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Efectos del Matrimonio No Inscrito en España

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28/11/24, 19:03 Thomson Reuters ProView - Comentario del Código Civil. 1ª ed.

, mayo 2015

CAPITULO IV. De la inscripción del matrimonio en el Registro Civil [Arts. 61 a 65]


§ 1 Real Decreto de 24 julio 1889. Código Civil
LIBRO I. De las personas [Arts. 17 a 332]
TITULO IV. Del matrimonio [Arts. 42 a 107]
CAPITULO IV. De la inscripción del matrimonio en el Registro Civil [Arts. 61 a 65]
CAPITULO IV. De la inscripción del matrimonio en el Registro Civil [Arts. 61 a 65]

CAPITULO IV
De la inscripción del matrimonio en el Registro
Civil
Añadido por art. 1 de Ley núm. 30/1981, de 7 julio

Artículo 61.

El matrimonio produce efectos civiles desde su celebración.

Para el pleno reconocimiento de los mismos será necesaria su inscripción


en el Registro Civil.

El matrimonio no inscrito no perjudicará los derechos adquiridos de buena


fe por terceras personas.

Modificado por art. 1 de Ley núm. 30/1981, de 7 julio

Doctrina-comentario

I. Regulación de la materia. Los tres extremos esenciales del art. 61 (momento de


producción de efectos civiles del matrimonio, conexión de estos efectos con la inscripción en
el Registro y protección a los terceros de buena fe) aparecen, con algunas variaciones de
redacción, en el pár. I art. 70 LRC, cuyo texto merece ser transcrito: «Los efectos civiles del
matrimonio canónico o civil se producirán desde la celebración. Para que los efectos sean
reconocidos bastará la inscripción del matrimonio. Sin embargo, cuando la inscripción sea
solicitada transcurridos cinco días, no perjudicará los derechos legítimamente adquiridos por
terceras personas».

El legislador de 1981 (la redacción actual del precepto procede de la L 30/81) ha tenido
también en cuenta, como era forzoso, lo establecido respecto de la inscripción del
matrimonio canónico en el art. VI, ap. 1, y en el Protocolo final del Acuerdo entre el Estado
español y la Santa Sede sobre asuntos jurídicos, firmado el 3-I-79 y cuyo instrumento de
ratificación se publicó en el BOE de 15-XII-79. Aquellos tres puntos fundamentales aparecen
igualmente en estos textos. Así el pár. 2.º del ap. 1 del art. VI dice, en la parte que aquí
interesa, que: «los efectos civiles del matrimonio canónico se producen desde su
celebración. Para el pleno reconocimiento de los mismos, será necesaria la inscripción en el
Registro Civil…», y el último párrafo del Protocolo final, en relación con el art. VI I, se expresa
del modo siguiente: «Corresponde al Estado regular la protección de los derechos que, en

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tanto el matrimonio no sea inscrito, se adquieran de buena fe por terceras personas». El art.
61 CC, junto con el 70 LRC y los preceptos citados de los Acuerdos con la Santa Sede,
forman, pues, un conjunto normativo integrado que ha de ser interpretado armónicamente.

II. Ámbito de aplicación. Es evidente, ante todo, que el ámbito de aplicación del art. 61 CC
abarca tanto al matrimonio en forma civil como al celebrado en forma religiosa canónica, pero
no, en cambio, a las otras formas religiosas previstas por los arts. 59 y 60 CC, ya que no se
ha dictado aún ninguna Ley que reconozca la eficacia civil de otros matrimonios religiosos
distintos del católico. Si un español contrae matrimonio en España según un rito religioso
todavía no admitido, su enlace es nulo por falta de forma (cfr. art. 73.3.° CC), lo que supone
una diferencia notable con respecto al caso en que esa unión religiosa se celebre por dos
extranjeros en España (enlace válido si está de acuerdo con la ley personal de cualquiera de
ellos: art. 50 CC y RDGR 18-IX-81 y 6-V-82) o con relación al supuesto de que el español
contraiga esa unión en el extranjero (matrimonio también válido si está autorizado por la lex
loci: art. 49 CC y RDGR 25-XI-78). Estos enlaces religiosos no canónicos celebrados en
España no producen, por el momento, otros efectos que los ligados al matrimonio putativo
(art. 79 CC).

Desde luego, en la práctica serán mucho más frecuentes las hipótesis de matrimonios
canónicos no inscritos —que siempre han dado lugar a previsiones específicas en las
negociaciones concordatarias—, pero también es posible un matrimonio civil no inscrito, si no
en el supuesto normal en que el acto concluye con la inscripción (cfr. art. 62 CC), sí en otros
casos más o menos excepcionales (peligro de muerte, matrimonio celebrado en el extranjero
ante autoridad local, etc.: arts. 256 y 257 RRC). Por esto es de alabar la decisión del
legislador de seguir el precedente del art. 70 LRC y de regular indistintamente todas las
hipótesis de matrimonios no inscritos.

III. Efectos del matrimonio no inscrito. ¿Qué sentido tiene afirmar que el matrimonio
produce efectos desde su celebración? ¿Por qué se precisa que estos efectos son civiles?
Estas dos interrogantes tienen fácil respuesta, si se tienen en cuenta los orígenes
concordatorios del precepto. El Estado ha querido siempre preservar la obligatoriedad de la
inscripción en el RC de los matrimonios canónicos y negar eficacia a determinados efectos,
exclusivamente canónicos, de los enlaces de esta naturaleza. Siendo esto así, parecen
irrelevantes y estériles las elucubraciones de canonistas y de civilistas sobre los efectos
«civiles» y «meramente civiles», típicos y atípicos, «inter partes» y frente a terceros,
personales y patrimoniales, simples y plenos, etc. (v. DURÁN, Inscripción, p. 254). Tales
elucubraciones, explicables históricamente por la introducción del divorcio en Italia y en
España, olvidan, a la hora de interpretar el art. 61 CC, que este precepto regula hoy también
los matrimonios civiles no inscritos. Sin necesidad de recurrir a distinciones alambicadas, es
posible acudir a conclusiones satisfactorias, basadas en buena parte en la doctrina del TS y
de la DGRN, como son las siguientes:

1. El matrimonio tiene eficacia plena desde que existe como tal. Produce sus efectos
jurídicos en todos los ámbitos del Derecho, sea civil, penal o administrativo, aun antes de su
inscripción en el RC. Habrá, pues, abandono de familia (STS 9-V-75), parricidio (STS 8-VII-
81) o bigamia (STS 16-III-20 y 11-VI-76); la filiación será matrimonial (RDGR 22-VIII-83); el
cónyuge viudo tiene derecho a su parte de gananciales y a su cuota por legítima (STS 15-II-
28).

2. El matrimonio no inscrito hay que considerarlo válido y eficaz en todo lo que se refiere a
las relaciones personales y patrimoniales entre los cónyuges y a las relaciones
paternofiliales, porque no puede ser de peor condición el matrimonio no inscrito que el que
llegue a ser declarado nulo por los tribunales cuando éste surte los efectos del matrimonio
putativo del art. 79 CC (RDGR 14-II-77).

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3. La inscripción no tiene carácter constitutivo ni cuasiconstitutivo, es declarativa y, a la vez,


necesaria u obligatoria, de tal modo que el deber de solicitarla no se circunscribe a los
contrayentes (ni al Párroco en caso de matrimonio canónico), sino que alcanza a cualquier
autoridad o funcionario ante el que quiera probarse el matrimonio, pues éste tiene la
obligación de comunicarlo al MF para que promueva de oficio la inscripción omitida (arts. 24
y 26 LRC).

4. La inscripción no añade ningún efecto añadido a los que antes producía el matrimonio (en
contra: Durán, Inscripción, p. 332, y autores que cita). Aquí, como en general en todo el
ámbito del RC, funciona como título de legitimación (De Castro, Derecho Civil, II, p. 72) y
como medio de prueba único, monopolístico y excluyente (Pere Raluy, Registro, p. 118), de
tal suerte que el que quiera probar el matrimonio por otros medios se encontrará con que en
virtud de lo dispuesto en el art. 2.º LRC, que ha venido a completar el art. 327 CC, el medio
probatorio será rechazado, incluso de oficio, mientras no se justifique que, previa o
simultáneamente, se ha instado la inscripción omitida. Existe, pues, una dificultad práctica
para probar el matrimonio no inscrito, pero nada más. El «pleno reconocimiento» del artículo
hace referencia, sin otras sutilezas, al régimen general del art. 2.º LRC.

5. Hay, sin embargo, una excepción única por virtud del tercer párrafo del art. 61 CC (cfr.
RDGR 11-IV-85), pues ciertos efectos no se producen, o pueden ser desconocidos, en
beneficio de terceros que pueden considerar a los cónyuges como no casados si el
matrimonio no ha sido inscrito. Este extremo merece examen aparte.

IV. Protección a los terceros. La protección al tercero puede ser construida sobre las líneas
generales que siguen (v. amplius Díez Del Corral, RDR 1986, p. 19); (otras opiniones
pueden ser consultadas en Durán, Inscripción, p. 337, pero hay que coincidir con este autor
en que el plazo de cinco días del art. 70 LRC está derogado, como lex posterior por el art. 61
III CC; v. también Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 289).

1. Cualquier persona, sea o no tercero, puede obtener un beneficio reflejo por la falta de
inscripción del matrimonio como consecuencia del régimen privilegiado de la prueba, ligado
al Registro, que resulta del art. 2.º LRC, pero esta protección indirecta no es la que resulta
del art. 61 III CC (RDGR 14-V-84).

2. El tercero ha de ser de buena fe y ésta supone que el que ha contratado con uno de los
cónyuges desconocía la existencia del matrimonio. La buena fe se presume, pero en la
práctica y en los casos de contratación normal será difícil que concurra.

3. El tercero ha de ser un tercer adquirente de derechos de carácter real o personal, pero


siempre de contenido patrimonial o económico.

4. El derecho adquirido ha de referirse a un bien inmueble no inscrito en el RP, o a un bien


mueble no inscrito en el RM (buques, aeronaves y participaciones de sociedades limitadas),
ni en el RHMPD, ni en el de Venta a Plazos. Si el bien está inscrito en cualquiera de estos
Registros, prima la aplicación de las normas de protección a los terceros de cada uno de
ellos (cfr. RDGR 14-V-84).

5. Es necesario que por consecuencia del matrimonio haya cambiado la titularidad civil de la
cosa o del derecho y que, sin embargo, el tercero haya recibido éste del cónyuge que, antes
del enlace, tenía poder dispositivo sobre el mismo derecho. La hipótesis es bastante residual
en el Derecho común, porque los bienes privativos siguen siendo privativos después del
matrimonio, sin que haya un cambio legal automático de tal titularidad a salvo el caso de los
frutos, rentas o intereses de los bienes privativos (art. 1347.2.º CC).

6. La protección que brinda al tercero el art. 61 III, es totalmente excepcional y no funciona


en la vida real. Se trata, más bien, de una mera construcción teórica, basada en el
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mimetismo de querer copiar al RP, con olvido total de las muy distintas finalidades de este
Registro y del Civil. Mientras el primero proclama titularidades y crea apariencias en beneficio
de la persona que inscribe, el segundo está destinado a proporcionar títulos de legitimación
del estado civil. No hay puntos de contacto que justifiquen el trasplante al RC de la figura del
tercero hipotecario.

JESÚS Díez Del Corral Rivas

Artículo 62.

La celebración del matrimonio se hará constar mediante acta o escritura


pública que será firmada por aquél ante quien se celebre, los
contrayentes y dos testigos.

Extendida el acta o autorizada la escritura pública, se remitirá por el


autorizante copia acreditativa de la celebración del matrimonio al Registro
Civil competente, para su inscripción, previa calificación por el Encargado
del mismo.

Modificado con entrada en vigor el 30 abril 2021 por disp. final 1.13 de Ley núm. 15/2015, de
2 julio

Doctrina-comentario

I. Significado general del artículo. Los dos párrafos de que consta el precepto contienen
normas de muy escasa transcendencia sustantiva, más bien de mera técnica o mecánica
registral, que podrían perfectamente haberse suprimido del CC por innecesarias. Cómo debe
procederse por el autorizante, una vez celebrado el matrimonio, con vistas a su inscripción
obligada en el RC, y qué documento debe entregar a los contrayentes, son cuestiones más
adecuadas para ser reguladas en la legislación del RC, donde, en efecto, se encuentran
preceptos paralelos a los de este art. 62. Sin perjuicio de las precisiones que se irán
exponiendo, conviene tener presentes ya dos artículos de esa legislación, como son el art. 73
L 6/57 («el funcionario que autoriza el matrimonio civil extenderá el acta, al mismo tiempo
que se celebra, con los requisitos y circunstancias que determina esta ley y con la firma de
los contrayentes y testigos…») y el art. 252 del Reglamento, en su redacción por RD 1917/86
(«Si el matrimonio se ha celebrado en las oficinas del propio Registro, como resultado del
expediente previo, el acta del matrimonio será la propia inscripción, que se extenderá
haciendo constar todas las circunstancias establecidas en la LRC y su Reglamento, y sin
mención del cumplimiento de las diligencias prevenidas para la celebración»).

Este carácter adjetivo del art. 62 explica que sólo tangencialmente puedan encontrarse
precedentes del mismo en el propio CC en sus redacciones anteriores a la reforma de 1981.
Algún antecedente de su primer párrafo lo constituye parte del art. 100 en su redacción
originaria, pero muy poco tiene que ver el pár. II con los arts. 53, 54 y 55 del CC, también en
su primera redacción, dedicados a regular la prueba del matrimonio y cuyo contenido ha sido
eliminado del CC por virtud de la L 30/81. Las especulaciones sobre las consecuencias de
esta eliminación y sus relaciones con el nuevo art. 62 II son totalmente baldías (cfr. García
Cantero, Com. Edersa, II, p. 169).

En todo caso, como los dos párrafos de este art. 62 contienen normas totalmente diversas,
es obligado examinarlos separadamente.

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II. Constancia escrita del matrimonio celebrado. Este es el título que cuadra con el
contenido normativo del pár. 1. De un lado, porque, como inmediatamente se verá, el CC no
regula aquí exclusivamente la inscripción del matrimonio; y de otro lado, porque, según
señala con acierto Salvador (Com. Fam. Tecnos, I, p. 280), el precepto parte de la idea de
que el matrimonio ya ha sido celebrado. A diferencia de la imprecisión del art. 73 LRC («al
mismo tiempo que se celebra»), el art. 62 I CC emplea otros términos (inmediatamente
después de celebrado). La divergencia es fundamental a la hora de valorar la cualidad del
enlace por defecto sustancial de forma (cfr. art. 73.3.º CC).

1. El ámbito de aplicación del precepto no abarca, evidentemente, los supuestos de


matrimonios en forma religiosa, regulados, en cuanto a sus consecuencias registrales, por
los arts. 63 o 65 CC, sino que se circunscribe a los matrimonios civiles. Pero, aun siendo esto
así, la referencia a la inscripción y al acta como conceptos distintos da lugar a ciertas dudas
que conviene aclarar. La terminología tradicional equiparaba acta con inscripción (cfr. art. 100
CC, redacción originaria, y art. 73 LRC). ¿Qué significa, pues, que el legislador de 1981
utilice aquí —y también en el art. 58— ambas expresiones? No se trata de ninguna
redundancia, sino que, como he apuntado en otra ocasión (cfr. Díez Del Corral, Nueva
regulación, p. 24), la distinción acta-inscripción viene impuesta por las diversas modalidades,
dentro del matrimonio civil en forma ordinaria, que derivan del art. 51 CC. De este artículo
resulta que la competencia para autorizar el matrimonio la tienen: el Juez Encargado del RC
(núm. 1.º); en los municipios en que no resida dicho Juez, el Alcalde o el delegado designado
reglamentariamente (núm. 2.º), y el funcionario diplomático o consular encargado del RC en
el extranjero (núm. 3.º). En los casos de los núms. 1.º y 3.º, el matrimonio requiere la
tramitación de un expediente, conforme a los arts. 56 CC y 238 y ss. RRC, y como tanto el
Juez Encargado como el Cónsul están al frente de un RC (municipal o consular), es lógico
que, una vez solemnizado el enlace, el acto termine sin solución de continuidad con la
extensión de la inscripción en su propio Registro. Así lo ha especificado la actual redacción
del art. 252 RRC, antes transcrito. No importa que en los Registros municipales a cargo del
Juez Encargado los matrimonios puedan celebrarse, ante la insuficiencia de las salas del
Registro, en un local más digno cedido por el Ayuntamiento, según ha permitido una
Instrucción DGRN de 26/XI/85, porque este local tendrá la condición a estos efectos de
oficina registral y la inscripción debe practicarse en el Libro correspondiente de la Sección
2.ª, que habrá sido trasladado previamente desde la oficina principal a esa especial y sin que
ello suponga vulneración del art. 31 LRC, relativo a la prohibición de sacar los libros de la
oficina del Registro. Así lo aclara la Instrucción citada.

El mismo régimen de inscripción inmediata se aplica a los casos de delegación entre


funcionarios competentes (arts. 57 II CC y 250 y 251 RRC) y a los matrimonios autorizados
por los Jueces, de Paz, que son los delegados del Encargado a que se refiere el art. 51.2.º
CC, conforme al art. 11 LRC, y que están al frente del Registro municipal respectivo.

Hay, sin embargo, un supuesto en el que las cosas han de funcionar forzosamente de otro
modo, porque el funcionario autorizante no tiene a su cargo el RC, de modo que la
inscripción no puede extenderse inmediatamente y se hace imprescindible la constancia
escrita del enlace en acta separada, que servirá después de título para la inscripción del
matrimonio. Así sucede con el caso del matrimonio autorizado por el Alcalde de las
poblaciones en que no reside Juez Encargado (art. 51.2.º CC). Recogiendo la doctrina que
ya había anticipado la RDGR 26-IV-83, el actual art. 239 RRC, redactado por RD 29-VIII-86,
después de señalar en su primer párrafo que el expediente debe ser instruido por el Juez de
Paz y no por el Alcalde, señala en su párrafo 2.º textualmente que: «Firme el auto favorable
dictado por el Juez de Paz y si los interesados hubiesen solicitado que el Alcalde autorice el
matrimonio, se celebrará el casamiento ante él, quien levantará acta con todos los requisitos
exigidos en el CC y en esta legislación y la remitirá inmediatamente al Registro de la
localidad para su inscripción». Queda así plenamente justificada la distinción apuntada entre
inscripción y acta separada.
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2. ¿Es aplicable este régimen del acta separada a los matrimonios civiles en peligro de
muerte? El matrimonio en peligro de muerte puede ser autorizado por los funcionarios y
autoridades que detalla el art. 52 CC, y cuya delimitación para casos particulares no deja de
plantear cuestiones (cfr. art. 253 II RRC y RDGR 7-IV-83 y 7-III-88). En cualquier caso la
respuesta a aquel interrogante habría de ser afirmativa si se tiene en cuenta exclusivamente
lo preceptuado por el art. 253 I RRC, tras su última redacción: «La autoridad o funcionario
competente, para autorizar el matrimonio del que se halle en peligro de muerte, extenderá el
acta oportuna, que deberá contener las circunstancias necesarias para practicar la
inscripción». No obstante, a la vista del último párrafo del art. 52 CC hay que concluir que la
extensión del acta separada sólo será necesaria cuando exista la posibilidad material de
extenderla. Porque, si la propia celebración del matrimonio «in articulo mortis» queda eximida
del requisito de la presencia de testigos cuando exista «imposibilidad acreditada», con mayor
motivo ha de poder prescindirse, sin que ello afecte a la validez del enlace, del requisito
posterior de la extensión del acta, si, ante la urgencia del caso, no ha habido tiempo ni
oportunidad para su redacción por escrito. A la misma conclusión se llega por aplicación de lo
previsto en los nuevos arts. 256 y 257 RRC. Cuando hay acta y se comprueba la
concurrencia de los requisitos legales para la celebración (art. 65 CC), por medio de «el
documento expresado y las declaraciones complementarias oportunas», «siempre que no
haya dudas de la realidad del hecho y de su legalidad conforme a la ley española» (art. 256
RRC), tal acta es directamente inscribible, pero si no ha llegado a levantarse, es aún posible
la inscripción «en virtud de expediente, en el que se acreditará debidamente la celebración
en forma del matrimonio y la inexistencia de impedimentos» (art. 257 RRC).

3. Respecto de los requisitos de la inscripción en el RC, el CC exige la firma del autorizante,


así como la de los contrayentes y de los dos testigos mayores de edad (cfr. arts. 62, 57 y 58
CC). Pero, claro está, que si los contrayentes y los dos testigos no saben o no pueden firmar,
no ha de quedar imposibilitada la inscripción, sino que la firma de cada uno de los que no lo
hacen se sustituye por la de dos testigos a su ruego (cfr. arts. 36 LRC y 7.º y 13 RRC). Por lo
demás, la legislación del RC determina minuciosamente las circunstancias que deben figurar
en la inscripción (cfr. arts. 35 y 39 LRC, 258 RRC y modelo oficial núm. 2 aprobado por OM
24-XII-58). Los mismos requisitos debe cumplirlos el acta separada, como ya se ha visto por
los arts. 239 y 253 RRC, antes transcritos. Hay, no obstante, una pequeña diferencia en
cuanto que la inscripción, pese al silencio que guarda sobre este punto el Código, requiere la
firma del Secretario del Registro, por imponerlo así con carácter general el art. 37 LRC (cfr.
RDGR 15-III-83 y 10-IV-89), mientras que el acta separada levantada por el Alcalde no
precisa de la firma ni de la intervención del Secretario de la Corporación municipal
correspondiente, porque las facultades para autorizar el matrimonio están atribuidas
exclusivamente por el CC a los Alcaldes y no hay precepto alguno que justifique la
íntervención del Secretario de Administración Local (RDGR 25-I-89).

4. Conviene aclarar, por último, que la falta de cualesquiera de estos requisitos de la


inscripción o del acta, lo mismo que la ausencia total de una o de otra, por muy anómalo que
pueda resultar este segundo supuesto, no puede nunca acarrear la grave consecuencia de
estimar que el matrimonio es nulo por defecto de forma. La inscripción y el acta presuponen,
como antes se ha dicho, que el matrimonio ya ha sido celebrado, de modo que la nulidad
sólo puede producirse por los defectos formales en la celebración misma, conforme al art.
73.3.º CC (falta de intervención del Juez o funcionario o de los testigos). Así resulta de la
RDGR 15-III-83 y de muchas otras que parten de la base de que la inscripción no es nunca
constitutiva (cfr. com. art. 61 CC) y de que puede obtenerse la inscripción por expediente
posterior (cfr. RDGR 14-II-81, 14-IV-81, 1-VII-81, 19-I-82, 7-VI-82, 23-XII-83, 7-III-85, 18-IV-
86, 28-Xl-86). Esta es también la opinión dominante en la doctrina (v. Peña, Derecho Familia,
p. 67, y Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 281).

III. La entrega del documento acreditativo de la celebración. El pár. II del art. 62 CC


causa verdadera perplejidad a la doctrina (cfr. Díez Del Corral, Nueva regulación, p. 24, y
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Durán, Inscripción, p. 321). Porque, una vez que existe el Libro de Familia que ha de
entregarse a ambos contrayentes en el momento de la inscripción de todo matrimonio,
incluido el canónico, y teniendo el asiento en el Libro el valor de certificación, ¿para qué ha
de entregarse a cada uno de los contrayentes ese documento acreditativo de la celebración?
Ya el art. 75 LRC obligaba a entregar a los contrayentes dicho Libro y hoy esta obligación
aparece desarrollada en el art. 37 RRC, en su última redacción (en cuanto al valor de
certificación del asiento de matrimonio: cfr. art. 36 RRC). ¿Es que el CC ha querido que el
Libro de Familia se sustituya por otro documento? ¿Por qué extraño motivo hay que entregar
dos documentos en vez de uno solo? Esta segunda pregunta carece de respuesta segura y
la primera la ha contestado la RDGR 16-II-82 en el sentido de que subsiste la necesidad de
entregar el Libro de Familia y, además, para respetar la letra del precepto, una certificación
literal o en extracto del matrimonio. Aunque esta RDGR alude a que su solución dependerá
de lo que dicten otras normas de desarrollo, lo cierto es que tales normas no han llegado a
publicarse, ni siquiera en la reforma del RRC llevada a cabo por RD 1917/86. Y es que el
precepto del CC se ha convertido, en los pocos años transcurridos, en letra muerta y no ha
sido recibido en la práctica, por inútil y perturbador. En teoría, pues, sigue vigente la
interpretación realizada por la RDGR citada, la cual, desde luego, es la única posible porque
admitir un medio de prueba especial para el matrimonio, distinto del que proporciona el RC y
al margen de lo dispuesto en el art. 2.º LRC, constituiría una profunda distorsión en el
sistema.

Es aún más asombroso que ese documento duplicado —que aquí ya no puede ser el Libro
de Familia— deba entregarse también, según la letra del art. 62, cuando el matrimonio aún
no está inscrito y su celebración consta sólo por medio del acta separada levantada por el
Alcalde, o por otros funcionarios en los casos de peligro de muerte. En mi opinión y por
exigencias del art. 2.º LRC, ese doble documento acreditativo sólo será medio de prueba
admisible cuando «previa o simultáneamente se haya instado la inscripción omitida».

JESÚS Díez Del Corral Rivas

Artículo 63.

La inscripción del matrimonio celebrado en España en forma religiosa se


practicará con la simple presentación de la certificación de la iglesia, o
confesión, comunidad religiosa o federación respectiva, que habrá de
expresar las circunstancias exigidas por la legislación del Registro Civil.

Se denegará la práctica del asiento cuando de los documentos


presentados o de los asientos del Registro conste que el matrimonio no
reúne los requisitos que para su validez se exigen en este Título.

Modificado por disp. final 1.14 de Ley núm. 15/2015, de 2 julio

Doctrina-comentario

I. Importancia del precepto. Con total unanimidad la doctrina española viene considerando
este artículo como pieza clave para desentrañar el vigente sistema matrimonial español,
parangonable a la función que desempeñaban las redacciones anteriores del art. 42 CC,
tanto en su versión originaria como en la aprobada por L 24-IV-58. Es cierto que para aclarar
esta cuestión tan discutida acerca del sistema matrimonial vigente no hay que atenerse
solamente al art. 63, sino que es preciso conjugarlo con otros artículos del CC (los arts. 49,
59 y 60), así como con el art. 32 CE y con la parte pertinente de los Acuerdos de 1979 entre
el Estado español y la Santa Sede, y también es cierto que no es éste el lugar oportuno para
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tomar partido sobre la cuestión (un buen resumen del estado actual de la doctrina, y desde
puntos de vista muy opuestos, puede consultarse en Durán, Inscripción, pp. 77 y ss., y en
Peña, Derecho Familia, pp. 44 y ss.). En todo caso es evidente que en una vertiente práctica,
la relevancia civil del matrimonio canónico será muy distinta según se exijan más o menos
requisitos para su inscripción en el RC.

II. Ámbito de aplicación. El art. 63 CC, pese a su letra, es hoy por hoy únicamente aplicable
al matrimonio canónico y no al matrimonio celebrado en otras formas religiosas distintas.
Esta afirmación (que difiere totalmente de la conclusión a que llega García Cantero, Com.
Edersa, II, p. 162) es fundamental y requiere alguna aclaración previa. Como he señalado en
otra ocasión (Díez Del Corral, Nueva regulación, p. 162), el CC trata de generalizar el
sistema de los Acuerdos de la Santa Sede a otras confesiones religiosas inscritas, pero esta
asimilación lo es sólo para el futuro, porque todavía no se ha dictado ninguna ley estatal,
según lo previsto en el art. 59 CC, y la equiparación no puede surgir de un verdadero
convenio internacional entre el Estado y cualquier confesión religiosa distinta de la católica,
por la sencilla razón de que la Santa Sede tiene una personalidad jurídica internacional de la
que carecen las demás confesiones. Por esto los convenios a que alude el art. 59 CC, lo
mismo que el art. 7.º LOLR, son sólo acuerdos oficiosos o negociaciones previas,
necesitados forzosamente de aprobación por ley en las Cortes Generales, conforme
reconoce el art. 7.º citado. Esto es incontrovertible y de aquí se deducen importantes
consecuencias a la hora de enjuiciar nuestro sistema matrimonial (cfr. la brillante exposición
de Lalaguna, Reforma sistema, pp. 51 y ss.) (cfr. también RDGR 18-IX-81 y 6-V-82).

Pues bien, una de estas consecuencias es que la inscripción del matrimonio celebrado en
España por un español en forma religiosa no canónica es, por ahora, imposible por estar
afectado el enlace de nulidad por defecto de forma (art. 73.3.º CC) y en el futuro su
inscripción dependerá de lo que establezcan las eventuales leyes que puedan promulgarse.
No tiene sentido, pues, que el art. 63 prevea el contenido de estas Leyes, porque obviamente
el legislador no puede autolimitarse. Habrá que esperar a las futuras leyes para saber en
realidad cuál será el título para la inscripción en el RC de esos matrimonios religiosos y los
requisitos del título.

Por esto, el art. 63, en cuanto a las repetidas formas religiosas, contiene sólo un propósito o
deseo del legislador de 1981 y, además, un propósito mal encaminado. Forzando las cosas y
previendo el futuro, se ha querido asimilar el matrimonio canónico con las otras formas
religiosas, con la finalidad evidente de reducir el matrimonio canónico a una forma más de la
celebración. Así resulta de éste y de otros artículos del CC, pero tal equiparación ni se
corresponde, c6mo se ha visto, con la realidad presente, ni tampoco va a corresponderse
con toda probabilidad con la realidad futura. Las negociaciones con las confesiones
evangélica e israelita parecen marcar otro rumbo. Lo previsible es que, como estas
confesiones no tienen la organización adecuada, el expediente previo al matrimonio se
tramite, como sucede actualmente, ante el Encargado del RC y que, una vez ultimada la
tramitación, la autorización del matrimonio se realice ante el Ministro de la confesión
respectiva. Si se confirma este camino, resultará que la inscripción será automática porque
se habrá comprobado en el expediente la falta de impedimentos u obstáculos para su
celebración y no podrán entrar en juego el art. 63 II, ya que el Encargado no podrá volver a
calificar lo que ya había calificado, ni el art. 63 I, porque la inscripción no se extenderá por la
«simple presentación de la certificación» sino, esencialmente, en atención a la existencia del
expediente previo.

III. El título para la inscripción del matrimonio canónico. Se ha puesto de relieve por la
doctrina (cfr. Durán, Inscripción, p. 64, y Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 299) que,
mientras los Acuerdos con la Santa Sede (art. VI.1 del Acuerdo sobre asuntos jurídicos y
Protocolo final) parecen distinguir dos títulos distintos, como son la certificación eclesiástica
de la existencia del matrimonio y el acta del matrimonio canónico, referida la primera a los
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esposos y la segunda al párroco, el art. 63 I habla solamente de la certificación. Nos parece,


sin embargo, que esta copia del acta, que debe remitir en su caso el párroco, no deja de ser
una certificación de la existencia del matrimonio. Por esto, es indiferente que el CC se refiera
sólo a la certificación y es explicable que la RDGR 15-II-80, después de advertir que había
quedado derogado el aviso previo al RC exigido por el entonces vigente art. 77 CC, indique
textualmente que: «único título para practicar la inscripción es la simple certificación
eclesiástica de la existencia del matrimonio, bien la presenten directamente los interesados,
bien sea remitida por el párroco al Registro competente». En este punto, esta RDGR, aunque
anterior a la reforma del CC mantiene indudablemente su vigencia. Sólo debe matizarse en el
sentido que precisa la RDGR 27-V-82: «esta certificación, expedida por la Autoridad
eclesiástica competente, podrá referirse a la inscripción en un Registro eclesiástico,
practicada en tiempo oportuno o fuera de plazo o por vía de reconstitución, o bien a una
información supletoria que aquélla juzgue suficiente». Está claro que el Encargado del RC
podrá calificar la autenticidad formal del documento presentado, pero que escapa a su
control la apreciación, que corresponde a la Iglesia Católica, acerca de la existencia del
matrimonio canónico. Y que el único título para inscribir este matrimonio ha de ser la
certificación eclesiástica es doctrina que se reitera en RDGR 21-V-87 y 15-XI-88.

IV. Requisitos del título. De forma muy semejante el art. 63 I indica que la certificación
«habrá de expresar las circunstancias exigidas por la legislación del RC», mientas que el
Protocolo final de los Acuerdos con la Santa Sede señala que la certificación debe contener
«los datos exigidos para su inscripción en el RC». Estos datos o circunstancias están
regulados en los arts. 35 y 69 LRC y 258 RRC. Y no parece necesario detallarlos uno por uno
en este momento, máxime cuando en la práctica funcionan con normalidad unos modelos
aprobados por la Conferencia Episcopal Española (Durán, Inscripción, p. 74, incluye el
formulario correspondiente). Es marginal el problema de que este formulario es bilingüe en
las Comunidades Autónomas con idioma oficial propio, además del castellano, cuando, como
es frecuente, la parte no impresa se rellena sólo en catalán, vasco o gallego.

Subsiste, no obstante, un problema de cierta importancia como es el de determinar qué


actitud debe adoptar el Encargado del RC cuando la certificación adolezca de ausencia o
insuficiencia de los datos requeridos. ¿Podrá suspender la inscripción por este motivo? El
propio art. 63 I CC y la RDGR citada de 15-II-80 dan pie para una respuesta afirmativa que
he defendido en otra ocasión (Díez Del Corral, Lecciones, p. 105; en el mismo sentido
Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 305, y, en contra, Durán, Inscripción, p. 112) y que tiene
su claro apoyo en el art. 124 RRC. Ahora bien, parece que ha matizarse esta conclusión
limitando la posibilidad del acuerdo suspensivo en la calificación del Encargado a aquellos
casos extremos en los que no queden identificados suficientemente los contrayentes o no se
señale el lugar de celebración del matrimonio, básico para decidir la competencia territorial
del Registro (arts. 16 LRC y 68 RRC). Ha de bastar para practicar la inscripción que ésta de
fe del hecho y de las personas que han contraído matrimonio, aunque no conste alguna
mención aislada de identidad de los esposos (art. 12 RRC) o la hora del enlace (arts. 35 y 69
LRC). Este es el criterio de las más recientes RDGR en la materia muy afín de inscripción del
matrimonio celebrado en el extranjero y por certificación del Registro local (RDGR 23 y 24-II-
89 y 30-III-89). La inscripción, aunque resulta incompleta, podrá integrarse más tarde por los
medios legales oportunos, entre ellos el expediente para completar asientos de los arts.
95.1.º LRC y 296 RRC. Igualmente las menciones de identidad erróneas de los contrayentes
podrán rectificarse por expediente gubernativo, como recuerda la RDGR 15-II-80, con cita del
art. 93 LRC.

V. Denegación de la inscripción del matrimonio canónico. Este es seguramente el punto


fundamental que hay que examinar en este artículo. ¿Hasta qué extremo su párrafo segundo
implica una desviación del art. VI, ap. 1.º, del Acuerdo sobre asuntos jurídicos entre el Estado
español y la Santa Sede? Si de los Acuerdos resulta que el matrimonio canónico se rige por
las normas de la Iglesia, los requisitos para su inscripción en el RC no deberían ser los
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establecidos por el CC de modo que la inscripción del enlace habría de ser automática. Si
hay otra posible interpretación de los Acuerdos, teniendo en cuenta, además, lo dispuesto
por el art. 32 CE, el art. 63 II se limitaría a respetar la validez del matrimonio canónico como
simple forma de celebración, pero sería lógico que sus requisitos de fondo fueran los
establecidos por el ordenamiento estatal. En el primer caso el sistema matrimonial español,
al aceptar las normas canónicas, entraría dentro de lo que se ha llamado en la doctrina
sistema de matrimonio facultativo tipo latino, en el segundo caso el sistema pasaría a ser de
matrimonio facultativo tipo anglosajón. La discusión está totalmente abierta en la doctrina
española, como he apuntado en el ap. I de este comentario.

Mi opinión en este punto es más bien intermedia. Resumiendo lo que he expuesto más
ampliamente en otras ocasiones (Díez Del Corral, Regulación matrimonio, p. 10, y
Lecciones, p. 104), me parece que, con los Acuerdos en la mano —que se sobreponen al CC
a la vista del art. 96.1 CE—, los requisitos, no los efectos, del matrimonio canónico se rigen
por las normas del Codex en todo lo relativo a la edad y capacidad de los contrayentes,
forma del matrimonio e inexistencia de impedimentos, pero con una importante excepción,
como es la de que el matrimonio canónico se contraiga por una persona que ya está casada
civilmente con otra (caso del anterior art. 51 CC y del hoy también derogado art. 252 RRC),
porque entonces aunque la Iglesia admita el nuevo matrimonio ello supondría en el orden
civil dar por disuelto un vínculo civil previo, lo cual es de la competencia exclusiva de la
jurisdicción estatal. De un modo u otro esta postura que opta por dar relevancia, mayor o
menor, a las normas del Derecho canónico en el momento inicial de la celebración del enlace
parece ser la mayoritaria en la doctrina española (cfr. Peña, Derecho Familia, p. 44, y
Lalaguna, Reforma sistema, p. 58), hasta el punto de que este último autor señala que las
divergencias existentes entre el CC y los Acuerdos sólo pueden resolverse por la vía del art.
VII del propio Acuerdo, en el que ambas partes contratantes señalan que «procederán de
común acuerdo en la resolución de las dudas o dificultades que pudieran surgir en la
interpretación o aplicación de cualquier cláusula del presente Acuerdo, inspirándose para ello
en los principios que lo informan».

Sin embargo, no hay que cargar demasiado las tintas sobre este punto tan vidrioso, a la vista
de las consideraciones siguientes:

1. Las diferencias entre los requisitos de validez del matrimonio exigidos por el CC y los
exigidos por el ordenamiento canónico no son demasiado grandes, porque en la práctica se
reducen fundamentalmente a la divergencia, antes apuntada, acerca de la validez canónica
del matrimonio del ya casado civilmente con otra persona y a la existente respecto de la edad
para contraer.

2. Pueden ciertamente observarse otras discrepancias entre ambos ordenamientos (cfr.


Durán, Inscripción, p. 126), pero lo cierto es que, como señala este autor, al estar muy
limitada la función calificadora del Encargado, ya que para denegar ha de atenerse a los
documentos presentados y a los asientos del Registro (cfr. también art. 27 I LRC), en la
inmensa mayoría de los casos esas discrepancias (p. ej. en materia de parentesco) no
podrán ser detectadas por el Encargado, que se verá forzado a inscribir el matrimonio. Por
esto la inscripción, si no automática como en la legislación anterior, puede ser conceptuada
como cuasiautomática.

3. Después de la publicación del nuevo Código de Derecho canónico, promulgado el 25 de


enero de 1983, las dos divergencias apuntadas en el ap. 1 se han aminorado, porque:

a) En el CC no pueden contraer matrimonio los menores de edad no emancipados (art.


46.1.º, y a salvo la dispensa, incluso ulterior, del art. 48 y la convalidación del 75 II). El actual
canon 1083 II Codex mantiene las edades tradicionales de 16 años para los varones y 14
para las hembras, pero añade que las Conferencias Episcopales están facultadas para

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establecer una edad mayor. Así, el art. 11 del Decreto de la Conferencia Episcopal española
de 5-VIII-84 dispone que: «no podrán contraer matrimonio el varón y la mujer que no hayan
cumplido 18 años». Claro que como esta edad es fácilmente dispensable en el ámbito
canónico y que, aun sin dispensa, el matrimonio de los menores es válido, aunque ilícito, la
cuestión persiste todavía en cierta medida.

b) El matrimonio civil de los apóstatas puede tener relevancia canónica (cfr. cánones 1117 y
1055.2.º) con lo que se imposibilita un nuevo matrimonio canónico. Y en todo caso se
procura (cfr. canon 1071.1.º) que no se acceda al matrimonio canónico que no pueda ser
reconocido según la ley civil.

VI. ¿Es aplicable el régimen de este art. 63 a los matrimonios canónicos celebrados
fuera de España? La letra del art. 63 no ofrece duda. El matrimonio canónico que celebre un
español fuera de España está excluido expresamente y su inscripción se regulará por lo
previsto en el art. 65 CC. Sin embargo, la RDGR 2-XI-81 llegó a una solución distinta y
controvertida (a favor, DURÁN, Inscripción, p. 100; en contra, Peña, Derecho Familia, p. 77),
argumentando que la interpretación literal pugna con el art. 49 CC que, sin distingos, permite
a cualquier español acudir a la forma religiosa dentro o fuera de España y pugna también con
el art. VI.1, de los Acuerdos que no establece distinciones entre los matrimonios canónicos
por razón del lugar de celebración. Se añade que hay que procurar interpretar las normas del
CC de forma tal que no vulneren el compromiso internacional asumido por España y que no
hay motivos claros para establecer a los efectos de su inscripción una diferencia tajante entre
los matrimonios canónicos celebrados en España o en el extranjero, ya que todos ellos están
sometidos al control del art. 63 II, y es excesivo obligar, además, al Cónsul a comprobar por
otros medios no concretados si se dan los requisitos legales para la celebración del enlace.

Esta atrevida conclusión ha quedado en cierto modo desautorizada por la reforma del RRC,
llevada a cabo por RD 1917/86 (v. Díez Del Corral, AC 1986, p. 3206; en contra, Durán,
Inscripción, p. 101). En efecto, el art. 256 RRC deja a salvo solamente el art. 63 CC y somete
la inscripción del matrimonio que conste por «certificación expedida por la Iglesia o
Confesión, cuya forma de celebración esté legalmente prevista como suficiente por la Ley
española» a un régimen especial en el que se exige, de un lado, que no haya dudas de la
realidad del hecho y de su legalidad conforme a la ley española y se precisa, de otro lado,
que el título para practicar la inscripción será «el documento expresado y las declaraciones
complementarias». En definitiva, la fórmula es tan flexible que, aunque la calificación del
Encargado no se sujeta a los límites del art. 63 II, y se aproxima a lo previsto en el art. 65, no
se exige para la inscripción un verdadero expediente (a diferencia de los casos del art. 257
RRC) y lo más probable es que en la práctica estos matrimonios canónicos se sigan
inscribiendo en los Registros Consulares y en el Central como hasta ahora. No se concreta
cuáles son las «declaraciones oportunas» y el Encargado puede no dudar de la realidad y de
la legalidad del hecho.

Por JESÚS Díez Del Corral Rivas

Artículo 64.

Para el reconocimiento del matrimonio secreto basta su inscripción en el


libro especial del Registro Civil Central, pero no perjudicará los derechos
adquiridos de buena fe por terceras personas, sino desde su publicación
en el Registro Civil ordinario.

Modificado por art. 1 de Ley núm. 30/1981, de 7 julio

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Doctrina-comentario

I. Estado de la cuestión. El CC, después de tratar, en el art. 54 y dentro de la Sección


relativa a la celebración ante el Juez o funcionario que haga sus veces, de la forma especial
del matrimonio civil secreto, regula en este art. 64, en el capítulo dedicado a la inscripción en
el RC, el régimen de ésta. La regulación plantea innumerables problemas teóricos, de los
que son buen prueba las dudas y las construcciones muy divergentes de los autores (v. las
posiciones muy enfrentadas de Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 305, y de Durán,
Inscripción, p. 186; un buen resumen en Peña, Derecho Familia, p. 78), que se acrecientan
por el hecho de la muy dudosa legalidad y constitucionalidad de algunos de los extremos que
contiene sobre esta materia la LRC de 1957 (arts. 78 y 79), anterior a la Constitución, a los
Acuerdos con la Santa Sede y a la reforma del CC en 1981. Al menos, la modificación del
RRC, llevada a cabo por RD 1917/86 ha tenido en cuenta el ordenamiento total vigente (arts.
267 a 270), aunque su regulación es extraordinariamente parca y no resuelve por sí muchos
de los interrogantes planteados por la doctrina. Estas dificultades innegables de
interpretación no se compaginan en modo alguno con la escasísima importancia práctica del
supuesto de hecho, porque el matrimonio civil secreto es una institución casi inexistente y el
canónico secreto, antes de conciencia, aunque regulado en el vigente Codex (cánones 1130
y ss.), está cayendo también en desuso, al menos según los indicios que pueden obtenerse
en España.

Como son muchas las inscripciones posibles y sus efectos distintos en cada caso y como
tampoco coinciden tales inscripciones cuando el matrimonio es canónico o cuando es civil,
parece necesario examinar separadamente los dos supuestos de matrimonio secreto, según
sea canónico o civil, sobre la base indiscutida de que el primero de ellos es hoy una forma
válida de celebración para el Derecho español, amparada en el art. VI de los Acuerdos
jurídicos entre el Estado español y la Santa Sede. La postura oficial del art. 267 RRC («el
matrimonio secreto, cualquiera que sea la forma legal en que se celebre…») es muy clara a
este respecto (cfr. también art. 268 III RRC).

II. Las posibles inscripciones del matrimonio canónico secreto. Este debe ser inscrito en
un libro especial en el Archivo secreto de la Curia (canon 1133), pero, claro está, que esta
inscripción es irrelevante para el Derecho español. Su existencia facilitará las posteriores
inscripciones en los registros civiles, pero aquí acaba su función en el plano civil, porque,
independientemente de ese asiento canónico, la eficacia en el ordenamiento español del
matrimonio ha de ir ligada a su celebración válida.

Ya en el ámbito civil, el matrimonio canónico secreto puede ser inscrito en el libro especial del
RC Central. Esta inscripción estará sometida al control calificador del Encargado, como en
los casos ordinarios del art. 63 CC, a cuyo comentario me remito. No es necesario ni
procedente que se haya obtenido previamente la dispensa del art. 54 CC, la cual, según su
letra y su colocación sistemática, queda limitada a los enlaces en forma civil (la postura
contraria de Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 306, es aislada en la doctrina). La inscripción
requiere, por otra parte, la solicitud de ambos contrayentes (art. 78.1.º LRC). El mismo autor
(Com. Fam. Tecnos, I, 307) da importantes razones en pro de la derogación implícita de este
requisito, aduciendo, como motivo fundamental que no puede quedar al arbitrio de uno de los
cónyuges la eficacia civil de un matrimonio válidamente celebrado, de forma que habría de
bastar la solicitud de cualquiera de aquéllos, pero el propio Salvador duda de esta
conclusión. A mi parecer, es preferible entender que subsiste el requisito del art. 78.1.º LRC,
especialmente si se tiene en cuenta que, pese a la inscripción en el Registro Central, el
matrimonio sigue siendo secreto; que éste puede ser objeto de inscripción directa en el RC
ordinario (art. 270 RRC) y que es en el momento de esta inscripción ordinaria, bien directa,
bien por traslado de la extendida en el Registro Central, cuando se plantean, en rigor, los
problemas si hay discrepancia entre los cónyuges.

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La inscripción directa en el Registro ordinario, es decir, en el competente por razón del lugar
de celebración (arts. 16 LRC y 68 RRC), está prevista en el art. 270 RRC «a petición de
quienes puedan pedir su publicación, siempre que en la solicitud el Encargado del Central
exprese, a la vista de la certificación o acta en cuya virtud se ha de inscribir, que no consta
inscrito en el Libro Especial». Obviamente, como señala Durán (Inscripción, p. 192), este
artículo es únicamente aplicable al matrimonio canónico, porque en el civil secreto la
inscripción en el Registro Central es automática (cfr. art. 267 III RRC) y no puede
prescindirse de ella. Aquella inscripción directa en el Registro ordinario dará lugar a la
calificación por su Encargado en las condiciones del art. 63 CC (v. com.).

Lo más normal, sin embargo, será que una vez extendida la inscripción en el Registro
Central, se procure su publicación en el Registro ordinario por simple traslado del asiento
extendido previamente (cfr. art. 79 LRC), lo que excluye la calificación posterior del
Encargado del Registro ordinario. Pero, salvada esta diferencia, aquella publicación, sea
directa o por traslado, plantea graves problemas en cuanto a las personas legitimadas para
obtenerla, que han de resolverse a la luz de los arts. 79 LRC y 268 y 269 RRC, interpretados
de acuerdo con el ordenamiento jurídico español total. A mi juicio, están facultados para esta
publicación, con la que desaparecen todas las especialidades de matrimonio secreto, las
siguientes personas:

1. Ambos contrayentes de común acuerdo (art. 79.1.º). En principio, como hay un acuerdo
lícito entre los esposos en orden a su intimidad familiar, protegido por el art. 18 CE y por la
LO 5-V-82, uno solo de los cónyuges no podrá desligarse del compromiso asumido. Ahora
bien, la solicitud individual dejará de ser intromisión ilegítima, cuando el otro cónyuge se
ampare en el secreto para infringir gravemente los deberes fundamentales del matrimonio o
los que tiene respecto de la prole (arg. art. 79.4.º LRC). En este caso, el Director General,
con citación del otro cónyuge, podrá ordenar la publicación, y también procederá esta cuando
así se ordene, [Link] a los intereses superiores apuntados, por la autoridad judicial (así
lo deduce con razón Salvador, Com. Fam. Tecnos, I, p. 309, del art. 24 CE).

2. El cónyuge supérstite (art. 79.2.º), acompañando la prueba del fallecimiento del cónyuge
premuerto (art. 269 RRC).

3. Los hijos, si ambos consortes han fallecido. Aunque la legislación guarde silencio sobre
este punto, toda la doctrina los entiende con razón incluidos.

4. El Director General, con citación de los cónyuges, si uno o ambos se amparan en el


secreto para infringir gravemente los deberes derivados del matrimonio (art. 79.4.º). Aunque
la letra de este precepto, limita estas facultades del Director a los supuestos de matrimonio
civil, hay que ampliarlas, sin duda, por razones constitucionales, al caso del matrimonio
canónico (cfr. Peña, Derecho Familia, p. 79). El Director General actuará a instancia del MF o
de cualquier particular con interés legítimo.

5. La autoridad judicial competente en los mismos casos de incumplimiento de deberes, por


las razones antes apuntadas.

Por el contrario, ha de estimarse derogada la facultad que, tratándose del matrimonio


canónico, atribuía el art. 79.3.º LRC, al ordinario «en los casos que cesa para él la obligación
canónica del secreto». La razón decisiva para fundamentar esta derogación ha de
encontrarse, no ya en la divulgación de la religión de una persona en contra del art. 16.2 CE,
sino especialmente en que el régimen subsiguiente del matrimonio no puede quedar al
arbitrio de una autoridad eclesiástica, si uno o los dos cónyuges han dejado de ser católicos
(cfr. Peña, Derecho Familia, p. 79). Claro está que el Ordinario sí podrá comunicar los
hechos al Director General, o al MF, para que por vía administrativa o judicial se obtenga la
publicación del matrimonio en el Registro ordinario.

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III. La inscripción del matrimonio civil secreto. La inscripción en el Libro especial del RC
Central requiere la previa obtención de la dispensa exigida por el art. 54 CC y que se
concede por el Ministro de Justicia, a propuesta de la DGRN (arts. 74 LRC y 267 II RRC). El
expediente para la dispensa debe ser tramitado con la necesaria reserva (cfr. art. 268 II y III
RRC) y, con esta salvedad, su instrucción corresponde al Encargado del RC del domicilio de
los promotores, conforme a las reglas generales (cfr. art. 365 RRC). Obtenida así la dispensa
y celebrado el matrimonio, su inscripc1on en el Libro especial es obligada y automática.
Como señala el art. 267 III RRC, «el acta, sin producir asiento alguno en los libros de
inscripciones, será remitida original, inmediata y reservadamente al Central».

La publicación posterior del matrimonio en el RC ordinario queda sujeta a las mismas reglas
señaladas para el canónico en el apartado anterior.

IV. La situación del matrimonio no inscrito en el Registro ordinario. Este es el punto


clave de la regulación actual del matrimonio secreto. Hay, no obstante, un extremo que
parece claro: una vez inscrito el enlace en el RC ordinario, el mismo despliega su plenitud de
efectos, como si se tratase de un matrimonio celebrado en forma normal y sólo quedan a
salvo «los derechos adquiridos de buena fe por terceras personas». La fórmula empleada por
el art. 64 coincide en todo con la utilizada por el art. 61 III CC, de suerte que la protección de
los terceros ha de configurarse de modo unitario. Me remito, pues, al comentario a este art.
61.

Cuando se trate de matrimonio canónico secreto, es posible, como vimos, que el mismo no
se haya inscrito en el Libro especial del Registro Central. ¿Qué ocurre entonces? ¿El
matrimonio carece de todo efecto jurídico? ¿Hay que distinguir los efectos «inter partes» y
los producidos respecto de terceros? ¿La inscripción en el Registro Central funciona como
conditio iuris del matrimonio o de su eficacia? Para responder a estos y otros interrogantes
parecidos que se plantea la doctrina, hay que prescindir, desde luego, de antiguas soluciones
del TS y de la DGRN adoptadas sobre la base de una legislación hoy derogada (art. 79 CC
en su redacción originaria). La letra de este precepto daba pie para estimar que antes de su
publicación no se producían siquiera efectos inter partes (STS 22-VIII-1901 y 6-II-36), pero
esta posición fue paliada en casos en los que se discutía la subsistencia del vínculo (RDGR
16-II-82 y 15-II-28, STS 27-X-80 y STS 2.ª 16-XI-1905). Es imposible, dentro de los límites de
estos comentarios, hacer una exposición completa de las opiniones defendidas por los
autores que recientemente se han ocupado de la cuestión (una buena síntesis en Durán,
Inscripción, pp. 186-199), de modo que basta con señalar las líneas que parecen más
seguras, dentro de las innumerables dudas que, como antes dije, ofrece la materia.

1. El matrimonio canónico secreto produce efectos desde su celebración, aunque no esté


inscrito en el Registro Central ni en el Registro ordinario. Se trata de una forma válida de
celebración, reconocida por los Acuerdos con la Santa Sede y por los arts. 59 y 60 CC y que
no puede quedar sustraída a la declaración fundamental del art. 61 CC: «el matrimonio
produce efectos civiles desde su celebración». Es posible, no obstante, que el matrimonio no
pueda llegar a inscribirse por aplicación del art. 63 II CC; en tal caso, por existir la forma
mínima exigida, regirá la doctrina del matrimonio putativo del art. 79 CC.

2. La inscripción en el Libro especial del Registro Central no es conditio iuris del matrimonio
secreto canónico o civil. La frase inicial del art. 64 —«para el reconocimiento del matrimonio
secreto»— no debe llevar, por comparación con el art. 61 II («para el pleno reconocimiento»
de los efectos), a una consecuencia inadmisible como sería la de estimar que esa inscripción
es constitutiva y que el matrimonio por el momento no existe jurídicamente. Nótese
especialmente, si se quiere comparar el art. 61 con el art. 64, que mientras el primero exige
la inscripción como «necesaria» para el pleno reconocimiento de los efectos, el segundo
señala que «basta» la inscripción en el Registro Central para el reconocimiento del

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matrimonio secreto. Es decir, literalmente no se impide que tal reconocimiento pueda


obtenerse por otros medios, muy singularmente por la inscripción en el Registro ordinario.

3. La inscripción en el Registro Central facilitará en gran medida la inscripción en el Registro


ordinario, que devendrá automática (por traslado: art. 79 LRC) sin necesidad de ulterior
calificación por el Encargado.

4. Fuera de esta consecuencia, la inscripción en el Registro Central no añade ningún otro


efecto al matrimonio ya celebrado. Parecen baldíos los esfuerzos de la doctrina (v. Peña,
Derecho Familia, p. 78) para buscar ciertos efectos parciales ligados a la inscripción en el
Libro especial. Salvo lo indicado en el número anterior, puede afirmarse la inutilidad de la
inscripción especial (Díez Gómez, RDN 1958, p. 348).

5. No hay que perder de vista la naturaleza de la institución. Se trata de un matrimonio


secreto que no pierde su carácter por el hecho de quedar inscrito en el Registro Central. Es
tajante en este sentido el art. 268 RRC. Por esto cualquier intento de probar el matrimonio,
contra la resistencia de uno o de ambos cónyuges, requerirá que por autoridad legitimada
para ello, según lo antes indicado, se levante el secreto, se declare que no hay intromisión
ilegítima en la intimidad personal o familiar y se ordene la publicación en el RC ordinario.

6. En definitiva, el matrimonio secreto, inscrito o no en el Registro Central, podrá ser probado


por cualesquiera medios de prueba, pero la admisión de estos medios quedará subordinada,
como requisito indispensable, al hecho de que «previa o simultáneamente se haya instado la
inscripción omitida» en el RC ordinario. Esto es la fórmula general del art. 2.º LRC, cuya
aplicación no hay por qué excluir en este supuesto singular.

V. Conclusión. Duda Puig Ferriol (Com. Fam. Tecnos, I, p. 238) de la oportunidad de la


institución. Es necesario sumarse a esta tendencia especialmente desde el punto de vista de
la regulación de la inscripción en el RC del matrimonio secreto. Se trata de dos figuras
difícilmente compaginable entre sí y cuya ligazón da lugar, como se ha visto, a dificultades
casi insuperables. El esfuerzo constructivo exigido no se aviene con las necesidades
prácticas de la sociedad actual.

Por JESÚS Díez Del Corral Rivas

Artículo 65.

En los casos en que el matrimonio se hubiere celebrado sin haberse


tramitado el correspondiente expediente o acta previa, si éste fuera
necesario, el Secretario judicial, Notario, o el funcionario diplomático o
consular Encargado del Registro Civil que lo haya celebrado, antes de
realizar las actuaciones que procedan para su inscripción, deberá
comprobar si concurren los requisitos legales para su validez, mediante la
tramitación del acta o expediente al que se refiere este artículo.

Si la celebración del matrimonio hubiera sido realizada ante autoridad o


persona competente distinta de las indicadas en el párrafo anterior, el acta
de aquélla se remitirá al Encargado del Registro Civil del lugar de
celebración para que proceda a la comprobación de los requisitos de
validez, mediante el expediente correspondiente. Efectuada esa
comprobación, el Encargado del Registro Civil procederá a su inscripción.

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Modificado con entrada en vigor el 30 abril 2021 por disp. final 1.15 de Ley núm. 15/2015, de
2 julio

Doctrina-comentario

I. Alcance del precepto. Después de la regulación de la inscripción del matrimonio civil


ordinario con expediente previo (art. 62), del matrimonio canónico celebrado en España (art.
63) y del matrimonio secreto (art. 64), el CC dedica el art. 65 a establecer una fórmula de
cierre, evidentemente ambigua, para prever la inscripción por vía extrajudicial de cualquier
otra forma de matrimonio que sea válida para el ordenamiento español (cfr. arts. 49 y 50) y
siempre, claro está, que el hecho sea en sí mismo inscribible en el RC español, por haber
acaecido en España o por afectar, en otro caso, a algún ciudadano español (cfr. art. 15 I
LRC). Es cierto que queda fuera de regulación el supuesto muy especial de que la existencia
del matrimonio se declare en vía judicial, a través del juicio declarativo ordinario de menor
cuantía (art. 484 LEC), porque la calificación del Encargado queda entonces sustraída a las
previsiones del art. 65 y sometida al control, mucho más limitado, del art. 27 II LRC
(competencia y clase del procedimiento, formalidades extrínsecas del documento y
obstáculos del Registro), pero esta observación muy cierta de Salvador (Com. Fam. Tecnos,
I, p. 312) no autoriza a negar el carácter residual del artículo, en cuanto que en él se regula,
con mayor o menor precisión, el mecanismo de inscripción extrajudicial en el RC de todos los
matrimonios inscribibles no incluidos en los tres artículos anteriores.

En cualquier caso, como estas otras formas válidas son muy diversas, el art. 65 constituye un
verdadero cajón de sastre, del que hay que saber extraer con cuidado las distintas hipótesis
en él contenidas. Esta necesaria labor calificadora ha sido llevada a cabo por los arts. 256 y
257 RRC, en su redacción por el RD 1917/86 que es conveniente transcribir (art. 256: «A
salvo lo dispuesto en el art. 63 del Código civil y en los arts. 239, 252 y 255 de este
Reglamento, se inscribirán, siempre que no haya dudas de la realidad del hecho y de su
legalidad conforme a la Ley española, los matrimonios que consten por cualquiera de los
documentos siguientes: 1.º Acta levantada por encargado o funcionario competente para
autorizar el matrimonio del que se halle en peligro de muerte; 2.º Certificación expedida por la
Iglesia o confesión, cuya forma de celebración esté legalmente prevista como suficiente por
la Ley española; 3.º Certificación expedida por autoridad o funcionario del país de
celebración; 4.º Certificación expedida por funcionario competente, acreditativa del
matrimonio celebrado en España por dos extranjeros, cumpliendo la forma establecida por la
Ley personal de cualquiera de ellos. El título para practicar la inscripción será, en todos los
casos, el documento expresado y las declaraciones complementarias oportunas». Art. 257:
«En cualquier otro supuesto el matrimonio sólo puede inscribirse en virtud de expediente, en
el que se acreditará debidamente la celebración en forma del matrimonio y la inexistencia de
impedimentos».)

II. Supuestos excluidos. Las salvedades con que comienza el art. 65, añadidas a las que
hoy establece el art. 256 RRC, hacen dudar a la doctrina en este importante punto (cfr.
Durán, Inscripción, p. 154). En mi opinión (v. Díez Del Corral, AC 1986, p. 3206, y
Lecciones, p. 106), no es difícil establecer una lista clara de matrimonios inscribibles no
sujetos a la comprobación especial de este art. 65 (v. también Peña, Derecho Familia, p. 76).
Estos casos son:

1. Matrimonios celebrados de modo ordinario ante el Juez, incluido el de Paz, o Cónsul,


Encargado del RC. La inscripción es inmediata (arts. 62 CC y 255 RRC).

2. Matrimonio ordinario celebrado ante el Alcalde. La inscripción se practica en virtud del acta
que ha de levantar el Alcalde y remitir sin dilación al Registro (art. 239 RRC).

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3. Matrimonio celebrado en el extranjero con arreglo a la forma establecida por la ley del
lugar de celebración y dentro del plazo de seis meses desde que se expidió, previo
expediente, por el Encargado del RC español un certificado de capacidad matrimonial (art.
252 RRC). La inscripción se extiende entonces en virtud de un doble título: el certificado de
matrimonio expedido por la autoridad o funcionario del país de celebración y el certificado
español de capacidad matrimonial. (Este certificado de capacidad matrimonial es una
importante novedad de la reforma del RRC de 1986 para prever el caso, muy frecuente en el
Derecho comparado, de que las autoridades locales exijan a los contrayentes tal certificado;
en tales casos el Encargado español competente tramita el expediente previo al matrimonio
en forma normal, pero no lo acaba autorizando el matrimonio, sino entregando a los
interesados dicho certificado. España ha ratificado el Convenio núm. 20 de la Comisión
Internacional del Estado Civil sobre esta materia: BOE 16-V-88, aprobándose el
correspondiente modelo plurilingüe por OM 26-V-88).

4. Matrimonio canónico celebrado en España. Su inscripción se rige por el art. 63 CC. A esta
lista hay que agregar, como es obvio, los casos antes citados de matrimonios declarados por
sentencia judicial firme y del secreto del art. 64 CC.

III. Supuestos incluidos. La labor de exclusión realizada permite ya la determinación exacta


de las hipótesis en las que la inscripción del matrimonio queda sometida al régimen especial
de comprobación del art. 65 CC, desarrollado por los arts. 265 y 257 RRC. Estos casos son:

1. Matrimonio canónico celebrado fuera de España. Me remito a este punto al comentario del
art. 63. Es indudablemente criticable (v. Durán, Inscripción, p. 159) que, siguiendo la pauta
errónea del Código, el art. 256 pretenda equiparar, a los efectos de su inscripción, el
matrimonio canónico y el celebrado en otra forma religiosa, porque éste, en cuanto afecte a
algún español, no es válido hoy por hoy si ocurre en España y si se celebra fuera de ella
queda subsumido en el caso de los matrimonios amparados por la lex loci (art. 256.3.º RRC).

2. Matrimonio civil en peligro de muerte. No requiere expediente previo para su celebración


(cfr. art. 52 CC) y por esto es explicable que su inscripción sea sometida a un control
posterior. Pero no es imposible que haya existido expediente previo normal ante el
funcionario competente y que, antes de ser autorizado en forma ordinaria, haya de acudirse
por la urgencia del caso a otro Encargado. (Este es el supuesto de la RDGR 7-VII-88; para
otros casos recientes cfr. RDGR 31-III-87 y 7-III-88).

3. Matrimonio de españoles celebrado en el extranjero según la lex loci. Quedan aquí


comprendidas todas las formas locales, no sólo la civil, sino las religiosas distintas de la
canónica (RDGR 25-XI-78), y también la forma consular ante el Cónsul de un tercer país, si
la admite la ley local (RDGR 13-VII-82). Ya la LRC de 1957 había acogido en su art. 73 esta
solución, en aras del ius nubendi y acabando con las anteriores dudas doctrinales y
jurisprudenciales (cfr. RDGR 14-III-67). Dicho art. 73, como precepto aclaratorio del sistema
anterior, tiene eficacia retroactiva para los matrimonios celebrados antes de la entrada en
vigor de la LRC (RDGR 13-VI-78). Conviene aclarar que, aunque por la fecha del enlace
pudiera estimarse necesario probar la acatolicidad entonces exigida por las normas
españolas en vigor, después de la Constitución es imposible imponer esa prueba por las
razones que da la RDGR 30-VI-81. Ya la reforma del RRC de 1977 justificaba esta
conclusión (RDGR 19-I-79).

4. Matrimonio celebrado por dos extranjeros en España, cumpliendo la forma establecida por
la ley personal de cualquiera de ellos. Esta forma podrá ser, a diferencia de lo que ocurre si
uno de los contrayentes es español, la religiosa distinta de la canónica (p. ej. la luterana de
dos ciudadanos suecos), si tal forma es una de las previstas por la ley personal de cualquiera
de los contrayentes (RDGR 18-III-81 y 6-V-82). Cabrá igualmente la forma consular admitida
por tal ley y siempre que ninguno de los contrayentes sea español (RDGR 13-VII-81 y 5-VIII-

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81; pero antes de la reforma de 1981 podría, con dudas, admitirse la validez formal del
matrimonio consular celebrado en España entre español y extranjero: RDGR 20-I-82). En
cualquier caso hay que tener en cuenta que no es obstáculo para la inscripción que el enlace
se haya celebrado en la Embajada o Consulado, ya que sus edificios están dentro del
territorio español (cfr. RDGR 22-V-69 y 20-II-87).

IV. Comprobación sin expediente. El art. 65 se contenta, en los cuatro casos indicados en
el apartado anterior, con que el Encargado del Registro, antes de practicar la inscripción,
compruebe que concurren los requisitos legales para la celebración, pero de ningún modo
impone que este control haya de realizarse precisamente a través de un expediente de los
regulados por el RC. Esto significa que la exigencia del expediente, que venía impuesta por
el art. 73 LRC, quedó derogada por el art. 65 CC. Dicho de otro modo, el art. 256 RRC no
incurre en vicio de ilegalidad, aunque se separe de la LRC, porque tiene un apoyo en un
conjunto normativo posterior a la LRC, como es la Constitución, los Acuerdos con la Santa
Sede y el propio CC (cfr. Díez Del Corral, AC 1986, p. 3203, pero manifiesta muchas dudas
sobre la legalidad del art. 256 RRC, Durán, Inscripción, pp. 159 a 173). Desde un punto de
vista lógico, parece evidente que si en los cuatro casos citados del art. 256 existe una
certificación expedida por funcionario competente es excesivo exigir la tramitación de un
verdadero expediente. La comprobación de la realidad del hecho y de su legalidad conforme
a la ley española, a través del título presentado y de las declaraciones complementarias
oportunas, no supone diferencia alguna con la comprobación de los requisitos legales de la
celebración del art. 65 CC. La reforma del RRC lo que ha hecho en este punto, sin
vulneración de ninguna norma de rango superior, ha sido simplemente extender a las
hipótesis de ciertos matrimonios la permisión de inscribir, sin expediente, nacimientos y
defunciones, que aparecía en los arts. 23 II LRC y 85 RRC. Recuérdese que estos artículos
admiten la inscripción en el Registro español, sin necesidad de expediente, por certificación
de asientos extendidos en registros extranjeros «siempre que no haya duda de la realidad del
hecho inscrito y de su legalidad conforme a la ley española» y siempre que el Registro
extranjero sea «regular y auténtico» en las condiciones que detalla el art. 85 I RRC, el cual
permite, además, completar «por los medios legales los datos y circunstancias que no
puedan obtenerse de la certificación…». El paralelismo entre estos dos preceptos y el actual
art. 256 RRC no puede ser mayor.

En todo caso la calificación del Encargado abarcará, desde el punto de vista formal, la
autenticidad del documento presentado, con sus requisitos complementarios, en su caso, de
traducción y legalización (cfr. arts. 86 a 90 RRC). Desde el punto de vista sustantivo la
calificación se extenderá, en la medida que sean detectables, a la capacidad de los
contrayentes y a la ausencia de impedimentos, según el CC o según la ley extranjera
aplicable, si uno o ambos contrayentes son extranjeros y cuando esta aplicación venga
impuesta por las normas españolas de DIPr. Precisamente las «declaraciones
complementarias oportunas» podrán ser muy útiles a estos efectos, por ejemplo, para juzgar
sobre la eficacia de un divorcio obtenido por un español en el extranjero (v. art. 107 CC).
Basta, por otra parte, para practicar la inscripción que la certificación dé fe del hecho y de las
personas que han contraído las nupcias, aunque no conste alguna mención aislada de la
identidad de los esposos (art. 12 RRC) o la hora del enlace (arts. 35 y 69 LRC). En este
sentido las RDGR 23 y 24-II-89 y 30-III-89. La denegación procederá, en cambio, cuando la
certificación no merezca tal calificativo y consista en un documento distinto (un acta notarial
de notoriedad o de manifestación en vez de la certificación del Registro extranjero: RDGR
31-III-89, que impone en tal caso la tramitación del expediente del art. 257 RRC). La misma
solución parece la adecuada cuando la certificación no identifique suficientemente a los
contrayentes o no señale el lugar de celebración básico para decidir la competencia territorial
del Registro español (arts. 16 LRC y 68 RRC). Aunque la solicitud puede, sin duda,
presentarse ante cualquier Registro (arts. 2.º y 348 RRC), la calificación queda reservada al
Encargado del Registro Municipal, Consular o Central, que deba extender el asiento por
tener tal competencia territorial.
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V. Comprobación por expediente. Este expediente, exigido por el art. 257 RRC, queda
limitado a los cuatro casos del art. 256 RRC cuando en ellos el enlace no conste por ningún
título documental de los antes expresados. Su tramitación está regulada por las normas
generales de los arts. 341 y ss. RRC, correspondiendo resolverlo en primera instancia al
Encargado del Registro municipal, Consular o Central, competente por razón del lugar de
celebración (cfr. arts. 16 LRC y 68 y 342 RRC). Para su éxito es necesario que llegue a
acreditarse debidamente «la celebración en forma del matrimonio y la inexistencia de
impedimentos». La experiencia demuestra que, transcurrido cierto tiempo desde el enlace, es
extraordinariamente difícil suministrar tal justificación, aunque ello no impide que el
matrimonio pueda estimarse probado, al haberse instado la inscripción omitida, por
aplicación del art. 2.º LRC (cfr. RDGR 14-II-81, 14-IV-81, 1-VII-81, 19-I-82, 7-VI-82, 7-III-85,
18-IV-86, 28-XI-86, 14-III-88 y 15-XI-88).

VI. La anotación del matrimonio. Cuando el matrimonio no es inscribible, aún puede


lograrse su anotación, si bien este asiento tiene un mero valor informativo y no proporciona la
prueba propia de la inscripción (cfr. arts. 38 y 80 LRC y 145 RRC). Pero la reforma del RRC
de 1986 ha introducido en este punto una cierta confusión, porque mientras su art. 271
señala que: «deberá ser anotado el matrimonio que conste por expediente o por cualquiera
de los documentos a que se refiere el art. 256 y que no pueda ser inscrito, por no reunir los
requisitos exigidos para su validez por el Código civil o por no haber sido éstos acreditados
debidamente», el art. 339 establece para las mismas hipótesis que «puede declararse con
valor de simple presunción» tal matrimonio. No obstante las dudas de Durán (Inscripción,
pp. 164 y 165) y prescindiendo de otras cuestiones sobre el órgano registral competente para
la anotación y para el expediente con valor de presunción (que también termina en una
anotación: art. 340 RRC), parece que la contradicción apuntada acerca del carácter
obligatorio o facultativo de la anotación debe ser resuelta atribuyendo a la misma este
segundo carácter, en congruencia con la naturaleza rogada de las anotaciones en general y
de los expedientes con valor de simple presunción (cfr. arts. 38, 96 y 97 LRC).

Por JESÚS Díez Del Corral Rivas

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