Alimentos entre Parientes en el Código Civil
Alimentos entre Parientes en el Código Civil
, mayo 2015
TITULO VI
De los alimentos entre parientes
Artículo 142.
Doctrina-comentario
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III. Contenido. El art. 142 I presenta una enumeración, de raíces clásicas, de las
necesidades humanas que han de atenderse con la prestación de alimentos (han de incluirse
también los gastos funerarios, de acuerdo con el art. 1894 II). Si la obligación se cumple
manteniendo al alimentista en casa del alimentante, la alimentación, el vestido, etc., pueden
ser, propiamente, objeto de la prestación; pero, en la mayoría de los casos, en que el
cumplimiento de la obligación se realiza en dinero, aquella relación sirve como base para el
cálculo de la cuantía de la pensión, de modo que sólo en sentido muy laxo puede decirse que
las cantidades pagadas están vinculadas a estas finalidades, pues el deudor no puede vigilar
ni intervenir la aplicación que el alimentista haga de ellas. Por otra parte, la obligación de
alimentos no consiste en la participación —precisada en porcentaje— en las ganancias o el
capital del obligado, aunque la entidad de éstos se tendrá en cuenta para calcular su
contenido.
Los gastos de educación se han considerado siempre incluidos en los alimentos; la L 11/81
ha añadido una importante novedad, que, junto con el último párrafo introducido por la misma
Ley, merece alguna explicación.
1. Una tendencia muy generalizada en los tribunales extranjeros, que ha tenido traducción
legal en algunos países, exige a los padres el mantenimiento de los hijos mayores de edad y,
en especial, la financiación de sus estudios superiores mientras los jóvenes los prosiguen
con dedicación y aprovechamiento. Esta jurisprudencia nació y se desarrolló, sobre todo, en
casos de separación o divorcio entre los progenitores, por ser éstos más acomodados al
olvido de los deberes familiares: así ocurre en la STS 5-XI-84 (Com. Delgado, CCJC 1985,
p. 2127), sobre caso anterior a la L 11/81. En general, el adelantamiento de la mayoría de
edad, por una parte; y el retraso, por otra, en alcanzar autonomía económica así como en
concluir su formación superior un número creciente de ciudadanos, hace ineludible esta
reformulación y ampliación de los deberes de alimentos. La norma española presenta dos
peculiaridades (v. también su desarmonía con el art. 879 I):
a) No se formula como deber de los padres, sino —al incorporar la educación más allá de la
mayoría de edad al contenido de los alimentos—, potencialmente, a cargo de todos los
parientes obligados. Por tanto, también los abuelos podrán ser sujetos pasivos de esta
obligación. Ahora bien, resulta difícilmente aplicable el precepto a los alimentos debidos por
los descendientes a los ascendientes (la letra de la ley da a entender una continuidad no
interrumpida en la formación iniciada en la minoría de edad) y aun entre cónyuges. En cuanto
a los hermanos, v. art. 143.
b) La precisión de que el alimentista «no haya terminado su formación por causa que no le
sea imputable» no parece muy feliz. Literalmente, excluiría como alimentista a quien por su
mera voluntad sigue estudios superiores y difíciles para los que está capacitado; mientras
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que obligaría a seguir pagando estudios a quien no puede completarlos en tiempo razonable
por falta de capacidad intelectual, a pesar de todos sus esfuerzos. Más bien quiere decirse
todo lo contrarío y, sin duda, que quien tiene capacidad y pone el esfuerzo adecuado puede
seguir estudios a costa del alimentante mientras mantenga razonable regularidad en los
resultados y no pueda reprochársele abandono o vagancia.
2. En cuanto a los «gastos de embarazo y parto» se plantea grave duda sobre los sujetos de
esta relación de alimentos. Si se trata de la propia embarazada y parturienta respecto de su
cónyuge y sus parientes —como inclinan a pensar todos los datos textuales—, el precepto
querría decir que tanto su cónyuge como sus ascendientes y descendientes, y aun los
hermanos, en la forma prevista en los artículos siguientes, estarían obligados a sufragar tales
gastos. Lo cual es indudable y lo era antes de la reforma de 1981; pero innecesario a todas
luces el enunciarlo por separado de la asistencia médica y, sobre todo, sorprendente y
contrarío a la finalidad de la reforma el restringirlo al caso en que «no estén cubiertos de otro
modo». Cabe, por ello, pensar (Delgado, Com. Fam. Tecnos, II, p. 1032), que el legislador
se ha inspirado en modelos extranjeros —señaladamente, el BGB— que obligan al padre de
un hijo extramatrimonial a pagar los gastos de embarazo y parto de la madre; es decir, de
una mujer con la que no tiene lazo alguno de parentesco y a la que, en consecuencia, no
estaría obligado a prestar alimentos, ni, por tanto, a pagar estos gastos, si no fuera por esta
norma añadida. Para estos supuestos, tiene sentido formular como subsidiaria la obligación
del padre, para el caso en que la madre no tenga cubiertas estas prestaciones por la
seguridad social o de modo similar. Si se interpreta en este sentido la norma española, la
obligación del partenaire quedaría pospuesta también a la de los familiares de la mujer.
Artículo 143.
1º Los cónyuges.
Los hermanos sólo se deben los auxilios necesarios para la vida, cuando
los necesiten por cualquier causa que no sea imputable al alimentista, y
se extenderán en su caso a los que precisen para su educación.
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se aplica el art. 1124, pues poco o nada hay de común en la reciprocidad que se predica en
uno y otro caso.
III. En particular, los cónyuges. El deber de socorro mutuo (art. 68), más amplio que el de
alimentos, hace superfluo a este último cuando se cumple; pero no lo elimina o suprime, sino
que aflora cuando se rompe la unidad de vida: durante la preparación y sustanciación del
proceso de separación, divorcio o nulidad, sujeto entonces a las particulares disposiciones de
los arts. 90 y 93. En la separación de hecho —que ha dado lugar a numerosos
pronunciamientos del TS—, parece firme hoy la línea jurisprudencial representada por las
STS 28-11-69 y 17-VI-72, ratificada —después de la reforma legislativa— por la de 25-XI-82:
ningún precepto condiciona la exigibilidad de la deuda alimentaria de los cónyuges al deber
de vivir juntos o lo limita al supuesto de que la separación se haya decretado judicialmente.
En cuanto a la filiación adoptiva, tras la L 21/87 no cabe duda de que la posición del
adoptado es idéntica a la de los hijos por naturaleza (art. 108, redactado en 1981), de modo
que se producen sin ninguna peculiaridad obligaciones alimentarias (recíprocas) entre el
mismo (y sus descendientes de cualquier clase), su adoptante o adoptantes y los
ascendientes de éste o de éstos. La citada Ley de 1987 sólo permite la subsistencia de
vínculos jurídicos (entre ellos, obligación de alimentos) entre el adoptado y la familia de
origen en los casos señalados en el art. 178.
V. En particular, los hermanos. Los «auxilios necesarios». También el último párrafo del
art. 143 recibió nueva redacción en 1981, con supresión del término «legítimos» que, hasta
entonces, caracterizaba a los hermanos obligados a darse alimentos. En adelante lo están
todos, sin más diferencias que las apuntadas en el art. 144 según sean de vínculo doble o
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sencillo. Ahora bien, los alimentos no son debidos en toda la extensión que señala el art. 142
(alimentos amplios, congruos o civiles) sino —como ya desde 1889 los hermanos legítimos,
únicos entonces obligados— sólo los «auxilios necesarios para la vida» (alimentos estrictos o
naturales). Lo que ocurre es que, desaparecido (en el art. 142) el módulo de la «posición
social de la familia» para el cálculo de los alimentos amplios, la diferencia entre unos y otros
tiende a reducirse: parece, con todo, que estos alimentos estrictos no se ajustarán a la
fortuna y posición del deudor, aunque sí deberán cubrir las necesidades mínimas del
acreedor, debiendo por tanto elevarse su importe cuando éstas aumenten (Lacruz,
Elementos, IV-1, p. 66). En estos «auxilios necesarios para la vida» se incluyen los gastos de
educación, ya no limitados a los indispensables para costear la instrucción elemental y la
enseñanza de una profesión, arte u oficio; ni restringidos a la menor edad; pero siempre con
el criterio estricto de los auxilios entre hermanos.
Por otra parte, estos auxilios están condicionados a la ausencia de culpa grave en la
causación, tanto de la indigencia como de los eventos que la motivaron; aunque algunos, con
criterio más favorable al alimentista, entienden que la culpa que excluye los alimentos es sólo
la actual e inmediata, con lo que no habría diferencia, a este respecto, con los demás
alimentistas (v. art. 150.3.º y 5.º).
A diferencia de los demás alimentistas, los hermanos no están nunca legitimados para instar
la declaración de prodigalidad (v. art. 295).
Artículo 144.
1º Al cónyuge.
4º A los hermanos, pero estando obligados en último lugar los que sólo
sean uterinos o consanguíneos.
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ningún obligado de las anteriores (como si un soltero sin descendencia se dirige contra sus
padres), sino también cuando los que hay no podrían satisfacer los alimentos sin desatender
a sus propias necesidades y las de su familia más próxima (v. art. 152.2.º). No es preciso, en
este último caso, previa demanda a los más próximos en el elenco, sino que puede dirigirse
la acción contra cualquiera de los comprendidos en la escala, siempre que se justifique que
los llamados antes carecen de medios para satisfacerlos (STS 20-XI-20), como si se
demanda al abuelo paterno estando el padre en ignorado paradero y careciendo la madre de
medios suficientes y de la posibilidad de obtenerlos (STS 2-XII-83).
2. Problema similar se plantea para los ascendientes de segundo y tercer grado, como si
quedan sólo un bisabuelo paterno y los cuatro matemos. En este caso, podríamos armonizar
el criterio del grado con el de división por líneas del art. 937, que opera sólo entre
ascendientes del mismo grado, con la consecuencia, en el ejemplo, de distribuir la carga por
mitad entre el bisabuelo paterno, de una parte, y todos los maternos de otra. Pero ello sería
difícil de compaginar con el reparto «en cantidad proporcional a su caudal respectivo» que,
para cuando recae la obligación sobre dos o más personas, establece el art. 145.
Quizá la remisión al orden de la sucesión intestada no haya sido prevista (en 1889, pues el
texto no ha sido modificado luego) para estos problemas (resueltos, entonces, por la
aplicación directa de la regla de proximidad de grado), sino para los de la concurrencia de
descendientes y ascendientes legítimos y naturales. Hasta 1981, los hijos naturales sucedían
sólo en ausencia de descendientes y ascendientes legítimos, luego a falta de éstos
quedaban obligados a prestar alimentos al padre. Hoy el párrafo último del art. 144 ya no
cumple esta función (equiparadas todas las filiaciones) y, quizá, ninguna en concreto,
sirviendo tan sólo de recordatorio de las relaciones que, grosso modo, doctrina y legisladores
han apreciado siempre entre la obligación de alimentos y el Derecho de sucesiones.
III. Gradación entre hermanos. Hasta la L 11/81, el CC sólo reconocía alimentos entre
hermanos legítimos, «aunque sólo sean consanguíneos o uterinos», y sin diferenciación
entre ellos. Al extender la obligación de alimentos a todos los hermanos ha parecido
conveniente al legislador introducir una gradación que, sin discriminar según sean o no
matrimoniales —y, por tanto, sin tacha de inconstitucionalidad— tenga en cuenta la diferente
distancia afectiva y familiar que media entre hermanos según procedan del mismo padre y la
misma madre, o bien sólo tengan un progenitor común. De modo que, en virtud de la nueva
redacción del núm. 4.º, los nacidos de una pareja, casada o no, han de pedir alimentos antes
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a los demás hijos de la misma pareja que a los tenidos por uno sólo de los progenitores con
pareja distinta (estando o no casados), con anterioridad o posterioridad a su propio
nacimiento. Ha de subrayarse que esta prioridad juega tanto entre hijos de matrimonios
sucesivos de una misma persona como entre hijos matrimoniales y no matrimoniales. En
particular, éstos tendrán derecho a alimentos prestados por los hijos matrimoniales con la
misma extensión que los matrimoniales entre sí, pero sólo cuando carezcan de hermanos de
doble vínculo o éstos no se encuentren en condiciones de alimentarlos.
En cuanto a los hermanos adoptivos, es difícil aplicarles la cláusula graduatoria del núm. 4.º,
que, evidentemente, no ha sido pensada para ellos. Una posibilidad sería tratarlos siempre
como hermanos de vínculo doble (y así procede entre los varios adoptados por una misma
persona). Pero, en mi opinión, la solución menos mala es atender a si la relación de adopción
media con uno o con ambos progenitores del hermano a quien se pide, o que reclama,
alimentos. El adoptado por dos personas de distinto sexo (o en los casos del art. 178, en que
subsiste el vínculo de filiación por naturaleza junto al adoptivo) sería considerado como
hermano de doble vínculo respecto de los hijos por naturaleza o adoptivos de ambos
adoptantes; mientras que el adoptado por una sola persona sólo tendría hermanos de vínculo
sencillo.
Artículo 145.
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acreedor no puede dirigirse contra uno solo de ellos para exigir el pago de la totalidad. Esto
último no se desprendería, necesariamente, de la letra de este párrafo, pero sí deriva, sin
duda, de la relación con el siguiente, que permite imponer a uno solo de los obligados el
pago de la totalidad únicamente en caso de urgente necesidad y por circunstancias
especiales.
II. Determinación de la cuantía y reparto proporcional. Para fijar la cuantía total de los
alimentos y su reparto entre los obligados habrá que tener en cuenta el caudal o medios de
todos y cada uno de ellos, en la forma señalada, en general, por el art. 146. Esto es así
también en el caso de que los obligados sean el padre y la madre (si están casados, surgirá
adicionalmente un problema de régimen económico matrimonial), sin que haya ya lugar a
plantearse si ésta sólo debía contribuir subsidiariamente. Se pregunta Lacruz (Elementos,
IV-1, p. 62) si, para graduar el importe de los alimentos habiendo varios obligados, «el caudal
o medios de quien los da» ha de calcularse sumando los caudales de todos ellos, o bien,
además, haciendo un promedio, es decir, calculando la situación económica media del grupo.
Se inclina, atinadamente, por la primera tesis, pues sería incongruente que, habiendo varios
obligados, el alimentista percibiera menos que si el obligado único fuera el más rico de ellos.
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tales acuerdos no obligarán a éste para el futuro: podrá, por ende, pedir la redistribución o
reclamar los alimentos al conjunto de obligados como si el convenio no existiera. Pero entre
los codeudores sí rige el convenio, pues no se hallan afectados por la insusceptibilidad de
renuncia o transacción del derecho del alimentista. Si bien el propio convenio (lo mismo que,
en su caso, la sentencia) parece que debe subordinarse al principio de variabilidad de la
deuda alimentaria y su dependencia de la situación económica actual de cada obligado:
habrá de entenderse, por tanto, como un reconocimiento o fijación de las condiciones
económicas de los contribuyentes en el momento en que se pacta, sujeto a las
modificaciones que tales condiciones experimenten.
Sin necesidad de juicio, puede uno de los obligados, si quiere, pagar también la parte que
corresponde a otros, teniendo, entonces, acción de regreso contra ellos: no puede estar en
peor situación que el tercero a que se refiere el art. 1894.
IV. Pluralidad de alimentistas. El párrafo último plantea el caso (inverso al del artículo
anterior) en que son varios los que reclaman de una misma persona; y lo resuelve con los
mismos criterios, aplicando el principio de reciprocidad. La única diferencia es la preferencia
acordada, muy razonablemente, a los hijos menores sobre el cónyuge —que, además de ser
mayor de edad, más fácilmente tendrá también otros parientes que le atiendan—: con la
consecuencia, también, de distinguir entre hijos menores —antepuestos al cónyuge— y
mayores de edad —que le siguen—, sin que haya razón para mantener esta jerarquía entre
hijos sólo en el caso de concurrir con el cónyuge.
Casos como el propuesto hacen ver que las reglas sobre gradación de obligados o de
alimentistas no han de aplicarse de forma absolutamente rígida y mecánica. Así, propone
Lacruz que si un obligado primario tiene escasas posibilidades y luego hay otro, de rango
ulterior, muy rico (en quien recaería la obligación si el primero careciera totalmente de
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fortuna), parece que habría de tenerse en cuenta la capacidad económica del obligado de
segundo rango, de modo que el alimentista percibiera del primero la pensión íntegra que éste
deba prestar de acuerdo con su capacidad económica, y del segundo un suplemento de
pensión hasta el importe que recibiría si los alimentos se calculasen conforme al caudal de
dicho segundo deudor.
Artículo 146.
Doctrina-comentario
1. El «caudal o medios» del alimentante (cfr. arts. 145, «caudal»; 152, «fortuna») comprende,
a estos efectos, las rentas tanto del capital como del trabajo, el propio capital y aun, en cierto
sentido, su capacidad o posibilidad de trabajar. Son ya lejanos los tiempos en que los
tribunales tenían que aclarar que en los medios del obligado se incluyen los ingresos
procedentes de cualesquiera bienes (STS 21-III-1906) y los jornales o salarios que gane
(STS 8-IV-1897). En cuanto al propio capital, no parece dudoso que, hoy, haya de
sacrificarse (naturalmente, habida cuenta de las deudas), con el límite de la posibilidad de
atender el alimentante a sus propias necesidades y las de su familia más cercana (v. art.
152.2.º). Si está casado, ha de atenderse, para el cálculo de sus posibilidades, a sus medios
propios, no a los bienes de la sociedad conyugal (aunque sí a su participación en la misma).
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En casos como éstos, habrá de tenerse en cuenta la posibilidad real de conseguir trabajo; así
como la necesidad de proveer al mantenimiento de los menores, incluso a cargo de otros
parientes, si sus padres no los atienden, aunque sea por abandono; pero [Link] cauces
específicos en sede de patria potestad.
3. Fuera de las garantías específicas que puedan constituirse voluntaria o judicialmente (v.
art. 148 in fine), no está sujeto el deudor de alimentos a ninguna limitación o cortapisa
especial en la gestión de su patrimonio o en su actividad jurídica.
b) Como cualquier otro deudor, los actos del obligado a prestar alimentos realizados en
fraude del alimentista pueden rescindirse a instancia de éste. Lo peculiar del caso es que los
negocios celebrados para disminuir la propia solvencia producirían, si fueran plenamente
eficaces, la extinción de la deuda (no sólo el impago). Observa Castán que, si bien los actos
posteriores al reconocimiento de la deuda alimenticia podrán ser atacados de fraudulentos,
no así los anteriores, como quiera que la rescisión en fraude de acreedores exige que el acto
o contrato que se impugne sea posterior al crédito del actor, y el derecho al abono de los
alimentos sólo nace a partir de la reclamación judicial. Sin embargo, es de admitir, con
Lacruz, que no puede excluirse la impugnación desde el momento en que se pruebe el
consilium fraudis, para lo cual no es necesario previa demanda, pero sí una necesidad actual
del alimentista, o, al menos, previsible.
II. Las necesidades del alimentista. De modo similar, puede decirse que el nacimiento,
subsistencia y cuantía de la deuda dependen de las necesidades del alimentista.
1. Estas necesidades han de apreciarse en relación con la persona concreta (aunque, desde
1981, sin tener en cuenta la posición social suya y de su familia), en el ámbito de lo preciso
para el sustento, habitación, vestido, asistencia médica y educación (v. art. 142).
Necesidades, se entiende, a las que él no puede subvenir por sí, mediante el gasto de sus
bienes patrimoniales y el acrecimiento de éstos por su trabajo. Al haber desaparecido —en la
reforma de 1981— el módulo de la «posición social de la familia», parece que el alimentista
habrá de gastar todo su patrimonio, incluso cuando la venta de los bienes sólo sea posible en
condiciones desventajosas, antes de recibir alimentos. En cuanto a la capacidad de trabajo,
si el art. 152.3.º dispone que cese el derecho cuando el alimentista pueda ejercer un oficio,
profesión o industria, es lógico que no llegue a nacer si existe tal posibilidad.
Tanto la necesidad como los medios son cuestiones de hecho sometidas a la libre
apreciación de los tribunales de instancia. Para el cálculo de estos últimos y dada su habitual
ocultación en los litigios sobre alimentos, los tribunales se guían también por signos externos,
como en el caso de la SAP Lérida 2-VII-80, en que el padre alega unos ingresos mensuales
de 40.000 pts. y se ha comprado un piso y dos automóviles. La STS 12-II-82 aprueba la
apreciación del caudal del obligado «revelado de su comportamiento social y signos
externos».
El arbitrio judicial debe acomodarse a los elementos de juicio y base de proporcionalidad que
establece el art. 146; si de modo notorio no se ajusta a tal proporcionalidad, es impugnable
en casación (STS 13-IV-51, 21-III-58, 14-IV-62, 28-VI-68 y 9-X-81).
Artículo 147.
Doctrina-comentario
I. «En los casos a que se refiere el artículo anterior». Esta expresión del art. 147 es una
de las muchas rebabas que las reformas de 1981 dejaron en el CC. En la versión anterior —
la de la segunda edición de 1889—, la remisión tenía sentido, pues el art. 146 circunscribía
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su precepto a «los casos comprendidos en los cuatro números del artículo 143», excluyendo,
por tanto, los auxilios necesarios debidos a los hijos ilegítimos, así como los auxilios
necesarios para la vida debidos entre hermanos. La L 11/81 ha suprimido, claramente, el
primer caso; pero no así el segundo, pues el art. 143 II sigue estableciendo una diferencia
para los alimentos debidos entre hermanos (ahora todos los hermanos), ya que abarcan sólo
«los auxilios necesarios para la vida».
Ahora la remisión del art. 147 al 146 carece, literalmente, de sentido. Además, la supresión
de la referencia a la «posición social de la familia», que hasta 1981 servía para medir los
alimentos congruos, podría inclinar a pensar que es idéntico el contenido y criterio de cálculo
de la cuantía de todos los alimentos debidos entre los sujetos indicados en el art. 143. Creo,
sin embargo, preferible entender que hay, realmente, diferencia en el caso de los auxilios
entre hermanos (respecto de todos los demás casos); pero que también a ellos se aplica el
art. 146 y, por tanto, el 147, si bien en forma compatible con el art. 143 II. En consecuencia,
tratándose de estos auxilios, podrán aumentar proporcionalmente al aumento de las
necesidades del alimentista, siempre que estas necesidades sigan siendo las mínimas vitales
(incluida la educación); y podrán aumentar también cuando se produzca aumento en la
fortuna del alimentante, cuando con anterioridad no hubiera estado en situación de atender
sino parcialmente a aquellas necesidades mínimas.
La variación de la pensión procede cualquiera que haya sido el cauce judicial en que haya
sido fijada. Si lo fue en juicio de alimentos provisionales (arts. 1609 y ss. LEC), la misma ley
(art. 1617 LEC) indica que la sentencia nunca produce excepción de cosa juzgada,
pudiéndose discutir en el plenario de alimentos tanto la existencia del derecho como la
obligación de darlos y su cuantía; pero «sin perjuicio de seguir abonando mientras tanto la
suma señalada provisionalmente». Si lo que se alega es que en el de alimentos provisionales
se estableció una pensión desproporcionada a las circunstancias entonces existentes, no hay
otro cauce de rectificación que el declarativo. Pero si lo que se pretende es una revisión por
haber cambiado las circunstancias, parece que ha de servir nuevo juicio de alimentos
provisionales. En efecto, si es posible revisar siempre una sentencia pronunciada en el
declarativo (llamado «juicio de alimentos definitivos»), con mayor razón la pronunciada en el
de alimentos provisionales. Y que la pronunciada en el de alimentos definitivos es revisable,
se deduce sin duda del propio art. 147 CC, por más que calle la LEC anterior en el tiempo (v.
STS 5-X-77 y 9-X-81).
Plantea Lacruz (Elementos, IV-13, p. 64) en qué momento se produce la variación del crédito
alimentario. De acuerdo con la opinión común sobre el momento del nacimiento, podría
entenderse que es la demanda la que señala el momento de la variación (v. art. 148). Pero,
por su parte, propone este autor distinguir entre las variaciones en alza y en baja. En el
primer caso serán aplicables las reglas para el nacimiento de la deuda; «mientras que en el
segundo, quizá no sería justo confirmar el fraude del alimentista que oculta una mejora de
sus ingresos o una disminución de sus necesidades, permitiéndole retener el mayor importe
de las pensiones al amparo de la ignorancia del deudor, que desconoce el cambio de
circunstancias». En su opinión, tal importe mayor lo ha adquirido sin causa, para la
satisfacción de necesidades inexistentes, y debe restituirlo.
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Artículo 148.
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I. Momento del nacimiento de la obligación. En principio, una obligación legal nace desde
el momento en que concurren los elementos de la hipótesis de que la ley la hace derivar
como consecuencia jurídica, y desde ese momento puede exigirse su cumplimiento (salvo
que la propia ley la sujete a condición suspensiva propiamente dicha, o a término de
cumplimiento). El art. 148 I señala, en su letra, dos momentos distintos: aquél en que la
obligación «será exigible», y la fecha desde la que «se abonarán»; pero entraña aún otros
problemas.
2. La obligación de alimentos nace, por tanto, cuando es exigible: «cuando los necesitare,
para subsistir, la persona que tenga derecho a percibirlos». Ahora bien, esta necesidad para
subsistir no ha de entenderse en sentido absoluto, sino en relación con las necesidades a
cuya satisfacción el alimentista tiene derecho, de acuerdo con el art. 142. Desde ese
momento nace, y es exigible, frente al pariente o parientes que, en el elenco ordenado del
art. 143, se encuentren en primer lugar; siempre que ellos, a su vez, tengan capacidad
económica suficiente. En consecuencia, puede decirse con Beltrán De Heredia Y Onis
(Obligación, p. 34) que la existencia de la obligación legal de alimentos requiere la
concurrencia de tres supuestos o requisitos: a) un vínculo de parentesco; b) un estado de
necesidad en el alimentista; c) una posibilidad económica en el pariente obligado.
3. Desde el momento en que la obligación nace, por concurrir los presupuestos dichos,
puede exigirse, judicial o extrajudicialmente, su cumplimiento. Para que el deudor incurra en
incumplimiento será necesaria, de ordinario, la exigencia del alimentista (no hay, sin ella,
mora del deudor). Si el deudor legal de alimentos voluntariamente provee a las necesidades
del alimentista, antes de la intervención del Juez o sin ella (que puede no ser nunca
solicitada), estamos en presencia de un verdadero cumplimiento, sin posibilidad de repetir lo
pagado (y no por ser «cumplimiento» de obligación natural, pues la de alimentación puede
exigirse judicialmente). Mientras que la oposición arbitraria a satisfacer exigencia justificada
de alimentos supondrá una «negativa injustificada de alimentos» a los efectos de los arts.
853.1.ª, 854.2.3, y 855.3.ª También, en mi opinión, la prestación de alimentos por un tercero
—en los casos del art. 1894— da derecho a reclamarlos del obligado, siempre que concurran
los presupuestos para el nacimiento de la obligación, aunque el alimentista no hubiese
interpuesto demanda.
4. Que, planteada exigencia de alimentos ante los tribunales, éstos no condenen a pagar
sino desde la fecha que se interpuso la demanda, se explicaba, en el Derecho común
europeo, por no preexistir, propiamente, una obligación, sino quedar constituida ésta ex
officio iudicis y, por tanto, sólo desde el momento en que se pidió la interposición de este
oficio. En los Códigos contemporáneos, la misma regla es consecuencia de la idea contenida
en la máxima in praeteritum non vivitur y por consideraciones pragmáticas. En efecto, pasado
el momento en que la prestación es actualmente necesaria, el cumplimiento no es ya posible,
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II. El pago por meses anticipados. Que el pago de los alimentos haya de hacerse por
meses anticipados es regla que procede del art. 1614 LEC (v. también art. 1916 LEC) y
olvida (la LEC no pudo tenerla en cuenta) la opción que el art. 149 CC ofrece al obligado, por
lo que habrá que entenderse limitada al caso en que el alimentante opte por el pago en
dinero o carezca de opción. Con el fallecimiento del alimentista se extingue la obligación de
alimentos (art. 152.1.º), por lo que cabría dudar sobre si la pensión mensual ya percibida por
anticipado habría de recibir el tratamiento de los frutos civiles, que se entienden percibidos
por días, a fin de hacer el prorrateo correspondiente (cfr. arts. 451, 473, 474 y 475). De ahí
que, como dice Manresa, para evitar cuestiones, se hace la prudente racional declaración
de la segunda parte de este párrafo. De ella se deduce, según el mismo comentarista, que
los herederos sólo tendrán derecho a reclamar lo que se deba hasta el día del fallecimiento
del alimentista, cuando éste no hubiere recibido antes de su muerte la pensión alimenticia.
III. Las medidas cautelares. El párrafo último del art. 148 procede íntegramente de la
reforma de 1981. La finalidad genérica de favorecer el cobro de las pensiones alimenticias y
robustecer la posición del alimentista es clara (lo mismo que en los nuevos textos de los arts.
158.1.º y 1318 II), pero no tanto la naturaleza y alcance de las medidas previstas, de modo
que caben diversas interpretaciones. Sigo aquí muy de cerca las opiniones de La. Cruz
(Elementos, IV-1, p. 70).
1. El precepto se ocupa, en primer lugar, de las medidas dirigidas a asegurar los anticipos
que hace un tercero: señaladamente, los proporcionados por una entidad pública. Las
instituciones de asistencia social o cualesquiera órganos de la Administración han podido
siempre, como cualquier extraño al círculo de los obligados a dar alimentos, reclamar el
importe de lo prestado a los civilmente obligados a alimentar al socorrido o acogido,
aplicándose al caso el art. 1894 I CC. El art. 148 III —además de ofrecer muy fuerte
argumento a favor de la opinión que incluye en los alimentos que pueden reclamarse los
proporcionados antes de toda demanda judicial— añade unas medidas cautelares, a fin de
fomentar que los terceros sigan prestando una asistencia necesaria sabiendo que podrán
recuperar lo gastado. Además de disponer garantías, depósitos o retenciones (v. art. 103.3.ª)
cabe ordenar medidas equivalentes a la hipoteca o bien el embargo de bienes, en ambos
casos por un importe que comprenda las cantidades ya entregadas y las prestaciones
futuras.
Estas medidas se establecen, en este caso, a favor del pagador oficioso de los alimentos,
que acaso haya de continuar prestándolos ante la imposibilidad de hecho de cobrarlos, por el
momento, del pariente obligado. Sin embargo, este tercero no está legitimado para pedir las
medidas cautelares, sino sólo el alimentista (ciertamente, siempre interesado) y el MF, a
quien cabe que el tercero se dirija a estos efectos.
2. Las medidas para «proveer a las futuras necesidades» incluyen también el señalamiento
interino y con urgencia de alimentos, cuando nadie estuviera proveyendo a ellas.
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3. Es difícil precisar cuál sea el procedimiento adecuado para pedir y conceder estas
medidas cautelares. Si la reclamación es contra un cónyuge o contra quien ejerce la patria
potestad, parece aplicable la disp. tran. 10.ª L 11/81, con el conocido problema de cómo
entender su remisión a «las normas de la jurisdicción voluntaria». Fuera de estos casos, hay
que excluir la aplicación analógica de la citada disposición, de modo que lo más rápido será
solicitarlas en el curso del juicio de alimentos provisionales o como objeto principal de un
nuevo juicio de esta clase, a [Link] que tengan virtualidad inmediata.
Artículo 149.
Doctrina-comentario
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Artículo 150.
Doctrina-comentario
1. Como dice la antigua y, al parecer, única sentencia que se ha ocupado de este artículo, de
él resulta que la obligación de suministrar alimentos es personalísima y no se transmite a
tercera persona ni constituye carga o gravamen a que estén afectos los bienes del que deba
darlos (STS 6-VI-1895). Constituía una excepción el derogado art. 845 CC sobre alimentos
en lugar de legítima debidos a los hijos ilegítimos. No es, por el contrario, una excepción el
actual art. 101 II, sobre pensión por desequilibrio entre cónyuges separados o divorciados,
sino una buena prueba de la distinta naturaleza de esta pensión respecto de la obligación de
alimentos.
La regla del art. 150 es también coherente con el principio de proporcionalidad establecido en
el art. 146.
4. Sí pasan a los herederos, como deudas del causante, las pensiones atrasadas y no
pagadas, pues estas obligaciones han perdido su carácter de personalísimas para
equipararse a las demás patrimoniales (v. art. 151 II).
Artículo 151.
Doctrina-comentario
que sean las modificaciones aportadas a la situación del acreedor o del deudor; o consiente,
a cambio de una pensión más elevada, una limitación en el tiempo de su pago. En todas
estas hipótesis el acto es nulo (v. arts. 6.º 2 y 1814, para la exclusión de transacción).
Artículo 152.
Doctrina-comentario
I. La muerte del alimentista. El art. 152 se presenta como una continuación del 150
(«cesará también») y su causa primera es simétrica de la en aquél establecida. En definitiva,
el fallecimiento, tanto del deudor como del acreedor, extingue esta obligación personalísima,
no susceptible de transmisión entre vivos (art. 151, contra la regla general asentada para los
derechos de crédito en el art. 1112) ni por causa de muerte: el derecho de alimentos no forma
parte de la herencia (cfr. art. 659). Podrá suceder que la muerte del alimentista deje en
situación de necesidad a sus hijos herederos y, por tanto, en condición de pedir alimentos,
acaso a quien los suministraba a su causante (p. ej., al padre o cónyuge de éste). Pero tal
derecho de alimentos nace entonces por sus propias razones, directamente en cabeza de los
alimentistas, medido con arreglo a las necesidades de éstos y con total independencia del
fenómeno sucesorio.
II. Reducción de la fortuna del obligado. La extinción de la obligación es, en este caso,
consecuencia extrema de la reducción proporcional de que habla el art. 147. Ciertamente, el
alimentante puede verse forzado a descender de tenor de vida para poder prestar los
alimentos, siempre que, aun así, esté en situación de atender a sus necesidades. Expresaba
mejor la idea el núm. 1 del art. 75 de la Ley de Matrimonio civil, de donde se ha tomado este
número sin más cambio que la supresión del calificativo «precisas» apuesto a
«necesidades», supresión verosímilmente debida a considerarlo pleonástico. En cualquier
caso, el deber de mantener y alimentar a los hijos menores y al cónyuge obliga civilmente a
compartir los medios de fortuna hasta límite cercano al de la propia subsistencia, pues
precisamente al cumplimiento de estos deberes preferentes a las demás obligaciones de
alimentos alude el precepto con su referencia a la familia del alimentante (con preferencia,
todavía, de los hijos respecto del cónyuge: art. 145 in fine). En general, entiendo que no se
extingue la obligación siempre que el alimentante pudiera cumplirla sin desatender sus
necesidades recibiendo en su casa al alimentista. La Ley de Matrimonio civil disponía que «el
alimentista tendrá que vivir en compañía del que debiera satisfacer aquéllos en el caso que
éste justificara no poder cumplir de otro modo su obligación por la escasez de su fortuna»: el
hecho de que el CC admita al alimentante optar con mayor libertad (art. 149) no le permite
exonerarse de la obligación cuando sea todavía posible en la forma de cumplimiento in
natura.
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III. Mejora de fortuna por el alimentista. No plantea especial dificultad el caso en que, en
efecto, los medios de fortuna del alimentista hayan aumentado hasta el punto de poder
atender normalmente a sus necesidades. Por el contrario, la dificultad es grande en el
supuesto de mera posibilidad de ejercer oficio, profesión o industria. Puesto el precepto en
relación con el núm. 5.º, en el que la mala conducta o la falta de aplicación al trabajo operan
sólo respecto de los descendientes (v. también art. 143 in fine), y puesto que el núm. 3.º se
refiere a todos los parientes, no puede incluir sino la posibilidad concreta y eficaz de trabajar,
que no pasa a realidad por la negativa o renuencia del sujeto (no los casos de «falta de
aplicación» y «mala conducta»). Así lo entiende la jurisprudencia de los últimos decenios
([Link]. STS 24-VI-50, 10-VII-79 y 5-XI-84. Esta última entiende que «para que cese la
prestación es preciso que el ejerc1c10 de la profesión, oficio o industria, sea una posibilidad
concreta y eficaz según las circunstancias, no una mera capacidad subjetiva» —con lo que
repite términos de la STS 31-XII-42—, ponderando, respecto de hija con título de magisterio
«las dificultades que para encontrar trabajo se presentan hoy» y, en cuanto a un hijo mayor
de edad, «su calidad de estudiante»). Mayor severidad se observa en sentencias de principio
de siglo.
Hasta tiempos recientes, el mayor o menor rigor con que exigir al alimentista que tratara de
trabajar se hacía depender de la posición social de la familia, aunque ya la STS 29-VI-50
rechaza el argumento del recurrente según el cual no había de exigírsele sino trabajos
dignos de su rango social aristocrático, argumentando el Tribunal que «aparte de que el
trabajo lícito y útil a la sociedad es siempre honroso, tampoco se ha acreditado que el
recurrente haya buscado inútilmente algún trabajo que considere digno de su rango».
Suprimida en el art. 152 la referencia a la «posición social de la familia», no hay argumento
que permita a un ciudadano vivir ocioso, rechazando un trabajo remunerado, a costa de
rentas ajenas no voluntariamente compartidas.
La aludida supresión del criterio modalizador de la «posición social de la familia» hace dudar
también de la procedencia de tener en cuenta, para calcular las necesidades de
«subsistencia» a las que provee el alimentista con su trabajo, el nivel de vida a que podría
aspirar en razón de su procedencia familiar. Sirve para poner de relieve plásticamente el
problema recordar un fragmento de la Memoria del TS del año 1900, en el que se expone
que «tratándose en el caso que dio lugar al recurso de un soldado de la guardia civil, que
había sido reconocido a última hora como hijo natural de señora de alta posición social, y
pretendía de su madre alimentos que ésta le negó, fundada [en el núm. 3.º del art. 152], la
cuestión consistía en saber si cualquier destino, por pequeño que fuera, bastaba para
extinguir la obligación consignada en el art. 143, o si debiendo consistir los alimentos en todo
lo que como indispensable señala el art. 142, según la posición social de la familia, procedía
declarar la procedencia de aquélla en todo lo que fuere preciso para completar la satisfacción
de las necesidades del alimentista, permitiéndolo la posición social del obligado, que es
como ha resuelto el TS». En definitiva, son mayores las necesidades del alimentista cuando
procede de buena familia. Solución a la que acaso podría llegarse hoy sin más apoyo que el
del art. 146; pero, entonces, ¿qué ha significado la supresión del criterio de la posición social,
operada por el legislador en 1981?
IV. Causas de desheredación. La redacción que dio a este número la edición reformada del
ce (la primitiva decía: «cuando el alimentista hubiere cometido alguna falta por la cual
legalmente le pueda desheredar el obligado a satisfacer los alimentos») está dirigida a
aplicar todas las causas de desheredación a cualesquiera alimentistas, no sólo a los hijos las
correspondientes a éstos, etc. Esto requiere una operación de adaptación de los arts. 852-
855 (junto con los preceptos por ellos reclamados) a situaciones muy distintas de aquéllas
para que fueron pensados, no siempre fácil. Evidentemente, se trata de aplicar a la extinción
de la obligación alimentaria las causas, no el régimen de la desheredación. Con todo, cabe
defender que la reconciliación de que trata el art. 856 hace renacer el crédito del alimentista,
lo mismo que deja sin efecto la desheredación.
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García Goyena dudaba de la conveniencia de introducir una causa así, considerando que
«tal vez habría sido más conveniente y decoroso suprimir una excepción desfavorable a los
hijos y descendientes»; pues, «abierta la puerta al examen, cada pleito de alimentos
presentará un espectáculo repugnante y escandaloso entre las personas más estrechamente
unidas por naturaleza. El hijo pródigo, p. ej., no deja de ser hijo, y pueden dársele alimentos
de modo que se ocurra a la necesidad natural, sin dar pábulo a sus vicios o debilidad». Lo
acuciante de esta reflexión se pone de manifiesto si pensamos, p. ej., en los problemas de la
drogadicción y su tratamiento en el entorno familiar: ¿qué es «mala conducta» y cuándo se
entiende que ha cesado o dejado de subsistir? García Goyena concluye, quizá sin
demasiado convencimiento: «Sobre estas consideraciones prevaleció la de que un buen
padre no debe ser víctima de la mala conducta o inaplicación del hijo, y que era preciso
imponer a éste una pena o privación por lo pasado, y estimularle al bien para lo futuro».
El antecedente de la Ley de Matrimonio civil inclina a pensar que el art. 143, al exigir a los
hermanos alimentistas que la causa de su necesidad no les sea imputable, no quiere decir
cosa distinta a lo dispuesto para los descendientes en este 152, literalmente más benigno.
Artículo 153.
Las disposiciones que preceden son aplicables a los demás casos en que
por este Código, por testamento o por pacto se tenga derecho a
alimentos, salvo lo pactado, lo ordenado por el testador o lo dispuesto por
la ley para el caso especial de que se trate.
Doctrina-comentario
I. La intención generalizadora del art. 153. Este artículo, último de los que regulan los
alimentos entre parientes, trata de establecer una relación de norma general a norma
especial entre las de este título y todas las que en el CC se ocupan de una obligación de
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alimentos; así como proporcionar una regulación subsidiaria para los casos de obligación
alimentaria basada en pacto o testamento. El hecho, sin paralelo en otros Códigos, de
ofrecer nuestro legislador una disciplina autónoma y en sede propia de la obligación de
alimentos entre parientes se presta a este intento de generalización; pero un análisis, aun
superficial, de los artículos del ce que hacen mención de una deuda alimenticia (648, 964 y
1408) hace ver la diversidad de los supuestos y la escasa utilidad de una regla de cierre
como la del art. 153. Tampoco para integrar y suplir la voluntad de los particulares expresada
en pactos o testamentos resultan mucho más adecuados los arts. 142-152 CC. Cabe
advertir, con todo, que el art. 153 sirve de argumento inapelable sobre la admisibilidad de
deudas alimenticias procedentes de pacto (posibilidad acogida, sin duda, en el art. 1255) y es
la única referencia legal genérica a tales pactos.
Lacruz (Elementos, IV-1, p. 71) recorre los artículos 142 y ss. encontrando pocos aspectos
en que su contenido sea relevante a los efectos señalados por el art. 153. Según este autor,
el contenido de la pensión alimentaria, en principio, no habrá de ajustarse al módulo del art.
142, el cual únicamente se aplicará cuando se deduzca ser la voluntad de la ley o de los
declarantes. Observo, por mi parte, que en cuanto al contenido del legado de alimentos
habrá que estar, en primer lugar, al art. 879; y, por otro lado, que el art. 153 puede ser
suficiente para inclinar por la aplicación del 142 en todos los casos en que no resulte
claramente otra cosa de la ley, pacto o testamento. Los arts. 143 a 145 —prosigue Lacruz—
carecen de posible aplicación fuera del marco que ellos mismos se trazan (puede tener
alguna fuerza expansiva el art. 145); mientras que el 146 no desempeña el mismo papel en
otros alimentos legales y, en cuanto a los alimentos debidos por negocio jurídico, «la
variabilidad de la pensión habría que disponerla expresamente, y en la práctica, si bien se
previene con frecuencia la pérdida del valor de la moneda mediante alguna cláusula de
estabilización, esta otra suerte de alteración del quantum debido es insólita» (v. Bonet
Correa, ADC 1976, p. 1250). El nacimiento de la obligación rara vez se ajustará el art. 148 I
(es decir, no dependerá de la necesidad del alimentista), aunque a falta de otra norma— sí
parece aplicable el pár. II de este precepto. La regla del art. 149 podría valer para el
donatario, en casos muy concretos, pero no para los demás supuestos. Y los arts. 150 a 152,
en principio, tampoco sirven para llenar las lagunas de la disposición, el pacto o la ley.
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