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Relato de un futbolista oculto

Ltdjoriginal nisarce bl bla bldjbfihuyvyb

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Nota: este relato lo escribí allá por 2009.

Tres años después


sirvió como base para la que acabaría siendo la trilogía de
Las reglas del juego.

No he querido editar nada de lo escrito, ni revisarlo. Tal cual


lo escribí, lo comparto contigo.

Espero que te guste y, sobre todo, que lo disfrutes a modo


de curiosidad buscando las diferencias y semejanzas con la
historia final.

Nisa

Este relato es un regalo y, por lo tanto, totalmente gratuito. Prohibida su venta o alquiler.
[Link]
Siempre he soñado con este momento.

El bullicio del público, la tensión, el nerviosismo, la electricidad que recorre cada centímetro

de tu cuerpo. El deseo de salir al campo en contraposición con la responsabilidad, el peso de

saber que millones de ojos van a estar posados sobre ti y que de tu actuación dependen tantas

expectativas, ilusiones y cifras monetarias…

Durante toda mi carrera, he imaginado decenas de veces qué debe sentirse a cinco

minutos del comienzo de la final de la Champions League, el partido más importante en lo que

concierne a los clubes de Europa. En efecto, estoy experimentando lo que ya daba por supuesto,

pero como capitán de mi equipo, no puedo dejar de reprocharme que un pensamiento inadecuado

ronde mi cabeza.

Soy incapaz de dejar de pensar en las últimas palabras que intercambié con él.

El entrenador nos indica que es hora de salir. Mis compañeros, entre excitados y nerviosos,

ultiman rituales. Los pocos metros que separan los vestuarios de la escalera de acceso al césped

se hacen eternos. El pasillo, dividido en dos por una reja, parece un corredor por el que los

condenados se dirigen a aceptar su destino.

Esta noche, algunos saborearán las mieles del éxito. Otros, la amarga derrota.

Voy a dar todo lo que soy por tener esa copa entre mis manos, pero, para ello, hay un

obstáculo que debo superar antes.


Está junto a mí, al otro lado de la rejilla, encabezando la comitiva de nuestros rivales. Mateo

Vikovic, o Vico, como todos le llaman, máximo goleador de la Premier League, capitán del

Westhound, la peor pesadilla para la defensa que me encargo de coordinar.

Sé que es un honor batirme con él precisamente esta noche y que ambos pelearemos con

uñas y dientes por conseguir nuestros objetivos. Quizás por ello, el que entre nosotros exista algo

que nadie más sabe, hace que este encuentro adquiera un significado aún más extremo.

Y, mientras me preparo para saltar al terreno, me pregunto qué fue lo que hizo que

acabásemos así.

Mi vida ha estado regida por el fútbol. Por lo que me han dicho, apenas había aprendido a

andar y ya iba dándole patadas al balón. No tenía demasiadas opciones: mi padre fue futbolista,

aunque nunca llegó a jugar en primera división. Mi hermano mayor también se dedica a esto, sólo

que como entrenador de porteros. Hasta mi madre, a base de pasar buena parte de sus días de

campo en campo, acabó por aficionarse.

Así que cuando aquel cazatalentos se interesó por mí e hizo la oferta, mi familia no tardó

demasiado en decidirse. Creía saberlo todo sobre lo que rodea a este deporte, pese a que sólo

había conocido la cara amable; cuando eres un crío, no es más que una diversión a la que no

cuesta dedicarle cuantas horas sean necesarias. Pero, cuando mis padres dieron su

consentimiento para fichar por la cantera del Juventud, todo cambió.

Yo tenía diez años. De pronto me vi en otra ciudad, sin nadie conocido, interno en la

residencia para las promesas del club. Estaba repleto de chicos brillantes, de los cuales, sólo unos

pocos llegaron a hacerse un hueco como profesionales.


La gente era atenta y considerada. Las instalaciones deportivas eran de ensueño, las zonas

comunes donde vivíamos, también. Pero estar lejos de lo que conoces, es duro. Fue así como

aprendí lo que es la disciplina, el orgullo, la responsabilidad. A medida que pasaba el tiempo,

continuar allí se hacía más difícil, pero aunque no alcanzaba a comprenderlo por completo,

luchaba por no quedarme en el camino. Era como si, en el fondo, supiera que no lo hacía

únicamente por mi pasión hacia el fútbol, sino por no decepcionar. El sueño de mi padre era verme

triunfar, quizás porque él, en su día, no pudo hacerlo.

Siempre me ha aterrado decepcionar a los demás. Prefiero dejarme la piel con tal de

hacerlo lo mejor posible, sin cometer errores. Será por eso que mis entrenadores fueron

recolocándome hasta dejarme en la defensa, posición que, ya alcanzada la adolescencia, se

convirtió en mi territorio.

Me hicieron capitán a los quince, dándome todavía más responsabilidades. Los partidos,

las competiciones, los entrenamientos, los estudios… Aún así, nunca me quejaba. Consideraba

que mi situación era un privilegio, aunque a veces sintiera que no podía más.

Fue en esa época cuando comenzó mi calvario personal. En la residencia tenía buenos

amigos; solíamos juntarnos por las noches para hablar de cualquier acontecimiento que

considerásemos importante. Que si el gol de aquél en la Eurocopa, que si los líos de faldas del

otro… Íbamos a la deriva en un mar de hormonas. Por aquel entonces, cuando el sexo se había

convertido en la afición favorita por excelencia después del deporte, yo ya sabía que era diferente.

Estaba totalmente colado por Joán, el mediapunta de la categoría inmediatamente superior

a la mía. Cada vez que le veía pedir permiso para salir y reunirse con su novia, me hervía la

sangre. Estuve a punto de contárselo al que era mi mejor amigo en el equipo, pero lo que captaba

en el entorno hacía que terminara por guardármelo. Los gritos del público y, sobre todo, los
comentarios de mi padre cuando venían a visitarme y pasábamos juntos unos días en la capital,

consiguieron que me recluyese en mi fortaleza.

—¿En serio crees que es buen jugador? No es más que un maricón de mierda —

exclamaba, despertando risas a su alrededor.

Yo trataba de unirme a ellos, pero no dejaba de preguntarme qué diría mi padre si supiera

que yo sí que era un maricón de mierda.

Pronto descubrí que no era el único que se ocultaba. Notaba miradas, gestos. Incluso

llegué a toparme con compañeros que, resguardados en la intimidad de los vestuarios, se

desfogaban a contrarreloj para luego fingir que nada había ocurrido. Ignoro si llegaron a percatarse

de mi presencia. Fue una imagen que me acompañó durante mucho tiempo, cuando la excitación

me pedía a gritos que acabase rápido con ella.

El año en que cumplí los diecisiete fue decisivo. El fútbol me exigía dedicarle prácticamente

cada minuto, por lo que aparqué el bachillerato. Que decidiera centrarme tuvo recompensa, pues

el entrenador del filial, tras haber estudiado mi evolución, decidió convocarme como reserva. Allí

coincidí con Joán. Con él viví mi primer partido oficial en una categoría importante y también mi

desastrosa primera vez. Aunque he de reconocer que cuando me acuerdo de esa noche me dan

ganas de esconder la cabeza bajo la tierra, la satisfacción que sentí por estar en su cama me hizo

saber que no había más vuelta de hoja. Así que, rozando la mayoría de edad, con un pie en el

primer equipo, tenía bien claro que quería llegar a lo más alto como futbolista y que, para ello,

tendría que llevar con toda la discreción posible los entresijos de mi vida personal.

Mi debut en primera división fue, según dijeron los periódicos, una portentosa muestra de lo

hecho durante el periodo de formación. Mi juego era enérgico y apasionado, aunque también

poseía equilibrio y tesón. Era capaz de mantener los nervios fríos en situaciones complicadas y
darle la vuelta a un partido imposible insuflando energía a los demás. Para cuando me quise dar

cuenta, la titularidad ya era mía. La nueva lucha, la de ganar partido a partido y defender mi

puesto, se convirtió en algo tan vital como respirar.

Cuando la afición nos recibía en el estadio, cuando mi padre me llamaba entusiasmado,

incluso cuando mis antiguos compañeros de la residencia, esos que habían ido cayendo poco a

poco y rehecho sus vidas lejos del fútbol profesional, me felicitaban, sentía un calor indescriptible.

Era joven, tenía una trayectoria prometedora en uno de los mejores equipos de España, mi

nivel adquisitivo estaba a años luz del de la mayoría de los de mi generación. Pero, en el fondo, no

era feliz.

Los que me rodeaban, desde compañeros a cuerpo técnico, iban conociendo a otras

personas, afianzando relaciones de pareja, casándose, teniendo hijos… Y yo seguía con mis

aventuras clandestinas. Algún lío esporádico, seguido de indiferencia total una vez acabado.

Muchas preguntas sobre una hipotética novia que me encargaba de responder a la prensa, ya que

mi madre, quien ya se había cansado de insistir sobre si salía o no con alguien, hacía tiempo que

no sacaba el tema.

Y pasaron las temporadas. A los veintisiete años era internacional con la absoluta, había

ganado tres ligas, dos copas del Rey y una supercopa. Mi único horizonte era convertirme en el

mejor defensa posible y que mi capitanía fuera tan sólida como mi certeza de mantener en secreto

lo demás. La idea de echar por la borda años y años de sangre, sudor y lágrimas si se hacía

público que era gay, resultaba escalofriante.

Pero entonces, ocurrió algo que no había previsto.

Fue durante la primera sesión de entrenamiento después de las vacaciones de Navidad. El

mercado de invierno, un breve paréntesis en Diciembre durante el cual los clubes pueden hacer
sus últimos fichajes de refuerzo, fue el momento elegido por mi equipo para hacerse con un

delantero centro debido a la lesión de nuestra estrella, obligado a pasarse lo que restaba de

temporada de baja por una rotura de ligamentos cruzados.

Se llamaba Mateo, pero todos le conocían por Vico, una abreviatura de su apellido de

origen eslavo. Venía cedido por el Federal de Buenos Aires, con opción de compra al finalizar el

campeonato. Había oído hablar de él. Decían que su juego era ágil, inteligente y endiablado. Por lo

visto, era un ídolo en Argentina, algo que hacía inexplicable que hubiese salido de su país por la

puerta de atrás.

El entrenador nos lo presentó para, acto seguido, retomar la preparación física. Como

capitán, mi deber era ponerle al tanto de las normas no escritas por las que se regía el vestuario.

Así, mientras dábamos varias vueltas al campo, me presenté formalmente y me ofrecí para lo que

fuera, tal y como había hecho con todos los compañeros recién llegados. A decir verdad, Puig,

Sergio y yo éramos los veteranos, los que nos habíamos criado en la cantera. En total, llevábamos

diecisiete años en el club.

Al final de la sesión, el entrenador nos reunió a los dos y nos propuso que compartiéramos

habitación durante las concentraciones, tal y como habíamos hecho Merián, nuestro delantero

lesionado, y yo hasta ese momento. Acepté. Cuando hubimos salido de la ducha y nos dispusimos

a marcharnos a descansar hasta el día siguiente, me acerqué a él.

—Si no tienes quien te enseñe la ciudad, dímelo —le comenté. Supuse que tampoco

tendría familia cerca, así que sabía lo duro que le debía estar resultando la adaptación.

—Oh, gracias —respondió él con una media sonrisa, mirándome con sus ojos brillantes, tan

azules que parecían estar hechos de hielo.


La invitación no cayó en saco roto. Unos días después, cuando ya había terminado de

instalarse en su nuevo apartamento, Mateo me pidió que le hiciera ese tour guiado que le había

prometido.

Nos subimos en mi coche y, a salvo de fans y demás curiosos, le fui mostrando las zonas

más emblemáticas. De vez en cuando, si veíamos que no había demasiada gente por los

alrededores, dábamos una vuelta para que la visita no fuese tan fría.

—¿Vos también sos de afuera? —me preguntó con un fuerte acento que al principio me

costaba descifrar.

—Sí, pero llevo tanto tiempo viviendo en Madrid que es como si hubiese nacido aquí —

afirmé.

—Me moría de ganas por venir a Europa, ¿sabés? —dijo entusiasmado.

—¿Y eso?

—Porque el ambiente que se respira acá es inigualable.

—Ya…

—Pienso darlo todo en la cancha. Espero que el equipo acompañe.

—¡Así se habla! —reí, satisfecho.

A esa noche siguieron otras tantas, pero no le di demasiada importancia. Simplemente,

pensaba que tenía suerte de haber congeniado tan pronto con la persona del equipo con la que

pasaba más tiempo. Cuando nos tocaba desplazarnos para jugar un encuentro, hablábamos largo

y tendido en nuestra habitación. Entre semana, si ninguno de los dos tenía un plan mejor, Mateo

venía a mi casa y veíamos algún partido grabado de nuestros próximos rivales. Era un jugador

excelente. En poco tiempo se había metido a la afición en el bolsillo. Su olfato goleador era

infalible, haciéndonos ganar unos puntos vitales para estar a la cabeza de la clasificación y seguir
optando al título. Y mientras que su nombre empezaba a destacar en los medios y en boca de la

gente, nuestros compañeros parecían adorarle, especialmente durante los viajes, amenizados por

su extroversión y su repertorio infinito de anécdotas.

Al principio no sabía por qué, pero cuando estábamos en la sala de espera de los

aeropuertos, o en los autobuses de traslado a los hoteles, y veía a Mateo hablando y despertando

las risas de los demás, algo en mi interior me instaba a aislarme y observar desde lejos. No me

gustaba que su atención, por lo general acaparada únicamente por mí, fuese compartida a diestro

y siniestro.

Si eran celos o no, es algo que todavía sigo sin saber a ciencia cierta; los sentimientos iban

mezclándose en mi pecho, formando una vorágine imparable. Si Mateo marcaba uno de sus

golazos y acudía a abrazarme en pleno júbilo, le estrechaba tan fuerte como mis brazos podían

para no dejarle escapar. Si no me llamaba por las noches para venir un rato a mi casa, me pasaba

las horas de mal humor, con un ojo fijo en el móvil. Si le veía afianzar lazos con otro, volvía a sentir

la misma rabia que cuando Joán estaba con su chica.

El detonante llegó una noche, en la habitación de hotel que compartíamos a vísperas del

gran derbi. Aunque jugábamos en nuestro estadio, el entrenador había decidido convocarnos para

aislarnos de distracciones externas. Yo estaba encerrado en el baño y no dejaba de mirarme en el

espejo, tratando de decirme a mí mismo que era un imbécil por encontrarme tan dolido, cabreado

y, por qué no decirlo, asustado por algo que no tenía nada que ver con mi profesión.

No podía sacarle de mi cabeza. Si cerraba los ojos, oía su voz, veía su cuerpo cincelado,

ése que tantas veces había contemplado de reojo cuando la ocasión era propicia. Aquello era

completamente nuevo para mí: ya había tenido líos con compañeros, pero nunca me había sentido

tan acorralado.
Respiré hondo. Llevaba demasiado tiempo ahí dentro y no quería alterar aún más las

cosas. Así que salí y aparenté que lo único que me importaba era meterme en mi cama y dormir

de un tirón. Cuando me hube sentado en el lecho, Mateo me estaba mirando desde el suyo,

fijamente. Su mirada era distinta. Había un fuego en sus ojos que yo ya había visto antes; el

inconfundible reflejo del deseo, una llamada a la que era incapaz de resistirme.

Di de lado a lo racional y me dejé llevar. Me abalancé sobre sus labios y le besé casi con

furia. Para mi agrado, él me correspondió. Pronto noté por su erección que también estaba

deseando acostarse conmigo.

Apenas conservo recuerdos de eso. Sólo sé que fue breve e intenso, quizás demasiado. Le

penetré como si se me fuera la vida en ello, sin pararme a pensar si le estaba haciendo daño.

Embestí y jadeé con los ojos cerrados hasta que me derramé en su interior. Cuando hube

despertado del orgasmo, no supe qué decir o hacer.

El silencio que se formó era tan tenso que cortaba. Incapaz de seguir sosteniéndole la

mirada, me retiré de su cuerpo y me marché a mi cama, en la que fingí conciliar el sueño dándole

la espalda. No pegué ojo. Pasé esa noche sumido en una vigilia que, lejos de permitirme llegar

descansado al partido, me dejó en un estado mental de entumecimiento. Cuando sonó el

despertador bajé con las mismas al hall del hotel, evitándole hasta que no tuve más remedio que

cruzarme con él.

No quería hacerlo, pero mi cuerpo se movió por inercia, acostumbrado a la frialdad esquiva

que mostraba a mis amantes, como si con esa actitud pudiese restar peso a un encuentro que,

teóricamente, carecía de significado.

No salí contento de los noventa minutos disputados. Las jugadas a balón parado que

habíamos practicado hasta la saciedad no salieron como debían; la defensa hizo aguas, dejando
pasar balones que, en condiciones normales, no habrían traspasado la primera línea. Para colmo,

Mateo falló varios remates. El empate a dos con el que concluyó el partido dejó un mal sabor de

boca generalizado.

No nos dirigimos la palabra durante la siguiente semana. Estoy seguro de que los demás

notaron que, entre nosotros, persistía una tensión que enturbiaba el ambiente. A cada día que

transcurría sin sus llamadas, mi enfado hacia él y hacia mí mismo se incrementaba. Lo peor de

todo era que Mateo no tenía la culpa.

La noche del siguiente partido del equipo, estallamos. Nos jugábamos el pase a cuartos de

final de la Copa. Habíamos dominado la totalidad del partido, pero un balón que él remató al

larguero acabó en gol para nuestros rivales, al llevárselo por todo el campo aprovechando que

nuestras filas estaban completamente desordenadas. Nos metimos en el vestuario para asimilar

que habíamos perdido un pase directo a la siguiente eliminatoria y, mientras recobrábamos fuerzas

para la prórroga, descargué la impotencia con los demás en cuanto el entrenador hubo salido en

busca de los fisios.

—¿Se puede saber qué os pasa? ¡Estamos haciendo el ridículo, joder!

El vestuario entero, sumido en el aplomo por la bronca que les estaba dando, enmudeció a

excepción de una voz que se alzó, clara y concisa, para enfrentarse a la mía.

—¿Y vos, qué? ¿En qué mierda andás pensando? No acertás ni una, la defensa es un

coladero porque no sabés dirigirla.

—¿Cómo dices?

—¡Qué parecés muy bravo, pero sos el primero que no está a la altura!

La rabia contenida me hizo perder el control. Me acerqué peligrosamente a Mateo y le

propiné un empujón en los hombros, acompañado de una severa amenaza.


—Ni se te ocurra ponerme en evidencia.

—No me toques —replicó él, devolviéndome el empujón.

—¡Soy tu capitán, no te atrevas a hacerme frente! —bramé.

—No sos más que un prepotente. ¡Da la cara ahora, cuando el equipo de verdad te

necesita! —contraatacó.

—¡Te he dicho que te calles!

Mi cuerpo seguía reaccionando ante él a su libre albedrío; en esa ocasión, fue mi puño

izquierdo el que tomó la iniciativa, al estrellarse directamente sobre su rostro. Para cuando

Andrew, el lateral con el que compartíamos alineación, atinó a ponerse entre ambos para

detenernos, Mateo ya había estampado el suyo sobre mi boca. Sentí el sabor ocre de la sangre y

la adrenalina se me disparó.

—¡Dejadlo ya! —rogaron nuestros compañeros, sujetándonos a duras penas.

Conseguimos zafarnos e intercambiar un par de golpes más, hasta que la presencia de

nuestro entrenador fue notoria. Cinco minutos después, volvimos a salir al campo con marcas

visibles de la pelea: las físicas en nuestros rostros, vestidos con rastros de sangre reciente y

moratones, y las emocionales. Aunque conseguimos resolver el pase a cuartos, cuando llegué a

casa y me dejé caer sobre el sofá, me sentí miserable. A esas horas, la prensa ya se había hecho

eco de lo ocurrido y nuestro encontronazo había tenido la misma o incluso más publicidad que la

victoria.

Sabía bien por qué había caído tan bajo metiéndome en una trifulca sin sentido. Sentía

rencor hacia Mateo porque había desestabilizado mi modus operandi, el proceso en el que

siempre me había escudado y por el que había forjado una coraza con la que me procuraba

seguridad.
Le di vueltas al asunto hasta que el dolor de cabeza resultó insoportable. Y entonces, a eso

de las dos de la mañana, escuché que llamaban a la puerta. Al principio creí que eran

imaginaciones mías, pero atiné a abrir lentamente.

Allí estaba él, con un cerco negruzco en la cuenca del ojo derecho enmarcándole la mirada.

Sus labios estaban curvados en una media sonrisa que no encajaba con el halo de abatimiento

que le cubría.

De nuevo, silencio. Y, de nuevo otra vez, fue él quien lo rompió.

—¿Pensás tenerme acá afuera toda la noche?

Suspiré.

—Pasa, anda.

Él avanzó hasta el salón y se quedó de pie, dándome la espalda. Noté una punzada en el

pecho, tan intensa que dolía como si me estuviesen clavando un puñal en el centro del corazón.

—¿Por qué te mostrás tan esquivo conmigo? —se giró, encarándome como había hecho

en el vestuario—. ¿Acaso pensás que ignorándome podés borrar las huellas que dejás a tu paso?

—Todo esto ha sido un error.

—¿Por qué?

—¿Tú querías que pasase? —pregunté.

El arrojo de Mateo se esfumó como la neblina y su voz se truncó. Si no me había quedado

claro hasta el momento por sus reacciones y su presencia allí en plena madrugada, terminó de

confirmármelo con palabras. Siempre se le dio bien emplearlas.

—Claro —musitó—. Estoy enamorado de vos, ¿cómo no iba a querer?


Yo, por el contrario, suelo expresarme con actos. Las palabras se las acaba llevando el

viento. Nuestros actos, nos gusten o no, dejan un rastro superficial o profundo, según la intensidad

con la que nos volquemos en ellos.

Le abracé con dos intenciones: pedirle disculpas por la forma en la que había actuado y

darme unos segundos más para recapacitar. ¿Sentía yo lo mismo? ¿Qué consecuencias tendría,

teniendo en cuenta cuál era nuestra posición?

Mateo depositó su mano sobre mi cara dolorida y la atrajo hacia la suya. Nos besamos.

Había volcado tanta frustración en el primer encuentro que era como si estuviese descubriendo

ahora sus labios. A decir verdad, parecía que ambos hubiésemos acordado olvidar lo sucedido

aquella noche antes del derbi para entregarnos de pleno el uno al otro. Llegamos a tientas hasta

mi cama, desnudándonos a tirones. Su piel ardía entre la mía; su tacto y su olor me hacían perder

el sentido.

Hicimos el amor de una manera que no recordaba haber experimentado antes. Y entre las

oleadas de placer provocadas por la novedad y el deseo, en mi cabeza seguía flotando esa frase.

Incluso cuando caí víctima de un sopor irrefrenable, no podía evadirme de la declaración de

Mateo.

Cuando abrí los ojos aún no era de día. Él estaba despierto, mirándome con aire pensativo

recostado a mi lado.

—¿Qué hora es? —pregunté.

—Casi las cinco.

Suspiré y me recoloqué entre las sábanas. El leve resplandor de la luz de la calle que

entraba por las ventanas le confería un extraño aspecto. Su cabello, rubio y rizado, caía sin orden

sobre sus hombros.


—¿Y vos, cómo lo llevás?

—¿Llevar el qué?

—Ya sabés... Esto, dedicándote al fútbol.

—No lo llevo —suspiré—. Me he limitado a sobrevivir.

Me dije que era el momento de aclarar las cosas. En apenas tres horas nos encontraríamos

en medio de una sesión de entrenamiento y tendríamos que enfrentarnos, entre otros

pormenores, a la reprimenda oficial por la pelea en la que habíamos estado envueltos. Pero, sobre

todo, tendríamos que enfrentarnos a nosotros mismos en nuestro entorno habitual, pasando por la

dura prueba de no dar señal alguna de lo que nos unía.

—Si vamos a ir en serio —dije mirándole a los ojos—, tenemos que ser discretos.

—¿Qué entendés por discreción?

—Pues... Actuar como siempre con el equipo y cosas por el estilo. Y vernos sólo aquí, en el

tiempo libre.

—Podés venir de vez en cuando a mi departamento.

—Mejor no, tienes demasiados vecinos en el edificio. Aquí estaremos más seguros.

En ese momento tenía la sensación de poder argumentar cualquier estupidez que se me

ocurriese, sin que Mateo diera muestra alguna de oponerse. En cuanto cerramos con el diálogo

que nos habíamos metido en algo parecido a una relación de pareja, se le dibujó una sonrisa

deslumbrante.

—¿Qué pasa? —susurró—. Parecés contrariado.

—Todo esto es nuevo para mí —confesé.

—Para mí también. Soy del gremio de los de una sola noche y si te vi, no me acuerdo.
—¿Estás seguro de querer seguir adelante?

—¿Vos lo estás?

¿Lo estaba realmente? El que pudiera descubrirse me daba pánico, pero nunca había

sentido algo tan fuerte por otra persona y menos por alguien que, como mínimo, me correspondía.

Teníamos la misma edad, los mismos principios y objetivos, formas de ser distintas, aunque

complementarias. Mateo me hacía reír, me hacía disfrutar en el terreno de juego. Físicamente, me

prendía como pocos lo habían conseguido.

Y di el paso.

—Lo estoy.

Él sonrió nuevamente para a continuación recolectar su ropa, desperdigada alrededor de la

cama. Me quedé ahí, desnudo entre las sábanas, observando cómo se preparaba con

desparpajo. Ése se convertiría en nuestro ritual cada vez que él pasaba la noche conmigo; se

levantaba antes del amanecer y se marchaba cuando el resto de la ciudad todavía estaba sumida

en el sueño. Conducía hasta su apartamento, fingiendo que salía del mismo un par de horas

después para ir a entrenar.

Cuando nos volvimos a ver, tal y como habíamos vaticinado, el entrenador nos convocó en

privado y nos echó una buena bronca, pero hasta en una situación como esa, disfrutamos de la

complicidad.

Así fueron pasando las semanas en una constante de esfuerzo por la recta final de la

temporada y el ejercicio de aprendizaje que suponía lo nuestro. La convivencia era dura, pero los

aspectos buenos hacían que los malos valieran la pena. Fuimos adaptándonos el uno al otro, con

nuestras peculiaridades, costumbres y manías. Nos veíamos prácticamente a diario en las

sesiones de preparación y en los partidos. Además, rara era la noche que no pasábamos juntos.
También descubrimos una nueva dimensión del sexo a través del conocimiento. Para mí, que

nunca había repetido con alguien, cada experiencia tenía algo que la hacía única e irrepetible.

El carácter abierto y lanzado de Mateo también quedaba patente en la cama. Además de

ser apasionado y seductor, tenía un aguante inhumano y encontraba irresistiblemente divertido

provocarme cuando estábamos en público. Jugaba a excitarme a lo largo del día para que, al

cerrarse el telón con la noche, hundirme en su cuerpo fuese una necesidad.

Fue precisamente por cuestiones de sexo que se produjo nuestra primera discusión seria.

Estábamos en los vestuarios una tarde, después de una sesión de máquinas en los

gimnasios del club. Sergio se acercó mientras me vestía, hablándome con entusiasmo.

—Dani, ¿te has enterado de lo de Joán?

—No, ¿qué pasa?

—Está en la ciudad, rodando un anuncio de su sponsor. Va a organizar una fiesta privada

esta noche, me dijo que te invitase.

—¿Hoy? —pregunté sorprendido—. ¿A qué hora?

—A las diez. ¿Quieres venir tú también? —le dijo Sergio a Mateo.

Yo estaba a punto de declinar la oferta cuando él, sin darme tiempo a responder, hizo por

mí lo contrario.

—Oh, será estupendo. ¿Sabés dónde es? —me preguntó Mateo con segundas.

—Supongo que donde siempre —respondí.

—Genial. Nos vemos allá. ¡Hasta luego! —se despidió Sergio.

Se refería al Double, un local del centro al que sólo entraba gente muy selecta. Era ahí

donde solíamos celebrar las victorias del equipo, cuando nos reservaban la discoteca entera para
nosotros. Que Joán hubiese conseguido una sala en exclusiva, era algo que no me extrañaba.

Desde su marcha a Italia había llovido mucho. Ahora era tan famoso por su demoledor historial de

goles en el Calcio como por sus escarceos con italianas de renombre. De hecho, su reciente boda

con una modelo había hecho correr ríos de tinta; siempre que viajábamos a otra ciudad para algún

partido, rara era la vez en la que mis compañeros no me enseñaran alguna revista comprada en el

aeropuerto en la que se hablaba de sus aventuras.

Por supuesto, lo ocurrido entre nosotros era, por mi parte, secreto de Estado.

Quedé en recoger a Mateo e ir en mi coche hacia el local. Le di un toque al móvil cuando

estuve en la esquina de la calle y, mientras esperaba, me pregunté por qué precisamente ahora

quería Joán quedar conmigo, cuando hacía un montón que no hablaba con él.

Sin embargo, la visión de Mateo cortó de cuajo el hilo de mis pensamientos. Iba vestido de

negro, informal, pero le sentaba tan bien que no pude sino tomármelo como otra de sus

provocaciones.

—¿No puede uno cambiar de look de vez en cuando? —se excusó él con sorna.

Yo fruncí el ceño y arranqué. Tenía pensado estar un rato allí, tomarme un par de cervezas

y volver derecho a la cama, como siempre en las pocas veces en que me unía a las marchas del

equipo, pero claro, no contaba con el factor Vico...

En cuanto hubimos pasado el control de acceso vip, Mateo se convirtió en el alma de la

fiesta.

—¡Hey, estamos aquí! —dijeron los madrugadores.

—¡Vico, ven, ven aquí! —rogó Puig, que ya llevaba un par de copas de más encima. Le

tendió una birra y, tras pasarle un brazo por los hombros, hizo un ruego que los demás no tardaron

en apoyar—. Por favor, cuéntanos otra vez lo del canchero y la lata de gasoil.
—Pues... —empezó él con su particular labia, aceptando la botella—, resulta que iba el

canchero en busca de...

Yo decidí ir a pedir algo. El local estaba bastante bien. Era amplio, tenía sillones para

sentarse, música chill out... Sólo la risa estruendosa de mis compañeros, que habían formado un

corro en torno a Mateo y se descojonaban con sus historias de la Argentina rural, rompía un poco

el ambiente.

Entonces, noté que alguien me tocaba en el hombro. Al girarme, me topé con Joán.

—Pero qué tenemos aquí —me dijo a modo de saludo—, el hombre más serio del planeta.

Yo sonreí. Joán estaba cambiado, pero seguía siendo el mismo al que conocí en mi

adolescencia. Más alto, con más porte, presencia y dinero en su cuenta corriente, eso sí.

Hablando con propiedad, entre él y nosotros había un abismo monetario. Desde que el equipo más

importante de Milán le fichase, sus honorarios triplicaban los nuestros. Era tan conocido a escala

mundial que al orgullo de tenerle como amigo de juventud, había que sumarle las ganas que tenía

de enfrentarme algún día a él y tomarme la revancha.

—¿Es que no vas a reaccionar, ni siquiera por los viejos tiempos? —insistió él.

Dejé la copa sobre la barra y le di un abrazo. Muchos años atrás, cuando nuestro futuro

como futbolistas profesionales no era más que un sueño púber, hubiese matado por tenerle

aferrado como en esos momentos estaba haciendo.

—Me alegra verte por aquí —dije finalmente.

—Y a mí a ti. Amenacé a Sergio a que lo pagaría caro si no conseguía arrastrarte. ¿Te

apetece que nos sentemos por ahí y hablamos un rato?


Me pareció bien. Cogimos nuestros vasos y nos acomodamos en los sofás que había al

fondo de la sala. De vez en cuando, echaba un vistazo al grupito, cuya fiesta parecía no haber sino

dado comienzo.

—Ya sé que te va bien, veo todos los partidos del Juventud que puedo, pero... ¿nunca has

sentido la necesidad de cambiar de aires? —preguntó él.

—No —respondí tajante—. Este es mi club, lo que más deseo como futbolista es retirarme

vistiendo los mismos colores.

—Siempre has sido un tío legal —afirmó Joán dando un sorbo a su cóctel—. Te admiro, en

serio. Yo no tengo tanta disciplina como tú.

—Lo sé —medio reí—. De todos nosotros, siempre fuiste al que más le gustaba montar

follón.

—Y que lo digas... Las juergas que me corrí mientras vosotros estabais de clausura en la

resi. Qué tiempos aquellos...

De pronto, Joán se acercó un poco más a mí, hasta depositar su voz directamente en mi

oído.

—Y hablando de los viejos tiempos... Quizás quieras seguir recordándolos. Voy a pasar la

noche en el piso que poseo aquí, en la ciudad. Había pensado que, a lo mejor, te apetece

acompañarme.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Iba a rechazar su proposición de la manera

más sutil que pudiera improvisar cuando alguien nos interrumpió.

—Disculpá, ¿no sos vos el anfitrión y futuro Bota de Oro de la temporada?

Ambos nos giramos. Ante nosotros, Mateo esperaba. No quería precipitarme en cuanto a

las conclusiones, pero parecía el líder de una manada marcando su territorio.


—Vaya, gracias por el piropo... Tú debes ser Vico. Hiciste un partido alucinante la semana

pasada, menudo golazo de volea marcaste.

—Gracias... Yo también admiro tu juego —añadió, tendiéndole la mano.

Me quedé observando como un imbécil cómo se la estrechaban.

—Dani y yo estábamos hablando de los años en los que jugábamos en los filiales —

arremetió él.

—Claro... Tranquilos, no los molesto. Espero que nos encontremos en la cancha algún día.

Mateo hizo un gesto con la botella de cerveza, como si brindase a su salud, y regresó con

los demás. En cuanto estuvo lejos, Joán volvió a mirarme a los ojos.

—¿No se supone que eres tú el defensa? Menudo marcaje te ha hecho...

—Oye, Joán, yo...

—¿Qué, vas a aceptar entonces?

Me incorporé. Me había alegrado verle, ahora que su condición de mega estrella lo hacía

prácticamente imposible, pero había algo en él que me producía rechazo. Entonces, como si en el

fondo siempre lo hubiese sabido, lo vi claro. Quizás yo no estuviese haciendo lo correcto

ocultándome, pero lo prefería a ir aireando determinados trapos de mi vida privada con tal de

desviar la atención sobre la verdad.

—No. Prefiero vivir en el presente, ¿sabes? Mejor que pases la noche con tu mujer.

Joán ahogó una risa de resignación y, tras dar otro trago a su copa, bajó la mirada. Había

captado por dónde iban los tiros.

—Cuídate, Dani.

—Tú también.
Le dejé ahí, en el sofá, y me dirigí hacia el grupo. Sabía que no podía recriminarle nada a

Joán. Él no era ni más ni menos culpable que yo. Estábamos viviendo la misma mentira desde

ópticas distintas.

Nos quedamos en el Double hasta la una de la mañana. Teníamos sesión de tarde al día

siguiente, por lo que fueron muchos los que protestaron por mi habitual costumbre de marcharme

el primero.

—Oh, venga, capitán, quédate un rato más —exclamó Sergio.

—La noche es joven —corroboró Puig.

Pero las protestas se agravaron cuando Mateo cogió su chaqueta de cuero e hizo ademán

de irse conmigo.

—No me digas que te vas tú también... —dijo Ferrer.

—Pibe, no pasa nada, ya habrá más noches locas —se disculpó Mateo con gracia—. No

olviden invitarme, a la próxima vengo en taxi.

Nuestros compañeros nos despidieron. Joán, que estaba hablando con alguno de sus

invitados del mundo de la farándula, me miró una última vez. Cuando cruzamos la puerta, el aire

nocturno de finales de primavera nos dio en la cara. Nos montamos en mi coche y salimos de allí.

Hasta que no estuvimos a un par de minutos de la discoteca, Mateo evitó pronunciarse.

—¿Qué hay entre Joán y vos?

—Fuimos compañeros durante varios años, en la residencia donde vivíamos los integrantes

de los equipos juveniles —contesté con la atención puesta en la carretera.

Mateo suspiró.
—¿Me tomás por tonto? Ese tipo te estaba devorando con la mirada. ¿No tiene bastante

con acostarse con media Italia?

Frené por un semáforo en rojo. Si había alguien que tenía todo el derecho a conocer el

secreto, era él.

—Vale, tienes razón. Hubo algo entre nosotros...

—¿Qué?

Reinicié la marcha vigorosamente, tanto que la caja de cambios hizo un ruido chirriante.

—Mi primera vez fue con él. ¿Contento?

Mateo se me quedó mirando unos segundos. Como no me quedaba otro remedio que estar

al tanto de los demás coches y señales, apenas podía devolverle la mirada de reojo.

—¿Y cómo fue? —quiso saber.

—Un desastre —reconocí con algo de vergüenza.

Mateo se empezó a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia? —exclamé ofendido—. Llevaba un montón colado por él

cuando por fin conseguí meterme en su cama.

—Seguro que fuiste más rápido que Flash Gordon... —siguió riendo.

—Aunque después de eso, no volvimos a "vernos"... —seguí, evitando no darle coba—.

Luego él entró en el primer equipo y cuando lo conseguí yo, ya se había marchado al Calcio.

—Nunca habría pensado que fuese gay.

—Será bisexual —le defendí.

—Lo de la bisexualidad es una máscara que usan los cobardes para no reconocerse —

afirmó Mateo sin tapujos.


Lejos que querer meterme en debates sobre las tendencias de cada uno, me centré en el

asunto que de verdad nos concernía.

—Compréndelo. Para él no debe ser nada fácil llevar una doble vida.

—Pura fachada —respondió Mateo.

Yo me mordí los labios. Sabía que era una indirecta hacia mí.

—¿Te has parado a pensar en lo que dirían los cincuentones adinerados, que son los que

realmente manejan los hilos en el mundo del fútbol, si se enterasen de que una de sus estrellas no

es más que un maricón de mierda? —pregunté escamado.

Apenas hube pronunciado la consabida expresión, la imagen de mi padre acudió a mi

mente.

—Quizás prefiero ser un maricón de mierda que hace bien su trabajo, a un hipócrita que

hace fiestas como excusa para voltearse a una vieja conquista —contraatacó Mateo. Su tono de

voz se había agriado.

—No es tan fácil —insistí—.Tú no tienes ni idea de lo homófobo que es este país en lo que

se refiere a...

—Decís que debutaste con el tipo que te gustaba —me interrumpió él—. ¿Sabés quién fue

el primero que me tocó a mí? Era mi entrenador en los juveniles de Federal. Debía tener treinta

años más que yo. Siempre me decía que era su favorito, que me llevaría de la mano a lo más alto

si hacía lo que me decía. Pero mientras me yo abría de piernas para que se lo gozase, él iba

codeándose por ahí con tus cincuentones acomodados, de los que, por cierto, hay muchos allá.

Mateo parecía cabreado. Y triste. Detuve el coche en una explanada que había cerca del

edificio donde vivía, en una zona residencial de las afueras.


—Así que no me des sermones porque no me vas a contar nada nuevo. ¿Tenés idea de

cuánto quería marcharme a España? Creía que las cosas serían diferentes...

—Ya has comprobado que no.

—¿Y por qué? A la gente lo que le importa es el espectáculo y a los presidentes de los

clubes, los ingresos que generamos.

—Puede que... —atiné a decir.

—¿Qué? —preguntó él, desesperado por conocer mi opinión.

—Puede que algún día las cosas cambien, pero ahora mismo, no podemos arriesgarnos a

perder lo que hemos conseguido. Tú también llevas toda la vida luchando por jugar en los mejores

equipos. ¿Estarías dispuesto a permitir que tu esfuerzo se viniese abajo?

—Es que no lo querés comprender. Yo creo que no hay por qué anteponer una cosa a la

otra. Lo que les debe importar a los demás es que marque goles para mi equipo. Con quién vaya o

deje de ir sólo es asunto mío y del otro en cuestión —dijo, mirándome fijamente.

Me sentí fatal, pero no me quedó otra que ser sincero. En aquellos momentos, no podía

unirme a sus planes de romper con la vieja ley tácita del fútbol y la hombría.

—No cuentes conmigo. No al menos por el momento.

Mateo asintió e hizo ademán de bajarse.

—Ya veo.

—¿Adónde vas?

—A casa. Buenas noches —se despidió, dando un portazo.

Sostuve el volante con fuerza para calmar la rabia. Comprendía que estuviese molesto,

pero cuando nos habíamos metido en la historia en la que estábamos inmersos, había creído
dejarle claro cuáles eran las condiciones. Tal vez había sido un egoísta anteponiendo mi forma de

ver las cosas a la suya.

Estuve un buen rato ahí, en medio de la noche, mirando la luz encendida de su

apartamento hasta que ésta se apagó. Tuve el impulso de marcharme y esperar a que las aguas

se hubiesen calmado, pero habría sido lo más fácil. Saqué la llave del contacto; en el enganche,

además de la llave de mi casa y otras tantas que de vez en cuando utilizaba, estaba la copia que

Mateo me había dado de la de la suya.

Subí con cuidado las escaleras hasta la tercera planta y abrí la puerta del salón. El

apartamento estaba a oscuras y reinaba un silencio sepulcral. Le encontré en su cama tumbado

de costado, dándome la espalda. Me desnudé y me deslicé entre las sábanas para abrazarle por

la cintura.

—Dame tiempo —le pedí—. ¿No te basta con saber lo que siento por ti? A la mierda lo

demás.

Mateo no dijo nada. Se limitó a depositar su mano sobre la mía. Eso fue todo lo que

necesité para conciliar un sueño intranquilo, a intervalos, al que seguramente él también se rindió.

No volvimos a sacar explícitamente el tema hasta mucho después. El final de la temporada

y la participación en dos competiciones absorbía prácticamente todo nuestro tiempo.

Desde mi región en el campo, observaba a lo lejos cómo volaba buscando la red contraria.

Nuestra afición vibraba con su juego, la contraria enmudecía cuando le veía adentrarse en el área

para dar el golpe de gracia. En los periódicos deportivos se empezaba a meter presión para que la

directiva del club cerrase cuanto antes el traspaso definitivo y fuera jugador oficial de la plantilla.

Los niños iban al estadio con camisetas que llevaban su alias. Los adolescentes soñaban

con imitarle e iban a clase con carpetas forradas de sus fotos. En los programas de radio y
televisión no hacían sino reclamar sus declaraciones, o bien su presencia para participar en

tertulias. Y yo, como defensa y capitán que era, permanecía en un segundo plano, observando

cómo su fama iba creciendo progresivamente. Los que hemos jugado gran parte de nuestra

carrera protegiendo la portería, tenemos asumido que la atención, por lo general, recae en los

delanteros. Sin embargo, para que su luz brille, es imprescindible que los resultados acompañen y

ahí es donde empezaba mi parte.

Sudé la camiseta como el que más mientras Mateo triunfaba en España. A veces, cuando

escuchaba los cánticos del público vitoreándole, me preguntaba qué diferencia habría para la

gente entre Vico, el gran goleador, y Mateo, el hombre cuyo mayor sueño era, simplemente, no

tener que distinguir entre ambos roles a la hora de definirse como individuo.

Ganamos la Liga. Fue un acontecimiento memorable, puesto que se rompía por fin una

época de sequía de títulos. Ya había experimentado cómo era una celebración en el estadio: un

estallido de júbilo y color con las gradas a reventar, pero tenerle a él conmigo y, sobre todo,

compartir la misma sensación de plenitud, era indescriptible.

Ese fue, en los dos años que duró lo nuestro, el momento en que le vi más radiante. Pero

por desgracia, la fortuna no iba a seguir soplando a favor.

Estuvimos separados durante las semanas de vacaciones que nos daba el club. A

principios de agosto, durante la presentación de la pretemporada, Mateo había firmado un contrato

de tres años, por lo que su futuro parecía estar ligado al del equipo de manera irreversible.

Le había echado terriblemente de menos durante dicho descanso. Él me había propuesto

vernos en un remoto lugar al norte de su país, donde todavía era invierno, pero preferí quedarme
en Madrid. Mi casa sin su presencia me pareció enorme y sombría. Ese vacío me hacía caer una y

otra vez en mi debate interno. Si tanto le quería, si tanto necesitaba tenerle a mi lado, ¿por qué no

era capaz de demostrárselo en los momentos clave?

La noche en que escuché el replicar de sus llaves en mi puerta, creí que iba a enloquecer.

Apenas le dejé depositar su bolsa de viaje en el suelo. Le apresé entre mis brazos y la pared,

buscando el mayor contacto posible. Nos besamos como fieras, llenando el aire que flotaba a

nuestro alrededor de partículas eléctricas. Nos metimos juntos en la ducha, en donde, incapaz de

aguantarme, le hice mío. Y luego en la cama, dos, tres veces, hasta que la cordura dijo basta y

caímos, extenuados, en un sueño profundo. Dormí hasta el mediodía, algo que no había hecho en

muchos años, aferrado a él, como si incluso en el subconsciente temiera dejarle escapar.

Para cuando la nueva temporada arrancó, los defensas de la Primera División española

tenían claro una cosa: si querían vencer al Atlético Juventud, no les quedaba otro remedio que

dedicar gran parte de sus recursos a reducir al arma mortífera de la delantera. Así que la

benevolencia gracias a la que Vico se había logrado zafar de los contrarios en su primer ejercicio

con el equipo, se transformó en una sucesión de faltas bestiales dirigidas hacia su persona.

Rara era la noche en la que sus piernas no recibían el impacto violento y premeditado de

los tacos de una bota ajena. A mayor rivalidad, peor eran las entradas, como si fuese la única

manera de echarle el freno. Los árbitros a veces castigaban a los autores, a veces no, pero

independientemente del resultado de su juicio, a mí me hervía la sangre cada vez que le veía

retorcerse de dolor en el suelo.


A tres meses del inicio del campeonato, la pierna izquierda de Mateo dijo basta. Tuvieron

que sacarle en camilla tras una entrada demencial por detrás, directa a la tibia. El árbitro sacó roja

directa a Sneider, el compatriota de Mateo que, quizás por una rivalidad estúpida alimentada por la

envidia o el rencor, le dejó un mes en el dique seco por una fisura.

Cuando escuché a aquel tipo excusándose ante el árbitro para evitar la expulsión, llamando

nenita a Mateo y siendo apoyado por un corro de compañeros, perdí los estribos. Yo,

internacionalmente conocido por mi templanza y saber estar en el césped, permití que la furia se

apoderase de mí durante breves instantes, los suficientes para que mi cabeza se estampara

contra la suya. Habría ido a más si Sergio y Puig no me hubiesen sujetado con firmeza,

haciéndome regresar.

Ni huelga decir que también acabé expulsado. A solas, en las duchas del vestuario, fui

consciente del peligroso paso que había dado, al entremezclar lo personal con lo profesional en el

terreno de juego.

Pero la peor parte no me la llevé yo. Al fin y al cabo, el castigo se tradujo en una semana en

la grada, sin poder hacer nada para evitar la derrota de los míos en mi encuentro expulsado. Para

cualquier deportista, una lesión es la peor tortura imaginable. Se siente rabia hacia uno mismo y

hacia los demás, impotencia, desespero. Los hay incluso que se deprimen.

En el caso de Mateo, fue una mezcla de todo. Le dieron el alta dos días después, cuando

los médicos estuvieron seguros de que la lesión no iría a más siguiendo las prescripciones

indicadas. Ya había ido a verle con algunos compañeros al hospital, pero no fue hasta que estuvo

en su apartamento que pudimos estar a solas. Mi intención era la de facilitarle las cosas para que

no tuviera que hacer más esfuerzos de los estrictamente necesarios, pero él, terco y orgulloso, no

estaba dispuesto a depender todavía más de mí.


—¿Por qué lo hiciste?

—¿El qué?

—¡Emprenderla como un animal contra el que me lesionó!

Aunque no le había sacado el tema de mi expulsión, di por hecho que se habría enterado

por algún medio y que, además, habría visto la agresión gracias a las cadenas televisivas.

—Me puse furioso, no hacía más que entrarte hasta que te rompió. Sé que debí

contenerme, pero...

—No es sólo que no te contuviste —siguió Mateo, interrumpiéndome—. Sos un imbécil.

Siempre me estás dando largas para que no se hable de nosotros más allá de estas cuatro

paredes y vas y casi matás al tipo porque se la agarró conmigo en el partido. ¡No hacés más que

contradecirte! —me reprochó, dolido.

—Habría hecho lo mismo por otro compañero —traté de justificarme.

—No, Dani. No me mientas.

Aunque yo no lo quisiera reconocer, sabía que estaba en lo cierto.

—Tómatelo como quieras, no me arrepiento de lo ocurrido —concluí.

—Dejame en paz —rumió él.

Preferí no seguir echando leña al fuego y me marché a la cocina. Mateo estaba irritado por

la perspectiva de las próximas cuatro semanas en el dique seco y, para colmo, cabreado conmigo

por lo de siempre. Dejé pasar un buen rato para que los ánimos se calmasen y comprendí lo duro

que debía resultarle a él callar y resignarse, hacer cientos de sacrificios con tal de amoldarse a lo

que yo le pedía. Aún así, seguía creyendo que lo que él tanto deseaba, no era más que una

utopía.

Seguimos adelante. Al mes de baja le siguieron dos semanas en las que el entrenador,

temiendo que Mateo pudiera recaer, sólo le puso a jugar a partir de la segunda mitad de los
encuentros. Él trató de actuar como si nada hubiera pasado, pero recuperar la confianza en tus

posibilidades después de una lesión es muy difícil. Aún así, el genio del fútbol que era fue

ganando brío poco a poco, devolviendo ilusión al equipo y la afición cuando marcó el primer gol

desde su regreso.

Entre nosotros, las cosas no iban demasiado bien. A veces, cuando él se vestía medio

dormido para marcharse de mi casa antes del amanecer, me venía a la mente una representación

visual de nuestra relación. Éramos como una pastilla de freno que, pese a no ser demasiado vieja,

se había visto afectada por un desgaste prematuro.

Y entonces, cuando menos lo esperaba, ocurrió.

Fue una tarde de medianos de abril, durante un entrenamiento en las instalaciones del

equipo. Recuerdo que hacía un calor agobiante y que estábamos completando la serie de

estiramientos cuando el asistente del entrenador fue hasta Mateo y le pidió que le acompañase al

vestuario. No le di mayor importancia, al igual que nuestros restantes compañeros, pero cuando

fue el míster el que también se marchó dentro, tuve un mal presentimiento.

Se suponía que a falta de técnicos, me correspondía como capitán controlar que el

entrenamiento siguiera su transcurso, pero decidí ir a averiguar qué demonios estaba pasando.

Cuando estuve dentro del vestuario, me encontré al entrenador y a su asistente hablando

en voz baja con Mateo, quien no dejaba de asentir con la cabeza. Sólo pude escuchar lo que

estaban diciéndole cuando estuve lo suficientemente cerca.

—No le des más vueltas. Márchate ya, coge el primer vuelo que salga y regresa cuando lo

creas conveniente.

—¿Qué ocurre? —pregunté, sumándome al grupo de improvisto.


Mateo, quien hasta ese momento había mantenido la compostura, apenas pudo seguir

aguantándose cuando se percató de mi presencia. Tenía los ojos brillantes y su expresión de

forzada tranquilidad me indicó que no quería que nuestros superiores le viesen en ese estado.

—Llamó mi hermana. Al viejo se le debió parar el corazón mientras dormía, amaneció frío.

La noticia me dejó tan helado como debía estar ahora el cuerpo de su padre. Me quedé ahí,

estático, sin saber cómo reaccionar ante la encrucijada. Lo primero que hice, fue pensar en lo que

me habría gustado que pasase en caso de estar en su piel; sin duda, habría querido tener a

alguien a mi lado.

De nuevo mi corazón entró en conflicto con mi cabeza.

Mi obligación personal no era otra que decirle que fuera cambiándose, mientras me reunía

a solas con el entrenador para rogarle que me permitiera a mí también, como pareja suya que era,

acompañarle al duelo.

Pero no lo hice. En lugar de eso, le puse una mano a Mateo en el hombro y pronuncié las

palabras más estúpidas de todas las que podría haber elegido.

—Lo siento mucho. Todos estamos contigo.

Mateo hizo el ademán de irse dentro a por sus cosas. Me atravesó con la mirada antes de

darnos la espalda y desaparecer por la puerta. Una mirada gélida, penetrante.

"Le he herido de muerte", me dije.

Durante lo que restó de entrenamiento, y luego durante los días venideros, no pude dejar

de pensar en dónde y cómo estaría. Le llamé, pero no respondió. Tampoco contestaba a mis

mensajes.

Pasaban seis días desde su marcha cuando mi teléfono dio muestras de actividad. Era

medianoche y me encontraba en mi cama, tratando de conciliar el sueño. El timbre del móvil me


sobresaltó. Atiné a encender la luz auxiliar y, después de comprobar que era Mateo el que me

llamaba, presioné el botón tras quedar sentado, con la espalda apoyada en el cabezal.

—Hola —me apresuré a decir.

Al otro lado de la línea se escuchaba bullicio, dominado por una voz estándar de megafonía

que anunciaba la próxima salida de un vuelo.

—Hola.

—¿Estás en el aeropuerto?

—Sí. Dentro de veinte minutos parto de Buenos Aires.

Comprobé la hora en el despertador. Si todo iba sin complicaciones, llegaría a Madrid sobre

el mediodía.

—¿Quieres que vaya a recogerte? —pregunté.

Se produjo un silencio de varios segundos, tras los cuales, escuché a Mateo suspirar.

—Mirá, Dani, hay algo que tendría que haberte dicho antes y que no puedo seguir

retrasando... —Su voz dejaba entrever, además del evidente cansancio, un denso velo de tristeza

—. En estos días lo pensé y tomé una decisión.

—¿Sobre qué?

—Me hicieron una oferta para irme a jugar a Inglaterra. Lo consulté con mi manager y... Voy

a aceptarla.

—¿Qué? —dije yo, incrédulo.

—Todavía me quedan dos años de contrato con el Juventud, pero la oferta es buena, el

club se llevará bastantes beneficios, dudo que se opongan a mi salida.

—¿Pero qué pasa con...? —dije yo, sin poder acabar la frase.

Mateo tardó otro par de segundos en continuar.


—¿Sabés qué? Llevo varias noches sin dormir entre lo del viejo, lo del Westhound y vos...

Sinceramente... Si tuviese un motivo sólido por el que quedarme en España, no habría hecho ni

caso a lo de marcharme, pero...

Se me formó un nudo en el estómago cuando, cada vez más leve por el sonido ambiente, le

oí sollozar.

—Es que al día de hoy, siento que lo mío con vos no merece el sacrificio, ¿entendés? Estoy

harto, no lo soporto más.

—¿Estás tratando de decirme que quieres cortar conmigo?

—Te estoy dando una última oportunidad.

Por megafonía volvieron a emitir el anuncio de la salida del vuelo. Tenía que responderle

ya, antes de que embarcase y nos quedásemos incomunicados durante las próximas doce horas.

Aunque se me partiera el corazón en dos, incluso a sabiendas de que el suyo quedaría

hecho añicos, yo sólo tenía una respuesta que darle.

—Sabes que no voy a cambiar de opinión.

Mateo tomó aire, afrontando con el poco amor propio que le quedaba que acabábamos de

ponernos punto y final.

—Bien. Entonces, hasta acá llegamos. Nos veremos en la cancha.

Y, tras eso, mi habitación quedó sumida en un silencio absoluto. Me quedé mirando la

pantalla del móvil, cuyo mensaje luminoso indicaba que la comunicación había terminado.

No sé cómo describir el vendaval de emociones que me sacudió. Sentía tanto coraje,

decepción y miedo que apreté el móvil en el puño y lo estrellé contra el suelo con todas mis

fuerzas.
Las piezas se desperdigaron por todos lados. Allí, resguardado en las tinieblas de mi

habitación, rompí a llorar.

Lo único que agradecía de la terrible soledad que me había buscado, era que nadie podía

verme en esas condiciones. Me sentí patético, inútil.

Le había perdido. Y lo peor de todo era que todavía quedaban dos meses para el final de la

temporada. Dos meses durante los cuales, como mínimo, tendríamos que coincidir en los

compromisos habituales del equipo y las pujas por los títulos a los que optábamos.

Pero eso no debía ser problema para mí. Al fin y al cabo, si había algo que se me daba

realmente bien, era aparentar que entre Mateo y yo no había nada, aunque fuese la mayor mentira

que hubiese creado jamás.

Por si no me había quedado claro que Mateo decía muy en serio que era perfectamente

capaz de separar su vida privada de la profesional, lo demostró con creces durante el final de la

competición.

Dejó las negociaciones con el club a su representante y, a pesar del duro bache personal

que estaba atravesando, deslumbró con su juego. En ocho jornadas igualó en número de tantos al

por entonces máximo goleador de la liga, a pesar de sus ausencias. Para cuando rebasó dicha

cantidad, la afición deliraba con su estilo endiablado. No era de esos delanteros que se pasan

ochenta y ocho minutos desapercibidos para romper en las jugadas determinantes, sino que

creaba ocasiones continuamente, daba pases y presionaba.

Por eso, cuando se anunció formalmente su salida, la noticia fue una conmoción total. Era

obvio que se convertiría en la gran ausencia en el equipo para la temporada siguiente, pero el
Juventud había hecho un negocio redondo: la cantidad irrisoria que había costado su traspaso

inicial se había transformado en millones de euros por venta, los cuales engrosaron las arcas del

club considerablemente.

Aún así, Mateo no se concedió ni un segundo de descanso. Luchó como un jabato hasta el

final y celebró la consecución de la liga como el que más. Por su entrega y entusiasmo, a pesar de

conocer de sobra su marcha, el público le apoyó.

En cuanto a nosotros, prácticamente no intercambiamos palabras más allá de las

imprescindibles. Cuando el equipo se trasladaba en autocar, él se ponía a animar el ambiente

charlando con los demás mientras yo me refugiaba en el iPod y el monótono paisaje. Durante los

entrenamientos, nos concentrábamos en engrasar la maquinaria para un último sprint. En las

concentraciones, me las apañaba para permanecer en las zonas comunes del hotel el mayor

tiempo posible, ya fuese viendo la televisión en las salas habilitadas, leyendo o concediendo

entrevistas. Cuando volvía a la habitación, él ya estaba dormido, o fingía que lo hacía. Me inclino a

pensar que era más bien lo segundo. Por la mañana, era él quien se preparaba primero y bajaba a

desayunar a horas intempestivas, dejándome solo pensando en que se había acostumbrado a

madrugar cuando vivíamos juntos.

Nunca habría pensado que la indiferencia recíproca y forzada resultase tan dura de

sobrellevar.

Mi única vía de escape era el fútbol. Me dije que el tiempo curaría las heridas, que debía

centrarme en mi carrera. Pero cuando acabó el año deportivo y llegaron las vacaciones, regresar a

la casa que les había comprado a mis padres, en la costa, me dio demasiado tiempo para

reflexionar. Pensé en mí, en todos estos años como futbolista, en las historias que había vivido, en

los fracasos, las decepciones, las horas dulces y las bajas.


Estaba cenando con la familia al completo cuando por la tele emitieron la rueda de prensa

del Westhound. Allí, su presidente exhibía con orgullo ante las cámaras su más reciente captura y

estrechaba la mano posando para la foto a Mateo Vikovic, el flamante delantero que recalaba en

Londres con la intención de comerse Europa.

—Ese chico ha hecho bien —afirmó mi padre entre bocados—. Es una pena para vosotros,

claro, pero su estilo encaja mejor en el fútbol inglés.

—Yo también lo creo —dijo mi hermano—. A ver si te lo cruzas en la Champions, ¿eh,

Dani?

—Eso, eso —rieron los demás.

Yo hice ademán de sonreír, pese a que el comentario no me hacía pizca de gracia. Pero

debía asumir que esa posibilidad existía.

Ya no había marcha atrás. Mateo estaba fuera de mi vida. Ahora sólo era Vico, el delantero

que, de convertirse en mi rival, sería un enemigo realmente duro de roer.

La Premier League comenzó a principios de Agosto, un mes antes que la española. Gracias

a las emisiones vía satélite, pude ver todos los encuentros del Westhound durante la

pretemporada. Se me hacía extrañísimo verle vestido de esos colores, pero cuando Vico raptaba

el balón en aquellos campos tan verdes, el estadio se volvía loco.

Seguí su evolución desde las sombras, como un aficionado más. No le llamé ni una sola

vez. Tampoco mostré interés en responder a las preguntas de los periodistas, que insistían en

conocer cuáles eran mis impresiones al respecto. Me enfadaba como jugador y capitán que se
menospreciase la labor de mis actuales compañeros, comparándoles con alguien que ya no

pertenecía a la entidad.

Los meses transcurrieron. Jugamos la liga, la Copa, la Champions; también disputé los

partidos con la selección para la clasificatoria del Mundial. Me encontraba en un buen momento

deportivo; estaba a punto de cumplir veintinueve años y, a base de volcarme en el equipo, tal y

como había hecho desde que era un crío, había logrado que las heridas cicatrizasen.

Al menos, eso pensaba.

Una noche, mientras estábamos en el aeropuerto de Frankfurt esperando nuestro vuelo de

regreso tras habernos clasificado para los cuartos de final de la Champions, Sergio y Puig vinieron

corriendo con un periódico en mano, llamándonos a viva voz.

—¡Venid, tenéis que ver esto! —exclamó Sergio sentándose en unos bancos, consiguiendo

que los demás se situaran alrededor.

—¡Dani, no te lo pierdas! —insistió Puig.

Me uní a ellos. Cuando comprendí a qué se debía tanto revuelo, el corazón me dio un

vuelco. Se trataba de un ejemplar de esos diarios sensacionalistas que tanta tirada tienen en el

Reino Unido, de gran formato, papel de baja calidad y enormes titulares acompañados de

imágenes no menos explícitas.

En la portada, había una foto de dos hombres saliendo de un local. Iban cogidos de la

mano. Mis ojos no tardaron en reconocerle.

—No me jodas. ¿Vico es marica? —dijo Ferrer incrédulo.

La conclusión a la que había llegado se debía no sólo a la imagen, sino a las letras rojas

que la precedían.

"Vico: Sí. Sean y yo estamos juntos.


¡Exclusiva! La estrella del Westhound es el primer futbolista de élite que sale del armario

tras confirmar su relación con el presentador Sean Steers".

Mis compañeros parloteaban sin parar. Yo permanecí callado, incapaz de apartar la mirada

de aquel pedazo de papel.

A las reacciones de los que habían compartido tantos minutos de juego con él, se sumaron

las de las principales figuras mediáticas del país. En los programas de radio y televisión de mayor

audiencia, en Internet, en la prensa, en las revistas, en las oficinas, las tertulias entre amigos,

familiares y vecinos... Todos hablaron de ello. De nuevo un ejército de micrófonos me perseguía

constantemente en busca de mis declaraciones.

En cuanto a mi reacción personal, supongo que no me sorprendió. Al fin y al cabo, era lo

que Mateo siempre había pretendido. Supuse que, simplemente, encontró el momento adecuado,

en las circunstancias adecuadas y con el tío adecuado. Lo único realmente importante, era que

había tenido el valor de hacerlo, algo de lo que muchos, yo inclusive, carecíamos. Algunos

pronosticaron que tras esa primera incursión pública, serían bastantes los que se animarían a

hacer lo mismo que él, pero no fue así.

Confirmé que mis convicciones eran motivadas. El fútbol profesional, al menos en este

país, no estaba preparado todavía para semejante dosis de realidad.

No sé si fue cosa del destino o que, simplemente, tanto él como yo resultábamos ser los

líderes indiscutibles de nuestros respectivos equipos, representando el poderío que debían tener

los aspirantes a convertirse en campeón de Europa. Cualesquiera que fuesen los caprichos del

azar, lo aventurado por mi hermano se hizo realidad y el 28 de Mayo, el Westhound inglés y el

Atlético Juventud español quedaron citados en el Stade de France, París, para disputarse la

Champions League.
Una vez en la ciudad de las luces, entrenamos durante la tarde en los terrenos de un

equipo local y regresamos al hotel a eso de las seis para descansar y desconectar antes de la

gran cita. Ya se había hecho de noche cuando nos concedieron tiempo libre hasta las once, hora

en la que debíamos estar, sin excepción, en las habitaciones.

Me encontraba con los demás en el hall matando los minutos como podía cuando mi móvil

sonó. La pantalla mostró una llamada entrante de un número desconocido. Me extrañó, pero

decidí alejarme para contestar.

—¿Diga?

—¿Ya estás en París?

Escuchar esa voz me dejó en blanco. Miré a mi alrededor; no tenía a nadie cerca, pero aún

así, me alejé un poco más.

—¿Cómo demonios has conseguido mi número nuevo ? —pregunté.

—Eso no importa ahora —afirmó Mateo como si tuviese prisa. De fondo se oía un murmullo

de gente hablando—. ¿Tenés tiempo libre?

—Sí...

—Recordá esta dirección: rue Lepic, 15. Te espero allá.

Y tras eso, colgó. No me había dado ni tiempo a decirle que no pensaba ir, que era una

locura, no sólo porque estábamos a menos de veinticuatro horas de enfrentarnos a muerte por la

copa de copas, sino porque hacía más de ocho meses que no teníamos trato alguno. Llamé al

número desconocido, pero contestó una mujer hablando en francés.

Aquello me puso de mal humor. Si me quedaba en el hotel, mi conciencia se quedaría

tranquila y podría concentrarme en lo que de verdad me importaba... Pero aquella llamada de

Mateo era superior a mí. Si no iba, sería incapaz de dormir pensando qué demonios pretendía.
Así que antes de que me echase atrás, cambié el chándal oficial del equipo por lo primero

que encontré en la bolsa (en concreto, lo que me había traído en caso de salir a celebrar la

victoria) y le dije por lo bajo a Sergio que iba a ausentarme.

—Voy a hacer unas compras. Llegaré para el toque de queda.

—¡Au revoir, capitán! —me despidió él.

Pedí un taxi en la entrada del hotel y, valiéndome de mi pésima pronunciación y de los

dedos de la mano, conseguí que el taxista me llevase por las laberínticas calles del barrio

bohemio. El Sacre Coeur presidía la colina que albergaba, entre otros tantos, el café que ocupaba

el número 15 de la calle en cuestión.

Apenas había gente dentro. Era un lugar acogedor, decorado con ese estilo modernista que

parecía gustar tanto en la ciudad. Hice un barrido con la mirada; entonces, le vi.

Mateo estaba sentado en la mesa del fondo, la que quedaba protegida por una columna de

las miradas indiscretas del exterior. Me apresuré a ocupar el asiento que estaba frente al suyo.

Supuse que llevaría un rato allí, a juzgar por su taza de café vacía.

—¿Estás loco? —le recriminé con tono de voz moderado—. ¿Cómo se te ocurre llamarme

así, de improvisto, y pedirme que me reúna contigo?

Él esbozó su clásica media sonrisa. Reparé en su aspecto. Se le veía relajado, distinto.

Seguía tan atractivo como siempre, algo más maduro tal vez. Cambios que reflejaban por fuera

los sufridos por dentro.

—Vos siempre tan poco espontáneo —respondió, haciéndole un gesto a la camarera—.

¿Querés tomar algo?

—Otro café —dije secamente.


La chica no tardó en servirnos. Cuando estuvimos a solas con nuestras respectivas tazas,

Mateo contraatacó.

—No estés tan tenso. ¿Qué temés, que los paparazzi te agarren con el que salió del

closet?

—Más bien, con mi rival directo —apunté revolviendo con la cucharilla.

La imagen del periódico que había desatado la polémica acudió a mi mente.

—Ya que lo dices... —murmuré— Me alegro por ese tal Sean y por ti.

—Oh. Entonces te preocupás por mi y todo, qué considerado —dijo con ironía.

—¿A qué viene eso?

—No me llamaste ni una sola vez desde que marché, ni siquiera para saber cómo me iba.

—Ya me enteraba por los medios —Di un sorbo a la taza, más que nada, para calmar los

ánimos—. He visto todos tus partidos. Además, tú tampoco me llamaste a mí.

Mateo hizo un gesto, como si ponderase la equivalencia de las acusaciones cruzadas.

—Cierto, tenía motivos de sobra para no hacerlo. Pero eso no quiere decir que no me

acordase de vos.

—¿Ah, sí? —dije, como si no viniera a cuento.

—Al principio —retomó él— me dolía tanto que trataba de apartarte de mi cabeza. Luego la

pena pasó a ser enfado, luego, nostalgia. Entonces conocí a Sean y pensé que te convertirías en

un espejismo, un recuerdo borroso que algún día terminaría por desaparecer, pero... No fue así.

Me acabé el café de un trago y deposité ruidosamente la taza sobre el plato.

—Sin rodeos, por favor —pedí de supuesta mala gana.

—No conseguí olvidarte.


A mí me entraron ganas de reír por no llorar.

—¿Se puede saber de qué vas? Me llamas una noche, me dices que ya no sientes nada

por mí, me dejas, te marchas del país, empiezas a salir con otro montando un circo a tu alrededor,

¿y tienes ahora la desfachatez de decirme que no puedes olvidarme, justo antes del partido más

importante de nuestras carreras?

Mateo me miró fijamente. Sus ojos celestes me parecieron más profundos que nunca.

—Yo nunca dije que hubiese dejado de quererte —puntualizó.

—¿Y qué pretendes? ¿Que te ruegue que vuelvas conmigo como una despechada?

—Sería una escena deliciosa... —susurró Mateo para hacerme rabiar.

—Claro. ¿Por qué no mañana, delante de millones de personas? —añadí, queriendo ser

sarcástico.

Entonces, él acercó el rostro al mío hasta casi rozarlo, retándome, provocándome como

antaño solía hacer.

—No hay pelotas.

No pude más. Saqué un par de monedas del bolsillo, las puse aparatosamente sobre la

mesa y me levanté, con la intención de dirigirme al servicio. Una vez dentro, tras comprobar que

no había nadie, me desahogué con la pared de azulejos. Di un puñetazo, descargándome con el

golpe.

—Joder —rumié.

No había contado con eso. Mateo ya me había desestabilizado una vez, cuando irrumpió en

mi mundo y me abrió puertas que hasta entonces no había conocido, cerrándome otras por mi

negativa a atreverme a traspasarlas.


Supe que el tremendo debate que se había desatado en mi interior se debía a algo simple y

rotundo: todo lo que había conseguido en esos meses, la estabilidad en la que creía sostenerme,

la misma que había buscado con ansia tras la ruptura, se había hecho añicos.

Y todo ello, en unos pocos minutos. Porque yo tampoco había conseguido olvidarle.

La puerta del servicio de abrió. Me apoyé en el lavamanos. Cuando abrí los ojos, vi a Mateo

mirándome a través de la imagen que devolvía el espejo. Sentí su cuerpo junto al mío, su aliento

cálido rozando mi oreja.

—Respetaré tu decisión sea cual sea... si la hacés con el corazón.

Giré el rostro lentamente para encararle; su boca, a apenas un par de centímetros de la

mía, aguardaba entreabierta, expectante, mi veredicto. O lo tomaba, o lo dejaba. O blanco, o

negro. Podía rechazarle y echar una última capa de tierra sobre nuestra tumba, o aceptar de una

vez por todas que seguía enamorado de él.

Como en el primer beso que nos dimos, mis labios le devoraron, ansiosos, tratando de

recuperar el tiempo perdido. Y mientras mi lengua se batía con la suya, me olvidé del equipo, de

los titulares de prensa y restantes opiniones, de mis padres... Hasta me olvidé de su presunto

novio.

Mateo me arrastró hasta uno de los servicios individuales y cerró la puerta con el pestillo.

Me arrinconó contra una esquina; mi cuerpo ardía, la piel clamaba por un contacto más estrecho y

la bragueta de mis vaqueros estaba a punto de explotar. Él no debió tardar en darse cuenta,

porque como si me hubiese leído el pensamiento, se arrodilló, acomodándose entre mis piernas.

Besó mi abdomen al tiempo que forcejeaba con la cremallera y los botones, liberándome.

—A ella también la extrañé... —murmuró con malicia antes de empezar a lamerme.


Yo suspiré de placer y eché la cabeza hacia atrás. Sí, aquello era una locura, pero lo estaba

disfrutando. Y justo cuando creía que de verdad iba a ser capaz de despojarme del fantasma del

raciocinio, ambos nos quedamos paralizados cuando escuchamos ruido cerca. Alguien había

entrado; enseguida dedujimos que debía tratarse de un grupo de hinchas del Juventud, unos

pocos de los tantos que se habían apoderado de las calles de París, a juzgar por el español

perfecto por el que se comunicaban a gran volumen.

—¡Va a ser la ostia, señores! —dijo un aficionado.

—¡Y que lo digas! —respondió otro.

Mateo y yo nos quedamos quietos, tratando de pasar inadvertidos. Pero los airados

comentarios de los hinchas, a medida que sus vejigas se iban vaciando, aumentaban el

surrealismo del momento.

—Los ingleses se van a enterar, sobre todo el Vico de los cojones.

—Traidor... Se va a enterar de lo que es bueno.

—Ojalá que la defensa le haga morder el polvo.

—Que Dani le dé bien fuerte por el culo.

—¡Nunca mejor dicho! —exclamó un cuarto, o quinto, terminando de montar escándalo.

Me tuve que morder los labios para aguantarme la risa. Mi mirada se encontró con la de

Mateo, quien trataba de hacer justo lo mismo. En cuanto los hinchas hubieron salido y nos

quedamos de nuevo a solas, nos echamos a reír a carcajadas.

Me sequé las lágrimas que se me habían escapado. Él sonreía, plácida y serenamente. En

ese preciso momento, fui consciente de lo mucho que le había echado en falta.
Hice que se incorporase. En aquella cafetería, un rincón perdido del centro bohemio de

París, al filo de nuestras horas límite para reincorporarnos a las concentraciones, cometí un acto

temerario. Me dejé llevar por el torrente de pasión que sólo él era capaz de insuflarme; sus piernas

rodeando mis caderas, su respiración ajetreada sofocándose en mi cuello para no delatarnos. Sus

manos portentosas aferradas a mi espalda.

Ése era el Mateo al que deseaba y quería. Uno cuya esencia no se viera marchitada por

imposiciones externas, uno que brillase como el astro que era en un único cielo, sin tener que

eclipsarse según el punto de vista desde el que se le enfocase.

Y aunque siguiera atemorizándome la idea de descubrirme, ya lo había decidido.

Lo hice, tal y como él me pidió, con el corazón.

Es cierto. Sigo preguntándome qué fue lo que hizo que hayamos acabado así.

Saltamos al césped. El Stade de France se eleva a los cielos; parece un enorme mosaico,

una muestra de la veneración que cientos de miles de personas sienten hacia nuestros equipos.

Como futbolista, no puedo sentir orgullo mayor que el de portar el brazalete de capitanía esta

noche y defender con ahínco las ilusiones que tantos han depositado en mí.

Tras el posado oficial para la foto y el saludo a los contrarios, según marcan las pautas del

Fair Play, llega el momento crucial del protocolo, el auténtico pistoletazo de salida, un instante

visto por espectadores de todo el planeta: el árbitro, sus asistentes y ambos capitanes se reúnen

en el centro para estrecharse la mano en señal de buena fe y elegir cara de la moneda para el

sorteo de campos.
Mateo y yo nos quedamos frente a frente. Él también porta su brazalete con orgullo,

dispuesto a darlo todo por sus colores. Sé que, al igual que yo, carga con el peso del club y ansía

como el que más la victoria. Pero, al mismo tiempo, sus ojos brillantes y maravillosos claman a

gritos que lo que decretamos la noche anterior, es un pacto en toda regla.

Aún así, quiero firmarlo con algo más valioso que la sangre; rubricar con mi compromiso

sincero de no volver a ocultarme, de dar la cara como él ha hecho, de poder afirmar sin

miramientos que amo al hombre contra el que voy a disputar un partido a muerte en cuanto el

árbitro así indique.

Mateo extiende su mano derecha, buscando la mía. Hago lo mismo, pero no la dirijo hacia

su palma. En lugar de ello, la deslizo a través de sus rizos por la nuca para atraerle hacía mí.

Cierro los ojos y le beso.

Cuando noto la presión de sus labios en los míos, dejo de escuchar, de pensar. El árbitro, a

punto de sufrir un desmayo por estar ante la muestra de aprecio más efusiva de cuantas ha visto

entre dos capitanes, está tan estupefacto como nuestros compañeros, entrenadores, preparadores

físicos, comentaristas, familias, seguidores y un largo etc.

Tras separarnos lentamente, nos dirigimos una última mirada cómplice y comprendo qué

era a lo que Mateo se refería. Hay que hacer lo que uno considera correcto porque, al fin y al cabo,

si realizamos un partido memorable, lo nuestro quedará como una gran anécdota en el reputado

historial de la competición.

El encuentro da inicio. La fiebre del fútbol recorre cada poro de mi piel. Me siento vivo,

pletórico. He nacido para disputar esta final y nada me robará el privilegio.

Mateo, cuando consigue zafarse de nuestro marcaje, vuela por el campo, haciendo gala de

su juego elegante y letal.


No dudo en emplear cada una de mis armas para reducirle. Al fin y al cabo, en el otro

ámbito, le he dado bastante ventaja...

Y es Vico ya me ha marcado, sin duda, el gol de su vida.

Fin

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