El coronel destap� el tarro del caf� y comprob� que no hab�a m�s que una
cucharadita. Retir� la olla del fog�n, verti� la mitad del agua en el piso de
tierra, y con un cuchillo rasp� el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se
desprendieron las �ltimas raspaduras del polvo de caf� ocultas con �xido de lata.
Mientras esperaba a que hirviera la infusi�n, sentando junto a la hornilla de barro
cocido en una actitud confiada e inocente expectativa, el coronel experiment� la
sensaci�n de que nac�an hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una
ma�ana dif�cil de sortear, a�n para un hombre como �l que hab�a sobrevivido a
tantas ma�anas como �sa. Durante cincuenta y seis a�os, desde cuando termin� la
guerra civil, el coronel no hab�a hecho nada distinto de esperar. Octubre era una
de las pocas cosas que llegaban.
Su esposa levant� el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el caf�. Esa
noche hab�a sufrido una cirisis de asma y ahora atravesaba por un estado sopor.
Pero se incorpor� para recibir la taza