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EDUARDO ANDRADE SÁNCHEZ
Es originario de Coatzacoalcos, Veracruz; nació el 29 de julio
de 1948. Obtuvo el título de licenciado en Derecho en la Uni-
versidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente se
doctoró en Ciencia Política, en la Facultad de Ciencias Políti-
cas de la UNAM.
Es profesor titular por oposición de Teoría General del Es-
tado y Ciencia Política en la Facultad de Derecho de la UNAM,
donde actualmente imparte la cátedra de Derecho Constitucional.
Asimismo impartió Derecho Constitucional en la Universidad
Veracruzana.
Se desempeñó como subdirector de Prestaciones Econó-
micas del ISSSTE; director general de Comunicación Social
de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social y de la Procura-
duría General de la República, de la que fue también director
general de Administración. Fue abogado general de la UNAM;
asesor del director general de Nacional Financiera, y director
general de Asuntos Jurídicos de la Secretaría de Desarrollo
Urbano y Ecología. Fungió como subprocurador de Control de
Procesos de la Procuraduría General de Justicia del Distrito
Federal y como procurador general de Justicia del Estado de
Veracruz.
Fue electo diputado federal de la L Legislatura del Con-
greso de la Unión. Senador en la LVI Legislatura; es presiden-
te de la Comisión de Derechos Humanos e integrante de las
comisiones de Estudios Legislativos, Justicia, Marina, Puntos
Constitucionales, Ecología, y Reglamento y Prácticas Parla-
mentarias. Ha participado en las comisiones de Democracia
Interna y Carrera de Partido; de Apoyo y Evaluación a los Pro-
gramas del Partido Revolucionario Institucional y en la Comi-
sión para la Reforma del Estado. Actualmente es vicepresidente
de la Comisión Interparlamentaria Latinoamericana de Dere-
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2 EDUARDO ANDRADE SÁNCHEZ
chos Humanos; miembro de la Parliamentary Human Rights
Foundation y de la organización Parlamentarios por la Acción
Global.
Es autor de los libros: Teoría general del Estado; Introduc-
ción a la ciencia política; Código Federal de Instituciones y
Procedimientos Electorales comentado e Instrumentos jurídi-
cos contra el crimen organizado, así como de diversos artículos
jurídicos.
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ELEMENTOS PARTIDOCRÁTICOS
DE LA CONSTITUCIÓN MEXICANA
Eduardo ANDRADE SÁNCHEZ
SUMARIO: I. Introducción. II. El origen socio-político de los
elementos partidocráticos. III. La cláusula de gobernabilidad.
IV. Límite máximo de diputados obtenibles por un partido po-
lítico. V. Senadores de representación proporcional por lista
nacional. VI. Conformación del órgano supremo para la orga-
nización de las elecciones. VII. Exclusividad de legitimación
procesal para impugnar resultados electorales. VIII. Exclusi-
vidad para el registro de candidatos. IX. Exclusión del refe-
réndum y la iniciativa popular del texto constitucional y las dis-
cusiones respecto a la reforma del Estado.
I. INTRODUCCIÓN
Hasta antes de 1963 la Constitución mexicana no hacía alusión alguna a
los partidos políticos. Esta circunstancia fue prácticamente una constante
en el constitucionalismo occidental que eludió toda referencia a las orga-
nizaciones políticas, durante muchos años. La doctrina denominó a este
fenómeno “ la conspiración del silencio” . Sin embargo, la tendencia se
modificó al término de la Segunda Guerra Mundial y poco a poco se fue-
ron inscribiendo en las constituciones de los países normas reguladoras
del funcionamiento de los partidos políticos.
En México, la regulación explícita de los partidos políticos en el tex-
to constitucional apareció en 1977 en el artículo 41, al que se le adiciona-
ron cinco párrafos para sentar las bases constitucionales del régimen de
partidos. Estos párrafos decían lo siguiente:
Los partidos políticos son entidades de interés público; la ley determinará
las formas específicas de su intervención en el proceso electoral.
Los partidos políticos tienen como fin promover la participación del
pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la repre-
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4 EDUARDO ANDRADE SÁNCHEZ
sentación nacional y como organizaciones de ciudadanos, hacer posible el
acceso de éstos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los progra-
mas, principios e ideas que postulan y mediante el sufragio universal, libre,
secreto y directo.
Los partidos políticos tendrán derecho al uso en forma permanente de
los medios de comunicación social, de acuerdo con las formas y procedi-
mientos que establezca la ley.
En los procesos electorales federales, los partidos políticos nacionales
deberán contar, en forma equitativa, con un mínimo de elementos para sus
actividades tendentes a la obtención del sufragio popular.
Los partidos políticos nacionales tendrán derecho a participar en las
elecciones estatales y municipales.
En el mismo proceso de reforma constitucional del año mencionado,
se adoptó en la Constitución mexicana un régimen mixto para la configu-
ración de la Cámara de Diputados, por virtud del cual a la elección de
diputados por mayoría en distritos uninominales se agregó la elección
de cien diputados por el principio de representación proporcional. Esta
modificación tendía a ampliar y consolidar la presencia en el Congreso de
diputados surgidos de partidos minoritarios. Ya desde 1963 se había
adoptado un procedimiento para incorporar representantes de dichas or-
ganizaciones políticas mediante el sistema de los llamados “ diputados de
partido” . Empero, la aplicación del principio de representación propor-
cional para elegir a una parte de los miembros de la Cámara de Diputados
surgió plenamente en la mencionada reforma de 1977.
En el curso de casi 20 años, la presencia de los partidos políticos y su
papel en las instituciones gubernamentales ha ido creciendo y en algunos
puntos ha llegado a constituir fórmulas en que los partidos, como tales,
están investidos, así sea de manera indirecta, de facultades de poder que
derivan del propio texto constitucional y no necesariamente corresponden
a la expresión de la voluntad popular.
Es precisamente esta situación lo que la Ciencia Política ha cataloga-
do como partidocracia. Esto es, el traslado a los partidos y específica-
mente a sus grupos dirigentes, de decisiones gubernativas por encima de
la voluntad popular o al margen de los órganos de representación popular.
El fenómeno de la partidocracia ha sido estudiado particularmente en
Italia, en donde la fragmentación de las fuerzas políticas, al término de la
última Gran Guerra, impedía la formación de un grupo mayoritario que
ejerciera el mandato popular y obligaba a efectuar coaliciones, casi siem-
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OCHENTA ANIVERSARIO DE LA CONSTITUCIÓN MEXICANA 5
pre inestables, que en razón de la necesidad de los partidos de hacerse
recíprocas concesiones respecto a su programa de gobierno, acababan
aplicando una política diseñada por las cúpulas partidistas, pero ajena a la
voluntad del electorado.
En ese caso, la partidocracia surge como un resultado de fallas en lo
que Sartori llama la “ ingeniería constitucional” , o sea, la estructura del
régimen relativa al sistema electoral y a la conformación de las institucio-
nes representativas. Con esto quiero destacar que la partidocracia italiana
(que, por cierto, se ha ido corrigiendo a través de reformas tendentes a
disminuir la proporcionalidad pura y a expandir el método de elección
mayoritaria) ha sido un hecho político generado por las deficiencias de la
estructura jurídica constitucional, pero no una forma jurídicamente dise-
ñada para dotar de poderes específicos a los partidos. En cambio, en
nuestro país han ido apareciendo en el propio texto constitucional dispo-
siciones que asignan directamente a los partidos tales poderes.
En este trabajo me propongo analizar esta peculiar característica del
constitucionalismo mexicano a 80 años de la promulgación de la Norma
Suprema redactada por el Constituyente de Querétaro, cuyos miembros
muy difícilmente hubieran comprendido el rol que la modernidad asigna
a las organizaciones partidistas. Al examinar estos aspectos no pretendo
ni censurarlos ni considerarlos deformaciones o desviaciones constitucio-
nales, aunque debo decir que, a primera vista y a la luz de la formación
que recibió la generación de abogados a la que pertenezco, se siente cierta
inquietud en cuanto a los efectos que a largo plazo pudieran producir és-
tos, que denomino elementos partidocráticos en nuestra Constitución. No
obstante, debe tenerse presente también que las estructuras institucionales
que se ha dado cada pueblo deben responder a sus propias necesidades y
experiencias y que sólo la prueba de su eficacia para los fines políticos que
se propone la comunidad permitirá emitir un juicio definitivo al respecto.
Por el momento, bástenos detectar el fenómeno y analizarlo, enten-
diendo que deriva de condiciones concretas de la realidad nacional.
II. EL ORIGEN SOCIO-POLÍTICO DE LOS ELEMENTOS PARTIDOCRÁTICOS
Antes de estudiar la naturaleza jurídica de estos elementos y sus efec-
tos, es conveniente atender a sus causas para así comprender el por qué
de su aparición. La democracia mexicana se ha venido construyendo gra-
dualmente a lo largo de estos 80 años de vigencia constitucional. Es sabi-
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6 EDUARDO ANDRADE SÁNCHEZ
do que no basta la normatividad aplicable a la adquisición, transmisión y
ejercicio del poder político para que éste se ajuste a los dictados de la ley.
Hace falta una cultura y un sustrato socioeconómico que hagan factible el
funcionamiento normal de las instituciones democráticas.
Hay que reconocer que en una primera etapa, cuya duración fue de
casi 20 años, entre 1917 y 1935, el régimen político mexicano en la prác-
tica siguió siendo un caudillismo unipersonal basado en la fuerza, que en
el fondo era una extensión del modelo porfirista. Aunque sea un lugar co-
mún, no es ocioso insistir en que a partir de Cárdenas se consolida el régi-
men presidencial que utiliza efectivamente instrumentos autoritarios, pero
paralelamente elabora un entramado de consensos de fuerzas diversas que
acataban un conjunto de reglas, generalmente consuetudinarias, y confor-
maban un régimen democrático sustentado más que en una competencia
electoral abierta, en un conjunto de acuerdos, pactos, concesiones y pre-
bendas que contaron con un amplio consenso social el cual, por un lado,
legitimaba el ejercicio del poder y, por otro, permitía la transmisión pací-
fica del mando supremo.
Esta transmisión a lo largo de casi 50 años, de 1935 a 1982 presenta
una característica sui generis que no ha sido suficientemente estudiada
por los politólogos, la cual consiste en que la sucesión en el poder supre-
mo no se dio al interior de un camarilla cerrada e ideológicamente com-
pacta sino, por el contrario, fue producto de una circulación de élites, a la
manera estudiada por Pareto, en la que participaron diversos grupos e in-
clusive diferentes concepciones ideológicas, casi siempre determinadas
por las condiciones del entorno internacional y más concretamente por
los intereses y necesidades de la gran potencia vecina.
En este contexto, los procesos electorales fueron siempre una mani-
festación secundaria de una voluntad cotidianamente plebiscitada que
aceptaba, en términos generales, el modo de vida colectivo y la conduc-
ción gubernamental. Por supuesto había excepciones que se expresaban
en grupos opositores formalmente instalados en el sistema político, mani-
festaciones disidentes más o menos virulentas y hasta guerrilla, las cuales
eran, según el caso, toleradas, cooptadas o violentamente combatidas por
el Estado.
El instrumento de aglutinamiento de las fuerzas sociales que soste-
nían el sistema fue el Partido Revolucionario Institucional creado en 1929
por Plutarco Elías Calles, con el nombre de Partido Nacional Revolucio-
nario, transformado por Cárdenas en Partido de la Revolución Mexicana
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en el año de 1938, el cual adquirió el nombre y la estructura que más o
menos conserva hasta la fecha, en 1946.
Las razones sociopolíticas a las que me referí en los párrafos anterio-
res explican el abrumador predominio del PRI en el escenario político
mexicano. Su fuerza desproporcionada y su capacidad no solamente para
articular y agregar demandas, las cuales son funciones tradicionalmente
cumplidas por los partidos políticos, sino incluso para satisfacerlas, lo
convertían en el elemento central de un modelo democrático sustentado
en un conjunto de consensos y en un equilibrio de intereses diferente de
los modelos democrático-occidentales basados en un competencia electo-
ral más o menos efectiva.
El sistema político mexicano, en lo general, y el PRI, en lo particular,
fueron sensibles a las presiones externas e internas. Entiendo por externas
las de la comunidad internacional, incrementadas con la caída del bloque
socialista y el liderazgo unipolar de los Estados Unidos, y, por internas, la
de la propia sociedad expandida por la explosión demográfica, cada vez
más demandante, activa e incentivada por fenómenos socio-político-cul-
turales, como el movimiento de 68, o por catástrofes naturales, como el
terremoto de 85.
La convergencia de estas presiones, por una parte, y la sensibilidad y
capacidad de adaptación de los dirigentes mexicanos, por la otra, permi-
tieron introducir un esquema de recomposición de fuerzas basado en pac-
tos y alianzas interpartidistas, cuyo propósito explícito es el perfecciona-
miento electoral, pero cuyo resultado concreto ha sido el aseguramiento
de espacios para los partidos políticos, no necesariamente en relación di-
recta con los resultados obtenidos en las urnas.
De 1986 para acá, las reformas constitucionales en la materia han
obedecido a un designio de los partidos para asegurar que la mecánica del
sistema electoral garantice de antemano ciertos intereses partidistas, inde-
pendientemente de la voluntad de los electores.
A continuación me referiré a los instrumentos jurídico-constituciona-
les que se han empleado para lograr estas finalidades y que constituyen
los elementos partidocráticos constitucionales.
III. LA CLÁUSULA DE GOBERNABILIDAD
El primer síntoma de la tendencia a prefigurar, desde el texto consti-
tucional, un resultado electoral que pudiese no concordar con la efectiva
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expresión del sufragio, se dio en la reforma de 1986 al artículo 54 para
introducir lo que se denominó cláusula de gobernabilidad. Esta consistía
en prever que si ningún partido obtenía el 51 por ciento de la votación
nacional o alcanzaba por virtud de sus triunfos de mayoría relativa, la mi-
tad más uno de los miembros de la Cámara, el partido que hubiera obteni-
do el mayor número de constancias de mayoría, recibiría diputados de
representación proporcional en el número necesario para tener la mayoría
de la Cámara. Puede apreciarse claramente que esta norma permitía mo-
dificar el resultado electoral para asegurar la gobernabilidad.
La cláusula de gobernabilidad hace factible un valor también atendi-
ble como es el asegurar que exista la posibilidad de tomar decisiones en
la asamblea. En ese sentido, tenemos dos valores en conflicto, por un lado
el respeto absoluto a la voluntad del electorado pero, por otro, la posibili-
dad de asegurar que una mayoría, así sea relativa, esté en condiciones de
decidir. Por ello es importante hacer notar que no se trata de algún desig-
nio maligno que separe la voluntad popular de la conformación de la Cá-
mara, pero sí debemos constatar que el fenómeno existe como tal, inde-
pendientemente que responda a necesidades del sistema gubernamental.
Aquí debemos detenernos para hacer una reflexión serena referente a
este tipo de instrumentos e insistir que no pueden considerarse ni buenos
ni malos en sí mismos sino, en todo caso, juzgárseles según su utilidad
para los fines que se propone una comunidad política o analizarlos teóri-
camente para hacer una conceptualización científica de los mismos. En
este último sentido abordamos aquí el problema con el fin de determinar
si se trata o no de medios jurídicos que atribuyen poderes directamente a
los partidos sin concordancia directa con la voluntad del electorado, que
es nuestra definición de elemento partidocrático.
En consecuencia, no se trata de discutir si estos elementos partido-
cráticos tienen a su vez un origen democrático puesto que la represen-
tación nacional ha acordado formalmente su incorporación en la norma
fundamental, sino simplemente de verificar la naturaleza de una figura
que permite a los partidos disponer de espacios predeterminados por el
orden jurídico y ese es justamente el caso de la llamada cláusula de go-
bernabilidad.
En la misma reforma de 1986 se introdujo otro elemento partidocráti-
co como contrapartida del que acabamos de analizar.
En el apartado B del artículo 54 se establecía que ningún partido ten-
dría derecho a que se le reconocieran más de 350 diputados, que repre-
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sentan el 70 por ciento de la integración total de la Cámara, aun cuando
hubiere obtenido un porcentaje de votos superior. Se repite aquí el esque-
ma de separación, jurídicamente dispuesta, entre la manifestación de la
voluntad de los electores y la configuración del órgano representativo, ya
que incluso suponiendo que un partido tuviera el 90 por ciento de los vo-
tos legítimamente alcanzados (lo cual puede ocurrir, si bien en circuns-
tancias excepcionales) no podría contar con esa representación en la Cá-
mara de Diputados. Igualmente se garantizaba a los partidos minoritarios,
cualquiera que fuese su votación, contar con un espacio del 30 por ciento
del órgano legislativo.
Las normas constitucionales que preasignan espacios determinados
de poder a los partidos, han permanecido a partir de esa reforma de 1986.
En las modificaciones introducidas en 1990, se mantuvo el tope de 350
diputados como máximo para un partido político y se modificó la cláusu-
la de gobernabilidad para que sólo pudiera operar en el caso de que el
partido beneficiado por ella obtuviese por lo menos el 35 por ciento de la
votación nacional.
IV. LÍMITE MÁXIMO DE DIPUTADOS OBTENIBLES
POR UN PARTIDO POLÍTICO
En el apartado anterior, al analizar la cláusula de gobernabilidad, vi-
mos que ya se disponía desde 1986 un límite máximo de diputados acre-
ditables a un solo partido, independientemente del porcentaje de votación
alcanzado. Este elemento partidocrático se agudizó con la reforma del 3
de noviembre de 1993, en la cual por negociaciones entre los partidos po-
líticos se introdujo en la Constitución, en el propio artículo 54, un límite
máximo de diputados para un partido político de 315. Este límite tiene
una característica especial que refuerza el sentido partidocrático de la dis-
posición. La característica a la que aludo es que al establecerse el impedi-
mento de que ningún partido pueda rebasar esta cifra de 315 diputados, se
imposibilita que uno solo de ellos logre aprobar una reforma constitucio-
nal. Considerando una asistencia en la Cámara del total de sus miembros,
la cantidad de diputados necesaria para aprobar una reforma a la Consti-
tución que requiere mayoría calificada de dos tercios es de 334 diputados; en
consecuencia, un solo partido en condiciones de asistencia total de los
miembros de la Cámara y, en términos generales, en condiciones norma-
les de asistencia, aunque ésta fuera menor a los 500: no puede aprobar
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una reforma constitucional. De esta manera, el pacto entre los partidos
políticos o entre el gobierno y los partidos políticos resultó un “ candado”
que obliga necesariamente a la coalición de por lo menos dos partidos
para lograr la reforma constitucional.
La disposición es entendible en el marco mexicano, que ya analiza-
mos con anterioridad, y en la evolución del sistema político que va desde
la ultrapredominancia del PRI al esquema de equilibrio de fuerzas que se
va alcanzando a finales de este siglo; pero lo que quiero resaltar, es que
definitivamente este rasgo de nuestra Constitución separa la voluntad del
electorado de la que puedan tener las cúpulas de los partidos, y hace que
ocurra un fenómeno que, aunque en la práctica no se ha dado, podría pre-
sentarse: que un partido no pueda, válidamente, ofrecer como plataforma
electoral una reforma constitucional porque, por definición, estaría ofre-
ciendo algo que no puede cumplir, cuando también, por definición, el
partido debería ser capaz de hacer propuestas de reformas constituciona-
les para la aprobación del electorado. En esas condiciones, si un partido
ofreciese la modificación de uno o varios preceptos de la Constitución y
obtuviese un mandato electoral mayoritario incluso superior a los dos ter-
cios de los votantes, estaría incapacitado para llevar a la práctica la voluntad
de los electores.
El propósito de controlar al partido mayoritario, que ha existido tradi-
cionalmente como ya lo vimos, justifica este tipo de disposiciones e in-
cluso la aceptación del propio partido, de su autolimitación, dado que sus
votos eran indispensables para aprobar las reformas constitucionales que
lo maniatan, demuestra una voluntad conjunta en el sentido de establecer
este tipo de candados pero, de cualquier manera, desde el punto de vista
objetivo debe reconocerse que hay una dislocación entre la presunta vo-
luntad popular que pudiera llegar a existir y el resultado electoral corres-
pondiente.
La reforma del 22 de agosto de 1996 acentúa este rasgo al fijar como
límite máximo de diputados con los que puede contar un partido político,
el de 300.
V. SENADORES DE REPRESENTACIÓN PROPORCIONAL
POR LISTA NACIONAL
En la misma reforma de 1996 se introdujeron en la Constitución los
senadores electos por representación proporcional, de acuerdo con listas
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presentadas por los partidos en una sola circunscripción plurinominal na-
cional. Este nuevo sistema de elección para una cuarta parte de los sena-
dores implica una desvinculación con las entidades federativas que se
supone representan, según la teoría clásica del Senado mexicano. La dis-
posición de la Constitución en el artículo 56, que crea a estos senadores
de lista, permite a las cúpulas partidistas establecer un orden de prelación,
independientemente de la vinculación con la entidad federativa de aque-
llos a quienes propone, de manera tal que se refuerza la capacidad de las
dirigencias de los partidos para incorporar miembros al legislativo con in-
dependencia de la relación que pueda tener el voto de los ciudadanos res-
pecto de los electos, dado que aquellos no votan por una persona en parti-
cular, propuesta por el partido para representar a su estado, sino votan por
una lista del partido configurada en función de las necesidades e intereses
de la cúpula partidista y sin vinculación con la base electoral.
VI. CONFORMACIÓN DEL ÓRGANO SUPREMO
PARA LA ORGANIZACIÓN DE LAS ELECCIONES
En la reforma de 1996 se eliminó la presencia del Poder Ejecutivo en
el Consejo General del Instituto Federal Electoral, que es el órgano encar-
gado de la organización de las elecciones federales, además se cambió el
sistema de representación del Poder Legislativo, que antes consistía en un
representante del partido mayoritario y otro del segundo lugar en escaños
en cada una de las Cámaras, para modificarlo de manera tal que haya un
representante por cada grupo parlamentario independientemente de que
corresponda a una Cámara o a otra. Así, la decisión de quiénes son los
representantes en el Consejo General del IFE por las Cámaras, ya no co-
rresponde a ellas salvo de manera formal, porque son las directivas de los
partidos las que nombran a los que serán representantes de su grupo par-
lamentario en el Consejo General. De tal manera, los partidos tienen un
representante con voz pero sin voto en su calidad de partido, y otro tam-
bién con voz y sin voto a nombre de su grupo parlamentario. La Cámara
de Diputados sólo sanciona este método para representar supuestamente
al Poder Legislativo que, en la práctica, como poder y como institución
constitucional, queda efectivamente sin representación porque los nom-
brados no surgen de la voluntad de cada una de las Cámaras, sino sola-
mente de la decisión de los grupos parlamentarios.
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VII. EXCLUSIVIDAD DE LEGITIMACIÓN PROCESAL
PARA IMPUGNAR RESULTADOS ELECTORALES
De acuerdo con el artículo 60, surgido de la reforma de agosto de
1996, sólo los partidos políticos podrán interponer recursos ante el órgano
jurisdiccional en materia electoral, de modo que se excluye la posibilidad
de que los candidatos actúen directamente frente a la autoridad jurisdic-
cional.
Igualmente en el artículo 105, relativo a las acciones de inconstitucio-
nalidad, sólo se legitima a los partidos políticos en el inciso f) de la frac-
ción II del mencionado artículo, a través de sus dirigencias nacionales,
para impugnar leyes electorales federales o locales y a los partidos políticos
con registro estatal, también a través de sus dirigencias, para impugnar
leyes electorales expedidas por la legislatura estatal correspondiente.
VIII. EXCLUSIVIDAD PARA EL REGISTRO DE CANDIDATOS
Aunque no está expresamente establecido en el texto constitucional,
la interpretación que de él se ha hecho en el ámbito legislativo reserva
exclusivamente a los partidos políticos la posibilidad de registrar candi-
datos para cargos de elección popular. Esto significa que cualquier otra
agrupación social o incluso un individuo que deseare presentarse como
candidato, no puede hacerlo en tanto no cuente con el respaldo de un par-
tido político. De ahí, pues, que se refuerce el papel de los partidos en la
integración de los órganos constitucionales y se impida el acceso por
cualquier otra vía, lo cual constituye también un rasgo partidocrático.
IX. EXCLUSIÓN DEL REFERÉNDUM Y LA INICIATIVA POPULAR
DEL TEXTO CONSTITUCIONAL Y LAS DISCUSIONES
RESPECTO A LA REFORMA DEL ESTADO
En la reforma política de 1977 se introdujeron por primera vez las
figuras del referéndum y la iniciativa popular en el Distrito Federal. Estas
fórmulas nunca llegaron a tener aplicación porque no se dispuso de la
legislación ordinaria que permitiera aplicarlas. En 1986 se suprimieron
mediante la reforma constitucional correspondiente y nuevamente en las
discusiones previas a la reforma de 1996 se consideraron dentro de la
agenda de discusión de los partidos políticos. No obstante la importancia
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que estas figuras de democracia directa o semidirecta, según distintas
concepciones doctrinarias, representan para un posible desarrollo demo-
crático del país, en el consenso final de presentación de reformas cons-
titucionales, acordado por los partidos políticos mexicanos, quedaron
excluidas, de manera que es evidente que el consenso de las cúpulas
partidistas no tiene interés en acudir a fórmulas de consulta directa al
electorado.
Esta breve reseña de los elementos partidocráticos de la Constitución
mexicana nos permite evaluar un proceso en el cual el consenso se privi-
legia como valor político aun por encima de la disputa electoral directa.
Esto puede tener que ver con el carácter de la colectividad nacional, no es
necesariamente un defecto, sino simplemente una característica del mo-
delo mexicano, en donde tradicionalmente se ha privilegiado el arreglo
previo, quizá recordando el viejo dicho de que “ más vale un mal arre-
glo que un buen pleito” .
Me parece a mí que estamos en presencia de un desarrollo de la vida
democrática mexicana que transcurre hacia la formación de alianzas y
pactos consensuales para poder gobernar, lo cual está también aparecien-
do en ámbitos muy disímbolos, tanto en el italiano partidocrático en su
sentido original, a la manera que ya lo expresamos, y que transcurre aho-
ra hacia procesos de alianzas que tienden a la bipolarización pero que,
finalmente, mantienen en un primer plano el papel de las dirigencias de
los partidos, hasta la última elección norteamericana, en donde el electo-
rado, pese a haber reelecto al presidente demócrata William Clinton,
mantuvo su confianza en torno a un Congreso de mayoría republicana y
en su propio discurso de celebración de la victoria, el presidente Clinton
señaló que había que trabajar juntos. Esto significa una expresión de ne-
cesidad consensual aun en la mayor potencia democrático-occidental, en
donde parece existir una tendencia al gobierno coaligado entre diferentes
manifestaciones ideológicas y políticas. Quizá esto signifique el desgaste
de la idea democrática tradicional de enfrentamiento entre distintas posi-
ciones, dado que probablemente el propio electorado se ha dado cuenta
de que las políticas y los políticos son todos iguales cuando gobiernan y
que el margen de maniobra de los gobiernos aun el de los más poderosos,
no tiene que ver con las promesas electorales, sino con las realidades con-
cretas a las que hacen frente cuando tienen el mandato. Puede ser que el
electorado se haya percatado de que es preferible que la clase política ac-
túe de consuno y no en un enfrentamiento permanente que paraliza las
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14 EDUARDO ANDRADE SÁNCHEZ
instituciones. Hacia allá puede estarse dirigiendo la política mundial y lo
único que me parece importante recalcar en este momento es que para
bien o para mal las instituciones mexicanas están viajando en el mismo
sentido y manteniendo o reforzando un estilo partidocrático de gobernar
en donde las cúpulas o dirigencias partidistas sustituyen, de alguna mane-
ra, la voluntad de los electores. Aunque también podría uno preguntarse
razonablemente si los electores avalan con sus decisiones y con su voto
diferenciado y a veces con su indiferencia hacia las urnas, este sistema de
gobierno por parte de una clase política que asume y realiza acuerdos los
cuales en el fondo, reflejan las necesidades generales de la sociedad, pero
que no están suficientemente sustentadas en una voluntad electoralmente
expresada, o bien, quizá los partidos a mediados de la última década del
siglo están reaccionando frente a fenómenos como el de Fujimori en Perú
y algunos otros casos de candidatos independientes que, aparentemente,
ajenos a la política han introducido un nuevo esquema de atracción elec-
toral separada de los partidos.
Las anteriores son preguntas que aún están por contestarse y que se
resolverán seguramente en el próximo lustro para que el siglo XXI dé
nuevas respuestas a las necesidades políticas nacionales y mundiales.
DR © 1997. Senado de la República. LVI Legislatura
Comisión Plural Organizadora del LXXX Aniversario de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos