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Rugby: Masculinidad y Exclusión Social

Rugbyve identidad

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K.G. Sheard y Eric G.

Dunning
RUGBY, ¿UN RESERVADO PARA HOMBRES?
Especialmente en Inglaterra, los jugadores de rugby aficionados se han ganado la fama de llevar unas formas de
conducta determinadas que están en contradicción con las que cabría esperar de ellos en cuanto miembros de las clases
media y alta.
Un tabú importante de la clase media es el del contacto físico. La clase media, y tal vez especialmente en Inglaterra,
parece alentar una marcada antipatía y miedo al contacto corporal. El contacto físico no intencionado es causa de
turbación y exige una disculpa inmediata. En el contexto de la clase media el recurso a la violencia y al castigo físico
durante el proceso de socialización suele ser el medio extremo. El uso de la fuerza física es considerado por la clase
media como bajeza y origina sentimientos de miedo y culpa.
El rugby es, por otro lado, el deporte que más contactos físicos implica. Incluso más que en boxeo o La lucha
profesional.
Al parecer, en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX, determinados sectores masculinos de la clase media se
sintieron fascinados por la fiereza y brutalidad del rugby. Al muchacho joven se le ofrecía en él la oportunidad de
participar en una actividad física, con predominio de la fuerza, que cada vez en mayor medida se le estaba vetando en
el trabajo. La dureza y la pelea de este juego le daban ocasión de experimentar esa gratificante excitación que
acompaña a todo movimiento autónomo producto de la actividad libre. Al mismo tiempo podía sentir placer en una
lucha aparente y hacer buenas sus propias ideas de virilidad mejor que en el ejercicio diario de su trabajo.
El mismo hecho de que la noción inglesa del «gentleman» tenga su primer origen en el ethos de la guerra caballeresca
es tan significativo como el hecho de que a partir de la segunda mitad del siglo XIX fuera un período durante el cual
se extendieron entre las clases media y baja los oficios no militares con mayor intensidad que antes. En tales
circunstancias se fue haciendo cada vez más difícil encontrar en el curso normal de la vida diaria un hueco para que se
manifestaran las normas de las clases alta y media referentes a la hombría. El rugby comenzó a aparecer como un
enclave social donde traducir legítimamente dichas normas.
Las consideraciones precedentes pueden servir de explicación provisional para comprender por qué en la segunda
mitad del siglo XIX los jóvenes de las clases media y alta se aficionaron a un deporte rudo y violento. Pero nada nos
dicen para poder aclarar el nacimiento de otros aspectos de la subcultura del rugby, y especialmente de aquellos que
tenían su lugar fuera del campo de juego.
este juego implicó también un desprecio generalizado por el tabú del desnudo. los sones del «The Zulu warrior» eran
la señal tradicional para el desnudarse ritual de los miembros del grupo. Aparecieron ceremonias de ingreso, en las que
el novato era desnudado a veces violentamente y se le untaba el cuerpo, y sobre todo los genitales, con crema para el
calzado y vaselina.
El beber en exceso se convirtió, igualmente, en un elemento fijo de la tradición del club de rugby: cuando los
jugadores estaban bebidos, cantaban canciones obscenas que mostraban desprecio y ultrajaban a las mujeres y a los
homosexuales. La propiedad privada era robada o deteriorada con mala voluntad.
Pero el aspecto más notable de todo este modelo de comportamiento era el hecho de que el resto de la sociedad lo
creía y admitía como normal de este grupo. La conducta de los jugadores de rugby no era considerada ni criminal ni
desviada, sino que más bien existía la tendencia a disculparla como hija de un «alegre estado de ánimo» excusable.
Esta situación de privilegio se la debe el rugby, sobre todo, a su relación histórica con las public schools, costosos
internados privados para hijos de las familias de la élite, mientras que las escuelas estatales eran gratuitas.
Este juego surgió en una de las principales public schools, en el siglo XIX. Luego, Fue copiado primero por otras
public schools, y más tarde fue aceptado por las universidades de Oxford y Cambridge. Muy raras veces fue
practicado por gentes que no lo hubieran conocido en ese contexto. Y así también los primeros clubs de rugby fueron
fundados por old boys, antiguos alumnos de las public schools. En consecuencia, los jugadores de rugby eran
identificados, inequívocamente, como miembros de la poderosa élite nacional. Y todavía más: en las public schools
del siglo XIX se desarrolló, con el consentimiento o al menos con el conocimiento de los educadores, un verdadero
culto al juego». ese culto al juego presentaba una estrecha relación con ciertas formas de controles sociales,
procurados sobre todo por los educadores, cuyo origen social era más bajo que el de los alumnos.
los educadores, para mantener la disciplina, se vieron obligados a aceptar los valores de sus educandos, y de este
modo se creó un estado de cosas en que el deporte y los juegos se justificaron, pedagógicamente, como medios «para
la formación del carácter» y alcanzaron en la vida de las public schools mejor posición que las ocupaciones
intelectuales.
Sucedía además que determinados jugadores, como los miembros de los equipos escolares o bloods, como a veces se
llamaban, definían el poder informal y el rango de prestigio en las escuelas. Constituían una «élite dentro de la élite».
Es improbable que los miembros de las clases media y alta hubieran estigmatizado como delincuentes a sus propios
hijos, y los de la clase baja no eran, por otra parte, lo suficientemente poderosos, fueran cuales fuesen sus sentimientos
al respecto, como para denigrar, mucho menos, castigar ese comportamiento.
Por todo esto, es provechoso imaginarse el club de rugby como «reservado para hombres», que funcionaba como una
institución social en la que manifestar la hombría, a veces en forma extrema.
El club inglés de rugby, como «reservado para hombres», surgió sobre el fundamento de otra base social. por eso su
aparición no es comparable con la de los billares americanos. Inglaterra, durante el siglo XIX, no tenía unas fronteras
abiertas, a pesar de que sus dominios tal vez ejercieran la función de unas fronteras abiertas. Por otra parte, en esa
época a clientela de los clubs ingleses de rugby provenía de las clases alta y media alta, mientras que los
frecuentadores de los billares americanos eran sobre todo de la clase trabajadora. en los clubs de rugby mostraban
también una subcultura de solteros. Aunque no estaba sometido a la norma de la soltería, como lo estaban los
jugadores de billar americanos, las prescripciones sociales de sus clases imponían un aplazamiento del matrimonio
hasta los últimos años de la veintena o los primeros de la treintena ya que suponía que hasta esa edad el hombre no
estaba en situación de lograr unos ingresos suficientes para sustentar, de acuerdo con su estatus social, una familia.
Aparte de eso, el compromiso matrimonial constituía todo un proceso que, con frecuencia, para los miembros de esas
clases sociales, se hacía a base de arreglos. El hombre, en tal caso, tenía menos necesidad de conquistar a una mujer y
conocer al otro sexo.
De otra parte, en esta época hombres y mujeres llevaban vidas hasta cierto punto separadas; incluso dentro del
matrimonio la norma era una marcada separación de los roles de marido y mujer. Consiguientemente, incluso el
hombre ya casado tenía mucho menos ocasión y deber de pasar su tiempo libre con la mujer y los hijos. Se daban,
pues, también desde esta perspectiva, las condiciones para que surgiera una subcultura que fuera al tiempo puramente
masculina y heterosexual.
No sólo las mujeres, sino también los trabajadores y los negros, hace relativamente poco tiempo que comenzaron a
organizarse para luchar contra su desfavorable situación.
la legitimación ideológica de la dominación de los grupos de poder llega a ser a veces tan eficaz que es aceptada e
interiorizada por los miembros de los grupos desfavorecidos.
la mayoría de las mujeres, por su proceso de socialización y a causa de una estructura social que restringe sus
posibilidades, aceptan el «derecho» de los hombres a mandar, y en muchos casos incluso aprenden a necesitar el poder
y el control del varón.
el rugby se desarrolló como un juego de adultos en la segunda mitad del siglo XIX. En aquella época formulaban las
mujeres sus primeras reivindicaciones importantes de una mayor participación en la vida política y económica, Esta
coincidencia histórica fue de enorme importancia para el nacimiento de esa «desviación social de la norma» que
caracteriza a la subcultura del rugby. Las mujeres se fueron convirtiendo cada vez más en una amenaza para los
hombres. Y éstos reaccionaron, entre otras cosas, haciendo del rugby un reservado en el que afirmar su hombría
amenazada y, al tiempo, atacar y denigrar a la mujer, fuente de peligros.
Como suele suceder casi siempre, cuando las mujeres son admitidas a una institución anteriormente puramente
varonil, cambian los modelos y la conducta se hace más refinada, es decir, menos masculina, en comparación con los
cánones vigentes hasta el momento.
De todos modos, en un primer momento, como puede comprenderse, poco interesaba a las mujeres acceder a los clubs
de rugby que iban apareciendo. Y de este modo dichos clubs comenzaron a servir de enclaves sociales donde continuar
la tradición de la canción obscena y donde poder conjurar simbólicamente la amenaza de unas mujeres que se iban
haciendo cada vez más poderosas. A la vez estas canciones mantenían a las mujeres alejadas y daban mayor vigor al
espíritu de cuerpo de los varones Al contravenir normas y cánones convencionales, vigorizaban, además, la cohesión
del grupo puramente masculino. Los hombres se sentían, así, lo que en realidad eran: compañeros, unidos en el
pecado».
En tales circunstancias el club de rugby se convirtió, en muchos aspectos, en una continuación de la sociedad
puramente masculina de los internados. Por estudios recientes podemos concluir que esta clase de ambiente,
estrictamente masculino, era considerado como cosa positiva y muy defendible por los jóvenes, tanto por la
camaradería, y por el hecho de que la ausencia de mujeres fortalecía la «virilidad» del grupo, y esto era
extraordinariamente importante para el sistema de valores del jugador de rugby.
Tales manifestaciones indican claramente que la distribución del poder entre los sexos empieza a desplazarse a favor
de la mujer más que antes. Si nadie las hubiera atacado en serio, a nadie se le habría ocurrido la necesidad de defender
unas instituciones puramente masculinas. Pero ante la ofensiva de las mujeres el recurso a una cultura puramente
masculina las canciones obscenas, que de forma simbólica y maliciosa traducían el miedo y a la vez la dependencia de
los hombres respecto de las mujeres, se convirtieron en elementos centrales de su subcultura.
Las canciones y baladas obscenas de los jugadores de rugby presentan dos características significativas y diferentes:
en primer lugar, manifiestan una actitud, frente a la mujer y el trato sexual, extraordinariamente brutal, enemistada y a
la vez miedosa. En estas canciones y poemas las mujeres, por lo general, son objeto de burla y se las dibuja como un
claro peligro para la virilidad. Nada hubiera podido servir mejor que estas canciones como manifestación simbólica, a
la vez que, como empequeñecimiento simbólico también, del miedo hacia la mujer cada vez más poderosa y exigente.
Y tales miedos eran especialmente acentuados entre los alumnos de las public schools, porque ellos, sobre todo,
habían crecido en un ambiente puramente masculino en el que eran muy escasas las posibilidades de establecer
relaciones con mujeres, aparte de la propia familia.
La segunda característica importante de estas canciones es que se burlan de la homosexualidad. El club de rugby se
presenta, de cara a los extraños, muy estrecha y de gran confianza, de hombres que se bañan juntos, que se desnudan
unos ante otros y que tal vez, como puede parecer a muchos, se permiten una conducta homoerótica. Incluso la
situación, ya dentro del juego, de la melé, en la que los hombres se agarran hasta formar una cálida y asfixiante masa,
con sus cabezas metidas entre los muslos de otros, fue objeto frecuente de crítica. La contrapartida lógica es que en las
canciones del rugby se debe atacar al hombre homosexual o afeminado. Contando con un auge del poder de la mujer,
la homosexualidad, o el miedo a la misma, es otra fuente de peligro para la identidad masculina del varón.
Desde el principio el ethos del rugby acentuó, sobre todo lo demás, la virilidad. En este contexto es enormemente
importante el hecho de que durante mucho tiempo se hayan considerado como sinónimos beber cerveza y jugar al
rugby.
Muchos comentaristas parecen ver en la bebida la causa principal del vandalismo que se observa en los círculos
estudiantiles que juegan al rugby. Pero es precipitado admitir que el simple hecho de que unos hombres beban en
grupo sea el fundamento de formas de conducta tales como las que son características de los jugadores de rugby
después de un partido.
Parece claro que en tales casos el beber sirve en parte para poner de manifiesto y hacer gala de la virilidad y, en parte
también, para liberarse de coacciones interiorizadas. El liberarse de ataduras por efecto del alcohol parece ser
condición previa necesaria para las acciones rituales siguientes.
Parece esto indicar que las acciones del club de rugby iban en contra de la escala de valores tanto de sus propios
miembros como de los grupos dominantes en la sociedad en general. Pero precisamente el hecho de que este tipo de
conductas sea censurado socialmente y que todos los afectados se muestren unánimes al enjuiciarlo, es probable que
facilite un robustecimiento de la bien tramada coherencia del grupo. Estos lazos y esta camaradería se ven acentuados
con el exceso de alcohol, de forma que la «buena conducta» y el «saber estar» ceden ante un valor superior —el de la
virilidad— y sus fenómenos concomitantes (la ofensa y la burla simbólica de las mujeres).
De todos modos, en los últimos años se observan grandes cambios en la estructura de los clubs ingleses de rugby. Ya
no son el reservado para hombres que fueron en otro tiempo. Buena parte de las conductas que una vez fueron típicas
suyas o han desaparecido o están a punto de desaparecer. Los jugadores de rugby siguen siendo una especie peculiar,
pero comienzan a cambiar. Su conducta fuera del campo de juego cambia, sobre todo, por la existencia de unos
controles sociales mayores y de unas presiones más fuertes.
Muchos factores han contribuido a que se relajen e incluso hayan desaparecido las estructuras e ideologías que en otro
tiempo mantenían a los jugadores de rugby en un grupo bien cohesionado y puramente masculino, Y uno de los más
importantes es la creciente emancipación de la mujer en la sociedad británica. Actualmente se ha llegado a un punto en
que las mujeres son frecuentadoras regulares y —lo que es más importante— bien recibidas de los clubs de rugby. En
parte hubo de por medio una necesidad económica para admitir a mujeres en dichos clubs. Pero este factor económico
no es sino el reflejo de grandes cambios en la estructura social y concretamente en la posición de la mujer dentro de
esa estructura.
Las mujeres emancipadas que comienzan, luego, a visitar el club para bailar, no están dispuestas —y cada vez en
menor medida— a admitir la posición subordinada de antes. Son más independientes, están seguras de su personalidad
y de su atractivo sexual y son, por tanto, más conscientes de su poder sobre los hombres. No están dispuestas a aceptar
un comportamiento que consideran intencionadamente agresivo, o bien utilizan también ellas obscenidades como
signo de su emancipación. En una palabra, la mujer «moderna» ha conseguido cambiar la forma tradicional que tenían
las veladas de los sábados del club de rugby. Y, en este sentido, la primera víctima fue la canción obscena.
De la misma manera, durante los últimos años han disminuido en los clubs de rugby el excesivo beber y las bromas
concomitantes. Hoy las mujeres exigen ser conquistadas. Son más buscadas, y ellas lo saben. El joven, cuyo estatus
entre los demás jóvenes se ve elevado gracias a una mujer, está obligado, el sábado por la tarde, a buscar a una amiga
en lugar de irse a beber al club de rugby. Además, el joven casado tiende mucho más que antes a pasar el tiempo libre
con su familia y a adaptarse a los gustos de su mujer. En caso de que el sábado por la tarde la mujer desee ir al teatro y
el marido prefiera el club de rugby, no llegan a un compromiso que permita a cada uno irse por' su t lado, sino que los
dos van al teatro o al club de rugby. Esto es una muestra no sólo del poder creciente de la mujer en nuestra sociedad
sino también de la disposición de los hombres a someterse a ese poder: prefieren cada vez más estar con sus mujeres y
sus hijos y no con otros hombres.
Hoy los hombres tienen que ser más atentos con sus mujeres y responder en mayor medida a las necesidades y deseos
de ellas. En los años sesenta este deber se desarrolló en tal grado que los hombres se mostraban cada vez más
temerosos de admitir que preferían pasar el tiempo con un grupo todo de hombres mejor que con representantes del
otro sexo. Las mujeres, por su parte, tomaron conciencia de que al entrar en los clubs de rugby se habían introducido
en uno de los bastiones que quedaban de claro predominio de los varones.
Es probable que, con el desarrollo de la emancipación de la mujer y con el desplazamiento del centro de gravedad
hacia la vida en el matrimonio y en la familia, el jugador de rugby de viejo estilo no sea ya más que una curiosidad
histórica, Todo indica que está siendo sustituido poco a poco por un modelo más sometido y «conformista», cuya
actitud frente al juego es mucho más consciente y profesional.
Naturalmente que en los círculos de rugby siguen dándose las canciones obscenas y las gamberradas, pero cada vez se
circunscriben más a unas ocasiones muy concretas. En los últimos tiempos incluso estos últimos reductos están siendo
objeto de conquista. El hotpot típico en las comidas de clubs y la excursión de Pascua son, por lo general, las únicas
ocasiones en que los clubs de rugby escapan de todo control. Sigue existiendo, naturalmente, un cierto tipo de
dominación del varón, ya que son las mujeres las que acompañan a los hombres y no al revés; pero, a pesar de todo, se
ve hasta qué punto se ha roto esa dominación. Aunque, en cualquier caso, las mujeres tienen que seguir avanzando
para lograr su emancipación completa.

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