LÍRICA
Catulo, Carmina
II. Pajarito, capricho de mi niña, con el que acostumbra ella jugar, tenerlo en su regazo,
ofrecerle la punta de su dedo tan pronto se le acerca y moverle a agudos picotazos, cuando
al radiante objeto de mi desasosiego le agrada jugar a no sé qué cosa querida y solaz de
su dolor; entonces -creo- se le calmará su ardiente pasión. ¡Ojalá pudiera yo, como ella,
jugar contigo y aliviar las tristes cuitas de mi alma!
V. Vivamos, Lesbia mía, y amemos, y las habladurías de esos viejos tan rectos, todas,
valorémoslas en un solo as. Los soles pueden morir y renacer: nosotros, en cuanto la
efímera luz se apague, habremos de dormir una noche eterna. Dame mil besos, luego cien,
luego otros mil, luego cien una vez más, luego sin parar otros mil, luego cien, luego,
cuando hayamos hecho muchos miles, los revolveremos para no saberlos o para que nadie
con mala intención pueda mirarnos de través, cuando sepa que es tan grande el número
de besos.
VIII. Desdichado Catulo, ¡que dejes de hacer tonterías y lo que ves que se ha destruido
lo consideres perdido! Brillaron un día para ti radiantes los soles, cuando acudías una y
otra vez a donde tu niña te llevaba, querida por mí cuanto no lo será ninguna. Y allí tenían
lugar entonces aquellos múltiples juegos que tú querías y tu niña no dejaba de querer.
Brillaron, es verdad, para ti radiantes los soles. Ahora ya ella no quiere: tú, como nada
puedes hacer, tampoco quieras, y a la que huye no la persigas, ni vivas desdichado, sino
resiste con tenaz empeño, mantente firme. ¡Adiós, niña! Ya Catulo está firme, y no te
buscará ni te hará ruegos en contra de tu voluntad. Pero tú te lamentarás cuando nadie te
haga ruegos. ¡Criminal, ay de ti! ¿Qué vida te espera? ¿Quién se te acercará ahora? ¿A
quién le parecerás bella? ¿A quién querrás ahora? ¿De quién se dirá que eres? ¿A quién
besarás? ¿A quién morderás los labios? Pero tú, Catulo, resuelto, mantente firme.
LI. Me parece a la altura de un dios y que, si es lícito decirlo, está por encima de los
dioses el que, sentándose frente a ti, te mira y te oye mientras ríes dulcemente; lo cual a
mí, desdichado, me arrebata todo el sentido: pues, en cuanto te contemplo, Lesbia, ni un
hilo de voz queda en mi boca, la lengua se me entorpece, una tenue llama fluye bajo mis
entrañas, tintinea en mis oídos un característico zumbido, mis ojos se cubren con una
noche gemela.
LXXXIII. Lesbia, en presencia de su marido, echa un montón de pestes contra mí: eso a
ese insensato le produce la máxima alegría. ¡Mulo!, no te enteras de nada: si, por haberse
olvidado de mí, callase, estaría curada; en realidad, como gruñe e injuria, no sólo se
acuerda de mí, sino, lo que es mucho más revelador, está encolerizada: o sea, se quema y
lo cuenta.
LXXXV. Odio y amo. Por qué hago eso acaso preguntas. No sé, pero siento que ocurre y
me atormento.
LXXXVII. Ninguna mujer puede decir que la han querido de verdad tanto como yo te he
querido a ti, Lesbia. No hubo nunca en ningún pacto una lealtad tan grande como la que
yo he puesto de mi parte en mi amor por ti.
Horacio, Odas
I.11 [Carpe diem] No preguntes, Leucónoe —pues saberlo es sacrilegio—, qué final nos
han marcado a mí y a ti los dioses; ni consultes los horóscopos de los babilonios. ¡Cuánto
mejor es aceptar lo que haya de venir! Ya Júpiter te haya concedido unos cuantos
inviernos más, ya vaya a ser el último el que ahora amansa al mar Tirreno con los peñascos
que le pone al paso, procura ser sabia: filtra tus vinos, y a un plazo breve reduce las largas
esperanzas. En tanto que hablamos, el tiempo envidioso habrá es capado; échale mano al
día, sin fiarte para nada del mañana.
II.14 [Tempus fugit] Ay, ¡qué deprisa, Póstumo, Póstumo, se van los años!; y la piedad no
hará que se retrasen las amigas, ni la vejez que acosa, ni la indomable muerte. Que no,
amigo, por más que cada día con trescientos bueyes aplaques a Plutón, el que no tiene
lágrimas; el que, a Gerión, tres veces grande, y a Ticio tiene presos en sus siniestras ondas;
en esas mismas que hemos de navegar cuantos vivimos del fruto de la tierra, ya seamos
reyes, ya pobres labradores.
De nada valdrá que nos libremos del sangriento Marte y de las olas que en el ronco
Adriático se quiebran; de nada que en otoño nos guardemos del austro, que a los cuerpos
tanto daña: tendremos que visitar al negro Cocito, que yerra con su lánguida corriente, y
a la infamada estirpe de Dánao, y a Sísifo el Eólida, a largas fatigas condenado.
Habrá que dejar tierra y casa, y a la amada esposa; y de es tos árboles que cuidas,
ninguno, salvo los cipreses tan odia dos, irá tras de ti, su breve dueño. Un heredero —
más digno que tú— se beberá los cécubos que guardabas con cien llaves, y teñirá el suelo
de un soberbio vino puro, mejor que el que los pontífices se beben en sus cenas.
Epodos, II. «Feliz aquel que, de negocios alejado, cual los mortales de los viejos tiempos,
trabaja los paternos campos con sus bueyes, de toda usura libre. A él no lo despierta, como
al soldado, la trompeta fiera ni teme al mar airado; y evita el Foro y las puertas altivas de
los ciudadanos poderosos» Y así, o bien casa los altos chopos con los crecidos sarmientos
de las vides, o bien, en un valle recoleto, contempla las errantes manadas de mugientes
reses; y cortando con la podadera las ramas que no sirven, otras más fértiles injertas; o ex
prime mieles que guarda en limpias ánforas, o esquila a las débiles ovejas. Y cuando el
otoño asoma por los campos su cabeza, de dulces frutas ataviada, ¡cómo goza recogiendo
las peras que ha injertado y uvas que rivalizan con la púrpura, para ofrecértelas a ti,
Príapo, y a ti, ¡padre Silvano, que guardas los linderos!
» Ora le place tenderse bajo una añosa encina, ora sobre el césped bien tupido. Entretanto,
las aguas corren por riberas hondas, se quejan las aves en los bosques, y suenan las fuentes
al manar sus linfas, invitando a entregarse a dulces sueños. Mas cuando la invernal
estación de Júpiter tenante apresta las lluvias y las nieves, o bien a los fieros jabalíes acosa
de aquí y de allá, con machos perros, hacia las redes que les cortan la es capada, o con la
percha pulida tiende ralas mallas para engañar a los voraces tordos; y caza con el lazo la
tímida liebre y la emigrante grulla, trofeos placenteros. ¿Quién no se olvida, en medio de
todo esto, de las malas cuitas que provoca Roma?
» Y si una mujer honesta arrima el hombro en la casa y con los dulces hijos —una como
son las sabinas o la esposa del ápulo ligero, quemada por los soles—; si ella amontona
viejos leños en el hogar sagrado a la llegada del cansado esposo, y en cerrando el lozano
rebaño entre trenzados zarzos, vacía las hinchadas ubres; y tras verter del dulce jarro vinos
nuevos, prepara so una comida no comprada, entonces no han de placerme más las ostras
del Lucrino, ni el rodaballo o los escaros, si es que alguno hacia este mar desvía el
temporal que truena en las olas del Oriente. Ni el ave africana ni el jonio francolín bajarán
55 más gratos a mi panza que la oliva elegida de las ramas más pingües de los árboles, o
la hierba de la acedera, amante de los prados, o las malvas saludables para el cuerpo
enfermo, o la cordera sacrificada en las fiestas Terminales, o el cabrito arrebatado al lobo.
» Entre estos festines, ¡cómo agrada ver a las ovejas corriendo a casa ya pacidas, ver a los
cansados bueyes arrastrando el arado vuelto sobre el cuello lánguido; y a los siervos
nacidos en la casa, enjambre de una finca acaudalada, ¡sentados en torno a los lares
relucientes!».
Una vez que dijo todo esto, el usurero Alfio, que estaba a punto, a punto de hacerse
campesino, reembolsó todos sus cuartos el día de las idus... y ya busca dónde colocarlos
en las calendas.
Ovidio
Amores I.3: Mis preces son justas: la linda joven que me fascinó, o me ame, o consiga
que yo la ame siempre. ¡Ah!, pedí demasiado: con que consienta ser amada, habrá oído
Citerea todos mis ruegos. Acoge benévola al que te ha de servir mientras aliente con vida,
y escucha las protestas del que sabrá guardarte fidelidad inquebrantable. Si los nombres
ilustres de mis antepasados no me recomiendan; si un simple caballero es el autor de mis
días; si no labran mis tierras innumerables arados, y mi padre y mi madre vivieron con
sobria economía, que me abonen Apolo, las nueve hermanas y el numen plantador de las
viñas, el amor que me entrega a tu poder, mi constancia, que ninguna abatirá, y mis puras
costumbres, mi ingenua sencillez y el pudor que colorea mi rostro. No me placen mil
jóvenes a la vez; no soy mudable en amar, y, puedes creerme, tú sola serás el norte de mi
perenne inclinación. Así merezca vivir contigo los años que me hilen las Parcas, y morir
antes que profieras una sola queja contra mí. Sé tú el tema dichoso de mis cantos, y éstos
surgirán dignos del objeto que los inspira. A los cantos debe la celebridad Ío, aterrada por
sus cuernos; Leda, seducida por el adúltero Jove, bajo la figura de un cisne, y Europa, que
atravesó el mar sobre las espaldas de un toro engañoso, sujetando los cuernos retorcidos
con sus virginales manos. Nosotros asimismo seremos celebrados por todo el orbe, y
nuestros nombres irán siempre inseparablemente unidos.
Metamorfosis, I. 452-567: Apolo y Dafne
El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no el azar ignorante se lo dio,
sino la salvaje ira de Cupido. El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio, le
había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio, y:
«¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?», había dicho; «ellas
son cargamentos decorosos para los hombros nuestros, que darlas certeras a una fiera, dar
heridas podemos al enemigo, que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas
yugadas hundían, hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón. Tú con tu
antorcha no sé qué amores conténtate con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras».
El hijo a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo, a ti mi arco», dice, «y en
cuanto los seres ceden todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra». Dijo, y
rasgando el aire a golpes de sus alas, diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se
posó, y de su saetera aljaba aprestó dos dardos de opuestas obras: ahuyenta éste, causa
aquél el amor. El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda. El que lo ahuyenta
obtuso es y tiene bajo la caña plomo. Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, más con aquél
hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas. En seguida el uno ama, huye la
otra del nombre de un amante, de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las
cautivas fieras gozando, y émula de la innupta Febe. Con una cinta sujetaba, sueltos sin
ley, sus cabellos. Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes, sin soportar
ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué
el matrimonio, no cura.
A menudo su padre le dijo: «Un yerno, hija, me debes». A menudo su padre le
dijo: «Me debes, niña, unos nietos». Ella, que como un crimen odiaba las antorchas
conyugales, su bello rostro teñía de un verecundo rubor y de su padre en el cuello
prendiéndose con tiernos brazos: «Concédeme, genitor queridísimo» le dijo, «de una
perpetua virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana». Él, ciertamente,
obedece; pero a ti el decoro este, lo que deseas que sea, prohíbe, y con tu voto tu
hermosura pugna.
Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne, y lo que desea espera, y sus
propios oráculos a él le engañan; y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus
aristas, como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante o
demasiado les acercó o ya a la luz abandonó, así el dios en llamas se vuelve, así en su
pecho todo él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor. Contempla no ornados de
su cuello pender los cabellos y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes, a
estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no es con haber visto bastante. Alaba sus
dedos y manos y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros: lo que oculto
está, mejor lo supone.
Huye más veloz que el aura ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se
detiene: «¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo; ¡ninfa, espera!
Así la cordera del lobo, así la cierva del león, así del águila con ala temblorosa huyen las
palomas, de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte. Triste
de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas tus piernas señalen las zarzas, y
sea yo para ti causa de dolor. Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más
despacio te lo ruego corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo. A quién
complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte, no yo soy un pastor, no aquí
ganados y rebaños, hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes de quién huyes y por
eso huyes. A mí la délfica tierra, y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;
Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido, y es se manifiesta; por mí concuerdan
las canciones con los nervios. Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo,
una saeta más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hicieron. Hallazgo la
medicina mía es, y auxiliador por el orbe se me llama, y el poder de las hierbas sometido
está a nos: ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable, y no sirven a su dueño
las artes que sirven a todos».
Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia huye, y con él mismo sus
palabras inconclusas deja atrás, entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su
cuerpo los vientos, y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos, y acrecióse su hermosura con la
huida. Pero entonces no soporta más perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba
el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas. Como el perro en un vacío campo
cuando una liebre, el galgo, ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:
el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla espera, y con su extendido morro roza sus
plantas; la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios mordiscos se
arranca y la boca que le toca atrás deja: así el dios y la virgen; es él por la esperanza
raudo, ella por el temor. Aun así, el que persigue, por las alas ayudado del amor, más
veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva acecha, y sobre su pelo, esparcido
por su cuello, alienta. Sus fuerzas ya consumidas palidecieron ella y, vencida por la fatiga
de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
«Préstame, padre», dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis, por la que
demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura». Apenas la plegaria acabó un
entumecimiento pesado ocupa su organismo, se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,
en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen, el pie, hace poco tan veloz, con morosas
raíces se prende, su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella. A ésta también Febo
la ama, y puesta en su madero su diestra siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su
pecho, y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros, besos da al leño;
rehúye, aun así, sus besos el leño.
Al cual el dios: «Mas puesto que esposa mía no puedes ser, el árbol serás,
ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel,
nuestras aljabas. Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz el triunfo cante,
y divisen los Capitolios las largas pompas. En las jambas augustas tú misma, fidelísima
guardiana, ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás, y como mi cabeza
es juvenil por sus intonsos cabellos, tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los
honores». Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea asiente y, como
una cabeza, pareció agitar su copa.