Eutanasia, suicidio asistido y
el derecho a una muerte día
en América Latina
El 11 de mayo se sentó un importante precedente en
Latinoamérica. La Corte Constitucional de Colombia –el
máximo ente judicial en materia constitucional de dicho
país– despenalizó el suicidio médicamente asistido para
casos de personas que padecen enfermedades graves. Y
aunque se trata de buenas noticias, quienes abogan por
estas causas advierten que aún es prematuro cantar
victoria en esta gesta. En Perú, por ejemplo, aún está
pendiente la decisión de la Sala Constitucional y Social
de la Corte Suprema sobre el caso Ana Estrada, quien
desde hace cuatro años lucha porque se reconozca y
garantice su derecho fundamental a una muerte en
condiciones dignas.
DERECHO. Colombia reconoce como un derecho fundamental de la persona
el cómo, dónde y cuándo poner fin a su vida cuando prolongarla le cause
sufrimientos intolerables.
Algunas definiciones léxicas fundamentales para empezar.
Eutanasia y suicidio asistido no son sinónimos. La eutanasia es el
procedimiento mediante el cual un profesional de la medicina causa
efectivamente la muerte de una persona que ha prestado el consentimiento
y sufre a causa de una enfermedad grave, mientras que el suicidio
médicamente asistido es la ayuda o asistencia que presta un profesional de
la medicina para que la persona que cumpla con los requisitos cause su
muerte.
Ambas definiciones prácticas sobre el derecho a morir dignamente son del
Laboratorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, la organización
que en setiembre del 2021 presentó ante la Corte Constitucional de
Colombia la demanda para legalizar el suicido médicamente asistido en
dicho país.
Pero es en el plano semántico donde comienzan las interpretaciones que
hacen que esta discusión sea tan compleja y sensible. Tanto en la eutanasia
como en el suicidio médicamente asistido, lo que subyace es la vindicación
de un derecho humano: el derecho a una muerte digna. Aunque suene
contradictorio, permitirle a un individuo decidir cómo, cuándo y dónde
poner fin a su existencia cuando las circunstancias le impidan tener
calidad de vida es, sostienen los expertos, una reafirmación del derecho a
la vida plena, sin padecimientos ni sufrimientos evitables.
Entre las personas que ponen reparos a la noción de muerte digna hay una
pregunta recurrente: ¿quién define exactamente qué es morir con
dignidad?. Desde la otra orilla se retruca, en los mismos términos, ¿por qué
sería alguien distinto a la misma persona la que determina cuánto puede
resistir viviendo con sufrimiento?
EN EL SUICIDIO MÉDICAMENTE ASISTIDO ES EL
PACIENTE QUIEN SE ADMINISTRA LOS INSUMOS
PARA PONER FIN A SU PROPIA VIDA.
Los especialistas en este tema señalan que es importante no perder de vista
que se trata de un dilema ético relativamente nuevo. La eutanasia, bajo los
términos en los que se entiende actualmente, es una noción sobre la cual se
empieza a escribir y discutir recién en el siglo XIX. La idea de ayudar a
alguien a poner fin a su vida por motivos piadosos –fuera de las trincheras
de guerra– surge con el avance de la ciencia y la medicina moderna.
Es la invención de la morfina y su uso difundido en los 1800 lo que facilita
cimentar la idea de que es posible morir sin dolor o, al menos,
reduciéndolo drásticamente, como refiere Giza Lopes en su libro “Dying
With Dignity: A Legal Approach to Assisted Death”, referido por un artículo
en JStor Daily.
Hoy, además, la vida dura más que antes. Según estadísticas del agregador
de datos Worldometer, solo desde 1955 a la actualidad, la expectativa de
vida promedio en el mundo, entre hombres y mujeres, pasó de 47 a 72,3
años; en lugares como Hong Kong, la expectativa de vida supera los 85
años. Así, en la medida en la que aumenta la longevidad, se desarrollan
tecnologías, medicamentos, procedimientos, tratamientos y métodos para
cuidar de la salud y el imperativo de preservar la vida.
EUTANASIA. La idea de ayudar a alguien a poner fin a su vida por
motivos piadosos surge con el avance de la ciencia y la medicina
moderna.
La autorización de la eutanasia, el suicidio médicamente asistido o
cualquier otra forma en la que un individuo decida en pleno uso de sus
facultades los términos en los que quiere morir no es exhortar a la
población a que lo haga, sino brindar garantías y salvaguardas para los
pacientes y médicos tratantes, señala Mónica Giraldo, directora ejecutiva
de la fundación Pro Derecho a Morir Dignamente en Colombia.
La especialista explica a Ojo Público que uno de los grandes retos
pendientes en esta discusión es recordarle a quienes se oponen a estas
causas, que un derecho no es una obligación. “La oposición señala que al
despenalizar cualquier tipo de muerte médicamente asistida podríamos
caer en el riesgo de empezar a aplicar la eugenesia y cosas así. Pero
nuestra lucha siempre ha sido por decisiones autónomas y libres”. Además,
complementa: “en cualquiera de los 12 países que tenemos despenalizada
alguna figura de muerte médicamente asistida, todas parten del principio
de que viene de una solicitud voluntaria y autónoma de la persona”.
Mónica Giraldo, además, incide en que cuando hablamos del suicidio
médicamente asistido nos referimos a un acto médico, un procedimiento
que se realiza a solicitud del paciente y no del suicidio a secas, el mismo al
que define como “un problema de salud pública y un acto que debe ser
prevenible en Colombia y el mundo”.
Colombia: vanguardia y paradigma
El caso colombiano es un emblema en la región por ser uno de los
primeros países del mundo que legalizó la eutanasia en 1997, mediante
una sentencia de la misma Corte Constitucional. Josefina Miró Quesada,
abogada peruana y exasesora de la Defensoría del Pueblo, explica que la
Corte Constitucional de Colombia es un referente en la región y esboza
algunas razones detrás de ello.
“Está conformada por magistrados con una formación más progresista en
lo que se refiere a la defensa y protección de derechos de corte individual y
social. Y eso ha hecho que sean precursores en muchas batallas.
Principalmente aquellas que entran en colisión con posturas de sectores
poderosos y conservadores, como la Iglesia. En ese sentido han logrado
proteger derechos de manera muy adelantada en comparación con otros
en la región”. Desde marzo de este año, la interrupción voluntaria del
embarazo es reconocida en Colombia como un derecho y el aborto es legal
hasta la semana 24 de gestación.
LA CORTE CONSTITUCIONAL DE COLOMBIA ESTÁ
CONFORMADA POR MAGISTRADOS CON UNA
FORMACIÓN MÁS PROGRESISTA, SEÑALA
JOSEFINA MIRÓ QUESADA.
En ese sentido, Miró Quesada enfatiza que, al despenalizar la eutanasia y el
delito de homicidio piadoso (de lo que se podía acusar al personal médico),
la Corte reconoce como un derecho fundamental de la persona el cómo,
dónde y cuándo poner fin a su vida cuando prolongarla sea una fuente de
sufrimientos intolerables.
Pero, luego de la victoria judicial, hay aún tareas por hacer en el frente
legislativo y normativo, precisa la abogada. Con respecto a la eutanasia, si
bien se reconoce legalmente desde 1997, es recién 18 años después (2015),
cuando se reglamenta el procedimiento. El suicidio médicamente asistido
podría correr el riesgo de entramparse en un páramo en el que existen
sentencias a favor de que no hay cómo cumplir al no existir
procedimientos, protocolos ni reglamentos aprobados.
DEFENSA. Desde el 2019, Ana Estrada, con el apoyo de la Defensoría
del Pueblo, reclama que el Estado peruano le asegure el acceso a una
muerte digna.
En el caso colombiano, explica Mónica Giraldo, la tarea le corresponde
ahora tanto al Poder Legislativo como al Ministerio de Salud y Protección
Social. “Solamente con una reglamentación nacional, lo dicho por la corte
podrá ser un derecho real y accesible para todos los colombianos”, acota.
Hoy, la eutanasia y el suicidio médicamente asistido están disponibles en
Colombia para personas con cuadros terminales y enfermedades graves,
pero Giraldo señala que en un futuro próximo podría considerarse ampliar
este derecho para personas con enfermedades mentales también.
Y aunque los avances colombianos en materia legislativa de corte
progresista en defensa de los derechos humanos son indiscutibles, en el
resto del mundo el concepto de muerte digna todavía no es una prioridad
para los gobiernos. Australia (en algunos estados), Canadá, España,
Luxemburgo y Países Bajos son los únicos lugares, además de Colombia, en
los que tanto la eutanasia como el suicidio médicamente asistido están
despenalizados. No existe en la actualidad otro país latinoamericano en los
que el suicidio asistido o la eutanasia sean legales.
HOY, LA EUTANASIA Y EL SUICIDIO
MÉDICAMENTE ASISTIDO ESTÁN DISPONIBLES
EN COLOMBIA PARA PERSONAS CON CUADROS
TERMINALES Y ENFERMEDADES GRAVES.
En México hay una Ley de Voluntad Anticipada, la misma que permite a los
enfermos terminales decidir si continúan o no con tratamientos para
prolongar su vida. Mientras tanto, en Chile, la nueva Constitución que se
está redactando en la Convención Constitucional incluye un artículo, el 29,
que versa sobre el Derecho a la muerte digna, mediante la cual se asegura
el derecho a las personas a “tomar decisiones libres e informadas sobre sus
cuidados y tratamientos al final de su vida”.
No obstante, hay razones para pensar que hay una corriente que está
trayendo esta discusión a un plano más relevante. “En los últimos 5 años
muchos países se han sumado al reconocimiento a algún tipo del derecho a
la muerte digna, a través del suicidio asistido o la eutanasia. En la región
latinoamericana actualmente se está debatiendo en el parlamento
uruguayo, por ejemplo”,
precisa Josefina Miró Quesada.
Perú: pasos perdidos y plazos vencidos
Si bien el fallo de la Corte colombiana no tendrá una repercusión
inmediata ni directa en el sistema interamericano, sí sirve para analizar el
estado de la discusiòn en la región. En Perú, al caso más emblemático aún
espera una respuesta de la Corte Suprema.
Ana Estrada es una psicóloga que desde hace cuatro años libra una batalla
incansable contra el Estado peruano para que se le reconozca el derecho a
morir dignamente. La aqueja desde hace más de tres décadas una
enfermedad rara, dolorosa e incurable llamada polimiositis. Por tratarse
de una condición degenerativa que eventualmente va a traerle más
limitaciones y padecimientos, desde el año 2019, Ana reclama que el Estado
peruano le asegure el acceso a una muerte digna y segura en sus propios
términos antes de que el deterioro de su cuerpo le impida tener la calidad
de vida que mantiene hasta ahora.
Al no ser legales la eutanasia ni ningún otro tipo de muerte asistida en el
Perú, el artículo 112 del Código Penal establece que quien “por piedad,
mata a un enfermo incurable que le solicita de manera expresa y
consciente para poner fin a sus intolerables dolores, será reprimido con
pena privativa de libertad no mayor de tres años".
VALOR. La psicóloga Ana Estrada sufre desde hace más de tres
décadas una enfermedad rara, dolorosa e incurable llamada
polimiositis.
Lo que comenzó como una gesta individual de Ana, con un blog personal y
una petición en la plataforma [Link], terminó siendo un caso en el
que la Defensoría del Pueblo asumió la defensa en noviembre de 2019.
La Defensoría explicaba entonces que “en su rol de garante y promotor de
los derechos fundamentales, asumirá su caso ante los tribunales nacionales
para que se respete y garantice la voluntad libre e informada de una
persona de decidir el cese de su vida, cuando ante ciertas condiciones,
como es este caso, se afecta grave e irreversiblemente su dignidad
humana”. Fue así como se judicializó el caso y se presentó una demanda de
amparo en favor de Ana ante el Poder Judicial.
Josefina Miró Quesada fue una de las abogadas que vio directamente el
caso de Ana desde la Defensoría y explica cuál fue la estrategia que les
permitió, tras dos años de insistencia, obtener un fallo sin precedentes en
la historia de nuestro país.
“En el caso de Ana, se trazó el camino a partir del referente de la Corte
Constitucional colombiana. Nosotros buscábamos que este derecho fuese
reconocido como uno autónomo que estaba implícitamente reconocido en
la Constitución peruana. Y los argumentos colombianos fueron
fundamentales para nosotros, como Defensoría, para sentar una postura:
que existe en el marco constitucional un derecho fundamental, que implica
que se ejerce en un determinado momento de la vida y que les permite a
las personas decidir no sufrir de una manera intolerable y tomar las
riendas de su vida en manifestación de su derecho a no sufrir. De esa
forma pueden pasar en condiciones de dignidad los últimos momentos de
su vida. Consideramos que es un derecho autónomo y fundamental y
merece ser reconocido de manera propia como ocurrió en Colombia”,
narra.
Si bien el 11 Juzgado Constitucional de Lima no adoptó la misma postura
que la Defensoría –la de reconocer el derecho a una muerte digna como un
derecho fundamental implícitamente reconocido en la Constitución–, el 22
de enero de 2021 sí se obtuvo una sentencia histórica. El juez declaró
fundada en parte la demanda y determinó que no puede aplicarse la figura
de homicidio piadoso contemplada en el artículo 112 del Código Penal,
con lo que el Ministerio de Salud y EsSalud deben asegurar que Ana tenga
acceso a una muerte digna cuando lo solicite. En la demanda de amparo
interpuesta por Defensoría también se incluyó al Ministerio de Justicia y
Derechos Humanos. Ninguna de las tres entidades estatales apeló.
¿Y qué ocurrió después de esta victoria en primera instancia? El
expediente fue elevado a la Corte Suprema, la misma que debe evaluar si
los criterios del juez para no aplicar el artículo 112 en el caso de Ana se
ajustan a todos los parámetros constitucionales vigentes. En enero de este
año, la Corte decidió someter a votación la causa, una vez revisados y
atendidos los informes y argumentos presentados por la Defensoría y los
médicos tratantes de Ana, por un lado, y EsSalud y la Sociedad Peruana de
Cuidados Paliativos, del otro. El asunto es que aún no hay fecha en la que
se llevará a cabo esa votación y se dará a conocer su resultado.
EN ENERO DE ESTE AÑO, LA CORTE SUPREMA
DECIDIÓ SOMETER A VOTACIÓN LA CAUSA DE
ANA ESTRADA, PERO ESTA AÚN NO TIENE
FECHA.
“El caso de Ana se encuentra en este momento a la espera de resolución
final de la Sala Constitucional y Social de la Corte Suprema. La resolución,
a nuestro juicio, debe confirmar la sentencia del 11 Juzgado Constitucional
de Lima que declaró inaplicable el tipo penal de homicidio piadoso”,
explicó a este medio Percy Castillo, adjunto para los Derechos Humanos y
Personas con Discapacidad de la Defensoría del Pueblo. “La ley no
establece un plazo fijo determinado para que la Corte Suprema, en este
caso, la Sala Constitucional y social emita la resolución que apruebe la
consulta. Sin embargo, nosotros señalamos en su oportunidad que la
decisión debería tomar en cuenta el delicado estado de salud de Ana. Este
proceso se ha prolongado ya mucho tiempo y el tiempo es un factor que
juega en contra de Ana Estrada, debido a que su enfermedad es
degenerativa”, puntualizó.
Al considerar que ya ha transcurrido un plazo suficiente para la emisión
del pronunciamiento, la Defensoría está evaluando la posibilidad de
interponer un recurso por medio del cual solicitará a la sala resolver en
atención a la salud de Ana, pues la demora prolongada en resolver el caso
podría convertir ya en irreparable el daño al derecho de Ana Estrada a una
muerte en condiciones dignas.
El caso de Ana, aunque aún no concluye, ha iniciado una conversación
largamente postergada en Perú. Y si bien un eventual fallo a su favor
solamente garantiza el acceso a una muerte digna en esas condiciones para
su caso, podría abrir la puerta para que casos similares sigan la misma
ruta. No obstante, ante la imposibilidad e inviabilidad de judicializar
permanentemente estos casos, la vía legislativa es el otro camino por el
cual podría cambiarse la situación de quienes quieren contar con la
potestad de decidir cómo quieren llegar al final de su vida. En el Congreso
no se ha debatido hasta el momento alguna iniciativa que vaya por esta
senda, pero la demanda popular eventualmente puede abrirse paso.
“Hoy es más fácil conversar un tema que era absolutamente tabú en el
Perú solo gracias a la historia de Ana; ha generado y ganado espacios de
debate público. No sabes cuántos estudiantes han hecho trabajos sobre el
caso de Ana a nivel nacional. Por eso digo que el impacto no solamente es
histórico a nivel de la Corte Suprema, sino sobre nuestra mentalidad y la
manera en la que conversamos sobre la vida y la muerte”, refiere Miró
Quesada.
Por su parte, Mónica Giraldo considera que es necesario que las
sociedades, independientemente de los contextos locales, se esfuercen por
tener estas conversaciones difíciles y aún extrañas para la mayoría, que
tocan fibras sensibles e inherentes a la especie humana. “Sacamos a la
muerte de nuestra ecuación del día a día. Como la medicina nos ha dado
una idea de falsa inmortalidad, no nos permitimos tener conversaciones
incómodas que nos den la posibilidad de tomar decisiones oportunas,
como por ejemplo cómo queremos morir o cómo quiere morir otra
persona. Es un acto de empatía, fundamentalmente”.