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Mapa mental de Rousseau y su Contrato Social

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Jean-Jacques Rousseau: Voluntad general y

democracia directa

En 1761, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), nacido en Ginebra, pública el


Contrato social, obra que lleva como subtítulo Principios de derecho público. Ha leído
a Hobbes, Locke, Montesquieu y Pufendorf, entre otros exponentes del
contractualismo y de la teoría jurídica, base que le permitirá realizar su propia
resignificación de los conceptos de estado de naturaleza, pacto y estado civil. En el
contexto político europeo de finales del siglo XVIII, sus ideas republicanas tendrán
influencia particularmente en la Revolución francesa (1789). Si bien Rousseau se
encuentra dentro del periodo cultural denominado Ilustración, en algunas de sus
convicciones resulta un precursor del Romanticismo.

El hombre del estado presocial

Contrato social y principio de mayoría

Video conceptual

Referencias

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Lección 1 de 5

El hombre del estado presocial

La concepción rousseauniana del hombre en un estado o condición de


naturaleza contrasta, en inicio, con la hobbesiana y prefigura la perspectiva
romántica del mundo natural. Pero en particular contrasta con el juicio que
Rousseau formula sobre su sociedad contemporánea. Está convencido de
que la sociedad ha terminado por corromper al hombre. En el capítulo 1 del
Contrato social afirma: “El hombre ha nacido libre y por todas partes se
encuentra encadenado. Alguno que se cree dueño de los demás no es
menos esclavo que ellos” (Rousseau, 1998, p. 42).

Frente a esta desgraciada deriva histórica, el hombre en estado de


naturaleza es presentado por Rousseau como un ser fundamentalmente
libre para consentir o resistir la voluntad ajena, que puede autoabastecerse
tomando del medio en el que vive lo que necesita para su subsistencia. Es
sano, robusto y ágil, vive solo, por lo que prescinde del lenguaje y desconoce
la ley moral. Pero tiene la capacidad de perfeccionarse, lo cual le permite
relacionarse con otros iguales, formar familias y desarrollar técnicas para
trabajar la tierra y así obtener una mejor satisfacción de las necesidades
básicas.
Llegada a este punto, la sociedad de las familias, que crecen y componen
aldeas, se complejiza. La metalurgia y la agricultura conducen al surgimiento
de la propiedad privada de la tierra, lo que introduce entre los hombres la
desigualdad económica, y los conflictos que esto acarrea terminan por limitar
la libertad de unos en beneficio de la de otros. Se vuelve necesario entonces
encontrar un modo de organización donde los hombres puedan prosperar y
verse protegidos, sin que eso suponga una merma de su libertad. En el
capítulo 6, expresa esta cuestión crucial:

Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con


toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada asociado,
y por la cual cada uno, uniéndose a todos, obedezca tan solo a sí
mismo, y quede tan libre como antes. Tal es el problema
fundamental al cual el contrato da solución. (Rousseau, 1998, p.
55).

En esta lectura tomaremos como fuente el Contrato social de J. J. Rousseau (1998) y Esencia y valor de la
democracia de H. Kelsen (1977), para guiarnos por el siguiente interrogante: ¿por qué el contrato social
establece el principio de mayoría como criterio de decisión política?

C O NT I NU A R
Lección 2 de 5

Contrato social y principio de mayoría

Según Rousseau (1998), el modo de organización que asegura una


convivencia social en libertad no puede ser otro que el de una república
democrática, concebida como un Estado de derecho con un sistema político
de democracia directa. El fundamento que otorga legitimidad a este orden
político-social es el contrato hipotético, es decir, un acuerdo unánime de
voluntades que se comprometen a obedecer y a hacer obedecer todas las
decisiones que emanen de la voluntad general.

El acuerdo que realizan es acerca de un modo de vida organizado


democráticamente, ya que la voluntad general representa para Rousseau la
voluntad de la mayoría. Sin embargo, esta no debe ser confundida con la
voluntad de todos. La voluntad es “general” cuando persigue el bien general,
según Rousseau (1998); consiste en cierto instinto moral que desarrolla el
cuerpo político que compone una república y lo hace tender hacia el bien
público. Podemos distinguir, entonces, lo siguiente:

La voluntad particular que en cada individuo se inclina hacia el bien


propio.
La voluntad general que en el cuerpo político se inclina hacia el bien
general o público.

La voluntad de todos como suma de las voluntades individuales


que persiguen cada una su propio bien.

Lo que los individuos están obligándose a obedecer por el contrato, al optar


por respetar la voluntad general, es el principio de mayoría para tomar
decisiones políticas colectivas. Según explica Kelsen (1977), hay una doble
justificación para adoptar este principio como regla en la toma de decisiones
políticas:

La mayoría es lo más cerca que podemos estar de la unanimidad,


pues prácticamente nunca logramos estar todos de acuerdo en el
conjunto de los asuntos comunes. Si el requisito para tomar
decisiones fuera la unanimidad, bastaría con que un solo individuo
estuviera en desacuerdo para que no pudiera tomarse ninguna
decisión. La unanimidad queda presupuesta solo como requisito
del contrato hipotético.

Se trata de una regla formal que presupone la igual libertad de cada


individuo, sin favorecer a ningún grupo o facción en desmedro de
los demás. Que la decisión emane del mayor número de personas
no la hace legítima, sino el hecho de que la libertad de cada uno al
momento de votar y elegir cuenta igual que la libertad de los
demás. Es decir, la ausencia de privilegios.
Ahora bien, el contrato supone una cierta desnaturalización de la libertad,
entendida en principio como la resistencia al dominio de una voluntad ajena a
la propia, advierte Kelsen (1977) releyendo a Rousseau, pues implica aceptar
decisiones con las que podemos no coincidir o con las que podemos haber
coincidido en algún momento, pero luego cambiar de opinión. En todos estos
casos, puede tocarnos estar dentro de la minoría que no logró ser la fuente
de la decisión y, sin embargo, está obligada por el contrato a respetar la
decisión mayoritaria.

En este sentido, el requisito de unanimidad en el contrato fundacional


hipotético es imprescindible, pues, como explica Rousseau en el capítulo 5,

si no hubiera convención anterior, a menos que la elección fuera


unánime, ¿dónde radicaría la obligación para la minoría de
someterse a la elección de la mayoría? Y ¿de dónde, cien que
quieren a un señor tienen derecho a votar por diez que no lo
quieren? La ley de la mayoría de los sufragios es ella misma una
fijación de convención y supone, por lo menos una vez, la
unanimidad. (1998, p. 54).

Al contrato, los hombres del estado de naturaleza llegan como individuos,


con su libertad y sus bienes, para transformarse en ciudadanos que serán
soberanos y súbditos de sí mismos. El acuerdo se realiza entre ellos mismos,
no entre ellos y los representantes como en la teoría de Locke. Dice
Rousseau:

Inmediatamente, en lugar de la persona particular de cada


contratante, este acto de asociación produce un cuerpo moral y
colectivo […] Esta persona pública que se forma así por la unión
de todas las demás recibía en otro tiempo el nombre de ciudad y
recibe ahora el de república o de cuerpopolítico, el cual es
llamado por sus miembros Estado cuando es pasivo, soberano
cuando es activo, potencia al compararlo con sus semejantes.
Los asociados toman colectivamente el nombre de pueblo y se
llaman en particular ciudadanos, en cuanto partícipes de la
autoridad soberana, y súbditos, en cuanto sometidos a las leyes
del Estado. (1998, pp. 57-58).

El principio de mayoría rige un orden democrático que Rousseau concibe


como participativo o directo, pues entiende que solo quien aplica la ley en
forma directa sobre sí mismo puede permanecer siendo libre. La soberanía
reside en el pueblo como cuerpo político y es indivisible e inalienable. En esto
resulta gráfico su juicio sobre el sistema representativo inglés, admirado por
Montesquieu. Para Rousseau, el pueblo inglés se cree libre, pero lo es solo
cuando vota; luego, los representantes son quienes realmente toman las
decisiones.

Sin embargo, como bien señala Sièyes (1748-1836), esta visión negativa
rousseauniana parece más afín al premoderno mandato imperativo, por el
cual el señor feudal representaba sus propios intereses en nombre de todos
sus vasallos, que al novedoso mandato representativo, donde la delegación
de poder que el pueblo soberano otorga a sus mandatarios puede hacerse
bajo tantos límites legales como él mismo desee (Chevallier, 1974).
Efectivamente, Rousseau considera que en los regímenes antiguos no se
conocía la palabra representante, que no es sino una invención del orden
feudal. Pero será sobre la base del mandato representativo que se
organizarán las instituciones democráticas modernas y no sobre la
participación política directa.

Un aporte de la teoría rousseauniana es su distinción entre Estado y


gobierno. Concibe al Estado como una república, es decir, la organización
política sujeta a derecho del pueblo soberano. El gobierno, en cambio, es la
administración suprema que ejerce el poder ejecutivo, que recibe del pueblo
sus comisiones que deben ser aprobadas por este en asamblea y pueden ser
revocadas. Rousseau utiliza la clasificación aristotélica de formas de
gobierno para distinguir dentro de una república:

1 un gobierno democrático: que sería el ideal, pues el pueblo


soberano reunido en asamblea se daría en forma directa a sí
mismo las leyes. Pero el propio Rousseau admite que sería difícil
imaginar un pueblo reunido permanentemente, deliberando y
ejecutando a la vez. La distinción entre cuerpo político y gobierno
se disolvería, lo que desviaría la atención de los asuntos comunes
generales hacia detalles particulares propios de la administración;

2 un gobierno aristocrático: el pueblo legisla en asambleas que se


reúnen periódicamente y delega en un senado aristocrático la
administración. No hay mandato representativo, ya que los
comisionados gobiernan ad referendum, es decir, que sus
decisiones deben ser ratificadas por las asambleas;

3 un gobierno monárquico: al igual que en el anterior, es posible


distinguir la asamblea y el gobierno, pero en este el monarca
concentra en sí mismo demasiado poder. Es en el gobierno en el
que más prevalece la voluntad particular y más peligra la voluntad
general.

Como sustrato moral de la república democrática, Rousseau piensa en una


educación cívica concebida a la manera de una religión civil, donde la fe
ciudadana inculcada por el Estado consista en el respeto a las leyes
emanadas de la voluntad general.

El principio de mayoría como criterio de decisión política se justifica porque:

se funda en la igual libertad de los ciudadanos;


se funda en la cantidad de votantes;

se funda en la voluntad individual de los ciudadanos;

se funda en la libertad natural de los individuos;

se funda en la voluntad del representante.

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Referencias

Kelsen, H. (1977). Esencia y valor de la democracia. Barcelona, ES: Labor.

Rousseau, J. J. (1998). Contrato social. Buenos Aires, AR: Losada.

Chevallier, J. J. (1974). Los grandes textos políticos. Desde Maquiavelo


hasta nuestros días. Buenos Aires, AR: Aguilar.
Lección 5 de 5

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