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Llorar y renacer: el deseo tras el duelo

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—Tienes una risa preciosa —le dice Daniel.

Alejandra no responde nada, pero lo mira fijamente y sonríe. Luego,


sigue con su historia:
—Un día le conté a él de mi fantasía. Lloré, y cuando lo hice, él lloró
conmigo. Y ese día nos besamos por primera vez. Quiero decir, yo lo besé.
Lo besé llorando. Me despedí de él y seguía llorando. «La vergüenza es una
asesina del placer», escribió Luna Miguel con toda la razón: la culpa que
sentía por haberlo besado me empezó a consumir casi tanto como el resto
de mi tristeza. Toda esa semana estuve llorando día y noche, en todos lados,
mientras trabajaba, desayunaba, me bañaba; lloré tanto que pensé que la
piel de alrededor de mis ojos se desprendería por el ardor, y cuando ya no
pude llorar más me di cuenta de algo… tú no sabías nada de esto. Quiero
decir, no de él , sino de nada. Lloraba en todos lados, excepto enfrente de ti.
Tú no conocías mi fantasía. Tú no me escuchabas hablar de mi duelo. Tú no
escuchabas mi dolor. No te dabas cuenta. No, espera, no es justo que te diga
eso, no puedo culparte por no percibir a un fantasma. Claro que te dabas
cuenta, claro que sabías que yo estaba tirada en el fondo de mi pozo. Pero
sólo lo sabías porque tú estabas al fondo del tuyo y yo no me había
asomado para sacarte. Perdón por decirlo así, pero es que así es. Y en ese
momento, fue evidente como lo debe de ser para todas las personas a
quienes has visto llegar al hospital en medio de un infarto: si no hacía algo
para reanimar mi corazón, me iba a morir.
—¿Cómo te iba a sacar de tu pozo si tú nunca levantabas la mirada para
ver si estaba ahí? —le pregunta Daniel.
—¿Y cómo por qué iba a levantar mi mirada, Daniel? Tú y yo sabemos
que no iba a servir de nada.
—Yo… yo, yo, yo…
—Exacto, Daniel… tú, tú, tú.
—¡Yo tuve un ataque de pánico frente a ti y no me dijiste nada!
—¡No dije nada… porque estaba temblando y llorando y tú te fuiste
antes de dejarme decir cualquier cosa!
—¿Ese día lloraste? —le pregunta a Alejandra, confundido.
—Sí, Daniel. Lloré al verte en el piso y seguí llorando toda la noche.
Cuando dejaste de temblar en el piso, me acerqué a ti, te ofrecí la mano para
levantarte, pero tú la hiciste a un lado y me dijiste, de inmediato, que
querías cenar sushi. Sólo eso. Tuviste un ataque de pánico frente a mí y lo
único que me dijiste es que querías-cenar-un-pinche-sushi. Y ya. Yo estaba
tan confundida que sólo pude decirte que sí.
—Pero después de eso no me dijiste nada más.
—No, porque de inmediato te encerraste en el cuarto y me dejaste sola,
en la sala, temblando, confundida, llorando. Y ahí dije, Alejandra: no
permitas que se vacíe más tu corazón. Y me fui. Y antes de que preguntes,
ni siquiera me fui con… él. Sólo tomé el carro y manejé en silencio durante
horas, manejé por la noche hasta que el sol salió otra vez y empezó a
quemar mis brazos por la ventana. Regresé a casa pensando que me dirías
algo… pero nada. Me saludaste y nada. Te fuiste a trabajar y nada.
Daniel la mira, balbucea un poco, voltea a la pared, regresa a Alejandra,
me mira a mí, regresa a Alejandra, balbucea un poco más, se levanta, se
sienta, mira al piso, cierra los ojos. No ha de ser fácil conciliar el hecho de
que la historia que cuenta Alejandra no es la que recuerda él. Tiene sentido
que así sea. O como dice Alejandra, quizás para consolar a Daniel o quizás
para darle algo de estructura:
—«No tomes muy en serio lo que te dice la memoria. A lo mejor no
hubo esa tarde. Quizá todo fue autoengaño. La gran pasión sólo existió en
tu deseo».
—Eso suena a un tratado de neurociencias —le digo.
—Es de un poema de José Emilio Pacheco —me responde.
Y tenía razón. La interpretación alterada de la realidad a nuestra
conveniencia es una de las grandes virtudes humanas: de ella sale el arte, la
fantasía, la ficción y la vida. Al mismo tiempo, también es nuestra tragedia:
de ella viene la mentira, la vergüenza, el desacuerdo y la decepción. Daniel
se está dando cuenta de que la realidad que tanto ha defendido, esa en la
cual él es una víctima que sólo ha reaccionado a las consecuencias de una
tragedia que dejó a su esposa con una parálisis emocional, es falsa. Yo
también lo estoy viendo. Puedo imaginar el dolor que está atravesando en
este momento, pero también sé que nadie debería rescatarlo, pues hay
transformaciones que sólo llegan desde el dolor.
—¿Qué pasó después con… él ? —pregunta Daniel, todavía inquieto.
—Cuando te fuiste a trabajar, no me enojé. Entendí por qué no me veías
como yo lo necesitaba. Incluso en mis peores momentos yo nunca tuve un
ataque de pánico como tú. No que haya sufrido más o menos, porque vaya
que he sufrido, pero verte tirado en el piso me hizo darme cuenta de que
estabas incapacitado para verme. Lo entendí y acepté que yo no iba a poder
acompañarte en tu dolor y tú no ibas a poder acompañarme en el mío. Así
entendí que no podía seguir viviendo mi vida como lo estaba haciendo.
Algo tenía que cambiar. Yo ya no podía seguir así, negándome a sentirme
bien, creyendo que no lo merecía. Esa noche le hablé a… bueno, le hablé a
él , nos vimos y supongo que a estas alturas no tiene ningún propósito que
te lo endulce: tuvimos sexo. Yo salí a su casa con toda la intención de que
sucediera, yo me puse lencería antes de salir, yo manejé a toda velocidad a
su cuerpo, pero cuando abrió la puerta de su casa y lo tuve frente a mí, no
me atreví a pedirle más. No supe cómo. Llevaba tanto tiempo sin pensar en
lo que yo deseaba, que no pude decirle que lo deseaba a él. Él me tomó las
manos con dulzura y me preguntó: «¿Qué quieres?». «Dime lo que quiero»,
le respondí temblando. Él se acercó a mi rostro despacio y se detuvo antes
de tocar mis labios, dándome el espacio suficiente para que yo me quitara.
Pero no lo hice. «Quieres esto», me dijo y yo me entregué a él. Y al estar
ahí con otro cuerpo que abrazaba el mío, con sus uñas en mi espalda y las
mías jalándolo hacia mí, me sentí… llena. ¿Puedes creerlo? «El deseo
sexual, cuando es recíproco, origina un complot entre dos personas que se
enfrentan o desafían a todos los demás complots que determinan el mundo.
Es una conspiración de dos. El plan es ofrecer al otro un respiro del dolor
del mundo», escribió John Berger y tuvo toda la razón. Ir con él, acostarme
con él , pasar la noche con él , ser abrazada por él me recordó que no era un
fantasma y que tenía un cuerpo con tripas y carne, un cuerpo vivo, un
cuerpo que todavía podía consumirse por el deseo y renacer una y otra vez.
Esa fue la primera vez que me sentí como algo más que la madre de un bebé
muerto.
Daniel me voltea a ver a mí y luego al piso cuando escucha eso. Pasa
una mano por su rostro y suspira. Abre suavemente la boca para decir algo,
pero se detiene. Su rostro se tensa. En el límite de lo que separa al habla de
un grito, le responde:
—¿Entonces fue por eso? ¿Cogiste con otro hombre para olvidar al hijo
que no tuvimos?
—¡Daniel! —le digo alzando la voz— ¡Eso no es lo que Alejandra está
diciendo!
—¿Entonces qué está diciendo?
—¡Te está diciendo que necesitaba sentirse viva! Toda esta sesión, todo
lo que ha hecho Alejandra es expresarte lo mucho que necesitaba salir de su
tristeza y lo mucho que no podía hacerlo por estar cargando también con la
tuya… pero no la estás escuchando. Ese es el problema de todo esto: hasta
cuando Alejandra te dice que no le pones atención, no le pones atención y
sin eso, sin la voluntad de escucharla más allá de tu dolor y vergüenza, nada
importa: ni cuánto sufras, ni cuánto la ames, ni cuánto desees que tu vida
sea otra. Sin atención no hay nada, porque la atención es la medida de todos
los afectos.
—¿Estás diciendo que porque no le pongo atención no la amo? —me
grita Daniel. Su pose se ve amenazante.
—No. Pero sí estoy diciendo que, sin atención, tiene todo el sentido que
tu amor no la alcance.
—Yo no podía poner atención porque estaba muerto de dolor… yo… yo
no puedo imaginar una vida sin el dolor de Lucas.
—¿Pero acaso es tan terrible desearla, Daniel? —interviene Alejandra
—. ¿Acaso es tan injusto para la memoria de nuestro hijo desear una vida
donde su muerte no sea lo único que defina la mía? Nunca sabremos lo que
hubiera querido Lucas, pero si hubiera crecido, si hoy fuera un niño con
pensamientos propios, dudo que querría que estuviéramos aferrados a él de
esta manera. ¿Quién, de hecho, lo querría? Fuiste padre y fui madre, incluso
si sólo sucedió por unas pocas horas, pero lo fuimos. Lo somos. Y lo
seguiremos siendo. Yo no quiero ser una madre triste. Nuestro hijo, vivo o
muerto, no merece eso.
—Quiero entender lo que dices, en serio… pero por qué, de todas las
maneras en que podías sentirte viva, ¿por qué tuviste que hacerlo cogiendo?
—Porque follar es lo único que desean los que van a morir —respondo.
—¿Qué? —responde Daniel, molesto.
—Sí, ¿qué? —también responde Alejandra, no necesariamente molesta,
pero al menos, confundida (y yo me siento un poco triste de que la primera
referencia literaria que hago haya salido tan extraña, pero no es momento de
pensar en eso).
—Perdón, quiero decir, eso es algo que dijo Roberto Bolaño alguna vez.
Él creía que era triste admitir que el sexo es algo que estuviera tan presente
en la mente de vivos y moribundos por igual. Pero yo no creo que sea así.
En todo caso, puede que admitirlo sea cursi, como también lo es decir que
el sexo es la celebración de la vida. Pero es que, para algunas personas,
definitivamente lo es, y si me permiten decirlo, hace tiempo alguien a quien
quise mucho me enseñó que a veces hay verdad en lo cursi y no podemos
hacer mucho al respecto.
Pienso en ti, en tu sonrisa viendo a Luna, en tu ingenua ilusión, y, por un
segundo, siento que tu ingenuidad, en vez de ser despreciable, en realidad
escondía un secreto profundo, una sensibilidad particular con la cual
defenderse de la amargura y la decepción. Luego siento decepción de mí
mismo por pensarte. ¿Qué no me había hecho una promesa? ¿Qué no estaba
celebrando tu ausencia? Igual pasó y no vale la pena detenerse en ello. Lo
acepto y entiendo lo que tengo que decir en este momento.
—Daniel, ¿Carla sabe de Lucas? —le pregunto.
—Sí.
—¿Qué piensa ella?
—Que es un evento terrible de mi historia.
—¿Y ella te ve únicamente como ese momento terrible de tu historia?
—No.
—¿Cómo te ve ella?
Daniel voltea a ver a Alejandra esperando su aprobación para hablar.
Alejandra alza los hombros.
—Como… alguien con quien la pasa bien —responde Daniel—.
Alguien con quien puede hablar intensamente de lo que le apasiona.
Alguien que la apoya cuando la pasa mal. Alguien con quien comparte la
difícil cotidianidad del hospital. Alguien que admira en cierto sentido.
Alguien con quien puede desnudarse y compartir esa desnudez.
—Alguien a quien desear —apunta Alejandra.
Daniel asiente suavemente con la mirada.
—Para ella, un evento trágico no te define —le digo—. Es otra cosa o,
más bien, muchas otras cosas lo que lo hacen. ¿No quisieras liberarte tú
también de eso?
—No sabría cómo hacerlo.
—Pero es que ahí está el punto: sí lo sabes. Y lo sabes exactamente igual
que Alejandra, porque ella no fue la única que salió del pozo para volver al
deseo. Si así hubiera sido, no estarías con Carla, no habrías explorado tus
fantasías con ella, no habrías viajado junto a ella. «He aquí el secreto: no
hay amor en el pasado. Sólo en el presente. El pasado está hecho de
imágenes estáticas, recuerdos distorsionados, nostalgia demente. Esto, el
presente, con todas sus posibilidades, innumerables aciertos y errores, es
muy superior. Es un organismo vivo».
—Qué bella frase, ¿quién la dijo? —me dice Alejandra.
—La dijo un eh… fascista en un eh… videojuego. Disco Elysium —
respondo, decepcionado de que mi habilidad para las referencias se
encuentre en el piso—. Ignoren eso. El punto es que la respuesta a todo esto
es tan simple que entiendo por qué, a su vez, puede resultar tan compleja:
tienes que dejar de vivir en el pasado. Y, sobre todo, comenzar a aceptar tu
deseo y el de Alejandra. Al negar la validez del deseo de Alejandra, lo que
estás haciendo es negarte a ti mismo. Te estás negando eso que ella buscó
antes que tú, pero que al final tú también encontraste, lleno de vergüenza y
de culpa, sí, pero igual lo hiciste. Y al negártelo, te llenas de rabia hacia
ella, alteras su historia juntos, decides no escucharla y te cierras a la
oportunidad de ver que lo que hizo tuvo un propósito tan fuerte, tan
personal, tan profundo y, hasta cierto punto, tan compasivo, que no hay
manera de juzgarlo. Y no sólo eso: te niegas también la oportunidad de ver
que lo que ella está haciendo no es sino un espejo de tu propio dolor y de tu
propio camino hacia la sanación. Están recorriendo el mismo camino,
incluso si lo hacen separados. Y esa falta de reconocimiento te está
matando, literalmente está desgastando tu corazón y tirándote al piso,
haciéndote creer que el corazón te va a reventar cada vez que te quieres
permitir sentir placer sin ninguna otra justificación que el placer mismo.
—¿Pero si no tenemos esa tristeza, ¿qué nos queda? —le dice Daniel a
Alejandra, al borde del llanto—. ¿Qué nos une a Lucas?
—Nos queda la memoria, corazón. Nos queda el hecho de que lo que
fuimos siempre será parte de lo que somos. Pero hoy nos toca iniciar algo
nuevo. Quizás no hay vida sin Lucas, pero sí existe una vida después de él
—responde Alejandra.
—¿Y si esa vida no es contigo?
—Pues que no lo sea.
—¿Y qué haremos con tanto dolor?
—Honrarlo. Nunca no serás el padre de mi hijo. Nunca no serás un
hombre del que me enamoré profundamente. Nunca no serás la primera
persona con quien aprendí lo que significa tener un hogar. Siempre serás
todo eso para mí, pero si queremos que el periodo que nos acompañamos se
mantenga como un recuerdo dulce para siempre, tenemos que dejarnos ir.
Tienes que dejarme ir. —Alejandra extiende una vez más su mano hacia
Daniel, pero él no la toma. La mira, pero no se acerca.
—Daniel —le digo, — alguna vez perdiste un jardín y con ese duelo se
inauguró una serie de momentos que te convenció que tu razón de existir es
luchar contra la pérdida. Ese miedo formó la persona que eres hoy y mucho
de eso es maravilloso: literalmente tus manos luchan todos los días contra la
muerte y, de vez en cuando, le ganan alguna pelea. Otras veces, las pierden.
Y en una ocasión muy específica, quizás la más dolorosa de todas, ni
siquiera tuviste oportunidad de pelear, porque en realidad no había pelea
posible, sólo la inevitabilidad de la muerte y de lo que su paso desenfrenado
le hace a la vida. Y, sin embargo, te has aferrado tanto a seguir luchando una
pelea imposible que no te has dado cuenta de que existen actos de amor que
son más grandes que la propia existencia del amor. No vas a elaborar tu
duelo si te quedas abrazando por años tu dolor. A veces, dejar ir es el acto
de amor más grande que podemos hacer por quien alguna vez fue nuestro
corazón.
—¿Y cómo hago eso? —me pregunta Daniel.
—Necesitas lo mismo que le recetarías a cualquiera de tus pacientes:
tiempo. Pero esta vez, tienes que dejar que el tiempo avance en tu corazón
en vez de condenarlo a la contemplación eterna de lo que era la vida antes
de la tragedia.
—No sé si podré hacer eso…
—Cada día se irá haciendo más fácil. Pero tienes que hacerlo todos los
días, esa es la parte difícil. Pero se irá haciendo más fácil —respondo sin
detenerme a aclarar que en el que quizás sea el momento clave de su
separación, les cité al babuino de Bojack Horseman .
Daniel me mira con los ojos llenos de lágrimas, voltea hacia Alejandra,
mira su mano. Primero acerca su mano derecha, seguida de la izquierda.
Alejandra aproxima su otra mano y se deja tomar por las de Daniel.
Entonces, con su voz de gigante quebrándose como un vidrio que lleva años
en caída libre, le dice a Alejandra:
—Quiero que seamos libres de la ilusión de creer que la alegría sólo
existe si estamos juntos.
Ambos lloran. Lloran un reencuentro sin furia, lloran al unísono con una
frente apoyada en la otra, lloran la más difíciles de las despedidas: una
despedida amorosa.
Suena la alarma. La sesión ha terminado, pero ninguno de los tres nos
levantamos. En silencio, Daniel y Alejandra se toman de la mano, sin decir
nada, con la alarma sonando hasta el punto en que se deja de escuchar.
Después de unos momentos, se levantan, se despiden de mí y caminan hacia
la salida del consultorio.
Antes de salir, Daniel le pregunta a Alejandra:
—¿Te llevo a casa?
—No gracias —responde Alejandra—. Tengo algo qué hacer antes.
—Está bien, te veo después —le dice Daniel, y ambos salen por la
puerta.

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