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TESIS DOCTORAL

2020

ALEJANDRO SAWA (1862-1909):


ESCRITOR Y PERSONAJE
ECOS MASÓNICOS
ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

ROCÍO SANTIAGO NOGALES

PROGRAMA DE DOCTORADO EN ESTUDIOS


LINGÜÍSTICOS Y LITERARIOS:
LITERATURA ESPAÑOLA

Directoras:

DRA. DÑA. MARÍA CLEMENTA MILLÁN JIMÉNEZ


DRA. DÑA. AMELINA CORREA RAMÓN
2
UNIVERSIDAD NACIONAL DE EDUCACIÓN A DISTANCIA
FACULTAD DE FILOLOGÍA

DEPARTAMENTO DE LITERATURA ESPAÑOLA


Y TEORÍA DE LA LITERATURA

TESIS DOCTORAL

ALEJANDRO SAWA (1862-1909):


ESCRITOR Y PERSONAJE
ECOS MASÓNICOS ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

ROCÍO SANTIAGO NOGALES


Personal investigador en formación de la UNED

Directoras:
DRA. DÑA. MARÍA CLEMENTA MILLÁN JIMÉNEZ (UNED)
DRA. DÑA. AMELINA CORREA RAMÓN (Universidad de Granada)

MADRID, 2020

3
4
A Emi

5
6
L´Art c´est l´azur
(Victor Hugo)

Vuelto de cara y de espíritu al Oriente;


le volví la espalda después.
(Alejandro Sawa)

Por eso se quemó las pupilas, y las mismas alas, la pobre águila.
Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito,
de que era un señor de carne y hueso.
(Rubén Darío)

7
8
Agradecimientos:

Estas primeras páginas se las quiero dedicar a todas las personas que han hecho

posible la realización de esta tesis doctoral. En primer lugar, por supuesto, a mis

directoras, la doctora Dña. María Clementa Millán Jiménez, profesora titular de la UNED,

y la doctora Dña. Amelina Correa Ramón, catedrática de la Universidad de Granada, a

quienes me ha unido una amistad fraguada en los últimos años, que no solo abarca el

ámbito académico. Su ilusión, dedicación y profesionalidad han hecho que cuente con su

inestimable ayuda y consejo. Al doctor D. Francisco Gutiérrez Carbajo, catedrático

emérito de la UNED y director de mi Trabajo de Fin de Máster, del que es continuación

esta tesis doctoral, por su interés y apoyo a esta investigación de la que fue director

durante su primer año de andadura. A la doctora Dña. Pilar Espín Templado, presidenta

del tribunal calificador de mi Trabajo de Fin de Máster, que descubrió el potencial de esta

investigación y cuyos consejos se reflejan en esta tesis. A la UNED en su conjunto, por

su buen funcionamiento y la formación que me ha dado. Al Consejo Social de la UNED,

por concederme el Premio al Mejor Máster 2016, que supone, sin duda, todo un

reconocimiento al esfuerzo y a la excelencia, y fue un gran impulso para continuar con

esta labor.

Gracias al tribunal calificador que va a dedicar gran parte de su tiempo a leer todo

lo que sigue a continuación, porque esa inconmensurable labor, seguida de las pertinentes

observaciones que procedan en el acto público de defensa, me ayudará a seguir por el

buen camino y aprenderé de la experiencia de quienes me preceden, pues la tesis doctoral

solo es el comienzo del camino del investigador.

A la Facultad de Filología de la UNED, a la Comisión de Doctorado, en especial

al doctor D. Salvatore Bartolotta y a la doctora Dña. Ángela Romera Pintor, por su

9
magnífica gestión y ayuda en todo momento, así como al doctor D. Juan María Garrido,

recientemente incorporado a dicha Comisión, por su interés en esta tesis y su ayuda en la

tramitación. Y al Vicerrectorado de Investigación e Internacionalización por concederme

en convocatoria pública un contrato como personal investigador en formación de dicha

Facultad, que me ha permitido desarrollar la presente tesis y adquirir experiencia docente

en el Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura de la Facultad de

Filología. A la directora del Departamento, la doctora Dña. Ana María Freire López, y a

la gran mayoría del profesorado de este Departamento, por su apoyo, respaldo y buen

ejemplo, y, en especial, al doctor D. José Romera Castillo, por las oportunidades que me

ha facilitado.

A la Université París IV La Sorbonne y, en concreto al Institut d’Etudes

Hispaniques y a la doctora Dña. Mercedes Blanco, por invitarme, recibirme y ayudarme

a la adaptación durante mi estancia investigadora allí, y a su compañera la doctora Dña.

Laurence Breysse-Chanet, quien ha realizado uno de los informes de esta tesis doctoral.

Gracias a ellas no solo ha sido una grata experiencia, sino también muy provechosa para

la investigación y para mi formación. Gracias también al doctor D. Stephen Roberts, de

University of Nottingham, por el otro informe para que esta investigación alcance la

mención internacional.

En el ámbito personal, gracias a mis padres, Amador Santiago Sánchez y María

Ángeles Nogales Ariza, y a mi abuela, María Ángeles Ariza Blasco, que me regalaron un

tesoro: la primera edición de Iluminaciones en la sombra (Alejandro Sawa, 1910) y han

sido un apoyo incondicional, aguantando el altibajo anímico que se deriva del desarrollo

de una investigación de semejante envergadura. A Ángel Fermín Rodríguez Aroco, mi

novio, que tantas sorpresas me ha dado consiguiendo libros descatalogados y ha seguido

de cerca todos mis avances, apreciando hasta la más mínima errata de cada publicación,
10
cuando yo tan solo releía lo que creía que había escrito. A mis padres y mi novio gracias

también por hacer que fuese tan fácil la estancia de más de tres meses en París, por sus

visitas, su compañía y su sacrificio.

Pero, sobre todo, gracias a mi abuelo, Emilio Nogales Sanz que, seguro que allá

donde esté, está muy orgulloso. A él le dedico mi tesis doctoral, realizada tomando como

lema su consejo: “organización, trabajo y constancia”. Su figura es la que me da fuerzas

y me impulsa a seguir adelante, su ejemplo es mi máxima en la vida y su amor la riqueza

más grande que tengo. Al menos, pudo llegar a ver cómo comenzaba esta aventura

literaria y me regaló el Máster en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el

Contexto Europeo que, como etapa de formación, debía preceder a la tesis. Llegados a

este punto en el que culmina una etapa tan importante, dedicarle mi labor como

investigadora es el mejor homenaje que puedo hacerle.

Y, por último, doy las gracias al propio Alejandro Sawa, cuya existencia y

producción literaria me fascinaron desde el momento en el que lo descubrí, con tan solo

catorce años, y a la Literatura, a la que “cojo a brazadas como las flores un alquimista de

perfumes, por todos los jardines de la ideología, y poco me importa el veneno de sus jugos

si huelen bien y con el esplendor de sus tonos me sirven para alegrar la vida” (Alejandro

Sawa, Iluminaciones en la sombra, 1910).

11
12
ÍNDICE

RESUMEN .................................................................................................................... 19

ABSTRACT .................................................................................................................. 21

INTRODUCCIÓN ........................................................................................................ 23

CAPÍTULO I: ESTADO DE LA CUESTIÓN Y OBJETIVOS ............................... 41

1. El reciente rescate de Alejandro Sawa como escritor, su percepción actual y su


estudio como personaje ........................................................................................... 43

2. El estudio de las relaciones entre literatura y masonería en España .............. 53

3. Justificación, objetivos, fuentes, metodología e hipótesis ................................. 61

CAPÍTULO II: ALEJANDRO SAWA COMO ESCRITOR EN EL CONTEXTO

FINISECULAR. LA INFLUENCIA DE LA MASONERÍA .................................... 81

1. Breve apunte biográfico de Alejandro Sawa ..................................................... 83

2. Alejandro Sawa y sus contemporáneos: círculos liberales, bohemios y

masones ..................................................................................................................... 87

2.1. La masonería y su conexión con el objeto de estudio .................................... 87

2.1.1. Qué es la masonería ................................................................................ 87

2.1.2. Relación con el objeto de estudio ........................................................... 99

2.1.3. Simbología y semiótica para la interpretación ..................................... 109

2.2. Liberalismo, literatura, bohemia, masonería y la “Gente Nueva” ............... 115

2.3. Alejandro Sawa y Rubén Darío.................................................................... 127

13
2.3.1. Rubén Darío y la masonería: una carta desconocida ............................ 127

2.3.2. Repercusiones literarias de la deuda económica entre Rubén Darío y

Alejandro Sawa .............................................................................................. 135

[Link]. Su relación epistolar: una carta perdida ........................................ 135

[Link]. Prudencio Iglesias Hermida: evidencias inéditas en la deuda Darío-

Sawa. Sus posteriores relaciones con la masonería ................................... 161

2.3.3. Prólogo de Rubén Darío a Iluminaciones en la sombra de Alejandro

Sawa ............................................................................................................... 175

[Link]. Intervención previa de Ramón del Valle-Inclán ........................... 175

[Link]. Declaración de intenciones de Rubén Darío ................................. 179

2.4. Alejandro Sawa y Ernesto Bark: un nuevo acercamiento a sus relaciones

personales y literarias .......................................................................................... 193

2.4.1. “El Cenáculo”: un proyecto común de inspiración francesa y un club

literario con rito iniciático .............................................................................. 193

2.4.2. El suicidio de Alejandro Sawa: Ernesto Bark como único testigo. La

supuesta catalepsia ......................................................................................... 205

2.5. Alejandro Sawa y Juan Gris: exlibris masónico .......................................... 209

2.6. Alejandro Sawa y Joaquín Dicenta: una amistad fraternal .......................... 215

2.7. Alejandro Sawa y Pío Baroja: entre el odio y el reconocimiento ................ 219

2.8. Otros testimonios sobre Alejandro Sawa ..................................................... 227

2.8.1. Semblanzas en vida de Sawa ................................................................ 229

2.8.2. En portada: noticias del fallecimiento de Sawa.................................... 235

2.8.3. Reportajes y anécdotas póstumos. Dos nuevas aportaciones ............... 251

14
3. La obra de Alejandro Sawa: el binomio luz-oscuridad como eje

vertebrador ............................................................................................................. 271

3.1. Breve descripción de la trayectoria literaria de Alejandro Sawa ................. 271

3.2. El Pontificado y Pío IX: una primera obra revisable ................................... 277

3.3. Del naturalismo radical al modernismo ....................................................... 293

3.3.1. El naturalismo de Alejandro Sawa: luces y sombras en los personajes y en

la descripción de la naturaleza........................................................................ 293

3.3.2. Modernismo: el triunfo de la luz en Historia de una reina .................. 311

3.4. Iluminaciones en la sombra, una obra fundamental .................................... 313

3.4.1. El binomio luz-oscuridad, clave de interpretación. Ideas reflejadas en esta

obra ................................................................................................................. 319

3.4.2. “De mi iconografía”, tributo a personalidades admiradas por Alejandro

Sawa ............................................................................................................... 329

3.5. Relaciones con la prensa masónica .............................................................. 341

3.6. “Pilar”: un texto desconocido y sus posibles interpretaciones ..................... 347

CAPÍTULO III: CATÁLOGO COMPLETO DE ALEJANDRO SAWA COMO

PERSONAJE LITERARIO. DE LA REALIDAD A LA FICCIÓN ..................... 355

1. Nociones previas sobre ficción y autoficción ................................................... 357

2. Alejandro Sawa literaturizado por sí mismo .................................................. 365

2.1. Declaración de un vencido, de Alejandro Sawa: autoficción de un desengaño

vital...................................................................................................................... 365

3. Alejandro Sawa literaturizado por sus contemporáneos ............................... 377

3.1. Pío Baroja y sus personajes bohemios inspirados en Alejandro Sawa ........ 377

15
3.1.1. Juan Pérez del Corral y Betta ............................................................... 379

3.1.2. El francés Caruty y el ruso Ofkin ......................................................... 387

3.1.3. Fermín García Pipot y César Andión ................................................... 395

3.2. Alejandro Sawa en El árbol de la ciencia, de Pío Baroja y Luces de bohemia,

de Ramón del Valle-Inclán: nuevas comparaciones ........................................... 405

3.2.1. La muerte de Rafael Villasús, inspiradora de la muerte de Max Estrella.

La catalepsia de Alejandro Sawa en la ficción ............................................... 405

3.2.2. El Masón Ilustrado y El Pretil de los Consejos: referencias masónicas en

El árbol de la ciencia y Luces de bohemia, respectivamente ........................ 421

3.3. Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán: nuevas aportaciones ......... 429

3.3.1 Max Estrella: beneficio y perjuicio para la percepción posterior de

Alejandro Sawa .............................................................................................. 429

3.3.2. Don Latino de Híspalis: nuevos matices sobre este personaje ............. 449

3.3.3. Rubén y el marqués: el reflejo en la ficción de la deuda dariana ......... 465

3.3.4. La recuperación de la vista de Max Estrella......................................... 471

3.3.5. Madama Collet y Claudinita: referencias a la obra Claudine, de

Colette ............................................................................................................ 475

3.4. La invisible, de Ernesto Bark: un texto perdido ........................................... 477

3.5. Encarnación, de Joaquín Dicenta: el retrato más certero de Alejandro

Sawa .................................................................................................................... 481

3.6. La sombra de Verlaine, de José Montero: un cuento bohemio y alegórico . 497

4. Alejandro Sawa literaturizado en la actualidad .................................................. 505

4.1. Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada: distanciamiento y síntesis de

Pío Baroja y Ramón del Valle-Inclán. Otra vez la catalepsia .................................. 505

16
4.2. Alejandro Sawa y la Santa Bohemia, de Juan Diego Fernández: una lectura

dramatizada no estudiada hasta ahora ...................................................................... 523

4.3. Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, de Pepe Cervera:

rehumanización de Alejandro Sawa a través de pasajes inventados ....................... 529

CONCLUSIONES ...................................................................................................... 537

CONCLUSIONS ......................................................................................................... 547

BIBLIOGRAFÍA ........................................................................................................ 557

Fuentes primarias ..................................................................................................... 557

Fuentes secundarias ................................................................................................. 567

Archivos ................................................................................................................... 581

ANEXOS ..................................................................................................................... 583

Anexo I: Epistolarios ............................................................................................... 583

Anexo II: Ilustraciones............................................................................................. 593

Anexo III: Prensa ..................................................................................................... 603

Anexo IV: Otros documentos .................................................................................. 611

17
18
RESUMEN
El rescate de Alejandro Sawa como escritor es algo reciente que se ha llevado a

cabo del último tercio del siglo XX hasta ahora. Sin embargo, quedó inmortalizado por

Ramón del Valle-Inclán al convertirlo en Max Estrella, cosa que lo condenó a ser un

personaje, dejando de lado al escritor. En esta investigación analizamos las dos vertientes,

el escritor y el personaje, desde perspectivas innovadoras. En cuanto a su vida personal,

hemos analizado algunas relaciones con sus contemporáneos para demostrar lo presente

que estaba la masonería tanto en su vida como en el contexto finisecular. Posteriormente,

analizamos su obra, en la que se refleja su pensamiento y en la que incluye el binomio

luz-oscuridad en los mismos términos que lo hace dicha sociedad, aportando otra

terminología propia de masones. Esta relación explica muchos de sus comportamientos y

da unidad a su obra, sin importar el movimiento al que se adhiera en cada momento. Por

otro lado, hemos recogido todos los personajes de los que se ha dicho alguna vez que

están basados en Alejandro Sawa. Nunca se ha llevado a cabo esta recopilación con su

pertinente análisis, ni se ha comparado la realidad con la ficción. Gracias a este estudio,

demostramos que muchos de los hechos recogidos en las relaciones con sus

contemporáneos están trasladados a la literatura. Asimismo, daremos buenos ejemplos

para comprobar que Sawa era muy significativo en su entorno y que esto lo convirtió en

inspiración para crear entes de ficción por parte de sus admiradores, de sus detractores y

para que siga apareciendo en obras de nuestro tiempo.

19
20
ABSTRACT

The recovery of Alejandro Sawa as a writer is something recent that has taken

place in the last third of the twentieth century up to now. However, he was immortalised

by Ramón del Valle-Inclán when he converted him into Max Estrella, something which

condemned him to be a character, leaving the writer aside. In this investigation we analyse

the two aspects, the writer and the character, from innovative perspectives. In terms of

his personal life, we have analysed some relationships with his contemporaries to show

that Freemasonry formed both a part of his life and a part of the turn-of-the-century

context. Subsequently, we analyse his work, in which his thinking is reflected and in

which he includes the light-and-darkness binomial in the same terms that the said society

does, while also using other Masonic terminology. This relationship explains much of his

behaviour and gives cohesion to his work, regardless of the movement that he is

supporting at any particular moment. On the other hand, we have collected together all

the characters that have ever been said to be based on Alejandro Sawa. This overview has

never been carried out with its relevant analysis, nor has reality been compared with

fiction. Thanks to this study, we show that many of the facts concerning relationships

with his contemporaries were translated into literature. Likewise, we give good examples

to prove that Sawa was very significant within his environment and that this inspired his

admirers and his detractors to create fictional entities based on him, so that he continues

appearing in works of our time.

21
22
INTRODUCCIÓN

23
24
La presente tesis doctoral se ha realizado gracias al contrato predoctoral

conseguido en la convocatoria de 2017 de las Ayudas para la Formación del Personal

Investigador de la UNED. Este contrato no solo nos ha permitido llevar a cabo esta

investigación, sino que también nos ha ayudado a desarrollar nuestra labor dentro de la

comunidad académica, asistiendo a múltiples congresos y publicando una serie de

artículos de investigación. Asimismo, hemos compaginado la actividad investigadora con

la docente, colaborando en diversas asignaturas y tareas dentro del Departamento de

Literatura Española y Teoría de la Literatura de la Facultad de Filología de la UNED.

Gracias también al contrato predoctoral, cuyas bases contemplaban la concurrencia a la

convocatoria para Estancias Breves de carácter investigador, hemos podido disfrutar de

una estancia superior a tres meses en el Institut d’Etudes Hispaniques de la Université

París IV La Sorbonne de París. Además de conocer el funcionamiento del sistema

universitario francés y de integrarnos en la vida académica de La Sorbonne, hemos

dedicado gran parte de la estancia a la investigación en archivos que nos han

proporcionado información sumamente valiosa para nuestra tesis. Esto es así porque el

autor objeto de estudio, Alejandro Sawa (1862-1909), residió durante un largo período de

tiempo en la capital francesa. Nuestras averiguaciones sobre su vida y sus relaciones en

París han enriquecido sumamente estas páginas y han hecho que la estancia haya sido

provechosa.

Por otro lado, no debemos olvidar la normativa aplicable a los estudios de

Doctorado. En concreto, nuestro Programa de Doctorado, en Estudios Lingüísticos y

Literarios, está regulado por el por el Real Decreto 99/2011, de 28 de enero, por el que se

regulan las enseñanzas oficiales de doctorado. En el artículo 13.1 se establece que “la

tesis doctoral consistirá en un trabajo original de investigación elaborado por el candidato

en cualquier campo del conocimiento. La tesis debe capacitar al doctorando para el

25
trabajo autónomo en el ámbito de la I+D+i”. En nuestro caso, dicho campo de

conocimiento es Literatura española y nuestro propósito es aportar un trabajo de

investigación original que aporte nuevos descubrimientos a esta disciplina. Sin embargo,

esa capacitación para trabajar adecuadamente y saber utilizar los recursos y métodos de

la investigación requiere una previa formación que se consigue gracias a la realización de

las actividades pertinentes tanto a un nivel general como específico que se reflejan en los

documentos entregados anualmente junto al Plan de Investigación de cada curso. Ambos

documentos son los instrumentos de control de los que disponen tanto los directores de

tesis, como la Escuela y la Comisión de Doctorado. Si bien durante nuestros primeros

años realizamos los Cursos de Doctorado y asistimos a la mayoría de las actividades

específicas previstas para nuestro programa, durante el resto del tiempo hemos realizado

otras actividades, previo acuerdo con las directoras de tesis, que han ayudado a la

adquisición de experiencia a la hora de comunicarnos oralmente con la comunidad

académica.

Gracias al Documento de Actividades y al Plan de Investigación, se cumple el

artículo 13.2 del reglamento que mencionábamos, que dice que “las universidades, a

través de la Escuela de Doctorado […] establecerán procedimientos de control con el fin

de garantizar la calidad de las tesis doctorales, incidiendo especialmente en la calidad de

la formación del doctorando y en la supervisión”. Consideramos que los documentos que

hemos aportados son un buen reflejo de la formación que hemos adquirido, de tal modo

que confiamos en que su valoración sea positiva en lo relativo a lo que establece el artículo

14.3: “este documento de seguimiento no dará lugar a una puntuación cuantitativa pero

sí constituirá un instrumento de evaluación cualitativa que complementará la evaluación

de la tesis doctoral”.

26
Creemos que nuestra formación ha sido intensa y adecuada para la consecución

del objetivo primordial, que es la elaboración de la tesis doctoral que ahora presentamos

y con la que esperamos adquirir la Mención Internacional, dado que hemos cumplido con

todos los requisitos del artículo 15.1. En primer lugar, la estancia mínima de tres meses

se corresponde con la mencionada más arriba en La Sorbonne. Por otro lado, hemos

redactado el resumen y las conclusiones en una lengua de habitual uso por parte de la

comunidad científica diferente al español. El idioma elegido ha sido el inglés porque, a

pesar de realizar nuestra estancia investigadora en Francia, consideramos que el inglés es

el idioma científico y universal por antonomasia. Por último, también presentamos dos

informes favorables de expertos doctores de universidades no españolas que aconsejan la

Mención Internacional del Doctorado.

También queremos apuntar que, según la normativa, para poder defender una tesis

doctoral es necesario haber publicado o, al menos, tener aceptado en una revista indexada

un artículo. En nuestro caso, tenemos ya seis publicaciones entre artículos y capítulos de

libros relacionados con nuestra investigación, además de una reseña, lo que suman siete

aportaciones sobre el objeto de estudio.

En el Documento aprobado por el Comité de Dirección de la EIDUNED, en su

reunión de 16 de enero de 2017, y por la Comisión de Investigación y Doctorado de la

UNED, con fecha 21 de febrero de 2017, y atendiendo al Reglamento Regulador de los

Estudios de Doctorado y de las Escuelas de Doctorado de la Universidad Nacional de

Educación a Distancia, que en su artículo 28.3 establecía que “Las Escuelas de Doctorado

establecerán los requisitos para la elaboración, tramitación y defensa pública de las

diferentes modalidades de tesis doctoral, incluida la modalidad de tesis por compendio de

publicaciones”, se aprobó que para doctorarse según esta última modalidad es necesario,

entre otras opciones, presentar un mínimo de tres artículos en indexados en revistas


27
situados en los dos primeros cuartiles según la especialidad del programa de Doctorado

(art. 2.1.1ª), o bien presentar cuatro artículos situados en cualquier orden dentro de los

cuartiles (art. 2.1.2ª). En nuestro caso, contamos con seis investigaciones, cinco de las

cuales se encuentran publicadas en medios que ocupan posiciones de los dos primeros

cuartiles, cuyos detalles exactos se proporcionarán a continuación. Asimismo, también

contamos con un artículo publicado en el extranjero, concretamente en Arizona State

University, el cual justificaría el artículo 4 del documento al que nos referimos, haciendo

posible un Doctorado con Mención Internacional, pues se establece que para la obtención

de tal mención es necesario que o bien un artículo o bien un capítulo de libro de los que

se presenten esté editado en el extranjero. Sin embargo, a pesar de que nuestra andadura

científica hasta el momento nos permitiría optar al título de Doctor con Mención

Internacional por compendio de publicaciones, no queríamos perder la oportunidad de

escribir una tesis doctoral ni prescindir del apasionante camino de la investigación.

Las publicaciones relacionadas con esta tesis y sus indicadores de calidad son:

• Santiago Nogales, R. (2016). “Alejandro Sawa, Rubén Darío y Prudencio Iglesias:


un acreedor soberbio, un amigo deudor y un cronista exagerado”, en Rubén Darío,

one hundred years later (1916-2016). Journal of Hispanic Modernism, issue 7, 210-

230. ISSN 1945-2721

[Link]

Clasificación: Artículo de investigación en revista internacional. Revisión anónima

por pares. ICDS 4 en MIAR.

28
• Santiago Nogales, R. (2016). “Alejandro Sawa y los sucesores de San Pedro: Pío

IX y Pío X, dos pontífices admirables para un anticlerical”, en Alfinge. núm. 28

(Universidad de Córdoba), 73-87. ISSN 0213-1854

DOI: [Link]

[Link]

[Link]

Clasificación: Artículo de investigación. Grupo B según Baremo UNED. Grupo

C en ANEP según DICE. 33 criterios Latindex, entre ellos el 21 (revisión por

pares). ICDS 6,5 en MIAR.

• Santiago Nogales, R. (2017). “Luces de Bohemia de 1920 a 1924: incoherencia

histórica para la crítica sociopolítica”, en Espacios de libertad: nuevos modos,

medios y motivos de creación literaria y comunicación social, coord. y ed. Fidel

López Criado. Santiago de Compostela: Andavira, 203-213.

Clasificación: Capítulo de libro. Grupo B según Baremo UNED. Editorial en el 2º

cuartil del SPI (135 de 283).

• Santiago Nogales, R. (2017). “La muerte de Alejandro Sawa y la duda de Ernesto

Bark: una supuesta catalepsia tres veces novelada”, en Philobiblion, 6,

(Universidad Autónoma de Madrid), 101-119. ISSN 2444-1538

DOI: [Link]

[Link]

Clasificación: Artículo de investigación. Grupo B según Baremo UNED. Grupo

C en CIRC. 33 criterios Latindex, entre ellos el 21 (revisión por pares). ICDS 3,8

en MIAR.

29
• Santiago Nogales, R. (2017). “El binomio luz-oscuridad en la obra de Alejandro

Sawa”, en Letras anómalas: estudios sobre textos y autores hispánicos más allá

del canon, Madrid: Philobiblion UAM, 135-151.

Clasificación: Capítulo de libro. Grupo B según Baremo UNED. Grupo C en

CIRC. 33 criterios Latindex, entre ellos el 21 (revisión por pares). ICDS 3,8 en

MIAR.

• Santiago Nogales, Rocío. (2018). “El reflejo de Alejandro Sawa en los personajes

bohemios barojianos.” Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 36, 307-324.

(UCM). ISSN-e: 1988-2556

DOI: [Link]

[Link]

Clasificación: Artículo de investigación. Grupo B según Baremo UNED. Grupo

B en ANEP según DICE. Grupo C CIRC. Índice de impacto 0.167 RESH. 33

criterios Latindex, entre ellos el 21 (revisión por pares). ICDS 10 en MIAR.

• Santiago Nogales, R. (2016). Reseña de: “Alguien debería escribir un libro sobre

Alejandro Sawa, Pepe Cervera”, en Diablotexto Digital. núm. 1, 252-255. ISSN

2530-2337

[Link]

[Link]

Clasificación: Reseña de libro y crítica literaria. Grupo C según Baremo UNED.

Grupo C en CIRC. ICDS 4,3 en MIAR. Evaluación por pares a ciegas.

30
Asimismo, hemos presentado una docena de comunicaciones relacionadas con

nuestro objeto de estudio en congresos, jornadas, seminarios y cursos, en su mayoría

internacionales:

• Santiago Nogales, R. (20 de mayo de 2016). Luces (y sombras) de un bohemio.

VII Seminario Internacional de Investigación de Estudios Filológicos, UNED.

• Santiago Nogales, R. (27 de octubre de 2016). Los cuatro velatorios de Alejandro

Sawa. II Congreso Internacional de Jóvenes Hispanistas, Universidad de

Valladolid.

• Santiago Nogales, R. (24 de marzo de 2017). Alejandro Sawa en las novelas de

Pío Baroja. VIII Seminario Internacional de Investigación de Estudios

Filológicos, UNED.

• Santiago Nogales, R. (12 de mayo de 2017). “Luces de Bohemia”, de 1920 a

1924: Incoherencia histórica para la crítica sociopolítica. XVIII Congreso

Internacional de Literatura Española Comparada (CILEC), sedes Atenas, Oporto,

La Coruña.

• Santiago Nogales, R. (1 de junio de 2017). Alejandro Sawa: Naturalismo de

barricada en clave de luces y sombras. IV Jornadas Internacionales de

Investigación Literaria, Universidad Autónoma de Madrid.

31
• Santiago Nogales, R. (23 de febrero de 2018). Realidad y ficción de la catalepsia

de Alejandro Sawa. IX Seminario Internacional de Investigación de Estudios

Filológicos, UNED.

• Santiago Nogales, R. (31 de mayo de 2018). Alejandro Sawa en los brazos de

Morfeo: las drogas en la realidad y en la literatura. V Jornadas Internacionales

de Investigación Literaria, Universidad Autónoma de Madrid.

• Santiago Nogales, R. (29 de junio de 2018). Alejandro Sawa, Rubén Darío y

Valle-Inclán: deudas dinerarias y pagos literarios. Congreso Internacional de

Estudios Hispánicos (CILH), Lock Haven University of Pennsylvania.

• Santiago Nogales, R. (10 de diciembre de 2018). “Luces de Bohemia”: la crisis

de la Restauración en dos horas de lectura. I Coloquio Interdisciplinar Jóvenes

Humanistas (UCM) – Asociación de Jóvenes Hispanistas PHILOBIBLION

(UAM): “Ecos del Cambio Las culturas políticas de la revolución y la

contrarrevolución en el mundo contemporáneo (siglos XVIII-XXI)”.

• Santiago Nogales, R. (21 de febrero de 2019). “El Pontificado y Pío IX (1878)”,

de Alejandro Sawa: la paradoja de un escritor anticlerical y “papista”. X

Seminario Internacional de Investigación de Estudios Filológicos, UNED.

• Santiago Nogales, R. (8 de abril de 2019). Las consecuencias literarias de la

deuda dariana: un prólogo póstumo, dos artículos, un crowdfunding y una escena

de “Luces de bohemia”. XVI Congreso Internacional ALEPH: “Pecuniae omnia

parent: El papel de la economía en la literatura”, Universidad de Valladolid.

32
• Santiago Nogales, R. (2 de julio de 2019). El problema del naturalismo radical

en la España del siglo XIX. Curso de Verano “La prosa en sus textos: de la

narrativa medieval a las creadoras del siglo XXI”, UNED-Ávila.

Por otro lado, y dejando de lado las cuestiones formales, es oportuno reflejar en

esta introducción los precedentes que nos han llevado a elaborar esta investigación.

Partimos de que esta tesis es continuación de nuestro Trabajo de Fin de Máster, el cual se

titulaba Luces (y sombras) de un bohemio: Alejandro Sawa: autor vs. personaje, y estuvo

dirigido por el profesor Francisco Gutiérrez Carbajo. La obtención de la máxima

calificación y el Premio a la Excelencia en los Estudios de Máster, convocado por el

Consejo Social de la UNED en 2016, fueron todo un impulso que se sumó a las

recomendaciones del director y los miembros del tribunal calificador de continuar con las

mismas líneas de investigación e ir abriendo otras nuevas relacionadas con el mismo

tema.

El Trabajo de Fin de Máster se dedicó a la comparación de Alejandro Sawa en sus

facetas de autor y personaje de ficción. Nuestro propósito era el de arrojar luz sobre

asuntos poco estudiados o controvertidos de la vida del escritor sevillano y cómo esos

hechos reales se habían plasmado en las obras de Ramón del Valle-Inclán (1866-1936) y

Pío Baroja (1872-1956) cuando habían elegido a Alejandro Sawa como fuente de

inspiración para crear ciertos personajes. Con este punto de partida comenzamos nuestra

tesis doctoral, dirigida en un primer momento por el profesor Gutiérrez Carbajo y la

profesora Amelina Correa Ramón, de la Universidad de Granada, biógrafa de Alejandro

Sawa y experta en el rescate de autores finiseculares que se hallan dentro de lo que

podemos denominar la nómina canónica. Posteriormente, nos vimos obligados a cambiar

33
de director de tesis, pues el profesor Gutiérrez Carbajo se encontraba en condición de

emérito y, si bien un catedrático de dicha categoría puede codirigir tesis doctorales, la

convocatoria a la que nos presentábamos para la obtención del contrato predoctoral solo

permitía que la dirección recayese sobre un profesor con vinculación permanente que

pudiera gestionar el contrato. Manteniéndose la doctora Correa Ramón como codirectora,

la dirección pasó, por acuerdo entre ambos, del doctor Gutiérrez Carbajo a la doctora

María Clementa Millán Jiménez, profesora titular de la UNED, con quien hemos

trabajado durante estos años.

En cuanto al contenido, la profesora Amelina Correa Ramón nos aconsejó que

estudiásemos el tema de la luz y la oscuridad en la obra literaria de Alejandro Sawa, y así

lo hicimos durante unos meses, hasta que realizamos ciertos descubrimientos que nos

llevaron a cambiar el rumbo de nuestra investigación: ya no se trataba solo de analizar la

terminología empleada por Alejandro Sawa relacionada con el binomio luz-oscuridad,

sino que el empleo de ese léxico estaba justificado por el pensamiento del escritor, el cual

aplicaba de igual modo en su vida personal y en las relaciones con sus contemporáneos.

Estas ideas fueron las responsables de su comportamiento y de sus aportaciones.

Posteriormente, su personalidad fue prestada a varios personajes que no fueron solo Max

Estrella de Luces de bohemia (1924) y Rafael Villasús de El árbol de la ciencia (1911).

Existen muchos otros personajes basados en Alejandro Sawa que no solo comparten con

él los rasgos más significativos, sino que protagonizan episodios que se asemejan a otros

reales. Este asunto jamás se ha estudiado de este modo, ni tampoco se han recopilado

todos los personajes que, en algún momento, se han identificado con el bohemio.

Por otro lado, y aunque esto lo vamos a desarrollar detalladamente en el Capítulo

I: Estado de la cuestión y objetivos, sí debemos anticipar que, analizando el pensamiento

sawiano, la masonería se cruzó en nuestro camino y nos obligó a rehacer el planteamiento


34
e, incluso, a modificar nuestra hipótesis. Se abrió ante nosotros un universo poco

explorado que, además, contaba con el inconveniente del esoterismo y leyenda negra que

lo rodeaba. A pesar de esta dificultad, creemos que hemos sido capaces de estudiarlo e

incorporarlo adecuadamente a nuestra investigación y que, si bien se nos abren muchos

otros interrogantes que tendremos que dejar para el futuro, hemos realizado una valiosa

aportación que puede constituir un punto de partida para analizar a muchos otros

escritores de ese mismo período desde la perspectiva que hemos abordado nosotros a

Alejandro Sawa.

Ante todo, debemos aclarar que esto no es una tesis sobre masonería. Es cierto

que nos hemos tenido que adentrar en esta sociedad para conocerla de cerca y que la

relación de Alejandro Sawa con ella es una de las grandes aportaciones de esta tesis

doctoral. Sin embargo, se trata de una explicación: sostenemos que, a causa de su relación

y creencia en los principios masónicos, Alejandro Sawa se comportaba de determinado

modo y empleaba cierta terminología. O bien, puede que la relación fuese a la inversa:

simpatizase con la masonería a causa de que esta respondía a sus ideales. Su introducción

en esta tesis nos ha obligado a hacer una breve revisión sobre su historia, su simbología

y, sobre todo, su presencia en el contexto finisecular y cómo encaja en la ideología política

y los movimientos intelectuales de la época, así como su relación con el mundo literario,

donde existe un gran vacío. Queremos aprovechar para hacer una llamada a los

investigadores y animarlos a que ahonden en este campo sobre la relación de la literatura

con la masonería, pues si bien la obra de un escritor masón o simpatizante de la masonería

no suele ser masónica en tanto que los temas que trata no son los propios de esta sociedad,

sí es posible, como ocurre en nuestro caso, que sus principios se reflejen en ella.

Respecto a la estructura, la presente tesis doctoral está dividida en tres capítulos.

El primero de ellos, titulado Estado de la cuestión y objetivos, está dedicado a lo que


35
creemos que debe ser el comienzo de toda investigación, que es un breve análisis de todo

lo que se ha escrito sobre el tema, pues el corpus previo siempre son los cimientos para

poder aportar algo. Dentro de este capítulo, especialmente interesante es el apartado

Justificación, objetivos, fuentes, metodología e hipótesis ya que, dependiendo del aspecto

de la vida de Alejandro Sawa que abordemos en cada momento, las fuentes y la

metodología irán variando. Asimismo, somos conscientes de que hemos tratado un tema

de difícil acceso a causa de su poca difusión y, sobre todo, por la falta de imparcialidad y

objetividad de la mayor parte de la bibliografía que se ha dedicado a él. La masonería

suele tener defensores y detractores a partes iguales, por lo que hace difícil un

acercamiento riguroso. Además, hay que añadir la discreción y, a veces, el secretismo que

la ha caracterizado, y el hecho de que mucha simbología solo es revelada a los iniciados.

El Capítulo II: Alejandro Sawa como escritor en el contexto finisecular. La

influencia de la masonería está dedicado a una de las dos facetas que vamos a analizar

del autor: su persona. Para ello no solo debemos repasar algunos hechos de su biografía,

sino también el contexto en el que se desenvuelve y las relaciones que entabla con sus

contemporáneos, pues gracias a sus actos y a su entorno podemos construir su

pensamiento y cómo lo aplica a su forma de vida. Creemos que todas las tesis de literatura

deben incluir un análisis del contexto en el que se insertan, pues no basta con analizar

autores, obras o personajes sin comprender el panorama en el que se presentan.

Dentro de este segundo capítulo también analizamos la figura de Sawa como

escritor. Sin embargo, no se trata de un acercamiento desde el punto de vista narratológico

o como clasificación y estudio de sus obras, pues tal labor ya la desempeñó en su tesis

doctoral, Alejandro Sawa, novelística y periodismo (1991), el profesor Jean-Claude

Mbarga. Si bien dedicaremos unas breves palabras a encuadrar la obra, situarla dentro de

los diversos movimientos a los que pertenece o de los que toma rasgos, nuestra intención
36
es la de extraer el pensamiento que Sawa refleja en ella haciendo una lectura en clave de

luces y sombras. Consideramos que sus ideas no varían en absoluto a lo largo de su

trayectoria literaria y que el binomio luz-oscuridad, empleado como metáfora de

contraposición entre virtudes y vicios, es el hilo conductor de todas sus obras y se

corresponde con su modo de entender el mundo y clasificar a la humanidad.

Por último, el tercer capítulo, Catálogo completo de Alejandro Sawa como

personaje literario. De la realidad a la ficción, está dedicado a un exhaustivo análisis de

todos los personajes que, en algún momento, se han identificado con Alejandro Sawa. Es

cierto que mucho se ha escrito y debatido en torno a Max Estrella y Rafael Villasús y,

aunque nos detendremos en la comparación entre estos dos personajes e intentaremos

aportar algo nuevo, nuestra gran contribución es que hemos recopilado la que creemos

que es la lista más completa hasta el momento de todos los personajes que comparten

algo con la personalidad sawiana. Es más, nunca se había hecho un análisis tan detallado

y ordenado cronológicamente. También hemos analizado otros personajes de los que

también se apuntó en alguna ocasión su relación con Sawa, para descartar tal afirmación

y, además, dar suficientes datos para identificarlos con otros escritores del círculo más

cercano de nuestro bohemio.

Siguiendo con este tercer capítulo, la otra gran novedad que aporta es la

comparación entre realidad y ficción. Por eso, está íntimamente relacionado con el

segundo capítulo, pues las alusiones a hechos reales analizados con anterioridad serán

constantes para ponerlos en relación con su trasposición en las obras literarias. Gracias a

esta relación, la presente tesis doctoral gozará de unidad y nos ayudará a percibir los dos

bloques principales en conjunto.

37
En definitiva, esta investigación queda dividida en tres capítulos, bien

diferenciados y definidos, pero íntimamente relacionados entre sí: el primero de ellos se

dedicará al estado de la cuestión y una explicación detallada de nuestro modo de proceder

a la hora de abordar esta investigación; el segundo se consagrará a Alejandro Sawa como

persona y escritor dentro de su contexto, analizando la época para comprender el alcance

de la masonería y su relación con la ideología liberal, así como con los movimientos

literarios del romanticismo, el naturalismo, el modernismo y el estilo de vida bohemio.

Dentro de cada uno de estos aspectos trataremos la figura de escritores y otras

personalidades relevantes del entorno de Alejandro Sawa que tuvieron relación con él. En

este segundo capítulo también abordaremos la obra sawiana en relación con la

terminología de luces y sombras y cómo se refleja el pensamiento del autor en toda su

producción. Por último, el tercer apartado servirá para analizar todos los personajes

inspirados en Alejandro Sawa con toda la carga simbólica y las segundas intenciones que

arrastran, siempre comparándolos con la realidad.

Al final, se recogerán las conclusiones oportunas y se demostrarán las hipótesis

que vamos a plantear en el siguiente capítulo. Sin embargo, no damos por concluida esta

investigación porque somos conscientes que la tesis es solo el comienzo de la carrera de

la investigación. Es cierto que disponemos de mucho material recopilado que podría

ampliar la investigación por otras vías, pero eso desvirtuaría, a nuestro parecer, la unidad

temática de esta tesis. Sin embargo, podremos emplearlo en publicaciones futuras.

Asimismo, hemos seguido los consejos de nuestras directoras de tesis, de nuestros

compañeros del Departamento de Literatura Española y Teoría de la Literatura de la

Facultad de Filología de la UNED, de otros compañeros de profesión a quienes hemos

tenido la oportunidad de conocer y escuchar en varios congresos tanto nacionales como

internacionales y todos ellos nos han recomendado acotar el objeto de estudio, no intentar

38
abarcar una investigación desmesurada y, sobre todo, no distorsionar el contenido

perdiéndonos en otros temas secundarios de la investigación principal que podrían

llevarnos a no ser claros o a alejarnos del objetivo primordial que una tesis debe perseguir.

Por eso, a la hora de concluir este trabajo que aquí empezamos, haremos una

pequeña exposición de nuestras previsiones de futuro, de las nuevas vías que podremos

abrir relacionadas con esta tesis doctoral, así como de otras nuevas que se han cruzado en

nuestro camino por azar. Al fin y al cabo, es así como comienzan la mayoría de las

investigaciones, con un hallazgo casual que despierta el interés del investigador y este

empieza a indagar hasta que el tema se despliega con unas dimensiones más grandes de

las que podía imaginar, encontrando conexiones y no saciando nunca su afán de saber

más. De hecho, nos atrevemos a afirmar que, si bien no empezamos a desarrollar este

tema hasta muchos años después, nuestra primera toma de contacto con Alejandro Sawa

se produjo cuando teníamos catorce años, en una clase de Literatura de 3º de la ESO.

Algo se despertó en nosotros cuando el profesor nos dijo que el famoso personaje de

Luces de bohemia, Max Estrella, estaba basado en un escritor de carne y hueso. Poco

después, empezamos a leer sus obras y no comprendíamos por qué la historia literaria lo

había relegado a un segundo plano, concediendo todo el protagonismo al personaje. Más

adelante, decidimos dar el salto al campo de la investigación literaria y hoy, por fin,

aspiramos a la obtención del título de Doctor con Mención Internacional gracias a este

trabajo de varios años en el que tenemos la oportunidad de analizar la vida de Alejandro

Sawa, sus relaciones personales y su obra a la luz de su pensamiento y comprender qué

ocurrió para que se produjese su transmutación en tantos personajes.

39
40
CAPÍTULO I: ESTADO DE LA CUESTIÓN Y OBJETIVOS

41
42
1. El reciente rescate de Alejandro Sawa como escritor, su percepción

actual y su estudio como personaje

Como hemos dicho en la Introducción, el rescate de Alejandro Sawa se ha

producido en las últimas décadas, pues hasta entonces tan solo era el escritor maldito,

bohemio y olvidado en el que Valle-Inclán se basó para crear a Max Estrella. Hasta que,

al final, acabó siendo solo Max Estrella: “una vida literaturizada que acabó

incorporándose en la esencia literaria del personaje valleinclaniano de Max Estrella”

(Correa Ramón, 2008: 12).

Quizás, Alonso Zamora Vicente, con sus múltiples investigaciones sobre Luces

de bohemia, fue quien comenzó a dar visibilidad a Sawa, especialmente en 1967 cuando

pronunció el discurso “Asedio a Luces de Bohemia primer esperpento de Ramón del Valle

Inclán”, y un año más tarde al publicar “Tras las huellas de Alejandro Sawa (Notas a

Luces de bohemia)”, pero siempre en su relación con Max Estrella. También en los años

sesenta, Dictino Álvarez publicó Cartas de Rubén Darío (1963) y en este libro recogía un

apartado dedicado a la correspondencia entre Alejandro Sawa y Rubén Darío y, si bien se

equivocó al decir que Sawa era malagueño (un error bastante común, pues Alejandro pasó

en Málaga su infancia), nos mostraba a la persona que había tras las cartas y no al

personaje.

En 1976, el hispanista estadounidense Allen Phillips hizo una gran labor

publicando Alejandro Sawa. Mito y realidad, donde por primera vez se separaban ambas

facetas del escritor. Consideramos que es el primer documento en el que se recogía la

gran mayoría de la bibliografía que había sobre Sawa hasta el momento y se organizaba

de una forma clara y detallada, separando su vida personal de su faceta como escritor:

43
He intentado en este libro ofrecer a los lectores de hoy una semblanza
literaria de Alejandro Sawa (1862-1909), escritor español poco menos
que olvidado ahora, no obstante haber sido durante muchos años una
figura de considerable relieve en la bohemia artística del Madrid
finisecular. Aunque haya consagrado mayor empeño al estudio de la
vida literaria y de la obra del escritor, he recogido también sobre su vida
exterior, transcurrida principalmente en Madrid y en París (Phillips,
1976: 9).

Por ello, este libro es parte esencial del corpus que manejamos. Además, el primer

capítulo lo dedica a la muerte de Alejandro Sawa y a hacer una recopilación del debate

sobre si Valle-Inclán se había fijado en la muerte de Rafael Villasús en El árbol de la

ciencia para recrear el velatorio de Max Estrella en Luces de bohemia. Esto es así porque,

durante gran parte del siglo XX, Sawa solo era esos dos personajes.

En este mismo libro, Phillips dice que “quien busque en Sawa un ideario bien

articulado quedará decepcionado” (1976: 135). Efectivamente, no hay una

sistematización de su pensamiento, ni expone sus ideas de una manera ordenada en

ningún momento. Todo lo que podemos averiguar sobre sus pensamientos está disperso.

Sin embargo, nosotros sostenemos que existe un hilo conductor y unas ideas

fundamentales que se mantienen intactas y dan unidad a su vida y a su obra y son las que

pretendemos seguir en gran parte de esta tesis. Incluso pretendemos integrar El

Pontificado y Pío IX (1978), que tradicionalmente ha sido apartado por la crítica. Phillips

decía con asombro que era “una especie de apología y defensa de Pío IX […] ¡El […]

autor de novelas naturalistas, con fuerte sabor anticlerical, inicia su obra literaria con estas

páginas de apología católica en 1878!” (Phillips, 1976: 47). A nuestro parecer, en cambio,

la terminología que Sawa emplea y las ideas de base que sustenta son idénticas a las del

resto de su obra.

44
El año 1977 fue clave para profundizar en la figura de Alejandro Sawa, pues

Soledad Puértolas publicó el artículo “Sawa y Max Estrella, a uno y otro lado del espejo”

e Iris Zavala saca la primera edición crítica de Iluminaciones en la sombra, que no se

había vuelto a editar desde la primera versión de 1910, incluyendo un valioso estudio

crítico sobre la vida de nuestro escritor y las relaciones con sus contemporáneos.

En 1988, José Esteban saca la edición del primer libro naturalista de Sawa que se

reedita, La mujer de todo el mundo. A la que sigue Criadero de curas en 1999, con la

introducción y las notas del profesor Gutiérrez Carbajo, y Noche en 2001, de Jean Claude

Mbarga.

En 1991, este profesor camerunés realizó, bajo la dirección de Ángela Ena, la

única tesis doctoral que existe sobre Sawa hasta el momento. Se titulaba Alejandro Sawa:

novelística y periodismo. En ella se acercó a la obra de Sawa haciendo una clasificación

al uso sobre el narrador, los personajes y demás elementos de la prosa sawiana. Quizás,

esta fue la segunda vez que se abordó su obra, después de las nociones previas de Allen

Phillips. Ese mismo año, tratando también sobre la obra novelística de Sawa y sobre su

naturalismo radical, el profesor Francisco Gutiérrez Carbajo sacó el artículo “Las teorías

naturalistas de Alejandro Sawa y López Bago”, a la vez que Yvan Lissorgues o Miguel

Ángel Lozano Marco dedicaban ciertos estudios al naturalismo más feroz. Poco después,

en 1993, la profesora Amelina Correa publicó el que había sido su trabajo de investigación

de fin de carrera, Alejandro Sawa y el naturalismo literario, profundizando en las

cuestiones que acabamos de mencionar.

La doctora Correa también fue la responsable de la biografía oficial de Alejandro

Sawa, publicada en 2008 y titulada Alejandro Sawa, Luces de bohemia, libro de obligada

consulta para todo aquel que quiera conocer los hechos de la vida del bohemio del modo

45
más detallado y ordenado posible. Este mismo año, Iris Zavala y Emilio Chavarría

también hicieron una buena contribución al rescate de la obra de Sawa. Se centraron en

su vida periodística, reuniendo en un único volumen casi todas las crónicas que escribió:

Alejandro Sawa: Crónicas de la bohemia.

Al año siguiente, se cumplió el centenario de la muerte de Sawa (1909-2009) y no

solo la profesora Correa Ramón organizó un congreso conmemorativo, sino que la XII

noche Max Estrella se llamó “Conmemoración del Centenario de Alejandro Sawa”,

Gutiérrez Carbajo sacó con la editorial Cátedra su edición de Declaración de un vencido

y en Sevilla se inauguró una placa conmemorativa en la calle San Pedro Mártir, donde el

escritor había nacido. A diferencia de otra placa que el Círculo de Bellas Artes había

puesto en Madrid en 2003, en la Calle Conde Duque, donde vivió y falleció, en la de

Sevilla no hay rastro del personaje, mientras que en Madrid se hace alusión a su

identificación con Max Estrella1.

Después, entre 2011 y 2012, Amelina Correa Ramón editó el resto de la obra

sawiana que faltaba: La sima de Igúzquiza, Historia de una reina y Crimen legal. A lo

largo de la primera década del siglo XXI también proliferaron varios artículos de gran

interés. Ejemplos de ellos son “Nuevas iluminaciones en las sombras biográficas de

Alejandro Sawa-Max Estrella (1892-1896)” (2003), de Pura Fernández, o “La amistad de

Alejandro Sawa y Ramón del Valle Inclán en el Archivo de los Sawa (1862-1984)”

(2006), de Juan Manuel González Martel.

A lo largo de todo este período que recogemos, han sido habituales las

publicaciones de José Esteban sobre la bohemia, en las que Alejandro Sawa ha aparecido

siempre como figura principal. En 1998 publicó, junto a Anthony Zahareas, Los

1
Ver Anexo II, imagen 1.

46
proletarios del arte, introducción a la bohemia; en 2015, Los bohemios y sus anécdotas

y, en 2017, Diccionario de la bohemia: De Bécquer a Max Estrella (1854-1920). Si bien

el primero de los libros es más riguroso, no podemos negar que los otros dos son algo

imprecisos, contienen algunos errores, les faltan referencias para poder ir a los

documentos originales que se citan y buscan más el sensacionalismo que el rigor

académico.

En un plano más general, pero que sigue teniendo que ver con el contexto de

Alejandro Sawa, no podemos dejar de reseñar que se han hecho interesantes estudios

sobre algunos de sus contemporáneos, arrojando mucha luz sobre la “Gente Nueva” y la

literatura y el periodismo finiseculares. Un buen ejemplo es el de la profesora Dolores

Thion Soriano Mollá, que rescató la figura de Ernesto Bark en 1998 publicando Ernesto

Bark: un propagandista de la Modernidad (1858-1924). Sobre Joaquín Dicenta (1862-

1917) trabaja el profesor José Ramón Trujillo y Miguel Ángel del Arco, por su parte, sacó

en 2017 un recopilatorio de artículos (Cronistas bohemios. La rebeldía de la Gente Nueva

en 1900), de Luis Bonafoux, Joaquín Dicenta, Alejandro Sawa, Pedro Barrantes y

Antonio Palomero, precedidos de una interesante introducción sobre el periodismo al

final del siglo XIX. Asimismo, cada vez se habla más de los hermanos de Sawa, hasta el

punto de que la profesora Ángela Ena ha dirigido la tesis Miguel Sawa y la revista Don

Quijote (1892-1903), de Paloma Gil Romero, defendida en 2016.

Por supuesto, existe mucha más bibliografía al respecto, pero creemos que la

mencionada es suficiente para conocer el estado de la cuestión. El resto de documentación

la iremos citando oportunamente en esta investigación.

No debemos olvidar aquí la gran labor de Carmen Calleja Roveta, fallecida en

2015, quien en 1948 se casó con Fernando López Sawa, nieto de Alejandro Sawa. Carmen

47
se convirtió en la única depositaria del Archivo de Alejandro Sawa2 y siempre permitió a

los investigadores consultar el legado:

¡Las vueltas que da la vida! Nunca pude pensar, cuando era joven, que
un día llegaría a ser la única heredera, nieta por matrimonio con uno de
sus dos únicos descendientes, del célebre escritor bohemio Alejandro
Sawa. Una persona valiosísima, merecedora de haber tenido unas
posibilidades más dignas para vivir, sobre todo en sus últimos tiempos,
por ser de una inteligencia excepcional, aunque lamentablemente mal
aprovechada dado su carácter y las circunstancias sociales y políticas
de la España de su tiempo. Fue un bohemio cien por cien (Calleja,
2011).

Ella misma era consciente de que “de Alejandro solo se ha escrito últimamente

sobre la parte sensacionalista y escabrosa de su vida” (Calleja, 2011) y creía que no era

justo, “porque toda persona tiene su lado positivo y digno de encomio” (Calleja, 2011).

Es más, también dice que luchó por su mujer y su hija, pero que puede que ellas fueran

víctima de las excentricidades que hacía, o puede que fuera a causa de su “honestidad

ideológica” (Calleja, 2011). Esta ideología es que queremos analizar y la que creemos

que se esconde articulando toda la vida y la obra de Sawa, si bien algunas veces se

desengañó del mundo y traicionó sus principios.

Retomando el asunto de los personajes, creemos que la proliferación de ellos con

el nombre de Alejandro Sawa, sin disfrazarse bajo otros nombres, es consecuencia de este

rescate de su figura. Amelina Correa decía que “perdida su memoria, casi nadie recordaba

ya la figura real” (2008: 261). Por lo tanto, ahora que el escritor vuelve a ser motivo de

estudio, ha aparecido otra vez como personaje en tres ocasiones. Estas tres obras no se

2
La parte que se conserva de este archivo se encuentra en la Biblioteca de la Residencia de Estudiantes de
Madrid. Hemos procedido a su consulta. Aparte de encontrarse incompleto a causa de su división, no
contiene ningún elemento que no haya sido rescatado ya.

48
han estudiado cotejando la vida real del bohemio con la ficción. De hecho, “queda aún

mucho por decir sobre la persona y el personaje” (Correa Ramón, 2008: 13).

Consideramos oportuno dedicar un apunte a la idea que tienen de Sawa en el país

vecino. Aprovechando nuestra estancia en París y puesto que residió allí de 1889 hasta

1896, siendo uno de los pocos españoles realmente integrados en la vida del Barrio

Latino3, hemos recogido que “le journaliste Ricardo Gil fut, avec Eusebio Blasco, Gómez

Carrillo et Alejandro Sawa, l´un des Espagnols les plus familiarisés avec l´actualité

poétique parisienne” (Pageard, 1994: 322)4.

Por otro lado, los estudios de Alejandro Sawa como personaje también se

desarrollaron en el último tercio del siglo XX. Sin embargo, antes que su labor como

escritor, se difundió su identificación con Max Estrella y, en menor medida con Rafael

Villasús. De hecho, casi todos los estudios se encaminan a esta comparación, más que a

la de Max Estrella o Rafael Villasús con la vida del propio Alejandro Sawa. Por poner

algunos ejemplos significativos, podemos citar a Ricardo Senabre, quien escribió “Baroja

y Valle-Inclán, en dos versiones de la muerte del poeta Alejandro Sawa” (1960), Torrente

Ballester con “Historia y actualidad en dos piezas de Valle-Inclán” (1961), Peter Dunn

con “Baroja y Valle-Inclán: la razón de un plagio” (1967) o Idelfonso-Manuel Gil, que

escribió “De Baroja a Valle-Inclán” (1975). Asimismo, son importantísimos los estudios

de Alonso Zamora Vicente, como su edición a Luces de bohemia (1961) o Asedio a

“Luces de Bohemia”, primer esperpento de Ramón del Valle-Inclán (1967)5. Aunque nos

parecen aún más interesantes en lo relativo al asunto que tratamos, aquellos en los que

3
“Entre los españoles que han vivido en París, no creo que dos hayan dejado un recuerdo tan indeleble
como Sawa” (Gómez Carrillo, 1899: 90).
4
“El periodista Ricardo Gil fue, junto con Eusebio Blasco, Gómez Carrillo y Alejandro Sawa, uno de los
españoles más familiarizados con la actualidad poética parisina” (traducción propia).
5
El discurso que mencionábamos fue publicado y en él se analizan los personajes de Luces de bohemia.

49
dedica sus páginas a la comparación con la vida de Alejandro Sawa: “Tras las huellas de

Alejandro Sawa. Notas a Luces de Bohemia” (1968-1969) o La realidad esperpéntica.

Aproximación a “Luces de Bohemia” (1988). En muchos de los estudios citados también

se dedican algunas reflexiones al personaje de Don Latino, que ya analizaremos

oportunamente.

Sobre el resto de los personajes en los que se ha visto a Alejandro Sawa no existen

estudios pormenorizados. Iris Zavala menciona algunos personajes de Baroja inspirados

en Sawa en el estudio introductorio a Iluminaciones en la sombra (1977). El problema

que encontramos es que establece que muchos de los personajes creados por Pío Baroja

están inspirado en Sawa, sin dar más datos al respecto y sin realizar un análisis de esta

afirmación. De ahí que nos hayamos visto en la necesidad de hacer un estudio detallado

y bastante amplio de estos personajes comparándolos con Alejandro Sawa. Amelina

Correa también recoge una lista incluyendo a esos personajes (2008: 298), así como los

de José Montero (1878-1920), Joaquín Dicenta o Juan Manuel de Prada. Respecto al Sawa

de la obra Las máscaras del héroe (1996) de este último autor, existen estudios en cuanto

a su juego literario o el modo de ficcionar los acontecimientos, pero poco se dice sobre

Sawa más allá de que a su velatorio van Baroja y Valle-Inclán porque fueron los escritores

que novelaron ese acontecimiento, volviendo al debate Max Estrella-Rafael Villasús.

En cuanto al personaje de Carlos Alvarado, de Declaración de un vencido, el

profesor Gutiérrez Carbajo hizo un estudio pormenorizado en su edición de Cátedra

(2009), donde el propio Sawa se pone a sí mismo como personaje, literaturizando su vida.

A este aspecto también le dedicaron unas palabras Amelina Correa, en 1993 y en 2008, y

Mbarga en su tesis, en 1991, y existen algunos artículos muy reveladores como

“Declaración de un vencido: autobiografía por personaje interpuesto” (1993), de María

José Navarro Mateo.


50
En 2009 se publicó Alejandro Sawa y La Santa Bohemia, de Juan Diego

Fernández, donde se incluye una lectura dramatizada en la que se construye el personaje

de Sawa a partir de sus propios escritos y la voz del narrador con lo que se dijo sobre él.

Asimismo, en 2016, Pepe Cervera publicó Alguien debería escribir un libro sobre

Alejandro Sawa, inventando nueve pasajes de su vida. Por su contemporaneidad, ninguna

de estas dos obras ha gozado de un análisis literario.

Como podemos comprobar tras este repaso por el estado de la cuestión en lo

relativo a los personajes inspirados en Sawa, es necesario un estudio en el que se incluyan

todos los personajes inspirados en Sawa, incluso de los que se ha dicho que es él y ha

resultado no ser es preciso un análisis para justificar el rechazo de la identificación.

51
52
2. El estudio de las relaciones entre literatura y masonería en España

Los estudios de la masonería a nivel académico también son algo reciente en

España. La propia sociedad es la que quiere darse a conocer abiertamente, aunque sin

perder su discreción y sus secretos, de ahí que sus integrantes colaboren en congresos,

impartan conferencias o se sumen a jornadas de puertas abiertas para que la población

pueda visitar sus logias y desmitificarlas.

En los últimos años han proliferado los libros en los que cuentan la historia de la

masonería, en los que se recoge parte de su simbología o los guiones de sus ceremonias,

además de la indumentaria o la decoración de las logias. También son numerosos los

estudios de su relación y actuación en los grandes cambios políticos y sociales de la

Historia, sobre todo durante los siglos XVIII y XIX. Casi siempre, las relaciones

interdisciplinares de la masonería tratan sobre su infiltración en la política. De hecho, las

tesis doctorales que nos hemos encontrado sobre masonería estudian solo a la

organización en unos determinados lugar y tiempo, o bien se centran en las relaciones con

la política, el ejército e, incluso, con la iglesia. Basta con introducir algunos de estos

términos en la base de datos TESEO, perteneciente al Ministerio de Educación, Cultura

y Deporte para comprobar estas temáticas. Sin embargo, apenas hay datos sobre las

relaciones entre masonería y literatura. Tan solo hemos encontrado una referencia, que es

Literatura y ámbito masónico. A propósito de la novela “Pequeñeces”, del jesuita Luis

Coloma (2017), de Ricardo Serna Galindo. Esta es la única tesis doctoral que incluye algo

similar a lo que pretendemos hacer con Alejandro Sawa. Sin embargo, existen grandes

diferencias en cuanto al planteamiento, como que dicha tesis trata solo una novela y no

es el rastreo de la terminología en la obra completa, que estudia las relaciones con la

iglesia porque el escritor era jesuita o que hay personajes que son masones como tal y por

53
tanto no es el reflejo del pensamiento del autor estrictamente a través de referencias

masónicas, pero nos sirve para aportar un ejemplo similar y dar cuenta de la necesidad de

más investigaciones relacionando literatura y masonería. Es más, la tesis sobre la

masonería en Luis Coloma también estuvo precedida de otra tesis que se dedicaba a

analizar la novelística de dicho autor, al igual que a la nuestra también le ha precedido la

de Mbarga. En aquel caso se trataba de la tesis de Pascual Romero Casanova, titulada La

novela histórica de Luis Coloma. Trayectoria y actualización biográfica y crítica (2011),

y estuvo dirigida por el profesor Enrique Rubio Cremades. Esto nos demuestra que

primero es necesario un estudio de la obra literaria de los autores y, posteriormente, en

tales obras podremos estudiar otros aspectos.

Al igual que el rescate de Sawa como escritor se produjo en el último tercio del

siglo XX, literatura y masonería también se empezaron a estudiar en conjunto a finales

del siglo pasado:

Masonería y literatura son dos amplísimos términos de un binomio que,


hasta la década de 1980, casi nadie se planteó emparentar de alguna
forma. En la España de la segunda mitad del siglo XX, lo masónico ha
sido asunto oscuro pendiente de ser descubierto con tiento por los
historiadores. Y la relación entre el hecho masónico y el quehacer
literario apenas se tuvo presente a la hora de hablar de Masonería (Serna
Galindo, 2017: 88).

En España, sin ninguna duda, esto se debe a la prohibición de la masonería durante

el franquismo. Cuando se volvió a escribir sobre ella, los estudios se centraron,

obviamente, en otros aspectos que nada tenían que ver con los escritores y sus obras.

Rafael Corbalán apunta la necesidad de investigaciones que relacionen literatura y

54
masonería en su interesante artículo “Masonería y literatura a principios del siglo XX en

España”:

Un aspecto poco estudiado por la crítica literaria, pero que es clave para
entender la evolución literaria y política de algunos novelistas españoles
de ese período que, o mostraron interés por las logias y lo reflejaron en
su obra, o participaron muy activamente en la masonería obteniendo
cargos en la Orden y siguiendo las consignas de los Grandes Orientes
(Corbalán, 2004: 141).

Los nombres de Vicente Blasco Ibáñez6 (1867-1928) y Antonio Machado (1875-

1939) son los que más se han relacionado con la masonería. De la iniciación del primero

de ellos no hay ninguna duda, pues “en la Casa Museo de Vicente Blasco lbañez de

Valencia […] está el título de su ingreso en la logia Unión número 149 del Gran Oriente

Nacional de España con el nombre simbólico7 de Dantón (Corbalán, 2004: 144). Además,

escribió Sangre y arena (1908) y Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), que Luis

Lázaro Lorente analizó en Blasco Ibáñez: Masonería, Librepensamiento, Republicanismo

y Educación (1990).

En cambio, el caso de Antonio Machado es más controvertido. Si bien volveremos

sobre él por el caso del exlibris de Sawa creado por Juan Gris (1887-1927), debemos

adelantar que existen algunos estudios que afirman la pertenencia del poeta a la

masonería. Hay dos escritos de José Antonio García Diego, “Antonio Machado masón”

(1989) y “Antonio Machado y Juan Gris; dos artistas masones” (1990), que a su vez se

basan en otro artículo de Emilio González López, “Antonio Machado y la Masonería”

6
Existe una logia en Valencia que lleva su nombre. Se constituyó en 1931 y desde el año 2000 se ha
integrado en la Gran Oriente de Francia.
7
Los masones acostumbran a autodenominarse con un pseudónimo, que suele ser un nombre simbólico de
algún personaje célebre que representa las cualidades que el masón quiere destacar.

55
(1957), que fue publicado en la revista masónica El Sol de la Fraternidad. Sin embargo,

la crítica no considera que las pruebas sean suficientes para afirmar su pertenencia a la

masonería.

También existe una relación entre literatura y masonería que no tiene nada que ver

con la iniciación de algunos escritores, sino todo lo contrario. Tal es el caso de Pío Baroja,

declarado antimasón, que escribía en contra de la organización. Esto también ha sido

estudiado, concretamente por Javier González Martín en “La crítica contubernista, mito

y antropología en el pensamiento barojiano (1911-1956)” (1996) y en “La masonería en

Pío Baroja. Un estudio de Con la pluma y el sable” (1995) y por Isabel Martín Sánchez8

en “La masonería en la obra de Pío Baroja: las memorias de un hombre de acción” (1999).

Estos tres trabajos fueron publicados en La masonería en la España del siglo XX, La

masonería española y la crisis colonial del 98 y La masonería española entre Europa y

América: VI Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española,

respectivamente, publicaciones coordinadas por José Antonio Ferrer Benimeli, quien

estudió la relación de Benito Pérez Galdós (1843-1920) con la masonería. Galdós no era

miembro, pero conocía de sobra esta sociedad y así lo demostró en uno de sus Episodios

Nacionales, concretamente, en El Grande Oriente (1876). A lo largo de todas las novelas

se nota la presencia masónica y se muestra desde la perspectiva oscurantista como

percepción por parte de la sociedad frente a sus verdaderas ideas liberales. Todo esto lo

analiza Ferrer Benimeli en La Masonería en los Episodios Nacionales de Pérez Galdós

(1982). José Antonio Ferrer Benimeli fue profesor de Historia y es uno de los grandes

especialistas sobre la masonería. De hecho, fundó el Centro de Estudios Históricos de la

Masonería Española. En su artículo “La masonería en la literatura: Una panorámica

8
Isabel Martín Sánchez ha dedicado muchos estudios a la masonería, sobre todo en su relación con la II
República y con la prensa. De hecho, su tesis doctoral, dirigida por Agustín Martínez de las Heras, fue “El
mito masónico en la prensa conservadora durante la segunda república” (2002).

56
general” (2013), hizo un interesante recorrido casi a nivel mundial de las relaciones entre

literatura y masonería. Ahí podemos comprobar el escaso espacio que ocupa este asunto

en nuestra literatura nacional:

Frente a masones y masonas que en su obra literaria no se ocupan de la


masonería encontramos en España otros autores, que, no siendo
miembros de la masonería, tratan de ella en sus obras y lo hacen de una
forma directa e importante. El más representativo es Benito Pérez
Galdós en sus Episodios Nacionales (Ferrer Benimeli, 2013: 17).

El caso de Galdós también es comentado por Corbalán del siguiente modo:

En el campo literario, Benito Pérez Galdós mostró un gran


conocimiento de las logias en El Grande Oriente, obra de la segunda
serie de los Episodios Nacionales escrita en 1876, en la que Pérez
Galdós cuenta con mucho lujo de detalles la historia, el ritual, la
simbología y la influencia política de esta organización secreta en el
trienio constitucional de 1820 a 1823 desde una perspectiva no siempre
favorable a la Orden (Corbalán, 2004: 142).

Asimismo, tratan de este asunto los artículos “Masonería y revolución liberal en

Galdós” (1996), de María Dolores Gómez Molleda y “De la realidad documentada a la

ficción verosímil en El Grande Oriente” (2016), de Toni Dorca.

Por otro lado, se dice en los círculos masónicos que “Ramón Gómez de la Serna

llegó al grado 18 de la Orden y su nombre simbólico fue Argonauta” (Corbalán, 2004:

145). Y también, que Miguel de Unamuno (1864-1936) y José Ortega y Gasset (1883-

1955) tuvieron relaciones con la masonería, cosa que es posible porque se reunían

57
Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset y Vicente Blasco Ibáñez en
el café La Rotonde de París para coordinar sus esfuerzos
propagandísticos y de oposición a la dictadura. Por otra parte, la
vinculación de los tres escritores a la masonería también era de carácter
personal ya que Eduardo Ortega y Gasset pertenecía a las logias, como
también eran masones los hijos de Unamuno y Blasco, Fernando
Unamuno Lizárraga y Sigfrido Blasco Blasco (Corbalán, 2004: 143).

También trataron la masonería otros importantes autores realistas, pero lo hicieron

desde la parodia. Aunque sea para su desmitificación y con intenciones de burla, el simple

hecho de escribir sobre la masonería es una prueba de su presencia en la sociedad de

finales del siglo XIX:

Otros escritores del momento, como Pereda y Pardo Bazán o Clarín y


Juan Valera, también aluden en sus novelas -aunque menos- a la
masonería decimonónica española con características -al igual que
Galdós- claramente satíricas y desmitificadoras como recoge Soledad
Miranda en Religión y clero en la gran novela española del siglo XIX
(Ferrer Benimeli, 2013: 18).

Respecto a los escritores hispanoamericanos, su relación con la masonería es más

abierta. El mejor ejemplo es el de Rubén Darío, que además es fundamental en esta

investigación y por ello le dedicaremos varias páginas en el capítulo destinado a su figura

y su relación con Alejandro Sawa. La principal diferencia con otros escritores es que es

más fácil afirmar su pertenencia a la masonería porque él mismo lo escribe en varias

ocasiones, cosa que no suele ser habitual.

En cuanto a otros escritores hispanoamericanos tenemos que:

58
De las sugerentes y evocadoras alusiones masónicas de Alejo
Carpentier en El siglo de las luces se ocupan el profesor André Jansen
en La masonería en la literatura hispanoamericana (Zaragoza, 1993) y
Patrick Collard, Historia e iniciación. La masonería y algunos de sus
símbolos en “El Siglo de las Luces” de Alejo Carpentier (París, 1993)
(Ferrer Benimeli, 2013: 18).

No podemos finalizar este apartado sin comentar algo de masonería femenina9,

pues hemos tenido escritoras en nuestra literatura que coincidieron en el tiempo con los

autores citados y que fueron masonas. Tal es el caso de Carmen de Burgos (1867-1932),

Rosario de Acuña (1850-1923) o Mercedes de Vargas (1800-1891). En “Un puente entre

España y Portugal: Carmen de Burgos y su amistad con Ana de Castro Osório” (2014),

Concepción Núñez Rey habla de Carmen de Burgos y su adscripción masónica. Lo mismo

hace María José Lacalzada de Mateo en “Mercedes de Vargas y Rosario de Acuña: el

espacio privado, la presencia pública y la masonería (1883-1891)” (2002) con Mercedes

Vargas, quien entró en la logia Constante Alona con el nombre de Juana de Arco10, y con

Rosario de Acuña11, quien tenía el nombre masónico de Hipatia en la misma logia. Sobre

Rosario de Acuña se ha publicado recientemente un libro, editado por Elena Hernández

Sandoica, Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923): emoción y razón (2019), que contiene

artículos de varios autores donde se trata, entre otras cosas, la pertenencia de esta escritora

a la masonería. Es más, en Gijón existe una logia que lleva su nombre. Estas mujeres

fueron masonas por la ideología que implicaba serlo, pues, además de liberales y

republicanas, son figuras clave en el estudio del feminismo. Aunque no existieran los

9
La masonería femenina, llamada por los masones masculinos masonería de adopción, es un asunto muy
interesante. Al igual que el hecho de que ya exista la masonería mixta merece ser objeto de investigación.
Sin embargo, esta tesis se desvirtuaría si nos desviásemos para tratar esos temas. Ahora bien, estamos
interesados en ahondar en ellos en el futuro.
10
En el Archivo de la Masonería de Salamanca figura que también perteneció a la logia Humanidad de
Albacete (legajo 448, expediente2).
11
En el Archivo de la Masonería de Salamanca también figura (legajo 29, expediente 2217).

59
estudios sobre la masonería en estas mujeres, Ferrer Benimeli afirma que Rosario de

Acuña y Carmen de Burgos son dos masonas “conocidas a nivel internacional” (2013:

17).

Como podemos comprobar, existen algunos estudios muy interesantes sobre

literatura y masonería, pero el tema no está muy extendido ni ampliamente estudiado.

Además, hemos observado que existen dos modos de abordar los estudios. Por un lado,

se estudia la relación del escritor o la escritora con las logias, por lo que no es en realidad

una relación entre literatura y masonería, sino una investigación de la vida masónica del

escritor. Otras veces, en cambio, sí se aborda la obra de los autores desde una perspectiva

masónica.

Como ya hemos adelantado, la obra literaria de un masón no tiene que ser

masónica, en tanto que no trata de logias, ritos o historia de la masonería, pero sí existen

ciertos elementos o términos con doble significados incorporados a sus novelas, poemas,

ensayos, etc. Lo interesante, a nuestro parecer, es ver cómo una obra que no tiene que ser

masónica en sí misma contiene los principios o la terminología de la masonería. Nuestro

propósito no es tanto encontrar un documento de iniciación o ver un nombre en una lista.

Es muy difícil que un nombre esté reflejado en un archivo, debido a la destrucción de

documentos durante el franquismo y a la falta de regularización en general durante el

siglo XIX, sin seguir un patrón de registro sistemático. Por eso, creemos que hay que

estudiar el momento y la ideología. Muchos escritores tuvieron contacto con la masonería,

aunque no se iniciaron, porque esta estaba presente en la sociedad, en la política y, sobre

todo, en la élite intelectual del país. Es ahí donde debemos hacer hincapié para

comprender el panorama.

60
3. Justificación, objetivos, fuentes, metodología e hipótesis

La principal justificación para llevar a cabo esta investigación viene del vacío que

hay sobre la relación de la masonería con la literatura. Por un lado, como ya hemos

apuntado, este tema ha sido tratado por los investigadores en escasas ocasiones, cosa que

da originalidad a la presente tesis.

Es más, nunca se ha puesto a Alejandro Sawa en relación con esta sociedad y

consideramos que su pensamiento está íntimamente ligado a sus principios. Por otro lado,

lo cierto es que la masonería en su conjunto aún pertenece a los temas tabúes en España

y son escasísimas las investigaciones que se le dedican, a pesar de la gran influencia que

han tenido los masones en nuestra Historia.

Sin embargo, rellenar este vacío tiene pros y contras, sobre todo en lo relativo a la

bibliografía. Debido a la leyenda negra y a la falta de información, son numerosísimos

los escritos que nos hemos encontrado con datos falsos, tanto para su exaltación como

para su detrimento. Tal es el caso de algunos blogs en internet, los cuales, hemos tenido

que descartar por falta de rigor y fiabilidad, pero que nos han servido para hacernos una

idea de las cotas que alcanza el asunto. Por el contrario, hemos recurrido a verdaderos

estudios, publicados por editoriales y autores especialistas, a otros escritos de reconocido

prestigio que referencian su contenido con rigurosa bibliografía y a testimonios reales de

integrantes de logias, que nos han ayudado a despojarnos de todas esas creencias

populares. Asimismo, tampoco vamos a tomar por ciertas las publicaciones encaminadas

a desprestigiar a la organización o a alabarla en exceso, pero sí las tendremos en cuenta

porque nos ayudarán a reconstruir el panorama y a acercarnos a la percepción que en

ciertos momentos existía.

61
La conexión de Sawa con la masonería apareció cuando analizábamos la luz y la

sombra en su obra. La pista con la que comenzó esta indagación viene de otra

investigación: en un principio, el tema fundamental de esta tesis doctoral iba a ser el

estudio y la justificación de la terminología en clave de luces y sombras en la obra y en

la vida de Alejandro Sawa. Para el bohemio sevillano, todo aquello que representa el

progreso, la vitalidad, el conocimiento, la bondad y toda una serie de cualidades positivas

quedaban definidos por la luz, el sol o el brillo. Por su parte, los comportamientos

primitivos, el dogmatismo, el fanatismo y, en definitiva, cualquier impedimento para la

evolución del ser humano, quedaban ejemplificados en la noche, la sombra, la oscuridad

o las tinieblas. Esto ocurre no solo en sus obras naturalistas de un corte tremendista

acentuado, sino también en las modernistas, en sus artículos de juventud y madurez,

incluso en su última obra: Iluminaciones en la sombra (1910), cuyo título es bastante

sugerente. La primera explicación que dimos entroncaba con el romanticismo del que

nunca se desprendió el escritor, defensor del liberalismo, que adaptaba las descripciones

y la naturaleza a sus estados de ánimo; de ahí que el invierno, las noches lúgubres o las

tinieblas acompañasen a los personajes más degradados moralmente y que las luces

iluminasen las mejores facetas de la humanidad. Y es que Alejandro Sawa concebía así

la realidad: la mezcla de lo bueno y lo malo. De hecho, existe una amplia reflexión al

respecto que ha sido poco difundida, pues se encuentra en el Apéndice de la novela El

cura (un caso de incesto) (1886) del escritor naturalista Eduardo López Bago (1855-

1931), y que fue redactado por Alejandro Sawa. Frente a la tradicional concepción de que

el naturalismo tan solo muestra los ambientes más sórdidos y degradados, Sawa cree que

lo que hay que mostrar es la realidad, la cual está compuesta por lo feo y lo bello al mismo

tiempo y, además, ambas cosas se mezclan. A pesar de que en su etapa naturalista salgan

victoriosas las sombras, es decir, lo feo, siempre apreciamos en las novelas sawianas algo

62
de luz que irradian los personajes a los que se les atribuye buenas cualidades. Que las

sombras aniquilen a las luces no es más que una consecuencia del determinismo que el

naturalismo literario pretende demostrar, pero esto no es incompatible con la existencia

de lo bonito en convivencia con lo feo: “El documento humano no es lo feo, no es solo lo

feo; es también lo bello, lo hermoso. ¿A qué copiar siempre lo feo? […] ¡Ah! ¡En Francia

se equivocan, como se equivocan en España! La realidad no es lo feo, es lo feo y lo bonito

combinados” (Sawa, 1886: 308).

Siendo esto admisible y una buena justificación para la relación del binomio luz-

oscuridad y su significado con la concepción de la realidad por parte de Alejandro Sawa,

no era suficiente y optamos por recurrir a otras fuentes que podían darnos más

explicaciones sobre la aparición de las metáforas referentes a la luz y a la oscuridad. Por

ello, hemos acudido a la Historia, el contexto cultural y la ideología liberal, que está

íntimamente relacionada con la masonería.

Conocíamos bastante sobre esta sociedad por un interés personal basado en la

mera curiosidad, aunque nunca habíamos estudiado este tema con el rigor de la

investigación. Ahora bien, sí alcanzamos a relacionar algunos términos y a comprobar

que el uso del binomio luz-oscuridad se empleaba de igual modo en ambos casos. Hace

años, no recordamos dónde, leímos que los masones hablaban en clave de luces y sombras

y que consideraban que la humanidad se dividía en buenos y malos, pero sin existir un

claro límite, pues en la sociedad todos nos mezclamos, y este era el motivo por el que el

suelo de las logias donde se reúnen los hermanos masones era una especie de tablero de

ajedrez con cuadros blancos y negros, representativos de esa dualidad presente en el

mundo. Semejante coincidencia entre la masonería, la terminología de Alejandro Sawa y

su concepción sobre la realidad se nos presentó en la mente del modo más casual y nos

63
hizo plantear nuestra hipótesis y pensar que existe una relación directa entre estos

aspectos.

Mucho tiempo dedicamos a reflexionar sobre este posible descubrimiento, dado

que investigar sobre la masonería nos llevaba a un terreno poco trabajado en el que existe

mucha información falsa y contradictoria, además implicaba dar un giro radical a una

investigación que ya se encontraba muy avanzada. Esta posible relación suponía un nuevo

planteamiento desde otra perspectiva, pues lo que creíamos justificación no era más que

el resultado de otra causa. A lo largo de varios meses nos familiarizamos con la

terminología, recopilamos ingentes cantidades de información sobre la masonería y nos

aventuramos a entrar directamente en contacto con ella. En 2017, asistimos a un congreso

en La Coruña, el CILEC (Congreso Internacional de Literatura Española

Contemporánea)12, que se dedicaba ese año a los espacios de libertad y a nuevos medios

de creación literaria y crítica social, donde varias sesiones trataron sobre la masonería,

pues se cumplían trescientos años de su creación. Pese a que la masonería operativa data

de la Edad Media, la especulativa se constituyó en 1717, asunto que desarrollaremos más

adelante. Allí pudimos tener contacto con el Venerable Maestro de la Real Logia

Renacimiento 54 de La Coruña, el Asistente del Gran Maestro, el Pasado Gran Orador de

la Gran Logia Provincial de Castilla y otros miembros de la Gran Logia de España, con

los que hablamos durante varios días y a quienes planteamos un sinfín de interrogantes.

Nuestro siguiente paso fue acudir directamente a una logia, concretamente a la

Gran Logia de España, en la calle Juan Ramón Jiménez de Madrid, en el número 6, donde

nos recibieron muy amablemente, nos dieron toda la información que solicitamos y

12
Fue el XVIII Congreso Internacional del CILEC, que se celebró en la Universidad de La Coruña (España),
11 y 12 de mayo de 2017; en la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas (Grecia), los días 25 y 26
de mayo de 2017 y en la Universidade Fernando Pessoa (Portugal), los días 26 y 27 de junio de 2017.

64
pudimos realizar fotografías que se nos ha permitido reproducir en los anexos y que son

un gran soporte gráfico para esta investigación. De igual modo, decidimos consultar el

Archivo de la Masonería de Salamanca, perteneciente al Centro Documental de la

Memoria Histórica, del que también hemos extraído material, si bien bastante escaso y

con una validez relativa, pues no se trata de unos fondo completos y, aunque conservan

algo de los siglos XVIII y XIX, el grueso de la documentación es de los años treinta en

adelante, pues el material requisado por el franquismo era de masones vivos en esos

momentos (a pesar de que se abrieron expedientes de sospechosos fallecidos hacía poco

tiempo)13. Sin embargo, nuestro viaje no fue en vano, pues el Archivo cuenta con un

museo de objetos originales y una logia recreada con parte de los objetos requisados y,

aunque sea muy sensacionalista y se creó con el fin de ridiculizar a la masonería, algunas

fotografías de esos objetos nos sirven para dar soporte gráfico a la simbología que vamos

a analizar.

Dado que Alejandro Sawa pasó sus años dorados en París y sabiendo de la buena

acogida que tiene la masonería en el país galo, también decidimos visitar el Grand Orient

de France, sito en la rue Cadet, número 16, de París, que cuenta con un museo de la

francmasonería acreditado como Musée de France por el Ministerio de Cultura de

Francia. Allí también pudimos tomar fotografías y recopilar algunos materiales, así como

solucionar ciertas dudas. Aprovechamos también nuestra estancia en París para consultar

los archivos de la Biblioteca Nacional de Francia, especialmente alguna publicación

periódica con la que colaboró nuestro autor y ciertos libros catalogados como “raros” que

nos han servido de gran ayuda.

13
De hecho, mantuvimos una conversación con los bibliotecarios del Archivo de Salamanca y nos dijeron
que era muy difícil encontrar en sus documentos el nombre de alguien fallecido en 1909.

65
Finalmente, conseguimos suficientes datos que venían a confirmar nuestra

sospecha. Sin olvidar que durante nuestro descubrimiento de la masonería descubrimos

una rica simbología que iba mucho más allá de las luces y las sombras y que también

aparecía en la obra sawiana, así como en la vida del propio escritor y en la relación con

algunos de sus contemporáneos.

Por lo tanto, damos por bien empleado todo ese tiempo, así como nos alegramos

del cambio de rumbo de nuestra investigación y consideramos un acierto y una necesidad

el rehacer esta tesis doctoral, la cual necesita una explicación lo más clara posible sobre

qué es y qué significa la masonería, cosa que abordaremos en el Capítulo II.

Por otro lado, para tratar la figura de Alejandro Sawa en concreto, ha sido

imprescindible recurrir no solo a sus obras, sino a todo el corpus de teoría previa que hay

al respecto. Si bien su figura fue olvidada durante muchos años, del último tercio del siglo

XX a esta parte, los estudiosos han hecho una labor de rescate notable, como acabamos

de ver en el epígrafe anterior, ya sea a través de su biografía, libros, artículos académicos

o ediciones de sus obras. En cuanto a la relación con sus contemporáneos, las memorias

escritas por estos han sido fundamentales, así como las noticias de la prensa y, por

supuesto, los epistolarios, que nos dan una información valiosísima sobre las relaciones

personales.

Además, consideramos que el contexto es fundamental en una investigación de

este tipo, de tal modo que dedicar unas páginas a su análisis nos ayudará a situarnos, nos

explicará por qué ocurren ciertos acontecimientos de un modo u otro en determinado

momento y nos ayudará a comprender la ideología imperante entre los intelectuales de

finales del siglo XIX. Muchos de ellos, literatos en su mayoría, constituyeron una

generación perdida y a la vez fundamental para que las ideas que anticiparon se

66
desarrollasen en el primer tercio del siglo XX. Por esto, es fundamental acompañar el

contexto con las relaciones personales que mantuvo Alejandro Sawa con algunos de sus

contemporáneos. Rubén Darío, Pío Baroja, Ernesto Bark, Ramón del Valle-Inclán,

Joaquín Dicenta o Prudencio Iglesias Hermida (1883-1919) son algunos de esos

coetáneos cuyas relaciones con el rey de los bohemios nos aclararán aspectos de su vida

y su pensamiento. Algunos de ellos utilizaron a Sawa como inspiración para crear ciertos

personajes. Será interesante descubrir cómo plasmaron en la literatura ciertos hechos y

vivencias que, hasta ahora, no se habían descubierto.

De aquí se desprende la otra gran aportación de esta tesis doctoral, que es el

estudio de todos los personajes de los que alguna vez se ha dicho que son Alejandro Sawa.

Si bien existe bibliografía sobre Max Estrella y su conexión con Alejandro Sawa y

también, en menor medida, sobre Rafael Villasús, no hay ningún estudio que se detenga

a cotejar la realidad con la ficción desde 1887 hasta 2016, que son la primera y la última

fecha de publicación de las novelas en las que ha aparecido el bohemio como personaje.

Por supuesto, es conocido por ser el escritor en el que se inspiró su amigo Valle-Inclán

para crear a Max Estrella y una de las más famosas obras del teatro español y esto ha

traído como consecuencia el eclipse del autor, quien ni siquiera aparece en los libros de

texto de Secundaria o Bachillerato14, pues mucho hay que ascender en la formación

académica para que su nombre aparezca no como mera anécdota.

Al margen de Max Estrella y Rafael Villasús, cuyas identificaciones se han

llevado demasiado lejos15, existen otros personajes bohemios creados por Pío Baroja en

vida de Sawa, a los que nunca se les ha dedicado un estudio. Sin embargo, sí se ha dicho

14
Si alguna vez se le nombra es para decir de un modo muy superficial que fue un autor perteneciente al
naturalismo radical o, en su defecto, tan solo se apunta que fue un escritor bohemio en el que se inspiró
Valle-Inclán para crear a Max Estrella.
15
De ahí que debamos dedicar varias páginas a aclarar estas identificaciones y a comparar a ambos
personajes entre sí.

67
de ellos que representaban al sevillano. El escritor vasco, poco simpatizante de la vida

bohemia y antimasón, recurría a Sawa por ser el referente, cuando quería retratar en sus

novelas a los bohemios. Pese a que lo hiciese de un modo burlesco, indirectamente le

daba a Sawa autoridad en su tiempo. Igualmente, su amigo Joaquín Dicenta, quien

pertenecía a la denominada tribu de los bohemios, creó el personaje de Alejandro Nava

en su novela Encarnación y José Montero Iglesias publicó en La Esfera un cuento titulado

La sombra de Verlaine. Sabemos que Ernesto Bark también dedicó a Sawa un personaje,

en La invisible, perdida hoy en día. Pese a esto, la figura de Bark va a ser decisiva, pues

pretendemos demostrar que su comportamiento tuvo mucho que ver a la hora de

literaturizar el velatorio de Sawa por parte de Baroja y Valle-Inclán. Y, puesto que

queremos totalizar a todos los personajes inspirados en Sawa y disponer de la bibliografía

más actualizada, analizaremos Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada, que

cuenta con un capítulo íntimamente relacionado con Luces de bohemia y El árbol de la

ciencia; también dedicaremos unas líneas a Alejandro Sawa y la Santa Bohemia, una obra

de teatro escrita por Juan Diego Fernández para representarla como lectura dramatizada

que no ha tenido ninguna proyección pero es interesante para esta investigación. Por

último, analizaremos Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, de Pepe

Cervera, que ha visto la luz en 2016.

Nos atrevemos a ir más lejos al afirmar que algunas de esas obras cuentan con

referencias masónicas cargadas de significado, como es el caso de Luces de bohemia o El

árbol de la ciencia. O que algunos de los autores que escribieron las citadas obras tuvieron

relación con ella, como es el caso de Dicenta o Bark. Por lo tanto, tomar a Alejandro Sawa

como ente de ficción también resulta enigmático y simbólico. Aparte de la conexión

masónica, hablar de Sawa como personaje implica adentrarse en un comparatismo entre

literatura y realidad. Analizando este aspecto nos hemos encontrado múltiples relaciones,

68
coincidencias y pasajes que contienen segundas intenciones. Si bien la simbología

masónica y la clave de luces y sombras son las dominantes a lo largo de todo nuestro

estudio, no es menos cierto que existen otras correspondencias y descubrimientos dignos

de ser oportunamente analizados. Tal es el caso de una inyección de morfina con la que

Sawa intentó suicidarse, que no había sido descubierta hasta el momento. Esta inyección

fue la responsable de que Ernesto Bark dudase de la muerte de su amigo y creyese que

estaba en un estado de catalepsia. Dicha catalepsia se ha recreado hasta en tres ocasiones:

en Luces de bohemia, en El árbol de la ciencia y en Las máscaras del héroe. Sin embargo,

no hay ni rastro de la inyección en ninguna de las ficciones. Este es un buen ejemplo de

los muchos que veremos de cómo se relacionan ambos bloques principales de esta tesis

doctoral, pues será necesario recurrir en un sinfín de ocasiones a los hechos y escritos que

analicemos en el primer bloque para explicar ciertos pasajes o elementos que aparecen en

la ficción. Tal es el caso de la deuda dariana, que está oculta en Luces de bohemia; o de

los pasajes en los que Max Estrella cree recobrar la vista, que están basados en los

momentos en los que Sawa se ilusionaba con la misma posibilidad. Al igual que ocurre

con Madama Collet y Claudinita, se llaman así por la escritora Colette (1873-1954) y su

personaje Claudine; o con Pío Baroja, que recrea en varias de sus novelas episodios que

vivió con Alejandro Sawa, de mismo modo que lo hace Joaquín Dicenta en Encarnación.

No está de más que aclaremos que dentro de este análisis de los personajes, vamos

a empezar por Carlos Alvarado Rodríguez, el protagonista de Declaración de un vencido.

Aunque esta obra sea analizada en el Capítulo II con el resto de las obras sawianas, debe

ser incluida en el Capítulo III porque es la primera vez que Sawa aparece como personaje

y es para autorretratarse.

En cuanto a los archivos y documentos consultados para llevar a cabo todo lo

comentado, hay que reparar en que son de muy diversa naturaleza. Encontramos

69
epistolarios, obras16 (ya sean novelas, relatos cortos, poemas, ensayos, memorias u obras

teatrales), artículos de investigación y de prensa, prólogos… Ellos van a determinar el

modo de acercarnos y la metodología empleada. Por supuesto, los acercamientos al objeto

de estudio serán sociohistórico, léxico-semiótico y comparatista, pues gracias al contexto

y a los hechos reales podremos aportar nuevos descubrimientos sobre la vida de Alejandro

Sawa y las relaciones con sus contemporáneos, aportando novedades al contexto literario

del momento. Por otro lado, para establecer su relación con la masonería, compararemos

el vocabulario relacionado con esta que emplea. Para esta labor será necesario no solo

recopilar los vocablos, sino también conocer su significado, por lo que la simbología y la

semiótica estarán presentes para llevar a cabo la labor de la interpretación. Por último, a

la hora de cotejar los hechos verídicos con su plasmación en literatura debemos hacer un

ejercicio comparatista entre realidad y ficción y ver cómo se produce el trasvase de una a

la otra por medio de la trasposición y la comparación intertextual. Además, deberemos

discutir qué es verdad, qué es ficción y dónde está el límite entre ambas, sin perder de

vista que los hechos se literaturizan de un modo u otro según la intención de cada autor,

por lo que no solo nos interesa qué se cuenta, sino también cómo se cuenta y persiguiendo

qué intenciones. Para tal labor han sido fundamentales las teorías que existen sobre

ficción y autoficción.

Al final, quedará demostrada nuestra primera hipótesis: que Alejandro Sawa tuvo

relación con la masonería. Asimismo, y desprendiéndose de esta primera teoría general,

también quedarán bien argumentadas otras cuestiones: la relación con Darío en clave

masónica, la simbología en sus obras, la importancia de la luz y la oscuridad en sus etapas

16
Siempre que ha sido, hemos recurrido a primeras ediciones. Sin embargo, a pesar de tener en propiedad
la primera edición de Iluminaciones en la sombra, consideramos oportuno citar siempre según la edición
de 1977 por dos motivos: la primera edición apenas es accesible para cualquiera que quiera consultarla;
asimismo, el delicado estado en el que se encuentra, debido a su antigüedad, no nos permite manejarla con
soltura y tememos por su deterioro.

70
naturalista y modernista, así como en otras obras y crónicas, y su relevancia como escritor

y personalidad referente en su época y contexto. Para demostrar esto, hemos llevado a

cabo una recopilación de los vocablos relativos a la oscuridad y a la luz, así como de las

frases o palabras relacionadas con la masonería, hasta que la abrumadora cantidad de

todos ellos nos ha hecho confirmar que su aparición no se debe a la mera casualidad. Del

mismo modo, hemos comprobado que siempre se emplean con el mismo significado y

que dan a la obra del bohemio continuidad, sin importar el período literario en el que se

inserte en cada momento. Creemos que Sawa era conocedor de la simbología masónica y

emplea sus términos a su gusto en sus escritos según le convenga el significado.

Es cierto que Sawa fue un idealista que llevó al extremo su creencia en los valores

superiores, su defensa de la libertad y el progreso, y la crítica a la opresión, los vicios, la

corrupción y el atraso. Esto le condujo a no ser práctico y no procurarse para él y su

familia un respaldo económico, lo que hizo que falleciera en la más absoluta miseria,

desencantado del mundo y renegando de su filantropía al sentirse abandonado de todos.

Gran parte del análisis de su obra se la dedicaremos a Iluminaciones en la sombra,

por ser una especie de diario personal de reflexiones donde se acentúa el vocabulario que

rastreamos y entronca directamente con las relaciones con sus contemporáneos porque el

prólogo fue escrito por el poeta nicaragüense. Nunca hasta ahora se habían analizado estas

palabras de Darío a la luz de la simbología, sino como unas simples palabras elegíacas.

Además, en las páginas de este libro, Sawa reflexiona sobre sus pensamientos, sobre los

hechos que están ocurriendo, sobre la política y sobre personalidades a las que él admira.

Muchas de estas palabras y pensamientos los plasmó también en sus crónicas. Sería

imposible analizarlas todas, pues eso sería un tema para otra tesis doctoral, pero sí

daremos algunos ejemplos que muestren la correlación con el resto de su obra.

71
Continuando con Rubén Darío, podemos apreciar que su relación epistolar con

Sawa ocupa un número considerable de páginas. Esto es así porque, aunque el asunto de

que Sawa escribió ocho crónicas para Rubén Darío y que este las publicó en el periódico

bonaerense La Nación sin pagar al sevillano lo acordado parece suficientemente probado

según la crítica, es analizando ese epistolario como podemos descubrir muchos otros

hechos que rodearon a la deuda y comprobamos la evolución de Alejandro Sawa, que

cada vez se siente más decepcionado, hasta que opta por reclamar a Darío una deuda casi

olvidada. Las cartas estás llenas de detalles que hasta ahora habían pasado inadvertidos.

Es más, hemos encontrado el testimonio de Prudencio Iglesias Hermida, quien fue testigo

de los hechos. Sus palabras nos han ayudado a completar las lagunas que presenta el

epistolario y a saber más sobre las personalidades dariana y sawiana. Aunque, sin ninguna

duda, nuestra mejor aportación sobre este asunto ha sido el descubrimiento de una carta

que completa el epistolario. Se trata de la primera de ellas en la que Sawa le propone a

Darío que formalicen contractualmente el trabajo que aquel hacía para este, que acordasen

una asignación y unos plazos de entrega de los trabajos.

Además, hemos hecho otros descubrimientos que nos ayudan a reforzar nuestra

hipótesis, como por ejemplo otra carta, en este caso de Rubén Darío, en la que confiesa

que se hizo masón por las puertas que le podría abrir ser de esa condición, o que mentía

sobre su paradero empleando diferentes entradas en sus cartas para mantener las

apariencias sin que ciertas personas se enterasen de que, en vez de cumpliendo con sus

obligaciones laborales, estaba de veraneo. Frente a este sentido de lo práctico, está el

idealismo de Sawa, que aparecerá a lo largo de toda la tesis.

La relación con Ernesto Bark también es fundamental, pues se sitúa del lado de

Alejandro Sawa, defendiendo ideas utópicas y fraternales y apoyándole en un proyecto

que se va a analizar en profundidad por primera vez: el Cenáculo. En La Santa Bohemia,

72
Bark habla de este proyecto y cómo se iba a desarrollar. Tras nuestra estancia en la capital

francesa, hemos podido comprobar que el modelo era muy similar al que se seguía en las

reuniones de La Plume en el Café Le Soleil d´Or de París. Sawa intentó importar este

modelo con su Cenáculo en el Café Mercantil de Madrid, pero introduciendo un rito

iniciático para entrar a formar parte del club literario.

Nuestra segunda hipótesis principal es que existen varios personajes basados en

Alejandro Sawa que merecen ser comparados con hechos verídicos para su identificación

y, por consiguiente, en la literatura encontramos referencias escondidas a sucesos reales.

El más importante que sacamos a la luz en estas páginas es el del asunto de la posible

catalepsia que acabamos de apuntar, pero tampoco se queda atrás el análisis de los

personajes bohemios de Pío Baroja que se inspiraron en Sawa.

Este estudio de los personajes tampoco se abordará desde la narratología, pues

perdería toda conexión con el análisis de la vida, la obra y el pensamiento de Alejandro

Sawa, aunque no descartamos abordarlo desde dicha metodología en un futuro. Si bien

daremos nociones básicas sobre qué entendemos por ficción, sobre el tipo de narrador

que se presenta en cada obra, sobre el género al que pertenece o la extensión de la misma,

identificando, además, el tipo de personaje que encarna Sawa en cada momento, nuestra

intención es comparar la ficción con la realidad, analizando cómo se ha llevado a cabo la

trasposición en cada obra, y poder justificar en cada momento por qué cada autor elige

unos rasgos de Sawa y qué intenciones tiene al convertirlo en personaje.

A lo largo de este análisis, también aparecerán otras averiguaciones. Por ejemplo,

rechazaremos algunas identificaciones de personajes barojianos que se habían

relacionado con Sawa y llegaremos a concretar en qué otras personas están basados.

Curiosamente, serán del círculo más íntimo del bohemio sevillano, por lo que nos

73
reforzará la teoría de que Sawa y sus compañeros eran muy influyentes y significativos

en su entorno.

Dada la magnitud de la investigación y que, a pesar de haber acotado el campo de

estudio sigue siendo de una amplitud considerable, será habitual insertar aportaciones

secundarias relacionadas con las hipótesis principales que, en estos casos, no hemos

podido dejar para futuros escritos, pues consideramos que enriquecen sustancialmente la

investigación y sirven de argumentos. Algunos de ellos son la recopilación de los

testimonios de otros contemporáneos de Sawa, tanto admiradores como detractores, y de

las noticias de su fallecimiento que salieron en portada de los diarios más importantes de

la época, así como las referencias a los numerosos reportajes póstumos que se le

dedicaron. A esta recopilación hemos contribuido añadiendo dos testimonios que hemos

descubierto. Se trata de dos anécdotas, una de ellas publicada en un libro de memorias y

la otra en un artículo periodístico. Ambas aportan pasajes de la vida de Sawa que hasta

ahora se desconocían que se relacionan directamente con su transmutación en personaje.

Por otro lado, analizar las palabras que se le dedicaron al escritor sevillano es una forma

de resaltar la notoriedad de Sawa y la gran consternación que causó su muerte. Quizás,

por esto, por las trágicas circunstancias de su muerte y por sus anécdotas y

ceremoniosidad que autoalimentaban su leyenda en vida, se convirtió en un personaje

sumamente atractivo. Es posible que proliferasen los personajes inspirados en él en los

años posteriores a su muerte y que, en vida, fuesen sus amigos y sus detractores quienes

crearan otros tantos. Sin embargo, su olvido como escritor llevó a un vacío de más de

setenta años. Coincidiendo con el rescate como autor al que nos referíamos en el primer

apartado, también han aparecido nuevos personajes. Los autores de estas obras no

enmascaran el nombre real de Alejandro Sawa, sino que quieren mostrar que lo eligen

como personaje por ser lo suficientemente llamativo.

74
Otra de estas aportaciones es el análisis del exlibris que Juan Gris pintó a

Alejandro Sawa, pues lo hemos comparado con los de otros escritores llevados a cabo por

el mismo artista y todos contienen elementos masónicos. Es más, en nuestra estancia

parisina, hemos tenido acceso al documento de iniciación de Juan Gris. También hemos

analizado la dedicatoria que escribió Sawa a su hermano Enrique en La mujer de todo el

mundo, pues creemos que también está cargada de significado. Incluso hemos rescatado

un texto escrito por Alejandro Sawa en la España Cómica, publicado el 8 de diciembre

de 1889. En las recopilaciones de artículos y escritos en la prensa que se han hecho de

Sawa, este texto, titulado “Cabeza de estudio: Pilar”, no aparece. Se trata de la descripción

de un primer encuentro con una mujer que le fascina y que, si bien admite una lectura

literal, también puede ser alegórica.

No quisiéramos cerrar este primer capítulo sin tratar de la aplicación del método

científico a las humanidades y cómo se ha seguido en esta investigación. Lo primero que

debemos tener en cuenta es que “en el ámbito académico un trabajo de investigación se

rige por el método científico, esto significa que se caracteriza por emplear el

razonamiento crítico y presentar resultados concretos con rigurosa objetividad. No

obstante, también es cierto que requiere la interpretación de datos y, por consiguiente, se

verá reflejada —en mayor o menor medida— la impronta del investigador (Leo, 2016:

12). A grandes rasgos, hemos observado nuestro objeto de estudio, hemos elaborado

nuestras hipótesis, hemos recopilado datos, los hemos relacionado entre ellos, hemos

reflexionado y, por último, hemos extraído las pertinentes conclusiones que confirman

dichas hipótesis. Sin embargo, creemos que estas generalidades merecen ser matizadas,

más aún al tratarse de una investigación en el campo de las humanidades, de carácter

cualitativo.

75
Una investigación cualitativa también es llamada interpretativa, pues produce sus

datos a partir del análisis de documentos o imágenes. Es decir, frente a la recopilación de

datos numéricos es propio de los análisis cuantitativos, la extracción de posibles

relaciones y lecturas constituyen los análisis cualitativos. Es, por tanto, un tipo de

investigación que busca comprender y que no crea una hipótesis como tal, sino que esta

se presenta como la relación o la causalidad entre datos que ya se conocen: “El método

experimental y la encuesta, así como la utilización de técnicas estadísticas de análisis, se

utilizan en el marco de una metodología cuantitativa; mientras que las entrevistas (ya sean

interpretativas o etnográficas), la observación, la narrativa y el análisis del discurso, son

utilizados en estrategias cualitativas” (Dalle, Boniolo, Sautu y Elbert, 2005: 38). Como

vemos, nuestra investigación encaja a la perfección en este segundo tipo de estrategia,

pues tras la observación y análisis de ciertos documentos recopilados mediante diversas

formas (ya sea por consultas bibliográficas, por reproducción escaneada cuando ha sido

necesario o mediante imágenes), hemos establecido conexiones que nos han llevado a

explicar hechos, que son los que tienen que ver directamente con la vida de Alejandro

Sawa, como son el proyecto del Cenáculo, la relación epistolar con Rubén Darío o su

posible suicidio; pero también hemos explicado procesos o causas, como la de la

transformación de Alejandro Sawa en personaje en múltiples ocasiones o que su relación

con la masonería y su pensamiento liberal e idealista constituyen un eje vertebrador que

explica su comportamiento o la inclusión de cierta terminología y reflexiones en su obra

literaria.

Según esto, nuestras hipótesis hay que clasificarlas en agrupaciones diferentes.

Existen cinco posibles tipos de hipótesis según Bresciano: las descriptivas, las factuales,

las explicativas, las interpretativas y las teórico-metodológicas (2004: 38). Consideramos

que nuestras aportaciones se mueven entre las factuales y las explicativas e

76
interpretativas. Las relativas a las relaciones de Sawa con sus contemporáneos,

especialmente con Darío y Bark, o su relación con la masonería son de tipo factual, pues

“establecen la realización de un hecho” (Bresciano, 2004: 38). Las que tienen que ver con

la aplicación del pensamiento de Sawa a su obra o la utilización del binomio luz-oscuridad

responden a las hipótesis de tipo explicativo, pues “dan cuenta del origen de un fenómeno

a partir de una explicación causal […] o intencional” (Bresciano, 2004: 38). Y, las que

aspiran a demostrar que ciertos personajes están inspirados en Alejandro Sawa y a

analizar cómo los hechos reales se trasladan a la ficción son hipótesis interpretativas, pues

“dilucidan el significado de un documento verbal (oral o escrito)” (Bresciano, 2004: 38).

También el uso de términos masónicos con significados concretos entraría en esta

clasificación.

Sin embargo, no vamos a ser ingenuos predicando la total objetividad de nuestra

investigación, pues “quien investiga también interpreta” (Leo, 2016: 18). Con esto

queremos decir que no sirve la mera recopilación de datos y documentos en este tipo de

investigaciones, sino que es necesaria la metodología del análisis crítico y el

interpretativo, en terminología de Bresciano (2004: 40). Con esto no insinuamos que nos

hayamos inventado nada, pero es posible que otros investigadores con nuestro material

sacaran unas conclusiones parecidas, pero no idénticas. No debemos olvidar que, además,

nos hemos adentrado en una disciplina cargada de simbolismo y secretismo, por lo que

nuestras conclusiones al respecto serán aproximaciones, abiertas siempre a averiguar algo

más.

Para terminar, creemos oportuno decir que, en muchos aspectos, sobre todo

metodológicos y de estructura, hemos seguido el manual Cómo se hace una tesis.

Técnicas y procedimientos de investigación, estudio y escritura, de Umberto Eco. El

escritor, profesor y semiólogo estableció que “una tesis de doctorado es un trabajo

77
mecanografiado de una extensión media que varía entre las cien y las cuatrocientas

páginas, en el cual el estudiante trata un problema referente a los estudios en que quiere

doctorarse” (Eco, 1998) y, a pesar de que nuestra extensión es algo mayor, consideramos

que hemos tratado un asunto dentro del campo de la investigación literaria. Además, “la

investigación tiene que decir sobre este objeto cosas que todavía no han sido dichas o

bien revisar con óptica diferente las cosas que ya han sido dichas” (Eco, 1998), por lo que

cumplimos con ambos enunciados, ya que revisamos la literatura precedente, hacemos

algunas relecturas y aportamos algo nuevo en los términos que Eco detalla:

Se considera “científico” incluso un nuevo modo de leer y comprender


un texto clásico, la localización de un manuscrito que arroja nuevas
luces sobre la biografía de un autor, una reorganización y relectura de
estudios precedentes que lleva a madurar y sistematizar ideas que
vagaban dispersas por otros textos variados. En cualquier caso, el
estudioso ha de producir un trabajo que, teóricamente, los demás
estudiosos del ramo no deberían ignorar, pues dice algo nuevo (1998).

En cuanto a la persona empleada en la redacción, es cierto que nuestros primeros

artículos de investigación se escribieron en la primera del singular, pero luego optamos

por la primera del plural, pues la creíamos más correcta y nos acogíamos a lo que

considerábamos un plural de modestia y no de grandeza. La tercera persona del singular

la descartamos desde el primer momento por la dificultar para hacerla encajar con

aportaciones personales y por el abuso que implica del pronombre “se”. Sin embargo, en

Eco también hemos encontrado la justificación:

¿Yo o nosotros? ¿En la tesis se deben introducir las opiniones


personales en primera persona? ¿Se puede decir “yo pienso que...”?
Algunos creen que es más honrado hacerlo así en lugar de utilizar el
plural mayestático. No es así. Se dice “nosotros” porque se supone que

78
aquello que se afirma puede ser compartido por los lectores. Escribir es
un acto social: yo escribo a fin de que tú que me lees aceptes aquello
que te propongo (1998).

Por otro lado, desviándonos de este manual, no hemos seguido su sistema de citas,

pues hemos decidido dejar las notas al pie de página para las aclaraciones y para la

información extra que queramos aportar, pues introducir las citas como notas implicaría

un crecimiento casi exponencial de las notas que no acababa de convencernos. En cambio,

los apéndices sí los hemos desarrollado conforme a la propuesta de Eco. Ahora bien, dada

la diversa naturaleza de los documentos que hemos incluido, ha sido necesaria una previa

clasificación, de tal modo que los documentos se encuentran agrupados en cartas,

imágenes (ya sean fotografías o ilustraciones), artículos de prensa y otros documentos.

La remisión a estos apéndices se hará también mediante notas al pie y, como

comprobaremos, serán de gran ayuda, sobre todo cuando introduzcamos nuevas

aportaciones. De hecho, “la investigación debe suministrar elementos para la verificación

y la refutación de las hipótesis que presenta, y por tanto tiene que suministrar los

elementos necesarios para su seguimiento público” (Eco, 1998).

Por último, queremos hacer un apunte sobre las citas que hemos recogido. Dada

la diferencia temporal entre el período tratado y la actualidad, las normas ortográficas han

sufrido algunos cambios. Hemos optado por adaptar la acentuación y transcribir las citas

de los textos originales según la norma actual. Si bien hemos mantenido las

construcciones y expresiones características de los autores, así como los signos de

puntuación y la ortografía.

79
80
CAPÍTULO II: ALEJANDRO SAWA COMO ESCRITOR

EN EL CONTEXTO FINISECULAR.

LA INFLUENCIA DE LA MASONERÍA

81
82
1. Breve apunte biográfico de Alejandro Sawa17

Alejandro Sawa Martínez nació el quince de marzo de 1862 en Sevilla. Era hijo

de madre sevillana y padre nacido en Carmona (Sevilla), pero de origen griego. Vivió

entre Sevilla y Málaga durante su infancia e ingresó en el seminario de esta ciudad, no

por vocación religiosa, sino para formarse durante su etapa escolar, pese a que, después,

se convertiría en un anticlerical convencido. Probó suerte como escritor en sus primeros

años de juventud, llegando a fundar periódicos, y comenzó sus estudios de Derecho en

Granada; pero, a sus dieciocho años, se trasladó a Madrid, lleno de ilusiones, para

descubrir un mundo nuevo en la capital, pues parecía una ciudad llena de oportunidades.

Siempre estuvo acompañado por un aire literario, bohemio y romántico, cargado

de ideales, cosa que definiría no solo su personalidad, sino también sus actos, su obra y

su legado. Su comienzo en Madrid fue en el periódico El Globo, donde se sorprendían de

su juventud y su talento. También trabajó en La Política y en El Resumen. Residió en la

calle Desengaño, como si de una premonición se tratase, pues en sus últimos días llegó a

renegar de casi todo en lo que había depositado sus ilusiones. Como parte de su vida

rutinaria, frecuentaba los cafés y las tertulias literarias, y se codeaba con las mentes más

brillantes; si bien aborrecía la hipocresía imperante en tanta población de la soñada

capital.

Fiel a los postulados del naturalismo, sus primeras novelas fueron la viva muestra

de la vertiente más radical. Entre 1885 y 1888 escribió: La mujer de todo el mundo, El

17
Dado que la biografía de Alejandro Sawa se encuentra en Correa Ramón, A. (2008). Alejandro Sawa,
Luces de bohemia. Sevilla: Fundación José Manuel Lara y muchos otros datos aparecen en Phillips, A.
(1976). Alejandro Sawa. Mito y realidad. Madrid: Turner, aquí solo hemos esbozado los datos más
generales para que tengan un primer acercamiento aquellos que descubran en estas páginas por primera vez
a Alejandro Sawa. También nos servirá para situar cronológicamente los acontecimientos que vamos a
recoger en este capítulo.

83
crimen legal, Criadero de curas, Declaración de un vencido y Noche. En todas ellas

muestra novelas de tesis, en las que los individuos son víctimas del determinismo y vuelca

en sus obras problemas sociales en ambientes sórdidos, sin poner tabúes a las

inmundicias, si bien adornó ciertos pasajes con las más bellas descripciones, lo que le

costó la crítica de sus compañeros.

En 1889, decidió trasladarse a París, coincidiendo con la Exposición Universal

que acogió la capital francesa en ese mismo año, llamado por la vida bohemia, artística e

intelectual y para hacer las veces de corresponsal. Lo mejor de su vida transcurrió en esa

ciudad y marcaría toda su existencia, como tantas veces reiteró él mismo y los que lo

conocieron. Allí, trabajó en la editorial Garnier como traductor. Disfrutó del Simbolismo

y del Parnasianismo franceses, al lado de los grandes escritores del momento,

especialmente de Paul Verlaine (1844-1896). Residió en el Barrio Latino, donde convivió

con Rubén Darío (1867-1916), quien estaba aún en los albores de su carrera. Fue Sawa

quien introdujo al nicaragüense en el mundo literario parisien y juntos frecuentaron

tertulias y cafés.

Conoció a Jeanne Poirier (1871-1960), quien se convertiría en su esposa, y con

quien tuvo una hija, a la que llamó Helena Rosa (1892-1941). Desafortunadamente, el

fallecimiento de Verlaine causó en Sawa un gran shock que se sumó a los problemas

económicos que ya tenía y la imposibilidad de mantener a su familia. Decidió volver a

Madrid definitivamente tras su estancia parisina en 1896, que fue interrumpida en varias

ocasiones para regresar a Madrid temporalmente, residir brevemente en Barcelona o

visitar ciudades belgas. Ya en la capital española, confió en que los periódicos y sus viejas

amistades le ayudarían incondicionalmente, cosa que no sucedió como él esperaba. En

estos momentos, comenzaron a agravarse sus problemas de salud.

84
A pesar de ello, se convirtió en todo un referente intelectual. Esto se debe a que

se convierte en el impulsor de aquellos movimientos franceses que están en boga. Es más,

fue el primero que recitó los versos de Verlaine en España. Y así lo recuerda Manuel

Machado (1874-1947):

Allá, por los años 1897 y 98 no se tenía en España, en general, otra


noción de las últimas evoluciones de las literaturas extranjeras que la
que nos aportaron personalmente algunos ingenios que habían viajado.
Alejandro Sawa, el bohemio incorregible, muerto hace poco volvió por
entonces de París hablando de parnasianismo y simbolismo y recitando
por primera vez en Madrid versos de Verlaine (Machado, 1913: 27-28).

Era inconformista, idealista, poco convencional y muy crítico; de tal modo que

ninguna de esas cualidades le favorecieron a la hora de buscarse un sustento. Colaboró

con El Liberal, así como con otros periódicos de renombre, algunos de los cuáles le

exigían pasar la censura, imposición que no toleraba y que le costó algún que otro despido.

Aun así, siempre prefirió mantenerse fiel a sus valores, criticando abiertamente la política,

la sociedad y la cultura, defendiendo siempre el arte, el progreso, la libertad y el

conocimiento. Presidía casi siempre las reuniones literarias, debido en gran parte a su

gusto por la ceremoniosidad, se sabía de memoria sus artículos y los declamaba por las

calles de Madrid a altas horas de la madrugada, alimentando su propia leyenda en vida.

Se convirtió así en todo un personaje.

Tras el fallecimiento de su progenitor, los problemas de salud volvieron a acosarle,

sobre todo los reumáticos. La pobreza se instaló en su casa y se vio obligado a empeñar

ropas, muebles y toda clase de objetos para sacar adelante a su mujer y su hija. Hasta tal

punto llegó su desesperación que escribió artículos para que Rubén Darío, con quien se

volvió a encontrar en España, los hiciese pasar por suyos en La Nación de Buenos Aires.

85
Se quedó ciego en 1906, de modo que no podía seguir escribiendo si no era

dictando a su esposa o con ayuda de un secretario personal. Pocos años después, una

encefalopatía le hizo perder la cabeza. Ciego, loco y pobre murió en su piso de la Calle

Conde Duque de Madrid, el día tres de marzo de 1909, sin haber cumplido los cuarenta y

siete años, sin haber conseguido una ansiada publicación: sus Iluminaciones en la sombra,

que vería la luz póstumamente gracias a la ayuda de sus amigos más íntimos. Tuvo un

mísero entierro, además de un escaso reconocimiento a su talento.

86
2. Alejandro Sawa y sus contemporáneos: círculos liberales, bohemios y

masones

2.1. La masonería y su conexión con el objeto de estudio

2.1.1. Qué es la masonería

La masonería se autodefine como una organización filantrópica al servicio de la

humanidad y el progreso, dentro de la cual hay que cumplir con ciertas reglas y ritos. Solo

pueden pertenecer a la masonería aquellas personas que hayan sido iniciadas. Alrededor

de esta sociedad hay toda una serie de símbolos, algunos más conocidos y otros que solo

se revelan a los iniciados. Asimismo, los masones se reúnen en logias y celebran ciertas

ceremonias en unión a sus hermanos, que así es como se llaman entre ellos. Si bien no es

una sociedad secreta, sí es discreta, y está muy jerarquizada, existiendo varios grados y

diferentes ritos.

En España, a causa de su prohibición durante el franquismo y la creación del

Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, adquirió muy mala fama. De

hecho, en 1940 se decretó la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo, por

la que era delito ser ambas cosas. Los masones, además de las sanciones dinerarias, eran

apartados de los empleos públicos, en el mejor de los casos. Los altos grados de la

masonería podían tener penas de prisión de más de veinte años. No es de extrañar que la

masonería desarrollase a su alrededor una leyenda negra de la que aún no ha conseguido

despojarse. Sin embargo, a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, la masonería

alcanzó su máximo esplendor en España y se convirtió en un símbolo intelectual portador

de los ideales liberales. Es en este aspecto donde más nos detendremos, pues coincide con

el contexto en el que se inserta esta investigación.

87
El punto de partida de este auge coincide con el regreso de los liberales que

estaban en el exilio, tras la muerte de Fernando VII (1833). Muchos de ellos eran masones

y los responsables del desarrollo del Romanticismo en España, movimiento que defendía

la libertad por encima de todo. Además, casi dos tercios de los redactores de la

Constitución de 1812 lo eran, porque la masonería se basa en la libertad, junto con otros

dos pilares, la igualdad y la fraternidad, que coinciden con el lema de la Revolución

francesa (1789), tras la cual también se encontraban los masones. De hecho, en las

portadas de la mayoría de sus boletines oficiales aparece con mayúsculas “Igualdad,

Libertad, Fraternidad”18, al igual que en las paredes de las logias existen letreros con las

siglas “LIF”. Ridley (2016: 185-244) y Vidal (2005: 81-87) cuentan la influencia de la

masonería en la Revolución francesa. Además, en el rito francés, la aclamación que hacen

los hermanos masones es “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!” (Langlet, 1999: 426),

también llamada aclamación republicana.

Asimismo, grandes políticos, literatos y profesionales, tanto a nivel mundial como

de nuestro país, han pertenecido a la masonería en los últimos tres siglos o, al menos, se

ha creído que así era: George Washington, Goethe, Victor Hugo, Heine, Émile Zola,

Campoamor, Rubén Darío, Ramón y Cajal, Manuel Azaña, Jefferson, Castelar, Salmerón,

Quesnay, Queipo de Llano, Dickens, Proudhon, Bakunin, Pi y Margall, Espronceda,

Mozart, Ortega y Gasset, O´Donnell, Mesonero Romanos, Martínez de la Rosa, Sagasta,

Antonio Machado, Giner de los Ríos, Alejandro Lerroux, Henri Lafontaine, Krause,

Rudyard Kipling, todos los Johnson presidentes de Estados Unidos, Jackson, Reagan,

Madison, Gómez de la Serna, Henry Ford, Fleming, Leandro Fernández de Moratín,

Espoz y Mina, Echegaray, Dumas, el Duque de Rivas, Disney, John Wayne, Figueras,

Voltaire, Espartero, Ruiz Zorrilla, D´Annunzio, Churchill, Cea Bermúdez, Diderot, Alejo

18
Ver Anexo III, imagen 1.

88
Carpentier, Gabriel y Galán, Tomás Bretón, Benjamin Franklin, Alcalá Galiano,

Roosevelt, Truman, Simón Bolívar, Friedrich Schiller, Blasco-Ibáñez, Beethoven,

Salvador Allende, Jovellanos… Por poner algunos ejemplos significativos, pues la lista

de nombres que se asocian con la masonería es interminable y ni están todos los que son

ni son todos los que están. Además, existen otros nombres como los de Federico García

Lorca o Paul Verlaine, de los que se duda, pero que están afianzados en la transmisión

oral entre los veteranos. Dada esta inseguridad y la inexistencia de un archivo completo

y fiable, seremos muy cautelosos y tan solo hablaremos de posibles masones cuando no

tengamos una confirmación válida. Ahora bien, todos los nombres asociados comparten

la ideología liberal.

En España, actualmente, tan solo existen unos cuatro mil masones, cuando la

realidad es que ser masón en Estados Unidos, Francia o Inglaterra es algo común que

conlleva una buena reputación. De hecho, en América es habitual poner la afiliación en

el currículum vitae, pues al candidato ya se le presuponen de entrada ciertos valores. Pero,

en España, el hecho de alzarse como una voz defensora de la libertad era una amenaza

para un régimen autoritario, de ahí que se la clasificase como sectaria y atea (a veces,

incluso satánica) y se la incluyese en el mismo bando que a los “judíos y comunistas”,

como si todos fueran lo mismo por poseer el denominador común “enemigos del

régimen”.

Pasando a un plano de mayor concreción sobre esta organización, un masón nos

diría que se trata de una filosofía de vida; no es una ideología, porque admite a cualquiera

que no sea extremista, siempre y cuando entre dentro de la democracia por su base de

igualdad; ni es una religión, porque admite todas: un nuevo hermano tan solo se debe

aceptar que existe una Gran Arquitecto del Universo (GADU), ya se llame Dios, Alá,

Yahvé o no se llame de ninguna manera pero se tenga la convicción de que existe un


89
primer principio creador. La necesidad de este Arquitecto procede de la masonería

medieval, cuya etimología se explica por el vocablo maçon, es decir, albañil o constructor

en francés. Los maestros canteros que construían las catedrales en el Medievo eran

hombres libres no sujetos al sistema feudal, pues viajaban por todo el territorio según se

necesitasen sus servicios. En definitiva, su conocimiento les hacía libres. Estos masones

eran operativos, pero la base se mantuvo y, sobre su simbología se construyó la masonería

especulativa o masonería moderna. El 24 de junio (posiblemente, por ser el día más

luminoso del año) de 1717, se constituye en Londres la Gran Logia de Inglaterra y, en

1723, se escriben las Constituciones de Anderson19. A partir de aquí todo lo que alrededor

se crea se hace girar en torno al vocabulario y las metáforas propias de la construcción:

de ahí que su símbolo más identificativo sea un compás con una escuadra, que representen

el martillo y el cincel, que hablen de un Arquitecto, que la humanidad sea comparada con

una catedral donde cada ser humano es una piedra que debe limarse las aristas para encajar

y perfeccionarse o que se refieran a las columnas como los pilares sobre los que asentar

sus tres principios. Estos son la Sabiduría, la Fortaleza y la Belleza. La Sabiduría se

identifica con la luz, con el Sol o con el Oriente (por ser el lugar del que viene la luz,

definiéndose los masones como hijos de ella), la Fortaleza como rectitud para saber

aplicar la moral y practicar la virtud y la Belleza se asocia con la armonía. Los masones

son entre ellos hermanos, pues la fraternidad es la base de su comportamiento, que va

mucho más allá de la amistad. De hecho, tienen ciertos saludos con los que se reconocen

los unos a los otros. Rechazan los dogmatismos y los fanatismos, que se asocian con la

19
Las Constituciones Anderson son los documentos escritos por James Anderson (1678-1739) y Jean
Théophile Désaguliers (1683-1744) donde se contiene la historia, deberes y el reglamento de los primeros
masones especulativos: “En las Constituciones de Anderson los artículos son claros y están inspirados en
sentimientos nobles de honor y fraternidad. Con ellos, los redactores pretendieron que las logias fuesen
lugares donde se pusiese en valor el lado positivo y humano del hombre y se alzase, entre todos los
hermanos, el templo luminoso del trabajo ético, dejando fuera de él las miserias que inundan y corrompen
al hombre social” (Serna Galindo, 2017: 46). Ver Anexo II, imagen 2.

90
sombra y la oscuridad. De ahí que, en sus templos, el techo sea una representación del

cosmos celeste que agrupa e ilumina a todos los hermanos, pero el suelo se asemeje al

tablero de ajedrez, representante de la humanidad, formada por todo tipo de seres. Este

pavimento, al contener el blanco y el negro, se asocia, como decíamos, con la luz y la

oscuridad, que habitan en el mundo sin un orden preestablecido, sino en un totum

revolutum, dado que la humanidad tampoco se halla clasificada. Hay variedad y libertad,

y la razón se toma como la guía, pero también existen personas oscuras que frenan la luz,

el humanismo, el librepensamiento o el progreso.

Conociendo estos rasgos generales, nos explicamos que muchos de los nombres

mencionados se encuentren en las listas de masones famosos e influyentes y detrás de las

grandes revoluciones o movimientos liberales, como la Ilustración, abanderada por la

razón, o el Romanticismo, defensor de la libertad.

Por otro lado, no se definen a sí mismos como una sociedad secreta, pero sí

discreta, de ahí que no hagan proselitismo, y esotérica, en el sentido de que algunos

secretos solo están reservados a los iniciados. De hecho, los masones juran que no

revelarán sus secretos a quienes no estén cualificados para conocerlos, es decir, a quienes

no estén iniciados (Langlet, 1999: 471). Por eso, no hemos podido llegar a conocer todos

los símbolos. Es más, ni siquiera a los propios integrantes se los revelan en conjunto sus

compañeros, sino que existen grados en los que se van descubriendo y comprendiendo.

Por ejemplo, los maestros juran que no revelarán sus secretos a los profanos, pero

tampoco a los aprendices y compañeros (Langlet, 1999: 473). Exactamente treinta y tres

son los grados de perfeccionamiento que el masón va alcanzando dentro del rito escocés,

que es el más extendido. Dentro de este juego de simbología aparece el ritual, un elemento

especialmente controvertido. A nuestra sedienta pregunta, los masones con los que

tuvimos la oportunidad de hablar nos contestaron que se trata, simplemente, de una


91
especie de teatro o psicodrama, como los propios masones lo denominan, con su guion y

su vestuario (guantes como símbolo de pureza o mandil como los medievales cortadores

de piedra, entre otros componentes), que pretende conservar las tradiciones. Asimismo,

ellos son plenamente conscientes de que todo esto se trata una utopía, por ello no aspiran

a un fin, sino que se complacen en llevar una vida según los principios comentados y en

ir perfeccionándose. Esto nos confirma que la masonería es, hoy en día, un modo de vida

acorde a unos valores.

Para dar una definición oficial, podemos citar el Diccionario Enciclopédico de la

Masonería20, donde varias páginas están dedicadas a su definición, que podemos

sintetizar en:

Es lo mismo que Francmasonería y todos los autores la definen


distintamente, si bien en el fondo todos la declaran un sistema de moral
dentro del que caben los principios y creencias de todos los hombres
amantes de la humanidad y del progreso y dotados de rectitud de criterio
y buena voluntad. La etimología inglesa de esta palabra significa
albañilería o arte de edificar. Pero los edificios masónicos, en vez de
tener condiciones y fines materiales cual el arte de los albañiles, no son
otra cosa que la edificación moral de las sociedades por medio del
trabajo y el ejercicio de todas las virtudes por parte de los hombres que
componen la Masonería. Por esta razón se les llama francmasones,
derivación de las palabras inglesas free masons (albañiles libres) o de
la acepción francesa franc macón que significa lo mismo. Y en verdad
que los obreros de la Orden masónica, si bien aceptan en sus trabajos
todo el simbolismo mítico del arte de los constructores o edificadores,
nadie podrá negar que, siendo su fin exclusivamente moral, hállanse

20
Este diccionario lo redactó Lorenzo Frau Abrines, maestro masón del grado 33 del Rito Escocés Antiguo
y Aceptado, con ayuda de otros autores y con la dirección de Rosendo Arús y Arderiu, quien era Gran
Maestre de la Logia Catalana Balear, en 1883. Posteriormente, se han elaborado más ediciones, pues la
obra se ha ampliado y ha incluido nuevos nombres. Esta obra es fundamental para conocer lo que
significaban los símbolos a finales del siglo XIX y tener una amplia visión del fenómeno. Ver Anexo II,
imagen 2.

92
desligados por completo de los límites de la materia para obrar en el
campo libre de la filosofía y de las especulaciones y enseñanza del
espíritu. La Masonería es un arte tan útil y benéfico como propagado.
Su fin inmediato es la práctica de la filantropía en todas sus
manifestaciones y aplicaciones. Los medios que emplea son el trabajo,
la actividad, la verdad y estudio. Su fin ulterior o mediato consiste en el
perfeccionamiento de la humanidad. Como arte tiene sus secretos,
porque en todo arte existe un misterio que requiere una progresión
gradual de conocimiento, para llegar a cualquier grado de perfección en
él […] Aunque unos sean más hábiles y más sabios que otros, otros sean
más elocuentes, otros más activos, otros más decididos e iniciadores y
otros más profundos o pensadores, todos, enteramente todos, en sus
esferas respectivas, pueden ser, no solo convenientes, sino hasta
necesarios a la Masonería en general. Como las naturalezas de los
hombres son todas distintas, residen en unos individuos los elementos
que necesitan otros y viceversa, por lo cual dentro de la Masonería
deben sus miembros completarse por la ayuda mutua en todas las
condiciones de la vida […] (Diccionario Enciclopédico de la
Masonería, 1883: 524-525).

Respecto a nuestro país: “la primera logia especulativa que se estableció en

España lo hizo en Madrid, el 15 de febrero de 1728” aunque, la masonería “se introduce

realmente en España de una forma organizada con las tropas napoleónicas” (Ferrer

Benimeli, 1996: 11-12). Con Fernando VII la masonería se prohíbe, el 1 de agosto de

1824, por medio de un Real Decreto (Ferrer Benimeli, 1996: 76). Pero, tras su muerte, la

reina regente, María Cristina, concedió la amnistía a los masones en 1834 (Ferrer

Benimeli, 1996: 32), de ahí que muchos liberales que volvieron del exilio pudieran

declarase masones. Por fin, en 1939, se pudo constituir el Grande Oriente Nacional de

España, en cuya acta de constitución se establecía que “la Masonería española tiene por

fin la instrucción de la razón, perfección de la moral y práctica de todas las virtudes […]

perfeccionar el bien de la humanidad” (Ferrer Benimeli: 1996: 89).

93
A finales del siglo XIX, la masonería está más activa que nunca en nuestro país y

se alza como voz crítica del movimiento liberal y republicano, adhiriéndose a ella muchos

intelectuales y políticos que estaban en contra de la Restauración. En estos momentos, la

masonería era entendida como una asociación capaz de cambiar el rumbo de la política y

la sociedad:

La expansión de la masonería en aquellos años posteriores a la


denominada Gloriosa21 revolución fue realmente espectacular. No solo
era imposible atender a todas las peticiones de iniciación, sino que era
común la participación de los políticos del momento en las tenidas de
las logias. En 1870, Ruiz Zorrilla, presidente del gobierno, era instalado
como Gran Maestro de la Gran logia Simbólica de España (Vidal, 2005:
219).

Esta situación se mantendría durante el primer tercio del siglo XX, hasta su

prohibición franquista. Dentro del período que abarca esta investigación la masonería

pasa por tres etapas, que son las de mayor auge, de ahí su presencia constante:

1867-1875: Etapa brillante. Gran actividad pública […] los presidentes


del gobierno y buena parte de los ministros son masones.
1875-1889: Toleradas sus actividades en un principio por los gobiernos
de la Restauración […]

21
También conocida como “La Septembrina”, por desarrollarse en septiembre. Fue la revolución de 1868
que vino tras la firma, el 16 de agosto en Ostende (Bélgica), de un pacto para derrocar la monarquía de
Isabel II (1830-1904), reina de España entre 1833 y 1868, hija del rey Fernando VII (1784-1833) y de María
Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806-1878). Cuando murió su padre, tenía tres años, por lo que su madre
y el general Baldomero Espartero (1793-1879) se sucedieron en la regencia, hasta que fue declarada mayor
de edad con trece años y asumió la corona. Tras la expulsión de los Borbones se buscó otro candidato y se
nombró rey al italiano Amadeo de Saboya (1845-1890), que fue monarca de España entre 1871 y 1873,
después la regencia de Serrano. Posteriormente se proclamó la I República (1873-1874). A su fin, comenzó
la Restauración, que supuso la vuelta de los Borbones en la persona de Alfonso XII (1857-1885), hijo de
Isabel II. Este es el contexto político en el que nos movemos.

94
1889-1927: Puesta en vigor la Ley de Asociaciones de 1887, se legaliza
el Grande Oriente español, inscribiéndose en el registro […] se
desenvuelve con entera libertad […] (Lera, 1980: 94).

En cuanto a cifras:

Durante estos primeros años de la Restauración, la influencia de la


masonería no llegó a compararse con la existente en Francia, pero fue,
en cualquier caso, muy notable. De acuerdo con la estadística del
Grande Oriente Nacional de 1882 en esta entidad se encontraban en
activo 14. 358 masones […] el peso de los masones era importante […]
(Vidal 2005: 221).

Por último, debemos hacer una aclaración relativa a los diferentes tipos de ritos,

pues la masonería evolucionó y las logias fueron adoptando diferentes ritos. Aunque, en

términos generales, los símbolos se asemejan, hay ciertas distinciones entre los discursos

o los grados.

Los dos ritos más extendidos con el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y el Rito

Francés. El primero, a pesar de su nombre, se practicaba en París desde mediados del

siglo XVIII. Además, en 1773 hubo una reorganización y la que se llamaba Primera Gran

Logia Francesa se convirtió en el Gran Oriente de Francia, de modo que tuvo que

decantarse por unos rituales. En España, también es el Rito Escocés Antiguo y Aceptado

el que más se utiliza. Rito con mayúscula es la forma que adopta cada modelo de

masonería, mientras que rito con minúscula se refiere a las diferentes ceremonias dentro

de una logia, como rito de iniciación. Además de los dos Ritos mencionados, existe el

Rito Escocés Rectificado, el Rito de Perfección, el Rito de Emulación, el Rito de York,

el Rito Sueco, el Rito de Memphis y Mizraim… Llegando la enumeración a más de cien

formas que hemos contado en los diversos diccionarios masónicos.

95
En cuanto a los grados, podemos poner el ejemplo del Rito Escocés Antiguo y

Aceptado, que consta de treinta y tres, si bien los tres primeros son los que más se

conocen:

Grados simbólicos (Masonería azul)


1- Aprendiz
2- Compañero
3- Maestro
Grados capitulares (Masonería encarnada)
4- Maestro Secreto
5- Maestro Perfecto
6- Secretario Íntimo
7- Preboste y Juez
8- Intendente de los edificios
9- Maestro Elegido de los Nueve
10- Maestro Elegido de los Quince
11- Sublime Caballero Elegido
12- Gran Maestro Arquitecto
13- Caballero del Real Arco
14- Gran Elegido Perfecto y Sublime
Los grados que siguen se otorgan en el Consejo de Príncipes de
Jerusalén
15- Caballero de Oriente o de la Espada
16- Príncipe de Jerusalén
17- Caballero de Oriente y Occidente
18- Soberano Príncipe Rosacruz
Grados filosóficos (Masonería negra)
19- Gran Pontífice
20- Gran maestro ad vitam o de todas las logias
21- Patriarca Noaquita o Caballero Prusiano
22- Príncipe del Líbano o Caballero de la Real Hacha
23- Jefe del Tabernáculo
24- Príncipe del Tabernáculo
25- Caballero de la Serpiente de Bronce
26- Príncipe de Merced o Escocés trinitario

96
27- Soberano Comendador del Templo
28- Caballero del Sol o Príncipe Adepto
29- Gran Escocés de San Andrés
30- Gran elegido Caballero Kadosh o del Águila blanca y negra
Grados sublimes (Masonería blanca)
31- Gran Inspector Inquisidor Comendador
32- Sublime y valiente Príncipe del Real secreto
33- Soberano Gran Inspector general de la Orden (Lera, 1980: 34-35)

Este asunto no es muy relevante para la investigación, pero podemos ver que en

los grados hay alusiones al águila, el Sol u Oriente.

Teniendo presentes todos los datos de este apartado y, sobre todo, qué es la

masonería y en qué situación se encuentra a finales del siglo XIX, estamos en condiciones

de relacionarla con nuestro objeto de estudio.

97
98
2.1.2. Relación con el objeto de estudio

No existe ni un solo documento, ni una lista, ni la mínima referencia a que

Alejandro Sawa se iniciase en la masonería. Es más, la presencia de elementos masones

en su vida y en su obra es un tema que jamás ha sido tratado por los investigadores. Ni

siquiera ha sido contemplada esta posibilidad en ningún momento. Esto puede ser

consecuencia de la discreción exigida y el esoterismo que se le presupone a esta

organización, que lleva a que su rastro en la literatura pase inadvertido y su plasmación

se lleve a cabo mediante un simbolismo y una terminología no claramente acentuados.

De hecho, la obra de muchos escritores masones no es masónica, y lo que se sabe de ellos

en relación con esta actividad viene dado por otros documentos presentes en archivos,

boletines, listas o del simple testimonio que se transmite oralmente de generación en

generación entre los iniciados. Sin embargo, este no es nuestro caso.

Aquí pretendemos demostrar que es altamente probable que Sawa se iniciase en

la masonería y, si no lo hizo, al menos, durante muchos años estuvo en contacto con ella,

compartiendo sus principios y tomándolos como filosofía de vida, admirándolos,

defendiéndolos y plasmándolos, haciendo uso de las metáforas y términos pertinentes,

que debía conocer por el simple hecho de que, en su círculo más cercano y dentro del

elenco de personalidades admiradas por el sevillano, había un número significativo de

masones. Ahora bien, su relación con esta filosofía fue de amor-odio y, en algunos

momentos, la abandonó, especialmente en sus últimos meses de vida. También creemos

que estos acercamientos intermitentes tienen la culpa de que no aparezca en los registros

de personalidades ilustres22 y de la dispersión de los símbolos masones a lo largo de sus

22
Estos registros no son, en ningún caso, oficiales, sino listas elaboradas por los propios masones que se
suelen recoger en apéndices de libros, diarios o publicaciones similares. Las logias no disponen de ficheros
como tal. El lugar donde más archivos se conservan es en el Archivo General de la Guerra Civil Española
de Salamanca, en su Centro Documental de la Memoria Histórica, donde hay una sección dedicada a la

99
disertaciones. Aunque, sin lugar a duda, su situación económica23 contribuyó a este

silencio.

Para esta investigación, ha sido necesario entrar en contacto con logias, así como

la lectura de escritos y diarios masones, cuyos autores son tanto expertos en la materia

como integrantes de la masonería. De igual modo, hemos consultado el Boletín del

Grande Oriente Español, publicado entre finales del siglo XIX y principios del XX, así

como otros diarios masones, con el fin de obtener datos relevantes y familiarizarnos con

la terminología. El segundo propósito se ha alcanzado satisfactoriamente pero, en dichas

publicaciones y como ya es de suponer a raíz del párrafo anterior, no hay la más mínima

alusión a que algún hermano a nivel mundial se llamase Alejandro Sawa. Ni siquiera en

las publicaciones correspondientes a 1909 aparece su nombre en las esquelas de los

hermanos fallecidos o, según su terminología, que habían “pasado al Oriente Eterno”. Sin

embargo, esto no ha de desalentarnos en nuestra tarea, pues sumamente conocida fue la

iniciación de Rubén Darío y su nombre tampoco aparece en los boletines masones, ni en

el momento de su iniciación, ni en el de su fallecimiento. De este modo, podemos afirmar

que aparecer en las publicaciones oficiales no es una condición sine qua non para

continuar con la investigación.

El modo de proceder, por lo tanto, no es buscar un documento, sino primero

rastrear los términos, ver cómo se relaciona con esta ideología la vida y la obra del escritor

y aspirar a encontrar un documento que lo confirme, quizás en un futuro. Sin embargo,

es posible que el nombre de alguien no aparezca porque los boletines masónicos, en

masonería y se recreó una logia con objetos requisados durante el franquismo, con más sensacionalismo
que veracidad. Además, muchos archivos fueron destruidos durante esta etapa, de modo que lo que allí se
conserva tampoco es del todo fiable y hay que presuponerle una validez parcial.
23
Murió ciego y en la más absoluta pobreza.

100
muchas ocasiones, publicaban el nombre por el que se conocía a un hermano y no por el

suyo de verdad. Esto es así porque durante los ritos, aspiran a ser mejores personas:

Desde el mismo momento en que entramos en el templo, empezamos a


formar parte de un ritual y a medida que apliquemos ese ritual a nuestra
vida y lo vayamos entendiendo nos iremos transformando y limando
nuestras imperfecciones.
Cuando entramos en el taller debemos comportarnos con una
personalidad distinta a la ordinaria, superior, y mantenerla activa por lo
menos durante el tiempo que estamos dentro. Esta es la razón por la
cual es necesario el uso de un nombre distinto al habitual, uno que
refleje nuestra nueva visión de la vida (Kabaleb y Kashiel, 2007: 185).

Era habitual encontrar nombres de filósofos, de políticos o de escritores entre los

nombres que se ponían los contemporáneos de Sawa. El nombre de Victor Hugo, por

poner un ejemplo significativo en esta investigación, se usaba habitualmente24. Esto no

implica que la persona admirada por el masón también haya sido masona. Ahora bien, sí

debe representar unos valores que comparta la masonería. De hecho, muchas veces, los

masones debaten sobre el pensamiento de algunos personajes históricos que consideran

dignos de admiración. Por ejemplo, “los francmasones de la logia «Altuna» citaban con

frecuencia en sus tenidas ideas y ejemplos de Unamuno” (Rodríguez de Coro, 1992: 287)

y, si bien ya hemos apuntado que hay algunos estudios que lo clasifican como masón, hay

otros que no lo consideran como tal. Sin embargo, no se puede negar que su pensamiento

encaja con los valores masónicos. Además, en 1920, el Gran Oriente Español se posicionó

a favor de la libertad del escritor, que había sido condenado por delitos de prensa25. Por

lo tanto, en el hipotético caso de que Alejandro Sawa se hubiera iniciado y alguno de los

24
Ver anexo II, imagen 3.
25
Este documento, “Iniciativa del Gran Oriente Español en favor de la libertad de Unamuno, condenado
por delitos de prensa”, se puede leer en Ferrer Benimelli, 1996: 122-123.

101
pseudónimos que aparecen en los boletines fuera el suyo, no podemos saberlo puesto que,

para ello, deberíamos haber encontrado una publicación previa en la que pusiese

“Alejandro Sawa, conocido como…”

Victor Hugo es uno de esos casos en los que la masonería y la investigación no

están de acuerdo, pues los masones dan por supuesta su pertenencia y, de hecho, lo

incluyen en el Diccionario Enciclopédico de la Masonería26, incluso con su retrato,

mientras que la crítica no da nada por seguro, pues no existen pruebas de su pertenencia

a ninguna logia. Por otro lado, en dicho diccionario también está el retrato de Ruiz

Zorrilla27, otra personalidad admirada por Alejandro Sawa, como veremos cuando

analicemos Iluminaciones en la sombra, y sobre su iniciación y los grados que alcanzó

no hay ninguna duda. Esto nos da una prueba de lo controvertido que es analizar el asunto.

Asimismo, otras personalidades a las que Sawa casi rendía culto fueron Émile Zola (1840-

1902) y Louise Michel (1830-1905), y ambos se relacionaron con la masonería.

Sin embargo, que un escritor sea masón no implica que su obra tenga relación con

la masonería. El ejemplo más análogo a Alejandro Sawa sería el de Blasco Ibáñez, quien

se adhirió al naturalismo, aproximándose a la vertiente radical que cultivó Sawa. En sus

novelas no aparece la masonería como tal, pero ya apuntamos que existen estudios sobre

la inclusión de ciertos elementos en sus obras. Por ello, nuestra intención es rastrear el

léxico relacionado con la masonería que Sawa empleó, así como analizar las relaciones y

contactos que tuvo con la masonería y con otros masones de su entorno. El ejemplo más

claro es el de Rubén Darío, que perteneció al círculo más íntimo de Sawa incluso en la

capital francesa y se hizo masón por conveniencia, como explicaremos más adelante. En

algunos poemas llega a introducir simbología propia de la masonería, pero no es esta el

26
Ver anexo II, imagen 3.
27
Ver anexo II, imagen 4.

102
tema principal de sus escritos. Tan solo usa los términos y su significado, codificando el

mensaje. Es decir, la obra literaria goza de un significado literal, pero existe otro mensaje

que necesita de la interpretación. Así creemos que ocurre en la obra de Sawa, por ello

analizaremos en el siguiente epígrafe el modo de operar de la simbología y la semiótica,

para justificar cómo hemos descifrado el significado de ciertos elementos de su obra y en

el comportamiento con los coetáneos. Por eso, también es fundamental analizar el

contexto y cómo la masonería estaba presente en los círculos liberales de finales del siglo

XIX en España. De hecho, en 1889 se fundó el Gran Oriente Español, tras la disolución

de la Gran Oriente de España y su fusión con la Gran Oriente Nacional de España, que se

declaró republicano.

Además, no debemos olvidar que Sawa residió varios años en Francia, donde la

masonería estaba aún más integrada en la vida y los ambientes en los que se movía. De

hecho, durante nuestra estancia en París, hemos tenido ocasión de consultar fondos

masónicos y de preguntar acerca de ellos sobre el estado de conservación o los tipos de

documentos que guardan, tanto en la Biblioteca Nacional de Francia, como el Gran

Oriente de Francia, que tiene su propia biblioteca. Su archivo Vichy data de 1940, que es

cuando se ordenan los registros. Sin embargo, se hicieron tan solo con miembros

pertenecientes a la masonería que estaban vivos en esos momentos. Así nos lo explicaron

los bibliotecarios: “le Fichier de Vichy […] établi en 1940 par le Service des Sociétés

Secrètes à partir des archives du GODF. Ils ont fiché les personnes encore en vie en

1940”28. Además, el período anterior tampoco está bien documentado en otros archivos:

“cette période historique n’est pas documentée rigoureusement. Nous n’avons

28
“el Archivo Vichy […] establecido en 1940 por el Servicio de Sociedades Secretas a partir de los archivos
del GODF. Archivaron a las personas aún vivas en 1940” (traducción propia).

103
véritablement de listes officielles qu’à partir de la seconde guerre mondiale”29. Aún así,

fuimos a la Biblioteca Nacional de Francia, dado que en su Sala Y se pueden consultar

los denominados “libros raros”. Allí tuvimos acceso a un curioso libro, Le Grand Oriente

de France. Liste de Francs-Maçons (1936). Precedida de la “Historique et organisation

du Grand Orient de France” y de las abreviaturas más comunes de la masonería francesa,

se recoge una extensa lista, distribuida en dos tomos y ordenada alfabéticamente, de todos

los masones de los que había constancia en diversos archivos, y las logias a las que

pertenecían, los grados que tenían y, en algunos casos, los pseudónimos que utilizaban.

Es cierto que es un documento muy interesante, pero no arroja luz sobre el período en el

que Sawa residió en París, ya que la lista es de 1920 a 1936. Aun así, nos sentíamos en la

obligación de consultarlo para conocer el alcance de la masonería en Francia y hemos

visto ahí reflejado el nombre de Juan Gris, si bien pone “Gris (Jean)”, con fecha de 1927

(Le Grand Oriente de France, 1936: 391)30, figura que es importante en esta tesis, en tanto

que hizo el exlibris de Sawa empleando un símbolo masónico.

Podemos establecer que la masonería en Francia está bien documentada con listas

oficiales desde 1940 y que el Gran Oriente de Francia elaboró listas desde los años veinte,

por lo que no encontrar un nombre de finales del siglo XIX en una lista no es motivo para

descartar la vinculación de esa persona con la masonería, existiendo, además, otros

indicios. Además, si la situación es así en Francia, menos fiables son entonces los de

España, pues ya hemos visto la difícil e intermitente andadura que ha tenido la

organización.

29
“este período histórico no está rigurosamente documentado. Solo tenemos listas oficiales de la segunda
guerra mundial” (traducción propia).
30
Ver anexo IV, imagen 1.

104
Volviendo a la figura concreta de Sawa, debemos apuntar que era todo un

idealista, filántropo y liberal, que creía en valores superiores, como él mismo decía y

como dijeron de él casi todos los testimonios que vamos a recoger en estas páginas. De

hecho, algunos autores, como el propio Darío, llegan a reprochar que esa actitud le

condujo a la ruina, pues rechazaba todo lo material y optaba por cultivar la sabiduría o el

arte. Él mismo dice en Iluminaciones en la sombra que abraza varias ideologías y que

abrazaría a toda la humanidad, así como que por dentro le gustaría ser mejor. Así hace su

autorretrato:

Autorretrato
Un gran periódico que ha comenzado a publicarse en estos días, Alma
Española, tiene la originalidad de pedirme una autobiografía para la
sección que titula “Juventud triunfante”. Un poco asombrado de que los
periódicos se acuerden de mí para exaltarme, envío estas cuartillas:
“Yo soy el otro; quiero decir, alguien que no soy yo mismo. ¿Que esto
es un galimatías?
Me explicaré. Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a
como quisiera ser, y, por fuera, en mi vida de relación, en mis
manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí
mismo.
Soy un hombre enamorado del vivir, y que ordinariamente está triste.
Suenan campanas en mi interior llamando a la práctica de todos los
cultos, y me muestro generalmente escéptico. Con frecuencia mis
oraciones íntimas que, al salir de mi boca, revientan con estruendo.
Yo soy el otro.
En grave perplejidad me pondría quien me preguntara por la prosapia
de mis ideas. Yo las cojo a brazadas como las flores un alquimista de
perfumes, por todos los jardines de la ideología, y poco me importa el
veneno de sus jugos si huelen bien y con el esplendor de sus tonos me
sirven para alegrar la vida. Las ideas-rosas, las ideas-tulipanes, las
ideas-magnolias las uso para decorar mis faustos interiores; pero no por
eso reniego de cardos y ortigas, que me sirven por contraste para amar
con mayores arrebatos las florescencias bellas de la vida.

105
Quiero al pueblo y odio a la democracia. ¿Habrá también galimatías en
esto? Está visto que a cada instante he de volver sobre mis palabras para
hializar su alcance. Pero yo he querido decir que no concibo en política
sistema de gobierno tan absurdo como aquel que reposa sobre la
mayoría, hecha bloque, de las ignorancias.
En los días de sol leo a Hobbes y a Schopenhauer, para no abrazar a
toda la gente con quien me topo por las calles. Como un elemento
químico circula entonces el amor por la sangre de mis venas. Y nada
parece más fácil a mi mentalidad en tales días que abrazar entre mis
brazos a la humanidad entera. Nacido en un país de brumas, en
Inglaterra, yo sería malo quizás.
He nacido en Sevilla, va ya para cuarenta años, y me he criado en
Málaga. Mis primeros tiempos de vida madrileña fueron estupendos de
vulgaridad —¿por qué no he decirlo?— y de grandeza. Un día de
invierno en que Pi y Margall me ungió con su diestra reverenda,
concediéndome jerarquía intelectual, me quedé a dormir en el hueco de
una escalera por no encontrar sitio menos agresivo en que cobijarme.
Sé muchas cosas del país Miseria; pero creo que no habría de sentirme
completamente extranjero viajando por las inmensidades estrelladas.
Véome vestido con un ropón negro de orfandad cuando recuerdo aquel
período; pero yo llevaba por dentro mis galas. Eso me basta para mitigar
el horror de algunas rememoraciones...
En poco más de dos años publiqué, atropelladamente, seis libros, de
entre los que recuerdo, sin mortales remordimientos: Crimen legal,
Noche, Declaración de un vencido y La mujer de todo el mundo.
Luego mi vida transcurrió fuera de España —en París generalmente—,
y a esa porción de tiempo corresponden los bellos días en que vivir me
fue dulce. Poseo un soneto inédito de Verlaine, y creo, con Cándido,
que todas las utopías generosas de hoy podrán ser las verdades
incontrovertibles de mañana.
Pero basta.
Yo soy el otro.” (Sawa, 1977: 175-177)

106
Esta admiración por Pi y Margall no le lleva a solo a dedicarle un ejemplar de

Noche con palabras de admiración31, sino que sus palabras sobre los olores de las

diferentes ideologías, es similar a la comparación que hace Pi y Margall con la masonería,

la cual califica como una flor que cuyo olor conduce a la felicidad, la justicia o la verdad:

Pi y Margall enjuició así la Masonería, descubriendo su espíritu


soñador:
La Masonería es flor deliciosa con perfume de felicidad y su fragancia
es embriagadora; ensimisma a las almas y las conduce por la senda del
amor y la Sabiduría. Convierte a los hombres en ángeles de la verdad,
de la justicia y de la bondad. En su laboratorio espiritual descubre
gladiadores templados para la lucha. ¡Hace masones! El masón que se
precie de serlo debe luchar contra todas las mentiras. ¡Es una sublime
Institución! (Lera, 1980: 110).

Por esto, es fácil encajar que Sawa se dejara seducir por la masonería, que defiende

los mismos ideales que él tenía. Sin perder de vista su gusto por la ceremoniosidad, de la

que la sociedad que tratamos está cargada. Sin embargo, no le gustaban demasiado las

reglas y aquello que fuera demasiado clásico terminaba por aburrirle a causa de la

inflexibilidad, de ahí que sea posible que desarrollase cierto rechazo o que intentara

encajarla en su vida a su modo. Aunque, al final de sus días, ya desengañado, estamos

seguros de que renegó de sus ideales.

En cuanto a adaptarlo a su modo, nos estamos refiriendo a la literatura, tanto a sus

escritos como a su vida literaria. Las tertulias literarias se asemejan a una tenida, es decir,

a una reunión de masones dentro del templo para llevar a cabo sus trabajos. Los literatos

también compartían entre ellos un saber, debatían sobre él, tenían sus lugares de reunión

en los cafés… Sawa llevó esto al extremo con su Cenáculo y el proyecto de una

31
Ver anexo IV, imagen 2.

107
hermandad en la que todos se ayudasen mutuamente para poder publicar sus obras.

Además, impuso un rito iniciático y estableció una jerarquía y una lista de nombres de

posibles candidatos para ingresar. En cuanto a su obra, como ya venimos recalcando, no

es masónica, pero incorpora algunos elementos, si bien también adaptándolos a sus

necesidades e intenciones.

En lo referente a la terminología, veremos que Sawa emplea los vocablos relativos

a la luz y la oscuridad igual que lo hacen los masones. De hecho, en las logias siempre

hay referencias al día y a la noche32. Asimismo, se refiere en varias ocasiones al Oriente

y al Sol como fuentes de sabiduría, y llega a citar los pilares de la masonería y a referirse

al Oriente eterno, que es el modo que tienen los masones de referirse a la muerte. Tal

término solo puede emplearlo una persona que esté familiarizado con la masonería, de

otro modo, no tendría ningún sentido.

Por ello, podemos decir que no sabemos si Alejandro Sawa se inició porque no

tenemos un documento donde así aparezca, pero podemos afirmar que conocía de sobra

el modo de operar de esta sociedad, compartía sus principios y utilizaba su simbología.

Dado que los símbolos exigen un ejercicio interpretativo y de conocimiento de un

código, creemos que en el siguiente apartado debemos una breve alusión a la simbología

y a la semiótica para justificar nuestro modo de interpretación del mensaje sawiano.

32
Ver anexo II, imagen 5.

108
2.1.3. Simbología y semiótica para la interpretación

La masonería tiene su propio código, pues, aunque utilice la lengua como código

de expresión, las palabras se emplean con connotaciones y significados que los masones

deben comprender para decodificar el mensaje. Asimismo, existen otros signos no

verbales, como los objetos que decoran las logias o la indumentaria que se ponen los

masones en las tenidas. La mayoría de estos símbolos son la evolución de aquellos que

empleaban los constructores de las catedrales medievales. De hecho, fue dentro de la

propia masonería operativa medieval, la cual tenía secretos propios del oficio, la que

desarrolló un sistema iniciático por el que el nuevo candidato se despojaba de armas y le

vendaban los ojos, para después rezar ciertas plegarias. Después, en el siglo XVII, se pasó

a la masonería de aceptación, donde se aceptaban a miembros que no eran constructores

de catedrales y que ni siquiera hacían trabajos físicos. Esta pertenencia iba encaminada a

la práctica de valores como la libertad. Con la llegada de la masonería especulativa, a

principios del siglo XVIII, se toman todos los valores ideales y se mantuvieron los

símbolos de la construcción, como el compás, el cincel, el mandil, las columnas…

Además, no debemos olvidar que las catedrales se orientaban hacia el Oriente, porque el

Sol sale por el Este. Para los masones, el Sol es la sabiduría, porque es la luz que alumbra

a la humanidad. A estos términos introdujeron otros, que se han ido incorporando

mientras se han ido modelando los ritos y sus fórmulas.

Toda esa acumulación de símbolos es lo que la convierte en un código especial

que hay que conocer para comprender sus mensajes. Algunos están al alcance de un modo

más o menos claro y accesible para toda la sociedad, otros se aprenden con el estudio de

sus publicaciones, su historia y sus diccionarios, como hemos hecho en nuestro caso, o

por contacto con la propia sociedad masónica, cosa que también hemos hecho. Sin

109
embargo, existen muchos signos que solo se revelan a los miembros y otros tantos que se

van descubriendo según se asciende de un grado a otro. Esto complica la tarea del

investigador, pues no puede conocer el código completo.

En cualquier caso, dado que el ejercicio que nos proponemos requiere una labor

interpretativa, creemos conveniente explicar en este apartado el modo en el que estudia

la semiótica la interpretación de los signos.

Si bien es cierto que desde la Antigüedad filósofos como Platón (429/427 a. C.-

347 a. C.) y Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) estudiaron la relación entre los signos y su

percepción. Sin embargo, la semiótica como tal aparece de la mano del filósofo

estadounidense Charles Sanders Peirce (1839-1914) y fue desarrollada por otros autores

como Ferdinand de Saussure (1857-1913), Charles William Morris (1901-1979), Roland

Barthes (1915-1980), Algirdas Julius Greimas (1917-1992), Yuri Lotman (1922-1993) o

Umberto Eco (1932-2016). Aunque hay cosas en las que discrepan, lo que es común a

todos es que la semiótica no se ocupa de una lectura literal del mensaje, sino de todos los

signos que intervienen en su significado. De este modo, estudian los mecanismos con los

que se ha configurado el mensaje e intentan dotarlo de significado completo, teniendo en

cuenta los signos verbales y los no verbales. Un signo es, simplemente, algo que está

representando a otro algo y que tiene un significado según un código. El Diccionario de

Real Academia Española lo define, en su primera acepción, como “Objeto, fenómeno o

acción material que, por naturaleza o convención, representa o sustituye a otro” (DRAE).

Además, “el proceso en el que algo funciona como signo puede denominarse semiosis

[…] Comúnmente, en una tradición que se remonta a los griegos, se ha considerado que

este proceso implica tres (o cuatro) factores: lo que actúa como signo aquello a que el

signo alude, y el efecto que produce en determinado intérprete en virtud del cual la cosa

en cuestión es un signo para él” (Morris, 1985: 27). En nuestro caso, los signos significan
110
algo para los masones en función de unas reglas de interpretación. Puesto que los signos

no guardan una relación directa con aquello que representan, podemos hablar de

símbolos: “Un signo de este tipo puede lograr ese resultado mostrando en sí mismo las

propiedades que un objeto debe tener para ser denotado por él, y en este caso el signo

caracterizador es un icono; caso de no suceder así, el signo caracterizador puede

denominarse un símbolo” (Morris, 1985: 59). Con respecto a esto, Terry Eagleton,

sintetiza a la perfección la teoría de Pierce:

El fundador norteamericano de la semiótica, el filósofo C. S. Pierce,


estableció una distinción entre tres clases básicas de signos: el
“icónico”, donde en alguna forma el signo se parece a aquello a lo que
representa […] el “indexético” (donde el signo de alguna manera se
asocia con aquello de lo cual es signo: el humo con el fuego, las
manchas con el sarampión); y el “simbólico” (donde, como decía
Saussure, el signo es solo un eslabón arbitraria o convencionalmente
unido al referente). La semiótica acepta esta y otras muchas
clasificaciones: distingue entre “denotación” (lo que el signo significa)
y la “connotación” (otros signos asociados con él); entre claves o
códigos (estructuras regidas por una regla que producen significados)
[…] (Eagleton, 1998: 64).

Según esta clasificación, la masonería se compone de signos tanto verbales como

no verbales, en su calidad de símbolos y, además, haciendo uso de la connotación y

constituyendo un código, pues los masones tienen reglas para su interpretación. Se trata

de una de las comunidades que más hace uso de los símbolos en su comunicación: “la

Masonería, en más alto grado, quizá, que ninguna otra asociación especulativa e

ideológica, se expresa por medio de símbolos, tanto figurativos como verbales” (Lera,

1980: 36). El propio Diccionario Enciclopédico de la Masonería, en 1883 ya dedicaba

una entrada muy larga a su simbología:

111
SÍMBOLO—Figura emblemática o imagen significativa. El credo o
sumario que contiene los principales artículos de fe. Cualquier cosa que
por la representación, figura o semejanza, nos da a conocer o nos
explica otra. Signo eterno y visible con el que se enlaza un sentimiento
espiritual, una emoción o una idea. Los símbolos son tan antiguos como
el hombre. Los símbolos masónicos, derivados de los símbolos
primitivos, fueron aplicados al arte de construir desde el origen de este
mismo arte […] es el simbolismo, que pertenece a la primera, pero que
en toda su extensión se deriva de la segunda. Como síntesis de estos
caracteres primordiales, los ingleses han definido la Francmasonería
diciendo: “que es la ciencia de la moral velada por alegorías o ilustrada
con símbolos”; y como la alegoría no es más que el símbolo oral, de
aquí que en resumen pueda dársele la siguiente gráfica definición: La
Francmasonería es la ciencia de la moral desarrollada e inculcada por
él método del antiguo simbolismo. El simbolismo, en conclusión, es
alma y vida de la Francmasonería; nació con ella, o mejor dicho, es el
germen del que brotó el árbol Masónico, y el que aun la nutre y anima.
Este carácter peculiar de institución simbólica, esa instrucción que da a
sus adeptos por medio de los símbolos, es lo que la identifica y distingue
de todas las demás asociaciones. Despojar a la Francmasonería del
simbolismo, como ha soñado alguna vez algún iluso poseído de la fiebre
reformista, fuera quitarle el alma y el cuerpo y reducirla a una masa
inerte de materia, solo capaz de una rápida descomposición.
Añadiremos para terminar, que para estudiar el verdadero significado
de los símbolos, con probabilidad de acertar en su interpretación, es
preciso considerarlos detenidamente bajo cuatro puntos de vista
distintos, pero íntimamente relacionados entre sí, que son: el histórico,
el alegórico, el analógico y el tropológico. […] Por otra parte, el
lenguaje y representaciones simbólicas, servíales además de medio fácil
y eficaz de comunicación entre sí, en defecto de la escritura que tan
pocos conocían. Y esto era de un valor inapreciable efectivamente, en
una época en que este arte se hallaba tan poco extendido todavía y en
que, faltos de tiempo, de medios y de ocasión, tan difícil tenía que ser
para muchos Masones el aprender a escribir; mientras que se
familiarizaban fácilmente con el significado de los símbolos, con la

112
práctica diaria del trabajo y las lecciones de los Maestros obraban en su
inteligencia de una manera tan rápida como segura. Como símbolos
particularmente expresivos, que tenían un significado propio y especial
dentro de las Logias, además del general o vulgar que podía
atribuírseles […] (1883: 1359).

Esto es muy importante porque la masonería ha desarrollado un código que

entendía quien incluso no sabía leer. Además, se nos dice que además del significado

general, existía uno especial dentro de la logia. De este modo, no hay duda de que

podemos aplicar la clasificación que hace la semiótica y la semiótica en sí misma, aunque

sea de un modo retroactivo. De este modo, cuando aparezca el término de “Oriente”,

sabremos que no se refiere solo al Este como punto cardinal, sino también a la sabiduría;

cuando aparezca el “Sol”, no será solo nuestra estrella, sino también la iluminación,

asemejándose al significado del Oriente; el “pelícano” no será un ave simplemente, sino

el modo de transmitir que uno está dispuesto a dar su vida por sus hermanos, pues el

pelícano se desgarra sus propias entrañas para dar de comer a sus polluelos; el “águila”

tampoco será un pájaro, sino el modo de designarse entre los masones, pues dado que las

águilas miran de frente al Sol y los masones contemplan la sabiduría, se produce una

doble metáfora…

Asimismo, en esta investigación también entra en juego la semiótica literaria, pues

Alejandro Sawa introduce esos términos no solo en sus epístolas, dedicatorias o su

exlibris, sino también en su obra literaria y periodística. Por suerte, pertenecemos desde

hace unos años al grupo de investigación del Centro de Investigación de Semiótica

Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías, dirigido por el profesor José Romera Castillo,

de la UNED, por lo que hemos aprendido mucho sobre semiótica literaria, hemos

organizado varios congresos sobre este asunto y somos editores y secretarios académicos

113
de la revista Signa, que pertenece a la Asociación Española de Semiótica, de la que

también fue fundador Romera Castillo, en 1983. Esto hace que comprendamos que la

semiótica literaria estudia todos los elementos de la obra para entender su menaje: “la

semiótica literaria pretende abarcar la obra artística en su integridad y examinarla como

un todo, mostrando las partes que lo articulan, los aspectos que lo influyen y moldean y

que, a la postre, hacen que ese todo sea un producto peculiar e irrepetible” (Romera

Castillo, 1988: 34). A nuestro parecer, en la obra sawiana influye la masonería como uno

de esos aspectos que la moldean y que, hasta ahora, no se había tenido en cuenta. Por ello,

nuestra labor es la de encontrar la simbología en sus escritos y averiguar qué significan

los términos según el código masónico. El mayor inconveniente es que la alusión a estos

términos se hace de un modo disperso, fruto del eclecticismo sawiano.

114
2.2. Liberalismo, literatura, bohemia, masonería y la “Gente Nueva”

A finales del siglo XIX no existían líneas divisorias entre los principales grupos

liberales:

Los ideales de libertad, progreso, lucha contra el oscurantismo religioso


y los planes de reorganización socioeconómica eran asertos comunes a
diversas tendencias. Masones y republicanos progresistas compartían
estas preocupaciones, acortaron distancias e incluso lucharon por
objetivos y reivindicaciones conjuntas, bajo la óptica de sus particulares
intereses. El cementerio ateo, la escuela atea y librepensadora, la
reducción de la jornada a ocho horas, la participación en los beneficios,
la creación de un Ministerio del Trabajo... eran reivindicaciones en las
que los distintos sectores reformistas y obreros podían sentirse
concernidos sin apostatar de sus credos particulares (Thion, 1998: 37).

Por eso, no es extraño encontrar nombres que se repiten en la masonería y el

republicanismo. De hecho, “a finales del siglo XIX, la masonería estaba manteniendo

notables relaciones con lo que hoy denominaríamos elementos antisistema, es decir,

aquellos que abogaban directamente por el fin de la monarquía parlamentaria y por su

sustitución por otro sistema político” (Vidal, 2005: 221-223). De hecho, el Gran Oriente

Español se declaró republicano en 1889 porque los gobiernos de la Restauración no

respondían a los valores liberales que defendía la masonería.

De igual modo, muchos literatos también defendían estas ideas, pues su actividad

no se limitaba a sus escritos, sino que se mostraban simpatizantes del liberalismo en la

esfera social o en sus crónicas periodísticas. Los nombres de escritores se mezclan con

los de los intelectuales de otras profesiones liberales, como demuestran las listas de

115
nombres que recogen algunos estudiosos, relacionándolos con la masonería y con ciertas

ideas liberales y laicas:

La lista de los intelectuales y literatos vinculados33 a la masonería en el


Archivo Histórico Nacional o en los listados de la masonería española
(los cuales tiene una validez parcial) incluye un nutrido grupo de
intelectuales, entre los que cabe destacar a Antonio Alcalá Galiano,
Manuel Azaña Díaz, Odón de Buen y del Cos, Francesc Ferrer i
Guardia, Francisco Giner de los Ríos, Ramón Gómez de la Serna,
Alejandro Lerroux, Antonio Machado o Santiago Ramón y Cajal entre
otros. La característica común de este heterogéneo grupo es su
vinculación al librepensamiento y todas las ideas que ese movimiento
defendía: defensa de la educación laica, fe en las ciencias, apoyo a los
sefarditas, anticlericalismo o liberalismo religioso, matrimonio civil y
en general republicanismo (Corbalán, 2004: 141-142).

Ferrer Benimeli incluye a Blasco Ibáñez, Luis Simarro, Ruiz Zorrilla, Juan de la

Cierva, Tomás Bretón, entre muchos otros, y añade:

En cuanto a la ideología, en líneas generales, se puede decir que la masonería


española, al menos hasta 1936, se caracteriza por su marcado anticlericalismo,
por su republicanismo en cuanto a sistema político que ofrecía garantías de
libertad y de defensa de los derechos del hombre, por su laicismo a ultranza
especialmente en el campo de la educación, por su proximidad al
librepensamiento en algunos sectores, por su preocupación por las cuestiones
sociales, por su lucha contra la pena de muerte y su oposición al fascismo […]
por su defensa de la tolerancia, la fraternidad y la libertad como condición
esencial de convivencia, civilización y base de la dignidad humana (Ferrer
Benimeli, 1996: 15-16).

33
La vinculación no implica en todos los casos la iniciación, pues en estos momentos la masonería está
presente en los círculos en los que se mueven estos literatos e intelectuales y es habitual que compartan sus
principios y defiendan su pensamiento.

116
Como vemos, durante el primer tercio del siglo XX se mantiene este auge liberal

y masónico, que coincide también con el proyecto de la Institución Libre de Enseñanza

(1876-1936), es decir, el proyecto educativo de Francisco Giner de los Ríos (1839-1915)

de influencia krausista. El propio Krause (1781-1832) llegó a publicar algún escrito

masónico, como “El ideal de la humanidad para la vida” (Rodríguez de Coro, 1992: 304).

La ILE, defendió el laicismo, la libertad de cátedra, la ciencia o la renovación intelectual

del país, por lo que comparte las ideas liberales y masónicas. De hecho, aunque los

principales institucionistas no se iniciaron en la masonería, esta influyó de manera muy

notable en la ILE (Álvarez Lázaro, 1989). Esta coincidencia de ideas hace que exista una

logia en Granada que ostenta el nombre Giner de los Ríos.

Por otro lado, en cuanto a la bohemia, hay que aclarar algunos términos. En primer

lugar:

Bajo el término genérico de bohemia se encuentran reunidos diversos


sectores de escritores y artistas disidentes, quienes vivieron
marginalmente y a los que el activismo político-social de la
Restauración no les preocupó en absoluto. Eran los herederos de
Murguer y de la bohemia descrita por Balzac y Hugo. Sin embargo,
dentro de esta bohemia, bajo el peso de las circunstancias históricas, un
grupo de jóvenes destacó por sus inquietudes políticas y artísticas.
Fueron los bohemios rebeldes y luchadores que tomaron a Larra y
Espronceda como modelos y cuyo punto común eran ciertas virtudes
combativas. Esta bohemia, en parte conocida como Gente Nueva
(Thion, 1998: 142).

José Esteban hace una clasificación y define cada tipo de bohemia. Además de

separar las bohemias madrileña y parisina (esta última es la que vivieron Sawa, Darío o

Gómez Carrillo en su estancia en París), establece que en España hubo varios tipos de

117
bohemia: eterna, inteligente, limpia, malograda, pintoresca, proletaria, subterránea…

(Esteban, 2017: 92 y ss). La que aquí nos interesa es la que denomina revolucionaria, pues

es la que combatió a nivel político y social (Esteban, 2017: 116). De este modo, “la

bohemia también contribuyó, más allá de los tópicos tan repetidos sobre la vida

desordenada, el alcohol y la noche, al proceso de profesionalización de la prensa e incluso

a la aparición de cierta industria cultural, tanto periodística como editorial. Los bohemios

españoles se autodefinían como «proletarios de la pluma»” (Arco, 2017: 22). Como decía

Ernesto Bark: “El culto por el arte, el ideal y la libertad, no los harapos, son el sello

augusto del bohemio de raza” (1913: 5). Esta bohemia es, por lo tanto, la que dio lugar a

la Gente Nueva, que tan bien y tempranamente diagnosticó Luis París (1863-1936) en su

obra homónima a esta generación: Gente Nueva (1888). Sus propios integrantes son los

que se llamaron así:

[…] los hermanos Sawa, Nicolás Salmerón y García, Ricardo Yesares,


Rafael Delorme, Ricardo Fuente, Manuel Paso, Rafael Torromé, Luis
París, Rafael de Labra y tantos otros personajes de la que empezaría a
denominarse a sí misma la Gente Nueva. Estas primeras
manifestaciones públicas […] son estigmas ya de la toma de conciencia
del estado de crisis nacional por unos denostados utópicos que pronto
alzarían sus voces de protesta y tantearían ciegamente nuevas formas y
doctrinas con las que gestar una nueva sociedad y un nuevo arte.
[…]
Estos jóvenes anhelaban, en palabras de Sawa:
“Tomar parte activa y músculos en la participación [...], toda la que me
fuera posible, en las batallas constantemente renovadas del
pensamiento contra la barbarie, de los espíritus emancipados contra las
panzas esclavas de ir al Congreso de Diputados todas las tardes, al
Ateneo Científico y Literario todas las noches, a la Biblioteca Nacional
todas las mañanas...” (Thion, 2013a).

118
Como comprobamos, Alejandro Sawa estaba perfectamente integrado en ese

grupo, que luego fue aumentando su número de integrantes con otros liberales que ya no

eran estrictamente bohemios:

Los múltiples nombres que se anunciaban Gente Joven o Gente Nueva


pertenecen a las clases medias: estudiantes, profesores, escritores
polígrafos y profesionales liberales que asentarán sus posiciones como
intelectuales […] Añadiremos algunos a los ya citados: Pompeyo
Gener, Juan Salas Antón, Luis Bonafoux, Rosario de Acuña, José
Nakens, Mariano de Cavia, Federico Degetau, Carlos Fernández Shaw,
José Zahonero, Federico Urrecha, Joaquín Dicenta, Juan B. Amorós,
Emilio Ferrari, Eduardo López Bago, Rafael Altamira, José Ortega
Morejón, José Verdes Montenegro, Ciro Bayo y Segurola, Emilio
Fernández Vaamonde, Alfredo Calderón, Felipe Trigo, Vicente
Colorado, Manuel Laranjeira, Francisco Maceín, Ernesto Bark, Urbano
González Serrano, Eduardo Benot (Thion, 2013b).

En la lista se citan desde compañeros de las barricadas naturalistas radicales como

José Zahonero (1853-1931), hasta la librepensadora y masona Rosario de Acuña.

Además:

Lo singular fue que tanto figuras como olvidados anduvieron, juntos


por los arrabales del modernismo, del noventayochismo, de la bohemia,
del anarquismo y del republicanismo: pertenecían a la llamada Gente
Nueva, enfrentada con la Gente Vieja, apolillada y acoplada a los
sillones y al sistema. Les dolía España y su atraso, y eran críticos con
la política de la Restauración y los gobiernos turnistas (Arco, 2017: 17).

Las características comunes eran más que las diferencias, de ahí que no se puedan

establecer límites claros en este contexto entre la Gente Nueva y otros movimientos

coetáneos:

119
Los términos barajados por la crítica a lo largo del siglo XX -Bohemia,
Gente Nueva, y Modernismo- están íntimamente entreverados e
imbricados también en unas categorías estéticas que la crítica canónica
separa: Romanticismo, Naturalismo, Decadentismo y Simbolismo. La
combinación de todas estas modalidades estéticas se manifiesta, en una
forma u otra […] donde también predomina una carga político-social
(Fuentes, 2005: 19).

Para muchos, la defensa de las nuevas ideas acabó siendo toda una filosofía de

vida: “Bark preferirá organizar su discurso en torno a una nueva filosofía de la vida […]

solo que el altruismo y la solidaridad recibirán ahora el nombre de hermandad” (Thion,

1998: 247). De este modo, entre los librepensadores se eliminan las fronteras. El

sentimiento de hermandad y de amor a la humanidad los desarrollaba Ernesto Bark en

Los vencidos (1891):

El librepensador comprendía la superficialidad del vulgo anticlerical


que no quiere o no puede ver que aquellas ceremonias religiosas
corresponden a una aspiración profundamente humana, innata en el
corazón humano y que las religiones positivas solo sustituyen la
sublime religión de la solidaridad de toda la humanidad; este lazo, la
palabra religión no significa otra cosa que lazo de unión, que nos hace
sentir esa fraternidad que representa la sanción de la humanidad entera,
elevando aquellos actos civiles del bautismo y matrimonio a la altura
de solemnidades de trascendencia y responsabilidad (Bark, 2005: 297-
298).

En su edición de la obra, la profesora Thion relaciona estos postulados con la

masonería:

120
[…] Obsérvese la recurrencia de términos que Bark utiliza en estas
páginas en relación con los conceptos masónicos de universalidad,
filantropía, moral universal, tolerancia religiosa, deberes familiares.
Aquellos proyectos de Orloff, antes revolucionarios, tendrán por divisa
la libertad, igualdad, fraternidad, pero defienden ahora la solidaridad, la
mejora de la condición social por medios lícitos y especialmente por la
instrucción, el trabajo y la beneficencia, lo que corresponde, en suma,
al librepensamiento masónico (Thion, 2005: 298)34.

De hecho, Bark sentía que los periodistas constituían una gran masonería: “los

periodistas forman una verdadera masonería internacionalista que ya hoy es más poderosa

quizás que la internacional del oro, la jesuita, la masónica y la socialista todas juntas”

(Bark, 2005: 187). De ahí que el proyecto que estudiaremos más adelante de fundar el

Cenáculo con Alejandro Sawa, a modo de logia de los literatos, tenga mucho sentido.

Por otro lado, la Gente Nueva publicó la revista Germinal, dirigida por Joaquín

Dicenta y a la que se puede considerar un diario prenoventayochista. Debe su nombre a

la novela de Zola35, pues con este escritor, preocupado por el porvenir, naturalista y

masón, también compartían sus pensamientos los escritores que colaboraron. El primer

número se publicó el 30 de abril de 1897 con un dibujo en la portada de la Libertad

personificada, que guiaba al pueblo36. Deducimos que se trata de un modo simbólico de

aglutinar la esencia común a todos los colaboradores: Ernesto Bark, Nicolás Salmerón

34
Nota al pie 196.
35
Algunos miembros del grupo enviaron una carta al propio Zola, que estaba encabezada del siguiente
modo:
“Germinal
Sociologia-Literatura-Política
Plaza del Dos de Mayo, 5 Madrid”
Medina Arjona ha visto en esto un juego de palabras masónico: “Queremos señalar la palabra «socio logia»
en el membrete de la cuartilla: La elisión de la tilde podría tratarse de un error tipográfico -pues el membrete
está impreso-, pero en cuanto no corregido, ni siquiera a mano con un minúsculo trazo, podría hacernos
pensar en la posibilidad intencionada, dado el carácter literario de los firmantes, de un juego de palabras
entre socio y logia” (Medina, 2002: 169).
36
Ver Anexo II, imagen 15.

121
García, Jacinto Benavente, Rafael Delorme, Jurado de la Parra, Ricardo Fuente, Antonio

Palomero, Antonio Paso, Valle-Inclán, Eduardo Zamacois, Eusebio Blasco y otros tantos.

Alejandro Sawa también colaboró, pero lo hizo más adelante, en una segunda andadura

de la publicación. Sin embargo, la revista “dedicó en su segundo número una atención

especial a la figura de Alejandro Sawa, al que se consideraba representativo de la lucha

por la nueva literatura y por la cuestión social. Así, la portada del 1 de mayo de 1897

reproducirá una fotografía del escritor” (Correa Ramón, 2008: 211). Tras dejar Dicenta

la redacción, esta fue asumida por Nicolás Salmerón García, hijo de Salmerón, el político

republicano, y entró Blasco Ibáñez en la redacción. Simultáneamente, los colaboradores

también publicaban en El País, diario de carácter republicano dirigido por Ruiz Zorrilla,

de tal modo que la masonería también se encontraba en las direcciones de importantes

publicaciones liberales de la época.

De esta relación constante de los miembros del grupo con el republicanismo y la

masonería hay una prueba que data de 1884:

La mayoría eran estudiantes de la Universidad Central de Madrid. En


la apertura de curso, en 1884, el discurso fue pronunciado por el
catedrático de Historia y republicano Miguel Morayta Sagrario, qué
defendió la libertad de cátedra y teorías materialistas, racionalistas y
anarquistas (Arco, 2017: 35).

Morayta37, además de catedrático de Historia, también fue republicano, periodista

y el masón más importante del momento. Ya vimos que fue el artífice de la formación del

Gran Oriente Español, del que, además, fue abiertamente Gran Maestre durante varios

años.

37
Ver Anexo III, imagen 2.

122
Ya muerto Alejandro Sawa, durante el siglo XX, bohemios y masones se

posicionaron en contra de los conflictos bélicos: “en vísperas del estallido de la I Guerra

Mundial, en la que iba a volar hecho añicos el orden civilizatorio que los bohemios habían

estado denunciando y resistiendo durante décadas. Con cierto tono profético, utópico, y

cuando van a tronar los cañones, se hace un llamamiento al poder de la pluma” (Fuentes,

2005: 21-22). También utilizando la palabra como arma, Luis Simarro (1851-1921), quien

fue Gran Maestre del Gran Oriente Español, como Morayta, redactó un manifiesto

antiguerra titulado “La Guerra Europea. Palabra de algunos españoles” en 1915, deseando

la paz y que se constituyese una nueva hermandad internacional. Este manifiesto lo

firmaron más de setecientos intelectuales, entre los que se encontraban Joaquín Dicenta,

Miguel Morayta, Gregorio Marañón, Manuel Azaña, Fernando Lozano, Manuel

Machado, Menéndez Pidal, Ortega y Gasset, Unamuno y Valle-Inclán, por destacar

algunos nombres (Ferrer Benimelli y Paz Sánchez, 1991: 155-176).

Apoyar a la masonería, e incluso pertenecer a ella, llegó a convertirse en un modo

de protesta. Luis Bello (1872-1935), quien también estaba comprometido con la sociedad,

luchando contra el analfabetismo, y ejercía el periodismo en la línea que apuntaba Bark,

también acabó iniciándose en 1927: “su iniciación, al año siguiente, en las logias

masónicas, otra forma de ejercer oposición al régimen desde la sombra por parte de

políticos, intelectuales y militares” (González Soriano, 2016: 853).

Por otro lado, muchos de estos luchadores sociales de ideas liberales fueron

enterrados en el Cementerio Civil de Madrid con símbolos que mostraban sus ideales. Si

bien es cierto que la tumba de Sawa se perdió y acabaría en una fosa común, pues la cuota

no se renovó y el cementerio fue remodelado, hemos encontrado un testimonio que habla

de los símbolos que había en todas esas ilustres tumbas, incluyendo la de Alejandro Sawa,

en la que es posible que hubiese, como en las de sus contemporáneos un triángulo masón:
123
La cruz del Crucifijo, la leyenda hebraica del israelita, el triángulo del
masón, su nombre y flores en las tumbas de los librepensadores…
Aquí se alzan, como retablos de catedral, los panteones de Estanislao
Figueras, Francisco Pi y Margall y Nicolás Salmerón […] Giner de los
Ríos […] todavía no tiene lápida la tumba de Luis Simarro. Leo con
respeto los nombres de profesores: Morayta, González Serrano […] de
periodistas: […] Delorme, Maraver, Chíes, Alejandro Sawa […]
(Castrovido, 1925: 1)

Esto lo publicaba Roberto Castrovido38 en El Pueblo, un periódico valenciano que

fundó Blasco Ibáñez, de ideología republicana, con motivo de la muerte de un hijo de

Salmerón. Puede parecernos un poco extraño porque en los cementerios españoles no

solemos ver símbolos masónicos. En cambio, aprovechando nuestra estancia en París,

visitamos el icónico Cementerio Père-Lachaise, donde están enterrados hombres y

mujeres ilustres. Allí es habitual encontrar tumbas decoradas con pirámides o con la

escuadra y el compás, cuando el fallecido ha sido masón.

En definitiva, Alejandro Sawa fue bohemio, de las bohemias madrileña y parisina,

en su vertiente revolucionaria, pero también fue romántico, naturalista radical, periodista

rebelde, republicano, liberal, integrante del grupo de la Gente Nueva, filántropo, idealista

y, si no fue masón, compartía sus valores con la masonería y dominaba su simbología.

Fue, al fin y al cabo, uno de los mejores ejemplos del liberalismo finisecular.

Por último, secundamos la propuesta de la doctora Thion, que se pregunta qué fue

de la Gente Nueva y, en especial, qué fue de Sawa:

38
Roberto Castrovido estaba entre los asistentes al velatorio de Sawa.

124
Mucha tinta ha corrido ya sobre los grandes ausentes y presentes en
nómina generacionista de Azorín. ¿Dónde quedó la Gente Nueva? En
el anonimato sobre todo cuando el juego de etiquetas literarias llegó a
interesar a la ideología conservadora. ¿Por qué no se menciona, por
ejemplo, a Alejandro Sawa, uno de los escritores que tantos artículos
periodísticos escribió como “negro” para Rubén Darío y uno de los
primeros en difundir la poesía de Verlaine en Madrid? (Thion, 2013a).

Creemos que hay que dar mayor difusión y visibilidad a esos precursores del 98,

que allanaron el camino de la nómina canónica y, tal vez, los investigadores, tengamos

que reclamarlos como generación dentro del contexto y los valores que acabamos de

sintetizar.

125
126
2.3. Alejandro Sawa y Rubén Darío

2.3.1. Rubén Darío y la masonería: una carta desconocida

La iniciación de Rubén Darío en la masonería es algo comprobado y de lo que se

pueden obtener datos de un modo relativamente sencillo39: se produjo el 24 de enero de

1908 en Managua (Nicaragua), en la logia El Progreso número 1 y fue todo un evento

social: “El ingreso en la masonería de Rubén Darío constituyó un acontecimiento

internacional, pues al acto asistieron no solo las más altas personalidades masónicas de

Nicaragua, sino también representantes de varios países” (Lagos, 1975: 385). Sin

embargo, se adhirió a la organización por pura conveniencia política, como vamos a ver

a continuación.

Contaba Rubén Darío en su Autobiografía: “Cayó en mis manos un libro de

masonería, y me dio por ser masón, y llegaron a serme familiares Hiram, el Templo, los

caballeros Kadosh, el mandil, la escuadra, el compás, las baterías y toda la endiablada y

simbólica liturgia40 de esos terribles ingenuos. Con esto adquirí cierto prestigio entre mis

jóvenes amigos” (1913: 30). A pesar de que con estas palabras confiesa no solo su inicio

en la masonería, sino también su descrédito hacia ella y que lo hizo por ganar prestigio,

39
De hecho, en el Diccionario Enciclopédico de la Masonería, Rubén Darío tiene una entrada donde dice
que es “poeta, escritor y masón” (1962: 505-506). Entrada a la que también se refiere Lagos (1975: 382).
40
Todo lo que Rubén Darío enumera son elementos típicos de la masonería. Hiram es “la figura central de
la leyenda masónica […] prototipo del artesano […] principal arquitecto de la construcción del templo (de
Salomón) (Sanz y Mayor, 2006: 178); el Templo es “el ideal a realizar: el templo de Salomón que jamás se
acabará de construir. También es el sitio físico en el que se reúne la logia (San y Mayor, 2006: 296); el
Kadosh es una “palabra hebrea cuyo significado es «consagrado» o «santo» a un alto grado y sistema
masónico en la mayoría de los antiguos ritos” (Sanz y Mayor, 2006: 193); el mandil es “la principal insignia
de la masonería […] simboliza la concordia que debe reinar entre todas las personas, pero especialmente
entre los masones” (Sanz y Mayor, 2006: 207); la escuadra era utilizada “por los constructores y dibujantes
para comprobar sus medidas (y) representa el plano terrestre. Este instrumento también debe estar, al igual
que el compás, en todos los trabajos masónicos” (Sanz y Mayor, 2006: 126); el compás “simboliza la
necesidad del masón de mantener los lazos debidos con toda la humanidad […] se coloca abierto junto con
la escuadra (Sanz y Mayor, 2006: 105) y la batería es una “serie de golpes rituales que simbolizan la
manifestación de los trabajos masónicos” (Sanz y Mayor, 2016: 34).

127
lo cierto es que no se está refiriendo a su iniciación de 1908. Según los datos de su libro,

parece que Darío era un adolescente cuando tomó contacto por primera vez con los

masones. A pesar del general desorden cronológico que se puede apreciar en dicha obra,

no es posible que se refiera al rito de 1908, saltándose más de treinta años al contar la

historia de su vida. Es altamente probable que se iniciase siendo muy joven y lo

mantuviese durante años en la clandestinidad.

Para conocer los motivos que le condujeron a esta discreción, debemos saber que

el papa León XIII en su encíclica Humanum Genus, promulgada el 20 de abril de 1884,

prohibió a los cristianos iniciarse en la masonería: “[…] el último y principal de los

intentos masónicos; a saber: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil

establecido por el cristianismo, y la creación, a su arbitrio, de otro orden nuevo con

fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo” (León XIII, 1884)

Sin embargo, “la masonería, al parecer, dominaba las altas esferas oficiales, en las que el

maestro de Rubén Darío tuvo desde el principio vara alta (y) […] Darío, desde su

juventud, sabía del poder de la masonería en sus relaciones con la política” (Lagos, 1975:

384), pero, a la vez, también se declaraba católico: “un sincretismo religioso […] ubica

en Darío diversas y paradójicas prácticas que combinaron paralelamente su admiración

por el culto católico y el marianismo con las obediencias masónicas” (Acereda, 2010).

En Autobiografía, narraba un episodio en el que reconoce uno de los favores que

le hizo la masonería en 1890, cuando se produjo en El Salvador el golpe militar de Carlos

Ezeta (1852-1903)41:

41
Militar y presidente del país desde el 22 de junio de 1890, día en el que dio el golpe de Estado para
derrocar a Francisco Menéndez (1830-1890), hasta al 10 de junio de 1894.

128
En el hotel estaba, cuando el comandante del puerto apareció y me dijo
que de orden superior me estaba prohibida la salida del país. Entonces
empecé por telégrafo una campaña activísima. Me dirigí a varios
amigos, rogándoles se interesasen con Ezeta, y hasta recurrí a la buena
voluntad masónica de mi antiguo amigo el doctor Rafael Reyes42,
íntimo amigo del improvisado presidente (Darío, 1913: 75).

Darío consiguió salir hacia Guatemala y, poco tiempo después, se casó allí con

Rafaela Contreras. De igual modo, fueron los masones quienes consiguieron para Darío

sus puestos diplomáticos, quienes corrieron con los gastos editoriales de Azul… (1888),

los que presionaron para aprobar el divorcio, dado que Darío se quería separar de Rosario

Murillo, quienes lo colocaron como reportero de La Nación y, quizás lo más destacable,

quienes consiguieron el nombramiento de Darío como diplomático en España:

Su relación con la masonería explica muchas circunstancias biográficas


que fueron posibles por la mediación masónica: la grata acogida inicial
del joven Darío en Chile y Argentina; algunos de sus puestos laborales,
incluidos los diplomáticos y los de periodista; el sufragio por amigos
masones de los gastos de edición de algunos de sus libros. Así, Azul...
aparece en Valparaíso por las gestiones del masón Eduardo de la Barra.
Lo mismo puede decirse del apoyo que recibió Darío de los políticos
nicaragüenses ligados a la masonería para lograrle su divorcio legal de
Rosario Murillo a través de la aprobación de la “Ley Darío”. También,
el puesto de reportero lo obtiene Darío en el diario porteño La Nación,
propiedad del masón Bartolomé Mitre y a través de su amistad
masónica con Eduardo la Barra, José Victorino Lastarria y Roberto J.
Payró (Acereda, 2010).

En Autobiografía, el poeta nicaragüense hace referencia a estos sucesos:

42
“Fue Rafael Reyes […] iniciador en 1898 de la «Logia Progreso», instalada en Managua el 14 de
diciembre de 1899 y que llevará luego a posteriores fusiones” (Acereda, 2010).

129
Amigos míos, entre ellos, principalmente, el doctor Luis Debayle y D.
Francisco Castro, ministro de Hacienda, y el mismo ministro de
Relaciones Exteriores, Sr. Gámez, pidieron al presidente la legación de
España para mí. La unánime aprobación popular, el pedido de sus
amigos, y su innegable buena voluntad, hicieron que el general Zelaya
me nombrase ministro en Madrid (Darío, 1913: 205).

Sin embargo, en este caso no confiesa la relación directa entre su nombramiento,

su divorcio y su iniciación oficial en la masonería, cuando lo cierto es que todo se

encuentra relacionado:

[…] el doctor Maldonado lo estimuló con el ingreso en la masonería,


diciéndole: “No debes volver a salir de Nicaragua sin pertenecer a la
gran familia.” Y es de creerse también que para alejarlo de esa pesadilla
de mujer que era Rosario Murillo, “cabra negra” de su vida, y lograr su
separación definitiva por medio de un divorcio legal, Darío se hubo de
acoger al poder de la masonería, por medio de la cual pudo lograrse con
intervención casi segura del doctor Maldonado y de sus amigos
masones, que se aprobara la “ley Darío” en favor del divorcio. Lo que
se sabe de cierto fue que los amigos le habían aconsejado, estando él en
París perseguido y hostigado por la presencia y el chantaje de la “negra
cabra” de Darío, que se trasladase a Nicaragua para lograr el divorcio,
lo que consiguió momentáneamente, pero cuando posteriormente hubo
un fallo en contra de dicha ley debido a los trucos y habilidades de
Rosario, fue un masón, de nuevo su amigo el doctor Maldonado, quien
quiso afrontar la situación ofreciendo dinero a Rosario y logrando con
el presidente masón de entonces, general Zelaya, que Darío fuese
nombrado nuevamente diplomático en España (Lagos, 1975: 386).

Efectivamente, el militar José Santos Zelaya López (1953-1919) fue presidente

de Nicaragua entre 1893 y 1909 y miembro de la logia El Progreso número 1. En 1893,

triunfó la revolución liberal que le dio a Zelaya la presidencia del país, inaugurándose un

periodo de libertad al que muchos calificaron como ilustrado tras tiempos oscuros. Zelaya
130
era amigo de Rubén Darío y el círculo de políticos e intelectuales que rodeaba al nuevo

régimen estaba fundamentalmente compuesto por masones. Por lo tanto, es coherente

que, antes de nombrar a Rubén Darío diplomático, se le aconsejase pertenecer a esa “gran

familia”.

Si lo anterior lo ponemos en conexión con las propias palabras del autor en

Autobiografía y la animadversión que en esos momentos había entre la Iglesia y la

masonería, es altamente probable que su iniciación fuese temprana y, si bien se mantuvo

en secreto, le hizo beneficiarse de favores a nivel personal, político y literario, culminando

con una reiniciación pública conveniente por motivos de popularidad y consideración. En

1908, es obvio que al poeta nicaragüense le preocupan más su puesto diplomático en

Madrid, su relación con Zelaya y su prestigio como corresponsal de La Nación, que lo

que la Iglesia pudiera recriminarle.

Ahora bien, en ambos casos, ya sea en su faceta como cristiano o como masón,

Darío nos vuelve a confirmar nuestra teoría de su adscripción por puro interés cuando

envía, también en 1908 (el 31 de mayo), una carta a un destinatario de quien no sabemos

su nombre43, pero sí deducimos que tenía mucha confianza con él y que también es masón,

para felicitarle por su nuevo cargo político:

31 de mayo de 1908
Mi fraternal amigo:
El cablegrama que hace poco he recibido notificándome el
nombramiento de V. no me sorprende de ninguna manera […]
compláceme el que una inteligencia y un carácter como los suyos esté
ahora al lado de una inteligencia y de un carácter como el de nuestro
jefe General Zelaya.

43
Ver Anexo I, imagen 1. La carta original se encuentra en el Archivo Rubén Darío de la Universidad
Complutense de Madrid, doc. 259. No figura en ella el destinatario ni se encuentra recogida en la obra
Álvarez, D. (1963).

131
Siempre contará V. con amigo a quien V. quiso tanto durante su
permanencia en Nicaragua y con quien por inteligencia y por corazón
fuera de otros motivos posteriores se puede llamar hermano. […] me
conoce demasiado para comprender que la parte fundamental de mis
creencias y de mis ideas está tan lejos del mandil como de la casulla,
así es que al saber su nombramiento he apartado por completo toda
solidaridad que no sea la del perfecto caballero y la del fraternal amigo
que me acompañó en trances duros y a quien deseo tener siempre a mi
lado en momentos felicísimos.
Rubén

El hecho de llamarlo hermano por motivos posteriores es debido a que, como ya

vimos, los masones entre ellos se llaman hermanos. Asimismo, Darío se considera lejos

del mandil, prenda que usan los masones, y de la casulla, propia de los sacerdotes

católicos. Todo esto, poniéndolo en conexión con las palabras que dedicaba a los masones

en Autobiografía, tildándolos de “pobres ingenuos”, no nos deja ninguna duda de que

Rubén Darío fue masón y católico por conveniencia, pues, como ya vimos, la masonería

ha tenido siempre un gran poder social:

¿Le interesaría más de la masonería su poder, demostrado a través de


toda la historia política de España y de Hispanoamérica en las últimas
centurias? Es bien sabido que a la masonería han estado vinculados los
hombres ilustres del mundo hispánico, y hasta escritores como
Jovellanos y Martínez de la Rosa pertenecieron a las logias (Lagos,
1975: 388).

Al igual que ellos, los liberales de la época que tratamos también se decantaron

por la masonería. Aquí tenemos un ejemplo del círculo más íntimo del nicaragüense:

132
El ilustrado y políglota polaco José Leonard y Bertholet —a quien llama
“mi profesor” en su autobiografía— acrecentó el entusiasmo masónico
de Rubén. Así lo reconoce Edelberto Torres: “Su discípulo lee mucho
y con interés la atingencia que tiene el ritual masónico en el mundo
oculto, y porque los grandes liberales de la época pertenecen a la secreta
fraternidad […]” (Arellano, 2010).

Ese interés, o esa conveniencia, es lo que nos hace comprender que no hay

contradicción entre las múltiples facetas que cultivó el nicaragüense: “Rubén podría ser

al mismo tiempo católico y masón, es lícito añadir que también fue pagano y cristiano,

platónico y panteísta, órfico y escéptico, atormentado e infantil, inteligente e ingenuo,

memorioso y olvidadizo, americano y europeo, español y francés” (Arellano, 2010). Sin

embargo, esto no fue impedimento para que introdujese simbología masónica en sus

obras, pues, como anticipábamos, la obra de un escritor masón no es masónica en sí, pero

puede introducir elementos. Rubén Darío, plasmó en sus obras multitud de símbolos que

no podemos entrar a analizar, relacionados con diferentes vertientes de su vida, entre

ellas, la masonería:

El color azul, tan presente en Darío y con el que titula uno de sus libros,
conecta con la masonería por definir ese mismo color los ritos de
iniciación de los tres primeros grados masónicos, la masonería azul,
como símbolo del color celeste que agrupa a todos los hombres
fraternalmente (Acereda, 2010).

No vamos a afirmar que utilizar el color azul sea una clara prueba de la masonería,

pero sí es cierto que es un color representativo tanto de esta como del modernismo que,

como vimos, está muy ligado a los principios de la organización. Lo mismo ocurre con

otros elementos, como la idea de libertad, la identificación de la luz con la verdad, el

cosmopolitismo, o el empleo de metáforas cargadas de significado. Igualmente, se

133
presenta la idea de la fraternidad. El hecho de llamar hermano a un compañero tampoco

es un indicio fiable para confirmar la pertenencia a la masonería, sin embargo, sí es

destacable y, al mostrarse no de un modo aislado, sino en compañía de otros elementos

identificadores, hace que las referencias fraternales sí deriven de la condición de masón:

“No ignoraba sin duda Darío que la divisa de la masonería era la de «Libertad, igualdad,

fraternidad». Ni tampoco se puede desconocer que su deseo de fraternidad se expresa en

su poema «El hermano lobo»” (Lagos, 1975: 388).

134
2.3.2. Repercusiones literarias de la deuda económica entre Rubén

Darío y Alejandro Sawa44

[Link]. Su relación epistolar: una carta perdida

La relación entre Alejandro Sawa y Rubén Darío fue de amistad hasta que se

truncó en el último año de vida del sevillano cuando, ahogado por su situación económica,

pidió ayuda al nicaragüense en contraprestación a los favores que le hizo antaño. Ante la

negativa o el silencio de Darío, Sawa optó por reclamarle una deuda: el pago por unos

artículos que Sawa escribió y aparecieron publicados en La Nación de Buenos Aires

firmados por Darío. Tal pago nunca se llegó a efectuar y este fue el motivo del enfado

por el que Sawa puso fin a su amistad con Darío.

A pesar de esto, la viuda de Alejandro Sawa, Jeanne Poirier, pidió a Darío que

escribiese el prólogo a Iluminaciones en la sombra, y lo hizo afectuosamente. Asimismo,

cuatro años después de la muerte de Sawa, Darío escribió su Autobiografía, en la que

recordaba que Sawa le introdujo en los círculos literarios parisinos y conoció a Verlaine:

Era mi pobre amigo, muerto no hace mucho tiempo, Alejandro Sawa.


Algunas veces me acompañaba también Carrillo, y con uno y otro
conocí a poetas y escritores de París, a quienes había amado desde lejos.
Uno de mis grandes deseos era poder hablar con Verlaine. Cierta noche,
en el café D´Harcourt, encontramos al Fauno, rodeado de equívocos
acólitos. Estaba igual al simulacro en que ha perpetuado su figura el arte
maravilloso de Garriere. Se conocía que había bebido harto. Respondía
de cuando en cuando, a las preguntas que le hacían sus acompañantes,

44
De la relación epistolar, la deuda entre Darío y Sawa y el testimonio de Prudencio Iglesias Hermida
publicamos el artículo: Santiago Nogales, R. (2016). “Alejandro Sawa, Rubén Darío y Prudencio Iglesias:
un acreedor soberbio, un amigo deudor y un cronista exagerado”, en Rubén Darío, one hundred years later
(1916-2016). Journal of Hispanic Modernism, issue 7, 210-230. (Arizona State University) ISSN: 1945-
2721.

135
golpeando intermitentemente el mármol de la mesa. Nos acercamos con
Sawa, me presentó: “Poeta americano, admirador, etc.” Yo murmuré en
mal francés toda la devoción que me fue posible y concluí con la palabra
gloria... […]
Una mañana, después de pasar la noche en vela, llevó Alejandro Sawa
a mi hotel a Charles Morice, que era entonces el crítico de los
simbolistas. Hacía poco que había publicado su famoso libro La
litterature de tout ál'heure. Encontró sobre mi mesa unos cuantos
libros, entre ellos un Walt Whitman, que no conocía. Se puso a hojear
una edición guatemalteca de mi Azul… […] (Darío, 1913: 113 y ss)

Y, al tratar de su regreso a la capital española, vuelve a mencionar a Sawa,

refiriéndose a que con él hacía vida en Madrid: “Me juntaba siempre con antiguos

camaradas como Alejandro Sawa, y con otros nuevos, como el charmeur Jacinto

Benavente, el robusto vasco Baroja, otro vasco fuerte, Ramiro de Maeztu […]” (Darío,

1913: 169). Sin embargo, a pesar de esto, en los últimos años de Alejandro Sawa,

residiendo ambos en Madrid, no se vieron en persona ni una sola vez, tan solo se enviaron

misivas.

Esta relación epistolar acepta una doble lectura. Por un lado, hay que tener en

cuenta la literalidad de las palabras y, por otro, las segundas intenciones de algunas de

ellas. Además, hemos descubierto muchos datos que ayudan a la reconstrucción de los

hechos. En primer lugar, vamos a analizar las misivas y a contextualizarlas, explicando

los hechos que las acompañan en cada momento y por qué se dicen ciertas cosas. Nos

detendremos en algunas palabras cargadas de simbología, para continuar, posteriormente,

con el testimonio de un testigo, que nos aclarará bastante lo ocurrido. Es importantísimo

destacar que este testigo, el escritor Prudencio Iglesias Hermida, cuyas palabras debemos

relacionar con el asunto que tratamos, solicitó ingresar en la masonería y hemos

encontrado dicha petición, que pondremos en relación oportunamente. Después,

136
continuaremos con el prólogo de Iluminaciones en la sombra. A nuestro entender y tras

un detallado estudio de este, hemos llegado a la conclusión de que Rubén Darío esconde

en él no solo simbología masónica, sino que también su confesión que funciona a modo

de lavatorio de conciencia.

La relación epistolar entre Rubén Darío y Alejandro Sawa se concentra entre los

años 1905 y 1908. Ambas fechas son clave porque, durante ese período, el sevillano

experimenta su fatídica caída hacia el abismo: su padre muere, él cae enfermo, se queda

ciego progresivamente y, cada vez más, la miseria se apodera de su familia.

Dictino Álvarez recupera este sustancioso epistolario en su obra Cartas de Rubén

Darío (1963) y aprovecha para comentarlo, si bien hay algunos desajustes y está algo

incompleto. Sin embargo, aquí vamos a recurrir directamente a las cartas originales,

donde podemos observar detalles que, de otro modo, pasaríamos por alto. Asimismo,

merece la pena consultar la reconstrucción de Allen Phillips (1976), que arroja bastante

claridad sobre un par de contestaciones del nicaragüense que no aporta Álvarez.

Además, existe una carta que ninguno de los dos recoge y que no se encuentra en

el “Archivo Rubén Darío” de la Universidad Complutense de Madrid, sino en la

Biblioteca Nacional Digital de Chile. Esta misiva fue donada por el escritor y político

argentino Alberto Ghiraldo (1875-1946), quien vivió en Chile durante los últimos años

de su vida. Según consta en el catálogo, data de 1900, pero lo cierto es que no está fechada,

pues tan solo aparece la referencia “Hoy viernes”. Podemos asegurar que no es de 1900,

sino que es de 1905 porque la segunda edición de Los raros, de Rubén Darío, es de 1905

y Sawa hace alusión en la carta a que ha adquirido este libro, cosa que no podría haber

hecho si estuviera en 1900. Tampoco tenemos dudas de que es la primera de la relación

137
epistolar entre Sawa y Darío y en ella, aquel propone a este que formalicen un contrato y

determinen la asignación que le corresponde por escribir para él.

En definitiva, se trata de una relación epistolar llena de luces y sombras y poco

recíproca, que desemboca en un devastador final que ya anunciaban las misivas

precedentes. En todas las cartas se percibe angustia y necesidad de auxilio, que no llega.

Como podemos comprobar si atendemos a las misivas originales, la caligrafía de

las cartas enviadas por Sawa a Darío varía en un momento determinado. Esto se debe a

que el escritor se quedó ciego y eran o bien su mujer o bien su secretario45 quienes debían

escribir lo que aquel les dictaba.

Hemos considerado pertinente citar en primer lugar la última carta porque,

conociendo el final, al leer cronológicamente el resto de la correspondencia, resulta más

fácil hacer las deducciones oportunas. Indistintamente, los investigadores han citado esta

carta, pero lo cierto es que hay dos cartas con el mismo texto: una en el Archivo de los

Sawa y la otra en el de Rubén Darío. Esto es posible por la sencilla razón de que, a la

fuerza, una ha de ser el borrador: el primer intento que no quedó según lo esperado y

nunca fue enviada46. Esa última es la que se conserva en el Archivo de los Sawa, la que

cita y recoge Amelina Correa en su libro Sawa y el naturalismo literario y la que se

publicó en un reportaje que sobre Sawa hizo La Esfera en 1930. Dicha carta comienza

del siguiente modo: “¿Me impulsas ha (sic.) la violencia…?”. Efectivamente, pone “ha”

y no “a”. En cambio, la otra carta, en la que ya se lee correctamente “¿Me impulsas a la

violencia…?”, se encuentra en la colección del Archivo de Rubén Darío, y sobre ella

aparece el texto “Con-verbal” apuntado por el propio Darío sobre la misiva. Por lo tanto,

45
El dibujante José María Gascón, un hombre tartamudo que ejercía de ayudante de Sawa. Sobre todo, a
raíz de la ceguera de los últimos años.
46
Tampoco hay que olvidar que, en aquellos tiempos, era bastante corriente quedarse con una copia de la
correspondencia que se enviaba.

138
es esta la que se envió, pues de otro modo, no estaría en propiedad del destinatario. Ambas

cartas presentan idéntica caligrafía, pero el fallo reside en la ortografía. Sin perder de vista

que el borrador, que nunca salió de casa de los Sawa y está lleno de yerros y correcciones,

tiene la fecha tachada y escrita de nuevo debajo y está firmada con la letra de la persona

que la escribió en nombre de Alejandro Sawa. En cambio, la que recibió Rubén Darío

está firmada por el propio escritor, ya ciego, en otro color y de igual modo que las misivas

precedentes: con trazos irregulares y tamaño desproporcionado al cuerpo del texto. Esta

firma a tientas es evidencia de su ceguera, aunque la realiza muy similar a la original.

Pasando al contenido, la última carta que Sawa envía a Darío decía:

Hoy, 14 de julio de 1908.


Al señor don Rubén Darío:
¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy ya el amigo herido
por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo
suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo.
Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por
encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuáles conservo en mi poder seis)
que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires La
Nación, en las fechas y con los títulos siguientes:
Abril, “Semana Santa en Madrid”.
21 mayo, “La cuna del Manco”.
3 junio, “Alfonso XIII”.
13 junio, “En la Academia Española el inmortal señor Ferrari”.
24 julio, “La anarquía española”.
28 julio, “La anarquía española”.
No me has pagado por esos trabajos, como recordarás, sino setenta y
cinco pesetas en dos veces. Esos artículos, por su extensión, por ser yo
el autor de ellos y por la importancia del periódico donde se publicaron,
valen cien pesetas cada uno, aplicándoles una evaluación modesta.
Descontadas, pues, las setenta y cinco pesetas recibidas, quedan a mi
favor 525, que yo te invito a pagarme en seguida, puesto que no tengo
consideración ninguna que guardarte y que las necesito. No te extrañe

139
que en caso de insolvencia por tu parte lleve el asunto a los Tribunales
y de cuenta a La Nación y a tu Gobierno de lo que me pasa. Yo lo haré
todo y lo intentaré todo por rectificar esas anomalías de tu conducta. En
cambio, puedes contar con mi más absoluto silencio a tu satisfacción,
sin escándalo a mis reclamaciones. Serás en lo porvenir, como un
muerto, o mejor, como si no hubieras existido jamás.
Alejandro Sawa
Calle del Conde Duque, 3, principal47.

Grave acusación es la que Sawa hace al que era su amigo hasta unos días atrás.

No solo se dirige “Al señor don Rubén Darío”, en vez de a “Mi querido Rubén” y firma

como “Alejandro Sawa”, en vez de como “Alex”, sino que se atribuye a sí mismo la

autoría de los mencionados artículos que se publicaron en La Nación de Buenos Aires,

firmados por el nicaragüense. La crítica considera suficientemente probados estos hechos,

hasta tal punto que, en Crónicas de la bohemia, libro en el que se recogen casi todos los

artículos de Alejandro Sawa, se recogen también los de La Nación y Emilio Chavarría

dedica en el estudio previo unas páginas a contrastar estos artículos con otros de Sawa

con los que comparten fragmentos idénticos y puede verse que lo que publicó Darío solo

son adaptaciones (Chavarría, 2008: XC-XCIII). En muchos de ellos aparece el propio

Sawa como si fuese el que le ha contado a Darío lo que se publica. No sabemos si dicho

arreglo lo hizo Alejandro para dejar constancia de su autoría poniéndose a sí mismo de

personaje y contando en tercera persona lo que ya había contado en primera o si fue una

estrategia de Darío para modificarlos.

La cuestión ahora mismo es: ¿por qué reclama Sawa una deuda años después? El

hecho de que los escriba uno y los firme el otro no ha de causar sorpresa, es una práctica

habitual entre los escritores de esta época. Todo apuntaba a que Darío no disponía de

47
Ver Anexo I, imagen 2. También en Álvarez, 1963: 68-69.

140
suficiente tiempo dado que por aquel entonces le nombraron embajador de Nicaragua en

España y debía cumplir con los compromisos políticos y aprovechó para hacerle un favor

a un amigo que se hallaba pasando penurias. El hecho de no pagar su deuda hace que las

buenas intenciones se desvanezcan.

Otro enigma de la carta es el de su contestación. No se sabe en qué términos

respondió Darío al reclamo porque lo hizo verbalmente. Como se puede ver en la carta

original, en el margen izquierdo está apuntado “Con-verbal”, lo que Dictino Álvarez

entiende por contestación verbal (1963: 69). Darío tenía por costumbre apuntar la fecha

en la que respondía las cartas o se limitaba a poner una “C” o “Conforme”, de modo que

tal apunte sí puede indicar que fue una contestación de palabra. Como es habitual en este

tipo de investigaciones, una pregunta sale de la contestación a otra pregunta: ¿cómo le

contestó verbalmente si se sabe que no se vieron? A lo largo de la relación epistolar que

sigue a continuación, se perciben las llamadas de Sawa hacia Darío para que vaya a

visitarle durante su enfermedad. El nicaragüense nunca acudió y tras la carta que hemos

citado, no vuelven a tener contacto. La siguiente relación de Darío con Sawa es cuando el

último ya ha fallecido, para escribirle el prólogo de su obra inédita hasta ese momento y,

por lo tanto, póstuma. Podemos afirmar, casi con toda seguridad, que existió un emisario

de por medio. Ninguna de las misivas va sellada, además de que muchas aparecen

seguidas en cuanto a la fecha. Es imposible que haciendo uso del correo ordinario carta y

contestación se lleven veinticuatro horas de diferencia. Es más, esta práctica es habitual

en Alejandro Sawa, quien ya estaba resignado a su enfermedad y, consciente de que no

podía ir en persona, en otra carta anterior, le pide a su amigo que dé una respuesta a través

141
de la misma persona (que según dice, era de su confianza) que le entregó en mano el

texto48.

La pregunta que hay que hacerse ahora es: ¿cómo desembocó una amistad

fraguada en París tantos años atrás en esta situación? La primera carta de la que se tenía

constancia hasta ahora no tiene fecha, tan solo pone “Hoy domingo”. Pero Dictino Álvarez

(1963: 60)49 deduce que ha de ser la que encabeza la lista, y no escrita más allá de la

primera quincena de junio de 1905, porque aún nada se comenta sobre la muerte del padre

de Alejando Sawa:

Hoy domingo.
Mi gran Rubén: estoy malo, malo no de enfermedad, sino de “lo otro”.
Eso me obliga a quedarme en cama todo el día de hoy. ¿Te da lo mismo
que en vez de mañana te entregue el trabajo el martes a primera hora?
Un gran saludo de admiración y un gran abrazo de amistad,
Alex
Conde-Duque, 3, pral. Izq50.

La supuesta primera epístola ya anuncia algo de la última: en una carta de 1905,

Alejandro Sawa le habla a Rubén Darío de un trabajo que le tiene que entregar, que puede

ser alguno de esos artículos que Darío publicó en La Nación como suyos, pues todos los

artículos que cita Sawa como suyos se publicaron durante la primavera y el verano de

1905.

En la siguiente, el sevillano comienza a mostrar sus problemas de dinero, y pide

ayuda al nicaragüense. No es descabellado pensar que recurre a él porque es el más

48
Casi con toda seguridad, esa persona era José María Gascón.
49
Además, apunta que “la cronología no es del todo cierta pero sí bastante probable”. A lo largo de las
sucesivas páginas construye un recopilatorio ordenado acorde con la lógica.
50
Doc. 2007. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 62.

142
indicado ya que le debe el pago de “unos trabajos”. Es a esta misiva a la que nos

referíamos anteriormente cuando sosteníamos que la respuesta se daba a través de un

mensajero:

Querido Rubén: Mi padre está expirando. Figúrate mi situación,


agravada por indecibles dificultades económicas. Ven en mi ayuda.
El portador de estas líneas, que es persona de toda mi confianza, tiene
el encargo de trasmitirme tu respuesta.
Un abrazo al amigo y al maestro,
Alex51

Se puede comprobar la admiración que Sawa tenía hacia Rubén. Siempre le habla

de él como maestro o como dios. Si bien en su juventud parisina fue Sawa la personalidad

literaria importante que introdujo a Darío en los círculos intelectuales cuando aún no era

tan famoso en tierras españolas, no hay duda de que, ahora, es Darío el rey de las letras.

La misiva precedente no tiene fecha, pero Dictino Álvarez la sitúa en torno al

quince de junio de ese mismo año, por la sencilla razón de que nuestro autor menciona la

agonía de su padre, cuya muerte se sabe con seguridad por dos documentos. El primero,

la siguiente carta:

Conde-Duque, 3, pral. Izq.


Hoy 16.
Mi querido Rubén: En este momento (11 ¼ de la mañana) mi padre
acaba de morir.
Alex52

51
Doc. 2008. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 62.
52
Doc. 2009. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 62.

143
Ese 16 tiene que ser de junio porque Iluminaciones en la sombra no deja de ser

una especie de diario, como ya comentaremos oportunamente, donde Sawa refleja sus

pensamientos, sus reflexiones, pero también los acontecimientos de su vida:

Mi padre acaba de morir, hoy 16 de junio de 1905, a las once y diez


minutos de la mañana: son las once y media.
Mi mano está firme al escribir estas líneas y mis ojos secos. Es que yo
no concibo la muerte, que no tiene para mí sino un valor puramente
verbal, que no tiene sino una transcendencia meramente fonética de
consonantes y de sílabas. Ahí está, en la alcoba de al lado, el cadáver
de mi padre, y yo aquí, ante mi mesa, escribiendo estas líneas. Cuando
se lo lleven para siempre, cuando lo pierda materialmente, entonces se
asomará el dolor a mi boca y a mis labios. Ahora lo tengo aquí quieto
en mi corazón, como una fiera amodorrada.
Ya rugirá, fatalmente, porque yo me voy a quedar sin lo mío y porque
la naturaleza humana exuda en todas mis crisis el dolor. Lloraré también
y haré, instintivamente, animalmente, lo que todos los hijos buenos con
su padre.
Él está aquí, conmigo. Juana está aquí también, conmigo. Fue más de
él que mía durante el lapso de su enfermedad, la santa. El muerto está
conmigo, estamos juntos, está sereno, está tan bello como fue siempre,
y más majestuoso, y más imponente que nunca (¡ah, ese sí que ha sido
el último condestable!), y yo, un poco aturdido por las veladas en que
fui atolondrado colaborador de Juana para cuidarlo me encuentro
sentado aquí, ante mi mesa, escribiendo signos de alfabeto,
automáticamente, como un vulgar amanuense que transcribiera cosas
corrientes de la vida.
Instintivamente, por guardar más a mi muerto conmigo, he notificado
tarde el hecho al Juzgado y aún puedo decirme, a pesar de todas las
apariencias, aún vive aquí. Mañana..., pero, ¿quién sabe lo que es
mañana? (Sawa, 1977: 190).

Si se ordenan los acontecimientos, se deduce que su padre muere a las once y diez

del dieciséis de junio de 1905, a los cinco minutos, reclama a Darío su presencia para que

144
lo acompañe en se momento de dolor, y a las once y media se pone a escribir el capítulo

precedente de su libro, que es toda una reflexión sobre la muerte, en la que confiesa que

notificó tarde la muerte, esto respondería a la pregunta de por qué figura otra hora de

fallecimiento oficial.

Es interesante descubrir que trata a la muerte como algo natural, que golpea

brutalmente a ser humano y que le va a hacer llorar como al resto de los hombres, como

algo instintivo. En un primer momento, antes de la trascendencia que en la vida personal

puede tener la pérdida de un ser querido, la trata como un simple vocablo. La percepción

de la muerte es importante para hilvanar muchos acontecimientos que van a seguir. En

concreto, la contraposición entre la concepción de Sawa y el pavor que Darío sentía hacia

ella, van a determinar el trágico episodio de la muerte del primero y algunas escenas de

Luces de bohemia.

Tal temor hace que Darío no se presente y, por lo tanto, no acompañe a su amigo

en momentos de dolor. Sawa, hábilmente, le remite sus quejas, precedidas de irónicas

palabras en las que atribuye la ausencia a que la misiva de la noticia no hubiese llegado a

manos de Darío. Afirmamos que esto es así porque Sawa no vuelve a repetirle que su

padre ha muerto, solo se refiere a sus penosas circunstancias. De ser cierto su

preocupación a que la carta anterior se hubiera perdido, debería repetir el texto para

informar a Rubén Darío. No lo hace. Es solo un reproche por su ausencia, incluso por no

darle siquiera el pésame:

Calle del Conde Duque.


Hoy jueves.
Mi querido Rubén: temo que no hayan llegado a tus manos mis
dolorosas líneas de ayer, puesto que no has venido a verme ni me has

145
hecho conocer la valía de tus sentimientos en las penosísimas
circunstancias por que atravieso.
Ven, ven en seguida. Te aguardo con impaciencia.
Mis dos manos,
Alex53

Es en este momento cuando cambia la letra porque Sawa ya está ciego y enfermo.

Todo lo que sigue a continuación se desarrolla durante el primer semestre del año 1908 y

desemboca en la misiva con la que comenzamos este apartado. Al parecer, llegan noticias

a Sawa sobre la salud de Darío y, pese a la no correspondencia de este a los reclamos de

años anteriores y a su enfermedad que casi no le permite moverse, se siente en deber de

visitar a su amigo: “Ciego y casi atáxico, yo me haré llevar donde tu me digas.” La ataxia

es una patología que se caracteriza por la descoordinación del cuerpo, dificultad en los

movimientos. Esto indica que, además de la ceguera, tiene dificultades de movilidad:

Hoy martes.
Mi gran Rubén: sé por el testimonio de amigos que nos son comunes -
¡y tan comunes!- que tu salud no es, malaventuradamente, tan fuerte
como tu talento.
Yo vivo peor que Job. Job vivía en su tierra de Oriente, tan propicia al
quietismo y a los piojos, y yo, expatriado y extemporáneo, vivo
prendado de todos los puntos luminosos que forman las constelaciones
de arriba: un mal azar me hizo nacer aquí y en esta época fea. Tú sabes
mucho de mis gacetillas tremendas, que siempre serán inéditas. Pero
ahora, hijo de griego y descendiente de griegos mi vida no sería inferior,
como tema si a de un Sófocles que la narrara en forma teatral, porque
yo soy un Edipo abandonado en la mitad de un camino cualquiera que
no conduce a ninguna parte. Luego estoy muy enfermo de todo.
Sin embargo, como si positivamente, sé el noble cariño que me tienes
yo no me sentiré humillado en ir a verte a la hora y en el día que me
indiques. Ciego y casi atáxico, yo me haré llevar donde tú me digas.

53
Doc. 2010. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 63.

146
Fraternalmente tuyo,
Alex.54

No se conoce qué tipo de respuesta dio Darío, pero sí se deduce que le prometió

dinero:

Hoy martes 7
Mi querido Rubén:
Bueno, pues mándame urgentemente la cantidad que quieras.
Tu affmo. amigo,
Alejandro Sawa55

Ninguno de los dos fue a visitar al otro. Tan solo mediaron promesas. Lo que

interesa observar es que, a partir de este momento, Alex empieza a firmar como Alejandro

Sawa, siendo mucho menos personal, menos cariñoso y más formal. Tan solo en la

siguiente pone Alex, en tono de confianza pero, en lo sucesivo, ya será siempre Alejandro

Sawa:

Hoy 20 mayo 1908.


Mi gran Rubén: mis manos, que te son siempre fraternales, van hacia
las tuyas con el pensamiento: mi corazón también.
Trazan de consuno estas líneas, que son como un absoluto gesto de
amistad, porque enfermo y ciego, va ya para dos años que vivo
enclaustrado en mi casa, incomunicado de la gente, como un muerto.
¿Si quisieras venir a verme?
Espiritualmente, yo no me he sentido separado de ti jamás.
Tuyo con fervor,
Alex56.

54
Doc. 2011. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 64.
55
Doc. 2012. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 64.
56
Doc. 2013. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 65.

147
Dicha carta sí obtiene contestación, aunque Darío se excusa sirviéndose de las

propias palabras de Sawa. Si este se sentía unido espiritualmente, aquel aprovecha para

justificar que le ha acompañado mentalmente:

Hoy miércoles:
Mi querido Alejandro,
Sabía de tus penas y te he acompañado siempre mentalmente.
Procuraré ir a tu casa en cuanto me sea posible.
Quedo tu buen amigo siempre,
R. Darío57

Como podemos deducir fácilmente, tal promesa de visita tampoco se realiza,

puesto que ya apuntábamos que la siguiente toma de contacto personal de Darío con los

Sawa se realiza para escribir un prólogo póstumo a Iluminaciones en la sombra. Sin

embargo, a partir de este momento surgen muchos interrogantes. En primer lugar, Phillips

reproduce esta contestación de Darío que, hasta el momento, había permanecido inédita;

y afirma que lleva membrete del Hotel Grand París de Madrid. Dicho hotel se encontraba

en la Puerta del Sol58. Es cierto que Darío tenía residencia en Madrid (en la calle Serrano,

número 27 y Claudio Coello, 60, más tarde59). Dicho hotel estaba más cerca que su propia

casa del domicilio de los Sawa. Es decir, en el momento que se acerca a la zona del centro

(vivía en el Barrio de Salamanca, que en esos tiempos era el ensanche), ¿por qué nunca

va a visitar a su amigo ciego y enfermo? Es decir, a pesar de los viajes del nicaragüense,

en aquel momento residía en Madrid; por el simple hecho de estar en la misma ciudad ya

57
Esta carta no figura en el Archivo Rubén Darío. Está recogida en Phillips, 1976: 109.
58
Ver Anexo IV, imagen 3.
59
El hecho de que Alejandro Sawa siempre escriba a Rubén Darío a su domicilio de la Calle Serrano y, sin
embargo, Valle-Inclán vaya a buscarlo a Claudio Coello cuando Sawa ha fallecido, se debe al traslado que
tuvo que hacer Darío debido al impago de los alquileres en el domicilio anterior. El nuevo contrato se puso
a nombre de Francisca Sánchez (Anónimo, 1967: 22).

148
es extraño que no visitase a su amigo, y más aún, después de conocer que Darío visita el

centro de la ciudad.

Sin embargo, Sawa insiste. Esta vez lo hace con una carta muy extensa y bastante

dura en lo que a su contenido se refiere. Desde el principio no se llama a engaño: en vista

de la ausencia de contestación (o de respuestas dilatorias), apunta que no tiene ninguna

esperanza en que surta efecto su llamada, recalca que se siente abandonado de sus amigos,

es consciente de que su muerte se aproxima, sabe de su valía como literato, pero también

que los periódicos y las editoriales le han dado la espalda. Va a decir que muere

“asesinado un poco por todo el mundo” (¿incluye a Darío como culpable?). Pero, lo más

destacable de la carta que sigue es el reproche. El sevillano se ve en la obligación de

hacerle un pequeño recordatorio al nicaragüense, y lo hace a modo de metáfora: si bien

Darío era en ese momento un dios en las letras, Sawa había sido su profeta. Claramente,

es una reminiscencia de los años en París, cuando Sawa introdujo a Darío en los círculos

literarios parisinos, cuando convivieron en el Barrio Latino, cuando le presentó a

Verlaine, etc. Parecería razonable que, si en algún momento se ha hecho un favor, en los

tiempos difíciles, deba ser devuelto:

Madrid, mayo 31 de 1908.


Mi gran Rubén: Hubiera dado una pinta de sangre porque vinieras.
Siempre en desacuerdo mi voluntad y mi destino, no has venido aún. Y
casi desesperado ya, acudo a escribirte, aunque con la vacilación de un
hombre que no está muy seguro, de su lenguaje porque teme que los
signos de su escritura no tengan mayor eficacia que las gesticulaciones
de una conversación por señas.
Pero, en fin, esto es hecho, y allí voy idealmente hacia ti con los
hombros derrengados por el madero y mi boca llena de confesiones.
Tú no sabes de esta postrera estación de mi vida mortal, sino que me he
quedado ciego. Parece que esto es ya bastante pero no lo es, porque
además de ciego, estoy, va ya para dos años, tan enfermo, que la frase

149
trapense de nuestro gran Villiers, “mi cuerpo está maduro ya para la
tumba”, es una de las más frecuentes letanías en que se diluye mi alma.
Pues bien: tal como estoy, tal como soy, vivo en pleno Madrid más
desamparado aún, menos socorrido que si yo hubiera plantado mi tienda
en mitad de los matorrales sin flor y sin fruto, a gran distancia de toda
carretera. Creyendo en mi prestigio literario he llamado a las puertas de
los periódicos y de las cavernas editoriales y no me han respondido;
crédulo de mis condiciones sociales – yo no soy un ogro ni una fiera de
los bosques- he llamado a la amistad insistentemente y esta no me ha
respondido tampoco. ¿Es que un hombre como yo puede morir así,
sombríamente, un poco más asesinado por todo el mundo y sin que su
muerte como su vida hayan tenido mayor trascendencia que la de una
mera anécdota de soledad y rebeldía en la sociedad de su tiempo?
Ven tú y levántame, tú que vales más que todos. Yo soy algo tuyo
también, yo estoy formado, quizá de la misma carne espiritual tuya, y
no olvides que si en las letras españolas tú eres como un dios, yo he
tenido la suerte de ser tu victorioso profeta.
Un fraternal abrazo,
Alejandro Sawa60

Como vemos al comienzo de la carta, data de finales de mayo, siendo que durante

la primera quincena de junio ocurre un acontecimiento de suma importancia que ya hemos

anticipado: Darío es nombrado embajador de Nicaragua en la Corte en Madrid y el 2 de

junio presenta sus credenciales ante el rey, Alfonso XIII. Parece ser que el trabajo lo

desborda y dedicar tiempo a la política y a los asuntos diplomáticos lo distraen de otras

tareas. Como dice Dictino Álvarez: “Pero es explicable también la impaciencia de un

hombre cuyas calamidades no admitían ni espera ni demora. Por eso, Sawa, veintiséis

días después repite su angustiosa llamada” (1963: 65-66). Esta vez, vuelve a recurrir a un

60
Esta carta no se encuentra en el Archivo Rubén Darío, sino en la Biblioteca Digital de Chile en la
colección “Archivo del escritor Rubén Darío” ([Link]
[Link]) y la copia también Álvarez, 1963: 65-66. Dictino Álvarez dice: “Única carta citada
por Ghiraldo y que incluimos aquí por su perfecta coherencia temática” (1963: 65). Esto no es cierto del
todo, pues Ghiraldo tenía otra carta, que es la que hemos rescatado. Se trata de la primera de todas, que da
sentido al epistolario, como veremos en las siguientes páginas.

150
texto bastante largo. En este caso le comenta sus propósitos, dado que tenía pensado

hacerlo en persona, pero dado que no se produce el encuentro, decide explicárselo por

carta: ha concluido sus Iluminaciones en la sombra, pero no dispone de suficiente capital

para poder publicarlo. Necesita “con la cooperación de algunos amigos.” A pesar de que

en la carta solo aparece “Hoy 26”, se sabe que es de junio, por aquello que ya se dijo

sobre la costumbre dariana de apuntar la fecha de contestación: “C-29-6-908”:

Hoy 26
Mi querido Rubén: yo deseaba ardientemente tu visita, para darte un
abrazo, en primer término y para hablar después largamente contigo de
muchas cosas nobles y de otras referentes a la realidad inmediata: no ha
podido ser y he de resignarme a escribirte apuntando uno de los más
apremiantes temas de nuestra fracasada conferencia. Yo tengo
concluido y en disposición de mandarlo a la imprenta un libro de crítica
y de intimidades con el título de “Iluminaciones en la sombra”: me he
dirigido para su publicación a las principales casas editoriales de
Madrid y Barcelona con resultado si no negativo, dudoso a lo sumo.
Eso me ha determinado a publicar el libro por mi cuenta, ayudado con
la cooperación de algunos amigos. Sin esa ayuda material yo no podría
hacer nada. ¿He sido un loco pensando en ti, mí fraternal Rubén, para
salir de este estrecho y volver de nuevo y ya para siempre al ancho mar
sin límites ni horizontes?
Tuyo con efusión
Alejandro Sawa H/C Conde Duque 3 prin61

La respuesta es positiva, pero en ella no se halla la intención de una acción

inminente:

Serrano, 27.
Madrid, 29 de Junio 1908.
Particular.

61
Doc. 2014. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 67.

151
Sr. Don Alejandro Sawa
Mi querido Alejandro:
Como supongo que tu libro se publicará en el otoño, cuando yo vuelva
à Madrid entonces, tendré mucho gusto en contribuir, junto con los
demás amigos, a la edición de tu libro.
Te saluda afectuosamente
Rubén Darío62

Se trata de una carta muy impersonal porque está mecanografiada en vez de escrita

a mano (si bien la firma sí es del puño y letra de Darío). Sin embargo, todo eso sería

aceptable para Sawa, de no ser por su evasión: a pesar del hincapié que hace el sevillano

sobre la conclusión de su libro, que ya estaba en disposición de mandarse a la imprenta,

el nicaragüense promete su contribución, que nunca llegó, para el otoño. Ante tal

respuesta, Sawa no queda satisfecho. Contesta al día siguiente, prueba de que mediaba un

mensajero, de lo contrario sería imposible esta premura:

Hoy, 30 de Junio.
Mi querido Rubén: En mi carta te decía que tengo el libro en disposición
de mandarlo inmediatamente a la imprenta; tengo ansia de verlo
publicado y además yo no creo en la absurda especie de que en verano
se lea menos que en las demás estaciones del año; creo por el contrario
que se lee más. “Iluminaciones en la sombra” se hará casi con seguridad
en la imprenta de los hijos de Márquez, calle de la Madera. Constituirá
un grueso volumen de más de 300 páginas y un presupuesto, para una
edición de 2000 ejemplares, es de unas mil pesetas aproximadamente.
Puedo contar con 600: ¿quieres tú darme las 400 que me restan para
completar el total? Esa buena obra tuya valdría más que la mía y eso
que en ella tengo fundadas tantas esperanzas.
Te saluda afectuosamente,
Alejandro Sawa

62
Doc. 153. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 67.

152
Conde Duque 3 prin63.

Esta misiva tiene una importancia crucial. Si nos fijamos en los detalles, se

aprecian muchos matices que justifican lo contrariado que Sawa estaba, y anuncian qué

va a suceder en adelante. En primer lugar, hace referencia a la carta anterior: “En mi carta

te decía que tengo el libro en disposición de mandarlo inmediatamente a la imprenta”, de

modo que esto ya demuestra que no acepta la contribución en otoño (pero eso ya era de

suponer en el momento que le comentó que estaba terminado). Por otro lado, se anticipa

a una posible excusa de Darío: que lo deje para el otoño porque en verano se lee menos.

Esa puerta se la cierra. Pero lo más notorio es que da datos hasta ahora desconocidos: le

comenta en qué editorial se va a hacer y, por primera vez, habla de dinero. Le pide

cuatrocientas pesetas. Exclusivamente lo que le falta para sacar dos mil ejemplares.

Alejandro Sawa tiene una ilusión enorme por ver su libro en el mercado, es lo único que

le daría algo de luz al calvario por el que atraviesa. Llega hasta tal punto su rito de auxilio

que le dice a Darío: “Esa buena obra tuya valdría más que la mía y eso que en ella tengo

fundadas tantas esperanzas.” Es decir, cuatrocientas pesetas, en ese momento, le valen

más que un trabajo de más de trescientas páginas, pues sin el dinero, estas no pueden tener

futuro.

La crítica ha sostenido que es en este momento cuando Sawa, ante la

desesperación y la falta de respuesta, pierde el tono cordial y envía la carta con la que

comenzaba este apartado. Pues bien, nosotros diferimos en cierto modo. Es cierto que la

siguiente carta que se conserva en el epistolario, y de la que se tiene constancia, es la del

14 de julio de 1908, en la que Sawa reclamaba el pago de una deuda de tres años atrás.

63
Doc. 2015. Archivo Rubén Darío y también en Álvarez, 1963: 68. Aparece “Conforme” en el margen
superior izquierdo, de modo que Darío contestó, si bien no se sabe en qué términos. Sin duda, no gustaron
a Sawa, pues, a partir de aquí, se pierde el tono cordial.

153
Tan solo recurre a esta medida como última opción: pidió a Darío que fuese a visitarlo,

le pidió que le ayudase, le solicitó tan solo el dinero que precisaba para una publicación…

Todas las respuestas son negativas, dilatorias o inexistentes. Entonces, el bohemio se

retrotrae a una deuda del pasado. E, incluso, es posible que no la hubiese reclamado si

Darío le hubiese ayudado a publicar Iluminaciones en la sombra. Nunca antes le había

mencionado que le debía un pago; sin embargo, sí hablaron de trabajos en la primavera

de 1905. Reclamar la deuda a estas alturas es un arrebato de desesperación, la única

posibilidad que le queda. Primero optó por una especie de favor recíproco, esperando que

Darío acudiese en su llamada puesto que él había hecho un favor a Darío. Aun así, el

cambio de registro es muy brusco y la última carta contiene demasiados detalles: los

artículos aparecen con fecha, le amenaza con llevarlo ante los tribunales, le advierte de

que en el porvenir será como si no hubiese existido… Y lo más llamativo de todo:

comienza la carta con un interrogante: “¿Me impulsas a la violencia?” Todo parece

apuntar que Darío ha actuado de algún modo entremedias; algo debía haber dicho, o

hecho, que a Sawa le hizo enfurecer y pensar que se estaba riendo de él. Dos semanas son

las que pasan desde la petición cordial de las cuatrocientas pesetas hasta este cambio de

“amigo herido” a “acreedor que presenta la cuenta de su trabajo”. Hasta ahora, no se

habían mencionado los artículos de La Nación cuando, quizás, hubiese sido lógico que

Sawa se lo recordase a Darío en primer lugar y, después, en caso de que tampoco

accediese a darle el dinero como deudor y no como amigo, haber adoptado el tono

violento y distante, aportando la lista detallada. Efectivamente, pretendemos demostrar

que falta una carta64. Carta que, seguramente, fue destruida, olvidada o perdida en algún

lugar, pero, sin duda, fue leída y desencadenó una respuesta que se materializó en un

hecho que llevó a Sawa a desesperar y a redactar la misiva del 14 de julio.

64
Sin perder de vista que se trata tan solo de una hipótesis, ya que no existe el documento propiamente
dicho para comprobarlo.

154
Ahora bien, mientras la posible carta perdida es una suposición que aportaría

lógica a la relación epistolar, la primera verdadera carta relativa a este asunto es la que

hemos encontrado en la Biblioteca Nacional de Chile. Vamos a comenzar haciendo su

transcripción para después comentar su interesante contenido:

Hoy viernes,
Mi querido Rubén.
Te ruego que me contestes enseguida, para que yo formalice o deje de
hacerlo, un contrato que tengo pendiente y que me obligará
temporalmente a fijar mi domicilio fuera de Madrid.
Yo no tengo inconveniente en escribir, con regularidad matemática,
cuatro correspondencias mensuales para América, bien nutridas y de
estilo, como es consiguiente a un escritor condiciones que se consagra
a ello, siempre que regularicemos nuestras sendas posiciones y que yo
no sea a tú respecto “el señor que pide dinero” y que tú no me inflijas
la humillación de entregarme lo que a bien tienes, por medio de
Francisca. Son estas cosas, rigurosamente bi-laterales y la intervención
en ellas de una tercera persona, quien quiera que sea, puede resultar
inoportuna, cuando no enojosa.
Así pues, yo te ruego que si quieres continuar dispensándome el honor
de que te ayude, me señales una asignación fija que me permita
consagrar dos o tres días de la semana a esos menesteres; que yo por mi
parte te juro, que no te faltará nunca mi correspondencia el día exacto,
que me prefijes y que trataré siempre en de ascender hasta las alturas de
tu gloria. ¿Quieres?
He comprado un ejemplar de “Los raros” y he tenido -ya lo
comprenderás- una verdadera pena al ver que en esta 2ª edición ha
suprimido mi nombre en la semblanza de Armas. ¿Qué mal viento te
indujo a tomarte esa molestia y a cometer esa injusticia conmigo? No
me lo explico.
Yo sigo como siempre.
Si tú no me respondes enseguida me voy a Cartagena y de allí al
infierno.
Tuyo

155
Alejandro Sawa65

El descubrimiento de esta carta es de suma importancia porque el asunto de la

deuda pasa de convertirse en un hecho probado a través del análisis de los artículos a un

hecho demostrado en el que medió una relación contractual. Es cierto que no tenemos la

contestación de Darío a esta carta, pero sí vemos la “C” de contestación apuntada como

en el resto de las epístolas, por lo que podemos asegurar que dio a Sawa una respuesta.

Esa respuesta fue positiva, pues Sawa no se fue a Cartagena y escribió artículos entre abril

y agosto de 1905, los cuales estaban perfectamente tasados a cien pesetas cada uno, según

la carta del 14 de julio de 1908 en la que Sawa reclamaba la deuda. Esto nos lleva a pensar

que en la formalización de dicha relación contractual, Darío estipuló una cantidad por

cada artículo y de ahí que Sawa pudiera reclamar una cantidad concreta.

También descubrimos, gracias a esta epístola que el perjuicio que hizo Darío al

no pagar lo acordado es mayor de lo que se pensaba, dado que, si Sawa hubiera aceptado

el trabajo de Cartagena, es posible que hubiera ganado dinero para publicar Iluminaciones

en la sombra en vida, si bien no conocemos en qué consistía ese trabajo ni el alcance

económico que hubiera podido llegar a tener.

Otro gran descubrimiento que nos aportan estas palabras es que Sawa ya había

escrito más cosas para Darío y no solo las crónicas que reclama. Esos artículos son los

que cita porque son los acordados bajo ciertas condiciones, pero anteriormente hubo más.

De no ser así, Sawa no diría “si quieres continuar dispensándome el honor de que te

ayude”. De aquí deducimos que ya le había ayudado en otras ocasiones y que por ello

65
Ver Anexo I, imagen 3. Biblioteca Digital de Chile en la colección “Archivo del escritor Rubén Darío”
([Link]

156
recibía una cantidad no estipulada que, cuando la reclamaba, parecía que solo quería

dinero, de ahí que le diga a Darío que le deje de llamar “el señor que pide dinero”.

Esto último parece ofenderle bastante, al igual que la costumbre dariana de

interponer a terceras personas. Se desprende de las palabras de Sawa que algún pago

anterior se lo había hecho efectivo Francisca, es decir, Francisca Sánchez (1879-1963),

la mujer con la que tuvo un largo romance el poeta nicaragüense. Para Alejandro Sawa,

cobrar dinero por persona interpuesta era una humillación, más aún cuando,

posiblemente, solo Darío y él conocían la autoría de los escritos, de tal modo que, el pago,

más que una remuneración, parecería una limosna a ojos extraños.

En cuanto a las fechas, más arriba decíamos que la carta data de 1905 y no de

1900, pero también podemos concretar que es anterior a abril de 1905 porque en ese mes

se publica la primera crónica fruto de este pacto. Además, podemos afirmar que el lunes

era uno de los días acordados para la entrega. Ahora no hay ninguna duda de que los

trabajos que Sawa tenía que entregar a Darío y no pudo por encontrarse enfermo en la

carta de junio de 1905 son unos artículos para Buenos Aires, pero, además, podemos

establecer que, si el domingo estaba malo y Sawa retrasó la entrega al martes, era el lunes

el día acordado para que Sawa diese a Darío uno o varios artículos que aparecerían con

la firma del nicaragüense.

La última aportación de esta carta es el disgusto que le causó a Sawa que Rubén

Darío lo borrase de Los raros al sacar la segunda edición. Efectivamente, si comparamos

la primera edición de 1896 con la segunda, de 1905, vemos que Darío suprimió un párrafo

en el que mencionaba a Sawa:

Por lo que toca a su hora última, estoy seguro de que no habrán faltado
a estrechar su mano honrada y débil los que fueron sus amigos en vida

157
y hermanos de armas en la brega parisiense. Alejandro Sawa, el
brillante Enrique Gómez Carrillo, Tible, Ferrer, su editor, y quizás la
alta figura de Charles Morice o el caballeroso y querido maestro Jean
Moréas (Darío, 1896: 144)66.

Al final, podemos afirmar que Alejandro Sawa está disgustado con Darío desde el

principio y no solo en la carta final. Se sentía humillado porque trabajaba para él y, a la

hora de cobrar, Darío interponía a terceras personas, por lo que parecía un pedigüeño;

además, se siente ofendido porque su amigo le ha borrado en la semblanza de Augusto de

Armas (1869-1893), poeta cubano afincado en París, donde trabajó como periodista y

amigo de Sawa cuando este estaba en la capital francesa. Sin embargo, el sevillano

necesitaba dinero y su decepción en estos momentos no tiene mayores consecuencias,

más allá de terminar la carta con que va a irse al infierno.

Respecto a la posible simbología que hay detrás de las cartas, es sumamente difícil

de determinar la certeza de la misma. Sospechamos que Sawa introduce algunas

expresiones adrede, mientras que para Darío no tiene ninguna importancia el doble

significado, pues mientras para este, como vimos, la masonería era parte de su vida por

conveniencia, Sawa creía realmente en los ideales.

Al igual que la obra de un masón no tiene por qué ser masónica, su

correspondencia o su comportamiento en la vida diaria tampoco va a estar marcada por

constantes referencias a ello, pero sí algunas. Obviamente, las misivas intercambiadas

entre Sawa y Darío son de amigo a amigo y de acreedor a deudor, no de masón a masón.

Sin embargo, se emplean algunos términos y expresiones que ambos parecen conocer.

66
Ver anexo IV, imagen 4.

158
A pesar de que Darío tuvo contacto con la masonería desde su adolescencia, según

él narraba en su Autobiografía, y a pesar de las posibilidades de una iniciación prematura

llevada en la clandestinidad por intereses personales, lo cierto es que la fecha oficial de

ingreso es en enero de 1908. De ese mismo año es la carta en la que admitía su falta de

interés por el mandil y la casulla y donde emplea la palabra “fraternal” y dice que ha de

llamar a su amigo “hermano”. Esto es así porque los masones entre ellos, como ya hemos

comentado, se llaman hermanos. De hecho, es habitual que en sus escritos se despidan

con “un fraternal abrazo” o palabras semejantes67.

Si estamos en lo cierto y la iniciación oficial de Sawa fue en 1888 y la de Darío

en 1908, es lógico que Alejandro se despida de Rubén en 1905 con “un gran abrazo de

amistad” y en 1908 lo haga con “un fraternal abrazo” o “fraternalmente tuyo”, además de

dirigirse a él como “mi fraternal Rubén” o decirle que sus manos le son “siempre

fraternales”. Al margen de que la relación acabase en enemistad y opten, como muestra

del enfado, despidiéndose con un frío “te saluda afectuosamente”.

Otro término para tener en cuenta es el de la sangre, pues recordemos que Sawa

le dice a Darío “hubiera dado una pinta de sangre porque vinieras”. Puede que se trate de

una simple coincidencia, pero lo cierto es que la sangre juega un papel fundamental en la

masonería y en los ritos iniciáticos, donde el candidato se compromete a dar su sangre

por sus hermanos y por la humanidad68.

Algo similar ocurre con los deseos que Sawa le manifiesta a Darío sobre volver al

“ancho mar sin límites ni horizontes”. Puede tratarse de un simple modo de hablar o puede

67
Ver Anexo III, imagen 2.
68
En la prueba inicial se pregunta al candidato “¿Te hallas dispuesto a sacrificar hasta tu vida en aras del
progreso humano?” (Menué, 2007: 35). Se denomina sangría a la “prueba que enseña al recipiendario que
debe unirse a sus hermanos y verter su sangre por ellos” (Pérez y Delgado, 1899: 80).

159
referirse a la masonería, que apuesta por la humanidad sin fronteras y sin límites. El mar,

además, es azul, el color masón por excelencia y representa la inmensidad, al igual que el

cielo. Significa igualmente la sabiduría. Además, Sawa quiere volver a ese mar, por lo

que nos da que pensar que había abandonado algo, cosa que encajaría con nuestra

hipótesis de que renegó de la masonería en sus últimos días y, en general, de todo su

pensamiento y de sus contemporáneos. Sin olvidarnos de que el dinero que pide a Darío

es para publicar Iluminaciones en la sombra que, como veremos, es su obra más personal,

llena de reflexiones, de metáforas y de alabanzas hacia el liberalismo y creemos que hacia

la masonería. De ahí que su publicación podría servirle para volver a esos círculos que

había abandonado.

Sin embargo, lo recogido en este apartado no es del todo contundente y no

podemos demostrar que todo lo citado vaya con segundas intenciones, con simbología y

que signifique exactamente lo que nosotros pensamos. Por ello, dejaremos esto como una

mera suposición con altas probabilidades de ser cierta, dado el contexto en el que se

inserta y el resto de elementos por los que está rodeada. De lo que no existen dudas es de

que el prólogo a dicha obra sí es toda una declaración de intenciones y una confesión.

160
[Link]. Prudencio Iglesias Hermida: evidencias inéditas en la

deuda Darío-Sawa. Sus posteriores relaciones con la

masonería

Para analizar lo que pudo ocurrir durante esas dos semanas, nos hemos de remitir

a un artículo periodístico. Se trata de un testimonio muy valioso y que aporta muchos

datos susceptibles de ser cotejados con los dados por Sawa en la epístola. Prudencio

Iglesias Hermida, periodista, novelista y cronista, visitó, no en pocas ocasiones, a Sawa

durante su enfermedad. Les unía una gran amistad (que a veces va a jugar en su contra,

pues le lleva a redactar en un tono tremendamente subjetivo) y a él se deben muchos datos

sobre la etapa final del bohemio. Sin embargo, esta historia que sigue decide sacarla a la

luz tres años después del fallecimiento de Alejandro, a sabiendas de que Darío es ya lo

suficientemente conocido y goza de un estatus que, pese a tamaña fechoría, no le

repercutirá, a la vez que se hace algo de justicia con Sawa. La Palabra Libre publicaba el

10 de marzo de 1912 un largo artículo69 en portada firmado por Prudencio Iglesias, que

ocupaba la primera página y parte de la siguiente. Se dividía en dos apartados: uno se lo

dedicaba a Rubén Darío en sí mismo, y en el otro sacaba a la luz lo que sigue:

No puedo resistir a la tentación. Os voy a contar un cuento, una


anécdota contra Rubén Darío No haría esto si se tratara de un
desgraciado a quien el cuento pudiera perjudicar. Pero se trata de
Rubén, cuyo talento, o cuyo genio mejor dicho, admiro, y a quien
considero que la anécdota no alcanza a dañar.
Este es el caso. En uno de los días últimos más tristes y más negros de
Alejandro Sawa, llegué yo a casa del bohemio genial. D. Alejandro
gritaba destempladamente contra un dibujante, tartamudo y medio

69
Tan solo hemos visto este artículo citado una vez en Phillips, 1976: 107, pero jamás ha sido analizado.

161
imbécil, que lo servía de secretario. La esposa del gran artista asistía a
la “rociada” sonriendo con su rostro bello de Santa Genoveva.
—¡Hombre Iglesias!; me alego que llegue usted, Juana, verás cómo
Iglesias lo encuentra.
—Sí señor; yo encontraré lo que usted mande. ¿De qué se tata, D.
Alejandro?
—De saber dónde veranea Rubén Darío. Este hombre tartamudo no es
capaz de averiguarlo.
Calle Serrano, en el número 47, me parece, estaba la Embajada de
Guatemala. Rubén era ministro de esa República en Madrid.
—Portero, ¿dónde veranea el Sr. Rubén Darío?
—En Asturias. San Esteban de Arenas— esto o cosa muy parecida
contestó el portero. Y lo contestó con rapidez; lo cual demuestra que el
“secretario-tartaja” era un estúpido.
Volví a la casa de Sawa. Aquel hombre, ciego y terrible, estaba
acabando de dictar a su mujer una carta tremenda contra el gran poeta
americano.
—Mándame cincuenta duros. Estoy hambriento—terminaba la carta—
. Las numerosas correspondencias que yo escribí y tú firmaste para “La
Nación”, de Buenos Aires, te valieron a ti más de cinco mil pesetas. Y
todavía no he recibido de ti, por aquel trabajo, más que cinco duros.
Eres un miserable.
Aquel párrafo me dejó espantado. Sawa comprendiéndolo así, me dijo:
—No le asombre a usted. Ese hombre admirable, que es autor de “La
marcha triunfal”, le ha robado a Mallarmé su célebre poesía “La
princesa está triste”. La mitad de su libro “Los raros” es de Bloy y de
Le Cardonel, actual obispo de Auctum. Las correspondencias que
mandaba como corresponsal a “La Nación”, de Buenos Aires, son mías,
como se puede ver. Juana, dáselas a Iglesias que las lea.
Juana no me las dio y yo no las leí.
Pero, ¡en fin! No me negarán ustedes que la anécdota tiene mucha
gracia… para Rubén (Iglesias Hermida, 1912: 1-2).

Prudencio Iglesias da demasiados datos en este testimonio. Además, la mayoría

de ellos hacen referencia a cantidades de las que no hay constancia en la carta del 14 de

162
julio. Como ya vimos, de dicha carta existían dos ejemplares con idéntico texto (una en

el Archivo Darío y otra en el Sawa, con faltas de ortografía) y en ningún caso se le

recuerda a Darío lo que había cobrado por esos artículos. Iglesias especifica que cinco

mil pesetas: una importante suma de dinero en aquella época. Es más, apunta que Sawa

pide al hispanoamericano cincuenta duros porque está hambriento, siendo que en la otra

carta le pide lo que le corresponde por cada uno de los artículos que le escribió: un total

de seiscientas pesetas, que se quedan en quinientas veinticinco porque ya le ha dado

setenta y cinco. Aquí está la prueba más contundente: en el testimonio de Iglesias se

apunta que Sawa dijo “Y todavía no he recibido de ti, por aquel trabajo, más que cinco

duros”. Eso hacen veinticinco pesetas. En la carta del 14 de julio está escrito “No me has

pagado por esos trabajos, como recordarás, sino setenta y cinco pesetas en dos veces”.

Parece que primero le había pedido cincuenta duros y se había limitado a llamarle

miserable, sin ningún tipo de amenaza, enfadado, pero manteniendo la disputa en la

intimidad. Si hasta el momento Darío solo le había pagado veinticinco pesetas y después

se confirma un pago de setenta y cinco en dos veces, es evidente que Darío le mandó

cincuenta pesetas al recibir esa supuesta carta en la que le decía Sawa el dinero que había

ganado y le reclamaba cincuenta duros. Entre doscientas cincuenta pesetas (cincuenta

duros) y cincuenta hay una diferencia enorme; no es de extrañar que Sawa enfureciese

aún más, pensando que se estaba burlando de él. Y teniendo en cuenta que habían pactado

un precio. Es entonces cuando detalla artículo por artículo con sus fechas de publicación,

cuando entra a valorar el pago que merece por cada uno y cuando descuenta esas “setenta

y cinco pesetas en dos veces” (las veinticinco que había cobrado más las cincuenta que le

mandó Darío tras el posible reclamo). Tras sentirse burlado, llega la amenaza de llevar el

asunto ante los tribunales y es cuando le dice que será como si no hubiese existido para

él y cosas semejantes. Es mucho más lógico ahora porque, en primer lugar, los datos

163
encajan en cuanto a cantidades; y, por otro lado, es más comprensible la actitud de Sawa,

que va endureciéndose progresivamente. Sin embargo, hemos de dejarlo aquí de

momento, como una mera suposición, bastante lógica, pero de tintes difusos que debemos

matizar más adelante.

De igual modo, a pesar de ser la anterior la principal deducción que podemos hacer

acerca del testimonio de Prudencio Iglesias, hay muchos otros datos y acontecimientos

que analizar para engranar bien la historia. El hecho de que Iglesias haga referencia a un

dibujante tartamudo, nos lleva a identificarlo con José María Gascón, quien ya vimos que

le hacía a Sawa las veces de secretario, y podría ser que fuese la persona de confianza que

lleva las misivas de un domicilio a otro, a quien tiene que dar respuestas verbales Darío

cuando Sawa le dice que le haga llegar la repuesta a través de la persona de confianza que

envía, y el responsable de que no medie el correo ordinario y, a veces, tan solo pasen

horas entre carta y contestación.

Por otro lado, no se pueden obviar un par de errores que Iglesias comete en su

“cuento”. El primero de ellos es que Rubén era ministro de la embajada de Nicaragua (de

donde era originario), no de la de Guatemala, a pesar de que residió en dicho país por un

tiempo. El otro es que no veraneaba en San Esteban de Arenas. Al menos, ese no es el

nombre exacto. Ahora bien, a sabiendas de que no estaba seguro apunta: “esto o cosa muy

parecida contestó el portero”. El nombre real del pueblo es San Esteban de Pravia y,

concretamente, se alojaba en una zona conocida como La Arena. Se trata de una localidad

asturiana donde el nicaragüense pasaba largas temporadas. Julián Herrojo dio una

conferencia sobre los veraneos de Rubén Darío entre 1905 y 1909 en Asturias. El que

aquí nos interesa es el de 1908:

164
Durante este período de embajador en España, entre 1907 y 1909,
tuvieron lugar precisamente sus otros veraneos en Asturias. El de 1908
dividió la estancia entre Gijón y La Arena […] Por una carta sabemos
que estaba aún en Madrid el 20 de junio, dudando entre Asturias o
Galicia para su veraneo, pero el 18 de julio está ya en Gijón, donde pasó
tal vez una semana, y desde aquí escribe al ministro de Estado Manuel
Allende Salazar el día 21. […] El 25 de julio está en La Arena, donde
permaneció hasta el 4 o 5 de agosto, pues el 6 escribe desde Riberas de
Pravia. […] Una “hipótesis razonable” es que “estuvo en Gijón del 18
al 24 de julio de 1908” (Herrojo, 2012).

Es lógico que a principios de julio Alejandro Sawa estuviese interesado en dónde

iba a pasar el verano Darío. A sabiendas, y por la lógica precedente, de que se ausentaba

durante más de un mes de Madrid y él estaba interesado en mandar a la editorial

Iluminaciones en la sombra antes del verano, y no después como sugirió Darío cuando le

dijo: “Como supongo que tu libro se publicará en el otoño, cuando yo vuelva a Madrid

entonces, tendré mucho gusto en contribuir […]” La carta en la que le reclama la deuda,

pormenorizando los artículos y tasándolos, es del 14 de julio, de modo que Darío se

encontraba aún en Madrid, lo que demuestra que, perfectamente, la contestación verbal

se pudo dar al secretario de Sawa. Ahora bien, estas hipótesis sobre las fechas entre las

que Darío estuvo de veraneo admiten crítica, y no solo por lo que a la labor del

investigador se refiere, sino también porque el propio escritor es incongruente en sus

misivas de ese período. Si consultamos otras cartas enviadas por Darío, que no son las

mismas que ha consultado Julián Herrojo pero sí de los mismos días, se observa que hay

varias que datan de días de julio posteriores al 18: en unas pone “Madrid, Serrano 27” y

en otras “San Esteban de Pravia, La Arena”. El ejemplo más claro es el 21 de julio, pues

en ese día hay cartas desde Madrid y Gijón70. Cabe pensar que el papel ya lo tenía

70
Ver Anexo I, imagen 4.

165
preparado y en él siempre tenía puesto de antemano su domicilio madrileño (de hecho, en

una de las misivas lo tacha para escribir la localidad asturiana a mano). Otra hipótesis se

deriva de un detalle cuestionable: si el tono de la carta es cordial y se destina a una persona

de confianza (a quien suele tratar de amigo), el escritor no oculta que está de veraneo; por

el contrario, cuando debe escribir a alguien en tono más distante, serio o por motivos

laborales y/o políticos, mantiene la dirección madrileña. Esto lleva a pensar que no quería

que se supiese que se había ido de vacaciones.

Estas incongruencias de fechas que no deberían de tener ninguna importancia más

allá de la anécdota, para nosotros son de suma valía porque nos vienen a confirmar la

actitud interesada de Rubén Darío, quien hace las cosas en su propio beneficio. Mentir

sobre su real ubicación no es más que una fachada para que algunos no se enterasen de

que estaba de veraneo y así poder mantener una reputación de diplomático trabajador. La

actitud es la misma que tiene hacia “el mandil y la casulla”. Le interesa la apariencia y no

el contenido real de sus facetas, ya sea como masón, creyente o diplomático.

De lo que sí podemos estar seguros es de que Prudencio no miente al decir que el

portero de la embajada le informó de la localidad asturiana en la que veranearía Darío ese

año, y que la carta de Sawa llegó en mano porque el 14 de julio sí estaba Darío en Madrid.

Volviendo al testimonio de Prudencio Iglesias, como ya decíamos, no se puede

tomar dándole un valor de absoluta verdad, y no solo por los errores que ya se han

apuntado. Si bien es esclarecedor para ordenar cronológicamente los hechos o para

hacerse una idea de los últimos días del bohemio, no es objetivo. Siempre inclina la

balanza a favor de Alejandro Sawa, debido a la amistad que le unía a él. Tan impregnados

están sus textos de admiración hacia el sevillano, que exagera (y a veces distorsiona)

aquello que Sawa pudo comentar, hacer o afirmar en algún momento.

166
El ejemplo más próximo a ese artículo de La Palabra Libre del 10 de marzo de

1912, es otro, de El Duende, publicado el 14 de diciembre de 1913. Se trata de otro

artículo en el que ataca a Rubén Darío y repite, a grandes rasgos, el asunto de los artículos

escritos por Sawa y publicados en La Nación, o que le había robado a Mallarmé “La

princesa está triste”:

Rubén Darío.
Rubén es un genio, no cabe duda. El hombre que ha cincelado “La marcha
triunfal”, los “Cisnes”, “Sonatina”... es un poeta inmortal y no es menester
insistir en ello. Rubén quedará para siempre como Homero y el Dante.
Pero esto tampoco tiene importancia. Lo pintoresco do este hombre es la poca
aprensión que tiene para robarle a Jesús la túnica, por ejemplo.
Lleva a la cintura ciento sesenta y dos ganzúas, y, según a hora del día en que
se halla, tira del lado izquierdo donde se hallan las ganzúas para la prosa, o
echa mano del lado derecho de donde cuelgan las llaves para forzar el verso
ajeno.
Usa también unos abre-latas especiales, que le sirven para hacer una razzia de
ideas por terrenos que no son suyos.
Coge a Mallarmé por el pescuezo y lo hace arena: le quita “Sonatina”; es un
ejemplo. Se ciega un día y empieza a dar tajos a diestro y siniestro, y produce
ese libro extraordinario y casi único que se llama “Los raros”.
Cuando Rubén tuvo la corresponsalía de La Nación, de Buenos Aires,
Alejandro Sawa le escribía todas las crónicas. Por todo ello, Rubén le
dio un día a Alejandro cinco duros de un golpe.
Los hay que se ciegan repartiendo dinero (Iglesias Hermida, 1913).

Esto es completamente desmesurado: “Alejandro Sawa le escribía todas las

crónicas”. No se puede anular con tan sentenciosa frase el gran compendio de crónicas

que Darío escribió para dicho diario entre 1889 y 1913. Si la misma tarea que encomendó

a Sawa se la pidió a otros prometiendo dinero, no se puede saber, ni es el cometido ahora

mismo. Pero, después del rescate de la primera epístola por la que Sawa le pide que

167
formalicen el contrato, es evidente que ya hacía tiempo que Sawa escribía para Darío, por

lo que hay más escritos atribuidos al nicaragüense que son de autoría sawiana y que no se

han descubierto.

Ahora bien, Iglesias repite con exactitud la cifra de “cinco duros” en ambos

artículos, añadiendo en el segundo que se pagaron “de un golpe”. Evidentemente, nada

sabría de la carta del 14 de julio, ni Sawa le habría contado que, al final, fueron setenta y

cinco pesetas de dos veces.

La continuación del segundo artículo de Prudencio Iglesias sobre la figura de

Darío coincide casi en su totalidad con el retrato que le hace en su obra De mi museo.

Iglesias da a todos los hombres ilustres tratados en dicha obra una de cal y otra de arena:

tan pronto alaba su ingenio, como predica de ellos defectos (físicos o psíquicos). Es más,

a veces ni si quiera deja lugar para el halago, llegando a ser insultante. Aquí se expone

qué opinión le merecen tres de los autores principales de este estudio, con el fin de

demostrar el especial buen trato que da a Sawa:

Sobre Rubén Darío:

El cerebro de Darío solamente acusa, con sus flojedades, su origen


americano. Yo atribuyo únicamente a fatiga cerebral esos
descendimientos terribles del poeta y del crítico. […] El gran poeta
americano es en la calidad de sus producciones exagerado como un
loco. Sube hasta el genio o desciende hasta parecer un idiota. Estos
saltos prodigiosos de Rubén (no lo llamo así por familiaridad, sino por
eufonía), tienen su origen en razones etnológicas. La raza americana es
una raza infantil.
Rubén tiene una cara de bruto que no se la merece. Fue una propina que
le legaron al nacer. Y tiene que resignarse a pasear sobre los hombros
una cabeza que parece un puchero de arrope (Iglesias Hermida, 1909:
109 y ss).

168
Lo cierto es que esta reflexión sobre Darío no es de buen gusto y puede

considerarse hasta xenófoba. Sin embargo, consultando otras semblanzas, nos damos

cuenta de que otros españoles salen igual de perjudicados. Sobre Ramón del Valle-

Inclán71 decía:

Hay cosas que no se explican, ¿verdad? Ahí tienen ustedes a Ramón del
Valle Inclán, un espíritu de mosquetero, complicado y grande, con una
grandeza semejante a la de Benvenuto, y, sin embargo, ese espíritu se
halla encerrado en un cuerpo débil y enfermizo hasta la miseria […]
Valle Inclán es uno de los hombres más feos de Europa. Su cuerpo es
de tan miserable delgadez, que casi no es humano. En su rostro no hay
un solo rasgo noble. Valle Inclán tiene cara de pobre, pero no de esos
pobres que inspiran una conmiseración trágica. […] La cara de Valle
Inclán a mí me produce un dolor cómico: me hace reír y llorar al mismo,
tiempo, como los golpes en el codo. […] Leí una de sus obras,
Epitalamio, y no me gustó […] Mi admiración por él no es absoluta;
eso nunca. En algunas de sus obras yo aspiro un perfume de grandeza;
pero un perfume poco concentrado. […] Esta falta de cerebralidad de
Valle Inclán resta poderío a su obra. […] La obra de Valle Inclán es
enfermiza. Y esta debilidad morbosa no procede en Valle Inclán de
exceso de genio, sino de desequilibrio métrico de las facultades. Valle
Inclán es un artista exquisito que no tiene cerebro (Iglesias Hermida,
1909: 75 y ss).

Por último, es preciso leer lo que dice sobre Alejandro Sawa:

Sawa reúne en sí todas las cualidades necesarias para vencer en las


luchas de los hombres. Pero este sublevado genial, este gran rebelde,
que no plegó jamás su voluntad a leyes ni costumbres, sintió un día que
un rayo de lo alto, enviado por un Dios implacable, le hirió en los ojos.

71
Hemos cogido el ejemplo de Valle-Inclán por ser el más próximo a Sawa y Darío y por ser otro autor
importante para esta tesis.

169
Y como Alejandro Sawa, ciego, no inspira temor como antes, los que
eran sus amigos le olvidan, y sus enemigos, ya que no pueden negarle,
pretenden cobardemente borrar su nombre de la historia de la literatura
española contemporánea.
Alejandro Sawa, acosado por la vida, halla fuerza en el odio de sus
enemigos para resistir. Es fuerte y orgulloso como un rey; Alejandro
Sawa, no solamente es capaz de soportar su orgullo, frente a frente, aun
ahora, en las más tremendas circunstancias de su lucha con la
enfermedad y con la vida, sino que es también capaz de ser modesto.
Y aprended aquí vosotros, los que por mandato de vuestra religión
debierais ser humildes habitualmente: Alejandro Sawa, que no es santo
ni cristiano, sabe ser modesto cuando habla con cualquier pobre vencido
de la suerte, y sabe ser soberbio, más soberbio que un rey bárbaro,
cuando ve alzada ante sí la figura de cualquier poderoso de la tierra.
Yo quisiera que este deleznable libro mío no muriese nunca, para dejar
grabada en él la cifra de mi admiración y mi cariño hacia Alejandro
Sawa.
Yo no olvidaré nunca, por muchos que sean los años de mi vida, las
escenas de dolor que presencié en esta tragedia de la vida actual de
Alejandro Sawa.
Alejandro Sawa era un genio truncado, un genio al que le faltaba algo.
Este algo era indudablemente, equilibrio. En el cerebro de Sawa riñeron
hasta última hora batallas sin cuartel el Entendimiento y la Imaginación.
¿Y quién venció de las dos? Ninguna. En los campos de batalla, sobre
los cadáveres de los hombres revolotean los cuervos. Así hoy en el
cerebro de Sawa reina la Locura.
Para esto riñeron en aquel cerebro tan terribles batallas aquellos
poderosos enemigos, para que se alzase con el botín esa maldita madre
de los desgraciados (Iglesias Hermida, 1909: 87 y ss).

Algo positivo dice siempre de todos, pese a que en Valle-Inclán o en Rubén Darío

los defectos ganan. Con Alejandro Sawa ocurre al revés, tan solo le critica su forma de

ser: era muy exaltado y le faltaba equilibrio. Sin embargo, todo lo demás son halagos, y

no oculta que le une el cariño y la admiración. Con tan solo leer los fragmentos

170
precedentes, ya se hace evidente la falta de objetividad. Es más, en tal libro, De mi museo,

tan solo hay una fotografía: un retrato de Alejandro72. Ni Darío, ni Valle-Inclán, ni

Joaquín Costa, ni Guillermo II, ni ninguno de los demás ilustres hombres que componen

la obra goza de tal privilegio. Sin embargo, a pesar de sus exageraciones, no miente: la

tragedia se había instalado en casa de los Sawa, no era proporcionado en sus ademanes,

no era de obedecer normas ni de amoldarse, la locura se apoderó de él en sus últimos

momentos, sus amigos lo abandonaron y la literatura no le dio el sitio que le correspondía.

A pesar de ser consciente de los defectos de su amigo, Prudencio Iglesias tiene

otro texto sobre Alejando, que engorda la balanza de los defectos de este bohemio. Es

decir, aunque los halagos sean los predominantes, es consciente de sus sombras. En 1913,

ya muerto Sawa, publica La España Trágica. Desde Pedro Romero hasta Belmonte. Es

un libro taurino, poco tendría que ver con la temática que tratamos de no ser porque se lo

dedica a la memoria de Alejandro Sawa. Es una dedicatoria bastante extensa, de tres

páginas, en las que, como apuntábamos, se entremezclan las luces y sombras del escritor:

A aquel loco genial, bueno como un niño y malo como un pobre.


Espléndidamente dotado de las más altas y encontradas virtudes y
vicios; estilista más formidable que existió jamás en lengua humana; no
con el respeto inconsciente que a todos nos merece la tumba. Sino con
la veneración espantada que profesé siempre a aquel cerebro
desquiciado y genial, le dedico mi libro.
El nombre de Alejandro Sawa forma para mí una música lejana que me
da escalofríos.
Aquel ciego, mielítico y hambriento a quien escuché diariamente
durante los dos últimos años trágicos de su vida, fue el único hombre
de genio que yo he tratado. La incorrección moral, el impulso sin
reflexión, la ira, la tempestad, pero siempre el genio.
Ni Costa, ni Cajal, ni Pi… nadie.

72
Ver Anexo II, imagen 6.

171
El genio era aquello – un genio del mal a ratos– un genio roto por los
riñones, sin guía, sin voluntad, sin método. Un genio loco que al
comprenderse incapaz de disciplinarse, se desesperaba y mordía, como
un lobo rabioso, todo lo existente. Grande como Hugo. Contradictorio,
deslumbrante y peligroso como su hermano gemelo Benvenutto.
¡Aquel sí era Alejandro el Grande, tan grande, por lo menos, como el
macedonio!
Bien. ¿Y qué hizo?
Nada. Leed el epitafio formidable de Manuel Machado (Iglesias
Hermida, 1913).

Parece que, según este testimonio, Prudencio Iglesias fue a visitar muy a menudo

a Sawa durante sus dos últimos años, a diferencia de Darío, a quien suplicó tantas veces

compañía que no llegó. Por otro lado, el hecho de que reconozca que sentía veneración

por Sawa, parece sostener lo que comentaba anteriormente sobre su falta de objetividad

y exceso de exageración en sus palabras. En cualquier caso, muestra la dualidad del

bohemio al reconocer los defectos.

Por todo lo anterior, admitimos parcialmente el testimonio de Hermida, el cual

nos ha servido para la reconstrucción, pero nos acercamos a él con cautela a sabiendas de

su afán por predicar los defectos que, a su entender, tenían sus contemporáneos.

Reconocemos que ha sido fundamental para reconstruir el episodio de Sawa con Darío,

pero no dejamos de apuntar que es exagerado, no siempre verdadero y que se escribe

contra Darío. Sin embargo, el hecho de criticar también a Sawa en ciertas ocasiones le

resta algo de subjetividad.

Hasta aquí llegan los hechos que hemos conseguido reconstruir del modo más

objetivo posible. Pero, además, hemos hecho un descubrimiento de suma importancia: a

los pocos años del fallecimiento de Sawa, concretamente en 1912, y antes de publicar dos

de los textos que hemos citado de 1913, Prudencio Iglesias Hermida se inició en la

172
masonería. El Boletín del Grande Oriente Español, anunciaba el 29 de marzo a los nuevos

profanos que habían solicitado iniciación en esta sociedad. Prudencio Iglesias Hermida

lo hizo en la logia Ibérica:

—Han solicitado iniciación […]


Ibérica, núm. 7, de los VVall.-, de Madrid, los pprof.. Augusto Vivero,
de 33 años, casado, periodista; Faustino Ballvé y Pallisé, de 24 años,
soltero. Doctor en Derecho; Ramón Gimeno Sánchez, de 42 años,
casado, del comercio; Isidoro Zapata y García, de 36 años, viudo,
telegrafista; Longinos de Francisco Beato, de 36 años, casado,
empleado en Ferrocarriles; Prudencio Iglesias Hermida, de 28 años,
soltero, empleado; Francisco Bello Maestre, de 38 años, casado, del
comercio (Grande Oriente Español, 1912: 49)73.

No nos cabe ninguna duda de que se trata del cronista, pues no solo coincide el

nombre y los dos apellidos, sino que, además, tenía la edad que figura en ese año. Este es

un hallazgo de suma importancia, pues otro amigo íntimo de Alejandro Sawa vuelve a

tener contacto con la masonería. Nos hubiese gustado encontrar un apunte de este tipo

donde apareciese el nombre de Alejandro Sawa Martínez pero, como ya hemos

comentado anteriormente, la masonería no se puede sistematizar y no existe unidad de

criterios para estudiarla ni archivos ordenados donde aparezca su ideología o listas de sus

integrantes. Prueba de ello es que en este apartado hemos analizado las figuras de dos

personas cercanas a Sawa, ambos masones y ambos relacionados con la deuda. Sin

embargo, las vías por las que hemos podido estudiar la pertenencia de ambos a la

masonería han sido bien distintas y, si bien Darío es inmensamente más conocido que

Prudencio Iglesias, el nombre del nicaragüense no aparece en los diarios masones, por

eso tampoco nos debe extrañar no encontrar el nombre de Alejandro Sawa, ni su omisión

73
Ver Anexo III, imagen 3.

173
debe llevarnos a rechazar su pertenencia o vinculación con la masonería. Además, el

diario masónico que citamos, que es el que más nombres suele incluir, se fundó en julio

de 1889, que aparece su primer ejemplar, y se editó hasta 1922. Nosotros tenemos la

hipótesis de que Sawa entró en contacto directo con la masonería en el invierno de 1888,

por motivos que apuntaremos en el siguiente capítulo de esta investigación.

En este apartado, para terminar, debemos señalar que Prudencio Iglesias Hermida,

cuando habla del genio de Sawa, menciona a otras mentes ilustres que también las

considera como tal: Costa, Cajal y Pi. Se trata de Joaquín Costa, Santiago Ramón y Cajal

y Francisco Pi y Margall. Los dos últimos ya han sido mencionados y sabemos que fueron

masones. Respecto a Joaquín Costa (1846-1911), no hay unanimidad, pero podemos

aportar que existe una logia en Aragón que lleva su nombre.

174
2.3.3. Prólogo de Rubén Darío a Iluminaciones en la sombra de

Alejandro Sawa

[Link]. Intervención previa de Ramón del Valle-Inclán

El 3 de marzo de 1909, a la una menos cuarto de la madrugada fallecía Alejandro

Sawa en su domicilio de la calle Conde Duque, número 3, a punto de cumplir los cuarenta

y siete años. El motivo fue, según le habían diagnosticado, una encefalitis que la había

hecho perder la cabeza el 18 de febrero de ese mismo año (Iglesias Hermida, 1909: 91).

Amelina Correa explica detenidamente que la encefalitis, en su fase aguda, produce

delirios durante más de una semana, dolores de cabeza, confusiones, alteraciones en la

personalidad, y, finalmente, la muerte. “Y el proceso siguió su curso. Primero el hambre,

luego el insomnio, la locura y finalmente la muerte. No podría librarse Alejandro Sawa

de apurar el cáliz de la amargura hasta su último aliento” (Correa Ramón, 2008: 257). Sus

temores se hicieron reales. Si él había elegido el hambre y la muerte, el destino también

le regaló insomnio y locura.

Manuel Machado, quien había nacido en la misma calle sevillana que Alejandro

Sawa, San Pedro Mártir, le dedicó unos versos a modo de epitafio. Versos muy emotivos

que condensan a la perfección la esencia del bohemio:

Jamás hombre más nacido


para el placer, fue al dolor
más derecho.
Jamás ninguno ha caído
con fama de vencedor
más deshecho.
Y es que él se daba a perder
como muchos a ganar.
Y su vida

175
por la falta de querer
y sobra de regalar,
fue perdida.
Es el morir y olvidar
mejor que amar y vivir.
Y más mérito el dejar
que el conseguir
(Machado, 1909: 113-114)

En la más absoluta pobreza dejaba a su mujer y a su hija, quien tenía en esos

momentos solo dieciséis años. El velatorio se hizo en el propio domicilio, y al día

siguiente fue enterrado en el Cementerio de la Almudena en paupérrimas condiciones.

Pocos fueron los amigos que lo velaron y asistieron a su entierro. Fue al día siguiente, el

4 de marzo, y a él acudieron:

Ángel Salaverría, Benigno Varela (representado), Domingo Blanco,


Ernesto Bark, Ricardo Fuentes, Emilio Prieto y Villarroel, Fernando
López Martín, José Nakens, Manuel Peláez, Otelo Bark, Prudencio
Iglesias Hermida, Ramón del Valle Inclán, Roberto Castrovido,
Salvador Rueda, Víctor Germaix, Andrés González Blanco, Enrique
Guijo, Francisco Guinestal, José María Gascón, Fernández Latorre,
Joaquín Dicenta, Ginard de la Rosa, Palomo Anaya, Arizmendi,
Rigabert, Bernardo G. de Candamo, Hernández Luquero y Manuel
Iglesias (Correa Ramón, 2008: 260)74.

Entre los asistentes a su sepelio no figura Rubén Darío, pero sí Valle-Inclán y

Prudencio Iglesias Hermida, de quien ya hemos hablado, o Ernesto Bark, de quien

trataremos en breve. La situación es aún más drástica cuando se tiene conocimiento de

que Darío vivía en Madrid por aquel entonces. Valle-Inclán, sabiendo de ello y

74
Esta lista la consigue reconstruir Amelina Correa. Aunque González Martel da algunos nombres (2006:
80), Amelina Correa remite a El País, 5 de marzo de 1909, donde se recogían más nombres.

176
comprobando su ausencia, le escribe a su casa, calle Claudio Coello número 6075, después

de haberse personado en ella para anunciarle la muerte de Sawa, sin obtener respuesta:

Querido Darío:
Vengo a verle después de haber estado en casa de nuestro pobre
Alejandro Sawa. He llorado delante del muerto, por él, por mí y por
todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada; usted tampoco, pero
si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un
libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y
tribulaciones.
El fracaso de todos sus intentos para publicarlo y una carta donde le
retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en El Liberal,
le volvieron loco en los últimos días. Una locura desesperada. Quería
matarse. Tuvo el final de un rey de tragedia: loco, ciego y furioso76.

La doctora Amelina Correa cuenta que Rubén Darío “sentía hacia la muerte un

terror casi patológico” (Correa Ramón, 2008: 232), de ahí que, llegado el momento, tras

ignorar el reclamo de Valle-Inclán, envió a la viuda una nota excusándose en su pavor a

la muerte: “No voy a su casa, porque no quiero ir donde está Ella” (Correa Ramón, 2008:

259).

No se vuelve a saber nada de Rubén Darío hasta que escribe el famoso prólogo de

Iluminaciones en la sombra77. Sin embargo, antes de adentrarnos a comentar este prólogo,

que no solo es emotivo, como se ha reiterado, sino que tiene mucho trasfondo, creemos

que la carta de Valle-Inclán es de suma importancia en esta investigación por varios

motivos: en primer lugar, recrimina a Rubén Darío su ausencia en el velatorio de su amigo

Alejandro Sawa; por otro lado, hace referencia a Iluminaciones en la sombra, el libro que

75
Recuérdese que Darío se había mudado de domicilio, de Serrano 27 a Claudio Coello 60 por impago del
alquiler.
76
Ver Anexo I, imagen 5. Doc. 2036. Archivo Rubén Darío.
77
La obra lleva como reclamo el prólogo de Rubén Darío. Ver Anexo II, imagen 7.

177
Sawa tenía listo para llevar a la imprenta, pero no contaba con el dinero suficiente y por

eso acabó reclamando la deuda a Darío. Obviamente, Valle-Inclán no debía saber nada

del asunto, pues entonces no le explicaría a Darío en qué consiste el libro y, posiblemente,

tampoco le pediría que colaborasen para publicarlo. Por último, dice que Sawa, a causa

de la enfermedad, “quería matarse”. Por separado, estas palabras parecen insignificantes,

pero en su momento oportuno las pondremos en conexión con otras de Ernesto Bark.

Parece que Sawa, ante el sufrimiento que le causaban sus dolencias, contempló la

posibilidad de quitarse la vida y así se lo hizo constar a algunos amigos.

No está de más que añadamos los datos que tenemos de Valle-Inclán en relación

con la masonería. Es cierto que no hay pruebas y que su nombre está más ligado a la

teosofía78, pues le atraían las ciencias ocultas y era un asiduo a las sesiones de espiritismo.

Sin embargo, en el Archivo de la Masonería de Salamanca aparece su nombre en un

expediente que hemos consultado79 (legajo 1073, expediente 93). Data del año 1944, por

lo que Valle-Inclán llevaba ocho años fallecido. Aun así, dada la prohibición franquista,

se abrieron expedientes a sospechosos muertos años atrás. La conclusión es negativa en

el informe, es decir, se da por hecho que no era masón porque no encontraron pruebas.

Como ya hemos dicho, no aparecer en una lista no implica el descarte automático, pues

mucha documentación se destruyó y las listas que se han elaborado no están completas,

además de que el Archivo de Salamanca tiene una validez relativa. Sin embargo, esto nos

demuestra lo presente que estaba la masonería en los círculos de Alejandro Sawa y que

los datos conservados empiezan a ser numerosos a partir de los años treinta.

[Link]. Declaración de intenciones de Rubén Darío

78
“Mucho se ha escrito sobre el interés de Valle-Inclán por el ocultismo y la magia” (Villanueva, 1994:
69). Ligado a la teosofía también estaba Humberto Bark, hijo de Ernesto Bark. En el Archivo de la
Masonería de Salamanca aparece en el legajo 30, expediente 2313.
79
En dicho expediente se dice que “se remitan […] cuantos antecedentes masónicos puedan obrar en estos
archivos y hagan referencia a RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN”.

178
Iluminaciones en la sombra se publicó póstumamente, en 1910, con el prólogo

escrito por Rubén Darío. Esto es bastante difícil de entender y dudamos de que Sawa así

lo hubiese querido, pues ya hemos visto que el principal motivo del reclamo del dinero

era para hacer efectiva la publicación de la obra. La deuda nunca se saldó, por lo que

Sawa no vio su obra publicada. A pesar de que la viuda de Sawa y la crítica hayan

señalado la emotividad del escrito, consideramos que queda en duda la naturaleza de esas

palabras elegíacas, que comienzan diciendo que fue la mujer de Alejandro Sawa quien le

pidió que las escribiera:

Juana Poirier de Sawa, la viuda de Alejandro Sawa, me ha pedido un


prólogo para el libro póstumo de su marido. Lo haré con gusto en
memoria de mi vieja amistad con el gran bohemio y por complacer a la
buena, a la generosa compañera que por veinte años suavizó la vida de
aquel hombre brillante, ilusorio y desorbitado (Darío, 1977: 69).

Una vez terminado, Juana le mandó una misiva de agradecimiento:

Hoy 31 de Diciembre
Señor Don Rubén Darío
Mi buen amigo: Feliz año nuevo para V. y los suyos. ¡quién pudiera
decir otro tanto para mi!
He leído y releído el prólogo, admirable como todo lo suyo; no ya para
mi que, en Literatura, mi mentalidad podría ofuscarse sino para
multitud de amigos literatos que aun me visitan, y que coroboran (sic.)
lo dicho por mi.
Gracias, muchas gracias por ello. No podía ser menos del que fue tan
buen amigo de mi pobre muerto.
Su admiradora y amiga,
Juana Sawa
S/c Conde Duque 4 (Álvarez, 1963: 72).

179
Aparentemente, nada tendría de especial una carta de la viuda para agradecer el

trabajo. Ahora bien, si se tienen en cuenta tres aspectos, esta carta resulta de lo más

interesante. En primer lugar, teniendo en cuenta que la última correspondencia entre

Alejandro Sawa y Rubén Darío fue de lo más violenta, perdiéndose el tono cordial, las

palabras de Juana presuponen una actitud conciliadora de quien prefiere la reminiscencia

de la buena amistad que unió a ambos escritores. Por otro lado, en vez de “corroboran”,

como se puede apreciar en el original, pone “coroboran”. Recordemos que era francesa

y que tenía mala ortografía. La última apreciación es, si cabe, la más importante, y está

en relación con el domicilio: en vez de Calle Conde Duque, número 3, aparece número 4.

Esto se ha pasado por alto sin darle ninguna importancia, pero es difícil que alguien yerre

al escribir su domicilio, y más en dos ocasiones, ya que hay otra carta, en la que informa

del proceso de publicación, en la que vuelve a parecer el número 4:

Hoy, 4 de marzo de 1910.


Sr. D. Rubén Darío.
Mi buen amigo: el libro sigue su proceso interminable para mí de
composición y tirada, y lo que yo me temía, por lo que cual quería verle
a V. Los pocos recursos con los que contaba finiquitaron hoy. Pero
como V. es tan bueno, ¡bien me lo ha demostrado! Sé que ha de acudir
a darme la mano en esta desesperación en que me hallo. Debo dos meses
de casa, a tres duros, que hacen seis. Y para las demás necesidades de
la vida, en tanto me terminan el libro, ¿qué menos de veinte pesetas?
En junto, diez duros, que espero de la buena amistad de V., me lo remita
con brevedad que requiere el caso. Yo sé que esto para V. es cosa baladí,
pero para mí es tanto, ¡supone, por lo menos, un mes de vida, que a V,
solamente a V, mi buen amigo, tendré que agradecerle! ¡Y yo soy muy
agradecida!
Esperando sus buenas noticias, que no se harán esperar, ¿qué puedo
decirle? Lo vulgar, darle las gracias por mi hija y por mí, quedando de
V. su affma. y sincera admiradora,
Juana Sawa

180
S/c, Conde Duque, 4 (Álvarez, 1963: 72).

Es cierto que la numeración puede variar, de hecho, el domicilio en el que falleció

el escritor hoy se corresponde con el número 7. Sin embargo, esto nos aventura a

plantearnos la posibilidad de que, tras la muerte de Alejandro Sawa, la viuda y la hija se

trasladasen a un lugar más modesto, en la misma calle, al no poder hacer frente al pago

del alquiler dadas la penosa situación económica en la que se habían quedado.

Sin embargo, al margen de la anterior apreciación, de esta segunda carta de Juana

a Rubén Darío se extrae que no fue fácil para la viuda la espera puesto que la publicación

de Iluminaciones en la sombra se hacía de rogar. Es curioso que recurra a Darío para

pedirle algo de dinero como ayuda, hasta que comience a ver los beneficios de la venta

del ansiado libro. Teniendo en cuenta lo que la experiencia precedente, cuando Sawa

tantas veces rogó a Darío que le mandase dinero sin obtener respuesta o, en todo caso,

esta fue dilatoria, es de extrañar que Juana vuelva a probar suerte llamando a la misma

puerta y sabiendo del desenlace, pues como vimos, Prudencio Iglesias Hermida, en su

testimonio cuenta que Juana estaba presente cuando Sawa le manda a buscar a Darío.

Quizás, el prólogo es uno de los testimonios más completos que existen, pues nos

revela datos sobre la personalidad de Sawa y sobre su notoriedad en los círculos parisinos,

a la vez que le reprocha que su idealismo le llevó a no ser práctico a la hora de ganar

dinero. Además, sostenemos que está cargado de simbología y enconde la confesión de

Darío.

Lo primero que llama la atención es que Darío habla del reconocimiento que ya

tenía Sawa en París cuando él llegó, que se codeaba con importantes figuras y que su

retrato aparecía en las revistas cenaculares, dato que rescataremos en el siguiente

181
apartado. Pero, quizás lo más reseñable es que Sawa ya estaba reconocido como escritor

y tenía leyenda, si bien esta se acrecentaría más adelante:

Recorrimos juntos el “país latino”, que entonces tanto me fascinara.


Aún se soñaban sueños con fe y se decían versos de verdad. […] Sawa
andaba por el Barrio como un habitual personaje de él. Sus compañeros
eran notorios. Su aspecto de levantino aparecía en las revistas literarias
cenaculares. […] Estaba impregnado de literatura. Hablaba en libro. Era
gallardamente teatral. Poor Alex!
[…]
Ya tenía Sawa historia literaria y leyenda. Había publicado Noche,
Crimen legal y Declaración de un vencido, obras que demostraban
talento, fuerza, temperamento de artista (Darío, 1977: 69).

Valora su superioridad intelectual y su talento, pero critica que no lo supo

aprovechar porque no era nada práctico, se distraía fácilmente en lo banal y no se

amoldaba a escribir lo que se demandaba, por lo que se convirtió en un “Dandy agriado

por los vinagres emponzoñados de la pobreza, (que) se complacía en vengar con los

alfileres de su ingenio las injusticias de los malos dirigentes” (Darío, 1977: 71-72).

Sometía a feroces críticas a la sociedad, el sistema económico y la política, lo que le

costaba la reducción de sus posibilidades de publicación:

Cierto es también que sus arranques verbales contra las empresas


madrileñas no eran lo más a propósito para que se le llamase con los
brazos abiertos. Satirizaba ásperamente y no economizaba saña y
ridículo contra conspicuos mecenizantes. Es indudable que no tenía un
concepto claro de lo práctico y que juzgaba el don del ensueño, de la
meditación y de la bella escritura como lo primero sobre la tierra (Darío,
1977: 72).

182
Sin embargo, si bien todo lo anterior denota la autoridad y el reconocimiento

literario del que gozaba Sawa, existen dos aportaciones de este testimonio que me parecen

de suma importancia. La primera de ellas tiene que ver con la necesidad económica, que

Darío menciona tantas veces en un prólogo de poco más de tres páginas. Dice que Sawa

se encontró sin dinero y abandonado de todos. Prácticamente, le está reprochando que no

se preocupó de hacer dinero para tener asegurado el futuro:

Dicen que era perezoso... Yo soy testigo de que esa afirmación no es


muy exacta. En horas de apuros y de escasez, cuando en los periódicos
de Madrid no encontraban colocación sus trabajos sino muy de tarde en
tarde y por las pavorosas tarifas de que se habla, Sawa tenía que escribir
artículos para un lejano país de América.
[…]
engañado por el destino, pobre, pudiendo haber sido rico, lamentando,
ya tarde, el tiempo perdido para la dicha y para la tranquilidad de los
días postreros.
[…]
Dejó pasar el buen tiempo. Vio llegar la vejez triste y se encontró
abandonado de todo y de todos, tan solamente con dos almas dolorosas
a su lado, y enfermo y ciego y lamentable... Dicha fue que perdiese la
razón antes de que llegara la agonía (Darío, 1977: 72-73).

No vamos a negar las apreciaciones del nicaragüense, pero también es cierto que,

si se toma en cuenta el epistolario ya analizado, no en pocas ocasiones el sevillano le

pidió dinero y le suplicó que le visitase. ¿Está Darío incluyéndose a sí mismo en ese

“abandonado de todos”? Recordemos que Darío cobró cinco mil pesetas por los artículos

que Sawa escribió para él y este tan solo le reclamaba seiscientas, cien por cada artículo.

Esto no solo lleva a cuestionar las palabras de Darío reprochando que Sawa no se

preocupó de hacer dinero, cuando él es uno de sus deudores, sino también a enlazarlo

directamente con otra aportación que hace este prólogo. Darío, en relación con los

183
periódicos madrileños que dieron la espalda a Sawa, dice que escribió artículos para un

país de América. Esta afirmación tiene una naturaleza bastante dudosa porque se refiere

a un país concreto, de lo contrario, Darío hubiese hecho referencia a “diversos países”.

En el recopilatorio de artículos que hace Amelina Correa aparecen las siguientes crónicas

que podrían encajar en tal afirmación: en 1903 Sawa publicó dos artículos en El Cojo

Ilustrado de Caracas, en 1904 escribió un artículo para El Heraldo del Istmo de Panamá

y en 1908 otro para la Revista Moderna de México (Correa Ramón, 2008: 81 y ss). Como

se puede apreciar, el repertorio es escaso en lo que a los países americanos se refiere. Eso,

sin tener en cuenta los ocho artículos de la famosa deuda dariana que Sawa le reclamó

por ser él mismo el autor. Esas ocho crónicas son del mismo año (1905) y todas para La

Nación de Buenos Aires. ¿Se estará refiriendo Darío a Argentina al hablar de ese “lejano

país de América”? Podría tratarse de una confesión enmascarada, de la que Chavarría dice

que no hay “ninguna duda” (2008: XCIII).

Por otro lado, Darío destaca una faceta de Sawa: “Ceremonioso y escénico, al

punto de que su simple entrada en un café era un espectáculo. Amigo de hacer visible y

retórica su superioridad mental, con actitudes y con tropos” (Darío, 1977: 71). Esto no

solo reitera la intelectualidad de Sawa, sino que le gustaba bastante hacer de su vida social

un espectáculo. Esto es fundamental, pues explicaría el gusto de Sawa por la simbología

y los ritos masones. Ya vimos que no hay diferencias sustanciales entre la ideología

liberal, republicana y masona en estos momentos, sin embargo, los masones sí se

distinguen por tener montado un sistema basado en el esoterismo y las ceremonias. La

personalidad de Sawa, siempre dispuesto a hacer de sus apariciones públicas y de sus

tertulias un espectáculo, hace que nos encaje perfectamente su posible iniciación. Sobre

este asunto volveremos más adelante. Ahora, seguiremos analizando las palabras de

184
Darío, quien además de decir, relacionado con la ceremoniosidad, que Sawa era todo un

personaje en París, recuerda que aquella estancia se convirtió en una obsesión:

Verlaine a cada paso y ante todo; Luis le Cardonnel, Vicaire, Moréas,


Duplessis, Jean Carrére, Charles Morice, Pierre Longs y otros muchos,
toda lira y toda la Plume.
[…]
Tal le encontré en Madrid años después de nuestra temporada del Barrio
Latino. No podía ocultar la nostalgia del ambiente parisiense, y se sentía
extranjero en su propio país, desarraigado en la tierra de sus raíces
(Darío, 1977: 72 y ss).

Al igual que aparecía en las revistas cenaculares en la capital francesa, Rubén

Darío también habla de La Plume. Dicha aparición en las revistas se refiere, sin duda, a

su aparición en La Plume. Además de una revista, los escritores y otros artistas

relacionados con ella acostumbraron a reunirse en el café Le Soleil D´Or. Si bien el

desarrollo de este aspecto lo haremos al tratar de Ernesto Bark en este mismo capítulo,

aquí queremos reseñar que el hecho de que Darío lo cite junto a sonados nombres de

artistas franceses vuelve a demostrar la importancia del escritor sevillano en el tiempo

que residió en París. Del mismo modo, la cita anterior también confirma nostalgia que

Alejandro Sawa tenía por aquellos años.

Por otro lado, sostenemos que la crítica que hace Darío a Sawa sobre su falta del

sentido práctico tiene relación con la faceta dariana de adherirse a diversas ideologías u

organizaciones solo por conveniencia. Recordemos que a Darío no le interesaban ni el

mandil ni la casulla. Sin embargo, Sawa sí creía en los ideales: “Amaba el excelente

escritor la Belleza, la Nobleza, la Bondad, todas las sagradas cualidades mayúsculas. Se

asomaba a perspectivas de eternidad; mas siempre se distraía en lo momentáneo, e hizo

185
del Arte su religión y su fin” (Darío, 1977: 71). Ese idealismo es el que le llevó, como ya

veíamos, a no adaptarse a las exigencias de periódicos o editoriales, de ahí que Darío crea

que el Arte fue su fin. Respecto a la Nobleza, la Belleza o la Bondad, se nos presenta un

paralelismo con otras cualidades que veneran los masones como la Verdad, la Fortaleza,

la Libertad… Siendo que la Belleza aparece siempre. Es más, a propósito del color azul,

Darío dice: “Intransigente, prefirió muchas veces la miseria a macular su pureza estética.

Su pureza no era blanca, era azul” (1977: 72). Para comprender esto debemos recordar

que el azul no es solo el color del Arte y del modernismo, sino también de la masonería.

En el Diccionario Enciclopédico de la Masonería tiene varias acepciones, pero debemos

destacar: “El color azul alude en los símbolos del Rito de la «Estrella del Oriente» al color

cerúleo de las montañas […] Figura en los trajes y decoraciones de las ceremonias […]

Del Rito Escocés, para representar uno de los elementos de la naturaleza y uno de los

tintes primitivos del Arco Iris. Da nombre al Rito Francés o Azul por ser el que sirve para

el decorado de las Logias […] El color azul representa generalmente la sabiduría”

(Diccionario Enciclopédico de la Masonería, 1883: 81).

En relación con este significado del color azul, Darío vuelve a reprochar a Sawa

que no supo aprovechar las oportunidades: “Él no supo, embriagado de azul, escuchar las

palabras de la Ocasión ni asirla de las crines de oro. La Ocasión tiene una copiosa y

luminosa cabellera, aunque la pintan calva, solo que se presenta raras veces, y hay quienes

cometen el error de decirle que vuelva luego, como Sawa” (Darío, 1977: 71).

Posteriormente, el color azul se utiliza para poner en relación las palabras de Sawa

en Iluminaciones en la sombra con las de Victor Hugo:

Para él sí que en todo l'art c'est l'azur. Así expresará también: “...es
sabido que todas las lejanías soberanamente bellas son azules: la

186
montaña, el mar y el cielo... En mis lutos yo me plazco viviendo en lo
azul, y en él me envuelvo, y de él me lleno y me embriago, y no se me
aparece la muerte fea si el sudario que como una atmósfera invisible ha
de cubrir mi cuerpo es azul, azul como la montaña y el mar y el cielo,
azul como todas las lejanías hermosas de la vida” (Darío, 1977: 71).

Como se puede comprobar, Sawa recalca que las bellezas de la naturaleza son

azules y llega a decir que él mismo vive en lo azul y que ve la muerte como una atmósfera

azul que lo envolverá y, de algún modo, lo refundirá con la naturaleza. El azul representa

lo inmenso y por ello también se identifica con la sabiduría, porque es inmensa y eterna,

como el mar, el cielo o las montañas, las cuales si miramos de lejos también se tornan

azules.

Para representar esto, las bóvedas de todas las logias están pintadas de azul,

representando no solo el cielo y su color, sino la inmensidad y todo lo que contiene, en

especial las estrellas. Los signos del Zodiaco siempre se pintan sobre el fondo azul80. A

pesar de las variaciones y la evolución de la masonería, este aspecto se mantiene intacto:

“Todo el Or.81 debe estar pintado de azul cielo con nubes iluminadas por el sol, que se

supone está elevándose sobre el horizonte. El techo representa el cielo y se pintarán en él

las doce constelaciones del Zodiaco” (Rojas Aguilar, 1916: 6). La definición de “bóveda”

también hace referencia al azul: “La que cubre el templo; pintada de azul con estrellas

para representar la inmensidad del espacio” (Rojas Aguilar, 1916: 56).

A pesar de que todos esos símbolos son muy significativos, consideramos que es

la mención del águila la confirmación más evidente: “Recuerdo de un hombre cuyas

pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar fijamente a lo infinito. Por eso se quemó

80
Ver Anexo II, imagen 8.
81
Se refiere al Oriente.

187
las pupilas, y las mismas alas, la pobre águila” (Darío, 1977: 73). Como ya vimos en el

acercamiento a los preceptos y simbología de la masonería, los masones se identifican a

sí mismos como águilas. Si bien más adelante ahondaremos en esta simbología, sí diremos

que ese animal es el único capaz de mirar fijamente y de frente al Sol. El Sol es uno de

los elementos que se asocian con la sabiduría, pues es la luz que ilumina el conocimiento

y la verdad. La metáfora de identificar a los iniciados con el águila es igual a la que hace

Darío para referirse a Sawa y su afición por contemplar ese infinito hace que ambas

referencias sean idénticas.

El Diccionario Enciclopédico de la Masonería la define como:

Ave de rapiña a la cual por su fuerza, velocidad, tamaño y valor se


considera en primera línea entre las demás, por lo cual figura en la
historia como símbolo dé lo más poderoso y grande. Por las mismas
causas la Francmasonería la ha comprendido entre sus símbolos más
importantes. Del nombre del Águila han tomado el suyo varios de los
grados que componen los Ritos masónicos, y como símbolo general de
la Orden puede asegurarse que esta ave representa el Poder y la
Libertad. Los Caballeros de Oriente o de la Espada mezclan entre
sus liturgias un transparente en que aparece un águila saliendo de entre
nubes radiantes y llevando en el pico un lema a manera de orla que dice:
“Devuelve la libertad a los cautivos” (1883: 96)82.

Sin embargo, fiel a sus convicciones de obrar por conveniencia, Darío critica el

idealismo de Alejandro Sawa, pues considera que por ser demasiado idealista y creer de

verdad en la sabiduría, se olvidó de ser práctico y acabó sumido en la más absoluta

pobreza. De hecho, llega a decir en el prólogo que, si hubiera salvado el aspecto

82
También es muy significativa el águila de dos cabezas: “Es el distintivo de los más altos grados de la
Masonería Filosófica y Administrativa, la insignia o escudo del reino de Prusia y emblema del grado 33.°
de los Ritos Escocés y de Memfis” (Diccionario Enciclopédico de la Masonería 1883: 96). Ver Anexo II,
imagen 9.

188
económico, podría haberse dedicado a esa contemplación. Sin duda, este juicio está

relacionado con el sentido de la practicidad que Darío mostró en varias ocasiones. Por el

contrario, Alejandro Sawa creía en el ideal, aunque no le reportase ganancias:

Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito, de que era un señor de carne


y hueso, de que tenía mujer e hija, de que era preciso hacer dinero.
Aunque hubiera sido poco, pero dinero. Dinero para asegurar los días
por venir, las consideraciones que deseaba, para comer, beber y fumar
bien, con todo lo cual es indudable que se puede contemplar mejor, y
sin ningún peligro, lo infinito (Darío, 1977: 73).

La última referencia que Darío incluye y que puede estar relacionada con la

masonería hace referencia a la fraternidad: “¡Ah, creo que no le olvidaré nunca! Le oigo

aún en nuestros días y noches fraternales” (Darío, 1977: 73). Si bien los términos

referentes a la hermandad no son exclusivos de la sociedad masónica y puede que en ese

caso las “noches fraternales” se refieran a sus salidas y actividades conjuntas, pero

también es posible que vuelva a tratarse de un término de doble sentido.

En este prólogo, Rubén Darío también confiesa que ambos consumieron

sustancias nocivas. Si bien es cierto que Sawa se refugiaba en al alcohol y defendía, como

veremos, las drogas, no es cierto que Darío llegó a controlar la bebida, pues es sumamente

conocida su afición a ella, a pesar de que lo niegue:

Recorríamos el país latino, calentando las imaginaciones con excitantes


productores de paraísos y de infiernos artificiales. ¡El ángel-diablo del
alcohol! Unos cayeron víctimas de él; otros pudimos amaestrarle y
dominarle. Sawa fue de los que buscaron el refugio del “falso azul
nocturno” contra las amarguras cotidianas y las pésimas jugadas de la
maligna suerte (Darío, 1977: 70).

189
Quizás, lo más destacable es que Darío crea un juego de palabras denominando

“falso azul nocturno” al mundo de las sustancias nocivas, que suele desarrollarse en la

noche. El azul, ya sea masón o modernista, que irradia luz y representa la sabiduría se

transforma en algo falso, disfrazado por el consumo de alcohol derivado de las desgracias

de la vida.

Por otro lado, el prólogo de Iluminaciones en la sombra fue el gran reclamo

cuando el libro se publicó. Los periódicos comenzaban diciendo que había sido el

nicaragüense el autor del prólogo. De hecho, la portada del libro también lo especificaba.

Ahora bien, lo más reseñable de la noticia que vamos a reproducir son los elogios hacia

Alejandro Sawa, al que consideran el “cincelador de las letras españolas” y auguran un

gran éxito a causa de la “autoridad” del literato. Esto es una prueba más de la notoriedad

que Alejandro Sawa tenía en su tiempo, que es uno de los objetivos que persigue esta

investigación:

Con prólogo de Rubén Darío, en breve saldrá a la luz pública el libro


póstumo del cincelador de las letras españolas, Alejandro Sawa, cuyo
título es el de “Iluminaciones en la sombra”. Dada la autoridad que en
el mundo literario gozaba el autor de “La mujer de todo el mundo” y
“Crimen legal”, desde luego auguramos un éxito a la publicación del
nuevo libro (Anónimo, 1910: 4).

Si bien Darío escribió el prólogo, la publicación se pudo llevar a cabo en la

editorial Renacimiento por lo que hoy en día llamaríamos crowdfounding o, lo que es lo

mismo, las aportaciones económicas de una especie de micromecenazgo. Este se llevó a

cabo por parte de sus amigos más íntimos y como iniciativa de Valle-Inclán quien, como

ya vimos, se lo planteó a Rubén Darío en la carta que le envió el mismo día de la muerte

del sevillano. Lo cierto es que se hizo con los escasos recursos que reunieron entre los

190
amigos más allegados, recurriendo pasta blanda y una sencilla encuadernación. Dice la

doctora Amelina Correa:

Ramón del Valle-Inclán, afectado de veras porque él conocía de cerca


los lúgubres estados de la bohemia, Miguel Sawa, Prudencio Iglesias
Hermida y Fernando López Martín consiguieron a lo largo de los meses
siguientes sumar los esfuerzos suficientes para lograr ver cumplido el
último sueño de Alejandro: la edición de Iluminaciones en la sombra,
que saldría a la calle, como ya se adelantó, con un emocionado prólogo
de Rubén Darío, durante el verano de 1910 (Correa Ramón, 2008: 261).

191
192
2.4. Alejandro Sawa y Ernesto Bark: un nuevo acercamiento a sus

relaciones personales y literarias

2.4.1. “El Cenáculo”: un proyecto común de inspiración francesa

y un club literario con rito iniciático

Ya comentamos en nuestro Trabajo de Fin de Máster la idea de Alejandro Sawa y

Ernesto Bark de fundar un club literario, con el fin de mostrar la notoriedad de la que

gozaba el escritor. Ahora, creemos que debemos ahondar más en la explicación de esto,

pues no solo se trata de un grupo en el que los literatos y otros artistas debatirían sobre

los temas intelectuales del momento, sino que, además, para pertenecer a dicho grupo y

asistir a sus reuniones había que cumplir con unos requisitos y pasar por un rito iniciático

que consistía en un juramento. Este rito se asemeja mucho a la iniciación en una logia

masónica. Además, Alejandro Sawa también aporta elementos de otras reuniones a las

que asistía durante su estancia en París. Gracias al testimonio de Ernesto Bark podemos

conocer todos esos datos y algunos más, que son de suma importancia para esta

investigación.

La profesora Thion Soriano-Mollá relaciona esta idea con el Club de Medán:

“Entre 1897-1898, Ernesto Bark y Alejandro Sawa, emulando las reuniones del Club de

Medán a las que este último había asistido en París, quisieron organizar celebraciones

semejantes en Madrid” (Thion, 1998: 243 y 244). Es cierto que se hicieron muy famosas

las soirées de Èmile Zola en Medán, pero también creemos que las reuniones de La Plume

tienen una influencia directa en el proyecto que comentamos.

Respecto a Medán, Zola había comprado una casa en dicha localidad francesa, en

1878, vivienda en la que comenzó a organizar unas reuniones con Léon Hennique, Paul

193
Alexis, Marius Roux, Henry Céard, Joris-Karl Huysmans y Guy de Maupassant.

Acabaron llamándose el grupo de Medán o el club de Medán, e incluso llegaron a hacer

unos escritos conjuntos, Les soirées de Medán, que se publicaron el 17 de abril de 1880

en París. Se trata de una colección de seis cuentos de los que, a excepción de Roux, cada

uno de los integrantes es autor de uno. Sin embargo, al margen de esta publicación, lo que

queremos destacar son esas reuniones que se siguieron llevando a cabo durante años y se

conocían con el mismo nombre que la publicación. De hecho, el término “soirée”, aceptó

el significado de reunión de intelectuales en las que la velada se utiliza para la tertulia.

Además, se concibió también como un modo que tenían los escritores de ayudarse entre

sí y hacer frente a los abusos de editores (Colin, 1988: 331).

Algo similar y a mayor escala se le ocurrió a Léon Charles Deschamps (1863-

1899), que fundó La Plume, una revista literaria, publicada por primera vez el 19 de abril

de 1889, que no solo llevaba aparejada una serie de reuniones semanales que tenían lugar

en el famoso café Le Soleil d´Or de París, de la plaza Saint Michel, sino que se concibió

como una herramienta de difusión al servicio de ayuda entre los artistas en general. La

publicación consiguió mantenerse durante diez años y llegó a ser una sociedad anónima

con su propia editorial, situada en la rue Bonaparte, número 31, de París.

A estas reuniones asistían regularmente dos escritores idolatrados por Sawa: Zola,

que ya tenía experiencia por su club de Medán, y Verlaine. Ellos, junto a Victor Hugo,

que había fallecido en 1885, formaban una especie de trinidad a la que Sawa rendía culto,

como analizaremos al tratar las personalidades de las que habla en Iluminaciones en la

sombra. Es también en esta obra donde Sawa recuerda su asistencia a esas reuniones. Lo

hace al hablar de otra personalidad a la que admiraba, el escritor francés Charles Morice

(1860-1919):

194
Morice se dio a conocer, allá por los años 85 u 86, en los cenáculos
literarios del Barrio Latino. Paul Verlaine, con su diestra mano
creadora, lo consagró poeta y le dedicó un soneto que era como una
credencial de gloria. En aquellos días, el malogrado Léon Deschamps
acababa de fundar el periódico La Plume, y con él unas reuniones
semanales que tenían lugar los sábados en el subsuelo del café Le Soleil
d'or (Sawa, 1977: 170).

Además, Sawa hace hincapié en la limpieza de esas veladas en cuanto a la ética,

donde asegura que no había envidias entre los asistentes y que estos no se emborrachaban,

al contrario de lo que pudiese parecer en una primera impresión. Vuelve a mencionar el

color azul en “lo azul”, como ese cielo artístico infinito donde se encuentra la verdad y el

ideal, defendiendo que Morice también era parte de ello, y a los “hermosos días” les añade

el sol que les iluminaba en el proceso de creación artística, volviendo a intervenir la

luminosidad como parte del vocabulario sawiano para engrandecer:

Allí la embriaguez no se deformó nunca hasta la borrachera, ni se


adulteró el amor con escrituras y contratos, ni la admiración aceptó
mixturas con los ácidos de la envidia. Allí se vivía, se vivía plenamente,
en el más holgado sentido del vocablo, y allí fue donde Morice,
ciudadano de lo azul, proyectó el misterio de sus alas para volar por la
magnificencia de sus sueños.
[…]
¡Aquellos hermosos días en los que, glosando un decir famoso de
Flaubert, el sol, el mismo sol no tenía para nosotros otra razón de ser
que la de dar lugar a la producción de un buen libro! (Sawa, 1977: 170).

En el Prólogo que antes comentábamos, Darío confirmaba que cuando llegó a

París, La Plume estaba en boga y Sawa era un miembro habitual en sus eventos:

195
Recién llegado a París por la primera vez, conocí a Sawa. Ya él tenía a
todo París metido en el cerebro y en la sangre. Aún había bohemia a la
antigua. Era en el tiempo del simbolismo activo. Verlaine, claudicante,
imperaba. La Plume era el órgano de los nuevos perseguidores del ideal,
y su director, Léon Deschamps, organizaba ciertas comidas resonantes
que eran uno de los atractivos del Barrio. A esas comidas asistía Sawa,
que era amigo de Verlaine, de Moréas y de otros dioses y subdioses de
la cofradía (Darío, 1977: 69).

Por otro lado, y para conocer del alcance que esta influencia tuvo en Sawa, hemos

recurrido a las propias publicaciones de La Plume, pues en el periódico se hacía una

especie de reseña o resumen de las reuniones que se habían organizado. Ahí aparecía una

lista de los asistentes entre los que podemos ver en múltiples ocasiones a Verlaine o Zola,

pero existe un problema difícil de solventar: dada la gran afluencia de personal, al final

de todas las listas pone “et., etc.”, por lo que sabemos que había más comensales en las

soiréés, pero no sabemos quiénes eran, por lo que Alejandro Sawa podría estar

habitualmente incluido en esos etcéteras. Al menos, existen dos confirmaciones, pues su

nombre aparece dos veces. La primera de ellas es en el número 76, del 15 de junio de

1892, donde aparece la “Liste Alphabétique de personnes qui ont honoré de leur présence

les Soirées de La Plume du 15 Octobre 1889 au 5 Mars 1892” (Anónimo, 1892: 282-285)

y, en la letra S, aparece no solo el apellido de Sawa, sino que también viene su retrato

(Anónimo, 1892: 284). Son pocos los retratos, la mayoría de autores y artistas franceses,

y muchos los nombres que aparecen, de modo que esto nos muestra la notoriedad que

Sawa pudo alcanzar en la capital francesa y nos viene a confirmar que su nombre sí estaba

incluido en aquellos “etc, etc.”

Asimismo, en el número 102, del 15 de julio de 1893, vuelve a aparecer el nombre

de Sawa, como asistente a otra soirée, esta vez con cena incluida, en honor de su admirado

196
Victor Hugo: “Le Banquet de la Jeunesse. En l’honneur de Victor Hugo. Chez

Lemardelay, le 17 Juin 1893” (Anónimo, 1893: 323).

Después de esto, y conociendo la obnubilación que Sawa tenía con todo lo vivido

en París, es lógico que quisiese implantar algo parecido en Madrid. Él no dejó ningún

testimonio sobre esto, pero lo sabemos gracias Ernesto Bark, que lo detalla en La Santa

Bohemia, con algunos detalles que revelan singularidades.

La primera de ellas es que habían elaborado un reglamento para distinguirse de la

“golfemia” y, al igual que La Plume, iban a organizarse cenas o comidas mensualmente.

Sin embargo, frente al clasismo sawiano de no admitir a cualquiera, Bark optó por una

mayor apertura y solidaridad:

Habíamos elaborado con Alejandro Sawa un reglamento, según el cual


debían organizarse los ágapes mensuales de la abundante y variada tribu
bohemia, tribu sugestivísima, puesto que encierra todo lo soñador e
idealista de las letras, del arte, del periodismo y del intelectualismo en
general.
—Serán socios solo los que ya tienen un nombre —dijo Sawa, con su
exclusivismo de patricio de las letras—. Los pintores, actores y
periodistas deben pasar por la criba de una Comisión purificadora para
que la “Bohemia” no se confunda con la “Golfemia”.
Contra este aristocratismo opuse mi criterio nivelador.
—Quien sabe soñar con ideales generosos, debe ser del Cenáculo. Hay
celebridades execrados, Sancho Panzas abominables, y hay millares
ignorados y obscuros de aspirantes a todo lo noble y grande. No
podemos cerrar nuestras puertas a un Shakespeare incipiente, o un
Schopenhauer oculto, quien, como el gran pesimista e ironista alemán,
se dedica al comercio por mandato paternal, mientras que su cerebro
refleja mundos nuevos desconocidos.
La ceguera y una muerte prematura pusieron fin a nuestro plan del
Cenáculo. ¿Quién se atrevería a substituir a aquel gran bohemio

197
hispano, digno rival de los bohemios más célebres del mundo? (Bark,
1913: 12 y ss).

A pesar de que Alejandro Sawa muriera prematuramente, no es del todo cierto que

el proyecto no se llevara a cabo, y si bien no se hizo una “comisión purificadora” como

tal, sí se impuso un rito iniciático, como si de entrar en una logia se tratara:

Como quedó recogido en La Santa Bohemia, este cenáculo era una


agrupación sectaria para cuyo ingreso se exigía una prueba inicial. Se
trataba de un juramento por su sagrada trinidad: ¡Arte, Justicia y
Acción! Este juramento se convirtió en el ritual indispensable para
poder integrar las filas de la bohemia, o como explicaba Bark […] el
verdadero bohemio es aquel que rinde culto al arte, al ideal y a la
libertad (Thion, 1998: 244-245).

Es cierto que Bark dice: “¡Arte, justicia, acción! Es la sagrada trinidad del

bohemio, y solo aquel que jura por ella es digno de entrar en sus templos” (1913: 2), pero

en otras ocasiones cambia a esa trinidad por otras y se refiere a los bohemios del club

como: “la tribu sagrada de los peregrinos de la Verdad, la Belleza y la Libertad” (1913:

13). Es más, cree en el futuro y defiende el porvenir, en el que, como hermanos, alabarán

el arte, la libertad y la sinceridad, otro conjunto de tres palabras, dos de las cuales se

repiten, y pone con mayúsculas Hermandad, Verdad y Justicia, donde Verdad se repite:

La edad de oro de la Bohemia no era la de Balzac y Murger, Verlaine y


Rimbaud, Alejandro Sawa, Delorme y Dicenta, no; es la del porvenir,
que llenará con su gloria el universo, y sus discípulos se saludarán como
hermanos del alma entonando un himno al arte, a la libertad y a la
sinceridad. Es la fraternidad entre todos los pueblos que practicará esta
Hermandad de peregrinos de la Verdad y Justicia, bautizada por su gran

198
rabino en su biblia bohemia, que serán las “Iluminaciones en la
Sombra” (Bark, 1913: 5).

En ese futuro, Bark confía en que se saluden como hermanos, exactamente igual

que como hacen los masones, quienes se consideran una hermandad, como la que Ernesto

Bark anhela. Sin embargo, en lo que más se parece es en la prueba inicial que hay que

pasar para formar parte de esta Hermandad, también con mayúscula.

Respecto a la habitual alusión a ciertas virtudes o ideales, expresados siempre con

la primera letra mayúscula, debemos recordar, que Darío decía en el prólogo que

analizábamos que Sawa amaba las sagradas cualidades mayúsculas y que los masones

también tienen ciertas trinidades y que muchos de los nombres coinciden o son

intercambiables, además de que no emplean los mismos siempre.

Cuando intentábamos hacer una síntesis de lo que es la masonería, ya vimos que

se sustentaba sobre tres pilares: Sabiduría, Fortaleza y Belleza. La verdad es fácil de

identificar con la sabiduría y la belleza se cita tal cual, y también podría encajar en el arte;

de hecho, en una ocasión Bark dice “¡Arte, verdad, libertad! (1913: 7). Quizás, la acción

pueda relacionarse con la fortaleza, pues ambas se encaminan a poder soportar el esfuerzo

de llevar a cabo su misión que, para ambos, es el ideal. Respecto a la libertad, debemos

recordar que el lema que después se apropió la Revolución Francesa: “Libertad, Igualdad,

Fraternidad”, que aparece en todos los boletines masónicos y en sus logias.

La libertad y la igualdad son un mecanismo de conducir a la justicia social, pues

esa era la intención original de semejante acontecimiento histórico-político. Pues bien,

esta tribu de bohemios se siente en la misma obligación de cambiar el mundo, pues como

ya adelantamos, los escritores y artistas que tienen este pensamiento liberal

comprometido, sienten que sus actos conducen a una humanidad mejor. Misma utopía

199
que comparten los masones. Ese es su ideal. Bark habla de esa justicia también, como

parte del proyecto sawiano:

Clovis Hugues, el autor del “Sueño-de Danton” y las “Noches de


batalla”, el poeta de la justicia social, exclama en su Credo poético que
“el poeta tiene una función social, le corresponde glorificar lo bello,
pero también de servir a la justicia, que es su representación más
sublime. La poesía es solo grande cuando completa el ensueño por la
idea y la idea por la acción” (1913: 2).

Y vuelve a hacer hincapié en los propósitos del Cenáculo de llevar a la humanidad

hacia el ideal, en contraposición a lo que no sea progreso, sino barbarie, atraso o mentira:

Representa la santa Bohemia la inteligencia, el sentimiento y la fantasía


en su vuelo sublime hacia el ideal, mientras que los directores de la
desgraciada Humanidad y España no está peor desde este punto de vista
que los demás países, solo representan el estómago o los instintos
perversos del hombre-fiera.
Somos la conciencia noble y generosa, y ellos la subconciencia que
surge con sus instintos perversos de la noche de los siglos de barbarie.
Con esto está indicada la finalidad de este humilde Cenáculo: formar
una piña de hombres y mujeres, pues necesariamente debemos ser
feministas, que reflejen en un foco el pensamiento de la humanidad
moderna, para llamar al orden o avergonzar, si fuese preciso, la del
pasado, que hoy manda merced a malas artes y toda clase de engaños y
mentiras convenidas (Bark, 1913: 13-14).

Sobre el asunto del feminismo volveremos más adelante, al tratar la obra de

Alejandro Sawa, si bien no está de más adelantar que la invitación se hacía a “los poetas

y poetisas de la vida” (Bark, 1913: 12), pero ahora debemos recalcar que este proyecto

del Cenáculo no es solo una asociación literaria para pasar el tiempo, sino que tiene el

objetivo de ser una especie de reconversión o renacer de la humanidad, dejando atrás todo

200
lo viejo. También debemos recordar que, cuando un masón se inicia, se considera que

renace a una nueva vida, es decir, se une a su hermandad para comenzar con unos nuevos

propósitos de arrojar luz sobre la humanidad. De hecho, uno de los objetos que se le dan

al iniciado es una calavera, que simboliza la muerte y resurrección en una nueva vida con

la esperanza de ser mejor y perfeccionarse. El Cenáculo también aspira a este

perfeccionamiento y a la construcción de un mundo nuevo. La doctora Thion extrae de

las palabras de Bark que:

Los valores universales de verdad, justicia y fraternidad no son términos


semánticamente gratuitos en este proyecto de Política Social de Bark,
que seleccionaba a sus “verdaderos” apóstoles en un mundo sectario y
marginal. Para Bark, la bohemia era sinónimo de soplo rejuvenecedor,
de oposición al anquilosamiento de las ideas y los sentimientos; así
como el rechazo de lo establecido y los convencionalismos rutinarios y
ridículos. Entre modernismo y bohemia no había diferencias
fundamentales. Estos conceptos intervendrían en la construcción de la
utópica República Social (Thion, 1998: 243).

Del mismo modo, tampoco hay diferencias sustanciales entre el pensamiento

liberal, republicano, bohemio y masón en estos momentos. Sin embargo, como literatos

que son, en su mayoría, los integrantes de esta nueva casa de la bohemia, entienden que

su arma de lucha es la pluma:

La Comisión organizadora recibirá las adhesiones y espero que la


Prensa dará realce a este nuevo adalid por todo lo bello y grande, y que
mis queridos compañeros de la pluma demuestren que son un poder que
puede más que todo este mundo ficticio de prestigios anticuados que ya
empiezan a caer en el abismo ante un mundo nuevo que quizá surgirá
de los escombros del conflicto internacional, cuyo estremecimiento nos
llena de esperanzas como ante la aurora de la humanidad nueva (Bark,
1913: 14-15).

201
Por otro lado, Bark reconoce que la iniciativa fue de Sawa y por ello le hace

presidente honorario:

La organización y actuación de esta legión romántica se hará a medida


que progrese la idea, y no faltarán iniciativas hermosas que pongan la
corona a esta iniciativa de Alejandro Sawa, cuyo espíritu presidirá, en
calidad de presidente honorario, las reuniones (Bark, 1913: 22).

La idea progresó y de ahí que Bark nos cuente que se reunieron las más de treinta

personas que se habían sumado: “nos reunimos, un grupo romántico, habiéndose adherido

más de treinta personas, y con el suelto siguiente daban los periódicos fe de vida del nuevo

foco de idealidad y romanticismo, cuya actuación final será la acción social internacional

y la organización de la Hermandad del Bel Morir” (Bark, 1913: 15). A continuación,

entrecomilla lo que dijo la prensa sobre esa primera reunión. Lo más destacable no es solo

que se mencione una de sus veneradas trinidades o que se reunieron en el Café Mercantil,

del mismo modo que La Plume se reunía en el café Le Soleil D´Or, sino que, además, al

igual que la sociedad anónima que en París se fundó para la ayuda mutua, el Cenáculo

fundó su propia cooperativa para luchar contra las editoriales y sus abusos:

Anteanoche se reunieron los bohemios, cuya bandera es Arte, Verdad y


Libertad, en el café Mercantil, y después de un animado cambio de
impresiones, fue aceptado un proyecto de editorial cooperativa para
facilitar la publicación de libros con el apoyo de los aficionados de
letras, por obligaciones, desde cinco pesetas, reembolsables por la venta
del libro respectivo o ejemplares del mismo con el 50 por 100 de rebaja
(Bark, 1913: 15).

202
Además de detallar cómo iba a funcionar, el modo de financiación o cómo

recuperarían los inversores la aportación, se da información de dónde se deben dirigir

para adherirse tanto al Cenáculo, como para suscribirse a su editorial: “Las adhesiones al

Cenáculo y la suscripción a la publicación de libros de la editorial cooperativa, diríjanse

a la redacción de Economía- Social, Libertad, 6” (Bark, 1913: 16).

Por lo tanto, después de todo esto, podemos confirmar que el proyecto de Sawa se

llevó a cabo a pesar de que no haya tenido trascendencia en los estudios literarios. Pero

es una buena muestra de los ideales sawianos: consiguió importar los modelos de sociedad

literaria de ayuda mutua que había conocido en París y, además, lo revistió de un rito y

un lema. Todo ello, puso ser llevado a cabo gracias a la acción de su íntimo amigo Ernesto

Bark, a quien también le gustaba aquella “parafernalia”: “Para Bark toda la «parafernalia»

bohemia modernista era expresión de su singularidad, pero esencialmente de denuncia”

(Thion, 1998: 245).

203
204
2.4.2. El suicidio de Alejandro Sawa: Ernesto Bark como único

testigo. La supuesta catalepsia83

La Santa Bohemia no es el único testimonio que Ernesto Bark dejó sobre

Alejandro Sawa. Sin duda, el asunto de la fundación de un club literario con rito iniciático

es un dato muy importante que nos confirma que Sawa estaba familiarizado con los

rituales masónicos y que aplicó ese modo de proceder a las reuniones literarias. Sin

embargo, como ya venimos apuntando, este capítulo no trata sobre la masonería, sino

sobre la ideología de Alejandro Sawa y cómo, gracias a ella, podemos explicar muchas

de sus aportaciones, sus comportamientos, las relaciones con sus contemporáneos y la

imagen que dejó para la posteridad.

Aunque esto suponga adelantar acontecimientos que corresponden al Capítulo III,

consideramos que los hechos reales deben ir en este capítulo y dejaremos para el tercero

su relación con la ficción.

Ernesto Bark concedió una entrevista que, con motivo de su fallecimiento, La

Libertad publicó el 7 de noviembre de 1922. Se trata de unas palabras que concedió al

periodista Ernesto López-Parra unos meses antes, con las que aprovechó para hablar sobre

Alejandro Sawa, y constituye el único testimonio y referencia expresa a que su amigo se

suicidó. Jamás se ha contemplado esta posibilidad por parte de los investigadores y, si

bien es cierto lo de la encefalitis tal y como lo cuenta la doctora Correa, parece que el

escritor no podía soportar el tormento que esta le causaba y decidió acabar con su vida

83
Del asunto de la catalepsia y de su reflejo en la ficción publicamos Santiago Nogales, R. (2017). “La
muerte de Alejandro Sawa y la duda de Ernesto Bark: una supuesta catalepsia tres veces novelada”, en
Philobiblion, 6, (Universidad Autónoma de Madrid), 101-119. ISSN 2444-1538.

205
aumentando la dosis de morfina en una de las inyecciones que su mujer le administraba

para paliar los dolores.

Dado que Bark conocía esta circunstancia, causó un gran revuelo, intentando por

todos los medios retrasar el momento del entierro del bohemio:

—¡Pobre Sawa! —lamentaba Ernesto Bark—. ¡Yo le quería mucho! En


París vivimos juntos. Por cierto que el día de su muerte sucedió un caso
insólito. Yo no quería que se le enterrase hasta que el cuerpo diese
señales de descomposición, porque me inquieta mucho pensar que
alguien puede ser enterrado vivo. Tuve que librar una lucha tremenda
con los sepultureros, que querían llevárselo a todo trance, en seguida
(López-Parra, 1922: 5)84.

Lo cierto es que Bark, de ser verídicas sus palabras, tenía motivos más que

suficientes para dudar de la muerte y dice textualmente: “El gran Alejandro Sawa se

suicidó con una inyección de morfina, preparada por él, que le aplicó su mujer, sin

saberlo” (López-Parra, 1922: 5). Esto le contaba al periodista que le entrevistó el invierno

anterior a su fallecimiento. El mismo texto se repitió en el Heraldo de Madrid, el 26 de

abril de 1927 y se acompañó de un retrato de Sawa85.

Es más que probable que Sawa recurriese a la morfina, como hacían tantos otros,

y más aún para mitigar los dolores provocados por su enfermedad. La pista de que pudo

barajar el suicido en algún momento nos la da Valle-Inclán en la misiva que envió a

Rubén Darío y que ya hemos citado: “Una locura desesperada. Quería matarse” (Valle-

Inclán, 1909). Más allá de estos dos testimonios, no hay ninguna otra prueba del suicidio

del bohemio; aunque sí sabemos, por su reflexión en Iluminaciones en la sombra, que no

84
Ver Anexo III, imagen 4.
85
Ver Anexo II, imagen 10.

206
lo condenaba, sino que lo aprobaba como fin de todos los males y que encontraba en el

alcohol y las drogas un modo de mitigar el tormento:

¡Oh alcohol! ¡Oh hastzchiz! ¡Oh santa morfina! […] Cuando la vida es
un tormento, querer dormir —¡oh dormir!— es el más imperativo de
todos los derechos.
¿Y quién, aunque se lo nieguen, no se lo toma por su propia mano?
(Sawa, 1977: 130).

Sea como fuere, intencionado o no, el exceso de morfina puede conducir a la

catalepsia. Esto es debido a que la morfina es un derivado del opio y todos los opiáceos,

en sobredosis, llevan a un descenso de las constantes vitales, lo que puede desembocar en

una aparente muerte, conocida como catalepsia. Si Ernesto Bark conocía estos efectos, la

opinión de su amigo para con la morfina, que había insinuado que quería matarse y que

su mujer le administraba las inyecciones para paliar los dolores, sus temores para dudar

de la muerte de Sawa estaban más que justificados.

A pesar de que el asunto de la catalepsia aparece tres veces en la ficción, cuando

Sawa es transmutado en personaje, nunca se ha relacionado que la causa es este hecho.

Volveremos sobre este asunto cuando tratemos a los personajes.

207
208
2.5. Alejandro Sawa y Juan Gris: exlibris masónico

El pintor Juan Gris, antes de adquirir su fama, realizó el exlibris de varios

escritores, como Francisco Villaespesa (1877-1936), Antonio Machado, Rubén Darío,

Isaac Muñoz (1881-1925) o el propio Alejandro Sawa. El contenido de estos dibujos no

responde solo a la estética, sino que tiene correspondencia con la personalidad del autor

para el que se realiza o, como vamos a ver más adelante, también contiene aportaciones

del creador.

Juan Gris se inició en la Logia Voltaire del Gran Oriente de Francia el 2 de

febrero de 1923, dato que podemos confirmar, pues aprovechando nuestra estancia en

París, hemos ido al museo de la Gran Oriente de Francia, donde hemos podido fotografiar

el documento de la iniciación de este artista. Ahora bien, su iniciación se produce muchos

años después de diseñar los dibujos a los que nos referimos. En tales composiciones,

como vamos a detallar a continuación, aparecen símbolos masones. Esto nos confirmaría

que en la época en la que insertamos esta investigación era algo habitual estar en contacto

con la masonería sin una necesidad imperiosa de pertenecer a ella.

Respecto al exlibris de Isaac Muñoz, el escritor decadente y orientalista,

Sarriugarte apuntaba:

El reloj de arena lo podemos encontrar en una ilustración publicada en


la revista Renacimiento Latino 62 (nº 1, abril de 1905), donde hay una
viñeta tipográfica a plumilla, ligeramente tramada y sin firmar, siendo
para el ex libris del escritor y orientalista Isaac Muñoz, reproducido al
final de su texto en prosa titulado Vida española. En el dibujo aparecen
una calavera sobre un libro abierto, la rama de acacia (tanto en el
interior del marco tipográfico de las letras I y M, así como en la parte
superior de la viñeta), y el reloj de arena, anteriormente mencionado, es
decir, una serie de símbolos directamente relacionados con el ámbito

209
iconográfico de la masonería. Este último emblema tiene un significado
esotérico, donde la vida humana sobre la tierra se parece al caer de la
arena. En este sentido, el reloj de arena nos recuerda que el tiempo y el
viaje a través del espacio son meros símbolos en sí, siendo nuestras
vidas en esta tierra meros estados aparentes (Sarriugarte, 2014: 540).

Como vemos, este dibujo es de una fecha muy anterior a la iniciación en la

masonería del pintor. Sin embargo, no hay duda de que conocía la simbología y la

utilizaba. Es más, esto nos sirve de base para la comprensión del exlibris de Rubén Darío,

el de Antonio Machado y el de Alejandro Sawa. Este último es el que más nos interesa,

pero encontramos los demás lo sumamente significativos para reforzar la hipótesis de que

Juan Gris incluía símbolos masones que bien pudieran significar que él mismo

simpatizaba con la masonería o que lo eran los escritores para los que diseñaba estas

miniaturas.

El caso más controvertido es el de Antonio Machado, pues mucho se ha

especulado sobre su pertenencia a la sociedad masónica. Vuelve a ocurrir lo que venimos

señalando en varias ocasiones: las iniciaciones en países extranjeros suelen estar mejor

documentadas y/o probadas que en España, debido a la naturalidad que se ha mostrado

en otros países frente a las persecuciones y prohibiciones que ha habido en nuestro país.

Además, no existen listas oficiales, ni registros, ni un patrón común para sistematizar la

pertenencia a la masonería. Si a ello le sumamos aquella comprobación que hicimos en

París sobre la fecha de las listas de las que dispone la Gran Oriente de Francia, elaboradas

tras la Primera y, en la mayoría de los casos, la Segunda Guerra Mundial, se hace que sea

muy difícil determinar con exactitud si alguien perteneció o no a la masonería. Tan solo

los casos muy significativos o que por el azar se conservan están documentados. La

aparición en los boletines y diarios masónicos tampoco descartan nada, pues no están

210
todos los que eran, ni han sido masones todos los intelectuales, políticos y artistas que se

ha dicho y cuyos nombres han pasado vía transmisión oral de generación en generación

sin ningún otro tipo de comprobación documental. Otras veces, los que sí lo eran

aparecían con nombres simbólicos que tomaban tras su iniciación. Incluso era posible que

un simpatizante asistiese a algunas tenidas siendo profano, pues ya se apuntó que existen

las denominadas tenidas blancas abiertas. Por lo tanto, no encontrar a alguien en una lista

no significa que no tuviera contacto con la masonería, más allá de que perteneciese o no.

Sin embargo, el caso de Antonio Machado ha dado lugar a controversias ya que, a partes

iguales hay quienes afirman que era masón, como se puede leer en el libro Antonio

Machado y Juan Gris, dos artistas masones (García Diego, 1990), y quienes lo niegan,

como Ricardo Serna alegando que no hay suficientes pruebas: “aunque pareciendo

posible, incluso probable, que Machado hubiese sido iniciado en la logia Mantua, no

existen pruebas documentales para realizar tal aseveración” (2008: 112). Sin embargo, en

el mismo documento, Serna cita a José A. Ferrer Benimeli, quien decía que en los “elogios

poéticos de Machado a las personas de Ortega y Gasset y de Francisco Giner de los Ríos

[…] hay claras referencias masónicas” (Serna, 2008: 112). Estos poemas son los que usa

Acereda para demostrar la pertenencia a la masonería de Machado: “Antonio Machado,

por su parte, fue iniciado en la masonería en la Logia Mantua de Madrid y varios poemas

suyos («A Don Francisco Giner de los Ríos», «Al joven meditador José Ortega y Gasset»,

«Al Maestro que se va») lo corroboran” (Acereda, 2010) y, en una nota aclaratoria,

explica algún elemento:

Para la filiación masónica e institucionista de A. Machado, véanse los


estudios de Casalduero, Serrano y García-Diego. Incluso su “Retrato”
puede leerse en clave masónica, con la triple estructura del Machado
hombre, el artista-poeta y el filósofo; tres partes que se cierran con la
referencia al “secreto de la filantropía” y a ese viaje final –“último

211
viaje”- que es el viaje iniciático (“casi desnudo”), equivalente a la
parcial desnudez del ritual del neófito (Acereda, 2010).

Si bien es cierto que no existen pruebas definitivas, el hecho de encontrar en

Machado terminología cargada de simbología nos lleva a afirmar que estuvo en contacto

con la masonería. Podría ser un caso similar al de Alejandro Sawa, pues no existen

pruebas en documentos, pero sí las suficientes pistas para afirmar que conocía los

significados de los símbolos.

Volviendo al tema del exlibris, el de Antonio Machado también fue creado por un

jovencísimo Juan Gris que aún era profano, en terminología masónica, pero que, al igual

que hizo en el exlibris de Isaac Muñoz, introdujo elementos claramente masones. En tal

dibujo aparecen, además de un rostro femenino, tres lirios. Consideramos que son

significativos tanto el elemento utilizado como el número, pues tres son los pilares sobre

los que se asienta la masonería (Sabiduría, Fortaleza y Belleza), al igual que las trinidades

de sus lemas (Libertad, Igualdad, Fraternidad) y coincidiendo con las tres columnas que

se sitúan en el centro de la sala en las logias. Dichas columnas, al igual que las columnas

J y B86 de la entrada de los templos, suelen ser de orden corinto, lo que implica que sus

capiteles estén adornados con motivos vegetales. Las columnas de los templos masónicos

siempre estás adornadas con lirios y, en ocasiones, con granadas que se colocan sobre

ellas87. Los lirios son la flor por excelencia de la masonería, ya aparezca unas veces como

lirio y otras como flor de lis, pues en este contexto son intercambiables los términos. Esto

es así porque proviene del francés, donde tuvo origen la masonería, y lis significa lirio.

86
La columna que hay a la izquierda de la entrada a los templos tiene una B y la de la derecha una J.
Significan Boaz y Jaquín, que se traducen por “con fuerza” y “estabilidad” (Sanz y Mayor, 2006: 37).
87
Ver anexo II, imagen 11.

212
Para finalizar este asunto sobre Antonio Machado, creemos oportuno señalar que

su nombre se recoge en La masonería que vuelve (1980), de Ángel María de Lera. Se

trata de un amplio ensayo escrito con motivo de la legalización de la masonería tras su

prohibición durante el franquismo. Quizás, esto llevó al autor a precipitarse en su escritura

y prescindir de buenas referencias, empleando una escasa bibliografía que lleva a dudar

de su rigor científico. Sin embargo, no por ello podemos obviar su existencia e

importancia en unos momentos que la masonería dejó de ser tabú para presentarse de

nuevo a la sociedad. Como atractivo, reclamo o buena publicidad, se recurrió a una lista

de masones españoles importantes de los siglos XVIII, XIX y XX, entre los que se

encontraban políticos, militares, intelectuales y artistas. No hay ninguna cita que haga

referencia a una prueba de que los hombres ahí mencionados fueron realmente masones.

Se trata, como en tantos otros casos, de asimilaciones que se han transmitido como

verdades entre los masones y han trascendido a la esfera social. En algunos casos se

tratará de casos ciertos y en otros de simples bulos. Ahora bien, no podemos dejar de

señalar que en esa lista aparece el nombre de Antonio Machado (Lera, 1980: 170) junto

al de otros artistas y literatos como Vicente Blasco Ibáñez o Joaquín Sorolla (1863-1923).

Tampoco podemos obviar que existe una logia llamada Antonio Machado, en Marchena

(Sevilla).

Juan Gris también hizo el exlibris de Rubén Darío. Como no podía ser de otro

modo, eligió un motivo modernista: cisnes. Concretamente, dibujó dos cisnes nadando,

uno detrás de otro. Este animal es sumamente representativo del modernismo,

movimiento del que Darío fue el máximo representante. Sin embargo, y gracias a los

casos que acabamos de analizar, este exlibris también admite una doble lectura, si bien

algo más difusa que las anteriores: el cisne también es un símbolo masónico. Son muchas

las aves a las que suele recurrir la masonería para ejemplificar algunos de sus principios.

213
Ya vimos que el águila era el único animal capaz de mirar al Sol y, por tanto, es una

metáfora relativa al descubrimiento de la verdad. La paloma se emplea como símbolo de

la paz y el pelícano como símbolo de sacrificio y entrega a la humanidad, pues la hembra

pelícano, en caso de escasez de alimento para sus polluelos, se autoagrede, rajándose parte

del vientre, para darles de comer. Los cisnes blancos, por su parte, representan la pureza,

otra virtud muy importante en la masonería. Tanto es así que, en las ceremonias, los

masones se ponen guantes blancos, pues “el blanco simboliza la pureza de los actos y que

la conciencia está libre de impuros pensamientos” (Sanz y Mayor, 2006: 173).

Llegamos al exlibris de Alejandro Sawa con suficientes ejemplos como para

aplicar la analogía. Juan Gris eligió para el sevillano un águila88, y lo hizo años antes de

que Rubén Darío escribiese las palabras que antes hemos analizado del prólogo a

Iluminaciones en la sombra. Es decir, antes de que se refiriese a Sawa como el águila que

se quemó las pupilas por mirar tanto al Sol. Si bien ya dimos algunas referencias del

águila y su significado en la masonería, no está de más aportar aquí esta: “Águila: en la

francmasonería, el águila es el símbolo de los iniciados, que poseen la audacia y el genio

para contemplar de forma serena la luz de la verdad, de igual manera que el águila

contempla desde el cielo la luz del Sol iluminando la Tierra. Es también símbolo de

elevación y poder intelectual” (Sanz y Mayor, 2006: 14).

Por último, y a pesar de que no haya dudas sobre la iniciación del pintor Juan

Gris89, existen investigaciones dedicadas a su relación con la masonería y cómo se reflejó

en su obra. Tal es el caso de Íñigo Sarriugarte Gómez con “Perspectivas masónicas en la

vida y producción artística de Juan Gris” (2014).

88
Ver Anexo II, imagen 12.
89
Ver Anexo IV, imagen 5.

214
2.6. Alejandro Sawa y Joaquín Dicenta: una amistad fraternal

Alejandro Sawa y Joaquín Dicenta eran muy buenos amigos. Además de las

mismas ideas, su dedicación al periodismo y su edad, compartían su gusto por la vida

bohemia y el no sometimiento a los cánones establecidos. Recordemos que, según

contaba Ernesto Bark, Dicenta era el heredero de Sawa como líder de la bohemia.

También fue el dirigente del Grupo Germinal: “La mayoría de los compañeros de Bark

siguieron una trayectoria periodística semejante y participaron hacia 1897 en la

constitución de un grupo socio-político representativo bajo el nombre de Grupo Germinal.

A él llegaron muchos intelectuales entre los cuales Joaquín Dicenta se erigió como

cabecilla” (Thion, 1998: 48).

Al igual que Alejandro Sawa, Dicenta aboga por el progreso y lo tiene como ideal:

“quiere en política la República como punto de partida, la República Social como fin

inmediato, el progreso indefinido como ideal superior” (Bark, 1900: 122).

En la misma línea de esas ideas Dicenta felicitó a Sawa por el estreno de Los reyes

en el destierro, novela de Alphonse Daudet (1840-1897) cuyo título original era Les rois

en exil. Sawa la había traducido al castellano y adaptado para su representación teatral,

estrenándose en el Teatro de la Comedia90. Copiamos aquí dicha felicitación, que se

publicó en El Liberal, el 22 de enero de 1899:

PARA SAWA
No es contestación al brindis, al hermoso brindis que a raíz del Señor
Feudal me dedicaste, esta cuartilla y media.
¡Bah!... Darte yo gracias con motivo de Los reyes en el destierro, sería
tonto. ¡¡Gracias al hermano en letras!!... Entre familia no hay

90
Para saber más sobre esta adaptación, puede leerse Thion Soriano-Mollá, D. (1998). “«Los reyes en el
destierro», de la novela a la adaptación teatral de Alejandro Sawa”, en Estudios de Investigación Franco-
española, 15, 77-102.

215
cumplimientos. Los hermanos dicen mucho, unos de otros, para
odiarse; para quererse, ¿qué van a decir? Poco. Basta hacer la
conjunción sanguínea, conjunción verdad y repetir hermano. ¡Pon un
adjetivo, a fin de ensalzarlo, a este sustantivo, pronunciado con el
corazón!... ¿A que no se lo pones? No hay modo.
Pues bien, hermano, el triunfo tuyo es de todos nosotros, de todos los
jóvenes. Tú, ausente de la patria durante muchos años, vuelves a ella en
momentos de angustia; y ahora, que unos con los ojos puestos en la
prebenda segura, y otros con el alma puesta en el porvenir posible,
hablan de regeneraciones, tú vienes a ayudarnos en la obra.
Bienvenido seas, escritor aplaudido siempre, autor dramático
descubierto anoche. Bienvenido seas con tus Reyes en el destierro...
Llegas a tiempo. Tú y tu obra hacéis falta, ¡mucha falta!
Joaquín Dicenta (1899).

El texto no va dirigido a darle la enhorabuena por el estreno, sino a darle la

bienvenida por su regreso de París y agradecerle su papel en la lucha por el porvenir.

Pero, lo que más nos interesa es que le llama hermano y hace alusión a la verdad. Ambas

palabras, hermano y verdad aparecen en cursiva, por lo que ambas palabras quería

resaltarlas y darle un valor superior. Considera, además, que su triunfo hace bien a todos

sus hermanos. Es cierto que habla de “hermano en letras” y que los escritores liberales en

aquella época acostumbraban a llamarse hermanos entre ellos, pero también esa lucha por

el porvenir es la misma que abanderaba la masonería, que estaba presente en los círculos

que ambos escritores frecuentaban. Al igual que el regeneracionismo que Dicenta cita,

que también buscaba la reforma social abogando por el progreso del país. Nos volvemos

a encontrar con que entre los movimientos liberales finiseculares no hay grandes

diferencias.

El hecho de llamar a Sawa hermano no prueba la pertenencia de ninguno de los

dos a la masonería, igual que tampoco lo probaba contundentemente cuando Sawa

216
enviaba a Darío un abrazo fraternal. Sin embargo, son coincidencias a tener en cuenta.

Más aún cuando conocemos que un hijo de Joaquín Dicenta, también llamado Joaquín,

no solo fue iniciado en la Logia La Unión, número 9, creada en 1928, sino que era muy

activo en los boletines masónicos91.

91
Ver anexo III, imagen 5.
En el Archivo de la Masonería de Salamanca figura que tomó el nombre simbólico Giner de los Ríos (213/3
A). También aparece Fernando Dicenta Alonso, iniciado en la logia Jovellanos de Gijón, con el nombre
Nelson 2º (391/18).

217
218
2.7. Alejandro Sawa y Pío Baroja: entre el odio y el reconocimiento

En la primera parte de sus Memorias, Juventud y egolatría (1917), Pío Baroja dedica

unos párrafos al trato que tuvo con Alejandro Sawa en persona. Por su lado, Sawa también

le dedica unas palabras a Baroja en lo que se pueden considerar sus memorias, es decir,

en Iluminaciones en la sombra. Es interesante dedicar unas páginas a esta relación porque

las anteriores relaciones eran de amistad, mientras que la opinión de Baroja sobre Sawa

y su grupo de amigos no es en absoluto positiva. Además, sostenemos que en las palabras

que se dirigen está el origen de la conversión de Sawa en los personajes bohemios que

Baroja necesitaba en sus novelas.

La falta de simpatía entre ambos escritores no significa, ni mucho menos, una

enemistad declarada, aunque Baroja sí lo creía, pues consideraba que Sawa tenía motivos

para odiarlo. El testimonio del vasco deja constancia de que se veían de vez en cuando,

que Sawa le llegó a proponer una colaboración y que, si bien no le gustaba su estilo,

reconocía su grandilocuencia.

Baroja cuenta lo siguiente en Juventud, egolatría:

A Alejandro Sawa le conocí una noche en el café de Fornos, estando yo


con un amigo.
La verdad es que no había leído nada suyo, pero me impuso su aspecto.
Un día fui tras de él, dispuesto a hablarle, pero luego no me atreví. Unos
meses después le encontré una tarde de verano en Recoletos, con el
francés Cornuty. Cornuty y Sawa fueron hablando, recitando versos, y
me llevaron a una taberna de la plaza de Herradores. Bebieron ellos
unas copas, pagué yo, y Sawa me pidió tres pesetas. Yo no las tenía, y
se lo dije.
— ¿Vive usted lejos? — me preguntó Alejandro, con su aire orgulloso.
— No; bastante cerca.

219
— Bueno, pues vaya usted a su casa y tráigame usted ese dinero.
Me lo indicó con tal convicción que yo fui a mi casa y se lo llevé. El
salió a la puerta de la taberna, tomó el dinero, y dijo:
— Puede usted marcharse.
Era la manera de tratar a los pequeños burgueses admiradores, en la
escuela de Baudelaire y Verlaine.
Después, cuando publiqué Vidas sombrías, algunas veces, a las altas
horas de la noche, le solía ver a Sawa, con sus melenas y su perro. Me
daba la mano con tal fuerza, que me hacía daño, y me decía en tono
trágico:
— Sé orgulloso. Has escrito Vidas sombrías.
Yo lo tomaba a broma.
Un día Alejandro me escribió para que fuera a su casa. Vivía en la
cuesta de Santo Domingo. Fui allí y me hizo una proposición un poco
absurda. Me dio cinco o seis artículos suyos ya publicados y unas notas,
y me dijo que añadiendo yo otras cosas podíamos hacer un libro de
«Impresiones de París», que firmaríamos los dos.
Leí los artículos y no me gustaron. Cuando fui a devolvérselos me
preguntó:
— ¿Qué ha hecho usted?
— Nada. Creo que va a ser difícil que colaboremos los dos. No hay
soldadura posible entre lo que escribimos.
— ¿Por qué?
— Porque usted es un escritor elocuente y yo no.
La frase le pareció muy mal.
Otro motivo de enemistad de Alejandro contra mí, fue una opinión de
mi hermano Ricardo.
Ricardo quería hacer un retrato al óleo de Manuel Sawa, que tenía,
cuando llevaba barba, un gran carácter.
— Y yo — dijo Alejandro — ¿no tengo más tipo para un retrato?
— No, no — dijimos todos (esto pasaba en el café de Lisboa) —.
Manuel tiene más carácter.
Alejandro no dijo nada; pero unos momentos más tarde se levantó, se
contempló en el espejo, se arregló la melena, y después, mirándonos de
arriba a abajo y pronunciando bien las letras, dijo:
— M...
Luego se marchó del café.

220
Pasado algún tiempo, le dijeron a Alejandro que yo le había pintado en
una novela y me tomó cierto odio. A pesar de esto, de cuando en cuando
nos veíamos y hablábamos afectuosamente.
Un día me llamó para que fuera a verle. Vivía en la calle del Conde
Duque. Estaba en la cama, ciego. Tenía el mismo espíritu y la misma
preocupación por las cosas literarias de siempre. Su hermano Miguel,
que estaba delante, dijo en la conversación que el sombrero que yo
tenía, un sombrero que había comprado en París hacía unos días, tenía
las alas más planas que de ordinario. Alejandro lo pidió y estuvo
tocando las alas del sombrero.
— Estos sombreros se llevan con el pelo largo — decía con entusiasmo.
Luego, meses después de su muerte, se publicó un libro suyo, titulado
Iluminaciones en la sombra, en donde Alejandro habla mal de mí y bien
de Vidas sombrías.
Me llama aldeano, hombre de esqueleto torcido, y dice que la gloria no
puede ir al cuerpo de un tuberculoso.
Pobre Alejandro. Era en el fondo un hombre sano, un mediterráneo
elocuente, nacido para perorar en un país de sol, y se había empeñado
en ser un producto podrido del Norte (Baroja, 1917: 263 y ss).

Quizás, el problema de este texto, como el de cualquiera que intente recopilar y

comprimir la realidad en unas cuántas páginas, es que concentra en pocas líneas varios

años de la vida de Sawa muy dispares entre sí. Los años en los que recorría los cafés de

la capital con Cornuty o cuando hace a Baroja la propuesta de colaboración, el sevillano

aún no ha perdido la vista y, por lo tanto, se encuentra en plena actividad social, literaria

y tertuliana. La imagen que se muestra es la de una persona soberbia, con aires de

superioridad, que abusa de un modo déspota al exigir al vasco tres pesetas, y que es

arrogante y ególatra al no asumir que el retrato debía ser de su hermano y no suyo. Sin

embargo, de algún modo, Baroja justifica su comportamiento en lo que a la demanda de

dinero se refiere, pues parece fundamentarse en una práctica “de la escuela de Baudelaire

y Verlaine”. La sombra y los recuerdos de París están siempre presentes en su vida,

221
recordemos que eso ya lo decía Darío, y Baroja da dos muestras de ello. A sabiendas de

que Baroja también frecuentaba dicha ciudad, Sawa le propone una colaboración que se

llamaría Impresiones de París; la segunda muestra es la conversación sobre el sombrero

parisino. Otra continuidad de su vida se manifiesta en sus ideas literarias, que siempre

estaban presentes. Al igual que Prudencio Iglesias, Baroja coincide en que cuando se le

fue a visitar tenía “la misma preocupación por las cosas literarias de siempre”, cosa que

viene a reforzarnos aquello que decíamos sobre la no variación del pensamiento sawiano

a lo largo de toda su trayectoria.

Las últimas palabras de Baroja tratan un episodio en el que el bohemio ya ha

muerto, pues Iluminaciones en la sombra es un libro póstumo. Baroja expone que en sus

páginas Sawa habla mal de él y bien de su obra Vidas sombrías (1900). Claramente, es

una reminiscencia de la anécdota del principio: cuando le aconsejaba que fuese orgulloso,

que se sintiese superior por haber escrito esa obra. No solo se percibe el carácter altivo

del sevillano, sino que, pese a la falta de conexión en lo que a amistad o trato personal

existía, tanto Baroja como Sawa se reconocen el mérito literario mutuamente. Aunque

Baroja dijese que las páginas que leyó de Sawa no le gustaron y rechazara la colaboración

por falta de cohesión en sus estilos, no dudó en referirse a él como “escritor elocuente”.

Ahora bien, a Baroja no le agrada que Sawa, en Iluminaciones en la sombra, lo califique

de aldeano y tuberculoso. Pero parece que lo perdona al tratarle con compasión y decir

“pobre Alejandro”.

Por otro lado, uno de los motivos del supuesto odio de Sawa hacia él lo achaca a

que habían llegado a sus oídos los rumores de que lo había retratado en una novela. Baroja

no lo negó. De no haber sido así, uno de sus encuentros lo habría aprovechado a aclarar

la situación, pero no lo hizo. Ni siquiera en sus memorias se justifica. Simplemente, se

limita a apuntar que era motivo de enfado.

222
Por una cuestión cronológica, Sawa no pudo tener noticia alguna de El árbol de

la ciencia, y menos si un personaje tiene una muerte inspirada en la suya propia. Baroja

se estaba refiriendo a Juan Pérez del Corral de Silvestre Paradox (1901), o a César

Andión, o a Fermín García Pipot, ambos de Los últimos románticos (1906), obras

anteriores a la ceguera y la enfermedad de Alejandro Sawa y que este pudo leer en vida.

El hecho de acotar las posibilidades de la identificación a esos personajes, la explicaremos

en el capítulo dedicado a Sawa como personaje, poniéndolo en conexión con los hechos

aquí recogidos.

Dado que la relación era de admiración y odio recíprocos, es oportuno leer lo que

Sawa dijo de Baroja en un fragmento de Iluminaciones en la sombra, que es el texto en

el que lo designó como un aldeano:

Leo, leo a Baroja con mi incorregible manía de admirar siempre, y, a


pesar de que ese hombre apenas es un escritor y que, por consiguiente,
me place, como un campesino que me hablara de sus cosas, yo no puedo
admirarlo. Cuando lo conocí, su aspecto me gustó. Era un hombre
macilento, de andar indeciso, de mirada turbia, de esqueleto encorvado,
que parecía pedir permiso para vivir a los hombres. Luego, su palabra
era tibia y temerosa. Había hecho un libro hosco de hermosas
floraciones cándidas, brazada de cardos y de ortigas que intituló
lealmente Vidas sombrías, y que aquel paleto tétrico en medio de
nuestra sociedad me fue como una aparición de cosas originales y de
ensueño...
Tuvo mi sufragio, tan refractario a todo lo que no venga de lo alto; me
figuro que tuvo también el de todos mis correligionarios, los que
comulgan en la misma religión que yo... Pero luego... Pero después...
El campesino que yo admiraba trocó, torpe, su zamarra por el feo hábito
de las ciudades; su bella sinceridad, por el habla balbuceante o cínica
de los hombres que apestan nuestra atmósfera intelectual moderna.

223
¡Oh, el hablar de los simples! ¡Oh, el alfabeto místico de los que tienen
muchas cosas que decir y no las dicen sino apenas! ¿Por qué Pío Baroja
se ha quitado su zamarra y se ha vestido con la triste camisa de fuerza
de los pobres escritores de ahora?
Es porque es un invertebrado intelectual. Es porque carece de
consistencia. Es porque no tiene fuerza en los riñones para resistir
pesos. Es porque nunca la escultura ha soñado en hacer cariátides con
los tuberculosos (Sawa, 1977: 214-215).

En boca de Sawa, la crítica hacia Baroja se hace más dura que a la inversa. El

empleo de términos como campesino, invertebrado intelectual, paleto tétrico… da

agresividad al texto, llegando a parecer todo un ataque hacia Baroja, si bien al principio

reconoce que lo llegó a admirar. Comienza con alabanzas: su aspecto le gustaba, su forma

de hablar, en un primer momento le pareció bien Vidas sombrías, incluso le llegó a decir que

sintiese orgulloso de dicho libro. Pero, en opinión del sevillano, Baroja se truncó,

asemejándose a cualquier escritor. Obsérvese que habla de “camisa de fuerza de los pobres

escritores de ahora”. Puede que eso sea una referencia a que Sawa no estaba dispuesto a

censurar sus textos. La rebeldía era una especie de sello distintivo de su modo de escribir.

No se sometía ni a normas, ni a cánones y, mucho menos, pasaba censuras. Quizás, con esa

expresión quiera decir que Baroja había caído en la sumisión de la gran mayoría de escritores,

que había aceptado “la camisa de fuerza”.

Por otro lado, debemos recordar un poema bastante olvidado de Baroja que, si

bien es cierto que no tiene ningún valor artístico porque está configurado a base de ripios, es

muy ilustrador de lo que el escritor pensaba de los bohemios que conocía. Entre otro, cita a

Sawa, a Dicenta o a Bark:

224
Ahí está Joaquín Dicenta
con Palomero y con Paso.
Luego aparecen los Sawas,
el Manuel y el Alejandro,
el uno un seudo Daudet,
el otro un farsante mago.
Ahí viene un pollo elegante
que empieza a ponerse flaco,
rumbo a la tuberculosis.
[…]
Después se le ve a Barrantes,
poeta desharrapado,
que mira al mundo con rabia
y que se siente misántropo.
También pasa Ernesto Bark,
letón revolucionario
y cruza la calle Ancha
deprisa con Ciro Bayo.
[…] (Baroja, 1984: 171)

El empleo del calificativo desharrapado o el hecho de referirse a la tuberculosis es

muy importante en tanto que, cuando crea los personajes de ficción bohemios, estos son

caracterizados como desharrapados y tuberculosos.

Si a todo lo anterior le sumamos los estudios que citábamos al comienzo sobre su

rechazo hacia la masonería, la cual se encontraba presente en esos mismos círculos que

frecuentaba y criticaba, no hay duda de que es el escritor perfecto para mostrarnos la

perspectiva del lado contrario, enriqueciéndonos el panorama y dándonos una visión

completa del contexto que estudiamos. También es fundamental porque, conociendo estos

hechos y la opinión barojiana, comprenderemos perfectamente el proceso de creación de

los personajes bohemios que salen en sus novelas y se inspiran en Alejandro Sawa y su

entorno.

225
La crítica de Baroja hacia la masonería viene por su desconfianza en que esta

sociedad realmente pueda llevar a cabo ciertos cambios. De hecho, estaba bien informado,

pues en la biblioteca familiar, poseían numerosos volúmenes sobre la masonería

(González Martín, 1995: 643). Baroja compartía las ideas liberales, por lo que no es una

crítica por su conservadurismo, sino que tiene de la masonería una “visión relativista” y

por ello muestra su “escepticismo” (González Martín, 1995: 645).

226
2.8. Otros testimonios sobre Alejandro Sawa

Muchos son los testimonios que los investigadores han ido recogiendo sobre

Alejandro Sawa. Algunos fueron escritos a modo de semblanza por sus contemporáneos;

otros son noticias de su fallecimiento, la mayoría de ellas aparecieron en portada y

alababan las cualidades del escritor; otras se escribieron póstumamente, algunas incluso

pasadas varias décadas, y aun así nos siguen revelando anécdotas de la vida real de Sawa

que, una vez más, se han reflejado en la literatura.

Allen Phillips transcribió algunos fragmentos de estos testimonios en Alejandro

Sawa. Mito y realidad (1976), aunque se olvidó de otros tantos. La lista bibliográfica más

completa la recoge Amelina Correa en su biografía sobre Sawa (2008: 291 y ss). No

podemos reproducir aquí todos esos escritos, pues estas páginas aumentarían de número

innecesariamente. Sin embargo, sí hemos recogido aquellos que hemos considerado

dignos de análisis por lo que aportan, por lo que demuestran o porque explican episodios

protagonizados por los personajes que representan a Sawa en la ficción. Asimismo, hemos

encontrado tres testimonios nuevos que hasta ahora no se habían recogido y que,

poniéndolos en conexión adecuadamente con Luces de bohemia, nos revelan algunas

intenciones de Valle-Inclán al crear a Max Estrella no descubiertas hasta ahora.

Ya sea con admiración como con intenciones de crítica, todos los testimonios dan

la misma imagen de Alejandro Sawa: un idealista que luchaba por algo superior y no se

preocupó por las cosas materiales, lo que le llevó a no procurarse una estabilidad

económica y cayó víctima de sus propios ideales. Asimismo, dan cuenta de la notoriedad

y brillantez del escritor, por lo que consideramos que sirve como buena reivindicación de

Sawa como escritor y figura importante del contexto finisecular.

227
228
2.8.1. Semblanzas en vida de Sawa

Tras su estancia en París, Sawa no volvió a cultivar el naturalismo, pero

consideraban suficiente su producción como para considerarlo un escritor de renombre:

Una cabeza sorprendente cuya fuerza de expresión hace pensar en


aquellos moros españoles de la Reconquista, cuya firmeza de rasgos y
de facciones habría inspirado a Teodoro de Banville –el miniaturista
admirable- un camafeo delicioso. Los ojos negros, grandes, soñadores
y con algo en las pupilas de esa crueldad somnolente y de ese abandono
triste de las razas africanas; la nariz delgada, enérgica y regular; la boca
fresca, de labios sensuales e insinuantes; la piel, de un moreno cobrizo,
pálido y ardiente, y la barba, negra y rizada, como la espléndida melena.
Una figura, en fin, tan singularmente hermosa, que habría dado al autor
ilustre de Noche y de la Declaración de un vencido, el derecho a no
tener otros méritos, para merecer ya la admiración.
París, agosto de 1891 (Gómez Carrillo, 1892:71-72)

En la capital francesa descubrió la modernidad, el simbolismo y el parnasianismo

y se hizo un hueco en el Barrio Latino y en los círculos de Paul Verlaine. Su amigo

Enrique Gómez Carrillo también dio testimonio de esta vida literaria parisina:

A las diez de la noche, volvimos al café Francois I. Era el momento de


la animación. Alrededor del maestro, los homéridas melenudos se
amontonaban. Y era Charles Morice, alto, desgarbado, sutil, sardónico,
doctoral; y era Louis Lecardonnel, hoy sacerdote, entonces poeta, Louis
Lecardonnel suntuoso y obsequioso; y era Rambossou casi niño, atento,
silencioso; y era Alejandro Sawa, bello cual un árabe con su barba de
azabache, con sus ojos somnolentes, Sawa el español parisiense; y era
Henry de Regnier, […] Y todos reían, todos discutían, todos gritaban.
Solo el padre Verlaine […] (Gómez Carrillo, 1907: 14).

229
Con tales apreciaciones se puede demostrar que, tras sus obras naturalistas y su

estancia en París, Alejandro Sawa ya se ha ganado el renombre, independientemente de

lo que haga a su regreso a España.

Otros, en cambio, no admiraban la personalidad de Sawa, situándose en la línea

de Pío Baraoja. Tal es el caso de Luis Bonafoux, quien publicaba sus burlas a través de

los periódicos. En “Sawa, su perro y su pipa” satirizó la manera de ser del sevillano y

difamaba su imagen aludiendo a una versión, aparentemente distorsionada, del supuesto

beso que dio Victor Hugo92 al bohemio en París. Esta devastadora crónica y su

contestación defensiva las agrupó el Heraldo de Madrid, el día 8 del mismo mes en el

que había fallecido Sawa, es decir, tan solo cinco días después. Sin embargo, dado que la

disputa es anterior y Sawa contestó, debemos incluir estos artículos en este apartado y no

en el de anécdotas póstumas. Esto nos viene a demostrar la importancia que tenían estos

cronistas en la época, pues sus rencillas son noticia principal incluso rescatándolas años

después. Bonafoux decía lo siguiente:

Sawa tiene una preocupación que lo lleva derecho a la tumba: la


preocupación de ser bohemio. Con familia, con hogar, con mesa y
lecho, Sawa vive por afición en medio del arroyo. Y está en sus glorias
cuando no sabe si tendrá que comer o dónde dormir al día siguiente.
Suele tentarle el deseo de hacer visitas de madrugada. Llama al sereno,
penetra en la casa, despierta al amigo o lo despiertan los aullidos del
perro, le fumiga la casa y se sale luego satisfecho y convencido de que
no ha perdido el día. […]
La bohemia ha muerto, como han muerto las ilusiones y las tristezas del
corazón. Estudiar la bohemia como carrera, con mucho amor y
vocación, es sencillamente un desatino; hacerla inviolable, como la
prerrogativa, es mayor desatino todavía. […]

92
Victor Hugo murió en 1885, de modo que, o bien la historia del beso en la frente es inventada, como dice
Allen Phillips “Rubén Darío precisó que se trataba de una pura invención” (1976: 18-19), o Sawa hizo un
primer viaje a París para conocer a Victor Hugo antes del de 1889.

230
Alejandro Sawa será siempre bohemio aunque suelte el perro y la pipa
y se resigne a tener domicilio fijo. Como es de Málaga, mitad de las
cosas que concibe y pare no son verdad; pero la otra mitad es mentira,
Hay pues, que hacerlas guardar cuarentena […]
Cuenta él que hizo a pie un viaje a París con el exclusivo objeto de
conocer al autor de los miserables. Victor Hugo le dio un beso en los
labios y… desde aquel día el besado no se lava la cara por no borrar la
huella del beso, ¡Hay, pues, que mirarlo con guantes en los ojos! […]
Lástima que Sawa persiga ese empeño literario y personal casi casi,
porque tiene condiciones para hacer que brille su propia personalidad,
y lástima también que se ocupe tanto del perro y de la pipa, con
menosprecio de la literatura. No pasan de media docena los artículos
que ha escrito Sawa en el curso de su callejera vida. Dotado de una
memoria primorosa, se los sabe todos, y los recita en vez de leerlos, a
las altas horas de la noche suele detener a un amigo, y debajo de una
farola de la Puerta del Sol le declama un artículo una leyenda. A estas
veladas a la intemperie les temo yo mucho más que al perro de Sawa.
A pesar de sus condiciones, él vive ignorado... Como Cid, como Pelayo
del Castillo, como tantos otros bohemios reincidentes o incurables,
bajará a la tumba sin haberse procurado una mortaja […] (Bonafoux,
1909: 1-2).

A pesar de ser muy duro en sus críticas y al margen de volver a cometer el clásico

error de confundir con Málaga la ciudad natal del sevillano, por no hablar de la inexactitud

en el número de artículos escritos por Sawa, que suman más de ciento setenta, a Bonafoux

no falta razón en confirmar las tertulias, la memoria y la presencia que acompañaban al

bohemio por excelencia. Tales cualidades las resalta desde un punto de vista negativo,

como hacía Baroja y también en el sentido que Rubén Darío le reprochaba en el Prólogo

de Iluminaciones en la sombra por no haber sido previsor en la vida. También en la misma

línea que Darío afirma que Sawa se preocupaba por unos ideales que no eran ciertos.

231
Por supuesto, y dado que Bonafoux escribe esto en vida de Sawa, este tuvo mucho

que decir al respecto, como que no viajó a pie, sino en primera clase a París; que el beso

no fue en los labios, sino en la frente y que, siendo una persona que presume de su higiene,

es disparatado aquello de que no volvió a lavarse. Asimismo, comienza su contestación

muy seriamente, recordándonos al comienzo de aquella carta que envió a Rubén Darío

para reclamarle el pago de la deuda:

Amigo mío: vengo a querellarme muy amargamente contra usted.


Porque, sépalo usted, ha sido injusto conmigo. Mejor dicho, yo creo que
usted, a juzgar por el artículo que tiene el honor de dedicarme en el
último Número de El Español, no me conoce siquiera de vista. […]
En cambio, es usted descocado como un demonio y no tiene pelos en la
lengua. Si en obsequio suyo resucitaran todas las figuras simpáticas de
la Historia, sería usted capaz de llamar feo a Jesucristo... […]
Pero yo no soy solo un hombre que fuma en pipa y que tiene un perro,
porque soy algo más de eso, como usted mismo lo sabe y lo reconoce
en sus raros momentos de justicia […] (Sawa, 1909: 2).

Es interesantísimo atender a esta última frase que citamos del artículo de Sawa,

porque es sabido por él que el señor Bonafoux ha reconocido su mérito en algún

momento. Es decir, aunque sea por contraposición, ha sido consciente de la importancia

que Sawa tenía. Ahora bien, las previsiones de Luis Bonafoux sobre el desenlace de Sawa

se hicieron reales. Los últimos años de Sawa en Madrid fueron su ruina. Su negativa a

pasar la censura en sus artículos periodísticos, la ceguera y su despilfarro le llevaron a la

necesidad económica. Hasta tal punto llegó, que tuvo que empeñar su propia vestimenta

en el Monte de Piedad para hacer dinero. Sentado en la cama, enrollado en una sábana,

ya en sus últimos días, defendió el arte y sus ideales con el mismo espíritu de antaño. Así

lo cuenta Cansinos Assens en La novela de un literato, pues fue a visitar a Sawa y se lo

232
encontró en esa precaria situación, defendiendo que “es preferible no tener pantalones a

no tener talento” (1982: 68). Era mejor estar en la más absoluta miseria, y así no “transigir

con el vulgo” (Correa Ramón, 2008: 242).

Existe otra crítica muy breve, que recoge José Esteban pero que no referencia. A

pesar de ser un texto anónimo, debe ser de alguien que criticaba la vida bohemia y tenía

especial interés en difamar a Sawa, pues comenta el beso de Victor Hugo para después

decir que no es la frente lo único que se lava, así como para burlarse de su estancia en

París y hacer un juego de palabras entre perro y perra, esta última refiriéndose al dinero,

pues era un modo de llamar coloquialmente a las pesetas:

Alejandro Sawa (De la tribu de los Sawa)


No se laba (sic.) la frente desde que Victor Hugo le dio un beso en ella.
Nosotros sabemos que tampoco se laba (sic.) los pies ¡ni aún para
escribir! ¡¡Cochino!!
Ha paseado con su tocayo Dumas (padre, hijo y Espíritu Santo) por la
rue Lafontaine. Asistió a la toma de la Bastilla y a la de Benavente.
Sostuvo amores ideológicos con Luise Michel y durmió varias noches
con Oscar Wilde. Tiene muchos perros, pero no posee ni una sola perra.
Vanidad de vanidades y todo vanidad (Esteban, 2015: 151).

233
234
2.8.2. En portada: noticias del fallecimiento de Sawa

La noticia del fallecimiento de Alejandro Sawa fue tan importante que la gran

mayoría de los periódicos más importantes la plasmaron en portada y no se limitaron a

informar, sino que resaltaron las cualidades del escritor e introdujeron elementos de su

vida:

La noticia del fallecimiento de Sawa apareció en los periódicos


madrileños del mismo día que ocurrió. En casi todas las notas
necrológicas, además de testimoniarse el pésame a sus familiares, se
insiste en el talento del notable y distinguido escritor, cuya ceguera le
había mantenido un poco al margen de la vida literaria de Madrid
durante los últimos años de su dolorosa existencia. (Phillips, 1976: 14).

Teniendo en cuenta que la muerte se produjo a la una menos cuarto de la

madrugada y las noticias salieron el mismo día 3 de marzo por la mañana, presuponemos

que a altas horas de la noche se tuvieron que modificar las ediciones, pues los periódicos

estarían configurados y maquetados para salir a la venta a la mañana siguiente:

La hora de la muerte posibilitaría que la luctuosa noticia llegase a


tiempo a las redacciones de los principales periódicos de la capital, que
se apresuraron a dedicarle, en ese mismo día, sentidas necrológicas,
cómo sucedió en ABC, España Nueva, El Globo, Heraldo de Madrid,
El Imparcial, El Liberal, El Mundo y El País, entre otros (Correa
Ramón, 2008: 258).

Es cierto que algunos diarios optaron por incluir una breve noticia dentro del

cuerpo del periódico, excusándose que era muy precipitado, y dejaron los artículos más

extensos y los reportajes para los días posteriores. Sin embargo, fueron la mayoría los que

modificaron su portada para dedicar una amplia noticia a informar del suceso, hacer un

homenaje al escritor haciendo un repaso de su vida y destacando su importancia en el

235
mundo de las letras, así como para dar el pésame a la familia. Para elaborar semejantes

artículos y reestructurar aquello que ya se encontraba hecho, la noticia debía ser relevante,

cosa que demuestra la importancia de Alejandro Sawa en el mundo intelectual de ese

momento.

Es interesante contrastar las noticias entre sí, dado que muchos son los errores

cometidos. Sin lugar a duda, las altas horas y la premura no contribuyeron a la claridad,

pero tampoco lo hizo la falta de comprobación por parte de los redactores. No se sabe de

dónde surge el error, pero sí se puede comprobar que se reproduce sistemáticamente en

las noticias y que muchas siguen idénticas estructuras y emplean palabras similares. Uno

de los detalles que más llama la atención es que muchos de los testimonios, que vamos a

recoger de aquí en adelante, dicen algo de la luz para referirse a las iluminaciones que

había en la cabeza del bohemio. Todas siempre en sentido metafórico, haciendo alusión

a la intelectualidad, elocuencia o brillantez, de un modo similar al que el escritor

empleaba esa terminología en sus escritos.

Vamos a comenzar por la necrológica de El Mundo, porque la firmaba Luis Bello,

quien ya vimos que perteneció a la “Gente Nueva”, se decantó por el periodismo y la

bohemia y, además, posteriormente se hizo masón:

Sawa era, a los veinte años, la osadía, el talento, la elocuencia. Sawa


era el triunfo. Bajo su cabellera de romántico, todas las audacias de
pensamiento eran legítimas, y la época le llevo a cultivar la audacia del
naturalismo, con el mismo aire de reto a la burguesía, a la vulgaridad
que antes habían tenido Larra y Espronceda. Empezó a vivir cuando
agonizaba en los tiempos en que lirismo era una cosa aceptada y
estimada en el medio social, y en el que los idealistas, hijos de la
revolución, podían aspirar al premio de una posición positiva. Ese
lirismo, esa pompa de la fantasía no fue para él un aspecto de la vida,
sino toda la vida […] La primera derrota de Sawa la expatriación.

236
Emigró a París en cuerpo y alma, y cuando volvió había perdido su
nacionalidad espiritual. La vida de Sawa en París no puede escribirla ya
nadie, puesto que no la escribió él. Fue el único español de quién se
sabe positivamente que arraigó en la vida del barrio latino y de
Montmartre. Habló francés como un clásico. Trató a los hombres más
notables de las letras francesas, como un poeta entre los poetas, y los
que lo conocemos la inexpugnable resistencia de París ante el
extranjero, debemos admirar el talento y el carácter de este hombre, que
con sangre mitad andaluza, mitad griega, fue alguien en París, sin
fortuna y sin grandes obras […] (Bello, 1909: 1).

Además de servir como prueba de que Sawa fue uno de los pocos españoles que

se integró en la vida literaria parisina, merece la pesan resaltar que Luis Bello lo califica

de romántico, idealista e hijo de la revolución y que esa fantasía no fue parte de su vida,

sino que ocupaba su vida entera. Es decir, Sawa no defendía unas ideas simplemente, sino

que vivía acorde a ellas. Esto es una prueba más de que fue víctima de su propio ideal.

El resto de necrológicas son anónimas, muy similares entre ellas y resaltan no solo

la brillantez de Sawa, sino también su fama. El Globo decía:

A la una menos cuarto de esta madrugada ha muerto en su casa, calle


del Conde Duque, 3, uno de los escritores de mayor mérito, uno de los
más primorosos estilistas, el autor de Noche, Crimen Legal, La mujer
de todo el mundo, Alejandro Sawa, cuya firma fue un tiempo codiciada;
cuya fama literaria pasó las fronteras.
Sawa, que en la plenitud de su fuerza creadora supo destacarse en
Madrid y en París de entre la masa de luchadores por la gloria […]
Creemos necesario decir que si la Asociación de la Prensa; si la de
Escritores y Artistas no acuden con sus benéficos auxilios a la causa
mortuoria, ni siquiera podrá tener el cadáver del escritor impecable
aquel decoroso entierro que sus íntimos desearían poder procurarle.
Un hijo más de las Letras qué sucumbe vendido, y una familia más que
no cuenta con medios para subsistir… ¡Pobre Sawa!¡Pobre mujer!
¡Pobre hija! (Anónimo, 1909a).

237
El Heraldo de Madrid, también el tres de marzo, publicaba la siguiente

necrológica aludiendo a que su manera de ser no le permitió alcanzar una buena posición

entre los escritores, a pesar de su gran talento:

Durante la madrugada última ha fallecido en Madrid el conocido


escritor, de estilo propio, Alejandro Sawa. Malagueño de nacimiento,
francés a ratos, bohemio en ocasiones y culto siempre, Alejandro Sawa
dejó en la literatura española inequívocas muestras de talento y buen
decir.
Con quien más semejanza tenía era con Verlain93, el famoso romántico,
íntimo de Sawa, a quien el finado dedicó preciosos artículos, que fueron
muy leídos en Madrid.
De los hermanos Goncourt tradujo el finado muchísimos trabajos
literarios, que contribuyeron a popularizar en España aquellos ilustres
nombres de la literatura francesa.
La obra de Alfonso Daudet Los reyes en el destierro, también fue dada
a conocer al público español por Alejandro Sawa, que la arregló para
nuestro Teatro.
En trabajos originales hizo también verdaderos primores, siendo el
principal la novela Declaración de un vencido.
Su carácter bohemio y su idiosincrasia la privaron de llegar a los
puestos de la cumbre, al sitio que merecía por su ilustración vastísima
y su talento singular (Anónimo,1909b).

El Liberal también resaltó su brillantez y llega a decir que era el mejor

escritor que teníamos:

Al final de la noche viene a nosotros una mala nueva. No solo para


nosotros lo es, sino también para, la literatura española. Ha muerto uno
de los escritores más brillantes, de verbo más fecundo y de imaginación

93
Omiten un “e”, pero se refiere a Verlaine.

238
más esplendida que teníamos, aunque la actual generación no conocía
tanto su nombre como debiera […]
Era Alejandro Sawa un hombre verdaderamente notable y singular.
Tenía una noble apostura, a la cual gustaba él de dar cierto continente
augusto y majestuoso.
Fue un maravilloso cronista y un artista excepcional. En los periódicos
de su tiempo ha dejado las muestras más gallardas de su ingenio. Como
novelista, ponía su manera brillante al servicio de su temperamento, y
fue lástima grande que no pusiera también en la obra la asiduidad y
constancia. […]
Hablar de su trato con las grandes figuras de la literatura francesa era
su gran encanto y teníalo por ejecutoria. Él fue amigo de Víctor Hugo,
fue amigo de Daudet, fue amigo de Maupassant […]
Siempre grande, siempre fabuloso, viviendo en desterrado de una patria
ideal, Alejandro Sawa, que hasta nombre tenía triunfal, ha arrastrado
con dignidad de emperador destronado su existencia, hasta el último
día. Ciego ya (él diría que como Belisario), veíasele pasear lentamente
al sol por la calle de la Princesa apoyándose en un brazo familiar. Y
caminaba con tal aspecto que parecía que sus ojos iban desafiando a la
luz.
No hay que añadir cómo ha muerto este gran niño grande. Admirable
poeta, que tenía en sí todos los faustos del Oriente. Ha muerto pobre.
[…] se ha extinguido esa vida que ya muchos dolores combinados
habían apartado de brillar para las gentes […] (Anónimo, 1909c)

Esta necrológica nos parece de suma importancia, pues no solo se repiten con

frecuencia vocablos relativos a brillar para referirse a su ingenio, en el mismo sentido que

Sawa, como veremos, los empleaba en su obra, sino que destaca sus relaciones con los

escritores franceses. Y, lo más curioso, desde nuestro punto de vista, es que dice que

“tenía en sí todos los faustos del Oriente”. A pesar de la lectura más superficial que

239
admitiría esta frase, en tanto que se asocia el Oriente geográfico con los lujos94 y,

metafóricamente, la brillantez simboliza sus grandes dotes como escritor, también es

cierto que los faustos pueden referirse a la dicha. Disfrutar de los faustos del Oriente

puede significar, a un nivel simbólico, tener el privilegio de gozar de una gran sabiduría.

Recordemos que, para la masonería, el Oriente es el lugar del que viene la sabiduría en

tanto que es el lugar por el que sale el Sol.

El País volvió a destacar la notoriedad de la que gozaba Alejandro Sawa, volvió

a emplear metáforas relativas al sol y a la luz para referirse a su prodigiosa cabeza, resaltó

su estancia parisina y, lo más destacable, es que mencionó que perseguía el ideal en vez

de meterse en asuntos de política:

Alejandro Sawa, el compañero queridísimo, que en tiempos


compartiera con nosotros en esta casa entusiasmos y esperanzas, ha
muerto.
Con Sawa, desaparece una figura notabilísima y prestigiosa del Madrid
literario. Pertenecía a aquella brillante bohemia, artista y animosa, que
señalaba en España la existencia de una juventud más apta para subir a
las cumbres del ideal, que para rastrear por el campo de la política en
busca de un acta o de un partido.
Nació en Málaga, y el sol que alumbró su cuna, irrumpió también con
torrentes en su cerebro, iluminando poderosamente toda una vida […]
Azares y aficiones lleváronle a París, después de haber dejado en la
prensa madrileña prueba de su talento y de su honda idiosincrasia
artística.
En París permaneció varios años, los mejores de su vida, y el arte
francés completó su temperamento meridional con un refinamiento
exquisito, que luego había de aromar sus futuros escritos […]
Y ha muerto trabajando, trabajando siempre […] en la eterna noche que
le rodeaba […]

94
En su quinta acepción, el Diccionario de la Real Academia Española se refiere a “Oriente” como el brillo
de las perlas que les da valor.

240
Descanse en paz el compañero inolvidable y el escritor eminente
(Anónimo, 1909d).

Esta referencia al ideal se asemeja a la del Oriente. En ambos casos entendemos

que Sawa buscaba algo mucho más allá de lo cotidiano. Una especie de verdad suprema

alejada de los intereses mundanos. Esto entra en relación directa con la opinión que

plasmó el propio Sawa y que veremos al analizar Iluminaciones en la sombra. Decía que

prefería las águilas a los ratones, pues los ratones van por el suelo, mientras que las águilas

surcan el cielo (Sawa, 1977: 253), en el mismo sentido que el diario El País alababa su

elección de subir a las cumbres antes que arrastrarse buscando un hueco en un partido

político. Sawa, en sus crónicas y en Iluminaciones en la sombra, siempre fue muy crítico

con la política, pues no toleraba la corrupción o el aprovechamiento de los políticos. Para

él, ese mundo pertenecía a la sombra.

La Época fue más escueta a la hora de informar del fallecimiento del escritor, pero

también encontró un sitio para la noticia en portada. A pesar de la brevedad, coincide en

ideas con el resto de noticias: la fama sawiana y el mérito de hacerse un hueco en París.

Asimismo, resalta que su ceguera le obligaba a dictar sus escritos, pero no por ello dejó

de trabajar:

Esta madrugada ha fallecido en Madrid el distinguido escritor y


periodista Alejandro Sawa.
Tanto en esta corte como en París, donde residió algún tiempo, se
distinguió por sus trabajos literarios, siendo en la capital de Francia
amigo de Daudet, de Gay de Maupassant y de Verlaine.
Desde hace dos años se encontraba ciego; pero, trabajador incansable,
dictaba sus composiciones para Revistas y periódicos.
Deja inéditos un libro titulado Iluminaciones en la sombra, y una
narración para El Cuento Semanal.
Como otros muchos luchadores, Alejandro Sawa ha muerto pobre.

241
Descanse en paz el distinguido escritor (Anónimo, 1909e).

En la misma línea se encontraba la noticia de El Imparcial, si bien la noticia

aparecía relegada a la tercera página del periódico:

Ha fallecido en Madrid este notabilísimo escritor.


Era autor de varias obras novelescas, entre ellas un admirable cuadro de
la vida miserable, de prodigiosa intensidad.
Colaboró en multitud de revistas y periódicos, incluso EL
IMPARCIAL, en cuya colección hay muchas y exquisitas pruebas de
su peregrino ingenio.
Vivió en París muchos años y allí fue estimadísimo de grandes
escritores, de cuya amistad conservaba religioso recuerdo.
Espíritu romántico y singular, buscaba en lo imposible y en lo raro la
razón de la vida […] (Anónimo, 1909f).

Lo mismo hizo La Correspondencia:

A última hora de la madrugada recibimos la triste noticia de que ha


fallecido en Madrid el notable escritor Alejandro Sawa.
Premuras de tiempo nos impiden consagrar al distinguido compañero,
al vibrante cronista, el recuerdo que merece por su labor literaria y por
los interesantes episodios de su vida.
Sawa, tan conocido por sus libros como por su especial manera de ser,
que le llevó fuera de España en busca de más amplios horizontes […]
(Anónimo, 1909g)

También excusándose en la falta de tiempo, el ABC decía:

A última hora de la madrugada, momentos antes de cerrar esta edición,


llega a nuestro conocimiento la noticia de la muerte de Alejandro Sawa,
ocurrida a la una menos cuarto de la madrugada.

242
Había nacido en Málaga, pasó en Madrid los primeros años de su
juventud, y de aquí marchó a París, en donde vivió largo tiempo,
trabando conocimientos en la capital francesa con los más notables
cultivadores de las letras […] De Víctor Hugo fue profundo admirador,
y de Paul Verlaine era también gran amigo […] Descanse en paz el
brillante literato […] (Anónimo, 1909h).

El Motín tampoco sacó la noticia en portada, pero volvió a emplear adjetivos como

“notabilísimo” y “brillante”, destacó su estancia en París y también recogió el hecho de

que Sawa dictaba sus artículos cuando ya estaba ciego:

Ha muerto este notabilísimo y brillante literato y enérgico periodista.


Talento, estilo, originalidad, todo lo tenía en altas dosis; era un artista
completo.
Deja varios libros notables: La mujer de todo el mundo, Noche, Crimen
legal, Declaración de un vencido. Este, sobre todo, es hermosísimo.
Allá por los años 1884 y 85 colaboró en EL MOTÍN, escribiendo para
su Biblioteca dos novelas de poca extensión, La sima de Igúzquiza y
Criadero de curas, que demostraron ya lo mucho que valía.
Vivió después en París muchos años, y al volver demostró en cuanto
hizo, en las Crónicas especialmente, que podía competir en gracia,
elegancia y profundidad con los primeros literatos franceses.
Hace unos meses que estaba ciego, y dictaba las hermosas páginas que
aparecían en los periódicos más leídos de Madrid […] (Anónimo,
1909i).

Como recapitulación, podemos decir que El Globo, Heraldo de Madrid, El

Liberal, El País o La Época dedicaron gran espacio de sus portadas a alabar el genio de

Alejandro Sawa. Sistemáticamente, repiten que el escritor gozaba de gran prestigio;

resaltan sus importantes amistades parisinas; reconocen el talento de sus obras, las cuales

se clasifican a la altura de las mejores plumas francesas de la época; insisten en la gran

labor de colaboración con los diarios (si bien ninguno reconoce el rechazo de ciertos

243
artículos por no amoldarse al canon y las normas preestablecidas que no aceptaban las

críticas o denuncias). Tampoco pierden de vista su extravagancia y su peculiar

personalidad, que ya lo habían consagrado como un romántico, un bohemio y un literato

de referencia. Y no en pocas ocasiones se utiliza el superlativo “notabilísimo”. Sin lugar

a duda, Sawa ya era un personaje en vida, por lo que no es de extrañar que su muerte

causara gran impresión y se comenzaran a suceder reportajes sobre él.

Por otro lado, muchos son los que hacen hincapié en la penosa situación

económica en la que se encontraban el autor y su familia. No hay más que fijarse en que

El Globo anima a la colaboración económica de las Asociaciones de Prensa, Escritores y

Artistas, o que El País abrió una lista de suscripción para quien quisiese hacer un donativo

a la mujer y la hija.

Asimismo, casi todos son lo que recalcan la ceguera que le sobrevino a Sawa en

sus dos últimos años de vida y aportan el dato de la necesidad que tenía de dictar sus

escritos. Rechazamos, por tanto, a los que lo acusaron de vago y recalcaron que al final

de su vida estaba apartado de las letras.

Otros diarios, como Nuevo Mundo, El Siglo Futuro o La Vanguardia (Anónimo,

1909j, 1909k, 1909l), fueron muy breves y discretos, pero volvieron a coincidir en

opinión. El Nuevo Mundo, a pesar de sus escuetas palabras, acompañó la noticia de una

fotografía de Sawa.

Merece la pena mencionar algunos de los errores que cometieron la mayoría, por

la sencilla razón de que se precipitaron a dar forma a la noticia para que saliese al día

siguiente, sin poder contrastar la información; además, esto es muestra de que los

periódicos hacen circular ciertos datos que se automatizan y reproducen

sistemáticamente. El más evidente es que en ninguna ocasión se dice acertadamente que

244
Sawa era sevillano, sino que se repite que era malagueño. No solo los diarios se

equivocaron, sino que, como venimos comprobando, es un error bastante común atribuirle

ese gentilicio. La confusión procede de que en Málaga creció. Otro error de los periódicos

fue situar el domicilio familiar en el número 5 en vez de en el 3, o establecer la hora del

fallecimiento a la una y cuarto en vez de a menos cuarto. Por supuesto, son apreciaciones

menores, que no distorsionan en absoluto la esencia de este apartado: demostrar la

autoridad literaria de la que Sawa gozaba en su tiempo, que fue el único español que se

hizo un nombre en la capital francesa, plasmar el reconocimiento de su labor como

escritor y periodista y afirmar que, desde su vuelta de París, era todo un referente en

Madrid. Asimismo, también comprobamos que se emplearon metáforas referentes a la

luz y al sol para resaltar su intelectualidad, en el mismo sentido que anteriormente había

empleado él esta terminología en sus escritos, cosa que analizaremos en breve. Ahora

bien, creemos que lo más destacable es que muchos de estos diarios recogen que no llegó

donde merecía por sus ideas y por su personalidad. Dos periódicos hablan de su

idiosincrasia. Su negativa a ceder le costó la retirada de colaboraciones y la no publicación

de otras crónicas. Esto viene a reforzar las palabras que reiteraba Darío en el Prólogo de

Iluminaciones en la sombra cuando aludía a la falta de practicidad de Sawa, quien prefería

contemplar el Infinito que preocuparse por hacer dinero. Por lo tanto, Alejandro Sawa

murió siendo un idealista. Si bien acabó desencantado del mundo y se sintió abandonado

de todos, como manifestó en sus cartas, su idiosincrasia fue una de sus grandes

aportaciones al panorama literario.

También relativas a su personalidad fueron las supuestas palabras de Gómez de la

Serna (1888-1963). Decimos supuestas porque no van firmadas, pero de ese número de

Prometeo95 se ocupó Ramón Gómez de la Serna (Correa Ramón, 2008: 260). Se publicó

95
La publicación estaba dirigida por Javier Gómez de la Serna.

245
con motivo del fallecimiento de Alejandro Sawa, pero la revista es de febrero, por lo que

suponemos que salió a la venta a mes vencido y, dado que Sawa falleció a principios de

marzo, la necrológica entró en el número de febrero. En ella, Gómez de la Serna 96 (o

quien la escribiera) destaca el romanticismo que acompañaba a Sawa no solo a la hora de

escribir, sino en su personalidad. Esto es muy importante para esta investigación, pues da

testimonio, además de su estancia en París y lo notoria que fue su figura allí, de lo idealista

que fue. Crédulo y optimista son algunos términos que el escritor emplea para referirse a

él. Esto viene a demostrar, una vez más, que creía en los ideales y en la humanidad:

ALEJANDRO SAWA
No me atrevo...
Pero iba a escribirlo ya.
¡Es un tópico tan tópico!
Sin ir más allá, hace días Le Matin epigrafiaba su artículo de fondo,
relativo a Ferdinan Duqué, con la consabida frase: “El último
romántico”. Pero, qué diablo, nunca más justificada esa calificación que
hablando de Sawa.
Sawa tenía ese lirismo personal que hoy ha desaparecido. Un lirismo
que no debe confundirse con el literario. Son completamente diferentes.
Hoy existe el literario sin el personal.
Si en otros tiempos se hubiera escrito Los bufones, de Zamacois, el
autor hubiera tenido tanto que comentar como su obra. Hoy el lirismo
de Los bufones es hijo de un hombre que bien puede ser, por su aspecto,
tan socio de la Gran Peña; pulcro, bigote a la moda, el pelo corto, y su
historia privada, la de cualquier calavera, y no más.
Sawa era en literatura el hermano de este mismo Catulle del que he
dicho ya unas palabras. Para hacer el trayecto juntos, se han marchado
al mismo tiempo. Solaz no les ha de faltar si se cuentan sus anécdotas
y se hablan con la bondad que les fue característica de por vida.
Sawa practicaba una literatura fantástica, no ya en el sentido
desproporcionado de Hugo, sino en un sentido más humano, pero en el

96
Recordemos que también se le ha relacionado con la masonería.

246
fondo altamente sentimental. A Sawa le ungió poeta Víctor Hugo. En
un libro de un genio extraordinario—aunque no valiera más que veinte
céntimos—“Los hampones” se dijo que Sawa no se había lavado la
frente desde entonces.
Este solo rasgo demuestra un temperamento lleno de exaltaciones y de
optimismo, crédulo hasta la saciedad, con esa credulidad que ha creado
ideas tan épicas, y candores tan hermosos.
Sawa tenía una cabeza artística y sarracena. La vejez había nevado ya
sobre ella. Pero los que le conocieron en su verdor de antaño,
conservaban entre sus admiraciones la de aquella cabeza. En los cafés
de París, sobre todo en los de Montmatre, era la expectación y la
envidia.
Era digna aureola para un poeta.
Verleine97 fue muy amigo de Sawa. Él nos lo ha evocado varias veces;
le profesaba una gran admiración y se conmovía trágicamente hablando
de la miseria que laceró aquella vida.
Fijaos en lo deplorable que es esto: ciertas cosas que nos pertenecían, y
de las que conservábamos un hálito, aunque no fuera más que en los
labios del que nos lo decía, se hacen históricas de pronto; parece como
si lo único cálido que nos restaba de ellas se nos escapase.
Alejandro Sawa es otro caso de simpatía para mí.
No le olvidaré nunca. Era el jirón de una época que está acabando de
desmantelar el tiempo.
¡Pobre Sawa!
Se llevó al otro mundo el recuerdo de toda su vida de bohemio, el de la
charla de Verleine, y sobre su calavera habrá desaparecido ya el beso
que le diera Víctor Hugo, un día que para él fue único y supremo y para
nosotros es ya solo una anécdota.
¿Hay derecho para todo esto?
¿Qué se hará ahora de todas esas pipas que él tenía una para cada día?
Pobre romántico. Conservó una gallardía espiritual magnífica. Vivía
mal al cabo de su vida. Pero así vivió Verleine.
“Yo soy un hombre que de tanto mirar hacia la luz,

97
Es evidente que es Verlaine. También escribe mal Montmartre.

247
se ha quemado las pupilas”; esta ha sido una de sus últimas frases escrita
en una revista de América. Así ennobleció su ceguera (Anónimo,
1909m: 94-95).

Por último, debemos hacer referencia a una necrológica que fue descubierta en

2016, con el fin de aportar la bibliografía más actualizada. Sergio Constán Valverde

publicó un artículo titulado “Alejandro Sawa en una necrológica desconocida de Arturo

Vinardell”, en el que decía: “El 6 de abril de 1909, un mes y tres días después del

fallecimiento de Alejandro Sawa, el Diario de Tenerife publicó una página necrológica

sobre el sevillano, firmada con el seudónimo de «Darwin». Inserta en la sección «Crónica

de París», llevaba por título «Los grandes bohemios. Alejandro Sawa», y aparecía fechada

en la capital francesa, en el mes de marzo” (2016a: 52). La mayor aportación de esta

necrológica es que apunta que Sawa llegó a París a finales de 1889, ya finalizada la

Exposición Universal, entrando en contradicción con las palabras que él mismo recogía

en uno de sus artículos: “recuerdo de aquel 14 de julio de 1889 con que París celebró el

primer centenario de la toma de la Bastilla. La grandiosa Exposición, que era el número

más brillante del espléndido programa de festejos, estaba en todo su auge y en aquellos

días París podía proclamarse, con más razón que nunca, la gran metrópoli del mundo”

(Sawa, 1904b). También se trata el asunto del beso de Victor Hugo y se concluye que fue

un invento de Sawa, pues:

El hecho de que Vinardell destine el final de su texto a demostrar la


falsedad de tal leyenda, su empeño último en señalarla como pura
invención del sevillano, parecen responder a un propósito deliberado,
no exento de cierta complacencia moral: pintar el retrato de una figura
fraudulenta, el de alguien que no existió en la realidad, el del absurdo
personaje inventado por sí mismo; en definitiva, la imagen del escritor
al que su propia ficción lo acaba derrotando, no sin haberlo hecho antes
su altivez y sus delirios de grandeza (Constán, 2016a: 63).

248
Sin embargo, el hecho de que la necrológica de Vinardell diga que fue una ficción

no desvanece la posibilidad de que Sawa viajase a París en 1885 y tal viaje no esté

documentado. Tampoco creemos que haya que dar la razón a Vinardell cuando dice que

el bohemio llegó a la capital francesa a finales de 1889. De momento, no sabemos si viajó

antes y el periodista no se encontró con él en ese momento o si Sawa hizo más de un viaje

en 1889. Tantas posibilidades tienen estas conjeturas de ser ciertas como las otras que

apuestan por ser ficciones inventadas por Sawa para consagrarse como personaje en vida.

Sin embargo, el final de la necrológica es de sumo interés en esta investigación:

¡Pobre Sawa! Hizo su propio retrato en la Confesión de un vencido;


pero en realidad jamás quiso doblegar su altivez innata ante los reveses
de la fortuna. Tuvo en vida una debilidad: la de querer aparecer más
grande de lo que era con serlo mucho más que otros que figuran
inmerecidamente en la cúspide de las letras españolas (Vinardell Roig,
1909).

Por un lado, aunque le reproche que quiso ser más de lo que era, afirma que era

más que otros que llegaron más alto, situándose en la línea de las otras necrológicas que

hemos transcrito, admitiendo su talento. Por otro lado, a pesar de que se equivoca al

llamar Confesión de un vencido a Declaración de un vencido, dice que “hizo su propio

retrato” en dicha obra. Esta afirmación se hizo en 1909, de modo que los contemporáneos

de Alejandro Sawa son conscientes de que en esa novela se ha autorretratado,

convirtiéndose a sí mismo en un personaje, mucho antes de que la crítica literaria lo ponga

de manifiesto y lo estudie. Sobre este asunto volveremos al tratar de los personajes

inspirados en Alejandro Sawa.

Aprovechando que la necrológica la firma Arturo Vinardell Roig (1852-1937),

creemos que es el momento de rescatar un testimonio suyo sobre Alejandro Sawa de

249
aquella vida en París, pues, al igual que Sawa introdujo en sus círculos literarios parisinos

a Rubén Darío, también presentó a sus amistades a Vinardell. Así lo contaba en 1913 en

un artículo llamado “Ruinas y recuerdos”, publicado en la portada del poco conocido diario

El Guadalete, de Jerez de la Frontera (Cádiz), el día 11 de julio:

En el Francois Premier conocí yo a Verlaine, desgraciadamente un día


en que el pobre Lelian estaba ebrio como un muerto; a Charles Maurice,
el ardiente polemista; a Jean Moreas, a quien pudiéramos llamar el
greco de la poesía francesa; a Pierre Baudin, estudiante a la sazón,
presidente del Concejo municipal después, y hoy ministro de la Marina.
A todos ellos fui presentado por el gran Alejandro Sawa, uno de los más
cultos escritores de nuestra patria (Vinardell, 1913: 1).

250
2.8.3. Reportajes y anécdotas póstumos. Dos nuevas aportaciones

En este último apartado, dentro del dedicado a los testimonios que de Sawa daban

sus contemporáneos, y después de analizar las necrológicas más significativas, debemos

recoger otros escritos cuyo denominador común es que se escribieron muchos años

después de la muerte del escritor. La distancia temporal opera tanto para bien como para

mal. Por un lado, conlleva una inevitable distorsión de los hechos que se recogen, pero,

por otro lado, nos muestra que aún seguía viva la fama de Alejandro Sawa. Además,

gracias a estas crónicas, hemos podido averiguar nuevos datos y hemos descubierto

nuevas anécdotas que seguramente tuvieron presentes los escritores, como Valle-Inclán,

al hacer la trasposición de la vida de Sawa de realidad a la ficción.

Algunos de los textos que vamos a recoger no son muy extensos, como el de

Emilio Carrère (1881-1947). Sin embargo, merece ser tenido en cuenta porque destaca

que Sawa era la personificación de la bohemia: “Glorioso emperador de la bohemia, del

gesto amplio y magnífico como Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un

dios […] En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa pontifical, manto

de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fue la suprema consagración de la capa

bohemia” (Carrère, 1918: 164). Y, también, que tenía la cabeza en las nubes y el corazón

en la hoguera del amor y del dolor de la Humanidad (Carrère, 1918: 164). Este

sentimiento filantrópico también lo mantuvo durante toda su existencia, hasta que se

sintió abandonado. Su fe en la humanidad le condujo a no tener los pies en la tierra, de

ahí que Carrère diga que su cabeza estaba en las nubes. Volvemos, por lo tanto, a su

idealismo que no hizo frente a problemas reales como la economía con la que mantener

a su familia.

251
En El Nuevo Mundo, José San Germán Ocaña publicó un reportaje el 18 de marzo

de 1909, es decir, pocos días después del fallecimiento del bohemio. No son muchos los

testimonios del velatorio, ni se sabe cómo sucedieron exactamente los acontecimientos,

pues las necrológicas de los periódicos alababan las cualidades de Alejandro Sawa, pero

no contaban datos del entierro. El dato más fiable que tenemos hasta el momento era el

testimonio de Ernesto Bark sobre su lucha con los sepultureros. Ahora bien, las palabras

de San Germán son bastante cercanas porque aportan un dato esencial: cargó con el ataúd.

Si bien en las listas de los asistentes al velatorio no aparece, es posible que acudiese

directamente al entierro. Salvando algunos errores, como que murió a los cuarenta y ocho

años, siendo que aún no había cumplido siquiera los cuarenta y siete, San Germán hace

un repaso de la vida de Sawa destacando que se codeaba en la capital francesa con las

más ilustres plumas y que era en París “una consagración”, que en España fue el más

innovador, el líder de los intelectuales y un gran cronista y novelista, además de un

caudillo del Arte, con mayúscula otra vez:

Alejandro Sawa, no conozco ningún hombre de tan recia contextura


cerebral, que sea, como él, capaz de marcharse de la vida sin la
pesadumbre de dejar de vivir […]
Ha muerto, sí. Para que no me finja la imaginación el dolor de una
pesadilla, siento aún sobre los hombros el contanto duro del féretro de
Sawa, que dejé allá en el abismo de un hoyo profundo, muy profundo,
de metro y medio. […]
Algo sobre existirá, sin embargo, más reciamente que su cuerpo, más
populosamente que su obra: la leyenda de su orgullo. solo que su
orgullo no existió jamás. los que hicieron apotegma de aquella riqueza
solemne de su espíritu, que le llevaba a asemejarse a Leconte de Lisle
en lo fastuoso y en lo altivo, llamándole orgullo a lo que no era sino
prolongación externa fisiológico-moral de su genio, o no le conocían o
le calumniaban […]

252
Era, sobre todo, un gran niño todo bondad cuyo espíritu refinadamente
ecléctico, varonilmente rizado en humano lirismo, vibraba como el
vidrio de una máquina eléctrica cuando el plectro del ajeno dolor se
llegaba a las cuerdas de aquella gran citara que fue su corazón de artista
[…]
En París, entre los simbolistas y decadentes de Montmartre y del Barrio
Latino, Sawa paseaba como una consagración. […]
Hace un cuarto de siglo, cuando este Sawa aún no tenía los veinticinco
—ha muerto a los cuarenta y ocho—el maestro no era ya solo un
estilista, no era solamente un orfebre que trabajaba el verbo fecundo y
audaz de la gema robusta y polifónica del idioma: era también un
novelador admirable, era un buzo valeroso y sutil de las entrañas
orgánicas de la sociedad; era, sobre todo, el innovador entre nosotros
del naturalismo literario en la forma y en el fondo, que llegó a ser el pan
espiritual de todos los intelectuales españoles de entonces a la fecha.
Crimen legal, Noche, La mujer de todo el mundo, Declaración de un
vencido […] y otras obras suyas, fueron luces de cerebro propio, recias,
eclécticas, humanas, valientes y generosas, publicadas por entonces, y
que le cantaron el hosanna triunfal de los caudillos del Arte […]
Sus últimos tiempos han sido de martirio. Primero la disnea, después la
nefritis, enseguida la ceguera; por último la locura. […]
Sawa, Alejandro Sawa, era glorioso, ¿para qué más epitafio? (San
Germán Ocaña, 1909: 211).

Además de las alabanzas, el periodista aporta otros datos que no conocíamos sobre

el deterioro físico de Alejandro Sawa. Si bien ya hemos hablado de la ceguera o la

encefalitis que le hizo agonizar, San Germán Ocaña nos informa de que antes llegó la

disnea, es decir, la dificultad para respirar a causa de los ahogos, y la nefritis o inflamación

de los riñones.

Sin embargo, debemos destacar sobre el resto de aportaciones que San Germán

Ocaña recalca la filantropía de Sawa. Hace referencia a la habitual confusión entre su

253
orgullo y su bondad y que se estremecía ante el dolor ajeno. Esto es, sin duda, una muestra

de su integridad moral y de su idealismo, que se podía confundir fácilmente con altivez.

El caso de los artículos de Nicasio Hernández Luquero es un poco más complicado

de estudiar, pero imprescindible porque también trató el caso de la muerte de Sawa. Son

tres los artículos póstumos que escribió sobre Sawa. Debemos recordar que Luquero era

uno de los presentes en el velatorio, pues su nombre se encuentra en la lista. Gracias a

esto, es uno de los pocos que aporta datos sobre ese suceso. El problema es que no se trata

sino de pinceladas, inconexas si cabe y dilatadas en el tiempo. Esto hace presuponer que

su reconstrucción pierde su correspondencia con la realidad en una relación directamente

proporcional al paso de los años.

El primer artículo se publicó en El País, el 8 de marzo de 1909, el segundo en el

Diario de Ávila98, el 2 de marzo de 1967 y el último es del ABC, del 22 de mayo de 1974.

Puede que la admiración de este poeta y periodista segoviano hacia el bohemio sevillano

le llevara a exagerar, incluso a distorsionar, sus aportaciones. Es más, tal vez, obnubilado

por la desgracia que había acontecido, el propio periodista transmitió más sus

percepciones que los hechos reales. Aparte de una breve descripción de aquello que

rodeaba al cadáver, afirma que nunca trató con el artista; en cambio, como observa Allen

Phillips, en el artículo de 1967 dice haberlo conocido y haber hablado tan solo una vez

con él (Phillips, 1976: 27). Otro dato que llama la atención es que ni en el primer artículo,

ni en el último, hay rastro de un famoso clavo que sobresalía del ataúd y perforó la sien

del difunto99, sembrando la duda sobre la efectiva muerte, cosa que sí recuerda en 1967.

98
Este artículo fue facilitado por Idelfonso-Manuel Gil a Allen Phillips, como se dice en Phillips 1976: 27,
nota al pie núm. 17.
99
Allen Phillips hace referencia a esta omisión irónicamente: “Hernández Luquero se olvida del hilillo de
sangre […]” (Phillips, 1976: 27).

254
En 1909, Hernández Luquero tan solo hace referencia, en relación con el velatorio,

al aspecto de Sawa, quien estaba envuelto en un sudario blanco y seguía manteniendo una

buena apariencia. Además, dedica a Sawa unos cuantos elogios, que recuerdan a la

admiración que manifestaba Prudencio Iglesias Hermida y emplea la luz para referirse a

su prodigiosa cabeza:

Hasta el nombre lo tenía triunfal, ha dicho un periódico100.


Sí, triunfal como su apostura hermosa, aristocrática, de artista exquisito.
Triunfal como su prosa, que a la de nadie se parecía. Triunfal como su
espíritu refinado, selectísimo, que sentía mareos ante todo lo vulgar. Su
vida triunfal, en medio de su orgullo bohemio voluntario, paseando con
majestad olímpica sus harapos, dignos de desterrado en un ambiente
hostil a su interior mundo ideal; en muerte, envuelto en la blancura
sencilla de un sudario, triunfal de aspecto, con su rostro de perfil
clarísimo, como iluminado aún por la luz interna que encendió
esplendorosamente de los más puros matices toda la magna urdimbre
de sus soberbias quimeras. […] la luz iluminó el cerebro creador de los
hermosísimos libros Declaración de un vencido, Crimen legal, La sima
de Igúzquiza, Noche y La mujer de todo el mundo (Hernández Luquero,
1909).

En 1967, da más información y relata la anécdota del clavo: un clavo que

sobresalía del ataúd perforó la sien del cadáver del escritor sevillano, haciendo más tétrica

aún su muerte. Según las palabras del periodista, a causa de esto, Valle-Inclán sembró la

duda sobre si estaba vivo o muerto, pues un hilo de sangre brotó de la sien al rozarse con

el mencionado clavo. Sin embargo, tras haber encontrado el testimonio de Ernesto Bark,

consideramos que tenemos un buen argumento para afirmar que la duda fue cosa del

estonio.

100
Hemos visto más arriba que dicho periódico fue El Liberal.

255
Respecto al artículo, Luquero dice lo siguiente:

Sawa murió en plena penuria económica, y envuelto, en sus últimos


días, en el velo siniestro de la locura. Le vi en el ataúd, en un humilde
piso de la travesía del Conde Duque. De una de sus sienes corría un hilo
leve de sangre, que se había coagulado. Obra fortuita de un clavo de la
pobre caja. Pero a Valle-Inclán, siempre extraño y fantástico, se le
antojó que Alejandro estaba vivo. Hubo que buscar un espejo, que,
¡cosa natural!, no reflejó el aliento del elegante cronista (Hernández
Luquero, 1967)101.

Y, por último, en 1974, retoma casi idénticas palabras a las que dijo en 1909,

añadiendo:

Yo conocí a Sawa en la Redacción de “La Lucha” […] pero antes me


había sorprendido la maga rutilancia de sus crónicas en aquel “Alma
Española” […]
Cuando yo vi a Alejandro Sawa por primera vez en la calle, iba seguido
de un hermoso perro negro y humeando su pipa bohemia. Mi
admiración juvenil le siguió un gran trecho, sin pensar cuando tal hacía
que años más tarde había de escribir Rubén Darío que solo la entrada
de Sawa en un café constituía un espectáculo. Espectáculo era, en
efecto, verle, sencillamente, caminar por la calle. Tales su presencia y
ademán principescos […]
-Son Sawa y su perro- dijo alguien-.¡Y qué actitud la de Sawa ante el
empuje y acometividad de su perro! […] -¡Pero han visto ustedes! ¡Han
visto qué fiera! – decía limpiando al perro y arreglándole las lanas.
Y se le veía más orgulloso de poseer aquel gran animal que de ser dueño
de aquel terso y rico estilo a que trasladaba sus elevadas cerebraciones
que pedían imperiosamente la vida del poema […]
¿Por qué el poeta negó al fastuoso prosista unos míseros cobres que, en
pago de sus crónicas, haría con creces efectivos en el gran rotativo
bonaerense?

101
Cita recogida por Phillips, 1976: 28.

256
Tras la ceguera adivinó la locura […] huyera la luz de su cerebro […]
Yo le contemplé muerto en aquel cuarto humilde de la Travesía102 del
Conde-Duque, bajo un soporte lleno de pipas y el cuadro que, tras un
cristal, guardaba un soneto inédito y autógrafo de Verlaine.103
Su semblante era magníficamente blanco, la frente se dijera iluminada
por la luz interna que alumbraba sus soberbias quimeras.
Hombre de tan extraordinaria calidad humana […] En días de estrecha
penuria en el hogar del escritor, consiguió un ingreso de treinta duros
como adelanto a una colaboración prometida, y cuando su resignada
Juana esperaba esta apreciable ayuda que tanto significaba en la primera
decena de este siglo, apareció el magnífico Alex, a la hora de comer
precisamente, radiante de alegría con un perro nuevo, por el que había
entregado ciento cincuenta pesetas. Aquel día no se comió en casa del
elegante prosista […] (Hernández Luquero, 1974).

En este artículo, dedica gran parte del texto a reproducir la famosa carta del 14 de

julio de 1908, en la que Sawa reclama la deuda a Darío. Y, como puede verse en la cita,

Luquero se cuestiona por qué no hizo efectivos los pagos el nicaragüense, una prueba más

de que la deuda nunca se saldó y era un asunto bien conocido por todos.

Si bien en el artículo que publicó en el Diario de Ávila, Luquero dice que conoció

a Sawa, en el de 1909 dice textualmente “que nunca traté”. Salvando esa discordancia, y

que la calle no es la travesía, se puede apreciar la admiración de Hernández Luquero por

Alejandro Sawa. Sin embargo, no por ello deja de comentar los habituales episodios de

los perros, animales por los que Sawa sentía devoción. Es importante retener estas

anécdotas, pues al tratar Luces de bohemia nos remitiremos a ellas.

102
Confunde la calle del Conde de Duque con la travesía del Conde Duque, calle perpendicular a aquella.
Es un error bastante común, porque Sawa también vivió en la travesía.
103
No se trata de un soneto, sino de un poema de dieciséis versos: “[…] el poema no era un soneto, sino
otra versión del titulado «Féroce», publicado en Le Rêve et l´Idée, mayo-julio de 1895” (Correa Ramón,
1993: 50).

257
Tampoco debemos pasar por alto que también emplea los vocablos relativos a la

luz para referirse a la fabulosa cabeza de Sawa.

Por otro lado, un tal H.R de la Peña firma un extenso artículo que ocupa dos

páginas de La Esfera de 1930. A este artículo ya nos referimos a propósito de las cartas

que Sawa enviaba a Darío, pues en ese reportaje se reproduce el texto que Sawa conservó,

aquel que tiene faltas de ortografía, si bien la misma caligrafía que las otras cartas.

Además de dedicar espacio a tratar la deuda dariana que como vemos, fue un tema de

gran impacto, el artículo también sirve de alabanza al bohemio. Todo, sin perder de vista

las penurias que atravesó y reconociendo que el famoso prólogo de Iluminaciones en la

sombra se deshace en halagos. Y, aunque ya sea repetitivo, también este periodista recurre

al verbo “brillar”. Sin embargo, le da un giro que no hicieron los demás, pues considera

que una cosa es brillar y otra es arder, y que Sawa ardió, en el sentido de que acabó

consumido:

No es lo mismo brillar que arder […]


Entregaban como arras de su fidelidad al arte sus corazones, esperando
el pago, no en moneda sucia y vil, ni en cargos acomodaticios y
remuneratorios, sino en credenciales de inmortalidad […]
La vida fue dura y cruel con el ilustre autor de Noche. Cuantas veces se
acercó a ella pidiéndola un beso, esta le daba un mordisco […]
En un bello prólogo compuesto por Rubén Darío al libro Iluminaciones
en la sombra, el gran poeta habla de su viejo amigo con desbordante
ternura (Peña, 1930: 36-37).

Eduardo Zamacois (1873-1971), amigo íntimo de Sawa desde su estancia en

París, lo recordó en Un hombre que se va (1964). Sin embargo, en vez de una semblanza

de sus vivencias, optó por un recuerdo de su muerte. En concreto, describió cómo el clavo

perforó la sien del difunto y salió un hilo de sangre:

258
Murió Sawa “en belleza”, sin una contracción en el hermoso semblante,
sin una frase torpe o un gesto feo. Dentro del ataúd y a la luz de los
cirios, parecía un mármol. Detalle escalofriante. Un clavo de la caja le
había lastimado la sien y de la herida salió un hilillo de sangre, que
cuajó en seguida. Ese clavo, sobre el que apoyaste la frente para dormir
tu último sueño, ¡pobre hermano!... es el símbolo cruel de tu historia
triste (Zamacois, 1969: 177).

Luis Ruiz Contreras (1863-1953), quien fue escritor, dramaturgo y periodista muy

cercano a la generación del 98, escribió Memorias de un desmemoriado (1946), obra en

la que dio testimonio sobre Alejandro Sawa, a quien conoció:

¡Si despertase Alejandro Sawa! ¡Cómo reclamado para sí el privilegio


de habernos aburrido tantas veces, antes de venir Cornuty, con la
repetición insistente del fragmento copiado, que ahuecaba con su voz
campanuda! Precisamente Sawa fue para Cornuty algo más que un
precursor verleniano: fue su providencia; porque al verle por completo
desamparado, le acogió en su mísero desván. Alejandro Sawa era
generoso en su pobreza, y su espíritu respondía bien al gallardo aspecto
de su persona. Vestía pulcramente, hablaba con altivez y podían
perdonársele ciertas extravagancias como a un hidalgo. Hablaba en
correcto castellano con pronunciación francesa, y de vez en vez
interrumpía su discurso con un Comment s´apelle ça? Levantaba el
brazo; rozaba el pulgar con el índice para producir un chasquido; erguía
la cabeza como si esperase que le cayera de las nubes la palabra… Y
nunca le faltó la precisa. Tenía un hermoso perro, como Alfonso Karr,
a quien deseaba parecerse, y decía que no se lavaba la frente porque
Víctor Hugo se la ungió con un beso. El prurito de originalidad imitada
le privó, acaso, de ser original a su manera. El editor de los novelistas
“zolescos” le publicó tres libros, y vivía en la estrechez, con una
dignidad asombrosa (Ruiz Contreras, 1946: 117).

259
Esta semblanza de Sawa muestra su amistad con Cornuty, quien será muy

importante a la hora de analizar los personajes de ficción basados en el bohemio sevillano.

Además, nos muestra su cara generosa. Y si bien el asunto del perro y el beso de Victor

Hugo vuelven a caer en el sensacionalismo, debemos retener que trajo acento francés y

que habitualmente, cuando no encontraba una palabra en castellano, decía en francés

“Comment s´apelle ça?”, pues esta frase también va a ser usada para la trasposición de la

realidad a la ficción.

Francisco Pompey (1887-1974) publicó, en 1972, Recuerdos de un pintor que

escribe. Uno de los recuerdos que incluye es con Alejandro Sawa, al que fue a entrevistar

cuando ya estaba ciego: “Con Alejandro Sawa «El Magnífico» en el café de Platerías”.

No podemos reproducir aquí las cinco páginas que ocupa esta semblanza, pero sí vamos

a citar los fragmentos más importantes, pues pueden aclarar algunos detalles de la vida

del sevillano. Este juicio es importante porque Pompey no era amigo de Sawa, ni tampoco

detractor. Ya lo conoció ciego y todo lo que dice lo sabe porque lo ha leído o porque Sawa

se lo contó poco antes de fallecer. Esto hace que su punto de vista sea más objetivo que

el del resto de testimonios:

En la crónica de hoy se me ha ocurrido distraer al amable lector cómo


y de qué forma conocí personalmente al gran escritor español Alejandro
Sawa, al que llamaban “El Magnífico”. Que yo sepa no se le cita al
tratar de los hombres ilustres del 98 ni su nombre sale impreso en los
libros ni artículos sobre “los olvidados”. Se da la impresión de que
jamás haya existido. Como escritor acaso exista alguna razón. No es
esta una ocasión para entrar en un juicio crítico sobre sus obras
literarias, cuyos temas -atrevidos en la forma y en el fondo- se prestan
para un riguroso juicio crítico o bien para concederle indulgencia, ya
que en sus obras existe un profundo amor por el Bien y la Belleza.
Alejandro Sawa fue un romántico español que vino al mundo con

260
retrato si lo comparamos con el Romanticismo francés, que él adoraba,
y de cuyo grupo conoció personalmente a Victor Hugo y a otros de las
letras y de los pinceles; en aquel París en el que aún se respiraba en un
clima espiritual del Romanticismo y los pintores impresionistas daban
la batalla contra el arte oficial y la incomprensión de la crítica burguesa.
En aquel París, Alejandro Sawa llegaba con sus veintidós años de edad
y “una sed de ilusiones infinita”. Sevillano y de una inteligencia
sensible y de gran imaginación creadora, Alejandro Sawa se da a
conocer en las tertulias de artistas y escritores: de la “Closerie des Lilas”
al Café D´Harcourt, en pleno “quartier Latin”, Sawa se encuentra como
en su casa. Conoce y trata personalmente al más grande lírico de Francia
en el siglo XIX, Paul Verlaine, que le estima y le regala la pipa que
usaba con habitual placer, y le da un beso -costumbre elegante en
Francia- como prueba de afecto y admiración de su talento. En la
tertulia de Verlaine, Sawa se reúne con Rubén Darío, Gómez Carrillo
[…] Su estampa romántica justificaba su belleza física y la de su
espíritu señorial. En los días difíciles sabía ocultar su pobreza con
dignidad de gran señor […] la cabeza de Sawa se destacaba entre as de
los escritores y artistas por “su belleza griega” y que era más bella que
la de Alfonso Daudet (Pompey, 1972: 86-87).

Por un lado, aprecia el amor de Sawa por el Bien y la Belleza, con mayúsculas, en

la línea que apuntaba Darío en el prólogo de Iluminaciones en la sombra. Por otro lado,

da más datos de su estancia en París y apunta que también Verlaine le dio un beso, además

del de Victor Hugo, que también lo recoge. Es importante que Pompey sepa de oídas la

notoriedad de Sawa en París, pues es una muestra más de que fue de los pocos que se

integró y destacó en los círculos literarios franceses. Asimismo, hace hincapié en su

romanticismo. Si el ambiente romántico perduraba en el París que Sawa conoció, no es

de extrañar su inadaptación a su vuelta a Madrid, sus constantes alusiones al pasado de

manera melancólica, su deseo de volver a la capital francesa y su modo de vivir

aferrándose a ideales sin preocuparse por ganar dinero.

261
Sin embargo, lo más importante es que da un dato que, hasta ahora, ninguno había

apuntado: que Sawa llegó a París con veintidós años. No hay ningún modo de constatar

esto, pero si está en lo cierto, los veintidós años de Sawa coincidirían con los años 1884-

1885. Podría tratarse de un viaje anterior a su estancia de varios años y, en esa fecha, es

posible que hubiera conocido a Victor Hugo.

A partir de aquí, Pompey empieza a dar sus impresiones, pues concretó, a través

de Joaquín Dicenta (hijo) y su secretario (seguramente, José María Gascón), una cita con

Sawa en el café Platerías en 1907 o 1908 (Pompey, 1972: 88):

Ya no era el Alejandro Sawa; el magnífico. Había perdido mucho de su


gran prestancia […] él se animaba con los recuerdos de París. Más de
una hora estuvimos conversando sobre varias cosas, y particularmente,
a cerca de las bellezas en la poesía de Verlaine y de los impresionistas
[…] Me encantaba escucharle […] usaba frases en francés, con el más
puro acento parisiense […] aquel gran hombre que, como otros grandes
artistas, vinieron a este mundo sin suerte […] fue todo un gran hombre,
muy por encima de las bajezas humanas (Pompey, 1972: 90).

A modo de síntesis, podemos decir que muchos de estos escritos se solapan

repitiendo las anécdotas que más impacto causaron: la estancia de Sawa en París, las

trágicas circunstancias de su muerte con el episodio del clavo y su afición por los perros.

Y, respecto a sus cualidades, todos coinciden en resaltar su ceremoniosidad y sus grandes

dotes intelectuales, pero dejan ver que no las supo rentabilizar a causa de sus ideas.

Asimismo, destacan su humanidad y sus valores.

Hasta aquí llega el análisis del resto de testimonios sobre Alejandro Sawa. De

todos ellos se tenía constancia y han sido enumerados o citados brevemente en alguna

ocasión por la crítica. Sin embargo, nuestro propósito era el de analizarlos, ponerlos en

262
conexión e integrarlos en esta investigación con el propósito de reforzar nuestros

argumentos, de ahí que nos interesase el contenido, en qué coincidían o el lugar que

ocupaban los artículos en ciertas publicaciones.

Sin embargo, a estos escritos sobre Alejandro debemos sumar dos que no se

conocían hasta ahora. La importancia no reside simplemente en el hallazgo, sino también

en el contenido, pues distan bastante de los anteriores, revelan nuevos hechos de la vida

de Alejandro Sawa y se pueden poner directamente en conexión con dos elementos de

Luces de bohemia que no han sido estudiados.

El primer descubrimiento es un artículo publicado por un tal Pierre Rien104,

titulado “La ceguera de Alejandro Sawa”, en El Defensor de Granada, el 10 de octubre

de 1920. Aquí se relata cómo el bohemio creía recuperar la vista en ciertos momentos de

altivez, pero no eran más que ilusiones y la oscuridad seguía envolviendo su vida. Estos

pasajes, como veremos, los recrea en varias ocasiones Valle-Inclán, cuando Max Estrella

grita que puede ver para luego decir que se había vuelto a hacer de noche.

El artículo es el siguiente:

La ceguera de Alejandro Sawa


Ególatra como nadie, Alejandro Sawa creíase un mortal superior. En su
insólita soberbia aquel magnífico cincelador de las letras, pretendió
contender con Apolo. Y los dioses hay en el Olimpo, recelosos de tanta
altivez fuera un crimen de losa majestad, con finamiento cruel
decretaron su muerte. Y le abrazaron la vista. Limadas las garras de este
león, cuando sus zarpas ni de sostén servíanle ya, en su abandono, -¡a
cualquier hora, en vida él, digo lo anterior a Sawa!- solo quedaron
pocos, muy pocos amigos a su alrededor. y uno de estos contados

104
Creemos que se trata del pseudónimo de algún periodista de la prensa madrileña porque en la cabecera
del artículo pone “Colaboración madrileña”, pero no hemos conseguido identificarle. Podemos descartar a
Prudencio Iglesias Hermida y a Joaquín Dicenta por haber fallecido ambos antes de 1920.

263
amigos, el único que fue a su casa y nada le pidió, -¡en mi brazo
derecho, una noche de furioso ululante viento, de lluvia que mordía los
cristales, murió!- fue el humilde cronista.
Yo no conozco canciones de los ciegos de nacimiento. No sé si,
rebeldes o resignados, llevan la cruz de su ceguera. Pero, por las
manifestaciones externas, reveladoras del estado psíquico de Alejandro
Sawa, puedo, a la ligera, apuntar alguna cosilla de los que tuvieron
vista.
Un hombre que vio, al hacerse la oscuridad en sus retinas, no se
acostumbra a la idea de una perpetua falta de luz. Como ocurría con el
autor de Crimen legal, el más nimio ofrecimiento para que percibiese
el mundo exterior, le llena de contentamiento y júbilo. Un encadenado,
a toda hora del día y la noche, perennemente, sueña con romper los
grilletes que le traban y le aprisionan; un ciego, como Alejandro Sawa,
por mucho tiempo que privado de ella lleve, con la vista delira, a cada
instante. Y, en sus adentros, amargamente, cuando su imaginación vaga
por el caos de sus tinieblas, laméntase de que, como un oculista de sus
ansias, el Cristo que daba vista a los ciegos no ocupe la atención pública
en estos tiempos de su ceguera.
En cierta ocasión, nada más llegar a su casa, Alejandro Sawa me espetó:
-Esta noche, al encender Joane el quinqué, aunque muy débilmente
como es lógico, he percibido el momento de hacerse la luz.
Y con la alegría de un chiquillo, uno a uno de los contertulios, fue
diciéndonos a todos igual. Pocos días después exclamaba:
-Mujer, mujer… ¿Como no encendiste ya?
-Está encendido, Alejandro.
-No puede ser. Me engañas tú, me engañan los amigos para que yo no
te regañe… ¿Por qué no noté el instante en que encendiste?
-Está encendido.
-Imposible… A ver… Ponedme la palma de la mano sobre el tubo…
¿Ven ustedes como no me quemo?
¡Se abrasaba!.. ¡Quién lo duda! Pero autosugestionado, con el tesón de
ver en un próximo plazo, no sentía de momento el calor de la llama.
Una de las grandes preocupaciones de este ciego, siempre que a la mesa
se sentó para comer, fue no permitirse la más leve mancha le cayese.
Extremadamente exagerado en esto lo justificaba diciendo:

264
-El hombre que se mancha la boca cuando come, da la idea de uno de
esos muchachos que, durante el desayuno, se embadurna la cara con
chocolate.
Y así como era pulcro en la vestimenta, limpio durante la comida y
cuidadoso de todo detalle, en el momento de firmar los originales o
cartas exigía que se le colocará el papel de forma que sin torcer el sprit
y elegancia sus rasgos, saliese la firma.
-¡Un hombre sin paraguas, el día que llueve, y un ciego, en todos los
días del año, provocan la conmiseración de la gente. No quiero que, por
mi firma, deduzcan mi falta de vista y se lastimen de mí (Rien, 1920:
1)105.

En este caso el periodista sí considera a Sawa ególatra en vez de achacar su gesto

a su integridad, como en el caso de San Germán Ocaña. También contó Pierre Rien que

Sawa no quería que por su firma dedujesen su ceguera. A pesar de que en los apartados

dedicados a su correspondencia con Rubén Darío apuntamos el cambio de letra en las

cartas, pues debido a su ceguera tenía que dictar sus palabras, y dicho cambio ya era

evidencia suficiente de su pérdida de visión, hemos decidido, a raíz de leer este artículo,

comparar las firmas de Alejandro Sawa antes y después de perder la vista. Es sorprendente

el parecido que guardan entre sí ambos trazos106. Esto nos demuestra que Sawa era un

hombre sumamente cuidadoso y que se esforzó al máximo para firmar estando ya ciego.

La otra gran aportación se corresponde con otro testimonio sobre Alejandro Sawa

que hasta ahora no se había recogido. Eduardo Mendaro (1878-1961), en su libro

Recuerdos de un periodista de principios de siglo (1958), dedica tres páginas a narrar las

veladas de tertulia que se hacían a altas horas de la madrugada en la redacción de la revista

España (revista en la que se publicó la primera versión de Luces de bohemia por entregas

105
Ver Anexo III, imagen 6.
106
Comparar firmas de Anexo I, imágenes 2 y 3. En la primera ya está ciego, en la segunda no.

265
en 1920) a la que era asiduo Alejandro Sawa. Un día llegó una mujer extranjera que quería

formar parte de aquella reunión y escribir en la revista. Según el periodista, esta chica

imitaba a Claudine, el personaje creado por la escritora Colette (1873-1954) para ser la

protagonista de Claudine (1900-1903), haciéndose la risueña y pizpireta, y cuidando de

su perrito del mismo modo que la adolescente de la novela lo hacía con su gata. Dicha

mujer, que se hacía llamar Pierret, se convirtió en una buena contertulia para Alejandro

Sawa, con quien charlaba en francés sobre su experiencia parisina durante largas horas:

Uno de los tipos más sobresalientes y dignos de curiosidad entre los que
acudían a la tertulia que a altas horas de la madrugada se formaba en un
despacho de la Redacción107 era Alejandro Sawa. Seguramente a la
generación de hoy poco le dice este nombre, ya casi olvidado. Sawa era
el prototipo de bohemio gran señor, con todos los gustos de aquel y todo
el empaque de este. Escritor de magníficos vuelos, había sentido en su
juventud el impulso que a tantos de nuestros ingenios les llevara a
cruzar la frontera atraídos y subyugados por el ambiente de París. Lo
mismo que a Eusebio Blasco, igual que a Gómez Carrillo, a él habíale
conquistado la vida de la entonces apodada -ahora la expresión resulta
cursi- Ville lumière. Allí trabajó, luchó, vió su firma cotizada por los
grandes periódicos; ganó dinero; para luego, ya viejo, pobre, medio
ciego y desengañado, volver a Madrid a vivir en un buhardillón, que él
calificaba de palacio, en la calle de Tudescos y asistido de la desgreñada
portera, convertida, por la imaginación del incorregible romántico, en
su “numerosa servidumbre”. Pero Alejandro conservaba el recuerdo de
algo maravilloso que en tiempos ya lejanos le había hecho estremecerse
de emoción: un día, cuya fecha debiera haberse escrito con áureas letras
en la historia de la literatura universal, Víctor Hugo, el grandioso Víctor
Hugo, absorto por la labor del escritor español, le dio un beso en la
frente. Y desde entonces, Sawa, al lavarse de vez en cuando la cara,
había respetado la frente para no borrar la huella de aquel ósculo
sublime […]

107
Se trata de la redacción de la revista España (Medaro, 1958: 69).

266
Un día, mejor dicho una noche, surgió nuestra redacción una mujercita
joven, rubia, de ojos azules, boca grande y ademanes entre desenvueltos
e ingenuos. No supimos, ni nos importaba, quién la había encaminado
a la absurda tertulia; ni jamás pudimos averiguar ni nos lo propusimos
cuál era su nacionalidad. ¿Francesa, belga, austríaca? ¡Qué más daba!
Decía que quería ser escritora y que amaba a nuestra Patria; hablaba y
discutía sobre arte y literatura empleando para expresarse una jerga
internacional compuesta de varias lenguas, entre ellas preferentemente
la francesa. Enhebraba con Alejandro Sawa largos y pintorescos
diálogos evocando figuras y lugares de París. Y al final de la jornada se
quedaba a cenar con nosotros, mostrándose realmente indignada si
pretendíamos eximirla de que abonara su correspondiente parte en el
gasto.
Hallábanse en aquella época muy de moda las novelas las “Claudinas”,
la obra clave que hizo famosa autora Collet Willy; y pronto pudimos
observar que nuestra nueva amiga, de la que solo conocíamos su
nombre, o el nombre con el que se había presentado, Pierret, estaba
influenciada por aquella fantástica heroína, y de tal influencia se
derivaba su desparpajo, sus desplantes y sus frases impregnadas de
fuerte humorismo. Para imitar a Claudina, así como esta siente
debilidad por su gata “Mariposa”, Pierret llevaba constantemente en
brazos un diminuto y feísimo perro inglés a quien llamaba Bijou y
prodigaba cariñosos besos en el agudo hociquito (Mendaro, 1958: 70-
71).

Es cierto que Eduardo Mendaro comete algunos errores y exagera algunos datos.

Por ejemplo, dice que Victor Hugo tuvo constancia de lo que había escrito y a ello le

atribuye el supuesto beso en la frente. No vamos a volver sobre la verdad o la ficción de

este asunto, pero de ninguna manera Victor Hugo pudo conocer los escritos de Sawa, pues

falleció en 1885 y Sawa solo había publicado El pontificado y Pio IX y La mujer de todo

el mundo, esta última novela de 1885. También nos desconcierta que sitúa el domicilio

de Sawa en la calle Tudescos de Madrid cuando el escritor estaba ciego; sin embargo, en

aquella época Sawa vivía en la calle Conde Duque.

267
Por otro lado, refuerza algo que ya vienen recogiendo la mayoría de los

testimonios: la firma de Sawa estaba cotizada en París. También afirma que la generación

de ese momento no conoce el nombre de Alejandro Sawa. Esto es verdad, pues

recordemos que, al analizar el estado de la cuestión al comienzo de esta investigación,

dijimos que el rescate de Sawa como escritor por parte de los estudiosos comenzó en los

años sesenta y Recuerdos de un periodista de principios de siglo data de 1958.

Además, se ha aportado un dato que también desconocíamos: que la portera del

edificio le hacía a Sawa las veces de servicio. Esto no tendría ninguna trascendencia de

no ser porque el Luces de bohemia existe el personaje de La portera, que es quien

encuentra a Max Estrella muerto y puede existir cierta correspondencia.

Por otro lado, y aunque sobre esto volveremos al tratar Luces de bohemia en el

capítulo dedicado a los personajes, no podemos finalizar este apartado sin anticipar la

correspondencia que se establece al rescatar este texto. La mujer de Sawa era francesa,

Jeane Poirier, y con ella tuvo una hija a la que llamaron Helena Rosa. Helena tenía tan

solo dieciséis años cuando murió su padre. Posteriormente, cuando Valle-Inclán crea a la

mujer y la hija de Max Estrella, hace que la primera sea francesa y la segunda una

adolescente. Con tal semejanza bastaba hasta el momento para la identificación, sin

embargo, tras este descubrimiento sostenemos que sus nombres en la ficción no se

pusieron al azar: Madama Collet guarda un claro parecido fonético con el nombre de la

escritora Colette y Claudinita, el nombre de la hija de Max Estrella es una clara

españolización de Claudine, si bien en diminutivo. De hecho, en España a las novelas que

tuvieron a Claudine por protagonista se conocían como las “Claudinas”.

268
Además, Mendaro no escribe Colette para referirse a la escritora, sino Collet, pues,

posiblemente, no dominaba el francés. Así, ni siquiera habría que hablar de parecido

fonético, sino de literalidad.

269
270
3. La obra de Alejandro Sawa: el binomio luz-oscuridad como eje

vertebrador108

3.1. Breve descripción de la trayectoria literaria de Alejandro Sawa

El pontificado y Pío IX (apuntes históricos) fue la primera obra de Alejandro

Sawa, que publicó en 1878, aunque la crítica no la suela contemplar por ser prematura y

tratarse de una apología exagerada del papa. Sin embargo, es su primera obra y debemos

tenerla en cuenta. Además, en esta investigación es muy importante porque, hasta ahora,

no se había analizado.

Cuando llega a Madrid, se adhiere al naturalismo radical y publica en un período

muy breve varias novelas: La mujer de todo el mundo (1885), Crimen legal (1886),

Declaración de un vencido (1887), Noche (1888), La sima de Igúzquiza (1888) y

Criadero de curas (1888). Sin embargo, su obra no es tan lúgubre, sino que tiene ciertos

tonos de luz:

En novela, el Naturalismo social no había logrado suficiente madurez,


salvo en algunas de las obras de Alejandro Sawa. Si bien demostró todo
su vigor en Crimen legal, el “grito de desesperación” del luchador que
se asfixia en Declaraciones de un vencido, y el cuadro lúgubre de una
sociedad sumergida “en tinieblas seculares” en Noche, este no era lo
suficientemente desgarrador y frio como el Naturalismo Social
requería. El alma latina de Sawa, un tanto diletante y laxista, estaba
abocada a ser “profundamente poética”, por lo que sus novelas
quedaban impregnadas de tintes románticos, costumbristas y populares
que distaban de la misión sociológica que Bark proyectaba (Thion,
2005: 71).

108
De aquí extrajimos el artículo Santiago Nogales, R. (2017). “El binomio luz-oscuridad en la obra de
Alejandro Sawa”, en Letras anómalas: estudios sobre textos y autores hispánicos más allá del canon,
Madrid: Philobiblion UAM, 135-151.

271
López Bago se siente orgulloso de tener un nuevo compatriota militando en el

minoritario naturalismo radical, pero cree que este romanticismo perjudica a Sawa y al

movimiento: “resulta un poco indisciplinado” (López Bago, 2012: 215). Cree que

abandonará sus “inutilidades” (refiriéndose a sus aspectos románticos109) porque son

“baratijas que se ha traído de la casa de los románticos, para vivir en la nuestra, y que irá

vendiendo a los compradores de lo viejo” (López Bago, 2012: 216). A causa de esto, los

investigadores han debatido mucho sobre si el naturalismo sawiano es de verdad

naturalismo. Obviamente, no lo es si lo intentamos hacer encajar con los postulados

zolescos, si bien a Zola lo admiraba Sawa profundamente. Sin embargo, se trata de una

visión personal del naturalismo: “Las seis novelas escritas por Sawa están concebidas

dentro de la órbita del naturalismo, de un naturalismo consciente y buscado. Pero, aun a

pesar de los propósitos de su autor, hay en esas novelas elementos que se escapan a la

concepción naturalista y que permiten atisbar lo que será la escritura de Sawa tras la

decisiva eclosión que supone la estancia de varios años en París” (Correa Ramón, 1993:

55).

Lejos de intentar depurar el estilo y acercarse más al naturalismo más feroz, Sawa

continúa impregnando su obra de bellos matices, de tal modo que se adapten a su

pensamiento y concepción del mundo:

—“¡Le document humain!”— El documento humano ¿es la


monstruosidad? Entonces no hay ningún artista en la tierra, ningún
amante de la belleza. Todos deben desertar de ella, matarse, suicidarse,
antes de que la horrible muerte los asesine a traición por la espalda. El
documento humano no es lo feo, no es solo lo feo; es también lo bello,

109
En relación con los elementos tomados del Romanticismo, puede consultarse Puebla Isla, C. (1998). “La
pervivencia de elementos románticos en la obra naturalista de Alejandro Sawa”, Siglo XIX, 4, 201-221.

272
lo hermoso. ¿A qué copiar siempre lo feo? ¿Es, por ventura, el fin del
arte la negación?
¡Ah! ¡En Francia se equivocan, como se equivocan en España! La
realidad no es lo feo. Es
lo feo y lo bonito combinados. a veces lo bonito sólo. Lo feo sólo, la
nota negra dominándolo todo, el color negro siempre, eso solo se ve en
los carboneros los días de trabajo; los domingos se lavan la cara, se
visten de limpio y van a El Ramillete a bailar con sus paisanas; y son
morenos, rubios, sonrosados, pálidos […]
El dilema, lo positivo y lo negativo, la tesis y la antítesis, el anverso y
el reverso. Ese es el arte. Ni el color blanco, ni el color negro solo. El
blanco y el negro combinados hasta la hermosura
absoluta, un claroscuro que no ha podido soñar Rembrandt (Sawa,
1886: 306-307).

esta concepción del mundo es la que le lleva a Sawa a emplear términos de luces

y sombras para clasificar a los personajes o describir la naturaleza. Además, la novela

naturalista sirve para combatir lo feo y denunciar las zonas oscuras: “En su relato se

percibe también el peculiar talante ideológico de Sawa, pues transmite a los lectores una

serie de mensajes cuyo contenido no es otro que el de la necesaria reforma de la justicia

y la crítica a la hipocresía moral y al fanatismo religioso” (Rubio Cremades, 2001: 596).

Pues el naturalismo participa de ese afán crítico con la sociedad y sus peores vicios. La

obra de los naturalistas radicales también se considera de lucha. De hecho, las crónicas

que Sawa publicaba en los periódicos también tenían intenciones críticas.

A su regreso de París, “Se convertirá Sawa en el primer difusor de las nuevas

corrientes” (Correa Ramón, 1993: 53). Prueba de ello es que publicó Historia de una

reina en El Cuento Semanal, el 3 de mayo de 1907 (1907a), una narración modernista

llena de luz. Sin embargo, será su última toma de contacto con la narrativa como tal, pues

desde estos momentos hasta su muerte, centra todos sus trabajos en la prensa.

273
Las crónicas de Alejandro Sawa suman más de ciento setenta y se encuentran

publicadas en su mayoría en los diarios más importantes de Madrid. Estos escritos suelen

ser muy críticos con el panorama político y social. Al igual que en su naturalismo, donde

no tenía pudor para mostrar escenas escabrosas, en la prensa “Sawa no tacha” (López

Bago, 2012: 235). Esto le lleva a no pasar la censura por no sacrificar sus principios

morales. De este modo, su intención de crítica y denuncia social se mantiene igual que en

sus primeros años de escritor.

Su última obra fue Iluminaciones en la sombra, la cual, como ya vimos, se publicó

póstumamente en 1910, gracias a las contribuciones de sus amigos. Esta publicación,

como veremos en las siguientes páginas, es una obra de difícil clasificación, pero en ella

queda muy bien reflejado el pensamiento de Sawa gracias a sus reflexiones. A pesar de

sus diferencias con el resto de su obra, el nombre es suficientemente representativo y

también se manifiesta este binomio de luz y oscuridad: “la búsqueda de la luz en la

oscuridad” (Ena, 1991: 320).

Por otro lado, Sawa también un par de traducción del francés al castellano, de su

admirado Daudet. Tradujo Los reyes en el destierro (Sawa, 1899), texto que se llevó a las

tablas y fue un gran éxito. Asimismo, el 22 de julio de 1910, El Cuento Semanal publicó

Calvario, subtitulada “Traducción al español de Jack de Alphonse Daudet” (Sawa,

1910b).

Por último, es posible que exista una obra dramática de Sawa, pues él mismo

confesó:

Anteayer fui víctima de una espoliación, de un robo, en pleno


Madrid, a las cuatro de la tarde. Un hombre que sabía los horrores
de mi situación y que yo había concluido una comedia cuya

274
representación se disputaban dos teatros de Madrid, me ofreció
por la propiedad absoluta de mi trabajo […] treinta monedas del
mismo tipo monetario de las que tentaron a Judas para consumar
su mortal infamia; treinta monedas que yo acepté con ansia, con
asco (Sawa, 1977: 152).

Es probable que exista una obra de teatro escrita por Sawa y firmada por algún

contemporáneo suyo que se la compró abusando de las penurias de su autor. Sin embargo,

hasta el momento, estas palabras suyas son la única pista que tenemos sobre este asunto,

si bien no descartamos seguir investigando sobre ello en el futuro.

275
276
3.2. El Pontificado y Pío IX: una primera obra revisable110

En 1878, teniendo tan solo dieciséis años, Alejandro Sawa publicó El pontificado

y Pío IX (apuntes históricos). Quizás, influido por la educación que en el colegio del

Seminario malagueño había recibido, se aventuró a redactar este insólito ensayo. Poca

importancia se les ha dado a estas páginas y el propio escritor nunca hizo alusión alguna

al texto. Prácticamente, podría decirse que no entra dentro del cómputo de la producción

literaria sawiana, dado que la mayoría de los estudiosos comienzan hablando

directamente del naturalismo radical con La mujer de todo el mundo, en 1885. Puede que,

efectivamente, tan solo se trate de una anécdota que no merezca un detallado estudio

literario por presentarse como una obra en una etapa de inmadurez, recargada con un

lenguaje extravagante para su edad y consagrada a la redundancia; sin embargo, dejando

de lado el estilo y la cantidad de faltas ortográficas no fortuitas que pueden apreciarse en

el texto, su contenido no es tan intrascendente porque se puede poner en conexión con el

Sawa adulto.

Toda su obra, incluso la propia vida del escritor (recordemos que murió ciego),

pueden definirse por el binomio luz-oscuridad, poniendo el foco sobre la intelectualidad,

el progreso o la libertad; y asociando a las tinieblas la involución, la corrupción y la

hipocresía de los seres humanos. Por poner algunos ejemplos que dan cuenta de esta

afirmación, debemos destacar ciertas referencias de Iluminaciones en la sombra, obra

considerada como un diario de reflexiones cuyo título ya condensa el binomio del que

hablamos. Es más, en las novelas naturalistas de Alejandro Sawa todas las conductas de

los personajes se pueden clasificar según estas claves. Todos aquellos que tienen un

110
De este apartado extrajimos el artículo Santiago Nogales, R. (2016). “Alejandro Sawa y los sucesores
de San Pedro: Pío IX y Pío X, dos pontífices admirables para un anticlerical”, en Alfinge. núm. 28
(Universidad de Córdoba), 73-87. ISSN 0213-1854.

277
comportamiento denigrante pertenecen a la sombra, mientras que los individuos

genéticamente sanos, vitalistas y con buenas intenciones, irradian una luz que,

generalmente, suele ser aniquilada por la oscuridad (por aquello del determinismo

naturalista y la imposibilidad de escapar a la herencia, que no solo es genética, sino

también social). Uno de los títulos más ilustrativos es el de su novela Noche, donde la

represión acaba llevando a la decadencia familiar. Dice Allen Phillips: “Las notas de luz

o luminosidad destacan precisamente por su ausencia en el mundo sombrío e inmoral”

(Phillips 1976: 195). Pero, aún más ejemplificativa es Criadero de curas (1888), porque

se trata del ingreso de un niño en un seminario y no hay duda de que las tinieblas se sitúan

en dicho lugar, siendo Manolito la contraposición, la luz y la vida.

El problema del seminario es que coarta las libertades, adoctrina y, lo peor, que

los curas que habitan en él son seres perversos con intenciones materialistas y una

crueldad desmesurada. El mensaje de Cristo queda completamente relegado a un segundo

plano, ponderándose las represiones y los castigos por encima de hacer el bien al prójimo,

la compasión o la solidaridad. Cuando se produce este arrinconamiento de las pautas que

debieran impulsar a la institución eclesiástica, esta pasa a ser la propia negación de la

vida: “De ahí lo terrible de esa muerte, de esa aniquilación. Sawa pretende desenmascarar

a una institución que está dañando, solapada y continuamente, la sociedad en que vive.

El clero daña el progreso y daña la vida” (Correa Ramón 1993: 150). Solapadamente

porque no se comporta del modo que debe y se enmascara bajo un mensaje que aporta

como fachada pero que, en fondo, brilla por su ausencia.

Lo anterior enlaza perfectamente con otra sentencia pronunciada en Iluminaciones

en la sombra: “Desconfiad del cura cuando os hable del sol, de las cosas francas de la

vida; creedlo, sin embargo, cuando os insinúe cosas de la sombra. Si es un verdadero cura,

278
viene de allí, y en las zonas de claridad tendría que reconocerse forastero” (Sawa 1977:

145).

Curiosa y paradójicamente, en El Pontificado y Pío IX la luz también está muy

presente, aunque no se corresponde con aquello que Sawa asociaría con la luz en el resto

de sus obras. Es más, podría decirse que el giro que experimenta es tan sumamente brusco

que el binomio se da la vuelta y lo que en sus primeros años relaciona con la luz, en el

resto de las novelas se asociará, como hemos visto, con las tinieblas.

Antes de adentrarnos en la obra en sí misma, es primordial hacer mención a una

serie de circunstancias que envuelven la gestación del mencionado ensayo y a lo que los

estudiosos han comentado sobre ellas.

En primer lugar, la doctora Amelina Correa, en la biografía de Alejandro Sawa,

especifica que el escritor estudió en los cursos 1873-1874 y 1874-1875 en el Colegio de

San Sebastián, en Málaga, o lo que es lo mismo: el Seminario Eclesiástico (Correa Ramón

2008: 45). En el año 1877 ya estaba matriculado en la Universidad de Granada en la

carrera de Derecho (Correa Ramón 2008: 46 y Phillips 1976: 48), si bien “los intereses

del joven Sawa iban ya por un camino ciertamente muy distinto” (Correa Ramón 2008:

46). Si esto es así, en 1878 no se encontraba en el Seminario, siendo este el año de la

muerte de Pío IX y el mismo en el que publica los “apuntes históricos” a los que nos

referimos. No hay modo alguno de averiguar cuáles fueron las razones exactas que

llevaron al joven Alejandro Sawa a elegir semejante tema para su primera publicación

literaria en toda regla. Posiblemente, seguía “muy influido por sus años de estudio en el

colegio del Seminario” (Correa Ramón 2008: 51), pese a los casi tres años que habían

pasado y las circunstancias políticas que se habían vivido coincidiendo con las fechas en

las que Sawa estaba en el colegio religioso (I República). Ahora bien, también es cierto

279
que poca mundología podía tener Sawa, por muy brillante que fuese, con dieciséis años

y habiendo residido únicamente en Sevilla y Málaga, rodeado de un clima sumamente

tradicional. Pero, dada la atracción que sentía hacia la literatura, no es de extrañar que los

conocimientos que tenía en ese momento (que no eran sino los transmitidos en la escuela)

los quisiera plasmar por escrito. A esto hay que sumar el reciente fallecimiento del Papa

Pío IX, que no deja de ser la excusa perfecta para desplegar toda una serie de reflexiones

y retórica al respecto.

Sea como fuere, e independientemente de las causas que llevaran al sevillano a

redactar aquellas líneas tituladas El Pontificado y Pío IX, lo cierto es que el ensayo existe,

se publicó, fue la primera publicación literaria del escritor y hay que acercarse a ella con

rigor y objetividad: “[…] ese folleto que Alejandro tal vez no recuerde hoy y al cual, sin

embargo, no puede negar sus derechos de padre y que fue su primera manifestación

literaria” (Pérez Arroyo 1901: 3)111.

Se trata de unas “juveniles páginas de apología católica” (Phillips 1976: 47) de

estructura tripartita, precedidas de una dedicatoria al Obispo de Málaga y de un Prólogo

justificando las líneas que seguían: la primera parte consta de apenas cinco hojas

dedicadas a la situación de ese momento tras la muerte del Pontífice; un segundo apartado,

más extenso, lo consagra al ensalzamiento del cristianismo, remontándose a su lucha

contra las barbaries acontecidas en el Imperio Romano; en la tercera parte, la más

desarrollada, se recoge lo que había sido la vida de Pío IX, poniendo de por medio toda

clase de elogios y admiraciones. Amelina Correa clasifica la obra diciendo: “viene a

glorificar y ensalzar la figura del Sumo Pontífice en un tono engolado y retórico, que hace

uso de frases largas, complicadas y un vocabulario grandilocuente […] teñidas de un halo

111
Amelina Correa también recoge la cita en 2008: 51 y remite a Pérez Arroyo, 1901.

280
de admiración que roza la hagiografía” (2008: 51-53). En la misma línea, Allen Phillips

habla de estas páginas como: “una especie de apología y defensa de Pío IX, que acababa

de morir entonces” (1976: 47). Y el profesor Gutiérrez Carbajo matiza: “defiende en el

folleto sobre el Papa la religión como fuerza motriz que impulsa los corazones y la

inteligencia hacia todo lo que supone progreso, cultura y perfección” (2009: 12).

Esta última cita es de suma importancia en tanto que Alejandro Sawa nunca dejará

de defender todo lo que impulsa el progreso o la cultura, sin embargo, cambia de idea

sobre de dónde procede ese impulso. Es aquí cuando entran en juego la luz y la oscuridad,

pues, como hemos visto en el epígrafe anterior, para Alejandro Sawa la luz era sinónimo

de dichos progreso y cultura, mientras que todo aquello que sumiese a la población en la

ignorancia, sería equivalente a la sombra. Esta correlación no va a variar en absoluto a lo

largo de su vida, pero lo curioso es que con dieciséis años identificaba a la Iglesia y la

religión como las promotoras de la sapiencia de la humanidad, de tal modo que el

cristianismo se insertaría entre los alumbradores, mientras que pocos años después,

pasaría a ocupar uno de los primeros puestos entre los oscurantistas (recordemos la cita

de la doctora Correa con respecto a la opinión de Alejandro Sawa en el momento de

escribir Criadero de curas: “El clero daña el progreso y daña la vida”).

En el Prólogo de El Pontificado y Pío IX ya aparecen alusiones a Dios como la

luminosidad: “mismo Dios que como síntesis, alfa y omega, principio y fin de todo lo

creado y de las producciones de lo creado, iluminó a los estadistas […]” (Sawa 1878: V).

En este momento de su vida, Alejandro Sawa asocia la cultura con la religión: “no se

puede concebir un pueblo culto, sin ser religioso” (1878: VI) y, considerando que la

sociedad no ha alcanzado el conocimiento, metafóricamente se lamenta: “ese mismo

pueblo de que nos ocupamos, permanece sumido en las espesas nieblas de la ignorancia”

(1878: VI). Paradójicamente, caminando al lado de la religión, Sawa habla de “la


281
Literatura y la Ciencia, esas dos hermanas gemelas que nos ennoblecen” (1878: VIII).

Aquí percibimos su pasión literaria y su militancia al lado del progreso, de ahí nuestra

referencia a que nunca cambió de bando y siempre pensó que el avance era la luz. Así, en

estos albores, parece que aboga por una concepción del conocimiento que viene dado por

la unión de la fe y la razón.

Adentrándonos ya en el propio texto, quizás las partes más interesantes para este

estudio son la primera y la segunda, dado que la tercera no es más que una especie de

biografía (valorativa), siendo estos primeros y más breves capítulos los más subjetivos.

En el primero de ellos se habla de una Europa moribunda, de una Europa que arde como

una “incendiaria bomba en repleto polvorín” (Sawa 1878: 1). Esta manifestación de la luz

es negativa y es preciso aclarar que en Alejandro Sawa existen dos tipos de luces: las que

alumbran el entendimiento y las que estallan devastándolo todo. Dentro de estas últimas

entrarían el fuego, los cañones o las llamas que prenden la mecha de la destrucción.

En un momento de cambios y de agitaciones políticas, Alejandro Sawa se refiere

a una Europa que se apaga, es decir, de un continente que, habiendo sido esplendoroso,

ahora agonizaba y de ahí que hable de una “luz próxima a extinguirse” o de las

“llamaretadas” que había dado para quedarse reducida a la nada:

La situación de Europa pues, no puede ser más fatigosa; es una situación


parecida a la del enfermo que le quedan pocas horas de vida o a la de la
luz próxima a extinguirse; muchas esperanzas y proyectos, grandes
llamaretadas, y después… nada; la inapetencia del agonizante, el
estertor del moribundo, los fúnebres tañidos de las campanas que con
sus lenguas de bronce despiden al mundo que se va y anuncian al que
viene (Sawa 1878: 2).

282
En este clima de inestabilidad se muere el Papa Pío IX, lanzándose lo que Sawa

llama “un cañonazo”, que provoca todavía más destrucción: “Consumir un mechero que

había de disparar el cañonazo que todos amedrentados temíamos […] ese cañonazo, ese

suceso fatal e imprevisto es la muerte de Pío IX” (1878: 2-3).

Enteramente en clave de luces y sombras acomoda la naturaleza, en concreto el

firmamento, a la tristeza que se cierne sobre la cristiandad: el sol se oculta por vergüenza

porque no quiere alumbrar la tristeza, pasando a ocupar esa función la noche, opaca,

sombría, lluviosa… Se crea así una doble metáfora: Pío IX también alumbraba y ahora

que ha fallecido se ha hecho la noche, el luto sobre la religión:

El sol comienza melancólico a hundirse en el espacio tal vez como


pesaroso de tener que alumbrar actos dolorosos y terribles; y en verdad
que no el astro de la caridad y la nitidez debía alumbrar en aquellas
horas la antigua ciudad de los pontífices de nuestra religión, sino los
melancólicos rayos de las estrellas, o la opaca claridad del mensajero
de la noche, más opaca todavía por su interposición con las cenicientas
nubes que desgarradas y sombrías amenazaban convertirse en lluvia,
representación de las lágrimas que en aquel día se iban a exhalar por
todo un mundo, el mundo de los católicos (Sawa 1878: 3-4).

Sawa es consciente de las críticas que ha sufrido el Pontífice, no como un hecho

aislado, sino enmarcado en la idea de que la institución es retrógrada y frena el progreso.

A aquellos que reprochan esto les contesta un joven Alejandro que ya identificaba la

ceguera con la falta de luces intelectuales, refiriéndose a que se encuentran sumidos: “en

su propia ignorancia y en la ceguera” (Sawa 1878: 4). Y es en la figura de Pío IX donde

sitúa la luz y la sapiencia: “un hombre ilustre, tal vez el más de este siglo” (Sawa 1878:

5).

283
A continuación, pasa a la segunda parte de su ensayo, elaborando un repaso

demoledor contra la civilización romana, a la que acusa de no ser igualitaria, de estar

sumida en la oscuridad de “la maldad y el vicio” (Sawa 1878: 6) y de abolir “el uso de la

razón y de la inteligencia” (Sawa 1878: 6). Dándose esas circunstancias es cuando aparece

el Pontificado, contraponiéndose al desenfreno romano donde no existía la moralidad, y

de ahí que Sawa utilice términos fúnebres como “necrópolis” o “crespón”. El nacimiento

del catolicismo trae consigo progreso o justicia:

En aquel inmenso pandemónium de pasiones y crímenes; en aquella


vasta necrópolis de la moralidad que con funerario crespón se recostaba
indolentemente separada de la base que la sostenía, en el suelo, donde
era ferozmente pisoteada por la multitud, en aquel repugnante orinal de
los más absurdos vicios, en aquel maremágnum de ridiculeces y
caprichos, el dolo y la desvergüenza, de ignorancia y delirio, de
superstición y fausto, de retroceso y muerte, en aquella tierra
infructífera al parecer, o solo valedera para alimentar víboras y plantas
venenosas, de aquella viciadísima atmósfera de fetidez y corrupción se
había de nutrir el corpulento árbol del catolicismo y el Pontificado y
había de fructificar la pura semilla del progreso, de la civilización, del
bien, de la moralidad y la justicia, del derecho y en general de todos los
sentimientos bellos y buenos que como escondidas perlas en cenagoso
estanque, solemos de vez en cuando mostrar y aun darles aplicación
práctica (Sawa 1878: 7).

Como se desprende del fragmento anterior, existe otra correlación metafórica en

la terminología sawiana de la contraposición: lo que es luz también es vida, siendo que la

oscuridad se relaciona con la muerte (recordemos la muerte de Manolito, que fue

aniquilado por las sombras). La necrópolis se acaba de asociar con la inmoralidad o la

ignorancia, al igual que el tañido de campanas lamentaban la muerte de Pío IX, cuya luz

se ha apagado, haciéndose las tinieblas sobre la cristiandad. Por otro lado, se habla de un

284
árbol corpulento, lleno de vida, que trae “la semilla del progreso”, “la moralidad y la

justicia”. Los mismos términos referentes a un árbol lleno de vida también serían

identificables con protagonista de Criadero de curas, apoyando la teoría de la no

variación de terminología.

Retomando el análisis de la civilización romana, una de las características de la

misma que más escandaliza al Sawa adolescente es la desigualdad que existe entre los

hombres libres, ya fuesen patricios o plebeyos, y los esclavos, que eran tratados como

objetos, al no ser más que meras propiedades. Aprovechando esta situación, vuelve a

aparecer la metáfora, haciendo de la distinción entre libres y esclavos una comparativa

extrapolable al resto de la humanidad, la cual también queda clasificada en dos bandos,

pero, en este caso, los esclavos son los ignorantes. Para Alejandro Sawa, la ignorancia es

sinónimo de esclavitud, pues en la ignorancia se anulan los destellos de un ser humano

capaz de juzgar por sí mismo. Sawa siempre aboga por la libertad, en sentido literal y en

una esfera más abstracta en tanto que predica la liberación de las cadenas de la ignorancia.

En un primer momento, en esta obra que tratamos, reprocha a Roma el robo de la libertad

a parte de la humanidad (si bien más adelante le reprochará a la Iglesia el mismo pecado)

y de apagar “los destellos”:

[…] la opresión y la ignorancia conducían al lamentable estado de


servus; y el de la redención, el potro del tormento en el que se
destrozaban las fibras de su corazón y en el que se ahogaban los puros
destellos, los divinales centellos de bondad que en las noches de
tormenta alumbran el firmamento de nuestro espíritu (Sawa 1878: 9).

Una vez más, las sombras son la decadencia y la barbarie, incluso el fanatismo

que los romanos profesaban en su politeísmo. Toda esa amalgama de vicios, unidos a la

285
corrupción y la venda sobre sus ojos, le lleva a Alejandro Sawa a calificar este período

como uno de los más oscuros de una humanidad sumida en la ignorancia:

La historia entre las páginas de barbarie y enajenación mental de los


pueblos no nos presenta fastos más sombríos que los que se vislumbran
al superficial análisis de aquellos ominosos tiempos de decadencia […]
sus Dioses, aquellos Dioses que habían sido objeto de tanto fanatismo
[…] ¡tal era la corrupción del mundo y tal su grado de ignorancia!
(Sawa 1878: 11-12)

En estos momentos, la solución viene de la mano de la religión cristiana, y no es

descabellado, puesto que en su mensaje predica la libertad y la igualdad:

El esclavo desconoce el sello de la igualdad cristiana con que su frente


ha sido ilustrada […] está latente en todos los periodos de la filosofía
de la historia; el carácter histórico que señala la ruina de las naciones,
es el inmoderado deseo de las distinciones, de las vallas, de las
separaciones, de las divisiones de las clases (Sawa 1878: 9).

En definitiva, parece que la nueva religión es la salvadora, que devuelve los

valores perdidos de igualdad, libertad, caridad, justicia… Y trae consigo el sistema que,

en teoría, garantizaría todos esos ideales: la democracia:

Mas aparece Cristo, ese gran purificador de nuestra sociedad y con él


su doctrina aquella doctrina que comienza estableciendo la igualdad
humana y concluye predicando el ejercicio de las virtudes y la práctica
de la caridad; aparece ese coloso de nuestra tradición señalando las
bases de nuestro moderno derecho y comenzando a producir la gran
revolución que se operó en el mundo todo al elocuente hálito de su
poderosa palabra; aparece ese ilustre mártir de la democracia práctica
[…] y proclamando la libertad del esclavo, del ilota, del paria, del

286
soudra, iguales en un todo […] cuyo sentido filosófico concilia
perfectamente el derecho con el deber y la libertad con la justicia y el
orden; aparece rodeado de esplendor y gloria, de estigmas misteriosos
y sobrenaturales, concediendo la vida al cadáver, la vista a el ciego, el
oído a el sordo, la salud a el enfermo, la energía al débil, el aliento vital
al moribundo, la inspiración a el idiota, la paz al desesperado, la razón
al loco, las fuerzas al enclenque la vida al mundo (Sawa 1878: 13).

En este panorama, en el que parece hacerse la luz, nace la figura papal por el

sencillo motivo de la inminente ausencia de Cristo, quien debe dejar un representante. No

solo es interesante la explicación de la justificación que Sawa hace del Pontificado, sino

que, además, recalca que en San Pedro se inicia y los demás sucesores han de continuar

la misión de quien fue a predicar a Roma iluminado por el cielo: “con él nace el

Pontificado y con él la serie de los vicarios de Jesucristo. A imitación de su divino maestro

se presentó en Roma sólo, alumbrado por la inspiración santa que recibiera del cielo”

(Sawa 1878: 14-15).

En las últimas páginas del segundo capítulo de El Pontificado y Pío IX, se

concentran multitud de alusiones a la luz y la oscuridad, con el propósito de contraponer

el despertar de la religión, trayendo consigo el conocimiento, con la vieja Roma a la que

Sawa le adjudica “el oscurantismo y la barbarie”:

Cristo pues, había ganado la gran batalla; el oscurantismo y la barbarie


como el Ángel caído habían sido arrojados de nuestro planeta y
despeñados al infinito fondo del olvido; el progresivo desarrollo de la
humanidad había recibido su primer impulso y era imposible detenerlo
[…] (Sawa 1878: 16).

En los mismos términos continúa hablando de la sucesión de San Pedro, es decir,

del Pontificado en general, ya no individualizado en la persona que ocupa la silla de su

287
santidad en un momento determinado, sino refiriéndose a la finalidad de la institución:

“con los rayos de sus verdades y enseñanzas, y con el resplandor de su principio, historia

y fines” (Sawa 1878: 17).

Evidentemente, existe un sector crítico con la Iglesia, que la tilda de retrógrada y

la acusa de poner freno a los avances. A esos ecos se va a sumar Alejandro Sawa unos

años después, pero, en estos momentos, ocupa el puesto defensivo; seguramente, porque

sobre el papel las ideas y principios cristianos, así como sus proyectos educativos, son

sumamente atractivos:

[…] que el Pontificado es enemigo de la luz y el progreso—siendo así


que en él todo es luz y progreso—debemos manifestar, que sí en algo
presentan homogeneidad todos los papas, ha sido en la construcción de
espaciosos talleres de la inteligencia, donde esta pueda desarrollar
libremente sus fuerzas dentro de la esfera de la verdad, y que el espíritu
de propaganda científica, literaria y artística […] ejemplo las infinitas
academias, liceos, universidades, ateneos y centros de enseñanza que
por todo el orbe han sembrado los verdaderos patrocinadores de la
verdadera ciencia […] los que más alardean de libertades y
transacciones, son los que más obstáculos oponen a todo lo que no sea
pensar como ellos piensan, y los que más uso… o abuso hacen del
tecnicismo insultante que existe en todo idioma, para escarnecer a los
que difieren en ideas; […] y llaman oscurantistas, retrógrados,
enemigos de eso que llaman luz y progreso […] ¡Paso, paso, a el
Pontificado! (Sawa 1878: 18-19)

Tras este análisis de los muchos ejemplos sobre la luz y la oscuridad que se dan

en estas dos primeras partes del curioso ensayo que analizamos, no podemos finalizar sin

comentar algo del tercer bloque. Es cierto que el capítulo III Alejandro Sawa lo dedica a

la biografía de Pío IX o, dicho de un modo más llano y terrenal, de Juan María Mastai

Ferretti y, por lo tanto, son más histórico-biográficos que reflexivos. Sin embargo, el autor

288
no pierde la oportunidad de emitir juicios subjetivos. Por cuestión de simple lógica

presente y derivándose de las otras dos partes del escrito, no es difícil presuponer que, si

la institución del Pontificado es sinónimo de luz y progreso, aquel que ocupe el puesto de

Pedro deberá aportar ambas cosas a la humanidad. Si el propósito es ensalzar a Pío IX,

no se puede decir sino que el brillo es predicable de su misión:

El niño Mastai comenzó a demostrar desde su menor edad las grandes


dotes de su alma, los bellos afectos de su corazón, el gran desarrollo de
su inteligencia, y la gran religiosidad de sus sentimientos; […] su
misión estaba en dar brillo y páginas de gloria al gran libro de nuestra
religión […] por esas fáciles facultades intuitivas tan características en
todos los hombres ilustres que con sus servicios han muníficos regalado
brillantes páginas de gloria a la humanidad (Sawa 1878: 20 y ss).
[…] ¡Salve, venerable Pío, salve!
¡Salve, ilustre mártir de la cristiandad, salve!
¡Salve, inspirado Trovador del verdadero progreso, salve!
[…] que tu nombre ha sido borrado del libro talonario de la humanidad,
y ya hace competencia al de los más elevados padres de la inteligencia
(Sawa 1878: 49).

Como demostración de que el elogio papal no se reduce a una mera obnubilación

de juventud, debemos adelantarnos y citar un par de crónicas de 1904 y 1907. En este

caso, habiendo muerto Pío IX, el Papa del que trata Sawa en estos dos artículos es Pío X.

En ambos, que comparten párrafos casi idénticos, se aprecia la simpatía que Alejandro

Sawa tiene por el nuevo Pontífice al comparar a su madre con la Virgen María, alabar del

antiguo sacerdote su humildad y referirse a él como el “menos pontífice, pero el más

humano de todos los pontífices.” Igualmente, en la segunda de las crónicas que traemos,

Sawa rescata el versículo bíblico: “los humildes serán ensalzados”, refiriéndose, una vez

más, a la virtud de Pío X:

289
Y aunque yo no creo en este decir de agencias y de corresponsales
periodísticos en Roma, no estará de más comentarlo, que es siempre
tema de simpática actualidad el ocuparse del antiguo párroco de
Salzano que por hermetismos de un cónclave ostenta el nombre alado
de Pío X… […] Dijo que no se sentía con fuerzas para resistir el peso
con que lo consagraban luz del orbe. A presencia de tanta humildad, yo
pensé en su madre, en la predestinada lugareña cuyas entrañas
contenían el molde donde fue vaciado un Papa. ¡Ah, si hubiera vivido!
¿Concebís maravilla humana comparable a la de una mujer que pudiera
decir, señalando al Vaticano y a la Basílica de San Pedro: “¿No habláis
de Dios? Pues yo soy la madre de su representante sobre la tierra… el
nardo dio su flor…”? Mientras que la multitud, arrobada ante aquella
sacra maternidad triunfante, exultaba con su millonada de bocas:
“¡Bendita tú eres entre todas las mujeres!”
Quizá por estos antecedentes y por la obra de democratización que ha
emprendido en las costumbres vaticanas, Pío X llegue a representar en
la Historia en menos pontífice, pero el más humano de todos los
pontífices (Sawa 1904a: 1).

Yo quiero recordar en este quinto aniversario de su exaltación al trono


pontificio la historia cuasi milagrosa de aquel cura párroco de Salzano
que ostenta hoy por hermetismos de un cónclave el nombre alado de
Pío X… […] “Los humildes serán ensalzados”. Hace cinco años, en
estos días del pasado agosto, los Evangelios estuvieron en Roma de
acuerdo con la realidad (Sawa 1907b: 35).

De 1878 hasta 1907 han pasado exactamente veintinueve años, que han

transformado a un Sawa adolescente de unos dieciséis años en un hombre de cuarenta y

cinco que se ve en la última estancia de su vida, tras haber vivido todo lo que configura

su personalidad y desarrollado unos rasgos y creencias entre los que se encontraría el tan

mencionado anticlericalismo:

290
Comenzó su formación en el Seminario conciliar de Málaga, donde
escribió un panegírico al obispo de la ciudad que contrasta con la crítica
radical a la jerarquía eclesiástica que hallaremos después en una de sus
obras más conocidas, Criadero de curas (Morante 2006: 590).

Después de este análisis, consideramos oportuno matizar que el anticlericalismo

no se extiende a todo el conjunto de la religión, es decir, no va contra Dios, pese a que

Sawa hable de sus “pupilas ateas” (1977: 220), ni siquiera contra todos los ministros de

la Iglesia. Sawa se manifiesta en contra de la corrupción y la falta de coherencia con el

mensaje de Cristo por parte de quienes se hacen llamar miembros del clero. Pero esto no

abarca exclusivamente los vicios de los eclesiásticos, pues por parte del sevillano será

sancionable y merecedor de crítica todo comportamiento ruin. Igualmente ocurre con las

trabas al progreso: en el momento que la Iglesia reprime las aspiraciones y los avances

del ser humano, pasa al lado más oscuro; por el contrario, Sawa considera que dos

hombres de Dios, es más, dos papas, que abogan por el progreso y se muestran humildes

ante el mundo, son merecedores de su respeto y se considerarían llamas encendidas. Lo

que se desprende, por lo tanto, de estas reflexiones es que Sawa no descalifica en ningún

momento el mensaje de los Evangelios, sino que censura el comportamiento de quien,

perteneciendo a la Iglesia, atenta contra dicho mensaje. Igualdad, humildad, humanidad

o solidaridad son virtudes presentes tanto en El Pontificado y Pío IX como en las crónicas

de 1904 y 1907. No hay más que prestar atención a la frase citada antes en la que el autor

decía: “los Evangelios estuvieron en Roma de acuerdo con la realidad.”

Al final, lo que podemos sacar en claro es que Alejandro Sawa es un anticlerical

porque se revela contra una institución que lo ha decepcionado al no amoldarse a los

ideales que debiera predicar, tales como libertad, caridad o justicia, sino que, en la

mayoría de los casos, ha optado por la represión, la avaricia y el vicio. Todos esos

291
comportamientos son censurables pero, si cabe, más delito tienen aún los miembros del

clero, quienes cuentan con la obligación moral de cumplir con los Evangelios y no

entregarse a una Iglesia mundana y corrupta. Esta generalidad no quita para que, de vez

en cuando, nos topemos con clérigos que se entregan a la luz. Si Pío IX abogaba por el

progreso y por la vida, y fue un impulso para la humanidad, o Pío X dio ejemplo de

humildad y defendió la democratización vaticana, mostrándose más humano que divino,

entonces ellos vienen de la luz.

Distinto es que Pío IX fuera uno de los pontífices que más combatió contra la

masonería, pues creemos que Sawa en 1878 no tiene conocimiento de esta situación. En

estos momentos, tan solo se limita a comenzar a crear su propio estilo y a plasmar no solo

su sapiencia, sino sus ideas de luces y sombras, que mantendrá en el resto de su

producción.

Respecto a Pío IX, no está de más hacer mención a que la masonería le “intentó

presentar como masón, recortando la cabeza de una fotografía del pontífice, pegándola al

busto de un masón retratado” (Menué, 2007: 66)112.

112
Ver Anexo II, imagen 13.

292
3.3. Del naturalismo radical al modernismo

3.3.1. El naturalismo de Alejandro Sawa: luces y sombras en los

personajes y en la descripción de la naturaleza

Cuando se habla del naturalismo en España, generalmente se suele presentar como

una facción dentro del realismo, dándose a entender que escritores como Benito Pérez

Galdós, Emilia Pardo Bazán (1851-1921) o Vicente Blasco Ibáñez113 tan solo coquetearon

con él en su vertiente más tradicional. Los postulados de Émile Zola no encajaron en una

sociedad católica incapaz de conciliar el libre albedrío otorgado por la divinidad con el

determinismo genético y social de corte ateísta, como quedó de manifiesto en La cuestión

palpitante114 (1883). De igual modo, a la burguesía cristiana le incomodaban los

personajes degradados de los ambientes sórdidos. Sin embargo, esta circunstancia no fue

impedimento para que se alzaran voces fuera de aquello que trascendió a los libros de

texto como la nómina canónica. Eduardo López Bago, José Zahonero o Alejandro Sawa

se adhirieron a la minoría militante en el naturalismo radical o “de barricada”, que se

inauguró en España, precisamente, con la publicación de una novela de López Bago y fue

definido por el propio Sawa: “Cuando en los inicios de octubre de 1884 se edita el primer

volumen de La prostituta, echa a andar el «naturalismo radical», o de «barricada», como

bautizó Alejandro Sawa” (Fernández, 2005: 35). Es más, el propio López Bago hizo un

análisis de la obra sawiana Crimen Legal, que se publicó junto con la novela y que sirvió

como carta de bienvenida a Sawa dentro del movimiento:

113
El naturalismo del escritor valenciano es más feroz que el de los otros dos autores, y podríamos decir
que se aproximó al radical.
114
Recopilación de artículos sobre el debate en torno al realismo y naturalismo, escritos por Emilia Pardo
Bazán y publicados en La Época. Leopoldo Alas, Clarín, (1852-1901) los prologó y se publicaron como
libro.

293
Ésta es la obra con que el autor solicita un puesto de honor al lado del
nuevo e irresistible movimiento literario de Europa. Yo le saludo
quitándome el sombrero; no es un discípulo, es un compañero. Bien
venido [sic] sea a la barricada naturalista Alejandro Sawa, el nuevo
combatiente (2012: 236).

Al igual que su pluma sangrante se negó a pasar la censura en lo que a crónicas

periodísticas se refiere, el bohemio tampoco mostró pudor alguno para recrear las miserias

humanas en sus novelas de juventud, avivando “el debate en torno al naturalismo en

España [que] se centró, fundamentalmente, en el carácter pornográfico de las obras”

(Fernández, 2005: 35). Aquí entendemos por pornografía no solo la aparición de escenas

sexuales, sino cualquier tipo de situación visceral, comprometida o íntima del ser humano

descrita con gran cantidad de detalles sórdidos; se podría decir que se hace una, en

palabras de Gutiérrez Carbajo, “exposición desnuda de los acontecimientos” (1991: 379).

Es cierto que la obra novelística de Sawa es escasa, pero de una intensidad

considerable y cargada de dichas escenas carentes de tacto. Con esta publicación

pretendemos dar a conocer una investigación que analiza no las características de la obra

sawiana, sino aquello que le da unidad: el binomio luz-oscuridad.

Términos como sombra, oscuridad, tinieblas o noche son habituales en las novelas

de Alejandro Sawa para referirse a los personajes degradados que presentan los peores

vicios, carecen de toda moral y aniquilan el brillo o la luz, que son los vocablos con los

que se designan a los personajes puros, que representan la vitalidad. Ángela Ena repara

en esta asociación: “el sol115 aparece como el símbolo y el exponente de todo lo positivo.

115
El artículo se dedica principalmente a la aparición y el significado connotativo de término sol en la obra
de Sawa. Ángela Ena aprecia que: “la ausencia del sol es tristeza, dolor, soledad y el final de todo” (1991:
322) y que “el frío físico se transforma en frío moral” (1991: 323). El binomio calor-frío en correspondencia
con lo positivo y lo negativo es equiparable al de luz-oscuridad que estamos tratando. Aunque en aquel
caso se focalice sobre el tratamiento de la naturaleza para el reflejo de sentimientos, reflexiones,
percepciones y comportamientos ajenos recogidos en Iluminaciones en la sombra, encaja al extrapolarlo a

294
Mientras, y como natural contraste, el frío, la bruma, las tinieblas representan en su obra

la maldad, la incultura, todo lo negativo que hay en el mundo y en el hombre” (1991:

320). Es más, en las detalladas descripciones ambientales, la naturaleza se describe con

esa terminología y acompaña a la escena según la impresión que se quiere provocar en el

lector. Esta teoría se confirma tanto en las novelas de corte naturalista como La mujer de

todo el mundo, Crimen legal, Declaración de un vencido, Noche, La sima de Igúzquiza o

Criadero de curas, como en Historia de una reina, que participa del modernismo y donde,

casi por definición, son las imágenes sensoriales y luminosas las que predominan.

Quizás, el título de la novela Noche116 es de los más ejemplificativos por sí mismo,

pero se intensifica cuando la leemos y nos damos cuenta de que gira en torno a la

progresiva corrupción de todos los miembros de una familia. Esto lo comenta Phillips

cuando afirma: “Las notas de luz o luminosidad destacan precisamente por su ausencia

en el mundo sombrío e inmoral” (1976: 195). Para describir a los hijos, Sawa comienza

de la siguiente manera: “Nacidos, y producidos, y engendrados por la noche; tan bien

hallados en las tinieblas morales que los envolvían como las alondras al remontar el

primer vuelo de la mañana, ¿a qué ni para qué necesitaban las claridades insanas de la

calle?” (1888: 37).

Más ilustrativa es Criadero de curas porque, aunque en su título no lleve

referencia a la oscuridad, los capítulos en los que se divide están cargados de las metáforas

que comentamos: “Ingreso en la sombra” (Sawa, 1999: 199), “Et lux facta est” (1999:

205) o “Luz en la sombra” (1999: 209). Además, el argumento es el del ingreso de

un ámbito más amplio que pasa por la descripción y el proceder de los personajes de las novelas. El calor
se incluye en esta investigación en el bloque de la luz y el frío en el de la oscuridad.
116
El 3 de agosto de 1918, nueve años después del fallecimiento de Sawa, la colección semanal La novela
corta publicó Noche, como “número homenaje”, pese a que el naturalismo como movimiento ya había sido
abandonado.

295
Manolito, un niño vitalista y puro que representa la luz, en un seminario; dicho lugar es

esa sombra a la que se refiere el primer título de capítulo. Allí, los curas le maltratan hasta

dejarlo morir. Correa Ramón aprecia que: “el seminario representa todo lo opuesto. Frente

al color, la negrura; frente a la vida, la muerte. […] Lo terrible de la muerte de Manolito

es que el niño es representante de todo lo puro, de todo lo hermoso” (1993: 149). Respecto

al tema de los curas, bien sabido es que Sawa cultiva una de las facetas del naturalismo

radical: el anticlericalismo. Pero sus críticas no las hace contra el catolicismo en su

conjunto, sino contra los sacerdotes que él considera que no cumplen bien su misión y se

entregan a los vicios y a la corrupción.

Para pasar al plano social de las obras sawianas, debemos recordar que, según las

características o postulados del naturalismo, el ser humano está condicionado no solo por

su genética, sino también socialmente. Dado que en las novelas de Sawa son más las

sombras que las luces, aquellas suelen aniquilar a estas, por la imposibilidad de escapar

del entorno. De hecho, el naturalismo de Sawa se inserta dentro de las denominadas

novelas médico-sociales, y con la clasificación de “novela social” aparecieron sus

primeras ediciones, con esta denominación en las propias portadas:

En opinión de Fernández: “La novela médico-social expone un documento

humano en que se disecciona un trozo de vida, el fragmento de una vida cualquiera […]”

(2005: 35). Por su parte, Lissorgues apunta que “todas las novelas médicosociales llevan

como epígrafe la famosa frase de Claude Bernard: «La moral moderna consiste en buscar

las causas de los males sociales, analizándolos y sometiéndolos al experimento»” (2008).

Y, por último, Gutiérrez Carbajo expone que “el propósito que anima las narraciones del

naturalismo radical consiste en trascender la idea de mero pasatiempo para convertirse en

el estudio serio y detallado de algún problema social” (1991: 388). Si juntamos las tres

apreciaciones, podemos deducir que el propósito de Alejandro Sawa es hacer de sus


296
novelas experimentos sociales con personajes cualesquiera, representativos de la sociedad

del momento, para analizar los problemas117 que en ella se dan, los cuales son para el

escritor un freno al progreso, la libertad y la realización del ser humano. En relación con

esto, Gutiérrez Carbajo apunta que “Sawa no desaprovecha la ocasión para atacar el

dogmatismo, la intolerancia y el oscurantismo” (1991: 387) y Lozano que sus obras son

“tremendas y sórdidas” (1983: 351). Situar la acción en ese tipo de ambientes no es más

que el recurso para presentar el problema, pero lleva aparejada una consecuencia no

deseable para lo que pretende ser un experimento científico objetivo: la exageración.

Alejandro Sawa es demasiado crítico y eso le lleva a exagerar la sordidez, los vicios, el

atraso y la degradación moral, y desemboca en un “pesimismo extremado” (Gutiérrez

Carbajo, 1991: 389). Tanto, que hasta la propia naturaleza se impregna de esta sensación

y el bohemio recurre a la noche o las tinieblas en innumerables ocasiones: “El pesimismo

de estos autores se pone también de manifiesto en lo gris, sombrío y triste de muchas

descripciones” (1991: 389). Por destacar un ejemplo, veamos la descripción con la que

comienza La sima de Igúzquiza:

Era el anochecer; el anochecer de un día lluvioso, gris, sin horizontes.


Se había echado encima la hora del crepúsculo, casi por sorpresa y los
manojos de sombra de la noche hacían su irrupción […] a dar el asalto
a las cimas de las montañas, batiendo a la claridad diurna […] Lo
negativo, la sombra se había apoderado hasta de las cúspides de las
montañas. El cielo parecía una inmensa tronera negra […] Dentro de la
venta, la tristeza era también infinita, medio alumbrada la sala del
consumo por un farolillo de luz agonizante que, más bien que destruir,
aumentaba la intensidad de las tinieblas (Sawa, 2011: 43-45).

117
Los problemas sociales tienen plena vigencia actualmente, por lo que nos podemos hacer una idea del
adelanto de la mentalidad del escritor respecto a su tiempo; estos son la corrupción, el atraso, la ignorancia,
el aborto, la violación, la pederastia de los miembros del clero, el suicidio, el maltrato a la mujer, la
prostitución, el adulterio, la decadencia de la familia, los desengaños amorosos, religiosos y familiares, el
desenfreno o el fracaso de los padres en la educación de los hijos, entre otros.

297
Tras esta contextualización, nos narra los horrores de unos crímenes acontecidos

durante la Tercera Guerra Carlista (1872-1876) en una sima cerca de Pamplona. Apunta

Correa Ramón:

Una primera lectura permite apreciar los excesos naturalistas y la


profusión de escenas descarnadas. Sawa literaturiza los
acontecimientos reales pasándolos por el particular tamiz del
determinismo fatalista, la antropología criminal, el anticlericalismo y la
animalización deshumanizadora de los personajes (2011: 22).

Esta animalización entronca directamente con el esperpento que cultivaría años

después Ramón del Valle-Inclán y definiría en Luces de bohemia, cuyo protagonista está

basado en Alejandro Sawa. En el esperpento, como técnica deformadora de la realidad

para dar como resultado una imagen grotesca en la que se resaltan los vicios, son

esenciales las animalizaciones. Recordemos cómo describe Valle-Inclán al personaje de

Zaratustra: “abichado y giboso, la cara de tocino rancio” (1987: 55). Sawa también se

vale de este tipo de descripción en su obra Crimen Legal cuando realiza el retrato del

personaje que comete el crimen:

Una casi personalidad humana. Entre hombre y mico, pero vanidoso y


altanero por eso, por lo que tenía de mico, lo cual no es un caso nuevo
ni extraordinario […]. Era moreno; pero no por naturaleza, sino por
disida […] los ojos parduscos y pequeños, tan hundidos en sus cuencas
óseas, que no se advertían seguramente, ocultos en su madriguera, al no
ser por la fosforescencia verdaderamente felina que despedían. Ojos de
calenturiento, empotrados en un cráneo de bestia. Tenía la nariz gorda,
nariz glotona, tan móvil como la de un perro perdiguero y la boca
sensual y grosera, de labios belfos, constantemente humedecidos por el

298
continuo entrar y salir de su lengua carnosa y sangrienta. La cabeza de
un canalla y la jeta de un Heliogábalo118 (2012: 56-57).

Según Mbarga, “a través del tremendismo y de la animalización de los personajes,

se destaca el gusto del escritor por las deformaciones preesperpénticas y las

degradaciones preexpresionistas” (1991: 75). Esto es cierto, pues no hay duda de que es

preesperpéntico; sin embargo, también es continuador de una tradición habitual en la

literatura española: la sátira deformadora, cuyo máximo exponente fue Francisco de

Quevedo (1580-1645), a quien también podemos definir como prefigurador del

esperpento. Asimismo, tales descripciones comparten estilo con otra valleinclanesca que

aparece al comienzo de Divinas palabras (1919): “Pedro Gailo, el sacristán, […] es un

viejo fúnebre, amarillo de cara y manos, barbas mal rapadas, sotana y roquete. Sacude los

dedos, sopla sobre las yemas renegridas, las rasca en las columnas del pórtico” (Valle-

Inclán, 1976: 13).

Tras este breve apunte y volviendo a la relación entre Sawa y Valle-Inclán,

Gutiérrez Carbajo también repara en la semejanza de estilos y apunta:

Algunas de estas caracterizaciones grotescas hacen pensar en los modos


expresivos perfeccionados más tarde por Valle Inclán en sus
esperpentos y por algunos cultivadores del tremendismo. El proceso de
degradación que en las novelas de Sawa y López Bago, sufren algunos
personajes que les lleva a la animalización y a la cosificación (1991:
390).

A propósito del término grotesco, ambos escritores que tratamos lo emplean en

sus obras. Valle-Inclán cuando escribe: “España es una deformación grotesca” (1987:

118
En latín Elagabalus. Nombre póstumo por el que se conoció a Marco Aurelio Antonio Augusto (203-
222), emperador romano (218-222) conocido por sus atrocidades y perversiones.

299
168). Y Sawa, en Crimen Legal, utiliza el mismo vocablo con un sentido idéntico para

referirse a Madrid, mezclando el esperpento con la oscuridad: “había vuelto el invierno

con sus escarchas y sus nieblas. Madrid volvía a recobrar su grotesco aspecto de

poblachón de Castilla con aspiraciones de gran ciudad” (2012: 66).

Igualmente, existen otras coincidencias entre la obra de Sawa y Luces de bohemia,

porque Sawa anticipa el esperpento valleinclanesco y Valle-Inclán bebe del naturalismo

de corte sawiano. Concretamente, el personaje Carlos Alvarado Rodríguez, protagonista

de Declaración de un vencido, opina lo mismo sobre el suicidio que Max Estrella, quizás

porque ambos personajes están inspirados en Alejandro Sawa: Carlos Alvarado como

personaje interpuesto para contar una especie de autobiografía ficcionada y Max porque

Valle-Inclán así lo desea. Esta analogía hace que Luces de bohemia se aproxime al

pesimismo naturalista desde el momento que muestra, ya no solo a los habitantes de los

ambientes más sórdidos, sino a toda la sociedad en su conjunto degradada y como la

culpable de que un individuo intelectual y moralmente superior, como Max Estrella, no

pueda realizarse119.

Esto les suele ocurrir a todos los personajes de Sawa que irradian luz y son

aniquilados por las tinieblas o, incluso, degradados y, después, aniquilados. Ante tal

panorama, la muerte como escapatoria es un recurso bastante típico del naturalismo. A

causa del determinismo, el individuo sano es arrasado por sus degradados semejantes, o

bien, acaba optando por el suicidio como protesta, solución o escapatoria. Es el caso del

protagonista de Declaración de un vencido, quien es consciente de su propia

degradación120 y no quiere seguir viéndose como un integrante de una sociedad canalla.

119
Sobre este asunto volveremos al tratar estos personajes inspirados en Sawa.
120
Acaba entregándose a la bebida y siendo el mantenido de una prostituta, a quien, en cierta ocasión, llega
a agredir físicamente.

300
De este modo, la colectividad sigue sin él, sin variar en absoluto su comportamiento, al

igual que Madrid sigue sin Max Estrella en Luces de bohemia. Los individuos superiores

intelectualmente no pueden adaptarse y acaban sucumbiendo. De hecho, Max también es

partidario de lo que considera la única salida: el suicidio, por lo que le dice a Don Latino:

“llévame al Viaducto. Te invito a regenerarte con un vuelo”121 (Valle-Inclán, 1987: 164).

Siguiendo con Declaración de un vencido, es preciso que reparemos en que

también participa del binomio luz-oscuridad. Lo más llamativo es cómo evoluciona el

concepto de la noche a lo largo de sus páginas, al que Sawa impregna de connotaciones

positivas cuando el protagonista llega feliz a Madrid, se enamora y ve en la noche la

realización del amor, frente a otras connotaciones tan negativas como que al final de la

obra es de noche cuando planea su suicidio. Así comprobamos que la naturaleza vuelve

a ser muy ilustrativa. Los aspectos positivos son reflejo de la ilusión y la pasión de un

protagonista recién llegado a Madrid, dispuesto a comerse el mundo y a entregarse al

amor: “Era la noche en que llegué una de Julio, estrellada y serena” (Sawa, 1887: 98), “y

eso que la aguardaba con ansia de enamorado. ¡Mi noche feliz, mi noche alegre!” (1887:

121), “aquella noche la conocí. ¡Aquella noche! […] una Venus viva! Una noche de

alegría completa” (1887: 126).

Más adelante, la noche se empapa de decepción: “Con una buena lumbre es hasta

agradable la vida. Pero era mucho el frío que yo tenía aquella noche” (1887: 185), “una

noche, […] se me ocurrió de pronto que puesto que mi vida no tenía objeto y me di a

pensar, sumido en las tinieblas de aquella doble noche, en los tortuosos caminos que sigue

la desgracia” (1887: 199).

121
Max Estrella no se suicida, sino que, simplemente, se muere, pero su comentario es suficiente para saber
la opinión que Valle-Inclán tenía con respecto a la sociedad y el suicidio como solución. De igual modo,
Sawa elige este final para su alter ego para demostrar su postura, la cual también manifestaba abiertamente
en Iluminaciones en la sombra.

301
Al final, es de noche cuando planea su suicidio: “Entonces fue cuando por segunda

vez en aquella noche se irguió ante mi vista el vago espectro del suicidio. Sí; era preciso

sucumbir” (1887: 205) y “la noche se había echado encima de repente. ¡La última noche

de mi vida!” (1887: 236).

En esta novela existe una referencia a los masones. En el “Libro Segundo” de la

novela, Sawa se dedica a hacer un repaso de la historia del siglo XIX a nivel político,

económico y social, para criticar el panorama que rodea al protagonista. Si bien sirve

como contexto, también es una excusa que le sirve al escritor para desplegar su sapiencia

y hacer una crítica al absolutismo de Fernando VII, al pueblo que se conformó con

reformas menores, a las guerras, a los políticos… Aunque “Sawa no descuida nunca la

crítica social” (Gutiérrez Carbajo, 2009: 52), en esta novela se intensifica y se extiende

de un contexto concreto a la Historia de España más reciente en su conjunto. Los

fragmentos que aquí más nos interesan son los siguientes:

[…] en 1815 el restablecimiento de la Inquisición y el de la peligrosa


cuadrilla de Loyola; un pueblo que ve en dos años, desde 1816 hasta
1818, ¡en solo dos años!, desaparecer todo su poder y toda su influencia
colonial por la sevicia y la corrupción de sus administradores, por la
infamia moral y la miseria cerebral del amo, del imbécil Fernando VII
[…] un pueblo que en 1823 se lanza al pillaje por los campos,
ostentando, como especie de razón social, el título de serviles—
¡serviles!— en contraposición al de masones, comuneros y anilleros
que habían adoptado los liberales; […]
nos proclamamos hijos, hijos amantísimos. Porque ¿qué vale, ni
significa, ni representa la idea de territorio junto a la idea de
inmensidad? ¿Qué el concepto tísico de patria al lado de la idea de
humanidad? Una porquería, una miseria. Y una porquería no tiene
jamás el derecho de sublevarse.
Tuvo, pues, el pueblo su querido despotismo, y fue feliz. Ahora quiere
libertad, igualdad y fraternidad, libertad, igualdad y fraternidad

302
económicas; y como ni las revoluciones geológicas, ni las revoluciones
sociales, se producen por decretos, y no es tan fácil improvisar una
tempestad o una revolución como un discurso (Sawa, 1887: 35-37).

En oposición a los serviles, se encuentran los liberales, entre ellos los masones. A

ellos se suman los comuneros y los anilleros. Sobre estos, Gutiérrez Carbajo aclara:

“Durante el Trienio Constitucional (1820-1823) […] constituyeron Sociedad del anillo

[…] organización secreta de carácter político. Sus miembros pertenecientes al liberalismo

moderado, procedían de la masonería en su mayor parte, y llevaban una sortija como

marca de identificación […] pretendían una reforma no muy radical de la Constitución y

abogaban por un sistema bicameral” (Gutiérrez Carbajo, 2009: 134)122. Sin embargo,

Fernando VII volvió a imponer el absolutismo, cosa que Sawa critica duramente.

Como vemos, también defiende la idea de humanidad en su conjunto y cree que

la divisa “libertad, igualdad, fraternidad” no sirve de nada si no existe alguna acción de

por medio que intente su consecución.

Después de este repaso, el narrador-protagonista nos dice que, pese a todo, cree

que vendrá un futuro mejor, aunque él no lo va a conocer porque va a morir (desde el

principio ya sabemos que se va a suicidar) porque no encaja en la sociedad de esos

momentos. Sin embargo, esa fe en el futuro y en el progreso son las ideas que Sawa está

plasmando a través de su personaje123:

Todo es indicio de un renacimiento o del despertar de una nueva época.


solo que, por próxima que se halle, yo no podré conocerla, no podré
manifestarme en su seno, porque voy a morir. Sin embargo, palpitando

122
Nota al pie 49.
123
Profundizaremos en este aspecto al tratar los personajes basados en Sawa.

303
entre estas líneas, yo envío a esa nueva época, yo envío al porvenir mis
ardientes besos de enamorado.
Creer en el porvenir, ¡bah!, ya es algo. Y yo necesito agarrarme a esa
creencia para no morirme de pronto y del todo (Sawa, 1887: 47).

Tan solo falta, dentro de las obras naturalistas, apreciar que La mujer de todo el

mundo participa de la misma terminología de luces y sombras, tanto para la naturaleza:

“¡Momentos fúnebres de siniestros tanteos en las tinieblas que decidieron el drama de

esta historia!” (Sawa, 1885: 81), “aquel sol primaveral del mes de Octubre no le llegó

hasta […] las lobregueces, las tinieblas que hacen odiosa a la vida” (1885: 148), como

para las personas: “estaba propuesta a ser constantemente su espíritu negro, su ángel

malo” (1885: 125).

Respecto a este tipo de personajes oscuros, Lissorgues apunta que hay muchos

que son casi bestias, pero “hay también personajes matizados y vistos por dentro que

experimentan sentimientos auténticos y sienten confusamente la poesía de las cosas”

(2008). Estos son los identificados con la luz que no pueden realizarse; tal era el caso de

Manolito en Criadero de curas o de Carlos Alvarado cuando aún no se había corrompido.

Por supuesto, ninguna de estas obras es masónica, si bien la luz y la sombra

clasifican a la humanidad y a las ideas del mismo modo que lo hace la masonería. Al igual

que también aparecen otros símbolos y valores que comparten con ella en las dedicatorias

de algunas de las novelas que hemos citado.

La más llamativa es la de La mujer de todo el mundo, en la que Sawa se dirige a

su hermano pequeño, Enrique124. Enrique fue el menos conocido de los hermanos Sawa,

124
Enrique fue el menos conocido de los hermanos Sawa y apenas hay datos sobre él. Se sabe que “el
benjamín de los Sawa reaccionó contra la aceptación de la miseria de sus hermanos y aplicó su inteligencia
a fórmulas mercantiles […] pero, aficionado a las francachelas y al flamenco, tampoco prosperó

304
pero en estos momentos es posiblemente un adolescente al que su hermano mayor le

dedica su primera novela. Se trata de una dedicatoria muy larga y cargada de consejos,

valores y sentimentalismo.

Hay ciertos fragmentos que queremos destacar:

Estamos bajo la impresión de la misma pena, del mismo desastre; esa


dolorosa y sombría y desesperadora inmersión de mamá Esperanza en
la muerte […]
Oyeme, Enrique: quiero hablar contigo desde las primeras páginas de
este libro que me has animado a escribir; entras con mal pie en la vida,
porque eres inteligente; esa gran compasión, esa gran lástima que a mí
me inspira la inteligencia, determina que te quiera más, como hacen las
madres con sus hijos enfermos; porque ¿quién sabe, después de todo, si
la inteligencia no es una monstruosidad física, una equivocación del
cielo, una joroba, un ser con dos cabezas, una idiosincrasia que mata,
un hígado enorme envenenando con segregaciones biliosas la sangre
hasta dejar maltrecho el equilibrio en que se funda la vida, una
morbosidad cancerosa, un testarudo principio de muerte?
Ya se sabe que la inteligencia crea, da vida; pero quizás la dé como el
pelícano, a costa del organismo, desgarrándose a sí propia, y
repartiéndose con la inalterabilidad del mártir entre las sociedades
humanas, insistentes siempre en eso de vivir en materia de pensamiento
a costa de quince o veinte hombres por cada generación.
[…]
dentro de poco, y merced a los progresos cada vez más admirables de
la escuela positivista, será tan hombre de acción como el albañil o el
botánico; todo este esfuerzo individual unido, produce una cosa: el
progreso; sé tú de los trabajadores; pide un puesto entre ellos y arrima
el hombro sin que te desalienten las primeras contrariedades; todas las
iniciativas humanas son dolorosas; todas, hasta la iniciativa del nacer;
la ambición de esos trabajadores, de esos creadores del porvenir es tan

excesivamente su fortuna. Su final, siempre según Machado, se encuentra rodeado de misterio […] ingresó
en el hospital […] nunca más se supo de él” (Correa Ramón, 1993: 21).

305
insondable como las perspectivas que tienen ante sus ojos; tratan
¡figúrate tú! de empujar las fronteras del progreso hasta los limites del
Cosmos; sé tú también ambicioso, que solo lo grande es digno de serlo;
las cóleras de esos fundidores de progreso, se llaman revoluciones, y
sus hechos son la declaración de los derechos del hombre, la abolición
de la esclavitud
[…]
las espléndidas realizaciones artísticas de nuestra época, Víctor Hugo,
Balzac, Musset, Becquer, […] los proyectos de una lengua universal y
de una inmensa federación humana; si tú llegas a ser, modesto o grande,
uno de esos sublimes obreros convencidos, yo estaré satisfecho y tú
serás feliz. Vivir es eso; luchar en todas formas con las fatalidades
naturales, hasta marearse, hasta aturdirse, con el libro, con la piqueta,
con la idea, con el puño cerrado, con la observación, con la experiencia,
con el martirio. Lo demás, desengáñate, Enrique, aunque ahora pienses
lo contrario, lo demás es vegetar; ¡y hay desgraciadamente tantos que
vegetan! Casi todos: el primero que pase por la calle cuando te asomes
al balcón (Sawa, 1885: 2-6).

No hay duda de que Alejandro Sawa hace apología de la revolución en aras del

progreso y los derechos. Anima a su hermano a combatir y habla de una utópica

federación humana. Obviamente, estas palabras no responden solo a su idealismo, sino

que también pueden tener una simbología. La masonería aboga por el progreso y cree en

la universalidad de los derechos y en la humanidad en conjunto. Sin olvidar que estuvo

detrás de las grandes revoluciones. Además, quiere extender el progreso por el cosmos,

al igual que los masones, que incluso lo representan en sus techos para simbolizar que no

existen los límites en su misión.

Por otro lado, recordemos que maçon significa albañil en francés y creemos que

se refiere a esto cuando dice que el progreso creará hombres “de acción como el albañil”.

De otro modo, no tendría sentido hablar de “sublimes obreros convencidos”,

306
“trabajadores” y “creadores del porvenir”. Es evidente que no se está refiriendo a un

trabajo físico en sí mismo, sino a una obra intelectual.

Pero, sin duda, el elemento que mayor relación tiene es la alusión al pelícano125,

que es, junto con el águila, el animal que mayor representación tiene en la masonería. El

pelícano, en caso de necesidad, se autolesiona abriéndose el vientre con su propio pico

para que sus crías coman de su carne. Esto se traslada a la simbología como la

representación de la entrega y el sacrificio por la humanidad: “Bajo la figura de esta ave

se ha representado la ternura paternal desgarrándose el seno para alimentar con su sangre

a su lánguida familia” (Diccionario Enciclopédico de la Masonería, 1883: 743). En este

mismo sentido lo está empleando Sawa cuando dice que la inteligencia alimenta a la

humanidad como un pelícano, a costa del desgarro propio.

Es posible que este elemento lo haya tomado la masonería de la simbología

católica, pues hay elementos en ambas esferas que guardan similitud, al margen de que la

Iglesia persiguiese a la masonería. El pelícano, en concreto, se ha relacionado con

Cristo126, pues él entregó su vida y su sangre por la humanidad. De hecho, cuando la

masonería representa al pelícano, a veces lo encontramos con una cruz detrás en la que

se lee I.N.R.I. Por todos es conocido que estas siglas son de Iesvs Nazarenvs Rex

Ivdaeorvm, lo que se traduce como “Jesús de Nazaret, rey de los judíos”. Sin embargo, la

masonería le ha dado otros significados, como Igne Natura Renovatur Integra (Sanz y

Mayor, 2006: 182), que significa “el fuego de la naturaleza lo renueva todo”.

125
Ver Anexo II, imagen 14.
126
Como curiosidad, podemos apuntar que el arquitecto Antonio Gaudí (1852-1926), a quien se ha
intentado relacionar con la masonería, aunque no existen pruebas evidentes, colocó un pelícano
alimentando a sus crías en la fachada de la Sagrada Familia de Barcelona.

307
La dedicatoria, por lo tanto, admite una lectura literal, pero también una simbólica,

y es el reflejo de la reivindicación de los valores propios de Sawa, los cuales quiere

transmitir a su hermano.

Con ello no podemos afirmar que Sawa fuera masón, pero insistimos en que

compartía sus valores, que se mezclaban en esta época con los de todos los grupos

liberales, y conocía de sobra su simbolismo.

Por otro lado, existen otras dos dedicatorias que han llamado nuestra atención: la

de Noche a Luis París y la de Crimen legal a su hermano Miguel Sawa. La de este último

es bastante corta, pero queremos destacar que le dice “haz lo que un justo y un sabio de

una sola pieza” (Sawa, 2012: 37) aludiendo, una vez más, a ideales como la sabiduría y

la justicia.

Respecto a la de Luis París, debemos conocer que la admiración era mutua, pues

en aquel libro en el que Luis París daba a conocer a “La Gente Nueva”, hablaba del

romanticismo de Sawa y de su idealismo, que lo habían convertido en un soñador: “Sawa

presentaba, cuando comenzó a darse a conocer en Madrid, todas las características del

joven soñador, hambriento y enamorado de todos los lirismos […] dejándose llevar por

el apasionamiento hasta el extremo […] con el romanticismo metido hasta el tuétano de

los huesos” (París, 1888: 103). Para Sawa, Luis París es otro luchador por el porvenir:

A Luis PARÍS
Si consigues vivir, seguir viviendo, quiero decir si te sales con la tuya
de no morirte un día de estos de indignación127 o de asco, has de ser
reconocido, han de llegar a reconocerte, no lo dudes, como uno de los
más fuertes colaboradores del porvenir. Sé por eso que asociándome a

127
Esta expresión recuerda bastante al final del “Libro Segundo” de Declaración de un vencido, cuando el
protagonista decía que necesitaba creer en el porvenir para no morirse “de pronto y del todo”, que hemos
recogido más arriba.

308
ti me asocio a una fuerza, y te dedico este libro para expresarte una vez
más las admiraciones que me inspiras y el cariño que te tengo. Tú y
yo,—es sabido,—somos dos hombres cualesquiera. Pero nos
diferenciamos de los bellacos que forman la gran mayoría de las
llamadas clases ilustradas, en que tenemos vergüenza, un ideal fijo tras
del cual marchamos a grandes o a pequeñas jornadas, según las
fatalidades del momento, y hasta un poco de conciencia. Nos
encontramos una tarde en los azares del camino; no sé si tú me ayudaste
a trepar por un atajo, o si nos ayudamos mutuamente, porque el peligro
era grande y estábamos muy expuestos a reventarnos, y aquel abrazo
que nos dimos, al reconocernos prójimos y camaradas, subsiste todavía.
Yo lo quiero prolongar por tiempo indefinido, desde la primera página
de este libro.
Au revoir, mon vieux,
ALEX.
Madrid 5-10-88 (Sawa, 1888: 5).

Si bien no emplea la palabra hermanos, sí dice que se reconocieron prójimos y

camaradas al darse un abrazo. Recordemos que el abrazo fraternal es el modo con el que

los masones se saludan, se despiden y se reconocen entre ellos. No podemos afirmar que

ese abrazo del que habla Sawa sea masón en sí mismo, pero sí se trata de una analogía.

309
310
3.3.2. Modernismo: el triunfo de la luz en Historia de una reina

En relación con lo expuesto en el apartado inmediatamente anterior, diremos que

también presentan la pureza de la luminosidad dos personajes de Historia de una reina.

Sin embargo, en esta obra ocurre lo contrario: triunfa la luz. El cambio es debido a que se

publicó en 1907, después de que Alejandro Sawa hubiese pasado sus años de gloria en

París, codeándose con Paul Verlaine y bebiendo del modernismo, pero como podemos

comprobar gracias a las citas, las metáforas empleadas por el bohemio cumplen idéntica

función.

Historia de una reina nos cuenta la fuga de una reina que decide vivir su vida

después de haber cumplido todas sus obligaciones. Tanto ella como su enamorado son

descritos como espíritus puros que irradian luz. Dice Sawa del Caballero Dimitrio en

relación con Beatriz: “Lucen en él todos los garbos de la primavera de la vida […] tenía

la pretensión de alumbrar como un haz de rayos […] aquel águila se había prendado de

una estrella, es porque estaba furiosamente enamorado de la princesa Beatriz. Lumen in

terra” (2011: 136-137).

Una vez más, la obra no es masónica, pero emplea una metáfora relativa a la

simbología de esta sociedad: el caballero es un águila y contempla una estrella, como los

masones se identifican con las águilas porque pueden mirar a otra estrella, que es el Sol,

el representante de la Sabiduría, que es lo que ellos aman. Posteriormente, cuando la reina

quiere librarse de sus obligaciones reales, es ella la que es comparada con un águila que

quiere extender sus alas para “volver al azul, del que procedía…” (Sawa, 2011: 153).

Entendemos que el azul vuelve a ser el cielo identificado con la inmensidad.

311
Cuando se describe una de las apariciones de Beatriz se dice “En ese momento, la

reina aparece. Como en una apoteosis, la luz se produce espléndida […] milagro de la luz

hecha mujer, o aquel prodigio de la mujer irradiando luz como un faro maravilloso”

(Sawa, 2011: 159-160).

Por otro lado, al igual que en El pontificado y Pío IX, aquí vuelven a aparecer esas

luces que también devastan. Ocurre cuando el caballero Dimitrio descubre que Beatriz

debe casarse: “algo semejante al rayo que ilumina, pero que mata […] Fue un rayo, decía;

rayo por la luz y rayo por el estrago” (Sawa, 2011: 140-141).

Esta luminosidad no se da en ausencia de tinieblas, que cumplen idéntica función

que la etapa naturalista. Cuando Beatriz se tiene que casar con el rey, al que no ama, dice:

“Aquí concluye mi diario de soltera. Rosado al principio, gris después, ahora negro”

(2011: 153). En cambio, cuando renuncia a todo y decide escaparse y vivir su historia

proclama: “Ya se ha hecho la plena luz en mi alma […]. Volveré a la vida” (2011: 173).

Por último, queremos resaltar que se trata de una narración bastante corta, pues ya

vimos que se publicó en El Cuento Semanal. En su edición a este texto, la profesora

Correa establece que “tanto el ambiente como las descripciones del relato sawiano se

presentan vinculados con la «sentimental, sensible, sensitiva» (como reza el conocido

verso de Darío) literatura modernista” (Correa Ramón, 2011: 25). A pesar de su brevedad,

está cargado de imágenes sensoriales y la luz y la sombra operan del mismo modo que en

el resto de la obra sawiana: la luz es la libertad, el progreso, la felicidad, la vitalidad…

Frente a todo lo opuesto, que se identifica con las tinieblas y la noche.

312
3.4. Iluminaciones en la sombra, una obra fundamental

Iluminaciones en la sombra es un texto muy difícil de clasificar, como ya hemos

ido advirtiendo. Por ello, estas primeras palabras las queremos dedicar a hacer una breve

síntesis sobre la escritura con forma de diario y la importancia que tuvo que esta obra se

escribiera de este modo. A continuación, veremos cómo opera el binomio luz-oscuridad,

pues lo hace de un modo similar al que ya hemos visto, pero con la ventaja de que aquí

es el propio Alejandro Sawa quien habla, sin una historia o unos personajes de por medio,

incluyendo sus reflexiones. Acompañando a este binomio aparece otra simbología, como

las referencias al azul, a las águilas o al Oriente, que vuelven a emplearse con el

significado masónico. Sin embargo, en este libro es donde comprobamos el desengaño de

Sawa al final de sus días, pues toda la ilusión que puso en los ideales se desvanece al

comprobar que la vida y la humanidad no responden a la idea que él tenía.

Por último, analizaremos algunos de los apartados que Sawa denomina “de mi

iconografía”, donde refleja su opinión sobre personas que admira y destaca sus virtudes.

Al igual que en sus demás reflexiones, el pensamiento de Sawa se vislumbra, abogando

siempre por el progreso y criticando aquello que considera retrógrado. Para referirse a las

personalidades dignas de su admiración, veremos que emplea idéntico léxico relativo a la

luz, al cielo o incluso al Zodiaco, lo que nos vuelve a demostrar que Sawa es conocedor

de la simbología y la integra en sus textos según sus intenciones.

En cuanto a la selección de fragmentos, somos conscientes de que ya hemos

recurrido a esta obra en múltiples ocasiones a lo largo de esta investigación, y lo

seguiremos haciendo hasta el final de estas páginas. Esto es así porque se trata de una

obra clave, la mejor que escribió Sawa y donde encontramos puntos de apoyo para

313
justificar nuestras afirmaciones. De ahí que algunas citas de esta obra aparezcan

desperdigadas y no en este apartado concentradas.

Iluminaciones en la sombra es la obra que mayor admiración ha causado entre los

investigadores, de ahí que existan varios artículos relacionados con ella o que Iris Zavala

en 1977 la reeditara, incluyendo un amplio estudio al comienzo de la edición.

El doctor Romera Castillo ha estudiado la escritura diarística, que es diferente a

la autobiográfica (como veremos al pasar al análisis de Sawa como personaje). Dentro de

esta modalidad, existen varios tipos: los diarios íntimos, que no aspiran a su publicación;

los íntimos públicos, que cuentan aspectos personales, pero se escriben desde un primer

momento con intenciones de publicación y los dietarios, que son recopilaciones de textos

del autor (Romera Castillo, 2016: 44-47). El problema es que Iluminaciones en la sombra

no encaja en ninguno en concreto y, a la vez, participa de los tres.

Luque Amo ha publicado recientemente un artículo muy interesante a este

respecto en el que su propósito es “analizar su carácter de diario personal con entidad

literaria” (2019: 308):

Cuando el especialista se acerca con detenimiento a Iluminaciones en


la sombra descubre, sin embargo, su idiosincrasia diarística. Si bien el
libro es misceláneo en su naturaleza, con textos periodísticos y crítico-
literarios, a lo largo de sus páginas predomina la entrada propia del
diario personal y, lo que es más importante, el Yo de Sawa, que preside
el desarrollo del libro. Se puede dividir Iluminaciones en la sombra en
dos estilos de escritura diferenciados; en el primero, puramente
diarístico, se recopilan pasajes autobiográficos y periodísticos; en el
segundo, Sawa se inscribe en la tradición de las semblanzas a los
autores admirados (Luque Amo, 2019: 309).

314
En el asunto de las semblanzas no tenemos dudas, pues se refiere a los fragmentos

que comentábamos que Sawa denomina “de mi iconografía”. Sin embargo, en la parte

personal, es cierto que “todo el texto se ordena a partir de entradas diarias, e incluso una

parte de ellas están fechadas, lo que deviene uno de los rasgos más característicos del

diario” (Luque Amo, 2019: 309), pero el hecho de incluir crónicas que luego se

publicaron en periódicos, nos hace pensar que algo de dietario tiene.

En su parte de diario: “Sawa, aunque desde los inicios muestre su intención de

publicar el libro, y por tanto no escriba exclusivamente para sí mismo [...] respeta las

convenciones del diario personal, e Iluminaciones en la sombra podría inscribirse sin

lugar a dudas en la tradición del llamado diario íntimo” (Luque Amo, 2019: 310). En tal

caso, nosotros entendemos que la terminología adecuada es denominarlo, según la

clasificación que hemos visto más arriba, diario íntimo público.

Por otro lado, Sawa era consciente de que era su mejor publicación y de ahí que

diga “Voy a publicar, dentro de breves días, un libro muy grande ―cerca de cuatrocientas

páginas—y muy íntimo, que se titulará «Iluminaciones en la sombra». Fundo grandes

esperanzas en él, porque lo juzgo franco, rotundo, delicado y terrible” (Constán, 2016b:

234). De esta afirmación se confirma que era algo íntimo, pero desconcierta que hable de

cuatrocientas páginas, cuando el texto no llegó a trescientas. Esto nos lo aclara González

Martel cuando nos cuenta que “López Martín128 regaló a Hernández Luquero parte del

«fondo literario»” (González Martel, 2017: 126). Entre esos papeles había una carpeta

con lo que parecían recortes, pero:

128
El yerno de Sawa, casado con su hija Helena Rosa.

315
En realidad, aquellos recortes anotados, que fueron regalados a
Hernández Luquero, constituían una gran parte del original de
Iluminaciones en la sombra. Unos recortes, desordenados, que no
figuraban en la edición de la obra de 1910, ni en las siguientes, pero que
habrían podido haber formado parte de un posible original y,
finalmente, apartados (González Martel, 2017: 131).

Sin embargo, se produjo un incendio, ya después de fallecer Hernández Luquero:

“el fuego estaba devorando una vivienda del centro de la villa. Y los arevalenses vieron

cómo el incendio consumía la casa del poeta Nicasio Hernández Luquero” (González

Martel, 2017: 132). Y, también fue pasto de las llamas aquella carpeta de recortes, por lo

que el original de Iluminaciones en la sombra se perdió para siempre, “y aunque mucho

de lo apuntado en esos papeles fue atendido en la corrección en la edición póstuma de

1910, un repaso más detenido del original perdido habría permitido un mejor

conocimiento del texto de Iluminaciones en la sombra” (González Martel, 2017: 133).

En cualquier caso, a pesar de ser muy interesante el hecho de conocer esta historia,

debemos trabajar con el material que ha llegado hasta nuestros días. Iris Zavala, en su

edición dice que Sawa “nos deja en sus Iluminaciones su propia autobiografía. Un diario

donde conviven pasiones y nostalgias: Dietario de un alma fue el primer título en español

cuando publicó algunas partes en Helios. En Madrid —en 1901—, fecha con que abre el

libro, el sevillano seguía alimentando sueños, y su amor por la justicia y la belleza.

Continuaba aún su apostolado de amante de las noches trágicas: «Con la fantasía, y a

veces con el alma, por las regiones del azul sin fondo...»” (Zavala, 1977: 47). Esto nos

viene a demostrar que estamos en lo cierto al afirmar que el libro goza de la calificación

de dietario también. Además: “Exalta los valores subjetivos e intuitivos, e intenta captar

la realidad en su multiplicidad cambiante. Asocia contrarios, y yuxtapone, y contrapone

el tiempo. La realidad descrita no es lineal, ni cronológica; más bien sintética e

316
impresionista. Confunde, a conciencia, sin desarrollo discursivo o narrativo; reelabora,

recrea artículos y crónicas anteriores” (Zavala, 1977: 58). Esta apreciación hace que la

obra sea más literaria de lo que parece en un principio. De hecho:

[…] el diario ha reemplazado a su lector exclusivamente interesado en


lo informativo por un lector que es capaz de leer el diario como una
forma literaria, lo que ha propiciado su interpretación desde los estudios
literarios y la búsqueda de estos por justificar el estatuto literario del
diario, algo que sucede gracias al desarrollo de un Yo que puede ser
leído como personaje. Partiendo de esta base, es posible leer el diario
de Alejandro Sawa como un texto literario. Iluminaciones en la sombra
desarrolla así un Yo que es autobiográfico pero que al mismo tiempo
puede leerse como personaje literario (Luque Amo, 2019: 311).

Por lo tanto, en cierto modo, aquí estamos analizando conjuntamente la doble

vertiente de Sawa en la que se basa esta investigación: su faceta como escritor y su

aparición como personaje. Si bien nuestra intención era la de separar las dos esferas en

dos capítulos bien diferenciados (aunque conectados y relacionados entre sí), en este caso

se nos mezclan sin poder hacer nada por separarlos. Tal vez, en el catálogo completo de

los personajes inspirados en Alejandro Sawa también deberíamos incluir Iluminaciones

en la sombra.

Asimismo, la obra también goza de otra gran novedad: “la publicación del diario

de Alejandro Sawa, en 1910, no es solo la publicación del primer diario literario,

sino de uno de los primeros diarios personales en España. Esto le otorga

importancia a la empresa llevada a cabo por Valle-Inclán y los más allegados de

Sawa a principios de siglo” (Luque Amo, 2019: 314). Esta reciente afirmación es muy

importante en tanto que demuestra que Sawa no fue solo un autor de renombre en su

época como demuestran los testimonios que se dieron de él; o el primero en hablar en

317
España de los nuevos movimientos franceses; o el único escritor que se hizo un hueco en

la bohemia parisina; sino que también fue pionero en la escritura de un diario literario. A

este asunto, tampoco se le ha prestado la atención que merece.

318
3.4.1. El binomio luz-oscuridad, clave de interpretación. Ideas

reflejadas en esta obra

La idea fundamental de la obra es la propia intención de Sawa al escribirla:

“Quiere ennoblecer la vida, transformar el mundo, crear hombres libres de dogmas y

ataduras” (Zavala, 1977: 38). Efectivamente, intenta plasmar su idealismo en su diario y

con ello aportar algo a la humanidad, de ahí que creyese que había hecho algo grande y

lo titulase de ese modo. Basta con prestar atención al propio título para hacerse una idea

de los recursos léxicos relativos a la luz y la oscuridad que se pueden hallar en sus páginas:

hasta su portada encaja a la perfección con el título y el binomio que tratamos: una sola

casa con luz en una calle oscura129.

Dentro de las reflexiones que va haciendo el autor, intercala las metáforas que

venimos analizando, tanto para adaptar la naturaleza a sus reflexiones: “¡Triste día el

primero del año! Gris en toda su existencia […]. He vivido ayer doce horas en la calle, en

plenas tinieblas a las doce del día” (Sawa, 1910: 22-23), como para definir a las personas

(como veremos en “de mi iconografía”).

La luz y el Sol vuelven a asociarse con el progreso y la oscuridad, bruma en este

caso, con el atraso:

Ninguna cristalización definitiva de la armonía de vivir ha cuajado


jamás entre brumas y heladas. Diríase que el progreso tiene necesidad
de sol para alentar. Egipto, Grecia, Roma, las lejanías gloriosas de la
Historia.
Del Báltico, del mar del Norte, yo no conozco sino los bajeles piratas
de los normandos. Mientras que el fecundo Mediterráneo es la ancha
carretera semoviente, vía del Triunfo, donde el Dios ha mostrado

129
Ver Anexo II, imagen 7.

319
muchas veces la faz amable que hace a los hombres buenos y dulce,
como un panal, la vida. Para escribir un libro de rezos a la civilización
habrá que titularlo El Mediterráneo (Sawa, 1977: 149-150).

Acompañando al Sol, Sawa suele emplear el color azul en múltiples ocasiones:

“Yo tengo calor de soles en mi pecho para los que aman, y azul, mucho azul, con

enormidades cerúleas, para los ingenuos que me ayudan en mi miseria y acomodan su

vida a las mutaciones de mi alma” (Sawa, 1977: 111). Ya vimos que el azul es el color de

la masonería y también el más significativo del modernismo. Victor Hugo, al igual que

Sawa, asociaba el Arte en general con el azul. Recordemos aquella frase del romántico

francés que decía “l'art c'est l'azur”, y que Darío la criticaba en el prólogo a la obra que

tratamos porque Sawa la llevó al extremo. Para ellos, el azul es la inmensidad, lo es todo.

Para Sawa, ese todo también es el Ideal y, por supuesto, lo Infinito:

Desde mi observatorio puedo a mi guisa darme esas grandes fiestas de


visión, mejores que las mejores, que consisten en, desdoblando la
propia personalidad, viajar con la fantasía, y a las veces con el alma,
por las regiones del azul sin fondo, y dejarse uno vivir, y dejarse uno
llevar como un nadador que hace el muerto, y dejarse uno llevar
dulcemente por las ondas, y dejarse uno vivir arrullado por el nirvana
adorable de lo infinito (Sawa, 1977: 137).

La nieve no deja ver los hondos horizontes, y es sabido que todas las
lejanías soberanamente bellas son azules: la montaña, el mar, el cielo...
En mis lutos, yo me plazco viviendo en lo azul, y en él me envuelvo, y
de él me lleno y me embriago, y no se me aparece la muerte fea si el
sudario que como una atmósfera invisible ha de cubrir mi cuerpo es
azul, azul como la montaña y el mar y el cielo, azul como todas las
lejanías hermosas de la vida (Sawa, 1977: 161-162).

320
La terminología sawiana relacionada con la luz y la masonería va mucho más allá.

Poco demostraría un término aislado o la reiterada mención de un color sino les

acompañase más simbología. Esta es la clave que nos demuestra que Sawa conocía de

sobra la masonería, pues los términos que emplea van con la carga simbólica que la

masonería les otorga. Esto hace que se superpongan dos mensajes. Por un lado, el de la

literalidad, pero por otro, teniendo en cuenta la semiótica y la simbología, aparece un

mensaje que solo se puede decodificar conociendo el significado de los términos y

contemplando todos los elementos que intervienen en esta comunicación.

El ejemplo más claro donde podemos comprobar esto es con el término Oriente.

En Iluminaciones en la sombra Sawa dice “en primer término, ¿dónde está mi Oriente?”

(Sawa, 1977: 77). No se está refiriendo al punto cardinal ni a la región geográfica, se está

refiriendo a su iluminación, a su necesidad de sabiduría. Además, emplea el término con

mayúscula. Recordemos que, en la masonería, la orden principal siempre es un Gran

Oriente y que los masones hablan del Oriente como el lugar del que viene la Sabiduría y

la Verdad porque por ahí sale el Sol, y es este el que ilumina al ser humano en su camino

a la perfección.

Sin embargo, como ya hemos dicho reiteradamente, Sawa renegó de sus ideales

en sus últimos años de vida porque se sintió abandonado. Ya quedó de manifiesto en su

correspondencia con Darío, cuando le dijo que estaba abandonado de todos, y el mismo

Darío lo confirmaba en el prólogo de la obra que estamos tratando. Ahora bien, creemos

que es Iluminaciones en la sombra es donde mejor se aprecia el desencanto:

Yo soy un hombre castigado por el Sol. Viejas teogonías de pueblos


históricos coincidentes con perennes religiones de comarcas, por
insumisas o salvajes, sin historia, proclaman al Sol el gran arbitro inicial
del mundo.

321
Yo lo amé de niño, en mi país solar de Málaga, […] Luego lo desamé
por afición a lo extranjero, a lo exótico, a los paisajes brumosos, a los
campos amortajados por la nieve; lo amé de nuevo, vuelto de cara y de
espíritu al Oriente; le volví la espalda después. Y, pecador de tan
mortales pecados, porque no se juega con las cosas sagradas como con
cubiletes, heme aquí herido en ambos ojos y mirando incesantemente a
lo alto en los días de sol con mis pupilas ateas que ya no lo reconocen
(Sawa, 1977: 220).

Esta cita es muy interesante porque reúne todos los elementos que analizamos y

es una síntesis que hace el propio escritor de cómo se encuentra en esos momentos. Por

un lado, el mensaje está codificado en término de luz y sombra, siendo la luz el

conocimiento y los paisajes brumosos las cosas banales que distraen al ser humano.

Aparecen el Sol y el Oriente como la fuente de todo lo bueno, aunque Sawa reconoce que

le dio la espalda y, cuando quiso regresar, ya era demasiado tarde. Ahora se veía ciego,

pero no solo físicamente, sino también espiritualmente, de ahí que hable de “pupilas

ateas”. Aunque mire al Sol, ya no cree en él.

De hecho, Darío nos decía que Sawa se olvidó de que era un hombre de carne y

hueso y no supo labrarse el futuro ni hacer dinero y que prefería contemplar lo Infinito.

A esto también hace referencia el escritor:

Quiero dejar dicho, sin perisologías declamatorias, que al final de mi


largo camino de pasión me aguarda la ceguera material, y que ya no sé
de los faustos de la luz sino lo que mis recuerdos me cuentan: exagerado
en todo y víctima de los dioses malos, yo soy quizás un pecador cuyas
pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar frente a frente a lo
Infinito (Sawa 1977: 219-220).

322
Además, la prueba de que ha perdido la fe en el ser humano y en todo Ideal, lo

refleja cuando dice que fe es lo que pide a Dios: “Pido a Dios, si lo hay, tres cosas; y si

no quisiera concederme sino una, le pediría Fe. Fe, aunque me obligaran a vivir en un

estercolero; Fe, aunque los gusanos destruyeran mi cuerpo en vida; Fe, aunque los

hombres me escupieran en la cara al encontrarme por la calle; Fe, aunque mi cuerpo fuera

patria de la enfermedad y mi alma corte de la idiotez; Fe, Fe, Fe. Fe en Dios; Fe en su

justicia infinita; Fe en la tierra y en el cielo” (Sawa, 1977: 154-155).

Sin duda, la cita más importante es la que sigue a continuación:

El Sol tiene sus ateos, que no son los ciegos; y la Belleza también, que
no son los tullidos; y la Probidad también, que son los ladrones.
[…]
¡Para qué seguir, para qué insistir! Ya no lucho; me dejo llevar y traer
por los acontecimientos. Hombres y cosas me han hecho traición, o no
han acudido a mi cita. Me sería difícil decir un solo nombre de mortal
que se haya sentido hermano mío. Me puedo creer en una sociedad de
lobos. Llevo en todo mi cuerpo las cicatrices de sus dentelladas y oigo
maullidos cuando reconcentro mi espíritu para evocar recuerdos.
Nada, nada.
¿Por qué no habría de irme? (Sawa, 1977: 147-148).

Es evidente que en ella Sawa manifiesta su decepción y cambia a la humanidad

por una manada de lobos que le han traicionado. Llegados a este punto, confiesa que ha

abandonado su lucha y se plantea el suicidio con la pregunta “¿Por qué no habría de

irme?”, pues entiende que todos sus ideales ya no existen y no le queda nada por lo que

luchar. Es más, dice que no cree que ningún hombre se haya sentido su hermano.

Recordemos aquí que lo masones se llaman entre ellos hermanos. Sin embargo, lo más

llamativo es que pone en mayúscula el Sol, la Belleza y la Probidad y hace referencia a

que han sido traicionados. Estos tres términos son demasiado semejantes a los tres pilares

323
de la masonería: Sabiduría, Belleza y Fortaleza. Recordemos que la Sabiduría se

representa con el Sol que viene del Oriente, que la Belleza debía ser apreciada en todos

los órdenes de la vida y la Fortaleza era la rectitud necesaria para saberse conducir con

honradez, que es lo mismo que la Probidad. Las tres columnas de los templos masónicos

representan estas virtudes. No tenerlas presentes hace fracasar al ser humano, de ahí que

Sawa se refiera a que ni los ciegos ni los tullidos son los que deshonran a esas cualidades,

sino que se trata de algo espiritual y simbólico.

En los ritos, los masones se refieren a la Sabiduría, la Fortaleza y la Belleza

diciendo: “Que su sabiduría guíe nuestra obra. Que su fuerza inspire nuestra obra. Que

nuestra obra manifiesta su belleza” (Menué, 2007: 168).

Además, la crítica sawiana no es solo para su entorno, sino para la humanidad en

su conjunto y para todo lo que han hecho los hombres, que es, precisamente, nada por

cambiar nada. Las esperanzas de Sawa y su filantropía se van desvaneciendo en este diario

y acaba creyendo que “el hombre es un lobo para el hombre” en general y no solo contra

él: “Ninguna civilización histórica ha sido bastante, ¿qué digo para cambiar?, para modificar

simplemente las entrañas del hombre. La misma cantidad de bilis segrega el hígado moderno

que el hígado ancestral, y Hobbes dijo hace cerca de trescientos años que el hombre es un

lobo con respecto al hombre: homo, homini, lupus” (Sawa, 1977: 120).

Asimismo, también dice: “Sí, nosotros construimos máquinas de acero, como los

arquitectos de la Edad Media levantaban catedrales, y los hombres de los más hermosos

tiempos de vivir que recuerda la Historia tallaban estatuas y dotaban a sus

contemporáneos de un sexto sentido, el sentido de lo bello, y casi extinto entre nosotros”

(Sawa, 1977: 216-217). Con esta reflexión sostiene que se ha perdido el gusto por la

belleza, pues las máquinas de acero de esos momentos no están hechas con el sentimiento

324
que las catedrales medievales. No debemos olvidar que toda la simbología masónica se

asienta sobre la construcción de las catedrales durante la Edad Media. Aunque aquí la

relación esté algo más difusa, debemos contemplar que Sawa se puede estar refiriendo a

que aquellos valores sobre los que se asentaron los constructores medievales han

desaparecido en su tiempo.

Por otro lado, no podemos analizar las más de ciento setenta crónicas que Sawa

escribió, pues la terminología empleada en ellas constituiría en sí misma otra tesis

doctoral, por lo que este es el apartado donde mejor encajan unos pequeños apuntes sobre

ellas. Las crónicas de Sawa, como su obra, tampoco son masónicas, pero sí de corte liberal

y de defensa del progreso y la humanidad por encima de los gobiernos, la política o la

economía. Si bien ya sabemos que su integridad y gusto por denunciar los hechos sin

eufemismos le llevaban a no pasar la censura.

Algunas de estas crónicas las inserta Zavala en su edición de Iluminaciones en la

sombra. Hay una especialmente significativa porque reúne muchas ideas del pensamiento

de Sawa. En primer lugar, se declara a sí mismo como un luchador al servicio de la

libertad, pero critica que todos aquellos que abogan por ella no están bien organizados.

Esto es una prueba de que los movimientos liberales en estos momentos se confunden

entre ellos. Por otro lado, se pregunta quién es el jefe, y propone a Pi y Margall por su

inteligencia o a Ruiz Zorrilla por su espíritu revolucionario. Asimismo, se posiciona al

lado del pueblo y critica a todos los políticos, sean de la ideología que sean. Todos, según

Sawa, han abandonado al pueblo y, especialmente, al obrero. A la sociedad hay que darle

educación, recursos y todo aquello que sirva para salir adelante, sin pedir a la población

sacrificios. La crítica sawiana es muy clara, directa y se expone al descubierto:

325
Lo primero que se necesita para la lucha es la organización. y nosotros,
amigos míos, no estamos organizados. Somos soldados sueltos,
irregulares, especie de mamelucos al servicio de la libertad, que
peleamos por nuestra cuenta, sin obedecer a la iniciativa de nadie, y yo,
por mi parte, desconfiando de la iniciativa de todos. ¿Quién es aquí el
jefe? ¡Ea, ya estamos en disposición de batalla! ¿Quién es aquí el jefe?
¿El más ambicioso, el más sabio, el más arrojado? Para unos, Pi, que
es, sin disputa, el cerebro, toda la masa encefálica de la democracia
militante. Para otros, Ruiz Zorrilla, que es la obstinación revolucionaria.
Para otros, Castelar, que parece un símbolo de las armonías habladas de
nuestra raza. Y para otros..., ¡ah!, para otros, nadie, ellos mismos, el
azar, lo desconocido, las improvisaciones de la pelea, ese héroe, ese
formidable que asalta como un titán la muralla, casi desangrado y
poderoso, irradiándole resplandores la frente, especie de animal
eléctrico que alumbra cuanto toca, y que se llama cualquier cosa,
Espartaco, Bruto, Cristo, Massaniello, O'Donnell, Proudhon, un
hombre cualquiera de esos que brillan como un puñado de pedrería...,
lo suficiente para que la civilización ande y la humanidad se emancipe
de su eterno Oriente (Sawa, 1977: 230-231)130.

Es que aquí, esos hombres políticos, todos esos hombres políticos, los
de la derecha y los de la izquierda y los del centro, en su grosera farsa
de sistema representativo, han conferido al pueblo el papel de histrión,
y se divierten tirándole a la cara palabras nuevas, neologismos que
gotean lodo, y tratando de hacerle creer que esas palabras, esos
neologismos son reformas verdaderas y enérgicas reformas...
¡Eh, basta ya! ¡Estamos hartos del juego y os lo prevenimos! Se agotó
nuestra paciencia. Pero vamos a cuentas, y hagamos el proceso. Aquí
todos, todos los que os tituláis, ¡farsantes!, amigos del pueblo. ¿Qué
habéis hecho por él? […] Vosotros sabíais en qué condiciones desgasta
su vida el miserable obrero de la ciudad; embrutecido, viciado por el
mal ejemplo, hambriento, desnudo; ¡triste carne de cañón al principio y
de explotación después! —careciendo de todo, y verdadero Tántalo, a
dos pasos de todo; y, sin embargo, políticos de la derecha, de la

130
El artículo se titula “Una Carta” y va dedicada a los señores Francisco Salazar y Tomás Camacho, se
publicó en A los hijos del pueblo. Versos socialistas, Madrid, Biblioteca del “¡Verán ustedes!”, 1885.

326
izquierda y del centro, ¿qué habéis hecho por él?—. Lo habéis
abandonado. ¿Qué venís a pedirle ahora? ¿Nuevos sacrificios
humanos? ¿Más sangre ante vuestras aras? ¿Una nueva revolución
política? ¿Y para qué? ¿Para que seáis ministros, y gobernadores, y
banqueros, y volver a emprender el trabajo de colocar nombres nuevos
a las cosas y proseguir vuestra inicua comedia de gobernación? (Sawa,
1977: 232-233).

Especialmente interesante es la frase “lo suficiente para que la civilización ande y

la humanidad se emancipe de su eterno Oriente”. Que la civilización ande significa que

evolucione, por lo que asistimos una vez más a la defensa que hace Sawa del progreso.

Pero también dice que la humanidad tiene que emanciparse de su “eterno Oriente”. Si

aceptamos la literalidad, esto no se comprende. Sin embargo, aplicando la simbología,

queda dotado de todo sentido. “Cuando un masón muere se dice que ha pasado al Oriente

Eterno” (Sanz y Mayor, 2006: 240), de hecho, es “el situado más allá de la muerte” (Sanz

y Mayor, 2006: 240). Sawa se está refiriendo a que la humanidad tiene que despertar,

tiene que tomar conciencia de su situación y luchar por avanzar, tiene que volver a nacer,

salir de ese estado en el que parece muerta.

Esta es la prueba definitiva de que Alejandro Sawa conocía perfectamente la

simbología masónica. De otro modo, es prácticamente imposible que pudiera emplear una

terminología tan concreta con un significado tan exclusivo. Una vez más, nos demuestra

que dicho léxico lo utiliza según le convenga y lo introduce de un modo disperso.

327
328
3.4.2. “De mi iconografía”, tributo a personalidades admiradas

por Alejandro Sawa

Ya sabemos que Sawa denomina “de mi iconografía” a un tipo de retratos

valorativos de personalidades admiradas por él. Estos los inserta en el texto sin ningún

orden aparente. Es más, en ocasiones hace una pequeña semblanza positiva de alguien,

pero no lo titula “de mi iconografía”. En general, encontramos a Friedrich Nietzsche,

Verlaine, Teobaldo Nieva, José Santos Chocano, Victor Hugo, Fermín Salvochea, Èmile

Zola, Pi y Margall, Ruiz Zorrilla, Louise Michel, Charles Morice, Nicomedes Nicoff o

Manuel Machado, entre otros.

Todos encarnan valores admirados por Sawa. Valores siempre liberales,

románticos y rebeldes. Para referirse a estas personas, Sawa vuelve a recurrir a los

términos de la luz y la oscuridad. La luz para alabarlos, destacar sus buenas cualidades o

su intelectualidad y la oscuridad para describir su lado más terrible o para ilustrar que la

oscuridad cae sobre la humanidad cuando alguno de ellos fallece. De Verlaine dice Sawa:

“En mi cielo espiritual, Verlaine es una de las más evidentes estrellas del Zodiaco; […]

su luz brilla solitaria, como si no formara parte de constelación alguna. Así el lucero de

la mañana, que tan bien conocen los caminantes” (1977: 184); y de Manuel Machado:

“Señor poeta: gracias por los nuevos rayos de luz que aportáis a nuestro miserable mundo

espiritual” (1977: 223). Como vemos, la luz también se emplea para referirse a que ellos

iluminan a la humanidad. Es más, en el caso de Verlaine habla del Zodiaco, por lo que no

se refiere a él solo como una estrella, sino como una estrella del Zodiaco. Recordemos

que en las logias está pintado en el techo el Zodiaco. Parece como si Sawa configurase su

propio techo o cielo en el que coloca a todas estas personalidades, pues también dice “allí

donde entre los evocadores de bellas imágenes modernas, mi Heine, mi Hugo, mi

329
Campoamor y mi Verlaine yacen bajo bóvedas, altas como catedrales” (Sawa, 1977: 146).

Además del Zodiaco también se refiere a las catedrales, cuya construcción recordemos

que fue el origen de la masonería. Es decir, Sawa emplea dos elementos masónicos que

simbolizan la inmensidad y el perfeccionamiento para situar a sus más admirados

hombres.

Más extensas son las palabras que dedica al poeta peruano José Santos Chocano

(1875-1934), quien era buen amigo suyo. Para referirse a él, Sawa dice que viene del Sol.

Obviamente significa que trae la luz, que viene del Oriente, de la Sabiduría y de la Verdad.

Además, también lo sitúa en el Zodiaco y vuelve a hacer referencia al color azul de la

inmensidad:

Viene del sol. Este poeta hijo de madre mortal viene del sol. Las musas
lo cuentan así, a los cuatro vientos. De ese gran loco de Cyrano se sabe
positivamente que hizo un viaje a la Luna. Poblados de poetas están los
parques azules de las altísimas lejanías. Y con el Zodiaco corresponden
muchas almas humanas. José Santos Chocano viene del sol (Sawa,
1977: 177-178).

Más simbología muestra aún la semblanza del revolucionario ruso Nicomedes

Nikoff, del que no existen muchos datos biográficos:

Nunca estuvo prendado sino del ideal. ¿Que cuál? El que sirve de
Oriente a todos los buenos: canalizar el bien por el haz de la tierra. […]
Creía en todas las utopías.
Derecho al pan, derecho a la dignidad y al espacio, derecho a la vida,
como él expresaba en una síntesis que era semejante a un haz de rayos.
Llamaba a lo pasado “lo muerto”, y no creía en la leyenda alemana de
que los muertos vuelven.
Había reducido la humanidad a cifras, y contaba así: César, Atila o
Napoleón, igual a menos uno; Platón, Shakespeare o Laplace, igual a

330
más uno. Tenía alas para volar por lo absoluto y anillos para arrastrarse
por lo liviano.
Boreal su alma, alternaban en ella los períodos de claridad con los de
sombra; pero cuando esto último ocurría se nos iba, desaparecía, se
hundía en el otro lado de la vida para reaparecer después entre nosotros
nimbado con los faustos de un amanecer divino.
Yo lo miraba y lo admiraba como un bello espectáculo de la Naturaleza,
como un hermoso amanecer, como una montaña ingente, como un lago
hialino, como un mar montuoso […]
La velada en casa de nuestro huésped había transcurrido melancólica.
Nicomedes Nikoff no nos había hecho sentir, como otras veces, su
fuerte batir de alas; era como un águila herida... y por la calle, durante
el largo viaje a pie hasta mi casa, me narró las causas de su tristeza, sin
inflexiones en la voz, lentamente, monótonamente, como quien susurra
un monólogo. Los chispazos de una gema que ornaba uno de sus dedos
iluminaban de vez en cuando el isocronismo lento y perezoso de su
gesto.
—¿Para qué seguir, para qué insistir? —me dijo—. Esto se va, todo se
va, y solo quedará de pie como una afirmación insolente la eterna
negación humana... La fórmula del progreso no es la línea recta, sino la
elipse, o mejor, la parábola (Sawa, 1977: 88-89).

Al igual que Sawa, Nikoff estaba prendado del Ideal. Esto quiere decir que tenía

unos ideales superiores y unas creencias casi utópicas en la humanidad, el progreso, la

Belleza o la Verdad. Es decir, en aquellas “sagradas cualidades mayúsculas” que decía

Darío. Además, Sawa sitúa este Ideal en el Oriente, que es desde donde se puede hacer el

bien en la Tierra. De hecho, Sawa dice de Nikkof que creía en las utopías y llamaba “haz

de rayos” a todos los derechos que tenían que ver con la dignidad humana. Además, Sawa

le identifica a él como persona con un amanecer. Al final, acaba siendo un águila herida

que ya no puede volar y acaba abandonando la lucha. Como vemos, el pensamiento de

Sawa es idéntico al de Nikkof y su trayectoria también: al principio está ilusionado, luego

331
es un águila herida (igual que Sawa fue un águila131 que se quemó las pupilas, como dijo

Rubén Darío) y, después de decepcionarse del mundo, abandona.

Con idéntica intención de alabanza y empleando los vocablos relativos al brillo o

la luz, muchas de sus crónicas periodísticas se las dedicaba Sawa a personalidades de la

época, y estas son prácticamente iguales que los retratos de “de mi iconografía” y se

refieren a autores que se mencionan habitualmente en Iluminaciones en la sombra. Un

claro ejemplo son las palabras que escribió tras la muerte de Émile Zola:

Los hombres de mi generación, que éramos todavía niños cuando se


apagó Victor Hugo […] Bajo nuestras túnicas de gala llevamos sendos
crespones invisibles por Zorrilla, por Campoamor, por Renan, por
Verlaine y por Daudet. ¡Cuánto luminar borrado en estos tristes minutos
que vivimos! Algunas veces diríase que el sol se extingue; que la noche
y el frío están ahí, todo fauces, ante nosotros, y que vivimos en horas
que no tienen día siguiente. La muerte de Zola es una cerrazón nueva
en los horizontes de la humanidad. Cuando murió Hugo el apocalíptico,
quedaba Renán, quedaba nuestro gran muerto de hoy, de pie, y
nimbados de resplandores. Muerto Zola, ¡Dios mío!, ¿qué alta figura
vertical nos queda sobre la tierra? (Sawa, 1902: 1)132.

Aquí observamos la referencia a la muerte como la extinción de la luz, pues Sawa

dice que Victor Hugo “se apagó”. No es solo que dejara de existir, sino que también dejó

de alumbrar a la humanidad. Con la muerte de los demás llega a decir que parece que “el

sol se extingue”. Con la de Zola ya no queda ninguna “figura vertical”. Esta metáfora de

la verticalidad es muy frecuente en Sawa: “Sawa hablará del hombre vertical, de la nación

vertical, del periódico vertical, etc., metáfora espacial ascendente hacia la luz azul del

131
Es interesante comprobar que no solo identifican a Sawa con el águila Darío o Juan Gris, sino que el
propio escritor sevillano conoce la simbología del águila y la utiliza con otros en el mismo sentido.
132
Algunos de los nombres que menciona a propósito de la muerte de Zola para lamentarse porque los otros
fallecieron antes son los mismos que resaltaba en “de mi iconografía”, como Victor Hugo o Verlaine.

332
cielo, hacia el sol, hacia la utopía de un mundo y un futuro más justo, vertical” (Chavarría,

2008: LIV). Incluso habla de las generaciones verticales que traerá el porvenir: “desde lo

alto de la montaña yo saludo en 1904 al porvenir, a las generaciones verticales y nuevas”

(Sawa, 1977: 156).

Una vez más, la simbología se emplea según conveniencia, pero vuelve a encajar

con el significado masónico. Las logias tienen que dirigirse verticalmente hacia el cielo,

de ahí que pinten este en los techos. Además, la construcción de las catedrales simbólicas

que forman la humanidad y las físicas que construían los masones medievales, también

se elevan con verticalidad hacia el azul. Sin olvidar la importancia de las columnas, que

también son verticales, como los valores masónicos que representan. Además, cuando se

abre una nueva logia y comienzan los trabajos masónicos en los que los hermanos aspiran

a perfeccionarse, dicen que han “levantado columnas”.

Hemos dejado para el final la semblanza de Louise Michel, la escritora, institutriz

y anarquista francesa que luchó por el movimiento obrero. Esta mujer de ideas libertarias

fue muy admirada por Alejandro Sawa133. Escribe sobre ella en iluminaciones en la

sombra a causa de su agonía antes de fallecer:

Luisa Michel se muere, se está muriendo en Tolón […] La veo, parece


que la estoy viendo, sin necesidad de recurrir a la profusa iconografía
de los periódicos. Es una gran llama dentro de un aparente frágil vaso
de alabastro... […] cuantos la conocen os dirán, en la forma unánime
con que se afirma la existencia del sol y de la luz, que es un alma. Sin
abusar por esta vez del sustantivo, podría añadirse que una gran alma
también […]
Pasaron algunos meses, y un día horrible del pleno invierno parisiense,
en que el cielo era una injuria permanente contra la tierra, me dirigí a

133
Recordemos que uno de los testimonios anónimos que se burlaban de Sawa mencionaba, entre otras
cosas, su amor platónico por esta mujer.

333
las alturas de Belleville, que un artesano del pueblo llamaría sagradas,
atraído por la fatalidad de ese nombre, Luisa Michel, y por el afán de
llevar nuevos estremecimientos a mi espíritu, tranquilo como las aguas
de un lago en la sazón aquella. Y allí me fue dado verla y oírla a mi
sabor, durante las dos horas largas que duró su conferencia.
Ya queda dicho más arriba: no es una mujer, es una llama. Yo no sé de
qué materiales extraños estarán formadas las entrañas de esa mujer para
que hayan podido arder sin consumirse durante más de setenta años de
nuestra vida mortal. Tan pequeñita, tan demacrada, casi podría decirse
de ella que era como una pavesa humana, si en el término no pudieran
algunos ver irreverencia. La cara, toda ojos, aparecía como iluminada;
sus manos parecían gozar de familiaridades con el rayo, y en la
constante convulsión del cuerpo había algo de los estremecimientos
sagrados de las pitonisas. Reparé, durante el curso de su peroración, que
la palabra “amor” fluía de sus labios con la misma abundancia que el
agua de los manantiales. Cuando abría los brazos en cruz ante su
auditorio, parecía llamar a sí a todos los sin ventura de la tierra, y
cuando los cruzaba sobre el pecho, su corazón, muy pequeñito,
¿verdad?, oculto en aquella caparazón de huesos pequeñita, su corazón
parecía ofrecerse como el templo universal de la misericordia.
No he vuelto a oírla más. Pero en una noche de fiebre he tornado a ver
su rostro, iluminado con la placidez de un astro, insuflándome, con
palabras de revuelta, un buen cordial para mi corazón herido... ¡Una
noche de fiebre en que mi exaltación fue tanta que juzgué hacedora la
empresa de unir en comunión de amor a todos los hombres! (Sawa,
1977: 139-141).

Sawa emplea para referirse a ella la misma terminología sobre la luz. Llega a

decir que es una llama y que todo lo ilumina. Habla de su amor por la humanidad y que

sus recuerdos de ella le hicieron pensar que era posible la unión de todos los hombres.

Louise Michel representa todos los valores importantes para Sawa y, además, constituye

un recuerdo suyo de París, por lo que la idealización es mayor.

334
Por otro lado, es fundamental que Sawa incluya entre sus personalidades

admiradas a mujeres, pues denota que sus creencias en la igualdad son reales y muestran

su adelantada mentalidad en defensa del feminismo. Esto ya lo demostraba cuando en

la idea de la fundación del Cenáculo decía que tenían que ser feministas y en su

agrupación habría hombres y mujeres. En Iluminaciones en la sombra comenta que su

hija va al colegio y eso le agrada porque le ayudará a desarrollar un espíritu crítico:

“Llega en este momento mi hija del colegio. La enseñan a leer. La enseñan, cuando haga

aplicaciones de esa enseñanza, a ver puntos de interrogación desgarradores por donde quiera

que extienda la mirada” (Sawa, 1977: 91). Es más, Sawa publicó un artículo que se llamaba

“Feminismo”, en Los Lunes de El Imparcial. Este artículo, por su importancia, también

es uno de los que se recogen en la edición de Iluminaciones en la sombra de Iris Zavala.

Sus fragmentos más significativos son los siguientes:

El feminismo no significa en nuestra patria gran cosa. Aquí, en nuestro


miserable mundo ideológico, no nos ocupamos de nada que no sea la
infecciosa política […]
La verdad es que, hablando sin perisologías ni vacilaciones, hay que
responder que la miseria en la mujer no tiene, entre nosotros, sino muy
pocas salidas: la domesticidad, el taller, la fábrica o la prostitución.
Claro es que me refiero a la mujer de cierta condición social, a la mujer
de la clase media, como se la llama, que, privada de todo recurso, por
orfandad o viudez, no pueda concebir el porvenir sino en la forma de
un puño cerrado, que amenaza […]
No ocurre así en otros países mejor tratados que el nuestro por Dios y
por los hombres. A mi alcance tengo un montón de estadísticas
expresivas de las múltiples labores a que puede dedicarse la mujer
cuando a su temperamento repugnan ciertos menesteres o rudos o
humillantes. Un nutrido ejército podría formarse en Francia con las
señoritas de mostrador, con las tenedoras de libros y cajeras, con las
institutrices y profesoras, con las telegrafistas y postalistas, que en un
trabajo delicado y propio de la femenilidad hallan su alegría y su

335
sustento. Lo mismo ocurre en Inglaterra y Alemania. Italia hace ya años
que empezó a reaccionar en ese sentido.
En Suiza la regeneración de la mujer comienza a ostentar una forma de
invasión y de conquista verdaderamente admirables. Buena prueba de
ello dan sus centros docentes. El número de mujeres inscritas en las
Universidades suizas, sobre todo en la facultad de Medicina, aumenta
de año en año en tales proporciones que en muchos de esos
establecimientos sobrepuja al de estudiantes varones; 511 señoritas
hacen actualmente sus estudios de Medicina en las diferentes
Universidades suizas; 511 actividades intelectuales nuevas, arrancadas
del sombrío ejército de la miseria y sumadas a la obra común del
trabajo.
Pero aquí, entre nosotros, ¿cuándo amanecerá? (Sawa, 1908).

La igualdad entre hombres y mujeres, la incorporación de la mujer al mundo

laboral para poder subsistir por sí misma y su formación en universidades son para Sawa

un avance importantísimo, hasta el punto de calificar el atraso de España como la noche,

pues cree que cuando seamos capaces de incorporar a la mujer de ese modo efectivo a la

educación, el trabajo y la intelectualidad amanecerá. Es más, dice que las nuevas

universitarias han sido arrancadas de la sombra. Esto demuestra que también en su

concepción del feminismo el progreso es la luz y el atraso las tinieblas.

Para concluir este apartado, nos parece oportuno rescatar una historia que cuenta

Sawa en Iluminaciones en la sombra. No está dentro de “de mi iconografía” porque el

sujeto del que habla cedió ante la corrupción, pero hasta ese momento encarnaba los

valores defendidos por el escritor bohemio y los definía. De modo que, de no ser por el

final de su historia, sin ninguna duda, habría formado parte de ese “Zodiaco” sawiano.

Estamos hablando del Conde de Mirabeau, Honoré Gabriel Riquetti (1749-1791),

un revolucionario francés, diplomático, escritor, periodista y masón que luchó por el

pueblo y llegó a ser representante del tercer Estado en los Estados Generales de Versalles

336
que desembocaron en la revolución francesa. Además, en 1789 presentó un proyecto de

Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y defendió la monarquía

constitucional. Sin embargo, no le votaron y no llegó a ocupar el puesto que deseaba en

la Asamblea, de ahí que diese un giro radical su actitud y comenzase a llevar una doble

vida, siendo consejero de Luis XVI (1754-1793) a escondidas, mientras provocaba

agitación social por otro lado, cayendo en la corrupción.

A este personaje se refiere Sawa cuando nos cuenta lo siguiente:

En días de un invierno, semejantes a estos, en 1791, se gritaba por las


calles de París un papel impreso, cuyo rótulo decía: “La gran traición
del Conde de Mirabeau”.
En nuestros días Esaú vende su primogenitura por un acta de diputado,
y Mirabeau cae precipitado en los avernos de la historia por pretender
ceñirse sus espaldas montuosas con una triste casaca de ministro.
La historia que voy a contar podría expresarse así:
La Buena Ventura asistió, tal como lo afirmo, a su nacimiento, seguida
de una brillante teoría de hadas. Cuál hizo don al niño que surgía a la
vida, del genio; cuál, de la gracia; es otra, de la poderosa concesión que
encierra el ubérrimo vocablo “querer”, y todas, de algo de lo que
Prometeo se propusiera arrancar a la gran mano cruel cerrada
inexorablemente al hombre desde el amanecer de las edades.
En palacio alguno se han dado fiestas tan luminosas como las que se
celebraban en la blanca almita del niño todos los días del año, todas las
horas del día, al contemplar con los éxtasis propios del amor los
múltiples matices policromos de la vida.
¿Qué más admirable —cantaba un coro de serafines en su pecho— que
la luz del día, si no son las misteriosas lobregueces de la noche? ¿Qué
más hermoso que el vivir, si no es el vivir siempre?
Y llegó gallarda la vejez, garrido el miedo, hermosos los hombres,
suaves de tocar las espinas, pródigo de tonos el color negro, airoso el
rastreo de la babosa, melódico el graznido del cuervo y amoroso y dulce
como la leche materna la palabra que miente y el ademán que amarga,
quiero decir la fija e inconmovible actitud humana.

337
Creció.
Y un día, como se llega al amor, o al dolor, o a la muerte, llegó el niño
a edad de pubertad y con ella un tanto a la posesión de sí mismo; pero
al extender su vista alrededor quedó espantado de lo que veía.
Había que rectificar la vida.
Cierto, la montaña continuaba siendo imponente; el mar, soberbio; los
valles, amorosos; nupcial lo umbrío de las selvas; dadivosa la tierra, y
el sol y los soles, clementes para el hombre...
Pero ¡la obra social!...; pero ¡la labor humana!...
Y aquí es donde esta vaga narración comienza a ganar las apariencias
de una historia verdadera, porque súbitamente el dolor se torna en
protagonista, y estas líneas que yo quisiera inflamar con sustantivos y
verbos muy ardientes, en el esbozo de una batalla.
—Hay —se dijo— en el mundo, como en las teogonías asiáticas, dos
zonas, que se repelen, una de luz y otra de sombras; que haya fronteras
para las naciones, pase; que las haya para la dicha, no puede ser y no
debe ser; hay que hacer la felicidad potable y respirable sobre el haz de
la tierra.
¿Desvaríos? Casóse con el Ideal.
¡Qué tristes nupcias! Ese, ese el camino de pasión que conduce, si a la
exaltación de la conciencia, al lento y sangriento holocausto de la
personalidad.
Fuerza de Cariátides, furor de centauros, inconmobilidad de dioses son
precisos para que el amor al Ideal no sufra los atisbadores desmayos
que fuerzan a soñar con el reposo. ¡Es tan justo el deseo de, hartos de
luchar en vano, hartos de perder sangre en todos los encuentros, querer
vivir como los demás hombres!
Coros de voces plañideras, tales que en los funerales de la edad griega,
vertían por los oídos, en su alma, los corrosivos del no querer, del dejar
de amar, las voces tristes que suenan en el cráneo como bajo las naves
de una catedral cerrada al culto en los momentos que preceden a los
inevitables colapsos de la voluntad.
“Miserere, miserere mei!”
Luego tuvo lugar la última y decisiva batalla. Deudos y amigos,
familiares y simples comparsas, todos a una, en complicidad con la
naturaleza entera, en complicidad con su ardiente cuerpo mozo, en
complicidad con el polen de las flores y con los brotes de los árboles y

338
con el estallar de amores en que se agota la primavera, hicieron surgir,
plásticas a su presencia, frases que eran como coros de sirenas,
irresistiblemente.
Cedió, sucumbió.
En las capillas mundanales las campanas tocaron a gloria; yo las oí en
mi corazón tocar a muerto (Sawa, 1977: 203-205).

Creemos que este texto, al que nunca se le ha dado importancia dentro de la obra

sawiana es fundamental, pues a través de esta historia Sawa nos muestra sus ideas y, a la

vez, se está reflejando de alguna manera en ella. En primer lugar, nos habla de la infancia

y pubertad del conde y cómo tomó conciencia de la penosa situación en la que se

encontraba el pueblo, de ahí que decidiese hacer algo por mejorarlo. Su cabeza se

identifica entonces con la luz por sus nobles intenciones y defensa del progreso. De este

modo, el conde (y Sawa también) se entrega al Ideal y clasifica al mundo en zonas de luz

y sombra. Al final, sucumbe y traiciona sus propios principios. A pesar de separarles más

de un siglo, Sawa encuentra en esta historia una metáfora de su propia vida, en la que se

siente derrotado. Esas campanas que tocan a gloria son porque al Conde de Mirabeau le

hicieron grandes funerales. Sin embargo, Sawa dice “yo las oí en mi corazón tocar a

muerto”. Obviamente, en 1791 él no oyó las campanas, sino que las siente ahora, al ver

cómo el Ideal que defendía el diputado francés, que es el mismo en el que él creía, ha

muerto.

Además, no debemos olvidar la admiración de Sawa hacia la Revolución francesa

y la defensa en sus crónicas del lema “Libertad, Igualdad, Fraternidad”. De hecho, en

1904 publicó un artículo recordando cómo vivió el 14 de julio en París, en el centenario

de la Revolución: “fue aquella la fiesta de la fraternidad […] yo me creía como

transportado a otra edad y a otro planeta ¡mientras que ahora…!” (Sawa, 1904b). También

a la Revolución francesa la calificaba Sawa en términos de luces y sombras en un artículo

339
de 1877 en el que también hablaba de Mirabeau y de sus buenas intenciones

revolucionarias en sus comienzos, pero que fueron destruidas por el régimen del terror de

Robespierre (1758-1794), entre otros. Aun así, Sawa dice “la Revolución Francesa […]

debemos bendecirla y alabarla porque su objeto, su misión, su todo, era sagrado, era

sobrenatural, era impulsado por Dios, era un cañonazo que hacía tiempo se esperaba con

ansia, era una consecuencia natural y lógica que necesariamente tenían que desprender

los nobles de aquella época, y el horrible oscurantismo de aquellos tenebrosos tiempos de

intolerancia científica y religiosa” (Sawa, 1877). Estas palabras vienen a demostrar, una

vez más, que el pensamiento de Sawa y sus metáforas relativas a la luz y la oscuridad no

cambian a lo largo de su trayectoria literaria y vital, pues siempre fue un gran defensor

del progreso y el porvenir.

340
3.5. Relaciones con la prensa masónica

La Biblioteca del periódico El Motín le publicó a Alejandro Sawa La sima de

Igúzquiza y Criadero de curas. En su sección “Novelas de El Motín” podemos encontrar

los anuncios de su puesta a la venta134. Este semanario satírico era de ideología

republicana y anticlerical. Fue fundado y estaba dirigido por el periodista y activista José

Nakens135 (1841-1926), que además era masón reconocido. De hecho, a su multitudinario

entierro acudieron representantes de diversas logias masónicas.

Nakens era buen amigo de Sawa, como dice Zavala: “Sus amigos: Valle-Inclán,

Zamacois, Darío, Bark, Nakens, Enrique Cornuty, Salvador Rueda, Gómez Carrillo”

(1977: 35). De hecho, figura en la lista de asistentes al sepelio, por lo que no es de extrañar

que la editorial adscrita a su periódico le publicara dos de sus libros más naturalistas y

anticlericales. El Motín no solo criticaba el conservadurismo y a los gobiernos turnistas

de la Restauración, sino que también defendía la posición de Ruiz Zorrilla y hacía

llamamientos para que los liberales se unieran por un objetivo común.

En la misma de El Motín se situaban Las Dominicales del Libre Pensamiento, otro

semanario librepensador cuyas ideas “galopaban por delante de muchas de las logias del

Estado español (Rodríguez de Coro, 1992: 366) y en cuya cabecera aparecía en ciertas

ocasiones “sostenido por las almas luminosas”. Sus fundadores y directores eran ambos

masones. Ramón Chíes (1846-1893), cuyo pseudónimo era “Eduardo de Riofranco”, y

Fernando Lozano Montes (1844-1935), que firmaba como “Demófilo” y utilizó este

nombre como masón. Ambos se situaban en la ideología de Manuel Ruiz Zorrilla, con

quien mantenían gran amistad. Entre los escritores que colaboraron se encuentran Miguel

134
Ver anexo III, imagen 7.
135
Hoy existe una logia en La Habana (Cuba) que lleva su nombre.

341
Morayta, Odón de Buen o Rosario de Acuña, todos masones. Asimismo, esta publicación

se posicionaba a favor de la masonería, el krausismo y la Institución Libre de Enseñanza.

Demófilo era uno de los escritores que más artículos sobre la masonería publicó, llamando

especialmente la atención uno titulado “La Masonería y el Papa”, publicado el 11 de mayo

de 1884, en el que compara los valores cristianos con los masónicos, para demostrar no

solo que son semejantes, sino que iglesia y masonería deberían ser cercanas y no

enemigas:

Los masones también practican la caridad, pero calladamente, como


prescribe el Evangelio.
En resumen y para terminar, quien mire al fondo de la Historia, no
puede menos de reconocer que la virtud superior del cristianismo, lo
que le realza y enaltece, es su espíritu de igualdad, su tendencia de
elevar al débil sobre el fuerte, así como el establecer la confraternidad
entre los hombres. ¿Y quién dudará que estos fines son esenciales a la
Masonería?
En buena ley, el Papado debía considerar, por tanto, como hermana a la
Masonería (Demófilo, 1884: 1).

Desde este semanario se hizo un llamamiento, el 11 de abril de 1902, al Congreso

Universal de Librepensadores que se iba a celebrar en Ginebra (Anónimo, 1902a), y se

insistió a la masonería española para que acudiese junto a la francesa y la belga. Sin perder

de vista que siempre disponía de una sección llamada “Luz y Sombra” donde se solían

dar las novedades de personalidades afín a su ideología. En el mismo número que se

anunciaba el congreso, se proclamó el apoyo a Nakens y se informó de que Odón de Buen

había sido abuelo de un niño al que habían llamado Víctor Hugo (Anónimo, 1902b).

342
El 10 de junio de 1888, Las Dominicales del Libre Pensamiento comentaban la

obra de Sawa136, haciendo alusión a que El Motín les había hecho llegar un ejemplar:

Bibliografía
La empresa de El Motín nos ha remitido la preciosa novela que acaba
de publicar, titulado Criadero de Curas, original del conocido escritor
D. Alejandro Sawa. Es un fidelísimo cuadro, tomado del natural, en que
el autor ha pintado magistralmente las miserias y vilezas de la vida del
Seminario. El protagonista, cuyo espíritu se rebela a permanecer en
aquel antro de corrupción y perversidad, huye de él; más apresado
luego, es encerrado en inmundo calabozo, y rodeado por sus verdugos,
que contemplan con satisfacción todos los detalles de su agonía.
La narración es interesantísima, y el estilo correcto y elegante. Véndese
esta obra, al precio de una peseta, en la Administración de El Motín,
Fuencarral, 119, principal izquierda, Madrid, y en las principales
librerías (Anónimo, 1888a: 4).

En este mismo número merece especial interés la sección “Luz y Sombra” porque

se muestra la aceptación de las mujeres de los librepensadores en sus filas:

Nuestras dignas amigas y correligionarias de Loja, señoras doña


Concepción Ruíz Matas, doña Concepción Curiel y Castro, doña
Clotilde Ruíz Matas, doña Dolores Calle, doña Consuelo Cava, doña
Josefa Calle, doña Josefa Ordoñez, doña Josefa Curiel, doña Carmen
Rubio, doña Teresa Rubio y doña Lorenza Ortega, han dirigido a
nuestra ilustre colaboradora Doña Rosario de Acuña, una elocuentísima
y sentida carta, felicitándola cordialmente por la brillante conferencia
que sobre el destino racional de la mujer pronunció últimamente en el
Fomento de las Artes.
La noble sinceridad felicitando al genio profundo y aplaudiendo y
siguiendo sus consejos, forman una admirable armonía de los corazones

136
Pasados varios años, el semanario seguía recomendando obras de Sawa. El 3 de julio de 1908 en su
sección “A comprarlos”, por ejemplo, recomendaba Criadero de curas y La sima de Igúzquiza (Anónimo,
1908: 2).

343
femeninos, apasionados por la libertad, que alienta las más halagüeñas
esperanzas de progreso en nuestra patria.
Que las mujeres se decidan por la causa del libre pensamiento, y en
pocos años, la España de la Inquisición sabrá ponerse a la cabeza de los
pueblos emancipados (Anónimo, 1888b: 2).

Recordemos que Rosario de Acuña también era masona y que trabajó siempre por

el liberalismo. Esta condición fue digna de admiración por parte de Sawa en las mujeres,

pues ya veremos, al analizar Iluminaciones en la sombra, que era un defensor del

feminismo.

Por otro lado, la muerte le llegó a Chíes muchos años antes que a Lozano, de modo

que este último se quedó al frente de la dirección. Solía rescatar artículos de su compañero

bastante a menudo e incluso puso a la venta su retrato: “rodeado de las más bellas y

oportunas alegorías. Resulta así un cuadro a propósito para ordenar los salones de los

Círculos republicanos, masónicos y laicos” (Anónimo, 1989: 4). Respecto a su tumba,

recordemos que se encontraba cerca de la de Alejandro Sawa, como relataba Roberto

Castrovido. Por último, el mismo año de su muerte se fundó en Portugalete (Bizkaia) una

logia denominada “Hijos de Chíes”.

Respecto a la prensa masónica, también era difusora de las obras que se

publicaban en El Motín. El Boletín de Procedimientos del Soberano Gran Consejo

General Ibérico de la Gran Logia Simbólica Española, el 14 de febrero de 1893

recomendó las dos obras de Sawa que hemos mencionado137. Junto a los libros de Sawa

también se recomendaban los de Zahonero, Voltaire, Alfonso Karr, José Nakens o,

precisamente, La Gente Nueva, de Luis París. En definitiva, la prensa masónica también

contaba con una literatura afín por su contenido o por el pensamiento de sus escritores.

137
Ver anexo III, imagen 8.

344
Estas mismas son las obras que condenaron los diarios conservadores y las

acusaron de ser la voz de la masonería y el librepensamiento, así como de llamar a la

revolución. La Fidelidad Castellana, periódico burgalés que se subtitulaba Diario

tradicionalista, publicó en 1888 un artículo criticando a La Voz y El Motín, por difundir

novelas de Sawa y Zahonero (La Sima de Igúzquiza y Mi mujer y el cura,

respectivamente). La crítica, firmada solo con una X, decía, entre otras cosas, lo siguiente:

La cabra siempre tira al monte.


La Voz está en su papel anunciando las obras asquerosas y difamatorias
de la repugnante biblioteca de El Motín […]
Nada debe extrañarnos el proceder de La Voz.
Que más bien que voz de Guipúzcoa es voz de la masonería, del libre-
pensamiento y de la revolución […]
Vea La Voz si hay datos para que pueda comunicárselos al h.º
Zahonero138 […]
La Sima de Igúzquiza […]
Acaso los liberales no han cometido atropellos en la guerra […] para
excitar el odio de los liberticidas […] Pero se quiere mayor atropello
que el de las turbas masónicas cometieron allá por el año 20 arrojando
del castillo a los frailes dominicos del convento de San Telmo139 […]
Eso sí que es la sima de Igúzquiza (X, 1888: 2-3).

Asimismo, otros diarios acusaron a Sawa, entre muchos otros como Dicenta,

Delorme, Salmerón u Odón de Buen, de intentar descatolizar España. Así lo publicaba El

Aralar. Diario Católico Fuerista, el 27 de febrero de 1896 (Anónimo, 1896a: 1), cuyo

texto copió El Nuevo Alicante. Diario Católico, el 28 de febrero, aunque la noticia la

firmaba un tal Benjamín (1896: 1). La cabecera del periódico iba seguida de un texto que

138
¿Se refieren a él como “h.º” (abreviatura de hermano) por ser masón?
139
No estamos muy seguros, pero suponemos que quiere hacer referencia a la matanza de frailes en Madrid,
en 1834, durante un motín anticlerical en el que asesinaron a más de setenta frailes. Los historiadores no
saben qué sucedió exactamente. Algunos creen que fue una conspiración masónica y otros que fue el pueblo
porque corría el rumor de que el clero envenenaba las fuentes.

345
decía: “Tratándose de una secta (la masonería) que lo ha invadido todo, no basta

defenderse meramente contra ella, sino que es necesario ir al campo valerosamente y

afrontarla. Así lo debéis hacer queridos hijos […]”.

También La Lectura Popular, de Orihuela, publicó extractos idénticos a los de los

otros dos periódicos, el 1 de mayo, y añadió que la masonería estaba detrás de todo, pues

abogaba por la enseñanza laica, entre otras cosas (Anónimo, 1896b: 2).

346
3.6. “Pilar”: un texto desconocido y sus posibles interpretaciones

El 8 de diciembre de 1889, La España Cómica publicó un texto de Alejandro Sawa

que nunca se ha citado, ni viene recogido en las recopilaciones de sus artículos y

colaboraciones en prensa. Se trataba de un semanario cómico-ilustrado, según se

autodenominaba en la última página de todos los números, que se publicaba los domingos

y contenía no solo chistes y caricaturas, sino también poemas, reflexiones y otra serie de

obras breves.

El número 16 estuvo dedicado a Alejandro Sawa, pues además de colaborar con

el texto que vamos a recoger, fue su caricatura la que apareció en la portada140,

acompañada de un pequeño poema sin firmar que alababa las cualidades del escritor y lo

catalogaba como el mejor naturalista:

Es verdadero estilista
y profundo observador,
siendo de España el mejor
escritor naturalista.
(Anónimo, 1889: 1)

Se trata de una redondilla (abba) no muy elaborada y con una rima fácil, pero que

demuestra la buena reputación de Alejandro Sawa como escritor, incluso antes de

marcharse a París. Debemos añadir este poema a la lista que recoge Amelina Correa de

los poemas dedicados a Sawa (2008: 298).

Respecto a la caricatura que ocupa la portada, aparece firmada con un trazo en el

que creemos leer Hueso-Lules, firma que se repite a lo largo de la publicación, por lo que

140
Ver Anexo III, imagen 9.

347
se tratará del pseudónimo de uno de los dibujantes de La España Cómica. Retrata a Sawa

como es habitual: con un perro.

Pasando al texto, cuyo título completo es “Cabeza de estudio: Pilar”, vamos a

comenzar por la dedicatoria. Sawa se lo brinda “al Señor Luis Díaz Moreu” (1889: 3).

Luis Díaz Moreu (1854-1890), un político liberal que fue muchos años diputado por

Motril. Con motivo de su prematuro e inesperado fallecimiento, el 22 de marzo de 1890,

El Defensor de Granada le dedicaba unas palabras de las que podemos averiguar por qué

Sawa lo admiraba:

Ni un solo momento abandonó el estudio […] en el Parlamento, en el


foro, en los ateneos, en todo sitio donde ha sido necesario defender algo
nuevo, ha prestado sus conocimientos y su elocuencia […].
En Granada, donde el Sr. Díaz Moreu, por sus dotes de ilustración y de
talento y por su carácter bondadoso, tenía muchos amigos, también ha
sido recibida, con dolor, la triste noticia de su muerte (Anónimo, 1890:
2).

Las ideas de Díaz Moreu encajan con las de Sawa, por lo que es normal que

dedique un artículo a un diputado liberal, activo en esos momentos, que aboga por el

progreso.

En cuanto al contenido del texto, creemos necesaria su reproducción aquí y

después comentaremos las lecturas que admite.

Pilar es madrileña: parece mentira que pueda decirse esto con la misma
tranquilidad que se diría: “Pilar es de Soria, o de las Montañas de León.”
Ha nacido en un jardín y parece su cuerpo amasado con jugo de
jazmines y claveles. Su presencia se anuncia por resplandores y
perfumes. A mí me ha hecho pensar muchas veces sí habrá cuerpos que

348
en vez de sangre se sientan animados interiormente por la savia fecunda
de las flores.
Es muy bonita, y sin embargo, su belleza más notable en el olor que
irradia. Yo la aspiro con tanta devoción como la contemplo. Si fuera
permitido decirlo, añadiría para completar mi pensamiento: “es una
mujer-flor.” La más graciosa combinación de elementos que conozco.
Su cabeza es de una inspiración que aturde; hace recordar por su tamaño
a la de Kearl, la mujer que ha destrozado más corazones ingleses, y por
su gracia a la Mary Duplessis como la describe Dumas en La dama de
las Camelias; tiene las entonaciones de color de las vírgenes de Murillo,
y los extremecimientos (sic.) nerviosos de las sibilas de Atica; su
extraordinaria gracia hace olvidar la corrección de su dibujo, quizá
demasiado clásico, y de consiguiente demasiado frío, con más realidad
de escultura que de vida; el peinado que generalmente usa, aumenta esta
ilusión: sin sombrero recuerda a Cibeles, y con gorrita de piel rusa con
que yo la conocí el invierno pasado, hace pensar en Minerva cómo la
soñó Praxíteles. Pero todo esto desaparece cuando habla; entonces
parece que hasta el pelo rezuma inteligencia, y que aquella cabecita de
pasionaria lleva en sí, y oculta amorosamente, yo no sé qué espléndidas
fulguraciones de sentimientos y de astros. Tiene en la voz
potencialidades inauditas y energías extrañas. La forma de esta
existencia debe ser un fiat lux tan poderoso como el que llenó de soles
el vacío.
Sería capaz de poner en música La Correspondencia con solo leerla en
voz alta. Sus palabras, hasta las más indiferentes, tienen las
palpitaciones del entusiasmo, y sus inflexiones de voz, hasta las más
suaves las armonías del himno; y sin embargo, hacerse perdonar estas
acumulaciones de majestad y de gracia, que son la adorable sinceridad
de su trato.
Diríase que ella de ella que admira nuestra vulgaridad o que reniega de
su gracia.
La he conocido hace poco tiempo, pero la he presentido hace una
eternidad: desde que comencé a ver mujeres feas por el mundo; es el
recurso de la desgracia y de la pena, construir mundos artificiales y
asomarse a la vida como a través de un sueño. Yo buscaba entonces una
mujer que me hiciese amar a la creación; soñaba despierto con esa mujer

349
imposible. Pero la realidad parecía complacerse en quitarle la razón a
mis sueños.
Oía voces de desfallecimiento y voces de consuelo. “No la busques si
no en tus imaginaciones; ese tipo de mujer está formado de sombras.
Búscala por la tierra, ese tipo de mujer está formado de humanidad y de
vida.” Y andaba, andaba con la obstinación de un convencido, en busca
de la realización de mis sueños. Por fin la encontré. Estas líneas son un
grito de satisfacción, un desahogo de felicidad. Por eso son
desordenadas e inconexas; yo quisiera transformarlas en suspiros y
besos; más besos que suspiros.
¿Que no la he descrito por completo? Cuando toda la humanidad me dé
participación en sus placeres, yo concluiré la descripción de esta
encantadora mujer que me ha hecho el efecto de si todo el cielo hubiera
bajado hasta mí para envolverme en sus magnificencias.
Alejandro Sawa
(Sawa, 1889: 3)141.

En un primer momento, admitiendo la lectura literal, parece que Alejandro Sawa

ha conocido a una elocuente mujer que le ha fascinado por su inteligencia y su belleza.

No sería la primera vez que le fascina un tipo de mujer así, pues recordemos que Eduardo

Mendaro, en Recuerdos de un periodista de principios de siglo, narraba la anécdota de la

mujer extranjera que charlaba con él en la tertulia de la revista España. En este caso no

se trata de esa mujer, pues las charlas eran sobre lugares y anécdotas de París, por lo que

Sawa ya estaba de regreso en la capital española tras su estancia parisina, lo que sitúa sus

charlas en la tertulia de la revista España a partir de 1896, siendo que la publicación de

“Cabeza de estudio: Pilar” es de 1889. Concretamente, del 8 de diciembre de ese año. Es

más, la mujer de esta descripción es española y Pierret era extranjera. Esto sería así en el

supuesto caso de que Pilar fuera realmente una mujer de carne y hueso.

141
Ver Anexo III, imagen 10.

350
Sin embargo, sostenemos que Pilar no existe como tal y que se trata de un texto

alegórico. No tenemos ninguna prueba de que esto sea así, por lo que solo podemos hacer

un ejercicio de interpretación y dejarlo en una mera posibilidad. Ahora bien, cualquiera

que lea el texto verá que está cargado de simbolismo y que lo más probable es que Sawa

no se esté refiriendo a nadie en concreto, sino que ha encontrado algo que le llena de

satisfacción porque equivale a la realización de sus sueños. El texto es una muestra de

alegría. A nuestro parecer, y teniendo en cuenta todo lo que hemos analizado en los

apartados precedentes, el texto trata sobre el descubrimiento de la masonería. Ya la

conocía como organización, pues de lo contrario no la hubiera mencionado en

Declaración de un vencido en 1887, pero puede que en este artículo se refiera a que ha

tomado contacto con ella. Teniendo en cuenta que este texto es de finales de 1889 y dice

que la conoció el invierno pasado, deberíamos situar el acontecimiento en el invierno

1887-1888. Además, si Sawa se fue a París a finales de 1889, es muy probable que este

artículo lo dejara escrito, aunque la revista decidió publicarlo en diciembre de 1889.

En primer lugar, dice que Pilar es de Madrid, pero que daría igual si fuese de otro

sitio. Dado que la masonería se extendía por toda la geografía española y también por el

extranjero, acentuándose su popularidad en Inglaterra, Francia o Latinoamérica, es

posible que se refiera a esto cuando dice que es madrileña, pero que podría decirse igual

que es de otro lugar. Esto nos daría una pista para pensar que Sawa tomó contacto con

una logia madrileña, y no con una francesa, de ahí que no haya rastro de él el Gran Oriente

de Francia. En la misma línea, establece que la conoce hace poco, pero que la ha

presentido hace una eternidad. Esto nos da que pensar que sus principios morales no se

han alterado en absoluto, pero que ha encontrado algo que encaja con ellos. Parece que

Pilar es la materialización de su ideal. Por otro lado, afirma que ese tipo de mujer en la

tierra estaba formaba por humanidad, siendo la filantropía uno de los valores masónicos.

351
La masonería ama a la humanidad. Sin embargo, al final dice Sawa que acabará de definir

a esta mujer cuando toda la humanidad le dé “participación en sus placeres”, por lo que parece

que está satisfecho, pero aún no convencido del todo.

En cuanto a la luz, la frase con la que se refiere a su existencia es que es “un fiat

lux tan poderoso como el que llenó de soles el vacío”. Si se hace la luz en ella y teniendo

en cuenta las identificaciones de Sawa con la luz, no hay duda de que le parece que es la

sabiduría en sí misma. Además, el nombre de Pilar puede referirse a los pilares de la

masonería, pues recordemos que la simbología de esta gira, principalmente, en torno a

elementos de la construcción. Además, no sería disparatado pensar que la masonería está

personificada en una mujer, a semejanza de la habitual iconografía que encontramos de

la Justicia, la Sabiduría, las Artes… O como la Libertad, que recordemos que se publicó

como imagen de la portada del primer número de Germinal. De hecho, el Diccionario

Enciclopédico Masónico muestra a la masonería como una mujer alumbrando al

mundo142 y que lleva en la otra mano una antorcha encendida y posee una cabeza

luminosa.

Por último, también nos ha hecho pensar que se trata de una alegoría la similitud

que presenta con el texto de Pi y Margall donde definía lo que era para él la masonería:

“flor deliciosa con perfume de felicidad y su fragancia es embriagadora; ensimisma a las

almas y las conduce por la senda del amor y la Sabiduría” (Lera, 1980: 110). Si Sawa está

hablando de la masonería, habría gran similitud, pues él considera que se trata de una

“mujer-flor”. Sin olvidar que él decía en Iluminaciones en la sombra que las ideas que él

abrazaba también eran como flores” (Sawa, 1977: 176). Asimismo, el único

inconveniente que le pone es su clasicismo, pues su dibujo es demasiado clásico y frío,

142
Ver anexo II, imagen 15.

352
pero que lo perdonaba por su agradable trato. Esto nos recuerda a un artículo de Sawa

publicado en Renacimiento Latino en el que defendía la libertad y la belleza del

Romanticismo, frente a la frialdad de lo clásico:

[…] proclamar la muerte del Romanticismo (¡la donosa ocurrencia!) y


el triunfo del compás y de la regla sobre las vehemencias de la
inspiración y los acronismos del pulso. Sea. Pero yo quiero insinuar
antes algunos reparos a tan desazonada fe de óbito […]
¡Ah, no era un clásico Jesucristo, ni Moisés tampoco, ni Mahoma, ni
Budha; no eran siquiera hombres “correctos”, de “amable compañía”,
según los cánones del buen tono, y eso no les impidió realizar las cuatro
más estupendas revoluciones de que tengan noticia los humanos! […]
podemos afirmar que, puesto que el Romanticismo está formado de
amor y de sentimiento, solo el romanticismo es manantial y cantera
perennes en lo intelectual y lo afectivo de obras y de vida (Sawa, 1905:
62-63).

Esto nos confirma que las reglas no eran del gusto de Sawa, pues prefiere la

libertad y el amor y cree que con ellos es posible cambiar la vida, nutrir la intelectualidad

e, incluso, llevar a cabo revoluciones. La masonería, a pesar de sus ideales tiene normas

estrictas y usa el compás y la regla como símbolos de rectitud. En ese aspecto, es clásica.

Sin olvidar que conserva elementos de tradiciones medievales.

En definitiva, no sabemos si estamos en lo cierto, ni si nuestra interpretación del

texto es acertada, pero sí creemos que es plausible. Es evidente, con la simple lectura del

texto, que no se trata de un escrito cuyo mensaje se encuentre en la literalidad de las

palabras. Asimismo, también afirmamos que es la personificación de una idea que ha

colmado a su autor de satisfacción porque llevaba años esperando algo que se pareciese

a lo que ha encontrado. Además, sean cuales sean las intenciones, ya es suficiente aporte

el rescate de este texto, no contemplado en el conjunto de crónicas atribuidas a Sawa.

353
354
CAPÍTULO III: CATÁLOGO COMPLETO DE

ALEJANDRO SAWA COMO PERSONAJE LITERARIO.

DE LA REALIDAD A LA FICCIÓN

355
356
1. Nociones previas sobre ficción y autoficción

Antes de adentrarnos en la ficción, tenemos que tener claro qué entendemos al

utilizar este término y en qué modalidad de ficción entra cada una de las obras que vamos

a analizar en las que Alejandro Sawa aparece como personaje. Unas veces es el

protagonista, otras veces es un personaje secundario, unas veces se extraen sus rasgos

positivos, otras los negativos, a veces aparece en novelas, otras veces en cuentos y otras

en obras de teatro. Antes de su rescate como escritor, se oculta bajo otros nombres y se

distorsiona la identificación, frente a las obras de finales del siglo XX y principios del

XXI donde aparece con su propio nombre. Además, algunas obras se escriben en tercera

persona con un narrador omnisciente y, en otras aparece la primera persona. Cuando el

autor es personaje, entra en juego la autoficción. Por su parte, en las obras de teatro son

los propios personajes los que hablan y las veces del narrador pueden ser sustituidas por

las acotaciones, que a veces, sobre todo en el caso de Valle-Inclán, revelan más datos

sobre la obra.

Por el simple hecho de tratar obras literarias, ya sabemos que los hechos que se

nos van a presentar están literaturizados. Sin embargo, no es suficiente con esto, porque

el modo de literaturizar revela las intenciones de los autores y el modo en el que

construyen a sus personajes. También es muy importante el tiempo en el que se insertan

las obras, de ahí la clasificación en tres etapas: cuando Sawa se literaturiza a sí mismo;

cuando lo hacen sus contemporáneos, que algunos son admiradores y otros detractores y

eso se refleja en la caracterización de los personajes; y en la actualidad, cuando escritores

e investigadores optan por volver a convertir a Sawa en personaje más de cuarenta años

después y deciden hacerlo sin cambiarle el nombre. Por último, hay otro dato

fundamental, que es si los rasgos de Sawa se reflejan en personajes vivos o muertos. Esto

357
es así porque el velatorio de Alejandro Sawa ha sido objeto de ficción en tres ocasiones,

de modo que la manera de retratar su muerte también debe ser analizada.

Empezando por la noción más clásica, citaremos a Aristóteles, a propósito de la

mímesis.143 El filósofo griego hacía una distinción entre el historiador y el poeta144: “El

historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa […] la

diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro lo que podría suceder […]

pues la poesía dice lo más general, y la historia, lo particular” (1974: 159). Este fragmento

es comentado por Domínguez Caparrós, quien nos aclara que: “La imitación no es

concebida como algo fotográfico, sino verosímil. Se trata de un realismo que generaliza,

pero siempre controlado por la verosimilitud o necesidad racional” (2009: 18).

Debido a esto, el lector y el escritor hacen una especie de pacto tácito, por el que

el lector asume que lo que va a leer no es real y deja que el escritor le meta en el mundo

que ha creado, a través de un tipo de comunicación especial. Esto lo afirma Pozuelo

Yvancos145 cuando dice que:

El interés de la teoría literaria actual por la ficcionalidad se sitúa pues


en este cambio de paradigma teórico que sustituye una poética del
mensaje-texto por una poética de la comunicación literaria. La lengua
literaria no sería tanto una estructura verbal diferenciada, como una
comunicación socialmente diferenciada y pragmáticamente específica
como modalidad de producción y recepción de textos. Y en esa
modalidad ocupa un lugar prominente el estatuto ficcional (Pozuelo
Yvancos, 1994: 266).

143
En tiempos de Platón y Aristóteles, se entendía la Literatura como un modo de imitación de la realidad.
Pese a que se denominaba Poesía, entendemos los términos como sinónimos.
144
Entendemos poeta por autor y Poética por Literatura, según la terminología aristotélica.
145
También se puede consultar Pozuelo Yvancos, J. M. (1993). Poética de la ficción. Madrid: Síntesis y
(2005). De la autobiografía. Teoría y estilos. Barcelona: Crítica, donde se desarrollan estas teorías y la
bibliografía que hay al respecto.

358
Además, cuando trata de la representación y la ficción, añade que “a ello se han

dedicado en la teoría diferentes contribuciones que he agrupado en torno a lo que llamo

teorías de la representación mimética, tomando mimesis en el sentido aristotélico-

vinculable y solidario al de poiesis” (Pozuelo Yvancos, 1994: 275). Sobre esta teoría se

apoya Pérez Bowie y cita a Yvancos cuando dice que: “la ficcionalidad se produce, así,

cuando el lector es consciente de que los referentes de los signos no existen como algo

con existencia independiente del mensaje sino que son producidos por este: los mundos

de la ficción, desde el más fantástico146 al más interpretable como mímesis de la realidad

en torno, son, exclusivamente, mundos que deben su existencia a las palabras (Pozuelo:

1994: 277)” (Pérez Bowie, 1998: 62).

Esto lo tenemos que tener muy claro, pues cualquier anécdota o cualquier hecho

que aparezca en las siguientes páginas no va a existir más allá del texto literario. Ante

todo, debemos tener en cuenta que ninguno de los personajes que vamos a tratar es

Alejandro Sawa en ningún momento, sino que va a tratarse de simples inspiraciones

llevadas a la ficción, en algunos casos con más mímesis que en otros, pero siempre

moviéndonos en el terreno literario: “Si algo ha existido o no es un asunto empírico o

incierto, pero nunca es un asunto artístico […] es imagen de la persona y solo cuando se

146
Otra aclaración que debemos hacer es que aquí el estudio se ha acotado a obras miméticas, en tanto que
son representación de lo que podría suceder en la realidad, quedando fuera la literatura fantástica en la que
aparece lo sobrenatural. El caso más difícil de estudiar atendiendo a esta lógica sería el de Luces de bohemia
porque es esperpento y, por lo tanto, no aspira a recrear la realidad, sino a deformarla para que resulte de
lo más absurda. Sin embargo, a pesar de que Valle-Inclán muestra la cara más amarga de la sociedad del
modo más irrisorio, exagerando los vicios, reconocemos a la sociedad de principios del siglo XX detrás del
espejo que nos propone, por lo que no vamos a hacer una excepción de clasificación con esta obra.
El tema de la mímesis en Luces de bohemia ya lo hemos tratado con anterioridad en Santiago Nogales, R.
(2018). “Luces de bohemia y El señor de Pigmalión: crítica social y drama existencial mediante
desrealización”. Alfinge. núm. 30, 125-144. (Universidad de Córdoba) ISSN: 0213-1854.

359
enajena, cuando funciona como imagen es realmente personaje y no persona y existe

como ficción” (Pozuelo Yvancos, 1994: 277).

Dado que nuestra intención es hacer una comparativa entre la realidad y la ficción,

no podemos comparar simplemente unos hechos con otros, porque los de la ficción no

existen como tal, sino que se han escrito basándose en algo que sucedió o en algo que

aparece en otros textos. Por lo tanto, tenemos que establecer una decodificación del

mensaje: “Si la codificación de la obra adquiere sentido solo en función de la

decodificación, será en el nivel pragmático donde se dirima el significado del enunciado

que contiene; es, por tanto, en estas zonas del texto donde podrán establecerse las claves

de escritura-lectura detectables por vía paratextual, textual, e incluso de manera

intertextual” (Molero, 2000: 540-541).

El panorama se complica aún más cuando entra en juego la autoficción. Molero la

define como “una falsa enunciación que contiene el relato de unas circunstancias más o

menos históricas y cuyo protagonista señala al propio autor” (2000: 534). El profesor

Romera Castillo llega a clasificar la autoficción como un género literario (1980) en el que

el escritor se convierte en el signo referencial (1981). Y establece que en la literatura

actual sobre la autobiografía hay que diferenciar entre ficcionalizar lo autobiográfico y

autobiografiar lo ficticio (2006: 19 y ss). En este segundo caso es donde nos encontramos,

pues para crear los personajes se emplean otros elementos que no son reales, se altera la

cronología, etc. El problema es que este término autoficción se utiliza desde el año

1977147, por lo que Declaración de un vencido (1887), El árbol de la ciencia (1911) o

147
Los estudios que contienen la autoficción son bastante recientes y se siguen desarrollando en plena
actualidad. Prueba de ello es el tercer volumen del homenaje al profesor José Romera Castillo: Teatro,
(Auto)biografía y Autoficción, en Homenaje al profesor José Romera Castillo (2000-2018), Tomo III,
(2019). Laín Corona, G. y Santiago Nogales, R. (eds.), Madrid: Visor Libros, que hemos editado
recientemente, por lo que conocemos bien el estado de la cuestión.

360
Encarnación (1913), que encajaría en la literatura autoficcional, no se crearon pensando

en esta terminología que, sin embargo, les debemos aplicar. A pesar de ser novelas

contadas en primera persona la primera y en tercera las otras dos, donde sus protagonistas

son un reflejo de sus escritores, Sawa opta por llamar a su personaje Carlos Alvarado, y

Pío Baroja lo bautiza como Andrés Hurtado, dejando para Sawa al famoso Rafael

Villasús, mientras que Encarnación cuenta las peripecias de Tomás, que Dicenta también

basa en sí mismo, y donde aparece Alejandro Nava, inspirado en Sawa. Este juego de

cambio de nombres hace que tengamos que hablar ya no solo de autoficción, sino de pacto

fantasmático:

El pacto autobiográfico responde a la lectura igualmente


autobiográfica de un texto que representa un enunciado real, suscrito
responsablemente por el propio autor; el pacto de autoficción es propio
de la lectura novelesca, y por tanto corresponde a un enunciado fingido
cuyo sujeto señala al escritor de la misma; al pacto
fantasmático responden todas aquellas novelas donde, sin que el
personaje remita expresamente al autor, el lector reconozca en él los
atributos o circunstancias de quien firma la obra. (Molero, 2000: 535).

Molero se sitúa en la misma línea que Romera Catillo y establece que “a la lectura

autobiográfica a la que nos llevan las explícitas referencias al autor, y en menor grado

todos estos efectos de realidad, se oponen aquellos factores de deformación, ocultación o

fabulación, legítimos en una ficción autobiográfica, que suponen una ruptura del

personaje novelesco con el biográfico” (Molero, 2000: 543). Gracias a esta ruptura se

pueden justificar las inexactitudes que vamos a ver en la ficción, empezando por la

deformación en el esperpento valleinclanesco. De este modo, “el contenido entero está

bajo sospecha” (Molero, 2000: 541), pero existe un modo de conectar realidad y ficción,

que es nuestro propósito:

361
Por eso, en el texto presentado como novela el receptor buscará
elementos para una codificación autoficcional en el grado de
referencialidad, valorando la imitación que hace de la realidad. En este
sentido, hay que destacar ciertos elementos textuales que, por su
evidente coherencia contextual, logran un gran efecto referencial, como
es el caso de la transcripción de documentos reales o el de las marcas
de historicidad (topónimos, temporalización datada por
acontecimientos históricos, etc.). De un modo efectivo serán signos de
rango pragmático todos aquellos en los que el receptor observe una
transposición de la instancia de escritura (Molero, 2000: 541-542).

Teniendo clara la teoría dentro de la que nos movemos y cómo está construida

cada obra, podemos proceder al análisis de todas ellas en lo relativo a sus conexiones con

la vida de Alejandro Sawa. En el caso de Declaración de un vencido, estamos ante el

pacto fantasmático, pero podemos encontrar el referente en el propio Sawa, quien aplica

al personaje hasta su propia visión del suicidio. Pío Baroja opta por crear a sus

protagonistas como su alter ego, pero no siempre con al mismo nivel de imitación. Pero,

en cualquier caso, opta por retratar a Sawa como personaje secundario y casi antagonista.

Para poder analizar ese personaje secundario hay que recurrir a los testimonios que ya

hemos analizado sobe la relación real entre ambos escritores.

Ahora bien, el caso de Rafael Villasús hay que tratarlo en comparación con Max

Estrella, por lo que ahí tenemos una comparación intertextual. Cuando pasamos al caso

concreto de Luces de bohemia, estas teorías se difuminan no solo por el esperpento, sino

porque, a diferencia del resto de obras, esta pertenece a la dramaturgia. Valle-Inclán carga

su obra de deformación, condensación e irregularidad cronológica y juega al despiste,

llegando a desdoblar a los personajes. Además, presta a Max Estrella su ideología,

mientras que le mantiene el aspecto y las circunstancias familiares de Alejandro Sawa,

362
por lo que difumina la referencia y hace que nos asalte la duda de si es, de algún modo,

literatura autoficcional.

El caso de La invisible, de Ernesto Bark, no lo podemos analizar porque la obra

está perdida, pero sí debemos incluirla en el estudio, a sabiendas de que es una novela en

la que Sawa es el protagonista, cosa que se puede justificar con testimonios reales.

Gracias también a hechos reales, descubrimos a Alejandro Nava, en Encarnación.

Joaquín Dicenta crea a Tomás aplicando el pacto fantasmático, por el que no solo se

autorretrata, sino que crea un narrador externo. Gracias a la amistad Sawa-Dicenta y a lo

que Bark dijo sobre las relaciones de ambos, podemos analizar la correlación Sawa-Nava.

La última obra que encaja en esta teoría es la de Pepe Cervera, que en Alguien

debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, se pone a sí mismo, pero no como

autoficción, sino ficcionalizando lo autobiográfico, para que el lector le acompañe en su

investigación sobre los datos verídicos de Sawa. En cambio, cuando pasa a la tercera

persona, habla de Sawa como personaje y se inventan para él nueve historias con las que

rellenar vacíos de su biografía, asistimos a una mera ficción en la que no podemos buscar

una trasposición.

Lejos de esto está La sombra de Verlaine, que es un cuento de José Montero,

totalmente inventado, donde aparecen algunas características de Alejandro Sawa en el

bohemio protagonista, pero que no aspiran a una identificación, sino que son mera

inspiración para un relato de menos de dos páginas.

Juan Manuel de Prada escribe Las máscaras del héroe, creando también un juego

al meterse dentro de un protagonista y jugar con la voz del narrados, pero se aleja de la

autoficción, porque es la ficción de otro escritor que usa de personaje. Además, su

363
intención, lejos de novelar hechos reales, es la de hacer literatura con la propia literatura,

como veremos en su análisis. Sawa aparece muerto, pero su velatorio es la fusión del de

Max Estrella con el de Villasús, por lo que su aparición solo se puede analizar con una

comparación intertextual.

Por último, Alejandro Sawa y la Santa Bohemia, de Juan Diego Fernández, es un

texto que no sabemos cómo clasificar, pues se trata de una lectura dramatizada escrita a

modo de obra de teatro donde el narrador es uno de los personajes. Con datos reales va

contando la historia del otro personaje, que es Alejandro Sawa, a quien crea los diálogos

a partir de fragmentos de sus obras.

Tras esta introducción, procedemos al análisis pormenorizado de los personajes

que hemos mencionado a la luz de cómo se ha producido la trasposición de Sawa en ellos.

364
2. Alejandro Sawa literaturizado por sí mismo

2.1. Declaración de un vencido, de Alejandro Sawa: autoficción de un

desengaño vital

La primera vez que Alejandro Sawa aparece como personaje es retratándose a sí

mismo en Declaración de un vencido (1887), a través de Carlos Alvarado Rodríguez. Ese

personaje también es andaluz (gaditano, en vez de sevillano), también es periodista,

incluso comienza a trabajar en un periódico (que se llama La voz pública, en vez de El

Globo). Ambos sufren idéntico desengaño porque Madrid les da la espalda, y ambos

padecen las consecuencias de la miseria. Sin embargo, Sawa decide que Carlos se suicide.

Es en este punto, en el desenlace, donde nos detendremos al final de este apartado para

averiguar las razones que llevaron al autor a terminar con su personaje. Por otro lado, este

triste final va a ser muy significativo, cuando analicemos a Max Estrella, pues

consideramos que ambas muertes están relacionadas.

Como acabamos de ver, Declaración de un vencido es un caso de autoficción en

la que el protagonista es un reflejo de Alejandro Sawa, pero su autor le cambia el nombre

y literaturiza toda su vida. Entre Sawa y Carlos Alvarado no se produce una

correspondencia, sino un paralelismo, pues les suceden cosas similares. Es decir, en las

acciones de Carlos Alvarado encontramos conexiones con la propia vida de Sawa, pero

solo en las dosis que este quiere, siendo a la vez un juego para el lector, pues la novela

está escrita en primera persona, el narrador es el personaje principal, que cuenta su propia

historia como justificación de la decisión que ha tomado. Podríamos decir, en un primer

momento, que se trata de una novela de autoficción por personaje interpuesto. Sin

embargo, el asunto es mucho más complejo, puesto que, en la Nota al lector, Sawa dice

que va a contar la historia de un amigo. Se posiciona el propio autor como el depositario

365
que se ve en la obligación de relatar la trágica historia de su amigo, para que el mundo la

conozca y sirva de testimonio:

He escrito este libro que, a serle posible, hubiera dejado escrito mi


amigo […] No tuvo, entre quinientos mil hombres que forman la
población de Madrid, uno solo que lo animara en sus desfallecimientos
[…] Se me presentó como un moribundo voluntario que tácita y
expresamente había presentado la dimisión de su vida […] Creo que
realizo obra piadosa exhumando los recuerdos que tengo de mi amigo…
(Sawa, 2009: 113-114).

A continuación, en el Libro primero, da la palabra al propio Carlos Alvarado, que

ya anticipa que dentro de poco ni siquiera tendrá vida, es decir, ya se sabe de antemano,

antes de leer el resto, cómo acaba la historia. A partir de aquí, todo sucede en primera

persona, como si hubiese sido escrito por Carlos y publicado por Sawa. Comienza del

siguiente modo:

No es la historia de mi vida lo que quiero escribir: ¿para qué? Ni tengo


historia, ni dentro de muy poco espacio de tiempo tendré vida tampoco.
Me inspiro en ideales más altos. Estas páginas son un pedazo de
documento humano que yo dedico a la juventud de mi tiempo, a mis
compañeros de jornada, en el momento preciso de volver la espalda al
enemigo, de desertar del campo de operaciones (Sawa, 2009: 115).

Después de relatar todas sus penurias, toda su degradación como persona, llega el

momento final, el momento de despedirse. Sawa vuelve a crear otra ficción, otro desdoble

de personalidad. Ahora es Carlos el que se inventa “que tenía un amigo”. Emplea esta

ficción para que Carmen se pueda explicar a posteriori lo que va a suceder:

-Mira- le dije de pronto a Carmen-, me notas desde hace algunos días


triste; lo estoy, no te lo oculto; y no sabes por qué. Voy a decírtelo. Oye.
Yo tengo un amigo…; no me interrumpas citándome ningún nombre;

366
he dicho un amigo, y tú no has conocido a ningún amigo mío […] Tenía
mis mismos gustos, mis mismas inclinaciones y costumbres […]
Llegamos a Madrid al mismo tiempo; él un ser útil y de provecho, y yo
a hacer la vida que has conocido. Pues bien: ese amigo mío de que te
hablo, ha ido hasta más allá de lo que la dignidad humana consiente. Ha
soportado sobre sus hombros pesos increíbles […] Se ha matado hace
una semana aproximadamente. ¿Qué te parece a ti lo que ha hecho mi
amigo? Ya sabes por qué estoy triste (Sawa, 2009: 246-247).

Es interesante analizar estas palabras, no solo porque “el amigo” sea él mismo,

sino porque la descripción coincide con la de una persona con intenciones de ser algo en

la vida (“útil y de provecho”). Se refiere a su propia llegada a Madrid, cuando estaba

cargado de sueños, cuando era honesto e íntegro. La parte canalla coincide con el modo

de referirse a sí mismo (“yo a hacer la vida que has conocido”). Debemos entender que

el ser humano tiene dos partes, una buena y una mala, una íntegra y otra miserable, una

digna y una canalla148. El problema es que todos los segundos atributos vienen para

quedarse. Carlos no supo convivir con ellos y tomó la decisión final.

Varios son los autores que han comentado este autobiografismo semioculto y

literaturizado. Comenzando por la posición minoritaria, citaremos a Mbarga. En su tesis,

no encuentra a Sawa escondido tras Carlos, sino solamente parecidos: “En cuanto a la

situación del autor, no se podría hablar de identidad del autor y del personaje-narrador

Carlos. Pero sí que se podría hablar de una relación de semejanza en algunos aspectos

[…]” (Mbarga, 1991: 396).

Por otro lado, son muchos más los estudiosos que aprecian la existencia de una

clara correlación. Por ejemplo, Gutiérrez Carbajo, que compara este juego autobiográfico

con las matriuskas rusas (2009: 87), pues dentro de una historia se encierra otra, y dentro

148
Retomaremos esto al analizar a Don Latino en Luces de bohemia.

367
de ésta, otra más, pero todas son la misma. Por un lado, existe la ficción de alguien que

cuenta la historia de su amigo que se ha suicidado, por otro lado, la historia del amigo, y,

por último, la historia que Carlos le cuenta a Carmen sobre el amigo que se ha quitado la

vida.

Amelina Correa lo denomina “el artificio literario del testimonio relatado por un

amigo” (2008: 122). No solo aprecia las similitudes en cuanto a los acontecimientos de

las vidas del autor y su personaje, sino que también comparten la personalidad: “también

vemos transparentarse muchas veces la personalidad de Alejandro Sawa en las reacciones

de Carlos Alvarado” (1993: 115).

Iris Zavala considera que la Nota al lector es una “confidencia autobiográfica”

(1977: 47), de ahí que escriba: “La historia de este vencido- ¿Sawa mismo?- le sirve de

narrador ficticio…” (1977: 47). Muy literariamente considera la novela como un

“seudónimo transparente” (1977: 48) y como un “testamento” (1977: 50) con el que

consigue vencer.

Luis Artigue ve en esa dualidad un enriquecimiento de la lectura, puesto que el

autor lo ha vivido y es capaz de trasmitirlo:

El autor se muestra especialmente dotado para la recreación de


ambientes vividos. Y es que, como con prolija erudición se señala
también en la introducción, esta es la novela más autobiográfica de
Sawa y por eso oscila entre el documento y el autobiografismo… Se
nota. He aquí una novela inspirada que, por haberla vivido y sufrido el
autor de forma personal, nos ilumina genuinamente (2010: 459).

María José Navarro escribe un artículo en el que analiza este juego de

interposición y uso de la primera persona:

368
En otras palabras. Hay un autor (implicado) que dedica la novela a un
conocido suyo. Hay también un sujeto (presuntamente real) de la
enunciación que, mediante una nota se pone en contacto con el lector,
y que asume la narración de la historia que sigue, en “forma
autobiográfica”. Y hay, por último, un sujeto del enunciado, que
comienza a narrar en primera persona, y que focaliza en sí mismo la
historia […] Pero es, en realidad, una historia contada por persona
interpuesta, aunque focalizada en el personaje, si tenemos en cuenta la
“Nota al lector”, donde se esgrimen razones de énfasis dramático para
justificar el procedimiento de la escritura. […] Pero hay otras
manifestaciones autobiográficas dentro de la novela. La víspera de
escribir el manuscrito, Carlos sale con Carmen, y le cuenta durante el
paseo su propia historia, como si le hubiera pasado a un amigo suyo
(1993: 304-305).

En ese mismo artículo (Navarro Mateo, 1993: 304-306), la autora compara los

datos biográficos de Alejandro Sawa con los de su personaje para que se descubran las

semejanzas entre ficción y realidad. En todas las historias que se cuentan Sawa está

contando la suya, si bien sazonada con las artes literarias e introduciendo secuencias de

su invención. El hecho de que se introduzca el suicidio, cosa que no hizo el propio el

autor en las mismas circunstancias,149 no hace tirar por la borda todas las conjeturas ni

desmantelar el puzzle que se ha formado. Todo lo contrario, el hecho de que Sawa decida

que Carlos se suicide aporta mucho acerca del autor. Es más, aquí ya nos atrevemos a

decir que mucho más puede aportar Sawa a su propio personaje de él mismo que lo que

puedan aportar de Sawa a sus personajes Baroja o Valle-Inclán. Ahora bien, hemos de ser

cautelosos, pues no se puede defender una coincidencia absoluta, por la sencilla razón de

que la historia se ha novelado y, atendiendo a una primera lectura literal imprescindible,

149
Si bien ya vimos que puede que sí se suicidara, tal y como relataba Ernesto Bark.

369
los hechos reales y ficticios no se pueden superponer. Es por ello que hemos calificado a

esta novela como autoficción y no como autobiografía novelada.

El hecho del suicidio responde a la intención de Sawa de protesta. Suicidarse es

un modo de levantarse contra la sociedad y un triunfo sobre ella por la diferenciación que

supone; porque el protagonista no quiere seguir siendo un miserable. Teniendo en cuenta

que es una novela naturalista150, no se puede luchar contra el determinismo social.

Carlos Alvarado reflexiona varias veces, anticipando el final. Convencido, dice en

varias ocasiones: “era preciso sucumbir” (Sawa, 2009: 228, 242 y 243). Ante la

imposibilidad de progreso en una sociedad enferma y corrupta, el protagonista ha

decidido apartarse. El libro no es más que una justificación para que se pueda comprender

el desenlace final. En el Libro Primero ya advierte: “El hombre que escribe este libro, el

hombre que ha vivido este libro, sabe lo que hace publicándolo […] Pero es forzoso que

se publique. Me retiro del campo, sí; pero quiero antes dejar dicho lo que los hombres

han hecho conmigo” (Sawa, 2009: 116-117).

Además de culpar de nuevo a la sociedad, justifica que se quita del medio porque

no aguanta la situación. La muerte aparece como el único modo de salir. Aunque no es

solo la muerte, es el suicidio, que lleva un componente autodestructor. Tras una previa

meditación, la decisión la toma en su sano juicio. El libro es el testimonio de su existencia

marcada por el fracaso. A Carlos le sirve de denuncia, quiere dejar un documento que

debe ver la luz, de ahí que diga “es forzoso que se publique” y que aparezca un argumento

más para enmarcarlo dentro de la denominada novela social: “Puesto que Declaración de

un vencido es, según su propio subtítulo, una novela social, su autor no va a perseguir en

150
Dado que está escrita en primera persona y sus grandes dosis de romanticismo, la crítica ha dicho que
es la menos naturalista de Sawa. No es nuestro propósito aquí debatir ese tema, pero en la introducción de
Gutiérrez Carbajo podemos leer todo lo que se ha dicho sobe este asunto (2009: 9-108).

370
este caso anomalías genéticas de sus personajes, sino las anomalías sociales de la historia

que han acabado configurando un presente enfermo” (Correa Ramón, 2008: 124).

Una vez el personaje, que se ha presentado con buenas cualidades, se convierte en

lo que no quería ser, solo puede escapar de un modo. La vía de escape ante la frustración

es la muerte, que se convierte, a la vez, en un modo de protesta. Cuando se despide, se

acuerda de Carmen: “¡Carmen, sobre todo…! Una ramera, ¡sea!, pero yo añado: la digna

esposa de un miserable” (Sawa, 2009: 249). La sociedad lo ha atrapado, impidiéndole el

ascenso, obligándole a conformarse con esa vida. Sin apenas darse cuenta, Carlos pasó

de ser un joven y entusiasta periodista que llega a Madrid, a convertirse en una especie

de chulo, mantenido por una prostituta a la que ni siquiera ama. El mayor problema no es

la situación en sí misma, sino el hecho de que él es consciente de ello y, en un primer

momento, lo consentía:

No estaba unido a ella sino por la convivencia y por fuerza de la


costumbre. Porque me he propuesto decirlo todo, aunque me arda la
cara de vergüenza. Carmen me daba de comer, me daba casa, me vestía,
estaba atenta a la satisfacción de todas mis necesidades y caprichos
(Sawa, 2009: 241).

El asunto va mucho más lejos, dado que no solo se convierte en el mantenido de

una ramera, sino que cuando esta no le da lo que le pide, llega a maltratarla. Tal cosa

hubiese sido impensable para él unos años atrás, pues Carlos siempre condenó tal

conducta. Pero ahora no, ahora no era capaz de mostrar al hombre honrado que llevaba

dentro, hasta tal punto que se avergüenza de lo mejor que tenía:

Cuando me negaba el dinero que yo le pedía, la golpeaba brutalmente,


al igual que hacían con sus queridas los otros chulos de la casa. Al

371
principio sentí vergüenza y ganas de emprenderla conmigo a bofetadas
por la depravación y la cobardía de mi conducta. Siempre he creído
digno del grillete, cuando menos, al hombre que se rebaja hasta dejar
caer su mano sobre la mejilla de una mujer o de un niño. Pero a esta
pregunta de mi memoria, cargada de rencores y de ruinas - ¿no te han
obligado a que seas canalla?-se desvanecían todas mis susceptibilidades
y volvía a colocarme precipitadamente mi mascarilla de miserable, no
fuera que alguien pudiera sorprenderme con mi propia fisonomía de
hombre honrado, en cuyo caso sí que me hubiera muerto de vergüenza
(Sawa, 2009: 241).

El lector asiste a una degradación de la moral, que va desde un juicio condenatorio,

a no solo no juzgar, sino a caer en el mismo vicio esquivando al remordimiento. Ahora

bien, que no se sienta culpable no quiere decir que no sepa que ha tocado fondo y que no

hay solución para remediar su situación y su vida. De un modo muy metafórico dice:

“Ocurre con las más grandes desgracias, que, como los venenos, son contadas las que no

tienen su antídoto” (Sawa, 2009: 242). Al principio se refugia en el alcohol, pero después

dice: “ni aun la embriaguez me daba el consuelo que le pedía” (Sawa, 2009: 242).

Tampoco tenía amor, que hubiese sido su mejor antídoto, ni otro aliciente, ni siquiera una

esperanza: “Un amor me hubiera salvado. No amaba a nadie. Una gran fe me hubiera

dado consuelo. No creía más que en mí mismo” (Sawa, 2009: 242).

Todas estas reflexiones y caóticas circunstancias son las que llevan al protagonista

a, como él dice, “sucumbir”. No es un arrebato, es una rebelión contra la vida que le ha

tocado vivir, contra la sociedad que lo ha condenado, contra la ausencia de una tabla de

salvación a la que agarrarse.

Gilbert Paolini considera que el suicidio es una consecuencia, se refiere a él como

“suicidio resultante del determinismo hereditario histórico” (1983: 391). Se trata de un

372
desafío, en esa decisión nadie va a tomar partido más que él, es un modo de vencer al

determinismo. Es cierto que el determinismo es culpable de tener que tomar la decisión,

pero no es capaz de revocarla, no es capaz de luchar contra una voluntad individual y

decidida, no es capaz de seguir condenando al protagonista a ser un miserable, porque él

ha decidido no seguir siéndolo. Ahora los acontecimientos no van a estar determinados:

Entonces fue cuando se apareció formalmente a mi conciencia la


imagen del suicidio; del suicidio como imposibilidad moral y material
de vivir; del suicidio, como protesta contra la vida. ¿No era yo un
sublevado, un insurrecto? La sociedad me condenaba a ser un miserable
toda la vida. Bueno. Pues yo me alzaba de la sentencia, y destruía mi
vida porque me daba la gana, porque no quería ser un miserable. ¡A ver
lo que toda la sociedad junta puede contra una voluntad aislada, cuando
esta voluntad es irrevocable! (Sawa, 2009: 242).

En cierto modo es un triunfo, consigue apartarse de todo lo que no le gusta. En

vez de dejarse arrastrar por la corriente, le planta cara de único modo posible. Es

tremendista y radical, pero no carente de razón. Artigue acierta al decir que: “la

inestabilidad le van desgastando hasta sumirle en la autodestrucción o la diferenciación,

que para algunos poetas es lo mismo. Así lo escribió Antonin Artaud: «me autodestruyo

para saber que soy yo y no todos vosotros»” (2010: 459)

Gutiérrez Carbajo recuerda que “el suicida siempre se suicida contra alguien, y él

lo hace decididamente contra la sociedad” (2009: 86). Sin que se olvide que, a la vez, tal

decisión se convierte en su refugio, en una parcela personal no sometida más que a su

voluntad. Es lo que Amelina Correa denomina “refugiarse en la auto-liquidación” (2008:

123).

373
Por último, debemos hacer referencia a las últimas palabras de esta novela. Carlos

no busca piedad, ni lástima, ni compasión, ni comprensión. Su propósito es sublevarse,

su decisión es unilateral y voluntaria, elige ser sublevado antes que imbécil, de modo que

no hay cabida para el drama, el miedo o la pena. Menos aún, cuando va a poner fin a todos

los males: “¿A qué esta emoción? ¿No voy a cegar la fuente viva de todos mis pesares?

¡Abajo las lágrimas! ¡Viva la alegría! ¡Quiero morir cantando para asombrar a la gente!”

(Sawa, 2009: 249).

Sawa ha creado la ficción de ponerse a prueba y, cuando su alter ego ha

sucumbido porque el determinismo histórico no le ha dejado otra opción, ha preferido

abandonar antes que ser como el resto. Pero también lo mata por romántico. El suicidio

es simbólico también porque Sawa es un naturalista romántico y, por eso crea a Carlos,

que es un periodista que se suicida, una especie de Larra, o de joven Werther (Navarro

Mateo, 1993: 305). El suicidio representa una apatía hacia una vida insoportable, una vía

de escape, que muestra la libertad sobre sí mismo cuando de todo lo demás se es esclavo.

El Romanticismo muestra una acentuada nostalgia, un constante desengaño y unos

valores inalcanzables. Todas esas cualidades las reúne el bohemio por excelencia y, por

extensión, también las tiene Carlos Alvarado Rodríguez. El autor ha puesto ante su

personaje dos alternativas: vivir como un despreciable canalla o sucumbir. Lo ideal

hubiese sido vivir dignamente, pero esa opción no se le da. Hacerle morir es un modo de

dignificarle porque muere cuando aún queda algo bueno en su fondo. Si Carlos hubiese

contado su historia sin más, si no se tratase de una justificación para entender su decisión,

y hubiese seguido con su vida de miserable, acomodándose en esa posición, sin

diferenciarse del resto, nada de lo que ha contado tendría sentido. En vez de una forma

de protesta, la novela hubiese sido una apología del conformismo, a la vez que el

374
protagonista se mimetizaría con sus, ahora semejantes, que tanto le decepcionaron. En

este sentido, las muertes de Max Estrella y Carlos Alvarado no son tan diferentes.

Es muy significativo que la primera vez que Sawa es personaje lo hace él mismo y le da

el final que él mismo tuvo, es decir, el suicidio. Los suicidios están motivados por

diferentes causas, pero el desengaño del Sawa real también existió, de modo que a su

personaje lo hace coherente con sus propios principios. Una muestra más de que el

pensamiento sawiano no cambia a lo largo de toda su vida y su trayectoria literaria.

Además, la diferenciación caracterizaba al propio Sawa, tal y como recogían los

testimonios que recopilamos, de modo que, en la novela, cuando se basa en sí mismo,

también necesita un modo de diferenciarse.

375
376
3. Alejandro Sawa literaturizado por sus contemporáneos

3.1. Pío Baroja y sus personajes bohemios inspirados en Alejandro

Sawa151

No hay lugar a duda de que el personaje más famoso inspirado en el rey de los

bohemios por antonomasia es Max Estrella, sin embargo, antes de llegar a él, hay que

recorrer otro camino que lleva a obras anteriores a Luces de bohemia y, curiosamente, son

de Pío Baroja: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Aurora

roja (1904), Lo últimos románticos (1906) y El árbol de la ciencia (1911). Decimos

curiosamente porque las relaciones entre Alejandro Sawa y Pío Baroja se debatieron

siempre entre el odio y el reconocimiento mutuos, como ya vimos en el Capítulo II. Ahora

bien, es curioso que no se les haya prestado demasiada atención a las tres primeras obras

barojianas que mencionamos. El personaje Rafael Villasús de El árbol de la ciencia ha

sido estudiado por comparación con Max Estrella, con quien tiene muchas similitudes,

pero también sustanciosas diferencias; sin embargo, existen más obras en las que

Alejandro Sawa se deja entrever, acentuando muchísimo los caracteres que configuraban

su personalidad, vista desde el prisma de Baroja, quien no simpatizaba en absoluto con la

vida bohemia. Se trata de personajes que tienen intervenciones más extensas que Villasús

y, lo más llamativo, es que fueron creados en vida de Sawa. El simple hecho de que Baroja

recurra tanto al sevillano y a su entorno para crear a los bohemios de sus novelas le da a

Sawa plena vigencia en su tiempo como modelo; en este caso, es ejemplo contrario a lo

que Baroja quería predicar, pero eso conlleva el efecto colateral de concederle relevancia,

aunque sea por contraposición. Por supuesto, esta circunstancia es para la investigación

151
De los personajes de Pío Baroja de caracterización bohemia inspirados en Sawa publicamos el artículo:
Santiago Nogales, R. (2018). “El reflejo de Alejandro Sawa en los personajes bohemios barojianos”, en
Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 36, 307-324. (UCM) ISSN-e: 1988-2556.

377
un arma de doble filo: por un lado, sirve para dar cuenta de la fama que Sawa tenía en

vida, pese al arrinconamiento que sufrió tras una muerte rodeada por la ceguera, la

pobreza y la soledad; asimismo, abre la puerta a analizar a otros personajes que nunca se

han tenido en cuenta más que superficialmente. Por otro lado, es un impedimento porque,

incluso antes de morir, en Alejandro ya se mezclaban la literatura y la realidad.

Este apartado tiene por objetivo estudiar a todos los personajes barojianos que en

algún momento la crítica ha identificado con Alejandro Sawa, compararlos con datos

reales y elaborar las pertinentes justificaciones que nos permitirán aceptar o no la

identificación.

378
3.1.1. Juan Pérez del Corral y Betta

Para seguir el orden cronológico, debemos comenzar por la historia de Silvestre

Paradox, protagonista de la trilogía La vida fantástica, compuesta por Aventuras, inventos

y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (pasión

mística) (1901) y Paradox rey (1906). Parece que subyace en este protagonista una

especie de autobiografía bastante adornada de su propio autor152. Paradox se encuentra

con otro personaje, a quien Baroja llama Juan Pérez del Corral, que mucho tiene que ver

con Sawa. Dice Allen Phillips:

En las memorias y otros libros autobiográficos de Baroja hay una


inmensa galería de personajes pintorescos con quienes topaba en su
larga vida de vagabundeo. De ahí las frecuentes semblanzas, a menudo
caricaturas, de figuras reales de la bohemia madrileña. En sus novelas
[…] la bohemia literaria y anarquista desempeña un papel considerable,
y el autor, al fundir en la ficción rasgos típicos de todo bohemio, solía
aportar a la realidad vivida datos imaginarios […] El retrato de Juan
Pérez del Corral que figura en Aventuras, inventos y mixtificaciones de
Silvestre Paradox (Capítulo XI) parece basarse al menos en parte en
algunos atributos nada halagüeños de Sawa, de nuevo trasplantado a
Madrid después de haber residido en París. Arengaba a los reyes de
piedra en la Plaza de Oriente; declamaba trozos teatrales; y a ese señor
petulante y soberbio se le aplicaba el adjetivo divino (Phillips, 1985:
346-347).

Algunos de los fragmentos más significativos de las intervenciones y

descripciones de tal personaje son las que siguen a continuación. Los hemos

seleccionados por ser los más identificables con la vida de Sawa, criticada bajo los

principios barojianos y por oposición a Paradox:

152
Tras los protagonistas de las novelas de Pío Baroja se suele esconder el propio escritor de un modo
autoficcional.

379
Salieron los tres a la calle, y como Pérez del Corral se marchaba, Amancio
empezó a hablar mal de él, diciendo que era lo más insolente, vanidoso y
majadero que podía ser un hombre […] (Baroja, 1998: 147). Pérez del Corral
mentía con una tranquilidad admirable, […] Tenía una memoria admirable,
una petulancia de damisela, una soberbia satánica y, a veces, rasgos de un
desprendimiento y de una generosidad de gran señor. [...] Algunas noches,
cuando salía del café la tribu harapienta, Pérez del Corral arrastraba a las
masas a la plaza de Oriente, y allí arengaba a los reyes de piedra, o,
acercándose a un árbol, para dar pruebas de sus facultades de actor, gritaba,
no se podía decir que declamaba, un parlamento de Don Juan Tenorio o de
Los amantes de Teruel (Baroja, 1998: 160).

De Sawa se dijo que conocía de memoria sus propios artículos, así como los versos

de Paul Verlaine y toda una serie de anécdotas que declamaba en las tertulias con gestos

exagerados y gran solemnidad dramática. Debía ser todo un espectáculo, si bien muchos,

entre ellos Baroja, lo tildaban de soberbio, déspota y arrogante. Su dualidad podía

observarse también a la hora de convidar. En ocasiones generoso y en otras dejando

descuidadamente y por pura necesidad que pagasen otros, lo que le confirió fama de

aprovechado o de “gorrón” según el argot coloquial.

Por otro lado, Ernesto Bark hablaba, en su Santa Bohemia, de un proyecto que

Sawa tenía en mente: fundar el Cenáculo, la asociación que distinguiría a la bohemia

intelectual de la vulgarmente llamada “golfemia”. Quizás, el siguiente pasaje algo tenga

de relación con aquella idea:

—¡Ah, señor Paradox, el encontrarnos ha sido providencial!


Precisamente estos señores —y señaló a los que le acompañaban— van
a fundar una revista, una cosa monstruosa... inaudita... ochenta mil
suscripciones seguras, todos los Casinos, Ateneos, Academias,
Corporaciones científicas, subvención de

380
—Bueno —interrumpió Silvestre ¿Y qué pito voy a tocar yo en esta
revista? (Baroja, 1998: 142).

Ese mismo fragmento en el que Paradox no tiene ningún interés en colaborar con

Pérez del Corral entronca con una propuesta que Sawa hizo realmente a Baroja para

trabajar juntos y publicar un libro de experiencias parisinas. Recordemos que, en Juventud

y egolatría, Baroja dedica unos párrafos al trato personal que tuvo con Sawa, poniendo

de manifiesto que, pese a que ambos habían disfrutado de la vida parisina, poco tenían

que ver el uno con el otro (Baroja, 1917: 263 y ss).

Siguiendo con las peripecias de Pérez del Corral debemos destacar otro episodio:

Pérez del Corral, con un gesto de arrogancia, metió la mano en el


bolsillo del pecho de su americana, y sacó un montón de papeles, que
podían constituir un tomo.
— ¿Qué es eso? —le preguntó Silvestre.
—Papeletas de casas de préstamos; ya veis si me quedará algo que
empeñar.
Silvestre no tenía más que tres duros disponibles; pero esto no era óbice,
como dijo Pérez del Corral, y fue bastante amable para guardarse aquel
dinero. Luego añadió que si quería entregarle alguna alhaja o ropa, la
tomaría también. Silvestre entregó al bohemio unos pantalones, una
Historia de España, de Lafuente, y unas revistas inglesas. Pérez del
Corral e Higinio fueron a empeñar todo esto y encontraron quien les
diera dinero. El producto del empeño lo jugaron y ganaron (Baroja,
1998: 197).

A Alejandro Sawa lo ahogaban las deudas económicas hasta tal punto que murió

en la más absoluta miseria. Para obtener dinero empeñaba todo lo que podía en el Monte

de Piedad (Correa Ramón, 2008: 242-243) y rogaba a sus amigos, con gritos de

desesperación en forma de misiva, que tuviesen a bien prestarle unas pesetas. El caso más

381
notorio ocurrió con Rubén Darío, a quien hizo no pocas llamadas de auxilio y acabó, ante

la negativa del nicaragüense, por reclamarle una deuda casi olvidada. Por el contrario, el

poeta José del Castillo Soriano (1849-1928) sí se solidarizó con el bohemio dándole una

pequeña ayuda (Correa Ramón, 2008: 234-235), al igual que hizo su íntimo amigo

Enrique Cornuty (Correa Ramón, 2008: 251). A Baroja también le pidió dinero, no en

calidad de amigo sino con prepotencia y capricho y sin intenciones siquiera de devolver

el favor. Así lo relataba el escritor vasco:

A Alejandro Sawa le conocí una noche en el café de Fornos, estando yo


con un amigo.
La verdad es que no había leído nada suyo, pero me impuso su aspecto.
Un día fui tras de él, dispuesto a hablarle, pero luego no me atreví. Unos
meses después le encontré una tarde de verano en Recoletos, con el
francés Cornuty. Cornuty y Sawa fueron hablando, recitando versos, y
me llevaron a una taberna de la plaza de Herradores. Bebieron ellos
unas copas, pagué yo, y Sawa me pidió tres pesetas. Yo no las tenía, y
se lo dije.
— ¿Vive usted lejos? — me preguntó Alejandro, con su aire orgulloso.
— No; bastante cerca.
— Bueno, pues vaya usted a su casa y tráigame usted ese dinero.
Me lo indicó con tal convicción que yo fui a mi casa y se lo llevé. Él
salió a la puerta de la taberna, tomó el dinero, y dijo:
— Puede usted marcharse.
Era la manera de tratar a los pequeños burgueses admiradores, en la
escuela de Baudelaire y Verlaine (Baroja, 1917: 263 y ss).

De igual modo y a propósito de los juegos de azar, también se sabe que Alejandro

se dejó seducir los “tapetes verdes” (Correa Ramón, 2008: 202). Por supuesto, el asunto

concreto de la novela barojiana no es una reproducción literal de ningún episodio de la

vida de Alejandro Sawa, pero Baroja, al condensar hábitos, anécdotas y características en

382
una sola intervención, deja entrever los peores vicios que tenía y las penurias por las que

pasaba Alejandro.

Asimismo, son abundantes los comentarios de reproche hacia los mundos que

Baroja rechazaba. En la misma novela que estamos tratando, se puede leer la siguiente

opinión: “Como parece, según los descubrimientos modernos, que hay una Providencia

protectora especial de los golfos y de los abandonados, lo que no impide que de vez en

cuando los deje morirse de hambre para que aprendan” (Baroja, 1998: 215).

Se trata de una sentencia muy dura. Ahora bien, es bastante probable que se dirija

en términos generales. En sus Memorias, Baroja relata cómo se encontraba con Alejandro

Sawa de vez en cuando y se paraban a charlar e intercambiaban algún cumplido, aunque

no congeniasen. En general, Baroja no lo hacía con ningún miembro de aquel grupo

literario-intelectual, ni aprobaba su estilo de vida. Pero, en vez de la total indiferencia

hacia ellos, optó por la crítica feroz, lamentándose porque no sufriesen más males

aquellos que deberían penar por sus conductas. La frase “lo que no impide que de vez en

cuando los deje morirse de hambre para que aprendan” es especialmente cruel. A pesar

de tratarse de una ficción donde Paradox no es del todo Baroja y Corral no es del todo

Sawa, sino solo esencias o modelos, se entiende que Baroja aprobaba la muerte de algún

bohemio a modo de escarmiento.

Quizás, lo que más llama la atención es que faltaban aún ocho años para que Sawa

falleciese, de manera que lo que va a seguir a continuación es fruto únicamente de la

casualidad, por lo que lo consideramos más anecdótico que científico. Nos vamos a referir

a dos momentos de la novela: cuando Pérez del Corral está desaparecido por un tiempo

y, de repente, envía una carta a Paradox para que acuda en su auxilio y cuando el personaje

bohemio muere a causa de la tuberculosis:

383
Sr. D. Silvestre Paradox
Estimado amigo: Me encuentro enfermo, muy enfermo. No tengo quien
me cuide. Venga usted, si puede, a verme. Mi casa, calle de Castillejo
(Cuatro Caminos), 4, piso tercero, letra D.
Suyo afectísimo,
Juan Pérez del Corral (Baroja, 1998: 228).

Como antes apuntábamos, Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre

Paradox data de 1901, cuando Sawa aún no estaba ni ciego, ni enfermo, ni recluido en su

casa. Las cartas de auxilio (ya fuese económico o espiritual) a sus amigos son de años

posteriores. Sin embargo, son casi premonitorias esas palabras de “me encuentro

enfermo” o “venga usted, si puede a verme”. ¿Cuántas veces no suplicaría a Rubén Darío

tal acción entre 1905 y 1908153?

Con respecto a la muerte de Pérez del Corral, Paradox aparece como el alma

caritativa que se compadece de un “golfo, abandonado, bohemio y desarrapado”. Se

ocupa de que lo trasladen en camilla al hospital, le visita (de hecho, es la única visita que

recibe) y cuando se produce el fatal desenlace de la muerte a causa de la tuberculosis,

Paradox, solo y por cuenta propia, le da sepultura en el Cementerio Este. Es como si

Baroja ofreciese una visión habitual y castigadora al tipo de vida que los de la condición

de Pérez del Corral llevan. Además, opta por la tuberculosis, asociada casi por definición

a la “golfemia”.

153
La carta que Baroja hace escribir a Pérez del Corral pidiendo auxilio a Paradox se parecen demasiado a
tres misivas reales que Sawa escribió a Darío en 1905: “Mi gran Rubén: estoy malo […] Un gran saludo de
admiración y un gran abrazo de amistad”; “[…] Ven en mi ayuda […]” y “[…] Ven, ven en seguida. Te
aguardo con impaciencia. Mis dos manos.” Las cartas originales manuscritas son las que hemos analizado,
que se encuentran en el Archivo Rubén Darío, docs. 2008, 2009 y 2010. Reproducidas en Álvarez, 1963:
62-63.

384
Por otra parte, el segundo personaje que vamos a tratar de esta novela es Betta:

“Otra de las figuraciones importantes del café era Betta, que se pasaba la vida

alcoholizado, siempre impasible con su bello rostro árabe, de barba y pelo negrísimos, la

pipa en la boca” (Baroja, 1998: 160). La descripción de Betta también encaja con la figura

del bohemio, pues de Alejandro se decía que tenía cabeza de griego154, era moreno, con

barba y fumaba en pipa. El profesor Gutiérrez Carbajo dice que: “Allen Phillips no

encuentra mucho parecido entre Alejandro Sawa y Juan Pérez del Corral, descontados los

rasgos genéricos de todo bohemio, y ve más semejanzas con Betta, otro de los personajes

de esa misma novela” (Gutiérrez Carbajo, 1999: 26).

El problema es que en las páginas siguientes de la novela se dice de Betta que era

más callado, cualidad no aplicable a quien declamaba a voces a altas horas de la

madrugada y entraba ceremonioso en los cafés. Esto abre bastantes interrogantes sobre la

identificación del personaje. Puede ser Rubén Darío, quien también era de tez oscura,

tenía problemas con la bebida y frecuentaba las tertulias; o Valle-Inclán, pues Betta

acompaña a Corral a exigir una satisfacción, lo que recuerda que el gallego era aficionado

a batirse en duelo; incluso podría ser un desdoble de Sawa y de todos aquellos de quienes

se rodeaba, posiblemente para dar a entender que en cuanto a la apariencia todos

guardaban cierta similitud, tal y como comenta Gutiérrez Carbajo al hablar de “rasgos

genéricos de todo bohemio”. Además, como veremos un poco más adelante, puede que

Sawa en alguna ocasión también se batiera en duelo. O quizás, solo sea un invento de

Baroja que funciona a modo compañero de Pérez del Corral155. En cualquier caso, ante la

154
Griego y árabe se podrían aceptar como equivalentes por analogía dada la similitud de rasgos que se
pretenden destacar: pelo negro, ojos oscuros y barba.
155
Se podría vislumbrar una especie de Don Latino o de viejo borracho de melenas que llega al entierro de
Villasús.

385
imposibilidad de establecer un vínculo fiable, dejaremos apuntadas estas posibles

correspondencias como hipótesis.

De haber sido personajes sin más, irreconocibles en una persona concreta, la

novela hubiese sido simplemente eso, una narración contada desde el punto de vista de la

moral de Baroja. Pero al ser identificables ciertos comportamientos precisos, cabe esperar

una mala reacción por parte de Alejandro quien, claro está, pudo leer la novela. De hecho,

en Juventud, egolatría, el vasco menciona que Sawa se molestó por haber sido retratado

en una novela: “Pasado algún tiempo, le dijeron a Alejandro que yo le había pintado en

una novela y me tomó cierto odio. A pesar de esto, de cuando en cuando nos veíamos y

hablábamos afectuosamente” (Baroja, 1917: 263 y ss).

No matiza en cuál y, aunque Pérez del Corral nos ha demostrado que

perfectamente pudo ser él la causa del enfrentamiento, no hay que perder de vista que

faltan otras dos novelas barojianas por analizar que se publicaron en vida del sevillano y

por cuyas páginas desfilan adeptos a la bohemia.

386
3.1.2. El francés Caruty y el ruso Ofkin

Es en la tercera parte de su trilogía La lucha por la vida, formada por La busca

(1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1904), cuando Baroja hace el retrato de un

personaje francés que también se ha identificado con Sawa. Así lo dice Iris Zavala: “Se

dice que el francés de Aurora roja (1904), de Baroja, es Sawa” (Zavala, 1977: 35). Es un

caballero al que Baroja llama Caruty, procedente de Francia que no habla correctamente

el castellano, que da grandes apretones de manos, hace reverencias y viaja a modo de

vagabundo. No es descabellado pensar en Alejandro Sawa puesto que hay ciertas

coincidencias: el exceso de ceremonia, el alarde de su estancia en París y de su acento y

las miserias que pasaba. Es más, Baroja recordaba que el bohemio sevillano también

acostumbraba a dar grandes apretones de manos:

Después, cuando publiqué Vidas sombrías, algunas veces, a las altas


horas de la noche, le solía ver a Sawa, con sus melenas y su perro. Me
daba la mano con tal fuerza, que me hacía daño, y me decía en tono
trágico:
— Sé orgulloso. Has escrito Vidas sombrías (Baroja, 1917: 263 y ss).

En cuanto a la personalidad o apariencia física del tal Caruty se aporta lo que

sigue:

Casi todos los domingos había presentación de un compañero en la


Aurora Roja. Los dos más curiosos, por lo exóticos, fueron un francés
y un ruso.
El francés era un joven anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, los
pómulos salientes y una perilla de chivo.
Se presentó dando grandes apretones de mano y haciendo reverencias
ceremoniosas a todos. Habló largamente de sus viajes de vagabundo. Él
era el hombre de las carreteras; ninguno le entendía bien, parte porque

387
hablaba incorrectamente el castellano y parte porque sus teorías eran
incomprensibles (Baroja, 1904: 90).

Si tomamos por bueno el juicio: “Se dice que el francés de Aurora roja (1904), de

Baroja, es Sawa”, pecaríamos al caer en generalidades no deseadas. Aunque ciertos rasgos

relativos al comportamiento pueden encajar, físicamente Alejandro Sawa no era

anguloso, ni bizco, ni estaba torcido. Su barba era tupida, no limitándose a una perilla y,

quizás lo más llamativo, en 1904 era un señor de cuarenta y dos años y no un joven. Esto

último nos hace despojar de contemporaneidad al texto respecto a su propio tiempo, cosa

que podríamos aceptar dado que Baroja no se centra, como ya se ha visto en el epígrafe

anterior, en episodios concretos, sino que condensa anécdotas y rasgos dando una visión

global y a la vez tratada literariamente. De hecho, es habitual en las novelas de Baroja la

manipulación del tiempo, comprimiendo en poco texto largos períodos o prolongando

pequeñas anécdotas a lo largo de varias páginas.

El inconveniente, más allá de todo lo anterior, es que este personaje francés no

encaja al superponerse con Sawa en cuanto a su aspecto, aunque parece que sí lo hace en

sus intervenciones: “[…] yo he recitado los versos de papá Verlaine […]” (Baroja, 1904:

122), “Caruty habló de sus paseos con el papá Verlaine, borracho por las calles de París

[…]” (Baroja, 1904: 123). Referirse a Verlaine como “papá” nos hace evocar la

admiración que tenía Sawa por quien consideraba su maestro, quien fue su amigo durante

su estancia en París y la gran tristeza en la que se vio sumido tras la noticia del

fallecimiento de su mentor. Sin embargo, Verlaine era todo un referente francés para los

bohemios decadentes de principios de siglo, por lo que mencionarlo como padre no

implica necesariamente la alusión a Sawa.

388
Existe otro pasaje protagonizado por Caruty, que es su intervención

interrumpiendo un mitin:

Era Caruty que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.
— ¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente—gritaron todos, creyendo quizás que
intentaba replicar al orador.
—No, no me sentaré—dijo Caruty—. Tengo que hablar. Sí. Tengo que
decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura! (Baroja, 1904: 136).

Si bien semejante reivindicación podía proceder perfectamente del autor sevillano,

debemos prestar suma atención a los recuerdos de Pío Baroja:

Cornuty fue el que en un mitin anarquista del Teatro Barbieri gritó con entusiasmo:
-¡Viva la anarquía! ¡Viva la Literatura!
Esta equiparación de la anarquía con la literatura no se podía considerar disparatada,
sino más bien certera, porque la anarquía de ese tiempo era cosa más literaria que
política (Baroja, 1949: 837).

Sorprendentemente, existe una coincidencia literal. Es más, Zavala, pese a aportar

la identificación del francés con Sawa, habla del tal Enrique Cornuty y se refiere tanto a

Baroja como al episodio citado anteriormente: “[…] si preferimos el testimonio de Baroja,

Enrique Cornuty, el francés que importó el decadentismo a España, fue de los primeros

en equiparar anarquía y literatura, en un mitin celebrado en el teatro Barbieri” (Zavala,

1977: 30).

Enrique Cornuty era un amigo de Alejandro Sawa, un francés a quien había

conocido durante su estancia en París. La doctora Correa especifica que: “El francés

Enrique Cornuty (había) venido con toda probabilidad desde París poco después de que

lo hiciera Sawa […]” (Correa Ramón, 2008: 252), pese a que Baroja afirma que volvieron

389
juntos: “Cornuty me dijo que llegó a Madrid con Alejandro Sawa: alquilaron entre los

dos un cuarto […]” (Baroja, 2006: 68). Sea como fuere, lo cierto es que eran amigos,

habían convivido en París y ahora lo hacían en Madrid. Cornuty era de origen francés y

presumiblemente no vocalizaría bien en castellano. Si a esto le sumamos la literalidad de

las frases que pronuncia en la ficción y en la realidad y fonéticamente reparamos en el

parecido entre Caruty y Cornuty, podemos afirmar que el francés de Aurora roja no

pretende encarnar a Alejandro Sawa sino a su amigo Enrique Cornuty, con quien no

vamos a negar que compartía ciertos aspectos de su personalidad, idolatraba igualmente

a Verlaine156, y pertenecía a esa pandilla de bohemios a quienes Baroja considera

desarrapados.

Para acabar de reforzar el discurso es necesario poner de manifiesto otras dos

coincidencias asombrosas que no dejan lugar a la duda. En Aurora roja se da la siguiente

conversación en la que la respuesta sale de los labios de Caruty:

— ¿Y no tienes familia, compañero?—le preguntó alguno.


—Sí—contestó él—, pero quisiera ver a mi padre, a mi madre y a mis
hermanos, ahorcados en un jardín reducido (Baroja, 1904: 83-84).

Alonso Zamora Vicente recoge que los hermanos Baroja recordaban que Cornuty

quería ver en la horca a su familia y que llamaba a Verlaine “papá”:

Más pintoresco es el recuerdo de Enrique Cornuty, un francés que


presumía de haber tenido en sus brazos a Verlaine en el momento de su
muerte. (Yo, personalmente, creo que Verlaine se debió morir en los
brazos de mucha gente de aquélla: era una condecoración inestimable
el hablar de Papá Verlaine y enviarle muy cordialmente al otro mundo).
Cornuty ha sido recordado por todos los del 98, probablemente por su

156
Circulaba el rumor de que Verlaine se había muerto en sus brazos.

390
natural disparatado y su poca consistencia. Murió anónimamente, en
París, atropellado por un camión. Jamás logró emplear el verbo ser, que
siempre se convertía en estar, ni supo utilizar pedir, que siempre salía
en preguntar: “Amigo, usted que está un amigo devoto, ¿no podríamos
entrar en uno de esos lugares de delicias, donde yo podría preguntar
café?” A los Baroja les llamaba mucho la atención que Cornuty,
hablando de su padre, dijera siempre esto: “El pequeño industrial que
está mi padre no comprende mismo de la literatura. Yo le odio a él y a
mis hermanos, y mi mayor placer estaría en verles ahorcados en un
jardín reducido.” Lo del jardín reducido era una de las cosas que don
Pío recuerda siempre de aquel tipo. Por lo visto, en esa dimensión
espacial, la horca era más horca. La verdad es que el pobre Cornuty,
autor de Haderías dolorosas, es otro de esos espectros desheredados y
contradictorios que hacen bulto en las tertulias y divierten a los demás.
Fue una de las principales víctimas de la gorronería de Alejandro Sawa,
etcétera (Zamora Vicente: 1973: 43 y ss).

Además de la exactitud de las crudas palabras sobre el deseo que Cornuty tenía

respecto al desenlace de su familia, lo cierto es que Alejandro Sawa nunca podría haber

hecho semejante comentario dado que no solo apreciaba y tenía buen trato con sus

hermanos, sino que una profunda desolación lo invadió cuando falleció su padre a quien

cuidó, junto con su esposa, hasta el último momento.

Continuando con Enrique Cornuty, también los hermanos Baroja son los autores

de las dos descripciones físicas más extendidas de él. Ricardo decía: “Era Cornuty

flaquísimo. Cara de tártaro, ojos semibizcos […]” (Baroja, 1969: 27); y Pío aportaba con

más sarcasmo: “Cornuty parecía la inicial de una letra gótica: era flaco, juanetudo, con

los ojos torcidos y una perilla de chivo” (Baroja, 1947: 94). Y del mismo modo que Sawa

no coincidía en absoluto en la descripción de Caruty cuando nos referíamos a que Baroja

lo pintó como un “joven francés anguloso, torcido, raro, con los ojos bizcos, los pómulos

salientes y una perilla de chivo”, Cornuty encaja a la perfección con estas palabras.

391
El otro personaje que se aparece junto al francés en Aurora roja es un ruso:

Otro de los presentados fue un judío que se llamaba Ofkin. […] Tenía
el pelo castaño, la barba en punta, la mirada azul; era muy pálido; […]
Hablaba una mezcla de castellano, de italiano y de francés. […] El
auditorio del juego de bolos no se entusiasmó con el protylo tanto como
el judío ruso (Baroja, 2006: 84).

Existen, al menos, tres datos que aportan sustanciosa información: la descripción,

la cantidad de lenguas que habla y que lo llamaban “el judío ruso”. Alejandro Sawa tenía

un íntimo amigo llamado Ernesto Bark, que ya vimos que era el autor de La Santa

Bohemia donde se explica el proyecto del Cenáculo y se dice que Iluminaciones en la

sombra iba a ser para ese grupo una especie de catecismo. Pues bien, Sawa en su obra

describe así a Ernesto Bark:

Ernesto Bark, que lleva una llama por pelos en la cabeza, y cuyos ojos
árticos lanzan miradas de fuego que ignoran las más ardientes pupilas
meridionales […] Nació en Riga o en Dorpart. […] En el sintético
lenguaje moderno podría llamársele un excesivo. ¿Tuvo, allá en sus
mocedades, curiosidad del mundo? Recorrió Europa. ¿Tuvo el ansia
intelectual de convertir la idea en dinamita? Fundó en Ginebra un
periódico revolucionario. ¿Quiso diluirse en arte y armonía? Fue
virtuoso en Italia (Sawa, 1977: 213).

Los ojos árticos se corresponden con la mirada azul, y Sawa nos informa de que

su amigo residió en Italia, lo que también nos explica el dominio de la lengua italiana.

También apunta el dato de su nacionalidad. Siendo que Estonia nos podría hacer rechazar

la procedencia rusa, lo cierto es que había cierta confusión con respecto a sus orígenes

exactos, pues se llegó a decir que era ruso, polaco o incluso alemán. La explicación nos

la da Thion Soriano-Mollá:

392
Solía denominarse livonés, “el letón revolucionario”, según Pío Baroja;
cuando no, decía ser ruso, polaco, alemán... y español adoptivo. En
realidad, la aureola de incertidumbre que creó en torno a su
nacionalidad no es sino el resultado de sus afanes nacionalistas,
patrióticos y, a la vez, cosmopolitas. Ernesto Mauricio Enrique Bark era
hijo de Woldemar Heinrich Bark y Corinne Schultz, de origen estonio
y alemán. Ernesto Bark nació en Kaava, dominio parroquial de Laiuse,
cerca de Tartu (Dorpart), en la actual Estonia, el día 23 de Marzo de
1858. La multiplicidad de gentilicios que utilizaba se deben en parte a
la conflictiva historia de Estonia y Letonia, países dominados
constantemente por Polonia, Alemania y Rusia. Merced a ello, Bark se
confiere en el prólogo de España y el extranjero las nacionalidades:
“alemana etnográficamente, la rusa por política (y por desgracia) y la
española por afirmación y amor...” (Thion, 1998: 15).

Respecto a lo de judío, el puzzle va encajando cuando descubrimos la gran labor

que hizo por este pueblo:

[…] cooperar con los revolucionarios rusos era una obligación moral
[…] (Thion, 1998: 21).
El quehacer periodístico de Bark para estrechar las relaciones
internacionales continuó en Madrid hacia 1887. Por aquel entonces,
Isidoro López Lapuya, abogado muy activo en política, organizaba
movimientos de emigración de judíos. Gran parte de ellos eran de
origen ruso, López Lapuya desconocía la lengua y solicitó ayuda a
Ernesto Bark como intérprete. A partir de entonces nació una gran
amistad. Juntos proyectaron editar un libro en favor del pueblo judío y
un periódico que se constituyese en portavoz de los judíos esparcidos
por toda Europa (Thion Soriano-Mollá, 1998: 66). […] junto con
Isidoro López Lapuya encontraría un primer campo de acción ayudando
a los judíos de origen ruso que llegaban a España […] (Thion, 1998:
304-305).

393
De este modo, la referencia de Baroja al personaje de Ofkin como “el judío ruso”

estaría más que justificada. A pesar de que Sawa ya mencionaba que su amigo Bark

residió en Italia, se nos confirma al decir: “Se le acusaba de sus actividades políticas en

Suiza contra el poder ruso. Bark consiguió huir y se refugió durante algún tiempo en

Italia” (Thion, 1998: 23). Igualmente vivió en París, lo que justifica que hablase francés

y desvela que, al igual que Cornuty, ya conocía a Sawa de aquel tiempo como residente

en la capital francesa157:

Puesto en libertad, Bark se dirigió como tantos otros refugiados


políticos y bohemios a París. […] Durante los meses que permaneció
en París, Bark convivió con los bohemios y exiliados políticos
españoles. Se reunía con Alejandro Sawa, Ricardo Fuente, Luis
Bonafoux, Ruiz Zorrilla, Francisco Ferrer... (Thion, 1998: 32).

Pese a que en este apartado hemos tenido que rechazar la identificación de

Alejandro Sawa como personaje, es sumamente importante haber descubierto que la

relación con él es más que evidente al corresponderse los dos caracteres con dos íntimos

amigos suyos.

157
No olvidemos que Pío Baroja viajaba con frecuencia a París y, pese a no relacionarse apenas con los
bohemios allí residentes, es posible que supiese que allí vivían Alejandro Sawa, Enrique Cornuty y Ernesto
Bark y que, además, eran buenos amigos entre ellos.

394
3.1.3. Fermín García Pipot y César Andión158

La última novela en la que nos hemos de detener es Los últimos románticos, la

segunda parte de la trilogía El pasado, que engloba La feria de los discretos (1905), Los

últimos románticos (1906) y Las tragedias grotescas (1907).

Dice Allen Phillips:

En Los últimos románticos, junto con otro tipo (Fermín García Pipot,
que frecuentaba La Taberna Alsaciana con otros bohemios y
revolucionarios de distinta factura) hay un poeta afrancesado (que
recitaba en todo momento no a Verlaine como Sawa sino a Baudelaire)
llamado César Andión pintado de una manera poco generosa, en cuyo
carácter y modo de ser puede reconocerse más fácilmente a Sawa,
modelo de tantos retratos (Phillips, 1985: 347).

Sin embargo, Zavala opta por asignar a Sawa otro personaje de esa misma novela

de Baroja:

¡Qué extraño personaje este Sawa! Bohemio triste, recordado por don
Pío y Manuel Machado como la primera persona que habló en España
de Verlaine. “Era un pobre hombre sin ninguna penetración —escribe
Baroja con falta de generosidad y poca perspicacia—, moreno, con
cierto aire apostolar, melenas y barbas negras” (Memorias, VII: 136-
137). Pero ya mucho antes se había interesado por él. Fermín García
Pipot, el bohemio de Los últimos románticos (1906), es personificación
de Sawa: flaco, capa española y un perro de lanas (Zavala, 1977: 36).

Esta contradicción se merece una pequeña reflexión. Tras leer los fragmentos que

mejor informan sobre ambos personajes, podemos elaborar algún juicio contundente

158
Pese a que en toda referencia aparece Andión, lo cierto es que el personaje se apellida Andion, sin tilde,
como muestra la edición de Los últimos románticos de 1919 que aquí se cita. El apellido correcto es Andión
y, además, hemos decidido aplicar la acentuación actual.

395
sobre cuáles son las coincidencias o incongruencias que hay para identificar o no a Sawa

con ellos. En primer lugar, el protagonista de Los últimos románticos, Fausto, conoce a

Fermín García Pipot:

[…] y el tartamudo de las botas de montar y de la capa española,


llamado García Pipot, al cual había conocido don Fausto en el café
Voltaire […] (Baroja, 1919: 114).
— ¿Usted quiere vivir en un sitio pobre pero tranquilo? terminó
diciendo Pipot.
— ¡Hombre, sí! ¡Ya lo creo! —Entonces, véngase usted a mi casa.
Don Fausto y Pipot se encaminaron hacia la calle de l'Arbalete; detrás
del tartamudo iba su perro.
Pipot era un hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años, flaco y
raro. Tenía la mirada viva y penetrante, melenas encrespadas, el bigote
ralo, la boca sumida y la nariz larga y arqueada. Vestía traje negro,
desgastado y lustroso, y hablaba en su media lengua una mescolanza
extraordinaria de castellano, catalán y argot de París.
Salieron don Fausto y Pipot a la calle, y una vez uno y otra otro,
seguidos del perro, alternándose para llevar la maleta, llegaron a la calle
[…] montaron en un coche y el perro subió con ellos.
Estaban en la calle Galande. Allí vivía Pipot. La casa era alta, negra,
leprosa, con una porción de huecos, con las ventanas abiertas hacia
afuera y los cristales rotos. […] (Baroja, 1919: 132 y ss).
Yo, qué quiere usted—dijo Pipot—, tengo cierta debilidad por los
perros, pero respeto su independencia. […] (Baroja, 1919: 138).
Cada uno depositó su parte sobre la mesa y Pipot se entendió con la del
mostrador para la comida; luego cogió los naipes y, retirándose hacia el
mostrador, comenzó a hacer juegos de manos, sacando las cartas que
primero mostraba entre sus dedos del interior de la americana, del
pantalón y de la frente. La Abadesa y una muchacha del bazar estaban
encantadas […] (Baroja, 1919: 182).
Esperaron hasta que se presentó Nanette con la guitarra; Pipot la tomó
y echó a andar con aire torero. —Bueno, vamoz zeñore—dijo, y don
Fausto notó que el ilustre Pipot, por la influencia del instrumento que
llevaba en la mano, hablaba ya en andaluz. […] (Baroja, 1919: 184).

396
Puede que Zavala acierte en lo de flaco, capa española y perro de lanas, pues es

cierto que a Sawa siempre le acompañaban sus perros. También se podría relacionar con

que aquello de que es raro o que ofrece un lugar pobre para vivir. Es más, Baroja hace

que resida en la calle Galande de París, que se encuentra en el Barrio Latino, barrio en el

que residió Sawa durante su estancia parisina, y que le gusten los juegos de mesa. Más

allá de estas pequeñas coincidencias, nada se puede sacar en claro. Menos aún tras leer

que Pipot era tartamudo (pese a que el hablar a gritos sí se pudiese relacionar con sus

exageradas declamaciones). También se dice que hablaba catalán, y aunque Sawa residió

en Barcelona, fue por poco tiempo. A pesar del perfecto castellano y el argot de París,

mejor hubiera sido sustituir el catalán por el andaluz. Sin embargo, el personaje habla

andaluz cuando coge la guitarra. ¿Quiere condensar así Baroja todos los lugares

geográficos que en los que residió el bohemio?

En contraposición, extraña bastante que Pipot estudie Medicina (Baroja, 1919:

134), cuando el propio Pío Baroja era médico. Además, Pipot tiene demasiado

protagonismo en la vida de Fausto cuando es sabido que Baroja y Sawa se encontraban y

charlaban pero no iban juntos de taberna en taberna. Con ello, no pretendemos vislumbrar

en Fausto a Baroja, sino dar a entender que, si Baroja no convivía con Sawa, le resultaría

imposible relatar sus peripecias con precisión. Aunque fuese de oídas, tampoco serían

fieles a la realidad; y, en el hipotético caso de que intentasen ser realistas, forman parte

de una novela donde la literatura difumina toda correspondencia verosímil. Todo ello sin

perder de vista que toda semejanza con Sawa debería tener cierta carga de connotaciones

negativas de la bohemia, cosa que aquí no sucede de modo flagrante. Por último, el hecho

de que retrotraiga el ambiente de la novela a 1866 acaba por distorsionar cualquier

intención de crónica que pudiese tener, incluso si aceptásemos los juegos cronológicos

397
barojianos y nos imaginásemos a un Sawa de unos cuarenta y cinco años residiendo aún

en París...

En definitiva, son bastante débiles los hilos con lo que se pueden sujetar los

argumentos para identificar a Sawa con Pipot. Pero podemos llegar a distinguir cierta

esencia o inspiración por parte del vasco en el sevillano, teniendo presente, en todo

momento, que “basado en” no puede significar en ningún caso “es”.

Más interesante se presenta la relación que se percibe en el personaje César

Andión:

La literatura le dio algunos disgustos a don Fausto. Uno fue el


conocimiento de un bohemio llamado César Andión. A los quince días
de aparecer su primer artículo se presentó en casa de don Fausto un
hombre que le hizo pasar una tarjeta que decía así: “César Andión,
poeta”.
César venía a felicitar a don Fausto, a darle un abrazo fraternal y a
pedirle diez francos. Andión era un andaluz que vivía hacía tiempo en
París y que había tomado el aire de los bohemios del barrio Latino.
Era ya viejo, con la barba con hilos de plata y los ojos tristes de
borracho. Perezoso como un turco, endiabladamente vanidoso, incapaz
de trabajar, se pasaba la vida en un continuo ajetreo más duro que
cualquier trabajo. Tenía una seriedad de embaucador interrumpida a
ratos por una sonrisa de pillo de playa.
César comenzó adulando a don Fausto de una manera escandalosa;
recitó luego con una solemnidad sacerdotal versos de Baudelaire, y
cuando tomó el dinero, estrechó con todas sus fuerzas la mano de don
Fausto y se marchó inmediatamente
Pocos días después don Fausto se encontró al bohemio en la calle. —
Me tienes que convidar a una verde—le dijo tuteándole. —Bueno. —
¿Cuánto dinero llevas? —Cinco o seis francos.
—Entonces a dos verdes. A ti no te conviene beber; no podrías escribir
esos artículos que escribes, o quizá los escribirías mejores, porque, la
verdad, tu prosa es bastante vulgar.

398
Don Fausto se sintió hondamente mortificado. Entraron en un café;
Andión pidió ajenjo y comenzó a echar agua poco a poco en la copa. —
La musa verde, ¿eh?... — murmuró — todos los grandes hombres beben
ajenjo...
Ahora te recitaré algo del maestro.
— ¿De qué maestro?—preguntó don Fausto. — ¿De qué maestro ha de
ser?... Del único, de Baudelaire; ¿tú entiendes el francés?
—No muy bien. —Entonces eres un pobre diablo. — ¡Pse!
— ¿Y por qué no entiendes bien el francés? —Porque hace poco tiempo
que estoy aquí.
A usted le sucedería lo mismo. —A mí no... porque soy Dios—. […]
No, no me mire usted con esos ojos espantados, señor don Fausto
Bengoa: usted no es nadie a mi lado. Porque haya usted escrito unos
cuantos artículos despreciables, no crea usted que puede compararse
conmigo.
A los pocos días don Fausto vio a Yarza y le preguntó: — ¿Quién es
ese César Andión? — ¿Ha ido a pedirle a usted dinero? —Sí. ¿Quién
es? —Un bohemio de tantos, de esos que han dejado pasar la hora de la
gloria y no han llegado a tiempo más que para la del ajenjo.
— ¿Ha escrito algo? —Sí; creo que sí. — ¿Y tiene talento? —Eso dicen.
— ¿Y de qué vive? —Vive del prestigio de lo que pudo hacer.
Algunos amigos suyos dicen: ¡El día que ese se ponga a trabajar! —
¿Pero vale o no? —Yo creo que no. Tiene un repertorio de frases e
ingeniosidades y salidas que son patrimonio común de todas las
tabernas del barrio Latino. El primer día ese repertorio sorprende un
poco, luego cansa (Baroja, 1919: 283 y ss).

César Andión interviene casi al final de la novela y tiene un papel bastante más

secundario que Pipot. Ahora bien, encaja muchísimo mejor con las características

sawianas. O, dicho de otro modo, encaja con lo que Baroja pensaba de él y con el concepto

que tenía de la bohemia. Tengamos en cuenta que Pipot es del agrado de Fausto, siendo

que la presentación de Andión comienza con “La literatura le dio algunos disgustos a don

Fausto”. Se matiza claramente que es un bohemio, andaluz, que vivía en París y tenía los

399
aires del Barrio Latino (aunque vuelva a situarlo ya canoso en la ciudad francesa), además

de que daba grandes apretones de manos. Lo tilda de vago, idea que muchos tenían de

Sawa, embaucador, escandaloso (una vez más en conexión con sus ademanes exagerados)

y afirma que recitaba soberbiamente a Baudelaire (posiblemente, como ya apuntaba

Phillips, es un cambio por Verlaine). Asimismo, es arrogante, opinión que no solo tiene

Baroja, pues muchos son los que hablan de su soberbia y del convencimiento de su

superioridad. Acepta que tiene talento pero que es más lo que escribió que lo que escribe,

y esto también enlaza con las confesiones que hacía Baroja en Juventud, egolatría sobre

el reconocimiento de elocuencia de Sawa, que estaba reñida con su obra por la

incompatibilidad entre sus estilos. Sin perder de vista que la producción novelística de

Sawa se concentra en sus años de juventud, quedando para la posteridad su faceta como

cronista. Tampoco es desconocida la afición de todo el gremio de bohemios a la bebida.

En concreto, el ajenjo del que habla Baroja no es más que la absenta, un licor verde de

muy alta graduación159, del que decían con ánimo jocoso que “hacía aparecer a las

musas”. Pero, sin duda, el episodio que más se acerca a la realidad es en el que Andión

pide a Fausto dinero para que pagase las consumiciones. Ya se ha visto cómo Baroja narra

el momento en el que conoció a Sawa, cómo le pidió tres pesetas y las fue a buscar a su

casa para pagar lo que Sawa y Cornuty habían bebido en la taberna. El problema viene a

la hora de trasladar las anécdotas a la realidad pues nos volvemos a encontrar con esa

condensación del tiempo de la que hablábamos. Las tres pesetas no son los “cinco o seis

francos” porque las pesetas se prestaron en la plaza de Herradores de Madrid, no en el

Barrio Latino de París. Y porque si Andión es Sawa, Fausto tiene que ser Baroja, que es

quien realmente prestó el dinero. Y no es así porque don Fausto tiene una hija cuando

159
Aproximadamente, setenta grados.

400
Baroja permaneció toda su vida soltero y no tuvo descendencia. Aunque en la ficción todo

está permitido.

Tras este riguroso estudio de los personajes barojianos de los que en algún

momento la crítica ha señalado que se trataba de Alejandro Sawa, ha quedado de

manifiesto que algunas identificaciones se habían llevado demasiado lejos y otras ni

siquiera se habían apreciado.

No podremos nunca saber a ciencia cierta qué personaje bohemio de Baroja causó

la ira de Alejandro Sawa, pero podemos aproximarnos tras la comparación con la

realidad: Juan Pérez del Corral encarna de un modo exagerado la personalidad de Saway

su desenlace entre llamadas de socorro fue casi premonitorio, y el simple hecho de hacerle

morir de tuberculosis, sería motivo suficiente para que el bohemio sevillano se molestase.

En cuanto a Betta, poco habría que decir, pues se trata de una aparición fugaz y se le

describe como un tipo callado; aunque pudiese encajar en la descripción, no sería difícil

encontrar a escritores e intelectuales que lo hiciesen. Es cierto que es el que mejor

responde a la descripción física, pero esto nos da a entender que Baroja siempre toma un

mismo tipo de modelo cuando quiere reflejar ese tipo de vida. No hay duda de que

Alejandro era el líder y el más significativo, por eso no es de extrañar que el escritor

vasco, pese a no querer calcar estrictamente a Sawa en sus novelas, tome de él ciertos

rasgos definitorios que le ayudan a configurar los prototipos.

Respecto a García Pipot y César Andión, no hay lugar a dudas de que la balanza

se inclina a favor del último. A Pipot le sucede algo parecido a Betta: encaja en la

descripción, sobre todo en lo relativo a las penurias económicas y la debilidad por los

perros, pero falla en detalles de suma importancia como la tartamudez, sus estudios de

medicina o la buena relación con el protagonista de la novela. En cambio, Andión se

401
acerca más a la realidad, quizás es el más identificable con Sawa de todos los personajes

bohemios barojianos y, dado que Los últimos románticos datan de 1906, tiene tantas

probabilidades como Juan Pérez del Corral de ser conocido por Sawa y constituir el

motivo de su enfado.

En cuanto a Aurora roja, ha quedado más que demostrado quiénes pretender ser

el francés y el ruso. Evidentemente, como ha ocurrido con todos los personajes, también

están literaturizados, sin embargo, tienen apoyos bastante literales en la realidad que los

hace perfectamente reconocibles. Esto no rompe del todo el vínculo con Alejandro Sawa

pues, aunque esta vez no fue el elegido para encarnar a los desarrapados, lo fueron dos

amigos suyos muy cercanos, con quienes compartía un estilo de vida y a Baroja le sirven

igualmente para transmitir la misma esencia. Es más, viene al caso dejar apuntado que

Valle-Inclán también tomó como modelo a Ernesto Bark y a Enrique Cornuty para crear

otros dos personajes, dando cuenta de lo significativos que eran como personas. Estos son

la señorita Cornuty de La cara de Dios (1900), quien igual que Cornuty es bizca, solo que

el gallego opta por feminizarlo; y Basilio Soulinake de Luces de bohemia, a quien se

describe como: “un hombre alto, abotonado, escueto, grandes barbas rojas de judío

anarquista y ojos envidiosos, bajo el testuz de bisonte obstinado. Es un fripón periodista

alemán, fichado en los registros policíacos como anarquista ruso y conocido por el falso

nombre de Basilio Soulinake” (Valle-Inclán, 1987: 183-184). Parece que Bark también

se reconoció en el personaje y no le hizo demasiada gracia, llegando a agredir al propio

Valle-Inclán. Quizás, el motivo se halla en el comportamiento de dicho personaje, que es

a quien se le hace dudar de la muerte de Max, cuando lo cierto es que tal duda, como

vimos, vino del gallego y no del estonio. Si bien estas ya son otras historias, nos sirven

para demostrar que tanto Alejandro Sawa como su círculo más íntimo gozaban, para bien

402
o para mal, de suficiente fama y eran lo bastante significativos como para transmutarse

en personajes de novelas.

403
404
3.2. Alejandro Sawa en El árbol de la ciencia, de Pío Baroja y Luces

de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán: nuevas comparaciones

3.2.1. La muerte de Rafael Villasús, inspiradora de la muerte de

Max Estrella. La catalepsia de Alejandro Sawa en la ficción

Posterior a todo lo anterior es El árbol de la ciencia. Mucho antes de que Valle-

Inclán inmortalizase a Max Estrella, Baroja creó a Rafael Villasús. Sin embargo, Villasús

y, más concretamente su velatorio, se parece demasiado al de Max Estrella, y la entrada

de un personaje haciendo aspavientos hace pensar en la llegada de Don Latino a casa de

Max. Pero, antes de adentrarnos en el comparatismo entre las obras de Baroja y Valle-

Inclán, vamos a tratarlas por separado para intentar analizar sus coincidencias con la vida

de Alejandro Sawa. Sin embargo, es una confusión habitual analizar a Rafael Villasús y

a Max Estrella como si del mismo Alejandro Sawa se tratase. Si Sawa no estaba

exactamente reflejado en ninguno de los personajes anteriores, tampoco Sawa es Villasús

o Max Estrella. Puede compartir con ellos lo que Baroja o Valle hayan querido que

comparta, pero eso no equivale a una total identificación. Con ese tipo de asociaciones lo

único que se ha conseguido es sepultar a Alejandro Sawa como escritor y persona de

carne y hueso bajo el mito de los personajes, cuando lo cierto es que ni siquiera Sawa

coincidía en su superposición con Carlos Alvarado, el protagonista de Declaración de un

vencido, que era una novela autobiográfica. En esta obra, el propio sevillano se hace

malagueño, manipula su historia, cambia datos y deja entrever parte de su vida, pero no

es más que un juego, aquel de la autobiografía por personaje interpuesto. Además, cuando

uno habla de sí mismo, por la propia naturaleza del yo, la objetividad se difumina.

También lo hace cuando alguien se posiciona para contar una historia a partir de unos

personajes, que han sido creados para provocar unos sentimientos o transmitir una serie

405
de ideas. Por supuesto, esto abriría la puerta a un sustancioso debate en el que la Teoría

de la Literatura y la Hermenéutica tendrían mucho que decir. Además, en este tipo de

análisis ya hay un corpus previo. Siempre se parte del estado de la cuestión, es decir, hay

que tener en cuenta todo lo que se ha escrito al respecto; eso da muchas pistas y es una

información valiosísima, pero también es una contaminación por teoría previa. Cuando

se recurre al texto original, uno ya sabe qué es lo que se ha dicho de él, de modo que no

se enfrenta a nada desde cero, sino con una predisposición a percibir algo e interpretarlo

de un determinado modo. Si bien hasta ahora la crítica prácticamente no había analizado

a los personajes a los que nos hemos enfrentado, respecto a la contraposición entre Max

Estrella y Rafael Villasús sí hay cierta bibliografía. Es por eso por lo que vamos a andar

con mucha cautela en este apartado, analizando los textos originales y sometiendo a

crítica la teoría que hay sobre ellos.

Rafael Villasús aparece dos veces en El árbol de la ciencia. En un primer

momento, Baroja hace su descripción desde un punto de vista burlesco y crítico,

tildándolo de un pobre diablo bohemio, por lo que ya se puede presuponer que todo lo

que tenga que ver con él tendrá connotaciones negativas. Aun así, poca información es la

que en este pasaje se ofrece para la identificación y va a ser determinante la segunda

aparición de Villasús. Ahora bien, hay un dato bastante significativo: Villasús vive en la

Cuesta de Santo Domingo y Andrés Hurtado, protagonista de El árbol de la ciencia y

alter ego de Baroja sin lugar a duda, va a su domicilio160 y, como ya se vio, en Juventud,

egolatría, de Baroja contaba que un día fue a casa de Sawa, que vivía en la cuesta de

160
Va a casa de Villasús porque es médico, igual que Pío Baroja. Esta novela, a diferencia de las anteriores,
la crítica la ha considerado como la más autobiográfica de todas: “lo primero que pensó o debió pensar al
componer la figura de Andrés Hurtado fue en sí mismo, en las sensaciones e impresiones que tuvo al
encontrarse con ese mundo, siendo como era un joven sensible e ilusionado ante el porvenir de la ciencia
[…] Este paralelismo se acentúa aún más en los casos concretos que describe en la novela y que son
recreación de casos reales que el autor vivió” (Caro Baroja, 2005: 21-23).

406
Santo Domingo”. Esa es la primera relación con la realidad. En El árbol de la ciencia se

narra así:

Este Villasús vivía en la Cuesta de Santo Domingo161 […]


Este señor Rafael Villasús era un pobre diablo, autor de comedias y de
dramas detestables en verso.
El poeta, como se llamaba él, vivía su vida en artista, en bohemio; era
en el fondo un completo majadero, que había echado a perder a sus hijas
por un estúpido romanticismo (Baroja, 2005: 102 y ss).

Sawa no escribía comedias y solo tenía una hija, y no dos, como tenía Villasús,

pero sí era bohemio y le acompañaba un aire romántico. Dejando esta primera

presentación, más atención merece todo el “Capítulo VIII”, donde se narra el velatorio

del tal Villasús:

— ¿Qué tiene este hombre? —preguntó Andrés a la mujer.


—Está ciego, y ahora parece que se ha vuelto loco […]
— ¡Pobre hombre! —se dijo— ¡Qué desdichado! ¡Este pobre diablo,
empeñado en desafiar a la riqueza, es extraordinario! ¡Qué caso de
heroísmo más cómico! Y quizá si pudiera discurrir pensaría que ha
hecho bien; que la situación lamentable en que se encuentra es un
timbre de gloria de su bohemia. ¡Pobre imbécil!
Siete u ocho días después, al volver a visitar al niño enfermo, que había
recaído, le dijeron que el vecino de la guardilla, Villasús, había muerto.
Los inquilinos de los cuartuchos le contaron que el poeta loco, como le
llamaban en la casa, había pasado tres días y tres noches vociferando,
desafiando a sus enemigos literarios, riendo a carcajadas.
Andrés entró a ver al muerto. Estaba tendido en el suelo, envuelto en
una sábana. La hija, indiferente, se mantenía acurrucada en un rincón.
Unos cuantos desarrapados, entre ellos uno melenudo, rodeaban el
cadáver.

161
A pesar de haber residido en esta calle, Sawa falleció en su domicilio de la calle Conde Duque, número
3.

407
— ¿Es usted el médico? —le preguntó uno de ellos a Andrés con
impertinencia.
—Sí; soy médico.
—Pues reconozca usted el cuerpo, porque creemos que Villasús no está
muerto. Esto es un caso de catalepsia.
—No digan ustedes necedades —dijo Andrés
Todos aquellos desarrapados, que debían ser bohemios, amigos de
Villasús, habían hecho horrores con el cadáver: le habían quemado los
dedos con fósforo para ver si tenía sensibilidad […]
En esto entró un viejo de melena blanca y barba también blanca,
cojeando, apoyado en un bastón. Venía borracho completamente. Se
acercó al cadáver de Villasús, y con una voz melodramática gritó:
— ¡Adiós, Rafael! ¡Tú eras un poeta! ¡Tú eras un genio! ¡Así moriré yo
también! ¡En la miseria!, porque soy un bohemio y no venderé nunca
mi conciencia. No.
Los desarrapados se miraban unos a otros como satisfechos del giro que
tomaba la escena (Baroja, 2005: 264 y ss).

Muchas veces llama a los bohemios “desarrapados” y, lo cierto es que describe,

con poca delicadeza y de forma disparatada, el velatorio de un poeta ciego que estuvo

agonizando tres días y tres noches. Andrés Hurtado se compadece, una vez más,

llamándolo “¡Pobre hombre!” Y dice que desafió a la riqueza, lo que quiere decir que el

fallecido estaba en la ruina; es más, de estar en su sano juicio, piensa que creería que

había hecho bien. Sawa prefería tener talento a tener pantalones y, pese a faltarle qué

comer, prefería su integridad moral antes que venderse a la censura. Igualmente, murió

sumido en la locura tras varios días agonizando.

Sin embargo, Baroja no estuvo en su sepelio. A lo sumo, conocería de él de oídas,

dado que casi todos los asistentes pertenecían a su círculo más íntimo y Baroja no se

encontraba dentro. Entre los testimonios que se dieron de primera mano no hay ni rastro

de semejante personaje de melena y barba que irrumpiese borracho mientras alababa al

408
genio muerto. Lo único que puede relacionarse con el episodio de la catalepsia es un clavo

que, al parecer, lastimó la frente de Sawa, de la que brotó un hilito de sangre y el

testimonio de Ernesto Bark. Eso es lo más semejante a aquella duda sobre la muerte que

Baroja recrea. Además, si Baroja conoció el revuelo que creó Bark debió ser solo porque

alguien se lo contaría. Por todo ello, solo podemos concluir que la muerte de Villasús es

una mera inspiración y no aspira a ser una crónica. El vasco creó un personaje bohemio,

pobre y que murió ciego y loco; y así, aprovechó para criticar la vida bohemia. Villasús

es totalmente secundario, al igual que Sawa fue secundario en la vida de Baroja. De ahí

que el personaje tome los rasgos más significativos de las sonoras circunstancias que

rodearon el fallecimiento de Sawa: pobre, ciego y loco. Además, Villasús es totalmente

secundario en la novela, al igual que Sawa fue secundario en la vida de Baroja, y

viceversa. Dice García Besada que Villasús es solo “un elemento más de aquel ambiente

degradado que Baroja nos muestra” (2001: 59). Ahora bien, la fugacidad de su aparición

no es impedimento para que su descripción sea más hiriente que la de otros personajes:

Y es que, a lo largo de la obra, pero muy especialmente en el caso de


Villasús Sawa, Baroja se cuela entre los insultos, que, si bien se
prodigan en la narración con casi todos los personajes, con el pobre
Villasús y su familia alcanzan niveles de auténtico desprecio; es la
diferencia entre hablar de un personaje más o menos típico, pero
inventado, a hablar de alguien a quien se ha conocido, con quien se ha
tratado y no digamos si, además, hubo enemistad (García Besada, 2001:
60).

Pese a ello, la puerta del debate sigue abierta. El problema es que esas líneas de

Baroja se parecen demasiado a las que escribiría Valle-Inclán para contar el velatorio de

Max Estrella. Con la salvedad de que Villasús es una mera anécdota en El árbol de la

ciencia y Max lo es todo en Luces de bohemia. Siendo bien distintas en todo lo demás las

409
obras, y partiendo de que una es una novela y la otra una obra de teatro, comparten un

pasaje:

DON LATINO: ¡Ha muerto el Genio! ¡No llores, hija mía! ¡Ha muerto
y no ha muerto!... ¡El Genio es inmortal!... ¡Consuélate, Claudinita,
porque eres la hija del primer poeta español! ¡Que te sirva de consuelo
saber que eres la hija de Víctor Hugo! ¡Una huérfana ilustre! ¡Déjame
que te abrace! […]
DON LATINO: ¡Madama Collet, es usted una viuda ilustre, y en medio
de su intenso dolor debe usted sentirse orgullosa de haber sido la
compañera del primer poeta español! ¡Murió pobre, como debe morir
el Genio! ¡Max, ya no tienes una palabra para tu perro fiel! ¡Max,
hermano mío, si menor en años, mayor en... […]
¿Te acuerdas, hermano? ¡Te has muerto de hambre, como yo voy a
morir, como moriremos todos los españoles dignos! ¡Te habían cerrado
todas las puertas, y te has vengado muriéndote de hambre! ¡Bien hecho!
¡Que caiga esa vergüenza sobre los cabrones de la Academia! ¡En
España es un delito el talento! […] (Valle-Inclán, 1987: 178 y ss).

Después, ocurre el asunto de la catalepsia:

BASILIO SOULINAKE: ¿Quién certificó la defunción? […] Y en esa


primera impresión me empecino, como dicen los españoles. Madama
Collet, tiene usted una gran responsabilidad. ¡Mi amigo Max Estrella
no está muerto! Presenta todos los caracteres de un interesante caso
de catalepsia […]
El cochero: Póngale usted un mixto encendido en el dedo pulgar de la
mano. Si se consume hasta el final, está tan fiambre como mi abuelo.
¡Y perdonen ustedes si he faltado!
El cochero fúnebre arrima la fusta a la pared y rasca una cerilla.
Acucándose ante el ataúd, desenlaza las manos del muerto y una
vuelve por la palma amarillenta. En la yema del pulgar le pone la
cerilla luciente, que sigue ardiendo y agonizando (Valle-Inclán, 1987:
184 y ss).

410
A pesar de ocurrir los mismos hechos, debemos tener en cuenta que no ocurren

del mismo modo. Valle-Inclán hace más extensa la escena, con muchas más

intervenciones de los personajes. Esto es así por dos motivos: en primer lugar, porque lo

que es una anécdota secundaria para Baroja, constituye parte de la trama central de Valle-

Inclán; sin olvidar que en Luces de bohemia pertenece al desenlace y el punto más álgido

y devastador de la obra. El otro motivo es la intención de Valle-Inclán, pues no se puede

presuponer que los hechos coinciden por casualidad. Es decir, Valle-Inclán publica Luces

de bohemia en la revista España en 1920, si bien la versión definitiva es la de 1924,

mientras que El árbol de la ciencia data de 1911. Con toda seguridad, el escritor gallego

lo leyó. Por eso, repite los hechos, pero ahora desde su propia perspectiva, que difiere

bastante de la que tiene Baroja desde el punto de vista de Andrés Hurtado, pues Valle-

Inclán era amigo de Alejandro Sawa y asistió a su entierro. Es más, con Luces de bohemia

pretende rendirle homenaje, pero, con el entierro, intenta remediar lo que Valle-Inclán

cree que es una injusticia por parte de Baroja.

Efectivamente, el borracho de melenas y barba hace una intervención muy

parecida a la de Don Latino, ambos se lamentan por lo mismo, emplean hasta las mismas

palabras, llamando genio al muerto. Es más, en ambas obras se baraja la posibilidad de

catalepsia y, también en ambas, se hace una prueba consistente en quemar los dedos con

un fósforo para comprobar la muerte. Por supuesto, esta relación ya ha sido estudiada, si

bien no es muy amplia la bibliografía. Algunos creen que es un plagio por parte de Valle-

Inclán, otros que mucho ha tenido que ver esa escena en la génesis de Luces de bohemia,

y otros intentan identificar a cada personaje en la realidad y reconstruir el velatorio de

Alejandro Sawa, aunque tomar por buena una reconstrucción que parte de una ficción no

411
sería adecuado. Es fundamental tener claro lo que se ha dicho al respecto para saber en

torno a qué conjeturas o hipótesis gira el debate.

Inman Fox es citado por Pío Caro Baroja en su edición de El árbol de la ciencia,

justo en el capítulo que trata la muerte de Villasús. Y ahí, en una nota al pie, se sostiene

que dicha escena barojiana sirvió de posterior inspiración a Valle-Inclán:

La muerte del bohemio Rafael Villasús, a quien Andrés Hurtado había


conocido en la segunda parte (cap. 3), literaturiza la de Alejandro Sawa
(1862-1909). Sawa fue un escritor bohemio, conocido por todos los
escritores del 98, que murió, como Villasús, ciego y loco. Valle-Inclán
se inspiró en él para el poeta Max Estrella de Luces de Bohemia, y en
esta escena barojiana -en todo su detalle-para describir la muerte de
Max (Caro Baroja, 2005: 267).162

En la aclaración dice “en todo su detalle”, cosa que confirma que Valle-Inclán

hace una reconstrucción a partir de otra reconstrucción. Es decir, los detalles de Baroja

son tomados por Valle-Inclán, quien, puesto que había asistido al sepelio, podría haberlos

desestimado y empezar a contar la historia a partir de sus propios hechos. Si tiene en

cuenta a Baroja, quiere decir que ha escogido voluntariamente partir de El árbol de la

ciencia. Esta cita también dice explícitamente que está “literaturizado”, de lo que se

desprende que no está contando la muerte de Alejandro Sawa, sino que la está novelando,

confirmando así que es tan solo una inspiración en la que no se puede buscar una verdad.

Quizás, esta postura de Fox es la más prudente. Otros autores se han aventurado

a indagar mucho más sobre esta relación. Pero, al estudiar a Sawa como personaje y no

como persona, se deben tener en cuenta dos vertientes: por un lado, cuáles son los puntos

162
Nota al pie número 104.

412
de apoyo sobre la realidad, qué grado de ficción impregna las escenas y por qué; por otro

lado, más importante que el estudio de un pasaje que se repite en dos obras respecto a sus

correspondencias, es la interrelación entre las obras que lo recogen.

Otros autores que han tratado esta cuestión han sido Allen Phillips, Ricardo

Senabre, Peter Dunn e Idelfonso-Manuel Gil163. El primero recoge, en mayor o menor

medida, las opiniones de todos los demás (Phillips, 1976: 29 y ss)164. Salvando los

detalles, casi todos los investigadores coinciden en destacar la relación entre las obras,

pero moviéndose en un espectro que va desde el plagio hasta una leve relación.

Sometiendo a crítica estos estudios, Phillips manifiesta su propia opinión. A nuestro

entender, rechaza cosas parcialmente admisibles y toma por ciertas otras que deberían

matizarse un poco más.

Dice Allen Phillips:

Fue Baroja el primero que traslada, en 1911, la realidad de la muerte de


Sawa a un capítulo de El árbol de la ciencia [...] Por otra parte, Baroja
[...] sentía poca simpatía por Alejandro Sawa, y no creo que le
preocupara gran cosa su desaparición. Aquella realidad de 1909, por lo
demás, era para Baroja seguramente una realidad vivida de manera
indirecta o lejana y no un motivo de verdadera compasión [...] Algunos
años más tarde también Valle-Inclán se ocupará de la misma
circunstancia, pero con mayor extensión por tratarse del protagonista de
Luces de bohemia [...] Es decir, que ambos autores consideran aptos
para sus respectivas figuraciones novelescas ciertos hechos reales de la

163
Ricardo Senabre escribe “Baroja y Valle-Inclán, en dos versiones de la muerte del poeta Alejandro
Sawa” (1960), donde llega a la conclusión de que el viejo borracho de melenas de El árbol de la ciencia es
Valle-Inclán (a este texto no hemos tenido acceso, conocemos el contenido de una de sus páginas por lo
que dice Phillips, 1976: 31, dado que dicha página se la proporcionó un amigo, según dice en la nota al pie
número 22); Peter Dunn es autor de “Baroja y Valle-Inclán: la razón de un plagio” (1967), y no duda en
que Valle-Inclán se basó en la obra de Baroja; Idelfonso-Manuel Gil escribió “De Baroja a Valle-Inclán”
(1975), donde expone que la correlación Villasús-Max Estrella con Sawa se ha llevado demasiado lejos.
Sobre este último texto volveremos al tratar la figura de Max Estrella en concreto.
164
En sus respectivas notas al pie desarrolla el debate.

413
muerte de Sawa, y cada uno a su modo reelabora aquella realidad
penosa para aprovecharla en su propia creación artística [...] No
olvidemos que frecuentó la casa de Sawa (Phillips, 1976: 29-30).

Por último, García Besada se aparta de esta postura que, en mayor o medida

comparten todos, rechazando la relación:

Se podría pensar que Valle, al leerla, tomase algunos detalles de la obra


de su colega, pero parece más verosímil pensar que o el propio Valle
estuvo presente- dada su amistad con el muerto, cosa que no habría
ocurrido en el caso de Baroja por razones varias- o que el hecho, como
ya dijimos, circulaba por los mentideros de la villa (2001: 64).

Nosotros también hemos elaborado una reflexión justificando qué es admisible,

qué desestimable y qué alcance tiene la relación entre los pasajes que tratamos. Nuestra

posición se acerca a la de Dunn, pues dice que Valle-Inclán toma como punto de partida

la obra de Baroja, pero reacciona contra ella “de una manera moral, artística y personal”

(1967: 32) y que intenta “rectificar la injusticia barojiana” (1967: 35).

El árbol de la ciencia y Luces de bohemia son dos obras totalmente distintas, con

intenciones bien diferentes y distantes en el tiempo. Baroja se posiciona desde las

convicciones de Andrés Hurtado, es decir, desde su propio punto de vista. Valle-Inclán,

por el contrario, quien no suele simpatizar con sus personajes, se compadece de Max,

concediéndole el honor de definir el esperpento, de ser superior intelectualmente y de ser

un ciego que ve lo que otros no. Pero Max está creado “a partir de”. En la génesis de

Luces de bohemia está Villasús: Valle-Inclán no contaría esa escena del modo que lo

hace de no ser porque ya lo hizo Baroja. Así, el velatorio de Max Estrella se define por

acumulación y contraposición. Contraposición a Baroja, por supuesto, de ahí que parta

414
de los mismos acontecimientos. Y por acumulación porque, dado que él estuvo allí,

aporta datos verdaderos: el clavo que le hirió en la sien a Sawa, la comprobación de la

muerte con la ausencia de aliento en un espejo y la duda de un asistente al velatorio sobre

la realidad efectiva de la muerte.

El asunto del clavo y su recreación en la ficción ha sido lo que ha llevado a

establecer la conexión con la posibilidad de que n estuviera muerto. Además, recordemos

que Luquero recogía en un artículo que publicó en el Diario de Ávila que quien alarmó

al resto con esas conjeturas fue Valle-Inclán y que por eso buscaron un espejo para hacer

la prueba. Además, la hipótesis de Zamora Vicente era la que sigue:

Pero es que resulta que tal clavo existió, y existió como Valle lo retrata,
y que, probablemente, el hecho de que ese clavo hiriera la sien de Sawa,
produjo la suficiente impresión estremecedora para que no fuese
olvidado. Muchos otros elementos podrían haber sido recordados en el
ambiente triste y helado del sotabanco donde se vela el cadáver [...] Lo
hirió y brotó sangre. ¿No tenemos derecho a pensar ahora que la
afirmación de Soulinake, sosteniendo que Sawa no estaba muerto. Pudo
decirse en serio en algún momento, quizá en el instante inmediato al
hilillo de sangre, que causaría el natural asombro, y que, cosa bien
natural, se echase de menos la presencia de una “autoridad
completamente mundial” que refrendase o aclarase la situación? Sí,
claro que sí (Zamora Vicente, 1988: 125-126).

Sin embargo, nosotros creemos que el clavo no fue el culpable del revuelo en el

velatorio real de Alejandro Sawa, pues ya vimos que Ernesto Bark confesó que Sawa se

intentó suicidar con una inyección de morfina puesta por su mujer, en la que él mismo

había introducido una dosis muy superior a la habitual. Además, Bark también contaba

que él mismo fue el que libró una lucha con los sepultureros para que no se llevasen el

415
cuerpo inmediatamente para enterrarlo, por si se trataba de un caso de catalepsia. De

hecho, le inquietaba bastante que a una persona pudieran enterrarla viva.

Estos actos son los que mejor encajan con la escena de Luces de bohemia citada

en la que Basilio Soulinake dice que la muerte de Max no es tal, pues se trata de un caso

de catalepsia. De hecho, no solo la crítica ha visto en este personaje a Ernesto Bark, como

muestran Zamora Vicente o Thion Soriano-Mollá, sino que el propio Bark se sintió

identificado:

Lo cierto es que Ernesto Bark se reconoció en Basilio Soulinake, que


es lo esencial. Azorín me ha recordado en una conversación privada que
Ernesto Bark, al leer la entrega de Luces de Bohemia donde se narra el
entierro, se dejó arrebatar por la furia y arremetió contra Valle Inclán a
bastonazos, calle de Alcalá, acera del Banco de España. Azorín
recuerda cómo Valle Inclán, “un poco asombrado”, le consultó qué
debía hacer. El asombro de Valle nos prueba que los parodiados o
imitados tenían el hábito de dejarse llevar, de sonreír, y no el de tomar
decisiones arrebatadas (Zamora Vicente, 1967: 32).

Recordemos que, con motivo del fallecimiento de Bark, La Libertad publicó, el 7

de noviembre de 1922, una entrevista que había concedido al periodista Ernesto López-

Parra unos meses antes. En ella no solo comentaba el asunto de la morfina, sino que

también dijo en relación con el tema que estamos tratando:

Luego me enteré que Valle-Inclán había publicado en la revista


“España” un artículo contra mí, llamándome espía ruso y afirmando que
me había opuesto al entierro de Sawa por no sé qué cosas urdidas por
su fantasía. Claro que cuando me encontré a Valle-Inclán en la calle nos
pegamos (López-Parra, 1922: 5).

416
Evidentemente, no se trata de un artículo, sino de Luces de bohemia, cuya primera

versión se publicó en la revista España. Bark se identificó con esta descripción:

Aparece en la puerta un hombre alto, abotonado, escueto, grandes


barbas rojas de judío anarquista y ojos envidiosos, bajo el testuz de
bisonte obstinado. Es un fripón periodista alemán, fichado en los
registros policiacos como anarquista ruso y conocido por el falso
nombre de BASILIO SOULINAKE (Valle-Inclán, 1987: 183-184).

Y con esta intervención:

BASILIO SOULINAKE: ¡Oh! No se preocupe usted de mi persona. De


ninguna manera. No lo consiento, Madama Collet. Y me dispense usted
a mí si llego con algún retraso, como la guardia valona, que dicen
ustedes siempre los españoles. En la taberna donde comemos algunos
emigrados eslavos, acabo de tener la referencia de que había muerto mi
amigo Máximo Estrella. Me ha dado el periódico el chico de Pica
Lagartos. ¿La muerte vino de improviso? (Valle-Inclán, 1987: 184).

Además del revuelo que causa este personaje por el asunto de la catalepsia, pues

este era un temor real que tenía Ernesto Bark y no le agradaría que Valle-Inclán lo

ridiculizara.

La descripción física que se da en Luces de bohemia de Soulinake es similar a la

que hizo Alejandro Sawa cuando le dedicó a su amigo estonio unas palabras en

Iluminaciones en la sombra:

Ernesto Bark, que lleva una llama por pelos en la cabeza, y cuyos ojos
árticos lanzan miradas de fuego que ignoran las más ardientes pupilas
meridionales, me produce, por efecto puramente material, por sensación
física, el efecto de un hombre de los trópicos que con el cerebro en
fuego viniera a comunicarnos sus ígneas impresiones arreboladamente.

417
Yo afirmo su sinceridad estética y filosófica; pero me deslumbra la
llama de ese terrible penacho de pelo rojo que arde en su frente. Nació
en Riga o en Dorpart (Sawa, 1977: 213).

Riga es la capital de Letonia y Dorpart es Tartu en alemán, que está en Estonia.

La doctora Thion revela que: “Ernesto Mauricio Enrique Bark era hijo de Woldemar

Heinrich Bark y Corinne Schultz, de origen estonio y alemán. Bark nació en Kaava,

dominio parroquial de Laiuse, cerca de Tartu (Dorpart), en la actual Estonia, el día 23 de

Marzo de 1858” (Thion, 1998: 15). Por lo tanto, algo tiene de alemán y mucho más de

eslavo. Es decir, aunque en Luces de bohemia sea contradictorio por presentarse como

alemán a la vez que el propio personaje se autodenomina emigrante eslavo, su

procedencia no pierde su conexión con la realidad. Es más, la profesora Thion, en otro

artículo, titulado “Itinerario periodístico de Ernesto Bark, aquel Soulinake

valleinclanesco” dice que a Bark “Valle-Inclán (lo) llamó por «el falso nombre de Basilio

Soulinake» como ya demostraron los estudios inaugurales de Alonso Zamora Vicente y

los posteriores de Allen W. Phillips” (2015) y que:

Basilio Soulinake, pese a lo que se sigue en ocasiones afirmando, era


sin duda Ernesto Bark. La fidelidad del personaje de ficción al modelo
que le dio vida es prácticamente absoluta, pese al tratamiento
caricaturesco que le inflige Valle-Inclán. No sería en modo alguno
falacioso el atribuir alto grado de veracidad a los estereotipos
lingüísticos o los tópicos cientificistas y pangermanistas con que Valle-
Inclán acentúa su deformación (Thion, 2015).

Para finalizar este apartado, diremos que Max Estrella y Rafael Villasús tienen

una similitud que no es casual, pero que, a pesar de ser los personajes a los que más

atención se ha prestado por su constante identificación con Alejandro Sawa, no debemos

418
perder de vista que todo lo importante relativo a Villasús sucede estando el personaje de

cuerpo presente, intentando reproducir una escena que Baroja no presenció. Nos parecen

mucho más importantes los personajes bohemios vivos en los que Baroja, ya sea por

apariencia o por comportamiento, dejan entrever, en mayor o menor medida, que Sawa y

su entorno son, para bien y para mal, su fuente de inspiración.

El círculo más íntimo de Alejandro Sawa estaba configurado por: “sus amigos:

Valle-Inclán, Zamacois, Darío, Bark, Nakens, Enrique Cornuty, Salvador Rueda, Gómez

Carrillo” (Zavala, 1977: 35). Baroja transmuta en personajes a Bark y Cornuty, y puede

que a Darío. Valle-Inclán, por su parte, toma a Darío, como veremos en el apartado

dedicado exclusivamente a Luces de bohemia, y a Bark. Por lo tanto, podemos decir que

Sawa y sus amigos tenían suficiente relevancia.

419
420
3.2.2. El Masón Ilustrado y El Pretil de los Consejos: referencias

masónicas en El árbol de la ciencia y Luces de bohemia,

respectivamente

Tanto en El árbol de la ciencia como en Luces de bohemia hay referencias

masónicas que han pasado prácticamente inadvertidas y creemos que en esta

investigación son de suma importancia.

Comenzamos por el Masón Ilustrado, de El árbol de la ciencia, por ser anterior

en el tiempo. Si bien se presenta como una revista, lo cierto es que su director no tiene

otro nombre en la novela, sino que las veces que se le menciona es “el director del Masón

Ilustrado”. La primera vez que lo presenta Pío Baroja es para aportar el dato de su

apariencia siniestra: “El otro, un tipo de aire siniestro, barba negra y anteojos, era nada

menos que el director de la revista El Masón Ilustrado” (Baroja, 2005: 101). Antes de

analizar al personaje como tal y las intenciones que tiene Baroja de criticar la masonería

con su aparición, vemos que el modo de referirse a él tiene que ver con la época en la que

se inserta la publicación. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la masonería

alcanza su mayor difusión en España. Como ya vimos, no había diferencias sustanciales

con otros movimientos librepensadores. Casi podría decirse que, en esos momentos, ser

masón “estaba de moda”. Sin embargo, Baroja opta por añadir el calificativo de

“ilustrado”. Esto es así porque la masonería especulativa nace en el siglo XVIII,

coincidiendo con la Ilustración y encajando en sus ideas.

A continuación, las escasas intervenciones del director de El Masón Ilustrado

llevan implícita una intención de crítica por parte de Baroja y, lo más importante, se

producen en casa de Villasús, el personaje inspirado en Sawa: “Abrió el sereno, entraron

en un espacioso portal, y Casares y su amigo, Julio, Andrés y el director de El Masón

421
Ilustrado comenzaron a subir una ancha escalera hasta llegar a las guardillas,

alumbrándose con fósforos” (Baroja, 2005: 102-103). Una vez en casa de Villasús, se

comienza a comportar de un modo terrible. De hecho, se utiliza la expresión “como

terreno conquistado”: “Los dos saineteros hicieron gala de su ingenio, sacando a relucir

una colección de chistes viejos y manidos. Ellos dos y los otros, Casares, Aracil y el

director de El Masón Ilustrado, tomaron la casa de Villasús como terreno conquistado e

hicieron una porción de horrores con una mala intención canallesca” (Baroja, 2005: 103).

No sabemos si esto es una referencia oculta a que la masonería había “conquistado” a

Sawa, pero, en cualquier caso, todas estas intervenciones ocurren en casa de Villasús, por

lo que Baroja aglutina en el mismo pasaje la crítica a la bohemia y a la masonería.

A continuación, se narra la canallada que hace el personaje masón, que nunca ha

sido analizada, pero que se trata de un suceso escatológico:

Hurtado, cansado del ruido y de las gracias de los saineteros, fue a la


cocina a beber un vaso de agua y se encontró con Casares y el director
de El Masón Ilustrado. Este estaba empeñado en ensuciarse en uno de
los pucheros de la cocina y echarlo luego en la tinaja del agua. Le
parecía la suya una ocurrencia graciosísima.
—Pero usted es un imbécil —le dijo Andrés bruscamente.
—¿Cómo?
—Que es usted un imbécil, una mala bestia.
—¡Usted no me dice a mí eso! —gritó el masón. —¿No está usted
oyendo que se lo digo?
—En la calle no me repite usted eso.
—En la calle y en todas partes.
Casares tuvo que intervenir […] (Baroja, 2005: 10).

“Ensuciarse”, en este contexto quiere decir hacer sus necesidades. Es decir, el


personaje masón es tan rastrero que pretendía echar a la tinaja del agua de donde bebía el
pobre Villasús sus excrementos, por lo que es reprendido por Andrés Hurtado.

422
Claramente, es una crítica de Baroja hacia los masones, pues el masón se

aprovecha del lugar donde ha sido recibido y, además, se porta mal con la persona que

vive ahí. Es posible que Baroja refleje que Sawa había sido engañado y embaucado por

la masonería y esta no le devolvía lo que esperaba. Debemos tener en cuenta que, pese a

que se critica a Villasús, se hace desde la perspectiva de “pobre diablo”, mientras que al

masón se le tilda de “mala bestia”. Sin embargo, no podemos aportar ninguna prueba de

que esta sea la intención real de Baroja. Lo dejamos apuntado a modo de interpretación

personal. Si bien es cierto que la referencia a la masonería y la intención crítica han

quedado demostradas.

Por su parte, en Luces de bohemia también hay una referencia masónica, aunque

está escondida de un modo muy sutil. La segunda escena, en la cueva de Zaratustra,

comienza con la situación de la librería: “La cueva de Zaratustra en el Pretil de los

Consejos” (Valle-Inclán, 1987: 55). En esa calle se encontraba en esos momentos el Gran

Oriente Nacional Español. Así lo recoge Répide en su obra Las calles de Madrid, donde

dice que en el número 5 del Pretil de los Consejos estaba la residencia social del Gran

Maestre de la Masonería Española (1967: 165-166). Además, con este domicilio social

aparece el Gran Oriente Nacional Español en su inscripción:

D. Antonio Dieffebruno y Montoya, Secretario del Gobierno Civil de


esta provincia.
Certifico: Que examinado el registro de Asociaciones de este Gobierno,
aparece inscrita en el mismo, al folio nº 2, bajo el número cuarto de
orden, la denominada Gran Oriente Español, con domicilio en el Pretil
de los Consejos, núm. 5, entresuelo, izquierda y que con el título de
Gran Oriente Nacional Español […] (Sánchez Casado, 2009: 333).

423
Además, el Boletín Oficial y Revista Masónica del Grande Oriente Español tenía

su redacción y Administración en la calle Pretil de los Consejos, 5, ent.º izqda165.

La única referencia que hemos encontrado a este respecto relacionada con Luces

de bohemia es la que da Miguel Ángel Buil Pueyo, bisnieto del editor Gregorio Pueyo,

quien puede ser el Zaratustra de la obra.

A principios de siglo, editores y escritores llevaban a cabo una lucha de beneficios,

abusos y necesidad recíproca, por lo que era una ardua tarea la de buscar editor. Dentro

del esperpento, Zaratustra es la caricatura de ese tópico. Su nombre de origen

nietzscheano es, precisamente, una reminiscencia de la propia filosofía de Nietzsche. Por

época y creencias, Schopenhauer y Nietzsche dominaban el panorama del pensamiento

de los intelectuales bohemios. Buil Pueyo, ha estudiado a fondo la biografía de su

bisabuelo en Gregorio Pueyo (1860-1913) Librero y editor (2010). Su librería se

encontraba en la calle Mesonero Romanos, y no en el Pretil de los Consejos, donde la

sitúa Valle-Inclán, pero, con la construcción de la Gran Vía, nada se conserva de aquel

establecimiento.

Zamora Vicente ya reflexionó sobre la identificación de Pueyo y Zaratustra:

¿Ha sido un esfuerzo reconocer detrás de Zaratustra al viejo librero


Pueyo, editor de tantos y tantos escritores del tiempo? Pero ¿por qué
esa librería y no otra cualquiera de las que había por las calles de
Jacometrezo y del Horno de la Mata, antes de la alteración del barrio
por la Gran Vía? Pío Baroja ha dado testimonio indirecto de la librería
en Las horas solitarias: “Este librero suele hacer en el fondo de su
barraca una especie de tienda de campaña con cuatro lonas, y allí suele
estar escondido a las miradas del público, en invierno al lado del

165
Ver Anexo III, imagen 11.

424
brasero, donde quema tablas que echan un humo irrespirable”. Ese
brasero es el que sigue proyectando su humo maloliente, en espirales de
pobreza y desamparo, y ya definitivamente, desde las páginas de Luces
de Bohemia. No importa que nos equivoquemos en el margen
detectivesco de las localizaciones rigurosas: eso no importa. Sí es en
cambio válida la visión que despierta de horas de frío y de cansancio,
paseadas sin rumbo, acostadas al refugio de una tertulia entre libros -
libros ajenos- en un rincón de editor -que quizá nos engañe-, sin más
bagaje que el desaliento y la bien hincada vocación de escribir. En ese
mote, Zaratustra, cuánto de la charla sobre Nietzsche se deja entrever,
ese Nietzsche que llenó de pasmo a la juventud del 98 (Zamora Vicente,
1967: 30).

Zamora Vicente está confirmando aquello de que las inexactitudes no son un

problema a la hora de enfrentarse a la identificación en Luces de bohemia. Ahora bien, la

mención que hace sobre el testimonio de Pío Baroja revela aquello del brasero y el

ambiente casi irrespirable, pero no sobre el cambio de ubicación. Miguel Ángel Buil

Pueyo recoge los testimonios de muchos otros que se referían a la trastienda como la

cueva, o un lugar poco atrayente, lleno de libros amontonados, techo bajo y telarañas

(Buil Pueyo, 2010: 50-51). La calle original se prestaba a acoger un lugar así:

En 1899 es el año en el que se traslada al número 10 de céntrica calle


de Mesonero Romanos (antes del Olivo), vía escasamente iluminada, lo
que motivaba las quejas de los propietarios e industriales, con
edificaciones apretadas y faltas de ventilación, pero llenas de vida y de
bohemios, que aborrecían las mamás con niñas casaderas (Buil Pueyo,
2010: 50).

Lo que demuestran estos datos es que la descripción de la cueva de Zaratustra de

Luces de bohemia comparte la esencia de la librería de Pueyo. Además, sus características

físicas estás caricaturizadas, pues este personaje sí participa del esperpento:

425
La cueva de ZARATUSTRA en el Pretil de los Consejos. Rimeros de
libros hacen escombro y cubren las paredes. Empapelan los cuatro
vidrios de una puerta cuatro cromos espeluznantes de un novelón por
entregas. En la cueva hacen tertulia el gato, el loro, el can y el librero.
ZARATUSTRA, abichado y giboso -la cara de tocino rancio y la
bufanda de verde serpiente-, promueve, con su caracterización de
fantoche, una aguda y dolorosa disonancia muy emotiva y muy
moderna. Encogido en el roto pelote de una silla enana, con los pies
entrapados y cepones en la tarima del brasero, guarda la tienda. Un ratón
saca el hocico intrigante por un agujero (Valle-Inclán, 1987: 55).

Por otro lado, pese a que los editores tenían mala fama, y así se muestra en Luces

de bohemia, Pueyo siempre tenía alguna deferencia con los escritores como, por ejemplo,

reservarles un lugar para sus obras en el escaparate, o la organización misma de las

tertulias mencionadas. De hecho, y al margen de la filosofía nihilista, que estaba en boga

entre los bohemios, existe otro motivo por el que Pueyo puede pasar a llamarse Zaratustra,

y tiene que ver, precisamente, con su generosidad. Su carácter se contrapone al de su

cuñado, que le ayudaba en la librería:

Me estoy refiriendo a Ramón Giral Galino, que se trasladaría a Madrid


en 1895 para ayudar a su cuñado en las labores del negocio de libros
usados […] y, debido a su mal carácter, huraño y desconfiado, fue
innegable fuente de inspiración de muchos de los escritores que
frecuentaban la librería, quienes se vengaron cumplidamente en sus
obras (Buil Pueyo, 2010: 58-59).

Muchos son los testimonios que recoge Buil Pueyo, de Emilio Carrère, Eduardo

Zamacois, Diego San José… (2010: 59-60), donde se describe la relación entre los

cuñados: Ramón intentaba frenar a Gregorio, pues temía que les arruinara, ya que era

demasiado benevolente con los escritores. Uno de dichos testimonios es anónimo, pero

426
en él se relata que uno de los poetas lo acabó apodando Nietzsche, debido a la fama de

malhumorado y huraño que tenía el filósofo. Quizás, esta anécdota tenga más que ver con

el nombre de Zaratustra que una posible explicación filosófica. Quizás, Valle-Inclán lo

nombre así porque, si uno es Nietzsche, el otro puede ser Zaratustra. Si el cuñado lo

controlaba demasiado, es como si el filósofo controlase a su personaje.

En cuanto a la posible explicación a la situación de la librería en el Pretil de los

Consejos, Buil Pueyo realizó una consulta en el fondo sobre Masonería del Archivo de

Salamanca, donde no pudo confirmar la filiación de su bisabuelo, pero sí el trato con

varios escritores que se iniciaron, así como con Juan Gris, quien hizo el exlibris de su

editorial (Buil Pueyo, 2010: 47).

Sin embargo, Alejandro Sawa poca relación debía de tener con Gregorio Pueyo,

pues en el catálogo de publicaciones que se recoge, no figura ni un solo ejemplar de Sawa.

Todo lo contrario ocurre con Valle-Inclán, quien no solo tiene varias obras publicadas en

esa editorial, sino que se sabe que frecuentaba la tertulia de la trastienda de Mesonero

Romanos (Buil Pueyo, 2010: 101). Es más, confirmamos la simpatía, confianza o

inclinación que Valle tenía hacia este editor tras comprobar la correspondencia que

mantuvo el gallego con Rubén Darío cuando este último estaba buscando un editor y

Valle-Inclán se encargó de aconsejarle uno. Evidentemente, ese editor era Gregorio

Pueyo. Darío, ignorando las recomendaciones de su amigo, optó por otro. A esto le

contestó Valle-Inclán, con reproche, que se iba a dejar engañar166.

Nosotros, después todas las conexiones que hemos encontrado entre

Alejandro Sawa y la masonería, creemos que el hecho de situar la librería de Zaratustra

donde la logia masónica es una referencia que más tiene que ver con el escritor que con

166
Docs. 2029 y 2030 del Archivo Rubén Darío. UCM.

427
el editor. Además, ya vimos que es posible que Sawa se sintiera traicionado, ya que al

final de sus días le escribía a Darío diciéndole que creía que ningún hombre se había

sentido de verdad su hermano y que había sido abandonado por todos. Sin olvidar que en

Iluminaciones en la sombra llegó a escribir que había dado la espalda al Oriente y que

sus pupilas ateas ya no lo reconocían. Es evidente que Sawa estaba defraudado en sus

últimos años de vida y Valle-Inclán tendría constancia de ello. Es posible que haya una

metáfora escondida en la librería de Zaratustra: Max va a reclamar al librero porque se

siente engañado económicamente, pero va al mismo sitio donde en realidad está la sede

de la logia, donde podría haber ido Sawa a decir que se sentía engañado espiritualmente.

428
3.3. Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán: nuevas

aportaciones

3.3.1 Max Estrella: beneficio y perjuicio para la percepción

posterior de Alejandro Sawa167

Con más de cincuenta personajes, la definición de esperpento como subgénero de

nueva invención valleinclanesca, el aparente disparate que este contenía y la crudeza de

algunas escenas, Luces de bohemia no fue bien entendida en España y se concibió como

irrepresentable168.

Antes de la edición definitiva de 1924, Ramón del Valle-Inclán fue publicando

Luces de bohemia por entregas durante todas las semanas169, desde el 31 de julio al 23 de

octubre de 1920, en la revista España170. La obra sufrió algunos cambios significativos

con respecto al texto original171, empezando por la inclusión de tres escenas nuevas, entre

otros muchos detalles. Pese a que la versión de 1924 es la que se toma como referencia

habitualmente, es interesante atender a aquella primera edición que salió a modo de

folletín para apreciar cómo la obra de teatro maduró y pasó de ser una crítica social satírica

a una crítica mucho más dura, que podríamos denominar como sociopolítica.

167
De la comparación entre las dos versiones de Luces de bohemia y cómo afecta esto a la identificación
Max Estrella-Sawa publicamos el capítulo de libro: Santiago Nogales, R. (2018). “Luces de Bohemia de
1920 a 1924: incoherencia histórica para la crítica socio-política”, en Espacios de libertad: nuevos modos,
medios y motivos de creación literaria y comunicación social. Coord. y ed. Fidel López Criado. Santiago
de Compostela: Andavira Editora, 203-213.
168
El 21 de marzo de 1963, en el Palais de Chaillot de París y con el nombre Lumières de bohème, subió a
las tablas por primera vez.
169
Concretamente, los sábados.
170
Fundada por José Ortega y Gasset (1883-1955) en 1915 y dirigida por él durante un año. De 1916 a 1922
su director fue Luis Araquistáin (1886-1959).
171
Zamora Vicente, en su obra La realidad esperpéntica (Aproximación a “Luces de bohemia”), hace un
cuadro comparativo entre los textos de ambas versiones, pues incluso en las intervenciones que comparten
ambas, hay sustanciosas diferencias. Principalmente, en lo relativo a los diálogos. Ver Zamora Vicente,
1988: 185 y ss.

429
El texto de 1920 contaba con doce escenas, a diferencia de la versión definitiva

que llegó a tener quince. Estas tres nuevas no fueron una mera añadidura, sino que se

intercalaron a lo largo de la obra, ampliando su sentido político y el elenco de personajes.

De este modo, la famosa escena duodécima, en la que Max Estrella define el esperpento

como: “Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos” (Valle-Inclán, 1987: 168),

se encontraba en la novena, publicada en el ejemplar del día 20 de octubre de la revista

España (Valle-Inclán, 1920).

Es interesante analizar estas tres escenas porque recogen acontecimientos que no

vivió Sawa, pero sí Valle-Inclán, y esto hace que se distorsione la identificación y Valle-

Inclán aporte a Max aún más de sí mismo. De este modo, en la versión de 1920 hay menos

de Valle-Inclán en Max que en la de 1924.

Pasando directamente al análisis de esas tres nuevas escenas, diremos que tales

son las segunda, sexta y undécima, que se corresponden exactamente con la conversación

en la Cueva de Zaratustra, el paso de Max por el calabozo donde coincide con un paria

catalán y la muerte de un niño en la calle a causa de la represión por las protestas. Como

podemos apreciar, simplemente por los temas que se tratan, con la inclusión de estos tres

acontecimientos Valle-Inclán logra profundizar en la crítica de España. En primer lugar,

lo hace con el debate que entre el librero Zaratustra, Max, su inseparable y miserable

compañero Don Latino y Don Gay, quién acaba de llegar de Londres y percibe el atraso

de las tierras españolas. Con un irónico “¡Viva España!” (Valle-Inclán, 1987: 56), que

sale del pico de un loro, como premisa, se despliega una conversación de la que puede

destacarse la siguiente intervención de Don Gay y Max, a propósito de la religión como

instrumento de adoctrinamiento y arma política para mantener sofocado al pueblo

español:

430
DON GAY: […] La creación política es ineficaz si falta una conciencia
religiosa con su ética superior a las leyes que escriben los hombres.
MAX: Ilustre Don Gay, de acuerdo. La miseria del pueblo español, la
gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas
de la vida y de la muerte. La Vida es un magro puchero; la Muerte, una
carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón
de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones;
el Cielo, una kermés sin obscenidades […] Este pueblo miserable
transforma todos los grandes conceptos en un cuento de beatas
costureras. Su religión es una chochez de viejas que disecan al gato
cuando se les muere (Valle-Inclán, 1987: 62).

En la escena VI, se incluye la estancia de Max Estrella en el calabozo por el

alboroto que causa en las calles. Allí conoce a un preso que se llama Mateo. Se trata de

un proletario catalán condenado a muerte, agitador en la industria textil de Barcelona,

quien, al igual que Max, lamenta que ni el trabajo ni la inteligencia se tengan en cuenta

en el país:

EL PRESO: Tiene usted luces que no todos tienen. Barcelona alimenta


una hoguera de odio, soy obrero barcelonés, y a orgullo lo tengo.
MAX: ¿Eres anarquista?
EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes. […]
EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!... En España el trabajo y la
inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda
el dinero. […]
EL PRESO: […] Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer
[…] Mi nombre es Mateo (Valle-Inclán, 1987: 104-107).

La crítica ha visto tras este preso a Mateo Morral (1880-1906), el joven anarquista

de Sabadell responsable del atentado que sufrieron Alfonso XIII (1886-1941) y Victoria

Eugenia de Battenberg (1887-1969) el día de su boda (31 de mayo de 1906) en la Calle

431
Mayor, en el que fallecieron veinticinco personas172. El anarquista intentó huir, pero fue

reconocido antes de tomar el ferrocarril y lo encarcelaron. Murió en extrañas

circunstancias que dieron lugar a gran polémica: pese a que el informe posterior recogía

que el preso se suicidó, las pruebas apuntan a que el disparo que presentaba no se lo podía

haber hecho a sí mismo, entrando en juego la teoría sobre su asesinato a manos de sus

carceleros en un intento de fuga. Respecto a la muerte del personaje que representa en

Luces de bohemia, le espera un final bastante parecido al que sostiene esta hipótesis: en

la escena XI sabemos, gracias al personaje del sereno, de la muerte del preso que estuvo

con Max en el calabozo, a causa de un disparo de un policía en su tentativa de huida

(Valle-Inclán, 1987: 164).

No es casualidad que Valle-Inclán elija esta escena para la muerte del preso, pues

se trata de la tercera escena incluida en 1924, en la cual aparece un niño muerto en brazos

de su madre. Cuando Max y Don Latino aparecen, la manifestación ya se ha disuelto y

solo quedan en la calle una madre con su hijo fallecido a causa de una bala perdida en la

carga policial contra la protesta obrera y la gente que ahí se queda a opinar sobre lo

sucedido:

MAX: ¿Qué sucede, Latino? ¿Quién llora? ¿Quién grita con tal rabia?
DON LATINO: Una verdulera, que tiene a su chico muerto en los
brazos. […]
EL TABERNERO: Son desgracias inevitables para el restablecimiento
del orden. […]
MAX: Latino, ya no puedo gritar... ¡Me muero de rabia!... Estoy
mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin... No le asustaba, pero temía
el tormento... La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la

172
Se trata de un hecho no comprobado, pero se especula con que fue un complot de la masonería, ya que
se vieron implicados Mateo Morral junto con José Nakens y Francisco Ferrer i Guardia (1859-1909) y, al
parecer, los tres eran masones, anarquistas y librepensadores. Morral murió y Nakens cumplió nueve años
de prisión por este suceso.

432
Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y
vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una
triste velilla en la trágica mojiganga. ¿Has oído los comentarios de esa
gente, viejo canalla? Tú eres como ellos (Valle-Inclán, 1987: 160-164).

Ese niño no es más que una muestra de las injusticias y una víctima de las

represalias por las protestas. Sin embargo, esa acción policial queda impune, asumiéndola

algunos como consecuencia del sistema o daño indirecto de los altercados. Otros, entre

ellos Max Estrella, lo condenan. Sin embargo, la crueldad que Valle-Inclán denuncia no

viene solo de la autoridad. Pese a que en la obra se identifican perfectamente los dos

bandos: el de las autoridades y el del pueblo desheredado, la crítica es para todos: tanta

culpa tiene quien ordena disolver la manifestación a tiros y no se responsabiliza de la

muerte de un inocente (que es doblemente inocente: es un niño y no tiene nada que ver

con las reyertas), como el tabernero que, pese a pertenecer al otro bando, justifica la

acción o, al menos, le quita importancia. Esta misma actitud adopta Don Latino, en

contraposición a la indignación de Max. Llegados a este punto de amoralidad y

corrupción, Max solo encuentra una salida, el suicidio: “llévame al Viaducto. Te invito a

regenerarte con un vuelo” (Valle-Inclán, 1987: 164). Esto se relaciona directamente con

el Regeneracionismo, como la teoría de los intelectuales que pretendían llevar a cabo una

revolución “desde arriba” que devolviese la integridad a España. Para Max esto ya no es

posible desde el momento que son más los hipócritas que los honestos.

Por otro lado, debemos detenernos en el trato que Valle-Inclán concede a estos

personajes añadidos en 1924. Es cierto que Max Estrella no es fruto del esperpento, pero

no es el único que se salva de ser deformado por la pluma valleinclanesca. En la gran

mayoría de obras tradicionalmente clasificadas dentro del ciclo esperpento del escritor

gallego, podemos observar que nunca clasifica a los personajes en buenos o malos, ni los

433
juzga moralmente, ni hay correctivo alguno para sus actos. Simplemente, se limita a tomar

de los integrantes de la sociedad sus peores vicios y, a partir de ellos, crea unos personajes

caricaturizados y deformados que muestran la miseria del ser humano del modo más

irrisorio. El resultado del esperpento es una imagen que sirve de crítica porque el lector

se ocupa de juzgar lo que le llega, espantándose y riéndose a la vez. Sin embargo, este

sentimiento tan dual y aparentemente contradictorio no nos lo provoca Max Estrella, pero

tampoco lo hacen el preso catalán y la madre que tiene a su hijo muerto en los brazos.

Ellos son víctimas de la sociedad, de la política, de la economía… En definitiva, del

sistema. La diversión con la tortura de un preso o la muerte de un inocente en los

disturbios son los ejemplos que Valle-Inclán decide introducir para hacer más sangrante

su crítica. Quien lleva a cabo el acto entra en el elenco de los esperpentizados, pero quien

sufre las consecuencias de un Madrid deshecho sin haber llevado, como dice Max, “una

triste velilla en la trágica mojiganga”, merece los respetos del escritor. De este modo, las

Luces de bohemia de 1924 son mucho más amargas que las de 1920, su crítica es más

feroz y sus nuevos personajes y acontecimientos distorsionan a Alejandro Sawa y las

convierten en una crítica valleinclanesca.

Por su parte, Madama Collet173 y Claudinita, la mujer y la hija de Max inspiradas

en Jeanne Poirier y Helena Rosa (mujer e hija de Alejandro Sawa), han sido arrinconadas

en casi todos los estudios de los personajes de Luces de bohemia, que se han limitado a

mencionar dicha correspondencia con la familia de Sawa174. Sin embargo, al igual que

ocurre con Max, ellas tampoco participan del esperpento. Pertenecen al bando de las

víctimas. Víctimas de Max porque las deja desamparadas, pero Max muere por no entrar

173
En el texto de 1920, de nombre propio se llama Margot. Así la llama Max en la entrega del 2 de octubre
(Valle-Inclán, 1920: 16). Este nombre desaparece y en la versión de 1924 tan solo se hace referencia a ella
como Collet (Valle-Inclán, 1987: 171).
174
Como ya adelantamos y analizaremos unos epígrafes más adelante, sus nombres están basados en las
novelas de Colette sobre el personaje de Claudine.

434
en el juego de la degradación, lo que le lleva a no conseguir sustento para su familia y

abandonarla en la más absoluta pobreza. De este modo, las dos mujeres, que acaban

suicidándose, se convierten, indirectamente, en víctimas de la sociedad.

La muerte como escapatoria es un recurso bastante típico del naturalismo

decimonónico. Partiendo del determinismo, no solo genético, sino también social, el

individuo sano suele ser aniquilado por sus degradados semejantes, o bien, acaba optando

por el suicidio como protesta, solución o escapatoria. El mejor ejemplo lo tenemos en

Declaración de un vencido175 en la que el protagonista, Carlos Alvarado, opta por este fin

al verse a sí mismo como un integrante de lo que Valle-Inclán llamaría “mojiganga”. De

este modo, la sociedad sigue sin él, sin variar en absoluto su comportamiento, al igual que

Madrid sigue sin Max, y sin su mujer y su hija, y sin el preso catalán y sin el niño muerto,

por mucho que su madre le llore.

Esta analogía hace que Luces de bohemia se aproxime al pesimismo naturalista

desde el momento que muestra, ya no solo a los habitantes de los ambientes más sórdidos,

sino a toda la sociedad en su conjunto degradada y como la culpable de que un individuo

intelectual y moralmente superior, como Max Estrella, no pueda realizarse. Valle-Inclán

pone en boca de este personaje una sentencia que cierra definitivamente esta teoría: “la

barbarie ibérica es unánime” (Valle-Inclán, 1987: 109).

Es interesante leer el estudio preliminar que hace Zamora Vicente en su edición

de Luces de bohemia, que empieza así:

Se cuenta en Luces de Bohemia un dantesco viaje: la peregrinación


nocturna de Max Estrella, andaluz hiperbólico, poeta de odas y

175
En esta novela, al igual que ocurre en Luces de bohemia, el autor hace una crítica social repasando los
acontecimientos políticos del momento, pero, en este caso, se lleva a cabo de un modo realista y siguiendo
una cronología lineal.

435
madrigales, guiado por su alter ego, don Latino de Híspalis, por
diversos lugares madrileños […] hasta verle morir en el quicio oscuro
de su propia casa. Todo el mundo está de acuerdo en que detrás de ese
desventurado personaje se esconde la figura de Alejandro Sawa, poeta
y escritor que muere ciego y loco en Madrid, en 1909 (Zamora Vicente,
1987: 18).

Valle-Inclán y Alejandro Sawa eran buenos amigos. Desde el principio, todos

sabemos que Max Estrella, el famoso Max Estrella, está inspirado en Alejandro Sawa. Lo

curioso es lo mal que han tratado la Historia y la Literatura al de carne y hueso y cómo

han inmortalizado al personaje. En cierto modo, Sawa también ha quedado inmortalizado,

pero en la medida que le ha prestado su personalidad a Max Estrella y Valle-Inclán ha

sabido darle forma. El propio Valle-Inclán también aporta mucho de sí mismo a Max, no

tanto en situaciones personales y/o familiares, pero sí en ideología. Este asunto se

complica aún más cuando entran en juego otros personajes como Don Latino o el Marqués

que asiste al entierro de Max y conversa con un tal Rubén, que no es otro que Darío176. Y

el Marqués, es el de Bradomín, es decir, el alter ego de Valle-Inclán. Sin embargo, como

puede desprenderse de la definición de esperpento comentada en el apartado anterior, los

personajes de Luces de bohemia son grotescos, exagerados y están deformados, no

pretenden representar a personas reales, solo toman de ellas ciertas características. Pese a

que Max entre en ese pequeño grupo de no esperpénticos, eso no quiere decir, ni mucho

menos, que se le pueda tomar por un personaje realista. Este es uno de los motivos por

los que al superponer a Sawa y Max no encajan a la perfección. Se trata, más bien, de una

especie de homenaje por parte de Valle-Inclán a Sawa; tal vez, por compasión hacia un

escritor maldito, cuyo mérito no supo valorar la sociedad; tal vez, para recordar a un

176
Valle-Inclán no le cambia el nombre a este personaje y le hace asistir al funeral de Max Estrella, aunque
el verdadero Rubén Darío no asistió al de su amigo Alejandro Sawa.

436
amigo; quizás, por admiración; pero, seguro que para rectificar los episodios barojianos

que protagonizó Rafael Villasús en El árbol de la ciencia dejando en tan mal lugar a los

bohemios, por quienes Pío Baroja no tenía ninguna simpatía. En cualquier caso, Valle-

Inclán a su amigo Alejandro “le concede una gloria final, definitiva: hace de él el inventor

del esperpento” (Puértolas, 1977).

Max Estrella y Alejandro Sawa son dos andaluces llegados a Madrid con

expectativas. Max es un poeta bohemio, “el primer poeta español” (Valle-Inclán, 1987:

178 y ss)177, si bien Sawa era novelista y cronista, también bohemio, el último bohemio.

Ambos colaboraban con periódicos, de los cuales son despedidos178, cosa que impide que

puedan mantener a sus familias. Los dos se quedan ciegos y no pueden seguir escribiendo

de un modo autónomo. Y, quizás lo más importante, creen en su superioridad intelectual

y moral y se niegan a ser cómplices de la sociedad179.

Estas coincidencias son solo pequeños puntos de anclaje a la realidad, pues no

debemos perder de vista la mezcla de historia y literatura que Zavala nos recuerda:

Personalidad escurridiza, que tal vez nadie captara con genio tan
brillante que Valle-Inclán en sus Luces de Bohemia, con gran dosis de
literatura e historia. En boca de Sawa -Max Estrella- pone su definición
del esperpento; él, ciego como Homero y Belisario, el Hermes
hispánico, define la estética-política valleinclanesca (Zavala, 1977: 39).

177
Así lo denomina Don Latino en varias ocasiones tras su muerte.
178
Luces de Bohemia comienza con la retirada de la colaboración de un periódico a Max, dejándole sin
sustento alguno. Recordemos que, tras el fallecimiento del verdadero Alejandro Sawa, Valle-Inclán envió
una carta a Rubén Darío en la que le decía: “[…] y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta
pesetas que tenía en El Liberal, le volvieron loco en los últimos días. Una locura desesperada. Quería
matarse […]”.
179
Alejandro Sawa se negaba a pasar la censura y de ahí las dificultades que tenía para publicar sus artículos.
Quizás, esto esté directamente relacionado con el comentario de Max que veíamos más arriba a propósito
de su satisfacción de no haber llevado una vela en la “mojiganga”.

437
Como podemos apreciar, se identifica a Max con Sawa, pese a que se matiza que

la ideología que presenta es de Valle-Inclán. El problema se vuelve a derivar de equiparar

persona y personaje y reducir al escritor. El gallego dignifica y mitifica a su amigo, pero

a la vez da lugar a la tremenda confusión de acabar identificando la ficción con la realidad

en todas las facetas. Zamora Vicente llega a decir que “Alejandro Sawa ya no es otra cosa

que Máximo Estrella” (Zamora Vicente, 1967: 35). Hacerlos coincidir a la ligera no tiene

mayores repercusiones para el lector aficionado, sin embargo, para la Literatura y la

Historia significaría utilizar a Sawa como marioneta que dice lo que a Valle-Inclán se le

antoja. Es cierto que, por proximidad ideológica, las opiniones de Alejandro no hubiesen

distado de las de su amigo Ramón, si aquel hubiese vivido los once años que separan su

muerte de la primera edición de Luces de bohemia. Pero no podemos, ni debemos,

presuponer nada, de tal modo que tan solo hemos de tomar por cierto que las ideas

sociopolíticas de Max Estrella son las de Valle-Inclán. La profesora Amelina Correa

repara en las aportaciones que Valle-Inclán hace a su personaje: “[…] partiendo de la

aceptación casi unánime de la identificación Sawa/Max Estrella […] no podemos perder

de vista el hecho indudable de que en la persona de Max confluyen elementos tomados

de las más diversas fuentes, incluso reflejos del mismo Valle-Inclán” (Correa Ramón,

1993: 8-9).

Luces de bohemia es el muestrario de una sociedad que a Valle-Inclán no le gusta,

por ello elige a Alejandro Sawa como inspiración para su personaje principal: a pesar de

ser ciego, tiene buen ojo crítico. María José Navarro dice que Max es un ciego que ve lo

que otros no (Navarro Mateo, 1993: 308): percibe la miseria y la corrupción, aprecia la

literatura y es el candidato perfecto para hacerle testigo de los infiernos madrileños que

Valle-Inclán quiere plasmar. Pero, el desajuste temporal hace que sea el gallego quien

realmente nos cuenta una realidad que vivió. Además, si se comparan las vidas reales de

438
Valle-Inclán y Sawa, hay claras semejanzas, lo que permite la fusión de ambas en Max

Estrella:

Se decide Valle-Inclán a la conquista de un Madrid turbamulta de


nombres e ilusiones, de bohemia y de buen sentido. Son años de
amenaza de un siglo nuevo con signos muy diversos, en los que tantas
fantasías se han quedado perdidas en las inacabables tertulias de los
cafés. Gente joven que lucha por la fama, por la gloria literaria […]
(Zavala, 1977: 10).

Ambos escritores comenzaron sus estudios de Derecho, pero los abandonaron para

entregarse a la Literatura y ambos se aventuraron con ilusión a la conquista de la capital,

buscando la gloria y confiando en el ser humano. Solo hasta que se desengañaron de ese

Madrid “absurdo, brillante y hambriento” (Valle-Inclán, 1987: 44).

Esto también lo sostiene Gil, cuando dice “Max Estrella tiene del Sawa real mucho

menos que del real Vall-Inclán que le atribuyó sus propias ideas, en vez de inventarle las

que le pudieran corresponder como criatura de ficción; ni quiera se preocupó por dotarlo

de un lenguaje propio: lo usó como portavoz suyo” (1975: 18). Y nosotros añadimos que

esto se intensifica aún más en las escenas que acabamos de analizar.

Como ya sabemos, Luces de bohemia no pretende ser histórica. Esta falta de

sujeción al tiempo real no es una consecuencia del esperpento, sino de la condensación

premeditada para que el lector se haga una idea, en tan solo un par de horas de lectura, de

la sociedad de principios de siglo, la (o las) crisis de la Restauración y la degeneración

político-social. El propio Zamora Vicente aporta ciertos datos incompatibles con la

verdad absoluta, como es el caso del Ministro que aparece en la obra ofreciendo dinero a

Max en el Ministerio de Gobernación:

439
La minoría lectora, el público en que piensa Valle Inclán, reconoce al
Ministro de Luces de Bohemia. Se trata de Julio Burell,
periodista amigo de los intelectuales, […] ministro de la Gobernación
en 1917 (Zamora Vicente, 1967: 29 y 30).

Tras un paseo por los infiernos madrileños, tras las últimas horas del protagonista,

visitando todos los estratos de la sociedad, tras comprobar el mal fondo de las gentes, la

opresión de los marginados y, en definitiva, la deformación del mundo, en el cual él

mismo ha sucumbido al aceptar una paga que le promete el Ministro, se retira:

Es cierto que Valle-Inclán, como también Joyce, parodia en el


deambular bohemio y nocturno de Max Estrella y Latino de Híspalis la
visita de Dante y Virgilio a los infiernos, pero este correlato no es
incompatible con el homérico, que está muy claro, aunque no alcance
los extremos del detallismo joyceano. Max es un Ulises degradado que
abandona su ltaca y su Penélope para realizar un arduo periplo del que
regresará derrotado y muerto, pero poseedor, como Odisea, de una
experiencia y madurez magníficas, que en su caso son de índole
estética, aunque arraigadas en la trágica realidad de su patria: la teoría
del esperpento, formulada en la escena duodécima, la misma de la
muerte del protagonista (Villanueva, 1994: 66).

Pero antes de eso, su viejo amigo sintió lástima de un pobre fracasado, de ahí que

le ofreciese dinero a cambio de nada:

EL MINISTRO: ¡No has cambiado...! Max, yo no quiero herir tu


delicadeza, pero en tanto dure aquí, puedo darte un sueldo.
MAX: ¡Gracias!
EL MINISTRO: ¿Aceptas?
MAX: ¡Qué remedio! […]
EL MINISTRO: Max, todos los meses te llevarán el haber a tu casa.
¡Ahora, adiós! ¡Dame un abrazo!
MAX: Toma un dedo y no te enternezcas.

440
EL MINISTRO: ¡Adiós, Genio y Desorden! […]
MAX: Conste que he venido a pedir un desagravio para mi dignidad y
un castigo para unos canallas. Conste que no alcanzo ninguna de las dos
cosas y que me das dinero y que lo acepto porque soy un canalla. No
me estaba permitido irme del mundo sin haber tocado alguna vez el
fondo de los Reptiles. ¡Me he ganado los brazos de Su Excelencia!
(Valle-Inclán, 1987: 132 y ss).

Aquí se ve su lado más humano, que por un momento es materialista, consciente

de que no hay otro modo de mantener a su familia. Primero seduce su despego de lo

material, pero cuando todo está perdido, es otro que sucumbe…Unas horas antes se decía

de él:

DON LATINO: ¡Ese número sale premiado!


LA PISA BIEN: Don Max desprecia el dinero (Valle-Inclán, 1987:68).

Sawa, ensimismado en ideales, se olvidó de vivir y de procurar que hubiese

siempre un plato caliente encima de la mesa. Ya lo dijo Rubén Darío en el prólogo de

Iluminaciones en la sombra. Sawa no consideraba la pobreza como la falta de dinero, sino

que, creía fervientemente que la riqueza residía en el ingenio:

Hoy me siento pobre de solemnidad. No llevo sino calderilla. Cuartos


sueltos en la mollera. Espantado de mi penuria, me he golpeado en el
cráneo para ver si sonaba a hueco, y nada, mi confusión ha sido aun
mayor al notar que sonaba exactamente igual que el de otro imbécil
cualquiera (Sawa, 1977: 153).

Un robo es todo aquello que conlleve la venta de su virtuosismo literario, pero

llega el momento en el que los más íntegros se rebajan ante el dinero tentador. Igual que

Max dijo al ministro “¡Qué remedio!”, a la vez que se sentía un canalla, Sawa confiesa el

441
ansia con el que acepta dinero para contrarrestar sus penurias, a la vez que le da asco

traicionar sus convicciones. Recordemos el caso de Iluminaciones en la sombra en el que

confesaba que por unas monedas había vendido una obra de su autoría.

Por otro lado, el simple hecho de poner a conversar a Max Estrella con un ministro

de 1917, cuando Sawa había fallecido en 1909, sabiendo que Julio Burell y Cuéllar (1859-

1919) tuvo trato con Valle-Inclán, confirma aquello de que Max es un conglomerado de

atributos procedentes de diversas fuentes. Sin negar que el propio Sawa es la inspiración

principal y el punto de arranque, Valle-Inclán nos sigue demostrando que habla por él. A

esto se le suma la ambientación de Luces de bohemia, que no se debe confundir con su

fecha de publicación. Antonio Maura (1853-1925) es criticado con frases tipo “¡El Rey

de Camelo!” o “¡Maura es un charlatán!” (Valle-Inclán, 1987: 121). Incluso se reproduce

el reiterado grito “¡Muera Maura!” (Valle-Inclán, 1987: 85 y 94) equivalente al que se

popularizó en la campaña “¡Maura no!” Tengamos en cuenta que Maura manchó su

imagen a raíz de la Semana Trágica de julio de 1909. Es a partir de aquí cuando los

obreros socialistas se organizan en las casas del pueblo:

EL REY DE PORTUGAL: ¡Viva la huelga de proletarios!


EL BORRACHO: ¡Chócala! Anoche lo hemos decidido por votación
en la Casa del Pueblo (Valle-Inclán, 1987: 76).

Puede que esa huelga se refiera a la del 26 de julio de 1909, que se extendió por

casi todo el territorio a modo de protesta, acentuándose en Cataluña, a causa de la decisión

del Gobierno de movilizar a los reservistas para ir al conflicto de Marruecos. Todo esto,

sin perder de vista que los enfrentamientos armados entre obreros y militares venían

provocando grandes tensiones entre quienes se aferraban al inmovilismo y las nuevas

voces que defendían una España democrática. Tampoco sería disparatado decantarse por

442
la huelga general de la crisis de 1917. Pese a que en esos momentos hablamos de los

Gobiernos de Manuel García Prieto (1859-1938) o Eduardo Dato (1856-1921), y no de

Maura, también fue una huelga de protesta en las calles. En ambos escenarios la represión

viene de la mano del Ejército y, entre multitud, violencia y confusión, abundantes serían

los accidentes, representados en el niño muerto al que su madre llora de la escena XI.

También es reflejo de estos altercados, tan acentuados en Madrid o Barcelona, la

detención del preso Mateo con el que Max conversa en prisión. Mateo es el arquetipo de

las ideas proletarias que se oponen a la política imperante. Valle-Inclán aprovecha la

figura de Mateo Morral por ser un conocido anarquista de la industria textil catalana, pese

a que en Luces de bohemia se halla en el calabozo por su agitación social y no por ser el

autor del atentado contra Alfonso XIII. Es más, el verdadero Mateo Morral murió en

1906, es decir, tres años antes de que Alejandro Sawa lo hiciera.

Morral no conoce a Sawa, Sawa no conoce a Burell ostentando un cargo

político180, Burell no coincide con Maura, pero Valle-Inclán sabe de todos ellos y los hace

convivir en una sola noche. He ahí la confirmación de que Luces de bohemia no refleja

el tiempo histórico y lineal, sino uno condensado que sirve para la crítica de todo un

período, desde la crisis del 98 hasta la descomposición del sistema de la Restauración.

Esta condensación es fundamental para que el desencanto de Max se produzca en una

sola noche que sirve de muestra de todo un período, pues Luces de bohemia es el “periplo

peripatético de un antihéroe contemporáneo por las calles de su ciudad en el transcurso

de una sola jornada” (Villanueva, 1994: 62).

El último punto de conexión que queremos analizar entre la realidad y la ficción

tiene que ver con el comienzo de Luces de bohemia y la actitud de Sawa de negarse a

180
Aunque lo conocía y admiraba.

443
tachar, lo que le condujo a que le retirasen colaboraciones en los periódicos. Hay que

recordar que no estaba dispuesto a suavizar sus textos, sabía de su talento y no admitía

dinero a cambio de censura. Si bien es cierto que en extremas circunstancias vendió su

obra, no lo es menos que nunca echó sobre ella un borrón. Lo despedían de los periódicos,

hasta le retiraron una colaboración de sesenta pesetas en El Liberal, como a Carlos

Alvarado, que fue despedido de La voz pública; como en la primera escena de Luces de

bohemia, cuando el Buey Apis le manda una carta de despido a Max. Este, firme en sus

ideas y consciente de su valía, replica con soberbia:

MAX: No lo digas en burla, idiota. ¡Me sobran méritos! Pero esa prensa
miserable me boicotea. Odian mi rebeldía y odian mi talento. Para
medrar hay que ser agradador de todos los Segismundos. ¡El Buey Apis
me despide como a un criado! ¡La Academia me ignora! ¡Y soy el
primer poeta de España! ¡El primero! ¡El primero! ¡Y ayuno! ¡Y no me
humillo pidiendo limosna! ¡Y no me parte un rayo! ¡Yo soy el
verdadero inmortal, y no esos cabrones del cotarro académico! ¡Muera
Maura! (Valle-Inclán, 1987: 85).

Por otro lado, el personaje es consciente de que necesita dinero para vivir y

mantener a su familia. Hasta tal punto llegó, que tuvo que empeñar su propia vestimenta

para hacer dinero. Sentado en la cama, enrollado en una sábana, ya en sus últimos días,

defendió el arte con el mismo espíritu de antaño. Recordemos que Cansinos Assens fue a

visitarle, y se lo encontró en esa precaria situación, defendiendo que era mejor no tener

pantalones a no tener talento. Era mejor estar en la más absoluta miseria, y así no

“transigir con el vulgo” (Correa Ramón, 1008: 242). Esto hace recordar los empeños en

el Monte de Piedad, que puede relacionarse con la escena de Luces de bohemia en la que

Max llega a empeñar su capa (Valle-Inclán, 1987: 69). Don Latino, recodándonos a

aquellas palabras de Rubén Darío que reprochaba a Sawa póstumamente que no había

444
sido práctico, dice “No has tenido el talento de saber vivir” (Valle-Inclán, 1987: 70). A

lo que Max contesta “Mañana me muero, y mi mujer y mi hija se quedan haciendo cruces

en la boca” (Valle-Inclán, 1987: 70). De hecho, desde el comienzo de la obra es

consciente de que necesita el dinero:

MAX: ¡Collet, mal vamos a vernos sin esas cuatro crónicas! ¿Dónde
gano yo veinte duros, Collet?
MADAMA COLLET: Otra puerta se abrirá.
MAX: La de la muerte. Podemos suicidarnos colectivamente (Valle-
Inclán, 1987: 45-46).

Tras la cita del fragmento anterior que sigue a la de la retirada de la colaboración

por medio de una carta del Buey Apis, nos volvemos a encontrar que realidad y ficción

se vuelven a cruzar. Valle-Inclán envió una carta a Rubén Darío afirmando que a Sawa le

habían retirado una colaboración con El Liberal de sesenta pesetas y que “quería

matarse”. La carta de despido del Buey Apis en Luces de bohemia y esta intervención de

Max proponiendo el suicidio colectivo es, quizás, la más realista de toda la obra. Zamora

Vicente, en Asedio a Luces de bohemia analiza esto, indicando que se entra en la obra

deformadora con una escena de lo más realista:

Aparentemente, en la carrera de juicios sobre la constante deformación


del libro, esto sería una contrafigura más. Sin embargo, la entrada
inaugural de Luces es descarnadamente realista, fotográfica casi.
Asistimos a un dialogo entre un matrimonio al que le acaba de llegar,
en su pobreza arrastrada, la noticia de la pobreza rotunda, sin riberas.
Es desnuda y escueta enunciación de algo que real y positivamente
acaeció. Lo revela una carta de Ramón del Valle Inclán a Rubén Darío,
comunicándole la muerte de Alejandro Sawa […]
¿Qué deformación podemos encontrar ahora en el proyecto de Max
Estrella?: “¿Y si Claudinita estuviese conforme con mi proyecto de

445
suicidio colectivo?”. “Con cuatro perras de carbón podíamos hacer el
viaje eterno”. El escueto Quería matarse, de la carta de Valle Inclán, se
agiganta, se reitera en el “regenerarnos en un vuelo”, frase con que Max
invita a su lazarillo a tirarse por el Viaducto de la calle de Segovia. No,
no se trata de una frasecilla (Zamora Vicente, 1967: 36-37).

Además, ya vimos la opinión que tenía Sawa sobre el suicidio, considerándolo un

derecho, y la posibilidad de su propio suicidio. Encontrar en el suicidio la única salida es

asumir que no existe otra escapatoria, por lo que se asemeja bastante la opinión de Max

Estrella con el acto de Carlos Alvarado en Declaración de un vencido. En ambos casos

se demuestra que la sociedad está corrompida y que una persona íntegra no tiene lugar en

ella. Las intenciones de crítica son muy similares en ambas obras. Consideramos que

Carlos Alvarado y Max Estrella representan dos muertes de una misma persona. La

juventud, ilusa y desengañada, muere con Carlos; Max se muere de asco, por amar

demasiado a una vida que le ha traicionado, concediéndole a Sawa la inmortalidad y el

placer de crear el esperpento que hoy en día sigue teniendo tanta importancia. Pero la

realidad es que un autor que fue muy brillante y muy desgraciado se murió en trágicas

circunstancias, desengañado de la vida, como Max Estrella, pero la miseria lo condenó al

olvido, sustituyéndose su verdadera muerte por la del personaje, en un soportal y

borracho.

Respecto a la verdadera muerte de Sawa y después de conocer cuáles fueron los

hechos verídicos, aquí debemos resaltar que también estuvo rodeada de literatura, antes

de aparecer en la ficción. Al rey de los bohemios le gustaba mezclar su vida con la

literatura, por lo que se emiten de él los siguientes juicios. Iris Zavala recrea esta ilusión

rodeada de literatura y nostalgia, en la que la muerte sí fue real:

446
Solo los recuerdos parisinos lo mantenían; trágica historia que ya había
novelado Sawa en su transparente Declaración de un vencido. Lecturas
de antaño le habían enseñado que no hay belleza sin melancolía, y que
algunos poetas, absolutos, como los llamó Verlaine, son malditos. La
luz interior de la poesía iluminaba sus sombras […] ¡El hambre y la
miseria lo arman caballero! Y así, escribiendo artículos y cuentos, que
a veces no verían la luz, evocando su juventud de Barrio Latino, murió
Sawa […] dejando en la total miseria- como recuerda Valle-Inclán en
Luces de Bohemia- a su mujer y a su hija […] (Zavala, 1977: 53).
[…] llevaba ya mucho tiempo de vivir en otros mundos. Aspecto
levantino, cabellera negra, sombrero de artista, un “rembrandt”, de alas
anchas, pero siempre impregnado de literatura […] (Zavala, 1977: 40).
El “divino” Alejandro, de alma inflamada y espíritu superior (Zavala,
1977: 39).

Amelina Correa sigue la misma línea y matiza que la muerte de Sawa se confunde

con la de Max Estrella:

De cara a la galería, Alejandro Sawa, con su final de rey de tragedia,


prácticamente ya no es otra cosa que Max Estrella. […] Se parodia un
mundo, un ambiente, unos personajes, pero al mismo tiempo se canta a
lo perdido. La bohemia heroica desaparecida ya. La figura de Max
Estrella, aun en su exageración, aparece teñida de un velo de nostalgia.
La encontramos, claro está, deformada, porque el esperpento es
deformación (Correa Ramón, 1993: 9).

Y Allen Phillips sentencia que Sawa fue “víctima de su bohemia” (1976:3 5).

Ahora, cabe preguntarse si Max muere loco o cuerdo. No hay duda de que es uno

de “nuestros mejores locos quijotescos” (Artigue, 2010: 457), pero si Sawa murió

envuelto en delirios, parece que Valle le concede el honor de morir lúcido, consciente de

que no quiere vivir. Al igual que El Quijote, después de tantas luchas en causas perdidas,

después de defender tantos ideales caducados, después de sus alucinaciones, Max

447
recupera su cordura para morir, a sabiendas de que se va porque nadie comparte sus

anhelos.

Max se muere como él mismo decía que se mataban los jóvenes, por amar

demasiado la vida. En el fondo fue un romántico, que hubiese deseado que la realidad

fuese de otra manera, que recurrió al escapismo, pero a su modo: abandonó con todas las

consecuencias, detestando el tiempo que le tocó vivir y riéndose de todos, se vengó con

su propia muerte. Igual que Carlos Alvarado. Valle libra a Max de una larga agonía como

la de Sawa, así dignifica a este último. Dignifica, mitifica y da lugar a la tremenda

confusión de acabar identificando al personaje con la persona en todas las facetas.

Dice Ángela Ena que “es cierto que el inmortal Max Estrella valleinclaniano ha

evitado que el nombre de Alejandro Sawa permaneciese en un mayor desconocimiento”

(2012-2013: 39). La inmortalidad también la consigue el propio Valle-Inclán, no solo por

ser el padre de esta obra que tantas veces ha subido a las tablas, sino también por prestar

muchas de sus ideas a Max, principalmente las políticas, las cuales no hubiesen distado

de las de Sawa si este hubiese vivido esos once años que lo separan del personaje.

Nosotros añadimos que Max Estrella ha conseguido eclipsar a Villasús,

acentuando su genialidad en detrimento de todas las consideraciones despectivas que

arrastraba en la obra barojiana. Sin embargo, Max Estrella también ha sido un gran

perjuicio para Alejandro Sawa. Y esto seguirá siendo así. Hemos observado que, en la

gran mayoría de los casos, siempre que hay que hablar sobre Sawa, se comienza haciendo

una referencia a Max Estrella, pues este siempre será más famoso que aquel.

448
3.3.2. Don Latino de Híspalis: nuevos matices sobre este

personaje

Este personaje merece un detenido análisis porque, si bien es el compañero de

Max Estrella, en ciertas ocasiones se le ha identificado con la peor parte de Sawa, como

una especie de desdoble. Dado que, en cierto modo, Don Latino se relaciona con

Alejandro Sawa y nosotros queremos tener el catálogo completo de todos los personajes

susceptibles de encarnar al bohemio, debemos profundizar en este personaje.

Don Latino es un personaje controvertido y siempre ha habido debate alrededor

de su figura. Muchos han sido los esfuerzos por buscar su equivalente en la realidad. Si

en Max Estrella ya se mezclaba la realidad con la ficción, en Don Latino se intensifica

más su parte ficticia y, por ello hay que andar con cautela. Ya hemos dicho que Luces de

bohemia acepta una lectura múltiple y acumulativa, además de que la obra no está

explicada por Valle-Inclán. No existe una tabla de personajes con sus referentes, ni el

escritor pretendía hacer un reflejo realista. Y menos después de incluir las tres escenas

nuevas. Ver a Alejandro Sawa detrás de Don Latino lo lleva a convertirse en otro de esos

personajes que “son y no son”, y vuelve a desequilibrar la balanza a favor del personaje

en detrimento del escritor. Pero también enriquece sustancialmente la investigación sobre

Luces de bohemia.

Al igual que en lo relativo a la relación de Rafael Villasús con Max Estrella, Allen

Phillips también hace un repaso sobre las teorías que ha habido sobre la identificación de

Don Latino. La primera que no le convence es la de Senabre (1960: 10), porque afirma

que la creación de Don Latino está ligada a la escena que se vio de la muerte de Villasús,

cuando el viejo borracho de melenas aparece:

449
Como no me parece muy convincente la tesis de Senabre, me permito
abrir aquí un breve paréntesis sobre la figura nunca del todo identificada
de don Latino de Híspalis. Azorín, a quien consultó Guillermo de Torre
sobre la identidad de los personajes de Luces de bohemia, no pudo
precisar la filiación del asiduo compañero de Max Estrella (Phillips,
1976: 32).

Tras lo que hemos analizado en el apartado dedicado a la comparación de las

escenas de El árbol de la ciencia y Luces de bohemia, consideramos que es insostenible

pensar que no hay relación entre ambos personajes, cuando, sus intervenciones en ese

pasaje son casi idénticas. Es decir, en la génesis de Don Latino está el viejo de melenas

borracho. Cosa distinta es que Valle-Inclán opte por componer su personalidad e

identidad a su modo. O bien, es posible que creara a Don Latino primero y luego pensara

que podía encajar en la escena del velatorio de Max.

Torrente Ballester, por su parte, vio en Don Latino a Diego San José (1961: 6)181

y Hernández Luquero dijo a Allen Phillips que Don Latino “siempre le había hecho pensar

en otro tipo bohemio, Vicente del Olmo, que llevaba constantemente del brazo a Sawa en

los meses finales de su vida” (Phillips, 1976: 33).

Zamora Vicente es partidario de que Don Latino es un desdoble de Max Estrella.

No hay duda de que Don Latino representa los peores vicios y participa de la personalidad

de Sawa en su lado más terrible. Las palabras de este estudioso son sumamente

interesantes. Pero no se puede obviar que comienza tirando por tierra la labor de los

“detectives” que quieres buscar nombre y apellidos a Don Latino:

Este es el caso preciso de Don Latino de Hispalis. Imposible darle el


otro nombre, el del documento jurídico, la partida de bautismo, fe de

181
Recogido también por Phillips, 1976: 32-33.

450
vida que nos tranquilice. Se ha pensado en muchas personas con
ingenua terquedad detectivesca. Se ha propuesto incluso que se trata de
un disfraz de Diego San José lo que me parece fuera de toda
posibilidad. Los críticos más sensatos se limitan a decir que es de
dudosa identificación. ¿Qué más quería Valle Inclán? Pienso que no
hay que buscar mucho. Yo quiero ver en Don Latino al propio Sawa.
Es un desdoblamiento de la personalidad. Lo que Sawa habría hecho en
el envés de su cara noble y avasalladora. El otro Sawa. El que, lejos de
la sabiduría verlainiana, engaña a quien puede y vive del sablazo
ocasional; el que es de Hispalis (Alejandro Sawa no nació en Málaga,
como se creía, sino en Sevilla); el que vivió en París de la Editorial
Garnier (como Zamacois ha recordado en sus memorias); el hombre que
andaba y andaba por las calles de Madrid con un perro, ese perro que
Sawa empleaba para llamar la atención, que usaba seguramente no por
afición canina, sino por elemental necesidad de lazarillo […] (Zamora
Vicente, 1987: 38 y ss).

Es cierto que Zamora Vicente dice “yo quiero ver en Don Latino…”, por lo que

es consciente de que se trata de una opinión. Sin embargo, todas las identificaciones de

Don Latino son suposiciones con mayor o menos probabilidad de ser ciertas. Aquí solo

podemos debatir lo que se ha dicho y dar argumentos a favor de una postura u otra.

En nuestro caso, la última reflexión citada es sumamente convincente porque,

efectivamente, en su estancia en París, Sawa residió en el Barrio Latino. Darío decía en

el prólogo de Iluminaciones en la sombra: “Tal le encontré en Madrid años después de

nuestra temporada en el Barrio Latino. No podía ocultar la nostalgia del ambiente

parisiense, y se sentía extranjero en su propio país” (1977: 72). Seguramente, el nombre

de Don Latino es una reminiscencia a esos años, un guiño a la melancolía, un nombre

pedante y altivo que recuerda lo que fue. Además, viene de Híspalis, es decir, de Sevilla,

la ciudad que fue la cuna del autor que estamos tratando. Es más, aparece según

denominación romana, lo que es un modo de ridiculizar al personaje, porque Don Latino

451
sí está esperpentizado. Parece que su nombre, su carta de presentación, anticipa su vida,

sus lugares de residencia y a la vez lo satiriza. En cierto modo, y presuponiendo que puede

simbolizar una parte de Sawa, Valle-Inclán también estaría deformándolo a él. Antes, era

un andaluz que vivió la bohemia en París; ahora, se había convertido en un borracho que

se deja sobornar y se esconde tras una fachada. La alusión a París y Sevilla ya nos parecía

suficiente para descartar a otros candidatos. Sin embargo, debemos analizar otros

aspectos.

Don Latino también es un perro, en sentido peyorativo y también en sentido literal.

Hace compañía a Max y le guía, si bien es cierto que flaquea en la lealtad. Debemos

recordar que Sawa era un gran amante de los perros, siempre tenía uno, cuando no varios.

Al principio tan solo por gusto, tras su ceguera los tenía por necesidad. En Iluminaciones

en la sombra decía: “¿No proclamo yo la amistad para los perros? ¿Por qué no la he de

expresar también para los hombres? ¿Qué los hombres son éticamente inferiores? ¡Acaso

el alacrán es responsable de su veneno!” (Sawa, 1977: 147). Es posible que Valle-Inclán

aprovechara esto y diese forma humana a semejantes acompañantes, pero despojándolos

de las nobles cualidades que tanto admiraba Sawa. Además, un perro saltó por encima del

ataúd de Sawa en su entierro (Phillips, 1976: 35) y, dado que Valle-Inclán estaba presente,

pudo inspirarse en este hecho para crear a Don Latino, pues el personaje no deja de ser

un acompañante que comete actos ruines en perjuicio de Max Estrella.

Don Latino no se muere. No se muere porque ya se ha muerto su parte digna.

Decía de Max: “¡me ha vencido en esto como en todo!” (Valle-Inclán, 1987: 180). ¿Ha

ganado Max porque se ha ido primero? Creemos que no. Ha ganado porque no han podido

con él, porque su muerte es una protesta, como la de Carlos Alvarado. Esto es un

interesante juego de palabras, porque la historia de Carlos se llama Declaración de un

vencido, por lo que el personaje parece el abatido, pero es el que vence porque, como
452
decía el profesor Gutiérrez Carbajo, se suicida contra la sociedad. La sociedad de Luces

de bohemia no gana, porque Don Latino pasa a formar parte de un “círculo de bellacos”.

Lo peor del ser humano permanece y las buenas cualidades se evaporan. Las ilusiones de

Carlos Alvarado y sus nobles sentimientos e ideales desaparecieron. Sawa quiso que se

suicidase, pero Sawa se quedaba, para hundirse en la miseria, para distraerse con lo fugaz,

para saborear el fracaso. Max, hundido y desengañado, se muere de asco porque no puede

vivir, pero Don Latino, materialista, egoísta y sin escrúpulos, sí sobrevive, porque

representa la parte capaz de mantenerse y subsistir, porque ya está corrompido.

Valle -Inclán crea una conversación entre Max y Don Latino, que bien podría ser

otro reproche de Sawa hacia sí mismo, donde la parte noble reprende a la canalla:

MAX: Latino, ya no puedo gritar... ¡Me muero de rabia!... Estoy


mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin... No le asustaba, pero temía
el tormento... La Leyenda Negra en estos días menguados es la Historia
de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me
muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la
trágica mojiganga. ¿Has oído los comentarios de esa gente, viejo
canalla? Tú eres como ellos. Peor que ellos, porque no tienes una peseta
y propagas la mala literatura por entregas. Latino, vil corredor de
aventuras insulsas, llévame al Viaducto. Te invito a regenerarte con un
vuelo.
DON LATINO: ¡Max, no te pongas estupendo! (Valle-Inclán, 1987:
164).

Le invita a suicidarse, pero dice “regenerarse”. Carlos Alvarado se “regeneró”

porque no quería ser como todos. Max reprocha a Don Latino que es uno más que

participa en la mojiganga, en el circo de farsantes, aprovechados, corrompidos y

miserables. Don Latino es la victoria del determinismo histórico-social. Sin duda, Valle-

453
Inclán conocía las ideas de Sawa sobre el suicidio y había leído Declaración de un

vencido.

Menos extendida está la teoría de Fraile, quien califica a Don Latino como un

súbdito de la bohemia “golfa”. Esto nos recuerda bastante a la confesión de Ernesto Bark

sobre a idea que tenía Sawa de fundar una asociación que dejase fuera de la bohemia a la

“golfemia”. Medardo Faile establece: “Don Latino de Híspalis sí es un súbdito de la

«Golfearía», esa que Sawa, Ernesto Bark, Zamacois, Carrére y otros no querían que nadie

confundiera con la «Bohemia»” (Fraile, 1983: 97). A continuación, Fraile elabora una

posible teoría diferente a la de Zamora Vicente sobre el nombre del personaje, basándose

en la etimología:

Latino, en la intención de Valle, puede ser ladino, o sea, “sagaz, astuto,


taimado, pícaro, bellaco”; el que tiene “mucha gramática parda”, gran
habilidad para manejarse, astucia o, lo que es igual, uno “que sabe
latín”. Este ladino nació también en Sevilla, como Sawa: son paisanos;
vive en su mismo barrio, según sabemos en la escena XII: son vecinos;
es un parásito (Fraile, 1983: 97).

El problema de esta teoría es que los términos hay que forzarlos, mientras que la

teoría de Zamora Vicente es casi evidente. Por otro lado, Fraile rechaza el simple hecho

de recordar nombres de acompañantes de Sawa: “Hoy nos llegan, o recordamos, nombres

—José San Germán Ocaña, Vicente del Olmo—, por el simple hecho de haber

acompañado a Alejandro Sawa o haberle servido de lazarillo” (Fraile, 1983: 97). Y

cuestiona la teoría de Alonso Zamora sobre el desdoble:

¿Puede ser Don Latino de Híspalis la otra cara de Max Estrella? Dividir
a un personaje de esperpento en dos, en lo que tiene de bueno y en lo
que tiene de malo, es un acto de caridad antiesperpéntico y, en mi opi-
nión, poco probable por parte de Valle. E innecesario, además, si, como

454
en este caso, los personajes no son de una sola cara, de una sola pieza.
Don Latino de Híspalis tiene también complejidad de identidad en
abundancia para ser él mismo, para ser otro (Fraile, 1983: 97).

Fuese o no cierto que Valle tenía las intenciones de desdoblar a Sawa en Max y

su acompañante, no creemos que el desdoble sea antiesperpéntico. Todo lo contrario: si

el esperpento deforma la realidad y extrae las peores cualidades de las personas y la

sociedad para exagerarlas, ¿hay algo más deformador que partir en dos a una persona y

atribuir todo lo malo en un solo ser? Si los personajes no aspiran a ser reales, no hay que

buscar a alguien concreto detrás, encajaría bien en la técnica que un personaje fuese solo

un conjunto de rasgos. Es más, ya hemos visto que Valle-Inclán presta a Max su ideología,

siendo que en la misma obra aparece el Marqués de Bradomín, alter ego del gallego. En

ese caso estaríamos ante una duplicidad de la misma persona. Sin embargo, eso no ha

sido nunca cuestionado.

Además, si Max no está entre los esperpentizados, puede que su lado más ruin sí

lo esté. Para mantener intactas sus buenas cualidades, Valle-Inclán no tiene más remedio

que crear dos personajes. Uno íntegro y otro canalla y esperpéntico. Desterramos así la

imposibilidad de encajar desdobles con esperpento.

Fraile acepta que Don Latino sea un desdoble, pero no lo ve como una parte buena

reflejada en Max y otra mala reflejada en Latino, sino como una despersonalización, que

hace que Max sea menos Sawa:

Creo que al dotar Valle a Don Latino de experiencias de Alejandro


Sawa —-recurso muy común—, no quiere hacer pasar a Latino por
Max, ni dividir a Sawa en un montón de polvo y otro de paja, sino más
bien despersonalizar a Max Estrella, volverle menos Sawa, apartarse de

455
la biografía personal para acercarse a la biografía de grupo, de casta
[…]
Si Valle quería acuñar las dos caras de una misma moneda, ¿por qué no
igualó, ostensiblemente, la apariencia personal de ambos, y trenzó, en
blanco y negro, sus pasos, problemas, amistades, oficios, encuentros,
manteniendo lo noble en uno y lo despreciable en otro? ¿Por qué Max
está muerto y Latino vivo en la escena XIII? ¿Qué sentido tendría
entonces la escena última? […] El arte consiste en singularizar con
plurales (Fraile, 1983: 98).

Y continúa atribuyendo a Don latino la representación de la colectividad:

Latino compendia y representa todo lo negativo, no de Alejandro Sawa,


sino del país: la llamada al orden sin sentido, la supervivencia del mal,
la religión falsa, la deslealtad, el egoísmo, la indiferencia ante la
injusticia y el crimen, el robo, la cobardía, el cinismo, la falta de talento,
el mal arte, la indignidad, la explotación canalla, la mentira […] (Fraile,
1983: 100).

Nosotros creemos que Valle-Inclán pretende hacer una crítica social de la que

nadie se salva, pero desde una perspectiva tan pesimista que considera que todo el mundo

está corrupto, de modo que no hay cabida para un ser como Max Estrella, pero sí para

Don Latino. Poner las malas costumbres de Sawa en el personaje de Don Latino y dejarlo

vivo nos lleva a pensar que estábamos en lo cierto al afirmar que Don Latino se queda

porque es un canalla, porque es capaz de adaptarse al mundo y sobrevivir, cosa que Max

no supo hacer. Es cierto que Don Latino también podría ser un estereotipo en el que se

reúnen las peores cualidades que, en algún momento, puede presentar cualquiera: traición,

aprovechamientos, embustes, golfería, hipocresía… Hasta Sawa se dejaba arrastrar por

los vicios. Él mismo confesó que llegó a traicionar sus propios principios, que se sentía

enormemente distraído con cosas fugaces. En él estaba presente la dualidad de luces y

456
sombras. Fraile nos rebatiría que: “Don Latino, no siempre malo. No es malo, por

ejemplo, aunque esté lleno de vanidad, en la escena VII” (Fraile, 1983: 99), a lo que

podríamos decir que, en ese caso no sería una representación de todo lo negativo en

general, además, Max no es siempre bueno y honesto: llega a aceptar el dinero del

Ministro. Más que una razón para rechazar que son dos partes de la misma persona, esta

circunstancia puede servir para conectarlas.

Max es un ideal inspirado en Sawa, por su grandilocuencia, por sus valores, su

conocida e identificable personalidad y por su terrible final. Pero es eso, un ideal que se

destruye. Y Don Latino, que no es un ideal, sino una mera demostración de saber vivir y

mantenerse a cualquier precio, es el que hace que ese ideal se destruya. De hecho, es el

causante de todo, la excusa que busca Valle-Inclán para que Max salga de paseo y

comiencen a desencadenarse los acontecimientos.

Por todo lo anteriormente expuesto y por ser algo tan controvertido y que acepta

tantas interpretaciones, nuestra opinión solo puede alcanzar la categoría de mera

conjetura. Eso sí, bastante consecuente y rigurosa con el resto de la investigación. Pero,

para sostenerla, debemos añadir más argumentos, como el de analizar la ceguera de Don

Latino de la primera versión de Luces de bohemia.

Existe un dato muy curioso por lo desconcertante que es. Aparece en la primera

versión de Luces de bohemia. Antes de la edición definitiva de 1924, Valle-Inclán fue

publicándola por fragmentos durante todas las semanas, desde el 31 de julio al 23 de

octubre de 1920, en la revista España. La obra sufrió algunos cambios, empezando por la

inclusión de las tres escenas más cargadas políticamente que hay y que ya analizamos.

Pues bien, en la primera escena de la primera publicación, se presenta a Don Latino del

siguiente modo en una de las acotaciones: “Entra un ciego asmático, quepis, anteojos, un

457
perrillo y una cartera con revistas ilustradas. Es Don Latino de Híspalis” (Valle-Inclán,

1920)182. En la versión definitiva, la palabra “ciego” cambia por “vejete” (Valle-Inclán,

1987: 49).

Fraile ha prestado atención a este dato, pero presuponiendo que, efectivamente,

don Latino es ciego en la primera versión:

El Don Latino de 1920 —primera versión de Luces de bohemia— es


ciego. En 1924, ve. Este “milagro” de Valle-Inclán tiene, como
veremos, gran importancia. Aparece, a representar su papel de
coprotagonista, en la primera escena y lleva quepis, anteojos y una
cartera con revistas ilustradas […]
En 1920, Don Latino, ciego, es “ese sujeto” (escena VI); en 1924, Don
Latino ve, hace de lazarillo y es convidado, maltratado y despreciado
por Max —amante y necesitado de perros—, que le llama ahora, por
todo eso, “mi perro” (escena VIII) (Fraile, 1983: 99).

Vuelve a ser comparado con un perro, y de ahí que se refuerce la figura de

lazarillo183. Fraile entiende que cuando Valle-Inclán lo transforma en el individuo vidente

de la pareja, es cuando lo convierte en perro. O, puede que primero decida que sea el guía

y luego elimine su ceguera. Esto, podría tener sentido, de no ser por la cantidad de datos

que aporta esa misma versión de 1920 sobre la vista de Don Latino.

Para que Don Latino fuese ciego de verdad en la primera versión, muchas cosas

deberían haber cambiado entre ambas versiones de Luces de bohemia. Sin embargo, las

conversiones entre ambos protagonistas son casi idénticas. Don Latino, en la primera

versión sigue haciendo de guía, y sigue diciendo a Max: “No tuerzas la boca” (si era

182
Ver Anexo III, imagen 12.
183
Al hacer de guía de Max Estrella, se convierte en una especie de Virgilio, como apuntaba Darío
Villanueva (1994: 66).

458
ciego, ¿cómo sabía que la tenía torcida?); “cuando te pongas los dientes” (¿cómo sabía

que la vieja pintada no tenía dientes si les había chistado de lejos?; pero lo que mejor

confirma que Max lleva a Don Latino para que haga de “sus ojos”, es cuando le dice

textualmente: “Latino, préstame tus ojos para buscar a la marquesa del Tango”. Además,

¿qué sentido tiene describir a alguien como “un ciego” con “anteojos”? (Valle-Inclán,

1920).

Zamora Vicente también reparó en este dato de la ceguera de Don Latino, pues ya

vimos que hizo un cuadro comparativo en las palabras que cambiaron de una versión a

otra, es decir, de 1920 a 1924. Su teoría es que tras Don Latino se esconde el Sawa que

no podía invitar por falta de recursos económicos. Además, cree que Valle-Inclán borró

lo de ciego para jugar al despiste:

La pirueta del perro sobre el ataúd es quizá el último calor que


acompaña la desdichada peripecia humana de Alejandro Sawa. Sí, en
ese Don Latino, tambaleándose en los mostradores de las tabernas,
intentando convidar sin pagar nunca, vemos la misma escena de taberna
que Zamacois ha contado en sus memorias, excelente retrato de la
incapacidad económica de Sawa. Pero, si no fuera bastante este tenaz
seguir las pistas que se nos presentan, nos queda una, un desliz quizá,
verdaderamente iluminador. Es una variante de la primera redacción.
Don Latino, en el libro, surge, por vez primera, con esos atributos que
acabo de reseñar: “Entra un vejete asmático, quepis, anteojos, un
perrillo y una cartera con revistas ilustradas. Es Don Latino de
Híspalis”. Pues la primera redacción, mucho más cercana a la
experiencia personal, a la alerta en vilo de Ramón del Valle-Inclán,
dice: “Entra un ciego asmático, quepis…” ¿No hay ahí uno de esos
elementos que Valle ha eliminado después, en un difícil jugueteo por
desorientarnos? Se nos aparece ahí, más próxima a la verdad, la visión
dolida del momento angustioso que dio lugar a todo el drama narrado.
Cuando el hecho es aún y antes que nada la circunstancia personal, con

459
prioridad relevante sobre la queja social, que llegará después, con los
añadidos (Zamora Vicente, 1988: 50-51).

Nosotros apoyamos en gran parte estas teorías de Zamora Vicente, sobre todo la

afirmación de que Luces de bohemia son más sociales y menos personales en su segunda

versión, pues ya demostramos que, en la obra de 1924, Valle-Inclán tiene que prestar sus

ideas a Max para que opine de acontecimientos político-sociales que Sawa no vivió. Sin

embargo, creemos que Don Latino nunca ha sido ciego en la ficción, pues tiene que ver

el mundo para guiar a Max por sus peores senderos, mientras que Max, a pesar de ser

ciego de verdad, ve lo que otros nos, como las “sagradas cualidades mayúsculas”. Don

Latino siempre ha sido el despreciable que mira por su interés y que guía a Max a su

antojo. Pero, evidentemente, alguna explicación ha de tener ese dato que aparece en la

versión de 1920. Lejos de poder conocer la verdad, sí diremos que, antes de leer las teorías

de Fraile y Zamora Vicente, barajamos cuatro posibles explicaciones: la primera de ellas

es que se trata de un error de imprenta, sin más. En la misma acotación se habla de Max,

diciendo textualmente: “El ciego se adormece…” (Valle-Inclán, 1987: 49). Al

transcribirlo en la primera versión, es perfectamente posible que se salte de un renglón a

otro en la misma acotación. Por otro lado, puede ser un sutil juego intencionado. Si en un

primer momento Valle-Inclán lo describe como ciego, pero en la obra hace que vea,

metafóricamente puede estar aludiendo a que Don Latino es el desdoble de Max y por

ello también le hace ser ciego, pero, por estar en el lado opuesto a las virtudes, le hace

llevar literatura mala; es decir, puede ser parte del propio esperpento, del propio disparate

caricaturesco. Puesto que Max no está esperpentizado, Don Latino, si es su lado malo, sí

tiene que participar de la deformación. Otra opción es que siga siendo una metáfora, pero

para indicar que era un borracho que “iba ciego”, y de ahí que luego aclare que llevaba

gafas, haciendo referencia a que su ceguera no era de la vista, sino por el hedor a

460
aguardiente. Otra opción es que Valle-Inclán estuviera pensando en Sawa durante la

creación de Don Latino y se despistase, incluyendo una ceguera que no correspondía y

que por eso eliminó después.

En cualquiera de los casos, apoyamos la teoría de que Don Latino es el desdoble

esperpéntico de Max. Para reforzar esta postura, consideramos oportuno citar la escena

en la que Max y Don Latino conversan con Rubén. El intercambio de palabras entre los

dos últimos es el siguiente:

RUBÉN: ¿El señor es Don Latino de Híspalis?


DON LATINO: ¡Si nos conocemos de antiguo, maestro! ¡Han pasado
muchos años! Hemos hecho juntos periodismo en La Lira Hispano-
Americana.
RUBÉN: Tengo poca memoria, Don Latino.
DON LATINO: Yo era el redactor financiero. En París nos tuteábamos,
Rubén.
RUBÉN: Lo había olvidado (Valle-Inclán, 1987: 141).

Igual que hacer asistir a Rubén al velatorio de Max porque Darío no fue al de Sawa

y con la misma intención que reproducir el término “Ella” para referirse a la muerte como

lo hacía el propio Darío, este diálogo también está cargado de reproche hacia Rubén

Darío. Don Latino le dice a Rubén que se conocen de años atrás en París y que se tuteaban,

y Rubén contesta que lo había olvidado porque tiene mala memoria. Es una clara

reminiscencia de las misivas de auxilio que Sawa le mandaba a Darío, quien parecía

haberse olvidado de que fue el sevillano quien le introdujo en los círculos literarios

parisinos cuando aún no era un consagrado poeta. Al volver a Madrid, a Darío parece

habérsele olvidado todo lo que Sawa hizo por él. Incluso después de acordar los pagos

por las crónicas, tampoco los abonó. Posiblemente, a esos artículos que Sawa escribió y

461
aparecieron con la firma de Darío en La Nación, de Buenos Aires, haga referencia lo de

“hemos hecho juntos periodismo en La Lira Hispano-Americana”. Sería un modo

bastante sutil y elegante de tratar el asunto por parte de Valle-Inclán.

Es cierto que Max replica a Don Latino “¡Si no has estado nunca en París!” (Valle-

Inclán, 1987: 141). Pero esto puede significar que en París estuvo la parte noble e idealista

de Sawa, de hecho, al volver a la capital española solo sueña con volver a París, lo

considera lo mejor de su vida, y en Madrid se ve obligado a “prostituir su ingenio”,

pensando en el ideal como Max, pero siendo un poco más ruin, como Don Latino.

Otro argumento que serviría para sostener esta teoría del desdoble es la relación

que puede establecerse con el desdoble de Carlos Alvarado de Declaración de un vencido.

La técnica de desdoble de Sawa ya la hizo el propio escritor sobre sí mismo cuando hace

que Carlos Alvarado cuente que él llegó a Madrid para hacer cosas nobles y un amigo

suyo se tuvo que quitar la vida porque se había corrompido. Pone en dos personas

diferentes sus virtudes y sus defectos, que son un personaje basado en él y un amigo que

ese personaje se inventa para verter sus peores vicios y hacer entender, con semejante

metáfora, que en su interior conviven una parte buena y una mala a la que debe aniquilar,

acabando, obviamente, con la buena también.

Ya decíamos que vemos conexión entre las muertes de Carlos Alvarado y de Max

Estrella. Además, Max también se muere como protesta. Se muere porque no soporta la

sociedad que le ha tocado vivir. Primero, nos da un paseo por todos los estratos para que

así comprendamos el sentido de su muerte. Esto opera del mismo modo que Declaración

de un vencido, cuya narración no es más que la explicación para entender el suicidio del

Carlos Alvarado. Este paralelismo entre los personajes nos hace admitir que también

puede haber un paralelismo entre sus respectivos desdobles.

462
Además, recordemos que Sawa, en Iluminaciones en la sombra, se hizo a sí mismo

un autorretrato en el que se dividía en dos:

Yo soy el otro; quiero decir, alguien que no soy yo mismo. ¿Que esto
es un galimatías?
Me explicaré. Yo soy por dentro un hombre radicalmente distinto a
como quisiera ser, y, por fuera, en mi vida de relación, en mis
manifestaciones externas, la caricatura, no siempre gallarda, de mí
mismo (Sawa, 1977: 75).

¿Estaría Valle-Inclán pensando en estas palabras cuando creó a Max haciendo que

Don Latino fuera esa manifestación externa caricaturesca?

Tampoco podemos olvidar que la masonería juega con un desdoble similar.

Recordemos que los masones, durante sus tenidas, intentan ser personas diferentes,

personas mejores. Dicen que dejan fuera de los templos su peor parte intentan cultivar

dentro solo sus virtudes.

Por último, respecto a la tenencia de un perro por parte de Don Latino, también

queremos aportar algo. Puede ser otro desdoble, pues Don Latino es el perro lazarillo de

Max y, a su vez, lleva un perro. Sawa siempre tenía perros y adoraba las nobles cualidades

de estos animales, pero también vimos, en el artículo de Luquero de 1974, que se llegó a

gastar el poco dinero que había conseguido en un perro, descuidando a su familia.

También Max abandona a la suya cuando se deja guiar por Latino.

463
464
3.3.3. Rubén y el marqués: el reflejo en la ficción de la deuda

dariana

En Luces de bohemia, asisten al entierro de Max un Marqués y un tal Rubén.

Valle-Inclán se esconde detrás del Marqués, que es el de Bradomín, su alter ego. Como

ya se vio, aquí es donde se produciría ese desdoble del propio autor al haberle aportado

ya rasgos de su personalidad a Max Estrella. Esta es la prueba de que el desdoble es un

juego que encaja en el esperpento.

Por otro lado, está Rubén, que es Rubén Darío, a quien Valle-Inclán no esconde

bajo otro nombre ficticio. La conversación que tienen se ha analizado siempre desde su

tono de diálogo filosófico; sin embargo, dado que nuestro propósito es el de buscar

conexiones con lo que a la vida de Alejandro Sawa respecta y someterlas a crítica,

consideramos que es posible vislumbrar un acto de justicia por parte de Valle-Inclán.

Con esta escena, tal vez, Valle-Inclán pretende simbolizar su presencia en el

sepelio de Sawa, acompañándose de Darío, a quien lleva al entierro para indicar que allí

debería de haber estado. Ambos personajes conversan sobre la muerte, dejando de

manifiesto el temor del nicaragüense hacia la muerte:

RUBÉN: Marqués, la muerte muchas veces sería amable si no existiese


el terror de lo incierto. ¡Yo hubiera sido feliz hace tres mil años en
Atenas!
EL MARQUÉS: Yo no cambio mí bautismo de cristiano por la sonrisa
de un cínico griego. Yo espero ser eterno por mis pecados.
RUBÉN: ¡Admirable!
EL MARQUÉS: En Grecia quizá fuese la vida más serena que la vida
nuestra...
RUBÉN: ¡Solamente aquellos hombres han sabido divinizarla!

465
EL MARQUÉS: Nosotros divinizamos la muerte. No es más que un
instante la vida, la única verdad es la muerte... Y de las muertes, yo
prefiero la muerte cristiana.
RUBÉN: ¡Admirable filosofía de hidalgo español! ¡Admirable!
¡Marqués, no hablemos más de Ella! (Valle-Inclán, 1987: 192).

Rubén se refiera a la muerte como a “Ella”, con mayúscula. Esto es una

reminiscencia de aquella lacónica nota que envió a casa de Sawa para justificar su

ausencia en el velatorio, en la que decía que no iba donde estuviese “Ella”.

En Luces de bohemia, aparece otra vez esta referencia, pero en vez de cuando Max

Estrella ya está muerto, el personaje de Rubén habla con él en vida en los mismos

términos y manifiesta igualmente sus temores ante los misterios de ultratumba, volviendo

a referirse a la muerte como “Ella”:

MAX: El café es un lujo muy caro, y me dedico a la taberna mientras


llega la muerte.
RUBÉN: Max, amemos la vida y, mientras podamos, olvidemos a la
Dama de Luto.
MAX: ¿Por qué?
RUBÉN: ¡No hablemos de Ella! […]
MAX: ¿Tú eres creyente, Rubén?
RUBÉN: ¡Yo creo!
MAX: ¿En Dios?
RUBÉN: ¡Y en el Cristo!
MAX: ¿Y en las llamas del Infierno?
RUBÉN: ¡Y más todavía en las músicas del Cielo!
MAX: ¡Eres un farsante, Rubén!
RUBÉN: ¡Seré ingenuo!
MAX: ¿No estás posando?
RUBÉN: ¡No!

466
MAX: Para mí, no hay nada tras la última mueca. Si hay algo, vendré a
decírtelo.
RUBÉN: ¡Calla, MAX, no quebrantemos los humanos sellos!
MAX: Rubén, acuérdate de esta cena. Y ahora mezclemos el vino con
las rosas de tus versos. Te escuchamos.
(RUBÉN se recoge estremecido, el gesto de ídolo, evocador de terrores
y misterios) (Valle-Inclán, 1987: 140 y ss).

Si bien se trata de “una difusa conversación teosófica y espiritista” (Villanueva,

1994: 69), la acotación es tan significativa como el propio texto, ya que muestra el temor

del personaje de Rubén hacia la muerte. Pero, sin duda, la intervención más espléndida

Valle-Inclán la deja para el final. Y es el Marqués el que da una lección, que creemos que

se trata de un reproche de Valle-Inclán hacia Rubén Darío, pese a que este ya había

fallecido cuando Valle-Inclán publica su obra:

UN SEPULTURERO: Caballeros, si ustedes buscan la salida, vengan


con nosotros. Se va a cerrar.
EL MARQUÉS: ¿Rubén, qué le parece a usted quedarnos dentro?
RUBÉN: ¡Horrible!
EL MARQUÉS: Pues entonces sigamos a estos dos.
RUBÉN: ¿Marqués, quiere usted que mañana volvamos para poner una
cruz sobre la sepultura de nuestro amigo?
EL MARQUÉS: ¡Mañana! Mañana habremos los dos olvidado ese
cristiano propósito […]
RUBÉN: Mañana, Marqués.
EL MARQUÉS: Ante mis años, y a la puerta de un cementerio, no se
debe pronunciar la palabra mañana. En fin, montemos en el coche, que
aún hemos de visitar a un bandolero. Quiero que usted me ayude a
venderle a un editor el manuscrito de mis Memorias. Necesito dinero.
Estoy completamente arruinado, desde que tuve la mala idea de
recogerme a mi Pazo de Bradomín. ¡No me han arruinado las mujeres,
con haberlas amado tanto, y me arruina la agricultura!
RUBÉN: ¡Admirable!

467
EL MARQUÉS: Mis Memorias se publicarán después de mi muerte.
Voy a venderlas como si vendiese el esqueleto. Ayudémonos (Valle-
Inclán, 1987: 195 y ss).

Antes de explicar el juego del reproche, no está de más que aclaremos por qué

escoge Valle-Inclán esta anécdota de la agricultura. Zamora Vicente ha observado:

Pues bien, la razón que el Marqués da para autorizar la venta de sus


memorias está en que se encuentra arruinado: “Necesito dinero. Estoy
completamente arruinado desde que tuve la mala idea de recogerme a
mi Pazo de Bradomín. ¡No me han arruinado las mujeres, con haberlas
amado tanto, y me arruina la agricultura!” Detrás de estas frasecillas,
aparentemente inocentes, se oculta otra verdad, solo reconocible para
algunos: ahí se agazapa la aventura labrantina de Valle Inclán, quien,
allá por los años primeros de la primera guerra mundial, se refugió en
La Merced, finca cercana a La Puebla del Caramiñal, en un arranque de
señor rural. Allí nacieron varios de sus hijos. La aventura, naturalmente,
no resultó tan lucida como su héroe pretendía (1967: 38).

Según los datos, el episodio del contacto con la vida rural acomodada de Valle-

Inclán tuvo lugar durante los primeros años de la Primera Guerra Mundial, es decir, a

partir de 1914. Aprovechamos para recordar que la muerte de Sawa fue en 1909, de modo

que nada tienen que ver unos acontecimientos con otros por hallarse dispares en el tiempo.

Esto muestra, una vez más, que Luces de bohemia no busca una exactitud histórica o

cronológica, sino la conexión con diversos episodios, anécdotas o datos de la vida real,

puestos a convivir caprichosamente por el gallego para reflejar un esperpéntico panorama

del primer tercio del siglo XX.

Volviendo al personaje de Rubén, no solo se aprecia en él el temor ante la idea de

pernoctar en el cementerio, sino que también se habla de “mañana”, de las intenciones

468
que tenía para el día siguiente. Al igual que retrasó su deuda con Sawa y luego fue

demasiado tarde, al igual que dejó para otro día rendirle un homenaje en vez de acudir a

su entierro. Quizás, la puerta del cementerio simboliza la agonía de Sawa, cuando ya tenía

un pie más allí que aquí. En ese momento no debió “dejarlo para mañana”. El personaje

del Marqués le dice a Rubén que los propósitos que se dejan para más tarde acaban

olvidándose, tal y como sucedió en la realidad.

Asimismo, el Marqués invita a Rubén a acompañarle a hacer una visita a un

bandolero, o sea, a un editor. Recuerda a ese Sawa insobornable que defendía el talento

por encima del dinero, que hablaba de robo al referirse a la venta de su talento. Pero que,

apretado por las circunstancias, a veces se vio obligado a “prostituir su ingenio”. El

marqués necesitaba dinero porque estaba arruinado, Sawa necesitaba dinero y trabajó para

Darío, escribiéndole artículos para que los firmase como suyos. El Marqués quiere

publicar sus Memorias, que se podrían incluso corresponder con las más íntimas

confesiones de Sawa, sus Iluminaciones en la sombra. El sevillano reclamó el dinero al

nicaragüense porque quería que su obra más preciada viese la luz; obra que, al final, fue

póstuma, como lo serían las Memorias del Marqués. Al fin y al cabo, Sawa también estaba

vendiendo su esqueleto.

No es la única vez que Valle-Inclán tilda a los libreros y editores de bandoleros,

bandidos o traidores. También lo hace en la segunda escena, cuando Max va a reclamar

a Zaratustra y lo llama “bandido” (Valle-Inclán, 1987: 57).

Por último, “¡Ayudémonos!”, la última frase de la Luces de bohemia, puede ser

una invitación a hacer algo. Valle-Inclán invitó a Darío en aquella carta a hacer algo por

Sawa, a ayudarle a que las Iluminaciones en la sombra saliesen de la sombra, es decir,

que se publicaran. La respuesta fue el famoso prólogo. No se va a negar su emotividad,

469
pero, como ya se vio, a pesar de ser muy revelador en lo que a la figura de Alejandro

Sawa se refiere y aporta algo de sus años parisinos, además de que puede tener una gran

carga simbólica, no deja de estar impregnado por un trasfondo de lavatorio de conciencia.

470
3.3.4. La recuperación de la vista de Max Estrella

En dos ocasiones, Max Estrella cree que recobra la vista:

MAX: ¡Espera, Collet! ¡He recobrado la vista! ¡Veo! ¡Oh, cómo veo!
¡Magníficamente! ¡Está hermosa la Moncloa! ¡El único rincón francés
en este páramo madrileño! ¡Hay que volver a París, Collet! ¡Hay que
volver allá, Collet! ¡Hay que renovar aquellos tiempos!
MADAMA COLLET: Estás alucinado, Max.
MAX: ¡Veo, y veo magníficamente! MADAMA COLLET: ¿Pero qué
ves?
MAX: ¡El mundo!
MADAMA COLLET: ¿A mí me ves?
MAX: ¡Las cosas que toco, para qué necesito verlas!
MADAMA COLLET: Siéntate. Voy a cerrar la ventana. Procura
adormecerte.
MAX: ¡No puedo!
MADAMA COLLET: ¡Pobre cabeza!
MAX: ¡Estoy muerto! Otra vez de noche.
(Valle-Inclán, 1987: 48-49).

MAX: Latino, me parece que recobro la vista. ¿Pero cómo hemos


venido a este entierro? ¡Esa apoteosis es de París! ¡Estamos en el
entierro de Víctor Hugo! ¿Oye, Latino, pero cómo vamos nosotros
presidiendo?
DON LATINO: No te alucines, Max.
MAX: Es incomprensible cómo veo.
DON LATINO: Ya sabes que has tenido esa misma ilusión otras veces.
MAX: ¿A quién enterramos, Latino?
DON LATINO: Es un secreto que debemos ignorar.
MAX: ¡Cómo brilla el sol en las carrozas!
DON LATINO: Max, si todo cuanto dices no fuese una broma, tendría
una significación teosófica... En un entierro presidido por mí, yo debo

471
ser el muerto... Pero por esas coronas, me inclino a pensar que el muerto
eres tú.
MAX: Voy a complacerte. Para quitarte el miedo del augurio, me
acuesto a la espera. ¡Yo soy el muerto! ¿Qué dirá mañana esa canalla
de los periódicos?, se preguntaba el paria catalán.
(Valle-Inclán, 1987: 172-173).

No se trata de una recuperación real de la vista, sino de alucinaciones. Estas están

siempre relacionadas con París. En la primera, Max Estrella propone a Collet que vuelvan

a la capital francesa y, en la segunda, asiste al entierro de Victor Hugo y Don Latino le

dice que ya ha tenido esa ilusión otras veces.

Seguramente, Valle-Inclán introdujo estos pasajes por varios motivos y con varias

intenciones. En primer lugar, porque Alejandro Sawa siempre estuvo obsesionado con

volver a París. Recordemos que así lo afirmaba Rubén Darío en el prólogo de

Iluminaciones en la sombra. Por eso, Valle-Inclán hace que las alucinaciones de Max

Estrella estén relacionadas con París, incluso con Victor Hugo, figura, como ya vimos,

admirada por Sawa.

Sin embargo, las cosas de la vida real no las ve, pues a Max Estrella le basta con

tocarlas. De este modo, sus alucinaciones se convierten en el ideal, pues no las puede

palpar.

Por otro lado, esto también tiene una conexión con la realidad. Cuando

analizábamos los testimonios sobre Alejandro Sawa, rescatamos uno de Pierre Rien,

titulado “La ceguera de Alejandro Sawa”, que se publicó en El Defensor de Granada, el

10 de octubre de 1920, y en el que se narraba que el escritor, estando ya ciego, decía que

estaba recobrando la vista. Sin embargo, cuando no apreciaba la luz del quinqué, llegaba

a decir a su mujer que no lo había encendido; para comprobarlo, ponía la mano encima y

472
se quemaba, si bien no lo reconocía o bien, la ilusión por recobrar la vista era más

poderosa.

Por lo tanto, podemos decir que, una vez más, en Luces de bohemia está reflejado

otro episodio de la vida de Alejandro Sawa, si bien distorsionado y literaturizado por

Valle-Inclán, pero guardando cierta correspondencia con la realidad. Al igual que en el

apartado anterior Valle-Inclán ocultó el asunto de la deuda dariana e hizo ir al entierro de

Max Estrella a Rubén, para manifestar que en el de Sawa tendría que haber estado Darío,

aquí también introduce connotaciones. Recuperar la vista implica hacerse la luz y, para

Sawa, sus años luminosos se desarrollaron en París, de tal modo que la vuelta a Madrid,

la enfermedad y la miseria equivalen a la noche, independientemente de que Sawa/Max

esté ciego. Por ello, creemos que Valle-Inclán hace que las alucinaciones de Max Estrella

tengan relación con París, porque para Sawa la luz también es París.

473
474
3.3.5. Madama Collet y Claudinita: referencias a la obra

Claudine, de Colette

Si bien esta correspondencia ya la adelantamos al citar el texto de Eduardo

Mendaro de su libro Recuerdos de un periodista de principios de siglo, consideramos que

es en este epígrafe, dedicado a las nuevas aportaciones sobre Luces de bohemia, donde

debemos desarrollarlo.

Es evidente que Valle-Inclán hace que la mujer de Max Estrella sea francesa para

que se asemeje a Jeanne Poirier y que la hija sea una adolescente para que se corresponda

con Helena Rosa Sawa. Esta ha sido la afirmación unánime de los estudiosos. Sin

embargo, nosotros consideramos que los nombres no fueron elegidos al azar.

Mendaro relataba la anécdota de aquella señorita extranjera que charlaba con

Sawa hasta altas horas de la madrugada en la tertulia de la revista España. Ambos,

evocaban lugares de París mientras ella imitaba al personaje Claudine de Colette. Ya

apuntamos la relación entre la escritora y su personaje con la mujer y la hija de Sawa,

pues el nombre de Collet es fonéticamente similar a Colette y Claudinita ha pasado por

la castellanización y transformación en diminutivo de Claudine.

La escritora Colette se casó con Henry Gauthier-Villars (1859-1931), quien

firmaba siempre como “Willy”. Aprovechándose del talento de su mujer, él colocaba su

apodo en algunas novelas que ella había escrito. Tal fue el caso de las famosas

“Claudinas”. Estas novelas las escribió Colette entre 1900 y 1903 y, en la portada de la

primera entrega, pone “Claudine à l´école, par Willy” (Colette, 1900).

Con esta circunstancia como premisa, es posible que Valle-Inclán en Luces de

bohemia quisiera reflejar no solo la amistad de Sawa con aquella extranjera que imitaba

475
a Claudine, sino también que su propia mujer, además de ser francesa, era quien le

escribía las cartas durante los últimos años y a quien él dictaba sus escritos, si bien él

aportaba su firma intentando que los trazos de esta no revelasen su ceguera. Del mismo

modo que Colette escribía y “Willy” firmaba.

Al final, puesto que el público conocía que la autora era Colette, acabaron

llamándola Colette Willy, y por eso Mendaro la llama así en su historia (1958: 71).

Aunque debemos recordar que escribió Collet. Es posible que Valle-Inclán también

creyese que así se escribía, haciendo aún más evidente la conexión. Sin perder de vista

que Valle-Inclán escribía en la revista España, por lo que es posible que conociese la

existencia de Pierret.

476
3.4. La invisible, de Ernesto Bark: un texto perdido

Ernesto Bark tiene una gran relevancia en esta investigación. No solo dio

testimonio sobre Alejandro Sawa o se ha convertido en el personaje de Basilio Soulinake

en Luces de bohemia, sino que, además, hizo que Alejandro Sawa fuera el protagonista

de su novela La invisible, de la trilogía Alborada. Los tres libros de los que se componía

eran: Alborada, La Invisible y Aurora Boreal, todas ellas denominadas “novelas político-

sociales contemporáneas”, pues así aparece en La Santa Bohemia, cuando, al final del

todo, se recoge otras “Obras del mismo autor”184.

Iris Zavala, en su Introducción a Iluminaciones en la sombra dice, refiriéndose a

Bark: “De su novela Alborada sabemos que Sawa es el protagonista” (Zavala, 1977: 22).

En la propia obra, Sawa hace mención al texto, a lo que Bark decía de él, así como que le

había hecho llegar un ejemplar:

Ernesto Bark me envía un libro suyo que intitula novela, del que yo
resulto protagonista, yo, mi ser físico, mi pobre envoltura material, en
unión de un esqueleto. No me quejo de la compañía […]
En ese libro que acaba de enviarme, más de la mitad me está
consagrado. Hombre de llamas, consume mucho y purifica mucho. De
mí dice cosas bellas y generosas también, y algunas que son como la
expresión de una cólera malsana: las llamas son así (Sawa, 1977: 213-
214).

A estas palabras se refiere Dolores Thion cuando apunta: “En La Invisible, el

protagonista encarnaba la figura de Alejandro Sawa. Al recibir este regalo, Sawa realizó

varios comentarios sobre su amigo” (Thion, 1998: 281-282).

184
Ver anexo IV, imagen 6.

477
Esta novela no ha sido localizada. Sin embargo, puesto que sabemos por otros

testimonios y por el propio Sawa que existe y que él aparece como personaje protagonista,

estamos obligados a introducirla en uno de los apartados de esta tesis, en el Capítulo III,

pues nuestro objetivo es recoger un catálogo completo de todos los personajes que han

podido ser Alejandro Sawa.

La profesora Thion, en otro de sus artículos dedicados a Bark, dice:

Con la democratización de la literatura, se podría despertar emociones


y pasiones, educar la sensibilidad, elevar y adoctrinar al individuo. Esta
instrumentalización de la literatura prevalece en su bibliografía y en sus
colaboraciones periodísticas donde reclama con insistencia la presencia
en toda creación literaria de los ideales progresistas y los valores
universales. Sus novelas, Los Vencidos o La Invisible, son mera
traducción en universos ficticios de su particular singladura y de sus
proyectos internacionalistas (Thion, 2015).

Al mencionar La Invisible, aparece una nota al pie185 donde se dice: “El impresor

José Pueyo incluía en su catálogo de librería desde 1897 la novela de Bark, La Invisible,

que el escritor subtitulaba al igual que Los Vencidos, Novela contemporánea político-

social. Dicha novela nunca se ha llegado a localizar” (Thion, 2015).

Respecto a Los vencidos, Dolores Thion publicó una edición en 2005, con el texto

original de 1891. En el estudio introductorio hay varias referencias a Alejandro Sawa.

Nos parece especialmente interesante la que sigue a continuación, pues nos muestra que

tanto Bark como Sawa, eran personajes en vida y buscaban valores superiores: “Bark

representa al igual que Alejandro Sawa el prototipo de bohemio revolucionario

185
Nota número 11.

478
finisecular: un creador de su propia leyenda y personaje de su misma existencia, soñador

y generoso, que abnegó su existencia a la lucha por el ideal” (Thion, 2005: 26).

479
480
3.5. Encarnación, de Joaquín Dicenta: el retrato más certero de

Alejandro Sawa

Dejando a un lado a Rafael Villasús y a Max Estrella, personajes tan conexos entre

sí, pero en el lapso de tiempo que va de la aparición de uno a la del otro, concretamente

en 1913, Joaquín Dicenta publica Encarnación. Aquel amigo que intentaba hacer una

crítica a la adaptación y traducción de Los reyes en el destierro de Alphonse Daudet,

ocupando la oda sitio central en la portada de El Liberal, y que acabó deshaciéndose en

elogias para quien consideraba su hermano, y quien fue uno de los integrantes de la

reducida lista de asistentes al sepelio de Alejandro Sawa, cuatro años después, retrataba

a su compatriota en una novela.

Es interesante detenerse en un exhaustivo análisis de la misma, porque aporta un

punto de vista que poco o nada tiene que ver con los personajes que ya han aparecido.

Estableciendo un claro paralelismo con Declaración de un vencido o El árbol de la

ciencia, en las que los novelistas literaturizaban su biografía, Joaquín Dicenta encarna a

Tomás, novelando una serie de vivencias acontecidas a finales del siglo XIX. con un

joven Alejandro Nava. Sin embargo, en vez de la primera persona, recurre a la tercera,

con un narrador omnisciente, que utiliza de protagonista a Tomás.

En cuanto a Alejandro Nava, es llamativo que no solo no le cambia el nombre de

pila, sino que establece un parecido fonético con el apellido (Sawa/Nava, puesto que la

pronunciación correcta de Sawa equivale a “Sava”). Frente a Carlos Alvarado Rodríguez,

Rafael Villasús, Max Estrella, Fermín García Pipot, César Andión o Juan Pérez del

Corral, parece que Dicenta quiere dejar evidencia de quién es cada personaje de su novela

o, al menos, condensar su esencia sin perder de vista que, una vez más, es en el campo de

la ficción donde se enmarca este apartado.

481
En este caso, los hilos que atan al personaje a la realidad son muchísimo más

fuertes que en cualquiera de los casos anteriores, y esto tiene justificaciones bien claras:

Joaquín Dicenta novela desde sus vivencias, las cuales ha compartido con Alejandro Sawa

y puede enmarcarlo en unos hechos que más o menos se dieron del modo en que se

cuentan. Esto lo aleja de Valle-Inclán, pues pese a que el gallego también era amigo de

Sawa, ya se vio oportunamente que los hechos de Luces de bohemia no aspiran a la

historicidad, sino que se entremezclan las ideas y sucesos políticos de un tiempo que

Valle-Inclán vivió, pero Sawa no lo hizo. Es más, como ha quedado demostrado, la obra

de teatro parte de El árbol de la ciencia para redimir lo que a ojos de Valle-Inclán era una

difamación del velatorio de Sawa. Igualmente, Dicenta se distancia de Pío Baroja, quien

ya se apuntó que recurría al sevillano como referente de la bohemia en sus novelas, pero

en contraposición a su alter ego. Todo ello, teniendo en cuenta que Baroja no convivió

con Sawa porque no les unía amistad, de tal modo que todos los personajes referidos

condensan la esencia del bohemio por antonomasia, pero los hechos se limitan a una

invención con pinceladas de cierta realidad subjetiva. Dicenta también aporta

subjetividad, pero en el mismo sentido que lo hacía Prudencio Iglesias Hermida, es decir,

por indudables amistad y admiración. A pesar de esto, la convivencia y el mejor

conocimiento personal entre Sawa y Dicenta, además de la linealidad, que no exactitud,

cronológica, hace que esta obra nos parezca la más relacionada con el Sawa real. Por ello,

es el texto que mayor atención merece por la cantidad de puntos de conexión que presenta,

algunos de los cuales necesitan de explicaciones pormenorizadas.

Al comienzo de la novela Encarnación, se cuenta que Tomás ingresa en la

Academia de Artillería, cosa que enorgullece a su madre, pero que después es expulsado:

482
Tales esperanzas se vinieron abajo con la rebeldía del mozo. ¡Dos años
perdidos! ¡Tomás expulsado de la Academia cuando sus estudios
estaban a punto de finar! […]
Cuando, terminados brillantemente sus estudios preparatorios, ingresó
Tomás en la Academia de Artillería, fue gran dicha la de Dolores […]
volvió a su domicilio vestido de paisano.
Tremendo fue el desengaño de la madre; copioso el caudal de sus
lágrimas (Dicenta, 1913: 8-10).

La doctora Amelina Correa, en su biografía sobre Alejandro Sawa, dedica algunas

páginas a su amigo Joaquín Dicenta, y menciona este suceso:

Joaquín Dicenta, que tiene, como Alejandro, tan solo diecinueve años
de edad, puesto que había nacido el 3 de febrero de 1862, se convertirá,
en efecto, en su entrañable amigo de estos días de inquietudes, de luchas
y de profundos anhelos de cambio. Arribado a Madrid después de un
intento fallido en la Academia de Artillería de Segovia, de donde al
parecer fue expulsado debido a su indisciplina (Correa Ramón, 2008:
67).

A partir de este momento:

Dicenta y Sawa compartirían incertidumbre y noches de vida bohemia,


escritura apresurada de cuartillas en los cafés y ebullición incesante de
proyectos y aventuras en sus años de extrema juventud. Esas
efervescentes peripecias juveniles serían tiempo después recogidas por
el propio Joaquín Dicenta en una novela autobiográfica escrita en clave
y titulada Encarnación (Correa Ramón, 2008: 67-68).

A continuación, la profesora Correa hace ciertos apuntes sobre la obra,

identificando a Alejandro Sawa con Alejandro Nava:

483
Conviene señalar que las identidades que subyacen bajo los personajes
que protagonizan Encarnación resultan en su mayoría perfectamente
identificables. Así, Alejandro Sawa se convierte en “Alejandro Nava”,
Manuel Paso en “Manuel Gaso”, etc. Joaquín Dicenta va a relatar en su
novela el ambiente en que vivían estos jóvenes compañeros de tertulias
y de inquietudes literarias, que participan activamente en la creación de
nuevos y efímeros medios de prensa, asisten a fiestas y se divierten,
pero también se ven obligados un día tras otro a agudizar el ingenio para
conseguir los medios económicos necesarios para seguir subsistiendo
(Correa Ramón, 2008: 68).

La primera aparición significativa de Alejandro Nava es para acompañar a Tomás

a un baile al que debe ir de etiqueta:

Los dos aprendices de artista que pretendían ir con Tomás al baile eran
un pintor, Manuel López Guerrero, y un literato, Alejandro de Nava.
Tenían gran talento los dos. Así tuvieran ropa negra y sombreros de
copa […]
Lo del negro traje, a medias podía resolverse. Alejandro gastaba un
terno azul que, de noche, y con misericordia […] por negro se podía
admitir (Dicenta, 1913: 29-30).

Solo con estas palabras ya se deja entrever que Joaquín Dicenta opina que Sawa

es talentoso, pero a continuación queda de manifiesto que no anda muy bien

económicamente, pues no solo debe hacer pasar el azul por negro, sino que no tienen

medios económicos para alquilar un sombrero. La solución que Nava propone entronca

con la referencia de la profesora Correa cuando apunta que debían agudizar el ingenio: a

Nava se le ocurre escribir artículos impactantes en la hora de la que disponen hasta que

comience el baile, con el fin de sacar dinero para alquilar dichos sombreros (Dicenta,

1913: 30-31). En esta misma trama llama la atención que Nava pregunte por el precio del

alquiler en francos en vez de en pesetas, pues es la primera referencia que hace Dicenta a

484
la obnubilación de Sawa con París. Y, a continuación, establece una comparativa con

Daudet y muestra el orgullo del sevillano al verse con estética parisina:

Vino don Elías a su hora aquella noche, y hubo sorpresa final en los
artículos. La producida por el remate del artículo de Alejandro fue tan
estupenda […]
Alejandro estaba magnífico con su traje azul, depósito abierto de
bencina, y su sombrero de copa angosta y alas planas; por bajo de estas
salía el negrísimo pelo, cortado a lo Daudet.
–Mi chistera es parisina, completamente parisina – exclamaba
Alejandro –. Parezco un doctor de la Sorbona (Dicenta, 1913: 32).

Esto recuerda a las múltiples comparaciones que se han hecho de Sawa con

Daudet, Víctor Hugo o Verlaine, ya fuese en cuanto a erudición o parecido físico. A lo

largo de la novela no son pocas veces las que se alude a su melena morena y la oscuridad

de su piel. De Sawa se decía que tenía cabeza de griego o rostro de árabe, y a estas

comparaciones se les suma la de Dicenta al referirse a él como “rostro africano”

(1913:65).

En cuanto a su personalidad, Nava también refleja mucho de Sawa, sobre todo en

cuento a su gusto por la bebida y su correcta dicción que asombraba a cualquiera:

[…] pero con la mente perdida en la nebulosa del alcohol, tornar a la


verbena, para beber su impresión última, para recoger las manchas del
goce canallas que a tales minutos albarinos emergen de la sombra.
Los compañeros del Susuni admiraban con la boca abierta y los ojos
fuera de sus órbitas el énfasis fraseológico del señoritín melenudo
(Dicenta, 1913: 45).

Incluso recrea las peticiones de dinero que Sawa hacía a sus conocidos con cierto

humor:

485
[…] con hambre y con jayeres.
¿Jayeres es dinero, verdad? – preguntó Alejandro.
[…]
–Gracias por la dádiva de ese nombre. Es el único que no he puesto en
circulación para pedir prestado. Lo emplearé en el primer caso que
advenga (Dicenta, 1913: 46-47).

Cabe traer a colación las llamadas de auxilio que Sawa hizo en numerosas

ocasiones a Rubén Darío, pidiéndole dinero prestado, o la constancia de que Castillo

Soriano fue generoso con él, o el testimonio de Baroja. El problema que se deriva es

cronológico: ¿ya en su juventud Sawa pedía dinero para subsistir? El Sawa que pretende

reproducir Dicenta es el joven compañero de aventuras y no el que pide préstamos a

principios del siglo XX. Por supuesto, la solvencia no es predicable de ninguna etapa de

su vida, pero es más probable aún que Dicenta condense en Nava toda la esencia

sawiana186. Es decir, se produce una condensación que desafía al tiempo, de igual modo

que se producía en lo personajes ya analizados. En este caso es el Sawa pre-París y no el

que viene de regreso a Madrid, como es el caso de los personajes valleinclanescos y

barojianos. Sin embargo, el joven Nava veinteañero ha residido en París seis semanas y

vuelve contando todo tipo de anécdotas. Esto bien recrea una actitud propia del Sawa que

residió años en la capital francesa, o bien hace alusión a esos posibles viajes a París

anteriores al de 1889, en los que pudo tratar con Victor Hugo:

Alejandro Nava, que había pasado mes y medio en París, del que
regresó a limosna de los compatriotas, refería frente al veladorcito
donde merendaba la familia Madora, aventuras fantásticas corridas por
él en la francesa capital. Estaba graciosísimo desde su retorno. Él,
andaluz neto, sevillano187 de pura cepa, hablaba con pronunciación

186
Debemos tener en cuenta que Encarnación es de 1913 y Sawa ya ha fallecido, siendo que Dicenta trató
con él hasta sus últimos días.
187
Dicenta hace coincidir también el origen sevillano.

486
parisién, casi en olvido del español idioma. Sabiéndose de memoria
Madrid, aparentaba ignorar el nombre de las calles.
[…]
“Esta señorita está a mi lado – dije – y le defiendo, señor, de tocarla.”
“esta señorita es de todo el mundo”, repuso. Yo, entonces, levantando
el… comment s´apelle? – preguntó Nava cogiendo el soporte en que
descansa la tacita de té – comment s´apelle ça?...
– Platillo, Alejandro – contestó gravemente Pérez Guerrero
– Perfectamente, platillo – repuso el orador – Levanté el platillo…
– Y continuaba la narración de su aventura, terminada con un duelo a
espada española, durante el cual recibió dos heridas, y su adversario una
que le hizo caer redondo. “No muerto, afortunadamente”, añadía
Alejandro (Dicenta, 1913: 70-71).

Dado que Alejandro Nava es un ente de ficción, no podemos tomar nada como

verdad absoluta, pero el hecho de que Dicenta haga viajar a Nava solo seis semanas a

parís, cuando Sawa estuvo seis años, es posible que la breve estancia se refiera a un viaje

anterior al conocido. Esto disiparía las dudas y podría dar veracidad al asunto del beso de

Victor Hugo, en el hipotético caso de que esto hubiera sucedido antes de 1885. Es más,

en la novela se dice que volvió gracias a la limosna de sus amigos. Recordemos que

Bonafoux, en aquel artículo titulado “Sawa, su perro y su pipa”, llegó a decir que Sawa

había hecho un viaje para conocer a Victor Hugo y que se había ido a París a pie. A

sabiendas de que esto es una exageración, no sería descabellado pensar que, debido a sus

necesidades económicas, los amigos le ayudaran a regresar.

Si bien lo anterior es una posibilidad que no hemos podido confirmar, el texto

tiene otras conexiones con la realidad de las que estamos seguros. Tal es el caso de la cita

“esta señorita es de todo el mundo”, que es un claro guiño a la novela La mujer de todo

el mundo.

487
Por otro lado, y aunque en un primer momento pueda parecer una fantasía, está el

asunto de batirse en duelo. Cuando se habla de esta práctica en aquella época,

inevitablemente pensamos en Valle-Inclán, quien era aficionado a esta costumbre, pues

perdió el brazo a causa de una discusión con el escritor y periodista Manuel Bueno (1874-

1936) sobre la procedencia o no de que los jóvenes conservaran la práctica de batirse en

duelo. Al parecer, a causa de un bastonazo, el gemelo de su camisa hirió su muñeca,

posteriormente la herida se gangrenó y acabó provocando tal infección que tuvieron que

amputarle el brazo.

Esta costumbre tan arcaica se seguía practicando y, de hecho, hemos encontrado

una noticia en el poco conocido diario granadino, La Alianza, del día 17 de septiembre

de 1895, si bien especifica que se trata de una noticia del día 15, en la que se informa de

cómo han quedado ciertos duelos que se han celebrado. Comienza diciendo: “Se han

celebrado varios duelos de los que hay concertados” (Anónimo, 1895: 3), para continuar

especificando quiénes han salido ilesos y quiénes heridos. Entre los heridos se encuentra

Luis Paris, aquel que escribió sobre la “Gente Nueva”. Posteriormente, se dice “Los

lances pendientes con los señores Delorme, Sawa y Dionisio Pérez, se arreglaron por

medio de actas satisfactorias que firman los señores Cuéllar, Méndez y Báez” (Anónimo,

1895: 3)188.

En primer lugar, si bien es cierto que el duelo no se celebra porque median actas

escritas, no lo es menos que si se han desafiado en un momento dado, es posible que esta

práctica se haya llevado a cabo más a menudo, por lo que no debemos descartar que los

contrincantes se hayan batido en duelo alguna vez tomando las armas. Por otro lado, no

se nos da el nombre del Sawa, por lo que podría ser Alejandro o cualquiera de sus

188
Ver Anexo III, imagen 13.

488
hermanos. Nos decantaríamos por Alejandro porque el Delorme que se cita, que también

ha firmado un acta es Rafael Delorme (1867-1897), uno de los escritores miembros del

grupo Germinal, amigo de Alejandro Sawa, Joaquín Dicenta, Ernesto Bark y Eduardo

Zamacois, entre otros, por lo que cabría la posibilidad de que el motivo de su duelo

estuviera próximo al del motivo de Sawa. El otro nombre que aparece es el de Dionisio

Pérez (1872-1935), quien también era escritor, político y periodista. Cuéllar189, Méndez

y Báez no sabemos quiénes son, ni qué motivos tendrían para enfrentarse a los escritores.

Sin duda, el dato que más nos desconcierta es el de la fecha, pues hasta 1896 no

regresó Sawa de París. Esto nos haría pensar que volvió entre medias, antes del regreso

definitivo, que se retó por medio de alguna misiva o telegrama, o que el Sawa que aparece

era un hermano suyo. En este último hipotético caso, tampoco descartaríamos la

posibilidad de que Alejandro Sawa se hubiera batido en duelo en alguna ocasión.

Conociendo de su ceremoniosidad, de su gusto por hacer de su vida un espectáculo, de

sus aires de superioridad y de sus ideas del honor y la integridad moral, no es de extrañar

que cayera en esta práctica en algún momento.

Por último, como vemos en la noticia, en los duelos que sí se celebraron se

emplearon bien pistolas, bien sables. La anécdota de Alejandro Nava en la ficción habla

de espada española. Hemos investigado sus diferencias y ambas armas se utilizaban en el

siglo XIX con la diferencia de que el sable tiene la hoja curva, mientras que la de la espada

es recta. Salvo esa diferencia, es posible que el Alejandro Sawa de carne y hueso se batiese

en duelo a espada o a sable en alguna ocasión.

Dejando de lado esta anécdota tan sensacionalista, existe otro dato que también

entra en conexión con la realidad. El personaje Alejandro Nava dice “comment s´apelle

189
Julio Burell tenía como segundo apellido Cuéllar, pero, si fuera él, el periódico citaría al señor Burell y
Cuéllar o solo Burell, por lo que hay pocas posibilidades de que se refiera a él.

489
ça?”, cuando no se acuerda de cómo se dice una palabra en español. Cuando analizamos

los testimonios sobre Sawa, Luis Ruiz Contreras, en sus Memorias de un desmemoriado,

decía textualmente: “hablaba en correcto castellano con pronunciación francesa, y de vez

en vez interrumpía su discurso con un Comment s´apelle ça? Levantaba el brazo; rozaba

el pulgar con el índice para producir un chasquido; erguía la cabeza como si esperase que

le cayera de las nubes la palabra” (Ruiz Contreras, 1946: 117). Evidentemente, la

referencia de Dicenta en la ficción a la pregunta en francés es una clara alusión a la

costumbre del propio Sawa de emplearla.

Por otro lado, en Encarnación, un parnaso formado por: “Esmeralda, África,

Varona, el violinista, Gaso, Pérez Guerrero, Nava, la oradora del club, Paquito, Ernestín

y los fieles del rincón solitario discutían por turno o en montón para exponer, entre teorías

absurdas, entre imbéciles snobismos, ideales, tendencias, ensueños, porvenires artísticos”

(Dicenta, 1913: 73). Además, “sobre ellos flotaba la belleza”190 (Dicenta, 1913: 73) y se

reunían en el Cenáculo de Lisboa (1913: 61). Se está refiriendo al Café Lisboa. Esto es

explicado por Amelina Correa:

En cuanto a Encarnación, la novela nos relata de igual modo que el


cenáculo de principiantes y animosos bohemios se solía reunir en el
Café Lisboa. Dicho café se encontraba situado en la misma Puerta del
Sol, y fue, en efecto, uno de los que adquirió tradición en la etapa de
entresiglos (2008: 70).

Es indiferente que Joaquín Dicenta opte por un café concreto, pues las veces de

lugar de reunión de literatos e intelectuales durante largas noches, que eran habituales en

el centro de la capital, podía cumplirlas cualquier otro café: Café Pombo, Café Gijón,

190
Nos recuerda a las palabras de Rubén Darío en el prólogo de Iluminaciones en la sombra, donde decía
que Sawa amaba la Belleza y las sagradas cualidades mayúsculas.

490
Café Comercial, Café Colonial, Nuevo Café Levante… Además, recordemos que el

proyecto del Cenáculo de Bark y Sawa se llevaba a cabo en el Café Mercantil. Sin perder

de vista, que Bark contaba en La Santa Bohemia que Sawa dejó la dirección del grupo a

Dicenta: “Sawa, quien había dejado la dirección del grupo a Joaquín Dicenta y Rafael

Delorme, su fiel escudero” (Bark, 1913: 21). Por lo tanto, las referencias a las reuniones

en los cafés con Alejandro Nava es una clara reminiscencia de aquellas tertulias y aquellos

proyectos. Tampoco debemos obviar que Bark cita a Delorme, quien también estaba

implicado en el asunto de los duelos. La presencia de Delorme en el círculo más íntimo

de Sawa hace que la suposición de que el Sawa que aparece en la noticia del duelo sea

Alejandro, y no Enrique, Manuel o Miguel, va ganando veracidad.

El último de los aspectos de la novela que vamos a analizar en su paralelismo con

la realidad es la fundación de un periódico: El Rebelde. En dicho periódico había

colaborado Alejandro Nava:

Alejandro Nava les encargaba que lo pregonasen gritando: “¡El


Rebelde, con una crónica de su corresponsal en París, el gran novelista
Alejandro Nava!”
[…] estaba insoportable con su artículo en El Rebelde; miraba a la
gente con olímpica compasión, sacudía al aire su hermosa melena de
azabache y recitaba trozos de su artículo a todo el mundo, hasta a los
camareros (Dicenta, 1913: 136-138).

Teniendo en cuenta lo obvio, que es la reiterada referencia al pelo negro tan

distintivo de Sawa y la recitación de memoria a la que acostumbraba (recuérdese que a

altas horas de la madrugada recitaba de memoria sus artículos y los versos de Verlaine),

es importante detenerse en el ficticio periódico. En primer lugar, no existió ninguna

publicación con dicho nombre, pero sí algunas cuya esencia puede querer representar:

491
Ernesto Bark […] junto con Eduardo Zamacois, será uno de los
fundadores en 1897 de la revista Germinal, que aglutinaría en torno a
sí a buena parte de los autores innovadores de la época abriendo camino
hacia lo que se ha considerado tradicionalmente como generación del
98, previamente había creado en 1888, junto con Joaquín Dicenta,
Isidoro López Lapuya, Antonio Palomero y Ricardo Fuente lo que
puede considerarse un antecedente del grupo de Germinal, denominado
Agrupación Demócrata-Socialista (Correa Ramón, 2008: 119-120).

Sin embargo, el primer número de esta revista se publicó el 30 de abril de 1897,

de tal modo que Sawa ya no era aquel joven veinteañero, pero sí el que había regresado

de París, cosa que encajaría con las alusiones que se hacer a dicha ciudad. Pero, pese a la

amistad que mantenía con los fundadores de Germinal, él mismo no publicó hasta que la

revista no llevó cierto tiempo de andadura:

Alejandro no va a publicar ningún artículo propio en la revista Germinal


hasta varios años después; de hecho, hasta que la publicación entre en
su cuarta etapa que comenzará el 2 de septiembre de 1903. En esos
momentos, y a lo largo de ese mes, aparecerán un par de colaboraciones
con su firma (Correa Ramón, 2008: 212).

Esos dos artículos fueron Hampa política, publicado el 16 septiembre 1903

(1903a), y Hay que insistir, del 23 de septiembre de 1903 (1903b).

Por otro lado, años antes, podemos encontrar los precedentes de Germinal en la

Agrupación Demócrata-Socialista:

En 1888 fundó con Isidoro López Lapuya, Ricardo Yesares, Ricardo


Fuente y Antonio Palomero entre otros, la Agrupación Demócrata-
Socialista que se consolidaría en 1897 con el Grupo Germinal. Los

492
primeros portavoces de la Agrupación fueron La Piqueta (Madrid,
1888) y El Radical (Madrid, 1889) (Thion, 1998: 29).
[…]
La mayoría de los compañeros de Bark siguieron una trayectoria
periodística semejante y participaron hacia 1897 en la constitución de
un grupo socio-político representativo bajo el nombre de Grupo
Germinal. A él llegaron muchos intelectuales entre los cuales Joaquín
Dicenta se erigió como cabecilla. Su portavoz salió a la luz el 30 de
abril de 1897, como órgano del socialismo en política, del Naturalismo
del último Zola en literatura y con especial interés por los problemas
sociales y políticos. Aquel “proletariado intelectual”, en palabras de
Bark, creía en la capacidad regeneradora del arte que permeabilizaba a
las conciencias sus ideas fuerza y transformaba paulatinamente al
público (Thion, 1998: 48).

Ahora bien, entre la actividad periodística de Alejandro Sawa, no hay la mínima

referencia ni a La Piqueta, ni El Radical, ni a ningún artículo escrito entre 1886 y 1894

en España191, período en el que se insertan las fundaciones de ambas publicaciones y que

coincide con el gran viaje de Sawa a París, fechado en 1889.

En cambio, en 1890, concretamente el 1 de agosto de ese año, escribe “Chronique

hebdomadaire” en la Correspondance Latine (Zavala y Chavarría, 2008: 67), y se trata

de una crónica de París, a modo de corresponsal: “Una crónica de París que en esta época

del año por la que atravesamos […] He aquí por qué esta crónica de París […]” (Zavala

y Chavarría, 2008: 67-69). Claro está, esto entronca a la perfección con el anuncio que

vocifera Nava en Encarnación: “¡El Rebelde, con una crónica de su corresponsal en París,

el gran novelista Alejandro Nava!”, pues se trata de una crónica de París escrita por un

residente en París que ha sido novelista.

191
Salvo el texto “Cabeza de estudio: Pilar”, que rescatamos y analizamos oportunamente en el capítulo
anterior, que data de diciembre de 1889.

493
A todo lo anterior hay que añadirle un apunte que se deriva de una publicación

concreta de Germinal en la que se presentaba a Alejandro Sawa:

La revista Germinal, que se editaba con periodicidad semanal, dedicó

en su segundo número una atención especial a la figura de Alejandro

Sawa, al que consideraba representativo de la lucha por la nueva

literatura y por la cuestión social. Así, la portada del 1 de mayo de 1897

reproducirá una fotografía del escritor, junto a un texto de Zamacois

titulado “A la juventud”, a la vez que en la página segunda se va a

incluir un breve artículo sin firma titulado “Gente Nueva. Alejandro

Sawa” (Correa Ramón, 2008: 211-212).

Después de todo, parece que El Rebelde es una ficción creada por Dicenta para

concentrar la relación de Alejandro Sawa con la prensa y su compromiso social, así como

dejar de manifiesto el lugar referencial que ocupaba entre sus compañeros durante un

largo lapso de tiempo que abarca desde las andanzas madrileñas de juventud, hasta su

regreso de París. De este modo, Alejandro Nava es la esencia de Alejandro Sawa, con

todos los rasgos que conformaron y que han sido aglutinados en una novela en la que no

importa su exactitud temporal, pero que es mucho más concreta que Luces de bohemia, y

en la que se percibe el espíritu de un Sawa joven y revolucionario y no la de un ciego,

enfermo y desengañado, cuyo velatorio resultó ser casi esperpéntico por las terribles

circunstancias que lo rodearon. El personaje de Alejandro Nava comparte más con los

bohemios barojianos que con Max Estrella. De hecho, Baroja también recreaba el regreso

de París. La gran diferencia reside en el modo de tratar a los personajes. Mientras Baroja

utiliza a Sawa como contraposición a sus protagonistas, Dicenta da a Nava un lugar al

lado del protagonista, resaltando sus cualidades y haciendo un homenaje a su amigo, del

494
que conoce hechos más concretos porque lo vivió como testigo, y no a través de terceras

personas, como lo hizo Baroja.

495
496
3.6. La sombra de Verlaine, de José Montero: un cuento bohemio y

alegórico

El 18 de abril de 1914, un año más tarde de la publicación de la novela de Joaquín

Dicenta que acabamos de analizar, José Montero publicó un cuento en La Esfera. Lo

tituló La sombra de Verlaine. Tras el protagonista, la crítica ha visto otra semblanza de

Alejando Sawa (Correa Ramón, 2008: 298; Zavala, 1977: 61). Con solo prestar atención

a dicho título, ya se puede relacionar a Sawa con el personaje de este relato breve,

teniéndose en cuenta que Sawa admiraba profundamente al poeta francés y volvió a

Madrid recitando sus versos de memoria y como abanderado de las nuevas corrientes que

en París estaban en boga y de las que Verlaine era el máximo representante. De este modo,

La sombra de Verlaine hace pensar en alguien que imita a Paul Verlaine y, sin duda,

Alejandro Sawa era dicho imitador por antonomasia. Sin perder de vista que su muerte

causó gran impresión en el bohemio sevillano. Sin embargo, poco fundamento tendría un

título sugerente aisladamente. En cambio, al leer el cuento en su totalidad, se aprecian

varios rasgos que sugieren la figura del bohemio, a la vez que otros datos hacen cuestionar

que José Montero quisiera plasmar a Sawa con evidencia. A diferencia de Dicenta o

Valle-Inclán, que quieren dejar de manifiesto en quién están pensado y se lo ponen fácil

al lector para que identifique rápidamente a los personajes, Montero hace algo más

parecido a Baroja. Ya vimos, dentro de este capítulo, que el vasco seguía una técnica

basada en la elaboración de un personaje bohemio a partir de quien era el referente y

tomaba no solo sus características principales y las difuminaba, sino que también recurría

a su entorno. De este modo, César Andión, Fermín García Pipot y Juan Pérez del Corral

coincidían en muchos rasgos con Alejandro Sawa, pero diferían en otros tantos; y esto

mismo es lo que le sucede al protagonista de La sombra de Verlaine. Llama la atención

la cantidad de información que se da en un relato que apenas ocupa dos páginas (pues el

497
tamaño de las ilustraciones es considerable). Del mismo modo, es sorprendente que el

espacio dedicado a la descripción es tanto o más que el dedicado a la acción. Sin lugar a

duda, lo que prima en este cuento no es la historia de amor que subyace, sino la recreación

de la figura de un bohemio:

Una tarde irrumpió en la tertulia un mozo alto y galán. Era de tierras de


Cantabria y tenía los ojos soñadores, como hechos a la visión de
paisajes de niebla. En su espíritu de aventura yacía un genio
emprendedor que le empujaba a vagar sin rumbo, luciendo al sol, como
un trofeo, los remiendos y cortaduras de su capa española. Tal vez
fracasó en él un magnífico ejemplar de la raza y pudo correr tierras
extrañas con una espada al cinto y un glorioso madrigal en los labios.
Venía de París, luciendo el negro bigote de altas guías, como el de
Quevedo, bajo un sombrero de anchas alas, abarquillado gentilmente a
guisa de chambergo, a lo Rembrandt. Era una mezcla de hidalgo
español, indolente y apasionado, y de poeta parisién, sentimental y
lánguido como Rodolfo, el héroe de Murger.
Ante el concurso de poetas, músicos y pintores, recitó versos nuevos,
ensalzando a Verhaeren en una lírica exaltación de su fantasía. Era la
importación de los últimos ritmos de París, las soberanas estrofas de un
poeta joven que tiene de la vida una visión luminosa y amplia.
El bohemio ponía las estrofas en sus labios, como una divina
consagración de la Belleza. Y recitaba los sonoros versos, agitando el
ancho sombrero y dando al aire su negra cabellera, riza y romántica:
[…]
Luego evocaba el nombre de Verlaine, su gloria de poeta atormentado
y febril, su traza abandonada y diabólica, envuelta en soberanas
languideces. Y cantaban su genio, sus labios exangües, sus ojos
enigmáticos, eternos perseguidores del ideal:
—¡Oh. Verlaine, divino Verlaine...! Ponderado y alto señor de glorias
inmortales, rey de la rima, visionario de los más bellos paisajes, de esos
paisajes interiores que tan pocos sabemos ver ¡Oh, Verlaine, magnífico
y espléndido Verlaine! La hora verde de París te poseyó como una

498
novia, con tu pipa de humo azulado y tu copa de ajenjo donde irradiaba
corno una luz mágica la esmeralda del vino. […]
Desfallecido y pálido, como si la emoción hubiérase adueñado de su
espíritu, recitaba los versos del pobre poeta:
[…]
Después, ante el asombro del concurso, llamaba al camarero, con la
altivez de un César;
—¡Garçon, garçon! Ajenjo, dame ajenjo...
Y ante la copa, que brillaba con extraño fulgor, entornaba los ojos y
echaba hacia atrás la leonina cabeza, llena de sueños.
—¡Oh!—declamaba lánguidamente, adormilado por el néctar.—Yo
tengo tus estrofas sobre mi corazón, como la palma de una novia que se
muere de amores. Verlaine divino, la gloria fue tu reina y la copa de
ajenjo la fragua en que forjaste tus ideas. El ajenjo y la gloria te
emborracharon la vida y te abrieron, las puertas de la inmortalidad,
como las de un alcázar. ¡Yo también, como tú, he de morir borracho de
ajenjo, borracho de gloria! (Montero, 1914).

Aunque uno de los primeros datos que da Montero es que el poeta era de tierras

cántabras y ello hace que la figura de Sawa comience apartándose del personaje, existen

mucho más rasgos que lo acercan: viene de París totalmente obnubilado por Verlaine y

recitando de memoria sus versos, se le considera el importador de los “últimos ritmos de

París”, tiene una cabellera negra y rizada que lo caracteriza, bebe ajenjo, usa capa

española, le acompaña un aire de romanticismo y persigue el ideal. Parece que no hay

dudas de que Montero se ha basado en Alejandro Sawa, sin embargo, no quiere dar una

visión próxima a sucesos reales, sino solo crear un prototipo para contar otro tipo de

historia: el de un amor con una joven rubia de ojos claros que se sentaba al fondo del café

a esperar a un príncipe azul y encontró consuelo en los brazos del poeta (Montero, 1914).

El juego se refuerza al dar a entender que el protagonista tenía talento, pero lo desperdició

y, pese a querer morir borracho de ajenjo y de gloria, murió solo borracho: “¡El pobre

bohemio, de la melena riza, de ojos soñadores y sombrero grande y romántico a lo

499
Rembrandt, había muerto borracho, pero sin gloria!” (Montero, 1914) Efectivamente,

cinco años antes de la publicación de este relato, había muerto Sawa, sin gloria. Como

moriría Max Estrella, unos años después.

En el lado contrario, es decir, dentro de las características que se deslindan de

Alejandro Sawa se encuentra el bigote. Barbas y bigotes eran habituales en los círculos

finiseculares y de principios de siglo, y en nada tendría que asombrar que el personaje

lleve bigote, pero, al compararlo con Sawa, lo lógico hubiese sido mantenerle la

característica barba, de igual modo que se le mantiene la negra y rizada cabellera. Este

rasgo, sumado al del gentilicio cántabro, confirman que José Montero sigue la estrategia

barojiana: necesita un bohemio en su historia y se basa en el máximo referente, pero a la

vez lo disfraza y toma otros elementos de sus alrededores para acabar de conformar al

personaje.

Todo esto recuerda a que Fermín García Pipot, quien también tenía solo bigote y

se representaban en él rasgos que no pertenecían al sevillano: estudiaba medicina, hablaba

catalán y tartamudeaba. Sin embargo, el protagonista de La sombra de Verlaine recuerda

enormemente a César Andión: había residido en París, recitaba de memoria versos

aprendidos en la capital francesa (recuérdese que Baroja sustituye a Verlaine por

Baudelaire), bebe ajenjo (y en su intervención, al igual que en esta, la musa verde192 cobra

gran protagonismo). Lo más llamativo es la asombrosa coincidencia entre las ansias de

morir borracho de ajenjo y gloria, que se quedaron para el personaje de Montero en la

simple consecución de lo primero, y aquello que Baroja dijo de César Andión: “Un

bohemio de tantos, de esos que han dejado pasar la hora de la gloria y no han llegado a

tiempo más que para la del ajenjo” (Baroja, 1919: 284).

192
El ajenjo se solía denominar “la musa verde”, pues debido a la alta graduación, solo consumirlo conducía
a la ebriedad, de modo que los escritores se inspiraban en esos momentos de éxtasis.

500
Volviendo al cuento publicado en La Esfera, merecen una atención detallada las

ilustraciones. Están firmadas por Yzquierdo Durán y pretenden dar soporte al relato

recreando dos escenas: la primera es la reunión de cuatro tipos en una de las mesas del

supuesto café193. El mencionado protagonista de bigote se encuentra de pie, con sombrero

y capa, que es el mismo que pasea en el segundo dibujo con la supuesta muchacha que

lleva el cuello de piel. Es el primer dibujo, y no el segundo, el que interesa en esta

investigación por la sencilla razón de que al fondo, sentado, mirando hacia abajo para leer

el periódico y fumando en pipa se dibuja a un bohemio que encaja a la perfección en lo

que sería un reflejo físico del mismo Alejandro Sawa194. Es más, el dibujo se parece

muchísimo a otros dibujos del bohemio, como el de la portada de Historia de una reina

que salió en El Cuento Semanal, o la caricatura de la revista Don Quijote. Incluso al

comparar los dibujos con las últimas fotografías de Alejandro, en todas se aprecia la

misma forma de las entradas del pelo en la frente, singularidad que mantiene el dibujo de

Durán. Además de la característica pipa que lleva en todas las ilustraciones. El lector de

este cuento, que no se podría entender solo con el texto, asiste a un juego de desdoble:

ciertas características de Sawa están en la personalidad del protagonista, y sus verdaderos

rasgos físicos en uno de los contertulios del café. Igual que Pipot y Andión se repartían

características sawianas y discrepaban en otras bien distintas, o del mismo modo que la

crítica ha visto en Don Latino de Híspalis la otra cara, la más terrible, de Alejandro Sawa,

en un desdoble de virtudes y defectos.

Por lo tanto, tras esa sombra de Verlaine se esconde un prototipo de bohemio

basado, una vez más, en quien condensaba la idea generalizada que ayuda a configurar

dicho prototipo.

193
Ver Anexo II, imagen 16.
194
Ver Anexo II, imagen 16.

501
Para finalizar con este personaje que tan inadvertido ha pasado, merece la pena

que nos detengamos en la aparición, una vez más, del color azul, la Belleza (con

mayúscula) y la luminosidad; tres rasgos distintivos de la vida y la obra sawiana que han

aparecido no en pocas ocasiones a lo largo de estas líneas.

El color azul se emplea para referirse al príncipe Azul que esperan las damas pero

que nunca llega, en su lugar, el que enamora a la chica triste rubia de ojos también azules

es el bohemio, ocupando así el lugar de “Príncipe Azul”. De igual modo, el bohemio hace

referencia en su intervención al humo azulado que salía de la pipa de Verlaine. Por

supuesto, esto de hacer alusiones constantes a este color no es casualidad, como ya se vio

en el prólogo que Rubén Darío hizo a Iluminaciones en la sombra.

Continuando con las palabras darianas, cabe recordar que el nicaragüense dijo en

ese mismo prólogo que “Amaba el excelente escritor la Belleza, la Nobleza, la Bondad,

todas las sagradas cualidades mayúsculas” (Darío, 1977: 71), y Montero describe en el

relato: “El bohemio ponía las estrofas en sus labios, como una divina consagración de la

Belleza” (Montero, 1914).

En cuanto a la luz, se dice textualmente en el relato que tratamos: “Era la

importación […] de un poeta joven que tiene de la vida una visión luminosa y amplia”

(Montero, 1914). Esto parece entroncar con la percepción de la vida de Sawa en clave de

luminosidad, pues siempre defendía la luz en tanto que era progreso, poesía y vida, y

asociaba con las tinieblas a los detractores de los mismos. De hecho, cuando el bohemio

del cuento enferma y la muchacha se siente sola y triste se dice: “Así muchos días,

muchos, hasta uno en que las sombras del anochecer sorprendieron a la artista” (Montero,

1914), de modo que la soledad y la tristeza también son la oscuridad.

502
En cuanto a la descripción de esta dama, el bohemio protagonista le dice: “tienes

el cabello oloroso y rubio como el de una princesita del Rhin; los ojos claros y serenos,

como los de la musa de Cetina, el excelso; los labios encendidos y trágicos, como los de

Margarita Gautier […] tu amor me emborracha tanto como la gloria […]” (Montero,

1914). A pesar de ser un personaje inventado, por un lado creemos que puede tratarse de

la descripción de ideal, como si este fuera una mujer inalcanzable para el poeta. Por otro

lado, es innegable el parecido de esta mujer con Pierret, aquella mujer extranjera rubia y

de ojos claros que describió Eduardo Mendaro, con la que Sawa charlaba hasta altas hora

en la tertulia de la revista España, de modo que no podemos descartar que se trata de una

alusión a esta mujer. Además, el cuento empieza diciendo que estaban de tertulia en el

café. Asimismo, también nos recuerda a aquella “Pilar” que Sawa describió en el artículo

que hemos rescatado de 1889, de modo que reforzaría la idea del poeta que ha encontrado

algo que le llena y le acerca al ideal, pero que se simboliza en una mujer. Puede tratarse

de una alegoría que se presenta a modo de una historia de amor.

Identificar este encuentro con la masonería sería presuponer demasiado porque no

hay suficientes datos, pero hay un elemento que merece ser citado. El cuento comienza

con las siguientes palabras: “Era una tertulia de gente moza. Pintores, músicos y poetas,

que descansaban de los azares de su vida bohemia en los divanes del café. Águilas que

volaban muy alto, por los espacios del ideal, todas las tardes plegaban sus alas y se

posaban junto a la mesa de blanco mármol” (Montero, 1914). No hay duda de que el

término águila se emplea de igual modo que lo hacían los masones, igual que hizo Juan

Gris en el exlibris de Sawa e igual que lo empleó Darío en el prólogo de Iluminaciones

en la sombra. Además, el hijo de José Montero, quien se llamaba José Montero Alonso

(1904-2000) y también fue periodista, estuvo en contacto con la masonería y tuvo un

503
expediente abierto, según consta en el Archivo de Salamanca (legajo 1481, expediente

48), por lo que no sería de extrañar que su padre también conociera la simbología.

504
4. Alejandro Sawa literaturizado en la actualidad

4.1. Las máscaras del héroe, de Juan Manuel de Prada:

distanciamiento y síntesis de Pío Baroja y Ramón del Valle-Inclán.

Otra vez la catalepsia

Hasta 1996 hay que avanzar para encontrarse con el último velatorio de Alejandro

Sawa. Es curioso que, ya a finales del siglo XX, su figura siga siendo tan atractiva como

para volver a aparecer en una novela. Nos estamos refiriendo a Las máscaras del héroe,

de Juan Manuel de Prada (1970). Con la Historia como telón de fondo, el autor novela

una serie de peripecias de personajes bohemios de principios de siglo, metiéndose en la

piel de Pedro Luis de Gálvez195, a quien pinta como un joven al que hace testigo de todo

aquello que decide contar en primera persona, ocurriendo algo similar a Villasús, donde

Baroja es Andrés Hurtado y Rafael únicamente un episodio de su vida.

Respecto a las intenciones de la obra, el propio autor dice al comienzo que “Las

máscaras del héroe no aspira a la verdad sino a la recreación de la verdad. Con ello no

estamos afirmando que mentir y decir falsedades sea la única misión del arte, como quería

Oscar Wilde, sino que, con demasiada frecuencia, la verdad solo encubre la falta de

imaginación” (Prada: 1996: 14). Por eso, de Prada no se molesta en cambiar los nombres

a los personajes, pues quiere que sepamos quiénes son.

Esta intención explica también el juego que se produce con el narrador: “Gálvez,

el antihéroe de la novela es el alter ego del narrador de la mayor parte de la novela -el

abúlico Fernando Navales-, un escritor que plagia las escrituras de su padre espiritual:

Gálvez” (Pouchet, 2015: 282). A causa de esto, “la relación simbiótica entre Gálvez y

195
(1882-1940), escritor bohemio y malagueño. Juan Manuel de Prada lo convierte en el personaje
protagonista.

505
Navales es motivo de la unidad estructural y temática de la novela” (Pouchet, 2015: 282).

Este juego consiste en mezclar la tercera persona con la primera. Parece que el narrador

habla en primera persona, pero a su vez es uno de los personajes, del que habla en tercera

persona. Esto hace que la novela goce de:

[…] una dimensión polifónica. La visión interna, pues, además de


contribuir a la verosimilitud del universo narrado, permite acceder a esa
posición privilegiada del testigo superinformado, introductor de
múltiples puntos de vista y vehículo de la proliferación de voces que lo
superan y ocultan, consiguiéndose con ello un relato coral que era el
que requería la complejidad del universo mostrado (Pérez Bowie, 1998:
66).

El profesor Pérez Bowie ha analizado la relación entre historia, literatura y ficción

que se da en esta obra y afirma que:

Las máscaras del héroe no es una novela que tenga como objetivo
primordial la recreación documentalista de un amplio periodo de
nuestro pasado literario y cultural; en ella se mueven personajes
históricos (los estrictamente ficcionales son escasos) sobre la mayoría
de los cuales el lector posee una abundante información previa, aunque
la distancia temporal haya contribuido a dotarlos de una dimensión casi
legendaria. Pero la organización de la fábula y la capacidad
transfiguradora del lenguaje los somete a un proceso de
funcionalización que los arranca de su contexto histórico para
sumergirlos en ese universo fantasmagórico y degradado donde dejan
de ser individuos para adquirir la categoría de arquetipos (1998: 69).

A la vez que “los hechos históricos y sus protagonistas están, sin embargo, ahí: se

ha llevado a cabo una persecución exhaustiva de las fuentes” (Pérez Bowie, 1998: 69). A

causa de esto, podemos afirmar que Sawa es el personaje de Alejandro Sawa. Sin

embargo, para su documentación, Juan Manuel de Prada ha utilizado tanto documentos

506
de investigación, como obras literarias, por lo que el personaje de Alejandro Sawa no es

el escritor sin más, sino Rafael Villasús y Max Estrella mezclados y con el nombre

cambiado por el del escritor en el que se inspiraron. Esto se justifica porque “el proceso

identificador que propiciaría una lectura pragmática no se efectúa tanto sobre seres reales

como sobre personajes que han sido sometidos a un proceso previo de mitificación por la

literatura y por la memoria colectiva” (Pérez Bowie, 1998: 64). Es decir, el escritor

conoce de sobra las versiones de Sawa como Max y Villasús, y las presupone

incorporadas a la Literatura como representantes de Alejandro Sawa, de ahí que le pueda

llamar así sin perder la categoría de personaje.

Alejandro Sawa tan solo aparece en diez de las seiscientas páginas que componen

la novela196, pero tan sustanciosa es la aparición, así como las circunstancias que la

rodean, que aquí merece una comparación con los personajes que nos preceden.

Quizás, lo que más llama la atención es que no está vivo. Pese a que el lector asiste

a los velatorios de Rafael Villasús o Max Estrella, a ambos los conoce en vida (a pesar de

que la intervención de Villasús sea breve); sin embargo, al Alejandro Sawa de Las

máscaras del héroe se le menciona por primera vez para decir que ha muerto:

Esta noche ha ocurrido una tragedia que a todos nos pone de luto:
Alejandro Sawa ha muerto de pura miseria. Hizo un pucherito y rompió
a llorar con un llanto entrecortado y poco varonil, contradictorio de su
barba. Valle, que años atrás había oficiado de lazarillo para Alejandro
Sawa y había comulgado su palabra eucarística, se llevó las manos a las
sienes y se lamentó:
—¡Pobre Alejandro! La última vez que hablé con él me dijo que su
cuerpo estaba maduro para la tumba (Prada, 1996: 65).

196
En la edición que aquí se maneja Prada, 1996: 65-74.

507
Juan Manuel de Prada recurre a una frase de Villiers que Sawa había empleado en

una de las cartas que envió a Rubén Darío en la primavera de 1908 (el 31 de mayo),

refiriéndose a su ceguera y a su enfermedad, pues recordemos que le escribió

textualmente en la misiva “mi cuerpo está maduro para la tumba”.

A continuación, el escritor recurre a Pío Baroja:

A ningún otro de los asistentes pareció afectarle la noticia. Tan solo


Baroja tuvo un recuerdo para la viuda:
—Y ahora, ¿cómo saldrá adelante Juanita? ¿Qué hará esa pobre mujer
sin dinero, lejos de París?
Gálvez, apretando los puños, dijo:
—Yo tenía unos ahorros en el banco. Los he puesto a su nombre.
Alejandro Sawa era malagueño, como yo. Griego de raza, pero nacido
en Málaga (Prada, 1996: 65-66).

Como se vio oportunamente, Baroja no figuró entre los asistentes al entierro, ni le

unía ninguna amistad con Sawa, ni aprobaba su estilo de vida. En cambio, en esta ficción,

hasta se refiere a ella cariñosamente como “Juanita”, como si tratase habitualmente con

ella. En este mismo párrafo se produce otro desajuste con la realidad, pues de Prada cae

en el común error de considerar a Sawa malagueño, aunque acierta en lo de “griego de

raza”.

Es curioso que dos de los personajes que deciden ir juntos a su velatorio sean

Baroja y Valle-Inclán:

—Pues yo, con su permiso, pienso acercarme al velatorio —dijo Valle,


poniéndose de pie, como un espectro adelgazado de metáforas.
Baroja se había incorporado con menos donosura, exagerando unos
achaques que no tenía:
—Déjeme que le acompañe (Prada, 1996: 66).

508
José Manuel López de Abiada en su artículo “Imágenes literarias de la bohemia

recuperada en la narrativa de Juan Manuel de Prada. Teoría y práctica”, repara en este

aspecto y apunta:

Una de las escenas más significativas desde el punto de vista


narratológico se encuentra en la segunda parte de la novela. Se trata de
la escena del velatorio de Alejandro Sawa, al que en la ficción de Prada
también asisten dos de los grandes escritores que la habían recogido en
sus obras, Pío Baroja y Valle-Inclán (López de Abiada, 2006: 289).

Como ya se puede presuponer, para Las máscaras del héroe es totalmente

indiferente que Valle-Inclán asistiese y Baroja no al velatorio real, pues la intención que

persigue de Prada es la de hacer ir a dicho velatorio a los dos escritores que ficcionaron

el sepelio de Sawa.

Lo que se crea es un juego con los asistentes en función de la perspectiva que cada

novelista quiere dar. A todo lo que ya hemos visto en relación con Max Estrella y Rafael

Villasús, hay que sumar la interacción de tres planos, que ya no son simplemente la

correlación o no entre ficción y realidad, sino que hay que tener en cuenta a qué escritores

de la realidad se elige para novelar y por qué. De este modo, se vuelve a producir en Las

máscaras del héroe la acumulación, no solo teniendo en cuenta lo que pudo ser verdad y

sazonándolo, sino que se escribe según lo que ya se ha escrito al respecto. Así, Valle-

Inclán atiende a lo que dijo Baroja y Juan Manuel de Prada a lo que escribieron ambos

noventayochistas. Es más, los dos aparecen como personajes y, como se ha visto antes,

sus apariciones representan que son ellos quienes ya han recreado, de algún modo, el

velatorio que, por tercera vez, vuelve a la literatura.

509
En esta misma línea, López de Abiada aprecia que “Las máscaras del héroe es en

no pocos aspectos una continuación tardía de Luces de bohemia” (López de Abiada, 2006:

287). Y lo justifica:

[…] es, en más de un aspecto, el envés de Max Estrella. También porque


Prada rescata del olvido una escuadrilla de “gentes alicaídas” a las que
la vida ha zarandeado como muñecos […] de un gran guiñol. Y es
continuación de Max Estrella porque Prada cede el protagonismo en su
novela a la “bohemia golfante” –sucesora directa de la “santa bohemia”,
que se definía por su “culto al Arte” como razón de vida–; de más está
decir que buena parte de la bohemia “golfante” carecía de talante
artístico y recurría al sablazo o al robo para sobrevivir (López de
Abiada, 2006: 288).

Esta afirmación puede extraerse de este pasaje de la novela:

A Ramón, la muerte de Alejandro Sawa lo dejaba frío e inapetente,


como dejan frío e inapetente los crímenes de los suburbios al niño
mimado de un barrio céntrico. Alejandro Sawa, como Pedro Luis de
Gálvez, pertenecía al suburbio de la literatura, a ese asilo de cochambre
y olvido en el que se recluyen los desposeídos de las letras. Ramón, que
más tarde, en su época gloriosa de Pombo, aceptaría como discípulos a
señores que habían sido alcaldes de Ciudad Rodrigo o tratantes de
ganado en Zafra, no aceptaba ni reconocía a Alejandro Sawa, porque su
concepto caudaloso de la literatura, en donde tenían cabida por igual
madrigalistas empalagosos y apóstoles de la vanguardia, exigía guantes
blancos y traje de etiqueta. Gálvez y el difunto Sawa eran los últimos
fieles de una religión extinta, limosneros de la literatura que, para
escribir un buen soneto, necesitaban revolcarse en los márgenes de la
clandestinidad. La nueva literatura que Ramón abanderaba no admitía
entre sus filas a señores que desconocían el uso del jabón (Prada, 1996:
66).

510
Con ello, parece que de Prada adopta una posición de corte barojiano con respecto

a la bohemia, a cuyos integrantes pone las mismas etiquetas de desharrapados,

marginales, ladrones y sucios. Al margen de que Sawa presumiese de su aseo, no es

mentira aquello de que pertenecía a los márgenes. Ahora bien, Valle-Inclán no desprecia

en absoluto el tipo de vida de sus amigos, simplemente, él disfrutaba de otro tipo de

situación económica y supo subirse al carro de quienes irrumpieron con fuerza en lo que

se conoció como modernismo y generación del 98; movimientos que quedaron tan

sumamente canonizados que hicieron pasar desapercibidos a quienes se mencionaron a

propósito de hablar sobre grupo de Germinal o la “Gente Nueva”, que sin duda, allanaron

el camino a los exitosos venideros. El fracaso de aquella generación, solamente rescatada

en los últimos años por los estudiosos, llevó a considerarla como la de unos escritores

malogrados que se dieron más bien a la “golfemia”. Muchos ríos de tinta han corrido

recientemente en torno a si Valle-Inclán era o no bohemio, y no es nuestra tarea ahora

discutirlo, pero sí haremos hincapié en que Valle-Inclán era, en cualquier caso,

simpatizante de aquel estilo de vida abanderado por Alejandro Sawa. Incluso, parte de la

crítica sostiene que es un pilar fundamental: “Joaquín Dicenta [...] junto con Alejandro

Sawa y Valle-Inclán constituyen el gran triunvirato de la bohemia española de

entresiglos” (Fuentes, 2005: 242).

Pues bien, si Las máscaras del héroe es de corte valleinclanesco en tanto que se

presenta a los personajes como guiñoles y la actitud del autor se asemeja a la de Baroja,

se produce un desajuste en el personaje de Alejandro Sawa, que merece ser estudiado.

En primer lugar, Max Estrella no está esperpentizado en Luces de bohemia, por la

sencilla razón de que Valle-Inclán utiliza la técnica deformadora sobre aquello que

considera merecedor de burla. En cambio, para Juan Manuel de Prada, Alejandro Sawa

es un personaje secundario sobre el que ensañarse para criticarlo porque pertenece a la


511
cuadrilla de golfos bohemios. Para Valle-Inclán, Max Estrella abandera la bohemia

intelectual, incomprendida y marginada en una sociedad que no premia el talento,

entroncando con las palabras que Ernesto Bark plasmaba en La Santa Bohemia sobre la

idea del Cénaculo como asociación que solo aglutinaría a renombrados eruditos para

marcar la diferencia con la “golfemia”. Para Juan Manuel de Prada son unos “limosneros

de la literatura”.

Cuando en 1911 Baroja se burla de la vida bohemia y hace de la muerte de Rafael

Villasús un tétrico espectáculo confirma su convicción de que algunos bohemios debieran

tener un final de escarmiento para sus compatriotas. Así lo mostraba, como vimos

analizando a los personajes bohemios barojianos, con Pérez del Corral, y no lo hizo de

otro modo con Rafael Villasús, por cuya casa desfilaron un grupo de harapientos

bohemios y, entre ellos, un viejo melenudo de barbas blancas tras quien podría esconderse

Valle-Inclán. Tras Andrés Hurtado está Baroja, quien de verdad nunca estuvo allí. A partir

de su ficción, Valle-Inclán contaba el velatorio de Luces de bohemia y, para hacer justicia

a su amigo Alejandro, al viejo borracho lo convierte en un enigma, no deja rastro de don

Pío por ningún lado porque no era amigo del fallecido y, sin embargo, se retrata a sí

mismo en su alter ego, el Marqués de Bradomín, quien pasea, tras el entierro, por el

cementerio con Rubén Darío, un amigo que sí debería haber acudido al sepelio. Entonces,

a finales del siglo XX, aparece un tercer velatorio de Alejandro Sawa, en que no hay

rastro alguno del autor de Azul…, porque lo que interesaba a Juan Manuel de Prada era

que acudieran juntos Valle-Inclán y Pío Baroja, por ser los dos escritores que, ahora junto

con él mismo, habían tratado aquella escena.

Centrándonos ya en las conexiones de Las máscaras del héroe con los velatorios

de Max Estrella y Villasús y sin perder de vista la realidad, podemos afirmar que en

Alejandro Sawa de 1996 no es un personaje sino una excusa para desplegar anécdotas y
512
mitos de la vida bohemia. Como hemos dicho antes, Alejandro no aparece vivo, frente a

Villasús, aunque sea poco tiempo, y Max Estrella. Todo lo que se dice de él es por acopio

de lo que hicieron Baroja y Valle-Inclán sumado a toda una serie de leyendas que

acompañaron al bohemio y prácticamente se institucionalizaron, dándole ese lugar a

caballo entre la realidad y ficción que arrastramos a lo largo de toda esta investigación.

Al igual que en Luces de bohemia y tal y como le refirió Valle-Inclán en la carta

que envió a Darío, en Las máscaras del héroe, han retirado a Sawa una colaboración en

prensa, dejándole sin posibilidad de sustento:

—Y yo tengo que llegar al cierre de la edición — dijo don Miguel


Moya, con esa mala conciencia furtiva del hombre que, la noche
anterior, le había negado al difunto Sawa una colaboración (Prada,
1996: 67).

La situación de la vivienda familiar en la novela tampoco es fruto del azar:

Camino del callejón de las Negras, donde Alejandro Sawa había


alquilado años atrás una buhardilla, y donde se celebraba el velatorio de
su cadáver, […]
El callejón de las Negras tenía un espesor de vino barato y esclavitud
hacinada, un olor casi africano.
A la buhardilla de Alejandro Sawa se subía por una escalera de peldaños
desiguales, como derrengada por el peso de muchos ataúdes (Prada,
1996: 68).

En Madrid no existe dicho callejón, puesto que es una calle, concretamente la

calle Negras. Es paralela a la calle Conde Duque, dirección en la que murió realmente

Alejandro Sawa, y corta en perpendicular a la travesía Conde Duque (confundida en

múltiples ocasiones con la calle Conde Duque). Sin embargo, aunque una buhardilla es

513
mucho más bohemia y encaja en el tópico, lo cierto es que Sawa y su familia tenían

alquilado el piso principal, como se deriva de la firma de las cartas que hemos citado,

aunque estuviese en malas condiciones. Testimonio de esto dio Emilio Carrère: “Esta

casa, costrosa, vieja y paupérrima, es el pozo negro donde acabó de apagarse una vida

que empezó ardiendo como una antorcha. […] Esta casa horrida donde acabó parece un

símbolo de la negra pobreza literaria de 1910” (Carrère, 1946).

Para recrear un lugar oscuro y malogrado, pero sin desviarse mucho de la

ubicación real, parece que de Prada acierta ingeniosamente al situar el domicilio en

la calle Negras. Sin perder de vista que lo llama callejón. ¿Se trata un guiño al

Callejón del Gato?

De Prada continúa con su relato:

No había timbre ni aldaba en la puerta, así que pasamos sin llamar; en


el centro de una habitación reblandecida de humedades, con las paredes
empapeladas de autógrafos de escritores que lo habían abandonado en
la hora definitiva, se hallaba el cadáver de Alejandro Sawa, embellecido
por una rigidez faraónica. Un quinqué al que casi se le había agotado el
aceite alumbraba su rostro de párpados cerrados, sus barbas de nazareno
que seguían creciendo, ajenas a la gangrena paulatina de la muerte.
Tenía una cabeza grande, de vagabundo aristócrata, que parecía
esculpida en escayola. El ataúd perfumaba la buhardilla con un olor de
resina y bosque, el incienso de los velatorios pobres (1996: 68-69).

Se aprecia perfectamente el hincapié que sigue haciendo en la pobreza, pero

quizás también sea revelador que el autor diga que Sawa fue abandonado cuando más

necesitaba ayuda. Esto parece evocar dos testimonios que ya hemos comentado: la queja

del propio Sawa que en una carta le decía a Darío lo solo y abandonado que se sentía. Y

el comentario que a propósito de esto hizo el nicaragüense en su prólogo de Iluminaciones

514
en la sombra: “Dejó pasar el buen tiempo. Vio llegar la vejez triste y se encontró

abandonado de todo y de todos, tan solamente con dos almas dolorosas a su lado […]”

(Darío 1910: 73).

Las siguientes palabras del relato se dedican a la viuda y a la hija:

Jeanne Poirier se quedaba viuda en una ciudad hostil, de idioma


jeroglífico, con una hija pequeña, que se retorcía en un rincón, poseída
por la epilepsia de la orfandad. Desde que la ceguera acometiese a
Alejandro Sawa, ambas habían mendigado por periódicos y editoriales,
intentando colar cuentos y artículos que Sawa les dictaba letra a letra
(ambas eran reacias a la ortografía), en un ejercicio agotador y estéril
del que se resentía la sintaxis (Prada, 1996: 69).

Evidentemente, esto entronca a la perfección con aquello que ya se analizó a

propósito de la caligrafía y la ortografía en las cartas, pues en época ya de ceguera es

Jeanne Poirier quien debe escribir lo que su marido le dicta letra a letra para conseguir

alguna colaboración en prensa o, incluso, para escribir cartas a los amigos. Sin embargo,

lo que siempre se ha dicho de su mujer con respecto a la ortografía, no se decía de su hija,

Helena Rosa.

Otro desajuste se produce con la estación del año. Algo similar, aunque no tan

extendido como la confusión de que el bohemio era malagueño, ocurre con la fecha de su

muerte. Dictino Álvarez la situaba en verano: “A primeros de agosto de 1909 moría […]”

(1963: 70), cuando lo cierto es que fue el 3 de marzo de ese año. Juan Manuel de Prada

también la sitúa en verano: “[…] de repente empezó a caer, repiqueteando sobre la

claraboya y el tejado.—Una tormenta de verano. Durará poco” (Prada, 1996: 69). No

sabemos si vuelve a caer en una típica confusión o, simplemente, forma parte de la novela

y la tormenta dramatiza aún más el panorama. Por supuesto, hay tormenta porque hay

515
claraboya, y hay claraboya porque hay buhardilla, y hay buhardilla porque hubiera sido

plausible que Sawa muriera así, alimentando su leyenda. Pero como en la realidad no

hubo ni callejón, ni buhardilla, ni claraboya, no importa que sea verano y caiga una

tormenta. Aquí, como tantas veces hemos repetido, interesa más por qué se ha novelado

de un modo u otro que buscar coincidencias exactas.

Retomando la escena, aparece un grupo de bohemios, calificados con adjetivación

barojiana, es decir, con desprecio e ironía, que vienen a expresar sus respetos ante el

muerto. Entre ellos destaca Ernesto Bark197, quien encarna idéntico papel que Basilio

Soulinake (y que el desarrapado melenudo sin nombre de El árbol de la ciencia), que

repite casi idéntica escena a la de la presunción de catalepsia:

Comenzaron a llegar en riada hombres andrajosos y cabizbajos,


miembros o cofrades de una especie de sociedad cooperativa que
Alejandro Sawa había acaudillado hasta su muerte. Encabezaba el
grupo un bohemio de barba roja, emigrado polaco, llamado Ernesto
Bark; se había granjeado en Madrid cierta fama como estratega en
atentados de poco fuste, tan grotescos como inofensivos: tracas de
petardos en algún desfile militar, barreños de agua arrojados desde los
balcones en las procesiones del Corpus, etcétera. Presumía (pero nadie
se había molestado en verificar sus afirmaciones) de haber obtenido el
título médico por la Universidad de Cracovia. Ante la pasividad o
estupor de los asistentes, se acercó al cadáver de Sawa y, después de
aflojarle la mortaja, arrimó la oreja al pecho.
—¡Está vivo! ¡Aún late su corazón! —gritó como un orate.
Nadie le prestó atención al principio, pensando que deliraba, pero
insistió tanto, y adujo tantos precedentes clínicos, que logró suscitar la
credulidad de algunos. La viuda Poirier, exhausta de dolor, preguntó sin
ironía:

197
Dado que Juan Manuel de Prada no cambia los nombres por otros inventados, sino que utiliza a los
propios escritores que rodeaban a Alejandro Sawa para hacerles personajes que intervienen en el pasaje del
velatorio, aquí aparecen Ernesto Bark, Enrique Cornuty o Emilio Carrère, quienes pertenecían al círculo
más íntimo del sevillano.

516
—¿Y qué hace, entonces? ¿Dormir la siesta?
Gálvez, que había leído las narraciones de Poe, en traducción de
Baudelaire, dijo:
—Tal vez nos hallemos ante un caso de catalepsia...—Eso, eso,
catalepsia —corroboró Ernesto Bark, dando un puñetazo al aire—.
Desde que entré aquí tuve ese presentimiento. Vamos a despertarlo
ahora mismo.
La noche añadía al cadáver de Alejandro Sawa una belleza meridional,
casi arábiga. La tormenta aniquilaba los contornos de las cosas y
arrojaba una metralla líquida que nos hacía viejos y pesimistas. Bark
agarró el cadáver de Sawa por las solapas de la chaqueta y lo zamarreó
con violencia, despeinándole la melena (Prada, 1996: 69 y ss).

Es evidente que la similitud no es casual, sino que el autor tiene en cuenta las dos

obras precedentes que trataron este asunto. Sin embargo, y confirmando aquello de que

Las máscaras del héroe se sitúa en la línea valleinclanesca, de Prada esperpentiza aún

más la escena cuando Bark zarandea al fallecido cogiéndolo de las solapas. Igualmente,

mantiene a Bark los estudios de medicina que Luces de bohemia atribuye a Soulinake. Ya

vimos, oportunamente, al analizar a aquel personaje, así como al ruso Ofkin de Aurora

roja, la gran confusión que suscitaba el origen de Bark. En este caso, aparece como

polaco, otras como ruso, incluso hemos visto que como eslavo… Pero, siempre es del

Este Europeo y siempre pelirrojo. Es más, justo antes de su descripción, la narración

establece que Bark encabezaba la panda de “[…] miembros o cofrades de una especie de

sociedad cooperativa que Alejandro Sawa había acaudillado hasta su muerte” (Prada,

1996: 69). Y esta sociedad cooperativa es la Hermandad del Cenáculo del que Ernesto

Bark hablaba en La Santa Bohemia, en la que iban a contribuir entre los propios

integrantes para evitar el abuso de los editores.

A continuación, de Prada novela dos de los grandes episodios que más

expectación han causado en la realidad y en la ficción. Por un lado, el clavo que perforó

517
la sien de Sawa ya fallecido. La prueba del espejo para comprobar que no era un caso de

catalepsia también se recoge en esta novela, pero aquí la hace Emilio Carrère, siendo que

es Valle-Inclán quien aporta sensatez al asunto. Y, de un modo distinto al de quemar los

dedos del cadáver con un fósforo como se hace con Max Estrella y Rafael Villasús, pero

con idéntica función, aquí se opta por verter cera caliente sobre la herida:

Un clavo con la punta torcida que asomaba en el ataúd arañó la frente


de Sawa, justo en el lugar donde años atrás Víctor Hugo lo había ungido
con sus besos (desde entonces, y según la leyenda que circulaba por
Madrid, Sawa no se había vuelto a lavar la cara); brotó un hilo de sangre
que cuajó enseguida.
—¡No lo decía yo! A los muertos, cuando les pinchan, no les sale ni
gota. ¡Alejandro, yo te invoco, regresa al mundo de los vivos!
Los relámpagos atravesaban la noche como cicatrices repentinas, y las
barbas de Ernesto Bark parecían incendiarse con un penacho de fuego.
Pidió una vela y probó a verter cera derretida sobre la herida reciente,
pero el semblante de Sawa no se contrajo.
Carrere propuso hacer la prueba del espejito; sonó un trueno y, a
continuación, infringiendo las leyes de la naturaleza, llegó el
relámpago, sobrecogiéndonos con su itinerario quebradizo y mortal.
Justo entonces, Valle se interpuso con esa hidalguía de los muy
caballeros:
—Quienes deseen aprender anatomía, que se apunten a la facultad de
San Carlos. Un respeto a los muertos (Prada, 1996: 70 y ss).

Tras leer el fragmento, evidentemente, el otro suceso sensacionalista es el del beso

de Victor Hugo. Si bien el caso del clavo parece real y tan solo se reitera con

exageraciones, el beso del escritor francés sigue siendo un enigma y, como

oportunamente apuntamos, tiene pruebas a favor y en contra. Sin embargo, reproducirlo

en esta ficción y apuntar que circulaba el mito de que no se había lavado la cara más para

518
no borrar las huellas de los labios de Victor Hugo es, cuanto menos, literario y

esperpéntico, y alimenta la atmósfera que la novela quiere crear.

La siguiente aparición es la de otro amigo de Sawa que ha ocupado bastantes

líneas de esta investigación: Enrique Cornuty. Junto con Ernesto Bark, diríamos que son

los más enigmáticos compañeros del bohemio. Al igual que ocurría en Aurora roja, donde

el ruso y el francés son los reflejos de Bark y Cornuty, respectivamente, en este pasaje

ambos literatos tienen una intervención principal porque son característicos en la vida de

Alejandro Sawa. Sin embargo, en las listas de los asistentes al velatorio sí figuraba Bark,

cosa que no hacía Cornuty quien, posiblemente ya habría regresado a París. Así, se vuelve

a producir la condensación temporal que aglutina no pocas características de Sawa en un

intervalo corto de tiempo para reflejar literariamente su esencia:

Entre los asistentes al velatorio se contaba Enrique Cornuty, el lazarillo


que Sawa se había traído de París. Era feo, bisojo y juanetudo, y
cultivaba una perilla que acentuaba su parecido con una gárgola. Las
malas lenguas aseguraban que había recibido una jugosa herencia, y que
Sawa se la había esquilmado, tras embaucarlo con palabras persuasivas
y lapidarias, porque Sawa hablaba en libro, y reservaba para la
conversación la brillantez que se echaba de menos en sus obras.
—¡Amigo queguido! —gangoseaba Cornuty, al estilo gabacho—.
¡Nunca volvegá a habeg un hombre como tú! ¡Nunca!
Impúdicamente, cayó de rodillas y empezó a llorar (Prada, 1996: 70).

La descripción de Enrique Cornuty coincide con la que daban los hermanos

Baroja. Además, circulaba el rumor de la dilapidación de una supuesta herencia del

francés. Luis Ruiz Contreras, contradiciendo aquella fama de gorrón que acompaña a

Sawa, en sus Memorias de un desmemoriado decía que: “Precisamente fue Sawa para

Cornuty algo más que un precursor verlainiano: fue su providencia; porque al verle por

519
completo desamparado, le acogió en su mísero desván. Alejandro Sawa era generoso en

su pobreza […]” (1946: 117).

En Las máscaras del héroe también se crea otra ficción en relación con Cornuty:

que le acompañaba el perro de Sawa. Ese perro negro grande que se llamaba Bel Ami y

que era recordado por Emilio Carrère: “entraba en el café Colonial acompañado de dos o

tres perros. Su preferido era un terranova negro que se llamaba «Bel Ami», como el

personaje de Maupassant” (1946), en Las máscaras del héroe aparece de este modo:

Lo acompañaba un perrazo grande como una mula, acezante y mohíno;


tenía una piel moteada en la que se entrecruzaban todas las razas
caninas. Era Belami, el perro que acompañaba a Sawa en sus caminatas.
—También sufren los animales —apuntó Gálvez, que tenía los ojos
llorosos, y se los secaba con los puños cerrados.
Belami olfateó el cadáver de su amo y le pasó por la frente una lengua
larga y caritativa, borrando la herida que acababa de hacerle aquel clavo
herrumbroso. Sus gañidos fueron agigantándose, hasta acallar el fragor
de la tormenta. Los bohemios se compadecían del animal, y le
acariciaban el lomo famélico (Prada, 1996: 71).

La imagen del perro también trasmite la pobreza al describirlo famélico y, en vez

de negro entero, se opta por motearlo, de tal modo que parezca un perro sin raza, fruto de

diversos cruces. El papel del can es idéntico al del perro de otra de las esperpénticas

leyendas que acompañan a la muerte de Sawa: el perro que saltó por encima del ataúd.

En este caso el perro le lame la herida. Pero, lo más curioso es que acompaña a Enrique

Cornuty y es el francés quien se arrodilla llorando ante el muerto gritando que era su

amigo y que nunca habría otro como él. Esta escena es, sin lugar a duda, la equivalente a

la del viejo de melenas que se echa sobre Villasús y a la intervención de Don Latino

520
llorando ante Max Estrella, pues hay que recordar que al ruin compañero del protagonista

de Luces de bohemia también le acompaña un perro.

El último bohemio al que de Prada convierte en personaje digno de mención es

Dorio de Gádex, es decir, Antonio Rey Moliné, quien también aparece en Luces de

bohemia como el líder de los bohemios que formaban el “Epígono del Parnaso

Modernista” (Valle-Inclán, 1987: 83). En este caso se hace pasar por hijo de Valle-Inclán:

[…] se destacaba, por su serenidad y dotes de mando, un joven poco


agraciado físicamente, con la piel de la cara mordida por el herpes y de
un color entre amarillo y verdoso, como de gargajo; firmaba con el
seudónimo de Dorio de Gádex, y se jactaba de ser hijo ilegítimo del
mismísimo Valle-Inclán (Prada, 1996: 71).

Esto es así porque, en la realidad, Dorio de Gádex “tenía la manía de hacerse pasar

por hijo de Valle Inclán” (Zamacois, 1964: 181).

Para acabar el análisis de aquello que la novela de Juan Manuel de Prada tiene que

ver con Alejandro Sawa, consideramos que es sustancioso un comentario a propósito de

la actitud de Valle-Inclán y Pío Baroja. Ya se ha dicho que el autor los selecciona por ser

los dos escritores que previamente habían contado una escena similar en sus obras, y

también se ha visto que Valle-Inclán disfrutaba de una posición económica poco acorde

a la propia del estilo de vida de sus compañeros de salidas. Es más, el escritor gallego sí

supo sumarse a la nueva oleada de escritores noventayochistas y/o modernistas que se

hicieron un hueco en la nómina canónica. Es más, conocemos de sus negocios agrícolas

y de su buena posición social. Del mismo modo, el vasco también tuvo lugar; sin

embargo, Baroja nunca quiso ser de la panda de los bohemios que, según sus

convicciones, llevaban una vida disoluta. De este modo, ambos tienen una fama de

521
señoritos superiores en la estratificación social que llevan a estos irónicos comentarios

por parte de Juna Manuel de Prada:

Lejos de Baroja la intención de pleitear, y menos la de darse de puñadas


por un tipejo zarrapastroso […]
Baroja y Valle, envanecidos por un sentimiento de clase, preferían
infectarse de gonorrea con las meretrices del café Regina, que les
escuchaban sus disquisiciones sobre las guerras carlistas y les hacían
cosquillas en el escroto en el trance del orgasmo (Prada, 1996: 73-74).

A modo de síntesis, podemos decir que esta novela es literatura hecha de literatura,

que Sawa no es Sawa, sino Villasús y Max Estrella, que sus personajes ya estaban

mitificados antes y que esta técnica tiene éxito gracias al distanciamiento temporal.

Terminamos, a propósito de esto, con una cita de Pérez Bowie sobre lo que es la obra Las

máscaras del héroe:

Esa pasión por la literatura es la que ha llevado al autor a vivir


exclusivamente por y para ella, a acumular una abrumadora cantidad de
información sobre unos hechos y unos personajes que para la mayoría de
la gente de su edad se sitúan en una lejanía probablemente equiparable a
la de los dinosaurios del período jurásico; pero, a la vez, ha sabido
perderles el respeto y convertirlos en materiales al servicio de su
capacidad imaginativa (1998: 71).

522
4.2. Alejandro Sawa y la Santa Bohemia, de Juan Diego Fernández:

una lectura dramatizada no estudiada hasta ahora

Juan Diego Fernández Rosado publicó en 2009 Alejandro Sawa y La Santa

Bohemia. Se trata de un libro de estructura extraña y que, realmente, no aporta nada ni a

la literatura ni al campo de la investigación académica porque todo lo que contiene ya se

ha dicho y se ha estudiado con más profundidad y rigor científico. Sin embargo, tiene

interés desde el punto de vista de que Alejandro Sawa aparece como personaje y aquí

pretendemos recopilar a todos los personajes inspirados en él.

La obra en sí, es decir, el texto pensado para ser recitado a modo de lectura

dramatizada no ocupa más de cuarenta páginas. Tan solo hay dos personajes como tal que

intervienen, el narrador y Alejandro Sawa. Aunque también existe un músico que va

reproduciendo ciertas melodías:

Personajes

Narrador: lee sobre la vida, la obra y la época de Alejandro Sawa. Lleva


traje de nuestro tiempo.

Sawa: lee párrafos de la obra de Alejandro Sawa. Indumentaria de


finales del XIX.

Músico industrial: elabora con máquinas músicas originales y también


reproduce otras ya grabadas. Las zarzuelas de la época (“Bohemios”,
“La del manojo de rosas”, “Adiós a la Bohemia”...) son motivo de
inspiración. Puede ir vestido con mono azul (Fernández Rosado, 2009:
71-72).

Simplemente con atender a esta presentación de los personajes, ya sabemos que

la obra simplemente nos cuenta la vida de Alejandro Sawa con fragmentos de sus obras

y la intervención de un narrador que va explicando lo que sucede.


523
La obra se divide en cinco capítulos: 1. La muerte, 2. Nacimiento y marcha a

Madrid, 3. La estancia en París, 4. Vuelta a Madrid y 5. Final. Empezar por la muerte

de Sawa puede responder al afán sensacionalista, pues ya sabemos de la consternación

que causó en su momento, la literatura a la que ha dado y el debate que ha habido sobre

el modo de trasladarla a la ficción. De hecho, dice la voz del narrador “el velatorio a la

muerte de Sawa es un hecho disputado entre literatura y ficción” (Fernández Rosado,

2009: 74). Después, de un modo bastante escueto, cita dos textos de Luces de bohemia y

El árbol de la ciencia, relativos a las muertes de Max Estrella y Rafel Villasús,

respectivamente (Fernández Rosado, 2009: 75). Sin embargo, creemos que también sigue

ese orden porque se guía por el libro de Allen Phillips, Alejandro Sawa. Mito y realidad,

para seguir los episodios de su vida. Dejando de lado el análisis de la obra de escritor por

parte del hispanista americano, vemos un claro paralelismo en la estructura: Capítulo I:

La muerte de Alejandro Sawa, Capítulo II: Los primeros años: de Andalucía a Madrid

(1862-1890), Capítulo III: En el extranjero: París (1890-1896), Capítulo IV: La última

etapa: Otra vez en Madrid (1896-1909) (Phillips, 1976). De hecho, en la escena final,

después de pronunciar las palabras de La Santa Bohemia de Bark relativas a aquella

trinidad por la que juraban los bohemios, el narrador dice que Alejandro está entre la

realidad y el mito: “Arte, Justicia y Acción. Los tres baluartes de la Santa Bohemia y un

ejemplo a seguir. Alejandro Sawa, entre la realidad y el mito” (Fernández Rosado, 2009:

105).

En cuanto a los textos de los que extrae los diálogos, encontramos, principalmente,

fragmentos de Iluminaciones en la sombra, aunque en el pasaje relativo a la primera época

en Madrid, va reproduciendo textos de las novelas naturalistas de Sawa en el orden que

las va comentando el narrador, que es el orden cronológico: La mujer de todo el mundo,

Crimen legal, Declaración de un vencido, Noche, La sima Igúzquiza y Criadero de curas.

524
Este personaje también recurre a textos que ya hemos comentado de Bark, Iglesias

Hermida, Eduardo Zamacois, el prólogo de Rubén Darío o la dedicatoria a Enrique Sawa,

aunque luego en la bibliografía no los cite oportunamente.

Poco más habría que añadir, salvo que la elección de los fragmentos está hecha a

conciencia y pueden resultar ingeniosos y bastante apropiados, dando una muestra muy

concreta de cada etapa de la vida de Sawa. La originalidad reside en que se ha creado un

personaje sin pasar por un proceso en sí mismo de creación literaria, pues las palabras

que el personaje de Alejandro Sawa reproduce en esta obra son sus propias palabras.

Si bien la obra en sí misma no tiene otro interés académico, creemos que el libro

dentro del que se presenta puede tener sentido, pero solo de cara a una mera difusión

divulgativa que puede acercar al lector aficionado a conocer a muy grandes rasgos a

Alejandro Sawa, a Ernesto Bark y cómo Valle-Inclán transformó al primero en Max

Estrella. Esto es así porque el volumen incluye un prólogo, a cargo de Francisco Ortuño

Millán, titulado “Max Sawa, una «bida»”, en el que entremezcla a Sawa con el personaje

de Max Estrella y plantea un modo de adaptar Luces de bohemia para que fuera solo La

noche de Max Estrella, prescindiendo del resto del elenco (Ortuño, 2009: 13 y ss).

Posteriormente, aparece el Manifiesto “La Santa Bohemia” por Ernesto Bark (Germinal,

1913), que no es otra cosa que la reproducción del texto de Bark La Santa Bohemia, donde

aparece la idea del Cenáculo que ya hemos analizado. No se trata de una edición

filológica, sino de una mera transcripción, carente de valor y sentido para el mundo

académico, pues para leerlo sin más aportaciones existe el texto original de la primera

edición. Al final, se recoge en poco más de media página una breve reseña biográfica de

Ernesto Bark, la cual tampoco tiene autoría reflejada. El siguiente texto es el de la lectura

dramatizada que acabamos de comentar, que va precedido de un dibujo de Alejandro

Sawa con un perro y una pipa (Fernández Rosado, 2009: 67), al estilo de la descripción

525
de Luis Bonafoux en “Sawa, su perro y su pipa” (1909) y puede que emulando aquellas

caricaturas, dibujos y retratos que se hicieron de Sawa en numerosas publicaciones. El

dibujo es de Ximena Rodríguez Ruiz (Fernández Rosado, 2009: 2) y con toda seguridad

se trata de una niña siguiendo las indicaciones y atendiendo a los rasgos que le

proporciona un adulto.

Detrás del texto teatral, viene una especie de ensayo, de Carlos Álvarez-Nóvoa,

que se llama “La Mala Estrella de Alejandro Sawa”, donde hace una comparativa a rasgos

generales de Alejandro Sawa con Max Estrella, sin aportar nada que no se haya dicho ya

para la identificación de la persona con el personaje. Lo mismo ocurre en el apartado

“Muertes paralelas (Álvarez-Nóvoa, 2009: 132 y ss), donde vuelve al asunto de la

comparación entre los velatorios de Max Estrella y Rafael Villasús, para llegar a concluir

“tengo la impresión de que Valle-Inclán quiere dejar claro que está contando la misma

historia -aunque, vuelvo a insistir, mucho mejor escrita- con los mismos datos pero

movido por algo muy distinto: aquellas lágrimas que derramó ante el cadáver de Sawa

son las que le mueven a rectificar en tono malintencionado y vengativo que Baroja utiliza”

(Álvarez-Nóvoa, 2009: 140), sin aportar una sola cita al debate que esto ya suscitó entre

los críticos.

Sin embargo, aporta un testimonio sobre el velatorio de Sawa que no hemos

conseguido localizar, si bien hemos visto la misma referencia otra vez en La Bohème

littéraire espagnole de la fin du XIXe au début du XXe siècle. Esa referencia es el artículo

de Javier del Amo, “La muerte de un bohemio”, Informaciones, 02/06/1973 (Escudero,

2011: 509). Álvarez-Nóvoa transcribe parte de esa publicación y saca como conclusión

que la agonía de Sawa empezó en un hospital y que al día siguiente murió en su domicilio:

526
Alguien nos llevó aquí, junto a la cama de este hombre delirante. Hemos
formado un semicírculo sobre él. Se encuentra bien; sobre esta mirada
anciana cabalga la ironía, pero se siente bien […] Al día siguiente
volvimos y ya estaba muerto. Había fallecido en su casa; trasladado ante
la mejoría de este estertor alegre. Poco tiempo después llegaron sus
antiguos amigos de la bohemia. Pronto representaron la tragicomedia.
Uno de ellos insistió en que no estaba muerto, en que era preso de un
ataque de catalepsia. Ni muerto lo dejaban en paz. Al fin, dos empleados
de la funeraria lo sacaron de allí (Álvarez-Nóvoa, 2009: 135)198.

Si bien el dato del hospital es sumamente novedoso, para nosotros tiene más

importancia que sea un testimonio más del asunto de la catalepsia. Es cierto que no dice

quién fue el causante del revuelo, pero eso ya lo sabemos por la propia confesión de Bark,

sin embargo, viene a reforzar que el suceso ocurrió en la realidad y por eso apareció en

El árbol de la ciencia y Luces de bohemia.

El libro concluye con un poema de Mauricio Gil Cano, que no ha tenido gran

difusión, dedicado a Alejandro Sawa:

Más allá de la literatura,


el escritor vencido,
un espantapájaros al viento,
un hombre solo,
un muñeco roto.

Más allá del arte,


el artista ignominioso,
su fiebre acaparadora
de loores y palmas,
su ingrata excelsitud
para el trazo fácil
y la habitual hipocresía.

198
Remitiendo al artículo de Javier del Amo.

527
Y el escritor caído,
ángel negro del abismo,
loco y ciego, canta
su antigua agonía
y es un desierto el mundo
para su afán de albatros.
Y muere como un cisne
iluminando la sombra.
(Gil Cano, 2009: 149).

No hay duda de que es una composición que recuerda al poema que, como epitafio

escribió Manuel Machado para Sawa. A pesar de la diferencia temporal, podemos

incluirlo en la lista que recoge Amelina Correa con todos los poemas dedicados a Sawa

(Correa Ramón, 2008: 298).

Por último, debemos recalcar que, aunque este libro no sea una buena edición y

carezca de rigor académico, contiene un texto en el que aparece Sawa como personaje y,

quizás, aspire a ser una especie de juego de imitación de lo que se hizo respecto a la figura

de Sawa: obras en las que salía como protagonista, poemas a modo de epitafio por su

fallecimiento y caricaturas o dibujos en las revistas en las que colaboraba.

528
4.3. Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, de Pepe

Cervera: rehumanización de Alejandro Sawa a través de pasajes

inventados199

Con el sugerente título Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa,

Pepe Cervera escribió un libro al que es difícil encasillar en una tipología y al que el

propio escritor quiere llamar por su hiperónimo: “–¿También son relatos? –No. –Una

novela. – Tampoco. –Entonces qué. Me encojo de hombros. […] No lo sé. Un libro”

(Cervera, 2016: 12). Trasladándonos a una dimensión a caballo entre realidad y ficción,

y presente y pasado, el autor valenciano elaboró un original modo de tratar nueve

episodios de la vida de Alejandro Sawa.

El escritor recoge nueve acontecimientos incompletos e inconexos de la propia

vida de Sawa y los perfecciona con datos inventados, pero plausibles. Dado que este modo

de escribir nos desconcertó en un primer momento, concretamos con el autor una cita

durante la celebración de la Feria del Libro de Madrid 2016, en la que nos aclaró tanto

sus intenciones como el proceso de creación.

El punto de arranque de estas historias reside en los datos verídicos facilitados al

escritor por Amelina Correa Ramón, Vicente Gallego y Richard Cardwell. A partir de

ellos, Cervera ha ido entretejiendo realidad con invención, dando voz a un Alejandro

Sawa adolescente, posteriormente adulto y derrotado, que vamos descubriendo gracias a

que el propio escritor se pone en la piel del narrador saltando de la primera a la tercera

persona. Acompañamos a Pepe Cervera en sus descubrimientos, quebraderos de cabeza

199
Del análisis de esta obra extrajimos la reseña: Santiago Nogales, R. (2016). Reseña de Cervera, P. (2016).
Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa. Palencia: Menoscuarto. Diablotexto Digital. 1,
252-255. ISSN 2530-2337. La realizamos a petición de la Universidad de Valencia, que nos consideró
expertos en este tema.

529
y disertaciones sobre el bohemio, asistimos a las explicaciones que de él hace a su mujer

y pasamos de la más viva contemporaneidad, en la que el autor nos abre la puerta de su

desordenado despacho iluminado por un fluorescente, a la Málaga finisecular y el Madrid

de principios de siglo, consiguiendo que nos adentremos, no solo en la vida personal del

bohemio maldito, sino en toda su época. Pero, incluso en ese trance, se oyen los ecos del

presente, donde la voz del autor reflexiona elocuentemente para después reconducir la

historia. Quizás, reside ahí la originalidad y el sorprendente desconcierto de la lectura.

Una lectura que, cuando uno la acaba, tiene la sensación de haber formado parte del

proceso creativo, de haber acompañado a Pepe Cervera en sus indagaciones, de haber

sido cómplice de sus propósitos, confidente de sus pensamientos y de haber recorrido

todo el camino, callejeando en ambos sentidos, literal y metafórico. Al lector de Alguien

debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa no se le entrega solo el resultado, sino

que asiste a la escritura del libro sobre Alejandro Sawa.

Este proyecto le rondaba en la cabeza al escritor desde hacía muchos años, y su

escritura también se ha fraguado a lo largo de un dilatado tiempo cargado de

intermitencias. Esta maduración ha ayudado a que la configuración del libro se haga de

un modo distinto, despojando a las hojas del sensacionalismo que arrastran las más

famosas leyendas sobre Alejandro Sawa y reconstruyendo literariamente episodios

cotidianos. Así, el tan reiterado, supuesto y a la vez tan incierto beso que Victor Hugo dio

a Sawa en la frente (o en los labios) que, para su conservación, el bohemio optó por no

lavarse la cara, no es tratado en este libro, pero sí mencionado para justificar,

precisamente, que no se va a tratar:

Lo cierto es que la leyenda, como todo lo que causa admiración y


sorpresa, viene soportando el paso del tiempo bastante mejor que la
realidad. Preferimos la seducción del mito antes que arriesgar un

530
desengaño con la evidencia. Pero esa anécdota no aparecerá en el libro
que me he propuesto escribir. No, en este libro no gastaré palabra
alguna para comentar el dudoso beso de Victor Hugo, ni tampoco si
Alejandro Sawa se lavó la cara o se la dejó de lavar (Cervera, 2016: 98).

Efectivamente, no hay en el libro ni rastro del beso de Victor Hugo, ni de la escena

del sepelio en la que un clavo hirió la sien del fallecido y se dudó de la efectiva muerte,

no se menciona la supuesta catalepsia, ni el viaje a París a pie. Por el contrario, se refleja

a un Alejandro Sawa de dieciséis años que vive en Málaga, a un Sawa compañero y amigo

de Joaquín Dicenta, a un novio que conoce al tío de su querida Jeanne Poirier o a unos

restos mortales lamentablemente desaparecidos al no poder costear el mantenimiento de

su sepultura en el Cementerio de la Almudena de Madrid.

Pese a ello, la personalidad arrolladora del sevillano es cautivadora aún en lo que

debiera ser más ordinario y menos sensacionalista. Descubrimos que Sawa sigue siendo

todo un personaje, un maestro de la palabrería, ceremonioso, dispuesto a hacerse un hueco

entre las plumas más laureadas.

Aquí se le despoja de la leyenda que creó a su alrededor y aparece un personaje

que bien podría ser de carne y hueso. Sin embargo, tratándose de los episodios más

verosímiles de todos los que hemos citado de todas las obras en las que Sawa aparece

como personaje o, al menos, existe algún personaje basado en él, es la que menos

conexiones tiene con la realidad. En todos los demás casos hemos encontrado puntos de

apoyo con la realidad: dinero prestado a Baroja, la duda de una catalepsia a causa de la

información sobre la inyección de morfina que tenía Bark, vivencias con Dicenta o

Cornuty… Incluso en las dos últimas obras analizadas, ya a finales del siglo XX y

principios del XXI, donde Sawa aparece como personaje con su propio nombre, guardan

una correspondencia con la realidad: de Prada crea un juego a partir de lo que escribieron

531
Baroja y Valle-Inclán, mientras que Juan Diego Fernández emplea para estructurar su

lectura dramatizada testimonios sobre Sawa y fragmentos de sus propias obras. Aquí, en

cambio, se rellenan los vacíos de su vida con datos inventados. Esto hace que la figura de

Sawa se rehumanice, pues, evitando los pasajes más sensacionalistas, pierde parte de su

leyenda. Pero, a la vez, deja de ser Alejandro Sawa, para convertirse en lo que podría

haber sido.

Muchos de los datos que ahí se reflejan no son ciertos, pero tampoco aspiran a ser

un engaño, sino que, simplemente, se desconocen los verídicos y, por eso, los que se

aportan son los hilvanes para presuponer qué podría haber sucedido, para filosofar y

debatir sobre la existencia, la literatura o la propia vida.

Los trazos presupuestos están muy bien inventados, y dan sentido a esta ficción,

la cual resulta sumamente verosímil. Tan es así que la doctora Correa Ramón, biógrafa

del bohemio, tras leer Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa, preguntó

al autor de dónde había sacado ciertos datos que a ella no le constaban entre sus archivos,

y la respuesta de Pepe Cervera fue bien clara: “es que me los he inventado”200.

Como buena muestra de cómo se desarrolla este libro podemos citar el pasaje en

el que Sawa conoce a su mujer. Comienza en primera persona, haciéndose una pregunta:

“¿Qué ocurrió, pues entre enero de 1889, pongamos enero, por ejemplo, y enero de 1892?

¿Cómo llegaron a conocerse Sawa y Jeanne Poirier, dónde, en qué momento decidieron

compartir sus vidas? ¿Cuál fue la relación que mantuvieron durante esos tres años?”

(Cervera, 2016: 99-100). A continuación, el autor emplea la primera persona del singular

para contar lo que ha podido averiguar. En este caso, la información se la proporcionó la

doctora Correa:

200
Nos lo contaba así Pepe Cervera en la conversación que tuvimos con él.

532
Amelina Correa Ramón, autora de la excelente biografía Alejandro
Sawa. Luces de bohemia, me cuenta que no existen detalles sobre esa
primera etapa. “Carecemos de los datos que necesitas en relación a
cómo conoció a Jeane Poirier”, me dice por correo electrónico. La
mayor parte de las noticias acerca de la relación amorosa entre ambos
procede del epistolario que han conservado sus descendientes, y está
correspondencia inicia justo del mes anterior al nacimiento de su hija
Helena Rosa, el 16 de noviembre de 1892.
Lamentablemente ese es un periodo vacío en la vida de Alejandro Sawa.
Cuánto hubiera ayudado que existiese un diario del propio escritor […]
(Cervera, 2016: 100).

Con esta excusa, se aventura y da rienda suelta a su imaginación, dentro de unas

posibilidades, para que el relato resulte convincente. Entonces, cambia a la tercera

persona y nos cuenta una biografía de Jeanne Poirier: “Jeanne Victoria Poirier Mercier

nace el cuatro de marzo…” (Cervera, 2016: 100). A lo largo de siete páginas conocemos

su infancia y su adolescencia, hasta que “llega a París para instalarse en casa de su tío

Vincent” (Cervera, 2016: 107). Así, el escritor prepara el terreno para inventarse cómo

fue el encuentro entre Jeanne y Sawa: “la primera vez que Jeanne Poirier puso la vista en

Alejandro Sawa, cuando aún no sabía que era Alejandro Sawa, fue aquella primavera de

1889 […] (Cervera, 2016: 108).

Para dar verosimilitud al texto, incluye posibles diálogos. Después, Sawa conoce

al tío de Jeanne, cosa que también sería posible si ella hubiera vivido con su tío. Entre

medias, el escritor va emitiendo juicios, de modo que las historias están constantemente

en conexión con el presente.

Parece que Cervera quiere mezclar vida y literatura. Además de mezclar su propia

vida contándonos cómo fue investigando y descubriendo los hechos, también mezcla la
533
vida real de Sawa, pues no hay que perder de vista que parte siempre de datos verídicos

e introduce otros en la ficción, produciéndose la fusión entre vida y literatura que se

pretende. Como él mismo dice: “dos materias fundidas como se funde el magma para

cristalizar en roca volcánica” (2016: 164). Y eso es lo que ha escrito: un libro. Ni una

investigación, ni una novela, ni una biografía, ni una autobiografía, sino una mezcla de

todas ellas.

Respecto al contenido, los nueve episodios se corresponden con los nueve

capítulos del libro y, a su vez, con una clasificación, a grandes rasgos, de las etapas de la

vida de Alejandro Sawa: Alejandro Sawa de niño; Alejandro Sawa se despide de Málaga;

Alejandro Sawa, el viaje; Alejandro Sawa en Madrid; Alejandro Sawa en la capital del

mundo; Alejandro Sawa y una dama española; Alejandro Sawa: Alex unas veces y “my

darling” otras; Alejandro Sawa y José María Gascón; Alejandro Sawa, un héroe en su

tumba.

Por otro lado, el propio escritor también se convierte en personaje porque narra en

primera persona cómo fue su descubrimiento de Alejandro Sawa, por lo que la autoficción

también entra en juego. De hecho, al final, nos cuenta cómo el escritorio se queda vacío,

los materiales recopilados durante años los guarda en una caja y “ahí, al alcance de la

mano, hay un libro sobre Alejandro Sawa, ahí mismo, sí, y alguien debería escribirlo”

(Cervera, 2016: 185), cuando quien lo ha escrito es el mismo y se corresponde con el libro

que estamos leyendo.

En cuanto a la intención que persigue al convertir a Sawa en personaje en 2016 no

hay dudas, pues, en este caso, el autor lo cuenta en un prólogo titulado “No recuerdo

cuándo…”: “el atractivo que me suscita Alejandro Sawa «hombre» está muy por encima

534
de la importancia que se le pueda atribuir como escritor” (Cervera, 2016: 15). Le interesa

solo el modo de vida de Sawa y sus anécdotas.

Para nuestra investigación no es un libro muy interesante porque los datos reales

se plasman tal cual en la obra y, desde el primer momento, ya conocemos las intenciones

del autor y de dónde ha sacado los datos. Las partes inventadas no guardan relación alguna

con ningún hecho concreto, por lo que la comparación y la interpretación quedan fuera

de juego. Sin embargo, es importante incluirlo aquí porque parte de hechos reales,

demostrando que los hechos reales de Sawa también son atractivos para una obra de

ficción; y porque Sawa vuelve a ser personaje. El último personaje, hasta el momento,

que cierra este capítulo.

535
536
CONCLUSIONES

537
538
Después del desarrollo de todos nuestros argumentos y de la pertinente discusión

de cada uno de ellos, es el momento de extraer las conclusiones.

En primer lugar, ha quedado demostrado que Alejandro Sawa tuvo relación con

la masonería, como se desprende no solo de las relaciones con sus contemporáneos, sino

también del empleo del binomio luz-oscuridad en sus obras y del uso de cierta

terminología que no podría conocer de otro modo. Es cierto que no hemos encontrado un

documento donde aparezca su iniciación en la masonería, pero ya vimos que eso no es

motivo de descarte.

En cualquier caso, aunque Sawa no se iniciase, está claro que la simbología de

esta organización la conocía sobradamente y simpatizaba con ella. Hemos visto que la

terminología en clave de luces y sombras la emplea de igual modo que los masones; que

se refiere al Zodiaco como su techo, idéntico al de las logias; que se refiere al Oriente y

al Sol como fuentes de la sabiduría, empleando estas metáforas en el mismo sentido que

las usa la masonería; se autodenomina águila, al igual que lo llama así Rubén Darío, y

este animal es empleado por Juan Gris en su exlibris, siendo que el águila es el símbolo

de los iniciados que han contemplado la luz, pues el águila es el único ave capaz de mirar

de frente al Sol. Aunque Juan Gris se iniciase en una logia en París muchos años después,

es obvio que también conocía la simbología. Ahora bien, la prueba definitiva la

encontramos en aquella sentencia en la que decía que había que la humanidad se tenía

que emancipar de su “eterno Oriente”. Recordemos que esta expresión es la empleada por

los masones para hablar de la muerte. Si bien otros términos pueden ser más ambiguos,

pues a cualquiera se nos ocurriría hablar del progreso en términos de luz o emplear el

abrazo fraternal por considerar a alguien tan allegado como nuestro hermano, siendo que,

además, existen más organizaciones en las que los integrantes se llaman entre ellos

hermanos, nadie ajeno a la masonería emplearía la expresión “Oriente eterno”. Gracias a

539
este descubrimiento hemos podido establecer un hilo conductor que explica la ideología

de Sawa y cómo esta se mantiene igual a lo largo de toda su trayectoria, tanto personal

como literaria.

El problema de Sawa es que llevó su idealismo demasiado lejos y no fue una

persona práctica en la vida, lo que le hizo morir en la más absoluta pobreza. Como

contraposición, tenemos a Rubén Darío quien, en la carta que hemos rescatado, reconoce

que se hizo masón por conveniencia. También hemos averiguado muchos datos de la

relación epistolar Sawa-Darío gracias a las cartas originales, a la carta que hemos

descubierto que inicia el epistolario y al testimonio de Prudencio Iglesias Hermida, quien

también se hizo masón poco tiempo después.

El testimonio de Ernesto Bark nos ha aportado mucho sobre el pensamiento de

Sawa. Gracias a él, hemos podido averiguar que intentó importar un modelo francés de

tertulia literaria, concretamente el de La Plume de Le Soleil d´Or y, además, añadió un

rito iniciático para sus integrantes. La otra gran aportación de Bark es la confesión sobre

el suicidio de Sawa con una inyección de morfina con una dosis superior a la que su mujer

le administraba para paliar los dolores de la encefalitis. Esto le llevó al periodista estonio

a dudar de la efectiva muerte, pensando que podía tratarse de una catalepsia, de ahí que

pidiese a los sepultureros que se esperasen más tiempo. Esta averiguación es de suma

importancia porque el asunto de la catalepsia se recreó tres veces en la ficción: en El árbol

de la ciencia, en Luces de bohemia y en Las máscaras del héroe. Por lo tanto, no solo la

vida de Sawa, sino también su muerte fue lo suficientemente llamativa como para llevarla

a la literatura. Sin olvidar que su muerte también ocupó las portadas de los diarios más

importantes de Madrid.

540
Enlazado con lo anterior está nuestra segunda hipótesis, que también se ha

cumplido. Existen muchos personajes basados en Alejandro Sawa y sus acciones son el

reflejo de hechos reales. Además, estos personajes proliferan en los últimos años de vida

de Sawa, después de su muerte y en las últimas décadas, coincidiendo con su rescate como

escritor, existiendo un gran vacío en medio. Es más, mientras que en la literatura que

escriben sus contemporáneos Sawa aparece con otros nombres, en las tres últimas obras,

de 1996, 2009 y 2016, los autores quieren que se llame Alejandro Sawa para dejar

constancia de que es él abiertamente, pues lo consideran tan atractivo como para escribir

sobre él a finales del siglo XX y en pleno siglo XXI.

A pesar de que Max Estrella y Rafael Villasús seguirán siendo los personajes más

famosos y aunque hayan sido objeto de debate en numerosas ocasiones, creemos que

hemos aportado cosas interesantes sobre ellos. No solo el asunto de la catalepsia en su

correspondencia con la realidad, sino también las referencias masónicas de El Pretil de

los Consejos o el Masón Ilustrado.

Por otro lado y por primer vez, hemos conseguido reunir a todos los personajes de

los que se ha dicho que era Alejandro Sawa y los hemos analizado a la luz de los sucesos

verídicos. De este modo, hemos extraído algunas conclusiones tan importantes como que

la deuda de Rubén Darío está escondida en Luces de bohemia, así como la supuesta

recuperación de la vista del protagonista o que los nombres de su mujer y su hija son los

de la escritora Colette y su personaje Claudine. En otras ocasiones, sin embargo, hemos

tenido que rechazar la identificación, pero hemos conseguido establecer alguna conexión

con su entorno.

En cuanto al entorno, más allá de su círculo íntimo, también tenemos algo que

decir y que se desprende en forma de otras aportaciones secundarias. La masonería, en

541
aquella época, estaba muy presente en la vida intelectual y se relacionaban con ella

literatos, políticos, médicos, profesores y toda una serie de profesionales liberales. Lo que

nos sorprende es que esto no se suela tener en cuenta en los estudios que tratan sobre la

ideología de los liberales finiseculares que anticiparon los comienzos del siglo XX en

defensa de nuevos valores, como la libertad, el progreso, la educación o la filantropía. No

hay distinción ideológica en esos momentos entre liberales, republicanos, institucionistas,

bohemios, modernistas, naturalistas, noventayochistas o masones. De hecho, la masonería

aparece en todas las demás categorías. Todas las personalidades que hemos tratado en

este estudio tenían que conocer la masonería a la fuerza, hasta aquellos que la criticaban,

como Pío Baroja, o que no se relacionaron directamente con ella, como Benito Pérez

Galdós, quien da muestras de su conocimiento en uno de los Episodios Nacionales,

concretamente, en El Grande Oriente.

Incluso al frente de cierta prensa no masónica, pero sí de corte liberal y

republicano y defensora de las mismas ideas, se encontraban masones, como hemos visto

en el caso de El Motín. Estas ideas constituyen el denominador común de las

personalidades de “De mi iconografía” que Sawa analiza en Iluminaciones en la sombra.

Es más, ya nos movamos en el ámbito de la realidad, ya pasemos a la ficción, Sawa

siempre pone el foco de la luz en la libertad, el vitalismo y el progreso, e identifica con

las tinieblas el atraso, la corrupción y los vicios. Por eso, El Pontificado y Pío IX no es

una excepción dentro de su trayectoria y merecía una revisión. En esos momentos,

influido por el seminario en el que estudió, Sawa alaba a Pío IX tras su muerte y lo

identifica con el progreso y, por lo tanto, con la luz. En el otro lado, se sitúan las tinieblas

de la ignorancia. Posteriormente, cuando habla de Pío X en una crónica lo hace en los

mismos términos, por lo que se demuestra que no era un anticlerical convencido, sino que

estaba en contra de que la Iglesia no cumpliese con el mandato de Cristo y contra los

542
curas corruptos y viciosos. Este desengaño es el que le lleva a presentar a sacerdotes que

proceden de las sombras en sus obras naturalistas, como es el caso de Criadero de curas.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que anticlerical no es sinónimo de ateo, pues ya

hemos comprobado que, en Iluminaciones en la sombra, Sawa hace múltiples referencias

a Dios.

Si bien estamos satisfechos con nuestras averiguaciones y consideramos buenas

aportaciones las que aquí sintetizamos, debemos ser realistas y reconocer las limitaciones

de esta investigación. En primer lugar, existe la gran dificultad que conlleva estudiar la

masonería por la discreción de esta organización. Hoy en día no se declaran una sociedad

secreta, pero sí discreta que, además, no hacen ningún tipo de propaganda o promoción.

Algunos de sus símbolos sí son conocidos y los hemos podido estudiar en ciertas

publicaciones, otros nos los han explicado los masones con los que hemos tratado, pero

existen infinidad de secretos que son solo revelados a los que se han iniciado. Además,

existe otra simbología que van descubriendo progresivamente según ascienden de grado.

Si bien todo esto es parte del funcionamiento de la organización, debemos asumir que es

una limitación para la investigación.

En cuanto a la pertenencia a las logias de ciertas personas, consideramos que será

casi imposible de determinar con toda exactitud mediante la aparición de sus nombres en

listas. Este problema existe en España a causa de la prohibición de la masonería que hubo

durante el franquismo, por la cantidad de documentos que se destruyeron, porque nunca

han estado sistematizados los registros, ni existen listas oficiales y porque los masones

suelen utilizar otros nombres durante sus tenidas; estos pseudónimos suelen ser

simbólicos y acostumbran a corresponderse con algún personaje que encarna los valores

que cierto masón quiere fomentar, lo que hace más difícil aún su identificación. En otros

países, como en Francia, que es el lugar donde hemos tenido la oportunidad de conocer

543
esta sociedad de un modo más abierto, pues la masonería está más extendida y no ha

sufrido represión, las limitaciones también existen. Los registros publicados por la Gran

Oriente de Francia son fiables a partir de 1940. Las listas oficiales se comenzaron a

elaborar tras la II Guerra Mundial. Por lo tanto, no encontrar un nombre no implica la

exclusión directa.

Centrándonos en el caso de los literatos, recordemos que la obra literaria de un

masón no es masónica, de modo que no se puede estudiar como tal. Para poder determinar

la pertenencia de un autor a la masonería habrá que seguir otras vías de investigación,

como las que aquí hemos empleado. Hay que recurrir a su vida personal y las relaciones

con sus contemporáneos, así como rastrear si emplea ciertos términos y presenta una

determinada ideología en alguno de sus escritos.

Es cierto que lo anterior conlleva dificultades y problemas de metodología e

interpretación, pero también es una posible nueva vía de investigación: analizar con estos

criterios a otros escritores. Asimismo, existen previsiones para el futuro que parten de

esta investigación. Como ya dijimos al comenzar estas páginas, algunos elementos

decidimos dejarlos fuera porque alargaban en exceso la investigación y la distorsionaban.

Sin embargo, puesto que tenemos bastante material recopilado y tienen relación con

algunos aspectos estudiados, pretendemos sacar algunas publicaciones que traten el

feminismo en Alejandro Sawa y otros temas que son de plena actualidad como la

decadencia de la familia, el aborto, la eutanasia, la prostitución, la corrupción, los

abusos…

Entre nuestros proyectos futuros también se encuentra dar forma de libro a esta

tesis, al menos a la parte dedicada a los personajes que se han identificado con Alejandro

544
Sawa y quizás, sería interesante analizarlos también desde el punto de vista de la

narratología.

Por último, no quisiéramos finalizar sin volver a reivindicar a la generación

finisecular a la que perteneció Sawa, a aquella “Gente Nueva” que abrió el camino para

la gran eclosión del modernismo y la generación del 98 y que no logró calar en la Historia

de la Literatura. Aquellos jóvenes con ideas nuevas, defensores del progreso y la libertad,

filántropos, en los que se entremezclaban bohemia, liberalismo y literatura sin claras

distinciones entre las implicaciones de cada categoría, deben seguir siendo estudiados,

continuando el ejemplo de investigadoras como Amelina Correa o Dolores Thion, que

llevan a cabo una importante labor de rescate y visibilidad. Personalmente, nos parecen

tan atractivos los márgenes del canon porque siempre nos descubren algo nuevo que

enriquece sustancialmente el panorama conocido y abren nuevas vías de investigación.

Además, los autores menos nombrados no se encuentran en un espacio separado de los

de primera fila, pues ya hemos visto que Ramón del Valle-Inclán, Pío Baroja o Rubén

Darío han sido fundamentales para esta investigación, lo que nos demuestra que la

literatura debe ser estudiada en su contexto para que se puedan establecer relaciones,

comparaciones y, sobre todo, para tener una visión más amplia y completa.

545
546
CONCLUSIONS201

201
Escribimos las conclusiones también en inglés para optar al Doctorado con Mención Internacional.

547
548
After the development of all our arguments and the relevant discussion of each of

them, it is time to draw conclusions.

In the first place, it has been shown that Alejandro Sawa had a relationship with

Freemasonry, as can be seen not only from his relations with his contemporaries, but also

from the use of the light-and-darkness binomial in his works and the use of certain

terminology that he could not have learnt elsewhere. It is true that we have not found a

document where his initiation into Freemasonry appears, but we have already seen that

this is not a reason for discarding the idea.

In any case, even if Sawa was not initiated, it is clear that he knew the symbology

of this organisation well and sympathised with it. We have seen that the terminology

relating to light and shadow was used in the same way as the Masons used it; that the

Zodiac was referred to as a ceiling, identical to that of the lodges; that the East and the

Sun were referred to as sources of wisdom, with these metaphors being used in the same

way that Masonry uses them; that he calls himself an eagle, just as Rubén Darío calls him,

and this animal is used by Juan Gris in his ex libris, with the eagle being the symbol of

the initiates who have contemplated the light, as the eagle is the only bird capable of

looking at the sun. Although Juan Gris was initiated into a lodge in Paris many years later,

it is obvious that he also knew the symbology. Now the definitive proof is found in that

sentence in which he said that humanity had to be awakened from its “Eternal East”.

Remember that this expression is used by the freemasons to talk about death. Although

other terms may be more ambiguous, since it could occur to anyone to speak of progress

in terms of light or to use the fraternal embrace to consider someone to be as close as our

brother (as there are many other organisations in which the members call each other

brothers); no one outside Freemasonry would use the expression “Eternal East”. Thanks

549
to this discovery, we have been able to establish a guiding thread that explains Sawa’s

ideology and how it stays the same throughout his life, both personal and literary.

Sawa’s problem was that he took his idealism too far and was not a practical

person in life, which caused him to die in absolute poverty. In contrast, we have Rubén

Darío who, in the letter we have recovered, acknowledges that he became a Mason for

convenience sake. We have also found out many facts about the Sawa-Darío epistolary

relationship thanks to the original letters, the letter that we have supported that it is the

first of the epistolary and the testimony of Prudencio Iglesias Hermida, who also became

a Mason shortly thereafter.

Ernesto Bark’s testimony has given us a great deal concerning Sawa’s thinking.

Thanks to him, we have been able to find out that he tried to import a French model of

literary round table, specifically that of La Plume of Le Soleil d’Or and that, in addition,

he added an initiatory rite for its members. Bark’s other great contribution is the

confession concerning Sawa's suicide by an injection of morphine with a higher dose than

his wife administered to alleviate the pain of encephalitis. This led the Estonian journalist

to doubt his actual death, thinking that it could be catalepsy, and so asking the

gravediggers to wait longer. This inquiry is of the utmost importance because the issue of

catalepsy was recreated three times in fiction: in El árbol de la ciencia, in Luces de

bohemia and in Las máscaras del héroe. Therefore, not only Sawa's life, but also his death

was striking enough to be a part of literature, not forgetting that his death also filled the

front pages of the most important newspapers in Madrid.

Linked to the above is our second hypothesis, which has also been met. There are

many characters based on Alejandro Sawa and their actions are the reflection of real

events. In addition, these characters proliferate in the last years of Sawa’s life, after his

550
death and in recent decades, coinciding with his recovery as a writer, but with a great gap

in between. Moreover, in the literature written by his contemporaries Sawa appears under

other names, while in the last three works from 1996, 2009 and 2016 the authors name

Alejandro Sawa in order to record openly that it is him, since he is considered just as

appealing to write about both at the end of the 20th century and in the 21st century.

Despite the fact that Max Estrella and Rafael Villasús will continue to be the most

famous characters and although they have been the subject of debate on numerous

occasions, we believe that we have contributed some things of interest concerning them.

Not only the issue of catalepsy in its correspondence with reality, but also the Masonic

references of El Pretil de los Consejos or the Masón Ilustrado.

On the other hand and for the first time, we have managed to gather all the

characters that Alejandro Sawa was said to have been and we have analysed them in the

light of the true events. As such we have drawn some important conclusions such as that

Rubén Darío’s debt is hidden in Luces de bohemia, as well as the supposed recovery of

sight of the protagonist or the names of his wife and daughter, that are the same names of

the writer Colette and his character Claudine. On other occasions, however, we had to

reject identification, though we managed to establish some connection with his

environment.

As for the environment, beyond his intimate circle, we also have something to say

and which emerges in the form of other secondary contributions. Freemasonry, at that

time, was very present in intellectual life and writers, politicians, doctors, professors and

a whole range of liberal professionals were related with it. What surprises us is that this

is not usually taken into account in studies dealing with the ideology of turn-of-the-

century liberals who anticipated the early twentieth century in defence of new values,

551
such as freedom, progress, education or philanthropy. There was no ideological

distinction at that time between liberals, republicans, free-institutionalists, bohemians,

modernists, naturalists, the Generation of '98 or freemasons. In fact, Freemasonry appears

in all other categories. All the people that we have looked at in this study had to be

acquainted with freemasonry, even those who criticised it, such as Pío Baroja, or who did

not relate directly to it, such as Benito Pérez Galdós, who showed his knowledge in one

of the Episodios Nacionales, specifically, in El Grande Oriente.

There were freemasons even at the head of a certain non-Masonic press, albeit one

of a liberal and republican nature and which defended the same ideas, as we have seen in

the case of El Motín. These ideas constitute the common denominator of the personalities

of “De mi iconografía” that Sawa analyses in Iluminaciones en la sombra. Moreover,

whether we move in the realm of reality, or pass through fiction, Sawa always puts the

focus of light on freedom, vitalism and progress, and identifies backwardness, corruption

and vice with darkness. Therefore, El Pontificado y Pío IX is no exception in his career

and deserved a review. At that time, influenced by the seminary in which he studied, Sawa

praises Pius IX after his death and identifies him with progress and, therefore, with the

light. On the other side, the darkness of ignorance is found. Later, when he speaks of Pius

X in a chronicle he does so in the same terms, so it can be seen that he was not a convinced

anticlerical, but was against the Church not fulfilling the mandate of Christ and against

corrupt and vicious priests. This disappointment is what leads him to feature priests who

come from the shadows in his naturalistic works, as is the case of Criadero de curas.

However, we must bear in mind that anticlerical is not synonymous with atheist, since we

have already verified that, in Iluminaciones en la sombra, Sawa makes multiple

references to God.

552
While we are satisfied with our findings and consider these contributions to be

decent, we must be realistic and recognise the limitations of this investigation. First, there

is the great difficulty involved in studying Masonry, due to the guardedness of this

organization. Today they are not said to be a secret society, but they are discreet in that

they do not undertake any kind of propaganda or promotion. Some of their symbols are

known and we have been able to study them in certain publications. Others have been

explained to us by the Freemasons with whom we have dealt, but there are countless

secrets that are only revealed to those who have been initiated. In addition, there is another

symbology that they gradually discover as they rise in the organisation. While all this is

part of the operation of the organisation, we must assume that it is a limitation for

research.

As for certain people's membership of the lodges, we consider that it will be

almost impossible to be determined exactly by the appearance of their names in lists or

records. This problem exists in Spain because of the prohibition of Freemasonry that

existed during the Franco regime, because of the amount of documents that were

destroyed; because the records have never been systematised, nor are there official lists;

and because the Freemasons often use other names during their meetings. These

pseudonyms are usually symbolic and tend to correspond with a character that embodies

the values that a certain Mason wants to promote, which makes identification even more

difficult. Limitations also exist in other countries such as France, which is where we have

had the opportunity to get to know this society in a more open way since Freemasonry is

more widespread there and has not suffered any repression. The records published by the

Grand Orient de France are reliable from 1940 onwards. The official lists began to be

developed after World War II. Therefore, not finding a name does not imply direct

exclusion.

553
Focusing on the case of the writers, remember that the literary work of a Mason

is not Masonic, so it cannot be studied as such. In order to determine if an author is a

Freemason, other research paths will have to be followed, such as those we have used

here. Their personal life and relationships with their contemporaries need to be looked at,

as well as if they use certain terms and present a certain ideology in any of their writings.

It is true that the above entails difficulties and problems of methodology and

interpretation, but it is also a possible new line of research: analysing other writers with

these criteria. There are also forecasts for the future that start from this research. As we

said at the beginning, some elements were left out because they lengthened the

investigation excessively and distorted it. However, since we have a considerable amount

of material related to some aspects already studied, we intend to issue some publications

that deal with feminism in Alejandro Sawa and other topics that are fully current, such as

family decline, abortion, euthanasia, prostitution, corruption, and abuse, among others.

Among our future projects is also to print this thesis as a book, at least the part

dedicated to the characters who have been identified with Alejandro Sawa, and it would

perhaps be interesting to analyse them from the point of view of narratology as well.

Finally, we would not want to finish without re-claiming the turn-of-the-century

generation to which Sawa belonged, that “New People” that opened the way for the great

hatching of Modernism and the Generation of '98, but which failed to impress the History

of Literature. Those young people with new ideas, defenders of progress and freedom,

philanthropists, in whom bohemian, liberalism and literature intermingle without clear

distinctions between the implications of each category, should continue to be studied,

continuing the example of researchers like Amelina Correa or Dolores Thion, who carry

out important recovery and visibility work. Personally, the margins of the canon seem so

554
attractive to us because they always reveal something new that substantially enriches the

known landscape and opens up new avenues of research. Furthermore, the lesser known

authors are not in a separate space from those in the first row, since we have already seen

that Ramón del Valle-Inclán, Pío Baroja or Rubén Darío have been fundamental for this

research, which shows us that literature should be studied in context so that relationships

and comparisons can be established and, above all, for a broader and more complete

picture.

555
556
BIBLIOGRAFÍA

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ZAVALA, I.M. (1977). “Estudio preliminar” a Sawa, A. Iluminaciones en la

sombra. Madrid: Alhambra.

580
Archivos

Archivo Alejandro Sawa. Residencia de Estudiantes de Madrid

Archivo Digital de Cartografía de la Comunidad de Madrid. Consejería de Medio

Ambiente y Ordenación del Territorio

[Link]

Archivo de la Masonería. Centro Documental de la Memoria Histórica de


Salamanca

Archivo Rubén Darío. Universidad Complutense de Madrid


[Link]

Biblioteca Digital Andalucía


[Link]

Bibliothèque et Musée de la Franc-maçonnerie. Grand Orient de France

Biblioteca Digital Hispánica. Biblioteca Nacional de España.


[Link]

Biblioteca Nacional Digital de Chile


[Link]

Biblioteca Nacional de España

Bibliothèque Nationale de France

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


[Link]

581
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Ministerio de Cultura y Deporte
[Link]

Gallica. Bibliothèque Nationale de France


[Link]

Hemeroteca Digital ABC


[Link]

Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España


[Link]

Museo Virtual de Historia de la Masonería. UNED


[Link]

582
ANEXOS

Anexo I: Epistolarios

583
1. Carta que hemos descubierto en la que Rubén Darío confiesa que no le interesan “ni el mandil
ni la casulla”. (Doc. 259. Archivo Rubén Darío. UCM).

584
585
2. Carta del 14 de julio de 1908, en la que Alejandro Sawa le reclama a Darío un pago por los
artículos que le escribió para La Nación de Buenos Aires, que aparecieron firmados por Darío.
El tono cordial se ha perdido por completo, le detalla cuáles son esos trabajos y echa cuentas de
lo que se le debe. En el margen superior izquierdo aparece “Con-Verbal”, que demuestra que la
contestación de Darío fue de palabra. La letra no es la de Sawa porque ya estaba ciego, pero sí
es su firma.
(Doc. 2016. Archivo Rubén Darío. UCM).

586
587
588
589
3. Carta que hemos descubierto en la que Sawa propone a Darío formalizar el contrato
por el que Sawa escribe artículos para Darío. La fechamos en 1905, antes de abril.
(Archivo del escritor Rubén Darío. Biblioteca Digital de Chile).

590
4. Encabezados de misivas que envió Rubén Darío durante el mes de julio de 1908. Se puede
comprobar que las mismas fechas se corresponden con Madrid y Asturias a la vez.
(Archivo Rubén Darío. UCM).

591
5. Aunque no figura fecha, es evidente que es del 3 de marzo de 1909. Esta carta es enviada por
Valle-Inclán a Rubén Darío, tras haberse personado en su casa sin obtener respuesta. Darío no
había asistido ni al velatorio ni al entierro de Sawa. Ese “algo podríamos hacer” se refiere a
publicar Iluminaciones en la sombra. En la última página dice que “quería matarse”.
(Doc. 2016. Archivo Rubén Darío. UCM).

592
Anexo II: Ilustraciones

1. Arriba, placa colocada en la calle San Pedro Mártir de Sevilla, donde nació Alejandro Sawa.
Abajo, placa colocada en la calle Conde Duque de Madrid, donde murió. En la de arriba solo se
habla del escritor, mientras que en la de abajo se relaciona con Max Estrella. (Fotografías
propias).

593
2. A la derecha, portada de la Constitución de Anderson (1723) traducida al castellano,
conservado en el Archivo de la Masonería de Salamanca (Fotografía propia). A la
derecha, portada del Diccionario Enciclopédico de la Masonería (1883)
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

3. Imagen de Victor Hugo en el Diccionario Enciclopédico de la Masonería (1883) y


ejemplo de un escrito en el Boletín Oficial del Gran Oriente Español (27 de enero de 1908),
de un hermano masón que se puso el pseudónimo de Victor Hugo.
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

594
4. Imagen de Manuel Ruiz Zorrilla en el
Diccionario Enciclopédico de la Masonería (1883).
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

5. La Luna y el Sol a cada lado del sitio de Gran Maestre, representando la noche y el día, la
oscuridad y la luz. Gran Logia de España. (Fotografía propia).

595
6. Portada de De mi museo y retrato de Alejandro Sawa (1909: 89). Única fotografía del libro
de Prudencio Iglesias Hermida. (Archivo propio).

7. Portada de Iluminaciones en la sombra (1910). (Archivo propio).

596
8. Bóveda de la Gran Logia de España en la actualidad. Es azul y tiene pintado el Zodiaco.
(Fotografía propia).

9. Emblema del grado 33º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Se trata del águila bicéfala. De
izquierda a derecha: Diccionario Enciclopédico de la Masonería 1883: lámina 18 (Hemeroteca
Digital. Biblioteca Nacional de España); emblema masónico del Archivo de Masonería de
Salamanca (Fotografía propia); cuadro con el águila bicéfala que adorna la logia simulada del
Archivo de la Masonería de Salamanca, donde se ve también la bóveda azul con las estrellas y
la divisa masónica “Libertad, Igualdad, Fraternidad” (Fotografía propia).

597
10. Retrato de Alejandro Sawa publicado en el Heraldo de Madrid, el 26 de abril de 1927: 9.
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional).

11. A la izquierda, suelo de baldosas blancas y negras, las tres columnas que simbolizan la
Sabiduría, La Fortaleza y la Belleza y las piedras que representan a cada ser humano que se
tienen que pulir. A la derecha, una de las columnas J y B, adornada con granadas y motivos
vegetales, como flores de lis enroscadas. Gran Logia de España. (Fotografías propias).

598
12. Exlibris de Antonio Machado, Rubén Darío y Alejandro Sawa realizados por Juan Gris.
(Renacimiento Latino, 1905).

13. Montaje de Pío IX ataviado como masón. Disponible en:


[Link] (Consulta:
22 de diciembre de 2019).

599
14. Emblema del Caballero Rosacruz grado 18º. El pelícano hembra es símbolo de entrega
porque se abre el vientre para dar de comer a sus crías alimentándolas con su propio organismo.
Arriba a la izquierda, emblema con el pelícano del Musée de la Franc-maçonnerie. Grand Orient
de France (Fotografía propia); arriba a la derecha, emblema similar del Archivo Masónico de
Salamanca (Fotografía propia); abajo a la izquierda, cuadro decorativo de la logia simulada del
Archivo Masónico de Salamanca (Fotografía propia); abajo a la derecha, mandil masón
decorado con el pelícano, conservado en el Archivo Masónico de Salamanca
(Fotografía propia).

600
15. La Libertad personificada en una mujer que guía al pueblo, en el primer número de
Germinal (30 de abril de 1897) (Biblioteca Virtual de Prensa Histórica) y la Masonería
personificada en una mujer que alumbra al mundo, en una lámina del Diccionario
Enciclopédico de la Masonería (1883). (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

16. Arriba, ilustración que acompaña a La sombra de Verlaine, La Esfera (18 de abril de 1914).
Abajo, de izquierda a derecha: caricatura de Sawa en la revista Don Quijote (14 de febrero de
1902), caricatura de Alejandro Sawa en la portada de El Cuento Semanal: Historia de una reina
(3 de mayo de 1907) y detalle de la ilustración de La Esfera, que se asemeja a los otros dibujos.
(Archivo propio).

601
602
Anexo III: Prensa

1. Portada del Boletín Oficial del Grande Oriente Español (27 de enero de 1908), donde aparece
la divisa masónica “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

2. Ejemplo de un escrito de Miguel Morayta en Soberana Gran Logia del Gran Oriente de
España, (8 de febrero de 1888: 16), donde se puede comprobar que los masones se despiden
con “un abrazo fraternal”. (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

603
3. Solicitud de ingreso en la masonería de Prudencio Iglesias Hermida. Boletín del Grande
Oriente Español (1912: 49). (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

4. Fragmento de la entrevista a Ernesto Bark en La Libertad, el 7 de noviembre de 1922, donde


dice que Sawa se suicidó con una inyección de morfina y que él libró una lucha con los
sepultureros por si no estaba muerto. (López Parra, 1922: 5).
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

604
5. Ejemplo de intervención de Joaquín Dicenta (hijo) en un boletín masónico. Versos de “El
corazón viajero”, Latomia, vol. II. Logia Unión (Madrid), 1933, 184. (Hemeroteca Digital.
Biblioteca Nacional de España).

6. Rien, P. (10 de octubre de 1920), “La ceguera de Alejandro Sawa”, El Defensor de Granada.
(Biblioteca Virtual de Prensa Histórica).

605
7. Ejemplo de anuncio de una novela de Sawa que ha puesto a la venta El Motín (9 de febrero de
1888). (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

8. Boletín de Procedimientos del Soberano Gran Consejo General Ibérico (14 de febrero de
1893) en el que se anuncian novelas de El Motín, entre ellas las de Alejandro Sawa.
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

606
9. Portada de La España Cómica (8 de diciembre de 1889) con la caricatura y los versos
dedicados a Alejandro Sawa. (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

607
10. Texto “Cabeza de estudio: Pilar” de Alejandro Sawa, en La España Cómica (8 de diciembre
de 1889). (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

608
11. Ejemplo de la portada del Boletín Oficial y Revista Masónica del Grande Oriente Español,
donde se ve su dirección en Pretil de los Consejos, 5, de Madrid. (Hemeroteca Digital.
Biblioteca Nacional de España).

12. Fragmento de la primera versión de Luces de bohemia, revista España (31 de julio de 1920,
9), donde aparece Don Latino ciego. (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

609
13. Noticia sobre los duelos en la que aparece Sawa, en La Alianza (17 de septiembre de 1895:
3). (Biblioteca Virtual de Prensa Histórica).

610
Anexo IV: Otros documentos

1. Le Grand Oriente de France. Liste de Francs-Maçons (1936). Aparece Jean Gris.


(Bibliothèque Nationale de France. Fotografía propia).

2. Dedicatoria de Sawa de un ejemplar de Noche a Pi y Margall: “A mi respetable amigo el


eminente pensador don Francisco Pi y Margall. Homenage (sic.) de admiración. Alejandro
Sawa” (1888). (Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

611
3. 1899. Postal con imagen del Gran Hotel De París, situado en la Puerta del Sol, donde se alojó
en numerosas ocasiones Rubén Darío. Desde allí escribió a Alejandro Sawa. (Archivo propio).

4. Los raros, de Rubén Darío. Comparación de la primera y la segunda edición del


final de la semblanza de Augusto de Armas. Se ha suprimido el párrafo donde
mencionaba a Alejandro Sawa. A la izquierda, primera edición (1896: 144).
A la derecha, segunda edición (1905: 135).

612
5. Documento de iniciación de Juan Gris (Musée de la Franc-maçonnerie. Grand Orient de
France. Fotografía propia).

613
6. A la izquierda, la portada de La Santa Bohemia (1913), de Ernesto Bark, donde aparece el
retrato de Alejandro Sawa. A la derecha, página del final del libro donde se anuncian otras obras
de Bark, entre ellas la trilogía de la Alborada.
(Hemeroteca Digital. Biblioteca Nacional de España).

614

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