Dentro de la cueva había una puerta de madera tallada con intrincados símbolos.
Luna
insertó la llave y, al girarla, la puerta se abrió, revelando un mundo lleno de criaturas
fantásticas: dragones que volaban por los cielos, unicornios corriendo por praderas de flores
brillantes, y árboles que susurraban canciones de antaño.
Luna había encontrado el lugar donde los sueños y las historias cobraban vida. Durante
años, visitó ese mundo secreto, aprendiendo de las criaturas y viviendo aventuras
increíbles. Pero nunca olvidó la lección del roble: la magia siempre estaba al alcance de
aquellos que buscaban con el corazón lleno de amor y curiosidad.
Y así, Luna creció, convirtiéndose en una narradora de historias, contando a todos los que
escuchaban sobre el maravilloso mundo que había descubierto. Y cada vez que alguien le
preguntaba sobre sus aventuras, su sonrisa brillaba, sabiendo que, mientras su corazón
estuviera abierto, la magia nunca dejaría de existir.