Capítulo 1: El Eco de las Sombras
La lluvia golpeaba con furia los cristales de la vieja mansión. Era un sonido constante, un
tamborileo monótono que llenaba el aire con una sensación de opresión. El cielo estaba
tratado de gris oscuro, casi negro, como si la noche hubiera llegado antes de tiempo. En lo alto
de la colina, la mansión de los Altavientos se erguía como un gigante herido, sus muros
cubiertos de musgo y grietas que parecían susurrar hi
Adriana observaba desde la ventana de su habitación. Tenía las manos apretadas contra el
marco de madera, la mirada fija en el camino serpenteante que llevaba al pueblo. Aunque no
podía verlo con claridad debido a la neblina que se alzaba como un velo espectral, sabía que él
vendría. Había recibido la carta esa misma mañana: un sobre ajado con tinta corrida, como si
hubiera sido escrito a toda prisa bajo la misma lluvia que ahora caía. Solo contenía cinco
palabras: "No salgas al año
No había firma, pero no la necesitaba. Reconocía esa letra. Era de Julián, el único hombre que
alguna vez había logrado atravesar las barreras que ella misma había levantado para
protegerse del mundo. Pero hacía meses que no sabía de él. Había desaparecido como el
humo, sin dejar rastro, y ahora, sin previo aviso, volvió a aparecer con u.
La tormenta aumentaba su intensidad, y Adriana sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No
era el frío lo que la inquietaba, sino la sensación de que algo invisible la observaba desde las
sombras de su propia casa. Se giró, mirando el amplio dormitorio con sus muebles antiguos y
cortinas pesadas. Había algo extraño en el aire, una densidad que le apretaba el pecho.
Decidió encender una lámpara. La tenue luz amarilla llenó el espacio, disipando parcialmente
las sombras. Adriana sospechaba, tratando de convencerse de que no había nada fuera de lo
común. Sin embargo, su corazón seguía latiendo con fuerza. ¿Por qué le habría pedido a Julián
que no saliera al anochecer? ¿Qué peligro acechaba allá afuera, entre la niebla y la lluvia?
El sonido de un trueno la hizo saltar. Bajó la mirada y notó que sus manos estaban temblando.
Decidida a calmarse, buscó en uno de los cajones de su escritorio y sacó la vieja llave de bronce
que había encontrado días atrás en el desván. La llave era pequeña, con un diseño intrincado
en la empuñadura, y no tenía idea de qué cerradura podía abrir. Sin embargo, desde el
momento en que la encontró, sintió una conexión extraña con ella.
"Tal vez sea una distracción suficiente", pensó, mientras se dirigía al desván con la llave en
mano.
El desván de la mansión Altavientos era un lugar que no había explorado completamente.
Estaba lleno de baúles polvorientos, muebles rotos y cajas olvidadas. La luz de la lámpara que
llevaba en la mano iluminaba apenas unos pasos frente a ella, pero era suficiente para
distinguir las formas fantasmales de los objetos almacenados allí.
Avanzó entre los montones de cosas hasta llegar al rincón más alejado, donde había un viejo
armario con una cerradura extrañamente elaborada. Adriana había intentado abrirla antes,
pero nunca encontró la llave adecuada. Ahora, sosteniendo la llave de bronce, sentía que era el
momento adecuado.
Con manos temblorosas, insertó la llave en la cerradura. Giró con un clic suave, y el armario se
abrió con un gemido que parecía un lamento. Dentro, encontré algo que la dejó sin aliento: un
conjunto de libros encuadernados en cuero negro, cada uno con inscripciones doradas en un
idioma que no podía entender. Pero lo que más llamó su atención fue un pequeño espejo
enmarcado en plata, colgado en el interior de la puerta del armario.
Adriana se acercó al espejo, sintiendo un inexplicable tirón hacia él. Su reflejo parecía normal al
principio, pero a medida que se inclinaba más cerca, notó algo aterrador: detrás de ella, en las
sombras del desván, había una figura oscura, apenas visible.
Se giró de golpe, levantando la lámpara. No había nada allí. El desván estaba vacío, salvo por
los objetos cubiertos de polvo y las sombras proyectadas por la tenue luz. Pero cuando volvió a
mirar al espejo, la figura seguía allí, más cerca ahora, como si estuviera acechándola desde un
rincón que no podía ver.
El sonido de los pasos resonó desde el pasillo, haciéndola soltar un grito ahogado. Adriana se
dio la vuelta, con el corazón desbocado, y vio la silueta de un hombre parado en la entrada del
desván.
"Adriana", dijo una voz familiar. Era Julián. Pero algo en sus ojos no estaba bien.