslizó bajo su
espada, su cuerpo doblándose como una de las cintas de sus trajes típicos.
Luego, con un rápido movimiento, lo desarmó y lo dejó caer al suelo.
Los otros guardias se acercaron con más cautela, pero las manos de Shaula
maniobraron haciendo que el contenido de sus venas brotara, formando una
especie de anillo de calor, que luego empujó hacia ellos en un ataque
marcial.
No tenía intención de detenerse. Se impulsó hacia arriba, sus pies
golpeando el pecho de uno de los hombres. El crujir de los huesos fue como
leña para su incendio.
El líder de los guardias, un hombre corpulento con una espada de acero,
avanzó. La princesa jadeó. Empezaba a sentirse sofocada, y el fuego en sus
venas comenzaba a volverse en su contra.
«¿Qué me está pasando?»
Cuando él atacó, ella se movió como una ráfaga de viento, haciendo una de
las volteretas que había aprendido en sus clases con Leo Circinus. Esquivó
la espada, giró y le dio una patada en la espalda. El hombre cayó al suelo,
aturdido.
Miró a los Ojos del cielo, cada cual más grande, imponente e implacable. Y
sintió cómo volvían la ira hacia ella.
Era como si se burlaran, tanto que Shaula podía sentir la risa brotar del
cielo.
«Gracias por liberarme»,
decía una entidad incorpórea e invisible, una voz que flotaba en el viento,
cruel y burlona.
Así se desvaneció bajo la luz abrasadora, cayendo de rodillas al faltarle las
fuerzas.
—¡¿Qué me estás haciendo?! —gritó a los soles, tratando de invocar a
alguno en su ayuda, llamándolos con todas sus fuerzas.
Pero ninguno parecía mirarla con piedad. Al contrario, empezaron a
quemarla por dentro.
Escuchó pasos detrás de sí, y se volvió.
Insólito, pero tal era el rencor de lady Briane, que fue a dar tan cerca de la
princesa, incluso luego de verla arder en llamas.
—¡Regrese, princesa Shaula! —le gritó—. Regrese y renuncie al pecado.
Pero la princesa seguía gritando al cielo, sintiendo que sus venas escocían y
sus órganos fallaban a tan altas temperaturas.
—¡Ara nos perdona a todos! —gritó lady Briane—. Arrepiéntase y no
tendré que acusarla de este tipo de herejía.
—¿Este tipo de...?
Shaula jadeaba, mareada por el calor que era ella misma. Ella era el sol que
la sofocaba. ¿Cómo sobrevivir a sí misma?
Mareada por la falta de oxígeno y la repentina deshidratación, Shaula se
volvió hacia lady Briane, arrastrando las manos en la arena.
—¿Por qué hacerme esto, lady Briane? ¡¿Qué fue lo que le hice?!
—No todo se trata de usted, entiéndalo. No eres el centro del mundo,
Shaula Scorp, solo una pecadora más.
—Daran... —Shaula jadeó, y tomó fuertes bocanadas de aire. Pero no sentía
alivio.
Alzó sus ojos al cielo, buscando los tres soles, hablándoles directamente
desde su alma a cada uno de ellos.
«Uno de ustedes apostó por mí hace diecinueve años. Hoy no me
abandonen».
—Regrese, princesa... Es una operación rápida. Hasta podríamos ponerle
anestesia.
—¿Podríamos...? —Shaula, de alguna parte de su desorientado ser, halló
una risa estridente—. ¿Tenían esa opción, y aún así pensaban mutilarme a
carne viva?
Shaula miró al cielo, al más grande de los Ojos, y negó con la cabeza, como
si ella fuera la decepcionada de él.
Con sus manos apoyadas débilmente sobre la arena, tuvo el anclaje para
empezar a levantarse. En el proceso, sintió que cargaba con el peso de su
alma. Con la corona que le habían robado, y con la madre que jamás la
amó, ni siquiera lo mínimo para evitarle el dolor de su muerte. Sintió que
sus piernas, al flaquear y caer, volvían a someterse a las torturas con vara de
lady Briane, al maquiavélico castigo donde la hizo restregarse en su propio
vómito.
Cuando su corazón casi se rinde, siendo forjado con ese fuego implacable,
recordó a su lady libros. Recordó los besos robados, y las confesiones de
amor. Recordó su boda, y recordó el juicio. Y ya no le tuvo miedo a no
sobrevivir.
Ella había sido forjada hace tiempo.
Un paso, tosco, tambaleante, la llevó más cerca de lady Briane.
—¿Princesa...?
Shaula habría dado todo para verse desde los ojos de lady Briane. Porque,
lo que sea que veía en ella, la tenía aterrorizado. De lo contrario, ¿por qué
daba un paso hacia atrás?
—Tú... —le dijo.
—¿Yo qué, princesa?
—Darangelus sha'ha me.
—¿Cómo di...?
Los dedos de Shaula se cerraron sobre la garganta de lady Briane. Y, solo
entonces, Shaula notó que estaban encendidos. Eran antorchas de fuego
escarchado, que con una fuerza sobrehumana levantaban todo el peso de la
preparadora.
Lady Briane gritó mientras las llamas se extendían por todo su vestido,
alcanzando incluso su cabello, y derritiéndolo así como meses atrás ella
había despojado a Shaula del suyo.
La princesa en llamas soltó a la preparadora. El impacto del cuerpo arrojado
con su poder creó ondas sobre la arena que se extendieron por kilómetros y
más kilómetros, impactando el templo con un muro de calor.
Lady Briane intentó arrastrarse lejos del demonio con ojos de fuego, pero
este rápidamente la alcanzó.
Shaula se agazapó sobre la preparadora aprisionándola con su cuerpo.
—¡NO, POR FAVOR, QUEMA!
Y así era, porque todo contacto con la piel de la princesa era como pegarte a
un hierro ardiendo.
—Todavía no se ha arrepentido, lady Briane. Su alma corre peligro —se
burló la princesa, tomándola del rostro, tapando con su mano ardiente su
nariz y su boca.
No solo quemaba, sino que le cortaba el flujo de oxígeno, por lo que la
preparadora se retorcía, pataleaba y temblaba bajo su mano sin poder
respirar.
Shaula la soltó un instante para dejarla respirar.
—Arrepiéntase, lady Briane. Porque está gorda, y fea. ¡Es exceso de
oxígeno, y todo exceso es gula!
Shaula volvió a taparle la boca y la nariz, dejando que el calor y la hipoxia
hagan su trabajo enloqueciendo a la preparadora.
Esta vez la soltó un poco antes, sabiendo que estaría debilitada.
—¡PRINCESA! ¡YA NO MÁS, POR FAVOR! —dijo la mujer llorando, ya
con su cabello y su ropa hechos cenizas por completo.
—No puedo detenerme, lady Briane. Soy una abominación.
—Por favor... Se lo... suplico... —siguió llorando—. Usted no es ninguna
abominación, es la princesa escorpión, no está defectuosa en lo absoluto.
¡LO JURO, TENGA PIEDAD!
—Yo soy Shaula Scorp Nashira, hija del escorpión. Y no solo soy la
princesa de Áragog, soy la sobreviviente a los grandes soles de fuego. Soy
la serpiente que ha debido matar, pero con la que prefirió pasar su vida
jugando. Y hoy, lady Briane, le perdono su miserable vida.
Pese a sus palabras auguraban piedad, los dedos de Shaula se clavaron en
los párpados de la preparadora, presionando igual como se inyecta una
aguja caliente en una herida abierta.
No desistió, ni por los alaridos ni por las súplicas. No habría piedad, así
como la mujer no la tuvo cuando sometió a Shaula a castigos, torturas,
juicios, envenamientos, humillaciones y, al final, la mantuvo atada en esa
camilla para mutulilarla.
Lentamente, los dedos de la serpiente de Baham derritieron la mucosa de
los ojos de lady Briane, hasta que estos estallaron, llorando sangre, y de ese
charco rojo solo quedaron cuencas vacías.
Con los mismos dedos que usó para cegarla, cauterizó las heridas para
evitar que la mujer se desangrara.
—Ara nos perdona a todos —recitó Shaula con asco en cada palabra,
mientras se bajaba del cuerpo de Lady Briane. Había sido sometido a tanto
calor, que estaba rojo, lleno de pústulas y tajos de piel calcinada—. Y yo la
perdono, lady Briane, porque quiero que viva para que darangelus sha'ha
me.
»Ahora: corra.
Lady Briane huyó, torpe y cobardemente, totalmente ciega y apenas con
algo de piel para cubrir sus huesos.
Pero Shaula seguía teniendo fuego en sus venas, tanto, que si lo dejaba
dentro de sí acabaría por consumirla como una fogata acaba con su propia
leña.
Así que, con su corazón en un puño, se regresó hacia el templo, donde
todavía aguardaban los cómplices de su aprisionamiento.
—Athara's ha, y yo también soy una. —Al decir esas palabras, el fuego en
sus venas brotó como un aura, un halo dorado que bordeó entera su figura,
pues la serpiente de Baham había despertado.
Nota:
AL FIN LLEGAMOS A ESTA CAPÍTULOOOOOOO.
Bueno, los amo. Amo a Shaula, y espero de verdad que hayan disfrutado
este capítulo.
Como sé que ha pasado algún tiempo desde la última actualización,
dejaré de meta de comentarios 1k para el próximo capítulo.
Es para dar chance a que se pongan al día con la historia más lectores, y así
seguir juntos el maratón, porque en serio me emociona lo que viene y
quisiera disfrutarlo con ustedes ♡
Darangelus sha'ha me: mira lo que me hiciste hacer.
Athara's ha: dios es mujer.
23: Miradas de envidia
Según la mitología áraga, Baham se revela contra las estrellas de su
constelación. Luchando por su propio espacio en el cielo, dotó de su poder
otras estrellas menores y desdichadas al hacerlas brillar con fuerza bajo su
nombre. Al usurpar lo que era suyo por derecho, construyó su propia
constelación. La serpiente alada.
Para los astrólogos, esa historia es un mito para niños; pero, para los
creyentes, se creó una profecía. La profecía de una guerrera que hará en la
tierra lo que Baham hizo en los cielos. Una guerrera reconocida por el
símbolo de la serpiente alada.
Shaula usaba sus brazaletes de la serpiente de Baham. Sentada a la
izquierda de su padre en el salón del trono, lo escuchaba gobernar mientras
esperaba el regreso de la preparadora al castillo.
No se había sentido tan ansiosa de ver a una preparadora jamás. Lady
Briane, luego de su terrible accidente, había intentado renunciar a su labor.
Pero Shaula en persona fue a visitarla en medio de su recuperación, y le
rogó regresar al servicio.
Es bueno tener a los amigos cerca, y a los buenos amigos todavía más
cerca. La princesa escorpión tenía esa corazonada extraña de que lady
Briane acabaría por convertirse en lo segundo.
Y, de no ser así, siempre podía arreglarlo todo con una calurosa
conversación.
—Esta tarde llegan las madrinas —le informó Lesath a su hija en tanto
tuvieron un instante de receso de las peticiones.
—¿Madrinas, padre?
—Para tu baile de presentación.
Shaula había postergado su presentación en sociedad más que ninguna otra
princesa viva. Ya oía murmurar a las personas en los pasillos, que su
presentación terminaría haciéndola vestida de momia. Según los ideales de
la sociedad de Ara, Shaula estaba un pie más cerca de la tumba y un par de
años menos fértil, lo cual le restaba valor a la hora de negociar un
matrimonio.
—Creo que no me siento preparada todavía, padre —comentó la princesa
con un semblante que transparentaba una genuina preocupación.
—¿Preparada para qué, Shaula, para bailar? —inquirió su padre en ese tono
característico suyo, que era el equivalente a decir
«a mí no me engañas».
—Es que... Sigo teniendo pesadillas con el incendio, no creo poder manejar
tanta gente en un evento social de tal magnitud.
—Shaula Scorp, yo prácticamente te parí.
La princesa suspiró, derrotada.
—¿Y quiénes son esas madrinas, padre?
—Mujeres casadas cuyos esposos patrocinan el evento.
—¿A cambio de...?
—De que hagas pasar un buen rato a sus esposas, preferiblemente si las
haces tus amigas y les subes el estatus. Eso por una parte, pero inferior a la
otra, pues esperan que consideres a sus hermanos y cuñados luego de tener
al menos un baile con cada uno.
—Considéralos considerados —bromeó Shaula, sabiendo que ni siquiera se
iba a molestar en intentarlo.
Y su padre lo sabía, con esa nueva mirada lo dejaba claro.
Shaula reprimió una sonrisa para ocultar su travesura. Desde que se enteró
de que su madre estaba con vida, había sentido una especie de liberación
interna que se reflejaba en su postura diaria. Ya no estaba obligada
moralmente a odiar a su padre.
—¿Cuánto debo entretener a esas madrinas, padre?
—No demasiado. Tienes preparada una tarde de ensayo y té para hoy, y has
de hospedarte con ellas y tu preparadora.
»Solo esta noche —aclaró Lesath al ver la expresión aguerrida de su hija—.
Sin embargo, no puedes zafarte del día de mañana. Cacería temprano, baile
en la noche.
—Al menos no es demasiado —ironizó ella—. ¿No había un compromiso
más disponible? Si se esfuerza, padre, seguro consigue reservar un teatro
para las horas que faltan.
Lesath ni se molestó en responder. En ese instante, los guardias personales
de Shaula escoltaron a lady Briane hasta la entrada del salón. La misma de
siempre, solo que con el cabello al ras de la cabeza, lentes oscuros que
ocultaban sus ojos de vidrio, y vendas en absolutamente todo el cuerpo,
disimuladas con la ropa que la cubría desde la pantorrilla hasta el cuello.
A parte de ahí, la mujer empezó a avanzar por su cuenta contando los pasos
que daba, y ayudándose de un bastón para prevenir obstáculos.
—Bienvenida de vuelta, lady Briane —saludó Lestah en su faceta de rey
benevolente, pero igualmente inalcanzable—. Quiero que sepa que la
Corona empatiza con su situación. El baile de presentación de mi hija será
realizado con el fin de recaudar fondos para la reconstrucción del templo, y
para ayudar a las víctimas de aquel terrible incendio.
—Le agradezco, majestad...
—A mí no, lady Briane. Agradezca a la princesa, que es quien ha insistido.
—Agradecida estoy con Shaula Scorp, y con Ara, que le permitió sobrevivir
ilesa de aquella pesadilla. Es un honor para mí que se me permita servirle
todavía.
Shaula sonrió, una mano sobre su corazón.
—Se ha cumplido la voluntad de Ara, y solo en su sabiduría quedan las
razones de por qué ha permitido que ese evento ocurriera.
Su padre asintió con orgullo a su hija, y se levantó, dejándola sola con su
preparadora para ir a cumplir sus responsabilidades.
A Shaula se le indicó que debía ir a reunirse con las madrinas de su
presentación, pero acompañada por lady Briane. Sin embargo, a mitad de
camino se detuvo y dijo:
—Sir Aztor, sir Lencio. Hasta aquí pueden acompañarme. Lady Briane se
siente muy mal como para seguir su camino a partir de este punto, y no es
justo que se esfuerce de más por vigilarme en un evento de tan poca
importancia como un ensayo, ¿o sí?
Lady Briane dio una sonrisa como única respuesta.
—Decidido esto, por favor lleven a lady Briane a la enfermería y
asegúrense de que la atiendan muy bien. Para estar seguros, que la internen
esta noche.
«Ríe ahora»,
le había murmurado lady Briane a Shaula durante su juicio.
ahora
, ¿quién está riendo?
Para ser una tarde recién iniciada, las nubes alfombraban el suelo creando
un ambiente de frialdad total.
Desde que Shaula regresó del internado en la frontera de Baham, se había
convertido en todo un ejemplo de princesa. Imperturbable, atenta,
bondadosa y recta en cada uno de los lineamientos. No flaqueaba en ni uno
de sus modales, no desobedecía ni una norma. Era admirada por todos, el
estándar de la perfección como mujer.
Una hora llevaba ya atendiendo a las catorce madrinas de todas las edades
que habían acudido al ensayo. En ese momento, el té ya se había terminado,
y llevaban tanto rato en espera que habían empezado a abrir los presentes
que llevaron a la princesa.
A esas alturas, Shaula, todavía paciente, reconoció que no podía seguir
retrasando el ensayo por esperar a la madrina número quince.
—Mis ladies, el baile es ya mañana y me temo que, si seguimos esperando
para ensayar, no estaremos a la altura de las expectativas.
—Entendemos, alteza —dijo una de ellas, la menor. A Shaula le parecía que
tenía, como máximo, diecisiete años. Lo cual era sorprendente, porque no
solo estaba casada, sino que ya había hablado sobre el hijo que había dejado
con su esposo—. Pero le pido que por favor espere, la madrina que falta es
mi hermana y...
Unos pasos transgredieron el orden. Alguien atravesaba la puerta casi de
golpe. La responsable, aunque agitada, intentó enmendar su abrupta
aparición juntando sus manos a modo de rezo en un saludo a la soberana.
Shaula asumió que había estado mirando el mundo en escalas de grises, al
momento en que la vio llegar a ella al salón de ensayo.
—Me disculpo por mi indisciplina. No pretendía llegar tarde —dijo la
recién llegada, inclinándose en una pronunciada reverencia hacia la
princesa.
Se trataba de lady Isamar Merak, tan postrada en su reverencia que
deshonrosamente cometía el descuido de mostrar demasiado de su escote.
Imperfecta, con el cabello en un moño desaliñado con mechones sueltos y
húmedos por el sudor. Transpiraba levemente, con su pecho agitado por la
prisa con la que había corrido hasta el salón. Su ropa era de buena calidad
pero sin lujosos apliques; simplona, con manchas de barro en los ruedos.
Era el ejemplo idóneo para denominar un desastre, la combinación exacta
para avergonzar a un hombre; sin embargo, también parecía la receta para
reanimar el pulso moribundo de una princesa en coma.
Al ver que la anfitriona no le respondía, lady Merak, todavía en su
reverencia, alzó nada más que sus ojos hacia ella.
—Hubo una emergencia médica a unas cuadras de aquí. Pedí a mi carruaje
que se detuviera para ayudar, y luego tuve que venir corriendo sola...
—Levántese —dictó la princesa Scorp—. Y retírese.
Lady Merak se enderezó, apartando los mechones húmedos de su rostro.
—Princesa Scorp, creo que no me ha escuchado bien...
—La escuché perfectamente, Merak. No tolero excusas. Insulta el nombre
de mi casa al presentarse en mi presencia en este estado y con tal retraso.
Lady Merak intentó reír, sofocada e irónica.
—Me parece que debe reconsiderar lo que dice.
Todas notaron, aunque sin interponer ni una palabra, que por alguna razón
insólita la princesa miraba a Isamar Merak con atisbos de envidia.
—No comprendo —dijo Shaula, luchando contra la connotación negativa
en su voz—, por qué he de reconsiderar nada.
—Es solo una sugerencia. Y lo reitero. Tal vez, no debería echar sin
consideración a la esposa del hombre que patrocina la mitad de su evento.
Shaula encajó el golpe en su mandíbula, soportándolo a duras penas, pero
sin evitar que se notara el efecto. La ira, aunque aplacada; el fuego de la
impotencia, y la hiel que surge de una humillación semejante.
Si dependiera de la princesa, cancelaría el evento con todo regocijo. Pero no
dependía de ella, como la mayoría de decisiones en su vida.
«Gracias por recordarme que el amor de mi vida ya tiene un amor para su
vida, y no soy yo».
Ni siquiera le respondió a Merak, sencillamente, le dio la espalda, dando
por hecho que esta entendería su victoria.
Isamar entró de mala gana, acribillando a cada una de las esposas en el
evento con su mirada inaccesible. No estaba ahí para ser juzgada por su
aspecto o puntualidad, ni para hacer más amigas. En su interpretación, ella
no encajaba con las demás porque, según sus prejuicios, cada una de ellas
se había casado por amor, a excepción de su hermana menor, a la que fue a
abrazar.
—¿Ya podemos iniciar, alteza? —preguntó una de las madrinas.
Ella abrió la boca para responder, pero un carraspeo a su espalda la
persuadió.
Isamar, que a regañadientes le tendía su obsequio envuelto en papel de
regalo.
Shaula lo miró un buen rato sin expresión en el rostro. Al final, se rehusó a
tocarlo.
—Déjelo con los demás.
La aludida puso sus ojos en blanco, pero igualmente obedeció.
Shaula dio un discurso explicativo sobre lo que sería el baile en general.
Los pasos y posiciones básicas, el tipo de música, el compás que había que
contabilizar, y la utilería que se emplearía.
Isamar la escuchaba pegada a la pared con los codos en el alfeizar y su pose
digna de ser criticada, típica de una dama irreverente. No por ello prestaba
menos atención. No se perdía ni una palabra salida de esos labios cubiertos
por el velo semitransparente.
Shaula les sonrió a todas, animándolas con palabras amables y asegurando
la mejor actitud para iniciar el ensayo.
Para iniciar, les pidió a todas tomar la cinta de su preferencia dentro de la
cesta.
Así que todas se reunieron a buscar, las manos revueltas en la cesta,
rozándose inevitablemente, lo que a Shaula le pasó en todo momento
inadvertido.
Hasta que un tacto, inconfundible en su efecto, hizo que el cuerpo de Shaula
sufriera el dolor de una corriente eléctrica que reanimó su pecho,
recordándole lo que se sentía estar con vida.
Quedó paralizada con esos dedos, cálidos y suaves, sobre su mano.
Entonces alzó la mirada, y fue como si el reino cósmico detuviera el paso
tiempo, solo para que Isamar y Shaula pudieran mirarse libremente.
«Te he extrañado con cada fibra de mi ser»,
sintió Shaula, muriendo por pronunciar esas palabras a voz en grito.
Los ojos de Isamar, igualmente brillaban con una respuesta que no
necesitaba ningún traductor.
Shaula la soltó, obligándose a mirar a otro lado y escoger rápidamente una
cinta al azar.
El ensayo prosiguió como se había previsto. Las madrinas lo hacían de la
mejor manera y con la mejor actitud, pese a la diferencia de edades y
tamaños, entre todas hacían una buena sinergia. Shaula estaba orgullosa de
ellas y lo sencillo que se hacía dirigirlas. Descubrió que, en realidad, no
podía quejarse de esa parte en particular de su baile de presentación.
Lo que resentía era lo implícito: apenas fuera presentada en sociedad,
iniciaría una cacería por su mano de la que prefería huir.
Estaba tan distraída en el ensayo, que no notó que era el turno de bailar con
Isamar hasta que ya la tuvo al frente.
Sus miradas colosionaron, y el mundo parpadeó para contruirles la
privacidad de un momento.
Sus labios... Los mismos que una vez consumió, segura de que iba a
hartarse, y acabando en una adicción por la que seguía sufriendo de
abstinencia.
Y sus ojos, tenían la mirada de quien está sobre el altar ante Ara, mirando al
amor de su vida, sintiendo en el alma cada letra de la palabra «acepto» antes
de al fin pronunciarla.
El corazón de Shaula, cobarde, pidió salir de su pecho. No estaba preparado
para volver a enfrentarse a su dueña, no había entrenado para sobrevivir a
ello.
Los ojos de Shaula se humedecieron, y en su garganta se formó un nudo
implacable.
—¿Princesa...? —preguntó Isamar haciendo ademán de acercarse, pero
deteniéndose, precavida y preocupada.
Era Isamar. Su Isa, su lady libros. Su primera vez real en todo. Estaba ahí,
era real. Existía, y no solo en sus mejores sueños.
No era lo suficientemente fuerte, no para bailar con Isamar, luego dejarla ir,
y seguir viviendo después de eso.
Inflexible, le dijo:
—No bailaré con usted, Merak. Mi lugar que lo tome su hermana.
Lady Merak se inclinó, aceptando el rechazo con una pronunciada
reverencia.
—Yo estoy para servirle.
Nota:
Volvió la mujer de mi mujer, y se viene mucho salseo, y mucho amor.
Espero lo disfruten. Y, por fa, no se olviden de comentar. ¡Gracias por
todos los comentarios en el capítulo pasado!
24: Morir con una sonrisa
La tarde de ensayo se había alargado tanto que, para hacerla más llevadera,
a lady Merak se le ocurrió una idea a la que nadie refutó: agregar alcohol a
la próxima ronda de té.
No le dijo a nadie que el alcohol y ella se conocían de antes. Jamás
mencionó cómo cada taza de té adulterada en su vida, había sido a la vez su
única compañía, la manera de sedar sus instintos, y reforzar su coraje, para
enfrentar un día detrás de otro, en medio de la vorágine de horas eternas que
representaban su matrimonio.
Shaula no estuvo de acuerdo en lo absoluto, pero jamás manifestó su
negativa para evitar mostrarse como una princesa inflexible o una anfitriona
aguafiestas.
Por su parte, evitó probar el té, como protesta silenciosa al plan de, la
siempre irreverente, Isamar.
Algunas cosas jamás cambiaban, pensó, al igual que ella estaba usando el
perfume con su nombre, e Isa seguía oliendo a melocotones.
—Hermana, ese tal vez deberías tomar menos de esos tés —dijo Megrez, la
hermanita de Isamar—. Son demasiados grados de alcohol, y mañana no
querrás levantarte para la cacería.
—Su hermana no parece tener oídos para ninguna voz inclinada a la razón
—murmuró la princesa, reemplazando la bebida por una cantidad
abundante y consecutiva de galletas.
Las demás mujeres a la mesa estuvieron de acuerdo, en cambio, Isamar
simplemente alzó sus ojos, entornados cual flecha que apunta a su objetivo,
mientras mostraba lo poco que le importaba la opinión ajena bebiendo más
de su té.
«Dejen que beba
cuánto
quiera»,
quiso decir Shaula. Sencillamente, por muy herida que estuviera, no
toleraba que absolutamente nadie se interpusiera en los deseos de su Isa,
salvo ella misma.
—¿Nerviosa por su presentación en sociedad? —curioseó una de las
madrinas a la mesa.
—¿O emocionada? —preguntó la Merak pequeña con ilusión.
—Honrada —contestó Shaula con la templanza de una mujer de fe—. Estoy
más cerca de cumplir mi propósito como hija de Ara, y no podría sentirme
más bendecida por ello.
Isamar puso los ojos en blanco mientras todas la ignoraban, y se robó el té
de su hermanita para bebérselo de un trago.
—Pero dígame usted, mi lady. —Se obligó a preguntar Shaula de vuelta.
Tal vez, de ese modo no se concentraría del todo en cada parpadeo de la
mujer despeinada en la mesa—. ¿Qué tal su vida de casada?
—Fructífera, ya casi estoy cerca de quedar encinta.
—¿Casi está cerca?
—He empezado a intercalar rezos en mis intentos.
Shaula asintió solemnemente.
—Rece con fuerza.
Isamar reprimió una risa, llamando la atención de todas, que la miraron
entre extrañadas y ofendidas.
—¿Y usted, lady Merak? —contraatacó la dama ofendida—. Su vida de
casada ha de ser más fructífera que la de ninguna de nosotras, si se cree con
el derecho a juzgarnos.
—Más fructífera que un jardín de piedras —respondió esta—. Me ha
descubierto.
—¿Está siendo sarcástica?
—No, está siendo Isamar —intervino la princesa—. No tome personal su
comportamiento.
—Pero, ¿ustedes se conocen?
—Íntimamente —respondió lady Isamar Merak.
—Ni siquiera cerca —discutió Shaula con su mirada entornada hacia
Isamar—. Lady Merak fue mi doncella un par de años, e hizo un terrible
trabajo.
—Mis recuerdos no se alinean a sus comentarios.
Ese debate algo encendió en Shaula. Un deseo por castigar, y por ser
cuestionada. La emoción de un reto, y la impotencia de un desafío. Era, en
esencia, lo que se sentía todo diálogo con Isamar.
—Oh, lo lamento —se disculpó la princesa juntando sus manos a modo de
rezo—. Quise decir que eras casi tan responsable como fuiste hoy de
puntual.
—Tal vez no fui responsable, pero hábil sin duda —debatió la dama
alzando una ceja. Fugaz, un gesto desapercibido para quien no observara
con suficiente atención—. Al menos en el tiempo que estuve a su servicio,
nadie la desvestía tan rápido como yo.
El rostro se Shaula ardió, contagiándose de un rojo que iba desde su frente a
su cuello. Su mirada eran dos aguijones preparados para inducir un
asesinato.
—¿Usted cuenta eso como una cualidad? —intervino una de las madrinas,
visiblemente confundida por lo que presumía la ex doncella.
—Es lo que sucede cuando se carece de cualidades, que solo se puede
presumir de lo poco —dijo Shaula, sorprendiendo a todas con la despiadada
lengua que había tenido tan bien guardada.
—¿Usted cree? —inquirió Isamar con cinismo—. Porque, aunque no niego
carecer de cualidades, estoy segura de que tengo
mucho
de qué presumir.
—Como su marido —intervino la hermana menor, Megrez Merak, haciendo
que el rostro de Isamar mutara a una expresión de desagrado puro.
—Ese hombre debería agradecer cada segundo que respira la suerte que
tiene de haberme amarrado a tiempo.
Tentada estuvo Shaula a confirmar, pero estaba demasiado ocupada
fijándose en cómo Isamar se mordía la boca. Si se escarbaba en ese gesto,
podía adivinarse la ira detrás.
¿Qué te ha hecho, Isa?
Pero descartó la pregunta, al igual que la cascada de sentimientos que
venían detrás de esta.
—Y ya que estamos, que se haga una citología mental o algo parecido,
porque muy bien de la cabeza dudo que esté —se quejó Isamar. Shaula
estuvo a nada de sucumbir a una risa sin ensayar. Por suerte, se contuvo a
tiempo.
Lo importante no fue parar, lo insólito fue sentir el impulso. Con una mano
sobre el cubrebocas para disimular el cosquilleo en sus comisuras, Shaula
pensó que no estaba dañada: podía reír, solo no lo había recordado hasta ese
momento.
Al Isamar descubrir a Shaula mirando, alzó una de sus cejas y le dijo:
—¿No va a aceptar la invitación? —cuestionó señalando con la cabeza las
tazas de té.
—No bebo, lady Merak. Pero le agradezco la oferta.
—¿Desde cuándo no bebe? ¿Teme que un par de tragos la hagan escalar
algún balcón?
Un golpe, certero a su corazón, que se expandió por toda su piel erizándola.
La última vez que Shaula había bebido sin mesura, efectivamente acabó
escalando un balcón: el de su Isa.
—Ya no cometo esa clase de imprudencias.
—¿Ahora a qué dedica su vida?
«A extrañarte a ti».
Pero no lo dijo. Ya no diría nada como eso nunca.
La Shaula enamorada seguía existiendo, sí, pero ya no imperaba.
Así que ignoró rotundamente a Isamar, haciendo que por consiguiente las
demás olvidaran su presencia.
—Y, princesa, ¿a qué tipo de hombre sueña entregarle su corazón? —siguió
preguntando otra de las madrinas.
Shaula sonrió con una añoranza que contagiaba de paz el aire, aunque ella
por dentro destilaba un cinismo que se había vuelto experta en disimular.
—Ya no tengo un corazón qué entregar, mi lady.
—Todos tenemos un corazón, princesa —se rio inocentemente la aludida—.
En especial usted, que es tan pura, mansa y espiritual. Debe tener el corazón
más intenso de todos, de valor inestimable.
Aunque era la oportunidad adecuada para la modestia y la humildad,
aceptando el halago diciendo no creer merecerlo, una mirada de soslayo
hacia Isamar persuadió a Shaula.
Lady libros estaba recostada de su silla, en el círculo de damas, pero sin
pertenecer, más inclinada a salir huyendo que siendo parte de la
conversación; sus labios, acariciaban el borde de la taza vacía, esperando la
siguiente ronda para beber, mientras sus ojos se perdían en pensamientos
muy lejos del alcance de todas.
—Una vez tuve algo parecido a eso —reconoció la princesa escorpión.
—¿Y qué sucedió?
—Me lo arrancaron del pecho.
Mientras las demás le daban sus condolencias desinformadas, Isamar
suspiró, casi un bufido de cansancio. Entonces puso sus codos en la mesa, y
se inclinó más cerca de la soberana.
—En ese caso, princesa, se equivoca usted. Sí tiene un corazón, solo que no
a su lado.
—Tal vez —reconoció la princesa—. Pero si ya no me pertenece, no es algo
que pueda obsequiar.
—Mejor así. A veces, quien roba un corazón es mejor cuidándolo que
aquellos suertudos que solo esperan a que se los obsequien.
—¿Quién, alteza? —interrumpió la menor de las Merak, envuelta por
completo en la trágica historia de amor de la princesa.
—Un zapatero piojoso —contestó Shaula y, para cuando se permitió
husmear de reojo hacia Isamar, esta todavía luchaba contra sus labios, para
que se desprendieran de esa sonrisa.
En la residencia donde se quedaría Shaula con las madrinas solo había un
baño, y ya había alguien haciendo uso de este. Mala suerte para las odiosas
hijas de Ara, Shaula e Isamar, que no podían evitarse en paz, sino que
debían esperar cada una junto a la otra a que el baño fuera desocupado.
Isamar y Shaula pasaron los primeros segundos evitándose, el habla y sus
miradas en igual medida, hasta que el momento se tornó tan pesado de
cargar por su incomodidad, que Isamar terminó diciendo:
—Bueno... —Carraspeó, sus ojos brillosos por el alcohol, su voz pausada
para no decir ni una sola palabra sin antes pensarla—. ¿Cómo ha estado,
princesa?
—¿Te refieres a luego de ser enjuiciada, condenada, internada, envenenada
y operada por un amor que sentí yo sola? Pues, he estado de mil maravillas,
Merak. Le agradezco su interés.
Isamar empezó a golpear el piso con su tacón, impaciente, intranquila,
huyendo de la responsabilidad de enfrentarse a la mirada del escorpión en el
pasillo.
—Estoy algo ebria para responder a eso.
—No amerito tu respuesta —espetó Shaula. Luego, aclaró su garganta,
consciente de que estaba dejando entrever sus emociones a leguas—. Hay
cosas que es mejor callar toda una vida. Fue lo que yo debí hacer.
—Shaula...
Isamar la miró, en apariencia al borde del vómito; pero ni siquiera tenía el
atisbo de una arcada: eran los sentimientos reprimidos los que envenenaban
su tez.
La mujer que estaba en el baño salió, interrumpiendo el momento. Se quedó
esperando a ver quién sería la siguiente para hacer compañía a la que
quedara sola, pero al notar la tensión asesina entre la princesa y lady Merak,
y darse cuenta de que ninguna pretendía bajar las armas, prefirió despejar el
pasillo.
—Nunca he sabido manejar el silencio, y usted lo sabe. Pero hay
sentimientos que... independientemente de si es lo mejor o no, te ves en la
obligación de suprimirlos.
Shaula la miró. Desbordaba tanto cinismo como dolor reprimía.
—Lo entiendo tanto, Isamar, que te sugiero suprimas
esos
que te hacen hablarme.
Entonces, Shaula entró al baño. Y no volvió a salir en un rato. Necesitaba
llorar, y luego hacer parecer su rostro como el de una monarca que no
conoce de lágrimas.
Por otro lado, Isamar... Ella se deslizó en el pasillo, dejándose caer
derrotada al suelo.
Había vendido su propiedad en Antlia, y gastado hasta el últomo de sus
ahorros como enfermera, solo por tener el capital para ser patrocinante y
madrina de la presentación de Shaula Scorp Nashira. Solo por verla, solo
por escucharla, por ponerse frente a ella y dejarse apuñalar el corazón.
Y había valido cada anillo invertido. Porque muerta ya estaba, ser rematada
por su princesa era sencillamente un honor.
Nota:
Este es el verdadero: se sufre pero se goza. Prefiero
sufrir
con ellas juntas a leerlas separadas. Pero bueno, ustedes díganme qué
opinan de la relación de Isamar y Shaula.
Pd: estoy enferma, eso me ha retrasado con el maratón,
pero
pasé a dejar este capítulo porque se los debía. No se me olviden de
comentar si quieren más ♡
25: Canción secreta de amor
Columnas de madera y cortinas rojas enmarcaban la noche del reino de las
constelaciones; una noche por siglos prohibida a fuerza de engaños para las
mujeres.
Más allá de las vidrieras del ventanal, eran visibles las enormes estrellas
envueltas en una vorágine de polvo violeta y escarcha de plata. Un cielo
privilegiado donde, esa noche, resaltaba cada punto de la serpiente alada de
Baham.
Isamar estaba sentada, sus pies colgando del alfeizar hacia afuera. El frío
asesino la rozaba, pero no lograba arroparla en su adormecimiento. Y
aunque no fuese así, Isa siempre tenía la opción de recurrir a los cristales.
Pero debía mantener las apariencias. Nadie podía saber que, para una débil
e inferior mujer, era posible alcanzar las estrellas de Ara.
La taza de té, entonces vacía, yacía junto a ella embadurnada de su labial.
Ya no deseaba ni una gota más. No porque no se sintiera humanamente
capaz de tolerarla, sino porque no sentía merecer esa vía de escape. Se
deseaba a sí misma la cruel lucidez, para no olvidar jamás lo que había
hecho a su princesa.
Se merecía recordar hasta el último día de su vida las palabras que
apuñalaron toda su negación:
«—¿Te refieres a luego de ser enjuiciada, condenada, internada,
envenenada y operada por un amor que sentí yo sola? Pues, he estado de
mil maravillas, Merak. Le agradezco su interés»
Nadie tenía intención alguna de dormir. Solo una vez en la vida se tiene el
privilegio de asistir a una pijamada con la princesa de Áragog. ¿Quién
podría tener sueño en esa situación?
Sin embargo, mientras las demás consideraban qué juego vendría a
continuación, Shaula alcanzó a Isamar, y esta solo se enteró de la
interrupción al ver cómo la princesa lanzaba al vacío la taza de té de un
manotazo.
—Has bebido demasiado —dictaminó el escorpión como explicación más
que suficiente.
Isamar se volvió como un resorte hacia ella.
Era tan abrumadoramente hermosa... Quería decírselo, pero entendía,
incluso en su enajenación, que esa era una idea terrible que solo dejaría más
daño.
—¿Y a usted qué le importa?
—Me importa —espetó Shaula y su lenguaje corporal parecía desvelar que
incluso consideraba lanzar a su ex doncella por el ventanal—. Me importa
muchísimo, por el amor a la puta de Ara. ¿Cómo no es eso claro para ti?
Isamar la miró muy preocupada, y se sentó derecha como si hubiera sido
descubierta con un arma homicida y tratara de disimularlo.
—Es... solo té, su alteza.
—No es solo un maldi... —Shaula respiró hondo, y luego exhaló con un
mayor control, pero no por ello habiendo perdido ese temblor tortuoso—.
Es solo té, sí. Ven, te ayudo.
Ayudó a Isamar a levantarse del alfeizar. Temía que, si no lo hacía, tal vez
la dama estuviera tan mareada por lo ya bebido que acabaría tropezando y
uniéndose a la difunta taza de té.
En tanto Shaula hizo fuerza para tirar de lady Merak, esta tropezó,
chocando contra su cuerpo y deteniéndose un instante antes de siquiera
pensar en enderezarse.
Sus miradas conectaron, y ambas olvidaron todo el proceso de respirar.
—Hueles a mi Shaula.
La expresión de la aludida mutó de la amabilidad al hedor de los
sentimientos marchitos.
—No existe una Shaula que sea tuya.
—En ese caso... —Isamar lentamente fue enderezándose, dando su espacio
personal a la princesa—. Hueles a la Shaula que amé.
«Es porque sigo usando el perfume que te gusta».
Shaula se le quedó mirando, y como ya era costumbre ese día, sus ojos no
tardaron en llenarse de lágrimas.
—Tú no amas a nadie.
—Quisiera que eso fuese cierto.
—¿Amabas a la Shaula que vendiste?
Isamar la miró a los ojos, y parecía haber lucidez detrás del brillo de su
desorientada mirada.
Esas tazas de té adulterado no parecían haber surtido demasiado efecto
contra su razón.
—Te amaría incluso si las estrellas cambiaran tu alma de cuerpo, Shaula
Scorp.
El escorpión, herido, rio con la sorna de un tirano.
—Yo fui a juicio por tu supuesto amor, y acabé condenada por tu
testimonio. ¿Y quieres que crea...? —La cabeza de Shaula enfatizaba su
negativa—. Tal vez tú creas que me amas, pero estás mal. Así no ha de
sentirse el amor. Si no te mata, mueres por él, pero no lo denuncias.
—Lo intenté... —La voz de la dama se quebró, por lo que tuvo que respirar
para retomar el curso de sus palabras—. Intenté defender tu honor. ¡Quise
ser físicamente indestructible para soportar mucho más que todo lo que él
me hizo! Pero al final todo resultó en vano cuando me dijeron que si no te
acusaba tan convincentemente que hasta tú lo creyeras, nos ejecutarían a
ambas. Juntas. ¡No supe qué más hacer!
—¿Y por qué tú sí pudiste volver con tu amado esposo? —inquirió Shaula
—. ¿Por qué solo yo fui apresada por el amor que tú supuestamente sientes?
—¡Yo habría preferido estar ahí! —musitó Isamar con el corazón quebrado
haciendo eco en su voz—. Prefiero una cárcel contigo que una mansión con
él, no sabes de lo que esa basura es capaz...
Fue cuando sucedió algo inexplicable. Shaula, que tan herida se sentía,
arrastró a Isamar hasta sus brazos, silenciándola con el abrazo más honesto
que había dado en su vida.
—No significa que te perdono —murmuró.
Lo que no dijo, fue lo que sí significaba ese abrazo.
Significa que te amo más que a mi orgullo. Significa que no hay ego que me
permita verte llorar y salir inmune de ello».
Acariciaba el cabello de Isamar mientras esta lloraba en sus brazos.
¿De dónde había sacado las fuerzas para contener un dolor que no fuera
suyo? Cuando Isamar sufría, la resistencia de Shaula se volvía hierro. En un
chasquido pasaba a sentirse con tanta fuerza como para enfrentarse a la
mismísima energía que mantiene el universo en orden.
Isamar alzó su rostro, limpiando sus lágrimas como si recién entendiera que
había estado llorando.
Parándose firme, le dijo a Shaula:
—Lo siento... Por absolutamente todo, incluso por aquello que no tiene
perdón.
—No digas nada más al respecto —aconsejó Shaula. Su mano, sin siquiera
consultarle, se movió hacia el rostro de Isamar con intención de limpiar una
lágrima rezagada. Pero se detuvo a mitad de camino—. ¿Dónde está él?
—En su propiedad, cerca del castillo.
—¿Por qué?
—¿Por qué estoy aquí?
Shaula asintió.
—¿Qué trama el malnacido al traerte aquí?
Isamar se encogió de hombros, mordiendo su boca nerviosa.
—Mencionó que pretende presentarte a su hermano.
—¿A quién?
—Solo sé que lo conocen como sir Aldebarán, y que es el encargado de los
nuevos reclutas para la Guardia Real.
Shaula frunció su entrecejo con desagrado.
Si sir Aldebarán estaba encargado de los nuevos reclutas, entonces tuvo que
estar involucrado en el entrenamiento de Orión Enif, el medio hermano
legítimo de Sargas y ahora Guardia Real.
—Que no se haga ilusiones —le respondió Shaula.
—Lo mismo le dije.
Shaula alzó una de sus cejas.
La luz de la noche, colada por el ventanal, iluminaba la silueta de Isamar
como un aura. Endiosada de ese modo, parecía la dueña de la constelación
que la enmarcaba: la constelación con la que Shaula más se relacionaba.
—Veo que no ha dejado de usar los brazaletes que le obsequié. Su alteza.
—Si dejara de usar todo aquello que mi mente relacione contigo, debería
empezar por respirar mucho menos.
Isamar tragó en seco.
—Aunque lo merezco, duele ser reducida a solo un dolor en su vida.
—¿Reducida?
Shaula miró a ambos lados del pasillo del ventanal, de donde cualquiera
podría asomarse de un momento a otro.
Al no detectar movimiento, dio un paso hacia Isamar. Solo uno, pero
suficiente para sentirse como un terremoto en su corazón.
—No podría reducirte a consciencia ni aunque dedicara mi vida a ello, Isa.
Fuiste la persona que me demostró que el amor existe, incluso para quienes
nacimos del veneno y la injusticia.
—Pero... —Isamar tragó en seco, y contribuyó también acercándose solo un
paso—. Si prefiere, puede hacer como que no he dicho esto, princesa,
pero... Te admiré desde antes de conocerte, te deseé desde la primera vez
que me concediste una mirada con tus ojos venenosos, y te idolatré luego de
intercambiar un par de palabras. Luego del primer beso entendí que no era
platónico, que te amaba con cada estrella en mi universo, solo que no
concebía la idea de que pudiera ser recíproco. Desde ese beso soy suya. No
«fuiste» nada para mí, eres y siempre serás el amor más inmenso que jamás
sentiré, tan perfecto que las constelaciones, envidiosas incluso en su
omnipotencia, jamás lo harán posible.
—Isa...
Ambas se sobresaltaron, como descubiertas a mitad de un robo, en tanto
Megrez Merak interrumpió el momento de ambas.
—¿Le sucede algo a mi hermana, princesa? —preguntó Megrez mirando
con extrañeza, y algo de preocupación, entre una y otra.
Isamar se dibujó una sonrisa tranquila. Shaula, por otro lado, no podía
procesar nada. Seguía atrapada en las palabras de su Isa.
—Estoy en perfecto estado, Megrez. Vamos a continuar la pijamada.
~☆♡☆~
La noche siguió con platicas vacías y juegos que no animaban ni el corazón
de la princesa ni el de la doncella ya casada; porque ambas seguían dando
vueltas a lo recién dicho, resintiendo la falta de privacidad, la frustración de
no poder tener ni una conversación tranquila y abierta.
A mitad de la madrugada, a una de las madrinas se le había ocurrido la idea
de jugar a las escondidas a ciegas. Básicamente, era un juego que consistía
en vendarse los ojos y caminar a ciegas por toda la residencia buscando a
las demás, mientras estas se ocultan y se escabullen. El detalle de la venda
le agregaba una dificultad extra al juego, ya que había muy pocos lugares
para usar de posibles escondites dentro de los límites de la residencia.
Una a una se fueron turnando con la venda, hasta que le tocó a Shaula. Una
de las madrinas puso sobre sus ojos la cinta violeta, y le explicó
nuevamente las reglas.
La princesa quedó contando un minuto mientras todas corrían a elegir su
escondite.
En tanto Shaula salió a buscarlas, caminó de memoria hasta el closet de la
habitación donde antes ella misma se había escondido. Entró a tientas, con
los ojos cerrados bajo el vendaje, sin mirar absolutamente nada más allá del
recuerdo de la imagen de su Isa frente al ventanal.
Entrejuntó las puertas del closet, temblorosa, esperando poder quedarse ahí
un rato y excusarse de ser inútil para el juego. Porque no quería jugar.
Solo quería perderse en la oscuridad, en el silencio.
Tuvo la fuerza para vencer al templo de Ara en la frontera con Baham, pero
no para sobrevivir al reencuentro con la mujer que amaba.
Que amaba.
¿Cómo pudo nadie condenarla por el sentimiento más puro que llevaba con
ella? ¿Cómo podía ser una ofensa al creador el que ella tan genuinamente se
sintiera conectada a una estrella en vida?
¿Cómo podía ser un defecto lo que para ella era tan natural? ¿Podía
realmente el amor ser un crimen? Y si era así, ¿por qué debía ella pagarlo
tan caro?
Unas manos sobre las suyas la dejaron petrificada.
A punto estuvo de gritar del susto, pero si corazón optó por detenerse.
Las mismas manos que antes estuvieron sobre las suyas, entonces le
arrancaban el cubrebocas, pero dejando la venda.
«Haz algo,
deten
esto, no deberías...».
—No se mueva...
Pero Shaula no necesitaba ninguna voz para reconocer los labios que se
abrieron paso por los suyos. Con solo el primer roce, Shaula reconoció a
quien la besaba en el oscuro anonimato, porque era
suya
. Ella, su olor a melocotón, y esos labios que componían la más erótica de
las poesías sobre ella.
Shaula se pegó al closet, sosteniendo a Isamar por la cintura y tirando para
pegarla a su cuerpo.
—He extrañado tanto tomarte así —jadeó Shaula en medio del beso.
—Ssshh... —intentó callarla Isamar, mientras la besaba con todavía más
profundidad. Pero al final, fue ella la que terminó rompiendo el silencio con
el gemido que resultó en tanto Shaula intensificó el agarre sobre su cintura.
—Estás demasiado loca, Isa.
—Dice quien me corresponde —dijo Isamar separándose ligeramente,
como si reconsiderara lo que había hecho.
—Es que también eres tan deliciosa...
Shaula apenas podía respirar, ni siquiera podía ver a su Isa. Pero nada de
eso importaba, no mientras estuvieran besándose como si quisieran
consumir en un minuto el deseo que habían acumulado durante más de un
año.
Desvió sus besos, deslizándose por el cuello de Isamar hacia su clavícula,
bajando por las lomas de sus hermosos pechos. Aunque Shaula no los podía
mirar, su imaginación hacía un trabajo bastante decente.
—Debemos parar —jadeó Isamar, aferrándose a las caderas de la princesa.
—Tú has empezado.
—Sí, pero... Ay, Shaula... —gimió Isamar en tanto los labios de Shaula
alcanzaron la parte baja de su quijada, besando con una delicadeza
extasiante—. Te he extrañado tanto...
—No. —Shaula se detuvo, sus manos todavía en la cintura de Isamar—. No
digas nada que pueda terminar este momento. Porque una vez me quite la
venda, este espacio desaparecerá. Seremos solo una princesa sin valor, y
una mujer injustamente casada. Y no quiero quitarme la venda, Isa. No
quiero volver a ver la luz de un mundo en el que no puedo amarte.
—Puedes amarme.
—No como quiero hacerlo.
—Entonces ámame como quieres, y el resto vendrá por añadidura.
—Sabes que eso no es cierto. Sabes que no estamos destinadas...
—¿Y no fuiste tú quien dijo que reescribiríamos lo que las constelaciones
quieran hacer de nosotras?
Shaula calló, mordiendo su labio con una nostalgia producida por el
recuerdo de esa conversación.
Entonces las manos de Isa acunaron su rostro para besarla libremente, con
una lentitud dolorosa.
—Te amo, Shaula. Siempre tendremos eso.
Shaula negó lentamente con la cabeza, y pese a la carga emocional del
momento, a toda la impotencia que compartían, ella sonreía.
—Tú eres literatura, Isamar.
—¿Por qué dices eso?
—Porque solo en ficción infantil es posible lo que acabas de hacer. Un
beso, y has resucitado mi alma.
Entonces Isamar también sonrió.
—La mía resucitó apenas volvió a mirarme.
Nota:
Que vivan las novias, que viva el amor, que vivan Shaula e Isa.
*Las mata*
¿Se imaginan? ¿Se imaginan que yo pusiera eso en mi nota de
autora
? XD
26: Justicia escorpiana
La princesa de los escorpiones sería presentada en sociedad cual borrego
ofrecido en sacrificio. Su cuerpo, exhibido a modo de mercancía, y su mano
repartida entre decenas de hombres que le doblaran la edad. Un baile tras
otro, sería estudiada, codiciada, y una nueva oferta por su mano, cada cual
más cuantitativa, sería realizada.
Pero no sin antes de ello, debía asistir a la cacería. Y todavía antes, su deber
era pasar por las manos de la preparadora asignada, para quedar tan perfecta
como fuere posible.
Lady Briane, en este caso, hablaba con la princesa mientras ella misma se
alistaba, prescindiendo del uso de vendidas y doncellas por igual.
—Princesa. Deseo renunciar a mi labor.
Shaula, quien sepillaba su cabello en un ciclo frente al espejo, alzó su
mirada hacia la mujer de lentes oscuros y bastón en mano.
—¿Está pidiendo mi autorización, lady Briane?
Saboreaba cada palabra, deleitada con el gusto picante de una venganza
bien fría.
—Así es, su alteza —añadió lady Briane con una reverencia—. Quisiera
que apoyara mi renuncia.
—¿Y por qué, lady Briane, tomaría tan apresurada decisión? Estaremos de
acuerdo, dados sus comentarios frecuentes, en que me falta demasiada
preparación previo al matrimonio.
—¡No, no, princesa! Usted está perfecta...
—No me mienta.
La manera en que Shaula cortó la réplica fue como un latigazo a los nervios
de la preparadora, que acabó por doblarla, dejándola postrada de rodillas.
—Princesa Scorp, le pido por favor considere mi posición en este caso.
Estoy faltando a mi palabra, a toda ética, dadas las libertades que usted se
toma teniéndome a mí como preparadora. No está bien. Condeno mi alma
ante Ara, y usted condena la suya al...
—¿Sí? —Shaula dejó el cepillo de un golpe sobre el aparador—. ¿En qué
manera condeno mi alma, según usted?
—¡Me he equivocado, lo juro, princesa! ¡Yo soy la que se condena y nadie
más que yo!
Al Shaula mantenerse en silencio, lady Briane, en su ceguera, no tenía ni un
indicio de sus pensamientos o intenciones. Su paranoia crecía junto al
silencio, haciendo que la preparadora se encorvara aún más. Al volver a
hablar, incluso emitía un sonido de llanto.
—¡Perdóneme, le juro que soy yo quien peca aquí! Usted es inocente, actúa
sin saber...
La mujer se retoció en un grito de pavor, sobresaltada al sentir la mano de la
princesa contra su mejilla. Había sido tan sigilosa como un sentimiento
oculto, deslizándose por la habitación en tal silencio que lady Briane no
pudo prever su tacto.
Al tener a lady Briane tirada en el suelo, temblando de horror, Shaula Scorp
Nashira se acuclilló junto a ella, siseando a la par que acariciaba su cabello
raso para consolarla.
—Usted no condena su alma en lo absoluto, lady Briane. Y yo la necesito
para seguirme formando. Ayudar a la princesa de Áragog, escogida por Ara,
¿no es la labor más noble y santificada?
—Princesa... Por favor... Tengo miedo, tenga piedad. Siento que, si
continúo cediendo a sus deseos de libertad, acabaré por asegurar mi celda
en la prisión cósmica.
—Piedad —repitió Shaula con la hiel escorpiana concentrada en su
garganta—. ¿La tuvo usted, lady Briane, al tomar mi correspondencia y
usarla para someterme a juicio delante de toda la Iglesia?
—¡Tenía que hacerlo! Ese material tan... obsceno... sencillamente me
perseguiría hasta la otra vida si no lo denunciaba.
—Precisamente, usted tomó una decisión al respecto. Decidió librarse de
ese «obsceno material» y condenarse a mí. Porque ahora, lady Briane, será
mi ira quien le persiga desde esta vida hasta la otra.
—No, por favor... ¡Solo hacía lo que Ara espera de un siervo fiel! ¿Me
torturá por cumplir con mi trabajo? ¿Con mi fé? Usted es muchísimo más
que eso. Es gentil, y bondadosa...
—Si he sido gentil y bondadosa, ¿cómo justifica su odio hacia mí? ¿Cómo
justifica que me matara de hambre, me golpeara hasta dejar cicatrices en
mis cicatrices, y me torturara hasta hacerme nadar en mi propio vómito? Me
aisló, me sometió al veneno de mis iguales, me rapó e insensibilizó mi piel.
Y no conforme con todo eso, todavía me sometió a una mutilación donde,
teniendo la opción de una anestesia, escogió tenerme despierta en el
proceso.
—¡Lo lamento! —chillaba la preparadora—. No sabe cuánto me
arrepiento...
—Usted no se arrepiente, solo teme al castigo que bien merece. Y tiene
razón, lady Briane, soy una mujer bondadosa y gentil, pero ante todo soy
una soberana justa. Y si alguien merece justicia en este reino, esa soy yo. Y
me haré justicia, lady Briane, con usted como primer ejemplo.
Shaula se levantó. Lady Briane escuchó cómo sus pasos se alejaban a la
entrada de la habitación, abriendo la puerta.
—Sir Aztor, sir Lencio. Necesito de su colaboración en un asunto.
—Ordene, princesa.
—¿Podrían ayudarme a escoltar a lady Briane? Tiene un pequeñito
problema médico, y me aseguraré de que sea atendido de inmediato.
—¡Yo me siento bien! —rugió lady Briane desde el suelo.
Ahí estaba la ira, brotando más allá del miedo.
Shaula sonrió. Era el primer signo de que empezaba a preferir la muerte,
eventualmente, tal vez ese mismo día, incluso la rogaría.
Sir Aztor y Sir Lencio arrastraron a lady Briane hasta el ala médica privada
donde Shaula había organizado un procedimiento especial exclusivo para la
preparadora.
—¿Lo ha pensado bien, princesa Scorp? —preguntó el doctor, hábilmente
sobornado.
—No lo he dudado ni por un instante.
—¿Qué? ¡¿Qué van a hacerme?!
—Explique usted, mi lord. Usted es el profesional —dijo Shaula.
—Lady Briane, dados los análisis realizados previamente, he llegado a la
conclusión profesional de que usted y sus genes no son aptos para
reproducirse.
—¿Reproducirme? ¡Soy una preparadora, tengo prohibido ese tipo de acto!
—Éticamente, tal vez, pero biológicamete todavía es capaz de concebir,
lady Briane. Y no podemos arriesgarnos.
—Lo secundo —agregó Shaula con una gran sonrisa.
—No, por favor... Yo jamás... No pretendo...
—Lo sabemos —agregó Shaula—, usted es físicamente nauseabunda y en
esencia repulsiva. No por nada, acabó pudriéndose en el mercado sin que
nadie la comprara, lo que desgraciadamente la trajo hasta mí como una
preparadora más. Sin embargo, existe toda clase de degenerados, usted
encabezando la lista, algún desviado mental querrá llenar su vientre de
asquerosos hijos. Sin embargo, para su suerte y dada mi bondadosa
misericordia, para cuando le hallan terminado de coser y sellar la
entrepierna, no habrá más riesgo de ello.
—¡¿QUÉ?! NO PUEDE HACER ESO.
Shaula sonrió con dulzura, intercambiando una mirada enternecida con el
profesional en cirugía.
—Que no puedo, dice.
—Por suerte para ella, yo sí puedo —agregó el doctor alzando su bisturí
con una sádica sonrisa triunfal.
Shaula tenía razón. Hay toda clase de corruptos y degenerados en cada
reino, pero, en su experiencia, algunos resultaban buenos aliados.
Lady Briane empezó a retorcese en la camilla al escuchar cómo los pasos de
la princesa se alejaban del área médica.
—¡NO, NO SE VAYA, PRINCESA! VUELVA AQUÍ. Piedad, por favor...
Por favor... —Al ruido de los pasos que se alejaban, se unió el tañido de los
utensilios metálicos de la bandeja de cirugía—. ¡POR FAVOR, MEJOR
MÁTENME!
Nota:
Mi nueva canción favorita: las súplicas de lady
Briane
.
¿Siguen pensando que Shaula hizo mal al perdonarle la vida?
27: Caza de sirios
La cacería en honor a Shaula Scorp había empezado; una tarde en la capital
del reino de Áragog, donde múltiples pretendientes en compañía de algunos
otros lores y caballeros, desplegarían todo su arsenal de habilidades,
mostrándose cual pavo real para impresionar no solo a la princesa ofertada,
sino a la familia real y responsable de dar el «sí» ante un probable
compromiso.
La arena se presentaba como todo un espectáculo. Un coliseo lleno de
gradas —vacías entonces— con una plataforma para la familia real. Todo el
centro era la tarima para las bestias y sus cazadores: un laberinto hecho de
peñascos, algunos tan grandes como una pared, y otros con el tamaño justo
para ser considerados rocas.
Shaula y el resto ingresaron por una de las cuevas subterráneas que daban
acceso a la arena. Para ellos, solo existía el laberinto, pues las paredes de
piedra les impedía ver más que las gradas más altas.
—Este tipo de cacería no se parece en nada a lo que suelo oír a otros
hombres presumir —comentó una de las madrinas escoltadas a la caza.
—En Ara no hay bosques —explicó tranquilamente lord Volant, como si su
comentario lo elevara en intelecto ante la sociedad.
—Y no por ello nos privaríamos de la diversión de una buena caza —
agregó Antares Scorp, quien representaba al rey como tutor de la princesa.
—Lo que es igual a decir que no perderían la oportunidad de medir sus
espadas buscando impresionar —murmuró Shaula inclinándose al oído de
Isamar.
—Tal vez para compensar algunos otros tamaños inferiores —agregó
Isamar con una sonrisa cómplice.
Y mucho de razón había en las insinuaciones, ya que la caza en arenas de
combate era una especie de cortejo rústico. Hombres de todo tipo a lo largo
de la historia, se habían presentado a las cacerías de la capital para
impresionar con sus destrezas a más de una damisela. La tradición había
evolucionado al punto en que, a la hora de presentar en sociedad a una
nueva princesa, toda clase de pretendientes se postulaban para la caza,
buscando deslumbrarla antes en la arena que en un salón de baile.
«Pierden tanto su tiempo...»
Eso no lo pensó Shaula. Era otra voz, lejana y cubierta de cadenas, como el
zumbido de un insecto que apenas traspasa el frasco en el que ha sido
atrapado.
La sombra de su cosmo, latiendo en su pecho al igual que un prisionero
golpea los barrotes de su prisión.
—Tal vez deberíamos dividirnos por pareja —propuso sir Aldebarán,
hermano de lord Volant, al ver que en más de veinte minutos de caminata
no abarcaban ningún peligro dentro del laberinto.
—¿Por qué motivo, sir? —intervino el guardia encargado de la expedición:
Orión Enif, vencedor del torneo de la Guardia Real y hermanastro de
Sargas.
—Opino que un aire competitivo nos vendría bien —agregó Aldebarán—.
El grupo que recolecte más cráneos de criaturas a su favor, habrá ganado. Si
les parece, tengo un par de apuestas en mente para galardonar al vencedor.
—Me opongo abiertamente —expresó la princesa, sin mostrarse altanera,
sencillamente una dama preocupada—. No hay por qué agregar más riesgo
a una actividad que ya es intrínsecamente peligrosa, mis lores.
—No tema, alteza —repuso sir Aldebarán con tal galantería que parecía
reflejar asco en el rostro de Orión, por algún motivo—. Estará a salvo si
viene conmigo.
—Ni se le ocurra, sir —se inmiscuyó el príncipe dorado, su sonrisa tan
malintencionada como de letal un látigo—. Mi padre permitió a Shaula
venir sin guardaespaldas extras únicamente por mi compañía. No permitiré
que nadie más la escolte solo por engrosar su ego.
—¿Seguro que es usted la mejor opción para cuidar de su hermanita? —
discutió Aldebarán, rápidamente ganándose el disgusto de Shaula. No podía
dejar de pensar en que era hermano de Volant—. Habemos hombres más
capacitados en todos los ámbitos.
—No podría mencionar dos de esos ámbitos ni aunque pusiera todo su día
en ello.
—Príncipe Antares, tal vez debería reconsiderar...
—Tal vez debería reconsiderar su derecho a hablarme,
sir
. He dicho que no, y no discuto con soldados.
El hombre asintió en mórbido silencio. Shaula agradeció que el cubrebocas
existiera, solo porque así no sería tan evidente su sonrisa.
Su hermano era un Scorp, le bastaba con verlo existir en un par de
ocasiones para tenerlo claro. Ambos honraban el legado de Lesath Scorp,
solo que ella debía hacerlo en secreto.
—En ese caso, príncipe Antares —intervino el indeseable lord Volant—, me
parece que no es necesario que desobedezca los deseos de su padre como
tampoco es necesario negarse a la propuesta de sir Aldebarán. ¿Le parece si
seguimos la idea de la competencia sana? Ya que la idea original es
dividirnos en pareja, usted igualmente podría ir con su hermana.
Antares volteó a mirar a Shaula.
¿Estaba consultando su opinión? Los ojos de Shaula, abiertos sin mesura,
reflejaban esa consternación.
Como Antares todavía aguardaba una respuesta, ella dijo:
—Caballeros, ¿podrían decirme con quién pretenden mandar a lady Merak?
Isamar volteó a verla. Toda la sangre la había abandonado, llenándola de
una palidez fúnebre.
—Ese ya no es el apellido de mi esposa, alteza —aclaró lord Volant con ira
no muy oculta en su voz.
Shaula, quien había decidido mantener un perfil bajo y devoto luego de lo
vivido en el templo de la frontera, luchó para no replicar. Luchó porque sus
ojos escondieran el odio, y porque sus palabras no reflejaran nada de asco.
Luchó tanto, y con tanto esmero, que tardó un buen rato en silencio.
Las brasas que quedaban encendidas en sus venas no la ayudaban a
mantener la paz.
—Lo que no responde la pregunta de la princesa, ¿o sí? —intervino Isamar
con la entereza de una erudita.
Shaula sonrió con orgullo para sus adentros. Isamar era hierro contra una
realidad que no se cansaba de pretender romperla.
Como lord Volant no contestó mientras asimilaba la ira de ser desafiado
públicamente por su mujer, Orión se volvió hacia la princesa.
—Yo iré con lady Merak, alteza. Si lo que le preocupa es que se garantice la
seguridad de su amiga, yo puedo dar fe de que nada va a pasarle a mi cargo.
Shaula lo consideró por un instante.
Aunque Orión era medio hermano de Sargas, no llevaba la sangre de los
Scorp; mas sin necesidad de ello se había probado venciendo al menos a
noventa y nueve aspirantes en el torneo de la Guardia. Además, había
aprobado los años de aislamiento, por lo que debía ser un hombre de honor
aferrado a los códigos. Si alguien, además de ella, podía darle seguridad a
su Isa era él. Además, cualquier soldado era mejor opción que Volant y su
poco confiable hermano.
Shaula asintió ligeramente hacia al caballero en gratitud.
—Le encomiendo a lady Merak, sir Orión. Confío en que cuidará la vida de
ella como la suya.
Lástima que Isamar se esforzó tanto en no demostrar su sonrisa, que Shaula
no pudo tener pruebas visuales de cuánto le había agradado a ella el gesto.
—¿Y el premio al ganador? —insistió sir Aldebarán.
—Mientras no pretendan tomar ninguna de mis vendidas —bromeó
Antares.
—¿Ya tienes edad para usarlas? —contestó Shaula a modo de puya para su
hermano, lo suficientemente bajo para que solo lo oyera él.
Antares la miró por el rabillo del ojo, serio, guardando sus impresiones para
después y haciendo para el resto como si no hubiera oído nada.
—El primer baile con la princesa —propuso sir Aldebarán.
Todos
los bailes con la princesa —contraofertó lord Volant, pese a ya estar casado.
—Caballeros, no podría estar más de acuerdo con ustedes —finalizó
Antares.
Juntos, Antares y Shaula atravesaron el laberinto con una sensación de
oscuridad producida por las largas sombras proyectas tras los peñascos y la
holgazanería del sol blanco.
Andaron algunos minutos en silencio, como para asegurarse de estar lo
suficiente alejados del resto, hasta que Antares dijo:
—Debes controlar lo que dices, Shaula Scorp.
—¿No te causó gracia mi comentario? —indagó ella, agachándose para
pasar un puente bajo hecho de rocas.
—Mi opinión al respecto de tus insubordinaciones es irrelevante. Ese tipo
de comentarios no deben salir de ti.
Antares le tendió la mano a su hermana para ayudarla a cruzar una roca que
obstaculizaba el paso.
Ella tomó su mano, y mirándolo le dijo:
—¿Por qué?
Antares formó un arco en su ceja de plata.
—¿Por qué? Porque, Shaula, cualquiera podría pensar que eres una princesa
irreverente y sabes lo que piensan de la irreverencia. Creerán que te inclinas
al pecado.
—¿Y si soy irreverente? ¿Y si soy atípica e inclinada al pecado?
Antares frunció su ceño, profundizando en los ojos de su hermana para
buscar en ellos lo que sus labios ocultaban tras el velo.
Por un instante, Shaula creyó ver algo muy cercano al miedo en los ojos de
oro de su hermano.
—Cuidado —adviertió él, nervioso aunque intentara contenerlo.
—¿Con qué?
—Con decir lo que sea que estés pensando. Tus pecados, déjalos en tu
mente y no los compartas con la mía.
Shaula asintió con ese gesto de gratitud devota, y terminó de bajar del
obstáculo soltando la mano de Antares una vez estuvo a salvo al otro lado.
Estando ahí, percibió algo extraño en las paredes.
¿Una vibración?
No. Era algo más gutural, una especie de gruñido en ascenso.
«Eso no es de mi agrado»,
le hizo sentir su cosmo. Aunque era ciego lejos del sol, percibía cosas que
estaban más allá de los sentidos humanos de Shaula.
—¿Eso que se oye es el animal? —preguntó a su hermano.
—¿Animal? —repitió Antares con ternura.
Él aterrizó de un salto ágil a su lado, pero apenas dieron un par de pasos
más, ambos acabaron cayendo en una trampa de gruesas enredaderas que
los lanzó de espaldas al suelo y los empezó a arrastrar.
Shaula gritó de sorpresa, golpeándose la cabeza y levantando una nube de
polvo tras el rastro de su cuerpo.
Antares apenas jadeó, digiriendo la sorpresa con rapidez. Tomó el control
de su cuerpo a pesar de la fuerza con la que era arrastrado y se las arregló
para que sus manos alcanzaran el nudo de enredaderas en el tobillo
apresado.
Del collar bajo su camisa brotó el alma que llevaba oculta, el poder de ese
fragmento de Scorpius que le dio su cosmo; la absorbió, como si se bebiera
el brillo de una estrella, y entonces refulgió un aura verdosa y escarchada
alrededor de sus manos, fulminando con un siseo la gruesa enredadera,
debilitando el núcleo hasta que la planta al fin se desprendió.
Su cuerpo, al arrancarse de la planta, fue arrojado como en un latigazo, pero
él igualmente aterrizó con la agilidad de quien es aliado del viento.
Sus pies rápidamente saltaron, moviéndose a la velocidad de un segundo,
hasta que alcanzó a su hermana e igualmente la liberó con sus manos
embadurnadas del veneno del escorpión.
Ella cayó, jadeando pero sonriente.
Ya entendía por qué su padre la dejó ir a la cacería sin tanto protocolo.
—Eres un cosmo —dijo asombrada a su hermano. Lo sabía, y era evidente,
pero no dejaría de sorprenderse de conocer otras personas con una
denominación única del poder de las estrellas.
—No, una bailarina.
Shaula lo miró con malos ojos. Él le pedía que no fuera irreverente, pero a
la vez no se cohibía de su sarcasmo junto a ella.
Él rio por su expresión.
Pero la risa no duró en tanto unos pasos felinos rompieron la atmósfera que
ellos habían formado.
«Aquí viene»,
le transmitió el cosmo a Shaula junto a un latido tan fuerte, que la hizo
tambalearse sobre la roca.
Ambos hermanos se pusieron alerta.
Shaula estaba aterrorizada por partida doble. Por un lado, sentía el miedo
racional de verse expuesta al peligro. Por el otro, sufría el agravante de que
no debía defenderse abiertamente, no si quería persistir en su plan de no
revelar su relación con el sol ante su familia. E incluso sin revelar su
cosmo, su madre había pasado toda su existencia recordándole mantener en
secreto su entrenamiento físico.
Fue cuando vieron aproximarse a tres criaturas muy peculiares. Dos
especies de panteras musculosas, con el doble del tamaño de las originales,
y con largos dientes como de mamuts. Y la tercera, era una ardilla con
dientes aserrados y alas de murciélago. Lo único que tenían en común era
que ninguna de las bestias conservaba su color original, todas tenían una
piel viscosa y grisácea con ojos completamente negros.
—¿Pero qué clase de sirios son estos? —expresó Shaula a modo de
maldición mientras la risa de su cosmo hacía un eco doloroso en sus huesos.
Antares, igual de divertido por el comentario, volteó a verla.
—Es curioso que lo digas, porque justo eso son.
—¡No me mires! —exclamó ella señalando a las bestias.
Y eso fue como leña al fuego dorado en los ojos de su hermano. Él parecía
disfrutar, de una manera retorcida y hasta macabra, del peligro que los
rodeaba y la reacción de Shaula ante este.
Fue cuando la extraña ardilla voló en su dirección mostrando fúrica todos
sus dientes.
Él no dejó de mirar a su hermana en ningún instante, y como un fanfarrón,
alzó su mano un momento antes de que la ardilla lo alcanzara, quemando su
piel con el humo verde que desprendía de su mano.
En reacción, lanzó el animal al suelo, pisándolo para mantenerlo en su sitio.
Solo la mantuvo ahí mientras agilmente desenvainaba su espada y la
clavaba, atravesando el cuerpo y dejándolo anclado a la arena.
Shaula miró con horror cómo de la bestia brotaban tanto chillidos malignos
como un gorgoteo de sangre negra que se se emulsionaba con la arena,
formando un charco putrefacto.
—Eso no es un sirio —dijo Shaula en voz tan baja, que era más una
confirmación para sí misma.
—Sí lo es —discutió Antares sin enfatizar, mirando hacia las otras dos
bestias que los redeaban—. Busca dónde cubrirte.
Antares destrabó la espada del cadáver de la ardilla. Sus piernas ágiles, con
su velocidad inhumana, lo lanzaron como una flecha hacia las panteras
amorfas.
Shaula lo dejó con su problema personal y cruzó la siguiente pared del
laberinto.
No pretendía irse demasiado lejos por si aparecía alguna bestia peor, solo
buscaba tener una pared de distancia entre ella y su hermano para poder
hacer lo que tenía en mente.
Con el corazón agitado, solo podía pensar en una cosa:
¿En qué situación
se
encontraría Isamar?
«No te veías tan estúpida desde arriba»,
zumbó su cosmo, burlándose de la debilidad de sus sentimientos.
Al parecer, el sol que la había escogido tenía alguna especie de impresión
errónea de que ella sería una cáscara de letalidad vacía dónde verterse con
facilidad.
No es que las estrellas sepan el futuro, pero son grandes apostadoras. El sol
dentro de ella, vio todo el entorno familiar, el contexto histórico y político,
y algunos otros aspectos durante el nacimiento de Shaula Scorp, y decidió
que ella sería su elegida.
Y parecía arrepentirse, al haberse equivocado en varias de sus predicciones
sobre el futuro del corazón de esta.
Ella, perfeccionando su habilidad para ignorar la voz lejana en su pecho, se
plantó de frente al risco de piedra más alto a su alcance.
Su cosmo se debilitaba mientras más lejos se encontrara del sol. Seguía
fusionado en su alma, latente en sus venas, pero solo como el eco de su
magna voz, como una fogata de la que cada vez menos cenizas quedan
encendidas.
Ya no era soy capaz de producir fuego, pero podía usar el brillo dorado en
la piel. El aura de
su
estrella.
Podía concentrar toda esa aura escarchada en donde prefiriera dependiendo
de sus necesidades, porque con ella podía manar calor, o blindar sus huesos.
Su cosmo también la sanaba, aunque con mucha más lentitud que en el
desierto. Y, en especial, matenía sus sentidos despiertos dándole lucidez
más allá de la humana y una energía inagotable.
Pero la mejor parte se la obsequiaron las serpientes que la torturaron. El
veneno inyectado en su sangre, al fusionarse con su cosmo, le dio algo muy
similar al tacto que caracteriza a los Scorp.
Y fue con ese tacto corrosivo que empezó a abrirse paso con sus manos
sobre la roca, abriendo canales para apoyarse y escalar, ascendiendo veloz
hasta tocar la cima.
Desde ahí, vio luchar a su hermano al otro lado. Ya había degollado a una
de las bestias, pero había perdido la espada y la pantera restante estaba
encima de él, con las patas apresando las muñecas del príncipe.
Sí deben ser algo muy parecido a sirios si esa criatura del mal tiene tanta
fuerza como para mantener a un
cosmo
debajo de su cuerpo
, y tanta inteligencia para saber que debe mantener las manos de Antares
sometidas,
pensó Shaula.
Mordiendo su boca, se replanteó todo lo que tenía decidido. Antares se
retorcía con ahínco, pero no surtía efecto y los enormes colmillos de la
criatura le generaban cortadas en su torso, cada vez más cerca de alcanzar
su rostro.
Ella tenía que intervenir.
—Perdóname —le habló a su cosmo, que tanto le había aconsejado
mantener el bajo perfil.
Humanos
», pronunció a modo de blasfemia la fuerza dentro de su alma.
Shaula concentró toda la energía dorada del cosmo en sus piernas,
enfatizando la protección en los huesos de sus pies. Así, inspirando
profundo, se lanzó desde lo alto de la pared de piedra hacia su hermano.
—¡SHAULA, NO! —gritó este al verla lanzarse.
Ella aterrizó grácil, y con la agilidad de una serpiente reanudó su objetivo.
Corrió, impulsando su cuerpo en un saliente de piedra para elevarse en un
salto, dar una voltereta y aterrizar dando una potente patada a la bestia.
Apenas la movió lo suficiente para que tambaleara, pero fue lo único que
hizo falta para que Antares liberara una de sus manos.
Con su nueva mano libre, tomó al animal del cuello, derritiendo la piel, los
tendones, hasta llegar a las venas y hacerlas estallar en un baño de sangre.
La criatura se retorcía bajo el agarre del Scorp, pero todavía no moría dada
su extraña naturaleza.
Aunque Shaula desconocía por completo el funcionamiento y la anatomía
de tan bizarra bestia, hizo lo único que se le ocurrió para contribuir.
Rodó su cuerpo en el suelo para quedar debajo de la criatura, y una vez ahí
alzó su mano hacia las costillas, impregnando su tacto del veneno de las
ashiiras. Mientras se incristaba por la piel de la pantera, su cuerpo empezó a
bañarse de aquella viscosidad negra y ardiente, la sangre manando mientras
los dedos envenenados de Shaula se abrían paso hasta alcanzar el corazón,
el cual aferró con fuerza y lo arrancó de un tirón.
Solo entonces, la criatura se desplomó hacia un lado con sus últimas
convulsiones de vida.
Shaula se terminó por desplomar en el suelo, agitada, intentando recuperar
la normalidad de su respiración mientras asimilaba todo lo que acababa de
ocurrir.
Al cabo de pocos segundos, tenía un Antares igualmente agitado parado
junto a ella. Su cabello, naturalmente de plata, entonces estaba cubierto de
varios mechones negros por las manchas de la sangre. Su camisa, siempre
tan inmaculada, estaba deshecha a arañazos que dejaban entrever las
profundas cicatrices que le quedarían al príncipe.
Él le tendió su mano, y ella aceptó la ayuda para levantarse.
—¿También tú? —interrogó él una vez ella estuvo de pie a su lado.
—Sí, también bailo a veces.
Su hermano intentó no hacerlo, pero al final acabó correspondiendo la
broma con una curva en sus comisuras.
—No sabía que una mujer podía... —Se retractó de lo que iba a decir,
suspirando profundamente—. ¿También te escogió Scorpius?
Ella asintió, aliviada de no tener que revelar del todo la verdad.
—Fue Shaula, la estrella de Scorpius —explicó ella.
—Igual a mí, me escogió Antares —se explicó él—, la estrella de Scorpius
que me nombró.
Ella agradeció saber ese dato aunque no lo había pedido. Era una bocanada
de aire a su dinámica social regular, en especial la familiar. Le gustaba
conocer mejor a su hermano, aunque pareciera tan tarde para ello. Se habían
criado demasiado divididos.
—Antares, ¿puedo pedirte...?
—No le diré a nadie, Shaula. Pero, ¿por qué te preocupa?
—No controlo muy bien lo que hago, y odiaría ser un blanco para
cualquiera, o un experimento para mi padre. ¿Podrías incluso guardar este
secreto de él?
Antares asintió.
—No te preocupes por eso. Sospecho que a partir de ahora le guardaremos
más de un secreto.
Shaula no quiso decirle que, de hecho, ella ya le guardaba bastantes.
—¿Qué eran esas cosas?
—Sirios. Sirios mutantes.
Ella frunció el ceño.
—Creí que solo se les llamaba sirios a aquellas personas que venden su
alma a Canis a cambio de su poder maligno.
—Casi. Estas criaturas son sirios, animales sacrificados. Se les ofrece su
alma a Canis en medio de un ritual, aceptando el poder a la hora en que
estos resucitan. Y para potenciar los resultados de este sacrificio, antes se
modifican genéticamente a esos animales para fusionar a uno o más.
—¿Qué...? Antares, no entiendo una palabra de lo que dices. ¿Por qué
alguien haría algo así? ¿En qué nos beneficia tener a estas criaturas, y por
qué nos han enviado a una arena llena de ellas?
Antares exprimía su cabello en la roca, todavía agitado por la
confrontación, pero aún así dispuesto a responder.
—Si con «nosotros» te refieres a la Corona, no nos beneficia en nada. Este
tipo de experimentos los inició la Iglesia hace centenas de años. Una vez los
perfeccionaron, empezaron a usar a los sirios mutantes como su ejército
personal. Supuestamente, por precaución. Dicen que sirven al reino, y que
estén a nuestra disposición siempre que sea necesario. Pero, creo que hasta
tú podrías entender que no son muy honestos al respecto, ¿no?
Shaula asintió, ignorando el «hasta tú» al sentir que era insignificante
comparado a toda la confianza que le estaba demostrando su hermano al
contarle detalles tan delicados que siempre fueron inaccesibles para ella.
—Nos muestran el arma para que sepamos que existe, y así socaban el
deseo de cualquier confrontación incluso antes de que surja.
Antares sonrió.
—Te han educado bien, Shaula.
—Llevo tu sangre, y compartimos padres. No sé qué te sorprende.
—Si se puede llamar compartir a eso... —Comentó Antares, pero en lugar
de explicarse, prosiguió con el tema pasado—. Con respecto a la caza de
sirios mutantes, es natural entre la élite de la nobleza, aunque es una
actividad muy secreta. Sucede entre aquellos que quieren nuevas emociones
o mayores riesgos. Pero nunca, nunca, hay más de dos de estos sirios en una
misma arena. Y digo dos de manera exagerada, nunca he estado en una caza
con más de uno de estos. Hay que juntar al menos diez soldados para vencer
a uno, y nosotros tuvimos la gran suerte de toparnos con tres. Solo nosotros.
—¿Crees que...?
—Sí. Esto me suena a que querían provocar un «accidente». Tal vez mi
padre lo sabía, y por ello me pidió acompañarte. Shaula, ¿has hecho algo
para molestar a la Iglesia o a las personas que participan de esta caza?
«Sí, y sí»
, pensaron ella y su cosmo al unísono.
—En lo absoluto —respondió ella mostrándose confudida y herida—. No
imagino cómo pude haber transgredido tanto el humor de cualquier ser
humano como para que piensen en tomar represalias semejantes.
—Tampoco se me ocurre nada. Espero... Bueno, espero estar
equivocándome.
—Yo igual espero que te equivoques.
—Lástima, porque en equivocarme es en lo único que no soy bueno.
Nota: ¿que piensan de este capítulo?
¿Qué les parece Antares
Scorp
, el
cosmo
de Shaula y los hermanos Aldebarán?
28: Tres escorpiones
(Nota de autora:
La pongo al comienzo para
evitar
que se la salten sin querer. He visto gente confundida con la aparición
de Orión en el capítulo anterior y se preguntan qué pasó con él, pues
hubo un gran salto en su historia. Les aclaro que Orión es un personaje
importante para este universo y el espacio temporal se alineaba para
contar esta parte de su historia, pero sepan que he tomado en
consideración sus comentarios y me di cuenta de que a la mayoría no le
gustaba tener esos capítulos en esta historia. Ya no habrá más capítulos
de él aunque todavía tenía cosas que quería contar. Voy a simplificar
Monarca y a centrarla solo en los eventos de la vida de Shaula
relevantes para la trama principal. Es posible que tampoco suba más
capítulos de Sargas dados estos cambios.
Perdonen el arroz con mango, no es que a la historia le faltara
planificación, es que cada rama que ahora estoy cortando cobraba
relevancia a futuro. Eventualmente, editaré la historia y quitaré esos
capítulos. Capaz los deje como extras en otro lado.
Con estos cambios, Monarca pasa a ser una bilogía. Tenía planeados
tres libros antes, pero con la historia centrada de esta forma la puedo
terminar en dos libros. Así que, estamos en el último libro, amores.
Disfruten el capítulo ♡)
~~~
—Hoy es tu gran día, princesa escorpión —elevó a voz de júbilo el alto
sacerdote de Ara—. Hoy todo el reino celebra que eres legalmente
accesible, económicamente inalcanzable.
»¡Por Shaula Scorp!
—¡Por Shaula Scorp!
La princesa escorpión aguardaba tras las cortinas del palco en su honor. Un
detalle grato, pues ocultaba su rostro de la multitud ávida en su espera, tan
ansiosos por escudriñarla.
Su hermano Antares, y chambelán durante toda la noche, le ofreció su
brazo.
Ella pensó que la pulcritud le haría reverencias al escorpión dorado. Su
cabello de plata, tan largo como el suyo, estaba adornado por prendedores
de Scorpius en cada sien; su traje era tan blanco como una luna nueva, lleno
de apliques que hacían juego con el oro de sus ojos.
Por su sonrisa envenenada, Shaula sabía que él era el único que hallaba
emoción por el circo de afuera. Era un hombre que había nacido para la
atención, que sobrevivía a costa de alimentar su egocentrismo.
Faltaba muy poco para la entrada de los hermanos Scorp, cuando unas
manos se posaron sobre sus hombros.
Al voltear, ambos reconocieron al rey de Áragog.
Lesath se mostraba firme, accesible solo en distancia física. Severo, sin
exhumar molestia. Un gobernante en toda regla.
—Vayan quitando esas caras de ano —exhortó con voz de mando.
—La quitaré apenas cruce esa cortina, padre —prometió Shaula con su
angelical obediencia.
—Y yo me temo que no tengo nada qué mejorar.
Padre
—contestó Antares.
Shaula reprimió su risa, correspondiendo lo que ella suponía que era un
chiste.
Pero su hermano ni siquiera sonrió de vuelta.
—Quiero que esta noche lo den absolutamente todo por esta familia —
demandó Lesath—. Estamos atravesando momentos delicados en los que
necesitamos la colaboración de todos los hombres de la más alta cuna.
—¿Momentos delicados, padre?
—Terribles represalias se han prometido para nuestra casa. Espero que
ustedes, par de demonios, se comporten como los más destacados príncipes
de la historia el día de hoy.
—¿Por qué se han prometido tales represalias, y en qué puede contribuir
nuestro comportamiento?
—Siempre es una gran contribución que un lord poderoso crea que eres
accesible, ya sea para él negociar o para colgarse de tu influencia —expuso
Antares—. Y en tu caso, Shaula, hoy tienes un poder superior al nuestro.
—Tu hermano tiene razón —aprobó Lesath, su voz profunda y sin mimos
de por medio—. Hoy te conviertes en el objetivo de todo Áragog, Shaula
Scorp. Por tu mano se cometerán toda clase de locuras, y debemos aprender
a jugar con esa carta, y a prolongar su poder todo lo que nos sea posible.
—¿Quieres decir que no tengo que casarme de inmediato? —preguntó ella
sin disimular su ilusión.
Lesath miró en direcciones opuestas antes de acercarse más a sus hijos,
aferrando con más fuerza sus hombros.
—Nadie, escúchame bien, Shaula: nadie jamás debe pensar eso. Debes
comportarte como si quisieras casarte mañana mismo, y tratar a cada uno de
tus pretendientes como si tuvieran tantas posibilidades en tu corazón que no
se te ocurriría considerar a nadie más. No debes ofender a nadie, ni
mostrarte abiertamente interesada, pues nadie debe pensar de ti que eres una
promiscua. Confío en que sepas jugar esta mano a la altura.
—Sí, padre —aceptó Shaula con una reverencia. En su interior, no podía
estar más emocionada. Le habían dado cartas para jugar, y la libertad para
hacerlo a su antojo por tiempo indefinido.
—Yo la ayudaré —se ofreció Antares.
—Confío en que serás un buen hermano.
—El mejor —contestó él con una sonrisa maligna en disonancia con sus
palabras—. Pero, ¿a qué viene tanta preocupación, padre? ¿Quién se ha
atrevido a amenazarte?
—Se trata de los Sagitar. Los altos lores de Hydra juraron no pasar por alto
esta nueva afrenta de nuestra parte.
—¿Nueva afrenta? —corroboró Shaula.
Según recordaba, los altos lores de Hydra guardaban un gran resentimiento
a su familia por escoger como futura reina a la —misteriosamente
desaparecida— princesa Lyra Cygnus, incumpliendo así el acuerdo de casar
a una Sagitar con el heredero de la Corona.
Sin embargo, no entendía el nuevo descontento de la familia. A menos
que...
—Mi compromiso con la joven Indyana Sagitar —confirmó Lesath Scorp
—, lo he extendido tanto como se pudo para mantenerlos contentos, pero el
momento de cancelarlo llegó, y no les vino para nada en gracia la noticia.
—¿No...? —Shaula frunció su entrecejo—. ¿Nunca tuviste intenciones de
casarte con la joven Sagitar?
—Ella podría ser tu hermana, Shaula. Por supuesto que no.
—Pero...
Shaula mordió su boca, recordando cómo habían explotado el uno contra el
otro a raíz de que ella se enterara de ese compromiso. El día que él le clavó
en el pecho, cual espada sin filo, la verdad sobre el compromiso de Isamar y
Volant.
—El compromiso era necesario para callar al consejo, y para demostrarle a
la Iglesia que todavía estoy dispuesto a ceder en ese aspecto. Pero, aunque
eventualmente vuelva a casarme, no será con esa niña. Será alguien a la
altura de tu madre, o no será.
Aunque Shaula seguía resentida con su madre, algo en las palabras de su
padre fueron como un baño de sol sobre su jardín congelado.
«Será alguien a su altura, o no será».
Ella se apropiaría de esas palabras.
—Cuenta conmigo para lo que haga falta, padre —dijo. Estaba extasiada de
ser tomada en cuenta para proteger a su familia, aunque fuera desde su
posición tan desventajada, frustrante y de la que tanto renegaba a diario.
—Ahora, salgan ahí y lleven el apellido Scorp a donde debe estar.
Una parte muy en el fondo de ella, sintió una espina de remordimiento que
fácilmente se arrancó.
Todavía existía un tercer hermano, pero ese vivía pudriéndose en las
sombras.
Shaula, de la mano de Antares Scorp, se creía inmunizada para cualquier
espectáculo que pudieran ver sus ojos. Ni siquiera se había detenido a
prever lo que sería la decoración de su baile, tomándolo como una
insignificancia.
Hasta que, al descender por la escalera curva, notó que uno de los
pasamanos era robusto y ondulado, atípico y cubierto de escamas de
mármol. Lo que alguna vez fue estándar, desapercibido, entonces se
mostraba como la representación de una gran serpiente; y al pie de los
escalones, el cráneo de la criatura se exhibía con las fauces abiertas y los
dientes intimidando con sus pulgadas.
Pasó su mano mientras descendía, maravillada con el nivel de detalle. Y al
llegar al último escalón, vio que en el suelo iba grabada, con mosaicos de
oro, la figura de otra serpiente igual de robusta, de alas inmensas y filosas.
Llegada al centro del salón, mientras ella y su hermano daban el baile de
apertura, de los palcos más altos arrojaron pétalos blancos, y otros de color
amarillo.
No podía ser una coincidencia.
—Hermano...
—Antares, me llamo.
Shaula le sonrió.
—Antares. ¿Sabes quién se encargó de esta decoración?
—Un montón de gente, supongo. Pero si te refieres a quién la ha escogido,
pues es un honor delegado al principal patrocinador.
—Quieres decir... ¿lord Volant?
Él asintió una vez.
Ella no podía concebir que nada de eso fuera elección de Volant. Sabía que
no era así. Los brazaletes en sus manos, todos los pétalos y la poesía del
mundo, gritaban que no era así. Había sido elección de Isamar. Pero, ¿cómo
había logrado tal libertad para influir sobre la decoración?
Todavía tenía en su cabeza la imagen de Isamar luego de la cacería, cuando
toda sucia y despeinada atendió sus inexistentes heridas físicas delante de
todos.
Había temblado por el deseo de besarla entonces, como llevaba temblando
toda la vida.
Mientras bailaba con Antares, notó que este sonreía a algunas damas con
coquetería. Todas suspiraban por él, incluso aquellas que le doblaban la
edad. Parecían formarse en fila para esperar un baile a su lado.
Shaula llevaba poco estudiando al escorpión, pero notaba que tenía una
manera de actuar muy establecida para todo; cómo se aproxima a las damas,
cómo muestra sus dientes como un tiburón cuando su sonrisa es más que
cortés.
Antares descubrió la extraña forma en que lo miraba, así que la confrontó
durante el baile:
—¿Algún pensamiento que desees compartir?
—Algunas dudas, más bien.
—Te escucho.
Shaula iba a responder justo cuando un hombre hizo ademán de acercarse,
por lo que Antares la alejó dando giros improvisados por el salón.
Shaula acabó mareada y riendo por la maniobra.
—Eso fue muy descortés de tu parte.
—Y muy optimista de parte de él.
—¿Crees que no está a mi altura, o a la altura de los negocios de nuestro
padre?
—Shaula, cada hombre en este baile quiere llevarte consigo esta noche —le
murmuró en confidencia—. A cada uno de ellos mataría si lo intentara.
—Te tomas en serio el papel de hermano protector. ¿No crees que nuestro
padre te mataría si sabotearas una buena oferta?
—Ni el veneno puede morir, ni mi padre derramaría la sangre de un
escorpión.
—Eso pongo en duda. ¿Y si escogiera para ti una esposa que rechaces? Ahí
me parece que no tendrá en cuenta tu sangre.
—No escogerá por mí —discutió él.
Una punzada de disgusto ardió en Shaula.
—¿Por qué? ¿Ya tienes a alguien en mente?
—Tantas, que equivalen a ninguna. —Sin dejar que ella opinara, asintió en
su dirección—. ¿Qué tienes?
Ella decidió decirlo. Al fin y al cabo, él ya sabía el secreto más delicado.
—Envidio tu poder para escoger.
Antares la miró con los ojos entornados. Tenía su propia interpretación
sobre esas palabras.
—Eres una Scorp, Shaula —le murmuró, empujándola para que diera un
traspié en el siguiente giro—. No pides, impones.
Ella se recompuso.
—No soy el mismo tipo de escorpión que tú.
Él la miró a los ojos, y Shaula sintió que la entendía, y que podía ser
vulnerable con él.
—Tienes el veneno para permitirte ser incorrecta, Shaula Scorp.
—Pero si dijiste que...
—¿Me permite, mi príncipe?
Esa pregunta...
Ambos detuvieron su baile, aunque no había terminado toda la pieza.
El escalofrío que recorrió a Shaula con esa voz escaló de tal forma que, al
llegar a su garganta, provocó el reflejo del vómito.
Lord Volant estaba con su mano sobre el hermano de Shaula.
Antares, con solo el uso de dos de sus uñas, apartó la mano del hombre.
Sacudió su hombro sin dejar de sonreír, como si un zancudo lo hubiera
rozado.
—Usted perdió la cacería, lord Volant. ¿Lo olvida?
—Creí que era más que obvio que usted no participaba, príncipe Antares.
—¿Por qué me descalificaría, Volant? ¿Un principito de diecisiete años es
demasiado para una parranda de soldados veteranos?
—Porque es usted hermano de la princesa, obviamente.
—Por tal motivo soy el más interesado en cuidar que no se acerque ningún
indigno a ella.
—¿Me ha llamado indigno?
Antares se dio la vuelta para encararlo.
—No, usted se dio por aludido. Lo que sí hice fue llamarlo perdedor, y a las
pruebas me remito: apostamos, y yo gané. No haga un escándalo de esto.
Lord Volant le dio la espalda a Antares y fue directamente a mirar a la
princesa.
—Princesa Shaula, creo que debe interceder en este asunto. A usted más
que nadie le conviene concederme este baile.
Antares ya no tenía sonrisa alguna en su rostro.
—¿Está amenazando a mi hermana?
—Que ella lo tome como quiera, pero no querrá dejar pasar esta
oportunidad.
—Hermano. —Ella puso la mano sobre el hombro del príncipe—. Deja este
conflicto en mis manos, que innecesario es. No hay por qué ser hostil con
un servidor de Ara.
—Ya escuchó —dijo Volant—. Ahora largo de la pista, aguijón sin filo.
—Se confunde usted, lord Volant —intervino ella con la dulzura de quien se
dirige a una persona de lento entendimiento—. Voy a concenderle una
plática y un paseo por el salón, pero no un baile, así que no tenemos nada
que hacer en esta pista. Espero no se ofenda, mi lord, usted entenderá que
no quiero dar al resto la impresión de ser injusta. Una apuesta se hizo en mi
nombre, y yo debo respetar sus resultados.
Antares hizo una reverencia hacia su hermana, decidiendo que estaba en
buenas manos: las suyas propias.
Él se alejó, y Shaula empezó a caminar para que Volant la siguiera.
—No me ha gustado nada la manera en que me humilló delante de su
hermano, princesa.
—¿Quiere decir que sí disfrutó de las veces en que le he humillado antes?
Shaula contuvo el impulso de sonreír en tanto sintió que lord Volant se
detenía detrás de ella. Debía estar luchando consigo mismo para no
provocar un escándalo por su ego herido.
Hizo como si ni siquiera lo hubiera notado, avanzando sin esperarle hacia el
rincón donde se reunían para el cortejo algunos invitados. Le atrajo en
especial que en la chimenea, tallada en piedra negra, había otra serpiente,
esta vez con las grandes alas sobresaliendo del diseño.
«La mujer que tiene tu corazón es estravagante y terrible para disimular»,
se quejó su cosmo a modo de cizaña. No le agradaba Isamar, no le agradaba
nadie en absoluto que despertara en Shaula sentimientos humanos.
—¿Dónde está su esposa, lord Volant? —preguntó Shaula al sentir la
presencia del hombre a su espalda.
—Señoritas, caballeros, les pido me den unos minutos de privacidad con la
princesa —pidió Volant a las parejas de alrededor.
Estas obedecieron en contra de sus propios deseos de cotillear.
—Princesa Shaula, no soy un hombre que se vaya por las ramas de ningún
asunto. No me apodaron el carnicero por perdonar las cabezas de mis
enemigos, si entiende a lo que me refiero.
—No le entiendo, soy lenta para la lengua que comparten los imbéciles.
Lord Volant rio, consternando a la princesa con su inmunidad. Algo debía
tenerlo así de tranquilo pese a los insultos.
—¿Sabes por qué estoy aquí?
—¿Además de porque es incapaz de superarme?
Lord Volant dio un paso al frente, decidido y amenazante.
—Haré que esa boquita con la que hoy me insultas mañana lama las suelas
de mis zapatos, maldita arpía.
—Espero su paciencia dure al menos mil años.
El hombre, transpirando de ira, avanzó.
—Te casarás con mi hermano —ordenó con sus dientes apretados entre sí
con tanta fuerza que hacía temblar su cuello.
—¿Quiere que se lo proponga esta misma noche, o le concedo la iniciativa?
—Te casarás, maldita zorra, si no quieres que tu novia siga sufriendo.
Entonces no quedó ápice de sarcasmo disponible en la princesa.
La vista de la princesa se desvió hacia el ojo de sir Volant. Recordaba
perfectamente que, durante el juicio este usaba un parche. Ya no lo llevaba,
pero el párpado tenía una cicatriz, y no lograba abrirse por completo al
nivel del otro. Algo lo había lastimado de por vida.
—¿Un regalo de mi novia? —inquirió ella, llevando los dedos a la cicatriz.
—Si me tocas te arranco la mano.
—Quiero ver que lo intente.
Así, a sabiendas de que el hombre no intentaría nada en pleno baile, ella le
acarició el ojo. A ojos del resto, parecía que Shaula encomendaba la
sanidad del hombre ante Ara.
—Adoro tu mirada de que deseas mi muerte —dijo él.
—Yo no lo quiero muerto.
Ella paró de tocarlo, y con su expresión dejaba claro el destino que sí le
deseaba al hombre.
—¿No te asusta competir conmigo a estas alturas? —indagó él.
—Me sorprende que quiera persuadirme para claudicar. Hombres como
usted jamás considerarán que exista una mujer a la altura de su intelecto.
—Porque no la hay, sino, ¿por qué yo gané?
—Si ganó, ¿por qué parece que sigue batallando?
—Porque siempre puedo ganar más.
—Puede, mi lord. Puede ganar cuanto quiera contra quiénes quiera, pero el
hecho de que siga aquí, con movidas desesperadas que pretende disfrazar de
astucia, es un claro indicio de que morirá con la frustración de que a mí
jamás podrá tenerme.
—No quiero tenerte, quiero hacerte pedazos. Y como estoy bastante
ocupado haciendo eso con Isamar, tendré que delegar esa tarea a mi
hermano.
Ella le sonrió, una sacerdotisa en toda su apariencia. Nadie adivinaría la
tormenta de fuego que la incineraba desde dentro.
—Vaya preparando el divorcio.
—Primero tendrás que matarme. —Lord Volant terminó de dar el paso que
los separaba—. Escucha esto, princesa, porque lo diré y luego me iré para
que disfrutes tu festejo de mierda. Siempre supe que había algo mal en ti
desde el instante en que me rechazaste, que seas una desviada inmoral es
hasta lógico. Sin importar lo que te hicieron en ese internado, sé que no
estás curada, sé que sigues teniendo perversas fantasías con
mi
esposa. Así que debes saber que, incluso si el mundo conspirara a tu favor y
la devolviera a tu lado, ella ya nunca será tuya. Porque está usada, y
mucho
. Cada día que mi lívido sube... —Él deslizó su dedo desde la clavícula de
Shaula a la cara interna de su cuello—. Yo la encierro para mí, princesa, y
la uso hasta que no sale una gota más de mi delicioso néctar. Y esos días, la
obligo a que grite tu nombre pidiendo auxilio. Mientras más llora... Uff,
princesa mía, sus lágrimas me erectan como mástil. Y quiero que sepas que
no desperdicio ni una sola gota de mí, todo cae dentro de ella. Y si una gota
se derrama...
Volant se aferró al mentón de la princesa, tomándola por debajo del
cubrebocas. Ahí, se manchó con las lágrimas hirvientes que descendían.
Tenía entre sus manos a la personificación de la impotencia.
—No seguiré, porque espero algún día darte una demostración física. Pero
debes saber que mujer con la que fantaseas está destruida por mí, de adentro
hasta mucho más adentro. Y es muy ingenua, tierna en ocasiones. Cree que
no noto las plantas que consume para evitar el infalible efecto de mi néctar
en su matriz. Pero, ¿sabes una cosa? Algún día podría «enterarme». Algún
día podría decidir que quiero que me dé ese hijo que tanto me merezco. Y
qué tan pronto llegue ese día dependerá de qué tanto tardes en
comprometerte con mi hermano.
Cuando soltó a la princesa, ni siquiera se quedó a mirar su reacción.
Sencillamente le dio la espalda y se fue.
«No quiero lo que estás sintiendo»,
se quejó su cosmo temblando dentro de ella, horrorizado por sus emociones.
—Tendrás que soportarlo —dijo ella limpiando su cara.
«Si no te hubieras enamorado, no tendrías que sufrir así. Esto es horrible.
Haz que pare».
—No. Quiero sentirlo.
«Creí que eres racional».
—No cuando se trata de ella.
29: Ashuin'Nagas
Encerrada en el cubículo del baño, con una mano en el velo húmedo de su
boca, sus sollozos se sentían con la potencia de una tormenta.
Sus espasmos eran incontrolables, así que comenzó a golpear la espalda de
la pared. Un vez, con fuerza, y luego otra más, todavía peor, como si
pretendera atravesar la piedra.
Cada nuevo choque de su espalda era todavía más intenso. En tanto su
cuerpo entró en calor, de sus poros comenzó a caer una especie de escarcha
brillante en lugar de sudor. Cuando el ciclo de golpes se repetía, la escarcha
caía al suelo creando una alfombra de chispas de un naranja encendido.
Porque no era escarcha. Eran cenizas del poder que Shaula tenía por dentro;
estaba desperdiciando las brasas que todavía quedaban activas.
Pero no podía parar, no podía simplemente aniquilar la impotencia, como
habría preferido.
«Debes parar»,
ordenó la voz dentro de ella que parecía hablar a través del dolor de sus
huesos.
—No puedo... —gimoteó, su voz quebrándose a mitad de llanto—. Él fue
tan lejos como para describirlo... No he conocido una maldad como esa, y
ahora no puedo vivir sin imaginar las cosas que le ha hecho a Isamar...
Detente o te estrangularé desde dentro».
—Quiero matarlo...
«¿Qué te lo impide?»
, no era una pregunta capciosa, el poder dentro de ella realmente se
cuestionaba las razones para no accionar.
—En este mundo hay una consecuencia para todo, incluso para aquello que
es aparentemente sencillo. Si el estoicismo no impera en cada una de mis
acciones, puedo descubrir demasiado tarde cuál era el precio a pagar.
No es para tanto, es solo una persona más entre las muchas que sufren».
—Para ti lo es, para mí, ella es
mi
persona.
Si no la haces sufrir tú, ya estás haciendo todo lo que puedes».
—Eso es falso... —dijo en un hilo de voz—. Soy una princesa, la única en
la familia real. Puedo hacer más, siempre puedo. Pero, ¿qué? Las acciones
políticas toman demasiado tiempo, requieren de muchos intermediarios, de
demasiadas consideraciones. ¡Ella está sufriendo! Se muere, su alma al
menos, y yo estoy aquí bailando tranquila en mi castillo.
«Cómo detesto tus emociones... No tienes razón, ni disposición para oír una
voz superior a la tuya. Estar atrapada dentro de ti es el peor error
que
he cometido».
Shaula, que no sentía ningún apego emocional a la voz quejumbrosa, en
lugar de sentirse herida experimentó una parálisis que secó su llanto como
si hubiera sido cortado por una navaja invisible.
—Puedes irte... —murmuró Shaula. No hablaba con su poder, esas primeras
dos palabras fueron para sí misma—. Puedes irte. ¿Cómo puedo hacer para
que te vayas con ella? Yo no puedo protegerla, pero tú sí. Si estás dentro de
Isa, Volant ya no será una amenaza...
«¿Le darías el equivalente a tu alma, lo único que te hace poderosa y
sobrenatural, a una mujer de carne
simple
y huesos perecederos?»
—Le daría mi alma, y no su equivalente, si eso me garantiza que nadie
volverá a tocarla —contestó solemnemente.
Eres peor de lo que me advirtieron y me temía»,
contestó el poder, su voz como una llama que empezaba a menguar, vencida
por el asombro y el horror.
«No puedes entregarme».
—¿No puedo o no debo? —indagó—. ¿Es realmente imposible o
simplemente no me lo permitirás?
«Es
muy
imposible, incluso si mi voluntad
estuviera
de tu parte. Solo puedes transferir tu
cosmo
entre tu sangre vinculada».
—¿Qué significa eso?
«Que solo alguien con la suficiente de tu sangre, o que haya pasado por un
proceso espiritual que vincule sus sangres, puede tener acceso al poder
dentro
de ti»
explicó con fastidio el cosmo.
—¿Qué tipo de proceso? ¿Cómo puedo lograr ese vínculo?
El poder parecía gruñir con fastidio dentro de ella.
«¿En
serio
te lo
cuestionas
? ¿Tomas en serio tu propia impulsividad? Hablas de estoicismo, pero tu
solución es regalarme a una cualquiera».
—Es una decisión espiritual, no política. No le tengo miedo a vivir sin ti, lo
he hecho todo este tiempo.
«¿Y cómo te ha ido?»
—Bien —dijo Shaula con la seguridad de un regente—. He sufrido
calamidades, pero he sobrevivido a cada una de ellas como si estuviera
hecha de acero. Ni siquiera tú, con toda tu omnipotencia, me puede hacer
menospreciar eso.
El cosmo se mantuvo en silencio, fingiendo que ni siquiera la había oído.
Por primera vez Shaula fue consciencia de las pequeñas brasas en el piso,
ya opacas como cenizas. Se preguntó qué pensaría la persona que usara el
baño después de ella.
Además, ¿la estarían buscando? Su baile seguía en curso, y había pasado la
hora de la danza grupal para la que había ensayado con las madrinas.
Si debía ser honesta, le habría ilusionado participar, pero no entonces. Ya no
tenía ni mente ni corazón para invertir en un acto tan vano.
—Ahora responde, por favor —insistió a su cosmo—. ¿Cómo puedo lograr
ese vínculo?
«No cambiará nada. La única manera a tu alcance es que te cases con la
persona a la que quieres entregar tu cosmo. Los matrimonios legítimos
unen las almas, crea un lazo
de
consanguinidad. En tu caso, ni siquiera eso es posible porque tu amada ya
está casada».
Una oleada de dolor las abrumó a ambas, fue tanto, que los sentidos de la
princesa se perdieron durante un segundo y el cosmo dentro de ella tuvo
que apagar su consciencia, incapaz de tolerar lo que había provocado.
La primera experiencia del cosmo con el amor humano estaba siendo
terrible, en especial porque aquel que sentía la princesa era abismal,
desmesurado y tan imposible que no podía estar exento al dolor.
Cierra los ojos»,
le dijo a Shaula.
—¿Para qué?
«
Solo cierra tus ojos. Apaga tu humanidad, pues me manifestaré en el lugar
donde solo puede entrar tu mente».
Shaula cerró los ojos, y a partir de ahí empezó un proceso similar a
quedarse dormida.
Al atravesar el umbral entre la consciencia humana y los pasillos que había
más allá, Shaula se descubrió temblando de frío en un oscuro lugar sin nada
más que ecos de su propia voz que la guiaban en la dirección necesaria.
Aquí...
Ahí estaba. Una figura hecha de calor que no podía verse directamente sin
entrecerrar los ojos, incluso estando en los dominios de la mente de Shaula.
Era como la flama de una gran vela, con una forma que se entendía como
femenina sin estar definida. Era fuego, que se retorcía creando una curva
para la cintura, y ampliándose en las caderas, cayendo como lava en el
resto, como una falda. Luego en el rostro no había nada de definición, solo
una bola de calor de la que escondían crestas de fuego, como si su cabello
fluyera hacia arriba.
—¿Tú eres la cosa que tengo por dentro? —preguntó Shaula a la figura de
fuego—. ¿Mi cosmo?
Detesto que te refieres a mí de tal modo
—expresó la figura de fuego. Su voz era parecida al crepitar de una llama, y
con cada palabra podrucía pequeños estallidos en la falda de su vestido—.
Que digas que soy tu cosmo solo hace que se deteriore mi autoestima,
haciendo que me arrepienta todavía más de mi decisión.
—¿La decisión de unirte a mí?
La decisión de habitarte, creyendo que serías digna.
—Es un error cometido desde mi nacimiento, según entiendo —señaló
Shaula sin poder evitar cierto resquemor al ser tan menospreciada—.
Debiste haberlo superado hace unos veinte años. Si todavía no puedes, si no
se te ocurre cómo hacer de este vínculo algo útil, entonces no eres tan
superior a mí como crees.
—¿Es algo que dices con intención de consolarte o se trata de una
convicción real?
—Yo soy estúpida en comparación, como frecuentemente recalcas, pero al
menos tengo la capacidad para adaptarme a las adversidades.
Intento adaptarme
—Intenta hacerlo quejándote menos y explícame en qué te puedo ayudar.
—¿
Podrías sentir menos cosas?
—¿Por qué es mi sentir un problema para ti? De hecho, ¿qué haces aquí?
¿Qué es lo que quieres de mí que mis sentimientos te resultan tan terribles
obstáculos?
—Tú tienes una definición de cosmo que no me representa, aunque en una
gran medida técnica lo soy. Un cosmo es, al final de cuentas, el poder de
una estrella que elige un humano al que habitar, transformándose en suyo.
»Yo no pretendía esto, ni mis hermanos tampoco. Queríamos algo como lo
que hizo Ara en el pasado, que tomó un cuerpo, sofocó su alma, y lo usó
para experimentar la vida humana. Yo en algún punto pensé que, con el
cuerpo correcto, podría hacer algo parecido, aunque no por el mero placer
de conocer la mortalidad
—¿Intentaste sofocarme?
Intentamos matarte —
corrigió el poder
—, el día de tu nacimiento.
—Eso es más conciliador, sin duda.
Lo es. Pero sobreviviste a los tres. Así que fuiste la elegida para ser
considerada.
»Verás, Shaula, ustedes tienen un nivel de matemáticas muy básico, sus
estadísticas dan mucha vergüenza, así que no sabría cómo poner en
palabras lo que somos sin que te explote algún vaso cerebral. Nuestra
mente es, digamos, superior. Calculamos las probabilidades con facilidad,
y debatimos nuestros cálculos con estrellas de coeficiente similar. En
nuestro caso, solo hablamos entre los tres. Hemos estado estudiando la vida
por años, hasta que llegamos a una conclusión basándonos en todos los
hechos pasados, presentes y posibles futuros: la destrucción es inminente.
El orden de nuestro reino no durará, y una gran guerra nos hará
destruirnos unos a otros hasta que las explosiones de nuestras muertes en
cadena desaten la mayor calamidad
.
—¿Qué dices...? ¿Cómo...? —Para Shaula, no era mentalmente digerible
pensar en estrellas muriendo y una posible extinción—. ¿Es una especie de
profecía o solo una hipótesis que escribieron por aburrimiento?
Sabemos, por nuestros cálculos, que no podemos ser las únicas estrellas
que hayan llegado a esta conclusión del destino
—siguió la flama haciendo caso omiso a las preguntas de Shaula—.
Así que estimamos, con todas las profundidades a favor, que las grandes
constelaciones estarían buscando aliarse, intentando llevar su poder al
máximo para enfrentar lo que ha de venir.
Calculando nuevas probabilidades en base a eso, y comparando nuestros
resultados, decidimos no quedarnos atrás. Mis hermanos y yo concluimos
que debemos unirnos a la humanidad, cada uno de nosotros escogiendo un
humano para que porte nuestro poder y luche de nuestro lado, enfrentando
a los cosmos de nuestros adversarios en la inevitable guerra.
—Pero, ¿a qué te refieres con guerra? ¿Hablas de un hecho? ¿Están seguros
de que habrá una guerra? ¿Cuándo?
Podría ser en cien o en mil años, para nosotros da lo mismo. Debemos
estar preparados. Por ello decidimos reclutar luego de tantos milenios que
nos mantuvimos al margen siendo los soles que mantienen en orden
nuestras tierras. Ya no nos conviene la inactividad.
—Si decidieron reclutar, ¿por qué intentaron matarme?
—Porque, según nuestros análisis de esta era; según tu pasado, tu familia,
tu contexto histórico, las intenciones de todas las personas vivas al
momento de tu nacimiento, y cómo influiría cada una de ellas en ti, tú eras
la mujer idónea. Así que decidimos intentarlo. Si sobrevivías a nuestra
presencia, al tacto de cada uno de nosotros en tu piel, al eco de nuestras
voces en tu mente, si nada de eso te mataba, cualquiera de nosotros podría
nombrarte
—Pero no lo hicieron —repuso confundida—. Me nombró Shaula, la
estrella de Scorpius.
Porque sobreviviste, pero tu alma no cedió: no podía ser sofocada. Aunque
demostrabas fuerza, aunque nos sorprendiste a los tres, ninguno de
nosotros quería arriesgarse a ser lo que yo soy ahora: una consciencia
apenas consciente, un esclavo de la voluntad de nuestro portador.
»Así que, aunque sobreviviste, decidimos que consideraríamos ser tu cosmo
conforme crecieras y demostraras de qué estás hecha. Si demostrabas que
valía la pena, cualquiera de nosotros te podía reclamar. Pudimos haber
considerado otros mortales, y de hecho lo discutimos, pero era improbable
que volviera a nacer en un futuro cercano otra como tú.
Shaula no podía sonreír, ella en ese momento solo era la representación de
su consciencia, pero igual le embargó la sensación de que podría hacerlo.
—¿Y cuándo decidieron que era digna?
Jamás. En Baham creímos ver una versión de ti conveniente. Una monarca
en toda regla, un ser humano por el que valía la pena arriesgarse a una
alianza. Pero luego de tu comportamiento al final de tu juicio, cuando
todas esas emociones se manifestaron, renunciamos a ti. Eras demasiado...
humana.
—No encontrarán un humano sin sentimientos, no uno que valga la pena
habitar. De ser así tendrían que aliarse al tipo de persona que es Volant
Aldebarán. Tú escuchaste de lo que es capaz. ¿Es ese el tipo de ser al que
quieres habitar?
No discutas conmigo como si tuvieras idea de lo que hablas. Eras ínfima,
tus palabras deberían ser mínimo de reverencia.
—Soy ínfima, pero decidiste entregarte a mí. En algún punto, todo lo ínfima
que soy te habrá resultado suficiente.
Jamás. Yo no decidí nada. Fuiste tú, que de alguna forma notaste que
estábamos ahí, cerca, observando, y cuando estuviste a punto de atravesar
la operación en tu cautiverio rompiste la barrera del limbo entre nuestros
reinos. Y ahí nos reclamaste, por un instante al menos.
—¿Fui yo...?
Lo que parecía la cabeza de aquella figura de fuego, fluctuó en un
movimiento de arriba a abajo que hizo estallar las puntas de su cabello
como si las estuvieran rociando con alcohol. Shaula lo interpretó como un
asentamiento.
Fuiste tú, y nos resultó tan insultante que intentamos asesinarte por ello.
—Por eso... por eso sentía que me inconeraban por dentro.
Sí. Pero eres terca, y seguías hablándonos como si tuvieras el derecho. Y
supongo que en algún punto tu teatro me produjo tal lástima que,
desafiando las órdenes de mis hermanos mayores, decidí unirme a ti, solo
para salvarte de ellos.
—Mientes.
—
Estoy diciendo la verdad.
—En algunas partes, pero no en todas. Tú creíste en mí, no te di lástima. Yo
lo
sentí
. Si desafiaste a tus hermanos fue porque realmente creías, en contra de lo
que ellos decían, que valía la pena correr el riesgo conmigo.
La figura de poder caluroso siguió ondeando como una bandera de fuego y,
por primera vez, en completo silencio.
—Gracias —le dijo Shaula—. Gracias porque, aunque ahora te arrepientas,
fuiste la primera entidad, viva o inmortal, que ha creído en mí.
No agradezcas, porque ahora estamos aquí: yo atrapada, limitada, sin el
favor de mis hermanos y sin tener idea de qué hacer contigo.
—Enséñame.
Como escuchas tanto...
—Te escucharé, siempre que no sea para decir que soy inútil e inferior.
Eres poco útil e indiscutiblemente inferior.
—Pero estamos aliadas ahora, y yo puedo convertirme en la serpiente que
esperas que sea. Solo intenta comunicarte, por favor.
—
Mi consciencia es limitada, y mi confianza en ti es todavía menor. Siempre
puedo esperar a que mueras y regresar a mi lugar en el otro reino, lo que,
según mis estadísticas, es la opción más viable.
—No seas cobarde. Dime, ¿cómo te llamas?
—¿Yo?
—¿No que yo soy la estúpida? Sí, dime tu nombre.
¿Por qué querrías saber mi nombre?
—Porque detestas que me refiera a ti como mi cosmo.
Una extraña vibración manó del fuego a la consciencia de Shaula. Aunque
desconocida, era claramente despectiva, teniendo un efecto similar a lo que
produce ver a otro poner los ojos en blanco.
Encima eres considerada
—¿Y tú nombre es...?
Ashuin'Nagas
—¿Eres... cuál de ellos? —preguntó Shaula, refiriéndose a los tres soles que
solo estaban juntos en Baham el día de su cumpleaños.
La figura se relajó visiblemente, como si suspirara y su cuerpo decayera,
dejando de flotar para ser una llama que fluye del suelo oscuro.
—
La menor.
Shaula aguardó, porque tenía la sensación de que el cosmo estaba dispuesto
a decir mucho más.
Soy quien te vio crecer. El sol que conociste todos los días en Baham, hasta
que te fuiste a Ara.
«Por
eso
me escogió»,
pensó Shaula.
«Los demás no
tuvieron
la oportunidad de verme de igual manera. No me conocen, sin importar
cuántas apuestas hagan sobre mí».
Aunque no pretendas transmitirme lo que piensas, yo igual lo escucho.
—Lo siento. No... me acostumbro.
Porque eres de intelecto inferior, no esperaba otra cosa.
Shaula sintió la necesidad de un cuerpo solo para que su mirada expresara
su opinión al respecto de esas palabras.
—
Somos tres hermanos
—siguió el cosmo—.
Yo la menor entre ellos, la encargada de la vida y evolución de
Baham
. Mis hermanos tienen otros dominios, y solo se unen en mi tierra el día de
tu nacimiento.
Padam Nath'Agni es el mayor. Según entiendo, ustedes los
mortales
, pieles sensibles, carne perecedera y mente limitada, traducirían ese
nombre como "dios del sol, dios del fuego".
Su melliza, nacida solo unos minutos después, es Savitar'Suria. "El dios sol,
dios del sol".
—¿No significan lo mismo?
No. ¿Eres tan limitada como para no entender la diferencia entre «dios del
sol» y «
el
dios sol»?
—Me queda claro, continúa.
—
Eso es todo.
—¿Y tú?
Ya te dije mi nombre.
—Sí, pero no su significado. ¿Cuál es?
Ashuin'Nagas sería «estrella enana amarilla, diosa de las serpientes
divinas».
—Encantada de conocerte formalmente, Ashuin.
Ashuin'Nagas
—corrigió el cosmo de mala gana.
Nota: este es un capítulo imprescindible para el resto de los libros de este
universo. Espero que les haya resultado interesante. Yo estaba temblando de
la emoción por al fin llegar a esto.
Por cierto: los nombres Bahamita y los de los soles están más inspirados en
la astrología védica/hindú, por eso los notan tan diferentes de los del resto
del reino.
¿Qué les parece el cosmo de Shaula y todo lo que dijo?
30: Dos escorpiones son mejores
que uno
La dulzura de las margaritas impregnaba el salón de baile cuando Shaula
regresó.
Y entonces la vio.
Con su vestido que era rojo, pero estaba tan salpicado de encaje que podría
ser negro. Con sus guantes, delicados y distinguidos, un par de términos que
pocas veces aplicaban a la doncella de los libros.
Su moño, desaliñado en esencia, iba arruinado por más de un mechón que
se rehusaba a ser sometido; sus ojos, normalmente tan oscuros que resulta
difícil distinguir el verde, entonces resaltaban, con una claridad en contraste
al profundo delineado que lucían. Y sus labios... Con el labial un poco
corrido, Isamar usaba el dorso de su mano para limpiar el exceso mientras
su mirar pretendía en vano ser esquiva con la princesa.
Ese color de labial era el tono justo con el que Shaula representaba cada
uno de sus recuerdos más pasionales.
Isamar ya era lo suficientemente destacada en sociedad como para valerse
de vendidas, prestadas por su marido, que le sostuvieran las bebidas, el chal
y la rodearan en todo momento.
Shaula nunca se había imaginado deseando ser una vendida.
Quería ir tras ella. Quería hablarle, abrazarla, o sencillamente darle un
saludo más íntimo.
Pero no tenía ese privilegio.
Había mucho que debía resolver antes.
En el instante en que sus ojos conectaron, Shaula intentó que sus ojos
transmitieran cada palabra que cruzaba por su mente.
Nos merecemos esto, mi lady libros. Somos dos almas encadenadas, sin
culpa, sin pecado. Lamento confirmar que hemos nacido en el momento
equivocado de la historia, donde no es posible amarnos, donde no es
correcto siquiera mirarte como de todos modos hago. Pero, a tu lado o en
el otro extremo del mundo, cumpliré mi palabra. Hice un templo arder bajo
mi ira. Pondré de rodillas la constelación que se interponga en tu felicidad,
mi Isa. Te lo prometo.
~☆♡☆~
—¿Me permiten, caballeros? —preguntó con recato, evitando mirar a cada
uno a la cara, pues el decoro y la feminidad tolerable en una princesa así lo
exigía.
Su hermano volteó al reconocer su voz, con una bebida burbujeante entre
las manos. Indicó a todos, entre risas condescendientes, que hicieran caso a
lo que ya la princesa había sugerido.
—¿Puedo? —preguntó ella mirando la copa.
Él negó con la cabeza mientras la llevaba a sus labios. Sin embargo,
mientras la veía, su mirada entornada se detenía en Shaula, como si dentro
de sí considerara que la idea de su hermana bebiendo no tenía por qué ser
tan escandalosa.
Por el bien de las apariencias, de todos modos declinó, cual hermano
responsable.
—¿Tú cosmo te habla, Antares?
Él tosió, cubriéndose la boca con la manga del traje.
Shaula sabía que con esa pregunta ocasionaría que él quisiera sacarla de ese
lugar, sin importar sus responsabilidades, solo para que pudieran tener esa
conversación en un lugar seguro.
—Aquí no.
Ahí estaban, justo las palabras que ella quería escuchar.
Tuvo que contenerse para no demostrar con una sonrisa que había sido
maquinadora más que inocente.
En cuanto estuvo por marcharse de la fiesta con su hermano, una leve
sonrisa le dedicó a la distancia a Isamar, quien socializaba mimetizada en la
sociedad. Aunque dudaba de que su intento hubiera llegado a iluminar sus
ojos.
En los pasillos a las afueras del salón, Antares sí que le tendió una bebida a
su hermana, pero solo para que acompañara al cristal que le tendía con la
otra mano.
Shaula saboreaba la complicidad con agrado. Antares le tendía el cristal
asumiendo que ella sabía el secreto, por obvias razones, y de todos modos
le parecía liberador. Él sencillamente podía decidir no ser parte de la
travesura.
Las noches de la capital no habían sido hechas para las mujeres. De eso se
encargó la Iglesia. Pero ahí estaban, desafiando todo ética, saliendo juntos a
los jardines e inmersándose en el laberinto del escorpión.
—No me habla —contestó Antares una vez estuvieron tan adentrados en el
laberinto, que la única compañía que tenían eran los vigías omnipotentes
del cielo—. Se comunica.
—¿En qué forma? ¿Tú le entiendes?
—Le entiendo, sí. Aunque tardé trece años en descifrar su lenguaje del todo
Shaula sintió, inevitablemente, una punzada de envidia. Si tardó trece años
su hermano en entender la comunicación con su cosmo, implicaba que
había pasado, como mínimo, la mayor parte de su vida con esa consciencia
sobre el reino cósmico, tal vez incluso tuvo un guía en el proceso de
entender su poder. ¿Qué sería capaz de hacer ella si se le hubiese criado en
las mismas condiciones? ¿Qué tan vinculada estaría a su poder para
entonces?
—Ya me es natural —siguió él—. Antes, podía interpretar algunas cosas y
otras sencillamente sacarlas por contexto, pero ahora ya reconozco los
matices entre cada una de sus vibraciones, sus pausas, sus pulsaciones...
Son un alfabeto propio, único entre Bharani y yo.
—¿Bharani es su nombre, entonces? Creí que era Antares.
—Antares es la estrella, Bharani es el nombre de la identidad de su poder.
Al menos, así se ha presentado ante mí. ¿La tuya es solo Shaula?
—Eso creo.
—Un poco extraño, ¿no te parece? Hablarle mientras le llamas por tu
nombre.
—Ya es lo suficientemente raro hablarte a ti mismo, ¿no?
Antares frunció su ceño.
—¿Tú lo sientes como hablarte a ti mismo?
—Un poco —mintió—. Tampoco le entiendo muy bien.
—¿Por eso me has preguntado si me habla? ¿Porque no entiendes?
Shaula asintió.
«No estás siendo honesta»,
concluyó su cosmo en un tono de confusión más que de reproche.
Si no puedes interpretar lo que pretendo, es que has hecho un terrible
trabajo como mi cosmo
—respondió Shaula para sus adentros.
La realidad era que Shaula una vez dijo a su padre que se necesita de un
escorpión para vencer a otro. Empezaba a pensar que dos escorpiones de
hecho serían mejor arma que solo uno.
—Cuéntame en qué nivel del lazo vas —dijo Antares con sus ojos
entornados hacia su hermana.
—¿Perdona?
—Entonces es cierto.
Eso la confundió a ella.
—¿Qué es cierto?
—Que mi padre no lo sabe, si no se ha sentado a instruirte al respecto —
contestó él.
—Él no lo sabe, pero puedes explicarlo tú. Te escucho.
Él comenzó a caminar de un lado a otro del largo pasillo del laberinto, las
manos metidas en sus bolsillos mientras pateaba la grama como distraído.
—Con los cosmos siempre hay un primer paso, o un segundo, si se toma
como primero el punto el que una constelación te nombre al nacer y decida
que eres digno de usar su poder como tuyo.
—De acuerdo —convino ella, dudando sobre si debía seguir su paso
errático por el laberinto—. Coincidimos en que ese primer paso ya está listo
en mi caso. ¿Qué sigue? ¿De qué lazo me hablas?
—El dichoso lazo sería el siguiente paso, de hecho. Aunque lo de «paso»
hace que parezca un trayecto directo, y no siempre lo es. Hay ocasiones en
las que, como en mi caso, pasas tu vida formando el lazo con tu estrella,
hasta que esta simplemente te permite beberla. Pero en el caso de mi padre,
según me contó, no fue así.
Antares se detuvo, recostándose de una de las paredes hechas de arbustos,
mirando con suspicacia a su hermana.
—Él ignoraba su poder, hasta que estuvo en un punto de inflexión para su
vida donde la opciones eran invocarlo o morir. Ahí acudió Lesath, su
estrella, y lo salvó de la muerte misma.
—No... no tenía idea. Creí que la vida de nuestro padre había estado
bastante alfombrada.
—Para los reyes incluso las alfombras tienen espinas.
—Pero tú quieres ser rey —dijo Shaula, sin ocultar que conocía con qué
intenciones su hermano daba cada paso en su vida.
Él sonrió, su dentadura resaltando en la oscuridad.
—Resulta que las espinas son mis flores favoritas.
«Debes tener cuidado con él»,
advirtió su cosmo.
«Entiendo que quieras usarlo, pero no debes olvidar que él es otro tú, solo
que
con
mejores oportunidades».
—¿Y cuál es el siguiente paso? —insistió Shaula en la conversación—. En
el lazo con tu estrella, me refiero.
—No hay un siguiente paso, no hay una lista por completar. Entre la unión
de un humano y su estrella no hay nada establecido. Pero hay un patrón
notable, y es que siempre hay algo más de lo que se consigue en el primer
acercamiento entre ambos, aunque depende de la naturaleza de tu poder y
de las necesidades, riesgos y enemigos a los que te enfrentes en tu vida.
—¿Si te digo que no entiendo, me explicarías más?
Él parecía encantado con la idea.
—Mi padre —siguió—, nuevamente como ejemplo de este proceso, me
habló de que la primera vez que su cosmo acudió en su ayuda lo hizo
dándole una fuerza sobrehumana y la habilidad para regenerarse, lo que
impidió su muerte.
»Pero más adelante, en otro conflicto, logró usar el poder de forma más
agresiva. Y sin siquiera saber que era posible, años más tarde se enfrentó a
tal enemigo que todo su cuerpo se... Bueno, no me corresponde a mí
decirlo, pero dejémoslo en que mi sueño más grande es llegar a la mitad de
ese potencial.
—¿Tú no...?
—Ni siquiera cerca —reconoció con una humildad que resultaba extraña
viniendo de él—. El lazo que me une a mi estrella es bastante fuerte, pero ni
siquiera así mi cosmo me revela si hay algo más, si todavía no he explotado
las capacidades posibles. Dice que, si es mi destino saberlo, lo sabré cuando
llegue el momento.
—Pues yo soy la más inútil de las inútiles en ese aspecto. Solo puedo hacer
una que otra tontería como lo que me viste hacer.
—¿Y quieres que te ayude?
—Sí, de hecho. Quiero tu ayuda, pero no es... en ese aspecto.
Antares se mordió los labios, parecía un gesto desesperado para doblegar
una diabólica sonrisa.
¿Qué vas a hacer?»,
indagó su cosmo.
Voy a jugar a la adulación, donde él es experto. Deséame suerte.
«Ojalá te mate».
Shaula se dejó caer en el suelo, su figura hundiéndose en la grama, dejando
su silueta marcada. Sus ojos fueron al cielo, sus manos se cerraron sobre su
estómago.
—¿Recuerdas cuando me dijiste que tuviera cuidado con lo que digo y
hago, pues otros podrían malinterpretar mi naturaleza?
—¿Que si recuerdo? Según te expresas, ese ha pasado a ser un comentario
rutinario.
—Tienes razón, y eso es porque no hay mucho qué malinterpretar sobre mi
naturaleza...
—Shaula —advirtió su hermano, todavía recostado de la pared de arbusto.
—Antes de que me sueltes un sermón, escúchame, ¿sí? Estamos solos,
después de todo.
—Estamos bajo las estrellas, no me parece un buen lugar para la herejía.
—No voy a decir que Ara no existe, Antares, solo te voy a pedir algo
moralmente cuestionable.
—Sí, ¿y qué te hace creer que soy la persona idónea para que me pidas algo
semejante?
Shaula reprimió una sonrisa, sus ojos buscando a su hermano mientras
proyectaban admiración.
—He oído que eres el mejor duelista que las últimas generaciones de Scorp
han visto nacer.
—¿Y eso qué? Los duelos no son masacres. Hay códigos, hay honor.
Confundes términos si crees que ser buen duelista me hace poco ético.
—No estoy pensando que seas poco ético por los duelos,
sé
que eres poco ético, tu destreza con la espada solo hace que me parezcas...
letal. Y esa letalidad es la que necesito de mi lado.
Su cosmo latió con incomodidad mientras, con lentitud, se iba adaptando a
los pensamientos de Shaula, estudiándolos a toda velocidad para hallar una
conclusión al respecto.
Él le sostuvo la mirada, tenso, sin un atisbo de su sonrisa y cinismo usual.
—¿Qué, Shaula, te hace estar tan segura de que sea poco ético?
Ella dejó unos segundos al silencio, para que sea él, y los pensamientos de
Antares, quienes prepararan el terreno a su respuesta.
—Tú sabes qué.
«¿Desde cuándo lo
sabes
?»,
la interrogó su cosmo, quien ya había sacado sus propias conclusiones.
Desde la primera vez que me miró.
—¿Qué cabeza debo cortar? —preguntó él.
Ella bajó la mirada emocionada y mordió su labio para controlar su sonrisa.
Había funcionado.
Shaula apoyó las manos detrás como anclaje mientras se erguía. Mirando a
su hermano, le dijo:
—No es tan drástico —aclaró—. Es una persona peligrosa y no creo que
sea buena idea quitarle su cabeza.
—¿Quién? ¿Qué te ha hecho?
—Directamente nada, desgraciadamente. Así que no tenemos razones,
pero... Le tengo miedo, hermano. Mucho. Me amenaza constantemente, y
me dijo que si no me caso con su hermano...
—No te casarás con nadie. ¿Quieres que le dé un susto al hermano?
—No, el hermano es inofensivo. Quiero que él vaya a la cárcel.
—¿Quién es él, Shaula?
Shaula mordió su boca antes de responder.
—Lord Volant.
—Volant es la mano de los Sagitar... Mi padre ya tiene bastante problemas
con ellos luego de rechazar a la princesa de Hydra en matrimonio...
—Lo sé, sé que lo que te pido es...
—Perfecto —siguió él—. Es una oportunidad perfecta para dar un
escarmiento a los Sagitar por amenazar a su rey, sin atacarlos directamente
para no ocasionar un conflicto tan grande.
Una aprensión negativa se esparció por la sangre de Shaula, una especie de
preocupación que su cosmo se bebió con gusto. Le gustaban esos actos,
disfrutaba de todo aquello que no implicara una carga moral o emocional.
—Pero... ¿No deberíamos pensarlo más? —insistió Shaula pese a que su
cosmo estuviera complacido con la implacable idea de Antares—. Si lo
metes preso en este momento, sin pruebas, no solo terminará por salir libre
sino que la Iglesia podría tomar represalias.
—Por eso no lo voy a apresar yo, ni será encerrado sin pruebas. Quien lo
prive de su libertad lo hará con más de un indicio de su culpabilidad, yo
solo voy a señalar los hechos que saltarán a la vista.
—No será suficiente para una vida en prisión, no si al momento del juicio él
los convence de su inocencia, y lo hará.
—En ese caso, me encargaré de retrasar el momento del juicio al menos un
año. Eso sí puedo hacerlo sin ninguna consecuencia de por medio. Me
parece que un año es más que suficiente para que recapacite sobre su idea
de amenazar a la princesa, y para cuando salga su hermano ya estará
casado, te lo aseguro. ¿Te complace eso?
No.
Pero
es un hermoso comienzo.
—Me parece perfecto.
—Entonces vámonos.
—¿A dónde?
—Al baile, Shaula. Volvamos, y una vez ahí debes hacer exactamente lo
que voy a indicarte. Al pie de la letra, sin variaciones. ¿De acuerdo?
Shaula asintió, su emoción nuevamente floreciendo.
Un año. Un año de libertad para su Isa, mientras pensaba en cómo darle
toda una vida.
~☆♡☆~
La parte de la noche que a Shaula más le disgustaba era esquivar a Isamar.
Evitaba hablarle, esquivaba sus miradas. En tanto ella hacía ademán de
acercarse, Shaula se deslizaba con naturalidad hacia otro lado. Socializaba
con todos, sonreía tanto como le permitían sus nervios. Inventó excusas de
naturaleza femenina para haberse perdido el baile grupal, y permitió el
cortejo de algunos caballeros y comerciantes que definitivamente no tenían
oportunidad con ella.
En especial, evitaba intercambiar miradas con el otro escorpión en la sala.
No tenía idea de la escala de sus maquinaciones, ni de cómo podrían
afectarla a ella. Tampoco tenía garantías de que fuera a funcionar lo que él
pretendía. Así que se matenía al margen y a la expectativa.
Hasta que un extraño movimiento le dio un indicio de que «eso» estaba a
nada de acontecer.
Antares tropezó, chocando por accidente con su hermana y en el proceso
derramando la bebida sobre su vestido. Sin que nadie lo advirtiera, con una
sutileza magistralmente disfrazada de atención y amabilidad, Antares,
mientras ayudaba a limpiar las salpicaduras de la falda de su hermana,
deslizó en su mano un frasco en miniatura.
El corazón de Shaula golpeteó alterado. Las implicaciones de esa acción
iban bastante implícitas, pero si todavía quedaba algo de dudas sobre su
significado, estas quedaron disipadas en tanto lord Volant, tan atento como
había estado toda la noche, saltó al rescate princesa.
—Tenga, princesa —dijo tendiéndole su propia copa—. Sé que su cóctel no
contenía alcohol, pero este es un vino especial. Pruébelo por amor al arte
detrás de su creación, y no lo vea como un acto impropio de una dama.
Solo para asegurarse de que entendía las intenciones de Antares, ella lanzó
su mirada hacia él.
Y ahí estaba, el escorpión de cabello de plata, con su cáliz levantado en
aprobación.
Shaula aceptó la copa de Volant con una mano, mientras con la otra
apretaba discretamente el frasco diminuto.
Quiere incriminarlo...
Si ese pensamiento era cierto...
Para incriminar a Volant de envenenamiento se necesitaba un chivo
expiatorio, un inocente que lamentablemente pagaría por el bien de la
justicia.
¿Un fin, incluso siendo tan noble como la justicia contra un criminal como
Volant, borraría todo el daño hecho en el trayecto para llegar a este?
Porque claramente Antares, aunque le cedía el frasco envenenado a Shaula,
no pretendía que fuera ella quien bebiera del líquido adulterado.
Todo encajó en tanto una de las vendidas de Lesath Scorp, con la piel de
ébano y el cabello más largo que Shaula hubiera visto jamás, llegó al
círculo íntimo, repartiendo nuevas bebidas a quienes las habían solicitado
con antelación.
—No te vayas tan pronto —le pidió con un aire fraternal que halagó a la
mujer que solo estaba ahí haciendo su trabajo—. ¿Has probado el vino de la
nueva cosecha de Hydra?
—No, su alteza. ¿Es bueno?
—Es el mejor. El mío se ha agotado de mi cáliz, por desgracia. Pero si no
me equivoco... ¿No era eso lo que tomaba usted, lord Volant?
Volant miró al príncipe con esa expresión de hierro suya, desinteresada e
impenetrable.
—Lo era, pero se me ha agotado. Esperemos a la siguiente tanda de mi
copero personal...
—¿Por qué esperar, sir?
—Lord —corrigió el hombre sin atisbo de afinidad alguna. Una sola cosa lo
mantenía en ese círculo social, y era evidentemente la presencia de la
princesa.
Y mientras, su mujer era desatendida y descuidada.
La ira volvió a escalar en Shaula nada más pensarlo. Para ella, Isamar
merecía idolatría. Aunque no de él.
—El título no altera el mensaje —contestó el príncipe, sus palabras filosas
pero cohibidas tras sus dientes. Las emociones estaban ahí, represadas tras
toneladas de códigos de moral y convencionalismos sociales—. Decía,
¿para qué aguardar? ¿No le cedió su copa a la princesa? Entiendo que es
una ocasión especial, pero no me convence la idea de que mi hermanita
beba tanto. ¿Por qué mejor no le concedes tu bebida a nuestra colega aquí
presente, Shaula?
Shaula sintió que un calor adverso subía detrás de sus orejas, junto al asco
que se acumulaba en su garganta. Quería a Volant tras las rejas, pero, ¿sería
capaz de sacrificar una vendida inocente por ello?
«Es perverso», concluyó el cosmo de Shaula, la palabra fundiéndose como
un escalofrío en su piel. El poder se notaba impresionado, pero no de
manera negativa. Eran la clase de actos que le gustaban: pragmáticos, sin
remordimiento ni consecuencia posible.
Pero a Shaula no.
—Shaula, ¿me has escuchado?
La princesa, quien prefería quedar como una altanera clasista qué cargar
con la vida de otra vendida en su consciencia, miró con altivez a la mujer
mientras a ojos de todos los presentes se terminaba de beber ella la copa.
Sí, esa copa en la que había vaciado el pequeño frasco con sus ojos como
única distracción para los presentes.
«Al menos seré libre»,
dijo el cosmo en una pulsación de alivio, muy parecida a esa sensación de
un músculo tenso al relajarse.
Shaula ya empezaba a sentir los temblores mientras su cuerpo se llenaba de
sudor por el veneno.
Aguarda
—pensó—,
espera hasta que sangre y entonces puedes empezar a curarme.
No puedo creer que estés contando conmigo... ¡Con lo débil que estoy no
puedo revertir un daño así!».
Shaula empezó a toser, doblándose para empezar a escupir en el suelo
mientras se las arreglaba para pedir agua.
El revuelo en el círculo se hizo inmediato. Y aunque se imaginaba que
Antares habría estado preparado para dar la actuación de su vida, entonces
no hizo falta. Realmente acababa de ver a Shaula beber veneno frente a sus
ojos, y el shock de sentirse responsable ni siquiera le permitió moverse de
su sitio. Era tal la magnitud de su desconcierto, que no había espacio para
dejar pasar a la preocupación.
No habrá tal daño qué revertir
—pensó con una sonrisa mientras su boca al fin se llenaba de sangre—.
Estoy hecha
de
veneno, Ashuin, unas gotas no van a matarme.
Fue su último pensamiento antes de perder la consciencia.
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Nota:
CUÉNTEME TODO LO QUE OPINAN