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Comentario sobre la Curatela en el Código Civil

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28/11/24, 19:11 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.

, mayo 2015

CAPÍTULO IV. De la curatela [Arts. 268 a 294]


§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO I. De las personas [Arts. 17 a 332]
TITULO XI. De las medidas de apoyo a las personas con discapacidad para el ejercicio de su capacidad
jurídica [Arts. 249 a 299]
CAPÍTULO IV. De la curatela [Arts. 268 a 294]
CAPÍTULO IV. De la curatela [Arts. 268 a 294]

CAPÍTULO IV
De la curatela
Añadido por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Sección 1.ª
Disposiciones generales

Añadido por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Artículo 268.

Las medidas tomadas por la autoridad judicial en el procedimiento de


provisión de apoyos serán proporcionadas a las necesidades de la
persona que las precise, respetarán siempre la máxima autonomía de
esta en el ejercicio de su capacidad jurídica y atenderán en todo caso a
su voluntad, deseos y preferencias.

Las medidas de apoyo adoptadas judicialmente serán revisadas


periódicamente en un plazo máximo de tres años. No obstante, la
autoridad judicial podrá, de manera excepcional y motivada, en el
procedimiento de provisión o, en su caso, de modificación de apoyos,
establecer un plazo de revisión superior que no podrá exceder de seis
años.

Sin perjuicio de lo anterior, las medidas de apoyo adoptadas judicialmente


se revisarán, en todo caso, ante cualquier cambio en la situación de la
persona que pueda requerir una modificación de dichas medidas.

Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

I. Función y ámbito. 1. El precepto tiene por cometido, esto parece claro, enumerar las
bases de la relación cuasi-familiar en que la de tutela consiste. En este sentido, diseña una
institución tutelar que, abandonado —como para otras esferas familiares— el esquema

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tradicional (esencial supremacía en el lado activo y pura sujeción en el pasivo), se acoge a la


idea de cooperación bajo la guía autorizada del tutor y con la referencia constante de la
personalidad del pupilo. Consiguientemente, el párrafo primero constituye la especificación
legal (única) de deberes/actitud que se exigen al tutelado. El segundo, en cambio, contempla
únicamente las facultades, en cierto modo, «extraordinarias» o auténticas potestades de las
que dispone el tutor para cumplir la función, cuyos deberes básicos hay que identificarlos en
el art. 269 y 270.

2. La norma no acaba de concretar, salvo el último inciso, a qué pupilos (menores y/o
incapacitados) se imponen los deberes, ni deja entender llanamente el tutor (de la personas
y/o de los bienes) al que hayan de obedecer y respetar.

II. Deberes del pupilo: duración, beneficiario y obligado. 1. El art. 268 I traslada a la
tutela, en orden inverso y descuidando matices, los mismos deberes que el art. 155.1.º
impone a los hijos en relación a sus padres. Es obvio que el deber de obediencia, como allí,
sólo tiene sentido y se exige «mientras permanezcan bajo su potestad», en tanto dura la
relación de dependencia. No lo es tanto, aunque ésta sea la lectura correcta habida cuenta
de que se ha preterido la expresión «siempre», que el deber de respeto caduque también al
extinguirse la relación de tutela (Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 319). La perpetuación
de este deber de respeto, que en modo alguno veja o crea dependencia al ex-pupilo, exigiría
identificar como causa la precedente relación cuasi-familiar de la que aquél sería secuela.
Pero es sabido que, a juzgar por la sanción que dicho deber permanente encuentra en sede
de filiación (desaparecida la falta específica del art. 583.4 y 5 CP salvo que se reconduzca a
la genérica «injuria liviana» del nuevo art. 586.1, la sanción es puramente civil: causa de
desheredación: art. 853.2; negación de alimentos a descendientes: art. 152.4), el deber de
respeto es sólo condición del mantenimiento de expectativas sucesorias. Aún así, debería
conservarse tras la extinción de la tutela, pues no faltan supuestos de tutela a cargo de
ascendientes (abuelos) que, por razón de filiación, no tienen garantizado dicho respeto y, por
lo tanto, menos justificado el recurso a aquella sanción (ciertamente, esta misma posibilidad
explica en algunos supuestos la idea de que el art. 268 I «no impide que puedan continuar»
tales deberes: Lete, Com. Edersa, IV, p. 370).

2. Beneficiario o sujeto pasivo de tales derechos no tiene por qué serlo únicamente el tutor
de la persona (Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, p. 500; contra, Lete, Com. Edersa, IV, p.
370); si no el de obediencia, stricto sensu, el deber de respeto, al menos, alcanza también,
caso de haberlo, al tutor de los bienes. Por lo pronto, el tenor literal del art. 268 I, al no
distinguir, no lo excluye; y, además, no parece que el respeto sea correlato estricto de la
acción educativa sino, más bien, componente natural de toda relación continuada en la que a
uno de los sujetos (aquí, el tutor de los bienes) le compete la dirección (responsable, pero)
autorizada.

3. Obligados a respetar y, en su caso, a obedecer lo están los tutelados en general, sean


menores o incapacitados. Al menos, tendencialmente, pues ya se comprende que en
cualquiera de los supuestos el grado de efectiva exigibilidad de respeto y obediencia ha de
modalizarse según la concreta capacidad de querer y entender del pupilo. Llegados al
extremo, es evidente que el privado en absoluto de razón y el recién nacido se hallan libres
de las naturales deferencias y docilidades.

III. Consistencia de los deberes. 1. No es fácil definir la esencia o contenido del deber de
respeto. Suele identificarse como standard o canon jurídico configurado, en general, a partir
de los usos sociales o comunes en este tipo de relación cuasi-familiar y concretado, en
alguna medida, por las circunstancias del caso y el actuar precedente del destinatario.
Seguramente, es preferible quedarse con el negativo y considerar que contraría el deber
cualquier acto o conducta del pupilo que repercuta, por injustificada (no lo es el recurso al MF
o al Juez), en la estima que merece el tutor (Castán Vázquez, Com. Edersa, 11-2, pp. 136-

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137). Habida cuenta de la gravedad, reiteración y consecuencias de la falta de respeto y ante


la ineficacia (menores) o improcedencia (incapacitados) de una corrección personal y
razonable, cabrá pensar, sea en la «injuria liviana» (art. 586.1 CP), sea en la excusa por
causa sobrevenida que convierte en excesivamente gravoso el ejercicio del cargo (art. 251),
sea, experimentado el daño (moral), en la reparación a cargo del patrimonio del tutelado (art.
220).

2. La obediencia consiste en el acomodo de la conducta del pupilo a las directrices y


prescripciones que el tutor determine en el ámbito de sus atribuciones y en cumplimiento,
básicamente, de su obligación de educar a aquél. Obvio es recordar que, así funcionalizada,
la facultad directiva del tutor únicamente generará deber de obedecer cuando se ejerza con
respeto a la personalidad, edad y/o grado de madurez del pupilo, es decir, en su beneficio.
Por lo que respecta a la eventual incidencia penal de esta «obediencia debida» (art. 8.12 y
9.1 CP), conviene recordar la actitud restrictiva de nuestra jurisprudencia, que, diluyendo,
desde principios de siglo, la especie «familiar» y, la pasada década, también la denominada
«laboral», ha venido a considerar sólo la «jerárquica» (y exclusivamente en la versión
«castrense» o asimilados: STS 22-IV-83).

IV. Auxilio de la autoridad. La posibilidad de recabar esta ayuda viene reconocida a los
tutores (plural que se reitera en el inciso siguiente y que contrasta con el singular del pár. I),
por lo que la letra no excluye que también el tutor de los bienes pueda, si le fuera preciso «en
el ejercicio de su cargo», recabar el auxilio de la autoridad. Si se conviniera en leer el inciso
como simple autorización del recurso al Juez, en lo que excediera de superfluo, la nueva
disposición estaría especificando la vertiente no vigilante de la «salvaguarda» del art. 216.
Claro que no es ésta la única autoridad de la que podrá recabarse auxilio, sino que cabe
también el recurso —tal sería la significación que añade el inciso— a la autoridad
gubernativa que, lógicamente, debe prestar la colaboración requerida para la efectividad de
las atribuciones del tutor. El caso límite puede suscitarse en los supuestos de aparente/real
desamparo que dan lugar a tutela automática (art. 172.1) y al consiguiente conflicto de
facultades de guarda entre el tutor ordinario y la entidad pública: los agentes de la autoridad,
si fueran requeridos para ello y supuesta su falta de competencia para dirimir el conflicto,
habrán de prestar el auxilio al tutor judicialmente nombrado, y la entidad pública
contendiente, en su caso, promover la suspensión/remoción de éste (arts. 247-250).

V. Potestad de corrección. 1. Habla concretamente de corregir a los menores, con lo que


parece quedar excluida esta facultad en la tutela de incapacitados. En principio, la restricción
puede explicarse bien porque es simple reproducción de lo previsto en sede de patria
potestad (art. 154 IV), bien porque la facultad se establece en clave pedagógica y la
obligación correspondiente también se ciñe de manera expresa a la hipótesis de pupilo
menor (art. 269.2.º). Pero, obedezca a una u otra causa —o a ambas—, no parece justificado
excluir a cualesquiera incapacitados (ni de la tarea educativa, que, ciertamente, cabe orientar
a la «inserción social» (art. 269.3.º, ni, por ser instrumental) de toda corrección moderada y
racional.

2. Tras la reforma de 1983, suele subrayarse que la corrección no es necesariamente ni sólo


«castigo». Bien es cierto, sin embargo, que, pese a la proscripción legal del término y la
referencia escueta a la función/efecto/resultado (corrección o enmienda direccional), es la
previsión del uso del viejo instrumento el que da sentido al inciso, y, en particular, a la
exigencia de que la potestad («punitiva») sea razonable y moderada. Precisamente, la
razonabilidad es, de un lado, proporción de la medida correctora en relación a la falta
cometida no sólo en su consideración objetiva sino también y sobre todo en las coordenadas
personales y circunstanciales del concreto pupilo, y, de otro, tanto intencionalidad como
congruencia respecto de la función pedagógica. La moderación, por su parte, es —además
de juicio o prudencia en el modus operandi— un estadio previo a la justa medida y, por
supuesto, a cualquier exceso. Hay exceso o abuso, sin duda, en cualquiera medida que
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contraríe la salud, la dignidad o la moralidad del «corregido» (cfr. Gómez Laplaza, Com. Nac.
Tecnos, p. 503; Bercovitz, Com. Fam. Tecnos, II, p. 1057).

3. No estará de más destacar que, tras la reforma de 1983, la facultad de corrección, aparte
resultar suavizada en cuanto pueda distar del «castigo», se atribuye autónoma y
directamente al tutor, siendo así que en el sistema derogado, la facultad de imponer castigos
que se reconocía a los padres, en caso de tutela, estaba mediatizada por la autorización del
Consejo de familia (Lete, Com. Edersa, IV, p. 371). Potestad autónoma pero conforme al
sistema, por lo que garantizar la instrumentalidad y la no extralimitación corresponde al MF
(art. 232) y, en todo caso, al propio Juez (Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 319).

4. El ejercicio infundado o extralimitado de la facultad de corregir justifica, desde luego, la


intervención del MF y del propio Juez (arts. 232-233) y, llegado el caso, la remoción del cargo
(art. 247).

5. Queda, obviamente para los casos más graves, la reacción penal y no debe olvidarse que
la reforma del CP por LO 3/89, «respondiendo a la deficiente protección de los miembros
físicamente más débiles del grupo familiar frente a conductas sistemáticamente agresivas de
otros miembros del mismo», tipifica como delito los malos tratos ejercidos sobre menores o
incapaces, a pesar de no integrar individualmente considerados más que una sucesión de
faltas, si se producen de modo habitual (E. de M.) En efecto, el art. 425 CP, en el capítulo de
las lesiones, establece que será castigado con la pena de arresto mayor, en lo que aquí
importa, «el que habitualmente, y con cualquier fin, ejerza violencia física sobre… pupilo,
menor o incapaz, sometido a su tutela». Por contra, en el terreno de las faltas, el art. 582
cualifica la de malos tratos cuando los ofendidos fuesen «los hijos menores», y, no
procediendo la analogía, a los tutores —injustificadamente— les será de aplicación el tipo
básico (salvo que se reconduzca, como infracción del deber de observar razón y moderación
en la corrección, al art. 584.2 y 3 del propio CP).

Jacinto Gil Rodríguez

Artículo 269.

La autoridad judicial constituirá la curatela mediante resolución motivada


cuando no exista otra medida de apoyo suficiente para la persona con
discapacidad.

La autoridad judicial determinará los actos para los que la persona


requiere asistencia del curador en el ejercicio de su capacidad jurídica
atendiendo a sus concretas necesidades de apoyo.

Sólo en los casos excepcionales en los que resulte imprescindible por las
circunstancias de la persona con discapacidad, la autoridad judicial
determinará en resolución motivada los actos concretos en los que el
curador habrá de asumir la representación de la persona con
discapacidad.

Los actos en los que el curador deba prestar el apoyo deberán fijarse de
manera precisa, indicando, en su caso, cuáles son aquellos donde debe
ejercer la representación. El curador actuará bajo los criterios fijados en el
artículo 249.

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En ningún caso podrá incluir la resolución judicial la mera privación de


derechos.

Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

I. Función y ámbito. 1. Funcionalmente, este precepto constituye desarrollo de las premisas


formuladas en sede de disposiciones generales, pues, de un lado, especifica cómo ha de ser
la guarda y protección del pupilo (art. 215) y, de otro, enumera las líneas de actuación u
obligaciones en las que se expresa el deber asumido en beneficio del tutelado y bajo control
judicial (art. 216). En rigor, no cabe decir que supone mero desarrollo o continuación del art.
267, toda vez que las obligaciones a considerar no se perfilan en calve de representación del
menor o incapaz que, no siéndolo, atendería por sí mismo. Más bien, es en este ámbito
donde el tutor actúa más palmariamente en cumplimiento de los llamados deberes legales
que le son propios (cfr. Díez-Picazo, ADC 1982, p. 16), aunque, ciertamente, tiendan a la
efectividad de derechos fundamentales del pupilo: dignidad y desarrollo de su personalidad,
derecho a la vida y a la educación (cfr. Lete, Com. Edersa, IV, pp. 372-373).

2. Los deberes que aquí se abordan, excepción hecha de la rendición anual de cuentas, son,
por otra parte, los correspondientes a la vertiente personal del ejercicio de la tutela,
remitiendo al art. 270 la faceta estrictamente patrimonial. Lo cual, por cierto, no autoriza a
limitar el mandato, caso de diversificación, al tutor de la persona. Sin la colaboración del tutor
de los bienes, no alcanzaría a cubrir más que el deber de informar sobre la situación
(personal) del pupilo. De ahí que, refiriéndose al tutor sin otras especificaciones, obligue al
que, en su caso, lo sea sólo de los bienes a poner a disposición del de la persona los
recursos precisos para el atendimiento de dichas necesidades. Por falta de acuerdo entre
ellos —así como en caso de incumplimiento por el tutor único—, el juez dictará las medidas
cautelares convenientes para subvenir a las necesidades actuales y proveer a las futuras
(arg. ex arts. 148 III y 158.1.º CC).

3. Desde la óptica del beneficiario, como regla, se atiende tanto a la tutela del menor como a
la del incapacitado, aunque el núm. 3.º singulariza para ésta la obligación de promover la
adquisición o recuperación de la capacidad. Todo lo demás es común, incluso la tarea
pedagógica, pues no cabe duda de que la mejor inserción en la sociedad del incapacitado
pasa por procurarle la formación integral que su personalidad soporte y requiera. Y, a la
inversa, la educación/formación del menor siempre tendrá por norte su mejor integración
social.

II. Obligación/deber de velar por el pupilo. 1. Que la referencia a la obligación de velar


(derecho-deber que la paternidad comporta, aún en supuestos de ejercicio atenuado —art.
103.1.ª— o de ausencia de titularidad —arts. 110 y 111—, y siempre como tarea singular —
art. 154.1.ª—) aquí se haga de modo genérico y preferente, refuerza la doble lectura que en
sede de patria potestad suele recibir. Supone, ante todo, el cumplimiento escrupuloso de las
obligaciones tipificadas a continuación (de manera que, frente a la diligencia media requerida
por el art. 270 en la esfera patrimonial, en ésta puede llegar a responderse por culpa leve o
levísima); pero, además, configura en sí mismo un deber específico de atención, vigilancia y
control no sólo del comportamiento del propio tutelado sino también de la actuación de
cuantas personas o instituciones colaboren en la formación integral de éste.

2. Más aún: supuesto, de un lado, que el deber genérico no se agota ni con aquellas
obligaciones típicas ni con la adición de este deber específico, y, de otro, la no traslación del
deber de convivencia (cfr. art. 154.1.º) en consideración a que tal vez el beneficio del tutelado
no lo exija, el deber genérico de vela (aparte dar sentido a la determinación del domicilio
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legal: art. 64.3 LEC) representa el engarce oportuno para los supuestos en que el juez
(atendiendo las determinaciones, en su caso, de los padres) considere beneficioso que el
tutor tenga en su compañía al pupilo (Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 507-508).

III. Procurarle alimentos. 1. No está clara en absoluto la consistencia última de la obligación


que impone al tutor el núm. 1.º con la expresión «procurarle alimentos». Por lo pronto, el giro
elegido difiere del claro y directo deber que respecto de los hijos en potestad impone
«alimentarlos» (art. 154.1.º). Es evidente, además, que los alimentos tendrán su fuente en el
propio patrimonio del pupilo, cuando éste exista y sea suficiente, e incluso en el del tutor, si, a
cambio, se ha establecido que perciba los frutos de aquél (art. 275) o si, supuesto el estado
de necesidad del pupilo, ha devenido tutor precisamente el pariente obligado a prestarlos
(arts. 143 y 144). Ya desde otro ángulo, se conviene en que, «procurarlos», implica para el
tutor la obligación de reclamárselos al pariente que corresponda o, en su caso, gestionar los
subsidios o ayudas que procedan (lo cual no significaría más que concretar la función
representativa ex art. 267 y/o el genérico deber de vela), quienes, como último recurso,
entienden que debe prestarlos el tutor a su costa, extraen el argumento bien de la disposición
general que impone al tutor actuar en beneficio del tutelado (Roca, Com. Nac. Tecnos, p.
231) bien de una lectura a contrario del art. (Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 317 y
Lete, Com. Edersa, IV, p. 376). Realmente la imposición del deber de alimentos al tutor, por
el solo hecho de serlo, no encuentra argumento definitivo. Adviértase que, de los esgrimidos,
el segundo neutralizaría al primero: de poco sirve derivar la obligación de alimentos del deber
de actuar en beneficio del pupilo, si el deber de actuar en sí puede evitarse porque, así,
deviene gravoso. ¿Que la gravosidad que permite la excusa no tiene que ser necesariamente
la económica que aquí se contempla? Cierto, pero habría que valorar, entonces, la
proveniente de la «falta de vínculos de cualquier clase», singularmente la ausencia o lejanía
del parentesco (única hipótesis a la que se ciñe el debate). Para concluir, es meridiano que,
aparte los apoyos que en idéntica dirección puedan extraerse de los antecedentes del
precepto (Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, p. 510), una lectura a contrario del propio art.
275 y la ponderación del principio de indemnidad (art. 220) que rige el ejercicio de las
funciones tutelares (cuando, insisto, nos hemos situado en la ocasión de imposible
resarcimiento), abocan a entender el inciso en comentario como obligación de que el tutor
realice cuantas gestiones se precisen para obtener los recursos necesarios de las
instituciones que proceda. Inteligencia que queda ahora reforzada por las posibilidades que
brinda el art. 172.2 CC, en su redacción por L 21/87: previa solicitud del tutor y con apoyo en
la grave circunstancia que estamos refiriendo, ya que no creo que proceda la transferencia
completa de la guarda, el juez acordará que la entidad pública proporcione los recursos
necesarios para alimentar al público.

2. Excluidos los gastos generados por la educación y formación integral del pupilo
(desglosados, como en sede de patria potestad, de la alimentación: art. 269.2.º), en lo demás
los «alimentos» de este núm. 1.º incluyen cuantos aspectos enumera el art. 142: todo lo
necesario para el sustento, habitación, vestido y asistencia facultativa. Han de tener cabida,
por tanto, los gastos originados por cualquier tratamiento —no cubierto por la red pública—
que, aun no siendo precisamente médico, esté indicado para facilitar la mejor integración
social del pupilo.

3. El nivel de prestación dependerá, naturalmente, sobre todo de cuál sea la fuente con cargo
a la que se obtengan los alimentos. Si del patrimonio del pupilo o del tutor (hipótesis de frutos
por alimentos), serán determinantes las disposiciones paternas o las del Juez, modificando,
completando o sustituyendo las previsiones de aquéllos (la letra del art. 227 no autoriza al
disponente a título gratuito especificaciones de esta índole; puede, eso sí, condicionar la
disposición, en cuyo caso, el juez habrá de decidir lo mejor para el pupilo); si se obtienen a
costa del pariente que proceda (aun cuando sea el propio tutor), habrá de estarse a las
exigencias del instituto, incluida la posición social de la familia (cfr. art. 142 CC, y Delgado,

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Com. Fam. Tecnos, II, p. 1028); si, en fin, ha de recurrirse a la asistencia pública el nivel
vendrá, normalmente, condicionado por las disposiciones de general aplicación.

4. Caso de que se recurra a la obligación general de alimentos entre parientes, supuesto en


que también los del pupilo incluyen los gastos de educación del 269.2.º, y suponiendo que no
sea el propio tutor el alimentante, no le cabrá a éste invocar la opción del art. 149, ya que
«prestarlos en la propia casa» requeriría incidir sobre la residencia del pupilo (con el tutor, en
establecimiento educativo o curativo, o en cualquier otro fijado en beneficio del menor o
incapacitado) y no parece que el juez deba dejar ahora que el tutelado conviva con un
pariente que, antes, fue descalificado (por los padres, por el juez o por propia excusa) para el
cargo.

IV. Educación, formación integral e inserción social. 1. Las tres tareas no pueden ser sino
complementarias y referibles tanto al pupilo menor como al incapacitado, pese a que
respecto de éste el art. 269.3.º prime la adquisición o recuperación de la capacidad,
condición de su autonomía personal y social. Para promover la inserción social plena del
ahora incapacitado la vía más segura consiste en que el tutor le eduque y le procure la
formación integral que, en concreto —como para el menor—, aconseje su personalidad. Así
pues, ceñimos el comentario a lo directamente preceptuado en relación al menor.

2. En este punto el art. 269 se limita a transcribir el mismo deber que el Código (154.1.º)
impone a los padres y la Constitución (art. 27.3) les garantiza como derecho. Idéntico ha de
ser, consiguientemente, lo que los beneficiarios, hijos o pupilos, puedan esperar o exigir en
este ámbito (para esto, sirve la remisión al comentario del art. 154; cfr. Bercovitz, Com.
Fam. Tecnos, II, pp. 1052-1054). Difiere, en cambio, la situación de los obligados. De un lado,
el tutor viene obligado a desempeñar la función educadora y formativa, pero no
necesariamente a su costa (sería el momento de reiterar cuanto hemos dicho en sede de
alimentos): de otro, su derecho deber se halla mediatizado (además, como el de los
ejercientes de patria potestad, de por la personalidad, beneficio e intervención del sometido),
desde el punto de vista de la filosofía y orientación general, por las disposiciones expresas y
hasta por las convicciones o creencias de los padres y, en el plano del ejercicio, por la
supervisión (excepcionalmente, autorización: art. 271-1.º) de la autoridad judicial (Gómez
Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 514-518).

V. Recuperación de la capacidad e inserción social. 1. La obligación, en sus dos facetas,


ha de entenderse referida a la tutela de los incapacitados; la de promover la adquisición o
recuperación de la capacidad, porque no tiene razón de ser en la tutela de menores, y lo
relativo a la mejor inserción en la sociedad, porque no significa cosa distinta (tal vez, sí,
perspectiva diversa) de la educación y formación integral que el núm. 2.º (impropiamente)
refiere sólo a los menores. Por otra parte, una lectura que pretendiera atribuir contenido
específico al inciso que es reiteración del número anterior y, a la vez, tuviera cuenta de los
posibles resultados, exigiría al tutor promover la capacitación jurídica y, en cuanto no pueda
alcanzarse ésta, la mejor inserción en la sociedad.

2. De manera que, si a la educación y formación del incapacitado le obliga ya el núm. 2.º, lo


que, además, se le exige ahora es que procure por cuantos medios estén a su alcance (y no
ya por los que proporcione la fortuna del incapacitado) la reintegración de la capacidad del
pupilo. La obligación incluye (aparte la tarea pedagógica, si de otra forma no se entendiera
impuesta), desde luego, facilitar el acceso a la asistencia especializada, en régimen externo
o con internamiento, previa autorización judicial, en este caso: art. 271.1.º; ya la presten, en
cumplimiento del art. 49 CE, las instituciones públicas, ya se ofrezca en régimen privado y
pueda costearse con los recursos (incluidos, como dijimos, los obtenidos a título de
«alimentos») del pupilo. Pero exige también, y quizá específicamente —si todo lo anterior
puede residenciarse en las obligaciones de procurar educación y alimentos—, no retardar
sino intentar e impulsar la declaración judicial modificativa o reintegradora de la capacidad

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que, variadas las circunstancias, contemplan los arts. 212 y 213; si la promoviera el MF o el
propio incapacitado, no debe obstaculizarla (cfr. Ortells, La Ley 1986, pp. 1049-1063).

VI. Informe y rendición de cuentas. 1. El precepto identifica únicamente al juez como


destinatario de la información, pero tras la nueva redacción dada al art. 232 por L 21/87, ha
de incluirse asimismo al MF. Contempla, en todo caso, una obligación de mínimos y
subsidiaria, ya que el ministerio fiscal (art. 232) y el juez (art. 233) pueden incidir en el tiempo
(la resolución judicial en que se constituya la tutela u otra posterior; también, en el modo) de
informar/rendir cuentas y, si lo hacen, estas determinaciones serán preferentes respecto de la
obligación anual que contemplamos.

2. La expresión utilizada abarca tanto el aspecto personal del pupilo como el de gestión de
sus bienes. Caso de haber sido nombrado un tutor sólo de los bienes, cada cual asumirá la
obligación correspondiente a su ámbito específico. Así, al tutor de la persona compete
informar sobre las orientaciones y progresos en la educación del pupilo, sobre, en su caso, la
evolución y el estado de la enfermedad o deficiencia, sobre la conveniencia de iniciar o
proseguir un internado y, en general, sobre las actuaciones más trascendentes emprendidas
o aconsejadas en este ámbito; al de los bienes (si lo hubiere, si no, cumulativamente a
aquél), poner al ministerio fiscal y al juez al corriente del estado del patrimonio y de la
administración de los bienes del pupilo, además de la rendición de cuentas propiamente
dicha (Gómez-Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 520-521); aspecto, éste de la cuenta anual,
cuyo comentario, por razones de coherencia (que el legislador no apreció), remitimos al del
art. 270.

3. Todavía en la vertiente económica, no es seguro que haya de entenderse exonerado de la


obligación de rendir cuenta anual el tutor que desempeñe el cargo con la asignación de frutos
por alimentos. Para el régimen anterior, así quedó establecido en el art. 279 y reiterado por la
STS 13-I-30, pero, entonces, las facultades de los padres eran omnímodas mientras que
ahora sólo vinculan al juez si las considera beneficiosas para el pupilo. Desde luego, si los
padres nada especificaron al asignar frutos por alimentos, el art. 269.4.º, en sí mismo general
y sin excepción en otro lugar (más bien corroborado por la generalidad asimismo de los arts.
232 y 233), constituye fundamento bastante para obligar al tutor a presentar anualmente el
estado patrimonial o de la administración de los bienes del pupilo.

4. Evidentemente, con apoyo en esta obligación y en las previsiones de los arts. 232 y 233, el
ministerio fiscal y el juez, destinatarios de la información y titulares del poder de vigilancia y
control, tanto pueden exigir que se complemente la aportada como contrastarla con la
audiencia del propio menor o incapacitado, si tuviere suficiente juicio (arg. ex art. 280).

Jacinto Gil Rodríguez

Artículo 270.

La autoridad judicial establecerá en la resolución que constituya la


curatela o en otra posterior las medidas de control que estime oportunas
para garantizar el respeto de los derechos, la voluntad y las preferencias
de la persona que precisa el apoyo, así como para evitar los abusos, los
conflictos de intereses y la influencia indebida. También podrá exigir en
cualquier momento al curador que, en el ámbito de sus funciones, informe
sobre la situación personal o patrimonial de aquella.

Sin perjuicio de las revisiones periódicas de estas resoluciones, el


Ministerio Fiscal podrá recabar en cualquier momento la información que

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considere necesaria a fin de garantizar el buen funcionamiento de la


curatela.

Modificado por art. 2.23 de Ley núm. 8/2021, de 2 junio

Doctrina-comentario

I. Función y ámbito. 1. Viene a esclarecer el significado de las previsiones más generales


del art. 215 y 216, especificando que la guarda y protección de los bienes de los menores o
incapacitados, constituida la tutela, se realiza a través de la administración legal a cargo del
tutor, en beneficio del pupilo (no en beneficio propio: Roca, Comen. Nac. Tecnos, p. 231) y
bajo la salvaguarda de la autoridad judicial. La administración de los bienes del pupilo, en
otro tiempo una obligación o deber más de los impuestos al tutor, es objeto de este precepto
específico y completo, con lo que ha tomado mayor protagonismo, al ser elevada a la
categoría de función (Lete, Comen. Edersa, IV, p. 382), cuyo ejercicio es, al igual que la
implicada en la patria potestad, personal e irrenunciable (Bercovitz, Com. Fam. Tecnos, II,
p. 1104).

2. En cierto modo, complementa también lo estatuido en el art. 267, toda vez que la
administración es asimismo actuación sustitutoria, aunque no necesariamente y siempre
representativa. Consiguientemente, las premisas de aquél pueden ser útiles en la concreción
de algunos contenidos de éste. Así, aunque en el art. 270 no se exprese la salvedad, el tutor
no administra/sustituye en aquellos casos o bienes respecto de los que el pupilo pueda
actuar por sí mismo (no necesariamente por sí solo), porque a ello le autoriza la Ley o la
sentencia de incapacitación.

3. De cualquier modo, junto con el precepto en comentario, a la guarda y protección de los


bienes del tutelado, sirven igualmente otras normas que no son exactamente de
administración, aunque la facilitan y garantizan, como las relativas a inventario, fianza y
depósito (arts. 260-266) o, centradas también en la administración, limitan el ámbito
tendencialmente absoluto del propio art. 270. Entre estos últimos preceptos, deberían
considerarse, como mínimo, el art. 223, cuando los padres hubiesen nombrado órganos de
fiscalización, el 227, caso de que el pupilo hubiese sido beneficiado por el título y con las
previsiones que contempla y, en fin, los arts. 236-238, supuesto que nos encontremos con
pluralidad de tutores.

II. Tutor (único o de los bienes) que administra. 1. El giro, no del todo preciso, con que se
inicia el precepto y según quedó expresado al momento de su gestación parlamentaria,
significa, ante todo, que, siendo varios los tutores, quienes tengan confiada la guarda y
protección «solamente de la persona» —según la dicción del art. 215 y la hipótesis del
236.1.º— no intervendrán en la administración, porque, en ese caso, será administrador legal
el tutor de los bienes, quien actuará con independencia en este ámbito. Y preceptúa,
asimismo, que, fuera de esa hipótesis, la administración es función ineludible y típica de todo
tutor.

2. Si el cargo le ha sido deferido individualmente («tutor único»), la atribución y el ejercicio de


la administración no ofrece complicaciones; y, si fueron varios los nombrados sea en general
—sea dentro del propio ámbito patrimonial—, la concurrencia en la administración o, en su
caso, la actuación individual vendrá impuesta o autorizada por los términos de la resolución
judicial de nombramiento. De ello no se ocupa el art. 270, sino que queda tratado en los arts.
236-238, a cuyas disposiciones y respectivos comentarios procede remitir.

III. Bienes excluidos de la administración del tutor. 1. Un primer y eventual recorte a la


administración general del tutor se da cuando en el patrimonio del pupilo se encuentren
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bienes recibidos a título gratuito y el disponente hubiere hecho uso de la facultad que
contempla el art. 227, singularmente, de la de nombrar administrador (el cual, por cierto, a
falta de previsiones concretas o en lo que éstas no cubran, quedará sometido, en beneficio
del menor, a las reglas dictadas para la administración por el tutor, sin que, por esto, haya
que considerarle «tutor de los bienes»). Si sólo previno reglas particulares de administración
(v. gr., exención de autorización para enajenar o gravar), esta función corresponde al tutor (al
amparo de, o) con sujeción a dichas particularidades, salvo que (no siendo, aquélla,
disposición condicionada de forma expresa y tajante) el juez, en resolución motivada y en
beneficio del pupilo, (imponga o) autorice otra cosa.

2. Algo semejante pueden haber hecho los padres en testamento o documento público
notarial, con apoyo en el art. 223 (cfr. Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 534-535);
más, en este caso, no les cabe aligerar de garantías (sí, acentuarlas) determinados bienes
del pupilo, otorgando al «administrador» facultades superiores a las que corresponden al
tutor (en su caso, de los bienes) que podían haber nombrado.

3. Otro supuesto de exclusión de la administración del tutor, que tampoco resulta del art. 270,
sino del 221.2.º, es el que incidentalmente perfile cada concreto conflicto de intereses con el
pupilo. Se tratará, normalmente, de actos concretos respecto de bienes del tutelado en los
que le representará y amparará el defensor judicial nombrado al efecto (art. 299).

4. Por último, la administración del tutor ha de excluirse —pues, como la sustitución, en que
la representación consiste, carece de razón de ser— respecto de aquellos bienes o actos de
gestión patrimonial que la ley o la sentencia de incapacitación permita al pupilo realizar por sí
mismo. En este marco, ha de analizarse —aunque, inexplicablemente, el Código no la reitere
—, en la tutela por minoría de edad, la facultad del mayor de 16 años de administrar los
bienes obtenidos con su trabajo o industria. Procede, desde luego, la aplicación analógica de
la autorización reconocida por el art. 164.3 al mismo menor en potestad (así, Gómez
Laplaza, Comen. Nac. Tecnos, p. 535; y Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2, p. 321, si, con
apoyo en el art. 233 y en beneficio del tutelado, el juez lo establece; exigencias éstas que
aproximan el trámite en exceso a la concesión del beneficio de la mayor edad del art. 321). El
pupilo mayor de 16 años realizará por sí sólo los actos de administración ordinaria sobre
dichos bienes y para los que excedan de ella precisará consentimiento del tutor, más la
autorización judicial en los supuestos previstos en los arts. 271 y 272. Si la tutela es de
incapacitados, obviamente, el ámbito de actuación propia del pupilo, tanto en materia de
trabajo como de administración de sus resultas, ha de pasar por (en su caso, modificación
de) la sentencia de incapacitación (arg. ex. art. 267).

5. Es, en fin, cuando menos dudoso que deban incluirse en la administración, propiamente
dicha, del tutor aquellos bienes y valores mobiliarios que se hallen depositados en un
establecimiento ad hoc, justamente, por haber considerado el juez que no debía quedar en
poder de aquél (art. 265), salvo que por administración se entienda, entonces, el deber de
control del depositario y el percibo, en su caso, de los rendimientos (afirmativamente, Gómez
Laplaza, Come. Nac. Tecnos, p. 532).

IV. Alcance de la administración legal. 1. Suele reproducirse aquí, también como cuestión
básica o principal, el dilema —trasladado de la patria potestad— de si la administración legal
del tutor comprende todo tipo de actos de gestión patrimonial o sólo queda investido de la
facultad de llevar a cabo los actos meramente conservativos y de administración stricto
sensu; además de, lógicamente, los de disposición —expresa aunque indirectamente—
autorizados en el elenco de los arts. 271 y 272. La transcendencia práctica de la opción
reside en decidir si el tutor puede disponer a título oneroso (cualquier disposición a título
gratuito es, teóricamente, posible con autorización: art. 272.6.º) más allá de los supuestos,
bien comprensivos, por cierto, del citado elenco (sin prejuzgar aún si, en la afirmativa, con
autorización o sin ella). Pues bien, el posicionamiento doctrinal común, en sede de patria

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potestad y de tutela, está por la extensión de la administración a la entera gestión


patrimonial, de modo que el tutor puede celebrar actos o negocios de disposición —si alguno
transcendente quedara— no incluidos en los arts. 271 y 272.

2. Es comprensible, además, que para estas eventuales actuaciones dispositivas


«residuales» no se requiera autorización judicial, ya que, por otra parte, su omisión no
soportaría, frente a terceros, la sanción típica de la ineficacia del acto. Cuestión distinta es
que el propio tutor, consciente de la trascendencia económica del acto para el concreto
patrimonio del pupilo y a fin de exonerarse de una ulterior responsabilidad, se dirija
diligentemente al ministerio fiscal y/o al juez planteando consulta y, acaso, autorización.

3. En cualquier caso, la administración del tutor es general y expansiva por lo que atraerá a
su ámbito todo tipo de bienes patrimoniales, de titularidad pura o condicionada, definitiva o
temporal, del pupilo (incluso aquellos que no hayan llegado a la perfección de su existencia
jurídica, el derecho pendiente de condición: STS 22-X-46) y todas aquellas facultades que no
hayan sido explícitamente excluidas, o que, por cualquier causa, queden ulteriormente
vacantes (arg. ex arts. 270 y 227 in fine).

4. La administración, como la representación o, más generalmente, la función tutelar es tarea


personal del tutor por lo que no podrá delegarla de modo general. Puede, en cambio y si las
circunstancias lo exigen, emplear colaboradores, gratuitos o retribuidos (a su costa, en
principio, si la tutela es retribuida), con autorización judicial si la colaboración es
relativamente importante o permanente (Gómez Laplaza, Com. Nac. Tecnos, pp. 530-532).

V. Nivel de diligencia exigido y exigible. 1. Se utiliza el módulo habitual y objetivo de


diligencia media, de modo que concuerda con los arts. 1094, 1104 II y 1719 II, del propio CC
y, en cambio, difiere del criterio subjetivo al que como norma queda sujeta la administración
de los ejercientes de patria potestad (art. 164.1.º). La objetivación facilita grandemente la
labor de control judicial, natural y continuo en la tutela (art. 216 y 233), y, en la patria
potestad, excepcional y esporádico (arts. 167 y 168, casos, precisamente, en los que
también el módulo es objetivo: Bercovitz, Com. Fam. Tecnos, II, p. 1104).

2. Objetivo y todo, el nivel ha de ajustarse en cada caso en atención a las concretas


circunstancias de las personas, del acto, del tiempo y del lugar (art. 1104). Esta necesidad de
adecuación y la pauta del art. 1726 autorizan a convertir en administración más puntillosa y
exigente a la que corresponde al tutor retribuido; no, a rebajar el nivel de diligencia del no
remunerado, que es la hipótesis normal tenida en cuenta por el propio art. 270.

3. Como ya he dejado entrever más arriba, ese nivel de diligencia podrá ser no sólo elevado
sino también rebajado por el disponente a título gratuito del art. 227, con el límites genérico
de la exención por dolo (art. 1102) y (no estando la atribución condicionada de forma expresa
y tajante) lo que razonadamente aprecie el juez en beneficio del pupilo. A los padres, en
cambio, no les es dado flexibilizar las garantías o exigencias que la ley previene para la
administración por el tutor de los bienes de sus hijos (en contra, Gómez Laplaza, Com. Nac.
Tecnos, p. 536); pueden, esto sí, fijar un módulo de diligencia más exigente. Si el tutor fuere
extremadamente cuidadoso en los asuntos propios y aquéllos hubieran fijado la diligencia
quam in suis, considero que debe exigírsele y sin posibilidad de excusarse sólo por esto.

4. Evidentemente, además de pauta positiva de conducta, la diligencia que, en cada


administración legal, proceda es también la medida de su incumplimiento y responsabilidad
(cfr. art. 1932 II). Ocasión natural para apreciar aquél y exigir ésta (independientemente de la
remoción, en su caso) se presentará con motivo de los controles judiciales y del ministerio
fiscal (arts. 232 y 233), de la rendición de cuentas anual (art. 269.4.º) y, por supuesto, en la
cuenta general justificada de la administración (arts. 279 y 280). Considérese, en fin, que la
infracción de la diligencia que, en concreto, le corresponda cerrará toda posibilidad de

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resarcimiento que, al amparo del art. 220, pretendiera por los daños y perjuicios
experimentados en la actuación de que se trate.

VI. Rendición anual (o puntual) de cuentas. 1. La obligación de rendir anualmente cuentas


(tema remitido del art. 269.4.º) es una de las exigencias naturales de todo administrador de
bienes ajenos; y, por consiguiente, afecta a todo tutor (incluido, como dije, el que tiene
asignados frutos por alimentos; y también, entiendo —salvo exención explícita del disponente
— el administrador ex art. 227) que administra (luego, no el de la persona sólo) y en el
ámbito de su actuación (caso de pluralidad: de forma separada, conjunta o solidaria). La
periodicidad, no habiendo empresas o negocios en el patrimonio del pupilo (en cuyo caso
debería referirse al cierre de cada ejercicio económico), debe computarse respecto de la
toma de posesión del cargo, salvo que otra cosa especifique el juez (o se entendiera
aplicable el art. 1876 LEC, pese a la inadecuación de su contenido general y una vez que
toda precisión temporal al respecto ha desaparecido en el 290 RRC.

2. Como fraccionamiento y adelanto de la cuenta general, ha de ser contable, numérica,


rigurosa, con debe y haber y acompañada de los oportunos justificantes (en este sentido,
Gómez Laplaza, Comen. Nac. Tecnos, p. 523; en contra, Lacruz/Sancho, Elementos, IV-2,
p. 328); minuciosidad y control que han venido a posibilitarse con el descargo de la vigilancia
en el Ministerio Fiscal (art. 233).

3. La aprobación que de estas cuentas se haga será sin perjuicio de lo que resulte en la
cuenta final de la tutela, pero, si se suscitare controversia, debe el juez suspender en sus
funciones al tutor y nombrar un defensor judicial (art. 249; Lete, Com. Edersa, IV, p. 381).

4. Aparte esta cuenta anual, ha de considerarse la posibilidad que los arts. 232 y 233
reconocen ahora tanto al Ministerio fiscal como al Juez para exigir en cualquier momento
informe (no, propiamente, cuenta) sobre el estado de la administración; más, en su caso, las
facultades que se hubieren perfilado en este particular en favor de los órganos de
fiscalización establecidos por los padres (art. 223).

Jacinto Gil Rodríguez

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