Nombramiento de Curadores en el Código Civil
Nombramiento de Curadores en el Código Civil
, mayo 2015
Subsección 2.ª
Del nombramiento del curador
Añadido por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Artículo 275.
1.º Quienes hayan sido excluidos por la persona que precise apoyo.
1.º A quien haya sido condenado por cualquier delito que haga suponer
fundadamente que no desempeñará bien la curatela.
2.º A quien tenga conflicto de intereses con la persona que precise apoyo.
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Doctrina-comentario
I. Función y contexto. 1. Viene, ante todo, a concretar lo dispuesto en los arts. 223 y 224, o,
lo que es lo mismo, a especificar el ámbito de poder que los padres conservan respecto a la
configuración patrimonial de la tutela de sus hijos en el nuevo sistema de autoridad. Además,
el art. 275 modaliza o transforma el sentido natural de las obligaciones del tutor enumeradas
en el art. 269, haciendo que, en esta hipótesis, el tutor las asuma no sólo como «gestor» sino
también en su dimensión sustantiva, como queda sintetizado al cambiar el deber de
«procurar (alimentos)» por el de «prestarlos».
2. No es, a lo que entiendo (en contra, Lete, Estudios Serrano, I, pp. 471-482), mera
alternativa al art. 274. Aunque, en la mayoría de los casos, la asignación «frutos por
alimentos» puede suponer, también, una forma de retribución de la función tutelar, dicha
atribución, por sí misma, no excluye que, atendido el montante de los frutos y su total
consunción en función alimenticia, el Juez acabe fijando una remuneración propiamente
dicha al tutor a cargo del capital del pupilo. Más bien parece que el art. 275 supone gradación
respecto de la hipótesis contemplada en el art. 257. En un caso, nos hallamos ante una
atribución testamentaria implícitamente condicionada a la aceptación del cargo, para su
ejercicio a tenor de lo generalmente preceptuado por el art. 269 y 274; en el supuesto del art.
275, cabría pensar en una atribución testamentaria con carga, en el sentido de que (si,
normalmente, tiene por objeto los frutos de los bienes que el causante deja a su hijo) la
apropiación del legado se halla modalizada por la función alimenticia, esto es, «a cambio de
prestarle alimentos».
4. La letra del art. 275 excluye a cualquier otra persona y, por tanto, al Juez; pero, también, al
disponente a título gratuito ex art. 227. Respecto de este último, la exclusión ha de matizarse.
Primero, porque la restricción tiene como principal objetivo negar al Juez la facultad que
antes de la reforma se reconocía expresamente al Consejo de Familia y que, de otro modo,
podía entenderse implícitamente atribuida a éste. En segundo lugar, la prohibición ha de
leerse en el sentido de que el disponente del art. 227, a diferencia de los padres, carece de
todo título para incidir —más allá de los bienes que transmite— en el patrimonio del pupilo y,
desde luego, para atribuir a «su» administrador los frutos a cambio de alimentos. Parece
lógico: ni es tutor —como exige la letra del art. 275— ni le incumben directamente las
obligaciones propias del cargo (art. 269) que la referida asignación de frutos —como he dicho
— sustantiviza (aun cuando el resultado práctico no quede desterrado del sistema: usufructo
temporal y modalizado a favor del «administrador» [retribuido con el eventual exceso de
frutos] y nuda propiedad para el pupilo, beneficiario, además, del modo alimenticio). Nada
excluye, sin embargo, que la asignación de frutos se haga eficazmente por el disponente en
relación a los bienes transmitidos y en favor del que sea nombrado tutor (que seguramente
administrará también aquéllos: chocaría la confianza que la asignación supone con la
exclusión de la administración). Tal previsión genera, como efecto directo, lo que, si no,
resultaría asimismo por vía de interpretación o consecuencia (si los padres del mismo pupilo
hicieron la asignación y ésta se proyecta sobre «todos los bienes» del hijo).
III. Frutos por alimentos. 1. Es, pues, el tutor quien «hace suyos» los frutos de los bienes
del pupilo. En principio, de todos. De los que él mismo administra, a medida que se
producen; y, también, tendrá derecho a percibir los frutos de los bienes que, en su caso,
administre un tercero, cuando le sean entregados (salvo que el disponente expresamente
hubiera excluido esta posibilidad). Es, en definitiva, un verdadero usufructuario del patrimonio
del pupilo. A todos los bienes del tutelado se refiere el art. 274; aun cuando ello suponga
sobredimensionar el poder de los padres, que determinan el adquirente de los frutos no sólo
de los bienes que ellos mismos dejan a sus hijos (incluso respecto de éstos, cabría suscitar
la cuestión de si formalmente la «asignación» no atenta a la intangibilidad de la legítima),
sino también de los que le dejen terceros (ex art. 227), adquiera por cualquier otro título
(donación, herencia) o genere con su propio trabajo o industria. El fundamento de la
posibilidad —hasta en aquello que pudiera contrariar el art. 813.2— habrá que extraerlo de
este art. 275 en relación con el 223 in fine, que autoriza a los padres para establecer
«cualquier disposición sobre los bienes de los hijos» (cfr., sin embargo, este poder con la
clásica posibilidad de sustitución pupilar y ejemplar: arts. 775 y 776, que, siempre,
funcionarán como límite a la autorización general del art. 223).
2. El tutor hace suyos los frutos (por completo y aunque excedan de lo que le correspondería
como retribución), pero con la carga (a cambio, dice el precepto) de prestarle alimentos y no
ya sólo de «procurárselos» como, en cualquier otro caso, viene obligado por el art. 269 (en
expresión inicial y precisa del art. 1262 LEC de 1885: hacen suyos los frutos del caudal, y
contraen la obligación de cubrir todas las necesidades del menor y las atenciones del mismo
caudal). En sí misma esta obligación es independiente de la cuantía de los frutos, e implica
hasta correr el riesgo de que resulte menor el beneficio que la prestación a que se obliga (De
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Castro, ADC 1948, p. 109). No obstante, es obvio que el nivel de prestación vendrá
determinado por los recursos (incluidos dichos frutos) y el nivel de vida del propio tutor que,
en el caso, se ha hecho alimentista, con todas sus consecuencias. En beneficio y garantía
del pupilo, para el caso de que los padres no hubiesen determinado el nivel de prestación,
parece aconsejable que el propio Juez fije la denominada «pensión alimenticia» (Bercovitz,
Com. Nac. Tecnos, p. 596).
3. En el caso de que los frutos percibidos disten sensiblemente de lo que el tutor haya de
invertir en las funciones del art. 269, que asumirá a su costa, y supuesto que el tutor no fuere
el pariente obligado por ley a prestar alimentos al pupilo, no cabe duda de que cobrará
especial significado la posibilidad de excusa del cargo por excesiva gravosidad. Con todo,
antes de llegar a estimar la excusa sólo por esto, el Juez, en beneficio del tutelado, puede
disponer otra cosa (art. 275, in fine) ; puede aceptar la renuncia a los frutos con liberación
correlativa de la obligación de alimentos (Lete, Com. Edersa, IV, p. 407) y mantenerle en el
ejercicio del cargo con las exigencias ordinarias, si bien, seguramente, sin derecho a
retribución, porque, en la hipótesis, el patrimonio del pupilo no lo permite: art. 274.
IV. Los poderes del Juez. Aparte otras actuaciones ya explicitadas en este comentario, la
general de control y, en particular, la de apreciar cuándo pueda considerarse incumplida la
obligación del tutor, el Juez viene autorizado por el inciso final del art. 275 para excluir o
modular la asignación «frutos por alimentos». No le cabe, ciertamente, imponerla, pero sí
anular las disposiciones de los padres, en resolución motivada y en beneficio del pupilo
(también, ex art. 224), con lo que, en su caso, puede volver al art. 274 y, si el patrimonio del
pupilo lo permite, fijar una retribución. La autorización —disponer otra cosa— permite aplicar,
como he dicho, la asignación frutos por alimentos a tutor distinto del designado por los
padres, o ponderar la «retribución implícita» y no obstante ella, si procede, aplicar además el
art. 274, a costa, claro, del capital del pupilo. No es evidente que autorice, por considerar
excesivo el beneficio, a limitar la cuantía de los frutos a percibir, lo que explícitamente
permite el art. 186 en tema de ausencia (mas se trata de auténtica remuneración del
representante-administrador: v. De Castro, ADC 1948, p. 113).
contraria constituiría un beneficio notorio para el tutor, con daño de los intereses del pupilo, lo
cual se opone a los princ1p10s fundamentales de la institución tutelar».
Artículo 276.
La autoridad judicial podrá alterar el orden del apartado anterior, una vez
oída la persona que precise apoyo.
Doctrina-comentario
I. Extinción de la tutela: Consideraciones generales. Conforme a los arts. 215 y 222 CC,
la guarda y protección de la persona y bienes o solamente de los bienes de los menores o
incapacitados se lleva a cabo mediante la institución llamada tutela, cuando los primeros no
se encuentran bajo la patria potestad o estándolo se hallan en situación de desamparo, y
respecto a los segundos cuando tampoco están sujetos a la patria potestad prorrogada o
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II. Examen de las causas de extinción. Las causas de extinción de la tutela exigen un
análisis pormenorizado, por lo que procede efectuar el de las contenidas en el presente
artículo y por su mismo orden:
Primera. Cuando el menor de edad cumple los dieciocho años, a menos que con anterioridad
hubiera sido judicialmente incapacitado. Se trata de una causa de extinción definitiva de la
tutela, que se refiere únicamente al menor de edad; pues, lo mismo que respecto de la patria
potestad, cuando éste alcanza los dieciocho años (v. art. 315 I CC) comienza para él un
nuevo estado civil: el de mayor de edad, a partir del cual la persona adquiere independencia
y plena capacidad de obrar. Pero, a diferencia de la patria potestad, no subsiste un deber de
respeto respecto del tutor (v. art. 155.1.º CC). No obstante, si se diese el supuesto de que el
menor hubiera sido incapacitado antes de alcanzar la mayoría de edad, llegado este
momento subsistiría la tutela, que pasaría de ser una tutela de menor a una tutela de
incapacitado mayor de edad; y esto ocurriría sin solución de continuidad, puesto que, según
el art. 278 CC, «continuará el tutor en el ejercicio de su cargo si el menor sujeto a tutela
hubiese sido incapacitado antes de la mayoría de edad, conforme a lo dispuesto en la
sentencia de incapacitación». Si por el contrario la sentencia de incapacitación había
establecido la curatela como institución de guarda, la tutela quedará extinguida, y la misma
persona que venía siendo tutor desempeñará el cargo de curador, a menos que el Juez
disponga otra cosa (v. art. 292 CC) (Pantaleón, Com. Nac. Tecnos, p. 604). Es decir, se
produciría una especie de tutela prorrogada, a semejanza de la patria potestad prorrogada.
Segunda. Por la adopción del tutelado menor de edad. También esta es una causa en
relación con el menor de edad, como expresamente se indica; pues, aunque nada se dice en
el art. 178 CC, los efectos positivos de la adopción se encuentran determinados en el art. 108
CC, según el cual «la filiación matrimonial y la no matrimonial, así como la adoptiva (hay que
considerar suprimida la palabra «plena») surten los mismos efectos, conforme a las
disposiciones de este Código», y el art. 154 I CC, establece que «los hijos no emancipados
están bajo la potestad del padre y de la madre». Es decir, como no es posible la duplicidad
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tutela y patria potestad, la norma legal prevé la sustitución de la primera por la segunda, de la
que aquélla es meramente subsidiaria. El precepto legal que se comenta parece dar por
supuesto que el adoptante será persona distinta del tutor que desempeña la tutela, quizá en
función de la prohibición que se contiene en el art. 175 III 3 CC para adoptar antes de que
haya sido aprobada definitivamente la cuenta general justificada de la tutela; sin embargo,
cabe preguntarse si la conversión de la tutela en vínculo adopcional no puede ser deseable e
incluso conveniente para el menor, en cuyo caso nos encontraríamos con una laguna en el
procedimiento, puesto que se requiere que haya sido aprobada la cuenta general justificada.
Y si, como es sabido, el Juez debe actuar y aplicar casi todas las normas de la guarda y
protección con base en el principio del beneficio del tutelado, ¿no deberá también cubrir
dicho vacío con arreglo a dicho criterio? En cuyo caso, como indica García Cantero (AC
1985, p. 174), «la solución puede estar en un doble procedimiento paralelo; de una parte, el
tutor anuncia al Juez su propósito de adoptar al tutelado, para lo cual presenta la cuenta
general justificada de su administración, solicitando su aprobación; de otra, se tramita la
adopción ante el mismo Juez, quien simultáneamente aprueba una y otra». No obstante,
aunque la considero razonable, creo que esta solución debe ser matizada en el sentido
siguiente: el tutor deberá exponer su intención de adoptar al tutelado y solicitar del Juez la
suspensión en sus funciones de tutor, nombrándose a tal efecto un defensor judicial, el cual
habrá de representar al tutelado y, por consiguiente, deberá ser oído por el Juez acerca de la
aprobación de la cuenta general de la tutela, además de poder ser oído para la adopción del
tutelado (cfr. arts. 177, 279 y 299 CC).
Según el precepto que se comenta, interpretado a contrario sensu, parece deducirse que la
adopción de los mayores incapacitados no es causa extintiva de la tutela. Lo más seguro es
que el legislador haya pensado que si es difícil la adopción de menores de cierta edad, más
lo será cuando se trate de mayores incapacitados. Pero, la excepcionalidad del supuesto no
exime de cuestionarse la posibilidad de que en este caso se extinga la tutela en favor de la
adopción. Considero que, por razón de analogía, debe atribuirse al adoptante o adoptantes la
patria potestad prorrogada (v. art. 171 CC).
Cuarta. Por la concesión al menor del beneficio de la mayor edad. Se trata de causa en
relación con la menor edad del huérfano de padre y madre, al que se concede el beneficio de
la mayor edad, antes llamado «habilitación de edad». El art. 321 CC, redactado nuevamente
por la L 21/87, establece que «también podrá el Juez, previo informe del Ministerio Fiscal,
conceder el beneficio de la mayor edad al sujeto a tutela mayor de dieciséis años que lo
solicitare». La capacidad del que obtiene el beneficio de la mayor edad es la misma que la
del emancipado, por declaración expresa del art. 323 III CC; es decir, su capacidad es
limitada y necesita de la asistencia de su curador para los concretos actos a que se refiere el
art. 323 I CC (v. art. 292 CC).
Artículo 277.
Doctrina-comentario
I. Otras causas por las que también se extingue la tutela. Este precepto debería haber
sido suprimido, incorporando su contenido al anterior art. 276. Así lo postulaba el grupo
parlamentario de Coalición Democrática en el Congreso, que presentó una enmienda en este
sentido al art. 277 del Proyecto de 1981. Obviamente, si el legislador estimaba, con criterio
exhaustivo, que son seis las causas de extinción de la tutela, no hay razón que justifique que
cuatro de ellas se incluyan en el art. 276 y las dos restantes en el art. 277. Si bien es de
advertir que, como ya se indicó en el comentario al artículo anterior, la enunciación contenida
en los arts. 276 y 277 no es completa.
II. Examen particular de estas causas. También estas causas requieren un comentario por
separado y según el orden del precepto legal que las expresa:
Primera. Cuando habiéndose originado (la tutela) por privación o suspensión de la patria
potestad, el titular de ésta la recupere. Se trata de una causa de extinción de la tutela
respecto de cualquier tutelado. Y hay que ponerla en relación con lo dispuesto en el art. 170 I
CC, en virtud del cual el padre o la madre han podido ser privados (o suspendidos) de su
potestad por sentencia fundada en el incumplimiento de los deberes inherentes a la misma o
dictada en causa criminal o matrimonial, originándose así la tutela; pero, este mismo
precepto, en su pár. II, en beneficio e interés de los hijos, atribuye a los tribunales la facultad
de acordar la recuperación de la patria potestad cuando hubiere cesado la causa que motivó
la pérdida o suspensión. En cuyo caso se produciría la extinción de la tutela, con la
consiguiente rendición de cuentas por parte del tutor. Obsérvese que al exponer el art. 170 I
CC, incluyo la suspensión, a la que no alude expresamente dicho precepto, pues entiendo
que se trata de una simple interrupción temporal del derecho de guarda y custodia, que se
encuentra comprendida en el concepto o idea de privación parcial. Conviene tener en cuenta
que la reconciliación de los padres separados no da lugar por sí misma a la reintegración de
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la patria potestad de la que hubieran sido privados en virtud de sentencia; pues, según el art.
84 II CC, «mediante resolución judicial serán mantenidas o modificadas las medidas
adoptadas en relación a los hijos, cuando exista causa que lo justifique». La razón de esta
norma es lógica, la reconciliación de los cónyuges puede no ser causa bastante para la
recuperación de la patria potestad en el caso de que el peligro para el hijo no haya
desaparecido, p. ej.: si en la causa matrimonial se acreditó el intento de corrupción del hijo.
Por último, señalar que la incidencia de la recuperación de la patria potestad como causa de
extinción de la tutela será, por lo general, escasa; pues, como es sabido, el incumplimiento
de los deberes inherentes a la patria potestad es de apreciación judicial, y los tribunales
manifiestan un criterio bastante restrictivo en cuanto a su apreciación (así lo pone de
manifiesto la STS 19-X-83).
Segunda. Al dictarse la resolución judicial que ponga fin a la incapacitación o que modifique
la sentencia de incapacitación en virtud de la cual se sustituye la tutela por la curatela. Esta
causa se produce en relación con el incapacitado, respecto del cual el tutor tiene la
obligación de promover la adquisición o recuperación de la capacidad y su mejor inserción en
la sociedad (v. art. 269.3.º CC); por lo que de haberse producido la recuperación (haber
sobrevivido nuevas circunstancias), puede instarse judicialmente una nueva declaración que
tenga por objeto dejar sin efecto o modificar el alcance de la incapacitación ya establecida (v.
art. 212 CC). Y esto habrá de hacerse mediante el mismo tipo de procedimiento que se utilizó
para dictar la sentencia que trata de modificarse; porque, como indica Guasp (ADC 1948, p.
472), «el régimen jurídico a que ha de acomodarse el nuevo proceso tiene que seguir en
líneas generales al que dominó en el proceso anterior, pues se trata de una reproducción del
juicio, principio que tiene una gran importancia teórica y práctica a los efectos de resolver los
numerosos e importantes problemas que el segundo proceso puede plantear: p. ej., en
cuanto a competencia del Juez y legitimación de las partes, ámbito objetivo de las nuevas
peticiones, lugar, tiempo y forma de los actos». Corresponde formular la petición, para iniciar
el procedimiento en el que se insta la nueva declaración de extinción o modificación de la
incapacitación, al cónyuge, descendientes, ascendientes y hermanos del incapacitado, a las
personas que ejercieren cargo tutelar, al guardador de hecho y al propio incapacitado (v. art.
213 CC). Si la resolución judicial pone término a la incapacitación, el tutelado recobra la
plena capacidad; pero, si la resolución es simplemente modificativa, y sustituye la tutela por
la curatela, el cargo de curador será desempeñado por el mismo tutor anterior, a no ser que
el Juez disponga otra cosa (v. art. 282 CC).
mayores de catorce años, a los que el Juez, con justa causa, haya dispensado del
impedimento de edad (v. art. 48 II CC); pues, en virtud de lo dispuesto en el art. 316 CC
dichos menores al contraer matrimonio resultan de derecho emancipados, y según el art.
222.1.º CC, interpretado contrario sensu, no estarán sujetos a tutela. Sin embargo, aunque
también lo omita el art. 286 CC, el menor de edad emancipado por matrimonio estará sujeto
a curatela, y d Juez deberá hacer uso de la facultad que le concede el art. 292 CC,
designando al cónyuge para que desempeñe el cargo de curador. La intervención de curador
se limita a los concretos actos a que se refieren los arts. 323 y 324 CC. Finalmente, señalar
que cuando se trate de un menor incapacitado, el matrimonio no producirá la extinción de la
tutela; desde luego, considero que este supuesto es casi una hipótesis, pues parece difícil
que el Juez pueda o, mejor dicho, deba conceder la dispensa de edad, pero si llegará a
producirse la única cuestión que cabe plantear es la de cambio de tutor (v. art. 234.1.º CC), si
el cónyuge fuere mayor de edad.
Artículo 278.
Doctrina-comentario
Y si se examina la norma desde la perspectiva del tutor, tampoco considero dudoso que éste
podrá alegar causa de excusa sobrevenida (v. arts. 251 y 253 CC); pues no es discutible que
una persona que acepta y se posesiona de un cargo previendo una duración determinada
(hasta la mayoría de edad del menor), al saber que es durante toda la vida del tutelado
puede considerar que en razón a su edad, estado de salud, etc. el ejercicio del mismo le
resulta excesivamente gravoso.
Artículo 279.
Doctrina-comentario
a) Cuentas anuales. A tenor de lo dispuesto en el art. 269.4 CC, el tutor está obligado a rendir
cuenta anual de su administración al Juez.
b) Cuentas generales de la gestión de un tutor. A que viene obligado todo aquél que cesa en
el desempeño del cargo antes de terminar la tutela, como sucede en los casos de excusa,
remoción, etc.
c) Cuentas generales de la tutela. Que son las que deben rendirse al extinguirse la tutela por
cualquiera de las causas mencionadas en los arts. 276 y 277 CC, o por aquellas otras que,
aunque no citadas expresamente, también dan lugar a la extinción institucional de la tutela, y
a las que se ha hecho mención en el comentario al art. 277.
El presente art. 279 se refiere a estos dos últimos supuestos, pues exige que la rendición de
cuentas se efectué por el tutor «al cesar en sus funciones»; es decir, el precepto legal
comprende tanto al tutor que cesa durante la tutela como al tutor que cesa al término de la
misma.
II. ¿Quién ha de rendir cuentas? La rendición de cuentas es una obligación de hacer, que
la ley impone al tutor que administra los bienes del menor o incapacitado cuando cesa en el
cargo por cualquier causa, p. ej.: por remoción, aceptación de la excusa, haber alcanzado el
menor la mayoría de edad, etc. La obligación de rendir cuentas generales comprende todo
supuesto de extinción de la tutela, institucional o no; es decir, el presente artículo se refiere
tanto al tutor que cesa en el desempeño del cargo durante la vida de la tutela, como a la
extinción de la tutela como institución de guarda. Como decía García Goyena, «de cualquier
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modo que se acabe la tutela han de darse las cuentas». A ningún tutor se exceptúa de esta
obligación; pues, a diferencia de lo que sucedía con la regulación anterior a la reforma de
1983, hoy no se planea duda alguna respecto del tutor con asignación de «frutos por
alimentos», el cual también viene obligado al cumplimiento de este deber de rendición de
cuentas generales, aunque es obvio que, al hacer suyos los frutos, este tutor no tendrá que
justificar en la cuenta final los frutos percibidos. Esta obligación no tiene carácter
personalísimo, por lo que si el tutor hubiese muerto (o hubiese sido declarado fallecido)
habrá de cumplirse por sus herederos, debiendo tenerse en cuenta por lo que a estos se
refiere las disposiciones contenidas en los arts. 661, 989, 1003 y 1023 CC. Cuando se trate
de tutores solidarios, si cesan todos a la vez deberán rendir cuentas conjuntamente en
cuanto así hubieren obrado o sea necesario para la justificación de la cuenta general; pero la
rendirá cada uno por separado cuando actúo por sí solo. En el caso de que cese uno sólo de
los tutores solidarios, no ofrece ninguna duda que sólo él habrá de rendir cuentas, sin
perjuicio de que a los demás se les pueda pedir una cuenta general provisional si fuere
necesario para el adecuado control.
III. Cuenta general y justificada. Se trata de una cuenta general y justificada, no de una
cuenta general con sus documentos justificativos. Es decir, lo normal será que las cuentas
vayan acompañadas de sus documentos justificativos, de todos los documentos que
justifiquen la data, como p. ej.: recibos, libros de contabilidad, cartas, documentos públicos y
privados, etc., salvo de aquellos pequeños gastos que no es costumbre dar o recoger recibo;
pero, el precepto legal no limita la justificación a la prueba documental, por lo que también
podrá acudirse por el tutor a cualquier otro medio probatorio, como p. ej.: la existencia de los
objetos adquiridos, la prueba testifical, etc. No ofrece duda que si los justificantes hubiesen
sido depositados en la Secretaría del Juzgado, con motivo de la rendición de las cuentas
anuales o por informe de la administración hecho a requerimiento del MF (v. arts. 232 y 269.4
CC), no será necesario presentarlos nuevamente, ni solicitar su devolución, sino que bastará
con la remisión a los archivos correspondientes. Y, como decía la doctrina respecto de la
normativa derogada, sin que de esta obligación se excluyan los casos en que el tutor hubiere
obrado con autorización (hoy judicial), pues una cosa es la autorización y otra la ejecución de
la misma en lo que al particular de cuentas se refiere; la autorización no es un aval de la
correcta actuación del tutor, sino un simple permiso para actuar en un campo concreto, en el
que de otro modo no podría hacerlo.
IV. Término o plazo para la rendición de cuentas. El término o plazo para rendir la cuenta
general es el de tres meses, a contar desde el instante en que la tutela se extingue o el tutor
cesa en sus funciones, según se trate de extinción de la tutela institucional o de cambio de
tutor por cese del anterior. De acuerdo con el art. 5 CC, el plazo deberá computarse de fecha
a fecha, y si en el mes del vencimiento no hubiere día equivalente al inicial del cómputo se
entenderá que el plazo expira el último día del mes, no excluyéndose del cómputo los días
inhábiles; ahora bien, si se considera que se trata de un término procesal, según el art. 305 II
LEC, si el plazo concluyese en domingo u otro día inhábil, se entenderá prorrogado al
siguiente día hábil. Este plazo es prorrogable por la autoridad judicial, por el tiempo que la
misma considere oportuno como necesario, siempre que concurriere justa causa. La
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apreciación de ésta es cuestión que se encomienda al prudente arbitrio del Juez, el cual
deberá tomar en consideración la importancia y condiciones del caudal administrado, así
como las circunstancias personales del tutor o, en su caso, de sus herederos, p. ej.: si se
encuentra enfermo, debe realizar un largo viaje que no admite demora, etc. Por supuesto, la
prórroga habrá de solicitarse antes de que expire el término inicial. En mi opinión, la prórroga,
caso de concederse no se encuentra sujeta a término alguno, sino que el Juez podrá
concederla por el tiempo que fuere necesario; y, por esta misma razón, considero que no
cabe segunda prórroga.
V. Acción para exigir la rendición de cuentas. Conviene señalar, con carácter previo, que
la cuenta general o final de la tutela debe rendirse ante la autoridad judicial, que es quien
debe aprobarla, pero el Juez no puede exigir la rendición de la cuenta al obligado a realizarla.
Como dice Pantaleón (Com. Nac. Tecnos, p. 636), entenderlo de otro modo haría absurdo e
incomprensible el pár. II del precepto que se comenta; es decir, la pretensión de rendición de
la cuenta general tiene un carácter jurídico privado. Una vez hecha esta advertencia, hay que
decir que la legitimación activa para el ejercicio de la acción de rendición de cuentas
corresponde: al tutelado que haya alcanzado la mayoría de edad, hubiese sido emancipado o
recuperado la capacidad, sus herederos, los padres que ejerzan la patria potestad, y, en su
caso, el defensor judicial o el nuevo tutor. Y el tutor saliente y sus herederos serán
responsables de los daños y perjuicios que, por no haberse rendido en tiempo oportuno las
cuentas, pudieran haberse irrogado a la persona que hubiere estado sometida a tutela o a
sus causahabientes. Finalmente, procede traer a colación la STS 28-X-1904, en la que se
declara que no debe confundirse la obligación en que están los tutores de rendir las cuentas
generales con el derecho que el incapacitado, cuando desaparece la incapacidad, o el menor
que llega a la mayor de edad, tienen de exigir del tutor, por acción distinta, reparación de
toda clase de perjuicios que hayan podido irrogárseles por la gestión tutelar, bien por
defraudaciones, bien por malversaciones de los mismos, por retraso en la entrega de los
bienes o por cualquier otra causa análoga. El plazo de prescripción de esta acción de
rendición de cuentas generales se fija en cinco años, que se computa a partir del vencimiento
del establecido para la rendición de cuentas ante la autoridad judicial: tres meses o, en su
caso, el de la prórroga que se hubiere concedido.
Artículo 280.
Doctrina-comentario
I. Idea general. Este precepto viene a corroborar lo expuesto en el art. 279, en el sentido de
que el deber de rendir la cuenta general no es personalísimo, y que dicha obligación se
refiere a cualquier supuesto de extinción de la tutela, tanto al que supone extinción
institucional, como al que implica cese de un tutor y cambio por otro o por distinta institución
de guarda; pues, según el presente artículo, el Juez, antes de resolver sobre la aprobación
de las cuentas generales, tiene que inexcusablemente oír a la persona que hubiera estado
sometida a tutela o a sus herederos (caso de extinción institucional de la tutela) o al nuevo
tutor (curador o defensor judicial) y a la persona que hubiera estado sometida a tutela (caso
de cese de tutor y cambio por otro o por distinta institución de guarda).
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II. Procedimiento de aprobación de la cuenta general de la tutela. El art. 279 ordena que
el obligado a la rendición de la cuenta general de la tutela la presente a la autoridad judicial
dentro del plazo de tres meses o, en su caso, del de la prórroga, y el artículo que es objeto
del presente comentario se limita a decir que «antes de resolver sobre la aprobación de las
cuentas, el Juez oirá…» a determinadas personas; pero, en ninguno de los dos artículos se
alude al procedimiento.
En primer lugar hay que decir que la autoridad judicial ante la que debe rendirse la cuenta
general es el mismo Juez que ha ejercido el control de la tutela: el del domicilio del menor o
incapacitado. Y, en segundo término, que se inicia un procedimiento que habrá de tramitarse
por las disposiciones sobre jurisdicción voluntaria (v. disp. ad. L 11/83, y arts. 1811 y ss.
LEC).
Pero, obsérvese que el art. 280 omite algunas personas; concretamente no alude a los
padres naturales o adoptivos, ni a las personas designadas por los padres para integrar los
órganos de fiscalización, así como tampoco se refiere al MF. Considero, sin ninguna duda,
que en el caso de adopción del tutelado, así como en el de recuperar la patria potestad los
padres naturales, deberá oírse a los padres en el procedimiento de rendición de cuentas;
excepto en el supuesto de que el adoptante fuera el propio tutor, pues en este caso previa o
simultáneamente a la adopción deberá haberse aprobado la cuenta general de la tutela
presentada por el tutor que ahora es padre adoptivo. Por lo que se refiere a los padres que, a
tenor de lo dispuesto en el art. 223 CC, hubiesen establecido órganos de fiscalización de la
tutela, y designado las personas que hayan de integrarlos, estimo que tampoco ofrece duda
que la autoridad judicial deberá oír a dichas personas antes de proceder a la aprobación de
las cuentas de la tutela. En cambio, en cuanto al MF mi opinión es negativa si se trata de
extinción de la tutela institucional. Entiendo que es perfectamente lógico que se haya
prescindido del MF en este caso, pues basta fijarse en el dato de que el menor ha alcanzado
la mayoría de edad, o el incapacitado recuperado su capacidad y, por lo tanto, tanto uno
como otro se encuentran en condiciones de poder decidir sobre los propios intereses. Y, en el
supuesto de nuevo tutor (cambio de tutor), antes de la L 21/87, opinaba que tampoco era
necesario oír al MF, pues entendía que nadie mejor que el nuevo tutor, que sí es citado, para
procurar y demandar una correcta rendición de cuentas por parte del tutor saliente (v. Lete,
Com. Edersa, IV, p. 417); sin embargo, después de que la L 21/87 ha modificado el art. 232
CC, es necesario hacer alguna matización, pues el pár. I de este precepto ahora dice lo
siguiente: «la tutela se ejercitará bajo la vigilancia del Ministerio Fiscal, que actuará de oficio
o a instancia de cualquier interesado». Pues bien, respecto de la tutela que se extingue
institucionalmente, no creo que se pueda alegar este precepto en pro de que se haya de oír
al MF, basta fijarse en el dato de que el nuevo art. 232 CC (en su nueva redacción) dice que
«la tutela se ejercitará bajo la vigilancia del Ministerio Fiscal…», y con ello se pone
claramente de manifiesto que la actuación del MF es de control y vigilancia en tanto existe la
tutela, pero no cuando esta ha terminado. En cambio, el MF sí puede intervenir y ser oído,
bien porque el Juez lo cite motu proprio o bien porque él mismo lo solicite actuando de oficio,
en el caso de que la extinción de la tutela no sea institucional; es decir, la tutela continúa y no
hay más que un cambio de tutor, supuesto en el que sí cabe hablar de ejercicio de la tutela y
desarrollo de la función de vigilancia.
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Por último, conviene advertir que los herederos para ser oídos deberán acreditar su
condición de tales.
Artículo 281.
Doctrina-comentario
I. Justificación de la norma. La regla que contiene este precepto es casi igual que la del
derogado art. 284 CC, y era corriente que la doctrina la criticase, argumentando que los
gastos correspondientes a la formación y presentación de las cuentas gravitasen sobre el
tutor, puesto que sirven para justificar su gestión; e incluso se defendió la tesis de que
cuando la tutela es retribuida los gastos de rendición de cuentas deberían pesar sobre el
tutor. Sobre este punto, procede traer a colación las palabras de Pantaleón (Com. Nac.
Tecnos, p. 656): «Me parece claro que el hecho de que en nuestro ordenamiento el cargo de
tutor sea por principio retribuido (v. art. 274 CC) no puede servir en modo alguno de crítica a
lo dispuesto en el precepto que comentamos. Y que no hay razón para sostener que sólo
será aplicable en toda la extensión que su claro tenor literal exige cuando, por no permitirlo el
patrimonio del sometido a tutela, tal retribución no exista o sea ínfima. Porque, por un lado,
creo evidente que la rendición de cuentas —y, en lo que ahora importa, la rendición de la
cuenta general— es en interés del que estuvo sometido a tutela. Es a él, a su nuevo
representante legal o a sus herederos, a quienes hace falta un conocimiento detallado de la
gestión tutelar, presupuesto indispensable de sus eventuales acciones de responsabilidad
contra el tutor saliente. Es a ellos a quienes la ley concede la acción para exigir la rendición
de la cuenta final, acción cuyo plazo de prescripción pueden dejar transcurrir. Y, sobre todo,
porque lo que el art. 274 concede al tutor es una verdadera remuneración o pago por sus
servicios de administración y/o guarda; no una indemnización por los gastos, molestias y
perjuicios que la gestión tutelar pueda traer consigo».
II. Gastos necesarios. Según este precepto, serán de cargo del que estuvo sometido a la
tutela los «gastos necesarios» de la rendición de cuentas; lo que obliga a intentar determinar
cuáles son estos «gastos necesarios». Además, si los gastos no tuvieren el carácter de
necesarios, la autoridad judicial vendrá obligada a declararlo en el auto que dicte aprobando
o denegando la aprobación de las cuentas.
Antes se ha dicho que en toda rendición de cuentas se pueden distinguir distintas fases, y
que la primera es la de elaboración o formación de las cuentas. No ofrece duda que los
gastos que por este motivo se ocasionen habrán de ser imputables al tutelado, salvo que no
hubiesen sido precisos si el tutor hubiere obrado con la debida diligencia, la que le exige el
art. 270 CC: ejercer la administración con la diligencia de un buen padre de familia, pues en
defecto de la misma es obvio que deberá él correr con los mismos, p. ej.: por su descuidado
proceder extravía ciertos justificantes o las copias de las escrituras públicas, etc., siendo
necesario efectuar gastos para obtener duplicados, levantar actas notariales, o segundas
copias de las escrituras.
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También serán a cargo del que estuvo sometido a tutela los gastos del expediente de
jurisdicción voluntaria al que pone término un auto por el que se aprueban las cuentas de la
tutela. En cambio, deberá soportarlos el tutor si el expediente finaliza con la denegación de la
aprobación de la cuenta general por estimarse que en las mismas existen defectos o
irregularidades de importancia. En el caso de que el procedimiento de jurisdicción voluntaria
se convierta en contencioso habrá que estar a las normas procesales sobre condena en
costas, y que por obra de la L 6-VIII-84 siguen el principio del vencimiento. Pero, como
advierte Pantaleón (Com. Nac. Tecnos, p. 657), debe sostenerse que, si la sentencia que
pone fin al proceso estima plenamente correcta la cuenta rendida por el tutor en plazo, todas
las costas serán de cargo del que estuvo sujeto a tutela, incluso en el (muy improbable)
supuesto de que se las hubiese impuesto al tutor de la sentencia anterior revocada. No creo
que quepa hablar de sentencia casada, como lo hace este autor; pues contra la decisión de
la Audiencia, estimando o desestimando la apelación del auto dictado por el Juez de Primera
Instancia, no cabe recurso de casación.
En el caso de que los gastos fueren debidos a informes técnicos (p. ej.: informes contables),
bien aportados voluntariamente o a requerimiento de la autoridad judicial que entiende del
expediente de jurisdicción voluntaria, habrá que determinar si los mismos venían exigidos por
la compleja administración del patrimonio del pupilo, o, por el contrario, se han hecho
necesarios por la negligente administración del tutor. En este segundo supuesto, tampoco
ofrece la menor duda de que dichos gastos deberán correr a cargo del tutor, y la autoridad
judicial así tendrá que ponerlo de relieve en el auto que dicte, sea éste de aprobación o de
denegación de la cuenta general de la tutela.
III. ¿El tutor saliente debe anticipar los gastos necesarios? La obligación que tiene el
tutor cesado de entregar el patrimonio al que estuvo sujeto a tutela (o a sus herederos, al
nuevo tutor o al defensor judicial) no está explícita en el articulado del CC dedicado a la
tutela, sólo de modo indirecto se alude a ella en el art. 283. Sin embargo, es indudable que
en el momento en que se produce el hecho que da lugar al cese del tutor, éste o sus
herederos deben proceder sin demora a la devolución del patrimonio; pues, a partir de ese
momento el tutor saliente carece de título que lo legitime para continuar detentando los
bienes del tutelado o del que estuvo sujeto a tutela. Por ello, aparte de las acciones reales,
como advierte García Cantero (Causas, II, p. 228), se podría ejercitar contra el antiguo
tutor el desahucio por precario (p. ej.: para obtener el desalojo de la vivienda propiedad del
sujeto a tutela en la que se instaló el tutor para cuidar de los menores huérfanos). Y tampoco
creo que sea dudoso que la devolución del patrimonio puede solicitarse por las personas
legitimadas sin tener que esperar a la rendición de las cuentas. A la vista de estas
consideraciones, y sin perjuicio de volver sobre esta cuestión a propósito del comentario del
art. 283 CC, estimo que lo normal sería que antes de rendir cuentas generales y con
independencia de las mismas el tutor haya hecho entrega del patrimonio de su ex-pupilo, a
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no ser que por otro título pudiera continuar administrándolo. Pues bien, si esto ocurre, es
indudable que el tutor que cesa viene obligado a adelantar las cantidades que fueren
necesarias para atender a los gastos de la rendición de cuentas; e igualmente deberá
anticiparlos en el caso de que no haya devuelto todavía el patrimonio, salvo que por otro
título continúe administrándolos. Por consiguiente, el tutor saliente, si no ha entregado el
patrimonio, únicamente podrá atender a los gastos de rendición de cuentas con cargo al
mismo con consentimiento expreso del que estuvo sujeto a tutela, de sus herederos, del
nuevo tutor o del defensor judicial; y si lo hubiere entregado, podrá solicitar de estas
personas el anticipo o reintegro de dichos gastos. Ahora bien, ¿puede el nuevo tutor, el
defensor judicial o el menor emancipado autorizar por sí mismos el anticipo o reintegro de
estos gastos, o necesitarán autorización judicial para hacerlo? Estimo que la respuesta debe
ser favorable, pues no creo que quepa comprenderlos dentro de los actos que requieren
autorización judicial (v. arts. 271 y 272 CC). En cambio, no creo que sea posible que la
autoridad judicial ordene el anticipo o reintegro en ausencia o contra el consentimiento de las
personas antes indicadas.
Ahora bien, no parece que esta cuestión revista excesiva importancia; pues, lógicamente, en
la mayoría de los casos los gastos necesarios para la rendición final de cuentas serán
insignificantes, recuérdese que el tutor ha debido rendir cuentas anualmente (cfr. art. 269.4.º
CC), además de haber informado del estado de la administración del patrimonio cuantas
veces hubiese sido requerido a tal efecto por el MF (v. art. 232 CC) y por el Juez (v. art. 233
CC); por otra parte, pensando tanto en este como en otros supuestos en que el tutor hubiere
tenido que hacer anticipos de dinero, los arts. 282 y 283 CC establecen expresamente que el
saldo de la cuenta general pueda devengar intereses a favor del tutor.
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