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Defensor Judicial para Personas con Discapacidad

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28/11/24, 19:12 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.

, mayo 2015

CAPÍTULO V. Del defensor judicial de la persona con discapacidad [Arts. 295 a 298]
§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO I. De las personas [Arts. 17 a 332]
TITULO XI. De las medidas de apoyo a las personas con discapacidad para el ejercicio de su capacidad
jurídica [Arts. 249 a 299]
CAPÍTULO V. Del defensor judicial de la persona con discapacidad [Arts. 295 a 298]
CAPÍTULO V. Del defensor judicial de la persona con discapacidad [Arts. 295 a 298]

CAPÍTULO V
Del defensor judicial de la persona con
discapacidad
Añadido por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Artículo 295.

Se nombrará un defensor judicial de las personas con discapacidad en los


casos siguientes:

1.º Cuando, por cualquier causa, quien haya de prestar apoyo no pueda
hacerlo, hasta que cese la causa determinante o se designe a otra
persona.

2.º Cuando exista conflicto de intereses entre la persona con


discapacidad y la que haya de prestarle apoyo.

3.º Cuando, durante la tramitación de la excusa alegada por el curador, la


autoridad judicial lo considere necesario.

4.º Cuando se hubiere promovido la provisión de medidas judiciales de


apoyo a la persona con discapacidad y la autoridad judicial considere
necesario proveer a la administración de los bienes hasta que recaiga
resolución judicial.

5.º Cuando la persona con discapacidad requiera el establecimiento de


medidas de apoyo de carácter ocasional, aunque sea recurrente.

Una vez oída la persona con discapacidad, la autoridad judicial nombrará


defensor judicial a quien sea más idóneo para respetar, comprender e
interpretar la voluntad, deseos y preferencias de aquella.

Añadida por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

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I. El «juicio contradictorio» del art. 295 CC . 1. El nuevo art. 295 CC reproduce


exactamente el tenor literal del antiguo art. 221.1 CC 1889. En la vieja legislación, la regla se
explicaba en cuanto excepcionaba el criterio general en materia de constitución de
incapacitaciones que debía «hacerse sumariamente» (antiguo art. 218 CC 1889). En cambio,
el juicio contradictorio era el declarativo de mayor cuantía pues, se razonaba, no había, en el
caso de la prodigalidad las razones de urgencia en el procedimiento que justificaban
marginar, en los demás, esa garantía procesal (Manresa, Comentarios, II3, pp. 217-218; De
Castro, Derecho civil, II-1, p. 341. Más citas en Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 740). Mas,
tras la reforma de 1983, incapacitación y limitación de capacidad por prodigalidad se
constituyen en un mismo procedimiento, que es el juicio declarativo de menor cuantía: la
disp. ad. L 13/83 señaló que «entre tanto no se proceda a regular de otra manera en la LEC,
serán aplicables al procedimiento de incapacitación y al de declaración de prodigalidad las
normas del juicio declarativo de menor cuantía, no admitiéndose el allanamiento a la
demanda ni la transacción…». Por su parte, la L 34/84, de reforma urgente de la LEC
estableció para ésta un nuevo art. 484, según el cual, «se decidirán en juicio de menor
cuantía: […] 2.º las [demandas] relativas a filiación, paternidad, maternidad y estado civil de
las personas». Queda así rota la especificidad (a salvo las reglas de los arts. 294 y 296 CC);
será competente el Juez del domicilio del demandado (art. 63.1 LEC) y las especialidades del
procedimiento resultan de su asimilación a los pleitos de incapacitación (arg. ex disp. ad. L
13/83 y art. 1814 CC. Cfr. STS 5-III-90). En el nuevo sistema, cabrá pedir alternativamente la
incapacitación o la limitación de capacidad por prodigalidad ex arts. 200 o 287 si, como no
será infrecuente, concurren los requisitos específicos de la legitimación establecidos para
ésta por el art. 294 CC y se afirma además que la conducta del presunto pródigo es síntoma
de una deficiencia persistente de carácter físico o psíquico que impide el autogobierno del
demandado, pero naturalmente, la sentencia deberá decidir, en su caso, una u otra
alternativa (Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 714; Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp. 123-
124). La sentencia, una vez firme, será el título constitutivo de la condición de pródigo y se
aplicará lo dispuesto por los arts. 214 y 218 CC. El artículo comentado, mero arrastre de la
regulación pre-vigente, manifiesta una concepción autónoma de la prodigalidad que, al
menos procesalmente, el propio legislador se encargó luego de abandonar.

Pablo Salvador Coderch

Artículo 296.

No se nombrará defensor judicial si el apoyo se ha encomendado a más


de una persona, salvo que ninguna pueda actuar o la autoridad judicial
motivadamente considere necesario el nombramiento.

Añadida por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

I. La incomparecencia del demandado en el juicio de prodigalidad. 1. Como sucede en el


caso del artículo anterior, el 296 reproduce, con ligeras variantes de estilo, el antiguo 223 CC
1889. El precepto, que presupone la legitimación pasiva del presunto pródigo (v. com. art.
294) establece dos grupos de reglas: en primer lugar, que la representación en juicio del
demandado por prodigalidad que no comparece en él corresponde al MF o, si éste fue quien
promovió el procedimiento y es parte en él (critica la expresión «parte» Fernández Martín-
Granizo, DJ 1984, p. 66), a un defensor judicial (v. art. 299 CC); en segundo lugar, que esta
normativa específica dictada para el caso del demandado rebelde no obsta a la aplicación de
la regulación general de la LEC sobre rebeldía procesal. Una doctrina clásica (Manresa,
Comentarios, II3, pp. 220-221) y estable (citas en Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 742)
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enseña que el precepto tiene una finalidad de garantía: hecho el emplazamiento y no


habiendo comparecido el demandado dentro del término señalado, «Será declarado en
rebeldía a instancia del actor, y dándose por contestada la demanda, seguirá el pleito su
curso» (art. 658 LEC; cfr. arts. 762 y ss. LEC), pero para evitar posibles abusos se dispone la
representación legal en juicio del demandado rebelde. No hay así contradicción entre los dos
incisos, el inicial y el final, del precepto: el pleito continuará, pese a la ausencia del
demandado, pero éste gozará de unas garantías específicas y se le nombrará un
representante judicial quien, con todo, carece de la condición de curador provisional (v. com.
art. 300 CC).

2. Es discutible si cabe aplicación de aquellas reglas generales. Mas cabe defender que la
regulación de los arts. 296 y 297 es ciertamente específica de la prodigalidad pero que se
dicta sin perjuicio de la normativa generalmente aplicable cuando la conducta del presunto
pródigo sea manifestación de su posible incapacidad de gobernarse a sí mismo y el juicio se
plantea en estos términos (Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 744). En cambio, y en relación
con los arts. 206 y 207 CC, la intervención del MF fuera del caso del art. 296 se ceñirá al
supuesto a que se acaba de hacer referencia, es decir, a aquél en que la prodigalidad se
considere como un mero síntoma de la incapacidad. Cuando proceda el nombramiento de un
defensor judicial, regirán los criterios aplicables en virtud de lo dispuesto en el art. 207 CC.

Pablo Salvador Coderch

Artículo 297.

Serán aplicables al defensor judicial las causas de inhabilidad, excusa y


remoción del curador, así como las obligaciones que a este se atribuyen
de conocer y respetar la voluntad, deseos y preferencias de la persona a
la que se preste apoyo.

Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

I. El llamado período sospechoso. 1. Como en los casos de los dos artículos anteriores, el
nuevo 297 reproduce, con cambios muy menores, el antiguo 226 CC 1889, con lo que el
texto actual no ha aclarado las dudas interpretativas tradicionalmente planteadas bajo la
vigencia de su predecesor. En efecto, a la hora de calificar los actos del pródigo, hay que
considerar tres períodos relevantes: a) el anterior a la demanda de prodigalidad; b) el que
media entre ésta y la sentencia declarativa de la prodigalidad; y c) el posterior a ésta. El
último está cubierto por los arts. 294, 295 y 298 CC, de los que resulta que la prodigalidad se
constituye por sentencia judicial, pero el artículo comentado sólo se refiere al primero, al
dejar sentado que los actos realizados durante el mismo son inatacables por causa de
prodigalidad. Ningún precepto, en cambio, alude al segundo período (a diferencia de lo que
hacía el precedente remoto de los arts. 226 CC 1889 y 297 del actual, el art. 301 Pr. 1851,
que afirmaba la atacabilidad de los actos realizados durante este segundo período, in
tempore suspecto) y la solución para el mismo deberá probablemente continuar la
interpretación doctrinal clásica que infiere, a contrario del texto comentado, la impugnabilidad
de esos actos (citas en Salvador, Com. Nac. Tecnos, pp. 745-746) y que, por tanto, permite
retrotraer los efectos de la sentencia al segundo período.

2. Sin embargo, la doctrina, unánime en lo anterior, se divide a la hora de señalar los


requisitos para que el acto pueda resultar eficazmente atacado. Al respecto hay dos tesis:

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a) Para una opinión, debe tratarse de un acto manifiestamente viciado de prodigalidad. Ésta
es la tesis clásica (de García Goyena, Concordancias, I) luego acogida por la doctrina
inmediatamente posterior al CC de 1889 (citas en Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 746) y
por un sector de la actual (Ossorio Serrano, Prodigalidad, p. 197): el acto se considera
atacable no por haberlo realizado un pródigo, pues éste no era tal en el momento de su
realización, sino por haberse llevado a cabo pródigamente, por manifestar claramente el vicio
de prodigalidad y no poder ser ignorado este aspecto por el tercero con quien contrató. La
tesis trata de proteger a quienes se hayan relacionado con el posteriormente declarado
pródigo y se basa en una concepción restrictiva de la prodigalidad.

b) Para otra opinión (De Castro, Derecho civil, II-1, p. 342), basta con que sea un acto de
pródigo, aunque no haya sido realizado pródigamente, pues el régimen de los actos es
consecuencia de la sentencia y no de la condición de éstos. Con ello se evita la posibilidad
de fraude y, lo que parece más importante, la necesidad de pleitear de nuevo para probar el
vicio del acto. En cambio, desprotege a quienes contrataron con el pródigo. Parece más
razonable esta última opinión: entre las partes se aplicará, tras la anulación, lo dispuesto por
los arts. 1303, 1304 y 1314 CC mientras que los terceros estarán normalmente protegidos de
la acción del pródigo si el demandante no se cuidó de hacer constar la pendencia del
procedimiento (art. 42.5.º LH y arg. ex arts. 214 y 218 CC) o de instar las medidas cautelares
oportunas para el aseguramiento del patrimonio del pródigo a los efectos precisos para el
cumplimiento de sus deberes (Salvador, Com. Nac. Edersa, p. 746).

Pablo Salvador Coderch

Artículo 298.

En el nombramiento se podrá dispensar al defensor judicial de la venta en


subasta pública, fijando un precio mínimo, y de la aprobación judicial
posterior de los actos.

El defensor judicial, una vez realizada su gestión, deberá rendir cuentas


de ella.

Añadida por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

I. Alcance de la declaración de prodigalidad. 1. El artículo comentado adapta al régimen


de la curatela la vieja regla del antiguo 221.2 CC 1889 pero no recoge la limitación de la
guarda al ámbito patrimonial como, en cambio, hacía el antiguo art. 224 CC; tampoco ha
quedado referencia alguna a un reparto de funciones entre curador y, en su caso, cónyuge
del pródigo al estilo del viejo art. 225 CC. Por todo ello ha merecido las críticas de los autores
(Albaladejo, Derecho civil, I-11, p. 288: «ejemplo de legislar mal»; Lacruz, Elementos, I-22,
p. 146: «silencio … inquietante») que, en todo caso, destacan el alcance primariamente
patrimonial de la sentencia de prodigalidad (por todos, Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp.
161-187 y allí otras citas), sentencia que tiene carácter constitucional y que establecerá una
limitación graduada de la capacidad del pródigo. El arbitrio judicial estará aquí limitado por el
estrecho margen que presupone la finalidad de la institución tal y como está expresada en el
art. 294 (derecho de alimentos). En segundo lugar, lo estará por el hecho de que no puede
suponer una incapacitación; el pródigo en cuanto tal no puede ser sometido a un régimen de
curatela tan intenso que suponga, en la práctica, la sumisión a un régimen de representación
legal incompatible con la figura técnica de la curatela; es más, la regulación vigente
presupone un margen de actuación autónoma del pródigo (art. 288 en relación con 298 CC);
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para poder incapacitar a quien se comporta pródigamente hay que poder determinar el
concurso de las causas a que alude genéricamente el art. 200 CC. El art. 298 es una norma
especial en relación al 290 CC y, en ese sentido, excluye su aplicación: no es admisible que
la sentencia, contra lo dispuesto por el texto comentado, no determine cuáles son los actos
precisados de intervención del curador (Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 737); admitir la
aplicación subsidiaria del art. 290 (y, por tanto, la de los arts. 271 a 273 CC) equivaldría a
establecer «Una declaración genérica de incapacitación, que no cabe tratándose de
prodigalidad» (Ossorio Serrano, Prodigalidad, p. 183, v. pp. 183-187 y allí otras
referencias). El régimen de los actos sometidos al «consentimiento» (rectius: asentimiento)
«del curador» supone que éste interviene asintiendo al acto que el pródigo no puede realizar
por sí solo, pero no es su representante legal, sino que su función consiste en completar el
acto del pródigo, que es el declarante (arg. ex art. 288 CC y ex 293 a contrario CC). Por eso,
el régimen de los actos necesitados, según la sentencia, de intervención del curador, pero
realizados por el pródigo sin ella, es el de la anulabilidad de los arts. 1301 y ss. (art. 293) y
no el de la nulidad del art. 1259 CC. (se discute, con todo, si, además de las personas a que
se refiere el art. 293 CC, pueden interponer la acción los beneficiarios de la acción de
prodigalidad. Lo afirma Albaladejo, Derecho civil, I-111, p. 291. En contra, Lacruz,
Elementos, I-22, p. 148). El artículo comentado habla de «actos» por lo que cabe entender
que la intervención del curador no sólo puede incluir actos negociales sino que la sentencia
puede determinar que abarque actos jurídicos no negociales y, singularmente, el cobro de
haberes. Entonces, para el caso de que el pagador entregue indebidamente los mismos al
pródigo, se aplicará la regla general del art. 1163 (Salvador, Com. Nac. Tecnos, p. 752). De
los actos negociales hay que excluir como limitables a los mortis causa; en particular, el
pródigo conservará su capacidad para testar (ampliamente Ossorio Serrano, Prodigalidad,
pp. 167-169). En otro orden de ideas, la limitación podrá alcanzar a los actos de
administración además de a los de disposición (así, intervención en la gestión), podrá
referirse a actos concretos o a grupos de actos identificados por su naturaleza jurídica o
económica o por su objeto pero, en principio, no podrá suponer una intervención genérica
que tenga un alcance absoluto (aunque puede abarcar lo que, de hecho, sea la única fuente
de ingresos del pródigo como, p. ej., su sueldo).

2. La esfera personal debe considerarse excluida del ámbito posible de limitación, aunque ya
se ha señalado el vacío legal que la supresión sin sustituto del antiguo art. 224 CC 1889 ha
originado. Pese a ello, el pródigo no es hoy un incapacitado, no cambia por tanto de status y
únicamente son ciertos actos (art. 298 CC) y no todos (art. 288 CC) los que para realizarse
válidamente precisan de la intervención del curador; en ese sentido, no puede decirse, sin
más, que el pródigo no se halle en la plenitud de sus derechos civiles por lo que, según la
doctrina dominante (desde De Castro, Derecho civil, II-1, p. 349), habrá que considerar su
situación caso por caso en función del acto que se trate de realizar (especialmente en
materia de comparecencia en juicio; contra Ossorio Serrano, Prodigalidad, pp. 180-182).
Considerar indiscriminadamente que el pródigo no puede llevar a cabo los actos en cuestión
supondría reputarlo como un auténtico incapacitado.

3. En la esfera familiar los cambios legislativos han producido un vacío legal similar al
señalado en el apartado anterior (cfr. antiguos arts. 224 y 225 CC en sus sucesivas
redacciones anteriores a la reforma de 1983): según el doble principio anterior, el ámbito
personal de las relaciones familiares no quedaba afectado por la declaración de prodigalidad,
mientras que en el patrimonial tenía lugar un reparto de funciones entre el (entonces) tutor
del pródigo y su cónyuge. Aunque cabe mantener el criterio en relación al primer aspecto, la
cuestión es mucho más dudosa en el segundo; así, en cuanto a la administración de los
bienes de los hijos, ningún precepto priva de ella al pródigo y se puede pensar, al menos en
relación a los hijos comunes, que el ejercicio de la curatela por el cónyuge parece suficiente
para evitar los riesgos (Lacruz, Elementos I-22, p. 147, contemplando también la posibilidad
de recurrir al 167) aunque también se puede entender que el supuesto de hecho de la

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prodigalidad es difícilmente compatible con esa función (Ossorio Serrano, Prodigalidad, p.


171). En relación a la gestión de los bienes del matrimonio, el art. 1387 CC, que prevé la
transferencia de la administración y gestión al cónyuge tutor o representante legal, es
difícilmente aplicable al caso del curador del pródigo (lo considera muy discutible Lacruz,
Elementos, I-22, p. 146, y allí más citas) y, por otra parte, el art. 1393.1.º CC, que prevé como
causa de disolución de la sociedad de gananciales la incapacitación de uno de los cónyuges,
tampoco es aplicable a la prodigalidad, que no es técnicamente un caso de incapacitación.
Más fácilmente cabrá acudir al supuesto del art. 1393.2.º CC, que configura como causa de
conclusión de la sociedad de gananciales el venir el otro cónyuge realizando «actos… que
entrañen… daño o peligro para los derechos del otro». Lo defectuoso de la regulación legal y
la propia concepción básica del legislador que ha considerado la prodigalidad como un
instituto autónomo y distinto tanto de la incapacitación como del incumplimiento reiterado y
generalizado de los más elementales deberes de asistencia familiar propician las dificultades
interpretativas. En último caso, y como el art. 298 (como el resto de la normativa de la
prodigalidad) parte de la base de que el pródigo no es un incapaz pero sí un incumplidor
grave y contumaz de aquellos deberes, resulta posible aplicar por analogía los criterios de los
preceptos que tutelan a cónyuge e hijos sujetos a la patria potestad de la mala administración
del otro progenitor o de su incumplimiento (cfr. arts. 67 y 68 en relación con 143.1.º y 1318;
154.1.º en relación con 170 CC y 167 CC; 1388, 1393.1.º in fine y 2.º; 1415 y 1416; y 1438 en
relación con el 1318 CC). Ello lleva a sugerir un entendimiento amplio del art. 298 CC y
considerar que la sentencia podrá referirse directamente a esta esfera patrimonial familiar
adoptando las medidas oportunas. Negar esta vía ocasionaría el circuito inútil de un segundo
litigio sin mayores garantías que el que establece la limitación de capacidad por prodigalidad
(Salvador, Com. Nac. Tecnos, pp. 750-751).

II. Fin de la prodigalidad. La prodigalidad como condición legal del afectado por la
declaración acaba y, por tanto, también concluye la curatela cuando, habiendo cesado las
causas que la motivaron, lo constata así una nueva sentencia judicial. En el esquema legal,
que concibe autónomamente la prodigalidad, su causa es doble: la conducta pródiga y la
puesta en peligro de necesidad de los más próximos familiares del pródigo; por ello debe
cesar la prodigalidad cuando desaparece cualquiera de las causas citadas (vuelta del pródigo
a un comportamiento normal, extinción de la obligación de alimentos, art. 152 CC, —en
especial: muerte del alimentista; Pérez de Vargas, RGLJ 1987, pp. 919-920—, también, en
el caso del cónyuge, por disolución del matrimonio por divorcio y aunque subsista una
obligación alimenticia, pues lo sería a favor del excónyuge) pero sólo cesa efectivamente con
la sentencia (según la doctrina mayoritaria, últimamente y por todos Ossorio Serrano,
Prodigalidad, p. 213).

Pablo Salvador Coderch

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