28/11/24, 19:12 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.
, mayo 2015
Sección 4.ª . De la extinción de la curatela [Arts. 291 a 294]
§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO I. De las personas [Arts. 17 a 332]
TITULO XI. De las medidas de apoyo a las personas con discapacidad para el ejercicio de su capacidad
jurídica [Arts. 249 a 299]
CAPÍTULO IV. De la curatela [Arts. 268 a 294]
Sección 4.ª . De la extinción de la curatela [Arts. 291 a 294]
Sección 4.ª . De la extinción de la curatela [Arts. 291 a 294]
Sección 4.ª
De la extinción de la curatela
Añadido por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Artículo 291.
La curatela se extingue de pleno derecho por la muerte o declaración de
fallecimiento de la persona con medidas de apoyo.
Asimismo, la curatela se extingue por resolución judicial cuando ya no sea
precisa esta medida de apoyo o cuando se adopte una forma de apoyo
más adecuada para la persona sometida a curatela.
Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Doctrina-comentario
I. Régimen de la curatela. A tenor de este artículo, salvo en lo referente a la especial causa
de inhabilidad que se contiene en su pár. II, son de aplicación las reglas de la tutela sobre
nombramiento, inhabilidad, excusa y remoción, sea cual sea el tipo de curatela de que se
trate. La remisión se hace a los arts. 234 a 258 CC. Puesto que estos artículos ya han sido
comentados aquí, me limitaré a reseñar las particularidades que presenta la remisión cuando
se refiere a la curatela.
II. Nombramiento de curador. Corresponde siempre al Juez (arts. 234 y 235 CC). La
remisión no plantea problema pero se han planteado dudas acerca de determinados
extremos:
1. ¿Cabe el nombramiento de curador por los padres? El art. 223 no se encuentra entre los
que son objeto de remisión. La doctrina mayoritariamente entiende que de la misma manera
que cabe el nombramiento de tutor igual razón existe para la designación del curador; sin
embargo disiente en cuanto a la preferencia que se otorga a ésta (art. 224 CC) sobre la de
designación judicial (García Cantero, RDP 1984, p. 791; Moreno, RDP 1985, p. 313;
Gete-Alonso, Com. Nac. Tecnos, p. 709).
2. ¿Tiene sentido la figura del curador plural del art. 236 CC? Inicialmente dada la función de
mera asistencia del curador la presencia de un curador plural puede resultar anómala. La
regla general es la del curador único. No obstante cabe pensar en la curatela plural en los
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supuestos de los núms. 2.º, 3.º y 4.º del art. 236 CC para la curatela de los emancipados
(salvo el núm. 2.º en este caso) y en la de los incapacitados y no en la del pródigo en la que
no puede procederse a establecer similitudes con la patria potestad. Se hace difícil la
posibilidad de acoplar el núm. 1.º del art. 236 CC: curador personal y curador patrimonial;
sólo cabe aplicarlo a la curatela de los incapacitados siempre que se admita su configuración
de tutela mitigada (v. com. art. 289). Cuando proceda la curatela plural ésta se ejercerá de la
manera que aparece prevista en los arts. 237, 237 bis y 238 CC.
3. Las entidades públicas podrán ser curadoras, art. 239 CC. Hay que tener en cuenta, sin
embargo, que sólo será de aplicación cuando fueran declarados incapaces durante su
minoría de edad. No lo será respecto de la declaración de prodigalidad.
4. Las personas jurídicas podrán ser designadas curadores, art. 241 CC. Pero sólo cuando
se trate de la curatela de menores e incapacitados y no de los pródigos ya que el pródigo no
es un incapacitado ni un menor y la finalidad de aquéllas, exigida por ley, es que se dediquen
a la «protección de menores e incapacitados».
5. El curador único de varios hermanos, art. 240 CC. También sólo es posible en relación a la
curatela de los menores e incapacitados, no a la curatela de la prodigalidad.
III. Causas de inhabilidad, excusa y remoción. Sólo ha de precisarse lo siguiente:
1. La causa de inhabilidad del art. 243.2.º CC debe entenderse que no sólo se refiere a haber
sido removido de una anterior tutela sino, también, de una anterior curatela.
2. El art. 243.4.º CC se debe interpretar en el sentido de que la condena por cualquier delito
haga suponer fundadamente que no se desempeñará bien en cargo de curador.
3. En el art. 244.2.º y 4.º CC habrá de incluirse, también, «la enemistad manifiesta con el
declarado pródigo».
4. Admitido que los padres puedan designar al curador, las previsiones de los arts. 245 y 246
CC sólo entrarán en juego cuando los padres lo hayan previsto, por tanto, normalmente, sólo
en la curatela de los menores emancipados y de los incapacitados.
5. El párrafo segundo del artículo prevé una causa específica para la curatela excepcionando
la aplicación del art. 244.5.º CC. La razón de ello se encuentra en entender que el curador
actúa siempre y sólo en el ámbito patrimonial y no en el personal. No obstante, en el caso de
que se admita la existencia de una pluralidad de curadores y el tipo de curatela de los
incapacitados como una especie de «tutela mitigada» (v. com. art. 289 CC), cabría pensar en
la posibilidad de que un quebrado o concursado pudiera ser curador personal del
incapacitado. Aún en este caso, sin embargo, y partiendo de las conclusiones señaladas, tal
interpretación (admisión de un curador siquiera personal, que esté en situación de concurso
o quiebra) resulta muy forzada.
María del Carmen Gete-Alonso y Calera
Artículo 292.
El curador, sin perjuicio de la obligación de rendición periódica de cuentas
que en su caso le haya impuesto la autoridad judicial, al cesar en sus
funciones deberá rendir ante ella la cuenta general justificada de su
administración en el plazo de tres meses, prorrogables por el tiempo que
fuere necesario si concurre justa causa.
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La acción para exigir la rendición de esta cuenta prescribe a los cinco
años, contados desde la terminación del plazo establecido para
efectuarla.
Antes de resolver sobre la aprobación de la cuenta, la autoridad judicial
oirá también en su caso al nuevo curador, a la persona a la que se prestó
apoyo, o a sus herederos.
La aprobación judicial de las cuentas no impedirá el ejercicio de las
acciones que recíprocamente puedan asistir al curador y a la persona con
discapacidad que recibe el apoyo o a sus causahabientes por razón de la
curatela.
Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Doctrina-comentario
I. Caracterización general. El precepto, conforme al principio de protección de los menores
e incapacitados que informa a la regulación de la tutela (art. 215 CC) persigue evitar el
perjuicio que podría producirse a aquéllos, por la alteración de la persona que ejerce la
función de guarda. En alguna medida, este artículo tiene relación con la patria potestad
prorrogada (en sus dos vertientes de prórroga y rehabilitación, art. 171 CC) y con la tutela
prorrogada (v. com. art. 278 CC) que se basan en el mismo principio.
II. Contenido. La norma establece que se mantendrá como curador a la misma persona que
fue tutor. Esto supone sólo la permanencia de la persona en el desempeño del cargo de
curador, pero no el mantenimiento del mismo cargo que habrá de haberse extinguido
necesariamente (el art. 277.2.º CC lo prevé de forma expresa). Significa, por lo tanto, que
deberá de haberse liquidado por completo la tutela, no eximiéndosele ni retrasándosele —al
que desempeñe el cargo— la rendición de cuentas de su anterior gestión (cfr. arts. 299 y ss.
CC).
III. Ámbito de aplicación. Técnicamente la previsión legal sólo opera en los casos que haya
existido una previa situación de tutela. Su ámbito de aplicación se centra: a) En la curatela
llamada a constituirse sobre el menor de edad pupilo que hubiera obtenido el beneficio de la
mayor edad (art. 286.2.º CC), y en el que se emancipó por matrimonio (art. 316 CC); b) En la
curatela del declarado incapaz, pero sólo cuando aquélla haya sido consecuencia de una
resolución judicial de modificación de la capacidad «en virtud de la cual se sustituye la tutela
por la curatela» (arts. 277.2.º y 287 CC). No procede: a) En la curatela del hijo de familia
emancipado, ya que antes de la entrada de ésta lo que existía era ya una curatela ejercitada
por los progenitores y no una tutela y porque el supuesto que da origen a la curatela implica
la desaparición física («fallecieren»: art. 286.1.º CC) o jurídica («quedaran impedidos»: art.
286.1.º CC) de la persona que actuaba en función de curador. Lo que impide la continuidad
personal que es la base del supuesto de hecho; y b) En la curatela del declarado pródigo en
la que no ha podido existir una anterior tutela.
IV. La excepción. El tutor desempeñará el cargo del curador «a menos que el Juez disponga
otra cosa». El arbitrio judicial juega aquí con bastante amplitud; el único límite del mismo se
halla en el principio de protección: que el beneficio del menor o incapacitado así lo exijan.
Supuestos claros son, entre otros: el que el tutor estuviere incurso en una causa de
remoción, o en una causa de excusa sobrevenida, cuando no se hubieren probado las
cuentas de la tutela o haya motivos para exigir responsabilidades (en el mismo sentido Lete,
Com. Edersa, IV2, p. 446).
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V. El supuesto de la previa tutela plural. Cuando la tutela anterior sea plural ¿se
mantendrá a las mismas personas o se pasará a designar a un solo curador? Aunque la regla
general es la del curador único, cabe pensar en la existencia de una curatela plural en
determinados supuestos (v. com. art. 291 CC), en este caso permanecerán las mismas
personas ejercitando la curatela. Cuando no proceda será el Juez el que deberá decidir.
VI. La situación inversa. Siendo posible la modificación de la declaración de incapacitación
cabe que «las nuevas circunstancias» (art. 212 CC) aconsejen la agravación de la
incapacitación y el establecimiento de una tutela en lugar de la anterior curatela (art. 210
CC). En este caso ¿se mantendrá la misma persona en el ejercicio de la guarda? A pesar del
silencio legal la respuesta debe ser afirmativa (Gete-Alonso, Com. Nac. Tecnos, p. 712). El
perjuicio que podría seguirse, para el curado, por el cambio de la persona tanto puede
producirse en el caso previsto como en éste. De todas formas esta situación sólo podrá
operar en la declaración de incapacitación, dada la alternativa entre las instituciones de
guarda (tutela-curatela; cfr. art. 210 CC, con carácter general) que se predican en relación a
ella.
María del Carmen Gete-Alonso y Calera
Artículo 293.
Los gastos necesarios de la rendición de cuentas serán a cargo del
patrimonio de la persona a la que se prestó apoyo.
El saldo de la cuenta general devengará el interés legal, a favor o en
contra del curador. Si el saldo es a favor del curador, el interés legal se
devengará desde el requerimiento para el pago, previa restitución de los
bienes a su titular. Si es en contra del curador, devengará el interés legal
una vez transcurridos los tres meses siguientes a la aprobación de la
cuenta.
Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Doctrina-comentario
I. Régimen jurídico de los actos realizados sin la intervención del curador. El precepto
viene a recoger, hoy de forma expresa, el concepto de acto claudicante en relación con la
actividad llevada a cabo, de modo independiente y sin contar con la asistencia del curador
cuando fuera necesaria, por el sometido a curatela. La caracterización jurídica es idéntica —
ser el acto susceptible de impugnación o anulable— a la que se prevé para la actuación del
menor sometido a patria potestad o tutela y para el incapacitado sujeto a la tutela, en el art.
1301 CC al que se remite.
Están legitimados para impugnar el acto realizado sin la asistencia del curador, por aplicación
de los principios derivados de los arts. 1301 y ss. CC, el curador mientras persista la curatela
y la persona sometida a la misma durante los cuatro años siguientes a la cesación de
aquélla. Las personas capaces que contrataron con el sujeto a curatela no podrán «alegar la
incapacidad de aquéllos con quienes contrataron» (art. 1302 CC). Esta acción de
impugnación tiene un plazo de duración de cuatro años que empiezan a contarse desde el
momento de la extinción de la curatela o desde que el curador tenga conocimiento de la
existencia del acto anulable. El curador, aunque no se diga expresamente, puede —al igual
que el tutor o los titulares de la patria potestad— confirmar, a posteriori, el acto realizado sin
su asistencia.
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En la curatela de los pródigos puede suscitarse la duda de si, mientras persista la
declaración, cabe entender que también las personas que la solicitaron (en particular el
cónyuge y los descendientes y ascendientes que sean alimentistas del declarado pródigo —
art. 294 CC—) pueden impugnar el acto o negocio realizado sin la intervención del curador.
En el anterior sistema, al no existir una declaración expresa en tal sentido, parte de la
doctrina así lo entendió (De Castro, Derecho Civil, II, p. 348). Hoy dado lo que aparece
previsto en este precepto, no puede sostenerse que éstos ostenten legitimación para la
impugnación de tales actos (Lacruz/Delgado, Elementos, I-2, p. 94; Gete-Alonso, Com.
Nac. Tecnos, p. 714). No obstante, como consecuencia de la declaración de prodigalidad,
puede haberse privado, al pródigo, de la administración y disposición de los bienes de los
hijos sujetos a patria potestad, o de los de la sociedad de gananciales, de modo absoluto;
transfiriéndolos al otro progenitor o al cónyuge. En este caso, la actuación del pródigo en
relación a los bienes gananciales o al patrimonio de los hijos sujetos a patria potestad, no es
anulable sino nula por carecer —en relación a los mismos— del poder jurídico necesario para
realizarlos (art. 1259 CC). No entra en juego el art. 293 y concordantes porque no se trata de
actos para los que necesite la asistencia del curador (sólo se refieren a su patrimonio
particular que es el que resulta afectado por la declaración de prodigalidad); sino de actos
que no puede llevar a cabo porque no ostenta ningún tipo de legitimación acerca de dichos
patrimonios.
María del Carmen Gete-Alonso y Calera
Artículo 294.
El curador responderá de los daños que hubiese causado por su culpa o
negligencia a la persona a la que preste apoyo.
La acción para reclamar esta responsabilidad prescribe a los tres años
contados desde la rendición final de cuentas.
Añadida por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Doctrina-comentario
I. La prodigalidad en el CC 1889 y tras la L 13/83. 1. a) En el CC 1889, la prodigalidad era
una causa de incapacitación con alcance exclusivamente patrimonial que graduaba la
sentencia judicial que la constituía tras un juicio con las mayores garantías (inexistentes en
otros casos de incapacitación, arts. 200, 221 y 224 CC redacción originaria). La institución
estaba legalmente dispuesta en beneficio de los derechos económicos del cónyuge y
herederos forzosos del afectado y, de hecho, funcionó en la práctica jurisprudencial del TS
como un remedio extremo a las disfunciones económicas de la familia patriarcal tradicional
(v. fundamentalmente De Castro, Derecho civil, II-1, pp. 331-354; Ogáyar, Estudios
Castán, I, p. 233; R. Bercovitz, Derecho de la persona, p. 89; O’Callaghan, RDP 1978,
pp. 253-268, y Salvador, Com. Nac. Tecnos, pp. 715-722): los pródigos reales o presuntos
cuyos casos llegaron al TS fueron, primero, maridos y padres (STS 27-IX-1897; 17-V-1898;
17-II-1904; 19-VI-15, 30-IX-30; 28-III-55; 17-VI-78), luego hijos (STS 12-VII-11) y, en tercer
lugar, madres o mujeres (STS 21-V-13; 25-III-42). De aquéllos se podía decir que faltaban
por acción y de éstas que lo hacían por omisión (comp. STS 17-II-1904, 12-VII-11 con la de
25-III-42). Cuando no había prodigalidad o la había muy dudosamente era frecuente que el
pleito de incapacidad escondiera un conflicto familiar en el marco de una legislación que
desconocía el divorcio (antes de 1981. V. STS 27-IX-1897; 25-IX-58 y 18-V-62) y que
otorgaba al marido el monopolio de la gestión económica del matrimonio (antes de 1958
absolutamente y, en menor grado, hasta 1975 y 1981); por esto último, la demanda de
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prodigalidad fungió, en más de una ocasión, de subrogado de una buena (e inexistente antes
de las fechas citadas) regulación de la gestión y disposición de los bienes comunes en la
sociedad de gananciales (v. p. ej., STS 17-V-1898 y 19-VI-15). Por último debe recalcarse la
vinculación legal de la regulación tradicional y hoy derogada con el Derecho sucesorio, con la
legítima, por lo que no es de extrañar que la praxis jurisprudencial incluyera pleitos que eran
la antesala de la reclamación sucesoria pura y simple (v. sobre todo, STS 1-II-1902; también
STS 21-V-13 y 25-III-42); la prodigalidad no protegía al incapaz sino a su heredero forzosos:
el pródigo que perdía a su último legitimario debía ser rehabilitado (STS 12-VII-11).
b) El pródigo genuino señalaba la jurisprudencia antes de la reforma, no era un loco (STS 12-
V-36 y 25-III-42) sino, típicamente un heredero despilfarrador: jamás se declaró la
prodigalidad de quien gastaba parte de lo que ganó sino la de quien, sin haber ganado nada
por su cuenta, perdió o llevaba las de perder lo que había heredado (comp. STS 17-II-1904;
12-VII-11; 30-IX-30 y STS 28-III-55 con las de 27-IX-1897; 19-VI-15 o 18-V-62) y que, más
que separarse de su mujer, abandonaba a su familia (cfr. p. ej. STS 17-II-1904 o 28-III-55)
para desbaratar sus bienes (ejemplos de tipos diversos en STS 17-II-1904, 12-VII-11, 30-IX-
30, 28-III-55 y 17-VI-78). Los pleitos que llegaron al TS fueron, particularmente al inicio de la
vigencia del CC, relativos a gentes de posición económica holgada (STS 1-II-1902; 12-VII-11;
19-VI-15; 30-IX-30; 17-VI-78) y, aunque no faltaron deudores crónicos o concursados (STS
27-IX-1897; 9-III-34; 12-V-36) sí estuvieron ausentes obreros, empleados o incluso
menestrales: en el TS la prodigalidad fue tema de haciendas y ello introdujo un sesgo en la
doctrina jurisprudencial que elaboró el concepto de pródigo hacia una orientación objetiva
(tutela que alcanzaba a los bienes y no a la persona) y en defensa de terceros (no del propio
pródigo).
2. La reforma operada por la L 13/83 introduce cambios importantes en relación a la
regulación que deroga pero, por otro lado, mantiene numerosos puntos de contacto con ella;
a) el declarado pródigo está sometido a curatela y no a tutela (art. 298 CC) lo que supone
una limitación (graduada) de la capacidad de obrar (sin que resulte posible la privación total
de ésta) así como la asistencia (pero no la representación legal) del curador (art. 288 y 298
CC). b) La prodigalidad protege ahora intereses familiares y no sucesorios: derechos de
ayuda y socorro mutuo entre marido y mujer (arts. 67 y 68 en relación con el 143.1.º CC) y de
alimentos entre ascendientes y descendientes (arts. 154 y 155 en relación con el 143.2.º
CC): la referencia al derecho de alimentos que se está ejercitando o que se está en
condiciones de ejercitar actualmente resulta esencial, pues la prodigalidad se concibe como
último recurso o remedio extremo para tutelar privadamente necesidades familiares
elementales. El cambio de orientación en relación a la regulación tradicional es radical y ha
sido hecho notar por la jurisprudencia posterior a la reforma, que ya ha establecido doctrina
claramente contraria a la interpretación extensiva del art. 294: sólo los ascendientes y
descendientes que actualmente tenga derecho a reclamar alimentos pueden solicitar la
declaración correspondiente (STS 17-VI-88 Com. Gordillo, CCJC 1988, pp. 607-614 y 22-
V-90). c) Sin embargo, la prodigalidad sigue protegiendo exclusivamente a terceros de la
conducta del pródigo pero no a éste de sí mismo; en ese sentido se continúa en la línea de la
regulación tradicional y derogada: la prodigalidad se configura como una causa autónoma de
limitación de la capacidad de obrar cuyo supuesto de hecho no coincide con el art. 200 CC ni
con el 287 CC. Para el legislador de 1983 el pródigo es una persona capaz de gobernarse a
sí misma pero incapaz de atender a las más elementales obligaciones de asistencia a su
cónyuge, ascendientes y descendientes. Se concibe así un tertium genus entre el caso de la
persona que no puede gobernarse a sí misma por causa de enfermedades y deficiencias
persistentes de carácter físico o psíquico (art. 200 CC) y el de la que, pudiendo hacerlo,
incumple los deberes citados. Y entonces, se prevé legalmente una limitación de la
capacidad de obrar en lugar de acudir a la correspondiente regulación de aseguramiento y
ejecución forzosa de los deberes familiares. Naturalmente, lo anterior resulta escasamente
plausible (Salvador, Com. Nac. Tecnos, pp. 725-727): si la conducta del pródigo es síntoma
de una deficiencia que justifique la incapacitación, un elemental principio social (art. 1.º 1 CE)
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exige una protección y la consiguiente declaración de aquélla; pero si es sólo manifestación
de la voluntad de incumplir los deberes asistenciales de que se trata, no parece en modo
alguno posible que la limitación de la capacidad de obrar correspondiente pueda ir más allá
de lo estrictamente necesario para tratar de asegurar su cumplimiento: el principio de libre
desarrollo de la personalidad (art. 10.1 CE) no permite fácilmente el establecimiento de
limitaciones adicionales que restrinjan la autonomía de una persona capaz de obrar y a la
que el propio legislador no considera incapacitable. En todo caso, habrán de considerarse las
alternativas a la prodigalidad: normativa penal sobre abandono de familia (arts. 487 y
concordantes CP), regulación civil de los deberes de asistencia en el matrimonio, de las
relaciones paterno-filiales y de los alimentos entre parientes (arts. 67, 68, 142 y ss., 154 y
ss., 1318 etc. CC) y la normativa, también civil, de los regímenes económicos matrimoniales
(arts. 1388 y 1393.2.º CC).
II. El concepto de pródigo. 1. Ni antes ni después de la reforma de 1983 ha definido el CC
un concepto técnico de prodigalidad; por ello se ha considerado que la expresión se toma, en
principio, en el sentido del lenguaje ordinario (STS 17-II-1904; 19-VI-15; 30-IX-30; 18-V-62):
pródigo es, dice el Diccionario de la Academia (ed. 1970), quien disipa o malgasta su
hacienda en gastos inútiles. En la definición anterior resalta la triple idea de la conducta del
pródigo: quien gasta; mal y todo o lleva claramente ese camino y, desde luego, el lenguaje
común deja bien clara la sinrazón del derroche (no gastar sino malgastar): hay un juicio de
reproche social, de desvalor en relación con ese comportamiento de dispendio irracional. La
prodigalidad es así un vicio y, en ese sentido, su calificación jurídica es ambivalente: oscila
entre la deficiencia psíquica que obsta el autogobierno y el defecto moral que está detrás del
incumplimiento de deberes familiares elementales. Las definiciones doctrinales y
jurisprudenciales anteriores a la reforma de 1983 resultan, en cambio, escasamente
utilizables por cuanto, aparte de ser muy genéricas, caracterizaban ulteriormente la
prodigalidad por la idea de puesta en peligro de un patrimonio familiar base de una posición
social y destinado a ser heredado (De Castro, Derecho Civil, II-1, p. 338: «conducta
socialmente condenable de quien pone en injustificado peligro directa o indirectamente la
situación patrimonial de la familia más cercana (herederos forzosos)»; STS 25-III-42: «a) …
conducta desordenada y ligera…, b) habitual …, que ponga injustificadamente en peligro la
conservación del patrimonio» V. también STS 21-V-13, 13-VI-15, 30-IX-30, 25-IX-58 y 18-V-
62). Mas el concepto tradicional es hoy inutilizable: nada impide que alguien consuma todo
su patrimonio en lo que desee si con sus rentas de trabajo hay suficiente para subvenir a sus
obligaciones alimenticias. La prodigalidad no es, en la nueva regulación, una institución que
tutele los eventuales derechos sucesorios de los familiares próximos de una persona; en
particular, la prodigalidad no es un subrogado de la inoficiosidad (como recuerda la nueva
jurisprudencia aunque inercialmente arrastre las viejas definiciones de prodigalidad: STS 2-I-
90, no hay prodigalidad sino liberalidad en la tendencia manifestada por el demandado a
beneficiar a su segunda esposa). Permanecen, en cambio, las caracterizaciones concretas
de la prodigalidad: es, en primer término, una conducta, un comportamiento con cierta dosis
de habitualidad y no sólo un acto o algunos actos aislados. Más, aparte de ese componente
objetivo, hay otro subjetivo: la prodigalidad ha de poner de manifiesto una inclinación o
tendencia irrefrenable al malgasto sin medida ni fin, y ello ha de inferirse de actos pues no
puede conjeturarse; la tendencia al malgasto ha de manifestarse con nitidez de forma que
pueda presumirse razonablemente la creación inminente de un estado de necesidad. Sin
embargo, no hay que esperar a que se produzca una situación irreversible de miseria real. El
texto comentado no alude a las causas de esta conducta pero no por ello son irrelevantes sin
más: la sentencia debe graduar el alcance de la limitación de la capacidad y, para ello, habrá
de entrar en el origen de la conducta pródiga; pero la ley no atiende a la finalidad o destino
del malgasto: puede ser indiscriminado o hecho para beneficiar a una sola persona, puede
tener fines egoístas o altruistas. Lo único preciso es que, valorado en su conjunto, manifieste
la práctica inclinación a un derroche desmedido que coloque al sujeto y a su familia en
inminente estado de necesidad sin razón alguna que lo justifique y que, por tanto, la
conducta pueda considerarse como socialmente condenable. No basta, pues, arriesgar o
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aventurar sino que es preciso que ello se haga injustificadamente (la empresa arriesgada no
equivale al gasto sin razón). El malgasto de la prodigalidad tiene un sentido exclusivamente
económico (esto es lo que permanece de la vieja doctrina patrimonialista de la prodigalidad):
están excluidos, por supuesto, los derroches de salud, es decir, de capacidad de trabajo, así
como todo tipo de asunción personal de riesgos corporales y, por otro lado tampoco se
considera la mera intención de gastar no suficientemente materializada (sin asunción de
compromiso patrimonial); la prodigalidad es conducta y no inclinación. Tema discutido es el
de la omisión o descuido grave, infundado de los propios bienes y asuntos que, en el caso
concreto, puede fundar la declaración de prodigalidad (Salvador, Com. Nac. Tecnos, pp.
733-735. Cfr. Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp. 49-54, y Pérez de Vargas, RGLJ 1987,
pp. 865-876; en la manualística reciente, v. sobre todo Albaladejo, Derecho civil, I-111, pp.
282-284, y Lacruz, Elementos I-212, pp. 142-145).
III. Legitimación. 1. En el Derecho actual, la declaración de prodigalidad presupone la
causación por el pródigo de un estado de necesidad familiar o del peligro inminente de
originarlo. A partir de este presupuesto genérico, el texto comentado circunscribe el ámbito
subjetivo de la tutela al cónyuge y a los ascendientes y descendientes con derecho actual a
alimentos. a) La referencia genérica al cónyuge se hace con independencia de su derecho de
alimentos en sentido estricto (en cuanto el matrimonio supone deberes de ayuda y socorro
mutuos, actuación en interés de la familia y levantamiento de cargas que lo incluyen). Se
excluyen los casos de nulidad y divorcio (pues ya no hay «cónyuge») pero no, al parecer, los
de separación de hecho y de derecho (por la razón opuesta y arg. ex arts. 83 y 90 c) CC; de
acuerdo con la doctrina: Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp. 81-82; Albaladejo, Derecho
civil, I-111, p. 284). El cónyuge podrá pero no deberá pedir la declaración: su actuación es
potestativa («podrán» dice el texto del art. 294 CC; cfr. arts. 202 y concordantes CC). b) En
cuanto a los descendientes y ascendientes se da por supuesta la predeterminación de las
relaciones de filiación correspondientes y, además, se requiere explícitamente su condición
de titulares de un derecho actual a percibir alimentos (STS 17-VI-88 y 22-V-90, de acuerdo
con la doctrina posterior a la reforma: Yzouierdo, Estudios, pp. 155-182; Salvador, Com.
Nac. Tecnos, p. 736; Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp. 89-93; Gete-Alonso, Nueva
normativa, p. 288; Pérez De Vargas, RGLJ 1987, pp. 879-880; Toldra, Apuntes, p. 203;
Lete, Com. Edersa, IV2, y Derecho de la persona, pp. 105-106; Albaladejo, Derecho civil I-
111, p. 285; Lacruz, Elementos I-22, p. 143) aunque no hace falta que el derecho hubiera
sido previamente reconocido judicialmente («o se encuentren en situación de
reclamárselos», dice el texto legal). Nótese además que los hijos no emancipados y
sometidos a la potestad del padre están legitimados para pedir alimentos siempre (art. 154 I
CC) y no sólo cuando se den los requisitos de la obligación alimenticia en sentido estricto
(art. 148 CC). Se excluye del supuesto de hecho las relaciones contractuales de alimentos no
relacionados con el derecho de personas (de acuerdo Ossorio Serrano, Prodigalidad, p.
93). El ejercicio de la acción es potestativo y no la precluye la negativa o inacción del
cónyuge. c) Por los menores no emancipados o por los incapacitados deberá ejercitar la
acción el correspondiente representante legal «de cualquiera de ellos»; se incluyen, según el
caso, el otro progenitor cotitular de la patria potestad (art. 154 II CC) tutor (art. 267 CC) y,
eventualmente, al defensor judicial (arts. 163 y 199 CC) pero no, en principio, el curador
(salvo que proceda por aplicación del art. 287 CC). Su actuación es debida, en cuanto no
puede renunciar en nombre de su representado al derecho a alimentos que éste tiene. d)
También de forma debida («lo hará») pero subsidiariamente a la inacción de los
representantes legales está legitimado el MF. En ausencia de menores no emancipados o de
incapacitados, no podrá ejercitar la acción, mas ello no le impide hacerlo cuando la
prodigalidad sea síntoma claro de incapacidad (aunque en este caso la acción se ejercitará
ex art. 203 CC).
2. Legitimado pasivamente lo está la persona presuntamente pródiga. Tradicionalmente se
discute si cabe demandar por este concepto al menor de edad y la doctrina dominante
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28/11/24, 19:12 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed., mayo 2015
(desde De Castro, Derecho civil, II-1, p. 343) distingue según esté o no emancipado
admitiendo la legitimación en el primer caso y no en el segundo (en contra Fernández
Martín-Granizo, DJ 1984, pp. 44-45; cfr. Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp. 101-102).
Más discutido es si se puede dirigir la acción contra quien ya está incapacitado, como sugiere
el art. 212 CC (comp. Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 740, y Pérez De Vargas, RGLJ
1987, pp. 890-891). Se manifiesta aquí, una vez más, el defectuoso encaje de las reglas de
la prodigalidad con el resto de las disposiciones sobre circunstancias modificativas de la
capacidad de obrar.
Pablo Salvador Coderch
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