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28/11/24, 19:06 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.

, mayo 2015

CAPITULO III. De las acciones de filiación [Arts. 127 a 141]


§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO I. De las personas [Arts. 17 a 332]
TITULO V. De la paternidad y filiación [Arts. 108 a 141]
CAPITULO III. De las acciones de filiación [Arts. 127 a 141]
CAPITULO III. De las acciones de filiación [Arts. 127 a 141]

CAPITULO III
De las acciones de filiación
Rúbrica modificado por art. 1 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Reestructurado por art. 1 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Sección 1ª
Disposiciones generales

Añadido por art. 1 de Ley núm. 11/1981, de 13 mayo

Artículo 127.

...

Derogado por disp. derog. única.2.1º de Ley núm. 1/2000, de 7 enero

Doctrina-comentario

I. El principio de libre investigación de la paternidad y la maternidad. 1. Idea general.


Frente al criterio restrictivo con que el Código de 1889 trató la determinación y reclamación
judicial de la filiación (sobre todo, de la extramatrimonial) por influencia del Código de
Napoleón y en contra de nuestros precedentes históricos, tanto castellanos como de derecho
catalán, la Constitución de 1978, en línea con la orientación prácticamente sin excepción en
el Derecho comparado de nuestra área cultural, estableció en su art. [Link] un principio
contrario: «la ley posibilitará la investigación de la paternidad»; y en congruencia con él, el
art. 127.I CC dice hoy que «en los juicios sobre filiación será admisible la investigación de la
paternidad y de la maternidad».

Entiendo que con esos términos, más que aludirse a la histórica «acción de investigación de
paternidad», pretende expresarse la preocupación del legislador por la
paternidad/maternidad real y la verdad biológica, y facilitar su búsqueda en los procesos
sobre filiación hasta donde sea posible —que no siempre lo será, por problemas formales
(requisitos de legitimación, caducidad de la acción y otros) o de eficacia probatoria—. Es
decir, la posible adecuación de la filiación jurídica a la biológica: lo que suele ya llamarse
principio de veracidad en materia de filiación. Lo cual no quiere decir (porque ni el principio ni

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esa veracidad son absolutos) que quede abierta la investigación de la paternidad a


cualquiera, ni que filiación jurídica equivalga a filiación biológica, pues es evidente que esta
categoría jurídica es algo mucho más rico y complejo que el mero dato biológico; sin olvidar
que el principio de veracidad se halla compensado, en tensión inevitable, por el de seguridad
jurídica y de estabilidad de la relación de filiación, lo que lo relativiza más y explica sus
excepciones.

2. Alcance e interpretación de otras normas que sugiere. Aun teniendo en cuenta esto último,
y ese relativismo del principio de referencia, creo que constituye el más importante principio
informante de la nueva filiación en nuestro Ordenamiento, que va más allá del art. 39.2 CE y
del ámbito de lo familiar (cfr. STS 5-XI-87). Pienso que ese principio guarda íntima relación
con el derecho de toda persona a conocer su verdadera filiación (STS 15-III-89), su origen, la
estructura profunda (causal) de su personalidad, y cuantos datos la conforman (pues muchos
de ellos, físicos y psíquicos, se transmiten hereditariamente); porque el derecho al libre
desarrollo de la personalidad —en el que sin duda incide en forma muy importante no sólo el
origen genético, sino su conocimiento o las dudas sobre él—, y la dignidad de la persona son
derechos fundamentales que la Constitución reconoce (art. 10.I). De otro lado, no se olvide,
los derechos fundamentales de la persona son anteriores y superiores, en nuestro sistema
jurídico, a los de la familia.

Cabe añadir a cuanto antecede estas consideraciones: a) ese derecho a conocer la herencia
biológica de cada uno puede, en algún caso, ser incluso distinto de la relación de filiación y
sus consecuencias. Piénsese en la inseminación artificial de mujer casada con autorización
del marido y con semen de tercero, situación en que casi todos los autores, proyectos de ley,
informes y alguna legislación coinciden en asignar la paternidad jurídica al marido de la
madre; también nuestra L 35/88, sobre técnicas de reproducción asistida (art. 8.º). Sin
embargo, resultaría muy difícil impedir al hijo preguntar por su origen y reclamar el
conocimiento (no la filiación, pues ya la tendría) de quién es el hombre del que ha recibido
ciertos genes, al que debe su talla baja o ser rubio, y tantas otras cosas buenas o malas
recibidas por herencia biológica (cfr. art. 5.º V.3 de la mencionada L 35/88, con criterio muy
restrictivo). b) La consideración de derecho fundamental de la persona, al margen de
valoraciones familiares, del derecho a conocer la propia filiación, es algo no nuevo que va
ganando terreno progresivamente en Derecho comparado. En Alemania se considera el
derecho a conocer la propia filiación, desde hace tiempo, como un derecho de la
personalidad, vinculado a la inviolabilidad de la persona humana. En igual sentido muchos
autores y cierta jurisprudencia alemana.

Quiero decir con todo esto que el derecho a reclamar la propia filiación (principal
manifestación, aunque no única, del principio de libre investigación que comento) trasciende
lo puramente familiar y cabe anclarlo no sólo en el art. 39 II sino también en el 10 I de la
Constitución, y alcanza (al menos, desde la perspectiva del hijo) el rango de derecho
fundamental de la persona. Únase a ello que la interpretación de toda norma debe hacerse
«desde la afirmación de los principios constitucionales» (STC 27-I-81; en idéntico sentido la
de 31-III-81), y que según la STC de 26-VII-82, los derechos fundamentales son el parámetro
«de conformidad con el cual deben ser interpretadas todas las normas que componen
nuestro Ordenamiento».

Creo, por todo ello, que la expresión y el principio del art. 127 I deben tener la más amplia
interpretación posible, en cuanto formulación legal de aquel principio de veracidad y de
adecuación de la filiación jurídica a la realidad biológica, aun reconociendo que no es
absoluto. Si el art. 39 II CE dice que «la ley posibilitará la investigación…» (posibilitar =
permitir, facilitar), y el art. 127 I CC que «será admisible la investigación …» con toda clase
de pruebas, parece claro que deberá abrirse la puerta cuanto sea posible al esclarecimiento
de la auténtica filiación. Dicho en otros términos: para impedir, denegar, obstaculizar la
investigación de la paternidad deberá estar claro el impedimento; para no admitir en un caso
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concreto la demostración de la paternidad o no paternidad (maternidad), habrá de constar en


la ley el obstáculo que lo vede. Y la ley, en caso de duda, deber ser interpretada en
coherencia con el principio que nos ocupa, que juega no sólo en la investigación positiva de
la filiación, sino también en la negativa (acción de impugnación).

3. Jurisprudencia reciente al respecto. Ese espíritu generoso de interpretación del principio


de libre investigación, a que aludo, parece estar presente en la más reciente jurisprudencia,
en diferentes ámbitos. Cfr. STS 19-XI-85, 7-II-86 y 12-XI-87. Y muestra una decidida
inclinación hacia la superación de no poco formalismo que impregna todavía la institución de
la filiación y los procesos de esta clase, en aras de la verdad real, vista como ratio legis y fin
eminente de los arts. 39 II CE y 127 I CC. Así, la STS de 5-XI-87, que proclama el rango
constitucional del derecho a investigar la paternidad, «en cuanto se estima más protegible,
en interés del menor, la realidad, a la ficción normal»; la de 21-IV-88: «si a la madre no
casada se le negase el derecho a que se reconozca la paternidad de un hijo por motivo de
extremado formalismo, se quebrantaría el art. 24 I CE»; la de 30-VI-88 estima el recurso de
casación «superando al respecto ciertas rigideces formales de carácter procesal nacidas de
la alegación referida a la posesión de estado», pues en otro caso «conduciría a un resultado
ilógico y absurdo que repugnaría al derecho y a un elemental razonar jurídico»; la de 21-V-
88, que tras aludir a una interpretación finalista del art. 127 CC, dice que es «de interés
público que los tribunales tengan el poder de recurrir a métodos inofensivos científicamente y
confirmados notoriamente que permiten obtener pruebas a fin del logro de la verdad real que
siempre debe perseguir todo debate judicial, y concretamente las relaciones de paternidad»;
la de 14-VII-88 invoca, al fundamentar su pronunciamiento de paternidad, el interés
preponderante que se concede en los arts. 39 II CE y 127 CC a la filiación, y con ella, a los
superiores intereses de la sociedad en que se potencien los intereses familiares y sociales
frente a los individuales (intimidad e integridad); la de 3-XII-88 alude a que «en estos
procesos se sigue un cierto principio inquisitivo», y a la interpretación de los arts. 127 y 135
CC en consonancia con la realidad social al tiempo en que han de ser aplicados; y la de 15-
III-89 habla de que «en los procesos de filiación y de investigación de la paternidad se ha
pasado del principio de verdad formal al de verdad material en aras de derecho de la
personalidad consagrado en las leyes fundamentales» (cfr. Rivero, Com. STS 14-VII-88,
CCJC, núm. 18, p. 785).

II. Admisibilidad de toda clase de pruebas. Nuestro Código de 1889 no ponía obstáculos a
la prueba de la maternidad, pero era muy restrictivo en cuanto a la de la paternidad; y la
jurisprudencia, incluso reciente, lo fue particularmente con unas pruebas periciales, las
biológicas, ampliamente acreditadas y practicadas en todos los países de nuestro ámbito
cultural y jurídico. La perspectiva ha cambiado por completo con la reforma de 1981: «en los
procesos de filiación —dice ahora el art. 127— será admisible la investigación… mediante
toda clase de pruebas, incluidas las biológicas». Caben todas, pues, sin restricción alguna ni
preferencia (STS 8-VII-86) —incluida la de presunciones (STS 14-XI-87), tan vulnerable—, y
con sujeción a las normas procesales que regulan su práctica y valor probatorio. Y esto vale
también para las biológicas, cuya alusión explícita (innecesaria) se debe al interés del
legislador por dejar constancia del partido que toma a favor de las mismas, frente a la
desconfianza (¡todavía!) de una parte de la doctrina y de nuestros tribunales (al menos hasta
hace poco) hacia ellas.

En este punto, tanta importancia como la admisión de toda clase de pruebas tiene su
valoración, en cuyo aspecto tiene particular transcendencia y puede dar un nuevo juego la
filosofía jurídica e inclinación hacia el realismo, superando el excesivo formalismo propio del
proceso civil, de la nueva jurisprudencia aludida en el apartado anterior, y sobre todo la
apelación a «un cierto principio inquisitivo» en los procesos de filiación que hace alguna STS
(la de 3-XII-88, [Link]., en forma clara).

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III. Las pruebas biológicas. Aspectos técnicos. La novedad y trascendencia de las


mismas, su uso cada día más frecuente y, sobre todo, su solvencia, eficacia y fiabilidad
(también en aumento, con la evolución de las Ciencias biológicas) exigen una breve atención
a las mismas, siquiera sea en tono de divulgación y para discreto conocimiento de quienes
hayan de manejarlas.

Cuando se habla hoy de prueba biológica en los procesos de filiación se hace referencia casi
exclusiva a la hematológica, con lo que quedan ya superadas las otrora eficientes, y en
algunos países bastante practicadas, del grado de madurez del recién nacido y la
heredobiológica.

En la actualidad se manejan en esta clase de prueba (sigo aludiendo a la hematológica)


cuatro tipos de «marcadores polimórficos»: los leucocitarios (sistema HLA, el de mayor
histocompatibilidad encontrado hasta ahora, localizado en el cromosoma 6 de las células de
cada persona), los eritrocitarios (sistemas A-B-0, MN-Ss, Rh, Kell-Cellano, Lutheran, Duffy,
Kidd…, que se encuentran en la superficie de los hematíes), los plasmáticos (de proteínas
plasmáticas en su mayoría) y los enzimáticos (estudio de enzimas existentes sobre todo en
hematíes y leucocitos: sistemas PGM 1, AcP 1, Glo 1 y otros).

En cuanto al modus operandi, conocido con dichos medios y técnicas el material genético de
la madre, el hijo y el supuesto padre, se resta al del hijo el que comparte con su madre
(indubitada), y luego se comprueba si el supuesto padre posee el restante material genético
del hijo (que ha de haber heredado forzosamente de su progenitor biológico). Pueden darse
dos situaciones, de compatibilidad y de incompatibilidad, entre esos dos últimos
protagonistas, situaciones que no coinciden exactamente con las de paternidad y no
paternidad, por dos razones y problemas; uno, relacionado con las garantías de que un
individuo no excluido sea realmente el padre; y otro, en atención al posible error técnico,
biológico o por mutación genética (que los investigadores que practican estas pruebas no
desconocen, y toman en consideración).

Por lo que se refiere al primer problema, la cuestión se lleva al ámbito de dos parámetros
bioestadísticos en que se apoya la determinación de la paternidad: a) la probabilidad de
exclusión a priori de paternidad, que es la probabilidad favorable de que con el uso de unos
sistemas polimórficos determinados pueden excluirse los falsos padres; cuantifica el posible
error de no exclusión de personas que, sin embargo, no podrían ser progenitores (la
Sociedad Internacional de Hemogenética Forense estima como mínimo aceptable operar con
una probabilidad de exclusión a priori del 99,9 %). b) La probabilidad de paternidad que debe
calcularse siempre que no se logre excluir al supuesto padre: para ese cálculo se utiliza la
ecuación de Essen-Moller (1938), empleada para la resolución de problemas estadísticos
en los que existen probabilidades condicionadas.

Por lo que respecta a errores técnicos, biológicos, etc., para evitar los de tipo técnico
posibles (confusión de personas, de muestras, rotulaciones, interpretación de resultados), la
mayor parte de los equipos repiten sistemáticamente tres veces todos los pasos del proceso
en que ello es posible, llegándose en algún caso a la repetición total. Esos errores, además,
van casi siempre en favor de la incompatibilidad y, por tanto, la tendencia es que lleven a
considerar como padre imposible a un individuo que lo sea en realidad. Se tienen en cuenta
también los errores biológicos, por genes silentes y su incidencia: su frecuencia es baja, pero
su detección difícil. Es excepcional, en cambio, e indetectable, la posibilidad de mutación de
genes.

Con tales medios y técnicas, sometidos los datos a cálculo de ordenador, y manejados por
expertos solventes (lo que debe siempre exigirse, y en España los hay, algunos con muy
amplia experiencia y cientos de pruebas de esta clase practicadas), es posible llegar a

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afirmaciones y negaciones de paternidad superiores en muchos casos al 99,73% (cfr.


Huguet-Carracedo-Gene, Introducción investigación biológica, passim).

En ese progreso científico continuo se insertan también las recientes investigaciones sobre el
DNA del núcleo de las células, que están permitiendo ya importantes avances en el estudio
del genoma humano, con aplicaciones en varios campos, incluido éste de la determinación
de la paternidad. Ahorro de datos y métodos técnicos. El fundamento es semejante al de los
marcadores genéticos a que he hecho referencia poco ha. Su lectura es aquí más fácil y
segura. Y puede actuar como complemento de aquéllos, mejorando la eficacia y fiabilidad de
ese complejo sistema de pruebas biológicas.

Visto el rigor científico y técnico de todas estas pruebas y el de auto-exigencia de los


expertos que las practican y los criterios que manejan en la afirmación de paternidad (donde
sólo tienen por prácticamente probada a partir del 99,73%, que con frecuencia superan, y al
99% sólo lo llaman «altamente probable»), ¿quién se atrevería hoy a seguir poniendo
reparos a estas pruebas biológicas? Piénsese que si no se las acepta (quizá porque parece
insuficiente una eficacia en la afirmación o en la exclusión del 96 o el 98%), el pleito se
decidirá por obra y gracia de pruebas tan falibles como la testifical, o la documental
(certificados de buena conducta u honestidad de la madre) o presunciones (la convivencia
more uxorio o la posesión de estado). Porque una cosa es evidente: planteada la cuestión de
la paternidad, el Juez tiene que decidir en un sentido u otro, pues callar no puede, en el
proceso en el que se le pide que diga si Fulano es o no padre de Mengano; y si declina ese
Juez apoyarse en aquellas pruebas biológicas porque no le garantizan la verdad absoluta, y
el 99% no le parece suficiente, tendrá que remitirse a las pruebas clásicas a que acabo de
aludir (cfr. Rivero, Com. STS 17-VII-87 CCJC núm. 14, pp. 4821 y ss.).

IV. Problemas jurídicos de las pruebas biológicas. De ellas destacará aquí sólo dos: 1.
Negativa a la toma de muestras (de sangre) para la práctica de la prueba. En este punto hay
práctica unanimidad doctrinal y jurisprudencial en que, en defecto de norma legal que lo
permita (como ocurre en Alemania, por ejemplo) no puede imponerse a una persona a la
fuerza, ni puede ser físicamente obligada a la toma de muestras de sangre para la prueba
(STS 14-XI-87, entre muchas): no lo permiten los derechos fundamentales a la integridad
física y moral y a la libertad personal (arts. 15 y 17 I CE) sin que la ley lo autorice, ante lo que
deben decaer los derechos a la tutela jurisdiccional efectiva (art. 24 I CE) y a la investigación
y declaración de la verdadera filiación: ello sin perjuicio de las consecuencias que haya lugar
a sacar de aquella negativa (cfr. STS 27-VI y 14-XI-87 y 28-V y 14-VII-88). Esta última STS
dice que «si la persona de la que se postula el reconocimiento de la paternidad es sujeto de
proceso, es, a su vez, el objeto del proceso y, en última instancia, el cuerpo humano pasa a
ser objeto de la prueba pericial sobre la que han de operar la obtención de las pruebas
biológicas y antropológicas, cuya negativa, por parte del sujeto a someterse a ellas,
conculcaría la declaración programática del art. 39 II in fine CE; y en otro orden de ideas, se
harían ilusorias las posibilidades de obtener la tutela efectiva de derechos tan legítimos como
los que se postulan y conducirían, en definitiva, a una denegación de un medio de prueba a
quien no tiene a su alcance más que la práctica de las pruebas biológicas para demostrar la
paternidad que se demanda».

Jurisprudencia más reciente (STS 15-III-89, 24-V-89 y 20-VII-89) ha mostrado un rigor quizá
excesivo al señalar que «para los supuestos de investigación de paternidad mediante la
práctica de las pruebas biológicas, la concurrencia de dos presupuestos inexcusables cuales
son, de una parte la posibilidad de la fecundidad de la mujer y, de otra, la negativa
obstruccionista del demandado a la práctica de esas pruebas».

2. Valoración judicial de esa negativa. El TS ha dicho a ese respecto que no puede ser
considerada como ficta confessio, sino que «meramente representa un indicio, valioso, que
conjugado con otros elementos probatorios figurados en autos permitieron a la sentencia

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recurrida llegar a declarar la paternidad pretendida» (STS 14-XI-87 y II-III-88; en términos


semejantes, los de 14-X-85, 18-III, 21-V, 14-VII, 23-IX y 3-XII-88). Véase también a título de
ejemplo, la STS 14-VII-88, para la que la actitud negativa comporta «un indicio revelador de
un afán obstruccionista y que denota hasta un fraude de ley a que hace referencia el art. 6 IV
y de un ejercicio antisocial del derecho que consagra el art. 7 II CC, más aun cuando los
conocimientos culturales están a la orden del día y forman parte del acervo cultural». Las
STS 24-V y 20-VII-89 exigen que «la negativa ha de ser seria, injustificada y ser manifestada
por la propia persona que ha de someterse a la prueba biológica y nunca mediante una
negativa expresada a través de representante procesal que nunca podrá ser portador de un
comportamiento tan personalísimo que sólo el otorgamiento de un poder especial podría
justificar y suplir».

En el mismo sentido que esa jurisprudencia, prácticamente, tanto la doctrina española de


forma unánime, como la francesa (Nerson, Masip, Rubellin-Devichi) o la italiana
(Trimarchi, Rossi, Comporti-Martini). En Alemania cabe apelar a imponer a la fuerza la
sumisión a la prueba biológica, mas ello sólo tras repetidas negativas injustificadas del
obligado a someterse. También se puede recurrir a la coerción en caso de negativa
injustificada en Alemania, Austria y algunos estados de USA.

Sin embargo, no es lo mismo que la negativa proceda de una parte en el proceso


(distinguiendo, a su vez, entre la que procede el actor y la del demandado) o de una parte
ajena al mismo; y según que haya una sola persona cuya paternidad se cuestiona, o que se
haya alegado la exceptio plurium concubentium y acreditado que varios cohabitaron con la
madre y son posibles padres.

V. Exigencia de un principio de prueba para la viabilidad de la demanda. 1. Justificación.


El sistema de libre investigación de la paternidad/maternidad supone ciertos riesgos, al poner
a disposición de personas desaprensivas excesiva facilidad para incoar, a veces, artificial e
infundadamente, procesos que pueden crear gratuitos e injustos problemas a personas y
familias, cuando no la coacción o el chantaje. Por ello, en unos ordenamientos por vía
jurisprudencial (Suiza) y en otros por precepto legal (Código italiano, Comp. Navarra) se ha
limitado en alguna forma el posible abuso exigiendo ab initio un principio de prueba que
acredite la seriedad de la pretensión procesal y la admisibilidad de la demanda, sin perjuicio
de lo que después se pruebe y resulte. En esa línea, el art. 127 II CC dice que «el Juez no
admitirá la demanda si con ella no se presenta un principio de prueba de los hechos en que
se funde». No se trata ya de una restricción al principio constitucional y legal de la libre
investigación de la verdadera filiación, sino que sólo pretende impedir que se presenten
demandas temerarias o totalmente infundadas; puede ser útil, además, a la hora de la
adopción de las medidas previas del art. 128. Aun criticada esa norma tanto en el Parlamento
como por cierta doctrina, puede dar buen juego si es aplicada con prudencia (cfr. STS 12-XI-
87), especialmente exigible por el debido respeto al principio y derecho constitucional a la
tutela judicial efectiva (art. 24 I Constitución).

2. Régimen jurídico. La rechazabilidad por el Juez de la demanda va referida tanto a las


acciones de reclamación como de impugnación, en la filiación matrimonial como en la no
matrimonial, y cuando accione el hijo o alguno de los progenitores u otros, si bien el rigor con
que se mida no deba ser el mismo en unos casos que en otros.

En cuanto a la naturaleza de esta regla, las STS 21-XII-89 y 19-I-90 han instituido en que se
trata de una norma meramente procesal, a pesar de su inclusión en Código sustantivo (lo
cual era ya conocido). Ello tiene más importancia práctica que teórica, en cuanto que
determina el cauce formal correcto para su impugnación en casación, en caso de inaplicación
o aplicación indebida de este art. 127 II, que es el del n.º 3 del art. 1692 LEC, y no al amparo
del n.º 5 del mismo artículo (v. Rivero, Com. STS 21-XII-89 CCJC 1990).

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En todo caso, el punto más difícil de concretar por ahora se refiere al tipo de «principio de
prueba» a que alude el precepto. Aquí es obvio que ello debe ser distinto según que la acción
sea de impugnación de paternidad/maternidad o de reclamación de filiación. Para el caso de
demanda impugnativa de paternidad podría estimarse como principio de prueba suficiente el
hecho del adulterio de la esposa probado en procedimiento de divorcio, la existencia de
caracteres raciales del hijo distintos a los de los padres, o el haber cesado hacía tiempo la
convivencia conyugal o entre los amantes, el haber disimulado la madre el embarazo u
ocultado el nacimiento… Y respecto de una demanda de reclamación, cualquier documento
que aunque no reconozca la paternidad/maternidad pueda acreditar unas relaciones
sexuales en época idónea, la convivencia entre los supuestos progenitores aunque no sea
continua ni more uxorio, un pronunciamiento penal aunque sea absolutorio en el que resulten
probadas unas relaciones sexuales aptas para la generación cuestionada, etc.

No es necesario que ese principio de prueba sea documental, por más que sea ésa la de
más fácil manejo. Podría ser suficiente la presentación de testigos que el demandante pone a
disposición del tribunal. En el caso que motivó la STS 17-XI-87 «Se acompañaron a la
demanda unas fotografías con las que bastaría para cumplir lo exigido en la norma que se
invoca como infringida»; y la STS 3-VI-88, con la misma interpretación benévola, entendió
que bastaba la alegación en la demanda de pruebas cuya práctica y demostración de hechos
ofrecía para el período de prueba. Vid. también STS 7-II-86, 21-XII-89 y 19-I-90.

Rechazada la demanda por la no presentación con la misma de ese principio de prueba,


puede volver a presentarse una vez subsanada tal omisión. Admitida la demanda sin aquella
presentación, aunque algún autor estima procedente la nulidad de actuaciones además de la
responsabilidad del Juez, pienso, por mi parte, que el principio de economía procesal (cfr. art.
243 LOPJ) puede aconsejar la subsanación ulterior de ese defecto procesal, con suspensión
del procedimiento (máxime a la vista de la jurisprudencia que he mencionado en el apartado I
3).

Francisco Rivero Hernández

Artículo 128.

...

Derogado por disp. derog. única.2.1º de Ley núm. 1/2000, de 7 enero

Doctrina-comentario

I. Medidas de protección del hijo. Los procesos de filiación, como los matrimoniales, son
especialmente aptos para tensiones y maniobras en medio de las cuales está el hijo
discutido, a veces bajo la potestad de quien afirma o de quien se dice no ser padre real. Por
ello, cuerdamente, el legislador, con base en experiencia nacional (recuérdense las viejas y
nuevas medidas provisionales en pleitos matrimoniales) y antecedentes foráneos (Códigos
alemán y portugués, en cuanto a la asignación de alimentos provisionales al hijo), ha
establecido en el nuevo art. 128 que mientras dure el procedimiento sobre filiación adopte el
juez ciertas medidas: «de protección» del hijo (persona y patrimonio) en los de impugnación,
y alimentos provisionales y otras medidas en los de reclamación. Su justificación —además
de la finalidad protectora que las define— está clara: a) por lo que respecta a los alimentos
del párrafo segundo, hállase en la posible necesidad (de los mismos) de quien no tiene
derecho todavía a reclamarlos (respecto del progenitor frente a quien acciona) por no tener
determinada aun la filiación que serviría de título para pedirlos (cfr. Cámara, Com. Edersa,
III-1, p. 557). b) En cuanto a las otras medidas de protección, sobre todo de la persona del

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presunto hijo, justifícanse en la necesidad de amparo y salvaguarda frente a posibles abusos


o presiones, incluso el chantaje, que pudieran ejercerse bajo la tensión del pleito y los
egoísmos e intereses de los mayores, en cuyo contexto el menor in potestate (del
demandado) fuera apenas menor instrumento, pero principal perjudicado.

Una vez más pone el legislador su confianza en la prudencia de los tribunales a la hora de
adoptar esas medidas, que, por ser «mientras dure el procedimiento», no podrá desconectar
el juzgador de los argumentos que para la admisión de la demanda le haya proporcionado el
principio de prueba que exige el art. 127 II ; tendrá en cuenta, particularmente, la situación
familiar o personal de los litigantes y del niño. Por lo demás, en la mayor parte de los casos
serán medidas que las partes pidan in concreto, y de cuya oportunidad juzgará, y concederá
o no, el Tribunal.

No se distingue según se trate de filiación matrimonial o no matrimonial, pero sí entre las


acciones de impugnación y de reclamación, con requisitos y régimen diferente.

II. Acción de impugnación de filiación. Se requiere para la adopción de medidas en este


caso que el hijo se halle «sometido a la potestad del que aparece como progenitor» (cuya
paternidad se impugna). Como medidas de protección cabe pensar en la de confiar la guarda
y custodia del hijo (sin necesidad de suspender o variar la patria potestad) a persona distinta
del que aparece como progenitor y bajo cuya potestad se encuentra aquél, ya sea el otro
progenitor, un tercero, o incluso una institución idónea si las circunstancias del caso lo
aconsejan (cfr. art. 103.1 CC); confiar la administración de los bienes del menor al otro
progenitor cuya paternidad/maternidad no se discute; aseguramiento de los bienes del hijo en
las varias formas que conoce la ley procesal civil; garantías reales y aun retención de bienes
del progenitor para asegurar la prestación de alimentos, etc. Insisto en que la situación
particular de cada caso concreto puede sugerir la adopción de unas u otras, a petición de
parte.

III. Acción de reclamación de filiación. Basta que como resultado del proceso pueda
declararse una filiación tal que el demandado pueda tener deber de alimentos. Procederá,
pues tanto, cuando sea demandado el presunto progenitor (caso más frecuente), como
cuando sea éste actor. Por aludirse expresamente a «alimentos provisionales» cabe
entender aplicables aquí, sin perjuicio de la discrecionalidad del juez, las normas
(sustantivas) que los regulan; habrá, pues, que acreditar la necesidad del alimentista y la
posibilidad de prestarlos en el alimentante. En lo demás, las circunstancias del caso, hechos
en que se funde la demanda y verosimilitud de la paternidad/maternidad, pueden tener
especial trascendencia. El juez fijará, a su prudente arbitrio, la cuantía y condiciones en que
deban ser prestados esos alimentos, que, en este supuesto, pueden alcanzar incluso a
persona mayor de edad o capaz (es decir, no in potestate, como en el supuesto del párrafo
primero). Obligada a prestarlos será la persona que, si se llegara a declarar la filiación
reclamada, estaría obligado a darlos: el art. 128 II los pone a cargo del «demandado»: no
hay, pues, inconveniente legal en que el obligado pueda ser en algún caso el hijo, si éste es
demandado en lugar de actor, y el necesitado es persona distinta. Alimentista puede ser, por
tanto, cualquier persona legitimada para pedir alimentos provisionales (incluso él o para el
nasciturus: Peña, Com. Fam. Tecnos, I, p. 960); el supuesto más frecuente será, sin
embargo, aquél en que sea el hijo quien los pida.

El resultado del juicio influirá en los efectos de tales alimentos. Si se declara la paternidad/
maternidad, la obligación de prestarlos se convertirá en definitiva. Si se rechaza la demanda,
verosímilmente tendrá que reembolsar el que fue alimentista los alimentos que percibió del
demandado, aunque en algún caso pueda parecer o resultar injusto.

Hace el art. 128 II una extraña remisión a las «medidas de protección a que se refiere el
párrafo anterior» a adoptar «en su caso», lo que no se ve nada claro, y de difícil aplicación,

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habida cuenta de que tales medidas de protección están previstas para el hijo «sometido a la
potestad del que aparece como progenitor», y serán en general limitativas de la misma, y en
el supuesto de ese párrafo segundo normalmente no habrá patria potestad (salvo, quizá, en
el caso de una filiación de hecho y una posesión de estado como base de la acción). Una de
esas «medidas de protección» pudiera ser, sin duda, la de aseguramiento de la efectividad
de los alimentos para después de la determinación de la filiación, en el caso en que por la
razón que fuere no proceda acordar los alimentos de inmediato (así, en la doctrina y Derecho
alemán, donde se ha estudiado la cuestión).

Francisco Rivero Hernández

Artículo 129.

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Derogado por disp. derog. única.2.1º de Ley núm. 1/2000, de 7 enero

Doctrina-comentario

I. Ámbito de aplicación. 1. Consideración general. Una de las notas características de las


acciones de filiación es su inherencia y marcada personalidad (consecuencia de ser la
filiación una cualidad personalísima del individuo), en el sentido de quedar su ejercicio
reservado, en principio, a los protagonistas de la relación de filiación que se reclama o
impugna, y sólo excepcionalmente pueden ejercitarla otros interesados (cfr. arts. 131 I y 141 I
CC). Por ello quizá sea un poco fuerte el hablar del carácter personalísimo, como defendió
cierta doctrina (De Castro y otros) frente a una jurisprudencia abundante que permitió, bajo
la redacción original del CC, el ejercicio de algunas acciones (casi siempre de reclamación
de filiación extramatrimonial) por el representante legal del legitimado directo (STS 24-XI-17,
10-I-45, 5-XII-64, entre otras). Hoy parece más difícil insistir en ese carácter cuando, además
de las excepciones legales aludidas, este art. 129 permite de forma más general el ejercicio
por el representante legal o por el Ministerio Fiscal de las acciones que correspondan al hijo
menor de edad o incapaz (por discutible y problemática que sea esta permisión).

2. Ámbito de aplicación personal. Limítalo el art. 129 a menores e incapaces. Requiere


alguna otra distinción:

a) Menores de edad. Hay que entender limitada la referencia a los menores que no pueden
accionar per se, y como según el art. 323 II pueden comparecer en juicio los emancipados
(incluidos los de emancipación funcional, por vida independiente ex art. 319), no se hallan
comprendidos éstos en la previsión legal del art. 129.

b) Incapaces. Sólo puede referirse hoy, tras la reforma de 24-X-83, a los judicialmente
incapacitados, y aun en cuanto a ellos habrá que estar a lo que diga la sentencia de
incapacitación, si ésta es parcial (es decir, si le queda vedado o permitido al incapacitado el
ejercicio de estas acciones). Están excluidos, salvo que se acuerde otra cosa, los pródigos
(art. 298).

c) El «nasciturus». Aunque no es persona ni tiene todavía personalidad, hay que estimar que,
habida cuenta de lo dispuesto en el art. 29 CC y siendo un efecto favorable el que se
determine la filiación (paterna, claro) del concebido y no nacido —a veces, para mejor poder
o hacer cumplir los deberes de asistencia de todo orden para con los hijos, a que alude el art.
39 III CE— podrá representarle la madre gestante para el ejercicio de la acción de paternidad
(quizá no si se tratara de impugnación de un reconocimiento) en el marco del art. 129. En el

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mismo sentido, Peña (Com. Fam. Tecnos, I , p. 963), que invoca como argumento
complementario la posibilidad de reconocimiento del nasciturus.

d) ¿Otros legitimados distintos de los hijos que sean menores o incapaces? Es cuestión
discutida, con argumentos posibles a favor y en contra (v. Peña, Com. Fam. Tecnos, I, p.
962). Creo, por mi parte, que tratándose de norma excepcional (que confiere legitimación
extraordinaria al Ministerio Fiscal), no parece que deba extenderse la autorización del art.
129 más allá del supuesto y personas que cita, y que esos otros legitimados (distintos de los
hijos) menores o incapaces quedarán sometidos a las reglas ordinarias. También Cámara lo
limita al hijo (Com. Edersa, III-1, p. 560).

3. Ámbito objetivo: acciones a que alcanza. En línea de principio y vistos los términos
generales en que se halla enunciado el art. 129, hay que entender que afecta a todo tipo de
acciones de filiación, sean de reclamación, de impugnación, o incluso la acción de
reclamación-impugnación del art. 134. Mas la norma de ese art. 129 es, como tengo dicho,
general; por tanto, puede verse desplazada por las particulares, como la del art. 137 II.

II. Ejercicio de la acción por el representante legal. Representante, a los efectos de este
artículo, es el que en cada caso y por ley corresponda serlo: es decir, el padre/madre, sea
por naturaleza o por adopción, tenga la patria potestad normal, prorrogada o rehabilitada (y
no obstante lo dispuesto en el art. 162 CC, que no creo que pueda ser obstáculo, tanto por la
naturaleza del derecho de accionar en reclamación o impugnación de filiación como por la
ratio legis de este precepto y su excepción 1.ª), y el tutor (cfr. art. 272 III). En el caso de que
haya desacuerdo o conflicto de intereses entre los dos titulares de la patria potestad —ya
esté determinada la filiación respecto de los dos (p. ej., caso del hijo matrimonial, y se
pretenda la impugnación de la paternidad ex art. 137 III), ya lo esté legalmente respecto de
uno y la tenga el otro por posesión de estado y se trata de la acción de impugnación del art.
140 II— la cuestión y el posible desacuerdo habrá de dirimirlo el juez (art. 156). Si el conflicto
de intereses se da entre el representante legal y el hijo, habrá que apelar al nombramiento de
defensor judicial para éste (cfr. arts. 163, 299 y ss. CC).

Si el representante legal es menor no emancipado (madre soltera menor de edad que


pretende reclamar paternidad para su hijo), necesitará la asistencia de sus padres y, a falta
de ambos, de su curador. En caso de desacuerdo o de imposibilidad, la del juez (art. 157 en
relación con el 286 I CC). Si el representante legal estuviera incapacitado, habrá que
atenerse a lo que disponga la sentencia de incapacitación (art. 210) y a las facultades y actos
permitidos y prohibidos a ese incapacitado: en unos casos precisará la asistencia de un
curador, y en otros actuará por el incapacitado su tutor, para lo cual necesitará, en nuestro
supuesto, autorización judicial (art. 272 III) si la incapacitación no supuso ya la terminación
de la patria potestad y determinó el nombramiento de tutor propio para el hijo (el cual también
necesitará para accionar sobre filiación la autorización judicial). Todo ello sin perjuicio, en
todas esas hipótesis, de la legitimación propia del Ministerio Fiscal y su actuación directa.

III. Ejercicio de la acción por el Ministerio Fiscal. 1. Legitimación activa. Aunque tiene su
principal justificación esta legitimación del Ministerio Público como parte en la defensa de
intereses del menor incapaz, que en no pocas ocasiones pueden entrar en conflicto con los
de sus representantes legales, y para proveer ante la inactividad de éstos en perjuicio del
hijo, resulta aquí, sin embargo, que esa legitimación desborda lo que el Estatuto Orgánico del
Ministerio Fiscal (Ley 50/1981) asigna al mismo («defensa de la legalidad y del interés
público y social»: art. [Link]) y convierte las acciones de filiación en cuasi-públicas, no obstante
su inherencia a la persona de los protagonistas de esta relación y otros caracteres de
aquéllas que conocemos. Por ello ha merecido alguna crítica (Cámara, Com. Edersa, III-1, p.
560; Quesada González, Acción reclamación, p. 322). Hay que añadir, sin embargo, que
también en otros ordenamientos se legitima a ciertos órganos públicos de forma parecida (el
«Jugendamt», en Alemania, el Ministerio Público en Portugal).

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Como el Ministerio Fiscal y el representante legal pueden accionar «indistintamente» (cfr.


STS 5-II-90), pienso que nada impide que ambos puedan concurrir al proceso, cada uno con
legitimación propia: así, si accionó primero la madre, puede el Ministerio Fiscal actuar como
coadyuvante adhesivo, o en su caso como demandado o como mero informante; y si es el
Ministerio Fiscal el que acciona antes que el representante legal, adherirse éste luego como
coadyuvante, o quizá provocar la «extramissio» del Ministerio Fiscal, como actor para seguir
participando en el proceso en otra calidad, p. ej., como informante (cfr. Ramos, Derecho
Procesal Civil, I, p. 235 y Quesada González, Acción reclamación, p. 322).

2. Otras actuaciones del Ministerio Fiscal en los procesos de filiación. Sin perjuicio de lo
dispuesto en el art. 129 y en el 137 CC, en otros lugares se exige la participación del MF en
los procesos de filiación, sobre todo en el ya invocado art. 3 VI del EOMF (L 50/81), donde se
alude a «tomar parte en defensa de la legalidad y del interés público y social, en los procesos
relativos al estado civil» (cfr. art. 50 LRC). Sabido es, por otro lado, que la intervención del
Ministerio Fiscal en los procesos civiles puede ser de dos maneras: a) como parte plena
(actor o demandado), en cuyo caso puede accionar u oponerse a la acción ejercitada, alegar
hechos, proponer pruebas, realizar actos dispositivos sobre el proceso, formular petitum,
interponer recursos (también como parte), etc.; y b) como informante, y en tal calidad su
actuación es más limitada (simple dictamen o incluso sugerir al Juez diligencias probatorias
para mejor proveer), y no puede alegar hechos, pedir cosa distinta de las partes o recurrir
resoluciones sobre el fondo. Pues bien: ¿en qué calidad actúa el MF cuando interviene en
estos procesos, al margen de su legitimación ex art. 129 y 137 CC?

Desde el punto de vista doctrinal es discutida: entre los procesalistas, Tome Paule se
decanta por su participación como parte plena, actora o demandada, no accesoria ni
secundaria (Procesos filiación…, p. 76); en sentido análogo, aunque menos explícito, Prieto
Castro (Tratado de Derecho Procesal, I, pp. 272 y ss.) y Guasp (Derecho Procesal Civil, I,
p. 164). Entre los civilistas era opinión prevalente la de exigir la presencia del MF en los
procesos de filiación, pero sin grandes precisiones en orden a su papel (parte plena o mero
informante), en cambio Cámara (Com. Edersa, III-1, p. 572) parece limitar la actuación del
MF como parte plena a los supuestos en que el CC se la concede expresamente.

En el orden jurisprudencial, y antes de la reforma de 1981, cabe citar la STS 5-XII-64, que
consideró subsanado el defecto de emplazamiento anterior del MF en un proceso de filiación
al haber sido citado durante la tramitación del recurso de casación. Después de dicha
reforma se han decantado en la misma línea varias Audiencias Territoriales; aunque no se
precisa en qué calidad procesal, se subraya la necesidad de que participe el MF en el
proceso cuando no lo haga como actor, ya sea como demandado o como informante (SAT
Palma Mallorca 20-XII-84, que estimó que basta que se le dé vista de lo actuado para emitir
dictamen, a los efectos del art. 50 LRC, aun estando los autos conclusos para sentencia),
permitiéndose en otros casos subsanar el defecto de su ausencia en primera instancia si se
incorpora en segunda instancia, en virtud del principio pro actione implícito en el art. 24 CE,
que obliga a interpretar las normas jurídicas en el sentido más favorable para la efectividad
del derecho a la acción (SAT Zaragoza 22-III-85 y SAT Palma Mallorca 4-IV-86 y 16-VI-86).
Hoy dos importantes STS han abordado y resuelto directamente esta cuestión: la STS 3-III-
88 dice que la intervención del MF en los procesos de filiación «es la de simple informante,
dictaminador y garante del interés público, pero no la de verdadera parte procesal con los
mismos deberes y cargas que afectan a éstas»; y como sólo se exige audiencia del MF, aun
omitida en primera instancia, considera (para el caso de autos) que quedó subsanada la falta
al ser convocado y oído en la segunda. En los mismos términos y fundamentación
(invocando también el principio de conservación de los actos procesales y del art. 243 LOPJ)
la STS 21-XII-89 (v. Rivero, Com. STS 21-XII-89, CCJC 1990).

Francisco Rivero Hernández

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Artículo 130.

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Derogado por disp. derog. única.2.1º de Ley núm. 1/2000, de 7 enero

Doctrina-comentario

I. Introducción. Calificación del fenómeno contemplado. Siquiera sea con carácter


excepcional, por la naturaleza de las acciones de filiación, nuestro Código contempla varios
supuestos de trasmisión o continuación de las mismas tras el fallecimiento del legitimado
directo. Este precepto habla de la «continuación» de las acciones ya entabladas, a la muerte
del actor. Su justificación es clara: que no se frustre el propósito del demandante, el fin
perseguido con el proceso iniciado, por la muerte de aquél antes de recaer sentencia firme.
Otra cosa es que haya acertado el legislador de 1981 a la hora de elegir los continuadores de
la acción, pues en otros ordenamientos se prefiere a ciertos familiares del fallecido
(descendientes casi siempre) en lugar de los herederos: v. art. 4 II Comp. Cataluña, ley 71
I.1, Comp. Navarra en su redacción original, y art. 270 III CC ital., que llaman a los
descendientes; en cambio, el art. 318.8 CC francés y la actual ley 70 V Comp. Navarra optan
por los herederos, como este art. 130.

No obstante referirse a «herederos», creo que su posición jurídica en la continuación de la


acción no es sucesoria mortis causa, su llamamiento no es iure successionis en sentido
propio o estricto, sino ope legis (en el mismo sentido, Lacruz, Derecho Sucesiones, p. 39).
Es la ley, que casi todo lo puede (aunque sea discutible su solución o a veces no sea
coherente consigo misma) la que legitima en la continuación de la acción a los herederos,
quizá personas de fuera de la familia, en lugar de llamar a los descendientes, como parece
más adecuado habida cuenta de que en esta materia prima lo familiar, y de la marcada
personalidad (inherencia a la persona) que caracteriza a las acciones de filiación.

II. Ámbito objetivo de aplicación. En atención a la situación de este artículo entre las
«disposiciones generales» relativas a las acciones de filiación, y por su propia redacción, es
evidente que se aplicará a toda clase de acciones, en la filiación matrimonial y en la no
matrimonial. Y, como dice Peña (Com. Fam. Tecnos, I, p. 975), las acciones que toma en
consideración esta norma son las que correspondan proprio nomine al actor, no en los casos
en que accione en representación de otro legitimado directo (cfr. art. 137 II CC); se trata,
pues, de la continuación de la acción (originariamente) de otro, y sólo deviene propia del
heredero tras la muerte del actor y por el mecanismo de sustitución (más que sucesión)
legalmente previsto para ese caso concreto. De otro lado, como es regla general, deberá
ceder ante otras especiales (arts. 132 II, 133 II, 136 II, 137 III, 141) relativas a legitimación de
los herederos del actor, en cuanto no coincidan (pues en varios de esos preceptos se prevé
que los herederos accionen con legitimación propia).

La acción debe estar «ya entablada» a la muerte del actor. Bastará, pues, que la demanda
esté presentada ante el Juzgado en calidad y condición de tal, aunque no se haya proveído
acerca de su admisión o inadmisión (ésta pudiera ocurrir, p. ej., si no se acompaña de un
principio de prueba de los hechos en que se funde: art. 127 II). Esa interpretación, que abona
el empleo de los términos poco técnicos vistos («ya entablada»), permitirá a los herederos
comparecer inmediatamente de fallecido el actor en los autos correspondientes y, acreditada
su calidad y legitimación, poder recurrir la resolución judicial que desestime la admisión a
trámite de la demanda.

La disposición de este art. 130 es de carácter excepcional, sin duda, por su contenido y
porque no se trata de un supuesto normal de sucesión mortis causa, como dije. Por ello,
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habrá de ser objeto de interpretación restrictiva.

III. Ámbito personal de aplicación. 1. El «actor». El art. 130 habla de «actor», sin más, por
lo que cualquiera que sea éste habrá lugar a la aplicación de la norma. No comparto, por ello,
la opinión de Martínez Calcerrada (Nuevo Derecho familia, p. 89) que entiende que el
actor a que se refiere este artículo sólo puede ser el hijo. Se opone también a esa tesis
Cámara (Com. Edersa, III-1, p. 567).

2. Los herederos del actor fallecido. La referencia nominal a «herederos» permite extender la
eficacia legitimadora de esta norma a todos los que lo sean legalmente, y que por cualquier
título puedan merecer esa calificación jurídica: por tanto, los herederos abintestado, por
testamento, e incluso los legitimarios (que no dejan de ser «herederos forzosos» aunque
reciban su cuota legitimaria «por cualquier título»: art. 815 CC). Verosímilmente alcanzará
también a los que (tratándose de acción de reclamación) serían herederos del hijo caso de
prosperar la reclamación (así, Cámara, Com. Edersa, III-1, p. 565). Creo que no alcanza, en
cambio, a los legatarios: Albaladejo (Derecho Sucesiones, p. 13) dice que cabría el legar
expresamente una acción de filiación; el supuesto es distinto, y la opinión, aun respetable,
muy dudosa.

Discútase si es aplicable este art. 130 a los herederos del heredero del actor fallecido. Creo
que no habrá inconveniente en el caso en que haya transmisión del ius delationis (art. 1006
CC), porque de esa forma devienen herederos del actor. Lo veo más dudoso en otros
supuestos, porque este precepto no los llama directamente, y porque me parece insuficiente
argumento apelar a la comunidad de intereses entre el heredero del actor y sus propios
herederos.

Comparto la opinión de Peña (Com. Fam. Tecnos, I, p. 966) relativa a que aun tras la
ventana de la herencia subsiste la calidad de heredero a los efectos del art. 130; y creo que
ello es así no sólo por el carácter personal del título de heredero que este autor invoca, sino
porque, según pienso, la legitimación para continuar la acción de los herederos es ope legis,
y no iure successionis, como dije.

Si son varios los herederos, el derecho y legitimación ex art. 130 corresponde a cada uno de
ellos, a cualquiera de ellos (sic, Peña, Com. Fam. Tecnos, I).

Francisco Rivero Hernández

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