Cayo Marcio: La Tragedia de Coriolano
Cayo Marcio: La Tragedia de Coriolano
1. PLAZA PÚBLICA
Canción
Voces:
- ¿Estamos decididos a morir antes que pasar hambre?
- ¿Estamos dispuestos a no retroceder hasta que el Senado admita que el precio del
pan lo fijemos nosotros los ciudadanos?
- Cayo Marcio nos enfrentará con la fuerza de las armas. ¿Vamos a salir corriendo o
le haremos frente?
- Lo vamos a matar. Es un enemigo del pueblo.
Ciudadano y Hombre con el niño:
- ¿Para qué traes esa bolsa y el niño?
- Quiero saber si logran lo que necesitamos. Si no, me voy.
- ¿Cómo piensan establecerse en ese lugar donde no tienen nada para vivir?
- Allá tendremos agua, aire y una tumba. Por lo menos no tendremos que ir a la
guerra por los ricos. Somos pobres, y nos desprecian. En cambio a los ricos les dicen “la
gente de bien”
- Entonces lárgate y rápido, pero deja al niño con nosotros. Vamos a luchar para que
él viva en un país mejor.
Entra Agripa
Menenio
Voz:
- (Ironía) Gracias. Siempre admiramos su cortesía
Cayo Marcio
- ¡Perros! Que no sirven ni en la guerra ni en la paz. La guerra los asusta y la paz los
vuelve insolentes.
- En el que ustedes depositen su confianza, creyendo hallar leones, sólo hallará
conejos y gansos donde les haga falta zorros. Odian a los grandes, porque son
grandes. El único remedio aquí es la horca. Tiene la glotonería del enfermo, que
engulle aquello que lo enfermara más y no vacilan en escupir sobre el Senado, que
es el único que puede mantener el orden, para que no terminen devorándose unos
a otros.
Agripa
- Pretenden fijar ellos mismos los precios del trigo y dicen que todo está en las
despensas.
Cayo Marcio
- ¡Malditos! ¡¿Qué hay grano en abundancia?! La respuesta se las daré con mi
espada y con la lanza mediré, en vez del grano, las pilas de sus cadáveres.
Agripa
- ¿Y qué ha sido de los otros?
Cayo Marcio
- Los he desparramado. Gritaban: “El pan es para el pueblo” (Consignas del estallido
social)
Voz
- Los Volscos marchan contra nosotros. Tulio Aufidio los lidera.
Cayo Marcio
- Lo conozco.
Cominio
- Ya ustedes se han enfrentado.
Cayo Marcio
- Con un enemigo como ese, la guerra cobra sentido.
Voces
- Vamos al capitolio.
- ¡Luchemos por nuestra ciudad!
- ¡Guerra!
Suenan tambores.
Volumnia
- Cuando Cayo Marcio aún era un niño, ese hijo único de mis entrañas, cuando aún
su pureza infantil cautivaba las miradas, cuando ni un rey, por más que me
implorara días enteros, hubiera logrado comprarme su presencia ni aún por una
hora, yo le enseñé a no temer el peligro, si era la gloria la que lo llamaba. Lo envié
a una guerra cruenta. Y volvió, coronado de laureles. Mi corazón no saltó tanto de
alegría en mi pecho el día que me dijeron que supe que era un varoncito, que
aquel día en que por primera vez vi pruebas de que era un hombre de verdad.
Si yo tuviera una docena de hijos, lo digo con franqueza y cada uno fuera amado
por igual, preferiría que hoy se murieran en el campo de batalla, antes que ver uno
sólo engordando con la paz.
Tambores de Guerra
Que el cielo proteja a mi hijo. Tengo la impresión de estarlo viendo, masacrando de
un solo golpe a ese Ofidio y retirándose luego, como el segador que ha cumplido
con su trabajo.
Entra Valeria
Valeria
- ¿Cómo está tu hijo?
Virginia
- Bien, querida Valeria. Le gusta lo que hace su padre.
Valeria
- Es una bella criatura. Ayer lo estuve mirando un rato. Tiene el mismo porte de su
padre. Lo vi correr tras una mariposa de colores. Cuando la pudo coger, volvió a
soltarla, una y otra vez, hasta que se cayó. Furioso por su caída, rechinando los
dientes, la destrozó. ¡Qué espectáculo!
Volumnia
- Será un gran guerrero igual que Marcio su padre.
3. CORIOLES
Cayo Marcio
- ¿A qué distancia están los ejércitos?
Mensajero
- A unas tres horas, señor.
Cayo Marcio
- Ahora, Marte, te imploró, haz que acabemos pronto con esto. Pongan el escudo
delante del pecho y que su corazón sea más fuerte que el escudo que lo cubre.
Ellos nos provocan mucho más allá de lo esperado. Eso me hace sudar de ira. ¡Al
que retroceda de aquí lo tomó por un Volsco y como tal probará las bondades de
mi acero! ¡Almas de gansos con silueta humana! ¡Por Plutón y su infierno!
¡Resistan y correremos hasta sus mujeres, así como ellos nos siguieron hasta
nuestra trinchera! ¡Las puertas se abren: Es hora que se muestren, bravos
guerreros! ¡La fortuna, las abrió para los que quieran seguirme, no para los
cobardes que huyen! ¡A ellos!!
Las puertas se cierran tras él
Voces
- Miren, lo han encerrado.
- Este es su fin, no cabe duda.
- ¿Qué fue de Marcio?
- Muerto señor, no lo dude.
- A los que huían persiguió, pisándole los talones y con ellos entro a la ciudad. Las
puertas se cerraron de inmediato, y adentro quedó, completamente sólo,
desafiando a toda la ciudad.
- Era un guerrero incontenible y tremendo al atacar. Su mirada severa y el rugido
atronador de su voz hacía temblar al enemigo, cual si el mundo se debatiera entre
escalofríos.
Pausa. Música.
Vuelve Marcio ensangrentado, perseguido por un grupo de enemigos.
Tambores de guerra.
4. CALLE
Cayo Marcio
- Ahora escuchen el grito de guerra de su comandante ¡A él! Ahí está Aufidio, el que
mi alma odia, masacrando ciudadanos.
Voces
- Sangras mi noble amigo
- Demasiado duro ha sido este esfuerzo
Cayo Marcio
- Basta de alabanzas. La sangre que vertí me fortalece antes que hacerme peligrar.
Así, retaré a combate a Aufidio.
Voces
- ¡Bravo Marcio!
- Que suenen las trompetas en la plaza principal.
5. CAMPAMENTO
Voces
- ¿Qué noticias traes?
- El enemigo salió de Corioles, lanzándose sobre Cayo Marcio y sus acompañantes.
- Yo vi a los nuestros huir a las trincheras.
- ¿Quién es aquel que a tal punto se parece a un desollado?
- Es Marcio y no es la primera vez que lo vemos en ese estado.
- No llegas cubierto de sangre ajena sino de la propia.
Cayo Marcio
- Siento en el corazón, el mismo gozo que sentí en mi noche de bodas, cuando los
candelabros de la fiesta me guiaban al lecho conyugal. ¿Y dónde se encuentra el
enemigo? ¿Ya se adueñaron del campo? Si no, como es que descansan antes de
hacerlo.
Voz
- Señor, nos batimos con bastantes bajas y retrocedimos para esperar otra
oportunidad.
Cayo Marcio
- Necesito voluntarios, que sean los mejores para la lucha. ¡Vamos!
6. CAMPO DE BATALLA
Gritos de guerra. Marcio y Aufidio se encuentran frente a frente.
Cayo Marcio
- ¡Contigo sólo quiero pelear, porque te odio más que a la mentira!
Aufidio
- Si, del mismo modo te odio yo. Ninguna serpiente del África me resulta tan
horrible y venenosa como tu gloria ¡Defiéndete!
Cayo Marcio
- Que el primero que ceda, muera esclavo del otro, para que aún en la otra vida
sufra los tormentos.
Aufidio
- ¡Si huyo, Marcio, persígueme como a una liebre!
Cayo Marcio
- Hace unas horas, yo sólo me batía en Corioles, tu ciudad, y allí me harté de matar.
No es mía la sangre que me cubre. ¡Para vengarte tendrás que usar todas tus
fuerzas!
Aufidio
- ¡Aún si fueras Héctor, el héroe de tu estirpe jactanciosa, tampoco saldrías vivo de
aquí!
Salen combatiendo. Pausa. Trompetas.
7. CAMPAMENTO ROMANO
Entra Marcio con un cabestrillo que sostiene su brazo.
Cayo Marcio
- Aún mi madre que tiene amplios poderes para ponderar su propia sangre, me
ofende cuando me glorifica. Yo hice solamente todo lo que pude, inspirado por el
amor a mi patria. Tengo algunas heridas aquí y allá, que sienten gran dolor al ser
mencionadas tantas veces.
Voz
- Quisiera que de los caballos tomados y de todos los tesoros conquistados tanto en
la ciudad como en el campo de batalla, sea tuya la décima parte.
Cayo Marcio
- Te agradezco, general, pero mi corazón se resiste a recibir una recompensa en
pago de mi espada. Por tanto, no quiero nada. ¡Qué las trompetas, de esta manera
profanadas no vuelvan a sonar! Cuando tambores y trompetas son usados para
halagar en el campo de batalla, la corte y la ciudad, no pueden sino ser el centro de
la mentira y la hipocresía.
Coriolano
- Una cosa más. Durante mi estadía en Corioles, mi anfitrión, un hombre pobre fue
gentil conmigo. Luego vi que caía prisionero. En ese instante divise a Ofidio y el
odio venció a la compasión. Liberen al desdichado.
Voz
- Así se tratará del verdugo de mi hijo, será libremente como el viento.
- ¿Cuál es el nombre del prisionero?
Coriolano
- ¡Por Júpiter! Lo olvide. Estoy cansado. Mi memoria pierde fuerza. ¿No hay vino
aquí?
8. CAMPAMENTO VOLSCO
Aufidio
- La ciudad fue ocupada
Voz
- Nos la devolverán, pero con ciertas condiciones.
Aufidio
- ¿Qué condiciones puede esperar aquel que se entregó pidiendo compasión?
Marcio, cinco veces luche contigo y otras tantas venciste. Pienso que eres capaz de
repetir la hazaña, aunque nuestros combates sean tan frecuentes como nuestras
comidas. Si vuelvo a encontrarme con él cara a cara, él me vencerá y yo le venceré.
Ahora me batiré sin reparo en las armas, y rabia o astucia emplearé en su
exterminio.
Voz
- ¡Es el puro diablo!
Aufidio
- Más atrevido, diría yo, pero nunca tan astuto. Ni la desnudez o la enfermedad, ni
las oraciones, ni la hora del sacrificio, ante los cuales la ira suele aplacarse, podrán
anular el odio que siento por él. En donde lo encuentre, aunque sea en mi propia
casa, deseo teñir mi mano salvaje con la sangre de su corazón.
Voz
- Así será, señor.
II ACTO
1. PLAZA PÚBLICA
Voz
- Dicen que tienes noticias frescas ¿verdad?
Agripa
- Si, de Cayo Marcio, pero a ese ustedes no lo aman y sino díganme: ¿A quién ama el
lobo?
Voz
- Al cordero
Agripa
- Así es, porque quiere devorarlo, como los pobres hambrientos al valiente Marcio.
Voz
- Pues ese es un cordero que ruge como un oso.
Agripa
- No, ese es un oso que vive como un cordero. ¿Saben como los juzgan en la ciudad?
Y por nosotros, quiero decir los de las clases altas.
Voz
- ¿Como nos juzgan señor?
Agripa
- Como un par de sujetos vanidosos, violentos y traidores, que son incapaces
siquiera de mediar entre una vendedora de rosas y un tendero.
Voz
- El Marcio es vencedor. De lo contrario no sería tan insolente.
Entra Volumnia, Virginia y Valeria
Agripa
- ¿A dónde van tan de prisa? Señoras
Volumnia
- Honorable señor, mi hijo Marcio está por llegar. No nos detengas.
Agripa
- ¿Llega Marcio?
Volumnia
- Y con las más altas distinciones.
Agripa
- Entonces Marcio retorna al hogar.
Volumnia
- Si. Aquí traigo una carta de él y hay otra carta para ti.
Agripa
- ¿Una carta para mí? Eso me recompensa tantos años de dolores y enfermedad.
¿Estás segura de que no está herido?
Volumnia
- Si, está herido.
Agripa
- ¿Trae la victoria en las manos? Entonces le sentarán bien las heridas.
Volumnia
- La trae puesta en las sienes. Por tercera vez regresa con la corona, símbolo de su
fuerza y valor.
Agripa
- ¿Le habrá dado una lección a Aufidio?
Volumnia
- Dicen que lucharon, pero que Aufidio se escabulló. A mi hijo se le atribuye la
totalidad del merito en la conquista de Corioles.
Agripa
- ¿En dónde fue herido?
Volumnia
- En el hombro y en el brazo izquierdo. Le quedarán dos grandes cicatrices que
podrá mostrar al pueblo cuando presente la candidatura a su cargo de cónsul.
Ahora vuelve al hogar vencedor.
Voz
- Se hace saber a todos que Cayo, de la estirpe de los Marcio, por su propia mano
irrumpió en la atrincherada ciudad de Coroles y que por esta hazaña, de ahora en
adelante llevara el nombre y el título de Coriolano.
Entra Coriolano y se arrodilla ante su madre.
Volumnia
- No, no. De pie gran guerrero. ¿Cómo debo llamarte de hoy en adelante hijo?
Coriolano, así te llamaré. Aquí está tu esposa.
Coriolano
- Salud mi dulce silencio. Me pregunto si me hubieras visto llegar en un ataúd, ya
que te veo llorar cuando regreso vencedor. ¿No dices nada? Ojos como los tuyos
son los que lucen las viudas de Corioles y las madres que extrañan a sus hijos.
- ¿Y tú sigues con vida, Valeria? ¡Perdona!
Volumnia
- He vivido para verlo. Ahora ya no falta más que una sola cosa, y no dudo que la
ciudad me la regalara.
Coriolano
- Madre, antes prefiero ser esclavo a mi manera, que señor a la manera de esta
gente.
Voces
- En un abrir y cerrar de ojos será cónsul.
- Su misión era rechazar a los Volscos, nada más. Pero es como dar al lobo la orden
de espantar al zorro del corral y que se detenga ahí.
- ¡Tomó Corioles!
- Y ahora tendremos a los Volscos agitados contra nosotros y tratando de saltarnos
encima.
- En todas partes, creen que Marcio será cónsul. Los mudos pelean por ver lo mejor,
los ciegos por oírlo. Las damas le arrojan sus guantes y las criadas se arrancan los
pañuelos del cabello para arrojarlos a su paso. Los ricos se inclinan ante él como
ante la imagen de Júpiter. Y el pueblo aplaude con rudas manos. Nunca he visto
nada parecido.
2. CAPITOLIO
Voces
- Coriolano es un buen hombre, pero desesperadamente orgulloso. No ama al
pueblo.
- Hubo grandes hombres que alagaban al pueblo, pero tampoco lo amaban. Y hay
algunos al que el pueblo amó, sin saber por qué. En el fondo si aman no saben por
qué, y cuando odian no tienen mejores razones. Por ello si a Coriolano no le
importa que lo amen o que lo odien, demuestra juicio.
Agripa
- Permitan señores que Coriolano nos hable de sus hazañas guerreras.
Coriolano
- Excúsenme, pero prefiero curar estas heridas que escuchar cómo se hicieron. Mas
de una vez permanecí en el sitio frente al golpe, y hui de la palabra. Ya que no me
halagan no pueden ofenderme. Y en cuanto al pueblo lo amo en la medida de sus
méritos.
Agripa
- He aquí al hombre tal cual es: Dispuesto a ofrecer su cuerpo en una acción
valerosa, antes de permitir que una de sus orejas oiga hablar de ella. A los dieciséis
años ya comenzó a luchar. A una edad en la que en cualquier teatro le hubieran
asignado papeles de mujer. Luego, ya hombre, en diecisiete batallas despoja de su
corona a cuanta espada se le opone. Prácticamente solo cruzó el fatídico umbral
de la ciudad y casi sin ayuda, volvió para encontrarse con inesperado refuerzo,
cayendo sobre Corioles como un planeta.
Voz
- Con el pie desprecio el botín de guerra como si se tratará de polvo y desperdicio.
Agripa
- Coriolano, por unanimidad este senado lo proclama como cónsul. Entonces, sólo
resta que hablé al pueblo.
Coriolano
- Mi vida, como siempre, les pertenece. Pero les pido que eludamos esa costumbre.
Es un papel que sólo sonrojado puedo representar. Ya es hora de privarlos de ese
espectáculo. No quiero jactarme ante ellos.
Agripa
- No insistamos pues y al nuevo cónsul éxito y fortuna.
Coriolano
- ¿Qué tengo que decir? Miren estas son mis heridas, todas las recibí sirviendo a mi
país, mientras que algunos de ustedes aullaban y salían corriendo ante el ruido de
nuestros propios tambores.
Agripa
- ¡Así no! No en ese tono. Tan sólo recuérdales sus hazañas, no sus opiniones.
Coriolano
- ¡Prefiero que me olviden como acostumbran a olvidar la decencia y la gratitud!
¡Que los ahorquen!
Agripa
- Los estás estropeando todo
Coriolano
- Antes debieran aprender a lavarse el pescuezo y a lavarse los dientes. ¿Saben el
motivo por el que estoy aquí parado?
Voz
- No señor.
Coriolano
- Mi propio valor. Si, ya que no mi propio deseo. Porque nunca fue mi deseo
mendigar a los pobres.
Voces
- ¿A los pobres?
- ¿Mendigar?
- Si le damos algo es porque algo esperamos
Coriolano
- ¿Cuál es precio de este consulado?
Voz
- El precio es que lo solicites con cortesía.
Coriolano
- ¿Cortesía? Les ruego señores, déjenme ser cónsul, tengo heridas que puedo
mostrar. Señores, necesito sus votos, ¿Qué dicen?
Voz
- Los tendrás, señor.
Coriolano
- Ya mendigué algunos votos, ya tengo sus limosnas. Pues, adiós.
Entra un hombre con un niño y otros ciudadanos
Coriolano
- Señor, quiero ser cónsul.
Hombre
- No tiene bolsillos para que pueda comprar los votos o si no los compraría. Yo le
doy mi voto.
Coriolano
- Muchas gracias, señor. ¿Y usted? ¿Cuál es su oficio?
Voz
- Para decir verdad, no hago más que remiendos, que quiere decir que trato de
mejorar lo que anda mal.
Voz
- Es un zapatero remendón y que le da su voto, aunque la guerra halla aumentado el
precio del calzado. Y usted señor es la guerra en persona.
Coriolano
- Y usted ¿Qué es señor?
Voz
- Soy jardinero, señor.
Coriolano
- ¿Y qué tiene su oficio que sea de interés para el estado?
Voz
- Señor, mi jardín me enseña que aún la noble rosa de Mileto, si quiere florecer
habrá de ser podada, privada de su exceso. Y conformarse a que el repollo, el
puerro y otras legumbres de ascendencia más vulgar, si bien bastante útiles,
reciban el agua al lado de ellas.
Coriolano
- ¿Qué insinúas con eso, viejo?
Voz
- Que el jardín se arruinará si el cuidado sólo fuera para la aristocrática rosa.
Coriolano
- ¡Gracias por la lección! Y ahora si no tienes nada que objetar a mi nariz, yo
desearía ser cónsul.
Voz
- Por un lado ha merecido la gratitud de la patria, por otro no la ha merecido.
Coriolano
- ¿Es una adivinanza?
Voz
- Fuiste el azote para su enemigo y el garrote para su amigo. A decir verdad, no ama
al pueblo.
Coriolano
- ¿Pero creen que mi amor por el pueblo vulgar no me ha hecho vulgar? ¿Qué
quieren que les diga? Si prefieren mi sombrero antes que mi corazón, estoy
dispuesto a arrancarme el corazón y a sacarme el sombrero para pedirles
humildemente que me dejen ser cónsul, y si insisten en jugar conmigo, puedo
cantarles una canción sobre la gratitud de la loba.
Canción de la loba
Voz
- Que sea cónsul de una vez por todas. En estos tiempos de guerra el coraje lo es
todo.
- No hemos terminado, falta un detalle por cumplir: Que el candidato en presencia
del pueblo nos diga cuál es su programa.
Agripa
- La constitución no habla de eso.
Voces
- La constitución tampoco habla de tribunos. El pueblo conquisto derechos nuevos
en la guerra y es justo que los use en la victoria, señores.
- Señor Coriolano: Acaban de arribar al puerto, cargados de trigo, los barcos de la
ciudad que fue derrotada. Son el tributo de la sangrienta guerra de los Volscos. Si
fuera cónsul, ¿Qué harías con el trigo?
Agripa
- Prudencia, Marcio.
Coriolano
- Es un complot
Voz
- No lo llames complot. El pueblo clama por el cereal. Siete lunas atrás, cuando se
repartió gratuitamente, tú Marcio acusabas implacable a los que lo tomaban, de
hambrientos holgazanes.
Coriolano
- ¡Hablarme de esto en este sitio! ¿Quieren oír de nuevo lo que pienso? No tengo
inconveniente en repetirlo.
Agripa
- Ahora no.
Coriolano
- Si, ahora. Digo lo pienso. No alimentan virtud en repartir el trigo. Por el contrario,
engordan desobediencias, nutriendo la sublevación. Cada deseo concedido a esa
mala cría solo logra producir nuevos deseos.
Agripa
- No sigas.
Voz
- ¿Por qué el pueblo habría de elegir a alguien que habla de ellos en esa forma?
Coriolano
- Tengo conocimiento que al estallar la guerra, amenazó con destruir nuestra ciudad
los canallas de los distritos, condicionaron su enrolamiento en las filas del ejercito
a la entrega del grano almacenado. Y a cierta gente le pareció propicio ese
momento para intentar una campaña de extorsión al estado.
Agripa
- ¡No sigas, no más señor!
Coriolano
- Este es el país de la división, en que una parte desprecia a la otra con razón y la
otra insulta a la primera sin motivo. Aquí, poder y sabiduría nada pueden hacer sin
el sí o el no de una masa inepta.
Voces
- Se refiere a nosotros
- Ya hablo bastante
- Y lo que dijo es alta traición, lo pagará como le corresponde a un traidor.
Coriolano
- ¡Perros! ¡Hijos deformes de la insurrección! Ahora que la ciudad, gracias a mis
esfuerzos a logrado desembarazarse del enemigo externo, podrá lavarse sus lacras
entre sonrisas.
Voces
- ¡Traición abierta!
- Ese hombre ¿cónsul? ¡Jamás!
- ¡Arréstenlo!
- Te arrestamos por perjuro, sedicioso y enemigo del estado.
Coriolano
- Fuera, cabrón. Desparramare tus viejos huesos por el suelo. ¡Un complot! Un
atentado para eliminar el poder de la nobleza.
Voces
- Este hombre es el vencedor de Corioles.
- Este hombre es el que se robará el poder.
- ¡Deténgalo!
- ¡Abajo el ladrón de granos!
- ¡A las armas!
- Que lo lancen de la roca más alta de la ciudad, donde se castiga a asesinos y
traidores.
Voces
- Ese hombre es el enemigo de su propia suerte.
- ¿Qué le hubiera costado hablar con gentileza?
- Apresen a la víbora que quiere despoblar una ciudad y perpetuarse en ella.
III ACTO
1. CASA DE CORIOLANO
Coriolano
- Lo que más me asombra es que mi madre ya no esté conforme conmigo. Ella que a
todos los llama esclavos, criaturas nacidas para venderse por cualquier peso, para
perder el tiempo y perderlo en las reuniones y mostrarse asombrados cuando
alguien de mi rango habla de la Paz o de la Guerra. ¿Por qué me pides más
mansedumbre? ¿Quieres mi corazón se vuelva un nido de palomas? ¿Crees que
finjo ser el hombre que ya soy?
Volumnia
- Hijo mío, solo quisiera que hubieras asumido el cargo antes de haberlo
malgastado.
Coriolano
- Olvídalo
Volumnia
- Serías antes el hombre que ya eres, sino lo demostraras tanto. Si hubieras llegado
al poder, ellos no hubieran tenido poder para oponerse a ti.
Coriolano
- ¡A la horca con ellos!
Volumnia
- ¡Sí, todos a la hoguera!
Entra Agripa
- Fuiste demasiado rudo. Vuelve con nosotros y arregla las cosas. Si no lo haces, la
ciudad se desborda y la perdemos.
Volumnia
- Hijo, mi corazón es como el tuyo, nada piadoso. Pero mi mente me dice cuando
hay un tiempo para la ira y cuando no. ¡Deja que te aconseje!
Agripa
- Debes ser paciente. Y volver con los tribunos.
Coriolano
- ¿Y luego qué?
Agripa
- Arrepentirse de lo dicho
Coriolano
- No puedo.
Volumnia
- En la batalla la astucia y el honor son hermanos. Si la guerra es para ti un honor
mostrarte como no eres, ¿Por qué en la paz esa evasiva sería tu deshonra?
Coriolano
- ¿Por qué me pides tanto?
Agripa
- Háblales con cortesía y todo se arreglará
Volumnia
- Te lo ruego, ve con ellos con la cabeza descubierta y las manos extendidas, con las
rodillas casi rozando el suelo. Eso sería un gesto de paz, y diles humildemente que
eres un guerrero recién salido del fragor de la batalla, que carece de los buenos
modales y que ellos tienen todo el derecho a reclamar y promételes que nunca
volverás a fallar en eso. Así podrás contar con todos ellos de corazón.
Ruidos de barullos
Coriolano
- Mi garganta guerrera, hoy cantará en ti cien eunucos, lágrimas infantiles, llenarme
las pestañas. Y tu rodilla armada que sólo se dobla en el estribo, inclínate como un
mendigo que quiere conseguir una moneda. ¡No puedo hacerlo!
Volumnia
- Me parece más vergonzoso mi papel, mendigándote, que el tuyo ante ellos. ¡Que
el mundo se hunda! De mi pecho bebiste la bravura, no la soberbia.
Coriolano
- Está bien, pero no me regañes más. Ganaré sus corazones con astucia y regresare
amado por toda la ciudad. Cuida a mi mujer.
Volumnia
- Haz cómo quieras. Ármate de dulzura y valor.
Coriolano
- “Dulzura” es la consigna, vayamos ya.
2. FORO
Agripa
- Señor, con mucha calma
Coriolano
- Como un peón de establo que por la propina se deja insultar. ¡Que el amor nos
inspire! ¡Paz a esta ciudad!
Voz
- Primero yo, después la ley. Así es que quiere las cosas.
Sicinio
- Debes saber primero que se somete estrictamente al pueblo, que respeta las
instituciones, que reconoce sus representantes. Y diga si está dispuesto a soportar
las penas que por delitos contra el estado le sean impuestas.
Coriolano
- Estoy dispuesto.
Agripa
- Dice que está dispuesto. ¿Lo han oído? Tengan en cuenta sus acciones de guerra.
Aquí no habla sólo el ciudadano también habla el guerrero.
Coriolano
- ¿Cómo es posible que yo, reconocido como cónsul, una hora después me humillen
con la perdida de mi cargo?
Sicinio
- Quien rinde cuentas es usted. Nosotros no.
Coriolano
- Pues bien, escucho
Sicinio
- Ha intentado derrocar a los tribunos del pueblo y reclamado para él poderes de
tirano, por eso lo acusamos de traición al pueblo.
Coriolano
- ¿Traición? ¡Que el pueblo se hunda en infierno!
Sicinio
- ¿Lo han oído?
Coriolano
- ¿Y tú me acusas de traidor?¡Tú, perro de tribuno, tribuno de los perros!¡Tú,
basura, mugre de mugrientos! ¡Tus ojos hambrientos de mi muerte te delatan y
veo como tu garganta se ahoga de mentiras!
Sicinio
- Intimidar físicamente a los tribunos, insultarlos repetidamente, enfrentar a la
justicia con los puños y, por último, oponerse con soberbia a los que aquí han
venido a juzgar sus actos: Por todo ello, merece la muerte.
Coriolano
- Déjenlos que me condenen al destierro o a lo que sea: ¡Yo no compro su clemencia
con una palabra afable!
Sicinio
- ¡Maldito seas! En nombre del pueblo y como sus tribunos te desterramos de
nuestra ciudad. Ya se ha dictado sentencia.
Coriolano
- ¡Lagaña inmunda! tu aliento es más odioso que el hedor de los pantanos, y siento
el mismo deseo por tu aprecio que por el que siento por un enemigo muerto y no
enterrado. ¡Soy yo quien te destierra! Por ustedes que habitan esta ciudad, yo la
desprecio y le vuelvo la espalda. Afuera me espera el mundo.
Voces
- El enemigo del pueblo no está, se ha ido.
IV ACTO
1. EN LA CARRETERA
Romano
- ¿Por qué vuelves? ¡Yo vengo de Roma pero no soy un asaltante!
Volsco
- ¡Pero si es el mismísimo curtidor Adriano de la calle de los Talaberteros!
Romano
- ¡Bandido! ¡Por fin nos vemos de nuevo! ¿Y cómo está tu mujer? ¿Aún hace esos
ricos pasteles?
Volsco
- Si. Las uvas pasas se consiguen, pero me falta aún el cáñamo. Por eso voy a Roma.
Romano
- Y yo voy a Ancio a ver si hay interesados en mis taburetes de cuero.
Volsco
- ¿Pasaste por Corioles, la ciudad que nos robaron? ¿Cómo andan las cosas allá?
Romano
- Muy poco cambio. La gente come, duerme y paga sus impuestos. Y en Ancio, ¿Qué
tal?
Volsco
- La gente, come, duerme y paga sus impuestos. ¿Y en Roma?
Romano
- También se come, también se duerme y también se pagan los impuestos. Pero
tuvimos un levantamiento y echamos a Coriolano.
Volsco
- ¿De verás se han librado de él? Esta noticia me hace ir a Roma con el corazón más
liviano.
Romano
- Del mismo modo, yo salí de allí con menos temor.
Volsco
- ¡Qué suerte, hermano! Por fin hay paz de nuevo
Romano
- Buen viaje Victorio, ¡ah bandido! Y que tengas buenos negocios en Roma.
Volsco
- Que sean buenos los tuyos también, en Ancio, Adriano.
Voz
- ¿Qué lo trae, amigo? Aquí no hay lugar para extraños.
Coriolano
- No merezco recepción más calurosa. Soy Coriolano.
Voz
- Las puertas están cerradas, señor. ¡Esfúmate!
Coriolano
- Eres tú quien va a esfumarse.
Voces
- Le han indicado que se vaya, entonces ¡Fuera!
- ¿Quién eres?
Coriolano
- Un hombre de cierta importancia.
Voz
- Y bastante pobre.
Coriolano
- Eso es cierto, lo soy.
Voz
- Entonces hombre pobre de cierta importancia, puede irse.
Sale Aufidio
Aufidio
- ¿Qué sucede?
Voz
- Le hemos dicho que se vaya, pero no hace caso.
Aufidio
- ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Por qué no hablas? ¿Cómo te llamas?
Coriolano
- Un nombre que no es música para los oídos Volscos, y que resultará más punzante
para los tuyos.
Aufidio
- Tu aspecto es desastroso. Pero hay algo en tus ojos que hace pensar que en otras
ocasiones hablabas fuerte. Las velas están desgarradas pero el barco no es innoble.
Coriolano
- ¿Es verdad que no me reconoces?
Aufidio
- ¡Tu nombre!
Coriolano
- Cayo Marcio. Dos nombres que a ti y a todo Volsco nunca dejaron de traer
perjuicio y dolor, como el tercero de mi nombre lo atestigua: ¡Coriolano! La
crueldad de la plebe y la cobardía de los ricos que me traicionaron, me fui de Roma
humillado, el infortunio me condujo hasta tu hogar. No la esperanza de conservar
la vida, compréndeme, pues si temiera la muerte, de todos los hombres del mundo
tú eres el primero que hubiera evitado. Me encuentro ante ti movido por el odio y
la necesidad de saldar mis cuentas. No te conozco, pero si quieres vengarte por el
daño que he causado, sírvete ahora mí. ¡Explota mi infortunio! No me resistiré.
Pero si no te atreves, entonces yo tampoco estoy dispuesto a continuar viviendo
mucho tiempo. Aquí te ofrezco mi garganta, te diré que eres un tonto si no la
atraviesas, porque siempre te he perseguido con odio y he derramado a raudales
la sangre del corazón de tu país. Si no logro vivir a tu servicio sólo viviré como tu
escarnio.
Aufidio
- Marcio, cada palabra que pronuncias me arranca del pecho las raíces de la envidia.
Quiero batirme ahora por tu afecto como antes me batí contra tu espada. He
sentido tanto tu odio, que por las noches despierto sobresaltado, después de un
terrible sueño en el que ambos luchamos desarmados, las manos del uno en la
garganta del otro. ¡Vamos, entra!
Coriolano
- Estás muy generoso conmigo.
Aufidio
- Si quieres desquitarte, toma la mitad de mis hombres y procede según tu propio
entender. Tu que conoces la fuerza y la debilidad de tu país. Asustar primero, luego
destruir. Quiero darte la bienvenida mil veces, hoy más amigo de lo que en otra
oportunidad fuiste enemigo, que eso es mucho decir.
3. FORO
Voces
- Ya nada se oye de él. El mundo sigue andando sin el gran hombre.
- El estado sigue y seguirá existiendo, por más odioso que esto sea para él.
Agripa
- Todo iría mejor si él hubiera sabido marchar con el tiempo.
Sicinio
- ¿Y dónde está? ¿No has oído nada de él?
Agripa
- Nada he oído, su mujer y su madre tampoco han recibido noticias suyas.
Sicinio
- Cayo Marcio fue un guerrero capaz, pero su soberbia, su ambición desmedida lo
llevaron a ser un tirano.
Voces
- Dicen que los Volscos han entrado en territorio romano con dos columnas de
ejército, saqueando todo a su paso.
Agripa
- Es Aufidio. Sabiendo que hemos desterrado a Marcio. Ahora alarga sus antenas,
que cuidadosamente mantuvo retraídas mientras creía que estaba aquí.
Voces
- De las montañas llegan noticias espantosas.
- La situación es más grave de lo que pensábamos.
Sicinio
- ¿Qué es más grave?
Voces
- Se dice que Marcio junto con Aufidio marchan sobre la ciudad a la cabeza de un
ejército, amenazándonos con su venganza.
Agripa
- ¿Juntos? Marcio y Aufidio. Es imposible. Aufidio y él es lo mismo que el agua y el
aceite.
Voz
- Corioles arde y se halla en manos enemigas.
- Marcio ya se unió a los Volscos.
Agripa
- En sus manos, los Volscos son simples objetos. Sus soldados los siguen llenos de
confianza, como niños que cazan mariposas, o matarifes que espantan a los
moscardones de la carne.
Voz
- El pueblo no merece más clemencia de él, que el lobo del pastor. Y en cuanto a sus
amigos, recibidlo con un “sé bondadoso con Roma” no hará sino convertirlos en
enemigos.
- Y nosotros que, aun amándolo, como bestias estúpidas lo entregamos a la sal de la
tierra.
Agripa
- Cuando lo desterramos, alzaban por el aire sus gorras grasientas, ahora el viene a
buscar una cabeza por cada gorra que voló por el aire.
Voz
- Dicen que reduce a cenizas cada pedazo de tierra por donde pasa.
- ¿Fuimos sabios al desterrarlo?
4. CAMPAMENTO CERCA A ROMA
Aufidio
- ¿Siguen aclamando al romano?
Voz
- Hay como una magia en él. En esta guerra, señor, has quedado en la sombra, aún
entre los suyos. Yo hubiera preferido no compartir con él, el liderazgo. O bien
debiste retenerlo por entero o bien dejárselo a él en su totalidad.
Aufidio
- Te comprendo perfectamente. Puedes estar seguro que cuando llegue el momento
de la rendición de cuentas, él no sabrá cuanto rencor le guardo. Y lo que no haga le
costará la cabeza, o bien me costará la mía.
Voz
- Señor, ¿piensas que Roma se le rendirá?
Aufidio
- No habrá ciudad que no se rinda ante él, aún antes de negociar. Pero hay algo que
olvida: Si Roma cae en sus manos, él caerá en las mías. Haga lo que haga, tendrá
que hacerlo mal, por ser él quién lo hace. Un clavo saca otro clavo y la víctima del
poder es el poder.
V ACTO
Voz
- ¡Alto! ¿De dónde vienes?
Agripra
- Soy un enviado del estado y he venido para hablar con Coriolano
Voz
- ¿Eres romano?
Agripa
- Si
Voz
- Vuelva atrás. Por aquí no puedes pasar. El general no escuchará a nadie que venga
de allá. Roma arderá en llamas antes que logres hablar con él.
Agripa
- Soy Menenio Agripa
Voz
- ¡Qué Menenio, ni qué Menenio! Por aquí no puedes pasar.
Agripa
- Te estoy diciendo que tu general es mi amigo. Y qué siempre fui partidario de él
Voz
- Fuera de aquí. Si eres lo que dices, debieras odiar a Roma igual que él. Te diré algo.
Han echado por la puerta al hombre que la defendía. Han arrojado su escudo al
enemigo. El fuego devorará a Roma. ¡Vuélvete a Roma y espera allí tu ejecución!
Agripa
- Desgraciado, que no llegue a saber tu general…
Virginia
- Y el mío, que te entrego este hijo, para que perpetuará tu nombre en este mundo
Volumnia
- Ya no eres el héroe insustituible, sino un peligro mortal para nosotros. El humo
que verás será el de las fraguas pues los guerreros de la ciudad están forjando
espadas para luchar contra ti. Has decidido someter a tus hermanos y para ello te
has sometido al adversario. Nosotros, que representamos la gloria y nobleza de
Roma, quedaremos endeudados con el pueblo por salvarnos de los Volscos. ¡O con
los Volscos por salvarnos del pueblo! ¡Salgamos ya de aquí! ¡Este hombre tiene a
una Volsca por madre, su esposa está en Corioles, este niño se le asemeja sólo por
casualidad!
Coriolano
- Madre, madre ¡Qué dices!
4. UNA PUERTA
Voz
- Los Volscos se retiran y Marcio también se va.
- La piedra se movió por fin. El pueblo enarbolo las armas y la tierra se estremeció
Aufidio
- Entréguenles este papel. Yo atestiguaré lo que aquí se dice, ante ellos y ante el
pueblo. Antes de entre en la ciudad, dispuesto a justificarse ante los Volscos, yo lo
acusaré personalmente.
Voz
- Bienvenido a su patria
Aufidio
- ¿Bienvenido por qué? Yo no merezco esas palabras.
Entra Coriolano
Coriolano
- ¡Salud, señores! He aquí a su soldado de regreso. Tan inmune a sentimientos
patrióticos como cuando partió y siempre sumiso a las ordenes supremas. Sepan
que he conducido esta guerra a través de pasajes sangrientos hasta las mismas
puertas de la ciudad.
Aufidio
- Este es un traído que ha abusado torpemente del poder que ustedes…
Coriolano
- ¿Traidor? ¿Qué dices?
Aufidio
- Traidor, ¡He dicho! Marcio
Coriolano
- ¿Marcio?
Aufidio
- ¿Esperas a que me incline ante ese Coriolano que robaste en Corioles? ¿Vas a
llorar como un niño mimado?
Coriolano
- ¿Cómo un niño mimado? Calumniador infame. Yo ¡niño mimado! Perdonen
señores, es la primera que vez que alguien me obliga a injuriarlo de este modo.
¡Dignos señores, el perro llevara mis marcas grabadas en su espalda hasta la
tumba!
Voz
- ¡Alto!
Coriolano
- Volscos, ¡Hacerme trizas! ¡Que sus hijos mojen sus cuchillos en mi sangre! ¡Niño
mimado! ¡Canalla! ¡Perro falso! Si en sus crónicas se dice la verdad, dirán en ellas
que, como un águila en un palomar, Marcio espantó a los Volscos en Corioles.
¡Dónde está el niño mimado!
Aufidio
- ¡Ya es suficiente! Señores, ¿Van a consentir que se pavonee, por una guerra que
fue la vergüenza de todos?
Voces
- ¡Por ello, ha de morir!
- ¡Que lo hagan trizas!
- Asesinó a mis hijos
- Asesinó a mi hija
- Masacró a mi familia
- Asesinó a mi padre
- ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!
- ¡Mátenlo!
Caen sobre Coriolano y lo atraviesan con sus espadas.
(Final por resolver)