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Alimentos entre Parientes en el Código Civil

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28/11/24, 19:06 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.

, mayo 2015

TITULO VI. De los alimentos entre parientes [Arts. 142 a 153]


§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO I. De las personas [Arts. 17 a 332]
TITULO VI. De los alimentos entre parientes [Arts. 142 a 153]
TITULO VI. De los alimentos entre parientes [Arts. 142 a 153]

TITULO VI
De los alimentos entre parientes
Artículo 142.

Se entiende por alimentos todo lo que es indispensable para el sustento,


habitación, vestido y asistencia médica.

Los alimentos comprenden también la educación e instrucción del


alimentista mientras sea menor de edad y aun después cuando no haya
terminado su formación por causa que no le sea imputable.

Entre los alimentos se incluirán los gastos de embarazo y parto, en cuanto


no estén cubiertos de otro modo.

Modificado por art. 4 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Doctrina-comentario

I. La obligación de alimentos entre parientes. Constituye notable acierto de nuestro CC


regular sistemáticamente la obligación de alimentos entre parientes en sede propia, evitando
hacerlo —como otros Códigos de la época— dentro de la disciplina de las obligaciones
nacidas del matrimonio. Pues no es éste su fundamento o requisito en ningún sentido, ya que
basta la relación parental, en el grado señalado en los artículos siguientes, para hacer nacer,
como expresión de la solidaridad familiar, el deber de procurar a quien lo necesite la
satisfacción de sus necesidades. Surge, eso sí, la necesidad de distinguir este deber de los
más específicos de mutua ayuda y socorro entre cónyuges (arts. 67 y 68) y de alimentar a los
hijos menores sujetos a patria potestad (art. 154; aunque los arts. 110 y 111 muestran
inequívocamente que la obligación de prestar alimentos no está vinculada a la patria
potestad, sino a la relación de filiación, matrimonial o no); así como de señalar sus relaciones
con los alimentos a que se refieren preceptos como los arts. 90 y 93. Es opinión extendida en
la doctrina española —procedente, en sustancia, de la italiana— la que distingue la
obligación alimenticia «propiamente dicha» (que sería la regulada en los arts. 142 y ss.) de la
de mantenimiento del cónyuge y de los hijos menores. Es indudable que entre cónyuges y
respecto de los hijos menores hay deberes distintos y más exigentes que el de meros
alimentos, que, en cierto modo, lo engloban y sustituyen. Pero ello no exluye totalmente la
aplicación de los arts. 142 y ss.: el final del art. 145 es claro sobre la voluntad del legislador al
respecto.

II. Caracteres. La obligación de alimentos no representa una relación autónoma y aislada,


que se agote por el cumplimiento; antes bien, depende de una relación familiar más amplia

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que le da sentido. Aunque su contenido es patrimonial —y su cumplimiento puede consistir


en la entrega de una cantidad de dinero—, su finalidad, de protección de la vida de una
persona, y su fundamentación familiar, permiten considerarla de naturaleza no patrimonial
(cfr. Beltrán De Heredia Y Onis, Obligación, p. 29 y Com. Edersa, III-2, pp. 17; STS 7-X-70
y 10-XI-82). Suelen reconocérsele los siguientes caracteres: a) personalísima (irrenunciable
e intransmisible); b) imprescriptible; c) recíproca; d) relativa o dependiente de la efectiva
necesidad del alimentista y correspondiente posibilidad del obligado; e) variable conforme
cambian las expresadas circunstancias; f) no solidaria entre los obligados, cuando son más
de uno. Tendremos ocasión de analizar estos caracteres al comentar los siguientes artículos.
Conviene, empero, advertir ya que no siempre convienen estos caracteres del mismo modo a
todas las fases del deber de alimentos. Una cosa es la eventual obligación basada en el
parentesco en cierto grado; otra la posibilidad de exigir una prestación una vez que
concurren necesidad y posibilidad; otra, por último, cada una de las pensiones ya vencidas
(obligación ésta pecuniaria sin apenas peculiaridades).

III. Contenido. El art. 142 I presenta una enumeración, de raíces clásicas, de las
necesidades humanas que han de atenderse con la prestación de alimentos (han de incluirse
también los gastos funerarios, de acuerdo con el art. 1894 II). Si la obligación se cumple
manteniendo al alimentista en casa del alimentante, la alimentación, el vestido, etc., pueden
ser, propiamente, objeto de la prestación; pero, en la mayoría de los casos, en que el
cumplimiento de la obligación se realiza en dinero, aquella relación sirve como base para el
cálculo de la cuantía de la pensión, de modo que sólo en sentido muy laxo puede decirse que
las cantidades pagadas están vinculadas a estas finalidades, pues el deudor no puede vigilar
ni intervenir la aplicación que el alimentista haga de ellas. Por otra parte, la obligación de
alimentos no consiste en la participación —precisada en porcentaje— en las ganancias o el
capital del obligado, aunque la entidad de éstos se tendrá en cuenta para calcular su
contenido.

Los gastos de educación se han considerado siempre incluidos en los alimentos; la L 11/81
ha añadido una importante novedad, que, junto con el último párrafo introducido por la misma
Ley, merece alguna explicación.

1. Una tendencia muy generalizada en los tribunales extranjeros, que ha tenido traducción
legal en algunos países, exige a los padres el mantenimiento de los hijos mayores de edad y,
en especial, la financiación de sus estudios superiores mientras los jóvenes los prosiguen
con dedicación y aprovechamiento. Esta jurisprudencia nació y se desarrolló, sobre todo, en
casos de separación o divorcio entre los progenitores, por ser éstos más acomodados al
olvido de los deberes familiares: así ocurre en la STS 5-XI-84 (Com. Delgado, CCJC 1985,
p. 2127), sobre caso anterior a la L 11/81. En general, el adelantamiento de la mayoría de
edad, por una parte; y el retraso, por otra, en alcanzar autonomía económica así como en
concluir su formación superior un número creciente de ciudadanos, hace ineludible esta
reformulación y ampliación de los deberes de alimentos. La norma española presenta dos
peculiaridades (v. también su desarmonía con el art. 879 I):

a) No se formula como deber de los padres, sino —al incorporar la educación más allá de la
mayoría de edad al contenido de los alimentos—, potencialmente, a cargo de todos los
parientes obligados. Por tanto, también los abuelos podrán ser sujetos pasivos de esta
obligación. Ahora bien, resulta difícilmente aplicable el precepto a los alimentos debidos por
los descendientes a los ascendientes (la letra de la ley da a entender una continuidad no
interrumpida en la formación iniciada en la minoría de edad) y aun entre cónyuges. En cuanto
a los hermanos, v. art. 143.

b) La precisión de que el alimentista «no haya terminado su formación por causa que no le
sea imputable» no parece muy feliz. Literalmente, excluiría como alimentista a quien por su
mera voluntad sigue estudios superiores y difíciles para los que está capacitado; mientras

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que obligaría a seguir pagando estudios a quien no puede completarlos en tiempo razonable
por falta de capacidad intelectual, a pesar de todos sus esfuerzos. Más bien quiere decirse
todo lo contrarío y, sin duda, que quien tiene capacidad y pone el esfuerzo adecuado puede
seguir estudios a costa del alimentante mientras mantenga razonable regularidad en los
resultados y no pueda reprochársele abandono o vagancia.

2. En cuanto a los «gastos de embarazo y parto» se plantea grave duda sobre los sujetos de
esta relación de alimentos. Si se trata de la propia embarazada y parturienta respecto de su
cónyuge y sus parientes —como inclinan a pensar todos los datos textuales—, el precepto
querría decir que tanto su cónyuge como sus ascendientes y descendientes, y aun los
hermanos, en la forma prevista en los artículos siguientes, estarían obligados a sufragar tales
gastos. Lo cual es indudable y lo era antes de la reforma de 1981; pero innecesario a todas
luces el enunciarlo por separado de la asistencia médica y, sobre todo, sorprendente y
contrarío a la finalidad de la reforma el restringirlo al caso en que «no estén cubiertos de otro
modo». Cabe, por ello, pensar (Delgado, Com. Fam. Tecnos, II, p. 1032), que el legislador
se ha inspirado en modelos extranjeros —señaladamente, el BGB— que obligan al padre de
un hijo extramatrimonial a pagar los gastos de embarazo y parto de la madre; es decir, de
una mujer con la que no tiene lazo alguno de parentesco y a la que, en consecuencia, no
estaría obligado a prestar alimentos, ni, por tanto, a pagar estos gastos, si no fuera por esta
norma añadida. Para estos supuestos, tiene sentido formular como subsidiaria la obligación
del padre, para el caso en que la madre no tenga cubiertas estas prestaciones por la
seguridad social o de modo similar. Si se interpreta en este sentido la norma española, la
obligación del partenaire quedaría pospuesta también a la de los familiares de la mujer.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 143.

Están obligados recíprocamente a darse alimentos en toda la extensión


que señala el artículo precedente:

1º Los cónyuges.

2º Los ascendientes y descendientes.

Los hermanos sólo se deben los auxilios necesarios para la vida, cuando
los necesiten por cualquier causa que no sea imputable al alimentista, y
se extenderán en su caso a los que precisen para su educación.

Modificado por art. 4 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Doctrina-comentario

I. Enumeración de posibles obligados. Reciprocidad. El artículo enuncia los tipos y


grados de parentesco que fundamentan una obligación de alimentos: obligación que nacerá,
en su caso, cuando uno de los así vinculados los necesite y, entonces, frente al más cercano
(según el orden establecido en el artículo siguiente) que tenga posibilidad de prestarlos. La
nota de reciprocidad se refiere, exclusivamente, a esta relación básica de parentesco, al
vínculo u obligación potencial de alimentos, si así puede llamarse; no, naturalmente, a la
obligación ya nacida, pues en ella carece de sentido entender que quien no tiene lo suficiente
para vivir y, por ello, es acreedor de alimentos de otra persona, resulte, a su vez, deudor de
alimentos frente a ella. Es obvio, por ello, que en estas «obligaciones recíprocas» para nada

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se aplica el art. 1124, pues poco o nada hay de común en la reciprocidad que se predica en
uno y otro caso.

La reciprocidad, en el sentido apuntado, es hoy plena, pues ya no existe la pequeña


excepción que, durante cierto tiempo, conservaba para la persona adoptada su derecho de
alimentos frente a sus parientes por naturaleza, mientras que le eximía de toda obligación a
su respecto. Con todo, el derecho a los alimentos puede transformarse en unilateral por
culpa de uno de los eventuales acreedores, que lo pierde (Lacruz, Elementos, IV-1, p. 54).

II. Inexistencia de otros obligados. La enumeración de parientes obligados es cerrada: las


obligaciones derivadas de la ley no se presumen (art. 1090). Fuera de los unidos en
matrimonio y de los parientes consanguíneos en línea recta o colaterales en segundo grado
no hay obligación legal de alimentos entre parientes (caben, fuera del parentesco, otras
obligaciones legales de alimentos, como puede ser el discutido caso del donatario), de modo
que el círculo de parentesco relevante no coincide ni con el de la sucesión abintestato ni con
el de los legitimarios. Las posibles obligaciones morales, p. ej., entre quien casó con el
progenitor y los hijos de éste (es decir, padrastro o madrastra respecto de los entenados), o
entre suegro o suegra y yerno o nuera, o entre tíos y sobrinos, producirán, cumplidas, los
efectos de la irrepetibilidad y los demás que se reconozcan al cumplimiento de las
obligaciones naturales. Es de notar que el tutor, en cuanto tal, no está obligado a prestar
alimentos, sino a velar porque el pupilo los [Link] pariente obligado a ello.

III. En particular, los cónyuges. El deber de socorro mutuo (art. 68), más amplio que el de
alimentos, hace superfluo a este último cuando se cumple; pero no lo elimina o suprime, sino
que aflora cuando se rompe la unidad de vida: durante la preparación y sustanciación del
proceso de separación, divorcio o nulidad, sujeto entonces a las particulares disposiciones de
los arts. 90 y 93. En la separación de hecho —que ha dado lugar a numerosos
pronunciamientos del TS—, parece firme hoy la línea jurisprudencial representada por las
STS 28-11-69 y 17-VI-72, ratificada —después de la reforma legislativa— por la de 25-XI-82:
ningún precepto condiciona la exigibilidad de la deuda alimentaria de los cónyuges al deber
de vivir juntos o lo limita al supuesto de que la separación se haya decretado judicialmente.

IV. En particular, ascendientes y descendientes. La reforma de mayor importancia


introducida en este título del CC en 1981 es la que suprime, en este art. 143, las diferencias
entre ascendientes y descendientes basadas en la clase de filiación: en la redacción anterior,
sólo de la filiación legítima derivaba obligación de alimentos entre ascendientes y
descendientes sin limitación de grado; mientras que la legitimación por concesión real y la
filiación natural producía parentesco sólo respecto del padre, el hijo y los descendientes
legítimos de éste; por último, los hijos ilegítimos no naturales no tenían otro derecho que el
de «los auxilios necesarios para la subsistencia». En aplicación del precepto constitucional
que prohíbe la discriminación por razón de filiación, el legislador ordinario ha parificado a
todos, también en las relaciones con los ascendientes y otros descendientes del progenitor.

En cuanto a la filiación adoptiva, tras la L 21/87 no cabe duda de que la posición del
adoptado es idéntica a la de los hijos por naturaleza (art. 108, redactado en 1981), de modo
que se producen sin ninguna peculiaridad obligaciones alimentarias (recíprocas) entre el
mismo (y sus descendientes de cualquier clase), su adoptante o adoptantes y los
ascendientes de éste o de éstos. La citada Ley de 1987 sólo permite la subsistencia de
vínculos jurídicos (entre ellos, obligación de alimentos) entre el adoptado y la familia de
origen en los casos señalados en el art. 178.

V. En particular, los hermanos. Los «auxilios necesarios». También el último párrafo del
art. 143 recibió nueva redacción en 1981, con supresión del término «legítimos» que, hasta
entonces, caracterizaba a los hermanos obligados a darse alimentos. En adelante lo están
todos, sin más diferencias que las apuntadas en el art. 144 según sean de vínculo doble o

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sencillo. Ahora bien, los alimentos no son debidos en toda la extensión que señala el art. 142
(alimentos amplios, congruos o civiles) sino —como ya desde 1889 los hermanos legítimos,
únicos entonces obligados— sólo los «auxilios necesarios para la vida» (alimentos estrictos o
naturales). Lo que ocurre es que, desaparecido (en el art. 142) el módulo de la «posición
social de la familia» para el cálculo de los alimentos amplios, la diferencia entre unos y otros
tiende a reducirse: parece, con todo, que estos alimentos estrictos no se ajustarán a la
fortuna y posición del deudor, aunque sí deberán cubrir las necesidades mínimas del
acreedor, debiendo por tanto elevarse su importe cuando éstas aumenten (Lacruz,
Elementos, IV-1, p. 66). En estos «auxilios necesarios para la vida» se incluyen los gastos de
educación, ya no limitados a los indispensables para costear la instrucción elemental y la
enseñanza de una profesión, arte u oficio; ni restringidos a la menor edad; pero siempre con
el criterio estricto de los auxilios entre hermanos.

Por otra parte, estos auxilios están condicionados a la ausencia de culpa grave en la
causación, tanto de la indigencia como de los eventos que la motivaron; aunque algunos, con
criterio más favorable al alimentista, entienden que la culpa que excluye los alimentos es sólo
la actual e inmediata, con lo que no habría diferencia, a este respecto, con los demás
alimentistas (v. art. 150.3.º y 5.º).

A diferencia de los demás alimentistas, los hermanos no están nunca legitimados para instar
la declaración de prodigalidad (v. art. 295).

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 144.

La reclamación de alimentos cuando proceda y sean dos o más los


obligados a prestarlos se hará por el orden siguiente:

1º Al cónyuge.

2º A los descendientes de grado más próximo.

3º A los ascendientes, también de grado más próximo.

4º A los hermanos, pero estando obligados en último lugar los que sólo
sean uterinos o consanguíneos.

Entre los descendientes y ascendientes se regulará la gradación por el


orden en que sean llamados a la sucesión legítima de la persona que
tenga derecho a los alimentos.

Modificado por art. 4 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Doctrina-comentario

I. Planteamiento. El artículo anterior ha enumerado los posibles obligados. Cabría entender


que, cuando hay varios posibles obligados, todos ellos han de concurrir a prestar alimentos
(dividiéndose la carga entre ellos de manera igual o desigual), o que el necesitado podría
dirigirse a su elección contra quien quisiera. No son estos los criterios del CC (ni de la
mayoría de los Códigos), sino que establece un orden de prelación: habiendo parientes de
orden más próximo en condiciones de prestar alimentos, no puede acudirse a los de orden
posterior en el elenco. Puede pasarse a la clase siguiente, por tanto, no sólo cuando no haya
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ningún obligado de las anteriores (como si un soltero sin descendencia se dirige contra sus
padres), sino también cuando los que hay no podrían satisfacer los alimentos sin desatender
a sus propias necesidades y las de su familia más próxima (v. art. 152.2.º). No es preciso, en
este último caso, previa demanda a los más próximos en el elenco, sino que puede dirigirse
la acción contra cualquiera de los comprendidos en la escala, siempre que se justifique que
los llamados antes carecen de medios para satisfacerlos (STS 20-XI-20), como si se
demanda al abuelo paterno estando el padre en ignorado paradero y careciendo la madre de
medios suficientes y de la posibilidad de obtenerlos (STS 2-XII-83).

II. Gradación entre ascendientes y descendientes. No hay concordancia plena entre lo


dispuesto en los núms. 2.º y 3.º (atención exclusiva a la proximidad de grado entre
descendientes y ascendientes) y el párrafo último, en su remisión «al orden en que sean
llamados a la sucesión legítima»: la diferencia reside en los casos en que procede el derecho
de representación sucesoria.

1. Si hay descendientes de grado desigual (hijos y nietos, descendientes éstos de un hijo


premuerto), el problema es si la carga se atribuye sólo a los más cercanos (a los hijos,
omitiendo a los nietos). No es éste el criterio en la sucesión abintestato: puesto que son
llamados a sucesión legítima todos los que no tienen mediador sucesorio entre ellos y el
causante, cabría argumentar que el grado más próximo se refiere a éstos; y no al grado más
cercano de descendientes. La expresión del art. 144.2.º (sigue explicando Lacruz,
Elementos, IV-1, p. 57) trataría de eliminar a aquéllos que, viviendo sus padres o abuelos,
desciendan del alimentista, ascendientes e grado más lejano. La solución, como indica este
autor, es realmente dudosa. Si se acepta la contribución de todos los descendientes sin
mediador sucesorio, se plantea el ulterior problema de saber· si todos contribuyen por
cabezas, cada uno en proporción a su fortuna o posibilidades, o bien por estirpes, y entonces
teniendo en cuenta, además, las cuotas que les corresponderían en la sucesión del
alimentista.

2. Problema similar se plantea para los ascendientes de segundo y tercer grado, como si
quedan sólo un bisabuelo paterno y los cuatro matemos. En este caso, podríamos armonizar
el criterio del grado con el de división por líneas del art. 937, que opera sólo entre
ascendientes del mismo grado, con la consecuencia, en el ejemplo, de distribuir la carga por
mitad entre el bisabuelo paterno, de una parte, y todos los maternos de otra. Pero ello sería
difícil de compaginar con el reparto «en cantidad proporcional a su caudal respectivo» que,
para cuando recae la obligación sobre dos o más personas, establece el art. 145.

Quizá la remisión al orden de la sucesión intestada no haya sido prevista (en 1889, pues el
texto no ha sido modificado luego) para estos problemas (resueltos, entonces, por la
aplicación directa de la regla de proximidad de grado), sino para los de la concurrencia de
descendientes y ascendientes legítimos y naturales. Hasta 1981, los hijos naturales sucedían
sólo en ausencia de descendientes y ascendientes legítimos, luego a falta de éstos
quedaban obligados a prestar alimentos al padre. Hoy el párrafo último del art. 144 ya no
cumple esta función (equiparadas todas las filiaciones) y, quizá, ninguna en concreto,
sirviendo tan sólo de recordatorio de las relaciones que, grosso modo, doctrina y legisladores
han apreciado siempre entre la obligación de alimentos y el Derecho de sucesiones.

III. Gradación entre hermanos. Hasta la L 11/81, el CC sólo reconocía alimentos entre
hermanos legítimos, «aunque sólo sean consanguíneos o uterinos», y sin diferenciación
entre ellos. Al extender la obligación de alimentos a todos los hermanos ha parecido
conveniente al legislador introducir una gradación que, sin discriminar según sean o no
matrimoniales —y, por tanto, sin tacha de inconstitucionalidad— tenga en cuenta la diferente
distancia afectiva y familiar que media entre hermanos según procedan del mismo padre y la
misma madre, o bien sólo tengan un progenitor común. De modo que, en virtud de la nueva
redacción del núm. 4.º, los nacidos de una pareja, casada o no, han de pedir alimentos antes

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a los demás hijos de la misma pareja que a los tenidos por uno sólo de los progenitores con
pareja distinta (estando o no casados), con anterioridad o posterioridad a su propio
nacimiento. Ha de subrayarse que esta prioridad juega tanto entre hijos de matrimonios
sucesivos de una misma persona como entre hijos matrimoniales y no matrimoniales. En
particular, éstos tendrán derecho a alimentos prestados por los hijos matrimoniales con la
misma extensión que los matrimoniales entre sí, pero sólo cuando carezcan de hermanos de
doble vínculo o éstos no se encuentren en condiciones de alimentarlos.

En cuanto a los hermanos adoptivos, es difícil aplicarles la cláusula graduatoria del núm. 4.º,
que, evidentemente, no ha sido pensada para ellos. Una posibilidad sería tratarlos siempre
como hermanos de vínculo doble (y así procede entre los varios adoptados por una misma
persona). Pero, en mi opinión, la solución menos mala es atender a si la relación de adopción
media con uno o con ambos progenitores del hermano a quien se pide, o que reclama,
alimentos. El adoptado por dos personas de distinto sexo (o en los casos del art. 178, en que
subsiste el vínculo de filiación por naturaleza junto al adoptivo) sería considerado como
hermano de doble vínculo respecto de los hijos por naturaleza o adoptivos de ambos
adoptantes; mientras que el adoptado por una sola persona sólo tendría hermanos de vínculo
sencillo.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 145.

Cuando recaiga sobre dos o más personas la obligación de dar alimentos,


se repartirá entre ellas el pago de la pensión en cantidad proporcional a
su caudal respectivo.

Sin embargo, en caso de urgente necesidad y por circunstancias


especiales, podrá el Juez obligar a una sola de ellas a que los preste
provisionalmente, sin perjuicio de su derecho a reclamar de los demás
obligados la parte que les corresponda.

Cuando dos o más alimentistas reclamaren a la vez alimentos de una


misma persona obligada legalmente a darlos, y ésta no tuviere fortuna
bastante para atender a todos, se guardará el orden establecido en el
artículo anterior, a no ser que los alimentistas concurrentes fuesen el
cónyuge y un hijo sujeto a la patria potestad, en cuyo caso éste será
preferido a aquél.

Doctrina-comentario

I. La obligación de alimentos no es solidaria. Se discutía en la doctrina anterior al CC si la


obligación de alimentos es divisible indivisible; entendiéndose, en el segundo caso, como
solidaria (en nuestra terminología actual); si bien la esencial característica de no surgir el
deber de prestar alimentos sino a cargo de quien tiene medios para pagarlos altera
sustancialmente todos los mecanismos legales que, en las situaciones de pluralidad de
deudores, tienen en cuenta la insolvencia de alguno de ellos para hacerla o no recaer sobre
los demás.

1. El art. 145 configura la obligación, en principio, como mancomunada divisible. En realidad,


su pár. I dice dos cosas distintas: que, en la relación interna, la deuda no se divide por mitad
o por iguales partes, sino en proporción al caudal de cada uno de los obligados; y que el
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acreedor no puede dirigirse contra uno solo de ellos para exigir el pago de la totalidad. Esto
último no se desprendería, necesariamente, de la letra de este párrafo, pero sí deriva, sin
duda, de la relación con el siguiente, que permite imponer a uno solo de los obligados el
pago de la totalidad únicamente en caso de urgente necesidad y por circunstancias
especiales.

2. En consecuencia, de ordinario es preciso demandar a todos y cada uno de los obligados, y


cada uno de ellos no pagará sino una parte. Situación, por tanto, que coloca al alimentista
con varios parientes en el mismo grado de la escala en situación más incómoda que si
únicamente tuviera uno solo (solvente). Ahora bien, lo que no es necesario es que demande
a aquellos parientes que no se encuentran en situación de sufragar alimentos, supuesto en el
que la deuda se ha concentrado en los demás. [Link]., si uno de los hijos carece de medios de
fortuna, el padre puede dirigirse sólo contra los otros hijos, que deberán los alimentos en su
cuantía plena. En este sentido (y a diferencia de lo que ocurre en las obligaciones
mancomunadas divisibles), la insolvencia de uno de los deudores no perjudica al acreedor de
alimentos, tampoco cuando sobreviene con posterioridad.

3. Resulta, por tanto, claramente, que la obligación de alimentos no ha sido configurada


como solidaria por el legislador, probablemente en atención al principio según el cual la
solidaridad no se presume. Puesto que el alcance de tal principio ha sido notablemente
limitado en los últimos decenios por la jurisprudencia, la cual, a menudo, dice no ser aplicable
a las obligaciones que no nacen de la voluntad de los particulares, sino de la ley, cabe
preguntarse si la interpretación del art. 145 no ha de ser más inclinada a la solidaridad, en
beneficio del necesitado de alimentos. En realidad, la letra del precepto —sobre todo, su
párrafo segundo— no permite entender que el alimentista pueda dirigirse contra cualquiera
de los obligados para exigirle el pago de la totalidad. Probablemente, tampoco sería
conveniente. Si la deuda todavía no se ha fijado en su cuantía, no hay cauce para demostrar,
frente a un demandado, los medios de fortuna de otro pariente no demandado, en razón de
los cuales el monto de los alimentos debiera ser mayor que si se midiera tan solo por la
fortuna del pariente demandado. Y, fijado ya el importe, tiene razón Lacruz al advertir que
«sería incongruente que se pudiera reclamar la totalidad al obligado de menor riqueza,
cuando el determinante de la suma a prestar hubiera sido precisamente la capacidad
económica de otro coobligado mucho más acomodado». A lo más que podría llegarse es a
exigir a uno solo de los obligados cuanto él hubiera tenido que pagar (de acuerdo con su
fortuna) si no hubiera otros parientes en el mismo lugar del elenco de obligados.

II. Determinación de la cuantía y reparto proporcional. Para fijar la cuantía total de los
alimentos y su reparto entre los obligados habrá que tener en cuenta el caudal o medios de
todos y cada uno de ellos, en la forma señalada, en general, por el art. 146. Esto es así
también en el caso de que los obligados sean el padre y la madre (si están casados, surgirá
adicionalmente un problema de régimen económico matrimonial), sin que haya ya lugar a
plantearse si ésta sólo debía contribuir subsidiariamente. Se pregunta Lacruz (Elementos,
IV-1, p. 62) si, para graduar el importe de los alimentos habiendo varios obligados, «el caudal
o medios de quien los da» ha de calcularse sumando los caudales de todos ellos, o bien,
además, haciendo un promedio, es decir, calculando la situación económica media del grupo.
Se inclina, atinadamente, por la primera tesis, pues sería incongruente que, habiendo varios
obligados, el alimentista percibiera menos que si el obligado único fuera el más rico de ellos.

De ordinario, el Juez determinará la contribución de cada uno, en el mismo juicio en que se


ventilen los alimentos y se fije su cuantía: resolviendo, entonces, a la vez sobre los intereses
de los demandados que no litigan entre sí. Pero nada obsta a que los obligados diluciden
este extremo en otro pleito declarativo de la cuantía que corresponda.

Los codeudores podrían también celebrar entre sí convenios sobre la distribución de la


carga, con asentimiento del alimentista. De acuerdo con Lacruz (Elementos, IV-1, p. 58),

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tales acuerdos no obligarán a éste para el futuro: podrá, por ende, pedir la redistribución o
reclamar los alimentos al conjunto de obligados como si el convenio no existiera. Pero entre
los codeudores sí rige el convenio, pues no se hallan afectados por la insusceptibilidad de
renuncia o transacción del derecho del alimentista. Si bien el propio convenio (lo mismo que,
en su caso, la sentencia) parece que debe subordinarse al principio de variabilidad de la
deuda alimentaria y su dependencia de la situación económica actual de cada obligado:
habrá de entenderse, por tanto, como un reconocimiento o fijación de las condiciones
económicas de los contribuyentes en el momento en que se pacta, sujeto a las
modificaciones que tales condiciones experimenten.

III. Solidaridad provisional. El alimentista no sólo no puede exigir extrajudicialmente a uno


de los obligados el cumplimiento por la totalidad, sino que tampoco ejercitando la acción ante
los tribunales conseguirá esta consecuencia sino en caso de urgente necesidad y por
circunstancias especiales (el CC parece exigir cumulativamente ambos requisitos), cuya
apreciación queda al arbitrio del juzgador. En atención a que el derecho a la vida del
necesitado requiere la prestación efectiva de las contribuciones señaladas (en el mismo juicio
o en otro anterior), se establece que, fallando una de ellas —no en razón de falta de medios
del supuesto obligado, pues, entonces, no lo estaría y se prescindiría sin más de él—, pueda
el Juez obligar a uno o varios de los otros alimentantes a pagar la totalidad. Podría ser el
caso en que no pudiera demandarse en España a uno de los obligados o éste tuviera su
fortuna en país extranjero (sobre todo si con él están interrumpidas las comunicaciones) o
estuviera en suspensión de pagos (no habiendo duda sobre la suficiencia de su capital). La
provisionalidad puede entenderse en un doble sentido. Por una parte, quien paga en
cumplimiento de esta orden judicial puede reclamar a los demás obligados la parte que les
corresponda, por lo que su desembolso no es económicamente definitivo; por otra, la
decisión judicial ha de valer sólo durante cierto tiempo. En efecto, si la imposibilidad es
objetiva y duradera, más bien estaremos en caso de extinción o falta de nacimiento de la
deuda respecto de éste, con concentración en los demás del mismo grado.

Sin necesidad de juicio, puede uno de los obligados, si quiere, pagar también la parte que
corresponde a otros, teniendo, entonces, acción de regreso contra ellos: no puede estar en
peor situación que el tercero a que se refiere el art. 1894.

IV. Pluralidad de alimentistas. El párrafo último plantea el caso (inverso al del artículo
anterior) en que son varios los que reclaman de una misma persona; y lo resuelve con los
mismos criterios, aplicando el principio de reciprocidad. La única diferencia es la preferencia
acordada, muy razonablemente, a los hijos menores sobre el cónyuge —que, además de ser
mayor de edad, más fácilmente tendrá también otros parientes que le atiendan—: con la
consecuencia, también, de distinguir entre hijos menores —antepuestos al cónyuge— y
mayores de edad —que le siguen—, sin que haya razón para mantener esta jerarquía entre
hijos sólo en el caso de concurrir con el cónyuge.

Las reglas de preferencia entre alimentistas pueden afectar también, indirectamente, a la


determinación del pariente obligado. P. ej., si un padre concurre en la petición de alimentos a
su hijo junto con los hijos menores de éste, en caso en que la fortuna del demandado no sea
suficiente para ambos verá rechazada su demanda. Podría dirigirse, entonces, contra un
nieto. En casos así, podría ocurrir que este obligado en segundo grado ([Link]., el nieto) se
encuentre en mejor posición económica que el obligado en primer grado (su padre) y, en
consecuencia, que la pensión alimenticia sea superior a la que el alimentista hubiera
conseguido de su hijo.

Casos como el propuesto hacen ver que las reglas sobre gradación de obligados o de
alimentistas no han de aplicarse de forma absolutamente rígida y mecánica. Así, propone
Lacruz que si un obligado primario tiene escasas posibilidades y luego hay otro, de rango
ulterior, muy rico (en quien recaería la obligación si el primero careciera totalmente de

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fortuna), parece que habría de tenerse en cuenta la capacidad económica del obligado de
segundo rango, de modo que el alimentista percibiera del primero la pensión íntegra que éste
deba prestar de acuerdo con su capacidad económica, y del segundo un suplemento de
pensión hasta el importe que recibiría si los alimentos se calculasen conforme al caudal de
dicho segundo deudor.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 146.

La cuantía de los alimentos será proporcionada al caudal o medios de


quien los da y a las necesidades de quien los recibe.

Modificado por art. 4 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Doctrina-comentario

I. El caudal o medios del alimentante. Uno de los presupuestos de la obligación alimenticia


(junto con la relación de parentesco y la necesidad del alimentista) es la capacidad
económica del alimentante. Sin ella la obligación no llega a nacer; nace en cuantía calculada
según aquella capacidad; nacida, las variaciones en aquella capacidad se traducirán en
variaciones de la cuantía; reducida por debajo de cierto límite la capacidad económica del
alimentante, se extingue la obligación. No es exacto, sin embargo, considerar la obligación
de alimentos como condicional, ya por tratarse de eventos predispuestos por el Derecho, ya,
sobre todo, porque la obligación no preexiste como condicional a los acontecimientos y
circunstancias que le dan vida. Sobre si el criterio de proporcionalidad con los medios del
alimentante se aplica también a los alimentos debidos entre hermanos, v. com. art. 147 I.

1. El «caudal o medios» del alimentante (cfr. arts. 145, «caudal»; 152, «fortuna») comprende,
a estos efectos, las rentas tanto del capital como del trabajo, el propio capital y aun, en cierto
sentido, su capacidad o posibilidad de trabajar. Son ya lejanos los tiempos en que los
tribunales tenían que aclarar que en los medios del obligado se incluyen los ingresos
procedentes de cualesquiera bienes (STS 21-III-1906) y los jornales o salarios que gane
(STS 8-IV-1897). En cuanto al propio capital, no parece dudoso que, hoy, haya de
sacrificarse (naturalmente, habida cuenta de las deudas), con el límite de la posibilidad de
atender el alimentante a sus propias necesidades y las de su familia más cercana (v. art.
152.2.º). Si está casado, ha de atenderse, para el cálculo de sus posibilidades, a sus medios
propios, no a los bienes de la sociedad conyugal (aunque sí a su participación en la misma).

2. No hay, propiamente, obligación jurídica de trabajar para poder alimentar (o alimentar


mejor) a los parientes. Pero los jueces podrían tener en cuenta la arbitraria renuencia al
trabajo por parte del alimentante, para fijar la cuantía de los alimentos por él debidos por
encima de lo que, de otro modo, correspondería a sus modestas rentas del capital. Además,
puede ser fundamento de la negativa al alimentista en su reclamación frente a obligados en
grado ulterior el hecho de que la imposibilidad de conseguirlos del primer obligado esté
basada en la simple resistencia de éste a trabajar. Así la STS 10-I-1906 declara que carece
de derecho a los alimentos la mujer casada que los solicita de sus ascendientes durante la
cesantía de su esposo, si no se justifica cumplidamente la existencia de algún impedimento
físico o moral que obste al desarrollo de sus aptitudes (parece que ambos cónyuges querían
vivir cómodamente, sin trabajar, a costa de los padres de ella). La STS 24-XI-20 rechaza la
petición de alimentos del padre de unos menores, en nombre de éstos, a su suegra, por
cuanto tal padre se encuentra en perfecta disposición de consagrar sus aptitudes y energías
a trabajo adecuado que le consienta cumplir su deber de suministrar alimentos a sus hijos.

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En casos como éstos, habrá de tenerse en cuenta la posibilidad real de conseguir trabajo; así
como la necesidad de proveer al mantenimiento de los menores, incluso a cargo de otros
parientes, si sus padres no los atienden, aunque sea por abandono; pero [Link] cauces
específicos en sede de patria potestad.

3. Fuera de las garantías específicas que puedan constituirse voluntaria o judicialmente (v.
art. 148 in fine), no está sujeto el deudor de alimentos a ninguna limitación o cortapisa
especial en la gestión de su patrimonio o en su actividad jurídica.

a) La declaración de prodigalidad no es una forma de garantía del cumplimiento de las


obligaciones alimentarias y no procede por más que el incumplimiento sea voluntario y
reiterado (mientras no vaya acompañado de dilapidación): no es una interdicción civil
encubierta sancionadora de incumplimientos civiles.

b) Como cualquier otro deudor, los actos del obligado a prestar alimentos realizados en
fraude del alimentista pueden rescindirse a instancia de éste. Lo peculiar del caso es que los
negocios celebrados para disminuir la propia solvencia producirían, si fueran plenamente
eficaces, la extinción de la deuda (no sólo el impago). Observa Castán que, si bien los actos
posteriores al reconocimiento de la deuda alimenticia podrán ser atacados de fraudulentos,
no así los anteriores, como quiera que la rescisión en fraude de acreedores exige que el acto
o contrato que se impugne sea posterior al crédito del actor, y el derecho al abono de los
alimentos sólo nace a partir de la reclamación judicial. Sin embargo, es de admitir, con
Lacruz, que no puede excluirse la impugnación desde el momento en que se pruebe el
consilium fraudis, para lo cual no es necesario previa demanda, pero sí una necesidad actual
del alimentista, o, al menos, previsible.

II. Las necesidades del alimentista. De modo similar, puede decirse que el nacimiento,
subsistencia y cuantía de la deuda dependen de las necesidades del alimentista.

1. Estas necesidades han de apreciarse en relación con la persona concreta (aunque, desde
1981, sin tener en cuenta la posición social suya y de su familia), en el ámbito de lo preciso
para el sustento, habitación, vestido, asistencia médica y educación (v. art. 142).
Necesidades, se entiende, a las que él no puede subvenir por sí, mediante el gasto de sus
bienes patrimoniales y el acrecimiento de éstos por su trabajo. Al haber desaparecido —en la
reforma de 1981— el módulo de la «posición social de la familia», parece que el alimentista
habrá de gastar todo su patrimonio, incluso cuando la venta de los bienes sólo sea posible en
condiciones desventajosas, antes de recibir alimentos. En cuanto a la capacidad de trabajo,
si el art. 152.3.º dispone que cese el derecho cuando el alimentista pueda ejercer un oficio,
profesión o industria, es lógico que no llegue a nacer si existe tal posibilidad.

2. La necesidad que se tiene en cuenta es la del alimentista mismo, y no la de las personas


que voluntaria o legalmente tenga a su cargo, pues éstas, o tienen derecho de alimentos
frente al mismo obligado, y entonces deben ejercerlo individualmente y con el rango que les
corresponde, o no lo tienen, y entonces no podrían gravar, a través del alimentista, el
patrimonio de un tercero. El derecho de alimentos es, pues, estrictamente individual (Lacruz,
Elementos, IV-1, p. 61). Ello no obsta para que un cónyuge pueda dirigirse contra el otro
pidiendo, a la vez, alimentos para sí y para los hijos menores comunes, actuando en
representación de estos últimos: pues a ambos está obligado a alimentar el cónyuge y padre
demandado (con preferencia, por cierto, de los hijos menores respecto del cónyuge: art. 145
in fine). Para la STS 12-II-82, no es necesario que se precise «con independencia el quantum
alimenticio a fijar a la esposa y a los hijos del matrimonio que aquélla tenga a su cargo, por
haberle sido conferida su potestad».

3. Un derecho contractual de alimentos debe ejercitarse previamente al derecho legal, pues


la existencia del primero excluye el requisito de la necesidad del alimentista. Según la STS 6-
X-1904, establecido por contrato privado el derecho de la madre a recibir de su hija
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determinada cantidad y a que la alimentase, teniéndola en su compañía, sentándola a su


mesa y atendiéndola en sus enfermedades, es evidente que la madre, prescindiendo de
dicho contrato, no puede pedir alimentos por no encontrarse necesitada de ellos; y sólo si
estuviese justificado que estaba abandonada de su hija y no recibía de ésta los alimentos
obligados, es cuando, aparte del contrato y sin perjuicio de ejercitar las acciones derivadas
del mismo, hubiera podido, por razón de urgencia, entablar la demanda reclamando los
alimentos. Doctrina generalizable a cualquier prestación, a cargo de personas privadas o
públicas, que constituya verdadero derecho a favor del alimentista, el cual no podría
arbitrariamente renunciar a él o a su ejercicio para ponerse en situación de necesidad. Por el
contrario, el hecho de ser, graciosamente, mantenido por un tercero no obligado a ello no
excluye el presupuesto de la necesidad en el alimentista. Un supuesto peculiar es el que se
plantea, p. ej., en la SAT Pamplona 9-1-87: la esposa separada de hecho, que tiene la
guarda de la hija y convive con otro hombre que atiende a las necesidades de ambas,
reclama alimentos para su hija a su marido (padre de la niña). La sentencia entiende que el
padre no está exonerado, en relación con tal hija, de las obligaciones que le imponen los
arts. 92 y 93 CC. No se plantea, y sería muy discutible, el derecho de alimentos de la mujer.

III. Apreciación judicial. Los criterios de proporcionalidad señalados en el art. 146 no


pueden entenderse de modo matemático, ya que no proporcionan ninguna fórmula o
ecuación que permita un cálculo exacto de una pensión en dinero. Repárese, en particular,
en que, sin infringir la norma, se podría establecer pensiones muy diversas (sobre todo,
superado el nivel mínimo de subsistencia del alimentista), según el grado de sacrificio en la
satisfacción de sus necesidades o sus comodidades que pensemos debe imponerse al
alimentante. Lo que sí exige la norma —junto con el principio de igualdad ante la ley— es
que en situaciones equiparables de necesidad del alimentista y de medios del obligado la
pensión fijada sea sensiblemente igual.

Tanto la necesidad como los medios son cuestiones de hecho sometidas a la libre
apreciación de los tribunales de instancia. Para el cálculo de estos últimos y dada su habitual
ocultación en los litigios sobre alimentos, los tribunales se guían también por signos externos,
como en el caso de la SAP Lérida 2-VII-80, en que el padre alega unos ingresos mensuales
de 40.000 pts. y se ha comprado un piso y dos automóviles. La STS 12-II-82 aprueba la
apreciación del caudal del obligado «revelado de su comportamiento social y signos
externos».

El arbitrio judicial debe acomodarse a los elementos de juicio y base de proporcionalidad que
establece el art. 146; si de modo notorio no se ajusta a tal proporcionalidad, es impugnable
en casación (STS 13-IV-51, 21-III-58, 14-IV-62, 28-VI-68 y 9-X-81).

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 147.

Los alimentos, en los casos a que se refiere el artículo anterior, se


reducirán o aumentarán proporcionalmente según el aumento o
disminución que sufran las necesidades del alimentista y la fortuna del
que hubiere de satisfacerlos.

Doctrina-comentario

I. «En los casos a que se refiere el artículo anterior». Esta expresión del art. 147 es una
de las muchas rebabas que las reformas de 1981 dejaron en el CC. En la versión anterior —
la de la segunda edición de 1889—, la remisión tenía sentido, pues el art. 146 circunscribía
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su precepto a «los casos comprendidos en los cuatro números del artículo 143», excluyendo,
por tanto, los auxilios necesarios debidos a los hijos ilegítimos, así como los auxilios
necesarios para la vida debidos entre hermanos. La L 11/81 ha suprimido, claramente, el
primer caso; pero no así el segundo, pues el art. 143 II sigue estableciendo una diferencia
para los alimentos debidos entre hermanos (ahora todos los hermanos), ya que abarcan sólo
«los auxilios necesarios para la vida».

Ahora la remisión del art. 147 al 146 carece, literalmente, de sentido. Además, la supresión
de la referencia a la «posición social de la familia», que hasta 1981 servía para medir los
alimentos congruos, podría inclinar a pensar que es idéntico el contenido y criterio de cálculo
de la cuantía de todos los alimentos debidos entre los sujetos indicados en el art. 143. Creo,
sin embargo, preferible entender que hay, realmente, diferencia en el caso de los auxilios
entre hermanos (respecto de todos los demás casos); pero que también a ellos se aplica el
art. 146 y, por tanto, el 147, si bien en forma compatible con el art. 143 II. En consecuencia,
tratándose de estos auxilios, podrán aumentar proporcionalmente al aumento de las
necesidades del alimentista, siempre que estas necesidades sigan siendo las mínimas vitales
(incluida la educación); y podrán aumentar también cuando se produzca aumento en la
fortuna del alimentante, cuando con anterioridad no hubiera estado en situación de atender
sino parcialmente a aquellas necesidades mínimas.

II. Variabilidad de la deuda alimenticia. La capacidad económica del alimentante aumenta,


obviamente, al aumentar el valor de su patrimonio, o sus rentas del capital, o sus ingresos
procedentes del trabajo, medidos en moneda constante. Pero también al disminuir otras
obligaciones familiares preferentes, o aun sus propias necesidades (por ejemplo, al recuperar
la salud tras largo período en que debió hacer cuantiosos gastos en médicos y medicinas).
Correlativamente, disminuye en los casos contrarios. Las necesidades del alimentista pueden
variar con su edad, salud y demás circunstancias, como educación o incapacidad para el
trabajo. En principio, son irrelevantes las causas por las que ocurren los cambios de que aquí
se trata; pero hay que tener en cuenta lo dispuesto en los arts. 143 II y 152.5.º

La variación de la pensión procede cualquiera que haya sido el cauce judicial en que haya
sido fijada. Si lo fue en juicio de alimentos provisionales (arts. 1609 y ss. LEC), la misma ley
(art. 1617 LEC) indica que la sentencia nunca produce excepción de cosa juzgada,
pudiéndose discutir en el plenario de alimentos tanto la existencia del derecho como la
obligación de darlos y su cuantía; pero «sin perjuicio de seguir abonando mientras tanto la
suma señalada provisionalmente». Si lo que se alega es que en el de alimentos provisionales
se estableció una pensión desproporcionada a las circunstancias entonces existentes, no hay
otro cauce de rectificación que el declarativo. Pero si lo que se pretende es una revisión por
haber cambiado las circunstancias, parece que ha de servir nuevo juicio de alimentos
provisionales. En efecto, si es posible revisar siempre una sentencia pronunciada en el
declarativo (llamado «juicio de alimentos definitivos»), con mayor razón la pronunciada en el
de alimentos provisionales. Y que la pronunciada en el de alimentos definitivos es revisable,
se deduce sin duda del propio art. 147 CC, por más que calle la LEC anterior en el tiempo (v.
STS 5-X-77 y 9-X-81).

Plantea Lacruz (Elementos, IV-13, p. 64) en qué momento se produce la variación del crédito
alimentario. De acuerdo con la opinión común sobre el momento del nacimiento, podría
entenderse que es la demanda la que señala el momento de la variación (v. art. 148). Pero,
por su parte, propone este autor distinguir entre las variaciones en alza y en baja. En el
primer caso serán aplicables las reglas para el nacimiento de la deuda; «mientras que en el
segundo, quizá no sería justo confirmar el fraude del alimentista que oculta una mejora de
sus ingresos o una disminución de sus necesidades, permitiéndole retener el mayor importe
de las pensiones al amparo de la ignorancia del deudor, que desconoce el cambio de
circunstancias». En su opinión, tal importe mayor lo ha adquirido sin causa, para la
satisfacción de necesidades inexistentes, y debe restituirlo.
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III. Deuda alimenticia y disminución del poder adquisitivo. La obligación de alimentos no


tiene como objeto el dinero, sino la satisfacción de las necesidades del alimentista, por lo
que, supuestas éstas inmutadas, las unidades monetarias en que se paga han de aumentar
en la medida en que la moneda pierde poder adquisitivo a fin de mantener inalterada la
prestación. Todo ello hace pensar en una deuda de valor y sugiere la adopción de medidas
de protección frente a las alteraciones monetarias, como puede ser la referencia al índice
oficial del coste de la vida (cfr. arts. 90.C y 93). Ahora bien, es conocimiento de común
experiencia que los salarios no suelen subir en la misma proporción que el coste de la vida,
por lo que, si los ingresos del alimentante son de esta índole, el pago de una pensión que se
revaloriza de acuerdo con aquellos índices no será proporcional, sino superior, al aumento de
sus medios económicos, por lo que se infringiría el art. 147. Dicho con palabras de la STS 5-
XI-83, «la crisis y sus secuelas afectan a ambas partes». Por ello, la STS 9-X-81 casa la de
instancia que ordenaba adecuar la deuda alimenticia al valor de la moneda según los índices
oficiales del coste de la vida, estableciendo, en definitiva, una cautela adicional que
compagina todas las exigencias: la adecuación según aquellos índices se entiende «siempre
que el aumento, en su caso, no exceda de la proporción en que se hayan incrementado los
ingresos del obligado, o en otro supuesto tomando en cuenta la cantidad menor de la
elevación producida». Cabría también comenzar por admitir la indización, como hace, por
ejemplo, la STS 22-V-81, advirtiendo que se halla sometida a las variables del art. 147: en
este caso, será el obligado quien haya de incoar nuevo pleito cada vez que el incremento en
nominal producido por la indización supere el incremento de sus ingresos. No establecida
cláusula de estabilización (pactada o judicial), de acuerdo con Martínez Lasierra (com.
STS 5-XI-83, CCJC 1984, p. 1142) la demanda por la que el alimentista solicita elevación del
nominal de la deuda para adecuarla a la depreciación es distinta de la que se dirige a
establecer una nueva proporción entre sus necesidades y las posibilidades del obligado, por
haber variado uno u otro término de referencia. En el primer caso, no es necesario probar
que han aumentado las necesidades del alimentista —sino que, habiendo permanecido
iguales, son necesarias más unidades monetarias para satisfacerlas—: mientras que el
demandado podrá probar que han disminuido sus ingresos en términos de moneda
constante.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 148.

La obligación de dar alimentos será exigible desde que los necesitare,


para subsistir, la persona que tenga derecho a percibirlos; pero no se
abonarán sino desde la fecha en que se interponga la demanda.

Se verificará el pago por meses anticipados, y, cuando fallezca el


alimentista, sus herederos no estarán obligados a devolver lo que éste
hubiese recibido anticipadamente.

El Juez, a petición del alimentista o del Ministerio Fiscal, ordenará con


urgencia las medidas cautelares oportunas para asegurar los anticipos
que haga una Entidad pública u otra persona y proveer a las futuras
necesidades.

Último párrafo añadido por art. 5 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Doctrina-comentario

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I. Momento del nacimiento de la obligación. En principio, una obligación legal nace desde
el momento en que concurren los elementos de la hipótesis de que la ley la hace derivar
como consecuencia jurídica, y desde ese momento puede exigirse su cumplimiento (salvo
que la propia ley la sujete a condición suspensiva propiamente dicha, o a término de
cumplimiento). El art. 148 I señala, en su letra, dos momentos distintos: aquél en que la
obligación «será exigible», y la fecha desde la que «se abonarán»; pero entraña aún otros
problemas.

1. Tiempo del nacimiento y tiempo de la exigibilidad podrían no coincidir en una obligación


legal, como se ha apuntado (cfr. arts. 1113 y 1125 CC). Respecto de la de alimentos entre
parientes, cabría pensar que la obligación nace por el mero vínculo de parentesco, estando
condicionada su exigibilidad al hecho de la necesidad por parte del alimentista: literalmente,
a ello apunta la comparación entre los arts. 143 («están obligados recíprocamente») y 148.
Pero la relación que media entre los parientes indicados en el art. 143 no puede considerarse
como obligación, pues en ella no cabe siquiera determinar quién es acreedor y quién deudor;
mientras no surja la necesidad para uno de ellos no se producen siquiera los efectos de una
obligación sujeta a condición, es decir, al menos la posibilidad de ejercitar acciones de
conservación de su derecho (v. art. 1121). Este último punto merece subrayarse y ponerse en
relación con el art. 194, el cual, al indicar las personas que pueden pedir la declaración de
prodigalidad, las limita a «quienes perciban alimentos del presunto pródigo o se encuentren
en situación de reclamárselos»; no simplemente, a los enumerados en el art. 143 (STS 17-
VI-88).

2. La obligación de alimentos nace, por tanto, cuando es exigible: «cuando los necesitare,
para subsistir, la persona que tenga derecho a percibirlos». Ahora bien, esta necesidad para
subsistir no ha de entenderse en sentido absoluto, sino en relación con las necesidades a
cuya satisfacción el alimentista tiene derecho, de acuerdo con el art. 142. Desde ese
momento nace, y es exigible, frente al pariente o parientes que, en el elenco ordenado del
art. 143, se encuentren en primer lugar; siempre que ellos, a su vez, tengan capacidad
económica suficiente. En consecuencia, puede decirse con Beltrán De Heredia Y Onis
(Obligación, p. 34) que la existencia de la obligación legal de alimentos requiere la
concurrencia de tres supuestos o requisitos: a) un vínculo de parentesco; b) un estado de
necesidad en el alimentista; c) una posibilidad económica en el pariente obligado.

3. Desde el momento en que la obligación nace, por concurrir los presupuestos dichos,
puede exigirse, judicial o extrajudicialmente, su cumplimiento. Para que el deudor incurra en
incumplimiento será necesaria, de ordinario, la exigencia del alimentista (no hay, sin ella,
mora del deudor). Si el deudor legal de alimentos voluntariamente provee a las necesidades
del alimentista, antes de la intervención del Juez o sin ella (que puede no ser nunca
solicitada), estamos en presencia de un verdadero cumplimiento, sin posibilidad de repetir lo
pagado (y no por ser «cumplimiento» de obligación natural, pues la de alimentación puede
exigirse judicialmente). Mientras que la oposición arbitraria a satisfacer exigencia justificada
de alimentos supondrá una «negativa injustificada de alimentos» a los efectos de los arts.
853.1.ª, 854.2.3, y 855.3.ª También, en mi opinión, la prestación de alimentos por un tercero
—en los casos del art. 1894— da derecho a reclamarlos del obligado, siempre que concurran
los presupuestos para el nacimiento de la obligación, aunque el alimentista no hubiese
interpuesto demanda.

4. Que, planteada exigencia de alimentos ante los tribunales, éstos no condenen a pagar
sino desde la fecha que se interpuso la demanda, se explicaba, en el Derecho común
europeo, por no preexistir, propiamente, una obligación, sino quedar constituida ésta ex
officio iudicis y, por tanto, sólo desde el momento en que se pidió la interposición de este
oficio. En los Códigos contemporáneos, la misma regla es consecuencia de la idea contenida
en la máxima in praeteritum non vivitur y por consideraciones pragmáticas. En efecto, pasado
el momento en que la prestación es actualmente necesaria, el cumplimiento no es ya posible,
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porque el fin de mantenimiento no puede alcanzarse. De un modo u otro, el alimentista ha


vivido hasta allí sin los alimentos que pide. Muchas veces, podrá decirse que no los
necesitaba con anterioridad, pues no utilizó, pudiendo, los medios para conseguirlos (como el
pleito de alimentos provisionales u otras vías aún más sencillas). Por otra parte, la condena
al pago de las cantidades acumuladas en el pasado supondría, en muchos casos, una carga
insoportable; mientras que no serviría para las necesidades futuras del alimentista
(ciertamente, sí para que viviera mejor), por hipótesis cubiertas por las pensiones ordenadas
para el futuro. Todo lo dicho no excluye que, en ciertos casos de incumplimiento consciente
del obligado, a pesar de los requerimientos extrajudiciales, pueda pedirse indemnización de
daños y perjuicios por el incumplimiento: en particular, de acuerdo con la doctrina tradicional,
cuando el alimentista hubo de contraer deudas, aún impagadas, para proveerse de los
bienes necesarios para la vida.

II. El pago por meses anticipados. Que el pago de los alimentos haya de hacerse por
meses anticipados es regla que procede del art. 1614 LEC (v. también art. 1916 LEC) y
olvida (la LEC no pudo tenerla en cuenta) la opción que el art. 149 CC ofrece al obligado, por
lo que habrá que entenderse limitada al caso en que el alimentante opte por el pago en
dinero o carezca de opción. Con el fallecimiento del alimentista se extingue la obligación de
alimentos (art. 152.1.º), por lo que cabría dudar sobre si la pensión mensual ya percibida por
anticipado habría de recibir el tratamiento de los frutos civiles, que se entienden percibidos
por días, a fin de hacer el prorrateo correspondiente (cfr. arts. 451, 473, 474 y 475). De ahí
que, como dice Manresa, para evitar cuestiones, se hace la prudente racional declaración
de la segunda parte de este párrafo. De ella se deduce, según el mismo comentarista, que
los herederos sólo tendrán derecho a reclamar lo que se deba hasta el día del fallecimiento
del alimentista, cuando éste no hubiere recibido antes de su muerte la pensión alimenticia.

III. Las medidas cautelares. El párrafo último del art. 148 procede íntegramente de la
reforma de 1981. La finalidad genérica de favorecer el cobro de las pensiones alimenticias y
robustecer la posición del alimentista es clara (lo mismo que en los nuevos textos de los arts.
158.1.º y 1318 II), pero no tanto la naturaleza y alcance de las medidas previstas, de modo
que caben diversas interpretaciones. Sigo aquí muy de cerca las opiniones de La. Cruz
(Elementos, IV-1, p. 70).

1. El precepto se ocupa, en primer lugar, de las medidas dirigidas a asegurar los anticipos
que hace un tercero: señaladamente, los proporcionados por una entidad pública. Las
instituciones de asistencia social o cualesquiera órganos de la Administración han podido
siempre, como cualquier extraño al círculo de los obligados a dar alimentos, reclamar el
importe de lo prestado a los civilmente obligados a alimentar al socorrido o acogido,
aplicándose al caso el art. 1894 I CC. El art. 148 III —además de ofrecer muy fuerte
argumento a favor de la opinión que incluye en los alimentos que pueden reclamarse los
proporcionados antes de toda demanda judicial— añade unas medidas cautelares, a fin de
fomentar que los terceros sigan prestando una asistencia necesaria sabiendo que podrán
recuperar lo gastado. Además de disponer garantías, depósitos o retenciones (v. art. 103.3.ª)
cabe ordenar medidas equivalentes a la hipoteca o bien el embargo de bienes, en ambos
casos por un importe que comprenda las cantidades ya entregadas y las prestaciones
futuras.

Estas medidas se establecen, en este caso, a favor del pagador oficioso de los alimentos,
que acaso haya de continuar prestándolos ante la imposibilidad de hecho de cobrarlos, por el
momento, del pariente obligado. Sin embargo, este tercero no está legitimado para pedir las
medidas cautelares, sino sólo el alimentista (ciertamente, siempre interesado) y el MF, a
quien cabe que el tercero se dirija a estos efectos.

2. Las medidas para «proveer a las futuras necesidades» incluyen también el señalamiento
interino y con urgencia de alimentos, cuando nadie estuviera proveyendo a ellas.

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Literalmente, el precepto no se dirige a regular la asignación de alimentos, pero si cabe


asegurar los «anticipos» hechos por tercero, en ausencia de toda decisión judicial, más aún
el señalamiento judicial de alimentos para el futuro, con urgencia y previamente a cualquier
otro procedimiento. Para permitir al Juez, tan sólo, medidas cautelares para el cobro de una
pensión de alimentos ya fijada judicialmente, el precepto era innecesario, pues tales medidas
ya podía tomarlas el Juez antes de la reforma.

3. Es difícil precisar cuál sea el procedimiento adecuado para pedir y conceder estas
medidas cautelares. Si la reclamación es contra un cónyuge o contra quien ejerce la patria
potestad, parece aplicable la disp. tran. 10.ª L 11/81, con el conocido problema de cómo
entender su remisión a «las normas de la jurisdicción voluntaria». Fuera de estos casos, hay
que excluir la aplicación analógica de la citada disposición, de modo que lo más rápido será
solicitarlas en el curso del juicio de alimentos provisionales o como objeto principal de un
nuevo juicio de esta clase, a [Link] que tengan virtualidad inmediata.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 149.

El obligado a prestar alimentos podrá, a su elección, satisfacerlos, o


pagando la pensión que se fije, o recibiendo y manteniendo en su propia
casa al que tiene derecho a ellos.

Esta elección no será posible en cuanto contradiga la situación de


convivencia determinada para el alimentista por las normas aplicables o
por resolución judicial. También podrá ser rechazada cuando concurra
justa causa o perjudique el interés del alimentista menor de edad.

Modificado por disp. final 3 de Ley Orgánica núm. 1/1996, de 15 enero

Doctrina-comentario

I. Origen y sentido del derecho de opción. Dada la finalidad de la obligación de alimentos,


es claro que se satisface el interés del acreedor cuando éste es, en efecto, mantenido en
casa del alimentante, donde ve atendidas todas sus necesidades. Esta forma de cumplir
puede ser la más adecuada cuando ambas partes están de acuerdo en ello. Pero cabe dudar
de la conveniencia de conceder la opción al deudor al que ha sido preciso demandar
judicialmente para que cumpla con sus deberes de solidaridad familiar. De hecho, la
jurisprudencia anterior a la Ley de Matrimonio civil (1870) negaba al padre el derecho a exigir
que el hijo que ya no estuviese en su potestad percibiera los alimentos en su casa y
compañía; y si era negado al padre, con mayor motivo había de serlo a cualquier otro
obligado. Fue la citada Ley de Matrimonio civil (art. 78) la que introdujo la posibilidad de
prestar alimentos en especie en la propia casa, pero sólo en el caso de que el demandado
justificare no poder satisfacerlos de otro modo por la escasez de su fortuna: excepción, como
se ve, mucho más limitada que la admisión de la facultad de elegir sin cortapisas el modo de
cumplimiento. Estos antecedentes explican que la LEC no considere otra condena en juicio
de alimentos que la de pagar una cantidad de dinero periódicamente (v. arts. 1614 y 1617
LEC). Ahora bien, el art. 149 CC es norma posterior y suficientemente clara y taxativa. En su
virtud, el obligado podrá optar por mantener en su casa al alimentista a su mera
conveniencia, sin necesidad de alegar causa, ejercitando tal facultad de opción bien en el
mismo juicio (de alimentos provisionales o definitivos), bien con posterioridad, tras haber sido
condenado al pago de pensión en dinero.

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La casa en la que cabe que el alimentante cumpla su obligación es la suya propia, no la de


un tercero. Si son varios los obligados, podrán acordar prestar los alimentos acogiendo uno
de ellos en su casa al alimentista, pero no parece posible, por el contrario, que le impongan
un turno de rotación.

II. Limitaciones jurisprudenciales. Son fácilmente imaginables las desventajas que, en


merma de su libertad personal, pueden derivar para el alimentista de la forzada convivencia
con quien le mantiene, acaso en «situación incómoda y en cierto modo violenta que le hiciera
amargos los alimentos recibidos» (expresiones de la STS 21-XII-53). Casi inmediatamente
después de promulgado el CC, el TS tuvo repetidas ocasiones de señalar límites a la facultad
de opción del alimentante. Límites derivados de otras normas legales, como las que
regulaban el depósito de la mujer casada o de los hijos menores, o los pleitos de separación,
nulidad o, luego, divorcio. En la jurisprudencia más reciente, se niega también (no podía ser
de otro modo) la facultad de mantener en la propia casa a los hijos menores cuando por
decisión judicial se ha conferido la patria potestad o su ejercicio o la guarda de los hijos al
otro progenitor. Así en la STS 12-II-82, que recoge de varias anteriores la idea de que el
derecho de opción se halla subordinado a la condición de que no exista estorbo alguno ni
legal ni moral (de «poderosas dificultades o intensas razones de orden moral que así lo
aconsejen», matizan otras sentencias) para que el alimentista pueda ser trasladado a casa
del alimentante; por estas razones, la STS 25-XI-85 entiende que la separación de hecho
consentida por ambas partes resulta incompatible con dicha facultad optativa, y la STS 2-XII-
83 niega a los abuelos la facultad de recibir en su casa a los nietos que están bajo la
potestad de su madre, a cuyo derecho-deber de compañía con los hijos debe darse
preferencia. Es dudoso si la equiparación de los hijos matrimoniales y extramatrimoniales
debe afectar a la doctrina de la STS 8-III-52, para la que no puede imponerse a una hija
legítima la convivencia con su padre que vive maritalmente con una mujer y los hijos habidos
con ésta, aunque la pareja resulten ser personas respetadas y estimadas en la población en
que residen.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 150.

La obligación de suministrar alimentos cesa con la muerte del obligado,


aunque los prestase en cumplimiento de una sentencia firme.

Doctrina-comentario

1. Como dice la antigua y, al parecer, única sentencia que se ha ocupado de este artículo, de
él resulta que la obligación de suministrar alimentos es personalísima y no se transmite a
tercera persona ni constituye carga o gravamen a que estén afectos los bienes del que deba
darlos (STS 6-VI-1895). Constituía una excepción el derogado art. 845 CC sobre alimentos
en lugar de legítima debidos a los hijos ilegítimos. No es, por el contrario, una excepción el
actual art. 101 II, sobre pensión por desequilibrio entre cónyuges separados o divorciados,
sino una buena prueba de la distinta naturaleza de esta pensión respecto de la obligación de
alimentos.

La regla del art. 150 es también coherente con el principio de proporcionalidad establecido en
el art. 146.

2. A la muerte equivale la declaración de fallecimiento. Por el contrario, tras la declaración de


ausencia la obligación de alimentos a cargo del ausente no se extingue, sino que será una a
las que deba atender su representante.
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3. El fallecimiento del alimentante extingue absolutamente su obligación; pero, de ordinario


—una excepción puede constituir el caso, no muy raro, en que el alimentista sea heredero
del alimentante—, no dejará de tener el alimentista un crédito de alimentos, dirigido ahora
frente a las personas a que corresponda según el elenco ordenado del art. 145. Así, en caso
de que obligados in actu fueran varios, la muerte de uno hace concentrar la deuda en los
demás de igual grado; fallecido el único o todos los de un grado, nacerá la deuda para los del
siguiente. En ocasiones, estos nuevos obligados serán herederos del anterior fallecido (como
si fallecen los padres y están obligados ahora los hermanos), pero no por serlo y con
sujeción a las reglas de las deudas hereditarias, sino en cuanto parientes, en proporción a
sus posibilidades económicas (que han podido ser acrecentadas al heredar) y, en el caso de
los hermanos, con contenido más reducido (v. art. 143 II). En todos estos casos, es precisa
nueva demanda a los efectos del art. 148 I

4. Sí pasan a los herederos, como deudas del causante, las pensiones atrasadas y no
pagadas, pues estas obligaciones han perdido su carácter de personalísimas para
equipararse a las demás patrimoniales (v. art. 151 II).

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 151.

No es renunciable ni transmisible a un tercero el derecho a los alimentos.


Tampoco pueden compensarse con lo que el alimentista deba al que ha
de prestarlos.

Pero podrán compensarse y renunciarse las pensiones alimenticias


atrasadas, y transmitirse a título oneroso o gratuito el derecho a
demandarlas.

Doctrina-comentario

I. 1. El artículo distingue, en sus dos párrafos, dos distintos momentos o aspectos de la


obligación de alimentos: en realidad, dos obligaciones distintas, aunque relacionadas por su
origen. En primer lugar, la verdadera deuda de alimentos, ya delimitada entre dos sujetos,
surgida al concurrir la necesidad del alimentista y la posibilidad del alimentante, haya sido o
no fijada por sentencia: el derecho de alimentos representa entonces una fuente de
pretensiones continuadas o periódicas, de carácter personalísimo y claudicante. Este
derecho es el que se declara irrenunciable, incedible, insusceptible de compensación. Con
mayor razón, naturalmente, es indisponible el derecho aún no nacido, la mera relación
potencial de alimentos entre todos los sujetos enumerados en el art. 143.

En segundo lugar, el derecho a las pensiones vencidas, que constituyen un crédito, en


principio, corriente y negociable. En palabras de la STS 10-XI-87, cuando la obligación de
alimentos no se cumple se transforma en una obligación pecuniaria: en un crédito
«disponible en el patrimonio del alimentista, quien puede renunciarlo, transigirlo o
reclamarlo».

2. De acuerdo con Lacruz (Elementos, IV-1, p. 51), el veto genérico a la renuncia o


transmisión incluye todas las operaciones equivalentes: no se trata sólo de impedir que el
alimentista se despoje de su derecho sin obtener una compensación, sino cualquier
operación que sustituya en su patrimonio el crédito alimentario legal por otro objeto, como si
el alimentista se compromete a no reclamar en el porvenir alimentos a su deudor, mediante el
pago inmediato de un capital; acepta una pensión fija: una cantidad inmutable, cualesquiera
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que sean las modificaciones aportadas a la situación del acreedor o del deudor; o consiente,
a cambio de una pensión más elevada, una limitación en el tiempo de su pago. En todas
estas hipótesis el acto es nulo (v. arts. 6.º 2 y 1814, para la exclusión de transacción).

3. De la insusceptibilidad de renuncia deriva la imprescriptibilidad del derecho a percibir


alimentos, por más tiempo que pase desde que pudo exigirlos el alimentista por concurrir su
necesidad así como la posibilidad del obligado (v. STS 20-X-24 y 7-X-70). Prescriben, en
cambio, las concretas pretensiones a pensiones alimenticias ya vencidas (art. 1964 CC).

4. El carácter personalísimo del crédito alimentario debería llevar a considerarlo exento de


embargo, por cuanto la ley, a costa del pariente obligado, trata de favorecer exclusivamente
al alimentista, no a sus acreedores. Estos no podrían siquiera reclamar —mediante acción
subrogatoria— las pensiones vencidas y no cobradas por el alimentista, pues sólo él es
árbitro de sus personales necesidades (cfr. art. 1111 CC). Cobrada la pensión, el dinero en
manos del alimentista puede embargarse como cualesquiera otras cantidades en su poder,
con los límites genéricos del art. 1449 LEC.

5. En cuanto a la compensación, ni este artículo ni el 1200 II resuelven todos los problemas.


Es claro que, aún no vencidas las pensiones, no cabe oponer la compensación ni por parte
del alimentante ni del alimentista. Es claro también que el alimentista podrá oponer, frente a
la reclamación que de cantidades por él debidas al alimentante le haga éste, su crédito
alimentario: esto resulta sin duda del art. 151 II y, en mi opinión, es lo único que este
precepto admite; es decir, que quien puede renunciar o transmitir las pensiones alimenticias
atrasadas, o el derecho a reclamarlas, puede también oponerlas en compensación. Por el
contrario, según me parece, no podría oponer la compensación, en el mismo caso, el deudor
de alimentos, como oportunamente precisa el Código italiano (art. 447) y es, por demás,
prudente, no sea que el deudor retrase el pago sólo para poder luego negarlo arguyendo
compensación. No creo que deba seguirse en su integridad la doctrina de las STS 7-VII-
1902, 27-II-1903 y 12-VI-1906, para las que el art. 151 sólo tiene por objeto evitar que a
virtud de la compensación se extinga la pensión, pero no impide que pueda embargarse
aquélla, tanto por un tercero como por el mismo alimentante, en la parte que proceda para
hacer efectivas obligaciones del alimentista por cualquier concepto, siempre que este
embargo no se extienda a más de lo que autoriza el art. 1449 LEC.

6. La obligación de alimentos es también intransmisible en el lado pasivo, insusceptible de


novación por cambio de deudor. Es decir, ni aun con consentimiento del alimentista puede
quedar liberado el alimentante por el hecho de que un tercero asuma la deuda. Otra cosa es
que el pago hecho por tercero extinguirá la obligación consistente en pago de pensiones (de
otro modo cuando se haya optado por recibir en la propia casa).

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 152.

Cesará también la obligación de dar alimentos:

1º Por muerte del alimentista.

2º Cuando la fortuna del obligado a darlos se hubiere reducido hasta el


punto de no poder satisfacerlos sin desatender sus propias necesidades y
las de su familia.

3º Cuando el alimentista pueda ejercer un oficio, profesión o industria, o


haya adquirido un destino o mejorado de fortuna, de suerte que no le sea
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necesaria la pensión alimenticia para su subsistencia.

4º Cuando el alimentista, sea o no heredero forzoso, hubiese cometido


alguna falta de las que dan lugar a desheredación.

5º Cuando el alimentista sea descendiente del obligado a dar alimentos, y


la necesidad de aquél provenga de mala conducta o de falta de aplicación
al trabajo, mientras subsista esta causa.

Doctrina-comentario

I. La muerte del alimentista. El art. 152 se presenta como una continuación del 150
(«cesará también») y su causa primera es simétrica de la en aquél establecida. En definitiva,
el fallecimiento, tanto del deudor como del acreedor, extingue esta obligación personalísima,
no susceptible de transmisión entre vivos (art. 151, contra la regla general asentada para los
derechos de crédito en el art. 1112) ni por causa de muerte: el derecho de alimentos no forma
parte de la herencia (cfr. art. 659). Podrá suceder que la muerte del alimentista deje en
situación de necesidad a sus hijos herederos y, por tanto, en condición de pedir alimentos,
acaso a quien los suministraba a su causante (p. ej., al padre o cónyuge de éste). Pero tal
derecho de alimentos nace entonces por sus propias razones, directamente en cabeza de los
alimentistas, medido con arreglo a las necesidades de éstos y con total independencia del
fenómeno sucesorio.

La muerte del alimentista no extingue su derecho a cobrar las pensiones atrasadas y no


pagadas, que pasa a sus herederos; éstos, de acuerdo con el art. 148 II, no están obligados
a devolver lo que el alimentista hubiese recibido anticipadamente.

II. Reducción de la fortuna del obligado. La extinción de la obligación es, en este caso,
consecuencia extrema de la reducción proporcional de que habla el art. 147. Ciertamente, el
alimentante puede verse forzado a descender de tenor de vida para poder prestar los
alimentos, siempre que, aun así, esté en situación de atender a sus necesidades. Expresaba
mejor la idea el núm. 1 del art. 75 de la Ley de Matrimonio civil, de donde se ha tomado este
número sin más cambio que la supresión del calificativo «precisas» apuesto a
«necesidades», supresión verosímilmente debida a considerarlo pleonástico. En cualquier
caso, el deber de mantener y alimentar a los hijos menores y al cónyuge obliga civilmente a
compartir los medios de fortuna hasta límite cercano al de la propia subsistencia, pues
precisamente al cumplimiento de estos deberes preferentes a las demás obligaciones de
alimentos alude el precepto con su referencia a la familia del alimentante (con preferencia,
todavía, de los hijos respecto del cónyuge: art. 145 in fine). En general, entiendo que no se
extingue la obligación siempre que el alimentante pudiera cumplirla sin desatender sus
necesidades recibiendo en su casa al alimentista. La Ley de Matrimonio civil disponía que «el
alimentista tendrá que vivir en compañía del que debiera satisfacer aquéllos en el caso que
éste justificara no poder cumplir de otro modo su obligación por la escasez de su fortuna»: el
hecho de que el CC admita al alimentante optar con mayor libertad (art. 149) no le permite
exonerarse de la obligación cuando sea todavía posible en la forma de cumplimiento in
natura.

La cesación de la obligación de un concreto alimentante por esta causa puede ser


presupuesto para el nacimiento de otro derecho de alimentos a favor del mismo alimentante,
que grave ahora a otro pariente de posterior grado en el elenco del art. 143, o dar lugar a la
concentración de la obligación en los demás obligados del mismo grado.

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III. Mejora de fortuna por el alimentista. No plantea especial dificultad el caso en que, en
efecto, los medios de fortuna del alimentista hayan aumentado hasta el punto de poder
atender normalmente a sus necesidades. Por el contrario, la dificultad es grande en el
supuesto de mera posibilidad de ejercer oficio, profesión o industria. Puesto el precepto en
relación con el núm. 5.º, en el que la mala conducta o la falta de aplicación al trabajo operan
sólo respecto de los descendientes (v. también art. 143 in fine), y puesto que el núm. 3.º se
refiere a todos los parientes, no puede incluir sino la posibilidad concreta y eficaz de trabajar,
que no pasa a realidad por la negativa o renuencia del sujeto (no los casos de «falta de
aplicación» y «mala conducta»). Así lo entiende la jurisprudencia de los últimos decenios
([Link]. STS 24-VI-50, 10-VII-79 y 5-XI-84. Esta última entiende que «para que cese la
prestación es preciso que el ejerc1c10 de la profesión, oficio o industria, sea una posibilidad
concreta y eficaz según las circunstancias, no una mera capacidad subjetiva» —con lo que
repite términos de la STS 31-XII-42—, ponderando, respecto de hija con título de magisterio
«las dificultades que para encontrar trabajo se presentan hoy» y, en cuanto a un hijo mayor
de edad, «su calidad de estudiante»). Mayor severidad se observa en sentencias de principio
de siglo.

Hasta tiempos recientes, el mayor o menor rigor con que exigir al alimentista que tratara de
trabajar se hacía depender de la posición social de la familia, aunque ya la STS 29-VI-50
rechaza el argumento del recurrente según el cual no había de exigírsele sino trabajos
dignos de su rango social aristocrático, argumentando el Tribunal que «aparte de que el
trabajo lícito y útil a la sociedad es siempre honroso, tampoco se ha acreditado que el
recurrente haya buscado inútilmente algún trabajo que considere digno de su rango».
Suprimida en el art. 152 la referencia a la «posición social de la familia», no hay argumento
que permita a un ciudadano vivir ocioso, rechazando un trabajo remunerado, a costa de
rentas ajenas no voluntariamente compartidas.

La aludida supresión del criterio modalizador de la «posición social de la familia» hace dudar
también de la procedencia de tener en cuenta, para calcular las necesidades de
«subsistencia» a las que provee el alimentista con su trabajo, el nivel de vida a que podría
aspirar en razón de su procedencia familiar. Sirve para poner de relieve plásticamente el
problema recordar un fragmento de la Memoria del TS del año 1900, en el que se expone
que «tratándose en el caso que dio lugar al recurso de un soldado de la guardia civil, que
había sido reconocido a última hora como hijo natural de señora de alta posición social, y
pretendía de su madre alimentos que ésta le negó, fundada [en el núm. 3.º del art. 152], la
cuestión consistía en saber si cualquier destino, por pequeño que fuera, bastaba para
extinguir la obligación consignada en el art. 143, o si debiendo consistir los alimentos en todo
lo que como indispensable señala el art. 142, según la posición social de la familia, procedía
declarar la procedencia de aquélla en todo lo que fuere preciso para completar la satisfacción
de las necesidades del alimentista, permitiéndolo la posición social del obligado, que es
como ha resuelto el TS». En definitiva, son mayores las necesidades del alimentista cuando
procede de buena familia. Solución a la que acaso podría llegarse hoy sin más apoyo que el
del art. 146; pero, entonces, ¿qué ha significado la supresión del criterio de la posición social,
operada por el legislador en 1981?

IV. Causas de desheredación. La redacción que dio a este número la edición reformada del
ce (la primitiva decía: «cuando el alimentista hubiere cometido alguna falta por la cual
legalmente le pueda desheredar el obligado a satisfacer los alimentos») está dirigida a
aplicar todas las causas de desheredación a cualesquiera alimentistas, no sólo a los hijos las
correspondientes a éstos, etc. Esto requiere una operación de adaptación de los arts. 852-
855 (junto con los preceptos por ellos reclamados) a situaciones muy distintas de aquéllas
para que fueron pensados, no siempre fácil. Evidentemente, se trata de aplicar a la extinción
de la obligación alimentaria las causas, no el régimen de la desheredación. Con todo, cabe
defender que la reconciliación de que trata el art. 856 hace renacer el crédito del alimentista,
lo mismo que deja sin efecto la desheredación.
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La cesación del derecho de alimentos es aquí unilateral, conservando el suyo el inocente,


con lo que desaparece la reciprocidad.

Como la causa de extinción se da frente a un alimentante concreto, se preguntan los autores


si podrá el alimentista dirigirse entonces contra otro obligado, siguiendo el orden del art. 144.
Así lo entendieron autores como Sánchez Román y Valverde; a quienes objeta PEÑA que
resulta injusto obligar a otro pariente a continuar en la obligación que vino a cesar por la
propia culpa del alimentista. Argumento válido respecto de los alimentistas descendientes
(núm. 5.º de este artículo) y aun de los hermanos (art. 143 in fine), pero que deja abierto el
caso del alimentista incurso en causa de desheredación respecto del cónyuge y que pide
luego alimentos a sus hijos; y salvo que interpretemos el precepto en el sentido de que
cualquier alimentante potencial lo es respecto de todos ([Link]., que el «maltrato de obra» del
art. 854.2.ª no sólo permite a un hermano negar alimentos al hermano que le maltrató —
como parece seguro— sino también al alimentista que maltrató a cualquier otro pariente
obligado a prestar alimentos).

V. Mala conducta. Causa presentada explícitamente como provisional («mientras subsista»)


y sólo operativa respecto de los descendientes (cuya necesidad proceda de su mala
conducta o de su falta de aplicación al trabajo); es decir, reprochable tan sólo por sus
ascendientes, no por sus propios descendientes o por su cónyuge (en cuanto a los
hermanos, v. infra).

García Goyena dudaba de la conveniencia de introducir una causa así, considerando que
«tal vez habría sido más conveniente y decoroso suprimir una excepción desfavorable a los
hijos y descendientes»; pues, «abierta la puerta al examen, cada pleito de alimentos
presentará un espectáculo repugnante y escandaloso entre las personas más estrechamente
unidas por naturaleza. El hijo pródigo, p. ej., no deja de ser hijo, y pueden dársele alimentos
de modo que se ocurra a la necesidad natural, sin dar pábulo a sus vicios o debilidad». Lo
acuciante de esta reflexión se pone de manifiesto si pensamos, p. ej., en los problemas de la
drogadicción y su tratamiento en el entorno familiar: ¿qué es «mala conducta» y cuándo se
entiende que ha cesado o dejado de subsistir? García Goyena concluye, quizá sin
demasiado convencimiento: «Sobre estas consideraciones prevaleció la de que un buen
padre no debe ser víctima de la mala conducta o inaplicación del hijo, y que era preciso
imponer a éste una pena o privación por lo pasado, y estimularle al bien para lo futuro».

El antecedente de la Ley de Matrimonio civil inclina a pensar que el art. 143, al exigir a los
hermanos alimentistas que la causa de su necesidad no les sea imputable, no quiere decir
cosa distinta a lo dispuesto para los descendientes en este 152, literalmente más benigno.

JESÚS Delgado Echeverría

Artículo 153.

Las disposiciones que preceden son aplicables a los demás casos en que
por este Código, por testamento o por pacto se tenga derecho a
alimentos, salvo lo pactado, lo ordenado por el testador o lo dispuesto por
la ley para el caso especial de que se trate.

Doctrina-comentario

I. La intención generalizadora del art. 153. Este artículo, último de los que regulan los
alimentos entre parientes, trata de establecer una relación de norma general a norma
especial entre las de este título y todas las que en el CC se ocupan de una obligación de
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alimentos; así como proporcionar una regulación subsidiaria para los casos de obligación
alimentaria basada en pacto o testamento. El hecho, sin paralelo en otros Códigos, de
ofrecer nuestro legislador una disciplina autónoma y en sede propia de la obligación de
alimentos entre parientes se presta a este intento de generalización; pero un análisis, aun
superficial, de los artículos del ce que hacen mención de una deuda alimenticia (648, 964 y
1408) hace ver la diversidad de los supuestos y la escasa utilidad de una regla de cierre
como la del art. 153. Tampoco para integrar y suplir la voluntad de los particulares expresada
en pactos o testamentos resultan mucho más adecuados los arts. 142-152 CC. Cabe
advertir, con todo, que el art. 153 sirve de argumento inapelable sobre la admisibilidad de
deudas alimenticias procedentes de pacto (posibilidad acogida, sin duda, en el art. 1255) y es
la única referencia legal genérica a tales pactos.

Fuera de las relaciones familiares no hay reciprocidad en la obligación de alimentos señalada


por la ley o nacida de negocio jurídico, ni su cumplimiento interesa del mismo modo al orden
público y las buenas costumbres, por lo que fácilmente podrá ser objeto de transacción.
Tampoco la deuda es personalísima —podrá serlo el crédito— y habitualmente no se
extingue por la muerte del obligado si no se ha pactado o dispuesto así.

Lacruz (Elementos, IV-1, p. 71) recorre los artículos 142 y ss. encontrando pocos aspectos
en que su contenido sea relevante a los efectos señalados por el art. 153. Según este autor,
el contenido de la pensión alimentaria, en principio, no habrá de ajustarse al módulo del art.
142, el cual únicamente se aplicará cuando se deduzca ser la voluntad de la ley o de los
declarantes. Observo, por mi parte, que en cuanto al contenido del legado de alimentos
habrá que estar, en primer lugar, al art. 879; y, por otro lado, que el art. 153 puede ser
suficiente para inclinar por la aplicación del 142 en todos los casos en que no resulte
claramente otra cosa de la ley, pacto o testamento. Los arts. 143 a 145 —prosigue Lacruz—
carecen de posible aplicación fuera del marco que ellos mismos se trazan (puede tener
alguna fuerza expansiva el art. 145); mientras que el 146 no desempeña el mismo papel en
otros alimentos legales y, en cuanto a los alimentos debidos por negocio jurídico, «la
variabilidad de la pensión habría que disponerla expresamente, y en la práctica, si bien se
previene con frecuencia la pérdida del valor de la moneda mediante alguna cláusula de
estabilización, esta otra suerte de alteración del quantum debido es insólita» (v. Bonet
Correa, ADC 1976, p. 1250). El nacimiento de la obligación rara vez se ajustará el art. 148 I
(es decir, no dependerá de la necesidad del alimentista), aunque a falta de otra norma— sí
parece aplicable el pár. II de este precepto. La regla del art. 149 podría valer para el
donatario, en casos muy concretos, pero no para los demás supuestos. Y los arts. 150 a 152,
en principio, tampoco sirven para llenar las lagunas de la disposición, el pacto o la ley.

I. Pronunciamientos jurisprudenciales. Prescindiendo aquí de alimentos legales fijados en


otros lugares del CC (a cuyo comentario remitimos) o en otras leyes (como los arts. 1314 y
ss. LEC), merece señalarse que en la jurisprudencia son relativamente frecuentes los
pronunciamientos sobre obligaciones alimentarias pactadas, de extensión, configuración y
trascendencia jurídica muy diversa. STS como las de 15-XI-11, 8-III-62 y 8-I-79 recuerdan
que hay que atender, en primer lugar, a lo pactado. Otras sentencias han apreciado la
existencia de un «contrato de vitalicio», distinto de la renta vitalicia, con posibilidad de
resolución: 28-V-65, 6-V-80, 1-VII-82 (para esta última, tanto el contrato de vitalicio como la
renta se incluyen en la categoría general de «contrato vitalicio a título oneroso»).

La STS 18-IV-84, en un contrato atípico de cesión de bienes inmuebles por contraprestación


de alimentos y gastos farmacéuticos, aplica los arts. 142 y 146 para concluir que no deben
ser pagados por la parte contratante gastos de estancia y medicación en una clínica si
pueden ser cubiertos por la Seguridad Social.

JESÚS Delgado Echeverría

[Link] 24/24

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