Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
LIBRO 2.
Solo Tuya. Amor y pa-
sión.
1
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
A César y Yago.
Niños, os ruego que me perdonéis
por el tiempo que me he restado
de disfrutar de vosotros,
me he perdido demasiadas cosas,
pero sé que al final merecerá la pena.
Os quiero con toda mi alma: vuestra mamá.
2
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
Gracias de nuevo, mi querido lector,
por comprar este libro
y hacer que nuestra historia siga creciendo.
Cada día somos más los que
adoramos a Sammuel y Elizabeth.
Y por último,
decir a mis «SOLO TUYAS»,
nuestro grupo de Facebook,
que os quiero con locura,
porque me habéis demostrado
que estáis junto a mí
tanto para lo bueno,
como para lo malo.
GRACIAS AMIGAS.
3
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
ÍNDICE
CAPÍTULO 50
CAPÍTULO 51
CAPÍTULO 52
CAPÍTULO 53
CAPÍTULO 54
CAPÍTULO 55
CAPÍTULO 56
CAPÍTULO 57
CAPÍTULO 58
CAPÍTULO 59
CAPÍTULO 60
CAPÍTULO 61
CAPÍTULO 62
CAPÍTULO 63
CAPÍTULO 64
CAPÍTULO 65
4
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
CAPÍTULO 66
CAPÍTULO 67
CAPÍTULO 68
CAPÍTULO 69
CAPÍTULO 70
CAPÍTULO 71
CAPÍTULO 72
CAPÍTULO 73
CAPÍTULO 74
CAPÍTULO 75
CAPÍTULO 76
CAPÍTULO 77
CAPÍTULO 78
CAPÍTULO 79
CAPÍTULO 80
CAPÍTULO 81
EPÍLOGO
ADELANTO LIBRO 3
5
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
CAPÍTULO 50
El domingo fue horroroso para ambos.
Sammuel se quedó a pasar el día en casa de su padre,
fueron a pescar juntos y hablaron un poco, sobre todo de
negocios, pues Sammuel no quería tocar el tema de Eliza-
beth, aparentaba estar despreocupado, pero su padre le
conocía a la perfección y sabía que necesitaba estar metido
en su cueva durante un tiempo, él solo, sin molestias exter-
nas.
Elizabeth, por su parte, pasó toda la mañana del do-
mingo apelotonando la inmensa cantidad de cosas que ha-
bía esparcido Sammuel por su casa.
Cuando tenía una gran montaña de objetos en la
puerta del ático, le pegó con el pie una patada, señalándo-
las con su dedo al mismo tiempo, para indicarle así a Bruce
que se las llevase de vuelta a casa de Sammuel.
—Quiero toda esta mierda fuera de mi casa ¡ya!
A ella le hubiese encantado poder ver la cara de su
querido señor Roc cuando descubriese toda sus pertenen-
cias carísimas desperdigadas por el suelo, mezclada la ropa
con la comida, jabones, bebidas… Con el complejo de me-
tódico orden de las cosas que él poseía, probablemente
estaría al borde del infarto, como se encontraba ahora mis-
mo Bruce, que nunca había necesitado tanto autocontrol
como en aquellos precisos momentos.
6
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
—No creo, señorita Hudson, que el señor Roc esté de
acuerdo con… esto. Creo que debería llamarlo para consul-
tarle. Le recuerdo que yo obedezco sus órdenes, él es mi
jefe, y no usted.
Elizabeth le miró desafiante.
—Mira Bruce, solo te lo voy a repetir una vez, tú elijes,
o metes todo esto me importa una mierda dónde, o lo tiro
por la ventana ahora mismo, seguro que a los mendigos les
vendrá genial el traje negro de Ar mani, pega con todo.
Así que Bruce, ar mándose de paciencia, recogió todo
como pudo y se lo llevó al Roc Central de nuevo, maldi-
ciendo a esa mujer por el camino y compadeciendo a su
pobre jefe, que se había enamorado perdidamente de una
esquizofrénica. Lo había pasado peor todavía que en el
ejército.
Bruce llamó a Sammuel varias veces, por supuesto,
pero en los lagos donde se habían ido su padre y él de
pesca, no tenía cobertura. Le hubiese encantado aclararle
cuatro cosas a esa niñata caprichosa. Pero se mordió la len-
gua. Su jefe le pagaba suficientemente bien como para
aguantar eso y mucho más.
John observaba la escena boquiabierto y varias veces
estuvo a punto de partirse de risa en la cara de su amigo,
pero se contuvo, sacando las fuerzas no sé de dónde.
—¡Ya te puedes descojonar a gusto cabronazo! —Le
animó Bruce a John según salía por la puerta en el último
de los viajes. Y así lo hizo el negro, durante mucho tiempo.
7
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
Sammuel al anochecer llamó a Bruce para que fuese
a recogerle, ya que el guardaespaldas se había llevado su
coche la noche anterior.
Se despidió de su padre.
—Adiós hijo, mantenme infor mado, ¿de acuerdo?
—Descuida papá, haremos lo que hemos acordado.
A su her mano no quiso ni verle, lo último que le haría
falta es que encima se regodease de su ruptura, o lo que
sería peor, que le insinuase que como Elizabeth estaba libre
de nuevo iría a por ella. Sammuel sería capaz de estrangu-
larle.
Salieron de la urbanización.
—Infór mame de la situación Bruce. —Ordenó Sam-
muel.
—Señor Roc —«empezamos mal si me llama señor»
pensó Sammuel para sí mismo—, per mítame infor marle de
que su prometida ha dedicado la mañana a… amontonar,
por definirlo suavemente, todas sus pertenencias en el sue-
lo y obligar me a llevarlas de vuelta a su casa.
—¡Mierda! ¿Y no te has negado? ¿Por qué no me has
llamado?
—Señor, —carraspeó para no llamarle hijo de…—,
usted no tenía cobertura, me he pasado el día llamándole.
Bruce le trataba de usted, tenía una expresión muy se-
ria y la vena del cuello hinchada en exceso.
—Bruce, no me jodas, ¡habla claro!
8
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
—¿Puedo, en serio, señor? —Titubeó el guardaespal-
das.
Sammuel dudó por un segundo, pero cerrando los
ojos añadió.
—Adelante.
—¡Me cago en la madre que la parió! ¡Casi la mato! —
Exclamó Bruce con su ronca voz mientras pegaba un puñe-
tazo al volante.
Sammuel no se aguantó y soltó una sonora carcajada.
—Ya veo que ha conseguido cabrearte, lo siento Bru-
ce, no me quiero ni imaginar lo que habrá sido para ti pasar
el día con esa loca pelirroja. Si es capaz de cabrearte así,
que estás entrenado para no mostrar emociones, ¡no me
quiero ni imaginar lo que hará conmigo!
—Sammuel, es una tocapelotas, ¡me entraron ganas
de abofetearla! ¡¡No me había pasado nunca!!
—Tranquilo, es el efecto que quiere causar. Nos quie-
re alejar de su lado. Pero yo ya estoy sentenciado. Me es
imposible separar me de ella. Veremos qué podemos hacer.
—Se te ve bien. No estás fuera de tus casillas esta
vez. —Tanteó Bruce extrañado por la pasividad de su jefe.
—Me empiezo a acostumbrar a que me abandone. —
Se encogió Sammuel de hombros.
—No creo que sea eso.
—Me conoces bien viejo amigo. Estoy planeando al-
go. Ya te iré infor mando, pues necesito tener a John de
nuestra parte.
9
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
—Eso será difícil, John cada vez te odia más. Pones a
su chica muy nerviosa y demasiado a menudo.
—Bueno, lo negociaré con él también. Va a ser algo
gordo.
—Me gusta.
Sammuel siguió el resto del viaje mirando por la ven-
tanilla y trazando su idea, «ojalá sea posible».
10
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
CAPÍTULO 51
Lunes. Sin noticias.
Martes. Sin noticias.
Miércoles. Sin noticias.
Jueves. Sin noticias.
Vier nes. Sin noticias.
Sábado. Sin noticias.
Domingo. Sin noticias. Además, aguantando el inte-
rrogatorio de Sarah al no verle el anillo.
La siguiente semana. Sin noticias.
El mes siguiente. Sin noticias.
Después de cuarenta y siete días, Elizabeth conseguía
pasar una noche sin llorar.
11
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
CAPÍTULO 52
Era vier nes.
Sammuel estaba parado junto a un semáforo en rojo,
con sus gafas de sol y el Ferrari descapotado porque hacía
bastante calor en pleno mes de Agosto. La ciudad estaba
prácticamente vacía, ya que se había ido todo el mundo de
vacaciones. No ter minó de ponerse el semáforo en verde,
cuando un Bugatti Veyron pasó de largo a tal velocidad
que prácticamente se quedó como en los dibujitos anima-
dos, dando vueltas alrededor de sí mismo debido a la ráfa-
ga del otro coche al pasar.
Per maneció con la boca abierta sin reaccionar unos
instantes, hasta que le empezaron a pitar los coches de
atrás.
En un nanosegundo salió volando por donde se había
huido el Veyron. Ni siquiera pensó en las consecuencias de
ir tras ella.
12
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
Cuando consiguió ponerse detrás del Bugatti, ella mi-
ró por el retrovisor y él le sonrió. Sammuel le hizo un gesto
obsceno con los dedos y la lengua, imitando un cunnilin-
gus. Juraría haber visto cómo ella levantaba el dedo cora-
zón por el retrovisor.
Atravesaron puentes, autovías, carreteras… Era una
persecución en toda regla, hasta que salieron a la autopis-
ta. Elizabeth pudo meter el modo súper turbo y el motor
rugió estruendosamente. Se puso a 300 km/h en tres se-
gundos. Contra eso Sammuel lo único que pudo hacer es
maldecirla por tener ese coche y ponerse más nervioso aún
de lo que ya estaba por verla.
Cuando iba a tomar la salida para desviarse rendido
hacia el centro, descubrió el Bugatti parado en el arcén jun-
to a un coche de policía «oh, no, la han pillado» pensó. En-
tonces se detuvo detrás de ellos y salió del coche.
Los agentes, dos chicos que rondaban los veinticinco
años de edad, altos y musculosos, estaban más absortos en
ella que en el coche. Babeaban apoyados uno en cada ven-
tanilla. Según se acercaba más Sammuel, no se podía creer
que estuviese escuchando lo que escuchaba, ¡se estaban
riendo!
—¿En serio, de 150 a 300 en solo tres segundos? ¡Eso
es prácticamente imposible! —Exclamaba uno de los agen-
tes.
A ella no se la oía.
—Señorita Hudson como lo conduzca todo igual de
bien ¡debe ser usted un peligro público! —Bromeaba el se-
13
Solo Tuya Parte 2: Amor y pasión Anabel García
gundo agente, poniendo posturitas de modelo de gafas de
sol.
«Oh, venga ya, esto es insoportable» iba pensando
Sammuel.
—Buenos días agentes, ¿tienen algún problema? —
Carraspeó Sammuel tras uno de ellos.
Ellos se sobresaltaron, debido a que ni se habían per-
catado de que estaba allí.
—Ningún problema, señor…
—Señor Roc, agente, mi nombre es Sammuel Roc, y
ella es la señora Roc. Al ver el coche patrulla junto al de mi
mujer me he preocupado, ¿ha sucedido algo? ¿Ha cometi-
do alguna infracción? ¿Algún accidente? Discúlpenla, es
que es un poco temeraria al volante. Yo pagaré la multa —
se sacó la cartera del bolsillo.
—Oh, discúlpenos señor Roc, nosotros ya nos íbamos,
la señora no ha cometido ninguna infracción, descuide, es-
taba parada y queríamos comprobar si se encontraba bien,
eso es todo —los agentes estaban abochor nados.
Entonces una puerta de abrió y una pier na larguísima
asomó por el Bugatti con una minifalda roja de cuero, unas
sandalias de cuña muy altas, rojas también, atadas con un
lazo hasta la rodilla y un corsé rojo de encaje. Llevaba el
pelo un tanto alborotado. La mandíbula de Sammuel prác-
ticamente tocaba el suelo.
Una vez fuera del coche, bajó un poco sus gafas de
sol, para ver con sus propios ojos al que decía ser su mari-
do. Sammuel quiso ir corriendo a taparle lo que ese trozo
14
FIN DEL FRAGMENTO
Sigue leyendo, no te quedes con las ganas
Adquiere este eBook
Dando Click Aqui