Comentario sobre la Curatela en el Código Civil
Comentario sobre la Curatela en el Código Civil
, mayo 2015
CAPÍTULO IV
De la curatela
Añadido por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio
Sección 1.ª
Disposiciones generales
Artículo 268.
Doctrina-comentario
I. Función y ámbito. 1. El precepto tiene por cometido, esto parece claro, enumerar las
bases de la relación cuasi-familiar en que la de tutela consiste. En este sentido, diseña una
institución tutelar que, abandonado —como para otras esferas familiares— el esquema
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2. La norma no acaba de concretar, salvo el último inciso, a qué pupilos (menores y/o
incapacitados) se imponen los deberes, ni deja entender llanamente el tutor (de la personas
y/o de los bienes) al que hayan de obedecer y respetar.
II. Deberes del pupilo: duración, beneficiario y obligado. 1. El art. 268 I traslada a la
tutela, en orden inverso y descuidando matices, los mismos deberes que el art. 155.1.º
impone a los hijos en relación a sus padres. Es obvio que el deber de obediencia, como allí,
sólo tiene sentido y se exige «mientras permanezcan bajo su potestad», en tanto dura la
relación de dependencia. No lo es tanto, aunque ésta sea la lectura correcta habida cuenta
de que se ha preterido la expresión «siempre», que el deber de respeto caduque también al
extinguirse la relación de tutela (Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 319). La perpetuación
de este deber de respeto, que en modo alguno veja o crea dependencia al ex-pupilo, exigiría
identificar como causa la precedente relación cuasi-familiar de la que aquél sería secuela.
Pero es sabido que, a juzgar por la sanción que dicho deber permanente encuentra en sede
de filiación (desaparecida la falta específica del art. 583.4 y 5 CP salvo que se reconduzca a
la genérica «injuria liviana» del nuevo art. 586.1, la sanción es puramente civil: causa de
desheredación: art. 853.2; negación de alimentos a descendientes: art. 152.4), el deber de
respeto es sólo condición del mantenimiento de expectativas sucesorias. Aún así, debería
conservarse tras la extinción de la tutela, pues no faltan supuestos de tutela a cargo de
ascendientes (abuelos) que, por razón de filiación, no tienen garantizado dicho respeto y, por
lo tanto, menos justificado el recurso a aquella sanción (ciertamente, esta misma posibilidad
explica en algunos supuestos la idea de que el art. 268 I «no impide que puedan continuar»
tales deberes: Lete, Com. Edersa, IV, p. 370).
2. Beneficiario o sujeto pasivo de tales derechos no tiene por qué serlo únicamente el tutor
de la persona (Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, p. 500; contra, Lete, Com. Edersa, IV, p.
370); si no el de obediencia, stricto sensu, el deber de respeto, al menos, alcanza también,
caso de haberlo, al tutor de los bienes. Por lo pronto, el tenor literal del art. 268 I, al no
distinguir, no lo excluye; y, además, no parece que el respeto sea correlato estricto de la
acción educativa sino, más bien, componente natural de toda relación continuada en la que a
uno de los sujetos (aquí, el tutor de los bienes) le compete la dirección (responsable, pero)
autorizada.
III. Consistencia de los deberes. 1. No es fácil definir la esencia o contenido del deber de
respeto. Suele identificarse como standard o canon jurídico configurado, en general, a partir
de los usos sociales o comunes en este tipo de relación cuasi-familiar y concretado, en
alguna medida, por las circunstancias del caso y el actuar precedente del destinatario.
Seguramente, es preferible quedarse con el negativo y considerar que contraría el deber
cualquier acto o conducta del pupilo que repercuta, por injustificada (no lo es el recurso al MF
o al Juez), en la estima que merece el tutor (Castán Vázquez, Com. Edersa, 11-2, pp. 136-
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IV. Auxilio de la autoridad. La posibilidad de recabar esta ayuda viene reconocida a los
tutores (plural que se reitera en el inciso siguiente y que contrasta con el singular del pár. I),
por lo que la letra no excluye que también el tutor de los bienes pueda, si le fuera preciso «en
el ejercicio de su cargo», recabar el auxilio de la autoridad. Si se conviniera en leer el inciso
como simple autorización del recurso al Juez, en lo que excediera de superfluo, la nueva
disposición estaría especificando la vertiente no vigilante de la «salvaguarda» del art. 216.
Claro que no es ésta la única autoridad de la que podrá recabarse auxilio, sino que cabe
también el recurso —tal sería la significación que añade el inciso— a la autoridad
gubernativa que, lógicamente, debe prestar la colaboración requerida para la efectividad de
las atribuciones del tutor. El caso límite puede suscitarse en los supuestos de aparente/real
desamparo que dan lugar a tutela automática (art. 172.1) y al consiguiente conflicto de
facultades de guarda entre el tutor ordinario y la entidad pública: los agentes de la autoridad,
si fueran requeridos para ello y supuesta su falta de competencia para dirimir el conflicto,
habrán de prestar el auxilio al tutor judicialmente nombrado, y la entidad pública
contendiente, en su caso, promover la suspensión/remoción de éste (arts. 247-250).
contraríe la salud, la dignidad o la moralidad del «corregido» (cfr. Gómez Laplaza, Com. Nac.
Tecnos, p. 503; Bercovitz, Com. Fam. Tecnos, II, p. 1057).
3. No estará de más destacar que, tras la reforma de 1983, la facultad de corrección, aparte
resultar suavizada en cuanto pueda distar del «castigo», se atribuye autónoma y
directamente al tutor, siendo así que en el sistema derogado, la facultad de imponer castigos
que se reconocía a los padres, en caso de tutela, estaba mediatizada por la autorización del
Consejo de familia (Lete, Com. Edersa, IV, p. 371). Potestad autónoma pero conforme al
sistema, por lo que garantizar la instrumentalidad y la no extralimitación corresponde al MF
(art. 232) y, en todo caso, al propio Juez (Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 319).
5. Queda, obviamente para los casos más graves, la reacción penal y no debe olvidarse que
la reforma del CP por LO 3/89, «respondiendo a la deficiente protección de los miembros
físicamente más débiles del grupo familiar frente a conductas sistemáticamente agresivas de
otros miembros del mismo», tipifica como delito los malos tratos ejercidos sobre menores o
incapaces, a pesar de no integrar individualmente considerados más que una sucesión de
faltas, si se producen de modo habitual (E. de M.) En efecto, el art. 425 CP, en el capítulo de
las lesiones, establece que será castigado con la pena de arresto mayor, en lo que aquí
importa, «el que habitualmente, y con cualquier fin, ejerza violencia física sobre… pupilo,
menor o incapaz, sometido a su tutela». Por contra, en el terreno de las faltas, el art. 582
cualifica la de malos tratos cuando los ofendidos fuesen «los hijos menores», y, no
procediendo la analogía, a los tutores —injustificadamente— les será de aplicación el tipo
básico (salvo que se reconduzca, como infracción del deber de observar razón y moderación
en la corrección, al art. 584.2 y 3 del propio CP).
Artículo 269.
Sólo en los casos excepcionales en los que resulte imprescindible por las
circunstancias de la persona con discapacidad, la autoridad judicial
determinará en resolución motivada los actos concretos en los que el
curador habrá de asumir la representación de la persona con
discapacidad.
Los actos en los que el curador deba prestar el apoyo deberán fijarse de
manera precisa, indicando, en su caso, cuáles son aquellos donde debe
ejercer la representación. El curador actuará bajo los criterios fijados en el
artículo 249.
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Doctrina-comentario
2. Los deberes que aquí se abordan, excepción hecha de la rendición anual de cuentas, son,
por otra parte, los correspondientes a la vertiente personal del ejercicio de la tutela,
remitiendo al art. 270 la faceta estrictamente patrimonial. Lo cual, por cierto, no autoriza a
limitar el mandato, caso de diversificación, al tutor de la persona. Sin la colaboración del tutor
de los bienes, no alcanzaría a cubrir más que el deber de informar sobre la situación
(personal) del pupilo. De ahí que, refiriéndose al tutor sin otras especificaciones, obligue al
que, en su caso, lo sea sólo de los bienes a poner a disposición del de la persona los
recursos precisos para el atendimiento de dichas necesidades. Por falta de acuerdo entre
ellos —así como en caso de incumplimiento por el tutor único—, el juez dictará las medidas
cautelares convenientes para subvenir a las necesidades actuales y proveer a las futuras
(arg. ex arts. 148 III y 158.1.º CC).
3. Desde la óptica del beneficiario, como regla, se atiende tanto a la tutela del menor como a
la del incapacitado, aunque el núm. 3.º singulariza para ésta la obligación de promover la
adquisición o recuperación de la capacidad. Todo lo demás es común, incluso la tarea
pedagógica, pues no cabe duda de que la mejor inserción en la sociedad del incapacitado
pasa por procurarle la formación integral que su personalidad soporte y requiera. Y, a la
inversa, la educación/formación del menor siempre tendrá por norte su mejor integración
social.
2. Más aún: supuesto, de un lado, que el deber genérico no se agota ni con aquellas
obligaciones típicas ni con la adición de este deber específico, y, de otro, la no traslación del
deber de convivencia (cfr. art. 154.1.º) en consideración a que tal vez el beneficio del tutelado
no lo exija, el deber genérico de vela (aparte dar sentido a la determinación del domicilio
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legal: art. 64.3 LEC) representa el engarce oportuno para los supuestos en que el juez
(atendiendo las determinaciones, en su caso, de los padres) considere beneficioso que el
tutor tenga en su compañía al pupilo (Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 507-508).
2. Excluidos los gastos generados por la educación y formación integral del pupilo
(desglosados, como en sede de patria potestad, de la alimentación: art. 269.2.º), en lo demás
los «alimentos» de este núm. 1.º incluyen cuantos aspectos enumera el art. 142: todo lo
necesario para el sustento, habitación, vestido y asistencia facultativa. Han de tener cabida,
por tanto, los gastos originados por cualquier tratamiento —no cubierto por la red pública—
que, aun no siendo precisamente médico, esté indicado para facilitar la mejor integración
social del pupilo.
3. El nivel de prestación dependerá, naturalmente, sobre todo de cuál sea la fuente con cargo
a la que se obtengan los alimentos. Si del patrimonio del pupilo o del tutor (hipótesis de frutos
por alimentos), serán determinantes las disposiciones paternas o las del Juez, modificando,
completando o sustituyendo las previsiones de aquéllos (la letra del art. 227 no autoriza al
disponente a título gratuito especificaciones de esta índole; puede, eso sí, condicionar la
disposición, en cuyo caso, el juez habrá de decidir lo mejor para el pupilo); si se obtienen a
costa del pariente que proceda (aun cuando sea el propio tutor), habrá de estarse a las
exigencias del instituto, incluida la posición social de la familia (cfr. art. 142 CC, y Delgado,
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Com. Fam. Tecnos, II, p. 1028); si, en fin, ha de recurrirse a la asistencia pública el nivel
vendrá, normalmente, condicionado por las disposiciones de general aplicación.
IV. Educación, formación integral e inserción social. 1. Las tres tareas no pueden ser sino
complementarias y referibles tanto al pupilo menor como al incapacitado, pese a que
respecto de éste el art. 269.3.º prime la adquisición o recuperación de la capacidad,
condición de su autonomía personal y social. Para promover la inserción social plena del
ahora incapacitado la vía más segura consiste en que el tutor le eduque y le procure la
formación integral que, en concreto —como para el menor—, aconseje su personalidad. Así
pues, ceñimos el comentario a lo directamente preceptuado en relación al menor.
2. En este punto el art. 269 se limita a transcribir el mismo deber que el Código (154.1.º)
impone a los padres y la Constitución (art. 27.3) les garantiza como derecho. Idéntico ha de
ser, consiguientemente, lo que los beneficiarios, hijos o pupilos, puedan esperar o exigir en
este ámbito (para esto, sirve la remisión al comentario del art. 154; cfr. Bercovitz, Com.
Fam. Tecnos, II, pp. 1052-1054). Difiere, en cambio, la situación de los obligados. De un lado,
el tutor viene obligado a desempeñar la función educadora y formativa, pero no
necesariamente a su costa (sería el momento de reiterar cuanto hemos dicho en sede de
alimentos): de otro, su derecho deber se halla mediatizado (además, como el de los
ejercientes de patria potestad, de por la personalidad, beneficio e intervención del sometido),
desde el punto de vista de la filosofía y orientación general, por las disposiciones expresas y
hasta por las convicciones o creencias de los padres y, en el plano del ejercicio, por la
supervisión (excepcionalmente, autorización: art. 271-1.º) de la autoridad judicial (Gómez
Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 514-518).
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que, variadas las circunstancias, contemplan los arts. 212 y 213; si la promoviera el MF o el
propio incapacitado, no debe obstaculizarla (cfr. Ortells, La Ley 1986, pp. 1049-1063).
2. La expresión utilizada abarca tanto el aspecto personal del pupilo como el de gestión de
sus bienes. Caso de haber sido nombrado un tutor sólo de los bienes, cada cual asumirá la
obligación correspondiente a su ámbito específico. Así, al tutor de la persona compete
informar sobre las orientaciones y progresos en la educación del pupilo, sobre, en su caso, la
evolución y el estado de la enfermedad o deficiencia, sobre la conveniencia de iniciar o
proseguir un internado y, en general, sobre las actuaciones más trascendentes emprendidas
o aconsejadas en este ámbito; al de los bienes (si lo hubiere, si no, cumulativamente a
aquél), poner al ministerio fiscal y al juez al corriente del estado del patrimonio y de la
administración de los bienes del pupilo, además de la rendición de cuentas propiamente
dicha (Gómez-Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 520-521); aspecto, éste de la cuenta anual,
cuyo comentario, por razones de coherencia (que el legislador no apreció), remitimos al del
art. 270.
4. Evidentemente, con apoyo en esta obligación y en las previsiones de los arts. 232 y 233, el
ministerio fiscal y el juez, destinatarios de la información y titulares del poder de vigilancia y
control, tanto pueden exigir que se complemente la aportada como contrastarla con la
audiencia del propio menor o incapacitado, si tuviere suficiente juicio (arg. ex art. 280).
Artículo 270.
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2. En cierto modo, complementa también lo estatuido en el art. 267, toda vez que la
administración es asimismo actuación sustitutoria, aunque no necesariamente y siempre
representativa. Consiguientemente, las premisas de aquél pueden ser útiles en la concreción
de algunos contenidos de éste. Así, aunque en el art. 270 no se exprese la salvedad, el tutor
no administra/sustituye en aquellos casos o bienes respecto de los que el pupilo pueda
actuar por sí mismo (no necesariamente por sí solo), porque a ello le autoriza la Ley o la
sentencia de incapacitación.
II. Tutor (único o de los bienes) que administra. 1. El giro, no del todo preciso, con que se
inicia el precepto y según quedó expresado al momento de su gestación parlamentaria,
significa, ante todo, que, siendo varios los tutores, quienes tengan confiada la guarda y
protección «solamente de la persona» —según la dicción del art. 215 y la hipótesis del
236.1.º— no intervendrán en la administración, porque, en ese caso, será administrador legal
el tutor de los bienes, quien actuará con independencia en este ámbito. Y preceptúa,
asimismo, que, fuera de esa hipótesis, la administración es función ineludible y típica de todo
tutor.
bienes recibidos a título gratuito y el disponente hubiere hecho uso de la facultad que
contempla el art. 227, singularmente, de la de nombrar administrador (el cual, por cierto, a
falta de previsiones concretas o en lo que éstas no cubran, quedará sometido, en beneficio
del menor, a las reglas dictadas para la administración por el tutor, sin que, por esto, haya
que considerarle «tutor de los bienes»). Si sólo previno reglas particulares de administración
(v. gr., exención de autorización para enajenar o gravar), esta función corresponde al tutor (al
amparo de, o) con sujeción a dichas particularidades, salvo que (no siendo, aquélla,
disposición condicionada de forma expresa y tajante) el juez, en resolución motivada y en
beneficio del pupilo, (imponga o) autorice otra cosa.
2. Algo semejante pueden haber hecho los padres en testamento o documento público
notarial, con apoyo en el art. 223 (cfr. Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 534-535);
más, en este caso, no les cabe aligerar de garantías (sí, acentuarlas) determinados bienes
del pupilo, otorgando al «administrador» facultades superiores a las que corresponden al
tutor (en su caso, de los bienes) que podían haber nombrado.
3. Otro supuesto de exclusión de la administración del tutor, que tampoco resulta del art. 270,
sino del 221.2.º, es el que incidentalmente perfile cada concreto conflicto de intereses con el
pupilo. Se tratará, normalmente, de actos concretos respecto de bienes del tutelado en los
que le representará y amparará el defensor judicial nombrado al efecto (art. 299).
4. Por último, la administración del tutor ha de excluirse —pues, como la sustitución, en que
la representación consiste, carece de razón de ser— respecto de aquellos bienes o actos de
gestión patrimonial que la ley o la sentencia de incapacitación permita al pupilo realizar por sí
mismo. En este marco, ha de analizarse —aunque, inexplicablemente, el Código no la reitere
—, en la tutela por minoría de edad, la facultad del mayor de 16 años de administrar los
bienes obtenidos con su trabajo o industria. Procede, desde luego, la aplicación analógica de
la autorización reconocida por el art. 164.3 al mismo menor en potestad (así, Gómez
Laplaza, Comen. Nac. Tecnos, p. 535; y Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 321, si, con
apoyo en el art. 233 y en beneficio del tutelado, el juez lo establece; exigencias éstas que
aproximan el trámite en exceso a la concesión del beneficio de la mayor edad del art. 321). El
pupilo mayor de 16 años realizará por sí sólo los actos de administración ordinaria sobre
dichos bienes y para los que excedan de ella precisará consentimiento del tutor, más la
autorización judicial en los supuestos previstos en los arts. 271 y 272. Si la tutela es de
incapacitados, obviamente, el ámbito de actuación propia del pupilo, tanto en materia de
trabajo como de administración de sus resultas, ha de pasar por (en su caso, modificación
de) la sentencia de incapacitación (arg. ex. art. 267).
5. Es, en fin, cuando menos dudoso que deban incluirse en la administración, propiamente
dicha, del tutor aquellos bienes y valores mobiliarios que se hallen depositados en un
establecimiento ad hoc, justamente, por haber considerado el juez que no debía quedar en
poder de aquél (art. 265), salvo que por administración se entienda, entonces, el deber de
control del depositario y el percibo, en su caso, de los rendimientos (afirmativamente, Gómez
Laplaza, Come. Nac. Tecnos, p. 532).
IV. Alcance de la administración legal. 1. Suele reproducirse aquí, también como cuestión
básica o principal, el dilema —trasladado de la patria potestad— de si la administración legal
del tutor comprende todo tipo de actos de gestión patrimonial o sólo queda investido de la
facultad de llevar a cabo los actos meramente conservativos y de administración stricto
sensu; además de, lógicamente, los de disposición —expresa aunque indirectamente—
autorizados en el elenco de los arts. 271 y 272. La transcendencia práctica de la opción
reside en decidir si el tutor puede disponer a título oneroso (cualquier disposición a título
gratuito es, teóricamente, posible con autorización: art. 272.6.º) más allá de los supuestos,
bien comprensivos, por cierto, del citado elenco (sin prejuzgar aún si, en la afirmativa, con
autorización o sin ella). Pues bien, el posicionamiento doctrinal común, en sede de patria
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3. En cualquier caso, la administración del tutor es general y expansiva por lo que atraerá a
su ámbito todo tipo de bienes patrimoniales, de titularidad pura o condicionada, definitiva o
temporal, del pupilo (incluso aquellos que no hayan llegado a la perfección de su existencia
jurídica, el derecho pendiente de condición: STS 22-X-46) y todas aquellas facultades que no
hayan sido explícitamente excluidas, o que, por cualquier causa, queden ulteriormente
vacantes (arg. ex arts. 270 y 227 in fine).
3. Como ya he dejado entrever más arriba, ese nivel de diligencia podrá ser no sólo elevado
sino también rebajado por el disponente a título gratuito del art. 227, con el límites genérico
de la exención por dolo (art. 1102) y (no estando la atribución condicionada de forma expresa
y tajante) lo que razonadamente aprecie el juez en beneficio del pupilo. A los padres, en
cambio, no les es dado flexibilizar las garantías o exigencias que la ley previene para la
administración por el tutor de los bienes de sus hijos (en contra, Gómez Laplaza, Com. Nac.
Tecnos, p. 536); pueden, esto sí, fijar un módulo de diligencia más exigente. Si el tutor fuere
extremadamente cuidadoso en los asuntos propios y aquéllos hubieran fijado la diligencia
quam in suis, considero que debe exigírsele y sin posibilidad de excusarse sólo por esto.
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resarcimiento que, al amparo del art. 220, pretendiera por los daños y perjuicios
experimentados en la actuación de que se trate.
3. La aprobación que de estas cuentas se haga será sin perjuicio de lo que resulte en la
cuenta final de la tutela, pero, si se suscitare controversia, debe el juez suspender en sus
funciones al tutor y nombrar un defensor judicial (art. 249; Lete, Com. Edersa, IV, p. 381).
4. Aparte esta cuenta anual, ha de considerarse la posibilidad que los arts. 232 y 233
reconocen ahora tanto al Ministerio fiscal como al Juez para exigir en cualquier momento
informe (no, propiamente, cuenta) sobre el estado de la administración; más, en su caso, las
facultades que se hubieren perfilado en este particular en favor de los órganos de
fiscalización establecidos por los padres (art. 223).
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