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Clasificación de Organismos Vivos

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Práctica 3. La ordenación de la vida

Objetivos
Los objetivos de esta práctica son:
1. Conocer la necesidad de la clasificación de los organismos vivos.
2. Conocer las diferentes posibilidades y escuelas de clasificación.
3. Aprender a reconocer los caracteres válidos para clasificar a los organismos.

Uno de los grandes problemas a los que se enfrenta el biólogo a la hora de trabajar con el
mundo natural es su apabullante diversidad. Los registros más fiables nos hablan de unas
1800000 especies animales y unas 300000 especies de plantas superiores identificadas y
descritas hasta la actualidad, pero somos conscientes de que, sobre todo, hemos registrado a
los organismos más conspicuos (los grandes y los más próximos a nosotros), mientras que por
lo que se refiere a los organismos de pequeño tamaño (artrópodos, nematodos, no digamos
procariotas…) apenas acabamos de empezar. Las estimaciones más fiables nos hablan de un
total de 10 a 50 millones de especies presentes en nuestro planeta. Esto es, en el peor de los
casos apenas conoceríamos el 4% de las especies con las que hoy día compartimos nuestro
mundo.
Ante esta avalancha de datos, de especies, de tipos diferentes, lo primero que el
biólogo necesita es un marco que le permita organizar de algún modo este objeto de estudio.
No es casualidad que, muy desde el principio del estudio de la naturaleza, los autores han
presentado muy diferentes formas de organizar la esta diversidad: han ofrecido un sistema de
clasificación de lo vivo.
Cabría esperar que, dado que todos los autores han intentado clasificar el mismo
objeto (la diversidad de lo vivo), los sistemas empleados sean muy similares. Sin embargo, a
lo largo de la historia los sistemas de clasificación han sido casi tan diversos como el conjunto
de organismos a los que han pretendido clasificar, no sólo por el incremento obvio a lo largo
del tiempo del número de organismos a clasificar, sino y sobre todo por el criterio que se ha
empleado para elaborar dicha clasificación. Hoy día puede parecernos obvio que el criterio a
seguir para elaborar una clasificación es el de parentesco (filogenético) entre los organismos a
clasificar, pero en realidad tal caso no es ni mucho menos tan obvio. Primero, porque la
filogenia real es un dato que sólo hemos conocido con una cierta exactitud muy
recientemente; segundo, porque el parentesco puede medirse en función de muchos
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parámetros diferentes, e incluso usando los mismos criterios pero usándolos en orden
diferente, la clasificación puede cambiar en gran medida.
Para entender este problema, en la práctica de hoy vamos a usar seis organismos, en
concreto seis animales (libélula, langosta, lagarto, paloma, vaca, murciélago), y vamos a
intentar clasificarlos “a nuestra manera”. Debemos, por tanto, identificar qué aspectos de los
organismos nos van a interesar para su clasificación, recopilaremos esos datos, y los
emplearemos para construir diferentes clasificaciones. De este modo veremos la dificultad de
hacer una buena clasificación con datos limitados y la enorme variación que va de una
clasificación a otra. Y, por supuesto, veremos qué criterio podemos seguir para, incluso con
datos incompletos, obtener una buena clasificación.
Para empezar, ¿qué caracteres podemos usar para hacer una clasificación? En
principio todos; depende del objetivo de nuestra clasificación.

Trabajo
Utilidad
alternativa
Mensajería Comestibles
Comestibles

Sin otra utilidad Útiles

Inútil
Trabajo y estiércol

No comestibles Inútil

Inútiles
Inútil

Fijémonos que, en un caso como este, de hecho los criterios son los mismos, pero la
clasificación de la izquierda sería la que podríamos hacer nosotros, en tanto la derecha se
daría, por ejemplo, en la civilización hindú. Es decir, que la clasificación podría depender de
algo tan variable como el contexto cultural.
Nuestro esfuerzo debe, para empezar, encaminarse a encontrar los criterios de
clasificación que empleen caracteres de los organismos que no son dependientes del contexto
del observador: son objetivos. Sin embargo, la objetividad no es fácil de conseguir, porque la
imagen que obtenemos de la realidad siempre está sujeta a interpretación (a la nuestra), que es
dependiente de nuestra experiencia anterior.
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Utilizaremos diferentes criterios para clasificar a los seis organismos elegidos, y


veremos cómo algunas que en principio parecen aceptables fallan porque no somos capaces
de identificar adecuadamente cuáles son los caracteres que, por similitud, nos reflejan el
criterio último de clasificación: el parentesco. La clasificación correcta desde cualquier punto
de vista sería aquella que acertara a reflejar con total corrección el parentesco entre las
especies, pero requiere de dos asunciones iniciales: tenemos que admitir la evolución de las
especies y tenemos que admitir que los caracteres en los cuales basamos la similaridad
reflejan la proximidad filogenética, esto es, que los organismos que poseen el mismo estado
del carácter están más emparentados entre sí que los que poseen un estado diferente.
Hay tres grandes escuelas que tratan de construir la clasificación de los organismos:
1. La sistemática evolutiva. Fue la primera en tratar de construir formalmente la filogenia de
los organismos y representarla en forma de clasificación. Utliza cuatro criterios esenciales:la
discrepancia morfológica, el nicho adaptativo, la riqueza en especies y la monofilia mínima.
La dificultad del procedimiento estriba en reconocer los caracteres que son importantes desde
el punto de vista evolutivo (homólogos) frente a aquellos que pueden ser similares por
adaptación pero que no tienen relevancia evolutiva (análogos).
2. La taxonomía numérica o fenética. Considera que la filogenia no puede construirse de
manera objetiva por los problemas antes descritos, y su proceder es por tanto intentar crear
una clasificación estable más que una reconstrucción filogenética verdadera.
El procedimiento seguido por esta escuela es tomar tantos caracteres como sea posible,
sin importar su significado evolutivo, evaluar su estado para cada organismo en una gran
matriz, y mediante técnicas matemáticas, generar un dendrograma de similitud global
(fenograma).La siguiente tabla nos da un ejemplo de una matriz de caracteres que podríamos
utilizar para elaborar una clasificación dentro de esta escuela.

Simetría Alas Dermis Ojos Esqueleto Glándulas


mamarias
Vaca Bilateral 0 Pelo Simples Óseo Si
Lagarto Bilateral 0 Escamas Simples Óseo No
Langosta Bilateral 0 Quitina Compuestos Quitinoso No
Paloma Bilateral 2 Escamas + Simples Óseo No
Plumas
Murciélago Bilateral 2 Pelo Simples Óseo Si
Libélula Bilateral 4 Quitina Compuestos Quitinoso No
4

3. La escuela cladística. La idea central de esta escuela es la monofilia estricta, esto es, que
los grupos de especies emparentadas deben tener en un tiempo pasado más o menos remoto
un antepasado común del que han heredado uno o varios caracteres, denominados
apomórficos. Estos caracteres son los claves a la hora de construir la filogenia. La dificultad
en esta escuela, por tanto, es reconocer estos caracteres y distinguirlos de los no relevantes. La
filogenia (cladograma) se construye sobre la base de las sinapomorfías, la presencia común de
caracteres derivados en un grupo monofilético, por contraposición a los caracteres
plesiomórficos, que son los caracteres primitivos o ancestrales del grupo, y a las homoplasias,
que son los caracteres aparentemente similares pero evolucionados independientemente en
dos o más grupos.
Una novedad interesante ha sido el uso de datos moleculares, en particular ADN, en el
campo de la Biología Sistemática. Se pensó que estos datos serían mucho más precisos y
objetivos que los morfológicos o ecológicos, debido a que los datos moleculares reflejan
cambios en el genoma, menos sujeto a convergencia evolutiva y paralelismo de lo que lo
estaban los caracteres morfológicos.
Hoy parece que esta visión fue demasiado optimista. Los datos moleculares están en
realidad sujetos a muchos de los mismos problemas que tienen los datos morfológicos. La
mayor diferencia ventaja de estos datos es que son más numerosos (hay muchos más datos
moleculares que datos morfológicos disponibles), y su interpretación es más fácil también:
una adenina será siempre una adenina, pero por ejemplo las hojas compuestas pueden tener un
aspecto muy diferente en plantas diferentes.
Aunque no han sido la panacea que se pensó, es cierto que los datos moleculares han
aclarado algunos problemas no bien resueltos por procedimientos anteriores. Pero en general
han confirmado las clasificaciones anteriores (como ha ocurrido, por ejemplo, con los
Cathartidae o buitres del Nuevo Mundo) más que ofrecer soluciones revolucionarias. Donde
sí ha habido cambios muy notorios ha sido en las relaciones entre grandes grupos, que han
sufrido un verdadero vuelco.

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