Relato de un futbolista oculto
Relato de un futbolista oculto
Nisa
Este relato es un regalo y, por lo tanto, totalmente gratuito. Prohibida su venta o alquiler.
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Siempre he soñado con este momento.
El bullicio del público, la tensión, el nerviosismo, la electricidad que recorre cada centímetro
saber que millones de ojos van a estar posados sobre ti y que de tu actuación dependen tantas
Durante toda mi carrera, he imaginado decenas de veces qué debe sentirse a cinco
minutos del comienzo de la final de la Champions League, el partido más importante en lo que
concierne a los clubes de Europa. En efecto, estoy experimentando lo que ya daba por supuesto,
pero como capitán de mi equipo, no puedo dejar de reprocharme que un pensamiento inadecuado
ronde mi cabeza.
Soy incapaz de dejar de pensar en las últimas palabras que intercambié con él.
El entrenador nos indica que es hora de salir. Mis compañeros, entre excitados y nerviosos,
ultiman rituales. Los pocos metros que separan los vestuarios de la escalera de acceso al césped
se hacen eternos. El pasillo, dividido en dos por una reja, parece un corredor por el que los
Esta noche, algunos saborearán las mieles del éxito. Otros, la amarga derrota.
Voy a dar todo lo que soy por tener esa copa entre mis manos, pero, para ello, hay un
Vikovic, o Vico, como todos le llaman, máximo goleador de la Premier League, capitán del
Sé que es un honor batirme con él precisamente esta noche y que ambos pelearemos con
uñas y dientes por conseguir nuestros objetivos. Quizás por ello, el que entre nosotros exista algo
que nadie más sabe, hace que este encuentro adquiera un significado aún más extremo.
Y, mientras me preparo para saltar al terreno, me pregunto qué fue lo que hizo que
acabásemos así.
Mi vida ha estado regida por el fútbol. Por lo que me han dicho, apenas había aprendido a
andar y ya iba dándole patadas al balón. No tenía demasiadas opciones: mi padre fue futbolista,
aunque nunca llegó a jugar en primera división. Mi hermano mayor también se dedica a esto, sólo
que como entrenador de porteros. Hasta mi madre, a base de pasar buena parte de sus días de
Así que cuando aquel cazatalentos se interesó por mí e hizo la oferta, mi familia no tardó
demasiado en decidirse. Creía saberlo todo sobre lo que rodea a este deporte, pese a que sólo
había conocido la cara amable; cuando eres un crío, no es más que una diversión a la que no
cuesta dedicarle cuantas horas sean necesarias. Pero, cuando mis padres dieron su
Yo tenía diez años. De pronto me vi en otra ciudad, sin nadie conocido, interno en la
residencia para las promesas del club. Estaba repleto de chicos brillantes, de los cuales, sólo unos
comunes donde vivíamos, también. Pero estar lejos de lo que conoces, es duro. Fue así como
continuar allí se hacía más difícil, pero aunque no alcanzaba a comprenderlo por completo,
luchaba por no quedarme en el camino. Era como si, en el fondo, supiera que no lo hacía
únicamente por mi pasión hacia el fútbol, sino por no decepcionar. El sueño de mi padre era verme
Siempre me ha aterrado decepcionar a los demás. Prefiero dejarme la piel con tal de
hacerlo lo mejor posible, sin cometer errores. Será por eso que mis entrenadores fueron
convirtió en mi territorio.
Me hicieron capitán a los quince, dándome todavía más responsabilidades. Los partidos,
las competiciones, los entrenamientos, los estudios… Aún así, nunca me quejaba. Consideraba
que mi situación era un privilegio, aunque a veces sintiera que no podía más.
Fue en esa época cuando comenzó mi calvario personal. En la residencia tenía buenos
amigos; solíamos juntarnos por las noches para hablar de cualquier acontecimiento que
considerásemos importante. Que si el gol de aquél en la Eurocopa, que si los líos de faldas del
otro… Íbamos a la deriva en un mar de hormonas. Por aquel entonces, cuando el sexo se había
convertido en la afición favorita por excelencia después del deporte, yo ya sabía que era diferente.
a la mía. Cada vez que le veía pedir permiso para salir y reunirse con su novia, me hervía la
sangre. Estuve a punto de contárselo al que era mi mejor amigo en el equipo, pero lo que captaba
en el entorno hacía que terminara por guardármelo. Los gritos del público y, sobre todo, los
comentarios de mi padre cuando venían a visitarme y pasábamos juntos unos días en la capital,
—¿En serio crees que es buen jugador? No es más que un maricón de mierda —
Yo trataba de unirme a ellos, pero no dejaba de preguntarme qué diría mi padre si supiera
Pronto descubrí que no era el único que se ocultaba. Notaba miradas, gestos. Incluso
desfogaban a contrarreloj para luego fingir que nada había ocurrido. Ignoro si llegaron a percatarse
de mi presencia. Fue una imagen que me acompañó durante mucho tiempo, cuando la excitación
El año en que cumplí los diecisiete fue decisivo. El fútbol me exigía dedicarle prácticamente
cada minuto, por lo que aparqué el bachillerato. Que decidiera centrarme tuvo recompensa, pues
el entrenador del filial, tras haber estudiado mi evolución, decidió convocarme como reserva. Allí
coincidí con Joán. Con él viví mi primer partido oficial en una categoría importante y también mi
desastrosa primera vez. Aunque he de reconocer que cuando me acuerdo de esa noche me dan
ganas de esconder la cabeza bajo la tierra, la satisfacción que sentí por estar en su cama me hizo
saber que no había más vuelta de hoja. Así que, rozando la mayoría de edad, con un pie en el
primer equipo, tenía bien claro que quería llegar a lo más alto como futbolista y que, para ello,
tendría que llevar con toda la discreción posible los entresijos de mi vida personal.
Mi debut en primera división fue, según dijeron los periódicos, una portentosa muestra de lo
hecho durante el periodo de formación. Mi juego era enérgico y apasionado, aunque también
poseía equilibrio y tesón. Era capaz de mantener los nervios fríos en situaciones complicadas y
darle la vuelta a un partido imposible insuflando energía a los demás. Para cuando me quise dar
cuenta, la titularidad ya era mía. La nueva lucha, la de ganar partido a partido y defender mi
incluso cuando mis antiguos compañeros de la residencia, esos que habían ido cayendo poco a
poco y rehecho sus vidas lejos del fútbol profesional, me felicitaban, sentía un calor indescriptible.
Era joven, tenía una trayectoria prometedora en uno de los mejores equipos de España, mi
nivel adquisitivo estaba a años luz del de la mayoría de los de mi generación. Pero, en el fondo, no
era feliz.
Los que me rodeaban, desde compañeros a cuerpo técnico, iban conociendo a otras
personas, afianzando relaciones de pareja, casándose, teniendo hijos… Y yo seguía con mis
aventuras clandestinas. Algún lío esporádico, seguido de indiferencia total una vez acabado.
Muchas preguntas sobre una hipotética novia que me encargaba de responder a la prensa, ya que
mi madre, quien ya se había cansado de insistir sobre si salía o no con alguien, hacía tiempo que
no sacaba el tema.
Y pasaron las temporadas. A los veintisiete años era internacional con la absoluta, había
ganado tres ligas, dos copas del Rey y una supercopa. Mi único horizonte era convertirme en el
mejor defensa posible y que mi capitanía fuera tan sólida como mi certeza de mantener en secreto
lo demás. La idea de echar por la borda años y años de sangre, sudor y lágrimas si se hacía
mercado de invierno, un breve paréntesis en Diciembre durante el cual los clubes pueden hacer
sus últimos fichajes de refuerzo, fue el momento elegido por mi equipo para hacerse con un
delantero centro debido a la lesión de nuestra estrella, obligado a pasarse lo que restaba de
Se llamaba Mateo, pero todos le conocían por Vico, una abreviatura de su apellido de
origen eslavo. Venía cedido por el Federal de Buenos Aires, con opción de compra al finalizar el
campeonato. Había oído hablar de él. Decían que su juego era ágil, inteligente y endiablado. Por lo
visto, era un ídolo en Argentina, algo que hacía inexplicable que hubiese salido de su país por la
puerta de atrás.
El entrenador nos lo presentó para, acto seguido, retomar la preparación física. Como
capitán, mi deber era ponerle al tanto de las normas no escritas por las que se regía el vestuario.
Así, mientras dábamos varias vueltas al campo, me presenté formalmente y me ofrecí para lo que
fuera, tal y como había hecho con todos los compañeros recién llegados. A decir verdad, Puig,
Sergio y yo éramos los veteranos, los que nos habíamos criado en la cantera. En total, llevábamos
Al final de la sesión, el entrenador nos reunió a los dos y nos propuso que compartiéramos
habitación durante las concentraciones, tal y como habíamos hecho Merián, nuestro delantero
lesionado, y yo hasta ese momento. Acepté. Cuando hubimos salido de la ducha y nos dispusimos
—Si no tienes quien te enseñe la ciudad, dímelo —le comenté. Supuse que tampoco
tendría familia cerca, así que sabía lo duro que le debía estar resultando la adaptación.
—Oh, gracias —respondió él con una media sonrisa, mirándome con sus ojos brillantes, tan
instalarse en su nuevo apartamento, Mateo me pidió que le hiciera ese tour guiado que le había
prometido.
Nos subimos en mi coche y, a salvo de fans y demás curiosos, le fui mostrando las zonas
más emblemáticas. De vez en cuando, si veíamos que no había demasiada gente por los
alrededores, dábamos una vuelta para que la visita no fuese tan fría.
—¿Vos también sos de afuera? —me preguntó con un fuerte acento que al principio me
costaba descifrar.
—Sí, pero llevo tanto tiempo viviendo en Madrid que es como si hubiese nacido aquí —
afirmé.
—¿Y eso?
—Ya…
pensaba que tenía suerte de haber congeniado tan pronto con la persona del equipo con la que
pasaba más tiempo. Cuando nos tocaba desplazarnos para jugar un encuentro, hablábamos largo
y tendido en nuestra habitación. Entre semana, si ninguno de los dos tenía un plan mejor, Mateo
venía a mi casa y veíamos algún partido grabado de nuestros próximos rivales. Era un jugador
excelente. En poco tiempo se había metido a la afición en el bolsillo. Su olfato goleador era
infalible, haciéndonos ganar unos puntos vitales para estar a la cabeza de la clasificación y seguir
optando al título. Y mientras que su nombre empezaba a destacar en los medios y en boca de la
gente, nuestros compañeros parecían adorarle, especialmente durante los viajes, amenizados por
Al principio no sabía por qué, pero cuando estábamos en la sala de espera de los
aeropuertos, o en los autobuses de traslado a los hoteles, y veía a Mateo hablando y despertando
las risas de los demás, algo en mi interior me instaba a aislarme y observar desde lejos. No me
gustaba que su atención, por lo general acaparada únicamente por mí, fuese compartida a diestro
y siniestro.
Si eran celos o no, es algo que todavía sigo sin saber a ciencia cierta; los sentimientos iban
mezclándose en mi pecho, formando una vorágine imparable. Si Mateo marcaba uno de sus
golazos y acudía a abrazarme en pleno júbilo, le estrechaba tan fuerte como mis brazos podían
para no dejarle escapar. Si no me llamaba por las noches para venir un rato a mi casa, me pasaba
las horas de mal humor, con un ojo fijo en el móvil. Si le veía afianzar lazos con otro, volvía a sentir
El detonante llegó una noche, en la habitación de hotel que compartíamos a vísperas del
gran derbi. Aunque jugábamos en nuestro estadio, el entrenador había decidido convocarnos para
espejo, tratando de decirme a mí mismo que era un imbécil por encontrarme tan dolido, cabreado
y, por qué no decirlo, asustado por algo que no tenía nada que ver con mi profesión.
No podía sacarle de mi cabeza. Si cerraba los ojos, oía su voz, veía su cuerpo cincelado,
ése que tantas veces había contemplado de reojo cuando la ocasión era propicia. Aquello era
completamente nuevo para mí: ya había tenido líos con compañeros, pero nunca me había sentido
tan acorralado.
Respiré hondo. Llevaba demasiado tiempo ahí dentro y no quería alterar aún más las
cosas. Así que salí y aparenté que lo único que me importaba era meterme en mi cama y dormir
de un tirón. Cuando me hube sentado en el lecho, Mateo me estaba mirando desde el suyo,
fijamente. Su mirada era distinta. Había un fuego en sus ojos que yo ya había visto antes; el
inconfundible reflejo del deseo, una llamada a la que era incapaz de resistirme.
Di de lado a lo racional y me dejé llevar. Me abalancé sobre sus labios y le besé casi con
furia. Para mi agrado, él me correspondió. Pronto noté por su erección que también estaba
Apenas conservo recuerdos de eso. Sólo sé que fue breve e intenso, quizás demasiado. Le
penetré como si se me fuera la vida en ello, sin pararme a pensar si le estaba haciendo daño.
Embestí y jadeé con los ojos cerrados hasta que me derramé en su interior. Cuando hube
El silencio que se formó era tan tenso que cortaba. Incapaz de seguir sosteniéndole la
mirada, me retiré de su cuerpo y me marché a mi cama, en la que fingí conciliar el sueño dándole
la espalda. No pegué ojo. Pasé esa noche sumido en una vigilia que, lejos de permitirme llegar
despertador bajé con las mismas al hall del hotel, evitándole hasta que no tuve más remedio que
No quería hacerlo, pero mi cuerpo se movió por inercia, acostumbrado a la frialdad esquiva
que mostraba a mis amantes, como si con esa actitud pudiese restar peso a un encuentro que,
No salí contento de los noventa minutos disputados. Las jugadas a balón parado que
habíamos practicado hasta la saciedad no salieron como debían; la defensa hizo aguas, dejando
pasar balones que, en condiciones normales, no habrían traspasado la primera línea. Para colmo,
Mateo falló varios remates. El empate a dos con el que concluyó el partido dejó un mal sabor de
boca generalizado.
No nos dirigimos la palabra durante la siguiente semana. Estoy seguro de que los demás
notaron que, entre nosotros, persistía una tensión que enturbiaba el ambiente. A cada día que
transcurría sin sus llamadas, mi enfado hacia él y hacia mí mismo se incrementaba. Lo peor de
La noche del siguiente partido del equipo, estallamos. Nos jugábamos el pase a cuartos de
final de la Copa. Habíamos dominado la totalidad del partido, pero un balón que él remató al
larguero acabó en gol para nuestros rivales, al llevárselo por todo el campo aprovechando que
nuestras filas estaban completamente desordenadas. Nos metimos en el vestuario para asimilar
que habíamos perdido un pase directo a la siguiente eliminatoria y, mientras recobrábamos fuerzas
para la prórroga, descargué la impotencia con los demás en cuanto el entrenador hubo salido en
El vestuario entero, sumido en el aplomo por la bronca que les estaba dando, enmudeció a
excepción de una voz que se alzó, clara y concisa, para enfrentarse a la mía.
—¿Y vos, qué? ¿En qué mierda andás pensando? No acertás ni una, la defensa es un
—¿Cómo dices?
—¡Qué parecés muy bravo, pero sos el primero que no está a la altura!
—No sos más que un prepotente. ¡Da la cara ahora, cuando el equipo de verdad te
necesita! —contraatacó.
Mi cuerpo seguía reaccionando ante él a su libre albedrío; en esa ocasión, fue mi puño
izquierdo el que tomó la iniciativa, al estrellarse directamente sobre su rostro. Para cuando
Andrew, el lateral con el que compartíamos alineación, atinó a ponerse entre ambos para
detenernos, Mateo ya había estampado el suyo sobre mi boca. Sentí el sabor ocre de la sangre y
la adrenalina se me disparó.
nuestro entrenador fue notoria. Cinco minutos después, volvimos a salir al campo con marcas
visibles de la pelea: las físicas en nuestros rostros, vestidos con rastros de sangre reciente y
moratones, y las emocionales. Aunque conseguimos resolver el pase a cuartos, cuando llegué a
casa y me dejé caer sobre el sofá, me sentí miserable. A esas horas, la prensa ya se había hecho
eco de lo ocurrido y nuestro encontronazo había tenido la misma o incluso más publicidad que la
victoria.
Sabía bien por qué había caído tan bajo metiéndome en una trifulca sin sentido. Sentía
rencor hacia Mateo porque había desestabilizado mi modus operandi, el proceso en el que
siempre me había escudado y por el que había forjado una coraza con la que me procuraba
seguridad.
Le di vueltas al asunto hasta que el dolor de cabeza resultó insoportable. Y entonces, a eso
de las dos de la mañana, escuché que llamaban a la puerta. Al principio creí que eran
Allí estaba él, con un cerco negruzco en la cuenca del ojo derecho enmarcándole la mirada.
Sus labios estaban curvados en una media sonrisa que no encajaba con el halo de abatimiento
que le cubría.
Suspiré.
—Pasa, anda.
Él avanzó hasta el salón y se quedó de pie, dándome la espalda. Noté una punzada en el
pecho, tan intensa que dolía como si me estuviesen clavando un puñal en el centro del corazón.
—¿Por qué te mostrás tan esquivo conmigo? —se giró, encarándome como había hecho
en el vestuario—. ¿Acaso pensás que ignorándome podés borrar las huellas que dejás a tu paso?
—¿Por qué?
claro hasta el momento por sus reacciones y su presencia allí en plena madrugada, terminó de
viento. Nuestros actos, nos gusten o no, dejan un rastro superficial o profundo, según la intensidad
Le abracé con dos intenciones: pedirle disculpas por la forma en la que había actuado y
darme unos segundos más para recapacitar. ¿Sentía yo lo mismo? ¿Qué consecuencias tendría,
Mateo depositó su mano sobre mi cara dolorida y la atrajo hacia la suya. Nos besamos.
Había volcado tanta frustración en el primer encuentro que era como si estuviese descubriendo
ahora sus labios. A decir verdad, parecía que ambos hubiésemos acordado olvidar lo sucedido
aquella noche antes del derbi para entregarnos de pleno el uno al otro. Llegamos a tientas hasta
mi cama, desnudándonos a tirones. Su piel ardía entre la mía; su tacto y su olor me hacían perder
el sentido.
Hicimos el amor de una manera que no recordaba haber experimentado antes. Y entre las
oleadas de placer provocadas por la novedad y el deseo, en mi cabeza seguía flotando esa frase.
Mateo.
Cuando abrí los ojos aún no era de día. Él estaba despierto, mirándome con aire pensativo
recostado a mi lado.
Suspiré y me recoloqué entre las sábanas. El leve resplandor de la luz de la calle que
entraba por las ventanas le confería un extraño aspecto. Su cabello, rubio y rizado, caía sin orden
—¿Llevar el qué?
Me dije que era el momento de aclarar las cosas. En apenas tres horas nos encontraríamos
pormenores, a la reprimenda oficial por la pelea en la que habíamos estado envueltos. Pero, sobre
todo, tendríamos que enfrentarnos a nosotros mismos en nuestro entorno habitual, pasando por la
—Si vamos a ir en serio —dije mirándole a los ojos—, tenemos que ser discretos.
—Pues... Actuar como siempre con el equipo y cosas por el estilo. Y vernos sólo aquí, en el
tiempo libre.
—Mejor no, tienes demasiados vecinos en el edificio. Aquí estaremos más seguros.
ocurriese, sin que Mateo diera muestra alguna de oponerse. En cuanto cerramos con el diálogo
que nos habíamos metido en algo parecido a una relación de pareja, se le dibujó una sonrisa
deslumbrante.
—Para mí también. Soy del gremio de los de una sola noche y si te vi, no me acuerdo.
—¿Estás seguro de querer seguir adelante?
—¿Vos lo estás?
¿Lo estaba realmente? El que pudiera descubrirse me daba pánico, pero nunca había
sentido algo tan fuerte por otra persona y menos por alguien que, como mínimo, me correspondía.
Teníamos la misma edad, los mismos principios y objetivos, formas de ser distintas, aunque
Y di el paso.
—Lo estoy.
cama. Me quedé ahí, desnudo entre las sábanas, observando cómo se preparaba con
desparpajo. Ése se convertiría en nuestro ritual cada vez que él pasaba la noche conmigo; se
levantaba antes del amanecer y se marchaba cuando el resto de la ciudad todavía estaba sumida
en el sueño. Conducía hasta su apartamento, fingiendo que salía del mismo un par de horas
Cuando nos volvimos a ver, tal y como habíamos vaticinado, el entrenador nos convocó en
privado y nos echó una buena bronca, pero hasta en una situación como esa, disfrutamos de la
complicidad.
Así fueron pasando las semanas en una constante de esfuerzo por la recta final de la
temporada y el ejercicio de aprendizaje que suponía lo nuestro. La convivencia era dura, pero los
aspectos buenos hacían que los malos valieran la pena. Fuimos adaptándonos el uno al otro, con
sesiones de preparación y en los partidos. Además, rara era la noche que no pasábamos juntos.
También descubrimos una nueva dimensión del sexo a través del conocimiento. Para mí, que
nunca había repetido con alguien, cada experiencia tenía algo que la hacía única e irrepetible.
provocarme cuando estábamos en público. Jugaba a excitarme a lo largo del día para que, al
Fue precisamente por cuestiones de sexo que se produjo nuestra primera discusión seria.
Estábamos en los vestuarios una tarde, después de una sesión de máquinas en los
gimnasios del club. Sergio se acercó mientras me vestía, hablándome con entusiasmo.
Yo estaba a punto de declinar la oferta cuando él, sin darme tiempo a responder, hizo por
mí lo contrario.
—Oh, será estupendo. ¿Sabés dónde es? —me preguntó Mateo con segundas.
Se refería al Double, un local del centro al que sólo entraba gente muy selecta. Era ahí
donde solíamos celebrar las victorias del equipo, cuando nos reservaban la discoteca entera para
nosotros. Que Joán hubiese conseguido una sala en exclusiva, era algo que no me extrañaba.
Desde su marcha a Italia había llovido mucho. Ahora era tan famoso por su demoledor historial de
goles en el Calcio como por sus escarceos con italianas de renombre. De hecho, su reciente boda
con una modelo había hecho correr ríos de tinta; siempre que viajábamos a otra ciudad para algún
partido, rara era la vez en la que mis compañeros no me enseñaran alguna revista comprada en el
Por supuesto, lo ocurrido entre nosotros era, por mi parte, secreto de Estado.
estuve en la esquina de la calle y, mientras esperaba, me pregunté por qué precisamente ahora
quería Joán quedar conmigo, cuando hacía un montón que no hablaba con él.
Sin embargo, la visión de Mateo cortó de cuajo el hilo de mis pensamientos. Iba vestido de
negro, informal, pero le sentaba tan bien que no pude sino tomármelo como otra de sus
provocaciones.
—¿No puede uno cambiar de look de vez en cuando? —se excusó él con sorna.
Yo fruncí el ceño y arranqué. Tenía pensado estar un rato allí, tomarme un par de cervezas
y volver derecho a la cama, como siempre en las pocas veces en que me unía a las marchas del
fiesta.
—¡Vico, ven, ven aquí! —rogó Puig, que ya llevaba un par de copas de más encima. Le
tendió una birra y, tras pasarle un brazo por los hombros, hizo un ruego que los demás no tardaron
en apoyar—. Por favor, cuéntanos otra vez lo del canchero y la lata de gasoil.
—Pues... —empezó él con su particular labia, aceptando la botella—, resulta que iba el
Yo decidí ir a pedir algo. El local estaba bastante bien. Era amplio, tenía sillones para
sentarse, música chill out... Sólo la risa estruendosa de mis compañeros, que habían formado un
corro en torno a Mateo y se descojonaban con sus historias de la Argentina rural, rompía un poco
el ambiente.
Entonces, noté que alguien me tocaba en el hombro. Al girarme, me topé con Joán.
—Pero qué tenemos aquí —me dijo a modo de saludo—, el hombre más serio del planeta.
Yo sonreí. Joán estaba cambiado, pero seguía siendo el mismo al que conocí en mi
adolescencia. Más alto, con más porte, presencia y dinero en su cuenta corriente, eso sí.
Hablando con propiedad, entre él y nosotros había un abismo monetario. Desde que el equipo más
importante de Milán le fichase, sus honorarios triplicaban los nuestros. Era tan conocido a escala
mundial que al orgullo de tenerle como amigo de juventud, había que sumarle las ganas que tenía
—¿Es que no vas a reaccionar, ni siquiera por los viejos tiempos? —insistió él.
Dejé la copa sobre la barra y le di un abrazo. Muchos años atrás, cuando nuestro futuro
como futbolistas profesionales no era más que un sueño púber, hubiese matado por tenerle
fondo de la sala. De vez en cuando, echaba un vistazo al grupito, cuya fiesta parecía no haber sino
dado comienzo.
—Ya sé que te va bien, veo todos los partidos del Juventud que puedo, pero... ¿nunca has
—No —respondí tajante—. Este es mi club, lo que más deseo como futbolista es retirarme
—Siempre has sido un tío legal —afirmó Joán dando un sorbo a su cóctel—. Te admiro, en
—Lo sé —medio reí—. De todos nosotros, siempre fuiste al que más le gustaba montar
follón.
—Y que lo digas... Las juergas que me corrí mientras vosotros estabais de clausura en la
De pronto, Joán se acercó un poco más a mí, hasta depositar su voz directamente en mi
oído.
—Y hablando de los viejos tiempos... Quizás quieras seguir recordándolos. Voy a pasar la
noche en el piso que poseo aquí, en la ciudad. Había pensado que, a lo mejor, te apetece
acompañarme.
Ambos nos giramos. Ante nosotros, Mateo esperaba. No quería precipitarme en cuanto a
—Dani y yo estábamos hablando de los años en los que jugábamos en los filiales —
arremetió él.
—Claro... Tranquilos, no los molesto. Espero que nos encontremos en la cancha algún día.
Mateo hizo un gesto con la botella de cerveza, como si brindase a su salud, y regresó con
los demás. En cuanto estuvo lejos, Joán volvió a mirarme a los ojos.
Me incorporé. Me había alegrado verle, ahora que su condición de mega estrella lo hacía
prácticamente imposible, pero había algo en él que me producía rechazo. Entonces, como si en el
ocultándome, pero lo prefería a ir aireando determinados trapos de mi vida privada con tal de
—No. Prefiero vivir en el presente, ¿sabes? Mejor que pases la noche con tu mujer.
Joán ahogó una risa de resignación y, tras dar otro trago a su copa, bajó la mirada. Había
—Cuídate, Dani.
—Tú también.
Le dejé ahí, en el sofá, y me dirigí hacia el grupo. Sabía que no podía recriminarle nada a
Joán. Él no era ni más ni menos culpable que yo. Estábamos viviendo la misma mentira desde
ópticas distintas.
Nos quedamos en el Double hasta la una de la mañana. Teníamos sesión de tarde al día
siguiente, por lo que fueron muchos los que protestaron por mi habitual costumbre de marcharme
el primero.
Pero las protestas se agravaron cuando Mateo cogió su chaqueta de cuero e hizo ademán
de irse conmigo.
—Pibe, no pasa nada, ya habrá más noches locas —se disculpó Mateo con gracia—. No
Nuestros compañeros nos despidieron. Joán, que estaba hablando con alguno de sus
invitados del mundo de la farándula, me miró una última vez. Cuando cruzamos la puerta, el aire
nocturno de finales de primavera nos dio en la cara. Nos montamos en mi coche y salimos de allí.
—Fuimos compañeros durante varios años, en la residencia donde vivíamos los integrantes
Mateo suspiró.
—¿Me tomás por tonto? Ese tipo te estaba devorando con la mirada. ¿No tiene bastante
Frené por un semáforo en rojo. Si había alguien que tenía todo el derecho a conocer el
—¿Qué?
Reinicié la marcha vigorosamente, tanto que la caja de cambios hizo un ruido chirriante.
Mateo se me quedó mirando unos segundos. Como no me quedaba otro remedio que estar
al tanto de los demás coches y señales, apenas podía devolverle la mirada de reojo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —exclamé ofendido—. Llevaba un montón colado por él
—Seguro que fuiste más rápido que Flash Gordon... —siguió riendo.
Luego él entró en el primer equipo y cuando lo conseguí yo, ya se había marchado al Calcio.
—Lo de la bisexualidad es una máscara que usan los cobardes para no reconocerse —
—Compréndelo. Para él no debe ser nada fácil llevar una doble vida.
Yo me mordí los labios. Sabía que era una indirecta hacia mí.
—¿Te has parado a pensar en lo que dirían los cincuentones adinerados, que son los que
realmente manejan los hilos en el mundo del fútbol, si se enterasen de que una de sus estrellas no
mente.
—Quizás prefiero ser un maricón de mierda que hace bien su trabajo, a un hipócrita que
hace fiestas como excusa para voltearse a una vieja conquista —contraatacó Mateo. Su tono de
—No es tan fácil —insistí—.Tú no tienes ni idea de lo homófobo que es este país en lo que
se refiere a...
—Decís que debutaste con el tipo que te gustaba —me interrumpió él—. ¿Sabés quién fue
el primero que me tocó a mí? Era mi entrenador en los juveniles de Federal. Debía tener treinta
años más que yo. Siempre me decía que era su favorito, que me llevaría de la mano a lo más alto
si hacía lo que me decía. Pero mientras me yo abría de piernas para que se lo gozase, él iba
codeándose por ahí con tus cincuentones acomodados, de los que, por cierto, hay muchos allá.
Mateo parecía cabreado. Y triste. Detuve el coche en una explanada que había cerca del
cuánto quería marcharme a España? Creía que las cosas serían diferentes...
—¿Y por qué? A la gente lo que le importa es el espectáculo y a los presidentes de los
—Puede que algún día las cosas cambien, pero ahora mismo, no podemos arriesgarnos a
perder lo que hemos conseguido. Tú también llevas toda la vida luchando por jugar en los mejores
—Es que no lo querés comprender. Yo creo que no hay por qué anteponer una cosa a la
otra. Lo que les debe importar a los demás es que marque goles para mi equipo. Con quién vaya o
deje de ir sólo es asunto mío y del otro en cuestión —dijo, mirándome fijamente.
Me sentí fatal, pero no me quedó otra que ser sincero. En aquellos momentos, no podía
unirme a sus planes de romper con la vieja ley tácita del fútbol y la hombría.
—Ya veo.
—¿Adónde vas?
Sostuve el volante con fuerza para calmar la rabia. Comprendía que estuviese molesto,
pero cuando nos habíamos metido en la historia en la que estábamos inmersos, había creído
dejarle claro cuáles eran las condiciones. Tal vez había sido un egoísta anteponiendo mi forma de
apartamento hasta que ésta se apagó. Tuve el impulso de marcharme y esperar a que las aguas
se hubiesen calmado, pero habría sido lo más fácil. Saqué la llave del contacto; en el enganche,
además de la llave de mi casa y otras tantas que de vez en cuando utilizaba, estaba la copia que
Subí con cuidado las escaleras hasta la tercera planta y abrí la puerta del salón. El
de costado, dándome la espalda. Me desnudé y me deslicé entre las sábanas para abrazarle por
la cintura.
—Dame tiempo —le pedí—. ¿No te basta con saber lo que siento por ti? A la mierda lo
demás.
Mateo no dijo nada. Se limitó a depositar su mano sobre la mía. Eso fue todo lo que
necesité para conciliar un sueño intranquilo, a intervalos, al que seguramente él también se rindió.
Desde mi región en el campo, observaba a lo lejos cómo volaba buscando la red contraria.
Nuestra afición vibraba con su juego, la contraria enmudecía cuando le veía adentrarse en el área
para dar el golpe de gracia. En los periódicos deportivos se empezaba a meter presión para que la
directiva del club cerrase cuanto antes el traspaso definitivo y fuera jugador oficial de la plantilla.
Los niños iban al estadio con camisetas que llevaban su alias. Los adolescentes soñaban
con imitarle e iban a clase con carpetas forradas de sus fotos. En los programas de radio y
televisión no hacían sino reclamar sus declaraciones, o bien su presencia para participar en
tertulias. Y yo, como defensa y capitán que era, permanecía en un segundo plano, observando
cómo su fama iba creciendo progresivamente. Los que hemos jugado gran parte de nuestra
carrera protegiendo la portería, tenemos asumido que la atención, por lo general, recae en los
delanteros. Sin embargo, para que su luz brille, es imprescindible que los resultados acompañen y
Sudé la camiseta como el que más mientras Mateo triunfaba en España. A veces, cuando
escuchaba los cánticos del público vitoreándole, me preguntaba qué diferencia habría para la
gente entre Vico, el gran goleador, y Mateo, el hombre cuyo mayor sueño era, simplemente, no
tener que distinguir entre ambos roles a la hora de definirse como individuo.
Ganamos la Liga. Fue un acontecimiento memorable, puesto que se rompía por fin una
época de sequía de títulos. Ya había experimentado cómo era una celebración en el estadio: un
estallido de júbilo y color con las gradas a reventar, pero tenerle a él conmigo y, sobre todo,
Ese fue, en los dos años que duró lo nuestro, el momento en que le vi más radiante. Pero
Estuvimos separados durante las semanas de vacaciones que nos daba el club. A
de tres años, por lo que su futuro parecía estar ligado al del equipo de manera irreversible.
vernos en un remoto lugar al norte de su país, donde todavía era invierno, pero preferí quedarme
en Madrid. Mi casa sin su presencia me pareció enorme y sombría. Ese vacío me hacía caer una y
otra vez en mi debate interno. Si tanto le quería, si tanto necesitaba tenerle a mi lado, ¿por qué no
La noche en que escuché el replicar de sus llaves en mi puerta, creí que iba a enloquecer.
Apenas le dejé depositar su bolsa de viaje en el suelo. Le apresé entre mis brazos y la pared,
buscando el mayor contacto posible. Nos besamos como fieras, llenando el aire que flotaba a
nuestro alrededor de partículas eléctricas. Nos metimos juntos en la ducha, en donde, incapaz de
aguantarme, le hice mío. Y luego en la cama, dos, tres veces, hasta que la cordura dijo basta y
caímos, extenuados, en un sueño profundo. Dormí hasta el mediodía, algo que no había hecho en
muchos años, aferrado a él, como si incluso en el subconsciente temiera dejarle escapar.
Para cuando la nueva temporada arrancó, los defensas de la Primera División española
tenían claro una cosa: si querían vencer al Atlético Juventud, no les quedaba otro remedio que
dedicar gran parte de sus recursos a reducir al arma mortífera de la delantera. Así que la
benevolencia gracias a la que Vico se había logrado zafar de los contrarios en su primer ejercicio
con el equipo, se transformó en una sucesión de faltas bestiales dirigidas hacia su persona.
Rara era la noche en la que sus piernas no recibían el impacto violento y premeditado de
los tacos de una bota ajena. A mayor rivalidad, peor eran las entradas, como si fuese la única
manera de echarle el freno. Los árbitros a veces castigaban a los autores, a veces no, pero
independientemente del resultado de su juicio, a mí me hervía la sangre cada vez que le veía
que sacarle en camilla tras una entrada demencial por detrás, directa a la tibia. El árbitro sacó roja
directa a Sneider, el compatriota de Mateo que, quizás por una rivalidad estúpida alimentada por la
Cuando escuché a aquel tipo excusándose ante el árbitro para evitar la expulsión, llamando
nenita a Mateo y siendo apoyado por un corro de compañeros, perdí los estribos. Yo,
internacionalmente conocido por mi templanza y saber estar en el césped, permití que la furia se
apoderase de mí durante breves instantes, los suficientes para que mi cabeza se estampara
contra la suya. Habría ido a más si Sergio y Puig no me hubiesen sujetado con firmeza,
haciéndome regresar.
Ni huelga decir que también acabé expulsado. A solas, en las duchas del vestuario, fui
consciente del peligroso paso que había dado, al entremezclar lo personal con lo profesional en el
terreno de juego.
Pero la peor parte no me la llevé yo. Al fin y al cabo, el castigo se tradujo en una semana en
la grada, sin poder hacer nada para evitar la derrota de los míos en mi encuentro expulsado. Para
cualquier deportista, una lesión es la peor tortura imaginable. Se siente rabia hacia uno mismo y
hacia los demás, impotencia, desespero. Los hay incluso que se deprimen.
En el caso de Mateo, fue una mezcla de todo. Le dieron el alta dos días después, cuando
los médicos estuvieron seguros de que la lesión no iría a más siguiendo las prescripciones
indicadas. Ya había ido a verle con algunos compañeros al hospital, pero no fue hasta que estuvo
en su apartamento que pudimos estar a solas. Mi intención era la de facilitarle las cosas para que
no tuviera que hacer más esfuerzos de los estrictamente necesarios, pero él, terco y orgulloso, no
—¿El qué?
Aunque no le había sacado el tema de mi expulsión, di por hecho que se habría enterado
por algún medio y que, además, habría visto la agresión gracias a las cadenas televisivas.
—Me puse furioso, no hacía más que entrarte hasta que te rompió. Sé que debí
contenerme, pero...
Siempre me estás dando largas para que no se hable de nosotros más allá de estas cuatro
paredes y vas y casi matás al tipo porque se la agarró conmigo en el partido. ¡No hacés más que
Preferí no seguir echando leña al fuego y me marché a la cocina. Mateo estaba irritado por
la perspectiva de las próximas cuatro semanas en el dique seco y, para colmo, cabreado conmigo
por lo de siempre. Dejé pasar un buen rato para que los ánimos se calmasen y comprendí lo duro
que debía resultarle a él callar y resignarse, hacer cientos de sacrificios con tal de amoldarse a lo
que yo le pedía. Aún así, seguía creyendo que lo que él tanto deseaba, no era más que una
utopía.
Seguimos adelante. Al mes de baja le siguieron dos semanas en las que el entrenador,
temiendo que Mateo pudiera recaer, sólo le puso a jugar a partir de la segunda mitad de los
encuentros. Él trató de actuar como si nada hubiera pasado, pero recuperar la confianza en tus
posibilidades después de una lesión es muy difícil. Aún así, el genio del fútbol que era fue
ganando brío poco a poco, devolviendo ilusión al equipo y la afición cuando marcó el primer gol
desde su regreso.
Entre nosotros, las cosas no iban demasiado bien. A veces, cuando él se vestía medio
dormido para marcharse de mi casa antes del amanecer, me venía a la mente una representación
visual de nuestra relación. Éramos como una pastilla de freno que, pese a no ser demasiado vieja,
Fue una tarde de medianos de abril, durante un entrenamiento en las instalaciones del
equipo. Recuerdo que hacía un calor agobiante y que estábamos completando la serie de
estiramientos cuando el asistente del entrenador fue hasta Mateo y le pidió que le acompañase al
vestuario. No le di mayor importancia, al igual que nuestros restantes compañeros, pero cuando
entrenamiento siguiera su transcurso, pero decidí ir a averiguar qué demonios estaba pasando.
en voz baja con Mateo, quien no dejaba de asentir con la cabeza. Sólo pude escuchar lo que
—No le des más vueltas. Márchate ya, coge el primer vuelo que salga y regresa cuando lo
creas conveniente.
forzada tranquilidad me indicó que no quería que nuestros superiores le viesen en ese estado.
—Llamó mi hermana. Al viejo se le debió parar el corazón mientras dormía, amaneció frío.
La noticia me dejó tan helado como debía estar ahora el cuerpo de su padre. Me quedé ahí,
estático, sin saber cómo reaccionar ante la encrucijada. Lo primero que hice, fue pensar en lo que
me habría gustado que pasase en caso de estar en su piel; sin duda, habría querido tener a
alguien a mi lado.
Mi obligación personal no era otra que decirle que fuera cambiándose, mientras me reunía
a solas con el entrenador para rogarle que me permitiera a mí también, como pareja suya que era,
acompañarle al duelo.
Pero no lo hice. En lugar de eso, le puse una mano a Mateo en el hombro y pronuncié las
Mateo hizo el ademán de irse dentro a por sus cosas. Me atravesó con la mirada antes de
Durante lo que restó de entrenamiento, y luego durante los días venideros, no pude dejar
de pensar en dónde y cómo estaría. Le llamé, pero no respondió. Tampoco contestaba a mis
mensajes.
Pasaban seis días desde su marcha cuando mi teléfono dio muestras de actividad. Era
llamaba, presioné el botón tras quedar sentado, con la espalda apoyada en el cabezal.
Al otro lado de la línea se escuchaba bullicio, dominado por una voz estándar de megafonía
—Hola.
—¿Estás en el aeropuerto?
Comprobé la hora en el despertador. Si todo iba sin complicaciones, llegaría a Madrid sobre
el mediodía.
Se produjo un silencio de varios segundos, tras los cuales, escuché a Mateo suspirar.
—Mirá, Dani, hay algo que tendría que haberte dicho antes y que no puedo seguir
retrasando... —Su voz dejaba entrever, además del evidente cansancio, un denso velo de tristeza
—¿Sobre qué?
—Me hicieron una oferta para irme a jugar a Inglaterra. Lo consulté con mi manager y... Voy
a aceptarla.
—Todavía me quedan dos años de contrato con el Juventud, pero la oferta es buena, el
—¿Pero qué pasa con...? —dije yo, sin poder acabar la frase.
Sinceramente... Si tuviese un motivo sólido por el que quedarme en España, no habría hecho ni
Se me formó un nudo en el estómago cuando, cada vez más leve por el sonido ambiente, le
oí sollozar.
—Es que al día de hoy, siento que lo mío con vos no merece el sacrificio, ¿entendés? Estoy
Por megafonía volvieron a emitir el anuncio de la salida del vuelo. Tenía que responderle
ya, antes de que embarcase y nos quedásemos incomunicados durante las próximas doce horas.
Mateo tomó aire, afrontando con el poco amor propio que le quedaba que acabábamos de
pantalla del móvil, cuyo mensaje luminoso indicaba que la comunicación había terminado.
decepción y miedo que apreté el móvil en el puño y lo estrellé contra el suelo con todas mis
fuerzas.
Las piezas se desperdigaron por todos lados. Allí, resguardado en las tinieblas de mi
Lo único que agradecía de la terrible soledad que me había buscado, era que nadie podía
Le había perdido. Y lo peor de todo era que todavía quedaban dos meses para el final de la
temporada. Dos meses durante los cuales, como mínimo, tendríamos que coincidir en los
compromisos habituales del equipo y las pujas por los títulos a los que optábamos.
Pero eso no debía ser problema para mí. Al fin y al cabo, si había algo que se me daba
realmente bien, era aparentar que entre Mateo y yo no había nada, aunque fuese la mayor mentira
Por si no me había quedado claro que Mateo decía muy en serio que era perfectamente
capaz de separar su vida privada de la profesional, lo demostró con creces durante el final de la
competición.
Dejó las negociaciones con el club a su representante y, a pesar del duro bache personal
que estaba atravesando, deslumbró con su juego. En ocho jornadas igualó en número de tantos al
por entonces máximo goleador de la liga, a pesar de sus ausencias. Para cuando rebasó dicha
cantidad, la afición deliraba con su estilo endiablado. No era de esos delanteros que se pasan
ochenta y ocho minutos desapercibidos para romper en las jugadas determinantes, sino que
Por eso, cuando se anunció formalmente su salida, la noticia fue una conmoción total. Era
obvio que se convertiría en la gran ausencia en el equipo para la temporada siguiente, pero el
Juventud había hecho un negocio redondo: la cantidad irrisoria que había costado su traspaso
inicial se había transformado en millones de euros por venta, los cuales engrosaron las arcas del
club considerablemente.
Aún así, Mateo no se concedió ni un segundo de descanso. Luchó como un jabato hasta el
final y celebró la consecución de la liga como el que más. Por su entrega y entusiasmo, a pesar de
charlando con los demás mientras yo me refugiaba en el iPod y el monótono paisaje. Durante los
concentraciones, me las apañaba para permanecer en las zonas comunes del hotel el mayor
tiempo posible, ya fuese viendo la televisión en las salas habilitadas, leyendo o concediendo
entrevistas. Cuando volvía a la habitación, él ya estaba dormido, o fingía que lo hacía. Me inclino a
pensar que era más bien lo segundo. Por la mañana, era él quien se preparaba primero y bajaba a
Nunca habría pensado que la indiferencia recíproca y forzada resultase tan dura de
sobrellevar.
Mi única vía de escape era el fútbol. Me dije que el tiempo curaría las heridas, que debía
centrarme en mi carrera. Pero cuando acabó el año deportivo y llegaron las vacaciones, regresar a
la casa que les había comprado a mis padres, en la costa, me dio demasiado tiempo para
reflexionar. Pensé en mí, en todos estos años como futbolista, en las historias que había vivido, en
del Westhound. Allí, su presidente exhibía con orgullo ante las cámaras su más reciente captura y
estrechaba la mano posando para la foto a Mateo Vikovic, el flamante delantero que recalaba en
—Ese chico ha hecho bien —afirmó mi padre entre bocados—. Es una pena para vosotros,
Dani?
Yo hice ademán de sonreír, pese a que el comentario no me hacía pizca de gracia. Pero
Ya no había marcha atrás. Mateo estaba fuera de mi vida. Ahora sólo era Vico, el delantero
La Premier League comenzó a principios de Agosto, un mes antes que la española. Gracias
a las emisiones vía satélite, pude ver todos los encuentros del Westhound durante la
pretemporada. Se me hacía extrañísimo verle vestido de esos colores, pero cuando Vico raptaba
Seguí su evolución desde las sombras, como un aficionado más. No le llamé ni una sola
vez. Tampoco mostré interés en responder a las preguntas de los periodistas, que insistían en
conocer cuáles eran mis impresiones al respecto. Me enfadaba como jugador y capitán que se
menospreciase la labor de mis actuales compañeros, comparándoles con alguien que ya no
pertenecía a la entidad.
Los meses transcurrieron. Jugamos la liga, la Copa, la Champions; también disputé los
partidos con la selección para la clasificatoria del Mundial. Me encontraba en un buen momento
deportivo; estaba a punto de cumplir veintinueve años y, a base de volcarme en el equipo, tal y
como había hecho desde que era un crío, había logrado que las heridas cicatrizasen.
regreso tras habernos clasificado para los cuartos de final de la Champions, Sergio y Puig vinieron
—¡Venid, tenéis que ver esto! —exclamó Sergio sentándose en unos bancos, consiguiendo
Me uní a ellos. Cuando comprendí a qué se debía tanto revuelo, el corazón me dio un
vuelco. Se trataba de un ejemplar de esos diarios sensacionalistas que tanta tirada tienen en el
Reino Unido, de gran formato, papel de baja calidad y enormes titulares acompañados de
En la portada, había una foto de dos hombres saliendo de un local. Iban cogidos de la
La conclusión a la que había llegado se debía no sólo a la imagen, sino a las letras rojas
que la precedían.
Mis compañeros parloteaban sin parar. Yo permanecí callado, incapaz de apartar la mirada
A las reacciones de los que habían compartido tantos minutos de juego con él, se sumaron
las de las principales figuras mediáticas del país. En los programas de radio y televisión de mayor
audiencia, en Internet, en la prensa, en las revistas, en las oficinas, las tertulias entre amigos,
que Mateo siempre había pretendido. Supuse que, simplemente, encontró el momento adecuado,
en las circunstancias adecuadas y con el tío adecuado. Lo único realmente importante, era que
había tenido el valor de hacerlo, algo de lo que muchos, yo inclusive, carecíamos. Algunos
pronosticaron que tras esa primera incursión pública, serían bastantes los que se animarían a
Confirmé que mis convicciones eran motivadas. El fútbol profesional, al menos en este
No sé si fue cosa del destino o que, simplemente, tanto él como yo resultábamos ser los
líderes indiscutibles de nuestros respectivos equipos, representando el poderío que debían tener
los aspirantes a convertirse en campeón de Europa. Cualesquiera que fuesen los caprichos del
Atlético Juventud español quedaron citados en el Stade de France, París, para disputarse la
Champions League.
Una vez en la ciudad de las luces, entrenamos durante la tarde en los terrenos de un
equipo local y regresamos al hotel a eso de las seis para descansar y desconectar antes de la
gran cita. Ya se había hecho de noche cuando nos concedieron tiempo libre hasta las once, hora
Me encontraba con los demás en el hall matando los minutos como podía cuando mi móvil
sonó. La pantalla mostró una llamada entrante de un número desconocido. Me extrañó, pero
—¿Diga?
Escuchar esa voz me dejó en blanco. Miré a mi alrededor; no tenía a nadie cerca, pero aún
—Eso no importa ahora —afirmó Mateo como si tuviese prisa. De fondo se oía un murmullo
—Sí...
Y tras eso, colgó. No me había dado ni tiempo a decirle que no pensaba ir, que era una
locura, no sólo porque estábamos a menos de veinticuatro horas de enfrentarnos a muerte por la
copa de copas, sino porque hacía más de ocho meses que no teníamos trato alguno. Llamé al
Mateo era superior a mí. Si no iba, sería incapaz de dormir pensando qué demonios pretendía.
Así que antes de que me echase atrás, cambié el chándal oficial del equipo por lo primero
que encontré en la bolsa (en concreto, lo que me había traído en caso de salir a celebrar la
dedos de la mano, conseguí que el taxista me llevase por las laberínticas calles del barrio
bohemio. El Sacre Coeur presidía la colina que albergaba, entre otros tantos, el café que ocupaba
Apenas había gente dentro. Era un lugar acogedor, decorado con ese estilo modernista que
parecía gustar tanto en la ciudad. Hice un barrido con la mirada; entonces, le vi.
Mateo estaba sentado en la mesa del fondo, la que quedaba protegida por una columna de
las miradas indiscretas del exterior. Me apresuré a ocupar el asiento que estaba frente al suyo.
Supuse que llevaría un rato allí, a juzgar por su taza de café vacía.
—¿Estás loco? —le recriminé con tono de voz moderado—. ¿Cómo se te ocurre llamarme
Seguía tan atractivo como siempre, algo más maduro tal vez. Cambios que reflejaban por fuera
Mateo contraatacó.
—No estés tan tenso. ¿Qué temés, que los paparazzi te agarren con el que salió del
closet?
—Ya que lo dices... —murmuré— Me alegro por ese tal Sean y por ti.
—Oh. Entonces te preocupás por mi y todo, qué considerado —dijo con ironía.
—No me llamaste ni una sola vez desde que marché, ni siquiera para saber cómo me iba.
—Ya me enteraba por los medios —Di un sorbo a la taza, más que nada, para calmar los
—Cierto, tenía motivos de sobra para no hacerlo. Pero eso no quiere decir que no me
acordase de vos.
—Al principio —retomó él— me dolía tanto que trataba de apartarte de mi cabeza. Luego la
pena pasó a ser enfado, luego, nostalgia. Entonces conocí a Sean y pensé que te convertirías en
un espejismo, un recuerdo borroso que algún día terminaría por desaparecer, pero... No fue así.
—¿Se puede saber de qué vas? Me llamas una noche, me dices que ya no sientes nada
por mí, me dejas, te marchas del país, empiezas a salir con otro montando un circo a tu alrededor,
¿y tienes ahora la desfachatez de decirme que no puedes olvidarme, justo antes del partido más
Mateo me miró fijamente. Sus ojos celestes me parecieron más profundos que nunca.
—¿Y qué pretendes? ¿Que te ruegue que vuelvas conmigo como una despechada?
—Claro. ¿Por qué no mañana, delante de millones de personas? —añadí, queriendo ser
sarcástico.
Entonces, él acercó el rostro al mío hasta casi rozarlo, retándome, provocándome como
No pude más. Saqué un par de monedas del bolsillo, las puse aparatosamente sobre la
mesa y me levanté, con la intención de dirigirme al servicio. Una vez dentro, tras comprobar que
golpe.
—Joder —rumié.
No había contado con eso. Mateo ya me había desestabilizado una vez, cuando irrumpió en
mi mundo y me abrió puertas que hasta entonces no había conocido, cerrándome otras por mi
rotundo: todo lo que había conseguido en esos meses, la estabilidad en la que creía sostenerme,
la misma que había buscado con ansia tras la ruptura, se había hecho añicos.
Y todo ello, en unos pocos minutos. Porque yo tampoco había conseguido olvidarle.
La puerta del servicio de abrió. Me apoyé en el lavamanos. Cuando abrí los ojos, vi a Mateo
mirándome a través de la imagen que devolvía el espejo. Sentí su cuerpo junto al mío, su aliento
negro. Podía rechazarle y echar una última capa de tierra sobre nuestra tumba, o aceptar de una
Como en el primer beso que nos dimos, mis labios le devoraron, ansiosos, tratando de
recuperar el tiempo perdido. Y mientras mi lengua se batía con la suya, me olvidé del equipo, de
los titulares de prensa y restantes opiniones, de mis padres... Hasta me olvidé de su presunto
novio.
Mateo me arrastró hasta uno de los servicios individuales y cerró la puerta con el pestillo.
Me arrinconó contra una esquina; mi cuerpo ardía, la piel clamaba por un contacto más estrecho y
la bragueta de mis vaqueros estaba a punto de explotar. Él no debió tardar en darse cuenta,
porque como si me hubiese leído el pensamiento, se arrodilló, acomodándose entre mis piernas.
Besó mi abdomen al tiempo que forcejeaba con la cremallera y los botones, liberándome.
disfrutando. Y justo cuando creía que de verdad iba a ser capaz de despojarme del fantasma del
raciocinio, ambos nos quedamos paralizados cuando escuchamos ruido cerca. Alguien había
entrado; enseguida dedujimos que debía tratarse de un grupo de hinchas del Juventud, unos
pocos de los tantos que se habían apoderado de las calles de París, a juzgar por el español
Mateo y yo nos quedamos quietos, tratando de pasar inadvertidos. Pero los airados
comentarios de los hinchas, a medida que sus vejigas se iban vaciando, aumentaban el
Me tuve que morder los labios para aguantarme la risa. Mi mirada se encontró con la de
Mateo, quien trataba de hacer justo lo mismo. En cuanto los hinchas hubieron salido y nos
ese preciso momento, fui consciente de lo mucho que le había echado en falta.
Hice que se incorporase. En aquella cafetería, un rincón perdido del centro bohemio de
París, al filo de nuestras horas límite para reincorporarnos a las concentraciones, cometí un acto
temerario. Me dejé llevar por el torrente de pasión que sólo él era capaz de insuflarme; sus piernas
rodeando mis caderas, su respiración ajetreada sofocándose en mi cuello para no delatarnos. Sus
Ése era el Mateo al que deseaba y quería. Uno cuya esencia no se viera marchitada por
imposiciones externas, uno que brillase como el astro que era en un único cielo, sin tener que
Es cierto. Sigo preguntándome qué fue lo que hizo que hayamos acabado así.
Saltamos al césped. El Stade de France se eleva a los cielos; parece un enorme mosaico,
una muestra de la veneración que cientos de miles de personas sienten hacia nuestros equipos.
Como futbolista, no puedo sentir orgullo mayor que el de portar el brazalete de capitanía esta
noche y defender con ahínco las ilusiones que tantos han depositado en mí.
Tras el posado oficial para la foto y el saludo a los contrarios, según marcan las pautas del
Fair Play, llega el momento crucial del protocolo, el auténtico pistoletazo de salida, un instante
visto por espectadores de todo el planeta: el árbitro, sus asistentes y ambos capitanes se reúnen
en el centro para estrecharse la mano en señal de buena fe y elegir cara de la moneda para el
sorteo de campos.
Mateo y yo nos quedamos frente a frente. Él también porta su brazalete con orgullo,
dispuesto a darlo todo por sus colores. Sé que, al igual que yo, carga con el peso del club y ansía
como el que más la victoria. Pero, al mismo tiempo, sus ojos brillantes y maravillosos claman a
Aún así, quiero firmarlo con algo más valioso que la sangre; rubricar con mi compromiso
sincero de no volver a ocultarme, de dar la cara como él ha hecho, de poder afirmar sin
miramientos que amo al hombre contra el que voy a disputar un partido a muerte en cuanto el
Mateo extiende su mano derecha, buscando la mía. Hago lo mismo, pero no la dirijo hacia
su palma. En lugar de ello, la deslizo a través de sus rizos por la nuca para atraerle hacía mí.
Cuando noto la presión de sus labios en los míos, dejo de escuchar, de pensar. El árbitro, a
punto de sufrir un desmayo por estar ante la muestra de aprecio más efusiva de cuantas ha visto
entre dos capitanes, está tan estupefacto como nuestros compañeros, entrenadores, preparadores
Tras separarnos lentamente, nos dirigimos una última mirada cómplice y comprendo qué
era a lo que Mateo se refería. Hay que hacer lo que uno considera correcto porque, al fin y al cabo,
si realizamos un partido memorable, lo nuestro quedará como una gran anécdota en el reputado
historial de la competición.
El encuentro da inicio. La fiebre del fútbol recorre cada poro de mi piel. Me siento vivo,
Mateo, cuando consigue zafarse de nuestro marcaje, vuela por el campo, haciendo gala de
Fin