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Oymyakon: El lugar más frío del mundo

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EL LUGAR HABITADO MÁS FRÍO DE LA TIERRA

Andreas Albes. 2008. El [Link], 13/01/2008.


[Link]
Volver a: Clima, adaptación, aclimatación

Los habitantes de Oymyakon, en la república rusa de Yakutia, nacen, crecen, se reproducen, sueñan y mueren
prácticamente congelados. Su localidad batió récord en 1926: –71,2 grados. Una breve visita.
Cuando los pescadores de Oymyakon, en Rusia, extraen un pez de las aguas cubiertas de hielo, bastan 30
segundos para que esté congelado: tieso como una tabla. Aquí la leche no sabe de estado líquido: sólo se vende en
bloques helados de color mármol. A partir de 52 grados bajo cero dan día libre en la escuela, y el gran
acontecimiento del año es el Festival del Polo de Frío. Entonces, Dschis Chan, el señor del invierno yakuto,
encarnado por el profesor de gimnasia de la localidad, invita a sus colegas Padrecito Invierno de Moscú y Santa
Claus de Finlandia a comer filetes de reno y a ponerse ciegos de vodka. La última vez, Santa Claus casi echa a
perder la fiesta porque se bebió nada menos que 10 botellas en 48 horas para combatir el frío. Oymyakon es el
polo helado de la Tierra; en 1926 alcanzó la temperatura más baja registrada jamás en territorio habitado: 71,2
grados bajo el punto de congelación. La localidad está situada en el noreste de Rusia, en una meseta a 750 metros
sobre el nivel del mar: allí donde el invierno dura como mínimo nueve meses.
Pues bien, para alcanzar este lugar irreal aguantamos (es noviembre) a 34 grados bajo cero en el aeropuerto de
Jakutsk, esperando a que por fin se abra la puerta del avión, que se ha congelado por completo. A bordo del
aparato de hélice, con cortinas azul claro en las ventanillas, los pasajeros llevan botas de piel de reno. La azafata
reparte periódicos. Y en ellos se lee que, en algún lugar de las montañas, un criador de renos resultó gravemente
herido al caer del caballo y tuvo que esperar semanas a que acudieran en su ayuda, así que en el ínterin se amputó
él mismo los dedos de los pies helados con un cuchillo de monte y logró sobrevivir. La foto muestra a un nativo
típico, menudo y vigoroso, de cara pálida, mejillas redondas, nariz chata y ojos que asoman por unas ranuras
diminutas.
Dos horas y media después aterrizamos en Ust-Nera, nido de buscadores de oro, donde la temperatura alcanza
los 42 grados bajo cero. Son poco más de las tres de la tarde y el sol ya se pone por el horizonte. Proseguimos
viaje en un microbús con cristales dobles, fijados con cinta adhesiva, que impiden que se forme una gruesa capa
de hielo en el interior. Cuando Vladímir Putin visitó la región, el gobierno local avisó de que no se les ocurriera
mandar por avión un Mercedes oficial sin doble acristalamiento. El Kremlin ignoró la recomendación y el coche
del presidente no pasó de la primera valla publicitaria, justo detrás del aeropuerto.
Kolya, nuestro chofer, tiene una fina barba a lo Gengis Jan. Tras cuatro horas salvando baches y ríos helados,
nos anuncia: “A partir de aquí se acabó la carretera en buen estado”. Seguimos por la autopista de Kolyma, la vía
que Stalin hizo construir utilizando presos como mano de obra para poder explotar las riquezas naturales de
Yakutia, sobre todo el oro. Cada 30 kilómetros había un gulag. La mayoría de los presos moría al cabo de tres
meses. Se les enterraba bajo la calzada. Y punto. “Aquí yace un muerto cada cuatro metros”, nos explica Kolya.
Por eso la autopista de Kolyma también se llama “carretera de los huesos”.
Llegamos a Oymyakon hacia las tres de la madrugada, a 51 grados bajo cero. Por debajo de menos 45 grados,
la gasolina se congela, y por eso Kolya nunca apaga el motor de nuestro autobús. El frío quema como si uno se
hubiera embadurnado la cara con una pomada para activar la circulación; la primera bocanada de aire casi revienta
los pulmones, y al cabo de medio minuto la nariz está entumecida. Kolya nos asegura que eso no es nada. “A
partir de los 64 grados bajo cero, uno puede oír cómo se hiela el aliento, siente cada hueso del cuerpo como si
estuviera congelado y los escupitajos aterrizan en el suelo en estado sólido”. A semejante temperatura no hay
prenda en el mundo que pueda mantenerle a uno caliente más de 15 minutos. Oymyakon debe su clima extremo a
las cadenas montañosas que la rodean, y que impiden que escapen las pesadas masas de aire frío que cubren el
valle como si fueran de plomo. Aquí impera una calma chicha todo el año. Eso hace que el frío sea relativamente
soportable y permite que la temperatura alcance en verano los 35 grados.
Una vez que ha amanecido, tampoco se ve gente por la calle; las columnas de humo se elevan derechas como
una vela por encima de las casas sobre un cielo sin nubes, y las antenas parabólicas permiten adivinar a qué se
dedica la mayoría de sus moradores. La localidad cuenta con 2.300 habitantes; la mayor parte vive como hace cien
años, televisión aparte. En lugar de cuartos de baño, levantan en el jardín unas barracas de madera sin calefacción,
y bloques de hielo ante la puerta sustituyen el agua corriente. Hay un par de teléfonos privados, y sólo tienen radio
los que pueden permitírselo. “El más mísero de los trabajos es el de criador de caballos”, comenta Fiodor. Él es
uno de ellos. Con el cuerpo oculto bajo varias capas de pantalones y chaquetas, y con una gigantesca gorra de piel
de zorro en la cabeza, está ahí plantado en un prado en las afueras, con pinta entre yeti y astronauta. Los criadores,
explica, se pasan el día al aire libre porque los famosos caballos salvajes yakutos, que se sienten especialmente a
gusto en esta estepa, desprecian cualquier tipo de establo. Devoran nieve y la hierba bajo ella.
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Sitio Argentino de Producción Animal

A pesar de que estos animales tienen una pinta inofensiva, con sus patas cortas y su pellejo hirsuto, lo cierto es
que sólo se dejan domesticar a regañadientes. Al intentar juntar la manada, Fiodor es derribado por su semental en
dos ocasiones. Patalea tumbado boca arriba, sin poder ponerse en pie, envuelto en sus gruesos ropajes. Los
caballos salvajes de Oymyakon se han utilizado incluso en expediciones al Polo por su resistencia. Fiodor prefiere
sacrificarlos porque su carne grasienta está repleta de vitaminas y se considera una exquisitez. La mayoría de los
habitantes de Oymyakon vive de la caza de martas y liebres, o bien crían vacas y renos. La única industria es una
pequeña fábrica de leche que deja de funcionar en octubre. El invierno es demasiado frío para las vacas, así que no
dan leche, y los campesinos cubren las ubres de los animales con sacos de piel para que no se enfríen. De todos
modos, la leche no se echa a perder: se conserva congelada en los sótanos, a un metro bajo tierra, donde reina una
temperatura constante entre 10 y 15 grados todo el año.
Los suelos de Yakutia sólo se deshielan superficialmente de junio a agosto, y quedan cubiertos por una capa de
fango que hace prácticamente imposible instalar vías de ferrocarril. Los edificios de cemento de gran tamaño han
de construirse sobre pilotes, que se hincan en la tierra a varios metros de profundidad para que no se hundan. Pero
en Oymyakon no hay otra cosa que cabañas de madera. El suelo es extraordinariamente fértil, y en verano, la
naturaleza literalmente estalla. Pero el lodo alberga también millones de larvas de mosquitos.
En la era soviética, el valle era famoso porque en él vivían algunos de los hombres más ancianos del país. El
mayor era Fiodor Arnosov, un cazador que murió en 1967 a los 109 años. El doctor Innokenti Novgorodov, que
trabaja en la pequeña policlínica, nos cuenta que antes sólo sobrevivían los niños más fuertes y sanos. La tasa de
mortalidad infantil era enorme, y las mujeres traían al mundo hasta 18 hijos. Además, la gente no bebía alcohol
porque no había ningún supermercado que vendiera vodka, y tampoco se pasaba la vida sentada delante del
televisor. El doctor Novgorodov lleva unas gruesas botas de fieltro bajo la bata blanca, los dedos le tiemblan un
poco. Tiene 71 años. La asistente sanitaria que trabaja con él tiene 72. El partido le destinó a Oymyakon hace
décadas, rememora sin pesar; pero hoy día la cosa ya no funciona así, y por eso resulta difícil encontrar a quien les
reemplace. Por otro lado, uno no puede hacer nada por los pacientes. El pequeño hospital de paredes azul claro
resplandece de puro limpio, pero faltan medicamentos, sobre todo antibióticos, y no hay ni sala de operaciones, ni
un aparato de rayos X. Las 11 camas están ocupadas en su mayoría por enfermos de cáncer a los que no pueden –
o no quieren– ayudar en ningún otro sitio.
Novgorodov nos cuenta que hace poco encargó que llevaran en microbús a Ust-Nera a una mujer de 37 años
con cáncer de hígado; una vez allí, los médicos decidieron que había que enviarla al hospital central de Jakutsk.
Pero en lugar de subirla a un avión, la mandaron de vuelta a Oymyakon. De allí salió de nuevo el microbús rumbo
a Jakutsk siguiendo la ruta directa, un viaje de 35 horas. La mujer murió en el camino. Novgorodov se encoge de
hombros. En la vasta Siberia, una vida no cuenta demasiado.
Yakutia es la república rusa más grande en lo que a superficie se refiere: tres millones de kilómetros
cuadrados, unas seis veces España. Además es una de las regiones más ricas de la Tierra: posee reservas de
platino, plata, uranio, minerales con contenido metálico, carbón, petróleo, gas… El 40% del oro ruso se extrae de
Yakutia, así como uno de cada cinco diamantes del planeta. Pero sus 950.000 habitantes (densidad: 0,31) viven
apenas por encima del mínimo de subsistencia; toda la riqueza va a parar a Moscú.
Los yakutos son un pueblo turco que ha seguido hablando su propio idioma hasta nuestros días. Colonizaron
Siberia en el siglo XIV desde el Baikal, pero luego los rusos los fueron desplazando a regiones cada vez más
septentrionales. Así es como llegaron a Oymyakon en 1640. El valle parecía ideal para establecerse, puesto que el
río Indigirka no llega a congelarse ni con las más duras heladas debido a la gran velocidad a que circulan sus
aguas. En la II Guerra Mundial, Oymyakon cobró importancia estratégica, pues repostaban los bombarderos
estadounidenses que atacaban Alemania por el este. Pero una vez concluida la era soviética, el aeródromo quedó
abandonado y fue convirtiéndose en una ruina.
El subteniente Smirnov nos recibe en el negociado de la milicia, sentado bajo un retrato al óleo de Iósif Stalin.
Smirnov es uno de los tres policías de la localidad; nació aquí hace 32 años. “Oymyakon le debe mucho a Stalin”,
comenta. Sin él no habría existido la autopista de Kolyma, y probablemente la localidad habría permanecido
aislada del mundo exterior hasta hoy. Muchos piensan igual, a pesar de haber perdido parientes en los gulags. La
porra de Smirnov se balancea colgada en el ropero. No consigue recordar cuándo la utilizó por última vez. Aquí la
mayoría de los delitos están vinculados al alcohol; cada pocos años se comete un homicidio. Pero las vecinas dan
bastante que hacer: se denuncian constantemente; por ejemplo, porque la vaca de una se ha zampado la ropa
tendida de la otra. Gracias a Dios, rara vez hay accidentes. Hace no mucho, un agricultor se cayó en la carretera y
no vio un rebaño de renos que se aproximaba. Le arrollaron.
Como ocurre por doquier en la provincia rusa, aquí también se escucha a menudo la frase “en la Unión
Soviética vivíamos mejor”. De hecho, había vuelos en helicóptero a Jakutsk dos veces por semana, e incluso un
cine. Nadie sentía la tentación de marcharse lejos porque se intuía que en cualquier otro sitio las cosas tampoco
eran mucho mejores. Pero ahora todo el mundo ve por televisión cómo se vive de Moscú a Malibú, y se da cuenta
de que Oymyakon no sólo es la provincia, sino el verdadero fin del mundo.

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La escuela no ha tenido nunca calefacción en condiciones hasta el año pasado, los niños daban clase con el
abrigo puesto. Son 300; hacia finales de la era soviética sumaban aún 400. Los jóvenes sueñan con tener un café,
móviles, un cibercafé o que la discoteca de la escuela vuelva a funcionar. Pero, desgraciadamente, el equipo
estéreo lleva años estropeado. Al menos, la Casa de la Cultura organiza veladas de baile una vez por semana con
música de Boney M o, como este mismo sábado, un concierto de guimbardas con concurso de canto incluido.
La sala sin ventanas está abarrotada. Bajo los abrigos de piel se asoman minifaldas y alguna que otra camiseta
que deja el ombligo al aire. Las botas de reno han sido sustituidas por tacones altos. Los hombres llevan corbata.
Los jóvenes rebosan optimismo, todos planean hacer carrera como abogados, médicos o managers. Pero –nos
cuenta Saina, de 16 años– las mujeres deben casarse, tener hijos y estar de vuelta en Oymyakon como mucho
antes de los 24.
El depositario de las esperanzas de la localidad es un hombre que los lugareños llaman con orgullo su
“oligarca”. Alexander Krylov, de 33 años, alto, delgado, nacido aquí de padre médico, reunió un pequeño
patrimonio comerciando con material de construcción en Jakutsk y luego regresó. Tiene seis hijos de tres mujeres
y una visión: traer turistas. Para ello ha creado el Festival del Polo de Frío y la elección de Miss Polo de Frío.
Además ha construido el primer hotel con agua corriente caliente en cada una de sus 10 habitaciones. Y lo cierto
es que han venido turistas. Ilse y Elke, por ejemplo, dos jubiladas europeas de las que aún se habla en el valle,
porque hasta entonces los lugareños sólo habían visto vegetarianos en la tele. O el actor de Hollywood Ewan
McGregor, que llegó a lomos de su motocicleta en verano.
Incluso un jeque de carne y hueso se acercó el pasado febrero. Caminaba pesadamente por la nieve envuelto en
ropajes blancos, e insistió en que le pusieran un sello en el pasaporte en la Administración municipal como prueba
de que había estado realmente en el polo de frío. Su alteza, propietario de los más nobles purasangres, arrugó la
nariz al contemplar los desgreñados caballos salvajes paticortos. Debieron parecerle poco menos que burros
gordos. Pero cuando le explicaron que habían participado en la expedición al Polo Norte, decidió comprar uno por
1.000 dólares. Inspeccionó la pista de aterrizaje de la II Guerra Mundial y anunció que enviaría un avión a recoger
al animal. Desde entonces, en Oymyakon esperan la llegada del primer avión privado procedente de Dubai.

EL POLO DEL FRÍO SE CALIENTA


Pilar Bonet. 2007. El [Link], 28/10/2007.

El cambio climático se hace notar en Verjoyansk, la ciudad más gélida del hemisferio norte
Sobre el paisaje nevado, una escultura en forma de colmillos de mamut marca la entrada en Verjoyansk, y una
placa metálica anuncia la llegada al punto más gélido del hemisferio norte: el Polo del Frío.

Entrada de Verjoyansk

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"Antes, en esta época íbamos ya en trineo, ¿puede llamarse nieve a esto?"


Octubre es benévolo. A -3 grados pedalean los ciclistas y pasean los bebés.
Además de lana de mamut el museo conserva restos del Gulag estalinista
El récord de -67,8 grados, registrado aquí el 15 de enero de 1885, no ha sido igualado aún en ninguno de los
otros lugares de Siberia que compiten por superar el mínimo histórico de esta localidad. Verjoyansk está en
Yakutia, un territorio de la Federación Rusa rico en diamantes, oro y materias primas, en cuya extensión de más
de 3,1 millones de kilómetros cuadrados (más de seis veces España) viven 908.000 personas.
En Verjoyansk, las temperaturas invernales descienden más allá de los -50 grados, pero sus habitantes opinan
que también les afecta el calentamiento global. "Antes, en esta época íbamos ya en trineo, y ahora, ¿acaso puede
llamarse nieve a esto?", dice el alcalde, Piotr Gábyshev, mirando el moroso descenso de los copos sobre la ciudad
más pequeña de Rusia. Fundada en 1638 por los cosacos a las orillas del río Yan, Verjoyansk (a 67 grados y 33
minutos de latitud norte) es un pueblo desolado, con una población menguante de 1.492 personas.
El alcalde, un yakuto de 59 años que fue profesor de física, explica que la aurora boreal, frecuente en su niñez,
es ahora un evento raro y que el viento sopla y calienta donde antes reinaba la calma glacial. "En enero 1982
llegamos a -64,8 grados y ya no hemos igualado esta marca", afirma. "La temperatura del aire en el centro de
Yakutia ha subido 2,5 grados desde los años 70 del pasado siglo hasta ahora", confirma Rudolf Zhang, director del
Instituto de Permafrost (Hielos Eternos), situado en Yakutsk, la capital de Yakutia, a 900 kilómetros al sur de
Verjoyansk. El aumento de la temperatura, dice, no ha reducido el grosor del permafrost (capa de hielo
permanente) que cubre el 60% del territorio de Rusia.
Zhang advierte que "el calentamiento global no está relacionado con la actividad humana, sino con el calor
emitido por el sol y absorbido y regulado por los océanos". "No hay ningún efecto invernadero, el anhídrido
carbónico no se acumula en la atmósfera. El Protocolo de Kioto no tiene base y el clima es un fenómeno cíclico.
La humanidad está en vísperas de un periodo de enfriamiento en el que se llegará a temperaturas más bajas que las
registradas en muchos años. Esta etapa comenzará entre 2012 y 2020 y culminará en 2050", pronostica.
Entre tanto, octubre es benévolo en Verjoyansk. A -3 grados, pedalean los ciclistas, pasean los bebés y los
adolescentes salen a la plaza con chaquetas de entretiempo. La central térmica proyecta al cielo una columna de
humo negro. Funciona con carbón transportado en verano a lo largo de miles de kilómetros en barcazas hasta la
desembocadura del Lena, por el Ártico y río arriba por el Yan. La calefacción, centralizada, derrocha energía por
falta de dispositivos reguladores. En el interior de las casas, los radiadores desprenden un calor asfixiante. A la
escuela asisten 320 niños, divididos en dos secciones, una en yakuto (la lengua túrquica de la población
autóctona), y otra, en ruso. Si la temperatura es inferior a -50 grados, los menores no van a clase. Si se rebasan los
-54 grados, cierra la escuela.
Además de lana de mamut y artilugios de chamanes y cazadores, el museo local conserva restos del Gulag
estalinista, que mantuvo hasta 23 campos de trabajadores forzados en la región. "Verjoyansk fue punto de partida
hacia el destierro, tanto en época de los zares como de los comunistas", dice el alcalde. Los bustos de las víctimas
decoran esta ciudad sin bares ni restaurantes. En el hotel Polo del Frío, el único, la patrona, ausente, deja la llave
en la calle para que los huéspedes se instalen a gusto en alguna de sus cuatro habitaciones y depositen luego los
400 rublos de la pernocta (11 euros) en la cocina.
En Verjoyansk, los móviles no tienen cobertura y sólo hay tres líneas de teléfono. Un edificio de madera de
ventanas tapiadas, recuerda que existió aquí un aeródromo, parte de un sistema de transporte al servicio de las
organizaciones que exploraban y explotaban estos parajes por cuenta del Estado soviético. El aeródromo se cerró
en los noventa y para llegar al Polo del Frío desde Moscú hay que volar primero a Yakutsk (a 8.468 kilómetros al
Este) y de allí, a Batagái (a 700 kilómetros al Norte) en Antónov 26. Estos aviones complementan el transporte de
pasajeros con carga (cajas de salchichas hacia Verjoyansk) y el de mercancías (sacos de conejos recién cazados en
la taiga en dirección a Yakutsk), con pasajeros. De Batagái a Verjoyansk hay una ruta de 86 kilómetros con un
puente derruido que obliga a aventurarse sobre el hielo frágil de un río y otra, de invierno, más corta, por el curso
helado del Yan. El ferrocarril pronto llegará a Yakutia. La vía férrea que unirá el Transiberiano con el estrecho de
Bering penetra ya en el territorio de esta tierra jamás cruzada por un tren.
El alcalde Gábyshev (y no solo él) habla de la perestroika como de un desastre económico y social. Al
desintegrarse la URSS en 1991, se vino abajo el sistema de exploración geológica estatal, que mantenía colonias
de especialistas en estos parajes. Verjoyansk no se ha recuperado del éxodo de los rusos (hoy el 15% de sus
habitantes), ni del recorte en las prestaciones sociales a los trabajadores del Norte, mermadas aún más en época de
Putin.
La minería resurge por cuenta de compañías comerciales que se adjudican licencias y explotan los recursos con
personal que va y viene por turnos, sin afincarse. El alcalde afirma que estas empresas "no invierten en
infraestructura ni contribuyen al presupuesto municipal". Por falta de medios, en Verjoiansk no se edifica, aunque
el 70% de sus moradores viven en casas deterioradas. El abastecimiento de víveres es bueno, pero encarecido por
el transporte. Los yakutos abandonan las zonas rurales, absorbidos por la ciudad de Yakutsk, cuyo progreso

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gracias a los diamantes (hoy controlados desde Moscú) no compensa la sangría demográfica. Yakutia ha perdido
173.000 habitantes desde 1989.
El futuro de Verjoyansk podría ser el turismo, pero la marca del Polo del Frío, su principal tesoro, está
amenazada por Oimiakón, una localidad con una mínima (-67,7 grados en 1933) a la zaga en una décima del
récord, pero mejor comunicada que Verjoyansk. Los dirigentes de Yakutia promocionan Oimiakón, pero, a modo
de compromiso, declaran que el Polo del Frío es un triángulo con vértices en Yakutsk, Verjoyansk y Oimiakón.
Los de Verjoyansk se resisten. Ellos tienen el "polo del frío certificado y documentado". Oimiakón, dicen, es el
"polo de las intrigas comerciales".

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Common questions

Con tecnología de IA

En Yakutia, las duras condiciones climáticas y el aislamiento han llevado a una alta mortalidad infantil en el pasado, donde solo los niños más fuertes sobrevivían. Esto resultó en familias grandes con numerosas mujeres dando a luz hasta 18 hijos. Históricamente, la región ha sido utilizada para el destierro de prisioneros tanto en la época de los zares como de los comunistas, y muchas de sus riquezas naturales fueron explotadas a expensas del bienestar de la población local. Hoy en día, a pesar de sus recursos naturales, la mayoría de las riquezas se redirigen a Moscú, dejando a los habitantes viviendo escasamente por encima del nivel de subsistencia .

Los gulags jugaron un papel fundamental en la construcción y el desarrollo de infraestructura en Yakutia, particularmente en la construcción de rutas como la autopista de Kolyma para la explotación de recursos naturales. La 'carretera de los huesos' es un trágico recordatorio del costo humano pagado, con numerosos prisioneros enterrados bajo ella. Hoy en día, el legado de los gulags sigue presente en la región, reflejado en sus condiciones socioeconómicas desafiantes y en un museo en Verjoyansk que conserva restos de esos campos .

La geografía montañosa que rodea Oymyakon, que atrapa masas de aire frío en el valle, ha influido significativamente en el estilo de vida de sus habitantes al mantener el clima extremadamente frío durante todo el año. Esta zonificación climática ha llevado a un estilo de vida autosuficiente centrado en la caza, la ganadería y el uso de recursos locales. Los habitantes todavía viven similarmente a como lo hacían hace cien años, aunque con algunas modernizaciones como la televisión. La naturaleza autosuficiente de la comunidad local se refleja en sus adaptaciones a la geografía y clima extremos .

La infraestructura de transporte en Yakutia está intrínsecamente ligada a la explotación de sus vastos recursos naturales, como oro, petróleo y diamantes. Sin embargo, a pesar de estas riquezas, el transporte es limitado y desafiante debido al terreno y al clima, lo que dificulta el acceso a bienes y servicios para la población local. Esto se refleja en la pobreza relativa de la población local, mientras que los recursos beneficiaban principalmente a Moscú. La falta de inversión en infraestructura adecuada, combinada con el aislamiento geográfico, perpetúa el estado de subsistencia de los habitantes de Yakutia .

Desde la caída de la Unión Soviética, Verjoyansk ha vivido un declive económico y social significativo. La disolución del sistema soviético de exploración geológica desmanteló las colonias de especialistas y llevó a un éxodo de población, que ha dejado a Verjoyansk sin recuperarse del impacto. La minería ha resurgido, pero las compañías no invierten en infraestructura local ni contribuyen al presupuesto municipal. La mayoría de sus habitantes vive en condiciones precarias, en casas deterioradas, y no se realizan nuevas edificaciones por falta de recursos. Además, hay un encarecimiento significativo de los víveres debido a los altos costos de transporte .

La población de Oymyakon vive en condiciones extremas con temperaturas que pueden llegar a -64 grados Celsius. Para adaptarse, los habitantes mantienen los vehículos en marcha para evitar que la gasolina se congele y utilizan ropa especial para protegerse del frío. Las casas carecen de agua corriente y los baños son letrinas sin calefacción en el exterior. Los criadores de caballos yakutos, por ejemplo, pasan gran parte del tiempo al aire libre ya que sus caballos no aceptan establos y sobreviven comiendo nieve y hierba cubierta de nieve .

La disputa sobre el 'Polo del Frío' involucra a Oymyakon y Verjoyansk, ambos reclaman el título debido a sus temperaturas extremas. Verjoyansk alega que tiene un título "certificado y documentado", basado en su registro de -64,8 grados en 1982, mientras que Oymyakon tiene una mínima histórica de -67,7 grados en 1933. Además, Oymyakon está mejor comunicado y ha sido promocionado por las autoridades de Yakutia. El debate incluye también aspectos comerciales, ya que Oymyakon es visto como el "polo de las intrigas comerciales" y su promoción amenaza la posible explotación turística de Verjoyansk .

El calentamiento global ha aumentado la temperatura del aire en Yakutia por 2,5 grados desde la década de 1970. Aunque el permafrost no ha reducido su grosor significativamente, los efectos del calentamiento global son perceptibles, como el debilitamiento de las condiciones climáticas tradicionales y la rareza de fenómenos como la aurora boreal. Expertos locales como Rudolf Zhang argumentan que el cambio climático es un fenómeno cíclico más que un fenómeno provocado por la actividad humana .

Los caballos yakutos tienen la capacidad de sobrevivir en condiciones extremas debido a sus patas cortas y su pellejo hirsuto, lo que les permite resistir el frío intenso. Se alimentan de la nieve y la hierba cubierta de nieve, despreciando los establos. En Oymyakon, estos caballos son utilizados en expediciones debido a su resistencia, pero también son sacrificados por su carne, que es rica en vitaminas y considerada una delicadeza .

La educación en Verjoyansk enfrenta varios retos debido a las condiciones climáticas extremas. Las escuelas funcionan solo si las temperaturas no descienden a menos de -50 grados Celsius, y cierran cuando se superan los -54 grados. Esto afecta la continuidad educativa de los estudiantes, quienes no asisten a clases bajo condiciones muy extremas. Además, el idioma de instrucción también refleja la diversidad cultural, ya que las clases se imparten tanto en yakuto como en ruso .

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