LA EXPANSIÓN HELENÍSTICA.
La antigüedad clásica había destilado una quintaesencia del espíritu, encerrándola en una preciosa y
diminuta redoma. Alejandro rompió la cápsula, y los concentrados aromas se difundieron. El Oriente
empieza a respirarlos, y luego las legiones romanas los transportaban en la ráfaga de sus conquistas.
¿Cómo aconteció este derrame de Grecia hacia el Oriente que se llama helenismo?
Representémonos la Grecia clásica tal como aparece en el siglo IV. Consta de seis porciones:
I. La principal _sur de la península balcánica_ desde el Olimpo y los montes Acroceraunios hasta el
Taigeto, amén de las islas adyacentes.
II. La baja Italia y Sicilia.
III. Litoral del Asia Menor e islas vecinas.
IV. Conjunto de posesiones helénicas diseminadas por las costas de Tracia, Macedonia e Iliria.
V. Posesiones en Marsella y las Galias.
VI. Posesiones en el África (Cirenaica, etc.)
Todos los esfuerzos hechos para reducir a unidad política este semillero de pueblos durante los dos siglos
precedentes han resultado inútiles. No ha podido realizarse el ideal panhelénico de Gorgias e Isócrates.
Las rivalidades entre hermanos preparan el camino de las futuras invasiones. Las grandes repúblicas han
vivido disputándose la hegemonía: Atenas, Esparta, Tebas y aun Tesalia. Cuando el poder macedonio se
levanta, el fruto está maduro para caer en la mano que lo codicia. Salvo matices étnicos, Macedonia es
como una Grecia sin pulir. Filipo maniobra entre los helenos. Los derrota en Queronea. Los atrae con el
señuelo de emancipar el yugo persa a los griegos asiáticos y tomar venganza contra Jerjes. Muere
asesinado. Deja el cumplimiento de tales ofertas a su hijo Alejandro. Éste, aunque comienza por ocuparse
en la unificación helénica bajo el mando macedónico, pronto convierte sus planes hacia el exterior:
fortuna para el helenismo, desgracia para el viejo ideal panhelénico. Los destinos del mundo se decidieron
cuando, después de la batalla de Iso, Alejandro rechazó los términos de paz de los persas, mientras el
viejo Parmenio, leyendo la carta del rey Darío por sobre el hombro de su joven monarca, le aconsejaba
inútilmente volver a Grecia.
La emigración griega rumbo a Oriente se produce entonces como efecto del reclutamiento militar.
Continúa con los cortejos oficiales llamados a establecer las dinastías griegas en las tierras conquistadas.
Aumenta con el aflujo de los buscadores de riqueza. Y al desarrollarse, bajo los Sucesores, aquellas
nuevas y promisorias ciudades del Asia Menor, Siria, Egipto y las lejanas tierras de Oriente, la emigración
se convierte en un verdadero río humano. La fundación de ciudades es la manera de helenizar a los
pueblos. Tal es el sentido de la urbanización.
Primera consecuencia es el mestizaje étnico y espiritual. Se borran las fronteras entre griegos y bárbaros,
hasta cierto punto. Comienzan a convivir gentes y pueblos que antes sólo se encontraban para pelear. La
cultura helénica esparce sus beneficios y, a su turno, recibe la fertilización religiosa e imaginativa de la
mente oriental. La Polis evoluciona hacia la homónoia. La guerra misma, por ejemplo, en cuanto el trato
de prisioneros se humaniza por instantes. Alejandro es lo bastante poderoso para ser, a veces, clemente.
-¿Cómo deseas ser tratado? -pregunta a un monarca vencido. -Como Rey -le contesta éste. Y la fama,
testimonio cierto de la opinión, asegura que Alejandro manda devolverle sus dominios. La lengua griega
encuentra un común denominador y acepta en el cauce ático aportaciones neojónicas. Tal es la koinée o
lengua universal que será hablada indistintamente por helenos, asiáticos y africanos. No es de asombrar,
puesto que ya entre partos y armenios se representaban las tragedias de Eurípides. Evoluciona la
sociedad. La mujer comienza a participar en la inteligencia de modo menos excepcional. Todo es a la larga
igualamiento.
LA FILOSOFÍA.
La filosofía helenístico-romana va desde la muerte de Aristóteles hasta la muerte de San Agustín -322 a.C.
a 430 d.C.- y se divide en dos periodos:
El periodo ético, que abarca los tres primeros siglos (los siglos alejandrinos), y
El periodo religioso, que abarca los cuatro y medio restantes.
Partir de Atenas a Alejandría es partir de la tradición a la novedad. los rasgos tradicionales se confunden
por dos conceptos: ECLETICISMO o mezcla interior entre las doctrinas antes elaboradas, y evolución o
influencia de las nuevas circunstancias del mundo y de los acarreos orientales. En tanto que esta
evolución cobra vuelo en Alejandría, Atenas sigue siendo, más o menos, el campo de los filósofos, tierra
propicia a las discusiones teóricas y algo alejada del “mundanal ruido”.
Entre tradición y novedad hay en Atenas un hormiguero de sectas rivales cuyas disidencias se han
comparado a las de franciscanos y dominicos. Los cuarteles están respectivamente en la Academia, en
el Liceo, en el Pórtico, en el jardín; y no ya en el Cinosargo, porque los cínicos, de temperamento
trashumante, pronto lo abandonan.
Entre estas sectas hay derivaciones o desviaciones del socratismo -megarenses, cirenaicos y cínicos- que
hacen una labor de zapa contra las grandes escuelas -platónica y aristotélica- y dan campo, así, a las
nuevas doctrinas, coexistiendo hasta cierto punto con ellas, aunque, en segundo término. Estas sectas
subsocráticas son, en general, menos técnicas, menos imbuidas de conocimientos especiales que las
grandes escuelas sin exceptuar a los pedantescos megarenses. Los bandos contrarios frecuentemente
representan divisiones de hecho más que de derecho y, cualquiera sea su fundamento general, confluyen
en los problemas particulares y en ciertas conclusiones, o se prestan armas sin proponérselo. El matiz
llega a ser indiscernible, como entre los cirenaicos y los epicúreos. Distingamos, en lo posible, la tradición
y la novedad, tales como ellas nos aparecen al prepararse la Edad Alejandrina.
La tradición está representada los:
a) Los sistemas clásicos: académicos y peripatéticos, a los que conviene añadir los viejos atomistas.
b) Los subsocráticos o socráticos heterodoxos: megarenses, cínicos y cirenarios.
La novedad representada por:
a) Las sectas morales: escépticos, estoicos, epicúreos (contrapartida de los estoicos).
b) La secta religiosa de los judeo-helénicos.
Estos últimos cabalgan ya a la arista entre la vertiente alejandrina y la posterior, y arrojan sobre ésta dos
influencias definidas: la una sobre el neoplatonismo, la otra sobre la teología cristiana.
ESCÉPTICOS.
Escepticismo, etimológicamente, significa algo así como libre examen, y ha venido a designar toda
filosofía crítica que revoca a duda la posibilidad del conocimiento.
Por todo el pensamiento helénico hay instantes de escepticismo en cuanto a las locuras de la opinión
vulgar y en cuanto a la realidad perceptible, aunque sin quebrantar la confianza en la verdad misma y en
la mayor o menor probabilidad de aprehenderla. Pero ya desde el siglo V los viejos sofistas Gorgias y
Protágoras suscitan sospechas terribles; y singularmente, los enigmas dialécticos de Parménides y luego
los dardos de Zenón Eléata estremecen la certidumbre. Fuera de sus afirmaciones morales, Sócrates
descubre resabios escépticos en el orden especulativo.
La gran corriente escéptica deriva ahora por cuatro cauces:
1) Escepticismo práctico o pirronismo, con Pirrón y su discípulo Timón de Flionte, que prescinden de
la tradición dialéctica;
2) Probabilismo académico de Arcesilao y Carnéades, sin duda sollamado de la erística megarense,
camino del eclecticismo de Filón de Larisa y Antíoco de Escalona;
3) Sistematización erudita de Enesidemo y de Agripa;
4) Empirismo de Sexto Empírico.
El pirronismo, la fase que ahora nos ocupa, resulta alterado en los científicos anteriores, que prestan al
viejo filósofo demasiadas argucias técnicas de que él nunca hizo mayor caso. El doxógrafo pergamense
Antígono Caristeo le acumula anécdotas expresivas, donde acaso ha colaborado ya la leyenda, destino
común de los filósofos que no escriben. Su discípulo Nausífanes el democritiano —que a su vez será
maestro de Epícuro— asegura que se le veneraba tanto por su carácter como por su doctrina, y Cicerón
insiste en su austeridad y hermosa altivez. Lo que explicará que sus compatriotas lo hayan hecho sumo
sacerdote en Élida, y los atenienses, ciudadano.
Las alusiones de Timón de Flionte nos lo presentan más bien como un práctico de la felicidad. Estos y
otros documentos indirectos permiten resumir así su doctrina: —La felicidad supone: 1°, la consideración
de las cosas, y como éstas son indiscernibles, nuestras opiniones sobre ellas no son verdaderas ni falsas;
2°, nuestra disposición para con las cosas, que debe ser la abstención del juicio o epochée, palabra
puesta hoy a la moda en la fenomenología de Husserl; 3°, los efectos de lo anterior sobre la conducta, los
cuales no pueden ser otros que el silencio o afasia y la ataraxia: sombra de la felicidad que veníamos
buscando, sombra hecha toda de condiciones negativas.
Estos principios se encierran en el epitafio que compuso para sí mismo uno de sus secuaces: "Soy yo,
Menecleo el pirrónico, para quien todo lo que se dice vale lo mismo y que ha enseñado a los mortales el
camino de la ataraxia”.
Pirrón fue arrastrado a estas consecuencias por la confusión intelectual y por la confusión política de su
tiempo. Y esto nos conduce a una consideración histórica, que de paso nos permitirá apreciar la única
técnica que Pirrón entendía, la técnica psíquica que aprendió de los orientales. Cuentan que Pirrón fue a
la India en el séquito de Alejandro. Allá, al enfrentarse con los brahmanes o gimnosofistas, sufrió un
extraño desequilibrio. Aquellos filósofos desnudos —de que sólo Cálanos, contra la prohibición expresa
de su jefe Mandanes, aceptó incorporarse en la civilización mediterránea y ser llevado a Macedonia— lo
convencieron, por su sola presencia, de que la verdad puede ser considerada desde tan opuestos puntos
de Vista que, en rigor, no sabemos dónde se encuentra o si es un simple devaneo. La pregunta, entre
desenfadada y fatídica, que formulará un día Poncio Pilato, aparece entonces en su espíritu. En sus
motivos de duda pesan mucho los contrastes entre las costumbres de los pueblos, y su distinto criterio
sobre lo lícito y lo ilícito. Véase cómo el ensanche histórico y el progreso de la información etnográfica
pueden provocar la crisis del espíritu. Según Estrabón, cuando Pirrón regresa a su mundo asume la actitud
física y espiritual de un brahmán helénico. Si acepta participar en los consejos de los príncipes es porque
lo hacían los brahmanes. Si se avergüenza de haber tenido una disputa con su hermana Filina es porque
la mujer no cuenta y porque el sabio no debe salir de su impasibilidad.
Suele situarse entre los escépticos al moralista Aristón de Quíos, discípulo primero del académico
Polemón y luego de Zenón Citio, y al fin disidente del estoicismo. Cree ver contradicciones e impiedades
en todas las disciplinas científicas, y se refugia en una ética maciza y de un solo bloque, el cual lanza como
piedra de catapulta contra la fortaleza estoica. Su moral sostiene tres principios, más o menos alejados
del estoicismo: 1) unidad del bien, de que las diversas virtudes son aspectos circunstanciales; 2)
educación moral única, que rechaza la “Parenética” o enseñanza particular de los deberes de padre,
esposo, magistrado, etc.; 3) negación de la doctrina estoica de los “Preferibles”, con lo cual se desconocen
de paso las inclinaciones y naciones naturales, puesto que se desconoce toda especie de física, y se deja
la conducta en estado de indiferencia o adiaphoría (salvo la elección de actos anodinos sin motivo),
obligándose el sabio a la condición que le haya tocado en suerte, y sin admitir jerarquía entre riqueza y
pobreza, salud o enfermedad.
El poeta Timón de Flionte, junto a su maestro Pirrón, no es más que un bel-esprit. Antiguo danzarín que
acabó en pirrónico, epigramatario ingenioso, conferenciante mundano muy disputado en los lugares de
su existencia vagabunda, amigo de monarcas, lujo de cortes. También pasó por la cátedra de Estilpón
Megarense; y aunque manifiesta admirar a Pirrón, dista mucho de su austeridad. Escribió epopeyas,
tragedias, discursos en prosa, que se han perdido. La mordacidad de sus libelos o sillos lo hizo célebre y
se le conoce por el Silario. En sus diálogos hace burla de los filósofos, a excepción de los críticos del
conocimiento sensible: los eleáticos, Protágoras y Demócrito. Resume así su doctrina del conocimiento:
‘Concedo que la miel parezca ser dulce, pero ignoro si lo es". Y con él acaba la primera fase del pirronismo,
que desaparece tras de envenenar de probabilismo a los académicos.
La tercera fase está representada por Enesidemo, otro disidente de la Nueva Academia, acaso algo
anterior a la era cristiana, quien, a diferencia de los escépticos puramente sentimentales, es todo un
teórico de la negación. Lo conocemos por los Discursos pirrónicos recogidos en la biblioteca del bizantino
Focio y por las referencias de su lejano sucesor Sexto Empírico. Aunque, como buen escéptico, hallaba a
los estoicos demasiado dogmáticos, proponía al modo de los estoicos, y siguiendo en esto a Pirrón, una
doctrina de la felicidad y ataraxia, pues el convencernos de que no hay certeza alguna en la sensación ni
en el pensamiento nos emancipa de todas las dolorosas apariencias. Véase cómo el escepticismo, al
contrario de lo que hoy entendemos, se esforzaba entre los griegos por parecer una filosofía alegre.
Enesidemo oponía dialécticamente las nociones contrarias (agente y paciente, generación y corrupción,
movimiento y sensación, signo y significado, bien y mal) y, como si redujera términos semejantes en los
dos miembros de una ecuación, al despejar sus incógnitas llegaba fácilmente al cero. Sus escamoteos,
mediante los cuales negaba, por ejemplo, la posibilidad de la generación, o sea la producción de un ser
vivo por otro, recuerdan las paradojas de Zenón de Elea contra la realidad del movimiento.
Sus famosos Diez Tropos de la Duda se reducen a la negación de los datos sensibles (relatividad de las
expresiones, que mudan del animal al hombre, mudan con el tiempo, mudan de hombre a hombre y
mudan para el mismo hombre según las circunstancias); y sus famosos Ocho Tropos Etiológicos se
reducen a la negación de la causa, ataque al parecer encaminado contra los epicúreos, cuyas respectivas
tesis rebate una a una. Los diez tropos de Enesidemo, se enumeran a continuación:
1. Diferencias entre los seres vivos.
2. Diferencias entre los hombres.
3. Diferencias entre los sentidos.
4. Disposiciones individuales (Cambios de perspectiva).
5. Distancias, lugares y situaciones.
6. Mezclas y combinaciones.
7. Inconsistencia de las cosas.
8. Relación entre las cosas.
9. Frecuente y raro.
10. La educación, las costumbres, las leyes, las creencias míticas y las convicciones dogmáticas.
De modo imprevisto, tras tanta negación, nos encontramos con que Enesidemo ofrece una metafísica
inspirada en Heráclito: el aire —identificado con el número, el tiempo y la noche— es la sustancia del
mundo, de cuya diferenciación en elementos opuestos brota el universo que percibimos. El movimiento
es de dos clases: o alteración cualitativa o traslado en el espacio. La razón entra en el cuerpo con el
resuello y usa los sentidos como ventanas para averiguar lo que pasa adentro (para percatarse de lo que
sentimos). El carácter universal de la razón explica la posesión de un común modelo de verdad entre todos
los individuos.
La contradicción entre estas tesis y las anteriormente expuestas es tan palmaria que se han intentado
varias explicaciones, y sin duda alguna de ellas acierta o todas aciertan a un tiempo: 1) Enesidemo
evolucionó, cambió de ideas, ya pasando de heracliteano a escéptico o viceversa; 2) simplemente quiso
explicar, sin comprometerse en ella, la ajena doctrina de Heráclito; 3) usó de Heráclito como mera
ilustración sobre el flujo del acontecer, que tanto arrastra a la mente como a los objetos del conocimiento
y ni siquiera permite saber lo que es, sino solamente lo que ha sido: suerte de escepticismo larvado, o
resquicio por donde el escepticismo puede comenzar a filtrarse.
Entre los sucesores directos de Enesidemo sólo tiene importancia Agripa, a quien se atribuyen otros Cinco
Tropos demoledores:
11. Discordancia de opiniones entre los filósofos.
12. Regresión infinita, pues toda afirmación pide prueba, y ésta pide otra prueba anterior.
13. Relatividad del juicio sobre las cosas, según las circunstancias en que ellas se encuentran o la
relación que guardan con nosotros.
14. Necesidad de un supuesto previo y no probado, para evitar la regresión infinita.
15. Peligro del diálleelos o círculo vicioso.
Todas estas objeciones se refieren, no a nuestros sentidos y su diferencia, sino a los problemas de la
especulación racional. De modo que, a la duda sobre los objetos del conocimiento, se añade la duda
sobre el instrumento del conocer.
Suponemos que Enesidemo data del último siglo antes de la era cristiana, y de Agripa sólo sabemos que
le era algo posterior. Aquí hay un hueco en la historia del escepticismo, pues su última fase está
representada por Sexto Empírico, y éste corresponde ya al fin del siglo II d. C. Era Sexto Empírico discípulo
del “neumático” Heródoto de Tarso y pertenecía, así, a una ilustre secta de la medicina metódica. Su obra
es una vasta recopilación doxográfica, sumario del escepticismo y antología de los ataques contra las
filosofías dogmáticas: Hipotiposis o Esquemas pirrónicos y once libros contra los matemáticos, los seis
primeros sobre las artes liberales (matemática, gramática, retórica, geometría, aritmética, música), y los
cinco últimos sobre los sistemas teóricos. Por todo ello, y entre preciosas noticias abultadas con
argumentos pobres y mortecinos, se desliza la contribución personal de Sexto: empirismo a que debió su
epíteto, bosquejo de lógica inductiva que anuncia a Bacon y a John Stuart Mill. Atengámonos a las
apariencias, parece decirnos. Si la miel no es de veras dulce, sólo nos importa que lo parezca.
Aceptemos los signos, los “síntomas” y dejémonos guiar por ellos sin mayor averiguación. “Desposemos
la realidad”, como dice el francés. Confiemos en el buen sentido, fundado en avisos naturales del instinto
y la inteligencia. Él nos aconseja, por ejemplo, respetar las leyes y usos de la sociedad en que vivimos, sus
instituciones y hasta su iglesia, sin necesidad de entrar en honduras ni arcanidades. Pero distingamos
entre el “signo indicativo”, por el que se pretende vanamente adivinar lo que no vemos ni alcanzamos, y el
“signo conmemorativo”, que simplemente nos recuerda una observación ya confirmada y reiterada, a
menudo enlazada como antecedente de determinada consecuencia, sin que la erijamos en “causa”. Esta
noción de la consecuencia es la superioridad del hombre sobre el animal; diríamos, es la “previsión”. Y
aquí cabe recordar, con Nietzsche, que el hombre es el único animal capaz de “prometer”. En suma, la
filosofía toma el trotecillo desenfadado de un arte práctico.
Lástima que Sexto Empírico desvirtúe a Pirrón explicándolo en el complicado lenguaje de los estoicos, y a
él y a Timón —al monolito como al canto rodado— atribuye oscuras disquisiciones sobre la hipótesis y la
divisibilidad del tiempo.
Saintsbury, en una de sus salidas temperamentales, llama a Sexto Empírico “uno de los escritores más
estúpidos de la Antigüedad”. Sin duda exagera. Por lo pronto, Sexto nos deja ayunos sobre un punto en
que nos hubiera agradado recibir algunas luces, y es la inexplicable indiferencia de Pirrón respecto al arte
y a la poesía, como causas de felicidad siquiera transitoria. Concedamos que el viejo Pirrón, como se dice
en vulgar, no quiera cogerse los dedos en la puerta. Tampoco se explica que, sólo por cautela, prescinda
de los goces estéticos. El “qué sé yo” de Montaigne es perfectamente compatible con el buen gusto
literario, donde vendría a ser el “no sé qué” de Feijoo.
Bien está suspender el juicio. Pero, entonces podemos admitir aquella “suspensión voluntaria del
descreimiento”, fórmula con que Coleridge ha definido, para siempre, la función de la poesía.