Caminaba sin prisa, observando cada rincón del bosque.
A medida que avanzaba, el
aire se volvía más denso, como si la atmósfera misma se estuviera volviendo pesada.
A lo lejos, el murmullo del río parecía acercarse, y por un momento, Marco pensó
que tal vez estaba al borde de descubrir algo grande. Pero pronto, la tierra
comenzó a cambiar bajo sus pies.
El suelo se volvió irregular, las raíces emergían como dedos gigantescos, y los
árboles, que antes parecían formar un camino claro, ahora se alineaban de forma
extraña, como si intentaran desviarlo. Marco sintió una extraña sensación de
incomodidad, como si algo lo estuviera observando. Decidió que no volvería atrás,
por lo que continuó adelante, con la determinación de quien sabe que ya no puede
retroceder.
Finalmente, después de horas de caminar, encontró una apertura entre los árboles.
Al otro lado, la aldea se alzaba ante él, cubierta por una neblina espesa. Las
casas estaban hechas de piedra antigua, con techos cubiertos de musgo. Las calles
estaban desiertas, pero una sensación de presencia lo rodeaba.
Se acercó a la plaza central y vio una figura en el centro, un anciano con una
túnica desgastada que lo observaba fijamente, como si lo estuviera esperando.
Marco, sin poder evitarlo, se acercó.
"Has llegado", dijo el anciano con voz rasposa, su mirada profunda como si hubiera
visto miles de vidas pasar ante él. "Este es el final del camino, pero también el
principio de un nuevo ciclo."
"¿Qué significa todo esto?", preguntó Marco, su voz entrecortada por la confusión.
"Todo lo que buscas está aquí", respondió el anciano. "Tu hermano nunca se fue,
pero su alma está atrapada entre las sombras de este lugar. Y tú, al igual que él,
serás parte del eco que habita en los bosques."
El anciano levantó su mano y, de repente, el aire comenzó a vibrar a su alrededor.
Marco sintió un estremecimiento profundo, como si el bosque entero estuviera
inhalando y exhalando al mismo tiempo.