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Don Quijote de la Mancha: Prólogo y Contexto

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El ingenioso hidalgo don Quijote de la

Mancha
Miguel de Cervantes Saavedra

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Primera parte
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Al duque de Béjar
Marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde de La Puebla de
Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos
En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de
libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que
por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado de sacar
a luz El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al abrigo del clarísimo nombre
de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico
le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de
aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las
obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer
seguramente en el juicio de algunos que, conteniéndose en los límites de su
ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que,
poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no
desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.
Miguel de Cervantes Saavedra.

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Prólogo
Desocupado lector, sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro,
como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto
que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que
en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal
cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno
de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se
engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste
ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la
serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande
parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al
mundo que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo
y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no
vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos
por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de Don
Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi con las lágrimas en
los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en
este mi hijo vieres, pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo
y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della,
como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi
manto, al rey mato. Todo lo cual te exenta y hace libre de todo respecto y obligación,
y así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te
calunien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la
inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al
principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún
trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas
leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber
lo que escribiría; y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja,
el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un
amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó
la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de
hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni
menos sacar a luz las hazañas de tan noble caballero. «Porque, ¿cómo queréis vos que
no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea
que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora,
con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de
invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina;
sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que
están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de
Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes, y
tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes? ¡Pues qué, cuando
citan la Divina Escritura! No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores
de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso que en un renglón han pintado
un enamorado distraído y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento
y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué
acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para
ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A B C, comenzando en
Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el
uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos
de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas
celebérrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los
darían, y tales, que no les igualasen los de aquéllos que tienen más nombre en nuestra
España. En fin, señor y amigo mío -proseguí-, yo determino que el señor don Quijote
se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le
adorne de tantas cosas como le faltan; porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por
mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de
andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos.
De aquí nace la suspensión y elevamiento en que me hallastes: bastante causa
para ponerme en ella la que de mí habéis oído.»
Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en una
larga risa, me dijo:
-Por Dios, hermano, que ahora me acabo de desengañar de un engaño en que he
estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido
por discreto y prudente en todas vuestras acciones. Pero agora veo que estáis tan lejos
de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible que cosas de tan poco
momento y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un
ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras
dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de
pereza y penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme
atento y veréis cómo en un abrir y cerrar de ojos confundo todas vuestras dificultades,
y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar
a la luz del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la
caballería andante.
-Decid -le repliqué yo, oyendo lo que me decía-: ¿de qué modo pensáis llenar el
vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?
A lo cual él dijo:
-Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para
el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos
mesmo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el
nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de
Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no
lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y
murmuren desta verdad, no se os dé dos maravedís; porque ya que os averigüen la
mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribistes.
En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las
sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer, de
manera que venga a pelo, algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o,
a lo menos, que os cuesten poco trabajo el buscallos, como será poner, tratando de
libertad y cautiverio:
Non bene pro toto libertas venditur auro.

Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si tratáredes del poder


de la muerte, acudir luego con:
Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas,

Regumque turres.

Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego
al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad, y decir
las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico vobis: diligite inimicos
vestros. Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: De corde
exeunt cogitationes malae. Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os
dará su dístico:
Donec eris felix, multos numerabis amicos,

Tempora si fuerint nubila, solus eris.

Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático, que el serlo
no es de poca honra y provecho el día de hoy.
En lo que toca al poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo podéis hacer,
desta manera: si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacelde que sea el gigante
Golías, y con sólo esto, que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues
podéis poner: El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mató
de una gran pedrada, en el valle de Terebinto, según se cuenta en el libro de los
Reyes, en el capítulo que vos halláredes que se escribe.
Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced
de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra
famosa anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas; tiene
su nacimiento en tal lugar y muere en el mar Océano, besando los muros de la famosa
ciudad de Lisboa, y es opinión que tiene las arenas de oro, etc. Si tratáredes de
ladrones, yo os daré la historia de Caco, que la sé de coro; si de mujeres rameras, ahí
está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación
os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea; si de encantadores y
hechiceras, Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el
mismo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dará mil
Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana,
toparéis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por
tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra
todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desearle en tal materia. En resolución,
no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar en la vuestra estas
historias que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y
acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y de gastar cuatro pliegos
en el fin del libro.
Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen, que en el
vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer
otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos
decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que, puesto que a la
clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos dellos,
no importa nada; y quizá alguno habrá tan simple que crea que de todos os habéis
aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y cuando no sirva de otra cosa,
por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad al
libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los
seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este
vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquéllas que vos decís que le
faltan, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca
se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen debajo de
la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las
observaciones de la Astrología; ni le son de importancia las medidas geométricas, ni
la confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica; ni tiene para qué
predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla
de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo tiene que
aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que cuanto ella fuere más
perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y, pues esta vuestra escritura no mira
a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los
libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos,
consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de
santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien
colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo; pintando, en todo lo que
alcanzáredes y fuere posible, vuestra intención; dando a entender vuestros conceptos
sin intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia el
melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el
discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de
alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos
caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto
alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera
se imprimieron en mí sus razones que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por buenas
y de ellas mismas quise hacer este prólogo, en el cual verás, lector suave, la discreción
de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y
el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote
de la Mancha, de quien hay opinión por todos los habitadores del distrito del campo
de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos
años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio
que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero; pero quiero que me
agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en
quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de
los libros vanos de caballerías están esparcidas. Y con esto, Dios te dé salud, y a mí
no olvide. Vale.

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Al libro de don Quijote de la Mancha

Urganda la desconocida
Si de llegarte a los bue-,

Libro, fueres con letu-,

No te dirá el boquirru-

Que no pones bien los de-.

Mas si el pan no se te cue-

Por ir a manos de idio-,

Verás de manos a bo-

Aun no dar una en el cla-,

Si bien se comen las ma-

Por mostrar que son curio-.

Y, pues la expiriencia ense-


Que el que a buen árbol se arri-

Buena sombra le cobi-,

En Béjar tu buena estre-

Un árbol real te ofre-

Que da príncipes por fru-,

En el cual floreció un Du-

Que es nuevo Alejandro Ma-:

Llega a su sombra, que a osa-

Favorece la fortu-.

De un noble hidalgo manche-

Contarás las aventu-,

A quien ociosas letu-,

Trastornaron la cabe-:

Damas, armas, caballe-,

Le provocaron de mo-,

Que, cual Orlando furio-

Templado a lo enamora-,

Alcanzó a fuerza de bra-

a Dulcinea del Tobo-.

No indiscretos hieroglí-

Estampes en el escu-;

Que cuando es todo figu-,


Con ruines puntos se envi-.

Si en la dirección te humi-,

No dirá, mofante, algu-:

«¡Qué don Álvaro de Lu-,

Qué Aníbal el de Carta-,

Qué rey Francisco en Espa-

Se queja de la fortu-!»

Pues al cielo no le plu-

Que salieses tan ladi-

Como el negro Juan Lati-,

Hablar latines rehu-.

No me despuntes de agu-,

Ni me alegues con filó-;

Porque, torciendo la bo-,

Dirá el que entiende la le-,

No un palmo de las ore-:

«¿Para qué conmigo flo-?»

No te metas en dibu-,

Ni en saber vidas aje-;

Que en lo que no va ni vie-

Pasar de largo es cordu-.


Que suelen en caperu-

Darles a los que grace-;

Mas tú quémate las ce-

Sólo en cobrar buena fa-:

que el que imprime neceda-

Dalas a censo perpe-.

Advierte que es desati-,

Siendo de vidrio el teja-,

Tomar piedras en la ma-

Para tirar al veci-.

Deja que el hombre de jui-,

En las obras que compo-

Se vaya con pies de plo-:

Que el que saca a luz pape-

Para entretener donce-

Escribe a tontas y a lo-.

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Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha


Soneto
Tú, que imitaste la llorosa vida

Que tuve, ausente y desdeñado sobre


El gran ribazo de la Peña Pobre,

De alegre a penitencia reducida,

Tú, a quien los ojos dieron la bebida

De abundante licor, aunque salobre,

Y alzándote la plata, estaño y cobre,

Te dio la tierra en tierra la comida,

Vive seguro de que eternamente,

En tanto, al menos, que en la cuarta esfera

Sus caballos aguije el rubio Apolo,

Tendrás claro renombre de valiente;

Tu patria será en todas la primera;

Tu sabio autor, al mundo único y solo.

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Don Belianís de Grecia a don Quijote de la Mancha


Soneto
Rompí, corté, abollé, y dije y hice

Más que en el orbe caballero andante;

Fui diestro, fui valiente, fui arrogante;

Mil agravios vengué, cien mil deshice.

Hazañas di a la Fama que eternice;


Fui comedido y regalado amante;

Fue enano para mí todo gigante

Y al duelo en cualquier punto satisfice.

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,

Y trajo del copete mi cordura

A la calva Ocasión al estricote.

Más, aunque sobre el cuerno de la luna

Siempre se vio encumbrada mi ventura,

Tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!

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La señora Oriana a Dulcinea del Toboso


Soneto
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,

Por más comodidad y más reposo,

A Miraflores puesto en el Toboso,

Y trocara sus Londres con tu aldea!

¡Oh, quién de tus deseos y librea

Alma y cuerpo adornara, y del famoso

Caballero que hiciste venturoso

Mirara alguna desigual pelea!

¡Oh, quién tan castamente se escapara


Del señor Amadís como tú hiciste

Del comedido hidalgo don Quijote!

Que así envidiada fuera, y no envidiara,

Y fuera alegre el tiempo que fue triste,

Y gozara los gustos sin escote.

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Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho


Panza, escudero de don Quijote
Soneto
Salve, varón famoso, a quien Fortuna,

Cuando en el trato escuderil te puso,

Tan blanda y cuerdamente lo dispuso,

Que lo pasaste sin desgracia alguna.

Ya la azada o la hoz poco repugna

Al andante ejercicio; ya está en uso

La llaneza escudera, con que acuso

Al soberbio que intenta hollar la luna.

Envidio a tu jumento y a tu nombre,

Y a tus alforjas igualmente envidio,

Que mostraron tu cuerda providencia.

Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,


Que a solo tú nuestro español Ovidio

Con buzcorona te hace reverencia.

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Del Donoso, poeta entreverado, a Sancho Panza y


Rocinante
Soy Sancho Panza, escude-

Del manchego don Quijo-;

Puse pies en polvoro-,

Por vivir a lo discre-:

Que el tácito Villadie-

Toda su razón de esta-

Cifró en una retira-,

Según siente Celesti-,

Libro, en mi opinión, divi-

Si encubriera más lo huma-.

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A Rocinante
Soy Rocinante, el famo-

Bisnieto del gran Babie-;


Por pecados de flaque-

Fui a poder de un don Quijo-.

Parejas corrí a lo flo-;

Mas, por uña de caba-

No se me escapó ceba-;

Que esto saqué a Lazari-

Cuando, para hurtar el vi-

Al ciego, le di la pa-.

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Orlando Furioso a don Quijote de la Mancha


Soneto
Si no eres par, tampoco le has tenido;

Que par pudieras ser entre mil pares;

Ni puede haberle donde tú te hallares,

Invicto vencedor, jamás vencido.

Orlando soy, Quijote, que, perdido

Por Angélica, vi remotos mares,

Ofreciendo a la Fama en sus altares

Aquel valor que respetó el olvido.

No puedo ser tu igual; que este decoro


Se debe a tus proezas y a tu fama,

Puesto que, como yo, perdiste el seso.

Mas serlo has mío, si al soberbio Moro

Y Cita fiero domas, que hoy nos llama

Iguales en amor con mal suceso.

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El caballero del Febo a don Quijote de la Mancha


Soneto
A vuestra espada no igualó la mía,

Febo español, curioso cortesano,

Ni a la alta gloria de valor mi mano,

Que rayo fue do nace y muere el día.

Imperios desprecié: la monarquía

Que me ofreció el Oriente rojo en vano

Dejé, por ver el rostro soberano

De Claridiana, aurora hermosa mía.

Améla por milagro único y raro,

Y, ausente en su desgracia, el propio infierno

Temió mi brazo, que domó su rabia.

Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,

Por Dulcinea sois al mundo eterno,


Y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

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De Solisdán a don Quijote de la Mancha


Soneto
Maguer, señor Quijote, que sandeces

Vos tengan el cerbelo derrumbado,

Nunca seréis de alguno reprochado

Por home de obras viles y soeces.

Serán vuesas fazañas los joeces,

Pues tuertos desfaciendo habéis andado,

Siendo vegadas mil apaleado

Por follones cautivos y raheces.

Y si la vuesa linda Dulcinea

Desaguisado contra vos comete,

Ni a vuesas cuitas muestra buen talante,

En tal desmán, vueso conorte sea

Que Sancho Panza fue mal alcagüete,

Necio él, dura ella, y vos no amante.

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Diálogo entre Babieca y Rocinante
Soneto
B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque nunca se come, y se trabaja.

B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,

Pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

B. ¿Es necedad amar?

R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis.

R. Es que no como.

B. Quejaos del escudero.

R. No es bastante.

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,

Si el amo y escudero o mayordomo

Son tan rocines como Rocinante?

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Capítulo I
Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y
galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches,
duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura
los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo
de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días
de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama
que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de
campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad
de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes,
enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el
sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores
que deste caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se
llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración
dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que
eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto,
que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su
hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas
de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a
su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien
como los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa y
aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer
aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La
razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que
con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «... los altos
cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen
merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por
entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo
Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don
Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le
hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y
señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de
aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle
fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera
con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas
veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto, graduado en
Sigüenza), sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra, o Amadís
de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba
al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano
de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era
caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le
iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches
leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del
mucho leer se le secó el celebro de manera, que vino a perder el juicio. Llenósele la
fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de
pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates
imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella
máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia
más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero;
pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés
había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con
Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado,
valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra,
entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella
generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y
bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando
le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo
de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de
coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que
jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció convenible y necesario, así para el
aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante,
y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse
en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban,
deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde,
acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el
valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan
agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio priesa
a poner en efeto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que
habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos
había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor
que pudo, pero vio que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje,
sino morrión simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo
de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una apariencia de celada entera.
Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó
su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había
hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho
pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas
barras de hierro por de dentro, de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza
y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por celada finísima de
encaje.
Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que
el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de
Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en
imaginar qué nombre le pondría; porque (según se decía él a sí mesmo) no era razón
que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre
conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido
antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto
en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase
famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya
profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió,
deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a
llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había
sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los
rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en
este pensamiento duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de
donde, como queda dicho, tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia
que, sin duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir.
Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo se había contentado con llamarse
Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y
se llamó Amadís de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre
de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy
al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y
confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar
una dama de quien enamorarse: porque el caballero andante sin amores era árbol sin
hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Decíase él: «Si yo, por malos de mis pecados, o
por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les
acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad
del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quien enviarle
presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz
humilde y rendida: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula
Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado
caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante vuestra
merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante»? ¡Oh, cómo se
holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a
quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo
había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo
enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio cata dello.
Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien darle título de señora de sus
pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y
se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso,
porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.

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Capítulo II
Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efeto
su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su
tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar,
sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer. Y así, sin
dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes
del día, que era uno de los calurosos del mes de julio, se armó de todas sus armas,
subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su
lanza, y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y
alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas,
apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por
poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no
era armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía ni debía tomar
armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas,
como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.
Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura
que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a
imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que
tal le tenían. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo
lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y prosiguió su camino,
sin llevar otro que aquél que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la
fuerza de las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo
mesmo y diciendo: «¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a
luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no
ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?:
'Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las
doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos
con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de
la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y
balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso
caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su
famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de
Montiel». Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió diciendo: «Dichosa edad, y
siglo dichoso aquél adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de
entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en
lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser
coronista desta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante,
compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras». Luego volvía diciendo,
como si verdaderamente fuera enamorado: «¡Oh princesa Dulcinea, señora deste
cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con
el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos,
señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor
padece».
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le
habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje; y, con esto, caminaba tan
despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle
los sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se
desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor
de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la
del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he
podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha,
es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y
muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría algún castillo
o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha
hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como
si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le
encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las
cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer
jornada; y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía
ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la venta se le representó
que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su
puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos
se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía castillo, y a poco trecho della
detuvo las riendas a Rocinante, esperando que algún enano se pusiese entre las
almenas a dar señal con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero
como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza,
se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos distraídas mozas que allí estaban, que
a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la
puerta del castillo se estaban solazando. En esto sucedió acaso que un porquero que
andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos (que, sin perdón, así se
llaman) tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen, y al instante se le representó a
don Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su venida, y así,
con extraño contento llegó a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un
hombre de aquella suerte armado, y con lanza y adarga, llenas de miedo se iban a
entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alzándose la
visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz
reposada, les dijo:
-Non fuyan las vuestras mercedes, ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de
caballería que profeso non toca ni atañe facerle a ninguno, cuanto más a tan altas
doncellas como vuestras presencias demuestran.
Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el rostro, que la mala
visera le encubría; mas como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su
profesión, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quijote vino a correrse
y a decirles:
-Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez, además, la risa que
de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal
talante; que el mío non es de ál que de serviros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de nuestro caballero
acrecentaba en ellas la risa, y en él el enojo, y pasara muy adelante si a aquel punto
no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo
aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza,
adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a las doncellas en las muestras de
su contento. Mas, en efeto, temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de
hablarle comedidamente, y así le dijo:
-Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del lecho (porque en esta
venta no hay ninguno), todo lo demás se hallará en ella en mucha abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pareció a él
el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta, porque mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, etc.
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido por haberle
parecido de los sanos de Castilla, aunque él era andaluz, y de los de la playa de
Sanlúcar, no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiante o paje, y así
le respondió:
-Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y su dormir, siempre
velar; y siendo así, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasión
y ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se apeó con mucha
dificultad y trabajo, como aquél que en todo aquel día no se había desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la
mejor pieza que comía pan en el mundo. Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno
como don Quijote decía, ni aun la mitad; y acomodándole en la caballeriza, volvió a
ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se
habían reconciliado con él; las cuales, aunque le habían quitado el peto y el espaldar,
jamás supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que
traía atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los
ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna manera, y así, se quedó toda aquella
noche con la celada puesta, que era la más graciosa y extraña figura que se pudiera
pensar; y al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas que le
desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel castillo, les dijo con
mucho donaire:
-Nunca fuera caballero

De damas tan bien servido

Como fuera don Quijote

Cuando de su aldea vino:

Doncellas curaban dél;

Princesas, del su rocino.

O Rocinante, que éste es el nombre, señoras mías, de mi caballo, y don Quijote


de la Mancha el mío; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las fazañas
fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al propósito
presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sepáis mi nombre antes
de toda sazón; pero, tiempo vendrá en que las vuestras señorías me manden y yo
obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas, no respondían
palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna cosa.
-Cualquiera yantaría yo -respondió don Quijote-, porque, a lo que entiendo, me
haría mucho al caso.
A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas
raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía bacallao, y en
otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su
merced truchuela; que no había otro pescado que dalle a comer.
-Como haya muchas truchuelas -respondió don Quijote-, podrán servir de una
trucha; porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de
a ocho. Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que
es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego;
que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y trújole el huésped una
porción del mal remojado y peor cocido bacallao y un pan tan negro y mugriento como
sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como tenía puesta la
celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus manos si otro no se
lo daba y ponía, y ansí, una de aquellas señoras servía deste menester. Mas al darle de
beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto el un
cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo recebía en paciencia,
a trueco de no romper las cintas de la celada. Estando en esto, llegó acaso a la venta
un castrador de puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco
veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo,
y que le servían con música, y que el abadejo eran truchas; el pan candeal, y las
rameras, damas, y el ventero castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada
su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballero,
por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin recebir la
orden de caballería.

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Capítulo III
Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero
Y así, fatigado deste pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena; la cual
acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas
ante él, diciéndole:
-No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra
cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra
y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, estaba
confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase,
y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía.
-No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío -respondió
don Quijote-; y así, os digo que el don que os he pedido y de vuestra liberalidad me
ha sido otorgado es que mañana en aquel día me habéis de armar caballero, y esta
noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las armas, y mañana, como tengo
dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe ir por todas las cuatro
partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como está a
cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a
semejantes fazañas es inclinado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos
barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle
semejantes razones, y, por tener qué reír aquella noche, determinó de seguirle el
humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía y que tal
prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y
como su gallarda presencia mostraba; y que él, ansimesmo, en los años de su mocedad,
se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo
buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga, Islas de
Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de
Granada, Playa de Sanlúcar, Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo, y otras
diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos,
haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas
y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas
audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a
recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo
en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen,
sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes, en
pago de su buen deseo. Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna
donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que,
en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que aquella noche
las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se
harían las debidas ceremonias, de manera que él quedase armado caballero, y tan
caballero, que no pudiese ser más en el mundo.
Preguntóle si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, porque él
nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese
traído. a esto dijo el ventero que se engañaba: que, puesto caso que en las historias no
se escribía, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una
cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por
eso se había de creer que no los trujeron; y así, tuviese por cierto y averiguado que
todos los caballeros andantes, de que tantos libros están llenos y atestados, llevaban
bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban
camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recebían,
porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combatían y salían heridos
había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo, que
luego los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con
alguna redoma de agua de tal virtud, que en gustando alguna gota della, luego al punto
quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido; mas que,
en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que
sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas
y ungüentos para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían
escuderos (que eran pocas y raras veces), ellos mesmos lo llevaban todo en unas
alforjas muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era
otra cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de llevar
alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por
consejo, pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de
ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y
que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba, con toda puntualidad, y
así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la
venta estaba; y recogiéndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a
un pozo estaba, y, embrazando su adarga, asió de su lanza, y con gentil continente se
comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo comenzaba a cerrar
la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la
vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse de tan extraño
género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado ademán,
unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, ponía los ojos en las armas, sin
quitarlos por un buen espacio dellas. Acabó de cerrar la noche; pero con tanta claridad
de la luna, que podía competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel
caballero hacía era bien visto de todos. Antojósele en esto a uno de los arrieros que
estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don
Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
-¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del
más valeroso andante que jamás se ciñó espada! Mira lo que haces y no las toques, si
no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se curó el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera
curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de sí. Lo cual
visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamiento (a lo que pareció)
en su señora Dulcinea, dijo:
-Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado
pecho se le ofrece: no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo.
Y diciendo éstas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la lanza a
dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derribó en el
suelo, tan maltrecho, que si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que
le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pasearse con el mismo reposo que
primero. Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado (porque aún estaba
aturdido el arriero), llegó otro con la mesma intención de dar agua a sus mulos y,
llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra
y sin pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza y, sin hacerla
pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abrió por cuatro.
Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don
Quijote, embrazó su adarga y, puesta mano a su espada, dijo:
-¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora
es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña
aventura está atendiendo.
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo, que si le acometieran todos los arrieros
del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que tales los
vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual, lo mejor
que podía, se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la pila, por no
desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho
como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos. También don
Quijote las daba, mayores, llamándolos de alevosos y traidores, y que el señor del
castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de tal manera consentía que se
tratasen los andantes caballeros; y que si él hubiera recebido la orden de caballería,
que él le diera a entender su alevosía: -pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago
caso alguno: tirad, llegad, venid, y ofendedme en cuanto pudiéredes; que vosotros
veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía.
Decía esto con tanto brío y denuedo, que infundió un terrible temor en los que le
acometían; y así por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y
él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas, con la misma quietud y
sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó abreviar y
darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia sucediese. Y así,
llegándose a él, se desculpó de la insolencia que aquella gente baja con él había usado,
sin que él supiese cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento.
Díjole como ya le había dicho que en aquel castillo no había capilla, y para lo que
restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero
consistía en la pescozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de
la orden, y que aquello en mitad de un campo se podía hacer; y que ya había cumplido
con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumplía,
cuanto más que él había estado más de cuatro. Todo se lo creyó don Quijote, y dijo
que él estaba allí pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que
pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba
dejar persona viva en el castillo, eceto aquéllas que él le mandase, a quien por su
respeto dejaría.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la
paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía un muchacho,
y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mandó
hincar de rodillas; y, leyendo en su manual (como que decía alguna devota oración),
en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras él,
con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes,
como que rezaba. Hecho esto, mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada,
la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca
para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían
visto del novel caballero les tenían la risa a raya. Al ceñirle la espada, dijo la buena
señora:
-Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a
quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de
la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad
que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo que vivía
a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y
le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que
de allí adelante se pusiese don y se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra
le calzó la espuela; con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada.
Preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado
molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se
llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta allí nunca vistas ceremonias, no vio la
hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras; y, ensillando luego
a Rocinante, subió en él y, abrazando a su huésped, le dijo cosas tan extrañas,
agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a
referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retóricas, aunque
con más breves palabras, respondió a las suyas y, sin pedirle la costa de la posada, le
dejó ir a la buen hora.

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Capítulo IV
De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta
La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan gallardo,
tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas
del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de su huésped cerca de las
prevenciones tan necesarias que había de llevar consigo, especial la de los dineros y
camisas, determinó volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo
cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a
propósito para el oficio escuderil de la caballería. Con este pensamiento guió a
Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana
comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la espesura
de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de persona que se
quejaba; y apenas las hubo oído, cuando dijo:
-Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone
ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesión, y donde
pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de algún
menesteroso, o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.
Y volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que las
voces salían. Y a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua a una
encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad
de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa, porque le estaba dando
con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompañaba
con una reprehensión y consejo. Porque decía:
-La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respondía:
-No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra vez, y
yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.
Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
-Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid
sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza -que también tenía una lanza arrimada a
la encina adonde estaba arrendada la yegua-; que yo os haré conocer ser de cobardes
lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas blandiendo la lanza
sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:
-Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me
sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos; el cual es tan
descuidado, que cada día me falta una; y porque castigo su descuido, o bellaquería,
dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en
mi ánima que miente.
-¿«Miente» delante de mí, ruin villano? -dijo don Quijote-. Por el sol que nos
alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más
réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto.
Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza y, sin responder palabra, desató a su criado, al cual
preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo. Él dijo que nueve meses, a siete
reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que montaban sesenta y tres reales,
y díjole al labrador que al momento los desembolsase, si no quería morir por ello.
Respondió el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que había
hecho (y aún no había jurado nada), que no eran tantos; porque se le habían de
descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le había dado, y un real de dos
sangrías que le habían hecho estando enfermo.
-Bien está todo eso -replicó don Quijote-, pero quédense los zapatos y las sangrías
por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el cuero de los zapatos
que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo; y si le sacó el barbero sangre
estando enfermo, vos en sanidad se la habéis sacado; ansí que, por esta parte, no os
debe nada.
-El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés
conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
-¿Irme yo con él -dijo el muchacho- más? ¡Mal año! No, señor, ni por pienso;
porque en viéndose solo, me desollará como a un San Bartolomé.
-No hará tal -replicó don Quijote-: basta que yo se lo mande para que me tenga
respeto; y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir
libre y aseguraré la paga.
-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-: que este mi amo no
es caballero, ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico,
el vecino del Quintanar.
-Importa eso poco -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber caballeros;
cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
-Así es verdad -dijo Andrés-; pero este mi amo, ¿de qué obras es hijo, pues me
niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
-No niego, hermano Andrés -respondió el labrador-; y hacedme placer de veniros
conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de
pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
-Del sahumerio os hago gracia -dijo don Quijote-; dádselos en reales, que con eso
me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado; si no, por el mismo
juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque
os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para
quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote
de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os
parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y en diciendo esto, picó a su Rocinante, y en breve espacio se apartó dellos.
Siguióle el labrador con los ojos y cuando vio que había traspuesto del bosque y que
ya no parecía, volvióse a su criado Andrés, y díjole:
-Venid acá, hijo mío, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor
de agravios me dejó mandado.
-Eso juro yo -dijo Andrés-; y ¡cómo que andará vuestra merced acertado en
cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil años viva; que, según es de
valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que
dijo!
-También lo juro yo -dijo el labrador-; pero, por lo mucho que os quiero, quiero
acrecentar la deuda, por acrecentar la paga.
Y asiéndole del brazo, le tornó a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que
le dejó por muerto.
-Llamad, señor Andrés, ahora -decía el labrador- al desfacedor de agravios, veréis
cómo no desface aquéste. Aunque creo que no está acabado de hacer, porque me viene
gana de desollaros vivo, como vos temíades.
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que
ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de ir a
buscar al valeroso don Quijote de la Mancha, y contalle punto por punto lo que había
pasado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, él se partió
llorando y su amo se quedó riendo. Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don
Quijote; el cual, contentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo
y alto principio a sus caballerías, con gran satisfación de sí mismo iba caminando
hacia su aldea, diciendo a media voz:
-Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las
bellas bella Dulcinea del Toboso! pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda
tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don
Quijote de la Mancha; el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibió la orden de
caballería, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que formó la sinrazón y
cometió la crueldad: hoy quitó el látigo de la mano a aquel despiadado enemigo que
tan sin ocasión vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la
imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar cuál
camino de aquéllos tomarían; y, por imitarlos, estuvo un rato quedo, y al cabo de
haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del rocín
la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza. Y
habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande tropel de gente,
que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda
a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y
tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa
de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a él le parecía posible los pasos que
había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así,
con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó
la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos
caballeros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba; y cuando llegaron
a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante
dijo:
-Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo
todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del
Toboso.
Paráronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la extraña figura del que
las decía, y por la figura y por las razones luego echaron de ver la locura de su dueño;
mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión que se les pedía, y uno
dellos, que era un poco burlón y muy mucho discreto, le dijo:
-Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora que decís;
mostrádnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como significáis, de buena gana y
sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
-Si os la mostrara -replicó don Quijote-, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una
verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar,
afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y
soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ahora todos
juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y
espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.
-Señor caballero -replicó el mercader-, suplico a vuestra merced, en nombre de
todos estos príncipes que aquí estamos, que, porque no encarguemos nuestras
conciencias confesando una cosa por nosotros jamás vista ni oída, y más siendo tan
en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Extremadura, que vuestra
merced sea servido de mostrarnos algún retrato de esa señora, aunque sea tamaño
como un grano de trigo; que por el hilo se sacará el ovillo, y quedaremos con esto
satisfechos y seguros, y vuestra merced quedará contento y pagado; y aun creo que
estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo
y que del otro le mana bermellón y piedra azufre, con todo eso, por complacer a
vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
-No le mana, canalla infame -respondió don Quijote, encendido en cólera-; no le
mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni
corcovada, sino más derecha que un huso de Guadarrama. Pero ¡vosotros pagaréis la
grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad como es la de mi señora!
Y en diciendo esto, arremetió con la lanza baja contra el que lo había dicho, con
tanta furia y enojo, que si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino
tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cayó Rocinante, y
fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y queriéndose levantar, jamás
pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las
antiguas armas. Y entre tanto que pugnaba por levantarse y no podía, estaba diciendo:
-Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended; que no por culpa mía, sino de
mi caballo, estoy aquí tendido.
Un mozo de mulas de los que allí venían, que no debía de ser muy bien
intencionado, oyendo decir al pobre caído tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin
darle la respuesta en las costillas. Y llegándose a él, tomó la lanza y, después de
haberla hecho pedazos, con uno dellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos
palos, que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus
amos que no le diese tanto y que le dejase; pero estaba ya el mozo picado y no quiso
dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y acudiendo por los demás
trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda
aquella tempestad de palos que sobre él vía, no cerraba la boca, amenazando al cielo
y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían.
Cansóse el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qué contar en
todo él del pobre apaleado. El cual, después que se vio solo, tornó a probar si podía
levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, ¿cómo lo haría molido y
casi deshecho? Y aún se tenía por dichoso, pareciéndole que aquélla era propia
desgracia de caballeros andantes, y toda la atribuía a la falta de su caballo; y no era
posible levantarse, según tenía brumado todo el cuerpo.

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Capítulo V
Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero
Viendo, pues, que, en efeto, no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario
remedio, que era pensar en algún paso de sus libros; y trújole su locura a la memoria
aquél de Valdovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la
montiña, historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída
de los viejos, y, con todo esto, no más verdadera que los milagros de Mahoma. Ésta,
pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba; y así, con
muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra y a decir con
debilitado aliento lo mesmo que dicen decía el herido caballero del bosque:
-¿Donde estás, señora mía,

Que no te duele mi mal?

O no lo sabes, señora,
O eres falsa y desleal.

Y desta manera fue prosiguiendo el romance, hasta aquellos versos que dicen:
-¡Oh noble marqués de Mantua,

Mi tío y señor carnal!

Y quiso la suerte que, cuando llegó a este verso, acertó a pasar por allí un labrador
de su mesmo lugar y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el
cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué
mal sentía, que tan tristemente se quejaba. Don Quijote creyó, sin duda, que aquél era
el marqués de Mantua, su tío, y así, no le respondió otra cosa si no fue proseguir en
su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del
Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y quitándole la visera,
que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro, que le tenía cubierto de
polvo, y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo:
-Señor Quijana -que así se debía de llamar cuando él tenía juicio y no había
pasado de hidalgo sosegado a caballero andante-, ¿quién ha puesto a vuestra merced
desta suerte?
Pero él seguía con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen
hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida;
pero no vio sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo
le subió sobre su jumento, por parecer caballería más sosegada. Recogió las armas,
hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del
cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates
que don Quijote decía; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y
quebrantado, no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos
suspiros que los ponía en el cielo; de modo, que de nuevo obligó a que el labrador le
preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria
los cuentos acomodados a sus sucesos, porque, en aquel punto, olvidándose de
Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez, cuando el Alcaide de Antequera,
Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que cuando el
labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas
palabras y razones que el cautivo abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del
mesmo modo que él había leído la historia en la Diana de Jorge de Montemayor,
donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando
al diablo, de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba
loco, y dábale priesa a llegar al pueblo, por excusar el enfado que don Quijote le
causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:
-Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa
que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y
haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean ni verán en el
mundo.
A esto respondió el labrador:
-Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de
Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced
es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.
-Yo sé quién soy -respondió don Quijote-, y sé que puedo ser, no sólo los que he
dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues
a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las
mías.
En estas pláticas y en otras semejantes llegaron al lugar, a la hora que anochecía;
pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido
hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo, y
en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada; y estaban en ella el cura y el
barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba diciéndoles su
ama a voces:
-¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez -que así se llamaba
el Cura-, de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la
adarga, ni la lanza ni las armas. ¡Desventurada de mí! que me doy a entender, y así es
ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él
tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle
oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante, e
irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a
Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que
había en toda la Mancha.
La Sobrina decía lo mesmo, y aun decía más:
-Sepa, señor maese Nicolás -que éste era el nombre del barbero-, que muchas
veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de
desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las
manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando
estaba muy cansado decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el
sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recebido
en la batalla, y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado,
diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio
Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que
no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remediaran
antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros; que
tiene muchos que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
-Esto digo yo también -dijo el Cura-, y a fee que no se pase el día de mañana sin
que dellos no se haga acto público, y sean condenados al fuego, porque no den ocasión
a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de entender
el labrador la enfermedad de su vecino, y así, comenzó a decir a voces:
-Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor marqués de Mantua, que
viene mal ferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo
de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras a
su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a
abrazarle. Él dijo:
-Ténganse todos, que vengo malferido, por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi
lecho y llámese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.
-¡Mirá, en hora maza -dijo a este punto el Ama-, si me decía a mí bien mi corazón
del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora; que, sin que venga
esa Hurgada, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos
libros de caballerías, que tal han parado a vuestra merced!
Lleváronle luego a la cama, y, catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él
dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su
caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que se
pudieran fallar en gran parte de la tierra.
-¡Ta, ta! -dijo el Cura-. ¿Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada que yo los
queme mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa
sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba.
Hízose así, y el Cura se informó muy a la larga del labrador del modo que había
hallado a don Quijote. Él se lo contó todo, con los disparates que al hallarle y al traerle
había dicho; que fue poner más deseo en el Licenciado de hacer lo que otro día hizo,
que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de don
Quijote.

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Capítulo VI
Del donoso y grande escrutinio que el Cura y el Barbero hicieron en la librería de
nuestro ingenioso hidalgo
El cual aún todavía dormía. Pidió las llaves, a la Sobrina, del aposento donde
estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana; entraron
dentro todos, y la Ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes,
muy bien encuadernados, y otros pequeños; y así como el Ama los vio, volvióse a
salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y
un hisopo, y dijo:
-Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún
encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de la que
les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al Licenciado la simplicidad del Ama, y mandó al Barbero que le fuese
dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar
algunos que no mereciesen castigo de fuego.
-No -dijo la Sobrina-, no hay para qué perdonar a ninguno, porque todos han sido
los dañadores: mejor será arrojallos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos
y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y allí se hará la hoguera, y no ofenderá el
humo.
Lo mismo dijo el Ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos
inocentes; mas el Cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el
primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula,
y dijo el Cura:
-Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, este libro fue el
primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado
principio y origen déste; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan
mala, le debemos, sin excusa alguna, condenar al fuego.
-No, señor -dijo el Barbero-, que también he oído decir que es el mejor de todos
los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe
perdonar.
-Así es verdad -dijo el Cura-, y por esa razón se le otorga la vida por ahora.
Veamos esotro que está junto a él.
-Es -dijo el Barbero- las Sergas de Esplandián, hijo legítimo de Amadís de Gaula.
-Pues, en verdad -dijo el Cura- que no le ha de valer al hijo la bondad del padre.
Tomad, señora Ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón
de la hoguera que se ha de hacer.
Hízolo así el Ama con mucho contento, y el bueno de Esplandián fue volando al
corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
-Adelante -dijo el Cura.
-Éste que viene -dijo el Barbero- es Amadís de Grecia; y aun todos los deste lado,
a lo que creo, son del mesmo linaje de Amadís.
-Pues vayan todos al corral -dijo el Cura-; que a trueco de quemar a la reina
Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus églogas, y a las endiabladas y revueltas
razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en
figura de caballero andante.
-De ese parecer soy yo -dijo el Barbero.
-Y aun yo -añadió la Sobrina.
-Pues así es -dijo el Ama-, vengan, y al corral con ellos.
Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera, y dio con ellos por la
ventana abajo.
-¿Quién es ese tonel? -dijo el Cura.
-Éste es -respondió el Barbero- Don Olivante de Laura.
-El autor de ese libro -dijo el Cura- fue el mesmo que compuso a Jardín de flores;
y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más verdadero, o, por
decir mejor, menos mentiroso; sólo sé decir que éste irá al corral por disparatado y
arrogante.
-Éste que se sigue es Florimorte de Hircania -dijo el Barbero.
-¿Ahí está el señor Florimorte? -replicó el Cura-. Pues a fe que ha de parar presto
en el corral, a pesar de su extraño nacimiento y soñadas aventuras; que no da lugar a
otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con él, y con esotro, señora Ama.
-Que me place, señor mío -respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo que
le era mandado.
-Éste es El Caballero Platir -dijo el Barbero.
-Antiguo libro es éste -dijo el Cura-, y no hallo en él cosa que merezca venia.
Acompañe a los demás sin réplica.
Y así fue hecho. Abrióse otro libro y vieron que tenía por título El Caballero de
la Cruz.
-Por nombre tan santo como este libro tiene se podía perdonar su ignorancia; mas
también se suele decir, «tras la cruz está el diablo»: vaya al fuego.
Tomando el Barbero otro libro, dijo:
-Éste es Espejo de caballerías.
-Ya conozco a su merced -dijo el Cura-. Ahí anda el señor Reinaldos de
Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares,
con el verdadero historiador Turpín; y en verdad que estoy por condenarlos no más
que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso
Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto;
al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto
alguno; pero si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.
-Pues yo le tengo en italiano -dijo el Barbero-, mas no le entiendo.
-Ni aun fuera bien que vos le entendiérades -respondió el Cura-; y aquí le
perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano;
que le quitó mucho de su natural valor; y lo mesmo harán todos aquéllos que los libros
de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y
habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer
nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y todos los que se hallaren que tratan destas
cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se
vea lo que se ha de hacer dellos, ecetuando a un Bernardo del Carpio que anda por
ahí, y a otro llamado Roncesvalles; que éstos, en llegando a mis manos, han de estar
en las del Ama, y dellas en las del fuego, sin remisión alguna.
Todo lo confirmó el Barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por
entender que era el Cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra
cosa por todas las del mundo. Y abriendo otro libro, vio que era Palmerín de Oliva, y
junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de Ingalaterra; lo cual visto por el
Licenciado, dijo:
-Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas: y
esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única, y se haga para
ello otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la diputó para
guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene
autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno; y la otra, porque es
fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de
Miraguarda son bonísimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que
guardan y miran el decoro del que habla con mucha propriedad y entendimiento. Digo,
pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y Amadís de
Gaula queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.
-No, señor compadre -replicó el Barbero-; que éste que aquí tengo es el
afamado Don Belianís.
-Pues ése -replicó el Cura-, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen
necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es menester
quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más
importancia, para lo cual se les da término ultramarino, y como se enmendaren, así se
usará con ellos de misericordia o de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en
vuestra casa, mas no los dejéis leer a ninguno.
-Que me place -respondió el Barbero.
Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al Ama que tomase
todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a sorda, sino a
quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela, por grande y delgada que
fuera; y asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la ventana. Por tomar muchos
juntos, se le cayó uno a los pies del Barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y
vio que decía: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
-¡Válame Dios! -dijo el Cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante el
Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de
contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán,
valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la
batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella
Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora
Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre,
que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y
duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras
cosas de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso, os digo que
merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran
a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad
cuanto dél os he dicho.
-Así será -respondió el Barbero-; pero ¿qué haremos destos pequeños libros que
quedan?
-Éstos -dijo el Cura- no deben de ser de caballerías, sino de poesía.
Y abriendo uno, vio que era La Diana de Jorge de Montemayor, y dijo, creyendo
que todos los demás eran del mesmo género:
-Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el
daño que los de caballerías han hecho; que son libros de entendimiento, sin perjuicio
de tercero.
-¡Ay señor! -dijo la Sobrina-. Bien los puede vuestra merced mandar quemar,
como a los demás; porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la
enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por
los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que,
según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.
-Verdad dice esta doncella -dijo el Cura-, y será bien quitarle a nuestro amigo este
tropiezo y ocasión delante. Y pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy
de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia
Felicia y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele en hora
buena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes libros.
-Éste que se sigue -dijo el Barbero- es La Diana llamada segunda del Salmantino;
y éste otro que tiene el mesmo nombre, cuyo autor es Gil Polo.
-Pues la del Salmantino -respondió el Cura-, acompañe y acreciente el número de
los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mesmo Apolo;
y pase adelante, señor compadre; y démonos prisa; que se va haciendo tarde.
-Este libro es -dijo el Barbero, abriendo otro- Los diez libros de Fortuna de Amor,
compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.
-Por las órdenes que recebí -dijo el Cura-, que desde que Apolo fue Apolo, y las
musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ése no
se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos deste
género han salido a la luz del mundo; y el que no le ha leído puede hacer cuenta que
no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre; que precio más haberle
hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.
Púsole aparte con grandísimo gusto, y el Barbero prosiguió diciendo:
-Éstos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desengaños
de celos.
-Pues no hay más que hacer -dijo el Cura- sino entregarlos al brazo seglar del
Ama; y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.
-Éste que viene es El Pastor de Fílida.
-No es ése pastor -dijo el Cura-, sino muy discreto cortesano: guárdese como joya
preciosa.
-Este grande que aquí viene se intitula -dijo el Barbero- Tesoro de varias poesías.
-Como ellas no fueran tantas -dijo el Cura-, fueran más estimadas: menester es
que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene.
Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y
levantadas obras que ha escrito.
-Éste es -siguió el Barbero- El Cancionero de López Maldonado.
-También el autor de ese libro -replicó el Cura- es grande amigo mío, y sus versos
en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz con que los canta,
que encanta. Algo largo es en las églogas; pero nunca lo bueno fue mucho: guárdese
con los escogidos. Pero, ¿qué libro es ése que está junto a él?
-La Galatea de Miguel de Cervantes -dijo el Barbero.
-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado
en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y
no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la
emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que
esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.
-Señor compadre, que me place -respondió el Barbero-. Y aquí vienen tres, todos
juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla; La Austríada de Juan Rufo, jurado de
Córdoba, y El Monserrate de Cristóbal de Virués, poeta valenciano.
-Todos esos tres libros -dijo el Cura- son los mejores que, en verso heroico, en
lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia;
guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansóse el Cura de ver más libros; y así, a carga cerrada, quiso que todos los
demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el Barbero, que se llamaba Las lágrimas
de Angélica.
-Lloráralas yo -dijo el Cura en oyendo el nombre- si tal libro hubiera mandado
quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España,
y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio.

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Capítulo VII
De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha
Estando, en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:
-Aquí, aquí, valerosos caballeros; aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros
valerosos brazos; que los cortesanos llevan lo mejor del torneo.
Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio de los
demás libros que quedaban; y así, se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni
oídos, La Carolea y León de España, con los hechos del Emperador, compuestos por
don Luis de Ávila, que, sin duda, debían de estar entre los que quedaban, y quizá, si
el Cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia.
Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en
sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan
despierto como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él y por fuerza le
volvieron al lecho; y después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con
el Cura, le dijo:
-Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos llamamos
doce Pares dejar tan sin más ni más, llevar la vitoria deste torneo a los caballeros
cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres días
antecedentes.
-Calle vuestra merced, señor compadre -dijo el Cura-; que Dios será servido que
la suerte se mude y que lo que hoy se pierde se gane mañana, y atienda vuestra merced
a su salud por agora; que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya
no es que está malferido.
-Ferido no -dijo don Quijote-, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello;
porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una
encina, y todo, de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas
no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levantándome deste lecho, no me lo
pagare, a pesar de todos sus encantamentos; y, por agora, tráiganme de yantar, que sé
que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo ansí: diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos,
admirados de su locura.
Aquella noche quemó y abrasó el Ama cuantos libros había en el corral y en toda
la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas
no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador, y así, se cumplió el refrán en
ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que el Cura y el Barbero dieron, por entonces, para el mal
de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando
se levantase no los hallase (quizá quitando la causa, cesaría el efeto), y que dijesen
que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue hecho con
mucha presteza. De allí a dos días se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue
ir a ver sus libros; y como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de
una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las
manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al cabo de una
buena pieza, preguntó a su ama que hacia qué parte estaba el aposento de sus libros.
El Ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
-¿Qué aposento, o qué nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros
en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo.
-No era diablo -replicó la Sobrina-, sino un encantador que vino sobre una nube
una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una
sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que
a cabo de poca pieza salió volando por el tejado, y dejó la casa llena de humo; y
cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno;
sólo se nos acuerda muy bien a mí y al Ama, que, al tiempo del partirse aquel mal
viejo, dijo en altas voces que por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos
libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería. Dijo
también que se llamaba el sabio Muñatón.
-Frestón diría -dijo don Quijote.
-No sé -respondió el Ama- si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó
en tón su nombre.
-Así es -dijo don Quijote-; que ése es un sabio encantador, grande enemigo mío,
que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando
los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le
tengo de vencer, sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los
sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por
el cielo está ordenado.
-¿Quién duda de eso? -dijo la Sobrina-. Pero, ¿quién le mete a vuestra merced,
señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa y no irse por
el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven
tresquilados?
-¡Oh sobrina mía -respondió don Quijote-, y cuán mal que estás en la cuenta!
Primero que a mí me tresquilen tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos
imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera.
Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras
de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales días pasó graciosísimos
cuentos con sus dos compadres el Cura y el Barbero, sobre que él decía que la cosa
de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes y de que en él se
resucitase la caballería andantesca. El Cura algunas veces le contradecía y otras
concedía, porque si no guardaba este artificio, no había poder averiguarse con él.
En este tiempo, solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien
(si es que este título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera.
En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se
determinó de salirse con él y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, don
Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder
aventura, que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por
gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba
el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino.
Dio luego don Quijote orden en buscar dineros, y, vendiendo una cosa, y
empeñando otra, y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad. Acomodóse
asimesmo de una rodela, que pidió prestada a un su amigo, y, pertrechando su rota
celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba
ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester;
sobre todo, le encargó que llevase alforjas. Él dijo que sí llevaría, y que ansimesmo
pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar
mucho a pie. En lo del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba
si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmente, pero nunca le
vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determinó que le llevase, con
presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello,
quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase. Proveyóse de camisas
y de las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado;
todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don
Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese;
en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los
hallarían aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y bota,
con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido.
Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había tomado en
su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos
pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la mañana y herirles a
soslayo los rayos del sol, no les fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
-Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la
ínsula me tiene prometido; que yo la sabré gobernar, por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
-Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los
caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o
reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida
usanza; antes pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quizá las más,
esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya después de hartos de servir y de
llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o, por lo mucho,
de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero si tú vives y yo
vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él
adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo tengas
a mucho; que cosas y casos acontecen a los tales caballeros, por modos tan nunca
vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.
-De esa manera -respondió Sancho Panza-, si yo fuese rey por algún milagro de
los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a ser
reina, y mis hijos infantes.
-Pues, ¿quién lo duda? -respondió don Quijote.
-Yo lo dudo -replicó Sancho Panza-; porque tengo para mí que, aunque lloviese
Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez.
Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios
y ayuda.
-Encomiéndalo tú a Dios, Sancho -respondió don Quijote-, que Él le dará lo que
más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con
menos que con ser adelantado.
-No lo haré, señor mío -respondió Sancho-, y más teniendo tan principal amo en
vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.

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Capítulo VIII
Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás
imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice
recordación
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel
campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear;
porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más,
desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con
cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran
servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.
-Aquéllos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen
tener algunos de casi dos leguas.
-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquéllos que allí se parecen no son
gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que,
volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las
aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en
el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces
que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de
viento, y no gigantes, aquéllos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran
gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba
ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os
acomete.
Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse,
lo cual visto por don Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de
pagar.
Y diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea,
pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en
el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino
que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta
furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue
rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el
correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que
dio con él Rocinante.
-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien
lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien
llevase otros tales en la cabeza?
-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-; que las cosas de la guerra, más
que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así
verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos
gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que
me tiene; mas al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de
mi espada.
-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado
estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice,
porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas
aventuras, por ser lugar muy pasajero, sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado
la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
-Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de
Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado
ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le
quedó por sobrenombre Machuca, y así él como sus decendientes se llamaron desde
aquel día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto porque de la primera encina
o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquél que
me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado
de haber merecido venir a vella, y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
-A la mano de Dios -dijo Sancho-; yo lo creo todo así como vuestra merced lo
dice; pero enderécese un poco; que parece que va de medio lado, y debe de ser del
molimiento de la caída.
-Así es la verdad -respondió don Quijote-; y si no me quejo del dolor, es porque
no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan
las tripas por ella.
-Si eso es así, no tengo yo qué replicar -respondió Sancho-; pero sabe Dios si yo
me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé
decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende
también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le declaró
que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella; que hasta
entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que
mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por entonces no le hacía
menester; que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho
lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando de las alforjas lo que en ellas había
puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando
en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado
bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos,
no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por
ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por
peligrosas que fuesen.
En resolución, aquella noche la pasaron entre unos árboles, y del uno dellos
desgajó don Quijote un ramo seco que casi le podía servir de lanza, y puso en él el
hierro que quitó de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió don
Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus
libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y
despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras. No la pasó ansí Sancho
Panza; que, como tenía el estómago lleno, y no de agua de chicoria, de un sueño se la
llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del
sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que, muchas y muy
regocijadamente, la venida del nuevo día saludaban. Al levantarse dio un tiento a la
bota, y hallóla algo más flaca que la noche antes, y afligiósele el corazón, por parecerle
que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don
Quijote, porque, como está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron
a su comenzado camino del Puerto Lápice, y a obra de las tres del día le descubrieron.
-Aquí -dijo en viéndole don Quijote- podemos, hermano Sancho Panza, meter las
manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me
veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para
defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal
caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es lícito
ni concedido por las leyes de caballería que me ayudes, hasta que seas armado
caballero.
-Por cierto, señor -respondió Sancho-, que vuestra merced sea muy bien
obedecido en esto; y más, que yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en
ruidos ni pendencias; bien es verdad que en lo que tocare a defender mi persona no
tendré mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada
uno se defienda de quien quisiere agraviarle.
-No digo yo menos -respondió don Quijote-; pero en esto de ayudarme contra
caballeros has de tener a raya tus naturales ímpetus.
-Digo que así lo haré -respondió Sancho- y que guardaré ese preceto tan bien
como el día del domingo.
Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San
Benito, caballeros sobre dos dromedarios; que no eran más pequeñas dos mulas en
que venían. Traían sus antojos de camino y sus quitasoles. Detrás dellos venía un
coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas a
pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína, que iba a Sevilla,
donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy honroso cargo. No venían
los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino; mas apenas los divisó don Quijote,
cuando dijo a su escudero:
-O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto;
porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser, y son, sin duda, algunos
encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester
deshacer este tuerto a todo mi poderío.
-Peor será esto que los molinos de viento -dijo Sancho-. Mire, señor, que aquéllos
son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que
digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
-Ya te he dicho, Sancho -respondió don Quijote-, que sabes poco de achaque de
aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto, se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes
venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en
alta voz dijo:
-Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en
ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo
de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figura de don
Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
-Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos
religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche
vienen, o no, ningunas forzadas princesas.
-Para conmigo no hay palabras blandas; que ya yo os conozco, fementida canalla
-dijo don Quijote.
Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra
el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se dejara caer de la
mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun mal ferido, si no cayera muerto.
El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al
castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el
mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno,
arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los
frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello
le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote
había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos
ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que
en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle
pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni
sentido; y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado
y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen
espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y,
sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino,
haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche,
diciéndole:
-La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere
en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada
por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador,
sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y
cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y en pago del beneficio
que de mí habéis recebido, no quiero otra cosa sino que volváis al Toboso, y que de
mi parte os presentéis ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.
Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche
acompañaban, que era vizcaíno, el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche
adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para don
Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína,
desta manera:
-Anda, caballero que mal andes; por el Dios que crióme, que, si no dejas coche,
así te matas como estás ahí vizcaíno.
Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
-Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y
atrevimiento, cautiva criatura.
A lo cual replicó el vizcaíno:
-¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y
espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo
por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa.
-Ahora lo veredes, dijo Agrajes -respondió don Quijote.
Y arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela, y arremetió
al vizcaíno, con determinación de quitarle la vida. El vizcaíno, que así le vio venir,
aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler, no había que
fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se
halló junto al coche, de donde pudo tomar una almohada, que le sirvió de escudo, y
luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás
gente quisiera ponerlos en paz; mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal
trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar
a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y
temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde
lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno
una gran cuchillada a don Quijote, encima de un hombro, por encima de la rodela,
que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la
pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:
-¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro
caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se
halla!
El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter
al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la
de un golpe solo.
El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje,
y determinó de hacer lo mesmo que don Quijote; y así, le aguardó bien cubierto de su
almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte; que ya, de puro cansada y no
hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso. Venía, pues, como se ha dicho, don
Quijote contra el cauto vizcaíno, con la espada en alto, con determinación de abrirle
por medio, y el vizcaíno le aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con
su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había
de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche
y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las
imágenes y casas de devoción de España, por que Dios librase a su escudero y a ellas
de aquel tan grande peligro en que se hallaban. Pero está el daño de todo esto que en
este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose
que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote de las que deja referidas. Bien
es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia
estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los
ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos
papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se
desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable,
le halló del modo que se contará en la segunda parte.

Dedicatoria al Conde de Lemos


Enviando a V. E. los días pasados mis comedias, antes impresas que
representadas, si bien me acuerdo, dije que Don Quijote quedaba calzadas las espuelas
para ir a besar las manos a V. E; y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en
camino, y si él allá llega me parece que habré hecho algún servicio a V. E., porque es
mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe, para quitar el ámago y
la náusea que ha causado otro Don Quijote, que con nombre de segunda parte se ha
disfrazado y corrido por el orbe: y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande
emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una
carta con un propio, pidiéndome, o por mejor decir, suplicándome se le enviase,
porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el
libro que se leyese fuese el de la historia de Don Quijote: juntamente con esto me
decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio. Preguntéle al portador, si su majestad
le había dado para mí alguna ayuda de costa. Respondióme que ni por pensamiento.
Pues, hermano, le respondí yo, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las
veinte, o a las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en
tan largo viaje; además que sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros: y emperador
por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande Conde de Lemos,
que sin tantos titulillos de colegios ni rectorías me sustenta, me ampara y hace más
merced que la que yo acierto a desear. Con esto le despedí, y con esto me despido,
ofreciendo a V. E. los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro
de cuatro meses, Deo volente: el cual ha de ser o el más malo, o el mejor que en
nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que
me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos, ha
de llegar al extremo de bondad posible. Venga V. E. con la salud que es deseado, que
ya estará Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de V. E.
De Madrid último de Otubre de mil seiscientos y quince.
Criado de V. E.
Miguel de Cervantes Saavedra.

Prólogo al lector
Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o
quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del
autor del segundo Don Quijote: digo de aquel que dicen que se engendró en
Tordesillas, y nació en Tarragona. Pues en verdad que no te he de dar este contento,
que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el
mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del
mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado,
con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me
note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo,
que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la
más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los
venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las miras, son
estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el
soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de
manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes
haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin
haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos
estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza:
y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual
suele mejorarse con los años. He sentido también que me llame invidioso, y que como
a ignorante me describa qué cosa sea la invidia, que en realidad de verdad, de dos que
hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así,
como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura
ser familiar del santo oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañose de
todo en todo; que del tal adoro el ingenio, admiro las obras, y la ocupación continua
y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas
son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no
tuvieran de todo. Paréceme que me dices que ando muy limitado, y que me contengo
mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que no se ha de añadir aflicción al
afligido, y que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer
a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si
hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura llegares a conocerle,
dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que son tentaciones del
demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que
puede componer y imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros, y tantos
dineros cuanta fama; y para confirmación desto, quiero que en tu buen donaire y gracia
le cuentes este cuento.
Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco
en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin; y en cogiendo
algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el
otro le alzaba con la mano, y como, mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte
que, soplándole, le ponía redondo como una pelota, y en teniéndolo desta suerte, le
daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba diciendo a los circunstantes, (que
siempre eran muchos): pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar
un perro. Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro. Y si este
cuento no le cuadrare, dirasle, lector amigo, éste, que, también es de loco y de perro.
Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza
un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano: y en topando algún perro
descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el
perro, y dando ladridos y aullidos no paraba en tres calles. Sucedió pues, que entre los
perros que descargó la carga fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho
su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, viólo y
sintiólo su amo: asió de una vara de medir, y salió al loco, y no le dejó hueso sano, y
a cada palo que le daba, decía: perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era
podenco mi perro? Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco
hecho una alheña. Escarmentó el loco, y retiróse, y en más de un mes no salió a la
plaza; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase
donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse
a descargar la piedra, decía éste es podenco ¡guarda! En efecto, todos cuantos perros
topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía que eran podencos; y así, no soltó más
el canto. Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador, que no se atreverá
a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que
las peñas. Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la
ganancia con su libro, no se me da un ardite, que acomodándome al entremés famoso
de la Perendenga, le respondo que me viva el Veinticuatro mi señor, y Cristo con
todos: viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad bien conocida
contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame la suma caridad
del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya
imprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra mí más libros que tienen letras
las coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin que los solicite adulación mía
ni otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el hacerme
merced y favorecerme; en lo que me tengo por más dichoso y más rico que si la fortuna
por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra puédela tener el
pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla
del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y
resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y por
el consiguiente, favorecida. Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino
advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es
cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te doy a
Don Quijote dilatado, y finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a
levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados, y basta también que un
hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de nuevo
entrarse en ellas; que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se
estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo. Olvidábaseme de decirte
que esperes el «Persiles», que ya estoy acabando, y la segunda parte de «Galatea».

Capítulo I
De lo que el cura y el barbero pasaron con Don Quijote cerca de su enfermedad

Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera salida
de Don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle, por no
renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero no por esto dejaron de visitar
a su sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer
cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el cerebro, de donde procedía,
según buen discurso, toda su mala ventura: las cuales dijeron que así lo hacían, y lo
harían, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su señor por
momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo cual recibieron los
dos gran contento, por parecerles que habían acertado en haberle traído encantado en
el carro de los bueyes, como se contó en la primera parte desta tan grande como
puntual historia, en su último capítulo; y así determinaron de visitarle y hacer
experiencia de su mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y
acordaron de no tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a
peligro de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban. Visitáronle, en fin, y
halláronle sentado en la cama, vestida una almilla de bayeta verde, con un bonete
colorado toledano, y estaba tan seco y amojamado, que no parecía sino hecho de carne
momia.

Fueron dél muy bien recebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí
y de ella con mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática
vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno, enmendando
este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y desterrando otra,
haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón
flamante; y de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían
puesto en una fragua, y sacado otra de la que pusieron; y habló Don Quijote con tanta
discreción en todas las materias que se tocaron, que los dos examinadores creyeron
indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio. Halláronse presentes
a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios de ver a su señor
con tan buen entendimiento; pero el cura, mudando el propósito primero, que era de
no tocarle en cosa de caballerías, quiso hacer de todo en todo experiencia si la sanidad
de Don Quijote era falsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas
nuevas que habían venido de la Corte; y entre otras, dijo que se tenía por cierto que el
Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio, ni adónde había
de descargar tan gran nublado; y con este temor, con que casi cada año nos toca arma,
estaba puesta en ella toda la cristiandad, y su Majestad había hecho proveer las costas
de Nápoles y Sicilia y la isla de Malta. Á esto respondió Don Quijote: Su Majestad ha
hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con tiempo, porque no le
halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi consejo, aconsejárale yo que
usara de una prevención, de la cual su Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno
de pensar en ella. Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí: Dios te tenga de su
mano, pobre Don Quijote, que me parece que te despeñas de la alta cumbre de tu
locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad. Mas el barbero que ya había dado
en el mesmo pensamiento que el cura, preguntó a Don Quijote cuál era la advertencia
de la prevención que decía era bien se hiciese: quizá podría ser tal que se pusiese en
la lista de los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.
El mío, señor rapador, dijo Don Quijote, no será impertinente, sino perteneciente. No
lo digo por tanto, replicó el barbero, sino porque tiene mostrado la experiencia que
todos o los más arbitrios que se dan a su Majestad, o son imposibles, o disparatados,
o en daño del rey o del reino. Pues el mío, respondió Don Quijote ni es imposible ni
disparatado, sino el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber
en pensamiento de arbitrante alguno. Ya tarda en decirle vuestra merced, señor Don
Quijote, dijo el cura. No querría, dijo Don Quijote que le dijese yo aquí agora, y
amaneciese mañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las gracias
y el premio de mi trabajo. Por mí, dijo el barbero, doy la palabra, para aquí y para
delante de Dios de no decir lo que vuesa merced dijere a rey ni a roque, ni a hombre
terrenal: juramento que aprendí del romance del cura que en el prefacio avisó al rey
del ladrón que le había robado las cien doblas y la su mula la andariega. No sé
historias, dijo Don Quijote; pero sé que es bueno ese juramento en fe de que sé que es
hombre de bien el señor barbero. Cuando no lo fuera, dijo el cura, yo le abono y salgo
por él, que en este caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y
sentenciado. ¿Y a vuesa merced quién le fía, señor cura? dijo Don Quijote. Mi
profesión, respondió el cura, que es de guardar secreto. Cuerpo de tal, dijo a esta sazón
Don Quijote, ¿hay más sino mandar su Majestad por público pregón que se junten en
la corte para un día señalado todos los caballeros andantes que vagan por España, que
aunque no viniesen sino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a
destruir toda la potestad del Turco? Estenme vuesas mercedes atentos, y vayan
conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército
de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran
hechos de alfeñique? Si no díganme, ¿cuántas historias están llenas destas maravillas?
Había, enhoramala para mí, que no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don
Belianís, o alguno de los del innumerable linaje de Amadís de Gaula, que si alguno
destos hoy viviera, y con el Turco se afrontara, a fe que no le arrendara la ganancia;
pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo como los
pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en el ánimo; y Dios me
entiende y no digo más. ¡Ay! dijo a este punto la sobrina; que me maten si no quiere
mi señor volver a ser caballero andante. A lo que dijo Don Quijote: Caballero andante
he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y cuan poderosamente pudiere;
que otra vez digo que Dios me entiende. A esta sazón dijo el barbero: Suplico a vuesas
mercedes que se me dé licencia para contar un cuento breve que sucedió en Sevilla,
que, por venir aquí como de molde, me da gana de contarle. Dio la licencia Don
Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y él comenzó desta manera:
En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes habían
puesto allí por falto de juicio: era graduado en cánones por Osuna; pero aunque lo
fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco. Este tal
graduado, al cabo de algunos años de recogimiento se dio a entender que estaba cuerdo
y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al arzobispo suplicándole
encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria
en que vivía, pues por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero
que sus parientes por gozar de la parte de su hacienda le tenían allí, y a pesar de la
verdad querían que fuese loco hasta la muerte. El arzobispo, persuadido de muchos
billetes concertados y discretos, mandó a un capellán suyo se informase del retor de
la casa si era verdad lo que aquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con
el loco, y que si le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo
así el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco, que puesto que
hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba con
tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras discreciones,
como se podía hacer la experiencia hablándole. Quiso hacerla el capellán, y
poniéndole con el loco, habló con él una hora, y más, y en todo aquel tiempo jamás el
loco dijo razón torcida ni disparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán
fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo
fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus parientes le hacían
porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario
que en su desgracia tenía era su mucha hacienda, pues por gozar della sus enemigos,
ponían dolo y dudaban de la merced que nuestro Señor le había hecho en volverle de
bestia en hombre. Finalmente, él habló de manera, que hizo sospechoso al retor,
codiciosos y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto, que el capellán se
determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la
verdad de aquel negocio. Con esta buena fe el buen capellán pidió al retor mandase
dar los vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor que
mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se estaba loco. No
sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y advertimientos del retor para
que dejase de llevarle; obedeció el retor, viendo ser orden del arzobispo; pusieron al
licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y como él se vio vestido de
cuerdo y desnudo de loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir
a despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería acompañar
y ver los locos que en la casa había. Subieron en efecto, y con ellos algunos que se
hallaron presentes; y llegado el licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso,
aunque entonces sosegado y quieto, le dijo: Hermano mío, mire si me manda algo,
que me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido, por su infinita bondad y
misericordia, sin yo merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo, que
acerca del poder de Dios ninguna cosa es imposible: tenga grande esperanza y
confianza en él, que pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá
a él si en él confía: yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que coma, y cómalos
en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha pasado por ello, que todas
nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire.
Esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y
acarrea la muerte. Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en
otra jaula frontero de la del furioso, y levantándose de una estera vieja donde estaba
echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era el que se iba sano y
cuerdo. El licenciado respondió: Yo soy, hermano, el que me voy, que ya no tengo
necesidad de estar más aquí, por lo que doy infinitas gracias a los cielos, que tan
grande merced me han hecho. Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo,
replicó el loco, sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta.
Yo sé que estoy bueno, replicó el licenciado, y no habrá para qué tornar a andar
estaciones. ¿Vos bueno? dijo el loco: agora bien, ello dirá, andad con Dios; pero yo
os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado
que hoy comete Sevilla en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer
un tal castigo en ella, que quede memoria dél por todos los siglos de los siglos, amén.
¿No sabes tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy
Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo y suelo
amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a este ignorante
pueblo; y es con no llover en él ni en todo su distrito y contorno por tres enteros años,
que se han de contar desde el día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en
adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado? Así pienso
llover como pensar ahorcarme. A las voces y a las razones del loco estuvieron los
circunstantes atentos; pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y
asiéndole de las manos, le dijo: No tenga vuesa merced pena, señor mío, ni haga caso
de lo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo, que soy
Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que se me antojare y
fuere menester. A lo que respondió el capellán: Con todo eso, señor Neptuno, no será
bien enojar al señor Júpiter: vuesa merced se quede en su casa, que otro día, cuando
haya más comodidad y más espacio, volveremos por vuesa merced. Riose el retor y
los presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al licenciado,
quedose en casa, y acabose el cuento. Pues ¿éste es el cuento, señor barbero, dijo Don
Quijote, que por venir aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor
rapista, señor rapista, y cuán ciego es aquel que no ve por tela de cedazo! Y ¿es posible
que vuesa merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio,
de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y
mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro
que nadie me tenga por discreto no lo siendo; sólo me fatigo por dar a entender al
mundo en el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba
la orden de la andante caballería; pero no es merecedora la depravada edad nuestra de
gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros
tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo
de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el
premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora se usan, antes les crujen
los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que
se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo,
armado de todas armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies
de los estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño,
como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que saliendo deste bosque
entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa del mar, las más
veces proceloso y alterado, y hallando en ella y en su orilla un pequeño batel sin
remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose
a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo, y ya le bajan al
abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se
halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se embarcó, y saltando en tierra
remota y no conocida, le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos,
sino en bronces, mas agora, ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del
trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía, y la teórica de la práctica de
las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes
caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que el famoso Amadís
de Gaula? ¿Quién más discreto que Palmerín de Inglaterra? ¿Quién más acomodado
y manual que Tirante el Blanco? ¿Quién más galán que Lisuarte de Grecia? ¿Quién
más acuchillado ni acuchillador que don Belianís? ¿Quién más intrépido que Perión
de Gaula, o quién más acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién
más sincero que Esplandián? ¿Quién más arrojado que don Cirongilio de Tracia?
¿Quién más bravo que Rodamonte? ¿Quién más prudente que el rey Sobrino? ¿Quién
más atrevido que Reinaldos? ¿Quién más invencible que Roldán? Y ¿quién más
gallardo y más cortés que Rugero, de quien descienden hoy los duques de Ferrara,
según Turpín en su cosmografía? Todos estos caballeros, y otros muchos que pudiera
decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y gloria de la caballería. Déstos, o
tales como éstos, quisiera yo que fueran los de mi arbitrio; que a serlo, su Majestad se
hallara bien servido y ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las
barbas; y con esto, me quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y
si Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que lloveré cuando se
me antojare; digo esto porque sepa el señor Bacía que le entiendo. En verdad, señor
Don Quijote, dijo el barbero, que no lo dije por tanto, y así me ayude Dios como fue
buena mi intención, y que no debe vuesa merced sentirse. Si puedo sentirme o no,
respondió Don Quijote, yo me lo sé. A esto dijo el cura: Aun bien que yo casi no he
hablado palabra hasta ahora, y no quisiera quedar con un escrúpulo que me roe y
escarba la conciencia, nacido de lo que aquí el señor Don Quijote ha dicho. Para otras
cosas más, respondió Don Quijote tiene licencia el señor cura, y así, puede decir su
escrúpulo, porque no es de gusto andar con la conciencia escrupulosa. Pues con ese
beneplácito, respondió el cura, digo que mi escrúpulo es que no me puedo persuadir
en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros andantes que vuesa merced,
señor Don Quijote, ha referido, hayan sido real y verdaderamente personas de carne
y hueso en el mundo; antes imagino que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños
contados por hombres despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos. Ése es otro
error, respondió Don Quijote en que han caído muchos que no creen que haya habido
tales caballeros en el mundo, y yo muchas veces, con diversas gentes y ocasiones he
procurado sacar a la luz de la verdad este casi común engaño; pero algunas veces no
he salido con mi intención, y otras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad;
la cual verdad es tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís
de Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de barba,
aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo en airarse y
presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a Amadís pudiera, a mi parecer,
pintar y describir todos cuantos caballeros andantes andan en las historias en el orbe,
que por la aprehensión que tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las
hazañas que hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía
sus facciones, sus colores y estaturas. ¿Que tan grande le parece a vuesa merced, mi
señor Don Quijote, preguntó el barbero, debía de ser el gigante Morgante? En esto de
gigantes, respondió Don Quijote, hay diferentes opiniones si los ha habido o no en el
mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo en la verdad, nos
muestra que los hubo, contándonos la historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía
siete codos y medio de altura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla
de Sicilia se han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta
que fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que la geometría
saca esta verdad de duda. Pero con todo esto no sabré decir con certidumbre qué
tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser muy alto; y muéveme
a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace mención particular de sus
hazañas que muchas veces dormía debajo de techado; y pues hallaba casa donde
cupiese, claro está que no era desmesurada su grandeza. Así es, dijo el cura; el cual,
gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que qué sentía acerca de
los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán, y de los demás doce pares de
Francia, pues todos habían sido caballeros andantes. De Reinaldos, respondió Don
Quijote, me atrevo a decir que era ancho de rostro de color bermejo, los ojos
bailadores y algo saltados, puntoso y colérico en demasía, amigo de ladrones y de
gente perdida. De Roldán, o Rotolando, o Orlando (que con todos estos nombres le
nombran las historias) soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho
de espaldas, algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de
vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado. Si no fue
Roldán más gentil hombre que vuesa merced ha dicho, replicó el cura, no fue
maravilla que la señora Angélica la bella le desdeñase y dejase por la gala, brío y
donaire que debía de tener el morillo barbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo
discreta de adamar antes la blandura de Medoro que la aspereza de Roldán. Esa
Angélica, respondió Don Quijote, señor cura, fue una doncella distraída, andariega y
algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias como de la fama de
su hermosura: despreció mil señores, mil valientes y mil discretos, y contentose con
un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de
agradecido la amistad que guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso
Ariosto, por no atreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió
después de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la
dejó donde dijo:

Y cómo del Catay recibió el cetro,


Quizá otro cantará con mejor plectro.

Y sin duda que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman vates,
que quiere decir adivinos. Vese esta verdad clara, porque después acá un famoso poeta
andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta castellano cantó su
hermosura.
Dígame, señor Don Quijote, dijo a esta sazón el barbero, ¿no ha habido algún
poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre tantos como la han
alabado? Bien creo yo, respondió Don Quijote que si Sacripante o Roldán fueran
poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y natural de los
poetas desdeñados y no admitidos de sus damas, fingidas o no fingidas, en efecto, de
aquellas a quien ellos escogieron por señoras de sus pensamientos, vengarse con
sátiras y libelos: venganza por cierto indigna de pechos generosos; pero hasta ahora
no ha llegado a mi noticia ningún verso infamatorio contra la señora Angélica, que
trujo revuelto el mundo. Milagro, dijo el cura; y en esto, oyeron que la ama y la
sobrina, que ya habían dejado la conversación, daban grandes voces en el patio, y
acudieron todos al ruido.

Capítulo II
Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de
Don Quijote, con otros sujetos graciosos
Cuenta la historia que las voces que oyeron Don Quijote, el cura y el barbero eran
de la sobrina y ama que las daban diciendo a Sancho Panza, que pugnaba por entrar a
ver a Don Quijote, y ellas le defendían la puerta: ¿Qué quiere este mostrenco en esta
casa? Idos a la vuestra, hermano, que vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a
mi señor, y le lleva por esos andurriales. A lo que Sancho respondió: Ama de Satanás,
el sonsacado, y el destraído y el llevado por esos andurriales soy yo, que no tu amo:
él me llevó por esos mundos, y vosotras os engañáis en la mitad del justo precio; él
me sacó de mi casa con engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora la
espero.

Malas ínsulas te ahoguen, respondió la sobrina, Sancho maldito; ¿y qué son


ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres? No es de comer,
replicó Sancho, sino de gobernar y regir mejor que cuatro ciudades y que cuatro
alcaldes de corte. Con todo eso, dijo el ama, no entraréis acá, saco de maldades y
costal de malicias: id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y dejaos
de pretender ínsulas ni ínsulos. Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el
coloquio de los tres; pero Don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y
desbuchase algún montón de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le
estarían bien a su crédito, le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.
Entró Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de Don Quijote, de cuya salud
desesperaron, viendo cuán puesto estaba en sus desvariados pensamientos, y cuán
embebido en la simplicidad de sus malandantes caballerías; y así, dijo el cura al
barbero: Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo
sale otra vez a volar la ribera. No pongo yo duda en eso, respondió el barbero, pero
no me maravillo tanto de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero,
que tan creído tiene aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco
cuantos desengaños pueden imaginarse. Dios los remedie, dijo el cura, y estemos a la
mira: veremos en lo que para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal
escudero, que parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las
locuras del señor sin las necedades del criado no valían un ardite. Así es, dijo el
barbero, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los dos. Yo seguro, respondió el
cura que la sobrina o el ama nos lo cuenta después; que no son de condición que
dejarán de escucharlo. En tanto, Don Quijote se encerró con Sancho en su aposento,
y estando solos, le dijo: Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui
el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos
salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte
ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto
es lo que te llevo de ventaja. Eso estaba puesto en razón, respondió Sancho, porque,
según vuesa merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que
a sus escuderos. Engáñaste, Sancho, dijo Don Quijote, según aquello, quando caput
dolet..., etcétera. No entiendo otra lengua que la mía, respondió Sancho. Quiero decir,
dijo Don Quijote que cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen; y así, siendo
yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y por esta razón
el mal que a mí me toca, o tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo. Así había de ser,
dijo Sancho, pero cuando a mí me manteaban como a miembro, se estaba mi cabeza
detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno; y pues los
miembros están obligados a dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella
a dolerse dellos. ¿Querrás tú decir agora, Sancho, respondió Don Quijote, que no me
dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses; pues más
dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto aparte
por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto, y dime,
Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el
vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía? ¿Qué
de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asunto que he tomado de
resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero,
Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos: y esto me has de decir
sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna; que de los vasallos leales es decir la
verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la adulación la acreciente o otro
vano respeto la disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si a los oídos de los
príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos
correrían, otras edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo
que de las que ahora se usan es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho, para
que discreta y bien intencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que
supieres de lo que te he preguntado. Eso haré yo de muy buena gana, señor mío,
respondió Sancho, con condición que vuesa merced no se ha de enojar de lo que dijere,
pues quiere que lo diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que
llegaron a mi noticia. En ninguna manera me enojaré, respondió Don Quijote: bien
puedes, Sancho, hablar libremente y sin rodeo alguno. Pues lo primero que digo, dijo,
es que el vulgo tiene a vuesa merced por grandísimo loco, y a mí por no menos
mentecato. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuesa merced en los límites de
la hidalguía, se ha puesto Don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos
yugadas de tierra, y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no
querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos
escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con
seda verde. Eso, dijo Don Quijote no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las armas que del
tiempo. En lo que toca, prosiguió Sancho a la valentía, cortesía, hazañas y asunto de
vuesa merced, hay diferentes opiniones: unos dicen, loco, pero gracioso, otros,
valiente, pero desgraciado; otros, cortés, pero impertinente; y por aquí van
discurriendo en tantas cosas, que ni a vuesa merced ni a mí nos dejan hueso sano.
Mira, Sancho, dijo Don Quijote, dondequiera que está la virtud en eminente grado, es
perseguida; pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de ser
calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, prudentísimo y valentísimo
capitán fue notado de ambicioso y algún tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus
costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno,
dicen dél que tuvo sus ciertos puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos
trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de
Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue
llorón. Así que, oh Sancho, entre las tantas calumnias de buenos bien pueden pasar
las mías, como no sean más de las que has dicho. Ahí está el toque, cuerpo de mi
padre, replicó Sancho. ¿Pues hay más? preguntó Don Quijote. Aún la cola falta por
desollar, dijo Sancho. Lo de hasta aquí son tortas y pan pintado; mas si vuesa merced
quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego
al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el
hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y
yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la «historia» de vuesa
merced, con nombre «Del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha»; y dice que
me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora
Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice
cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió. Yo te aseguro,
Sancho, dijo Don Quijote, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra
historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir. Y cómo, dijo
Sancho si era sabio y encantador, pues según dice el bachiller Sansón Carrasco, (que
así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete
Berenjena. Ese nombre es de moro, respondió Don Quijote. Así será, respondió
Sancho, porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de
berenjenas. Tú debes, Sancho, dijo Don Quijote, errarte en el sobrenombre de ese
Cide, que en arábigo quiere decir señor. Bien podría ser, replicó Sancho, mas si vuesa
merced gusta que yo le haga venir aquí, iré por él en volandas. Harásme mucho placer,
amigo, dijo Don Quijote, que me tiene suspenso lo que me has dicho, y no comeré
bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo. Pues yo voy por él, respondió
Sancho. Y dejando a su señor, se fue a buscar al Bachiller, con el cual volvió de allí a
poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.

Capítulo III
Del ridículo razonamiento que pasó entre Don Quijote, Sancho Panza y el bachiller
Sansón Carrasco

Pensativo además quedó Don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de quien


esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como había dicho Sancho, y no
se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún no estaba enjuta en la cuchilla
de su espada la sangre de los enemigos que había muerto, y ya querían que anduviesen
en estampa sus altas caballerías. Con todo eso imaginó que algún sabio, o ya amigo o
enemigo, por arte de encantamento las habría dado a la estampa, si amigo, para
engrandecerlas y levantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo,
para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero se
hubiesen escrito, puesto (decía entre sí) que nunca hazañas de escuderos se
escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo de caballero
andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera. Con
esto se consoló algún tanto; pero desconsolole pensar que su autor era moro, según
aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos
son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no hubiese tratado sus amores
con alguna indecencia, que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de
su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro
que siempre la había guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de
todas calidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos; y así,
envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho y
Carrasco, a quien Don Quijote recibió con mucha cortesía. Era el bachiller, aunque se
llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque muy gran socarrón; de color
macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendría hasta veinte y cuatro años,
carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser de condición
maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como lo mostró en viendo a Don Quijote,
poniéndose delante dél de rodillas, diciéndole: Déme vuestra grandeza las manos,
señor Don Quijote de la Mancha; que por el hábito de San Pedro que visto, aunque no
tengo otras órdenes que las cuatro primeras, que es vuesa merced uno de los más
famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la
tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó
escrita, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en
nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes. Hízole
levantar Don Quijote, y dijo: Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue
moro y sabio el que la compuso? Es tan verdad, señor, dijo Sansón, que tengo para mí
que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo
Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está
imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua
donde no se traduzca. Una de las cosas, dijo a esta sazón Don Quijote que más debe
de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen
nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa: dije con buen nombre,
porque siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará. Si por buena fama y si por
buen nombre va, dijo el Bachiller, sólo vuesa merced lleva la palma a todos los
caballeros andantes; porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron
cuidado de pintarnos muy al vivo la gallardía de vuesa merced, el ánimo grande en
acometer los peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento así en las
desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan
platónicos de vuesa merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso. Nunca, dijo a
este punto Sancho Panza he oído llamar con Don a mi señora Dulcinea, sino solamente
la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada la historia. No es objeción de
importancia ésa, respondió Carrasco. No, por cierto, respondió Don Quijote, pero
dígame vuesa merced, señor Bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se
ponderan en esa historia? En eso, respondió el bachiller, hay diferentes opiniones,
como hay diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,
que a vuesa merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; éste,
a la descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de
carneros; aquél encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que
a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de
los dos gigantes benitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno. Dígame, señor
Bachiller, dijo a esta sazón Sancho: ¿entra ahí la aventura de los yangüeses, cuando a
nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el golfo? No se le quedó nada,
respondió Sansón al sabio en el tintero: todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las
cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta. En la manta no hice yo cabriolas,
respondió Sancho, en el aire sí, y aun más de las que yo quisiera. A lo que yo imagino,
dijo Don Quijote, no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos,
especialmente las que tratan de caballerías; las cuales nunca pueden estar llenas de
prósperos sucesos. Con todo eso, respondió el Bachiller, dicen algunos que han leído
la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los
infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor Don Quijote. Ahí entra la
verdad de la historia, dijo Sancho. También pudieran callarlos por equidad, dijo Don
Quijote, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para
qué escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fe que
no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le
describe Homero. Así es, replicó Sansón; pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como
debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron,
sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna. Pues si es que se anda a decir verdades
ese señor moro, dijo Sancho, a buen seguro que entre los palos de mi señor se hallen
los míos; porque nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me
la tomasen a mí de todo el cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues como dice
el mismo señor mío, del dolor de la cabeza han de participar los miembros. Socarrón
sois, Sancho, respondió Don Quijote, a fe que no os falta memoria cuando vos queréis
tenerla. Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado, dijo
Sancho, no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las costillas.
Callad, Sancho, dijo Don Quijote, y no interrumpáis al señor Bachiller, a quien suplico
pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida historia. Y de mí, dijo
Sancho, que también dicen que soy yo uno de los principales presonajes della.
Personajes, que no presonajes, Sancho amigo, dijo Sansón. ¿Otro reprochador de
voquibles tenemos? dijo Sancho; pues ándense a eso, y no acabaremos en toda la vida.
Mala me la dé Dios, Sancho, respondió el Bachiller, si no sois vos la segunda persona
de la historia; y que hay tal que precia más oíros hablar a vos que al más pintado de
toda ella, puesto que también hay quien diga que anduviste demasiadamente de
crédulo en creer que podía ser verdad el gobierno de aquella ínsula ofrecida por el
señor Don Quijote, que está presente.

Aún hay sol en las bardas, dijo Don Quijote, y mientras más fuere entrando en
edad Sancho, con la experiencia que dan los años, estará más idóneo y más hábil para
ser gobernador que no está agora. Por Dios, señor, dijo Sancho, la isla que yo no
gobernase con los años que tengo no la gobernaré con los años de Matusalén: el daño
está en que la dicha ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el caletre
para gobernarla. Encomendadlo a Dios, Sancho, dijo Don Quijote, que todo se hará
bien, y quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin la
voluntad de Dios. Así es verdad, dijo Sansón, que si Dios quiere no le faltarán a
Sancho mil islas que gobernar, cuanto más una. Gobernadores he visto por ahí, dijo
Sancho que, a mi parecer, no llegan a la suela de mi zapato, y con todo eso, los llaman
señoría, y se sirven con plata. Ésos no son gobernadores de ínsula, replicó Sansón,
sino de otros gobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos,
han de saber gramática. Con la grama bien me avendría yo, dijo Sancho, pero con la
tica, ni me tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero dejando esto del gobierno en
las manos de Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo, señor
bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el autor de la
historia haya hablado de mí de manera, que no enfadan las cosas que de mí se cuentan;
que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí cosas que no fueran muy de
cristiano viejo como soy, que nos habían de oír los sordos. Eso fuera hacer milagros,
respondió Sansón. Milagros o no milagros, dijo Sancho, cada uno mire cómo habla o
cómo escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene al
magín. Una de las tachas que ponen a la tal historia, dijo el Bachiller es que su autor
puso en ella una novela intitulada «El Curioso impertinente», no por mala ni por mal
razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced
del señor Don Quijote. Yo apostaré, replicó Sancho que ha mezclado el hideperro
berzas con capachos. Ahora digo, dijo Don Quijote que no ha sido sabio el autor de
mi historia, sino algún ignorante hablador, que a tiento y sin algún discurso se puso a
escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al cual
preguntándole qué pintaba, respondió: lo que saliere; tal vez pintaba un gallo, de tal
suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras góticas escribiese junto a
él: «éste es gallo»; y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento
para entenderla. Eso no, respondió Sansón, porque es tan clara, que no hay cosa que
dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden
y los viejos la celebran; y finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo
género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí va
Rocinante». Y los que más se han dado a su lectura son los pajes: no hay antecámara
de señor donde no se halle un Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le
embisten y aquéllos le piden. Finalmente la tal historia es del más gustoso y menos
perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda ella no se
descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que
católico. A escribir de otra suerte, dijo Don Quijote, no fuera escribir verdades, sino
mentiras y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados como
los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autor a valerse de novelas y
cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los míos: sin duda se debió de atener al
refrán: de paja y de heno etcétera. Pues en verdad que en sólo manifestar mis
pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos
pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las obras
del Tostado. En efecto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que para componer
historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro
entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios: la más
discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar
a entender que es simple. La historia es como cosa sagrada, porque ha de ser
verdadera, y donde está la verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero no obstante esto
hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos. No hay
libro tan malo, dijo el bachiller, que no tenga algo bueno. No hay duda en eso, replicó
Don Quijote; pero muchas veces acontece que los que tenían méritamente granjeada
y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos a la estampa la perdieron del todo,
o la menoscabaron en algo. La causa deso es, dijo Sansón que como las obras impresas
se miran despacio, fácilmente se ven sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es
mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los
grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de
aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos
ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo. Eso no es de maravillar,
dijo Don Quijote, porque muchos teólogos hay que no son buenos para el púlpito, y
son bonísimos para conocer las faltas o sobras de los que predican. Todo esto es así,
señor Don Quijote, dijo Carrasco; pero quisiera yo que los tales censuradores fueran
más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los átomos del sol clarísimo
de la obra de que murmuran; que si aliquando bonus dormitat Homerus, consideren
lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz de su obra con la menos sombra que
pudiese; y quizá podría ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las
veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo
el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad
imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren. El que
de mí trata, dijo Don Quijote a pocos habrá contentado. Antes es al revés; que como
de stultorum infinitus est numerus, infinitos son los que han gustado de la tal historia;
y algunos han puesto falta y dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar
quién fue el ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se infiere
de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mesmo
jumento, sin haber parecido. También dicen que se le olvidó poner lo que Sancho hizo
de aquellos cien escudos que halló en la maleta en Sierra Morena, que nunca más los
nombra, y hay muchos que desean saber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que es
uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra. Sancho respondió: Yo, señor
Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha tomado un
desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de lo añejo, me pondrá en la
espina de Santa Lucía: en casa lo tengo; mi oíslo me aguarda; en acabando de comer
daré la vuelta, y satisfaré a vuesa merced y a todo el mundo de lo que preguntar
quisieren, así de la pérdida del jumento como del gasto de los cien escudos; y sin
esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa. Don Quijote pidió y rogó al
bachiller se quedase a hacer penitencia con él. Tuvo el Bachiller el envite: quedose,
añadiose al ordinario un par de pichones, tratose en la mesa de caballerías, siguiole el
humor Carrasco, acabose el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho, y renovose
la plática pasada.

Capítulo IV
Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y
preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Volvió Sancho a casa de Don Quijote, y volviendo al pasado razonamiento, dijo:


A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo se me
hurtó el jumento, respondiendo digo: que la noche misma que huyendo de la Santa
Hermandad nos entramos en Sierra Morena, después de la aventura sin ventura de los
galeotes y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi señor y yo nos metimos entre
una espesura, adonde mi señor arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y
cansados de las pasadas refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro
colchones de pluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que quienquiera
que fue tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los cuatro
lados de la albarda, de manera, que me dejó a caballo sobre ella, y me sacó de debajo
de mí al rucio, sin que yo lo sintiese. Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo;
que lo mesmo le sucedió a Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa
misma invención le sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado
Brunelo. Amaneció, prosiguió Sancho, y apenas me hube estremecido, cuando
faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el jumento, y no
le vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una lamentación, que si no la puso el
autor de nuestra historia, puede hacer cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no
sé cuántos días, viniendo con la señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que
venía sobre él en hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y
grandísimo maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena. No está en eso el yerro,
replicó Sansón, sino en que antes de haber parecido el jumento, dice el autor que iba
a caballo Sancho en el mesmo rucio. A eso, dijo Sancho no sé qué responder, sino que
el historiador se engañó, o ya sería descuido del impresor. Así es, sin duda, dijo
Sansón, pero ¿qué se hicieron los cien escudos? ¿Deshiciéronse? Respondió Sancho:
Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y ellos han sido
causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y carreras que he andado
sirviendo a mi señor Don Quijote; que si al cabo de tanto tiempo volviera sin blanca
y sin el jumento a mi casa, negra ventura me esperaba; y si hay más que saber de mí,
aquí estoy, que responderé al mismo rey en presona, y nadie tiene para qué meterse
en si truje o no truje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajes
se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedís cada uno,
en otros cien escudos no había para pagarme la mitad; y cada uno meta la mano en su
pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco; que cada uno
es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces. Yo tendré cuidado, dijo Carrasco de
acusar al autor de la historia que si otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el
buen Sancho ha dicho; que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está. ¿Hay
otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor Bachiller? preguntó Don Quijote. Sí
debe de haber, respondió él, pero ninguna debe de ser de la importancia de las ya
referidas. Y por ventura, dijo Don Quijote, ¿promete el autor segunda parte? Sí
promete, respondió Sansón, pero dice que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y así,
estamos en duda si saldrá o no: y así por esto como porque algunos dicen: «Nunca
segundas partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de Don Quijote bastan las
escritas», se duda que no ha de haber segunda parte; aunque algunos que son más
joviales que saturninos dicen: «Vengan más quijotadas: embista Don Quijote y hable
Sancho Panza, y sea lo que fuere; que con eso nos contentamos». ¿Y a qué se atiene
el autor? A que, respondió Sansón en hallando que halle la historia, que él va buscando
con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa, llevado más del interés que
de darla se le sigue que de otra alabanza alguna. A lo que dijo Sancho: ¿Al dinero y
al interés mira el autor? Maravilla será que acierte; porque no hará sino harbar, harbar,
como sastre en vísperas de pascuas, y las obras que se hacen apriesa nunca se acaban
con la perfeción que requieren. Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que
hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de
sucesos diferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de
pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues ténganos
el pie al herrar, y verá del que coxqueamos. Lo que yo sé decir es que si mi señor
tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas deshaciendo agravios y
enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros. No
había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos
relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó Don Quijote por felicísimo agüero,
y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida; y declarando su intento al
Bachiller, le pidió consejo por qué parte comenzaría su jornada; el cual le respondió
que era su parecer que fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde de
allí a pocos días se habían de hacer unas solemnísimas justas por la fiesta de San Jorge,
en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, que sería
ganarla sobre todos los del mundo. Alabole ser honradísima y valentísima su
determinación, y advirtiole que anduviese más atentado en acometer los peligros, a
causa que su vida no era suya, sino de todos aquellos que le habían de menester para
que los amparase y socorriese en sus desventuras. Deso es lo que yo reniego, señor
Sansón, dijo a este punto Sancho, que así acomete mi señor a cien hombres armados
como un muchacho goloso a media docena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor
Bachiller! Sí, que tiempos hay de acometer, y tiempos de retirar, y no ha de ser todo
«¡Santiago, y cierra, España!» Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor
mismo, si mal no me acuerdo, que en los extremos de cobarde y de temerario está el
medio de la valentía: y si esto es así, no quiero que huya sin tener para qué, ni que
acometa cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre todo, aviso a mi señor que si
me ha de llevar consigo, ha de ser con condición que él se lo ha de batallar todo, y que
yo no he de estar obligado a otra cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su
limpieza y a su regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero pensar que tengo
de poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y
capellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no pienso granjear fama de
valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante; y si
mi señor Don Quijote, obligado de mis muchos y buenos servicios, quisiere darme
alguna ínsula de las muchas que su merced dice que se ha de topar por ahí, recibiré
mucha merced en ello; y cuando no me la diere, nacido soy y no ha de vivir el hombre
en hoto de otro sino de Dios; y más que tan bien y aun quizá mejor me sabrá el pan
desgobernado que siendo gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me
tiene aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las
muelas? Sancho nací, y Sancho pienso morir; pero si, con todo esto, de buenas a
buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el cielo alguna ínsula, o
otra cosa semejante, no soy tan necio, que la desechase; que también se dice: cuando
te dieren la vaquilla, corre con la soguilla; y cuando viene el bien, mételo en tu casa.
Vos, hermano Sancho, dijo Carrasco, habéis hablado como un catedrático; pero con
todo eso confiad en Dios y en el señor Don Quijote, que os ha de dar un reino; no que
una ínsula. Tanto es lo de más como lo de menos, respondió Sancho; aunque sé decir
al señor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto, que yo
he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir reinos y gobernar
ínsulas; y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor. Mirad, Sancho, dijo Sansón, que
los oficios mudan las costumbres, y podría ser que viéndoos gobernador no
conociésedes a la madre que os parió. Eso allá se ha de entender, respondió Sancho
con los que nacieron en las malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos
de enjundia de cristianos viejos, como yo los tengo: no, sino llegaos a mi condición,
que sabrá usar de desagradecimiento con alguno. Dios lo haga, dijo Don Quijote, y
ello dirá cuando el gobierno venga; que ya me parece que le trayo entre los ojos. Dicho
esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de componerle unos versos
que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea del Toboso, y
que advirtiese que en el principio de cada verso había de poner una letra de su nombre,
de manera que al fin de los versos, juntando las primeras letras, se leyese «Dulcinea
del Toboso». El Bachiller respondió que puesto que él no era de los famosos poetas
que había en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría de
componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su composición,
a causa que las letras que contenían el nombre eran diecisiete; y que si hacía cuatro
castellanas de a cuatro versos, sobraba una letra; y si de a cinco, a quien llaman
décimas o redondillas, faltaban tres letras; pero, con todo eso, procuraría embeber una
letra lo mejor que pudiese, de manera, que en las cuatro castellanas se incluyese el
nombre de Dulcinea del Toboso. Ha de ser así en todo caso, dijo Don Quijote, que si
allí no va el nombre patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se
hicieron los metros. Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días.
Encargó Don Quijote al Bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese
Nicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y valerosa
determinación. Todo lo prometió Carrasco: con esto se despidió, encargando a Don
Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le avisase, habiendo comodidad; y
así se despidieron, y Sancho fue a poner en orden lo necesario para su jornada.
Capítulo V
De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa
Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación

Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice que le
tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía
prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él
las supiese, pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio
debía, y así, prosiguió diciendo:
Llegó Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoció su alegría
a tiro de ballesta; tanto, que la obligó a preguntarle: ¿Qué traéis, Sancho amigo, que
tan alegre venís? A lo que él respondió: Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara
yo de no estar tan contento como muestro. No os entiendo, marido, replicó ella, y no
sé qué queréis decir en eso de que os holgáredes, si Dios quisiera, de no estar contento;
que, maguer tonta, no sé yo quién recibe gusto de no tenerle. Mirad, Teresa, respondió
Sancho: yo estoy alegre porque tengo determinado de volver a servir a mi amo Don
Quijote, el cual quiere la vez tercera salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir
con él, porque lo quiere así mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de
pensar si podré hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me
entristece el haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer
a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo podía
hacer a poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría fuera más firme y
valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte: así, que dije
bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento. Mirad, Sancho, replicó Teresa,
después que os hiciste miembro de caballero andante, habláis de tan rodeada manera,
que no hay quien os entienda. Basta que me entienda Dios, mujer, respondió Sancho,
que él es el entendedor de todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana,
que os conviene tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera que esté para
armas tomar: dobladle los piensos, requerid la albarda y las demás jarcias; porque no
vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con
endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto
fuera flores de cantueso si no tuviéramos que entender con yangüeses y con moros
encantados. Bien creo yo, marido, replicó Teresa, que los escuderos andantes no
comen el pan de balde; y así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de
tanta mala ventura. Yo os digo, mujer, respondió Sancho, que si no pensase antes de
mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto. Eso no,
marido mío, dijo Teresa: viva la gallina, aunque sea con su pepita: vivid vos, y llévese
el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno saliste del vientre de
vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora, y sin gobierno os iréis, o os
llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido: como ésos hay en el mundo que
viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las
gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como ésta no falta a los pobres,
siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por ventura os viéredes con algún
gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya
quince años cabales, y es razón que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de
dejar hecho de la Iglesia. Mirad también que Mari Sancha vuestra hija no se morirá si
la casamos; que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis
veros con gobierno; y en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que bien
abarraganada. A buena fe, respondió Sancho que si Dios me llega a tener algo qué de
gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que no la
alcancen sino con llamarla señora. Eso no, Sancho, respondió Teresa, casadla con su
igual, que es lo más acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines, y de saya parda
de catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a una doña tal
y señoría, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de caer en mil faltas,
descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera. Calla, boba, dijo Sancho, que todo
será usarlo dos o tres años; que después le vendrá el señorío y la gravedad como de
molde; y cuando no, ¿qué importa? Séase ella señoría, y venga lo que viniere. Medios,
Sancho, con vuestro estado, respondió Teresa, no os queráis alzar a mayores, y
advertid al refrán que dice: al hijo de tu vecino, límpiale las narices y métele en tu
casa. Por cierto que sería gentil cosa casar a nuestra María con un condazo, o con
caballerote que cuando se le antojase la pusiese como nueva, llamándola de villana,
hija del destripaterrones y de la pelarruecas; no en mis días, marido, para eso, por
cierto he criado yo a mi hija: traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi
cargo; que ahí está Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le
conocemos, y sé que no mira de mal ojo a la mochacha; y con éste, que es nuestro
igual, estará bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos
unos, padres y hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre
todos nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes,
adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda. Ven acá, bestia y mujer de Barrabás,
replicó Sancho, ¿por qué quieres tú ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case
a mi hija con quien me dé nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa: siempre he oído
decir a mis mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se
debe quejar si se le pasa. Y no sería bien que ahora que está llamando a nuestra puerta,
se la cerremos: dejémonos llevar deste viento favorable que nos sopla. (Por este modo
de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el traductor desta historia que tenía
por apócrifo este capítulo.) ¿No te parece, animalia, prosiguió Sancho, que será bien
dar con mi cuerpo en algún gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y
cásese a Mari Sancha con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña Teresa
Panza, y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles a pesar y
despecho de las hidalgas del pueblo. No sino estaos siempre en un ser sin crecer ni
menguar, como figura de paramento; y en esto no hablemos más; que Sanchica ha de
ser condesa, aunque tú más me digas. ¿Veis cuanto decís, marido? respondió Teresa.,
pues con todo eso, temo que este condado de mi hija ha de ser su perdición: vos haced
lo que quisiéredes, ora la hagáis duquesa, o princesa; pero seos decir que no será ello
con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y
no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el bautismo, nombre
mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas;
Cascajo se llamó mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza,
que a buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo, pero allá van reyes do quieren
leyes, y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que pese
tanto, que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar
vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: mirad qué entonada va
la pazpuerca; ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta
la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con
broches y con entono, como si no la conociésemos. Si Dios me guarda mis siete o mis
cinco sentidos o los que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto; vos,
hermano, idos a ser gobierno o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto: que mi hija ni yo
por el siglo de mi madre que no nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la
mujer honrada la pierna quebrada y en casa, y la doncella honesta, el hacer algo es su
fiesta: idos con vuestro Don Quijote a vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con
nuestras malas venturas; que Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé,
por cierto, quién le puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos. Ahora
digo, replicó Sancho, que tienes algún familiar en ese cuerpo. ¡Válate Dios la mujer,
y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que
ver el cascajo, los broches, los refranes y el entono con lo que yo digo? Ven acá,
mentecata e ignorante (que así te puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas
huyendo de la dicha), si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se
fuera por esos mundos, como se quiso ir la infanta doña Urraca, tenías razón de no
venir con mi gusto; pero si en dos paletas, y en menos de un abrir y cerrar de ojos te
la chanto un don y una señoría a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la pongo en
toldo y en peana, y en un estrado de más almohadas de velludo que tuvieron moros en
su linaje los Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero? ¿Sabéis por qué marido? respondió Teresa, por el refrán que dice: quien te
cubre te descubre: por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el rico los
detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar y el maldecir, y el
peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como
enjambres de abejas.

Mira, Teresa, respondió Sancho, y escucha lo que agora quiero decirte, quizá no
lo habrás oído en todos los días de tu vida; y yo agora no hablo de mío, que todo lo
que pienso decir son sentencias del padre predicador que la cuaresma pasada predicó
en este pueblo, el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas las cosas presentes que
los ojos están mirando, se presentan, están y asisten en nuestra memoria mucho mejor
y con más vehemencia que las cosas pasadas. (Todas estas razones que aquí va
diciendo Sancho son las segundas por quien dice el traductor que tiene por apócrifo
este capítulo, que exceden a la capacidad de Sancho, el cual prosiguió diciendo:) De
donde nace que cuando vemos alguna persona bien aderezada y con ricos vestidos
compuesta y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve y convida a que
la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel instante nos represente alguna
bajeza en que vimos a la tal persona; la cual ignominia, ahora sea de pobreza o de
linaje, como ya pasó no es, y sólo es lo que vemos presente: y si éste a quien la fortuna
sacó del borrador de su bajeza (que por estas mesmas razones lo dijo el padre) a la
alteza de su prosperidad fuere bien criado, liberal y cortés con todos, y no se pusiere
en cuentos con aquellos que por antigüedad son nobles, ten por cierto, Teresa, que no
habrá quien se acuerde de lo que fue, sino que reverencien lo que es, si no fueren los
envidiosos, de quien ninguna próspera fortuna está segura. Yo no os entiendo, marido,
replicó Teresa, haced lo que quisiéredes, y no me quebréis más la cabeza con vuestras
arengas y retóricas. Y si estáis revuelto en hacer lo que decís... Resuelto has de decir,
mujer, dijo Sancho, y no revuelto. No os pongáis a disputar, marido, conmigo,
respondió Teresa, yo hablo como Dios es servido; y no me meto en más dibujos; y
digo que si estáis porfiando en tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo
Sancho, para que desde agora le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los hijos
hereden y aprendan los oficios de sus padres. En teniendo gobierno, dijo Sancho,
enviaré por él por la posta, y te enviaré dineros, que no me faltarán, pues nunca falta
quien se los preste a los gobernadores cuando no los tienen; y vístele de modo que
disimule lo que es, y parezca lo que ha de ser. Enviad vos dinero, dijo Teresa, que yo
os lo vestiré como un palmito. En efecto, quedamos de acuerdo, dijo Sancho de que
ha de ser condesa nuestra hija. El día que yo la viere condesa, respondió Teresa, ése
haré cuenta que la entierro; pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto; que
con esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean
unos porros; y en esto comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y
enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que ya que la hubiese de hacer
condesa, la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y
Sancho volvió a ver a Don Quijote para dar orden en su partida.

Capítulo VI
De lo que le pasó a Don Quijote con su Sobrina y con su Ama, y es uno de los
importantes capítulos de toda la historia
En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente
referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de Don Quijote, que por mil
señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse la vez tercera, y volver
al ejercicio de su, para ellas, mal andante caballería: procuraban por todas las vías
posibles apartarle de tan mal pensamiento; pero todo era predicar en desierto y majar
en hierro frío. Con todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo
el ama: En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está
quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como ánima en
pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas,
que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al Rey, que pongan remedio en ello.
A lo que respondió Don Quijote: Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo
sé, ni lo que ha de responder su Majestad tampoco; y sólo sé que si yo fuera rey, me
excusara de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día
le dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es
el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y así, no querría yo que
cosas mías le diesen pesadumbre. A lo que dijo el ama: Díganos, señor, ¿en la corte
de su Majestad no hay caballeros? Sí, respondió Don Quijote, y muchos; y es razón
que los haya, para adorno de la grandeza de los príncipes, y para ostentación de la
majestad real. ¿Pues no sería vuesa merced, replicó ella uno de los que a pie quedo
sirviesen a su rey y señor estándose en la corte? Mira, amiga, respondió Don Quijote,
no todos los caballeros pueden ser cortesanos ni todos los cortesanos pueden ni deben
ser caballeros andantes: de todos ha de haber en el mundo; y aunque todos seamos
caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir
de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando
un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros
los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo,
de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies,
y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo
trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en niñerías, ni en las leyes de los
desafíos; si lleva, o no lleva, más corta la lanza, o la espada; si trae sobre sí reliquias
o algún engaño encubierto, si se ha de partir y hacer tajadas el sol o no, con otras
ceremonias deste jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona a persona,
que tú no sabes y yo sí; y has de saber más: que el buen caballero andante, aunque vea
diez gigantes que con las cabezas no sólo tocan sino pasan las nubes, y que a cada uno
le sirven de piernas dos grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de
gruesos y poderosos navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo
que un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil
continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y si fuere posible
vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque viniesen armados de unas
conchas de un cierto pescado que dicen que son más duras que si fuesen de diamantes,
y en lugar de espadas trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero, o porras
ferradas con puntas asimismo de acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo
esto he dicho, ama mía, porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros;
y sería razón que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por
mejor decir primera especie de caballeros andantes, que según leemos en sus historias,
tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un reino, sino de muchos. ¡Ah,
señor mío! dijo a esta sazón la sobrina, advierta vuesa merced que todo eso que dice
de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen,
merecían que a cada una se le echase un sambenito, o alguna señal en que fuese
conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres. Por el Dios que me
sustenta, dijo Don Quijote, que si no fueras mi sobrina derechamente, como hija de
mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has
dicho, que sonara por todo el mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas
sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias
de los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a buen
seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y cortés caballero de su tiempo,
y demás, grande amparador de las doncellas; mas tal te pudiera haber oído, que no te
fuera bien dello; que no todos son corteses ni bien mirados: algunos hay follones y
descomedidos: ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos
son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar
al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer
caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por parecer hombres
bajos: aquéllos se levantan o con la ambición o con la virtud; éstos se abajan, o con la
flojedad, o con el vicio: y es menester aprovecharnos del conocimiento discreto para
distinguir estas dos maneras de caballeros, tan parecidos en los nombres, y tan
distantes en las acciones. ¡Válame Dios! dijo la sobrina, ¿que sepa vuesa merced tanto,
señor tío, que si fuese menester en una necesidad podría subir en un púlpito e irse a
predicar por esas calles, y que con todo esto dé en una ceguera tan grande y en una
sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente siendo viejo, que tiene
fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos estando por la edad agobiado, y
sobre todo, que es caballero, no lo siendo, porque aunque lo puedan ser los hidalgos,
no lo son los pobres? Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices, respondió Don
Quijote, y cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero por no
mezclar lo divino con lo humano, no las digo.
Mirad, amigas: a cuatro suertes de linajes (y estadme atentas) se pueden reducir
todos los que hay en el mundo, que son éstos: unos que tuvieron principios humildes,
y se fueron extendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros que
tuvieron principios grandes, y los fueron conservando, y los conservan y mantienen
en el ser que comenzaron; otros que aunque tuvieron principios grandes acabaron en
punta como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en
nonada, como lo es la punta de la pirámide, que respeto de su base o asiento no es
nada; otros hay, y éstos son los más, que ni tuvieron principio bueno ni razonable
medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria.
De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora
conservan, te sirva de ejemplo la casa otomana, que de un humilde y bajo pastor que
le dio principio, está en la cumbre que le vemos. Del segundo linaje, que tuvo
principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, será ejemplo muchos príncipes,
que por herencia lo son y se conservan en ella, sin aumentarla ni diminuirla,
conteniéndose en los límites de sus estados pacíficamente. De los que comenzaron
grandes y acabaron en punta hay millares de ejemplos, porque todos los Faraones y
Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma, con toda la caterva (si es que se le puede
dar este nombre) de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas,
griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada,
así ellos como los que les dieron principio, pues no será posible hallar agora ninguno
de sus decendientes, y si le hallásemos, sería en bajo y humilde estado. Del linaje
plebeyo no tengo que decir sino que sirve sólo de acrecentar el número de los que
viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho
quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes,
y que solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud, y en la
riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y liberalidades, porque el
grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro
mendigo; que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el
gastarlas, y no el gastarlas comoquiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre
no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo
afable, bien criado, cortés, comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no
murmurador, y sobre todo, caritativo; que con dos maravedís que con ánimo alegre dé
al pobre se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá
quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de
juzgarle y tenerle por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza
fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos caminos
hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados, el uno es
el de las letras, otro el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me
inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte, así que casi me es
forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en
balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna
ordena y la razón pide, y sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los
innumerables trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los infinitos
bienes que se alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el
camino del vicio ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio dilatado y espacioso acaba en muerte, y el de la virtud, angosto y
trabajoso acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé,
como dice el gran poeta castellano nuestro, que

Por estas asperezas se camina


de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.

¡Ay, desdichada de mí! dijo la sobrina, que también mi señor es poeta; todo lo
sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que supiera fabricar una
casa como una jaula. Yo te prometo, sobrina, respondió Don Quijote, que si estos
pensamientos caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría
cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente
jaulas y palillos de dientes. A este tiempo llamaron a la puerta, y preguntando quién
llamaba, respondió Sancho Panza que él era; y apenas le hubo conocido el ama,
cuando corrió a esconderse, por no verle: tanto le aborrecía. Abriole la sobrina, salió
a recebirle con los brazos abiertos su señor Don Quijote, y encerráronse los dos en su
aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no le hace ventaja el pasado.
Capítulo VII
De lo que pasó Don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos

Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en la
cuenta de sus tratos; y imaginando que de aquella consulta había de salir la resolución
de su tercera salida, y tomando su manto, toda llena de congoja y pesadumbre, se fue
a buscar al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole que por ser bien hablado y amigo
fresco de su señor, le podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito. Hallole
paseándose por el patio de su casa, y viéndole, se dejó caer ante sus pies, trasudando
y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan doloridas y sobresaltadas, le
dijo: ¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le quiere
arrancar el alma? No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese, sin
duda! Y ¿por dónde se sale, señora? preguntó Sansón. ¿Hásele roto alguna parte de su
cuerpo? No se sale, respondió ella sino por la puerta de su locura: quiero decir, señor
bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta será la tercera, a buscar
por ese mundo lo que él llama venturas; que yo no puedo entender cómo les da este
nombre. La vez primera nos le volvieron atravesado sobre un jumento, molido a palos;
la segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se
daba a entender que estaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la
madre que le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones
del cerebro; que para haberle de volver algún tanto en sí gasté más de seiscientos
huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejaran mentir.
Eso creo yo muy bien, respondió el bachiller, que ellas son tan buenas, tan gordas y
tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si reventasen. En efecto, señora ama,
¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno sino el que se teme que quiere
hacer el señor Don Quijote? No, señor, respondió ella. Pues no tenga pena, respondió
el bachiller, sino váyase en hora buena a su casa, y téngame aderezado de almorzar
alguna cosa caliente, y de camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia si es
que la sabe; que yo iré luego allá, y verá maravillas. ¡Cuitada de mí!, replicó el ama;
¿la oración de Santa Apolonia dice vuesa merced que rece? Eso fuera si mi amo lo
hubiera de las muelas; pero no lo ha sino de los cascos. Yo sé lo que digo, señora ama:
váyase, y no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que soy bachiller por Salamanca,
que no hay más que bachillear, respondió Carrasco. Y con esto, se fue el ama, y el
bachiller fue luego a buscar al cura, a comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.
En el que estuvieron encerrados Don Quijote y Sancho, pasaron las razones que
con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia. Dijo Sancho a su amo:
Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuesa merced adonde
quisiere llevarme. Reducida has de decir, Sancho, dijo Don Quijote, que no relucida.
Una o dos veces, respondió Sancho, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuesa
merced que no me enmiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en
ellos, y que cuando no los entienda diga: Sancho o diablo, no te entiendo, y si yo no
me declarare, entonces podrá enmendarme; que yo soy tan fócil. No te entiendo,
Sancho, dijo luego Don Quijote, pues no sé qué quiere decir soy tan fócil. Tan fócil
quiere decir, respondió Sancho soy tan así. Menos te entiendo agora, replicó Don
Quijote. Pues si no me puede entender, respondió Sancho, no sé cómo lo diga; no sé
más, y Dios sea conmigo. Ya, ya caigo, respondió Don Quijote, en ello: tú quieres
decir que eres tan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás
por lo que te enseñare. Apostaré yo, dijo Sancho, que desde el emprincipio me caló y
me entendió, sino que quiso turbarme, por oírme decir otras docientas patochadas.
Podrá ser, replicó Don Quijote. Y en efecto, ¿qué dice Teresa? Teresa dice, dijo
Sancho que ate bien mi dedo con vuesa merced, y que hablen cartas y callen barbas,
porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma que dos te daré: y yo digo que
el consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco. Y yo lo digo también,
respondió Don Quijote. Decid, Sancho amigo; pasad adelante, que habláis hoy de
perlas. Es el caso, replicó Sancho que como vuesa merced mejor sabe, todos estamos
sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el cordero
como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo más horas de vida de
las que Dios quisiere darle; porque la muerte es sorda, y cuando llega a llamar a las
puertas de nuestra vida, siempre va de priesa y no la harán detener ni ruegos, ni
fuerzas, ni cetros, ni mitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por
esos púlpitos. Todo eso es verdad, dijo Don Quijote, pero no sé dónde vas a parar.
Voy a parar, dijo Sancho en que vuesa merced me señale salario conocido de lo que
me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me pague de su
hacienda; que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío
me ayude Dios. En fin yo quiero saber lo que gano, poco o mucho que sea; que sobre
un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo
no se pierde nada. Verdad sea que si sucediese (lo cual ni lo creo ni lo espero) que
vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo
las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie lo que montare la renta de la
tal ínsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad. Sancho amigo, respondió
Don Quijote, a las veces, tan buena suele ser una gata como una rata. Ya entiendo,
dijo Sancho: yo apostaré que había de decir rata, y no gata; pero no importa nada, pues
vuesa merced me ha entendido. Y tan entendido, respondió Don Quijote, que he
penetrado lo último de tus pensamientos, y sé al blanco que tiras con las innumerables
saetas de tus refranes. Mira, Sancho, yo bien te señalaría salario si hubiera hallado en
alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y
mostrase por algún pequeño resquicio qué es lo que solían ganar cada mes, o cada
año; pero yo he leído todas o las más de sus historias y no me acuerdo haber leído que
ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero; sólo sé que
todos servían a merced, y que cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había
corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula o con otra cosa
equivalente, y por lo menos quedaban con título y señoría: si con estas esperanzas y
aditamentos vos, Sancho, gustáis de volver a servirme, sea en buena hora, que pensar
que yo he de sacar de sus términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante,
es pensar en lo escusado: así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a
vuestra Teresa mi intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced
conmigo, bene quidem; y si no tan amigos como de antes, que si al palomar no le falta
cebo no le faltarán palomas; y advertid, hijo, que vale más buena esperanza que ruin
posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por daros a
entender que también como vos sé yo arrojar refranes como llovidos. y finalmente,
quiero decir, y os digo, que si no queréis venir a merced conmigo y correr la suerte
que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán
escuderos más obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como
vos. Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se le
cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él por
todos los haberes del mundo; y así estando suspenso y pensativo, entró Sansón
Carrasco, y el ama y la sobrina, deseosas de oír con qué razones persuadía a su señor
que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó Sansón, socarrón famoso, y abrazándole
como la vez primera, y con voz levantada le dijo: ¡Oh flor de la andante caballería!
¡Oh luz resplandeciente de las armas! ¡Oh honor y espejo de la nación española! Plega
a Dios todopoderoso, donde más largamente se contiene, que la persona o personas
que pusieren impedimento y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el
laberinto de sus deseos, ni jamás se les cumpla lo que más desearen. Y volviéndose al
ama, le dijo: bien puede la señora ama no rezar más la oración de santa Apolonia, que
yo sé que es determinación precisa de las esferas que el señor Don Quijote vuelva a
ejecutar sus altos y nuevos pensamientos; y yo encargaría mucho mi conciencia si no
intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más tiempo encogida y detenida
la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su ánimo valentísimo, porque defrauda
con su tardanza el derecho de los tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra de las
doncellas, el favor de las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez,
que tocan, atañen, dependen y son anejas a la orden de la caballería andante. Ea, señor
Don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga vuesa merced y
su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para ponerle en ejecución, aquí estoy
yo para suplirla con mi persona y hacienda; y si fuere necesidad servir a tu
magnificencia de escudero, lo tendré a felicísima ventura. A esta sazón dijo Don
Quijote, volviéndose a Sancho: ¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar
escuderos? Mira quién se ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco,
perpetuo trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de
su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como del frío, así de
la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser escudero
de un caballero andante; pero no permita el cielo que por seguir mi gusto desjarrete y
quiebre la coluna de las letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente
de las buenas y liberales artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y honrándola,
honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier escudero
estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo. Sí digno, respondió
Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; y prosiguió: no se dirá por mí, señor
mío, el pan comido y la compañía deshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia
desagradecida, que ya sabe todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron
los Panzas de quien yo deciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas
buenas obras y por más buenas palabras, el deseo que vuesa merced tiene de hacerme
merced; y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha sido
por complacer a mi mujer, la cual cuando toma la mano a persuadir una cosa no hay
mazo que tanto apriete los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que
quiere; pero, en efecto el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer; y pues yo soy
hombre dondequiera, que no lo puedo negar, también lo quiero ser en mi casa, pese a
quien pesare; y así no hay más que hacer sino que vuesa merced ordene su testamento
con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino,
porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le lita que
persuada a vuesa merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo de nuevo me ofrezco
a servir a vuesa merced fiel y legalmente, tan bien y mejor que cuantos escuderos han
servido a caballeros andantes en los pasados y presentes tiempos. Admirado quedó el
bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho Panza; que puesto que había
leído la primera historia de su señor, nunca creyó que era tan gracioso como allí le
pintan; pero oyéndole decir ahora, testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en
lugar de testamento y codicilo que no se pueda revocar, creyó todo lo que dél había
leído, y confirmolo por uno de los más solemnes mentecatos de nuestros siglos, y dijo
entre sí que tales dos locos como amo y mozo no se habrían visto en el mundo.
Finalmente, Don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo, se ordenó que de allí
a tres días fuese su partida; en los cuales habría lugar de aderezar lo necesario para el
viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas maneras dijo Don Quijote que la
había de llevar. Ofreciósela Sansón, porque sabía no se la negaría un amigo suyo que
la tenía, puesto que estaba más escura por el orín y el moho que clara y limpia por el
terso acero. Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no
tuvieron cuenta: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y al modo de las
endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la muerte de su
señor. El designo que tuvo Sansón para persuadirle a que otra vez saliese, fue hacer
lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo del cura y del barbero, con quien
él antes lo había comunicado. En resolución, en aquellos tres días Don Quijote y
Sancho se acomodaron de lo que les pareció convenirles; y habiendo aplacado Sancho
a su mujer, y Don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese,
sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino
del Toboso, Don Quijote sobre su buen Rocinante, y Sancho sobre su antiguo rucio,
proveídas las alforjas de cosas tocantes a la bucólica, y la bolsa, de dineros, que le dio
Don Quijote para lo que se ofreciese.

Abrazole Sansón, y suplicole le avisase de su buena o mala suerte, para alegrarse


con ésta o entristecerse con aquélla, como las leyes de su amistad pedían.
Prometióselo Don Quijote: dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la
gran ciudad del Toboso.
Capítulo VIII
Donde se cuenta lo que le sucedió a Don Quijote, yendo a ver su señora Dulcinea del
Toboso

Bendito sea el poderoso Alá, dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo
capítulo: bendito sea Alá, repite tres veces, y dice que da estas bendiciones por ver
que tiene ya en campaña a Don Quijote y a Sancho, y que los lectores de su agradable
historia pueden hacer cuenta que desde este punto comienzan las hazañas y donaires
de Don Quijote y de su escudero: persuádeles que se les olviden las pasadas
caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que
desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los
campos de Montiel; y no es mucho lo que pide para tanto como él promete; y así
prosigue, diciendo:
Solos quedaron Don Quijote y Sancho, y apenas se hubo apartado Sansón, cuando
comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de entrambos, caballero y
escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo agüero; aunque, si se ha de contar
la verdad, más fueron los sospiros y rebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de
donde coligió Sancho que su ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la de
su señor, fundándose no sé si en astrología judiciaria que él se sabía, puesto que la
historia no lo declara; sólo le oyeron decir que cuando tropezaba o caía se holgara no
haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba otra cosa sino el zapato
roto o las costillas quebradas; y aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino.
Díjole Don Quijote: Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con
más escuridad de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso,
adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la
bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea; con la cual licencia pienso y tengo
por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa
desta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus
damas. Yo así lo creo, respondió Sancho; pero tengo por dificultoso que vuesa merced
pueda hablarla ni verse con ella, en parte a lo menos que pueda recebir su bendición,
si ya no se la echa desde las bardas del corral por donde yo la vi la vez primera, cuando
le llevé la carta donde iban las nuevas de las sandeces y locuras que vuesa merced
quedaba haciendo en el corazón de Sierra Morena. ¿Bardas de corral se te antojaron
aquéllas, Sancho, dijo Don Quijote, adonde o por donde viste aquella jamás
bastantemente alabada gentileza y hermosura? No debían de ser sino galerías o
corredores o lonjas o como las llaman, de ricos y reales palacios. Todo pudo ser,
respondió Sancho; pero a mí bardas me parecieron, si no es que soy falto de memoria.
Con todo eso vamos allá, Sancho, replicó Don Quijote, que como yo la vea, eso se me
da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de jardines, que
cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos alumbrará mi entendimiento
y fortalecerá mi corazón, de modo, que quede único y sin igual en la discreción y en
la valentía. Pues en verdad, señor, respondió Sancho, que cuando yo vi ese sol de la
señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos
algunos; y debió de ser que como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el
mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le escureció. ¿Que
todavía das, Sancho, dijo Don Quijote, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que
mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va
desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están
constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro
de ballesta su principalidad? Mal se te acuerdan a ti, oh Sancho, aquellos versos de
nuestro poeta, donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal
aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar
en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que
todas eran de oro, sirgo y perlas contextas y tejidas: y desta manera debía de ser el de
mi señora cuando tú la viste; sino que la envidia que algún mal encantador debe de
tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes
figuras que ellas tienen; y así, temo que en aquella historia que dicen que anda impresa
de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto
unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar
otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. ¡Oh,
envidia, raíz de infinitos males, y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho,
traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no trae sino disgustos,
rancores y rabias. Eso es lo que yo digo también, respondió Sancho; y pienso que en
esa leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había visto
debe de andar mi honra a coche acá cinchado, y como dicen, al estricote aquí y allí
barriendo las calles: pues a fe de bueno, que no he dicho yo mal de ningún encantador,
ni tengo tantos bienes que pueda ser envidiado: bien es verdad que soy algo malicioso,
y que tengo mis ciertos asomos de bellaco; pero todo lo cubre y tapa la gran capa de
la simpleza mía, siempre natural y nunca artificiosa; y cuando otra cosa no tuviese
sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello
que tiene y cree la santa Iglesia católica romana, y el ser enemigo mortal, como lo
soy, de los judíos, debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien
en sus escritos; pero digan lo que quisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni
pierdo ni gano; aunque por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en
mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren. Eso me parece,
Sancho, dijo Don Quijote, a lo que sucedió a un famoso poeta destos tiempos, el cual,
habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las damas cortesanas, no puso ni
nombró en ella a una dama que se podía dudar si lo era o no; la cual, viendo que no
estaba en la lista de las demás, se quejó al poeta diciéndole que qué había visto en ella
para no ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira y la pusiese en el
ensanche; si no, que mirase para lo que había nacido. Hízolo así el poeta, y púsola
cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha, por verse con fama, aunque infame.
También viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el
templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo
porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y aunque se mandó que nadie
le nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no
consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato. También
alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlos Quinto con un caballero en
Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que en la
antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con mejor vocación, se
llama de todos los santos, y es el edificio que más entero ha quedado de los que alzó
la gentilidad en Roma, y es el que más conserva la fama de la grandiosidad y
magnificencia de sus fundadores; él es de hechura de una media naranja, grandísimo
en extremo, y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana,
o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual mirando el
emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero romano, declarándole los
primores y sutilezas de aquella gran máquina y memorable arquitectura; y habiéndose
quitado de la claraboya, dijo al emperador: mil veces, sacra majestad, me vino deseo
de abrazarme con vuestra majestad, y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar
de mí fama eterna en el mundo. Yo os agradezco, respondió el emperador, el no haber
puesto tan mal pensamiento en efecto, y de aquí adelante no os pondré yo en ocasión
que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así os mando que jamás me habléis,
ni estéis donde yo estuviere; y tras estas palabras le hizo una gran merced. Quiero
decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas
tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad
del Tiber? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a
lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma? ¿Quién
contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado hizo pasar el Rubicón a
César? Y con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y
aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo
Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de
la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus
famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros
más habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las
regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable
siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el
mesmo mundo, que tiene su fin señalado: así, oh Sancho, que nuestras obras no han
de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana, que profesamos. Hemos
de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia en la generosidad y buen pecho, a
la ira en el reposado continente y quietud del ánimo, a la gula y al sueño en el poco
comer que comemos y en el mucho velar que velamos, a la lujuria y lascivia en la
lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos, a la
pereza con andar por todas las partes del mundo buscando las ocasiones que nos
puedan hacer y hagan sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los
medios por donde se alcanzan los extremos de alabanzas que consigo trae la buena
fama. Todo lo que vuesa merced hasta aquí me ha dicho, dijo Sancho lo he entendido
muy bien; pero, con todo eso, querría que vuesa merced me sorbiese una duda que
agora en este punto me ha venido a la memoria. Asolviese quieres decir, Sancho, dijo
Don Quijote. Di en buen hora; que yo responderé lo que supiere. Dígame, señor,
prosiguió Sancho, esos Julios o Agostos, y todos esos caballeros hazañosos que ha
dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora? Los gentiles, respondió Don Quijote
sin duda están en el Infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el
purgatorio o en el cielo. Está bien, dijo Sancho, pero sepamos ahora: ¿esas sepulturas
donde están los cuerpos desos señorazos tienen delante de sí lámparas de plata, o están
adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas
y de ojos de cera? Y si desto no ¿de qué están adornadas? A lo que respondió Don
Quijote: los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos: las
cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de
desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma la Aguja de san Pedro; al
emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena aldea,
a quien llamaron «Moles Adriani», que agora es el castillo de Santángel en Roma. La
reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de
las siete maravillas del mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que
tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas, ni con otras ofrendas y señales que
mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados. A eso voy, replicó Sancho.
Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un muerto o matar a un gigante? La
respuesta está en la mano, respondió Don Quijote: más es resucitar a un muerto.
Cogido le tengo, dijo Sancho. Luego la fama del que resucita muertos, da vista a los
ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden
lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus
reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren
cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo. También
confieso esa verdad, respondió Don Quijote. Pues esta fama, estas gracias, estas
prerrogativas, como llaman a esto, respondió Sancho, tienen los cuerpos y las reliquias
de los santos: que, con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen
lámparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que
aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos o
sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos,
adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares. ¿Qué quieres
que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? dijo Don Quijote. Quiero decir, dijo
Sancho, que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más brevemente la buena fama
que pretendemos: y advierta, señor, que ayer o antes de ayer (que según ha poco se
puede decir desta manera) canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas
cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran
ventura el besarlas y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada
de Roldán en la armería del Rey nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío,
más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante
caballero; más alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora
las den a gigantes, ora a vestiglos o a endriagos. Todo eso es así, respondió Don
Quijote, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva
Dios a los suyos al cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria.
Sí, respondió Sancho, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo que
caballeros andantes. Eso es, respondió Don Quijote porque es mayor el número de los
religiosos que el de los caballeros. Muchos son los andantes, dijo Sancho. Muchos,
respondió Don Quijote, pero pocos los que merecen nombre de caballeros. En estas y
otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día siguiente, sin acontecerles
cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a Don Quijote. En fin, otro día, al
anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los
espíritus a Don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de
Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de modo que
el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estaban alborotados, y no imaginaba
Sancho qué había de hacer cuando su dueño le enviase al Toboso.
Finalmente, ordenó Don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y en tanto
que la hora se llegaba, se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban,
y llegado el determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a
cosas llegan.

Capítulo IX
Donde se cuenta lo que en él se verá

Media noche era por filo, poco más a menos, cuando Don Quijote y Sancho
dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio,
porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele decirse.
Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por
hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el lugar sino ladridos
de perros, que atronaban los oídos de Don Quijote y turbaban el corazón de Sancho.
De cuando en cuando rebuznaba un jumento, gruñían puercos, mayaban gatos, cuyas
voces de diferentes sonidos se aumentaban con el silencio de la noche: todo lo cual
tuvo el enamorado caballero a mal agüero; pero, con todo esto, dijo a Sancho: Sancho
hijo, guía al palacio de Dulcinea; quizá podrá ser que la hallemos despierta. ¿A qué
palacio tengo de guiar, cuerpo del sol, respondió Sancho, que en el que yo vi a su
grandeza no era sino casa muy pequeña? Debía de estar retirada entonces, respondió
Don Quijote en algún pequeño apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con
sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas señoras y princesas. Señor, dijo
Sancho, ya que vuesa merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar la casa de mi señora
Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallar la puerta abierta? ¿Y será bien que demos
aldabazos para que nos oyan y nos abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente?
¿Vamos por dicha a llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los
abarraganados, que llegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?
Hallemos primero una por una el alcázar, replicó Don Quijote, que entonces yo te
diré, Sancho, lo que será bien que hagamos: y advierte, Sancho, que yo veo poco, o
que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de hacer el palacio
de Dulcinea. Pues guíe vuesa merced, respondió Sancho: quizá será así; aunque yo lo
veré con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es ahora
de día. Guió Don Quijote, y habiendo andado como docientos pasos dio con el bulto
que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no era
alcázar, sino la iglesia principal del pueblo, y dijo: Con la iglesia hemos dado, Sancho.
Ya lo veo, respondió Sancho, y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura; que
no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y más habiendo yo dicho a
vuesa merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta señora ha de estar en una
callejuela sin salida. Maldito seas de Dios, mentecato, dijo Don Quijote: ¿adónde has
tú hallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas sin salida?
Señor, respondió Sancho, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en el Toboso edificar
en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así suplico a vuesa merced me deje
buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen: podría ser que en algún rincón
topase con ese alcázar, que le vea yo comido de perros, que así nos trae corridos y
asendereados. Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora, dijo Don Quijote,
y tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero. Yo me reportaré,
respondió Sancho, pero ¿con qué paciencia podré llevar que quiera vuesa merced que
de sola una vez que vi la casa de nuestra ama, la haya de saber siempre y hallarla a
media noche, no hallándola vuesa merced, que la debe de haber visto millares de
veces? Tú me harás desesperar, Sancho, dijo Don Quijote: ven acá, hereje, ¿no te he
dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni
jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y de
la gran fama que tiene de hermosa y discreta? Ahora lo oigo, respondió Sancho, y
digo que pues vuesa merced no la ha visto, ni yo tampoco. Eso no puede ser, replicó
Don Quijote, que, por lo menos, ya me has dicho tú que la viste ahechando trigo,
cuando me trujiste la respuesta de la carta que le envié contigo. No se atenga a eso,
señor, respondió Sancho, porque le hago saber que también fue de oídas la vista y la
respuesta que le truje; porque así sé yo quién es la señora Dulcinea como dar un puño
en el cielo. Sancho, Sancho, respondió Don Quijote, tiempos hay de burlar, y tiempos
donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado a
la señora de mi alma has tú de decir también que ni la has hablado ni visto, siendo tan
al revés como sabes. Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por
donde estaban uno con dos mulas, que por el ruido que hacía el arado, que arrastraba
por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día
a ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía el labrador cantando aquel romance que
dice:

Mala la hubistes, franceses,


en esa de Roncesvalles.

Que me maten, Sancho, dijo en oyéndole Don Quijote, si nos ha de suceder cosa
buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano? Sí oigo, respondió
Sancho, ¿pero qué hace a nuestro propósito la caza de Roncesvalles? Así pudiera
cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno para sucedernos bien o mal en
nuestro negocio. Llegó en esto el labrador, a quien Don Quijote preguntó: ¿Sabréisme
decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí los palacios de
la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso? Señor, respondió el mozo, yo soy
forastero y ha pocos días que estoy en este pueblo sirviendo a un labrador rico en la
labranza del campo; en esa casa frontera viven el cura y el sacristán del lugar;
entrambos o cualquier dellos sabrá dar a vuesa merced razón desa señora princesa,
porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para mí tengo que en
todo él no vive princesa alguna; muchas señoras, sí, principales, que cada una en su
casa puede ser princesa. Pues entre ésas, dijo Don Quijote, debe de estar, amigo, ésta
por quien te pregunto. Podría ser, respondió el mozo, y adiós, que ya viene el alba: y
dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspenso a su señor
y asaz mal contento, le dijo: Señor, ya se viene a más andar el día y no será acertado
dejar que nos halle el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad,
y que vuesa merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de día,
y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque la casa, alcázar o palacio de mi
señora, y asaz sería de desdichado si no le hallase; y hallándole, hablaré con su
merced, y le diré dónde y cómo queda vuesa merced esperando que le dé orden y traza
para verla, sin menoscabo de su honra y fama. Has dicho, Sancho, dijo Don Quijote,
mil sentencias encerradas en el círculo de breves palabras: el consejo que ahora me
has dado le apetezco y recibo de bonísima gana: ven, hijo, y vamos a buscar donde
me embosque; que tú volverás, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de
cuya discreción y cortesía espero más que milagrosos favores.

Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la mentira
de la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a Sierra Morena; y así dio
priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del lugar hallaron una floresta o bosque,
donde Don Quijote se emboscó en tanto que Sancho volvía a la ciudad a hablar a
Dulcinea; en cuya embajada le sucedieron cosas que piden nueva atención y nuevo
crédito.

Capítulo X
Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y
de otros sucesos tan ridículos como verdaderos
Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo cuenta,
dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído, porque
las locuras de Don Quijote llegaron aquí al término y raya de las mayores que pueden
imaginarse, y aun pasaron dos tiros de ballesta más allá de las mayores. Finalmente,
aunque con este miedo y recelo, las escribió de la misma manera que él las hizo, sin
añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad, sin dársele nada por las objeciones
que podían ponerle de mentiroso; y tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no
quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua. Y así,
prosiguiendo su historia, dice: que así como Don Quijote se emboscó en la floresta,
encinar, o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volver a la ciudad, y que no
volviese a su presencia sin haber primero hablado de su parte a su señora, pidiéndola
fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero, y se dignase de echarle su
bendición, para que pudiese esperar por ella felicísimos sucesos de todos sus
acometimientos y dificultosas empresas. Encargose Sancho de hacerlo así como se le
mandaba, y de traerle tan buena respuesta como le trujo la vez primera. Anda, hijo,
replicó Don Quijote, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de hermosura
que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y
no se te pase della cómo te recibe: si muda las colores el tiempo que la estuvieres
dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la
almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si está en pie,
mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta
que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si
levanta la mano al cabello para componerle, aunque no esté desordenado; finalmente,
hijo, mira todas sus acciones y movimientos; porque si tú me los relatares como ellos
fueron, sacaré yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo
que al fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre
los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus
amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en lo interior
del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mía, y vuélvate otro
mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga soledad en que
me dejas. Yo iré y volveré presto, dijo Sancho, y ensanche vuesa merced, señor mío,
ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una avellana; y considere
que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que donde no hay
tocinos, no hay estacas; y también se dice, donde no piensa salta la liebre: dígolo
porque si esta noche no hallamos los palacios o alcázares de mi señora, agora que es
de día los pienso hallar, cuando menos los piense; y hallados, déjenme a mí con ella.
Por cierto, Sancho, dijo Don Quijote, que siempre traes tus refranes tan a pelo de lo
que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo. Esto dicho volvió
Sancho las espaldas y vareó su rucio, y Don Quijote se quedó a caballo descansando
sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza, lleno de tristes y confusas
imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos con Sancho Panza, que no menos
confuso y pensativo se apartó de su señor que él quedaba; y tanto, que, apenas hubo
salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo que Don Quijote no parecía,
se apeó del jumento, y sentándose al pie de un árbol, comenzó a hablar consigo mesmo
y a decirse: Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar
algún jumento que se le haya perdido? No, por cierto. Pues ¿qué va a buscar? Voy a
buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a
todo el cielo junto. ¿Y adónde pensáis hallar eso que decís, Sancho? ¿Adónde? En la
gran ciudad del Toboso. Y bien, ¿y de parte de quién la vais a buscar? De parte del
famoso caballero Don Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer
al que ha sed, y de beber al que ha hambre., Todo eso está muy bien. ¿Y sabéis su
casa, Sancho? Mi amo dice que han de ser unos reales palacios, o unos soberbios
alcázares. ¿Y habéisla visto algún día por ventura? Ni yo ni mi amo la habemos visto
jamás. ¿Y paréceos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen
que estáis vos aquí con intención de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles
sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso
sano? En verdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy
mandado, y que «mensajero sois, amigo, non merecéis culpa, non.» No os fiéis en eso,
Sancho; porque la gente manchega es tan colérica como honrada, y no consiente
cosquillas de nadie. Vive Dios, que si os huele, que os mando mala ventura., Oxte,
puto, allá darás rayo: no sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno;
y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por Rávena, o al
Bachiller en Salamanca: el diablo, el diablo me ha metido a mí en esto, que otro no.
Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió a decirse: Ahora
bien, todas las cosas tienen remedio si no es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos
de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo por mil señales he
visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en zaga, pues soy más
mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice: dime con
quién andas, decirte he quién eres; y el otro de: no con quien naces, sino con quien
paces. Siendo pues loco, como lo es, y de locura que las más veces toma unas cosas
por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se pareció cuando
dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos
dromedarios, y las manadas de carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas
a este tono, no será muy difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me
topare por aquí, es la señora Dulcinea; y cuando él no lo crea, juraré yo; y si él jurare,
tornaré yo a jurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera, que tengo de tener la
mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere: quizá con esta porfía acabaré con él
que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías viendo cuán mal recado le traigo
dellas; o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de estos que él
dice que le quieren mal la habrá mudado la figura por hacerle mal y daño. Con esto
que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bien acabado su
negocio, y deteniéndose allí hasta la tarde, por dar lugar a que Don Quijote pensase
que le había tenido para ir y volver del Toboso; y sucediole todo tan bien, que cuando
se levantó para subir en el rucio vio que del Toboso hacia donde él estaba venían tres
labradoras sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque más se
puede creer que eran borricas, por ser ordinaria caballería de las aldeanas; pero como
no va mucho en esto, no hay para qué detenernos en averiguarlo. En resolución: así
como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su señor Don
Quijote, y hallole suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Como Don
Quijote le vio, le dijo: ¿Qué hay, Sancho, amigo? ¿Podré señalar este día con piedra
blanca, o con negra? Mejor será, respondió Sancho que vuesa merced le señale con
almagre, como rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren. De
ese modo, replicó Don Quijote, buenas nuevas traes. Tan buenas, respondió Sancho,
que no tiene más que hacer vuesa merced sino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver
a la señora Dulcinea del Toboso, que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa
merced. ¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? dijo Don Quijote. Mira no
me engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas. ¿Qué
sacaría yo de engañar a vuesa merced, respondió Sancho, y más estando tan cerca de
descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá venir a la Princesa nuestra ama
vestida y adornada; en fin, como quien ella es. Sus doncellas y ella todas son una
ascua de oro, todas mazorcas de perlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas telas
de brocado de más de diez altos; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son otros
tantos rayos del sol que andan jugando con el viento; y sobre todo, vienen a caballo
sobre tres cananeas remendadas, que no hay más que ver. Hacaneas querrás decir,
Sancho. Poca diferencia hay, respondió Sancho de cananeas a hacaneas; pero vengan
sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que se puedan desear,
especialmente la Princesa Dulcinea mi señora, que pasma los sentidos. Vamos,
Sancho hijo, respondió Don Quijote, y en albricias destas no esperadas como buenas
nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura que tuviere, y
si esto no te contenta, te mando las crías que este año me dieren las tres yeguas mías,
que tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo. A las crías
me atengo, respondió Sancho, porque de ser buenos los despojos de la primera
aventura no está muy cierto. Ya en esto salieron de la selva y descubrieron cerca a las
tres aldeanas. Tendió Don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no
vio sino a las tres labradoras, turbose todo, y preguntó a Sancho si las había dejado
fuera de la ciudad. ¿Cómo fuera de la ciudad? respondió: ¿por ventura tiene vuesa
merced los ojos en el colodrillo, que no vee que son éstas, las que aquí vienen,
resplandecientes como el mismo sol a medio día? Yo no veo, Sancho, dijo Don
Quijote, sino a tres labradoras sobre tres borricos. Agora me libre Dios del diablo,
respondió Sancho; ¿y es posible que tres hacaneas, o como se llaman, blancas como
el ampo de la nieve, le parezcan a vuesa merced borricos? Vive el Señor, que me pele
estas barbas si tal fuese verdad. Pues yo te digo, Sancho amigo, dijo Don Quijote, que
es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy Don Quijote y tú Sancho
Panza; a lo menos, a mí tales me parecen. Calle, señor, dijo Sancho, no diga la tal
palabra, sino despabile esos ojos, y venga a hacer reverencia a la señora de sus
pensamientos, que ya llega cerca: y diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres
aldeanas; y apeándose del rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres
labradoras, y hincando ambas rodillas en el suelo, dijo: Reina y princesa y duquesa de
la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea servida de recebir en su gracia y buen
talente al cautivo caballero vuestro, que allí está hecho piedra mármol, todo turbado
y sin pulsos de verse ante vuestra magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza su
escudero, y él es el asendereado caballero Don Quijote de la Mancha, llamado por
otro nombre «el Caballero de la Triste Figura». A esta sazón ya se había puesto Don
Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a
la que Sancho llamaba reina y señora, y como no descubría en ella sino una moza
aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y
admirado, sin osar desplegar los labios.

Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres tan
diferentes hincados de rodillas, que no dejaban pasar adelante a su compañera; pero
rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y mohína, dijo: Apártense nora en
tal del camino, y déjenmos pasar; que vamos de priesa. A lo que respondió Sancho:
Oh princesa y señora universal del Toboso, ¿cómo vuestro magnánimo corazón no se
enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la coluna y sustento
de la andante caballería? Oyendo lo cual otra de las dos, dijo: Mas jo que te estrego,
burra de mi suegro: mirad con qué se vienen los señoritos ahora a hacer burla de las
aldeanas, como si aquí no supiésemos echar pullas como ellos: vayan su camino, y
déjennmos hacer el nueso, y serles ha sano. Levántate, Sancho, dijo a este punto Don
Quijote, que ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos
todos por donde pueda venir algún contento a esta ánima mezquina que tengo en las
carnes. Y tú, oh extremo del valor que puede desearse, término de la humana
gentileza, único remedio deste afligido corazón que te adora, ya que el maligno
encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y
no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una
labradora pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para
hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando
de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago la
humildad con que mi alma te adora. Toma que mi agüelo, respondió la aldeana,
amiguita soy yo de oír resquebrajos. Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos.
Apartose Sancho y dejola ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo. Apenas
se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando picando a su
cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el prado adelante; y como
la borrica sentía la punta del aguijón, que le fatigaba más de lo ordinario, comenzó a
dar corcovos, de manera, que dio con la señora Dulcinea en tierra; lo cual visto por
Don Quijote, acudió a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que
también vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y queriendo Don
Quijote levantar a su encantada señora en los brazos sobre la jumenta, la señora,
levantándose del suelo, le quitó de aquel trabajo, porque haciéndose algún tanto atrás,
tomó una corridica, y puestas ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su
cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como si
fuera hombre; y entonces dijo Sancho: Vive Roque, que es la señora nuestra ama más
ligera que un alcotán, y que puede enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés
o mejicano: el arzón trasero de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la
hacanea como una cebra y no le van en zaga sus doncellas; que todas corren como el
viento: y así era la verdad, porque en viéndose a caballo Dulcinea todas picaron tras
ella y dispararon a correr sin volver la cabeza atrás por espacio de más de media legua.
Siguiolas Don Quijote con la vista, y cuando vio que no parecían, volviéndose a
Sancho, le dijo: Sancho, ¿qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira
hasta dónde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido
privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto, yo nací
para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asesten
las flechas de la mala fortuna: y has también de advertir, Sancho, que no se
contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la
transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana,
y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen
olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho,
que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea (según tú dices, que a mí me
pareció borrica) me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.
¡Oh canalla! gritó a esta sazón Sancho: ¡oh encantadores aciagos y mal intencionados,
y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha! Mucho
sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado
las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro
purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y finalmente, todas sus facciones de
buenas en malas, sin que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que
estaba encubierto debajo de aquella fea corteza, aunque para decir verdad nunca yo vi
su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía
sobre el labio derecho a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como
hebras de oro y largos de más de un palmo. A ese lunar, dijo Don Quijote, según la
correspondencia que tienen entre sí los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro
Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro; pero
muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado. Pues yo sé
decir a vuesa merced, respondió Sancho que le parecían allí como nacidos. Yo lo creo,
amigo, replicó Don Quijote, porque ninguna cosa puso la naturaleza en Dulcinea que
no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lunares como el que dices, en
ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho,
¿aquella que a mí me pareció albarda, que tú aderezaste, era silla rasa o sillón? No
era, respondió Sancho sino silla a la jineta, con una cubierta de campo que vale la
mitad de un reino, según es de rica. ¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! dijo Don
Quijote; ahora torno a decir, y diré mil veces, que soy el más desdichado de los
hombres. Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa oyendo las
sandeces de su amo tan delicadamente engañado. Finalmente, después de otras
muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias, y siguieron
el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en
unas solemnes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen hacerse; pero
antes que allá llegasen les sucedieron cosas que, por muchas, grandes y nuevas,
merecen ser escritas y leídas, como se verá adelante.

Capítulo XI
De la extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con el carro o carreta
de Las Cortes de la Muerte

Pensativo además iba Don Quijote por su camino adelante considerando la mala
burla que le habían hecho los encantadores volviendo a su señora Dulcinea en la mala
figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su ser
primero: y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que, sin sentirlo, soltó las
riendas a Rocinante, el cual sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se detenía
a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento le
volvió Sancho Panza, diciéndole: Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias,
sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias:
vuesa merced se reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y
despierte, y muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros
andantes. ¿Qué diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? ¿Estamos aquí o en
Francia? Mas que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale
más la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones
de la tierra. Calla, Sancho, respondió Don Quijote con voz no muy desmayada. Calla,
digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada señora: que de su desgracia y
desventura yo solo tengo la culpa: de la envidia que me tienen los malos ha nacido su
mala andanza. Así lo digo yo, respondió Sancho: quien la vido y la ve ahora, ¿cuál es
el corazón que no llora? Eso puedes tú decir bien, Sancho, replicó Don Quijote, pues
la viste en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se extendió a turbarte
la vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos se endereza la
fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me
pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de
perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y a lo que
yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales
arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes,
que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes. Todo puede ser,
respondió Sancho, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuesa merced
su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios, que él es el sabidor de las cosas que
han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos, donde
apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería. De una
cosa me pesa, señor mío, más que de otras; que es pensar qué medio se ha de tener
cuando vuesa merced venza a algún gigante o otro caballero, y le mande que se vaya
a presentar ante la hermosura de la señora Dulcinea: ¿adónde la ha de hallar este pobre
gigante, o este pobre y mísero caballero vencido? Paréceme que los veo andar por el
Toboso hechos unos bausanes, buscando a mi señora Dulcinea, y aunque la
encuentren en mitad de la calle, no la conocerán más que a mi padre. Quizá, Sancho,
respondió Don Quijote, no se extenderá el encantamento a quitar el conocimiento de
Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros; y en uno o dos de los
primeros que yo venza y le envíe haremos la experiencia si la ven o no, mandándoles
que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto les hubiere sucedido. Digo, señor,
replicó Sancho, que me ha parecido bien lo que vuesa merced ha dicho, y que con ese
artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos; y si es que ella a solo vuesa
merced se encubre, la desgracia más será de vuesa merced que suya; pero como la
señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos avendremos y lo
pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo
que haga de las suyas; que él es el mejor médico destas y de otras mayores
enfermedades. Responder quería Don Quijote a Sancho Panza; pero estorbóselo una
carreta que salió al través del camino, cargada de los más diversos y extraños
personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de
carretero era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo
ni zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de Don Quijote fue la de la misma
Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y pintadas
alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza;
a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero
con su arco, carcaj y saetas; venía también un caballero armado de punta en blanco,
excepto que no traía morrión, ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas
colores; con éstas venían otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual
visto de improviso, en alguna manera alborotó a Don Quijote y puso miedo en el
corazón de Sancho; mas luego se alegró Don Quijote, creyendo que se le ofrecía
alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con ánimo dispuesto de
acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta, y con voz alta y
amenazadora, dijo: Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme
quién eres, a dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la
barca de Carón que carreta de las que se usan.

A lo cual mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió: Señor, nosotros


somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que
está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de las
Cortes de la muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se
parece; y por estar tan cerca y excusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir,
nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va
de Muerte; el otro, de ángel; aquella mujer, que es la del autor, va de reina; el otro, de
soldado; aquél, de emperador, y yo, de demonio, y soy una de las principales figuras
del auto, porque hago en esta compañía los primeros papeles: si otra cosa vuesa
merced desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda
puntualidad; que como soy demonio, todo se me alcanza. Por la fe de caballero
andante, respondió Don Quijote, que así como vi este carro imaginé que alguna grande
aventura se me ofrecía; y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano
para dar lugar al desengaño. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y
mirad si mandáis algo en que pueda seros de provecho; que lo haré con buen ánimo y
buen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad
se me iban los ojos tras la farándula. Estando en estas pláticas, quiso la suerte que
llegase uno de la compañía, que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles,
y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho,
llegándose a Don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las
vejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó
a Rocinante, que sin ser poderoso a detenerle Don Quijote, tomando el freno entre los
dientes, dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron los huesos
de su notomía. Sancho, que consideró el peligro en que iba su amo de ser derribado,
saltó del rucio y a toda priesa fue a valerle; pero cuando a él llegó, ya estaba en tierra,
y junto a él Rocinante, que con su amo vino al suelo: ordinario fin y paradero de las
lozanías de Rocinante, y de sus atrevimientos. Mas apenas hubo dejado su caballería
Sancho por acudir a Don Quijote, cuando el demonio bailador de las vejigas saltó
sobre el rucio, y sacudiéndole con ellas, el miedo y ruido más que el dolor de los
golpes le hizo volar por la campaña hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta. Miraba
Sancho la carrera de su rucio y la caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos
necesidades acudiría primero; pero en efecto como buen escudero y como buen criado
pudo más con él el amor de su señor que el cariño de su jumento; puesto que cada vez
que veía levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio, eran para él
tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a él en
las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja
tribulación llegó donde estaba Don Quijote harto más maltrecho de lo que él quisiera,
y ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo: señor, el Diablo se ha llevado al rucio.
¿Qué diablo? preguntó Don Quijote. El de las vejigas, respondió Sancho. Pues yo le
cobraré, replicó Don Quijote, si bien se encerrase con él en los más hondos y escuros
calabozos del infierno. Sígueme, Sancho; que la carreta va despacio, y con las mulas
della satisfaré la pérdida del rucio. No hay para qué hacer esa diligencia, señor,
respondió Sancho: vuesa merced temple su cólera, que según me parece, ya el Diablo
ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia. Y así era la verdad; porque habiendo caído
el Diablo con el rucio, por imitar a Don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie
al pueblo, y el jumento se volvió a su amo. Con todo eso, dijo Don Quijote, será bien
castigar el descomedimiento de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque
sea el mesmo emperador. Quítesele a vuesa merced eso de la imaginación, replicó
Sancho, y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente
favorecida: recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas.
Sepa vuesa merced que como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen,
todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías
reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen unos
príncipes. Pues con todo, respondió Don Quijote, no se me ha de ir el demonio farsante
alabando, aunque le favorezca todo el género humano. Y diciendo esto, volvió a la
carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo, y iba dando voces, diciendo: Deteneos,
esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender cómo se han de tratar
los jumentos y alimañas que sirven de caballería a los escuderos de los caballeros
andantes. Tan altos eran los gritos de Don Quijote, que los oyeron y entendieron los
de la carreta; y juzgando por las palabras la intención del que las decía, en un instante
saltó la muerte de la carreta, y tras ella, el emperador, el diablo carretero y el ángel,
sin quedarse la reina ni el dios Cupido, y todos se cargaron de piedras y se pusieron
en ala esperando recebir a Don Quijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote,
que los vio puestos en tan gallardo escuadrón, los brazos levantados con ademán de
despedir poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar
de qué modo los acometería con menos peligro de su persona. En esto que se detuvo,
llegó Sancho, y viéndole en talle de acometer al bien formado escuadrón, le dijo: Asaz
de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señor mío, que para sopa
de arroyo y tente, bonete, no hay arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y
encerrarse en una campana de bronce; y también se ha de considerar que es más
temeridad que valentía acometer un hombre solo a un ejército donde está la Muerte,
y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan los buenos y los malos ángeles; y
si esta consideración no le mueve a estarse quedo, muévale saber de cierto que entre
todos los que allí están, aunque parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún
caballero andante. Ahora sí, dijo Don Quijote, has dado, Sancho, en el punto que
puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la
espada, como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero:
a ti, Sancho toca, si quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha
hecho; que yo desde aquí te ayudaré con voces y advertimientos saludables. No hay
para qué, señor, respondió Sancho, tomar venganza de nadie, pues no es de buenos
cristianos tomarla de los agravios; cuanto más que yo acabaré con mi asno que ponga
su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pacíficamente los días que
los cielos me dieren de vida. Pues ésa es tu determinación, replicó Don Quijote,
Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas
fantasmas y volvamos a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo esta
tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas. Volvió las
riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su escuadrón volante
volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este felice fin tuvo la temerosa
aventura de la carreta de la muerte: gracias sean dadas al saludable consejo que
Sancho Panza dio a su amo, al cual el día siguiente, le sucedió otra con un enamorado
y andante caballero, de no menos suspensión que la pasada.
Capítulo XII
De la extraña aventura que le sucedió al valeroso Don Quijote con el bravo
caballero de los Espejos

La noche que siguió al día del rencuentro de la muerte, la pasaron Don Quijote y
su escudero debajo de unos altos y sombrosos árboles, habiendo, a persuasión de
Sancho, comido Don Quijote de lo que venía en el repuesto del rucio, y entre la cena
dijo Sancho a su Señor: señor, qué tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en
albricias los despojos de la primera aventura que vuesa merced acabara, antes que las
crías de las tres yeguas. En efeto, en efeto, más vale pájaro en mano que buitre
volando. Todavía, respondió Don Quijote, si tú, Sancho, me dejaras acometer, como
yo quería, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la
Emperatriz y las pintadas alas de Cupido; que yo se las quitara al redropelo y te las
pusiera en las manos. Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes,
respondió Sancho Panza fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata. Así es
verdad, replicó Don Quijote, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia
fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual
quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a
los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de
hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde
se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al
vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los
comediantes. Si no, dime, ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se
introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos
personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado,
otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y
desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales. Sí he visto,
respondió Sancho. Pues lo mesmo, dijo Don Quijote acontece en la comedia y trato
deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente
todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero en llegando al fin,
que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los
diferenciaban y quedan iguales en la sepultura. ¡Brava comparación! dijo Sancho,
aunque no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella
del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio,
y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una
bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura. Cada día, Sancho, dijo Don Quijote,
te vas haciendo menos simple y más discreto. Sí, que algo se me ha de pegar de la
discreción de vuesa merced, respondió Sancho, que las tierras que de suyo son
estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos: quiero
decir que la conversación de vuesa merced ha sido el estiércol que sobre la estéril
tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y
comunico; y con esto espero de dar frutos de mí que sean de bendición, tales, que no
desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha hecho
en el agostado entendimiento mío. Rióse Don Quijote de las afectadas razones de
Sancho, y pareciole ser verdad lo que decía de su emienda, porque de cuando en
cuando hablaba de manera, que le admiraba; puesto que todas o las más veces que
Sancho quería hablar de oposición y a lo cortesano, acababa su razón con despeñarse
del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que él se mostraba
más elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo de lo
que trataba, como se habrá visto y se habrá notado en el discurso desta historia. En
estas y en otras pláticas se les pasó gran parte de la noche, y a Sancho le vino en
voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como él decía cuando quería dormir,
y desaliñando al rucio le dio pasto abundoso y libre. No quitó la silla a Rocinante, por
ser expreso mandamiento de su señor que en el tiempo que anduviesen en campaña,
o no durmiesen debajo de techado, no desaliñase a Rocinante, antigua usanza
establecida y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arzón
de la silla; pero ¿quitar la silla al caballo? guarda; y así lo hizo Sancho, y le dio la
misma libertad que al rucio, cuya amistad dél y de Rocinante fue tan única y tan
trabada, que hay fama, por tradición de padres a hijos, que el autor desta verdadera
historia hizo particulares capítulos della; mas que, por guardar la decencia y decoro
que a tan heroica historia se debe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se
descuida deste su prosupuesto, y escribe que así como las dos bestias se juntaban,
acudían a rascarse el uno al otro, y que, después de cansados y satisfechos, cruzaba
Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio, que le sobraba de la otra parte más de
media vara, y mirando los dos atentamente al suelo, se solían estar de aquella manera
tres días; a lo menos todo el tiempo que les dejaban o no les compelía la hambre a
buscar sustento. Digo que dicen, que dejó el autor escrito que los había comparado en
la amistad a la que tuvieron Niso y Euríalo, y Pílades y Orestes; y si esto es así, se
podía echar de ver para universal admiración cuán firme debió ser la amistad destos
dos pacíficos animales, y para confusión de los hombres, que tan mal saben guardarse
amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:

No hay amigo para amigo:


Las cañas se vuelven lanzas;

y el otro que cantó:

De amigo a amigo, la chinche, etc.

Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber


comparado la amistad destos animales a la de los hombres; que de las bestias han
recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de
importancia, como son: de las cigüeñas, el cristel; de los perros, el vómito y el
agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los
elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo. Finalmente, Sancho se quedó
dormido al pie de un alcornoque, y Don Quijote dormitando al de una robusta encina;
pero poco espacio de tiempo había pasado, cuando le despertó un ruido que sintió a
sus espaldas, y levantándose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de dónde el
ruido procedía, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dejándose derribar
de la silla, dijo al otro: Apéate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi
parecer este sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menester
mis amorosos pensamientos. El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un
mesmo tiempo; y al arrojarse, hicieron ruido las armas de que venía armado,
manifiesta señal por donde conoció Don Quijote que debía de ser caballero andante;
y llegándose a Sancho, que dormía, le trabó del brazo, y con no pequeño trabajo le
volvió en su acuerdo, y con voz baja le dijo: Hermano Sancho, aventura tenemos.

Dios nos la dé buena, respondió Sancho; ¿y adónde está, señor mío, su merced de
esa señora aventura? ¿Adónde, Sancho? replicó Don Quijote, vuelve los ojos y mira,
y verás allí tendido un andante caballero, que, a lo que a mí se me trasluce, no debe
de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo
con algunas muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas. ¿Pues en qué halla
vuesa merced, dijo Sancho que ésta sea aventura? No quiero yo decir, respondió Don
Quijote que ésta sea aventura del todo, sino principio della; que por aquí se comienzan
las aventuras. Pero escucha, que a lo que parece, templando está un laúd o vihuela, y
según escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo. A buena
fe que es así, respondió Sancho, y que debe de ser caballero enamorado. No hay
ninguno de los andantes que no lo sea, dijo Don Quijote. Y escuchémosle, que por el
hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta; que de la abundancia
del corazón habla la lengua. Replicar quería Sancho a su amo; pero la voz del
Caballero del Bosque, que no era muy mala ni muy buena, lo estorbó, y estando los
dos atentos, oyeron que lo que cantó fue este soneto:

Dadme, señora, un término que siga,


conforme a vuestra voluntad cortado;
que será de la mía así estimado,
que por jamás un punto dél desdiga.
Si gustáis que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si queréis que os la cuente en desusado
modo, haré que el mesmo Amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el ama ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os dé gusto,
que de guardarlo eternamente juro.

Con un «ay» arrancado, al parecer, de lo íntimo de su corazón, dio fin a su canto


el caballero del Bosque, y de allí a un poco, con voz doliente y lastimada, dijo: ¡Oh la
más hermosa y la más ingrata mujer del orbe! Cómo que ¿será posible, serenísima
Casildea de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas
peregrinaciones y en ásperos y duros trabajos este tu cautivo caballero? ¿No basta ya
que he hecho que te confiesen por la más hermosa del mundo todos los caballeros de
Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y finalmente,
todos los caballeros de la Mancha? Eso no, dijo a esta sazón Don Quijote, que yo soy
de la Mancha, y nunca tal he confesado, ni podía ni debía confesar una cosa tan
perjudicial a la belleza de mi señora; y este tal caballero ya ves tú, Sancho, que
desvaría. Pero, escuchemos: quizá se declarará más. Si hará, replicó Sancho, que
término lleva de quejarse un mes arreo. Pero no fue así; porque habiendo entreoído el
caballero del Bosque que hablaban cerca dél, sin pasar adelante en su lamentación, se
puso en pie y dijo con voz sonora y comedida: ¿Quién va allá? ¿Qué gente? ¿Es por
ventura de la del número de los contentos, o la del de los afligidos? De los afligidos,
respondió Don Quijote. Pues lléguese a mí, respondió el del Bosque, y hará cuenta
que se llega a la mesma tristeza y a la aflicción mesma. Don Quijote, que se vio
responder tan tierna y comedidamente, se llegó a él, y Sancho ni más ni menos. El
caballero lamentador asió a Don Quijote del brazo diciendo: Sentaos aquí, señor
caballero; que para entender que lo sois, y de los que profesan la andante caballería,
bástame el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen
compañía, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes. A lo que
respondió Don Quijote: Caballero soy, y de la profesión que decís; y aunque en mi
alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso
se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las ajenas desdichas: de lo que
cantaste poco ha colegí que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que
tenéis a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes. Ya
cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en buena paz y
compañía, como si al romper del día no se hubieran de romper las cabezas. ¿Por
ventura, señor caballero, preguntó el del Bosque a Don Quijote sois enamorado? Por
desventura lo soy, respondió Don Quijote, aunque los daños que nacen de los bien
colocados pensamientos antes se deben tener por gracias que por desdichas. Así es la
verdad, replicó el del Bosque, si no nos turbasen la razón y el entendimiento los
desdenes, que siendo muchos, parecen venganzas. Nunca fui desdeñado de mi señora,
respondió Don Quijote. No, por cierto, dijo Sancho, que allí junto estaba, porque es
mi señora como una borrega mansa, es más blanda que una manteca. ¿Es vuestro
escudero éste? preguntó el del Bosque. Sí es, respondió Don Quijote. Nunca he visto
yo escudero, replicó el del Bosque que se atreva a hablar donde habla su señor: a lo
menos, ahí está ese mío, que es tan grande como su padre, y no se probará que haya
desplegado el labio donde yo hablo. Pues a fe, dijo Sancho que he hablado yo, y puedo
hablar delante de otro tan, y aun... quédese aquí, que es peor menearlo. El escudero
del Bosque asió por el brazo a Sancho, diciéndole: Vámonos los dos donde podamos
hablar escuderilmente todo cuanto quisiéremos, y dejemos a estos señores amos
nuestros que se den de las astas, contándose las historias de sus amores; que a buen
seguro que les ha de coger el día en ellas y no las han de haber acabado. Sea en buena
hora, dijo Sancho, y yo le diré a vuesa merced quién soy, para que vea si puedo entrar
en docena con los más hablantes escuderos. Con esto se apartaron los dos escuderos,
entre los cuales pasó un tan gracioso coloquio como fue grave el que pasó entre sus
señores.

Capítulo XIII
Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y
suave coloquio que pasó entre los dos escuderos
Divididos estaban caballeros y escuderos, éstos contándose sus vidas, y aquéllos
sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego
prosigue el de los amos, y así, dice que, apartándose un poco dellos, el del Bosque
dijo a Sancho: Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, señor mío, estos que
somos escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudor
de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que echó Dios a nuestros primeros
padres. También se puede decir, añadió Sancho que lo comemos en el hielo de
nuestros cuerpos; porque ¿quién más calor y más frío que los miserables escuderos de
la andante caballería? Y aun menos mal si comiéramos, pues los duelos, con pan son
menos; pero tal vez hay que se nos pasa un día y dos sin desayunarnos, si no es del
viento que sopla. Todo eso se puede llevar y conllevar, dijo el del Bosque con la
esperanza que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es desgraciado el
caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a pocos lances se verá
premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula, o con un condado de buen
parecer. Yo, replicó Sancho ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno
de alguna ínsula; y él es tan noble y tan liberal, que me le ha prometido muchas y
diversas veces. Yo, dijo el del Bosque con un canonicato quedaré satisfecho de mis
servicios, y ya me le tiene mandado mi amo. ¿Y qué tal? Debe de ser, dijo Sancho su
amo de vuesa merced caballero a lo eclesiástico, y podrá hacer esas mercedes a sus
buenos escuderos; pero el mío es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le
querían aconsejar personas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que
procurase ser arzobispo, pero él no quiso sino ser emperador, y yo estaba entonces
temblando si le venía en voluntad de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente de
tener beneficios por ella; porque le hago saber a vuesa merced, que aunque parezco
hombre, soy una bestia para ser de la Iglesia. Pues en verdad que lo yerra vuesa
merced, dijo el del Bosque, a causa que los gobiernos insulanos no son todos de buena
data: algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos malencónicos, y finalmente, el
más erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de
incomodidades, que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte.
Harto mejor sería que los que profesamos esta maldita servidumbre nos
retirásemos a nuestras casas, y allí nos entretuviésemos en ejercicios más suaves,
como si dijésemos cazando o pescando; que ¿qué escudero hay tan pobre en el mundo,
a quien le falte un rocín, y un par de galgos, y una caña de pescar, con que entretenerse
en su aldea? A mí no me falta nada deso, respondió Sancho; verdad es que no tengo
rocín, pero tengo un asno que vale dos veces más que el caballo de mi amo: mala
pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por él, aunque me diesen
cuatro fanegas de cebada encima: a burla tendrá vuesa merced el valor de mi rucio,
que rucio es el color de mi jumento: pues galgos no me habían de faltar, habiéndolos
sobrados en mi pueblo; y más que entonces es la caza más gustosa cuando se hace a
costa ajena. Real y verdaderamente, respondió el del Bosque, señor escudero, que
tengo propuesto y determinado de dejar estas borracherías destos caballeros, y
retirarme a mi aldea, y criar mis hijitos; que tengo tres como tres orientales perlas.
Dos tengo yo, dijo Sancho, que se pueden presentar al papa en persona, especialmente
una muchacha a quien crío para condesa, si Dios fuere servido, aunque a pesar de su
madre. ¿Y qué edad tiene esa señora que se cría para condesa? preguntó el del Bosque.
Quince años, dos más a menos, respondió Sancho, pero es tan grande como una lanza,
y tan fresca como una mañana de abril, y tiene una fuerza de un ganapán. Partes son
ésas, respondió el del Bosque no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde
bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca! A lo que respondió
Sancho, algo mohíno: Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos,
Dios queriendo, mientras yo viviere: y háblese más comedidamente, que para haberse
criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me
parecen muy concertadas esas palabras. Oh qué mal se le entiende a vuesa merced,
replicó el del Bosque de achaque de alabanzas, señor escudero. Cómo, ¿y no sabe que
cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna
persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: oh hideputa puto, y qué
bien que lo ha hecho? Y aquello que parece vituperio en aquel término, es alabanza
notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan
se les den a sus padres loores semejantes. Si reniego, respondió Sancho, y dese modo
y por esa misma razón podía echar vuesa merced a mí y a mis hijos y a mi mujer toda
una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son extremos dignos de
semejantes alabanzas, y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado
mortal, que lo mesmo será si me saca deste peligroso oficio de escudero, en el cual he
incurrido segunda vez, cebado y engañado de una bolsa con cien ducados que me hallé
un día en el corazón de Sierra Morena, y el diablo me pone ante los ojos aquí, allí, acá
no, sino acullá un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso le toco con
la mano, y me abrazo con él, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo rentas, y
vivo como un príncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen fáciles y llevaderos
cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más de
loco que de caballero. Por eso, respondió el del Bosque dicen que la codicia rompe el
saco; y si va a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de
aquellos que dicen: «Cuidados ajenos matan al asno»; pues porque cobre otro
caballero el juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscando lo que no sé si
después de hallado le ha de salir a los hocicos. ¿Y es enamorado, por dicha? Sí, dijo
el del Bosque: de una tal Casildea de Vandalia, la más cruda y la más asada señora
que en todo el orbe puede hallarse; pero no cojea del pie de la crudeza, que otros
mayores embustes le gruñen en las entrañas, y ello dirá antes de muchas horas. No
hay camino tan llano, replicó Sancho, que no tenga algún tropezón o barranco: en
otras casas cuecen habas, y en la mía, a calderadas; más acompañados y paniaguados
debe de tener la locura que la discreción; mas si es verdad lo que comúnmente se dice,
que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuesa
merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío. Tonto, pero
valiente, respondió el del Bosque, y más bellaco que tonto y que valiente. Eso no es
el mío, respondió Sancho: digo que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma
como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna:
un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le
quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates
que haga. Con todo eso, hermano y señor, dijo el del Bosque, si el ciego guía al ciego,
ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buen compás de pies,
y volvernos a nuestras querencias; que los que buscan aventuras no siempre las hallan
buenas. Escupía Sancho a menudo, al parecer, un cierto género de saliva pegajosa y
algo seca, lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero, dijo: Paréceme
que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas; pero yo traigo un
despegador pendiente del arzón de mi caballo, que es tal como bueno; y levantándose
volvió desde allí a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara;
y no es encarecimiento, porque era de un conejo albar tan grande que Sancho al tocarla
entendió ser de algún cabrón, no que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo: ¿Y
esto trae vuesa merced consigo, señor? Pues qué se pensaba respondió el otro, soy yo
por ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de
mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general. Comió Sancho sin
hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de suelta. Y dijo: Vuesa
merced sí que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magnífico y grande, como
lo muestra este banquete, que si no ha venido aquí por arte de encantamento, parécelo,
a lo menos; y no como yo, mezquino y malaventurado, que sólo traigo en mis alforjas
un poco de queso, tan duro, que pueden descalabrar con ello a un gigante; a quien
hacen compañía cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces,
mercedes a la estrecheza de mi dueño, y a la opinión que tiene y orden que guarda de
que los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y
con las yerbas del campo. Por mi fe, hermano, replicó el del Bosque, que yo no tengo
hecho el estómago a tagarninas, ni a piruétanos, ni a raíces de los montes. Allá se lo
hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos
mandaren; fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de la silla, por sí o por
no; y es tan devota mía y quiérola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil
besos y mil abrazos. Y diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual,
empinándola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y en
acabando de beber, dejó caer la cabeza a un lado, y dando un gran suspiro, dijo: ¡Oh
hi de puta, bellaco, y cómo es católico! ¿Veis ahí, dijo el del Bosque en oyendo el
hideputa de Sancho cómo habéis alabado este vino llamándole hi de puta? Digo,
respondió Sancho que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a
nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero, dígame, señor, por el
siglo de lo que más quiere: ¿este vino es de Ciudad Real? ¡Bravo mojón!, respondió
el del Bosque. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos años de
ancianidad. ¿A mí con eso? dijo Sancho. No toméis menos sino que se me fuera a mí
por alto dar alcance a su conocimiento. ¿No será bueno, señor escudero, que tenga yo
un instinto tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en dándome a oler
cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura, y las vueltas que ha de dar,
con todas las circunstancias al vino atañederas? Pero no hay de qué maravillarse, si
tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos más excelentes mojones que en luengos
años conoció la Mancha; para prueba de lo cual les sucedió lo que ahora diré.
Diéronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidiéndoles su parecer del estado,
cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo probó con la punta de la lengua; el otro
no hizo más de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sabía a hierro; el
segundo dijo que más sabía a cordobán. El dueño dijo que la cuba estaba limpia, y
que el tal vino no tenía adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de
cordobán. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que habían dicho.
Anduvo el tiempo, vendiose el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave
pequeña, pendiente de una correa de cordobán. Porque vea vuesa merced si quien
viene desta ralea podrá dar su parecer en semejantes causas. Por eso digo, dijo el del
Bosque que nos dejemos de andar buscando aventuras; y pues tenemos hogazas, no
busquemos tortas, y volvámonos a nuestras chozas, que allí nos hallará Dios, si él
quiere. Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le serviré; que después todos nos
entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo
necesidad el sueño de atarles las lenguas y templarles la sed, que quitársela fuera
imposible; y así, asidos entrambos de la ya casi vacía bota, con los bocados a medio
mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar
lo que el Caballero del Bosque pasó con el de la Triste Figura.

Capítulo XIV
Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque

Entre muchas razones que pasaron Don Quijote y el Caballero de la Selva, dice
la historia que el del Bosque dijo a Don Quijote: Finalmente, señor caballero, quiero
que sepáis que mi destino, o por mejor decir mi elección, me trujo a enamorar de la
sin par Casildea de Vandalia: llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del
cuerpo como en el extremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues, que
voy contando, pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos con hacerme
ocupar, como su madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros, prometiéndome
al fin de cada uno que en el fin del otro llegaría el de mi esperanza; pero así se han
ido eslabonando mis trabajos, que no tienen cuento, ni yo sé cuál ha de ser el último
que dé principio al cumplimiento de mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese
a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente
y fuerte como hecha de bronce, y sin mudarse de un lugar, es la más movible y voltaria
mujer del mundo. Llegué, vila y vencila, y hícela estar queda y a raya, porque en más
de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez también hubo que me mandó
fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los valientes Toros de Guisando, empresa
más para encomendarse a ganapanes que a caballeros. Otra vez me mandó que me
precipitase y sumiese en la sima de Cabra: ¡peligro inaudito y temeroso! y que le
trujese particular relación de lo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve
el movimiento a la Giralda, pesé los toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué
a luz lo escondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus
mandamientos y desdenes vivos que vivos. En resolución, últimamente me ha
mandado que discurra por todas las provincias de España y haga confesar a todos los
andantes caballeros que por ellas vagaren, que ella sola es la más aventajada en
hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valiente y el más bien enamorado
caballero del orbe, en cuya demanda he andado ya la mayor parte de España, y en ella
he vencido muchos caballeros que se han atrevido a contradecirme; pero de lo que yo
más me precio y ufano es de haber vencido, en singular batalla a aquel tan famoso
caballero Don Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi
Casildea que su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido
todos los caballeros del mundo, porque el tal Don Quijote que digo los ha vencido a
todos; y habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se ha transferido y
pasado a mi persona, y

Y tanto el vencedor es más honrado,


cuanto más el vencido es reputado,

así, que ya corren por mi cuenta y son mías las innumerables hazañas del ya
referido Don Quijote. Admirado quedó Don Quijote de oír al caballero del Bosque, y
estuvo mil veces por decirle que mentía, y ya tuvo el «mentís» en el pico de la lengua;
pero reportose lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca su mentira:
y así, sosegadamente le dijo: De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a
los más caballeros andantes de España y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de
que haya vencido a Don Quijote de la Mancha, póngolo en duda: podría ser que fuese
otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan. ¿Cómo no? replicó el del
Bosque; por el cielo que nos cubre, que peleé con Don Quijote, y le vencí y rendí; y
es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros,
entrecano, la nariz aguileña y algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos: campea
debajo del nombre del «caballero de la Triste Figura», y trae por escudero a un
labrador llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo
llamado Rocinante, y finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal Dulcinea
del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que por llamarse
Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas señas
no bastan para acreditar mi verdad, aquí está mi espada, que la hará dar crédito a la
mesma incredulidad. Sosegaos, señor caballero, dijo Don Quijote, y escuchad lo que
decir os quiero. Habéis de saber que ese Don Quijote que decís es el mayor amigo que
en este mundo tengo; y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mi misma
persona, y que por las señas que dél me habéis dado, tan puntuales y ciertas, no puedo
pensar sino que sea el mismo que habéis vencido: por otra parte, veo con los ojos y
toco con las manos no ser posible ser el mesmo, si ya no fuese que como él tiene
muchos enemigos encantadores, especialmente, uno que de ordinario le persigue, no
haya alguno dellos tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama
que sus altas caballerías le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto de la
tierra: y para confirmación desto quiero también que sepáis, que los tales encantadores
sus contrarios no ha más de dos días que transformaron la figura y persona de la
hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y baja, y desta manera habrán
transformado a Don Quijote, y si todo esto no basta para enteraros en esta verdad que
digo, aquí está el mesmo Don Quijote, que la sustentará con sus armas a pie o a
caballo, o de cualquiera suerte que os agradare: y diciendo esto, se levantó en pie, y
se empuñó en la espada esperando qué resolución tomaría el Caballero del Bosque; el
cual, con voz asimismo sosegada respondió y dijo: Al buen pagador no le duelen
prendas; el que una vez, señor Don Quijote, pudo venceros transformado, bien podrá
tener esperanza de rendiros en vuestro propio ser; mas porque no es bien que los
caballeros hagan sus fechos de armas a escuras como los salteadores y rufianes,
esperemos el día para que el sol vea nuestras obras; y ha de ser condición de nuestra
batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor para que haga dél todo
lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que se le ordenare. Soy más que
contento desa condición y convenencia, respondió Don Quijote; y en diciendo esto se
fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron roncando y en la misma forma que
estaban cuando les salteó el sueño. Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a
punto los caballos, porque en saliendo el sol habían de hacer los dos una sangrienta,
singular y desigual batalla, a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso
de la salud de su amo por las valentías que había oído decir del suyo al escudero del
Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos a buscar su ganado; que
ya todos tres caballos y el rucio se habían olido y estaban todos juntos. En el camino
dijo el del Bosque a Sancho: Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los
peleantes de la Andalucía, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse
ociosos mano sobre mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté
advertido que mientras nuestros dueños riñeren, nosotros también hemos de pelear y
hacernos astillas. Esa costumbre, señor escudero, respondió Sancho, allá puede correr
y pasar con los rufianes y peleantes que dice; pero con los escuderos de los caballeros
andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi amo semejante
costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la andante caballería: cuanto
más que yo quiero que sea verdad y ordenanza expresa el pelear los escuderos en tanto
que sus señores pelean; pero yo no quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere
puesta a los tales pacíficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de
cera, y más quiero pagar las tales libras; que sé que me costarán menos que las hilas
que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento por partida y dividida en
dos partes. Hay más: que me imposibilita el reñir el no tener espada, pues en mi vida
me la puse. Para eso sé yo un buen remedio, dijo el del Bosque: yo traigo aquí dos
talegas de lienzo de un mesmo tamaño; tomaréis vos la una, y yo la otra, y riñiremos
a talegazos, con armas iguales. Desa manera sea en buena hora respondió Sancho,
porque antes servirá la tal pelea de despolvorearnos que de herirnos. No ha de ser así,
replicó el otro, porque se han de echar dentro de las talegas, porque no se las lleve el
aire, media docena de guijarros lindos y pelados, que pesen tanto los unos como los
otros, y desta manera nos podremos atalegar sin hacernos mal ni daño. Mirad ¡cuerpo
de mi padre! respondió Sancho, qué martas cebollinas o qué copos de algodón cardado
pone en las talegas, para no quedar molidos los cascos y hechos alheña los huesos;
pero aunque se llenaran de capullos de seda, sepa, señor mío, que no he de pelear:
peleen nuestros amos, y allá se lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros; que el tiempo
tiene cuidado de quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se
acaben antes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras. Con todo, replicó
el del Bosque, hemos de pelear siquiera media hora. Eso no, respondió Sancho, no
seré yo tan descortés ni tan desagradecido que con quien he comido y he bebido trabe
cuestión alguna por mínima que sea; cuanto más que estando sin cólera y sin enojo,
¿quién diablos se ha de amañar a reñir a secas? Para eso, dijo el del Bosque, yo daré
un suficiente remedio, y es, que antes que comencemos la pelea yo me llegaré
bonitamente a vuesa merced y le daré tres o cuatro bofetadas que dé con él a mis pies;
con las cuales le haré despertar la cólera, aunque esté con más sueño que un lirón.
Contra ese corte sé yo otro, respondió Sancho, que no le va en zaga: cogeré yo un
garrote, y antes que vuesa merced llegue a despertarme la cólera, haré yo dormir a
garrotazos de tal suerte la suya, que no despierte si no fuere en el otro mundo; en el
cual se sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear el rostro de nadie; y cada
uno mire por el virote; aunque lo más acertado sería dejar dormir su cólera a cada uno,
que no sabe nadie el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve trasquilado,
y Dios bendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado, encerrado y
apretado se vuelve en león, yo que soy hombre, Dios sabe en lo que podré volverme;
y así, desde ahora intimo a vuesa merced, señor escudero, que corra por su cuenta
todo el mal y daño que de nuestra pendencia resultare. Está bien, replicó el del Bosque:
amanecerá Dios y medraremos. En esto ya comenzaban a gorjear en los árboles mil
suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la
norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del oriente
iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un número
infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor bañándose las yerbas parecía asimesmo
que ellas brotaban y llovían blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná
sabroso, reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y
enriquecíanse los prados con su venida. Mas apenas dio lugar la claridad del día para
ver y diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció a los ojos de Sancho
Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande, que casi le hacía
sombra a todo el cuerpo. Cuéntase en efecto que era de demasiada grandeza, corva en
la mitad y toda llena de verrugas9, de color amoratado, como de berenjena; bajábale
dos dedos más abajo de la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento así
le afeaban el rostro, que en viéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como
niño con alferecía, y propuso en su corazón de dejarse dar doscientas bofetadas antes
que despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo. Don Quijote miró a su contendor,
y hallole ya puesta y calada la celada, de modo que no le pudo ver el rostro; pero notó
que era hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una
sobrevesta o casaca, de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella
muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima
manera galán y vistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes,
amarillas y blancas; la lanza que tenía arrimada a un árbol era grandísima y gruesa y
de un hierro acerado de más de un palmo. Todo lo miró y todo lo notó Don Quijote,
y juzgó de lo visto y mirado que el ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas;
pero no por eso temió, como Sancho Panza; antes con gentil denuedo, dijo al
Caballero de los Espejos: Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la
cortesía, por ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía de
vuestro rostro responde a la de vuestra disposición. O vencido o vencedor que salgáis
desta empresa, señor caballero, respondió el de los Espejos, os quedará tiempo y
espacio demasiado para verme; y si ahora no satisfago a vuestro deseo, es por
parecerme que hago notable agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el
tiempo que tardare en alzarme la visera sin haceros confesar lo que ya sabéis que
pretendo. Pues en tanto que subimos a caballo, dijo Don Quijote bien podéis decirme
si soy yo aquel Don Quijote que dijistes haber vencido. A eso vos respondemos, dijo
el de los Espejos que parecéis, como se parece un huevo a otro, al mismo caballero
que yo vencí; pero según vos decís, que le persiguen encantadores, no osaré afirmar
si sois el contenido o no. Eso me basta a mí, respondió Don Quijote, para que crea
vuestro engaño; empero, para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos;
que en menos tiempo que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si mi señora
y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy yo el vencido
Don Quijote que pensáis. Con esto acortando razones subieron a caballo, y Don
Quijote volvió las riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo para
volver a encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos; pero no se había
apartado Don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de los Espejos, y
partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo: Advertid, señor caballero, que
la condición de nuestra batalla es, que el vencido, como otra vez he dicho, ha de
quedar a discreción del vencedor. Ya la sé, respondió Don Quijote, con tal que lo que
se le impusiere y mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de
la caballería. Así se entiende, respondió el de los Espejos. Ofreciéronsele en esto a la
vista de Don Quijote las extrañas narices del escudero, y no se admiró menos de verlas
que Sancho, tanto que le juzgó por algún monstro, o por hombre nuevo y de aquellos
que no se usan en el mundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no
quiso quedar solo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellas
narices en las suyas, sería acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o del
miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de Rocinante; y
cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo: Suplico a vuesa merced,
señor mío, que antes que vuelva a encontrarse me ayude a subir sobre aquel
alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor mejor que desde el suelo el gallardo
encuentro que vuesa merced ha de hacer con este caballero.
Antes creo, Sancho, dijo Don Quijote, que te quieres encaramar y subir en
andamio por ver sin peligro los toros. La verdad que diga, respondió Sancho, las
desaforadas narices de aquel escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me
atrevo a estar junto a él. Ellas son tales, dijo Don Quijote, que a no ser yo quien soy,
también me asombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices. En lo que se
detuvo Don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque tomó el de los Espejos
del campo lo que le pareció necesario; y creyendo que lo mismo habría hecho Don
Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra señal que los avisase, volvió las riendas a
su caballo, que no era más ligero ni de mejor parecer que Rocinante, y a todo su correr,
que era un mediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero viéndole ocupado en la
subida de Sancho, detuvo las riendas y parose en la mitad de la carrera, de lo que el
caballo quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse. Don Quijote, que le
pareció que ya su enemigo venía volando, arrimó reciamente las espuelas a las
trasijadas ijadas de Rocinante, y le hizo aguijar de manera, que cuenta la historia que
esta sola vez se conoció haber corrido algo; porque todas las demás siempre fueron
trotes declarados, y con esta no vista furia llegó donde el de los Espejos estaba
hincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiese mover un solo
dedo del lugar donde había hecho estanco de su carrera. En esta buena sazón y
coyuntura halló Don Quijote a su contrario embarazado con su caballo y ocupado con
su lanza, que nunca, o no acertó, o no tuvo lugar de ponerla en ristre. Don Quijote,
que no miraba en estos inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontró al
de los Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo por las
ancas del caballo, dando tal caída, que, sin mover pie ni mano, dio señales de que
estaba muerto. Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque y a toda
priesa vino donde su señor estaba; el cual, apeándose de Rocinante, fue sobre el de
los Espejos, y quitándole las lazadas del yelmo para ver si era muerto y para que le
diese el aire si acaso estaba vivo, vio, ¿quién podrá decir lo que vio, sin causar
admiración, maravilla y espanto a los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro
mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la misma fisonomía, la mesma efigie, la
perspectiva mesma del bachiller Sansón Carrasco, y así como la vio, en altas voces
dijo: Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer: aguija, hijo, y advierte
lo que puede la magia; lo que pueden los hechiceros y los encantadores. Llegó Sancho,
y como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó a hacerse mil cruces y a
santiguarse otras tantas. En todo esto no daba muestras de estar vivo el derribado
caballero, y Sancho dijo a Don Quijote: Soy de parecer, señor mío, que por sí o por
no, vuesa merced hinque y meta la espada por la boca a este que parece el bachiller
Sansón Carrasco, quizá matará en él a alguno de sus enemigos los encantadores. No
dices mal, dijo Don Quijote, porque de los enemigos, los menos; y sacando la espada
para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho, llegó el escudero del de los Espejos,
ya sin las narices que tan feo le habían hecho, y a grandes voces dijo: Mire vuesa
merced lo que hace, señor Don Quijote, que ese que tiene a los pies es el bachiller
Sansón Carrasco su amigo, y yo soy su escudero: y viéndole Sancho sin aquella
fealdad primera, le dijo: ¿Y las narices? A lo que él respondió: Aquí las tengo en la
faldriquera; y echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz, de
máscara, de la manifatura que quedan delineadas, y mirándole más y más Sancho, con
voz admirativa y grande, dijo: ¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé Cecial, mi
vecino y mi compadre? Y cómo si lo soy, respondió el ya desnarigado escudero: Tomé
Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré los arcaduces, embustes
y enredos por donde soy aquí venido; y en tanto pedid y suplicad al señor vuestro amo
que no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de los Espejos, que a sus pies tiene,
porque sin duda alguna es el atrevido y mal aconsejado del bachiller Sansón Carrasco,
nuestro compatrioto. En esto volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por Don
Quijote, le puso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo: Muerto
sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea del Toboso se aventaja en
belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás de esto habéis de prometer, si de esta
contienda y caída quedárades con vida, de ir a la ciudad del Toboso, y presentaros en
su presencia de mi parte, para que haga de vos lo que más en voluntad le viniere; y si
os dejare en la vuestra, asimismo habéis de volver a buscarme, que el rastro de mis
hazañas os servirá de guía que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con
ella hubiéredes pasado: condiciones que conforme a las que pusimos antes de nuestra
batalla, no salen de los términos de la andante caballería. Confieso, dijo el caído
caballero que vale más el zapato descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso
que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de
su presencia a la vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que me pedís.
También habéis de confesar y creer, añadió Don Quijote que aquel caballero que
venciste no fue ni pudo ser Don Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía,
como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco, no lo
sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me le han puesto mis enemigos,
para que detenga y temple el ímpetu de mi cólera, y para que use blandamente de la
gloria del vencimiento. Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y
sentís, respondió el derrengado caballero: dejadme levantar, os ruego, si es que lo
permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho me tiene. Ayudole a levantar Don
Quijote y Tomé Cecial su escudero, del cual no apartaba los ojos Sancho,
preguntándole cosas cuyas respuestas le daban manifiestas señales de que
verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; mas la aprehensión que en Sancho
había hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores habían mudado la figura del
Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la
verdad, que con los ojos estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño
amo y mozo, y el de los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron
de Don Quijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle y
entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir su camino de
Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de quién era el Caballero de los
Espejos y su narigante escudero.

Capítulo XV
Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero

En extremo contento, ufano y vanaglorioso iba Don Quijote por haber alcanzado
vitoria de tan valiente caballero como él se imaginaba que era el de los Espejos; de
cuya caballeresca palabra esperaba saber si el encantamento de su señora pasaba
adelante, pues era forzoso que el tal vencido caballero volviese, so pena de no serlo,
a darle razón de lo que con ella le hubiese sucedido. Pero uno pensaba Don Quijote y
otro el de los Espejos, puesto que por entonces no era otro su pensamiento sino buscar
donde bizmarse, como se ha dicho. Dice pues la historia, que cuando el bachiller
Sansón Carrasco aconsejó a Don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas
caballerías, fue por haber entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre qué
medio se podría tomar para reducir a Don Quijote a que se estuviese en su casa quieto
y sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo consejo salió,
por voto común de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a Don
Quijote, pues el detenerle parecía imposible, y que Sansón le saliese al camino como
caballero andante, y trabase batalla con él, pues no faltaría sobre qué, y le venciese,
teniéndolo por cosa fácil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a
merced del vencedor; y así vencido Don Quijote, le había de mandar el Bachiller
caballero se volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos años, o hasta tanto
que por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que Don Quijote vencido
cumpliría indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes de la caballería, y
podría ser que en el tiempo de su reclusión se le olvidasen sus vanidades, o se diese
lugar de buscar a su locura algún conveniente remedio. Aceptolo Carrasco, y
ofreciósele por escudero Tomé Cecial, compadre y vecino de Sancho Panza, hombre
alegre y de lucios cascos. Armose Sansón como queda referido y Tomé Cecial
acomodó sobre sus naturales narices las falsas y de máscara ya dichas, porque no fuese
conocido de su compadre cuando se viesen, y así, siguieron el mismo viaje que llevaba
Don Quijote, y llegaron casi a hallarse en la aventura del carro de la Muerte, y
finalmente, dieron con ellos en el bosque, donde les sucedió todo lo que el prudente
ha leído; y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de Don Quijote, que se
dio a entender que el Bachiller no era el Bachiller, el señor Bachiller quedara
imposibilitado para siempre de graduarse de licenciado, por no haber hallado nidos
donde pensó hallar pájaros. Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos
y el mal paradero que había tenido su camino, dijo al Bachiller: Por cierto, señor
Sansón Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con facilidad se piensa y se acomete
una empresa; pero con dificultad las más veces se sale della: Don Quijote loco,
nosotros cuerdos, él se va sano y riendo; vuesa merced queda molido y triste. Sepamos
pues ahora cuál es más loco: ¿el que lo es por no poder menos, o el que lo es por su
voluntad? A lo que respondió Sansón: La diferencia que hay entre esos dos locos es
que el que lo es por fuerza lo será siempre; y el que lo es de grado lo dejará de ser
cuando quisiere. Pues así es, dijo Tomé Cecial, yo fui por mi voluntad loco cuando
quise hacerme escudero de vuesa merced, y por la misma quiero dejar de serlo y
volverme a mi casa. Eso os cumple, respondió Sansón, porque pensar que yo he de
volver a la mía, hasta haber molido a palos a Don Quijote es pensar en lo excusado; y
no me llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de la venganza;
que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer más piadosos discursos.
En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue
ventura hallar un algebrista, con quien se curó el Sansón desgraciado. Tomé Cecial se
volvió y le dejó, y él quedó imaginando su venganza, y la historia vuelve a hablar dél
a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora con Don Quijote.

Capítulo XVI
De lo que sucedió a Don Quijote con un discreto caballero de la Mancha

Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía Don Quijote su


jornada, imaginándose por la pasada vitoria ser el caballero andante más valiente que
tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin conducidas cuantas
aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía en poco a los encantos y a los
encantadores; no se acordaba de los innumerables palos que en el discurso de sus
caballerías le habían dado, ni de la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni
del desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas de los
yangüeses; finalmente, decía entre sí que si él hallara arte, modo o manera como
desencantar a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayor ventura que alcanzó, o pudo
alcanzar, el más venturoso caballero andante de los pasados siglos. En estas
imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho le dijo: ¿No es bueno, señor, que aun
todavía traigo entre los ojos las desaforadas narices, y mayores de marca, de mi
compadre Tomé Cecial? Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los
Espejos era el bachiller Carrasco, y su escudero Tomé Cecial tu compadre? No sé qué
me diga a eso, respondió Sancho, sólo sé que las señas que me dio de mi casa, mujer
y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la cara, quitadas las narices, era la
misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto muchas veces en mi pueblo y pared en
medio de mi misma casa; y el tono de la habla era todo uno. Estemos a razón, Sancho,
replicó Don Quijote: ven acá, ¿en qué consideración puede caber que el bachiller
Sansón Carrasco viniese como caballero andante armado de armas ofensivas y
defensivas a pelear conmigo? ¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo
jamás ocasión para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de las armas,
para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado? ¿Pues qué diremos, señor,
respondió Sancho, a esto de parecerse tanto aquel caballero, sea el que se fuere, al
bachiller Carrasco, y su escudero a Tomé Cecial mi compadre? Y si ello es
encantamento, como vuesa merced ha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien
se parecieran? Todo es artificio y traza, respondió Don Quijote, de los malignos magos
que me persiguen; los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor en la
contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro de mi amigo
el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre los filos de mi espada y
el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de mi corazón, y desta manera quedase
con vida el que con embelecos y falsías procuraba quitarme la mía. Para prueba de lo
cual ya sabes oh Sancho, por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán
fácil sea a los encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo
y de lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la hermosura
y gallardía de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural conformidad, y yo la
vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal
olor en la boca; y más que el perverso encantador que se atrevió a hacer una
transformación tan mala no es mucho que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de
tu compadre, por quitarme la gloria del vencimiento de las manos; pero, con todo esto,
me consuelo, porque en fin en cualquiera figura que haya sido he quedado vencedor
de mi enemigo. Dios sabe la verdad de todo, respondió Sancho; y como él sabía que
la transformación de Dulcinea había sido traza y embeleco suyo, no le satisfacían las
quimeras de su amo; pero no le quiso replicar, por no decir alguna palabra que
descubriese su embuste. En estas razones estaban, cuando los alcanzó un hombre que
detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla,
vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera
del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de
morado y verde; traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro,
y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas
con un barniz verde; tan tersas y bruñidas, que, por hacer labor con todo el vestido,
parecían mejor que si fuera de oro puro.

Cuando llegó a ellos el caminante los saludó cortésmente, y picando a la yegua,


se pasaba de largo; pero Don Quijote le dijo: Señor galán, si es que vuesa merced lleva
el camino que nosotros y no importa el darse priesa, merced recibiría en que nos
fuésemos juntos. En verdad, respondió el de la yegua que no me pasara tan de largo
si no fuera por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese caballo.
Bien puede, señor, respondió a esta sazón Sancho, bien puede tener las riendas a su
yegua; porque nuestro caballo es el más honesto y bien mirado del mundo; jamás en
semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmandó a hacerla la
lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo otra vez que puede vuesa merced
detenerse, si quisiere; que aunque se la den entre dos platos, a buen seguro que el
caballo no la arrostre. Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y
rostro de Don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en
el arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a Don
Quijote, mucho más miraba Don Quijote al de lo verde, pareciéndole hombre de
chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas, y el rostro, aguileño;
la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser
hombre de buenas prendas. Lo que juzgó de Don Quijote de la Mancha el de lo verde
fue que semejante manera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admirole la
longura de su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro,
sus armas, su ademán y compostura; figura y retrato no visto por luengos tiempos
atrás en aquella tierra. Notó bien Don Quijote la atención con que el caminante le
miraba, y leyole en la suspensión su deseo; y como era tan cortés y tan amigo de dar
gusto a todos, antes que le preguntase nada le salió al camino, diciéndole: Esta figura
que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que comúnmente
se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado; pero dejará vuesa
merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy caballero destos que dicen
las gentes que a sus aventuras van. Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi
regalo, y entreguéme en los brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese
servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que
tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido
gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo
casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y así, por
mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi
todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi
historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo
remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que
yo soy Don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado «el caballero de la Triste
Figura»; y puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez
las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; así que, señor
gentilhombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas
estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de
aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago. Calló en diciendo
esto Don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en responderle, parecía que no
acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio le dijo: Acertaste, señor caballero, a
conocer por mi suspensión mi deseo; pero no habéis acertado a quitarme la maravilla
que en mí causa el haberos visto; que, puesto que, como vos, señor, decís, que el saber
ya quién sois me lo podría quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más
suspenso y maravillado. Cómo ¿y es posible que hay hoy caballeros andantes en el
mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo
persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre
casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera visto
con mis ojos. Bendito sea el cielo, que con esa historia que vuesa merced dice que
está impresa, de sus altas y verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las
innumerables de los fingidos caballeros andantes de que estaba lleno el mundo, tan en
daño de las buenas costumbres, y tan en perjuicio y descrédito de las buenas historias.
Hay mucho que decir, respondió Don Quijote, en razón de si son fingidas o no las
historias de los andantes caballeros. ¿Pues hay quien dude, respondió el Verde que no
son falsas las tales historias? Yo lo dudo, respondió Don Quijote, y quédese esto aquí;
que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha
hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.
Desta última razón de Don Quijote tomó barruntos el caminante de que Don Quijote
debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero antes que
se divertiesen en otros razonamientos, Don Quijote le rogó le dijese quién era, pues él
le había dado parte de su condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde
Gabán: Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar
donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido: soy más que medianamente rico y
es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y
con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca; pero no mantengo ni halcón
ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis
docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de
devoción otros: los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas.
Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto
entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención,
puesto que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y
amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada
escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no
escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día;
reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras por no dar
entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se
apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están
desavenidos; soy devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia
infinita de Dios nuestro Señor. Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y
entretenimientos del hidalgo; y pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía
de hacer milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo
derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas veces.
Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó: ¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son
éstos? Déjenme besar, respondió Sancho, porque me parece vuesa merced el primer
santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida. No soy santo, respondió el
hidalgo, sino gran pecador; vos sí, hermano, que debéis de ser bueno, como vuestra
simplicidad lo muestra. Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza
la risa de la profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego.
Preguntole Don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las cosas en que
ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del verdadero conocimiento
de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos
amigos y en tener muchos y buenos hijos. Yo, señor Don Quijote, respondió el
hidalgo, tengo un hijo, que a no tenerle quizá me juzgara por más dichoso de lo que
soy, y no porque él sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de
edad de diez y ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas
latina y griega, y cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan
embebido en la de la poesía (si es que se puede llamar ciencia), que no es posible
hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas,
la teología. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde
nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud
son perlas en el muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero
en tal verso de La Hiliada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal epigrama; si se
han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus
conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio,
Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y con todo
el mal cariño que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos
los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca,
y pienso que son de justa literaria. A todo lo cual respondió Don Quijote: Los hijos,
señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así se han de querer, o buenos o
malos, que sean como se quieren las almas que nos dan vida a los padres toca el
encaminarlos desde pequeños por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las
buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean báculo de la vejez de
sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella
ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso: y cuando no
se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante, que le dio el
cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a
que más le vieren inclinado; y aunque la de la poesía es menos útil que deleitable, no
es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi
parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo extremo hermosa, a
quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son
todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con
ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni traída por las calles, ni
publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es
hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo
de inestimable precio; hala de tener el que la tuviere a raya, no dejándola correr en
torpes sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si
ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y
artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de
conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no penséis, señor, que yo
llamo aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe,
aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo; y así, el que
con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y estimado
su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que decís, señor, que
vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doime a entender que no anda
muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque
era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos
los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a
buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón
sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el
poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno, que
escribe en la suya; pero vuestro hijo, a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal
con la poesía de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber
otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso;
y aun en esto puede haber yerro, porque según es opinión verdadera, el poeta nace:
quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y con aquella
inclinación que le dio el cielo sin más estudio ni artificio compone cosas que hace
verdadero al que dijo: Est Deus in nobis, etc. También digo, que el natural poeta que
se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el
arte quisiere serlo. La razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino
perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza,
sacaran un perfetísimo poeta. Sea pues la conclusión de mi plática, señor hidalgo, que
vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama, que siendo él tan
buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón
de las ciencias, que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de
las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y así
le adornan, honran y engrandecen como las mitras a los obispos, o como las garnachas
a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa merced a su hijo si hiciere sátiras que
perjudiquen las honras ajenas, y castíguele, y rómpaselas; pero si hiciere sermones al
modo de Horacio, donde reprenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo
hizo, alábele, porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en sus versos
mal de los envidiosos, y así de los otros vicios, con que no señale persona alguna;
pero hay poetas que a trueco de decir una malicia, se pondrán a peligro que los
destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres lo será
también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que
en ella se engendraren, tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes ven la
milagrosa ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran,
los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a quien no
ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales
coronas ven honrados y adornadas sus sienes. Admirado quedó el del Verde Gabán
del razonamiento de Don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opinión que con él
tenía de ser mentecato. Pero a la mitad desta plática Sancho, por no ser muy de su
gusto, se había desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí
junto estaban ordeñando unas ovejas: y en esto, ya volvía a renovar la plática el
hidalgo, satisfecho en extremo de la discreción y buen discurso de Don Quijote,
cuando alzando Don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban
venía un carro lleno de banderas reales; y creyendo que debía de ser alguna nueva
aventura, a grandes voces llamó a Sancho que viniese a darle la celada: el cual Sancho
oyéndose llamar dejó a los pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su
amo estaba, a quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.
Capítulo XVII
De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el
inaudito ánimo de Don Quijote, con la felicemente acabada aventura de los leones

Cuenta la historia, que cuando Don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el
yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le vendían, y acosado
de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos ni en qué traerlos, y por no
perderlos, que ya los tenía pagados, acordó de echarlos en la celada de su señor, y con
este buen recado volvió a ver lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo: Dame,
amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí descubro es alguna que
me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas. El del Verde Gabán, que esto
oyó, tendió la vista por todas partes, y no descubrió otra cosa que un carro que hacia
ellos venía, con dos o tres banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro
debía de traer moneda de su Majestad, y así se lo dijo a Don Quijote; pero él no le dio
crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de ser
aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo: Hombre apercebido medio
combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba; que sé por experiencia que tengo
enemigos visibles e invisibles, y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué
figuras me han de acometer; y volviéndose a Sancho le pidió la celada, el cual, como
no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomola
Don Quijote, y sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se la encajó
en la cabeza; y como los requesones se apretaron y exprimieron, comenzó a correr el
suero por todo el rostro y barbas de Don Quijote, de lo que recibió tal susto que dijo
a Sancho: ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me
derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que
no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que agora quiere sucederme:
dame, si tienes, con que me limpie; que el copioso sudor me ciega los ojos. Calló
Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor no hubiese caído
en el caso. Limpiose Don Quijote y quitose la celada por ver qué cosa era la que, a su
parecer, le enfriaba la cabeza, y viendo aquellas gachas blancas dentro de la celada,
las llegó a las narices, y en oliéndolas dijo: Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso,
que son requesones los que aquí me has puesto, traidor, bergante y mal mirado
escudero. A lo que con gran flema y disimulación, respondió Sancho: Si son
requesones, démelos vuesa merced; que yo me los comeré; pero cómalos el diablo,
que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener atrevimiento de ensuciar el
yelmo de vuesa merced? Halládole habéis el atrevido. A la fe, señor, a lo que Dios me
da a entender, también debo yo de tener encantadores que me persiguen como a
hechura y miembro de vuesa merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover
a cólera su paciencia, y hacer que me muela, como suele, las costillas: pues en verdad
que esta vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor,
que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga;
y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en la celada. Todo puede ser,
dijo Don Quijote, y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba especialmente
cuando después de haberse limpiado Don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se
la encajó; y afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza,
dijo: Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el mesmo
Satanás en persona. Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra
gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose Don
Quijote delante y dijo: ¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él
y qué banderas son aquéstas? A lo que respondió el carretero: El carro es mío; lo que
va en él son dos bravos leones enjaulados, que el general de Orán envía a la corte
presentados a su Majestad; las banderas son del Rey nuestro señor, en señal que aquí
va cosa suya. ¿Y son grandes los leones? preguntó Don Quijote. Tan grandes,
respondió el hombre que iba a la puerta del carro, que no han pasado mayores ni tan
grandes de África a España jamás, y yo soy el leonero, y he pasado otros; pero como
estos ninguno: son hembra y macho, el macho va en esta jaula primera, y la hembra
en la de atrás; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced
se desvíe; que es menester llegar presto donde les demos de comer. A lo que dijo Don
Quijote, sonriéndose un poco: ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues
por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se
espanta de leones. Apeaos, buen hombre, y pues sois el leonero, abrid esas jaulas y
echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer quién es
Don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a mí los envían.
Ta, ta, dijo a esta sazón entre sí el hidalgo, dado ha señal de quién es nuestro buen
caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.
Llegóse en esto a él Sancho, y díjole: Señor, por quien Dios es que vuesa merced haga
de manera que mi señor Don Quijote no se tome con estos leones; que si se toma, aquí
nos han de hacer pedazos a todos. ¿Pues tan loco es vuestro amo, respondió el hidalgo,
que teméis, y creéis, que se ha de tomar con tan fieros animales? No es loco, respondió
Sancho, sino atrevido. Yo haré que no lo sea, replicó el hidalgo; y llegándose a Don
Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le dijo: Señor
caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen
esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque la valentía
que se entra en la juridición de la temeridad más tiene de locura que de fortaleza.
Cuanto más que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van
presentados a su Majestad, y no será bien detenerlos ni impedirles su viaje. Váyase
vuesa merced, señor hidalgo, respondió Don Quijote, a entender con su perdigón
manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. Éste es el mío, y yo
sé si vienen a mí, o no, estos señores leones: y volviéndose al leonero, le dijo: Voto a
tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de
coser con el carro. El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasma,
le dijo: Señor mío, vuesa merced sea servido, por caridad, de dejarme desuncir las
mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me
las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este
carro y estas mulas. Oh hombre de poca fe, respondió Don Quijote, apéate y desunce,
y haz lo que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano, y que pudieras ahorrar
desta diligencia. Apeose el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a
grandes voces: Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado
abro las jaulas y suelto los leones y de que protesto a este señor que todo el mal y daño
que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y derechos.
Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro antes que abra; que yo seguro estoy
que no me han de hacer daño. Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura
semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió Don
Quijote que él sabía lo que hacía. Respondiole el hidalgo que lo mirase bien; que él
entendía que se engañaba. Ahora, señor, replicó Don Quijote, si vuesa merced no
quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase
en salvo. Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de tal
empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los molinos de
viento y la temerosa de los batanes, y finalmente, todas las hazañas que había
acometido en todo el discurso de su vida. Mire, señor, decía Sancho, que aquí no hay
encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la
jaula una uña de león verdadero, y saco por ella que el tal león cuya debe de ser la tal
uña es mayor que una montaña. El miedo a lo menos, respondió Don Quijote, te le
hará parecer mayor que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí
muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más. A
éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había de dejar de
proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán oponérsele; pero viose
desigual en las armas, y no le pareció cordura tomarse con un loco, que ya se lo había
parecido de todo punto Don Quijote, el cual volviendo a dar priesa al leonero y a
reiterar las amenazas, dio ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio,
y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen,
antes que los leones se desembanastasen. Lloraba Sancho la muerte de su señor, que
aquella vez sin duda creía que llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura,
y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no
por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo
pues el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, tornó a requerir
y a intimar a Don Quijote lo que ya le había requerido e intimado, el cual respondió
que lo oía, y que no se curase de más intimaciones y requirimientos, que todo sería de
poco fruto, y que se diese priesa. En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula
primera estuvo considerando Don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que
a caballo, y en fin se determinó de hacerla a pie temiendo que Rocinante se espantaría
con la vista de los leones: por esto saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el
escudo, y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y
corazón valiente se fue a poner delante del carro, encomendándose a Dios de todo
corazón y luego a su señora Dulcinea. Y es de saber que, llegando a este paso el autor
de esta verdadera historia exclama y dice: ¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento
animoso Don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes
del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los
españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué
razones la haré creíble a los siglos venideros? o ¿qué alabanzas habrá que no te
convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú
solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del Perrillo
cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y
atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus
mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su
punto por faltarme palabras con que encarecerlos. Aquí cesó la referida exclamación
del autor, y pasó adelante anudando el hilo de la historia, diciendo, que visto el leonero
ya puesto en postura a Don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho so
pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la
primera jaula donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de grandeza
extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en
la jaula donde venía echado, y tender la garra, y desperezarse todo: abrió luego la boca
y bostezó muy despacio, y con casi dos palmos de lengua que sacó fuera se
despolvoreó los ojos y se lavó el rostro; hecho esto sacó la cabeza fuera de la jaula y
miró a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a
la misma temeridad. Sólo Don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase
ya del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aquí llegó el extremo de su jamás vista locura. Pero el generoso león, más
comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías ni de bravatas, después de haber
mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvió las espaldas y enseñó sus traseras
partes a Don Quijote, y con gran flema y remanso se volvió a echar en la jaula; viendo
lo cual Don Quijote, mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle
fuera. Eso no haré yo, respondió el leonero, porque si yo le instigo, el primero a quien
hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se contente con lo
hecho, que es todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar
segunda fortuna: el león tiene abierta la puerta, en su mano está salir o no salir; pero
pues no ha salido hasta ahora, no saldrá en todo el día: la grandeza del corazón de
vuesa merced ya está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza,
está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el
contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la corona del
vencimiento. Así es verdad, respondió Don Quijote, cierra, amigo, la puerta, y dame
por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer;
conviene a saber, cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no salió; volvile a esperar,
volvió a no salir, y volvióse acostar. No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a
la razón y a la verdad, y a la verdadera caballería, y cierra, como he dicho, en tanto
que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña. Hízolo
así el leonero, y Don Quijote poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se
había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenzó a llamar a los que no
dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del
hidalgo; pero alcanzando Sancho a ver la señal del blanco paño, dijo: Que me maten
si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama. Detuviéronse todos, y
conocieron que el que hacía las señas era Don Quijote, y perdiendo alguna parte del
miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces
de Don Quijote, que los llamaba. Finalmente volvieron al carro, y en llegando, dijo
Don Quijote al carretero: Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir
vuestro viaje; y tú Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en
recompensa de lo que por mí se han detenido. Esos daré yo de muy buena gana,
respondió Sancho, pero ¿qué se han hecho los leones? ¿Son muertos, o vivos?
Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la contienda,
exagerando como él mejor pudo y supo, el valor de Don Quijote, de cuya vista el león
acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula, puesto que había tenido un buen espacio
abierta la puerta de la jaula; y que por haber él dicho a aquel caballero que era tentar
a Dios irritar al león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de
su grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase. ¿Qué te
parece desto, Sancho, dijo Don Quijote, hay encantos que valgan contra la verdadera
valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el
ánimo será imposible. Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el
leonero a Don Quijote por la merced recebida, y prometiole de contar aquella valerosa
hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese. Pues si acaso su Majestad preguntare
quién la hizo, diréisle que el «caballero de los Leones» que de aquí adelante quiero
que en éste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del
«caballero de la Triste Figura», y en este siglo la antigua usanza de los andantes
caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a cuento.
Siguió su camino el carro, y Don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán prosiguieron
el suyo. En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo
atento a mirar y a notar los hechos y palabras de Don Quijote, pareciéndole que era
un cuerdo loco, y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado a su noticia la
primera parte de su historia; que si la hubiera leído, cesara la admiración en que lo
ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura; pero como
no la sabía, ya le tenía por cuerdo, y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado,
elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto; y decía entre sí:
¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones, y darse a
entender que le ablandaban los cascos los encantadores? ¿y qué mayor temeridad y
disparate que querer pelear por fuerza con leones? Destas imaginaciones y deste
soliloquio le sacó Don Quijote, diciéndole: ¿Quién duda, señor don Diego de Miranda,
que vuesa merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no
sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa:
pues con todo esto quiero que vuesa merced advierta, que no soy tan loco ni tan
menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero a los
ojos de su rey en la mitad de una gran plaza dar una lanzada con felice suceso a un
bravo toro; bien parece un caballero armado de resplandecientes armas pasar la tela
en alegres justas delante de las damas; y bien parecen todos aquellos caballeros que
en ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y si se puede decir,
honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un caballero
andante, que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas
y por los montes anda buscando peligrosas aventuras con intención de darles dichosa
y bien afortunada cima sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece,
digo, un caballero andante socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un
cortesano caballero requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros
tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano, autorice la corte de
su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con el espléndido plato de su mesa;
concierte justas, mantenga torneos y muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen
cristiano, sobre todo, y desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones; pero el
andante caballero busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricados
laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los páramos despoblados los
ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de
los vientos y de los hielos; no le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni
atemoricen endriagos, que buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus
principales y verdaderos ejercicios. Yo pues, como me cupo en suerte ser uno del
número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí
me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el acometer los
leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad
exorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre
dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que
el que es valiente toque y suba al punto de temerario que no que baje y toque en el
punto de cobarde; que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro,
así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la
verdadera valentía; y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don
Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos; porque mejor suena
en las orejas de los que lo oyen: el tal caballero es temerario y atrevido, que no: el tal
caballero es tímido y cobarde. Digo, señor Don Quijote, respondió don Diego, que
todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón,
y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se
hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo y
démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansará
vuesa merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu,
que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo. Tengo el ofrecimiento a gran favor
y merced, señor don Diego respondió Don Quijote; y picando más de lo que hasta
entonces, serían como las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don
Diego, a quien Don Quijote llamaba «el caballero del Verde Gabán.»

Capítulo XVIII
De lo que sucedió a Don Quijote en el castillo o casa del caballero del Verde Gabán,
con otras cosas extravagantes

Halló Don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las
armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega, en
el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda, que, por ser del Toboso,
le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea; y sospirando, y
sin mirar lo que decía, ni delante de quién estaba, dijo:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,


dulces y alegres cuando Dios quería!

¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda de mi


mayor amargura! Oyole decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego que con su
madre había salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la extraña
figura de Don Quijote; el cual, apeándose de Rocinante, fue con mucha cortesía a
pedirle las manos para besárselas, y don Diego dijo: Recebid, señora, con vuestro
sólito agrado al señor Don Quijote de la Mancha, que es el que tenéis delante, andante
caballero y el más valiente y el más discreto que tiene el mundo. La señora, que doña
Cristina se llamaba, le recibió con muestras de mucho amor y de mucha cortesía, y
Don Quijote se le ofreció con asaz de discretas y comedidas razones. Casi los mismos
comedimientos pasó con el estudiante, que en oyéndole hablar Don Quijote, le tuvo
por discreto y agudo. Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don
Diego, pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico;
pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias
en silencio, porque no venían bien con el propósito principal de la historia; la cual
más tiene su fuerza en la verdad que en las frías digresiones. Entraron a Don Quijote
en una sala, desarmole Sancho, quedó en valones y en jubón de camuza, todo bisunto
con la mugre de las armas: el cuello era valona a lo estudiantil, sin almidón y sin
randas; los borceguíes eran datilados, y encerados los zapatos. Ciñose su buena
espada, que pendía de un tahalí de lobos marinos; que es opinión que muchos años
fue enfermo de los riñones; cubriose un herreruelo de buen paño pardo; pero antes de
todo, con cinco calderos o seis de agua (que en la cantidad de los calderos hay alguna
diferencia) se lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua de color de suero:
merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus negros requesones, que tan blanco
pusieron a su amo. Con los referidos atavíos y con gentil donaire y gallardía salió Don
Quijote a otra sala donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto
que las mesas se ponían: que por la venida de tan noble huésped, quería la señora doña
Cristina mostrar que sabía y podía regalar a los que a su casa llegasen. En tanto que
Don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo (que así se llamaba el hijo
de don Diego) de decir a su padre: ¿Quién diremos, señor, que es este caballero que
vuesa merced nos ha traído a casa? Que el nombre, la figura y el decir que es caballero
andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos. No sé lo que te diga, hijo, respondió
don Diego: sólo te sabré decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo,
y decir razones tan discretas que borran y deshacen sus hechos: háblale tú, y toma el
pulso a lo que sabe, y pues eres discreto, juzga de su discreción o tontería lo que más
puesto en razón estuviere; aunque, para decir verdad, antes le tengo por loco que por
cuerdo. Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a Don Quijote, como queda dicho,
y entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo Don Quijote a don Lorenzo: el señor
don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia de la rara habilidad
y sutil ingenio que vuesa merced tiene, y sobre todo, que es vuesa merced un gran
poeta. Poeta, bien podrá ser, respondió don Lorenzo, pero grande, ni por pensamiento:
verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la poesía y a leer los buenos poetas;
pero no de manera que se me pueda dar el nombre de grande que mi padre dice. No
me parece mal esa humildad, respondió Don Quijote, porque no hay poeta que no sea
arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo. No hay regla sin excepción,
respondió don Lorenzo, y alguno habrá que lo sea y no lo piense. Pocos, respondió
Don Quijote, pero dígame vuesa merced ¿qué versos son los que agora trae entre
manos, que me ha dicho el señor su padre que le traen algo inquieto y pensativo? Y si
es alguna glosa, a mí se me entiende algo de achaque de glosas, y holgaría saberlos;
y si es que son de justa literaria, procure vuesa merced llevar el segundo premio, que
el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona; el segundo se le
lleva la mera justicia; y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será
el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo
esto, gran personaje es el nombre de primero. Hasta ahora, dijo entre sí don Lorenzo,
no os podré yo juzgar por loco, vamos adelante: y díjole: Paréceme que vuesa merced
ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído? La de la caballería andante, respondió
Don Quijote, que es tan buena como la de la poesía, y aun dos deditos más. No sé qué
ciencia sea ésa, replicó don Lorenzo, y hasta ahora no ha llegado a mi noticia. Es una
ciencia, replicó Don Quijote, que encierra en sí todas o las más ciencias del mundo, a
causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y saber las leyes de la justicia
distributiva y conmutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene:
ha de ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley que profesa, clara y
distintamente, adonde quiera que le fuere pedido: ha de ser médico y principalmente
herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen
virtud de sanar las heridas; que no ha de andar el caballero andante a cada triquete
buscando quien se las cure; ha de ser astrólogo, para conocer por las estrellas cuántas
horas son pasadas de la noche, y en qué parte y en qué clima del mundo se halla: ha
de saber las matemáticas, porque a cada paso se le ofrecerá tener necesidad dellas; y
dejando aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales,
descendiendo a otras menudencias, digo, que ha de saber nadar como dicen que
nadaba el peje Nicolás o Nicolao; ha de saber herrar un caballo, y aderezar la silla y
el freno; y volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser
casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los
hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y finalmente,
mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla. De todas estas
grandes y mínimas partes se compone un buen caballero andante; porque vea vuesa
merced, señor don Lorenzo, si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la
estudia y la profesa, y si se puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y
escuelas se enseñan. Si eso es así, replicó don Lorenzo, yo digo que se aventaja esa
ciencia a todas. ¿Cómo si es así? respondió Don Quijote. Lo que yo quiero decir, dijo
don Lorenzo es que dudo que haya habido, ni que los hay ahora, caballeros andantes
y adornados de virtudes tantas. Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora,
respondió Don Quijote, que la mayor parte de la gente del mundo está de parecer de
que no ha habido en él caballeros andantes; y por parecerme a mí que si el cielo
milagrosamente no les da a entender la verdad de que los hubo y de que los hay,
cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como muchas veces me lo ha
mostrado la experiencia, no quiero detenerme agora en sacar a vuesa merced del error
que con los muchos tiene; lo que pienso hacer es el rogar al cielo le saque dél, y le dé
a entender cuán provechosos y cuán necesarios fueron al mundo los caballeros
andantes en los pasados siglos, y cuán útiles fueran en el presente si se usaran; pero
triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.
Escapado se nos ha nuestro huésped, dijo a esta sazón entre sí don Lorenzo, pero, con
todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato flojo si así no lo creyese. Aquí dieron
fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don Diego a su hijo qué había
sacado en limpio del ingenio del huésped. A lo que él respondió: No le sacarán del
borrador de su locura cuantos médicos y buenos escribanos tiene el mundo: él es un
entreverado loco lleno de lúcidos intervalos. Fuéronse a comer, y la comida fue tal
como don Diego había dicho en el camino que la solía dar a sus convidados, limpia,
abundante y sabrosa; pero de lo que más se contentó Don Quijote fue del maravilloso
silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos.
Levantados, pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, Don
Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria. A lo
que él respondió: Por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus
versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan, yo diré mi glosa, de la cual
no espero premio alguno; que sólo por ejercitar el ingenio la he hecho. Un amigo y
discreto, respondió Don Quijote era de parecer que no se había de cansar nadie en
glosar versos; y la razón, decía él, era, que jamás la glosa podía llegar al texto, y que
muchas o las más veces iba la glosa fuera de la intención y propósito de lo que pedía
lo que se glosaba, y más que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas, que
no sufrían interrogantes, ni «dijo», ni «diré», ni hacer nombres de verbos, ni mudar el
sentido, con otras ataduras y estrechezas con que van atados los que glosan, como
vuesa merced debe de saber. Verdaderamente, señor Don Quijote, dijo don Lorenzo,
que deseo coger a vuesa merced en un mal latín continuado, y no puedo, porque se
me desliza de entre las manos como anguila. No entiendo, respondió Don Quijote lo
que vuesa merced dice ni quiere decir en eso del deslizarme. Yo me daré a entender,
respondió don Lorenzo, y por ahora esté vuesa merced atento a los versos glosados y
a la glosa, que dicen desta manera:

¡Si mi fue tornase a es,


sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después...!

Glosa

Al fin, como todo pasa,


se pasó el bien que me dio
fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvió,
ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me vees,
fortuna, puesto a tus pies;
vuélveme a ser venturoso:
que será mi ser dichoso
«si mi fue tornase a es».
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra vitoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si tú me vuelves allá,
fortuna, templado está
todo el rigor de mi fuego,
y más si este bien es luego,
«Sin esperar más será».
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
después que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya extendido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volverá,
y erraría el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
«o viniese el tiempo ya».
Vivir en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo:
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A mí me fuera interés
acabar; mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
«de lo que será después».

En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie Don Quijote; y en


voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo,
dijo:

Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor
poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo
un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por
las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca. Plega al cielo que los jueces que os
quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas jamás atraviesen los
umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores, que
quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio. ¿No es bueno que
dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de Don Quijote, aunque le tenía por
loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te extiendes, y cuán dilatados límites son
los de tu juridición agradable! Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues concedió con
la demanda y deseo de Don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia de
Píramo y Tisbe:

Soneto

El muro rompe la doncella hermosa


que de Píramo abrió el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
Que a entrambos en un punto ¡oh extraño caso!
Los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.

Bendito sea Dios, dijo Don Quijote habiendo oído el soneto a don Lorenzo, que
entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un consumado poeta, como lo
es vuesa merced, señor mío; que así me lo da a entender el artificio deste soneto.
Cuatro días estuvo Don Quijote regaladísimo en la casa de don Diego, al cabo de los
cuales le pidió licencia para irse, diciéndole que le agradecía la merced y buen
tratamiento que en su casa había recebido; pero que por no parecer bien que los
caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al regalo, se quería ir a cumplir con
su oficio, buscando las aventuras, de quien tenía noticia que aquella tierra abundaba,
donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase el día de las justas de Zaragoza,
que era el de su derecha derrota; y que primero había de entrar en la cueva de
Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban,
sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete
lagunas llamadas comúnmente de Ruidera. Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa
determinación, y le dijeron que tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en
grado le viniese, que le servirían con la voluntad posible; que a ello les obligaba el
valor de su persona y la honrosa profesión suya. Llegose en fin el día de su partida,
tan alegre para Don Quijote como triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba
muy bien con la abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre
que se usa en las florestas y despoblados, y a la estrecheza de sus mal proveídas
alforjas: con todo esto las llenó y colmó de lo más necesario que le pareció, y al
despedirse dijo Don Quijote a don Lorenzo: No sé si he dicho a vuesa merced otra
vez, y si lo he dicho lo vuelvo a decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar
caminos y trabajos para llegar a la inaccesible cumbre del templo de la fama, no tiene
que hacer otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y tomar
la estrechísima de la andante caballería, bastante para hacerle emperador en daca las
pajas. Con estas razones acabó Don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y más
con las que añadió diciendo: Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al señor don
Lorenzo, para enseñarle cómo se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear
los soberbios, virtudes anejas a la profesión que yo profeso; pero pues no lo pide su
poca edad, ni lo querrán consentir sus loables ejercicios, sólo me contento con
advertirle a vuesa merced que siendo poeta, podrá ser famoso si se guía más por el
parecer ajeno que por el propio; porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le
parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre más este engaño. De nuevo
se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de Don Quijote, ya discretas y
ya disparatadas, y del tema y tesón que llevaba de acudir de todo en todo a la busca
de sus desventuradas aventuras, que las tenía por fin y blanco de sus deseos.
Reiteráronse los ofrecimientos y comedimientos, y con la buena licencia de la señora
del castillo, Don Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.
Capítulo XIX
Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos
sucesos

Poco trecho se había alongado Don Quijote del lugar de don Diego, cuando
encontró con dos como clérigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre
cuatro bestias asnales venían caballeros. El uno de los estudiantes traía, como en
portamanteo, en un lienzo de bocací verde envuelto, al parecer, un poco de grana
blanca y dos pares de medias de cordellate; el otro no traía otra cosa que dos espadas
negras de esgrima, nuevas, y con sus zapatillas. Los labradores traían otras cosas, que
daban indicio y señal que venían de alguna villa grande donde las habían comprado,
y las llevaban a su aldea; y así estudiantes como labradores cayeron en la misma
admiración en que caían todos aquellos que la vez primera veían a Don Quijote, y
morían por saber qué hombre fuese aquél tan fuera del uso de los otros hombres.
Saludoles Don Quijote; y después de saber el camino que llevaban, que era el mesmo
que él hacía, les ofreció su compañía, y les pidió detuviesen el paso, porque caminaban
más sus pollinas que su caballo; y para obligarlos, en breves razones les dijo quién
era, y su oficio y profesión, que era de caballero andante que iba a buscar las aventuras
por todas las partes del mundo. Díjoles que se llamaba de nombre propio Don Quijote
de la Mancha, y por el apelativo, «el caballero de los Leones». Todo esto para los
labradores era hablarles en griego o en jerigonza; pero no para los estudiantes, que
luego entendieron la flaqueza del celebro de Don Quijote; pero, con todo eso, le
miraban con admiración y con respeto, y uno dellos le dijo: Si vuestra merced, señor
caballero, no lleva camino determinado, como no le suelen llevar los que buscan las
aventuras, vuesa merced se venga con nosotros: verá una de las mejores bodas y más
ricas que hasta el día de hoy se habrán celebrado en la Mancha, ni en otras muchas
leguas a la redonda. Preguntole Don Quijote si eran de algún príncipe, que así las
ponderaba. No son, respondió el estudiante sino de un labrador y una labradora, él, el
más rico de toda esta tierra; y ella, la más hermosa que han visto los hombres. El
aparato con que se han de hacer es extraordinario y nuevo; porque se han de celebrar
en un prado que está junto al pueblo de la novia, a quien por excelencia llaman
Quiteria la hermosa, y el desposado se llama Camacho el rico; ella de edad de diez y
ocho años, y él de veintidós: ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen
de memoria los linajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria
se aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto: que las riquezas son poderosas
de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal, y hásele antojado de
enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte que el sol se ha de ver en trabajo
si quiere entrar a visitar las yerbas verdes de que está cubierto el suelo. Tiene
asimesmo maheridas danzas, así de espadas como de cascabel menudo, que hay en su
pueblo quien los repique y sacuda por extremo; de zapateadores no digo nada, que es
un juicio los que tiene muñidos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas
que he dejado de referir ha de hacer más memorables estas bodas, sino las que imagino
que hará en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagal vecino del mesmo
lugar de Quiteria, el cual tenía su casa pared y medio de la de los padres de Quiteria,
de donde tomó ocasión el amor de renovar al mundo los ya olvidados amores de
Píramo y Tisbe; porque Basilio se enamoró de Quiteria desde sus tiernos y primeros
años, y ella fue correspondiendo a su deseo con mil honestos favores, tanto, que se
contaban por entretenimiento en el pueblo los amores de los dos niños Basilio y
Quiteria. Fue creciendo la edad, y acordó el padre de Quiteria de estorbar a Basilio la
ordinaria entrada que en su casa tenía; y por quitarse de andar receloso y lleno de
sospechas, ordenó de casar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien
casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza; pues si
va a decir las verdades sin invidia, él es el más ágil mancebo que conocemos, gran
tirador de barra, luchador extremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo,
salta más que una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como una
calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y sobre todo, juega una espada como
el más pintado. Por esa sola gracia, dijo a esta sazón Don Quijote merecía ese mancebo
no sólo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra, si fuera
hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo quisieran. A mi
mujer con eso, dijo Sancho Panza, que hasta entonces había ido callando y
escuchando, la cual no quiere sino que cada uno case con su igual, ateniéndose al
refrán que dicen cada oveja con su pareja. Lo que yo quisiera es que ese buen Basilio,
que ya me le voy aficionando, se casara con esa señora Quiteria, que buen siglo hayan
y buen poso (iba a decir al revés) los que estorban que se casen los que bien se quieren.
Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar, dijo Don Quijote, quitaríase la
elección y juridición a los padres de casar sus hijos con quien y cuando deben; y si a
la voluntad de las hijas quedase escoger los maridos, tal habría que escogiese al criado
de su padre, y tal al que vio pasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque
fuese un desbaratado espadachín; que el amor y la afición con facilidad ciegan los
ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del matrimonio está
muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo para
acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino
busca alguna compañía segura y apacible con quien acompañarse: ¿pues por qué no
hará lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y
más si la compañía le ha de acompañar en la cama, en la mesa y en todas partes, como
es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercaduría que una vez
comprada se vuelve, o se trueca o cambia; porque es accidente inseparable, que dura
lo que dura la vida: es un lazo que si una vez le echáis al cuello, se vuelve en el nudo
gordiano, que si no le corta la guadaña de la muerte, no hay desatarle. Muchas más
cosas pudiera decir en esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si
le queda más que decir al señor licenciado acerca de la historia de Basilio. A lo que
respondió el estudiante bachiller, o licenciado, como le llamó Don Quijote: De todo
no me queda más que decir sino que desde el punto que Basilio supo que la hermosa
Quiteria se casaba con Camacho el Rico, nunca más le han visto reír ni hablar razón
concertada, y siempre anda pensativo y triste, hablando entre sí mismo, con que da
ciertas y claras señales de que se le ha vuelto el juicio; come poco y duerme poco, y
lo que come son frutas, y en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura
tierra, como animal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los
ojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua vestida que el
aire le mueve la ropa.
En fin él da tales muestras de tener apasionado el corazón, que tememos todos los
que le conocemos que el dar el «sí» mañana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia
de su muerte. Dios lo hará mejor, dijo Sancho, que Dios, que da la llaga, da la
medicina: nadie sabe lo que está por venir: de aquí a mañana muchas horas hay, y en
una y aun en un momento se cae la casa: y yo he visto llover y hacer sol, todo a un
mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se puede mover otro día: y díganme
¿por ventura habrá quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la fortuna?
No por cierto; y entre el sí y el no de la mujer no me atrevería yo a poner una punta
de alfiler, porque no cabría: denme a mí que Quiteria quiera de buen corazón y de
buena voluntad a Basilio; que yo le daré a él un saco de buena ventura: que el amor,
según yo he oído decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la
pobreza riqueza, y a las lagañas perlas. ¿Adónde vas a parar, Sancho, que seas
maldito? dijo Don Quijote, que cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos no te
puede esperar sino el mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, ¿qué sabes tú de
clavos, ni de rodajas, ni de otra cosa ninguna? ¡Oh! Pues si no me entienden, respondió
Sancho, no es maravilla que mis sentencias sean tenidas por disparates; pero no
importa, yo me entiendo, y sé que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho;
sino que vuesa merced, señor mío, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis
hechos. Fiscal has de decir, dijo Don Quijote, que no friscal, prevaricador del buen
lenguaje, que Dios te confunda. No se apunte vuesa merced conmigo, respondió
Sancho, pues sabe que no me he criado en la corte, ni he estudiado en Salamanca, para
saber si añado o quito alguna letra a mis vocablos. Sí que, Válame Dios, no hay para
qué obligar al sayagués a que hable como el toledano; y toledanos puede haber que
no las corten en el aire en esto del hablar polido. Así es, dijo el licenciado, porque no
pueden hablar tan bien los que se crían en las tenerías y en Zocodover, como los que
se pasean casi todo el día por el claustro de la iglesia mayor, y todos son toledanos.
El lenguaje puro; el propio, el elegante y claro está en los discretos cortesanos, aunque
hayan nacido en Majalahonda: dije discretos, porque hay muchos que no lo son, y la
discreción es la gramática del buen lenguaje, que se acompaña con el uso. Yo, señores,
por mis pecados, he estudiado Cánones en Salamanca, y pícome algún tanto de decir
mi razón con palabras claras, llanas y significantes. Si no os picáredes más de saber
más menear las negras que lleváis que la lengua, dijo el otro estudiante, vos llevárades
el primero en licencias, como llevastes cola. Mirad, bachiller, respondió el licenciado:
vos estáis en la más errada opinión del mundo acerca de la destreza de la espada,
teniéndola por vana. Para mí no es opinión, sino verdad asentada, replicó Corchuelo;
y si queréis que os lo muestre con la experiencia, espadas traéis, comodidad hay, yo
pulsos y fuerzas tengo, que acompañadas de mi ánimo, que no es poco, os harán
confesar que yo no me engaño. Apeaos y usad de vuestro compás de pies, de vuestros
círculos y vuestros ángulos y ciencia; que yo espero de haceros ver estrellas a
mediodía con mi destreza moderna y zafia, en quien espero, después de Dios, que está
por nacer hombre que me haga volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a
quien yo no le haga perder tierra. En eso de volver o no las espaldas no me meto,
replicó el diestro; aunque podría ser que en la parte donde la vez primera clavásedes
el pie, allí os abriesen la sepultura: quiero decir, que allí quedásedes muerto por la
despreciada destreza. Ahora se verá, respondió Corchuelo: y apeándose con gran
presteza de su jumento, tiró con furia de una de las espadas que llevaba el licenciado
en el suyo. No ha de ser así, dijo a este instante Don Quijote, que yo quiero ser el
maestro desta esgrima y el juez desta muchas veces no averiguada cuestión: y
apeándose de Rocinante, y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del camino a
tiempo que ya el licenciado con gentil donaire de cuerpo y compás de pies se iba
contra Corchuelo, que contra él se vino lanzando, como decirse suele, fuego por los
ojos. Los otros dos labradores del acompañamiento sin apearse de sus pollinas,
sirvieron de aspetatores en la mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos,
reveses y mandobles que tiraba Corchuelo eran sin número, más espesas que hígado
y más menudas que granizo. Arremetía como un león irritado; pero salíale al
encuentro un tapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su
furia le detenía, y se la hacía besar como si fuera reliquia, aunque no con tanta
devoción como las reliquias deben y suelen besarse. Finalmente, el licenciado le contó
a estocadas todos los botones de una media sotanilla que traía vestida, haciéndole tiras
los faldamentos como colas de pulpo: derribole el sombrero dos veces, y cansole de
manera que de despecho, cólera y rabia asió la espada por la empuñadura, y arrojola
por el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era escribano,
que fue por ella, dio después por testimonio que la alongó de sí casi tres cuartos de
legua, el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda verdad
cómo la fuerza es vencida del arte. Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose a él
Sancho, le dijo: Mía fe, señor bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aquí
adelante no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra, pues tiene
edad y fuerzas para ello, que destos a quien llaman diestros he oído decir que meten
una punta de una espada por el ojo de una aguja. Yo me contento, respondió
Corchuelo, de haber caído de mi burra, y de que me haya mostrado la experiencia la
verdad, de quien tan lejos estaba: y levantándose, abrazó al licenciado, y quedaron
más amigos que de antes, y no queriendo esperar al escribano, que había ido por la
espada, por parecerle que tardaría mucho; y así determinaron seguir, por llegar
temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran. En lo que faltaba del camino,
les fue contando el licenciado las excelencias de la espada, con tantas razones
demostrativas y con tantas figuras y demostraciones matemáticas, que todos quedaron
enterados de la bondad de la ciencia, y Corchuelo, reducido de su pertinacia. Era
anochecido; pero antes que llegasen les pareció a todos que estaba delante del pueblo
un cielo lleno de innumerables y resplandecientes estrellas. Oyeron asimismo
confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos, como de flautas, tamborinos,
salterios, albogues, panderos y sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los árboles
de una enramada que a mano habían puesto a la entrada del pueblo estaban todos
llenos de luminarias, a quien no ofendía el viento, que entonces no soplaba sino tan
manso que no tenía fuerza para mover las hojas de los árboles. Los músicos eran los
regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban,
unos bailando, y otros cantando, y otros tocando la diversidad de los referidos
instrumentos. En efecto, no parecía sino que por todo aquel prado andaba corriendo
la alegría y saltando el contento. Otros muchos andaban ocupados en levantar
andamios, de donde con comodidad pudiesen ver otro día las representaciones y
danzas que se habían de hacer en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del
rico Camacho y las exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar Don Quijote,
aunque se lo pidieron así el labrador como el bachiller; pero él dio por disculpa,
bastantísima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir por los
campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo de dorados techos;
y con esto, se desvió un poco del camino, bien contra la voluntad de Sancho,
viniéndosele a la memoria el buen alojamiento que había tenido en el castillo o casa
de don Diego.

Capítulo XX
Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre

Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de
sus calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando Don
Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó a su escudero
Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto por Don Quijote, antes que le
despertase, le dijo: Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra,
pues sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te persiguen
encantadores, ni sobresaltan encantamentos. Duerme, digo otra vez, y lo diré otras
ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de tu dama, ni te desvelen
pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro
día tú y tu pequeña y angustiada familia. Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana
del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se extienden a más que a pensar
tu jumento; que el de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto; contrapeso y
carga que puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y está
velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La
congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente
rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre
al que le sirvió en la fertilidad y abundancia. A todo esto no respondió Sancho, porque
dormía, ni despertara tan presto si Don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere
volver en sí. Despertó, en fin, soñoliento y perezoso, y volviendo el rostro a todas
partes, dijo: De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto
más de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores
comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas. Acaba,
glotón, dijo Don Quijote: ven, iremos a ver estos desposorios, por ver lo que hace el
desdeñado Basilio. Mas que haga lo que quisiere, respondió Sancho: no fuera él pobre,
y casárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer casarse por las
nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de contentarse con lo que
hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré un brazo que puede Camacho
envolver en reales a Basilio; y si esto es así, como debe de ser, bien boba fuera Quiteria
en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado, y le puede dar, Camacho,
por escoger el tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de
barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la taberna.
Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el conde Dirlos; pero
cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas
parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor
cimiento y zanja del mundo es el dinero. Por quien Dios es, Sancho, dijo a esta sazón
Don Quijote, que concluyas con tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir
en las que a cada paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir;
que todo le gastarías en hablar. Si vuesa merced tuviera buena memoria, replicó
Sancho, debiérase acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última
vez saliésemos de casa: uno de ellos fue que me había de dejar hablar todo aquello
que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra la autoridad de vuesa
merced; y hasta agora me parece que no he contravenido contra el tal capítulo. Yo no
me acuerdo, Sancho, respondió Don Quijote, del tal capítulo; y puesto que sea así,
quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que anoche oímos vuelven a
alegrar los valles, y sin duda los desposorios se celebrarán en el frescor de la mañana,
y no en el calor de la tarde. Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y poniendo la
silla a Rocinante y la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron
entrando por la enramada. Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue
espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo, y en el fuego donde se
había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera
estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas; porque eran seis
medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así embebían y encerraban en
sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin
pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas
en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos,
colgados de los árboles para que el aire los enfriase. Contó Sancho más de sesenta
zaques de más de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció, de
generosos vinos: así había rimeros de pan blanquísimo como los suele haber de
montones de trigo en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejalados,
formaban una muralla, y dos calderas de aceite mayores que las de un tinte servían de
freír cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en
otra caldera de preparada miel que allí junto estaba. Los cocineros y cocineras pasaban
de cincuenta, todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre
del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían
de darle sabor y enternecerle: las especias de diversas suertes no parecía haberlas
comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande
arca. Finalmente el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante, que podía
sustentar a un ejército. Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de
todo se aficionaba. Primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quien él
tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los
zaques; y últimamente las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes las tan
orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó
a uno de los solícitos cocineros, y con corteses y hambrientas razones le rogó le dejase
mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió:
Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre, merced al
rico Camacho; apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y espumad una gallina o
dos, y buen provecho os hagan.
No veo ninguno, respondió Sancho. Esperad, dijo el cocinero, ¡pecador de mí, y
qué melindroso y para poco debéis de ser! Y diciendo esto, asió de un caldero, y
encajándole en una de las medias tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo
a Sancho: Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora
del yantar. No tengo en qué echarla, respondió Sancho. Pues llevaos, dijo el cocinero
la cuchara y todo, que la riqueza y el contento de Camacho todo lo suple. En tanto
pues que esto pasaba Sancho, estaba Don Quijote mirando como por una parte de la
enramada entraban hasta doce labradores sobre doce hermosísimas yeguas, con ricos
y vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles en los petrales, y todos vestidos
de regocijo y fiesta; los cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas
carreras por el prado, con regocijada algazara y grita, diciendo: Vivan Camacho y
Quiteria, él tan rico como ella hermosa, y ella la más hermosa del mundo. Oyendo lo
cual Don Quijote, dijo entre sí: Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del
Toboso, que si la hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su
Quiteria. De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada
muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta
veinticuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de delgado y
blanquísimo lienzo con sus paños de tocar, labrados de varias colores de fina seda; y
al que los guiaba, que era un ligero mancebo, preguntó uno de los de las yeguas si se
había herido alguno de los danzantes. Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido
nadie, todos vamos sanos. Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros,
con tantas vueltas y con tanta destreza, que aunque Don Quijote estaba hecho a ver
semejantes danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla. También le
pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas, que, al parecer,
ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años, vestidas todas de palmilla
verde, los cabellos parte tranzados y parte sueltos; pero todos tan rubios, que con los
del sol podían tener competencia; sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines,
rosas, amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y una anciana
matrona; pero más ligeros y sueltos que sus años prometían. Hacíales el son una gaita
zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a
la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo. Tras ésta entró otra danza
de artificio y de las que llaman habladas. Era de ocho ninfas, repartidas en dos hileras:
de la una hilera era guía el dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de
alas, arco, aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda. Las
ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas en pergamino blanco y letras grandes
escritos sus nombres. «Poesía» era el título de la primera; el de la segunda,
«Discreción»; el de la tercera «Buen linaje»; el de la cuarta, «Valentía». Del modo
mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decía «Liberalidad» el título de la
primera; «Dádiva» el de la segunda; «Tesoro» el de la tercera, y el de la cuarta,
«Posesión pacífica». Delante de todos venía un castillo de madera, a quien tiraban
cuatro salvajes, todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural,
que por poco espantaran a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes
de sus cuadros traía escrito: «Castillo del buen recato». Hacíanles el son cuatro
diestros tañedores de tamboril y flauta. Comenzaba la danza Cupido, y habiendo
hecho dos mudanzas, alzaba los ojos y flechaba el arco contra una doncella que se
ponía entre las almenas del castillo, a la cual desta suerte dijo:

Yo soy el Dios poderoso


en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.

Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a su puesto.
Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los tamborinos, y él dijo:

Soy quien puede más que Amor,


y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.

Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haber hecho


sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella del castillo, dijo:

En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.

Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y después de


hechas sus mudanzas, dijo:

Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más pródiga he de ser;
que aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.

Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos escuadras, y
cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos elegantes y algunos ridículos,
y sólo tomó de memoria Don Quijote (que la tenía grande) los ya referidos; y luego
se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura;
y cuando pasaba el Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas; pero
el Interés quebraba en él alcancías doradas. Finalmente, después de haber bailado un
buen espacio, el Interés sacó un bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato
romano, que parecía estar lleno de dineros, y arrojándole al castillo, con el golpe se
desencajaron las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa
alguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y echándola una gran cadena de
oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto por el Amor y
sus valedores, hicieron ademán de quitársela; y todas las demostraciones que hacían
eran al son de los tamborinos, bailando y danzando concertadamente. Pusiéronlos en
paz los salvajes, los cuales con mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas
del castillo, y la doncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza
con gran contento de los que la miraban. Preguntó Don Quijote a una de las ninfas
que quién la había compuesto y ordenado. Respondiole que un beneficiado de aquel
pueblo, que tenía gentil caletre para semejantes invenciones. Yo apostaré dijo Don
Quijote que debe de ser más amigo de Camacho que de Basilio el tal bachiller o
beneficiado, y que debe de tener más de satírico que de vísperas: bien ha encajado en
la danza las habilidades de Basilio y las riquezas de Camacho. Sancho Panza, que lo
escuchaba todo, dijo: El rey es mi gallo; a Camacho me atengo. En fin, dijo Don
Quijote, bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquellos que dicen: viva quien
vence. No sé de los que soy, respondió Sancho, pero bien sé que nunca de ollas de
Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las de Camacho;
y enseñole el caldero lleno de gansos y de gallinas; y asiendo de una comenzó a comer
con mucho donaire y gana, y dijo: A la barba de las habilidades de Basilio, que tanto
vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo,
como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se
atenía; y el día de hoy, mi señor Don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al
saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. Así que
vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son abundantes espumas
gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de Basilio serán, si viene a mano, y
aunque no venga sino al pie, aguachirle. ¿Has acabado tu arenga, Sancho? dijo Don
Quijote. Habrela acabado, respondió Sancho, porque veo que vuestra merced recibe
pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había cortada para
tres días. Plega a Dios, Sancho, replicó Don Quijote, que yo te vea mudo antes que
me muera. Al paso que llevamos, respondió Sancho, antes que vuestra merced se
muera estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no hable
palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del juicio. Aunque eso así
suceda, oh Sancho, respondió Don Quijote, nunca llegará tu silencio a do ha llegado
lo que has hablado, hablas y tienes de hablar en tu vida; y más, que está muy puesto
en razón natural que primero llegue el día de mi muerte que el de la tuya, y así jamás
pienso verte mudo, ni aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo
encarecer. A buena fe, señor, respondió Sancho, que no hay que fiar en la descarnada,
digo en la muerte, la cual también come cordero como carnero; y a nuestro cura he
oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes
chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre; no es nada
asquerosa: de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y
preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas; que a todas
horas siega, y corta así la seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que
engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se
harta; y aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de beber
solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría. No más,
Sancho, dijo a este punto Don Quijote. Tente en buenas, y no te dejes caer; que en
verdad que lo que has dicho de la muerte por tus rústicos términos es lo que pudiera
decir un buen predicador. Dígote, Sancho, que si como tienes buen natural y
discreción, pudieras tomar un púlpito en la mano y irte por ese mundo predicando
lindezas. Bien predica quien bien vive, respondió Sancho, y yo no sé otras tologías.
Ni las has menester, dijo Don Quijote, pero yo no acabo de entender ni alcanzar cómo
siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto
que a Él, sabes tanto. Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías, respondió
Sancho, y no se meta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil
temeroso soy yo de Dios, como cada hijo de vecino; y déjeme vuesa merced despabilar
esta espuma; que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta
en la otra vida: y diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan
buenos alientos, que despertó los de Don Quijote, y sin duda le ayudara, si no lo
impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
Capítulo XXI
Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos

Cuando estaban Don Quijote y Sancho en las razones referidas en el capítulo


antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y dábanlas y causábanle los de las
yeguas, que con larga carrera y grita iban a recibir a los novios, que, rodeados de mil
géneros de instrumentos y de invenciones, venían acompañados del cura, y de la
parentela de entrambos, y de toda la gente más lucida de los lugares circunvecinos,
todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a la novia, dijo: A buena fe que no viene
vestida de labradora, sino de garrida palaciega: pardiez que, según diviso, que las
patenas que había de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es
terciopelo de treinta pelos; y montas, que la guarnición es de tiras de lienzo blanco,
voto a mí que es de raso: pues tomadme las manos adornadas con sortijas de azabache;
no medre yo si no son anillos de oro y muy de oro; y empedrados con perlas blancas
como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh hideputa, y qué
cabellos! que si son postizos, no los he visto más luengos ni más rubios en toda mi
vida. No, sino ponedla tacha en el brío y en el talle, y no la comparéis a una palma
que se mueve cargada de racimos de dátiles; que lo mesmo parecen los dijes que trae
pendientes de los cabellos y de la garganta. Juro en mi ánima que ella es una chapada
moza, y que puede pasar por los bancos de Flandes. Riose Don Quijote de las rústicas
alabanzas de Sancho Panza; pareciole que fuera de su señora Dulcinea del Toboso no
había visto mujer más hermosa jamás. Venía la hermosa Quiteria algo descolorida, y
debía de ser de la mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el día
venidero de sus bodas. Íbanse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba,
adornado de alfombras y ramos, adonde se habían de hacer los desposorios, y de
donde habían de mirar las danzas y las invenciones; y a la sazón que llegaban al
puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que decía: Esperaos un poco, gente
tan inconsiderada como presurosa. A cuyas voces y palabras todos volvieron la
cabeza, y vieron que las daba un hombre vestido al parecer de un sayo negro jironado
de carmesí a llamas. Venía coronado (como se vio luego) con una corona de funesto
ciprés; en las manos traía un bastón grande. En llegando más cerca fue conocido de
todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos, esperando en qué habían
de parar sus voces y sus palabras, temiendo algún mal suceso de su venida en sazón
semejante. Llegó en fin, cansado y sin aliento, y puesto delante de los desposados,
hincando el bastón en el suelo, que tenía el cuento de una punta de acero, mudada la
color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca, estas razones dijo: Bien
sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que profesamos, que
viviendo yo, tú no puedes tomar esposo; y juntamente no ignoras que por esperar yo
que el tiempo y mi diligencia mejorasen los bienes de mi fortuna, no he querido dejar
de guardar el decoro que a tu honra convenía; pero tú, echando a las espaldas todas
las obligaciones que debes a mi buen deseo, quieres hacer señor de lo que es mío a
otro, cuyas riquezas le sirven no sólo de buena fortuna, sino de bonísima ventura: y
para que la tenga colmada (y no como yo pienso que la merece, sino como se la
quieren dar los cielos), yo por mis manos desharé el imposible o el inconveniente que
puede estorbársela, quitándome a mí de por medio. Viva, viva el rico Camacho con la
ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza
cortó las alas de su dicha y le puso en la sepultura; y diciendo esto asió del bastón que
tenía hincado en el suelo, y quedándose la mitad dél en la tierra, mostró que servía de
vaina a un mediano estoque que en él se ocultaba; y puesta la que se podía llamar
empuñadura en el suelo, con ligero desenfado y determinado propósito se arrojó sobre
él, y en un punto mostró la punta sangrienta a las espaldas, con la mitad del acerada
cuchilla, quedando el triste bañado en su sangre y tendido en el suelo, de sus mismas
armas traspasado. Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria
y lastimosa desgracia; y dejando Don Quijote a Rocinante, acudió a favorecerle y le
tomó en sus brazos, y halló que aún no había expirado.

Quisiéronle sacar el estoque; pero el cura, que estaba presente, fue de parecer que
no se le sacasen antes de confesarle, porque el sacársele y el expirar sería todo a un
tiempo. Pero, volviendo un poco en sí Basilio, con voz doliente y desmayada dijo: Si
quisieses, cruel Quiteria, darme en este último y forzoso trance la mano de esposa,
aún pensaría que mi temeridad tendría disculpa, pues en ella alcancé el bien de ser
tuyo. El cura oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma, antes que a los
gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perdón de sus pecados y de su
desesperada determinación. A lo cual replicó Basilio que en ninguna manera se
confesaría si primero Quiteria no le daba la mano de ser su esposa: que aquel contento
le adobaría la voluntad y le daría aliento para confesarse. En oyendo Don Quijote la
petición del herido en altas voces dijo que Basilio pedía una cosa muy justa y puesta
en razón, y además, muy hacedera, y que el señor Camacho quedaría tan honrado
recibiendo a la señora Quiteria viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado
de su padre: Aquí no ha de haber más de un sí, que no tenga otro efecto que el
pronunciarle, pues el tálamo de estas bodas ha de ser la sepultura. Todo lo oía
Camacho, y todo le tenía suspenso y confuso, sin saber qué hacer ni qué decir; pero
las voces de los amigos de Basilio fueron tantas, pidiéndole que consintiese que
Quiteria le diese la mano de esposa, porque su alma no se perdiese, partiendo
desesperado desta vida, que le movieron, y aun forzaron, a decir que si Quiteria quería
dársela, que él se contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento
de sus deseos. Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con
lágrimas, y otros con eficaces razones, la persuadían que diese la mano al pobre
Basilio; y ella, más dura que un mármol y más sesga que una estatua, mostraba que ni
sabía ni podía, ni quería responder palabra; ni la respondiera si el cura no la dijera que
se determinase presto en lo que había de hacer, porque tenía Basilio ya el alma en los
dientes, y no daba lugar a esperar irresolutas determinaciones. Entonces la hermosa
Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al parecer triste y pesarosa, llegó
donde Basilio estaba ya los ojos vueltos, el aliento corto y apresurado, murmurando
entre los dientes el nombre de Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no
como cristiano. Llegó, en fin, Quiteria, y puesta de rodillas, le pidió la mano por señas,
y no por palabras. Desencajó los ojos Basilio, y mirándola atentamente, le dijo: ¡Oh
Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de servir de
cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas para llevar la gloria
que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender el dolor que tan apriesa me va
cubriendo los ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo que te suplico es, oh fatal
estrella mía, que la mano que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento ni
para engañarme de nuevo, sino que confieses y digas, que sin hacer fuerza a tu
voluntad, me la entregas y me la das como a tu legítimo esposo; pues no es razón que
en un trance como éste me engañes, ni uses de fingimientos con quien tantas verdades
ha tratado contigo. Entre estas razones se desmayaba; de modo que todos los presentes
pensaban que cada desmayo se había de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta
y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo: Ninguna fuerza
fuera bastante a torcer mi voluntad; y así, con la más libre que tengo te doy la mano
de legítima esposa, y recibo la tuya, si es que me la das de tu libre albedrío, sin que la
turbe ni contraste la calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto. Sí doy,
respondió Basilio, no turbado ni confuso, sino con el claro entendimiento que el cielo
quiso darme, y así me doy y me entrego por tu esposo. Y yo por tu esposa, respondió
Quiteria, ahora vivas largos años, ahora te lleven de mis brazos a la sepultura. Para
estar tan herido este mancebo, dijo a este punto Sancho Panza, mucho habla: háganle
que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi parecer, más la tiene en
la lengua que en los dientes. Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el
cura, tierno y lloroso, los echó la bendición y pidió al cielo diese buen poso al alma
del nuevo desposado; el cual, así como recibió la bendición, con presta ligereza se
levantó en pie, y con no vista desenvoltura se sacó el estoque, a quien servía de vaina
su cuerpo. Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, más simples
que curiosos, en altas voces comenzaron a decir: ¡Milagro, milagro! Pero Basilio
replicó: No milagro, milagro, sino industria, industria. El cura, desatentado y atónito,
acudió con ambas manos a tentar la herida, y halló que la cuchilla había pasado, no
por la carne y costillas de Basilio, sino por un cañón hueco de hierro que, lleno de
sangre, en aquel lugar bien acomodado tenía, preparada la sangre, según después se
supo, de modo que no se helase. Finalmente, el cura y Camacho con todos los más
circunstantes se tuvieron por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de
pesarle de la burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido
engañoso, no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual
coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había trazado aquel
caso; de lo que quedó Camacho y sus valedores tan corridos, que remitieron su
venganza a las manos, y desenvainando muchas espadas, arremetieron a Basilio, en
cuyo favor en un instante se desenvainaron casi otras tantas; y tomando la delantera a
caballo Don Quijote, con la lanza sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hacía
dar lugar de todos. Sancho, a quien jamás pluguieron ni solazaron semejantes
fechurías, se acogió a las tinajas, donde había sacado su agradable espuma,
pareciéndole aquel lugar como sagrado, que había de ser tenido en respeto. Don
Quijote a grandes voces decía: Teneos, señores, teneos; que no es razón toméis
venganza de los agravios que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son
una misma cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides
y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas
se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que
se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa amada. Quiteria era de
Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos. Camacho
es rico, y podrá comprar su gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene
más desta oveja, y no se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos
que Dios junta no podrá separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de pasar
por la punta desta lanza: y en esto la blandió tan fuerte y tan diestramente, que puso
pavor en todos los que no le conocían; y tan intensamente se fijó en la imaginación de
Camacho el desdén de Quiteria, que se la borró de la memoria en un instante; y así,
tuvieron lugar con él las persuasiones del cura, que era varón prudente y bien
intencionado, con las cuales quedó Camacho y los de su parcialidad pacíficos y
sosegados; en señal de lo cual volvieron las espadas a sus lugares, culpando más a la
facilidad de Quiteria que a la industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si
Quiteria quería bien a Basilio doncella, también le quisiera casada, y que debía de dar
gracias al cielo más por habérsela quitado que por habérsela dado. Consolado pues y
pacífico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de Basilio se sosegaron; y el
rico Camacho, por mostrar que no sentía la burla, ni la estimaba en nada, quiso que
las fiestas pasasen adelante como si realmente se desposara; pero no quisieron asistir
a ellas Basilio ni su esposa ni secuaces; y así, se fueron a la aldea de Basilio; que
también los pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare como
los ricos tienen quien los lisonjee y acompañe. Llevarónse consigo a Don Quijote,
estimándole por hombre de valor y de pelo en pecho. A sólo Sancho se le escureció
el alma, por verse imposibilitado de aguardar la espléndida comida y fiestas de
Camacho, que duraron hasta la noche; y así, asenderado y triste siguió a su señor, que
con la cuadrilla de Basilio iba, y así se dejó atrás las ollas de Egipto, aunque las llevaba
en el alma; cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero llevaba, le
representaba la gloria y la abundancia del bien que perdía; y así congojado y
pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio, siguió las huellas de Rocinante.

Capítulo XXII
Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en
el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso Don Quijote de la
Mancha

Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a Don Quijote,
obligados de las muestras que había dado defendiendo su causa, y al par de la valentía
le graduaron la discreción, teniéndole por un Cid en las armas y por un Cicerón en la
elocuencia. El buen Sancho se refociló tres días a costa de los novios, de los cuales se
supo que no fue traza comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente,
sino industria de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se había visto: bien es
verdad que confesó que había dado parte de su pensamiento a algunos de sus amigos,
para que al tiempo necesario favoreciesen su intención y abonasen su engaño. No se
pueden ni deben llamar engaños, dijo Don Quijote, los que ponen la mira en virtuosos
fines, y que el de casarse los enamorados era el fin de más excelencia, advirtiendo que
el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la continua necesidad; porque el
amor es todo alegría, regocijo y contento, y más cuando el amante está en posesión de
la cosa amada, contra quien son enemigos opuestos y declarados la necesidad y la
pobreza; y que todo esto decía con intención de que se dejase el señor Basilio de
ejercitar las habilidades que sabe, que aunque le daban fama, no le daban dineros, y
que atendiese a granjear hacienda por medios lícitos e industriosos, que nunca faltan
a los prudentes y aplicados. El pobre honrado (si es que puede ser honrado el pobre)
tiene prenda en tener mujer hermosa, que cuando se la quitan, le quitan la honra y se
la matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre merece ser coronada
con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por sí sola atrae las
voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a señuelo gustoso se le abaten las
águilas reales y los pájaros altaneros; pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad
y la estrecheza, también la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapiña;
y la que está a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su marido.
Mirad, discreto Basilio, añadió Don Quijote, opinión fue de no sé qué sabio que no
había en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba por consejo que cada uno
pensase y creyese que aquella sola buena era la suya, y así viviría contento. Yo no soy
casado, ni hasta agora me ha venido en pensamiento serlo; y con todo esto, me
atrevería a dar consejo al que me lo pidiese del modo que había de buscar la mujer
con quien se quisiese casar. Lo primero, le aconsejaría que mirase más a la fama que
a la hacienda; porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser
buena, sino con parecerlo; que mucho más dañan a las honras de las mujeres las
desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a
tu casa, fácil cosa sería conservarla, y aun mejorarla, en aquella bondad; pero si la
traes mala, en trabajo te pondrá el enmendarla; que no es muy hacedero pasar de un
extremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso. Oía todo
esto Sancho, y dijo entre sí: Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de
sustancia suele decir que podría yo tomar un púlpito en las manos y irme por ese
mundo adelante predicando lindezas; y yo digo dél que cuando comienza a enhilar
sentencias y a dar consejos, no sólo puede tomar púlpito en las manos, sino dos en
cada dedo, y andarse por esas plazas a qué quieres boca. ¡Válgate el diablo por
caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi ánima que sólo podía
saber aquello que tocaba a sus caballerías; pero no hay cosa donde no pique y deje de
meter su cucharada. Murmuraba esto algo Sancho, y entreoyole su señor, y
preguntole: ¿Qué murmuras, Sancho? No digo nada, ni murmuro de nada, respondió
Sancho, sólo estaba diciendo entre mí que quisiera haber oído lo que vuesa merced
aquí ha dicho antes que me casara, que quizá dijera yo agora: «El buey suelto bien se
lame». ¿Tan mala es tu Teresa, Sancho? dijo Don Quijote. No es muy mala, respondió
Sancho, pero no es muy buena; a lo menos, no es tan buena como yo quisiera. Mal
haces, Sancho, dijo Don Quijote, en decir mal de tu mujer, que en efecto es madre de
tus hijos. No nos debemos nada, respondió Sancho, que también ella dice mal de mí
cuando se le antoja, especialmente cuando está celosa; que entonces súfrala el mesmo
Satanás. Finalmente, tres días estuvieron con los novios, donde fueron regalados y
servidos como cuerpos de rey. Pidió Don Quijote al diestro licenciado le diese una
guía que le encaminase a la cueva de Montesinos porque tenía gran deseo de entrar en
ella, y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por
todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso
estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad
le pondría a la boca de la mesma cueva, y le enseñaría las lagunas de Ruidera, famosas
ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España; y díjole que llevaría con él
gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sabía hacer libros para imprimir y
para dirigirlos a príncipes. Finalmente, el primo vino con una pollina preñada, cuya
albarda cubría un gayado tapete o arpillera. Ensilló Sancho a Rocinante y aderezó al
rucio, proveyó sus alforjas, a las cuales acompañaron las del primo, asimismo bien
proveídas, y encomendándose a Dios y despidiéndose de todos, se pusieron en camino
tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos. En el camino preguntó Don
Quijote al primo de qué género y calidad eran sus ejercicios, su profesión y estudios.
A lo que él respondió, que su profesión era ser humanista, sus ejercicios y estudios,
componer libros para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos
entretenimiento para la república; que el uno se intitulaba «el de las Libreas», donde
pintaba setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde podían
sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los caballeros
cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando, como dicen, el cerbelo,
por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones: porque doy al celoso, al desdeñado,
al olvidado y al ausente las que les convienen, que les vendrán más justas que
pecadoras. Otro libro tengo también, a quien he de llamar «Metamorfóseos», o
«Ovidio español», de invención nueva y rara; porque en él, imitando a Ovidio a lo
burlesco, pinto quién fue la Giralda de Sevilla y el Ángel de la Madalena, quién el
Caño de Vecinguerra, de Córdoba, quiénes los Toros de Guisando, la Sierra Morena,
las fuentes de Leganitos y Lavapiés, en Madrid, no olvidándome de la del Piojo, de la
del Caño Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegorías, metáforas y translaciones,
de modo, que alegran, suspenden y enseñan a un mismo punto. Otro libro tengo, que
le llamo «Suplemento a Virgilio Polidaro», que trata de la invención de las cosas, que
es de grande erudición y estudio, a causa que las cosas que se dejó de decir Polidoro
de gran sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvidósele a Virgilio
de declararnos quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que
tomó las unciones para curarse del morbo gálico, y yo lo declaro al pie de la letra, y
lo autorizo con más de veinticinco autores: porque vea vuesa merced si he trabajado
bien y si ha de ser útil el tal libro a todo el mundo. Sancho, que había estado muy
atento a la narración del primo, le dijo: Dígame, señor, así Dios le dé buena
manderecha en la impresión de sus libros, sabríame decir, que sí sabrá, pues todo lo
sabe, ¿quién fue el primero que se rascó en la cabeza? que yo para mí tengo que debió
de ser nuestro padre Adán. Sí sería, respondió el primo, porque Adán no hay duda
sino que tuvo cabeza y cabellos; y siendo esto así, y siendo el primer hombre del
mundo, alguna vez se rascaría. Así lo creo yo, respondió Sancho, pero dígame ahora:
¿quién fue el primer volteador del mundo? En verdad, hermano, respondió el primo,
que no me sabré determinar por ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiaré en
volviendo adonde tengo mis libros, y yo os satisfaré cuando otra vez nos veamos; que
no ha de ser ésta la postrera. Pues mire, señor, replicó Sancho, no tome trabajo en
esto; que ahora he caído en la cuenta de lo que le he preguntado: sepa que el primer
volteador del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino
volteando hasta los abismos. Tienes razón, amigo, dijo el primo; y dijo Don Quijote:
Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has oído decir. Calle, señor,
replicó Sancho, que a buena fe que si me doy a preguntar y a responder, que no acabe
de aquí a mañana. Sí, que para preguntar necedades y responder disparates no he
menester yo andar buscando ayuda de vecinos. Más has dicho, Sancho, de lo que
sabes, dijo Don Quijote, que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas,
que después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la
memoria. En estas y otras gustosas pláticas se les pasó aquel día, y a la noche se
albergaron en una pequeña aldea, adonde el primo dijo a Don Quijote que desde allí
a la cueva de Montesinos no había más de dos leguas, y que si llevaba determinado
de entrar en ella era menester proveerse de sogas, para atarse y descolgarse en su
profundidad. Don Quijote dijo, que aunque llegase al abismo había de ver dónde
paraba, y así compraron casi cien brazas de soga, y otro día a las dos de la tarde
llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y
cabrahigos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan
y encubren. En viéndola, se apearon el primo, Sancho y Don Quijote, al cual los dos
le ataron luego fortísimamente con las sogas, y en tanto que le fajaban y ceñían, le
dijo Sancho: Mire vuestra merced, señor mío, lo que hace, no se quiera sepultar en
vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en algún pozo: sí, que
a vuestra merced no le toca ni atañe ser el escudriñador desta que debe de ser peor que
mazmorra. Ata y calla, respondió Don Quijote, que tal empresa como aquésta, Sancho
amigo, para mí estaba guardada. Y entonces dijo la guía: Suplico a vuesa merced,
señor Don Quijote, que mire bien y especule con cien ojos lo que hay allá dentro,
quizá habrá cosas que las ponga yo en el libro de mis transformaciones. En manos
está el pandero, que le sabrá bien tañer, respondió Sancho Panza. Dicho esto, y
acabada la ligadura de Don Quijote (que no fue sobre el arnés, sino sobre el jubón de
armar), dijo Don Quijote: Inadvertidos hemos andado en no habernos proveído de
algún esquilón pequeño, que fuera atado junto a mí en esta mesma soga, con cuyo
sonido se entendiera que todavía bajaba y estaba vivo; pero pues ya no es posible, a
la mano de Dios, que me guíe; y luego se hincó de rodillas y hizo una oración en voz
baja al cielo, pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella al parecer
peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego: Oh señora de mis acciones y
movimientos, clarísima y sin par Dulcinea del Toboso, si es posible que lleguen a tus
oídos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te
ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo,
ahora que tanto le he menester. Yo voy a despeñarme, a empozarme y a hundirme en
el abismo que aquí se me representa, sólo porque conozca el mundo que si tú me
favoreces, no habrá imposible a quien yo no acometa y acabe; y en diciendo esto, se
acercó a la sima, vio no ser posible descolgarse, ni hacer lugar a la entrada, si no era
a fuerza de brazos o a cuchilladas; y así, poniendo mano a la espada, comenzó a
derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo
ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan
espesos y con tanta priesa, que dieron con Don Quijote en el suelo; y si él fuera tan
agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse en
lugar semejante. Finalmente se levantó, y viendo que no salían más cuervos ni otras
aves nocturnas, como fueron murciélagos, que asimismo entre los cuervos salieron,
dándole soga el primo y Sancho, se dejó calar al fondo de la caverna espantosa; y al
entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre él mil cruces, dijo: Dios te
guíe y la Peña de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los
caballeros andantes: Allá vas, valentón del mundo, corazón de acero, brazos de
bronce: Dios te guíe, otra vez, y te vuelva libre sano y sin cautela a la luz desta vida,
que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas. Casi las mismas plegarias y
deprecaciones hizo el primo. Iba Don Quijote dando voces que le diesen soga y más
soga, y ellos se la daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva
salían, dejaron de oírse, ya ellos tenían descolgadas las cien brazas de soga.

Fueron de parecer de volver a subir a Don Quijote, pues no le podían dar más
cuerda: con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual espacio
volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, señal que les hizo
imaginar que Don Quijote se quedaba dentro, y creyéndolo así Sancho, lloraba
amargamente y tiraba con mucha priesa por desengañarse; pero llegando, a su parecer
a poco más de las ochenta brazas, sintieron peso, de que en extremo se alegraron.
Finalmente, a las diez vieron distintamente a Don Quijote, a quien dio voces Sancho,
diciéndole: Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío; que ya pensábamos que
se quedaba allá para casta; pero no respondía palabra Don Quijote; y sacándole del
todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle
en el suelo y desliáronle, y con todo esto no despertaba. Pero tanto le volvieron y
revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió en sí,
desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara, y mirando
a una y otra parte como espantado, dijo: Dios os lo perdone, amigos, que me habéis
quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni
pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan
como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado
Montesinos! ¡Oh mal ferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso
Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las
que lloraron vuestros hermosos ojos! Con grande atención escuchaban el primo y
Sancho las palabras de Don Quijote, que las decía como si con dolor inmenso las
sacara de las entrañas. Suplicáronle les diese a entender lo que decía, y les dijese lo
que en aquel infierno había visto. ¿Infierno le llamáis? dijo Don Quijote; pues no le
llaméis así, porque no lo merece, como luego veréis. Pidió que le diesen algo de
comer, que traía grandísima hambre. Tendieron la arpillera del primo sobre la verde
yerba, acudieron a la despensa de sus alforjas, y sentados todos tres en buen amor y
compaña, merendaron y cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo Don Quijote
de la Mancha: No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.
Capítulo XXIII
De las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había visto en la
profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga
esta aventura por apócrifa

Las cuatro de la tarde serían cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y
templados rayos, dio lugar a Don Quijote para que sin calor y pesadumbre contase a
sus dos clarísimos oyentes lo que en la cueva de Montesinos había visto, y comenzó
en el modo siguiente:
A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la derecha
mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro
con sus mulas. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le
responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a
tiempo cuando ya iba cansado y mohíno de verme, pendiente y colgado de la soga,
caminar por aquella escura región abajo, sin llevar cierto ni determinado camino, y
así, determiné entrarme en ella y descansar un poco. Di voces pidiéndoos que no
descolgásedes más soga hasta que yo os lo dijese; pero no debistes de oírme. Fui
recogiendo la soga que enviábades, y haciendo della una rosca o rimero, me senté
sobre él pensativo además, considerando lo que hacer debía para calar al fondo, no
teniendo quién me sustentase; y estando en este pensamiento y confusión, de repente
y sin procurarlo, me salteó un sueño profundísimo; y cuando menos lo pensaba, sin
saber cómo ni cómo no, desperté dél y me hallé en la mitad del más bello, ameno y
deleitoso prado que puede criar la naturaleza, ni imaginar la más discreta imaginación
humana. Despabilé los ojos, limpiémelos, y vi que no dormía, sino que realmente
estaba despierto; con todo esto, me tenté la cabeza y los pechos, por certificarme si
era yo mismo el que allí estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto,
el sentimiento, los discursos concertados que entre mí hacía, me certificaron que yo
era allí entonces el que soy aquí ahora. Ofrecióseme luego a la vista un real y suntuoso
palacio o alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal
fabricados; del cual abriéndose dos grandes puertas, vi que por ellas salía y hacía mí
se venía un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el
suelo le arrastraba; ceñíale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso
verde; cubríale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, canísima, le pasaba de
la cintura; no traía arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que
medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz; el
continente, el paso, la gravedad y la anchísima presencia, cada cosa de por sí y todas
juntas, me suspendieron y admiraron. Llegose a mí, y lo primero que hizo fue
abrazarme estrechamente, y luego decirme: Luengos tiempos ha, valeroso caballero
Don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados
esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda
cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada
para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo estupendo. Ven conmigo,
señor clarísimo; que te quiero mostrar las maravillas que este transparente alcázar
solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor perpetua, porque soy el mismo
Montesinos, de quien la cueva toma nombre. Apenas me dijo que era Montesinos,
cuando le pregunté si fue verdad lo que en el mundo de acá arriba se contaba, que él
había sacado de la mitad del pecho, con una pequeña daga, el corazón de su grande
amigo Durandarte y llevádole a la Señora Belerma, como él se lo mandó al punto de
su muerte. Respondióme que en todo decían verdad, sino en la daga, porque no fue
daga, ni pequeña, sino un puñal buido, más agudo que una lezna. Debía de ser, dijo a
este punto Sancho el tal puñal de Ramón de Hoces, el sevillano. No sé, prosiguió Don
Quijote, pero no sería dese puñalero, porque Ramón de Hoces fue ayer, y lo de
Roncesvalles, donde aconteció esta desgracia, ha muchos años; y esta averiguación
no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contexto de la historia. Así es,
respondió el primo: prosiga vuestra merced, señor Don Quijote; que le escucho con el
mayor gusto del mundo. No con menor lo cuento yo, respondió Don Quijote, y así
digo que el venerable Montesinos me metió en el cristalino palacio, donde en una sala
baja, fresquísima sobre modo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de mármol, con
gran maestría fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de
bronce, ni de mármol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino
de pura carne y de puros huesos. Tenía la mano derecha (que a mi parecer es algo
peluda y nervosa, señal de tener muchas fuerzas su dueño) puesta sobre el lado del
corazón; y antes que preguntase nada a Montesinos, viéndome suspenso mirando al
del sepulcro, me dijo: Éste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros
enamorados y valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado, como me tiene a mí y a
otros muchos y muchas, Merlín, aquel francés encantador que dicen que fue hijo del
diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un
punto más que el diablo. El cómo o para qué nos encantó nadie lo sabe, y ello dirá
andando los tiempos, que no están muy lejos, según imagino. Lo que a mí me admira
es que sé, tan cierto como ahora es de día, que Durandarte acabó los de su vida en mis
brazos, y que después de muerto le saqué el corazón con mis propias manos; y en
verdad que debía de pesar dos libras, porque, según los naturales, el que tiene mayor
corazón es dotado de mayor valentía del que le tiene pequeño. Pues siendo esto así, y
que realmente murió este caballero, ¿cómo ahora se queja y sospira de cuando en
cuando, como si estuviese vivo? Esto dicho, el mísero Durandarte, dando una gran
voz, dijo:
«¡Oh, mi primo Montesinos!
lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto,
y mi ánima arrancada,
que llevéis mi corazón
adonde Belerma estaba,
sacándomele del pecho,
ya con puñal, ya con daga.»

Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el lastimado


caballero, y con lágrimas en los ojos, le dijo: Ya, señor Durandarte, carísimo primo
mío, ya hice lo que me mandaste en el aciago día de nuestra pérdida: yo os saqué el
corazón lo mejor que pude, sin que os dejase una mínima parte en el pecho; yo le
limpié con un pañizuelo de puntas; yo partí con él de carrera para Francia, habiéndoos
primero puesto en el seno de la tierra, con tantas lágrimas, que fueron bastantes a
lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que tenían, de haberos andado en
las entrañas; y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé saliendo
de Roncesvalles eché un poco de sal en vuestro corazón, porque no oliese mal, y fuese,
si no fresco, a lo menos, amojamado, a la presencia de la señora Belerma; a la cual,
con vos, y conmigo, y con Guadiana vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus
siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos
tiene aquí encantados el sabio Merlín ha muchos años; y aunque pasan de quinientos,
no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas,
las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en
otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la
Mancha, las llaman las lagunas de Ruidera; las siete son de los reyes de España, y las
dos sobrinas, de los caballeros de una orden santísima, que llaman de San Juan.
Guadiana vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en
un río llamado de su mesmo nombre; el cual cuando llegó a la superficie de la tierra
y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se
sumergió en las entrañas de la tierra; pero como no es posible dejar de acudir a su
natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le
vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales, y con
otras muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto,
por dondequiera que va muestra su tristeza y melancolía, y no se precia de criar en sus
aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los
del Tajo dorado; y esto que agora os digo, oh primo mío, os lo he dicho muchas veces;
y como no me respondéis, imagino que no me dais crédito, o no me oís, de lo que yo
recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya
que no sirvan de alivió a vuestro dolor, no os le aumentarán en ninguna manera. Sabed
que tenéis aquí en vuestra presencia, y abrid los ojos y vereislo, aquel gran caballero
de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merlín, aquel Don Quijote de la
Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos ha
resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballería, por cuyo medio y favor
podría ser que nosotros fuésemos desencantados; que las grandes hazañas para los
grandes hombres están guardadas. Y cuando así no sea, respondió el lastimado
Durandarte con voz desmayada y baja, cuando así no sea, oh primo, digo, paciencia y
barajar; y volviéndose de lado tornó a su acostumbrado silencio, sin hablar más
palabra. Oyéronse en esto grandes alaridos y llantos, acompañados de profundos
gemidos y angustiados sollozos; volví la cabeza, y vi por las paredes de cristal que
por otra sala pasaba una procesión de dos hileras de hermosísimas doncellas, todas
vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas, al modo turquesco.

Al cabo y fin de las hileras venía una señora, que en la gravedad lo parecía,
asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la
tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era
cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes,
que tal vez los descubría, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos
como unas peladas almendras; traía en las manos un lienzo delgado, y entre él, a lo
que pude divisar, un corazón de carne momia, según venía seco y amojamado. Díjome
Montesinos como toda aquella gente de la procesión eran sirvientes de Durandarte y
de Belerma, que allí con sus dos señores estaban encantados, y que la última, que traía
el corazón entre el lienzo y en las manos, era la señora Belerma, la cual con sus
doncellas cuatro días en la semana hacían aquella procesión y cantaban, o, por mejor
decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado corazón de su primo; y
que si me había parecido algo fea, o no tan hermosa como tenía la fama, era la causa
las malas noches y peores días que en aquel encantamento pasaba, como lo podía ver
en sus grandes ojeras y en su color quebradiza: y no toma ocasión su amarillez y sus
ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses,
y aun años, que no le tiene ni asoma por sus puertas; sino del dolor que siente su
corazón por el que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria
la desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en
hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos
contornos, y aun en todo el mundo. Cepos quedos, dije yo entonces, señor don
Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda
comparación es odiosa, y así, no hay para qué comparar a nadie con nadie. La sin par
Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma es quien es, y quien ha
sido, y quédese aquí. A lo que él me respondió: Señor Don Quijote, perdóneme vuesa
merced; que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas igualara
la señora Dulcinea a la señora Belerma, pues me bastaba a mí haber entendido, por no
sé qué barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera la lengua
antes de compararla sino con el mismo cielo. Con esta satisfación que me dio el gran
Montesinos se quietó mi corazón del sobresalto que recebí en oír que a mi señora la
comparaban con Belerma. Y aun me maravillo yo, dijo Sancho de cómo vuestra
merced no se subió sobre el vejote, y le molió a coces todos los huesos, y le peló las
barbas, sin dejarle pelo en ellas. No, Sancho amigo, respondió Don Quijote, no me
estaba a mí bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los
ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y están
encantados: yo sé bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas
y respuestas que entre los dos pasamos. A esta sazón dijo el primo: Yo no sé, señor
Don Quijote, cómo vuestra merced en tan poco espacio de tiempo como ha que está
allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto. ¿Cuánto ha que bajé?
preguntó Don Quijote. Poco más de una hora, respondió Sancho. Eso no puede ser,
replicó Don Quijote, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y
amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres días he estado en aquellas partes
remotas y escondidas a la vista nuestra. Verdad debe de decir mi señor, dijo Sancho,
que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a
nosotros nos parece un hora, debe de parecer allá tres días con sus noches. Así será,
respondió Don Quijote. ¿Y ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío?
preguntó el primo. No me he desayunado de bocado, respondió Don Quijote, ni aun
he tenido hambre, ni por pensamiento. ¿Y los encantados comen? dijo el primo. No
comen respondió Don Quijote, ni tienen excrementos mayores, aunque es opinión que
les crecen las uñas, las barbas y los cabellos. ¿Y duermen por ventura los encantados,
señor? preguntó Sancho. No por cierto, respondió Don Quijote, a lo menos, en estos
tres días que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco. Aquí
encaja bien el refrán, dijo Sancho de dime con quién andas, decirte he quién eres:
ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes: mirad si es mucho que ni
coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme vuestra merced, señor
mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios, que iba a decir el
diablo, si le creo cosa alguna. ¿Cómo no? dijo el primo, ¿pues había de mentir el señor
Don Quijote, que aunque quisiera no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto
millón de mentiras? Yo no creo que mi señor miente, respondió Sancho. Sino ¿qué
crees? le preguntó Don Quijote. Creo, respondió Sancho que aquel Merlín o aquellos
encantadores que encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto
y comunicado allá abajo, le encajaron en el magín o la memoria toda esa máquina que
nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda. Todo eso pudiera ser, Sancho,
replicó Don Quijote, pero no es así; porque lo que he contado lo vi por mis propios
ojos y lo toqué con mis mismas manos. Pero, ¿qué dirás cuando te diga yo ahora cómo,
entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostró Montesinos (las cuales despacio
y a sus tiempos te las iré contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser todas
deste lugar) me mostró tres labradoras que por aquellos amenísimos campos iban
saltando y brincando como cabras; y apenas las hube visto, cuando conocí ser la una
la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que venían
con ella, que hablamos a la salida del Toboso? Pregunté a Montesinos si las conocía;
respondióme que no, pero que él imaginaba que debían de ser algunas señoras
principales encantadas, que pocos días había que en aquellos prados habían parecido;
y que no me maravillase desto, porque allí estaban otras muchas señoras de los
pasados y presentes siglos encantadas en diferentes y extrañas figuras, entre las cuales
conocía él a la reina Ginebra y su dueña Quintañona, escanciando el vino a Lanzarote
cuando de Bretaña vino. Cuando Sancho Panza oyó decir esto a su amo, pensó perder
el juicio, o morirse de risa; que como él sabía la verdad del fingido encanto de
Dulcinea, de quien él había sido el encantador y el levantador de tal testimonio, acabó
de conocer indubitablemente que su señor estaba fuera de juicio y loco de todo punto,
y así le dijo: En mala coyuntura y en peor sazón y en aciago día bajó vuestra merced,
caro patrón mío, al otro mundo, y en mal punto se encontró con el señor Montesinos,
que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced acá arriba con su entero juicio,
tal cual Dios se le había dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y
no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse. Como te conozco,
Sancho, respondió Don Quijote, no hago caso de tus palabras. Ni yo tampoco de las
de vuestra merced, replicó Sancho, siquiera me hiera, siquiera me mate por las que le
he dicho, o por las que le pienso decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero
dígame vuestra merced, ahora que estamos en paz: ¿cómo o en qué conoció a la señora
nuestra ama? Y si la habló, ¿qué dijo y qué le respondió? Conocila, respondió Don
Quijote en que trae los mesmos vestidos que traía cuando tú me le mostraste. Habléla,
pero no me respondió palabra; antes, me volvió las espaldas, y se fue huyendo con
tanta priesa, que no la alcanzara una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me
aconsejara Montesinos que no me cansase en ello, porque sería en balde, y más porque
se llegaba la hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimismo que,
andando el tiempo, se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él, y Belerma,
y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pena me dio de las que
allí vi y noté, fue que estándome diciendo Montesinos estas razones, se llegó a mí por
un lado, sin que yo la viese venir, una de las dos compañeras de la sin ventura
Dulcinea, y llenos los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz, me dijo: Mi señora
Dulcinea del Toboso besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se
la haga de hacerla saber cómo está; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo
suplica a vuestra merced cuan encarecidamente puede sea servido de prestarle sobre
este faldellín que aquí traigo, de cotonía nuevo, media docena de reales, o los que
vuestra merced tuviere; que ella da su palabra de volvérselos con mucha brevedad.
Suspendiome y admirome el tal recado, y volviéndome al señor Montesinos, le
pregunté: ¿Es posible, señor Montesinos, que los encantados principales padecen
necesidad? A lo que él me respondió: Créame vuestra merced, señor Don Quijote de
la Mancha, que ésta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se extiende,
y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y pues la señora Dulcinea
del Toboso envía a pedir esos seis reales, y la prenda es buena, según parece, no hay
sino dárselos; que, sin duda, debe de estar puesta en algún grande aprieto. Prenda no
la tomaré yo, le respondí, ni menos le daré lo que pide, porque no tengo sino solos
cuatro reales; los cuales le di (que fueron los que tú, Sancho, me diste el otro día para
dar limosna a los pobres que topase por los caminos), y le dije: Decid, amiga mía, a
vuesa señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar
para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo tener salud careciendo
de su agradable vista y discreta conversación, y que le suplico cuan encarecidamente
puedo sea servida su merced de dejarse ver y tratar deste su cautivo servidor y
asendereado caballero. Diréisle también que cuando menos se lo piense oirá decir
como yo he hecho un juramento y voto, a modo de aquel que hizo el Marqués de
Mantua de vengar a su sobrino Valdovinos, cuando le halló para expirar en mitad de
la montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que allí
añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar, y de andar las siete partidas del
mundo, con más puntualidad que las anduvo el infante don Pedro de Portugal, hasta
desencantarla. Todo eso y más debe vuestra merced a mi señora, me respondió la
doncella; y tomando los cuatro reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una
cabriola, que se levantó dos varas de medir en el aire. ¡Oh santo Dios! dijo a este
tiempo dando una gran voz Sancho: ¡es posible que tal hay en el mundo y que tengan
en él tanta fuerza los encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio
de mi señor en una tan disparatada locura! ¡Oh señor, señor! por quien Dios es que
vuesa merced mire por sí, y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades
que le tienen menguado y descabalado el sentido. Como me quieres bien, Sancho,
hablas desa manera, dijo Don Quijote, y como no estás experimentado en las cosas
del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero
andará el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contaré algunas de las que allá abajo
he visto, que te harán creer las que aquí he contado, cuya verdad ni admite réplica ni
disputa.
Capítulo XXIV
Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero
entendimiento desta grande historia

Dice el que tradujo esta grande historia del original de la que escribió su primer
autor Cide Hamete Benengeli, que llegando al capítulo de la aventura de la cueva de
Montesinos, en el margen dél estaban escritas de mano del mesmo Hamete estas
mismas razones:
«No me puedo dar a entender ni me puedo persuadir que al valeroso Don Quijote,
le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente capítulo queda escrito. La razón
es, que todas las aventuras hasta aquí sucedidas han sido contingibles y verisímiles;
pero esta desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan
fuera de los términos razonables. Pues pensar yo que Don Quijote mintiese, siendo el
más verdadero hidalgo y el más noble caballero de sus tiempos, no es posible; que no
dijera él una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero que él la contó y la dijo
con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan breve espacio tan
gran máquina de disparates; y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa;
y así, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. Tú, letor, pues eres prudente,
juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo más; puesto que se tiene por cierto
que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrató della, y dijo que él la había
inventado, por parecerle que convenía y cuadraba bien con las aventuras que había
leído en sus historias.» Y luego prosigue, diciendo:
Espantose el primo así del atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia
de su amo, y juzgó que del contento que tenía de haber visto a su señora Dulcinea del
Toboso, aunque encantada, le nacía aquella condición blanda que entonces mostraba;
porque si así no fuera, palabras y razones le dijo Sancho, que merecían molerle a
palos; porque realmente le pareció que había andado atrevidillo con su señor, a quien
le dijo: Yo señor Don Quijote de la Mancha, doy por bien empleadísima la jornada
que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La
primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda,
haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de
Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servirán para el «Ovidio español» que
traigo entre manos. La tercera, entender la antigüedad de los naipes, que por lo menos,
ya se usaban en tiempo del emperador Carlo Magno, según puede colegirse de las
palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte, cuando al cabo de aquel grande
espacio que estuvo hablando con él Montesinos, él despertó diciendo: paciencia y
barajar. Y esta razón y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando
no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador Carlo Magno. Y esta
averiguación me viene pintiparada para el otro libro que voy componiendo, que es
«Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invención de las antigüedades», y creo que
en el suyo no se acordó de poner la de los naipes, como la pondré yo ahora, que será
de mucha importancia, y más alegando autor tan grave y tan verdadero como es el
señor Durandarte. La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del río
Guadiana, hasta ahora ignorado de las gentes. Vuesa merced tiene razón, dijo Don
Quijote; pero querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia
para imprimir esos sus libros, que lo dudo, a quién piensa dirigirlos. Señores y grandes
hay en España a quien puedan dirigirse, dijo el primo. No muchos, respondió Don
Quijote, y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse
a la satisfación que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe
conozco yo que puede suplir la falta de los demás, con tantas ventajas, que si me
atreviere a decirlas, quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos;
pero quédese esto aquí para otro tiempo más cómodo, y vamos a buscar adonde
recogernos esta noche. No lejos de aquí, respondió el primo está una ermita, donde
hace su habitación un ermitaño, que dicen ha sido soldado, y está en opinión de ser
un buen cristiano, y muy discreto y caritativo además. Junto con la ermita tiene una
pequeña casa, que él ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es capaz de
recibir huéspedes. ¿Tiene por ventura gallinas el tal ermitaño? preguntó Sancho.
Pocos ermitaños están sin ellas, respondió Don Quijote, porque no son los que agora
se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vestían de hojas de palma y
comían raíces de la tierra. Y no se entienda que por decir bien de aquéllos no lo digo
de aquéstos, sino que quiero decir que al rigor y estrecheza de entonces no llegan las
penitencias de los de agora; pero no por esto dejan de ser todos buenos: a lo menos,
yo por buenos los juzgo; y cuando todo corra turbio, menos mal hace el hipócrita que
se finge bueno que el público pecador. Estando en esto, vieron que hacia donde ellos
estaban venía un hombre a pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que
venía cargado de lanzas y de alabardas. Cuando llegó a ellos, los saludó y pasó de
largo. Don Quijote le dijo: Buen hombre, deteneos; que parece que vais con más
diligencia que ese macho ha menester. No me puedo detener, señor, respondió el
hombre, porque las armas que veis que aquí llevo han de servir mañana, y así, me es
forzoso el no detenerme, y a Dios. Pero si quisiéredes saber para qué las llevo, en la
venta que está más arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es que hacéis este
mesmo camino, allí me hallaréis, donde os contaré maravillas, y a Dios otra vez. Y de
tal manera aguijó el macho, que no tuvo lugar Don Quijote de preguntarle qué
maravillas eran las que pensaba decirles; y como él era algo curioso y siempre le
fatigaban deseos de saber cosas nuevas, ordenó que al momento se partiesen y fuesen
a pasar la noche en la venta, sin tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se
quedaran. Hízose así, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de
la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a Don Quijote
que llegasen a la ermita, a beber un trago. Apenas oyó esto Sancho Panza, cuando
encaminó el rucio a ella, y lo mismo hicieron Don Quijote y el primo; pero la mala
suerte de Sancho parece que ordenó que el ermitaño no estuviese en casa; que así se
lo dijo una sotaermitaño que en la ermita hallaron. Pidiéronle de lo caro; respondió
que su señor no lo tenía; pero que si querían agua barata, que se la daría de muy buena
gana. Si yo la tuviera de agua, respondió Sancho, pozos hay en el camino, donde la
hubiera satisfecho. ¡Ah, bodas de Camacho y abundancia de la casa de don Diego, y
cuántas veces os tengo de echar menos! Con esto dejaron la ermita y picaron hacia la
venta; y a poco trecho toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con
mucha priesa, y así, le alcanzaron.

Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto un bulto o envoltorio, al


parecer de sus vestidos, que al parecer debían de ser los calzones o gregüescos y
herreruelo y alguna camisa, porque traía puesta una ropilla de terciopelo, con algunas
vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos
cuadrados, a uso de corte; la edad llegaría a diez y ocho o diez y nueve años; alegre
de rostro, y al parecer, ágil de su persona: iba cantando seguidillas, para entretener el
trabajo del camino. Cuando llegaron a él acababa de cantar una, que el primo tomó de
memoria, que dicen que decía:

A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.

El primero que le habló fue Don Quijote, diciéndole: Muy a la ligera camina vuesa
merced, señor galán: y ¿adónde bueno? Sepamos, si es que gusta decirlo. A lo que el
mozo respondió: El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el adónde
voy es a la guerra. ¿Cómo la pobreza? preguntó Don Quijote, que por el calor bien
puede ser. Señor, replicó el mancebo, yo llevo en este envoltorio unos gregüescos de
terciopelo; compañeros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me podré honrar
con ellos en la ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y así por esto como por
orearme voy desta manera, hasta alcanzar unas compañías de infantería que no están
doce leguas de aquí, donde asentaré mi plaza, y no faltarán bagajes en que caminar de
allí adelante hasta el embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena; y más quiero
tener por amo y por señor al Rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.
¿Y lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? preguntó el primo. Si yo hubiera
servido a algún grande de España, o algún principal personaje, respondió el mozo, a
buen seguro que yo la llevara; que eso tiene el servir a los buenos, que del tinelo suelen
salir a ser alférez o capitanes, o con algún buen entretenimiento; pero yo desventurado,
serví siempre a catarriberas y a gente advenediza, de ración y quitación tan mísera y
atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad della; y sería
tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna siquiera razonable ventura.
Y dígame, por su vida, amigo, preguntó Don Quijote: ¿es posible que en los años que
sirvió no ha podido alcanzar alguna librea? Dos me han dado, respondió el paje, pero
así como el que se sale de alguna religión antes de profesar le quitan el hábito y le
vuelven sus vestidos, así me volvían a mí los míos mis amos, que, acabados los
negocios a que venían a la corte, se volvían a sus casas y recogían las libreas que por
sola ostentación habían dado. Notable espilorchería, como dice el italiano, dijo Don
Quijote; pero con todo eso tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan
buena intención como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra más honrada ni de
más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y señor natural,
especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanzan, si no más
riquezas, a lo menos, más honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces;
que puesto que han fundado más mayorazgos las letras que las armas, todavía llevan
un no sé qué los de las armas a los de las letras, con un sí sé qué de esplendor que se
halla en ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir llévelo en la
memoria, que le será de mucho provecho y alivió en sus trabajos: y es que aparte la
imaginación de los sucesos adversos que le podrán venir; que el peor de todos es la
muerte, y como ésta sea buena, el mejor de todos es el morir. Preguntáronle a Julio
César, aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte. Respondió que la
impensada, la de repente y no prevista; y aunque respondió como gentil y ajeno del
conocimiento del verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del
sentimiento humano; que puesto caso que os maten en la primera facción y refriega,
o ya de un tiro de artillería, o volado de una mina, ¿qué importa? Todo es morir, y
acabose la obra; y según Terencio, más bien parece el soldado muerto en la batalla
que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama el buen soldado cuanto tiene de
obediencia a sus capitanes y a los que mandar le pueden: y advertid, hijo, que al
soldado mejor le está el oler a pólvora que a algalia, y que si la vejez os coge en este
honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos, no os
podrá coger sin honra, y tal que no os la podrá menoscabar la pobreza; cuanto más
que ya se va dando orden cómo se entretengan y remedien los soldados viejos y
estropeados; porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que
ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y
echándolos de casa con título de libres, los hacen esclavos de la hambre, de quien no
piensan ahorrarse sino con la muerte; y por ahora no os quiero decir más, sino que
subáis a las ancas deste mi caballo hasta la venta, y allí cenaréis conmigo, y por la
mañana seguiréis el camino, que os le dé Dios tan bueno como vuestros deseos
merecen. El paje no aceptó el convite de las ancas, aunque sí el de cenar con él en la
venta, y a esta sazón, dicen que dijo Sancho entre sí: ¡Válate Dios por señor! ¿Y es
posible que hombre que sabe decir tales, tantas y tan buenas cosas como aquí ha dicho,
diga que ha visto los disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos?
Ahora bien, ello dirá; y en esto llegaron a la venta a tiempo que anochecía, y no sin
gusto de Sancho, por ver que su señor la juzgó por verdadera venta, y no por castillo,
como solía. No hubieron bien entrado, cuando Don Quijote preguntó al ventero por el
hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondió que en la caballeriza estaba
acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus jumentos el primo y Sancho, dando
a Rocinante el mejor pesebre y el mejor lugar de la caballeriza.

Capítulo XXV
Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las
memorables adivinanzas del mono adivino

No se le cocía el pan a Don Quijote, como suele decirse, hasta oír y saber las
maravillas prometidas del hombre conductor de las armas. Fuele a buscar donde el
ventero le había dicho que estaba, y hallole, y díjole que en todo caso le dijese luego
lo que le había de decir después, acerca de lo que le había preguntado en el camino.
El hombre le respondió: Más despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis
maravillas: déjeme vuestra merced, señor bueno, acabar de dar recado a mi bestia; que
yo le diré cosas que le admiren. No quede por eso, respondió Don Quijote, que yo os
ayudaré a todo. Y así lo hizo, ahechándole la cebada y limpiando el pesebre, humildad
que obligó al hombre a contarle con buena voluntad lo que le pedía; y sentándose en
un poyo y Don Quijote junto a él, teniendo por senado y auditorio al primo, al paje, a
Sancho Panza y al ventero, comenzó a decir desta manera: Sabrán vuesas mercedes
que en un lugar que está cuatro leguas y media desta venta sucedió que a un regidor
dél, por industria y engaño de una muchacha criada suya (y esto es largo de contar) le
faltó un asno, y aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue
posible. Quince días serían pasados, según es pública voz y fama, que el asno faltaba,
cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo le
dijo: Dadme albricias, compadre; que vuestro jumento ha parecido. Yo os las mando,
y buenas, compadre, respondió el otro, pero sepamos dónde ha parecido. En el monte,
respondió el hallador le vi esta mañana sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco,
que era una compasión miralle: quísele antecoger delante de mí y traérosle; pero está
ya tan montaraz y tan huraño, que, cuando llegué a él, se fue huyendo y se entró en lo
más escondido del monte. Si queréis que volvamos los dos a buscarle, dejadme poner
esta borrica en mi casa; que luego vuelvo. Mucho placer me haréis, dijo el del
jumento, e yo procuraré pagároslo en la mesma moneda. Con estas circunstancias
todas, y de la mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que
están enterados en la verdad deste caso. En resolución, los dos regidores, a pie y mano
a mano, se fueron al monte, y llegando al lugar y sitio donde pensaron hallar el asno,
no le hallaron, ni pareció por todos aquellos contornos, aunque más le buscaron.
Viendo, pues, que no parecía, dijo el regidor que le había visto al otro: Mirad,
compadre: una traza me ha venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna
podremos descubrir este animal, aunque esté metido en las entrañas de la tierra, no
que del monte; y es que yo sé rebuznar maravillosamente; y si vos sabéis algún tanto,
dad el hecho por concluido. ¿Algún tanto decís, compadre? dijo el otro: por Dios que
no dé la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos. Ahora lo veremos, respondió el
regidor segundo, porque tengo determinado que os vais vos por una parte del monte
y yo por otra, de modo que le rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho
rebuznaréis vos y rebuznaré yo, y no podrá ser menos sino que el asno nos oya y nos
responda, si es que está en el monte. A lo que respondió el dueño del jumento: Digo,
compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio.» Y dividiéndose
los dos según el acuerdo, sucedió que casi a un mesmo tiempo rebuznaron, y cada uno
engañado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento
había parecido; y en viéndose, dijo el perdidoso. ¿Es posible, compadre, que no fue
mi asno el que rebuznó? No fue sino yo, respondió el otro. Ahora digo, dijo el dueño
que de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al rebuznar;
porque en mi vida he visto ni oído cosa más propia. Esas alabanzas y encarecimiento,
respondió el de la traza mejor os atañen y tocan a vos que a mí, compadre; que por el
Dios que me crió que podéis dar dos rebuznos de ventaja al mayor y más perito
rebuznador del mundo; porque el sonido que tenéis es alto; lo sostenido de la voz, a
su tiempo y compás; los dejos, muchos y apresurados; y en resolución, yo me doy por
vencido y os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad. Ahora digo,
respondió el dueño que me tendré y estimaré en más de aquí adelante, y pensaré que
sé alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que puesto que pensara que rebuznaba bien,
nunca entendí que llegaba el extremo que decís. También diré yo ahora, respondió el
segundo que hay raras habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en
aquellos que no saben aprovecharse dellas. Las nuestras, respondió el dueño si no es
en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden servir en otros;
y aun en éste plega a Dios que nos sean de provecho. Esto dicho, se tornaron a dividir
y a volver a sus rebuznos, y a cada paso se engañaban y volvían a juntarse, hasta que
se dieron por contraseño que para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen
dos veces, una tras otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo
el monte sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por señas. Mas ¿cómo había
de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo más escondido del bosque,
comido de lobos? Y en viéndole, dijo su dueño: Ya me maravillaba yo de que él no
respondía, pues a no estar muerto, él rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero a
trueco de haberos oído rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien empleado
el trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he hallado muerto. En buena mano
está, compadre, respondió el otro, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el
monacillo.

Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea, adonde contaron a sus


amigos, vecinos y conocidos cuanto les había acontecido en la busca del asno,
exagerando el uno la gracia del otro en el rebuznar; todo lo cual se supo y se extendió
por los lugares circunvecinos; y el diablo que no duerme, como es amigo de sembrar
y derramar rencillas y discordia por do quiera, levantando caramillos en el viento y
grandes quimeras de nonada, ordenó e hizo que las gentes de los otros pueblos, en
viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznasen, como dándoles en rostro con el rebuzno
de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en manos y en bocas
de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el rebuzno de en uno en otro
pueblo de manera, que son conocidos los naturales del pueblo del rebuzno como son
conocidos y diferenciados los negros de los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia
desta burla, que muchas veces con mano armada y formado escuadrón han salido
contra los burladores los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque,
ni temor ni vergüenza. Yo creo que mañana o esotro día han de salir en campaña los
de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que está a dos leguas del
nuestro, que es uno de los que más nos persiguen; y por salir bien apercibidos, llevo
compradas estas lanzas y alabardas que habéis visto. Y éstas son las maravillas que
dije que os había de contar; y si no os lo han parecido, no sé otras. Y con esto dio fin
a su plática el buen hombre, y en esto, entró por la puerta de la venta un hombre todo
vestido de camuza, medias, gregüescos y jubón, y con voz levantada dijo: Señor
huésped, ¿hay posada? Que viene aquí el mono adivino y el retablo de la libertad de
Melisendra. Cuerpo de tal, dijo el ventero, que aquí está el señor maese Pedro; buena
noche se nos apareja. Olvidábaseme de decir como el tal maese Pedro traía cubierto
el ojo izquierdo y casi medio carrillo con un parche de tafetán verde, señal que todo
aquel lado debía de estar enfermo; y el ventero prosiguió, diciendo: Sea bien venido
vuesa merced, señor maese Pedro: ¿adónde está el mono y el retablo, que no los veo?
Ya llegan cerca, respondió el todo camuza, sino que yo me he adelantado, a saber si
hay posada. Al mismo duque de Alba se la quitara para dársela al señor maese Pedro,
respondió el ventero: llegue el mono y el retablo, que gente hay esta noche en la venta
que pagará el verle, y las habilidades del mono. Sea en buen hora, respondió el del
parche, que yo moderaré el precio, y con sola la costa me daré por bien pagado; y yo
vuelvo a hacer que camine la carreta donde viene el mono y el retablo; y luego se
volvió a salir de la venta. Preguntó luego Don Quijote al ventero qué maese Pedro era
aquél y qué retablo y qué mono traía. A lo que respondió el ventero: Este es un famoso
titerero, que ha muchos días que anda por esta Mancha de Aragón enseñando un
retablo de Melisendra, libertada por el famoso don Gaiferos, que es una de las mejores
y más bien representadas historias que de muchos años a esta parte en este reino se
han visto: trae asimismo consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre
monos, ni se imaginó entre hombres; porque si le preguntan algo, está atento a lo que
le preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y llegándosele al oído, le dice
la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara luego; y de las cosas
pasadas dice mucho más que de las que están por venir; y aunque no todas veces
acierta en todas, en las más no yerra; de modo que nos hace creer que tiene el diablo
en el cuerpo. Dos reales lleva por cada pregunta, si es que el mono responde, quiero
decir, si responde el amo por él, después de haberle hablado al oído; y así, se cree que
el tal maese Pedro esta riquísimo; y es hombre galante, como dicen en Italia, y bon
compaño, y dase la mejor vida del mundo; habla más que seis y bebe más que doce,
todo a costa de su lengua, y de su mono, y de su retablo. En esto, volvió maese Pedro,
y en una carreta venía el retablo, y el mono, grande y sin cola, con las posaderas de
fieltro, pero no de mala cara; y apenas le vio Don Quijote, cuando le preguntó: Dígame
vuesa merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué ha de ser de nosotros? Y vea
aquí mis dos reales, y mandó a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual
respondió por el mono, y dijo: Señor, este animal no responde ni da noticia de las
cosas que están por venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, algún tanto.
Voto arrús, dijo Sancho no dé yo un ardite porque me digan lo que por mí ha pasado,
porque ¿quién lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo porque me digan lo
que sé sería una gran necedad; pero pues sabe las cosas presentes, he aquí mis dos
reales, y dígame el señor monísimo ¿qué hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qué
se entretiene? No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo: No quiero recebir
adelantados los premios, sin que hayan precedido los servicios; y dando con la mano
derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un brinco se le puso el mono en él,
y llegando la boca al oído, daba diente con diente muy apriesa; y habiendo hecho este
ademán por espacio de un credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con
grandísima priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante Don Quijote, y
abrazándole las piernas, dijo: Estas piernas abrazo, bien así como si abrazara las dos
colunas de Hércules, ¡oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante
caballería! ¡Oh no jamás como se debe alabado caballero Don Quijote de la Mancha,
ánimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los caídos, báculo y
consuelo de todos los desdichados! Quedó pasmado Don Quijote, absorto Sancho,
suspenso el primo, atónito el paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y
finalmente espantados todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosiguió,
diciendo: Y tú, oh buen Sancho Panza, el mejor escudero y del mejor caballero del
mundo, alégrate; que tu buena mujer Teresa está buena, y ésta es la hora en que ella
está rastrillando una libra de lino, y por más señas tiene a su lado izquierdo un jarro
desbocado, que cabe un buen porqué de vino, con que se entretiene en su trabajo. Eso
creo yo muy bien, respondió Sancho, porque es ella una bienaventurada, y a no ser
celosa, no la trocara yo por la giganta Andandona, que, según mi señor, fue una mujer
muy cabal y muy de pro; y es mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque
sea a costa de sus herederos. Ahora digo, dijo a esta sazón Don Quijote que el que lee
mucho y anda mucho, vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque ¿qué persuasión
fuera bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo
he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo Don Quijote de la
Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha extendido algún tanto en mis
alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dotó de un
ánimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos, y mal a ninguno.
Si yo tuviera dineros, dijo el paje, preguntara al señor mono qué me ha de suceder en
la peregrinación que llevo. A lo que respondió maese Pedro (que ya se había levantado
de los pies de Don Quijote): Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por
venir; que si respondiera, no importara no haber dineros; que por servicio del señor
Don Quijote, que está presente, dejara yo todos los intereses del mundo; y agora,
porque se lo debo, y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar placer a cuantos
están en la venta, sin paga alguna. Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera,
señaló el lugar donde se podía poner el retablo, que en un punto fue hecho. Don
Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por parecerle no ser a
propósito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni las pasadas cosas; y así, en
tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se retiró Don Quijote con Sancho a un
rincón de la caballeriza, donde, sin ser oídos de nadie, le dijo: Mira, Sancho, yo he
considerado bien la extraña habilidad deste mono, y hallo por mi cuenta que sin duda
este maese Pedro su amo debe de tener hecho pacto, tácito o expreso, con el demonio.
Si el patio es espeso y del demonio, dijo Sancho, sin duda debe de ser muy sucio patio;
¿pero de qué provecho le es al tal maese Pedro tener esos patios? No me entiendes,
Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho algún concierto con el demonio,
de que infunda esa habilidad en el mono, con que gane de comer, y después que esté
rico le dará su alma, que es lo que este universal enemigo pretende; y háceme creer
esto el ver que el mono no responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabiduría
del diablo no se puede extender a más; que las por venir no las sabe si no es por
conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios está reservado conocer los tiempos y los
momentos, y para Él no hay pasado ni porvenir; que todo es presente; y siendo esto
así, como lo es, está claro que este mono habla con el estilo del diablo; y estoy
maravillado cómo no le han acusado al Santo Oficio, y examinádole, y sacádole de
cuajo en virtud de quién adivina; porque cierto está que este mono no es astrólogo, ni
su amo ni él alzan, ni saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora
se usan en España, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma
de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando a perder con
sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia. De una señora sé yo
que preguntó a uno destos figureros que si una perrilla de falda pequeña que tenía si
se empreñaría y pariría, y cuántos y de qué color serían los perros que pariese. A lo
que el señor judiciario, después de haber alzado la figura, respondió que la perrica se
empreñaría, y pariría tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de mezcla,
con tal condición, que la tal perra se cubriese entre las once y doce del día, o de la
noche, y que fuese en lunes, o en sábado; y lo que sucedió fue que de allí a dos días
se moría la perra de ahíta, y el señor levantador quedó acreditado en el lugar por
acertadísimo judiciario, como lo quedan todos o los más levantadores. Con todo eso,
querría, dijo Sancho que vuesa merced dijese a maese Pedro, preguntase a su mono si
es verdad lo que a vuesa merced le pasó en la cueva de Montesinos; que yo para mí
tengo, con perdón de vuesa merced, que todo fue embeleco y mentira, o, por lo menos,
cosas soñadas. Todo podría ser, respondió Don Quijote, pero yo haré lo que me
aconsejas, puesto que me ha de quedar un no sé qué de escrúpulo. Estando en esto,
llegó maese Pedro a buscar a Don Quijote y decirle que ya estaba en orden el retablo;
que su merced viniese a verle, porque lo merecía. Don Quijote le comunicó su
pensamiento, y le rogó preguntase luego a su mono le dijese si ciertas cosas que había
pasado en la cueva de Montesinos habían sido soñadas, o verdaderas; porque a él le
parecía que tenían de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvió a traer
el mono, y puesto delante de Don Quijote y de Sancho, dijo: Mirad, señor mono, que
este caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en una cueva llamada de
Montesinos, si fueron falsas, o verdaderas; y haciéndole la acostumbrada señal, el
mono se le subió en el hombro izquierdo, y hablándole, al parecer, en el oído, dijo
luego maese Pedro: El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pasó,
en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles; y que esto es lo que sabe, y no otra
cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere saber más, que el
viernes venidero responderá a todo lo que se le preguntare; que por ahora se le ha
acabado la virtud, que no le vendrá hasta el viernes, como dicho tiene. ¿No lo decía
yo, dijo Sancho, que no se me podía asentar que todo lo que vuesa merced, señor mío,
ha dicho de los acontecimientos de la cueva era verdad, ni aun la mitad? Los sucesos
lo dirán, Sancho, respondió Don Quijote, que el tiempo, descubridor de todas las
cosas, no se deja ninguna que no las saque a la luz del sol, aunque esté escondida en
los senos de la tierra; y por hora, baste esto, y vámonos a ver el retablo del buen maese
Pedro, que para mí tengo que debe de tener alguna novedad. ¿Cómo alguna? respondió
maese Pedro, sesenta mil encierra en sí este mi retablo: dígole a vuesa merced, mi
señor Don Quijote, que es una de las cosas más de ver que hoy tiene el mundo,
y operibus credite, et non verbis, y manos a labor; que se hace tarde y tenemos mucho
que hacer, y que decir, y que mostrar. Obedeciéronle Don Quijote y Sancho, y
vinieron donde ya estaba el retablo puesto y descubierto, lleno por todas partes de
candelillas de cera encendidas, que le hacían vistoso y resplandeciente. En llegando,
se metió maese Pedro dentro dél, que era el que había de manejar las figuras del
artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir de
intérprete y declarador de los misterios del tal retablo: tenía una varilla en la mano,
con que señalaba las figuras que salían. Puestos, pues, todos cuantos había en la venta,
y algunos en pie, frontero del retablo, y acomodados Don Quijote, Sancho, el paje y
el primo en los mejores lugares, el trujamán comenzó a decir lo que oirá y verá el que
le oyere, o viere el capítulo siguiente.
Capítulo XXVI
Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad
harto buenas

Callaron todos, tirios y troyanos: quiero decir, pendientes estaban todos los que
el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas, cuando se oyeron sonar
en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y dispararse mucha artillería, cuyo
rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó la voz el muchacho, y dijo: Esta verdadera
historia que aquí a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las
corónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes, y
de los muchachos, por esas calles. Trata de la libertad que dio el señor don Gaiferos a
su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad
de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas
mercedes allí cómo está jugando a las tablas don Gaiferos, según aquello que se canta:

Jugando está a las tablas don Gaiferos,


que ya de Melisendra está olvidado.

Y aquel personaje que allí asoma con corona en la cabeza y cetro en las manos es
el emperador Carlo Magno, padre putativo de la tal Melisendra, el cual, mohíno de
ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir; y adviertan con la vehemencia y
ahínco que le riñe, que no parece sino que le quiere dar con el cetro media docena de
coscorrones, y aun hay autores que dicen que se los dio, y muy bien dados; y después
de haberle dicho muchas cosas acerca del peligro que corría su honra en no procurar
la libertad de su esposa, dicen que le dijo:

«Harto os he dicho: miradlo.»

Miren vuestras mercedes también cómo el emperador vuelve las espaldas y deja
despechado a don Gaiferos, el cual ya ven cómo arroja, impaciente de la cólera, lejos
de sí el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y a don Roldán su primo pide
prestada su espada Durindana, y cómo don Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole
su compañía en la difícil empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere
aceptar; antes, dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese
metida en el más hondo centro de la tierra; y con esto, se entra a armar, para ponerse
luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que allí parece,
que se presupone que es una de las torres del alcázar de Zaragoza, que ahora llaman
la Aljafería; y aquella dama que en aquel balcón parece, vestida a lo moro, es la sin
par Melisendra, que desde allí muchas veces se ponía a mirar el camino de Francia, y
puesta la imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren
también un nuevo caso que ahora sucede, quizá no visto jamás. ¿No ven aquel moro
que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las espaldas de
Melisendra? Pues miren cómo la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que
ella se da a escupir, y a limpiárselos con la blanca manga de su camisa, y cómo se
lamenta, y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa
del maleficio. Miren también cómo aquel grave moro que está en aquellos corredores
es el rey Marsilio de Sansueña; el cual, por haber visto la insolencia del moro, puesto
que era un pariente y gran privado suyo, le mandó luego prender, y que le den
docientos azotes, llevándole por las calles acostumbradas de la ciudad con chilladores
delante y envaramiento detrás; y veis aquí donde salen a ejecutar la sentencia, aun
bien apenas no habiendo sido puesta en ejecución la culpa, porque entre moros no hay
traslado a la parte, ni a prueba y estese, como entre nosotros. Niño, niño, dijo con voz
alta a esta sazón Don Quijote, seguid vuestra historia línea recta, y no os metáis en las
curvas o transversales, que para sacar una verdad en limpio, menester son muchas
pruebas y repruebas. También dijo maese Pedro desde dentro: Muchacho, no te metas
en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda, que será lo más acertado; sigue tu
canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles. Yo lo
haré así, respondió el muchacho, y prosiguió diciendo: Esta figura que aquí parece a
caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de don Gaiferos; aquí su esposa,
ya vengada del atrevimiento del enamorado moro, con mejor y más sosegado
semblante se ha puesto a los miradores de la torre, y habla con su esposo, creyendo
que es algún pasajero, con quien pasó todas aquellas razones y coloquios de aquel
romance que dicen:

Caballero, si a Francia ides,


por Gaiferos preguntad;

Las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el fastidio;


basta ver cómo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes alegres que
Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y más ahora que veemos
se descuelga del balcón, para ponerse en las ancas del caballo de su buen esposo. Mas
¡ay sin ventura! que se le ha asido una punta del faldellín de uno de los hierros del
balcón, y está pendiente en el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis cómo el piadoso
cielo socorre en las mayores necesidades: pues llega don Gaiferos, y sin mirar si se
rasgará o no el rico faldellín, ase della, y mal su grado la hace bajar al suelo, y luego,
de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, y la
manda que se tenga fuertemente y le eche los brazos por las espaldas, de modo que
los cruce en el pecho, porque no se caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra
acostumbrada a semejantes caballerías. Veis también cómo los relinchos del caballo
dan señales que va contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y
en su señora. Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y
regocijados toman de París la vía. Vais en paz, oh par sin par de verdaderos amantes;
lleguéis a salvamento a vuestra deseada patria, sin que la fortuna ponga estorbo en
vuestro felice viaje: los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz
tranquila los días (que los de Néstor sean) que os quedan de la vida. Aquí alzó otra
vez la voz maese Pedro, y dijo: Llaneza, muchacho: no te encumbres; que toda
afectación es mala. No respondió nada el intérprete; antes prosiguió, diciendo: No
faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la bajada y la
subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio, el cual mandó luego
tocar al arma; y miren con qué priesa; que ya la ciudad se hunde con el son de las
campanas que en todas las torres de las mezquitas suenan. Eso no, dijo a esta sazón
Don Quijote; en esto de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque entre
moros no se usan campanas, sino atabales, y un género de dulzainas que parecen
nuestras chirimías; y esto de sonar campanas en Sansueña, sin duda que es un gran
disparate. Lo cual oído por maese Pedro, cesó el tocar, y dijo: No mire vuesa merced
en niñerías, señor Don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo, que no se le
halle. ¿No se representan por ahí, casi de ordinario, mil comedias llenas de mil
impropiedades y disparates, y con todo eso, corren felicísimamente su carrera, y se
escuchan, no sólo con aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue, muchacho, y
deja decir; que como yo llene mi talego, siquiera represente más impropiedades que
tiene átomos el sol: Así es la verdad, replicó Don Quijote; y el muchacho dijo: Miren
cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en seguimiento de los dos católicos
amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos
atabales y atambores que retumban; témome que los han de alcanzar, y los han de
volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espectáculo.
Viendo y oyendo pues tanta morisma y tanto estruendo Don Quijote, pareciole ser
bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo: No consentiré
yo en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan
atrevido enamorado como don Gaiferos: deteneos, mal nacida canalla; no le sigáis ni
persigáis; si no, conmigo sois en la batalla; y diciendo y haciendo, desenvainó la
espada, y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia
comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos,
descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél, y entre otros muchos,
tiró un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara
la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán. Daba voces maese
Pedro diciendo. Deténgase vuesa merced, señor Don Quijote, y advierta que estos que
derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta: mire
¡pecador de mí! que me destruye, y echa a perder toda mi hacienda. Mas no por esto
dejaba de menudear Don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como
llovidos.

Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas
pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el
emperador Carlo Magno, partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborotose el
senado de los oyentes, huyose el mono por los tejados de la ventana, temió el primo,
acobardose el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo; porque,
como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan
desatinada cólera. Hecho pues el general destrozo del retablo, sosegose un poco Don
Quijote, y dijo: Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no
creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes:
miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don Gaiferos y de la
hermosa Melisendra; a buen seguro que ésta fuera ya la hora que los hubieran
alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, viva la
andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra. Vivan en hora buena,
dijo a esta sazón con voz enfermiza maese Pedro, y muera yo, pues soy tan desdichado
que puedo decir con el rey don Rodrigo:
Ayer fui señor de España y hoy no tengo una almena que pueda decir que es mía.
No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi señor de reyes y de
emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos y de
innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y sobre
todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de sudar los
dientes; y todo por la furia mal considerada deste señor caballero, de quien se dice
que ampara pupilos, y endereza tuertos, y hace otras obras caritativas, y en mí solo ha
venido a faltar su intención generosa, que sean benditos y alabados los cielos, allá
donde tienen más levantados sus asientos. En fin, el caballero de la Triste Figura había
de ser aquel que había de desfigurar las mías. Enterneciose Sancho Panza con las
razones de maese Pedro, y díjole: No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me
quiebras el corazón; porque te hago saber que es mi señor Don Quijote tan católico y
escrupuloso cristiano, que si él cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te
lo sabrá y te lo querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas. Con que me pagase el
señor Don Quijote alguna parte de las hechuras que me ha deshecho quedaría
contento, y su merced aseguraría su conciencia; porque no se puede salvar quien tiene
lo ajeno contra la voluntad de su dueño y no lo restituye. Así es, dijo Don Quijote,
pero hasta ahora yo no sé que tenga nada vuestro, maese Pedro. ¿Cómo no? respondió
maese Pedro; ¿y estas reliquias que están por este duro y estéril suelo, quién las
esparció y aniquiló, sino la fuerza invencible dese poderoso brazo? ¿y cúyos eran sus
cuerpos sino míos? ¿y con quién me sustentaba yo sino con ellos? Ahora acabo de
creer, dijo a este punto Don Quijote lo que otras muchas veces he creído: que estos
encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las figuras como ellas son
delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y
verdaderamente os digo, señores que me oís, que a mí me pareció todo lo que aquí ha
pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos,
don Gaiferos, Marsilio, Marsilio, y Carlo Magno, Carlo Magno: por eso se me alteró
la cólera, y por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar ayuda y favor
a los que huían, y con este buen propósito hice lo que habéis visto; si me ha salido al
revés, no es culpa mía, sino de los malos que me persiguen; y con todo esto, deste mi
yerro, aunque no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costas:
vea maese Pedro lo que quiere por las figuras deshechas; que yo me ofrezco a
pagárselo luego, en buena y corriente moneda castellana. Inclinóse maese Pedro,
diciéndole: No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso Don Quijote
de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y menesterosos
vagamundos; y aquí el señor ventero y el gran Sancho serán medianeros y
apreciadores entre vuesa merced y mí de lo que valen o podían valer las ya deshechas
figuras. El ventero y Sancho dijeron que así lo harían, y luego maese Pedro alzó del
suelo con la cabeza menos al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo: Ya se ve cuán
imposible es volver a este rey a su ser primero; y así, me parece, salvo mejor juicio,
que se me dé por su muerte, fin y acabamiento cuatro reales y medio. Adelante, dijo
Don Quijote. Pues por esta abertura de arriba abajo, prosiguió maese Pedro, tomando
en las manos al partido emperador Carlo Magno, no sería mucho que pidiese yo cinco
reales y un cuartillo. No es poco, dijo Sancho. Ni mucho, replicó el ventero: médiese
la partida y señálensele cinco reales. Dénsele todos cinco y cuartillo, dijo Don Quijote,
que no está en un cuartillo más a menos la monta desta notable desgracia; y acabe
presto maese Pedro; que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de hambre.
Por esta figura, dijo maese Pedro que está sin narices y un ojo menos, que es de la
hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce maravedís.
Aun ahí sería el diablo, dijo Don Quijote, si ya no estuviese Melisendra con su esposo,
por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en que iban a mí me pareció
que antes volaba que corría; y así, no hay para qué venderme a mí el gato por liebre,
presentándome aquí a Melisendra desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora
holgándose en Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada
uno, señor maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intención sana; y
prosiga. Maese Pedro, que vio que Don Quijote izquierdeaba y que volvía a su primer
tema, no quiso que se le escapase, y así, le dijo: Ésta no debe de ser Melisendra, sino
alguna de las doncellas que la servían; y así, con sesenta maravedís que me den por
ella quedaré contento y bien pagado. Desta manera fue poniendo precio a otras
muchas destrozadas figuras, que después los moderaron los dos jueces árbitros, con
satisfación de las partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y además
desto, que luego lo desembolsó Sancho, pidió maese Pedro dos reales por el trabajo
de tomar el mono. Dáselos, Sancho, dijo Don Quijote, no para tomar el mono, sino la
mona; y docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que
la señora doña Melisendra y el señor don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los
suyos. Ninguno nos lo podrá decir mejor que mi mono, dijo maese Pedro, pero no
habrá diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cariño y la hambre le han de
forzar a que me busque esta noche, y amanecerá Dios y verémonos. En resolución, la
borrasca del retablo se acabó, y todos cenaron en paz y en buena compañía, a costa de
Don Quijote, que era liberal en todo extremo. Antes que amaneciese, se fue el que
llevaba las lanzas y las alabardas, y ya después de amanecido, se vinieron a despedir
de Don Quijote el primo y el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a
proseguir su camino, para ayuda del cual le dio Don Quijote una docena de reales.
Maese Pedro no quiso volver a entrar en más dimes ni diretes con Don Quijote, a
quien él conocía muy bien, y así, madrugó antes que el sol, y cogiendo las reliquias
de su retablo y a su mono, se fue también a buscar sus aventuras. El ventero, que no
conocía a Don Quijote, tan admirado le tenían sus locuras como su liberalidad.
Finalmente, Sancho le pagó muy bien, por orden de su señor, y despidiéndose dél,
casi a las ocho del día, dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos
ir; que así conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaración
desta famosa historia.

Capítulo XXVII
Donde se da cuenta quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que
Don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y
como lo tenía pensado

Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en este
capítulo: «Juro como católico cristiano...», a lo que su traductor dice que el jurar Cide
Hamete como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir
otra cosa sino que, así como el católico cristiano cuando jura, jura o debe jurar, verdad,
y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo
que quería escribir de Don Quijote, especialmente en decir quién era maese Pedro, y
quién el mono adivino que traía admirados todos aquellos pueblos con sus
adivinanzas. Dice pues, que bien se acordará, el que hubiere leído la primera parte
desta historia de aquel Ginés de Pasamonte a quien, entre otros galeotes, dio libertad
Don Quijote en Sierra Morena, beneficio que después le fue mal agradecido y peor
pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este Ginés de Pasamonte, a
quien Don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue el que hurtó a Sancho Panza el
rucio; que por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa
de los impresores, ha dado en qué entender a muchos, que atribuían a poca memoria
del autor la falta de imprenta. Pero, en resolución, Ginés le hurtó estando sobre él
durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo cuando, estando
Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró
Sancho como se ha contado. Este Ginés, pues, temeroso de no ser hallado de la
justicia, que le buscaba para castigarle de sus infinitas bellaquerías y delitos, que
fueron tantos y tales, que él mismo compuso un gran volumen contándolos, determinó
pasarse al reino de Aragón y cubrirse el ojo izquierdo, acomodándose al oficio de
titerero; que esto y el jugar de manos lo sabía hacer por extremo. Sucedió, pues, que
de unos cristianos ya libres que venían de Berbería compró aquel mono, a quien
enseñó que en haciéndole cierta señal, se le subiese en el hombro, y le murmurase, o
lo pareciese, al oído. Hecho esto, antes que entrase en el lugar donde entraba con su
retablo y mono, se informaba en el lugar más cercano, o de quien él mejor podía, qué
cosas particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qué personas; y llevándolas
bien en la memoria, lo primero que hacía era mostrar su retablo, el cual unas veces
era de una historia, y otras de otra; pero todas alegres, y regocijadas, y conocidas.
Acabada la muestra, proponía las habilidades de su mono, diciendo al pueblo que
adivinaba todo lo pasado y lo presente; pero que en lo de por venir no se daba maña.
Por la respuesta de cada pregunta pedía dos reales, y de algunas hacía barato, según
tomaba el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien él sabía
los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada por no pagarle,
él hacía la seña al mono, y luego decía que le había dicho tal y tal cosa, que venía de
molde con lo sucedido. Con esto cobraba crédito inefable, y andábanse todos tras él:
otras veces, como era tan discreto, respondía de manera, que las respuestas venían
bien con las preguntas; y como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese cómo
adevinaba su mono, a todos hacía monas, y llenaba sus esqueros. Así como entró en
la venta conoció a Don Quijote y a Sancho, por cuyo conocimiento le fue fácil poner
en admiración a Don Quijote y a Sancho Panza, y a todos los que en ella estaban; pero
hubiérale de costar caro si Don Quijote bajara un poco más la mano cuando cortó la
cabeza al rey Marsilio y destruyó toda su caballería, como queda dicho en el
antecedente capítulo. Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono. Y
volviendo a Don Quijote de la Mancha, digo que después de haber salido de la venta,
determinó de ver primero las riberas del río Ebro y todos aquellos contornos, antes de
entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba tiempo para todo el mucho que faltaba
desde allí a las justas. Con esta intención siguió su camino, por el cual anduvo dos
días sin acontecerle cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir
de una loma, oyó un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al principio
pensó que algún tercio de soldados pasaba por aquella parte, y por verlos picó a
Rocinante y subió la loma arriba; y cuando estuvo en la cumbre, vio al pie della, a su
parecer, más de docientos hombres armados de diferentes suertes de armas, como si
dijésemos lanzones, ballestas, partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y
muchas rodelas. Bajó del recuesto y acercose al escuadrón, tanto, que distintamente
vio las banderas, juzgó de las colores y notó las empresas que en ellas traían,
especialmente una que en un estandarte o jirón de raso blanco venía, en el cual estaba
pintado muy al vivo un asno como un pequeño sardesco, la cabeza levantada, la boca
abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si estuviera rebuznando; alrededor
dél estaban escritos de letras grandes estos dos versos:
No rebuznaron en balde
El uno y el otro alcalde.

Por esta insignia sacó Don Quijote que aquella gente debía de ser del pueblo del
rebuzno, y así se lo dijo a Sancho, declarándole lo que en el estandarte venía escrito.
Díjole también que el que les había dado noticia de aquel caso se había errado en decir
que dos regidores habían sido los que rebuznaron; porque, según los versos del
estandarte, no habían sido sino alcaldes. A lo que respondió Sancho Panza: Señor, en
eso no hay que reparar; que bien puede ser que los regidores que entonces rebuznaron
viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y así, se pueden llamar con
entrambos títulos; cuanto más que no hace al caso a la verdad de la historia ser los
rebuznadores alcaldes o regidores, como ellos una por una hayan rebuznado; porque
tan a pique está de rebuznar un alcalde como un regidor. Finalmente conocieron y
supieron como el pueblo corrido salía a pelear con otro que le corría más de lo justo
y de lo que se debía a la buena vecindad. Fuese llegando a ellos Don Quijote, no con
poca pesadumbre de Sancho, que nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas.
Los del escuadrón le recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su
parcialidad. Don Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente llegó hasta el
estandarte del asno, y allí se le pusieron alrededor todos los más principales del
ejército, por verle, admirados con la admiración acostumbrada, en que caían todos
aquellos que la vez primera le miraban. Don Quijote, que los vio tan atentos a mirarle,
sin que ninguno le hablase ni le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio,
y rompiendo el suyo, alzó la voz y dijo:
Buenos señores, cuan encarecidamente puedo os suplico que no interrumpáis un
razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os disgusta y enfada; que si esto
sucede, con la más mínima señal que me hagáis pondré un sello en mi boca y echaré
una mordaza a mi lengua. Todos le dijeron que dijese lo que quisiese; que de buena
gana le escucharían. Don Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo: Yo, señores
míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas, y cuya profesión, la de
favorecer a los necesitados de favor y acudir a los menesterosos. Días ha que he sabido
vuestra desgracia y la causa que os mueve a tomar las armas a cada paso, para
vengaros de vuestros enemigos; y habiendo discurrido una y muchas veces en mi
entendimiento sobre vuestro negocio, hallo, según las leyes del duelo, que estáis
engañados en teneros por afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un
pueblo entero, si no es retándole de traidor por junto, porque no sabe en particular
quién cometió la traición por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego
Ordóñez de Lara, que retó a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que sólo
Vellido Dolfos había cometido la traición de matar a su rey, y así, retó a todos, y a
todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es verdad que el señor don Diego
anduvo algo demasiado, y aun pasó muy adelante de los límites del reto, porque no
tenía para qué retar a los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por
nacer, ni a las otras menudencias que allí se declaran; pero ¡vaya! pues cuando la
cólera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la corrija. Siendo,
pues, esto así, que uno solo no puede afrentar a reino, provincia, ciudad, república ni
pueblo entero, queda en limpio que no hay para qué salir a la venganza del reto de la
tal afrenta, pues no lo es; porque bueno sería que se matasen a cada paso los del pueblo
de la Reloja con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos jaboneros,
ni los de otros nombres y apellidos que andan por ahí en boca de los muchachos y de
gente de poco más a menos: bueno sería, por cierto que todos estos insignes pueblos
se corriesen y vengasen, y anduviesen contino hechas las espadas sacabuches a
cualquier pendencia, por pequeña que fuese. No, no, ni Dios lo permita o quiera: los
varones prudentes, las repúblicas bien concertadas por cuatro cosas han de tomar las
armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas. La
primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley
natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta,
en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le quisiéremos añadir la quinta (que se
puede contar por segunda), es en defensa de su patria. A estas cinco causas, como
capitales, se pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen
a tomar las armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y
pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable
discurso; cuanto más que el tomar venganza injusta (que justa no puede haber alguna
que lo sea) va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos
manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen;
mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para
aquellos que tienen menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu;
porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede
mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y así,
no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis señores,
vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse. El diablo
me lleve, dijo a esta sazón Sancho entre sí si este mi amo no es tólogo; y si no lo es,
que lo parece como un huevo a otro. Tomó un poco de aliento Don Quijote, y viendo
que todavía le prestaban silencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara ni
no se pusiere en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía,
tomó la mano por él, diciendo: Mi señor Don Quijote de la Mancha, que un tiempo se
llamó el Caballero de la Triste Figura y ahora se llama el «caballero de los Leones»,
es un hidalgo muy atentado, que sabe latín y romance como un bachiller, y en todo
cuanto trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y
ordenanzas de lo que llaman el duelo, en la uña; y así, no hay más que hacer sino
dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuanto más que ello se está
dicho que es necedad correrse por sólo oír un rebuzno, que yo me acuerdo, cuando
muchacho, que rebuznaba cada y cuando que se me antojaba, sin que nadie me fuese
a la mano, y con tanta gracia y propiedad, que en rebuznando yo, rebuznaban todos
los asnos del pueblo, y no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran
honradísimos; y aunque por esta habilidad era invidiado de más de cuatro de los
estirados de mi pueblo, no se me daba dos ardites; y porque se vea que digo verdad,
esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar, que, una vez aprendida,
nunca se olvida: y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan
reciamente, que todos los cercanos valles retumbaron; pero uno de los que estaban
junto a él, creyendo que hacía burla dellos, alzó un varapalo que en la mano tenía, y
diole tal golpe con él, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con Sancho Panza en el
suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho, arremetió al que le había dado
con la lanza sobre mano, pero fueron tantos los que se pusieron en medio, que no fue
posible vengarle; antes viendo que llovía sobre él un nublado de piedras, y que le
amenazaban mil encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvió las
riendas a Rocinante, y a todo lo que su galope pudo se salió de entre ellos,
encomendándose de todo corazón a Dios, que de aquel peligro le librase, temiendo a
cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le saliese al pecho; y a cada
punto recogía el aliento, por ver si le faltaba; pero los del escuadrón se contentaron
con verle huir, sin tirarle.

A Sancho le pusieron sobre su jumento apenas vuelto en sí, y le dejaron ir tras su


amo, no porque él tuviese sentido para regirle; pero el rucio siguió las huellas de
Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues, Don Quijote buen
trecho, volvió la cabeza y vio que Sancho venía, y atendiole, viendo que ninguno le
seguía. Los del escuadrón se estuvieron allí hasta la noche, y por no haber salido a la
batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y alegres; y si ellos
supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un
trofeo.
Capítulo XXVIII
De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención

Cuando el valiente huye, la superchería está descubierta, y es de varones


prudentes guardarse para mejor ocasión. Esta verdad se verificó en Don Quijote, el
cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas intenciones de aquel indignado
escuadrón, puso pies en polvorosa, y sin acordarse de Sancho ni del peligro en que le
dejaba, se apartó tanto cuanto le pareció que bastaba para estar seguro. Seguíale
Sancho, atravesado en su jumento, como queda referido. Llegó, en fin, ya vuelto en
su acuerdo, y al llegar, se dejó caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso,
todo molido y todo apaleado. Apeose Don Quijote para catarle las feridas; pero como
le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz cólera le dijo: Tan en hora mala supiste
vos rebuznar, Sancho; ¿y dónde hallastes vos ser bueno el nombrar la soga en casa del
ahorcado? A música de rebuznos, ¿qué contrapunto se había de llevar sino de
varapalos? Y dad gracias a Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no
os hicieron el per signum crucis con un alfanje. No estoy para responder, respondió
Sancho, porque me parece que hablo por las espaldas. Subamos y apartémonos de
aquí, que yo pondré silencio en mis rebuznos; pero no en dejar de decir que los
caballeros andantes huyen, y dejan a sus buenos escuderos molidos como alheña, o
como cibera, en poder de sus enemigos. No huye el que se retira, respondió Don
Quijote, porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de
la prudencia se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen a la
buena fortuna que a su ánimo; y así, yo confieso que me he retirado, pero no huido; y
en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para tiempos mejores, y
desto están las historias llenas; las cuales, por no serte a ti de provecho ni a mí de
gusto, no te las refiero ahora.
En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de Don Quijote, el cual asimismo
subió en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una alameda que hasta un
cuarto de legua de allí se parecía. De cuando en cuando daba Sancho unos ayes
profundísimos y unos gemidos dolorosos; y preguntándole Don Quijote la causa de
tan amargo sentimiento, respondió que desde la punta del espinazo hasta la nuca del
celebro le dolía de manera, que le sacaba de sentido. La causa dese dolor debe de ser,
sin duda, dijo Don Quijote, que como era el palo con que te dieron largo y tendido, te
cogió todas las espaldas, donde entran todas esas partes que te duelen; y si más te
cogiera, más te doliera. ¡Por Dios, dijo Sancho, que vuesa merced me ha sacado de
una gran duda, y que me la ha declarado por lindos términos! ¡Cuerpo de mí! ¿Tan
encubierta estaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele
todo aquello que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aún pudiera ser que se
anduviera adivinando el porqué10 me dolían; pero dolerme lo que me molieron, no es
mucho adivinar. A la fe, señor nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga, y cada día
voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar de la compañía que con vuesa
merced tengo; porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos
a los manteamientos de marras y a otras muchacherías, que si ahora me han salido a
las espaldas, después me saldrán a los ojos. Harto mejor haría yo (sino que soy un
bárbaro, y no haré nada que bueno sea en toda mi vida) harto mejor haría yo, vuelvo
a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, y sustentarla y criarlos con
lo que Dios fue servido de darme, y no andarme tras vuesa merced por caminos sin
camino y por sendas y carreras que no las tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues
tomadme el dormir: contad hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisiéredes
más, tomad otros tantos, que en vuestra mano está escudillar, y tendeos a todo vuestro
buen talante, que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la
andante caballería, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de tales tontos
como debieron ser todos los caballeros andantes pasados: de los presentes no digo
nada; que por ser vuesa merced uno dellos, los tengo respeto, y porque sé que sabe
vuesa merced un punto más que el diablo en cuanto habla y en cuanto piensa. Haría
yo una buena apuesta con vos, Sancho, dijo Don Quijote: que ahora que vais hablando
sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en todo vuestro cuerpo. Hablad,
hijo mío, todo aquello que os viniere al pensamiento y a la boca, que a trueco de que
a vos no os duela nada, tendré yo por gusto el enfado que me dan vuestras
impertinencias; y si tanto deseáis volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos,
no permita Dios que yo os lo impida: dineros tenéis míos; mirad cuánto ha que esta
tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que podéis y debéis ganar cada mes,
y pagaos de vuestra mano. Cuando yo servía, respondió Sancho a Tomé Carrasco, el
padre del bachiller Sansón Carrasco, que vuesa merced bien conoce, dos ducados
ganaba cada mes, amén de la comida; con vuesa merced no sé lo que puedo ganar,
puesto que sé que tiene más trabajo el escudero del caballero andante que el que sirve
a un labrador; que en resolución los que servimos a labradores por mucho que
trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla y dormimos en cama;
en la cual no he dormido después que ha que sirvo a vuesa merced, si no ha sido el
tiempo breve que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con
la espuma que saqué de las ollas de Camacho, y lo que comí y bebí y dormí en casa
de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo abierto, sujeto a
lo que dicen inclemencias del cielo, sustentándome con rajas de queso y mendrugos
de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de fuentes, de las que encontramos por
esos andurriales donde andamos. Confieso, dijo Don Quijote que todo lo que dices,
Sancho, sea verdad: ¿cuánto parece que os debo dar más de lo que os daba Tomé
Carrasco? A mi parecer, dijo Sancho, con dos reales más que vuesa merced añadiese
cada mes me tendría por bien pagado: esto es cuanto al salario de mi trabajo; pero en
cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuesa merced me tiene hecha de
darme el gobierno de una ínsula sería justo que se me añadiesen otros seis reales, que
por todos serían treinta. Está muy bien, replicó Don Quijote, y conforme al salario que
vos os habéis señalado, veinticinco días ha que salimos de nuestro pueblo: contad,
Sancho, rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho, de
vuestra mano. ¡Oh, cuerpo de mí! dijo Sancho, que va vuesa merced muy errado en
esta cuenta; porque en lo de la promesa de la ínsula se ha de contar desde el día que
vuesa merced me la prometió hasta la presente hora en que estamos. ¿Pues qué tanto
ha, Sancho, que os la prometí? dijo Don Quijote. Si yo mal no me acuerdo, respondió
Sancho, debe de haber más de veinte años, tres días más a menos. Diose Don Quijote
una gran palmada en la frente, y comenzó a reír muy de gana, y dijo: Pues no anduve
yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras salidas, sino dos meses apenas,
¿y dices, Sancho, que ha veinte años que te prometí la ínsula? Ahora digo que quieres
que se consuman en tus salarios el dinero que tienes mío; y si esto es así, y tú gustas
dello, desde aquí te lo doy, y buen provecho te haga; que a trueco de verme sin tan
mal escudero, holgareme de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador de
las ordenanzas escuderiles de la andante caballería, ¿dónde has visto tú, o leído, que
ningún escudero de caballero andante se haya puesto con su señor en cuánto más
cuánto me habéis de dar cada mes porque os sirva? Éntrate, éntrate, malandrín, follón
y vestiglo, que todo lo pareces, éntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y
si hallares que algún escudero haya dicho, ni pensado, lo que aquí has dicho, quiero
que me le claves en la frente, y por añadidura, me hagas cuatro mamonas selladas en
mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuélvete a tu casa; porque un
solo paso desde aquí no has de pasar más adelante conmigo. ¡Oh pan mal conocido!
¡Oh promesas mal colocadas! ¡Oh hombre que tiene más de bestia que de persona!
¿Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y tal, que a pesar de tu mujer te
llamaran señoría, te despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con intención firme y
valedera de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho
otras veces, no es la miel, etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar
cuando se te acabe el curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a su
último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia. Miraba Sancho a
Don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales vituperios le decía, y
compungiose de manera que le vinieron las lágrimas a los ojos, y con voz dolorida y
enferma, le dijo: Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más
de la cola; si vuesa merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le serviré
como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuesa merced me perdone,
y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede
de enfermedad que de malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio. Ahora
bien, yo te perdono, con que te enmiendes, y con que no te muestres de aquí adelante
tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón, y te alientes y animes
a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita.
Sancho respondió que sí haría, aunque sacase fuerzas de flaqueza. Con esto, se
metieron en la alameda, y Don Quijote se acomodó al pie de un olmo, y Sancho al de
una haya; que estos tales árboles y otros sus semejantes siempre tienen pies, y no
manos. Sancho pasó la noche penosamente, porque el varapalo se hacía más sentir
con el sereno. Don Quijote la pasó en sus continuas memorias; pero, con todo eso,
dieron los ojos al sueño, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberas
del famoso Ebro, donde les sucedió lo que se contará en el capítulo venidero.

Capítulo XXIX
De la famosa aventura del barco encantado
Por sus pasos contados y por contar, dos días después que salieron de la alameda
llegaron Don Quijote y Sancho al río Ebro, y el verle fue de gran gusto a Don Quijote,
porque contempló y miró en él la amenidad de sus riberas, la claridad de sus aguas, el
sosiego de su curso y la abundancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó
en su memoria mil amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que había
visto en la cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le había
dicho que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, él se atenía más a las
verdaderas que a las mentirosas, bien al revés de Sancho, que todas las tenía por la
mesma mentira. Yendo, pues, desta manera, se le ofreció a la vista un pequeño barco
sin remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un árbol
que en la ribera estaba. Miró Don Quijote a todas partes, y no vio persona alguna; y
luego, sin más ni más, se apeó de Rocinante y mandó a Sancho que lo mesmo hiciese
del rucio, y que a entrambas bestias las atase muy bien, juntas, al tronco de un álamo
o sauce que allí estaba. Preguntole Sancho la causa de aquel súbito apeamiento y de
aquel ligamiento. Respondió Don Quijote: Has de saber, Sancho, que este barco que
aquí está, derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario, me está llamando y
convidando a que entre en él, y vaya en él a dar socorro a algún caballero, o a otra
necesitada y principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita;
porque éste es estilo de los libros de las historias caballerescas, y de los encantadores
que en ellas se entremeten y platican, cuando algún caballero está puesto en algún
trabajo, que no puede ser librado dél sino por la mano de otro caballero, puesto que
estén distantes el uno del otro dos o tres mil leguas, y aun más, o le arrebatan en una
nube, o le deparan un barco donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le
llevan, o por los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; así
que, oh Sancho, este barco está puesto aquí para el mesmo efecto; y esto es tan verdad
como es ahora de día; y antes que éste se pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a
la mano de Dios, que nos guíe; que no dejaré de embarcarme si me lo pidiesen frailes
descalzos. Pues así es, respondió Sancho y vuesa merced quiere dar a cada paso en
estos que no sé si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la cabeza,
atendiendo al refrán: haz lo que tu amo te manda, y siéntate con él a la mesa; pero,
con todo esto, por lo que toca al descargo de mi conciencia, quiero advertir a vuesa
merced que a mí me parece que este tal barco no es de los encantados, sino de algunos
pescadores deste río, porque en él se pescan las mejores sabogas del mundo. Esto
decía, mientras ataba las bestias, Sancho, dejándolas a la protección y amparo de los
encantadores, con harto dolor de su ánima. Don Quijote le dijo que no tuviese pena
del desamparo de aquellos animales; que el que los llevaría a ellos por tan longincuos
caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos. No entiendo eso de logicuos, dijo
Sancho, ni he oído tal vocablo en todos los días de mi vida. Longincuos, respondió
Don Quijote quiere decir apartados, y no es maravilla que no lo entiendas; que no
estás tú obligado a saber latín, como algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.
Ya están atados, replicó Sancho. ¿Qué hemos de hacer ahora? ¿Qué? respondió Don
Quijote, santiguarnos y levar ferro, quiero decir embarcarnos y cortar la amarra con
que este barco está atado; y dando un salto en él, siguiéndole Sancho, cortó el cordel,
y el barco se fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de
dos varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero ninguna cosa
le dio más pena que el oír roznar al rucio y el ver que Rocinante pugnaba por desatarse,
y díjole a su señor: El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante
procura ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. Oh carísimos amigos,
quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos
vuelva a vuestra presencia; y en esto, comenzó a llorar tan amargamente que Don
Quijote mohíno y colérico le dijo: ¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras,
corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero,
o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha
vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla,
como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable río, de donde en breve espacio
saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido, y caminado, por lo
menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo tuviera aquí un astrolabio con que
tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos caminado; aunque, o yo sé poco,
o ya hemos pasado, o pasaremos presto, por la línea equinocial, que divide y corta los
dos contrapuestos polos en igual distancia. Y cuando lleguemos a esa leña que vuesa
merced dice, preguntó Sancho, ¿cuánto habremos caminado? Mucho, replicó Don
Quijote, porque de trecientos y sesenta grados que contiene el globo, del agua y de la
tierra, según el cómputo de Ptolomeo, que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la
mitad habremos caminado, llegando a la línea que he dicho. Por Dios, dijo Sancho,
que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo,
con la añadidura de meón, o meo, o no sé cómo. Riose Don Quijote de la
interpretación que Sancho había dado al nombre y al cómputo y cuenta del
cosmógrafo Ptolomeo, y díjole: Sabrás Sancho, que los españoles y los que se
embarcan en Cádiz para ir a las Indias orientales, una de las señales que tienen para
entender que han pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van
en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le
hallarán, si le pesan a oro; y así, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si
topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no, pasado habemos. Yo no creo nada
deso, respondió Sancho, pero, con todo, haré lo que vuesa merced me manda, aunque
no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos
ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de
donde están las alemañas dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio
lugar do los dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos
movemos ni andamos al paso de una hormiga. Haz, Sancho, la averiguación que te he
dicho, y no te cures de otra; que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos,
zodíacos, eclíticas, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de
que se compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte
dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto, y qué
de imágines hemos dejado atrás, y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te
tientes y pesques, que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel
liso y blanco. Tentose Sancho, y llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia
la corva izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo: O la experiencia es falsa, o
no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas. ¿Pues qué,
preguntó Don Quijote, has topado algo? Y aun algos, respondió Sancho. Y
sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se
deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le moviese alguna inteligencia
secreta, ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces
y suave. En esto descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban; y
apenas las hubo visto Don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho: Ves allí, oh
amigo, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar algún caballero
oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aquí
traído. ¿Qué diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, señor? dijo
Sancho: ¿no echa de ver que aquéllas son aceñas que están en el río, donde se muele
el trigo? Calla, Sancho, dijo Don Quijote, que aunque parecen aceñas, no lo son; y ya
te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos: no
quiero decir que las mudan de en uno en otro ser realmente, sino que lo parece, como
lo mostró la experiencia en la transformación de Dulcinea, único refugio de mis
esperanzas. En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del río, comenzó a
caminar no tan lentamente como hasta allí.

Los molineros de las aceñas, que vieron venir aquel barco por el río, y que se iba
a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas
largas, a detenerle; y como salían enharinados, y cubiertos los rostros y los vestidos
del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes diciendo:
Demonios de hombres, ¿dónde vais? ¿Venís desesperados? ¿Qué, queréis ahogaros y
haceros pedazos en estas ruedas? ¿No te dije yo, Sancho, dijo a esta sazón Don
Quijote, que habíamos llegado donde he de mostrar a do llega el valor de mi brazo?
Mira qué de malandrines y follones me salen al encuentro; mira cuántos vestiglos se
me oponen; mira cuántas feas cataduras nos hacen cocos: pues ahora lo veréis,
bellacos: y puesto en pie en el barco con grandes voces comenzó a amenazar a los
molineros diciéndoles: Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre
albedrío a la persona que en esa vuesa fortaleza o prisión tenéis oprimida, alta o baja,
de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy Don Quijote de la Mancha, llamado
el «caballero de los Leones» por otro nombre, a quien está reservada por orden de los
altos cielos el dar fin felice a esta aventura: y diciendo esto echó mano a su espada y
comenzó a esgrimirla en el aire contra los molineros, los cuales, oyendo, y no
entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya
iba entrando en el raudal y canal de las ruedas. Púsose Sancho de rodillas pidiendo
devotamente al cielo le librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo por la industria
y presteza de los molineros que oponiéndose con sus palos al barco, le detuvieron;
pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con Don Quijote y con
Sancho al través en el agua; pero vínole bien a Don Quijote que sabía nadar como un
ganso, aunque el peso de las armas le llevó al fondo dos veces; y si no fuera por los
molineros, que se arrojaron al agua, y los sacaron como en peso a entrambos, allí había
sido Troya para los dos. Puestos pues en tierra, más mojados que muertos de sed,
Sancho puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidió a Dios
con una larga y devota plegaria le librase de allí adelante de los atrevidos deseos y
acometimientos de su señor. Llegaron en esto los pescadores dueños del barco, a quien
habían hecho pedazos las ruedas de las aceñas; y viéndole roto acometieron a desnudar
a Sancho, y a pedir a Don Quijote se lo pagase; el cual con gran sosiego, como si no
hubiera pasado nada por él, dijo a los molineros y pescadores que él pagaría el barco
de bonísima gana, con condición que le diesen libre y sin cautela a la persona o
personas que en aquel su castillo estaban oprimidas. ¿Qué personas o qué castillo
dices, respondió uno de los molineros, hombre sin juicio? ¿Quiéreste llevar por
ventura las que vienen a moler trigo a estas aceñas? Basta, dijo entre sí Don Quijote,
aquí será predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud
alguna. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores,
y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco, y el otro dio conmigo
al través: Dios lo remedie; que todo este mundo es máquinas y trazas, contrarias unas
de otras; yo no puedo más: y alzando la voz, prosiguió diciendo, y mirando a las
aceñas: Amigos, cualesquiera que seáis, que en esa prisión quedáis encerrados,
perdonadme, que por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de vuestra
cuita: para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta aventura. En
diciendo esto se concertó con los pescadores, y pagó por el barco cincuenta reales,
que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo: A dos barcadas como ésta, daremos
con todo el caudal al fondo. Los pescadores y molineros estaban admirados mirando
aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan
de entender a dó se encaminaban las razones y preguntas que Don Quijote les decía;
y teniéndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus aceñas, y los pescadores a
sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, Don Quijote y Sancho, y este fin
tuvo la aventura del encantado barco.

Capítulo XXX
De lo que le avino a Don Quijote con una bella cazadora
Asaz melancólicos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero,
especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal del dinero,
pareciéndole que todo lo que dél se quitaba era quitárselo a él de las niñas de sus ojos.
Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo, y se apartaron del famoso río,
Don Quijote sepultado en los pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su
acrecentamiento, que por entonces le parecía que estaba bien lejos de tenerle; porque
magüer era tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo todas o las más eran
disparates, y buscaba ocasión de que sin entrar en cuentas ni en despedimientos con
su señor, un día se desgarrase y se fuese a su casa; pero la fortuna ordenó las cosas
muy al revés de lo que él temía. Sucedió, pues, que otro día al poner del sol y al salir
de una selva, tendió Don Quijote la vista por un verde prado, y en lo último dél vio
gente, y llegándose cerca conoció que eran cazadores de altanería. Llegose más, y
entre ellos vio una gallarda señora sobre un palafrén o hacanea blanquísima, adornada
de guarniciones verdes y con un sillón de plata. Venía la señora asimismo vestida de
verde, tan bizarra y ricamente, que la misma bizarría venía transformada en ella. En
la mano izquierda traía un azor, señal que dio a entender a Don Quijote ser aquélla
alguna gran señora, que debía serlo de todos aquellos cazadores, como era la verdad;
y así, dijo a Sancho: Corre, hijo Sancho, y di a aquella señora del palafrén y del azor
que yo el «caballero de los Leones» beso las manos a su gran fermosura; y que si su
grandeza me da licencia, se las iré a besar, y a servirla en cuanto mis fuerzas pudieren
y su alteza me mandare: y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encajar algún
refrán de los tuyos en tu embajada. Hallado os le habéis el encajador, respondió
Sancho: ¡a mí con eso! Sí, que no es ésta la vez primera que he llevado embajadas a
altas y crecidas señoras en esta vida. Si no fue la que llevaste a la señora Dulcinea,
replicó Don Quijote, yo no sé que hayas llevado otra, a lo menos, en mi poder. Así es
verdad, respondió Sancho; pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena
presto se guisa la cena; quiero decir que a mí no hay que decirme ni advertirme de
nada, que para todo tengo, y de todo se me alcanza un poco. Yo lo creo, Sancho, dijo
Don Quijote; ve en buena hora, y Dios te guíe. Partió Sancho de carrera, sacando de
su paso al rucio, y llegó donde la bella cazadora estaba, y apeándose, puesto ante ella
de hinojos, le dijo: Hermosa señora, aquel caballero que allí se parece, llamado el
«caballero de los Leones», es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en
su casa Sancho Panza: este tal «caballero de los Leones», que no ha mucho que se
llamaba el «de la Triste Figura», envía por mí a decir a vuestra grandeza sea servida
de darle licencia para que con su propósito y beneplácito y consentimiento él venga a
poner en obra su deseo, que no es otro, según él dice y yo pienso, que de servir a
vuestra encumbrada altanería y fermosura; que en dársela vuestra señoría hará cosa
que redunde en su pro, y él recibirá señaladísima merced y contento. Por cierto, buen
escudero, respondió la señora, vos habéis dado la embajada vuestra con todas aquellas
circunstancias que las tales embajadas piden: levantaos del suelo, que escudero de tan
gran caballero como es el «de la Triste Figura», de quien ya tenemos acá mucha
noticia, no es justo que esté de hinojos: levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que
venga mucho en hora buena a servirse de mí y del Duque mi marido, en una casa de
placer que aquí tenemos. Levantose Sancho, admirado así de la hermosura de la buena
señora como de su mucha crianza y cortesía, y más de lo que le había dicho que tenía
noticia de su señor el «caballero de la Triste Figura»; y que si no le había llamado el
«de los Leones» debía de ser por habérsele puesto tan nuevamente. Preguntole la
Duquesa (cuyo título aún no se sabe): Decidme, hermano escudero, ¿este vuestro
señor no es uno de quien anda impresa una historia que se llama del «Ingenioso
hidalgo Don Quijote de la Mancha», que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea
del Toboso? El mesmo es, señora, respondió Sancho; y aquel escudero suyo que anda
o debe de andar en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que
me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa. De todo eso me
huelgo yo mucho, dijo la Duquesa. Id, hermano Panza, y decid a vuestro señor, que él
sea el bien llegado y el bien venido a mis estados, y que ninguna cosa me pudiera
venir que más contento me diera. Sancho, con esta tan agradable respuesta, con
grandísimo gusto volvió a su amo, a quien contó todo lo que la gran señora le había
dicho, levantando con sus rústicos términos a los cielos su mucha fermosura, su gran
donaire y cortesía. Don Quijote se gallardeó en la silla, púsose bien en los estribos,
acomodose la visera, arremetió a Rocinante, y con gentil denuedo fue a besar las
manos a la Duquesa, la cual, haciendo llamar al Duque su marido, le contó, en tanto
que Don Quijote llegaba, toda la embajada suya; y los dos, por haber leído la primera
parte desta historia, y haber entendido por ella el disparatado humor de Don Quijote,
con grandísimo gusto y con deseo de conocerle, le atendían con prosupuesto de
seguirle el humor y conceder con él en cuanto les dijese, tratándole como a caballero
andante los días que con ellos se detuviese, con todas las ceremonias acostumbradas
en los libros de caballerías, que ellos habían leído, y aun les eran muy aficionados. En
esto llegó Don Quijote, alzada la visera; y dando muestras de apearse, acudió Sancho
a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado, que al apearse del rucio se le asió un pie
en una soga del albarda, de tal modo, que no fue posible desenredarle, antes quedó
colgado dél, con la boca y los pechos en el suelo. Don Quijote, que no tenía en
costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho había
llegado a tenérsele, descargó de golpe el cuerpo, y llevose tras sí la silla de Rocinante,
que debía de estar mal cinchado, y la silla y él vinieron al suelo, no sin vergüenza
suya, y de muchas maldiciones que entre dientes echó al desdichado de Sancho, que
aún todavía tenía el pie en la corma. El Duque mandó a sus cazadores que acudiesen
al caballero y al escudero, los cuales levantaron a Don Quijote maltrecho de la caída,
y renqueando y como pudo fue a hincar las rodillas ante los dos señores; pero el Duque
no lo consintió en ninguna manera, antes apeándose de su caballo fue a abrazar a Don
Quijote, diciéndole: A mí me pesa, señor «caballero de la Triste Figura», que la
primera que vuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto;
pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos. El que yo he
tenido en veros, valeroso príncipe, respondió Don Quijote, es imposible ser malo,
aunque mi caída no parara hasta el profundo de los abismos, pues de allí me levantara
y me sacara la gloria de haberos visto. Mi escudero que Dios maldiga, mejor desata
la lengua para decir malicias, que ata y cincha una silla para que esté firme; pero como
quiera que yo me halle, caído o levantado, a pie o a caballo, siempre estaré al servicio
vuestro y al de mi señora la Duquesa, digna consorte vuestra, y digna señora de la
hermosura, y universal princesa de la cortesía. Pasito, mi señor Don Quijote de la
Mancha, dijo el Duque, que adonde está mi señora doña Dulcinea del Toboso no es
razón que se alaben otras fermosuras. Ya estaba a esta sazón libre Sancho Panza del
lazo, y hallándose allí cerca, antes que su amo respondiese, dijo: no se puede negar,
sino afirmar, que es muy hermosa mi señora Dulcinea del Toboso, pero donde menos
se piensa se levanta la liebre, que yo he oído decir que esto que llaman naturaleza es
como un alcaller que hace vasos de barro, y el que hace un vaso hermoso también
puede hacer dos, y tres y ciento: dígolo porque mi señora la Duquesa a fe que no va
en zaga a mi ama la señora Dulcinea del Toboso. Volviose Don Quijote a la Duquesa,
y dijo: Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo escudero
más hablador ni más gracioso del que yo tengo, y él me sacará verdadero, si algunos
días quisiere vuestra gran celsitud servirse de mí. A lo que respondió la Duquesa: De
que Sancho el bueno sea gracioso, lo estimo yo en mucho, porque es señal que es
discreto, que las gracias y los donaires, señor Don Quijote, como vuesa merced bien
sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y pues el buen Sancho es gracioso y
donairoso, desde aquí le confirmo por discreto. Y hablador, añadió Don Quijote.

Tanto que mejor, dijo el Duque, porque muchas gracias no se pueden decir con
pocas palabras; y porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el gran «caballero
de la Triste Figura...» De los Leones ha de decir vuestra alteza, dijo Sancho, que ya
no hay triste figura: el figuro sea el «de los Leones.» Prosiguió el Duque: Digo que
venga el señor Caballero de los Leones a un castillo mío que está aquí cerca, donde
se le hará el acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yo y la
Duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes que a él llegan. Ya en esto
Sancho había aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante; y subiendo en él Don
Quijote, y el Duque en un hermoso caballo, pusieron a la Duquesa en medio, y
encaminaron al castillo. Mandó la Duquesa a Sancho que fuese junto a ella, porque
gustaba infinito de oír sus discreciones. No se hizo de rogar Sancho, y entretejiose
entre los tres, y hizo cuarto en la conversación, con gran gusto de la Duquesa y del
Duque, que tuvieron a gran ventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal
escudero andado.

Capítulo XXXI
Que trata de muchas y grandes cosas

Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho viéndose a su parecer en privanza
con la Duquesa, porque se le figuraba que había de hallar en su castillo lo que en la
casa de don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado a la buena vida, y así tomaba
la ocasión por la melena en esto del regalarse cada y cuando que se le ofrecía. Cuenta
pues la historia que antes que a la casa de placer o castillo llegasen se adelantó el
Duque, y dio orden a todos sus criados del modo que habían de tratar a Don Quijote;
el cual como llegó con la Duquesa a las puertas del castillo, al instante salieron dél
dos lacayos o palafreneros vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar,
de finísimo raso carmesí, y cogiendo a Don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto le
dijeron: Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la Duquesa. Don Quijote lo
hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el caso; pero en efecto venció
la porfía de la Duquesa, y no quiso decender o bajar del palafrén sino en los brazos
del Duque, diciendo que no se hallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil
carga. En fin, salió el Duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos
hermosas doncellas y echaron sobre los hombros a Don Quijote un gran manto de
finísima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del patio de
criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces: Bien sea venido la
flor y la nata de los caballeros andantes; y todos o los más derramaban pomos de aguas
olorosas sobre Don Quijote y sobre los Duques, de todo lo cual se admiraba Don
Quijote; y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero
andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído
se trataban los tales caballeros en los pasados siglos. Sancho, desamparando al rucio,
se cosió con la Duquesa, y se entró en el castillo, y remordiéndole la conciencia de
que dejaba al jumento solo, se llegó a una reverenda dueña, que con otras a recebir a
la Duquesa había salido, y con voz baja le dijo: Señora González, o como es su gracia
de vuesa merced. Doña Rodríguez de Grijalba me llamo, respondió la dueña, ¿qué es
lo que mandáis, hermano? A lo que respondió Sancho: Querría que vuesa merced me
la hiciese de salir a la puerta del castillo, donde hallará un asno rucio mío: vuesa
merced sea servida de mandarle poner o ponerle en la caballeriza, porque el pobrecito
es un poco medroso, y no se hallará a estar solo, en ninguna de las maneras. Si tan
discreto es el amo como el mozo, respondió la dueña, medradas estamos. Andad,
hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien acá os trujo, tened cuenta con
vuestro jumento, que las dueñas desta casa no estamos acostumbradas a semejantes
haciendas. Pues en verdad, respondió Sancho, que he oído yo decir a mi señor, que es
zahorí de las historias, contando aquella de Lanzarote cuando de Bretaña vino, «que
damas curaban dél, y dueñas del su rocino»; y que en el particular de mi asno, que no
le trocara yo con el rocín del señor Lanzarote. Hermano, si sois juglar, replicó la
dueña, guardad vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de mí no
podréis llevar sino una higa. Aun bien, respondió Sancho que será bien madura, pues
no perderá vuesa merced la quínola de sus años por punto menos. Hijo de puta, dijo
la dueña, toda ya encendida en cólera, si soy vieja o no, a Dios daré la cuenta, que no
a vos, bellaco, harto de ajos: y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la Duquesa; y
volviendo y viendo a la dueña tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó
con quién las había. Aquí las he, respondió la dueña con este buen hombre, que me ha
pedido encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que está a
la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sé dónde, que
unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su rocino, y sobre todo por
buen término me ha llamado vieja. Eso tuviera yo por afrenta, respondió la Duquesa,
más que cuantas pudieran decirme; y hablando con Sancho, le dijo: Advertid, Sancho
amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellas tocas más las trae por
autoridad y por la usanza, que por los años. Malos sean los que me quedan por vivir,
respondió Sancho, si lo dije por tanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que
tengo a mi jumento, que me pareció que no podía encomendarle a persona más
caritativa que a la señora doña Rodríguez. Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:
¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar? Señor, respondió Sancho, cada uno ha de
hablar de su menester dondequiera que estuviere: aquí se me acordó del rucio, y aquí
hablé dél, y si en la caballeriza se me acordara, allí hablara. A lo que dijo el Duque:
Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se le dará recado
a pedir de boca, y descuide Sancho; que se le tratará como a su mesma persona. Con
estos razonamientos, gustosos a todos sino a Don Quijote, llegaron a lo alto, y entraron
a Don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas de oro y de brocado; seis
doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y advertidas del
Duque y de la Duquesa de lo que habían de hacer, y de cómo habían de tratar a Don
Quijote, para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante.

Quedó Don Quijote, después de desarmado, en sus estrechos gregüescos y en su


jubón de camuza, seco, alto, tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la
una con la otra, figura que a no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular
la risa (que fue una de las precisas órdenes que sus señores les habían dado),
reventaran riendo. Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa; pero nunca lo
consintió, diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como
la valentía. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho y, encerrándose con él en
una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó y vistió la camisa; y viéndose solo
con Sancho, le dijo: Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien
deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla?
¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio, o señores son éstos para dejar mal
pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es,
Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza, de manera que caigan en la
cuenta de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto
más es tenido el señor cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados; y que una
de las ventajas mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven
de criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado
de mí, que si ven que tú eres un grosero villano, o un mentecato gracioso, pensarán
que yo soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo;
huye, huye destos inconvenientes; que quien tropieza en hablador y en gracioso, al
primer puntapié cae y da en truhán desgraciado: enfrena la lengua, considera y rumia
las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos llegado a parte donde
con el favor de Dios y valor de mi brazo hemos de salir mejorados en tercio y quinto
en fama y en hacienda. Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca o
morderse la lengua antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien
considerada como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por
él se descubriría quién ellos eran. Vistiose Don Quijote, púsose su tahalí con su
espada, echose el mantón de escarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde
que las doncellas le dieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a las
doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con aderezo de darle
aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y ceremonias. Luego llegaron
doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya los señores le aguardaban.
Cogiéronle en medio, y lleno de pompa y majestad le llevaron a otra sala, donde estaba
puesta una rica mesa con solos cuatro servicios. La Duquesa y el Duque salieron a la
puerta de la sala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico, destos que gobiernan
las casas de los príncipes; destos que como no nacen príncipes no aciertan a enseñar
cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes
se mida con la estrecheza de sus ánimos; destos que queriendo mostrar a los que ellos
gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables. Destos tales digo que debía de ser
el grave religioso que con los Duques salió a recebir a Don Quijote. Hiciéronse mil
corteses comedimientos, y finalmente, cogiendo a Don Quijote en medio, se fueron a
sentar a la mesa. Convidó el Duque a Don Quijote con la cabecera de la mesa; y
aunque él lo rehusó, las importunaciones del Duque fueron tantas, que la hubo de
tomar. El eclesiástico se sentó frontero, y el Duque y la Duquesa, a los dos lados. A
todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a su señor
aquellos príncipes le hacían; y viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron
entre el Duque y Don Quijote para hacerle sentar a la cabecera de la mesa, dijo: Si sus
mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo acerca desto
de los asientos. Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando Don Quijote tembló,
creyendo sin duda alguna que había de decir alguna necedad. Mirole Sancho, y
entendiole, y dijo: No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande, ni que
diga cosa que no venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco
ha vuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal. Yo no me acuerdo
de nada, Sancho, respondió Don Quijote; di lo que quisieres, como lo digas presto.
Pues lo que quiero decir, dijo Sancho, es tan verdad, que mi señor Don Quijote, que
está presente, no me dejará mentir. Por mí, replicó Don Quijote, miente tú, Sancho,
cuanto quisieres, que yo no te iré a la mano; pero mira lo que vas a decir. Tan mirado
y remirado lo tengo, que a buen salvo está el que repica, como se verá por la obra.
Bien será, dijo Don Quijote que vuestras grandezas manden echar de aquí a este tonto,
que dirá mil patochadas. Por vida del Duque, dijo la Duquesa, que no se ha de apartar
de mí Sancho un punto: quiérole yo mucho, porque sé que es muy discreto. Discretos
días, dijo Sancho viva vuestra santidad, por el buen crédito que de mí tiene, aunque
en mí no lo haya; y el cuento que quiero decir es éste: Convidó un hidalgo de mi
pueblo, muy rico y principal, porque venía de los Álamos de Medina del Campo, que
casó con doña Mencía de Quiñones, que fue hija de don Alonso de Marañón, caballero
del hábito de Santiago, que se ahogó en la Herradura, por quien hubo aquella
pendencia años ha en nuestro lugar, que, a lo que entiendo, mi señor Don Quijote se
halló en ella, de donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el
herrero... ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo por su vida, porque
estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso. Hasta ahora, dijo el
eclesiástico más os tengo por hablador que por mentiroso; pero de aquí adelante no sé
por lo que os tendré. Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar
de decir que debes de decir verdad: pasa adelante y acorta el cuento, porque llevas
camino de no acabar en dos días. No ha de acortar tal, dijo la Duquesa, por hacerme
a mí placer, antes le ha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis
días; que si tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mi vida.
Digo, pues, señores míos, prosiguió Sancho, que este tal hidalgo, que yo conozco
como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de ballesta, convidó un
labrador pobre, pero honrado. Adelante, hermano, dijo a esta sazón el religioso, que
camino lleváis de no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo. A menos de la
mitad pararé, si Dios fuere servido, respondió Sancho; y así, digo que llegando el tal
labrador a casa del dicho hidalgo convidador, que buen poso haya su ánima, que ya
es muerto, y por más señas dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé
presente, que había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque. Por vida vuestra hijo,
que volváis presto de Tembleque, y que sin enterrar al hidalgo, si no queréis hacer
más exequias, acabéis vuestro cuento. Es pues, el caso, replicó Sancho, que estando
los dos para asentarse a la mesa, que parece que ahora los veo más que nunca... Gran
gusto recebían los Duques del disgusto que mostraba tomar el buen religioso de la
dilación y pausas con que Sancho contaba su cuento, y Don Quijote se estaba
consumiendo en cólera y en rabia. Digo así, dijo Sancho, que, estando, como he dicho,
los dos para asentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la
cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también que el labrador la tomase, porque
en su casa se había de hacer lo que él mandase; pero el labrador, que presumía de
cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que el hidalgo, mohíno, poniéndole ambas
manos sobre los hombros, le hizo sentar por fuerza, diciéndole: sentaos, majagranzas;
que adonde quiera que yo me siente será vuestra cabecera: y éste es el cuento, y en
verdad que creo que no ha sido aquí traído fuera de propósito. Púsose Don Quijote de
mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se le parecían: Los señores
disimularon la risa, porque Don Quijote no acabase de correrse, habiendo entendido
la malicia de Sancho; y por mudar de plática y hacer que Sancho no prosiguiese con
otros disparates, preguntó la Duquesa a Don Quijote que qué nuevas tenía de la señora
Dulcinea, y que si le había enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o
malandrines, pues no podía dejar de haber vencido muchos. A lo que Don Quijote
respondió: Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin.
Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado; pero ¿adónde la habían
de hallar, si está encantada, y vuelta en la más fea labradora que imaginar se puede?
No sé, dijo Sancho Panza: a mí me parece la más hermosa criatura del mundo; a lo
menos, en la ligereza y en el brincar bien sé yo que no dará ella la ventaja a un
volteador: a buena fe, señora Duquesa, así salta desde el suelo sobre una borrica como
si fuera un gato. ¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? preguntó el Duque. ¡Y cómo
si la he visto! respondió Sancho; ¿pues quién diablos sino yo fue el primero que cayó
en el achaque del encantorio? Tan encantada está como mi padre. El eclesiástico, que
oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en la cuenta de que aquél debía
de ser Don Quijote de la Mancha, cuya historia leía el Duque de ordinario, y él se lo
había reprehendido muchas veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates;
y enterándose ser verdad lo que sospechaba, con mucha cólera, hablando con el
Duque, le dijo: Vuestra excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a nuestro Señor
de lo que hace este buen hombre. Este Don Quijote, o don Tonto, o como se llama,
imagino yo que no debe de ser tan mentecato como vuestra excelencia quiere que sea,
dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades. Y
volviendo la plática a Don Quijote, le dijo: Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha
encajado en el celebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis
malandrines? Andad enhorabuena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad
vuestros hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando
por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen.
¿En dónde nora tal habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes?
¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas
encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan? Atento
estuvo Don Quijote a las razones de aquel venerable varón, y viendo que ya callaba,
sin guardar respeto a los Duques, con semblante airado y alborotado rostro, se puso
en pie, y dijo... Pero esta respuesta capítulo por sí merece.

Capítulo XXXII
De la respuesta que dio Don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos
sucesos

Levantado, pues, en pie Don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como
azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo: El lugar donde estoy, y la presencia
ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced
profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por
saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer,
que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se
debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones
santas y bien intencionadas, otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo
menos el haberme reprehendido en público y tan ásperamente, ha pasado todos los
límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura
que sobre la aspereza; y no es bien, sin tener conocimiento del pecado que se
reprehende, llamar al pecador, sin más ni más mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa
merced, ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y
me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y
de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a troche moche
entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en
la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede
contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la
caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asunto vano o es
tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos
dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si
me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente
nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los
estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un
ardite: caballero soy, y caballero he de morir si place al Altísimo: unos van por el
ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja; otros,
por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo,
inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo
ejercicio desprecio la hacienda; pero no la honra. Yo he satisfecho agravios,
enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos:
yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean;
y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis
intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal
a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser
llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, Duque y Duquesa excelentes. ¡Bien por
Dios! dijo Sancho, no diga más vuesa merced, señor y amo mío, en su abono, porque
no hay más que decir, ni más que pensar, ni más que perseverar en el mundo, y más,
que negando este señor, como ha negado, que no ha habido en el mundo, ni los hay
caballeros andantes, ¿qué mucho que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho? ¿Por
ventura, dijo el eclesiástico sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen, a quien
vuestro amo tiene prometida una ínsula? Sí soy; respondió Sancho, y soy quien la
merece tan bien como otro cualquiera; soy quien «júntate a los buenos, y serás uno de
ellos»; y soy yo de aquellos «no con quien naces, sino con quien paces»; y de los
«quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija». Yo me he arrimado a buen
señor, y ha muchos meses que ando en su compañía, y he de ser otro como él, Dios
queriendo; y viva él y viva yo: que ni a él le faltarán imperios que mandar ni a mí
ínsulas que gobernar. No, por cierto, Sancho amigo, dijo a esta sazón el Duque, que
yo, en nombre del señor Don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de
nones, de no pequeña calidad. Híncate de rodillas, Sancho, dijo Don Quijote, y besa
los pies a su excelencia por la merced que te ha hecho. Hízolo así Sancho; lo cual
visto por el eclesiástico, se levantó de la mesa mohíno además, diciendo: Por el hábito
que tengo, que estoy por decir que es tan sandio vuestra excelencia como estos
pecadores: mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras:
quédese vuestra excelencia con ellos; que en tanto que estuvieren en casa me estaré
yo en la mía, y me excusaré de reprehender lo que no puedo remediar: y sin decir más
ni comer más se fue, sin que fuesen parte a detenerle los ruegos de los Duques; aunque
el Duque no le dijo mucho, impedido de la risa que su impertinente cólera le había
causado. Acabó de reír, y dijo a Don Quijote: Vuesa merced, señor «caballero de los
Leones», ha respondido por sí tan altamente, que no le queda cosa por satisfacer deste
que aunque parece agravio, no lo es en ninguna manera; porque así como no agravian
las mujeres, no agravian los eclesiásticos, como vuesa merced mejor sabe. Así es,
respondió Don Quijote, y la causa es que el que no puede ser agraviado no puede
agraviar a nadie. Las mujeres, los niños y los eclesiásticos, como no pueden
defenderse aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados, porque entre el agravio
y la afrenta hay esta diferencia, como mejor vuestra excelencia sabe. La afrenta viene
de parte de quien la puede hacer, y la hace, y la sustenta; el agravio puede venir de
cualquier parte, sin que afrente. Sea ejemplo: está uno en la calle descuidado, llegan
diez con mano armada, y dándole de palos, pone mano a la espada y hace su deber;
pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le deja salir con su intención,
que es de vengarse; este tal queda agraviado, pero no afrentado: y lo mesmo
confirmará otro ejemplo: está uno vuelto de espaldas, llega otro y dale de palos, y en
dándoselos, huye y no espera, y el otro le sigue y no le alcanza; éste que recibió los
palos recibió agravio, mas no afrenta; porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que
le dio los palos, aunque se los dio a hurta cordel, pusiera mano a su espada y se
estuviera quedo haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado agraviado y
afrentado juntamente: agraviado porque le dieron a traición; afrentado, porque el que
le dio sustentó lo que había hecho, sin volver las espaldas y a pie quedo: y así según
las leyes del maldito duelo, yo puedo estar agraviado, mas no afrentado, porque los
niños no sienten, ni las mujeres, ni pueden huir, ni tienen para qué esperar, y lo mesmo
los constituidos en la sacra religión, porque estos tres géneros de gente carecen de
armas ofensivas y defensivas; y así aunque naturalmente estén obligados a defenderse,
no lo están para ofender a nadie: y aunque poco ha dije que yo podía estar agraviado,
agora digo que no en ninguna manera, porque quien no puede recebir afrenta, menos
la puede dar; por las cuales razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen
hombre me ha dicho; sólo quisiera que esperara algún poco para darle a entender en
el error en que está en pensar y decir que no ha habido ni los hay caballeros andantes
en el mundo, que si lo tal oyera Amadís, o uno de los infinitos de su linaje, yo sé que
no le fuera bien a su merced. Eso juro yo bien, dijo Sancho: cuchillada le hubieran
dado, que le abrieran de arriba abajo como una granada, o como a un melón muy
maduro: bonitos eran ellos para sufrir semejantes cosquillas. Para mi santiguada, que
tengo por cierto que si Reinaldos de Montalván hubiera oído estas razones al
hombrecito, tapaboca le hubiera dado, que no hablara más en tres años: no sino
tomárase con ellos, y viera cómo escapaba de sus manos. Perecía de risa la Duquesa
en oyendo hablar a Sancho, y en su opinión le tenía por más gracioso y por más loco
que a su amo; y muchos hubo en aquel tiempo que fueron deste mismo parecer.
Finalmente Don Quijote se sosegó, y la comida se acabó, y en levantando los manteles
llegaron cuatro doncellas, la una con una fuente de plata, y la otra con un aguamanil,
asimismo de plata, y la otra con dos blanquísimas y riquísimas toallas al hombro, y la
cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus blancas manos (que sin duda
eran blancas), una redonda pella de jabón napolitano. Llegó la de la fuente, y con
gentil donaire y desenvoltura encajó la fuente debajo de la barba de Don Quijote; el
cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser
usanza de aquella tierra, en lugar de las manos, lavar las barbas; y así, tendió la suya
todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la doncella del
jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no
eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las barbas, mas por todo el rostro y
por los ojos del obediente caballero, tanto que se los hicieron cerrar por fuerza. El
Duque y la Duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban esperando en qué
había de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera, cuando le tuvo con
un palmo de jabonadura, fingió que se le había acabado el agua, y mandó a la del
aguamanil fuese por ella; que el señor Don Quijote esperaría.

Hízolo así, y quedó Don Quijote con la más extraña figura y más para hacer reír
que se pudiera imaginar. Mirábanle todos los que presentes estaban, que eran muchos;
y como le veían con media vara de cuello, más que medianamente moreno, los ojos
cerrados y las barbas llenas de jabón, fue gran maravilla y mucha discreción poder
disimular la risa; las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, sin osar mirar a sus
señores; a ellos les retozaba la cólera y la risa en el cuerpo, y no sabían a qué acudir,
o a castigar el atrevimiento de las muchachas, o darles premio por el gusto que
recibían de ver a Don Quijote de aquella suerte. Finalmente, la doncella del aguamanil
vino, y acabaron de lavar a Don Quijote, y luego la que traía las toallas le limpió y le
enjugó muy reposadamente; y haciéndole todas cuatro a la par una grande y profunda
inclinación y reverencia, se querían ir; pero el Duque, porque Don Quijote no cayese
en la burla, llamó a la doncella de la fuente, diciéndole: Venid y lavadme a mí, y mirad
que no se os acabe el agua. La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente al
Duque como a Don Quijote, y dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y
dejándole enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. Después se supo que había
jurado el Duque que si a él no le lavaran como a Don Quijote, había de castigar su
desenvoltura, la cual habían enmendado discretamente con haberle a él jabonado.
Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sí: Válame Dios,
¡si será también usanza en esta tierra lavar las barbas a los escuderos como a los
caballeros! Porque en Dios y en mi ánima que lo he bien menester, y aun que si me
las rapasen a navaja, lo tendría a más beneficio. ¿Qué decís entre vos, Sancho?
preguntó la Duquesa. Digo, señora, respondió él, que en las cortes de los otros
príncipes siempre he oído decir que en levantando los manteles dan agua a las manos,
pero no lejía a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho: por ver mucho; aunque
también dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de pasar, puesto que pasar por
un lavatorio de éstos antes es gusto que trabajo. No tengáis pena, amigo Sancho, dijo
la Duquesa, que yo haré que mis doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere
menester. Con las barbas me contento, respondió Sancho, por ahora a lo menos; que
andando el tiempo, Dios dijo lo que será. Mirad, maestresala, dijo la Duquesa, lo que
el buen Sancho pide, y cumplirle su voluntad al pie de la letra. El maestresala
respondió que en todo sería servido el señor Sancho, y con esto se fue a comer, y llevó
consigo a Sancho, quedándose a la mesa los Duques y Don Quijote, hablando en
muchas y diversas cosas; pero todas tocantes al ejercicio de las armas y de la andante
caballería. La Duquesa rogó a Don Quijote que le delinease y describiese, pues parecía
tener felice memoria, la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del Toboso, que,
según lo que la fama pregonaba de su belleza, tenía por entendido que debía de ser la
más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha. Sospiró Don Quijote oyendo lo
que la Duquesa le mandaba, y dijo: Si yo pudiera sacar mi corazón, y ponerle ante los
ojos de vuestra grandeza aquí sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi
lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque vuestra excelencia la viera en
él toda retratada; pero ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por
punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de
otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los pinceles de
Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en
tablas, en mármoles y en bronces, y la retórica ciceroniana y demostina para alabarla?
¿Qué quiere decir demostina, señor Don Quijote? preguntó la Duquesa, que es
vocablo que no le he oído en todos los días de mi vida. Retórica demostina, respondió
Don Quijote es lo mismo que decir retórica de Demóstenes, como ciceroniana, de
Cicerón, que fueron los mayores retóricos del mundo. Así es, dijo el Duque, y habéis
andado deslumbrada en la tal pregunta. Pero, con todo eso, nos daría gran gusto el
señor Don Quijote si nos la pintase; que a buen seguro que aunque sea en rasguño y
bosquejo, que ella salga tal, que la tengan invidia las más hermosas. Sí hiciera, por
cierto, respondió Don Quijote, si no me la hubiera borrado de la idea la desgracia que
poco ha que le sucedió, que es tal, que más estoy para llorarla que para describirla;
porque habrán de saber vuestras grandezas que yendo los días pasados a besarle las
manos, y a recebir su bendición, beneplácito y licencia para esta tercera salida, hallé
otra de la que buscaba: halléla encantada y convertida de princesa en labradora, de
hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera, de bien hablada en rústica,
de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y finalmente, de Dulcinea del Toboso
en una villana de Sayago. ¡Válame Dios!, dando una gran voz, dijo a este instante el
Duque, ¿quién ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha quitado dél la
belleza que le alegraba, el donaire que le entretenía y la honestidad que le acreditaba?
¿Quién? respondió Don Quijote, ¿quién puede ser sino algún maligno encantador de
los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita, nacida en el mundo para
escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y para dar luz y levantar los fechos
de los malos. Perseguido me han encantadores, encantadores me persiguen, y
encantadores me perseguirán hasta dar conmigo y con mis altas caballerías en el
profundo abismo del olvido, y en aquella parte me dañan y hieren donde ven que más
lo siento; porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que
mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras muchas
veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es
como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo de quien se
cause. No hay más que decir, dijo la Duquesa, pero si, con todo eso, hemos de dar
crédito a la historia que del señor Don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a
la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me
acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea: y que esta tal señora
no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió
en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso.
En eso hay mucho que decir, respondió Don Quijote: Dios sabe si hay Dulcinea o no
en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya
averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto
que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que
puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave
sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y
finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la
hermosura con más grados de perfección que en las hermosas humildemente nacidas.
Así es, dijo el Duque, pero hame de dar licencia el señor Don Quijote para que diga
lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he leído, de donde se infiere
que, puesto que se conceda que hay Dulcinea en el Toboso, o fuera dél, y que sea
hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje
no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con
otras deste jaez, de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe. A eso
puedo decir, respondió Don Quijote que Dulcinea es hija de sus obras, y que las
virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso
que un vicioso levantado; cuanto más, que Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar
a ser reina de corona y cetro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a
hacer mayores milagros se extiende, y aunque no formalmente, virtualmente tiene en
sí encerradas mayores venturas. Digo, señor Don Quijote, dijo la Duquesa, que en
todo cuanto vuesa merced dice va con pie de plomo, y como suele decirse, con la
sonda en la mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi
casa, y aun al Duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y
que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida, y merecedora que un tal
caballero como es el señor Don Quijote la sirva, que es lo más que puedo ni sé
encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escrúpulo, y tener algún no sé qué de
ojeriza contra Sancho Panza: el escrúpulo es que dice la historia referida que el tal
Sancho Panza halló a la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuesa merced le llevó
una epístola, ahechando un costal de trigo, y por más señas, dice que era rubión; cosa
que me hace dudar en la alteza de su linaje. A lo que respondió Don Quijote: Señora
mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí me suceden van
fuera de los términos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen,
o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los hados, o ya vengan
encaminadas por la malicia de algún encantador envidioso; y como es cosa ya
averiguada que todos o los más caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de
no poder ser encantado, otro de ser de tan impenetrables carnes que no pueda ser
herido, como lo fue el famoso Roldán, uno de los doce pares de Francia, de quien se
cuenta que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto había de
ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma alguna; y así cuando
Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo que no le podía llagar con fierro;
le levantó del suelo entre los brazos, y le ahogó, acordándose entonces de la muerte
que dio Hércules a Anteón, aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero
inferir de lo dicho que podría ser que yo tuviese alguna gracia destas, no del no poder
ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes
blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado; que ya me he visto
metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera
a fuerzas de encantamentos. Pero pues de aquél me libré, quiero creer que no ha de
haber otro alguno que me empezca; y así viendo estos encantadores que con mi
persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y
quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea por quien yo vivo; y así, creo que
cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana, y ocupada en
tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo
ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad
quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude
hallar los palacios de Dulcinea; y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero
en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca
y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy
encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y
la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por
ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado. Todo esto he
dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de
Dulcinea; que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen.
Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso,
que son muchos, antiguos y muy buenos. A buen seguro que no le cabe poca parte a
la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros
siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor
título y fama. Por otra parte, quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza
es uno de los más graciosos escuderos que jamás sirvió a caballero andante: tiene a
veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no
pequeño contento: tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le
confirman por bobo; duda de todo, y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar
de tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le
trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad; y así, estoy en
duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced;
aunque veo en él una cierta aptitud para esto de gobernar, que atusándole tantico el
entendimiento, se saldría con cualquiera gobierno, como el rey con sus alcabalas; y
más que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad
ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saber
leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena intención y
deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que
han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con
asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho, y otras cosillas que
me quedan en el estómago, que saldrán a su tiempo para utilidad de Sancho y
provecho de la ínsula que gobernare. A este punto llegaban de su coloquio el Duque,
la Duquesa y Don Quijote cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el
palacio, y a deshora entró Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por
babador, y tras él muchos mozos, o por mejor decir, pícaros de cocina y otra gente
menuda, y uno venía con un artesoncillo de agua, que en la color y poca limpieza
mostraba ser de fregar: seguíale y perseguíale el de la artesa, y procuraba con toda
solicitud ponérsela y encajársela debajo de las barbas, y otro pícaro mostraba
querérselas lavar. ¿Qué es esto, hermanos? preguntó la Duquesa: ¿qué es esto? ¿Qué
queréis a ese buen hombre? ¿Cómo? ¿Y no consideráis que está electo gobernador?
A lo que respondió el pícaro barbero: No quiere este señor dejarse lavar, como es
usanza, y como se la lavó el Duque mi señor y el señor su amo. Sí quiero, respondió
Sancho con mucha cólera, pero querría que fuese con toallas más limpias, con lejía
mas clara y con manos no tan sucias; que no hay tanta diferencia de mí a mi amo, que
a él le laven con agua de ángeles y a mí con lejía de diablos: las usanzas de las tierras
y de los palacios de los príncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre; pero la
costumbre del lavatorio que aquí se usa peor es que de diciplinantes. Yo estoy limpio
de barbas y no tengo necesidad de semejantes refrigerios; y el que se llegare a lavarme
ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi barba, hablando con el debido
acatamiento, le daré tal puñada, que le deje el puño engastado en los cascos; que estas
tales cirimonias y jabonaduras más parecen burlas que gasajos de huéspedes. Perecida
de risa estaba la Duquesa viendo la cólera y oyendo las razones de Sancho; pero no
dio mucho gusto a Don Quijote verle tan mal adeliñado con la jaspeada toalla, y tan
rodeado de tantos entretenidos de cocina; y así, haciendo una profunda reverencia a
los Duques, como que les pedía licencia para hablar, con voz reposada dijo a la
canalla: Hola, señores caballeros, vuesas mercedes dejen al mancebo, y vuélvanse por
donde vinieron, o por otra parte si se les antojare; que mi escudero es limpio tanto
como otro, y esas artesillas son para él estrechos y penantes búcaros: tomen mi consejo
y déjenle; porque ni él ni yo sabemos de achaque de burlas. Cogiole la razón de la
boca Sancho, y prosiguió diciendo: No sino lléguense a hacer burla del mostrenco;
que así lo sufriré como ahora es de noche. Traigan aquí un peine o lo que quisieren, y
almohácenme estas barbas; y si sacaren dellas cosa que ofenda a la limpieza, que me
trasquilen a cruces. A esta sazón, sin dejar la risa, dijo la Duquesa: Sancho Panza tiene
razón en todo cuanto ha dicho, y la tendrá en todo cuanto dijere: él es limpio, y como
él dice, no tiene necesidad de lavarse; y si nuestra usanza no le contenta, su alma en
su palma; cuanto más que vosotros, ministros de la limpieza, habéis andado
demasiadamente de remisos y descuidados, y no sé si diga atrevidos, al traer a tal
personaje y a tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y de
alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de aparadores; pero en fin
sois malos y mal nacidos, y no podéis dejar, como malandrines que sois, de mostrar
la ojeriza que tenéis con los escuderos de los andantes caballeros. Creyeron los
apicarados ministros, y aun el maestresala, que venía con ellos, que la Duquesa
hablaba de veras, y así, quitaron el cernadero del pecho de Sancho, y todos confusos
y casi corridos se fueron y le dejaron; el cual, viéndose fuera de aquel, a su parecer,
sumo peligro, se fue a hincar de rodillas ante la Duquesa, y dijo: De grandes señoras,
grandes mercedes se esperan; ésta que la vuestra merced hoy me ha fecho no puede
pagarse con menos sino es con desear verme armado caballero andante, para
ocuparme todos los días de mi vida en servir a tan alta señora: labrador soy, Sancho
Panza me llamo, casado soy, hijos tengo y de escudero sirvo; si con alguna destas
cosas puedo servir a vuestra grandeza, menos tardaré yo en obedecer que vuestra
señoría en mandar. Bien parece, Sancho, respondió la Duquesa, que habéis aprendido
a ser cortés en la escuela de la misma cortesía; bien parece, quiero decir, que os habéis
criado a los pechos del señor Don Quijote, que debe de ser la nata de los
comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como vos decís: bien haya
tal señor y tal criado, el uno por norte de la andante caballería, y el otro por estrella
de la escuderil fidelidad: levantaos, Sancho amigo, que yo satisfaré vuestras cortesías
con hacer que el Duque mi señor lo más presto que pudiere os cumpla la merced
prometida del gobierno. Con esto cesó la plática, y Don Quijote se fue a reposar la
siesta, y la Duquesa pidió a Sancho que si no tenía mucha gana de dormir viniese a
pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho respondió
que aunque era verdad que tenía por costumbre dormir cuatro o cinco horas las siestas
del verano, que, por servir a su bondad, él procuraría con todas sus fuerzas no dormir
aquel día ninguna, y vendría obediente a su mandado, y fuese. El Duque dio nuevas
órdenes como se tratase a Don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto
del estilo como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.

Capítulo XXXIII
De la sabrosa plática que la Duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza,
digna de que se lea y de que se note

Cuenta, pues, la historia, que Sancho no durmió aquella siesta, sino que, por
cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la Duquesa; la cual, con el gusto que
tenía de oírle, le hizo sentar junto a sí en una silla baja, aunque Sancho, de puro bien
criado, no quería sentarse; pero la Duquesa le dijo que se sentase como gobernador y
hablase como escudero, puesto que por entrambas cosas merecía el mismo escaño del
Cid Rui Díaz Campeador. Encogió Sancho los hombros, obedeció y sentose, y todas
las doncellas y dueñas de la Duquesa le rodearon atentas, con grandísimo silencio, a
escuchar lo que diría; pero la Duquesa fue la que habló primero, diciendo: Ahora que
estamos solos, y que aquí no nos oye nadie, querría yo que el señor gobernador me
asolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la historia que del gran Don Quijote anda
ya impresa; una de las cuales dudas es que pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea,
digo, a la señora Dulcinea del Toboso, ni le llevó la carta del señor Don Quijote,
porque se quedó en el libro de memoria en Sierra Morena, ¿cómo se atrevió a fingir
la respuesta, y aquello de que la halló ahechando trigo, siendo todo burla y mentira, y
tan en daño de la buena opinión de la sin par Dulcinea, y todas que no vienen bien con
la calidad y fidelidad de los buenos escuderos. A estas razones sin responder con
alguna se levantó Sancho de la silla, y con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo
puesto sobre los labios anduvo por toda la sala levantando los doseles, y luego, esto
hecho, se volvió a sentar y dijo: Ahora, señora mía, que he visto que no nos escucha
nadie de solapa fuera de los circunstantes, sin temor ni sobresalto responderé a lo que
se me ha preguntado, y a todo aquello que se me preguntare; y lo primero que digo es
que yo tengo a mi señor Don Quijote por loco rematado, puesto que algunas veces
dice cosas que, a mi parecer, y aun de todos aquellos que le escuchan, son tan discretas
y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo Satanás no las podría decir mejores;
pero, con todo esto, verdaderamente y sin escrúpulo, a mí se me ha asentado que es
un mentecato: pues como yo tengo esto en el magín, me atrevo a hacerle creer lo que
no lleva pies ni cabeza, como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habrá seis
o ocho días, que aún no está en historia, conviene a saber, lo del encanto de mi señora
doña Dulcinea, que le he dado a entender que está encantada, no siendo más verdad
que por los cerros de Úbeda. Rogole la Duquesa que le contase aquel encantamento o
burla, y Sancho se lo contó todo del mesmo modo que había pasado, de que no poco
gusto recibieron los oyentes; y prosiguiendo en su plática, dijo la Duquesa: De lo que
el buen Sancho me ha contado me anda brincando un escrúpulo en el alma, y un cierto
susurro llega a mis oídos que me dice: pues Don Quijote de la Mancha es loco,
menguado y mentecato, y Sancho Panza su escudero lo conoce, y con todo eso, le
sirve y le sigue y va atenido a las vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser
él más loco y tonto que su amo; y siendo esto así, como lo es, mal contado te será,
señora Duquesa, si al tal Sancho Panza le das ínsula que gobierne, porque el que no
sabe gobernarse a sí, ¿cómo sabrá gobernar a otros? Par Dios, señora, dijo Sancho,
que ese escrúpulo viene con parto derecho; pero dígale vuesa merced que hable claro,
o como quisiere; que yo conozco que dice verdad: que si yo fuera discreto, días ha
que había de haber dejado a mi amo. Pero ésta fue mi suerte, y ésta mi malandanza;
no puedo más; seguirle tengo: somos de un mismo lugar; he comido su pan; quiérole
bien; es agradecido; diome sus pollinos, y sobre todo, yo soy fiel; y así, es imposible
que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón: y si vuestra altanería no
quisiere que se me dé el prometido gobierno, de menos me hizo Dios, y podría ser que
el no dármele redundase en pro de mi conciencia; que maguera tonto, se me entiende
aquel refrán de por su mal le nacieron alas a la hormiga; y aun podría ser que se fuese
más aína Sancho escudero al cielo, que no Sancho gobernador, tan buen pan hacen
aquí como en Francia; y de noche todos los gatos son pardos; y asaz de desdichada es
la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado; y no hay estómago que sea
un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar, como suele decirse, de paja y de
heno; y las avecitas del campo tienen a Dios por su proveedor y despensero; y más
calientan cuatro varas de paño de Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia; y al
dejar este mundo y meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el príncipe
como el jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del papa que el del sacristán,
aunque sea más alto el uno que el otro, que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y
encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos pese y a buenas noches: y
torno a decir que si vuestra señoría no me quisiere dar la ínsula por tonto, yo sabré no
dárseme nada por discreto; y yo he oído decir que detrás de la cruz está el diablo, y
que no es oro todo lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron
al labrador Wamba para ser rey de España, y de entre los brocados, pasatiempos y
riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras (si es que las trovas de los
romances antiguos no mienten).

Y como que no mienten, dijo a esta sazón doña Rodríguez la dueña, que era una
de las escuchantes, que un romance hay que dice que metieron al rey Rodrigo, vivo
vivo en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y que de allí a dos días dijo el
Rey desde dentro de la tumba, con voz doliente y baja:

Ya me comen, ya me comen
por do más pecado había;

Y según esto mucha razón tiene este señor en decir que quiere más ser más
labrador que rey, si le han de comer sabandijas. No pudo la Duquesa tener la risa
oyendo la simplicidad de su dueña, ni dejó de admirarse en oír las razones y refranes
de Sancho, a quien dijo: Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un
caballero procura cumplirlo, aunque le cueste la vida. El Duque mi señor y marido,
aunque no es de los andantes, no por eso deja de ser caballero, y así cumplirá la palabra
de la prometida ínsula, a pesar de la invidia y de la malicia del mundo. Esté Sancho
de buen ánimo; que cuando menos lo piense se verá sentado en la silla de su ínsula y
en la de su estado, y empuñará su gobierno, que con otro de brocado de tres altos lo
deseche: lo que yo le encargo es que mire cómo gobierna sus vasallos, advirtiendo
que todos son leales y bien nacidos. Eso de gobernarlos bien, respondió Sancho, no
hay para qué encargármelo, porque yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los
pobres; y a quien cuece y amasa, no le hurtes hogaza; y para mi santiguada, que no
me han de echar dado falso: soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus, y sé despabilarme
a sus tiempos, y no consiento que me anden musarañas ante los ojos, porque sé dónde
me aprieta el zapato: dígolo porque los buenos tendrán conmigo mano y concavidad,
y los malos, ni pie ni entrada. Y paréceme a mí que en esto de los gobiernos todo es
comenzar: y podría ser que a quince días de gobernador me comiese las manos tras el
oficio, y supiese más dél que de la labor del campo, en que me he criado. Vos tenéis
razón Sancho, dijo la Duquesa, que nadie nace enseñado, y de los hombres se hacen
los obispos, que no de las piedras. Pero volviendo a la plática que poco ha tratábamos
del encanto de la señora Dulcinea, tengo por cosa cierta y más que averiguada que
aquella imaginación que Sancho tuvo de burlar a su señor y darle a entender que la
labradora era Dulcinea; y que si su señor no la conocía debía de ser por estar
encantada, toda fue invención de alguno de los encantadores que al señor Don Quijote
persiguen; porque real y verdaderamente yo sé de buena parte que la villana que dio
el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso; y que el buen Sancho,
pensando ser el engañador, es el engañado; y no hay poner más duda en esta verdad
que en las cosas que nunca vimos; y sepa el señor Sancho Panza que también tenemos
acá encantadores que nos quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y
sencillamente, sin enredos ni máquinas; y créame Sancho, que la villana brincadora
era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre que la parió; y cuando
menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia figura, y entonces saldrá Sancho
del engaño en que vive. Bien puede ser todo eso, dijo Sancho Panza, y agora quiero
creer lo que mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que
vio a la señora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hábito que yo dije que la
había visto cuando la encanté por solo mi gusto; y todo debió de ser al revés, como
vuesa merced, señora mía, dice, porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe
presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es
tan loco, que con tan flaca y magra persuasión como la mía creyese una cosa tan fuera
de todo término, pero, señora, no por esto será bien que vuestra bondad me tenga por
malévolo, pues no está obligado un porro como yo a taladrar los pensamientos y
malicias de los pésimos encantadores: yo fingí aquello, por escaparme de las riñas de
mi señor Don Quijote, y no con intención de ofenderle: y si ha salido al revés, Dios
está en el cielo, que juzga los corazones. Así es la verdad, dijo la Duquesa, pero
dígame agora Sancho qué es esto que dice de la cueva de Montesinos, que gustaría
saberlo. Entonces Sancho Panza le contó punto por punto lo que queda dicho acerca
de la tal aventura. Oyendo lo cual la Duquesa, dijo: Deste suceso se puede inferir que
pues el gran Don Quijote dice que vio allí a la mesma labradora que Sancho vio a la
salida del Toboso, sin duda es Dulcinea, y que andan por aquí los encantadores muy
listos y demasiadamente curiosos. Eso digo yo, dijo Sancho Panza, que si mi señora
Dulcinea del Toboso está encantada, su daño será, que yo no me tengo de tomar con
los enemigos de mi amo, que deben de ser muchos y malos: verdad sea que la que yo
vi fue una labradora, y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzgué; y si aquélla
era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta ni ha de correr por mí, o sobre ello morena.
No sino ándense a cada triquete conmigo a dime y direte, Sancho lo dijo, Sancho lo
hizo, Sancho tornó y Sancho volvió, como si Sancho fuese algún quienquiera, y no
fuese el mismo Sancho Panza, el que anda ya en libros por ese mundo adelante, según
me dijo Sansón Carrasco, que por lo menos es persona bachillerada por Salamanca, y
los tales no pueden mentir, si no es cuando se les antoja o les viene muy a cuento; así
que no hay para que nadie se tome conmigo; y pues que tengo buena fama, y según oí
decir a mi señor, que más vale el buen nombre que las muchas riquezas, encájenme
ese gobierno y verán maravillas; que quien ha sido buen escudero será buen
gobernador. Todo cuanto aquí ha dicho el buen Sancho, dijo la Duquesa son
sentencias catonianas, o por lo menos sacadas de las mesmas entrañas del mismo
Micael Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su modo, debajo
de mala capa suele haber buen bebedor. En verdad, señora, respondió Sancho, que en
mi vida he bebido de malicia: con sed bien podría ser, porque no tengo nada de
hipócrita; bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo, y cuando me lo dan, por no
parecer o melindroso o mal criado; que a un brindis de un amigo, ¿qué corazón ha de
haber tan de mármol que no haga la razón? Pero aunque las calzo, no las ensucio;
cuanto más que los escuderos de los caballeros andantes casi de ordinario beben agua,
porque siempre andan por florestas, selvas y prados, montañas y riscos, sin hallar una
misericordia de vino, si dan por ella un ojo. Yo lo creo así, respondió la Duquesa; y
por ahora, váyase Sancho a reposar; que después hablaremos más largo y daremos
orden como vaya presto a encajarse, como él dice, aquel gobierno. De nuevo le besó
las manos Sancho a la Duquesa, y le suplicó le hiciese merced de que se tuviese buena
cuenta con su rucio, porque era la lumbre de sus ojos. ¿Qué rucio es éste? preguntó la
Duquesa. Mi asno, respondió Sancho, que por no nombrarle con este nombre, le suelo
llamar el rucio; y a esta señora dueña le rogué, cuando entré en este castillo, tuviese
cuenta con él, y azorose de manera como si la hubiera dicho que era fea o vieja,
debiendo ser más propio y natural de las dueñas pensar jumentos que autorizar las
salas. ¡Oh válame Dios, y cuán mal estaba con estas señoras un hidalgo de mi lugar!
Sería algún villano, dijo doña Rodríguez la dueña, que si él fuera hidalgo y bien
nacido, él las pusiera sobre el cuerno de la luna. Agora bien, dijo la Duquesa, no haya
más, calle doña Rodríguez, y sosiéguese el señor Panza y quédese a mi cargo el regalo
del rucio; que por ser alhaja de Sancho, le pondré yo sobre las niñas de mis ojos. En
la caballeriza basta que esté, respondió Sancho, que sobre las niñas de los ojos de
vuestra grandeza ni él ni yo somos dignos de estar sólo un momento, y así lo
consentiría yo como darme de puñaladas: que aunque dice mi señor que en las
cortesías antes se ha de perder por carta de más que de menos, en las jumentiles y así
niñas se ha de ir con el compás en la mano y con medido término. Llévele, dijo la
Duquesa Sancho al gobierno, y allá le podrá regalar como quisiere, y aun jubilarle del
trabajo. No piense vuesa merced, señora Duquesa, que ha dicho mucho, dijo Sancho,
que yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería
cosa nueva. Las razones de Sancho renovaron en la Duquesa la risa y el contento, y
enviándole a reposar, ella fue a dar cuenta al Duque de lo que con él había pasado, y
entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a Don Quijote, que fuese famosa
y viniese bien con el estilo caballeresco; en el cual le hicieron muchas tan propias y
discretas, que son las mejores aventuras que en esta grande historia se contienen.

Capítulo XXXIV
Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par
Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas deste libro

Grande era el gusto que recebían el Duque y la Duquesa de la conversación de


Don Quijote y de la de Sancho Panza; y confirmándose en la intención que tenían de
hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de aventuras, tomaron
motivo de la que Don Quijote ya les había contado de la cueva de Montesinos, para
hacerle una que fuese famosa; pero de lo que más la Duquesa se admiraba era que la
simplicidad de Sancho fuese tanta, que hubiese venido a creer ser verdad infalible que
Dulcinea del Toboso estuviese encantada, habiendo sido él mesmo el encantador y el
embustero de aquel negocio; y así, habiendo dado orden a sus criados de todo lo que
habían de hacer, de allí a seis días le llevaron a caza de montería con tanto aparato de
monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado. Diéronle a Don Quijote
un vestido de monte y a Sancho otro verde de finísimo paño; pero Don Quijote no se
le quiso poner, diciendo que otro día había de volver al duro ejercicio de las armas y
que no podía llevar consigo guardarropas ni reposterías. Sancho sí tomó el que le
dieron, con intención de venderle en la primera ocasión que pudiese. Llegado, pues,
el esperado día, armose Don Quijote, vistiose Sancho, y encima de su rucio, que no le
quiso dejar, aunque le daban un caballo, se metió entre la tropa de los monteros. La
Duquesa salió bizarramente aderezada, y Don Quijote de puro cortés y comedido tomó
la rienda de su palafrén, aunque el Duque no quería consentirlo, y finalmente llegaron
a un bosque que entre dos altísimas montañas estaba, donde tomados los puestos,
paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos, se comenzó la caza
con grande estruendo, grita y vocería, de manera que unos a otros no podían oírse, así
por el ladrido de los perros como por el son de las bocinas. Apeose la Duquesa, y con
un agudo venablo en las manos, se puso en un puesto por donde ella sabía que solían
venir algunos jabalíes. Apeose asimismo el Duque y Don Quijote, y pusiéronse a sus
lados; Sancho se puso detrás de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara
desamparar, porque no le sucediese algún desmán; y apenas habían sentado el pie y
puesto en ala con otros muchos criados suyos, cuando, acosado de los perros y seguido
de los cazadores, vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí, crujiendo
dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y en viéndole, embrazando su
escudo y puesta mano a su espada, se adelantó a recebirle Don Quijote: lo mesmo hizo
el Duque con su venablo; pero a todos se adelantara la Duquesa si el Duque no se lo
estorbara. Sólo Sancho en viendo al valiente animal desamparó al rucio, y dio a correr
cuanto pudo, y procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes estando
ya a la mitad della asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan corto de
ventura y tan desgraciado, que se desgajó la rama, y al venir al suelo, se quedó en el
aire, asido de un gancho de la encina, sin poder llegar al suelo; y viéndose así, y que
el sayo verde se le rasgaba, y pareciéndole que si aquel fiero animal allí llegaba le
podía alcanzar, comenzó a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ahínco, que
todos los que le oían y no le veían creyeron que estaba entre los dientes de alguna
fiera.
Finalmente el colmilludo jabalí quedó atravesado de las cuchillas de muchos
venablos que se le pusieron delante; y volviendo la cabeza Don Quijote a los gritos de
Sancho, que ya por ellos le había conocido, viole pendiente de la encina y la cabeza
abajo, y al rucio junto a él, que no le desamparó en su calamidad; y dice Cide Hamete
que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal
era la amistad y buena fe que entre los dos se guardaban. Llegó Don Quijote y
descolgó a Sancho, el cual viéndose libre y en el suelo, miró lo desgarrado del sayo
de monte, y pesole en el alma, que pensó que tenía en el vestido un mayorazgo. En
esto atravesaron al jabalí poderoso sobre una acémila, y cubriéndole con matas de
romero y con ramas de mirto, le llevaron, como en señal de vitoriosos despojos a unas
grandes tiendas de campaña que en la mitad del bosque estaban puestas, donde
hallaron las mesas en orden y la comida aderezada tan suntuosa y grande que se
echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la daba. Sancho,
mostrando las llagas a la Duquesa de su roto vestido, dijo: Si esta caza fuera de liebres
o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de verse en este extremo; yo no sé qué gusto
se recibe de esperar a un animal que, si os alcanza con un colmillo os puede quitar la
vida: yo me acuerdo haber oído cantar un romance antiguo que dice:

De los osos seas comido,


Como Favila el nombrado.

Ese fue un rey godo, dijo Don Quijote, que yendo a caza de montería, le comió
un oso. Eso es lo que yo digo, respondió Sancho, que no querría yo que los príncipes
y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un gusto que parece que no
le había de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido delito alguno.
Antes os engañáis, Sancho, respondió el Duque, porque el ejercicio de la caza de
monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipes que otro alguno.
La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias, para
vencer a su salvo al enemigo; padécense en ella fríos grandísimos y calores
intolerables; menoscábase el ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los
miembros del que la usa, y en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio
de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es para todos, como
lo es el de los otros géneros de caza, excepto el de la volatería, que también es sólo
para reyes y grandes señores. Así que, oh Sancho, mudad de opinión, y cuando seáis
gobernador ocupaos en la caza y veréis como os vale un pan por ciento. Eso no,
respondió Sancho, el buen gobernador la pierna quebrada y en casa: bueno sería que
viniesen los negociantes a buscarle fatigados y él estuviese en el monte holgándose:
así enhoramala andaría el gobierno. Mía fe, señor, la caza y los pasatiempos más han
de ser para los holgazanes que para los gobernadores: en lo que yo pienso
entretenerme es en jugar al triunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos
y fiestas; que esas cazas ni cazos no dicen con mi condición, ni hacen con mi
conciencia. Plega a Dios, Sancho, que así sea; porque del dicho al hecho hay gran
trecho. Haya lo que hubiere, replicó Sancho, que al buen pagador no le duelen
prendas, y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripas llevan pies,
que no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yo hago lo que debo con
buena intención, sin duda que gobernaré mejor que un gerifalte: no sino pónganme el
dedo en la boca y verán si aprieto o no. Maldito seas de Dios y de todos sus santos,
Sancho maldito, dijo Don Quijote, ¿y cuándo será el día, como otras muchas veces he
dicho, donde yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada? Vuestras
grandezas dejen a este tonto, señores míos, que les molerá las almas, no sólo puestas
entre dos, sino entre dos mil refranes traídos tan a sazón y tan a tiempo cuanto le dé
Dios a él la salud, o a mí si los querría escuchar. Los refranes de Sancho Panza, dijo
la Duquesa, puesto que son más que los del comendador griego, no por eso son en
menos de estimar por la brevedad de las sentencias. De mí sé decir que me dan más
gusto que otros, aunque sean mejor traídos y con más sazón acomodados. Con estos
y otros entretenidos razonamientos salieron de la tienda al bosque, y en requerir
algunas paranzas y puestos se les pasó el día y se les vino la noche, y no tan clara ni
tan sesga como la sazón del tiempo pedía, que era en la mitad del verano; pero un
cierto claro escuro que trujo consigo ayudó mucho a la intención de los Duques, y así
como comenzó a anochecer, un poco más adelante del crepúsculo, a deshora pareció
que todo el bosque por todas cuatro partes se ardía, y luego se oyeron por aquí y por
allí, y por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra, como de
muchas tropas de caballería que por el bosque pasaba. La luz del fuego, el son de los
bélicos instrumentos, casi cegaron y atronaron los ojos y los oídos de los circunstantes,
y aun de todos los que en el bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso
de moros cuando entran en las batallas; sonaron trompetas y clarines, retumbaron
tambores, resonaron pífaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, que no
tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantos intrumentos. Pasmóse
el Duque, suspendióse la Duquesa, admirose Don Quijote, tembló Sancho Panza, y
finalmente, aun hasta los mesmos sabidores de la causa se espantaron. Con el temor
les cogió el silencio, y un postillón que en traje de demonio les pasó por delante,
tocando en voz de corneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso
son despedía. Hola, hermano correo, dijo el Duque, ¿quién sois? ¿Adónde vais? ¿Y
qué gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa? A lo que respondió
el correo con voz horrísona y desenfadada: Yo soy el diablo; voy a buscar a Don
Quijote de la Mancha; la gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores,
que sobre un carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso: encantada viene
con el gallardo francés Montesinos a dar orden a Don Quijote de cómo ha de ser
desencantada la tal señora. Si vos fuérades diablo como decís, y como vuestra figura
muestra, ya hubiérades conocido al tal caballero Don Quijote de la Mancha, pues le
tenéis delante. En Dios y en mi conciencia, respondió el Diablo que no miraba en ello;
porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la principal a que
venía se me olvidaba. Sin duda, dijo Sancho que este demonio debe de ser hombre de
bien y buen cristiano; porque a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia: ahora
yo tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente. Luego el
demonio sin apearse, encaminando la vista a Don Quijote, dijo: A ti «el caballero de
los Leones» (que entre las garras dellos te vea yo) me envía el desgraciado pero
valiente caballero Montesinos, mandándome que de su parte te diga que le esperes en
el mismo lugar que te topare, a causa que trae consigo a la que llaman Dulcinea del
Toboso, con orden de darte la que es menester para desencantarla; y por no ser para
más mi venida, no ha de ser más mi estada: los demonios como yo queden contigo, y
los ángeles buenos con estos señores: y en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno,
y volvió las espaldas y fuese, sin esperar respuesta de ninguno. Renovose la
admiración en todos, especialmente en Sancho y Don Quijote: en Sancho en ver que
a despecho de la verdad querían que estuviese encantada Dulcinea; en Don Quijote
por no poder asegurarse si era verdad o no lo que le había pasado en la cueva de
Montesinos; y estando elevado en estos pensamientos, el Duque le dijo: ¿Piensa vuesa
merced esperar, señor Don Quijote? ¿Pues no? respondió él, aquí esperaré intrépido
y fuerte, si me viniese a embestir todo el infierno. Pues si yo veo otro diablo y oigo
otro cuerno como el pasado, así esperaré yo aquí como en Flandes, dijo Sancho. En
esto se cerró más la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por el bosque, bien
así como discurren por el cielo las exhalaciones secas de la tierra, que parecen a
nuestra vista estrellas que corren. Oyose asimismo un espantoso ruido, al modo de
aquel que se causa de las ruedas macizas que suelen traer los carros de bueyes, de
cuyo chirrío áspero y continuado se dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por
donde pasan. Añadiose a toda esta tempestad otra que las aumentó todas, que fue que
parecía verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un
mismo tiempo cuatro reencuentros o batallas, porque allí sonaba el duro estruendo de
espantosa artillería, acullá se disparaban infinitas escopetas, cerca casi sonaban las
voces de los combatientes; lejos se reiteraban los lililíes agarenos. Finalmente las
cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas, los tambores, la
artillería, los arcabuces, y sobre todo, el temeroso ruido de los carros formaban todos
juntos un son tan confuso y tan horrendo, que fue menester que Don Quijote se valiese
de todo su corazón para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con él
desmayado en las faldas de la Duquesa, la cual le recibió en ellas, y a gran priesa
mandó que le echasen agua en el rostro. Hízose así, y él volvió en su acuerdo, a tiempo
que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba a aquel puesto. Tirábanle cuatro
perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en cada cuerno traían atada
y encendida una grande hacha de cera, y encima del carro venía hecho un asiento alto,
sobre el cual venía sentado un venerable viejo con una barba más blanca que la mesma
nieve, y tan luenga, que le pasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de
negro bocací, que por venir el carro lleno de infinitas luces, se podía bien divisar y
discernir todo lo que en él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos del mesmo
bocací, con tan feos rostros, que Sancho, habiéndolos visto una vez, cerró los ojos por
no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al puesto, se levantó de su alto asiento
el viejo venerable, y puesto en pie, dando una gran voz, dijo: Yo soy el sabio
Lirgandeo y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras éste pasó otro carro
de la misma manera con otro viejo entronizado, el cual, haciendo que el carro se
detuviese, con voz no menos grave que el otro dijo: Yo soy el sabio Alquife, el grande
amigo de Urganda la desconocida, y pasó adelante. Luego por el mismo continente
llegó otro carro, pero el que venía sentado en el trono no era viejo como los demás,
sino hombrón robusto y de mala catadura, el cual al llegar, levantándose en pie como
los otros, dijo con voz más ronca y más endiablada: Yo soy Arcalaus el encantador,
enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda su parentela, y pasó adelante. Poco
desviados de allí hicieron alto estos tres carros, y cesó el enfadoso ruido de sus ruedas;
y luego no se oyó otro ruido, sino un son de una suave y concertada música formado,
con que Sancho se alegró, y lo tuvo a buena señal, y así dijo a la Duquesa, de quien
un punto ni un paso se apartaba: Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.
Tampoco donde hay luces y claridad, respondió la Duquesa. A lo que replicó Sancho:
Luz da el fuego, y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan, y bien
podría ser que nos abrasasen; pero la música siempre es indicio de regocijos y de
fiestas. Ello dirá, dijo Don Quijote, que todo lo escuchaba; y dijo bien, como se
muestra en el capítulo siguiente.

Capítulo XXXV
Donde se prosigue la noticia que tuvo Don Quijote del desencanto de Dulcinea, con
otros admirables sucesos

Al compás de la agradable música vieron que hacia ellos venía un carro de los
que llaman triunfales, tirado de seis mulas pardas, encubertadas, empero de lienzo
blanco, y sobre cada una venía un diciplinante de luz, asimesmo vestido de blanco,
con una hacha de cera grande encendida, en la mano. Era el carro dos veces, y aun
tres, mayor que los pasados, y los lados y encima dél ocupaban doce otros
diciplinantes albos como la nieve, todos con sus hachas encendidas, vista que
admiraba y espantaba juntamente; y en un levantado trono venía sentada una ninfa,
vestida de mil velos de tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de
argentería de oro, que la hacían, si no rica, a lo menos, vistosamente vestida: traía el
rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo que sin impedirlo sus
lizos por entre ellos se descubría un hermosísimo rostro de doncella, y las muchas
luces daban lugar para distinguir la belleza y los años, que al parecer, no llegaban a
veinte, ni bajaban de diecisiete. Junto a ella venía una figura vestida de una ropa de
las que llaman rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero
al punto que llegó el carro a estar frente a frente de los Duques y de Don Quijote cesó
la música de las chirimías, y luego la de las arpas y laúdes que en el carro sonaban; y
levantándose en pie la figura de la ropa, la apartó a entrambos lados y quitándose el
velo del rostro descubrió patentemente ser la mesma figura de la muerte, descarnada
y fea, de que Don Quijote recibió pesadumbre ,y Sancho miedo, y los Duques hicieron
algún sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo
dormida y con lengua no muy despierta, comenzó a decir desta manera:

Yo soy Merlín, aquel que las historias


dicen que tuve por mi padre al diablo
(Mentira autorizada de los tiempos),
príncipe de la Mágica y monarca
y archivo de la ciencia zoroástrica,
émulo a las edades y a los siglos,
que solapar pretenden las hazañas
de los andantes bravos caballeros,
a quien yo tuve y tengo gran cariño.
Y puesto que es de los encantadores,
de los magos o mágicos contino
dura la condición, áspera y fuerte,
la mía es tierna, blanda y amorosa,
y amiga de hacer bien a todas gentes.
En las cavernas lóbregas de Dite,
donde estaba mi alma entretenida
en formar ciertos rombos y caráteres,
llegó la voz doliente de la bella
y sin par Dulcinea del Toboso.
Supe su encantamento y su desgracia,
y su trasformación de gentil dama
en rústica aldeana; condolíme,
y encerrando mi espíritu en el hueco
desta espantosa y fiera notomía,
después de haber revuelto cien mil libros
desta mi ciencia endemoniada y torpe,
vengo a dar el remedio que conviene
a tamaño dolor, a mal tamaño.
¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
las túnicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y guía
de aquellos que, dejando el torpe sueño
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo, ¡oh varón como se debe
por jamás alabado! a ti, valiente
juntamente y discreto Don Quijote,
de la Mancha esplendor, de España estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso,
es menester que Sancho tu escudero
de dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo,
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis señores.

Voto a tal, dijo a esta sazón Sancho, no digo yo tres mil azotes, pero así me daré
yo tres como tres puñaladas. Válate el diablo por modo de desencantar: yo no sé qué
tienen que ver mis posas con los encantos. Par Dios que si el señor Merlín no ha
hallado otra manera como desencantar a la señora Dulcinea del Toboso, encantada se
podrá ir a la sepultura. Tomaros he yo, dijo Don Quijote, don villano, harto de ajos, y
amarraros he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió, y no digo yo tres mil
y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que no se os
caigan a tres mil y trecientos tirones; y no me repliquéis palabra, que os arrancaré el
alma. Oyendo lo cual Merlín dijo: No ha de ser así; porque los azotes que ha de recebir
el buen Sancho han de ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que él
quisiere; que no se le pone término señalado; pero permítesele que si él quisiere
redimir su vejación por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se los dé ajena
mano, aunque sea algo pesada. Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar, replicó
Sancho, a mí no me ha de tocar alguna mano. ¿Parí yo por ventura a la señora Dulcinea
del Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo sí
que es parte suya; pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo suyo,
se puede y debe azotar por ella y hacer todas las diligencias necesarias para su
desencanto; pero ¿azotarme yo? Abernuncio. Apenas acabó de decir esto Sancho,
cuando levantándose en pie la argentada ninfa que junto al espíritu de Merlín venía,
quitándose el sutil velo del rostro, le descubrió tal, que a todos pareció más que
demasiadamente hermoso; y con un desenfado varonil y con una voz no muy
adamada, hablando derechamente con Sancho Panza, dijo: Oh malaventurado
escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y
apedernaladas, si te mandaran, ladrón, desuellacaras, que te arrojaras de una alta torre
al suelo; si te pidieran, enemigo del género humano, que te comieras una docena de
sapos, dos de lagartos y tres de culebras, si te persuadieran a que mataras a tu mujer y
a tus hijos con algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras
melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que no hay niño
de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva, espanta
a todas las entrañas piadosas de los que lo escuchan, y aun las de todos aquellos que
lo vinieren a saber con el discurso del tiempo. Pon, oh miserable y endurecido animal,
pon, digo, esos tus ojos de machuelo espantadizo en las niñas destos míos,
comparados a rutilantes estrellas, y veráslos llorar hilo a hilo, y madeja a madeja,
haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas. Muévate,
socarrón y malintencionado monstruo, que la edad tan florida mía, que aún se está
todavía en el diez y... de los años, pues tengo diez y nueve y no llego a veinte, se
consume y marchita debajo de la corteza de una rústica labradora; y si ahora no lo
parezco, es merced particular que me ha hecho el señor Merlín, que está presente, sólo
porque te enternezca mi belleza; que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven
en algodón los riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión
indómito, y saca de harón ese brío, que a sólo comer y más comer te inclina, y pon en
libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi condición y la belleza de mi
faz; y si por mí no quieres ablandarte ni reducirte a algún razonable término, hazlo
por ese pobre caballero que a tu lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo
el alma, que la tiene atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no
espera sino tu rígida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse al
estómago.
Tentose, oyendo esto la garganta Don Quijote y dijo, volviéndose al Duque: Por
Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el alma atravesada en la
garganta como una nuez de ballesta. ¿Qué decís vos a esto, Sancho? preguntó la
Duquesa. Digo, señora, respondió Sancho, lo que tengo dicho: que de los azotes,
abernuncio. Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no como decís, dijo el Duque.
Déjeme vuestra grandeza, respondió Sancho, que no estoy agora para mirar en
sotilezas ni en letras más a menos; porque me tienen tan turbado estos azotes que me
han de dar, o me tengo de dar, que no sé lo que me digo, ni lo que me hago. Pero
querría yo saber de la señora mi señora doña Dulcinea del Toboso adónde aprendió el
modo de rogar que tiene: viene a pedirme que me abra las carnes a azotes, y llámame
alma de cántaro y bestión indómito, con una tiramira de malos nombres, que el diablo
los sufra. ¿Por ventura son mis carnes de bronce? ¿O vame a mí algo en que se
desencante o no? ¿Qué canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de
escarpines, anque no los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y
otro, sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube ligero
por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y a Dios rogando y con el mazo
dando, y que más vale un toma que dos te daré? Pues el señor mi amo, que había de
traerme la mano por el cerro y halagarme para que yo me hiciese de lana y de algodón
cardado, dice que si me coge, me amarrará desnudo a un árbol y me doblará la parada
de los azotes; y habían de considerar estos lastimados señores que no solamente piden
que se azote un escudero, sino un gobernador; como quien dice, bebe con guindas.
Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a tener
crianza; que no son todos los tiempos unos, ni están los hombres siempre de un buen
humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo verde roto, y vienen a
pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan ajena dello como de volverme
cacique. Pues en verdad, amigo Sancho, dijo el Duque, que si no os ablandáis más que
una breva madura, que no habéis de empuñar el gobierno. Bueno sería que yo enviase
a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que no se doblega a
las lágrimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos, imperiosos y
antiguos encantadores y sabios. En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado, o
os han de azotar, o no habéis de ser gobernador. Señor, respondió Sancho, ¿no se me
darían dos días de término para pensar lo que me está mejor? No; en ninguna manera,
dijo Merlín, aquí en este instante y en este lugar ha de quedar asentado lo que ha de
ser deste negocio: o Dulcinea volverá a la cueva de Montesinos y a su prístino estado
de labradora, o ya, en el ser que está, será llevada a los elíseos campos, donde estará
esperando se cumpla el número del vápulo. Ea, buen Sancho, dijo la Duquesa, buen
ánimo y buena correspondencia al pan que habéis comido del señor Don Quijote, a
quien todos debemos servir y agradar, por su buena condición y por sus altas
caballerías. Dad el sí, hijo, desta azotaina, y váyase el diablo para diablo y el temor
para mezquino; que un buen corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.
A estas razones respondió con éstas disparatadas Sancho, que, hablando con Merlín,
le preguntó: Dígame vuesa merced, señor Merlín, cuando llegó aquí el diablo correo
y dio a mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole de su parte que le
esperase aquí, porque venía a dar orden de que la señora doña Dulcinea del Toboso
se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sus semejas. A lo
cual respondió Merlín: El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo
bellaco; yo le envié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino
mío; porque Montesinos se está en su cueva entendiendo, o, por mejor decir,
esperando su desencanto, que aún le falta la cola por desollar: si os debe algo, o tenéis
alguna cosa que negociar con él, yo os lo traeré y pondré donde vos más quisiéredes;
y por agora, acabad de dar el sí desta diciplina, y creedme que os será de mucho
provecho, así para el alma como para el cuerpo; para el alma, por la caridad con que
la haréis; para el cuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os
podrá hacer daño sacaros un poco de sangre. Muchos médicos hay en el mundo; hasta
los encantadores son médicos, replicó Sancho; pero pues todos me lo dicen, aunque
yo no me lo veo, digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con
condición que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga
tasa en los días ni en el tiempo; y yo procuraré salir de la deuda lo más presto que sea
posible, porque goce el mundo de la hermosura de la señora doña Dulcinea del
Toboso, pues según parece, al revés de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha
de ser también condición que no he de estar obligado a sacarme sangre con la
diciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta.
Item, que si me errare en el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener
cuidado de contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran. De las
sobras no habrá que avisar, respondió Merlín, porque llegando al cabal número, luego
quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea, y vendrá a buscar, como
agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun premios, por la buena obra. Así
que no hay de qué tener escrúpulo de las sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que
yo engañe a nadie, aunque sea en un pelo de la cabeza. Ea pues, a la mano de Dios,
dijo Sancho, yo consiento en mi mala ventura, digo que yo acepto la penitencia con
las condiciones apuntadas. Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió
a sonar la música de las chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y Don
Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en las mejillas.
La Duquesa y el Duque y todos los circunstantes dieron muestras de haber recebido
grandísimo contento, y el carro comenzó a caminar, y al pasar la hermosa Dulcinea,
inclinó la cabeza a los Duques y hizo una gran reverencia a Sancho: y ya en esto, se
venía a más andar el alba, alegre y risueña; las florecillas de los campos se descollaban
y erguían, y los líquidos cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y
pardas guijas, iban a dar tributo a los ríos que los esperaban: la tierra alegre, el cielo
claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos daban manifiestas
señales que el día que al aurora venía pisando las faldas había de ser sereno y claro.
Y satisfechos los Duques de la caza, y de haber conseguido su intención tan discreta
y felicemente, se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas;
que para ellos no había veras que más gusto les diesen.

Capítulo XXXVI
Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña dolorida, alias
de la Condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa
Panza

Tenía un mayordomo el Duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual


hizo la figura de Merlín y acomodó todo el aparato de la aventura pasada, compuso
los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con intervención de sus
señores ordenó otra, del más gracioso y extraño artificio que puede imaginarse.
Preguntó la Duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de la penitencia
que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí, y que aquella noche se
había dado cinco azotes. Preguntole la Duquesa que con qué se los había dado.
Respondió que con la mano. Eso, replicó la Duquesa más es darse de palmadas que
de azotes; yo tengo para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura:
menester será que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de
canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan
barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea, por tan poco precio; y
advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen
mérito, ni valen nada. A lo que respondió Sancho: Deme vuestra señoría alguna
diciplina o ramal conveniente, que yo me daré con él, como no me duela demasiado:
porque hago saber a vuesa merced que, aunque soy rústico, mis carnes tienen más de
algodón que de esparto, y no será bien que yo me descríe por el provecho ajeno. Sea
en buena hora, respondió la Duquesa : yo os daré mañana una diciplina que os venga
muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes, como si fueran sus
hermanas propias. A lo que dijo Sancho: Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima,
que yo tengo escrita una carta a mi mujer Teresa Panza dándole cuenta de todo lo que
me ha sucedido después que me aparté della: aquí la tenga en el seno, que no le falta
más de ponerle el sobrescrito; querría que vuestra discreción la leyese, porque me
parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo que deben de escribir los
gobernadores. ¿Y quién la notó? preguntó la Duquesa. ¿Quién la había de notar sino
yo, pecador de mí? respondió Sancho ¿Y escribístesla vos? dijo la Duquesa. Ni por
pienso, respondió Sancho: porque yo no sé leer ni escribir, puesto que sé firmar.
Veámosla, dijo la Duquesa, que a buen seguro que vos mostréis en ella la calidad y
suficiencia de vuestro ingenio. Sacó Sancho una carta abierta del seno, y tomándola
la Duquesa, vio que decía desta manera:
Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer
«Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba: si buen gobierno me tengo,
buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, Teresa mía, por ahora; otra vez lo
sabrás. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo
que hace al caso; porque todo otro andar es andar a gatas. Mujer de un gobernador
eres, mira si te roerá nadie los zancajos. Ahí te envío un vestido verde de cazador, que
me dio mi señora la Duquesa: acomódale en modo, que sirva de saya y cuerpos a
nuestra hija. Don Quijote mi amo, según he oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo
y un mentecato gracioso; y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de
Montesinos, y el sabio Merlín ha echado mano de mí para el desencanto de Dulcinea
del Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo. Con tres mil y trecientos azotes,
menos cinco, que me he de dar, quedará desencantada como la madre que la parió. No
dirás desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco,
y otros que es negro. De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con
grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores
nuevos van con este mesmo deseo; tomarele el pulso, y avisarete si has de venir a
estar conmigo, o no. El rucio está bueno y se te encomienda mucho, y no le pienso
dejar aunque me llevaran a ser gran turco. La Duquesa mi señora te besa mil veces las
manos; vuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos cueste ni valga
más barata, según dice mi amo, que los buenos comedimientos. No ha sido Dios
servido de depararme otra maleta con otros cien escudos, como la de marras, pero no
te dé pena, Teresa mía; que en salvo está el que repica, y todo saldrá en la colada del
gobierno; sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que
me tengo de comer las manos tras él, y si así fuese, no me costaría muy barato; aunque
los estropeados y mancos ya se tienen su calonjía en la limosna que piden: así que,
por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dios te la dé, como puede,
y a mí me guarde para servirte. Deste castillo a 20 de julio de 1614.
Tu marido el gobernador,
Sancho Panza.
En acabando la Duquesa de leer la carta, dijo a Sancho: En dos cosas anda un
poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir o dar a entender que este
gobierno se le han dado por los azotes que se ha de dar, sabiendo él, que no lo puede
negar, que cuando el Duque mi señor se le prometió, no se soñaba haber azotes en el
mundo; la otra es que se muestra en ella muy codicioso, y no querría que orégano
fuese; porque la codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia
desgobernada. Yo no lo digo por tanto, señora, respondió Sancho, y si a vuesa merced
le parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer otra nueva,
y podría ser que fuese peor, si me lo dejan a mi caletre. No, no, replicó la Duquesa:
buena está ésta, y quiero que el Duque la vea. Con esto se fueron a un jardín donde
habían de comer aquel día. Mostró la Duquesa la carta de Sancho al Duque, de que
recibió grandísimo contento. Comieron, y después de alzados los manteles, y después
de haberse entretenido un buen espacio con la sabrosa conversación de Sancho, a
deshora se oyó el son tristísimo de un pífaro y el de un ronco y destemplado tambor.
Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial y triste armonía, especialmente
Don Quijote, que no cabía en su asiento, de puro alborotado; de Sancho no hay que
decir sino que el miedo le llevó a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de
la Duquesa, porque real y verdaderamente el son que se escuchaba era tristísimo y
melancólico. Y estando todos así suspensos, vieron entrar por el jardín adelante dos
hombres vestidos de luto, tan luego y tendido, que les arrastraba por el suelo; éstos
venían tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de negro. A su lado venía
el pífaro, negro y pizmiento como los demás. Seguía a los tres un personaje de cuerpo
agigantado, amantado, no que vestido, con una negrísima loba, cuya falda era
asimismo desaforada de grande. Por encima de la loba le ceñía y atravesaba un ancho
tahalí, también negro, de quien pendía un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina
negra. Venía cubierto el rostro con un transparente velo negro, por quien se
entreparecía una longísima barba, blanca como la nieve. Movía el paso al son de los
tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura
y su acompañamiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que sin conocerle le
miraron. Llegó, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas ante
el Duque, que en pie, con los demás que allí estaban, le atendía. Pero el Duque en
ninguna manera le consintió hablar hasta que se levantase. Hízolo así el espantajo
prodigioso, y puesto en pie, alzó el antifaz del rostro, y hizo patente la más horrenda,
la más larga, la más blanca y más poblada barba que hasta entonces humanos ojos
habían visto, y luego desencajó y arrancó del ancho y dilatado pecho una voz grave y
sonora, y poniendo los ojos en el Duque dijo: Altísimo y poderoso señor, a mí me
llaman Trifaldín el de la barba blanca; soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro
nombre llamada la Dueña Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una
embajada, y es que la vuestra magnificencia sea servida de darle facultad y licencia
para entrar a decirle su cuita, que es una de las más nuevas y más admirables que el
más cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado: y primero quiere saber si está
en este vuestro castillo el valeroso y jamás vencido caballero Don Quijote de la
Mancha, en cuya busca viene a pie y sin desayunarse desde el reino de Candaya hasta
este vuestro estado, cosa que se puede y debe tener a milagro, o a fuerza de
encantamento: ella queda a la puerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda
para entrar sino vuestro beneplácito. Dije. Y tosió luego, y manoseose la barba de
arriba abajo con entrambas manos, y con mucho sosiego estuvo atendiendo la
respuesta del Duque, que fue: Ya, buen escudero Trifaldín de la blanca barba, ha
muchos días que tenemos noticia de la desgracia de mi señora la Condesa Trifaldi, a
quien los encantadores la hacen llamar la Dueña Dolorida; bien podéis, estupendo
escudero, decirle que entre, y que aquí está el valiente caballero Don Quijote de la
Mancha, de cuya condición generosa puede prometerse con seguridad todo amparo y
toda ayuda; y asimismo le podréis decir de mi parte que si mi favor le fuere necesario,
no le ha de faltar, pues ya me tiene obligado a dársele el ser caballero, a quien es anejo
y concerniente favorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las dueñas viudas,
menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su señoría.
Oyendo lo cual Trifaldín, inclinó la rodilla hasta el suelo, y haciendo al pífaro y
tambores señal que tocasen, al mismo son y al mismo paso que había entrado se volvió
a salir del jardín, dejando a todos admirados de su presencia y compostura. Y
volviéndose el Duque a Don Quijote, le dijo: En fin, famoso caballero, no pueden las
tinieblas de la malicia ni de la ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la
virtud. Digo esto, porque apenas ha seis días que la vuestra bondad está en este
castillo, cuando ya os vienen a buscar de lueñes y apartadas tierras, y no en carrozas
ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas, los tristes, los afligidos, confiados que han
de hallar en ese fortísimo brazo el remedio de sus cuitas y trabajos, merced a vuestras
grandes hazañas, que corren y rodean todo lo descubierto de la tierra. Quisiera yo,
señor Duque, respondió Don Quijote, que estuviera aquí presente aquel bendito
religioso que a la mesa, el otro día mostró tener tan mal talante y tan mala ojeriza
contra los caballeros andantes, para que viera por vista de ojos si los tales caballeros
son necesarios en el mundo: tocara, por lo menos, con la mano que los
extraordinariamente afligidos y desconsolados, en casos grandes y en desdichas
inormes no van a buscar su remedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes
de las aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los términos de su lugar,
ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas que procura
hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban. El remedio de las
cuitas, el socorro de las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las
viudas, en ninguna suerte de personas se halla mejor que en los caballeros andantes,
y de serlo yo doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier
desmán y trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta
dueña y pida lo que quisiere, que yo le libraré su remedio en la fuerza de mi brazo y
en la intrépida resolución de mi animoso espíritu.
Capítulo XXXVII
Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

En extremo se holgaron el Duque y la Duquesa de ver cuán bien iba respondiendo


a su intención Don Quijote, y a esta sazón dijo Sancho: No querría yo que esta señora
dueña pusiese algún tropiezo a la promesa de mi gobierno, porque yo he oído decir a
un boticario toledano que hablaba como un silguero que donde interviniesen dueñas
no podía suceder cosa buena. ¡Válame Dios, y qué mal estaba con ellas el tal boticario!
De lo que yo saco que, pues todas las dueñas son enfadosas e impertinentes, de
cualquiera calidad y condición que sean, ¿qué serán las que son doloridas, como han
dicho que es esta condesa tres faldas, o tres colas? Que en mi tierra faldas y colas,
colas y faldas, todo es uno. Calla, Sancho amigo, dijo Don Quijote, que pues esta
señora dueña de tan lueñes tierras viene a buscarme, no debe de ser de aquellas que el
boticario tenía en su número, cuanto más que ésta es condesa, y cuando las condesas
sirven de dueñas será sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus casas son
señorísimas que se sirven de otras dueñas. A esto respondió doña Rodríguez, que se
halló presente: Dueñas tiene mi señora la Duquesa en su servicio, que pudieran ser
condesas si la fortuna quisiera; pero allá van leyes do quieren reyes, y nadie diga mal
de las dueñas, y más de las antiguas y doncellas; que aunque yo no lo soy, bien se me
alcanza y se me trasluce la ventaja que hace una dueña doncella a una dueña viuda; y
quien a nosotras trasquiló, las tijeras le quedaron en la mano. Con todo eso, replicó
Sancho, hay tanto que trasquilar en las dueñas, según mi barbero, cuanto será mejor
no menear el arroz, aunque se pegue. Siempre los escuderos, respondió doña
Rodríguez, son enemigos nuestros, que como son duendes de las antesalas y nos ven
a cada paso, los ratos que no rezan (que son muchos) los gastan en murmurar de
nosotras, desenterrándonos los huesos y enterrándonos la fama. Pues mándoles yo a
los leños movibles que mal que les pese hemos de vivir en el mundo y en las casas
principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil nuestras
delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un muladar con un tapiz en
día de procesión. A fe que si me fuera dado y el tiempo lo pidiera, que yo diera a
entender no sólo a los presentes, sino a todo el mundo, cómo no hay virtud que no se
encierre en una dueña.

Yo creo, dijo la Duquesa que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muy
grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demás dueñas,
para confundir la mala opinión de aquel mal boticario, y desarraigar la que tiene en su
pecho el gran Sancho Panza. A lo que Sancho respondió: Después que tengo humos
de gobernador se me han quitado los vaguidos de escudero, y no se me da por cuantas
dueñas hay un cabrahigo. Adelante pasaran con el coloquio dueñesco, si no oyeran
que el pífaro y los tambores volvían a sonar, por donde entendieron que la Dueña
Dolorida entraba. Preguntó la Duquesa al Duque si sería bien ir a recebirla, pues era
condesa y persona principal. Por lo que tiene de condesa, respondió Sancho, antes que
el Duque respondiese, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero
por lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso. ¿Quién te mete a ti en esto,
Sancho? dijo Don Quijote, ¿Quién, señor? respondió Sancho, yo me meto, que puedo
meterme, como escudero que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de
vuesa merced, que es el más cortés y bien criado caballero que hay en toda la
cortesanía; y en estas cosas, según he oído decir a vuesa merced, tanto se pierde por
carta de más como por carta de menos; y al buen entendedor, pocas palabras. Así es,
como Sancho dice, dijo el Duque: veremos el talle de la condesa, y por él tantearemos
la cortesía que se le debe. En esto entraron los tambores y el pífaro, como la vez
primera. Y aquí, con este breve capítulo, dio fin el autor, y comenzó el otro, siguiendo
la mesma aventura, que es una de las más notables de la historia.
Capítulo XXXVIII
Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la Dueña Dolorida

Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante hasta
cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos monjiles
anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas blancas de delgado canequí,
tan luengas que sólo el ribete del monjil descubrían. Tras ellas venía la Condesa
Trifaldi, a quien traía de la mano el escudero Trifaldín de la blanca barba, vestida de
finísima y negra bayeta por frisar, que a venir frisada, descubriera cada grano del
grandor de un garbanzo de los buenos de Martos: la cola o falda o como llamarla
quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes,
asimismo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática figura con aquellos tres
ángulos acutos que las tres puntas formaban, por lo cual cayeron todos los que la falda
puntiaguda miraron que por ella se debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos
la condesa de las tres faldas: y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio
apellido se llamó la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos
lobos; y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por ser
costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de sus nombres de la
cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta condesa, por favorecer la
novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el Trifaldi. Venían las doce dueñas y la
señora a paso de procesión, cubiertos los rostros con unos velos negros, y no
trasparentes como el de Trifaldín, sino tan apretados que ninguna cosa se traslucían.
Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el Duque, la Duquesa y Don
Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesión miraban.
Pararon las doce dueñas, y hicieron calle, por medio de la cual la Dolorida se adelantó,
sin dejarla de la mano Trifaldín. Viendo lo cual el Duque, la Duquesa y Don Quijote,
se adelantaron obra de doce pasos a recebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con
voz antes basta y ronca que sutil y delicada, dijo: Vuestras grandezas sean servidas de
no hacer tanta cortesía a este su criado, digo a esta su criada, porque según soy de
dolorida, no acertaré a responder a lo que debo, a causa que mi extraña y jamás vista
desdicha me ha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues
cuanto más le busco menos le hallo. Sin él estaría, respondió el Duque, señora
condesa, el que no descubriese por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver,
es merecedor de toda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadas
ceremonias; y levantándola de la mano la llevó a asentar en una silla junto a la
Duquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento. Don Quijote callaba,
y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de alguna de sus muchas
dueñas; pero no fue posible, hasta que ellas de su grado y voluntad se descubrieron.
Sosegados todos, y puestos en silencio, estaban esperando quién le había de romper,
y fue la Dueña Dolorida, con estas palabras: Confiada estoy, señor poderosísimo,
hermosísima señora y discretísimos circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en
vuestros valerosísimos pechos acogimiento, no menos plácido que generoso y
doloroso; porque ella es tal, que es bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar
los diamantes, y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo;
pero antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisiera que me
hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía, el acendradísimo caballero
Don Quijote de la Manchísima, y su escuderísimo Panza. El Panza, antes que otro
respondiese, dijo Sancho aquí esta, y el don Quijotísimo asimismo, y así podréis,
dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prontos y
aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos. En esto se levantó Don Quijote, y
encaminando sus razones a la Dolorida Dueña, dijo: Si vuestras cuitas, angustiada
señora, se pueden prometer alguna esperanza de remedio por algún valor o fuerzas de
algún andante caballero, aquí están las mías, que, aunque flacas y breves, todas se
emplearán en vuestro servicio. Yo soy Don Quijote de la Mancha, cuyo asunto es
acudir a toda suerte de menesterosos; y siendo esto así, como lo es, no habéis
menester, señora, captar benevolencias, ni buscar preámbulos, sino a la llana y sin
rodeos decir vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si no remediarlos,
dolerse dellos. Oyendo lo cual la Dolorida Dueña hizo señal de querer arrojarse a los
pies de Don Quijote, y aun se arrojó, y pugnando por abrazárselos, decía: Ante estos
pies y piernas me arrojo, oh caballero invicto, por ser los que son basas y colunas de
la andante caballería; estos pies quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga todo el
remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás
y escurecen las fabulosas de los Amadises, Esplandianes y Belianises! Y dejando a
Don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y asiéndole de las manos, le dijo: ¡Oh tú el
más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en los presentes ni en los
pasados siglos, más luengo en bondad que la barba de Trifaldín, mi acompañador, que
esta presente! Bien puedes preciarte que en servir al gran Don Quijote sirves en cifra
a toda la caterva de caballeros que han tratado las armas en el mundo. Conjúrote por
lo que debes a tu bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño para que
luego favorezca a esta humilísima y desdichadísima condesa. A lo que respondió
Sancho: De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba de
vuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes tenga yo mi
alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa; que de las barbas de acá poco o
nada me curo; pero sin esas socaliñas ni plegarias yo rogaré a mi amo, (que sé que me
quiere bien, y más agora que me ha menester para cierto negocio) que favorezca y
ayude a vuesa merced en todo lo que pudiere: vuesa merced desembaúle su cuita, y
cuéntenosla, y deje hacer, que todos nos entenderemos. Reventaban de risa con estas
cosas los Duques, como aquellos que habían tomado el pulso a la tal aventura, y
alababan entre sí la agudeza y disimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a
sentar, dijo: Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar
del Sur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doña Maguncia,
viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio tuvieron y procrearon
a la infanta Antonomasia, heredera del reino; la cual dicha infanta Antonomasia se
crió y creció debajo de mi tutela y doctrina, por ser yo la más antigua y la más principal
dueña de su madre. Sucedió, pues, que yendo días y viniendo días, la niña
Antonomasia llegó a edad de catorce años, con tan gran perfección de hermosura, que
no la pudo subir más de punto la naturaleza. Pues digamos agora que la discreción era
mocosa: así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya los
hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre de la vida;
pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se haga tanto mal a la tierra
como sería llevarse en agraz el racimo del más hermoso veduño del suelo. De esta
hermosura, y no como se debe encarecida de mi torpe lengua, se enamoró un número
infinito de príncipes, así naturales como extranjeros, entre los cuales osó levantar los
pensamientos al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,
confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades y gracias, y
facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras grandezas, si no lo
tienen por enojo, que tocaba una guitarra, que la hacía hablar; y más que era poeta, y
gran bailarín, y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a hacerlas pudiera
ganar la vida, cuando se viera en extrema necesidad; que todas estas partes y gracias
son bastantes a derribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su
gentileza y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna parte
para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras no usara del remedio de
rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín y desalmado vagamundo
granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para que yo, mal alcaide, le entregase
las llaves de la fortaleza que guardaba. En resolución, él me aduló el entendimiento y
me rindió la voluntad con no sé qué dijes y brincos que me dio; pero lo que más me
hizo postrar y dar conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche,
desde una reja que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no me acuerdo,
decían:

De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por más tormento, quiere
que se sienta y no se diga.

Pareciome la trova de perlas, y su voz de almíbar, y después acá, digo, desde


entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantes versos, he considerado
que de las buenas y concertadas repúblicas se habían de desterrar los poetas, como
aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos, porque escriben unas coplas, no como las
del Marqués de Mantua, que entretienen y hacen llorar a los niños y a las mujeres,
sino unas agudezas, que a modo de blandas espinas os atraviesan el alma, y como
rayos os hieren en ella, dejando sano el vestido.

Y otra vez cantó:


...Ven, muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.

Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos


suspenden. ¿Pues qué cuando se humillan a componer un género de verso que en
Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí era el brincar de
las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los cuerpos, y finalmente, el azogue
de todos los sentidos. Y así digo, señores míos, que los tales trovadores con justo título
los debían desterrar a las islas de los lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino los
simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la buena dueña que
debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, ni había de creer ser verdad
aquel decir: vivo muriendo, ardo en el hielo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza,
pártome y quédome, con otros imposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos.
¿Pues qué cuando prometen el fénix de Arabia, la corona de Ariadna, los caballos del
Sol, del Sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el bálsamo? Aquí es donde ellos
alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamás piensan ni pueden
cumplir. ¿Pero dónde me divierto? ¡Ay de mí desdichada! ¿Qué locura o qué desatino
me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí
otra vez sin ventura! Que no me rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me
ablandaron las músicas, sino mi liviandad; mi mucha ignorancia y mi poco
advertimiento abrieron el camino y desembarazaron la senda a los pasos de don
Clavijo, que éste es el nombre del referido caballero; y así siendo yo la medianera, él
se halló una y muy muchas veces en la estancia de la por mí y no por él engañada
Antonomasia, debajo del título de verdadero esposo, que aunque pecadora no
consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de sus zapatillas. No,
no, eso no, el matrimonio ha de ir adelante en cualquier negocio déstos que por mí se
tratare. Solamente hubo un daño en este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser
don Clavijo un caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he
dicho, del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi
recato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a más andar no sé
qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en bureo a los
tres, y salió del que antes que se saliese a luz el mal recado, don Clavijo pidiese ante
el vicario por su mujer a Antonomasia, en fe de una cédula que de ser su esposa la
Infanta le había hecho, notada por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no
pudieran romperla. Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal
vicario la confesión a la señora, confesó de plano, mandola depositar en casa de un
alguacil de corte muy honrado. A esta sazón dijo Sancho: ¿También en Candaya hay
alguaciles de corte, poetas y seguidillas? Por lo que puedo jurar que imagino que todo
el mundo es uno; pero dése vuesa merced priesa, señora Trifaldi; que es tarde, y ya
me muero por saber el fin desta tan larga historia. Sí haré, respondió la Condesa.

Capítulo XXXIX
Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia

De cualquiera palabra que Sancho decía, la Duquesa gustaba tanto como se


desesperaba Don Quijote, y mandándole que callase, la Dolorida prosiguió diciendo:
En fin al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se estaba siempre
en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaración, el vicario sentenció en favor
de don Clavijo, y se la entregó por su legítima esposa, de lo que recibió tanto enojo la
reina doña Maguncia, madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres días la
enterramos. Debió de morir sin duda, dijo Sancho. Claro está, respondió Trifaldín,
que en Candaya no se entierran las personas vivas, sino las muertas. Ya se ha visto,
señor escudero, replicó Sancho, enterrar un desmayado creyendo ser muerto: y
parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligada a desmayarse antes que a
morirse, que con la vida muchas cosas se remedian, y no fue tan grande el disparate
de la infanta que obligase a sentirle tanto. Cuando se hubiera casado esa señora con
algún paje suyo, o con otro criado de su casa, como han hecho otras muchas, según
he oído decir, fuera el daño sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan
gentil hombre y tan entendido como aquí nos le han pintado, en verdad en verdad que,
aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque según las reglas de mi
señor, que está presente, y no me dejará mentir, así como se hacen de los hombres
letrados los obispos, se pueden hacer de los caballeros, y más si son andantes, los
reyes y los emperadores. Razón tienes, Sancho, dijo Don Quijote, porque un caballero
andante, como tenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayor
señor del mundo. Pero pase adelante la señora Dolorida; que a mí se me trasluce que
le falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia. Y cómo si queda lo
amargo, respondió la condesa, y tan amargo, que en su comparación son dulces las
tueras y sabrosas las adelfas. Muerta pues la reina, y no desmayada, la enterramos; y
apenas la cubrimos con la tierra y apenas le dimos el último vale, cuando «¿quis talia
fando temperet a lacrymis?», puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de
la sepultura de la reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que
junto con ser cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de
su cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de la
demasía de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura, a ella,
convertida en una jimia de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo de un metal no
conocido, y entre los dos está un padrón, asimismo de metal, y en él escritas en lengua
siríaca unas letras, que habiéndose declarado en la candayesca, y ahora en la
castellana, encierran esta sentencia: «No cobrarán su primera forma estos dos
atrevidos amantes hasta que el valeroso Manchego venga conmigo a las manos en
singular batalla; que para solo su gran valor guardan los hados esta nunca vista
aventura.»

Hecho esto sacó de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y asiéndome a mí


por los cabellos hizo finta de querer segarme la gola y cortarme a cercen la cabeza.
Turbeme; pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo extremo; pero con
todo me esforcé lo más que pude, y con voz tembladora y doliente, le dije tantas y
tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución de tan riguroso castigo. Finalmente,
hizo traer ante sí todas las dueñas de palacio, que fueron éstas que están presentes, y
después de haber exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas,
sus malas mañas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenía, dijo
que no quería con pena capital castigarnos, sino con otras penas dilatadas, que nos
diesen una muerte civil y continua; y en aquel mismo momento y punto que acabó de
decir esto, sentimos todas que se nos abrían los poros de la cara, y que por toda ella
nos punzaban como con puntas de agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros,
y hallámonos de la manera que ahora veréis; y luego la Dolorida y las demás dueñas
alzaron los antifaces con que cubiertas venían, y descubrieron los rostros, todos
poblados de barbas, cuáles rubias, cuáles negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas,
de cuya vista mostraron quedar admirados el Duque y la Duquesa, pasmados Don
Quijote y Sancho, y atónitos todos los presentes; y la Trifaldi prosiguió: Desta manera
nos castigó aquel follón y mal intencionado de Malambruno, cubriendo la blandura y
morbidez de nuestros rostros con la aspereza de estas cerdas; que pluguiera al cielo
que antes con su desmesurado alfanje nos hubiera derribado las testas, que no que nos
asombrara la luz de nuestras caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos
en cuenta, señores míos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes; pero la consideración de nuestra desgracia, y los mares que hasta aquí han
llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y así lo diré sin lágrimas): digo
pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué padre o qué madre se dolerá
de ella? ¿Quién la dará ayuda? Pues aun cuando tiene la tez lisa y el rostro martirizado
con mil suertes de menjurjes y mudas apenas halla quien bien la quiera, ¿qué hará
cuando descubra hecho un bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías! en
desdichado punto nacimos; en hora menguada nuestros padres nos engendraron; y
diciendo esto dio muestras de desmayarse.

Capítulo XL
De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia
Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como ésta
deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad
que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por menuda que fuese, que
no la sacase a luz distintamente. Pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones,
responde a las tacitas, aclara las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los
átomos del más curioso deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh Don Quijote
dichoso! ¡Oh Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno
de por sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes.
Dice, pues, la historia que así como Sancho vio desmayada a la Dolorida, dijo:
Por la fe de hombre de bien juro, y por el siglo de todos mis pasados los Panzas, que
jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su pensamiento ha cabido,
semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases, por no maldecirte, por
encantador y gigante, Malambruno, ¿y no hallaste otro género de castigo que dar a
estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo? ¿Y no fuera mejor y a ellas les estuviera
más a cuento, quitarles la mitad de las narices de medio arriba, aunque hablaran
gangoso, que no ponerles barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a
quien las rape. Así es la verdad, señor, respondió una de las doce: que no tenemos
hacienda para mondarnos, y así, hemos tomado algunas de nosotras por remedio
ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y aplicándolos a los rostros,
y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de piedra; que
puesto que hay en Candaya mujeres que andan de casa en casa a quitar el vello y a
pulir las cejas, y hacer otros menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi
señora por jamás quisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo
dejado de ser primas; y si por el señor Don Quijote no somos remediadas, con barbas
nos llevarán a la sepultura. Yo me pelaría las mías, dijo Don Quijote en tierra de
moros, si no remediase las vuestras. A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi, y
dijo: El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó a
mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis sentidos; y así, de
nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable, vuestra graciosa promesa se
convierta en obra. Por mí no quedará, respondió Don Quijote: ved, señora, qué es lo
que tengo de hacer; que el ánimo está muy pronto para serviros. Es el caso, respondió
la Dolorida que desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil
leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire y por la línea recta, hay tres mil y
docientas y veinte y siete. Es también de saber que Malambruno me dijo que cuando
la suerte me deparase al caballero nuestro libertador, que él le enviaría una
cabalgadura harto mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha
de ser aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada a
la linda Magalona; el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le
sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza, que parece que los mesmos
diablos le llevan. Este tal caballo, según es tradición antigua, fue compuesto por aquel
sabio Merlín. Prestósele a Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes,
y robó, como se ha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire,
dejando embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a quien
él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta ahora no sabemos que
haya subido alguno en él. De allí le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en
su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes
del mundo, y hoy esta aquí, y mañana en Francia, y otro día en Potosí; y es lo bueno
que el tal caballo ni come, ni duerme, ni gasta herraduras, y lleva un portante por los
aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la
mano sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado, por lo cual la linda
Magalona se holgaba mucho de andar caballera en él. A esto dijo Sancho: Para andar
reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires; pero por la tierra, yo le
cutiré con cuantos portantes hay en el mundo. Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:
Y este tal caballero, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra desgracia, antes
que sea media hora entrada la noche, estará en nuestra presencia; porque él me
significó que la señal que me daría por donde yo entendiese que había hallado el
caballero que buscaba, sería enviarme el caballo, donde fuese con comodidad y
presteza. ¿Y cuántos caben en ese caballo? preguntó Sancho. La Dolorida respondió:
Dos personas, la una en la silla y la otra en las ancas; y por la mayor parte, estas tales
dos personas son caballero y escudero, cuando falta alguna robada doncella. Querría
yo saber, señora Dolorida, dijo Sancho, qué nombre tiene ese caballo. El nombre,
respondió la Dolorida no es como el caballo de Belerofonte, que se llamaba Pegaso,
ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando,
cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalván,
ni Frontino, como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los
del sol, ni tampoco se llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo,
último rey de los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino. Yo apostaré,
dijo Sancho que pues no le han dado ninguno desos famosos nombres de caballos tan
conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo Rocinante, que en ser propio
excede a todos los que se han nombrado. Así es, respondió la barbada condesa; pero
todavía le cuadra mucho, porque se llama «Clavileño el Aligero», cuyo nombre
conviene con el ser de leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con
que camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante.
No me descontenta el nombre, replicó Sancho, pero ¿con qué freno o con qué jáquima
se gobierna? Ya he dicho, respondió la Trifaldi que con la clavija, que volviéndola a
una parte o a otra el caballero que va encima, le hace caminar como quiere, o ya por
los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se
busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.
Ya lo querría ver, respondió Sancho, pero pensar que tengo de subir en él, ni en
la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. Bueno es que apenas puedo tenerme en
mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la mesma seda, y querrían ahora que me
tuviese en unas ancas de tabla, sin cojín ni almohada alguna: pardiez yo no me pienso
moler por quitar las barbas a nadie; cada cual se rape como más le viniere a cuento,
que yo no pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje; cuanto más que yo no debo
de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el desencanto de
mi señora Dulcinea. Sí sois, amigo, respondió la Trifaldi, y tanto, que sin vuestra
presencia entiendo que no haremos nada. Aquí del rey, dijo Sancho, ¿qué tienen que
ver los escuderos con las aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de
las que acaban, y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aún si dijesen
los historiadores: el tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con ayuda de fulano
su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla; pero ¡que escriban a secas: don
Paralipómenon de las tres estrellas acabó la aventura de los seis vestiglos, sin nombrar
la persona de su escudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!
Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen provecho le haga;
que yo me quedaré aquí en compañía de la Duquesa mi señora, y podría ser que
cuando volviese hallase mejorada la causa de la señora Dulcinea en tercio y quinto,
porque pienso, en los ratos ociosos y desocupados, darme una tanda de azotes, que no
me la cubra pelo. Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen
Sancho, porque os lo rogarán buenos, que no han de quedar por vuestro inútil temor
tan poblados los rostros destas señoras, que cierto sería mal caso. Aquí del rey otra
vez, replicó Sancho; cuando esta caridad se hiciera por algunas doncellas recogidas,
o por algunas niñas de la doctrina, pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo;
pero ¿que lo sufra por quitar las barbas a dueñas? ¡mal año! Más que las viese yo a
todas con barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más
repulgada. Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo, dijo la Duquesa, mucho os vais
tras la opinión del boticario toledano; pues a fe que no tenéis razón, que dueñas hay
en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas; que aquí está mi doña Rodríguez, que
no me dejará decir otra cosa. Mas que la diga vuestra excelencia, dijo Rodríguez, que
Dios sabe la verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las
dueñas, también nos parieron nuestras madres como a las otras mujeres; y pues Dios
nos echó en el mundo, él sabe para qué, y a su misericordia me atengo, y no a las
barbas de nadie. Ahora bien, señora Rodríguez, dijo Don Quijote, y señora Trifaldi y
compañía, yo espero en el cielo que mirara con buenos ojos vuestras cuitas, que
Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño, y ya me viese con
Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase a vuestras
mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza de Malambruno; que Dios
sufre a los malos, pero no para siempre. ¡Ay! dijo a esta sazón la Dolorida, con
benignos ojos miren a vuestra grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las
regiones celestes, e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser
escudo y amparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,
murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que en la flor
de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña: desdichadas de nosotras las
dueñas; que aunque vengamos por línea recta, de varón en varón, del mismo Héctor
el troyano, no dejaran de echaros un «vos» nuestras señoras si pensasen por ello ser
reinas. ¡Oh gigante Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus
promesas, envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe; que
si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura! Dijo esto con
tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de los ojos de todos los
circunstantes, y aún arrasó los de Sancho, y propuso en su corazón de acompañar a su
señor hasta las últimas partes del mundo, si es que en ello consistiese quitar la lana de
aquellos venerables rostros.

Capítulo XLI
De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura
Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso caballo
Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a Don Quijote, pareciéndole que, pues
Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era el caballero para quien estaba
guardada aquella aventura, o que Malambruno no osaba venir con él a singular batalla.
Pero veis aquí cuando a deshora entraron por el jardín cuatro salvajes vestidos todos
de verde hiedra, que sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle
de pies en el suelo, y uno de los salvajes, dijo: Suba sobre esta máquina el caballero
que tuviere ánimo para ello. Aquí, dijo Sancho yo no subo, porque ni tengo ánimo, ni
soy caballero: y el salvaje prosiguió diciendo: Y ocupe las ancas el escudero, si es que
lo tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna
otra, ni de otra malicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre
el cuello trae puesta, que él os llevará por los aires, adonde los atiende Malambruno;
pero porque la alteza y sublimidad del camino no les cause vaguidos, se han de cubrir
los ojos hasta que el caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su viaje. Esto
dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente, se volvieron por donde habían
venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi con lágrimas dijo a Don Quijote:
Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el caballo está en
casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con cada pelo dellas te
suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sino en que subas en él con tu
escudero, y des felice principio a vuestro nuevo viaje. Eso haré yo, señora Condesa
Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme
espuelas, por no detenerme; tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a
todas estas dueñas rasas y mondas. Eso no haré yo, dijo Sancho, ni de malo ni de buen
talante, en ninguna manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo
suba a las ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas
señoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar de andar
por los aires: ¿y qué dirán mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda
paseando por los vientos? Y otra cosa más, que habiendo tres mil y tantas leguas de
aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta
media docena de años, y ya ni habrá ínsula, ni ínsulos en el mundo que me conozcan;
y pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la
vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que bien se
está san Pedro en Roma; quiero decir, que bien me estoy en esta casa, donde tanta
merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien espero como es verme gobernador.
A lo que el Duque dijo: Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible
ni fugitiva; raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la
arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y pues vos sabéis que sé yo que
no hay ningún género de oficio destos de mayor cantía que no se granjee con alguna
suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo quiero llevar por este gobierno es
que vais con vuestro señor Don Quijote a dar cima y cabo a esta memorable aventura;
que ahora volváis sobre Clavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la
contraria fortuna os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón y de
venta en venta, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y a
vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que siempre
han tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en esta verdad, señor
Sancho; que sería hacer notorio agravio al deseo que de serviros tengo. No más, señor,
dijo Sancho, yo soy un pobre escudero, y no puedo llevar a cuestas tantas cortesías;
suba mi amo, tápenme estos ojos, y encomiéndenme a Dios, y avísenme si cuando
vamos por esas altanerías podré encomendarme a Nuestro Señor, o invocar los
ángeles, que me favorezcan. A lo que respondió Trifaldi: Sancho, bien podéis
encomendaros a Dios, o a quien quisiéredes; que Malambruno, aunque es encantador,
es cristiano, y hace sus encantamentos con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin
meterse con nadie. Ea, pues, dijo Sancho, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de
Gaeta. Desde la memorable aventura de los batanes, dijo Don Quijote, nunca he visto
a Sancho con tanto temor como ahora; y si yo fuera tan agorero como otros, su
pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero llegaos aquí, Sancho,
que con licencia destos señores os quiero hablar aparte dos palabras; y apartando a
Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas las manos le dijo: Ya ves,
Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios cuándo volveremos
dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los negocios; y así querría que ahora te
retirases en tu aposento, como que vas a buscar alguna cosa necesaria para el camino,
y en un daca las pajas te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a
que estás obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás; que el comenzar las
cosas es tenerlas medio acabadas. Por Dios, dijo Sancho, que vuesa merced debe de
ser menguado; esto es como aquello que dicen, en priesa me ves y doncellez me
demandas: ¿ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuesa merced que
me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuesa merced razón: vamos
ahora a rapar estas dueñas; que a la vuelta, yo le prometo a vuesa merced, como quien
soy, de darme tanta priesa a salir de mi obligación, que vuesa merced se contente, y
no le digo más. Y Don Quijote respondió: Pues con esa promesa, buen Sancho, voy
consolado, y creo que la cumplirás, porque en efecto, aunque tonto, eres hombre
verídico. No soy verde; sino moreno, dijo Sancho, pero aunque fuera de mezcla,
cumpliera mi palabra. Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir, dijo
Don Quijote: Tapaos, Sancho, y subid, que quien de tan lueñes tierras envía por
nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar de engañar
a quien dél se fía; y puesto que todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de
haber emprendido esta hazaña no la podrá escurecer malicia alguna. Vamos, señor,
dijo Sancho, que las barbas y lágrimas destas señoras las tengo clavadas en el corazón,
y no comeré bocado que bien me sepa hasta verlas en su primera lisura. Suba vuesa
merced, y tápese primero, que si yo tengo de ir a las ancas, claro está que primero
sube el de la silla. Así es la verdad, replicó Don Quijote, y sacando un pañuelo de la
faldriquera, pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien los ojos; y habiéndoselos
cubierto, se volvió a descubrir y dijo: Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio
aquello del Paladión de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos
presentaron a la diosa Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después
fueron la total ruina de Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en su
estómago. No hay para qué, dijo la Dolorida, que yo le fío y sé que Malambruno no
tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor Don Quijote, suba sin pavor
alguno, y a mi daño si alguno sucediere. Pareciole a Don Quijote que cualquiera cosa
que replicase acerca de su seguridad sería poner en detrimento su valentía, y así sin
más altercar, subió sobre Clavileño, y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba; y
como no tenía estribos, y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de tapiz
flamenco, pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y poco a poco llegó
a subir Sancho, y acomodándose lo mejor que pudo en las ancas, las halló algo duras
y no nada blandas, y pidió al Duque que, si fuese posible, le acomodase de algún cojín,
o de alguna almohada, aunque fuese del estrado de su señora la Duquesa, o del lecho
de algún paje; porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.
A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría sobre sí
Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que así no sentiría tanto
la dureza. Hízolo así Sancho, y diciendo a Dios, se dejó vendar los ojos, y ya después
de vendados, se volvió a descubrir, y mirando a todos los del jardín tiernamente y con
lágrimas, dijo que le ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas
avemarías, porque Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes
trances se viesen. A lo que dijo Don Quijote: Ladrón, ¿estás puesto en la horca por
ventura, o en el último término de la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No
estás, desalmada y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona,
del cual decendió, no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las
historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres, que
oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal
descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes, a lo menos en presencia
mía. Tápenme, respondió Sancho, y pues no quieren que me encomiende a Dios ni
que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de
diablos, que den con nosotros en Peralvillo? Cubriéronse, y sintiendo Don Quijote
que estaba como había de estar, tentó la clavija, y apenas hubo puesto los dedos en
ella, cuando todas las dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces,
diciendo: Dios te guíe, valeroso caballero; Dios sea contigo, escudero intrépido: ya,
ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta, ya comenzáis
a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando. Tente, valeroso
Sancho, que te bamboleas, mira no cayas; que será peor tu caída que la del atrevido
mozo que quiso regir el carro del Sol, su padre. Oyó Sancho las voces, y apretándose
con su amo y ciñiéndole con los brazos le dijo: Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos
tan altos, si alcanzan acá sus voces, y no parecen sino que están aquí hablando, junto
a nosotros? No repares en eso, Sancho, que como estas cosas y estas volaterías van
fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres; y no me
aprietes tanto, que me derribas, y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas,
que osaré jurar que en todos los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más
llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo;
que, en efecto, la cosa va como ha de ir, y el viento llevamos en popa. Así es la verdad,
respondió Sancho, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con
mil fuelles me están soplando: y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban
haciendo aire. Tan bien trazada estaba la tal aventura por el Duque y la Duquesa y su
mayordomo, que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta. Sintiéndose,
pues, soplar, Don Quijote, dijo: Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a
la segunda región del aire, adonde se engendra el granizo o las nieves; los truenos, los
relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región; y si es que desta manera
vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo cómo templar esta
clavija para que no subamos donde nos abrasemos. En esto, con unas estopas ligeras
de encenderse y apagarse desde lejos, pendientes de una caña, les calentaban los
rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo: Que me maten si no estamos ya en el lugar
del fuego, o bien cerca; porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y
estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos. No hagas tal, respondió Don
Quijote y acuérdate del verdadero cuento del licenciado Torralva, a quien llevaron los
diablos en volandas por el aire caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce
horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio
todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en
Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando
iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió y se vio tan cerca, a
su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar
a la tierra, por no desvanecerse: así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos, que el
que nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas y
subiendo en alto, para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el
sacre o nebli sobre la garza para cogerla, por más que se remonte; y aunque nos parece
que no ha media hora que nos partimos del jardín, creéme que debemos de haber
hecho gran camino. No sé lo que es, respondió Sancho Panza, sólo sé decir que si la
señora Magallanes, o Magalona, se contentó destas ancas, que no debía de ser muy
tierna de carnes. Todas estas pláticas de los dos valientes oían el Duque y la Duquesa
y los del jardín, de que recibían extraordinario contento; y queriendo dar remate a la
extraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas
estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, voló por los aires,
con extraño ruido, y dio con Don Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio
chamuscados.
En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado escuadrón de
las dueñas, y la Trifaldi y todo; y los del jardín quedaron como desmayados, tendidos
por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron mal trechos, y mirando a todas partes
quedaron atónitos de verse en el mesmo jardín de donde habían partido, y de ver
tendido por tierra tanto número de gente; y creció más su admiración cuando a un lado
del jardín vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos
cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual con grandes letras de
oro estaba escrito lo siguiente:
«El ínclito caballero Don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura de la
Condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Dueña Dolorida, y compañía, con sólo
intentarla.»
«Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de
las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y Antonomasia, en su
prístino estado. Y cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la blanca paloma se verá
libre de los pestíferos girifaltes que la persiguen, y en brazos de su querido arrullador;
que así está ordenado por el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.»
Habiendo pues Don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió que del
desencanto de Dulcinea hablaban, y dando muchas gracias al cielo de que con tan
poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su pasada tez los rostros
de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue adonde el Duque y la Duquesa
aún no habían vuelto en sí, y trabando de la mano al Duque, le dijo: Ea, buen señor,
buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada, la aventura es ya acabada, sin daño de
barras, como lo muestra claro el escrito que en aquel padrón está puesto. El Duque
poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue volviendo en sí, y por el
mismo tenor la Duquesa y todos los que por el jardín estaban caídos, con tales
muestras de maravilla y espanto, que casi se podían dar a entender haberles acontecido
de veras lo que tan bien sabían fingir de burlas. Leyó el Duque el cartel con los ojos
medio cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a Don Quijote,
diciéndole ser el más buen caballero que en ningún siglo se hubiese visto. Sancho
andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las barbas, y si era tan
hermosa sin ella como su gallarda disposición prometía; pero dijéronle que así como
Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas,
con la Trifaldi, había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la
Duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual Sancho
respondió: Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la
región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos; pero mi amo, a quien pedí
licencia para descubrirme, no lo consintió; más yo, que tengo no sé qué briznas de
curioso, y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que nadie
lo viese, por junto a las narices aparté tanto cuanto el pañizuelo que me tapaba los
ojos y por allí miré hacia la tierra, y pareciome que toda ella no era mayor que un
grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas;
porque se vea cuan altos debíamos de ir entonces. A esto dijo la Duquesa: Sancho
amigo, mirad lo que decís; que, a lo que parece, vos no vistes la tierra, sino los
hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la tierra os pareció como un grano
de mostaza, y cada hombre como una avellana, un hombre solo había de cubrir toda
la tierra. Así es verdad, respondió Sancho, pero, con todo eso, la descubrí por un
ladito, y la vi toda. Mirad, Sancho, dijo la Duquesa, que por un ladito no se ve el todo
de lo que se mira. Yo no sé esas miradas, replicó Sancho, sólo sé que será bien que
vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento
podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto
no se me cree, tampoco creerá vuesa merced como, descubriéndome por junto a las
cejas, me vi tan junto al cielo, que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que
puedo jurar, señora mía, que es muy grande además: y sucedió que íbamos por parte
donde están las siete cabrillas; y en Dios y en mi ánima que como yo en mi niñez fui
en mi tierra cabrerizo, que así como las vi me dio una gana de entretenerme con ellas
un rato, y si no la cumpliera, me parece que reventara. Vengo pues, y tomo ¿y qué
hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de
Clavileño, y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas
flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.
Y en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras, preguntó el Duque, ¿en
qué se entretenía el señor Don Quijote? A lo que Don Quijote respondió: Como todas
estas cosas y esos tales sucesos van fuera del orden natural no es mucho que Sancho
diga lo que dice: de mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo,
ni la tierra, ni la mar, ni las arenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la región
del aire, y aunque tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí no lo puedo creer,
pues estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región del aire,
no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que Sancho dice, sin
abrasarnos; y pues no nos asuramos, o Sancho miente, o Sancho sueña. Ni miento ni
sueño, respondió Sancho, si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y por ellas
verán si digo verdad o no. Dígalas, pues, Sancho, dijo la Duquesa. Son, respondió
Sancho las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla. Nueva
manera de cabras es ésa, dijo el Duque, y por esta nuestra región del suelo no se usan
tales colores; digo, cabras de tales colores. Bien claro está eso, dijo Sancho, sí, que
diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo. Decidme, Sancho,
preguntó el Duque, ¿vistes allá entre esas cabras algún cabrón? No, señor, respondió
Sancho; pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna. No quisieron
preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de pasearse
por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá pasaba, sin haberse movido del jardín.
En resolución, éste fue el fin de la aventura de la Dueña Dolorida, que dio que reír a
los Duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos,
si los viviera; y llegándose Don Quijote a Sancho, al oído le dijo: Sancho, pues vos
queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a
mí lo que vi en la cueva de Montesinos, y no os digo más.

Capítulo XLII
De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la
ínsula, con otras cosas bien consideradas
Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida quedaron tan
contentos los Duques, que determinaron pasar con las burlas adelante viendo el
acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras; y así habiendo dado la
traza y órdenes que sus criados y sus vasallos habían de guardar con Sancho en el
gobierno de la ínsula prometida, otro día, que fue el que sucedió al vuelo de Clavileño,
dijo el Duque a Sancho que se adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador; que
ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de Mayo. Sancho se le humilló y
le dijo: Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la tierra,
y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan grande de ser
gobernador; porque, ¿qué grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qué dignidad
o imperio el gobernar a media docena de hombres tamaños como avellanas, que, a mi
parecer, no había más en toda la tierra? Si vuesa señoría fuese servido de darme una
tantica parte del cielo, aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana
que la mayor ínsula del mundo. Mirad, amigo Sancho, respondió el Duque, yo no
puedo dar parte del cielo a nadie, aunque no sea mayor que una uña, que a solo Dios
están reservadas esas mercedes y gracias: lo que puedo dar os doy, que es una ínsula
hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,
donde si vos os sabéis dar mañana, podéis con las riquezas de la tierra granjear las del
cielo. Ahora bien, respondió Sancho, venga esa ínsula; que yo pugnaré por ser tal
gobernador, que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia que
yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el deseo que
tengo de probar a qué sabe el ser gobernador. Si una vez lo probáis, Sancho, dijo el
Duque, comeros heis las manos tras el gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y
ser obedecido. A buen seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que
lo será sin duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen como
quiera, y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de
serlo. Señor, replicó Sancho, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato
de ganado. Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo, respondió el Duque, y
yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete, y quédese esto aquí,
y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno de la ínsula, y esta
tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis de llevar, y de todas las cosas
necesarias a vuestra partida. Vístanme, dijo Sancho como quisieren; que de cualquier
manera que vaya vestido, seré Sancho Panza. Así es verdad, dijo el Duque, pero los
trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien
que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos,
Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os
doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas. Letras,
respondió Sancho, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C., pero bástame tener
el «Christus» en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que
me dieren, hasta caer, y Dios delante. Con tan buena memoria, dijo el Duque, no podrá
Sancho errar en nada. En esto llegó Don Quijote, y sabiendo lo que pasaba y la
celeridad con que Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del Duque le
tomó por la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se
había de haber en su oficio. Entrados pues en su aposento cerró tras sí la puerta, y hizo
casi por fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo:
Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que antes y primero que yo haya
encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y a encontrar la buena
ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada la paga de tus servicios, me veo
en los principios de aventajarme, y tú, antes de tiempo, contra la ley del razonable
discurso, te ves premiado de tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan,
madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber
cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aquí
entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. Tú, que
para mí sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar, y sin hacer
diligencia alguna, con solo el aliento, que te ha tocado de la andante caballería, sin
más ni más te ves gobernador de una ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo,
oh Sancho, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que
des gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la
grandeza que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto pues el
corazón a creer lo que te he dicho, está, oh hijo, atento a este tu Catón, que quiere
aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto deste mar
proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa
sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, oh hijo, has de temer a Dios, porque en el temerle esta la sabiduría,
y siendo sabio no podrás errar en nada.
Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo,
que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no
hincharte como la rana, que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a
ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en
tu tierra. Así es la verdad, respondió Sancho, pero fue cuando muchacho; pero
después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos; pero esto
paréceme a mí que no hace al caso; que no todos los que gobiernan vienen de casta de
reyes. Así es verdad, replicó Don Quijote, por lo cual los no de principios nobles
deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que,
guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado
que se escape.
Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que
vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y
préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos
que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y
desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos
virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores;
porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la
sangre no vale.
Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula
alguno de tus parientes no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar
y regalar; que con esto satisfarás al cielo que gusta que nadie se desprecie de lo que
él hizo y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada.
Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos
de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala, y desbástala de su natural
rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y
derramar una mujer rústica y tonta.
Si acaso enviudares (cosa que puede suceder), y con el cargo mejorares de
consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero
de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez
recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagara con el
cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida.
Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los
ignorantes que presumen de agudos.
Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las
informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por
entre los sollozos e importunidades del pobre.
Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la
ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con
el de la misericordia.
Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes
de tu injuria, y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres,
las más veces serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aún de
tu hacienda.
Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas
y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no
quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.
Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al
desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.
Al culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable,
sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de
tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; porque
aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro
ver el de la misericordia que el de la justicia.
Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama
será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como
quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes,
y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura,
y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que
hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los
que han de servir para adorno del cuerpo.
Capítulo XLIII
De los consejos segundos que dio Don Quijote a Sancho Panza

¿Quién oyera el pasado razonamiento de Don Quijote que no le tuviera por


persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero como muchas veces en el progreso
desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería,
y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de
manera, que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero
en ésta destos segundos documentos que dio a Sancho mostró tener gran donaire, y
puso su discreción y su locura en un levantado punto. Atentísimamente le escuchaba
Sancho, y procuraba conservar en la memoria sus consejos, como quien pensaba
guardarlos y salir por ellos a buen parto de la preñez de su gobierno. Prosiguió, pues,
Don Quijote, y dijo:
En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que
te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como
algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas largas les
hermosean las manos, como si aquel excremento y añadidura que se dejan de cortar
fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso.
No andes, Sancho, desceñido y flojo; que el vestido descompuesto da indicios de
ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarronería,
como se juzgó en la de Julio César.
Toma con discreción el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des
librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y repártela
entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis pajes, viste tres y
otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para el suelo; y este nuevo modo
de dar librea no la alcanzan los vanagloriosos.
No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería: anda
despacio; habla con reposo; pero no de manera, que parezca que te escuchas a ti
mismo; que toda afectación es mala.
Come poco y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina
del estómago.
Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto,
ni cumple palabra.
Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.
Eso de erutar no entiendo, dijo Sancho, y Don Quijote le dijo: Erutar, Sancho, quiere
decir, regoldar, y éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana,
aunque es muy significativo, y así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar
dice erutar, y a los regüeldos, erutaciones: y cuando algunos no entienden estos
términos, importa poco; que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con
facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo
y el uso. En verdad, señor, dijo Sancho, que uno de los consejos y avisos que pienso
llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo.
Erutar, Sancho; que no regoldar, dijo Don Quijote. Erutar diré de aquí adelante,
respondió Sancho, y a fee que no se me olvide.
También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes
que sueles; que puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes
tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias. Eso Dios lo puede
remediar, respondió Sancho, porque sé más refranes que un libro, y viénenseme tantos
juntos a la boca cuando hablo, que riñen, por salir, unos con otros; pero la lengua va
arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo; más yo tendré cuenta
de aquí adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo; que en casa
llena, presto se guisa la cena; y quien destaja, no baraja; y a buen salvo está el que
repica; y el dar y el tener, seso ha menester. Eso sí, Sancho, dijo Don Quijote, encaja,
ensarta, enhila refranes, que nadie te va a la mano: castígame mi madre, y yo
trompógelas. Estoite diciendo que excuses refranes, y en un instante has echado aquí
una letanía dellos, que así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de
Úbeda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito; pero
cargar y ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja.
Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero,
ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni tampoco
vayas tan flojo, que parezca que vas sobre el rucio; que el andar a caballo a unos hace
caballeros; a otros, caballerizas.
Sea moderado tu sueño; que el que no madruga con el sol no goza del día; y
advierte ¡oh Sancho! que la diligencia es madre de la buena ventura; y la pereza, su
contraria, jamás llegó al término que pide un buen deseo.
Este último consejo que ahora darte quiero, puesto que no sirva para adorno del
cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que creo que no te será de menos
provecho que los que hasta aquí te he dado; y es que jamás te pongas a disputar de
linajes, a lo menos, comparándolos entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan
uno ha de ser el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares, en
ninguna manera premiado.
Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un poco más largo;
gregüescos, ni por pienso, que no les están bien ni a los caballeros ni a los
gobernadores.
Por ahora esto se me ha ofrecido, Sancho, que aconsejarte; andará el tiempo, y
según las ocasiones así serán mis documentos, como tú tengas cuidado de avisarme el
estado en que te hallares. Señor, respondió Sancho, bien veo que todo cuanto vuesa
merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas; ¿pero de qué han de
servir, si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las
uñas y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín; pero esotros
badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni acordará más dellos que de
las nubes de antaño, y así, será menester que se me den por escrito; que puesto que no
sé leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor para que me los encaje y recapacite
cuando fuere menester. ¡Ah pecador de mí! respondió Don Quijote, y qué mal parece
en los gobernadores el no saber leer ni escribir; porque has de saber, oh Sancho, que
no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas, o que fue hijo de padres
demasiado de humildes y bajos, o él tan travieso y malo, que no pudo entrar en él el
buen uso ni la buena doctrina. Gran falta es la que llevas contigo, y así querría que
aprendieses a firmar siquiera. Bien sé firmar mi nombre, respondió Sancho, que
cuando fui prioste en mi lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo,
que decían que decía mi nombre, cuanto más que fingiré que tengo tullida la mano
derecha, y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la
muerte; y teniendo yo el mando y el palo haré lo que quisiere; cuanto más que el que
tiene el padre alcalde... y siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, llegaos,
que la dejan ver; no sino popen y calóñenme, que vendrán por lana, y volverán
trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por
sentencias pasan en el mundo; y siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal,
como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos
han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela; y del hombre arraigado
no te verás vengado. ¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! dijo a esta sazón Don
Quijote: sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes: una hora ha que los estás
ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos
refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de quitar el gobierno tus
vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, ¿dónde los hallas ignorante?
¿O cómo los aplicas, mentecato? Que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo
como si cavase. Por Dios, señor nuestro amo, replicó Sancho, que vuesa merced se
queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda,
que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora
se me ofrecen cuatro, que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque; pero no
los diré, porque al buen callar llaman Sancho. Ese Sancho no eres tú, dijo Don Quijote,
porque no sólo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar; y con todo eso,
querría saber qué cuatro refranes te ocurrían ahora a la memoria, que venían aquí a
propósito; que yo ando recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.
Qué mejores, dijo Sancho que entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares;
y a idos de mi casa, y qué queréis con mi mujer, no hay responder, y, si da el cántaro
en la piedra, o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro, todos los cuales vienen a
pelo. Que nadie se tome con su gobernador, ni con el que le manda, porque saldrá
lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales; y aunque no sean
cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador, no hay que
replicar, como al salíos de mi casa, y qué queréis con mi mujer: pues lo de la piedra
en el cántaro un ciego lo verá. Así que es menester que el que ve la mota en el ojo
ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga por él: espantóse la muerta de la
degollada; y vuesa merced sabe bien que más sabe el necio en su casa, que el cuerdo
en la ajena. Eso no, Sancho, respondió Don Quijote, que el necio en su casa ni en la
ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto
edificio: y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal gobernares, tuya será la culpa, y mía
la vergüenza; mas consuélame que he hecho lo que debía en aconsejarte con las veras
y con la discreción a mí posible: con esto salgo de mi obligación y de mi promesa.
Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me saque del escrúpulo que
me queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo excusar
con descubrir al Duque quién eres, diciéndole que toda esa gordura y esa personilla
que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y de malicias. Señor, replicó
Sancho, si a vuesa merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí
le suelto; que más quiero un solo negro de la uña de mi alma, que a todo mi cuerpo; y
así me sustentaré Sancho a secas con pan y cebolla como gobernador con perdices y
capones; y más, que mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores,
los pobres y los ricos; y si vuesa merced mira en ello, verá que sólo vuesa merced me
ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre;
y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir
Sancho al cielo que gobernador al infierno. Por Dios, Sancho, dijo Don Quijote, que
por solas estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de
mil ínsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a
Dios, y procura no errar en la primera intención: quiero decir que siempre tengas
intento y firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre
favorece el cielo los buenos deseos; y vámonos a comer, que creo que ya estos señores
nos aguardan.

Capítulo XLIV
Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el
castillo sucedió a Don Quijote

Dicen que en el propio original desta historia se lee, que llegando Cide Hamete a
escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito, que fue un
modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por haber tomado entre manos una
historia tan seca y tan limitada como esta de Don Quijote, por parecerle que siempre
había de hablar dél y de Sancho, sin osar extenderse a otras digresiones y episodios
más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido el entendimiento, la
mano y la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas personas
era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que por
huir deste inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas
novelas, como fueron la del «Curioso impertinente», y la del «Capitán cautivo», que
están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos
sucedidos al mismo Don Quijote, que no podían dejar de escribirse. También pensó,
como él dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de Don
Quijote, no la darían a las novelas, y pasarían por ellas, o con priesa, o con enfado,
sin advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al
descubierto, cuando por sí solas, sin arrimarse a las locuras de Don Quijote, ni a las
sandeces de Sancho, salieran a luz; y así, en esta segunda parte no quiso ingerir
novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los
mesmos sucesos que la verdad ofrece, y aún éstos, limitadamente y con solas las
palabras que bastan a declararlos; y pues se contiene y cierra en los estrechos límites
de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del
universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que
escribe, sino por lo que ha dejado de escribir. Y luego prosigue la historia, diciendo:
que en acabando de comer Don Quijote el día que dio los consejos a Sancho, aquella
tarde se los dio escritos, para que él buscase quien se los leyese; pero apenas se los
hubo dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del Duque, que los comunicó con
la Duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de Don Quijote;
y así, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho
acompañamiento al lugar que para él había de ser ínsula. Acaeció, pues, que el que le
llevaba a cargo era un mayordomo del Duque, muy discreto y muy gracioso, que no
puede haber gracia donde no hay discreción, el cual había hecho la persona de la
condesa Trifaldi con el donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de
sus señores de cómo se había de haber con Sancho, salió con su intento
maravillosamente. Digo pues, que acaeció que así como Sancho vio al tal mayordomo,
se le figuró en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y volviéndose a su señor, le dijo:
Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy en justo y en creyente,
o vuesa merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del Duque, que aquí
está, es el mesmo de la Dolorida. Miró Don Quijote atentamente al mayordomo, y
habiéndole mirado, dijo a Sancho: No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en
justo ni en creyente (que no sé lo que quieres decir), que el rostro de la Dolorida es el
del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que a serlo, implicaría
contradicción muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que
sería entrarnos en intrincados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a
Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos
encantadores. No es burla, señor, replicó Sancho, sino que denantes le oí hablar, y no
pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo callaré;
pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre otra señal, que
confirme o desfaga mi sospecha. Así lo has de hacer, Sancho, dijo Don Quijote, y
darasme aviso de todo lo que en este caso descubrieres, y de todo aquello que en el
gobierno te sucediere.
Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima
un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mesmo,
sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del Duque, iba el rucio con jaeces
y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de cuando en
cuando a mirar a su asno, con cuya compañía iba tan contento, que no se trocara con
el Emperador de Alemania.
Al despedirse de los Duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su señor,
que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos. Deja, lector amable, ir
en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos fanegas de risa, que te ha de
causar el saber cómo se portó en su cargo, y en tanto, atiende a saber lo que le pasó a
su amo aquella noche; que si con ello no rieres, por lo menos, desplegarás los labios
con risa de jimia, porque los sucesos de Don Quijote, o se han de celebrar con
admiración, o con risa. Cuéntase pues que apenas se hubo partido Sancho, cuando
Don Quijote sintió su soledad, y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle el
gobierno, lo hiciera. Conoció la Duquesa su melancolía, y preguntole que de qué
estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas
había en su casa, que le servirían muy a satisfacción de su deseo. Verdad es, señora
mía, respondió Don Quijote, que siento la ausencia de Sancho; pero no es ésa la causa
principal que me hace parecer que estoy triste; y de los muchos ofrecimientos que
vuestra excelencia me hace solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me
hacen, y en lo demás, suplico a vuestra excelencia que dentro de mi aposento
consienta y permita que yo solo sea el que me sirva. En verdad, dijo la Duquesa, señor
Don Quijote, que no ha de ser así: que le han de servir cuatro doncellas de las mías,
hermosas como unas flores. Para mí, respondió Don Quijote no serán ellas como
flores, sino como espinas que me puncen el alma. Así entraran ellas en mi aposento,
ni cosa que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar adelante
el hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya conmigo, y que yo
me sirva de mis puertas adentro; que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y
de mi honestidad; y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que vuestra
alteza quiere mostrar conmigo. y en resolución, antes dormiré vestido que consentir
que nadie me desnude. No más, no más, señor Don Quijote, replicó la Duquesa. Por
mí digo que daré orden que ni aún una mosca entre en su estancia, no que una doncella;
no soy yo persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor Don Quijote;
que, según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchas virtudes es la de
la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sus solas y a su modo, como y
cuando quisiere; que no habrá quien lo impida, pues dentro de su aposento hallará los
vasos necesarios al menester del que duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural
necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea
su nombre extendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tan
valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el corazón de
Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus disciplinas, para que
vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran señora. A lo cual dijo Don Quijote:
Vuestra altitud ha hablado como quien es; que en la boca de las buenas señoras no ha
de haber ninguna que sea mala; y más venturosa y más conocida será en el mundo
Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza que por todas las alabanzas que puedan
darle los más elocuentes de la tierra. Agora bien, señor Don Quijote, replicó la
Duquesa, la hora de cenar se llega, y el Duque debe de esperar: venga vuesa merced,
y cenemos, y acostarse temprano; que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan
corto, que no haya causado algún molimiento. No siento ninguno, señora, respondió
Don Quijote, porque osaré jurar a vuestra excelencia que en mi vida he subido sobre
bestia más reposada ni de mejor paso que Clavileño, y no sé yo qué le pudo mover a
Malambruno para deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así,
sin más ni más. A eso se puede imaginar, respondió la Duquesa que arrepentido del
mal que había hecho a la Trifaldi, y compañía, y a otras personas, y de las maldades
que como hechicero y encantador debía de haber cometido, quiso concluir con todos
los instrumentos de su oficio, y como a principal y que más le traía desasosegado,
vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño; que con sus abrasadas cenizas y con
el trofeo del cartel queda eterno el valor del gran Don Quijote de la Mancha. De nuevo
nuevas gracias dio Don Quijote a la Duquesa, y en cenando, Don Quijote se retiró en
su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con él a servirle: tanto se temía de
encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a perder el honesto decoro que a su
señora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la imaginación la bondad de Amadís,
flor y espejo de los andantes caballeros. Cerró tras sí la puerta, y a la luz de dos velas
de cera se desnudó, y al descalzarse ¡oh desgracia indigna de tal persona!, se le
soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza de su policía, sino
hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía. Afligiose en
extremo el buen señor, y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de
plata; digo seda verde porque las medias eran verdes. Aquí exclamó Benengeli, y
escribiendo, dijo: ¡Oh pobreza, pobreza! No sé yo con qué razón se movió aquel gran
poeta cordobés a llamarte dádiva santa desagradecida: yo, aunque moro, bien sé, por
la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad,
humildad, fee, obediencia y pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho
de Dios el que viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza
de quien dice uno de sus mayores santos: tened todas las cosas como si no las
tuviésedes; y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza (que eres de
la que yo hablo), ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que
con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia a los zapatos, y a que los botones
de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas, y otros de vidro? ¿Por qué sus
cuellos, por la mayor parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?
(Y en esto se echará de ver que es antiguo el uso del almidón y de los cuellos abiertos)
y prosiguió: miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal
y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle
después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos: miserable de aquel,
digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el
remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de
su estómago. Todo esto se le renovó a Don Quijote en la soltura de sus puntos; pero
consolóse con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, que pensó
ponerse otro día. Finalmente, él se recostó pensativo, y pesaroso, así de la falta que
Sancho le hacía, como de la inreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los
puntos aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores señales de
miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza. Mató las
velas; hacía calor y no podía dormir; levantose del lecho y abrió un poco la ventana
de una reja que daba sobre un hermoso jardín, y al abrirla, sintió y oyó que andaba y
hablaba gente en el jardín: púsose a escuchar atentamente, levantaron la voz los de
abajo, tanto, que pudo oír estas razones:
No me porfíes, oh Emerencia, que cante, pues sabes que desde el punto que este
forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar, sino llorar,
cuanto más que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de pesado, y no querría
que nos hallase aquí, por todo el tesoro del mundo: y puesto caso que durmiese y no
despertase, en vano sería mi canto si duerme y no despierta para oírle este nuevo
Eneas, que ha llegado a mis regiones para dejarme escarnida. No des en eso, Altisidora
amiga, respondieron, que sin duda la Duquesa y cuantos hay en esa casa duermen, si
no es el señor de tu corazón y el despertador de tu alma; porque ahora sentí que abría
la ventana de la reja de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada
mía, en tono bajo y suave, al son de tu harpa, y cuando la Duquesa nos sienta, le
echaremos la culpa al calor que hace. No está en eso el punto, oh Emerencia,
respondió la Altisidora, sino en que no querría que mi canto descubriese mi corazón,
y fuese juzgada de los que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por
doncella antojadiza y liviana; pero venga lo que viniere; que más vale vergüenza en
cara que mancilla en corazón; y en esto, se sintió tocar una harpa suavísimamente.
Oyendo lo cual quedó Don Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron
a la memoria las infinitas aventuras semejantes a aquélla, de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros de
caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la Duquesa estaba dél
enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad, temió no le
rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse vencer; y encomendándose de
todo buen ánimo y buen talante a su señora Dulcinea del Toboso, determinó de
escuchar la música, y para dar a entender que allí estaba, dio un fingido estornudo, de
que no poco se alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que Don
Quijote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a este
romance:

Oh tú, que estas en tu lecho,

entre sábanas de holanda,

durmiendo a pierna tendida

de la noche a la mañana.

Caballero el más valiente

que ha producido la Mancha,

más honesto y más bendito

que el oro fino de Arabia;

Oye a una triste doncella,

bien crecida y mal lograda,

que en la luz de tus dos soles

se siente abrasar el alma.

Tú buscas tus aventuras,

y ajenas desdichas hallas;


das las feridas, y niegas

el remedio de sanarlas.

Dime valeroso joven,

Que Dios prospere tus ansias,

Si te criaste en la Libia,

O en las montañas de Jaca;

Si sierpes te dieron leche;

si a dicha fueron tus amas

la aspereza de las selvas

y el horror de las montañas.

Muy bien puede Dulcinea,

doncella rolliza y sana,

preciarse de que ha rendido

a una tigre y fiera brava.

Por esto será famosa

desde Henares a Jarama,

desde el Tajo a Manzanares,

desde Pisuerga hasta Arlanza.

Trocáreme yo por ella,


y diera encima una saya

de las más gayadas mías,

que de oro la adornan franjas.

¡Oh, quién se viera en tus brazos,

o si no, junto a tu cama,

rascándote la cabeza

y matándote la caspa!

Mucho pido, y no soy digna

de merced tan señalada:

los pies quisiera traerte;

que a una humilde esto le basta.

¡Oh, qué de cofias te diera,

qué de escarpines de plata,

qué de calzas de damasco,

qué de herreruelos de holanda!

¡Qué de finísimas perlas,

cada cual como una agalla,

que a no tener compañeras,

las solas fueran llamadas!


No mires de tu Tarpeya

este incendio que me abrasa,

Nerón manchego del mundo,

ni le avives con tu saña.

Niña soy, pulcela tierna;

mi edad de quince no pasa:

catorce tengo y tres meses,

te juro en Dios y en mi ánima.

No soy renca, ni soy coja,

ni tengo nada de manca;

los cabellos, como lirios,

que, en pie, por el suelo arrastran.

Y aunque es mi boca aguileña

y la nariz algo chata,

ser mis dientes de topacios

mi belleza al cielo ensalza.

Mi voz, ya ves, si me escuchas,

que a la que es más dulce iguala,

y soy de disposición

algo menos que mediana.


Estas y otras gracias mías,

son despojos de tu aljaba;

desta casa soy doncella,

y Altisidora me llaman.

Aquí dio fin el canto de la mal ferida Altisidora, y comenzó el asombro del
requerido Don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí: ¡Qué tengo de ser
tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se
enamore! ¡Qué tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso, que
no la han de dejar a solas gozar de la incomparable firmeza mía! ¿Qué la queréis,
reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce
a quince años? Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte
que Amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma: mirad, caterva
enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfeñique, y para todas las demás
soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras acíbar; para mí sola Dulcinea es
la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás, las feas,
las necias, las livianas y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me
arrojó la naturaleza al mundo: llore o cante, Altisidora, desespérese Madama por quien
me aporrearon en el castillo del moro encantado; que yo tengo de ser de Dulcinea,
cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de todas las potestades
hechiceras de la tierra; y con esto, cerró de golpe la ventana, y despechado y pesaroso
como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde le
dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que quiere dar
principio a su famoso gobierno.

Capítulo XLV
De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que
comenzó a gobernar
¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo
dulce de las cantimploras! Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá, padre
de la Poesía, inventor de la Música, tú que siempre sales, y aunque lo parece, nunca
te pones. A ti digo, oh Sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre: a ti digo
que me favorezcas, y alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir
por sus puntos en la narración del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo me
siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta
mil vecinos, que era de los mejores que el Duque tenía. Diéronle a entender que se
llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por el
barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era
cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los
vecinos dieron muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia
mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron
las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda
la gente que el busilis del cuento no sabía, y aúna todos los que lo sabían, que eran
muchos. Finalmente en sacándole de la iglesia le llevaron a la silla del juzgado, y le
sentaron en ella, y el mayordomo del Duque le dijo: Es costumbre antigua en esta
ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar posesión desta famosa ínsula está
obligado a responder a una pregunta que se le hiciere, que sea algo intricada y
dificultosa; de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo
gobernador, y así, o se alegra o se entristece con su venida. En tanto que el mayordomo
decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y muchas letras que en la pared
frontera de su silla estaban escritas; y como él no sabía leer, preguntó que qué eran
aquellas pinturas que en aquella pared estaban. Fuele respondido: Señor, allí está
escrito y notado el día en que V. S. tomó posesión desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy
día, a tantos de tal mes y de tal año, tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho
Panza, que muchos años la goce. ¿Y a quién llaman don Sancho Panza? preguntó
Sancho. A V. S., respondió el mayordomo, que en esta ínsula no ha entrado otro Panza
sino el que está sentado en esa silla. Pues advertid, hermano, dijo Sancho, que yo no
tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y
Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras
de dones ni donas, y yo imagino que en esta ínsula debe haber más dones que piedras;
pero basta, Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días, yo
escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los
mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo; que yo responderé lo
mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo. A este instante
entraron en el juzgado una mujer asida fuertemente de un hombre vestido de ganadero
rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo: Justicia, señor gobernador, justicia,
y si no la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo.

Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dese


campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y
¡desdichada de mí! me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años
ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y extranjeros, y yo siempre dura
como un alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego, o
como la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus manos
limpias a manosearme. Aun eso está por averiguar si tiene limpias o no las manos este
galán, dijo Sancho, y volviéndose al hombre le dijo ¿qué decía y respondía a la
querella de aquella mujer? El cual todo turbado respondió: Señores, yo soy un pobre
ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste lugar de vender (con perdón
sea dicho) cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo
que ellos valían: volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el
diablo, que todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos: paguele lo
soficiente, y ella mal contenta, asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme a este
puesto: dice que la forcé y miente para el juramento que hago, o pienso hacer; y ésta
es toda la verdad, sin faltar meaja. Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo
algún dinero en plata: él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa
de cuero. Mandó que la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante; él
lo hizo temblando; tomola la mujer, y haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios
por la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas
menesterosas y doncellas, con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con
entrambas manos; aunque primero miró si era de plata la moneda que llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las lágrimas, y
los ojos y el corazón se iban tras su bolsa: Buen hombre, id tras aquella mujer, y
quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella: y no lo dijo a tonto ni a
sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los
presentes estaban suspensos esperando el hombre y la mujer, más asidos y aferrados
que la vez primera: ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre
pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba
voces diciendo: Justicia de Dios y del mundo: mire vuesa merced, señor gobernador,
la poca vergüenza y el poco temor deste desalmado, que en mitad de poblado y en
mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuesa merced mandó darme. Y
¿háosla quitado? preguntó el gobernador. ¿Cómo quitar? respondió la mujer, antes me
dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa: bonita es la niña, otros gatos me han
de echar a las barbas, que no éste desventurado y asqueroso: tenazas y martillos,
mazos y escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aún garras de leones:
antes el ánima de en mitad en mitad de las carnes. Ella tiene razón, dijo el hombre, y
yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son bastantes para
quitársela, y déjola. Entonces el gobernador dijo a la mujer: Mostrad, honrada y
valiente, esa bolsa: ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo
a la esforzada, y no forzada: Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis
mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender
vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza: andad con Dios, y
mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula, ni en seis leguas a la redonda,
so pena de docientos azotes; andad luego digo, churrillera, desvergonzada y
embaidora. Espantose la mujer, y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo
al hombre: Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de
aquí adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar
con nadie. El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese.
Luego acabado este pleito entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de
labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo: Señor
gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuesa merced en razón que este
buen hombre llegó a mi tienda ayer, que yo, con perdón de los presentes, soy sastre
examinado, que Dios sea bendito, y poniéndome un pedazo de paño en las manos, me
preguntó: Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza? Yo tanteando
el paño le respondí que sí; él debiose de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé
bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia
y en la mala opinión de los sastres, y replicome que mirase si habría para dos;
adivinele el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera
intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco
caperuzas; y ahora en este punto acaba de venir por ellas; yo se las doy, y no me quiere
pagar la hechura; antes me pide que le pague o vuelva su paño. ¿Es todo esto así,
hermano? preguntó Sancho. Sí, señor, respondió el hombre, pero hágale vuesa merced
que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho. De buena gana, respondió el sastre;
y sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas
puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo: He aquí las cinco
caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha
quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio. Todos los
presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso
a considerar un poco, y dijo: Paréceme que en este pleito no ha de haber largas
dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen varón, y así yo doy por sentencia que el
sastre pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos
de la cárcel, y no haya más. Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a
admiración a los circunstantes, ésta les provocó a risa; pero en fin, se hizo lo que
mandó el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía
una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo: Señor, a este buen hombre le presté días
ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condición que me
los volviese cuando se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no
ponerle en mayor necesidad, de volvérmelos, que la que él tenía cuando yo se los
presté; pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y
muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca
tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto: yo no tengo
testigos ni del prestado, ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría que vuesa
merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para
aquí y para delante de Dios. ¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? dijo Sancho.
A lo que dijo el viejo: Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuesa merced esa
vara; y pues él lo deja en mi juramento, yo juraré cómo se los he vuelto y pagado real
y verdaderamente. Bajó el gobernador la vara, y en tanto, el viejo del báculo dio el
báculo al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara
mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le
habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había vuelto
de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por momentos.
Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía
su contrario, y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le
tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el
cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pediría nada.
Tornó a tomar su báculo el deudor, y bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo
cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia del
demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y poniéndose el índice de la mano
derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y
luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido.
Trujéronsele, y en viéndole Sancho, le dijo: Dadme, buen hombre, ese báculo, que le
he menester. De muy buena gana, respondió el viejo: hele aquí, señor, y púsosele en
la mano: tomole Sancho, y dándosele al otro viejo, le dijo: Andad con Dios, que ya
vais pagado. ¿Yo, señor? respondió el viejo; ¿pues vale esta cañaheja diez escudos de
oro? Sí, dijo el gobernador, o si no yo soy el mayor porro del mundo; y ahora se verá
si tengo yo caletre para gobernar todo un reino; y mandó que allí, delante de todos, se
rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el corazón della hallaron diez escudos en
oro. Quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.
Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez
escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel
báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y
verdaderamente, y que en acabando de jurar le tornó a pedir el báculo, le vino a la
imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que pedían: de donde se podía colegir
que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus
juicios; y más que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que
él tenía tan gran memoria, que a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse,
no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro
pagado, se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras,
hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría
por tonto o por discreto, y los circunstantes quedaron admirados de nuevo de los
juicios y sentencias de su nuevo gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue
luego escrito al Duque, que con gran deseo lo estaba esperando: y quédese aquí el
buen Sancho; que es mucha la priesa que nos da su amo, alborotado con la música de
Altisidora.

Capítulo XLVI
Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió Don Quijote en el discurso de
los amores de la enamorada Altisidora

Dejamos al gran Don Quijote envuelto en los pensamientos que le habían causado
la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostose con ellos, y como si fueran
pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y juntábansele los que le faltaban de
sus medias; pero como es ligero el tiempo, y no hay barranco que le detenga, corrió
caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la mañana. Lo cual visto por
Don Quijote, dejó las blandas plumas, y no nada perezoso, se vistió su acamuzado
vestido y se calzó sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus medias.
Arrojóse encima su mantón de escarlata y púsose en la cabeza una montera de
terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colgó el tahelí de sus hombros
con su buena y tajadora espada, asió un gran rosario que consigo contino traía, y con
gran prosopopeya y contoneo salió a la antesala, donde el Duque y la Duquesa estaban
ya vestidos y como esperándole. Y al pasar por una galería, estaban aposta
esperándole Altisidora y la otra doncella su amiga, y así como Altisidora vio a Don
Quijote, fingió desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran presteza
la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, llegándose a ellas, dijo: Ya sé
yo de qué proceden estos accidentes. No sé yo de qué, respondió la amiga, porque
Altisidora es la doncella más sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay!
en cuanto ha que la conozco; que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el
mundo, si es que todos son desagradecidos: váyase vuesa merced, señor Don Quijote;
que no volverá en sí esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí estuviere.
A lo que respondió Don Quijote: Haga vuesa merced, señora, que se me ponga
un laúd esta noche en mi aposento; que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta
lastimada doncella; que en los principios amorosos los desengaños prestos suelen ser
remedios calificados: Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le
viesen. No se hubo bien apartado, cuando volviendo en sí la desmayada Altisidora,
dijo a su compañera: Menester será que se le ponga el laúd; que sin duda Don Quijote
quiere darnos música, y no será mala, siendo suya. Fueron luego a dar cuenta a la
Duquesa de lo que pasaba y del laúd que pedía Don Quijote, y ella, alegre sobremodo,
concertó con el Duque y con sus doncellas de hacerle una burla que fuese más risueña
que dañosa, y con mucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como
se había venido el día, el cual pasaron los Duques en sabrosas pláticas con Don
Quijote: y la Duquesa aquel día real y verdaderamente despachó a un paje suyo, que
había hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza con la carta
de su marido Sancho Panza, y con el lío de ropa que había dejado para que se le
enviase, encargandole le trujese buena relación de todo lo que con ella pasase. Hecho
esto, y llegadas las once horas de la noche, halló Don Quijote una vihuela en su
aposento; templola, abrió la reja, y sintió que andaba gente en el jardín, y habiendo
recorrido los trastes de la vihuela y afinádola lo mejor que supo, escupió y remondose
el pecho, y luego con una voz ronquilla, aunque entonada, cantó el siguiente romance,
que él mismo aquel día había compuesto:

Suelen las fuerzas de amor

sacar de quicio a las almas,


tomando por instrumento

la ociosidad descuidada.

Suele el coser y el labrar,

y el estar siempre ocupada,

ser antídoto al veneno

de las amorosas ansias.

Las doncellas recogidas

que aspiran a ser casadas,

la honestidad es la dote

y voz de sus alabanzas.

Los andantes caballeros,

y los que en la corte andan,

requiébranse con las libres;

con las honestas se casan.

Hay amores de levante,

que entre huéspedes se tratan,

que llegan presto al poniente,

porque en el partirse acaban.

El amor recién venido,

que hoy llegó y se va mañana,

las imágines no deja

bien impresas en el alma.

Pintura sobre pintura,


ni se muestra, ni señala;

y do hay primera belleza,

la segunda no hace baza.

Dulcinea del Toboso

del alma en la tabla rasa

tengo pintada de modo,

que es imposible borrarla.

La firmeza en los amantes

es la parte más preciada,

por quien hace amor milagros,

y a simesmo los levanta.

Aquí llegaba Don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el Duque y la


Duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso, desde
encima de un corredor que sobre la reja de Don Quijote a plomo caía, descolgaron un
cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego, tras ellos, derramaron un
gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores atados a las colas. Fue tan
grande el ruido de los cencerros y el mayar de los gatos, que aunque los Duques habían
sido inventores de la burla, todavía les sobresaltó, y temeroso Don Quijote, quedó
pasmado; y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la reja de su estancia,
y dando de una parte a otra, parecía que una región de diablos andaba en ella.
Apagaron las velas que en el aposento ardían, y andaban buscando por do escaparse.
El descolgar y subir del cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de
la gente del castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse Don Quijote en pie, y poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja, y a decir a grandes voces: Afuera, malignos encantadores,
afuera, canalla hechiceresca, que yo soy Don Quijote de la Mancha, contra quien no
valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones; y volviéndose a los gatos que
andaban por el aposento, les tiró muchas cuchilladas: ellos acudieron a la reja, y por
allí se salieron, aunque uno, viéndose tan acosado de las cuchilladas de Don Quijote,
le saltó al rostro y le asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor Don
Quijote comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el Duque y la
Duquesa, y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron a su
estancia, y abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero pugnando con todas
sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con luces y vieron la desigual
pelea; acudió el Duque a despartirla, y Don Quijote dijo a voces: No me le quite nadie,
déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador; que
yo le daré a entender de mí a él quién es Don Quijote de la Mancha. Pero el gato, no
curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Más en fin el Duque se le desarraigó y
le echó por la reja: quedó Don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices,
aunque muy despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada
tenía con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y la misma
Altisidora con sus blanquísimas manos le puso unas vendas por todo lo herido, y al
ponérselas, con voz baja le dijo: Todas estas malandanzas te suceden, empedernido
caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a
Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya
Dulcinea, ni tú la goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos, viviendo yo, que te
adoro. A todo esto no respondió Don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro; y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los Duques la merced, no porque
él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino porque había
conocido la buena intención con que habían venido a socorrerle. Los Duques le
dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos del mal suceso de la burla; que no creyeron
que tan pesada y costosa le saliera a Don Quijote aquella aventura, que le costó cinco
días de encerramiento y de cama, donde le sucedió otra aventura más gustosa que la
pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho Panza, que
andaba muy solícito y muy gracioso en su gobierno.

Capítulo XLVII
Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso
palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa; y así como
Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y salieron cuatro pajes a darle aguamanos,
que Sancho recibió con mucha gravedad. Cesó la música, sentose Sancho a la cabecera
de la mesa, porque no había más de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella.
Púsose a su lado en pie un personaje, que después mostró ser médico, con una varilla
de ballena en la mano. Levantaron una riquísima y blanca toahalla con que estaban
cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares. Uno que
parecía estudiante echó la bendición, y un paje puso un babador randado a Sancho:
otro que hacía el oficio de maestresala llegó un plato de fruta delante; pero apenas
hubo comido un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le
quitaron de delante con grandísima celeridad; pero el maestresala le llegó otro, de otro
manjar. Iba a probarle Sancho; pero antes que llegase a él ni le gustase, ya la varilla
había tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la fruta. Visto lo
cual por Sancho, quedó suspenso, y mirando a todos, preguntó si se había de comer
aquella comida como juego de Maesecoral. A lo cual respondió el de la vara: No se
ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras ínsulas
donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy asalariado en esta ínsula para
serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más que por la mía,
estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del gobernador, para acertar
a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y
cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que
imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al estómago; y así, mandé quitar el plato
de la fruta, por ser demasiadamente húmeda, y el plato del otro manjar también le
mandé quitar, por ser demasiadamente caliente y tener muchas especies, que
acrecientan la sed; y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde
consiste la vida. Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas y a mi
parecer, bien sazonadas, no me harán algún daño. A lo que el médico respondió: Ésas
no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida. ¿Pues por qué? dijo
Sancho. Y el médico respondió: Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la
Medicina, en un aforismo suyo dice: «Omnis saturatio mala, perdicis autem
pessima». Quiere decir: toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima. Si
eso es así, dijo Sancho, vea el señor doctor de cuantos manjares hay en esta mesa cuál
me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer dél sin que me le apalee;
porque por vida del gobernador, y así Dios me le deje gozar, que me muero de hambre,
y el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y él más me diga, antes será
quitarme la vida que aumentármela. Vuesa merced tiene razón, señor gobernador,
respondió el médico, y así es mi parecer que vuesa merced no coma de aquellos
conejos guisados que allí están, porque es manjar peliagudo: de aquella ternera, si no
fuera asada y en adobo, aún se pudiera probar; pero no hay para qué. Y Sancho dijo:
Aquel platonazo que esta más adelante vahando me parece que es olla podrida, que,
por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar
con alguna que me sea de gusto y de provecho. «Absit», dijo el médico, vaya lejos de
nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que
una olla podrida: allá las ollas podridas para los canónigos, o para los retores de
colegios, o para las bodas labradorescas, y déjennos libres las mesas de los
gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es, porque
siempre, y a doquiera, y de quienquiera, son más estimadas las medicinas simples que
las compuestas, porque en las simples no se puede errar, y en las compuestas sí,
alterando la cantidad de las cosas de que son compuestas; más lo que yo sé que ha de
comer el señor gobernador ahora para conservar su salud y corroborarla, es un ciento
de cañutillos de suplicaciones, y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le
asienten el estómago y le ayuden a la digestión. Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre
el espaldar de la silla y miró de hito en hito al tal médico, y con voz grave le preguntó
cómo se llamaba y dónde había estudiado. A lo que él respondió: Yo, señor
gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy natural de un lugar
llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo, a la mano
derecha, y tengo el grado de doctor por la universidad de Osuna. A lo que respondió
Sancho, todo encendido en cólera: Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero,
natural de Tirteafuera, lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a
Almodóvar del Campo, graduado en Osuna, quíteseme luego delante; si no, voto al
sol que tome un garrote, y que a garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar
médico en toda la ínsula, a lo menos, de aquellos que yo entienda que son ignorantes;
que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los
honraré como a personas divinas: y vuelvo a decir que se me vaya Pedro Recio de
aquí, si no, tomaré está silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza, y
pídanmelo en residencia; que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en
matar a un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense
su gobierno; que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas. Alborotose
el doctor viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer tirteafuera de la sala, sino
que en aquel instante sonó una corneta de posta en la calle, y asomándose el
maestresala a la ventana, volvió diciendo: Correo viene del Duque mi señor; algún
despacho debe de traer de importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y sacando un pliego del seno, le puso en las
manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien mandó leyese
el sobrescrito, que decía así: «A don Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria,
en su propia mano, o en las de su secretario.» Oyendo lo cual Sancho, dijo: ¿Quién es
aquí mi secretario? Y uno de los que presentes estaban respondió: Yo, señor, porque
sé leer y escribir, y soy vizcaíno. Con esa añadidura, dijo Sancho, bien podéis ser
secretario del mismo Emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice. Hízolo así el
recién nacido secretario, y habiendo leído lo que decía, dijo que era negocio para
tratarle a solas. Mandó Sancho despejar la sala, y que no quedasen en ella sino el
mayordomo y el maestresala, y los demás y el médico se fueron; y luego el secretario
leyó la carta, que así decía:
«A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y
desa ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; conviene velar y estar
alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también por espías verdaderas que han
entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque se temen
de vuestro ingenio; abrid el ojo y mirad quién llega a hablaros, y no comáis de cosa
que os presentaren. Yo tendré cuidado de socorreros si os viéredes en trabajo, y en
todo haréis como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar, a diez y seis de
agosto, a las cuatro de la mañana. Vuestro amigo el Duque.»
Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes, y
volviéndose al mayordomo, le dijo: Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es
meter en un calabozo al doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él,
y de muerte adminícula y pésima, como es la de la hambre. También, dijo el
maestresala me parece a mí que vuesa merced no coma de todo lo que está en esta
mesa, porque lo han presentado unas monjas, y como suele decirse, detrás de la cruz
está el diablo. No lo niego, respondió Sancho, y por ahora denme un pedazo de pan y
obra de cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno, porque en efecto no
puedo pasar sin comer: y si es que hemos de estar prontos para estas batallas que nos
amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque tripas llevan corazón, que no
corazón tripas: y vos, secretario, responded al Duque mi señor y decidle que se
cumplirá lo que manda como lo manda, sin faltar punto; y daréis de mi parte un
besamanos a mi señora la Duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un
propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibiré mucha merced,
y tendré cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de camino,
podéis encajar un besamanos a mi señor Don Quijote de la Mancha, porque vea que
soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir
todo lo que quisiéredes y más viniere a cuento: y álcense estos manteles, y denme a
mí de comer; que yo me avendré con cuantas espías y matadores y encantadores
vinieren sobre mí y sobre mi ínsula. En esto entró un paje y dijo: Aquí está un labrador
negociante que quiere hablar a vueseñoría en un negocio, según él dice, de mucha
importancia. Extraño caso es éste, dijo Sancho destos negociantes: ¿es posible que
sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son en las
que han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces,
no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar el
tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de piedra mármol?
Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno (que no durará, según se me
trasluce) que yo ponga en pretina a más de un negociante. Agora decid a ese buen
hombre que entre; pero adviértase primero no sea alguno de los espías, o matador mío.
No, señor, respondió el paje, porque parece una alma de cántaro, y yo sé poco, o él es
tan bueno como el buen pan. No hay que temer, dijo el mayordomo, que aquí estamos
todos. ¿Sería posible, dijo Sancho, maestresala, que agora que no está aquí el doctor
Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un
pedazo de pan y una cebolla? Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida,
y quedará V. S. satisfecho y pagado, dijo el maestresala. Dios lo haga, respondió
Sancho; y en esto entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas
se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue: ¿Quién es
aquí el señor gobernador? ¿Quién ha de ser, respondió el secretario, sino el que está
sentado en la silla? Humíllome, pues, a su presencia, dijo el labrador, y poniéndose
de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho, y mandó que se
levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el labrador, y luego dijo: Yo, señor, soy
labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos leguas de Ciudad Real. ¿Otro
Tirteafuera tenemos? dijo Sancho: decid, hermano, que lo que yo os sé decir es que
sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo. Es pues el caso,
señor, prosiguió el labrador, que yo, por la misericordia de Dios, soy casado en paz y
en haz de la santa Iglesia católica romana; tengo dos hijos estudiantes, que el menor
estudia para bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se murió mi
mujer, o, por mejor decir, me la mató un mal médico, que la purgó estando preñada,
y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiera a estudiar
para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado. De
modo, dijo Sancho, que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto,
vos no fuérades agora viudo. No señor, en ninguna manera, respondió el labrador.
Medrados estamos, replicó Sancho: adelante, hermano, que es hora de dormir más que
de negociar. Digo pues, dijo el labrador, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de Andrés
Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene de abolengo ni
otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos, y por mejorar el
nombre, los llaman Perlerines; aunque si va decir la verdad, la doncella es como una
perla oriental, y mirada por el lado derecho, parece una flor de campo; por el izquierdo
no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le saltó de viruelas; y aunque los hoyos del
rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aquéllos no son hoyos,
sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia, que por no
ensuciar la cara, trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que
van huyendo de la boca; y con todo esto, parece bien por extremo, porque tiene la
boca grande, y a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya
entre las más bien formadas. De los labios no tengo qué decir; porque son tan sutiles
y delicados, que si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una madeja; pero
como tienen diferente color de la que en los labios se usa comúnmente, parecen
milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y aberenjenado; y perdóneme el
señor gobernador si por tan menudo voy pintando las partes de la que al fin al fin ha
de ser mi hija, que la quiero bien y no me parece mal. Pintad lo que quisiéredes, dijo
Sancho, que yo me voy recreando en la pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor
postre para mí que vuestro retrato. Eso tengo yo por servir, respondió el labrador, pero
tiempo vendrá en que seamos, si ahora no somos; y digo, señor, que si pudiera pintar
su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser, a
causa de que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y con todo
eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el techo; y
ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la puede extender,
que está añudada; y con todo, en las uñas largas y acanaladas se muestra su bondad y
buena hechura. Está bien dijo Sancho, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis
pintado de los pies a la cabeza: ¿qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin
rodeos ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras. Querría, señor, respondió el labrador,
que vuesa merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro,
suplicándole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales
en los bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la verdad, señor
gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le
atormenten los malignos espíritus; y de haber caído una vez en el fuego, tiene el rostro
arrugado como pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una
condición de un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí
mesmo, fuera un bendito. ¿Queréis otra cosa, buen hombre? replicó Sancho. Otra cosa
querría, dijo el labrador, sino que no me atrevo a decirlo; pero vaya, que, en fin, no se
me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, señor, que querría que vuesa
merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller;
digo, para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos
a las impertinencias de los suegros. Mirad si queréis otra cosa, dijo Sancho, y no la
dejéis de decir por empacho ni por vergüenza. No por cierto, respondió el labrador: y
apenas dijo esto, cuando, levantandose en pie el gobernador, asió de la silla en que
estaba sentado, y dijo: Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis
y ascondéis luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza.
Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seiscientos ducados? ¿Y dónde los tengo yo, hediondo? ¿Y por qué te los había de dar
aunque los tuviera, socarrón y mentecato? ¿Y qué se me da a mí de Miguel Turra, ni
de todo el linaje de los Perlerines? Va de mí, digo, si no por vida del Duque mi señor
que haga lo que tengo dicho. Tú no debes de ser de Miguel Turra, sino algún socarrón
que para tentarme te ha enviado aquí el infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y
medio que tengo el gobierno, ¿y ya quieres que tenga seiscientos ducados? Hizo de
señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo hizo cabizbajo y al
parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase su cólera; que el bellacón supo
hacer muy bien su oficio. Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el
corro, y volvamos a Don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las
gatescas heridas, de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió
lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar
las cosas desta historia, por mínimas que sean.

Capítulo XLVIII
De lo que le sucedió a Don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la Duquesa, con
otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna

Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido Don Quijote, vendado el


rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato: desdichas
anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en público, en una noche de
las cuales estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el
perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de su aposento,
y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y
ponerle en condición de faltar a la fee que guardar debía a su señora Dulcinea del
Toboso. No, dijo creyendo a su imaginación (y esto con voz que pudiera ser oída), no
ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo
grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de mis entrañas,
ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado
Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga Merlín o Montesinos donde
ellos quisieren, que adondequiera eres mía, y a doquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie sobre la
cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una galocha en la
cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por los aruños; los bigotes, porque
no se le desmayasen y cayesen; en el cual traje parecía la más extraordinaria fantasma
que se pudiera pensar. Clavó los ojos en la puerta, y cuando esperaba ver entrar por
ella a la rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con unas
tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban desde los pies
a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela encendida, y
con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los ojos, a quien cubrían
unos muy grandes antojos: venía pisando quedito, y movía los pies blandamente.
Mirola Don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su silencio, pensó
que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él alguna mala fechuría, y
comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese llegando la visión, y cuando llegó a
la mitad del aposento, alzó los ojos y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces
Don Quijote; y si él quedó medroso en ver tal figura, ella quedó espantada en ver la
suya; porque así como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las vendas,
que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo: ¡Jesús! ¿Qué es lo que veo? Y con el
sobresalto se le cayó la vela de las manos; y viéndose a escuras volvió las espaldas
para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio consigo una gran caída. Don
Quijote temeroso comenzó a decir: Conjúrote fantasma, o lo que eres, que me digas
quién eres, y que me digas qué es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo,
que yo haré por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico cristiano y
amigo de hacer bien a todo el mundo, que para esto tomé la orden de la caballería
andante que profeso, cuyo ejercicio aún hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio
se extiende. La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de Don
Quijote, y con voz afligida y baja le respondió: Señor Don Quijote (si es que acaso
vuesa merced es Don Quijote), yo no soy fantasma ni visión, ni alma de purgatorio,
como vuesa merced debe de haber pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor
de mi señora la Duquesa, que con una necesidad de aquellas que vuesa merced suele
remediar, a vuesa merced vengo. Dígame, señora doña Rodríguez, dijo Don Quijote,
¿por ventura viene vuesa merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no
soy de provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del
Toboso. Digo, en fin, señora doña Rodríguez, que, como vuesa merced salve y deje a
una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva, y
departiremos de todo lo que más mandare y más en gusto le viniere, salvando, como
digo, todo incitativo melindre. ¿Yo recado de nadie, señor mío? respondió la dueña:
mal me conoce vuesa merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me
acoja a semejantes niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos
mis dientes y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han usurpado unos
catarros, que en esta tierra de Aragón son tan ordinarios. Pero espéreme vuesa merced
un poco; saldré a encender mi vela, y volveré en un instante a contar mis cuitas, como
a remediador de todas las del mundo: y sin esperar respuesta se salió del aposento,
donde quedó Don Quijote sosegado y pensativo esperándola; pero luego le
sobrevinieron mil pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal
hecho y peor pensado ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y
decíase a sí mismo: ¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme
agora con una dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas,
marquesas ni condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos que,
si él puede, antes os la dará roma que aguileña; ¿y quién sabe si esta soledad, está
ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo de mis
años venga a caer donde nunca he tropezado? Y en casos semejantes, mejor es huir
que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo
y pienso; que no es posible que una dueña toquiblanca, larga y antojuna pueda mover
ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado pecho del mundo. ¿Por ventura
hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes? ¿Por ventura hay dueña en el orbe que
deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa? Afuera pues, caterva dueñesca, inútil
para ningún humano regalo: ¡oh cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que
tenía dos dueñas de bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como
que estaban labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas estatuas
como las dueñas verdaderas! Y diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de
cerrar la puerta y no dejar entrar a la señora Rodríguez; más cuando la llegó a cerrar,
ya la señora Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a
Don Quijote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o becoquín,
temió de nuevo, y retirándose atrás como dos pasos, dijo: ¿Estamos seguras, señor
caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de
su lecho. Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora, respondió Don Quijote: y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado. ¿De quién? ¿O a quién, pedís,
señor caballero, esa seguridad? respondió la dueña. A vos y de vos la pido, replicó
Don Quijote, porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce, ni ahora son las diez del
día, sino media noche, y aún un poco más, según imagino, y en una estancia más
cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó
a la hermosa y piadosa Dido. Pero dadme, señora, la mano; que yo no quiero otra
seguridad mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas
reverendísimas tocas. Y diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que
ella le dio con las mesmas ceremonias. Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice
que por Mahoma que diera por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al
lecho la mejor almalafa de dos que tenía. Entrose en fin Don Quijote en su lecho, y
quedose doña Rodríguez sentada en una silla, algo desviada de la cama, no quitándose
los antojos ni la vela. Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el
rostro descubierto; y habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el silencio
fue Don Quijote, diciendo: Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez,
descoserse y desbuchar todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y
lastimadas entrañas; que será de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con
piadosas obras. Así lo creo yo, respondió la dueña, que de la gentil y agradable
presencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta. Es pues el
caso, señor Don Quijote, que aunque vuesa merced me vee sentada en esta silla y en
la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y asendereada, soy
natural de las Asturias de Oviedo, y de linaje que atraviesan por él muchos de los
mejores de aquella provincia; pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que
empobrecieron antes de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me trujeron a la corte de
Madrid, donde por bien de paz y por excusar mayores desventuras, mis padres me
acomodaron a servir de doncella de labor a una principal señora; y quiero hacer
sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna me ha echado
el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron sirviendo y se volvieron a su
tierra, y de allí a pocos años se debieron de ir al cielo, porque eran además buenos y
católicos cristianos. Quedé huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas
mercedes que a las tales criadas se suele dar en palacio; y en este tiempo, sin que diese
yo ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en días, barbudo
y apersonado, y sobre todo hidalgo como el Rey, porque era montañés. No tratamos
tan secretamente nuestros amores que no viniesen a noticia de mi señora; la cual, por
excusar dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la santa madre Iglesia católica
romana, de cuyo matrimonio nació una hija para rematar con mi ventura, si alguna
tenía, no porque yo muriese del parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque
desde allí a poco murió mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora
lugar para contarle, yo sé que vuesa merced se admirara: y en esto, comenzó a llorar
tiernamente, y dijo: Perdóneme vuesa merced, señor Don Quijote: que no va más en
mi mano; porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los
ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a las ancas
de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces no se usaban
coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras iban a las ancas de sus
escuderos, esto a lo menos no puedo dejar de contarlo, porque se nota la crianza y
puntualidad de mi buen marido. Al entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es
algo estrecha, venían a salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y
así como mi buen escudero le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal de volver
a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas, con voz baja le decía: ¿Qué hacéis,
desventurado, no veis que voy aquí?» El alcalde de comedido, detuvo la rienda al
caballo, y díjole: Seguid, señor, vuestro camino; que yo soy el que debo acompañar a
mi señora doña Casilda, que así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido,
con la gorra en la mano a querer ir acompañando al alcalde. Viendo lo cual mi señora,
llena de cólera y enojo sacó un alfiler gordo, o creo que un punzón del estuche, y
clavósele por los lomos, de manera, que mi marido dio una gran voz, y torció el
cuerpo, de suerte que dio con su señora en el suelo. Acudieron dos lacayos suyos a
levantarla, y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles. Alborotose la puerta de
Guadalajara, digo la gente baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y mi marido
acudió en casa de un barbero, diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las
entrañas. Divulgose la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos le corrían por
las calles, y por esto, y porque él era algún tanto corto de vista, mi señora le despidió,
de cuyo pesar sin duda alguna tengo para mí que se le causó el mal de la muerte.
Quedé yo viuda y desamparada, y con hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura
como la espuma de la mar. Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi
señora la Duquesa, que estaba recién casada con el Duque mi señor, quiso traerme
consigo a este reino de Aragón, y a mi hija ni más ni menos, adonde yendo días y
viniendo días creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta como una
calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee y escribe como un
maestro de escuela, y cuenta como un avariento: de su limpieza no digo nada: que el
agua que corre no es más limpia; y debe de tener agora, si mal no me acuerdo, diez y
seis años, cinco meses y tres días, uno más a menos. En resolución, desta mi muchacha
se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del Duque mi señor,
no muy lejos de aquí.

En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se juntaron, y debajo de la palabra de ser


su esposo, burló a mi hija, y no se la quiere cumplir; y aunque el Duque mi señor lo
sabe, porque yo me he quejado a él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que
el tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y
es la causa que como el padre del burlador es tan rico, y le presta dineros, y le sale por
fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en
ningún modo. Querría, pues, señor mío, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer
este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues según todo el mundo dice, vuesa
merced nació en él para deshacerlos, y para enderezar los tuertos y amparar los
miserables; y póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija, su
gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en
Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no hay ninguna
que llegue a la suela de su zapato: y que una que llaman Altisidora, que es la que
tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi hija no la llega
con dos leguas: porque quiero que sepa vuesa merced, señor mío, que no es todo oro
lo que reluce; porque esta Altisidora tiene más de presunción que de hermosura, y más
de desenvuelta que de recogida: además que no está muy sana: que tiene un cierto
aliento cansado, que no hay sufrir el estar junto a ella un momento; y aún mi señora
la Duquesa... quiero callar; que se suele decir que las paredes tienen oídos. ¿Qué tiene
mi señora la Duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? preguntó Don Quijote.
Con ese conjuro, respondió la dueña, no puedo dejar de responder a lo que se me
pregunta con toda verdad. ¿Ve vuesa merced, señor Don Quijote, la hermosura de mi
señora la Duquesa, aquella tez de rostro, que no parece sino de una espada acicalada
y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una tiene el sol y en la
otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aún despreciando el suelo, que
no parece sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo
puede agradecer, primero a Dios, y luego a dos fuentes que tiene en las dos piernas,
por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los médicos que está llena.
¡Santa María! dijo Don Quijote; ¿y es posible que mi señora la Duquesa tenga tales
desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero pues la señora
doña Rodríguez lo dice, debe de ser así; pero tales fuentes y en tales lugares, no deben
de manar humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente que ahora acabo de creer que
esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante para salud. Apenas acabó Don
Quijote de decir está razón cuando con un gran golpe abrieron las puertas del
aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez la vela de la mano,
y quedó la estancia como boca de lobo, como suele decirse. Luego sintió la pobre
dueña que la asían de la garganta con dos manos, tan fuertemente, que no la dejaban
gañir, y que otra persona, con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas,
y con una, al parecer, chinela, le comenzó a dar tantos azotes, que era una compasión;
y aunque Don Quijote se la tenía, no se meneaba del lecho, y no sabía qué podía ser
aquello, y estábase quedo y callando, y aún temiendo no viniese por él la tanda y tunda
azotesca. Y no fue vano su temor; porque en dejando molida a la dueña los callados
verdugos (la cual no osaba quejarse) acudieron a Don Quijote, y desenvolviéndole de
la sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo
dejar de defenderse a puñadas, y todo esto, en silencio admirable. Duró la batalla casi
media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus faldas, y gimiendo
su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir palabra a Don Quijote; el cual,
doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se quedó solo, donde le dejaremos deseoso
de saber quién había sido el perverso encantador que tal le había puesto; pero ello se
dirá a su tiempo; que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo
pide.
Capítulo XLIX
De lo que sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula

Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y socarrón,


el cual industriado del mayordomo, y el mayordomo del Duque, se burlaban de
Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y dijo a
los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que como se acabó el secreto de la
carta del Duque había vuelto a entrar en la sala: Ahora verdaderamente que entiendo
que los jueces y gobernadores deben de ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las
importunidades de los negociantes, que a todos horas y a todos tiempos quieren que
los escuchen y despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede, o porque no es aquél el
tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y murmuran, y le roen los
huesos, y aún les deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te
apresures, espera sazón y coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a
la del dormir, que los jueces son de carne y de hueso, y han de dar a la naturaleza lo
que naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, merced al
señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que muera de
hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y a todos los de
su ralea, digo a la de los malos médicos, que la de los buenos palmas y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves, o
adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente el doctor Pedro Recio Agüero
de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella noche, aunque excediese de todos
los aforismos de Hipócrates. Con esto quedó contento el gobernador, y esperaba con
grande ansia llegase la noche y la hora de cenar; y aunque el tiempo, al parecer suyo,
se estaba quedo, sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él el tanto deseado,
donde le dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en días. Entregose en todo con más gusto que si le hubieran dado
francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón, o
gansos de Lavajos, y entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo: Mirad, señor doctor,
de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas regaladas ni manjares exquisitos,
porque será sacar a mi estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a
vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas, y si acaso le dan otros manjares de
palacio, los recibe con melindre, y algunas veces con asco: lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son,
mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea
de comer, que yo se lo agradeceré, y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie
conmigo, porque, o somos o no somos; vivamos todos y comamos en buena paz
compaña, pues cuando Dios amanece, para todos amanece; yo gobernaré está ínsula
sin perdonar derecho ni llevar cohecho; y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por
el virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que si me dan
ocasión, han de ver Maravillas: no sino haceos miel, y comeros han moscas. Por
cierto, señor gobernador, dijo el maestresala, que vuesa merced tiene mucha razón en
cuanto ha dicho; y que yo ofrezco en nombre de todos los insulanos desta ínsula que
han de servir a vuesa merced con toda puntualidad, amor y benevolencia, porque el
suave modo de gobernar que en estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar
de hacer ni de pensar cosa que en deservicio de vuesa merced redunde. Yo lo creo,
respondió Sancho; y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen o pensasen; y vuelvo
a decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi rucio, que es lo que en este
negocio importa y hace más al caso; y en siendo hora vamos a rondar, que es mi
intención limpiar está ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda,
holgazana y mal entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y
perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que se comen
la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar
sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos, y sobre todo, tener respeto a
la religión y a la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o
quiébrome la cabeza? Dice tanto vuesa merced, señor gobernador, dijo el mayordomo,
que estoy admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos,
tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los que nos
enviaron y los que aquí venimos; cada día se ven cosas nuevas en el mundo; las burlas
se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados. Llegó la noche, y cenó el
gobernador, con licencia del señor doctor Recio. Aderezáronse de ronda; salió con el
mayordomo, secretario y maestresala, y el coronista que tenía cuidado de poner en
memoria sus hechos, y alguaciles y escribanos, tantos, que podían formar un mediano
escuadrón: Iba Sancho en medio, con su vara, que no había más que ver, y pocas calles
andadas del lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran
dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia, se estuvieron
quedos, y el uno dellos dijo: Aquí de Dios y del rey; cómo ¿y que se ha de sufrir que
roben en poblado en este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?
Sosegaos, hombre de bien, dijo Sancho, y contadme qué es la causa desta pendencia,
que yo soy el gobernador. El otro contrario dijo: Señor gobernador, yo la diré con toda
brevedad: vuesa merced sabrá que este gentil hombre acaba de ganar ahora en esta
casa de juego que está aquí frontero más de mil reales, y sabe Dios cómo; y
hallándome yo presente, juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo
aquello que me dictaba la conciencia; alzose con la ganancia, y cuando esperaba que
me había de dar algún escudo por lo menos de barato, como es uso y costumbre darle
a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, y
para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su dinero y se salió de la casa:
yo vine despechado tras él, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy hombre honrado; y que no tengo oficio ni
beneficio, porque mis padres no me le enseñaron ni me le dejaron; y el socarrón, que
no es más ladrón Caco ni más fullero que Andradilla, no quería darme más de cuatro
reales; porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca vergüenza y qué poca
conciencia; pero a fe que si vuesa merced no llegara, que yo le hiciera vomitar la
ganancia, y que había de saber con cuántas entraba la romana. ¿Qué decís vos a esto?
preguntó Sancho. Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no
había querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los que
esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren, sin
ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son fulleros y
que lo que ganan es mal ganado; y que para señal que él era hombre de bien y no
ladrón como decía, ninguna había mayor que el no haberle querido dar nada; que
siempre los fulleros son tributarios de los mirones que los conocen. Así es, dijo el
mayordomo; vea vuesa merced, señor gobernador, qué es lo que se ha de hacer destos
hombres. Lo que se ha de hacer es esto, respondió Sancho: vos, ganancioso, bueno, o
malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más habéis de
desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis oficio ni
beneficio, y andáis de nones en está ínsula, tomad luego esos cien reales, y mañana
en todo el día salid desta ínsula desterrado por diez años, so pena, si lo quebrantáredes,
los cumpláis en la otra vida, colgandoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo
por mi mandado; y ninguno me replique, que le asentaré la mano. Desembolsó el uno,
recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fue a su casa, y el gobernador
quedó diciendo: Ahora yo podré poco, o quitaré estas casas de juego; que a mí se me
trasluce que son muy perjudiciales. Ésta a lo menos, dijo un escribano, no la podrá
vuesa merced quitar, porque la tiene un gran personaje, y más es, sin comparación, lo
que él pierde al año que lo que saca de los naipes: contra otros garitos de menor cantía
podrá vuesa merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más
insolencias encubren, que en las casas de los caballeros principales y de los señores
no se atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y pues el vicio del juego se ha
vuelto en ejercicio común, mejor es que se juegue en casas principales que no en la
de algún oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan
vivo. Agora, escribano, dijo Sancho, yo sé que hay mucho que decir en eso. Y en esto
llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo: Señor gobernador, este mancebo
venía hacia nosotros, y así como columbró la justicia, volvió las espaldas y comenzó
a correr como un gamo, señal que debe de ser algún delincuente; yo partí tras él, y si
no fuera porque tropezó y cayó, no le alcanzara jamás. ¿Por qué huías, hombre?
preguntó Sancho. A lo que el mozo respondió: Señor, por excusar de responder a las
muchas preguntas que las justicias hacen. ¿Qué oficio tienes? Tejedor. ¿Y qué tejes?
Hierros de lanzas con licencia buena de vuestra merced. ¿Gracioso me sois? ¿De
chocarrero os picáis? Está bien: ¿y adónde íbades ahora? Señor, a tomar el aire. ¿Y
dónde se toma el aire en está ínsula? Adonde sopla. Bueno: respondéis muy a
propósito; discreto sois, mancebo; pero haced cuenta que yo soy el aire, y que os soplo
en popa, y os encamino a la cárcel. Asilde, hola, y llevadle; que yo haré que duerma
allí sin aire esta noche. Par Dios, dijo el mozo, así me haga vuesa merced dormir en
la cárcel como hacerme rey. ¿Pues por qué no te haré yo dormir en la cárcel? respondió
Sancho; ¿no tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere? Por
más poder que vuesa merced tenga, dijo el mozo, no será bastante para hacerme
dormir en la cárcel. ¿Cómo que no? replicó Sancho: llevadle luego donde verá por sus
ojos el desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal liberalidad;
que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel. Todo
eso es cosa de risa, respondió el mozo: el caso es que no me harán dormir en la cárcel
cuantos hoy viven. Dime, demonio, dijo Sancho, ¿tienes algún ángel que te saque y
que te quite los grillos que te pienso mandar echar? Ahora, señor gobernador,
respondió el mozo con muy buen donaire, estemos a razón y vengamos al punto.
Prosuponga vuesa merced que me manda llevar a la cárcel y que en ella me echan
grillos y cadenas, y que me meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide graves
penas si me deja salir, y que él lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no
quiero dormir, y estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuesa
merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero? No por
cierto, dijo el secretario, y el hombre ha salido con su intención. ¿De modo, dijo
Sancho, que no dejaréis de dormir por otra cosa que por vuestra voluntad, y no por
contravenir a la mía? No, señor, dijo el mozo, ni por pienso. Pues andad con Dios,
dijo Sancho, idos a dormir a vuestra casa, y Dios os dé buen sueño, que yo no quiero
quitárosle; pero aconséjoos que de aquí adelante no os burléis con la justicia, porque
toparéis con alguna que os dé con la burla en los cascos. Fuese el mozo, y el
gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco vinieron dos corchetes que traían
a un hombre asido, y dijeron: Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino
mujer, y no fea, que viene vestida en hábito de hombre. Llegáronle a los ojos dos o
tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un rostro de una mujer, al parecer, de diez
y seis o pocos más años, recogidos los cabellos con una redecilla de oro y seda verde,
hermosa como mil perlas: miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas
medias de seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar, los
gregüescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mesmo,
suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro y blanco, y los zapatos
eran blancos y de hombre; no traía espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los
dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente la moza parecía bien a todos, y
ninguno la conoció de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no
podían pensar quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a
Sancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía
ordenado por ellos, y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el caso. Sancho
quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntole quién era, adónde iba y qué
ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos los ojos en tierra
con honestísima vergüenza, respondió: No puedo, señor, decir tan en público lo que
tanto me importaba fuera secreto: una cosa quiero que se entienda, que no soy ladrón
ni persona facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos
ha hecho romper el decoro que a la honestidad se debe. Oyendo esto el mayordomo,
dijo a Sancho: Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere. Mandolo así el gobernador; apartáronse todos,
si no fueron el mayordomo, maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la
doncella prosiguió diciendo: Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca,
arrendador de las lanas deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.
Eso no lleva camino, dijo el mayordomo, señora, porque yo conozco muy bien a Pedro
Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más, que decir que es
vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas veces en casa de vuestro padre. Ya
yo había dado en ello, dijo Sancho. Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que
me digo, respondió la doncella, pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana,
que todos vuesas mercedes deben de conocer. Aún eso lleva camino, respondió el
mayordomo, que yo conozco a Diego de la Llana, y sé que es un hidalgo principal y
rico, y que tiene un hijo y una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en
todo este lugar que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea y con todo esto la fama dice que es en
extremo hermosa. Así es la verdad, respondió la doncella, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis
visto; y en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se llegó al
oído del maestresala, y le dijo muy paso: Sin duda alguna que a está pobre doncella
le debe de haber sucedido algo de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y
siendo tan principal, anda fuera de su casa. No hay dudar en eso, respondió el
maestresala, y más, que esa sospecha la confirman sus lágrimas. Sancho la consoló
con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin temor alguno les dijese lo que
le había sucedido; que todos procurarían remediarlo con muchas veras y por todas las
vías posibles. Es el caso, señores, respondió ella, que mi padre me ha tenido encerrada
diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra: en casa dicen misa
en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de día, y
la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas ni templos, ni aún hombres,
fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que por entrar
de ordinario en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos
días y meses que me trae muy desconsolada: quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos,
el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que
las doncellas principales deben guardar a sí mesmas. Cuando oía decir que corrían
toros y jugaban cañas y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es
un año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquellas, y otras muchas que yo
no he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía; pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdición
digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal rogara... y tornó a
renovar el llanto. El mayordomo le dijo: Prosiga vuesa merced, señora, y acabe de
decirnos lo que le ha sucedido; que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus
lágrimas. Pocas me quedan por decir, respondió la doncella, aunque muchas lágrimas
sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros
descuentos que los semejantes. Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza
de la doncella, y llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo, y pareciole que no
eran lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aún las subía de
punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese
tanta como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase
el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar su historia, y díjole que
acabase de tenerlos más suspensos; que era tarde y faltaba mucho que andar del
pueblo. Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi hermano


que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos, y que me sacase una
noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; él, importunado de mis
ruegos, condecendió con mi deseo, y poniéndome este vestido, y él vestiéndose de
otro mío, que le está como nacido, porque él no tiene pelo de barba y no parece sino
una doncella hermosísima, esta noche, debe de haber una hora, poco más o menos,
nos salimos de casa, y guiados de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos
rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel
de gente, y mi hermano me dijo: Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies
y pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan; que nos será
mal contado; y diciendo esto volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr, sino a
volar; yo, a menos de seis pasos caí con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de
la justicia, que me trujo ante vuesas mercedes, adonde por mala y antojadiza me veo
avergonzada ante tanta gente. En efecto, señora, dijo Sancho, ¿no os ha sucedido otro
desmán alguno, ni celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os
sacaron de vuestra casa? No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el
deseo de ver mundo, que no se extendía a más que a ver las calles de este lugar: y
acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los corchetes con su
hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó de su hermana. No traía
sino un faldellín rico y una mantellina de damasco azul con pasamanos de oro fino, la
cabeza, sin toca ni con otra cosa adornada que con sus mesmos cabellos, que eran
sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse con él el gobernador,
mayordomo y maestresala, y sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía
en aquel traje; y él con no menos vergüenza y empacho contó lo mesmo que su
hermana había contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala; pero el
gobernador les dijo: Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para
contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas ni tantas lágrimas y
suspiros; que con decir: somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de casa de
nuestros padres con esta invención, sólo por curiosidad, sin otro designio alguno, se
acabara el cuento, y no gemidicos, y lloramicos, y darle. Así es la verdad, respondió
la doncella, pero sepan vuesas mercedes que la turbación que he tenido ha sido tanta,
que no me ha dejado guardar el término que debía. No se ha perdido nada, respondió
Sancho. Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes en casa de su padre; quizá no los
habrá echado menos, y de aquí adelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de
ver mundo; que la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la
gallina, por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de
ser vista: no digo más. El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería
hacerles de volverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allí. Llegaron, pues, y tirando el hermano una china a una reja, al momento
bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió la puerta, y ellos entraron,
dejando a todos admirados así de su gentileza y hermosura como del deseo que tenían
de ver mundo de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día pedírsela por
mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría, por ser él criado del Duque;
y aúna Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar al mozo con Sanchica su hija,
y determinó de ponerlo en plática a su tiempo, dándose a entender que a una hija de
un gobernador ningún marido se le podía negar. Con esto se acabó la ronda de aquella
noche, y de allí a dos días el gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus
designios, como se vera adelante.
Capítulo L
Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la
dueña y pellizcaron y arañaron a Don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que
llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera


historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a la estancia
de Don Quijote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que como todas las dueñas
son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella, con tanto silencio, que la buena
Rodríguez no lo echó de ver; y así como la dueña la vio entrar en la estancia de Don
Quijote, porque no faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de
ser chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la Duquesa, de cómo
doña Rodríguez quedaba en el aposento de Don Quijote. La Duquesa se lo dijo al
Duque, y le pidió licencia para que ella y Altisidora viniesen a ver lo que aquella
dueña quería con Don Quijote. El Duque se la dio, y las dos con gran tiento y sosiego
paso ante paso llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca que oían
todo lo que dentro hablaban; y cuando oyó la Duquesa que Rodríguez había echado
en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos Altisidora, y así
llenas de cólera y deseosas de venganza entraron de golpe en el aposento, y
acrebillaron a Don Quijote y vapularon a la dueña del modo que queda contado;
porque las afrentas que van derechas contra la hermosura y presunción de las mujeres
despiertan en ellas en gran manera la ira y enciende el deseo de vengarse. Contó la
Duquesa al Duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho, y la Duquesa,
prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir pasatiempo con Don Quijote,
despachó al paje que había hecho la figura de Dulcinea en el concierto de su
desencanto, que tenía bien olvidado Sancho Panza con la ocupación de su gobierno,
a Teresa Panza su mujer con la carta de su marido, y con otra suya, y con una gran
sarta de corales ricos presentados. Dice pues, la historia, que el paje era muy discreto
y agudo, y con deseo de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de
Sancho; y antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a
quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa
Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un caballero llamado Don
Quijote de la Mancha; a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba
lavando, y dijo: Esa Teresa Panza es mi madre; y ese tal Sancho, mi señor padre; y el
tal caballero, nuestro amo. Pues venid, doncella, dijo el paje, y mostradme a vuestra
madre; porque le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre. Eso haré yo de
muy buena gana, señor mío, respondió la moza, que mostraba ser de edad de catorce
años, poco más a menos; y dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse
ni calzarse, que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del
paje, y dijo: Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi
madre en ella con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi señor padre.
Pues yo se las llevo tan buenas, dijo el paje que tiene que dar bien gracias a Dios por
ellas. Finalmente saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha, y
antes de entrar en su casa dijo a voces desde la puerta: Salga, madre Teresa, salga,
salga; que viene aquí un señor que trae cartas y otras cosas de mi buen padre; a cuyas
voces salió Teresa Panza su madre hilando un copo de estopa, con una saya parda
(parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso lugar), con un
corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos. No era muy vieja, aunque
mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y avellanada; la cual,
viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:
¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste? Es un servidor de mi señora doña Teresa
Panza, respondió el paje; y diciendo y haciendo se arrojó del caballo y se fue con
mucha humildad a poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo: Déme vuesa
merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer legítima y particular
del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula Barataria. ¡Ay señor mío!
quítese de ahí, no haga eso, respondió Teresa, que yo no soy nada palaciega, sino una
pobre labradora, hija de un estripaterrones, y mujer de un escudero andante, y no de
gobernador alguno! Vuesa merced, respondió el paje es mujer dignísima de un
gobernador archidignísimo; y para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta
carta y este presente; y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con
extremos de oro, y se la echó al cuello, y dijo: Esta carta es del señor gobernador, y
otra que traigo y estos corales son de mi señora la Duquesa, que a vuesa merced me
envía. Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo Que me
maten si no anda por aquí nuestro señor amo Don Quijote, que debe de haber dado a
padre el gobierno o condado que tantas veces le había prometido. Así es la verdad,
respondió el paje, que por respeto del señor Don Quijote es ahora el señor Sancho
gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por está carta. Léamela vuesa merced,
señor gentil hombre, dijo Teresa, porque aunque yo sé hilar, no sé leer migaja. Ni yo
tampoco, añadió Sanchica, pero espérenme aquí; que yo iré a llamar quien la lea, ora
sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que vendrán de muy buena gana,
por saber nuevas de mi padre. No hay para qué se llame a nadie; que yo no sé hilar,
pero sé leer, y la leeré. Y así, se la leyó toda, que por quedar ya referida, no se pone
aquí, y luego sacó otra de la Duquesa, que decía desta manera:
«Amiga Teresa: las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido
Sancho me movieron y obligaron a pedir a mi marido el Duque le diese un gobierno
de una ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un girifalte, de
lo que yo estoy muy contenta, y el Duque mi señor, por el consiguiente; por lo que
doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado en haberle escogido para el tal
gobierno; porque quiero que sepa la señora Teresa que con dificultad se halla un buen
gobernador en el mundo, y tal me haga a mí Dios como Sancho gobierna. Ahí le envío,
querida mía, una sarta de corales con extremos de oro: yo me holgara que fuera de
perlas orientales; pero quien te da el hueso, no te querría ver muerta: tiempo vendrá
en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme
a Sanchica su hija, y dígale de mi parte que se apareje, que la tengo de casar altamente
cuando menos lo piense. Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas, envíeme hasta
dos docenas, que las estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo,
avisándome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna cosa, no tiene
que hacer más que boquear; que su boca será medida, y Dios me la guarde. Deste
lugar, su amiga, que bien la quiere
La Duquesa.»
¡Ay, dijo Teresa en oyendo la carta, y qué buena y qué llana y qué humilde señora!
Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este pueblo se usan,
que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con
tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a
deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser
duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su igual; que igual la vea yo con
el más alto campanario que hay en la Mancha; y en lo que toca a las bellotas, señor
mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden venir a ver a la
mira y a la maravilla; y por ahora, Sanchica, atiende a que se regale este señor: pon
en orden este caballo, y saca de la caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle
de comer como a un príncipe; que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara
que él tiene lo merece todo; y en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas de
nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan amigos son y
han sido de tu padre. Sí haré, madre, respondió Sanchica, pero mire que me ha de dar
la mitad desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la Duquesa, que se la
había de enviar a ella toda. Todo es para ti, hija, respondió Teresa, pero déjamela traer
algunos días al cuello; que verdaderamente parece que me alegra el corazón. También
se alegrarán, dijo el paje cuando vean el lío que viene en este portamanteo, que es un
vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un día llevó a caza, el cual todo le
envía para la señora Sanchica. Que me viva él mil años, respondió Sanchica, y el que
lo trae, ni más ni menos, y aún dos mil, si fuere necesidad. Salióse, en esto, Teresa
fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello, y iba tañendo en las cartas como
si fuera en un pandero; y encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó
a bailar y a decir: A fe, que agora que no hay pariente pobre, gobiernito tenemos; no
sino tómese conmigo la más pintada hidalga; que yo la pondré como nueva. ¿Qué es
esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son ésos? No es otra la
locura sino que éstas son cartas de Duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al
cuello son corales finos las avemarías, y los padresnuestros son de oro de martillo, y
yo soy gobernadora. De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que
os decís. Ahí lo podrán ver ellos, respondió Teresa, y dioles las cartas. Leyólas el cura
de modo que las oyó Sansón Carrasco; y Sansón y el cura se miraron el uno al otro,
como admirados de lo que habían leído, y preguntó el bachiller quién había traído
aquellas cartas. Respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el
mensajero, que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que
valía más de tanto. Quitole el cura los corales del cuello, y mirólos y remirólos, y
certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo y dijo: Por el hábito que
tengo que no sé qué me diga ni qué me piense de estas cartas y destos presentes: por
una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por otra, leo que una Duquesa envía
a pedir dos docenas de bellotas. Aderézame esas medidas, dijo entonces Carrasco:
agora bien, vamos a ver al portador deste pliego, que dél nos informaremos de las
dificultades que se nos ofrecen. Hiciéronlo así, y volviose Teresa con ellos. Hallaron
al paje cribando un poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un
torrezno para empedrarle con huevos, y dar de comer al paje, cuya presencia y buen
adorno contentó mucho a los dos; y después de haberle saludado cortésmente, y él a
ellos, le preguntó Sansón les dijese nuevas así de Don Quijote como de Sancho Panza,
que puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la señora Duquesa, todavía
estaban confusos y no acababan de atinar qué sería aquello del gobierno de Sancho, y
más de una ínsula, siendo todas o las más que hay en el mar Mediterráneo de su
Majestad. A lo que el paje respondió: De que el señor Sancho Panza sea gobernador,
no hay que dudar en ello; de que sea ínsula, o no, la que gobierna, en eso no me
entremeto; pero basta que sea un lugar de más de mil vecinos; y en cuanto a lo de las
bellotas digo, que mi señora la Duquesa es tan llana y tan humilde, que no decía él
enviar a pedir bellotas a una labradora; pero que le acontecía enviar a pedir un peine
prestado a una vecina suya: porque quiero que sepan vuestras mercedes que las
señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan puntuosas y levantadas
como las señoras castellanas: con más llaneza tratan con las gentes. Estando en la
mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de huevos, y preguntó al paje:
Dígame, señor, ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después que es
gobernador? No he mirado en ello, respondió el paje, pero sí debe de traer. ¡Ay Dios
mío! replicó Sanchica, y ¡qué será de ver a mi padre con pedorreras! ¿No es bueno
sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi padre con calzas atacadas? Como con
esas cosas le verá vuesa merced si vive, respondió el paje. Par Dios, términos lleva de
caminar con papahigo, con solos dos meses que le dure el gobierno. Bien echaron de
ver el cura y el Bachiller que el paje hablaba socarronamente, pero la fineza de los
corales y el vestido de caza que Sancho enviaba lo deshacía todo (que ya Teresa les
había mostrado el vestido), y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más cuando
Teresa dijo: Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a
Toledo, para que me compre un verdugado redondo, y hecho y derecho, y sea al uso
de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno
de mi marido en cuanto yo pudiere, y aunque si me enojo, me tengo de ir a esa corte,
y echar un coche, como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien le puede
traer y sustentar. Y cómo, madre, dijo Sanchica, pluguiese a Dios que fuese antes hoy
que mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en
aquel coche: mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y tendida
en el coche como si fuera una papesa. Pero pisen ellos los lodos, y ándeme yo en mi
coche, levantados los pies del suelo. Mal año y mal mes para cuantos murmuradores
hay en el mundo; y ándeme yo caliente, y ríase la gente. ¿Digo bien, madre mía? Y
cómo que dices bien, hija, respondió Teresa, y todas estas venturas, y aún mayores,
me las tiene profetizadas mi buen Sancho; y veras tú, hija, cómo no para hasta hacerme
condesa; que todo es comenzar a ser venturosas; y como yo he oído decir muchas
veces a tu buen padre (que así como lo es tuyo lo es de los refranes) cuando te dieren
la vaquilla, corre con soguilla; cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren
un condado, agárrale; y cuando te hicieren tus tus, con alguna buena dádiva, envásala:
no sino dormíos, y no respondáis a las venturas y buenas dichas que están llamando a
la puerta de vuestra casa. ¿Y qué se me da a mí, añadió Sanchica que diga el que
quisiere cuando me vea entonada y fantasiosa: viose el perro en bragas de cerro, y lo
demás? Oyendo lo cual el cura dijo: Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje
de los Panza nacieron cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos
he visto que no los derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen. Así es la
verdad, dijo el paje, que el señor gobernador Sancho a cada paso los dice; y aunque
muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la Duquesa y el Duque
los celebran mucho. ¿Que todavía se afirma vuesa merced, señor mío, dijo el bachiller,
ser verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay Duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y hemos
leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas de Don Quijote
nuestro compatrioto; que todas piensa que son hechas por encantamento; y así, estoy
por decir que quiero tocar y palpar a vuesa merced, por ver si es embajador fantástico,
o hombre de carne y hueso. Señores, yo no sé más de mí, respondió el paje sino que
soy embajador verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que
mis señores Duque y Duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno, y que he oído
decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza: si en esto hay
encantamento o no, vuesas mercedes lo disputen allá entre ellos; que yo no sé otra
cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis padres, que los tengo vivos
y los amo y los quiero mucho. Bien podrá ello ser así, replicó el Bachiller,
pero «dubitat Augustinus». Dude quien dudare, respondió el paje, la verdad es la que
he dicho, y es la que ha de andar siempre sobre la mentira, como el aceite sobre el
agua; y si no, «operibus credite, et non verbis»: véngase alguno de vuesas mercedes
conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos. Esa ida a mí toca, dijo
Sanchica: lléveme vuesa merced, señor, a las ancas de su rocín; que yo iré de muy
buena gana a ver a mi señor padre. Las hijas de los gobernadores no han de ir solas
por los caminos, sino acompañadas de carrozas y literas y de gran número de
sirvientes. Par Dios, respondió Sancha, también me vaya yo sobre una pollina como
sobre un coche: hallado la habéis la melindrosa. Calla, mochacha, dijo Teresa, que no
sabes lo que te dices, y este señor está en lo cierto; que tal el tiempo, tal el tiento:
cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, señora, y no sé si digo algo. Más dice
la señora Teresa de lo que piensa, dijo el paje, y denme de comer y despáchenme
luego, porque pienso volverme está tarde. A lo que dijo el cura: Vuesa merced se
vendrá a hacer penitencia conmigo; que la señora Teresa más tiene voluntad que
alhajas para servir a tan buen huésped. Rehusólo el paje; pero en efecto lo hubo de
conceder por su mejora, y el cura le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de
preguntarle de espacio por Don Quijote y sus hazañas. El bachiller se ofreció de
escribir las cartas a Teresa, de la respuesta; pero ella no quiso que el bachiller se
metiese en sus cosas, que le tenía por algo burlón, y así dio un bollo y dos huevos a
un monacillo que sabía escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su marido y
otra para la Duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta
grande historia se ponen, como se verá adelante.

Capítulo LI
Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos

Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la cual el


maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza de la
disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della faltaba en escribir a sus
señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus hechos como de sus
dichos, porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos discretos
y tontos. Levantose en fin el señor gobernador, y por orden del doctor Pedro Recio le
hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa que la
trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero viendo que aquello
era más fuerza que voluntad, pasó por ello, con harto dolor de su alma y fatiga de su
estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y delicados avivaban
el ingenio, que era lo que más convenía a las personas constituidas en mandos y en
oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como
de las del entendimiento. Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su
secreto maldecía el gobierno, y aúna quien se le había dado; pero con su hambre y con
su conserva se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta
que un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás acólitos;
que fue: Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuesa merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso); digo pues,
que sobre este río estaba una puente, y al cabo della, una horca y una como casa de
audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el
dueño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma: si alguno pasare por
esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare
verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera, por ello ahorcado en la horca que
allí se muestra, sin remisión alguna. Sabida esta ley y la rigurosa condición della,
pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los
jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un
hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca
que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento, y dijeron: Si a
este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y conforme a la ley
debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morie en aquella horca, y habiendo
jurado verdad, por la misma ley debe ser libre. Pídase a vuesa merced, señor
gobernador, ¿qué harán los jueces del tal hombre; que aún hasta agora están dudosos
y suspensos? Y habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuesa
merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuesa merced de su parte diese su parecer
en tan intricado y dudoso caso. A lo que respondió Sancho: Por cierto que esos señores
jueces que a mí os envían lo pudieran haber excusado, porque yo soy un hombre que
tengo más de mostrenco que de agudo; pero, con todo eso, repetidme otra vez el
negocio de modo que yo le entienda: quizá podría ser que diese en el hito. Volvió otra
y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y Sancho dijo: A mi
parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: ¿el tal hombre jura que
va a morir en la horca; y si muere en ella juró verdad, y por la ley puesta merece ser
libre y que pase la puente, y si no le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece
que le ahorquen? Así es como el señor gobernador dice, dijo el mensajero, y cuanto a
la entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar. Digo yo,
pues agora, replicó Sancho que deste hombre aquella parte que juró verdad la dejen
pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se cumplirá al pie de la letra
la condición del pasaje. Pues, señor gobernador, replicó el preguntador, será necesario
que el tal hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por
fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de
necesidad expresa que se cumpla con ella. Venid acá, señor buen hombre, respondió
Sancho: este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para
morir que para vivir y pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le
condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos
señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o
asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien
que mal; y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no
he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos
que me dio mi amo Don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta
ínsula: que fue que cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la
misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como
de molde. Así es, respondió el mayordomo, y tengo para mí que el mismo Licurgo,
que dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran
Panza ha dado; y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré orden como
el señor gobernador coma muy a su gusto. Eso pido, y barras derechas, dijo Sancho:
denme de comer, y lluevan casos y dudas sobre mí; que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar de
hambre a tan discreto gobernador; y más que pensaba concluir con él aquella misma
noche haciéndole la burla última que traía en comisión de hacerle. Sucedió pues, que
habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos del doctor Tirteafuera, al
levantar de los manteles, entró un correo con una carta de Don Quijote para el
gobernador. Mandó Sancho al secretario que la leyese para sí, y que si no viniese en
ella alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y
repasándola primero, dijo: Bien se puede leer en voz alta; que lo que el señor Don
Quijote escribe a vuesa merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y
dice así:
Carta de Don Quijote de la Mancha a Sancho Panza,
gobernador de la ínsula Barataria.
«Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,
las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del
estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos. Dícenme que
gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses bestia, según es
la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces
conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón;
porque el buen adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser
conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le
inclina. Vístete bien; que un palo compuesto no parece palo: no digo que traigas dijes
ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que te adornes con el hábito
que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto. Para ganar la voluntad
del pueblo que gobiernas, entre otras, has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado
con todos, aunque esto ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar la abundancia de
los mantenimientos; que no hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la
hambre y la carestía.
»No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y sobre
todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan lo mismo es
que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo discreción y
autoridad para hacerlas no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que
atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas: que al
principio las espantó, y con el tiempo, la menospreciaron y se subieron sobre ella. Sé
padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre
blando, y escoge el medio entre estos dos extremos; que en esto está el punto de la
discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas; que la presencia del
gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a los presos, que
esperan la brevedad de su despacho, es coco a los carniceros, que por entonces igualan
los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma razón. No te muestres (aunque
por ventura lo seas, lo cual yo no creo), codicioso, mujeriego, ni glotón; porque en
sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán
batería, hasta derribarte en el profundo de la perdición. Mira y remira, pasa y repasa
los consejos y documentos que te di por escrito antes que de aquí partieses a tu
gobierno, y verás como hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te
sobrelleve los trabajos y dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen.
Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido; que la ingratitud es hija de la
soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a
los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le
hizo y de contino le hace.
»La señora Duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu mujer
Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta. Yo he estado un poco mal
dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió no muy a cuento de mis narices;
pero no fue nada; que si hay encantadores que me maltraten, también los hay que me
defiendan. Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de
la Trifaldi, como tú sospechaste; y de todo lo que te sucediere me irás dando aviso,
pues es tan corto el camino; cuanto más que yo pienso dejar presto esta vida ociosa
en que estoy, pues no nací para ella. Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me
ha de poner en desgracia destos señores; pero aunque se me da mucho, no se me da
nada, pues, en fin en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto,
conforme a lo que suele decirse: «amicus Plato, sed magis amica veritas». Dígote este
latín porque me doy a entender que después que eres gobernador, lo habrás aprendido.
Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo,
DON QUIJOTE DE LA MANCHA.»
Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por discreta de
los que la oyeron, y luego Sancho se levantó de la mesa, y llamando al secretario, se
encerró con él en su estancia, y sin dilatarlo más, quiso responder luego a su señor
Don Quijote, y dijo al secretario que, sin añadir ni quitar cosa alguna, fuese
escribiendo lo que él le dijese, y así lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor
siguiente:
Carta de Sancho Panza
a Don Quijote de la Mancha
«La ocupación de mis negocios es tan grande, que no tengo lugar para rascarme
la cabeza, ni aún para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas cual Dios lo
remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante si hasta
agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el cual tengo más
hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los despoblados.
»Escribiome el Duque mi señor el otro día dándome aviso que habían entrado en
esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he descubierto otra que
un cierto doctor que está en este lugar asalariado para matar a cuantos gobernadores
aquí vinieren: llamáse el doctor Pedro Recio, y es natural de Tirteafuera, porque vea
vuesa merced qué nombre para no temer que he de morir a sus manos. Este tal doctor
dice él mismo de sí mismo, que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que
las previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y más dieta, hasta
poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que
la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de
despecho, pues cuando pensé venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío, y
a recrear el cuerpo entre sábanas de Holanda, sobre colchones de pluma, he venido a
hacer penitencia, como si fuera ermitaño; y como no la hago de mi voluntad, pienso
que al cabo al cabo me ha de llevar el diablo.
»Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué
va esto, porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen venir,
antes de entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo muchos
dineros, y que ésta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos; no solamente
en éste.
»Anoche andando de ronda topé una muy hermosa doncella en traje de varón, y
un hermano suyo en hábito de mujer: de la moza se enamoró mi maestresala, y la
escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí al mozo para
mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros pensamientos con el padre de
entrambos, que es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.
»Yo visito las plazas, como vuesa merced me lo aconseja, y ayer hallé una tendera
que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con una hanega de
avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas todas para los niños de
la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla que por quince días no entrase
en la plaza; hanme dicho que lo hice valerosamente; lo que sé decir a vuesa merced
es que es fama en este pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque
todas son desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he
visto en otros pueblos.
»De que mi señora la Duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y enviádole
el presente que vuesa merced dice, estoy muy satisfecho, y procuraré de mostrarme
agradecido a su tiempo: bésele vuesa merced las manos de mi parte, diciendo que digo
yo que no lo ha echado en saco roto, como lo verá por la obra. No querría que vuesa
merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis señores, porque si vuesa merced
se enoja con ellos, claro esta que ha de redundar en mi daño, y no será bien que pues
se me da a mí por consejo que sea agradecido, que vuesa merced no lo sea con quien
tantas mercedes le tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.
»Aquello del gateado no entiendo; pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuesa merced suelen usar los malos encantadores; yo lo sabré
cuando nos veamos. Quisiera enviarle a vuesa merced alguna cosa; pero no sé qué
envíe, si no es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta
ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré que enviar, de haldas o
de mangas. Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuesa merced el porte, y
envíeme la carta; que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa, de mi
mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuesa merced de mal intencionados
encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste gobierno, que lo dudo, porque
le pienso dejar con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio.
Criado de vuestra merced
SANCHO PANZA, EL GOBERNADOR.»
Cerró la carta el secretario, y despachó luego al correo, y juntándose los
burladores de Sancho dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno; y aquella
tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen gobierno de la que
él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese regatones de los bastimentos en la
república, y que pudiesen meter en ella vino de las partes que quisiesen, con
aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle el precio según su
estimación, bondad y fama, y el que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida
por ello; moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados, que
caminaban a rienda suelta por el camino del interese: puso gravísimas penas a los que
cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día; ordenó que ningún
ciego cantase milagro en coplas si no trujese testimonio auténtico de ser verdadero,
por parecerle que los más que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los
verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que los
examinase si lo eran; porque a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa
andan los brazos ladrones y la salud borracha. En resolución, él ordenó cosas tan
buenas, que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran «Las constituciones
del gran gobernador Sancho Panza.»

Capítulo LII
Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada
por otro nombre doña Rodríguez

Cuenta Cide Hamete, que estando ya Don Quijote sano de sus aruños le pareció
que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de caballería que
profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los Duques para partirse a Zaragoza,
cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en las tales fiestas se
conquista. Y estando un día a la mesa con los Duques, y comenzando a poner en obra
su intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de la gran sala
dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los pies a la cabeza, y la una
dellas, llegándose a Don Quijote, se le echó a los pies tendida de largo a largo, la boca
cosida con los pies de Don Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, y tan profundos,
y tan dolorosos, que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y aunque
los Duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a Don
Quijote, todavía, viendo con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y lloraba, los
tuvo dudosos y suspensos, hasta que Don Quijote, compasivo, la levantó del suelo y
hizo que se descubriese, y quitase el manto de sobre la faz llorosa. Ella lo hizo así, y
mostró ser lo que jamás se pudiera pensar; porque descubrió el rostro de doña
Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada era su hija, la burlada del hijo del
labrador rico. Admiráronse todos aquellos que la conocían, y más los Duques que
ninguno; que puesto que la tenían por boba y de buena pasta, no por tanto, que viniese
a hacer locuras. Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:
Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco con este
caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en que me ha puesto el
atrevimiento de un mal intencionado villano. El Duque dijo que él se la daba, y que
departiese con el señor Don Quijote cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la
voz y el rostro a Don Quijote, dijo: Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada
cuenta de la sinrazón y alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y
amada fija, que es esta desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido
de volver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha llegado a
mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las buenas venturas que
Dios os depare; y así, querría que antes que os escurriésedes por esos caminos,
desafiásedes a este rústico indómito, y le hiciésedes que se casase con mi hija, en
cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo, antes y primero que yogase
con ella; porque pensar que el Duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras
al olmo, por la ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada: y con esto,
nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare. A cuyas
razones respondió Don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya: Buena dueña,
templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y ahorrad de vuestros
suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija, a la cual le hubiera estado
mejor no haber sido tan fácil en creer promesas de enamorados, las cuales, por la
mayor parte, son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir; y así, con licencia
del Duque mi señor, yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le
hallaré, y le desafiaré, y le mataré cada y cuando que se excusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesión es perdonar a los
humildes y castigar a los soberbios; quiero decir, acorrer a los miserables, y destruir
a los rigurosos. No es menester, respondió el Duque que vuesa merced se ponga en
trabajo de buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle, que yo le doy por
desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que le acete, y venga a
responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos daré campo seguro, guardando
todas las condiciones que en tales actos suelen y deben guardarse, guardando
igualmente su justicia a cada uno, como están obligados a guardarla todos aquellos
príncipes que dan campo franco a los que se combaten en los términos de sus señoríos.
Pues con ese seguro, y con buena licencia de vuestra grandeza, replicó Don Quijote,
desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me allano y ajusto con la
llaneza del dañador, y me hago igual con él, habilitándole para poder combatir
conmigo; y así aunque ausente, le desafío y repto, en razón de que hizo mal en
defraudar a esta pobre que fue doncella, y ya por su culpa no lo es, y que le ha de
cumplir la palabra que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda. Y
luego descalzándose un guante lo arrojó en mitad de la sala, y el Duque le alzó,
diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en nombre de su vasallo,
y señalaba el plazo, de allí a seis días; y el campo, en la plaza de aquel castillo, y las
armas, las acostumbradas de los caballeros, lanza y escudo y arnés tranzado con todas
las demás piezas, sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas
por los jueces del campo; pero ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y
esta mala doncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor Don Quijote,
que de otra manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal desafío. Yo sí
pongo, respondió la dueña: y yo también, añadió la hija, toda llorosa y toda
vergonzosa y de mal talante. Tomado pues este apuntamiento, y habiendo imaginado
el Duque lo que había de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la Duquesa
que de allí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras
aventureras que venían a pedir justicia a su casa; y así les dieron cuarto aparte, y las
sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás criadas, que no sabían en qué
había de parar la sandez y desenvoltura de doña Rodríguez y de su malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida, veis aquí
donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y presentes a Teresa Panza, mujer
del gobernador Sancho Panza, de cuya llegada recibieron gran contento los Duques,
deseosos de saber lo que le había sucedido en su viaje; y preguntándoselo, respondió
el paje que no lo podía decir tan en público ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen con aquellas
cartas; y sacando dos cartas las puso en manos de la Duquesa: la una decía en el
sobrescrito: «Carta para mi señora la Duquesa tal, de no sé dónde»; y la otra: «A mi
marido Sancho Panza, gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años
que a mí». No le cocía el pan, como suele decirse, a la Duquesa hasta leer su carta; y
abriéndola y leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el Duque y
los circunstantes la oyesen, leyó desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa


«Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió,
que en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena, y el vestido
de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría haya hecho gobernador
a Sancho mi consorte ha recebido mucho gusto todo este lugar, puesto que no hay
quien lo crea, principalmente el cura, y maese Nicolás el barbero, y Sansón Carrasco
el Bachiller; pero a mí no se me da nada, que como ello sea así, como lo es, diga cada
uno lo que quisiere; aunque si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido,
tampoco yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro,
y que sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qué gobierno
pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como ve que lo han menester sus hijos.
Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de meter
este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche, para quebrar los
ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así suplico a vuesa excelencia mande a mi
marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo que, porque en la corte son los gastos
grandes, que el pan vale a real, y la carne la libre a treinta maravedís, que es un juicio;
y si quisiere que no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los
pies por ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que si yo y mi
hija andamos orondas y pomposas en la corte vendrá a ser conocido mi marido por mí
más que yo por él, siendo forzoso que pregunten muchos: ¿Quién son estas señoras
deste coche? Y un criado mío responderá: La mujer y la hija de Sancho Panza,
gobernador de la ínsula Barataria; y desta manera será conocido Sancho, y yo seré
estimada, y a Roma por todo.
»Pésame cuanto pesarme puede que este año no se han cogido bellotas en este
pueblo; con todo eso envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que una a una las fui
yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más mayores; yo quisiera que fueran
como huevos de avestruz.
»No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado de
la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar deste lugar,
donde quedo rogando a nuestro Señor guarde a vuestra grandeza, y a mí no olvide.
Sancha mi hija y mi hijo besan a vuesa merced las manos.
»La que tiene más deseo de ver a V. S. que de escribirla.
Su criada
TERESA PANZA.»
Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los Duques: y la Duquesa pidió parecer a Don Quijote si sería bien
abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía de ser bonísima. Don
Quijote dijo que él la abriría por darles gusto, y así lo hizo, y vio que decía desta
manera:
Carta de Teresa Panza
a Sancho Panza su marido
«Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como católica
cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira, hermano,
cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me pensé allí caer muerta de puro gozo,
que ya sabes tú que dicen que así mata la alegría súbita como el dolor grande. A
Sanchica tu hija se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que
me enviaste tenía delante, y los corales que me envió mi señora la Duquesa al cuello,
y las cartas en las manos, y el portador dellas allí presente, y con todo eso, creía y
pensaba que era todo sueño lo que veía y lo que tocaba; porque ¿quién podía pensar
que un pastor de cabras había de venir a ser gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo,
que decía mi madre que era menester vivir mucho para ver mucho: dígolo porque
pienso ver más si vivo más; porque no pienso parar hasta verte arrendador o
alcabalero, que son oficios que aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en
fin, siempre tienen y manejan dineros. Mi señora la Duquesa te dirá el deseo que tengo
de ir a la corte: mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en
ella andando en coche.
»El cura, el barbero, el bachiller, y aún el sacristán, no pueden creer que eres
gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento, como son todas
las de Don Quijote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a buscarte y a sacarte el gobierno
de la cabeza, y a Don Quijote, la locura de los cascos; yo no hago sino reírme, y mirar
mi sarta, y dar traza del vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija. Unas
bellotas envié a mi señora la Duquesa; yo quisiera que fueran de oro. Envíame tú
algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula. Las nuevas deste lugar son que la
Berrueca casó a su hija con un pintor de mala mano, que llegó a este pueblo a pintar
lo que saliese. Mandole el concejo pintar las armas de su Majestad sobre las puertas
del ayuntamiento, pidió dos ducados, diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al
cabo de los cuales no pintó nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas; volvió
el dinero, y con todo eso, se casó a título de buen oficial; verdad es que ya ha dejado
el pincel y tomado el azada, y va al campo como gentilhombre. El hijo de Pedro de
Lobo se ha ordenado de grados y corona, con intención de hacerse clérigo; súpolo
Minguilla, la nieta de Mingo Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada
palabra de casamiento; malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél; pero él
lo niega a pies juntillas. Ogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en
todo este pueblo. Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no faltará quien
las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas. Sanchica hace puntas de randas;
gana cada día ocho maravedís horros, que los va echando en una alcancía para ayuda
a su ajuar; pero ahora que es hija de un gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo
trabaje. La fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas.
Espero respuesta desta y la resolución de mi ida a la corte: y con esto Dios te me
guarde más años que a mí, o tantos; porque no querría dejarte sin mí en este mundo.
Tu mujer
TERESA PANZA.»
Las cartas fueron solemnizada, reídas, estimadas y admiradas; y para acabar de
echar el sello llegó el correo, el que traía la que Sancho enviaba a Don Quijote, que
asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en duda la sandez del gobernador.
Retirose la Duquesa para saber del paje lo que le había sucedido en el lugar de Sancho,
el cual se lo contó muy por extenso, sin dejar circunstancia que no refiriese; diole las
bellotas, y más un queso que Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a
los de Tronchón: recibiolo la Duquesa con grandísimo gusto, con el cual la dejaremos,
por contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de todos
los insulanos gobernadores.

Capítulo LIII
Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza

Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado, es
pensar en lo excusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo a la redonda.
A la primavera sigue el verano, al verano el estío, al estío el otoño, y al otoño el
invierno, y al invierno la primavera, y así torna a andarse el tiempo con esta rueda
continua. Sola la vida humana corre a su fin ligera más que el tiempo, sin esperar
renovarse sino es en la otra, que no tiene términos que la limiten. Esto dice Cide
Hamete, filósofo mahomético; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la
vida presente, y la duración de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino
con la luz natural, lo han entendido; pero aquí nuestro autor lo dice por la presteza con
que se acabó, se consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de
Sancho, el cual estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer estatutos y
pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre, le comenzaba a cerrar
los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía sino que toda
la ínsula se hundía. Sentóse en la cama, y estuvo atento y escuchando por ver si daba
en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan grande alboroto; pero no sólo no lo
supo, pero añadiéndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y
atambores, quedó más confuso y lleno de temor y espanto; y levantándose en pie, se
puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y sin ponerse sobrerropa de levantar, ni
cosa que se pareciese, salió a la puerta de su aposento, a tiempo cuando vio venir por
unos corredores más de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las
espadas desenvainadas, gritando todos a grandes voces: Arma, arma, señor
gobernador, arma, que han entrado infinitos enemigos en la ínsula, y somos perdidos,
si vuestra industria y valor no nos socorre. Con este ruido, furia y alboroto llegaron
donde Sancho estaba atónito y embelesado de lo que oía y veía, y cuando llegaron a
él uno le dijo: Ármese luego vueseñoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula
se pierda. ¿Qué me tengo de armar, respondió Sancho, ni qué sé yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo Don Quijote, que en dos paletas
las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios, no se me entiende nada
destas priesas. Ah, señor gobernador, dijo otro, ¿qué relente es ése? Ármese vuesa
merced; que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza, y sea
nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro
gobernador. Ármenme norabuena, replicó Sancho, y al momento le trujeron dos
paveses, que venían proveídos dellos, y le pusieron encima de la camisa, sin dejarle
tomar otro vestido, un pavés delante y otro detrás, y por unas concavidades que traían
hechas le sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que
quedó emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas
ni menearse un solo paso. Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para
poder tenerse en pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron que caminase, y los guiase, y
ánimase a todos; que siendo él su norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus
negocios. ¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo, respondió Sancho, que no
puedo jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que
tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y
ponerme atravesado o en pie, en algún postigo; que yo le guardaré, o con esta lanza,
o con mi cuerpo. Ande, señor gobernador, dijo otro, que más el miedo que las tablas
le impiden el paso; acabe y menéese, que es tarde, y los enemigos crecen, y las voces
se aumentan y el peligro carga. Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre
gobernador a moverse, y fue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se
había hecho pedazos.
Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio
tocino metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al través en la arena: y
no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna, antes
apagando las antorchas tornaron a reforzar las voces, y a reiterar el arma con tan gran
priesa, pasando por encima del pobre Sancho, dándole infinitas cuchilladas sobre los
paveses, que si él no se recogiera y encogiera metiendo la cabeza entre los paveses, lo
pasara muy mal el pobre gobernador; el cual, en aquella estrecheza recogido, sudaba
y trasudaba, y de todo corazón se encomendaba a Dios, que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen espacio, y
desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes voces decía: Aquí
de los nuestros; que por esta parte cargan más los enemigos: aquel portillo se guarde;
aquella puerta se cierre; aquellas escalas se tranqueen, vengan alcancías; pez y resina
en calderas de aceite ardiendo trinchéense las calles con colchones. En fin él
nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y pertrechos de guerra
con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el molido Sancho, que lo
escuchaba y sufría todo, decía entre sí: ¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase
ya de perder esta ínsula, y me viese yo, o muerto, o fuera desta grande angustia! Oyó
el cielo su petición, y cuando menos lo esperaba oyó voces que decían: Vitoria, vitoria,
los enemigos van de vencida: ea, señor gobernador, levántese vuesa merced, y venga
a gozar del vencimiento, y a repartir los despojos que se han tomado a los enemigos,
por el valor dese invencible brazo. Levántenme, dijo con voz doliente el dolorido
Sancho. Ayudáronle a levantar, y puesto en pie, dijo: El enemigo que yo hubiere
vencido, quiero que me le claven en la frente: yo no quiero repartir despojos de
enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que le tengo, que me dé un trago
de vino, que me seco, y me enjugue este sudor, que me hago agua. Limpiáronle,
trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentose sobre su lecho, y desmayose del
temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la burla de habérsela hecho
tan pesada; pero el haber vuelto en sí Sancho les templó la pena que les había dado su
desmayo. Preguntó qué hora era; respondiéronle que ya amanecía. Calló, y sin decir
otra cosa comenzó a vestirse todo sepultado en silencio, y todos le miraban, y
esperaban en qué había de parar la priesa con que se vestía. Vistiose en fin: y poco a
poco, porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza,
siguiéndole todos los que allí se hallaban, y llegándose al rucio le abrazó y le dio un
beso de paz en la frente, y no sin lágrimas en los ojos le dijo: Venid vos acá,
compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me
avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de
remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis
horas, mis días y mis años; pero después que os dejé, y me subí sobre las torres de la
ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma dentro mil miserias, mil
trabajos y cuatro mil desasosiegos. Y en tanto que estas razones iba diciendo, iba
asimesmo enalbardando el asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado pues el
rucio, con gran pena y pesar subió sobre él, y encaminando sus palabras y razones al
mayordomo, al secretario, al maestresala, y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos
que allí presentes estaban, dijo: Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi
antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de
esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni
ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de
arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias
ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno
usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un
cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria
de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme a la
sombra de una encina en el verano, y arroparme con un zamarro de dos pelos en el
invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de
Holanda11 y vestirme de martas cebollinas. Vuesas mercedes se queden con Dios, y
digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano:
quiero decir que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de
como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y apártense: déjenme ir, que me
voy a bizmar, que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos
que esta noche se han paseado sobre mí. No ha de ser así, señor gobernador, dijo el
doctor Recio, que yo le daré a vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos,
que luego le vuelva en su prístina entereza y vigor; y en lo de la comida, yo prometo
a vuesa merced de enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello
que quisiere. Tarde piache, respondió Sancho: así dejaré de irme como volverme
turco. No son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste, ni admita
otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin alas. Yo
soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen nones, nones
han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo. Quédense en esta caballeriza
las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y
otros pájaros, y volvámonos a andar por el suelo con pie llano, que si no le adornaren
zapatos picados de cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda: cada oveja
con su pareja, y nadie tienda más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme
pasar, que se me hace tarde. A lo que el mayordomo dijo: Señor gobernador, de muy
buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puesto que nos pesará mucho de perderle;
que su ingenio y su cristiano proceder obligan a desearle; pero ya se sabe que todo
gobernador está obligado, antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, a dar
primero residencia: déla vuesa merced de los diez días que ha que tiene el gobierno,
y vayase a la paz de Dios. Nadie me la puede pedir, respondió Sancho si no es quien
ordenare el Duque mi señor: yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuanto
más que saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a
entender que he gobernado como un ángel. Par Dios que tiene razón el gran Sancho,
dijo el doctor Recio, y que soy de parecer que le dejemos ir, porque el Duque ha de
gustar infinito de verle. Todos vinieron en ello, y le dejaron ir ofreciéndole primero
compañía y todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad
de su viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio
queso y medio pan para él; que pues el camino era tan corto, no había menester mayor
ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y los dejó
admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y tan discreta.

Capítulo LIV
Que trata de cosas tocantes a esta historia y no a otra alguna
Resolviéronse el Duque y la Duquesa de que el desafío que Don Quijote hizo a
su vasallo por la causa ya referida pasase adelante; y puesto que el mozo estaba en
Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por suegra a doña Rodríguez,
ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón, que se llamaba Tosilos,
industriándole primero muy bien de todo lo que había de hacer. De allí a dos días dijo
el Duque a Don Quijote como desde allí a cuatro vendría su contrario, y se presentaría
en el campo, armado como caballero, y sustentaría como la doncella mentía por mitad
de la barba, y aún por toda la barba entera, si se afirmaba que él le hubiese dado
palabra de casamiento. Don Quijote recibió mucho gusto con las tales nuevas, y se
prometió a sí mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele
ofrecido ocasión donde aquellos señores pudiesen ver hasta dónde se extendía el valor
de su poderoso brazo; y así, con alborozo y contento, esperaba los cuatro días, que se
le iban haciendo, a la cuenta de su deseo cuatrocientos siglos. Dejémoslos pasar
nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a Sancho, que entre
alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya compañía le
agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del mundo. Sucedió pues, que
no habiéndose alongado mucho de la ínsula del su gobierno (que él nunca se puso a
averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que gobernaba), vio que por el camino
por donde él iba venían seis peregrinos con sus bordones, de estos extranjeros que
piden la limosna cantando, los cuales en llegando a él se pusieron en ala, y levantando
las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo
entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna, por donde
entendió que era limosna la que en su canto pedían; y como él, según dice Cide
Hamete, era caritativo además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso, de que
venía proveído, y dióselo, diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles.
Ellos lo recibieron de muy buena gana, y dijeron: Güelte, güelte. No entiendo,
respondió Sancho qué es lo que me pedís, buena gente. Entonces uno de ellos sacó
una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, por donde entendió que le pedían dineros;
y él, poniéndose el dedo pulgar en la garganta, y extendiendo la mano arriba les dio a
entender que no tenía ostugo de moneda, y picando al rucio, rompió por ellos; y al
pasar, habiéndole estado mirando uno dellos con mucha atención, arremetió a él
echándole los brazos por la cintura, en voz alta y muy castellana, dijo: Válame Dios,
¿qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al mi caro amigo, al mi buen
vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy ahora
borracho. Admirose Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del
extranjero peregrino, y después de haberle estado mirando, sin hablar palabra, con
mucha atención, nunca pudo conocerle; pero viendo su suspensión el peregrino, le
dijo: ¿Cómo? ¿Y es posible Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote
el morisco, tendero de tu lugar? Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó
a rafigurarle, y finalmente le vino a conocer de todo punto, y sin apearse del jumento,
le echó los brazos al cuello, y le dijo: ¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en
ese traje de moharracho que traes? Dime ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes
atrevimiento de volver a España, donde si te cogen y conocen, tendrás harta mala
ventura? Si tú no me descubres, Sancho, respondió el peregrino, seguro estoy, que en
este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino a aquella
alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis compañeros, y allí
comerás con ellos, que son muy apacible gente, y yo tendré lugar de contarte lo que
me ha sucedido después que me partí de nuestro lugar, por obedecer el bando de su
Majestad, que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba, según oíste.
Hízolo así Sancho, y hablando Ricote a los demás peregrinos se apartaron a la alameda
que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones, quitáronse las
mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran mozos y muy gentiles
hombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en años. Todos traían alforjas, y
todas, según pareció, venían bien proveídas, a lo menos, de cosas incitativas y que
llaman a la sed de dos leguas. Tendiéronse en el suelo, y haciendo manteles de las
yerbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos
de jamón, que si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron
asimismo un manjar negro que dicen que se llama cabial, y es hecho de huevos de
pescados, gran despertador de la colambre: no faltaron aceitunas, aunque secas y sin
adobo alguno; pero sabrosas y entretenidas; pero lo que más campeó en el campo de
aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su alforja:
hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o en tudesco,
sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco.

Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con


cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa,
y luego al punto, todos a una, levantaron los brazos y las botas en el aire; puestas las
bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que ponían en él la
puntería; y desta manera, meneando las cabezas a un lado y a otro, señales que
acreditaban el gusto que recebían, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus
estómagos las entrañas de las vasijas. Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se
dolía; antes, por cumplir con el refrán, que él muy bien sabía, de cuando a Roma
fueres, haz como vieres, pidió a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y
no con menos gusto que ellos. Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas;
pero la quinta no fue posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto,
cosa que puso mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando
juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho y decía: Español y tudesqui tuto
uno bon compaño; y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di, y disparaba con una
risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de nada de lo que le había sucedido
en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo cuando se come y bebe, poca
jurisdicción suelen tener los cuidados. Finalmente, el acabársele el vino fue principio
de un sueño que dio a todos, quedándose dormidos sobre las mismas mesas y
manteles; solos Ricote y Sancho quedaron alerta, porque habían comido más y bebido
menos; y apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los
peregrinos sepultados en dulce sueño, y Ricote sin tropezar nada en su lengua morisca,
en la pura castellana le dijo las siguientes razones:
Bien sabes, oh Sancho Panza, vecino y amigo mío, como el pregón y bando que
su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en todos
nosotros; a lo menos, en mí lo puso de suerte, que me parece que antes del tiempo que
se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el rigor de la pena
ejecutado en mi persona y en la de mis hijos. Ordené pues a mi parecer como prudente
(bien así como el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y
se provee de otra donde mudarse), ordené, digo, de salir yo solo sin mi familia, de mi
pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la priesa con que los demás
salieron; porque bien vi y vieron todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no
eran sólo amenazas, como algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de
poner en ejecución a su determinado tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber
yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece
que fue inspiración divina la que movió a su Majestad a poner en efecto tan gallarda
resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos firmes
y verdaderos; pero eran tan pocos, que no se podían oponer a los que no lo eran, y no
era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa. Finalmente,
con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave, al parecer
de algunos; pero al nuestro, la más terrible que se nos podía dar. Do quiera que
estamos lloramos por España; que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural;
en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea; y en Berbería,
y en todas las partes de África donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados,
allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le
hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España,
que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a
ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen;
y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria.
Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y aunque allí nos hacían buen
acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia, y llegué a Alemania, y allí me pareció
que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas
delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con
libertad de conciencia. Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta; junteme con
estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos dellos cada año
a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por certísima granjería y
conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay pueblo ninguno de donde no salgan
comidos y bebidos, como suele decirse, y con un real, por lo menos, en dineros, y al
cabo de su viaje, salen con más de cien escudos de sobra, que trocados en oro, o ya en
el hueco de los bordones, o entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria
que ellos pueden, los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas
de los puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho, sacar el
tesoro que dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo, lo podré hacer sin peligro, y
escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que están en Argel, y
dar traza como traerlas a algún puerto de Francia, y desde allí llevarlas a Alemania,
donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros; que, en resolución, Sancho,
yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca Ricota mi mujer son católicas cristianas,
y aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego
siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo
de servir: y lo que me tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija
antes a Berbería que a Francia, adonde podía vivir como cristiana. A lo que respondió
Sancho: Mira, Ricote: eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo,
el hermano de tu mujer; y como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado; y
séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar lo que dejaste encerrado;
porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu mujer muchas perlas y
mucho dinero en oro, que llevaban por registrar. Bien puede ser eso, replicó Ricote,
pero yo sé, Sancho, que no tocaron a mi encierro, porque yo no les descubrí dónde
estaba, temeroso de algún desmán; y así si tú, Sancho, quieres venir conmigo y
ayudarme a sacarlo y a encubrirlo, yo te daré docientos escudos con que podrás
remediar tus necesidades, que ya sabes que sé yo que las tienes muchas. Yo lo hiciera,
respondió Sancho; pero no soy nada codicioso; que, a serlo, un oficio dejé yo esta
mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi casa de oro, y comer
antes de seis meses en platos de plata; y así por esto como por parecerme haría traición
a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos
escudos, me dieras aquí de contado cuatrocientos. ¿Y qué oficio es el que has dejado,
Sancho? preguntó Ricote. He dejado de ser gobernador de una ínsula, respondió
Sancho, y tal, que a buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones. ¿Y dónde
está esa ínsula? preguntó Ricote. ¿Adónde? Respondió Sancho. Dos leguas de aquí, y
se llama la ínsula Barataria. Calla, Sancho, dijo Ricote, que las ínsulas están allá
dentro de la mar; que no hay ínsulas en la tierra firme. ¿Cómo no? replicó Sancho:
dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí della, y ayer estuvo en ella
gobernando a mi placer como un sagitario; pero, con todo eso la he dejado, por
parecerme oficio peligroso el de los gobernadores. ¿Y qué has ganado en el gobierno?
preguntó Ricote. He ganado, respondió Sancho el haber conocido que no soy bueno
para gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales
gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aún el sustento; porque en
las ínsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si tienen médicos
que miren por su salud. Yo no te entiendo, Sancho, dijo Ricote, pero paréceme que
todo lo que dices es disparate; que ¿quién te había de dar a ti ínsulas que gobernases?
¿Faltaban hombres en el mundo más hábiles para gobernadores que tú eres? Calla,
Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme
a sacar el tesoro que dejé escondido, que en verdad que es tanto, que se puede llamar
tesoro, y te daré con que vivas, como te he dicho. Ya te he dicho, Ricote, replicó
Sancho, que no quiero; conténtate que por mí no serás descubierto, y prosigue en
buena hora tu camino, y déjame seguir el mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde,
y lo malo, ello y su dueño. No quiero porfiar, Sancho, dijo Ricote; pero dime:
¿hallástete en nuestro lugar cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado? Sí
hallé, respondió Sancho, y séte decir que salió tu hija tan hermosa que salieron a verla
cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la más bella criatura del mundo.
Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y conocidas, y a cuantos llegaban a verla,
y a todos pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra Señora su madre; y esto, con tanto
sentimiento, que a mí me hizo llorar, que no suelo ser muy llorón: y a fe que muchos
tuvieron deseo de esconderla y salir a quitársela en el camino; pero el miedo de ir
contra el mandado del rey los detuvo: principalmente se mostró más apasionado don
Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que la
quería mucho, y después que ella se partió, nunca más él ha parecido en nuestro lugar,
y todos pensamos que iba tras ella para robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.
Siempre tuve yo mala sospecha, dijo Ricote de que ese caballero adamaba a mi hija;
pero fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el saber que la quería
bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que las moriscas pocas o ninguna vez se
mezclaron por amores con cristianos viejos, y mi hija, que, a lo que yo creo, atendía
a ser más cristiana que enamorada, no se curaría de las solicitudes de ese señor
mayorazgo. Dios lo haga, replicó Sancho, que a entrambos les estaría mal. Y déjame
partir de aquí, Ricote amigo; que quiero llegar esta noche adonde está mi señor Don
Quijote. Dios vaya contigo, Sancho hermano; que ya mis compañeros se rebullen, y
también es hora que prosigamos nuestro camino; y luego se abrazaron los dos, y
Sancho subió en su rucio, y Ricote se arrimó a su bordón, y se apartaron.
Capítulo LV
De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al
castillo del Duque, puesto que llegó media legua dél, donde le tomó la noche, algo
escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio mucha pesadumbre, y así, se apartó
del camino con intención de esperar la mañana; y quiso su corta y desventurada suerte
que buscando lugar donde mejor acomodarse, cayeron él y el rucio en una honda y
escurísima sima que entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se
encomendó a Dios de todo corazón, pensando que no había de parar hasta el profundo
de los abismos. Y no fue así; porque a poco más de tres estados dio fondo el rucio, y
él se halló encima dél, sin haber recebido lisión ni daño alguno. Tentóse todo el
cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano, o agujereado por alguna parte; y
viéndose bueno, entero y católico de salud, no se hartaba de dar gracias a Dios nuestro
Señor de la merced que le había hecho; porque sin duda pensó que estaba hecho mil
pedazos. Tentó asimismo con las manos por las paredes de la sima, por ver si sería
posible salir della sin ayuda de nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno,
de lo que Sancho se congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se quejaba
tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio; que, a la verdad, no
estaba muy bien parado. ¡Ay, dijo entonces Sancho Panza, y cuán no pensados sucesos
suelen suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera
que el que ayer se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus
sirvientes y a sus vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima sin haber persona
alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro? Aquí habremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y
quebrantado, y yo de pesaroso, a lo menos, no seré yo tan venturoso como lo fue mi
señor Don Quijote de la Mancha cuando descendió y bajó a la cueva de aquel
encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa, que no
parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones hermosas y
apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras. ¡Desdichado de mí, y en qué
han parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán mis huesos, cuando el cielo sea
servido que me descubran, mondos, blancos y raídos, y los de mi buen rucio con ellos,
por donde quizá se echará de ver quién somos, a lo menos de los que tuvieren noticia
que nunca Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno de Sancho Panza. Otra vez
digo ¡miserables de nosotros! que no ha querido nuestra corta suerte que muriésemos
en nuestra patria y entre los nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra
desgracia, no faltara quien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento
nos cerrara los ojos. ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus
buenos servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que
nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos, que yo prometo de
ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado poeta, y
de darte los piensos doblados. Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento
le escuchaba sin responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el
pobre se hallaba. Finalmente habiendo pasado toda aquella noche en miserables
quejas y lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vio Sancho que
era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser ayudado, y comenzó a
lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero todas sus voces eran dadas en
desierto, pues por todos aquellos contornos no había persona que pudiese escucharle,
y entonces se acabó de dar por muerto. Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le
acomodó de modo que le puso en pie, que apenas se podía tener; y sacando de las
alforjas, que también habían corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan,
lo dio a su jumento, que no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera: Todos
los duelos con pan son buenos. En esto descubrió a un lado de la sima un agujero
capaz de caber por él una persona si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza,
y agazapándose, se entró por él, y vio que por de dentro era espacioso y largo; y púdolo
ver porque por lo que se podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría
todo. Vio también que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo
lo cual volvió a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenzó a
desmoronar la tierra del agujero, de modo que en poco espacio hizo lugar donde con
facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y cogiéndole del cabestro comenzó a
caminar por aquella gruta adelante por ver si hallaba alguna salida por otra parte: a
veces iba a escuras, y a veces sin luz; pero ninguna vez sin miedo. ¡Válame Dios
todopoderoso! decía entre sí: esta que para mí es desventura mejor fuera para aventura
de mi amo Don Quijote. El sí que tuviera estas profundidades y mazmorras por
jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y
estrecheza a algún florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabado
de ánimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra
sima más profunda que la otra, que acabe de tragarme: bien vengas mal si vienes solo.
Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco más de
media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que pareció ser ya de
día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto aquel, para
él, camino de la otra vida. Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de
Don Quijote, que alborozado y contento esperaba el plazo de la batalla que había de
hacer con el robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba
enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho. Sucedió pues, que
saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que había de hacer en el trance
en que otro día pensaba verse, dando un repelón o arremetida a Rocinante llegó a
poner los pies tan junto a una cueva, que a no tirarle fuertemente las riendas, fuera
imposible no caer en ella. En fin le detuvo, y no cayó, y llegándose algo más cerca,
sin apearse, miró aquella hondura; y estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y
escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:

Ha de arriba, ¿hay algún cristiano que me escuche? ¿o algún caballero caritativo


que se duela de un pecador enterrado en vida? ¿De un desdichado desgobernado
gobernador? Pareciole a Don Quijote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó
suspenso y asombrado; y levantando la voz todo lo que pudo, dijo: ¿Quién está allá
bajo? ¿Quién se queja? ¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar, respondieron,
sino el asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala
andanza, de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero Don Quijote
de la Mancha? Oyendo lo cual Don Quijote, se le dobló la admiración y se le acrecentó
el pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y que
estaba allí penando su alma; y llevado desta imaginación, dijo: Conjúrote por todo
aquello que puedo conjurarte como católico cristiano que me digas quién eres; y si
eres alma en pena, dime qué quieres que haga por ti; que pues es mi profesión
favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, también lo será para acorrer y
ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden ayudarse por sí propios.
Desa manera, respondieron, vuesa merced que me habla debe de ser mi señor Don
Quijote de la Mancha; y aun en el órgano de la voz no es otro, sin duda. Don Quijote
soy, replicó Don Quijote, el que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades a los
vivos y a los muertos: por eso dime quién eres, que me tienes atónito; porque si eres
mi escudero Sancho Panza y te has muerto, como no te hayan llevado los diablos, y
por la misericordia de Dios estés en el purgatorio, sufragios tiene nuestra santa madre
la Iglesia Católica Romana bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo
solicitaré con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso acaba de
declararte y dime quién eres. Voto a tal, respondieron, y por el nacimiento de quien
vuesa merced quisiere juro, señor Don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero
Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sino que
habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más espacio para
decirlas, anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará
mentir, pues, por más señas, está aquí conmigo. Y hay más, que no parece sino que el
jumento entendió lo que Sancho dijo, porque al momento comenzó a rebuznar tan
recio, que toda la cueva retumbaba. Famoso testigo, dijo Don Quijote, el rebuzno
conozco, como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho mío: espérame; iré al castillo del
Duque, que está aquí cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados te
deben de haber puesto. Vaya vuesa merced, dijo Sancho, y vuelva presto, por un solo
Dios; que ya no lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo
de miedo. Dejole Don Quijote, y fue al castillo a contar a los Duques el suceso de
Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que debía de
haber caído por la correspondencia de aquella gruta, que de tiempos inmemoriales
estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el gobierno sin tener ellos
aviso de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y maromas, y a costa de
mucha gente y de mucho trabajo, sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas
tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo: Desta manera habían de salir de
sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este pecador del profundo del
abismo, muerto de hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo. Oyólo Sancho,
y dijo: Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que
me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han
perseguido médicos, y enemigos me han brumado los huesos; ni he tenido lugar de
hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y siendo esto así, como lo es, no merecía, yo,
a mi parecer, salir de esta manera; pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe
lo mejor y lo que le está bien a cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento, y nadie diga
desta agua no beberé, que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios
me entiende, y basta, y no digo más, aunque pudiera. No te enojes, Sancho, ni recibas
pesadumbre de lo que oyeres; que será nunca acabar: ven tú con segura conciencia, y
digan lo que dijeren; y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que
querer poner puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél
que ha sido un ladrón; y si sale pobre, que ha sido un parapoco y un mentecato. A
buen seguro, respondió Sancho, que por esta vez antes me han de tener por tonto que
por ladrón. En estas pláticas llegaron rodeados de muchachos y de otra mucha gente
al castillo adonde en unos corredores estaban ya el Duque y la Duquesa esperando a
Don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al Duque sin que primero no
hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque decía que había pasado muy
mala noche en la posada; y luego subió a ver a sus señores, ante los cuales puesto de
rodillas, dijo: Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún
merecimiento mío, fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo,
y desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido
delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos, siempre
muerto de hambre, por haberlo querido así el doctor Pedro Recio, natural de
Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco. Acometieronnos enemigos de noche,
y habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la ínsula que salieron libres y
con victoria por el valor de mi brazo, que tal salud les dé Dios como ellos dicen
verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae consigo, y las
obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no las podrán llevar mis
hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y así, antes que diese
conmigo al través el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al través, y ayer de
mañana dejé la ínsula, como la hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía
cuando entré en ella. No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y
aunque pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso
que no se habían de guardar; que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí, como
digo, de la ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en una sima, víneme
por ella adelante, hasta que esta mañana, con la luz del sol, vi la salida, pero no tan
fácil; que no a depararme el cielo a mi señor Don Quijote, allí me quedara hasta la fin
del mundo. Así que, mis señores Duque y Duquesa, aquí está vuestro gobernador
Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el gobierno conocer
que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una ínsula, sino de todo el
mundo; y con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies, imitando al
juego de los muchachos, que dicen: salta tú, y dámela tú, doy un salto del gobierno, y
me paso al servicio de mi señor Don Quijote, que en fin en él, aunque como el pan
con sobresalto, hártome a lo menos; y para mí, como yo esté harto, eso me hace que
sea de zanahorias que de perdices. Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo
siempre Don Quijote que había de decir en ella millares de disparates; y cuando le vio
acabar con tan pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el Duque abrazó a Sancho,
y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto el gobierno; pero
que él haría de suerte que se le diese en su estado otro oficio de menos carga y de más
provecho. Abrazole la Duquesa asimismo, y mandó que le regalasen, porque daba
señales de venir mal molido y peor parado.

Capítulo LVI
De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre Don Quijote de la Mancha y
el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez
No quedaron arrepentidos los Duques de la burla hecha a Sancho Panza del
gobierno que le dieron; y más, que aquel mismo día vino su mayordomo, y les contó
punto por punto todas casi las palabras y acciones que Sancho había dicho y hecho en
aquellos días, y finalmente les encareció el asalto de la ínsula, y el miedo de Sancho,
y su salida, de que no pequeño gusto recibieron. Después desto cuenta la historia que
se llegó el día de la batalla aplazada; y habiendo el Duque una y muy muchas veces
advertido a su lacayo Tosilos cómo se había de avenir con Don Quijote para vencerle
sin matarle ni herirle, ordenó que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a Don
Quijote que no permitía la cristiandad, de que él se preciaba, que aquella batalla fuese
con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase con que le daba campo
franco en su tierra, puesto que iba contra el decreto del santo concilio, que prohíbe los
tales desafíos, y no quisiese llevar por todo rigor aquel trance tan fuerte. Don Quijote
dijo que su excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio como más fuese servido;
que él le obedecería en todo. Llegado pues el temeroso día, y habiendo mandado el
Duque que delante de la plaza del castillo se hiciese un espacioso cadalso, donde
estuviesen los jueces del campo y las dueñas, madre y hija, demandantes, había
acudido de todos los lugares y aldeas circunvencinas infinita gente, a ver la novedad
de aquella batalla; que nunca otra tal no habían visto, ni oído decir en aquella tierra
los que vivían ni los que habían muerto. El primero que entró en el campo y estacada
fue el maestro de las ceremonias, que tanteó el campo y le paseó todo, porque en él
no hubiese algún engaño, ni cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego
entraron las dueñas y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos hasta los
ojos, y aun hasta los pechos, con muestras de no pequeño sentimiento, presente Don
Quijote en la estacada. De allí a poco, acompañado de muchas trompetas, asomó por
una parte de la plaza, sobre un poderoso caballo, hundiéndola toda, el grande lacayo
Tosilos, calada la visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El
caballo mostraba ser frisón, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le pendía
una arroba de lana. Venía el valeroso combatiente bien informado del Duque su señor
de cómo se había de portar con el valeroso Don Quijote de la Mancha, advertido que
en ninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro, por excusar
el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le encontrase. Paseó la
plaza, y llegando donde las dueñas estaban, se puso algún tanto a mirar a la que por
esposo le pedía: llamó el maese de campo a Don Quijote, que ya se había presentado
en la plaza, y junto con Tosilos habló a las dueñas, preguntándoles si consentían que
volviese por su derecho Don Quijote de la Mancha. Ellas dijeron que sí, y que todo lo
que en aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero. Ya en
este tiempo estaban el Duque y la Duquesa puestos en una galería que caía sobre la
estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que esperaba ver el riguroso
trance nunca visto. Fue condición de los combatientes, que si Don Quijote vencía, su
contrario se había de casar con la hija de doña Rodríguez; y si él fuese vencido,
quedaba libre su contendor de la palabra que se le pedía, sin dar otra satisfación
alguna. Partióles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en el
puesto donde habían de estar. Sonaron los atambores, llenó el aire el son de las
trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban suspensos los corazones de
la mirante turba, temiendo unos y esperando otros el bueno o el mal suceso de aquel
caso. Finalmente Don Quijote, encomendándose de todo su corazón a Dios nuestro
Señor y a la señora Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese señal
precisa de la arremetida; empero nuestro lacayo tenía diferentes pensamientos: no
pensaba él sino en lo que agora diré. Parece ser que cuando estuvo mirando a su
enemiga le pareció la más hermosa mujer que había visto en toda su vida; y el niño
ceguezuelo a quien suelen llamar de ordinario amor por esas calles, no quiso perder
la ocasión que se le ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la lista de
sus trofeos; y así, llegándose a él bonitamente sin que nadie le viese, le envasó al
pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo, y le pasó el corazón de
parte a parte; y púdolo hacer bien al seguro, porque el amor es invisible, y entra y sale
por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos. Digo pues, que, cuando
dieron la señal de la arremetida estaba nuestro lacayo transportado, pensando en la
hermosura de la que ya había hecho señora de su libertad, y así no atendió al son de
la trompeta, como hizo Don Quijote, que, apenas la hubo oído, cuando arremetió, y a
todo el correr que permitió Rocinante partió contra su enemigo; y viéndole partir su
buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:

Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros: Dios te dé la vitoria, pues
llevas la razón de tu parte. Y aunque Tosilos vio venir contra sí a Don Quijote no se
movió un paso de su puesto; antes con grandes voces llamó al maese de campo, el
cual venido a ver lo que quería, le dijo: Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me
case, o no me case, con aquella señora? Así es, le fue respondido. Pues yo, dijo el
lacayo soy temeroso de mi conciencia, y pondríala en gran cargo si pasase adelante
en esta batalla; y así digo que yo me doy por vencido y que quiero casarme luego con
aquella señora. Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos, y como
era uno de los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra.
Detúvose Don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no le
acometía. El Duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante en la batalla;
pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo que quedó
suspenso y colérico en extremo. En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde
doña Rodríguez estaba, y dijo a grandes voces: Yo, señora, quiero casarme con vuestra
hija, y no quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y
sin peligro de la muerte. Oyó esto el valeroso Don Quijote, y dijo: Pues esto así es, yo
quedo libre y suelto de mi promesa: cásense en hora buena, y pues Dios nuestro Señor
se la dio, San Pedro se la bendiga. El Duque había bajado a la plaza del castillo, y
llegándose a Tosilos, le dijo: ¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que
instigado de vuestra temerosa conciencia, os queréis casar con esta doncella? Sí señor,
respondió Tosilos. Él hace muy bien, dijo a esta sazón Sancho Panza, porque lo que
has de dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado. Íbase Tosilos desenlazando la
celada, y rogaba que apriesa le ayudasen, porque le iban faltando los espíritus del
aliento, y no podía verse encerrado tanto tiempo en la estrecheza de aquel aposento.
Quitáronsela apriesa, y quedó descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo
cual doña Rodríguez y su hija, dando grandes voces, dijeron: Éste es engaño; engaño
es éste; a Tosilos, el lacayo del Duque mi señor, nos han puesto en lugar de mi
verdadero esposo: justicia de Dios y del rey de tanta malicia, por no decir bellaquería.
No vos acuitéis, señoras, dijo Don Quijote, que ni ésta es malicia ni es bellaquería; y
si la es, y no ha sido la causa el Duque, sino los malos encantadores que me persiguen,
los cuales, invidiosos de que yo alcanzase la gloria deste vencimiento, han convertido
el rostro de vuestro esposo en el de este que decís que es lacayo del Duque: tomad mi
consejo, y a pesar de la malicia de mis enemigos casaos con él, que sin duda es el
mismo que vos deseáis alcanzar por esposo. El Duque, que esto oyó, estuvo por
romper en risa toda su cólera, y dijo: Son tan extraordinarias las cosas que suceden al
señor Don Quijote, que estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste
ardid y maña: dilatemos el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerrado
a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su
prístina figura; que no ha de durar tanto el rancor que los encantadores tienen al señor
Don Quijote, y más yéndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones.
¡Oh señor! dijo Sancho que ya tienen estos malandrines por uso y costumbre de mudar
las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un caballero que venció los días
pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron en la figura del bachiller Sansón
Carrasco, natural de nuestro pueblo y grande amigo nuestro, y a mi señora Dulcinea
del Toboso la han vuelto en una rústica labradora; y así, imagino que este lacayo ha
de morir y vivir lacayo todos los días de su vida. A lo que dijo la hija de Rodríguez:
Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco, que más quiero
ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de un caballero; puesto que
el que a mí me burló no lo es. En resolución, todos estos cuentos y sucesos pararon
en que Tosilos se recogiese, hasta ver en qué paraba su transformación; aclamaron
todos la vitoria por Don Quijote, y los más quedaron tristes y melancólicos, de ver
que no se habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así como los
mochachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan porque le ha
perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente, volviéronse el Duque y Don Quijote
al castillo, encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodríguez y su hija contentísimas de
ver que, por una vía o por otra, aquel caso había de parar en casamiento, y Tosilos no
esperaba menos.

Capítulo LVII
Que trata de cómo Don Quijote se despidió del Duque y de lo que le sucedió con la
discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la Duquesa

Ya le pareció a Don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en
aquel castillo tenía, que se imaginaba ser grande la falta que su persona hacía en
dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites que como a
caballero andante aquellos señores le hacían, y parecíale que había de dar cuenta
estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento; y así, pidió un día licencia a
los Duques para partirse. Diéronsela, con muestras de que en gran manera les pesaba
de que los dejase. Dio la Duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual lloró
con ellas, y dijo: ¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho
de mi mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en
volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo Don Quijote de la Mancha?
Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a ser quien es, enviando
las bellotas a la Duquesa; que a no habérselas enviado, quedando yo pesaroso, se
mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es que esta dádiva no se le puede
dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el gobierno cuando ella las envió, y está
puesto en razón que los que reciben algún beneficio, aunque sea con niñerías, se
muestren agradecidos. En efecto, yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo
dél; y así, podré decir con segura conciencia, que no es poco: desnudo nací, desnudo
me hallo: ni pierdo ni gano. Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y saliendo
Don Quijote, habiéndose despedido la noche antes de los Duques, una mañana se
presentó armado en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gente del
castillo, y asimismo los Duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio con sus
alforjas, maleta y repuesto contentísimo, porque el mayordomo del Duque, el que fue
la Trifaldi, le había dado un bolsico con docientos escudos de oro, para suplir los
menesteres del camino, y esto aún no lo sabía Don Quijote. Estando, como queda
dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otras dueñas y doncellas de la Duquesa,
que le miraban, alzó la voz la desenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero
dijo:

Escucha, mal caballero;


detén un poco las riendas;
no fatigues las ijadas
de tu mal regida bestia.
Mira, falso, que no huyes
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que está muy lejos de oveja.
Tú has burlado, monstruo horrendo,
la más hermosa doncella
que Diana vio en sus montes,
que Venus miró en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Tú llevas, ¡llevar impío!
en las garras de tus cerras
las entrañas de una humilde,
como enamorada, tierna.
Llévaste tres tocadores,
y unas ligas, de unas piernas
que al mármol puro se igualan
en lisas, blancas y negras.
Llévaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
De ese Sancho tu escudero
las entrañas sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que tú tienes
lleve la triste la pena;
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus más finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sueños tus pasatiempos,
en olvidos tus firmezas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas
Barrabás te acompañe; allá te avengas.
Seas tenido por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado,
los cientos, o la primera,
los reyes huyan de ti;
ases ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
sangre las heridas viertan,
y quédente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrabás te acompañe; allá te avengas

En tanto que de la suerte que se ha dicho se quejaba la lastimada Altisidora, la


estuvo mirando Don Quijote y sin responderla palabra, volviendo el rostro a Sancho,
le dijo: Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas una verdad:
dime ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta enamorada doncella
dice? A lo que Sancho respondió: Los tres tocadores si llevo; pero las ligas, como por
los cerros de Úbeda. Quedó la Duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora;
que aunque la tenía por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado, que se atreviera
a semejantes desenvolturas; y como no estaba advertida desta burla, creció más su
admiración. El Duque quiso reforzar el donaire, y dijo: No me parece bien, señor
caballero, que habiendo recebido en este mi castillo el buen acogimiento que en él se
os ha hecho, os hayáis atrevido a llevaros tres tocadores por lo menos, si por lo más
las ligas de mi doncella; indicios son de mal pecho, y muestras que no corresponden
a vuestra fama: volvedle las ligas; si no, yo os desafío a mortal batalla, sin tener temor
que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el
de Tosilos mi lacayo, el que entró con vos en batalla. No quiera Dios, respondió Don
Quijote que yo desenvaine mi espada contra vuestra ilustrísima persona, de quien
tantas mercedes he recebido: los tocadores volveré, porque dice Sancho que los tiene;
las ligas es imposible, porque ni yo las he recebido, ni él tampoco; y si esta vuestra
doncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo, señor Duque,
jamás he sido ladrón, ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su
mano. Esta doncella habla, como ella dice, como enamorada, de lo que yo no le tengo
culpa; y así, no tengo de qué pedirle perdón ni a ella ni a vuestra excelencia a quien
suplico me tenga en mejor opinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.
Déosle Dios tan bueno, dijo la Duquesa, señor Don Quijote, que siempre oigamos
buenas nuevas de vuestras fechurías, y andad con Dios, que mientras más os detenéis,
más aumentáis el fuego en los pechos de las doncellas que os miran; y a la mía yo la
castigaré de modo que de aquí adelante no se desmande con la vista ni con las
palabras.

Una no más quiero que me escuches oh valeroso Don Quijote, dijo entonces
Altisidora, y es, que te pido perdón del latrocinio de las ligas, porque, en Dios y en mi
ánima que las tengo puestas, y he caído en el descuido del que yendo sobre el asno, le
buscaba. ¿No lo dije yo? dijo Sancho; bonico soy yo para encubrir hurtos, pues a
quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno. Abajó la cabeza
Don Quijote y hizo reverencia a los Duques y a todos los circunstantes, y volviendo
las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho sobre el rucio, se salió del castillo,
enderezando su camino a Zaragoza.
Capítulo LVIII
Que trata de cómo menudearon sobre Don Quijote aventuras tantas, que no se
daban vagar unas a otras

Cuando Don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los


requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que los espíritus se le
renovaban para proseguir de nuevo el asunto de sus caballerías, y volviéndose a
Sancho, le dijo: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los
hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la
tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe
aventurar la vida; y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a
los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en
este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de aquellos banquetes
sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las
estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran
míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas
son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. Venturoso aquél a quien el cielo
dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo
cielo. Con todo eso, dijo Sancho que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se
quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro, que en una
bolsilla me dio el mayordomo del Duque, que como pítima y confortativo la llevo
puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere; que no siempre hemos de hallar
castillos donde nos regalen: que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos
apaleen. En estos y otros razonamientos iban los andantes caballero y escudero cuando
vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la yerba de un pradillo
verde encima de sus capas estaban comiendo hasta una docena de hombres vestidos
de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas con que cubrían alguna
cosa que debajo estaba; estaban empinadas y tendidas y de trecho a trecho puestas.
Llegó Don Quijote a los que comían, y saludándolos primero cortésmente les preguntó
que qué era lo que aquellos lienzos cubrían. Uno dellos le respondió: Señor, debajo
destos lienzos están unas imágines de relieve y entabladura que han de servir en un
retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas, porque no se desfloren,
y en hombros, porque no se quiebren. Si sois servidos, respondió Don Quijote,
holgaría de verlas; pues imágines que con tanto recato se llevan, sin duda deben de
ser buenas. Y cómo si lo son, dijo otro, si no dígalo lo que cuestan, que en verdad que
no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y porque vea vuesa merced
esta verdad, espere vuesa merced, y verla ha por vista de ojos; y levantándose, dejó
de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostró ser la de San
Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada
por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parecía una ascua de
oro, como suele decirse. Viéndola Don Quijote, dijo: Este caballero fue uno de los
mejores andantes que tuvo la milicia divina; llamóse don San Jorge, y fue además
defendedor de doncellas. Veamos esta otra. Descubrióla el hombre, y pareció ser la
de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y apenas la hubo visto
Don Quijote, cuando dijo: Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y
creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que
está partiendo la capa con el pobre, y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces
invierno; que si no, él se la diera toda, según era de caritativo. No debió de ser eso,
dijo Sancho, sino que se debió de atener al refrán que dicen, que para dar y tener, seso
es menester. Riose Don Quijote, y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se
descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada,
atropellando moros y pisando cabezas; y en viéndola, dijo Don Quijote: Éste sí que es
caballero, y de las escuadras de Cristo: éste se llama don san Diego Matamoros; uno
de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.
Luego descubrieron otro lienzo, y pareció que encubría la caída de san Pablo del
caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión suelen
pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo
respondía. Éste, dijo Don Quijote, fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios
nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero
andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la viña
del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedrático
y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo. No había más imágines, y así, mandó
Don Quijote que las volviesen a cubrir, y dijo a los que las llevaban: Por buen agüero
he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros
profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas; sino que la diferencia
que hay entre mí y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy
pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque
el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos;
pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y
adobándoseme el juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del
que llevo. Dios lo oiga y el pecado sea sordo, dijo Sancho a esta ocasión. Admiráronse
los hombres así de la figura como de las razones de Don Quijote, sin entender la mitad
de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer, cargaron con sus imágines, y
despidiéndose de Don Quijote, siguieron su viaje. Quedó Sancho de nuevo como si
jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo que sabía, pareciéndole que no
debía de haber historia en el mundo, ni suceso, que no lo tuviese cifrado en la uña y
clavado en la memoria, y díjole: En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha
sucedido hoy se puede llamar aventura, ello ha sido de las más suaves y dulces que en
todo el discurso de nuestra peregrinación nos ha sucedido: della habemos salido sin
palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la
tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos: bendito sea Dios, que tal me ha
dejado ver con mis propios ojos. Tú dices bien, Sancho, dijo Don Quijote, pero has
de advertir que no todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte; y esto
que el vulgo suele llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón
alguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos acontecimientos.
Levántase uno destos agoreros por la mañana, sale de su casa, encuéntrase con un
fraile de la orden del bienaventurado San Francisco, y como si hubiera encontrado
con un grifo, vuelve las espaldas y vuélvese a su casa. Derrámasele al otro Mendoza
la sal encima de la mesa, y derrámasele a él la melancolía por el corazón; como si
estuviese obligada la naturaleza a dar señales de las venideras desgracias con cosas
tan de poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar en
puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África, tropieza en saltando
en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados; pero él, abrazándose con el suelo, dijo:
No te me podrás huir, África, porque te tengo asida y entre mis brazos. Así que,
Sancho, el haber encontrado con estas imágines ha sido para mí felicísimo
acontecimiento. Yo así lo creo, respondió Sancho, y querría que vuesa merced me
dijese ¿qué es la causa porque dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla,
invocando aquel San Diego Matamoros: Santiago y cierra España? ¿Está por ventura
España abierta, y de modo, que es menester cerrarla, o qué ceremonia es ésta?
Simplicísimo eres, Sancho, respondió Don Quijote, y mira que este gran caballero de
la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo, especialmente
en los rigurosos trances que con los moros los españoles han tenido, y así, le invocan
y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le
han visto visiblemente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los
agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las
verdaderas historias españolas se encuentran. Mudó Sancho plática, y dijo a su amo.
Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la Duquesa:
bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que llaman amor, que dicen que
es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagañoso, o por mejor decir sin vista, si toma
por blanco un corazón, por pequeño que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con
sus flechas. He oído decir también que en la vergüenza y recato de las doncellas se
despuntan y embotan las amorosas saetas; pero en esta Altisidora más parece que se
aguzan que despuntan. Advierte, Sancho, dijo Don Quijote, que el amor ni mira
respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que
la muerte, que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas
de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es
quitarle el temor y la vergüenza; y así, sin ella declaró Altisidora sus deseos, que
engendraron en mi pecho antes confusión que lástima. ¡Crueldad notoria! dijo Sancho
¡desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé decir que me rindiera y avasallara la más
mínima razón amorosa suya. Hideputa, ¡y qué corazón de mármol, qué entrañas de
bronce y qué alma de argamasa! Pero no puedo pensar qué es lo que vio esta doncella
en vuesa merced que así la rindiese y avasallase. ¿Qué gala, qué brío, qué donaire,
qué rostro, que cada cosa por sí déstas, o todas juntas, la enamoraron? Que en verdad,
en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuesa merced desde la punta del pie
hasta el último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para
enamorar; y habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal
parte que enamora, no teniendo vuesa merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la
pobre. Advierte, Sancho, respondió Don Quijote, que hay dos maneras de hermosura,
una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento,
en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas
estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta
hermosura, y no en la del cuerpo, suelen hacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo,
Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme; y
bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los
dotes del alma que te he dicho.
En estas razones y pláticas, se iban entrando por una selva que fuera del camino
estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se halló Don Quijote enredado entre unas redes
de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas; y sin poder imaginar
qué pudiese ser aquello, dijo a Sancho: Paréceme, Sancho, que esto destas redes debe
de ser una de las más nuevas aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los
encantadores que me persiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino,
como en venganza de la riguridad que con Altisidora he tenido. Pues mándoles yo que
aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran de durísimos diamantes,
o más fuertes que aquella con que el celoso dios de los herreros enredó a Venus y a
Marte, así las rompiera como si fuera de juncos marinos, o de hilachas de algodón: y
queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron delante,
saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas pastoras, a lo menos vestidas como
pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino brocado: digo que las sayas eran
riquísimos faldellines de tabí de oro: traían los cabellos sueltos por las espaldas, que
en rubios podían competir con los rayos del mismo sol, los cuales se coronaban con
dos guirnaldas de verde laurel y de rojo amaranto tejidas: la edad, al parecer, ni bajaba
de los quince, ni pasaba de los diez y ocho. Vista fue ésta que admiró a Sancho,
suspendió a Don Quijote, hizo parar al sol en su carrera para verlas, y tuvo en
maravilloso silencio a todos cuatro. En fin, quien primero habló fue una de las dos
zagalas, que dijo a Don Quijote: Detened, señor caballero, el paso, y no rompáis las
redes, que no para daño vuestro, sino para nuestro pasatiempo ahí están tendidas; y
porque sé que nos habéis de preguntar para qué se han puesto, y quién somos, os lo
quiero decir en breves palabras. En una aldea que está hasta dos leguas de aquí, donde
hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre muchos amigos y
parientes se concertó que con sus hijos, mujeres y hijas, vecinos, amigos y parientes
nos viniésemos a holgar a este sitio, que es uno de los más agradables de todos estos
contornos, formando entre todos una nueva y pastoril Arcadia, vistiéndonos las
doncellas de zagalas y los mancebos de pastores: traemos estudiadas dos églogas, una
del famoso poeta Garcilaso, y otra del excelentísimo Camoes, en su misma lengua
portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado: ayer fue el primero día que
aquí llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas tiendas, que dicen se
llaman de campaña, en el margen de un abundoso arroyo que todos estos prados
fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de estos árboles, para engañar los
simples pajarillos que, oxeados con nuestro ruido, vinieren a dar en ellas. Si gustáis,
señor, de ser nuestro huésped, seréis agasajado liberal y cortésmente; porque por agora
en este sitio no ha de entrar la pesadumbre ni la melancolía. Calló, y no dijo más; a lo
que respondió Don Quijote: Por cierto, hermosísima señora, que no debió de quedar
más suspenso ni admirado Anteón cuando vio al improviso bañarse en las aguas a
Diana, como yo he quedado atónito en ver vuestra belleza. Alabo el asunto de vuestros
entretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco; y si os puedo servir, con
seguridad de ser obedecidas me lo podéis mandar; porque no es otra la profesión mía
sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todo género de gente, en especial con
la principal que vuestras personas representa; y si como estas redes, que deben de
ocupar algún pequeño espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo
nuevos mundos por do pasar sin romperlas; y porque deis algún crédito a esta mi
exageración, ved que os lo promete, por lo menos, Don Quijote de la Mancha, si es
que ha llegado a vuestros oídos este nombre. ¡Ay, amiga de mi alma, dijo entonces la
otra zagala, y qué ventura tan grande nos ha sucedido! ¿Ves este señor que tenemos
delante? Pues hágote saber que es el más valiente, y el más enamorado, y el más
comedido que tiene el mundo, si no es que nos miente y nos engaña una historia que
de sus hazañas anda impresa y yo he leído. Yo apostaré que este buen hombre que
viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no hay ningunas
que se le igualen. Así es la verdad, dijo Sancho, que yo soy ese gracioso y ese escudero
que vuesa merced dice, y este señor es mi amo, el mismo Don Quijote de la Mancha
historiado y referido. ¡Ay! dijo la otra, supliquémosle, amiga, que se quede; que
nuestros padres y nuestros hermanos gustarán infinito dello, que también he oído yo
decir de su valor y de sus gracias lo mismo que tú me has dicho, y sobre todo, dicen
dél que es el más firme y más leal enamorado que se sabe, y que su dama es una tal
Dulcinea del Toboso, a quien en toda España la dan la palma de la hermosura. Con
razón se la dan, dijo Don Quijote, si ya no lo pone en duda vuestra sin igual belleza:
no os canséis, señoras, en detenerme, porque las precisas obligaciones de mi profesión
no me dejan reposar en ningún cabo. Llegó en esto adonde los cuatro estaban un
hermano de una de las dos pastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas
que a las de las zagalas correspondía; contáronle ellas que el que con ellas estaba era
el valeroso Don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de quien tenía
él ya noticia, por haber leído su historia. Ofreciósele el gallardo pastor; pidiole que se
viniese con él a sus tiendas, húbolo de conceder Don Quijote, y así lo hizo. Llegó en
esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes, que engañados de la color
de las redes, caían en el peligro de que iban huyendo. Juntáronse en aquel sitio más
de treinta personas, todas bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un
instante quedaron enteradas de quiénes eran Don Quijote y su escudero, de que no
poco contento recibieron, porque ya tenían dél noticia por su historia. Acudieron a las
tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a Don
Quijote dándole el primer lugar en ellas; mirábanle todos, y admirábanse de verle.
Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó Don Quijote la voz, y dijo:
Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la
soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse:
que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido
posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón; y si no puedo
pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de
hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas
obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor
parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y así, es Dios sobre todos, porque
es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios
con igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la
suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho,
no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites
de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y así, digo que
sustentaré dos días naturales en metad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas
señoras zagalas contrahechas que aquí están son las más hermosas doncellas, y más
corteses, que hay en el mundo, excetando sólo a la sin par Dulcinea del Toboso, única
señora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.
Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atención le había estado escuchando, dando
una gran voz, dijo: ¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir
y a jurar que este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores, ¿hay
cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha
dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer
lo que mi amo aquí ha ofrecido? Volviose Don Quijote a Sancho, y encendido el rostro
y colérico, le dijo: ¿Es posible, oh Sancho, que haya en todo el orbe alguna persona
que diga que no eres tonto aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso
y de bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o
majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado Rocinante: vamos
a poner en efecto mi ofrecimiento; que con la razón que va de mi parte puedes dar por
vencidos a todos cuantos quisieren contradecirla: y con gran furia y muestras de enojo,
se levantó de la silla, dejando admirados a los circunstantes, haciéndoles dudar si le
podían tener por loco, o por cuerdo. Finalmente, habiéndole persuadido que no se
pusiese en tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y
que no eran menester nuevas demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues
bastaban las que en la historia de sus hechos se referían: con todo esto salió Don
Quijote con su intención, y puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando
su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba.
Siguiole Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral rebaño, deseosos de ver
en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento. Puesto pues Don Quijote en
mitad del camino, como os he dicho, hirió el aire con semejantes palabras: ¡Oh,
vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo
que por este camino pasáis, o habéis de pasar en estos dos días siguientes! Sabed que
Don Quijote de la Mancha, caballero andante, está aquí puesto para defender que a
todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden las que se encierran en las ninfas
habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la señora de mi alma
Dulcinea del Toboso: por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda; que aquí le
espero. Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de ningún
aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor, ordenó
que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a
caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de
tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con Don Quijote estaban,
cuando, volviendo las espaldas, se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron
que si esperaban les podía suceder algún peligro: sólo Don Quijote con intrépido
corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con las ancas de Rocinante. Llegó
el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, a grandes voces
comenzó a decir a Don Quijote: Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán
pedazos estos toros. Ea, canalla, respondió Don Quijote, para mí no hay toros que
valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas. Confesad,
malandrines, así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no,
conmigo sois en batalla. No tuvo lugar de responder el vaquero, ni Don Quijote le
tuvo de desviarse, aunque quisiera; y así, el tropel de los toros bravos y el de los
mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los
llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre Don Quijote, y
sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, echándole a rodar
por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado Don Quijote, aporreado el rucio y no
muy católico Rocinante; pero en fin se levantaron todos, y Don Quijote, a gran priesa,
tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a correr tras la vacada, diciendo a voces:
Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no
tiene condición, ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la
puente de plata. Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron
más caso de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a Don
Quijote, y más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho,
Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y sin volver a
despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que gusto,
siguieron su camino.
Capítulo LIX
Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le
sucedió a Don Quijote

Al polvo y al cansancio que Don Quijote y Sancho sacaron del descomedimiento


de los toros socorrió una fuente clara y limpia que entre una fresca arboleda hallaron,
en el margen de la cual, dejando libres, sin jáquima y freno, al rucio y a Rocinante,
los dos asendereados amo y mozo se sentaron. Acudió Sancho a la repostería de su
alforjas, y dellas sacó de lo que él solía llamar condumio; enjuagose la boca, lavose
Don Quijote el rostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los espíritus desalentados:
no comía Don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los manjares que
delante tenía, de puro comedido, y esperaba a que su señor hiciese la salva; pero
viendo que, llevado de sus imaginaciones, no se acordaba de llevar el pan a la boca,
no abrió la suya, y atropellando por todo género de crianza, comenzó a embaular en
el estómago el pan y queso que se le ofrecía. Come, Sancho amigo, dijo Don Quijote:
sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a mí a manos de mis
pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y
tú para morir comiendo; y porque veas que te digo verdad en esto, considérame
impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de
príncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos
y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana
pisado, y acoceado, y molido, de los pies de animales inmundos y soeces. Esta
consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos, y
quita de todo en todo la gana del comer, de manera, que pienso dejarme morir de
hambre, muerte la más cruel de las muertes. Desa manera, dijo Sancho, sin dejar de
mascar apriesa, no aprobará vuesa merced aquel refrán que dicen: muera Marta, y
muera harta: yo a lo menos no pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como
el zapatero, que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere;
yo tiraré mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo; y
sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como
vuesa merced, y créame, y después de comido, échese a dormir un poco sobre los
colchones verdes destas yerbas, y verá como cuando despierte se halla algo más
aliviado. Hízolo así Don Quijote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran de
filósofo que de mentecato, y díjole: Si tú, oh Sancho, quisieses hacer por mí lo que yo
ahora te diré, serían mis alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes, y es,
que mientras yo duermo obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejos de
aquí, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te dieses trecientos o
cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y tantos que te has de dar por el
desencanto de Dulcinea, que es lástima no pequeña que aquella pobre señora esté
encantada por tu descuido y negligencia. Hay mucho que decir en eso, dijo Sancho:
durmamos por ahora entrambos, y después Dios dijo lo que será. Sepa vuesa merced
que esto de azotarse un hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes
sobre un cuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea;
que cuando menos se cate, me verá hecho una criba, de azotes, y hasta la muerte, todo
es vida: quiero decir, que aún yo la tengo, junto con el deseo de cumplir con lo que he
prometido. Agradeciéndoselo Don Quijote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse
a dormir entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer del abundosa yerba
de que aquel prado estaba lleno a los dos continuos compañeros y amigos Rocinante
y el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron a subir, y a seguir su camino, dándose
priesa para llegar a una venta que, al parecer, una legua de allí se descubría. Digo que
era venta porque Don Quijote la llamó así, fuera del uso que tenía de llamar a todas
las ventas castillos. Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada.

Fueles respondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en
Zaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quien el
huésped le dio la llave. Llevó las bestias a la caballeriza, echoles sus piensos, salió a
ver lo que Don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo, le mandaba, dando
particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese parecido castillo aquella
venta. Llegose la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho al
huésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondió que su boca
sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de las pajaricas del aire, de las
aves de la tierra y de los pescados del mar estaba proveída aquella venta. No es
menester tanto, respondió Sancho, que con un par de pollos que nos asen tendremos
lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yo no soy tragantón en
demasía. Respondiole el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los tenían
asolados. Pues mande el señor huésped, dijo Sancho asar una polla que sea tierna.
¡Polla, mi padre!, respondió el huésped, en verdad en verdad que envié ayer a la
ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida vuesa merced lo que
quisiere. Desa manera, dijo Sancho, no faltará ternera, o cabrito. En casa, por ahora,
respondió el huésped, no lo hay, porque se ha acabado; pero la semana que viene lo
habrá de sobra. Medrados estamos con eso, respondió Sancho: yo pondré que se
vienen a resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y
huevos. Por Dios, respondió el huésped que es gentil relente el que mi huésped tiene:
pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, ¿y quiere que tenga huevos? Discurra,
si quisiere, por otras delicadezas, y déjese de pedir gallinas. Resolvámonos, cuerpo de
mí, dijo Sancho, y dígame finalmente lo que tiene, y déjese de discurrimientos. Señor
huésped, dijo el ventero, lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que
parecen manos de ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están
cocidas con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo:
comeme, comeme. Por mías las marco desde aquí, dijo Sancho, y nadie las toque; que
yo las pagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar de
más gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas. Nadie las
tocará, dijo el ventero, porque otros huéspedes que tengo, de puro principales, traen
consigo cocinero, despensero y repostería. Si por principales va, dijo Sancho, ninguno
más que mi amo; pero el oficio que él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos
tendemos en mitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos. Esta fue la
plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar adelante en
responderle, que ya le había preguntado qué oficio o qué ejercicio era el de su amo.
Llegose, pues, la hora del cenar, recogiose a su estancia Don Quijote, trujo el huésped
la olla, así como estaba, y sentose a cenar muy de propósito. Parece ser que en otro
aposento que junto al de Don Quijote estaba, que no le dividía más que un sutil
tabique, oyó decir Don Quijote: Por vida de vuesa merced, señor don Jerónimo, que
en tanto que trae la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de
la Mancha. Apenas oyó su nombre Don Quijote, cuando se puso en pie, y con oído
alerto escuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:
¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que
hubiere leído la primera parte de la historia de Don Quijote de la Mancha no es
posible que pueda tener gusto en leer esta segunda? Con todo eso, dijo el don Juan,
será bien leerla, pues no hay libro tan malo, que no tenga alguna cosa buena. Lo que
a mí en éste más desplace es que pinta a Don Quijote ya desenamorado de Dulcinea
del Toboso. Oyendo lo cual Don Quijote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y
dijo: Quienquiera que dijere que Don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede
olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy
lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en
Don Quijote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión, el guardarla
con suavidad y sin hacerse fuerza alguna. ¿Quién es el que nos responde?
respondieron del otro aposento. ¿Quién ha de ser, respondió Sancho sino el mismo
Don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere; que
al buen pagador no le duelen prendas? Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando
entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos
echando los brazos al cuello de Don Quijote, le dijo: Ni vuestra presencia puede
desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia:
sin duda, vos, señor, sois el verdadero Don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la
andante caballería, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y
aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor deste libro que aquí os entrego:
y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó Don Quijote, y
sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le volvió, diciendo:
En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión.
La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es
aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por
ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia;
porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez,
y no llama tal, sino Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se
podrá temer que yerra en todas las demás de la historia. A esto dijo Sancho: Donosa
cosa de historiador por cierto; bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos,
pues llama a Teresa Panza mi mujer Mari Gutiérrez: torne a tomar el libro, señor, y
mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el nombre. Por lo que he oído hablar,
amigo, dijo don Jerónimo, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor
Don Quijote. Sí soy, respondió Sancho, y me precio dello. Pues a fe, dijo el caballero,
que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra:
píntaos comedor, y simple, y no nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la
primera parte de la historia de vuestro amo se describe. Dios se lo perdone, dijo
Sancho; dejárame en mi rincón, sin acordarse de mí, porque quien las sabe las tañe, y
bien se está San Pedro en Roma. Los dos caballeros pidieron a Don Quijote se pasase
a su estancia a cenar con ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas
pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido,
condescendió con su demanda y cenó con ellos; quedose Sancho con la olla con mero
mixto imperio: sentose en cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que
Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de la cena
preguntó don Juan a Don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso:
si se había casado, si estaba parida, o preñada, o si, estando en su entereza, se
acordaba, guardando su honestidad y buen decoro, de los amorosos pensamientos del
señor Don Quijote. A lo que él respondió: Dulcinea se está entera; y mis
pensamientos, más firmes que nunca: las correspondencias, en su sequedad antigua;
su hermosura, en la de una soez labradora transformada; y luego les fue contando
punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había sucedido en la
cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le había dado para
desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho. Sumo fue el contento que los dos
caballeros recibieron de oír contar a Don Quijote los extraños sucesos de su historia,
y así quedaron admirados de sus disparates como del elegante modo con que los
contaba. Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber
determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura. Acabó de cenar
Sancho, y dejando hecho equis al ventero, se pasó a la estancia de su amo, y en
entrando, dijo: Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes
tienen no quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que ya que me
llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho. Sí
llama, dijo don Jerónimo; pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son
malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía
del buen Sancho que está presente. Créanme vuesas mercedes, dijo Sancho que el
Sancho y el Don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella
que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo valiente, discreto
y enamorado; y yo simple gracioso, y no comedor ni borracho. Yo así lo creo, dijo
don Juan, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado a tratar de
las cosas del gran Don Quijote, si no fuese Cide Hamete su primer autor, bien así
como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a retratarle sino Apeles. Retráteme
el que quisiere, dijo Don Quijote, pero no me maltrate, que muchas veces suele caerse
la paciencia cuando la cargan de injurias. Ninguna, dijo don Juan se le puede hacer al
señor Don Quijote de quien él no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su
paciencia, que, a mi parecer, es fuerte y grande. En estas y otras pláticas se pasó gran
parte de la noche; y aunque don Juan quisiera que Don Quijote leyera más del libro,
por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por
leído y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su
autor que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído; pues
de las cosas obscenas y torpes los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos.
Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que a Zaragoza, a
hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años.
Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como Don Quijote, sea quien se
quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención, pobre de letras,
pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades. Por el mismo caso, respondió Don
Quijote no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré a la plaza del mundo la mentira
dese historiador moderno, y echarán de ver las gentes como yo no soy el Don Quijote
que él dice. Hará muy bien, dijo don Jerónimo, y otras justas hay en Barcelona, donde
podrá el señor Don Quijote mostrar su valor. Así lo pienso hacer, dijo Don Quijote, y
vuesas mercedes me den licencia, pues ya es hora, para irme al lecho, y me tengan y
pongan en el número de sus mayores amigos y servidores. Y a mí también, dijo
Sancho: quizá seré bueno para algo. Con esto, se despidieron, y Don Quijote y Sancho
se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la
mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron
que éstos eran los verdaderos Don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor
aragonés. Madrugó Don Quijote, y dando golpes al tabique del otro aposento, se
despidió de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente, y aconsejole que
alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese más proveída.
Capítulo LX
De lo que sucedió a Don Quijote yendo a Barcelona

Era fresca la mañana, y daba muestras de serlo asimesmo el día en que Don
Quijote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho camino para
ir a Barcelona, sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que tenía de sacar mentiroso a
aquel nuevo historiador que tanto decían que le vituperaba. Sucedió, pues, que en más
de seis días no le sucedió cosa digna de ponerse en escritura; al cabo de los cuales,
yendo fuera de camino, le tomó la noche entre unas espesas encinas, o alcornoques;
que en esto no guarda la puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele. Apeáronse
de sus bestias amo y mozo, y acomodándose a los troncos de los árboles, Sancho, que
había merendado aquel día, se dejó entrar de rondón por las puertas del sueño; pero
Don Quijote, a quien desvelaban sus imaginaciones mucho más que la hambre, no
podía pegar sus ojos; antes iba y venía con el pensamiento por mil géneros de lugares.
Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos; ya ver brincar y subir sobre su
pollina a la convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los oídos las
palabras del sabio Merlín, que le referían las condiciones y diligencias que se habían
de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea. Desesperábase de ver la flojedad y
caridad poca de Sancho su escudero, pues a lo que creía solos cinco azotes se había
dado, número desigual y pequeño para los infinitos que le faltaban; y desto recibió
tanta pesadumbre y enojo, que hizo este discurso: Si nudo gordiano cortó el Magno
Alejandro, diciendo: tanto monta cortar como desatar, y no por eso dejó de ser
universal señor de toda la Asia, ni más ni menos podría suceder ahora en el desencanto
de Dulcinea, si yo azotase a Sancho a pesar suyo: que si la condición deste remedio
está en que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, qué se me da a mí que se los dé
él, o que se los dé otro, pues la sustancia está en que él los reciba, lleguen por do
llegaren. Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las
riendas de Rocinante, y acomodándolas en modo, que pudiese azotarle con ellas,
comenzole a quitar las cintas, que es opinión que no tenía más que la delantera, en
que se sustentaban los gregüescos; pero apenas hubo llegado, cuando Sancho despertó
en todo su acuerdo, y dijo: ¿Qué es esto, quién me toca y desencinta? Yo soy,
respondió Don Quijote, que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos:
véngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a que te obligaste. Dulcinea
perece; tú vives en descuido; yo muero deseando; y así, desatácate por tu voluntad,
que la mía es de darte en esta soledad, por lo menos, dos mil azotes. Eso no, dijo
Sancho: vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios verdadero que nos han de oír los
sordos: los azotes a que yo me obligué han de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora
no tengo gana de azotarme; basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y
mosquearme cuando en voluntad me viniere. No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho,
dijo Don Quijote, porque eres duro de corazón, y aunque villano, blando de carnes; y
así, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza, se puso en
pie y arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y echándole una
zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla derecha sobre el pecho,
y con las manos le tenía las manos, de modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don
Quijote le decía: ¿Cómo, traidor contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con
quien te da su pan te atreves? Ni quito rey ni pongo rey, respondió Sancho, sino
ayúdome a mí, que soy mi señor: vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no
tratará de azotarme por agora; que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no,
Aquí morirás, traidor,
Enemigo de doña Sancha.
Prometióselo Don Quijote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en el
pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el azotarse cuando
quisiese. Levantóse Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y yendo a
arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza, y alzando las manos, topó
con dos pies de persona, con zapatos y calzas.
Tembló de miedo; acudió a otro árbol, y sucediole lo mesmo: dio voces llamando
a Don Quijote, que le favoreciese. Hízolo así Don Quijote, y preguntándole qué le
había sucedido, y de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos árboles
estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tentolos Don Quijote, y cayó luego en
la cuenta de lo que podía ser; y díjole a Sancho: No tienes de qué tener miedo, porque
estos pies y piernas que tientas y no ves, sin duda son de algunos forajidos y
bandoleros que en estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la
justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy
a entender que debo de estar cerca de Barcelona: y así era la verdad como él lo había
imaginado. Al parecer el alba, alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos
árboles, que eran cuerpos de bandoleros. Ya en esto amanecía, y si los muertos los
habían espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de
improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos, y se
detuviesen, hasta que llegase su capitán. Hallose Don Quijote a pie, su caballo sin
freno, su lanza arrimada a un árbol, y finalmente, sin defensa alguna; y así, tuvo por
bien de cruzar las manos e inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y
coyuntura. Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa
de cuantas en las alforjas y la maleta traía; y avínole bien a Sancho que en una ventrera
que tenía ceñida venían los escudos del Duque y los que habían sacado de su tierra, y
con todo eso, aquella buena gente le escardara y le mirara hasta lo que entre el cuero
y la carne tuviera escondido si no llegara en aquella sazón su capitán, el cual mostró
ser de hasta edad de treinta y cuatro años, robusto, más que de mediana proporción,
de mirar grave y color morena. Venía sobre un poderoso caballo, vestida la acerada
cota, y con cuatro pistoletes, que en aquella tierra se llaman pedreñales, a los lados.
Vio que sus escuderos (que así llaman a los que andan en aquel ejercicio) iban a
despojar a Sancho Panza; mandoles que no lo hiciesen, y fue luego obedecido, y así
se escapó la ventrera. Admirole ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y a
Don Quijote armado y pensativo, con la más triste y melancólica figura que pudiera
formar la misma tristeza. Llegose a él, diciéndole: No estéis tan triste, buen hombre;
porque no habéis caído en las manos de algún cruel Osiris, sino en las de Roque
Guinart que tienen más de compasivas que de rigurosas. No es mi tristeza, respondió
Don Quijote haber caído en tu poder, oh valeroso Roque, cuya fama no hay límites en
la tierra que la encierren, sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido
tus soldados sin el freno, estando yo obligado, según la orden de la andante caballería
que profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de mí mismo; porque
te hago saber, oh gran Roque, que si me hallaran sobre mi caballo, con mi lanza y con
mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme, porque yo soy Don Quijote de la Mancha,
aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe. Luego Roque Guinart conoció que
la enfermedad de Don Quijote tocaba más en locura que en valentía, y aunque algunas
veces le había oído nombrar, nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir
a que semejante humor reinase en corazón de hombre; y holgose en extremo de
haberlo encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos dél había oído, y así, le dijo:
Valeroso caballero, no os despechéis, ni tengáis a siniestra fortuna ésta en que os
halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se enderezase, que
el cielo, por extraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele
levantar los caídos y enriquecer los pobres. Ya le iba a dar las gracias Don Quijote,
cuando sintieron a sus espaldas un ruido como de tropel de caballos, y no era sino uno
solo, sobre el cual venía a toda furia un mancebo al parecer de hasta veinte años,
vestido de damasco verde, con pasamanos de oro, gregüescos y saltaembarca, con
sombrero terciado, a la wvalona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y espada
doradas, una escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido, volvió
Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo: En tu busca
venía, oh valeroso Roque, para hallar en ti, si no remedio, a lo menos, alivio en mi
desdicha; y por no tenerte suspenso, porque sé que no me has conocido, quiero decirte
quién soy: yo soy Claudia Jerónima, hija de Simón Forte, tu singular amigo y enemigo
particular de Clauquel Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu
contrario bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas
se llama, o a lo menos se llamaba no ha dos horas. Éste pues, por abreviar el cuento
de mi desventura, te diré en breves palabras la que me ha causado. Viome,
requebrome, escuchele, enamoreme a hurto de mi padre; porque no hay mujer, por
retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución
y efecto sus atropellados deseos. Finalmente él me prometió de ser mi esposo, y yo le
di la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante: supe ayer que olvidado
de lo que me debía se casaba con otra, y que esta mañana iba a desposarse, nueva que
me turbó el sentido y acabó la paciencia; y por no estar mi padre en el lugar, le tuve
yo de ponerme en el traje que ves, y apresurando el paso a este caballo, alcancé a don
Vicente obra de una legua de aquí, y sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le
disparé esta escopeta, y por añadidura, estas dos pistolas, y a lo que creo, le debí de
encerrar más de dos balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta en su
sangre saliese mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron
ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo
parientes con quien viva, y asimismo a rogarte defiendas a mi padre, porque los
muchos de don Vicente no se atrevan a tomar en él desaforada venganza. Roque,
admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la hermosa Claudia, le dijo:
Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo; que después veremos lo que más
te importare. Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había
dicho y lo que Roque Guinart respondió, dijo: No tiene nadie para qué tomar trabajo
en defender a esta señora; que lo tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas,
y espérenme aquí, que yo iré a buscar a ese caballero, y muerto o vivo le haré cumplir
la palabra prometida a tanta belleza. Nadie dude de esto, dijo Sancho, porque mi señor
tiene muy buena mano para casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a
otro que también negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los
encantadores que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta
fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera. Roque, que atendía más a pensar en el
suceso de la hermosa Claudia, que en las razones de amo y mozo, no las entendió; y
mandando a sus escuderos que volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del
rucio, mandándoles asimismo que se retirasen a la parte donde aquella noche habían
estado alojados, y luego se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido o muerto
don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no hallaron en él sino
recién derramada sangre; pero tendiendo la vista por todas partes, descubrieron por
un recuesto arriba alguna gente, y diéronse a entender, como era la verdad, que debía
ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle, o para
enterrarle; diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo
hicieron. Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las heridas no
consentía que más adelante pasase. Arrojáronse de los caballos Claudia y Roque,
llegáronse a él, temieron los criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver
la de don Vicente; y así, entre enternecida y rigurosa, se llegó a él, y asiéndole de las
manos, le dijo: Si tú me dieras éstas, conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras
en este paso. Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y conociendo a Claudia,
le dijo: Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto,
pena no merecida, ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras, jamás
quise ni supe ofenderte. ¿Luego no es verdad, dijo Claudia que ibas esta mañana a
desposarte con Leonora, la hija del rico Balvastro? No por cierto, respondió don
Vicente: mi mala fortuna te debió de llevar estas nuevas, para que, celosa, me quitases
la vida; la cual pues la dejo en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por
venturosa: y para asegurarte desta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si
quisieres; que no tengo otra mayor satisfación que darte del agravio que piensas que
de mí has recebido. Apretole la mano Claudia, y apretósele a ella el corazón, de
manera, que sobre la sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le
tomó un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabía qué hacerse. Acudieron
los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y trujéronla, con que se los
bañaron. Volvió de su desmayo Claudia; pero no de su parasismo don Vicente, porque
se le acabó la vida. Visto lo cual de Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce
esposo no vivía, rompió los aires con suspiros, hirió los cielos con quejas, maltrató
sus cabellos, entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias manos, con todas
las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran imaginarse.
¡Oh cruel e inconsiderada mujer, decía, con qué facilidad te moviste a poner en
ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué desesperado fin
conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío, cuya desdichada suerte,
por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura! Tales y tan tristes eran las
quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de los ojos de Roque, no acostumbrados
a verterlas en ninguna ocasión. Lloraban los criados, desmayábase a cada paso
Claudia, y todo aquel circuito parecía campo de tristeza y lugar de desgracia.
Finalmente Roque Guinart ordenó a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo
al lugar de su padre, que estaba allí cerca, para que le diesen sepultura. Claudia dijo a
Roque que querría irse a un monasterio donde era abadesa una tía suya, en el cual
pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y más eterno acompañada. Alabole
Roque su buen propósito, ofreciósele de acompañarla hasta donde quisiese, y de
defender a su padre de los parientes de don Vicente, y mundo, si ofenderle quisiese.
No quiso su compañía Claudia en ninguna manera de todo el, y agradeciendo sus
ofrecimientos con las mejores razones que supo, se despidió dél llorando. Los criados
de don Vicente llevaron su cuerpo, y Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron
los amores de Claudia Jerónima. ¿Pero qué mucho, si tejieron la trama de su
lamentable historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos? Halló Roque
Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y a Don Quijote entre
ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que les persuadía dejasen aquel
modo de vivir tan peligroso así para el alma como para el cuerpo; pero como los más
eran gascones, gente rústica y desbaratada, no les entraba bien la plática de Don
Quijote. Llegado que fue Roque preguntó a Sancho Panza si le habían vuelto y
restituido las alhajas y preseas que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho
respondió que sí, sino que le faltaban tres tocadores, que valían tres ciudades. ¿Qué
es lo que dices, hombre? dijo uno de los presentes, que yo los tengo, y no valen tres
reales. Así es, dijo Don Quijote, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho, por
habérmelos dado quien me los dio. Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y
mandando poner los suyos en ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y
dineros, y todo aquello que desde la última repartición habían robado; y haciendo
brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió
por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia, que no pasó un punto ni
defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron
contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a Don Quijote. Si no se guardase esta
puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos. A lo que dijo Sancho: Según lo
que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se use aun entre los
mesmos ladrones. Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual,
sin duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que se
detuviese. Pasmose Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto que entre
aquella gente estuviese. Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que
estaban puestos por centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y
dar aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste dijo: Señor, no lejos de aquí, por el
camino que va a Barcelona, viene un gran tropel de gente. A lo que respondió Roque:
¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros buscamos?
No, sino de los que buscamos, respondió el escudero. Pues salid todos, replicó Roque,
y traédmelos aquí luego, sin que se os escape ninguno. Hiciéronlo así, y quedándose
solos Don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron a ver lo que los escuderos traían; y
en este entretanto dijo Roque a Don Quijote: Nueva manera de vida le debe de parecer
al señor Don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos;
y no me maravillo que así le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo
de vivir más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él
no sé qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados
corazones; yo de mi natural soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo
dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas
inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a despecho y pesar de lo que
entiendo; y como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado
las venganzas de manera, que no sólo las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero
Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones,
no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro. Admirado quedó Don Quijote de
oír hablar a Roque tan buenas y concertadas razones, porque él se pensaba que entre
los de oficios semejantes de robar, matar y saltear no podía haber alguno que tuviese
buen discurso, y respondiole: Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la
enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena:
vuesa merced está enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir,
que es nuestro médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar
poco a poco, y no de repente y por milagro; y más, que los pecadores discretos están
más cerca de enmendarse que los simples; y pues vuesa merced ha mostrado en sus
razones su prudencia, no hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de la
enfermedad de su conciencia; y si vuesa merced quiere ahorrar camino y ponerse con
facilidad en el de su salvación, véngase conmigo; que yo le enseñaré a ser caballero
andante, donde se pasan tantos trabajos y desventuras, que, tomándolas por
penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo. Riose Roque del consejo de Don
Quijote, a quien, mudando plática, contó el trágico suceso de Claudia Jerónima, de
que le pesó en extremo a Sancho; que no le había parecido mal la belleza, desenvoltura
y brío de la moza. Llegaron en esto los escuderos de la presa trayendo consigo dos
caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con hasta seis
criados, que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos mozos de mulas que los
caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en medio, guardando vencidos y
vencedores gran silencio, esperando a que el gran Roque Guinart hablase; el cual
preguntó a los caballeros que quién eran y adónde iban, y qué dinero llevaban. Uno
dellos respondió: Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española;
tenemos nuestras compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras,
que dicen están en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta docientos o
trecientos escudos, con que a nuestro parecer vamos ricos y contentos, pues la
estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores tesoros. Preguntó Roque a
los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele respondido que iban a embarcarse
para pasar a Roma, y que entre entrambos podían llevar hasta sesenta reales. Quiso
saber también quién iba en el coche, y adónde, y el dinero que llevaban, y uno de los
de a caballo dijo: Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la
Vicaría de Nápoles, con una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van
en el coche; acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos escudos. De
modo, dijo Roque Guinart, que ya tenemos aquí novecientos escudos y sesenta reales:
mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le cabe a cada uno, porque yo
soy mal contador. Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz diciendo: Viva
Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición procuran.
Mostraron afligirse los capitanes, entristeciose la señora regenta, y no se holgaron
nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos así un rato
suspensos Roque; pero no quiso que pasase adelante su tristeza, que ya se podía
conocer a tiro de arcabuz, y volviéndose a los capitanes, dijo: Vuesas mercedes,
señores capitanes, por cortesía, sean servidos de prestarme sesenta escudos, y la
señora regenta ochenta, para contentar esta escuadra que me acompaña, porque el
abad, de lo que canta yanta, y luego puédense ir su camino libre y
desembarazadamente, con un salvoconducto que yo les daré, para que si toparen otras
de algunas escuadras mías que tengo divididas por estos contornos, no les hagan daño;
que no es mi intención de agraviar a soldados, ni a mujer alguna, especialmente a las
que son principales. Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes
agradecieron a Roque su cortesía y liberalidad, que por tal la tuvieron, en dejarles su
mismo dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del coche para
besar los pies y las manos del gran Roque; pero él no lo consintió en ninguna manera;
antes le pidió perdón del agravio que le había hecho; forzado de cumplir con las
obligaciones precisas de su mal oficio. Mandó la señora regenta a un criado suyo diese
luego los ochenta escudos que le habían repartido, y ya los capitanes habían
desembolsado los sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria; pero Roque les
dijo que se estuviesen quedos, y volviéndose a los suyos, les dijo: Destos escudos dos
tocan a cada uno, y sobran veinte; los diez se den a estos peregrinos, y los otros diez
a este buen escudero, porque pueda decir bien de esta aventura: y trayéndole aderezo
de escribir, de que siempre andaba proveído Roque, les dio por escrito un
salvoconducto para los mayorales de sus escuadras, y despidiéndose dellos, los dejó
ir libres, y admirados de su nobleza, de su gallarda disposición y extraño proceder,
teniéndole más por un Alejandro Magno, que por ladrón conocido. Uno de los
escuderos dijo en su lengua gascona y catalana: Este nuestro capitán más es
para frade que para bandolero: si de aquí adelante quisiere mostrarse liberal, séalo con
su hacienda, y no con la nuestra. No lo dijo tan paso el desventurado, que dejase de
oírlo Roque, el cual, echando mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes,
diciéndole: Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos. Pasmáronse
todos, y ninguno le osó decir palabra: tanta era la obediencia que le tenían. Apartose
Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona, dándole aviso
como estaba consigo el famoso Don Quijote de la Mancha; aquel caballero andante
de quien tantas cosas se decían, y que le hacía saber que era el más gracioso y el más
entendido hombre del mundo, y que de allí a cuatro días, que era el de San Juan
Bautista, se le pondría en mitad de la playa de la ciudad, armado de todas sus armas,
sobre Rocinante su caballo, y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia
desto a sus amigos los Niarros, para que con él se solazasen; que él quisiera que
carecieran deste gusto los Cadells sus contrarios; pero que esto era imposible, a causa
que las locuras y discreciones de Don Quijote y los donaires de su escudero Sancho
Panza no podían dejar de dar gusto general a todo el mundo. Despachó estas cartas
con uno de sus escuderos, que mudando el traje de bandolero en el de un labrador,
entró en Barcelona y la dio a quien iba.
Capítulo LXI
De lo que le sucedió a Don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que
tienen más de lo verdadero que de lo discreto

Tres días y tres noches estuvo Don Quijote con Roque, y si estuviera trescientos
años no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida. Aquí amanecían, acullá
comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién.
Dormían en pie, interrompiendo el sueño mudándose de un lugar a otro. Todo era
poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían
pocos, porque casi todos se servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado
de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba; porque
los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre su vida le traían
inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos,
o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida, por cierto, miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, Don
Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa la víspera
de San Juan en la noche; y abrazando Roque a Don Quijote y a Sancho, a quien dio
los diez escudos prometidos, que hasta entonces no se los había dado, los dejó, con
mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron. Volviose Roque, quedose
Don Quijote esperando el día así a caballo como estaba, y no tardó mucho cuando
comenzó a descubrirse por los balcones del oriente la faz de la blanca aurora,
alegrando las yerbas y las flores, en lugar de alegrar el oído; aunque al mesmo instante
alegraron también el oído el son de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles,
trapa, trapa, aparta, aparta de corredores, que, al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar
la aurora al sol, que con un rostro mayor que el de una rodela por el más bajo horizonte
poco a poco se iba levantando. Tendieron Don Quijote y Sancho la vista por todas
partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; parecioles espaciosísimo y largo,
harto más que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto. Vieron las
galeras que estaban en la playa, las cuales abatiendo las tiendas se descubrieron llenas
de flámulas y gallardetes que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua: dentro
sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y
belicosos acentos: comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las
sosegadas aguas, correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de
la ciudad sobre hermosos caballos y con vistosas libreas salían. Los soldados de las
galeras disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estaban en las
murallas y fuertes de la ciudad, y la artillería gruesa con espantoso estruendo rompía
los vientos, a quien respondían los cañones de crujía de las galeras. El mar alegre, la
tierra jocunda, el aire claro, sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que
iba infundiendo y engendrando gusto súbito en todas las gentes. No podía imaginar
Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos que por el mar se movían. En
esto llegaron corriendo con grita, lililíes y algazara los de las libreas adonde Don
Quijote suspenso y atónito estaba: y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en
alta voz a Don Quijote: Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella
y el norte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene.

Bien sea venido, digo, el valeroso Don Quijote de la Mancha: no el falso, no el


ficticio, no el apócrifo que en falsas historias estos días nos han mostrado, sino el
verdadero, el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los
historiadores. No respondió Don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los seguían,
comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de Don Quijote; el cual,
volviéndose a Sancho, dijo: Éstos bien nos han conocido; yo apostaré que han leído
nuestra historia, y aun la del aragonés recién impresa. Volvió otra vez el caballero que
habló a Don Quijote, y díjole: Vuesa merced, señor Don Quijote, se venga con
nosotros, que todos somos sus servidores, y grandes amigos de Roque Guinart. A lo
que Don Quijote respondió: Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor
caballero, es hija o parienta muy cercana de las del gran Roque: llevadme do
quisiéredes, que yo no tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar
en vuestro servicio. Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el
caballero, y encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se
encaminaron con él a la ciudad; al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo ordena,
y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos, se
entraron por toda la gente, y alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de
Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres
animales las nuevas espuelas, y apretando las colas, aumentaron su disgusto de
manera, que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote,
corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho el
de su rucio. Quisieran los que guiaban a Don Quijote castigar el atrevimiento de los
muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre más de otros mil que los
seguían. Volvieron a subir Don Quijote y Sancho, con el mismo aplauso y música
llegaron a la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, como de caballero
rico; donde le dejaremos por agora, porque así lo quiere Cide Hamete.
Capítulo LXII
Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden
dejar de contarse

Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de Don Quijote, caballero rico y


discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual viendo en su casa a Don
Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras,
porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con daño
de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a Don Quijote, y sacarle a vistas
con aquel su estrecho y acamuzado vestido (como ya otras veces le hemos descrito y
pintado) a un balcón que salía a una calle de las más principales de la ciudad, a vista
de las gentes, y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo
delante dél los de las libreas, como si para él solo, no para alegrar aquel festivo día,
se las hubieran puesto, y Sancho estaba contentísimo por parecerle que se había
hallado, sin saber cómo ni cómo no otras bodas de Camacho, otra casa como la de don
Diego de Miranda y otro castillo como el del Duque. Comieron aquel día con don
Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y tratando a Don Quijote como a
caballero andante, de lo cual hueco y pomposo no cabía en sí de contento. Los
donaires de Sancho fueron tantos, que de su boca andaban como colgados todos los
criados de casa y todos cuantos le oían. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:
Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que si os sobran las guardáis en el seno para el otro día. No señor, no
es así, respondió Sancho, porque tengo más de limpio que de goloso; y mi señor Don
Quijote, que está delante, sabe bien que con un puño de bellotas, o de nueces, nos
solemos pasar entrambos ocho días: verdad es que si tal vez me sucede que me den la
vaquilla, corro con la soguilla: quiero decir que como lo que me dan, y uso de los
tiempos como los hallo; y quien quiera que hubiere dicho que yo soy comedor
aventajado, y no limpio, téngase por dicho que no acierta, y de otra manera dijera esto
si no mirara a las barbas honradas que están a la mesa. Por cierto, dijo Don Quijote,
que la parsimonia y limpieza con que Sancho come se puede escribir y grabar en
láminas de bronce, para que quede en memoria eterna de los siglos venideros. Verdad
es que cuando él tiene hambre parece algo tragón, porque come apriesa y masca a dos
carrillos; pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue
gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor las uvas,
y aun los granos de la granada. ¡Cómo! dijo don Antonio, ¿gobernador ha sido
Sancho? Sí, respondió Sancho, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días la
goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos los
gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me tuve por muerto,
de la cual salí vivo por milagro. Contó Don Quijote por menudo todo el suceso del
gobierno de Sancho, con que dio gran gusto a los oyentes. Levantados los manteles,
y tomando don Antonio por la mano a Don Quijote, se entró con él en un apartado
aposento, en el cual no había otra cosa de adorno que una mesa al parecer de jaspe,
que sobre un pie de lo mesmo se sostenía, sobre la cual estaba puesta al modo de las
cabezas de los emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de
bronce. Paseose don Antonio con Don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas
veces la mesa, después de lo cual, dijo: Agora, señor Don Quijote, que estoy enterado
que no nos oye y escucha alguno, y está cerrada la puerta, quiero contar a vuesa
merced una de las más raras aventuras, o por mejor decir novedades que imaginarse
pueden, con condición que lo que a vuesa merced dijere lo ha de depositar en los
últimos retretes del secreto. Así lo juro, respondió Don Quijote, y aun le echaré una
losa encima para más seguridad; porque quiero que sepa vuesa merced, señor don
Antonio (que ya sabía su nombre), que está hablando con quien, aunque tiene oídos
para oír, no tiene lengua para hablar; así que con seguridad puede vuesa merced
trasladar lo que tiene en su pecho en el mío, y hacer cuenta que lo ha arrojado en los
abismos del silencio. En fe desa promesa, respondió don Antonio, quiero poner a
vuesa merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de la
pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse
de todos. Suspenso estaba Don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas
prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la cabeza de
bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se sostenía, y luego dijo:
Esta cabeza, señor Don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores
encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nación y
discípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan, el cual estuvo
aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di labró esta cabeza, que tiene
propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó
rumbos, pintó caracteres, observó astros, miró puntos, y finalmente, la sacó con la
perfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que lo es, nos
ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuesa merced prevenirse de
lo que querrá preguntar, que por experiencia sé que dice verdad en cuanto responde.
Admirado quedó Don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por no
creer a don Antonio; pero por ver cuán poco tiempo había para hacer la experiencia,
no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle descubierto tan gran secreto.
Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio con llave, y fuéronse a la sala,
donde los demás caballeros estaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas
de las aventuras y sucesos que a su amo habían acontecido. Aquella tarde sacaron a
pasear a Don Quijote, no armado, sino de rúa, vestido un balandrán de paño leonado,
que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al mismo hielo. Ordenaron con sus criados
que entretuviesen a Sancho, de modo, que no le dejasen salir de casa. Iba Don Quijote,
no sobre Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado.
Pusiéronle el balandrán, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron un pergamino,
donde le escribieron con letras grandes. «Éste es Don Quijote de la Mancha». En
comenzando el paseo llevaba el rétulo los ojos de cuantos venían a verle, y como
leían: este es Don Quijote de la Mancha, admirábase Don Quijote de ver que cuantos
le miraban le nombraban y conocían; y volviéndose a don Antonio, que iba a su lado,
le dijo: Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues hace
conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra; si no, mire
vuesa merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos desta ciudad sin nunca
haberme visto, me conocen. Así es, señor Don Quijote, respondió don Antonio, que
así como el fuego no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de
ser conocida; y la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea
sobre todas las otras. Acaeció pues que yendo Don Quijote con el aplauso que se ha
dicho, un castellano que leyó el rétulo de las espaldas alzó la voz, diciendo: Válgate
el diablo por Don Quijote de la Mancha; cómo ¿que hasta aquí has llegado sin haberte
muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y
dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver
locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican; si no, mírenlo por estos señores
que te acompañan. Vuélvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer
y tus hijos, y déjate destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el
entendimiento. Hermano, dijo don Antonio, seguid vuestro camino, y no deis consejos
a quien no os los pide. El señor Don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros,
que le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar dondequiera que se
hallare, y andad enhoramala, y no os metáis donde no os llaman. Par diez, vuesa
merced tiene razón, respondió el castellano, que aconsejar a este buen hombre es dar
coces contra el aguijón; pero con todo eso me da muy gran lástima que el buen ingenio
que dicen que tiene en todas las cosas este mentecato se le desagüe por la canal de su
andante caballería; y la enhoramala que vuesa merced dijo sea para mí y para todos
mis descendientes si de hoy más, aunque viviese más años que Matusalén, diere
consejo a nadie, aunque me lo pida. Apartose el consejero; siguió adelante el paseo;
pero fue tanta la priesa que los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que
se le hubo de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa. Llegó la noche,
volviéronse a casa, hubo sarao de damas; porque la mujer de don Antonio, que era
una señora principal y alegre, hermosa y discreta, convidó a otras sus amigas a que
viniesen a honrar a su huésped y a gustar de sus nunca vistas locuras. Vinieron
algunas, cenose espléndidamente y comenzóse el sarao casi a las diez de la noche.
Entre las damas había dos de gusto pícaro y burlonas, y con ser muy honestas eran
algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. Éstas dieron
tanta priesa en sacar a danzar a Don Quijote, que le molieron no sólo el cuerpo, pero
el ánima. Era cosa de ver la figura de Don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo,
estrecho en el vestido, desairado, y sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como
a hurto las damiselas, y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose
apretar de requiebros, alzó la voz y dijo: «Fugite, partes adversae»: dejadme en mi
sosiego, pensamientos mal venidos; allá os avenid, señoras, con vuestros deseos; que
la que es reina de los míos, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos
otros que los suyos me avasallen y rindan: y diciendo esto, se sentó en mitad de la
sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio
que le llevasen en peso a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho diciéndole:
Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado: ¿pensáis que todos los valientes son
danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si lo pensáis, que
estáis engañado: hombre hay que se atreverá a matar a un gigante antes que hacer una
cabriola: si hubiérades de zapatear, yo supliera vuestra falta, que zapateo como un
girifalte; pero en lo del danzar no doy puntada. Con estas y otras razones dio que reír
Sancho a los del sarao, y dio con su amo en la cama, arropándole para que sudase la
frialdad de su baile. Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de
la cabeza encantada, y con Don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos
señoras que habían molido a Don Quijote en el baile, que aquella propia noche se
habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba
la cabeza. Contoles la propiedad que tenía, encargoles el secreto y díjoles que aquél
era el primero día donde se había de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si
no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del
encanto; y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos,
también ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posible otra
cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada. El primero que se llegó al oído de la
cabeza fue el mismo don Antonio, y díjole en voz sumisa, pero no tanto, que de todos
no fuese entendida: Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué
pensamientos tengo yo agora? Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz
clara y distinta, de modo, que fue de todos entendida, esta razón: Yo no juzgo de
pensamientos. Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder pudiese.
¿Cuántos estamos aquí? tornó a preguntar don Antonio, y fuele respondido por el
propio tenor, paso: Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y
un caballero famoso llamado Don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho
Panza tiene por nombre. Aquí sí que fue el admirarse de nuevo; aquí sí que fue el
erizarse los cabellos a todos, de puro espanto. Y apartándose don Antonio de la
cabeza, dijo: Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me
vendió, cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona, y admirable cabeza.
Llegue otro y pregúntele lo que quisiere: y como las mujeres de ordinario son
presurosas y amigas de saber, la primera que se llegó fue una de las dos amigas de la
mujer de don Antonio, y lo que le preguntó fue: Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser
muy hermosa? Y fuele respondido: Sé muy honesta. No te pregunto más, dijo la
preguntanta. Llegó luego la compañera, y dijo: Querría saber, cabeza, si mi marido
me quiere bien, o no. Y respondiéronle: Mira las obras que te hace, y echarlo has de
ver. Apartose la casada, diciendo: Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta;
porque, en efecto, las obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las
hace. Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle: ¿Quién soy
yo? Y fuele respondido: Tú lo sabes. No te pregunto eso, respondió el caballero, sino
que me digas si me conoces tú. Sí conozco, le respondieron que eres don Pedro Noriz.
No quiero saber más, pues esto basta para entender, oh cabeza, que lo sabes todo. Y
apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle: Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi
hijo el mayorazgo? Ya yo he dicho, le respondieron que yo no juzgo de deseos; pero,
con todo eso, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte. Eso es, dijo el
caballero: lo que veo por los ojos, con el dedo lo señalo, y no preguntó más. Llegose
la mujer de don Antonio, y dijo: Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber
de ti si gozaré muchos años de buen marido. Y respondiéronla: Sí gozarás, porque su
salud y su templanza en el vivir prometen muchos años de vida, la cual muchos suelen
acortar por su destemplanza. Llegose luego Don Quijote, y dijo: Dime tú, el que
respondes: ¿fue verdad, o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de
Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efecto el
desencanto de Dulcinea? A lo de la cueva, respondieron, hay mucho que decir: de
todo tiene; los azotes de Sancho irán de espacio; el desencanto de Dulcinea llegará a
debida ejecución. No quiero saber más, dijo Don Quijote, que como yo vea a Dulcinea
desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a
desear. El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue: Por ventura, cabeza,
¿tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de escudero? ¿Volveré a ver a mi
mujer y a mis hijos? A lo que le respondieron: Gobernarás en tu casa; y si vuelves a
ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y dejando de servir, dejarás de ser escudero. Bueno
par Dios, dijo Sancho Panza; esto yo me lo dijera; no dijera más el profeta Perogrullo.
Bestia, dijo Don Quijote, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las respuestas
que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta? Sí basta, respondió
Sancho; pero quisiera yo que se declarara más y me dijera más. Con esto se acabaron
las preguntas y las respuestas; pero no se acabó la admiración en que todos quedaron,
excepto los dos amigos de don Antonio, que el caso sabían. El cual quiso Cide Hamete
Benengeli declarar luego por no tener suspenso al mundo, creyendo que algún
hechicero y extraordinario misterio en la tal cabeza se encerraba, y así, dice que don
Antonio Moreno, a imitación de otra cabeza que vio en Madrid fabricada por un
estampero, hizo ésta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes, y la
fábrica era de esta suerte. La tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como
jaspe, y el pie sobre que se sostenía era de lo mesmo, con cuatro garras de águila que
dél salían, para mayor firmeza del peso. La cabeza, que parecía medalla y figura de
emperador romano, y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla
de la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se parecía.
El pie de la tabla era asimismo hueco, que respondía a la garganta y pechos de la
cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento, que debajo de la estancia de la
cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y pechos de la medalla y
figura referida se encaminaba un cañón de hoja de lata, muy justo, que de nadie podía
ser visto. En el aposento de abajo, correspondiente al de arriba se ponía el que había
de responder, pegada la boca con el mesmo cañón, de modo que, a modo de cerbatana
iba la voz de arriba abajo, y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras, y de esta
manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante
agudo y discreto, fue el respondiente, el cual estando avisado de su señor tío de los
que habían de entrar con él en aquel día en el aposento de la cabeza, le fue fácil
responder con presteza y puntualidad a la primera pregunta; a las demás respondió
por conjeturas, y como discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete, que hasta
diez o doce días duró esta maravillosa máquina; pero que divulgándose por la ciudad
que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban
respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas centinelas de nuestra fe,
habiendo declarado el caso a los señores inquisidores le mandaron que lo deshiciese
y no pasase más adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase. Pero en la
opinión de Don Quijote y de Sancho Panza, la cabeza quedó por encantada y por
respondona, más a satisfación de Don Quijote que de Sancho. Los caballeros de la
ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a Don Quijote y dar lugar a que
descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija de allí a seis días; que no tuvo
efecto por la ocasión que se dirá adelante. Diole gana a Don Quijote de pasear la
ciudad a la llana y a pie, temiendo que si iba a caballo le habían de perseguir los
muchachos, y así, él y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron
a pasearse. Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos Don Quijote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: «Aquí se imprimen libros»; de lo
que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna, y
deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar en
una parte, corregir en otra; componer en ésta, enmendar en aquélla, y finalmente, toda
aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra. Llegábase Don Quijote a
un cajón, y preguntaba qué era aquello que allí se hacía; dábanle cuenta los oficiales;
admirábase, y pasaba adelante. Llegó en otros a uno, y preguntole qué era lo que hacía.
El oficial le respondió: Señor, este caballero que aquí está (y enseñole un hombre de
muy buen talle y parecer y de alguna gravedad) ha traducido un libro toscano en
nuestra lengua castellana, y estoile yo componiendo, para darle a la estampa. ¿Qué
título tiene el libro? preguntó Don Quijote. A lo que el autor respondió: Señor, el libro,
en toscano, se llama «Le bagatelle». ¿Y qué responde «Le bagatelle» en nuestro
castellano? preguntó Don Quijote. «Le bagatelle», dijo el autor es como si en
castellano dijésemos los juguetes; y aunque este libro es en el nombre humilde,
contiene y encierra en sí cosas muy buenas y sustanciales. Yo, dijo Don Quijote sé
algún tanto de el toscano, y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero
dígame vuesa merced, señor mío (y no digo esto porque quiero examinar el ingenio
de vuesa merced, sino por curiosidad no más): ¿ha hallado en su escritura alguna vez
nombrar «pignata»? Sí, muchas veces, respondió el autor. Y ¿cómo la traduce vuesa
merced en castellano? preguntó Don Quijote. b¿Cómo la había de traducir, replicó el
autor sino diciendo olla? ¡Cuerpo de tal!, dijo Don Quijote, y qué adelante está vuesa
merced en el toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el
toscano «piace», dice vuesa merced en el castellano place, y adonde diga «più», dice
más, y el «su» declara con arriba, y el «giù» con abajo. Sí declaro, por cierto, dijo el
autor, porque ésas son sus propias correspondencias. Osaré yo jurar, dijo Don Quijote
que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los
floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades hay perdidas por ahí!
¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de virtudes menospreciadas! Pero con todo esto,
me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las
lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés; que
aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la
lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución,
como no le arguye el que traslada, ni el que copia un papel de otro papel; y no por
esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas
peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta
cuenta van los dos famosos traductores, el uno el doctor Cristóbal de Figueroa, en su
«Pastor Fido», y el otro, don Juan de Jáuregui, en su «Aminta», donde felizmente
ponen en duda cuál es la tradución, o cuál el original. Pero dígame vuesa merced:
¿este libro imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio a algún librero?
Por mi cuenta lo imprimo, respondió el autor, y pienso ganar mil ducados por lo menos
con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han de despachar
a seis reales cada uno, en daca las pajas. Bien está vuesa merced en la cuenta,
respondió Don Quijote: bien parece que no sabe las entradas y salidas de los
impresores, y las correspondencias que hay de unos a otros. Yo le prometo que cuando
se vea cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante,
y más si el libro es un poco avieso y no nada picante. ¿Pues qué, dijo el autor, quiere
vuesa merced que se lo dé a un librero, que me dé por el privilegio tres maravedís, y
aún piensa que me hace merced en dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar
fama en el mundo; que ya en él soy conocido por mis obras: provecho quiero; que sin
él no vale un cuatrín la buena fama. Dios le dé a vuesa merced buena manderecha,
respondió Don Quijote, y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban
corrigiendo un pliego de un libro que se intitulaba «Luz del alma», y en viéndole, dijo:
Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se deben imprimir,
porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas luces para
tantos desalumbrados. Pasó adelante y vio que asimismo estaban corrigiendo otro
libro; y preguntando su título, le respondieron que se llamaba «la segunda parte del
ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha» compuesta por un tal vecino de
Tordesillas. Ya yo tengo noticia deste libro, dijo Don Quijote; y en verdad y en mi
conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente; pero
su San Martín se le llegará como a cada puerco; que las historias fingidas tanto tienen
de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las
verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas: y diciendo esto con muestras
de algún despecho se salió de la emprenta, y aquel mesmo día ordenó don Antonio de
llevarle a ver las galeras que en la playa estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a
causa que en su vida las había visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras
como aquella tarde había de llevar a verlas a su huésped el famoso Don Quijote de la
Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían noticia; y lo
que le sucedió en ellas se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo LXIII
De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva
aventura de la hermosa morisca

Grandes eran los discursos que Don Quijote hacía sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la
promesa, que él tuvo por cierta, del desencanto de Dulcinea. Allí iba y venía, y se
alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver presto su cumplimiento; y Sancho,
aunque aborrecía el ser gobernador, como queda dicho, todavía deseaba volver a
mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea
de burlas. En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno su huésped, y sus dos
amigos, con Don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba
avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho, apenas
llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las
chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas
de terciopelo carmesí, y en poniendo que puso los pies en él Don Quijote, disparó la
capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y al subir Don
Quijote por la escala derecha, toda la chusma le saludó como es usanza cuando una
persona principal entra en la galera, diciendo: hu, hu, hu, tres veces. Diole la mano el
general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero
valenciano; abrazó a Don Quijote, diciéndole: Este día señalaré yo con piedra blanca,
por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida habiendo visto al señor Don
Quijote de la Mancha; tiempo y señal que nos muestra que en él se encierra y cifra
todo el valor del andante caballería. Con otras no menos corteses razones le respondió
Don Quijote, alegre sobremanera de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la
popa, que estaba muy bien aderezada, y sentáronse por los bandines; pasose el cómitre
en crujía, y dio señal con el pito que la chusma hiciese fuerarropa, que se hizo en un
instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio
hacer tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí
trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado para lo que ahora diré. Estaba
Sancho sentado sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual, ya
avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y levantándole en los brazos, toda
la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando y
volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta priesa, que el
pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda pensó que los mismos demonios
le llevaban, y no pararon con él hasta volverle por la siniestra banda y ponerle en la
popa.

Quedó el pobre molido, y jadeando, y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo
que sucedido le había. Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al
general si eran ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en
las galeras; porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar en ellas, no
quería hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que si alguno llegaba a asirle
para voltearle, que le había de sacar el alma a puntillazos; y diciendo esto, se levantó
en pie y empuñó la espada. A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido
dejaron caer la entena de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus
quicios y venía a dar sobre su cabeza; y agobiándola lleno de miedo, la puso entre las
piernas. No las tuvo todas consigo Don Quijote; que también se estremeció y encogió
de hombros, y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con la misma priesa
y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no tuvieran voz ni
aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y saltando en mitad de la crujía
con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear las espaldas de la chusma, y a
largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies
colorados, que tales pensó él que eran los remos, dijo entre sí: Éstas sí son
verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué han hecho estos
desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo, que anda por aquí
silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que éste es
infierno, o, por lo menos, el purgatorio. Don Quijote, que vio la atención con que
Sancho miraba lo que pasaba, le dijo: ¡Ah, Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán
a poca costa os podíades vos, si quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y
poneros entre estos señores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la
miseria y pena de tantos, no sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser
que el sabio Merlín tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena mano,
por diez de los que vos finalmente os habéis de dar. Preguntar quería el general qué
azotes eran aquéllos, o qué desencanto de Dulcinea, cuando dijo el marinero: Señal
hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa, por la banda del poniente. Esto
oído saltó el general en la crujía, y dijo: Ea, hijos, no se nos vaya: algún bergantín de
cosarios de Argel debe de ser éste que la atalaya nos señala. Llegáronse luego las otras
tres galeras a la capitana a saber lo que se les ordenaba. Mandó el general que las dos
saliesen a la mar, y él con la otra iría tierra a tierra, porque así el bajel no se les
escaparía. Apretó la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que
parecía que volaban. Las que salieron a la mar a obra de dos millas descubrieron un
bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y así era la
verdad; el cual bajel, cuando descubrió las galeras, se puso en caza, con intención y
esperanza de escaparse por su ligereza; pero avínole mal, porque la galera capitana
era de los más ligeros bajeles que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que
claramente los del bergantín conocieron que no podían escaparse, y así, el arráez
quisiera que dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capitán que
nuestras galeras regía; pero la suerte, que de otra manera lo guiaba, ordenó que ya que
la capitana llegaba tan cerca, que podían los del bajel oír las voces que desde ella les
decían que se rindiesen, dos toraquis, que es como decir dos turcos, borrachos, que en
el bergantín venían con otros doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte
a dos soldados que sobre nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general
de no dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y llegando a embestir con
toda furia, se le escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera adelante un buen
trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera volvía, y
de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en caza; pero no les aprovechó su diligencia
tanto como les dañó su atrevimiento; porque, alcanzándoles la capitana a poco más de
media milla, les echó la palamenta encima, y los cogió vivos a todos. Llegaron, en
esto, las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa volvieron a la playa, donde
infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que traían. Dio fondo el general
cerca de tierra, y conoció que estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mandó echar
el esquife para traerle, y mandó amainar la entena para ahorcar luego luego al arráez
y a los demás turcos que en el bajel había cogido, que serían hasta treinta y seis
personas, todos gallardos, y los más, escopeteros turcos. Preguntó el general quién era
el arráez del bergantín y fuele respondido por uno de los cautivos, en lengua castellana
(que después pareció ser renegado español): Este mancebo, señor, que aquí vees es
nuestro arráez, y mostrole uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar
la humana imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. Preguntole el
general: Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues
veías ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas? ¿No sabes tú
que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres
atrevidos; pero no temerarios. Responder quería el arráez; pero no pudo el general,
por entonces, oír la respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera,
con el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo. Buena ha
estado la caza, señor general, dijo el virrey. Y tan buena, respondió el general cual la
verá vuestra excelencia agora colgada de esta entena. ¿Cómo así? replicó el virrey.
Porque me han muerto, respondió el general, contra toda ley y contra toda razón y
usanza de guerra dos soldados de los mejores que en estas galeras venían, y yo he
jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a este mozo, que es el arráez
del bergantín; y enseñole al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la
garganta, esperando la muerte. Mirole el virrey, y viéndole tan hermoso, y tan
gallardo, y tan humilde, dándole en aquel instante una carta de recomendación su
hermosura, le vino deseo de excusar su muerte, y así, le preguntó: Dime, arráez, ¿eres
turco de nación, o moro, o renegado? A lo cual el mozo respondió, en lengua
asimesmo castellana: Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado. ¿Pues qué eres?
replicó el virrey. Mujer cristiana, respondió el mancebo. ¿Mujer, y cristiana, y en tal
traje, y en tales pasos? Más es cosa para admirarla que para creerla. Suspended, dijo
el mozo, oh señores, la ejecución de mi muerte; que no se perderá mucho en que se
dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi vida. ¿Quién fuera el de corazón
tan duro, que con estas razones no se ablandara, o, a lo menos, hasta oír las que el
triste y lastimado mancebo decir quería? El general le dijo que dijese lo que quisiese,
pero que no esperase alcanzar perdón de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo
comenzó a decir desta manera: De aquella nación más desdichada que prudente sobre
quien ha llovido estos días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres
engendrada. En la corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a
Berbería, sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y
no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió con los
que tenían a cargo nuestro miserable destierro decir esta verdad, ni mis tíos quisieron
creerla, antes la tuvieron por mentira y por invención para quedarme en la tierra donde
había nacido, y así, por fuerza, más que por grado, me trujeron consigo. Tuve una
madre cristiana, y un padre discreto y cristiano ni más ni menos: mamé la fe católica
en la leche; criéme con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jamás, a mi
parecer, di señales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que yo creo que lo
son, creció mi hermosura, si es que tengo alguna; y aunque mi recato y mi
encerramiento fue mucho, no debió de ser tanto, que no tuviese lugar de verme un
mancebo caballero llamado don Gaspar Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero que
junto a nuestro lugar otro suyo tiene. Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio
perdido por mí y cómo yo no muy ganada por él, sería largo de contar, y más en
tiempo que estoy temiendo que entre la lengua y la garganta se ha de atravesar el
riguroso cordel que me amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso
acompañarme don Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares salieron,
porque sabía muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos tíos míos que
consigo me traían; porque mi padre, prudente y prevenido, así como oyó el primer
bando de nuestro destierro, se salió del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos
extraños que nos acogiese. Dejó encerradas y enterradas en una parte de quien yo sola
tengo noticia muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados
y doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que dejaba, en ninguna manera,
si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo así, y con mis tíos, como tengo
dicho, y otros parientes y allegados pasamos a Berbería; y el lugar donde hicimos
asiento fue en Argel, como si le hiciéramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey
de mi hermosura, y la fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía.
Llamome ante sí, preguntome de qué parte de España era y qué dineros y qué joyas
traía. Díjele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en él enterrados; pero que
con facilidad se podrían cobrar si yo misma volviese por ellos. Todo esto le dije
temerosa de que no le cegase mi hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas
pláticas, le llegaron a decir cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos
mancebos que se podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar
Gregorio, cuya belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbeme,
considerando el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros
turcos en más se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por
bellísima que sea. Mandó luego el rey que se le trujesen allí delante para verle, y
preguntóme si era verdad lo que de aquel mozo le decían. Entonces yo, casi como
prevenida del cielo, le dije que sí era; pero que le hacía saber que no era varón, sino
mujer como yo, y que le suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que
de todo en todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia.
Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el modo que se podía
tener para que yo volviese a España a sacar el escondido tesoro. Hablé con don
Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser hombre; vestíle de mora, y aquella
mesma tarde le truje a la presencia del rey, el cual, en viéndole, quedó admirado, y
hizo designio de guardarla para hacer presente della al gran señor; y por huir del
peligro que en el serrallo de sus mujeres podía tener, y temer de sí mismo, la mandó
poner en casa de unas principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le
llevaron luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se deje
a la consideración de los que se apartan, si bien se quieren. Dio luego traza el rey de
que yo volviese a España en este bergantín, y que me acompañasen dos turcos de
nación, que fueron los que mataron vuestros soldados. Vino también conmigo este
renegado español, señalando al que había hablado primero, del cual sé yo bien que es
cristiano encubierto, y que viene con más deseo de quedarse en España que de volver
a Berbería; la demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no sirven de más
que de bogar al remo. Los dos turcos codiciosos e insolentes, sin guardar el orden que
traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte de España, en hábito de
cristianos de que venimos proveídos, nos echasen en tierra, primero quisieron barrer
esta costa y hacer alguna presa, si pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en
tierra, por algún acidente que a los dos nos sucediese podríamos descubrir que
quedaba el bergantín en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen.
Anoche descubrimos esta playa, y sin tener noticia destas cuatro galeras, fuimos
descubiertos, y nos ha sucedido lo que habéis visto. En resolución, don Gregorio
queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse, y yo me
veo atadas las manos, esperando, o por mejor decir, temiendo perder la vida, que ya
me cansa. Éste es, señores, el fin de mi lamentable historia, tan verdadera como
desdichada; lo que os ruego es que me dejéis morir como cristiana, pues, como ya he
dicho, en ninguna cosa he sido culpante de la culpa en que los de mi nación han caído:
y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron muchas de
los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle palabra, se llegó
a ella y le quitó con sus manos el cordel que las hermosas de la mora ligaba. En tanto
pues que la morisca cristiana su peregrina historia trataba, tuvo clavados los ojos en
ella un anciano peregrino que entró en la galera cuando entró el virrey; y apenas dio
fin a su plática la morisca, cuando él se arrojó a sus pies, y abrazado dellos, con
interrumpidas palabras de mil sollozos y suspiros, le dijo: Oh Ana Félix, desdichada
hija mía, yo soy tu padre Ricote, que volvía a buscarte, por no poder vivir sin ti, que
eres mi alma. A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza, que inclinada
tenía, pensando en la desgracia de su paseo, y mirando al peregrino, conoció ser el
mismo Ricote que topó el día que salió de su gobierno, y confirmóse que aquélla era
su hija, la cual ya desatada, abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con las suyas;
el cual dijo al general y al virrey: Ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus
sucesos que en su nombre. Ana Félix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa
tanto por su hermosura como por mi riqueza: yo salí de mi patria a buscar en reinos
extraños quien nos albergase y recogiese, y habiéndole hallado en Alemania, volví en
este hábito de peregrino, en compañía de otros alemanes, a buscar mi hija, y a
desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas. No hallé a mi hija; hallé el tesoro,
que conmigo traigo, y agora, por el extraño rodeo que habéis visto, he hallado el tesoro
que más me enriquece, que es a mi querida hija: si nuestra poca culpa y sus lágrimas
y las mías por la integridad de vuestra justicia pueden abrir puertas a la misericordia,
usadla con nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de ofenderos, ni convenimos en
ningún modo con la intención de los nuestros, que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho: Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto
a ser Ana Félix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala
intención, no me entremeto. Admirados del extraño caso todos los presentes, el
general dijo: Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento:
vivid, hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y lleven
la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron, y mandó luego
ahorcar de la entena a los dos turcos, que a sus dos soldados habían muerto; pero el
virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase, pues más locura que valentía había
sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le pedía, porque no se ejecutan bien las
venganzas a sangre helada; procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio
del peligro en que quedaba; ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en
perlas y en joyas tenía. Diéronse muchos medios; pero ninguno fue tal como el que
dio el renegado español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún
barco pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía
dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa
donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni
confiar dél los cristianos que habían de bogar el remo; fiole Ana Félix, y Ricote su
padre dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen. Firmados,
pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno se llevó consigo
a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los regalase y acariciase cuanto
le fuese posible; que de su parte le ofrecía lo que en su casa hubiese para su regalo:
tanta fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana Félix infundió en su
pecho.

Capítulo LXIV
Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a Don Quijote de cuantas hasta
entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísimo
contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así enamorada
de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo otro era extremada la
morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana tañida, venían a verla. Dijo
Don Quijote a don Antonio que el parecer que habían tomado en la libertad de don
Gregorio no era bueno, porque tenía más de peligroso que de conveniente, y que sería
mejor que le pusiesen a él en Berbería con sus armas y caballo; que él le sacaría a
pesar de toda la morisma, como había hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.
Advierta vuesa merced, dijo Sancho, oyendo esto que el señor don Gaiferos sacó a
sus esposa de tierra firme, y la llevó a Francia por tierra firme; pero aquí, si acaso
sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a España, pues está la mar en
medio. Para todo hay remedio, si no es para la muerte, respondió Don Quijote, pues
llegando el barco a la marina nos podremos embarcar en él, aunque todo el mundo lo
impida. Muy bien lo pinta y facilita vuesa merced, dijo Sancho, pero del dicho al
hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy hombre de
bien y de muy buenas entrañas. Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien
del caso, se tomaría el expediente de que el gran Don Quijote pasase en Berbería. De
allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por banda, armado
de valentísima chusma; y de allí a otros dos se partieron las galeras a Levante,
habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de avisarle de lo que sucediese
en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana Félix; quedó el visorrey de hacerlo
así como se lo pedía; y una mañana, saliendo Don Quijote a pasearse por la playa,
armado de todas sus armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos,
y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacía él un
caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una
luna resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas voces,
encaminando sus razones a Don Quijote, dijo: Insigne caballero y jamás como se debe
alabado Don Quijote de la Mancha, yo soy «el caballero de la Blanca Luna», cuyas
inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria; vengo a contender contigo,
y a probar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi
dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso;
la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, excusarás tu muerte, y el trabajo que
yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación
sino que dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a
tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz
tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu hacienda y
a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu discreción mi cabeza, y
serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasará a la tuya la fama de mis
hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme luego, porque hoy todo el día traigo
de término para despachar este negocio. Don Quijote quedó suspenso y atónito, así de
la arrogancia del caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba;
y con reposo y ademán severo le respondió: Caballero de la Blanca Luna, cuyas
hazañas hasta agora no han llegado a mi noticia, yo os haré jurar que jamás habéis
visto a la ilustre Dulcinea; que si visto la hubiérades, yo sé que procurárades no
poneros en esta demanda, porque su vista os desengañara de que no ha habido ni puede
haber belleza que con la suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís,
sino que no acertáis en lo propuesto, con las condiciones que habéis referido aceto
vuestro desafío, y luego, porque no se pase el día que traéis determinado; y sólo exceto
de las condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé
cuáles ni qué tales sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son. Tomad pues
la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien Dios se la diere,
san Pedro se la bendiga. Habían descubierto de la ciudad al caballero de la Blanca
Luna, y díchoselo al visorrey que estaba hablando con Don Quijote de la Mancha. El
visorrey, creyendo sería alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o
por otro algún caballero de la ciudad, salió luego a la playa, con don Antonio y con
otros muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando Don Quijote volvía
las riendas a Rocinante, para tomar del campo lo necesario. Viendo, pues, el visorrey
que daban los dos señales de volverse a encontrar, se puso en medio, preguntándoles
qué era la causa que les movía a hacer tan de improviso batalla. El caballero de la
Blanca Luna respondió que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo
las mismas que había dicho a Don Quijote, con la acetación de las condiciones del
desafío hechas por entrambas partes. Llegose el visorrey a don Antonio, y preguntole
paso si sabía quién era el tal caballero de la Blanca Luna, o si era alguna burla que
querían hacer a Don Quijote. Don Antonio le respondió que ni sabía quién era, ni si
era de burlas ni de veras el tal desafío. Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si
les dejaría o no pasar adelante en la batalla; pero no pudiéndose persuadir a que fuese
sino burla, se apartó diciendo: Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino
confesar o morir, y el señor Don Quijote está en sus trece, y vuesa merced el de la
Blanca Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense. Agradeció el de la Blanca
Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y Don
Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose al cielo de todo corazón y a su
Dulcinea, como tenía de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrecían,
tornó a tomar otro poco más del campo, porque vio que su contrario hacía lo mesmo,
y sin tocar trompeta ni otro instrumento bélico que les diese señal de arremeter,
volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y como era más
ligero el de la Blanca Luna, llegó a Don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y
allí le encontró con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza, que la levantó, al
parecer, de propósito, que dio con Rocinante y con Don Quijote por el suelo una
peligrosa caída.
Fue luego sobre él, y poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo: Vencido sois,
caballero, y aun muerto si no confesáis las condiciones de nuestro desafío. Don
Quijote molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba,
con voz debilitada y enferma, dijo: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del
mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza
defraude esta verdad: aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has
quitado la honra. Eso no haré yo, por cierto, dijo el de la Blanca Luna: viva, viva en
su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me
contento con que el gran Don Quijote se retire a su lugar un año, o hasta el tiempo que
por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla. Todo esto
oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y oyeron
asimismo que Don Quijote respondió que como no le pidiese cosa que fuese en
perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna, y haciendo mesura con
la cabeza al visorrey, a medio galope se entró en la ciudad. Mandó el visorrey a don
Antonio que fuese tras él, y que en todas maneras supiese quién era. Levantaron a
Don Quijote, descubriéronle el rostro, y halláronle sin color y trasudando. Rocinante,
de puro malparado, no se pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo
apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba
en sueños, y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor
rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus
hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se
deshace el humo con el viento. Temía si quedaría, o no, contrecho Rocinante, o
deslocado su amo; que no fuera poca ventura si deslocado quedara. Finalmente, con
una silla de manos, que mandó traer el visorrey, le llevaron a la ciudad, y el visorrey
se volvió también a ella con deseo de saber quién fuese el caballero de la Blanca Luna,
que de tan mal talante había dejado a Don Quijote.
Capítulo LXV
Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de Don Gregorio,
y de otros sucesos

Siguió don Antonio Moreno al caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle


también, y aun persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en un mesón,
dentro de la ciudad. Entró el don Antonio con deseo de conocerle; salió un escudero
a recebirle y a desarmarle; encerróse en una sala baja, y con él don Antonio, que no
se le cocía el pan hasta saber quién fuese. Viendo, pues, el de la Blanca Luna que
aquel caballero no le dejaba, le dijo: Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber
quién soy; y porque no hay para qué negároslo, en tanto que este mi criado me desarma
os lo diré, sin faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman
el bachiller Sansón Carrasco. Soy del mesmo lugar de Don Quijote de la Mancha,
cuya locura y sandez mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos,
y entre los que más se la han tenido, he sido yo; y creyendo que está su salud en su
reposo y en que se esté en su tierra y en su casa, di traza para hacerle estar en ella; y
así, habrá tres meses que le salí al camino como caballero andante, llamándome el
caballero de los Espejos, con intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle daño,
poniendo por condición de nuestra pelea que el vencido quedase a discreción del
vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido, era que se
volviese a su lugar, y que no saliese dél en todo un año, en el cual tiempo podría ser
curado; pero la suerte lo ordenó de otra manera, porque él me venció a mí, y me
derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi pensamiento: él prosiguió su camino, y
yo me volví, vencido, corrido y molido de la caída, que fue además peligrosa; pero no
por esto se me quitó el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto.
Y como él es tan puntual en guardar las órdenes de la andante caballería, sin duda
alguna guardará la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es, señor, lo
que pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna: suplícoos no me descubráis, ni
le digáis a Don Quijote quién soy, porque tengan efecto los buenos pensamientos
míos, y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le tiene bonísimo, como le dejen las
sandeces de la caballería. ¡Oh, señor! dijo don Antonio, Dios os perdone el agravio
que habéis hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que
hay en él. ¿No veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de
Don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Pero yo imagino que
toda la industria del señor bachiller no ha de ser parte para volver cuerdo a un hombre
tan rematadamente loco; y si no fuese contra caridad, diría que nunca sane Don
Quijote, porque con su salud, no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho
Panza su escudero, que cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma
melancolía. Con todo esto, callaré, y no le diré nada, por ver si salgo verdadero en
sospechar que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el señor Carrasco. El cual
respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de quien esperaba
feliz suceso; y habiéndose ofrecido don Antonio de hacer lo que más le mandase, se
despidió dél; y hecho liar sus armas sobre un macho, luego al mismo punto, sobre el
caballo con que entró en la batalla, se salió de la ciudad aquel mismo día, y se volvió
a su patria, sin sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.

Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había contado, de lo que
el visorrey no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento de Don Quijote se
perdía el que podían tener todos aquellos que de sus locuras tuviesen noticia. Seis días
estuvo Don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo
y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento.
Consolábale Sancho, y entre otras razones, le dijo: Señor mío, alce vuesa merced la
cabeza, y alégrese, si puede, y dé gracias al cielo que, ya que le derribó en la tierra,
no salió con alguna costilla quebrada; y pues sabe que donde las dan las toman, y que
no siempre hay tocinos donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha
menester para que le cure en esta enfermedad. Volvámonos a nuestra casa, y
dejémonos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos; y si
bien se considera, yo soy aquí el más perdidoso, aunque es vuesa merced el más mal
parado. Yo, que dejé con el gobierno los deseos de ser más gobernador, no dejé la
gana de ser conde, que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando
el ejercicio de su caballería; y así, vienen a volverse en humo mis esperanzas. Calla,
Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año, que luego
volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane, y algún
condado que darte. Dios lo oiga, dijo Sancho, y el pecado sea sordo; que siempre he
oído decir que más vale buena esperanza que ruin posesión. En esto estaban cuando
entró don Antonio diciendo con muestras de grandísimo contento: Albricias, señor
Don Quijote; que don Gregorio y el renegado que fue por él está en la playa; ¿qué
digo en la playa? Ya está en casa del visorrey, y será aquí al momento. Alegrose algún
tanto Don Quijote, y dijo: En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera
sucedido todo al revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza
de mi brazo diera libertad no sólo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos
hay en Berbería. Pero ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el
derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en un año? Pues, ¿qué prometo?
¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada? Déjese
deso, señor, dijo Sancho: viva la gallina, aunque con su pepita; que hoy por ti, y
mañana por mí; y en estas cosas de encuentros y porrazos no hay tomarles tiento
alguno, pues el que hoy cae puede levantarse mañana, si no es que se quiere estar en
la cama; quiero decir, que se deje desmayar, sin cobrar nuevos bríos para nuevas
pendencias; y levántese vuesa merced agora, para recebir a don Gregorio; que me
parece que anda la gente alborotada, y ya debe de estar en casa. Y así era la verdad;
porque habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el renegado al visorrey de su ida y
vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana Félix, vino con el renegado a casa de don
Antonio; y aunque don Gregorio cuando le sacaron de Argel fue con hábitos de mujer,
en el barco los trocó por los de un cautivo que salió consigo, pero en cualquiera que
viniera, mostrara ser persona para ser codiciada, servida y estimada, porque era
hermoso sobremanera, y la edad, al parecer, de diez y siete o diez y ocho años. Ricote
y su hija salieron a recebirle, el padre con lágrimas, y la hija con honestidad. No se
abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho amor no suele haber demasiada
desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don Gregorio y Ana Félix admiraron en
particular a todos juntos los que presentes estaban. El silencio fue allí el que habló por
los dos amantes, y los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos. Contó el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don
Gregorio. Contó don Gregorio los peligros y aprietos en que se había visto con las
mujeres con quien había quedado, no con largo razonamiento, sino con breves
palabras, donde mostró que su discreción se adelantaba a sus años. Finalmente, Ricote
pagó y satisfizo liberalmente así al renegado como a los que habían bogado al remo.
Reincorporóse y redujóse el renegado con la Iglesia, y de miembro podrido, volvió
limpio y sano con la penitencia y el arrepentimiento. De allí a dos días trató el visorrey
con don Antonio qué modo tendrían para que Ana Félix y su padre quedasen en
España, pareciéndoles no ser de inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan
cristiana y padre, al parecer, tan bien intencionado. Don Antonio se ofreció venir a la
corte a negociarlo, donde había de venir forzosamente a otros negocios, dando a
entender que en ella, por medio del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas
se acaban. No, dijo Ricote, que se halló presente a esta plática hay que esperar en
favores ni en dádivas; porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de
Salazar, a quien dio su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no
promesas, no dádivas, no lástimas; porque aunque es verdad que él mezcla la
misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación está
contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del ungüento que
molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone,
ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso desta gran máquina,
sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido
deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le quede ni
encubra ninguno de los nuestros, que como raíz escondida, que con el tiempo venga
después a brotar, y a echar frutos venenosos en España, ya limpia, ya desembarazada
de los temores en que nuestra muchedumbre la tenía. ¡Heroica resolución del gran
Filipo Tercero, y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de
Velasco! Una por una, yo haré, puesto allá, las diligencias posibles, y haga el cielo lo
que más fuere servido, dijo don Antonio: don Gregorio se irá conmigo a consolar la
pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana Félix se quedará con mi mujer
en mi casa, o en un monasterio, y yo sé que el señor visorrey gustará se quede en la
suya el buen Ricote, hasta ver cómo yo negocio. El visorrey consintió en todo lo
propuesto; pero don Gregorio, sabiendo lo que pasaba, dijo que en ninguna manera
podía ni quería dejar a doña Ana Félix; pero, teniendo intención de ver a sus padres,
y de dar traza de volver por ella, vino en el decretado concierto. Quedóse Ana Félix
con la mujer de don Antonio, y Ricote en casa del visorrey. Llegose el día de la partida
de don Antonio, y el de Don Quijote y Sancho, que fue de allí a otros dos; que la caída
no le concedió que más presto se pusiese en camino. Hubo lágrimas, hubo suspiros,
desmayos y sollozos al despedirse don Gregorio de Ana Félix. Ofreciole Ricote a don
Gregorio mil escudos, si los quería; pero él no tomó ninguno, sino solos cinco que le
prestó don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se partieron los
dos, y Don Quijote y Sancho después, como se ha dicho: Don Quijote desarmado y
de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas.

Capítulo LXVI
Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer
Al salir de Barcelona, volvió Don Quijote a mirar el sitio donde había caído, y
dijo: Aquí fue Troya, aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas
glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron
mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse. Oyendo lo cual
Sancho, dijo: Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las
desgracias como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo, que si
cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a pie, no estoy triste:
porque he oído decir que esta que llaman por ahí fortuna, es una mujer borracha y
antojadiza, y sobre todo ciega, y así, no vee lo que hace, ni sabe a quién derriba, ni a
quién ensalza. Muy filósofo estás, Sancho, respondió Don Quijote, muy a lo discreto
hablas; no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo,
ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por
particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que cada uno
es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía; pero no con la prudencia necesaria,
y así, me han salido al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso
grandor del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaqueza de Rocinante.
Atrevime en fin; hice lo que puede; derribáronme, y aunque perdí la honra, no perdí,
ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante,
atrevido y valiente, con mis obras y con mis manos acreditaba mis hechos; y agora,
cuando soy escudero pedestre, acreditaré mis palabras cumpliendo la que di de mi
promesa. Camina, pues, amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del
noviciado, con cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de
mí olvidado ejercicio de las armas. Señor, respondió Sancho, no es cosa tan gustosa
el caminar a pie, que me mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas
colgadas de algún árbol, en lugar de un ahorcado, y ocupando yo las espaldas del
rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuesa merced las
pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y hacerlas grandes es pensar
en lo excusado. Bien has dicho, Sancho, respondió Don Quijote, cuélguense mis
armas por trofeo, y al pie dellas o alrededor dellas, grabaremos en los árboles lo que
en el trofeo de las armas de Roldán estaba escrito:

Nadie las mueva,


que estar no pueda
con Roldán a prueba.

Todo eso me parece de perlas, respondió Sancho, y si no fuera por la falta que
para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle colgado. Pues
ni él ni las armas, replicó Don Quijote, quiero que se ahorquen, porque no se diga que
a buen servicio mal galardón. Muy bien dice vuesa merced, respondió Sancho, porque
según opinión de discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda: y pues
deste suceso vuesa merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten sus
iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante, ni
por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo justo. En estas razones
y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que
estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de
un mesón mucha gente, que, por ser fiesta, se estaba allí solazando. Cuando llegaba a
ellos Don Quijote, un labrador alzó la voz diciendo: Alguno destos dos señores que
aquí vienen, que no conocen las partes, dirá lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.
Sí diré, por cierto, respondió Don Quijote, con toda rectitud, si es que alcanzo a
entenderla. Es pues el caso, dijo el labrador, señor bueno, que un vecino deste lugar,
tan gordo, que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino, que no pesa más
que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien pasos con pesos
iguales; y habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de igualar el peso, dijo
que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y así se
igualarían las once arrobas del flaco con las once del gordo. Eso no, dijo a esta sazón
Sancho, antes que Don Quijote respondiese: y a mí, que ha pocos días que salí de ser
gobernador y juez, como todo el mundo sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer
en todo pleito. Responde en buen hora, dijo Don Quijote, Sancho amigo, que yo no
estoy para dar migas a un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio. Con
esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos alrededor dél, la boca
abierta, esperando la sentencia de la suya: Hermanos, lo que el gordo pide no lleva
camino, ni tiene sombra de justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el
desafiado puede escoger las armas, no es bien que éste las escoja tales, que le impidan
ni estorben el salir vencedor; y así, es mi parecer que el gordo desafiador se
escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes, de
aquí o de allí de su cuerpo, como mejor le pareciere y estuviere, y desta manera,
quedando en cinco arrobas de peso, se igualará y ajustará con las cinco de su contrario,
y así podrán correr igualmente. Voto a tal, dijo un labrador que escuchó la sentencia
de Sancho que este señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un
canónigo; pero a buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus
carnes, cuanto más seis arrobas. Lo mejor es que no corran, respondió otro, porque el
flaco no se muela con el peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad de la apuesta
en vino, y llevemos estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí la capa cuando
llueva. Yo, señores, respondió Don Quijote, os lo agradezco; pero no puedo detenerme
un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descortés y caminar
más que de paso: y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante, dejándolos
admirados de haber visto y notado así su extraña figura como la discreción de su
criado; que por tal juzgaron a Sancho: y otro de los labradores dijo: ¿Si el criado es
tan discreto, cuál debe de ser el amo? Yo apostaré que si van a estudiar a Salamanca,
que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte, que todo es burla, sino estudiar y
más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla
con una vara en la mano, o con una mitra en la cabeza. Aquella noche la pasaron amo
y mozo en mitad del campo, al cielo raso y descubierto, y otro día, siguiendo su
camino, vieron que hacia ellos venía un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y
una azcona o chuzo en la mano, propio talle de correo de a pie; el cual como llegó
junto a Don Quijote adelantó el paso, y medio corriendo llegó a él, y abrazándole por
el muslo derecho, que no alcanzaba a más, le dijo, con muestras de mucha alegría:
¡Oh mi señor Don Quijote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al corazón
de mi señor el Duque cuando sepa que vuesa merced vuelve a su castillo, que todavía
se está en él con mi señora la Duquesa! No os conozco, amigo, respondió Don Quijote,
ni sé quién sois, si vos no me lo decís. Yo, señor Don Quijote, respondió el correo,
soy Tosilos, el lacayo del Duque mi señor, que no quise pelear con vuesa merced
sobre el casamiento de la hija de doña Rodríguez. ¡Válame Dios!, dijo Don Quijote.
¿Es posible que sois vos el que los encantadores mis enemigos transformaron en ese
lacayo que decís, por defraudarme de la honra de aquella batalla? Calle, señor bueno,
replicó el cartero, que no hubo encanto alguno, ni mudanza de rostro ninguna: tan
lacayo Tosilos entré en la estacada como Tosilos lacayo salí della. Yo pensé casarme
sin pelear, por haberme parecido bien la moza; pero sucedióme al revés mi
pensamiento, pues así como vuesa merced se partió de nuestro castillo, el Duque mi
señor me hizo dar cien palos, por haber contravenido a las ordenanzas que me tenía
dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es ya monja,
y doña Rodríguez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a Barcelona a llevar un pliego
de cartas al virrey, que le envía mi amo. Si vuesa merced quiere un traguito, aunque
caliente, puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de
queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso está
durmiendo. Quiero el envite, dijo Sancho, y échese el resto de la cortesía, y escancie
el buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias. En fin,
dijo Don Quijote, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo, y el mayor ignorante
de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado, y este Tosilos
contrahecho: quédate con él y hártate; que yo me iré adelante poco a poco, esperándote
a que vengas. Riose el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y sacando
un panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz compaña
despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos
alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso. Dijo Tosilos a
Sancho: Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco. ¿Cómo debe?
respondió Sancho, no debe nada a nadie; que todo lo paga, y más, cuando la moneda
es locura: bien lo veo yo, y bien se lo digo a él; pero ¿qué aprovecha? Y más agora,
que va rematado, porque va vencido del caballero de la Blanca Luna.

Rogole Tosilos le contase lo que le había sucedido; pero Sancho le respondió que
era descortesía dejar que su amo le esperase; que otro día, si se encontrasen, habría
lugar par ello: y levantándose después de haberse sacudido el sayo y las migajas de
las barbas, antecogió al rucio, y diciendo a Dios, dejó a Tosilos, y alcanzó a su amo,
que a la sombra de un árbol le estaba esperando.

Capítulo LXVII
De la resolución que tomó Don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo
en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos
y buenos
Si muchos pensamientos fatigaban a Don Quijote antes de ser derribado, muchos
más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba, como se ha dicho, y
allí como moscas a la miel le acudían y picaban pensamientos. Unos iban al
desencanto de Dulcinea, y otros a la vida que había de hacer en su forzosa retirada.
Llegó Sancho, y alabole la liberal condición del lacayo Tosilos. ¿Es posible, le dijo
Don Quijote que todavía, oh Sancho, pienses que aquél sea verdadero lacayo? Parece
que se te ha ido de las mientes haber visto a Dulcinea convertida y transformada en
labradora, y al caballero de los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los
encantadores que me persiguen. Pero dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices
qué ha hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en las
manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban? No
eran, respondió Sancho los que yo tenía tales, que me diesen lugar a preguntar
boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuesa merced ahora en términos de inquirir
pensamientos ajenos, especialmente amorosos? Mira, Sancho, dijo Don Quijote,
mucha diferencia hay de las obras que se hacen por amor a las que se hacen por
agradecimiento. Bien puede ser que un caballero sea desamorado; pero no puede ser,
hablando en todo rigor, que sea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora,
diome los tres tocadores que sabes, lloró en mi partida; maldíjome, vituperóme,
quejóse, a despecho de la vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba;
que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve esperanzas que
darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mías las tengo entregadas a Dulcinea, y los
tesoros de los caballeros andantes son, como los de los duendes, aparentes y falsos, y
sólo puedo darle estos acuerdos que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo
de Dulcinea, a quien tú agravias con la remisión que tienes en azotarte y en castigar
esas carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los
gusanos que para el remedio de aquella pobre señora. Señor, respondió Sancho, si va
a decir la verdad, yo no me puedo persuadir que los azotes de mis posaderas tengan
que ver con los desencantos de los encantados, que es como si dijésemos: si os duele
la cabeza, untaos las rodillas: a lo menos, yo osaré jurar que en cuantas historias vuesa
merced ha leído que tratan de la andante caballería, no ha visto algún desencantado
por azotes; pero por sí o por no, yo me los daré, cuando tenga gana y el tiempo me dé
comodidad para castigarme. Dios lo haga, respondió Don Quijote, y los cielos te den
gracia para que caigas en la cuenta, y en la obligación que te corre de ayudar a mi
señora, que lo es tuya, pues tú eres mío. En estas pláticas iban siguiendo su camino,
cuando llegaron al mesmo sitio y lugar donde fueron atropellados de los toros.
Reconociole Don Quijote; dijo a Sancho: Éste es el prado donde topamos a las bizarras
pastoras y gallardos pastores que en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia,
pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien,
querría, oh Sancho, que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo
de estar recogido. Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral
ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor Pancino,
nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí,
endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios
arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Darannos con abundantísima mano de su
dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra
los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados,
aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la
noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que
podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros
siglos. Pardiez, dijo Sancho, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género de vida;
y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón Carrasco y maese
Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir y hacerse pastores con nosotros; y
aun quiera Dios no le venga en voluntad al cura de entrar también en el aprisco, según
es de alegre y amigo de holgarse. Tú has dicho muy bien, dijo Don Quijote, y podrá
llamarse el bachiller Sansón Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin
duda, el pastor Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrá llamar
Niculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé qué nombre
le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole el pastor Curiambro.
Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos escoger sus
nombres; y pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de princesa, no hay
para qué cansarme en buscar otro que mejor le venga; tú, Sancho, pondrás a la tuya el
que quisieres. No pienso, respondió Sancho ponerle otro alguno sino el de Teresona,
que le vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama Teresa; y
más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis castos deseos, pues
no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas. El cura no será bien que tenga
pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere el bachiller tenerla, su alma en su palma.
¡Válame Dios, dijo Don Quijote, y qué vida nos hemos de dar, Sancho amigo!
¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué
tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! ¿Pues qué si destas diferencias de
músicas resuena la de los albogues! Allí se verá casi todos los instrumentos pastorales.
¿Qué son albogues, preguntó Sancho, que ni los he oído nombrar, ni los he visto en
toda mi vida? Albogues son, respondió Don Quijote unas chapas a modo de
candeleros de azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no
muy agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad de la gaita
y del tamborín; y este nombre «albogues» es morisco, como lo son todos aquellos que
en nuestra lengua castellana comienzan en «al»: conviene a saber: «almohaza»,
«almorzar», «alhombra», «alguacil», «alhucema», «almacén», «alcancía», y otros
semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra lengua que son
moriscos y acaban en «i», y son «borceguí», «zaquizamí» y «maravedí»: «alhelí» y
«alfaquí», tanto por el «al» primero como por el «i» en que acaban, son conocidos por
arábigos. Esto te he dicho, de paso, por habérmelo reducido a la memoria la ocasión
de haber nombrado albogues; y hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este
ejercicio el ser yo algún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en extremo el
bachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré que debe de tener
sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese Nicolás, no dudo en
ello, porque todos, o los más, son guitarristas y copleros. Yo me quejaré de ausencia;
tú te alabarás de firme enamorado; el pastor Carrascón, de desdeñado, y el cura
Curiambro de lo que él más puede servirse, y así, andará la cosa, que no haya más que
desear. A lo que respondió Sancho: Yo soy, señor, tan desgraciado, que temo no ha
de llegar el día en que en tal ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares tengo de
hacer cuando pastor me vea! ¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué de
zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no dejarán de
granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la comida al hato. ¡Pero
guarda! que es de buen parecer, y hay pastores más maliciosos que simples, y no
querría que fuese por lana y volviese trasquilada; y también suelen andar los amores
y los no buenos deseos por los campos como por las ciudades, y por las pastorales
chozas como por los reales palacios, y quitada la causa, se quita el pecado; y ojos que
no veen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de hombres
buenos. No más refranes, Sancho, dijo Don Quijote, pues cualquiera de los que has
dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que
no seas tan pródigo en refranes, y que te vayas a la mano en decirlos; pero paréceme
que es predicar en desierto, y castígame mi madre, y yo trompógelas. Paréceme,
respondió Sancho que vuesa merced es como lo que dicen: dijo la sartén a la caldera,
quítate allá ojinegra. Estame reprehendiendo que no diga yo refranes, y ensártalos
vuesa merced de dos en dos. Mira, Sancho, respondió Don Quijote, yo traigo los
refranes a propósito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos
tan por los cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez
te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y
especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes
es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto, y pues ya viene la noche,
retirémonos del camino real algún trecho, donde pasaremos esta noche, y Dios sabe
lo que será mañana. Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de
Sancho, a quien se le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas en
las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en los castillos y
casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del rico Camacho y de don
Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser siempre de día, ni siempre de
noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo velando.

Capítulo LXVIII
De la cerdosa aventura que le aconteció a Don Quijote

Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo; pero no en parte
que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear a los antípodas, y deja
los montes negros y los valles escuros. Cumplió Don Quijote con la naturaleza
durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al revés de Sancho, que
nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la noche hasta la mañana, en
que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados. Los de Don Quijote le
desvelaron de manera, que despertó a Sancho, y le dijo: Maravillado estoy, Sancho,
de la libertad de tu condición. Yo imagino que eres hecho de mármol o de duro bronce,
en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando tú duermes; yo
lloro cuando cantas; yo me desmayo de ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado
de puro harto. De buenos criados es conllevar las penas de sus señores, y sentir sus
sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad
en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño.
Levántate, por tu vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo
agradecido, date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto
de Dulcinea: y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos
como la otra vez, porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas dado
pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu firmeza, dando
desde agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea. Señor,
respondió Sancho, no soy yo religioso, para que desde la mitad de mi sueño me levante
y me discipline, ni menos me parece que del extremo del dolor de los azotes se pueda
pasar al de la música. Vuesa merced me deje dormir, y no me apriete en lo del
azotarme; que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al pelo del sayo, no que
al de mis carnes. ¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal
empleado, y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por
mí te has visto gobernador, y por mí te ves con esperanzas propincuas de ser conde, o
tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde
en pasar este año, que yo «post tenebras spero lucem». No entiendo eso, replico
Sancho: sólo entiendo que en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni
trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el sueño, capa que cubre todos los
humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego
que calienta el frío, frío que templa el ardor, y finalmente, moneda general con que
todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple
con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se
parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia. Nunca
te he oído hablar, Sancho, dijo Don Quijote, tan elegantemente como ahora; por donde
vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces sueles decir. no con quien
naces, sino con quien paces. ¡A pesia tal! replicó Sancho, señor nuestro amo, no soy
yo ahora el que ensarta refranes; que también a vuesa merced se le caen de la boca de
dos en dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos esta
diferencia, que los de vuesa merced vendrán a tiempo, y los míos a deshora; pero, en
efecto, todos son refranes. En esto estaban cuando sintieron un sordo estruendo y un
áspero ruido que por todos aquellos valles se extendía. Levantose en pie Don Quijote
y puso mano a la espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio poniéndose a los lados
el lío de las armas y la albarda de su jumento, tan temblando de miedo como
alborotado Don Quijote. De punto en punto iba creciendo el ruido, y llegándose cerca
a los dos temerosos: a lo menos, al uno, que al otro, ya se sabe su valentía. Es pues el
caso que llevaban unos hombres a vender a una feria más de seiscientos puercos, con
los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto el ruido que llevaban y el gruñir y
el bufar, que ensordecieron los oídos de Don Quijote y de Sancho, que no advirtieron
lo que ser podía. Llegó de tropel la extendida y gruñidora piara, y sin tener respeto a
la autoridad de Don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos,
deshaciendo las trincheas de Sancho, y derribando no sólo a Don Quijote, sino
llevando, por añadidura a Rocinante. El tropel, el gruñir, la presteza con que llegaron
los animales inmundos, puso en confusión y por el suelo a la albarda, a las armas, al
rucio, a Rocinante, a Sancho y a Don Quijote. Levantóse Sancho como mejor pudo, y
pidió a su amo la espada, diciéndole que quería matar media docena de aquellos
señores y descomedidos puercos; que ya había conocido que lo eran. Don Quijote le
dijo: Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del
cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen avispas, y le
huellen puercos. También debe de ser castigo del cielo, respondió Sancho, que a los
escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y les
embista la hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos,
o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus
culpas hasta la cuarta generación. Pero ¿qué tienen que ver los Panzas con los
Quijotes? Ahora bien, tornémonos a acomodar, y durmamos lo poco que queda de la
noche, y amanecerá Dios, y medraremos. Duerme tú, Sancho, respondió Don Quijote,
que naciste para dormir; que yo, que nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al
día daré rienda a mis pensamientos, y los desfogaré en un madrigalete, que, sin que tú
lo sepas, anoche compuse en la memoria. A mí me parece, respondió Sancho que los
pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced
coplee cuanto quisiere; que yo dormiré cuanto pudiere; y luego tomando en el suelo
cuanto quiso se acurrucó, y durmió a sueño suelto, sin que fianzas ni deudas, ni dolor
alguno se lo estorbase. Don Quijote, arrimado a un tronco de una haya, o de un
alcornoque (que Cide Hamete Benengeli no distingue el árbol que era), al son de sus
mesmos suspiros, cantó de esta suerte:

Amor, cuando yo pienso


en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando así acabar mi mal inmenso;
Mas, en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegría siento,
que la vida se esfuerza y no le paso.
Así el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
¡Oh condición no oída
la que conmigo muerte y vida trata!
Cada verso déstos acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, bien
como aquél cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y con la
ausencia de Dulcinea. Llegose en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a
Sancho, despertó y esperezose, sacudiéndose y estirándose los perezosos miembros;
miró el destrozo que habían hecho los puercos en su repostería, y maldijo la piara, y
aun más adelante. Finalmente volvieron los dos a su comenzado camino, y al declinar
de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diez hombres de a caballo y cuatro o
cinco de a pie. Sobresaltose el corazón de Don Quijote, y azorose el de Sancho, porque
la gente que se les llegaba traía lanzas y adargas y venía muy a punto de guerra.

Volvióse Don Quijote a Sancho, y díjole: Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis


armas, y mi promesa no me hubiera atado los brazos, esta máquina que sobre nosotros
viene la tuviera yo por tortas y pan pintado; pero podría ser fuese otra cosa de la que
tememos. Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar palabra
alguna rodearon a Don Quijote, y se las pusieron a las espaldas y pechos,
amenazándole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la boca, en señal de
que callase, asió del freno de Rocinante, y le sacó del camino; y los demás de a pie,
antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando todos maravilloso silencio, siguieron los
pasos del que llevaba a Don Quijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar adónde
le llevaban, o qué querían; pero apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los
iban a cerrar con los hierros de las lanzas; y a Sancho le acontecía lo mismo: porque
apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de a pie con un aguijón, le punzaba,
y al rucio ni más ni menos, como si hablar quisiera. Cerró la noche, apresuraron el
paso, creció en los dos presos el miedo, y más cuando oyeron que de cuando en cuando
les decían: Caminad, trogloditas, callad, bárbaros, pagad, antropófagos, no os quejéis,
scitas, ni abráis los ojos. Polifemos matadores, leones carniceros, y otros nombres
semejantes a éstos, con que atormentaban los oídos de los miserables amo y mozo.
Sancho iba diciendo entre sí: ¿Nosotros tortolitas, nosotros barberos ni estropajos,
nosotros perritas, a quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres, a mal
viento va esta parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los palos, y ojalá
parase en ellos lo que amenaza esta aventura tan desventurada. Iba Don Quijote
embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hacía qué serían aquellos nombres
llenos de vituperios que les ponían, de los cuales sacaba en limpio no esperar ningún
bien y temer mucho mal. Llegaron en esto un hora casi de la noche, a un castillo, que
bien conoció Don Quijote que era el del Duque, donde había poco que habían estado.
¡Váleme Dios!, dijo así como conoció la estancia y ¿qué será esto? Sí que en esta casa
todo es cortesía y buen comedimiento; pero para los vencidos el bien se vuelve en mal
y el mal en peor. Entraron al patio principal del castillo, y viéronle aderezado y puesto
de manera, que les acrecentó la admiración y les dobló el miedo, como se verá en el
siguiente capítulo.

Capítulo LXIX
Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desta grande historia
avino a Don Quijote

Apeáronse los de a caballo, y junto con los de a pie, tomando en peso y


arrebatadamente a Sancho y a Don Quijote los entraron en el patio, alrededor del cual
ardían casi cien hachas, puestas en sus blandones, y por los corredores del patio, más
de quinientas luminarias; de modo que, a pesar de la noche, que se mostraba algo
escura, no se echaba de ver la falta del día. En medio del patio se levantaba un túmulo
como dos varas del suelo, cubierto todo con un grandísimo dosel de terciopelo negro,
alrededor del cual, por sus gradas, ardían velas de cera blanca sobre más de cien
candeleros de plata; encima del cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto de una tan
hermosa doncella, que hacía parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte.
Tenía la cabeza sobre una almohada de brocado, coronada con una guirnalda de
diversas y odoríferas flores tejida, las manos cruzadas sobre el pecho, y entre ellas, un
ramo de amarilla y vencedora palma. A un lado del patio estaba puesto un teatro y en
dos sillas, sentados dos personajes, que por tener coronas en la cabeza y ceptros en las
manos, daban señales de ser algunos reyes, ya verdaderos, o ya fingidos. Al lado deste
teatro, adonde se subía por algunas gradas, estaban otras dos sillas, sobre las cuales
los que trujeron los presos sentaron a Don Quijote y a Sancho, todo esto callando, y
dándoles a entender con señales a los dos que asimismo callasen; pero sin que se lo
señalaran, callaron ellos, porque la admiración de lo que estaban mirando les tenía
atadas las lenguas. Subieron en esto al teatro con mucho acompañamiento dos
principales personajes, que luego fueron conocidos de Don Quijote ser el Duque y la
Duquesa, sus huéspedes, los cuales se sentaron en dos riquísimas sillas junto a los dos
que parecían reyes. ¿Quién no se había de admirar con esto, añadiéndose a ello haber
conocido Don Quijote que el cuerpo muerto que estaba sobre el túmulo era el de la
hermosa Altisidora? Al subir el Duque y la Duquesa en el teatro se levantaron Don
Quijote y Sancho, y les hicieron una profunda humillación, y los Duques hicieron lo
mismo, inclinando algún tanto las cabezas. Salió, en esto, de través un ministro, y
llegándose a Sancho le echó una ropa de bocací negro encima, toda pintada con llamas
de fuego, y quitándole la caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las
que sacan los penitenciados por el Santo Oficio, y díjole al oído que no descosiese los
labios, porque le echarían una mordaza, o le quitarían la vida. Mirábase Sancho de
arriba abajo; veíase ardiendo en llamas, pero como no le quemaban, no las estimaba
en dos ardites. Quitose la coroza, viola pintada de diablos; volviósela a poner diciendo
entre sí: Aún bien que ni ellas me abrasan, ni ellos me llevan. Mirábale también Don
Quijote, y aunque el temor le tenía suspensos los sentidos, no dejó de reírse de ver la
figura de Sancho. Comenzó en esto a salir, al parecer debajo del túmulo un son sumiso
y agradable de flautas, que por no ser impedido de alguna humana voz, porque en
aquel sitio el mesmo silencio guardaba silencio a sí mismo, se mostraba blando y
amoroso. Luego hizo de sí improvisa muestra, junto a la almohada del al parecer
cadáver, un hermoso mancebo vestido a lo romano, que al son de una arpa, que él
mismo tocaba, cantó con suavísima y clara voz estas dos estancias:

En tanto que en sí vuelve Altisidora,


muerta por la crueldad de Don Quijote,
y en tanto que en la corte encantadora
se vistieren las damas de picote,
y en tanto que a sus dueñas mi señora
vistiere de bayeta y de anascote,
cantaré su belleza y su desgracia,
con mejor plectro que el cantor de Tracia.
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas con la lengua muerta y fría en la boca
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca,
por el estigio lago conducida,
celebrándote irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.

No más, dijo a esta sazón uno de los dos que parecían reyes: no más, cantor
divino, que sería proceder en infinito representarnos ahora la muerte y las gracias de
la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo ignorante piensa, sino viva en las
lenguas de la fama, y en la pena que para volverla a la perdida luz ha de pasar Sancho
Panza, que está presente; y así, oh tú, Radamanto, que conmigo juzgas en las cavernas
lóbregas de Dite, pues sabes todo aquello que en los inescrutables hados está
determinado acerca de volver en sí esta doncella, dilo, y decláralo luego, porque no
se nos dilate el bien que con su nueva vuelta esperamos. Apenas hubo dicho esto
Minos, juez, y compañero de Radamanto, cuando levantándose en pie Radamanto,
dijo: Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos tras otros,
y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas y doce pellizcos y seis
alfilerazos en brazos y lomos; que en esta ceremonia consiste la salud de Altisidora.
Oyendo lo cual Sancho Panza, rompió el silencio, y dijo: Voto a tal, así me deje yo
sellar el rostro ni manosearme la cara como volverme moro. ¡Cuerpo de mí! ¿Qué
tiene que ver manosearme el rostro con la resurreción desta doncella? Regostose la
vieja a los bledos: encantan a Dulcinea, y azótanme para que se desencante; muérese
Altisidora de males que Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a mí veinte y
cuatro mamonas, y acribarme el cuerpo a alfilerazos, y acardenalarme los brazos a
pellizcos. Esas burlas, a un cuñado; que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus tus.
Morirás, dijo en alta voz Radamanto: ablándate, tigre, humíllate Nembrot soberbio, y
sufre y calla, pues no te piden imposibles, y no te metas en averiguar las dificultades
deste negocio: mamonado has de ser; acrebillado te has de ver; pellizcado has de
gemir. Ea, digo, ministros, cumplid mi mandamiento; si no, por la fe de hombre de
bien que habéis de ver para lo que nacisteis. Parecieron en esto que por el patio venían
hasta seis dueñas en procesión una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas
las manos derechas en alto, con cuatro dedos de muñecas de fuera, para hacer las
manos más largas, como ahora se usa.

No las hubo visto Sancho, cuando bramando como un toro, dijo: Bien podré yo
dejarme manosear de todo el mundo; pero consentir que me toquen dueñas, eso no.
Gatéenme el rostro, como hicieron a mi amo en este mesmo castillo: traspásenme el
cuerpo con puntas de dagas buidas; atenácenme los brazos con tenazas de fuego, que
yo lo llevaré en paciencia, o serviré a estos señores; pero que me toquen dueñas no lo
consentiré si me llevase el diablo. Rompió también el silencio Don Quijote, diciendo
a Sancho: Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos señores, y muchas gracias al cielo
por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della desencantes los
encantados, y resucites los muertos. Ya estaban las dueñas cerca de Sancho cuando
él, más blando y más persuadido, poniéndose bien en la silla dio rostro y barba a la
primera, la cual la hizo una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.
Menos cortesía, menos mudas, señora dueña, dijo Sancho, que por Dios que traéis las
manos oliendo a vinagrillo. Finalmente, todas las dueñas le sellaron, y otra mucha
gente de casa le pellizcaron; pero lo que él no pudo sufrir fue el punzamiento de los
alfileres; y así, se levantó de la silla, al parecer, mohíno, y asiendo de una hacha
encendida que junto a él estaba, dio tras las dueñas, y tras todos su verdugos, diciendo:
Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan
extraordinarios martirios. En esto Altisidora, que debía de estar cansada por haber
estado tanto tiempo supina, se volvió de un lado; visto lo cual por los circunstantes
casi todos a una voz dijeron: Viva es Altisidora, Altisidora vive. Mandó Radamanto
a Sancho que depusiese la ira, pues ya se había alcanzado el intento que se procuraba.
Así como Don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas delante de
Sancho, diciéndole: Agora es tiempo, hijo de mis entrañas, no que escudero mío, que
te des algunos de los azotes que estás obligado a dar por el desencanto de Dulcinea.
Ahora digo que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y con eficacia de obrar
el bien que de ti se espera. A lo que respondió Sancho: Esto me parece argado sobre
argado, y no miel sobre hojuelas; bueno sería que tras pellizcos, mamonas y
alfilerazos, viniesen ahora los azotes: no tienen más que hacer sino tomar una gran
piedra, y atármela al cuello, y dar conmigo en un pozo, de lo que a mí no pesaría
mucho, si es que para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda.
Déjenme; si no por Dios que lo arroje y lo eche todo a trece, aunque no se venda. Ya,
en esto, se había sentado en el túmulo Altisidora, y al mismo instante sonaron las
chirimías, a quien acompañaron las flautas, y las voces de todos, que aclamaban: Viva
Altisidora, Altisidora viva. Levantáronse los Duques y los reyes Minos y Radamanto,
y todos juntos, con Don Quijote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora, y a bajarla
del túmulo; la cual, haciendo de la desmayada, se inclinó a los Duques y a los reyes,
y mirando de través a Don Quijote, le dijo: Dios te lo perdone, desamorado caballero,
pues por tu crueldad he estado en el otro mundo, a mi parecer, más de mil años; y a
ti, oh el más compasivo escudero que contiene el orbe, te agradezco la vida que poseo.
Dispón desde hoy más, amigo Sancho, de seis camisas mías que te mando, para que
hagas otras seis para ti; y si no son todas sanas, a lo menos son todas limpias. Besole
por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas en el suelo. Mandó
el Duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza, y le pusiesen el sayo, y le
quitasen la ropa de las llamas. Suplicó Sancho al Duque que le dejasen la ropa y mitra;
que las quería llevar a su tierra, por señal y memoria de aquel nunca visto suceso. La
Duquesa respondió que sí dejarían; que ya sabía él cuán grande amiga suya era.
Mandó el Duque despejar el patio, y que todos se recogiesen a sus estancias, y que a
Don Quijote y a Sancho los llevasen a las que ellos ya se sabían.

Capítulo LXX
Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no excusadas para la claridad
desta historia
Durmió Sancho aquella noche en una carriola en el mesmo aposento de Don
Quijote, cosa que él quisiera excusarla, si pudiera, porque bien sabía que su amo no
le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en disposición de
hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los tenía presentes, y no le
dejaban libre la lengua, y viniérale más a cuento dormir en una choza solo, que no en
aquella rica estancia acompañado. Saliole su temor tan verdadero y su sospecha tan
cierta, que apenas hubo entrado su señor en el lecho, cuando dijo: ¿Qué te parece,
Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la fuerza del desdén
desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a Altisidora, no con otras
saetas ni con otra espada, ni con otro instrumento bélico, ni con venenos mortíferos,
sino con la consideración del rigor y el desdén con que yo siempre la he tratado.
Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera, respondió Sancho, y
dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré, ni la desdeñé en mi vida. Yo no sé,
ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora, doncella más antojadiza que
discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho, con los martirios de Sancho Panza.
Agora sí que vengo a conocer clara y distintamente que hay encantadores y encantos
en el mundo, de quien Dios me libre, pues yo no me sé librar; con todo esto, suplico
a vuesa merced me deje dormir, y no me pregunte más, si no quiere que me arroje por
una ventana abajo. Duerme, Sancho amigo, respondió Don Quijote, si es que te dan
lugar los alfilerazos y pellizcos recebidos y las mamonas hechas. Ningún dolor,
replicó Sancho llegó a la afrenta de las mamonas, no por otra cosa que por habérmelas
hecho dueñas, que confundidas sean; y torno a suplicar a vuesa merced me deje
dormir; porque el sueño es alivio de las miserias de los que las tienen despiertos. Sea
así, dijo Don Quijote, y Dios te acompañe. Durmiéronse los dos, y en este tiempo
quiso escribir y dar cuenta Cide Hamete, autor desta grande historia, qué les movió a
los Duques a levantar el edificio de la máquina referida; y dice que no habiéndosele
olvidado al bachiller Sansón Carrasco cuando el caballero de los Espejos fue vencido
y derribado por Don Quijote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos sus
designios, quiso volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el pasado; y así
informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa Panza, mujer de Sancho,
adonde Don Quijote quedaba, buscó nuevas armas y caballo, y puso en el escudo la
blanca luna, llevándolo todo sobre un macho, a quien guiaba un labrador, y no Tomé
Cecial su antiguo escudero, porque no fuese conocido de Sancho ni de Don Quijote.
Llegó pues al castillo del Duque, que le informó el camino y derrota que Don Quijote
llevaba con intento de hallarse en las justas de Zaragoza. Díjole asimismo las burlas
que le había hecho con la traza del desencanto de Dulcinea, que había de ser a costa
de las posaderas de Sancho. En fin dio cuenta de la burla que Sancho había hecho a
su amo, dándole a entender que Dulcinea estaba encantada y transformada en
labradora, y cómo la Duquesa su mujer había dado a entender a Sancho que él era el
que se engañaba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea, de que no poco
se rió y admiró el Bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de Sancho, como
del extremo de la locura de Don Quijote. Pidiole el Duque que si le hallase, y le
venciese o no, se volviese por allí, a darle cuenta del suceso. Hízolo así el Bachiller;
partiose en su busca; no le halló en Zaragoza; pasó adelante, y sucediole lo que queda
referido. Volviose por el castillo del Duque, y contóselo todo, con las condiciones de
la batalla, y que ya Don Quijote volvía a cumplir, como buen caballero andante, la
palabra de retirarse un año en su aldea, en el cual tiempo podía ser, dijo el Bachiller,
que sanase de su locura; que ésta era la intención que le había movido a hacer aquellas
transformaciones, por ser cosa de lástima que un hidalgo tan bien entendido como
Don Quijote fuese loco. Con esto se despidió del Duque, y se volvió a su lugar,
esperando en él a Don Quijote, que tras él venía. De aquí tomó ocasión el Duque de
hacerle aquella burla: tanto era lo que gustaba de las cosas de Sancho y de Don
Quijote; y haciendo tomar los caminos cerca y lejos del castillo por todas las partes
que imaginó que podría volver Don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de
a caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le hallasen,
halláronle, dieron aviso al Duque, el cual, ya prevenido de todo lo que había de hacer,
así como tuvo noticia de su llegada, mandó encender las hachas y las luminarias del
patio, y poner a Altisidora sobre el túmulo, con todos los aparatos que se han contado,
tan al vivo y tan bien hechos, que de la verdad a ellos había bien poca diferencia: y
dice más Cide Hamete, que tiene para sí ser tan locos los burladores como los
burlados, y que no estaban los Duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco
ponían en burlarse de dos tontos, los cuales el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro
velando a pensamientos desatados, les tomó el día, y la gana de levantarse; que las
ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a Don Quijote. Altisidora,
en la opinión de Don Quijote, vuelta de muerte a vida, siguiendo el humor de sus
señores, coronada con la misma guirnalda que en el túmulo tenía, y vestida una
tunicela de tafetán blanco, sembrada de flores de oro, y sueltos los cabellos por las
espaldas, arrimada a un báculo de negro y finísimo ébano, entró en el aposento de
Don Quijote, con cuya presencia turbado y confuso, se encogió y cubrió casi todo con
las sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle cortesía
ninguna. Sentose Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y después de haber dado
un gran suspiro, con voz tierna y debilitada, le dijo: Cuando las mujeres principales y
las recatadas doncellas atropellan por la honra, y dan licencia a la lengua que rompa
por todo inconveniente, dando noticia en público de los secretos que su corazón
encierra, en estrecho término se hallan. Yo, señor Don Quijote de la Mancha, soy una
destas, apretada, vencida y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta; tanto,
que por serlo tanto, reventó mi alma por mi silencio y perdí la vida. Dos días ha que
con la consideración del rigor con que me has tratado, ¡oh más duro que mármol a mis
quejas, empedernido caballero! he estado muerta, o a lo menos, juzgada por tal de los
que me han visto; y si no fuera porque el amor, condoliéndose de mí depositó mi
remedio en los martirios deste buen escudero, allá me quedara en el otro mundo. Bien
pudiera el amor, dijo Sancho, depositarlos en los de mi asno, que yo se lo agradeciera.
Pero dígame, señora, así el cielo la acomode con otro más blando amante que mi amo:
¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué hay en el infierno? Porque quien muere
desesperado, por fuerza ha de tener aquel paradero. La verdad que os diga, respondió
Altisidora, yo no debí de morir del todo, pues no entré en el infierno; que si allá
entrara, una por una no pudiera salir dél, aunque quisiera. La verdad es que llegué a
la puerta, adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en
calzas y en jubón, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas, y con
unas vueltas de lo mismo, que les servían de puños, con cuatro dedos de brazo de
fuera, porque pareciesen las manos más largas; en las cuales tenían unas palas de
fuego; y lo que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al
parecer, llenos de viento y de borra, cosa maravillosa y nueva; pero esto no me admiró
tanto como el ver que, siendo natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y
entristecerse los que pierden, allí en aquel juego todos gruñían, todos regañaban y
todos se maldecían. Eso no es maravilla, respondió Sancho, porque los diablos,
jueguen o no jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen. Así debe de
ser, respondió Altisidora, mas hay otra cosa que también me admira (quiero decir me
admiró entonces), y fue que al primer voleo, no quedaba pelota en pie, ni de provecho
para servir otra vez; y así, menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla.
A uno dellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo, que le
sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: Mirad qué libro es
ése, y el diablo le respondió: Ésta es la «segunda parte de la historia de Don Quijote
de la Mancha», no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés,
que él dice ser natural de Tordesillas. Quitádmele de ahí, respondió el otro diablo, y
metedle en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos. ¿Tan malo es? respondió
el otro. Tan malo, replicó el primero, que si de propósito yo mismo me pusiera a
hacerle peor, no acertara. Prosiguieron su juego, peloteando otros libros, y yo, por
haber oído nombrar a Don Quijote, a quien tanto adamo y quiero, procuré que se me
quedase en la memoria esta visión. Visión debió de ser, sin duda, dijo Don Quijote,
porque no hay otro yo en el mundo, y ya esa historia anda por acá de mano en mano,
pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en oír que
ando como cuerpo fantástico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de la tierra,
porque no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera,
tendrá siglos de vida; pero si fuere mala, de su parto a la sepultura no será muy largo
el camino. Iba Altisidora a proseguir en quejarse de Don Quijote, cuando le dijo Don
Quijote: Muchas veces os he dicho, señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado
en mí vuestros pensamientos, pues de los míos antes pueden ser agradecidos que
remediados. Yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si los hubiera, me
dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha de ocupar el lugar que en
mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente desengaño es éste para que os retiréis
en los límites de vuestra honestidad, pues nadie se puede obligar a lo imposible.
Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo: Vive el Señor, don
bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando
tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos.
¿Pensáis por ventura, don vencido y don molido a palos que yo me he muerto por vos?
Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por
semejantes camellos había de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más
morirme. Eso creo yo muy bien, dijo Sancho, que esto del morirse los enamorados es
cosa de risa: bien lo pueden ellos decir; pero hacer, créalo Judas. Estando en estas
pláticas, entró el músico, cantor y poeta que había cantado las dos ya referidas
estancias, el cual, haciendo una gran reverencia a Don Quijote, dijo: Vuestra merced,
señor caballero, me cuente y tenga en el número de sus mayores servidores, porque
ha muchos días que le soy muy aficionado, así por su fama como por sus hazañas.
Don Quijote le respondió: Vuesa merced me diga quién es, porque mi cortesía
responda a sus merecimientos. El mozo respondió que era el músico y panegírico de
la noche antes. Por cierto, replicó Don Quijote, que vuesa merced tiene estremada
voz; pero lo que cantó no me parece que fue muy a propósito; porque ¿qué tienen que
ver las estancias de Garcilaso con la muerte desta señora? No se maraville vuesa
merced deso, respondió el músico, que ya entre los intonsos poetas de nuestra edad se
usa que cada uno escriba como quisiere, y hurte de quien quisiere, venga o no venga
a pelo de su intento, y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a
licencia poética. Responder quisiera Don Quijote; pero estorbáronlo el Duque y la
Duquesa, que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce plática, en
la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de nuevo admirados
a los Duques, así con su simplicidad como con su agudeza. Don Quijote les suplicó le
diesen licencia para partirse aquel mismo día, pues a los vencidos caballeros, como
él, más les convenía habitar una zahúrda que no reales palacios. Diéronsela de muy
buena gana, y la Duquesa le preguntó si quedaba en su gracia Altisidora. Él le
respondió: Señora mía, sepa vuestra señoría que todo el mal desta doncella nace de
ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua.

Ella me ha dicho aquí que se usan randas en el infierno; y pues ella las debe de
saber hacer, no las deje de la mano; que ocupada en menear los palillos, no se
menearán en su imaginación la imagen o imágines de lo que bien quiere; y ésta es la
verdad, éste mi parecer y éste es mi consejo. Y el mío, añadió Sancho, pues no he
visto en toda mi vida randera que por amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas
más ponen sus pensamientos en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por
mí lo digo, pues mientras estoy cavando no me acuerdo de mi oíslo, digo, de mi Teresa
Panza, a quien quiero más que a las pestañas de mis ojos. Vos decís muy bien, Sancho,
dijo la Duquesa, y yo haré que mi Altisidora se ocupe de aquí adelante en hacer alguna
labor blanca, que la sabe hacer por extremo. No hay para qué, señora, respondió
Altisidora, usar dese remedio, pues la consideración de las crueldades que conmigo
ha usado este malandrín mostrenco me le borrarán de la memoria, sin otro artificio
alguno; y con licencia de vuestra grandeza, me quiero quitar de aquí, por no ver
delante de mis ojos ya no su triste figura, sino su fea y abominable catadura. Eso me
parece, dijo el Duque a lo que suele decirse, que aquel que dice injurias, cerca está de
perdonar. Hizo Altisidora muestra de limpiarse las lágrimas con un pañuelo, y
haciendo reverencia a sus señores, se salió del aposento. Mándote yo, dijo Sancho,
pobre doncella, mándote, digo, mala ventura, pues las has habido con una alma de
esparto y con un corazón de encina: a fe que si las hubieras conmigo, que otro gallo
te cantara. Acabose la plática, vistiose Don Quijote, comió con los Duques, y partiose
aquella tarde.

Capítulo LXXI
De lo que a Don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea

Iba el vencido y asendereado Don Quijote pensativo además por una parte, y muy
alegre por otra. Causaba su tristeza el vencimiento; y la alegría, el considerar en la
virtud de Sancho, como lo había mostrado en la resurreción de Altisidora, aunque con
algún escrúpulo se persuadía a que la enamorada doncella fuese muerta de veras. No
iba nada Sancho alegre, porque le entristecía ver que Altisidora no le había cumplido
la palabra de darle las camisas; y yendo y viniendo en esto, dijo a su amo: En verdad,
señor, que soy el más desgraciado médico que se debe de hallar en el mundo, en el
cual hay físicos que con matar al enfermo que curan quieren ser pagados de su trabajo,
que no es otro sino firmar una cedulilla de algunas medicinas, que no las hace él, sino
el boticario, y cátalo cantusado; y a mí, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre,
mamonas, pellizcos, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite: pues yo les voto a tal
que si me traen a las manos otro algún enfermo, que antes que le cure, me han de untar
las mías, que el abad de donde canta yanta, y no quiero creer que me haya dado el
cielo la virtud que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis, bóbilis. Tú
tienes razón, Sancho amigo, respondió Don Quijote, y halo hecho muy mal Altisidora
en no haberte dado las prometidas camisas; y puesto que tu virtud es «gratis data»,
que no te ha costado estudio alguno, más que estudio es recebir martirios en tu
persona. De mí te sé decir que si quisieras paga por los azotes del desencanto de
Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como buena; pero no sé si vendrá bien con la cura
la paga, y no querría que impidiese el premio a la medicina. Con todo eso, me parece
que no se perderá nada en probarlo: mira, Sancho, el que quieres, y azótate luego, y
págate de contado y de tu propia mano, pues tienes dineros míos. A cuyos
ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio consentimiento en
su corazón a azotarse de buena gana, y dijo a su amo: Agora bien, señor, yo quiero
disponerme a dar gusto a vuesa merced en lo que desea, con provecho mío; que el
amor de mis hijos y de mi mujer me hace que me muestre interesado. Dígame vuesa
merced: cuánto me dará por cada azote que me diere. Si yo te hubiera de pagar,
Sancho, respondió Don Quijote, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste
remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú
el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote. Ellos, respondió Sancho son
tres mil y trecientos y tantos; de ellos me he dado hasta cinco: quedan los demás;
entren entre los tantos estos cinco, y vengamos a los tres mil y trecientos, que a
cuartillo cada uno, que no llevaré menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres
mil y trecientos cuartillos, que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que
hacen setecientos y cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta medios
reales, que vienen a hacer setenta y cinco reales, que juntándose a los setecientos y
cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco reales. Estos desfalcaré yo de
los que tengo de vuesa merced, y entraré en mi casa rico y contento, aunque bien
azotado; porque no se toman truchas..., y no digo más. ¡Oh Sancho bendito! ¡Oh
Sancho amable!, respondió Don Quijote, y cuán obligados hemos de quedar Dulcinea
y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere de vida. Si ella vuelve al ser perdido
(que no es posible sino que vuelva), su desdicha habrá sido dicha, y mi vencimiento,
felicísimo triunfo: y mira, Sancho, cuándo quieres comenzar la disciplina; que porque
la abrevies, te añado cien reales. ¿Cuándo? replicó Sancho, esta noche sin falta:
procure vuesa merced que la tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abriré
mis carnes. Llegó la noche, esperada de Don Quijote con la mayor ansia del mundo,
pareciéndole que las ruedas del carro de Apolo se habían quebrado, y que el día se
alargaba más de lo acostumbrado, bien así como acontece a los enamorados, que
jamás ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente se entraron entre unos amenos
árboles que poco desviados del camino estaban, donde dejando vacías la silla y
albarda de Rocinante y el rucio, se tendieron sobre la verde yerba, y cenaron del
repuesto de Sancho; el cual, haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un
poderoso y flexible azote, se retiró hasta veinte pasos de su amo, entre unas hayas.

Don Quijote que le vio ir con denuedo y con brío, le dijo: Mira, amigo, que no te
hagas pedazos: da lugar que unos azotes aguarden a otros; no quieras apresurarte tanto
en la carrera, que en la mitad della te falte el aliento; quiero decir que no te des tan
recio, que te falte la vida antes de llegar al número deseado; y porque no pierdas por
carta de más ni de menos, yo estaré desde aparte, contando por este mi rosario los
azotes que te dieres. Favorézcate el cielo conforme tu buena intención merece. Al
buen pagador no le duelen prendas, respondió Sancho: yo pienso darme de manera,
que sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la sustancia deste milagro.
Desnudose luego de medio cuerpo arriba, y arrebatando el cordel, comenzó a darse, y
comenzó Don Quijote a contar los azotes. Hasta seis o ocho se habría dado Sancho,
cuando le pareció ser pesada la burla, y muy barato el precio della, y deteniéndose un
poco, dijo a su amo que se llamaba a engaño, porque merecía cada azote de aquéllos
ser pagado a medio real, no que a cuartillo. Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes,
le dijo Don Quijote, que yo doblo la parada del precio. Dese modo, dijo Sancho, a la
mano de Dios, y lluevan azotes; pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y
daba en los árboles, con unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada
uno dellos se le arrancaba el alma. Tierna la de Don Quijote, temeroso de que no se
le acabase la vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le dijo:
Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio; que me parece muy áspera
esta medicina, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en un hora.
Más de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado: bastan por agora; que el asno,
hablando a lo grosero, sufre la carga; mas no la sobrecarga. No, no, señor, respondió
Sancho: no se ha de decir por mí: a dineros pagados, brazos quebrados; apártese vuesa
merced otro poco, y déjeme dar otros mil azotes siquiera, que a dos levadas déstas
habremos cumplido con esta partida, y aún nos sobrará ropa. Pues tú te hallas con tan
buena disposición, dijo Don Quijote, el cielo te ayude, y pégate, que yo me aparto.
Volvió Sancho a su tarea con tanto denuedo, que ya había quitado las cortezas a
muchos árboles: tal era la riguridad con que se azotaba; y alzando una vez la voz, y
dando un desaforado azote en una haya, dijo: Aquí morirás Sansón, y cuantos con él
son. Acudió Don Quijote luego al son de la lastimada voz y del golpe del riguroso
azote, y asiendo del torcido cabestro que le servía de corbacho a Sancho, le dijo: No
permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto mío pierdas tú la vida, que ha de
servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere Dulcinea mejor compostura, que
yo me contendré en los límites de la esperanza propincua, y esperaré que cobres
fuerzas nuevas para que se concluya este negocio a gusto de todos. Pues vuesa merced,
señor mío, lo quiere así, respondió Sancho, sea en buena hora, y écheme su ferreruelo
sobre estas espaldas, que estoy sudando, y no querría resfriarme; que los nuevos
diciplinantes corren este peligro. Hízolo así Don Quijote, y quedándose en pelota,
abrigó a Sancho, el cual se durmió hasta que le despertó el sol, y luego volvieron a
proseguir su camino, a quien dieron fin por entonces, en un lugar que tres leguas de
allí estaba. Apeáronse en un mesón, que por tal le reconoció Don Quijote, y no por
castillo de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que después que le
vencieron, con más juicio en todas las cosas discurría, como agora se dirá. Alojáronle
en una sala baja, a quien servían de guadameciles unas sargas viejas pintadas, como
se usa en las aldeas. En una dellas estaba pintado de malísima mano el robo de Elena,
cuando el atrevido huésped se la llevó a Menelao, y en otra estaba la historia de Dido
y de Eneas, ella sobre una alta torre, como que hacía señas con una media sábana al
fugitivo huésped, que por el mar, sobre una fragata o bergantín, se iba huyendo. Notó
en las dos historias que Elena no iba de muy mala gana, porque se reía a socapa y a lo
socarrón; pero la hermosa Dido mostraba verter lágrimas del tamaño de nueces por
los ojos. Viendo lo cual Don Quijote, dijo: Estas dos señoras fueron desdichadísimas,
por no haber nacido en esta edad, y yo sobre todos desdichado en no haber nacido en
la suya; pues si yo encontrara a aquestos señores, ni fuera abrasada Troya, ni Cartago
destruida, pues con sólo que yo matara a Paris se excusaran tantas desgracias. Yo
apostaré, dijo Sancho, que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni
mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas;
pero querría yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado a
éstas. Tienes razón, Sancho, dijo Don Quijote, porque este pintor es como Orbaneja,
un pintor que estaba en Úbeda; que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: Lo
que saliere; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: «Éste es gallo», porque
no pensasen que era zorra. Desta manera me parece a mí, Sancho, que debe de ser el
pintor o escritor, que todo es uno, que sacó a luz la historia deste nuevo Don Quijote
que ha salido; que pintó o escribió lo que saliere; o habrá sido como un poeta que
andaba los años pasados en la corte, llamado Mauleón, el cual respondía de repente a
cuanto le preguntaban; y preguntándole uno que qué quería decir «Deum de Deo»,
respondió: Dé donde diere. Pero dejando esto aparte, dime si piensas, Sancho, darte
otra tanda esta noche, y si quieres que sea debajo de techado, o al cielo abierto.
Pardiez, señor, respondió Sancho, que para lo que yo pienso darme, eso se me da en
casa que en el campo; pero, con todo eso, querría que fuese entre árboles, que parece
que me acompañan y me ayudan a llevar mi trabajo maravillosamente. Pues no ha de
ser así, Sancho amigo, respondió Don Quijote, sino que para que tomes fuerzas, lo
hemos de guardar para nuestra aldea, que, a lo más tarde, llegaremos allá después de
mañana. Sancho respondió que hiciese su gusto; pero que él quisiera concluir con
brevedad aquel negocio, a sangre caliente y cuando estaba picado el molino, porque
en la tardanza suele estar muchas veces el peligro; y a Dios rogando, y con el mazo
dando, y que más valía un toma que dos te daré, y el pájaro en la mano que el buitre
volando. No más refranes, Sancho, por un solo Dios, dijo Don Quijote, que parece
que te vuelves al «sicut erat»; habla a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como
muchas veces te he dicho, y verás como te vale un pan por ciento. No sé qué mala
ventura es esta mía, respondió Sancho, que no sé decir razón sin refrán, ni refrán que
no me parezca razón; pero yo me enmendaré, si pudiere. Y con esto, cesó, por
entonces su plática.

Capítulo LXXII
De cómo Don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón Don
Quijote y Sancho, el uno para acabar en la campaña rasa la tanda de su diciplina, y el
otro para ver el fin della, en el cual consistía el de su deseo. Llegó en esto al mesón
un caminante a caballo, con tres o cuatro criados, uno de los cuales dijo al que el señor
dellos parecía: Aquí puede vuesa merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta:
la posada parece limpia y fresca. Oyendo esto Don Quijote, le dijo a Sancho: Mira,
Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia, me parece que
de pasada topé allí este nombre de don Álvaro Tarfe. Bien podrá ser, respondió
Sancho. Dejémosle apear; que después se lo preguntaremos. El caballero se apeó, y
frontero del aposento de Don Quijote la huéspeda le dio una sala baja, enjaezada con
otras pintadas sargas, como las que tenía la estancia de Don Quijote. Púsose el recién
venido caballero a lo de verano, y saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y
fresco, por el cual se paseaba Don Quijote, le preguntó: ¿Adónde bueno camina vuesa
merced, señor gentil hombre? Y Don Quijote le respondió: A una aldea que está aquí
cerca, de donde soy natural: ¿y vuesa merced dónde camina? Yo, señor, respondió el
caballero, voy a Granada, que es mi patria. Y buena patria!, replicó Don Quijote: pero
dígame vuesa merced, por cortesía, su nombre; porque me parece que me ha de
importar saberlo más de lo que buenamente podré decir. Mi nombre es don Álvaro
Tarfe, respondió el huésped. A lo que replicó Don Quijote: Sin duda alguna pienso
que vuesa merced debe de ser aquel don Álvaro Tarfe que anda impreso en la Segunda
parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, recién impresa y dada a la luz del
mundo por un autor moderno. El mismo soy, respondió el caballero, y el tal Don
Quijote, sujeto principal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que
le sacó de su tierra, o a lo menos le moví a que viniese a unas justas que se hacían en
Zaragoza, adonde yo iba; y en verdad en verdad que le hice muchas amistades, y que
le quité de que no le palmease las espaldas el verdugo, por ser demasiadamente
atrevido. Y dígame vuesa merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal
Don Quijote que vuesa merced dice? No, por cierto, respondió el huésped: en ninguna
manera. Y ese Don Quijote, dijo el nuestro, ¿traía consigo a un escudero llamado
Sancho Panza? Sí traía, respondió don Álvaro, y aunque tenía fama de muy gracioso,
nunca le oí decir gracia que la tuviese. Eso creo yo muy bien, dijo a esta sazón Sancho,
porque el decir gracias no es para todos; y ese Sancho que vuesa merced dice, señor
gentil hombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente; que
el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no haga
vuesa merced la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos un año, y verá que se
me caen a cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las más veces lo que me digo,
hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso,
el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos
y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por
única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es
mi amo; todo cualquier otro Don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y
cosa de sueño. Por Dios que lo creo, respondió don Álvaro, porque más gracias habéis
dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho Panza en
cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas: más tenía de comilón que de bien hablado,
y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda que los encantadores que
persiguen a Don Quijote el bueno han querido perseguirme a mí con Don Quijote el
malo. Pero no sé qué me diga; que osaré yo jurar que le dejo metido en la casa del
Nuncio, en Toledo, para que le curen, y agora remanece aquí otro Don Quijote, aunque
bien diferente del mío. Yo, dijo Don Quijote no sé si soy bueno; pero sé decir que no
soy el malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro
Tarfe, que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza; antes por haberme
dicho que ese Don Quijote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad, no
quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira; y así, me pasé de
claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los
pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos, y correspondencia grata de
firmes amistades, y en sitio y en belleza única. Y aunque los sucesos que en ella me
han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella,
sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy Don Quijote de la
Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi
nombre y honrarse con mis pensamientos. A vuesa merced suplico, por lo que debe a
ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de que
vuesa merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de que yo no
soy el Don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es
aquél que vuesa merced conoció. Eso haré yo de muy buena gana, respondió don
Álvaro puesto que cause admiración ver dos Don Quijotes y dos Sanchos a un mismo
tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a
decir y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha
pasado. Sin duda, dijo Sancho que vuesa merced debe de estar encantado, como mi
señora Dulcinea del Toboso; y pluguiera al cielo que estuviera su desencanto de vuesa
merced en darme otros tres mil y tantos azotes, como me doy por ella; que yo me los
diera sin interés alguno. No entiendo eso de azotes, dijo don Álvaro: y Sancho le
respondió que era largo de contar; pero que él se lo contaría, si acaso iban un mesmo
camino. Llegose en esto la hora de comer; comieron juntos Don Quijote y don Álvaro.
Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde
pidió Don Quijote, por una petición, de que a su derecho convenía de que don Álvaro
Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, declarose ante su merced como no
conocía a Don Quijote de la Mancha, que asimismo estaba allí presente, y que no era
aquél que andaba impreso en una historia intitulada: «Segunda parte de Don Quijote
de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas».
Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente: la declaración se hizo con todas las
fuerzas que en tales casos debían hacerse; con lo que quedaron Don Quijote y Sancho
muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro
la diferencia de los dos Don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras.
Muchas de cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y Don Quijote, en las
cuales mostró el gran manchego su discreción, de modo, que desengañó a don Álvaro
Tarfe del error en que estaba, el cual se dio a entender que debía de estar encantado,
pues tocaba con la mano dos tan contrarios Don Quijotes. Llegó la tarde, partiéronse
de aquel lugar, y a obra de media legua se apartaban dos caminos diferentes, el uno
que guiaba a la aldea de Don Quijote, y el otro el que había de llevar don Álvaro. En
este poco espacio le contó Don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y
el remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiración a don Álvaro, el cual
abrazando a Don Quijote y a Sancho siguió su camino y Don Quijote el suyo, que
aquella noche la pasó entre otros árboles por dar lugar a Sancho de cumplir su
penitencia, que la cumplió del mismo modo que la pasada noche, a costa de las
cortezas de las hayas, harto más que de sus espaldas, que las guardó tanto, que no
pudieran quitar los azotes una mosca aunque la tuviera encima. No perdió el engañado
Don Quijote un solo golpe de la cuenta, y halló que con los de la noche pasada era
tres mil y veinte y nueve. Parece que había madrugado el sol a ver el sacrificio, con
cuya luz volvieron a proseguir su camino, tratando entre los dos del engaño de don
Álvaro, y de cuán bien acordado había sido tomar su declaración ante la justicia, y tan
auténticamente. Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de
contarse, si no fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó Don Quijote
contento sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba ya desencantada
a Dulcinea su señora; y siguiendo su camino no topaba mujer ninguna que no iba a
reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por infalible no poder mentir las
promesas de Merlín. Con estos pensamientos y deseos, subieron una cuesta arriba,
desde la cual descubrieron su aldea, la cual vista de Sancho, se hincó de rodillas, y
dijo: Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no
muy rico, muy bien azotado.

Abre los brazos, y recibe también tu hijo Don Quijote, que si viene vencido de
los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo; que, según él me ha dicho, es el mayor
vencimiento que desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban,
bien caballero me iba. Déjate desas sandeces, dijo Don Quijote, y vamos con pie
derecho a entrar en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la
traza que en la pastoral vida pensamos ejercitar. Con esto, bajaron de la cuesta y se
fueron a su pueblo.
Capítulo LXXIII
De los agüeros que tuvo Don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que
adornan y acreditan esta grande historia

A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio Don Quijote que en las eras
del lugar estaban riñendo dos mochachos, y el uno dijo al otro: No te canses Periquillo;
que no la has de ver en todos los días de tu vida. Oyólo Don Quijote, y dijo a Sancho:
¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho, no la has de ver en todos los
días de tu vida? Pues bien, ¿qué importa, respondió Sancho que haya dicho eso el
mochacho? ¿Qué? replicó Don Quijote, ¿no ves tú que aplicando aquella palabra a mi
intención, quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea? Queríale responder
Sancho, cuando se lo estorbó ver que por aquella campaña venía huyendo una liebre,
seguida de muchos galgos y cazadores, la cual, temerosa, se vino a recoger y a
agazapar debajo de los pies del rucio. Cogiola Sancho a mano salva, y presentósela a
Don Quijote, el cual estaba diciendo: «Malum signum, Malum signum»: liebre huye,
galgos la siguen. Dulcinea no parece. Extraño es vuesa merced, dijo Sancho:
presupongamos que esta liebre es Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen
son los malandrines encantadores que la transformaron en labradora; ella huye, yo la
cojo y la pongo en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala: ¿qué
mala señal es ésta, ni qué mal agüero se puede tomar de aquí? Los dos mochachos de
la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno dellos preguntó Sancho que por qué
reñían. Y fuele respondido por el que había dicho no la verás más en toda tu vida, que
él había tomado al otro mochacho una jaula de grillos, la cual no pensaba volvérsela
en toda su vida. Sacó Sancho cuatro cuartos de la faltriquera, y dióselos al mochacho
por la jaula, y púsosela en las manos a Don Quijote, diciendo: He aquí, señor,
rompidos y desbaratados estos agüeros, que no tienen que ver más con nuestros
sucesos, según que yo imagino, aunque tonto, que con las nubes de antaño: y si no me
acuerdo mal, he oído decir al cura de nuestro pueblo que no es de personas cristianas
ni discretas mirar en estas niñerías; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los días
pasados, dándome a entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban
en agüeros; y no es menester hacer hincapié en esto, sino pasemos adelante y entremos
en nuestra aldea. Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y diósela Don Quijote;
pasaron adelante, y a la entrada del pueblo toparon en un pradecillo rezando al cura y
al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza había echado sobre el rucio y
sobre el lío de las armas, para que sirviese de repostero, la túnica de bocací pintada de
llamas de fuego que le vistieron en el castillo del Duque la noche que volvió en sí
Altisidora. Acomodole también la coroza en la cabeza, que fue la más nueva
transformación y adorno con que se vio jamás jumento en el mundo. Fueron luego
conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a ellos con los brazos
abiertos. Apeose Don Quijote, y abrazolos estrechamente, y los mochachos, que son
linces no excusados, divisaron la coroza del jumento, y acudieron a verle, y decían
unos a otros: Venid, mochachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que
Mingo, y la bestia de Don Quijote más flaca hoy que el primer día. Finalmente,
rodeados de mochachos y acompañados del cura y del bachiller, entraron en el pueblo,
y se fueron a casa de Don Quijote, y hallaron a la puerta della al ama y a su sobrina,
a quien ya habían llegado las nuevas de su venida. Ni más ni menos se las habían dado
a Teresa Panza, mujer de Sancho, la cual desgreñada y medio desnuda, trayendo de la
mano a Sanchica su hija, acudió a ver a su marido, y viéndole no tan bien adeliñado
como ella se pensaba que había de estar un gobernador, le dijo: ¿Cómo venís así,
marido mío, que me parece que venís a pie y despeado, y más traéis semejanza de
desgobernado que de gobernador? Calla, Teresa, respondió Sancho, que muchas veces
donde hay estacas no hay tocinos; y vámonos a nuestra casa, que allá oirás maravillas.
Dineros traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria, y sin daño de nadie.
Traed vos dinero, mi buen marido, dijo Teresa, y sean ganados por aquí o por allí; que
como quiera que los hayáis ganado, no habréis hecho usanza nueva en el mundo.
Abrazó Sanchica a su padre, y preguntole si traía algo; que le estaba esperando como
el agua de mayo; y asiéndole de un lado del cinto, y su mujer de la mano, tirando su
hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a Don Quijote en la suya, en poder de su
sobrina y de su ama, y en compañía del cura y del bachiller. Don Quijote, sin guardar
términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó a solas con el bachiller y el cura, y
en breves razones les contó su vencimiento, y la obligación en que había quedado de
no salir de su aldea en un año, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla
en un átomo, bien así como caballero andante, obligado por la puntualidad y orden de
la andante caballería, y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor, y entretenerse
en la soledad de los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos
pensamientos, ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si
no tenían mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios más importantes
quisiesen ser sus compañeros, que él compraría ovejas y ganado suficiente que les
diese nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de aquel negocio
estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les vendrían como de molde.
Díjole el cura que los dijese. Respondió Don Quijote que él se había de llamar el
pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón, y el cura, el pastor Curiambro, y
Sancho Panza, el pastor Pancino. Pasmáronse todos de ver la nueva locura de Don
Quijote; pero porque no se les fuese otra vez del pueblo a sus caballerías, esperando
que en aquel año podría ser curado, concedieron con su nueva intención, y aprobaron
por discreta su locura, ofreciéndosele por compañeros en su ejercicio: y más dijo
Sansón Carrasco, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy celebérrimo poeta, y a
cada paso compondré versos pastoriles, o cortesanos, o como más me viniere a cuento,
para que nos entretengamos por esos andurriales donde habemos de andar; y lo que
más es menester, señores míos, es que cada uno escoja el nombre de la pastora que
piensa celebrar en sus versos, y que no dejemos árbol, por duro que sea, donde no la
retule y grabe su nombre, como es uso y costumbre de los enamorados pastores. Eso
está de molde, respondió Don Quijote, puesto que yo estoy libre de buscar nombre de
pastora fingida, pues está ahí la sin par Dulcinea del Toboso, gloria de estas riberas,
adorno de estos prados, sustento de la hermosura, nata de los donaires, y finalmente,
sujeto sobre quien puede asentar bien toda alabanza, por hipérbole que sea. Así es
verdad, dijo el cura, pero nosotros buscaremos por ahí pastoras mañeruelas, que si no
nos cuadraren, nos esquinen. A lo que añadió Sansón Carrasco: Y cuando faltaren,
darémosles los nombres de las estampadas e impresas, de quien está lleno el mundo,
Fílidas, Amarilis, Dianas, Fléridas, Galateas y Belisardas; que pues las venden en las
plazas, bien las podemos comprar nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o por
mejor decir mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del nombre de
Anarda; y si Francisca, la llamaré yo Francenia; y si Lucía, Lucinda, que todo se sale
allá; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadría, podrá celebrar a su mujer
Teresa Panza con nombre de Teresaina. Riose Don Quijote de la aplicación del
nombre, y el cura le alabó infinito su honesta y honrada resolución, y se ofreció de
nuevo a hacerle compañía todo el tiempo que le vacase de atender a sus forzosas
obligaciones. Con esto, se despidieron dél, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta
con su salud, con regalarse lo que fuese bueno. Quiso la suerte que su sobrina y el
ama oyeron la plática de los tres; y así como se fueron, se entraron entrambas con Don
Quijote, y la sobrina le dijo: ¿Qué es esto, señor tío? Ahora que pensábamos nosotras
que vuesa merced volvía a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y
honrada, se quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose pastorcico tú que vienes,
pastorcico tú que vas? Pues en verdad que está ya duro el alcacel para zampoñas. A
lo que añadió el ama: ¿Y podrá vuesa merced pasar en el campo las siestas del verano,
los serenos del invierno y el aullido de los lobos? No por cierto, que éste es ejercicio
y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde las fajas
y mantillas: aun mal por mal, mejor es ser caballero andante que pastor. Mire, señor,
tome mi consejo, que no se le doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y
sobre cincuenta años que tengo de edad: estese en su casa, atienda a su hacienda,
confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi ánima si mal le fuere.
Callad, hijas, les respondió Don Quijote, que yo sé bien lo que me cumple:
llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que,
ahora sea caballero andante, o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo que
hubiéredes menester, como lo veréis por la obra: y las buenas hijas (que lo eran sin
duda ama y sobrina), le llevaron a la cama, donde le dieron de comer y regalaron lo
posible.

Capítulo LXXIV
De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus
principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como
la de Don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó
su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía
que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba,
se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado
muchas veces del cura, del bachiller y del barbero sus amigos, sin quitársele de la
cabecera Sancho Panza, su buen escudero. Estos, creyendo que la pesadumbre de
verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea
le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole
el bachiller que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el
cual tenía ya compuesta una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había
compuesto; y que ya tenía comprados de su propio dinero dos famosos perros para
guardar el ganado, el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido
un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba Don Quijote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al médico, tomole el pulso, y no le contentó mucho, y dijo que,
por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro.
Oyolo Don Quijote con ánimo sosegado; pero no lo oyeron así su ama, su sobrina y
su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto
delante. Fue el parecer del médico que melancolías y desabrimientos le acababan.
Rogó Don Quijote que le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así
y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas, tanto, que pensaron el ama y la
sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempo dicho, y
dando una gran voz, dijo: Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho:
En fin sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de
los hombres. Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más
concertadas que él solía decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y preguntole:
¿Qué es lo que vuesa merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué
misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres? Las misericordias, respondió
Don Quijote, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien,
como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las
sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua
leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus
embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja
tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me
siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo que diese a entender
que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que puesto que lo
he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis
buenos amigos: al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero que
quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero de este trabajo se excusó la sobrina
con la entrada de los tres. Apenas los vio Don Quijote, cuando dijo: Dadme albricias,
buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano,
a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amadís
de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias
profanas del andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me
pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza
propia, las abomino. Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que
alguna nueva locura le había tomado. Y Sansón le dijo: ¿Ahora, señor Don Quijote,
que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, sale vuesa merced con
eso? ¿Y agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida,
como unos príncipes, quiere vuesa merced hacerse ermitaño? Calle por su vida, vuelva
en sí, y déjese de cuentos. Los de hasta aquí, replicó Don Quijote, que han sido
verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi
provecho. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa; déjense burlas
aparte, y traíganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi
testamento; que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma;
y así, suplico que, en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.
Miráronse unos a otros, admirados de las razones de Don Quijote, y aunque en duda,
le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber
vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones añadió otras
muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a
quitar la duda, y a hacer creer que estaba cuerdo. Hizo salir la gente el cura, y quedose
solo con él, y confesole. El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con
él y con Sancho Panza; el cual Sancho (que ya sabía por nuevas del bachiller en qué
estado estaba su señor) hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer
pucheros y a derramar lágrimas. Acabose la confesión, y salió el cura, diciendo:
Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno;
bien podemos entrar para que haga su testamento. Estas nuevas dieron un terrible
empujón a los ojos preñados de ama, sobrina, y de Sancho Panza su buen escudero,
de tal manera, que los hizo reventar las lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros
del pecho; porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que Don
Quijote fue Alonso Quijano el Bueno a secas, y en tanto que fue Don Quijote de la
Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo
era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían. Entró el
escribano con los demás, y después de haber hecho la cabeza del testamento y
ordenado su alma Don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se
requieren, llegando a las mandas, dijo: Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que
Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que porque ha habido
entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos,
ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de
lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si
como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora,
estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y
fidelidad de su trato lo merece: y volviéndose a Sancho, le dijo: Perdóname, amigo,
de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en
que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. ¡Ay!, respondió
Sancho llorando, no se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva
muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es
dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las
de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo
vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de alguna mata hallaremos
a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere
de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado
mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros
de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido
hoy ser vencedor mañana. Así es, dijo Sansón, y el buen Sancho Panza está muy en
la verdad destos casos. Señores, dijo Don Quijote, vámonos poco a poco, pues ya en
los nidos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui Don
Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno: pueda
con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que
de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano. Ítem, mando toda mi hacienda,
a puerta cerrada, a Antonia Quijana mi sobrina, que está presente, habiendo sacado
primero de lo más bien parado della lo que fuere menester para cumplir las mandas
que dejo hechas; y la primera satisfación que se haga quiero que sea pagar el salario
que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y más veinte ducados para un vestido.

Dejo por mis albaceas al señor cura y al señor bachiller Sansón Carrasco que están
presentes. Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana mi sobrina quisiere casarse, se
case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas
sean libros de caballerías; y en caso que se averiguare que lo sabe, y con todo eso, mi
sobrina quisiere casarse con él, y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo cual
puedan mis albaceas distribuir en obras pías, a su voluntad. Ítem, suplico a los dichos
señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen
que compuso una historia que anda por ahí con el título de «Segunda parte de las
hazañas de Don Quijote de la Mancha», de mi parte le pidan, cuan encarecidamente
ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan
grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de
haberle dado motivo para escribirlos. Cerró con esto el testamento, y tomándole un
desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos, y acudieron a su
remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento, se
desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero con todo comía la sobrina,
brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o
templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto. En fin
llegó el último de Don Quijote, después de recibidos todos los sacramentos, y después
de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías.
Hallose el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de
caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente
y tan cristiano como Don Quijote, el cual, entre compasiones y lágrimas de los que
allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió. Viendo lo cual el cura, pidió
al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado
comúnmente Don Quijote de la Mancha, había pasado desta presente vida, y muerto
naturalmente; y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de algún otro autor
que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias
de sus hazañas. Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso
poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la
Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron
las siete ciudades de Grecia por Homero. Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho,
sobrina y ama de Don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón
Carrasco le puso éste:

Yace aquí el Hidalgo fuerte


que a tanto extremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura,
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: Aquí quedarás, colgada desta
espetera, y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde
vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan
para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor
modo que pudieres:

Tate, tate, folloncicos,


de ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para mí estaba guardada.

Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos
los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que
se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal adeliñada
las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de
su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar
en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de Don Quijote, y no le quiera llevar,
contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa,
donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer
tercera jornada y salida nueva; que para hacer burla de tantas como hicieron tantos
andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes
a cuya noticia llegaron, así en éstos como en los extraños reinos: y con esto cumplirás
con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré
satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos
enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en
aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de
caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote, van ya tropezando, y han de
caer del todo, sin duda alguna. Vale.

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